Kitabı oxu: «El discipulado financiero»

Şrift:

Peter J. Briscoe

El discipulado

financiero

Invertir en la eternidad


“Este libro se ha escrito en un momento en el que la Covid-19 ha ocupado la primera plana, y aún no sabemos cuáles serán los efectos plenos de la pandemia. Esto afecta también a la esfera de la economía. Nos acecha la sensación premonitoria de que hará que muchos pasemos por estrecheces financieras. Por lo tanto, este libro llega en el mejor momento para ayudarnos a superar algunos de los retos a los que nos enfrentamos.

Hoy en día se hace mucho hincapié en el discipulado y por fin nos hemos dado cuenta de que no consiste solo en la decisión de seguir a Jesús, sino también de actuar conforme a esa decisión, seguir a Jesús y serle obedientes.

En los primeros capítulos del libro, Peter Briscoe habla del discipulado en general, relacionándolo luego con el tema que más se menciona en la Biblia: el dinero. Nos da un buen fundamento, intercalando en él principios sólidos y prácticos.

Los breves capítulos del 13 al 27 se pueden usar como devocional, dado que cada uno toca un tema basado en un pasaje bíblico. Es una lectura estupenda y útil tanto para individuos como para iglesias.

Este libro no es solo una teoría fantástica: en los últimos capítulos, Peter Briscoe fundamenta su contenido en la práctica mediante la herramienta Compass Europe, para ayudarnos a hacer nuestro viaje como discípulos financieros. Compass Europe es una organización de la que él es cofundador, destinada a hacer precisamente lo que se recomienda en este libro.

Sin duda, leer El discipulado financiero y ponerlo en práctica te convertirá en un discípulo más incluyente que también haga discípulos”.

Thomas Bucher, secretario general de la Alianza Evangélica Europea, Suiza.

“Ha sido una experiencia magnífica avanzar por este libro y tengo la sensación extremadamente positiva de que valió totalmente la pena; está repleto de sabiduría y, aunque es muy fácil de asimilar, el valor radica en asimilarlo. Este libro consigue transmitir algo más que mera sabiduría, algo personal que habla a tu interior. Encendió en mi ser una llama nueva: seguir viviendo en la práctica estas pasiones por ser un discípulo financiero. Me encantaron las sugerencias prácticas.

El punto álgido de este libro radica en el hecho de que te proporciona las lentes espirituales necesarias para que examines tus valores financieros actuales y para que los adaptes a las disciplinas financieras espirituales que generarán un valor eterno. Este libro me recordó que debía abandonar mis hipótesis financieras sobre cuál es mi trayectoria financiera como consultor empresarial, después de pasar años dando clases en una prestigiosa escuela de negocios. Este libro centra tu atención en el Navegador último y en los planes financieros que tiene para tu vida. Es un magnífico instrumento para usar como material en debates en grupos reducidos y para la enseñanza online.

El verdadero baremo de tu ministerio no será el tamaño de tu edificio o el número de personas que asistan a él. La verdadera medida será el número y la calidad de los discípulos que hayas creado. Recomiendo sinceramente este libro”.

Mario Denton, psicólogo industrial (MBA, MeCon, PhD), Ciudad del Cabo, Sudáfrica.

“Siendo contable, cada día veo cómo el dinero puede dominar a los emprendedores. Los emprendedores que crean un negocio partiendo de una visión cristiana a menudo caen con mucha facilidad bajo el poder de las riquezas. Empiezan con buenas intenciones, usar el dinero como debe, pero, a medida que pasan los años, veo que los gastos aumentan, las ofrendas disminuyen y, en definitiva, no se alcanzan los objetivos financieros personales.

La cuestión no es tener mucho o poco dinero. Lo que cuenta es el apego que le tengas.

No todos los cristianos tienen claro que la economía constituye una parte importante de la vida y del trabajo. Hay un notable desconocimiento de este tema, y muchos cristianos caen en la trampa de perseguir el dinero y los bienes materiales. Me alegro de que Peter escriba sobre este tema.

Conozco a Peter Briscoe desde hace treinta años. Me enseñó los principios básicos de cómo gestionar el dinero. ‘Enséñame tu cuenta corriente y te diré cuáles son tus prioridades’; esta es una cita que aprendí de él al principio de todo. Otra es: ‘Si no escuchas a tu mujer, ¡te perderás la mitad de la sabiduría de Dios!’.

Peter logra transmitir este conocimiento de una manera sencilla y clara. Sin embargo, no se limita al conocimiento y a la teoría, sino que también los aplica a su vida cotidiana, y ahora los comparte con nosotros en este libro. Los ejemplos prácticos, los fundamentos bíblicos y el humor son los ingredientes que hacen que este libro sea instructivo y útil.

Ruego a Dios que este libro sea de bendición y de edificación para muchos”.

Pieter van der Kwaak RA, contable público, director de Lansigt accountants and taxadvisors, Países Bajos.

“‘Solo se vive una vez’. Es muy cierto y te interesa asegurarte de que tus inversiones cuenten para la eternidad. Esto es lo que nos aporta este libro. Es frecuente que la economía no se considere parte del discipulado. ¿Por qué? Jesús enseñó a menudo sobre este tema, e incluso pidió a la gente que eligiese entre Dios y el dinero.

Peter lleva enseñando el discipulado financiero durante más de treinta años, y aporta a sus libros un gran sentido del humor y unas ideas prácticas y profesionales”.

James Sim, director ejecutivo de Compass Asia, Singapur.

“Me encanta este libro. Es un libro típico de Peter, y refleja su tremenda experiencia de la vida y de los negocios. Contiene consejos prácticos para administrar el dinero, ilustrados con numerosos ejemplos de la vida cotidiana. Su filosofía no solo se basa en su experiencia y en su profesionalidad, sino también en un sólido cimiento bíblico. Su enfoque se basa en el discipulado, es práctico, inspirador, y su llamamiento a la acción es ineludible. Es de lectura obligada para todos los que quieran servir a Dios con su economía”.

Wouter Droppers, presidente de Europartners, parte de CBMC International, Países Bajos.

