Kitabı oxu: «Carmen Aldunate sin corazas»
Patricia Arancibia Clavel
CARMEN ALDUNATE
SIN CORAZAS
ARANCIBIA CLAVEL, PATRICIA
Carmen Aldunate sin corazas
Santiago, Chile: Catalonia, 2020
ISBN: 978-956-324-827-2
ISBN Digital: 978-956-324-828-9
BIOGRAFÍA
927
Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Diseño de portada e interior: Matías del Río y Verónica Vélez
Corrección de textos: Darío Piña
Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.
Primera edición: noviembre 2020
ISBN: 978-956-324-827-2
ISBN Digital: 978-956-324-828-9
RPI: código 7qy1m8 (28/10/2020)
© Patricia Arnacibia Clavel
© Editorial Catalonia Ltda.
Santa Isabel 1235, Providencia
Santiago de Chile
www.catalonia.cl
Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
A modo de inicio
Introducción
Primer encuentro
1 · El ambientito
2 · Más Salas que Aldunate
Entreacto
Segundo encuentro
1 · Adela, mi heroína sin estatua
2 · Silvia: y todo cambió para siempre
3 · Los Aldunate: la diplomacia que no heredé
Entreacto
Tercer encuentro
1 · La Toy, ¿Anastasia o Eva Braun?
2 · Mis hermanos
Entreacto
Cuarto encuentro
1 · Monjas vigilantes
2 · Una mamá mágica
3 · En las Ursulinas
Entreacto
Quinto encuentro
1 · Mi papá, un gran esteta
2 · Quintero y otras yerbas…
Entreacto
Sexto encuentro
1 · Entrando a la adolescencia
2 · Mis primeras fiestas y pololeos
3 · La culpa fue del membrillo
Entreacto
Séptimo encuentro
Entreacto
Octavo encuentro
1 · Teclados y géneros…
2 · ¿Le gustan las ostras?
3 · En el parque Forestal
Entreacto
Noveno encuentro
1 · Mi “atracción fatal”
2 · Mi matrimonio y María, mi clon
Entreacto
Décimo encuentro
1 · Mi primer viaje a Davis
2 · Nace la Antonia y con ella mis primeras exposiciones
Entreacto
11º encuentro
1 · Mi segundo viaje a Davis
2 · Vuelta al caos de la Unidad Popular
3 · Mi micromundo
Entreacto
12º encuentro
13º encuentro
1 · Más Bergman que Fellini
2 · Lily Lanz y Galería Época
3 · El hoyo negro
Entreacto
14º encuentro
1 · Levantando cabeza
2 · Pecados, virtudes y “angustia en mis ojos”
Entreacto
15º encuentro
1 · La “Maldita primavera” y mi primer “título”
2 · Una separación surrealista
Entreacto
16º encuentro
1 · Una pausa
Entreacto
17º encuentro
1 · Desarmándome como las piezas de un lego
A Miss Rose (Toy), Nella, Lily, Rosa,
Diego José y Mario, quienes me
permitieron ser lo que soy.
Y más que a nadie a mi compañera de
vida por más de 30 años, Angélica Silva.
A modo de inicio
Se hace camino al andar. Así dice la canción y para mí es una verdad.
Tengo un puñadito de amigas, de esas que uno no ve cada día, o tal vez en más de un año, pero con las que se cuenta siempre sin dudar ni un instante.
Tengo también muchas conocidas a las que respeto y quiero, pero ya no tengo edad, paciencia o fuerzas para hincarles el diente (o que me lo hinquen) para poder así incluirlas en mi puñado chico.
Pero a veces sucede con alguien un milagro, un choque, una alineación, un algo.
Y fue así.
Sin ni siquiera pedir permiso, una de ellas se apoderó de mi confianza, robó todas mis prudencias, quitó máscaras y corazas y, sin más, al compás de unos meses y unos tragos, se apropió de mi vida, de mi cuento...
¡Gracias, Paty!
En el año del coronavirus
Introducción
Comienzos de junio de 2018. Un letargo, que alguien podría confundir con depresión, me tenía tomada desde hacía meses. Claro, era explicable. A fines de febrero —el 28 para ser más exacta— había sufrido la pérdida de mi madre y una sensación de distancia y desapego físico y emocional a las cosas que envolvían mi quehacer cotidiano, se hizo presente con fuerza.
Me dejé ir. Sentí que por un tiempo era necesario vivir en un estado de laissez faire, laissez passer, permitiendo que se desplegaran en mi interior nuevas ideas y proyectos capaces de sacudirme de la modorra en que me encontraba. Siempre supe que no se trataba de abandonar mi trabajo que tantas satisfacciones me ha generado en estos últimos veinte años, sino más bien de encontrar una motivación que —dada mi sensibilidad del momento— me ayudara a sacar fuera mis propios sentimientos y emociones.
Y es que escribir es un oficio sanador. Tenía una experiencia anterior. El 2011, Vicente Monge —hoy un gran amigo— me pidió que relatara la historia de su hija Verónica, quien a los 22 años había muerto de cáncer. Era algo totalmente diferente a lo que había hecho hasta ese entonces y, por esas cosas del destino, acepté el desafío.
Digo que fue el destino porque, cuando me preparaba a escribir ese libro, murió en circunstancias muy trágicas Enrique, el mayor de mis diez hermanos. Cuando terminé de escribir el libro de la Verito me percaté que, sin darme cuenta, había volcado en el texto no solo el dolor de una familia, sino que mi propio dolor. Sin duda, se había producido una especie de transferencia de emociones y sentimientos que me ayudó a comprender muchas cosas que no son del caso relatar aquí.
Ahora me encontraba en una situación parecida, pero diferente. Necesitaba un nuevo reencuentro conmigo misma, pero esta vez, el desafío era que yo encontrara un “alguien” con quien realizar un nuevo ejercicio de escritura sanadora.
No sabía bien qué quería. En un primer momento, pensé que había llegado la hora de cumplir la promesa que le había hecho a mi mamá de escribir para la familia su fascinante historia de vida, pero no me sentía capaz. Todo estaba muy reciente y eso implicaba volver a escuchar su voz, volver a leer sus cartas y, sobre todo, leer sus diarios de vida, que, en un acto de confianza y generosidad, me había entregado antes de partir…
Una noche cualquiera, pensando en estos avatares, de improviso, sin saber por qué, se me vino a la mente el nombre de Carmen Aldunate.
No dudé ni un segundo que ella era el personaje perfecto para biografiar y… para dialogar. La conocía desde hacía un tiempo y habíamos congeniado muy bien. Su atractivo me era innegable. Más allá de su enorme talento artístico, tenía una serie de características admirables: inteligencia, autenticidad, sencillez y gran sentido del humor, rasgos que, unidos a su desenfado y empatía, eran difíciles de encontrar juntos en una sola persona. De hecho, entre nuestro círculo de amigas, había consenso que ella era “superior”. Además, el hecho que su vida girara en torno al arte me era muy atractivo. Es un ámbito que no domino para nada y aprender —aunque tardíamente— siempre es un reto.
Solo había un pero para iniciar esta aventura. Carmen —como dice ella misma— es muy “cerruca”. Salvo en el verano que parte con sus hijas María y Lola a disfrutar la playa de Zapallar, el resto del año se encierra en su casa de Vitacura, no recibe a nadie y se dedica a pintar y a pintar… Tiene sus horarios, sus obsesiones, sabe decir no y maneja su vida con una libertad envidiable.
La llamé entonces por teléfono y le dije que tenía un proyecto entre manos que, en una de esas, le podía interesar.
—Vente para acá —me dijo, y partí.
Todo lo que leerán a continuación es producto de nuestras largas e intermitentes conversaciones por más de dos años. Durante el tiempo que duraron nuestros “encuentros de trabajo” pasaron muchas cosas, pero quizás, la principal, fue que creo haber logrado entrar en su mundo mágico, comprender mejor su pintura y descubrir en algo quién era la persona que estaba detrás del personaje. Todo ello fue un proceso lento que se irá develando en el correr de estas páginas y que espero los sorprenda al igual como me sorprendió a mí.
Todo trabajo de acercamiento biográfico tiene sus limitaciones. La individualidad de Carmen Aldunate, como la de cualquier otra persona a la cual se quiera biografiar, no puede ser conocida ni penetrada en su totalidad. A lo más, uno puede recrear circunstancias, describir situaciones, revitalizar momentos. Desplegar, en el espacio y en el tiempo, trozos de una vida que, sin embargo, permanecerá en muchas ocasiones insondable en sus misterios e inabarcable en su realidad.
Con todo, ahora que pongo fin a este libro, puedo decir con satisfacción que no solo cumplí mi objetivo personal —escribir es sanador— sino que, al abrir la intimidad de nuestros encuentros, poner a disposición del lector el núcleo esencial de una mujer excepcional que ha entregado su vida al arte.
Patricia Arancibia Clavel
Hay que dar audiencia a los recuerdos
1 · El ambientito
No hacía mucho que Carmen se había cambiado de su amplio departamento de la calle O’Brien, a una casa muy acogedora en Pedro de Villagra con Nueva Costanera.
