Kitabı oxu: «Corazón al desnudo»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Patricia Wright

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Corazón al desnudo, n.º 1119 - noviembre 2020

Título original: Her Surprise Family

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-868-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

RAFAELE Mario Covelli, ¡sal ahora mismo del agua! —gritó Vittoria a su nieto de diez años—. Acabas de comer.

El niño delgado y desgarbado salió de la piscina que había instalado su padre para los calurosos meses de verano.

—Me encuentro bien, Nonna. Quiero bañarme con mis amigos.

—Podrás bañarte dentro de un rato. Primero tienes que hacer la digestión.

—Me aburro —protestó él y se sentó en un escalón.

—Juega con tu hermanita —Nonna miró a la niña morena de tres años que estaba jugando con la arena.

—Ni pensarlo —dijo Rafe—. No voy a jugar con niñas.

Vittoria se cruzó de brazos y miró fijamente al niño. Sabía que Rafe y su hermano pequeño, Rick, adoraban a su hermanita y jugaban con ella a menudo.

—Entonces, ven aquí y te contaré un cuento.

A Rafe se le iluminaron los ojos y dijo:

—¿Sobre Nonno Enrico, el héroe?

Vittoria asintió, extendió una manta y se sentó en ella. La pequeña Angelina se acercó tambaleándose y se sentó en el regazo de su abuela.

—¿Tú también quieres oírla, bambina?

Angelina retiró la gorra de sus ojos y asintió.

Al momento, Vittoria vio como su otro nieto, Rick, y dos de sus amigos se sentaban en la manta también.

—Hace muchos años, en Italia, mi familia, los Perrones, vivía en un pequeño pueblo. Cuando yo era pequeña, era una época dura. La guerra devastó las zonas rurales, pero por fortuna, mi pueblo, Tuscany, parecía seguro. Hasta que un avión se estrelló cerca de mi casa.

—Era el avión del abuelo. Un B-24 —dijo Rafe.

Vittoria asintió.

—Sí. Era un avión americano. Le habían disparado y el piloto intentaba regresar a la base en la frontera, pero tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en un prado que estaba cerca de nuestra granja. Al día siguiente, me encontré al sargento Covelli escondido en el granero. Tenía una herida en la pierna y había perdido mucha sangre.

Vittoria lo recordaba como si hubiera pasado el día anterior. Él tenía la cara llena de moraduras y hacía muecas de dolor. Era el hombre más guapo que había conocido. También era el enemigo. No podía dejarlo morir en el granero, ni en un campo de prisioneros.

—Y lo salvaste.

Inmersa en los recuerdos, Vittoria apenas oyó a su nieto.

—Sabía que debía entregarlo, pero al final decidí curarle las heridas y me las arreglé para estar con él mientras le bajaba la fiebre. Al cabo de unos días comenzó a recuperarse. Era americano, pero me hablaba en italiano. Me quedé impresionada cuando me dijo que se llamaba Enrico Covelli. Sus padres eran de Roma. No podía entregarlo a los soldados.

—No Nonna —dijo Rafe—, tenías que esconderlo.

Vittoria miró a los otros niños y ellos asintieron.

—Me daba miedo que lo descubrieran —Vittoria sabía que también se estaba enamorando del americano. Una noche, Enrico le confesó que la amaba. No quería dejarla, pero tenía que regresar a filas. Ambos corrían peligro si lo descubrían.

Continuó con la historia.

—Había oído hablar de un grupo de la resistencia que ayudaba a la gente a salvarse. La noche siguiente, antes de marcharse, Nonno Enrico me prometió que volvería después de la guerra. Me dijo que quería casarse conmigo y que nos fuéramos a América. Le dije que yo también lo quería. Me dio un beso de despedida y desapareció en la oscuridad de la noche.

Rafe se puso en pie y preguntó en voz baja a su abuela:

—¿Puedo enseñarles la caja?

Vittoria asintió y Rafe entró corriendo en la casa. Al ratito volvió con un joyero tallado a mano. Se lo dio a su abuela y ella abrió el cierre de bronce. Sacó una medalla.

Rafe la sujetó.

—A mi abuelo le dieron un Corazón Púrpura porque le habían disparado —los niños exclamaron mientras se pasaban la medalla de uno a otro.

—Durante meses, yo no sabía si Enrico había conseguido salvarse. Al cabo de un año, la guerra terminó —se le llenaron los ojos de lágrimas—. Pensaba que debía estar muerto, porque me había prometido que nunca se olvidaría de mí.

—Pero no estaba muerto —dijo Rafe animándola.

Vittoria tomó la mano de su nieto.

—No, pero no sabía nada de él. Lo esperaba. Para entonces, mi padre había organizado mi boda con Giovanni Valente.

—Pero tú no querías casarte con él —comentó Rafe.

—No, Rafe, yo no quería a Giovanni, quería a Enrico. Mi familia quería que me casara con él porque era rico. Incluso durante la guerra, la familia Valente consiguió mantener sus viñedos. Nosotros no teníamos nada excepto el juego de anillos de rubí que se guardaban para cuando se casara la hija primogénita. Y esa era yo. Y mi padre ya le había dado los anillos a Giovanni.

Ella se entristecía al pensar en ello. Utilizó el tejido de seda blanca del paracaídas de Enrico para confeccionar el vestido de boda. Al menos llevaría algún recuerdo de su verdadero amor.

—Y el abuelo volvió a rescatarte.

Vittoria sonrió. Había contado tantas veces esa historia a sus hijos, y a sus nietos.

—Sí, regresó la semana de mi boda.

Recordaba aquel día perfectamente. Casi se desmayó cuando Enrico volvió a por ella. La tomó entre sus brazos y la besó hasta que ella se percató de que no estaba soñando. Él había vuelto, como había prometido.

—Vuestro abuelo me pidió que me casara con él, pero mi padre insistió en que yo estaba prometida con otro. Enrico no se detuvo por eso. Fuimos juntos a dar explicaciones a la familia Valente. Giovanni estaba furioso porque no me casara con él, pero al fin accedió a romper el compromiso. Juró que nunca amaría a otra mujer y se negó a devolver uno de los anillos. Se lo puso en el dedo meñique para recordar a su novia robada. La madre de Giovanni echó una maldición sobre los anillos diciendo que hasta que no se encontraran de nuevo, ni los Covelli, ni sus hijos serían afortunados en el amor.