“A medida que la crisis alcance cotas cada vez más altas, inimaginables, veremos a mucha gente que intentará salvarse mediante lo que piensan que sin duda les salvará: ¡el dinero! Esto es algo que ya vemos trágicamente plasmado en todas partes y una y otra vez: Mammón no cumple. Los hombres y las mujeres que pensaban que el dinero podía librarles se dirigen a una eternidad de desencanto. Comparemos ese viaje con el que hará de vuelta al hogar eterno un seguidor de Cristo que no haya puesto su seguridad en la cartera de valores y en el dinero. Cada vez más todos podrán ver qué poco alcance tiene el brazo corto del dinero. Si nuestra confianza y nuestra seguridad están solamente en él, tú y yo disfrutaremos de una paz más allá de todo entendimiento pasemos por lo que pasemos.

Recomiendo encarecidamente este libro de Peter Briscoe. Es una llamada de atención a todos los discípulos para que se tomen en serio la inversión de sus recursos en el Reino, y para que ayuden y formen a otros para convertirse en discípulos financieros, aportando paz y esperanza. ¡Léelo, estúdialo y vívelo!”.

Richard Samuel, director de Compass India y de CBMC India, Madurai, India.

Contenido

Prólogo

Acerca del autor

Introducción

Primera parte: El discipulado

1 ¿Qué es un discípulo?

2 El precio del discipulado

3 Los términos del discipulado

4 Los discípulos son administradores

5 Los discípulos hacen discípulos

6 Características de un discípulo fiel y confiable

Segunda parte: ¿Qué es un “discipulado financiero”?

7 ¿Por qué un discipulado financiero?

8 La libertad financiera

9 La esclavitud financiera

10 Decisiones que hay que tomar en el camino del discipulado financiero

11 La prosperidad financiera

12 La perspectiva eterna de un discípulo financiero

Tercera parte: Otros recursos sobre el discipulado financiero

13 Aprender del Maestro

14 Los deudores

15 El presupuesto

16 El viajero

17 El necio

18 El malgastador

19 El administrador

20 El rico

21 El líder

22 El recaudador

23 El mercado

24 Los inversores

25 El gobierno

26 La viuda

27 El traidor

Cuarta parte: El viaje del discípulo financiero

28 Un hombre y una brújula

29 Dirección norte: Un discípulo financiero sigue la regla de oro

30 Dirección noreste: ¡Un discípulo financiero vence a Mammón!

31 Dirección este: Un discípulo financiero sabe tomar buenas decisiones financieras

32 Dirección sureste: Un discípulo financiero no se endeuda

33 Dirección sur: ¡Un discípulo financiero sabe cuánto es suficiente!

34 Dirección suroeste: Un discípulo financiero genera prosperidad para la vida integral

35 Dirección oeste: Un discípulo financiero aumenta su generosidad

36 Dirección noroeste: Un discípulo financiero crea una cartera de valores eterna

Epílogo: Oración final

Prólogo

Dios gana. Esto es algo que, como cristianos, creemos en lo más profundo de nuestro ser.

Cuando era niño, no todo lo que comprábamos era de marca: la comida, la ropa, los electrodomésticos, los juguetes… lo que quieras. Mi madre creció siendo relativamente pobre y, aunque éramos la típica familia americana de clase media, lo que ella aprendió influyó en su manera de considerar el dinero. De hecho, la preparó para reconocer la ley del toma y daca, y para tomar decisiones inteligentes: gastar menos en determinadas áreas le permitía gastar más en otras. La disciplina que tuvieron mis padres con el dinero nos permitió ir de vacaciones todos los años, lo cual originó algunos de nuestros mejores recuerdos como familia (entonces y todavía hoy).

A lo largo de mi vida, Dios me ha bendecido con mentores que reforzaron los mismos principios básicos sobre cómo gestionar el dinero y la vida: tener un plan, seguir un proceso, gastar menos de lo que ganas, dar para recibir, liderar al servir, y empoderar a otros a hacer lo mismo. Y también controlar lo que puedas y estar listo para adaptarte, entendiendo que a veces suceden cosas inesperadas; eso es la vida. Estos mentores ejemplificaron para mí aquellos principios y además aplicaron su método con pasión. Es como si hubieran descubierto el programa perfecto para tener éxito a la hora de administrar el dinero y la vida. Entre tanto, también me estaban “enseñando a pescar”, y la idea de “dar sin esperar recibir” y el deseo de inculcarme esos principios era muy importante para ellos. A veces me pregunto si “mentor” será un sinónimo de “discípulo”.

Cuando en 2016 conocí a Howard Dayton (fundador y presidente de Compass - Finances God’s Way, la economía a la manera de Dios), y más tarde a Peter Briscoe, me sorprendió lo interrelacionados que estaban en sus vidas los conceptos de cristianismo, discipulado y dinero. Ejemplificaban la humildad en Cristo, dirigían como discípulos y maestros cristianos, y aplicaban a la economía los principios divinos de maneras visibles y significativas. Eran auténticos a la par que sofisticados, proyectando esa infrecuente combinación de confianza y de convicción que, sin duda, procedía del Espíritu Santo, además de deberse a su amplio trasfondo en el mundo empresarial y ministerial. Tenían el mismo esquema perfecto, pero con un sesgo añadido: su objetivo era administrar el dinero a la manera de Dios, como medio para acercarse más a Cristo y tener libertad para servirle. Era un modelo diseñado para tener un impacto eterno.

Me involucré y ellos me abrieron la Escritura, desde la estrategia a la táctica, de arriba abajo, de los mandamientos a las sugerencias importantes, del aquí y ahora (la perspectiva terrenal) al más tarde y para siempre (la perspectiva eterna). Todo lo que decía la Biblia sobre el dinero. Su enseñanza me transformó, hasta el punto de que el Señor me sacó del mundo empresarial para que trabajase con Compass como director mundial. ¿Qué estaban haciendo Howard y Peter? Lo mismo que han hecho durante más de cuarenta años: ser discípulos financieros.

