Kitabı oxu: «El rostro de las emociones»

Şrift:

© Paul Ekman, 2003.

© de la traducción: Jordi Joan Serra, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO105

ISBN: 9788490568859

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Agradecimientos

Introducción

1. Las emociones en las distintas culturas

2. ¿Cuándo respondemos emocionalmente?

3. Cómo cambiar lo que nos emociona

4. Comportarnos emocionalmente

5. La tristeza y la angustia

6. La ira

7. La sorpresa y el miedo

8. El asco y el desprecio

9. Las emociones agradables

Conclusión: Vivir con las emociones

Apéndice: Cómo leer el rostro. Test

Créditos de las ilustraciones

Notas

Para Bert Boothe, Steve Foote, Lynne Huffman, Steve Hyman, Marty Katz, Steve Koslow, Jack Maser, Molly Oliveri, Betty Pickett, Eli Rubinstein, Stan Schneider, Joy Schulterbrandt, Hussain Tuma y Lou Wienckowski del Instituto Nacional de Salud Mental

y

para Robert Semer y Leo Seigel

AGRADECIMIENTOS

Algunos de los miembros del Instituto Nacional de Salud Mental, a quienes está dedicado el presente libro, ya se interesaron por mi carrera profesional en 1955, al inicio de mi etapa como alumno de postgrado. El resto lo han ido haciendo con los años. Ha sido una época extraordinaria —de 1955 a 2002—, repleta de ánimos, consejos y, en aquellos primeros años, de una fe considerable. Sin su ayuda no habría llegado a ser psicólogo investigador, ni profesor universitario, ni habría aprendido lo que he aprendido y luego he plasmado en el papel. La redacción de este libro ha contado con el apoyo del Senior Scientist Award K05MH06092.

Asimismo, dedico la presente obra a mis tíos maternos, Leo Siegel y Robert Semer. A mis dieciocho años, inexperto y por vez primera solo en el mundo, hicieron posible que prosiguiese con mi educación. Sine qua non.

Wally Friesen y yo hemos trabajado juntos veinticinco años. Casi todas las investigaciones sobre las que luego he escrito las llevamos a cabo conjuntamente. Le agradezco, pues, su ayuda y su amistad. David Littschwager me ha dado consejos de tipo fotográfico de gran utilidad sobre los retratos de Eve incluidos en los capítulos del 5 al 9. Mi hija Eve tuvo la paciencia y el talento de adoptar las expresiones que aparecen en este libro y otras miles que fotografié. Wanda Matsubatashi, que ha sido mi ayudante durante más de veinticinco años, ha organizado el texto y las referencias. David Rogers realizó los montajes de imágenes con Photoshop y colaboró enormemente en la obtención de los permisos correspondientes a las fotografías comerciales.

Los psicólogos Richard Lazarus y Philip Shaver me ofrecieron sus valiosas opiniones sobre un primer borrador de la primera parte del libro. Phil también realizó una corrección minuciosa y detallada y me planteó interesantes retos intelectuales. La filósofa Helena Cronin animó y estimuló mi pensamiento. El psiquiatra Bob Rynearson y los psicólogos Nancy Etcoff y Beryl Schiff hicieron sugerencias útiles sobre una primera versión del texto. Entre los numerosos alumnos de los que obtuve información, Jenny Beers y Gretchen Lovas fueron especialmente generosas con su tiempo. Mis amigos Bill Williams y Paul Kaufmann colaboraron con sus sugerencias y críticas constructivas.

Toby Mundy, actual editor de Atlantic Press London, me alentó a ampliar el campo de mis esfuerzos y abordar los aspectos tratados en los capítulos 2, 3 y 4. Claudia Sorsby aportó sus críticas, sugerencias y colaboración editorial sobre una primera versión, y mi editor en Times Books, Robin Dennis, supuso una enorme ayuda al insistir en que me plantease determinados temas que yo a veces pasaba por alto, y cooperó con algunas buenas correcciones. Mi agente, Robert Lescher, ha sido una excelente fuente de ánimo y consejo.

