Kitabı oxu: «El lado ausente»

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Pedro Martín Bardi

El lado ausente


PRÓLOGO

Por su capacidad profesional, su dedicación al trabajo y el constante esfuerzo para mantenerse al día en asuntos de doctrina y jurisprudencia, quienes conocemos a Pedro Martín Bardi desde hace muchos años hubiéramos recibido con naturalidad y beneplácito cualquier aporte literario que brindara al mundo del Derecho. Sin embargo, nos ha sorprendido. ¿Por haber escrito una novela? Sí. Pero, sobre todo, por la magnífica novela que escribió.

Marcos Demaría es un personaje atrayente. A través de las páginas lo vemos salir de un pozo y reconstruirse, enfrentando las consecuencias de su pasado. Demaría es un observador atento, un hombre que sabe que la búsqueda nunca termina, que no pretende tener un perfil alto, pero se expone y enfrenta molinos de viento.

Sin ser épico, Demaría lleva una vida poderosamente atractiva. El gran mérito de Bardi es mantenernos aferrados a la historia cotidiana de Marcos. Los lectores que anhelamos buenos relatos, nos vemos recompensados gracias a la pluma de nuestro buen abogado y amigo que narra, en muchos casos con precisión fotográfica, la vida de su colega virtual. Como ocurre con la nueva televisión por demanda y el consumo maratónico de capítulos de nuestras series favoritas, este libro consigue eso que los escritores ansiamos: que el lector no quiera frenar, que siga adelante, que necesite más de la historia del profesor Demaría y —digno de subrayarse— sus relaciones: otro gran logro de Bardi.

Sin ánimo de adelantar parte de la trama, y menos aún, de señalar favoritismos entre unos y otros, debemos remarcar la saludable diversidad de personajes que desfilan por la obra. Lo genial es que sin caer en la facilidad de ofrecernos estereotipos, el autor nos introduce en el descubrimiento de personalidades muy interesantes, incluso entrañables en ciertos casos. Estamos seguros de que algunos lectores irán componiendo la escena, reuniéndolos en la imaginación, como si todos —Harry O’Connor, Olivia Olhazabal, Desiree Lage, Díaz Garmendia, Esther Ferreyra, entre muchos otros— estuvieran confluyendo en una foto de estilo heterogéneo, como la de la Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pepper.

Por otra parte, aquellos que hayan pasado por los claustros de la Facultad de Derecho y recorrido los pasillos de los Tribunales, encontrarán una serie de guiños del autor para sus colegas (o, si se quiere, para los de Demaría), bien perceptibles y amenos.

También vale mucho la pena destacar el trabajo editorial. Detrás de la tapa y de cada página, hay un grupo de personas que persiguen un objetivo fundamental: que el libro no sea mucho más que una portada con buen contenido.

Celebramos la llegada de esta novela que marca el inicio de un intenso camino literario. Como siempre, nos sentimos orgullosos de pertenecer al núcleo de amigos de Pedro Martín Bardi, quien suma un nuevo logro a su nutrida historia. Tal vez, él aún no se haya dado cuenta de que toda su vida fue formándose y preparándose para escribir El lado ausente.

Daniel Balmaceda

A Mariana y a los cuatro que vinieron después, Pedro, Mili, Tobi y Juan Cruz, en orden de aparición.

La obscenidad no existe. Existe la herida. El hombre presenta en sí mismo una herida que desgarra todo lo que en él vive, y que tal vez, o seguramente, le causó la misma vida.

Alejandra Pizarnik, Los poseídos entre lilas

Optar entre un entorno seguro que te abriga y te espera y elegir la libertad desesperada de inventarse cada día es una decisión dramática. No importa la elección, es imposible no arrepentirse.

Andrés Calamaro, Paracaídas y vueltas: Diarios íntimos

INTRODUCCIÓN

Lo intento una y otra vez y no hay modo. Por más esfuerzo que haga, no encuentro las palabras necesarias para explicar cuál fue mi error. Noto en mí cierta tendencia impensada hacia la madurez que me desvirtúa por completo, me desacomoda, me saca de foco; estoy cerca de la curva y por primera vez tengo miedo de lo que me pudiera ocurrir. Dicen (y dice la canción) que a medida que avanza la noche empiezan a dolernos las horas, que las conjeturas no pueden detener los temblores que desnuda la quietud. Y entonces me doy cuenta, no sin dolor aunque sin la sensación de dolor, que aquello que me moviliza siempre estuvo en mí, no en el afuera. Busco una respuesta, no la encuentro y me frustro cuando vislumbro que la alcanzo, que se diluye como si fuera agua entre los dedos.

Hubo sombras y dolores macerados durante muchos años. Hubo encuentros y desencuentros, algunos sentidos y otros no tanto. Hubo mucho, hasta hubo de todo, y al final de cuentas percibo que termino siendo víctima de mi propio cliché, de mi propia fragilidad. Que los días pasan y nada volverá a ser como alguna vez fue. Que ya no puedo compensar la falta de palabras acudiendo a otras expresiones. Que los cambios verdaderamente se producen una vez que se aceptan las decepciones. Y sobre todo, que la vida me pasa por el costado y yo no siento nada.

E.F.

1
Octubre de 2010

A principios del mes todavía no se había muerto ni se había matado y, por carácter transitivo, el simple hecho de permanecer vivo de algún extraño modo lo hacía feliz. Sentía cada vez más a menudo la necesidad de pensar así, de pensarse a sí mismo de forma concreta, como le ocurría en la soledad de aquel despacho que exhibía algo de desorden vinculado con el trabajo antes que con el ocio o el desdén. Sobre el piso todavía quedaban algunas cajas sin desembalar y unos pocos objetos que aún no habían encontrado su lugar. Apagó la notebook, ordenó los escritos que habría de presentar en tribunales esa semana y fue en busca de la puerta de salida listo para asistir al ritual de cada lunes.

Nómade por destino más que por decisión propia, llegó a San Martín de los Andes un año atrás una vez terminada la temporada de esquí, época en que la ciudad —más pueblo que ciudad— retomaba su ritmo parsimonioso y su calma habitual hasta el inicio de la temporada de verano. Recién una vez instalado en un lugar diferente y desacostumbrado para él, pudo filtrar los avatares de su pasado inmediato, transformando de contingentes a continuos los refugios en los que buscaba protegerse.

No hubo una única razón que determinó su llegada desde la lejana Buenos Aires. La secuela de un divorcio basado en la irreductible convicción sobre la finitud de la relación fue uno de los disparadores de la ida hacia el sur, luego de diez años de matrimonio con Olivia. Ella había sido su único amor onírico, y la necesidad de alejarse del espacio en el que ella perduraba motivó la decisión de buscar un lugar que le permitiera huir de los fantasmas guardados celosamente en el departamento que aún conservaba en la calle Junín, del barrio de la Recoleta. Muchas veces intentó encontrar una explicación certera al fracaso de su matrimonio y otras tantas ni siquiera pudo intentarlo. A medida que lo hacía, se hundía en la pesadumbre.

San Martín de los Andes, enclavada en plena cordillera a la vera del lago Lácar, en la provincia del Neuquén, signada por un entorno de lagos y bosques naturales, tiene una belleza asombrosa, casi irreal, contenedora de espíritus desangelados a los que arropa en su interior. Y a veces, vomita.

Al mes de radicado, alquiló una pequeña oficina de dos ambientes en el segundo piso de un edificio ubicado en la céntrica calle San Martín, principal vía de circulación hacia el lago. No le fue fácil la inserción en la actividad profesional de la región; pero pudo hacerlo gracias a una vieja amiga de la infancia que lo vinculó con diferentes operadores periféricos del negocio turístico para que comenzara una nueva etapa como abogado independiente. El asesoramiento en asuntos laborales y en la instrumentación de fideicomisos inmobiliarios, sumado al dictado de clases de Filosofía del Derecho en la sede de la Universidad Nacional del Sur, de la Ciudad de Bariloche, forjó sus primeros pasos profesionales.

Sabía que aún conservaba intacta esa habilidad misteriosa e innata que le permitía ver a través de la complejidad e ir al fondo de los temas. Convencido de que cada problema legal —aun el más complicado— lleva siempre ínsita una solución, ese tipo de simplificación, si bien lo apuntalaba, muchas otras lo trastornaba, ya que no podía aplicarla en su vida personal. Después de haber recorrido tanta inestabilidad emocional, tenía que madurar su historia y aprender que detrás de la adversidad siempre se pauta con la misericordia. Los descalabros del pasado lo hicieron transitar andariveles oscuros, periplos de un ser extremadamente sensible arrojado al fragor de la lucha que terminó encontrando serenidad en esa parte del mundo. En el paisaje de ensueño, en el trabajo cotidiano de abogado y en las reuniones de Alcohólicos Anónimos de los lunes por la noche a las que asistía regularmente.

De mediana estatura, pelo castaño oscuro y ojos marrones que descubrían una mirada profunda y llena de matices, la actividad física que aún mantenía le daba un aspecto saludable. A los cuarenta siete años, Marcos Demaría era alcohólico en recuperación desde las nueve de la mañana del 10 de mayo de 2009. Gracias a la ayuda de algunos viejos amigos que le tendieron una mano grande, pudo conservar la matrícula profesional de abogado con la estricta condición de que no reincidiera en la bebida. Las familias de los alcohólicos generalmente sostienen rígidos rasgos de negación y ocultamiento mutuo, pero decididamente no era su caso. No porque no lo fuera, sino porque prácticamente no tenía familia. Y si nunca llegó a traspasar el punto medio que él mismo se había marcado, entre la cirrosis y la sobriedad, no fue por quedarse corto con el alcohol, sino porque era lo suficientemente inteligente como para saber que nada era más importante que su propia vida.

En otro tiempo, cuando las cartas venían malas, en vez de ahorrar para una cuarenta y cinco, Marcos se emborrachaba y transformaba paulatinamente sus días en un solsticio de invierno en el que la noche duraba las veinticuatro horas. Pese a la cabal consciencia de lo transitado, seguía siendo una etapa de su vida que se resistía al olvido. En lo más íntimo de su ser, sabía que todo el mal que había hecho, lo había hecho contra aquello sobre lo que tenía pleno derecho. Él mismo.

A los golpes aprendió que en toda actividad laboral cognitivamente demandante la excelencia la lograban no necesariamente los más talentosos sino los más perseverantes, y por eso, en sus circunstancias, el tránsito del éxito al fracaso fue una cuestión de metros. Los triunfos judiciales obtenidos muchas veces sobre la base de sofismas y estratagemas, junto a la paulatina disolución de su matrimonio, fueron dando paso a la inversión de las expectativas en una madurez profesional y personal arrojada a la autodestrucción. Ningún ser del planeta es tan exitoso ni feliz como se muestra en público. Existe una especie de lado B, una suerte de outlet existencial que invariablemente todos esconden, pero que a la larga aparece en la superficie. Marcos Demaría, sentado en el amplio escritorio de su despacho en Buenos Aires, el cuerpo apenas inclinado hacia adelante en el sillón imponente, los dedos de las manos entrelazados y los ojos cerrados en actitud pensativa. Horas después, el mismo personaje, en medio de la noche, derrumbado por el alcohol, portando una máscara de oxígeno mientras es llevado de urgencia en una ambulancia al hospital más cercano. ¿Cuál de los dos era él?: los dos; ¿qué eran en definitiva los miembros del centro de rehabilitación?: un grupo de personas débiles y desgraciadas; ¿qué son ellos ahora?: el mismo grupo de personas, menos débiles y menos desgraciadas, rescatándose a través de la búsqueda del sentido al avance de las agujas del reloj.

Existía un hilo conductor que enhebraba las vidas de todos los ellos: noches enteras sin dormir, algunos traumas que regresan simbólicamente y en especial mucho miedo a lo que vendrá. Al fin y al cabo, la adicción termina siendo una vía alternativa cuando los demás senderos no conducen a ningún lado. El éxito profesional engendra patologías, y la envidia y el recelo de muchos colegas hicieron metástasis en Demaría como los tumores. Por eso siempre que se proponía una meta, dejaba todo por logarla. Y fue así. Y así también terminó. Desde el día que comenzó la rehabilitación, optó por descifrar su expresión en la penumbra de las horas vividas, una por una, sin justificaciones estériles. Quien más, si no él, podía relevarlo del mando de sí mismo. El asunto consistía en saber si en verdad se puede cuidar a alguien de sí mismo.

Caminó las diez cuadras que separaban el centro de rehabilitación de su oficina, en medio de una noche fresca, limpia y sin viento. Era ese tipo de noche que predispone de buena manera al caminante. Se sentía bien y mientras avanzaba calle abajo, atrapado por la magnificencia del paisaje de fondo, imaginaba la diferencia con la locura, no exenta de dinero y reconocimiento, de los días en Buenos Aires. Un departamento de doscientos treinta metros en uno de los barrios más elegantes y exclusivos de la ciudad, otro más chico en la calle Junín, dos autos importados, un piso de oficina en la torre de las Galerías Jardín sobre la calle Florida, entre inversiones y depósitos, se fueron dilapidando al amparo de malas decisiones y de una separación cargada de facturas. Algunos fantasmas, ciertamente indefinidos, continuaban acechándolo. Otros, con nombre y apellido, también.

El centro de Alcohólicos Anónimos funcionaba en un amplio salón donado a la Municipalidad sobre la avenida Costanera, frente al muelle desde donde partían las excursiones lacustres a Hua Hum y Quila Quina. Dominada por una arquitectura basada en piedra y madera, con amplios ventanales, el salón conjugaba la afectuosidad y el esplendor del entorno. Sin embargo, aquella noche no había síntoma de calidez alguna en el interior. Cada uno de los integrantes, a su manera, reafirmaba el convencimiento recíproco acerca de la precariedad y la vulnerabilidad de la comunidad que formaban. Lázaro, uno de los más antiguos y queridos del grupo, había hecho punta la semana anterior. A las tres de la mañana del viernes se voló la tapa de los sesos.

2

El despacho del presidente del Tribunal del Trabajo Número I de la Ciudad de San Carlos de Bariloche, Arturo Díaz Garmendia, era vasto y muy cómodo. La gruesa y algo raída alfombra, los muebles de roble lustrados, los sillones grandes y las cortinas de color verde oscuro le daban un aspecto neutral a la oficina. El presidente del tribunal colegiado integrado por tres jueces era famoso no tanto por su fina ironía y por sus dotes de retórica, que ciertamente tenía, sino por su carácter sumamente irascible y por sus arranques de furia que infundían pánico entre los empleados.

De contextura grande, morocho y de ojos negros, era objeto de numerosas historias, algunas no del todo verídicas, que lo pintaban de cuerpo entero. Como aquella que daba cuenta de que una vez, en medio de una audiencia de testigos, le ordenó a uno de los abogados que le cubriera la cabeza a su cliente con su saco porque le molestaba la mirada despectiva que este lucía. Dotado de una gran capacidad para sostener un desprecio altanero, podía ser muy despectivo con todo aquel que no le inspirara el más mínimo respeto o, al menos, algo de resquemor. Su sola presencia inspiraba una maldad y un sarcasmo insolente que usualmente utilizaba para imponer su autoridad, que por ahora, esa mañana, parecía dejar de lado. Era de esas personas que estaban convencidas de que hasta los defectos propios eran fantásticos y, por ello, jamás habría podido escribir un diario íntimo sobre su vida.

—Pase, doctor —dijo seriamente el juez dirigiéndose a Demaría—. Tome asiento. El abogado de los demandantes debe de estar por llegar. —Díaz Garmendia lucía un traje a rayas grises sobre el gris más oscuro, que concordaba con su prolija barba entrecana y con la camisa blanca inmaculada. Sentado tras el escritorio, parecía un senador romano, con su sonrisa nada benévola por debajo de la nariz aguileña.

Por medio de un acuerdo regional suscripto entre las provincias del sur del país, con la aprobación del gobierno nacional, en el año 2000 se le había otorgado a la empresa Comercializadora de Electricidad del Sur Argentino Sociedad Anónima —CESA S.A.—la licencia para prestar el servicio público de electricidad en la región patagónica. Además, CESA tenía la concesión de dicho servicio en el sesenta por ciento de la ciudad de Buenos Aires y un porcentaje un poco menor en las provincias de Santa Fe, Córdoba y Tucumán.

Si bien la licitación había sido ganada por tres grupos empresarios diferentes que se dividían el territorio, CESA participaba en casi un cuarenta y cinco por ciento del total de ventas del mercado eléctrico de la región, prestando servicios a más un millón de usuarios residenciales, comerciales e industriales. Como era habitual que estos adulteraran los medidores de electricidad o que realizaran conexiones clandestinas para obtener el suministro eléctrico a bajo costo o directamente sin costo alguno, la comercializadora eléctrica había contratado una empresa especializada para inspeccionar y denunciar ilícitos en los medidores de los clientes.

El área de Control de Facturación de la Región Cordillerana de CESA tenía su sede en la ciudad de Bariloche y era la encargada de interactuar con la empresa MGT, contratada para inspeccionar los medidores. El gerente del área, Juan Carlos Abreu, contaba con dos jefes de divisiones, Rodolfo Link y Héctor Rampodi, personas de su máxima confianza. Los tres habían sido en el pasado empleados de la empresa estatal provincial de electricidad y, luego de la privatización del servicio, traspasados a CESA, por lo que registraban una antigüedad promedio de treinta años en la actividad.

Luego de una exhaustiva investigación llevada a cabo por la Unidad de Auditoría Interna de CESA en conjunto con el Ente Provincial Regulador del Servicio de Electricidad, varios funcionarios del organismo de control habían sido sumariados por hacer la vista gorda y cajonear las denuncias de algunos de los ilícitos que detectaba la contratista. La investigación puso al descubierto que MGT era una empresa fantasma que denunciaba medidores adulterados que en rigor no lo estaban y que informaba inspecciones que en la práctica no realizaba, las cuales eran aprobadas por los tres empleados de CESA con el objetivo de habilitar los pagos a la contratista. Los montos involucrados en los pagos hechos por la comercializadora eléctrica involucraban decenas de millones de pesos y, dada la defraudación verificada, los empleados de CESA fueron a parar directo a la calle. Para peor, el jefe del sector, Abreu, era a la vez socio de otra empresa diferente que le prestaba servicios inexistentes a MGT, dejando a las claras la ingeniería legal utilizada para el retorno del dinero que luego repartían.

Claro que ese no era el criterio de los empleados, quienes, representados por Mario Ugarte, habían entablado una demanda judicial por despido injustificado y por daños y perjuicios en contra de CESA. Los pobres angelitos pedían la friolera suma de quince millones de pesos, sumando los tres reclamos.

Ugarte era un robusto abogado de cincuenta y ocho años de edad, calvo y de grueso abdomen, que hacía gala de una fuerte voz, áspera y amenazante. De larga experiencia en el fuero laboral, sin grandes luces, pero metódico y prolijo en su trabajo, era el tipo de abogado que todo trabajador quiere tener de su lado, sobre todo si está dispuesto a cobrar a resultado un poco menos del veinte por ciento de lo que obtengan sus clientes en el litigio. Ese martes por la mañana estaban reunidos informalmente en el despacho del presidente del tribunal, el abogado de los demandantes y Marcos Demaría, abogado de la compañía eléctrica.

—Señores, los he convocado a esta reunión con el fin de que evalúen la posibilidad de arribar a un acuerdo económico en la próxima audiencia de conciliación que se irá a celebrar antes de la apertura a prueba del expediente. Ustedes saben perfectamente bien cuál es la posición del tribunal y el sumo agrado con que se reciben las propuestas conciliatorias, siempre y cuando, claro está, impliquen una justa composición de los intereses en disputa —abrió juego con altivez el juez Díaz Garmendia.

