Kitabı oxu: «No soy nada sin tu amor»


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“Los dependientes afectivos buscan el amor donde no está. No lo buscan en quienes los cuidan, les dan ternura y los protegen. No lo buscan en el compañero o compañera que da ciertas seguridades de presencia y compromiso, ni en quien quiere un proyecto de permanencia y contratos claros.
No. La persona codependiente encuentra su dosis en la pasión. El momento en que se siente el centro del universo es porque ha logrado que el otro, un ser inaccesible, ausente, distante y narcisista, la mire. Siente que le ganó al destino y a su historia.”
Patricia Faur


A los niños heridos.
A los que transformaron esas heridas.
A los que confiamos en que lo mejor vendrá.

El buen psicoterapeuta combate la oscuridad y busca la iluminación, mientras que el amor romántico se sostiene en el misterio y se pulveriza al ser examinado.
Detesto ser el verdugo del amor.
Irvin D. Yalom
Hace diez años escribí No soy nada sin tu amor. El mundo ha cambiado demasiado desde entonces en el universo de los vínculos. Se derribaron estereotipos de género; las luchas por la igualdad de derechos de las mujeres ganaron las calles, sus voces se alzaron para denunciar violencias y abusos; se avanzó en materia de diversidad sexual, de identidad de género y de nuevos modelos de familia. La tecnología cambió de manera radical nuestro modo de relacionarnos: las aplicaciones de citas, el sexo virtual y la posibilidad de vivir online facilitaron algunos aspectos de las relaciones y complicaron otros.
Y finalmente, el “tsunami” del cambio llegó con la pandemia de COVID-19. Un mundo que no habíamos siquiera imaginado y que cambió los rituales, las reglas y, por qué no, nuestra manera de amar.
Sin embargo, hay algo que permanece igual. Muchas personas siguen sufriendo por amor. Aferradas a relaciones que solo traen desdichas, se preguntan cuál es la poderosa atracción que les impide alejarse del dolor y buscar el buen amor.
Hace más de cuarenta años que hablamos de dependencia emocional, a pesar de que es un concepto que tuvo mucha resistencia para formar parte del mundo académico en el campo de la Psicología.
Mucho se ha hablado en estos años sobre la codependencia. No fue fácil para los terapeutas que trabajamos en este tema darle una categoría académica y científica a este término. Recibimos críticas y menoscabos por el solo hecho de que este concepto provenía del mundo de los grupos de autoayuda y no de los claustros universitarios.
Sin embargo, la labor clínica fue contundente y este patrón vincular de relación obligó a revisar y a estudiar sus características. Los últimos veinte años pudimos tener más claridad en las investigaciones y el avance de las Neurociencias nos permitió una comprensión más acabada. El hecho de que aún no esté incluido como una categoría diagnóstica en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM) que publica la Asociación Americana de Psiquiatría no fue un impedimento para que muchos profesionales continuáramos en la búsqueda de elementos diagnósticos y terapéuticos para delimitar y esclarecer el terreno.
Pasaron los años y quienes nos especializamos en el tema fuimos afinando el lápiz para ponernos de acuerdo con lo que queríamos decir.
¿Qué es la codependencia? ¿Es lo mismo que dependencia emocional? ¿Es eso que la divulgación llama relaciones tóxicas? ¿Es cierto que se trata de una adicción? Nuestro primer capítulo intenta responder a estos interrogantes.
Las razones por las cuales algunas personas permanecen en relaciones altamente conflictivas hunden sus raíces en las maneras en que fueron amadas en sus primeros años de vida. Nuestra labor como psicoterapeutas consiste en entender cuáles son las características particulares que las llevan a vincularse de este modo y a trabajar sobre las posibilidades de cambiar estos patrones de relación que se repiten una y otra vez.
En ocasiones, se nos pregunta si cualquier individuo puede quedar atrapado en un vínculo patológico en su vida adulta. ¿Los dependientes afectivos son personas a las que les gusta sufrir? ¿Tuvieron problemas graves en su infancia? ¿No se quieren a sí mismos? ¿Se sienten los redentores de la Humanidad? Dar respuesta a estos interrogantes será uno de los objetivos de este libro.
La vulnerabilidad infantil genera un estilo de apego patológico que se refleja en la búsqueda y la permanencia en relaciones inconvenientes. Podemos decir que existe una manera insana de relacionarse que tiene una estrecha relación con el modo en que las personas se vincularon con sus padres en la primera infancia.
En consecuencia, cabe preguntarse si, obligadamente, quien ha tenido estas historias infantiles disfuncionales tendrá amores turbulentos al llegar a la adultez. Desde ya, adelantamos que la respuesta es: NO. La vulnerabilidad no lleva hacia un destino inexorable. Es una tendencia, una predisposición que encontrará terreno fértil si se dan ciertas circunstancias.
Pero ¿qué es un estilo de apego patológico? ¿Es que hay apegos que no lo son? El apego es un concepto que remite a la interacción de los niños con la figura que le proporciona seguridad, confianza, contacto y cuidado. Esta figura puede ser la madre, el padre o quien ocupe ese lugar parental. No interesa si son hogares monoparentales, homo o heterosexuales. Se trata de que los niños sientan que hay padres disponibles. Disponibilidad, seguridad y confianza que les permitirán salir a explorar el mundo. Los tres primeros años de vida son fundamentales en la formación del estilo de apego, porque es cuando los niños dependen enteramente de su cuidador, es decir, de la persona que les provee confianza y protección.
El apego es saludable cuando los niños sienten que quienes cumplen la función parental son “una base segura”, como definía el psicoanalista inglés John Bowlby. Si siente que sus padres están y pueden ocuparse de sus necesidades, podrá alejarse con la tranquilidad de quien siente un respaldo. Si no es así, tendrá dificultades en su proceso hacia la autonomía.
Hoy sabemos que los niños que han tenido que cuidar de sus padres o de alguno de ellos −los cuidadores de sus cuidadores− conservan secuelas de este particular estilo de apego en su manera de vincularse en la vida adulta. No menos cierto es que estos “niños adultos”, en los términos de Arnold Washton y Donna Boundy, responsables y obedientes, han soportado una carga psicofísica que en el futuro tendrá consecuencias tanto en su vida emocional como en las repercusiones somáticas.
Padres infantiles, adictos, ausentes, depresivos, narcisistas o, sencillamente, aquellos que atravesaron grandes dificultades en los primeros años de la crianza y que no pudieron estar disponibles para sus hijos. Padres que murieron a una edad temprana de sus hijos. Viudos y viudas en duelos desgarradores que no podían ni con sus propias vidas. Padres que habían perdido algún hijo y sobreprotegieron a otro. Estos son los padres que fueron modelando estilos de relación ansiosos, desapegados o evitativos.
