Kitabı oxu: «Mi pequeña guerra inútil»

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Prólogo

La lectura como experiencia narcótica no es recomendable para aquellos que creen que la novela es una especie de distracción del alma. La novela tuvo el honor de utilizar todos los recursos de difusión para atravesar el tiempo, perpetuarse, tomar las palabras por asalto e instalar nuevos mitos. Como el de que cualquier lector es un ente universal, atravesado por todas las sabidurías. Núcleo y temblor, acierto y soberbia. Nadie escribe para un lector ideal, más cuando el lector ideal de estos tiempos es un zombie terminal que debe consumir a la literatura como si de una droga bendita se tratara. Dosis de palabras para extender la ignorancia sobre sí mismo, engaño y sinsabor, pura falacia. En sí, la novela no tiene quien la defienda más que su propia consumación en la lectura.

No hay esperanza, sí desesperación. Farrés retoma la letra argentina para desactivar las bombas de la corrupción conceptual de un territorio inaprensible, también derrotado, perdido en un combate sin cuarteles ni tropas obedientes. El eufemismo “conflicto” aquí no aparece, casi como gesto anti político (o renunciando a toda posibilidad en la política del conflicto); y también niega lo negado para afirmar eso misterioso y casi negativo de la racionalidad nacionalista. Las Islas no nos son más que como órgano de una venganza infinita, y es donde el caudal imaginario convierte al texto en otro preso como el mismísimo Anderson, que como personaje principal es esclavo del retorno. El lector, en el efecto general, queda entonces atrapado en el mecanismo textual del delirio inacabable… La Torre de Babel como lento goteo en la ficción siempre inconclusa de Borges, lo inesperado de Kafka, la capitulación de Walser, el largo insomnio de Lowry, el lado perplejo de Osvaldo Lamborghini, y también su olvido, su digestión a fuego lento, al fuego lento de las armas.

La Historia de la Literatura (mayúscula, repleta de muertes acumuladas), nos dice que el hombre jamás logró la trascendencia sin ser héroe. Y aquí, en el territorio de las Islas, Stanton, Anderson, Elbosco, Tadeo, y otros más, amputan sus identidades en el furor de una conjetura paranoica que los convierte en carnales hasta deshacerlos en la nada misma que ofrece la destrucción absoluta. Ahora: ¿la decadencia de la carne es equivalente a la abolición de las palabras? ¿Enunciar lo indecible es una forma de conjurar con la muerte? Esta novela cruza el abismo de la destrucción absoluta, va y regresa, apuñala y acaricia, hace un guiño triste desde el fondo más oscuro de la pesadilla

La evolución de la lectura en Mi pequeña guerra inútil es producto de la tensión en cierta lógica de la cadena mecánica rota, por la que la rueda de la locura queda girando sin más tracción que su propio delirio. Hasta que se detiene. Pero se detiene, y ahí la fórmula de la desmemoria, para la relectura. Es posible que esta sea una novela circular fallida. O mejor: de manera gráfica, una novela al estilo de la Banda de Moebius, donde se vuelve a pasar por el mismo punto pero llegando desde otro lugar. Rémora del espacio topológico no euclidiano en el que trabajaba Lacan, enfermo, ya mudo, bocetando dibujos en un pizarrón. La novela del loco (o la novela de la mayor locura humana, que es la guerra), trae el recuerdo de cómo comienza La cartuja de Parma de Stendhal. Se trata de una gran descripción del combate, pero desde el lugar donde lo que se observa y sufre el que narra, no hace sentido. Nunca se encuentra al enemigo, ni una lógica de las deflagraciones ni del movimiento de tropas. Y más: a las tropas no se las puede ver en su totalidad. En eso plantea el límite de la literatura. Cuestión que después quiere zanjar el cine (y en alguna medida la pintura, por ejemplo, Cándido López retratando la infame Guerra del Paraguay): en Kagemusha, la sombra del guerrero, de Kurosawa, aparece constante un plano abierto donde los soldados hacen de hormigas (la referencia no es inocente), incluso los jinetes llevan un palo amarrado a la montura, y sobre él, banderas de color para identificarse. Existe allí cierta inocencia infantil en el acto de jugar con soldaditos de plomo. En esta pequeña guerra inútil que nunca termina (como no termina el discurso, como no termina la forma de sufrir del cuerpo humano, porque tener consciencia de la muerte ya es una forma de empezar a sufrir), todo se hace evanescente, capaz de repetir esa imposibilidad de transferencia del dolor.

En esa línea que el tiempo delimita como pasado, esta es la quinta novela de Pablo Farrés. Es también un hito de su construcción fantástica: precede la secuencia de una nueva edición de las mismas entreveradas con otros objetos de su ocupación constante, algo que podemos definir como Narración Extrema, especie de fórmula sin ataduras, donde ideas y recursos desatan las tormentas de una puesta en duda constante sobre la materia de la escritura.

Pero, ¿es el domino del lector un ámbito de sueño oscuro y aterrador? Esta experiencia insólita nos brinda una salida al mar de la infamia más revulsiva e inquietante. ¿Cuándo perdimos el idioma de los argentinos a manos de una guerra lejana? ¿Cuándo perdimos la infancia entre saliva y gritos desaforados que nadie pudo registrar? El campo no es santo, los muertos escapan a la tierra, y el estilo es el abandono desprolijo de todos los temores que revocan al perjuro. Inauguramos la temporada de caza: Farrés, como animal salvaje, ha regresado.

Omar Genovese

I

Reconocí rápidamente las coordenadas de mí mismo: mi dormitorio, el olor del pino artificial con el que mi mujer ordenaba embadurnar el aire de la casa, el espejo frente a la cama y en el espejo la figura estropeada por los voltios que aquella pesadilla había descargado sobre mi cerebro.

Nunca fui de soñar pero, desde que había sido designado como nuevo interventor y comandante de los destacamentos ingleses en las Islas Malvinas, no dejaba de perseguirme una misma y única imagen con sus mínimas variantes: me llamaba Gerónimo Elbosco, era un soldado argentino que había sido enviado a las Malvinas para asesinar al interventor y comandante de los destacamentos ingleses.