El discipulado financiero consiste en que hagamos nuestra parte para situar a Dios en la mejor posición para que gane. Por supuesto que él no necesita nuestra ayuda, pero sí que nos concede un rol claro e importante que desempeñar. Un componente crítico para ser un cristiano completo es comprender y activar nuestro papel como discípulos financieros dentro del plan que Dios tiene para el mundo.

El dinero afecta prácticamente a todas las áreas de nuestra vida. Sin embargo, la fórmula de Dios para gestionar el dinero y los bienes materiales apenas se menciona en las iglesias, los matrimonios, las empresas o el hogar. ¿Por qué pasa eso? ¿Es que Dios no tiene nada que decir sobre el dinero? Y si dice algo, ¿qué vamos a hacer al respecto?

La realidad es que Dios tiene mucho que decir sobre el dinero. En la Biblia, este tema se menciona 2350 veces. ¡Eso es más del doble de lo que dice sobre la fe y el amor juntos! Además, casi el 15 % de todo lo que dijo Jesús, y más del 40 % de sus parábolas, hablan del dinero para transmitir el paradigma propio del reino. O sea, ¡que para Dios es un tema importante! Afortunadamente, cuando lo enfocamos bien, él nos ofrece instrucciones claras, grandes metas y expectativas, y beneficios eternos “a escala divina”. Igual que Peter y el resto del equipo de Compass, me he apasionado (quizá incluso obsesionado) con la idea del discipulado financiero como la próxima gran frontera que debemos alcanzar como comunidad cristiana mundial.

En este libro, Peter eleva el debate sobre el discipulado financiero: qué es, por qué es importante y cómo encaja en el plan del Maestro. Describe la imagen del papel que pueden desempeñar y desempeñan los discípulos financieros en la tierra y en el reino. Analiza la estrategia y los beneficios eternos de llevar la vida de un discípulo financiero. Nos ayuda a interiorizar el contexto histórico de los conceptos bíblicos sobre el dinero, aplicándolos a nuestras vidas de manera práctica. Por último, resalta la importancia que tiene que los discípulos financieros acepten su responsabilidad de crear otros que también lo sean, ayudando sin esperar nada a cambio y contribuyendo a respaldar financieramente y a cumplir la Gran Comisión. ¡Esta es una lectura imprescindible! Recomiendo este libro a cualquiera que busque sabiduría sobre lo que Dios dice acerca del dinero y cómo darle un buen uso para gloria de Dios y por toda la eternidad.

El discipulado financiero es un estilo de vida y una decisión. No es un viaje con un destino prefijado de por sí. Más bien se trata de una progresión interactiva, circular, de por vida, que es diferente para cada persona. Los objetivos son muy claros: aumentar la consciencia, la fidelidad y la obediencia. El progreso hacia las metas nos lleva a que el objetivo se clarifique: la humildad en Cristo por medio del Espíritu Santo, que produce un fruto duradero que multiplica el reino. Cuando vivimos plenamente por el Espíritu y producimos fruto eterno, somos transformados, convirtiéndonos en discípulos que se hallan en la mejor tesitura posible para optimizar el propósito de Dios para nuestras vidas: glorificarle en todos los ámbitos de nuestra existencia, sobre todo en aquel en el que tantos se han quedado cortos: el financiero.

Estas metas, objetivos y resultados que a lo largo de todo el libro Peter nos exhorta a perseguir nos llevan a formular algunas preguntas trascendentales. Al final, ¿qué historia contará tu dinero? ¿Estás invirtiendo en la eternidad? ¿Y si pudieras sustituir la economía del mundo por la del reino, y durante ese proceso ayudar a otros a acercarse más a Cristo? Cuando ponemos en práctica el modelo y los conceptos perfilados en este libro, Dios gana y, como resultado de nuestra fidelidad financiera, nos acercamos más a Cristo. ¡Que Dios sea alabado y glorificado!

Brandon Sieben, director internacional de Compass – Finances God’s Way, Iowa City, Iowa, EE. UU.

Acerca del autor

Peter Briscoe es inglés, nacido en 1950, y estudió Química y Gestión Industrial en la Loughborough University of Technology. Se trasladó a los Países Bajos en 1974 y su empresa le solicitó que abriera una sucursal en Holanda para vender productos químicos especializados a las industrias aeroespacial y de alimentos procesados. De 1986 a 2002, Peter fue director ejecutivo en Holanda de CBMC, los Comités de Empresarios Cristianos. CBMC se dedica a hacer discípulos entre empresarios y profesionales.

En 1990, Peter fundó “Synthesys”, empresa de consultoría especializada en el desarrollo de productos químicos. Cuando el Muro de Berlín cayó en 1990, Peter fundó Europartners, movimiento destinado a alcanzar y disciplinar (discipular) para Cristo a líderes empresariales y profesionales europeos. Desde 2002 ocupó el cargo de director general de HE Space Operations, trabajando para las instituciones espaciales europeas y especializándose en ofrecer servicios profesionales para las actividades aeroespaciales.

En 2008, Peter se retiró de su actividad empresarial para desarrollar un movimiento de discipulado financiero en Europa, que ahora está activo en más de veinte países. En Holanda, Peter es presidente de la junta directiva de la Iglesia Bautista de Leiden. Está casado con su esposa holandesa, Didie, desde 1972. Han sido bendecidos con tres hijas y seis nietos.

Introducción

Mi viaje por la economía comenzó cuando tenía 15 años y mi padre perdió su empleo. Fue algo muy traumático para la familia. Tuvimos que desarraigarnos y marcharnos de nuestro hogar. Nos trasladamos al norte, a vivir con mi tía, y lo único que pude llevarme conmigo fue mi perro y lo que pudiese cargar. Perdí cosas que eran bastante importantes para mí, como una colección de objetos futbolísticos, mi bicicleta, la maqueta de un tren y otras cosas. Desde ese momento supe que la propiedad es algo muy transitorio. Puedes perder muy rápidamente lo que tienes.

