Kitabı oxu: «Gloria en el infierno»

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GLORIA EN EL INFIERNO

© Pepa L. Casanova

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ISBN: 978-84-18730-39-9

PEPA L. CASANOVA

GLORIA EN EL INFIERNO

PRIMERA PARTE

Prólogo

Siempre me ha llamado la atención el gran abismo existente entre la teoría y la práctica; lo que se debe o se quiere hacer, lo que hacemos y lo que la gente espera de nosotros.

Cruenta batalla la que se libra con una misma. Es tan fácil caer presa de nuestra propia imaginación, esa misma que nos da rienda suelta para inventar argumentos que justifican a personas que nos intoxican. Cuánta fuerza e inteligencia se ha de tener para sacudirnos de quienes, como un lastre atado a nuestros pies, nos llevan a lo más escabroso de nuestra propia existencia.

Este libro da buena cuenta de ello. La autora pelea en un proceso largo, a veces efímero, otras veces eterno y casi siempre lleno de obstáculos y contradicciones. En ese camino, que sigue estando gris incluso los días soleados, se quedan muchas lágrimas, muchos sinsabores y algún que otro momento feliz. Admiro la capacidad de la que hizo gala para afrontarlo.

Somos amigas desde hace casi veinte años y he sido testigo directo de cómo dejó parte de su vida en ese intento. Vida que retomó dirigiéndola a una senda de proyectos e ilusiones nuevas, entre otras, la de escribir este relato, ofreciendo así un espejo donde reflejarse y reconocerse y una bocanada de esperanza, especialmente a otras mujeres que pudieran necesitarlo.

Permitidme aportar, como mujer, mi propia experiencia y decir que mientras veamos verdugos en nuestras vidas siempre nos sentiremos víctimas, alimentando con esa actitud rencores que nos alejan de una vida en armonía.

Dejo aquí una frase, aparentemente sencilla y de autor desconocido, con la que la autora y yo reflexionamos, viajeras en un tren con dirección a nuestras propias vidas:

«¿Qué haces cuando te tratan mal? Me trato bien y me voy…».

Os invito a adentrarnos en este laberinto de emociones, pasiones y sentimientos para acompañar a la autora en su travesía.

Carmen R. Chiappe

Gloria

Me llamo Gloria del Carmen. Nací un jueves de mayo a las cinco de la tarde (la hora de la verdad, según los cánones taurinos y como buena tauro, que dicen los aficionados a los horóscopos) hace casi cincuenta años en la preciosa capital de la Costa de la Luz.

Mis padres vivían con mis abuelos maternos en una casa pequeña de un barrio humilde. Mi abuelo y mis tíos, todos hombres y todos mayores que mi madre, que fue la única niña, tuvieron una gran afición a eso de empinar el codo. Es de imaginar lo complejo que debió de ser para ella crecer en ese ambiente en plena posguerra, con mi abuela anulada, pasando hambre y sometida a la tiranía de tanto hombre. No les conocí, o al menos no les recuerdo, pero mi padre me hablaba a menudo de lo difícil que fue tratar con su familia política.

Mi vida consciente comienza aproximadamente recién cumplidos los seis años. De ahí para atrás no recuerdo absolutamente nada. Cuando contaba apenas quince meses mis padres se trasladaron a Benaocaz, un pueblecito de la serranía de Cádiz. Allí tenían su casa y allí nacieron dos de mis hermanos. Por cuestiones laborales y económicas se vieron obligados a dejar la casa del pueblo. El entonces presidente de la Cruz Roja les ofreció trabajo en Mijas. A mi padre de guarda y jardinero de un chalet (residencia de verano de este señor) y a mi madre de asistenta. Como los niños obstaculizábamos el trabajo de mis padres, aprovechando sus influencias nos internó en un colegio a los tres hermanos, el niño en Torremolinos y las niñas en Torre del Mar.

El primer recuerdo que tengo es del día en que mi padre me dejó en el recibidor del colegio. Una monja vestida de negro riguroso me cogía de una mano y me adentraba por un largo pasillo de losetas blancas y negras. Mientras nos alejábamos miraba para atrás, viendo cómo mi padre se iba y me decía que no me preocupara, que al día siguiente vendría a verme. El gran portón de madera y hierro se cerró y al día siguiente mi padre ya no volvió. Las galerías y pasillos eran asépticos, interminables y muy fríos, pero en medio había un gran jardín, el jardín del centro le llamábamos, cargado de rosas de preciosos colores e intenso olor, que le daba calidez y vida al entorno.

Mi padre venía a visitarnos una vez al mes (¡menuda la excursión que tenía que organizar, teniendo en cuenta los medios de transporte y las carreteras de entonces!) y todo esto para pasar un rato del domingo con sus hijos. Primero recogía a mi hermano y, ya en Torre del Mar, comíamos juntos los cuatro. Mi madre, creo recordar, tan solo vino en una ocasión y fue el día de mi primera comunión. Se quedaba en el chalet, sobre todo porque en los cuatro años siguientes nacieron mis otros dos hermanos, los más pequeños. En algunas ocasiones pudimos disfrutar de un par de semanas de vacaciones todos juntos. Esos recuerdos son muy entrañables y me vienen a la memoria como los mejores de mi infancia. Era a la salida del verano cuando los dueños se marchaban a Madrid y, antes de empezar las clases, pasábamos un par de semanas con mis padres. Nos íbamos al chalet, que se encontraba en un enclave envidiable. Corríamos y jugábamos por aquellos jardines, que mi padre cuidaba tan bien, y disfrutábamos de la piscina como privilegiados que nos sentíamos entonces. Para los juegos siempre tuvimos el apoyo de mi padre y la negativa de mi madre. Era y es muy miedosa. No nos dejaba hacer prácticamente nada; nos quería tener cerca de ella, sentados, sin movernos y bajo su control.

Pasados cinco años mis padres volvieron a Benaocaz. Estos señores ya no querían más niños, mi madre ya no podía atender las tareas y mi padre no podía hacerse cargo de todo. No obstante, el delegado de turno que regentaba el colegio permitió que siguiéramos en el internado a pesar de que ya no nos correspondía por vivir en otra provincia. Esto propició que las visitas de mi padre se espaciaran un poco más en el tiempo. Recuerdo que cuando venía a vernos debía hacer noche en el camino. ¡Cómo han cambiado las comunicaciones! Actualmente, en algo más de dos horas se puede uno desplazar de un extremo a otro.

De alguna manera, nos fuimos acostumbrando. A mi madre y a mis hermanos pequeños les veíamos en verano durante un par de semanas y poco más. En ese tiempo que pasábamos con ella lo habitual es que estuviera pegando voces, chillándonos y amenazándonos con la chancla en alto. Buenos momentos que recuerdo de esos meses de vacaciones en el pueblo son los juegos de noche en la calle con los hijos de las vecinas. Hacía mucho calor y era cuando únicamente mi madre salía a la calle y podíamos salir nosotros también. El resto del día nos dejaba encerrados; es por esto que pasaba mucho tiempo asomada a la ventana, viendo a la gente pasar y mirando cómo las niñas de mi edad jugaban y se divertían. No entendía por qué yo no podía estar con ellas. Mi contacto con el exterior y mi vía de escape fueron las cartas. Me aficioné pronto a cartearme con las compañeras del colegio. Esperaba ansiosa al cartero cada día y no había nada que me alegrara más que el cartero vociferando mi nombre para que bajara a recoger una carta. En aquella época, al menos en mi pueblo, no existían los buzones.

En líneas generales, desde la perspectiva del tiempo y dadas mis circunstancias familiares, seguir en el colegio fue lo mejor que me pudo pasar. Los primeros años me sentía mal y vomitaba cuando volvíamos de casa al colegio. Al final las vomiteras y diarreas se sucedieron cuando me debía marchar del colegio a mi casa. Mi vida en el internado transcurrió sin muchos traumas. Me adapté bien, seguí las normas y pasaba desapercibida. Fui una niña obediente, más o menos aplicada. Las monjas nos inculcaron el espíritu de sacrificio a fuego. Creo que básicamente me movía por ese estímulo. Por el contrario, había algo que me encantaba hacer. Me gustaba hacerme notar, pero con público: actuar, cantar, bailar, organizar actividades y hasta leer la epístola en misa. Me sentía importante porque tenía a la gente pendiente de mí. Y como solía hacerlo bien hasta me felicitaban.

Recuerdo con especial cariño las Navidades y la Semana Santa. La mayoría de las niñas se iban a su casa de vacaciones, aunque yo no podía. A mí me gustaba quedarme en el colegio. Éramos pocas y nos «mimaban» un poco más. Hacían menús especiales, nos daban regalos y hacíamos representaciones relativas a la Navidad. En Semana Santa me incluyeron en la coral del pueblo. No es que tuviera mucha voz, pero tenía buen oído. Los cantos de los oficios religiosos de entonces, cantados a cinco o seis voces, me transportaban al cielo directamente. De aquello me quedó una gran afición a la música sacra y coral. Precisamente, ahora que escribo estoy escuchando unas cantatas de Bach.

Otro de los buenos recuerdos que tengo de la época del colegio es mi pandilla. Éramos seis chicas y a lo largo de siete años allí dentro nos hicimos inseparables. Nos hacíamos llamar las Melódicas. Teníamos nuestras propias normas. Había una líder, que nunca fui yo. Nos apoyábamos, jugábamos, nos lo contábamos todo. Esa era la familia que no teníamos. De aquella pandilla conservo la amistad con Eugenia, mi mejor amiga. Cuarenta y cinco años de amistad. A una de ellas la vemos de tarde en tarde, pero no perdemos el contacto. De las otras no volvimos a saber nada más. Recuerdo como entrañables y divertidos los actos de rebeldía cuando adolescentes, las escapadas al campo para fumar, no sin antes jugarnos la expulsión comprando tabaco en los kioscos vestidas con el uniforme. Ahí estaba yo para esos casos. Tenía que demostrar que estaba a la altura. En otras ocasiones organizábamos verdaderas batidas para ir a la cocina y saquear la despensa. Pasábamos un hambre canina. Tuvimos algún que otro castigo ejemplar por ello.

A los doce años me enamoré perdidamente de un niño alemán; se llamaba Klaus y tenía mi edad. No podíamos hablar, no nos entendíamos. A través de la reja del colegio nos veíamos y cuando nos dejaban salir al parque nos sentábamos en un banco y no hacíamos otra cosa más que mirarnos. Como anécdota, resaltar que hasta hace unos años, cuando desmantelaron el parque y cambiaron los bancos, en uno de ellos, donde nos sentábamos Klaus y yo, podía verse todavía un corazón con las letras K y G en el respaldo de madera. Esa experiencia me descolocó; no comía, no dormía, no estudiaba. No importaba nada más, solo mirar aquellos ojos azules y aquel pelo tan rubio que me tenían abducida.

Llegó la menstruación y llegaron los miedos. Este tema era tabú y algo impuro. Me desarrollé rápidamente y con catorce años ya tenía un cuerpo casi de dieciocho. Las chicas en general podíamos llegar a ser bastante crueles. Creo que nadie era consciente del daño que podíamos hacernos unas a otras. Uno de los juegos favoritos era hacer concursos de cualquier cosa. Había uno en el que ganaba (y eso que no me presentaba, pero daba igual: a mí me «nominaban» siempre). Como yo, había dos chicas más que tenían una talla considerable de sujetador. Bueno, pues el premio a la más tetona me lo adjudicaban en cada certamen. Ahí empezó mi «reinado» y comenzaron mis complejos. Usaba un par de tallas menos, me llegué a poner hasta vendas para apretar los pechos y parecer más plana, dejé de ir a la playa por no enfundarme el traje de baño. Iba a todos lados de brazos cruzados y encorvada. Los complejos me acompañaron desde entonces.

Otro dato importante para mí en aquel momento fue la decisión de las monjas a la hora de enviarnos a estudiar BUP o FP. Más tarde entendí que lo hicieron de forma que las niñas que no teníamos posibilidades de seguir estudiando una vez nos marcháramos del colegio hiciéramos FP y las que tenían más recursos en su casa y pudieran enganchar una carrera hicieran BUP y COU. Me sentí discriminada. Yo hice FP y Eugenia, BUP. Nos separaron. Hoy lo agradecemos; mi amiga consiguió terminar su carrera y la ejerce y yo trabajo de administrativa en un organismo de la Junta.

Cuando cumplí quince años mi pandilla se había deshecho. Eugenia hizo otras amigas y las otras chicas ya no estaban. Recuerdo que me quedé un poco desubicada. Posiblemente como consecuencia de eso, me entró una vocación religiosa difícil de explicar. La madre superiora, con la que hablé de ello, se quedó encantada con la idea. Hacían falta vocaciones, decía ella. Pero me advirtió de que antes debía conocer lo que había en el exterior y si al año siguiente seguía queriendo ser monja ella sería la primera en prepararme el camino.

Me introdujo, de la mano de la hermana Teresa, en la parroquia de Torre del Mar. Esta mujer era alegre, entregada, generosa y muy servicial con la gente de este pueblo. Les ayudaba a estudiar, a buscar trabajo, a resolver problemas sociales y de otra índole. Los domingos después de comer tenía permiso para irme con ella a la parroquia, donde después de misa se cerraba el altar con una mampara y se organizaban bailes. Eso era lo mejor. Me enamoré de uno de los monaguillos. Se llamaba Valentín y tenía diecinueve años, cuatro más que yo. Hasta tres misas llegué a oír algunos domingos (por supuesto, leyendo mi epístola) simplemente porque él era el monaguillo. No importaba; luego llegaba mi recompensa. Mis primeros bailes fueron con él. El cosquilleo, los temblores, el rubor, ese acercarse peligrosamente, rozando la cara y los labios, la sensación de vivir algo tan placentero… ¡Uf! Mientras sucedía todo eso, una voz interior me recordaba que aquello era un acto impuro. Me preguntaba qué había de pecaminoso en aquel acto, máxime cuando Dios estaba tan cerca y nos estaba viendo.

El caso es que no dejé de bailar, mentalmente hablando, prácticamente hasta que me fui del colegio. Esa sensación me acompañaba a todos lados. Me quedaba en Babia recordando. Ni que decir tiene que la vocación religiosa desapareció de manera fulminante. Esto duró más o menos un par de años, prácticamente lo que quedaba para dejar el internado. Esta etapa fue importante para mí, se acercaba el final.

Mientras que mis compañeras celebraban el final del curso y la salida definitiva del colegio, yo recuerdo aquellos momentos como angustiosos. No estaba contenta, yo no quería irme de allí. Aquella era mi casa y sentía que me iba a un sitio extraño y ajeno a mí. Encima, me sentía culpable porque no estaba alegre como el resto de las chicas y porque tampoco deseaba vivir con mi madre, a la que se suponía que debía querer y respetar por encima de todo. Además de fingir esa alegría, me sentía culpable también por no tener esos sentimientos hacia mi madre.

Llegó el momento. Dieciséis años recién cumplidos tenía cuando me fui del colegio con un manual de instrucciones debajo del brazo, del que muy pronto advertí que era totalmente incompatible con la realidad de la calle. Angustiada, un poco asustada, desorientada, con muchos tabúes y complejos, ajena totalmente a lo que me esperaba fuera e ignorante en todos los sentidos; así me di de bruces con la vida adulta. No sabía nada de sexo ni de relaciones. Hasta entonces siempre había hecho lo que me habían dicho. ¿Quién me iba a decir a partir de entonces lo que tenía que hacer? No me veía en mi casa. Ya no estaban mis amigas ni la madre superiora. Recuerdo que aquello me provocaba una sensación angustiosa muy desagradable, como náuseas psicológicas.

Las monjas sabían del problema económico que había en mi casa; por eso, para empezar y arrancar, me buscaron un trabajo como empleada interna en una casa, donde vivía un familiar de una de ellas. Durante los meses de julio y agosto estuve en Cádiz cuidando de cinco niños, limpiando más zapatos que un limpiabotas, levantándome a las siete de la mañana y acostándome a la una de la noche. Allí superé mi primera prueba de fuego. A media mañana debía bajar a la playa con los niños. No sé cómo me las arreglé, pero siempre tenía una excusa para no ponerme el bañador, sobre todo porque el hijo mayor tenía un año menos que yo y ya me miraba con otros ojos.

Pasado el verano, pasé de puntillas por mi casa y al poco tiempo volví a trabajar en otra casa, también recomendada por las monjas. Esta vez fue en Mérida. Aquí había dos niños. Uno de ellos era un verdadero potro. Me tenía las piernas llenas de cardenales de las patadas que me daba. ¡Qué manera de trabajar! Por seis mil pesetas de entonces tenía que estar disponible todo el día, para todo. Incluso me enseñaron a cocinar para que lo hiciera también. Me obligaban a salir a la calle con el uniforme de chacha, como nos llamaban entonces. Aquello no me gustaba. Igualmente, se empeñaron en que debía matar un pavo que le regalaron a la familia por Navidad y que durmió cerca de mí la noche antes. ¡Por ahí no pasaba! Soy incapaz de matar una mosca. Lo mató una vecina y… ¡vaya muerte cruel que tienen los pavos! No me quedó otra que ser testigo, ya que tuve que limpiar los restos de la matanza.

En ese tiempo, los jueves por la tarde, que los tenía libres, me iba a bailar a las discotecas de moda. Me volvía loca bailando toda la tarde. Después de seis meses en esa casa empecé a darme cuenta de que no era aquello lo que deseaba. No tenía ni idea de lo que quería, pero continuar en otro internado seguro que no.

Poco antes de cumplir los diecisiete años volví al pueblo, a casa de mis padres. Allí estábamos todos. De esa etapa, principio del verano, aparte de los eternos enfrentamientos con mi madre, recuerdo a mi hermana lavando a mano la ropa en una pila. No teníamos lavadora todavía y mis hermanos eran aún muy pequeños. Mojaban la cama casi a diario y no existían cubrecolchones entonces. Si alguien podía echar una mano a mi madre en las tareas de casa, era mi hermana. A mí no me dejaba; como mucho, solo a cargar las bolsas de la compra y a estar pendiente de los niños.

A mi padre solo le veíamos algunos fines de semana. De lunes a vier-nes trabajaba en la construcción por las urbanizaciones de la Costa del Sol. La convivencia con mi madre y mis hermanos se hizo insostenible. Todo lo que me habían enseñado en el colegio (disciplina, horario, orden) no era compatible con la forma de vida impuesta por mi madre. Los gritos y las palizas eran habituales y casi todos los palos me los llevaba yo. No soy consciente de haber sido una chica imposible, aunque sí bastante rebelde y contestona. Los buenos modales que me enseñaron los perdía cuando me enfrentaba a mi madre. No podía soportar que me chillara ni que me pegara, y encima sin explicaciones. Alguna que otra vez no pude evitar devolverle el golpe. Nunca entendí por qué se ensañaba conmigo.

Empecé a salir con las chicas de mi barrio a la discoteca y a los bares de moda. Una de estas chicas tenía muy mala reputación, aunque creo que no se salvaba ninguna mujer joven en el pueblo de tenerla, y me presentó a Román, un chico casado y diez años mayor que yo. Me enamoré. De un par de morreos prolongados no pasó la cosa. El caso es que este chico, que iba detrás de mi amiga, me presentó a su amigo José Antonio, casado y también diez años mayor que yo. Su familia estaba en un pueblo de Jaén y él se encontraba en Benaocaz por motivos de trabajo. Me volví a enamorar. ¡Jo! Y es que me enamoraba de cualquiera que pasaba por mi lado, ahora que lo pienso. Este fue algo más serio y salimos más veces. Justo quedamos un sábado que mi madre me castigó, ¡vete tú a saber por qué! Como no quiso dejarme salir por las buenas, inventé alguna excusa y me fui. Ya no volví a casa. Me escapé a Mérida con José Antonio. Narrando esto con detalle y reviviéndolo, independientemente de cómo fueron mis relaciones con mi madre, aquello tuvo que ser duro para ella. Su hija desaparece y no da señales de vida hasta el otro día. No lo pensé. Como en los cuentos… ¿Quién se resistía a la tentación romántica de escaparse con su enamorado? Ahí descubrí el significado de «y comieron perdices», en el crudo despertar del otro día. ¡Uf! Esa noche me estrené. No fue ni agradable ni romántico y al día siguiente este hombre se fue a Almería y me dejó en la estación con doscientas pesetas en el bolso y sin poderme sentar apenas.

Tenía muy claro que no volvería a mi casa. Primero, por mi madre; tenía miedo de su reacción. Segundo, porque pensé que si conseguía un trabajo me perdonarían. Llamé por teléfono a una señora que tenía una tienda cerca de casa de mis padres para que avisaran a mi hermana. Solo hablaría con ella. Y eso fue lo que le dije, que me había ido de casa para buscar trabajo y que volvería cuando lo encontrara.

Era domingo por la mañana. Después de hablar con mi hermana me fui a buscar a una amiga que trabajaba en el mismo edificio donde yo estuve meses atrás. No estaba. Paré en una cafetería del barrio para tomar algo y se me acercó un vecino que decía conocerme de haberme visto por allí. Se llamaba Javier, tenía unos cuarenta años y estaba de rodríguez. Me invitó a comer algo y a descansar en su casa. Subí. La verdad es que no tenía otra alternativa a mano.

No me desagradaba ese hombre, tenía una voz muy interesante. Ya en su casa, intentó propasarse, como se decía entonces. No sé por qué, aunque no quería ir a más, me sentí halagada. Todavía estaba dolorida por lo de la noche anterior, así que le pedí un rato para descansar y que me invitara después a bailar en la discoteca. Así lo hizo. ¡Qué obsesión tenía con las discotecas! ¡Daba igual cómo estuviera, solo quería bailar! Era la discoteca más en boga de Mérida. Me divertí y bailé hasta agotarme. Bien entrada la madrugada llegó la hora de irse y Javier se marchó solo. No recuerdo si me presentó a un conocido antes de marcharse o si se fue sin más. El caso es que conocí a alguien de quien no recuerdo su nombre, solo que era un chico gitano y que de alguna manera hizo de mi ángel de la guarda. Preocupado por dónde iba a pasar la noche, porque yo era menor de edad, no tenía dónde ir y estaba sin dinero, no se lo pensó dos veces y me llevó a casa de su hermano, que estaba casado y tenía dos hijos pequeños. Vivían en un piso de un barrio humilde y bastante descuidado, con apenas unos pocos muebles. Me dejaron dormir en un colchón que tenían en el suelo y del que desde dentro se oían ruidos de bichitos que anidaban en su interior. Agradecida por el acogimiento, correspondí a su hospitalidad limpiando y colaborando en lo que podía. Durante ese tiempo, unas tres semanas más o menos, no me faltaron un techo y un plato para comer. Como pasaban los días y necesitaba un trabajo que me diera para vivir, pagar un alquiler y enviar dinero a mi casa, pensaron en presentarme a una señora que me podía ayudar.