El sueño era absurdo —las Malvinas se habían transformado en un parque de diversiones psicotoxicológico—, pero no por ello dejaba de ser tenebroso: quizás los monos sueñen ser hombres, las ratas ser conejos y los gatos tigres de bengala, pero difícilmente un tigre de bengala sueñe ser gato, y el conejo rata y el hombre un mono sin despertar con los testículos en la garganta.

Imposible entonces comunicar qué puede sentir un teniente coronel del ejército inglés que ha soñado ser un soldado argentino.

Imposible comunicar en general, incluso comunicar que es imposible comunicar algo: por ejemplo esto mismo.

Por ejemplo comunicar cómo son los testículos de una rata, incluso los testículos de una rata en la garganta de una rata.

En fin: me desperté o creí despertar desesperado debido tal vez a que ese mismo era el día en que finalmente debía embarcarme en el avión que me llevaría a las Islas.

Por las hendijas de la persiana husmeaba la claridad de la mañana y el sonido de los pájaros desde los árboles del parque traían la promesa de algo mejor. Hice dos pasos alejándome de la cama y pisé la mierda del perro de Mary.

Esa cosa blandita y caliente.

Otra vez esa cosa blandita y caliente.

No sé qué le daba de comer, pero cada vez defecaba montañitas más grandes, más calientes e invariablemente blanditas.

En verdad sabía lo que le daba de comer: cada noche un caldo de verdura, banana y polenta. El perro no tenía otra posibilidad que cagar endemoniadamente su cosa blandita y caliente. Al principio le decía que debía darle otro tipo de comida porque sino el perro se le iba a morir, pero ella no le daba ninguna importancia a mis palabras y seguía dándole ese caldo vomitivo; pasado el tiempo ya no le dije nada acerca de la comida que le daba a su perro porque entendí claramente y sin necesidad de que ella me lo dijera, que la finalidad de aquellos caldos de verdura, banana y polenta no era alimentar a su perro sino cagarme el dormitorio, cagarme la mañana, cagarme la existencia.

Sé que ella se lo ordenaba, y el perro era verdaderamente un perro fiel: no había mañana que no despertara con su montaña de mierda a mi lado, y yo sabiéndolo, sabiendo que ese olor penetrante que acompañando el amanecer se metía en mis narices y escarbaba mi cerebro era el de la mierda del perro de Mary, de manera invariable la pisaba embadurnándome desde los dedos hasta el talón.

La claridad de la mañana por las hendijas de la persiana, el canto de los pájaros y mi pie embadurnado de la mierda de Jack —así se llamaba el bendito perro—. Fui hacia el baño, me lavé el pie, tomé el papel higiénico y la botella de lavandina, volví al cuarto y limpie la mierda de Jack. ¿Era yo el que había decidido marcharse de esa casa para no volver nunca más o era esa mujer la que me estaba echando? Ya no tenía la menor importancia, sólo importaba irme cuanto antes. Terminé de preparar el bolso y me vestí con mi uniforme de teniente coronel. El auto del ejército debía pasarme a buscar para llevarme al aeropuerto.

Mary debía estar como siempre en la cocina, por lo que me encaminé en dirección contraria, hacia el comedor, intentando que ella no escuchara mis pasos y me obligara a la palabra y algún tipo de despedida. Para mi mal, ella estaba despatarrada en el sillón del comedor como si estuviera esperando que yo pasara por allí.

Hablaba por teléfono, se reía y no sé de qué se reía.

Sí tenía claro con quién estaba hablando. No su nombre, nunca quise saber los nombres de los tipos con los que Mary se encamaba cada vez que yo me iba de viaje a alguna misión o quedaba acuartelado en Londres.

Lo sabía porque era ella la que me lo decía. No sus nombres, nunca me decía sus nombres, solamente hacía mención de que se trataba de un negro —acaso se trataba de un solo negro que la complacía como si se tratara de un pelotón de negros, pero a mí se me daba por pensar que se trataba de un pelotón de negros que en la cabeza de Mary funcionaban todos en conjunto como un mismo y único negro.

No podía recriminarle que se encamara con el que quisiera, en el fondo sabía que aquello era mi culpa. Desde hacía mucho yo la incitaba a encamarnos con un tercero, y ella siempre se había negado. Un día accedió, aunque ciertamente no había accedido sino de mala gana y seguramente forzada por las pastillas que había metido en su copa de champagne durante cierta fiesta que habíamos organizado en casa. Tres o cuatro copas después, tres o cuatro pastillitas allí disueltas, y nos encontrábamos en la cama: ella con los ojos vendados, las manos atadas detrás de la espalda, con la cabeza contra el colchón, de rodillas y con la cola levantada; yo sobándole el ano hasta dejarlo lo suficientemente dilatado como para que un camarada que yo había seleccionado para la cuestión solamente tuviera que introducir su pene y sodomizarla. El camarada sodomizó a mi mujer y mi mujer no dijo nada. Desde entonces comenzamos un raid en busca de tipos con los que encamarnos. La segunda o tercera vez que lo hicimos la escena había perdido magia. Los dos lo sabíamos, pero ella había tomado el mando de la nave y me obligaba a continuar. Todo iba en decadencia, no sólo el deseo, sino también los lugares y los tipos: de boliches swingers super ambientados y racionalizados para el encuentro de clientes que compartíamos el mismo target, fuimos derivando en el puro nomadismo nocturno por los barrios bajos de Londres al acecho de cualquier tipo que por más apestoso y reventado que se presentara le sirviera a Mary para mostrarme de lo que era capaz. Sabía yo que aquello era su venganza, pero no esperaba la crueldad que me tenía reservada: la siguiente fase, la fase superadora, fue un negro. Había sido el día del festejo de mi cumpleaños —todos se habían marchado, Mary me había llevado a la cama, había apagado la luz del cuarto, me había atado boca arriba contra los barrales, se había subido arriba mío y ya había empezado a moverse; de pronto vi que su cabeza estaba dirigida hacia un lado y que su cabeza se movía como un pájaro carpintero contra el árbol y que su boca se metía dentro la pija de un negro. No dije nada, nada podía decirle, aunque en verdad me hubiese gustado decirle que ya era suficiente, que la cortara con aquello, que sabía que los negros a mí no me gustaban, que me daban alergia y que me parecía mejor coger con un mono que coger con un negro. Eso es lo que me hubiese gustado decirle y no le dije cuando el negro la tomó del pelo, le sacó la verga de la boca, se subió arriba de la cama y la sodomizó de una, así como si nada.

