Kitabı oxu: «El secreto del peregrino»

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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
El secreto del peregrino
© Peter Harris, 2021
© 2021, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.
Publicado por HarperCollins Ibérica, S.A., Madrid, España.
Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.
Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Ibérica, S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.
Diseño de cubierta: CalderónStudio
Imágenes de cubierta: Shutterstock
ISBN: 978-84-17216-93-1
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Agradecimientos
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXVIII
Capítulo XXXIX
Capítulo XL
Capítulo XLI
Capítulo XLII
Capítulo XLIII
Capítulo XLIV
Capítulo XLV
Capítulo XLVI
Capítulo XLVII
Capítulo XLVIII
Capítulo XLIX
Capítulo L
Capítulo LI
Capítulo LII
Nota del autor
Peter Harris (San Antonio, California, 1951) cursó estudios de arqueología y sociología en UCLA. En su formación pesan fuertes raíces españolas, procedentes de su abuela materna. Desde hace algunos años vive en la Costa del Sol, aunque por razones profesionales pasa temporadas en Italia, relacionadas con su actividad como traductor e investigador de los archivos vaticanos. Entre sus novelas, todas ellas best sellers, HarperCollins ha publicado con gran éxito El enigma Vivaldi.
Agradecimientos
El secreto del peregrino debe tributo a numerosas personas que me ofrecieron su ayuda, colaborando con sus consejos, sugerencias y comentarios. Todas ellas hicieron valiosas aportaciones para perfilar la idea original y dar su forma definitiva al texto que el lector tiene hoy en sus manos. Resultaría prolijo enumerarlas a todas, pero sería injusto no hacer público mi reconocimiento y gratitud al comandante John Sun y a su esposa Glory Abbot por la lectura del texto y por sus atinadas sugerencias. A More por sus sabios consejos y su siempre magnífica disposición. Al profesor James Walker por sus contribuciones en las largas e instructivas conversaciones mantenidas en torno a innumerables tazas de café. Y, por supuesto, a Christine, mi esposa, por la minuciosa revisión del original y sus siempre inestimables aportaciones.
PETER HARRIS
I
París, 1378
Fue el primer domingo de agosto, durante el sermón, cuando tomó la decisión. El sacerdote que oficiaba la misa había llegado a Saint-Jacques-la-Boucherie a principios de año, y hacía dos semanas, desde que el anciano padre Jean-Baptiste llevaba postrado en la cama víctima de una dolencia gravísima, que se encargaba de la misa mayor de los domingos, la del mediodía. El sermón, demasiado largo y tedioso, había hecho que se desentendiese y se concentrase en la idea que desde hacía varias semanas lo obsesionaba. Algo le decía en su interior, después de tantos años de esforzado y paciente trabajo, de grandes esperanzas, siempre defraudadas, que era el único camino para hallar la solución a sus anhelos; unos anhelos que también compartía su esposa Pernelle. Esta, después de no pocas reticencias, se había convertido en su más fiel colaboradora y en el apoyo imprescindible para remontar tantos fracasos. En alguna ocasión, habían llegado tan lejos que creyeron tocar el éxito con la punta de los dedos, pero siempre se había impuesto un decepcionante final. Para nada habían servido el estudio en el silencio de la noche, las largas vigilias junto al atanor o los arduos trabajos con el fuelle; tampoco ayudaron los consejos de algún que otro maestro.
Sus experimentos, llevados con la mayor discreción, no los habían apartado de sus prácticas religiosas, a pesar del recelo eclesiástico hacia unas actividades consideradas peligrosas y, en muchas ocasiones, penadas con la muerte. Uno de sus más firmes apoyos había sido fray Fulberto de Chartres, quien tranquilizó su conciencia y sosegó su espíritu apartándolo de la creencia de que los alambiques, los atanores, las redomas o los crisoles eran instrumentos inventados por Satanás, y los trabajos realizados con ellos, actividades diabólicas que condenaban a sus autores a las penas del infierno. Nicolás Flamel y su esposa Pernelle eran buenos cristianos y fervorosos creyentes.
