Kitabı oxu: «España en la guerra civil europea»

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PAUL PRESTON



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© Paul Preston, 2017

© De esta edición: Universitat de València, 2017

Diseño de la colección: Enric Solbes

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Fotografías: Pep Petechà

(Taller d’Audiovisuals de la Universitat de València)

Ilustración de la cubierta:

Libro de las maravillas del mundo y del viage de la tierra sancta de Hierusalem y de otras provincias y hombres monstruosos que hay en las Indias, de Juan de Mandavilla (John of Mandeville). Valencia, Juan Navarro, 1540. (Imagen cedida por Josep Lluís Canet)

ISBN: 97884-9134-090-4

Índice

Presentación

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN EL ACTO DE INVESTIDURA

Laudatio académica a cargo del Doctor Ismael Saz Campos

Lectio pronunciada por el Doctor Paul Preston

Palabras de clausura del Excmo. y Magfco. Sr. Rector Esteban Morcillo

BIOBIBLIOGRAFÍA

ESCRITOS SELECCIONADOS

I El asalto monárquico contra la Segunda República

II La guerra agraria en el sur

III La guerra civil europea, 1914-1945

IV El papel de Mussolini en la guerra civil europea

V Italia y España en la Guerra Civil y en la Guerra Mundial, 1936-1943

VI La forja de un asesino: el general Queipo de Llano

VII Juan Tusquets: una contribución catalana al mito del contubernio judeomasónico-bolchevique

VIII Esclavos, alcantarillas y el capitán Aguilera: racismo, colonialismo y machismo en la mentalidad del cuerpo de oficiales nacionales

Presentación

Paul Preston es uno de los más importantes y conocidos especialistas en la historia contemporánea de España. Algunas de sus obras fundamentales, como, por citar solamente dos, Franco y El holocausto español se han convertido en imprescindibles puntos de referencia para la historiografía, y no sólo la historiografía española sino también la internacional. Pero, por otra parte, se trata solo de dos textos en el marco de una bibliografía inmensa y de numerosas aportaciones cuyo impacto en el devenir de los estudios no ha sido en absoluto menos relevante.

Es por todo esto, junto con su compromiso cívico con España, su colaboración con el mundo académico español y en especial con nuestra Universidad que ésta decidió concederle el doctorado honoris causa el 26 de octubre de 2015. El presente libro tiene por objeto dar a conocer a los universitarios valencianos y al mundo de la cultura en general, algunas de las principales dimensiones humanas, cívicas e historiográficas de la persona de Paul Preston; constituyendo también, en este sentido, la culminación del homenaje que le dedicó nuestra Universidad.

El lector podrá hacerse una idea cabal de todo lo dicho en las páginas que siguen. En ellas se reproducen, en una primera parte, la laudatio académica a cargo del doctor Ismael Saz Campos, la lectio pronunciada por el doctor Paul Preston y el discurso del rector magnífico de la Universitat de València, Dr. Esteban Morcillo. En una segunda parte, la amplia biobibliografía del profesor Preston da cumplida cuenta de la riqueza de las casi inabarcables dimensiones de toda su obra científica, así como de la de sus actividades académicas en su sentido más amplio, y la de su más que sobresaliente presencia en todo lo que atañe a la cada vez más valorada dimensión de la divulgación del saber científico. Se da cuenta también en este apartado de los reconocimientos, distinciones y premios de que ha sido objeto por parte de grandes instituciones científicas, académicas y políticas de España y el Reino Unido entre otros países.

La tercera y más amplia parte de este libro viene constituida por una selección de textos –artículos y capítulos de libros– que se sitúan entre las contribuciones más significativas, relevantes y fecundas de la obra del profesor Preston. No todas estas contribuciones son tan conocidas como las dos que citábamos más arriba, pero, por ello mismo, debe subrayarse su importancia en la medida en que permiten calibrar la solidez, unidad, coherencia y, por así decirlo, el retroterra científico del que aquellas emanan. Unidad y coherencia, pues, de unos textos y de una obra que en su conjunto viene a configurar una aportación fundamental al conocimiento de la historia europea y española desde finales del siglo XIX, de las guerras mundiales y de la española, de ese conjunto histórico, en fin, al que hemos venido en llamar la guerra civil europea.

Y es aquí donde se explora el lugar en esa guerra civil del totalitarismo fascista, de las dinámicas políticas internas y externas de los regímenes de esta significación, de las relaciones internacionales en su conjunto y, por supuesto y de modo sobresaliente, de todas las dinámicas y experiencias propias de la sociedad española. En este sentido, no deja ser digna de destacar la profunda imbricación de los conocimientos sobre España de uno de los más reconocidos hispanistas con los relativos a la propia historia universal. Sin la articulación de ambos conocimientos sería harto difícil comprender la complejidad de las múltiples dimensiones en que se articulan las dinámicas europea y española, la de los totalitarismos fascistas y la de los asaltos de los enemigos de la democracia en España, de la propia intervención fascista en la Guerra Civil española. De ahí que este libro se haya podido titular con toda propiedad como España en la guerra civil europea.

Los dos primeros capítulos permiten apreciar la muy temprana e influyente contribución de Paul Preston al conocimiento de la historia de la Segunda República y de la Guerra Civil española. Tanto es así, que el primero de ellos, «El asalto monárquico contra la Segunda República», fue publicado por primera vez en 1972 para ser traducido inmediatamente después en la emblemática revista Cuadernos de Ruedo Ibérico.1 De este modo las primeras investigaciones de un joven hispanista venían a anunciar, por una parte, dinámicas novedosas en el desarrollo del propio hispanismo, y por otra parte, los inicios de un profundo compromiso con los desafíos cívico-democráticos de la sociedad española. Desde un punto de vista historiográfico, este trabajo pionero abría prometedores caminos para la investigación de la derecha española, de los monárquicos de Acción Española en este caso. Unos caminos que tantos otros han –hemos– transitado en las últimas décadas. Y algo similar cabe constatar a propósito del segundo de los trabajos aquí recogidos, «La guerra agraria en el sur».2 Se trata de un texto que analiza las profundas dimensiones estructurales del problema agrario entendido como una faceta decisiva de la Guerra Civil, al tiempo que nos permite apreciar la capacidad del autor para ir más allá de esas dimensiones estructurales profundizando en el terreno de las percepciones y experiencias, individuales y colectivas. El hecho de que este texto se inscribiese en un libro colectivo editado por el propio Paul Preston pone de manifiesto su comprensión de lo que de tarea colectiva debía haber en la exploración de las dinámicas de la guerra, la revolución y la contrarrevolución en España. Conviene recalcar, en este sentido, que nos hallamos con esto ante una de las más significativas constantes de la actividad historiográfica de nuestro personaje.

En el segundo bloque, el más «internacional», se presta atención a lo que fueron las bases, los procesos y dinámicas sociales, económicos, culturales, políticos e internacionales que contribuyeron a explicar los inicios de la Gran Guerra y de la apertura con ella de la guerra civil europea. Una guerra en la que Preston sabe apreciar, tanto la existencia de importantes continuidades respecto de las percepciones y actitudes de las clases dominantes y dirigente tradicionales, como la de no menos relevantes cambios y rupturas.3 Por supuesto que la aparición de los fascismos es uno de los elementos más claros y relevantes en este juego sumamente complejo de continuidades y rupturas que el autor analiza en todas sus dimensiones y articulaciones. No es de extrañar, por ello, que el segundo de los textos de este bloque venga a centrarse precisamente en el estudio de los fascismos y, en especial, en la combinación entre sus dimensiones internas, de política interior y las internacionales; como tampoco es de extrañar que lo haga fijando la atención en el más paradigmático de los fascismos, el italiano.4 Las dimensiones especialmente agresivas y aventureras de este fascismo vienen perfectamente analizadas, algo que por lo demás permite situar en su justo contexto la intervención italiana en la guerra de España. De esta última, en fin, de sus orígenes, inicio y causas, de sus bases ideológicas y aspiraciones imperiales, de sus desarrollos y consecuencias tanto para España como para Italia se ocupa el tercer texto de este bloque.5 Vistos en su conjunto estos tres textos, será difícil eludir la sensación de que estamos ante una de las más completas y clarificadoras síntesis del modo en que las dinámicas de distintos países, movimientos y experiencias se enmarcan en un proceso general, el de aquella guerra civil europea de la que fueron, por otra parte, altamente responsables.

Los últimos tres capítulos ofrecen una visión desgarradora de lo que bien puede considerarse como la de la específica plasmación española de un fenómeno también propio de la guerra civil europea, el de la brutalización de la política. Pero no se trata en este caso de la aplicación al caso español de hallazgos más o menos recientes en la historiografía internacional, sino, por así decirlo, de la articulación específica de los principales enfoques historiográficos de Preston: el que presta atención a los problemas estructurales, el que indaga en las percepciones y experiencias de los distintos sujetos y el que concede la debida atención a las trayectorias individuales, biográficas. Así, el texto dedicado a la figura de Queipo de Llano enlaza con los análisis sobre las trayectorias de los militares y africanistas españoles para observar la sinuosa trayectoria de muchos de ellos hasta su protagonismo en la Guerra Civil.6 Enmarcada en ese contexto, la evolución de Queipo de Llano es analizada en todas sus dimensiones sin obviar una de las más importantes y repulsivas, cuál es la de un asesino en masa que ni siquiera se moderaba cuando de llamar a las violaciones de las mujeres republicanas se trataba. Conviene subrayar la importancia de que se incida de forma directa en el análisis de los comportamientos y actitudes criminales durante la Guerra Civil, una faceta a la que la historiografía no ha concedido siempre la debida atención. De ahí también el interés de la aproximación a otra de las figuras sobresalientes en este terreno de la criminalidad extrema, en el discurso, diríamos ahora, y en las prácticas, la del capitán Aguilera.7 Se trata de un texto en el que se analizan de modo excepcionalmente bien trabado la traslación a la Guerra Civil de las prácticas de la guerra colonial, el machismo extremo, la radicalización de clase que enlazaba, por otra parte, con las experiencias relativas a la ya analizada dimensión agraria del conflicto civil y, en fin, el racismo descarnado aplicado a los propios connacionales. Como el propio Preston puntualiza, no se estaría ante los desvaríos o excesos de un «loco», sino de la concreción de ideas y comportamientos compartidos con la cúpula de los sublevados. Y algo similar cabe decir, para concluir, con otras de las dimensiones del pensamiento reaccionario, clasista y racista de los enemigos de la República: el antisemitismo. En este sentido, el breve pero muy incisivo y clarificador capítulo sobre la contribución del sacerdote catalán Juan Tusquets a la difusión de la idea del «contubernio judeo-masónico-bolchevique», viene a cerrar una de las aproximaciones más ricas y complejas de lo que constituía en su conjunto la cosmovisión de quienes promovieron la guerra civil para llevarla a los límites más extremos.8

ISMAEL SAZ CAMPOS

Universitat de València

1. «Alfonsist Monarchism and the Coming of the Spanish Civil War», Journal of Contemporary History, vol. 7, núms. 3/4 (1972); traducido al castellano como «El asalto monárquico contra la Segunda República», Cuadernos de Ruedo Ibérico, núms. 41/42 (febrero-mayo 1973).

2. Publicado originalmente como «The Agrarian War in the South», en P. Preston (ed.), Revolution and War in Spain 1931-1939, Londres, Methuen, 1984. Traducido al castellano con el título aquí indicado en P. Preston (ed.), Revolución y Guerra en España 1931-1939, Madrid, Alianza Editorial, 1986.

3. «La guerra civil europea», en M. Cruz Romeo e Ismael Saz (eds.), El siglo XX. Historiografía e historia, Valencia, PUV, 2000.

4. Publicado originalmente como «El papel de Mussolini en la guerra civil europea», en Julián Casanova (ed.), Guerras civiles en el siglo XX, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, 2001.

5. Publicado inicialmente como «Italy and Spain in Civil War and World War, 1936-1941», en S. Balfour y P. Preston (eds.), Spain and the Great Powers, Londres, Routledge, 1999. Traducido al castellano como «Italia y España en la guerra civil y en la guerra mundial», en S. Balfour y P. Preston (eds.), España y las grandes potencias en el siglo XX, Barcelona, Crítica, 2002.

6. «The Psycopathology of an Assassin: General Gonzalo Queipo de Llano», en Peter Anderson y Miguel Ángel del Arco Blanco (eds.), Mass Killings and Violence in Spain, 1936-1952, Londres-Nueva York, Routledge, 2014. Traducido al castellano como «La forja de un asesino: el general Queipo de Llano», en Peter Anderson y Miguel Ángel del Arco Blanco (eds.), Lidiando con el pasado. Represión y memoria de la guerra civil y el franquismo, Granada, Comares, 2014.

7. «Los esclavos, las alcantarillas y el capitán Aguilera. Racismo, colonialismo y machismo en la mentalidad del cuerpo de oficiales nacionales», en J. Muñoz Soro, J. L. Ledesma y J. Rodrigo (eds.), Culturas y políticas de la violencia. España siglo XX, Madrid, Siete Mares, 2005.

8. «Joan Tusquets, «A Catalan Contribution to the Myth of the Jewish-Bolshevik-Masonic», en A. Quiroga y M. A. del Arco (eds.), Right-Wing Spain in the Civil War Era. Soldiers and Apostles of the Fatherland, Londres, Continuum, 2012. Traducido al castellano como «Juan Tusquets: Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique», en A. Quiroga y M. A. del Arco (eds.), Soldados de Dios y Apóstoles de la Patria. Las derechas españolas en la Europa de entreguerras, Granada, Comares, 2010.

DISCURSOS

PRONUNCIADOS EN EL ACTO

DE INVESTIDURA

(26 de octubre de 2015)


Laudatio académica del Doctor Paul Preston a cargo del Doctor Ismael Saz Campos

Excelentísimo y Magnífico Señor Rector de la Universitat de València,

Ilustrísima Señora Secretaria General de la Universitat de València

Autoridades Académicas,

Profesoras y Profesores, Señoras y Señores,

Mis primeras palabras en este acto de investidura deben de ser necesariamente de satisfacción y agradecimiento. Satisfacción, porque se me haya concedido el honor de desarrollar esta laudatio del profesor Paul Preston en quien concurren ampliamente, lo anticipo ya, todos los méritos científicos, académicos, cívicos y personales para justificar su doctorado honoris causa por nuestra Universitat. Agradecimiento, o mejor, agradecimientos, a todos los que han hecho posible este nombramiento: a mis compañeros del Departamento de Historia Contemporánea y a su director Anaclet Pons; a la Facultad de Geografía e Historia y a su decana Esther Alba; a todas las instancias de nuestra Universitat que han aprobado la candidatura. Y agradecimiento también, en fin, a la Fundación Cañada Blanch de la que hemos recibido en todo momento el estímulo más cálido y gratificador.

Decía hace unos momentos que el profesor Preston era ampliamente merecedor de este nombramiento por razones científicas, académicas, cívicas y personales. Déjenme –ya sé que esto es un poco tradicional– que las vaya desgranando.

A nadie se le escapa el inmenso prestigio de que goza la obra de Paul Preston en los medios historiográficos –y no solo historiográficos– británicos, españoles e internacionales. Bastará recordar al respecto algunos de los premios y reconocimientos obtenidos: la Encomienda de la Orden del Mérito Civil por servicios a España (1986), Comendador de la Orden del Imperio Británico (2000), Premi Internacional Ramon Llull (2005), Caballero de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica (2007). Es, además, miembro de la Academia Británica, del California Institute of International Studies, de la Academia Europea de Yuste y del Institut d’Estudis Catalans.

Todos estos reconocimientos están en perfecta consonancia con una larga trayectoria académica e investigadora centrada en la historia de España del siglo XX, en la de la República y la Guerra Civil, en la de la derecha antiliberal y la izquierda socialista, en la del franquismo y la represión, en la de la lucha por la democracia, en la de las relaciones internacionales de España. Formado en las universidades de Oxford y Reading, ejerció como profesor por primera vez en esta última. Tuvo entre sus primeros maestros a los reconocidos hispanistas Raymond Carr y Hugh Thomas. Al hilo de las clases de este último realizó su tesina sobre la derecha en la Segunda República y a partir de ahí se despertó su apasionado interés por la Guerra Civil. Aunque nunca ha dejado de constatar el reconocimiento a los mencionados hispanistas, Preston ha reivindicado siempre con fuerza su deuda intelectual y personal respecto de Herbert Southworth y Joaquín Romero Maura. Para la realización de su tesis doctoral viaja a España donde aprende con sorprendente celeridad el castellano –décadas después hará lo propio con el catalán– y se sumerge inmediatamente en la cultura española, que no tardará en sentir como propia. Desarrolla entonces la investigación que desembocará en su tesis, la cual se publicará en España en 1978 con el título de La destrucción de la democracia en España. Reforma, reacción y revolución en la Segunda República. Se trataba de una aportación sustancial al estudio de la Segunda República, a la dialéctica de las relaciones entre el PSOE y la CEDA, a las estrategias de la derecha para acabar con la democracia española. Fue una aportación fundamental, susceptible, además, de constituir un estímulo formidable para una historiografía, la española, que intentaba recuperarse de los efectos de la larga noche dictatorial. Un papel de estímulo que estaba desempeñando también la obra por él editada dos años antes, pero traducida al castellano en 1978, España en crisis. Evolución y decadencia del régimen de Franco, una de las primeras en intentar una aproximación desde la historia a la lucha antifranquista y su interrelación con la evolución de la dictadura. Y volvería a ser un acicate para la historiografía española su libro El triunfo de la democracia en España (1986), una de las primeras aproximaciones historiográficamente solventes sobre el proceso que conduce a nuestra democracia. Una aproximación que tenía el mérito de no disolverse, como sucedería en numerosos medios, académicos o no, en las décadas posteriores, en la «transitología». Una especie de pseudo-ciencia en la que lo adjetivo «la Transición», así con mayúsculas, parecía imponerse sobre lo sustantivo, la conquista de la democracia. Ha sido necesario el paso de muchos años para que un sector muy importante de nuestra historiografía haya vuelto a aquellos planteamientos que enunciara Preston en una obra tan temprana y que tan alejados estaban de los cantos de sirena de la transición «modélica».

Si se me permite dar un pequeño-gran salto adelante, diría que la reciente y emblemática obra El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después (2011) vuelve a situarse en esas coordenadas centrales para la historiografía y la sociedad españolas. Se trata de una investigación abrumadora sobre las prácticas violentas durante la Guerra Civil y el primer franquismo, en la que no se escatima al lector todo lo que de brutalidad hubo en aquellos episodios que tanta tragedia y dolor causaron. Una obra en la que no se deja de apuntar tampoco a los responsables de la violencia en los dos bandos de la Guerra Civil. Pero que tampoco cae en la trivialización o en la banalidad hipócrita de quienes, bajo pretexto de una supuesta imparcialidad, pretenden equiparar en sus fundamentos, prácticas y consecuencias ambas violencias. Claro, riguroso y taxativo a la hora de señalar la voluntad de exterminio de los franquistas, antes, durante y después de la Guerra Civil, Preston ha recogido aquí muchas críticas. Muchas veces de aquellos que quieren arrojar un velo de impunidad sobre la represión franquista. Por otra parte, en esta obra Paul Preston muestra, como en las obras antes comentadas, su capacidad para conectar con aquellos aspectos que más preocupan a la sociedad española. Del mismo modo, es su imbricación con nuestra historiografía la que le permite recoger lo mejor de múltiples investigaciones para proyectarlas hacia una visión de conjunto capaz a su vez de propiciar nuevas investigaciones y debates.

Por supuesto, entre unas y otras obras debe señalarse, como un trabajo extraordinario, la biografía de Franco, reconocida internacionalmente como la más sólida de las existentes y que puede compararse sin menoscabo alguno con las mejores biografías de que disponemos sobre otros dictadores como Hitler o Mussolini. Por supuesto, nadie encontrará un asomo de «imparcialidad» en esta u otras de las obras de Preston. Sería absurdo demandarle esto a un demócrata; pero sí se encuentra un trabajo serio, sólido y riguroso. Sobre la base de un profundo conocimiento de las dinámicas políticas y sociales de la España del siglo XX, del periodo de la dictadura especialmente, Preston muestra aquí una extraordinaria habilidad en la aproximación y análisis de la figura del personaje y la compleja relación con su régimen. En este sentido, vale la pena subrayar que late aquí una concepción de la historia que, lejos de todo estructuralismo, sabe captar el interés y riqueza de los individuos en su relación con los movimientos históricos. Una vertiente esta, la de un «historiador social» especialmente atento a los «personajes», como asume explícitamente Preston, que permite explicar sus sucesivas aproximaciones biográficas a las figuras del rey Juan Carlos –Juan Carlos. El rey de un pueblo, 2003– o de Santiago Carrillo –El zorro rojo, 2013. No menos importante, en fin y en este mismo sentido, es su aproximación a los personajes que desfilan por obras como Las tres Españas del 36 (1998), Palomas de guerra (2001) o Idealistas bajo las balas: corresponsales extranjeros en la guerra de España (2007).