Asco es la palabra —¿es comunicable la palabra asco o el asco ya es la expresión física y directa, efecto orgánico del hecho de sentir asco?—, asco no sólo de tener al negro ahí sodomizando a mi mujer sino enseguida asco también de la cara del negro acercándose a mi cara, mirándome como si estuviera escarbando en mi cerebro, metiéndome finalmente su lengua de mono colonizado dentro de mi boca apabullando mi propia lengua, enroscándola con sus movimientos de serpiente. Entonces ocurrió lo que Mary debió haber proyectado. El negro se paró y zarandeó su pija delante de mi boca. No podía haber nada más humillante. La desesperación me ganó. Me quité las cuerdas con las que me habían atado, empujé al negro, y le di un cachetazo a Mary. Mary golpeó su cabeza contra la pared. Me llamó “puto”. Le di otro cachetazo. Volvió a llamarme “puto”. Le di una piña en la cabeza, y luego una patada en las costillas. Después…, no sé qué pasó después. Pero ¿puedo decirlo?, ¿vale decirlo? Sé que a Mary no le gustaban los negros, no podían gustarle los negros. Era una cuestión biológica, orgánica. Sé de dónde ella venía, y de donde venía era imposible que un negro tuviera mayor entidad que una garrapata, incluso que una garrapata negra. Era a propósito, siempre había sido a propósito, sólo se encamaba con negros para humillarme y que todo el mundo se enteraba que la mujer de un teniente de los ejércitos de la corona se encamaba con negros.

En fin, esa vez Mary estaba despatarrada sobre el sillón hablando con unos de sus negros, mientras yo me encaminaba hacia la puerta buscando mis Malvinas. En el momento en que tomé la manija, Mary me chistó como si yo fuera el negro con el que se comunicaba. Tenía el brazo levantado en mi dirección con un sobre que tomaba entre las yemas de sus dedos, como si aquello le diera el mismo asco que a mí me daban sus negros.

—Es para vos —dijo, alejándose por un instante del teléfono. A propósito, hoy ni se te ocurra volver antes de las ocho de la noche. Voy a estar ocupada.

Tomé el sobre, nada le respondí, pero me gustó la idea de que ella todavía pudiese esperar que yo volviera alguna vez, después de las ocho de la noche o cuando fuera. Me gustó no decirle que ya no volvería a verla, que se quedara con todos los negros mugrientos que descendieran de los árboles para aparearse en sus entrañas.

Abrí la puerta y salí. En la vereda estaba estacionando el auto oficial. Rápido subí al asiento trasero, acomodé mi bolso, y luego levanté la vista hacia el espejo retrovisor: ¡dios mío, otro negro!, otro negro y encima trabajando para el ejército.

“Londres apesta”, le dije al negro sin que el negro me escuchara, o quizás el negro me escuchó pero no era capaz de comprender cuestiones del lenguaje tan básicas como el enunciado “Londres apesta”. Digo porque encima se trataba de un negro esforzado, no sólo porque el tono oscuro de la piel verdaderamente debió haberle demandado un buen tiempo de concentración física y espiritual acumulando noche, sino fundamentalmente porque era un negro peludo que parecía no tener ningún problema con ostentar su condición de mono.

Me sorprendió porque en general a los negros les gusta el camuflaje, y como todo el mundo sabe, al menos todo el mundo que vive en Londres y es como mínimo teniente coronel del ejército inglés, sabe que los negros son monos depilados, muy depilados, esforzadamente depilados.

Y se sabe además que los monos depilados se depilan para no parecer monos y al menos contentarse con ser negros.

Aunque también los negros tienen su propia épica y una vez que dejaron de ser monos quieren también dejar de ser negros, y entonces se vuelven latinos pero los latinos tampoco quieren ser latinos y hacen de todo para no parecerlo y entonces se transforman en argentinos.

Pero claro está, las ínfulas del argentino intentando trascender su condición de latino, negro y mono chocan contra las fuerzas inglesas que los devuelven a su condición verdadera.

Todo soldado inglés ha sabido que matar a un argentino siempre significa matar a un negro y con ello desde luego matar a un mono.

Por eso ganamos la guerra.

Porque la guerra es una cuestión zoológica.

Porque la guerra siempre es entre el animal y el hombre.

Incluso los argentinos saben de su condición de monos depilados que parecen negros y por eso cada tanto envían al sacrificio a sus monos más negros y peor depilados.

Pero, bueno, allá ellos. En la otra punta del planeta: nosotros —nosotros con nuestros negros y la pregunta ¿por qué tanta guerra en vano, tanta muerte dando vuelta para que a pesar de ello Londres se nos llenara de monos que incluso tienen el tupé de integrar el ejército de la corona y manejar autos oficiales que trasladan a tenientes coroneles?

Quité la vista del espejo retrovisor y del mono peludo que tenía por chofer, e intentando olvidar aquello perdí la mirada en el paisaje de las calles londinenses para encontrarme, claro está, con monos peludos caminando de aquí para allá vestidos con trajes, jeans, polleras, blusas, zapatos, manejando autos, vendiendo diarios, haciendo de policías.

Y cuando digo monos, digo monos de verdad, monos peludos, sin ningún tapujo de andar así como monos, monos que ya no necesitaban esconderse bajo el disfraz de un negro, monos que ya no necesitaban hacerse los latinos ni menos aún travestirse en argentinos, monos, simples monos.