A la salida de misa, Nicolás y Pernelle cumplieron con el ritual de cada domingo, siempre que el mal tiempo no lo impidiese. Cogidos del brazo, encaminaron sus pasos hacia la ribera del Sena, cruzaron el Pont aux Changeurs y pasearon por la Cité. Les gustaba callejear por los alrededores de Notre-Dame y regresar a su casa por la plaza de la Grève para prolongar el paseo. En el cementerio de los Inocentes, dejaban, invariablemente, una limosna en el cepillo situado en el chaflán con la calle de la Ferronnerie. Hacía muchos años que prescindían de la conversación de que disfrutaban los feligreses en la plazuela junto a la iglesia. Esa actitud, unida a los rumores que circulaban acerca de ciertas prácticas a las que se dedicaba el matrimonio en el sótano de su casa, les había granjeado fama de gentes reservadas y de compañía poco recomendable. Sólo el prestigio profesional de Nicolás Flamel, acreditado como el más cualificado de los escribanos de París —la propia Sorbona lo tenía como escribano jurado de sus documentos—, había evitado que las actitudes hurañas que mostraban algunos se hubiesen convertido en un absoluto rechazo social.
A ambos les disgustaba profundamente que unos cuantos aprovechasen esa ocasión para criticar a otros vecinos que, por alguna circunstancia, vivían un mal momento. Se murmuraba acerca de los problemas que tenía el negocio del cordelero de la calle de Ferronnerie por no pagar a los proveedores, sobre la ruina del especiero que se había visto obligado a cerrar la tienda que tenía en la Cité, sobre el embarazo de la hija soltera del pastelero de la calle de los Inocentes, sobre la malsana afición a los prostíbulos del tonelero de Saint-Germain o sobre la grave enfermedad, que sin duda daría con él en la sepultura, del cervecero de la plaza de la Grève.
Como cada domingo, a la hora del almuerzo eran cinco las personas a la mesa. Ese día, en casa de los Flamel, la servidumbre —dos criadas que llevaban cerca de veinte años con ellos y Mengín, el recadero que desde hacía poco tiempo estaba pendiente de las espaldas de su amo— compartía la mesa con los señores. A Jeanette se la consideraba un miembro más de la familia. Estaba al servicio de Pernelle desde el primer matrimonio de esta, y había sido un paño de lágrimas para su señora en las dos ocasiones en que se había quedado viuda, antes de contraer nupcias con el escribano Nicolás Flamel. Agnès estaba en la casa desde los doce años, cuando fue recogida por el matrimonio. Debido a un incendio que arrasó una manzana de casas, se quedó sin padres y desamparada. El padre Jean-Baptiste, para evitar que fuese a parar a manos de algún malvado sin escrúpulos o a uno de los prostíbulos de la mancebía, convenció a los Flamel de que, a falta de hijos en el matrimonio, la acogiesen en su hogar. Mengín era hijo de unos campesinos pobres y cargados de hijos, a quienes no les importó deshacerse de él. Cuando apenas había cumplido los siete años —ahora tenía treinta—, los Flamel lo acogieron como criado. Era diligente y vivaz.
Una vez que Flamel hubo bendecido la mesa y Pernelle servido la sopa, el escribano, sin mayores preámbulos, dijo con voz grave:
—Voy a peregrinar a Compostela para postrarme a los pies del apóstol Santiago.
En el silencio que siguió a sus palabras, tan sólo se escuchaba el tintineo de las cucharas en los platos. Agnès retiró las escudillas y Jeanette dispuso en una fuente el hermoso besugo recién sacado del horno y que había cocinado con mimo durante horas.
—¿A tu edad vas a afrontar los peligros de un viaje tan largo? —preguntó por fin Pernelle con voz reposada, sin atisbo de reproche alguno.
—No soy tan viejo —se defendió Flamel—. Aún no he cumplido los cuarenta y ocho.
—¡Eso es casi medio siglo!
—En todo caso, mi edad recomendaría no posponer por más tiempo la peregrinación. No debo dejarlo para más adelante.
—Peregrinar hasta la tumba del apóstol supone jornadas agotadoras. ¡Tú no estás acostumbrado a esas caminatas! Además, ¿con quién vas a ir? ¿No pretenderás hacer el camino en solitario? ¡Eso sería como firmar tu propia acta de defunción!