Durante todos esos años, Vittoria había sufrido profundamente. Abrió la caja otra vez y sacó el anillo. Aunque Enrico nunca había creído en el maleficio, Vittoria sentía que algo había ensombrecido su amor. Tuvo problemas para concebir a sus hijos, pero por fin tuvo dos niños. Su hijo Rafaele casi no llega al altar con su novia, María. ¿Serían las consecuencias del maleficio?

Rafe se puso de rodillas.

—¿Puedo verlo?

Vittoria abrió la caja para mostrar el rubí y los diamantes engarzados en un anillo de oro. Cuando los dos anillos estaban juntos, quedaban preciosos. La última vez que eso había sucedido era hacía más de cincuenta años.

—¡Caramba! Me apuesto a que vale más de un millón de dólares.

—Oh, Rafaele. Este anillo es el símbolo del amor, y eso no tiene precio. El amor verdadero es lo único que romperá el maleficio y hará que los dos anillos se junten otra vez.

Capítulo 1

TENÍA más de cien años, pero Stewart Manor aún era un sitio bonito para contemplar.

Rafe Covelli condujo su camión a través de las puertas de hierro y se quedó mirando el edificio de tres plantas. Años atrás ese sitio era una de las casas reales de Haven Spring. Ni la pintura vieja ni las tablillas que faltaban escondían la belleza de la arquitectura.

Lo había fascinado desde que era niño. Paseaba con su bicicleta por allí y se quedaba mirando a la casa, que parecía encantada, preguntándose cómo sería vivir en un sitio como ese. Se había imaginado un montón de pasadizos secretos, habitaciones ocultas y fantasmas.

Por supuesto, nada era verdad. La casa se construyó para un rico hombre de negocios, William Stewart, que fue alcalde de Haven Spring a principios de siglo. Su hijo, William Junior, y su esposa vivieron allí junto a su hija, Hannah. Rafe recordaba que de niño la señorita Hannah le parecía simpática. Ella nunca se casó y vivió en esa casa hasta que murió tres años atrás.

Un primo lejano heredó la propiedad, pero no quería la casa y la sacó a subasta. El emblema del pueblo se vendió por una pequeña fracción de su valor. Era la primera vez que alguien que no perteneciera a los Stewart viviría allí.

Rafe detuvo el camión frente a la casa y vio que había una mujer en el porche. Estaba a punto de conocer a la nueva vecina de Haven Spring, la señora Shelby Harris.

Tomó su carpeta y se bajó del coche. Caminó hasta la escalera del porche.

—¿Señora Harris? —levantó un poco la gorra que llevaba el logotipo de Covelli and Sons—. Soy Rafe Covelli.

La mujer aparentaba tener unos veintitantos años.

—Gracias por venir, señor Covelli.

—No hay de qué. Estaba trabajando por la zona. Estamos restaurando las fachadas de las casas que hay al principio de la calle.

Rafe subió las escaleras y se encontró cara a cara con la mujer. Eran casi de la misma altura. La miró y vio que tenía las piernas muy largas, cubiertas por un par de vaqueros. Le miró la cintura y más tarde la camiseta de algodón que resaltaba sus pechos. Notó que se le aceleraba el pulso. Había pasado mucho tiempo desde que alguien así había llegado al pueblo. La última fue Jill Morgan, quien se acababa de casar con Rick, el hermano pequeño de Rafe.

Rafe la miró a la cara y al ver que tenía los ojos verdes más bonitos que había visto nunca, le dio un vuelco el corazón.

Ella se puso nerviosa y miró hacia otro lado.

—Como le dije por teléfono, tengo intención de convertir Stewart Manor en un hostal.

Rafe dio un fuerte silbido.

—Ya le expliqué que eso llevará mucho trabajo. Y dinero.

—No me da miedo trabajar, señor Covelli —dijo ella—. Pero si no puede hacerse cargo del trabajo…

—No he dicho que no pueda hacerme cargo del trabajo —salió del porche y miró la fachada alumbrada por el sol de agosto. Comenzó a calcular qué cosas necesitaban atención inmediata. Era necesario reparar los aleros de la planta superior, la madera estaba deteriorada por el tiempo y en algunos puntos comenzaba a pudrirse. Esa era la especialidad de Rick, quizá podría llevar allí a su hermano para que hiciera ese trabajo. El tejado estaba en malas condiciones y había que cambiarlo. Por tanto, habría goteras en el interior.

Miró a la mujer.

—¿De cuánto tiempo y dinero dispone, señora Harris?

—De eso quería hablar con usted.

Por la expresión de su cara, él supo que tendría problemas. Maldita sea. Había visto esa expresión tantas veces en la cara de su hermana. Era algo serio. Ocurría algo y él no estaba seguro de querer saber qué era.

—De acuerdo, dígamelo.

Ella tensó los músculos de la espalda.

—Me he gastado la mayor parte del dinero en comprar esta casa. Hasta dentro de un mes no tendré más. En este momento tengo que ser comedida, así que pensé que quizá podríamos llegar a un trato.

Rafe sabía que debía darse la vuelta, subir al camión y marcharse. Ya tenía bastantes problemas como para perder el tiempo. Pero había algo que hizo que se quedara quieto. Quizá tenía curiosidad por averiguar por qué una mujer soltera quería comprar esa casa y convertirla en un hostal. Y el brillo nostálgico de la mirada de ella lo hizo preguntar:

—¿Cuáles son sus planes?

Shelby se puso al sol y apareció el reflejo cobrizo de sus cabellos castaños.

—Como es un edificio histórico, la reparación de la fachada la cubre el presupuesto del estado.

Rafe asintió.

—Ya nos estamos encargando de ello.

—Sí, les he visto trabajar por el pueblo. Son muy buenos. Pero también necesito que echen un vistazo al tejado y a las habitaciones de la parte de delante. Que me hagan un presupuesto de cuánto costaría arreglarlo —ella dudo un instante y respiró hondo—, poquito a poco. Lo más necesario. Lo justo para que pueda abrir el negocio.

Rafe contuvo una sonrisa.

—Haven Springs no es un lugar turístico.