Nuestro primer encuentro fue realmente genial. Llegué como a las ocho de la noche y hacía un frío intenso. Me salió a recibir Angélica, su nana, y unos tres o cuatro perros que ladraban a rabiar. Casi me morí. No soy de animales de ningún tipo —con suerte los humanos— y soporté con estoicismo sus “cariños” y movimientos de colas.
Entré al living y un ambiente cálido me envolvió. La chimenea hace las veces de tal, pero, en verdad, adentro hay troncos que nunca terminan de quemarse. Encima, en la repisa, destacan unas figuras de hueso muy antiguas, traídas de Indonesia. En la mesa de centro, moderna, hecha a mano, pintada en capas de acrílico, hay una gran sopera de plata, llena de anteojos, cajetillas de cigarrillos, encendedores y otras hierbas, en tanto las paredes están tapizadas de sus cuadros, de los de su hija María y de otros pintores amigos. Me llamaron la atención los de ella —en especial un retrato de una mujer con cuernos, dos rostros envueltos en velos y uno craquelado— y al frente, uno de Balmes sobre Neruda y varias pinturas más pequeñas, de mucho colorido.
Todo era grato para iniciar la conversación, más aún cuando llegó una rica cerveza. En esa casa no hay censuras de ningún tipo, los ceniceros sobran y se puede fumar a destajo. Rápidamente se armó lo que ella llama “el ambientito”.
Es increíble —me dijo—, pero es como que las constelaciones se hubieran alineado. En enero de este año —2018—, estando con la Lily Lanz en Zapallar, recibí la noticia de la muerte de Nicanor Parra. Nos dio mucha pena, pero también algo de rabia porque, entre otras tantas cosas, nadie se acordó de cuando, gracias a la Lily, más de 45 artistas le hicimos un precioso homenaje en vida, pintando unas postales de sus Chistes para desorientar a la poesía. Recordándonos de ello, nos dimos cuenta que teníamos tantas historias y anécdotas que, si no las contábamos o escribíamos, se perderían en la nebulosa de los tiempos. De alguna manera, una parte importante de la historia del arte de los últimos 50 años en Chile, pasó por la Galería Época de la Lily y creo que es interesante darla a conocer.
Sin duda es así, le contesté. Esa galería fue un ícono para muchos artistas y un verdadero centro cultural. Sin embargo, más que una historia del arte, de las galerías y de las tendencias que han dominado el quehacer artístico chileno, lo que yo quiero es centrarme específicamente en ti, rescatar la historia de tu vida, intentar descubrir —en la medida de lo posible— quién es Carmen Aldunate, cómo te convertiste en pintora y por qué pintas lo que pintas… Creo que eres una artista que ha marcado a toda una generación, cuya vigencia está intacta y que, dentro de tus grandes atractivos, está ese halo un tanto misterioso que rodea tu vida y tu pintura. Es lo que de alguna manera quisiera develar a través de una especie de biografía…
¡Soy tan poco interesante! La verdad es que no me siento un referente de nada y creo que mi vida no tiene mayor atractivo. Además, quiero decirte que casi no guardo papeles, solo algunas fotos y tengo además pésima memoria, especialmente para las fechas. Igual, feliz converso contigo si crees que puede ser útil...
Y así de fácil se inició nuestro diálogo. Estaba convencida que si me dejaba traspasar sus corazas —esas que caracterizan muchos de sus cuadros de mujeres— podría entender algo del lenguaje de su pintura y, con eso, a ella misma. Gustándome mucho, el arte siempre me había sido esquivo. Tardé en darme cuenta que, al igual que la escritura, la música, la ficción, la poesía y tantas otras cosas, la pintura es, quizás como pocas, un excelente medio de expresión de la sensibilidad del alma. Era mi oportunidad de aprender a “leerla”.
2 · Más Salas que Aldunate
Perdona que parta por lo más obvio. ¿Cuándo y dónde naciste?
Nací en pleno verano, el 10 de febrero de 1940 en Viña del Mar porque a mi mamá le dio flojera volverse al calor de Santiago. Tan simple como eso. Una partera fue a la casa y todos creían que sería diezmesina ya que me demoré más de la cuenta en salir… Mi mamá se llamaba Eliana Salas Edwards, pero como nadie sabía cómo escribir bien su segundo apellido, decía que se llamaba Eliana Salas Yegua. Era lo más maravillosa que puedas imaginar, fuera de toda clasificación. Aparte de ser muy bonita —preciosa, la verdad—, tenía una forma de ser absolutamente diferente al común de los mortales. Fue una de las primeras mujeres hippies en Chile y la primera en ponerse pantalones para salir a la calle. A ella le importaba poco o nada el qué dirán. No tenía sentido del ridículo y una autenticidad abismante. Cuando nací me puso Carmen Zita, parece que en honor a una emperatriz austríaca, pero, sobre todo, porque quería que todo el mundo me dijera Carmencita…
Mientras me respondía, pensé que no solo no me había equivocado en la elección de mi personaje, sino que además en este viaje por su vida y la de su familia me iba a entretener mucho.
¿Fuiste hija única?
Fuimos cuatro hermanos y soy la única sobreviviente: Eliana, Jorge, Luis Eduardo y yo, en ese orden. Ellos eran mucho mayores. Fui el “concho”, y me imagino que resultado de un reencuentro de mis padres, porque él era bastante picaflor. Yo tenía dieciocho años de diferencia con mi hermana mayor y catorce con el que me seguía para arriba… Es decir, me crie como hija única. Mi papá se llamaba Jorge Aldunate Eguiguren, era abogado y fue diplomático, cualidad que me han dicho no adquirí… jajaja.
Sí, al parecer tu lado lúdico no viene por lo Aldunate…
Soy mucho más Salas que Aldunate. Mi abuelo, Eduardo Salas Undurraga, era el ser más extraño que he conocido. Excéntrico como el que más, venía de una familia muy emperifollada y, que yo sepa, no hizo nunca nada más que casarse con mi abuela —Adela Edwards Mac-Clure— quien tenía los millones de arlequín. Tenía fama de ser uno de los hombres más elegantes de su época y su gran hobby fue la fotografía en vidrio. También era inventor de cosas raras y, entre sus locuras, estuvo la de encargar a Suecia tres casas de veraneo prefabricadas idénticas, las que decoró con el mismo mobiliario. Pero no solo eso… también hizo traer en triplicado su ropa desde Inglaterra, aduciendo que así podía viajar ligero de equipaje entre casa y casa. Instaló una en Nogales —el fundo de mi abuela—, otra en Viña y la que yo alcancé a disfrutar al máximo, que fue la de Quintero.
¿Puedes hablarme de tu abuela Adela? Tengo entendido que ella era nieta de Juana Ross, la mujer más rica de Chile a comienzos del siglo XX, pero a su vez, ejemplo de humildad y de entrega a los pobres…
| Adela Edwards Mac-Clure |
| Eduardo Salas Undurraga |
Sí, es verdad. La “mamita Juana” —como le decían en la familia— influyó mucho en la manera de ser y pensar de mi abuela Adela, quien fue su ahijada y nieta regalona. Siempre escuché que hizo votos de pobreza y que recorría los cerros de Valparaíso, toda vestida de negro, ayudando a quien se le ponía por delante.
Lo que yo sé es que Juana tenía una enorme riqueza ya que se casó con su tío Agustín Edwards Ossandón, forjador de la fortuna Edwards. Quince años menor que él, tuvieron que pedir dispensas a la Iglesia Católica para el matrimonio por lo cercano del parentesco, ya que él era hermano de Carmen, su madre.
¡No te puedo creer, no tenía idea! Es bueno tenerlo en cuenta, ya que quién sabe si de allí vienen todas nuestras rarezas…
| Juana Ross |
Y también, por qué no, ¡el temple y fortaleza…! Piensa tú que doña Juana vio morir a sus siete hijos y a su marido, antes de partir ella misma en 1913. Su funeral fue apoteósico y es considerada una de las filántropas más importantes de Chile…
Yo solo me acuerdo que con mi mamá nos reíamos harto, ya que a nosotras no nos tocó ni un “real” ni de Juana ni tampoco de mi abuela Adela, quien también dedicó su vida a la labor social y a la defensa de los derechos de la mujer.
Cuéntame, ¿tú alcanzaste a conocer bien a tu abuela?
¡Claro que sí! Viví mis primeros años con ella y mi abuelo Eduardo en el palacete que tenían en la calle Catedral, pleno centro de Santiago. Tanto ahí como después, cuando enviudó y se fue a vivir frente a nuestra casa en la calle María Luisa Santander, compartí mucho con ella. Era católica practicante y, en ambas casas, tenía una capilla al lado de su pieza. Allí escuchaba misa diariamente y recibía a cuanto obispo y cura existente por los alrededores. ¡Cuánto les habrá pagado! Con mis primos José y Felipe Subercaseaux —hijos de mi tía Mary, hermana de mi mamá— teníamos terror de tocar una piedra que estaba en el medio del altar, porque alguien nos dijo que era sagrada. Así y todo, muchas veces entrábamos a hurtadillas, tocábamos la campanilla y hacíamos “nuestra” propia misa con pan en vez de hostia. Por otro lado, casi siempre vi a mi abuela vestida con una sarga negra porque, al igual que su abuela Juana, hizo votos de pobreza y fue extremadamente puritana.