Las cosas no transcurrían como el escribano tenía previsto. Su esposa no había rechazado la propuesta; tan sólo le recordaba los peligros y las dificultades que entrañaba emprender aquel camino que conducía, según algunos, hasta el mismísimo fin del mundo.
—Lo he pensado con todo detenimiento.
—¿Significa eso que llevas maquinándolo mucho tiempo sin decirme nada?
—Acabo de hacerlo —se excusó Flamel.
—Pues según se deduce de lo que acabas de afirmar, ¡llevas pensándolo mucho tiempo! —gritó airada.
—Es cierto que he dado algunas vueltas al asunto, pero hasta hace unas horas no he tomado la decisión.
Pernelle se levantó y se acercó hasta el otro extremo de la mesa donde estaba su esposo y, bajando mucho el tono de su voz, lo que resultaba más amenazante que los últimos gritos, le dijo:
—Me gustaría conocer la razón por la que deseas peregrinar a Compostela.
Flamel cogió las manos de su esposa entre las suyas, pero Pernelle las retiró molesta. No era momento para caricias y arrumacos. Estaba muy enfadada, aunque trataba de contenerse, lo cual le resultaba muy difícil porque era mujer enérgica y, además, no dependía del trabajo de su marido. Había aportado al matrimonio un capital considerable. Cuando se casó con Flamel, hacía ya más de veinticinco años, era rica y disponía de sobrados recursos para vivir. Fue él quien se había enamorado perdidamente, a pesar de que ella le llevaba cuatro años.
—Es un impulso.
—¿Un impulso? —Pernelle lo miraba fijamente a los ojos con el ceño fruncido.
—Sí, un impulso místico —repitió el escribano—. Es como si necesitase dar respuesta a una llamada. Es casi…, casi…, como si…, como si… —Flamel titubeaba; daba la impresión de que le avergonzaba verbalizar lo que estaba pensando.
—¿Casi como qué? —le ayudó su esposa.
—Como si una fuerza incontenible me arrastrase a ese lugar.
El semblante de Pernelle se transformó. No esperaba que su marido le respondiese de aquella manera. Tampoco Flamel pensaba que su mujer reaccionase como lo hizo.
—¿Estás seguro? —se limitó a preguntar.
El escribano se encogió de hombros y dejó escapar un suspiro.
—No, la verdad es que no lo estoy. —La mirada dulce que le regaló su esposa lo animó a continuar—. Es una sensación indefinible, tan extraordinariamente sutil y leve, como si una fuerza irresistible me llamase hacia ese camino por el que han transitado millones de peregrinos en busca de remedio para sus males, de perdón para sus pecados o para cumplir una promesa.
Al escribano le había costado mucho decidirse. Era un hombre de ciudad y ponerse en camino suponía afrontar numerosos peligros. El temor a viajar era tal que muchas personas ni siquiera se lo planteaban. La mayor parte de los vecinos de París no se había alejado más allá de un par de leguas de los alrededores de la ciudad. Eran habitantes de un burgo y allí se desarrollaba su vida. Para ellos, el campo representaba una amenaza, y más allá de las tierras dedicadas al cultivo, se extendían densos e impenetrables bosques que eran dominio del maligno. En las espesuras de sus profundidades, a las que apenas llegaba la luz, habitaban fieras salvajes y seres diabólicos. Los bosques que, amenazantes, bordeaban los caminos eran tan temibles como las tinieblas de la noche. A ello había que añadir las bandas de salteadores, muchas de ellas formadas por soldados que, con las treguas que periódicamente se firmaban con los ingleses, se encontraban sin oficio y campaban a sus anchas por bosques y caminos.
A Pernelle le había bastado una mirada y la escueta respuesta que había salido de su boca para intuir por qué su esposo, cercano al medio siglo, había tomado aquella decisión. Sabía que no buscaba un remedio para sus males, ni perdón para sus pecados. Su decisión estaba relacionada con algo mucho más profundo y a la vez, como él mismo había dicho, más sutil. Conocía bien a su esposo, cuya mente era como un libro abierto para ella, después de haber compartido tantas esperanzas e ilusiones que se desvanecían una y otra vez. Sabía cuál era el impulso que lo llevaba a la búsqueda de una solución que se le resistía desde hacía veinte años.