—Pero en verano hay gente que pasa de camino al lago, y en otoño la gente viene a ver el color de los árboles. Haré publicidad, hay gente a quien le gusta hospedarse en casas históricas. Al cabo de unos meses podré continuar con la restauración de Stewart Manor.

Otra vez esa actitud testaruda. Ella frunció los labios y él sintió que su estómago se encogía. Maldita.

—Echemos un vistazo —él regresó al porche y se acercó a la puerta de roble que tenía un cristal ovalado en el centro. La abrió y entró a un gran recibidor. De pie sobre el suelo de madera sintió el frescor de la penumbra. Del techo colgaba una gran lámpara de araña. Había una escalera para subir a las plantas superiores, faltaban algunos peldaños y en el pasamanos algunos barrotes.

—Será mejor que no se acerque a la escalera hasta que la haya revisado entera —dijo él. Torció a la izquierda y se metió en la sala.

Shelby observó como el arrogante señor Covelli se desplazaba por la casa. Así que pensaba que ella no era de gran ayuda. Que tenía que advertirla acerca del peligro evidente. En fin, tenía algo que decirle. Había pasado toda su vida cuidando de sí misma y podía seguir haciéndolo.

Se acercó donde estaba él y vio que estaba comprobando el estado de los cercos de las ventanas y de los zócalos de madera tallada. Se agachó para mirarlos de cerca. Ella no pudo evitar fijarse en la curva de su trasero y en los musculosos muslos que resaltaban bajo los vaqueros usados. Después se fijó en su espalda fuerte y en sus anchos hombros. Sintió un escalofrío. Levantó la vista y lo miró a la cara. Él estaba muy concentrado. Su tez morena daba indicios de su descendencia italiana y de que trabajaba al aire libre.

Él tenía los ojos de color chocolate y su mirada era hipnotizadora. Su pelo era negro carbón y lo llevaba muy corto en la zona de las orejas. Se quitó la gorra, el resto del cabello estaba perfectamente peinado. En cierto modo, ella ya sabía cómo era la vida de Rafe Covelli. Todo ordenado e impecable. Blanco o negro.

Todo lo contrario a ella.

Ella dudaba de que él aceptara trabajar en su idea. Hasta a Shelby comenzaba a parecerle una locura.

—Bueno, señora Harris —dijo él poniéndose en pie—, tengo malas noticias. Hay una gotera junto a estas ventanas —señaló la zona.

Shelby no apartó la vista de las manos de él. Unas manos grandes que esculpían la madera. No pudo evitar preguntarse cómo serían las caricias de esas manos en su piel… Controló sus pensamientos y prestó atención a lo que él estaba diciendo.

—Primero he de subir al ático y encontrar las goteras, después hay que reemplazar los cercos y reponer el yeso —se apoyó en el suelo con una rodilla—. ¿Ve esta humedad? Viene de detrás de los zócalos. La madera está combada, así que también tendré que cambiarla —se puso en pie y caminó hasta el recibidor. Ella lo siguió—. En las escaleras hay que cambiar los peldaños y los barrotes de la barandilla. Todo en roble de la mejor calidad —continuó andando hasta que llegó al salón.

Esa era la habitación en la que se había instalado Shelby. Había lavado y colgado las cortinas, metido algunos muebles, un sofá, una silla, una televisión y una estantería. Junto a la pared había una mesa y un ordenador. Desde que llegó a la casa, tres días atrás, solo había utilizado esa y otra habitación, la de servicio, que estaba junto a la cocina y que tenía un dormitorio y un baño.

Rafe se acercó a la chimenea de piedra y miró la repisa de madera tallada. Ella contuvo la respiración al ver que él se fijaba en las fotografías que había colocado sobre la repisa.

Él la miró.

—¿La familia? —preguntó.

Shelby dudó y contestó.

—Sí.

Él sonrió.

—Pensaba que nadie tenía más familia que yo.

Miró las fotos y ella sintió un poco de envidia. Como la mayoría de la gente, Rafe Covelli apreciaba a sus familiares. «Hay otros que no tenemos una familia de verdad», pensó ella e intentó desprenderse del sentimiento de soledad.

—¿Tiene mucha familia, señor Covelli?

Él asintió.

—Mi abuela, mi madre, mi hermano y mi hermana. Además tengo un montón de tíos, tías y primos. Las reuniones familiares son como una casa de locos —se cruzaron las miradas y él sonrió. Sus ojos oscuros eran como un imán y ella no podía apartar su mirada. Apenas podía respirar. Finalmente, él se dio la vuelta y continuó con la tasación.

Se agachó y examinó el suelo. Escribió algo en el cuaderno.

—¿Hay alguien de su familia que viva por aquí cerca?

—Oh, no —dijo ella—. Viven en el sur.

—¿Por qué no se compró la casa por allí? Quizá su familia podría haberla ayudado.

—Prefiero hacerlo yo sola.

—¿Y cómo encontró Stewart Manor?

—Estaba en internet. Si sabes dónde buscar se puede encontrar cualquier cosa.

Rafe se puso en pie y se acercó a la ventana.

—Por mí, puede hacer una pila con todos los ordenadores y prenderle fuego.

Shelby contuvo una sonrisa.

—Parece que ha tenido problemas con su ordenador.

—Ninguno. Ni lo toco. Le dejo todo el trabajo de ordenador a mi hermana. Angelina es diplomada en informática. Hay uno en la oficina y yo me mantengo alejado.

—Bueno, si algún día decide aprender, llámeme. Yo trabajo haciendo páginas web.

—Gracias, pero dudo que necesite sus servicios. ¿Cuántas habitaciones hay arriba?

—Cinco dormitorios y dos baños. Uno de ellos se comunica con el dormitorio principal. La tercera planta es la buhardilla.

—¿Cuántas habitaciones quiere que mire?

—Quiero que me diga si alguna necesita alguna reparación importante. Hay goteras en dos de los dormitorios y en uno de ellos ya se ha levantado el yeso. Quiero empezar a pintar y a empapelar lo antes posible.

—Creo que no debe decorar nada hasta que evaluemos todos los daños. Cuando se quita el yeso viejo, se ensucia mucho —la miró a los ojos y ella sintió que todos sus sentidos se ponían en estado de alerta. ¿Por qué ese hombre la ponía tan nerviosa?

Ella asintió.