INTRODUCCIÓN

Las emociones determinan la calidad de nuestra existencia. Se dan en todas las relaciones que nos importan: en el trabajo, con nuestros amigos, en el trato con la familia y en nuestras relaciones más íntimas. Pueden salvarnos la vida, pero también pueden hacernos mucho daño. Pueden llevarnos a actuar de una forma que nos parece realista y apropiada, pero también pueden conducirnos a actuaciones de las que luego nos arrepentiremos de todo corazón.

Si su jefa le criticase ese informe que usted pensaba que iba a ser objeto de alabanzas, ¿reaccionaría con temor y se mostraría sumiso en lugar de defender su trabajo? ¿Cree que eso le protegería de daños ulteriores, o es que quizá usted no entendió lo que ella quería? ¿Podría ocultar sus sentimientos y «actuar profesionalmente»? ¿Por qué sonreía su jefa al empezar a hablar? ¿Podría ser que ya estuviese saboreando la perspectiva de echarle una bronca, o quizá se trataba de una sonrisa de azoramiento? ¿Acaso era una sonrisa para darle confianza? ¿Todas las sonrisas son iguales?

Si usted tuviese que enfrentarse a su cónyuge porque se ha gastado una suma enorme en adquirir algo sin hablarlo antes con usted, ¿podría distinguir si lo que muestra su rostro es temor o indignación, o si lo que hace es poner caras largas a la espera de lo que suele calificar de «comportamiento demasiado emocional»? ¿Usted siente las emociones de la misma forma que su cónyuge?, ¿que los demás? ¿Se enfada o siente temor o tristeza por cosas que a los demás parecen traerles sin cuidado? ¿Qué podría hacer al respecto?

¿Se enfadaría si oyese volver a casa a su hija de dieciséis años dos horas más tarde de su toque de queda? ¿Qué es lo que desencadenaría el enfado: el temor que usted siente cada vez que mira el reloj y se da cuenta de que no ha llamado para decir que llegará tarde, o las horas de sueño que pierde esperándola levantado? Al día siguiente, cuando lo hable con ella, ¿podrá controlar su enfado hasta el punto de que ella crea que en realidad lo de la hora de llegada a usted le importa un comino, o lo que verá será una ira contenida y se pondrá a la defensiva? Al ver su rostro, ¿sabrá usted si se siente avergonzada, culpable o quizá un poco insolente?

He escrito el presente libro para dar respuesta a esas preguntas. Mi propósito es ayudar a los lectores a profundizar en la comprensión de su vida emocional y a mejorarla. Aún me sorprende comprobar lo poco que, hasta no hace mucho tiempo, tanto científicos como profanos sabían sobre las emociones, dada su importancia en nuestra vida. Sin embargo, corresponde a la propia naturaleza de las emociones el que no sepamos del todo ni cómo nos influyen ni cómo reconocer sus señales en nosotros y en los demás, temas que abordo en esta obra.

Las emociones pueden desencadenarse con gran celeridad —y con frecuencia lo hacen—, con tanta que, de hecho, nuestro yo consciente no participa e incluso ni es testigo de lo que en la mente dispara una emoción en un momento determinado. Esa velocidad puede salvarnos la vida en una situación de emergencia, pero también puede destrozárnosla si reaccionamos de manera exagerada. No poseemos demasiado control sobre lo que nos vuelve emocionales; ahora bien, es posible, aunque no fácil, realizar ciertos cambios en lo que desencadena nuestras emociones y en nuestra forma de comportarnos cuando nos alteramos emocionalmente.

Mi estudio sobre las emociones se inició hace ya más de cuarenta años. Me he centrado básicamente en la expresión y, más recientemente, en la fisiología de la emoción. He podido examinar a pacientes psiquiátricos, a individuos adultos normales y a niños de muchos países. Los he estudiado cuando reaccionan exageradamente o demasiado poco, cuando no reaccionan apropiadamente o cuando mienten o dicen la verdad. El capítulo 1, «Las emociones en las distintas culturas», describe esa investigación, la plataforma desde la que hablo.

