Kitabı oxu: «Las almas rotas»

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Gracias por comprar este ebook. Esperamos que disfrute de la lectura.

LAS ALMAS ROTAS
Patricia Gibney
Libro 7 de la inspectora Lottie Parker
Traducción de Luz Achával para Principal Noir


Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria

Prólogo

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Carta al lector

Agradecimientos

Sobre la autora

Página de créditos
Las almas rotas

V.1: diciembre de 2020

Título original: Broken Souls

© Patricia Gibney, 2019

© de la traducción, Luz Achával Barral, 2020

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2020

Todos los derechos reservados.

Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imagen de cubierta: Maria Heyens - Arcangel | Jan Lambert Photography - Shutterstock

Publicado por Principal de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-18216-07-7

THEMA: FH

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

LAS ALMAS ROTAS
Dos muertes, una desaparición y un secreto que pondrá a todos en peligro

Una mañana de diciembre, Cara Dunne aparece colgada en su cuarto de baño. Va vestida de novia y todo apunta a que se trata de un suicidio, pero esa misma tarde la policía encuentra otro cuerpo, el de la enfermera Fiona Heffernan, frente al hospital del pueblo de Ballydoon. Fiona iba a casarse al día siguiente y también llevaba un vestido de novia en el momento de su muerte.

La inspectora Lottie Parker intuye que estas muertes no son meros suicidios y, al comenzar la investigación, descubre otra pieza del inquietante puzle: la hija de ocho años de Fiona ha desaparecido. A partir de ese momento, Lottie se embarca en una búsqueda frenética por encontrar al asesino y salvar a la niña. Sin embargo, los habitantes de Ballydoon guardan un peligroso secreto, y cualquiera podría ser el culpable.

«Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»

The Times

El nuevo fenómeno del thriller internacional

Más de un millón y medio de ejemplares vendidos

Best seller del Wall Street Journal y del USA Today

A Marie Brennan, por todo.

Prólogo

El pequeño de cuatro años arrancó el papel y se metió el caramelo en la boca. El tofe se le adhirió a los dientes de leche. Trató de sacarlo con un dedo, pero se le quedó pegado y comenzó a llorar.

El golpe de la regla en los nudillos lo cogió por sorpresa y, durante un momento, el llanto cesó. Cuando sintió el dolor que le subía por la mano, gritó.

—¡Quiero irme a casa!

—Cállate, no digas ni una palabra más. Molestas a los demás. Mira a tu alrededor. Eres un niño malo y, si no paras, te quedarás fuera bajo la lluvia. Ya sabes que hay gente malvada, y esa gente viene a llevarse a los niños que se portan mal. ¿Quieres que te pase a ti?

El pequeño sorbió, contuvo las lágrimas y se mordió el labio; aún tenía el caramelo pegado en el diente.

—Te he hecho una pregunta, contéstame. —Otro golpe de regla, esta vez sobre el pupitre.

—No. —Sacudió la cabeza vigorosamente. No quería sentir la regla en la mano de nuevo o en ninguna otra parte. Sería un niño bueno.

—Tira ese papel en la papelera y abre el silabario.

El pequeño no tenía ni idea de cuál era su silabario.

—¡Ven aquí!

Mientras avanzaba hacia el frente de la clase, trató sin éxito de despegarse el papel del caramelo de la mano.

—Está pegado. —Con el trozo de papel adherido a sus dedos palpitantes, miró a la profesora.

Una vez más, la regla cayó con fuerza sobre su mano.

—Vuelve a tu silla.

Su primer día de colegio era incluso peor que la vida en casa. Mientras regresaba al pupitre, sintió que algo cálido le goteaba por la pierna y se encharcaba en su calcetín blanco. Sin duda, la regla volvería a visitarlo muchas veces, hoy y en los días venideros. No quería quedarse allí a esperarla. Pero ¿dónde más podía ir?