Entonces, cosa de un año más tarde, mi padre pedía objetos a empresas de venta por correo, cosas bonitas para su familia, y lo hacía con toda la buena intención. Quería mantener un estilo de vida al que estaba acostumbrado, pero mis padres tuvieron dificultades para afrontar los pagos. Recuerdo una noche que estaba acostado y les escuchaba discutir en la habitación de al lado. En aquel momento aprendí que las deudas pueden ser muy tóxicas. Pueden someter las relaciones a una gran presión. Pueden incluso dominar tu vida entera. Desde ese momento me prometí que nunca pediría un préstamo, y jamás lo he hecho, con la excepción de una hipoteca.

Mi primera introducción al concepto del discipulado provino de un estudiante de la universidad. Me presentaron a algunos compañeros que me ofrecieron su amistad y me invitaron a unirme a un grupo para estudiar la Biblia y descubrir cómo seguir a Jesús. Yo asistía a la iglesia desde que tenía 15 años, habiendo aceptado a Cristo gracias a un ministerio juvenil. Sin embargo, tenía poco conocimiento de la Biblia y de quién era Dios en realidad.

Robb Powrie-Smith dirigía el grupo estudiantil en mi universidad, Louhgborough University of Technology, un movimiento estudiantil llamado Los navegantes. Abría su casa a los estudiantes que se pasaban a tomar café y a charlar sobre la vida cristiana. Me ayudó a comprender la Biblia, enseñándome a estudiarla e incluso a memorizar pasajes que enriquecerían mi alma y me ayudarían a tomar decisiones beneficiosas para mi vida.

Mis amigos de Los navegantes me ayudaron a soslayar los campos de minas morales de la década de 1960 y principios de la de 1970, y a convertirme en un discípulo, un seguidor totalmente entregado de Jesús.

En 1978, mi esposa y yo participamos en un gran seminario europeo sobre cómo hacer discípulos, que se celebró en Essen, Alemania, en el que nos desafiaron a responder al llamamiento de Jesús de estar dispuestos a “ir y hacer discípulos de todas las naciones…”.

Realizamos ese compromiso los dos juntos. Recuerdo que el conferenciante, el líder internacional de Los navegantes, Doug Sparks, nos retó diciendo: “Esto es solo el principio de un viaje que durará toda la vida. Lo primero que pasará es que iréis a un seminario de formación para aprender a seguir a Jesús a lo largo de la vida… ¡por la vía difícil!”.

Primero, tuvimos que aprender a seguir a Cristo en mitad de nuestros problemas matrimoniales. Yo estaba volcado en mi profesión y ambicionaba convertirme en director de una empresa química antes de cumplir los 30 años.

Lo conseguí y fui director de una compañía química holandesa. Corría el año 1980, una época de grave crisis petrolífera. Teníamos problemas para obtener las materias primas para elaborar nuestros productos. Había muchas inquietudes laborales, era una época muy difícil para hacer negocios, y durante todo ese tiempo yo anduve muy estresado. Recuerdo un domingo por la mañana, cuando estaba sentado en la iglesia y lo único en lo que pensaba era en cómo pagar las facturas al día siguiente. Yo era cristiano durante el domingo, pero el lunes era otra persona, y esa situación no es nada positiva.

Alcanzar mis ambiciones me pasó factura. Al trabajar tantas horas y viajar, las relaciones en casa con mi esposa y mis tres hijos pequeños se deterioraron mucho. Mi salud se resintió y tuvieron que hospitalizarme. Mi relación con Dios era casi inexistente. Tenía problemas para integrar mi fe en mi vida cotidiana.

Conocí a algunos empresarios cristianos que me invitaron a una reunión de oración y estudio bíblico un lunes a las 7 de la mañana. Allí conocí a unos discípulos que se tomaban muy en serio seguir a Jesús en su trabajo y en su vida familiar. Me ayudaron a gestionar mi vida, a recuperar el rumbo, a seguir a Jesús en casa, en mi negocio y en la iglesia. ¡Eran hacedores de discípulos!

Quise descubrir cómo aplicar mi fe cristiana a mi vida cotidiana, cómo dirigir una empresa y cómo administrar el dinero. Descubrí esa enseñanza bíblica en el fundador de Compass, Howard Dayton, quien, junto con Larry Burkett, era pionero en ese campo. Viajé a Estados Unidos para participar en el taller “Negocios según el Libro”. Las lecciones que aprendí allí cambiaron mi vida laboral por completo. Mi esposa y yo tradujimos al holandés el curso “Gestionar las finanzas a la manera de Dios”, y nuestro punto de vista sobre la administración del dinero cambió del todo.

Empecé a impartir esos cursos y durante los últimos 35 años he viajado a más de 50 países enseñando estos principios. Por medio de la aplicación y la enseñanza de verdades bíblicas sobre cómo hacer negocios y administrar el dinero descubrí que no se trataba tanto de que me convirtiera en un profesional de la empresa más cualificado de lo que era, ni de saber administrar mejor el dinero, aunque esto sea algo que conseguí. Se trata más bien de convertirse en seguidor de Jesús, de aumentar la intimidad con él, de verte libre para servir y para aumentar tu generosidad.

En todos esos países busqué a hombres y mujeres “FAE”, es decir, personas que fueran fieles, accesibles y educables. Junto a ellas he contribuido a crear organizaciones nacionales en más de 50 países de Europa y África, para ayudar a otros a seguir a Jesús en sus negocios y con su economía.

En dos ocasiones fui llamado a abandonar mi trabajo empresarial para servir a tiempo completo en este ministerio de creación de discípulos por todo el mundo. Primero, dejé mi puesto de director de la empresa química, y más tarde otro como director de un negocio especializado en los viajes aeroespaciales, para crear movimientos con los que discipular a las personas, sobre todo en las áreas de la empresa y la economía. Fundé Europartners, donde serví durante doce años como presidente, un movimiento de ámbito europeo centrado en cristianos que se mueven dentro del ámbito empresarial y profesional, que ayudan a otros a encontrar a Cristo y a seguirle, haciéndose discípulos en el terreno económico. Pasé algunos años como vicepresidente internacional de Crown Financial Ministries, después de lo cual trabajé como director regional para Europa de Compass - Finances God’s Way, las finanzas a la manera de Dios, ayudando a hacer discípulos financieros.