Todo esto, así como decenas de obras no menos importantes pero a las que no podemos hacer referencia aquí, acredita a Paul Preston como el mejor continuador del hispanismo historiográfico británico y seguramente como el hispanista de mayor proyección entre los existentes. Por su obra, como decimos, por supuesto, pero también por otras dos facetas cuya relevancia debe subrayarse. En primer lugar, por su capacidad para proporcionar el entorno adecuado para el trabajo y, en su caso, la formación de nuevas generaciones de hispanistas sobresalientes, entre los que cabe mencionar a Sebastian Balfour, Adrian Shubert, Hellen Grahan, Mary Vincent, Michel Richards, Chris Ealham, Francisco Romero y un largo etcétera. En segundo lugar, el profesor Preston ha convertido los cargos académicos, las cátedras que ha ostentado, en auténticos foros de encuentro y debate entre los historiadores británicos y españoles. Así, en el Queen Mary College encontraron un espacio de trabajo, debate y cooperación historiadores como Ángel Viñas, Julián Casanova, Enrique Moradiellos o el que, modestamente, les habla. Y por los seminarios desde allí organizados en el Institute of Historical Researh de la Universidad de Londres pasó lo mejor de la historiografía contemporaneísta española, dedicada al siglo XX.

La llegada de Paul Preston en 1991 a la London School of Economics and Political Science, una de las mejores universidades del mundo, extenderá y profundizará estas dinámicas. Allí ostenta la Cátedra Príncipe de Asturias y allí es director de la Cañada Blanch Centre for Contemporary Spanish Studies. Un centro que bajo su dirección se ha convertido en un punto de encuentro formidable entre dos sociedades y dos culturas, la británica y la española. Y se ha configurado al mismo tiempo como el principal foco del hispanismo internacional y un polo de intercambio con la historiografía española en la línea antes señalada. En este contexto, jóvenes investigadores españoles, buen número de ellos procedentes del Departamento de Historia Contemporánea, y más ampliamente de nuestra Universidad, han podido desarrollar estancias de investigación en uno de los mayores centros de referencia internacional en el terreno de las ciencias sociales.

Es precisamente en el marco de la Fundación Cañada Blanch y en relación con ella, donde se producen, amplían y profundizan los lazos del Profesor Preston con nuestra universidad. Así es, en efecto, porque la Cátedra Cañada Blanch tiene su correlato en la Universitat de València a través de la Cátedra de Pensamiento Contemporáneo, en la cual han dictado cursos destacados profesores en historia y ciencias sociales (Ernest Lluch, Sami Naïr, Enzo Traverso, Carlos Serrano, Pamela Radcliff, Jon Juaristi, Juan José Carreras, Edgar Morin o Alda Blanco, por mencionar solo a unos pocos). El propio Preston impartió uno de dichos cursos y forma parte del Consejo Asesor de la revista Pasajes, dirigida por el Dr. Ruiz Torres y vinculada en origen a estas iniciativas. También en ese marco de colaboración hay que situar el volumen sobre Valencia –De la revolución liberal a la democracia parlamentaria. Valencia (1808-1975)– que, con el patrocinio de la Fundación Cañada Blanch, tuve la ocasión de coordinar con Paul Preston y en la que participaron 15 profesores de nuestra Universidad.

Debo ir terminando y lo haré refiriéndome a las dimensiones personal y cívica de las que hablaba al principio. En el primer sentido, no es ocioso recordar que el profesor Preston vino a nacer en «la obrera» Liverpool, en una familia modesta en la que hubo de afrontar muy pronto la dura enfermedad y fallecimiento de su madre. No fue una infancia fácil la de Paul Preston que tuvo, incluso, que realizar sus primeros estudios en condiciones dificilísimas, debiendo recorrer no pocas distancias para poder asistir al colegio. No estamos pues ante la figura del buen hispanista de origen más o menos aristocrático. Pero entiendo que los duros inicios de un joven nacido en el Liverpool de la posguerra, en 1946, contribuyeron a modelar una personalidad en la que la capacidad de trabajo, la extraordinaria generosidad y la no menos gratificante capacidad de relación y bonhomía van de la mano.

Y hablo de generosidad, en efecto, porque la del profesor Preston ha estado presente en todas y cada una de las iniciativas, actividades y relaciones a las que me he referido. Pero en lo que quiero insistir ahora es en la profunda coherencia de la labor investigadora, académica y cívica, tres dimensiones profundamente interrelacionadas en su persona. Por mencionar solo algunos aspectos, habrá que decir que en el formidable impulso adquirido por la Fundación Cañada Blanch a principios de los años 90, tuvo mucho que ver la amistad entre Paul Preston y el presidente de la Fundación, el valenciano Pepe Coll. Una amistad surgida, conviene subrayarlo, década y media antes en el marco de la colaboración de ambos con la Junta Democrática y otras instancias unitarias de la oposición antifranquista. Este compromiso con la España democrática se ha venido reiterando en el marco de distintas incidencias de nuestra historia reciente. Obras suyas como la biografía de Franco o El Holocausto español, construidas desde el más absoluto rigor, constituyen, a su vez, poderosos diques frente a los siempre reiterados intentos de extender patinas benevolentes a la figura del dictador o arrojar nuevas capas de insidia y oscurecimiento de la memoria histórica. Comprometido con la democracia y nuestra historia actual, Paul Preston es también un ejemplo de reconocimiento de la España plural, la única en la que, como estudiosos británicos o como estudiosos y ciudadanos valencianos y europeos podemos sentirnos a gusto.

Y termino. Creo haber resumido a grandes rasgos los méritos del Dr. Paul Preston, las muchas razones que justifican su nombramiento como doctor honoris causa por nuestra universidad. Como miembro de la misma no puedo ocultar mi satisfacción, como tampoco dejar de felicitar al doctorando y a nuestra Universidad.

ISMAEL SAZ CAMPOS

Universitat de València


Lectio pronunciada por el Doctor Paul Preston

Excel·lentíssim i Magnífic Senyor Rector de la Universitat de València,

Autoritats,

Distingits professors,

Estudiants,

Senyores i senyors,

En primer lloc, vull manifestar el meu reconeixement per aquesta distinció en aquesta universitat, en aquesta ciutat, en aquesta regió i a Espanya, uns llocs que, com intentaré demostrar, tenen una gran rellevància en la meua vida, tant acadèmica com personal. A continuació, he d’expressar el meu agraïment als meus dos padrins, els professors Pedro Ruiz i Ismael Saz. La laudatio immerescuda que ha pronunciat el professor Saz fa tornar a la meua ment les col·laboracions que vam tenir en l’època en què jo iniciava a Londres la primera edició del Centro de Estudios sobre la España Contemporánea a la darreria dels anys vuitanta. En aquell temps, ell era un dels primers historiadors que van venir a treballar amb mi i va ser el començament d’una col·laboració fructífera que ja dura un quart de segle.

Fa uns moments he dit que Espanya, el País Valencià i la ciutat de València tenen molta importància en la meua vida. Tanmateix, encara que la meua relació amb Espanya va començar a la fi dels anys seixanta, no vaig conèixer València fins al 1976. Va ser conseqüència d’haver fet amistat a Londres amb José María Coll Comín, tota una fita en la meua vida. Gràcies a aquesta amistat i a la generositat il·limitada de Pepe Coll, en els anys següents vaig tenir la sort de conèixer les tres províncies valencianes.

Fa uns quaranta anys vaig començar a col·laborar amb l’Anglo-Spanish Cultural Foundation de Londres, establerta per un exportador de taronges de Borriana, el Sr. Vicente Cañada Blanch. La Fundació, que avui dia continua la seua tasca a València, atorgava llavors unes beques als joves britànics que aspiraven a fer recerca a Espanya. A través de la meua col·laboració amb la Fundació, vaig conèixer Miguel Dols, de Borriana, que era l’ànima, la inspiració i l’impuls de la Fundació. Després, va ser per l’empenta de Pepe Coll i Miguel que es va establir la Cátedra Príncipe de Asturias i el Centro Cañada Blanch para el Estudio de la España Contemporánea a la London School of Economics. El Centro encara és un enllaç molt important entre Londres i tant la ciutat com la Universitat de València, ja que, entre les seues activitats, sempre han tingut prioritat temes valencians. Dins del programa de publicacions del Centro, s’ha desenvolupat una important col·laboració amb l’editorial Publicacions de la Universitat de València.

Després, per invitació tant de la Universitat de València com de la Fundación Cañada Blanch, he fet moltes conferències ací i sempre m’ha encantat el caliu amb què he estat rebut. A més, al llarg dels anys, vaig poder establir una molt bona relació professional amb molts historiadors de la Universitat de València, amb Ismael Saz i Pedro Ruiz, ja esmentats, amb Isabel Burdiel, Aurora Bosch, Teresa Carnero, Ferran Archilés i altres. Com no podia ser d’una altra manera, un element del meu interès per la regió és per a mi la Guerra Civil i el sofriment del poble valencià. Per tant, mentre confeccionava el meu llibre L’holocaust espanyol, vaig poder tenir la col·laboració d’uns historiadors locals experts en el tema, entre els quals: Vicente Gavarda, Ricard Camil Torres i Eladi Mainar, amb qui tenia una amistat de feia molts anys.

És curiós notar, en repassar els meus treballs, fins a quin punt València hi té un lloc preeminent, sobretot el tractament que vaig donar, en la meua tesi doctoral, a la Dreta Regional Valenciana, origen de la Confederació Espanyola de Dretes Autònomes, i en altres llibres a la figura de Lluís Lúcia. Aquest breu recorregut que he fet de la meua relació amb València, Castelló i Alacant no respon a la pregunta que se’m fa sovint a Espanya, o siga, com vaig fer el viatge des d’un barri obrer de Liverpool no solament a València sinó a dedicar la meua vida professional a la historia d’Espanya.

Vaig tenir la sort de guanyar una beca per estudiar història a la Universitat d’Oxford. Quan hi vaig entrar, no tenia ni idea del que havia de ser la meua vida posterior, no pensava en absolut que seria professor d’universitat o historiador professional. Estudiar a Oxford per a algú d’una família obrera era literalment com anar a un altre planeta. És difícil transmetre la diferència que hi havia amb la majoria dels estudiants, que parlaven una variant de l’anglès que gairebé era un altre idioma, i les seues expectatives eren ab-solutament diferents.

La carrera d’història a Oxford era llavors molt tradicional, centrada en la història medieval i moderna anglesa, en els seus aspectes constitucionals, i a penes s’estudiava res d’història contemporània, que era el que a mi més m’interessava. A més, molts professors creien amb cert desdeny que la història contemporània era treball de periodistes. Però, era el meu gran interès. Jo havia nascut el 1946, a Liverpool, una ciutat especialment castigada pels bombardejos dels alemanys. De petit, als set o vuit anys, ens posàvem les gavardines com una capa, només amb el botó de dalt cordat, sense ficar els braços per les mànigues; ja al carrer, corríem amb la velocitat suficient perquè la capa voleiara darrere nostre. Jugàvem a ser avions de guerra. Amb deu o dotze anys, la meua gran afició ja era fer maquetes d’avions de la Segona Guerra Mundial, i era bastant bo en aquest tema. Crec que d’això va nàixer en mi el gran interès pels orígens i el desenvolupament de la Segona Guerra Mundial.

Abans d’anar a Oxford, vaig fer durant un any diversos treballs, vaig treballar en un supermercat omplint prestatgeries, també en una dependència de correus. Ara, és molt corrent tenir un any abans d’anar a la universitat, per madurar, en el qual molts van de viatge o a treballar amb una ONG a Àfrica. Això en anglès es diu «gap year» o «any d’interval». Abans no hi havia res d’això. En canvi, però, hi havia la possibilitat de treballar en un col·legi com a professor ajudant. Jo vaig treballar en un institut d’un barri obrer dur de Liverpool, d’on eixirà després Wayne Rooney, el futbolista. Crec que va ser una experiència molt útil per a mi. En aquest recinte hi havia un col·legi de primària i un institut de secundària. Jo treballava en els dos, era el suplent per quan faltava algun professor. Així, he estat dels pocs professors d’universitat que ha treballat en la primària, en la secundària i en tots els nivells de la universitat. I crec que això m’ha ajudat moltíssim a entendre com és important que las classes siguen clares i entretingudes.

Tornant al meu interès per la història contemporània, en el moment en què s’acostava el final de la meua carrera a Oxford, ja havia decidit que volia fer un doctorat, tot i que encara continuava sense tenir ni idea del que volia ser després. Si m’havia de quedar a Oxford i fer una mica d’història contemporània, amb un tema dels anys 30, com que no tenia cap domini d’idiomes, l’única possibilitat havia de ser investigar un tema de política exterior britànica i algun problema que havia de resoldre. En aquell temps, no sabia res d’Espanya i, per descomptat, no sabia espanyol. Havia estudiat llatí i sabia francès, però, encara que volia estudiar història internacional, no m’atreia gaire la història francesa.

No va ser fins que vaig eixir d’Oxford i vaig passar a la Universitat de Reading per fer un màster en historia contemporània d’Europa que vaig poder estudiar allò que més m’interessava. Allí vaig tenir la sort de començar a investigar a fons els anys trenta i la Guerra Civil espanyola amb el professor Hugh Thomas, un professor que funciona meravellosament en petits seminaris. Feia el paper de gran excèntric anglès i era molt divertit. Així, vaig començar a llegir sobre la Guerra Civil i em va semblar més fascinant que qualsevol altre tema que havia estudiat abans. Després de tots els dubtes que havia tingut sobre què fer, la Guerra Civil va ser la gran cornucòpia. M’oferia la possibilitat d’estudiar comunisme, anarquisme, feixisme, socialisme, maçoneria i personatges com Stalin, Hitler, Mussolini, Trotski, per no parlar dels protagonistes espanyols. Hi havia de tot.

Els estudis amb Thomas em van encantar intel·lectualment. Ràpidament vaig arribar a exhaurir tot el material existent en anglès sobre el tema i em vaig adonar que havia d’aprendre espanyol. Respecte als meus centenars de visites a altres parts d’Espanya, haig de dir que, potser perquè he tingut tantes experiències lingüístiques tan desagradables a França, recorde amb emoció el caliu tan diferent amb què la gent va rebre els meus esforços de principiant de l’espanyol. També això és una cosa que cal veure en el context de la meua experiència al sud d’Anglaterra, on havia trobat la gent molt freda. En canvi, la gent del nord, sobretot de classe obrera, era molt oberta. I a Espanya, des de bon començament, em vaig trobar com si estiguera a casa meua. Quan vaig dominar bé l’espanyol, em va entusiasmar el sentit de l’humor, crec que el meu propi sentit de l’humor s’hi adiu bé, i el menjar espanyol ha estat la meua perdició.

Després de fer el màster a Reading, vaig tornar a Oxford per fer el doctorat sobre els orígens socials de la Guerra Civil. Allí, em va passar una cosa molt important. Es va publicar un article meu en un revista senyera i el professor Thomas em va convèncer que n’hauria d’enviar un exemplar a Herbert Southworth, el gran historiador excèntric americà amb un coneixements i unes tècniques forenses que l’havien convertit en una mena de gran inquisidor d’historiadors, la qual cosa vaig fer amb autèntica trepidació. Durant la Guerra Civil, Southworth havia treballat per a la República espanyola a Nova York en una agència de notícies. Després, va dedicar gran part de la seua vida a l’estudi de la Guerra Civil, i va ser autor d’obres clàssiques com El mito de la cruzada de Franco i La destrucción de Guernica, llibre en el qual estava treballant quan el vaig conèixer. Com a conseqüència de la cordialitat amb què va rebre la meua separata, va començar una relació més aviat filial amb ell. En vaig aprendre molt, d’ell, empíricament, teòricament i sobretot humanament, fins al punt que Herbert va esdevenir la més important inspiració del meu treball. Tot i amb això, potser la més important de les seues lliçons no la vaig aprendre fins a la seua mort. Aquella lliçó va ser molt senzilla: tota la saviesa desapareix amb la mort del savi. Per això, sempre he fet un esforç per estar disponible tant com he pogut per als alumnes i els lectors.

Vaig descobrir gairebé per accident que tenia certa vocació de biògraf. Quan vaig fer la meua tesi, una cosa que em fascinava era el paper dels individus. Si algú m’haguera preguntat com em definiria jo mateix, hauria dit que com a historiador social. Passa, però, que sempre em fascinaven la relació i la interacció entre els individus i els grans moviments històrics. En La destrucción de la democracia, em vaig centrar molt, en la part sobre el PSOE, en la relació entre Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero i Julián Besteiro, i els seus sequaços, i dins de la CEDA, la relació entre Gil Robles i aquells qui el seguien, les lluites entre la gent moderada de la CEDA com Manuel Giménez Fernández o Lluís Lúcia i els durs, com Cándido Casanova i molts d’altres. I també, quan vaig fer El triunfo de la democracia, vaig posar molt l’accent en el paper d’individus com Santiago Carrillo, Felipe González, el rei Joan Carles, Manuel Fraga, Adolfo Suárez, etc. Sempre m’he trobat més a gust escrivint sobre individus, però mai no hauria pensat que això significara que jo tenia vena de biògraf. Quan vaig acceptar l’encàrrec de fer la biografia de Franco, cap a l’any 82, vaig començar a treballar amb no gaire convicció. A Anglaterra m’hi pressionaven: deien que sent hispanista, havia d’ocupar-me de la seua figura, però jo tenia la impressió que la figura de Franco era tan avorrida, tan odiosa, que no m’interessava. Tanmateix, una vegada que vaig començar, em vaig adonar que em fascinava. Franco era, personalment parlant, un enigma, amb aspectes bastant còmics: un home que contractava tant un alquimista com un trampista, que li va oferir elaborar una pols que dissolta en aigua creava el petroli, un home que pensava que Pau VI era bolxevic o que Joan XXIII era maçó, o que el món estava regit per un superestat masònic que no se sabia si es trobava a la Lluna o sota l’Atlàntic i al qual obeïen els governs de Washington i Londres.

Quan vaig començar la meua carrera d’historiador, encara albergava esperances de seguir llegint tot el que eixia d’història italiana, russa, alemanya, anglesa, etc., però a poc a poc, i a causa del devessall de coses que eixien sobre Espanya, m’anava especialitzant com més va més. Fins al punt que realment de l’únic tema que sé alguna cosa és d’història contemporània d’Espanya. De vegades la meua dona em diu: «Per què no anem a l’Índia?». I jo li conteste: «És que hi ha trossos d’Espanya que encara no conec». Perquè tinc un sentiment que transmet sovint als meus alumnes: en aquesta vida es pot saber moltíssim de poc o poquíssim de molt, i els pose l’exemple de la taula. Els dic: «Aquesta taula és la història del món; d’ací a ací és el pas dels anys, la cronologia, i d’ací a ací és la geografia. Tot això és el món. N’hi ha que coneix tota la taula, però només fins al nivell del vernís. Jo, en canvi, aquest nus d’ací el conec fins al soterrani». És una elecció que un pren.

Amb aquest breu recorregut per la meua vida, m’he anat acostat a València i a aquesta Universitat. La Universitat de València gaudeix d’una molt merescuda reputació internacional. Per tant, Sr. Rector, sóc molt conscient de l’honor que em feu i del privilegi de poder considerar-me d’ara endavant una petita part de la Universitat.

Moltes, moltes gràcies.


Palabras de clausura del Excmo. y Mgfco. Sr. Rector Esteban Morcillo Sánchez

Il·lustríssima Senyora Secretària General de la Universitat de València,

Autoritats Acadèmiques,

Doctor Paul Preston,

Membres de la Comunitat Universitària,

Senyores i Senyors, amigues i amics:

En primer lloc, vull donar-vos la més cordial benvinguda a aquest Paranimf, teatre acadèmic de la Universitat de València, edifici històric ubicat al bell mig de la ciutat de València. Sapientia Aedificavit, un espai per al saber, on els jurats de la ciutat de València erigiren l’Estudi General fundat a la fi del segle XV.

Des d’aleshores ençà, al llarg dels temps, les portes d’aquest edifici han estat obertes i les seues aules i laboratoris han acollit les activitats pròpies d’una Universitat que s’ha construït mitjançant la dedicació i l’esforç col·lectiu d’homes i dones compromesos amb la ciència i el coneixement.

De la història, i particularment de la història recent, la Universitat de València s’honora hui en comptar amb un dels màxims exponents de la historiografia espanyola contemporània, el Dr. Paul Preston, que ha estat acompanyat en aquest solemne acte d’investidura, respectuós amb l’històric i tradicional cerimonial universitari, per una magnífica comissió d’acompanyament i padrins.

Siguen per tant les meues primeres paraules per a felicitar de tot cor i efusivament el professor doctor Paul Preston per la seua incorporació al Claustre de doctors i doctores de la Universitat de València, en virtut de l’acord de Consell de Govern, a proposta de la Facultat de Geografia i Història i del Departament de d’Història Contemporània, assumida amb plaer com a pròpia pel rector de la Universitat.