Se pasó la mañana sentado sobre los pantalones mojados; ni siquiera salió al patio cuando los demás niños se marcharon al recreo. Permaneció en el pupitre, abrió la fiambrera y mordisqueó el plátano maduro. La profesora estaba en su escritorio a la cabeza del aula; sus ojos parpadeaban con cada movimiento de la mandíbula del pequeño.

—Ven aquí —ordenó cuando regresaron los demás.

El niño levantó la vista con temor; el plátano se le atascó en la garganta.

No quería sentir de nuevo la madera de la regla, así que dejó la fruta y fue hacia la profesora. Cuando llegó al escritorio, tan alto que casi no veía por encima del borde, la mujer se inclinó hacia delante y lo agarró del pelo. El pequeño chilló al ver las largas tijeras que tenía en la mano.

—Tienes el pelo demasiado largo, casi no ves nada. Necesitas un corte.

Intentó decir que no, pero las palabras se le pegaron al paladar como el caramelo a los dedos. Le encantaba su pelo, largo hasta los hombros. Le recordaba a la foto de su madre. Tenían la misma melena.

La profesora agitó las tijeras frente a él antes de tirarle del flequillo. Lo miró triunfante mientras sostenía un mechón de pelo en la mano.

—Ahora puedo ver tu horrible carita.

En silencio, el pequeño deseó que el día llegara a su fin.

Noviembre

¿Existe un buen día para morir?

En silencio, el hombre respondió que no a su propia pregunta. El cielo tenía un color azul grisáceo. Tenebroso. Las nubes en el horizonte advertían que se acercaba un chaparrón. Aparte de eso, el día no estaba mal.

Se movió lentamente y avanzó por el bosque que bordeaba la carretera que, a su vez, rodeaba el lago. Quería ver el agua antes de hacer lo que tenía que hacer. Era tarde, casi de noche, y estaba seguro de que los pescadores se habrían marchado. No es que en noviembre hubiera mucho que pescar, pensó con ironía.

El follaje del suelo del bosque era verde, frondoso y oloroso. Sobre su cabeza, las ramas estaban desnudas. Bajo sus pies, crujían ramitas rotas y helechos. ¿Había pasado alguien por ese mismo camino hacía poco? Su cerebro estaba abarrotado de tantas preguntas sin respuesta que parecía una burbuja a la espera de que la pincharan. Además, sabía que no había nadie en el mundo a quien le importase; nadie que de verdad se preocupara por él. Estaba completamente solo; desolado como las ramas, en paz consigo mismo. Casi.

Una rama nudosa se le enredó en el pelo mientras se adentraba aún más en el denso bosque, hacia una zona más oscura y húmeda. Se detuvo y escuchó los sonidos de los animales invisibles que se escabullían entre la hierba alta. «Ya no tengo miedo —pensó—. Ya no tengo miedo a nada».

Se agachó y se abrió paso entre espinas y zarzas, prácticamente a gatas. El ruido del agua llegó a sus oídos. El graznido de los cisnes cortó el aire.

Se detuvo una vez más y prestó atención. Siguió el sonido.

Llegó a un claro y encontró la fuente del agua. No era el lago, sino un montón de piedras de entre las que brotaba agua fresca por una grieta. El hombre se inclinó hacia delante, tomó un trago y se deleitó con el sabor. Tomó una decisión. Iba a luchar.

Fue entonces cuando escuchó otro sonido.

Al girar la cabeza, una mano le tapó la boca y otra le apretó la garganta con fuerza. Su último pensamiento fue: «Es un buen día para morir».

Diciembre

1
Miércoles

En diciembre, Ragmullin se descubría como un lugar hermoso. Desde la distancia.

Lottie contemplaba el cielo de la madrugada al otro lado de la ventana. Ni una pizca de azul, solo gris. Incluso la nieve parecía plomiza. El muñeco de nieve que su hijo Sean había hecho para su nieto Louis, de quince meses, estaba en el jardín, duro como una roca.

Era demasiado temprano para ir a trabajar. Se obligó a llenar la lavadora y el lavavajillas. Fue hasta el recibidor y se detuvo a escuchar al pie de la escalera. No se oía ningún ruido en el piso de arriba, así que regresó a la cocina y encendió el hervidor.