Algunos de esos niños crecieron inseguros, con una fuerte sensación de vacío interior, con la angustia y la exigencia de quien sabe que no tiene dónde resguardarse. Para no padecer más pérdidas, se esforzaron por ser complacientes y necesitaron desesperadamente de la aprobación de los otros. El otro les daba existencia.
Por esta razón buscaron otros que los necesitaran. Almas en pena, desertores de la esperanza, adictos perdidos, adultos infantiles, explotadores o perversos fueron el blanco de estos cuidadores desmesurados que salían en medio de la noche a buscar un suministro de afecto que les calmara la sed de amor.
No lo encontraron. En su lugar, las parejas que tuvieron los dejaron con más sensación de desamparo. Pero su incapacidad para soportar las pérdidas los dejó amarrados a un desamor sin esperanzas y a la condena de no ser sin el otro.
Encolumnados en la militancia del “amor para toda la vida hasta que la muerte nos separe”, se quedaron esperando lo que nunca llegaría. Y no es solo porque el otro no se lo diera. Es porque ellos no existían para sí mismos.
Aterrados por la soledad, se acurrucaron en la relación sin hacer mucho ruido para que el otro no se fuera nunca. Hasta que no pudieron más. Pero el final implicaba para ellos algo parecido a la muerte. No se podía concebir la vida sin ese otro que les daba oxígeno, aunque fuera un aire viciado.
También es cierto que muchos otros niños, los más resilientes, lograron transformarse frente a la adversidad y tomaron los retazos de confianza que les dieron algunos otros adultos que se cruzaron en su camino. Estos “tutores de resiliencia”, como dice el neuropsiquiatra y psicoanalista francés Boris Cyrulnik, les ofrecieron el apoyo incondicional para construir esa confianza básica.
No obstante, la infancia se termina y no se puede volver a vivir. Es lo que fue. Pero nosotros somos lo que nos contamos de nuestra historia. Y este relato es el que se puede modificar. Podemos puntuar en los acontecimientos más penosos que nos dejaron desvalidos o podemos mirar con optimismo lo que esos adultos pudieron hacer por nosotros. Y salir en la búsqueda de lo bueno que faltó.
Ya de adultos, aprender a aceptar, sacar al otro de la idealización y bajarlo del pedestal en el que se lo colocó, construir y fortalecer un yo empobrecido para poder ser sin el otro es una tarea que demanda tiempo de recuperación.
Separarse bien será también un arte. Habrá que entender que el amor no es para toda la vida. El amor es una red que dos personas tejen, a veces, durante toda la vida y a veces, no. Para poder hacer ese duelo será necesario sostenerse de algo. Y ese algo es lo que hay que construir. Si una persona crece sintiendo que es nadie, no puede separarse porque el otro le provee identidad. No consigue separarse sin tomar revancha con los hijos y sin que estos sufran un conflicto de lealtades.
La separación, el fin del amor, la pérdida de los ideales, la aceptación de un abandono, la crudeza de la infidelidad, los finales escandalosos con estafas incluidas, los hijos como rehenes, los crecimientos desparejos, la imposibilidad de despegarse, el otro como una droga que no se puede dejar son algunos de los temas que abordaremos en este libro.
Al separarse las parejas dejan algo más que heridas. Se trata de un intento del amor que no funcionó o que funcionó durante algún tiempo. Aprovechar lo que ese amor nos enseñó, lo que se pudo, lo que se construyó, así como también los caminos que no se quieren volver a repetir será uno de los objetivos para no irse con las manos vacías.
Cuando se logre recuperar esa identidad dañada será posible rescatar lo que se pueda, aceptar la pérdida, elaborar el duelo y partir hacia la búsqueda de un amor más libre, más auténtico y más real.
El tiempo pasa, las heridas se cierran y las personas se paran frente a la vida con sus miedos, sus dudas, sus nuevas esperanzas y su desilusión. Una nueva identidad surge: ser sin el otro.
Y tal vez el comienzo de la posibilidad de ser con otro. O el descubrimiento de una nueva y apacible soledad.
La salida del desamor ofrece una nueva oportunidad. Un nuevo amor: el amor por la vida.
Patricia Faur

No basta con que un niño nazca,
luego hay que traerlo al mundo.
Boris Cyrulnik
LOS “NIÑOS GRANDES”:
SER RESPONSABLE ANTES DE TIEMPO
Estoy sentada en una plaza. Veo jugar a los niños bajo la mirada atenta de sus padres o cuidadores. Juegan despreocupados. Su mundo es el tobogán y llegar antes que el otro a la hamaca disponible. Corren, saltan, gritan, se trepan, ríen. De pronto se escucha una voz adulta que dice “¡Cuidado!” cuando uno de los niños se acerca a una situación de peligro. Esa persona adulta que le anticipa el peligro es la que le permite jugar, saltar y correr. Es porque el otro está allí que los niños pueden separarse. Saben que están siendo mirados, protegidos. Sienten que nada malo puede pasarles.
Un padre lleva a su hijo al jardín de infantes una mañana fría de invierno. Lo abriga, lo besa, le entrega su mochilita, lo espera en la puerta hasta que entre, se saluda con la maestra. El niño corre hacia la maestra, feliz. No hay llanto ni berrinche. El padre se va.
Una bebé queda al cuidado de su abuela materna. Su mamá debe volver a trabajar después de haberse tomado la licencia de maternidad. Las horas que pasa en el trabajo le resultan interminables. Quiere llegar a casa y ver a su hija. Ella habita en su pensamiento a toda hora, más allá de saber que la ha dejado con alguien en quien confía plenamente. La mamá regresa a su casa y ambas se iluminan, necesitan mutuamente su calor, su olor, sus pieles. La bebé sonríe cuando escucha la voz de su madre y estira los brazos hacia ella. Ella la alza y sus miradas describen la alegría del reencuentro.
Un niño en edad escolar llega a casa con la tarea para el día siguiente. Quiere ver los dibujos animados o jugar. Alguno de sus padres o cuidadores lo espera con la leche y le ordena sus horarios para que pueda cumplir con la tarea, el baño, la cena y el esparcimiento. El niño se relaja. Deja que los adultos se ocupen. El reloj no es su problema, él no sabe de tiempos y plazos.