Una decisió que ha tingut en compte, com ens ha llegit la senyora Secretària General de la Universitat, els rellevants mèrits universitaris i acadèmics que concorren en la seua persona, amb una extraordinària producció científica, destacant-se per la seua condició d’historiador social, per la seua destacada excel·lència inserida en la ja llarga tradició de l’hispanisme britànic, i per la seua àmplia vinculació i constant relació amb la nostra Universitat, una relació que es remunta a molts anys enrere, rebent ara, en justa contrapartida, un molt ampli i càlid suport a la seua incorporació com a doctor honoris causa per la Universitat de València.

Professor Doctor Paul Preston, benvingut al Claustre de doctors i doctores de la Universitat de València. Benvingut a la que és la seua casa per dret propi.

I he d’agrair, professor Paul Preston, molt especialment, la seua decisió personal de dedicar-se a la història contemporània d’Espanya. Gràcies doctor Preston per voler ser hispanista. Una decisió que sens dubte ha contribuït a conèixer-nos millor a nosaltres mateixos.

No oblidem que la funció última de la universitat, la que la justifica i li dóna sentit, és la seua funció social, la seua contribució –a través del saber– al progrés i el benestar de la societat. Una transferència, un retorn multiplicat de la inversió que la societat ha fet en la universitat. Una societat de la qual ha nascut i a la qual es deu, i sabeu que el nostre cas és un veritable paradigma com he assenyalat a l’inici d’aquestes paraules.

Aquest paradigma, docència, ciència i cultura, es troba admirablement reunit en la persona i la dilatada i sòlida trajectòria científica i acadèmica del doctor Paul Preston, una personalitat apassionada i compromesa amb els valors socials i un referent internacional de la historiografia contemporània.

En la seua esplèndida laudatio, el Dr. Ismael Saz ens ha presentat la semblança del nostre nou honoris causa. Un «historiador social» atent a les individualitats, a les persones que, des del rigor de la recerca, amb serietat i solidesa, ha mostrat les dinàmiques polítiques i socials de l’Espanya del segle XX i, des de «l’atenció als personatges», com ha remarcat el professor Saz, ens ha mostrat hàbilment i amb profunditats –fins i tot psicològiques– les biografies de les personalitats que han marcat el nostre passat més pròxim i entre les quals cal destacar, com s’ha dit, la biografia del dictador Franco, una ineludible referència.

D’entre els rellevants mèrits que fan mereixedor al Dr. Preston d’aquesta distinció atorgada pel Consell de Govern, no són sols les seues nombroses obres i el seu merescut reconeixement en la comunitat acadèmica sinó també la seua àmplia projecció entre el gran públic, que ha pogut gaudir de la lectura de la nostra història recent, una difusió de la història sense perdre mai el màxim rigor intel·lectual, que ens ha permès conèixer una part del nostre passat que durant molts anys ens havia estat silenciat i, també, manipulat.

El seu magisteri, en el sentit més elevat de la paraula «mestre», amb la capacitat per proporcionar entorns de treball, per «crear escola», i la seua capacitat per obrir espais de diàleg, de trobada i de debat són característiques de Paul Preston que, possiblement, estan estretament relacionades amb els seus orígens i amb la seua experiència en tots els nivells del sistema educatiu, com ha explicat en la seua lectio el nostre nou honoris.

En la història recent d’Espanya, la necessitat de canvi social ha estat lligada, profundament, a les necessitats de formatives en general i d’alfabetització, en particular. Els esforços de la Segona República, sobradament coneguts per totes i tots vostès, foren trencats per una guerra civil, pròleg d’una guerra mundial, que va acabar amb els drets i les llibertats d’un poble que, des de l’endarreriment de la seua economia i la manca de democràcia havia avançat fins situar-se en les primeres avantguardes internacionals pel que fa als drets civils.

Uns drets civils que havien estat reclamats des de les primeries del segle, també, en l’entorn acadèmic. La Federació Universitària Escolar, la FUE, fundada el primer terç del segle XX, organització activa en defensa dels drets dels estudiants contra la política universitària de la dictadura n’és un exemple que aquesta Universitat va reconèixer atorgant-li la seua Medalla.

La Guerra Civil no només va trencar anhels de llibertat i acabà amb una democràcia.

A més dels milers de morts va suposar un abocament a l’exili de milers de ciutadans i ciutadanes.

Exili i repressió interior com el rector Peset, però també una autèntica crisi humanitària la d’aquells que hagueren de fugir per les fronteres, deixant les seues trajectòries professionals, les persones estimades i els seus somnis, convertits en refugiats, i acabaren en una Europa pre-bèl·lica.

L’exili dels que fugiren per mar ha estat recordat recentment en una exposició en aquest edifici: «Stanbrook, 1939. L’exili republicà cap al nord d’Àfrica». D’altres fugiren cap Amèrica, particularment a Mèxic, convertit en terra d’acollida.

Hui dia, en veure la greu crisi humanitària d’emigració a què s’enfronta Europa, hem de pensar en el nostre passat recent, hem de tenir present eixa memòria, i també veure com contribuïren els exiliats al progrés de la ciència i al desenvolupament d’aquells països que els acolliren.

Als universitaris que lluitaren contra la dictadura la nostra Universitat dedicà també una exposició que contribuí a recuperar la seua memòria.

Perquè, i em permetran que empre les paraules del cantautor de Xàtiva, medalla de la nostra Universitat, al llarg del franquisme «a escola, ens furtaven la memòria, feien mentida del present».

Perquè, després de la mort física, hi ha una segona mort, la de la manipulació de la veritat i del passat. Però encara n’hi ha una tercera: l’oblit.

Hem d’evitar l’oblit, hem de recuperar una memòria de vegades perduda, d’altres soterrada sota capes de construccions de relats interessats al servei d’idees dominants.

El Dr. Preston ha contribuït a eixa justícia i a eixa memòria. Ho va fer en vida del dictador, quan ací encara es prohibien alguns llibres pel seu contingut.

La relació del professor Preston amb la Universitat de València és intensa, i ho és també mitjançant la col·laboració de la Fundació Cañada Blanch, un referent fonamental en la presencia de les cultures espanyola i valenciana en el Regne Unit.

El nostre honoris és Príncipe de Asturias, Professor of Contemporary Spanish History i director de la Cañada Blanch Centre for Contemporary Spanish Studies a la prestigiosa institució acadèmica London School of Economics and Political Science.

Als president, vicepresidents, Junta Directiva i patrons de la Fundació Cañada Blanch els agraïsc la seua intensa col·laboració que tan valuosa i incondicionalment sempre atorguen a la nostra antiga Universitat des de fa ja tants anys, i ara especialment la seua distingida presència en aquest acte.

Aquest reconeixement a la Fundació no estaria complet sense, al menys, un breu record a la figura del seu fundador, don Vicente Cañada Blanch.

La seua magnífica biografia recentment publicada ens permet aproximar-nos més encara a un emprenedor, un visionari, una persona que tenia clara la sendera de futur: la formació i la internacionalització. La seua generositat ha de ser un exemple de mecenatge, especialment en els temps actuals en què es produeix una acumulació de riquesa i una desigualtat sense precedents. Un esperó per a tenir nosaltres el mecenatge que existeix en altres cultures i que, juntament amb els recursos públics propis d’un model social europeu en què tots creiem, ens permeta assolir les més altes fites intel·lectuals.

Professor doctor Paul Preston, moltes gràcies per honorar-nos amb la seua presència i magisteri, i per incorporar-vos com a doctor honoris causa amb plenitud de drets i obligacions al Claustre de doctors i doctores de la nostra institució. Enhorabona.

Els agraïm la seua assistència a aquest acte i la seua amable atenció. Moltes gràcies.

BIOBIBLIOGRAFÍA DEL DOCTOR

PAUL PRESTON

NOTA BIOGRÁFICA

Nacido el 21 de julio de 1946 en la Liverpool obrera de la inmediata posguerra en el seno de una modesta familia, hubo de afrontar muy pronto la larga enfermedad y fallecimiento de su madre. No fue una infancia fácil e incluso, por las circunstancias familiares, tuvo que hacer grandes esfuerzos y sacrificios solo para asistir al colegio. Fue seguramente este cúmulo de circunstancias el que contribuyó a forjar un carácter en el que espíritu de sacrificio, capacidad de trabajo y un profundo sentido de la generosidad marcarían su futura trayectoria profesional.

Cursó sus estudios superiores en la Universidad de Oxford, aunque fue en la Universidad de Reading donde un máster sobre historia contemporánea de Europa le puso en contacto con Hugh Thomas y, con él, con la Guerra Civil española, de donde arrancaría una feliz pasión por la historia de la España y Europa de aquella época. De nuevo en la Universidad de Oxford, pudo desarrollar su tesis doctoral sobre los orígenes sociales de la guerra de España. La publicación de esta tesis y de otros trabajos coetáneos y establecerían las bases de su posterior labor investigadora así, como las de su creciente importancia en la historiografía española.

Fue profesor en la Universidad de Reading y, sucesivamente, en el Queen Mary College de la Universidad de Londres, de donde pasó a la London School of Economics como profesor de Historia Internacional. En esta misma universidad, es, desde 1994, Príncipe de Asturias Professor of Contemporary Spanish Studies, así como director del Cañada Blanch Centre for Contemporary Spanish Studies.

A lo largo de su trayectoria, más allá de las publicaciones que se reseñan a continuación, ha impartido conferencias plenarias y participado en congresos de numerosas universidades británicas, españolas, europeas y americanas. Ha dirigido seminarios en el Institute of Historical Research de la Universidad de Londres y sucesivamente en la Cátedra Cañada Blanch por los que ha pasado lo mejor de la historiografía española, así como numerosos profesores en periodo de formaciónúm. De su capacidad formativa da idea el hecho de que muchos de sus doctorandos se hayan ido consolidando sucesivamente como reconocidos especialistas en la historia contemporánea de España. Todo ello le acredita como continuador excepcional de la mejor tradición del hispanismo británico.

PREMIOS Y RECONOCIMIENTOS

1977 Medalla de Honor de la Universidad Autónoma de Madrid.

1982 Fellowship of the Royal Historical Society.

1986 Encomienda de la Orden de Mérito Civil.

1994 Franco: A Biography premiado como Yorkshire Post Book of the Year. Fellowship of the British Academy.

1996 Fellowship of the California Institute of International Studies.

1998 Las tres Españas del 36 (Barcelona, 1998) recibió el premio Así fue - la Historia rescatada.

2000 Distinción Honorífica por la Fundación Cañada Blanch, Valencia. Appointed Commander of the Order of the British Empire.

2005 Premi Internacional Ramon Llull de la Generalitat de Catalunya.

2006 Cátedra Marcel Proust de la Academia Europea de Yuste. Premi Trias Fargas por el libro sobre corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española.

2007 Caballero Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica.

2008 Miembro correspondiente del Institut d’Estudis Catalans.

2011 Premi d’Història de Catalunya Santiago Sobrequés i Vidal por L’holocaust espanyol.

2012 Premi Pompeu Fabra.

2016 Premi de Projecció Internacional de la Ciutat de Barcelona.

Doctor Honoris Causa:

2015 Universitat Rovira i Virgili de Tarragona.

University of Liverpool.

Universidad de Extremadura.

Universitat de València.

2016 Universitat Autònoma de Barcelona.

Libros

1976 Editor, Spain in Crisis: Evolution and Decline of the Franco Regime (Hassocks, Harvester Press). Traducido al castellano como España en crisis: evolución y decadencia del régimen franquista (Madrid-México, Fondo de Cultura Económica, 1978). Traducido al italiano como Le basi autoritarie della Spagna democrática (Turín, Rosenberg y Sellier, 1978).

Editor, Leviatán: antología (Madrid, Ediciones Turner).

1978 The Coming of the Spanish Civil War: Reform Reaction and Revolution in the Second Spanish Republic 1931-1936 (Londres, Macmillan). Traducido al castellano como La destrucción de la democracia en España: reforma reacción y revolución en la segunda República (Madrid, Ediciones Turner, 1978).

1984 (con Denis Smyth) Spain, the EEC and NATO (Londres, Royal Institute of International Affairs y Routledge Kegan and Paul). Traducido al castellano como España ante la CEE y la OTAN (Barcelona, Grijalbo, 1985).

Editor, Revolution and War in Spain 1931-1939 (Londres, Methuen, 1984). Traducido al castellano como Revolución y guerra en España 1931-1939 (Madrid, Alianza Editorial, 1986)

1986 Las derechas españolas en el siglo XX: autoritarismo, fascismo, golpismo (Madrid, Editorial Sistema).

The Triumph of Democracy in Spain (Londres y Nueva York: Methuen). Traducido al castellano como El triunfo de la democracia en España (Barcelona, Plaza y Janés, 1986). Traducido al alemán como Spanien: der Kampf um die Demokratie (Rheda-Wiedenbrück, Daedalus Verlag, 1987).

The Spanish Civil War 1936-1939 (Londres, Weidenfeld & Nicolson; Nueva York, Grove Press). Traducido al castellano como La guerra civil española 1936-1939 (Barcelona, Plaza y Janés, 1987). Traducido al italiano como La guerra civile spagnola 1936-1939 (Milán, Mondadori, 1999). Traducido al portugués como A guerra civil de Espanha (Lisboa, Edicões 70, 2005).

1987 Editor (con Helen Graham), The Popular Front in Europe (Londres, Macmillan).

1990 The Politics of Revenge: Fascism and the Military in 20th Century Spain (Londres, Unwin Hyman). Traducido al castellano como La política de la venganza: el fascismo y el militarismo en la España del siglo XX (Barcelona, Ediciones Península, 1997).

Editor (con Frances Lannon), Elites and Power in Twentieth-Century Spain: Essays in Honour of Sir Raymond Carr (Oxford, Clarendon Press).

1993 Franco: A Biography (Londres, Harper-Collins). Traducido al castellano como Franco «Caudillo de España» (Barcelona, Grijalbo-Mondadori, 1994). Traducido al italiano como Francisco Franco: La lunga vita del Caudillo (Milán, Mondadori, 1995). Traducido al ruso como Franco (Moscú, Tsentrpoligraf, 1999). Traducido al checo como Franco (Praga, BB Art, 2001).

1996 Editor (con Ann Mackenzie), The Republic Besieged: Civil War in Spain 1936-1939 (Edinburgo, Edinburgh University Press). Traducido al castellano como La Republica asediada. Hostilidad internacional y conflictos internos durante la guerra civil (Barcelona, Ediciones Península, 1999).

1998 Editor (con Ismael Saz), Dynamism and Conflict. Valencia 1808-1975 (Glasgow, University of Glasgow/Carfax Publishing, 1998). Traducido al castellano como De la revolución liberal a la democracia parlamentaria. Valencia (1808-1975) (Madrid, Biblioteca Nueva, 2001).

1999 ¡Comrades! Portraits from the Spanish Civil War (Londres, Harper Collins). Traducido al castellano como Las tres Españas del 36 (Barcelona, Plaza y Janés, 1998). Traducido al italiano como Le tre Spagne del ‘36 (Milán Casa Editrice Corbaccio, 2002).

Editor (con Sebastian Balfour), Spain and the Great Powers (Londres, Routledge). Traducido al castellano como España y las grandes potencias en el siglo XX (Barcelona, Editorial Crítica, 2002).

2002 Doves of War. Four Women of Spain (Londres, Harper Collins). Traducido al castellano como Palomas de guerra. Cinco mujeres marcadas por el enfrentamiento bélico (Barcelona, Plaza y Janés, 2001). Traducido al italiano como Colombe di guerra. Storie di donne nella guerra civile spagnola (Milán, Mondadori, 2006). Traducido al portugués como Pombas de Guerra. Quatro mulheres na Guerra Civil de Espanha (Oporto, Campo das Letras, 2007).

2003 (con Ángel Palomino) Francisco Franco (Barcelona, Ediciones B). Traducido al francés como Francisco Franco. Biographies croisées (París, Éditions Grancher, 2005).

2004 Juan Carlos. A People’s King (Londres, HarperCollins). Traducido al castellano como Juan Carlos. El Rey de un pueblo (Barcelona, Plaza y Janés, 2003). Publicado en Estados Unidos como Juan Carlos. Steering Spain from Dictatorship to Democracy (Nueva York, W. W. Norton, 2004). Traducido al holandés como Juan Carlos: Van dictatuur naar democratie in Spanje (Amsterdam, Uitgeverij Atlas, 2006). Traducido al portugués como Juan Carlos. Biografia (Lisboa, Quetzal Editores, 2004).

2005 Tres años que desafían el olvido: La Guerra Civil. Las fotos que hicieron historia (Madrid, La Esfera de los Libros/JdeJ Editores).

2006 Botxins i repressors. Els crims de Franco i dels franquistes (Barcelona, Editorial Base). The Spanish Civil War. Reaction, Revolution and Revenge (Londres, Harper Collins). Traducido al castellano como La guerra civil española (Barcelona, Debate, 2006). Traducido al catalán como La guerra civil espanyola (Barcelona, Editorial Base, 2006). Traducido al holandés como Een Kleine Geschiedenis van de Spaanse Burgeroorlog (Amsterdam, Uitgeverij Atlas, 2006). Traducido al italiano como La guerra civile spagnola 1936-1939 (Milán, Mondadori, 2007). Traducido al japonés como (Supein naisen–Hohi sareta kyohwakoku) (Tokio, Akashi Shoten, 2009).

2008 We Saw Spain Die. Foreign Correspondents in the Spanish Civil War (Londres, Constable). Traducido al catalán como Idealistes sota les bales. Històries de la guerra civil (Barcelona, Proa Editorial, 2007). Traducido al castellano como Idealistas bajo las balas. Corresponsales extranjeros en la guerra de España (Barcelona, Editorial Debate, 2007).

El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco (Barcelona, Ediciones B). Traducido al catalán como Franco. El gran manipulador (Barcelona, Editorial Base, 2008). Traducido al danés como Franco. Den store bedrager (Copenhague, Gyldendal/Thaning & Appel, 2012).

2012 The Spanish Holocaust. Inquisition and Extermination in Twentieth Century Spain (Londres, Harper Collins, Nueva York, W. W. Norton). Traducido al castellano como El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después (Barcelona, Editorial Debate, 2011). Traducido al catalán como L’holocaust espanyol. Odi i extermini durant la guerra civil i després (Barcelona, Editorial Base, 2011).

2012 The Destruction of Guernica (Londres, Harper Press). Traducido al castellano como La muerte de Guernica (Barcelona, Endebate, 2012).

2014 The Last Stalinist. Santiago Carrillo 1915-2012 (Londres, William Collins). Traducido al castellano como El zorro rojo. Una biografía de Santiago Carrillo (Barcelona, Editorial Debate, 2013). Traducido al catalán como El penediment no existeix. Una biografia de Santiago Carrillo (Barcelona, Editorial Base, 2013). Traducido al portugués como O último Estalinista. Santiago Carrillo (1915-2012) (Lisboa, Alêtheia Editores, 2015).

2016 The Last Days of the Spanish Republic (Londres, William Collins). Traducido al castellano como El final de la guerra. La última puñalada a la República (Barcelona, Editorial Debate, 2014). Traducido al catalán como La fi de la guerra. L’última punyalada a la República (Barcelona, Editorial Base, 2016).

Artículos

1972 «Alfonsist Monarchism and the Coming of the Spanish Civil War», Journal of Contemporary History, vol. 7, núm. 3/4.

«El accidentalismo de la CEDA: ¿Aceptación o sabotage de la República?», Revista Internacional de Sociología, núms. 3/4.

1973 «The “Moderate” Right and the Undermining of the Second Republic in Spain 1931-1933», European Studies Review, vol. 3, núm. 4.

1974 «The Assassination of Carrero Blanco and its Aftermath», Iberian Studies, vol. 3, núm. 1.

1975 «Spain’s October Revolution and the Rightist Grasp for Power», Journal of Contemporary History, vol. 10, núm. 4.

1976 «The Dilemma of Credibility: The Spanish Communist Party, the Franco Regime and After», Government and Opposition, vol. 11, núm. 1.

1977 «The Origins of the Socialist Schism in Spain 1917-1931», Journal of Contemporary History, vol. 12, núm. 1.

«Dominación de clase y modos de cooptación del campesinado en España: la Segunda República» (con Eduardo Sevilla Guzmán), Agricultura y Sociedad, núm. 3.

1979 «The Struggle Against Fascism in Spain: The Contradictions of the PSOE Left», European Studies Review, vol. 9, núm. 1.

«The Stability of Democratic Spain», Contemporary Review, vol. 234.

«La crisis política del régimen franquista», La Gaceta, núm. 99.

«The Spanish Constitutional Referendum of 6 December 1978», West European Politics, vol. 2, núm. 2.

1983 «Demócrata por encima de todo: Indalecio Prieto y la creación del Frente Popular», Revista del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, núm. 305.

1984 «Con o contra OTAN: una elección falsa», Ideas para la Democracia, núm. 1.

1985 «Los orígenes de la transición: dictadura, terrorismo y cambio social», Sistema, núms. 68-69.

1987 «Costruire barricate contro il fascismo: Azaña, Prieto e il Fronte Popolare in Spagna», Ricerche di Storia Politica, II.