Esos días prefería un té al café. Un exceso de cafeína la ponía nerviosa. Mientras esperaba a que el agua hirviera, dobló distraída una pila de ropa limpia y la separó en tres montones para sus tres hijos. Las chicas ya eran oficialmente adultas. Habían celebrado el decimoctavo cumpleaños de Chloe hacía unas semanas. Katie, que tenía veintiún años, y Sean, de quince, habían organizado la fiesta. Sean ya era más alto que Lottie y poseía los mismos ojos de ese azul deslumbrante que había tenido su padre. Por un momento, Lottie se vio catapultada a la época anterior a la muerte de Adam, cinco años atrás. Cáncer. Demasiado joven, demasiado rápido. Demasiado difícil de creer. Demasiado tiempo llorándolo hasta que Mark Boyd le había pedido que se casara con él. Titubeó durante un tiempo, sin estar segura de qué hacer, pero sabía que lo amaba. La noche de la fiesta de Chloe le había dicho que sí, aunque aún tenían que concretar los detalles, como fijar una fecha y contárselo a la gente. De momento, era su secreto. Decisión de Lottie.

El hervidor silbó. La inspectora cogió una taza y metió una rebanada de pan caducado en la tostadora. Anotó pan en la lista de la compra en la pizarra que colgaba en la nevera. Con suerte, Katie iría a la tienda más tarde. «Ya sería suerte», se dijo a sí misma, y tomó una foto de la lista en caso de que tuviera que ir ella después del trabajo.

Cuando la tostadora saltó, cogió el pan y lo mordió. Estaba seco. El té sabía a serrín. A la mierda. Decidió que pasaría por el McDonald’s de camino al trabajo a por un café, y al diablo con los nervios.

Se puso la chaqueta, se recogió el pelo desgreñado en una coleta y lo colocó bajo la capucha. Mientras salía de casa, se preguntó de qué humor estaría Boyd ese día.

* * *

Mark Boyd se ajustó el nudo de la corbata y evaluó el resultado en el diminuto espejo del baño. La imagen que le devolvió la mirada no lo entusiasmó. Su pelo, muy corto, era ahora más gris que negro, y sus ojos delataban que había bebido de la noche anterior. Las mejillas demacradas enfatizaban los pómulos. Sabía que, a su edad, la piel del cuello no debería colgarle. Le convendría salir un poco con la bici, pero hacía demasiado frío para hacer deporte al aire libre, pensó, e ignoró el hecho de que tenía una bicicleta estática plegada en una esquina de la pequeña cocina. No, tenía que hacerse cargo de los problemas tangibles en su vida. Para eso había pedido medio día libre en el trabajo. Esperaba que Lottie lo aprobara, de lo contrario, tendría que ausentarse sin permiso.

En el salón del apartamento de una sola habitación oyó a su amigo Larry Kirby que roncaba con fuerza tirado en el sofá con los pies sobre la abarrotada mesita de café. Latas de cerveza y botellas ocupaban toda la superficie disponible. Boyd sintió que le crujían los huesos y se le erizaba la piel. Odiaba el desorden. Recogió las latas y botellas y las metió en una bolsa para reciclar.

Kirby se removió y se incorporó con dificultad.

—¿Dónde diablos estoy? —Miró a su alrededor, amodorrado, y se pasó la mano por la mata de pelo despeinado—. Oh, Boyd, eres tú. Menuda farra la de anoche. ¿Dónde está McKeown?

Boyd se encogió de hombros y pensó un momento. Habían abandonado a Sam McKeown, el miembro más nuevo del equipo, en el pub Cafferty cuando se habían ido a las… Mierda, no tenía ni idea de a qué hora había sido.

—Solo Dios sabe dónde habrá acabado. —Dejó la bolsa del reciclaje en el suelo junto a la bicicleta estática—. ¿Te apetece tomar un café? Hay una toalla limpia en el armario de la caldera por si quieres darte una ducha. —Encontró un blíster de paracetamol y se tragó dos pastillas.