Este hombre era muy buena persona, pero se relacionaba con personas que vivían rozando las lindes de lo establecido. Ahora entiendo que por esa particularidad difícilmente podía buscarme otro tipo de trabajo. Maruja se llamaba la señora que me presentó y me ofreció un empleo, pero al ser menor (entonces la mayoría de edad era a los veintiuno y yo tenía diecisiete años) debía contar con la autorización de mi padre por si la policía me pillaba trabajando. El local se llamaba La Maison y era un bar de alterne. No tenía ni idea de lo que era eso ni de lo que allí se cocinaba, pero Maruja decía que no tendría que esforzarme mucho. Seguro que podría ganar suficiente dinero para todo lo que necesitara. Mi trabajo consistiría en atender a los clientes, en ser amable con ellos y en darles conversación. La verdad es que no recuerdo de qué puñetas podría hablar con esos hombres entonces. No tenía que ir «más allá», me decía Maruja. No me enteraba de nada, estaba en la inopia más absoluta, hasta el punto de que para trabajar utilizaba mi propia ropa, la que me ponía recién salí del colegio: faldas escocesas de cuadros, jersey de pico, pantalones vaqueros… Al principio, mis compañeras se metían conmigo por mi atuendo, pero cuando la jefa empezó a comprobar el éxito que tenía adopté este estilo como propio y lo exploté como pude.

Conseguí la firma de mi padre y pronto pude empezar a mandar dinero a mi casa. Mis padres nunca me preguntaron por mi trabajo ni por el sueldo. Creo que se fiaban de mí, aunque tampoco podían plantearse si me convenía o no este trabajo. No tenían medios para desplazarse y mi madre demandaba constantemente la presencia de mi padre en casa. Ella no salía para nada a la calle.

Mi padre se quedó parado y ya no volvió a tener trabajo. A partir de ese momento, yo hacía y deshacía y les contaba lo que me parecía. Reconozco que mi imagen siempre ha sido de chica formal, por lo que, unido al aspecto que tenía, es posible que mis padres no pudieran ni imaginárselo. Lo cierto es que las chicas de alterne tenían otra imagen muy diferente.

Poco a poco me fui introduciendo en ese mundo. Dos años intensos llevaba ya y llegó un momento en que me importaba todo un bledo, menos la droga, porque el primer porro que me fumé me sentó fatal. Si no, no sé hasta dónde hubiera llegado. Probé casi de todo y lo que hacía lo sentía como lo más natural del mundo. No recuerdo haberlo vivido como traumático. Al principio quizá me costó romper el hielo, pero luego todo entraba como la seda, sobre todo desde que me acostumbré a acompañar estos encuentros con un par de whiskys.

Allí conocí a Julián. Yo tenía ya dieciocho años y él, posiblemente, treinta y tantos más. Los viernes se los dedicaba a él. No iba a trabajar; él me compensaba con el equivalente a lo que pudiera sacar en una noche, pero así me tendría en exclusiva. Me enamoré de él. Fue una relación morbosa, con tintes sadomasoquistas, y duró un año. Me gustaba el juego de dominación, morbo y sumisión al que me tenía sometida. Pasados los años, llegué a la conclusión de que posiblemente necesitara un castigo por lo que estaba haciendo, algo que a todas luces no estaba bien. Así me redimía. Julián estaba casado, tenía una amante con la que tenía una hija y además me tenía a mí. Llegó un momento en que aquello se fue apagando y apareció Manuel, más joven y más guapo, ajeno al mundo del club, que estaba casado también. Dejé a Julián y durante unos seis meses tuve una relación con Manuel despreocupada, alegre y muy divertida.

Cuando entré de lleno en este mundo me enfrenté a algo a lo que le tenía mucho miedo: desnudarme y enseñar mis senos. Solamente con dos copas me desinhibía del todo, pero no puedo olvidar el comentario de un cliente insatisfecho que no quiso pagar porque yo no había conseguido excitarle, pues no le gustaban mis «tetas caídas». Esa maldita frase me ha perseguido toda la vida y ha contribuido a alimentar mis complejos.

Dos años más tarde conocí a Mateo, casado, con cuatro hijas a las que quería con locura. Este hombre se encaprichó conmigo. Afortunadamente, yo tenía un margen de libertad para decidir con quiénes me acostaba y con quiénes no, aunque fuera por dinero. Y Mateo entraba en ese lote. Un año estuvo detrás de mí; casi todos los días venía al club a verme, se tomaba un par de copas y se marchaba, pero me dejó muy claro que hasta que no se acostara conmigo no me iba a dejar en paz. Se me hacía vomitivo tanto acoso, tanto que me fui de Mérida huyendo de él.

Durante los dos años que estuve trabajando en el club nunca tuve conciencia de estar haciendo nada malo, pero lo más curioso me sucedió fuera del club. Llegó un momento en que no supe distinguir trabajo de placer personal. Me entregaba de igual manera, fingiendo y procurando hacer las cosas bien y agradando al de turno. Si yo quería procurarme placer tenía que hacerlo a solas. De hecho, nunca conseguí antes un orgasmo con nadie.

Me tiraba a todo hombre que se me ponía a tiro, dentro y fuera del club. Me gustaba comprobar que les gustaba, que me deseaban, y por agradarles estaba dispuesta a hacer lo que me pidieran.

Huyendo de Mateo me fui a Cáceres. Me ofrecieron trabajo en otro club, con un contrato y seguridad social. Era algo más selecto. Aquí solo se admitía el alterne; si alguien quería algo más, había que negociarlo fuera. La contrapartida era que había que alternar con mucha imaginación para que el cliente consumiera y gastara más. Estuve seis meses trabajando en esas condiciones. Después de tener a Mateo detrás de mí tanto tiempo empecé a echarle de menos. No podía imaginarme cuánto. No sé cómo se las ingenió, pero me buscó y me localizó. Cuando me vio me secuestró, me sacó del club, me subió al coche y nos fuimos a Oporto. Fue uno de los fines de semana más apasionados que viví en aquellos años.

Desde ese momento Mateo se propuso que tendría que abandonar el club y ser solo para él, así que volví a Mérida y me alquiló un apartamento. Mateo seguía casado. Nunca dejaría a su mujer, ni por mí ni por nadie. Allí viví un año de locura, por y para él. Fui lo que, según el argot de la época, era una mantenida o querida. Él era el dueño de mi corazón, de mi cuerpo y de la llave del apartamento, que a veces se llevaba para dejarme encerrada y que no tuviera la tentación de salir a tontear con otros. Era bastante celoso y esto me enloquecía. Sentir que había un hombre que me quería solo para él era una emoción indescriptible. Con él aprendí a amar y a sentirme amada. Con él conseguí por primera vez disfrutar del sexo sin la sensación de estar trabajando. Sinceramente, si pudiera volvería a firmar donde fuera por vivir otro año como aquel. Resumiendo, era como una esclava sexual, encerrada en una jaulita de oro, pero era feliz. No me cuestionaba nada más. En ese contexto transcurrió mi mundo en la época del golpe de Tejero.

Tras un año intenso de confinamiento amoroso y de obsesivo apasionamiento, Mateo consideró que esa historia no podía continuar, había que volver a la realidad. Por supuesto, él no iba a consentir que volviera al club. La verdad es que no sabía qué haría a partir de entonces, pero volver al alterne seguro que no.

Mi amiga Eugenia, la de Málaga, con la que nunca perdí el contacto y la que conoce de mis andanzas desde el principio, me ofreció su casa para alojarme hasta que consiguiera un trabajo. Su madre me abrió los brazos y las puertas de su casa. La llegué a considerar mi segunda madre. Mientras estuve conviviendo con ella, me trató como a una más de sus hijas. Allá dónde esté, le envío el más emocionado recuerdo y mi eterna gratitud.

Apenas pasó un mes y me ofrecieron trabajo en un bingo. Ya tenía veintidós años. Estaba acostumbrada a trabajar de noche y lo encajé bien. Estaba contenta; tenía un trabajo en el que ganaba dinero y no me obligaban a acostarme con nadie. Salía por las noches y me divertía mucho. Unos ocho meses de descoque duró esta etapa. Pude alquilar un piso para mí y esa sensación me gustaba y me sigue gustando hoy, la de vivir sola. Respecto de Mateo, mantuvimos la relación tres años más. Iba a Mérida a menudo y hablábamos por teléfono casi a diario, hasta que la distancia se encargó de darle muerte a nuestra historia. Lo último que me dijo y recuerdo fue: «Gloria, te he querido mucho y siento un cariño inmenso por ti. Estoy orgulloso de haber conseguido alejarte del club. Me voy tranquilo, te dejo en el mundo del que nunca debiste salir».

También se acabó el trabajo del bingo y a través de una hermana de Eugenia me citaron para hacer unas pruebas en una asesoría fiscal ubicada en el centro de Málaga. Superé las pruebas y me contrataron. Tenía veintitrés años. Me pagaban poco, pero tenía que aguantar el tipo y resistir. Intuía que allí estaba mi sitio. Los comienzos fueron duros, de trabajar algunos sábados hasta la una de la madrugada, pero mereció la pena y aprendí muchísimo. Para sacar un sueldo medio digno y poder pagar el alquiler y seguir tirando tuve que llevar tres trabajos al mismo tiempo. La asesoría por la mañana y por la tarde, dos veces en semana limpiaba unas oficinas vecinas a la hora de comer y los fines de semana echaba horas en un bingo de Torre del Mar. Mi jefe de entonces, Aurelio, me decía que era la alegría de la oficina, que estaba siempre como unas castañuelas. Y es que realmente era feliz, tenía una vida decente. Ahora solo faltaba conocer a un buen compañero, a ser posible soltero.

A medida que me iba reinsertando en la vida normal empezaba a darme cuenta y a ser consciente de que lo que hacía antes era cualquier cosa menos normal. Claro que conocía el rechazo de los demás y sabía que no podía hablarlo con todo el mundo, pero nunca tuve la sensación de estar haciendo algo anormal.

Al poco tiempo nos mudamos a otro despacho más grande, con la consiguiente ampliación de socios, un equipo que a fuerza de trabajo y tesón consiguió elevar el nivel de la asesoría y conseguir una buena cartera de clientes. Me renovaron el contrato a indefinido, me subieron el sueldo y a partir de entonces trabajé en exclusividad para ellos. Se fue incorporando gente nueva: Regina, una economista con la que hice amistad; y Nacho, al que le quedaba una asignatura para acabar la carrera, que era guapo y simpático y con el que empecé a salir en noviembre de ese mismo año. Yo ya tenía veinticinco años.

Vivía entonces en un apartamento pequeño, ubicado en el centro de Málaga. No pasó mucho tiempo y Nacho se vino a vivir conmigo, no con el beneplácito familiar precisamente. Este hecho enturbió las relaciones con su madre, una mujer autoritaria y a la que en principio no le entré muy bien. Ella esperaba, según palabras textuales que recuerdo, que su hijo algún día saldría de su casa «para casarse como Dios manda, con una chica bien, de su brazo y con toda la pompa que la ocasión se merecía» y no que hiciese todo lo contrario, «salir por la puerta de servicio y a hurtadillas para encamarse con una cualquiera». ¡Uf! ¡Y eso que no conocían, ni conocieron, a qué me había dedicado antes! A mí también me habría gustado que Nacho me hubiera pedido matrimonio. No recuerdo muy bien cómo surgió lo de convivir sin casarse. Entonces mi discurso era que no quería ataduras ni papeles. No sé por qué lo decía. Me gustaba hacerme la liberal y la moderna; en definitiva, la interesante. Es posible que antepusiera esa coletilla precisamente por el miedo a la negativa. Antes de que nadie me dijera que no quería casarse conmigo, me negaba yo. Mi familia, como siempre, se mantuvo al margen de mis decisiones y yo agradecida por ello. Esto era una decisión mía, de adulta, consciente y libre.

Llevábamos poco tiempo viviendo juntos y mi hermano hizo acto de presencia. Vino huyendo del pueblo y de mi madre. Le acogimos en casa una temporada, pero la convivencia se hizo insostenible con Nacho. Me vi obligada a decirle a mi hermano que buscara otro sitio para alojarse. Mi relación estaba en peligro. Aquello me produjo mucha tristeza e hizo que me sintiera francamente mal. Mi hermano estaba pasando una racha muy complicada. A día de hoy me alegro de haber tomado aquella decisión. Él supo salir adelante, se rodeó de buena gente, consiguió un buen trabajo que conserva todavía y una pareja con la que compartió un hogar feliz.

La familia de Nacho poco a poco se fue dando cuenta de que lo nuestro iba haciéndose más sólido y, como muestra de aceptación de nuestra relación, nos hizo un regalo. Nos amuebló el piso, que habíamos alquilado vacío y que estaba muy cerca del despacho. Agradecí el gesto, aunque hubiera preferido pedir un préstamo para comprar los muebles y pagarlos a medias con él. Apenas pude decidir sobre la decoración. Me costó sentir que esa casa era mía, me veía como de prestada.

Era la primera experiencia de convivencia en pareja de ambos y fue una verdadera escuela de aprendizaje. Nacho era un chico inteligente, extrovertido, encantador con la gente y muy divertido, pero algo inmaduro, poco constante, obstinado y débil cuando la madre hacía acto de presencia. Respecto de mí, por aquellos tiempos en cuanto a mi forma de ser y de mi carácter no recuerdo gran cosa. Era mucho menos habla-dora que ahora, más reservada y muy susceptible. Pensaba que el cristal por el que miraba la vida era el correcto y que era el mismo cristal por el que miraba todo el mundo; por eso daba por hecho que la gente que me conocía tenía que saber qué pasaba por mi cabeza. Me enfadaba a menudo cuando no me gustaba algo, me callaba y sacaba un careto de medio metro. Al mismo tiempo era una chica confiada, sin maldad ni malicia, honesta, honrada, con un alto sentido de la responsabilidad y de la justicia, cualidades que en la misma medida exigía a los demás.

Con Nacho llegué a pensar que podía tener esa familia con la que llevaba algún tiempo soñando. Con él, de alguna manera, se iban cumpliendo las metas a las que me había propuesto llegar, las de ser una chica normal y decente. Tenía casa, trabajo, un chico que me quería y con el que estaba a gusto. Me faltaba un hijo. Se lo propuse abiertamente y me dijo que no estaba preparado para ser padre. Ambos teníamos ya veintisiete años. Aquello fue un jarro de agua fría. Aunque no he sentido nunca que tuviera instinto maternal, pensé que podría ser un buen momento. También acababa de nacer mi primera sobrina y la idea de un bebé en casa me seducía. Alguien me llegó a insinuar que si yo hubiera querido podría haber tenido ese hijo. Con artimañas y engañando nunca he querido conseguir nada. O había hijo consensuado o no lo habría.

Uno de los escollos importantes de la convivencia fueron las tareas del hogar. Nacho se negaba en redondo a colaborar. Y otro más que lo que empezó siendo pura diversión de fin de semana, como beber unas copas y esnifar alguna rayita, terminó abriendo una brecha importante entre nosotros, porque además le alteraba el comportamiento.

No sé cómo lo hice, pero lo logré después de muchas horas de charlas y de alguna que otra bronca. Recuerdo que estas cosas me las tomaba como algo personal, como si estuviera obligada a enmendarle la plana a mi pareja, a corregirle para que no se saliera del camino. El caso es que Nacho se convenció de que había que rectificar, consiguió dejar los hábitos de fin de semana y se preparó esa asignatura que tenía atravesada hasta que en la última convocatoria la aprobó.

Recién cumplidos los veintiocho, Nacho ya estaba en el buen camino y subiendo enteros en el despacho. Justo en esos momentos dos de los socios andaban a la greña y decidieron separarse. Uno de ellos quería quedarse conmigo y el otro con Nacho. Al final sus dotes persuasivas consiguieron que ambos nos quedáramos con el mismo socio. Así se hizo: cambiamos de despacho, que estaba más cerca de nuestra casa, y además permanecimos juntos. Ya llevábamos algún que otro año compartiendo las veinticuatro horas del día.

Pasó poco tiempo cuando el jefe le hizo un hueco en la oficina a su mujer, que era abogada, para trabajar con nosotros. Se conoce que ella había tenido problemas en el anterior bufete. Con la incorporación de esta mujer mi volumen de trabajo se vio incrementado, ya que ella utilizaba todos los recursos disponibles en el despacho, incluida yo. Traía una considerable cartera de clientes, en vista de lo cual tuve la osadía de pedir un aumento de sueldo para compensar al menos las horas que echaba de más. La negativa fue rotunda. A partir de entonces, con mil y una argucias, me hicieron la vida imposible. Malas caras, Regina dejó de hablarme, no contaban conmigo para reuniones ni en las comidas de despacho. Incluso con Nacho la cosa se puso bastante tensa, porque él estaba en medio. Vomitaba casi todas las mañanas antes de ir a trabajar, iba con miedo (aquello fue lo más parecido a lo que hoy se conoce como mobbing), supongo que somatizando todo esto. La ansiedad que me generaba esta situación me descolocó totalmente. Me hicieron pruebas digestivas y de cardiología, pero todo estaba bien. No dejaba de llorar. Mi médico de entonces, dadas las circunstancias, consideró que un par de meses fuera de la zona de conflicto me ayudarían.

El caso es que no veía el momento de remontar y de enfrentarme a aquella gente otra vez, pero pasados los dos meses me levanté una mañana, me miré al espejo y me vi hecha una piltrafa. Como la Escarlata de Lo que el viento se llevó, me juré que nadie conseguiría hundirme. Tenía que coger las riendas de mi vida, que llevaban ya algún tiempo en poder de otros. Así que temblando como un flan me dirigí a la oficina. Cuando entré, en mi mesa de trabajo había una chica de dieciséis años golpeando la máquina de escribir eléctrica con dos dedos. Entré en el despacho del jefe y le dije que venía a pedir el alta para incorporarme a trabajar. «Muy bien. Vete al archivo y ordena las facturas que están encima de la mesa», me contestó él. El archivo estaba en el hueco de unas escaleras, donde apenas había luz, y encima de la mesa encontré cinco carpetas AZ con cientos de facturas ya ordenadas. ¡Joder! Eso era demasiado. Me eché a llorar otra vez. Me puso a ordenar facturas que ya estaban ordenadas. ¡Se acabó! Volví a su despacho y le dije aquello de: «Fulano, prefiero morir de pie a vivir eternamente de rodillas. Me voy». Abrió el cajón de su mesa y sacó los papeles que ya tenía preparados para firmar la baja voluntaria. Salí de allí con la cabeza muy alta.

La catarsis total se completó cuando hablé con Nacho y le dije que había dejado el trabajo y que también le dejaba a él. Había llegado la hora de empezar de nuevo en todos los sentidos. El otro socio, Hilario, que se quedó en el otro despacho, se enteró de que me había quedado parada e intentó rescatarme de nuevo. Le agradecí la oferta y la reiteración de su confianza, pero estaba decidida a romper con todo lo que me recordara a la asesoría. Era necesario. Estaba muy tocada, sin trabajo, sin pareja, sin casa… Todo mi mundo, en el que empezaba a sentirme segura, se me había desplomado. Y otra vez consideré que antes de que ellos me lo echaran abajo del todo lo tiraba yo. Me sentí liberada, la presión que tenía en el pecho desapareció. Se acabó el llanto. No tenía ni idea de lo que iba a hacer ni para dónde iba a tirar. De momento, lo que me preocupaba era recomponer de nuevo el puzle de mi vida, que contaba con infinidad de piezas, y no quería que me llevara mucho tiempo terminarlo.

De todo esto me quedé con la confianza de Hilario y con la gratitud de la madre de Nacho, que al final me aceptó de buen grado, se encariñó conmigo, me dio las gracias por todo lo que había hecho por su hijo y sintió muchísimo que se acabara nuestra relación.

La nueva andadura comenzó cuando acababa de cumplir los vein-tinueve. Una amiga de mi hermano me alquiló una habitación en su casa. No pasó mucho tiempo y encontré trabajo de administrativa en una constructora. No le veía mucho futuro, entre otras cosas porque el constructor gastaba más que ganaba y terminó echando abajo la empresa. No obstante, estuve contratada durante un año y medio, pero aproveché las noches para ir a una academia y prepararme unas oposiciones. Pensé en la seguridad que proporcionaría trabajar para la Administración.

Aquellos años fueron duros; tuvimos una crisis nacional importante y el trabajo escaseaba, así que lo mejor que podía hacer, una vez parada, era formarme. Me recluí durante todo ese tiempo, incluidos los fines de semana, y estudié a conciencia. Hasta me resultaba divertido. Me gustaba mucho el temario, aunque a algunos les pareciera un auténtico ladrillo. El estudio de la Constitución, el Estatuto de nuestra comunidad y los entresijos de la Administración en general me parecían apasionantes. Mozart me acompañó siempre y me lo puso muy fácil. Doy fe de que la música clásica estimula las neuronas y las hace más receptivas a la hora estudiar. Al menos a mí me funcionó. En plena Expo-92 aprobé la convocatoria para auxiliares administrativos de la Junta de Andalucía. Saqué un 9,75. ¡Poco orgullosa que estaba yo! Lo había sudado y lo merecía. Lo que pasó es que el premio estuvo muy repartido; los interinos tenían tantos puntos que era imposible competir en buena lid con ellos. No obstante, por la nota que tuve pude ocupar una plaza en interinidad otro año y medio en un organismo de la Consejería de Servicios Sociales.

Respecto de los hombres, desde que terminé con Nacho no tuve ninguna relación duradera en esos años, solo alguna que otra historia de unos pocos meses. En general, recuerdo aquella como una época de sequía entre trabajo y estudio. Lo cierto es que no tenía mucho tiempo para relacionarme.

También ese mismo año fue cuando mis padres vinieron a vivir a Málaga, concretamente a Mijas, que es donde vivo en la actualidad. Ya se estaban haciendo mayores y mis hermanos y yo pensamos que iba siendo hora de tenerles cerca por si necesitaban cuidados. Aquello abrió una brecha entre nosotros. Curiosamente, el exmarido de mi hermana y la exmujer de uno de mis hermanos, que viven en otras provincias, pusieron todas las pegas del mundo para que mis padres no fueran a vivir a su lugar de residencia, así que no entramos en disputas. Siempre tuve claro que, llegado el momento, había que hacer algo por ellos y por parte de mis hermanos había problemas. Yo me haría cargo de mis padres. Lo primero fue buscarles una casa. Mi hermano, el mayor de los varones, que es un buen hombre y generoso, contribuyó económicamente a ello. Mi hermano menor vivió con ellos hasta hace tres años, cuando se casó. Desde entonces, sobre todo y entre otras tareas, de los temas médicos me encargo yo.

En enero del siguiente año la Junta echó a la calle a cientos de interinos. Me tocó ese premio. A los treinta y dos años y después de todo lo que llevaba vivido me vi obligada a volver a casa de mis padres, a su recién estrenada casa en Mijas. Se me hizo cuesta arriba, pero aprendí a convivir con mi madre. De vez en cuando teníamos alguna bronca, por la que podíamos estar hasta una semana sin hablarnos, pero no eran tan cruentas como las que tuvimos durante mi adolescencia.