Cerré los ojos. Aquella visión me excedía.

No era la primera vez que pasaba: últimamente a la realidad se le daba por cometer esos trucos de magia y donde estuviere, todo en derredor se me transformaba en la jaula de monos de un zoológico fantástico.

Ya no era un problema de políticas liberales multiculturalistas y todo eso, sino concretamente de alucinaciones que se inscribían en el forro interno de mi cerebro. Incluso soñar tan fuertemente ser un soldado argentino, y por lo tanto un soldado negro, y por lo tanto un mono depilado que pretendía retomar la guerra en un parque de diversiones, no podía sino ser parte de lo mismo.

No, no podía más conmigo mismo. Ni Mary me quedaba. Oh, Mary, ¿por qué me hiciste eso?

Mary, la carta.

Todavía tenía entre mis dedos el sobre de la carta que Mary me había dado. La abrí sólo para olvidar lo que me rodeaba y acaso con la esperanza de que Mary se hubiera dignado a ofrecer sus disculpas y rogar que comenzáramos todo de nuevo ya sin negros dando vueltas en nuestra cama.

Saqué el papel del sobre. La fecha era de ese mismo día. También habían escrito la hora y los minutos: 11 y 46. Miré mi reloj, eran las 11 y 46.

No pequeño, ese fue un primer asombro. Enseguida me sorprendió que la letra fuese tan parecida a la mía, incluso tendría que afirmar que era absolutamente idéntica a mi letra.

La carta estaba escrita en mi nombre y dirigida a mi persona.

Debía estar muy loco como para escribirme a mí mismo como si yo fuera otro.

Debía estar muy loco como para leer esa carta y no recordar siquiera haberla escrito.

“Nos conocemos y no nos conocemos. Mi nombre es Gerónimo Elbosco. Ese no es mi verdadero nombre. No lo es porque vos y yo somos el mismo, vos viniendo hacia mí, yo esperándote llegar. Me espero a mí mismo en mi propia llegada. Ese es mi estilo. También será el tuyo”.

Así comenzaba la carta.

Pensé, claro está, que me estaban haciendo una broma que todavía no lograba comprender.

Alguien, acaso Mary enterada de que me iría de paseo por Malvinas, había escrito aquello sólo para reírse de mí y de mi cara leyendo aquellas palabras. Quizás calculó el momento en que la iría a leer y escribió una hora y unos minutos posibles. Conocía mi letra, bien podía haberla copiado.

¿Pero cómo podía saber que yo desde hacía meses soñaba que era un soldado argentino llamado Gerónimo Elbosco?

Nunca se lo había dicho a nadie. Nadie podía saber que existía un engendro fantasmal que cada noche aparecía en mi cerebro con ese nombre.

Esa fue mi primera reacción: la del rechazo.

Sin embargo enseguida se dio un asombro mayor: el tal Gerónimo Elbosco no sólo afirmaba que éramos la misma persona sino que además contaba el contenido exacto y detallado de lo que yo venía soñando: que siendo argentino había sido reclutado para participar en la guerra de Malvinas con la misión de asesinar al Teniente John Anderson, que había viajado a Puerto Madryn, que se había embarcado en un buque llamado El Pichi, que las Islas se habían mudado, que tuvieron que atravesar la Patagonia y las montañas de Los Andes con el barco a cuestas, que cuando llegaron a las Islas se encontraron con un Parque de Diversiones, que en el Parque de Diversiones había sido fusilado y luego, por vaya uno a saber qué azares del destino, había revivido con el nombre de John Anderson, teniente coronel del ejército de la corona.

“No creas en nada de lo que ves. Seguimos en Malvinas…”, me escribió el tal Gerónimo Elbosco. “Mary, su perro Jack, tu casa londinense, Londres mismo, el negro que en este momento está conduciendo el auto oficial no existen. Nada de eso está ocurriendo sino en tu cabeza. No, no creas ni en vos mismo, No sos teniente de nada, no trabajás para el ejército de la corona. No sos más que un simple soldado raso, un soldado argentino”.

Mi asombro tomó el aspecto de un elefante engordado dentro de una cristalería: no sólo porque me trataba de soldado argentino sino fundamentalmente por la pregunta. ¿Cómo sabía Gerónimo Elbosco que yo tenía una esposa llamada Mary y un perro de nombre Jack?, incluso, ¿cómo podía saber que en ese momento estaba arriba del auto oficial que conducía un negro?

Llegado a ese punto levanté la vista y miré de nuevo al negro por el espejo retrovisor. ¿Era ese negro el que me estaba boludeando con aquella carta? ¿Era ese mono el que me acusaba de ser un soldado argentino? Seguí buscando su mirada en el espejo, pero sus ojos clavados en algún punto fijo de la ruta que ya habíamos tomado rumbo a la base aérea parecían no registrarme. Acaso ese negro tenía información sobre mí, quizás se trataba de alguno de los amantes de Mary y juntos me estaban montando la trampa. No sabía qué pensar, pero me daba cuenta que ya había comenzado a tomar en serio la carta y la posibilidad de que existiera alguien llamado Gerónimo Elbosco que la había escrito.

“Estamos atrapados en Malvinas. Lo que te rodea no es más que el efecto de los psicofármacos que contaminan el aire desde hace treinta años. En 1982, el mismo día que se produjo el desembarco argentino, la aviación inglesa lanzó bombas psicofarmacológicas. Los efectos habían sido programados: de pronto la guerra ya había ocurrido y los soldados argentinos supieron que todo estaba terminado antes de que en verdad comenzara: recordaron haber muerto de frío, de hambre, supieron lo que hacía el fuego abrazando el cuerpo de un compañero, vieron sus propios cadáveres destrozados por la guerra y se dejaron hacer entendiendo que ya nada tenía sentido. Los enterraron vivos sin que ninguno se resistiera.

Eso en algunos casos; en otros se dio que soldados argentinos de pronto se supieran ciudadanos ingleses defendiendo su patria. Se trataba de una jaula psíquica. Ese fue el modo en que ganamos la guerra sin que ni siquiera existiera una guerra.