En el capítulo 2, «¿Cuándo respondemos emocionalmente?», planteo la siguiente pregunta: cuando respondemos emocionalmente, ¿por qué lo hacemos? Si queremos cambiar lo que nos lleva a alterarnos emocionalmente, tenemos que saber la respuesta a esa pregunta. ¿Qué es lo que desencadena cada una de nuestras emociones? ¿Podemos eliminar un determinado detonante? Si nuestro cónyuge nos dice que estamos yendo por el camino más largo para llegar a nuestro destino, quizá eso nos irrite y hasta nos enfade al sentir que nos está indicando lo que debemos hacer o porque vemos criticada nuestra habilidad como conductores. ¿Por qué no podemos recibir la información sin alterarnos? ¿Por qué nos afecta? ¿Podemos cambiar para que esas minucias no nos provoquen tales emociones?

En el capítulo 3 explico cómo y cuándo cambiar lo que nos lleva a alterarnos emocionalmente. El primer paso consiste en identificar los detonantes emocionales más sensibles que nos conducen a comportarnos de una manera que luego lamentamos. También necesitamos poder ver si un detonante concreto va a resistirse al cambio o si podremos debilitarlo con facilidad. De hecho, no vamos a tener éxito siempre, pero comprendiendo cómo se han creado los desencadenantes emocionales, dispondremos de mejores oportunidades de cambiar esos factores que nos alteran.

En el capítulo 4 explico de qué forma se organizan nuestras respuestas emocionales: expresiones, acciones y pensamientos. ¿Somos capaces de manejar la irritación para que no se nos note en la voz ni se muestre en el rostro? ¿Por qué razón a veces parece que las emociones sean como un tren lanzado a toda máquina, como si no tuviésemos control alguno sobre ellas? Pero lo cierto es que no tendremos esa oportunidad a menos que seamos más conscientes de cuándo nos comportamos emocionalmente; con mucha frecuencia no somos conscientes de ello hasta que alguien empieza a molestarse o hasta que posteriormente reflexionamos. Este capítulo trata de cómo volvernos más atentos a nuestras emociones tal cual son, de manera que exista la posibilidad de comportarnos emocionalmente de forma constructiva.

Para reducir el número de episodios emocionales destructivos y aumentar el de episodios emocionales constructivos, tenemos que conocer la historia de cada emoción, el tema central de cada una de ellas. Al conocer los detonantes de cada emoción, los que compartimos con los demás y los que son únicamente nuestros, seremos capaces de reducir su impacto o, por lo menos, sabremos por qué algunos de esos desencadenantes emocionales son tan poderosos que se resisten ante cualquier tentativa de lograr que su control de nuestra vida disminuya. Del mismo modo, cada emoción genera un patrón de sensaciones único en el cuerpo. Así pues, al familiarizarnos más con dichas sensaciones, nos daremos cuenta de la respuesta emocional con suficiente antelación para tener la posibilidad de escoger si seguimos adelante o si interferimos en la emoción.

Cada emoción posee señales únicas. Las más identificables se dan en la cara y en la voz. Aún queda mucho por hacer en el campo de las señales emocionales vocales, pero las fotografías que se incluyen en los capítulos correspondientes a cada emoción muestran las expresiones faciales más sutiles —y que con facilidad se nos pasan por alto—, que indican que una emoción está surgiendo o que se está conteniendo. Gracias a la capacidad de identificar las emociones en cuanto empiezan a percibirse, estaremos en mejores condiciones para relacionarnos con los demás en situaciones muy distintas y para manejar nuestras propias respuestas emocionales a sus sentimientos.

La tristeza y la angustia se describen en el capítulo 5, la ira en el 6, la sorpresa y el miedo en el 7, la repugnancia y el desprecio en el 8, y los numerosos tipos de disfrute en el 9. Todos ellos contienen distintas partes, en las que se aborda:

• Los detonantes específicos más comunes de cada emoción.

• La función de cada emoción, de qué nos sirve y cómo puede causarnos problemas.

• De qué forma la emoción tiene que ver con alteraciones mentales.

• Ejercicios que mejorarán la conciencia del lector sobre las sensaciones corporales correspondientes a la emoción, con lo que aumentarán las posibilidades de poder elegir su comportamiento cuando esté experimentando emociones.

• Fotografías de los indicios más sutiles de la presencia de la emoción en los demás, de forma que el lector será más consciente de lo que sienten otras personas.