1988 «The Decline and Resurgence of the Spanish Socialist Party During the Franco Regime», European History Quarterly, vol. 18, núm. 2.

«General Franco Reassessed: Inertia and Risk, World War and Cold War, 1939-1953», Journal of the Association for Contemporary Iberian Studies, vol. 1, núm. 1.

1989 «From Counter Revolution to Historical Accomodation: The Spanish Civil War and Historical Memory», Harvard University Center for European Studies Working Papers Series, núm. 13.

1990 «Persecuted and Persecutors: Modern Spanish Catholicism», European History Quarterly, vol. 20, núm. 2.

1991 «Franco et ses généraux (1939-1945)», Guerres Mondiales et Conflits Contemporains, núm. 162

«El discreto encanto del general Franco», Journal of the Association of Contemporary Iberian Studies, vol. 4, núm. 1.

«Recent Spanish Labour History», Bulletin of Hispanic Studies, vol. LXVIII.

1992 «Franco and Hitler: The Myth of Hendaye 194», Contemporary European History, vol. 1.

1994 «General Franco as Military Leader», The Transactions of the Royal Historical Society, 6th Series.

1996 «The Victor and the Vanquished: Franco and Azaña», International Journal of Iberian Studies, vol. 9, núm. 2, 1996.

«A Pacifist in War: The Tragedy of Julián Besteiro», Journal of Iberian and Latin-American Studies, vol. 2, núm. 2.

2004 «La venjança de Franco, el justicier», Papers del Museu d’Història de Catalunya, núm. 10.

«The Answer lies in the Sewers: Captain Aguilera and the Mentality of the Francoist Officer Corps», Science & Society, vol. 68, núm. 3 (otoño).

2006 «Two Doctors and one Cause: Len Crome and Reginald Saxton in the International Brigades», International Journal of Iberian Studies, vol. 19, núm. 1.

2007 «Censorship and Commitment: Foreign Correspondents in the Spanish Civil War», International Journal of Iberian Studies, vol. 20, núm. 3.

2015 «Great Statesman or Unscrupulous Opportunist? Anglo-Saxon Interpretations of Lluís Companys», Bulletin of Spanish Studies.

Capítulos de libro

1976 «The Anti-Francoist Opposition: The Long March To Unity», en Spain in Crisis: Evolution and Decline of the Franco Regime editado por Paul Preston (Hassocks, Harvester Press).

1980 «Manuel Azaña y la creación del Frente Popular 1933-1936», Manuel Azaña: Homenaje editado por Vicente Alberto Serrano y José María San Luciano (Madrid, Ediciones Edascal).

1981 «The historiography of the Spanish Civil War», en People’s History and Socialist Theory editado por Raphael Samuel (Londres, Routledge & Kegan Paul).

«The PCE’s Long Road to Democracy 1954-1977», en In Search of Eurocommunism, editado por Richard Kindersley (Londres, Macmillan).

«Spain», en European Fascism, editado por Stuart Woolf (Londres, Methuen).

1983 «La crisis del franquismo», en Historia 16, Historia de España, vol. 13 (Madrid).

«The PCE in the Struggle for Democracy in Spain», en National Communism in Western Europe, editado por Howard Machinúm (Londres, Methuen).

1984 «The Agrarian War in the South», en Revolution and War in Spain 1931-1939, editado por Paul Preston (Londres, Methuen).

1984 «Fear of Freedom: The Spanish Army after Franco», en Spain: Conditional Democracy, editado por Christopher Abel y Nisa Torrents (Londres, Croom Helm).

1985 «El PCE en la transición», en Historia de la Transición, 2 vols., editado por Justino Sinova (Madrid, Información y Prensa), vol. 1.

«Guerrilleros contra Franco», en Historia del Franquismo, editado por Justino Sinova, 2 vols. (Madrid, Información y Prensa), vol. 1.

«Franco and the Hand of Providence», en For Want of a Horse: Choice and Chance in History, editado por John M. Merrimanúm (Lexington, Massachusetts, Stephen Greene Press).

1987 «The Creation of the Popular Front in Spain», en The Popular Front in Europe editado por Helen Graham y Paul Preston (Londres, Macmillan).

«Los Frentes Populares y la lucha contra el fascismo», en Mineros, sindicalismo y política, editado por Germán Ojeda (Oviedo, Fundación José Barreiro).

1988 «The Legacy of the Spanish Civil War», en “¡No Pasarán!” Art, Literature and the Spanish Civil War, editado por Stephen M. Hart (Londres, Tamesis).

1990 «Populism and parasitism: the Falange and the Spanish establishment, 1939-1975», en Fascists and Conservatives: the radical right and the establishment in twentieth century Europe, editado por Martin Blinkhorn (Londres, Unwin Hyman).

«Spain», en Government and economies in the postwar world: Economic policies and comparative performance, 1945-85, editado por Andrew Graham y Anthony Seldon (Londres, Routledge).

«Decay, Division and the Defence of Dictatorship: The Military and Politics, 1939-1975», en Elites and Power in Twentieth-Century Spain: Essays in Honour of Sir Raymond Carr, editado por Frances Lannon y Paul Preston (Oxford, Clarendon).

1992 «Materialism and Serie Negra», en Thrillers in the Transition: «Novela negra» and Political Change in Spain, editado por Rob Rix (Leeds, Trinity & All Saints College).

1993 «El “Contubernio” en la historia de la oposición al franquismo», en Cuando la transición se hizo posible. El «Contubernio» de Múnich, editado por Joaquín Satrústegui et al. (Madrid, Editorial Tecnos).

1995 «The Urban and Rural Guerrilla of the 1940s», en Spanish Cultural Studies. An Introduction: The Struggle for Modernity, editado por Helen Graham y Jo Labanyi (Oxford, Oxford University Press).

1996 «The Great Civil War: European Politics, 1914-1945», en The Oxford Illustrated History of Modern Europe editado por Tim Blanning (Oxford, Oxford University Press).

«El largo adiós: 1969-1975», en Memoria de la transición, editado por Santos Juliá, Javier Pradera y Joaquín Prieto (Madrid, Taurus).

«Mussolini’s Spanish Adventure: from Limited Risk to War», en The Republic Besieged: Civil War in Spain 1936-1939, editado por Paul Preston y Ann Mackenzie (Edinburgo, Edinburgh University Press).

«El Ejército», en Historia de España Menéndez Pidal. Tomo XLI. La Época de Franco (1939-1975). Volumen I. Política, Ejército, Iglesia, economía y administración, editado por Raymond Carr (Madrid, Espasa Calpe).

1997 «The Myths of José Antonio Primo de Rivera», en Conflict and Coexistence. Nationalism and Democracy in Modern Europe, editado por Robert Stradling, Scott Newton y David Bates (Cardiff, University of Wales Press).

1999 «De Franco al Rey», en Conferencias do Foro Universitario: V Centenario da Universidade de Santiago de Compostela, editado por Marcelino Agís Villaverde (Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela).

«La guerra civil: defensa antifascista de la República», en La guerra civil ¿dos o tres Españas?, editado por Javier Ruiz Portella (Barcelona, Ediciones Áltera).

«Italy and Spain in Civil War and World War, 1936-1943», en Spain and the Great Powers, editado por Sebastian Balfour y Paul Preston (Londres, Routledge).

«La historiografá de la guerra civil española: de Franco a la democracia», en Tuñón de Lara y la historiografía española, editado por José Luis de la Granja, Alberto Reig Tapia y Ricardo Miralles (Madrid, Siglo XXI).

«Franco’s Foreign Policy 1939-1953», en Spain in an International Context, 1936-1959, editado por Christian Leitz y David J. Dunthorn (Nueva York, Berghahn Books).

2001 «Herbert R. Southworth: luchador por la verdad», en José Luis de la Granja et al., Herbert R. Southworth: Bizitza eta Lana Vida y obra (Gernika-Lumo, Ayuntamiento de Guernica).

«El papel de Mussolini en la guerra civil europea», en Guerras civiles en el siglo XX, editado por Julián Casanova (Madrid, Editorial Pablo Iglesias).

2003 «El contexto europeo y las brigadas internacionales», en Las Brigadas Internacionales. El contexto internacional, los medios de propaganda, literatura y memorias, editado por Manuel Requena Gallego y Rosa María Sepúlveda Losa (Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha).

2004 «Las víctimas del franquismo y los historiadores», en La memoria de los olvidados. Un debate sobre el silencio de la represión franquista, coordinado por Emilio Silva, Asunción Esteban y Pancho Salvador (Valladolid, Ámbito Ediciones).

«Fascismo y militarismo en el régimen franquista», en Fascismo y franquismo cara a cara. Una perspectiva histórica, editado por Javier Tusell, Emilio Gentile y Giuliana Di Febo (Madrid, Biblioteca Nueva).

«Les raons del desenllaç de la guerra», en La guerra civil a Catalunya. 3 Catalunya, centre neuràlgic de la guerra, editado por Josep Maria Solé i Sabaté (Barcelona, Edicions 62).

«Espanya i la segona guerra mundial», en El franquisme a Catalunya (1939-1977) 1. La dictadura totalitària, editado por Josep Maria Solé i Sabaté (Barcelona, Edicions 62).

2005 «Filiberto Villalobos y la tercera España», en Sueños de concordia. Filiberto Villalobos y su tiempo histórico 1900-1955, coordinado por Ricardo Robledo (Salamanca, Caja Duero).

«The monarchy of Juan Carlos: from dictator’s dreams to democratic realities», en The Politics of Contemporary Spain, editado por Sebastian Balfour (Londres, Routledge).

«Una contribució catalana al mite del contuberni judeo-maçonic-bolxevic», en Aproximació anglosaxona a la historiografia catalana del segle XX, coordinado por Casilda Güell y Jaume Sobrequés i Callicó (Barcelona, Publicacions de la Residència d’Investigadors).

2006 «Entre la ficción y la biografía», en Literatura e Historia, editado por Josefa Parra Ramos (Jérez de la Frontera, Fundación Caballero Bonald).

«La Reina Sofía. La consorte que vino de Grecia», en Historia de las mujeres en España y América Latina. IV Del siglo XX a los umbrales del XXI, editado por Isabel Morant, Guadalupe Gómez-Ferrer et al. (Madrid, Ediciones Cátedra).

«El traidor. Franco y la segunda República, de general mimado a golpista», en Memoria de la segunda República. Mito y realidad, editado por Ángeles Egido León (Madrid, Biblioteca Nueva).

«Amenazados, ametrallados e inspirados. Los corresponsales extranjeros en la guerra civil española», en Corresponsales en la guerra de España, editado por Carlos García Santa Cecilia (Madrid, Fundación Pablo Iglesias/Instituto Cervantes).

«Razones para la resistencia: la represión franquista en zona nacional», en Juan Negrín. Médico y Jefe de Gobierno 1892-1956, editado por Ricardo Miralles (Madrid, Ministerio de Cultura/Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales).

2006 «1934-1940. Les interpretacions anglosaxones de Lluís Companys», en Lluís Companys. President de Catalunya. Biografía humana i política, editado por Josep Maria Solé i Sabaté (Barcelona, Generalitat de Catalunya/Enciclopedia Catalana).

2007 «No Simple Purveyor of News. George Steer and Guernica», en Picasso-Gernika. 70 aniversario (Gernika-Lumo, Ayuntamiento de Gernika-Lumo).

2010 «“No Soldier”: The Courage and Comradeship of Dr Len Crome», en Looking Back at the Spanish Civil War: The International Brigade Memorial Trust’s Len Crome Memorial Lectures, 2002-2010, editado por Jim Jump (Londres, Lawrence & Wishart).

«The Crimes of Franco», en Looking Back at the Spanish Civil War: The International Brigade Memorial Trust’s Len Crome Memorial Lectures, 2002-2010, editado por Jim Jump (Londres, Lawrence & Wishart).

«Theorists of Extermination», en Unearthing Franco’s Legacy: Mass Graves and the Recuperation of Historical Memory in Spain, editado por Samuel Amago y Carlos Jérez Ferrán (Notre Dame, University of Notre Dame Press).

«Franco, a vingança do Justiceiro», en O Fim das Ditaduras ibéricas (1974-1978), coordinado por Encarnación Lemus, Fernando Rosas y Raquel Varela (Lisboa. Edições Pluma).

2012 «Juan Tusquets: A Catalan Contribution to the Myth of the Jewish-Bolshevik-Masonic», en Right-Wing Spain in the Civil War Era. Soldiers of God and Apostles of the Fatherland, editado por Alejandro Quiroga y Miguel Ángel del Arco (Londres, Continuum).

«Esperanzas e ilusiones en un nuevo régimen: la República reformista», en En el combate por la historia. La República, la guerra civil, el Franquismo, editado por Ángel Viñas (Barcelona, Pasado y Presente).

«Bajo el signo de las derechas: las reformas paralizadas», en En el combate por la historia. La República, la guerra civil, el Franquismo, editado por Ángel Viñas (Barcelona, Pasado y Presente).

«Manuel Azaña», en En el combate por la historia. La República, la guerra civil, el Franquismo, editado por Ángel Viñas (Barcelona, Pasado y Presente).

«Francisco Franco», en En el combate por la historia. La República, la guerra civil, el Franquismo editado por Ángel Viñas (Barcelona, Pasado y Presente).

«Ramón Serrano Suñer», en En el combate por la historia. La República, la guerra civil, el Franquismo, editado por Ángel Viñas (Barcelona, Pasado y Presente).

2014 «The Psycopathology of an Assassin: General Gonzalo Queipo de Llano», en Mass Killings and Violence in Spain, 1936-1952, editado por Peter Anderson y Miguel Ángel del Arco Blanco (Londres y Nueva York, Routledge).

NOTA. No se incluyen en esta relación prólogos, prefacios, entradas de diccionarios y enciclopedias ni colaboraciones en revistas culturales, periódicos o televisivas.

ESCRITOS

SELECCIONADOS

1. EL ASALTO MONÁRQUICO CONTRA LA SEGUNDA REPÚBLICA*

Durante la Segunda República en España, se registraba un proceso de radicalización obrera, para hacer frente al cual las clases conservadoras se encontraban mal preparadas. No era nueva esta radicalización; sí lo era, en cambio, la falta de una adecuada postura conservadora de respuesta. Cuando el normal funcionamiento de las instituciones se había mostrado incapaz de dar cauce al descontento social en 1917, hizo falta la intervención del Ejército. Así, el sistema en crisis solamente pudo encontrar solución temporal mediante la Dictadura de Primo de Rivera, que aplicó siete años de anestesia a la situación. Cuando cayó Primo, las fuerzas conservadoras no tuvieron más remedio que volver a los agotados partidos «históricos». Pero ahora, privados de los mecanismos del caciquismo y resentidos por el tratamiento recibido del Dictador, los políticos tradicionales carecían tanto del vigor como de la voluntad para desempeñar sus antiguos papeles.1

Dentro de la confusión de las fuerzas monárquicas, aparecieron unos grupos pequeños, de mínima importancia política considerados en sí mismos pero precursores de un nuevo monarquismo agresivo, más alerta ante la amenaza proletaria de lo que los viejos partidos habían estado. Formando al principio simplemente una vanguardia intelectual, estos grupos contestaban e incluso se anticipaban a la militancia obrera, con un cuerpo de doctrina autoritaria, antimarxista y antidemocrática. En la polarización posterior de la política republicana, proporcionaban a la extrema derecha una racionalización para la resistencia a la agitación proletaria. De este modo, proporcionaban simultáneamente una previa justificación al alzamiento militar de 1936, y gran cantidad de su fundamento ideológico al Estado nacionalsindicalista que surgió de aquél.2

Así pues, ya en 1930, estos grupos estaban llevando a cabo una acción de retaguardia, en balde, contra la futura República. En Burgos, un excéntrico neurólogo, el doctor Albiñana, formó el Partido Nacional Español para suministrar fuerzas de choque contra la revolución. En Madrid, un joven intelectual, Eugenio Vegas Latapié, fundó la Juventud Monárquica. A escala nacional, los exministros del Dictador organizaron la Unión Monárquica Nacional, cuyo manifiesto declaraba adhesión a la obra de Primo de Rivera, devoción a su memoria, y sumisión a su doctrina. La UMN llevó a cabo una amplia campaña de propaganda en provincias, abogando por una monarquía autoritaria que continuara la obra de la Dictadura. Su máximo exponente fue Ramiro de Maeztu, embajador en Argentina en tiempos de Primo.

Durante los dos o tres años siguientes, Vegas y Maeztu fueron los teóricos de la reformulación del pensamiento monárquico. Vegas, empapado de los escritos españoles decimonónicos más reaccionarios e impresionado profundamente por Action Française, deseaba a finales de los años veinte fundar una revista que diera fundamento intelectual al monarquismo español. Simultáneamente, pero por su cuenta, el marqués Quintanar, presidente del consejo de redacción de La Nación, órgano oficial del Dictador, proponía a Primo la idea de crear tal revista. Su deseo por resucitar el monarquismo provenía de la admiración que sentía hacia los intelectuales portugueses del integralismo lusitano. En 1930, de regreso de un viaje a Portugal, obtuvo de Primo una promesa de ayuda. Antes de que ésta se pudiera realizar, el régimen cayó.3

La caída de la Dictadura convenció a Vegas, a Maeztu y a Quintanar de la necesidad de crear un movimiento intelectual autoritario para combatir el auge del liberalismo y del republicanismo. Vegas pregonaba su idea entre los intelectuales tradicionalistas, como Víctor Pradera y el teólogo seglar Marcial Solana, pero no tuvo éxito hasta octubre de 1930, mes en que fue presentado a Maeztu, quien le puso en contacto con Quintanar. Aunque estaban de acuerdo en la necesidad de publicar una revista –que se llamaría Contrarrevolución– no podían ponerla en marcha por falta de fondos. Era entonces cuando sus objetivos de galvanizar el monarquismo coincidían con los de los dirigentes de la UMN. Los exministros se reunieron en Madrid el 14 de abril de 1931. Mientras el rey se dirigía al exilio, y antes de que ellos mismos tuvieran que escapar a la justicia de la República por su colaboración con el Dictador, Calvo Sotelo, exministro de Hacienda, Yanguas y Messía, exministro de Estado, y otras figuras de la Dictadura, se reunieron en casa del conde de Guadalhorce, exministro de Obras Públicas. Estos, junto con Quintanar, Vegas y Maeztu, llevaron a cabo un análisis de la reciente caída de la monarquía. Por sugerencia de Vegas, para quien la democracia equivalía al bolchevismo, se decidió fundar «una escuela de pensamiento contrarrevolucionario a la moderna». Poco después llegó a manos de Quintanar el dinero que lo haría posible. La hostilidad de algunos aristócratas alfonsinos hacía la República se manifestó en forma de ayuda monetaria para actividades subversivas. Una suma de 100.000 pesetas fue entregada por los marqueses de Pelayo al alfonsino general Orgaz. Al ser desbaratada su embrionaria conspiración, Orgaz permitió a Quintanar utilizar el dinero para fundar una sociedad cultural contrarrevolucionaria y una revista teórica.4

Su aparición estaba prevista para finales de año. Mientras tanto, los monárquicos alfonsinos se vieron obligados a participar en la política legal a causa de la fundación de Acción Nacional, organización electoral, cuyo fin era proteger la religión y la propiedad privada contra la reforma dentro de la legalidad republicana.5 La creación de Ángel Herrera, director del diario católico El Debate, Acción Nacional era tácitamente no monárquica. La reacción monárquica a su aparición fue tomarlo como una afrenta. Esta reacción se dio especialmente en cuanto a las ideas expuestas en El Debate acerca de la irrelevancia de determinadas formas de gobierno y de su «accidentalidad». Los alfonsinos fueron prematuramente obligados a revelar su inflexible actitud de hostilidad hacia la República por la necesidad de expresar su discrepancia con el accidentalismo:

La República es la revolución […] El concepto de accidentalidad de formas de gobierno, si en doctrina es inmoral, en la práctica es un absurdo […] La monarquía define mejor que nada lo contrario del revolucionarismo y bajo ella debemos agruparnos todos.

En la práctica la respuesta monárquica a Acción Nacional fue la creación de una organización rival, el Círculo Monárquico Nacional.6 Su reunión inaugural en Madrid provocó una algarada; se quemaron coches y una gran multitud atacó las oficinas de ABC. Las autoridades suspendieron ABC por provocación y no se volvió a oír hablar del círculo. La animosidad monárquica hacia la República se endureció, pero a la vez cambió su actitud frente a Acción Nacional. Sus tácticas siguieron siendo impugnadas sobre bases doctrinales, pero los alfonsinos, conscientes de las posibilidades de Acción Nacional de recibir un amplio apoyo de los católicos y grandes propietarios, y temiendo quedarse atrás, se unieron a ella. Así pues, entre los candidatos de la organización católica para las elecciones de junio había monárquicos convencidos que nunca podrían ser indiferentes a las formas de gobierno: Antonio Goicoechea, expresidente de la Juventud Maurista, exministro de la Gobernación; el conde de Vallellano, monárquico autoritario de la UMN, alcalde de Madrid en tiempos de Primo, cuya hostilidad al régimen quedó demostrada por su colaboración, junto a Quintanar, los generales Orgaz y Ponte y otros alfonsinos, en la conspiración destinada a hacerlo caer;7 José María Pemán, poeta y mascota intelectual del Dictador, y Pedro Sáinz Rodríguez, joven y brillante historiador monárquico. El dilema alfonsino era el siguiente: las ideas de Ángel Herrera eran anatema, pero su organización representaba la única posibilidad de llegar al poder, para aquellos que no eran más que un simple grupo de individuos aislados sin ningún apoyo popular.