Seguí preparando otras oposiciones y en septiembre de ese año me presenté a la convocatoria de una empresa pública ubicada en la Costa del Sol. Superé todas las pruebas (menos mal que aquí no había interinos con los que competir) y desde entonces hasta la fecha ahí continúo. Afortunadamente, el tema laboral quedó resuelto.

A los pocos días de incorporarme conocí a Emilio, otro administrativo contratado. Empecé a salir con él. Me entró con lo siguiente: «Ya tengo trabajo. Ahora busco casa y novia para casarme». En fin, pensé que podía ser una oportunidad. En principio, no era un hombre que me desagradara. Diez años duró esta relación. Alquilamos un piso para convivir y a los tres meses dejó este trabajo. Ese fue el momento en que debí dejarle yo a él también. Mi vida habría sido muy diferente, o no… ¿Quién lo sabe?

Hasta que conocí a Emilio me las había dado de liberal y de tener relaciones sin ataduras, pero fue con él con quien descubrí el grado de dependencia emocional que me ataba a los hombres. No hablábamos a menos que Emilio tuviera un par de copas. Con él era prácticamente imposible tener una conversación. Se alteraba rápidamente. Vivía permanentemente a la defensiva. No se relajaba ni en casa.

De esos diez años, los dos primeros la relación fue de sexo puro y duro. Estos encuentros eran bastante primitivos. No recuerdo que fueran totalmente libres, deseados ni satisfactorios, pero los necesitaba. Pienso que a través del sexo tanto él como yo canalizábamos nuestra frustración, posiblemente inconsciente. Era nuestra vía de escape y la única forma en la que nos comunicábamos. Había muchas trabas que me impedían abrirme totalmente, pero con el sexo hallé una vía compatible que me ayudaba a desfogar, con la que salía nueva de aquellas sesiones.

Los años de convivencia fueron difíciles y nos pusieron a cada uno en su sitio. Emilio era un tipo más o menos educado, aseado, ordenado y se organizaba bien como amo de casa. Serio, rígido e inflexible, poco comunicativo, tímido, de mal carácter, inseguro. No se hablaba con la familia, no les conocí. Era incapaz de mantener un puesto de trabajo. Resultaba agresivo en su modo de hablar y de expresarse. Al principio se acercó a conocer mi entorno, a mi familia, pero poco después se aisló de él. Y me costó que no me aislara a mí también. Me sentí maltratada con su lenguaje, sus golpes y sus gestos. Como habitualmente no tenía trabajo, de alguna manera dependía de mí. No contaba con nadie más y me sentía responsable de su situación y culpable de pensar que, si le dejaba, no tendría donde ir. De hecho, me reprochó en ocasiones que él vivía en Málaga por mí, que en otro sitio habría encontrado trabajo y estaría mejor que conmigo. Me sentí chantajeada y culpable casi todo el tiempo. Me producía tanta tristeza que estuviera tan solo…

Mi carácter desde que conocí a Emilio se volvió agrio y copié mucho de su comportamiento. Hasta que no sentí el rechazo de la gente no me di cuenta de lo que me había mimetizado por y para estar con él. ¿Qué puñetas hacía yo entonces con un hombre así? Al hacerme esa pregunta y mantener la relación cinco años más pese a ello, me convencí de que la que tenía el problema, y grave, era yo. Lo positivo que saco de esa historia es que me empujó a plantearme qué papel jugaba yo con los hombres, a preguntarme qué era lo que quería de ellos, a cuestionarme si mi forma de relacionarme era sana y si me hacía feliz o no.

A raíz de entonces empecé a documentarme y a leer todo lo que caía en mis manos sobre el comportamiento humano. Libros de ayuda que trataban de la falta de autoestima, sobre la dependencia emocional, el sentimiento de culpa, etc. Básicamente, buscaba respuestas a la forma equivocada de ser y de comportarme. Poco a poco fui entendiendo. Me ayudó muchísimo escribir; aprendí a mirar dentro de mí, rastreando y hurgando en mis entrañas para perderle el miedo a lo que me encontraba: complejos, envidias, frustraciones y otras miserias. La lectura y la escritura me ayudaron a enderezarme. Pensé que había que hacer algo, dejar atrás una vida que no me hacía feliz. Toda mi energía la dedicaría a buscar estrategias para dejar a Emilio. El simple hecho de imaginarme que tendría que hablarlo con él me producía taquicardias, sudor en las manos, se me quedaba la mente en blanco. Por eso la única manera de hacerlo era despacio y con un plan meditado que nos fuera distanciando sin que lo pareciera. Debía marcharme sin dar portazos y sin hacer ruido.

Como mis padres empezaban a necesitar constantes cuidados médicos encontré la excusa perfecta para mudarme a Mijas, aunque me costó dos años prepararlo. De nuevo volvía a casa de mis padres. Aprovechando que estaba con ellos me abrí una cuenta vivienda y ahorré para poder comprarme el apartamento en el que vivo actualmente.

Emilio se mudó a un estudio más pequeño en otro pueblo cercano. Nos veíamos los fines de semana en su casa. Aunque no me resultaba agradable visitarle, seguía yendo. Formaba parte del plan de desconexión.

Por fin Emilio encontró trabajo cerca de Algeciras y se mudó a vivir allí. En principio, parecía que estaba a gusto. Yo me relajé, me envalentoné y me decidí a salir con José Luis, director del centro donde mi amiga Eugenia trabajaba y al que ella me presentó, entre otras cosas para darme un empujoncito con el tema de Emilio. José Luis acababa de separarse, pero seguía enamorado de la que fue su mujer durante treinta años. Me volví a enamorar y Emilio nunca se enteró. Esta historia duró seis intensos meses. Tengo la habilidad de preparar a los hombres para casarse con otra o para volver con la que estaban. Emilio, como en ese tiempo me sentía ausente, hizo méritos para reconquistarme. Se mostraba más cariñoso y más relajado. Aquí no había nadie emparejado: Emilio estaba por mí, yo estaba por José Luis, José Luis por su mujer y su mujer por un compañero de trabajo, la causa de ruptura con su marido. En este estado de cosas corté definitivamente con José Luis, pero seguía con Emilio, que los últimos meses me sirvió de colchón para consolarme.

Se acababa el verano y una de mis amigas me habló de CITA2, una página de contactos en Internet. Me inscribí y conocí a varios hombres. Una experiencia nueva e incluso divertida. Me propuse que a partir de ese momento las nuevas relaciones serían diferentes a las pasadas, a mi manera, basadas en el respeto, el diálogo, la igualdad y la libertad. Por fin le pude decir adiós definitivamente a Emilio. ¡Menuda liberación que sentí ese día! Me temblaba todo el cuerpo, hasta los pensamientos… ¡Pero lo conseguí!

Una tarde, rastreando CITA2, la página de contactos, me encontré en línea a un chico con cara de bueno y aplicado, con un anuncio atractivo y que despertó mi curiosidad. Era Gonzalo, que se hacía llamar Enigmático. No había tratado antes con nadie más joven (tenía siete años menos que yo), pero me dio por visitar su perfil y enviarle un saludo con algún comentario sobre su anuncio. No contestó. Normalmente, no le daba importancia a ese gesto. Era habitual que la gente recibiera mensajes y no contestara, así como que los enviara y tampoco recibiera contestación, pero a mí me molestó que me ignoraran en esta ocasión.

Al día siguiente volví a verle en línea. Le envié otro mensaje, que además llevaba tirón de orejas. Esta vez respondió y se disculpó. Chateamos un ratito y nos intercambiamos los teléfonos. Me llamó y justo dos días después me operaban de rodilla. Las semanas de convalecencia y rehabilitación me impidieron hacer una vida normal y salir de casa, pero las aproveché para hablar por teléfono con Gonzalo. Horas y horas. Recuerdo algunos días que de una sentada podíamos estar hablando hasta seis horas seguidas. No nos cansábamos y esperábamos con ilusión al día siguiente para continuar. En ese mes y medio intenso hablamos de todo: de nuestra infancia y adolescencia, de nuestras familias, de las exparejas, de política, de sexo, de nuestras ilusiones y frustraciones, de lo que esperábamos de la vida, de la amistad, de nuestros miedos, complejos… Quedaron muy pocas parcelas por tratar. Recuerdo aquella etapa como muy divertida. Gonzalo sabía estimular mi imaginación y a menudo sacaba esa niña ingeniosa que dormía dentro de mí. Como le gustaba jugar, para mantener despierta su curiosidad elaboraba algunos juegos excitantes hechos expresamente para nosotros. Exprimimos al máximo esa situación, sacándole partido y disfrutando de ella en lo posible. Esas largas horas de charlas nos permitieron mostrarnos tal cual éramos y expresar lo que pensábamos abiertamente. Estar parapetados detrás del teléfono ayudó y facilitó la labor de desnudarse. La confianza fue creciendo y algo se iba gestando entre nosotros. Teníamos la sensación de conocernos bien aunque solo nos hubiéramos visto en algunas fotos y vídeos que intercambiamos.

Se acercaba el momento de conocernos en persona. Quedamos el último sábado de mayo en su casa y preparamos minuciosamente ese encuentro. Gonzalo dejó la llave bajo el felpudo del portón de la entrada y hasta que yo llegué se quedó en la calle haciendo tiempo. Entré en la casa, me encontré una nota de bienvenida y a Pink Floyd sonando de fondo. Eché un vistazo rápido a lo que alcanzaba mi vista desde el sofá del salón, donde le esperé sentada. Recuerdo aquel momento de lo más excitante y temblaba como una adolescente en su primer baile, convencida de que este hombre me gustaba tanto por dentro que me daba igual cómo fuera el envoltorio. Así que, para demostrárselo, le recibí con los ojos vendados. A los pocos minutos apareció Gonzalo y nos besamos apasionadamente. Quería sentirle, saborearle y olerle antes de verle. Retiró el pañuelo que cubría mis ojos y ahí empezó esta aventura. Luego necesitamos un tiempo para encajarnos en los moldes respectivos que nos habíamos prefabricado. El perfil virtual había que acoplarlo en la foto real. Descubrimos la otra parte que nos quedaba por conocer: los gestos, las miradas, el tono de voz, los olores… Si interesante fue conocernos delante de un ordenador, detrás de la pantalla las posibilidades fueron inagotables.

Como acordamos en un contrato previo, firmado por ambas partes, vivíamos cada uno en su casa. Decidimos ser novios de forma indefinida y matrimonio a tiempo parcial. Los fines de semana y un par de días laborales nos los reservaríamos para nosotros. Se fue redefiniendo lo individual, lo común, lo que queríamos compartir y lo que no, cómo nos organizaríamos, el trato con las familias… Todo se desarrollaba bajo un clima de permanente negociación. Nunca nos levantamos la voz ni nos faltamos al respeto. Incluso en los momentos más difíciles (que, por supuesto, los hubo también) supimos hablarnos y escucharnos sin sentirnos agredidos. La tolerancia y la comprensión estuvieron siempre en lo alto de la mesa. La convivencia nos puso a prueba en muchos sentidos. Su forma de vida, más o menos anárquica e improvisada, frente a la mía, ordenada, disciplinada y muy apegada a la rutina, nos obligaba a renegociar continuamente para poder hallar puntos y espacios intermedios. La rigidez con la que he podido tratar algunos asuntos tal vez haya podido abrir brecha entre nosotros. Recuerdo etapas de Gonzalo en las que pasaba de un estado de euforia a otro de melancolía en cuestión de minutos, hecho que hacía difícil convivir con él en esos momentos.

Aparentemente, Gonzalo está en un polo y yo estoy en el opuesto, somos muy diferentes. Desde fuera había quien no daba un duro por nosotros y, por el contrario, quien pensaba que nos moriríamos juntos. Lo que ha posibilitado que esta pareja haya funcionado han sido esos espacios invisibles que solo Gonzalo y yo veíamos, donde realmente se desarrollaba nuestra vida en común y que dieron sentido a nuestra historia, tales como una profunda complicidad, una entrañable amistad, una vida sexual satisfactoria, una fuerte compenetración, incansables diálogos, desinhibición, ausencia de complejos, aceptación de las limitaciones de cada uno…

Evidentemente, en el haber también tuvimos nuestros más y nuestros menos. En Irlanda Gonzalo me dio la primera sorpresa. Incumplió una de las cláusulas de nuestro particular contrato. Estaba de vacaciones con él en Dublín, donde vivió durante un año, y descubrí que me había sido infiel un par de meses antes. Adelanté mi viaje de vuelta a Málaga y rompí con él. Podía entenderlo y comprenderlo todo, excepto la infidelidad. Para mí es importantísimo que mi pareja sea fiel. El hecho físico de acostarse con otra mujer escuece, pero lo que realmente lacera es el engaño, la deslealtad y la pérdida de confianza. Aquel momento fue tremendamente doloroso. De Gonzalo era del último hombre que me podía esperar algo así. Aunque conocía sus antecedentes, hasta ese momento no me dio muestras para pensar lo contrario. Además, lo último que puedes imaginar cuando estás tan enamorada de alguien y convencida de que de ti también lo están es que te harán de menos con otra mujer. ¡Qué ingenua!

Un par de meses más tarde, por aquello de que todos merecemos una segunda oportunidad, lo intentamos de nuevo. En ese caso, Gonzalo buscó trabajo en Málaga y se vino para acá en noviembre de ese mismo año. Retomamos la relación. La verdad es que me costó volver a confiar de nuevo en él. Hubo de jurarme que no me engañaría más y que si conocía a alguien me lo diría y acto seguido romperíamos. El regreso de Gonzalo a España coincidió con mi etapa premenopáusica. Ahí los momentos difíciles los aporté yo: cambios de humor, dolores de huesos, depresión, insomnio, sofocos, ausencia de libido… ¡Una racha de órdago, vamos! Valoré enormemente su actitud conmigo. Fue paciente, comprensivo, siempre dispuesto a escucharme y a demostrarme su cariño. Momento también importante para mí fue cuando le descubrí a Gonzalo a lo que me había dedicado de jovencita. Con él desenterré ese fantasma, lo necesitaba, y con él sentí que se evaporó. Hasta el punto de que hemos aprendido a sacarle partido a esta historia. Hemos incorporado a nuestras fantasías las vivencias pasadas. Me siento liberada con respecto a aquello y reconozco que Gonzalo contribuyó a ello. Con él me he sentido querida, respetada, deseada, amante, niña, amiga, madre, libre para hacer y deshacer, para ir y venir, para expresarme sin miedo. Todas estas cosas, entre otras, son las que han inclinado mi balanza para seguir manteniendo y apostando por esta relación.

Gonzalo

Mi nombre es Gonzalo. Nací en León capital a finales de los años sesenta. Conservo recuerdos difusos de cuando tenía unos tres años y algunas ideas un poco extrañas: pensaba que la gente fumaba para combatir el frío y que usaba relojes de pulsera porque eso le daba fuerza.

Fui el mayor de cuatro hermanos. Siempre discutíamos por todo y casi siempre me llevaba las regañinas de mi madre. Recuerdo haber vivido en bastantes sitios. Del último, del barrio de San Mamés, es del que mejor recuerdo tengo: los olores del café por la mañana en los bares, mi primer colegio, el portal donde vivíamos, las heladas en las calles y sobre todo, de manera especial, guardo en mi memoria las veces que íbamos a casa de mis tíos. Aunque el camino era largo y lo hacíamos andando, resultaba muy agradable. Mis tíos no pudieron tener hijos. Creo que debido a eso nos trataban como si nosotros lo fuéramos. Tenían un trato especial conmigo, me sentía muy arropado con ellos. Mi tío es todo un melómano y me enseñó mucho sobre música clásica, a escucharla, a distinguir cómo sonaba cada instrumento y a reconocerlos. ¡Eso sí que era estimulante!

Mi abuela se escapaba de su casa para vernos. Llegaba en el autobús y nosotros la esperábamos en la parada. Era una mujer prisionera de dos mundos, sin capacidad para decidir y siempre triste por mi madre y por nosotros.

A primeros de los años setenta, por cuestiones de trabajo de mi padre, nos mudamos a Jaén. Este trabajo absorbía mucho de su tiempo y apenas le veíamos. Nunca fui feliz en Jaén; no me relacioné bien con los niños de mi barrio ni de mi colegio, por lo que creo que desarrollé una imaginación que me llevaba donde quería. Me gustaba mucho jugar solo, aunque perdí la oportunidad de ser un deportista.

Los primeros años de trabajo de mi padre transcurrieron entre maquinaria industrial destinada al mundo rural a lo largo de toda Andalucía. Puede parecer muy duro hoy en día, pero cuando has crecido así, viendo a tu padre de vez en cuando nada más, pasa a ser lo más normal del mundo. Más que añorarle, te hace ilusión verle. En verano mi padre podía compatibilizar su trabajo con nosotros, con lo que viajábamos con él en algunas ocasiones. En cualquier caso, nunca fue agradable este periodo.

Franco murió, mi padre pudo recuperar su antiguo puesto de trabajo y pudimos volver a León. ¡León! De nuevo en casa, no me lo podía creer. ¡Qué diferencia! ¡Otra vez donde crecí, mi barrio de San Mamés! Todo genial. Mis tíos estaban esperándonos y les veíamos todos los fines de semana.

En esta época debía de tener unos diez años y tenía éxito en los estudios. Desde el principio se me dio muy bien estudiar. Mi padre me estimulaba contándome y trayéndome cosas diversas, le encantaba explicarme cómo funcionaban: desde un carburador hasta un control de cámaras, desde un tubo de rayos catódicos hasta una emisora de radio. Todo me iba bien, me entraba como la seda. Una vez me explicó cómo funcionaba un reactor nuclear y me contó que algunos submarinos se ponían en marcha generando electricidad con un reactor. Me apasionaba ese mundo. Tuve tema de imaginación durante meses. Una vez expliqué a mi profesor lo mismo que me había contado mi padre y le mostré una libreta con los bocetos, las ideas y los dibujos que hice sobre ello. Se montó un buen lío; me querían proponer para ir a otro centro educativo, pero al final todo quedó en agua de borrajas.

Por su parte, mi madre, entre otros aspectos de la vida, se centró en ofrecernos una buena y libre educación sexual. Realmente, he de agradecérselo porque me ha servido de mucho. En su contra destacar que tuvo la mano bien larga con nosotros y eso se mantuvo durante toda esta época de mi vida. Llegó un momento en que no me importaba que me pegase… Un mal rato y luego se pasaba. Se aprende, de alguna manera, a convivir con ello.

En esos meses además, para colmo de males, nos fuimos a vivir a Ponferrada, donde estudié séptimo y octavo de EGB. Mis relaciones con el resto de muchachos mejoraron bastante con respecto a León; me interesaban más las pandillas, las chicas, comencé a fumar. En cualquiera de los casos, apenas conseguí salir con un par de ellas. Nunca fui el guapo del grupo. Me matriculé en primero de BUP y lo repetí en tres ocasiones. Dejé de estudiar sin conseguir el título de bachillerato.

Al mismo tiempo, alternando con los estudios, comencé a trabajar colaborando en una pequeña tienda de alimentación, donde atendía a los clientes, ayudaba a limpiar y me quedaba cuidando el local cuando la dependienta debía salir. Después trabajé en otra tienda de electrodomésticos instalando vídeos o televisiones. Allá hice amistad con la dueña, que era una mujer de más de cincuenta años, de agradable conversación y que me admiraba por todo lo que hacía.

En esta época, en la que simplemente dejaba pasar los días por delante de mí, mi hermano me contó que había una vecina que por las noches se paseaba desnuda por su casa. Nunca logré verla, pero unos días más tarde la conocí. En el parque del barrio entablamos conversación y por motivos de trabajo me dijo que buscaba a alguien para que le cuidase a su hijo. Bueno, era una manera más de ganar algo de dinero, por lo que me ofrecí sin dudarlo y cada día iba a su casa, cuidaba de su hijo y esperaba hasta su regreso. A su llegada cada día hablábamos sin parar. Ella tenía veintiséis años y yo ya había cumplidos los quince. El día de su cumpleaños Elvira, que así se llamaba, me dijo que me haría un regalo especial. Me invitó a mi primer porro y acabamos liados en la cama. ¡Vaya cambio y vaya regalo! De un par de besos furtivos a ver a una mujer desnuda… Y no fue en una sola ocasión, sino que ocurrió más veces, tantas como yo deseaba. ¡Increíble! Mis padres se enteraron de este asunto y, bueno, evidentemente no les hizo la más mínima gracia.

De esta forma, tuve relaciones con otras mujeres; por supuesto, todas mayores que yo. En esta época yo era realmente independiente, incomprendido y muy osado, nada me daba miedo. Recuerdo un verano, probablemente el de ese mismo año, que con una paga del comercio donde trabajaba me compré una tienda de campaña, un billete de autobús y me fui de vacaciones a Peñíscola. A mi llegada llamé a mi madre y le dije: «Mamá, esta noche no ceno en casa». Toda una ironía; hacía tiempo que no hablaba con ella.

Mi dinero se acabó al poco tiempo de llegar allá. Hice amistad con las cuarentonas del camping donde me instalé y jugaba apostando a las cartas con ellas. Nunca fui bueno en juegos de azar, así que imagino que se dejaban ganar, pero sacaba suficiente como para poder pagar un día más de estancia en el camping. Me lo pasé en grande cuando conocí a Ana Belén, una mujer que tenía un coche fantástico y con quien tuve un asuntillo durante unos cuantos meses.

Siempre quise trabajar en lo que hago ahora, me apasiona la informática. En ese tiempo conseguí mi primer trabajo en regla y fue en otra tienda. Tenía unos diecisiete años, un contrato de aprendiz y ya me consideraban como el «gran experto en ordenadores». Tenía como compañero de trabajo a un chaval que se llamaba Gerardo, un poco mayor que yo. Nos hicimos muy amigos y además conocí a su novia, Rosana. Gerardo y Rosana son hoy en día, junto con Fidel, mis amigos en letras mayúsculas. Gerardo estaba hasta las narices de su madre y yo ni que decir de la mía, así que decidimos vivir juntos y nos alquilamos una casa en pleno centro.Nos íbamos a comer el mundo, queríamos hacernos millonarios. Conocimos en esta época a bastante gente que buscaba magia en las nuevas tecnologías.

No nos iba mal económicamente y Gerardo, que siempre ha tenido una buena cabeza para hacer dinero enseguida, entendió que la manera de sobrevivir era vender cintas de juegos en el mercadillo. La de pasta que pudimos fabricar en esos meses. Cada fin de semana podíamos sacar toda una fortuna para la época. Así que decidimos ir al Reino Unido, la meca de la informática, para comprar todo tipo de artilugios.