—Tu peregrinaje a Compostela ¿tiene algo que ver con la búsqueda?
Flamel asintió.
—Sabes tan bien como yo que para algunos peregrinos el Camino de Santiago significa algo más que llegar hasta la tumba del apóstol. Es como un camino iniciático, una ruta a lo largo de la cual superan miedos e incertidumbres al tiempo que desarrollan su fuerza interior.
—¿Es eso lo que buscas?
—Eso y también… algo más.
Pernelle comprendió que su esposo quería jugar una última carta antes de darse por vencido y echar por la borda veinte años de trabajo. Entendía, sin necesidad de más explicaciones, que su marido se convirtiese en un extraño peregrino, y estaba de acuerdo con su decisión porque ella también era parte de la búsqueda que había ocupado tantas horas de su vida. Había sido como un veneno que poco a poco se había infiltrado en su cuerpo hasta convertirse en el principal objetivo de su existencia. Lo único que podía reprochar a su marido era que no hubiese compartido con ella las inquietudes que lo habían llevado a tomar una decisión tan importante.
Ahora entendía por qué durante las últimas semanas había hablado con los peregrinos que se concentraban en Saint-Jacques-la-Boucherie para, desde allí, atravesar París hasta la puerta de Orleans donde comenzaba el largo recorrido que los conduciría, si esa era la voluntad de Dios, hasta la tumba del apóstol y a algunos más allá todavía, hasta el finis terrae donde se ponía el sol, hundiéndose al otro lado del mar tenebroso en los confines del mundo.
Fue ella quien ahora tomó sus manos y las apretó con fuerza, tratando de transferirle la energía que iba a necesitar para afrontar la aventura que tenía por delante. Flamel miró a su esposa y de sus ojos se escapó una lágrima. Se estaba haciendo viejo. Se fundieron en un largo y cariñoso abrazo que sorprendió a Jeanette y a Agnès.
—¿Dónde está el besugo? —preguntó Pernelle, mirando a ambas.
—En la mesa, mi señora. Me temo que ya estará frío.
Como todos los domingos, después del almuerzo, Flamel se retiró a meditar. Entrecerró los ojos y recordó cómo había comenzado la prodigiosa aventura que ahora lo llevaba a peregrinar a Compostela. Todo empezó una noche de primavera, veintidós años atrás.
II
Veintidós años atrás. París, 1356
Flamel estaba tumbado en el lecho, con el rostro contraído, junto a Pernelle. La víspera, cuando se encerraron en la alcoba, habían hecho el amor con frenesí, buscando, además de una descendencia, que cada vez veían más distante, el placer de la carne. Después había llegado el reposo y un sueño relajado que, para el escribano, se había tornado cada vez más inquieto. Sintió frío y tiró de la ropa de cama para cubrirse. Su esposa farfulló una protesta, sin llegar a despertarse. Poco a poco, unos espasmos lo sacudieron con una fuerza creciente y su frente se perló de sudor, al tiempo que un rictus de temor se dibujaba en su boca, anunciando que su sueño distaba mucho de resultar placentero.
La aurora irrumpía en el cielo de París cuando la campana de la espadaña de Saint-Jacques-la-Boucherie volteó alegre llevando sus sones por encima de los negros y empinados tejados de pizarra. Convocaba a misa primera a los vecinos del tranquilo barrio que se extendía por la ribera derecha del Sena, frente a la Cité.
Pernelle se despertó con el tañido de la campana, abandonó el lecho y se cubrió enseguida con una gruesa bata de lana.
Le llamó la atención comprobar que su esposo permaneciese acostado y que no hubiese abandonado la alcoba. Se levantaba cada mañana con el canto de los gallos y se encerraba en el gabinete de la buhardilla que daba al patio trasero de la casa.
Sonrió al recordar su fogosidad de la víspera y pensó que necesitaría descansar un rato más. Bajó la escalera sin hacer ruido y se encontró en la cocina a Jeanette y a Agnès, quienes, somnolientas, iniciaban sus tareas. En ese momento apareció Mengín frotándose los ojos con los puños. ¡Aquel muchacho nunca se hartaba de dormir!