Treinta años después, los efectos de las bombas siguen activos. Las tropas inglesas que han quedado en Malvinas sufren alucinaciones semejantes. Las Islas se han transformado en un Parque de Diversiones Psicotoxicológico.

El efecto alucinatorio es tan radical que distorsiona el pasado, el presente y el futuro. De pronto, no sabés ni cómo te llamás. Puedo estar escribiéndote esto y a la vez vivir un pasado distante en el que estoy leyendo lo que escribí en el futuro.

Nadie desde el poder lo admitirá; la documentación acerca de los bombardeos psicotoxicológicos ha sido borrada. Las pruebas concretas, es decir, el testimonio de aquellos que habitamos lo que ha quedado de las Islas, presenta una imposibilidad estructural: nadie puede dar testimonio de no estar donde está. Sólo se trata de meter las narices en las cercanías de Malvinas y saber de qué se trata la pérdida, no la pérdida de esto o de aquello, sino ese tipo de pérdidas en las que se juega la propia existencia y uno ya no sabe ni cómo se llama.

Te escribo para que no vengas. Estuve allí mismo donde vos estás ahora y sé que todavía tenés una oportunidad. Para mí ya es tarde. Ojalá nunca llegues a este lugar donde ya estás, porque acá no existe posibilidad de nada.

Quedate en Londres aunque Londres no exista. Nada podés hacer acá. Es inútil luchar contra tu propio cerebro, ahí adentro la guerra ya está perdida para siempre. Quedate en Inglaterra. Bajá ahora mismo del auto y volvé junto a Mary. Encerrate en la casa y ya no salgas. Soportá lo que tengas que soportar con ella: sus negros, la mierda de su perro, todo lo que se te ocurra pero quedate ahí, siempre va a ser mejor que tener que volver a Malvinas. ¿Mary es una alucinación? Acá todo es alucinación, pero es mil veces preferible la vida londinense con Mary que darte una guerra que no existe.

No cometas el error que yo cometí. Yo también tuve una esposa llamada Mary y un perro que me cagaba la cama y un negro que conducía mi auto oficial. Hace seis meses estuve en ese mismo auto con ese mismo chofer, leyendo esta misma carta que vos estás leyendo ahora. Alguien, quizás yo mismo en un pasado ya distante, me lo había advertido del mismo modo que yo ahora lo hago con vos. Pero me reí de aquello, pensé que me estaban haciendo una trampa y seguí adelante. Después ya fue tarde para todo. Tomé el avión hacia Malvinas y apenas pisé su suelo ya no pude hacer nada para resistir a la fuerza de las imágenes que me arrastraron hacia un agujero negro del que ya no encontré salida.

No vengas, bajá de ese auto y volvé con Mary. Encerrate en la casa y no salgas nunca más. Si seguís adelante ya no habrá regreso porque en verdad vos nunca habrás llegado. Aunque ciertamente ya ni sé dónde estamos y acaso ése es el verdadero infierno”.

II

Veinticuatro horas después ya estaba en suelo malvinense y mi pequeña guerra inútil recién entonces —es decir, ahora, en este mismo punto— comenzaba.

En el inesperado aeropuerto —nada, un tramo de tierra negra entre yuyales que habían desmalezado sólo para que descendiera nuestro avión— nos estaba esperando una camioneta. Al verme, bajó un sargento que dijo llamarse Reynols. Debía ser el encargado de mi traslado hacia los destacamentos ingleses. Le presenté el rango oficial y le expliqué que había llegado para reemplazar al comandante Anderson.

Nada dijo, parecía no importarle.

Subí a la camioneta y dejamos atrás las costas. Prontamente el paisaje mortuorio de lo que yo siempre imaginé que había sido Malvinas se abrió ante nosotros y con ello los fantasmas de una guerra que debía haber terminado hacía ya unos treinta y tres años, y que sin embargo —a primera impresión— todavía se estaba haciendo: cadáveres congelados al costado del camino, a la distancia tropas bajando los montes apuntando a sus prisioneros que caminaban delante, una sirena sonando a lo lejos, los cielos todavía atravesados por aviones Pucará, y cada tanto la sinfonía de las metralletas, las granadas, las bombas.

Aquello debía tener alguna explicación, quizás éramos los mismos ingleses los que usábamos los aviones Pucará para ejercicios aéreos, quizás lo que me parecía el fantasma de una guerra no debía ser más que una revuelta interna contra pobladores o soldados desertores. Me mantuve todo el viaje en silencio. Mis primeros pasos como nuevo comandante de los destacamentos ingleses debían ser cuidadosos y el silencio debía resultar una buena estrategia.

Al rato de andar divisamos a lo lejos un campamento enemigo. Reynols ordenó detener la camioneta y hacer silencio. Bajó, se alejó un par de pasos y se puso en cuclillas contemplando la escena. Al regresar se me acercó para consultar qué debíamos hacer. No sabía qué decirle: lo que a mí me importaba era que, efectivamente, en las Islas todavía había soldados enemigos.

Me sugirió no perder la oportunidad de atacarlos por sorpresa. Asentí a la idea y seguí las indicaciones que Reynols dirigía hacia la tropa dividiéndonos en dos flancos. Yo tomé el lado derecho y por allí ascendimos la cuesta de un monte. Al llegar al campamento, uno de los soldados del otro flanco tiró una granada y la explosión generó un incendio que pronto tomó las carpas. De entre las llamaradas salieron dos soldados con las manos alzadas. Me sorprendió que fueran argentinos. El grupo mayoritario salió corriendo por detrás de estos dos y atravesando la línea del fuego se dispersaron por el campo. Mi tropa corrió tras ellos.

Pretendiendo un lugar de contemplación de lo que sucedía, hice unos pasos hacia atrás. Casi todos se habían marchado y aprovechando la situación un soldado enemigo salió de cierto amontonamiento de piedras donde había permanecido escondido, esperando la dispersión. No contaba que yo me quedaría allí sin hacer nada.