• Una explicación acerca del modo de utilizar esa información sobre cómo se sienten los demás en las relaciones con el lector en el trabajo, en la familia y con las amistades.

En el apéndice se incluye un test que el lector puede realizar antes de leer el libro para determinar hasta qué punto es capaz de reconocer expresiones faciales sutiles. Quizá desee volverlo a hacer al concluir la lectura para comprobar su mejora.

Se preguntará el lector por qué alguna emoción sobre la que siente especial curiosidad no aparece en el libro. He optado por describir las emociones que sabemos a ciencia cierta que son universales, que todo ser humano experimenta. El azoramiento, la culpabilidad, la vergüenza y la envidia son probablemente universales; sin embargo, me he centrado en las emociones que presentan expresiones universales claras. Hablo del amor en el capítulo de emociones placenteras, y hablo de la violencia, el odio y los celos en el capítulo que versa sobre la ira.

La ciencia aún está indagando en cómo cada uno de nosotros experimenta las emociones —por qué algunos pasamos por experiencias emocionales más intensas o tendemos a alterarnos emocionalmente con mayor rapidez—, y concluyo el libro exponiendo lo que estamos aprendiendo y lo que podríamos aprender, y describiendo cómo el lector podrá utilizar esta información en su vida.

Resulta difícil sobreestimar la importancia de las emociones en nuestra vida. Mi mentor, el difunto Silvan Tomkins, afirmaba que lo que motiva nuestra vida son las emociones. Organizamos nuestra vida para maximizar la experiencia de las emociones positivas y minimizar la experiencia de las negativas. No siempre lo logramos, pero es lo que intentamos. Decía que las emociones motivan todas nuestras elecciones importantes. En un texto de 1962, un período en el que a las emociones no se les prestaba la menor atención en las ciencias del comportamiento, Silvan exageraba el tema, pues, sin duda, hay más motivos. Pero las emociones son importantes, muy importantes, en nuestra vida.

Las emociones pueden invalidar lo que la mayoría de psicólogos ha considerado ingenuamente las motivaciones fundamentales que impulsan nuestra vida: el hambre, el sexo y la voluntad de sobrevivir. Pero hay personas que no comerán si piensan que lo único que hay para comer es asqueroso. Morirán incluso, aunque a otras personas ese mismo alimento les parezca sabroso. ¡La emoción triunfa sobre el impulso de comer! El impulso sexual es especialmente vulnerable a la interferencia de las emociones. Una persona puede intentar evitar siempre el contacto sexual por la interferencia del miedo o el asco, o quizá siempre sea incapaz de culminar un acto sexual. ¡La emoción triunfa sobre el impulso sexual! Y la desesperación puede pasar por encima del deseo de vivir y llevar al suicidio. ¡Las emociones triunfan sobre el deseo de vivir!

Para expresarlo con sencillez: las personas quieren ser felices, y la mayoría de nosotros no deseamos experimentar el miedo, la ira, la repugnancia, la tristeza o la angustia si no es en los seguros confines de un teatro o entre las tapas de una novela. Sin embargo, como explico más adelante, no podríamos vivir sin dichas emociones; la cuestión es cómo vivir mejor con ellas.

1
LAS EMOCIONES EN LAS DISTINTAS CULTURAS

En este libro expongo todo lo que he aprendido sobre las emociones durante los últimos cuarenta años y que creo que puede ser de ayuda para mejorar la vida emocional. La mayor parte de lo que he escrito, aunque no todo, se basa en mis propios experimentos científicos o en las investigaciones de otros científicos estudiosos de las emociones. En cuanto a la investigación, mi propia especialidad ha consistido en desarrollar la habilidad de leer y medir las expresiones faciales de las emociones. Con este bagaje, he podido apreciar —en los rostros de extraños, amigos y familiares— sutilezas que muy pocas personas aciertan a detectar, con lo cual he aprendido mucho más de lo que he tenido tiempo de demostrar experimentalmente. Cuando lo expuesto se basa únicamente en mis observaciones, lo recalco con expresiones del tipo «he observado», «creo», «me parece», etc. Y cuando escribo basándome en experimentos científicos, cito en una nota la investigación concreta que apoya lo afirmado.