El éxito electoral alfonsino fue limitado. Calvo Sotelo, elegido por Orense, se negó a volver si no se le daban garantías de inmunidad. Sáinz Rodríguez fue elegido representante de la Agrupación Regional de Derechas de Santander. A pesar de su debilidad numérica, los monárquicos se las arreglaron para seguir manteniendo viva su inquina hacia la República, y para conseguir una desproporcionada influencia dentro de Acción Nacional. Guadalhorce rechazó rotundamente la llamada que Herrera hizo a los exministros para que aceptaran la República.8 Goicoechea, presidente provisional de la organización, compartió su poder ejecutivo con Vallellano y el alfonsino Tornos Laffite.9

No tardaron en surgir tensiones. La aprobación en octubre de las cláusulas laicas de la Constitución, puso al descubierto el implacable odio monárquico hacia la República. Cuando comenzó la campaña de Acción Nacional para la revisión constitucional, los monárquicos de ambas ramas dinásticas se esforzaron poco en restringir la violencia de su lenguaje. Los tradicionalistas, al poseer una organización propia podían, naturalmente, tomar o dejar Acción Española.10

Los alfonsinos, a pesar de su aislamiento, seguían allí manteniendo la esperanza de poder imponer una determinada orientación monárquica. La razón por la que se llegó a un compromiso fue la preocupación de Gil Robles por evitar una ruptura prematura dentro de su naciente organización ya que la mayoría de sus miembros eran monárquicos. El programa del movimiento, presentado en septiembre, ocultaba divisiones potenciales. Fue redactado por Goicoechea y era «circunstancial, mínimo y defensivo» y sorteaba prudentemente la cuestión de las formas de gobierno. Su ambigüedad convenía a los alfonsinos, puesto que no les impedía continuar su ofensiva antirrepublicana.11

A la larga, todo ello no hizo sino intensificar las divisiones existentes dentro de Acción Nacional. Esto era inevitable, ya que la actitud alfonsina frente al movimiento era ambigua en extremo. Como reacción ante la quema de conventos en mayo de 1931, recaudaron un millón y medio de pesetas con los siguientes fines: crear un organismo que difundiera la idea de la legitimidad de un alzamiento contra la República; inyectar el espíritu de rebelión al ejército; y fundar un partido aparentemente legal, que sirviera de fachada a sus reuniones, recogida de fondos y enredos conspiratorios.12 Estas intenciones eran obviamente contrarias a los principios básicos de Acción Nacional. Su primer propósito había sido ya realizado por Quintanar y Vegas: habían creado una revista que apareció el 15 de diciembre de 1931 con el título de Acción Española y, el 5 de febrero de 1932, inauguraron una sociedad cultural bajo el mismo nombre. Su segunda aspiración quedó de momento aplazada. La tercera fue pospuesta hasta que se comprobara si era posible hacerse con Acción Nacional.

Así pues, mientras Goicoechea y Vallellano tomaban parte en las actividades legales de los accidentalistas, Vegas, Quintanar y Fuentes Pila –otro exmaurista, director de Minas bajo el gobierno de Primo– cooperaban con Orgaz y Ponte en la conspiración. El grupo de Acción Española no intentó disimular su desacuerdo con los accidentalistas. Quintanar declaró abiertamente que «para Acción Española no son indiferentes los sistemas políticos; Acción Española es antiparlamentaria y antidemocrática».13 Las tácticas de El Debate para avenirse con la República fueron atacadas por Vegas en una serie de artículos sobre el ralliement de los católicos franceses bajo la tercera República. Con el título «La historia de un fracaso», proponía la futilidad del accidentalismo bajo un gobierno injusto y defendía el derecho de alzarse contra un poder ilegítimo.14

Mientras Acción Nacional –cuyo nombre fue cambiado por el de Acción Popular en abril de 1931– seguía manteniendo una deliberada ambigüedad en su actitud frente a la República, los alfonsinos iban acercándose cada vez más a una postura de declarada subversión. En abril anunciaron la creación del premio Vega de Anzó para la mejor obra que tratase de la forma de instaurar un Estado antidemocrático en España.15 Goicoechea adoptó también esta postura en un discurso pronunciado ante el Centro Tradicionalista:

Sean nuestros tres principios de propaganda los siguientes: frente al pacifismo, espíritu combativo; frente a la democracia, jerarquías; frente al liberalismo, Estado fuerte.16

Ahora era ya inevitable el cisma con los accidentalistas.

El estridente tono del grupo ponía de manifiesto un cierto acercamiento a los tradicionalistas. Al intentar explicar la caída de la monarquía, los alfonsinos echaron la culpa a sus rasgos de monarquía liberal –virtualmente el punto de vista tradicionalista.17

Los ataques que llevaron a cabo los intelectuales tradicionalistas contra el liberalismo desde las páginas de Acción Española, tuvieron amplia resonancia. Víctor Pradera, en su serie de artículos titulada «Los falsos dogmas» intentó oponerse a «la revolución y al estúpido siglo XVIII». Sin embargo, Acción Española se mostró totalmente ecléctica en su elaboración de una nueva teoría de la contrarrevolución. Sus miembros fueron atraídos al tradicionalismo como la fuente del pensamiento reaccionario indígena, pero estaban dispuestos a tomar prestadas sus ideas también de Action Française y del integralismo lusitano. Así pues, basándose en estas tres fuentes emprendieron un ataque contra el sufragio universal y la democracia parlamentaria.18 Quintanar anunció que estaba dispuesto a utilizar ideas de cualquier punto del horizonte político de derechas, considerando a Acción Española como «crisol» en el que se iba a fusionar una doctrina, que fuera algo más que la vuelta a la tradición. La fusión entre el tradicionalismo y las modernas teorías del monarquismo dinámico fue bautizada por Quintanar con el nombre de «nacional-tradicionalismo». La moderna monarquía nacional-tradicionalista tomó en gran medida su contenido práctico del régimen de Primo de Rivera.19

La colaboración intelectual entre alfonsinos y tradicionalistas no implicaba unión alguna entre sí. Compartían una encarnizada hostilidad hacia la República, y la determinación de acabar con ella, pero al seguir en pie el problema dinástico, se hacía imposible una verdadera unión.20 A lo largo de los dos primeros años de la República, se unieron en su adversidad, siendo claramente los carlistas los socios mayoritarios. Los alfonsinos, deseando aprovecharse del apoyo popular carlista, hacían continuas referencias a la unión, queriendo dar a entender que ésta era un hecho consumado. Las limitaciones de dicha cooperación se hicieron manifiestas en agosto, al fracasar el golpe llamado «La Sanjurjada», en el que los carlistas tuvieron escasa participación, puesto que se dedicaban independientemente a sus propias maquinaciones subversivas. Los alfonsinos, en cambio, participaron con gran entusiasmo. Desde la quema de conventos habían estado esperando el momento más propicio para alzarse. Un grupo de generales monárquicos exilados en Francia reanudaron en 1932 los indecisos preparativos del año anterior. Se recaudó el dinero, y Juan Ansaldo, el más ardiente conspirador de Acción Española, llevó al general Ponte a Roma para pedir armas al mariscal Balbo. Estas maquinaciones coincidían con los intentos de otros grupos de persuadir al general Sanjurjo para que se sublevara para salvar a España de la anarquía y del separatismo. Sanjurjo, viejo camarada y colaborador de Primo, efectuó el 10 de agosto un levantamiento extremadamente confuso; su fracaso fue inmediato.21

Las consecuencias del alzamiento fueron cruciales para el desarrollo del monarquismo insurrecciona! Los alfonsinos y los carlistas fueron arrestados en masa y prácticamente se cerró toda la prensa de derechas. Los militantes alfonsinos decidieron no volver a cometer el mismo error. A finales de septiembre volvió a crearse un «comité conspiratorio». Vegas, Jorge Vigón, capitán de Estado Mayor y colaborador de la revista, y también el marqués de Eliseda empezaron a planear, en casa de Ansaldo, en Biarritz, la reorganización de los dispersos componentes que habían participado en el golpe, con el fin de intentar un futuro alzamiento nacional. Empezaron a recaudar fondos, y en pocos días alcanzaron la cantidad de tres millones de francos, que fueron confiados al conde de los Andes para comprar armas en el extranjero y al marqués de Arriluce para operaciones dentro de España. Esto ocurría «con el conocimiento y aprobación de los decanos políticos monárquicos». Saínz Rodríguez, de los Andes y Vigón hablaron de sus planes en París con Goicoechea y Calvo Sotelo. Alfonso XIII concedió su aprobación, aunque no de muy buen grado.22

Este más enérgico compromiso de rebelión provocó finalmente la escisión de Acción Popular. Los legalistas habían obstruido en las Cortes todas las tentativas de reforma agraria y ahora veían como la Sanjurjada estimuló un entusiasmo republicano que facilitó el éxito de la reforma. Gil Robles convocó una asamblea para evitar que en el futuro los catastrofistas alfonsinos no pudieran estropear la táctica legalista de socavar la República desde dentro. Se dejó de ambigüedades y Acción Popular adoptó, cuando menos públicamente, una actitud legalista. Los alfonsinos seguían siendo miembros, pero cuando los accidentalistas se dispusieron a fundar un partido político para buscar el poder por medios legales, se vieron forzados a tomar sus propias medidas.

Dada esta situación, Goicoechea propuso crear un partido político alfonsino que sería el eje de una federación de derechas. Esto les permitiría esquivar las decisiones de la asamblea de octubre y seguir aprovechándose del apoyo de masas de Acción Popular y de los tradicionalistas. Basándose más bien en deseos que en realidades, presupuso así que Gil Robles, habiéndose tomado la molestia de desembarazarse de los catastrofistas, estaría dispuesto a asociarse con ellos de nuevo en las mismas condiciones de antes. Mientras los monárquicos seguían dedicándose a la subversión, esto era más bien improbable. Cuando tras su suspensión volvió a aparecer Acción Española, pudo comprobarse, a través de la solidaridad expresada hacia los hombres del 10 de agosto y el homenaje rendido a la caballerosidad, patriotismo y valentía de Sanjurjo, que su actitud no había cambiado.23

La idea de realizar una unión se hizo pública en una serie de reuniones tradicionalistas que comenzaron en diciembre. Enseguida se vio claramente que la unión se efectuaría sólo en términos favorables a los carlistas. Goicoechea pronunció el segundo discurso de la serie, en el que trazó una difícil línea divisoria entre las alabanzas al tradicionalismo y el deseo de mantener la autonomía Alfonsina.24 A pesar de ello, la prensa carlista supuso que sus seguidores iban a pasarse a las filas de la comunión tradicionalista.25 Como Goicoechea se había dado cuenta de la imposibilidad de llegar a formar una alianza con Gil Robles y con los tradicionalistas, se dispuso a crear su propio partido.

Su formación había sido prevista, naturalmente, en 1931, cuando se planeó la creación de un frente legal para actividades antirrepublicanas en caso de que Acción Nacional no fuera eficaz para tales fines. En opinión del secretario de Goicoechea la nueva organización debería ser aparentemente legal.26 Dicho de otro modo, representaría, en la práctica, las ideas de Acción Española. En principio, el partido se concibió, según dijo el máximo conspirador de la organización, como «camuflaje para la preparación del complot militar».27 Cuando en enero de 1933 se anunció que Goicoechea se retiraba de Acción Popular, unos cuantos monárquicos escribieron al ABC para manifestarle su apoyo. Su respuesta fue el manifiesto del nuevo partido, que sería conocido como Renovación Española. La imprecisa amalgama de tradicionalismo, maurismo y monarquismo constitucional del escrito de Goicoechea, indicó que él era igualmente confuso en su aspecto doctrinal como en su aspecto táctico. El pequeño partido de Goicoechea entró en acción en febrero de 1933, dudando entre ser una mera fachada para conspirar, o participar legalmente en la política a pesar de carecer de apoyo popular.28

Al principio no se hizo gran cosa por aclarar la confusión. A finales de enero, un discurso pronunciado en Bilbao por Goicoechea puso de manifiesto que seguía aún buscando el apoyo de otros grupos. Pensando en los monárquicos moderados de Acción Popular, daba la impresión que su partido era maurista, declarándolo «constitucionalista y legalista» –lo que era absolutamente falso. Se refirió también a los carlistas que creían en su legalismo: «Del Tradicionalismo diré que en el pasado nos separó mucho, en la actualidad no nos separa casi nada y en el porvenir nada nos separará». ABC, siguiendo la línea de Goicoechea, hizo un llamamiento para que se creara una federación de derechas, sin hacer una comparación de los respectivos programas ni minucioso escrutinio de quién tendría más votos o influencia en la unión –un débil intento de evitar la absorción de los alfonsinos por los carlistas y de ocultar la falta absoluta de apoyo popular del alfonsismo.29

Goicoechea elaboró, el 1 de marzo, la posición ideológica de su nuevo partido. Metido entre los ya frecuentes halagos a sus rivales, se encontraba el primer indicio de la auténtica voz de Renovación Española. Proponiendo la profunda renovación del concepto del Estado, y hablando con admiración de Italia, predicó la eliminación de la lucha de clases mediante «el fascismo, la disciplina de todas las clases por el Estado».30 Puede que el haberse adherido más decididamente a esta noción hubiera resultado más provechoso, ya que los caóticos intentos de unirse a otros grupos habían dado escasos resultados. Pero Goicoechea, si bien estaba entregado a la idea de la conspiración, nunca fue capaz de desembarazarse totalmente de su pasado maurista y de la idea de que los partidos servían para hacer política. Entonces, Renovación empezó su vida un poco confusamente. En vez de desarrollar una postura propia, la actividad pública alfonsina tomó en 1933 la forma de una encarnizada polémica contra Acción Popular, transformada ya en la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Fue vano el intento de conseguir que Alfonso XIII declarara que el ser miembro de la CEDA era incompatible con los ideales monárquicos.31 También los esfuerzos para crear una unión monárquica con los carlistas fueron rechazados. La amistad nunca fue más allá de una cooperación práctica para determinados fines, tales como la creación de un centro electoral conjunto, TYRE.32

Si bien las actividades políticas alfonsinas enfrentaban múltiples dificultades, la tarea más agradable de preparar la insurrección se desarrollaba de forma más fluida. En 1933, la conspiración era la máxima preocupación, siendo los locales de Acción Española el centro de enlace. El comité conspiratorio se ocupaba de los planes para el alzamiento y de la búsqueda de apoyo. El objetivo primordial era infiltrarse en el cuerpo de oficiales, asunto que incumbía a Valentín Galarza, coronel del Estado Mayor. Martín Báguenas, comisario en la Dirección General de Seguridad, les entregó una valiosa información acerca de la policía. Sanjurjo era el jefe nominal del proyectado levantamiento. Calvo Sotelo estableció en Roma contactos con el mariscal Balbo y Mussolini.33 La creciente determinación de derrocar a la República por la violencia se hizo progresivamente más explícita a lo largo del verano de 1933. En julio, Pablo León Murciego escribió sobre la obligación de resistir a la tiranía, arguyendo que si el poder público no estaba de acuerdo con las leyes naturales y divinas (y a los ojos de los monárquicos la República evidentemente no lo estaba), la resistencia no era ni sedición ni rebelión, sino un deber. Quince días después, en el primero de los artículos de una larga serie firmada por el teólogo tradicionalista Marcial Solana, volvió a mantenerse dicho punto de vista de forma más categórica, basando su defensa de la resistencia en textos de santo Tomás de Aquino y de los exégetas del Siglo de Oro. Solana subrayó abiertamente la relevancia contemporánea de sus ideas: el tirano era cualquier gobierno opresor o injusto. Si el máximo poder era detentado por Dios, una constitución anticlerical hacía de la República un poder claramente tiránico.34

Simultáneamente, tanto en Acción Española como en Renovación Española, los alfonsinos venían desarrollando un concepto de la monarquía moderna que reemplazase a la República. Así pues, abogaban por un Estado que, habiendo evolucionado desde los modelos tradicionalistas, había llegado a transformarse en un autoritarismo mucho más contemporáneo. Este concepto fue desarrollado durante la primavera y el verano de 1933 por Eduardo Aunós.35 Siempre fue evidente que la agresividad del monarquismo de Acción Española respondía en parte a la creciente agitación de la clase trabajadora. Antes que Falange lo hiciera, ya Acción Española se había dedicado a fomentar la inseguridad de la clase media, reclamando una disciplina corporativa de las fuerzas económicas en nombre de la nación, como suprema garantía contra la rebelión proletaria.

La formulación más precisa de este pensamiento se debe a Aunós. Su nuevo Estado debía ser jerárquico y omniabarcante en su total movilización de las masas. En los números de Acción Española del verano, también aparecieron artículos del teórico fascista italiano Carlo Costamagna, y una traducción de La dottrina del fascismo, de Mussolini.36

La creciente simpatía hacia el fascismo extranjero no se limitó sólo a la teoría, sino que estaba estrechamente vinculada a la tendencia autoritaria extendida por toda Europa. La reacción de Acción Española ante la subida de Hitler al poder fue extraordinariamente favorable. Jorge Vigón comentó el perfecto orden del Estado hitleriano. También pretendió que la situación de los judíos era la justa respuesta a «la hostilidad internacional de la prensa judía hacia Alemania».37 Siempre existía un cierto antisemitismo solapado dentro del grupo. El año anterior, se había publicado una reedición de Los protocolos de los sabios de Sión. La reseña que hizo Acción Española lo consideraba completamente serio y lo recomendaba como un estudio fundamental de la mentalidad judía.38 El racismo nunca fue un rasgo mayor del pensamiento alfonsino, pero en cambio sí era un reflejo de sus simpatías con otros fascismos contemporáneos. En septiembre Goicoechea dijo a la Agrupación Regional Independiente de Santander que Renovación Española debía ser lo que según Mussolini era el fascismo –«un antipartido». Días más tarde se refirió a su postura en los siguientes términos: «¿La de un Tradicionalista? ¿La de un fascista? De todo hay, ¿por qué negarlo?».39 En octubre, visitó Alemania como invitado de los nazis y volvió completamente seducido por Hitler –«un hombre realmente superior, un verdadero genio político»– y muy optimista respecto a las posibilidades de introducir el fascismo en España.40

Por lo tanto, no fue sorprendente que los alfonsinos tuvieran interés en la fundación de los primeros grupos fascistas de Ledesma Ramos y José Antonio Primo de Rivera. Es más, fueron sus fondos los que hicieron posible la aparición de la Falange. Los más interesados en el proyecto de reunir fuerzas de choque para luchar contra el socialismo fueron los industriales de Renovación. Así pues, Ledesma recibió dinero a través de José Félix Lequerica, de Goicoechea y del millonario contrabandista Juan March. Ansaldo y el marqués de Eliseda canalizaban dinero hacia José Antonio Primo de Rivera.41

A medida que se acercaban las elecciones de noviembre, iba aumentando el desprecio alfonsino por la política parlamentaria. En un editorial (16 de octubre) de Acción Española se habló de la necesidad de la contrarrevolución para crear un nueva orden en el país, pero no por medios parlamentarios: «No somos demócratas. No pedimos masas que respalden completos programas políticos y sociales». El programa sería llevado a cabo por una selecta minoría, o por un caudillo que emplearía la fuerza. Sin embargo, hasta que no llegase el momento del triunfo, todos los medios, «incluso los legales», serían utilizados. Para los que se dedicaban totalmente a la subversión y que podrían haber sido ofendidos por la perspectiva de usar medios legales, esta increíble declaración fue suavizada con la afirmación habitual de que las elecciones eran a la vez absurdas y penosas, que se tomaba parte en ellas simplemente para impedir la victoria de la izquierda, y que se debía participar «sin fe, sin ilusiones y sin entusiasmo».42

Sin embargo, los alfonsinos hacían todo lo posible para que fueran elegidos mediante alianzas con otros grupos. En Madrid, se creó un comité central de enlace para determinar las bases de la unión y confeccionar las listas de candidatos. No obstante, todos participaron de un modo bastante cínico. Mientras el deseo de Gil Robles era llegar a conseguir el suficiente poder dentro de la República para reformar la Constitución, los monárquicos de ambas ramas dinásticas se dedicaban a alcanzar posiciones estratégicas desde las cuales pudiesen abrir hostilidades preliminares contra la República, mientras esperaban el momento oportuno para dar rienda suelta a la contrarrevolución. Así pues, mientras el comité seguía adelante con sus tareas, Acción Española (16 de octubre) publicó un artículo del sacerdote Aniceto de Castro Albarrán, reforzando las incitaciones de Solana a la rebelión y atacando en concreto el «legalismo» de El Debate. La cooperación no era fácil. En balde insistían los alfonsinos que la lista de Madrid fuera encabezada por Sanjurjo –nombre claramente incompatible con el supuesto legalismo de la CEDA. En un discurso grabado, Calvo Sotelo declaró: «a nosotros nos interesa ir al parlamento, más que para entrar en él, para impedir que entren otros». Y prometió que el próximo parlamento sería el último por luengos años. A pesar de las fricciones, una campaña bien financiada logró unos éxitos sorprendentes.43