El juicio tenía aristas sensibles, ya que uno de los despedidos, Abreu, conservaba fuertes lazos con el sindicato eléctrico, de cuya mesa directiva provincial se abrió dos años atrás por prescripción médica. A la vez, la empresa demandada era una concesionaria de servicio público de capitales franceses que actuaba en varios países de Latinoamérica con elevados niveles de producción y rentabilidad.

—Su señoría —dijo rápidamente Ugarte—, la función que mis clientes cumplían en CESA era meramente operativa, dependiente de la Dirección Comercial. Basta con ver el organigrama de la empresa. Por lo tanto, las tareas de los señores Abreu, Link y Rampodi eran de rutina, mecanizadas, meramente administrativas, sin que ninguno de ellos tuviera la facultad de aprobar o de certificar los servicios que prestaba la empresa contratista MGT. En suma, jamás pudieron cometer las faltas que injustificadamente se les atribuyeron.

Ugarte ensayaba el eterno alegato de oreja, como si el juez no supiera que más de la mitad de las cosas que decía no eran ciertas. Una vez finalizada la explicación del abogado, Demaría contraatacó a sabiendas de que contaba frente al juez con un porcentaje de credibilidad más o menos similar. Durante dos minutos explicó la situación con precisión y sin adjetivar innecesariamente.

—… en suma, teniendo en cuenta que las pruebas recolectadas acreditarán los hechos que constituyeron las graves faltas imputadas a los empleados y que estos no dieron explicaciones satisfactorias oportunamente, mi cliente entiende más que justo el despido dispuesto, máxime tratándose…

—Doctor Demaría, por favor, ya es suficiente —lo interrumpió secamente el juez—. Conozco el expediente de memoria, sólo le pido que analice con su cliente la contingencia de que el tribunal dicte una sentencia adversa para CESA y gestione la posibilidad de evaluar una propuesta económica a ver si podemos llevar todo este entuerto a buen puerto en la próxima audiencia.

En otros términos, el presidente del tribunal le estaba pidiendo a Demaría que le dijera a CESA que los tres empleados que la habían estafado y defraudado durante años en connivencia con la contratista, debían ser resarcidos para evitar el riesgo de una eventual sentencia condenatoria.

Pavada de encargo.

—Por su parte, doctor Ugarte —continuó el juez dirigiéndose al abogado de los despedidos—, le pido que hable con sus clientes y les informe que este tribunal, en los casos en que rechaza las demandas, aún en forma parcial, condena en costas a los perdedores.

Ahora Díaz Garmendia invertía la presión.

En líneas generales, quien promueve una demanda judicial debe pagar la tasa de justicia, contribuir con el sostenimiento de la colegiación del profesional que lo representa y anticipar gastos y honorarios. Estos gastos se llaman costas y, en última instancia, los debe afrontar quien pierde el juicio. Podía ocurrir que los tres empleados tuvieran que hacerse cargo de los honorarios de los peritos que intervendrían en el juicio y de los honorarios de Demaría, si les rechazaban total o parcialmente la demanda. Al constituir un porcentaje calculado sobre los montos involucrados, no iban a resultar ni remotamente bajos.

El juez hizo un breve silencio, para luego proseguir hablando con el mismo tono firme y seguro.

—Con la convicción de que ambas partes harán todos los esfuerzos a su alcance para cumplir con lo peticionado por el tribunal, fijaremos, si están de acuerdo, la audiencia de conciliación para el día 12 de noviembre. De no arribarse a ningún acuerdo en ella, el tribunal procederá a la apertura a prueba del expediente —concluyó antes de que los tres se saludaran cortésmente una vez finalizada la reunión.

3

La distancia entre la ciudad de San Carlos de Bariloche y la de San Martín de los Andes es de doscientos sesenta kilómetros. El equivalente a tres horas de viaje en auto en medio de un paisaje enmarcado por la imponente cordillera que se despliega a ambos lados del camino y por los bosques de cipreses que se abren paso entre las añosas rocas. La ruta que comunica ambas ciudades es la ruta nacional 40, a lo largo de la cual se halla el tramo conocido mundialmente por su enorme belleza llamado “De los Siete Lagos”, que une las localidades de Villa La Angostura y San Martín de los Andes. A medida que avanzaba por la ruta, Marcos vio cómo asomaba con toda su imponencia el lago Falkner y su sucesión de playas de arena, así como el pequeño río que lo hermana con el lago Villarino. La magnificencia de un lugar único, mirase por donde fuere.

Marcos llegó a San Martín de los Andes pasadas las dos y media de la tarde para almorzar con su amigo y compañero del centro de Alcohólicos Anónimos, Harry O´Connor, un irlandés alto y extremadamente flaco, de cincuenta y tres años, pelo colorado y saltones ojos azules. Harry vivía en la Argentina desde 1995, luego de que fuera eyectado abruptamente de su país a raíz de su violento pasado vinculado al grupo revolucionario Ejército de la República Irlandesa (IRA) que enraizaba en la lucha del país a favor de la independencia del Reino Unido. No obstante, existían dos causas más por las cuales el irlandés debió irse de su país a los treinta y ocho años. Primero, el consumo consuetudinario de drogas. Segundo, la firme decisión de su esposa de echarlo de su casa porque no lo toleraba más.

Padre de un chico de veintitrés años a quien nunca más vio y con quien mantenía esporádicos contactos, hizo recurrentemente de su ausencia del hogar un acto más que de abandono, de desamor, lo cual lo angustiaba en extremo. Trabajaba como redactor de notas turísticas para el periódico local de San Martín de los Andes y a la vez enseñaba inglés en forma particular, actividad que le generaba un ingreso que le permitía vivir dignamente. Ambos se conocieron en la primera reunión de Alcohólicos Anónimos a la que asistió Marcos y desde esa noche fueron cultivando una amistad que se fue solidificando con el correr de los meses.

Escritor de cuentos, sensible y nervioso a veces, Harry mostraba una imperiosa ansiedad por expresarse sobre la condición humana a través de la escritura. El exilio se había transformado en una perspectiva bastante menos despreciable que lo obligaba a ver la vida de manera más amplia, constituyendo una condición de adversidad que se reflejaba de manera singular en su producción literaria. Al mismo tiempo, enseñar su idioma de origen a los alumnos particulares le permitía conectarse con los demás y le evitaba caer en el temido aislamiento de los escritores. Estaba absolutamente convencido de que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, era una forma de mejorar el mundo, de equilibrarlo de su costado trágico. Justamente le estaba contando a Marcos esa tarde acerca de su lucha de todos los días para poder mirarse a sí mismo con otros ojos.

—Me alegra que de a poco vaya dejando de causarme extrañeza —dijo en un perfecto castellano—. Quizá de ahí provenga a lo mejor mi condición, angustiosa y compleja, lo reconozco, de querer redescubrirme permanentemente.

—Cómo te gustan los personajes oscuros, atribulados como vos. Debe ser por el poder que representan en los otros —indicó el abogado.

—Sí, pero me interesan más que nada por el poder que tienen de confundirte, de tergiversar las cosas haciéndote creer lo que no es —Harry sorbió un trago de agua—. ¿Tenés idea de lo que es el kintsugi?

—No, ni idea.

—Consiste en el arte de llenar las partes rotas de un objeto con una especie de resina que contiene oro en polvo diluido. En vez de disimular las fisuras, se las subraya con esa sustancia que les da luminosidad y que hace que adquieran más valor que el objeto mismo.

—¿Y entonces? —preguntó con intriga Marcos.

—El objeto no sólo no esconde las cicatrices sino que las exhibe orgullosamente.

—Interesante.

—Más que interesante. La ostentación de las cicatrices como metáfora es algo grosso. Claro que el carácter de contornos complicados y ambiguos de los tipos de las grandes ciudades como vos, que suponen que lo mejor que tiene el planeta es que se hagan agujeros en el suelo, salga petróleo y con él la plata para pagar a los abogados, resulta diametralmente opuesto a la forma de ser de personas sensibles como yo —finalizó Harry moviendo la cabeza con aires de resignación.

—Que me acuerde, vos viniste de una ciudad bastante pesada, no de la campiña precisamente. De todos modos te aclaro que el hecho de que sea complicado el carácter de un tipo de las grandes ciudades no significa que no lo tenga definido ni tenga preocupaciones de índole existencialista —Marcos hizo una pausa para beber el café, enarcó una ceja y continuó hablando—. Si yo leo a un escritor guatemalteco, posiblemente encuentre un ritmo cadencioso en su escritura, típico de la cultura de ese país. En cambio, si leo a uno de Buenos Aires, es probable que destile una buena dosis de desencanto, un humor negro irritante, hasta te diría amargo, pero no por eso voy a dudar de su carácter ni de su sensibilidad.

—No hace falta vivir en Buenos Aires para escribir historias desencantadas o teñidas de violencia psicológica o física. Al respecto te cuento que anoche terminé de leer una novela policial buenísima, escrita por un periodista de la provincia de Córdoba que indaga y describe con maestría los intersticios de un país donde todos son corruptos y todos tienen una buena justificación para serlo.

—¿Dónde transcurre la novela, en Dinamarca? —retrucó Marcos.

—Sí, en Dinamarca. Hablo en serio.

—Yo también, es una manera de avalar lo que decís desde el costado opuesto. Claro que, para variar, nunca estás tan de acuerdo con lo que digo, aunque en el fondo lo estés.

—Vos no entendés nada. Mi antagonismo hace que las conversaciones puedan fluir, que tengan sentido y terminen en algún costado interesante a partir de la propia mecánica que propone la discusión. Si estoy de acuerdo con todo lo que dicen los demás, ¿de qué carajo seguimos hablando? Salvo que el otro sea un tipo inteligente, claro —dijo Harry mordazmente.

Marcos sonrió. Con el tiempo había aprendido a conocerlo en profundidad y sabía que jamás lo lastimaría sin motivo que lo justificare.

—Bueno, que seas antagónico no significa que seas necesariamente un boludo.

—Tampoco estoy de acuerdo —contestó el irlandés sonriendo con su propia ocurrencia—. Además te digo que, al margen de ser un boludo importante, no sabés de las bondades de ser pelirrojo, joven y medio degenerado.

O’Connor poseía un notable sentido del humor, agudo y creativo, que usaba como habitual mecanismo de resguardo para las grietas que anidaban bien en su interior. Con él, los silencios jamás generaban incomodidad. Cualquier intento asertivo suyo o de quien conversara en esos momentos con él, la mayoría de las veces, concluía en una larga risa ajena a la mueca cínica berreta posmoderna tan común. Una vez Marcos le había dicho en una reunión que no recordaba la última vez que se había reído tanto con sus ingeniosas salidas y por las anécdotas que contaba, a lo que muy serio Harry le respondió que la procesión iba por dentro, dando a entender que jamás abandonaría el personaje tortuoso y dramático que lo gobernaba. Si bien lo torturado en el fondo no lo bancaba, ya que su inteligencia crítica era fantástica, le gustaba jugar ante los demás ese rol de absoluto acaparador, más bien héroe, del humor y del dolor.

Harry aborrecía las sociedades del bienestar basadas en la igualdad, típicas de los países nórdicos de Europa, en las cuales todo pensamiento fuera del consenso general era considerado reaccionario o extremista. A su manera, dignificaba el linaje cultural irlandés, aún en la anomia y en la despersonalización contemporánea. Percibía una etapa de transición antes de las grandes transformaciones en las sociedades contemporáneas, para lo cual proponía una movilización general en todo el mundo, una gigantesca red multinacional y transversal de protesta que uniera a todos los ciudadanos.

Más allá de la originalidad de ese pensamiento, Harry estaba medio loco.

—Cambiando de tema, ¿cómo anda tu libro? —le preguntó Marcos.

Publicado dos meses atrás, Noviembre astillado era una colección de diez cuentos más o menos cortos, que transcurrían en atmósferas fantásticas e irreales, que narraban sórdidas historias, no exentas de dosis de terror. Misceláneo, huidizo del rótulo estricto de libro de cuentos, era una clara demostración de la exhaustividad en la descripción de los personajes y de las situaciones. A la par, el libro revelaba cierta inmadurez en la pretensión narrativa pese a su dúctil prosa. Los epígrafes que encabezaban cada uno de los cuentos eran señales de alerta para quien se insinuara por esos senderos ambiguos, llenos de sombras sugerentes.

Admirador de la literatura rusa del siglo diecinueve y de su preocupación filosófica —el príncipe Myshkin de El idiota de Dostoyevski era uno de sus personajes de ficción preferidos— Harry concebía la literatura como un arte en el que la mayor intensidad se lograba con la menor cantidad de recursos. Escribir representaba para él un delicado mecanismo de enfrentar un pasado que, si bien no podía cambiar, al menos sí sobrellevar decorosamente. La literatura germina y fluye mejor en la zona de la pérdida, de la frustración y su historia personal siempre tuvo más de fracasos que de triunfos. Pese a la heterogeneidad de los cuentos, el libro fraguaba su unidad a partir de la misma sensación de perplejidad y de incertidumbre, por momentos acuciante, que la dominaba.

—El libro ha tenido buena recepción por parte de la crítica, sobre todo en Buenos Aires. En la editorial calculan que la primera edición se agotará más rápido de lo previsto. Es más, me han citado para conversar sobre un nuevo libro a publicar a fines del año que viene, o a principios de 2012.

—Entonces quiere decir que sos bastante optimista acerca del futuro del pesimismo que te caracteriza.

Harry bufó.

—Publicar no me desvela en absoluto, aunque uno se convenza de que las cosas que escribe son infinitamente mejor que muchas de las pavadas que lee. La pura verdad es que a mí lo que me gusta es escribir. Se supone que el sufrimiento es la materia prima de cualquier tipo de arte, y en mi caso es un buen mecanismo para darles forma a los desastres en cadena que voy imaginando.

—O una forma de revancha, de contar tu vida desde tu versión, una especie de biografía propia encubierta.

—Querido amigo, la literatura es algo intuitivamente ligado a la moralidad de cada uno de nosotros. Esa es la razón por la que hay pocos abogados escritores de novelas. Y esos pocos son decididamente malos —indicó perentorio el irlandés.

—O la razón por la cual algunos inventan su propia ficción, convencidos de que la novela que relatan ocurrió realmente —acotó el abogado.

—Quizás fue esa una de las razones por las que recurrí al uso de fantasmagorías en los cuentos, que por supuesto nacen de mi propio contenido emocional. Pero, la verdad, no me había puesto a pensar tanto sobre las pavadas que escribo. Cuando leas detenidamente mi libro, vas a ver que mi prosa ancla en una ficción imaginaria de la cual extrae su luminosidad más profunda —dijo Harry meneando la cabeza.

—Entonces para leerte seguro que voy a necesitar un faro.

Harry hizo caso omiso del comentario.

—Se necesita una sobredosis de amor y de sensibilidad para escribir un libro como este, como el que se le profesa a una mujer deslumbrante y dañina a la vez. No creo que lo entiendas, da igual. En el futuro imagino escribir sobre los sueños y fundamentos de la ciencia ficción clásica basada en la cultura del movimiento maker, relatos sobre androides y personajes épicos ciberpunks, esas cosas.

—Interesante.

—Otra vez con la misma pelotudez de interesante. By the way, recordá que el viernes que viene a las ocho de la noche hago la presentación formal del libro en el centro de convenciones y que seguramente necesite que esté presente uno de los dos abogados con experiencia de la ciudad. Como el lúcido está muerto, tendrás que venir irremediablemente —concluyó Harry.

La charla continuó de manera intrascendente por espacio de media hora más, al cabo del cual cada uno partió a sus respectivos destinos. Harry hacia al diario local y Marcos a su estudio jurídico.

4

Horas más tarde, a solas en su despacho, Marcos revisó las carpetas apiladas sobre el escritorio y separó aquellas que demandaban una atención inmediata. Tenía tres mensajes en el contestador automático del teléfono de línea. El primero era de uno de sus primeros clientes en San Martín de los Andes, una inmobiliaria que lo consultaba por una comisión que no le habían pagado pese a que las partes acordaron el alquiler de una casa fastuosa con vista al lago Lácar. El segundo mensaje era de Carlos Veracruz, director de Asuntos Jurídicos de CESA, que lo llamaba desde Buenos Aires para interiorizarse sobre los pormenores de la reunión habida por la mañana con el juez Díaz Garmendia en el tribunal. El tercero era de Desiree Lage, una abogada penalista de treinta y ocho años que trabajaba en el estudio jurídico más importante de la ciudad de Bariloche. Nada fuera de lo común, a no ser que habían dormido juntos por primera vez el pasado viernes, cuando ella viajó a San Martín de los Andes por cuestiones laborales. La llamaría más tarde, una vez que hubiera terminado su día de trabajo.

Luego de consultar los correos electrónicos, Marcos se concentró en el caso Alonso. Pablo Alonso era un brillante economista que trabajaba en una compañía financiera de la ciudad de Neuquén, piloteando una unidad de negocios generadora de pingües resultados económicos. Su trabajo básicamente consistía en intermediar productos financieros. El generoso salario de Alonso estaba integrado por un sueldo mensual, más un bono anual, porcentajes sobre las ganancias y demás beneficios adicionales como tarjetas de crédito corporativas, telefonía celular y automóvil.

El problema fue que a mediados de 2009, luego de una feroz discusión con uno de los dueños de la financiera por unas comisiones adeudadas, Alonso le propinó una furibunda trompada que encaminó al jefe al hospital con pérdida de conocimiento y al economista directamente a la calle. La sentencia de primera instancia dictada por el Tribunal del Trabajo de la Ciudad de Neuquén rechazó la demanda, ya que consideró que tanto los insultos como las agresiones físicas constituyeron motivos por demás justificables para echar a un empleado.

El abogado que representó a Alonso durante el juicio sufrió un accidente cerebrovascular días antes del dictado de la sentencia y por lo tanto se encontraba imposibilitado de continuar con el caso. Un amigo en común le recomendó al pobre de Alonso que consultara a Demaría dada su experiencia en temas laborales empresariales. Marcos tenía diez días para interponer un recurso extraordinario ante el Tribunal Superior de la Provincia del Neuquén a fin de intentar dar vuelta el fallo, tarea para nada sencilla teniendo en cuenta la solidez de los fundamentos de la sentencia del tribunal de origen. Y en especial, la de la piña que tumbó a quien no debía.

El sonido del teléfono interrumpió el pesado silencio reinante en la oficina. Como no tenía secretaria, Marcos atendió personalmente. Desiree se encontraba en la ciudad y arreglaron para comer juntos por la noche.

Ubicado en lo alto del valle, a unos mil quinientos metros y rodeado de majestuosas cumbres, Macci era uno de los restaurantes preferidos por ella en San Martín de los Andes. Sentados en una mesa en la terraza acristalada, era como si la noche acogiera una celebración más íntima que la del resto de las personas.

Marcos la miró con detalle. Morocha y de intensos ojos verdes, de estatura mediana, tenía el cuerpo de una mujer que sabía cuidarse muy bien pese tener una edad cercana a los cuarenta años. Piernas fuertes y nalgas firmes eran los rasgos distintivos de un cuerpo mucho más curvo que cualquiera, parte de un conjunto de acción que no se masculinizaba nunca. Dotada de una fuerte personalidad que la tipificaba como una abogada enérgica y respetada por sus colegas y adversarios, era dueña de un carácter no común. A su manera, si bien entraba en una etapa de esencial madurez, tenía una belleza sumamente particular. Exudaba cierta calidad, como los vinos añejos, que la hacía más interesante y atractiva a medida que pasaban los años, logrando accionar en Demaría una cerradura oxidada desde que se había separado de Olivia. En los últimos meses, el componente sexual de la personalidad de Marcos, dominante en un tiempo, había quedado sofocado por tantas capas de culpa en el pasado, que recién desde que conoció a Desiree parecían ir derritiéndose una por una.