Estábamos bastante desahogados y nos alquilamos un apartamento cerca de Sotogrande. Estuvimos viviendo un par de meses por todo lo alto, celebrando mi mayoría de edad. Y, como a casi todo el mundo en esos años, me llegó la hora del servicio militar y me tocó en Burgos. No hay mucho que contar, salvo que aproveché para estudiar tanto como pude los textos que normalmente se enseñaban en la recién creada Facultad de Informática, que me encantaban. No me considero una persona con ideas suicidas, pero es cierto que, desesperado en una garita, me faltó poco para pegarme un tiro con una Zeta. Cuando salí de la mili comencé a trabajar en una pequeña empresa que había montado mi amigo Gerardo. Le iba bien y su negocio era bastante lucrativo.

Una noche de esos años salí a divertirme y en una discoteca, con amigos y vacilando, conocí a una chica de mi edad, que poco después se convirtió en mi mujer durante quince años. Se llamaba Sandra. Parecía simpática, valiente, seductora e interesante por su conversación. Comenzamos a salir juntos, quedábamos a menudo y lo pasábamos bien.Una tarde de verano, haciendo el amor en la casa de mis padres… ¡un preservativo se rompió! ¡Qué detalle! A pesar de que pones todo de tu parte, se rompió sin más. Y eso me rompió a mí la vida. Pocas semanas más tarde vinieron los vómitos, los llantos y los cambios repentinos de humor, así que después de hacer el consabido test de embarazo comprobamos que íbamos a ser padres.¡Teníamos veinte años! No podíamos ni debíamos tener un hijo tan pronto, así que le propuse interrumpir el embarazo. Se negó; me dijo que criaría sola a su hijo, que yo no debía preocuparme. No podía permitirlo. Como decía mi abuela, «a lo hecho, pecho». Le eché valor y hablé con mis padres. Ellos me apoyaron en todo. Al final nos casamos y, la verdad, nunca he estado en una boda tan cutre como la mía. Conseguí una casa con dos habitaciones en el barrio de la Inmaculada, tan cutre como la boda, por la que pagaba unas trescientas pesetas.

Por esas fechas hice una entrevista de trabajo para una pequeña empresa que necesitaba un informático. En cualquiera de los casos, el trabajo se me daba bien y eso no ha cambiado a lo largo de mi vida profesional. Enseguida me doblaron el sueldo y, además, para las noches me buscaba alguna chapuza. Vivíamos realmente bien, solo económicamente hablando, porque Sandra y yo no parábamos de discutir por todo. Así fue prácticamente desde el principio de nuestro matrimonio.Comencé a crecer mucho desde el punto de vista profesional; trabajaba en proyectos muy interesantes, me destinaban a diferentes ciudades de España, pasaba mucho tiempo fuera de casa.

Compramos un piso en el centro de León (eso ya era otra cosa; bonito, espacioso) y le pusimos toda la ilusión. Lo arreglamos y nos dio una temporada de paz entre nosotros,pero trabajaba tanto y sentía tanto estrés que de vez en cuando hasta me daban ataques de amnesia. No sabía quién era la mujer que estaba a mi lado en el coche, no sabía cómo funcionaba ni sabía dónde iba… ¡Un horror! Me hicieron un montón de pruebas médicas, intentando encontrar epilepsia o algo parecido. No encontraron nada.Yo no era un bendito entonces; el trabajo me malhumoraba y era fácil que pagara mis problemas en casa, con Sandra.

De este trabajo pasé a otro aún más interesante y estresante también. Ahora dirigía un grupo de gente, entre la que había una mujer, Beatriz, cuya contratación recomendé. Ella y yo conectábamos realmente bien en el trabajo. Era mi mano derecha y tenía una capacidad increíble para trabajar. Hablábamos sin parar de trabajo y de la vida en general. Una noche, sin apenas proponerlo, nos besamos. Ya llevaba casado unos siete años y en algún que otro momento flirteé con otras mujeres. En el caso de Beatriz, me gustaba estar con ella. A las pocas semanas me separé de Sandra. Una noche me sorprendió con Beatriz.

Uno de mis grandes problemas es la melancolía y lo mucho que me traiciona. Con la ayuda de mi madre, el chantaje de mi mujer para dejarme ver a mi hija y mi debilidad me hicieron volver con Sandra. Nunca volvió a ser lo mismo. Beatriz casi se muere de tristeza. Continuamos trabajando juntos hasta el final de los días en esa empresa y nuestra relación también continuó, pero tampoco fue lo mismo.

Aparte de liderar el grupo de trabajo, comencé a viajar por toda Europa, al principio de manera eventual en cada ciudad hasta que al final me instalé en Ginebra durante casi cinco años… A partir de entonces las cosas empezaron a ir a peor. La mala gestión de la dirección obligó a cerrar la empresa. Tuve problemas con el despido. Me prometí que en lo sucesivo no me involucraría tanto en el tema laboral. Me lancé en picado a por una oferta de trabajo que me ofrecieron en Málaga. Conseguí el empleo sin ningún problema. Nos levantamos bien temprano y en coche, después de nueve horas, llegamos a destino. Sandra se quedó esperándome. Cuando llegué le dije: «¡Cariño, hemos conseguido este trabajo!». Ella me respondió que nunca vendría a vivir a Málaga. Ese fue el principio del fin. En Málaga pasé la que probablemente ha sido la mejor época de mi vida. Era tan feliz que tenía miedo de que fuera algo enfermizo. Durante dos años la euforia fue mi compañera de viaje. Me divorcié; simplemente, se acabó. Continué teniendo algo con Beatriz, pero… ¡Qué curioso! No sabíamos estar juntos si no nos estábamos escondiendo. Éramos casi dos extraños después de tantos años.

Bueno, si el trabajo en León me gustaba, este era realmente increíble. No viajaba en absoluto. Nos contrataron a todos más o menos a la vez y como la mayoría éramos de fuera, además de compañeros, quedábamos como amigos para salir. ¡Qué divertido era todo! Conocí a muchas mujeres, además sin cargo de conciencia. Todo era lícito y legal, no me pesaba la conciencia. Era increíble y, desde luego, aproveché bien el momento.

Me apunté a un servicio de Internet para conocer gente nueva, uno llamado CITA2, y allá conocí a una mujer la mar de interesante, Gloria. Hablábamos tanto o más incluso de lo que pude hablar con Beatriz, pero esta vez ella no tenía nada que ver con mi trabajo ni lo entendía, ni le interesaba más que lo que saber de mi trabajo la acercase a saber de mí. Hablábamos y hablábamos sin parar y poco a poco comenzó a salir además una faceta sexual muy excitante y novedosa para mí. Si tenías una idea y se la lanzabas, ella hacía de ello una idea mejor y a modo de reto te la devolvía. ¡Increíble! Una mujer hábil que gustaba del sexo mental, no solo del físico.

Gloria contactó conmigo la víspera de mi cumpleaños. Hablamos por teléfono ese mismo día, pero no pudimos quedar. Básicamente, por dos razones: primera, ella no quería quemar tan pronto un cartucho que parecía interesante; y la otra, porque se iba a operar de una rodilla y estaría de baja unas cuantas semanas. Esa baja suya nos sirvió mucho para conocernos y jugar. La verdad es que no sé si me enamoré de ella en ese momento o quizás más adelante, cuando nos conocimos personal-mente. Cuándo y cómo nos vimos por primera vez fue probablemente el momento más excitante de mi vida.

Más tarde comenzamos a conocernos y se notó que teníamos un pacto explícito por el que parecía que nos conocíamos de toda la vida. Habíamos hablado durante tanto tiempo por teléfono que nada podía salir mal en la realidad. Y, desde luego, así fue. Ella tenía un poco de miedo, pero el marco en el que teníamos la relación era absolutamente propicio para que saliese bien. Cada uno en su casa, pactado de manera clara, pero con muchos planes de futuro. En los años que ha durado esa relación así lo hicimos; cada uno en su casa, viéndonos todos los fines de semana y durmiendo juntos uno o dos días entre semana.

Dulce sin fin, honesta, comprensiva, tranquilizadora. Gloria me ha conocido como nadie lo hizo nunca y, sobre todo, jamás me ha pedido nada. Simplemente, quería vivir el momento conmigo.Hemos hecho juntos un montón de cosas diferentes y todas nos han ido bien. Hemos viajado bastante, hemos cocinado, hemos comprado su coche y mi moto. Salvo la motocicleta, para ella todo lo demás estaba bien. Aunque no le gustaba nada, no supuso un problema. Respetó mi decisión y nunca la censuró. Simplemente, me pedía precaución.

La relación entre Gloria y mi familia, especialmente con mi hija, siempre fue inmejorable. Nunca ha criticado a ninguno de los míos ni ha cuestionado sus vidas. Gloria es, indudablemente, la mujer con la que podría vivir en paz el resto de mis días.

Mi trabajo en Málaga también se terminó. La empresa cerró y recurrí a mis amigos belgas, que ahora tenían un proyecto en Irlanda, concretamente en Dublín. Así que de nuevo hice las maletas y marché rumbo a Irlanda. En este caso, le propuse a Gloria venir a vivir conmigo allá. No lo tuvo fácil con la excedencia laboral y me fui solo. Allá la vida fue como al principio en Málaga, feliz y triste a la vez, una sensación agradable. Conocí a gente maravillosa y ahora acabo de volver de pasar una semana de vacaciones con ellos.

A lo largo de este año en Irlanda, Gloria y yo casi rompimos nuestra relación. Digo casi porque le fui infiel y ella se enteró, así que se enfadó y decidió romper con lo nuestro. Tal vez en aquella ocasión tendríamos que haberla finiquitado. ¿Qué habría sido de nosotros? Quién sabe. Volví a España a la primera que pude; echaba de menos a Gloria. Ella me perdonó y volvimos a estar juntos.

Esta particular historia nuestra siguió adelante y evolucionó con altibajos continuos, pero con una línea sólida, delgada tal vez, pero resistente, que nos permitió compartirla hasta que tres años y medio después…

Comienza la cuenta atrás

11 de julio

Desde el mes pasado hasta la fecha han pasado muchas cosas, pero hoy el tema va a ser monográfico. El protagonismo se lo lleva Gonzalo. Fue al médico de cabecera a primeros de mes, está tomando ansiolíticos. Han tardado en hacerle efecto, pero ha funcionado. A lo largo de este mes se ha paseado por una montaña rusa, arriba y abajo, y no parece que vaya a bajarse. De momento, parece que la ansiedad está controlada. El siguiente paso es consultar al médico para ir dejando las cápsulas. Hemos acordado pedir la cita al psicólogo después del verano para tratar esos conflictos que le producen angustia e insatisfacción vital. En cuanto a sus reacciones y a cómo está afectando todo esto a nuestra relación, he de anotar que ya se han observado cambios y muy positivos para ambos. Desde que Gonzalo se abrió, se dejó llevar y empezó a hablar es todo más fluido y sentimos que nuestra historia se hace más sólida. Ha sido doloroso verle en sus momentos más bajos. Recuerdo el día que volví de Mérida; me esperaba en casa, llorando desconsolado, deprimido hasta la médula. No sé si para compensar, porque el organismo es muy sabio, la libido se le disparó y llevamos un mes como los conejitos del anuncio. Hemos hecho el amor con una ternura desconocida. Pero lo mejor de todo, a mi juicio, ha sido el que se haya lanzado a hablar de todo eso a lo que le tiene tanto miedo, a lo que antes le incomodaba. Él solo ha conseguido ponerle nombre y apellidos a lo que le pasaba. Me llegó a decir: «Mis miedos pasan por no saber valorar lo que tengo. No sé cómo disfrutarlo. Siento pavor a sentirme otra vez casado y antes de que eso pase lo dejamos. Creo que necesito huir y en una de mis últimas escapadas estuve a punto de caer. Esto es muy doloroso para mí, Gloria. La única condición que me exigiste para seguir juntos era la de no engañarte de nuevo y te prometí que no lo haría, pero la atracción hacia lo prohibido podría ser inevitable y sentirme vulnerable la potencia». Tras su confesión me costó tragar saliva y digerir cada una de esas palabras. ¿Estaba Gonzalo intentando romper conmigo? La punzada intermitente en el estómago me impedía continuar como si no pasara nada, pero debía seguir escuchándole. Es posible que no haya interpretado bien lo que me quiso decir. Gonzalo me quiere tanto que el miedo a perderme le hace sentir inseguro y albergar temores infundados. Sí, seguro que es eso.

Fue muy valiente, llorando sin cesar. Al final reconoció el alivio de soltarlo todo. Le insistí en que, mientras no se cure, ni yo le voy a dejar ni él a mí tampoco y no tomará decisión alguna que pueda afectar a lo realmente importante. Ahora bien, si luego, cuando pase todo esto y él se encuentre bien, en plenas facultades mentales y emocionales, sigue pensando que lo nuestro se debe acabar, acataré su deseo y ya está. A medida que el tratamiento le ha ido haciendo efecto se han ido disipando la tristeza y los pensamientos negativos. No le quedan palabras para halagarme: «Te quiero. Y te quiero como nunca antes quise a ninguna otra. Eres la mujer de mi vida. Nadie me entendió, comprendió ni respetó como lo has hecho tú. Por eso haré lo que sea necesario para curarme y luchar por ello. Me siento tan seguro cuando estamos juntos».

Las vacaciones se acabaron. El viaje a Hungría fue fantástico, casi de luna de miel para nosotros. Me ha copiado un CD con las mejores fotos del viaje. Precisamente, en eso nos estamos centrando ahora. Gonzalo se está aficionando a la fotografía artística. Tiene una buena colección y espectaculares retratos. Me tiene de musa. Ha subido a la página de internet Image, especial sobre fotografías, un desnudo que me hizo el otro día y que quedó precioso y muy sugerente. Ahora está aquí su hija, pasando unos días con nosotros, pero cuando se marche retomaremos las sesiones. Tenemos algunas ideas atrevidas y originales con las que las fotos nos pueden quedar impresionantes.

Para terminar me quedo con la carta que Gonzalo me envió antes de ayer para conservarla. Nunca nadie antes me dijo cosas tan bellas. Imagino que esto debe de ser la madurez del amor o el amor en la madurez. ¡Da igual! ¡Pero que dure…!

Hola, Gloria. Hace mucho que no te escribo. No quisiera perder las buenas costumbres con lo mucho que tú y yo nos hemos escrito, así que he decidido enviarte un emotivo correo para recordarte que eres la mujer de mi vida. Creo que nunca he tenido con nadie tanta conexión como contigo y, desde luego y sin lugar a dudas, nunca he estado tanto tiempo sin discutir. Jamás. Eso será por algo.

El amor, como nos decimos a menudo, es como una planta a la que hay que regar y esta es mi aportación de agua con sus nutrientes. Gloria, te quiero con todo mi corazón, te quiero desde la serenidad, te quiero desde la tranquilidad y te quiero con el miedo atroz a perder esto nuestro. Hubo un filósofo que dijo que la felicidad era imposible, que una vez la obtuvieses el mismo miedo a perderla te haría desdichado. En alguna medida, es lo que siento contigo.

Pero, desde luego, no quiero que esta sea una carta triste, sino todo lo contrario. Quiero que la guardes para siempre, para cuando seamos viejos, para recordar y para que sepas que alguien que está a treinta kilómetros de ti te quiere mucho, para dormir mejor por las noches, para saborearla como recuerdo en la memoria.

Porque hemos vivido mucho juntos en estos años: crisis, problemas, obstáculos y experiencias únicas de lo más gratificantes y enriquecedoras. Hemos aprendido de la vida mirando al otro, sobre lo que nuestros ex nos han enseñado y sobre lo que queremos de nosotros. Eso, Gloria, no lo he conseguido con nadie nunca y no creo que por los mundos de Dios lo vaya a conseguir otra vez. Por todo esto y por mucho más, te quiero y te querré siempre. Gonzalo.

17 de julio

Sábado por la tarde. En condiciones normales, como habitualmente hacía cada sábado, a esta hora debería estar preparando la maleta de fin de semana para coger el camino de El Limonar. Hoy no será uno de esos sábados y posiblemente ya no se vuelvan a repetir. El caminito de El Limonar, como diría la copla, «se cuajará de hierba».

La montaña rusa de Gonzalo volvió a caer en picado y ya no parece que haya motor para levantarla. ¿Qué pasó? Le vi por última vez el día 14 por la noche. Sus últimas palabras aún siguen danzando en mi memoria: «¡Estoy hasta los cojones!». Así comenzó. Y terminó asintiendo a mi pregunta: «¿Te dejo tranquilo unos días para que reflexiones y luego me cuentas?». No hubo respuesta. Se acabó. Hasta hoy.

Ayer empecé un borrador para la carta de despedida. Lo dejé; intuyo que de aquí no pasamos. ¿Cuál fue el detonante? Su hija, Silvia, tiene la respuesta. El domingo tuvimos un bonito día familiar. Mi hermana y las niñas vinieron a comer a casa. Por cierto, el sábado, que quedó con unos amigos en la playa, Gonzalo apareció tarde y quemado por el sol. Se enfadó porque le reproché que no me llamara a lo largo del día y, sobre todo, que no se hubiera protegido la piel. No entiende que me preocupe que se vaya en moto, con las ruedas en mal estado, tomando ansiolíticos y encima con el punto vulnerable de estar solo. No se me olvida lo que me contó no hace mucho tiempo: que aunque me haya prometido que no me sería infiel, estando bajo esos efectos se considera capaz de cualquier cosa. ¿No comprende que le siento muy lejos cuando no me llama?

Respecto de la hija, el domingo se levantó a la una del mediodía, desayunó y se encerró en su cuarto con el portátil. No dirigió la palabra a nadie. Comió y se fue a echar la siesta. No preguntó siquiera si necesitábamos ayuda. A la hora de la merienda, ya recogida la cocina, terminado el lavavajillas y con una colada hecha, pregunté por un voluntario que tendiera la ropa. Se ofreció ella a hacerlo. Le dije que ya seguía yo, que se fuera a merendar. Bueno, pues ahí estuvo la madre del borrego. La niña tuvo careto todo el día. El padre, por la noche, se enfadó con ella porque no entendía qué le pasaba. Echamos la noche bien y el lunes me llama Gonzalo al trabajo y me dice que Silvia estaba enfadada conmigo. Se quejaba de que le había dado mucha caña y que ni siquiera pudo sentarse a merendar. ¡Menuda jarra de agua fría me acababan de echar! Intenté explicarle a Gonzalo que aquello era desproporcionado.

En primer lugar, ¿por qué no me lo dijo a mí? Si le parecía mucho podía haberlo hablado conmigo. La niña llevaba mosqueada todo el día, así que lo mío fue su excusa perfecta. Estoy dolida porque me siento utilizada. Ni Silvia sabe apreciar lo que intenté hacer por ella ni, lo que es peor, el padre tampoco. En mi opinión, Silvia tiene un grave problema: está enganchada al teléfono y al ordenador. Cuando suelta uno, coge el otro. Se ha pasado varias horas en su cuarto, hasta las cinco de la madrugada, conectada a Internet. Así le costaba tanto levantarse por la mañana y hacer las tareas que le asigné, que eran las justas para que pudiera estudiar. Pero claro, en ese caso yo le impedía manejarse a su antojo, demostrando no tener interés alguno por sus estudios y por aprender a valerse por ella misma. Esa era la finalidad. Lo pactamos juntas para que el día que no aguante más a su madre se pueda independizar y, de camino, Gonzalo pudiera despegarse de una vez por todas de su ex.

Llegados a este punto, le manifesté a Gonzalo que de ahí a «no he podido aprobar porque Gloria me ha machacado a trabajar» solo hay un paso. Yo lo veo así y me duele que Silvia me haya utilizado y de paso a su padre, que de momento mira hacia otro lado. O mejor aún, le ha servido a él también para darse cuenta de lo agobiado que está conmigo. Se siente casado, controlado… Todo, menos reconocer el verdadero problema que tienen ambos. Bien, acaba conmigo. ¿Silvia va a dejar el ordenador? Esa adicción le va a costar quitársela de encima. Una chica frustrada en cuanto a relaciones familiares, con problemas de autoestima, que ha encontrado satisfacción inmediata en la comida y en el chat. A ver quién corrige eso con un padre a distancia, que en vez de afrontar lo de su hija carga contra mí, y una madre con problemas a la que odia y ama en la misma proporción.

Después de cuatro días dándole vueltas a la cabeza, empiezo a tener serias dudas de si me merece la pena seguir. Siempre le decía que si me quería y no le teníamos miedo a hablar podríamos superar lo que nos echaran. Cuando fue capaz de ponerle palabras a sus miedos y fue capaz de enfrentarse a sus emociones y a sus sentimientos, pensé que había dado un paso de gigante. Llorando me dijo: «Tengo todo lo que en teoría me debe hacer feliz: un trabajo que me gusta, vivo en un sitio que adoro y tengo a mi lado a la mujer de mi vida. ¿Por qué me siento desdichado? ¿Por qué quiero huir? Te ruego que no me dejes. Te quiero tanto que me moriría si me dejaras. Pero, seguramente, he de reconocer que únicamente podría valorarte si tú me mandas a la mierda…». Le dije que, si él quería conservar lo que quería, un psicólogo nos podría ayudar. Esa es en resumidas cuentas su historia. Ahora bien, ¿cuál es la mía? Planteándolo estaba cuando llegó su e-mail.

18 de julio

Hola, Gloria. Te envío esta carta por correo electrónico. Quizás debería llamarte por teléfono, pero me temo que de esta forma no encontraré las palabras justas y suficientes para hablar contigo. Como te puedes imaginar, este e-mail es una carta de despedida y, si puedo llegar a esbozarla, para darte una explicación. Sé que será imposible, pero te ruego que según leas estas líneas no te enfades conmigo.

Me despido de ti por múltiples razones que tienen que ver únicamente conmigo. Olvídate de mi hija, ella es ajena a todo esto. Tampoco tienen nada que ver las tonterías que te dije por teléfono. Soy yo. Soy un golfo, Gloria, y tú no mereces a alguien como yo.

Todas las cosas que te dije anteriormente en los correos de amor son completamente ciertas. Te quiero como nunca he querido a nadie y dudo mucho que nunca en mi vida conozca a nadie que me quiera tanto como tú a mí. Nunca he tenido una relación a todos los niveles tan plena, con tanta conexión, y nunca he estado tan relajado con nadie como contigo. No es retórica. A pesar del enfado que imagino que tendrás a estas alturas de la carta, espero que estas afirmaciones las veas de manera objetiva. No miento, Gloria, pero no puedo ni debo seguir contigo. No sé qué es lo que me hace estar tan triste, pero creo que necesito comenzar una nueva vida. Estoy seguro de que esto será la gilipollez más grande que haré en mi vida, pero realmente necesito cambiar, necesito respirar, necesito hacer algo con ella.