¿Cómo lo manifestaba?
Me acuerdo que como estaba tan ocupada con sus obras de caridad, a nosotros, sus nietos chicos, nos recibía temprano en la tina mientras se bañaba. Se metía al agua enteramente vestida, sin mostrar nada de su cuerpo, y para mí eso era tan natural, que pensaba que todas las abuelas del mundo se bañaban de la misma manera. En la casa de calle Catedral había un Rubens y, como ella consideraba que era impúdico mostrar las pechugas, no encontró nada mejor que pintárselas encima de un color azuloso para que no se le vieran. Cuando se murió, tuvo que venir un experto para restaurar el cuadro y poder venderlo. Ya mayor —murió en 1952 cuando tenía 76 años— recorría los parques y jardines con su bastón e iba rompiendo los “pirulines” de las estatuas o poniéndoles yeso encima. Pero esta pechoñería —que claramente yo no heredé— no impedía para nada que fuera una mujer divertida y con un gran sentido del humor. Nunca la vi golpeándose el pecho o con cara amargada. De repente la pillábamos en alguna maldad, como cuando llegaba a almorzar y venía con los bigotes marcados con azúcar flor porque había pasado a comer pasteles. Se hacía la lesa, pero era muy golosa y dulcera. Le encantaban los postres y, pese a que tenía una diabetes bastante avanzada, no se privaba de nada. Pero lo más importante para mí, es que fue una mujer muy activa e independiente. Debe haber sido una de las primeras feministas que tuvo el país y batalló incansablemente por el voto femenino.
Mientras me describía a su abuela, se me vino a la mente la propia Carmen y la gran temática de su pintura: mujeres, mujeres y más mujeres. Pensé entonces que quizás en el origen de su inspiración estaba la necesidad de reencontrarse con sus raíces y con ella misma. Juana, Adela, Eliana, su madre, habían sido mujeres diferentes, disruptivas y le hice entonces la pregunta si cuando pintaba las tenía presentes…

Mis abuelos maternos
Yo no pienso cuando pinto, lo hago por instinto, simplemente me sale de la “guata”, pero sí te puedo decir que Adela fue mi primera gran inspiración, tanto así que uno de los primeros cuadros al óleo que enmarqué fue el de ella. Lo tengo en mi taller y… me observa. Fíjate que —entre muchas otras cosas— creó una institución —Cruz Blanca— que tenía como objetivo acoger a las jóvenes solteras que quedaban embarazadas y no tenían dónde ir. ¡Imagínate esto en una época en que estas pobres mujeres eran tratadas como parias! Siempre la admiré por su fuerza y carácter y también por esa capacidad de enfrentar la vida a su manera. No lo sé, pero tiendo a creer que, casi como osmosis, esa forma de ser se plasma —de una u otra manera— en mi pintura.
¡Por suerte que no heredaste su parte pechoña! Creo que se hubiera dado varias vueltas en su tumba si hubiera alcanzado a ver algunos de tus dibujos y pinturas…

Mi mamá, mis primos José, Felipe Subercaseaux y yo
Jajaja. Me acuerdo que después de una exposición donde presenté varios cuadros de desnudos, un amigo de mi abuela me escribió con humor: “Qué bueno que estés recuperando los pechos y partes pudendas que tu abuela hizo desaparecer…"
A estas alturas de la conversación, ya nos habíamos tomado un par de cervezas y nos habíamos fumado varios cigarrillos. Pasamos al comedor donde un coromandel japonés heredado de su abuelo paterno, hecho a mano con incrustaciones de nácar, decora toda una pared. La Angélica —quien cocina como los dioses— tenía preparada una comida exquisita. Yo, que no quería perder ni una coma de lo que la Carmen me estaba contando, me trasladé a la mesa con grabadora en mano. Me había crecido la curiosidad por saber más de su familia y le pregunté cuánto le habían influenciado las mujeres de su entorno familiar.

Sergio y Andrés
Absolutamente. Soy un poco todas las mujeres de mi familia y creo que mis hijas no escapan a ese “karma”. Durante un tiempo largo, mis abuelos maternos llevaron una vida bastante cómoda y sin mayores sobresaltos. Tuvieron seis hijos: Silvia (la mayor), Eliana (mi mamá), Filomena (la tía Mena), María Luisa (la tía Mary), Sergio y Andrés. Todos ellos nacieron y se criaron en la casa de Catedral con institutrices y profesores particulares, como se hacía en esos tiempos. Sergito, el menor, nació con síndrome de Down y murió de 8 o 10 años. Lo fantástico de mi abuela fue que, en tiempos en que estas situaciones no se enfrentaban y tendían a ocultarse, ella no escatimó esfuerzos para convertirlo en un niño más de la casa. De hecho, con una entereza envidiable y una fe que movía montañas, afrontó esta condición de Sergito como un regalo de Dios y no hizo ninguna diferencia en su crianza y formación con sus otros hijos durante los pocos años que este alcanzó a vivir. Hace poco vi una foto donde están mis tíos Andrés y Sergio, de unos 5 o 6 años, los dos vestidos iguales, de marineros, frente a un escritorio con un libro abierto. Y es que mi abuela prefirió no mandar al colegio a Andrés para no hacer diferencias.
En todo caso, no fue esa pena la que marcó a mi familia, sino la muerte temprana de mi tía Silvia, la hermana mayor de mi mamá.
¿Fue un accidente?
Sí, y soy una convencida que su trágica muerte a los 19 años trajo significativas secuelas anímicas en mis abuelos, mi madre, mis hermanos y, por extensión, en mí misma. Sin duda, hay un antes y un después de este hecho, el que, sin desearlo, ronda como un fantasma en mi vida y en lo que soy.
En este momento de la conversación supe que recién estábamos rozando la superficie de la verdadera historia de la Carmen. Ambas sabíamos que no íbamos a poder esquivar nuestros dolores, esos que marcan nuestras vidas y que de una u otra manera explican por qué escribimos lo que escribimos, por qué pintamos lo que pintamos… Esos dolores que necesitan muchas corazas para que no duelan tanto.
Ya era tarde. Nos habíamos tomado unos “taquitos” de whisky y comentamos que echar la vista atrás, a veces le hacía bien al alma.
Es muy rico conversar contigo. Estos son temas que se hablan muy poco… Ojalá puedas rastrear más información sobre mis abuelos, en especial de Adela y de aquel accidente. Yo creo que detrás de su entrega y fuerte personalidad hubo mucho sufrimiento y pérdidas. ¿Cómo sobrevivió a la muerte de dos de sus hijos? ¿Cómo lo hizo Juana, que los perdió a todos? Hay distintas maneras de enfrentar estos profundos dolores. Algunos enloquecen, otros siguen adelante entregándose a los demás y también existen aquellos que —como nosotras— pintan o escriben…
Sí, pienso que cada persona busca exorcizar sus dolores, expulsarlos, de acuerdo a sus dones y circunstancias, y tú naciste con el pincel en la mano…
Sí, casi como chupete… Desde que estaba en la cuna vi colores y pinceles. Entre medio de todas sus actividades, mi abuela también pintaba y les traspasó el gen a sus hijas. Mi mamá tenía un taller en la casa donde aparte del dibujo, la pintura y la escultura, hacía unas cerámicas preciosas. Yo me crie entre gredas, yesos, telas, paletas, atriles, óleos y diluyentes…
Le dije que hablaríamos de eso y mucho más en nuestro próximo encuentro. Eran más de las dos de la mañana y nos despedimos con la grata sensación que nos habíamos embarcado en una aventura sin vuelta atrás. En ese momento, aún no sabía qué estructura le daría al relato ni cómo ordenaría esta y las siguientes conversaciones. Lo único que sí tenía claro era que no podría dejar de contarlas.
Entreacto
Durante los días siguientes, me sumergí en Google y en mi biblioteca buscando información sobre sus abuelos Eduardo y Adela. Me interesaba contextualizar y conocer más a fondo a estos personajes, no solo por la importancia que habían tenido en la historia de la Carmen, sino que también porque ellos representaban el modo de ser de una parte importante de la élite católica chilena de comienzos del siglo XX.
No me fue difícil ratificar que ambos eran miembros destacados de la llamada “fronda aristocrática”. Ricos, refinados, cultos y conservadores, les había tocado vivir en plenitud el Chile del 1900 y la Belle Époque. Se habían casado el 1 de diciembre de 1889, yéndose a vivir a la gran casona de calle Catedral N° 1183, mencionada por la Carmen y donde ella pasó sus primeros años de vida. Busqué en las revistas de la época y encontré fotos y descripciones de su fachada como del interior, lo que supuse que a ella le encantaría. Había sido durante las dos primeras décadas del siglo XX —antes del accidente de Silvia, que ocurrió en 1919—, el centro de actividades sociales de sus abuelos y el lugar donde habían nacido su madre y sus tíos.