Pidió croquetas de pescado rellenas en salsa blanca y ella unos calamaretes en salsa de vino blanco y cebolla. Como el alcohol estaba prohibido por el resto de los días de Marcos, tomaban Coca-Cola light y limonada en silencio.

—¿Estás acá? —inquirió él.

Ella sonrió mostrando unos dientes casi perfectos, al tiempo que le rozaba una pierna por debajo de la mesa, sugerentemente. Por momentos lucía ensimismada en sus pensamientos, como si la devorara la calma del entorno.

—Tenés un semblante no muy animado —agregó Marcos.

—Puede ser, hoy no ha sido uno de mis mejores días.

Desiree miraba un imaginario vacío que llenaba con recuerdos. Hija única, había tenido una traumática relación con un hombre doce años mayor que ella, un empresario textil divorciado con quien llegó a convivir durante unos meses antes de la ruptura definitiva, ocurrida tres años atrás. Si bien Marcos la conocía no hacía mucho, le sorprendía y al mismo tiempo le intrigaba su obstinado empeño en no mostrar sus emociones más íntimas, como si ella no quisiera descubrir su mundo interior, su universo personal. Tal vez escondiera algunos secretos de un pasado que no estaba dispuesta a dar a conocer, por ahora.

—Estaba imaginando… —dijo ella con aire pensante—, ¿qué razón existe para suponer que lo que ocurre todos los días, los juicios, los clientes, las sentencias, son más reales que los diálogos que soñamos la noche anterior?

Él la miró extrañado.

—Si estás cuestionando el orden de lo real, quiero decir, si estás poniendo en duda lo que damos por asumido, entonces creo entender tu pregunta. Para los que nunca se cuestionan en qué consiste la realidad, lo real termina siendo aquello que sólo resulta verdadero. La ficción, naturalmente, pasa a ser patrimonio de otros.

—De los escritores —agregó ella.

—Y de los abogados —sonrió Marcos.

—Estoy convencida de que la verdad y la ficción no son contrarios, se entremezclan y muchas veces no sabemos o no podemos diferenciarlas. Digo, ¿cómo saber con certeza qué es lo real, o como decís vos, lo verdadero? —continuó Desiree, clavando la mirada fija en algún punto lejano de la montaña.

—Desde cierto punto de vista no existe el concepto de lo verdadero, se aspira a la visión ideal, fantástica, de todo aquello que en el fondo no es real. Como si el resto de las cosas fueran simples simulacros y por lo tanto nada tiene un significado y todo resulta ser una mentira, incluso si es verdad.

—No me convence —dijo ella.

—Yo tampoco estoy de acuerdo con ese pensamiento —acordó Marcos—. Creo que todo lo que vivimos forma parte de la realidad, no sólo lo que hacemos sino también lo que imaginamos, aunque reconozco que existe una tendencia en los últimos años al escepticismo cruel que estima que no podemos conocer las cosas que ocurren tal como son.

—Y por el otro creo que también existe un exceso de credulidad irracional que es capaz de creer en cualquier cosa.

—Cierto —Marcos permaneció en silencio unos pocos segundos—. Pero sigo sin saber hacia dónde vas con tu pregunta.

—El punto es el siguiente —ella sonrió nuevamente, ahora con mayor naturalidad—. Vamos a suponer la siguiente hipótesis. El hijo de un prominente político opositor al gobierno provincial de turno de Río Negro fue víctima de torturas por parte de la policía de Bariloche. Lo torturaron para que confesara la comisión de una serie de delitos sexuales supuestamente cometidos durante el transcurso de una fiesta privada en una majestuosa casa con vista al lago Nahuel Huapi. Pese a la brutalidad del procedimiento policial, el juez considera que la confesión del imputado, aún en esas circunstancias tan anormales, si bien no configura una declaración de culpabilidad, sí constituye una grave presunción en su contra.

—Me parece un espanto —acotó Marcos.

—Al final de cuentas, el juez lo termina condenando sobre la base de esa presunción de culpabilidad a la que avala con los informes de los peritos médicos que acreditaron lesiones anales y vaginales sufridas por la víctima.

Desiree hizo una pausa.

—El imputado, terriblemente enojado con su abogado defensor, a quien obviamente le echa la culpa de la condena, quiere, y estaría en todo su derecho, recurrir la sentencia por considerar que ha violado el artículo dieciocho de la Constitución Nacional que expresamente prohíbe que alguien pueda ser obligado a declarar contra sí mismo.

—Es inevitable que si una persona es obligada a declarar bajo coacción, sus dichos deben tenerse por inexistentes y no pueden ser tenidos en cuenta ni siquiera como indicios de culpabilidad —argumentó muy seguro Marcos—. Una idea o criterio contrario a este pensamiento atacaría groseramente la garantía constitucional de la defensa en juicio.

Ella esperó para hablar de nuevo. Su mirada, ahora penetrante y fría, no dejaba entrever expresión alguna.

—El asunto es que existen serias sospechas de que este buen hombre, presuntamente intoxicado con cocaína, habría abusado y violado a una chica alcoholizada produciéndole severas hemorragias internas.

Marcos había escuchado algo al respecto. Luego habló.

—Y el hipotético violador necesitaría un nuevo abogado, o abogada, que le haga valer sus derechos frente al Estado, que sin duda los tiene, en razón de la violencia sufrida en su declaración ante la policía. De ser así, se tornaría nulo todo lo declarado por él en su contra. Seguramente, al ser miembro de una familia adinerada y políticamente influyente, podría pagarse la mejor defensa penal que hubiera en Bariloche.

—Algo así.

—Y también es probable que los socios del estudio jurídico le asignen la causa a la mejor abogada de la firma —concluyó Demaría.

El eterno dilema moral de los abogados. Aceptar o declinar la defensa de quien se sospecha que ha cometido algún delito criminal aberrante. Es verdad que todo el mundo merece un juicio justo y que se le aplique la ley en forma correcta, pero ¿cuál es el verdadero peso y alcance de la ética en el ejercicio de la profesión?; ¿hasta dónde los imperativos éticos constriñen la libertad de juicio y de conciencia de los abogados?

Para la mayoría de los habitantes de este planeta, si existe una profesión tipo que se caracteriza por su inmoralidad intrínseca e inevitable, es precisamente la de los abogados, como si un narcotraficante o un abusador, por citar algunos ejemplos de quienes cometen actos execrables, no tuvieran derecho a defensa alguna. Seguramente para estos criminales, la abogacía no se cimienta en la rectitud de conciencia, sino en la agudeza del ingenio y en el instinto de supervivencia.

Lo peor es que para el resto de los mortales, también.

—Una cagada tu hipótesis, la verdad —dijo Marcos—. Sería horrible que defendieras como moral lo que pienses que no lo es y, peor aún, te convencieras de lo contrario. Ahora, si pensás que el caso resulta infame, deberías rehusarlo. Si en cambio lo tomás, no hace falta que te diga que tenés que comprometerte a fondo con el juicio. Eso es lo único real.

—Supongo que tenés razón. Pero los defensores penales también somos humanos y no nos gustan todos nuestros prójimos. Sé que esto no debería afectar mi desempeño y toda esa perorata, pero hay casos en los que a uno le gustaría no tener nada que ver con el cliente. Sin eufemismos, siento que estoy perdiendo algo, no por la vida en general, sino por mi trabajo. Tampoco es por la clase de gente que defendemos en el estudio. Nadie contrata a un abogado penalista por una torta de plata a menos que esté complicado, y si está complicado generalmente es por algo. No hay nada folklórico ni romántico en esto; en las cárceles, por lo general, no hay muchos inocentes —terció ella con la experiencia que le daban tantos años de ejercicio profesional en un ambiente tan hostil.

—Sabés bien que esta es una profesión en la que a veces uno tiene que hacer cosas no del todo agradables para después, de algún modo, purificarse —acotó Marcos.

—Volviendo al tema del principio —agregó Desiree—, el límite entre el bien y el mal es muy difuso. La mayoría de los asuntos se han vuelto coyunturales y nos convencemos de que todo, absolutamente todo, en principio, es justificable. Incluso el homicidio.

Se conocieron a mediados de septiembre en Bariloche, durante la fiesta de cumpleaños de un psiquiatra al que el estudio jurídico en el cual ella trabaja contrataba a menudo como perito consultor. Durante horas los dos conversaron animadamente, al principio sobre diversos temas vinculados al ejercicio de la profesión y al funcionamiento del sistema judicial. En épocas de sobrecarga de procesos judiciales, el trámite de los juicios devenía lento e ineficiente y resultaba carne de cañón para anacrónicos debates entre los abogados y especies afines. Ambos coincidían en que no era menos cierto que la eficiencia no constituía una valoración a la que privilegiar, si con ello se pasaban por alto otras valoraciones durante la tramitación de un pleito. Un proceso legal podía ser eficiente y, sin embargo, la sentencia dictada ser tremendamente injusta y el sistema no podía darse el lujo de ser injusto.

En esencia, nada de aquello que hablaban era lo más importante que sucedía esa noche entre ellos. A veces, un mero roce, un simple gesto, la mirada que se descubría permitieron intuir que existiría la posibilidad de otra más adelante. Al rato, ya en confianza, hablaron de la vida, del futuro y de cuestiones sin duda más interesantes que los vaivenes del sistema judicial. Entrada la madrugada, intercambiaron los números de los teléfonos celulares y prometieron volver a verse.

Marcos pagó la cuenta y, una vez en la calle, pasó un brazo por los hombros de Desiree mientras caminaban hacia el Peugeot 207 de él. Cuando le sugirió que continuaran la noche en su casa, ella aceptó de inmediato. Mañana temprano por la mañana regresaría a la ciudad de Bariloche en ómnibus.

La pequeña y acogedora cabaña que Marcos alquilaba al pie de uno de los cerros limítrofes de la ciudad por un precio accesible, estaba construida con madera tratada de pino Oregón y ventanas de aluminio. Una vez en su interior, Marcos preparó café para él y té verde para ella. La suave música de Pat Metheny fluía del parlante de Apple, mientras el resplandor del fuego de la chimenea iluminaba las siluetas de los dos, dándole un aspecto tremendamente sensual al encuentro. Podía percibirse algo acogedor entre esas paredes, como también había en ambos rastros de ternura y vulnerabilidad expuestos, que enmascaraban la inhibición y el recato oculto de sus personalidades.

Parados frente al sofá, ella aspiró su perfume y se mareó; no necesitaba del alcohol, ya estaba excitada por su sola presencia y proximidad. Comenzaron besándose largo rato con la ropa puesta hasta que Marcos le quitó el sweater con sus dedos delgados. Él la observaba mientras Desiree se desnudaba sin pausa y sin prisa, la piel serena y suave como el resto del conjunto. Acostada en el sofá, él le besó cada centímetro del cuerpo, empezando por el cuello, siguiendo por los pezones largos y las grandes aréolas redondas, hasta detenerse unos segundos bordeando el ombligo. Luego, con la punta de la lengua recorrió salteadamente los muslos y la pelvis, al tiempo que la humedad en el interior de ella requería de una urgencia inmediata. Con un sollozo presuroso, lo atrajo dentro de ella y Marcos, con pujes largos y lentos, la penetraba una y otra vez mientras Desiree gemía contra su garganta, hasta llegar a un largo y sentido orgasmo encadenado por una serie de interminables espasmos. Él la siguió segundos después.

Más tarde, agotados por el placer y desnudos en la cama, descansaron abrazados, convencidos que a las tres de la mañana no hay disfraces y no hay máscaras, se es quien se es realmente y se aprende que el amor es eterno, mientras dura, como enseñara el Nobel colombiano.

5

—¿Quién de ustedes está a favor de la poligamia? —Se escucharon algunas risas en el auditorio entre los alumnos—. No se rían, todos saben que para ciertas culturas resulta legal y por lo tanto jurídicamente aceptada.

—En las ficciones uno puede acomodar todas las piezas como quiera, pero en la vida real occidental no se hace lo que siempre se quiere —dijo haciéndose el gracioso un pelirrojo sentado al fondo a la izquierda.

Marcos lo miró sorprendido.

—¿Acaso vos querrías tener varias mujeres en la vida real?

—Sí, pero me iría de viaje con la actual, jamás con la del año anterior —replicó el alumno con una sonrisa entre sobradora y canchera motivando las carcajadas de sus compañeros.

—Mirá que hablo de esposas y no de amantes —contestó rápido a su vez Marcos dando rienda suelta a más risas generales—. Hablando en serio, para la cultura occidental, cuya sociedad se basa en la familia sustentada en la institución del matrimonio, la poligamia no es aceptada porque violenta principios y valores de orden ético superior —dijo—. Entonces el Derecho, como conjunto de normas, principios y valores jurídicos que regulan las conductas de los individuos, se presenta como un concepto equívoco que responde en buena medida a la posición filosófica que se tenga. Explicar en qué consiste el elemento moral que lo integra es una cuestión que dividió profundamente a los filósofos a lo largo de los siglos. Por eso lo que sabemos del Derecho, lo sabemos por su historia.

Eran las nueve menos veinte de la noche del jueves y Marcos daba clases de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Sur, en la ciudad de Bariloche. La universidad aspiraba a consolidarse como un centro de referencia académica de las provincias de la Patagonia haciendo de la excelencia docente un auténtico sello en la región. Para ello, contaba con una serie de recursos humanos y materiales que garantizaban el acercamiento con el entorno productivo. La sede de Bariloche tenía tres facultades, Derecho, Ciencias Naturales y Ciencias Económicas. Un año atrás se había anexado el Observatorio Astronómico y el Museo de la Patagonia.

Su edificio era uno de los más modernos de la ciudad. Diseñado por un arquitecto referente del lugar, recogía en sus cinco pisos elementos locales y autóctonos, méritos que incluso fueron destacados en la Decimoquinta Bienal de Arquitectura Argentina. Marcos Demaría daba clases todos los jueves de siete de la tarde a nueve de la noche. El auditorio, con capacidad para cincuenta personas cómodamente sentadas, estaba casi completo, con mayoría de alumnos regulares y unos pocos que asistían en calidad de oyentes.

—En definitiva —Marcos miró a los alumnos de izquierda a derecha detenidamente—, la pregunta que queda flotando para la próxima clase sería la siguiente: ¿puede aplicarse una ley que sea intrínsecamente injusta, o basta con que sea sancionada de acuerdo con el procedimiento previsto en la Constitución Nacional y acatada por la mayoría de los ciudadanos para que sea válida, independientemente de su contenido?

Antes de que alguien intentara algún comentario en medio del bullicio provocado por las voces de los alumnos, sonó el timbre que indicaba el final de la clase.

Una vez a solas, Marcos acomodaba algunos papeles cuando una alumna que no tendría más de veintiún años, a la que no reconoció, se acercó sigilosamente. Llevaba puesto un pantalón marrón de corderoy muy ajustado y lucía el pelo negro muy corto. Tenía una cara atractiva decorada con un piercing en la nariz, revelando el conjunto un aspecto de extraño exotismo. Pese a que ya era de noche, parecía recién levantada, la mirada algo entorpecida y vidriosa.

—Adoro las drogas —le dijo.

Marcos la miró sorprendido. Durante la primera hora habían analizado la evolución de la jurisprudencia que penaliza la tenencia de drogas para consumo personal y el contenido ético de las normas que protegen la actividad privada de las personas.

—Mirá, si tu interés es seguir discutiendo sobre fallos judiciales que trataron el tema…

—¿Conseguís blanca? —lo interrumpió sin miramiento y sin pudor alguno.

—No te entiendo.

—Sí, magia blanca, un papel, una piedra, lo que sea —insistió la chica.

—Te volviste loca por completo. Hacé de cuenta de que esta conversación nunca existió y andate ya de acá —contestó Marcos visiblemente enojado.

Ella se acercó seductoramente a una distancia poco prudencial tratándose de una alumna y la advertencia de la proximidad de los cuerpos se sobrepuso a cualquier tipo de reacción en Marcos. Se apartó bruscamente de ella.

—Por favor, retirate de inmediato de la clase.

—Vamos, profe. Sé de tu historia personal, así que en un punto estamos a mano. Además, alguien tan buen mozo como vos, que viene de Buenos Aires, con un background importante en el tema adicciones, no puede no tener buenos contactos. Los míos, por desgracia, ya fueron. Y la que consigo en la calle huele a pis de gato —dijo la alumna, acercándose nuevamente hacia él, incrementando la postura insinuante y el tono sensual de la voz.

La escena bizarra hizo que Marcos pensara en varias cosas a la vez. Echarla a los gritos, echarla amablemente, denunciarla ante las autoridades de la facultad, ofrecerle algunos ansiolíticos que tenía en desuso en su casa o sencillamente ignorarla. Optó por esto último, ya que en el fondo le dio lástima la situación; estaba más que claro que la chica no estaba en sus cabales. Allá ella.

—Me decepciona, profe. Desde que empezó el curso estaba convencida de que era uno de esos que siempre guardan algo para los días fríos de lluvia —le dijo con voz entrecortada y mirándolo llamativamente a los ojos.

El rostro era bello y el tono, todavía más.

—Vamos a hacer un trato.

—Mira que no tengo mucha plata.

—No me refiero a ese tipo de trato. No quiero oírte nunca más hablar del tema. Esta charla va a quedar entre nosotros y vos te vas a comprometer a estudiar la materia más allá del resultado final. Ahora te pido que te vayas —le espetó con firmeza. La alumna lo miró desinteresadamente, hasta con desgano, antes de abandonar el aula balbuceando algo ininteligible.

En la planta baja del edificio funcionaba la sala de profesores de la universidad, a la izquierda del salón de actos. Confortable y de techos bajos, tenía en el centro una larga mesa de caoba marrón oscuro impecablemente lustrada, rodeada de sillas rústicas de madera acolchonadas y cómodas, ideales para aquellos profesores que debían pasar el tiempo leyendo o trabajando entre el dictado de una clase y otra. Las paredes estaban decoradas con los retratos de los distintos rectores, otorgándole un aspecto anticuado al lugar con el evidente propósito de otorgar una formal autoridad académica.

Estaba sentada con la espalda derecha y la vista clavada en un libro de Derecho Constitucional. Delgada, morocha y de tez oscura, últimamente, cuando se miraba en el espejo, se preguntaba si se era vieja a los cincuenta y cuatro años. A esa edad, era una mujer mejor, o al menos eso esperaba, que aquella brillante alumna admirada por sus pares y por la mayoría de los profesores. El pelo aún caía oscuro sobre sus estrechos hombros y su cintura todavía no se había ensanchado en demasía. La dura experiencia personal le daba un profundo sentido sobre la fugacidad de la vida, lo cual la obligaba a superarse día a día, y esa actitud estaba presente en forma corpórea en cada gesto, en cada movimiento que practicaba.

Al entrar en la sala de profesores, Marcos advirtió de inmediato su presencia, el garbo de su figura, sin llegar a ser particularmente linda. El pelo apenas largo destacaba los marcados rasgos que se desprendían de sus pómulos prominentes. Su mirada denotaba sagacidad; se decía de ella que era una mujer que sabía utilizar su inteligencia y su poder de observación como un arma de ataque o de defensa, según la ocasión.

Esther Ferreyra se había quedado viuda a la edad de veintisiete años y en la actualidad estaba casada con un ingeniero industrial ocho años mayor que ella. Carlos Torres, su marido desde hacía catorce años, era el gerente comercial de una de las principales hidroeléctricas de la provincia de Río Negro. El matrimonio tenía una hija llamada Mariana que vivía con ellos y cursaba el último grado de la primaria en el mejor colegio privado de Bariloche. También viudo, Carlos tenía otro hijo de su anterior matrimonio a quien Esther quería entrañablemente como si fuera propio. Pablo se había recibido el año anterior de economista y se encontraba cursando un master en administración de negocios en la Universidad de Stanford, en Estados Unidos.