—Iré a echar un vistazo —él salió de la habitación y ella lo siguió. Cuando llegaron a la escalera, él se detuvo. Ella no, y chocaron. Él la agarró antes de que ella perdiera el equilibrio—. Será mejor que se quede aquí. Estas escaleras no son seguras, y hasta que no estén arregladas no quiero que las use.

Shelby sintió el calor de su roce y perdió el deseo de discutir. Él se volvió y continuó subiendo. Shelby lo observó subir de manera atlética por los peldaños rotos. Cuando desapareció de su vista, regresó al salón.

Shelby se paró delante de la chimenea y miró las fotos. Su familia. El tío Ray y la tía Celia junto a todos sus primos. Todos ellos desperdigados por todo el país. Así nadie le preguntaría por qué no iban a visitarla. Solo tendría que inventarse historias acerca de ellos. Y era muy buena inventando historias. Suspiró, miró a su alrededor y se sintió aliviada.

Al fin tenía su casa. Pronto estaría llena de gente y ya no estaría sola nunca más.

Después de revisar la buhardilla y las otras habitaciones, Rafe entró en el dormitorio principal. Había una cama de caoba con dosel. Las cortinas tenían muchos bordados, pero estaban tan sucias que no se veía de que color eran. El papel de la pared estaba descolorido y tenía manchas de agua. También había signos de vandalismo, cristales rotos, botellas de cerveza y pintadas en la pared. El suelo tenía una gran capa de polvo.

Entró en el baño y vio una bañera antigua. La miró bien y vio que estaba en buen estado, igual que el lavamanos. Los baldosines de mármol azul marino necesitaban una buena limpieza, pero eso era fácil de arreglar.

Rafe pensó en la mujer que había dejado abajo. Normalmente dejaba que los dueños de la casa lo siguieran mientras él revisaba el sitio, pero necesitaba alejarse un poco de la señora Harris. Sentía que lo observaba todo el rato. No sabía si era por desconfianza o por pura curiosidad. Pero le molestaba. No se había sentido tan torpe con una mujer desde que llevó a Lisa Southerland al baile de fin de curso. Y se sintió así porque tuvo que ser lo suficientemente valiente como para conseguir su propósito. A los diecisiete años, acariciar los pechos de una mujer era un cometido difícil.

Recordó a Shelby Harris en camiseta. Tenía un cuerpo increíble. Pechos grandes, piernas largas y definidas… Rafe gimió. ¿Qué le pasaba? Estaba actuando como si nunca hubiese estado junto a una mujer. Había pasado un tiempo desde que la última entró en su vida. Aun así, sabía que no podía liarse con una futura clienta.

Después de echarse el sermón, volvió al dormitorio. Se detuvo al ver que Shelby estaba frente a las ventanas. La luz del atardecer formaba un halo a su alrededor, dulcificando su bonita cara.

Se creó un ambiente de intimidad y permanecieron en silencio, como si no quisieran romper el hechizo con las palabras. Rafe miró hacia la cama de reojo y una imagen erótica de la chica morena tumbada desnuda en la cama sobre sábanas de raso, pasó por su cabeza.

Su cuerpo se tensó y dirigió la mirada hacia Shelby. Maldición.

—Le dije que me esperara abajo.

Ella no se intimidó por su enfado.

—Ya he estado aquí antes. Sé cuáles son los peldaños que hay que evitar.

—Podía haberse caído. Esta casa es vieja y lleva tiempo abandonada. Si voy a trabajar aquí, tendrá que escuchar mis advertencias.

Los ojos de ella brillaron con desafío, estaba a punto de replicar cuando desvió su mirada.

—Supongo que estaba ansiosa por ver cuáles eran los desperfectos y a cuánto ascendería su factura.

Rafe miró su carpeta. Sabía que la casa necesitaba mucha dedicación.

—En general, la casa está bien construida. Creo que eso ya lo sabe.

Ella asintió.

—El tejado tiene goteras desde hace años. Le iba a sugerir que lo cambiara, pero en la buhardilla hay varios paquetes de tablas y quizá podamos hacer una reparación temporal. Una vez que no haya goteras, quitaremos el techo de la habitación delantera y pondremos uno nuevo.

—¿Y en las otras tres habitaciones y esta?

—No están en muy mal estado. Esta habitación es la que mejor está, y el baño está bien.

—Así que entre la sala de abajo, las escaleras y el dormitorio, ¿cuánto cree que me costará?

No sabía por qué, pero se las arregló para reducir la factura al mínimo. Le mostró el presupuesto y vio como ella abría bien los ojos.

—Eso es muy caro. No es posible que necesite tanto material.

—No es el material. Es la mano de obra. Tengo que pagar a una persona para que venga a retirar toda la madera podrida y el yeso.

—No, no tiene que hacerlo.

—Bueno, alguien tiene que hacerlo. Y yo no tengo tiempo. Mi hermano y yo tenemos otras cosas que hacer…

—Lo sé —interrumpió ella—. Se que están muy ocupados. Por esa razón le sugiero que en lugar de contratar a alguien para que lo haga, me deje hacerlo a mí. Puedo trabajar con usted.

Rafe lo sabía. En cuanto llegó a la casa tuvo el presentimiento de que ella querría algo más que un presupuesto.

Tenía que dejarle las cosas claras.

—Mire, no tiene ni idea de lo que esto implica. Es trabajo duro —miró su cuerpo delgado—. Tengo problemas para encontrar a chicos que quieran hacer ese trabajo.

—Pero esta es mi casa —dijo ella—. Ya he invertido mucho en ella. Y ahora no tengo muchos fondos para conseguir arreglarla para abrir el negocio.

—¿Podría ayudarla su familia?

Ella miró a otro lado.

—Ya soy mayor para pedir dinero a la familia.

—Este es un proyecto importante, señora Harris. Quizá sus padres quieran invertir para que su hija pueda vivir en este sitio.

Ella cerró los puños.

—Mis padres no pueden ayudarme, señor Covelli. Y para su información, esta casa la inspeccionaron antes de subastarla. La compañía del gas estimó que la cocina estaba en buen estado. Las tuberías se arreglaron antes de que yo comprara la casa. Así que, este sitio es habitable. Si usted no me ayuda, buscaré a otro que lo haga.