Hay niños que viven su vida de niños. No deben preocuparse por cuestiones económicas, no tienen que mediar en las peleas de los padres, no deben ocuparse del cuidado de sus hermanitos menores ni de atender a padres inestables. Tampoco de su propio cuidado, porque descansan en la convicción de que una persona adulta lo hará. Ellos son niños y punto. Su vida es jugar, ir a la escuela, socializar, comer, dormir y sentirse amados.
Rápidamente mis pensamientos vuelan hacia los otros niños: los “niños grandes”.
Desamparados, estos “niños adultos” saltean una etapa de su vida que nunca podrá ser recuperada. No se puede ser niño más que en la infancia. Y si eso no sucedió, cualquier intento tardío será inadecuado y extemporáneo. La reparación de ese vacío será costosa. Pero se puede reparar.
La posibilidad de ser niño en la infancia no tiene que ver necesariamente con condiciones socioeconómicas. Puede haber madres o padres que cumplan su rol sin inconveniente más allá de la preocupación cotidiana por sus recursos y de las horas que deban pasar fuera de la casa a causa de sus obligaciones laborales. Tienen lugar en su psiquismo para acoger a un hijo. Hay niños que transcurren su infancia felices aun cuando sus padres atraviesan situaciones de privación. La escasez material no es una condición necesaria para ser incompetente como padre o madre.
Tendemos a pensar que los niños sin infancia son solo aquellos que crecieron en climas totalmente adversos, como la guerra o la indigencia, o que vivieron abuso sexual, maltrato o abandono. Esta es solo una pequeña parte de aquellos que crecieron sin respaldo. Quizás representan la porción más evidente. Nadie duda del descuido de los niños en situación de calle, de quienes son empujados a trabajar cuando apenas aprendieron a vestirse, de los que perdieron su derecho a la educación, de los que viven el horror de la guerra.
Pero están los otros. Esos niños silenciosos que abundan y que provienen de familias más constituidas, que tienen un techo, educación y comida. Son niños que, en apariencia, lo tienen todo. Y eso es más dramático aún porque los hace vivir en la impostura. Hacia fuera nadie cree que sufran carencias. Sin embargo, aprenden desde muy temprano que deben esconder lo que pasa en sus familias como si fuera una marca vergonzosa.
Muchos de ellos sufren la desdicha de no poder tener una vida infantil porque en sus casas no hay adultos que les permitan jugar ese rol.
Como iremos viendo a lo largo de este libro, la capacidad de cada individuo de poder cuidar de sí mismo, de poder amarse, de protegerse del daño y del peligro tiene mucho que ver con la manera en que fue cuidado durante su infancia.
Si una persona recibió buenos cuidados parentales en su infancia y adolescencia, es poco probable que se involucre en relaciones hostiles y tóxicas en la vida adulta. Por supuesto, pueden haber ocurrido acontecimientos vitales que modificaron su rumbo o trastornos psíquicos que la llevaron a quedarse en parejas de maltrato emocional por mucho tiempo.
No obstante, quien fue bien cuidado guarda dentro de sí una impronta, un recuerdo, una traza del amor materno que le permitirá en determinado momento volver a protegerse.
¿Quiénes son los niños grandes?
Para responder a esta pregunta, tal vez debamos empezar por otra: ¿quiénes son los padres de esos niños grandes? ¿Por qué no pueden cuidarlos?
Son padres que no pueden cumplir con la función de parentalidad. Esto que parece obvio, sin embargo, merece una aclaración.
No cualquiera puede ser padre o madre. Mejor dicho, buen padre o buena madre. No se trata de la capacidad biológica de la procreación. Existen buenos padres de hijos no biológicos y aun de otros niños que no son sus propios hijos.
Nos referimos a la función. A la capacidad de las personas para cuidar de otro, para protegerlo, educarlo y proveerle un ambiente de seguridad y afecto. Y también a la capacidad de hacerle sentir que es valioso, darle confianza, respetarlo y ayudarlo a desarrollar su propia autonomía. Es lo que los investigadores llaman “competencia parental”.
¿Y qué es cuidar de un hijo? Es mucho más que alimentarlo, bañarlo y abrigarlo. Se trata de responder a sus necesidades emocionales, de estar disponible para él, de traducir y decodificar sus deseos y necesidades aun cuando el lenguaje no le permita hacerlo. Y sobre todo, se trata de no abusar de él, de no ejercer violencia física, emocional ni verbal. Y, por supuesto, de no abandonarlo física ni emocionalmente.
No olvidemos que los niños están en una situación de extrema vulnerabilidad frente a sus cuidadores y esto genera una relación asimétrica en la cual los padres tienen el poder.
He escuchado a algunas madres declararse absolutamente incompetentes para la crianza. Esto no tiene que ver con la fatiga de la madre que ya no sabe qué hacer para calmar a su hijo, sino con aquellas otras que no encuentran en sí mismas los recursos para hacer frente a la situación.
Esto decía una paciente:
No puedo. Sencillamente, no puedo. Sé que solo tiene tres años, pero no logro conectarme para calmarlo, no tengo paciencia. Quiero salir corriendo y que otro se ocupe. A veces me hundo en la tristeza y pienso que no debí haber sido madre. No tengo la capacidad para ocuparme de él.
Las conductas parentales abarcan a casi todas las especies del mundo animal y los etólogos o especialistas en comportamiento animal sostienen que el buen cuidado materno es parte del bagaje instintivo para que la especie sobreviva. Como veremos más adelante, la teoría del apego en los seres humanos muestra que los cuidados necesarios, como la alimentación y el abrigo, no alcanzan para sobrevivir. Los niños pueden morir por falta de amor.
Los adultos también. La sensación de vacío de los no amados es similar al desamparo de esos niños. Un adulto puede funcionar perfectamente y proveerse de todo lo necesario, pero necesita del amor de los otros para poder desarrollarse sano.
Los padres incompetentes abarcan un amplio espectro, pero tienen una característica en común: no pueden hacerse cargo del cuidado de un hijo.
Mi madre era depresiva, muy depresiva. Yo era muy chica y veía remedios por toda la casa. Había días enteros en los que ella se quedaba recostada en la cama o durmiendo. Mi papá se había ido de casa y yo tenía que preparar la comida para mí y para mi hermanito. Recuerdo que me daba mucho miedo encender un fósforo, pero sabía que tenía que hacerlo para que mi hermano pudiera cenar. Cuando ella salía de esos estados lloraba y me abrazaba. Me pedía perdón, y a mí me daba tanta pena que le decía que no se preocupara. Lo cierto es que volver de la escuela y entrar a casa era una película de terror. No sabía con qué me iba a encontrar. Un día quise despertarla y no pude. Le grité, le pegaba para que se despierte, mientras mi hermano lloraba. Corrí a llamar a mi vecina. Vino la ambulancia y se la llevó porque había tomado pastillas. Mi vecina se quedó con nosotros. Desde entonces siento ese desamparo cada vez que un hombre no me llama o cuando desaparece por unas horas.