Para los antepasados del sur, las mujeres casadas estaban absolutamente vedadas para los demás. El adulterio, considerado un acto imperdonable, muchas veces le costaba la vida a la mujer adúltera. Generaciones después, ese arcaico concepto había evolucionado y mutado hacia otro tipo de convicciones muchísimo más permisivas. Sin perjuicio de ello, la firmeza y la rectitud que mostraba Ferreyra en sus labores cotidianas de jueza se extendía hacia todos los ámbitos en los cuales se desempeñaba en su vida, haciendo impensado en ella cualquier acto que trasuntara el más mínimo engaño o deslealtad.

En líneas generales tenía una buena relación con su marido, más allá de las desavenencias comunes a todas las parejas que llevaban varios años de una convivencia agradablemente monocorde. Sentía mucho cariño y admiración por Carlos, pero no ahondaba demasiado en las profundidades de los sentimientos, ya que estaba convencida de que el matrimonio era una decisión de todos los días. En la plenitud de la madurez de su vida, si bien se sentía conforme con lo que era, a menudo quedaba a mitad de camino en el plano argumental. Más allá del buen paneo que ella misma realizaba sobre la crisis de los cincuenta que aún dejaba su estela, no terminaba de definirse en la búsqueda de un final del todo feliz. De cualquier modo, jamás se habría permitido plantearse lo que hubiera podido ser, de otro modo.

Titular de la cátedra de Derecho Constitucional y jueza a cargo del Juzgado Penal Número Cuatro de la Ciudad de Bariloche, daba clases en la facultad los martes por la noche, pese al cansancio que le insumía el arduo trabajo de tribunales que sumaba a las tareas de la casa. Seguramente ese jueves a la noche estaría recuperando alguna clase anterior y por eso Marcos se sorprendió al verla, ya que nunca se cruzaban en los pasillos de la facultad.

En la sala de profesores reinaba el más absoluto y coloquial silencio, sólo interrumpido cada tanto por el crujido del abrir y cerrar de la puerta. Luego de saludar a los profesores, Marcos comenzó a completar el libro de la cátedra, en el cual se especificaba el contenido temático, la cantidad de horas dadas y el carácter oral o escrito de la clase. De repente alzó la vista y vio cómo los ojos de Ferreyra lo observaban; fugaz, imperceptiblemente, descubrió un brillo en ellos, al tiempo que la jueza retomaba la lectura del libro.

Un par de minutos después, se acercó hasta él.

—Profesor Demaría, encantada de conocerlo —le dijo mientras le extendía la mano derecha—. Tengo una alumna de apellido Larocca que habla muy bien de sus clases. —Marcos la recordaba bien, era una muy buena alumna que había cursado Filosofía del Derecho el cuatrimestre anterior.

—Gracias, doctora, dígale que es muy amable de su parte, pero no creo que sea para tanto —respondió Marcos algo sonrojado.

—Mire, no es el único alumno que participó de sus clases al que le he escuchado comentarios similares.

—Usted sabe bien que a los alumnos no hay que creerles todo lo que le dicen a uno, sobre todo cuando rinden los finales.

—Es cierto —sonrió la jueza divertida— pero me suena a un exceso de humildad de su parte, hasta impropio de un porteño, diría.

Marcos la miró sorprendido.

—Créame que lejos estoy de ser una persona humilde. Debe ser que en todo caso me subestimo un poco —respondió con cierto rubor.

Ferreyra sonrió nuevamente. Tenía una manera particular de relacionarse con los alumnos, haciendo de ese vínculo el numen de su cátedra. Estaba convencida de que la contemporánea y crítica conciencia de época —muchas veces snob y tilinga— impedía a los más viejos percibir la historia y darse cuenta de que no quedaba otra alternativa que rehumanizar vínculos educativos para que terminen siendo verdaderamente auténticos.

—Por Dios, qué tarde se ha hecho —le dijo mirando el elegante reloj pulsera que portaba en la muñeca derecha—. Le doy la bienvenida a la ciudad y espero tener el gusto de verlo actuar en mi juzgado alguna vez.

—Muchas gracias, pero lo dudo. Lo penal no es lo mío.

—Nunca se sabe. Ha sido un placer conocerlo personalmente y cuídese por favor, no son estos tiempos fáciles para nosotros, los jueces, ni para ustedes, los abogados que vivimos por estos lados —dijo ella antes de despedirse con un firme apretón de manos.

Marcos no entendió el sentido del último comentario de la jueza. Antes de radicarse en San Martín de los Andes había leído acerca de lo cerradas y hostiles que eran las sociedades del sur, en especial con aquellos que emigraban para instalarse a vivir en ellas. A lo largo de su historia, Bariloche fue conformando una sociedad individualista y heterogénea, caracterizada por una cultura poco comunicativa y de introspección. El paso del tiempo no sólo no había modificado la sensibilidad de rechazo al foráneo sino que, al revés, la había acrecentado.

Mientras terminaba de completar el libro de la cátedra, escuchó que una mujer lo llamaba desde la puerta de entrada que se encontraba entreabierta. Era Cristina, la secretaria académica de la Facultad de Derecho, que mediante señas le pidió que saliera unos segundos de la sala de profesores. Una vez afuera, la mujer le habló en voz lo suficientemente baja para que nadie pudiera escucharlos.

—Profesor Demaría, lo molesto porque el decano de la Facultad quisiera tener una reunión a solas con usted y con el vicedecano el jueves próximo, media hora antes de que usted empiece con su clase de Filosofía del Derecho.

—No hay problema. ¿Dónde sería la reunión?

—En el despacho del decano, el doctor Roberts —contestó la secretaria.

—Perfecto, confírmele al decano que el jueves que viene estaré en su oficina. Al margen, quisiera preguntarle el motivo de la reunión —razonó con intriga Demaría.

—Profesor, le pediría que lo hable directamente con el decano.

—Cristina, no me deja tranquilo con lo que me dice.

La bronceada frente fruncida de la secretaria y el gesto adusto, levemente nervioso, parecían avalar la preocupación de Marcos. Tratándose de una persona siempre cordial y afable, dispuesta a colaborar con lo que se le requería, su negativa a responderle no era una señal del todo alentadora.

—Lo que sí me dijo el decano es que le pida a usted que sea puntual, ya que tiene que asistir a una conferencia una hora después.

—No se preocupe. Estaré allí a las seis y media en punto —se resignó Demaría.

—Gracias, profesor.

Súbitamente, el bello rostro decorado con un piercing en la nariz cruzó como un fantasmal rayo por delante de los ojos de Marcos.

Dejó de lado la preocupación inicial y salió a la calle con destino al pequeño hotel en el que se hospedaba cada vez que tenía que dormir en la ciudad por razones laborales o académicas. Sin un estado de ánimo concreto, sin una necesidad urgente de expulsar fieras hondamente sentidas, se sentía livianamente nostálgico. Recordó aquella frase de Marcel Proust: “Los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos”. Él los continuaba buscando.

A Justo le gustaba el cuento del hombre que escalaba la montaña con su viejo y leal perro ovejero alemán y se enfrentaba con los animales más feroces y con los climas más duros. Se tapaba con la frazada hasta quedar casi escondido y, aferrándose a su mano derecha, dejaba libre su oreja para escuchar el final del relato, mientras la respiración se hacía más tranquila a medida que se iba quedando dormido. Le decía que se durmiera rápido. Le decía que no le iba a pasar nada malo. Pero sí que le pasó.

Le pasó que un día se enfermó de leucemia y murió a los cuatro años, luego de permanecer internado tres semanas en la sala de terapia intensiva del Hospital de Niños de la ciudad de Buenos Aires.

Marcos despertó empapado por la transpiración en la habitación del hotel. Una de las pesadillas recurrentes durante los primeros años posteriores a la muerte de su hijo reaparecía. Dicen que soñar con una persona se parece a salvarla. Puras idioteces, meditó en la soledad del cuarto oscuro, mientras unos deseos irrefrenables de beber lo acosaban. Eran las cuatro de la mañana y ya no pudo volver a dormirse.

6

La noche siguiente, Marcos acudió a la presentación del libro de cuentos de su amigo Harry. Cuando llegó al salón de convenciones, poco después de las ocho, la totalidad de las butacas se encontraban ocupadas por amigos, conocidos y algunos más curiosos que interesados en la obra del irlandés. El lugar no era muy grande y, a su modo, brillaba como un invernadero, engalanado con una cantidad de plantas, flores y helechos de dudoso gusto. Decorado en tonos pálidos de verde y amarillo, tenía puertas ventanas que daban a una terraza ubicada frente al cerro en el cual finalizaba la calle.

Harry se comprometía a fuego con sus cuentos, en los que se mostraba como un pez en el agua, describiendo historias y situaciones donde trasplantaba sus propios miedos y temores. En ellos se concentraban relatos por momentos descarnados, dotados con pinceladas de una amarga ternura, capaces de introducir al lector, a fuerza de imágenes sugerentes, en una poderosa atmósfera de ensoñación y fantasía. Su autor era una especie de paisajista de la soledad y del desamparo de los seres humanos. Haciendo gala de una frondosa imaginación, su literatura se transformaba en provocadoramente cruda.

De los varios Harry que habitaban en él, había uno que siempre era leal a su historia personal y a su forma de ser, enrevesada y caótica: su pasión por los demás, pese al descrédito que sentía por el género humano. Su percepción acerca de la futilidad de la experiencia humana lo llevaba inevitablemente a tomar partido sentimental por los personajes que creaba en sus ficciones, quienes habitaban la incomodidad en constante equilibrio. Era una vaporosa forma de mantener la convicción de que las personas son algo más que una serie de reacciones químicas.

Harry respondía preguntas en un tono pausado y suave.

—¿Por qué escribo? Probablemente sería más noble y honesto guardar silencio —afirmaba serio—. Creo mucho en la literatura porque ya no creo más en Dios ni en la existencia de una inteligencia superior. Sí creo en lo profundo que se diga por debajo de lo dicho, aunque suene una frase hecha. Por otra parte, crear historias sin la autoimposición de justificar cada suceso de la trama, si bien da mucha amplitud, es una responsabilidad que no estoy en condiciones de asumir, por ahora. Por eso no tengo previsto escribir novelas y sí en cambio me gusta escribir cuentos. Entiéndase bien lo que digo, no me considero un escritor, simplemente soy un contador de historias. La categoría de escritor de cuentos es patrimonio de los grandes autores.

—¿Quiénes, por ejemplo? —escuchó de una voz masculina que llegaba del fondo del salón, sin poder individualizar a quien realizaba la pregunta.

—Bradbury y Guy de Maupassant me encantan. Por otro lado, admiro la prosa nítida de Poe. De los escritores modernos me gusta la forma en que Conrad explora la inestabilidad moral del ser humano. Pero estimo que nadie alcanzó la estatura, el vuelo y la intensidad literaria de Jorge Luis Borges —dijo con notoria admiración en la voz—. Descubrí a Borges leyendo “El jardín de los senderos que se bifurcan” y con él, a la literatura argentina. Si se quiere, es lo que representa Shakespeare para los ingleses, un dogma literario inalcanzable, algo paradójico dado su agnosticismo. Sus cuentos muchas veces presentan personajes aparentemente antagónicos, pero que en definitiva resultan idénticos y eso los hace fascinantes.

—Esos cuentos dan la idea de que lo más opuesto a un ser humano es el propio ser humano —explicó con aires de intelectual una mujer mayor sentada en la segunda fila.

—Soy un convencido de que todos tenemos un clon en las antípodas, pero encontrarlo es muy difícil, porque siempre hace el movimiento contrario —respondió Harry causando las risas del público.

—Sin ánimo de comparación alguna con los escritores mencionados, díganos por favor cuál es su mayor virtud como escritor —inquirió un periodista del diario La Capital de la provincia del Neuquén. Harry no respondió de inmediato. Abrió sus grandes ojos celestes y miró hacia todos lados como si la respuesta flotara en el aire.

—La honestidad con el pensamiento debe ser el principio rector de todo artista comprometido con su tiempo. En mi caso, la necesidad compulsiva de testificar el drama cotidiano hace que no escriba tanto con prolijidad sino con desgarrada sinceridad. Supongo que ello tiñe mi escritura con ciertas dosis de auténtica nobleza, aún en el error narrativo o argumental.

—Suena un tanto pretencioso —replicó el periodista.

—Bueno, lo cierto es que muchas veces escribo tan largo porque no tengo tiempo para hacerlo más corto —argumentó rápidamente Harry, haciendo gala de sus reflejos dialécticos—. Más que pretencioso suena un tanto ególatra, diría yo, como lo son la mayoría de los intelectuales de nuestro tiempo, independientemente del éxito o del reconocimiento que tengan. Nos guste o no, siempre una buena dosis de ego se necesita para salir adelante, sin que ello justifique, claro, la epidemia de narcisismo que se vive en ciertos territorios intelectuales.

—Después de todo, los narcisistas son buenísimos para replicarse a sí mismos.

—… Al margen, también debo decir que las infancias apacibles no son recomendables para quien quiera escribir. El dolor siempre resulta una musa inspiradora —dijo Harry, mientras acudía a su mente la figuración de su propio padre, violento y severo al máximo, y el de una madre que a menudo se esfumaba para que él pudiera gozar de una libertad inconveniente.

Extremos de una escala cromática familiar que prefirió callar por razones obvias.

Harry dio un respiro, como si se hubiera quedado pensando en lo dicho anteriormente. Luego continuó hablando con serenidad.

—Una taxonomía sobre la personalidad de los escritores en general habilitaría clasificarlos en aquellos cuya vida es su obra y aquellos otros en que las novelas o los cuentos son episodios de su vida —concluyó.

—Como el personaje de El gran pez, la excelente película de Tim Burton. Uno en definitiva se hace inmortal por las historias que cuenta —opinó en voz alta otro de los asistentes.

—Coincido plenamente. De alguna manera somos las historias que contamos, más allá de la retórica poética con que se pretenda pincelar la refulgente idea de Burton. Cada uno de los escritores permanecemos en los cuentos que escribimos y por tal motivo, tal vez, se nos garantice el acceso a la inmortalidad.

—Entonces sus cuentos tienen mucho de autorreferencial.

—Las exageraciones y las mentiras siempre vienen bien en la biografía de un escritor. Además me ocurre que cuando escribo me abstraigo tanto que confundo realidad con fantasía, y ello desencadena en mí el peligro de confundir realidad con ficción —respondió Harry—. Para inventar ficciones, muchas veces pago con mis propios fantasmas. No quisiera pensar en la cantidad de lectores que deben apreciar la intimidad de los escritores con una claridad de la que estos carecen.

—Ninguna escritura prescinde de su autor —el diálogo con el oyente no era interrumpido por ninguno de los participantes de la conferencia.

—Totalmente, vivir es la forma de trabajar de un escritor. Mientras se vive, sea de día o de noche, se va dando forma a las ideas. Así, hay veces en que quisiera dormir, pero el cuento sigue rondando en mi cabeza, una y otra vez, diría que en muchos casos hasta la imprudencia. El primer impulso por lo general es el válido, la primera reacción la acertada, y por eso no me considero un perfeccionista.

—Si tuviera que elegir uno de los cuentos de su libro con el que se siente más identificado como escritor o por el que siente más empatía, ¿cuál sería? —le preguntaron.

Harry miró de reojo a Marcos, que lo observaba sin pestañear desde el fondo del salón. Los dos habían discutido sobre el asunto noches atrás por teléfono. A Marcos le gustaban todos los cuentos del libro, algunos más que otros, pero había uno que se rarificaba hasta llegar a un final osado y conectivo que lo petrificaba por completo y lo conectaba con una de sus pesadillas habituales.

—Es difícil elegir uno… “El corte impiadoso”, por ejemplo, que nuclea una vieja concepción mía sobre la cosmología, me gusta mucho. —El cuento trataba de un hombre que había renunciado a leer las ideas creativas del universo. Con habilidad diabólica, describía la paradoja existencial relacionada con la expectativa de universalidad del ser humano, confundiendo lo ficticio con lo verdadero.

Miró detenidamente al público, entre el cual se encontraban varias mujeres, y vio una serie de caras poco familiares, algunas directamente desconocidas. Reparó en una rubia platinada que estaba sentada en la primera fila y que parecía cruzada de piernas especialmente para él. Nada mal, pensó. De fondo se escuchaba el murmullo de un par de personas que conversaban animadamente. De repente, como si fuera víctima de un exorcismo, las palabras brotaron solas, carraspeadas y viscerales.

—Pero de elegir uno, por motivos sobre los que no viene al caso ahondar, elijo el cuento que inspira el nombre del libro, el que justamente escribí durante el mismo mes del año pasado.

Noviembre astillado

El automóvil circulaba a sesenta kilómetros por hora por el camino de tierra proyectándose hacia adelante en una recta interminable que moría en el horizonte. El paisaje desértico era desolador, sin movimiento, fuera de todo tiempo y espacio. La vegetación, escasa y dispersa, se desparramaba en extensas superficies sin cubrir ocupadas por rocas, arbustos aislados y plantas espinosas. Los suelos, pobres en materia orgánica, estaban erosionados por la acción del viento inclemente. La temperatura superaba los treinta grados y se avecinaba, debido a la creciente humedad de la atmósfera, una fuerte tormenta durante la noche.

Sin frecuencias de radio al alcance de la antena, sin señal en el teléfono celular, manejaba imbuido de aburrimiento. Por una extraña paradoja del destino, que lo ubicaba en ese tiempo y en ese lugar, se sintió como aquellas personas que están condenadas a una vida de asfixia en el mundo exterior y en el interior, encerrados en sus propios trastornos. Desde el lado más oscuro, él, como ellos, podía concluir en pensamientos descabellados, en razonamientos sin fundamento ni asidero, pero finalmente lúcidos, tanto para la innovación como para el estancamiento más absoluto. Un estado propicio a la creatividad que evocaba con persistencia a la clarividencia y sublimaba los sentidos mientras manejaba.

La sacudida provocada por un pozo lo volvió a la realidad. La idea lo había sumido en un estado de profundo recogimiento que le provocaba un punzante dolor en la base del cráneo. Podía afrontar y enfrentar las cosas que vendrían de ahora en más desde la lejanía de lo emocional, pero en los últimos tiempos, a raíz del vértigo vivido, sabía del precio a pagar. Sintió calor, demasiado calor en el interior del automóvil a pesar del aire acondicionado que funcionaba a tope. Un fino hilo de sudor le corría por la sien al tiempo que las manos estaban extrañamente frías. Demasiado frías.

Tomó una leve curva a la izquierda y desaceleró la marcha. La generalidad tenía un aspecto abrumador, desconcertante, poco condescendiente. Tuvo inmensos deseos de conversar con alguien, de escuchar el timbre de una voz, cualquier voz. Le quedaba medio tanque de nafta para finalizar el tramo del viaje. Durante el trayecto, se cruzó únicamente con una camioneta destartalada y con un camión jaula en las dos horas y media que llevaba conduciendo con el sol de frente. Llegando a la intersección con la ruta provincial, detectó una estación de servicio a mano izquierda, distante unos quinientos metros del cruce con el camino de tierra. Disminuyó la velocidad, dobló despacio y tomó la ruta de ripio en busca de combustible. De paso, aprovecharía para estirar las piernas entumecidas y refrescarse la cara.

Eran las seis y cuarto de la tarde, el cielo seguía iluminado hacia el oeste y negro en el horizonte.

Diez minutos después, luego de cargar nafta hasta llenar por completo el tanque, salió del baño de la estación de servicio. Caminaba con paso cansino cuando a sus espaldas creyó escuchar el disparo de un arma de fuego, que, lo más probable, debió haber imaginado como real. Sin darse vuelta, continuó su marcha hacia el automóvil.