Gran parte de lo expuesto en esta obra se halla bajo la influencia de mis estudios interculturales sobre la expresión facial. Las pruebas obtenidas cambiaron para siempre mi visión de la psicología en general y de la emoción en particular. Dichos descubrimientos, realizados en lugares tan distintos como Papúa Nueva Guinea, Estados Unidos, Japón, Brasil, Argentina, Indonesia y la antigua Unión Soviética, condujeron a desarrollar mis ideas sobre la naturaleza de la emoción.

Al inicio de mis investigaciones, a finales de los cincuenta, ni siquiera me interesaba por la expresión facial; en cambio, lo que sí me interesaba era el movimiento de las manos. Mi método para clasificar los movimientos de las manos me permitía distinguir a los pacientes neuróticos de los psicóticamente deprimidos, y me indicaba su grado de mejora en respuesta al tratamiento.1 A principios de los sesenta ni siquiera existía una herramienta con la que medir directamente y con precisión los complejos y a menudo rápidamente cambiantes movimientos faciales de los pacientes deprimidos. No tenía ni idea de por dónde empezar, de modo que ni empecé. Sin embargo, al cabo de veinticinco años, tras haber desarrollado una herramienta para medir el movimiento facial, volví a las filmaciones de aquellos primeros pacientes e hice importantes descubrimientos, cuya descripción se encuentra en el capítulo 5.

A no ser por dos golpes de suerte, creo que no habría orientado mis investigaciones hacia la expresión facial y las emociones en 1965. Quiso la fortuna que la ARPA (Advance Research Projects Agency) del Ministerio de Defensa, me concediera una beca para la realización de estudios interculturales sobre el comportamiento no verbal. Yo no había solicitado esa beca, pero debido a un escándalo —un proyecto de investigación que se utilizó como tapadera para llevar a cabo actividades antiinsurgentes— se suspendió un gran proyecto de la ARPA, con lo que el presupuesto destinado a él se tenía que gastar en el transcurso del año fiscal en investigaciones en el extranjero, y en algo que no fuese polémico. El azar me llevó a entrar en el despacho del responsable de gastar aquella suma. Resultó que estaba casado con una tailandesa y que le impresionaban las diferencias que apreciaba en su comunicación no verbal. Así pues, me propuso investigar qué era lo universal y qué lo culturalmente variable. Al principio me mostré reacio, pero ante aquel reto no podía decir que no.

Di comienzo al proyecto convencido de que la expresión y el gesto eran factores socialmente aprendidos y culturalmente variables, una convicción compartida por todas aquellas personas de quienes solicité consejo: Margaret Mead, Gregory Bateson, Edward Hall, Ray Birdwhistell y Charles Osgood. Recordaba que Charles Darwin sostenía lo contrario, pero mi convencimiento de que estaba en un error era tan profundo, que ni me molesté en leer su libro.

El segundo golpe de suerte fue conocer a Silvan Tomkins. Tomkins acababa de escribir dos libros sobre las emociones en los que decía que las expresiones faciales eran innatas y universales en nuestra especie, pero no disponía de pruebas que apoyaran sus afirmaciones. No creo que hubiese llegado a leer sus libros ni a conocerlo personalmente de no haber coincidido en el envío de unos artículos sobre comportamiento no verbal al mismo periódico y en la misma época (el de Silvan era un estudio del rostro y el mío un estudio sobre el movimiento corporal).2

La profundidad y la amplitud del pensamiento de Silvan me causaron una honda impresión. Pese a ello creía que, como Darwin, probablemente se equivocaba al sostener que las expresiones eran innatas y, por consiguiente, universales. Yo estaba encantado con que hubiese dos partes en la discusión, con que no fuese únicamente Darwin, que había escrito hacía cien años, quien se opusiese a Mead, Bateson, Birdwhistell y Hall. No era una cuestión resuelta. Había una discusión real entre científicos famosos, personas respetadas; y yo, a mis treinta años, tenía la oportunidad de —y el dinero para— dirimirla de una vez para siempre: ¿las expresiones son universales o, como las lenguas, son específicas de cada cultura? ¡Irresistible! En realidad no me importaba quién estuviera en lo cierto, aunque no creía que fuese Silvan.*