La intención de los alfonsinos era utilizar la fuerza de las derechas en las Cortes para hacer imposible el gobierno de la República. Acción Española recordó a Gil Robles que también él se había pronunciado, el 15 de octubre, por un nuevo Estado, y le apremiaron a hacer un varonil y heroico uso de sus 117 escaños. Esto resumía la postura alfonsina. En octubre, Calvo Sotelo escribió a Cortés Cavanillas manifestándole su actitud antiparlamentaria y admitiendo que quería un escaño simplemente como medida para desacreditar el sistema. A pesar de hallarse exilado se estaba convirtiendo en un líder mucho más positivo e intransigente que Goicoechea. En una entrevista realizada en París después de las elecciones, pidió que la coalición electoral permaneciese unida y se opuso a la colaboración ministerial, para no retrasar la lucha final entre derechas e izquierdas. El parlamento, dijo, debía ser barrido y reemplazado por un Estado corporativo.44

El optimismo alfonsino duró muy poco. Gil Robles reafirmó su libertad de acción el 7 de diciembre, y comunicó que estaba dispuesto a colaborar con los grupos republicanos que no fueran marxistas. Los monárquicos horrorizados reemprendieron la antigua polémica contra el accidentalismo; La Nación exhortó a los católicos a no ponerse del lado de judíos y masones; ABC acusó a Gil Robles de haber traicionado a los votantes monárquicos que habían apoyado la CEDA creyendo que éste no era un partido republicano. Un teólogo franciscano llevó a cabo en Acción Española un duro ataque contra la idea de avenirse con la República.45 En un banquete celebrado con ocasión del segundo aniversario de Acción Española, se empleó un tono provocativamente combativo. Quintanar dijo que él, al igual que sus colegas, estaba dispuesto tanto a escribir un libro, como a llevar a cabo discusiones, o a luchar a la cabeza de sus tropas; Sáinz Rodríguez se refirió a las guerras carlistas como guerras santas que debían repetirse. Goicoechea protestó contra el abuso de la victoria electoral cometido por Gil Robles y pidió en vano que siguiese manteniéndose en pie la coalición.46 La postura de Acción Española continuó siendo un desafío. El diario carlista El Siglo Futuro publicó unos artículos alabando a Solana y en ellos se le preguntaba quién era en el mundo moderno el tirano que había que derrocar; a lo cual Solana repuso que, en un régimen democrático y constitucional, lo era cualquiera que ejerciese la autoridad.47

Sin embargo, Renovación Española no podía imitar el tono belicoso empleado por su vanguardia doctrinal, puesto que no sólo carecía de fuerza para poder tomar el poder y destruir el sistema desde dentro, sino también de la suficiente confianza en sí misma para dedicarse resueltamente al sabotaje de los procedimientos parlamentarios. Esto se debía en gran parte a las inseguras directrices de Goicoechea. Siendo éste presidente de Acción Nacional, fracasó en el intento de atraerla dentro de una órbita alfonsina, así como también en su búsqueda de otros apoyos. De modo que, la amnistía proclamada el 1 de abril de 1934 tenía una enorme importancia para los alfonsinos porque significaba la vuelta de Calvo Sotelo a España, única persona capaz de construir un puente entre la inflexible teoría de Acción Española y la ineficaz práctica de Renovación Española. Es significativo de la falta de éxito de Goicoechea el hecho de que Alfonso XIII creyera más en las posibilidades de ser restaurado con el apoyo de la CEDA que con la ayuda de «los monárquicos de salón» de Renovación.48 Calvo Sotelo, habiendo sido secretario de Antonio Maura y ministro de Hacienda en tiempos de Primo, gozaba de gran reputación.49 Mientras Goicoechea nunca podría desembarazarse de un conservadurismo clerical pasado de moda, Calvo Sotelo, en cambio, se había decidido ya por una forma de fascismo. Exilado en abril de 1931, marchó a Portugal donde, parece ser, simpatizó con la atmósfera creada por la dictadura del general Carmona. Mantuvo un estrecho contacto con los dirigentes del integralismo lusitano y del nacional-sindicalismo, y con el mismo doctor Salazar. Cuando marchó a Francia, en febrero de 1932, se puso en contacto con los dirigentes de Action Française a través de los exilados de Acción Española, Vegas, Vigón y Eliseda. Parece como si todo ello fuera parte de una deliberada gestión para hacer de Calvo Sotelo un inflexible líder contrarrevolucionario. Su amistad con Maurras, Benoist, Daudet y Bainville hizo pronto de él un militante antiparlamentario. Incluso pensaba en marcharse a Roma para completar su educación política. Un día en que estaba oyendo un reportaje por la radio acerca de la subida de Hitler al poder, le comentó a Aunós que aquello era el heraldo del triunfo inevitable de los sistemas totalitarios. En consecuencia, volvió a España con la intención de introducir las doctrinas de Acción Española en las Cortes y convertirse en el más enérgico apóstol de la inexorable hostilidad hacia la República.50

Antes de que Calvo Sotelo tuviera éxito, ya los alfonsinos habían intentado varias veces en 1934 acelerar la caída de la República por medios ilegales. En marzo, Goicoechea fue a Roma con el general Barrera y los carlistas Lizarza y Olazábal para conseguir la promesa de recibir armas y dinero para un levantamiento. Incluso en este caso, Goicoechea no fue más que un colaborador de segundo orden; Barrera decidió entregar todo el dinero a los carlistas, dado el escaso apoyo popular de Renovación.51 Mientras tanto, persistían en sus intentos de utilizar a la Falange. En abril, Ansaldo fue nombrado jefe de los grupos terroristas de Falange, grupos que quiso convertir en un instrumento monárquico para luchar contra los socialistas en guerrillas callejeras. Goicoechea hizo un pacto con José Antonio Primo de Rivera en el que se comprometía a financiar a Falange, siempre y cuando ésta no atacara en su propaganda a Renovación. Este pacto, formalizado en el verano por José Antonio Primo de Rivera y Sáinz Rodríguez, nunca se llevó a cabo. Calvo Sotelo, que veía en Falange el posible partido del futuro, intentó ingresar en él y hacerlo suyo. Sin embargo, José Antonio Primo de Rivera, que le tenía una profunda antipatía personal, rechazó su solicitud. Ledesma opinó que esta y otras incursiones monárquicas se asemejaban a los intentos de los conservadores alemanes de utilizar a los nazis. La Falange consideró a Calvo Sotelo como el representante de la alta burguesía y de la aristocracia. Resentida, la Falange quemó sus puentes con el monarquismo. Ansaldo fue expulsado y Eliseda cortó los lazos que le unían al movimiento. Pero siguieron manteniendo contactos a través de Adolfo Arce, editor de La Época, diario conservador ya profundamente vinculado a Acción Española. Y más tarde fueron financiados por ciertos colaboradores de Renovación en Bilbao.52

El episodio ocurrido entre Calvo Sotelo y la Falange puso de manifiesto su ambición por ser el caudillo de toda la derecha. Fue Sáinz Rodríguez quien lo insinuó en un banquete celebrado el 20 de mayo para dar la bienvenida a Calvo Sotelo y a Yanguas. Propuso que Renovación, «nuestros hermanos tradicionalistas», la CEDA y los pequeños grupos fascistas de Albiñana y José Antonio Primo de Rivera se unieran en un bloque nacional. Calvo Sotelo, retomando la idea, aclaró que tal unión seguiría una «línea recta» en su lucha contra la República, opuesta a «la línea curva» seguida por Gil Robles en sus tácticas por avenirse con la República. Esto anunciaba que la posición inflexible de Acción Española se iba a introducir dentro del mundo de la política activa.53

A lo largo del verano, Calvo Sotelo desarrolló más esta idea. Gil Robles fue atacado a consecuencia de su error al no pedir el poder después de las elecciones, cuando aún era débil la izquierda. Con esto se pretendía socavar la fe de los cedistas más militantes en su jefe. Mientras la CEDA se había decidido por la colaboración, Calvo Sotelo, en cambio, clamaba por la conquista del Estado y la creación de un sistema totalitario. Se ofrecía abiertamente como líder de la derecha y no pensaba permitir que un monarquismo puntilloso estorbara su camino. En marzo, dijo que los problemas de España podían ser resueltos mediante una Monarquía o una República autoritaria al estilo de la de Dollfuss. La monarquía, que había sido relegada por él a un segundo plano, sería instalada –no restaurada– como culminación de un vasto proceso evolutivo.54 Es imposible imaginar una anticipación más exacta de las premisas del régimen de Franco.

El número de cedistas que se pasó al nuevo bloque fue insignificante. Y los carlistas, que se encontraban en un periodo de expansión y crecimiento, tenían poco interés en unirse a los alfonsinos en el parlamento. Además, la línea ideológica propuesta ahora por Calvo Sotelo era franca y excesivamente totalitaria para el sentir tradicionalista. De todas formas, tras la insurrección en Asturias de octubre de 1934, la derecha se unió en el pánico y la venganza. Este era el momento más favorable para lanzar en escena al Bloque Nacional. La reacción de Calvo Sotelo marcó la pauta a seguir. La revolución, dijo, era el resultado de la Constitución que, según él, había traído «el dolor, la huelga, el separatismo, el marxismo, la destrucción, la anarquía, la lucha de clases que está agotando poco a poco la vida de España». La situación sólo podía resolverse mediante el ejército, columna vertebral de la nación. Recordó al ejército su responsabilidad política cuando dijo: «Si se quiebra, si se dobla, si cruje, se quiebra, se dobla, y cruje España». Su abierta demanda de apoyo militar puso de manifiesto que la guerra civil había empezado ya para él. Restaba simplemente reunir las fuerzas de derechas y darles ánimos. Este sería el cometido del Bloque.55

El 11 de noviembre, en una entrevista para ABC, anunció la ruina del Estado liberal. Propuso la creación de un frente patriótico, que coordinara las fuerzas existentes contrarias a la revolución, hasta que éste pudiera ser reemplazado mediante la estructura necesaria corporativa y totalitaria. Su objetivo era la toma del poder y la imposición de un programa izquierdista en lo económico y derechista en lo político que promoviera la justicia social y estableciera una fuerte autoridad. El manifiesto del Bloque, redactado por Sáinz Rodríguez, se distribuyó por las calles a principios de diciembre. Nunca existió la posibilidad de que la CEDA adhiriese oficialmente. Los carlistas lo hicieron de mala gana pero con patriótica resolución. José Antonio Primo de Rivera se negó a participar. Sólo Albiñana se unió con cierto entusiasmo. Sin embargo, a pesar de esta falta de éxito inicial, puede decirse que el Bloque no fue sino prematuro a la vista de la forzada unificación de la derecha realizada por Franco en abril de 1937. La teoría subyacente al manifiesto había sido tomada enteramente de Acción Española. El manifiesto presentaba una fraseología tradicionalista como concesión a los carlistas, pero el contenido básica y esencialmente fascista guardaba estrecha relación con los artículos de Aunós del año anterior. El monarquismo fue dejado de lado ante la perentoria necesidad de crear una «fuerza social, nacional, nacionalista y nacionalizadora». Este bien podría haber sido el manifiesto para el alzamiento militar de 1936.56

Calvo Sotelo dedicó el año de 1935 a una más precisa elaboración de las ideas del Bloque. Su llamamiento iba dirigido abiertamente a los industriales, a la burguesía financiera y a la aristocracia terrateniente. A principios de febrero, Calvo Sotelo habló al Círculo de la Unión Mercantil sobre «La disciplina económica y social en el nuevo Estado». El actual problema económico sólo podría ser resuelto, dijo a sus oyentes, si previamente se resolvía el problema político, porque el desorden industrial seguiría aumentando en un sistema que dejase rienda suelta a la propaganda marxista. Sólo un régimen autoritario, por encima de clases y partidos, podría controlar a un proletariado en eterno conflicto con el patrón y el Estado. En una reunión del Bloque, en Zaragoza, en el mes de marzo, indicó que la riqueza nacional aumentaría con el establecimiento del principio de autoridad. Su lema invariable era «no más huelgas, no más lockouts: No podemos soportar más una guerra civil económica. Hay que imponer un concepto unitario del interés nacional». Sin duda, éste era un intento inequívoco de aumentar el miedo de las clases acomodadas.57

A lo largo de la primavera, y a comienzos del verano de 1935, el Bloque Nacional organizaba mítines los domingos con el propósito de mantener viva la misma atmósfera belicosa de octubre de 1934. Su intención era convencer a las derechas de que era imposible más diálogo con la izquierda y que había que adoptar una postura agresiva. Esto guardaba estrecha relación con la polémica sostenida contra la colaboración ministerial de Gil Robles con los radicales de Lerroux. Calvo Sotelo, hablando como si España ya se encontraba en guerra civil, intentó demostrar la pusilanimidad de Gil Robles, para así desacreditarlo ante las masas de la CEDA. Se quejaba de que la CEDA hubiera abusado de un triunfo electoral que se debió a fondos y votos monárquicos. Declaró, el 21 de abril en Sevilla, que grandes males necesitaban grandes remedios, y que era necesaria una drástica intervención quirúrgica y no morfina:

los términos son claros. Dios o ateísmo; autoridad o anarquía y comunismo. En España hay derechas y izquierdas, centro no […] La revolución está en pie de guerra […] Hay que unir a las fuerzas de derecha.

El objetivo era minar constantemente la confianza en la posibilidad de un compromiso.58

Cuando en mayo Gil Robles consiguió cinco ministerios, parecía que sus tácticas surtían efecto. Pero Calvo Sotelo no se desanimaba. Afirmó que como el Estado parlamentario estaba abocado a la ruina, el avenirse con él carecía de sentido. Según él, cuando la táctica fracasara, cosa que iba a ocurrir, el bloque se convertiría entonces en el «ejército de reserva». Se hicieron continuos intentos por denigrar el manifiesto triunfo de Gil Robles. En un mitin que tuvo lugar el 26 de mayo en Gijón, Calvo Sotelo afirmó que: «No se puede esperar nada de la República […] hay que encaminar todos los esfuerzos a conseguir un verdadero régimen nacional».

Cuando, el 23 de junio, Gil Robles hizo con Lerroux el Pacto de Salamanca, la defensa de la beligerancia hecha por Calvo Sotelo se hizo aún más frenética. El 18 de agosto, dijo que España tenía que elegir entre la revolución y la contrarrevolución, entre el socialismo y el catolicismo. Las masas que fueran nacionales, católicas y estuvieran a favor del orden deberían unirse. Tal unión tendría como objetivo un Estado integrador militar, sueño recurrente del grupo Acción Española. Aunós citó a Primo como la gran figura que debía servir de modelo.59

A pesar de toda su virulencia, el Bloque Nacional nunca llegó realmente a adquirir fuerza. Los carlistas lanzaron parecidos ataques sobre la CEDA, pero lo hacían por su cuenta. Y a pesar de las repetidas declaraciones de Calvo Sotelo acerca de su afinidad con las masas de la CEDA, no hubo un apreciable traslado del apoyo accidentalista. El nombramiento de Gil Robles como ministro de la Guerra disminuyó la carga explosiva del Bloque, haciendo que el cuerpo de oficiales redujera sus actividades conspiradoras, y al haberse producido un alza de valores, los conservadores, que suministraban fondos al Bloque, quedaron convencidos de que el peligro había cesado. Ansaldo no encontró apoyo económico para una acción directa contra la República. La milicia del Bloque, «las guerrillas de España», dejaron de actuar, y las actividades terroristas no pasaban de ser travesuras infantiles.60

Sin embargo, aunque el éxito de Calvo Sotelo fuese escaso, contribuyó a polarizar ciertas fuerzas que se hicieron manifiestas en la siguiente campaña electoral y que sólo podían acelerar la llegada del momento en que su belicosidad lograra suscitar una amplia respuesta popular. La rigidez de la postura alfonsina frente al separatismo no podía sino exasperar tanto a catalanes como a vascos. En octubre de 1934, Calvo Sotelo se enzarzó en una pelea en las Cortes con el dirigente vasco Aguirre. En 1935, declaró que «el nacionalista vasco es antieuropeo, antiespañol y antivasco […] Entre una España roja y una España rota, prefiero la primera». El 5 de diciembre, declaró en las Cortes que el nacionalismo vasco «estaba inspirado en un odio salvaje, enfermizo y repulsivo a España». Estas expresiones no hicieron sino aumentar las simpatías vascas hacia el republicanismo de izquierda. Pero más significativo todavía fue el efecto producido en las filas izquierdas. La distinción entre el Bloque y el fascismo, que había destruido el socialismo en Italia, Alemania y Austria, era para la izquierda cada vez más imperceptible, debido al completo rechazo de Calvo Sotelo de las posibilidades de una democracia parlamentaria y al constante uso de los términos «autoritario» y «totalitario». La izquierda, que colocaba a Gil Robles y a Calvo Sotelo en un mismo plano, se vio seriamente amenazada por la derecha en general.61

Cuando en diciembre de 1935 la coalición CEDA-Radicales cayó, la postura de Calvo Sotelo parecía justificada. Las siguientes elecciones se llevaron a cabo en los términos trazados por él a lo largo del año. Calvo Sotelo era en gran medida responsable de que la izquierda fuera a las urnas electorales aterrada por el fascismo, y la derecha asustada por la revolución. Antes de que Gil Robles abandonara el Ministerio de la Guerra, el dirigente del Bloque mandó en vano a Ansaldo para que le instigara a dar un golpe de Estado. Tres días más tarde, esperaba la confrontación con alegría: «Ha muerto el accidentalismo por todos los costados. La República no es compatible con el derechismo auténtico». La CEDA fue acusada de haber hecho mal uso de su triunfo electoral en 1933. El manifiesto electoral del Bloque identificaba a la República con la revolución y proponía la creación de un frente contrarrevolucionario con la concreta finalidad de aniquilar a la República. Gil Robles era reacio a alinearse en el Bloque. La convenida colaboración electoral fue débil.62

El gran acontecimiento de la campaña electoral del Bloque fue el gigantesco homenaje rendido a los diputados en Cortes carlistas y alfonsinos, organizado por la Agrupación Regional Independiente. Los mítines celebrados en dos cines y un teatro de Madrid fueron seguidos por un banquete para cinco mil personas organizado en tres hoteles. Las más destacadas figuras de Acción Española y del Bloque pronunciaron violentos discursos antirrepublicanos. Goicoechea propuso la extinción de «los partidos antinacionales con la máscara de partidos obreros». Dijo que el socialismo debería ser declarado fuera de la ley, porque si España no lo aniquilase, sería él que aniquilaría a España. Subrayó también la necesidad de que España siguiese el ejemplo de Italia, Portugal, Alemania y Austria. El tono empleado por Calvo Sotelo fue más agresivo todavía. Contra aquellos que quisieran implantar reglas de barbarie y anarquía, proclamó que la sociedad debería emplear la fuerza:

La fuerza militar puesta al servicio del Estado […] Hoy las naciones minadas por las grandes discordias: la social, la económica, la separatista, necesitan un Estado fuerte y no existe Estado fuerte sin ejército poderoso.