Se sacó una tarjeta del bolsillo.

—También está la Norton Construction Company en Bedford —dijo—, así que gracias por su tiempo —se volvió y se dirigió al recibidor.

—¿Norton Construction? Tienen fama de hacer las cosas baratas, pero no tendrá la calidad que esta casa merece —dijo él y la siguió hasta la escalera.

—Es lo que puedo pagar, señor Covelli.

—¿Le importaría dejar de llamarme así? Me hace sentir como un anciano. Me llamo Rafe.

—Cómo lo llame no va a cambiar el hecho de que no puedo pagar su precio.

Rafe notó que las lágrimas asomaban a sus ojos, ella se volvió y puso el pie en el siguiente escalón. Uno de los peldaños deteriorados. Perdió el equilibrio, gritó y comenzó a caer.

Rafe la agarró y consiguió detenerla. La abrazó contra él y ambos se cayeron. Shelby acabó tumbada encima de él. Rafe la rodeaba con los brazos. Era increíble. La suavidad de ella sobre su cuerpo tenso. Él inhaló el fresco aroma de ella. De repente, sintió como si se encendiera una llama en su interior y supo que tenía que soltarla.

Pero no podía moverse.

Shelby se puso en pie y lo miró con sus preciosos ojos verdes. Él miró sus labios y contuvo un gemido, no podía ignorar el deseo que sentía de besarla.

—¿Está bien? —preguntó él conteniendo sus pensamientos.

Ella se sonrojó, asintió y se retiró un poco.

—Me temo que no estaba mirando dónde pisaba.

—Eso ocurre. Ya ve porqué hay que arreglar esas escaleras antes de que alguien se haga daño.

—Sí —ella se sentó en un peldaño—. Lo haré. Gracias por venir a hacer el presupuesto.

Él se levantó. Comenzó a bajar las escaleras, pero sabía que no podía dejarla en manos de Gus Norton.

—Mire, puedo darle los nombres de otras empresas de confianza, pero su presupuesto no va a ser menor que el mío —escribió dos nombres en un pedazo de papel y se lo dio.

—Se lo agradezco. Gracias —dijo ella tomando el papel.

Él se quedó allí unos segundos. Aunque la mujer era alta, tenía un cuerpo delicado y le costaría mover el material pesado. Pero en los treinta minutos que había estado con ella, se había dado cuenta de que Shelby Harris era lo suficientemente cabezota como para intentarlo.

—El miércoles vendré con una cuadrilla para comenzar el trabajo del exterior —dijo él.

Ella asintió pero no sonrió. Y por alguna razón, él se decepcionó. Después de todo, le estaba haciendo un favor.

—Si tengo tiempo, quizá pueda ayudarle a quitar el…

—No necesito que se compadezca, señor Covelli —dijo ella—. Ya lo haré yo.

—No lo dudo, señora Harris. Pero no me estaba compadeciendo. Aquí, en Heaven Springs, lo llamamos ser amable.

Capítulo 2

SHELBY se quedó en el porche viendo como Rafe se marchaba en el coche.

—Hombre arrogante —masculló mientras se sentaba en un escalón.

¿Con qué derecho mandaba sobre ella? Ningún hombre le decía lo que tenía que hacer. Ella no era como su madre, débil y sumisa, que dejaba que los hombres controlaran su vida y luego se marcharan. Ella recordaba que cuando era una niña, los hombres entraban y salían de la vida de Nola Harris. El padre de Shelby inclusive. Años atrás prometió que nunca dejaría que un hombre le hiciera daño.

La mayor parte de su vida se las había arreglado sola y no iba a dejar que Rafe Covelli cambiara eso.

Shelby miró hacia la casa, y de repente se sintió agobiada. ¿Cómo iba a hacerlo todo? Suspiró y recordó todo lo que había trabajado para ahorrar y comprar ese sitio. Era su casa. Se emocionó. Stewart Manor era suya.

Se volvió y miró el prado. Había más rastrojos que hierba. Había que podar los arces. Y el seto que rodeaba el terreno.

Se levantó y comenzó a bajar las escaleras, obligándose a no deprimirse. Siempre había conseguido enfrentarse a todo lo que le ocurría, y había sobrevivido. En ese sitio había mucho trabajo por hacer, pero podría hacerlo.

Llegó a la parte trasera de la casa y vio que no estaba en mejor estado que la parte delantera. Había malas hierbas por todos sitios. El jardín de rosas estaba abandonado, pero algunos arbustos habían sobrevivido al abandono.

Shelby continuó inspeccionando la propiedad y, después de atravesar una zona boscosa, se quedó de piedra al ver la casita. La pintura estaba cayéndose a trozos y la mayoría de los cristales estaban rotos… Respiró hondo para controlar su reacción y caminó hasta llegar a ella.

En el porche había un balancín oxidado y ella comenzó a recordar. Un verano en Indiana, su madre y ella sentadas en el columpio esperando que llegara la lluvia. Shelby solo tenía seis años, pero recordaba esa época como la más feliz de su vida junto a su madre.

Sintió un escalofrío y sus sentimientos amenazaron con aflorar. No podía dejar de pensar en la mujer que solía ir a visitarlas a la casita. Una mujer que vivía en Stewart Manor y que se llamaba Hannah. Era guapa y siempre sonreía. Cuando iba a visitarlas, siempre llevaba helado o galletas. Un día le llevó una muñeca.

Después, una noche en que la señora Hannah fue a visitarlas, Nola mandó a su hija a la cama.

Pero Shelby escuchó la discusión.

Al día siguiente, Nola hizo las maletas y se marcharon de Stewart Manor. Se fueron en autobús y su madre nunca le explicó por qué.

Poco después, Nola conoció a otro hombre, Orin Harris. Nola le dijo que sería su padre. Shelby no quería un padre, y menos a un hombre que trataba mal a su madre. Además Orin y Nola siempre estaban borrachos y por las noches discutían. Un día su madre se puso enferma, y como no había más familiares que pudieran cuidar de Shelby la dieron en adopción. Nunca más volvió a saber nada de su madre. Después le dijeron que había muerto.

Shelby casi se dejó vencer por la tristeza, pero como otras veces, luchó y salió adelante. La negación era su protección para no hacerse daño.

—Hola, ¿hay alguien ahí?