En mi primer estudio mostré unas fotografías a personas pertenecientes a cinco culturas —Chile, Argentina, Brasil, Japón y Estados Unidos— y les pedí que me dijesen la emoción que aparecía en cada expresión facial. La mayor parte de las cinco culturas coincidió en sus apreciaciones, lo cual sugería que las expresiones podrían ser universales.3 Carrol Izard, una psicóloga discípula de Silvan y que trabajaba con otras culturas, realizó casi el mismo experimento y obtuvo los mismos resultados.4 Tomkins no nos había dicho nada a ninguno de los dos, con lo que cuando averiguamos que no estábamos solos en el intento, de entrada, nos molestó. Pero lo cierto es que para la ciencia es mejor que dos investigadores que trabajan independientemente lleguen a las mismas conclusiones. Al parecer, pues, Darwin tenía razón.

Había un problema: ¿cómo es que habíamos encontrado que personas pertenecientes a muchas culturas distintas coincidían acerca de la emoción mostrada en una determinada expresión cuando tantas personas inteligentes opinaban justamente lo contrario? Los que afirmaban que las expresiones de los chinos o japoneses o de algún otro grupo cultural tenían significados muy distintos no eran sólo los viajeros. Birdwhistell, un respetable antropólogo especializado en el estudio de la expresión y el gesto —un discípulo de Margaret Mead—, había escrito que había abandonado las tesis de Darwin cuando vio que en muchas culturas la gente sonreía al sentirse desgraciada.5 La afirmación de Birdwhistell se adecuaba al punto de vista dominante en la antropología cultural y en gran parte de la psicología: todo lo socialmente importante, como las expresiones emocionales, debe ser producto del aprendizaje y, por consiguiente, distinto en cada cultura.

Para conciliar nuestros hallazgos sobre la universalidad de las expresiones con las observaciones de Birdwhistell acerca de los cambios observados entre una cultura y otra, propuse la noción de reglas de manifestación. Desde mi punto de vista, se trata de reglas socialmente aprendidas y que a menudo son culturalmente distintas. Son reglas sobre el manejo de la expresión sobre quién puede mostrar qué emoción, a quién y cuándo. Por esta razón en casi todas las competiciones deportivas públicas, el perdedor no manifiesta la tristeza ni la decepción que siente. Las reglas de manifestación se plasman en la típica advertencia de los padres: «Borra esa sonrisa de satisfacción de tu cara», y pueden imponernos que reduzcamos, exageremos, ocultemos por completo o encubramos la expresión de la emoción que estemos sintiendo.6

Esta formulación fue sometida a comprobación en una serie de estudios que demostraron que los japoneses y los estadounidenses, cuando estaban solos, mostraban la misma expresión facial en respuesta al visionado de películas de operaciones quirúrgicas y accidentes, pero cuando un científico se sentaba con ellos a ver las películas, los japoneses más que los estadounidenses ocultaban sus expresiones negativas esbozando una sonrisa. En privado, expresiones innatas; en público, expresiones dirigidas.7 Al ser el comportamiento público lo que tanto antropólogos como la mayoría de viajeros observan, tengo mi propia explicación y la prueba de que funciona. Por el contrario, la gestualidad simbólica —como asentir con la cabeza indicando un sí, el moverla de lado a lado indicando un no y el gesto de A-OK—* son, sin duda alguna, culturalmente específicos.8 En esto, tanto Birdwhistell como Mead y la inmensa mayoría de los científicos behavioristas estaban en lo cierto, pese a que en lo referente a las expresiones faciales de la emoción erraban.

Había un resquicio, y si yo lo podía ver, también Birdwhistell y Mead, de quienes sabía que buscarían cualquier cosa para refutar mis hallazgos, lo verían. Cabía la posibilidad de que todas aquellas personas estudiadas por mí —y por Izard— hubieran aprendido el significado de las expresiones faciales occidentales viendo a Charlie Chaplin o a John Wayne en la pantalla cinematográfica o la televisión. El aprendizaje en los medios de comunicación o haber estado en contacto con personas de otras culturas podía explicar por qué gente de culturas distintas coincidía acerca de las fotografías de caucásicos que les mostraba. Lo que yo necesitaba era una cultura visualmente aislada en la que la gente no hubiese visto nunca películas, ni televisión, ni revistas, y escasos forasteros, o ninguno. Si pensaban que lo mostrado en mi álbum de expresiones faciales eran las mismas emociones que detectaban los chilenos, argentinos, brasileños, japoneses y estadounidenses, habría dado en el clavo.