La tormenta lo sorprendió a la hora de haber retomado el viaje por el polvoriento camino de tierra, cuando aún parecía que la recta no hubiera de terminar en algún sitio concreto. El viento nacarado y resquebrajado comenzó a azotar por los cuatro costados. El tornado, esa nube monstruosa de polvos y desechos con carácter de embudo que se extendía por delante, arrasaba con todo lo que se le presentaba enfrente, de manera furiosa e implacable. La visibilidad se redujo prácticamente a nada y el pánico aumentaba a cada segundo. Era imposible seguir manejando, pero tampoco podía detener el coche, que se volvía cada vez más incontrolable. El sonido era ensordecedor. Era un sonido gutural, escalofriante, como nunca había escuchado antes. Presa del terror, redujo la velocidad a menos de veinte kilómetros por hora aferrándose definitivamente al volante, mientras la arena y la tierra arrastrada por el tornado penetraban a través de las endiduras de las puertas y de las ventanillas. Le dolían los músculos del brazo y del cuello por el denodado esfuerzo que hacía para controlar la bola de acero indomable por el vendaval.

En tres segundos apenas, sucedió. El automóvil fue empujado violentamente contra el costado izquierdo del camino y cayó en una zanja de tierra seca de un metro de profundidad. El golpe fue fortísimo y el ruido producido por la chapa incrustada, aterrador. Fue lo último que escuchó antes de desvanecerse y perder la conciencia por completo durante un tiempo inmemorial.

Despertó con los sentidos completamente aletargados, consternado por la percepción del accidente, dolorido hasta el límite. Sin terminar de aceptar lo ocurrido, permaneció casi una hora en el interior del vehículo, hasta que, una vez fenecidas las luces del atardecer y convencido de que se habían ido los riesgos inútiles, decidió abandonarlo. Con el teléfono celular inutilizable, salió al exterior a duras penas por la puerta izquierda. A la vera del camino observó el paisaje que se desplegaba y al cabo, dispuso caminar hacia la luz tenue que titilaba a lo lejos. Calculó que estaría a unos tres o cuatro kilómetros de distancia, desierto adentro, quizás un poco más. No había posibilidad alguna de que pasara alguien durante la noche para socorrerlo ni tampoco estaba dispuesto a esperar a la intemperie con la amenazadora tormenta que se avecinaba por el cielo tenebrosamente plomizo. Contrariamente a toda hipótesis ligada a la insania, no se sentía desgraciado ni atormentado por la situación. Estaba siendo cautivo del fatalismo de los orientales: no creía poder vivir muchos años más, si al fin y al cabo el límite aparecería recién con el final. Y si este no existiera, no habría límite.

7

El lunes siguiente, Marcos preparaba la apelación del economista boxeador, cuando el sonido del teléfono celular interrumpió la lectura concentrada del expediente. Hasta el momento, la tarde se había presentado apacible y tranquila. No reconoció el número.

—¿Quién habla? —inquirió.

—Marcos, soy yo, Carlos. ¿Cómo va todo?

Carlos Veracruz era el director de Asuntos Legales de la comercializadora eléctrica desde hacía quince años. Máster en Derecho de la Universidad de Dallas de Estados Unidos, había ingresado a trabajar en el área de legales de la compañía unos meses después de haberse recibido de abogado. Si la inteligencia es una virtud muy preciada e insustituible en la profesión de abogado, más insustituible lo es el carácter y el temperamento. Pese a ser un excelente negociador seguro de sí mismo, podía resultar duro y confrontativo si las circunstancias lo requerían. Ambos tenían una excelente relación personal y profesional desde los tiempos en que el estudio jurídico externo Demaría y Asociados se encargaba de todos los asuntos laborales de la empresa que tramitaban en la ciudad de Buenos Aires y en el conurbano bonaerense.

Veracruz no sólo no le soltó la mano a Demaría cuando este desbarrancó, sino que fue uno de los que más influyeron en el Consejo Nacional de los Colegios Públicos de Abogados para que no le suspendieran la matrícula profesional por tiempo indeterminado. Gracias a ello, Marcos pudo seguir trabajando, previa internación de un mes en una clínica especializada para recuperación de adictos alcohólicos que le dio el alta sujeta a controles periódicos. Además, Veracruz había sido el principal impulsor de su contratación como abogado en el juicio iniciado por los empleados despedidos en Bariloche. La tesis de Vera —como se lo conocía vulgarmente en CESA— terminó imponiéndose al resto de los directores, con el aval del presidente de la compañía, en parte como un modo de retribución por la excelente actuación desempeñada por Demaría en el pasado en defensa de los intereses del grupo eléctrico. Pero, fundamentalmente, por su capacidad como abogado.

Marcos le había remitido un informe por correo electrónico días atrás con el detalle de lo ocurrido en la reunión con el juez Díaz Garmendia, que Veracruz envío al directorio de inmediato. El juicio de los empleados era un tema por demás sensible y por tal motivo el jefe de legales lo llamaba para citarlo a una reunión el miércoles en Buenos Aires con el presidente y con la directora de Recursos Humanos. Arreglaron para encontrarse en la sede de la compañía a las diez de la mañana. Dos horas después, Marcos decidió poner fin a la jornada laboral y partió hacia su casa, previo paso por el supermercado, donde compró artículos de limpieza, alimentos y agua mineral. Todavía era de día y el cielo, impoluto, invitaba.

Una vez en la cabaña, se cambió de ropa y se tiró en el sillón del living dejando que el cansancio lo dominara por completo. De a poco se fue quedando dormido, mientras la canción “Lago en el cielo”, de Gustavo Cerati, conformaba la banda de sonido ideal para la dicha del momento, revelando toda una patología en Marcos. Líricamente, esa canción reflejaba una parte de la liberación cultural y musical de los años ochenta, cuyo clima formaba parte definitivamente de su propio ADN. Con espíritu inquisitivo a menudo se preguntaba si esa música que tanto lo cautivaba, que le iluminaba el camino cuando la negrura empezaba, se correspondía con los estados de melancolía que cada tanto lo invadían. O bien, por el contrario, si la música lo terminaba induciendo a esas sensaciones y tribulaciones de decaimiento. Estaba seguro de que en esos acordes intimistas anidaban el entendimiento y la facultad de dimensionar el placer de estar despierto. Al final de cuentas, la crisis alguna vez tendría que terminar y en cambio su personalidad perduraría por el resto de sus días. Pobre de aquellos que creyeran en las crisis permanentes y en las canciones temporarias.

Antes de quedarse definitivamente dormido, Marcos releía un clásico de la literatura del siglo dieciséis. El libro, que describía magistralmente las intimidades de los espurios manejos de la nobleza francesa anterior a la Revolución, marcó el final de una etapa del amor, concebido como una refinada metodología de seducción originada en la habilidad retórica de los hipócritas aristócratas, desprovista de todo sentimiento. Si bien Demaría creía que el género humano vivía la constante experiencia y exigencia del amor, muchas veces dudaba acerca de su verdadera naturaleza. En particular ponía en tela de juicio aquel amor que fuera de entrega, unitivo, pese a que alguna vez así lo había sentido. El abanico de posibilidades que arrojaba el retrato de las diferentes formas de vinculación entre los sexos lleva implícita la respuesta de cómo varió, con el tiempo y con la experiencia, el concepto mismo, a pesar de que probablemente siguiera siendo el desasosiego más grande que se podía encontrar. Una idea que en la superficie sonaba banal pero que en el fondo era tan real como verdadera y muy cara para todos, aún para el más hijo de puta. Sin desmedro de la presencia del estado de beligerancia constante en las parejas modernas, muchas veces insalvable, pero al mismo tiempo concomitante y ciertamente originada en lo deforme del sentimiento.

Como un autómata, empezó a recordar la base del cuello, aquel lugar donde podía sentir el latido del cuerpo y el consecuente inicio de la excitación. Se acordó de la forma en que ella cerraba sus ojos, del gesto de dolor cuando alcanzaba el clímax y de los minutos posteriores en los que quedaba exhausta, prisionera de su propia inmovilidad emocional y física.

Dos años. Ese fue el tiempo que compartieron mientras asistían a la Universidad de Buenos Aires, período durante el cual, durante muchos meses, poco y nada sabían uno del otro. Olivia Olhazabal era una lindísima salteña nacida en un pueblo del sur de la provincia, casi en el límite con Tucumán. Próxima a cumplir veintisiete años por entonces y portadora de un pelo largo rubio, sus ojos color miel seducían sin hablar revelando un dejo de honda añoranza. Tenía un cuerpo simétrico y un símil de aristocrática belleza, pese a que su marca de nacimiento no ocultaba el destino de su linaje mestizo.

Todo empezó una mañana de primavera en el bar de la planta baja de la Facultad de Derecho que da a la avenida Figueroa Alcorta, después de que los dos asistieran a una clase soporífera de Historia del Derecho. Recibidos de abogados, ambos cursaban la materia que sumaba puntos para la especialización en Derecho Privado. No era justamente el lugar preferido de Marcos, pero sí el lugar usual e inevitable para el encuentro con los compañeros de curso.

El viejo bar, oscuro y sin ventilación, estaba casi vacío a esa hora de la media mañana. Olivia lo había esperado al finalizar la clase para invitarlo a tomar un café en agradecimiento por los apuntes que él le había enviado para el parcial de la semana anterior, aunque Marcos sospechaba que su verdadera intención era sondearlo para algo distinto. Alejados de las escasas personas que se encontraban en el interior y a salvo premeditadamente de las miradas indiscretas, permanecían sentados en una mesa del fondo. Ella vestía una remera escotada y un jean ajustado que era el punto de referencia de muchos alumnos y de algunos profesores.

Marcos, aprovechó una pausa en el diálogo para cambiar abruptamente el tema de conversación.

—Siempre fui de la idea de que Diego es un buen tipo, pero lo veo demasiado tranquilo —dijo en voz baja, con cautela. Se refería al compañero que salía con ella y de quien Olivia se había quejado al principio de la charla porque no les daba mucha importancia a ciertas cuestiones, al parecer trascendentales para la pareja. Herida en su amor propio, ella se mordió el labio inferior por un momento y le contestó con una inconfundible tonada provinciana.

—Bueno, a lo mejor sea un poco así, pero es un excelente tipo, además de ser muy buen mozo.

—No me parece… sobre su aspecto físico, digo. No es mi tipo —contestó Marcos demasiado rápido.

—¿Y cuál es tu tipo, si se puede saber? —preguntó Olivia divertida.

—Vos.

—No te creo —sus ojos brillaron ligeramente incómoda y halagada por el comentario. El eco de lo dicho por Marcos permaneció en su cabeza por varios segundos.

—Las palabras son lo único que no mienten, es lo que al final nos queda y permanece —agregó él con aires de intelectual universitario.

—A lo mejor ese es el motivo por el cual la verdadera distancia entre un hombre y una mujer sea la conversación —le dijo Olivia siguiéndole el tren.

—Y eso cómo aplica en este caso.

—¿Cómo aplica? Contándome algo de tu vida, por ejemplo —Marcos le interesaba, siempre lo había atraído, no sólo físicamente, sino por esa personalidad informal y despojada, de algún modo intrigante.

—Nada que pueda ser demasiado interesante teniendo en cuenta la hora y el lugar. Tengo un hermano arquitecto tres años mayor que trabaja en una empresa constructora uruguaya y que pasa la mitad del tiempo de viaje. Te diría que es lo más opuesto a mí que se pudiera encontrar y por eso siempre tuvimos una relación no conflictiva, consolidada en parte por la distancia y por la falta de contacto entre nosotros. Mis padres murieron con pocos meses de diferencia uno del otro, cuando yo tenía trece años, y por eso fuimos criados por una tía que actualmente está internada en un geriátrico con un Alzheimer galopante. La hermana de mi vieja, viuda de joven, hizo las veces de padre y madre. Colegios privados de bajo perfil y poco costosos, jugador de fútbol y de rugby y sobre todo, mucho tiempo al pedo con los amigos. Como verás, un tipo políticamente correcto, a excepción de alguna que otra borrachera, de algunas yerbas y de algún que otro apareamiento digno de recordar.

—Debe haber algo más —acotó ella.

—¿Por qué lo decís? —respondió extrañado.

—Porque se nota en tu mirada, en tus gestos, como si guardaras algo de lo que nunca hablás con nadie o de lo que no querés acordarte.

Sorprendido, Marcos la miró sostenidamente a los ojos. La atracción física que siempre había sentido se acrecentaba ahora en el bar por la faceta de interés por su vida que Olivia no se encargaba de ocultar. Permaneció callado hasta que ella volvió a la carga.

—Si por un segundo estás pensando que te voy a devolver cualquier favor sexual porque me abrís tu corazón, olvidate. Somos vos y yo y me interesa tu historia como para empezar a conocerte y punto.

Marcos pensó en nada, bajó la vista y, acto seguido, comenzó a hablar como jamás lo había hecho con alguien a quien conocía superficialmente.

Despertó avanzada la noche con el libro abierto sobre el pecho, tendido en el sillón de su casa en San Martín de los Andes. Eran las once y media, pero varios años después. Un poco tarde para comer y bastante cansado para seguir despierto, hizo esfuerzos para volver a dormirse. Tal vez hubiera una segunda parte del sueño, si bien era consciente de que nunca las segundas partes fueron mejores.

8

Todo cambió en la última década, incluido el sentir de la gente. La ciudad de Buenos Aires, interminable como siempre y aún más, comulgaba algo distinto desde que Marcos la había dejado para instalarse en el sur. No era la dispersión del espíritu europeo que parecía perdurar en muchos de sus edificios afrancesados ni su laberíntica arquitectura dispar. Era el contraste lacerante entre la pobreza intrínseca creciente y la añoranza de haber sido alguna vez. Cosmopolita y sanguinaria, fascinante y sórdida como muchas de sus pares, en sus entrañas reina la soledad tanto como la garantía de los encuentros ocasionales, fogoneados por esa cosa entre cálida y trastornada que alberga en muchos de sus habitantes, inevitablemente condicionada a la morfología urbana.

Marcos arribó al aeropuerto ubicado en la costanera norte de la ciudad a las nueve de la mañana del miércoles, luego de un vuelo de una hora y media sin mayores sobresaltos. Durante el mismo, repasó los informes vinculados con el juicio a la comercializadora eléctrica de cara a la reunión que habría de celebrarse esa mañana. Al bajar del avión, notó con sorpresa que el clima era agradable, apenas fresco y no muy húmedo para la época. El cielo azul se entremezclaba con el marrón claro del agua del río, otorgando un decorado acogedor.

El edificio de la sede central de CESA, ubicado en el novel y lujoso barrio de Puerto Madero, integraba el universo capitalista originado a principios de los años noventa mediante el reciclado de viejas tierras y pantanos abandonados. El barrio, en su afán de adoptar un estilo moderno sin descuidar los componentes históricos, había crecido mucho de manera asimétrica. Desde su visión crítica, Marcos siempre cuestionó los resultados de densificación y ruptura del lugar que contrastaban con la armonía de la Buenos Aires en las que había nacido y crecido. Un área decidida y angustiosamente indiferenciada, ajena a su espíritu, producto frío e impersonal de la ingeniería y del diseño tecnológico; una lujuria en la misma ciudad donde los jóvenes alquilaban departamentos de dos ambientes, compuesta por majestuosas torres de precio imposible para el común denominador.

La comercializadora eléctrica ocupaba los últimos diez pisos de la torre Puerto Madero I. En el piso veintitrés estaban las oficinas de los directores, la del presidente y la sala de reuniones del directorio, todas con espectaculares vistas al río. Ambientada con un estilo minimalista marcado por la extrema simplicidad de sus formas, las líneas puras y los colores neutros, la sala representaba el concepto de austeridad que la empresa cuidaba a rajatabla en todos países en los que actuaba.

CESA pertenecía a un poderoso grupo de capitales franceses que prestaba servicios vinculados a la energía y al petróleo en países de la Eurozona, en Asia y en América Latina, así como en Sudáfrica y Rusia. La filial argentina fue premiada dos veces por la Asociación Latinoamericana de Distribuidoras y Comercializadoras de Energía Eléctrica, en las categorías evaluación del cliente y gestión operativa, lo cual contribuyó a incrementar los índices de la calidad en el suministro de energía. Esa era otra de las razones por las cuales el escándalo del juicio iniciado por los empleados del sur ponía incómodos a sus directivos, quienes, por otro lado, estaban expectantes y preocupados ante la inminente reforma energética que preparaba el gobierno nacional.

De un lado de la mesa oval estaba sentado el director de Legales, Carlos Veracruz. Enfrente, se hallaba la directora de Recursos Humanos, Cecilia Aden, una figura principal dentro de la compañía con varios años de antigüedad en el cargo. Marcos confiaba explícitamente en ella, a quien conocía desde la vieja época en que los dos interactuaban en razón de los numerosos conflictos laborales habidos como consecuencia de la recesión económica que asoló al país a partir de 2001. Aden se había alegrado sinceramente por su contratación, a sabiendas de los problemas personales que él había tenido en el pasado reciente. A su lado estaba sentado Marcos y en una de las cabeceras de la mesa el gerente general y presidente del directorio, Arturo Ezcurra, quien ocupaba el cargo máximo de la compañía desde 2005 y a la vez era el representante legal del grupo para todo Latinoamérica, con excepción de Brasil y México.

Hombre de palabras justas según lo demandara la situación, Ezcurra era un ingeniero industrial de sesenta y siete años que contaba con profundos conocimientos y una enorme experiencia en la actividad del sector. Poseedor de una vasta red de contactos privados y gubernamentales, tenía una reconocida capacidad de lobby, requisito indispensable para desempeñar el rango máximo de la compañía. A la vez, Ezcurra tenía algo a su favor no muy habitual en un ambiente tan conculcado por la competencia feroz, el dinero y la figuración: no renegaba de sus orígenes humildes, y en su manual no había lugar para ángeles ni para intocables. Menos aún había espacio para predicadores. Luego de haberse capacitado y trabajado en el exterior durante muchos años, era de aquellos que todavía conservaban el noble gesto de creer que el país era posible.

Ezcurra explicaba los detalles de la última reunión de directorio en la cual se discutió el informe de Marcos y la posición del holding en relación con el juicio de Bariloche. Era un convencido de que siempre con carácter previo a la toma de decisiones importantes había que generar un marco de conversaciones grupales y debate individual con los demás, lo cual no significaba que su estilo de mando fuera una democracia. Pero con ese proceder lograba que todos los involucrados se sintieran escuchados y formaran parte de la decisión. Decididamente no creía en los brainstormings de donde surgían muchas pero pocas ideas buenas, más allá de que nadie nunca decía enteramente la verdad en esos encuentros.

—En suma, los tres cretinos aprobaban con los ojos cerrados los informes que presentaba la empresa que había sido contratada por CESA para detectar anomalías en los medidores de electricidad de los usuarios. Se comprobó que en muchos casos los informes de las inspecciones eran falsos, es decir, los medidores adulterados no eran tales, ni existían conexiones clandestinas en los inmuebles industriales o residenciales como señalaba MGT. Peor aún, se comprobó que en tantísimos otros casos la empresa ni siquiera había realizado las inspecciones. Claro que CESA le pagaba puntualmente a la contratista y, lo que es más dramático, reestimaba los consumos de los usuarios sobre la base de los ilícitos supuestamente detectados. Dada la gravedad de los hechos que fundamentaron los despidos, no vamos a ofrecer ninguna propuesta económica de arreglo ni iniciar ningún tipo de negociación con ellos.

Cecilia Aden asintió con la cabeza. El resto de los partícipes de la reunión guardó silencio.

—Marcos, aún en el convencimiento de que el informe que presentaste fue muy claro y consistente, la posición de la compañía es irreversible. Lo que hicieron los empleados es intolerable e imperdonable, y cualquier acuerdo con ellos sentaría no sólo un precedente complicado para el futuro sino que, lo que es peor, denotaría debilidad de cara a las irregularidades que podrían estar ocurriendo a nuestras espaldas.