Shelby se dio la vuelta y vio a un hombre mayor. Era bajito, y a medida que se acercaba, ella notó que cojeaba ligeramente. Tenía el pelo canoso y la cara sonrosada.

—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó Shelby.

—Soy Ely Cullen, señora — dijo él y tendió la mano.

Ella lo saludó.

—Hola, Ely. Soy Shelby Harris.

—Lo sé. Todo el pueblo habla de la nueva propietaria de Stewart Manor. Pensé que debía venir a darle la bienvenida —miró a su alrededor y suspiró—. Estoy seguro de que en su día era un sitio precioso —la miró—. Y volverá a serlo.

—Va a costar mucho tiempo y mucho dinero —dijo Shelby—. Tengo intención de convertirlo en un hostal.

Ely asintió.

—¿Necesitará ayuda para cuidar de las tierras?

—Me encantaría, pero por ahora lo único que puedo permitirme son estas dos manos —se las enseñó.

—¿Y si no tuviera que pagarla?

Shelby lo miró fijamente. No le gustaba aceptar ayuda. Y además, él no podría soportar el cálido y húmedo verano.

—Es todo un detalle por su parte, señor Cullen, pero aquí hay mucho trabajo.

—Lo sé. Lo hice durante treinta años.

—¿Era usted el jardinero de Stewart Manor?

Él asintió contento.

—Solía podar las rosas de la señora Hannah. Cortaba el césped y perfilaba los bordes. Sé que ahora ya soy mayor y más lento. Para mí ha sido muy duro ver como este sitio se iba deteriorando tras la muerte de la señora Hannah —la miró a los ojos—. Todavía puedo ser útil.

—¿Está seguro? Le estoy muy agradecida, Ely, pero no quiero que trabaje demasiado.

—No lo haré. Mi nieto vendrá conmigo a hacer el trabajo duro.

—Entonces insisto en pagarle.

Él sonrió.

—Ya lo arreglaremos. De momento adecentemos esto un poco.

—Estoy deseándolo igual que usted —dijo Shelby, sintiendo que al fin las cosas estaban de su parte.

Esa tarde, Rafe entró en Maria’s Ristorante y se sentó al final de la barra en la zona reservada para la familia de Maria.

Era temprano para cenar, pero quería hablar con su hermano Rick y ese era el mejor sitio para encontrarlo. La mujer de Rick, Jill, había aceptado trabajar en el turno de tarde hasta que en otoño empezara a trabajar de profesora. Sólo llevaban casados un mes y eran inseparables.

Rafe envidiaba a su hermano. Rick había encontrado el amor, y lo mejor de todo, no le había dado miedo perseguir lo que quería. Es decir, a Jill. Rafe no había tenido tiempo de encontrar una esposa. Tampoco es que quisiera una.

Por si el conjuro de los Covelli no era suficiente para disuadir a Rafe de buscar una esposa, desde que dos años antes muriera su padre, tenía mucho trabajo que hacer. Como era el hijo mayor, se hizo cargo de Nonna Vittoria, María, su madre, y su hermana Angelina. Y no podía olvidar el negocio familiar, la constructora Covelli and Sons. Las cosas empezaron a ir mal cuando se dijo que la causa del accidente de su padre había sido la utilización de materiales inadecuados, y Rafaele Covelli era el contratista del edificio. Le llevó algunos meses, pero con la ayuda de Rick y de su primo Tony, Rafe consiguió que el negocio siguiera adelante. Seguían buscando la verdadera causa del accidente y Rafe prometió que no pararía hasta que no probara la inocencia de su padre.

La familia comenzó a hacer otros negocios y no les iba mal. Tenían suficiente trabajo como para contratar a más gente. Pero Covelli and Sons no se caracterizaba por la cantidad, sino por la calidad. Y Rafe siempre se comportaba como debía hacerlo un buen carpintero. Su padre le había enseñado.

Por eso le había dejado las cosas claras a Shelby Harris. Gus Norton no hacía un buen trabajo. Rafe no quería imaginarse a ese hombre poniendo una mano sobre la bonita madera de esa casa.

—¡Eh! ¡Hermano!

Rafe se volvió y vio acercarse a Rick y a Lucas, el hijo de Jill. El niño de dieciocho meses sonrió y echó los brazos hacia su tío.

Rafe lo tomó y lo sentó en la barra.

—Hola, Lucas.

—Hola —dijo Lucas con timidez.

Rafe miró a su hermano.

—Veo que venís a visitar a la camarera rubia.

—Sí —dijo Rick mirando a Jill que estaba atendiendo una mesa—, es duro tenerla todo el día trabajando.

—Pobrecito —acarició la barbilla de su sobrino—. La mayoría de la gente tiene que trabajar para poder vivir.

—¡Eh! Yo trabajo —dijo Rick—. He cambiado el suelo de madera del salón —se refería a la casa que Jill y él habían comprado en Ash Street y que estaban reformando.

—Hoy he estado con una futura cliente, Shelby Harris.

—¿Es la mujer que ha comprado Stewart Manor?

—Sí. Quiere abrir un hostal. Está todo hecho un desastre. Se necesitarán meses de trabajo para arreglarlo. A papá le habría encantado el artesonado tan perfecto.

—¿No trabajó él allí cuando éramos niños?

Rafe asintió.

—Diseñó los armarios de la cocina hace unos veinte años. Hoy no he entrado en la cocina.

—¿Y qué le vas a hacer a la señora Harris?

—Nada.

—¿No le ha gustado tu oferta?

—Era demasiado dinero. Creo que se ha excedido comprando ese sitio. No tiene dinero para reformarlo. No tenía ni idea de lo que le costaría arreglarlo. Es una mujer testaruda.

—¡Ah! Así que te has fijado en que es una mujer. Eso es bueno. ¿Es joven? ¿Guapa?

Rafe se encogió de hombros.

—De nuestra edad, y no me he fijado en su aspecto —mintió.

—Si no recuerdas si es guapa o no, es que has estado demasiado tiempo sin compañía femenina, hermano.

—¿Y cuándo he tenido tiempo? He tenido que hacerme cargo del negocio.

—Y has hecho muy buen trabajo. Supongo que sabes lo mucho que te agradezco que hayas mantenido el negocio mientras yo estaba fuera todos estos años.