Los trastornos psiquiátricos impiden muchas veces que los padres puedan desarrollar su función. Una madre o un padre que sufre depresión provoca un derrumbe en la necesidad de amparo infantil. La sensación que tienen los hijos es de total incertidumbre y angustia.
Otro tanto ocurre con los padres adictos, ya sea a sustancias (el alcohol o las drogas) o a un comportamiento como el juego o las dependencias afectivas. Una persona adicta no está presente para nadie, ni siquiera para sí misma. Está enajenada, funciona sin control y su cabeza gira solo en torno a la obtención de su droga, ya sea el alcohol o una relación amorosa. No puede ocuparse de las necesidades emocionales de sus hijos, no sabe cómo hacerlo, está desbordada.
Mis padres están separados desde que soy muy chica. Mamá tuvo inmediatamente otra relación con un hombre casado. La pobre lo pasaba muy mal, lloraba, se angustiaba, lo llamaba mil veces por teléfono y cuando él tenía un ratito para verla se iluminaba. Se cambiaba, se ponía linda y me llevaba a la casa de algún primito. Al volver, todo dependía de cómo había pasado la noche con este hombre. A veces me maltrataba sin razón, estaba irritable, no tenía paciencia para jugar conmigo. Me hacía la comida y se encerraba en su habitación para hablar por teléfono. Yo lo odiaba. Quería matarlo. Imaginaba mil venganzas para él por el daño que le hacía a mi madre. Sentía que tenía que hacer algo por ella. Tal vez por esto, en mi vida adulta no quise casarme y salí con hombres casados. Tal vez por venganza, para poder abandonarlos; tal vez por reparación para ver si se separaban. De todos modos, siempre sufrí y no logré superar ese dolor.
Un capítulo aparte merecen los padres infantiles. Juegan con sus hijos, se divierten con ellos, son capaces de idear aventuras maravillosas y arriesgadas. Sin embargo, son padres sin ley. Son compañeros de sus hijos, pero no pueden darles el sostén del límite. Son los padres que se pasan el día durmiendo, que se olvidan de las responsabilidades escolares de sus hijos, que los ponen en peligro por el solo hecho de que ellos, como adultos, tampoco tienen límite. Una persona así es capaz de darle de probar alcohol a su hijo de tres años o de ponerlo al volante a los seis para que se divierta.
Los hijos de padres infantiles sienten que tienen que encontrar ellos mismos el freno porque sus padres no pueden hacerlo. Son los que terminan regañando a su mamá o a su papá porque se quedan dormidos para llevarlos a la escuela, mientras que ellos ya hicieron todo solos: se levantaron, se prepararon el desayuno y se vistieron.
Los padres narcisistas también tendrán dificultad para cumplir la función. Cuando alguien se mira a sí mismo en exceso es difícil que pueda amar bien a otro. A estos padres sus hijos los incomodan, los estorban. Y se lo hacen saber. Es muy frecuente en la sociedad de nuestros días en los que el narcisismo y el individualismo parecen ser la norma. Los jóvenes no quieren renunciar a nada y se hartan de posponer sus necesidades en función de sus hijos. Pero seamos sinceros, narcisistas hubo siempre. Solo que estaba más disfrazado porque socialmente no se veía bien que una madre quisiera ocuparse de sí misma aun al precio de descuidar a su prole.
Por el contrario, vemos a muchas mamás modernas haciendo malabares para continuar su carrera, trabajar, mantenerse lindas, ir al gimnasio, ver amigos y, a la vez, cuidar bien de sus hijos. Ellas no tienen dudas de cuál es la prioridad. Pueden estar cansadas o agobiadas, pero no cambiarían ese estado por nada del mundo. Todas las demás cosas que hacen orbitan alrededor de la maternidad, y sus hijos son lo más importante de sus vidas. Se les nota en el discurso, en la preocupación y en el amor con que encaran la tarea.
Si están bien acompañadas por una pareja que sostenga el proceso, sus hijos nunca sentirán la falta por más horas que ella pase fuera de casa. Son madres presentes desde un lugar mucho más interno y más sólido. Si no tienen un padre que acompañe en la función, se las arreglan para que sus hijos se sientan seguros y cuidados en todo momento.
Veamos cómo se repiten algunos modelos al llegar a la vida adulta:
Estoy en pareja con un narcisista. Es muy difícil porque parece que nunca puedes entrar en su mundo. Solo habla de él, de sus logros, de sus proyectos, de su cuerpo, de sus recursos. Es como si quisiera que lo envidien. Te taladra la cabeza con detalles banales que a nadie le importan, pero que él cree que son superimportantes. No tiene registro del otro. No piensa que una está cansada, que no te interesa o que te aburre. Y ni hablar de que se interese por tu mundo. Cuando necesitas de él nunca está. Mi madre era igual, solo existía para sí misma. Siempre pensé que no iba a afectarme, pero busqué una pareja igual a ella.
CUANDO HAY QUE CUIDAR A
LOS QUE NOS TIENEN QUE CUIDAR
Hoy se habla mucho de hogares disfuncionales. La crítica frecuente a este concepto es que no hay familias perfectas: nada más lejos de lo que sería un hogar funcional. La perfección siempre es sospechosa porque no permite el error y enmascara exigencias desmedidas.
Pueden existir variadas maneras de funcionar mal en una familia: distorsiones en la comunicación, alianzas y complicidades dolorosas, violencia, secretos. Pero nos detendremos en un funcionamiento que es el germen de las dependencias afectivas.
Un hogar disfuncional es, entre otras situaciones, aquel en el que la función está alterada. Las jerarquías se han invertido y los niños se han parentificado. Alguno de los hijos ha ocupado el lugar del adulto y siente que tiene que tomar las riendas de la familia.
En estos casos los niños cuidan de sus cuidadores. Muchas veces ocurre con el hijo mayor, a quien se le asigna el rol de el responsable. Otras veces el lugar es ocupado por las hijas mujeres ya que ellas naturalmente se deslizan hacia el rol materno y la función del cuidado, como si estuvieran jugando a la mamá con sus muñecas. El problema de estos niños es que no solo se están ocupando de asumir una responsabilidad que los excede, sino que no hay nadie que se ocupe del cuidado de ellos. Es decir que el problema es de doble vía: sensación de desamparo y peligro por un lado, y responsabilidad excesiva por el otro.