Gloria, perdóname, no te lo mereces. No iba mal lo nuestro, siempre has sido buena conmigo. Hemos respetado siempre las reglas del juego. O casi siempre, salvo mi historia de Dublín. Si lo hago es por no hacerte más daño. Te prometí que no te la pegaría nunca más y así ha sido, pero hay algo dentro de mí que me pide hacerlo y como siga luchando contra lo que me pide el cuerpo y disfrutando de ti acabaré muriéndome, te lo prometo.

Espera, por favor, un poco para recoger las cosas. Ahora no puedo verte, sería demasiado doloroso. Necesitaré algo de tiempo para recuperarme. No me olvides nunca, pero sobre todo, por favor, no me odies. Gonzalo.

Las diez de la noche. Gonzalo me acaba de enviar este correo de despedida. Tengo tanto dolor en el cuerpo que no me atrevo ni a calificar la carta. Solo me salen improperios: ¡mal nacido, hijo de puta! ¡Cabrón!… Y encima me pide que no me enfade y que no le odie. ¡Seguro que hay otra mujer! Me dice que se siente «atrapado en nuestra relación» y que fuera hay muchas cosas que no querría perderse.

Cuando yo pensaba que nuestra historia se estaba consolidando, me encuentro con esto. Ahora puedo entender su comportamiento. Desde mayo de este año, cuando la astenia primaveral hizo acto de presencia, Gonzalo entró en una espiral complicada. Igual estaba arriba que minutos después estaba abajo. Visitaba al médico de cabecera para que le ayudase a sobrellevar las crisis de ansiedad y el estado depresivo en el que se encontraba. Era difícil no subirse y bajarse con él de esa montaña rusa.

Le he llamado para decirle que le aproveche y que sea feliz, pero que sepa que no habrá camino de vuelta y que no le perdonaría otra vez. Me quedé enganchada al teléfono un buen rato, no podía colgar. ¿Esperaba congelar ese momento? ¿O quizá encontrar algún sentido a aquello que estaba pasando? ¿Tal vez algún anestésico para el dolor? No lo sé… ¿Que me dijera que se equivocó, que no solo no quiere romper, sino que desea pasar el resto de su vida conmigo? Pero eso no es así. Cuanto antes lo acepte, mejor para mí.

Sinceramente, lo mismo me da si ha mentido o no, si me ha montado todo este numerito de víctima para romper conmigo porque sabía que no lo conseguiría de otra forma. Si es cierto todo eso que dice, que me quiere y se marcha porque no quiere hacerme daño, ¿por qué no lucha por mí? ¿Por qué no busca ayuda? Me prometió que lo haría. Terminé diciéndole que necesitaba recuperar mis cosas cuanto antes, mis fotos, mi ropa… Ya no podría soportar ni que me mire, me escuece. Y sobre todo, por si tiene prisa en meter a alguien en su cama, no quiero que haya nada. Ni mi foto, que sigue en la mesita de noche, quiero que sea testigo de lo que pase a partir de ahora en esa habitación.

El desgarro que me provoca este dolor ha hecho jirones mi corazón y mi cerebro. No puedo pensar ni sentir. Tengo lo sentimientos apiñados en una amalgama de amargura y angustia que me impulsa a vivir sin vivir, a estar muerta sin morir. Ya he llorado bastante. Tengo que mirar hacia adelante, cerrar esta puerta cuanto antes y tirar la llave al fondo del mar, donde no pueda recuperarla. Dan igual los motivos por los que Gonzalo no quiere seguir conmigo. ¿Cambiaría en algo el resultado? Pues eso.

Buenos días, Gonzalo. En estos momentos de vacío, en los que el dolor lo devora todo, en los que lo racional se convierte en irracional, lo objetivo en subjetivo y donde la realidad se nos presenta distorsionada, no encuentro mejor narcótico contra la amargura que descargar todo eso que se me quedó dentro. Infinidad de preguntas sin respuestas que buscan a la desesperada un poco de sentido y de lógica para volver a poner en orden mi mundo emocional. ¿Cómo me siento? Vacía, rabiosa, utilizada, pequeñita, estúpida, dolida, decepcionada, abandonada…, pero sobre todo siento una enorme y profunda tristeza.

¿Por qué? Porque a lo largo de estos tres años he invertido tanto en nuestra relación, tanto, que en este último mes pensaba que su cotización se encontraba en su punto más alto y ahora observo que has vendido mis acciones por un precio irrisorio y, como consecuencia, automáticamente han dejado de tener valor alguno. Me explico: en otras relaciones, en las que me entregué posiblemente menos, mis ex no continuaron conmigo. Uno porque llevaba treinta años casado y quería a su mujer por encima de todo, otro porque había dejado embarazada a la de turno… Casi siempre había alguna razón de peso. Que prefieran a otra mujer antes que a una siempre duele, pero si encima y para colmo me das a entender que estás esperando en la puerta del chiquero, preparado para llevarte a la cama a cualquiera que se te ponga por delante… Gonzalo, ¿dónde fue a parar tanta complicidad, tanta conexión, tanto cariño, tantas confidencias, tanto compartir fantasías, tanto respeto del uno por el otro, tantos proyectos de viajes, tantos mimos, tantos besos, tantas risas, tantos «te quiero», tanto amor en definitiva? ¿O quizá fue todo un montaje, un ensayo, un mal sueño?

¿Sabes? Creo que la ruptura ideal de una pareja se da con la muerte lenta y natural de la misma. La que se produce por el desgaste del tiempo y la rutina. No era nuestro caso. Es doblemente doloroso cuando tienes que matar al amor forzosamente, cuando no esperas a que se muera para enterrarlo. Por mi parte, en estos momentos no solo no sentía muerta nuestra relación, sino que la percibía más viva que nunca. Tu carta de hace tan solo una semana, previa a la de la despedida, me reafirmó esa creencia. No sé si por los efectos de tu depresión, pero nunca te sentí tan cerca, tan dentro. Todo eso me estimuló a sobrealimentar nuestra historia, creyendo al mismo tiempo que se consolidaba. No podía ni imaginar que te estabas indigestando con ella hasta que al final terminaste vomitándolo todo.

Ya te pregunté una vez, en otro de tus intentos por dejarme, que si tanto me querías ¿qué valores podrían estar por encima de la mujer de tu vida? Me dijiste que el miedo. Yo te he creído siempre. Era condición indispensable para seguir contigo y una excelente motivación para tirar de ti. Pero ahora me surgen tantas dudas respecto a la autenticidad de tu amor… Tenía entendido que eran tus miedos y fantasmas los que te obligaban a huir y mi comprensión, a que volvieras de nuevo. Ahora me ha dado por pensar también lo contario, que justo esos miedos te obligaron a seguir conmigo, porque ese tipo de miedos, además de paralizar, pueden ir en ambas direcciones. Es posible que cada vez que intentabas acabar conmigo me estuvieras pidiendo a voces que fuera yo la que te dejara. No sé si hice bien en insistir.

He intentado ser lo más respetuosa posible contigo y con nuestra relación, con tu espacio, con tus costumbres, con tu familia, pero sobre todo me he esforzado en no ser controladora, manipuladora ni posesiva. Dentro de lo que ambos pactamos, creo que nos hemos movido con bastante libertad. Pero no ha sido suficiente. Estás harto de repetirme que no tiene nada que ver conmigo y que me quieres tanto que me consideras la mujer de tu vida. No lo podré entender nunca y sobre todo me va a costar perdonar, si eso es verdad, que no hayas luchado lo más mínimo por mantenerme. ¿Qué valgo yo realmente para ti? ¿Qué valor les has dado a las relaciones sexuales que tú y yo hemos mantenido? Creo que se pueden catalogar de todo, menos de convencional y de poco creativas: sinceras, abiertas, desinhibidas, cómplices, pasionales… Seguro que se te ocurren algunos adjetivos más. Entonces ¿por qué es tan irresistible para ti? ¿Por qué me cambias por desconocidas a las que echarías unos cuantos polvos y ya está? Ciertamente, el sábado por la noche hablamos de un tiempo, de ver al psicólogo y esperar la evolución, pero el domingo por la mañana, cuando empezó a martillearme la cabeza la imagen de una tía cualquiera contigo, me salió de dentro la hembra primitiva que me impide desde entonces ver otra realidad, la única que solo puedo ver a través del cristal del dolor. ¿Cuál es la tuya?

De todo lo que llevo dentro es lo único que me sale ahora mismo. ¿Tendrás algunas de las respuestas que necesitan mis preguntas?

20 de julio

Ahora son las once de la mañana de este doloroso domingo. Llevo dos horas sentada delante del ordenador, buscando recursos para poder superar pronto esta ruptura. Para empezar, he sacado de una página de psicología una tanda de preguntas que a lo mejor me ayudan a encontrar respuestas y consuelo. De momento, sacando fuerzas para ir a casa de Gonzalo a recoger mis cosas. No puedo esperar un día más.

Ya pasó todo. Son las cuatro de la tarde y tengo los ojos como un sapo y la cabeza a punto de estallar. Dicen que los malos tragos cuanto antes mejor… y eso es lo que hice. Una eternidad esperar veinticuatro horas más, agonizando sin necesidad. Me llegué a su casa sobre mediodía. No estuve más de veinte minutos, el tiempo justo y necesario para recoger mis pertenencias y soltar las suyas. Tiré las bolsas en la cama, lo dejé todo amontonado. Desliar aquello le iba a llevar un buen rato. ¿No esperaría que se lo dejara todo colocadito en su sitio como hacía habitualmente? Cuando terminó de grabar mis fotos en el pendrive me vine a casa. No podía mirarle a la cara. Intentó abrazarme varias veces y no pudo, la coraza rígida que abarcaba mi cuerpo se lo impidió. Cuando por fin tuve valor le miré a los ojos y le dije que no le conocía ni le reconocía. Ya no puedo creer nada de lo que me diga. El castillo se me vino abajo y cuando intenté montarlo de nuevo me salió otro distinto. No entenderé nunca lo que ha hecho ni cómo lo ha hecho. Solo puedo comprender que me deja porque no me quiere, porque en caso contrario lucharía por mí y no ha movido un solo dedo. Eso me llevo puesto. Volvió con la cantinela de que si me quiere, que si no quiere hacerme daño, que si blablablá…

Para rematar la faena, me preguntó por una pastilla que guardaba en mi casa para la próxima fiesta nocturna. Se podía haber ahorrado la pregunta. Ahí tuvo muy poco tacto y se delató él solo. Le dije: «La he tirado. Es algo que yo no necesito». Me respondió furioso: «Pero yo sí. ¿Lo haces por joderme?». «No —dije yo—. Yo no quiero joderte a ti, pero tampoco quiero joderme yo. ¿Cómo pretendes que te dé facilidades para que puedas encamarte con otra? En ese caso, te las vuelves a comprar. Soy buena, no gilipollas».

Después de eso me abrió la puerta, cogí mis bolsas, me fue a besar y me retiré. De espaldas, esperando el ascensor, murmuré entre dientes: «Que tengas suerte». Cabizbajo, respondió: «Tú también». Aquí se acaba esta historia que empezó a mediados de abril de hace tres años y terminó ayer.

Seis de la tarde. Tengo tantas ganas de pasar página rápidamente que me acabo de abrir una cuenta en CITA2. No fue fácil poner un texto, hasta diez borradores conté. Ya sé que hoy no es el día, que debo esperar a que pase el duelo, pero para eso los dos meses no me los quita nadie y no puedo esperar. Tengo que acelerar el proceso. Todo esto es muy doloroso. Ahora el interrogante más grande que se me plantea es: ¿por qué quiero seguir y por qué me duele tanto terminar con un hombre que, por las razones que fuere, lleva intentando terminar conmigo desde hace tiempo? El problema lo tengo yo a todas luces. A ver si respondiendo a estas preguntas, que saqué de internet esta mañana, veo las cosas más claras:

-¿Qué creo que me impide salir del duelo? Realmente, no lo sé. Mi mente está enredada en un bucle de pensamientos obsesivos que van en una sola dirección: en busca de Gonzalo. Tanto si me veo con él como si le veo con otra, estas imágenes me torturan. ¿Adónde fue mi capacidad de razonar, indispensable para ordenar mi mente, serenarme y encauzar este duelo?

-¿Pensar que Gonzalo era único y que nunca conocí a nadie con quien pudiera hablar como con él? De eso no tengo dudas. Gonzalo ha sido el único hasta hoy con quien he podido dialogar abiertamente de casi todo.

-¿Creer que me aceptaba tal como soy y que le gustara tanto? Por supuesto. Ese ha sido, básicamente, uno de los motivos fundamentales por los que deseaba continuar con él. Tremenda la decepción que me acompaña desde entonces al descubrir que tanto no debía de gustarle, cuando ha decidido dejarme.

-¿La sensación de abandono? En esta pregunta me derrumbo y lloro con desconsuelo. La palabra abandono me hiere. No puedo evitar acordarme de esa niña a la que dejaron en la puerta de un internado cuando tenía seis años y que como consecuencia de eso posiblemente olvidara por completo los cinco puntos anteriores.

-¿Miedo y pereza a empezar otra vez? Ambos. Miedo a empezar de nuevo arrastrando complejos e inseguridades. Y pereza porque a lo largo de mi vida no he dejado de buscar pareja y no he dado con ningún hombre afín, que se quede conmigo y me haga feliz. Me frustra errar una y otra vez.

-¿A compararle con los hombres que vaya conociendo? Ahora mismo no creo que haya nadie que se le compare. Es posible que albergue la esperanza de que Gonzalo y yo volvamos a ser pareja. Ese pensamiento recurrente hace que disminuya mi dolor.

¿Quién lo sabe? Es posible que en mi fuero interno piense que debo luchar por alguien a quien quiero tanto y con quien he vivido una de las etapas más felices de mi vida. Es posible que todo eso sea lo que me impide asumir la realidad y vivir el duelo, absolutamente necesario para pasar página.

25 de julio

Esperando a Gonzalo. Desea hablar conmigo porque se siente muy mal. ¿Qué hago? Me muero por verle de nuevo. ¿De dónde saco esa fuerza que necesito para decirle simplemente NO? ¿Cómo puedo sentir tristeza y alegría al mismo tiempo? Estoy temblando…

26 de julio

Hola, Gonzalo. Después de pensar y reflexionar sobre todo lo que nos está sucediendo estos últimos días, considero que ha llegado el momento de tomar una decisión. Hasta última hora he estado esperando no se sabe qué. Tal vez una llamada tuya diciéndome que reconsideras todo lo que hemos hablado, que te lo has pensado mejor, que merece la pena luchar por nuestra historia. Pero no sucedió. Me quedé esperando hasta la fecha tope del plazo, que expira justo en el momento en que te envío esta carta. Como bien sabes, tengo una lucha encarnizada entre mi corazón y mi cabeza. Quiero exponerte lo que me pide cada uno y en función de eso te detallaré mis conclusiones.

Primero, mi corazón. Este me dice que te quiero, que ya nada volverá a ser lo mismo sin ti, que te dé otra oportunidad, que tú también me quieres. Me gusta imaginar que es así. Que me abra un paréntesis hasta que vea cómo evolucionas con la terapia, que de esta catarsis saldrás fortalecido, valorando por encima de todo nuestra exclusiva y genuina relación; y que, aunque manteniéndome un poco al margen, debo estar cerca de ti, apoyándote. Créeme si te digo que me habría gustado mucho que este trayecto final, el de buscar ayuda psicológica, lo hubiésemos hecho juntos, sin una ruptura de por medio. Estoy convencida de que nos habría hecho crecer mucho a los dos, individualmente y como pareja. En definitiva, todo esto me dicta mi corazón.

Segundo, mi cabeza. Esta me grita: «Ya está bien de sufrir gratuitamente». Me recuerda que, tanto si sigo contigo como si no, las heridas están abiertas, en pleno proceso de cura, y necesitan su tiempo para cicatrizar. Así que me aconseja: «Reacciona con lógica e intuición y analiza los hechos objetivos».

-El primer hecho objetivo, independientemente de su causa, es que tú ya no quieres estar conmigo. El simple hecho de que no lo tengas claro ya es significativo. La duda no hace más que confirmarlo.

-Yo no deseo estar con nadie que no quiera estar conmigo. Esto es cosa de dos. Me da pavor imaginar que te veas obligado a permanecer a mi lado.

-Tú me dices que soy la mujer de tu vida y que me quieres mucho, pero yo no lo siento así. Ya no me siento querida por ti. ¿Cómo puedo ser la mujer de tu vida y que desees salir corriendo a buscar a otra cualquiera? -Mi conciencia se queda más tranquila al haber podido hacerte ver que necesitabas ayuda y tener la posibilidad de proporcionártela. Sobre todo, después de entender que la depresión te la ha podido provocar la idea de enfrentarte conmigo para romper lo nuestro. A partir de ahora, lo que suceda con cada uno de nosotros será únicamente nuestra responsabilidad. -El amor no siempre puede ser incondicional. Tú tienes tus fantasmas y yo tengo los míos. Y además no son compatibles.

-Respecto a lo de ayer noche, ¿qué te puedo añadir? Seguramente, no fue buena idea que vinieras, pero por un lado estaba deseando verte y pensé que podías venir con ideas conciliadoras. Por otro, no tenía suficiente valor para decirte que no lo hicieras. Lógicamente, no estuve muy receptiva, ya no me sale. A medida que siento cómo te alejas la coraza se endurece. La situación me pareció muy extraña. Sencillamente, me dejé llevar. Esa es una de las diferencias que hay entre nosotros, o no sé si decir entre los hombres y las mujeres. Mientras que tú estabas entregado a la faena en plan animal, yo intentaba sacar algo de ternura para el recuerdo de un acto que podría ser el último.

No puedo ser tu amiga, Gonzalo. Lo siento enormemente, porque me gustaría tener un amigo como tú, pero mi amistad contigo solo tiene sentido si se desarrolla dentro de la pareja. Yo solo puedo ser y quiero ser la mujer de tu vida y la única. Es cuestión de lealtad, compromiso y confianza. Valores imprescindibles en una relación, tal como yo la entiendo. Te echaré de menos, mucho... Tantas y tantas cosas que solo tú y yo hemos vivido...

Gonzalo, deseo de corazón que Marta, la psicóloga, pueda ayudarte al menos a convivir con tus miedos sin que se desestabilice tu vida, o bien a desterrarlos con la finalidad de que sigas hacia delante, pero no huyendo. Ya tengo preparada la carta que me pidió sobre lo que pienso de ti.

Me consta que mantenerte firme en terminar con lo nuestro no te habrá resultado fácil. Deben de ser muy poderosas tus razones aunque yo no las entienda. Si has decidido afrontar solo o en compañía de otras lo que sigue del camino, no te lo voy a poner más difícil. Espero que mi decisión contribuya a que te puedas sentir libre de presiones, de incertidumbres. Desde este punto ya no estás obligado a darme más explicaciones. Se te abre la veda, con la consiguiente licencia de caza. No debes temer a lo furtivo ni a que te multen por ello. Ya estamos ambos fuera de la vida del otro.

Solo me resta pedirte un favor. Probablemente iré yo también al psicólogo. Me gustaría que me hicieras una lista como la que yo te hice a ti, recalcando especialmente lo que no te gustaba de mí o los aspectos en los que podría mejorar. Necesito que me confirmes que hubo mucho bueno entre nosotros. Ayuda a desterrar la sensación de fracaso. Seguro que algún día reconoceré todo lo positivo que me ha aportado esta relación y te recuerde con cariño. Ahora toca echar a andar sin mirar atrás y dejarse seducir por alguien interesante que me valore en la medida que yo necesito y desee acompañarme en el camino. Adiós, Gonzalo.

Esta es la carta que envié a Marta. Ojalá le pueda facilitar en algo su trabajo para conocer y tratar a Gonzalo:

Estimada Marta:

Tal como acordamos, paso a relacionarte algunos aspectos de lo que conozco de la vida de Gonzalo y de su relación conmigo que espero que te sean interesantes para tu trabajo. Intentaré ser lo más objetiva posible, aunque con el tema de la ruptura no sé si lo voy a tener fácil.

Primero, te voy a enumerar sus cualidades:

-Es un hombre muy inteligente, autodidacta, trabaja como informático y apenas consiguió terminar la EGB. Es decir, él solo se buscó los recursos y estudió toda una carrera con sus propios medios.

-Habla varios idiomas.

-Sociable y servicial.

-Divertido y risueño (se ríe mucho y tiene una risa franca).

-Generoso y respetuoso.

-Buen conversador.

-Bastante tolerante y con empatía hacia el dolor ajeno.

-Cariñoso y zalamero. -Conciliador y pacífico.

-Mentalidad muy abierta.

Segundo, sus aspectos negativos:

-Desordenado.

-Poco disciplinado (no tiene horarios, casi todo lo hace cuando le apetece y sobre la marcha, vive prácticamente improvisando).

-Caprichoso. Consigue lo que se propone o se le antoja. Se cansa y lo deja hasta la próxima (me temo que yo estoy en ese lote).

-No se lleva bien con la rutina.

-Impulsivo.

-Insatisfecho casi permanente.

-Tendencia a sentirse culpable.

-No le gusta que le halaguen, que le hagan regalos.

-Actitudes compulsivas (comer, compras, sexo...).

-Pasa muchas horas delante de la TV y del ordenador.

-Expresa a menudo «tenemos que…», «te llevaré a…», «haremos…», cuando quiere decir «me gustaría hacer, tener… contigo». Pero todo se queda en deseos. Pocas veces se llevan a la práctica ni se materializan. -En ocasiones inseguro y con difícil autocontrol.

-Temeroso de lo que puedan pensar los demás de él.

-Tendencia a ocultar la verdad.

-Ante un problema reacciona tarde. A veces mira hacia otro lado y espera que se solucione solo.

-Se ve y se siente feo.

-A veces se autocastiga llamándose mala persona, golfo y dañino.

Adjuntas a esta nota te incluyo también las dos últimas cartas que me envió. La primera, el 9 de julio, donde me decía que era la mujer de su vida. Algo más de una semana después, el 18, la carta de despedida. No sé si te servirán de algo.

Nuestra relación ha sido de todo menos convencional y yo considero que bastante libre. Nos conocimos por Internet. Hemos trabajado y hablado hasta cansarnos para hacerla a nuestra medida, sin perdernos nunca el respeto. Al menos eso creía yo. Hay un escollo importante entre nosotros: el concepto fidelidad no tiene el mismo significado para ambos.

He salido muy tocada de esta historia. Independientemente de la ruptura, tengo mi crisis particular. Seguramente le pediré consulta a Ricardo porque yo también necesito ayuda. Bueno, seguramente me dejaré infinidad de cosas en el tintero. Si necesitas algo más de mí, estaré en casa. Saludos y gracias.

27 de julio

Hola, Gloria. Te envío esta carta porque hablar siempre nos funcionó bien y ayer realmente no podía. Lo siento, estaba simplemente muerto. A pesar de ello, me di buena cuenta de que ir a verte fue un error. Tendría que haberme quedado en mi casa. Si ya estabas orientando tus ideas, solo faltaba que yo te las descolocase de esa manera. Lo siento. De veras que lo siento.