Corrió en diagonal a mi posición de tal forma que no podía registrar mi presencia. Entonces corrí tras él unos cien o doscientos metros. Cuando lo tuve cerquita —arma en mano— le grité que se detuviera pero pareció no escuchar. Estaba apuntándole a la cabeza. Desde esa distancia mínima no podía fallar.

Volví a gritarle. No me hizo caso. Cuando ya estaba por apretar el gatillo, se detuvo. Vi que frente a él avanzaba un soldado de mi patrulla. Ya lo teníamos acorralado. El argentino entonces se dio vuelta y se puso frente a mí a unos pocos pasos. Estaba a un metro de distancia, con el brazo extendido apuntándole a su pecho. Él estaba parado mirándome pero era como si en vez de verme a mí y el cañón de mi revólver, observara solamente el paisaje a mis espaldas. Entonces levantó el brazo y yo sin dudar un segundo disparé contra su pecho.

No podía errarle, pero el disparo atravesó su pecho y el argentino no cayó, no solamente no cayó sino que ni siquiera registró que alguien le había disparado a menos de un metro de distancia. Vi en cambio que mi disparo atravesó el pecho del argentino y encontró su destino en la cabeza de mi soldado que estaba detrás. Mi soldado cayó. Acababa de matarlo.

Vi al argentino delante de mí y se mostraba inmutable. Volví a disparar contra su pecho y las balas lo atravesaron como si estuviera hecho de aire. Dio un paso hacia mí y ya no pude volver a disparar. Dio ese paso y entendí que su dirección iba directamente a chocarse con mi hombro. Efectivamente me chocó pero no sentí su peso, su espesor ni su materialidad, sólo era una briza que me recorría y nada más.

Di la vuelta y lo vi correr hacia el monte. Dejé atrás el cadáver del soldado que acababa de matar. Pensé que nadie había visto lo sucedido y lo dejé abandonado sabiendo que el asunto sólo quedaría entre él y yo.

Empezaba a saber de qué me hablaba Gerónimo Elbosco cuando escribía acerca de los efectos alucinatorios de las bombas psicofarmacológicas.

Hacia el mediodía llegamos a los destacamentos ingleses. Los soldados bajaron a los dos argentinos capturados y los llevaron hacia el campo de prisioneros.

Reynols pidió que lo acompañara antes de presentarme al responsable de los destacamentos. Caminamos unos doscientos metros entre los pastizales helados. Me costó identificar dónde se encontraba el campo, pero lo tenía ante mis ojos: se reducía a un par de tablones horizontales sostenidos por unas vigas que daban la impresión de un pobre corralón para animales de granja. Los dos argentinos iban delante de nosotros con las manos esposadas por detrás de la espalda. Para mi sorpresa, apenas nos metimos en el corral, Reynols ordenó quitarles las esposas y liberarlos.

—¿Por qué los libera? Si son soldados argentinos deben quedar prisioneros —le dije a Reynols, mientras un soldado obedecía su orden y los dos argentinos se echaban a correr por el campo.

—Porque no son argentinos. O quizás sí son argentinos pero ya no importa. Hay soldados ingleses que alucinan ser argentinos y hay soldados argentinos que alucinan ser ingleses. Ya no se puede distinguir quién es quién —dijo Reynols sin ningún interés de que yo comprendiera nada de lo que me decía.

Miré hacia el campo, los dos prisioneros liberados corrían desesperados hacia el horizonte. Fue entonces que Reynols mismo tomó la escopeta de un guardia y disparó contra uno de ellos como si estuviera jugando al tiro al blanco.

El aire se llenó de pólvora.

El soldado que corría más lejos cayó contra el suelo.

Reynols bajó el arma, estiró sus brazos hacia arriba como si se estuviera desperezando. Volvió a apuntar la escopeta contra el otro que seguía corriendo y disparó. El soldado cayó entre los pastos.

No entendía qué estaba haciendo, ¿por qué les disparaba?

—No se preocupe, teniente, esos dos ya estaban muertos —respondió Reynols.

—Los acaba de fusilar sin ningún motivo y bajo ninguna orden. Ni siquiera sabe si eran ingleses.

—¿Y eso a quién le importa? Esos dos necesitaban morir. ¿No lo entiende?

—No, no entiendo nada.

—Le estoy diciendo que esos dos ya estaban muertos. Ocurre todo el tiempo y desde hace mucho. Hay muertos por todos lados que alucinan estar vivos y se comportan como tales. Matarlos es hacerles un favor.

—Está loco. Es una estupidez lo que dice.

—Son los efectos psicotoxicológicos de las bombas. Usted sabe.

—No, no sé nada —dije decidido a mantener en silencio todo lo relativo a la carta de Gerónimo Elbosco y las bombas.

—Entonces entérese.

—No tengo nada de qué enterarme. Soy el nuevo comandante, ¿entiende? Es usted el que tiene que enterarse.

—No pretendo ofenderlo, teniente. Es que cosas así pasan todo el tiempo. Y no sólo pasa con muertos que alucinan estar vivos, también ocurre al revés. Hay soldados que alucinan haber muerto y entonces actúan como muertos. Usted los vio en el camino: cadáveres por todas partes, entre los pastizales, a los costados de la ruta, entre las rocas de los acantilados, siempre rígidos, sin que la intemperie, las heladas o la noche los interpele en algo. El efecto psicotoxicológico es sorprendente: nunca se mueven, no respiran, ni el más mínimo latido del corazón registran. Pueden estar así durante años y años. El único modo de facilitarles acabar con la alucinación es, justamente, matándolos. Un tiro les atraviesa el cráneo y de pronto despiertan de la alucinación, y se dan cuenta que siempre habían estado vivos. Claro que así andan después, haciendo sus cosas sí, pero con un agujero en la cabeza que ya no va a cicatrizar ni ellos olvidar.

—Lo que dice es un absurdo. No me haga perder más tiempo, quiero ver a su superior, el teniente Anderson —le dije a Reynols.

—¿Anderson? Anderson está muerto.