La consecuencia de esta interacción familiar es que estos niños crecen sobrecargados y que no tienen un registro claro del autocuidado.
Sus preocupaciones infantiles dejaron de ser obtener una buena calificación en Matemáticas o que les compren el último juguete de moda. Piensan y sienten como adultos y viven como tales.
Nadie se ocupaba de mis tareas escolares, nunca me ayudaron con los deberes, mi mamá y mi papá estaban demasiado ocupados con sus problemas como para sentarse conmigo un rato. Yo tenía problemas con la comida y empecé a engordar, pero en casa a nadie pareció importarle. Así que sola trataba de ver qué hacer. En la escuela se burlaban de mí, pero no podía hablarlo con nadie. Mamá estaba siempre mal y yo no podía traerle un problema más. Como en casa había remedios y yo veía que ella tomaba laxantes entendí rápidamente que esa podía ser la “solución” a mi problema. Comencé así lentamente con lo que más tarde fue la bulimia.
No se trata de hacerles ver a los niños un jardín de rosas. Los problemas, de diversa índole, existen. Lo importante es que ellos sepan que no tienen que ocuparse de resolverlos. Para eso están los adultos.
Problemas familiares como el alcoholismo o la violencia generan escenas evidentes. Sin embargo, como mencionamos antes, el abandono parental también puede ser mucho más sutil.
Ciertos padres invitan a sus hijos a mediar en las disputas familiares, a tomar partido, a salir en defensa del adulto al que ven más vulnerable. Hijos de padres separados deben lograr que su padre les pase el dinero de la cuota alimentaria. Otros deben convencer a mamá para que desista de un juicio. En estas situaciones, los padres ponen a los niños en la incómoda posición de ser quienes llevan y traen información de un lado y del otro, con los consecuentes conflictos de lealtades.
Siempre fui grande. No recuerdo haber sido niña. La responsabilidad se hizo carne en mí como mi segunda piel. Fue por eso que me resultó tan natural hacerme cargo de otros en mis relaciones adultas. Nunca pude estar con un hombre que se ocupara de mí, pero además nunca pude estar con un hombre que se ocupara de él. Así que siempre me ocupé de ambos y, como es natural y como había aprendido en la infancia, primero me ocupaba del otro. Si me quedaba fuerza, energía, dinero y tiempo me ocupaba de mí.
Las neurociencias han comprobado en investigaciones de laboratorio con roedores que los malos cuidados maternos en las etapas tempranas de la vida generan cambios a nivel neurobiológico y que en la vida adulta tendrán consecuencias sobre la manera de reaccionar frente al estrés y la ansiedad.
En los seres humanos estos cambios en la plasticidad neuronal infantil pueden promover un estado de hiperalerta y vulnerabilidad para padecer trastornos de ansiedad, estrés y depresión en su vida adulta.
El hecho de no haber podido ser niño en la infancia y haber tenido que asumir responsabilidades de adulto va a teñir las relaciones emocionales a lo largo de la vida. El niño crece con la sobrecarga de ocuparse de aquellos que tendrían que cuidarlo, y esto genera un cambio adaptativo a nivel psicológico que se verá reflejado en las variables neurobiológicas de respuesta al peligro, a la amenaza y al daño.
No es natural que una niña de seis años sea confidente de su padre, como tampoco lo es que intente consolar a su madre cada vez que llora. Cuando ocurren estas cosas los niños aprenden que deben ahogar su alma infantil y sus deseos más primarios porque pueden “suceder cosas terribles”.
Los niños miran a sus padres todo el tiempo y con sus actitudes y reacciones, los calman o los angustian. Vemos a diario que cuando alguno se cae o se lastima no es el dolor del golpe lo que más lo hace llorar, sino la reacción de susto de su madre. Cuando una madre conserva la tranquilidad para contenerlo en ese momento, el pequeño interpreta que nada malo va a pasar.
De lo dicho hasta aquí, podemos concluir que el mal cuidado parental queda grabado en el sistema nervioso y puede ocasionar un perjuicio en la vida adulta, no solo en el terreno puramente emocional. Afortunadamente, estos cambios pueden revertirse con los tratamientos adecuados y con el trabajo personal que se realice a lo largo de la vida.
Ahora estamos mejor situados para comenzar a entender qué es la codependencia.
Codependencia es un término que surgió a fines de la década de 1970 en los grupos de autoayuda de familiares de alcohólicos en Estados Unidos. Con esta denominación se hacía referencia a las características de las personas que estaban en relación con un dependiente de sustancias químicas. Con el tiempo, como ya veremos, el término tomó vuelo propio y actualmente caracteriza una forma de vinculación disfuncional, enfocada de manera obsesiva en la vida de otra persona en desmedro de la propia. De aquel concepto de “coadicción” o “coalcoholismo” poco fue quedando. La codependencia se caracteriza hoy por ser una manera desadaptada de relacionarse con los otros. Es una patología del vínculo.
Los familiares de alcohólicos se reunían para aliviar el peso de compartir la vida con alguien que padecía alcoholismo. Pasó bastante tiempo para que los investigadores se dieran cuenta de que sus parejas también tenían una enfermedad, es decir, un malestar que les ocasionaba un daño severo en sus vidas.
¿Cuál era la enfermedad de la persona codependiente? ¿Se habían vuelto codependientes por vivir con alguien alcohólico? ¿Cualquier persona podría haber sido codependiente?
La persona codependiente es aquella que ha dejado que el problema del otro domine su vida. Está tan obsesionada por controlar, salvar o rescatar al otro que estos pensamientos invaden sus días en un intento frustrado y frustrante que no alivia ni al ayudador ni al ayudado.
Estas personas focalizan su vida fuera de sí mismas. Viven y respiran con el aire del otro. Y es un aire viciado. Absortas en la manera en que podrían cambiar el curso de la vida de aquellos que aman, poco a poco, van perdiendo el contacto consigo mismas y van descuidando su propia vida.
Cuando los investigadores comenzaron a observar a los familiares de alcohólicos repararon en algo que parecía una contradicción. ¿Por qué motivo podrían boicotear el tratamiento de la persona alcohólica? ¿Por qué, si lo que más anhelaban era que se mantuviera sobria, caían en profundas depresiones y angustias cuando su ser querido dejaba de beber? ¿Por qué lo justificaban y rescataban todo el tiempo, a pesar de las indicaciones en contrario de los terapeutas intervinientes?
La respuesta se hizo clara con los años. La persona codependiente necesita ser necesaria para alguien. Y cuando el otro mejora, pierde su rumbo, no sabe qué hacer, teme el abandono y siente que ya no la van a necesitar más.