Nunca te he mentido y ayer tampoco. Cuando comentábamos las razones por las que había ido te hablé con franqueza, me gusta hablar contigo. Y otras cosas menos prosaicas, claro... No funcionas así, no puede ser. Evidentemente, era un tanto egoísta por mi parte.

Gloria, entiendo bien todo lo que me dices. Me hubiera gustado decirte alguna cosa esperanzadora, pero contigo soy especialmente serio en esas conversaciones. Imagino que así seguro que no hay esa posibilidad. Y no sé qué decirte. Siento que no podamos ser amigos; no es una sorpresa, siempre me lo dejaste bien claro...

No me gustaría imaginarte en los brazos de otro hombre ni imaginar que otro pueda darte, a nivel de conexión, lo que tú y yo nos dimos. Eso escuece y esto es un poco triste. Gloria, simplemente eso. Lo siento.

28 de julio

El mes de julio ha sido incendiario. Menos mal que está a punto de terminar. Nefasto, emocionalmente hablando. Desde el día 19, cuando pisé la casa de Gonzalo por última vez, han pasado unas cuantas cosas. La primera, un correo de Gonzalo muy cabreado. Me reclama la cámara de fotos y la radio del coche. Se enfadó cuando vio que le borré de todos mis contactos. ¡Ajo y agua! Luego mi carta, donde le escupí todo lo que sentía: rabia, dolor contenido y muchas preguntas. Hablamos por teléfono de esa carta. Le vi tan mal que quedamos en acudir al psicólogo. El día 22 le vieron en consulta. Yo pude intervenir al final. Lo que más me llamó la atención fue que cuando salimos de allí Gonzalo pensó y me comentó que seguiría viniendo si le ayudaba a arreglar su problema con la fidelidad. Me enternecí y volví a tener un poco de esperanza, aunque recuerdo que de todo lo que se habló se me quedó grabado que lo de seguir conmigo no lo veía claro. Otro jarro de agua fría.

Pasó el fin de semana, Gonzalo se fue a las Alpujarras y el domingo por la noche vino a mi casa con un cuelgue del demonio. No durmió nada y se lo bebió y se lo fumó todo. Yo estaba preparando la carta definitiva de despedida. Me estaba dando un plazo para enviársela, esperando un milagro. Esa noche solo vino a echarme un polvo en plan salvaje. Yo estaba con la coraza y el careto, pero cualquiera le dejaba irse en ese estado. Me tiró en la cama, yo me dejé. Intenté arrancar algún momento de ternura; sabía que podría ser la última vez. No dormí apenas. Ya muy temprano me abracé a él. No se enteró de nada. A la hora de levantarse ni desayunó; se quedó sentado en el sofá, esperando quizá que le diera una palmadita en la espalda y que le ofreciera mi amistad, que también venía buscando, entre otras cosas. «Necesitaba a la amiga», eso me dijo. A las siete de la mañana le dije que se fuera y se marchó. Ya no le vi más, ni le veré, así que me quedé llorando desconsoladamente. Me envió un correo diciéndome que sentía mucho haber venido.

29 de julio

De nuevo hablé con Gonzalo. Le pregunté por los problemas que tenía y que no quería contarme por no hacerme daño. «Gloria, mi problema es que lo mismo estoy arriba que abajo. La ansiedad no se me va. Y si te dejo es porque me gusta coquetear, cada vez se me da mejor, y eso no es compatible contigo. Por el respeto que te tengo, es mejor dejarlo. Por favor, no cierres la puerta del todo. No te puedo dar esperanzas, pero me encantaría que siguiéramos siendo amigos. Podemos seguir hablando de muchas cosas. No necesariamente de las conquistas, porque escuecen, claro…». Queda muy bien eso de seguir siendo amigos, pero yo no lo veo mientras siga teniendo sentimientos de pareja.

3 de agosto

Justo hace una semana que Gonzalo y yo no nos vemos. Cada día se hace más doloroso, porque además la comprensión y el buen entendimiento se van evaporando. Todo se vuelve más frío y los motivos de por qué Gonzalo terminó conmigo cada vez se ven más superficiales y como consecuencia de eso llego a la conclusión de que quererme me ha querido poco o nada.

El sábado, estando en Mérida, me envió un SMS diciéndome: «Estaba mirando tus fotos. ¡Qué guapa estás en todas las que te hice el último día! Me siento tan triste. ¿Te puedo llamar? Necesito hablar contigo».

Vuelta a abrir la herida. Cada vez que hace acto de presencia empieza de nuevo mi duelo. Imaginé que estaría melancólico. Le contesté a las tres horas; quise tenerle un rato pendiente del teléfono: «A menos que pienses volver conmigo, no me llames más. Aprecio tu buena intención, pero no me ayuda». Contestó diciéndome: «Lo siento, estoy de bajón. Perdona, no quiero fastidiarte más».

En fin, ya no hay más. Incluso es posible que no me envíe la lista para el psicólogo. A día de hoy no se ha tomado siquiera la molestia de hacerla. Eso nos diferenciaba, la predisposición a hacer algo el uno por el otro. Él casi siempre iba a remolque.

Ahora estoy en la fase de fantasear. Imagino que cuando menos lo espere volverá. Le veo llorando por los rincones, acordándose de mí y pensando en el patón que ha metido y en si le compensará haber elegido la aventura. Esos pensamientos me alivian un poco, pero tengo momentos en los que lo que me bulle por la mente es algo muy diferente, que me castiga y me envenena: me lo imagino eufórico, alegre, regalándole el oído a cualquier tía, incluso metiéndole mano y directamente revolcándose en la cama. Al final termino vomitando. La tristeza me invade cuando pienso que ya no tengo a quien decirle te quiero ni que me lo diga a mí, a quien acariciar ni que me acaricie, con quien hablar, hacer proyectos, viajar… Que cuente conmigo, que me considere la mujer de su vida.

7 de agosto

Sin novedad. Pasó la semana. No he vuelto a saber de Gonzalo y tiene pinta de que la cosa no va a cambiar. Tengo que convencerme de que ya no llamará más. Y si llama he de estar preparada, porque tendría que decirle que es tarde, que no hay vuelta atrás. Sinceramente, me gustaría darme esa pequeña satisfacción. Una pequeña revancha. No debería salirle «gratis» este doloroso y tenebroso vacío en el que me ha dejado suspendida.

Ayer hablé con su madre, la llamé para despedirme. Me dio ánimos y me dijo que su casa estaba abierta para cuando quisiera. Lloré, era inevitable. Le pedí que estuvieran encima de Gonzalo, que necesitaba ayuda. Me dio las gracias. No quise extenderme más de la cuenta. ¡Joder! Ojalá pase el tiempo pronto y me llame el psicólogo. A ver si vomitándolo todo me siento mejor, porque la tentación de levantar el teléfono es muy grande. Pero no lo haré; luego me puedo arrepentir, porque… ¿y si no está? ¿Y si está y no lo coge? ¿Y si está, lo coge y no está solo? ¡Me muero…! ¡Ni pensarlo!

11 de agosto

Hoy es un día de bajón total y rastrero. Seguro que las hormonas están haciendo de las suyas. Siento ahogo y mucho desconsuelo. Gonzalo no solo no volverá, sino que ya debe de haberse dado algún que otro revolcón y eso me saca de quicio. Me siento tan ninguneada, tan despreciada. ¿Por qué me tengo que sentir así? Cada día que pasa las esperanzas se desvanecen irremediablemente y el intento de olvido se hace insoportable y eterno. Me levanto pendiente del teléfono y me acuesto igual. Él no va a volver. No quiero demostrarle debilidad, pero necesito oír su voz. La echo tanto de menos…

¿Me echará de menos él a mí en algo? Lo que de verdad le va a hacer pupa, y estoy convencida de que no podrá evitar las comparaciones, será todo lo relacionado con las manifestaciones de cariño y amor. A él le encantan los mimos, los besos interminables, y yo no me cansaba de dárselos. Nuestras charlas de horas y horas, nuestras tertulias y discusiones por la política y otras cuestiones en las que no coincidíamos. Con nadie tendrá esas conversaciones tan apasionadas sin que le descalifiquen o le tilden de algo. Por regla general, es difícil encontrar a gente para discusiones civilizadas. Y lo más, esa complicidad y relajación en la cama. El punto de conexión y de adaptación cada vez era más perfecto. ¿Cómo reaccionarán él y la de turno cuando lleguen sus momentos? Ya conoce las pastillas y tendrá que tomarlas desde el principio para sentirse seguro; aparte del gasto, porque no son baratas. Conmigo la pastilla era la excepción para cuando queríamos alargar la fiesta durante todo el día. Le sacábamos partido a sus debilidades y a las mías. Y de sus fantasías… ¿Quién querrá compartir sus fantasías sin sentirse desplazada y/o utilizada? ¿Quién le contará esas historias que tanto le ponen y le gustan?

No digo yo que al principio, si está encoñao con alguien, no haya fuegos artificiales y cohetes; pero eso, mucha traca de la que hace ruido y termina apagándose, de la que no se sostiene en el tiempo. Porque, como él dice, «ese nivel de conexión tan alto no lo conseguiré con nadie más». Que se olvide. Sobre todo porque las relaciones estables ya no entran en sus esquemas. La euforia lo mantendrá arriba un tiempo, pero ya vendrá el momento de replegarse. Y ahí le espero yo.

Ayer estuve con mi amiga Rosalía. Como siempre, me hizo mucho bien. Me gusta cuando me habla y me gusta cuando me escucha. No me juzga y es tremendamente comprensiva. Siempre aprendo mucho con ella. Me sinceré del todo; no podría entender muchas cosas si no le contaba ya, por fin, mi gran secreto. No dijo nada, solo que le pareció muy valiente de mi parte haber tenido que pasar por esa experiencia. Entendió lo importante que Gonzalo ha podido ser para mí conociendo y aceptando esa faceta mía, pero sobre todo ayudándome a superarla. Yo me quedé impactada con su confesión también. Cuando terminé de leerle la carta de despedida de Gonzalo me comentó algunos casos de conocidas suyas que tienen pactada con sus respectivos la ampliación de pareja de dos a pareja de tres. ¿Qué les mueve a vivir de esa manera? Supongo que esa constante necesidad de aprobación y reafirmación de su virilidad, que es una droga para ellos. Otro Gonzalo, otro Pepe, otro Lucas, otro Rafael. Da lo mismo cómo se llame. Otro hombre. ¡Joder, qué pena! ¿Pero qué les pasa a los hombres? ¿Tan difícil es sentir amor y deseo por una sola mujer?

Hola,Gonzalo. Para la lista del psicólogo igual no es necesario que te sugiera nada ni que lo hablemos, pero si te sirve de algo puedes tomar de referencia la lista que te hice yo. Me gustaría que reflejaras en dos partes lo que te parece positivo de mí y por otro lado lo negativo. Tu apreciación seguro que le puede interesar mucho al psicólogo. Sobre todo porque ahora mismo tengo la realidad de mi entorno y de mí misma bastante distorsionada. Lo llevo regular nada más. ¿Cómo se deja de querer a alguien de un día para otro? ¿Cómo se mata esto? ¿Cómo se acostumbra uno a no tener proyectos y vida con esa persona? En fin, lo siento, no pretendía ponerme dramática. Pero quiero que entiendas por qué no deseo tener más lazos contigo, no más mensajes tuyos. Cada vez que tengo contacto contigo, de alguna manera… ¡vuelta a empezar! Muy difícil, Gonzalo. No sé si alguna vez has pasado por esto, pero si no te ha sucedido nunca, hasta que no lo vivas en tus propias carnes no lo entenderás. Gracias.

13 de agosto

Debo de empezar a rozar el fondo ya. No dejo de llorar, torturán-dome con pensamientos fantasiosos, no reales. Me temo que algo de masoquismo debe de haber en esta particular forma mía de actuar.

Anoche, visitando la página del psicólogo (que, por cierto, ya me dio cita para el lunes), encontré en el blog algún comentario sobre rupturas que me llamó la atención. Quería evadirme y me explayé. Lancé mi historia al mundo virtual. Esta es la carta que subí al blog:

Rozo los cincuenta años. Soy una mujer bastante equilibrada y madura. Discreta y educada. Tengo unas cuantas rupturas a mis espaldas. Pero como esta última, ninguna. Nunca me sentí tan abandonada, despreciada y ninguneada. Muy difícil describir realmente cómo te sientes. La mente se apodera de ti y va por libre, martilleándote con pensamientos que te hacen sufrir y de los que no puedes huir; al contrario, te regodeas con ellos. Ves al hombre que te dejó retozando con mil y una mujeres, besándose con ellas, diciéndoles al oído todo eso que te decía a ti. No te lo crees. ¿Cómo puede ser eso? ¡Si ese hombre te pertenecía! Por otro lado, para mitigar ese inconsolable dolor buscas un poco de revancha en tus pensamientos. Le ves llorando, mirando tus fotos, echándote de menos. En otros momentos eres tú la que te revuelcas con otro hombre y él está cerca, mirando y sufriendo, dándose cuenta de que ha sido él el que te ha perdido a ti. Así te pasas todo el día. No controlas tus pensamientos, ellos se adueñan de ti y te manejan como un pelele. ¿Qué tipo de armas pueden acabar con un amor tan vivo que se niega a morir y que, para más inri, tendría que usar yo misma?

Gracias por dejarme este espacio para desahogarme.

Esta misma mañana el psicólogo ha contestado y me ha dado un buen tirón de orejas. De momento, me ha mostrado un par de pinceladas que han sugerido por dónde puede ir su terapia.

Primero me dice que lo que hay en mi mente ahora no es real, es una fantasía perversa. Que el hombre de mi vida no es tal, porque el hombre de mi vida desearía quedarse conmigo. Y yo no deseo estar con alguien que no quiere estar conmigo, ¿cierto? Que me distancie de mi mente y mire los hechos como una película y me vea como a una niña; que la consuele y la abrace para que se sienta segura y que le haga saber que nadie la va a abandonar. ¡Uf! Tendré que ponerme a ello.

También esta mañana he recibido el correo con la lista de Gonzalo. Visto y releído todo lo que pone, me surgen todavía más dudas. No creo que haya mentido para quedar bien conmigo; conocía su opinión sobre mí. Pero si soy casi pluscuamperfecta, ¿por qué me deja? Rosalía me dice que no le dé más vueltas, que es más simple: «La tentación es mucho más fuerte que todo eso». Y lo que más me temo es que el repuesto estaba ya esperándole, por eso me deja. Seguro que la otra existe ya. Y me atrevo a decir que ya existía antes de terminar conmigo. El morbo ha tenido que ser mayor y la tentación, aún más grande. El quiero y no puedo de Gonzalo hacia ella ha debido de ponerle frenopático, como acostumbra a decir. ¡Ya está! Lo admito. Voy a empezar a ir para arriba, buscando salir del pozo. Llevo en el fondo demasiado tiempo. Se acabó. No quiero llorar más. Voy a rescatar a esa niña pequeñita que tengo dentro, asustada y temerosa. La voy a abrazar, a querer y no la voy a dejar nunca a merced de pensamientos dañinos. La quiero y permanecerá siempre conmigo.

17 de agosto

Un día más. ¡Uf! Mañana también tengo la cita con el psicólogo. Ya tengo preparadas las cartas de Gonzalo, la lista de cómo me ve él y la lista de mi hermano y de Eugenia. La verdad es que me ven con buenos ojos. No debo de ser mala persona a los ojos de los que me quieren o han querido. Como defectos me ponen terca, quejica, de humor cambiante y demasiado «entregada» o absorbente con mi pareja. Seguramente será así. Lo cierto es que la autoestima me la han subido por las nubes. Es muy reconfortante saber que tienen tan buen concepto de mí.

Respecto de Gonzalo, hoy volvió a llamar. A pesar de haberle dicho por activa y por pasiva que no me llame más, insistió al móvil, al fijo y hasta al teléfono del trabajo. También quería saber si había recibido la lista. Le dije que sí, pero se quedó con las ganas de saber qué pienso. Incluso le devolví la llamada por la tarde. No lo cogió; seguro que ni mira las llamadas del inalámbrico. Hoy volvió a ponerse en contacto conmigo. Me derrumbo cuando le oigo. Solo le dije que no podía atenderle. ¿Qué coño quiere? ¿Por qué no me deja en paz? Seguro que la conciencia no le deja tranquilo. Ya debería darle igual tanto si estoy bien como si no lo estoy. Según él, quería saber cómo me va la vida. ¡Qué cinismo! La curiosidad le puede. Me mandó un e-mail preguntando quién es ese Gonzalo que no es él. «Es un contacto nuevo que admití en la página de fotografías de Internet en la que ambos estamos apuntados», le contesté. Eso quiere decir que husmea entre mis contactos. Todavía soy incapaz de decirle que me deje de una puñetera vez, aunque de alguna manera me da regustillo hacerme la indiferente. Posiblemente se sienta culpable si no me encuentro bien, pero de igual manera seguro que le reconcome que empiece a acercarme a otros hombres. En fin, ¡que le den!

18 de agosto

Un mes se cumple justo en este momento de la fatídica carta de Gonzalo. Parece que pasó mucho tiempo, se hace interminable, pero pasito a pasito vamos haciendo el camino. Acabo de terminar mi primera sesión con el psicólogo. Primera toma de contacto. Anotó algunos trazos de mi vida. Mi familia, sus nombres, el comienzo de mi infancia y, sobre todo, lo que hablé de Gonzalo. En principio, vamos a trabajar la superación de la ruptura para estar mejor y poder meterle mano a todo lo que se ha quedado grabado en el sistema límbico, que hay que formatearlo. Me comentó que la solución a mi problema pasa por tratar la «fuerte dependencia emocional» que padezco, «que intoxica cualquier relación y complica mucho el salir de ella». De momento, me ha pedido que escriba mi biografía, más que nada para ahorrar sesiones; y luego, en estos días, me lea el cuento La princesa que creía en los cuentos de hadas. También me pidió que cuando me venga una emoción que me haga daño no la evite, que no busque soluciones, que sienta en mi cuerpo qué me produce y que me centre en eso. Precisamente ahora, pensando en algo que me dijo, me he puesto a llorar. Pensaba en que merezco que me quieran simplemente por ser, por estar, no por hacer; que a buen seguro he hecho lo indecible para que me quieran. Esos pensamientos me han arrancado un llanto inconsolable. Cerré mis ojos y me puse a buscar las reacciones físicas de mi cuerpo. He sentido algo muy raro. Mi vagina se contraía y he sentido opresión como en la cintura y malestar en los brazos. Pero ahora me siento un poco mejor. Cuando me he parado a ver los efectos que causa el dolor provocado por esos pensamientos he empezado a sentirme un poco mejor. Me salió una leve sonrisa, siento un poco de relax en los brazos, aunque la cintura sigue oprimida todavía.

En fin, yo creo que para empezar no está mal. Confío en que este hombre me va a ayudar. Además, es guapísimo, elegantísimo, altísimo. ¡Uf! A ver si estamos en lo que estamos, porque como me embobe me va a dejar hipnotizada y me va a costar prestarle atención. El psicólogo me dijo que dónde iba yo con un hombre tan histriónico como Gonzalo, por mucho que me quisiera. No dependía de mí su conducta y además me hacía sufrir. Me mandó deberes para hacer en casa, una relación de preguntas que he de contestar con la mayor sinceridad.

Hola, Gonzalo. Después de la minicharla que hemos tenido esta tarde, antes de subirte al avión, me he quedado preocupada y con la sensación de que ha pasado algo que desconozco o de que ha habido un malentendido. No sé qué le ocurrió a tu madre y tampoco sé de qué mensajes me hablabas. Esta tarde he tenido mi primera sesión con el psicólogo. Estoy un poco más tranquila. Creo que podré afrontar una última conversación contigo. Además, la creo necesaria. Después de leer la nota que me dejaste con mis defectos y cualidades cambió algo mi percepción de las cosas. Empecé a comprender, a verle un poco de sentido a todo esto. Llámame a tu vuelta y dime qué noche te viene bien y lo hablamos. No te deseo nada malo, Gonzalo. Tampoco pretendo culparte de nada. Seguro que algún día entenderé por qué me dejaste. Eso quiero que lo tengas claro. Pero has de comprender que este mes no ha sido nada fácil para mí. Estuve desorientada y desubicada casi todo el tiempo. Lo único que deseo es irme tranquila, en paz y sin rencor. Para ello necesitaré tu colaboración. Hasta entonces.

Hola, Gloria. La verdad es que otra vez me he quedado con una mala palabra tuya. Yo no sé qué es lo que quieres que pase entre nosotros, pero, desde luego, la impresión que das es que quieres que pase nada y pronto. Lo siento, no me ha gustado nada la manera que has tenido de darme largas. Siempre tengo un reproche por tu parte: quita mis fotos, tengo prisa, no me llames más, toma tus cosas… ¡Como para acercarse a ti para hablar! No estoy enojado contigo; con este sentimiento de culpa que tengo no puedo. Pero, de verdad, ¿para qué comentas mis fotos? ¿Para qué hablas con mis padres? ¿Para qué me envías esos correos y después no me dejas que me acerque a ti? No lo entiendo.

19 de agosto

Me quiero centrar en Gonzalo, que llama de nuevo mi atención. Eugenia me dice que tenga cuidado, que no me deje embaucar, que es tan vanidoso que va a buscar de nuevo mis halagos y mis atenciones, pero que será más de lo mismo. Debo tenerlo claro. Me da cierto regustillo que venga y que sea yo la que le diga ahora: «No, Gonzalo». No tengo nada que hacer con él, a menos que le den la vuelta como a un calcetín, que se proponga cambiar firmemente y que venga al psicólogo conmigo. Esa sería la condición. No sé qué pretende por más que miro su carta. Lo dice muy claro: que no puede enojarse conmigo por el sentimiento de culpa tan fuerte que tiene. Me reprocha que le huya, que no le atienda, y por otro lado me reprocha por qué llamé a sus padres, por qué uso el tema de las fotos. Esa línea es muy delgada y a ella se ha agarrado para intentar aproximarse. Además, sentenció: «Si hay una última conversación, no será por teléfono». Me dio un vuelco el corazón de pensar que hemos de vernos de nuevo. Con la próxima sesión de terapia espero estar mejor preparada para recibirle.

Hola, Gonzalo. Entiendo cómo te sientes. Por eso quiero hablar contigo, es necesario. Siento mucho si te he podido causar esa impresión. Debes entender la montaña rusa emocional en la que me he movido este mes. A veces te quería y a veces te odiaba. A tus padres les llamé para despedirme, no he pretendido otra cosa. Y contigo ese reproche del que me acusas ha sido la urgente necesidad de huir, de olvidar. Reconozco que he podido ser arisca, pero, Gonzalo…, ¿qué querías que hiciera? Si no pensabas volver conmigo, tenía mucha prisa por olvidarte. Me hace daño, mucho daño, quererte si no te tengo. Y lo de comentar tus fotos en la red igual no debí hacerlo, pero me gustan tus retratos, son muy buenos. Tienes una especial sensibilidad para enfocar los rostros de las personas y habilidad para que esos rostros griten en silencio. Pensé que podría separar una cosa de la otra.