Casona de mis abuelos Salas Edwards
De Eduardo no encontré mayores datos. Las crónicas solo me confirmaron que se vestía como un “dandy” y que, junto a Adela, tenían una vida social intensa. Habían deslumbrado en el recordado y suntuoso baile de fantasía que se realizó en octubre de 1912 en el palacio de los Concha-Cazzote. La revista Zig-Zag comentó que fueron una de las parejas más aplaudidas de la noche y publicó: “Espléndido fue el ingreso de Eduardo Salas Undurraga, disfrazado del Káiser Guillermo II de Prusia. Bajó desde un carruaje tirado por varios caballos junto a su mujer, Adela Edwards, quien se vistió de Juana de Aragón con un traje idéntico al que perpetuó en su retrato el propio Rafael”.
De Adela había muchísima más información. Era la mayor de los nueve hermanos Edwards Mac-Clure y, de las mujeres, la más cercana a Agustín, quien llevaba los negocios de la familia. Por otra parte, confirmé que la cercanía con su abuela Juana la impulsó desde muy joven a realizar obras de caridad. Al parecer, era la menos mundana de entre sus hermanas y ya antes de casarse —lo hizo a los 23 años— había creado en Valparaíso un hogar para niños sin familia.
Su matrimonio y el hecho de ser madre de seis hijos, no le impidió seguir desarrollando su veta social. Efectivamente fue una mujer autónoma, activa y profundamente religiosa, con clara conciencia que su favorecida situación económica la obligaba moralmente a ayudar a quienes nada tenían. En efecto, con gran empuje, en 1907 —entre medio del nacimiento y formación de sus hijos— creó la primera Escuela Normal particular femenina del país, de donde en casi 70 años de funcionamiento egresaron más de dos mil maestras. En la hacienda Nogales, por otra parte, su labor de catequesis fue enorme. Las fuentes establecen que, gracias a su constante ayuda, los más de ochenta niños que vivían en ese campo recibieron una permanente formación cristiana.
Impulsora del Congreso Mariano de 1918 que reunió al feminismo católico chileno, allí dio a conocer su gran obra: la Cruz Blanca, aquella institución que me había mencionado Carmen y que formó en defensa de la “niña inocente pero profanada”, como ella decía en sus escritos. Muy vinculada con la jerarquía eclesiástica, era amiga del arzobispo Juan Ignacio González y de conocidos personajes de la Iglesia, como los sacerdotes Santiago Vial, Horacio Campillo y Carlos Casanueva, rector de la Universidad Católica.
Con esta y otra información, especialmente sobre la muerte de Silvia, partí de nuevo a Pedro de Villagra.
1 · Adela, mi heroína sin estatua
Llegué donde la Carmen contenta de lo que había averiguado. Los perros volvieron a ladrar cuando toqué el timbre, aunque esta vez les tuve menos miedo. La verdad es que Mafalda y Frida no son tan peligrosas… Al entrar al living, miré todo con mayor atención. Detrás del sillón del fondo, apegado a la muralla, volví a fijarme en una serie de grabados de fuertes colores, que después supe eran de su primera época cuando, recién casada, partió a Estados Unidos. El cariñoso recibimiento y el ambiente cálido, permitió que no me costara nada retomar nuestra larga conversación anterior.
Le pregunté cómo se sentía. Si yo no hubiera sabido, nada me hubiera indicado que hacía ocho meses había pasado un tiempo largo en la clínica, con una compleja operación al corazón agravada con una neumonía. Simplemente no le toqué el tema. Estaba regia, llena de ánimo y con ganas de conversar.
Partí poniéndola al día de lo que había encontrado sobre sus abuelos, le mostré algunas fotos y parece que la sorprendí cuando le dije que, aparte de todas sus cualidades, Adela no solo había sido una gran activista del voto femenino, sino que también escritora.
No sabía que mi abuela hubiera escrito algo… ¡Qué interesante! ¿Y sabes sobre qué?
En 1930 escribió Tragedias de la realidad y solo para que captes su tono, te leo el epígrafe: “Mujer cuyos ojos piadosos van a posarse sobre estas páginas, acuérdate de todas las infelices de tu sexo que están próximas a rodar al precipicio. Todos somos, o manos que empujamos brutalmente al vicio, o manos egoístas que no tendemos a tiempo”. Es un libro que cuenta historias de dolores, de mujeres que sufren, historias reales que ella conoció y que —como dice— “necesitan mucha ayuda moral y material, mucha misericordia y comprensión piadosa”.
¡Qué increíble el lenguaje de esa época y la capacidad de la abuela para impulsar tantas cosas a favor de las mujeres…!
Pero hay algo más emocionante... El libro está dedicado a “mis hijos y mis nietos”, o sea, también a ti… Ella quería que la recordaran como lo estás haciendo… Escucha la dedicatoria: “Cuando mi voz enmudezca con la muerte, estas páginas que son mi canción de adentro, como música suave los envolverá en torno a recuerdos de tiempos pasados y les seguirá hablando a sus corazones vivos, ecos de mi misma sangre”. ¿No te parece precioso?
Maravilloso…, me llega a fondo, ¡no me hagas llorar, por favor! ¿Cómo logras encontrar tantas cosas?
¡Me alegra sorprenderte…! Lo último que te cuento es que, en 1934, formó el movimiento “Acción Patriótica de Mujeres de Chile” con la finalidad de organizarlas para el ejercicio de sus derechos políticos. Fue uno de sus grandes logros y en las elecciones municipales de 1935, donde por primera vez las mujeres tuvieron derecho a voto, salió elegida como regidora de Santiago. Ella era de armas tomar.

Adela, Adela, Adela
Me siento muy orgullosa de todo esto que me estás contando. La verdad es que me emociona. Me quedo con la idea que mi abuela, siendo pionera en tantas cosas, ha sido bastante opacada. Se habla mucho más de su hermano Agustín por El Mercurio y de su hermana María por haber sido miembro de la Resistencia francesa durante la II Guerra Mundial, pero nada o casi nada de Adela, mi gran heroína sin estatua…
Que te sigue inspirando y observando en tu taller…

Silvia Salas Edwards
2 · Silvia: y todo cambió para siempre
También te traje algunos datos sobre el accidente de tu tía Silvia, pero antes de entregártelos, me gustaría que me contaras lo que tú sabes…
Lo que sé es que ella tuvo una espantosa muerte en un accidente automovilístico. Mi tía era los ojos de mis abuelos y solo tenía dos años de diferencia con mi mamá, quien también iba en el auto y sufrió graves heridas. No sé bien cuándo, cómo y dónde pasó todo esto, pero, como te dije el otro día, de ahí en adelante todo cambió en mi familia. Mis abuelos nunca volvieron a ser los mismos y mi mamá —que no tenía más de 17 años— entró en una gran depresión…
Te puedo aportar algunos hechos. El accidente se produjo en Santiago el 12 de diciembre de 1919, cuando tu tía Silvia y tu mamá regresaban de una gran fiesta, acompañadas por su institutriz —Winifried Doherty— y dos amigas: Alicia Cañas Zañartu y Virginia González Balmaceda. Era viernes y, como tantas otras veces, tu abuelo Eduardo envió a buscarlas con el chofer en el auto de la familia. En algún momento, Rafael Cañas, hermano chico de Alicia, quien también venía en el auto y no tenía más de 16 años, le pidió al conductor que lo dejara manejar, perdió el control y en la esquina de la Alameda con Riquelme chocó de manera brutal. Todas las mujeres quedaron heridas graves, pero fue Silvia y su institutriz las que sufrieron la peor parte. La gravedad de sus lesiones fue tal que ambas no lograron sobrevivir, muriendo al día siguiente.

Mis abuelos paternos
¡No quiero imaginarme cómo habrá sido eso! Nunca supe los detalles y durante mucho tiempo en mi casa se mantuvo reserva sobre el nombre de quién iba manejando. Nadie hablaba del tema abiertamente, ni siquiera cuando yo era grande. Mi mamá fue siempre muy reservada al respecto y me imagino que fue porque no quería revivir ese dolor.
Es que fue un gran drama familiar…
La vida social de mis abuelos terminó abruptamente y la casa de Catedral —esa que tú me muestras en esas fotografías— perdió todo su esplendor y se volvió fría y lúgubre. Cuando yo viví ahí, a comienzos de los años cuarenta, es decir algo más de veinte años después, todo era sombrío.
¿Aún la recuerdas?