—¿De qué habla? El gobierno inglés me envió a suplantar a Anderson en el mando de los destacamentos.

—Le digo que murió hace cinco meses.

—¿Quién está al mando entonces?

—En verdad no hay nadie a cargo, pero el que ordena un poco las tropas es el coronel Thompson. Lo está esperando desde hace mucho tiempo. No veía la hora de que alguien viniera a hacerse cargo de todo esto.

—¿Por qué no informaron de la muerte de Anderson?

—Porque a nadie le importaba ni la suerte de Anderson ni la de ninguno de nosotros. Usted todavía no ha comprendido lo que nos está dado, usted se dará cuenta por sí solo.

—¿De qué me tengo que dar cuenta?

—Para empezar tiene que saber que usted nunca ha venido a la Isla. Siempre ha estado aquí con nosotros. De acá no se entra ni se sale.

No sé qué quise preguntarle a Reynols sobre la cuestión pero entonces los otros soldados que nos acompañaban levantaron sus ametralladoras y dispararon hacia la misma dirección que antes había disparado Reynols, y ya nada pude decir. El polvo se levantó envolviéndonos. Las ráfagas de los disparos no terminaban más y yo no comprendía contra quién estaban disparando si allí delante nuestro no había más que el campo con dos cadáveres arruinados.

Entonces di unos pasos hacia el costado del lugar, salí del corral y lo vi: cientos de hombres desnudos habían aparecido de no sé dónde y corrían a campo traviesa en la misma dirección que los anteriores.

Los disparos de las ametralladoras de nuestros soldados los alcanzaron a mitad de camino y cayeron desplomados aquí, allá y más allá.

Pensé que con aquello todo había terminado. Pero fue entonces que los cuerpos desnudos que no habían sido alcanzados por los disparos, de pronto, se echaron a volar.

Ascendieron unos cien metros hacia el cielo azul, con los brazos abiertos y dando pataditas en el aire.

Pensé que se trataba de alucinaciones. El mundo me interpelaba pretendiendo que yo diera un paso, sólo un paso más para caer en el abismo mental. Pero no se trataba de mi intimidad desbocada. Los soldados que estaban a mi lado necesariamente estaban viendo lo mismo que yo: levantaron las armas y continuaron con las ráfagas de sus metralletas, ahora apuntándole a aquellos hombres voladores. No se trataba entonces de las trampas que el cerebro podía montar sino de un fenómeno compartido.

De un modo u otro, debía resistir aquello, sólo dejarme estar, que lo que me rodeaba transcurriera como una película hasta encontrar alguna coordinación. Mientras tanto, los hombres voladores caían en picada, heridos o fusilados por los disparos de mis soldados. Aquello duró unos diez minutos, los suficientes en todo caso como para no olvidarme del olor a pelo quemado, pólvora y sangre que se mezclaban en el aire. Ninguno se iba a olvidar del silencio en el que nos hundimos cuando los cuerpos cayeron desde el cielo y ya no hubo más movimiento que el de los pájaros negros revoloteando sobre los muertos, para arrebatar pedazos de carne que se llevaban en el vuelo o quedarse allí picoteando lo que podían.

Aquello me había dejado mudo.

No quería volver a hablar con Reynols.

Aprovechando el desconcierto me perdí entre los soldados que se dispersaban hacia los pabellones.

Toda mi vida me había preparado para la guerra —pensaba—, hacer la guerra contra un enemigo externo, un enemigo que, venido desde la otra punta del planeta, me mirara a los ojos y pusiera en juego mi existencia, pero la guerra era contra de mí mismo, contra mi propio cerebro, y para ello no estaba preparado.

Caminaba solo entre los pastizales recordando la carta de Gerónimo Elbosco y lo que Reynols acababa de decir. Empezaba a creer que el gobierno inglés no me había dicho lo que debía decirme: la guerra nunca existió, sólo se la había ganado controlando —arruinando, estropeando— las imágenes mentales del enemigo pero con ello también condenando a las propias tropas inglesas a la pérdida más radical, ¿para qué entonces me habían enviado a la Isla, si en la Isla ya no había nada que hacer más que regodearse en el horror de un mundo que está siempre volviéndose otro? ¿Había sido una trampa? ¿Alguien en el gobierno, alguien en el ejército, había ordenado mi traslado a Malvinas sólo como condena por algo que no lograba identificar?

Pero acaso esa línea paranoica era mi propia defensa ante lo que no quería preguntarme a mí mismo: ¿qué había querido decir Reynols cuando dijo que “de la Isla no se entra ni se sale”?

III

Mis pasos me llevaron hacia los pabellones centrales. Pregunté por la oficina del tal coronel Thompson que Reynols había mencionado como el responsable de las tropas luego de la muerte de Anderson. Necesitaba que explicara, él, solamente él, qué había sucedido con Anderson. Un soldado me acompañó caminando en silencio. Su oficina se levantaba en el borde de los destacamentos.

Tenía mucho para preguntarle a Thompson pero él no tenía nada para decirrme: golpeé la puerta y no respondió, golpeé la puerta tres o cuatro veces más y gritó que me fuera, que no tenía tiempo para atender a nadie.

—Soy el nuevo comandante de las tropas. Usted debe estar informado quién soy.

—Le repito: no tengo tiempo para atenderlo. Vuelva en un rato, o mejor mañana.

—He venido para tomar el mando de las tropas, ¿entiende? Desde ahora soy su superior. Abra ya mismo.

—No puedo abrirle. Vuelva mañana, teniente.

—Abra o lo mando a apresar —le grité mientras golpeaba la puerta con los puños cerrados y pateaba la cerradura.

Fue entonces que Thompson abrió, pero ni siquiera me permitió pasar. Me chocó la palidez de su rostro acentuada por el pelo crespo y sus ojos negrísimos. Se mostraba nervioso, no por mi presencia sino por algo que ocurría dentro de la oficina. Desde allí venían los gritos de un chico que chillaba como si lo estuvieran desollando.

—¿Por qué no me deja pasar?