Lo siento, Gonzalo. Hasta ahora solo me has dejado claro que ya no había nada más entre nosotros. ¿Cómo puedo entender tu intención de acercarte a mí? No deseo que te sientas culpable. ¿Podremos hablarlo?

20 de agosto

Hoy Gonzalo volvió a llamar para saber de mi vida. Lo primero que preguntó: «¿Me vas a regañar? Muchos besos y recuerdos de todos los de Dublín». ¡Vaya, como si no hubiese pasado nada! Incluso me llegó a decir: «La otra noche estuve a punto de llamarte. Me cogí un calentón pensando en ti». Y claro, como siempre, en ese caso se acuerda de mí… ¡Vaya morro! Le dije que cuando vuelva ya me contará todo eso que tiene en la mente y se trae entre manos. Por un lado, le espero para decirle que se acabó, necesito darme ese gusto. Por otro, como le vea casi seguro que caigo. Pero le he visto tan inmaduro, tan insensible… ¿Qué quiere? ¿Volver? Así no. Sin reconocer sus errores, sin reconocer el daño que me ha hecho y sin propósito de enmienda NO.

25 de agosto

Acabo de salir del psicólogo, mi segunda sesión. Antes quiero anotar que Gonzalo estuvo toda la semana o llamándome o enviándome SMS y correos. No sé qué pretende. Lo que más le preocupa, según él, es si he conocido a alguien de CITA2. Tiene claro lo que quiere hablar conmigo, pero no sabe lo que quiero yo y eso le tiene preocupado. Lleva todos estos días tanteando el terreno. Incluso uno de los mensajes fue de alto voltaje. Ni le he contestado. No me han encendido como en otras ocasiones. Realmente, empiezo a sentirme anestesiada. Aunque me gusta que venga a pedirme que vuelva, más que nada por la revancha de decirle que no, no estoy muy convencida de que yo quiera volver con él. No sé si cambiaré de idea cuando le vea en persona. Desde la distancia se percibe todo de otra forma. No obstante, cuando me llama, su voz me sigue poniendo nerviosa. En fin, aquí dejo lo de Gonzalo y vuelvo al psicólogo. Lo primero que me dijo cuando me vio entrar: «Muy sonriente vienes tú». Le tuve que decir que a lo mejor mi sonrisa se debía a que Gonzalo y yo nos íbamos a ver el jueves.

A ver si soy capaz de recordar todo lo que hemos hablado. Por eso nada más llegar he cogido el diario, pero ni por esas. Mi memoria no me acompaña. Bueno, lo primero que me ha dicho es que Gonzalo no me interesa, que como pareja estable no lo tendré nunca, que él no va a cambiar. «Los hombres como él son grandes seductores y su bienestar depende de lo que consiguen; por eso el juego de la seducción lo conocen y lo dominan. Es fácil quedarse enganchados de ellos. Los demás para ellos somos retos. Primero eligen, van buscando a alguien que necesite lo que ellos tienen. Cuando lo consiguen, aparcan y olvidan a esa persona. Luego suelen ir por la gente del entorno, amigos, familia e incluso por la terapeuta. En los psicólogos está distinguir a estas personas. Las relaciones que tienen no suelen durar más de un año y si duran más es porque siempre hay retos que tienen que abordar». ¡Joder! ¡Esto duele!

Ahora me vienen muchas cosas a la cabeza de por qué Gonzalo ha podido estar conmigo y muchas otras de por qué querría volver. ¿Le quedan algunas asignaturas pendientes de lo que ha sido el curso de nuestra relación?

Ahora lo tiene a huevo. Esta semana, imaginando que me ha perdido, se le ha puesto en marcha de nuevo la maquinaria de la reconquista. Y este reto para él es más que importante porque a mí me ha tenido siempre, por eso ha ido y venido, pero ahora que cree que ya no estaré es doble reto para él. Según el psicólogo, si me veo con él este jueves «vendrá solícito, se deshará en atenciones y halagos y desplegará todo su arsenal» para reconquistarme. El resto ya depende de mí. Si quiero seguir con él sin ánimo de continuidad, para cuatro polvos, es que no le voy a tener para otra cosa. Le podré tener, procurando separar emociones de pareja y centrándome solo en lo divertido del momento. Ahora bien, después del polvo hay que decirle que se vaya a su casa, sin más. Así la semana que viene le tendré de nuevo. Ahora, si me entrego con arrumacos, dormir abrazados y buscar momentos de ternura, la que estoy perdida soy yo. Lo suyo no es inmadurez, es una patología importante que necesita tratamiento, pero las personas que la sufren no desean curarse. Es mucho más excitante, estimulante y divertido organizar las sesiones de caza. Lo otro implica sufrimiento y afrontar muchos momentos que no les gustan. La otra cuestión es por qué atraigo a este tipo de hombres. Me ayudará a averiguarlo y a cómo evitarlos. Insiste el psicólogo en que debo «dejar de ser princesa para ser reina». No puedo mostrar esa imagen de desvalida, pidiendo que venga un príncipe a rescatarme. Yo soy una reina y no necesito que venga nadie al rescate. Yo domino y controlo el reino, a mí deben venir los reyes (que tampoco están para seguir rescatando a más princesas), a reinar conmigo. «Gonzalo es un eterno príncipe buscando princesas atrapadas en las garras del dragón que caigan rendidas a sus pies, que no puede llevar otra princesa a lomos de su caballo porque le entorpece su labor». Ahora lo entiendo. Él es un príncipe y yo soy una reina. Basta ya de atender a príncipes, pajes y criados de la corte. Quiero un rey y a partir de ahora no pasaré desapercibida para ellos.

Diez de la noche. Acabo de hablar con Gonzalo cerca de media hora. Por supuesto, ya no habrá cita el jueves. Tenía mucha necesidad de saber si estaba receptiva o no a su pseudovuelta. Me llama y me dice: «A lo largo de este mes te he echado de menos, sobre todo a la Gloria amiga. No he dejado de fantasear sexualmente contigo». Le dije que no estoy receptiva. Sigo inyectándome anestesia en vena, intentando matar lo que siento por él. Para mí, las partes no tienen sentido sin el todo. Le hablé del problema que tiene, de que necesita ayuda y de que se vaya haciendo a la idea de que a mí ya no me tendrá, ni como amante siquiera. Para lo único que estoy preparada es para prestarle el oído. Para eso me puede llamar de momento. Más adelante no sé. Respondió: «Agradezco que hayamos tenido esta charla, aunque me haya resultado muy dura». Posiblemente se empiece a dar cuenta de lo que ha perdido, de que su duelo empezará ahora. Tuvo que colgar y lo siento; en algún momento tenía que aterrizar. Estoy triste, pero he hecho lo que tenía que hacer. Al final la última palabra, esta noche, la tuve yo. Eso me llevo.

A la carga de nuevo, esta vez por el chat del servidor de correo:

—Gloria, ¿me has aceptado al final?

—¿Dónde?

—De nuevo en Gmail.

—Sale solo cuando tienes varios correos de la misma persona.

—¡Oh, lástima! Mira que podías haberme dicho algo bonito.

—No sé qué decirte, Gonzalo. Y menos esta noche.

—Déjalo, Gloria. Todo bien.

—¿Estás un poco mejor? ¿Has vomitado?

—Sí, no te preocupes. No puedo, estoy en ayunas.

—Ya…

—Con tanto coche no he tenido tiempo de nada.

—¿Por qué tendremos que complicarnos tanto los humanos?

—Joder… ¡Yo qué sé!

—¿Por qué es todo tan difícil?

—No sé, Gloria. De verdad, no sé. Simplemente es así. ¡Mira que podíamos haber estado bien! En serio, creo que nadie me puede ayudar y sé bien que me moriré solo. Esto se acaba como comenzó, ¡chateando!

—Sí, y eso es lo que me pone más triste. Ojalá se hubiera muerto el amor, como suele pasar con todo el mundo.

—Sí, o que de repente se descubre que es más fuerte el odio que otra cosa o que solo queda dependencia emocional.

—¿Quieres que te cuente un cuento?

—Claro…

—Había una vez un príncipe al que se le había encomendado salvar y guardar a todas las princesas del reino de todos los males, los dragones… Había una vez una princesa a la que le dijeron al poco de nacer que ella no tendría que preocuparse de nada. En la vida toda la felicidad le vendría de manos de su príncipe azul, porque todas las princesas tendrían su príncipe.

—OK.

—El príncipe se sentía obligado a salvar a toda princesa desvalida que se encontraba por el camino. La rescataba y la montaba a lomos de su caballo. Nada le enorgullecía más…

—Miedo me está dando…

—Pero pasaba que a veces llevaba a lomos de su caballo a una de las princesas rescatadas y en el camino se encontraba a algunas más suplicándole que las rescatase, que las ayudase. El príncipe sentía que no podía dejarlas abandonadas a su suerte, así que a la que llevaba a lomos de su caballo la dejaba aparcada en el primer sitio que encontraba. Eso podía darle de pena, pero el deber de rescatar a las demás le llamaba. Por su parte, la princesa seguía sintiendo esa necesidad de que alguien la rescatase, era vital para ella. Se sentía tan indefensa… ¿Qué te parece este cuento? ¿Te dice algo?

—Sí… No… ¿Iba por mí? No, no me siento identificado en absoluto. ¿Yo? ¡Qué va…!

—Aunque no te lo creas, es muy metafórico. Los cuentos nos han hecho mucho daño a los hombres y a las mujeres.

—Indudablemente.

—Tú eres un eterno príncipe y yo, de alguna manera, he dejado o quiero dejar de ser princesa. Ahora quiero ser reina.

—Ya.

—Y tener a mi lado un rey. ¿Lo entiendes?

—Creo que no exactamente… O sí, comprendo.

—La reina no tiene necesidad de que la rescate nadie. Ella tiene su propio reinado.

—Gloria, no me digas nada cuando lo encuentres, ¿OK?

—Y el rey tampoco tiene la necesidad de ir rescatando a ninguna princesa. Puede reinar a la par con la reina.

—OK.

—Eso es lo que pienso, Gonzalo. Seguramente, con muchos más matices, pero por ahí van los tiros.

—Bueno, sí, con matices…, pero en general sí.

—Es cuestión de trabajarse para subir de categoría.

—OK. Si me pudiese trabajar seguro que no tendría ganas de vomitar. Seguro. Seguro que no estaría divorciado dos veces.

—En realidad, todo es más simple. Por eso necesitas ayuda, Gonzalo.

—Seguro.

—¿Divorciado dos veces?

—Seguro que no estaría hoy en las Alpujarras. Seguro. Sí, de la otra tuve un hijo. ¡Joder! Contigo quiero decir. Nada, chorradas. No es fácil, Gloria, no es fácil.

—Vaya… Es un poco tarde.

—Si fuese fácil, todo el mundo… ¿Quieres ir a dormir?

—Y no estoy con muchos reflejos.

—OK. Ve a dormir, venga. Mañana tienes un día largo.

—No es fácil. Se trata de medir y tener bien clara la escala de valores.

—¿Sabes en qué se resume hacer software?

—No.

—Simplemente, en tener una gran imaginación y colar tus ideas por un filtro, que es la lógica, hablar en un leguaje y escribir bien a máquina. Se dice pronto, ¿verdad? Pero hay gente que simplemente no puede hacerlo. No importa cómo se lo expliques, no importa. No pueden, no ven el camino.

—Pero no estamos hablando de informática, estamos hablando de emociones.

—Hacen los ejemplos, teclean los ejercicios, pero no lo pillan. Y hay otros que nunca lo estudiaron.

—Gonzalo, de sentimientos...

—No, Gloria, no… Hablamos de capacidades. O cada uno habla de algo diverso.

—Tú hablas de capacidades. La escala de valores a la que me refiero tiene que ver con los sentimientos y afectos.

—Pero ¿qué tiene que ver la escala de valores?

—¿Qué afectos son importantes en la vida? ¿Qué gano y qué debo dejar en el camino para tenerlos?

—Gloria, ¿crees que en una escala de valores tú estabas debajo de mi… de lo que sea que me empuja a hacer eso? ¿En serio?

—No entiendo…

—¿Crees realmente que estabas por debajo?

—No me refiero a eso.

—Gloria, ¿crees que era más importante para mí conocer gente nueva? ¿Más que tú? Si de veras lo crees, entonces de verdad hay algo en mí que no conoces… No te quiero decir que no entiendes. Que ni yo mismo entiendo.

—No, entendí bien que el problema no es ese.

—Pero al menos que no conoces. Entonces ¿por qué me hablas de escalas de valores?

—Tu problema es lo que te impulsa a ello.

—¡Joder! ¿Y crees que se puede contener?

—Veo que te alteras, Gonzalo. Si quieres lo dejamos.

—No, no me altero. Pero ve a dormir, Gloria, que me siento violento por ti.

—Deja de sentirte violento, culpable… Mira de frente al temporal. Ya me iré a dormir cuando me parezca.

—Creo que ya lo hago. Entonces ¿lo de antes? ¿Querías cortar una conversación?

—Evidentemente, hay cosas que no se comprenden.

—Bueno, sigamos con lo de antes a ver si te pillo, ¿OK? Cuéntame lo de la escala de valores, por favor.

—Tú no entiendes qué te pasa y yo no entiendo que si me has querido tanto no hayas hecho nada por echar abajo esos obstáculos que te impedían estar conmigo. Eso forma parte de esa escala. A ver, en materia de afectos… Imagínate, tu hija. ¿Dejarías de quererla alguna vez? ¿Qué habría en el mundo que pudiera separarte de ella?

—¿Un divorcio?

—Eso, de alguna manera, no depende solo de ti. Me refiero a lo que sí depende de ti exclusivamente.

—Bueno, más o menos estoy de acuerdo contigo. No fue Sandra quien se fue, pero vale, sigo por donde me llevas. No veo nada que me pueda separar de ella. Quizás un caso de drogadicción o algo parecido pueda matar mi afecto por ella.

—Otro ejemplo. En nuestro caso, ¿cuánto pesa lo que me has querido y cuánto pesa lo que te ha hecho alejarte de mí? Intenta pesarlo, por favor.

—Eso no tiene peso posible. Lo que me ha hecho alejarme de ti es absolutamente irracional. Tú pesas un quintal.

—En el momento en que la balanza se inclina hacia un lado sí. ¿Cuántas cosas irracionales hacemos cada día? ¿A cuántas cosas irracionales les plantamos cara? ¿Con cuántas cosas irracionales nos peleamos a menudo?

—Gloria, ¿qué te puedo decir?

—Eso quiere decir que, de algún modo, se puede con ellas. Los racionales somos nosotros, los que tenemos el poder. No lo que nos sucede.

—Gloria, ¿no crees que en nuestra relación quizás yo haya sido el pacificador de los dos? ¿Es presuntuoso por mi parte pensar eso?

—Nosotros podemos tener el control de esas cosas irracionales. No te digo yo que sea fácil.

—Perdón, pensé que habías terminado.

—A nuestra manera, cada uno ha sido pacificador.

—Bueno, vale. ¿Del día a día? No, de los grandes problemas.

—No creo que sea exclusividad de ninguno. Bueno, siempre hay aspectos que destacan más en uno que en otro.

—Vale, déjame explicarte lo que quiero, por favor.

—Por ejemplo, yo creo que de los dos la que ha procurado que tengamos los pies en la tierra normalmente he sido yo. Eso es un ejemplo, ¿eh?

—Explícate…

26 de agosto

Once de la noche. Después de varios SMS de Gonzalo a la desesperada, me pide por favor que le responda, que está muy mal. Quedamos en que me llamaría esta noche. Eugenia me dijo que no me fiara, que es un manipulador. Yo sí creo que está mal. «Siento mucho lo que pasa. Ahora me estoy dando cuenta de que tú eras parte de mi vida y me he quedado solo. Nunca me sentí así, solo cuando era adolescente. Tomaré de nuevo las pastillas. Lo último que deseo es joderte la vida», me dijo. Volví a recordarle que no puedo volver con él, que no puedo verle y que lo que sí puedo hacer es hablar por teléfono, es lo único. Ese dolor forma parte del proceso. No sé qué hacer. Mi corazón me dice que le deje entrar en casa, que nos veamos, pero eso es porque ahora a él le apetece verme también. ¿Y cuando no le apetezca qué? No quiere cambiar; para él creo que solo soy el superreto y si me consigue de nuevo a otra cosa, mariposa. No puedo arriesgarme a eso. Yo también lo pasé mal y él no lo tuvo en cuenta.

Hola, Gonzalo. Dadas las circunstancias actuales que vivimos y con la finalidad de que cada vez nos encontremos mejor, anímica y emocionalmente, no dejo de preguntarme qué te hace sentir tan mal. Siempre me he preguntado qué te hacía actuar de una o de otra manera. Lo único que he tenido claro es que necesitabas ayuda.

Te envío este «link», échale un vistazo. Te veo reflejado en ese tipo de personalidad. Eso tiene solución. No le tengas miedo a enfrentarte a tu pasado, origen seguramente de todo esto. Con negarlo todo no vas a ningún sitio y sobre todo no se soluciona nada. «Me moriré solo, lo mío no tiene solución, soy mala persona, nadie sabe qué me pasa...». Eres un hombre bueno y generoso que tiene problemas, eso es todo. Todos tenemos un pasado. Fíjate en el mío; también me pasó factura y en eso estoy…, en saldar deudas con el pasado y no deber ni una más de aquí en adelante. Gonzalo, hazlo primero por ti, segundo por tu hija y tercero por toda la gente que te quiere, que es mucha. Busca ayuda, en serio. No puedes vivir eternamente esclavo de eso que te hace permanecer en una montaña rusa en constante movimiento. Saca el dinero de donde sea, Gonzalo. Merece la pena invertir en tu bienestar personal. Inténtalo. No te lo niegues. Mereces vivir con sosiego, con un poco de relax, y mereces la corona de rey. Igual te cuesta un poco conseguirla, pero luego podrás reinar y quién sabe si compartiendo el trono con otra reina.

Yo creo que en unos meses puedes tener tu vida encarrilada de nuevo. No es tanto lo que cuesta la cuota mensual; te lo puedes restar de donde sea durante una temporada. Prueba con mi psicólogo, es muy bueno. La chica es joven y estará aprendiendo de él. Es práctico, lógico y directo. Solo te supondrá un pequeño esfuerzo, date una oportunidad. Ahora que tienes tiempo, métete en el blog de su página. Escriben cosas muy interesantes. Tú también puedes escribir lo que te parezca. Gonzalo, merecemos ser felices.

Ahora toca retirarse de escena, prepararse a fondo por separado y trabajarse para ejercer de reyes. Este camino hay que hacerlo solo. ¿Y si más adelante, cuando ambos ejerzamos de rey y reina, respectivamente, nos encontramos algún día? Ahí te lo dejo. Porque como tú dices, Gonzalo, he sido una de las personas que más te ha querido y que mejor te conoce, acepta de buen grado estos consejos. No quiero nada malo para ti. Cuídate. Yo ya no puedo hacer nada más. Lo demás depende únicamente de ti.

29 de agosto

Hola, Gloria. He leído hoy la página sobre el trastorno de personalidad y, ciertamente, creo que sí tiene algo que ver conmigo. No sé si es completamente acertada, pero sí que cubre una buena parte de mí.

Hoy de nuevo me encuentro mal. Te he llamado varias veces por teléfono con la esperanza de oír tu voz, pero tienes el terminal apagado y en casa

no estás. Ahora es cuando me asalta el miedo de saber si lo has apagado para no hablar conmigo o si es que, como se te apaga solo, simplemente no te has dado ni cuenta.

¡Joder! Estoy mal. Tengo que ordenar unas cuantas cosas en mi vida antes de estar preparado para intentar ser rey y solucionar algunas asignaturas pendientes.

Siempre me he preguntado sobre la culpa del necio, ¿recuerdas? La verdad es que es todo un dilema. Y ahora que me siento mal lo tengo bastante claro. No sé si es que quiero excusarme a mí mismo, pero creo que el necio, por su condición, ya tiene lo suyo. Gloria, ¿otra vez me has borrado de tus contactos? ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

30 de agosto

Sucedió, de alguna forma, como menos lo esperaba. Ahora estoy triste y mucho, sobre todo porque Eugenia me castiga cuando me ve de bajón por el tema de Gonzalo. Yo solo deseo hablar con ella para que me escuche, no para que me juzgue. Sus gestos y comentarios me hieren. Sé que lo hace con la mejor intención, pero es solo su opinión y no debería tratar de imponérmela como si fuera la verdad absoluta, por muy convencida que ella esté de que las cosas son como ella las ve. Le hablé del cuento de las princesas. Me respondió que ese cuento no se ha hecho para ella. A mí me va a venir muy bien. Ojalá pudiera distanciarme de todo esto y verlo como lo percibe ella, pero tal vez por los sentimientos, por mi debilidad emocional o vete tú a saber por qué lo veo y lo vivo de otra forma. Que estaré equivocada, seguramente, pero será mi equivocación.

Esta situación creo que se asemeja bastante a la que viven los drogadictos. La persona que está enganchada a la droga sabe que le hace daño, pero no puede renunciar a ella. Si se abstiene, el mono puede ser tremendo y si no deja de consumir una sobredosis puede acabar con ella. Hasta que no se convenza de que tiene un problema y que debe ponerle solución no dejará de sufrir. Mientras, buscará mil y una excusas para justificar su consumo. Incluso se aislará de las personas que quiere, porque estas son las primeras que le van a mostrar un espejo donde no le gustará mirarse y le recordarán a menudo que debe abandonar la droga y buscar un programa de rehabilitación. Eso es Gonzalo para mí: una puta droga. El psicólogo, la rehabilitación. Yo reconozco que tengo un problema y que me quiero curar. Aun así, ¡qué difícil y doloroso es el proceso! Sobre todo porque no solo no te retiran la droga de tu vista, sino que no dejan de ofrecértela constantemente.

No quiero extenderme mucho más. Gonzalo ayer me bombardeó el móvil. Estaba mal y tenía que verme. A las doce de la noche llegó a mi casa. Prácticamente desde esa hora hasta las ocho de la tarde del domingo estuvimos hablando. Dormimos unas pocas horas, nos despertamos temprano y entre las sábanas encontramos de nuevo esos momentos inolvidables de pasión que habíamos vivido tantas veces. Esta vez no me sentí mal como la última vez que intimamos. Sin olvidar las circunstancias, lo gocé y mucho. Desayunamos a mediodía y almorzamos sobre las seis de la tarde. Entre comida y comida nos amamos de nuevo como fieras. No sé qué nos impulsaba a follar como locos, con ansiedad, como si se fuera a acabar el mundo en ese momento.