Kirby se olisqueó los sobacos.

—Imagino que no tendrás una camisa que me pueda poner.

Boyd sonrió con sorna. Kirby era el doble de ancho que él.

—¿Tú qué crees?

—Bueno, me tomaré ese café.

Mientras Boyd preparaba el café, Kirby preguntó:

—¿Estás bien?

—Aparte de tener una resaca tremenda, estoy estupendamente.

—Anoche estuviste muy intenso; todo sensiblero y deprimido.

—Según tú, siempre estoy igual. —Boyd se preguntó qué habría dicho hacia el final de la noche.

Kirby bostezó sonoramente.

—La mitad de las palabras que te salían de la boca eran Lottie esto y Lottie aquello. Dios, no sé qué habrá pensado McKeown de ti.

Boyd llevó dos tazas de café al salón y se sentó frente a Kirby.

—¿Tan mal estuve?

—Peor.

—Mierda.

—¿Por qué no le pides ya que se case contigo? Cualquiera con ojos en la cara ve que estáis hechos el uno para el otro.

Boyd sintió el calor que le subía a las mejillas. Se había puesto contentísimo cuando Lottie había accedido a casarse con él, pero habían decidido —no, pensó, ella había decidido— no contar nada todavía, ya que trabajar juntos lo hacía incómodo. Aunque eso había sido antes de todo lo demás.

—No sé qué hacer —admitió.

—Todavía tengo un anillo de compromiso, si lo quieres. —Kirby rio, y luego hizo un gesto de dolor.

—Lo puedo comprar yo mismo cuando lo necesite, gracias. Si es que lo necesito. —Boyd cerró los ojos y se pasó la mano por la frente palpitante. El paracetamol tardaba en hacer efecto.

—Como quieras. —Kirby dejó la taza sobre la mesa. Metió las manos entre las rodillas y se quedó con la mirada perdida—. A mí ya no me sirve para nada ahora que Gilly… Ya sabes…

—Lo sé, es muy duro. Date tiempo para llorarla. —Boyd pensó en la garda Gilly O’Donoghue, que había sido asesinada durante el verano. Gilly fue la primera mujer de la que Larry Kirby se había enamorado desde su divorcio.

—Eso es lo que me dice todo el mundo. —Kirby se levantó, acompañado del crujir de sus rodillas y una tos áspera, resultado de demasiados cigarros—. Joder, huelo fatal. Te veo en la oficina. ¿Qué hora es?

—Las seis y media.

—Ah, por el amor de Dios. ¿Por qué me has hecho levantar a una hora tan intempestiva? Tengo tiempo de echar una cabezadita antes del trabajo. Me voy; te veo luego.

Mientras Boyd bebía su café lentamente, descubrió una botella de whisky tirada bajo el sofá. Se puso de rodillas y la recogió; sacudió la cabeza y fue a buscar su Dyson.

2

Los cerdos hacían un ruido infernal en los cobertizos. El viento agitaba las ventanas con violencia mientras la nieve atravesaba el patio en diagonal, empujada por otra ventisca.

Beth Clarke cogió una taza del armario de la cocina y abrió el grifo. Nada. Lo probó de nuevo, con el mismo resultado.

—¡Papá! —gritó en dirección al salón, donde su padre apretaba con furia las teclas de una calculadora anticuada—. ¿Qué pasa con el agua?

—Se han congelado las tuberías, seguro. —El golpeteo casi ahogaba su voz.

—¿Qué vas a hacer al respecto? —Beth dejó la taza en el fregadero con un golpe y comprobó si había suficiente agua en el hervidor para que su padre se preparara el té más tarde. Probablemente. Apenas.

—Por el amor de Dios —gruñó el hombre.

Beth se volvió y lo encontró de pie en la puerta, con la calculadora en una mano y en la otra, un fajo de papeles llenos de columnas torcidas de números escritos a mano. Todavía llevaba la ropa del día anterior.

—¿Has estado despierto toda la noche?