El informe al que hacía referencia el presidente era el que había presentado Marcos días atrás, evaluando la contingencia económica de una posible sentencia adversa a la compañía. Generalmente las empresas demandadas efectúan una primera previsión económica del juicio, categorizándolo según la índole y el monto del reclamo. Esta previsión se hace a partir del informe que presentan los abogados con la evaluación de las circunstancias del caso, las normas legales involucradas y la opinión de los jueces de la jurisdicción donde tramita el pleito, entre otras cuestiones. Sobre la base de toda esa información se analiza la contingencia de una futura sentencia condenatoria —total o parcial—y se efectúan las previsiones económicas para información de los accionistas y del sector financiero de la compañía. El problema en los juicios laborales radicaba en que los indicadores mencionados no respondían a parámetros de certeza o previsibilidad ni por asomo fiables. En estos procesos imperaban normas formales —e informales— casi siempre proclives a los planteos de los trabajadores, tanto en materia de interpretación del Derecho como de la prueba, incurriendo los jueces, en muchos casos, en criterios arbitrarios y excesivamente parciales.

—¿Qué hay del conflicto de intereses? —preguntó Ezcurra con relación a la firma que el gerente del sector Abreu había formado paralelamente y que prestaba servicios a la contratista de CESA.

—No hay dudas sobre la existencia de la sociedad, ya que tenemos la copia de la publicación en el Boletín Oficial de la provincia de Río Negro. Evidentemente la utilizaron como pantalla para lavar retornos de dinero. CESA le pagó mucha plata a la contratista MGT y esta le pagaba por servicios desconocidos a la empresa de Abreu —explicó el jefe de jurídicos.

Según las normas de conducta de la comercializadora, ser proveedor por sí o por terceros de una empresa que a su vez fuera proveedora de CESA era un evidente conflicto de intereses y motivo de despido automático. Por lo bajo, las malas lenguas decían que el código de ética de la empresa era una suerte de orgía de la virtud a través de la cual se perdía toda noción de decencia.

Ezcurra se incorporó levemente hacia adelante en su silla e hizo uso de la palabra nuevamente.

—Lo cierto es que las maniobras fraudulentas de los empleados se han transformado en una fase más de la lucha contra la corrupción en el sector privado al que todas las empresas debemos combatir.

—En buena hora —dijo Aden.

—No digo nada nuevo cuando afirmo que el tema de la corrupción es prioritario en la agenda de los países del primer mundo, como lo es Francia, no sólo por todo lo que significa para sus intereses públicos sino también para los del sector privado. Hablo de la pérdida de competitividad, la pérdida de mercados, el lavado de activos y demás aspectos que inciden fuertemente en la economía de los países.

—Hay una cuestión no menor que quiero comentarles —intervino Demaría. A continuación les relató la versión existente en torno a una supuesta reunión habida entre representantes de diferentes jueces del país y representantes de los gobiernos provinciales y nacionales. En ella se habrían bajado instrucciones desde lo más alto del poder para beneficiar a los trabajadores en las causas laborales judiciales en trámite.

—Marcos, no podemos guiarnos por supuestos ni cambia la decisión adoptada en este caso. La postura de CESA es irrevisable y contamos con pruebas que avalan nuestra decisión. Intentemos reducir al máximo el impacto negativo que tendrá frente al tribunal el anuncio de que no hay acuerdo posible con esta gente —aseveró Ezcurra.

—Perfecto. Ya que estamos, te recuerdo, Cecilia, que fuiste citada como testigo por las dos partes en el juicio. Al menos tenés una buena excusa para visitar Bariloche —dijo Marcos.

—Como si no hubiera ido nunca —bufó la directora de Recursos Humanos—. Sí, estaba al tanto de que me citaron a testimoniar también Abreu y sus secuaces.

—No te preocupes, Larrambere te va a dar una mano, llegado el caso —intercedió Ezcurra, en tono de broma, haciendo referencia al abogado penalista de la compañía.

Arrogante y altanero, Larrambere representaba la clase de profesional que juntaba, en un solo cuerpo —ya que corría firme el rumor de que no tenía alma—, todo aquello que el resto de las personas aborrece de los abogados. Espigado, era autor de varios libros de Derecho Procesal y de Derecho Penal en los cuales, sin medias tintas, exponía su preclara ideología partidaria de un sistema delictual perfecto y sin contradicción. Hijo de un famoso historiador homónimo, cuya figura pública lo agobió durante muchos años de su vida, Larrambere era muy creído como seguro de sí mismo e inescrupuloso. Al fin y al cabo, todas virtudes a la hora de defender los intereses de la compañía. Profesional agudo, este abogado de setenta y un años recién cumplidos —era de aquellos que creían que recién cuando se cruza la barrera de los setenta uno empieza a sospechar que no es inmortal— formaba parte de la selecta elite de lo mejor del mercado en una especialidad tan difícil como escabrosa.

Aden fue la encargada de notificar, escribano mediante, el despido de los empleados y por lo tanto era una testigo clave del juicio. Cecilia suspiró, sin prestar atención a lo dicho por el presidente. Mientras se volvía hacia él, habló con voz pausada.

—¿Qué se sabe del sindicato?

—Por ahora, nada. Resulta extraño que no haya habido ningún llamado, siendo que Abreu tiene fuertes contactos con el gremio —respondió Veracruz.

—Es más, en el sur se sabe que Ugarte, el abogado de los empleados, tiene buena comunicación con la mesa de conducción regional —completó Marcos.

Era raro que no lo hubieran llamado, pensó Ezcurra. Tenía una excelente relación con el secretario general del gremio en el ámbito nacional, Ernesto Laez, en quien reconocía un perfil diferente al del resto de los secretarios de los sindicatos denominados “gordos”. Sus jefes sindicales respondían en su mayoría al modelo sindical corporativo, que aceptaba la relación dialéctica con la empresa dominante como única forma de organizar la economía. Laez era distinto, incursionaba en la capacitación y en la educación de sus afiliados, aviniéndose a discutir otros planos de la organización del poder en un país asimétricamente industrializado y sujeto a relaciones económicas oligopólicas.

La reunión se prolongó por espacio de quince minutos, derivando la conversación en asuntos menores, tras lo cual Ezcurra, sobre el final, se dirigió a Marcos.

—Por favor, quedate cinco minutos más que Carlos y yo tenemos un tema que hablar con vos.

Cecilia Aden se despidió de los tres y se retiró de la sala de reuniones del directorio. Una vez a solas, Ezcurra miró a Demaría y disparó sin inmutarse.

—Nos han llegado rumores de que tuviste una recaída.

Atónito por el comentario del presidente, embargado por la vergüenza y, sobre todo, por la culpabilidad, Marcos no pudo decir nada en contrario. No tenía sentido mentir ni era momento ni lugar para la autocompasión. Lo que no se explicaba era cómo se habían enterado.

—Es verdad. Fue en circunstancias que no vienen al caso detallar y que no justifican en lo más mínimo mi conducta. Hay veces en que no puedo controlar los demonios interiores —atinó a decir con cuidado.

—Pues será mejor que lo hagas —dijo Veracruz, seco—. Recordá que tu estado de sobriedad fue una de las condiciones innegociables para tu contratación.

—Lo sé, Carlos, y por eso estaría dispuesto a dar un paso al costado, si me lo piden.

—Gracias por tu franqueza, pero no hará falta —replicó el jefe máximo—. Ahora bien, otra recaída en el futuro condicionaría mucho tu continuidad como abogado de la empresa y a los dos se nos escapará de las manos tu situación. Aunque seamos quienes sabemos mejor que nadie tu valía como profesional y estamos de tu lado.

—Se los agradezco. Saben bien que no puedo prometerlo, pero haré todo lo posible, y lo imposible también, para evitarlo. No hace falta que les diga que el principal interesado soy yo.

—Bien, entonces seguramente así será. Apelamos a tu sinceridad y a tu honestidad profesional para que nos informes, llegado el caso, cualquier problema que te complique continuar con tu trabajo. Siempre hay alternativas de acción. Por lo pronto, mantenenos al tanto de las novedades que hubiera en el expediente —finalizó la reunión Ezcurra antes de despedirse de los dos abogados urgido por la llamada de una de sus asistentes.

9

El Hotel Nueva América estaba ubicado a dos cuadras del obelisco, sobre la calle Carlos Pellegrini. De estilo moderno, había sido reciclado recientemente luego de que fuera comprado por una cadena internacional española. La pileta de natación, el spa, los dos restaurantes y las doscientas veinte habitaciones se distribuían a lo largo de nueve pisos con vista a la Avenida 9 de Julio. Al mediodía Marcos aprovechó el gimnasio para correr cuarenta minutos en la cinta. Luego fue a la habitación y tomó una larga ducha, dejando correr el agua más de lo necesario. No recordaba haber transitado algún momento más desolado en los últimos tiempos que el ocurrido al final de la reunión de la mañana en la empresa. Como nada habría de cambiar, se concentró en la actividad por venir y decidió comer frugalmente en el cuarto antes de ir a visitar a su íntimo amigo, también abogado, Jaime Burdí.

Burdí y Asociados era un estudio jurídico especializado en marcas y patentes y en temas de propiedad intelectual que había crecido mucho desde su fundación, en la década de 1970. Integrado por un total de treinta abogados —entre socios, asociados y juniors— funcionaba en un piso de la torre Bouchard, edificada en el límite entre el antiguo microcentro de la ciudad y el barrio de Puerto Madero. Una zona en la cual el sol siempre se encuentra tapado por la sombra de los rascacielos que se alzan desafiantes, algunos a medio construir.

Jaime Burdí (hijo) era el socio principal del estudio jurídico ya que su padre, uno de los fundadores, había fallecido en 2005. El otro socio fundador se había retirado de la profesión el año anterior sin dejar hijos ni referentes que lo sucedieran, vendiendo el veinte por ciento de su parte a Jaime y el resto a los socios minoritarios. De la edad de Marcos, Jaime era bien parecido y hacía gala de una marcada personalidad, en apariencia tranquila. Por lo general vestía trajes impecables de alpaca inglesa o súper 120, que variaban en color azul marino, negro o gris topo, a tono con sus camisas de seda y corbatas importadas. Sumamente perspicaz, sobresalía por la claridad y por la solidez con las que exponía sus argumentaciones.

Jaime lo recibió con un conmovedor abrazo, ya que no se veían desde que Marcos se había ido a vivir a San Martín de los Andes. Compañeros del colegio secundario, se habían hecho amigos en aquella época y sus respectivas mujeres, Olivia y Eugenia, se llevaban a las mil maravillas mientras duró el matrimonio de Marcos. Para los Burdí la separación había representado un fuerte cimbronazo, aunque previsible, en razón de los problemas con el alcohol que Marcos no se encargaba de ocultar sobre el final de la relación con su mujer. Era lo más parecido a su mejor amigo, ya que luego de la hecatombe, la mayoría de los conocidos lo fueron abandonando, algunos abruptamente por razones comerciales o profesionales y otros, de a poco, inducidos y presionados por un entorno familiar que no perdonaba determinadas conductas. Jaime no había actuado así y siempre, cuando estaban juntos, sucedía lo mismo: lo que uno olvidaba, el otro lo recordaba y lo que ambos habían olvidado, se podía volver a armar.

—Me mirás como si fuera un zombie —dijo Marcos entre risas.

—Será porque estamos hablando en persona después de mucho tiempo sin vernos —contestó Jaime.

—Honestamente me siento como un bicho raro, a pesar de que nací, viví y me suicidé en esta ciudad. De a poco me voy a acostumbrando a la vida bucólica y tranquila que ofrece el sur, distante no sólo en kilómetros sino en infinidad de aspectos de esta trituradora de carne.

Jaime lo examinaba gratamente sorprendido. Marcos estaba cambiado, para bien. Las ojeras y las bolsas debajo de los ojos, así como las finas arrugas en las sienes típicas en los alcohólicos, se habían reducido ostensiblemente. Se mantenía delgado, conservaba la abundante cabellera y, especialmente, preservaba la forma humana.

—¿Cómo están Eugenia y los chicos? —preguntó Marcos.

—Bien, muy bien, por suerte. Eugenia trabaja mucho como decoradora y, como siempre, se hace cargo de los problemas cotidianos de la casa. Tres hijos llevan su tiempo y representan una serie de problemas, gracias a Dios, ninguno grave.

Marcos la quería mucho, pese a que Eugenia, aliada con su ex mujer, no había sido piadosa con él. Como era lógico, ella había tomado partido por su amiga antes, durante y después del divorcio. Pero él lo entendía y lo aceptaba, si bien no justificaba algunas de las agresiones de las que había sido víctima y a las que nunca respondió por respeto a su amigo. La charla, café mediante, transcurrió durante una hora en la cual repasaron viejos buenos tiempos, hablaron del presente y recordaron anécdotas de la época de la adolescencia. Como Jaime tenía una reunión fuera del estudio, sobre el final de la charla Marcos le preguntó aquello que, en el fondo, dudaba en saber.

—¿Qué sabés de Olivia?

Era evidente que se resignaba a olvidarla. Tal vez subsistían en lo más recóndito del interior de Marcos facciones y retazos de su esposa, quizás no en el conjunto sino efímeramente. Jaime reconocía que, como toda mujer atractiva, Olivia era una expresión de la belleza de la que no se podía ser indiferente, aún con el paso del tiempo.

—La última noticia que tuve, hace tiempo de esto, fue que estaba en pareja con un médico traumatólogo de Santa Rosa, La Pampa. Lo cierto es que Eugenia ya no habla con ella.

—¿Lo conocés? —preguntó Marcos.

—¿A quién?

—Al médico.

—¿Importa?

—Sí.

—No compara ni califica, si es lo que te interesa saber —Jaime comprobó, una vez más, que su amigo volvía una y otra vez sobre sus días pasados, sobre su historia reciente.

—Viendo en lo que me convertí en los últimos tiempos, es difícil creerte —respondió Marcos con un dejo de resignación.

—Entonces para qué preguntar —dijo Jaime, arrepintiéndose de inmediato de lo dicho, conociendo el indomable temor que su amigo tenía de sentirse descubierto en lo más profundo de sus sentimientos. La atormentada figura de Olivia y la de Justo aparecieron en la memoria de Marcos repentinamente y cierto aire de pesimismo melancólico se reflejó en su cara. Esas representaciones correspondían al plano de un edén que había estallado hacía mucho y que, además, resultaba falso. La vida, los meses después a la separación, había devenido previsible y anodina, como una mala copia de una antigua película en blanco y negro.

—Sé que has pasado momentos más que difíciles, seguramente terribles. Pero te ves muy bien ahora, Marcos. Para qué volver hacia atrás.

—La verdad, Jaime, no hay muchas opciones posibles para afrontar lo que pasé. O te quedás anclado en el dolor o renacés con toda la fuerza para seguir anclado en el dolor —acotó fríamente—. Existen infinidad de blogs, libros de autoayuda, sacerdotes y todo un abanico de alternativas al alcance de la mano para contenerte, pero lo real es que el dolor es para toda la vida. Nadie puede enseñarte a sobrellevar ese escenario —dijo en obvia referencia a la prematura muerte de su hijo.

Jaime no se animaba a interrumpirlo.

—Ningún padre debería tener que enterrar un hijo. Es un dolor infinito y profundo. El pedazo de mí que me falta, el lado ausente.

—Tal vez sea cierto eso de que una persona muere definitivamente recién con nuestra propia muerte —sostuvo con cuidado Burdí.

—No creo. Te dicen que hay que reconocer la pérdida y aceptar el dolor del sufrimiento. También que hay que vivir con ello y no minimizar la situación tomando drogas o alcohol. Pero lo único cierto, al menos en mi caso, fue que el alcohol detuvo el necesario proceso de dolor en un contexto marcado por la adicción al trabajo y la crisis matrimonial. Lleva mucho tiempo asumirlo. Lo hacés cuando te das cuenta de que estás literalmente destruido —hizo una pausa obligado por las circunstancias—. ¿Sabés qué es lo peor de todo, Jaime?

—No.

—Lo peor de todo es el enojo y la culpa que te paralizan. Y lo que más duele es la impotencia de no poder volver atrás, no poder cambiar absolutamente nada de lo ocurrido. Entonces te das cuenta de que lo que te estoy diciendo no debería tener sentido para que fuera real. Es más, en el fondo nada tiene un sentido, un porqué, ni siquiera el luto más desgarrador encontrará alivio ni conocerá de rescates celestes.

—A lo mejor deberías permitirte redescubrir los momentos gratos de la vida, incluyendo el pasado. Seguramente Justo te ha dejado muchos dones que te ayudan a buscar tu nueva identidad entrelazando esas cualidades —indicó su mejor amigo con adecuado manejo del clima.

—Tal vez. Pero si fuera así, por ahora no me doy cuenta. El modo en que cada uno de nosotros reacciona ante tan terrible trance es algo tan íntimo y subjetivo que no puede generalizarse.

Jaime lo escuchaba sintiendo un profundo dolor por la angustia que exultaba cada gesto, cada expresión, cada palabra de su amigo. Era un tipo afectuoso, capaz de dar la vida por su familia, pero detrás de esos sentimientos Marcos percibía un destello insondable en su mirada, como si su presente pareciera estar y no estar al mismo tiempo.

—Luego de la muerte de mi hijo, destrozado y astillado por dentro y a la vez embriagado por el trabajo, lo sabés bien, hice de todo, con una omnipotencia terrible. No te das cuenta de que en el ámbito de tu laburo te podés creer una especie de genio y lo peor es que te lo terminás creyendo. Pero resulta que ese genio de repente puede morirse de un balazo en la calle o de un infarto masivo. Podés ganar plata, ser reconocido en tu profesión, pero llegaba a mi casa y estaba angustiado. El asunto era que no me daba cuenta de cómo esa forma de internalizar los fracasos personales empezaba a colonizar otros ámbitos de mi vida, impidiéndome toda capacidad de alcanzar mis propias zonas de contradicción, que es lo que en definitiva nos permite salir adelante.

—Sabés que te entiendo como nadie y tampoco soy inmune a muchas de las cosas que decís. Pero son todos esos sentimientos inquietantes, profundos y la manera en que uno se liga con ellos los que en definitiva te hacen mejor persona —Burdí se tomó unos segundos para continuar—. En el fondo, estar ocupado en tus cosas evita que te invada la tristeza.

—O te limita la habilidad para superarla. Llega un punto en que te endurecés tanto, te enfriás a tal punto que quedás completamente anestesiado.

—Puede ser —contestó Jaime pensativo—. Lo paradójico es que la paz real siempre llega cuando uno deja de perseguirla, inducido muchas veces por el miedo de todos los días.

Marcos no reparó en el último comentario, como si no lo escuchara o no quisiera concentrarse en él. Necesitaba descargarse.

—Podría haber inventado falsas confidencias, pero no lo hice. No necesitaba de un blanqueo de currículum para reinventarme. Entonces las cosas siguieron su curso natural de demencia mientras permanecía preso de los fantasmas que vivían adentro en diabólica armonía, sin que tuviera la más mínima gana de exorcizarlos.

—Tendrías que haberlos aceptado para lidiar con ellos —añadió su amigo apelando a un tono de imposible objetividad. La frágil coraza de Marcos no merecía ser deteriorada.

—Por supuesto. Los que dicen, parafraseando creo que a Nietzsche, que aquello que no te mata te fortalece, saben que en el fondo es un eufemismo puro. Lo que no te mata, la verdad, te puede dañar tanto que no todos pueden superarlo.

La tensión que se percibía llegaba a su punto culminante y, como todo punto culminante, se transforma en silencio incómodo. Minutos después se despidieron juramentándose hablar más seguido. Al llegar a la calle, Marcos percibió que los demonios habían vuelto de repente y no sabía bien dónde estaba, aunque sí dónde se encontraba. Bien erguido, en toda su estatura.