Era un caserón gigantesco que tenía un teatro con escenario y butacas en el primer piso. Ahí yo jugaba con mi prima Angélica Salas, la única hija de Andrés, hermano de mi mamá. Nos encantaba intrusear las piezas del segundo piso y una vez que nos mandaron a dormir siesta, abrí un velador y nos encontramos con una “pelela” que en esos tiempos le decían “cantora”. Nos reímos muchísimo, imaginando a algunos de mis abuelos usándola. Toda la casa estaba llena de cosas raras, entre ellas, muchos animales embalsamados, ciervos y tortugas, como las de Galápagos. Subiendo la escalera, había unas armaduras horribles y mi prima Angélica subía con los ojos cerrados… También me acuerdo que en los baños —que eran grandes— había lavamanos floreados y las tinas tenían patas de bronce… ¡Las cosas que me haces recordar!
Debes de haber tenido 4 o 5 años…
Y, claro, ahora entiendo… rara vez vi a mi abuelo. Pasaba encerrado en su taller de fotografía y ni siquiera bajaba al comedor. Mi abuela, en tanto, simplemente decidió desaparecer de la casa y llenarse de más actividades feministas y de caridad. Creo que su principal salida era al Cementerio General, donde mandaron a construir un gran mausoleo de tres pisos que hoy es monumento nacional. Ambos vivían solo para recordar a la tía Silvia.
Tanto es así que, todavía veinte años después, en mayo de 1939, Adela fundó una escuela básica particular que hasta el día de hoy funciona, y que lleva el nombre de Silvia Salas Edwards. Queda en la calle Antofagasta, en el barrio de Estación Central, y la dirigen las religiosas adoratrices…
Entre paréntesis, ¿supiste qué pasó con esa casa y las cosas?
Poco tiempo después que murió mi abuelo se vendió y parece que —¡oh, paradoja!— por un período fue sede del Partido Comunista. Como te conté, ya viuda, mi abuela Adela se fue a vivir frente a nosotros, y mi mamá con mi tía Mary —que eran muy yuntas— se hicieron cargo de deshacer el enorme caserón. Fue todo un acontecimiento. Me acuerdo que con mis primos José y Felipe nos paseábamos incrédulos mirando cómo se tiraban las cosas a la calle y que una multitud de gente se llevaba todo. Nosotros con mis primos también recogíamos lo que nos gustaba, pese a que mi mamá y la tía Mary nos revisaban como policías para que no devolviéramos nada. Así y todo, logré salvar una vitrina de cristal preciosa. Me acuerdo que cerraron la cuadra y que se botó muchísimo. La calle parecía tienda de antigüedades y el lema ¡llegar y llevar!
¿Conservaste algo para ti?
Ese “apoya pie” que ves ahí y que debe tener más de dos siglos porque era de la “mamita Juana”. A mi mamá nunca le interesaron las cosas materiales, así que conservó muy poco de esa casa. Pero mi prima Angélica me ha contado que tiene unas copas de cristal finísimas, que dan miedo hasta mirarlas por lo frágil que son y que mis abuelos se habían traído de Europa en algún viaje anterior a la muerte de Silvia.
¿Y la casa del fundo de Nogales?
Eso sí que fue tremendo. Lo que pasa es que en ese lugar, un año antes de la desgracia, los abuelos le hicieron a mi tía Silvia una gran fiesta de estreno en sociedad. La casa era monumental, la más grande de las que Eduardo trajo de Suecia. Tenía hasta zoológico propio. Para esa fiesta, él mandó a construir un ramal desde la estación de Quillota a Nogales, nada más para que los invitados llegaran en tren sin contratiempos al fundo. Después de lo sucedido, derrumbados anímicamente, nadie quiso saber más de esa casa.
Por lo que leí, Silvia era muy querida por los inquilinos. Cada vez que iba al campo —y lo hacía muy seguido— acompañaba a Adela a curar a los enfermos. Al parecer había estudiado en la Cruz Roja y también —desde los 17 años— hizo clases en el Centro Obrero de Instrucción.
Debe haber sido así. La cosa social estaba muy arraigada en la familia, por lo menos hasta la generación de mi mamá. Ella me contaba que cuando chica, la hacían recoger en cuatro patas pétalos de flores en jardines y parques, los que guardaba en una bolsita especial para su venta a beneficio de los pobres…
¿Y qué pasó con tu mamá?
Imagínate cómo habrá sido para ella todo esto. Quedó grave, aunque sin secuelas físicas. Perdió a su hermana, con quien era muy unida, y tuvo que lidiar con una fuerte depresión y unos papás sumidos en el dolor. En esos tiempos, la depresión no se diagnosticaba. Estaba tan mal que la autorizaron a casarse con mi papá —Jorge Aldunate Eguiguren— mucho más rápido de lo que mis abuelos hubieran deseado, ya que no llevaban mucho tiempo pololeando.
¿Dónde fue el matrimonio?
En Santiago. Nunca he visto un traje de matrimonio más horrible que el que llevaba mi mamá cuando se casó, y estoy segura que, si otra persona se lo hubiera puesto, habría sido un total desastre. Llevaba en la cabeza una especie de toca, que más parecía cantora… Pero ella era tan bonita, de rasgos tan perfectos, que cualquier cosa que usaba le quedaba estupendo. Por ahí guardo un Zig-Zag donde sale la noticia, con una foto donde está junto al presidente Alessandri Palma…

Mi mamá con su traje de novia
¿Vivieron siempre en Santiago?
Al parecer mi abuelo paterno —Luis Aldunate Echeverría, quien era un político y diplomático muy importante— le consiguió a su hijo recién casado un cargo en España —creo que agregado cultural— y rápidamente partieron a Madrid. Vivieron en la embajada de Chile allá y mis dos hermanos mayores, la Eliana y Jorge, nacieron por esos lados. Siempre escuché en la casa que cuando fueron a despedirse de Arturo Alessandri a La Moneda, el presidente le echó una talla a mi mamá, porque parecía una niñita de 15 años: “¡Esperemos, Elianita, que no se le caigan los calzones cuando haga su presentación en España!”. Y es que ella —que se hacía su ropa— se puso un vestido de muselina con un lazo gigantesco de raso en la cintura y una cinta enorme —tipo mariposón— en el pelo, que la hacía verse quinceañera.
Sin duda, casarse, viajar y tener a su primera hija le debe de haber ayudado a salir de su depresión…
Sí, pero creo que le costó reponerse ya que, a pesar de su carácter festivo, siempre tuvo algo clavado en su corazón…
¿Como en tus cuadros?
Puede ser. Todas las mujeres tienen algo clavado en alguna parte de sus cuerpos o de sus almas…
Es verdad, nunca ha sido fácil ser mujer…
La conversación había fluido naturalmente y solo fue interrumpida por la Angélica que nos había preparado un rico pan de ajo calientito. Era hora de pasar a la mesa, llenar las copas y entrar en otro tema.
3 · Los Aldunate: la diplomacia que no heredé
Mientras hablábamos de Adela, Silvia y tu mamá pienso cuán cierto es que la memoria es selectiva y, a veces, caprichosa.
¿Por qué me dices eso?
Porque si bien mis preguntas o acotaciones han estado dirigidas hacia tu familia materna, me llama la atención que tú no hubieses hecho ninguna mención o comentario espontáneo sobre tus abuelos paternos…
Es que los Aldunate son mucho más fomes. Si bien mi abuelo Luis fue un hombre muy destacado, eran con mi abuela totalmente comme il faut, sin la chispa y el encanto de los del lado Salas.
Puede ser, pero tu abuelo fue un gran y reconocido personaje de su tiempo. Aparte de ser tataranieto de José Miguel Carrera, tuvo una brillante carrera política y diplomática. Muy amigo del presidente Alessandri Palma, el “León”, fue su ministro de Relaciones Exteriores en 1920 y después —coincidiendo con la estadía de tus papás en Madrid— fue embajador en España y Portugal. Cuando joven, fue intendente de Tarapacá y luego vivió más de seis años en París ya que fue primer secretario de la embajada de Chile allá y, a continuación, agregado de negocios en Bélgica y Holanda. Su carrera fue increíble, terminó como embajador en Argentina y después en Francia.
Sé muy poco de ellos. María Luisa Eguiguren, mi abuela, era la mujer más elegante que te puedas imaginar. Siempre andaba a la última moda y era muy perfeccionista y observadora. Un día —debo haber tenido 3 o 4 años— me llevaron a visitarla y, al verme caminar, le dijo a mi papá: “Jorge, esta niñita tiene una pierna más corta que la otra. Mira, hazla caminar…”. Mi papá se volvió como loco y me llevó a no sé cuántos doctores. La verdad es que la abuela tenía razón: había un milímetro de diferencia entre una pierna y otra, lo que no era nada, pero me recetaron plantillas. Nunca me las puse, no cojeaba, pero hasta el día de hoy tengo que acortar más la bastilla a un lado que a otro en los pantalones…
¿Era cariñosa?
Casi no la conocí, pero sin duda era más distante y seria comparada con las locuras de los Salas y especialmente de mi abuela Adela, a quien no le importaba nada la ropa, siempre se vestía igual y nunca se pintaba. Además, Adela le ganaba en fortaleza, plata e independencia. Ahora me acuerdo que durante los años de la II Guerra Mundial, para no gastar bencina de más, ella se compró una moto —de esas sidecar— con asiento al lado, y partía con su amiga Juanita Quindos de Montalva a sus reuniones feministas y… a romper “pirulines”, jajaja.