Pero, ¿qué es un discípulo financiero?

Un discípulo financiero tiene una visión clara para ver cómo cada seguidor de Cristo en cualquier país vive conforme a los principios financieros de Dios en cada faceta de su vida, tanto personalmente como en su trabajo, su familia y su comunidad. Tan solo imagínate que todos los negocios fueran justos y honestos, entornos en los que las personas vivieran con fidelidad y plasmasen los principios financieros que Dios requiere. Creo que entonces todos los empleadores y todos los clientes tendrían prosperidad y bienestar. Imagina que una familia viviera fielmente conforme a los principios financieros de Dios. En ese matrimonio no habría discusiones, los hijos crecerían sabiendo cómo administrar sabiamente su dinero, la familia tendría un futuro próspero. Nuestras iglesias estarían respaldadas plenamente por discípulos financieros generosos y habría personas que se presentarían voluntarias para hacer trabajos en la iglesia. Muchos se liberarían de la carga de las deudas, y quedarían libres para entregar su tiempo y sus talentos al servicio de su prójimo.

El discípulo financiero ayudará a otros a seguir a Jesús con su dinero y sus bienes materiales, de modo que puedan experimentar la actividad del propio Cristo en sus vidas cotidianas.

Mientras escribo este libro estoy cerca de cumplir 70 años y he seguido conscientemente a Cristo desde que tenía 16. El viaje del discipulado ha tenido muchos altibajos; he bajado colinas, atravesado valles, subido montes ¡y vuelta a bajar! Sin embargo, el llamamiento de Jesús hacia lo alto sigue siendo firme.

Creo de corazón que la economía es la punta de lanza del discipulado. La manera como usamos nuestro dinero refleja directamente nuestras prioridades. Recuerdo que un mentor anciano y sabio me dijo: “Enséñame tu cuenta bancaria y te diré para qué vives, cuáles son tus prioridades. Si dices que Dios es lo más importante de tu vida y esto no queda reflejado en esa cuenta bancaria, te estás engañando a ti mismo”.

Basaba este comentario en las palabras de Jesús “porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt. 6:21). Tu dinero sigue a tu corazón y, si queremos seguir a Jesús con todo nuestro corazón, nuestro dinero también debe seguirle.

Esto es el discipulado financiero. Antes que nada, un discípulo financiero aprende a administrar el dinero y los bienes como Dios quiere, aplicando principios bíblicos a cada área de su vida: la familia, el trabajo, la iglesia, los círculos sociales. Entonces, el discípulo financiero se convierte en un maestro obediente, comprometido con el mandato de Jesús de “id y haced discípulos… enseñándoles a obedecer todo lo que os he mandado”.

Primera parte:

El discipulado

1 ¿Qué es un discípulo?

¡Los cristianos primero fueron llamados “discípulos”! Quizá esto te sorprenda un poco porque estamos acostumbrados al término “cristianos” para referirnos a los seguidores de Jesús. El apelativo “cristiano” es mucho más popular que “discípulo”, pero la Biblia habla mucho más de discípulos que de cristianos. Fue en Antioquía, donde Pablo y Bernabé enseñaban, “donde a los discípulos se les llamó ‘cristianos’ por primera vez” (Hch. 11:26).

En el siglo I, todo el mundo sabía lo que era un discípulo, porque estaban muy extendidos en su cultura. Un discípulo era alguien que se apegaba a alguien más entendido, sabio o experimentado para aprender de esa persona. El término griego que se usa para “discípulo” es mazetes, que significa aprendiz, y la persona con quien estaba relacionado era un didaskalos, que significa maestro. Los griegos usaban el sistema maestro-discípulo para educar a las personas, durante el transcurso habitual de sus vidas, experimentando juntos los sucesos cotidianos. Normalmente, vivían juntos y compartían experiencias, aprendiendo unos de otros.

Jesús empleó el mismo método para formar a sus discípulos, quienes constituirían el núcleo del nuevo movimiento. En las escuelas griegas de la época, los alumnos, en su calidad de “discípulos”, no tenían que estar sentados en un aula cada día, sino que aprendían paseando, observando y debatiendo con su maestro. Según la concepción griega, el discipulado conllevaba seguir, imitar y aprender.

Marcos nos dice que Jesús “designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc. 3:14). Por lo tanto, el fundamento del discipulado es estar “con él” en una relación cotidiana, aprender de él y ser “enviados” a ministrar a otros de la misma manera.

Una buena definición de un discípulo es la que acuñó un pariente lejano mío, Stuart Briscoe.

“Un discípulo es una persona que mantiene una relación constante con Jesucristo, una relación que transforma la vida, y que comparte con alegría con otros lo que él o ella ha aprendido”.

Recuerdo una vez que volvía a casa en coche, después de unas vacaciones en familia, y no estaba seguro de qué carretera debía seguir. Al salir del centro vacacional vi que nos seguían tres coches. Al cabo de pocos kilómetros no me cupo ninguna duda de que nos habíamos perdido, y decidimos aparcar y consultar el mapa para dilucidar qué ruta teníamos que seguir. Los tres vehículos nos siguieron. Pregunté a uno de los conductores si sabían cuál era la carretera correcta y me contestó: “¡No, si le estábamos siguiendo a usted!”.

Ese día aprendí dos cosas. La primera es que, si quieres guiar a alguien, tienes que saber adónde vas. La segunda es que, si estás siguiendo a alguien, ¡debes estar seguro de que sabe lo que está haciendo!

Un discípulo es un aprendiz, que aprende de alguien que tiene más sabiduría y más experiencia. Por supuesto, nuestro maestro por antonomasia es el propio Jesús, pero tenemos que relacionarnos con otro discípulo que nos ayude a conocer mejor a Jesús. Debemos elegir cuidadosamente a quién nos apegamos. Ese discípulo debe ser alguien que sepamos que sigue a Jesús y obedece a las Escrituras. Pablo podría decir: “imitadme a mí, como yo imito a Cristo” (1 Co. 11:1).