10

Nueve cuadras separaban el estudio jurídico de Jaime Burdí del hotel en el que se alojaba Marcos, por lo que decidió volver caminando. La sensación térmica seguía siendo agradable y a su alrededor la gente, presurosa, se ramificaba hacia todos lados en busca del reparador regreso a casa o del esperanzador after office. Tomó por Tucumán y luego de cruzar la avenida Leandro Alem en el bajo, caminó por Florida hasta llegar a Lavalle. Todavía recordaba la época en que siendo muy chico su padre lo llevaba a ver aquellas bizarras películas de cowboys, llenas de indios poco convincentes y disparos por doquier. El transitar esas calles, algo que en su momento solía ser un hábito que habilitaba un vínculo muy estrecho con su padre, ahora se había invertido: era Marcos quien desenvolvía el carretel del tiempo escondido detrás de las fachadas decadentes de los edificios. Como tantas veces, la memoria, desfalleciente, dispara y transporta recuerdos de una época que, para los mayores que él, marcaron una identidad generacional.

Lavalle, en el tramo comprendido entre Florida y la Avenida 9 de Julio, destilaba tensión por donde se la transitara, en especial después de las seis de la tarde. Indigentes, “paqueros”, cafishios y ladrones de poca monta —los otros estaban en el barrio de los tribunales, cruzando la avenida— se mezclaban con el resto de los transeúntes y con los turistas. Era un tramo de la calle intrínsecamente violento y esa violencia, no necesariamente física, se desparramaba entre aquellas personas arrojadas a lo largo del asfalto caliente. Si la realidad cotidiana se performativiza alrededor de cuerpos que no se ajustan a ningún molde establecido, las conductas de los habitantes habituales de Lavalle eran contrarias a las más elementales normas sociales de convivencia. Un par de años después de su partida, la ciudad persistía en su lucha contra la decadencia que ineludiblemente implicaban la desarticulación social y la impunidad callejera. Todos retratos de una población cada vez más fragmentada y polarizada, en la cual la amenaza y la hostilidad se percibían en cada esquina.

Uno de los dos restaurantes del hotel, el que se encontraba en la planta baja, estaba prácticamente vacío. En uno de los costados, alejado de las mesas, un hombre sesentón y canoso tocaba fraseos de jazz dándole al ambiente un clima levemente acogedor. Una pareja de japoneses, sentados uno al lado del otro, parecían ensimismados en los acordes que venían del piano. Ni que fuera Gershwin, pensó Marcos mientras comía en una mesa ubicada algunos metros atrás. Una vez que hubo firmado la cuenta, se dirigió al lobby para realizar el check out del día siguiente. Reservó un taxi al aeropuerto para la primera hora de la mañana y se fue a tomar un café a la barra del snack bar.

Un bartender treintañero vestido con uniforme clásico atendía tras la vistosa y decorativa barra que dividía el salón en dos partes. Con movimientos rápidos, alta concentración y una técnica depurada, medía y batía con aceitado ritmo los ingredientes en su jigger japonés. Las estanterías, ubicadas por detrás de la barra, estaban repletas de botellas de licor, gin, vodka y otras bebidas blancas, configurando un imán muy tentador para quien se sentara del lado de enfrente. Además de las botellas alineadas prolijamente, el vaso mezclador, la coctelera y los dosificadores no sólo eran un motivo de decoración, sino que daban claramente a entender que en el lugar se realizaban tragos de primer nivel. En la pared los espejos acentuaban la visión de amplitud en el área de la barra.

Había más gente que en el restaurante, sin que ello significara gran cosa, pero al menos la sensación de aburrimiento no era tan abrumadora. El murmullo y las risas de las personas se confundían con la música lounge. Sentado en la barra, por un instante, Marcos dudó en salir raudamente de allí ya que la tentación del alcohol era cada vez más fuerte. Pero era consciente de que debía acostumbrarse a ese tipo de situaciones que se presentarían a menudo en el futuro, a no ser que decidiera recluirse en una cabaña en medio de las montañas, como un monje tibetano. Algo que, por ahora, no pensaba hacer. Lo de vivir en una cabaña en medio de las montañas, claro.

En algún momento del ejercicio de la profesión todos los abogados que litigan tienen visiones cercanas a la muerte con las fechas de los vencimientos de los plazos. Las notificaciones, las audiencias, las presentaciones, las apelaciones, en fin, toda la gama de actividades procesales y de documentos que configuran la base del anacrónico sistema judicial escrito tienen plazo perentorio de vencimiento. El problema era si uno los dejaba vencer, ya que los plazos procesales, al ser preclusivos, no admiten segunda oportunidad.

Hace años le había ocurrido con el vencimiento de un plazo para contestar una demanda que le habían iniciado a uno de sus principales clientes, una consultora en hidrocarburos. Los efectos de la contestación de demanda fuera de término fueron devastadores, ya que, operado el vencimiento del plazo, cayó la oportunidad para ofrecer pruebas y, lo que era peor, se tuvieron —en principio— por ciertos los hechos alegados por el demandante. En ese caso, cayó el plazo para responder y, con él, cayó la consultora, si bien el asunto al final terminó conciliado en términos más que razonables dado el cuadro de situación. Por suerte para la empresa, una vez más el hilo se había cortado por las necesidades económicas del trabajador, que lo condicionaron a firmar el acuerdo. La experiencia había sido tan espeluznante que nunca más le volvió a ocurrir, haciendo de la gestión de los expedientes una religión y de la agenda del estudio una especie de controlador cardíaco. Claro que esas apariciones cercanas al infierno que representaban en el pasado los vencimientos, siempre terminaban mitigándose en la parroquia preferida de Marcos, el bar cinco estrellas del Hotel Claridge, a la vuelta de su oficina. No era tiempo de reavivarlas.

Pidió un café cortado mientras miraba atentamente los ágiles movimientos del bartender, preguntándose si el tipo sería casado, si tenía familia y si podía ser feliz con ese tipo de trabajo. De todos modos, a juzgar por su propia historia, Marcos no podía emitir juicio de valor alguno en cuestiones tan caras a la vida de las personas.

—¿Marcos Demaría?

El hombre, sentado en el taburete de la barra a su derecha, tendría unos sesenta y cinco años y estaba vestido con un impecable traje negro a rayas muy finitas hecho a medida. El pelo, canoso y abundante para la edad, lucía un corte prolijo, acorde al resto de su figura. Se notaba a simple vista que la postura que asumía daba cuenta de un porte enérgico y firme. Marcos nunca lo había visto en su vida.

—Sí. ¿Lo conozco? —respondió Marcos.

—No creo. Soy abogado y me llamo Esteban Domínguez. Trabajo en forma independiente, con mi propia estructura. Perdón, esta es mi tarjeta. —La tarjeta que le entregó mencionaba efectivamente ese nombre y ese apellido. Lo único que figuraba por debajo era el título de abogado y un teléfono celular que, por la cantidad de números, no parecía ser de Buenos Aires.

Antes de su desacreditación profesional y personal, Marcos era lo suficiente activo como para relacionarse con muchísimos colegas y jueces, cuyas caras seguramente a lo mejor recordaría. Sin embargo estaba convencido de que no tenía nada que ver con ese tipo, más allá de la intriga natural que siempre suponen esas situaciones imprevistas. Llegó a la cuenta de que en el fondo le importaba tres carajos, ya que no tenía ningún interés en iniciar algún tipo de diálogo con un desconocido. Le preguntó qué quería, presumiendo que tal vez se tratara de alguien que simplemente estaba solo y necesitaba hablar.

—Tengo entendido que usted está interviniendo en el juicio de los empleados de la empresa de electricidad que fueron despedidos por supuestas maniobras fraudulentas —dijo en referencia a la causa iniciada en Bariloche.

—Sí, así es. Soy el abogado de la compañía en el juicio.

—Es una causa judicial que trasciende lo económico, que ya de por sí debe ser importante. Lo felicito, Demaría, evidentemente está volviendo al ruedo.

Marcos bebió lentamente el café. No imaginaba adónde apuntaba el tipo, y si bien con los años su grado de tolerancia había caído estrepitosamente, prefirió manejarse con cautela.

El desconocido continuó hablando.

—Son los asuntos laborales que a uno le otorgan tranquilidad económica, al margen de la publicidad beneficiosa que, por supuesto, conlleva toda sentencia a favor o acuerdo beneficioso al que se arribe en el pleito —completó la idea el tal Domínguez.

Marcos seguía mirando intrigado al bartender detrás de la barra sin emitir palabra alguna. No confiaba en lo más mínimo en esa conversación y por lo tanto prefirió no responderle.

—¿Todo lo demás, bien? —completó el hombre. Era evidente que le estaba preguntando por su adicción al alcohol. ¿Quién mierda era este estúpido?

—Mire… me dijo que se llamaba…

—Esteban Domínguez… —lo interrumpió dándole un trago al whisky importado que bebía con fruición y cuyo aroma comenzaba a poner nervioso a Marcos, más de lo aconsejable.

—Mire, Domínguez, francamente no sé quién es usted, nunca nos cruzamos con anterioridad ni en tribunales ni en ningún otro lado.

—Es cierto, nunca nos cruzamos con anterioridad.

—Bueno, si es así, entonces dígame en qué puedo ayudarlo. Mañana me voy temprano del hotel y en cinco minutos estaré viendo televisión en mi cuarto.

—Claro, regresa a San Martín de los Andes en el vuelo de las siete y media de la mañana. En noviembre se hará la audiencia de conciliación —afirmó. Era notorio que tenía información sobre el expediente.

—No me contestó qué es lo que quiere.

—Digamos que algunos clientes que tengo por allá puede que quieran conocerlo, ya que saben de su capacidad como abogado. De cualquier manera, no se preocupe ni se ponga en guardia, hombre, esta es sólo una corta charla amable entre colegas.

—¿Y a qué se dedican esos clientes, si se puede saber? —preguntó Marcos.

—Son personas importantes. Influyentes.

—Seguramente políticos.

—No en esencia —dijo Domínguez.

—Buena respuesta —sonrió Marcos. Quizás fuera mejor tomarse en broma la conversación en lugar de enojarse—. Si en esencia sus clientes no son políticos pero sí personas influyentes, entonces deben ser de esos especímenes con vocación de héroes libertarios incorruptibles, que abogan por la justicia social desde su vinculación con algunas empresas del sector privado.

Domínguez se rio.

—No jodamos, Demaría, usted sabe mejor que yo que la política se ha vuelto una actividad profesional reservada a un selecto grupo de individuos cuyos intereses personales no necesariamente coinciden con los del resto de los ciudadanos. Incluyo a los jueces y abogados, en esto, por supuesto.

—No estoy tan seguro. Algunos abogados pueden ser todavía más inescrupulosos. De cualquier manera, mire por donde se lo mire, su tesis suena a paternalismo irritante.

—Puede sonar como quiera, pero en el fondo del sistema subyace la íntima convicción, soberbia y paternalista si se quiere, de que los funcionarios saben mejor que nadie lo que la gente necesita.

Demaría no contestó. No tenía sentido ni ganas de seguir hablando con este sujeto. Estaba realmente cansado y lo que más quería en ese momento era una cama para echarse a dormir.

—Ya tendrá oportunidad de conocerlos —dijo el desconocido mientras apuraba el último trago de whisky. El olor del alcohol era decididamente arrebatador, acrecentando las ganas de beber de Marcos. Tenía que pagar e irse ya mismo del snack bar.

No hizo falta.

Con un movimiento ágil, el tipo se bajó del taburete y se fue dándole una palmada en el hombro, dejando no sólo pago el trago y el café cortado, sino un amargo sabor en la boca del abogado de CESA.

11

Antes de comenzar con su habitual clase de los jueves, Marcos Demaría se hallaba reunido con el decano y con el vicedecano de la Facultad de Derecho en la Ciudad de Bariloche. Aquella aniñada alumna del piercing en la nariz que se había acercado al finalizar la clase con miras a explorar la posibilidad de adquirir algún tipo de sustancia marginal, lo había denunciado ante las autoridades de la universidad.

—Demaría, sabemos que ella padece de profundos trastornos afectivos y volitivos, con brotes psicóticos frecuentes. Tampoco la ayuda el entorno familiar, ya que su padre la abandonó recién nacida y su madre tiene continuos problemas con la policía, para decirlo suavemente. Las dos viven circunstancialmente juntas, aunque aparentemente daría lo mismo si no lo hicieran —explicaba Ignacio Roberts, el decano.

—Hace años que doy clases en la facultad y jamás tuve el más mínimo inconveniente con un alumno. Menos todavía una denuncia por maltrato —acotaba Marcos visiblemente afectado.

Héctor Bonelli, vicedecano de la facultad, habló por primera vez.

—Pierda cuidado, Demaría, estamos seguros de que la denuncia no resulta veraz. Sabemos de su trayectoria como profesor y de su currículum académico, impecable por cierto. Pero lamentablemente las normas internas nos obligan a tramitar el expediente, aunque presumimos que, como no habrá pruebas que sustenten los dichos de la denunciante, se cerrará en breve.

—Gracias. Pero por desgracia la mancha queda —reflexionó Marcos.

—Usted sabe que siempre estamos expuestos a este tipo de situaciones —retomaba la palabra Roberts—. Como también lo es el hecho de que ha habido casos en que algunos profesores sí acosaron o maltrataron a los alumnos. Por suerte no han ocurrido en esta universidad.

Bonelli habló a continuación.

—Además, la cámara de seguridad que se encuentra en una de las esquinas de la clase registró cuando usted gesticulaba y le pedía que se marchara de manera firme pero respetuosa. Nada de lo que está filmado permite conjeturar que usted maltrató ni amenazó a la alumna como ella sostiene.

—Respecto de su buen nombre y honor —agregó el decano—, la resolución del rector que archivará el expediente dará debida cuenta de la improcedencia de la denuncia y dejará a las claras su falsedad.

—Gracias.

—Sin perjuicio de que estamos convencidos de su inocencia, tanto a Héctor como a mí nos queda una duda.

—¿Cual?

—¿Qué quería la alumna? —interrogó el Decano con seriedad.

Marcos había advertido sobre la posibilidad de la pregunta y por ende intentó ser lo más convincente posible.

—Cuando se fue el resto de los alumnos, ella se acercó para que yo le diga cuáles irían a ser las preguntas del próximo parcial. Por supuesto, no se las dije —mintió Marcos.

—¿Se le insinuó? —preguntó Bonelli sin eufemismos.

La pregunta del vicedecano tampoco lo agarró de sorpresa.

—No, para nada.

—Porque de la filmación surge que en un momento la alumna adopta una postura, como decirlo, insinuante o provocativa—musitó Bonelli acariciándose la pera con los dedos pulgar e índice.

—Bueno, a veces ocurre con algunas alumnas, en especial con las más jóvenes, que asumen algunas actitudes cancheras o desubicadas para congraciarse con el profesor, pero no fue el caso —mintió Marcos—. Al menos no lo percibí de esa manera.

—Pero usted parecía enojado.

—Sí. Me enojé porque se puso insistente con los temas del parcial. Parecía que tenía la obligación de decírselo y no entraba en razones.

Marcos tuvo el leve presentimiento de que no creían del todo lo que decía, pero no hubo rebote al respecto.

—Visto así, la denuncia contra usted parece artificial, como armada de antemano, vaya uno a saber con qué propósito.

—No tengo idea de por qué esta chica querría dañarme de esa forma.

—En resumidas cuentas, si la alumna solamente se acercó para interiorizarse sobre las preguntas del parcial, no se le insinuó ni le propuso nada indecente, y usted le pidió que se retirara del aula, no se entiende por qué habría de denunciarlo.

—Honestamente, no lo sé —argumentó Marcos—. Tal vez lo hizo en represalia por mi firme negativa a suministrarle la información.

—Hum… me cuesta creerlo —dudó Roberts—. A no ser que alguien, o ella misma, tuviera interés en perjudicarlo.

—Sería una locura. Llevo viviendo poco más de un año en el sur y prácticamente no tengo vida social.

—No tome a mal la pregunta, por favor, pero ¿usted conocía a la alumna más allá del claustro universitario? —preguntó Bonelli.

—No, jamás había hablado con ella. Es más, apenas la recordaba, ya que no es de las alumnas regulares, falta a menudo a clase y cuando asiste no pronuncia palabra alguna. No sabía siquiera el apellido cuando se acercó.

—Usted afirma que no existieron antecedentes de ningún tipo. Ni de contactos previos ni de inconvenientes entre ustedes —insistió el decano mirándolo fijo a los ojos.

—Es así. Puedo probarlo —replicó Marcos algo molesto, sosteniéndole la mirada.

—No va a ser necesario. En fin, aclarado el punto, esperemos terminar con el tramiterío lo antes posible. Seguramente fue una maniobra propia de alguien con trastornos psíquicos.

12
Noviembre-diciembre de 2010

El Consejo de la Magistratura de la Provincia de Río Negro, órgano de integración plural compuesto por representantes del gobierno, del parlamento y del Poder Judicial de la provincia, así como de los estamentos académicos y profesionales, tiene entre sus funciones las de intervenir en el proceso de designación de los jueces y participar en el procedimiento para echarlos de una patada.

El juez Ricardo Gómez Salduendo, miembro del Tribunal Laboral Número Uno de Bariloche en representación de los jueces, era el presidente del consejo. Calvo, de frente ancha y ojos redondos, labios finos y una expresión tajante, le había ganado la elección el año anterior por escaso margen de votos al presidente del Tribunal Superior de la provincia, candidato de la oposición al gobernador de turno. Ese martes por la tarde del mes de noviembre, Gómez Salduendo conversaba en la sede del organismo, ubicada en la ciudad de Viedma, con la mano derecha y principal operador político del gobernador de la provincia.

Durante su juventud Héctor Beiderman había fundado una agrupación de izquierda en la Facultad de Medicina, lo cual caracterizó su fuerte vocación por la política, que relegó su promisoria carrera universitaria, pese a que nunca participaba de cargos eleccionarios. Su pasión y su destreza consistían en permanecer en las sombras de la actividad, influyendo decididamente con su experiencia y con su certera visión de los acontecimientos en los personajes más conspicuos de la política. Especialista en la reducción de recelos, conservaba en su foro interno su formación militante. De excelente relación con los sectores sindicales, era un acérrimo defensor del diálogo social y manejaba el poder con esa confianza que exhiben aquellas personas que no deben demostrarlo porque simplemente lo tienen y lo usan.

Beiderman tomó la iniciativa.

—La Acería Río Negro va a despedir a más de cuatrocientos trabajadores. Lamentablemente es una decisión tomada e inevitable.

Creada en la década de 1960, la acería funcionaba en la localidad de San Antonio Oeste, como una sociedad anónima con participación provincial mayoritaria. Constituía una planta integrada para la producción de arrabio, acero y chapa laminada en caliente, concebida oportunamente con la idea de complementar la actividad del sector público con la del sector privado. Agotada la capacidad de la acería para subsidiar a las empresas elaboradoras de los productos finales, aparecieron las firmas privadas extranjeras que querían comprarla a precio vil, siempre y cuando la provincia hiciera el trabajo sucio de despedir masivamente a varios de sus empleados para reducir el déficit. Lo traumático de la cuestión era, como siempre, la paradoja argentina.

Si bien la economía y el sistema tributario debían tener reglas claras para garantizar el ejercicio de los derechos de los trabajadores, si el único parámetro que se tomaba en cuenta era la productividad a rajatabla, seguramente algunos de esos derechos comenzarían a claudicar. Nada de ello era ajeno a la política y siempre se decidía a sus espaldas.

—¿No existe un acta firmada en marzo de este año entre el gremio metalúrgico y la acería que prohíbe los despidos del personal por veinticuatro meses? —preguntó el juez Gómez Salduendo.