—Vamos, Mengín, espabila, que tienes que ir al mercado y traer el pescado que ayer dejé encargado —le gritó Jeanette.
—No grites —la reconvino Pernelle en voz baja—. ¡Maese Nicolás duerme aún!
—¿El señor no está en el gabinete? —preguntó la criada extrañada, sin quitar el ojo de la olla de leche que estaba a punto de hervir.
—No, aún no se ha despertado.
—¡Sí que es extraño! —exclamó Jeanette dejando escapar una risilla.
—¿Puede saberse de qué te ríes?
—De nada, mi señora, de nada.
—Los que se ríen de nada son bobos —terció Mengín, que acababa de cumplir los ocho años.
—Sí, sí… ¡Bobos! —exclamó Agnès.
—He dicho que no alcéis la voz —ordenó de nuevo Pernelle.
—Desayuna deprisa y ve a la pescadería —conminó Jeanette a Mengín.
Como buenos cristianos, en el hogar de los Flamel se respetaban escrupulosamente los preceptos de la Santa Madre Iglesia, entre ellos la vigilia establecida para todos los viernes del año, día en que se recordaba la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
—Y tú, Agnès, te acercas a la panadería antes de ponerte con la colada. —Jeanette, la fiel criada que compartía no pocas confidencias con su ama, ejercía sus dominios en el ámbito doméstico, salvo en lo concerniente a la limpieza del gabinete de trabajo del escribano, que estaba reservado a la señora.
Pernelle, inquieta por la tardanza de su esposo, se asomó al hueco de la escalera para comprobar que arriba imperaba el silencio. Subió los peldaños con cuidado de no hacer ruido, temiendo que a su marido le ocurriese algo grave. Salvo los domingos y fiestas de guardar, Nicolás Flamel se levantaba muy temprano, se encerraba alrededor de una hora en su buhardilla, iba a misa y regresaba a casa para desayunar un tazón de leche muy caliente y dos gruesas rebanadas de pan del día anterior, pasadas por las brasas y untadas con mantequilla y tres higos secos. Luego besaba a su esposa y se marchaba a su escribanía, unas calles más abajo, frente a la parroquia.
Entró de puntillas en el aposento y se lo encontró en la misma posición que lo había dejado: abrigado con la ropa de cama e inmóvil. Notó cómo se le encogía el corazón y pensó en lo peor; su experiencia en ese terreno era muy lamentable: ya la había vivido en dos ocasiones. Temerosa, levantó los pergaminos encerados que protegían la ventana, resguardando la estancia del frío y de la lluvia, y entró la mortecina luz de un día nublado que aún no había despuntado. Se acercó de nuevo al lecho y advirtió la palidez del rostro de su esposo. Sus ojos estaban tan hundidos que su acaballada nariz parecía aún más prominente.
Con el corazón palpitando con fuerza, rogó a Dios que no la golpease por tercera vez en tan poco tiempo. Puso una mano en la frente de su esposo y comprobó que esta ardía; era el síntoma más claro de que algo en su cuerpo andaba mal. El contacto de la mano hizo que Flamel se estremeciese y entreabriera los ojos, que estaban enrojecidos. En su mirada era patente su estado febril.
—¿Te sientes mal? —le preguntó Pernelle con voz trémula.
La mirada de Flamel vagó por la penumbra de la alcoba, como si buscara algo.
—¿Qué te pasa, Nicolás? —preguntó de nuevo Pernelle.
Tampoco esta vez obtuvo respuesta. Rápidamente, salió de la alcoba y desde el rellano de la escalera gritó angustiada:
—¡Jeanette! ¡Jeanette!
—Sí, mi señora.
—¡Súbeme unos paños y un poco de agua fría! ¡Rápido!
—¿Ocurre algo?
—¡No preguntes y haz lo que te he dicho! ¿Se ha marchado Mengín?
—¡No, mi señora, todavía estoy aquí! —respondió el criado, atraído por la angustiosa llamada de su señora.
—¡Ve en busca del doctor Brissot! ¡Rápido, dile que es muy urgente!