Rafe sabía que su hermano se sentía culpable por haberse alistado en los marines y después haberse ido a Texas a probar suerte con el petróleo, en lugar de trabajar en el negocio familiar.

—Yo quería continuar con el negocio por papá. Mamá tiene el restaurante y es independiente. Pero Covelli and Sons es nuestra herencia — Rafe siempre quiso convertirse en un buen carpintero, como su padre.

—Parece que ahora tienes mucho trabajo —dijo Rick—. Charlie me ha dicho que vas a alquilar la oficina.

—La semana que viene pondré el anuncio. También alquilaré los tres apartamentos de arriba. Si no terminas de arreglar tu casa, puedes quedarte con eso —Rafe se volvió para mirar a su sobrino—. ¿Verdad, pequeño?

—Verdad.

Rick sonrió.

—Como han cambiado las cosas. Hemos estado a punto de quebrar y en siete meses ya estamos sacando beneficios. El primo Tony tuvo una buena idea al querer comprar las oficinas y restaurarlas. Es una pena que no podamos arreglar Stewart Manor. Restaurar ese sitio nos hubiera dado mucha publicidad.

—¿Qué quieres que haga? ¿Regalar el trabajo? Dudo de que tan siquiera esa mujer pueda pagar los materiales.

—Quizá podamos pensar en algo. Parece que la señora Harris necesita arreglar el sitio para poder abrir el negocio.

—Quizá debía de haber pedido un crédito mayor.

Rick permaneció en silencio.

—Así que yo soy el malo —dijo Rafe.

—Niño malo —se entrometió Lucas.

Rick se rió. Lucas aplaudió y al escuchar el barullo, Jill se acercó a la barra. Sonrió y miró a su marido de una manera tan especial que Rafe pensó que el amor existía de verdad.

—¿De qué os reís? —preguntó ella. Y besó a su marido y a su hijo.

—Mi hermano mayor tiene problemas con una mujer.

—¿Con quién? —preguntó Jill sonriente.

—La nueva dueña de Stewart Manor —dijo Rick.

—Shelby Harris. El otro día la vi en el banco. La señora Kerrigan me señaló quién era. Una morena, alta y delgada.

—Con unos ojos verdes preciosos —añadió Rafe.

—Parece que hay otro que está a punto de caer —dijo Rick sonriente.

Rafe negó con la cabeza.

—Ah, no. No soy tan valiente como tú, hermano. No quiero jugar con el conjuro de los Covelli.

El miércoles, sobre las seis de la mañana, Shelby se despertó al oirr voces masculinas en el exterior. Se incorporó y se dio cuenta de que se había quedado dormida en el sofá mientras trabajaba. Se levantó y se acercó a la ventana. Vio que Rafe Covelli estaba en el jardín con otros dos hombres. Uno de unos cuarenta y cinco años y el otro de la misma edad que Rafe.

Shelby se acordó de que Rafe iba a comenzar a trabajar en la parte delantera esa misma mañana. Se fijó en que Rafe tenía muy buen aspecto. Llevaba una camiseta azul que resaltaba su pecho musculoso y que su trasero y las piernas tampoco estaban nada mal.

De repente, Rafe se volvió y la vio en la ventana. Sostuvieron la mirada durante un rato. Shelby se percató de que iba en pijama, corrió la cortina y fue a cambiarse. Se puso unos vaqueros, una camiseta y unas zapatillas de deporte. Se pasó los dedos entre el cabello y salió.

El sol hizo que entornara los ojos.

—Buenos días —dijo él—. Siento que la hayamos despertado, pero tenemos que empezar antes de que haga mucho calor.

—Lo comprendo. Normalmente ya estoy levantada, pero me quedé trabajando hasta tarde —Shelby miró al hombre que estaba junto a Rafe.

—Hola, soy Rick Covelli. El chico duro es mi hermano. Lo siento por no haberla avisado de que vendríamos temprano.

—No se preocupe. Ya les dije que me he quedado dormida.

—Haremos el menor ruido posible. Solo tengo que comprobar el estado de los aleros —Rick miró hacia la casa—. He de admitir que estoy deseando trabajar en este sitio. ¿Le importa si voy arriba a echar un vistazo?

—Adelante.

Rick la saludó levantando un poco la gorra y dijo:

—Encantado de conocerla. Y bienvenida a Haven Springs. Espero que le guste vivir aquí.

—Estoy segura de que me gustará.

—Nuestra madre nos ha dicho que la invitemos a pasar por su restaurante. Ella y Nonna quieren conocerla. Mi mujer, Jill, también trabaja allí.

Shelby no podía creer que esos dos hombres fuesen hermanos. Uno era abierto y simpático, el otro, retraído. Vio que Rafe estaba escribiendo en su carpeta.

—Estaría bien, Rick. He estado muy ocupada con la mudanza e intentando ponerme al día con el trabajo. Me dedico a hacer gráficos en el ordenador y trabajo en casa.

Rick sonrió.

—Muy interesante. No deje que Rafe se acerque al ordenador, no se lleva bien con esas máquinas.

Rafe miró a su hermano.

—¿No crees que ya es hora de ponerse a trabajar?

—Está bien —contestó Rick y se dirigió a la casa—. Estaré en la tercera planta, por si necesitáis algo.

Rafe presentó a Charlie, el otro hombre. Llegó un camión con el logotipo de Norton Construction.

Shelby ignoró la mirada de Rafe y se dirigió a hablar con el hombre que estaba bajándose del camión.

—Hola, soy Shelby Harris —dijo—. Y usted debe de ser Gus —el hombre aparentaba unos treinta y tantos años. Era corpulento e iba sin afeitar. Aunque todavía era temprano, ya llevaba la ropa sucia.

—Hola, señora —dijo Gus Norton. Miró a su alrededor—. Veo que Covelli está reparando el exterior. No me extraña que no haya aceptado sus tarifas. Yo le haré la reforma por menos dinero.

Shelby sabía que estaba cometiendo un error.

—Como le dije por teléfono, ahora no tengo dinero para hacer mucha reforma.

Él asintió y puso una media sonrisa.

—No se preocupe, encanto. Me dijo que quería buscar una solución.

Shelby se arrepintió. Se había equivocado al pedirle un presupuesto a ese hombre.