—Sí, por desgracia. No consigo que cuadre la declaración de IVA. Supongo que no podrás hacerla con el portátil, ¿verdad? —Una tos le cortó la voz y el hombre se dobló, resollando.

—Supones bien. —Beth se agachó, recogió la mochila de debajo de la mesa y se la colocó en la espalda. Se alisó las perneras de los estrechos tejanos negros y ató un cordón de las botas rojas brillantes—. Me voy a trabajar.

—¿A trabajar? No esperarán que vayas con este tiempo.

—Tengo que ir al encendido de las luces de Navidad esta tarde. Pero primero debo visitar los mercadillos navideños en la ciudad. —Sintió emoción. Le encantaba escribir artículos para el periódico local.

—No puedes conducir por la carretera con este tiempo. Son casi quince kilómetros.

—Como si no lo supiera —repuso entre dientes.

—Deja que me ponga el abrigo. Te dejaré en la ciudad.

—No me pasará nada. —Beth cogió el plumífero negro del respaldo de la silla y se lo puso antes de darse cuenta de que no se había quitado la mochila—. Maldita sea.

Mientras se arreglaba, oyó el sonido de los pies descalzos de su padre, que se dirigía a la oficina improvisada en la esquina del salón. «Es un caso perdido», pensó.

Al abrir la puerta trasera, se vio asaltada de inmediato por el gruñido agudo de los cerdos.

—No te olvides de dar de comer a los animales —gritó. El viento se llevó sus palabras.

Con cuidado, cruzó el patio hacia el Volkswagen Golf azul brillante. Su madre lo había comprado poco antes de largarse a un lugar donde nunca nevaba. Hacía cinco años, cuando Beth tenía solo diecinueve. Se detuvo. Había oído que su madre había regresado a Ragmullin, pero no sentía ningún deseo de buscarla.

La puerta del coche estaba congelada. Echó el aliento en la manecilla con la esperanza de descongelar la cerradura. No hubo suerte. Tendría que usar la última gota de agua del hervidor. Tal vez su padre cuando le resultara imposible hacerse una taza de té, encontraría la motivación para arreglar unas cuantas cosas en la granja.

Dios, cómo odiaba vivir en el pueblo de Ballydoon.

Estaba absolutamente convencida de que era el culo del mundo.

* * *

Pasaron siete minutos enteros antes de que Christy escuchara a Beth alejarse conduciendo despacio por la carretera helada.

—Desde luego, esa chica se parece a su madre —masculló para sí mismo. Su mujer (o exmujer, si quería ser pedante) siempre había tenido una mirada diabólica, y hacía lo que quería cuando se le antojaba. Rogaba a Dios que Beth no lo dejara también.

Un vistazo al libro de cuentas confirmó que no había la más mínima esperanza de cuadrar las cifras. Intentar mantener la granja en marcha era demasiado para él. Había cerrado el garaje que tenía en el pueblo, aunque no por voluntad propia. Maldijo el trato que había hecho, a pesar de que era necesario. Aun así, no conseguía arreglárselas. Dejó caer las facturas y fue a la cocina a preparar el desayuno.

Agitó el hervidor. Vacío. Abrió el grifo. Nada. Las cañerías se habían congelado durante la noche.

—Que se vaya todo al infierno —masculló.

Tomó la leche de la nevera y se la sirvió en un vaso. Mientras tragaba el líquido frío, estudió el patio a través de la ventana. Los cerdos estaban inusitadamente ruidosos esa mañana. Christy Clarke se puso las katiuskas mientras sentía el peso del mundo sobre sus hombros de sesenta y cinco años. Descolgó el abrigo del gancho de detrás de la puerta y salió a comprobar el estado de las cañerías.

—Cerrad el pico, capullos —gritó a los cerdos al pasar frente a la puerta del cobertizo.

* * *

Las escaleras siempre podían con ella. No era la cantidad; había veintiún escalones. No, era su por estrechez y la falta de profundidad. Se golpeaba los dedos escalón sí, escalón no, y en un par de ocasiones, aunque se encontraba sobria, había subido los últimos tres a cuatro patas. Hoy, como el ascensor volvía a estar averiado, se lo tomó con calma, sentía todo el peso de su vida en las plantas de los pies.