—¿Qué ocurre, mi señora? —preguntó el joven, alarmado.
—¡Maese Nicolás tiene fiebre, mucha fiebre!
A la espalda de Pernelle sonó, con más fuerza de la que cabía esperar, la voz del escribano.
—¡Ni hablar! ¡No quiero que venga el médico! ¡Estoy bien!
—¡Cómo que estás bien! ¡No digas tonterías!
Se quedó plantada en el umbral de la alcoba al ver a su esposo incorporado sobre los almohadones que él mismo había colocado en su espalda. El escribano se había quitado el largo y puntiagudo gorro con el que se cubría la cabeza mientras dormía, dejando al descubierto su pelo negro, que apenas blanqueaba en las sienes, apelmazado por el sudor.
—¡Tienes fiebre! —le recriminó su esposa.
—¡Lo que tengo es sed! ¡Tráeme un poco de agua!
—¡Tiene que verte el médico!
—¡Ya te he dicho que me encuentro bien! —insistió el escribano.
—¿No quieres que venga el médico?
—Por supuesto. ¿Para qué quiero a ese matasanos? ¡Llamará al barbero para que me sangre y se llevará unos buenos dineros, después de maltratar mis oídos con unos cuantos latinajos mal hilvanados!
—Pero esa calentura…
—¡Estoy bien! —repitió por tercera vez.
—Pues tu aspecto indica lo contrario —murmuró Pernelle por lo bajo, sabedora de que había perdido la batalla.
—Simplemente he pasado una mala noche. He tenido…, he tenido…
El escribano se llevó la mano a la cabeza, como si eso le ayudase a recordar. Iba a decir algo, pero la llegada de Jeanette portando una bandeja con una jofaina pequeña, un cuenco con agua y dos paños cuidadosamente doblados hizo que no terminase la frase. La doncella gozaba de toda su confianza; sin embargo, lo ocurrido era tan extraordinario que no estaba dispuesto a contárselo a nadie —lo tomarían por loco—, salvo a Pernelle. Nicolás Flamel no tenía secretos para su esposa.
—Aquí está el agua y los paños que me ha pedido. —Miró a su amo y le preguntó—: ¿Se encuentra mal, señor?
—Muy cansado, Jeanette, muy cansado.
—Ponlos ahí. —Pernelle le indicó un arcón junto a la pared y añadió—: Puedes continuar con las tareas. ¡Ah!, y di a Mengín que vaya por el pescado.
—¿No tiene que avisar al doctor Brissot?
Pernelle negó con la cabeza y bastó una mirada cómplice para que la doncella entendiese que debía dejarla a solas con su marido.
—Cierra la puerta al salir.
Pernelle empapó un paño en agua, lo retorció y lo dobló cuidadosamente. Cuando iba a aplicarlo sobre la frente de su marido, este le pidió con un hilo de voz:
—Primero, dame de beber.
El escribano apuró el cuenco con avidez. El agua alivió su garganta reseca. Se limpió los labios con la manga del camisón y su esposa le dirigió un reproche silencioso. Con el cuenco vacío en las manos, paseó de nuevo la mirada por el aposento, como si buscase algo que no encontraba. Pernelle colocó en su frente el paño humedecido y se sentó en el lecho. Cruzó las manos sobre su regazo y lo observó en silencio, esperando que fuese él quien lo rompiese, pero su esposo parecía ausente. Al cabo de un rato le preguntó con voz suave:
—¿Qué me decías cuando nos interrumpió Jeanette?
Flamel clavó sus pupilas en los ojos de su esposa. Eran de un gris acerado que daba a su mirada una mezcla extraña, enérgica y dulce a la vez; era aquella mirada la que había prendado su corazón. Dejó escapar un suspiro.
—He tenido un sueño.
Fue un murmullo tan débil que su mujer tuvo la impresión de que se avergonzaba de pronunciar aquellas palabras. Como si revelase un secreto inconfesable y temiera que alguien más pudiese escucharlo. Pernelle tomó una de sus manos entre las suyas para inspirarle confianza.
—¿Un sueño? ¿Qué clase de sueño? Cuéntame.
—La verdad es que no sé si se trataba de un sueño. ¡Ha sido todo tan extraño…!