El ejército era la única defensa contra «las hordas rojas del comunismo».63

El Bloque mostró poco respeto por el proceso parlamentario. Fue a las urnas simplemente para asegurarse de que estas elecciones fuesen las últimas. La victoria la querían para luego desmantelar el Estado parlamentario. Cuando la izquierda consiguió el triunfo, el Bloque intentó alcanzar su objetivo por medios que fueran a la vez más adecuados y más agradables. Gil Robles declaró posteriormente que el Bloque había preferido en realidad que las derechas perdiesen las elecciones para así proceder a un violento enfrentamiento con la izquierda. Seguramente el Bloque se sintió menos desanimado por la derrota que confirmado en su previa convicción de la fatuidad del proceso electoral. Acción Española comentó que «confiar los destinos de la Patria a los caprichos de las multitudes es cosa absurda» y seguía señalando que «la verdad debe y puede imponerse por la fuerza». La Época menospreció los resultados y continuó echando la culpa del fracaso a la moderación de la CEDA. En marzo, el periódico empezó la publicación de una serie de artículos del teólogo agustino, Padre P. M. Vélez, sobre el tema de «la revolución y la contrarrevolución» en España. En ellos se afirmaba que la lucha definitiva había llegado y que para impedir que la revolución triunfase, «tenemos que ser apóstoles y soldados militantes y hasta mártires si es preciso». Inmediatamente después de que se publicaron los resultados electorales, Calvo Sotelo pidió a Portela Valladares, presidente del Consejo de ministros en aquel momento, que excluyese a la izquierda del poder, y que hiciese un llamamiento al ejército.64 Su consejo no fue seguido y entonces se decidió definitivamente en pro de la conspiración. Tras las elecciones, los mítines del Bloque fueron escasos, y la conjura reemplazó a la propaganda como actividad central. En realidad, la organización como tal estaba prácticamente muerta; los carlistas planeaban un levantamiento por su cuenta. El ímpetu conspiratorio de los alfonsinos, hasta cierto punto en suspenso durante el tiempo en que Gil Robles ocupó el Ministerio de la Guerra, volvió a reavivarse en octubre de 1935, cuando se estableció contacto entre Sanjurjo y Calvo Sotelo en Roma, en la boda de Juan, hijo de Alfonso XIII. Tras las elecciones se renovaron los contactos militares, especialmente con la antirrepublicana Unión Militar Española. Parece ser que el mismo Calvo Sotelo cumplió una oscura, aunque crucial, función de coordinación y animación. El hijo de Goded dijo que luchaba «con nosotros»; y la mayoría de las fuentes aluden al constante contacto que tuvo con coroneles y generales. Cuando la vigilancia de la policía le impedía actuar directamente, su fiel amigo, el diputado Joaquín Bau, figuraba como agente suyo en los contactos con los oficiales del ejército y de Falange.65

Es posible que la mayor contribución que hiciera Calvo Sotelo al levantamiento de julio fuese su comportamiento en el parlamento. Sus discursos estaban destinados a impedir cualquier reconciliación posible entre los moderados cedistas, como Manuel Giménez Fernández y Luis Lucia, y los moderados republicanos. Como los debates eran publicados íntegramente y sin censura, sus palabras iban dirigidas a la derecha en general con la intención de persuadirla de la necesidad de una insurrección. Así pues, las doctrinas contrarrevolucionarias de Acción Española recibían una publicidad a escala nacional, a diferencia de antes en que quedaban limitadas a la revista y a La Época, y sus complejas racionalizaciones teológicas acerca de la subversión eran ahora traducidas a términos prácticos e inmediatos para la clase media en general.

En cuatro de sus más importantes discursos parlamentarios, Calvo Sotelo dio al ejército una teoría de acción política y a las masas de derechas una conciencia de la necesidad de oponerse a «la amenaza comunista». El primer de estos discursos, pronunciado el 15 de abril de 1936, versó sobre el desorden en que había caído España tras las elecciones y como esto implicaba que la revolución era inminente y era necesario detenerla a toda costa. Esto provocó un furioso griterío entre los diputados socialistas y comunistas –provocación que, al desacreditar los procedimientos parlamentarios, era seguramente parte de su intención. El discurso fue seguido diez días más tarde por una entrevista publicada en ABC, en la que afirmaba que las únicas alternativas que tenía España eran el comunismo o un Estado nacional. Mediante un espeluznante retrato de la situación rusa, Calvo Sotelo exhortó a la clase media a combatir la propagación del comunismo. No dejaba nunca de subrayar lo que para él era la irrelevancia de un compromiso. Goicoechea rechazó rotundamente el plan de Gil Robles para restaurar la estabilidad dentro de un gobierno nacional.66

El 19 de mayo se dio un paso aún más decisivo hacia la polarización parlamentaria. Tras un elogio de los sistemas económicos alemán e italiano, Calvo Sotelo pidió que se adoptaran en España, donde, según dijo, el principio estaba a merced de los enemigos jurados del pueblo. Esto irritó tanto al diputado socialista por Santander, Bruno Alonso, que intervino para decir: «Ya sabemos lo que es su señoría; pero no tiene el valor de declararlo públicamente». Calvo Sotelo, con la intención de hacer las Cortes inviables, contestó:

Yo tengo el valor para decir lo que pienso y su señoría menos que nadie puede prohibirme la expresión legítima de mi pensamiento. Su señoría es una pequeñez, un pigmeo.

El irritado socialista propuso a Calvo Sotelo salir a la calle a pelear, y gritó: «Su señoría es un chulo». Con tal escándalo, era fácil sugerir la necesidad de recurrir a medios extraparlamentarios. Calvo Sotelo continuó sus observaciones anteriores refiriéndose al deber patriótico del ejército de «reaccionar furiosamente» contra aquellos que fueran en contra de la nación. Mientras tanto, Eugenio Vegas hablaba en la sala de actos de Acción Española sobre la necesidad que tenían las derechas de tomar el poder para defender sus principios.67

El 16 de junio, durante otro debate acerca del orden público, Calvo Sotelo propuso en lugar de la inestabilidad de la República

el concepto del Estado integrador que administre la justicia económica y que pueda decir con plena autoridad: «no más huelgas, no más lock-outs […] no más libertad anárquica, no más destrucción criminal contra la producción».

Luego expuso claramente su opinión en términos de desafío:

A este Estado llaman muchos Estado fascista; pues si ése es el Estado fascista, yo, que participo de la idea de ese Estado, yo que creo en él, me declaro fascista.

Prosiguió su discurso, anunciando el inminente choque entre las hordas de la revolución y el principio de autoridad, «cuya más augusta encarnación es el ejército». Luego lanzó esta «indirecta» al ejército: «Sería un loco el militar que al frente de su destino no estuviera dispuesto a sublevarse en favor de España y en contra de la anarquía». El discurso fue frecuentemente interrumpido por los diputados socialistas que le acusaron de provocación y virtualmente estalló un alboroto en las Cortes. Casares Quiroga, entonces presidente del Consejo de ministros, acusó a Calvo Sotelo, con cierta justificación, de intentar simplemente trastornar la sesión y pretender utilizar el ejército para poder una vez más gozar de las delicias de una dictadura. Calvo Sotelo contestó reiterando sus observaciones acerca del ejército como columna vertebral de la nación –observaciones que fueron acogidas en círculos militares como claras invitaciones para alzarse. También indicó proféticamente que aceptaría de buen grado cualquier responsabilidad que sus actos suscitasen.68

Cuando hizo su última intervención parlamentaria importante, el día 1 de julio, ya se perfilaban las posiciones banderizas de la guerra civil. Anunció a la izquierda que: «No tendréis ocasión de ensayar vuestras especulaciones absurdas. ¡No os dejaremos!». Se dirigió a la burguesía instándola a tomar parte en una reacción fascista contra los intentos de proletarizarla:

El remedio no lo hallarán en este Parlamento ni en otro como éste, ni en el gobierno actual, ni en otro que el Frente Popular forjase, ni en los partidos políticos que son cofradías cloróticas de contertulios; la solución se logrará en un Estado corporativo que […].

Al llegarse este punto, volvió a armarse un alboroto, y en el tumulto un diputado socialista gritó que era legítima la violencia contra un jefe fascista cuya intención era poner fin al sistema parlamentario y de partidos.69

Mientras tanto, fuera del parlamento, los planes del alzamiento estaban ya casi maduros. Era crucial la contribución alfonsina en términos de enlace y financiación. Esto no quiere decir que el alzamiento de julio no fuera fundamentalmente militar, ni que el papel del carlismo deba ser menospreciado. No obstante, hay que reconocer que los objetivos del alzamiento –y la estructura económica posterior a 1939– guardaba estrecha relación con los remedios propuestos por Acción Española, revista a que por cierto estaba suscrito el mismo general Franco.70 Incluso, Goicoechea fue objeto de una petición de Mola para que redactara un manifiesto para el alzamiento en el norte. Irónicamente, la chispa que pareció poner en marcha la rebelión fue el asesinato de Calvo Sotelo. Sin embargo, ya se había llegado, de hecho anteriormente al crimen, a una situación irreversible. El asesinato sólo solventó ciertas dudas y aceleró los preparativos finales. Fueron los alfonsinos quienes, antes de la muerte de su líder, consiguieron el avión que trajo a Franco de las Islas Canarias y mandaron otro para traer a Sanjurjo de Lisboa. Mientras Goicoechea, Sáinz Rodríguez y Yanguas esperaban en Burgos para formar parte del gobierno, una delegación alfonsina fue a Roma para buscar ayuda italiana.71

Así pues, el levantamiento y el Estado al que después dio lugar llevaban claramente el sello de Acción Española. Pero quizás de más significación que el impulso intelectual, político y económico para un golpe, fuera el papel alfonsino de provocar y acentuar la polarización que hizo inevitable la guerra. Por un lado, intentaron los alfonsinos preparar psicológicamente a la clase media, predisponiéndola hacia la guerra; pero sus artículos y discursos debieron producir también cierto impacto en la izquierda. Los alfonsinos, siendo figuras destacadas dentro de la organización accidentalista, Acción Popular, clamaban por la implantación forzada de un Estado totalitario, y más tarde pactaron electoralmente con la CEDA. La izquierda nunca demostró gran interés por las disputas internas en el seno de la derecha, y no hizo distinciones entre unos y otros. Viendo así la identificación de «legalistas» y «catastrofistas», la izquierda pudo creer sinceramente que la insurrección de octubre de 1934 tenía como objeto impedir que los fascistas se hiciesen con el poder. Durante la represión desencadenada después de octubre, saber que Calvo Sotelo acusaba a Gil Robles de debilidad ante la amenaza revolucionaria podía escasamente animar a la izquierda. Después de las elecciones de febrero de 1936, la virulencia de los discursos del Bloque no podía tener otro efecto que el de confirmar a la izquierda en su convicción de la necesidad de su propio extremismo. De modo que fue un acierto de Vegas Latapié escribir de quienes hicieron la guerra civil con la palabra y la pluma.72

* Este artículo se publicó por primera vez en Journal of Contemporary History, vol. 7, n. 3, 1972.

1. Los intentos de las clases dominantes de hacer frente a la revolución mientras la vieja política naufragaba, están estudiados en Juan Antonio Lacomba, La crisis española de 1917, Madrid, Ciencia Nueva, 1970. Acerca del derrotismo de los grupos monárquicos ortodoxos, pueden verse Santiago Galindo Herrero, Los partidos monárquicos bajo la IIª República, 2.ª ed., Madrid, Rialp, 1956, pp. 47-48; Álvaro Alcalá Galiano, «La caída de un trono», Acción Española (en adelante AE), 1 de febrero de 1932 y ss.; Miguel Maura, Así cayó Alfonso XIII, Madrid, Marcial Pons, pp. 48-52; Carlos Seco Serrano, Alfonso XIII y la crisis de la Restauración Barcelona, Arial, 1969, pp. 175-181.

2. Richard Robinson, «The Parties of the Right and the Republic», en Raymond Carr (ed.), The Republic and the Civil War in Spain, Londres, Macmillan, 1971, intenta demostrar que el alzamiento fue una reacción defensiva frente al movimiento socialista, siendo éste «el principal responsable de socavar el sistema democrático, y de colocar a las derechas en la difícil alternativa de tener que elegir entre su propia extinción y una violenta resistencia» (p. 48). Mi propósito aquí no es discutir el problema de la responsabilidad histórica del estallido de la guerra civil, sino más bien poner de relieve cómo los monárquicos optaron por un violento extremismo antes de que fuera necesario hacer elección alguna, y cómo, actuando así, fueron ellos los primeros en intentar deliberadamente socavar el sistema democrático.

3. Eugenio Vegas Latapié, Escritos políticos, Madrid, Cultura Española, 1940, p. 8. Discurso de Quintanar en el Hotel Ritz, Madrid, 24 de abril de 1932, AE, 1 de mayo de 1932.

4. Eugenio Vegas Latapié, El pensamiento político de Calvo Sotelo, Madrid, Cultura Española, 1941, pp. 88-92; Escritos políticos, pp. 9-12; «Maeztu y Acción Española», ABC, 2 de noviembre de 1952.

5. Acerca de Acción Nacional, veánse R. A. H. Robinson, The Origins of Franco’s Spain, Newton Abbott, David Charles, 1970; José María Gil Robles, No fue posible la paz, Barcelona, Ariel, 1968; Joaquín Arrarás lribarren, Historia de la segunda República española (en adelante HSRE), 4 vols., Madrid, Editora Nacional, 1956-1968); Paul Preston, «The “Moderate” Right and the Underminlng of the Second Republic in Spain 1931-1933», European Studies Review, vol. 3, n. 4 (1973) y «El accidentalismo de la CEDA. ¿Aceptación o sabotaje de la República?», Cuadernos de Ruedo Ibérico, núms. 41/42 (febrero-mayo 1973).

6. ABC, 26 de abril de 1931. El CMI se anunció en el ABC del 5, 6, 7 y 8 de mayo de 1931, al mismo tiempo que publicaba una serie de ataques contra las confusas tácticas de Acción Nacional.

7. Joaquín Arrarás, Historia de la Cruzada española, Madrid, Ediciones Españolas, 1940, II, p. 486. Esta fue la conspiración abortada que aportó los fondos para la fundación de Acción Española.

8. Julián Cortés Cavanillas, Gil Robles, ¿monárquico?, Madrid, San Martín, 1935, p. 70.

9. José Gutiérrez Ravé, Antonio Goicoechea, Madrid, Revista Popular de Biografías, 1965, pp. 17-18. En octubre se pidió a Goicoechea que dejara su puesto a Gil Robles, elegido como dirigente por Herrera.

10. Acerca del tradicionalismo, véanse el artículo de R. M. Blinkhorn en Cuadernos de Ruedo Ibérico, núms. 41/42 (febrero-mayo 1973) y su tesis doctoral aún no publicada: The Carlist Movement in Spain 1931-1937, Oxford, Oxford University Dissertation, 1970.

11. Acerca del programa de Acción Nacional, veánse Galindo Herrero, Partidos monárquicos, pp. 133-134; HSRE, I, p. 234; Gutiérrez Ravé, Goicoechea, p. 17; Robinson, Origins, pp. 73-74.

12. Felipe Bertrán Güell, Preparación y desarrollo del Alzamiento nacional, Valladolid, Santarén, 1938, pp. 82-83; Juan Antonio Ansaldo, ¿Para qué? De Alfonso XIII a Juan III, Buenos Aires, Ekin, 1951, p. 23.

13. AE, 1 de mayo de 1932. El único estudio que se ocupa concretamente de los alfonsinos y la revista, Luis María Ansón, Acción Española, Zaragoza, 1960, es inexacto e insuficiente.

14. AE, 1 de marzo de 1932 y ss., recogidos y publicados posteriormente bajo el título Catolicismo y república, Madrid, 1932.

15. AE, 16 de abril de 1932.

16. AE, 16 de julio de 1932, p. 314.

17. Véase el libro del secretario de la Juventud de Acción Española, Julián Cortés Cavanillas, La caída de Alfonso XIII, Madrid, San Martín, 1932.

18. AE, 1 de abril de 1931, p. 123; Pradera, ibíd., 1 de enero de 1932 y ss.; véanse también los artículos de George Deherme, ibíd., 1 de junio de 1932 y ss., y de José Pequito Rebelo, ibíd., 15 de diciembre de 1931 y ss. Los libros reaccionarios portugueses y franceses eran regularmente y con invariable preferencia reseñados favorablemente en Acción Española.

19. AE, 16 de marzo de 1932, p. 83; 1 de mayo de 1932, p. 421. La dictadura era considerada como «el desinteresado esfuerzo de un solo hombre para salvar a España del caos de la democracia», ibíd., 1 de febrero de 1932.

20. HSRE, 1, pp. 240-243; Robinson, Origins, apéndice 1.

21. Ansaldo, Alfonso XIII, pp. 32-35. Las armas obtenidas no se utilizaron. Para informarse sobre el alzamiento y sus preparativos, véase Arrarás, Cruzada, I, pp. 485 y ss.; HSFIE, I, pp. 435 y ss.; Galindo Herrero, op. cit., pp. 156-166; Emilio Esteban Infantes, La sublevación del general Sanjurjo, Madrid, J. Sánchez Ocaña, 1933.

22. Ansaldo, Alfonso XIII, pp. 47-50; Bertrán Güell, Preparación, p. 64.

23. Véase el discurso de Goicoechea en la Academia de Jurisprudencia, La Nación, 12 de diciembre de 1932, pp. 449-450.

24. ABC, 14, 20 de diciembre de 1932.

25. Blinkhorn, Carlist Movement, p. 211.

26. Gutiérrez Ravé, Goicoechea, pp. 19-20.

27. Ansaldo, Alfonso XIII, p. 54.

28. ABC, 11, 13 de enero, 24 de febrero de 1933; AE, 16 de enero de 1933, pp. 283-290. La participación de cuatro exmauristas en el comité ejecutivo, formado por cinco personas, indicaba la tendencia hacia la política ortodoxa.

29. ABC, 31 de enero, 1 de febrero de 1933.

30. ABC, 2 de marzo de 1933.

31. Gil Robles, No fue posible, pp. 86-89; Robinson, Origins, pp. 113-117.

32. ABC, 12, 24 de enero de 1933; Tradicionalistas y Renovación Española se anunció en ABC el 26 de marzo de 1933.

33. Ansaldo, Alfonso XIII, pp. 50-52 y 57-58.

34. Pablo León Murciego, en AE, 16 de julio de 1933; Marcial Solana, en ibíd., 1 de agosto de 1933 y ss.

35. «Hacia una España corporativa», AE, 1 de marzo de 1933 y ss. Estos artículos fueron publicados posteriormente bajo el título de La reforma corporativa del Estado, Madrid, Aguilar, 1935. Aunós era un eslabón clave entre el alfonsismo y la Dictadura, y también el principal exponente de las ideas políticas italianas. Siendo ministro del Trabajo, fue enviado a Italia por Primo para estudiar el corporativismo, allí conoció a Mussolini, y volvió para crear su propio código laboral corporativo en España. Véanse Aunós, El Estado corporativo, Madrid, Revista Política Social, 1928, y La política social de la Dictadura, Madrid, Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1944, pp. 60 y ss. Una lectura detenida de Acción Española en este periodo pone de manifiesto que las ideas de Aunós eran consideradas fundamentales por otros miembros del grupo.

36. Carla Costamagna, en AE, 16 de mayo de 1933; el artículo de Mussolini, ibíd., 16 de junio, 1 de julio de 1933.

37. Ibíd., 16 de marzo de 1933, p. 82; 1 de abril de 1933, p. 197.

38. Ibíd., 1 de mayo de 1932, pp. 434-448; 1 de octubre de 1933.

39. ABC, 17, 22 de septiembre de 1933.

40. La Unión, 14 de octubre de 1933, citado por Blinkhorn, Carlist Movement, p. 225.

41. Stanley G. Payne, Falange. A History of Spanish Fascism, Stanford, Stanford University Press, 1961, p. 45 n. [edición española de Ruedo ibérico]; Ansaldo, Alfonso XIII, pp. 63-64.

42. AE, 16 de octubre, 1 de noviembre de 1933; en el número del 16 de septiembre, AE daba a entender que Sanjurjo sería el caudillo; él mismo escribió (ibíd., 16 de diciembre de 1933) que Acción Española era un constante consuelo para su espíritu.

43. Acerca del trabajo del comité, la campaña y los resultados, véanse HSRE, II, pp. 223-244; Robinson, Origins, pp. 140-151; Galindo Herrero, Partidos monárquicos, pp. 192-211; Preston, European Studies Review, citada nota 5, pp. 390-394.

44. AE, 1 de diciembre de 1933; Cortés Cavanillas, Gil Robles, p. 161; ABC, 21 de noviembre de 1933.

45. Gil Robles, No fue posible, pp. 106-107; El Debate, 15, 16 de diciembre de 1933; ABC, 16 de diciembre de 1933; Galindo Herrero, Partidos monárquicos, p. 213; Gumersindo de Escalente, en AE, 1 de febrero de 1933.

46. AE, 1 de febrero de 1933, pp. 1005 y 1014; ABC, 6 de febrero de 1933.

47. Solana, en AE, 16 de febrero de 1934.

48. J. Cortés Cavanillas, Vida, confesiones y muerte de Alfonso XIII, Madrid, Prensa Española, 1956, p. 426.

49. Sobre la vida y carrera de Calvo Sotelo, véase Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, La vida y obra de José Calvo Sotelo, Madrid, 1942; Aurelio Joaniquet, Calvo Sotelo, Santander, Espasa-Calpe, 1939; Eduardo Aunós, Calvo Sotelo y la política de su tiempo, Madrid, Ediciones Españolas, 1941; José Calvo Sotelo, Mis servicios al Estado, Madrid, 1931.

50. Vegas, Pensamiento de Calvo Sotelo, pp. 93-111; Aunós, Calvo Sotelo, pp. 115-155; Quintanar en AE, 16 de septiembre de 1933; Joaniquet, Calvo Sotelo, pp. 167-173; José María de Yanguas y Messía, «Calvo Sotelo en destierro», en Vida y obra, passim.

51. Antonio Lizarza lrribarren, Memorias de la conspiración, Pamplona, Editorial Gómez, 1953, pp. 22-26; William Askew, «Italian Intervetion in Spain», Journal of Modern History, 1952, p. 24.

52. Ansaldo, Alfonso XIII, pp. 71-89; Payne; Falange, pp. 57-68; Gil Robles, No fue posible, notas pp. 442-443; Ramiro Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España?, 2.ª ed., Barcelona, 1968, pp. 161-165; Maximiano García Venero, Falange en la guerra de España, París, Ruedo Ibérico, 1967, pp. 39 y 118.