Al llegar a su apartamento, Cara Dunne metió la llave en la cerradura. Una vez dentro, se apoyó contra la puerta y observó el vaho de su aliento que flotaba en el aire. Se deshizo de los zapatos mojados y sacudió el abrigo antes de colgarlo. Pasó por delante del baño de camino al salón. Un lado estaba iluminado y el otro, donde no había ventana, a oscuras; solo una pared verde con un cuadro anodino.

Dejó el gorro sobre el radiador y se dio cuenta de que estaba helado. Maldición. Comprobó el termostato; estaba al máximo. Algo no funcionaba. Tenía que pasar justo hoy.

Se sentó en el sillón y desbloqueó el teléfono para localizar el número del encargado. No recordaba su nombre. Mills o Wills, algo así. Tenía el cerebro adormecido por el dolor que había experimentado los últimos meses. Y debía reconocer que la mayor parte de ese dolor estaba en su corazón, a pesar de que se había metamorfoseado en un cáncer metastásico, que la sacudía con espasmos sin previo aviso. Había solicitado la baja en el trabajo. Tenía que volver la próxima semana, pero no podía. Todavía no. Nada se había resuelto. Y él todavía seguía ahí fuera, se partía de risa y contaba mentiras sobre ella. Sintió otra punzada de dolor en el pecho y trató de controlar la respiración.

Su mirada se vio atraída hacia la vieja maleta marrón encajada en la estantería bajo el televisor. Una maleta con los recuerdos de otra persona. Una maleta que había ido con ella a todas partes desde que se había marchado a Dublín a estudiar para ser profesora. Una maleta maltrecha y rota. Como ella misma. «Dios —pensó—, soy un cliché».

Fue hasta el dormitorio, se quitó los vaqueros mojados y los colocó sobre el radiador. Frío. Ah, el encargado.

Al abrir el armario vio el vestido, bajo el plástico transparente, al final de la barra. Se burlaba de ella. ¿Por qué lo había guardado si nunca se lo pondría? Ya no sabía nada. Él había robado hasta el último pensamiento original de su cerebro y, luego, la había abandonado con una carcajada. Sintió el ácido alojarse en su garganta y pensó que iba a vomitar, pero se lo tragó, como tendría que tragarse el orgullo para enfrentarse a sus amigos y colegas. Algún día. Pronto. ¿O nunca?

Desechó ese pensamiento y sacó la percha con el vestido cubierto por el plástico. Se lo probaría una última vez y, luego, lo pondría a la venta en eBay.

Sonó un crujido en algún lugar del apartamento.

Se detuvo; el vestido le pesaba en el brazo. ¿Qué había oído? Prestó atención. Nada. Serían los radiadores.

—Ahora sí que me estoy volviendo loca —dijo en voz alta.

Dejó el vestido sobre la cama y se quitó la camisa. Bajó la cremallera de la funda de plástico y sacó la prenda de satén salpicado de diamantes. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el día que nunca llegaría. Sostuvo el vestido y se lo puso. La tela fría le cubrió el cuerpo como una segunda piel mientras se lo colocaba con delicadeza sobre los hombros y se estiraba para subir la cremallera del costado.

Ahí estaba otra vez. Un crujido. Una puerta que se abría.

Había cerrado la puerta de entrada, ¿verdad? Aparte de su dormitorio, la única otra puerta que había en el apartamento de un solo ambiente era la del baño. En el espejo del armario vio su rostro palidecer y su boca abrirse; tenía un grito ahogado atascado en la garganta.

Avanzó lentamente hasta el salón, el vestido se le enredaba a los pies.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, esperando que nadie contestara.

Nada. Nadie.

Miró en la pequeña cocina. Estaba vacía.

Otro crujido, y la puerta del baño se abrió.

Retrocedió contra el radiador helado.

Había alguien en el apartamento.

17,80 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
391 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9788418216077
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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