—Sí. Pero el déficit llegó a un límite imposible de sostener. Tenemos un sector privado cada vez más pequeño que se contrapone con el universo creciente de personas que necesitan de la ayuda pública para subsistir. Hablo de los jubilados, desempleados, indigentes y siguen las firmas. Ni hablar de los empleados públicos —admitió el político.

Estaban los dos solos en el salón de acuerdos y, por lo tanto, no había testigos ni posibilidad alguna de que ingresara alguien a esa primera hora de la tarde.

—Desde ya te adelanto que ningún tribunal de la provincia verá con buenos ojos los despidos masivos de los empleados. Tal vez pueda avalarse, y no lo puedo asegurar porque debería hablarlo con mis colegas, una suspensión concertada de los contratos de trabajo por un plazo razonable.

—Bueno, en tal caso y suponiendo que el plazo pudiera extenderse, podría implementarse un razonable retiro voluntario de los trabajadores. El gobernador tendría que hablarlo con el ministro de Economía de la Nación para obtener recursos de la coparticipación federal. A lo mejor esa sea una solución parcial. Luego, sí, al resto habría que despedirlo —dijo lacónicamente Beiderman.

—Tengo mis dudas de que la idea prospere sin el aval del sindicato. Desde ya ustedes deben tener en claro que, de ocurrir los despidos, la empresa deberá indemnizar a los trabajadores.

—Ese no sería un problema, dado el cuadro de situación imperante y la posible afectación presupuestaria. El problema más grave que tenemos es que el gremio amenaza con pedir la nulidad de los eventuales despidos por medio de una acción de amparo con fundamento en el acta que se firmó en marzo. Hasta nos están apretando con la toma del horno. Por eso recurrimos a vos, Ricardo.

Gómez Salduendo lo escuchaba en una suerte de silencio reflexivo, a la par que enderezaba la espalda y cernía los dedos sobre la mesa de reuniones. No quiso interrumpirlo, a la espera de la siguiente afirmación, cual juego de ajedrez entre dos expertos en lecturas de los silencios y del lenguaje gestual.

—Lo que decidan los jueces sobre la validez de los despidos será crucial para el avance de las negociaciones con los grupos económicos privados interesados en comprar la acería —concluyó el asesor del gobernador.

—Lo consultaré con mis pares a la brevedad posible y lo volvemos a hablar, pero no puedo garantizarte nada —respondió escuetamente el juez.

—Ricardo, te lo agradezco. No hace falta que te diga los esfuerzos que está dispuesto a realizar el gobierno provincial, aun el nacional, si ustedes nos dan una mano. Me consta que hasta el presidente de la Nación está preocupado por este tema.

El magistrado se encogió de hombros, convencido de que tampoco era bueno colocarse en una posición tan a la defensiva frente a la figura misma del gobernador, encarnada por su principal referente y confidente, quien, satisfecho con la respuesta, cambió de tema.

—Estás al tanto de que el mes pasado hubo un encuentro en Buenos Aires entre representantes políticos y representantes de los jueces laborales de todo el país.

—Estoy al tanto, por supuesto —contestó Gómez Salduendo, quien había mandado a la reunión a uno de sus hombres de máxima confianza. El presidente del consejo observaba a su interlocutor sin pronunciar palabra.

—Es vox populi que todos están muy preocupados por la ola de despidos que se avecinan en varios sectores industriales del país. Por eso ya se está preparando para el año que viene el proyecto de ley que va a incrementar el costo laboral de los despidos sin causa. La idea es implementar nuevamente la indemnización doble.

—Me parece que el gobierno va a terminar apagando el fuego con nafta.

—Pero los gremios, de parabienes. Por supuesto que el sector privado está presionando fuertemente en contra de esta idea —dijo el asesor.

—Y por eso el jefe máximo del país sugiere que los diversos tribunales evalúen las causas laborales en trámite con ojo clínico pro-empleado —completó el juez, quien conocía hasta los más mínimos detalles de lo hablado en la reunión.

—Mirá, Ricardo, la línea argumental trazada desde lo más alto del poder tiene dos aristas bien diferenciadas. Por un lado, poner fin a los despidos con bajo costo que se cocinan en sede administrativa y, por otro, anticipar la enorme contingencia que representará para los empresarios llevar adelante un proceso judicial por despido, dado el alto porcentaje de sentencias favorables a los trabajadores que habrán de dictarse en el futuro.

—Otra de las razones por las cuales el asunto de la acería debe resolverse prontamente, ¿no es cierto?

—Correcto —finalizó el operador gubernamental, alineado fervorosamente con el presidente de la Nación y con el partido gobernante.

—O una de las tantas falacias de las correlaciones a las que nos tiene acostumbrada la política —contrarrestó el presidente del consejo—. Héctor, no escapa a la agudeza de nadie que si bien la gente usa pilotos y paraguas cuando llueve, eso no significa que si se prohibiera su uso dejará de llover necesariamente.

Beiderman sonrió, reconociendo la capacidad de análisis y la sagacidad de su interlocutor. La subordinación de ciertos segmentos del poder judicial al poder político, algo tan común en el fuero federal en el cual se encuentran directamente involucrados los intereses del Estado nacional y se evalúa la responsabilidad de los funcionarios públicos, era tan evidente como replicable en cada una de las jurisdicciones provinciales. Los dos sabían que la idea de que la política era una actividad noble ejercida por iluminados patriotas insospechados de cualquier motivación que no fuera el interés superior de la nación era, lisa y llanamente, una quimera. La pronunciada decadencia del país desde las primeras décadas del siglo anterior destacaba el carácter ilusorio de las arengas y de los discursos de la clase dirigente basados en la negación de la realidad y en la idea del mito, escondida a menudo en acuerdos espurios y corporativos.

—Ricardo, el gobernador tiene muchas esperanzas depositadas en vos. Y vos, mejor que nadie, sabés lo que eso significa.

13

La espaciosa sala de audiencias ubicada en el segundo piso del edificio de tribunales de la ciudad de Bariloche constituía una amalgama de esterilidad y sobriedad al mismo tiempo. Las paredes recién pintadas hacían juego con el piso de cemento alisado. Una hilera de bancos de madera separados por un pasillo, donde se sentaban los abogados y sus clientes, estaba situada frente a un atril sobre el que se ubicaba el escritorio de los jueces, cómodamente apoltronados en sillones de cuero ancho con respaldo. La bandera argentina y la de la provincia de Río Negro lucían resplandecientes detrás del escritorio.

Diana, la secretaria del tribunal, comprobaba en silencio que las notificaciones y demás documentos del expediente estuvieran en orden. Marcos tenía buena relación con ella. Una de las cuestiones que había aprendido a lo largo de tantos años de ejercicio de la profesión era que, en muchos aspectos, era preferible ganarse la confianza de las secretarias que la de los propios magistrados. Diana no era agradable con todos. Quizás se compadecía del nuevo abogado arribado a la ciudad por la historia personal que circulaba por los pasillos desde hacía un tiempo, pero básicamente por su buen trato hacia ella.

Faltaban dos minutos para las once de la mañana y en la sala reinaba una rígida agitación. Ugarte, el abogado de los demandantes, vestido con un traje oscuro que denotaba años de uso pero que sin embargo lucía impecablemente planchado, adoptaba una actitud indolente antes del comienzo. Por el contrario, Demaría estaba nervioso y había evitado por todos los medios cruzarse con su colega. Pese a la cantidad de años que llevaba en el ruedo, todavía sentía esa adrenalina previa al comienzo de las audiencias que lo obligaba a pensar que el día que no la sintiera más debería retirarse de los estrados judiciales. No podía disfrutar del momento, ni ahora ni antes. Permanecía quieto, tratando de mostrarse compuesto, con los brazos cruzados, sentado sobre el ala derecha de la sala. Portaba un traje gris oscuro, sobrio, una camisa blanca y una corbata discreta al tono. Enfrente, la presencia del presidente del tribunal imponía respeto por sí misma.

—Muy bien —habló con voz firme Díaz Garmendia. Una cortina de silencio comenzó a descender en la sala—. Damos comienzo a la audiencia de conciliación fijada en el expediente número A567 “Abreu y otros contra CESA S.A. sobre despido y cobro de pesos”. —El juez miró por encima de sus anteojos de lectura, como si quisiera cerciorarse de que todos los involucrados estuvieran presentes. Detectó la presencia de un periodista sentado en el fondo e inmediatamente se puso tenso, lo cual no era augurio de una audiencia feliz.

—Todos los que estamos acá sabemos bien que el deber que tiene el tribunal de tutelar los derechos de sus ciudadanos no se satisface solamente con la organización de un Poder Judicial eficiente, probo, transparente, sino que exige que se ofrezcan otras formas de resolución de los litigios que pueden resultar más efectivos y menos costosos en términos económicos.

El juez daba a entender que el sistema formal de administración de justicia no siempre es el más adecuado para resolver los conflictos y que el concepto debía ser redefinido con criterios más amplios y abarcativos. En realidad, lo que el juez les estaba diciendo entrelíneas era que las partes debían llegar a un acuerdo sí o sí en el expediente, o de lo contrario, atenerse a las consecuencias.

—La última vez que nos reunimos con los abogados el tribunal los instó a buscar una solución alternativa a la tramitación del proceso —recorrió nuevamente con la mirada al auditorio—.Doctor Demaría, abogado de la demandada, por favor, lo escucho.

Marcos se tomó unos segundos antes de hablar y no anduvo con vueltas.

—Excelentísimo Tribunal, luego de evaluar pormenorizadamente el caso con los respectivos asesores letrados de la empresa y de efectuar las comunicaciones y las consultas de rigor con la casa matriz, no tengo instrucciones para realizar un ofrecimiento conciliatorio en esta etapa del proceso.

A sabiendas de que el presidente del tribunal lo fulminaba con la mirada, Marcos no se achicó.

—Mi cliente está firmemente convencido de que ha actuado conforme a la ley y que las graves inconductas de los empleados impidieron categóricamente la prosecución del vínculo laboral.

—Doctor Demaría, no estamos acá para hacer mérito ni juicio de valor sobre la conducta de los demandantes. Así que, por favor, ahorre ese tipo de consideraciones. Lo que usted nos está diciendo es que una compañía de la entidad como la que representa no ha merituado la contingencia de tramitar un proceso de estas características, ¿no es así?

—Con todo respeto, señor juez, le diría que es todo lo contrario. Se ha estudiado detenidamente el caso desde todos los ángulos y estamos convencidos de la justicia de los despidos dispuestos —insistió Marcos, convencido de que no podía mostrarse amilanado por las consideraciones del presidente del tribunal.

—Con todo respeto también, señor abogado, le repito que la evaluación de lo que es justo o no, déjela para el tribunal —respondió Díaz Garmendia con dureza—. Lo que le estaba preguntando era si habían evaluado la contingencia de avanzar con el proceso, aún en el entendimiento de la legitimidad del accionar de su cliente, pero veo que no… Doctor Ugarte, ¿tiene algo que decir?

Mario Ugarte se paró de su asiento como un resorte y, revelando cierto nerviosismo en el tono de voz, intentó mostrarse firme frente a los jueces y frente al resto de los presentes.

—Señor juez, la postura de mis clientes es clara, tenemos intenciones de iniciar negociaciones conciliatorias, pero la tajante posición asumida por la empresa me exime de cualquier comentario al respecto. —Era notorio que el abogado intentaba sacar partido de la situación, dejando bien a las claras cuál de los litigantes impedía toda posibilidad de acuerdo, contrariando las sugerencias del tribunal.

El juez Gerardo García, tercer miembro del tribunal junto a Ricardo Gómez Salduendo, hizo uso de la palabra. Cincuentón, de barba completa larga, usaba anteojos con marco de carey y tenía una expresión permanente algo burlona. Aunque el juez no era miembro de ningún grupo de alcohólicos en recuperación, tenía comprados todos los números por si se rifaba el ingreso en cualquiera de los centros. Pese a su buena apariencia judicial, por lo general su cerebro, después de las tres de la tarde —hora en que daba luz verde al whisky escocés— funcionaba en piloto automático.

García había separado el sillón hacia atrás del escritorio para mirar a los asistentes de frente.

—Tengo una pregunta para el abogado de los reclamantes. En el supuesto caso de que hubiera de parte de la demandada ánimo conciliatorio, ¿cuál sería el monto real de la pretensión de sus clientes?

El juez le estaba dando una mano a Demaría, posiblemente en represalia por el desatinado comentario de Ugarte. En radio pasillo del Poder Judicial se decía socarronamente que García había sido designado juez no sólo por su parentesco con la esposa del gobernador sino porque no tenía capacidad para ser abogado. Después de todo, podía ser un incapaz y un borracho, pero tal vez no fuera un boludo.

Ugarte quedó descolocado frente a la pregunta del juez que lo sorprendió.

—Su señoría, en esta instancia, lo pretendido por mis clientes es la suma reclamada en el expediente más los intereses calculados sobre la base de la tasa activa del Banco de la Provincia, con una quita del veinte por ciento. Más el veinte por ciento en concepto de honorarios, por supuesto.

Una fortuna, pensó Marcos.

—Doctor Ugarte, lo que usted plantea es un virtual allanamiento a la demanda, ya que aún en el hipotético supuesto de que existiera alguna oferta por parte de la empresa, digamos del cincuenta por ciento del monto reclamado —y esto corre por mi cuenta—, el margen de diferencia resulta muy amplio —dijo García.

—Es cierto —respondió el abogado, quien contaba con la mirada cómplice de Díaz Garmendia—. Pero insisto en que la posición asumida por CESA no deja otra alternativa a los empleados que fueron desaprensivamente echados como si fueran perros, ya que sería imprudente de mi parte aconsejar otra suma sin que la empresa ofrezca un monto concreto y razonable para empezar a negociar.

Mientras Díaz Garmendia asentía con la cabeza, el tercer juez, Gómez Salduendo, permanecía imperturbable en su sillón calibrando a los dos abogados. A la natural habilidad para la política que lo caracterizaba —no por casualidad fue elegido presidente del Consejo de la Magistratura— se sumaban una discreción y un bajo perfil que lo hacían inescrutable e indescifrable en sus pensamientos.

—No olvidemos que se trata de una de las principales comercializadoras de energía eléctrica del país, miembro de un grupo extranjero fortísimo. Una de las más grandes por la cantidad de empleados directos o indirectos que tiene, con enormes índices de facturación —concluyó Ugarte.

El razonamiento del abogado era falaz. Un millón de pesos, o cinco o diez, siempre es muchísima plata aún para una compañía como CESA. Era notorio que no había mucha química entre el abogado y el juez García o tal vez hubiera cuentas pendientes del pasado. La discusión, agotados los argumentos técnicos, iría a diluirse en cuestiones personales y sutilezas y, por esa razón, la pregunta del juez García nacía destinada a morir sin repuesta.

El presidente del tribunal ordenó ver a solas a los abogados en su despacho. Cinco minutos después estaban reunidos sin la presencia de los demandantes y sin la del juez Gómez Salduendo, quien se excusó alegando trámites personales impostergables. La secretaria Diana, con los cabellos recogidos sobre la nuca y la cara sin maquillar, los miraba con el entrecejo fruncido y con un sesgo de resignación, sabiendo lo que se venía a continuación. Díaz Garmendia no hacía el más mínimo esfuerzo por ocultar su mal humor.

—Caballeros, no se molesten en tomar asiento. Seré muy breve.

Ambos abogados desistieron de ocupar las sillas frente al escritorio del juez.

—Visto y considerando la inexistencia de ofrecimiento conciliatorio alguno, consideren esta conferencia informal con el fin de sentar las bases de la tramitación del juicio que nos convoca —su voz era imperiosa y sus ojos, fríos como ágatas.

Marcos asintió, advirtiendo que, como él, Ugarte se estaba poniendo incómodo.

—El tribunal va a tramitar el caso con la mayor celeridad posible, de acuerdo con el cronograma programado dado el cúmulo de trabajo existente. Desde ya les comunico que no habrá consideraciones ni modificaciones especiales de ningún tipo al procedimiento de rito, ni permitiremos que el expediente se convierta en un festín de maniobras dilatorias. Escritos cortos y concisos y, sobre todo, procedentes. Nada de esas chicanas a las que muchos de los abogados nos tienen acostumbrados, ¿se entiende lo que digo?

—Perfectamente —se apuró en contestar Ugarte.

—¿Demaría?

—Sí, claro.

—Bueno, entonces, mejor así. Sin perjuicio de lo anterior, también les adelanto lo siguiente a las dos partes. Evalúen la situación y arreglen este bendito juicio antes de los alegatos previos al dictado de la sentencia. —Hizo una pausa simulando leer algunas fojas del expediente que tenía desplegado sobre su escritorio. Luego continuó con su tono inalterable e inocultable de fastidio.— Por último, una advertencia a futuro para que no existan malos entendidos. Esta es una causa complicada que demandará mucha prueba y esfuerzo por parte del tribunal. A usted, Ugarte, le pido que no juegue al enigmático ni se haga el interesante. Quiero decir, no rechace una eventual oferta de la empresa para luego aceptar otra levemente superior más adelante. No tenga la menor duda que, de ocurrir ello, la dilapidación de tiempo pondría de muy mal humor a los jueces. Y no olvide que tanto usted como nosotros seguiremos trabajando en Bariloche.

Díaz Garmendia se quitó los anteojos y se frotó el puente de la nariz.

—Demaría, usted es nuevo por estas cortes y parece un abogado correcto. Pero quiero que se encuentre absolutamente seguro de tramitar este juicio. Sepa que no hay nada pero nada peor para los jueces que tener que decretar la nulidad del juicio basada en la inhabilidad del profesional para representar al cliente. Y no estoy hablando del grado de inteligencia o del mayor o menor conocimiento sobre las leyes que tenga, precisamente.

Las palabras del juez surtieron el mismo efecto que un cros de izquierda a la mandíbula de Marcos. Estaba claro que hablaba de su adicción al alcohol y del temor a una potencial recaída que podía tener injerencia directa en el desarrollo del juicio y en un hipotético planteo de nulidad del proceso por parte de CESA alegando defensa defectuosa. Era verdad que cada parte resulta responsable del abogado que contrata para que lo patrocine en un juicio, pero no era menos cierto que tratándose de una adicción, el límite no estaba tan claro, sobre todo si se contaron con los avales médicos desde el inicio del expediente y el cliente desconocía las recaídas posteriores. Menos aún, si el abogado las había ocultado.

No valía la pena ni convenía refutar o decir algo al respecto, salvo asentir con la cabeza. Claramente lo habían investigado y conocían con lujo de detalles su historia reciente, que por otro lado tampoco podía cambiar ni ocultar.

Una pregunta le carcomía el cerebro a Marcos. Si la presión del juicio iba a ser cada vez mayor, ¿sería capaz de soportarla sin quebrar las reglas autoimpuestas, sin caer en la tentación de volcarse al alcohol? Se hallaba completamente solo en una nueva ciudad adonde había llegado casi por azar. Su deber profesional, al igual que su destino, no estaba escrito en ningún lado y podía elegir a cada segundo entre el reino y el infierno. El recuerdo de la advertencia hecha por Ezcurra y por Veracruz en la reunión en Buenos Aires lo puso más nervioso todavía e hizo que las ansias de beber se apoderaran de él, urgiendo el recuerdo del bar más cercano del tribunal, que por desgracia no sólo existía en su pensamiento. Después, más relajado, reconoció que no había malicia ni burla en las palabras del juez Díaz Garmendia, tan lógicas como aplastantes, y que las mismas no tuvieron otro significado que el reconocer la verdad de una situación que lo condicionaba.

Una vez que Diana terminó de labrar el acta de finalización de la audiencia, los abogados se retiraron del tribunal con ideas diametralmente opuestas respecto de lo que el futuro les depararía, pero con similares preocupaciones.

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22 oktyabr 2025
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9789874188069
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