Mi entrada a la Edad de Piedra fue a través de Carleton Gajdusek, un neurólogo que llevaba trabajando más de una década en lugares aislados de las montañas de Papúa Nueva Guinea intentando descubrir la causa de una extraña enfermedad llamada kuru, que estaba acabando con la mitad de la población de una de las culturas locales. La gente creía que era cosa de brujería. Cuando llegué, Gajdusek ya había descubierto que se trataba de un virus lento, un virus con un período de incubación de muchos años, durante el cual no había ninguna manifestación de síntomas, como el virus del sida. Todavía no sabía cómo se transmitía. Luego resultó que era por canibalismo. No se comían a sus enemigos, que si habían muerto en combate era probable que gozaran de buena salud. Se comían sólo a sus amigos fallecidos por algún tipo de enfermedad, muchos de kuru. Además, no los guisaban, con lo que las enfermedades se propagaban con facilidad. Al cabo de los años, Gajdusek fue galardonado con el Premio Nobel por el descubrimiento de los virus lentos.

Afortunadamente, Gajdusek se había dado cuenta de que las culturas de la Edad de Piedra no tardarían en desaparecer y por ello había rodado más de treinta mil metros de película en los que se recogía la vida cotidiana de la gente de cada una de las dos culturas. El propio Gajdusek no las había visto, pues ver una sola vez las filmaciones de aquellas personas le hubiera ocupado casi seis semanas. Fue entonces cuando aparecí yo.

Encantado con la idea de que alguien deseara ver sus películas por motivos de tipo científico, me prestó una copia, y con mi colega Wally Friesen nos pasamos seis meses examinándolas meticulosamente. Las filmaciones contenían dos pruebas muy convincentes de la universalidad de la expresión facial de las emociones. En primer lugar, nunca vimos una sola expresión que no nos resultase familiar. Si las expresiones faciales son totalmente aprendidas, entonces aquel pueblo aislado debería haber mostrado expresiones nuevas que nunca antes hubiéramos visto. No había ninguna.

Seguía siendo posible que aquellas expresiones familiares fueran manifestaciones de otras emociones muy distintas. Sin embargo, aunque las filmaciones no siempre mostraban lo que había sucedido antes o después de una determinada expresión, cuando lo hacían, nuestras interpretaciones quedaban confirmadas. Si las expresiones indican emociones distintas en cada cultura, entonces un forastero no familiarizado con la cultura en cuestión no debería poder interpretar las expresiones acertadamente.

Intenté adivinar de qué manera Birdwhistell y Mead rebatirían esta afirmación. Lo que me imaginaba que dirían era: «No importa que no existan expresiones nuevas; las que ustedes vieron tenían en realidad otro significado. Usted las interpretó bien porque ya iba advertido por el contexto social en el que se dieron. Usted nunca vio una expresión desconectada de lo sucedido antes, durante o después, pues en tal caso no hubiera sabido lo que significaba». Para salvar dicha objeción invitamos a Silvan, que vivía en la Costa Este, a pasar una semana en mi laboratorio.

Antes de su llegada, editamos las películas para que únicamente viera las expresiones sacadas de su contexto social, sólo primeros planos de caras. Silvan no tuvo ningún problema. Todas y cada una de sus interpretaciones encajaban en el contexto social que no había visto. Y aún más, él sabía perfectamente cómo había obtenido dicha información. Wally y yo percibíamos el mensaje emocional contenido en cada expresión, pero nuestros juicios se basaban en la intuición; lo normal era no poder determinar con exactitud, salvo en la sonrisa, qué elemento del rostro portaba el mensaje. Silvan, sin embargo, se acercaba a la pantalla y señalaba exactamente los movimientos musculares concretos que indicaban aquella emoción en concreto.

19,59 ₼

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
14 noyabr 2024
Həcm:
410 səh. 68 illustrasiyalar
ISBN:
9788490568859
Naşir:
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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