A un discípulo se le llama a caminar “con” Cristo (evangelización), se le prepara para vivir “en” Cristo (capacitación), se le envía a vivir “para” Cristo (servicio) y recibe el mandamiento “de” Cristo para ministrar a otros (empoderamiento).

Algunas de las últimas palabras que dijo Jesús a sus discípulos después de su resurrección fueron el mandamiento de “id y haced discípulos…” (Mt. 28:19). Ellos debían reproducir y transmitir a otros lo que habían aprendido de él.

El propósito del discipulado

El propósito y la meta última del discipulado es la madurez en Cristo. “A este Cristo proclamamos, aconsejando y enseñando con toda sabiduría a todos los seres humanos, para presentarlos a todos perfectos en él” (Col. 1:28). El término griego para “maduro” es teleios, que significa completo, adulto y perfecto.

El desarrollo de esta madurez requiere una transformación tripartita. Jesucristo realiza un cambio que afecta a todas las áreas de nuestra vida. Vemos esta transformación en tres niveles que son interdependientes:

 Ser una nueva persona: recibo una identidad nueva. Cristo vive en mí. Vivo conforme a un conjunto de valores nuevo: nuevas prioridades, nuevos objetivos, nuevas esperanzas. ¡Se me ha concedido una vida nueva! “Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Ro. 6:4).

 Ver con otros ojos: obtengo una mente nueva. La mente de Cristo me moldea; él transforma nuestras actitudes y nuestra cosmovisión. El Espíritu Santo desarrolla en nosotros la mente de Cristo, de modo que podamos realizar juicios precisos de cualquier situación. “En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no está sujeto al juicio de nadie, porque ‘¿quién ha conocido la mente del Señor para que pueda instruirlo?’. Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo” (1 Co. 2:16).

 Vivir una vida nueva: tengo una ética diferente. El amor de Cristo me motiva. No solo consigo nuevas relaciones, sino una actitud nueva hacia las relaciones anteriores (perdón, reconciliación y paz). “Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos los unos a los otros, pues así lo ha dispuesto” (1 Jn. 3:23).

Cristo desarrolla progresivamente en nosotros un nuevo carácter moral que es un espejo del suyo propio. Por consiguiente, se trata de una transformación holística: existencial, emocional, ética, relacional. La condición para esta madurez es “estar en Cristo”. “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Co. 5:17).

La pregunta clave es: ¿cómo es posible esto? Desde el punto de vista humano, no lo es. En esta experiencia que transforma la vida hay un elemento sobrenatural que va mucho más allá de los esfuerzos o los recursos humanos. La capacidad de transformación no procede solamente del mensaje de Jesús per se (sus ideas y su ejemplo), sino de su poder. Tal como dijo lisa y llanamente el ciego al que sanó Jesús: “si este hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada” (Jn. 9:33).

El llamamiento principal en nuestra vida como discípulos es el de seguir un proceso constante de transformación para asemejarnos a Cristo. Randy Alcorn afirmó lo que la mayoría de personas ha experimentado como el propósito de su vida. Dijo: “Durante toda tu vida has estado buscando un tesoro. Has estado buscando a la persona perfecta y el lugar perfecto”. Yo encontré a esa persona perfecta, Jesús, y también el lugar perfecto al que me condujo… el reino de Dios.

Un discípulo sigue… ¡y luego se marcha!

“Venid, seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Esta es la invitación que extendió Jesús a los hombres dedicados al negocio de la pesca, que eran Simón, Andrés, Jacobo y Juan. Se nos dice que “al momento dejaron las redes y lo siguieron” (Mc. 1:17-18).

Dejaron sus redes, sus barcas, su familia, a sus jefes, su negocio y su forma de vida, todo para seguir a Jesús. Hacer esto supuso una decisión repleta de emociones profundas y duraderas. Más tarde, Simón, llamado entonces Pedro, exclamó dirigiéndose a Jesús: “¡Nosotros hemos dejado todo lo que teníamos para seguirte!”.

Jesús prometió: “Os aseguro que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna” (Mc. 10:28-29).

Ese “dejarlo todo” nos inquieta. Sin duda es lo que pasó en la historia del “joven rico”, a quien Jesús invitó a vender todo lo que tenía y darlo a los pobres. Dio la espalda a Jesús y se alejó, triste.

Puede que nos ayude darnos cuenta de que los discípulos retomaron su negocio pesquero varias veces durante el tiempo que siguieron a Jesús, de modo que el negocio familiar permaneció intacto. Pedro no abandonó a su esposa, quien más tarde viajó con él en su misión (1 Co. 9:5).

Entonces, ¿qué significa dejarlo todo? Supone estar disponible para dejar cualquier cosa que estés haciendo y obedecer el mandato de Cristo. Esto significa cortar el cordón umbilical que nos vincula con demasiada fuerza a nuestro trabajo, nuestros sueños, nuestras ambiciones y nuestros bienes materiales. Significa dar prioridad a los mandamientos de Cristo, dejándolo todo para obedecerle. Supone poner en sus manos todo nuestro dinero, bienes, dones y talentos, para recibirlos luego de vuelta como administradores o gestores de todo lo que él nos da para que lo usemos.

Recuerdo estar una vez en una fiesta que un ejecutivo italiano muy bien posicionado celebró en el jardín de su casa. Cuando hablé con su esposa, agradeciéndole su hospitalidad, comenté: “Tienen aquí un hogar maravilloso. Deben ser muy felices”. “En realidad, no”, contestó ella. “Como soy italiana, echo mucho de menos a mi familia, que está lejos”. “Entonces, ¿por qué no vuelven a Italia?”.

“No es posible”, dijo ella. “Tenemos una hipoteca y un estilo de vida muy alto. No podríamos sencillamente hacer las maletas y marcharnos. No soy nada feliz”. Luego añadió: “Es como si viviéramos en una jaula dorada”.