No hay caso, Carmen, ¿te das cuenta que vuelves una y otra vez a Adela?
Parece que es así…, pero te cuento algo más de mis abuelos paternos. Como Luis fue embajador casi toda su vida, se pasaba viajando y tenía muchas anécdotas. Pero la que siempre se contó en la casa —y nos reíamos mucho— fue cuando estando en San Sebastián, España —él era de ascendencia vasca—, lo asaltaron, le dieron algunos golpes y le rajaron la ropa. No sé cómo pasó exactamente, pero el hecho fue que tomaron preso al ladrón y cuando mi abuelo preguntó su nombre, resultó que se llamaba exactamente igual que él: Luis Aldunate Echeverría. Fue tal su sorpresa, que lo perdonó y lo trajo a Chile como su chofer…
¡Como para no creerlo!
Ambos abuelos murieron cuando yo era muy chica. María Luisa elegantemente de cáncer, y mi abuelo tiempo después. Él “entró” en alzhéimer y entonces le contrataron a una cuidadora rusa, de la cual se enamoró locamente y le pidió matrimonio. Rápidamente la mujer fue despachada a la Unión Soviética y se acabó la historia, con mi abuelo desconsolado…
¿Cuántos hijos tuvieron?
Solo dos, mi papá —Jorge— y mi tío Luis, quien se casó con la Elena Matte. Aunque no lo creas, mi tío murió de la manera más estúpida del mundo, cuando lo estaban operando de un ¡callo! Fue en el año 1962 y me acuerdo porque fue justo cuando nació mi hija María. Los dos hermanos se criaron y estudiaron en París y a mi papá le quedó para siempre la pronunciación francesa, con hartas erres al hablar.
Mientras comíamos, Carmen se fue acordando de más cosas y me comentó que en su familia se mantenía una linda tradición.
A ti que te gusta la historia, te cuento que, por el vínculo de mi abuelo con los Carrera, nosotros heredamos la cuna de José Miguel. La tradición es que todas las guaguas de la familia duerman, al menos un día, en esa cuna que es preciosa, toda entera tejida de bronce. Yo, mis hijas y mis nietos hemos dormido ahí, aunque —jajaja— no sé hasta qué punto se nos ha pegado el sentimiento patriótico…
Espero que sí, pues… Él fue un personaje clave en nuestros inicios como República, lo mismo que Javiera, una mujer excepcional, que lo dejó todo y cruzó la cordillera de Los Andes para luchar al lado de sus hermanos por nuestra Independencia… Ahí tienes otro modelo de mujer fuerte, intrépida y de gran coraje, cuya sangre también corre por tus venas…
Era hora de irme. Nuestro entusiasmo con el proyecto era notorio. ¡Qué bien nos estaban haciendo estos encuentros! Más allá del trabajo en sí, nos estábamos descubriendo y divirtiendo de una manera impensada.
Entreacto
No fue mucho lo que pude avanzar en las semanas siguientes. Partía de viaje, por lo que aparte de buscar algo más de información, ordenar los temas conversados y elaborar una pauta de preguntas para nuestra tercera sesión, no hice mucho más. La llamé para despedirme y aproveché de decirle que por favor se pusiera a hurgar entre sus cosas, porque por ahí podrían aparecer cartas o fotos. Difícil, me contestó, “con el cambio de casa boté casi todo”.
Por mi parte, tenía que ir pensando la estructura que le daría a este libro. ¿Cómo lo escribiría? ¿En qué tono? ¿Con qué voz? No tenía ni idea.
Nos encantó volver a reencontrarnos. Después de un rato en el que nos pusimos al día, me comentó que tenía una caja con algunos papeles que su nana Angélica había rescatado del tacho de la basura cuando se había cambiado de casa: fotos, recortes de diario, catálogos de exposiciones, etc.
—¿Y esa bolsa chica que está en el sillón? —le pregunté.
—¡Ah!, ahí están las “cosas que me importan”.
Todo ese material era un tesoro para mí. Bendije a la Angélica y agradecí a la Carmen su confianza. ¡Quién sabe qué encontraría allí!
1 · La Toy, ¿Anastasia o Eva Braun?
Hoy día quiero que nos remontemos a tu infancia y a la relación con tus papás…
¡Feliz! Este ejercicio de memoria me hace muy bien. No sé cómo lo logras, pero me sorprendo a mí misma contándote cosas que tenía olvidadas y que, además, ahora comienzan a tomar sentido.
¿Qué sabes de la estadía de ellos en Madrid?
Para variar, muy poco. Solo que mi papá les tenía mucho cariño a los españoles. Siempre contaba que mi hermana Eliana estuvo muy grave y que el boticario le dejaba las llaves de la farmacia para que a cualquier hora de la noche pudiera sacar algún remedio. En esos tiempos no existía la penicilina y ella estuvo muy enferma, a punto de morir. No sé cuándo volvieron a Chile, pero pienso que deben haber estado allá unos dos o tres años.
Hablemos de tus primeros recuerdos…
Hay alguien que fue fundamental en mi infancia, adolescencia y en mi vida: Miss Rose, mi institutriz alemana. No sé cómo explicarte lo importante que fue para mí y todo lo loco de este cuento. Ella hablaba cinco idiomas y, por instrucción de mis padres, me habló siempre en inglés, aunque yo siempre le contestaba en castellano…
¿De dónde la trajeron?
No es que la trajeran, ella llegó a Chile desde Alemania, antes que estallara la guerra y cuando ya Hitler estaba en el poder. Nadie sabe por qué, pero un día apareció en el Hotel de Pichilemu, cuyo dueño era Agustín Ross. Era una señora muy elegante y como hablaba varios idiomas la tomaron como recepcionista. Pero a ella no le gustó ese trabajo por lo que don Agustín llamó a mi mamá y le dijo:
—Mira, tengo a esta mujer aquí, no tengo idea quién es, pero es muy agradable, educada y se ve de buena familia. ¿Tú necesitas a alguien?
Mi mamá le dijo inmediatamente que sí y estuvo con nosotros toda la vida, hasta su final. Yo le puse Toy y nadie más podía decirle así… Crio a guascazos a mis dos hermanos hombres, que ya eran grandotes, y cuando yo nací perdió la chaveta. Nada de lo que yo pudiera hacer podía estar mal. Yo era para ella una verdadera virgen, un “ser perfecto”, de lo cual siguió convencida y pregonó hasta el fin de sus 100 años. Me amó y defendió siempre y la verdad es que nunca supimos quién era: ¿Anastasia, Eva Braun? Tenía una suástica nazi de hierro auténtica, que me la regaló y me la robaron, y una bolsa con monedas de oro que me iba dando cada vez que —siendo más grande— yo necesitaba plata.

La Toy y yo
Pero, Carmen, ¿cómo no saber quién era?
Siempre fue un misterio, tanto así que muchísimo tiempo después, mi tío Andrés —a quien le decíamos el “Rojo” por lo colorín— quiso llevar a su hija Angélica a Europa y pidió “prestada” a la Toy para que la cuidara en el viaje. Pero la Toy no tenía ni nombre ni pasaporte. Para el tío Andrés, que era muy loco y en ese tiempo muy rico, ese no podía ser un problema y con gran pachorra le dijo:
—¿Cómo quiere llamarse usted?
La Toy lo pensó un poco y dijo:
—Crescencia Huber, pero me dicen Miss Rose.
¡Así que le hicieron un pasaporte y listo!
Con una naturalidad sorprendente, la Carmen sabe como nadie hacer que captemos su atención con un relato que parece guion de novela. Oye, ¡eres un baúl de sorpresas!
La Toy está presente en casi todos mis recuerdos de infancia y de vida. Cuando chica, veraneábamos en la casa de Viña del Mar, una de las tres que mi abuelo Eduardo había encargado a Suecia. Estaba en Ocho Norte, esquina Libertad, donde hoy hay una bomba de bencina. Ahí es donde yo empiezo a existir… Y, ¿sabes? Debo haber tenido 4 años y recuerdo que me dio por cambiarme de nombre. Empecé a llamarme Carmen Castro, viuda de Leiva, y no contestaba si no me decían así, con apellido y todo… Mi mamá y la Toy nunca supieron de dónde saqué a esta señora y la verdad que yo tampoco… jajaja.
¡Ay, Carmen Castro, viuda de Leiva! Con tu imaginación podrías haber sido también una gran novelista. ¿Y qué recuerdas de esos veraneos?