53. AE, 1 de junio de 1934; ABC, 22 de mayo de 1934.

54. La Nación, 9 de marzo de 1934; ABC, 14 de junio, 24, 31 de julio de 1933.

55. ABC, 7 de noviembre de 1934.

56. ABC, 16, 28 de noviembre de 1934. El manifiesto está transcrito en HSRE, III, pp. 58-60. Su versión inglesa, la lista de firmantes y un buen análisis pueden hallarse en R. A. H. Robinson, «Calvo Sotelo’s Bloque Nacional and its Manifesto», University of Birmingham Historical Journal, 2 (1966).

57. ABC, 3 de febrero, 19 de marzo de 1935; La Época, 11 de noviembre de 1935. Calvo Sotelo pronunció su gran ataque a la economía marxista y su defensa del capitalismo dentro de una economía dirigida en una conferencia que tuvo lugar en la Academia de Jurisprudencia, de la que él era presidente. Véase José Calvo Sotelo, El capitalismo contemporáneo y su evolución, Valladolid, Cultura Española, 1938.

58. ABC, 10 de febrero, 26 de marzo, 23 de abril de 1935.

59. ABC, 11, 28 de mayo, 6, 20 de agosto de 1935; Aunós, La reforma corporativa, pp. XI, XV y XVI.

60. Ansaldo, Alfonso XIII, pp. 95-103. El principal resultado activista consistió en colgar un inmenso cartel que cruzaba la calle de Alcalá en el que se leía el siguiente eslogan: «El Bloque Nacional salvará a España». El viento se lo llevó.

61. ABC, 10 de octubre de 1935; Arrarás, Cruzada, II, pp. 153, 393; La Época, 6 de diciembre de 1935.

62. La Nación, 14 de diciembre; La Época, 17, 27 de diciembre; ABC, 17 de diciembre de 1935. El manifiesto, fechado el 25 de diciembre, apareció en La Época el 30 de diciembre, y en ABC el 31 de diciembre de 1935; sobre las negociaciones véase Gil Robles, No fue posible, pp. 409-419.

63. La versión más completa apareció en La Época, 13 de enero de 1936; véase también ABC, 14 de enero de 1936. Se ha comentado que en el discurso de Calvo Sotelo, «se proclamaron conceptos destinados a nutrir la sustancia política de España durante muchos años siguientes»; véase Ricardo de la Cierva, Historia de la guerra civil española. 1. Perspectivas y antecedentes. 1898-1936, Madrid, San Martín, 1969, p. 628.

64. AE, enero de 1936; carta de Gil Robles en YA, el 10 de abril de 1968; el editorial de AE, febrero de 1936; La Época, 18, 20 y 25 de febrero, 4, 5, 6, 7, 8 y 10 de marzo de 1936; HSRE, IV, p. 58.

65. Ansaldo, Alfonso XIII, p. 114; La Cierva, Historia, p. 739; Manuel Goded, Un «faccioso» cien por cien, Zaragoza, Heraldo, 1938), p. 14; Joaquín Bau en ABC, 13 de julio de 1954; Vegas, Pensamiento de Calvo Sotelo, pp. 211-212; Galindo Herrero, Partidos monárquicos, p. 332. Sigue siendo incierto si la contribución de la UME al alzamiento fue algo más que propagandística; véase La Cierva, Historia, pp. 761-763; Stanley G. Payne, Politics and the Military in Modern Spain, Stanford, Stanford University Press, 1967 [edición española de Ruedo ibérico], p. 293. Sobre este mismo tema es inexacto el libro de Antonio Cacho Zabalza, La Unión Militar Española, Alicante, Egasa, 1940.

66. ABC, 16, 26 de abril de 1938; Gil Robles, No fue posible, p. 693.

67. ABC, 20 de mayo. de 1936; AE, «Actividad intelectual», mayo de 1936.

68. ABC, 17 de junio de 1936; Diario de las sesiones de Cortes, 16 de junio de 1936; Jorge Vigón, El general Mola, Barcelona, AHR, 1957, p. 107.

69. ABC, 2 de julio de 1936; HSRE, IV, pp. 285-288.

70. AE, Antología, Burgos, 1937, pp. 17 y 19.

71. El asesinato tuvo lugar el 13 de julio y el avión salió de Inglaterra el 11; véase Luis Bolín, Spain. The Vital Years, Filadelfia, J. B. Lippincott, 1967, pp. 10-30. En cuanto a las otras actividades alfonsinas relacionadas con los preparativos de la sublevación, véanse Juan Ignacio Luca de Tena, Mis amigos muertos, Barcelona, 1971, pp. 25-17 y 68-72; Ansaldo, Alfonso XIII, p. 125; Luis Romero, Tres días de julio, Barcelona, Ariel, 1967, pp. 148 y 189; H. R. Southworth, Antifalange, Ruedo Ibérico, París, 1967, p. 101.

72. AE, Antología, p. 13.

2. LA GUERRA AGRARIA EN EL SUR

Es el tema central de este libro que la guerra civil española no fue una, sino varias guerras. Lo que este capítulo intenta demostrar es que el conflicto agrario –endémico desde hacía siglos y que se hizo crónico durante la Segunda República– debe verse como el más decisivo de los diversos enfrentamientos dentro de la guerra civil que estalló en 1936. Con ello no queremos descartar otros conflictos entre católicos y anticlericales, entre regionalistas y centralistas –especialmente militares– o entre obreros y patronos industriales. Tampoco suponemos que la compleja interacción de intereses religiosos, ideológicos y económicos de los que tratan otros capítulos pueda reducirse a una sola fuerza motriz. Es evidente que los carlistas navarros o los nacionalistas vascos se vieron obligados a aferrarse a las posturas que adoptaron por motivos distintos del antagonismo social de Andalucía y Extremadura. Con todo, ningún enfrentamiento social o ideológico de los años treinta puede compararse en amplitud o alcance con el problema agrario.

Los dos mayores partidos de masas de la Segunda República –el Partido Socialista Obrero Español y la católica y autoritaria Confederación Española de Derechas Autónomas– encontraron suficiente apoyo electoral en el campesinado: el PSOE entre los braceros sin tierras del sur y la CEDA entre los pequeños terratenientes del centro y del norte. Ambos partidos canalizaron los conflictos agrarios de estas zonas hasta convertirlos en una cuestión de política nacional, cuyo efecto polarizador iba a rebasar con mucho sus propios confines regionales. Concretamente, las penalidades de los braceros del sur repercutieron en la escena política de ámbito nacional de dos maneras principales. La intransigencia de los hacendados llevó al campesinado local a un estado de desesperación, que los anarquistas transformaron en desórdenes y agitaciones. Para los braceros que eran leales al movimiento socialista y mantenían su disciplina, la frustración ante el entorpecimiento de la reforma agraria por parte de la derecha se transformó en desencanto por el reformismo moderado del PSOE. Por consiguiente, la presión de los militantes rurales del sur sirvió de acicate al apremio para radicalizar el partido que encabezaban los socialistas de Madrid. Tanto las espontáneas explosiones de desesperación de los anarquistas como el deseo de minar la moderación socialista tuvieron efectos trascendentales en la política republicana, afianzando la belicosidad derechista contra un régimen que toleraba esos desmanes y privando a la República del apoyo de sus puntales más leales.

Aparte de la explotación propagandística generalizada del desorden social en el sur para avivar el temor de la clase media por la República, el conflicto agrario de Andalucía y Extremadura se tradujo en términos concretos en una mayor militancia de la CEDA y de sus organizaciones filiales. Esto no se debía a que las aspiraciones de los jornaleros sin tierras amenazaran directamente los intereses de los pequeños propietarios, aunque las exigencias de jornales dignos perjudicaran a la vez a los pequeños patronos ocasionales y a los grandes terratenientes. Era más bien que los grandes terratenientes –castellanos o andaluces– que dominaban la CEDA estaban convencidos de que su función política no era la defensa de los intereses de su electorado sino la de sus partidarios más poderosos. Como el sur era la región de donde provenía el reto más acuciante, aunque en modo alguno exclusivamente, las energías políticas de la CEDA se desplegaron primordialmente para bloquear el impulso de la reforma agraria que emanaba de esta zona. Entre 1931 y 1933, sus tácticas se plasmaron en la creación e instrumentalización de una base de masas entre el pequeño campesinado propietario católico, la obstrucción en el parlamento de todo esfuerzo conducente a una reforma agraria y la defensa de la violencia utilizada por los grandes terratenientes a escala regional. A partir de 1933, se dirigieron a la destrucción legal de la legislación agraria social de la coalición republicano-socialista y a la aniquilación de los sindicatos rurales.1 Después de las elecciones de 1936, desafiando la defensa legal de los intereses agrarios de la derecha, los hacendados dominantes de la CEDA abandonaron todo legalismo y volvieron sus ojos a los militares para su protección. Algunos hacendados participaron en la represión de los campesinos del sur durante la guerra civil y las políticas agrarias de la CEDA fueron adoptadas por el régimen franquista a partir de entonces.2

El proceso de movilización de los agricultores católicos de Castilla en defensa de los intereses de los grandes terratenientes empezó en el segundo decenio del siglo. Como las ideologías de izquierda habían captado a las clases obreras urbanas, los terratenientes más perspicaces se dieron cuenta de que había que hacer algo para impedir que el veneno se extendiera al campo. Desde 1906 empezaron a surgir sindicatos agrarios contrarrevolucionarios patrocinados por los propietarios, pero el proceso fue acelerado por un grupo de dinámicos social-católicos dirigidos por Ángel Herrera que se agruparon en 1909 en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Desde 1912 Herrera y el terrateniente palentino Antonio Monedero Martín estuvieron intentando cerrar el paso al socialismo y anarquismo en el campo poniendo en práctica las encíclicas del papa León XIII. En los cinco años siguientes, se extendieron por León, Salamanca y Castilla diversas Federaciones Agrarias Católicas que trataban de impedir que los depauperados agricultores se volvieran de izquierdas, ofreciéndoles facilidades de crédito, práctica agronómica, almacenes y maquinaria. Sólo podrían servirse de esta ayuda los que hicieran claramente gala de un virulento antisocialismo. En definitiva, la retórica de las federaciones entrañaba una amenaza a los intereses de los latifundistas pero, al menos en el norte, se mantuvo un delicado equilibrio entre la mitigación de la pobreza y la aceptación del statu quo socio-económico. En 1917 las diversas federaciones locales se fundieron en la Confederación Nacional Católico-Agraria, pero su implantación fuera de Castilla-León fue esporádica. Era comprensible, ya que en el sur el único paliativo que los propietarios podían brindar a los braceros –la posesión de la tierra– suponía un traspaso de la riqueza de todo punto inaceptable.3

No cabe duda de que la CNCA se habría quedado reducida a las zonas minifundistas del centro y norte de España de no haber sido por el súbito ascenso de la militancia revolucionaria entre el proletariado rural del sur después de 1917. El temor provocado por las insurrecciones campesinas del «trienio bolchevique» granjeó a la CNCA el apoyo general de los grandes latifundistas. Esto apenas era sorprendente ya que, como observaba un testigo presencial de la agitación revolucionaria, el distinguido agrónomo Pascual Carrión, «los que vivimos en Andalucía la primavera de 1919 no podemos olvidar la extensión e intensidad del movimiento obrero; la huelga en Córdoba, entre otras, fue verdaderamente general e impresionante, llegando a amedrentar a los propietarios de tal modo que estaban resignados a entregar sus cortijos».4 La CNCA inició en enero de 1919 una vasta campaña de propaganda en Andalucía, en la que denunciaba el egoísmo ciego de los propietarios, «católicos de los de limosna ruidosa y arrendamientos y salarios inconfesables». Equipos de representantes de la CNCA recorrieron las provincias del sur y fueron saludados por el periódico de ACNP El Correo de Andalucía con la declaración de que «si los propietarios andaluces os siguen, se habrán salvado; si os repudian, morirán bañados en su propia sangre». En los primeros meses del año, la campaña de la CNCA tuvo un éxito inusitado. Presa del pánico, muchos latifundistas estaban dispuestos a ofrecer dinero y repartir algunas parcelas de tierra baldía para que las ocuparan los labriegos que les fueran sumisos. Pero no todos los propietarios estaban dispuestos a hacer concesiones; los más preferían servirse de la violencia incontrolada de sus criados para amedrentar a los huelguistas con ayuda de la Guardia Civil.

El 18 de abril de 1919, Antonio Monedero Martín fue nombrado director general de Agricultura y no tardó en clamar por el cierre de las organizaciones obreras y la deportación y encarcelamiento de los dirigentes huelguistas. En mayo, el gobierno intensificó la escala de la represión enviando al general La Barrera con unidades de caballería para reforzar la Guardia Civil. Con la región prácticamente ocupada militarmente, se pudo subyugar paulatinamente el movimiento revolucionario.5 El interés de los propietarios en paliativos para acallar la militancia popular descendió hasta que la Segunda República reavivó el espectro de la reforma agraria. En realidad, la represión de 1919-1920 y la dictadura de Primo de Rivera de 1923 a 1930 no hicieron sino silenciar una agitación que seguía latente. Las consecuencias del «trienio bolchevique» no se hicieron visibles hasta después de la dictadura. Sobre todo, los conflictos de esos años pusieron fin al precario modus vivendi del sur agrario. La represión intensificó el odio de los braceros por los grandes terratenientes y sus apoderados. Al mismo tiempo, los elementos de paternalismo que mitigaron la brutalidad cotidiana en la vida de los braceros terminaron bruscamente. Los campesinos tuvieron que recoger los frutos caídos, abrevar a sus animales y recoger la leña bajo la vigilancia de los guardas jurados.

El fracaso de las acciones espontáneas de 1918-1920 iba a tener otro efecto inesperado. La anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo apoyaba abiertamente las huelgas, especialmente en Cádiz, Córdoba, Sevilla, Huelva y Málaga. La socialista Unión General de Trabajadores, cuya fuerza en el sur rural estaba presente en las provincias extremeñas de Badajoz y Cáceres, así como en Almería, Granada y Jaén, también participaba en las huelgas, aunque sus actitudes eran mucho más legalistas.6 Inevitablemente, la CNT sufrió más en la represión y fue finalmente prohibida por el general Primo de Rivera. La UGT perdió también afiliados porque, pese a los privilegios obtenidos por su colaboración con el régimen, la represión continuó en el campo y 65 de sus secciones rurales fueron clausuradas. Por añadidura, los propietarios aprovecharon la ocasión para mantener bajos los salarios, pese al encarecimiento de los artículos alimenticios, y muchos braceros no pudieron seguir pagando sus cuotas al sindicato. Con todo, los socialistas explotaron su situación relativamente privilegiada para ampliar su propaganda en el sur. En contraste con la CNT, que abogaba por el reparto de la tierra entre los campesinos, la UGT empezó a intentar la expropiación y colectivización de las grandes fincas. Esto y la idea de instituir comités paritarios rurales, para negociar salarios y condiciones de trabajo, le dio un prestigio sin precedente en el sur.7

En cambio, la CNCA, que había saludado al dictador a los pocos días de asumir el poder con una obsequiosa adhesión a su «magna obra de saneamiento y regeneración de España» y cuyos dirigentes locales habían contribuido con entusiasmo a la formación de su partido único, la Unión Patriótica, se opusieron vehementemente a la ampliación de los comités paritarios al campo. En realidad, los endebles y poco convincentes intentos de la dictadura para establecerlos contribuirían a unir a los terratenientes del sur contra el régimen.8 Uno tras otro, el dictador se ganó la enemistad de sus seguidores durante los años 20. De ese modo puso en duda temporalmente la validez de las soluciones autoritarias a los problemas de una derecha española cada vez más asediada. Esa situación cambiaría rápidamente y pronto la dictadura fue recordada con añoranza por industriales y terratenientes como una edad dorada. Aun así, el malhumor duró lo suficiente para propiciar el advenimiento de la Segunda República. En general, los círculos de derechas esperaban que un sacrificio simbólico, la sustitución de Alfonso XIII caído en desgracia por un presidente, bastaría para aplacar a las masas. Pese a ello, los terratenientes del sur empezaron a buscar otros medios de defender sus intereses. Ante la posibilidad de que el ministro de Trabajo fuera un socialista, los jornaleros sin tierras empezaron a engrosar las filas del sindicato socialista Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra. Muchos terratenientes se contentaron con ofrecer fondos a organizaciones comprometidas en la defensa del viejo orden por métodos violentos, pero muchos más fueron lo suficientemente flexibles y clarividentes para buscar soluciones políticas. Para muchos, ello significaba una renovada atención a la CNCA y a los diversos vástagos políticos que iban a nacer de ella en los primeros años 30 y que finalmente culminaron en la creación de la Confederación Española de Derechas Autónomas. Otros, más liberales o tal vez más cínicos, unieron su suerte a la de los partidos republicanos conservadores, especialmente a los radicales.

Cualquiera que fuere el medio elegido, el objetivo de los terratenientes era la defensa de su propiedad. Dado el legado del trienio bolchevique, y como lo había demostrado su reacción frente a las ambiciones reformistas de Primo de Rivera, no estaban dispuestos a transigir. Esta actitud se puso claramente de manifiesto durante el período de transición entre la dictadura y la República. La pertinaz sequía de octubre de 1931 impidió las siembras de las cosechas de invierno, privando con ello a los jornaleros de un mes de trabajo. La recolección olivarera del año se vio perjudicada también de diciembre de 1930 a enero de 1931. Las tres provincias más afectadas fueron Jaén, Córdoba y Sevilla en las que el olivar ocupaba respectivamente el 55, 47 y 34 por 100 de la tierra cultivada. Con un rendimiento reducido a siete octavos de la cosecha del año anterior, los propietarios estaban deseosos de recuperar sus pérdidas recortando los jornales. Los braceros quedaron sumidos en la miseria más atroz. La recogida de la aceituna, que daba trabajo a toda la familia, constituía los dos meses mejor pagados del año, sin los cuales era imposible sobrevivir aun del modo más abyecto. Ya no quedaban más de dos semanas de trabajo en el campo olivarero. Los planes de las autoridades de reclutar mano de obra para obras públicas no bastaban para reducir la escala de desempleo. Los grandes terratenientes se opusieron naturalmente a la idea del alojamiento, mediante la cual varios obreros eran «colocados» en una finca para cualquier tipo de labores que se les pudiera encontrar. No tardaron en producirse desórdenes. Las panaderías fueron atacadas en pueblos de la provincia de Cádiz. Se saquearon tiendas en Jaén. En Antequera, provincia de Málaga, más de 1.800 trabajadores ocuparon virtualmente el ayuntamiento durante dos semanas en noviembre de 1930 hasta que fueron sometidos por tropas llegadas del Marruecos español.9

Los siniestros naturales no hicieron sino exacerbar el odio de clases, que intensificó aún más la llegada de la República encabezada por un gobierno de coalición republicano-socialista que contaba con un ministro de Trabajo socialista. Inevitablemente, el nuevo régimen avivó las esperanzas del campesinado sin tierras y reforzó la intransigencia de los terratenientes. Los latifundistas tenían razones sobradas para mirar con desasosiego la llegada al Ministerio de Trabajo del líder de la UGT, Francisco Largo Caballero. No sólo temían que quisiera aplicar a la España rural el mecanismo de arbitraje salarial que ya existía en las ciudades desde los años 20, sino sobre todo que el poder del Estado respaldara las aspiraciones básicas del proletariado campesino. Era sabida la sensibilidad de Largo Caballero a los cambios de actitud de la base de la UGT. Desde la fundación de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra en abril de 1930, una proporción cada vez mayor de la base de la UGT se componía de jornaleros sin tierras. Fundada con 157 secciones de más de 27.000 afiliados, en junio de 1930 la FNTT tenía 275 secciones con 36.639 afiliados, y pronto iba a sobrepasar la fuerza de la sección rural de 65.405, a pesar de las enormes dificultades que planteaba el cobro de las cotizaciones en momentos de gran penuria económica. La afiliación de la UGT pasó de 277.011 en diciembre de 1930 a 1.041.539 en junio de 1932. La participación de la FNTT pasó desde su cifra de junio de 1930 a 392.953 dos años más tarde. En 1930, el 13 por 100 de los afiliados de la UGT eran jornaleros rurales. Dos años más tarde, la proporción había aumentado a casi el 38 por 100.10 En el sur, la CNT se introducía en los grandes pueblos a medida que los braceros buscaban en los socialistas la solución legal de sus problemas. El impacto en la UGT y en el movimiento socialista en general era considerable. De un sindicato de artesanos especializados la UGT se estaba convirtiendo en el representante de sencillos jornaleros que estaban en la vanguardia de la guerra de clases en el sur. Cuando la FNTT pasó a ser la sección más numerosa de la UGT, sus reacciones frente a los conflictos rurales tuvieron repercusiones inmediatas a escala nacional. Por un proceso semejante, las opiniones de los propietarios del sur se transmitieron a los políticos de Madrid por mediación de las diversas organizaciones locales afiliadas a la derechista Acción Popular, que se fundirían en la CEDA a principios de 1933.

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