—No puedo, no le va a gustar ver.

—Es una orden. Quiero ver que hay dentro —dije mientras escuchamos los gritos del chico y la voz de un hombre adulto.

La voz del hombre cesó, pero entonces se escucharon golpes contra una pared o un mueble. Los gritos del chico se repitieron dos o tres veces más, y luego se hicieron continuos. El coronel Thompson giró la cabeza hacia el interior, luego volvió hacia mí e intentó cerrarme la puerta en la cara. Yo puse el pie contra el marco y me eché sobre la puerta. Con la fuerza del impulso desplacé a Thompson que cayó al suelo. Adentro no había nadie, ningún chico gritando ni ningún otro adulto, sin embargo Thompson seguía nervioso como si yo todavía no viera lo que él quería ocultar.

—¿Qué hace?, ¿cómo se le ocurre cerrarme la puerta?

—No es el momento, teniente. Será mejor encontrarnos mañana.

—No lo entiendo. No sé qué quiere ocultar.

—Ya lo entenderá. Cuando usted vea lo que yo veo, comprenderá todo.

—¿Qué es lo que ve? —pregunté ansioso y hastiado a la vez.

—¿No escuchó nada?

—Sí, algo escuché: un chico, alguien gritando como si lo estuviesen torturando.

—Lo que usted escucha, yo lo veo. Usted también lo verá. Es el aire. Las sustancias psicofarmacológicas todavía están en el aire. ¿Ya vio de lo que se trata? De las alucinaciones no podrá salir, se le volverán constantes, como a todos los que habitan la Isla. ¿Es una Isla todavía, no? Dígame, ¿estamos en Malvinas todavía? Respóndame. No es fácil para mí. No sabe el esfuerzo mental que significa para mí mantener este diálogo.

—Sí, estamos en Malvinas.

—¿No ve a ningún chico en esta habitación, no es cierto? Estamos los dos hablando sin nadie que nos rodee, ¿no?

—No sé de lo que me habla. Estamos solos.

Fue entonces que los gritos del chico volvieron a aparecer como largos chillidos de un perro electrocutado. El coronel Thompson se levantó, sacó su arma y se encaminó hacia el baño. Desde donde yo estaba sólo podía ver su espalda. Le gritó a alguien que no lo hiciera. Entonces, enseguida, se escuchó un disparo.

Me levanté y rápido me detuve junto a Thompson. En el baño no había nadie.

Al volver la vista hacia el escritorio encontré al chico. Estaba sorbiendo algo de una taza de color rojo. Pensé que, evidentemente, se trataba del mismo chico que había estado gritando.

—¿Esto es lo que no quería que viera? —le pregunté a Thompson señalando al nene.

—¿Lo está viendo? ¿Comprende lo que significa eso?

—No, ni siquiera sé quién es.

—Soy yo —dijo Thompson. Soy yo mismo cuando tenía diez años.

—No entiendo.

—No se haga el tonto, comandante. Sí, entiende. Ya estará informado de lo que sucede.

—No estoy informado de nada.

—Hablo de las bombas psicofarmacológicas, de los efectos alucinatorios.

—Sólo le estoy preguntando por el chico.

—Ya le dije. Él es la alucinación de mi propio pasado.

—No lo puedo comprender. Si es una alucinación cómo explica que esté ahí, tan real como estas paredes, la mesa, nosotros mismos. ¿Cómo hace para traerlo al presente y que yo pueda verlo?

—Yo no lo traigo de ninguna parte. Es él el que viene a mí. Y cada vez se queda más tiempo. Aquí está seguro. Conmigo vive mi mundo pero apenas se aleja vuelve el horror.

—¿El horror? —pregunté siguiéndole la corriente para hacerlo hablar.

—El horror es mi padre. Todavía no ha terminado. Apenas me voy regresa y con él vuelve el horror y todo vuelve a ser tal como fue hace treinta años atrás. Entonces ya siempre es tarde. Entonces tengo que matarlo todos los días. Abro la puerta de la oficina y ahí está el chico, yo mismo, con mi padre. Y lo que el padre hace con ese chico no tiene nombre. Yo tomo lo que tengo a mano, un cuchillo, mi revólver. Al principio se jugaba el odio y la violencia, se me hacía desborde. Ahora es un trabajo frío, como cualquier otro. Entro a la oficina y le pego un tiro a mi padre del mismo modo que me sirvo un café, acomodo mis libros o limpio mis botas.

—Pero ¿y el chico?

—No se acostumbra, no podría nunca acostumbrarse. No tiene opción. Para él siempre es como la primera vez, como si viviera eternamente la misma escena sin recordar haberla vivido ayer o hace una semana. Todos los días igual: mato al padre y tengo que calmar la desesperación del chico. Explicarle que ya no volverá a suceder cuando ciertamente volverá a ocurrir mañana y pasado mañana y siempre.

—¿Él nos está escuchando?

—Sí, claro. Escucha, siente, imagina, piensa, como cualquier otro chico de diez años.

—No deberíamos, entonces, hablar de esto.

—Ya no me importa. Antes tenía cuidado, ahora ya no puedo. ¿Sabe hasta dónde llegué para salir de todo esto?

—No sé, no me imagino.

—Lo maté a él. Maté al chico. ¿Cuántas veces? Tres o cuatro veces. Pensé desde la desesperación que si no podía acabar con esto matando al padre, podría hacerlo eliminando al chico. Pero nada resultó. Cada vez, al otro día, volví a encontrármelo a él y a su padre.

—Necesito que hablemos de Anderson. Me dicen que murió —dije cambiando de tema y buscando algún suelo firme desde donde poder pensar qué estaba haciendo allí.

—Por favor, mañana…, mañana todo estará en orden. No hace falta que venga a buscarme, yo lo encontraré en el campo de prisioneros.

—Necesito que reúna a las tropas, quiero presentarme, informar de la nueva situación.

—¿Tropas? Aquí no va a encontrar a nadie que pueda formar alguna tropa.

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22 oktyabr 2025
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9789871959662
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