No sabe cómo relacionarse sin controlar, sin ayudar y sin salvar. No sabe cómo ocuparse de sí misma. Sencillamente no lo sabe porque nunca lo ha vivido. Hace lo que hizo toda la vida. Ocuparse de aquellos que ama aunque esta tarea sea desproporcionada y disfuncional para su edad (en la niñez, proteger a sus padres) o inadecuada porque no permite que los demás se hagan cargo de sus propias vidas (en el caso de las personas alcohólicas).
EL INTENTO DE RESCATAR,
SALVAR O CAMBIAR A QUIEN SE AMA
No sabía vivir sin involucrarme con hombres que me necesitaran. Cuanto más desvalidos, infantiles y problemáticos eran, más atraída me sentía. Iba contra toda lógica, pero despertaban en mí una ternura y una obsesión difíciles de explicar. Quería ser su “hada madrina”, su protectora, quería darles la felicidad que nunca habían tenido. Era genuino, no lo hacía especulando con que me quisieran. Más tarde, mucho más tarde, después de haberme estrellado una y mil veces, comprendí cuál era la verdadera motivación de esa búsqueda. Hubiera querido hacer feliz a mi padre para que él pudiera cuidarme. Ni él fue feliz, ni me cuidó y yo tampoco logré hacerlo con los hombres que pasaron por mi vida.
Los familiares de personas adictas a sustancias (alcohol o drogas) fueron un buen comienzo para entender este modelo de funcionamiento.
La persona alcohólica bebía para tapar un viejo dolor y el familiar intentaba rescatarla por la misma causa. Ambos estaban unidos en la desesperación de haber tenido historias que los dejaban desgarrados, con un sentimiento de vacío en sus vidas. Para el familiar, la recuperación de su ser querido se convertía en su trabajo. Era su deber controlarlo para que no tomara, no se enojara, no se juntara con las malas compañías, no lo despidieran del trabajo, no quedara en ridículo en las reuniones sociales y no tuviera problemas hepáticos. En fin, una agenda inagotable y fracasada: sus intentos de control solo tenían un éxito efímero y luego provocaban la ira de la persona controlada.
En palabras de la persona controladora podría expresarse así: “Te controlo, me ocupo de ti todo el día, te persigo para ver si haces las cosas bien, me entero de que no las hiciste, me enojo, siento que perdí tiempo, energía y dinero inútilmente y que, además, no obtengo reconocimiento. Entonces me pongo en el lugar de víctima, de donde me rescatas pidiendo perdón y todo el ciclo recomienza”.
Este ciclo, que hace más de 40 años el doctor Stephen Karpman definió como triángulo dramático, se aplica a todas las relaciones de codependencia.

Los roles se van alternando en los distintos vértices. Cuando la persona codependiente se pone en el lugar de rescatadora intenta hacerse responsable del problema del otro. Es un lugar complejo ya que desde el punto de vista social se lo considera virtuoso. No obstante, no es el altruismo lo que la mueve a la salvación del otro, sino sus propias carencias afectivas. Su necesidad de ser imprescindible, necesaria, amada y reconocida la lleva erróneamente a creer que los demás estarán agradecidos por el rescate.
Nada más alejado de la realidad. Porque la persona rescatadora intenta salvar a quien no quiere ser salvado y a quien no ha pedido ayuda. Y, en todo caso, si ha pedido ayuda, esta no es la adecuada.
Todos sabemos que los problemas solo se resuelven cuando podemos ponernos al frente de ellos y hacernos cargo. Asumir la responsabilidad por lo que a uno le ocurre es fundamental para encarar un proceso de recuperación. Muchas personas viven poniendo fuera la responsabilidad de lo que les pasa:
Si en mi casa no compraran cosas ricas, yo podría hacer dieta.
¿Cómo voy a organizarme con los gastos, si todo el tiempo me están pidiendo dinero?
No quiere tener una relación comprometida conmigo, pero me sigue llamando. Si no me llamara más, yo podría terminar la relación.
No puedo aguantar este trabajo, los demás me hacen la vida imposible.
Lo cierto es que las cosas empiezan a funcionar cuando nadie viene al rescate. Solo cuando dejamos de quejarnos, comienzan a mejorar. Los alcohólicos lo comprenden con claridad: saben que es preciso tocar fondo para encontrarse con las consecuencias de su enfermedad y pedir ayuda por sí mismos.
Los rescates no dan resultado ni para la persona que rescata ni para la que es rescatada. Ambas se frustran, se enojan y se victimizan. Las únicas acciones sostenidas para recuperarse de un problema emocional son las que cada una lleva a cabo por sí misma.
Yo quería cambiarlo para que me quisiera, para que se quedara conmigo. Pensé que si era buena con él, si le daba lo que necesitaba y no le traía problemas, con el tiempo llegaría a amarme. No fue así. Me engañó con mi mejor amiga. Yo sabía desde un principio que era un hombre sin escrúpulos, porque lo conocía de antes y no ignoraba su historia. Sin embargo, una fuerza poderosa me llevaba a negar esas señales y a creerle cuando me pedía que “lo ayudara a quererme”. Ahora me doy cuenta de que no se puede ayudar a amar y a sostener una pareja. Esa es una convicción íntima que cada uno debe tener. Ahora estoy tratando de “ayudarme a quererme”.
Quien rescata pasa rápidamente al rol de perseguidor o controlador. Es casi una consecuencia natural. Si invierte tanto tiempo y energía en el rescate ajeno, debe comprobar que el otro está haciendo lo que corresponde. Y cuando el otro no lo hace, lo siente como una traición.
Le dediqué mi vida. Dejé todo por ella. Cuando la conocí ella no tenía dinero y era una mujer de vida promiscua. Yo le di estructura, la llené de regalos, la mimé, vivía para ella. Me levantaba pensando en cómo complacerla. Y ella parecía estar siempre insatisfecha. Me engañaba con otros hombres y yo la perdonaba porque entendía que era como una niña caprichosa. Hasta que empecé a controlarla obsesivamente. Me ponía celoso, la ahogaba, la llamaba treinta veces por día. ¿Por qué se quedaba conmigo? ¿Para hacerme sufrir? Nunca más quiero volver a amar a una mujer.
El último vértice del triángulo es el de la víctima. Es difícil salir de los lugares victimizados porque realmente queda una sensación de “estafa”. Sin embargo, cuando pensamos en la dinámica de estas relaciones, vemos que tienen que ver con un aprendizaje vincular equivocado y con creencias en relación a uno mismo y a los otros que llevan al sufrimiento.