Bueno, en Viña todo era entretenido. Yo nunca alcancé a sentarme en el comedor de los grandes. Había uno especial para nosotros con mis primos, curiosamente en el segundo piso. Tocábamos un timbre y nos llegaba la comida por un sobrecarga. La Toy estaba siempre conmigo y se preocupaba que nada me faltara ni nadie me molestara. Me leía cuentos en la noche y tenía a raya a mis dos hermanos hombres que eran unos grandulones que no la querían nada porque hacía enormes diferencias. “Carmencita first”, era su frase permanente… Una vez, como sabía que me encantaban las empanadas de queso, llegó al comedor y cuando la empleada comenzó a servirlas, ella dijo que las había escupido… Obvio que nadie quiso y me las comí todas…
Más que tus hermanos, tus compañeros de juego eran tus primos…
¡Claro! Mis hermanos eran muy mayores y no tengo casi ningún recuerdo con ellos de esta época viñamarina. Yo jugaba con mi prima Angélica y, especialmente, con José y Felipe, quienes tenían casi mi misma edad. Piensa tú que mi hermana Eliana —casada con Guillermo Cox— tuvo guagua casi en paralelo con mi mamá. Es decir, hubo un traslape y mi sobrina casi no tiene diferencia de años conmigo.
Entonces veraneaban todos bien achoclonados…
Sí, la casa de Viña era súper grande y yo me perdía por lo espaciosa que era. Mi abuelo Eduardo tenía ahí también su taller de fotografía donde se encerraba al igual que en la casa de Catedral. Guardaba las placas de vidrio en unas cajas negras misteriosas, que ni nos atrevíamos a mirar. En las mañanas, él salía de punta en blanco a pasear por la avenida Libertad y la avenida Perú, con su bastón y su infaltable sombrero de paja.
¿En qué se entretenían ustedes?
Íbamos a la playa —siempre con la Toy cuidándome—, a las dunas, nos gustaba explorar, subirnos a los árboles, tirarnos a las olas, hacer competencia de quién se ahogaba primero, fabricábamos autos de carrera con carretillas de hilo, en fin, ¡gozábamos! A diferencia de mi prima Angélica, que la vestían llena de vuelos y parecía princesa, a mí me ponían unos mamelucos últimos de feos porque vivía embarrada con José y Felipe. ¡Ah!, y ahora que me acuerdo, mi abuela Adela me hizo una injusticia muy grande… Dos, diría yo: desde los 5 años me obligaba a pagar el dinero del culto, eso que ni tenía mesada, y la segunda, justamente en Viña, cuando nos dijo que al primer nieto que aprendiera a nadar le daría un premio, ponte tú, de cien pesos de hoy. Ella tenía mucho miedo que nos ahogáramos en la playa y bueno, José y yo aprendimos juntos y, felices, fuimos a contarle. Pero ella le dio el premio solo a José. ¡Jajaja!, ahora pienso que fue porque él era hombre…
Pero contigo era igual súper cercana…
Como era en esos tiempos. Nada de añuñues ni acurrucos. A diferencia de mi mamá que era muy cariñosa, de piel, mi abuela —como yo— era poco dada a abrazarte y mimarte, pero yo sabía que contaba con ella. Son formas de ser… En todo caso, la más cercana siempre fue la Toy… Siempre he dicho que fue mi segunda mamá.
¿Hasta qué edad veraneaste en Viña?
Hasta que murió mi abuelo Eduardo. Yo debo de haber tenido 6 o 7 años y recuerdo que lo velaron en la casa. Curiosa y metete, quise verlo, pero mi papá no me dejó. Me vino entonces una gran pataleta y Fernando Moller —mi padrino de nacimiento— me levantó y me lo mostró dentro del cajón. ¡Qué impresión y susto más grande! Me tuvo que tomar en brazos y pasearme un buen rato ya que lloraba como María Magdalena… Entre la gente que lo estaba velando, estaba el Pollo Chadwick, gran polero y buenmozo a morir, quien fue mi primer amor… Rápidamente se me olvidó mi abuelo y le pregunté a mi papá quién era ese hombre porque yo quería casarme con él. Me enamoré perdidamente y me duró harto porque, al tiempo después, le dije al papá que quería verlo de nuevo. Fue tanta mi insistencia, que me llevó a un partido de polo donde él jugaba, con tan mala suerte para mí que Chadwick se cayó del caballo y yo creí que se había muerto. Llantos de nuevo… ¡qué horror! Era tan mimada…
¡Tuviste una niñez feliz!
Sí, y muy protegida... También me acuerdo que me llevaban a visitar a la tía Marie Louise Edwards, hermana de mi abuela, que tenía una casa preciosa en el Cerro Castillo. Ella era fascinante, elegantísima y usaba una infinidad de pulseras y colgajos que yo miraba encantada. De ahí me viene esto de andar con tantos collares y leseras colgando. Más tarde, cuando salió Eduardo Frei Montalva de presidente, se armó un pequeño escándalo en la familia porque ella le prestó todas sus joyas a la Maruja de Frei cuando tuvo que ir de visita oficial a Inglaterra. Otra de las hermanas de mi abuela, la Juana, era increíblemente simpática. Para molestarla, Adela le decía “hermana poto de lana…”. Le gustaba mucho la música y cuando en algún momento vino Claudio Arrau a Chile, hubo una gran fiesta en su casa y le pidió que tocara los pollitos dicen… jajaja.
De nuevo las horas se nos pasaron volando. Habíamos avanzado un poco más y ninguna de las dos hacía amagos de estar cansada. Ambas somos nocturnas y liberadas de horarios por lo que podíamos estirar un poco más la cuerda.
2 · Mis hermanos
A estas alturas, ¿ya vivías con tus papás en la calle María Luisa Santander?
Sí, claro. Después de regresar desde España, mis papás se fueron a vivir con mis abuelos, hasta que, no sé cuándo —me imagino que por los años 44 o 46—, compraron la casa de María Luisa Santander. En esos tiempos ese sector de Providencia estaba poco urbanizado y, según mis abuelos, nos habíamos ido a vivir a pleno campo.
¿Qué recuerdas de esa casa?
Viví ahí hasta que me casé, así que la recuerdo bien. Era de dos pisos, pero no muy grande. Arriba estaba la pieza de mis papás que se conectaba con la mía y que tenía un balcón que daba a la calle. Ahí yo dormía sola. En otra ala estaba el dormitorio de la Toy y el de mis hermanos. Lo más entretenido de la casa era el baño de mi mamá, que era gigante, lleno de estantes con cajones y donde ella guardaba miles de cosas de todo tipo. Mis hijas todavía se acuerdan y me dicen: “El baño de la Nani era como ir a la calle Meiggs”. Tenía también arriba una terraza grande que se cerró para que mi mamá tuviera su taller de cerámica y pintura.
Ya hablaremos de ese taller, donde me imagino hiciste tus primeros dibujos, pero antes, entiendo que alcanzaste a vivir en esta casa con tus hermanos…
Con la Eliana no. Viví con Jorge, saliendo de la universidad, y con Luis entrando. Nunca me voy a olvidar que, sabiendo ellos que yo desde muy chica le tenía terror a todo bicho que tuviera alas, llámese pájaro, mariposa, polilla, etc., un día tuvieron la pésima idea de entrar a mi pieza mientras yo dormía y, disfrazados con unas alas enormes de papel, comenzaron a aletear al lado de mi cama haciendo unos ruidos como de ultratumba. Mis gritos de miedo y horror se escucharon hasta en la calle y la Toy y mis papás llegaron corriendo a ver qué estaba pasando. Nadie lograba calmarme, lloraba sin parar de manera absolutamente incontrolada. ¡Imagínate el reto que les llegó a esos dos! Para ellos era solo una broma, pero para mí fue como si hubiera visto al diablo en persona. No sé por qué, pero desde que tengo uso de razón le tengo pavor a todo lo que tenga alas. Tanto es así, que yo le decía a mi abuela que qué pecado podía cometer para no tener ángel de la guarda…
Ay, Carmen, eres increíble… ¿Cómo eran tus hermanos?
Jorge había estudiado en el Colegio Alemán y luego Medicina en la Universidad de Chile, donde se recibió de médico cirujano. Era realmente brillante, le gustaba mucho la investigación y creo que escribió algo sobre los iones en el intestino. ¡Imagínate! Me acuerdo que llegaba con sus compañeros de universidad a la casa y me hacía todo un show para que le diera la poca mesada que yo guardaba. Una vez llegó con una mano vendada y me dijo que necesitaba plata para comprar remedios o qué se yo… Y claro, ingenuamente se la di. Siempre fue extremadamente cariñoso conmigo. Yo era como su mascota y me llevaba a todas partes: a la piscina, al teatro, a un pícnic. Fue un gran médico, pero se involucraba tanto con los pacientes que sufría a la par que ellos. Él era bipolar, pero yo en esos tiempos no sabía nada de eso. Solo me daba cuenta que era inestable y tenía cambios súbitos de conducta. En sus momentos maníacos era capaz de comerse el mundo y sacaba toda su personalidad dicharachera. Le encantaban los caballos e ir a las carreras, pasión que heredó de mi abuelo paterno quien había tenido un haras. Con mi hermano Luis, se compraron una yegua que le pusieron “Tarjeta”. Era pésima y siempre llegaba última. Cuando en la familia alguien preguntaba “¿Cómo estás?”, quedó para siempre la frase “como la yegua Tarjeta”. Jajaja.