Mal le veo si Gonzalo sigue por ese camino. En estas dos semanas en que la ansiedad le ha visitado de nuevo me dijo: «Te he echado de menos. La idea de que pudieras estar con otro tío me mortificaba. Es la primera vez que los celos entran en mi vida. Quería y necesitaba verte, Gloria, hablar contigo. Me sentía solo, asustado, mal y con ganas de morirme». Le escuché atentamente. Separé a la Gloria enamorada de la Gloria amiga-confidente. Le ayudé en lo que pude, con lo que me había enseñado el psicólogo. Desembuchó todo el veneno que necesitaba vomitar y ¡vaya si vomitó! Hasta qué punto pude escucharle. Las cosas que me contó demuestran que está a punto de tocar fondo si no lo ha hecho ya.

Casi todos los días o se ha emborrachado o se ha emporrado. ¿Qué es lo que ha hecho bajo los efectos de esa anestesia? Lo primero y más fuerte que me contó es que hay otra mujer. Se llama Irene, tiene treinta años y parece que no está muy rodada con los hombres. ¡Por fin! Se despeja la incógnita. Más de mes y medio ha tardado en ponerle nombre a lo que le pasa. ¡Ya me extrañaba a mí…! Raro es el hombre que deja a una mujer si no hay otra esperando. Según él, la atracción que siente por ella es producto de un espejismo. El Gonzalo seductor y del trastorno es el que le empuja a mantener una relación enfermiza con ella. Asegura que no se la tiró aún. En cambio, reconoce que sí se acostó con alguien en León. Con Rosana, la mujer de Gerardo, estuvo tonteando de forma peligrosa. A Marie, la mujer de Fidel, la besó en un ascensor. ¡Y esos son sus mejores amigos…! ¡Uf! En el avión de Dublín conoció a una inglesa y luego, mientras recogían las maletas, se morreó con ella. En Málaga se puso a coquetear con unas y con otras a la desesperada. Imagino que todo esto vendrá tamizado. Me pregunto hasta dónde habrá sido capaz de llegar. ¿Y yo qué hago ahora con toda esta información? ¿Cómo digiero todo eso? ¿Está tocando fondo o no? De ahí a la borrachera diaria va un paso. Lo siguiente, quedarse sin amigos y sin trabajo. Entre llanto y llanto me pidió: «¡Espérame, te lo ruego! Deseo ponerme en tratamiento. Te quiero, Gloria, y deseo llegar a la meta con la corona de rey para casarme contigo. Aunque al mismo tiempo me muero de miedo de pensar que no lo pueda conseguir y que pueda perderte para siempre. ¿Qué hago después si no llego a curarme?».

Nos hemos dado un plazo. El Día del Pilar, revisión. Durante seis semanas no nos veremos, no nos llamaremos ni nos mandaremos cartas, mensajes ni e-mails. Si la cosa va bien, seguimos adelante con el pacto hasta la meta. Pero es necesario que este camino lo hagamos solos y separados. Es necesario que su motivación para ir al psicólogo, que soy yo, sea fuerte y para eso me tiene que echar de menos y valorarme lo suficiente. No sé qué va a pasar. Sinceramente, me gustaría confiar, pero me cuesta. Me parece a mí que lo de Gonzalo también tiene que ver con la droga de la que hablaba antes. ¡Que alguien le ayude! Porque yo debería seguir en mi papel de olvidarle.

31 de agosto

Hola, Gloria. Te remito el «e-mail» que le envié al psicólogo y su contestación:

«Hola, Ricardo. Mi nombre es Gonzalo y no tenemos el placer de conocernos. Soy la expareja de Gloria, paciente tuya. Gloria y yo nos vimos ayer y me estuvo comentando que quizás desde la psicología se pueda hacer algo con los problemas que tengo respecto de mi personalidad y que en alguna ocasión habéis hablado entre vosotros.

Te envío este correo para, de ser posible en tal caso, si no es contraproducente con las sesiones de Gloria, solicitarte una cita individual. En esta ocasión me gustaría hablar contigo directamente, aunque tu compañera y yo ya nos conocemos. Quizás ella te pueda contar algo sobre mi perfil. Recibe un saludo».

«Buenas tardes, Gonzalo. El objetivo de una psicoterapia es facilitar y ayudar al paciente a realizar en su vida todos aquellos cambios que desee con el objetivo de ser más libre y más feliz. Si hay algo en tu personalidad con lo que no te sientes cómodo, eso indica que ese no eres tú, sino una personalidad construida cuyo objetivo es defenderte de algún miedo, normalmente construido cuando somos niños y no tenemos los suficientes recursos. Si tu deseo es cambiar algo y estás comprometido con ello, te merece la pena el esfuerzo; entonces sí podemos ayudarte a conseguirlo. Si quieres una consulta conmigo podría ser el miércoles. En mi opinión, Marta está perfectamente capacitada para ayudarte en ese proceso, pero si prefieres reunirte conmigo no dudes en confirmármelo vía “mail” y vemos qué podemos hacer. Un saludo».

4 de septiembre

No tengo un buen día hoy. Me asaltan los miedos, las dudas. Hoy es el típico día en que la gente te pregunta cómo estás… y te echas a llorar directamente. Pero antes de ponerme a berrear quiero contar algo que me ha pasado y que es la primera vez. Un compañero de trabajo que se llama Miguel Ángel, guapo, amable, servicial (un encanto, vamos), ha venido esta mañana a verme para decirme que la otra vez, cuando me vio y me preguntó qué tal me había ido en Hungría, se quedó preocupado. Y es que, tras la pregunta, automáticamente me eché a llorar. Ese fue mi último viaje con Gonzalo, el que yo pensaba que era una luna de miel. Así que me ha pedido que mañana desayune con él. La semana pasada también vino a buscarme. ¡Inaudito! Nunca un compañero se interesó tanto por mí. ¿Será lo habitual para él hacerlo con cualquier compañera que se encuentre afligida? También he tenido más o menos confianza con otros compañeros, pero ninguno vino a buscarme para invitarme a desayunar. No puedo negar que me ha sorprendido.

Y ahora vuelvo con Gonzalo. Anoche me llamó cuando salió del psicólogo. Evidentemente, ayer le importaba más bien poco. Esa es mi apreciación. Lo primero que me dijo es: «De ti no se habló en ningún momento. Si he decidido ir la consulta es por ti, pero porque te lo he prometido, no porque tú seas la motivación». Le sentí a miles de kilómetros otra vez. La terapia suya puede ser larga, igual se aburre. Lo suyo, según le comentó Ricardo, «viene de necesitar la aprobación de la madre; la busca en todas las mujeres». Vuelve el duelo porque siento que esto ya no tiene solución. ¡Tanto como me quiso este fin de semana…! Posiblemente, tendría ansiedad porque la otra se fue y como la echa de menos yo le serví de colchón. No hay más y no puedo ni debo permanecer en este estado mucho tiempo. Lo último que me dijo Ricardo: «De seguir con la terapia, es absolutamente necesario que te eche de menos; de lo contrario, esto no funcionará». Sin proponerlo, ese ultimátum me dio la idea.

No me va a echar de menos porque sabe que le estoy esperando. Para terminar le dije que un pacto más justo e igual sería el que permitiera que yo siguiese en CITA2 hasta que él se aclarase o decidiera terminar con esa chica. Creo que ha sido ella la que le ha dado el ultimátum de no formalizarse con él hasta no acabar conmigo definitivamente. Ahí tiene el máximo reto. ¡Encima, hasta le pareció bien!

Bueno, pues la bomba le caerá en unos días. ¿A qué tengo que esperar? Se quiere o no se quiere. Estas cosas se tienen claras. La incertidumbre de no saber qué pasará, esperar a un tío que a lo mejor al final no me elige a mí… ¿Cuándo es el final? Todo lo que no sea que me diga que esta terapia la va a hacer porque me quiere para él, porque quiere estar conmigo y con nadie más, no me vale.

Suponiendo que volviera con él, ¿con qué cara miraría a sus amigos? Esto me supera y lo tengo que cortar de raíz. Que siga solo su destino. Cuando estoy con él me lo creo todo, pero cuando estoy sola desconfío de todo igualmente.

Ocho y media de la tarde. ¡Menudo dolor de cabeza! El día ha sido para nota, empezando por la noche. Después de terminar de escribir ayer, Gonzalo me llamó para leerme algunos párrafos de su biografía. Estaba contento. Con el veneno que yo llevaba dentro, poco a poco la conversación se fue tornando menos alegre. Ya le solté todo lo que llevé rumiando durante el día. Le hablé sobre mis fantasmas, lo que siento cuando estoy con él y lo que siento cuando no lo estoy, lo que no entiendo de su patología y lo que pienso sobre el tema Irene.

Aproveché para ponerle un ejemplo, para que él pudiera sentir lo que yo. Le conté, así como de pasada, como una anécdota, lo del compañero de trabajo que me quería invitar esta mañana a desayunar, sin darle muchos datos y con cuenta gotas. Poco a poco entró al trapo de los celos. ¡Y hasta qué punto! A las doce de la noche ya estaba descolocado. A mí me ponía verle así. Disfruté esos momentos con cierto regustillo revanchista. Aquí se presentó a las doce y media. Le esperé medio desnuda. Quería que supiera, si me dejaba totalmente, la clase de mujer que se perdería. Hasta cerca de las tres estuvimos liados. Esto engancha, se viven momentos de verdadera pasión. Cuando terminamos le di a entender que si no me dejaba en paz no me iba a poder echar de menos. Entonces lo que tenía que hacer era procurar hacer únicos los momentos que estuviéramos juntos para que supiera y apreciara lo que ya no tendría. Dormimos muy poco. Se fue obsesionado al trabajo, con mi compañero en la cabeza. Me bombardeó a correos y al teléfono celosito perdido, a ver qué había pasado en el desayuno y si Miguel Ángel me había pedido una cita. Sinceramente, aproveché esta oportunidad para tensar un poco más la cuerda. Al final el compañero vino a decirme que el café había que posponerlo, que no podía esa mañana, pero Gonzalo no se enteró hasta las siete de la tarde. Al final se lo tuve que contar. Le iba a dar algo. ¡Uf!

Aproveché una carta que me envió inmolándose:

Soy un cabrón. Cuando vaya a verte mándame a la mierda, que te voy a arruinar la vida.

No calculé que se pusiera tan mal. No contesté a sus llamadas ni a sus correos. Vino a verme esta tarde. Le expliqué todo lo que pasó. Le conté que sentía haberme pasado, pero que me quedaban pocos recursos para recuperarle y ese era uno de ellos y lo había aprovechado. Realmente, no le mentí. Le maquillé un poco la historia. De todos modos, le dije que no tirara la toalla, que esto era una prueba y la había superado. Lo entendió y se tranquilizó: «Reconozco que tengo un problema, sé cómo se llama y he decidido afrontarlo con ayuda de la terapia». Parecía un buen comienzo. Volvimos a hablar de la meta volante del 12 de octubre. No dejaba de decirme: «Gloria, te quiero mucho, pero no sé qué va a pasar».

Yo no sé si es que hoy no tengo un buen día o si es que me estoy acostumbrando a la «novia» de Gonzalo. El caso es que hoy ha habido momentos en que todo me empezaba a dar igual. ¿Estarán llegando el desgaste y la desilusión?

Hola, Gloria. Ya me acuerdo de él. Ese fue el compañero del que me hablaste un día que pintaba muy bien y le habían organizado una exposición en la Casa de la Cultura, ¿verdad? Recuerdo que me dijiste que era muy guapo. Seguro que quiere tener una cita contigo. Bueno… No sé, ¿qué te puedo decir? Nada, simplemente nada. No tengo ni derecho a sentirme así, por lo que no me cuentes lo que pase y aprovecha la ocasión. Gloria, corazón… Me siento bastante mal por muchas razones y creo que lo que estoy o estamos haciendo no está bien. Por una parte, estoy cohibiendo tu vida. ¿Cómo puedo decirte lo que has de hacer con los hombres que aparecen por tu vida? ¡Joder! Yo te dije de dejarlo y encima… No sé qué va a pasar con nosotros. Por otra parte, me siento bastante presionado por la situación. Realmente te quiero a pesar de que en la distancia no lo puedas entender. Realmente te quiero, Gloria. ¡Joder! Si no, ¿qué coño haríamos pasando las noches que hemos pasado juntos? Pero no tengo respuestas para las preguntas del futuro. ¿Estoy contigo porque estoy solo? ¿Qué pasará cuando vuelva Irene? No lo sé. Real-mente no lo sé. Y no puedo mentir. Lo siento, Gloria. Creo que te estoy amargando la vida, creo que solo sé hacerte daño, creo que esto está mal, Gloria. No me esperes, no me lo merezco. Sé bien que no tengo mucho futuro con lo que tengo ahora, pero ¿volveríamos a ser los mismos tú y yo? Gloria, eres una gran mujer, te lo juro, y cualquiera que tenga dos dedos de frente se dará cuenta de ello. Yo, simplemente, soy un demente que en un momento de lucidez mantuvo una relación contigo. Soy nocivo; probablemente, volveré a hacerte daño. De hecho, ya lo hice en varias ocasiones. No te merezco. Tengo que pasar mi desierto, son las consecuencias de mi decisión, y solo mía. Así que, por favor, la próxima vez que te pida quedar mándame a la mierda. ¿Cómo coño puedo tener celos de lo que hagas hoy? Pero… ¡seré cabrón, joder! ¡Joder! Lo siento, Gloria. ¡Estoy tan confuso, tan aturdido, tan triste y tan abatido…!

5 de septiembre

Gloria, el correo no funciona bien. No sé si has recibido este mensaje. Me dejé ayer el teléfono en casa. No me llames, pero, por favor, respóndeme. ¿Tenía razón? ¿Tu compañero quería una cita contigo? Por favor, respóndeme. ¿Te puedo llamar? Gloria, merezco una respuesta, ¿no crees? Por favor, respóndeme. Yo, desde luego, sí lo haría.

Gonzalo, lo siento, pero ahora no puedo extenderme más. Se me ha liado la cosa y tengo para un rato todavía. Te lo contaré si realmente eso es lo que deseas. Tranquilízate y procura mirar el tema con objetividad. No te preocupes. Ya hablaremos, ¿OK?

Gloria, ¿eso significa que vamos a dejarlo? No es justa la actitud que tienes conmigo. Nada te da derecho a tenerme en vilo. Me mortifica imaginarte en brazos de otro hombre. Gloria, ¡necesito tu respuesta ya!

7 de septiembre

Domingo por la tarde. Hace una hora que Gonzalo se fue. Ya nos hemos dicho todo lo que había que decirse. Hemos llorado, hemos reído y hemos follado como locos. Llegó anoche sobre las nueve y desde entonces no hemos parado. De esas veintidós horas al menos diecisiete nos la hemos pasado en la cama, incluidas las horas de sueño. Esas eran mis últimas cartas. Él, que también es muy listo, se ha dado cuenta de mi estrategia. Sabía que tenía que echar toda la carne en el asador. Quería que se diera cuenta de que sexualmente no conocerá a nadie como yo. Hemos jugado a algo nuevo que no habíamos hecho antes. Le ha sorprendido y encantado. Un poco de «sadomaso». Yo sé que por ahí le tengo cogido y que, si vuelve conmigo, lo que se puede encontrar ni se lo imagina. En fin, no sé qué pasará. Él está bastante pillado por una chica que, según me cuenta, es medio religiosa. Se deja querer, nada más. Que vive por y para Dios y le ha dicho que podría vivir sin sexo toda la vida. ¡Con lo que significa el sexo en la vida de Gonzalo! Me temo que ahí ha tocado en mármol.

Yo estoy más tranquila, al menos hoy. Él sabe que lo de esperarle será a medias. Tensaré la cuerda y la soltaré a partes iguales. No le he dicho más, pero seguiré chateando en CITA2 y si hay alguien que me pida una cita la tendrá. ¿Y si llega el Día del Pilar y no se queda conmigo? El batacazo podría ser peor para mí. Además, la sensación de segundo plato se me está indigestando. Puede que se quede conmigo porque con ella no tenga nada que hacer. Sea como fuere, su decisión estará bajo sospecha. A él le corresponde ahora coger la balanza, anotar todo lo que le une a mí y lo que podría tener con ella, con el agravante de que en mi haber se puede encontrar con un importante desgaste, del que ya hemos hablado.

Espero que seamos capaces de cumplir el pacto. Ella no vuelve hasta octubre. Se va a África a ejercer de cooperante con una ONG. Tiene un mes para echarnos de menos a las dos. La diferencia es que conmigo no podrá contactar y las buenas y las malas tendrá que asumirlas solo y con ella puede contactar a través del chat o del correo. Que sea lo que tenga que ser.

Buenas tardes, Ricardo. Para que tengas más información de nosotros, igual que hizo Gloria, que te entregó unos folios con lo que ella piensa de mí, yo igualmente, adjunto a mi biografía, te envío también por escrito lo que pienso de ella.

Lo mejor de Gloria:

-Gloria es ante todo honesta, íntegra, desnuda. Si llegas a ganártela, entonces tienes a una persona para toda la vida y no de manera pasiva, en absoluto. Ella cuida de las amistades y de la pareja.

-Hogareña, de carácter tranquilo, amante de su casa, siempre tiene una sonrisa cada vez que te ve, sincera y profunda. Buena conversadora, con una gran capacidad de análisis tanto interior como exterior. Gloria se conoce bien a sí misma, lleva mucho tiempo reflexionando sobre lo que es y sobre lo que fue (desde un punto de vista de personalidad/ carácter). Habla de sí misma sobre lo bueno y lo malo y escucha a los demás con atención.

-Gloria tiene don de gentes, sabe estar en todas las ocasiones y crea siempre una buena impresión. Y además hace esto de manera natural, no es un esfuerzo del que esté deseando librarse. Simplemente, lo lleva dentro. Y nadie es merecedor de desprecio en sus observaciones.

-Gusta de la vida en pareja, se entrega completamente a ella, si bien necesita espacio personal (o mejor dicho, tiempo), que nunca entra en conflicto con su vida de pareja.

-A Gloria le gusta hablar de todo, de absolutamente todo, y además lo que para otras personas es casi tabú a ella le motiva porque siente bien que así se une más aún con su pareja. Nada de lo que hablas con ella es criticado o juzgado. Como mucho, es comentado y siempre positivamente. -Tiene una mentalidad sexual que está a años luz de cualquier otra pareja que haya tenido antes. Nada para ella es fruta prohibida y además le gusta jugar bien. Sabe cómo tener fantasías y además compartirlas con su pareja. Una maravilla.

-Arrojada, valiente, nada en el mundo la apoca. Sin límites o barreras, su horizonte es tan grande como las circunstancias soliciten, si bien de esto solo puedo hablar como pareja de Gloria. Quiero decir, no sé cómo es o cómo se comporta cuando no la tiene.

Lo peor de Gloria:

-Es difícil hablar mal de Gloria. No tengo nada que reprochar, por lo que esto quedará un poco raro.

-Quizás su mundo de vez en cuando tiene demasiadas ataduras para ella. Hay cosas que no están en su catálogo de cosas por hacer y no puede

hacerlas. Puede intentar hacer un esfuerzo por ti, pero habitualmente será puntual.

-De vez en cuando nace en ella una vena de enfado/aislamiento que convierte la relación en poco comunicativa durante un tiempo, y salir de esa situación no siempre es fácil. Afortunadamente, no quedan restos de esos momentos en la cuenta del debe de la pareja.

-Otras veces nace una furia en ella que la empuja a hacer cosas realmente increíbles para su carácter. Parece otra persona. Muy sorprendente.

8 de septiembre

Hace un rato que salí del psicólogo. Me traje mal sabor de boca. Este hombre tengo la sensación de que empieza a tratarme como un profesor que viene a soltar el tema del día y ya está. He hablado poco. Y de lo poco no me deja terminar; da por hechas muchas cosas. Igual es tan bueno que con los cuatro trazos que conoce de mí y de mi biografía ya me tiene calada. Resumiendo: de Gonzalo apenas me ha dejado hablar. Insiste en que le deje ir, que no le diga lo que tiene que hacer, que él es quien debe decidirlo, que estaría muy bien que una pareja se prepare para reinar, pero ¿y si el uno se prepara y el otro se disfraza? Eso me angustia. Dice que me centre en mí, que deje de regar macetas y malas hierbas que no producen, que me riegue a mí misma. ¿Cómo? Primero, cuando algo me produzca dolor, pararme y mirar hacia dentro. Buscar a la niña, consolarla y hacerle entender que no está sola, que cuidaré de ella. Y si me incomodan o me siento mal ante la reacción de alguien, agradecer a esa persona que me despierte esa sensación, preguntarme qué siento y buscar a la niña para consolarla. Seguro que ha sido a ella a quien he lastimado.

Del tema de mi madre, que es de quien básicamente más hemos hablado, me recomienda que no pierda de vista que ella y mi padre son adultos y han elegido vivir esos roles de someter y de ser sometido. Yo no soy responsable de ellos. Con tanto interés y necesidad de que me hagan caso, sigo buscando a la madre; por eso me duele. Precisamente, ahora me he puesto a llorar. Mentalmente, es posible que esté encontrando a la niña. He cogido su mano y la he besado mucho y con la otra he acariciado su carita. Parece que me siento un poco mejor. No pienso encerrarla más en el armario.

Anoche volví a hablar con Gonzalo. De repente me dijo: «No tengo nada que pensar, quiero volver contigo. Antes tengo que arreglar todos los desaguisados que he provocado este mes. Lo tengo claro. ¡Quiero casarme contigo!». Yo me quedé tal cual. No sé si porque el desgaste ya está haciendo mella o porque no doy credibilidad a sus acciones y a sus palabras por el momento que está atravesando. ¿Y si está buscando una tabla de salvación? ¿Y si no quiere estar solo? ¿Y si confunde cariño con necesidad de afecto? Ahí sí estoy de acuerdo con el psicólogo: si quiere estar conmigo ha de ser por voluntad propia, libremente y sobre todo libre de lastre, de necesidad de nuevos rescates. Y ese camino ha de hacerlo solo, yo no debo presionarlo. Aunque no creo que haya estado mal que le haya zamarreado un poquito.

Junto a la biografía que el psicólogo me solicitó, le entregué también unas páginas donde resumo la versión que tengo de mí misma. Esta es:

Como anexo a todo lo expuesto en mi biografía, quisiera destacar algunos aspectos de mi personalidad que posiblemente hayan pasado desapercibidos o que no se pongan de manifiesto a lo largo del texto biográfico. Me refiero a cómo me veo yo aquí y ahora, a qué aspiro en la vida y cuáles son mis valores. -A punto de cumplir los cincuenta, considero que he madurado y evolucionado bastante en todos los sentidos. Apenas tengo que ver con la chica de veinte ni de treinta años. Mi transformación personal se gestó básicamente en esta década de los cuarenta.

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