Se supone que si alguien tiene un problema necesita ayuda. Esto no es tan obvio. La persona que tiene un problema necesita ser consciente de esa dificultad, hacerse responsable y pedir ayuda. De lo contrario, cualquier intento externo fracasa.
Yo veía que Oscar había tenido relaciones ocasionales desde su separación. No es que no lo veía. Pero pensaba que él necesitaba contención, que se escapaba porque había sufrido mucho, que era muy fóbico, que le costaba comunicarse. Quizás todo eso fuera cierto, no lo sé, pero la verdad es que la única interesada en que él cambiara era yo. Él jamás pidió ayuda, decía que estaba bien como estaba, que disfrutaba de su libertad. No quería creerle porque era yo quien, en realidad, lo necesitaba y me causaba dolor darme cuenta de que él no era la persona adecuada.
EL SENTIMIENTO DE VACÍO DE SÍ MISMO:
LA IDENTIDAD DAÑADA
Cuando los niños crecen con padres que cuidan de ellos de una manera competente, van forjando poco a poco su identidad. Construyen dentro de sí un sostén de autonomía y seguridad que los protegerá el día de mañana.
Si fueron respetados, reconocerán rápidamente a quien intente avasallarlos. Aprendieron a cuidarse, a no dejarse maltratar. Los niños que pudieron vivir su infancia porque contaban con la barrera protectora de los padres no crecieron con hambre de afecto. Sus necesidades emocionales fueron satisfechas, y al llegar a la vida adulta se encuentran en mejor posición para elegir. No están desesperados de amor.
¿Qué significa el concepto de sí mismo? Tiene que ver con la valoración personal y el sentido de la propia identidad. Es la manera en que nos vemos. Es lo más auténtico del “yo”. Si al cabo de su proceso infantil un niño tiene un buen concepto de sí mismo, se sentirá más confiado frente al futuro, será más optimista, más positivo y tendrá más recursos para afrontar la adversidad. Mientras que una persona adulta con una buena valoración de sí misma tendrá menos probabilidad de permanecer mucho tiempo en relaciones que la lastimen o de someterse a la humillación y a la indignidad.
Sentía mucha vergüenza. No quería decir que mis padres se habían separado. No quería que se dieran cuenta de que mi papá no venía por semanas enteras a buscarme. Así que mentía. Decía que él estaba de viaje. Nadie me había explicado que no era mi culpa, pero yo lo sentía. Pensaba que si era una niña buena y aplicada mi papá volvería. O, por lo menos, que iba a estar orgulloso de mí. La vergüenza me acompañó siempre. Fue como una segunda piel. Una sensación casi inexplicable de no ser suficiente. Nada más ajeno a la imagen que los otros tenían de mí. Cuando conocía a alguien temía que me “descubriera”.
John Bradshaw, consejero y educador estadounidense, describe con total acierto las características de la vergüenza tóxica. Se refiere “al niño herido”, al “asesinato del alma del niño” y a otras expresiones que muestran la vulnerabilidad y el desamparo en el que quedan sumidos estos niños que han sufrido descuido, negligencia, abandono, malos tratos o abuso. O, simplemente, como decíamos, el abuso emocional de haber tenido que ser adulto desde la cuna.
“La vergüenza es un arma que el avergonzado entrega a quien lo mira”, dice Boris Cyrulnik en su libro Morirse de vergüenza. La sensación de déficit que hay que esconder al mundo se convierte en una carga pesada que va atravesando todos los vínculos de la vida.
Los niños que fueron humillados, los que sintieron terror frente al desamparo parental, los que vivieron avergonzados por las carencias económicas de su familia, los que no podían llevar amiguitos a su casa porque mamá podía estar en la cama llorando o papá podía enojarse sin motivo y gritar enfurecido, los que tuvieron que esconder lo que pasaba en casa, los que se sintieron menos que sus hermanos, los que no fueron defendidos frente a los ataques, los que se hundían en el vacío frente a la mirada de los otros, crecieron con necesidad de impostura, de tener que mostrarse como si fueran otros.
Los “niños grandes” luchan por ser aceptados y reconocidos. Necesitan con desesperación que los quieran y su intento de complacer a los demás no reconoce límites. Niegan sus incomodidades, sus enojos y sus propias necesidades con tal de no molestar y de no ser rechazados. Saben lo que los adultos valoran: un buen niño no hace ruido, no juega bruscamente, se comporta correctamente, tiene buenas calificaciones en la escuela, no hace berrinches y cuida de sus hermanos.
No puedo poner límites. No puedo decir “no”. Y no es porque sea muy buena. Siento pánico. Cuando digo que no comienzo a temblar, como si siempre fuera un motivo para que dejen de quererme. No me alcanza con razonar, es algo totalmente incontrolable. Y así es como acepto cosas que no quiero de los hombres que pasaron por mi vida, o que hago los trabajos que nadie quiere hacer en mi oficina, o que presto dinero que no me devuelven y me da pudor reclamar.
Los psicólogos coinciden en que estos niños construyen en la infancia “un falso yo” para ser aprobados y queridos. Crecen con esta máscara de “el buen chico” o “la buena chica” y se esfuerzan por ser responsables, dedicados y perfectos. La creencia es que, de este modo, nadie los abandonará.
Este exceso de carga y de responsabilidad se traduce en una hipertolerancia o tolerancia desmedida frente al esfuerzo. Se va generando así el caldo de cultivo para el abuso y el sometimiento. Como no tienen registro del esfuerzo, porque lo han naturalizado, son los que se ofrecen a llevar la carga. Y los demás, por supuesto, agradecidos. Pero sin decir gracias. Porque una persona codependiente tomará estas acciones como algo normal y se sentirá segura al ocupar ese rol. Con el tiempo descubrirá que mucha gente la necesita, pero poca gente la ama.
Recordemos entonces, las características más importantes de la codependencia:
•focalización excesiva en la vida y los problemas del otro
•descuido de la propia vida
•intento de rescatar, controlar y salvar al otro
•imposibilidad de fijar fronteras y límites
•aceptar cualquier cosa con tal de no ser rechazado o rechazada
•excesiva tolerancia frente al abuso
•sentimiento de responsabilidad exacerbado
•excesiva complacencia con los demás para esperar su aprobación
•percepción de que el control de la propia vida lo tiene el otro
•sentimiento de vacío
•dificultad para expresar el enojo y la rabia
•hipertolerancia al dolor emocional
•anteponer las necesidades de los demás por sobre las propias
•dificultad para disfrutar
•sentimiento de vergüenza de sí mismo/misma
•dificultad para confiar en las propias percepciones
•baja autoestima a pesar de tener un autoconcepto adecuado
•necesidad de ser validado o validada por los demás.