Te llevaba entonces al Club Hípico…
Claro que sí. Él iba todos los domingos. Todavía me acuerdo que una vez me dijo que tenía que apostarle todo lo que tenía al caballo “Campeón” porque iba a ganar de todas maneras. Bueno, yo aposté los cuatro pesos que llevaba y ganó por fallo fotográfico. Tuvimos que esperar al otro domingo para cobrar el premio. Fue muy entretenido porque con la plata ganada nos compramos una pista eléctrica de caballitos y hacíamos apuestas caseras…
¿Él se casó?
Sí, con la Nanita, la Adriana González, una mujer encantadora y muy bonita, quien le tuvo mucha paciencia. Yo debo de haber tenido 10 años cuando fui al matrimonio y, hace poco, me mandaron una foto de ese día en que estoy con él, mi abuela y mis papás.
Tuvieron cinco hijos, pero le fue difícil salir adelante ya que su bipolaridad no pudo ser controlada. En sus episodios de entusiasmo y felicidad exagerados, hacía locuras como tapizarme la casa con 20 o 30 ramos de flores o mandarme de regalo un reloj Cartier u otras joyas que yo tenía que devolver al día siguiente. Mis papás sufrieron mucho con sus altos y bajos. Pienso que al final, él ya no pudo consigo mismo y quiso morir. Fue unos años después que mi mamá, en la década del ochenta.
Nos quedamos un rato en silencio. No era el momento de ahondar, pero comencé a comprender mejor aún sus dolores familiares y algunos símbolos de su pintura…

En el matrimonio de mi hermano Jorge con mi abuela Adela y mis papás
¿Y cómo fue tu relación con Luis?
Muy buena, pero no tan cercana como con Jorge. Él era más cerruco, más para adentro, pero igual me regaloneaba. Como nació un 6 de enero, día de los Reyes Magos, mi mamá tuvo la brillante idea de bautizarlo como Luis Eduardo Melchor Gaspar y Baltazar y así quedó en su carnet… Estudió Ingeniería Comercial y se dedicó a la bolsa y negocios financieros. Se casó con la Angélica Low y tuvo dos hijos. Fue yunta con mi papá hasta el final. Mis dos hermanos fueron personas muy especiales, me quisieron mucho y se encargaron de enseñarme todo lo que no se debe hacer en la vida, es decir, todo lo que me ha servido…
¿Y qué pasaba con tu hermana Eliana?
Ella ya se había casado cuando yo nací. Nos adorábamos. Se había ido a vivir a Chillán y me encantaba cuando me llevaban a verla. Era la persona más dulce que puedas imaginar, pero de una timidez enfermiza y mucha mala suerte. A poco de estar casada se le quemó la casa entera, pero nunca levantó la voz ni se quejó de nada, pese a que tenía una pésima situación económica y seis hijos. Mis papás tuvieron que ayudarla y traérsela a Santiago, cerca de ellos. No salía a ninguna parte, cerruca como todos los Salas. Era, eso sí, de una bondad infinita, generosa con lo poco y nada que tenía y, sobre todo, siempre dispuesta a dar cariño y amor. No lo pasó bien en su matrimonio y como a los cuarenta y tantos años le vino un cáncer espantoso y murió a comienzos de los años setenta. Fue un duro golpe para mis papás. Mi mamá entró en una fuerte y larga depresión y para mí fue tremendamente doloroso no solo perder a mi querida hermana, sino ver a mi mamá destruida por la pena…
Preferimos parar aquí. Había sido una buena pero cansadora catarsis para la Carmen. Al despedirme, solo le di un gran abrazo. Era todo lo que podía hacer…
Entreacto
Durante las semanas que siguieron, revisé con atención los papeles que me había entregado. La gran mayoría, a excepción de varias fotos, pertenecían a un período posterior al que estábamos trabajando, cuando ella ya estaba casada y era una artista reconocida. Gocé con todo ese material, me surgieron mil preguntas, pero me concentré en unas postales antiguas y en aquellas imágenes que podían ayudarla a recordar momentos de su infancia, que, a mi juicio, marca toda vida futura. Armé una especie de pauta mental y un par de semanas después partí, entusiasta como siempre, a una nueva aventura.
Llegué puntual a las ocho de la noche. Ya tenemos nuestra rutina y nos apegamos felices a ella. El invierno ha sido muy frío, por lo que entrar al ambientito es un agrado. En los rincones más impensados del living y del comedor hay anteojos, cajetillas de cigarrillos y encendedores. Es que —al igual que a mí— se le acaban o se le pierden muy rápido y seguido. Todo tiene que estar a mano y así nos concentramos en lo que nos interesa.
1 · Monjas vigilantes
Hay que seguir, le digo. ¿Te parece que nos centremos en el colegio?
Entré recién a los 7 años. Mi mamá —que se había criado también con institutriz— pensaba que era una lesera que yo tuviera que levantarme temprano siendo tan chica. Era demasiado regalona, además que con la Toy ya había aprendido a leer y a escribir…
Así y todo, te matricularon en algún colegio, ¿no es así?
Creo que fue mi abuela Adela la que insistió y, sí, después de mucho me matricularon en el Universitario Inglés, colegio de monjas españolas donde lo pasé pésimo y del cual tengo los peores recuerdos. Estaba ubicado —igual que ahora— en la Costanera con Manuel Montt, y quien me iba a buscar y a dejar era la Toy.
¿Por qué lo pasaste tan mal?
Mira, de partida, porque a mi abuela se le ocurrió regalarles un enorme crucifijo de plata para la capilla, lo que significó que las monjas no encontraran nada mejor que premiarme por cualquier cosa. Yo era muy chica de porte, la más chica del colegio, y todas las semanas me cruzaban una banda de honor gigante y horrorosa que, muerta de vergüenza, tenía que ponerme. Me acuerdo que nos obligaban a ir a misa todos los días con unos velos blancos hasta el suelo, siempre vigiladas por la monja Dolores, quien no nos permitía ni pestañear. Yo le puse la monja “Castañuela”, porque con un “clap” nos teníamos que sentar, con dos “claps” pararnos muy derechitas, con tres arrodillarnos, y así sucesivamente. Un día, estando en misa, suenan los “claps” para ir a comulgar, me puse en la fila y, justo cuando me tocaba a mí, al cura se le acabaron las hostias… No supe qué hacer, estaba muerta de susto y simplemente me fui a mi asiento como si hubiera comulgado.
¿Y qué pasó?
Después de almuerzo, había una hora de estudio donde juntaban a las chicas y a las grandes y alguna monja leía el Evangelio. Pero ese día, la “Castañuela” se paró delante de todas y dijo:
—Entre ustedes hay una pecadora que tiene el diablo adentro. Que se levante Carmen Aldunate.
Me helé. Fue tal mi miedo —yo era un demonio que no había querido recibir a Dios— que quedé muda y no dije nada ni ahí ni en mi casa. Al día siguiente, amanecí con 40 grados de fiebre, la cual se mantuvo por varios días, sin que ningún doctor se explicara la razón.
Ya me imagino la preocupación de tus papás…
Fue tremendo. Nadie entendía nada, hasta que mi papá —muy asustado— me llevó a Buenos Aires a hacerme exámenes de pies a cabeza. ¡Imagínate, Buenos Aires en ese tiempo! Estuve allá como una semana, pero no me encontraron nada físico. Al final, ya de vuelta, el doctor Schwarzemberg, que era mi pediatra, les dijo a mis padres que esta era una reacción sicológica y que me sacaran del colegio.
¡Qué alivio para ti!
Claro, me sacaron y me mejoré inmediatamente. Fíjate que he borrado casi todos mis recuerdos de ese colegio, aunque ahora que me haces recordar, se me viene a la memoria que fue ahí donde me tocó hacer mi primera comunión, con esos vestidos como de novia, horribles. Fue atroz, porque el día anterior, en el recreo, alguien por casualidad me empujó, caí por una escalera y quedé con la cara toda moreteada. ¿Y qué crees tú que hicieron las monjas? Yo que estaba chocha porque por primera vez ser petisa me significaba ir primera en la fila, me escondieron metiéndome al medio para que nadie me viera…
Creo haber visto un cuadro tuyo con monjas vigilantes…
Sí, fue una etapa —al comienzo— donde pinté muchas monjas, todas bien tapadas… Hice varios cuadros relacionados con el colegio como El paseo de curso y Reunión de curso… Si te fijas, muchos de mis dibujos y pinturas de mujeres tienen algo monjil, con tocas o especies de sombreros en la cabeza y hábitos tipo corazas… También más adelante pinté al óleo una serie, “Pecados y virtudes”, en recuerdo de las clases de religión, cuando debíamos recitar como la tabla del 1, los siete pecados capitales y las siete virtudes cardinales. Los pecados los pinté en formato muy grande y las virtudes, más pequeñas…
Pulsuz fraqment bitdi.