Mi esposa y yo decidimos que, a lo largo de nuestro matrimonio, viviríamos de tal manera que mantuviésemos al mínimo nuestros gastos cotidianos, de modo que cuando Cristo nos llamase para hacer algo, estuviéramos preparados. Yo abandoné tres veces mi trabajo para escuchar su llamamiento a iniciar un movimiento cristiano. Primero, un empleo bien pagado como director ejecutivo de una filial holandesa de una compañía química internacional. Luego, dejé de trabajar en mi propia empresa porque el ministerio se había hecho muy grande. Más tarde, en 2007, dejé un empleo bien remunerado como director ejecutivo de una empresa aeroespacial. Todas esas son cosas que no podría haber hecho si hubiéramos tenido muchas cargas financieras. En cada uno de esos casos nuestro presupuesto cayó en picado, pero el Señor fue fiel y nunca nos ha faltado nada.

¡He descubierto que Dios siempre paga lo que pide!

Un discípulo sigue y luego se marcha para tener la libertad de colaborar con Jesús en su misión.

La misión del discípulo

La práctica del discipulado consiste en seguir a Jesús en su misión. Él declaró el propósito de su misión en Marcos 10:45, exponiendo con toda claridad qué era lo que vino a hacer. “Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”.

Su misión consistía, sencillamente, ¡en servir a otros y darles libertad!

La misión de un discípulo es, antes que nada, servir. Servir significa buscar el beneficio de otros y ayudarles a alcanzar lo que sea mejor para ellos. Servir es amar y Jesús nos llama diciendo: “ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” y “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lc. 10:27).

Como discípulos, debemos servir a los propósitos del Señor y obedecer todos sus mandamientos. La consecuencia natural de nuestro servicio a Dios es amar y servir a nuestro prójimo, tratándolo como nos gustaría que otros nos tratasen. El servicio es el amor en acción.

La segunda parte de la misión de un discípulo, que es seguir a su Maestro, consiste en entregar su vida como rescate para dar libertad a otros. La libertad tiene dos dimensiones: ser libres de las cosas que nos atan y ser libres para hacer lo que queremos hacer.

Dios nos puede usar para liberar a las personas de la ansiedad, la preocupación, las deudas, el materialismo, el consumismo, la codicia y la idolatría.

Entonces, podemos ayudar a los demás a ser libres para conocer a Dios, amarle y servirle, y para amar a nuestro prójimo. Libres para ser generosos y estar satisfechos. Libres para estar disponibles para la obra del Señor. Libres para poder alcanzar los objetivos de nuestra vida.

¿Te unirás a Jesús en su misión de servir a los seres humanos y darles libertad?

2 El precio del discipulado

El coste de seguir a Jesús como discípulos no es poca cosa. Cuanto más valioso es algo, más caro se vuelve. “Luego dijo Jesús a sus discípulos: Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme” (Mt. 16:24).

Jesús presenta un tremendo desafío a quienes desean ser discípulos financieros, aprender de él y seguirle. Llevar tu cruz cada día supone depositar sobre el altar de la obediencia a Dios tus propios deseos y ambiciones. Su voluntad y su plan para mi vida deben ser lo primero, porque su plan tiene como objetivo primordial el bienestar de nuestras almas. Todo lo que se interponga en el camino del seguimiento a Jesús (los bienes materiales, la ambición, los deseos) debe ser llevado a la cruz y depositado a sus pies. Esto producirá una recompensa eterna en proporción a nuestra obediencia.

Nada ni nadie debe tener prioridad sobre la obediencia al Maestro. El discipulado barato no existe. Seguir a Jesús tiene un precio; este precio es la negación de uno mismo. Por consiguiente, debemos darnos cuenta de cuál es el precio de seguir a Jesús, que inevitablemente nos llevará a una cruz; ¡ese es el camino que tomó él! Se nos desafía a entregar al Padre todo lo que poseemos, de modo que él pueda utilizar conforme a sus propósitos cualquier cosa que le demos. ¡Recuerda que lo que ponemos en sus manos él lo multiplica y lo usa para nuestro beneficio!

Jesús afirmó enfáticamente que “cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:33).

¡Emprender el viaje del discipulado financiero significa entregarnos plenamente al señorío de Cristo!

Esto es lo que describe vívidamente Jesús en Lucas 14…

1 Cristo ES la prioridad: “Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:26).

2 Niégate a ti mismo: “Y el que no carga su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:27).

3 Calcula el precio: “Supongamos que alguno de vosotros quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el coste, para ver si tiene suficiente dinero para terminarla?” (Lc. 14:28).

4 Renuncia a todo y síguele: “De la misma manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:33).

El Señor dijo en repetidas ocasiones “el que renuncie a su propia vida por mi causa la encontrará”. De hecho, de entre todas sus afirmaciones, esta es la que figura con mayor frecuencia en los cuatro evangelios, más que casi cualquier otra cosa que dijo. (Ver Mt. 10:39; 16:25; Mc. 8:35; Lc. 9:24; 17:33; Jn. 12:25). ¿Por qué se repite tanto? ¿No será porque establece uno de los principios más fundamentales de la vida cristiana, a saber, que la vida invertida en uno mismo es una vida perdida, pero la vida entregada a Dios se encuentra, se salva, se disfruta y se guarda por toda la eternidad?

Y si se puede decir que la vida del verdadero discipulado es la vida espiritualmente más satisfactoria del mundo, se puede afirmar con la misma certidumbre que será la más recompensada en la era venidera. “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho” (Mt. 16:27).

William Borden, que nació en el seno de una familia estadounidense acomodada, asistió al Seminario de Princeton y se licenció en Yale. A pesar de su educación de clase alta, sus viajes por todo el mundo le revelaron la necesidad de Jesucristo que tenía el mundo pagano y decidió hacer que sus decisiones apuntasen a ese objetivo. Mientras Borden se formaba para una vida de servicio al pueblo de los Kansu en China, su corazón y su esfuerzo se centraron de maneras muy prácticas en las viudas, los huérfanos y los discapacitados de los callejones de Chicago. Borden, un hombre callado pero carismático, procuró con diligencia ganar a otros jóvenes universitarios para Cristo y para su servicio.