Uno de los dolores más grandes de la vida es no poder ser quienes somos. Tener que reprimir y ahogar las emociones para que nadie se enoje, para que nadie se vaya y para ser querido o querida por todos. La falta de autenticidad le cobra caro al cuerpo por este esfuerzo de enmascarar al verdadero yo. No se puede vivir fingiendo sin tener el triste sentimiento de saberse un impostor.
Es probable que a esta altura consideres que impostor es una palabra fuerte para definir a un codependiente. No obstante, se trata de una falsedad destinada a conseguir el amor y la aprobación de los demás. No es un simulador a la manera del psicópata, que sabe que está mintiendo para lograr sus objetivos, aun a costa del dolor ajeno.
No. Un codependiente, a veces, ni siquiera se da cuenta de que es un impostor porque se engaña a sí mismo. Se dice a sí mismo que está bien, que no le cuesta nada hacer lo que hace por los demás, que lo hace porque es una persona generosa y le da placer ayudar a la gente, que no tiene problemas en estar disponible para el resto del mundo.
¿El codependiente es un verdadero altruista?
Categóricamente decimos que no. Más allá de que la sociedad vea como virtud esta abnegación llevada al extremo, lo cierto es que la persona codependiente sufre porque no puede hacer otra cosa. Aun cuando sabe que en el intento de rescate se hunde junto con el otro, el dolor y el temor de ser abandonada o la culpa por no haber aguantado lo suficiente la devoran, le impiden hacer otra cosa.
Él es inestable. Tiene cambios de humor que no tienen una causa aparente. A veces no me habla en todo el día, no sé qué le pasa, por qué se enojó. Se encierra en su burbuja y yo me desespero, me siento morir. Le hablo, le pregunto, lloro, le suplico. Entonces estalla. Grita y me dice cosas horribles. Después se siente culpable y me dice que lo perdone porque está mal. Pero no quiere hacer nada por él y yo no puedo más. Le hago citas con el psiquiatra y no va. Yo sé que tuvo una infancia difícil, pero yo también la tuve y hace quince años que trabajo en terapias para poder estar bien. Sin embargo, no lo puedo dejar. No sé por qué siempre estuve con hombres tan complicados. No sé cómo sería la vida si solo me ocupara de mí.
Cuando una persona crece sin alma, se aterra frente a la soledad porque es allí cuando se encuentra con su vacío. Mientras haya otro que le confiera identidad, se calma. El otro es su razón de ser, su vida, su valía.
Nunca alcanza. No hay manera de que me sienta segura. Siempre tengo la sensación de que dejará de amarme. Sé que lo torturo con preguntas, con llamadas, que lo miro todo el tiempo tratando de encontrar la respuesta en su mirada, pero nada me calma. Siempre tengo una sensación de angustia frente a un inminente abandono. Solo me calmo cuando duerme a mi lado. Desearía que ese momento se eternizara.
Crecer con una identidad dañada es como crecer sin alma. Un agujero doloroso parece atravesar el medio del pecho. Como es imposible vivir con tanto dolor, las personas que lo padecen van anestesiando su vida con este desafío imposible: ser amadas por todos.
La dependencia emocional en la vida adulta está muy ligada a estas fallas en el apego infantil. Se trata de una necesidad afectiva extrema hacia otra persona con intensa angustia de separación, y una ideación obsesiva que no permite apartar la atención y ponerla en otro lado.
Estas 30 características de la dependencia emocional nos ayudarán en el autodiagnóstico. Con marcar al menos 10 de estos indicadores podemos considerar que se trata de una dependencia emocional.
•Siento un inmenso temor al abandono cuando estoy en pareja.
•Soy capaz de hacer cualquier cosa para retener a la otra persona a mi lado.
•Invierto mucho tiempo en revisar sus contactos y no siento confianza.
•Siento mucha inquietud cuando no sé con certeza dónde está mi pareja.
•En soledad siento una insoportable sensación de vacío.
•Le demando expresiones de afecto a mi pareja constantemente.
•Acepto cuestiones contrarias a mis valores con tal de que mi pareja no me deje.
•A menudo, tengo conductas riesgosas si se trata de retener a mi pareja.
•Soporto humillaciones, maltrato psicológico e indiferencia.
•Trato de ser el centro de atención de mi pareja todo el tiempo.
•Busco cosas para divertir a mi pareja y que no se aburra de mí.
•Recurro a la manipulación para que no me deje (hacerme daño, enfermarme).
•Soy incapaz de decirle que no por temor a que me rechace.
•No pongo límites y acepto conductas que no consiento en el sexo.
•Le compro regalos excesivos y trato de comprar su amor.
•Dejo cualquier actividad si mi pareja me propone un encuentro.
•Deseo que mi pareja todo el tiempo me dé certezas de que me ama.
•No tolero la soledad.
•He tenido una infancia con padres que no pudieron cuidarme.
•Me alejo de todas mis amistades cuando estoy en pareja.
•Siento celos injustificados y espío los mensajes de su celular.
•Siento que si me conocen de verdad no van a quererme.
•Oculto a los demás todo lo excesivo que hago por mi pareja.
•Cuando discuto con mi pareja siento temor de que me abandone.
•Tolero descalificaciones, burlas y sarcasmos sin decir nada.
•Siempre me siento menos importante o menos atractiva/o que mi pareja.
•Siento una intensa angustia ante la posibilidad de que me dejen.
•Voy de una relación a otra porque no soporto la soledad.
•Siempre he sido muy responsable y complaciente para que me quieran.
•Mis padres no pudieron cuidarme adecuadamente.
Ser una persona codependiente es condición para ser dependiente emocional.
No todos los dependientes emocionales tienen el patrón de rescate y salvación del otro, pero comparten la mayoría de las características.
Ambos términos se solapan, aunque la dependencia emocional es más amplia e incluye el concepto de codependencia, que alude más al patrón vincular disfuncional aprendido desde la infancia. Es decir que si un niño crece sin una base de seguridad y confianza es altamente probable que desarrolle una vinculación dependiente en la vida adulta.
También se habla de vínculos adictivos porque tienen una dinámica similar a la de otras adicciones de comportamiento y porque ponen en marcha algunos circuitos cerebrales similares. Más adelante nos ocuparemos de tratar de entender de qué manera podemos ser una persona adicta a una ilusión amorosa.
Pulsuz fraqment bitdi.