—Bueno, hola Rafe —dijo Gus—. He oído que estás arreglando unas fachadas. Es una pena que no puedas dedicarte a la construcción nueva por lo que pasó con tu padre.

—Estoy haciendo exactamente lo que quiero hacer, Norton —dijo Rafe con frialdad.

Shelby observó como los dos hombres echaban chispas.

—¿Desde cuándo aceptan que trabajes en la ciudad, Norton?

Gus sonrió.

—Charlie. Si alguna vez quieres trabajar en la construcción de verdad, llámame.

Charlie se disponía a decir algo, pero miró a Shelby, lo pensó mejor y se marchó.

Shelby acompañó a Gus a la casa y le indicó qué era lo que tenía que mirar. Fue a la cocina e hizo un café. Necesitaba cafeína.

La tarde anterior se la había pasado delante del ordenador. Desde que había llegado a Haven Springs, llevaba retraso en su trabajo.

El negocio le iba muy bien y no era un buen momento para mudarse de Louisville, pero tenía tantas ganas de vivir en su nueva casa. Estaba pagando por ello. Si no terminaba el trabajo, no tendría dinero para restaurar su nuevo hogar.

Hogar. Esa palabra le resultaba extraña. En casi veintinueve años, no había podido llamar así a ningún sitio.

—No puedo creerme que hayas llamado a ese hombre para que te haga un presupuesto.

Shelby se volvió y vio que Rafe Covelli estaba apoyado en la puerta.

—Le dije, señor Covelli, que necesitaba hacer algunos arreglos en la casa. No deja de llover solo porque yo no pueda pagar la reparación del tejado.

—Yo arreglaré el tejado. En la buhardilla hay material suficiente para hacer un arreglo decente. Podré acabarlo en unos días. Después podrás tomarte algún tiempo para hacer el resto de la reforma. Pero no contrates a ese cretino. Créeme, no distingue un martillo de un cincel.

Shelby estuvo a punto de sonreír, pero no lo hizo. Tenía curiosidad por saber por qué Rafe Covelli quería rescatarla. Quizá solo debía aceptar su ayuda.

—No aceptaré su caridad. Le pagaré.

—Puedes pagarme echando a ese cretino, que dice ser constructor. Stewart Manor se merece lo mejor. Y eso soy yo —Rafe entró en la cocina y se detuvo a mirar los armarios de roble.

Shelby sonrió.

—Son bonitos, ¿verdad? Pero no creo que formen parte de la casa original.

Rafe pasó la mano por la madera pulida.

—No, los pusieron hace veinte años.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque los puso mi padre —estaba tan orgulloso que Shelby envidió el amor y el respeto que él sentía por su padre.

—Lo que más me gusta de esta cocina son los armarios —dijo ella.

—Y si quieres a esta casa tanto como yo creo que la quieres, deshazte de Norton.

—Deje de darme órdenes, señor Covelli.

—Me llamo Rafe.

Shelby lo miró a lo ojos y tragó saliva.

—¿Qué dices, Shelby? ¿Hacemos un trato? Yo te arreglo el tejado si le dices a Gus que se vaya.

—Le he dicho que no voy a aceptar su caridad. Quizá podamos hacer un trueque. ¿Qué le parece si yo le enseño informática?

—Estás bromeando.

—Lo toma o lo deja —dijo Shelby.

Rafe no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Estaba negociando para tener el privilegio de reparar el tejado. ¿Desde cuándo daba su brazo a torcer? Cuando Shelby fue arriba a darle las malas noticias a Gus Norton, mereció la pena.

En cuanto ella regresó a la cocina, llegó un muchacho corriendo.

—Señora Harris. Señora Harris.

Shelby salió y Rafe la siguió.

—¿Qué ocurre, Josh?

—Mi abuelo. Se ha caído —el niño señaló hacia el prado.

Shelby salió corriendo y Rafe fue detrás. Al llegar al jardín de rosas vieron que Ely Cullen estaba tumbado en el suelo.

—No lo muevas —dijo Rafe y se arrodilló junto al hombre—. Ely, ¿puede oírme?

—Claro que puedo oírte —el hombre intentó incorporarse—. He perdido el equilibrio. Me ha fallado la rodilla —se sentó con ayuda de Rafe.

—Espera. Déjeme que mire si se ha roto algo.

—No tengo nada roto. Solo mi orgullo.

—Quizá debíamos llevarle al médico —sugirió Rafe mientras sacaba un pañuelo y limpiaba un arañazo que Ely tenía en la cabeza—. ¿No le duele nada?

—Hijo, a mi edad siempre duele algo.

—Abuelo, quizá debas de ir. Tienes heridas en el brazo y en la cara —el joven estaba preocupado.

—Josh, me he caído en la hierba. Estoy bien. Ya he dicho que me falló la rodilla. Solo necesito un poco de ayuda para ponerme en pie.

Rafe ayudó al hombre a levantarse. No parecía mantener el equilibrio.

—Ely, ¿qué hace aquí a las siete de la mañana?

—Estoy trabajando para la señora Shelby. Voy a arreglar el jardín.

Rafe había escuchado suficiente. Shelby Harris no solo había contratado al peor constructor de la zona, sino también a un hombre de setenta y siete años para que trabajase en el jardín. Ayudó a Ely a sentarse en una silla de jardín.

—Le traeré un vaso de agua —dijo Shelby.

Rafe la detuvo.

—Creo que debemos llevar a Ely a la clínica.

—No necesito ir —contestó Ely.

Rafe miró a Shelby con preocupación. Ella tragó saliva y él notó que tenía miedo.

—Por favor, Ely. Estaría más tranquila si fuéramos. Después de todo me siento responsable.

El hombre mayor sonrió.

—No ha sido culpa suya.

Shelby quería darle un beso al anciano.

—Lo sé. No ha sido culpa de nadie. Ha sido un accidente.

«Espero que no se haya hecho nada», pensó ella.

—Vale, iré al médico siempre y cuando eso no signifique que ya no puedo trabajar en el jardín.

—Si el doctor dice que puede, podrá trabajar todo lo que quiera.

—Iré a por el camión —dijo Rafe.

Shelby lo observó alejarse. Sabía que Rafe Covelli le iba a echar la bronca. De momento, solo le preocupaba cuidar de Ely.

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