Pernelle trató de disimular su preocupación. Su esposo ofrecía un aspecto lamentable. Aquella mirada huidiza y lo que acababa de escuchar le hacían pensar que quizá su marido había perdido el juicio. Tenía el aspecto de esos locos que a veces se veían por las calles, desvalidos y desorientados, que gritaban cosas sin sentido y que eran objeto de burlas por parte de gentes sin corazón.
—¿Por qué dices eso?
—Porque todo era tan real que parecía estar ocurriendo entre estas cuatro paredes.
La voz del escribano sonaba conmocionada y Pernelle notó que un temblorcillo agitaba la mano de su esposo. La acarició suavemente, tratando de infundirle serenidad.
—¿Lo recuerdas?
—Era todo tan real que tengo aquí —se llevó el dedo índice a la sien— todos los detalles. Era…, era… —titubeó vacilante.
—¿Qué era? —le preguntó Pernelle, cada vez más alarmada.
—Pernelle, ¿me creerías si te digo que he tenido una aparición?
—¡Jesús!
—Algo que se ha materializado entre estas paredes —precisó el escribano.
Pernelle trató de tranquilizarse, pensando que aquello era debido a la calentura. El doctor Brissot aseguraba que una fiebre alta hacía delirar a los enfermos. Comprobó que el paño estaba casi seco y lo cambió por otro, después de empaparlo bien en la jofaina. Observó que su marido tenía los ojos cerrados y recordó que hacía cerca de cinco años había acudido a su casa para redactar el contrato de arrendamiento de unas viñas que poseía en Nanterre. Tenía magníficas referencias de aquel escribano, de veintiún años, que llevaba ya bastante tiempo instalado junto a la torre de Saint-Jacques. Supo que había nacido en Pontoise, un pueblecito a pocas leguas de París. En tres semanas necesitó de sus servicios en otras dos ocasiones y, por ese instinto que poseen las mujeres, se percató de que el escribano se había enamorado de ella, a pesar de que era cuatro años mayor que él y que había enviudado por dos veces. Pocos meses después, ella también había perdido la cabeza, según decían sus familiares, y los dos estaban ante el padre Jean-Baptiste, que los convirtió en marido y mujer. Era la primera vez que lo veía enfermar, salvo por algún que otro catarro sin importancia. Tomó entre sus manos las de su esposo y las notó sudorosas.
—¿Quieres hablar de ello o prefieres descansar? —le susurró con voz dulce.
Nicolás Flamel entreabrió los ojos y la miró con ternura. Había encontrado en Pernelle una ayuda inestimable, porque el escribano era mucho más que un apacible burgués de un barrio tranquilo, próximo a la orilla derecha del Sena, que comerciaba con manuscritos, los copiaba con una escritura primorosa o iluminaba pergaminos con bellas y delicadas letras capitales. Era también un adicto al conocimiento, que leía buena parte de lo que caía en sus manos más allá de sus obligaciones profesionales. Lo hacía por el placer de aprender y, en ocasiones, cuando devolvía a su dueño un manuscrito junto a la copia que él había realizado, sentía algo parecido al dolor. Algunas de aquellas lecturas lo condujeron por los extraños vericuetos que abrían vías de conocimiento poco trilladas o, cuando menos, transitadas con discreción por quienes se aventuraban en las páginas de viejos grimorios o antiguos tratados relacionados con lo que la Iglesia llamaba ciencias ocultas, condenadas como contrarias a la fe.
A pesar de aquellos deslices, el escribano se consideraba un buen cristiano, un devoto cumplidor de sus deberes religiosos y, desde luego, un parroquiano ejemplar. Pertenecía a dos de las cofradías más prestigiosas de su parroquia, la de San Juan Bautista y la de San Miguel, y deseaba fervientemente, por encima de cualquier otra consideración, salvar su alma. Tan recias convicciones no eran obstáculo para que se adentrase, cada vez más, en el complejo mundo de los saberes ocultos. Estaba convencido de que la experiencia vivida aquella noche, aunque no lograra ver con suficiente claridad si se trataba de una aparición o de un simple sueño, estaba relacionada con esas lecturas que tanto placer le proporcionaban.