Su llegada a Egipto en 1913 quedó marcada, trágicamente, porque contrajo meningitis espinal. La noticia de su muerte prematura a los 25 años de edad apareció en prácticamente todos los periódicos de Estados Unidos como testimonio de Cristo. Aunque desde el punto de vista humano “desperdició” su vida, tanto esta como su muerte han sido un testimonio y un reto incluso más allá de su propia generación: “el de tener a la vista los valores eternos”.

Por lo tanto, el hombre realmente bendecido en el tiempo y en la eternidad es aquel que puede decir, como hizo William Borden: “Señor Jesús, por lo que respecta a mi vida, aparto mis manos. Te coloco en el trono de mi corazón. Cámbiame, límpiame, úsame como desees hacerlo”.

Dallas Willard dijo: “El coste de no discipular es muy superior al coste de discipular. El discipulado es una ganga”. En otras palabras, Jesús no está hablando de hacer un sacrificio porque sea lo correcto; está hablando de un sacrificio que en realidad se convierte en una inversión que arroja dividendos.

Jesús nos invita a que hagamos un análisis de costes/beneficios y a que tomemos una decisión sabia. El tipo de sacrificio al que nos llama Jesús no es aquel que nos deja sin nada, sino un sacrificio que se convierte en una inversión, igual que plantar cosechas que, al final, producen rendimientos centuplicados.

¡Nos llama a invertir! Nos dice que lo vendamos todo, como el mercader que encontró la perla de gran precio y vendió todo lo que tenía para “comprar” el reino, ¡porque de hecho tiene un valor infinitamente superior a todo lo que tenemos ahora!

Jim Elliot, el misionero que fue a Ecuador y que perdió la vida a manos de los mismos indios a los que estaba predicando el evangelio, dijo: “No es un necio el que entrega lo que no puede conservar para obtener lo que no puede perder”.

Es decir, que el discipulado no consiste en el sacrificio. Al principio nos da la sensación de que es así, porque damos todo lo que tenemos para obtener el reino, pero al final la vida que recibimos es muchísimo más valiosa que cualquier sacrificio que hayamos hecho. “Apostarlo todo” al reino es un negocio fabuloso; no hay necesidad de diversificar la cartera de valores. En otras palabras, el discipulado de Jesús es la mejor oportunidad de inversión que pueda tener jamás un ser humano.

El misionero C. T. Studd exclamó: “Si Jesucristo es Dios y murió por mí, ningún sacrificio que yo pueda hacer por él será demasiado grande”.

¿Puedes repetir estas palabras del maravilloso himno de Isaac Watts, “La cruz sangrienta al contemplar”?

¿Y qué podré yo darte a Ti

a cambio de tan grande don?

Todo es pobre, todo ruin.

Toma, ¡oh Dios!, mi corazón.

3 Los términos del discipulado

Estos son los términos del discipulado tal como los estipuló el salvador del mundo.

1. Arrepentirse y creer

“Se ha cumplido el tiempo —decía—. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepentíos y creed las buenas nuevas!” (Mc. 1:15).

Jesús inició su ministerio público con un llamamiento muy claro al arrepentimiento. Debíamos apartarnos de nuestros viejos caminos, que eran diametralmente opuestos a los caminos del reino. Tenemos que confesar nuestros pecados, aceptar que Jesús pagó el precio por cada uno de ellos mediante su muerte y su resurrección, y creer las estupendas noticias que Jesús quiere aportar a nuestras vidas. Estas son las condiciones de acceso al nuevo reino del que somos ciudadanos.

2. Un amor supremo por Jesucristo

“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí” (Mt. 10:37).

Esto no quiere decir que debamos albergar animosidad o mala voluntad en nuestros corazones hacia otros, sino que nuestro amor por Cristo debería ser tan grande que todos los demás amores, en comparación, fueran hostiles. En realidad, la frase más difícil en este pasaje es la expresión “y a su propia vida”. El amor por uno mismo es uno de los obstáculos más recalcitrantes en el camino del discipulado.

Hasta que no estemos dispuestos a poner nuestra vida misma por él, no estaremos en el lugar en que Dios quiere que estemos.

3. La negación de uno mismo

“Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme” (Mt. 16:24).

La negación de uno mismo no es sinónimo de austeridad. Esta significa renunciar a determinados alimentos, placeres o bienes. La negación de uno mismo supone una sumisión tan completa al señorío de Cristo que el yo no tiene derechos ni autoridad alguna. Significa que el yo se baja del trono.

Este concepto queda expresado en palabras de Henry Martyn, uno de los primeros misioneros a India y a Persia: “Señor, no me permitas tener voluntad propia, ni pensar que mi felicidad genuina depende ni en el menor grado de cualquier cosa externa que pueda suceder; sino que consiste enteramente en adaptarme a tu voluntad”.

4. La elección deliberada de la cruz

“Dirigiéndose a todos, declaró: Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga” (Lc. 9:23).

La cruz no es una enfermedad física ni angustia mental; estas son cosas comunes a todos los hombres. La cruz simboliza la vergüenza, la persecución y el abuso que el mundo apiló sobre el Hijo de Dios, y que el mundo echará también sobre todos los que decidan ir contracorriente. Cualquier creyente puede eludir fácilmente la cruz al adaptarse al mundo y a sus caminos, pero esto no te permitirá seguir a Jesús. Su camino es otro distinto.

5. Una vida dedicada a seguir a Cristo

“Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos. ‘Sígueme’, le dijo. Mateo se levantó y lo siguió” (Mt. 9:9).

Para entender lo que significa esto, solo tenemos que preguntarnos: “¿Qué caracterizó la vida del Señor Jesús?”.

Fue una vida de obediencia a la voluntad de Dios.

Fue una vida vivida en el poder del Espíritu Santo.

Fue una vida de servicio altruista a otros.

Fue una vida de paciencia y resignación frente a las ofensas más graves.

Fue una vida de celo, de autocontrol, de mansedumbre, de amor, de fidelidad y de devoción (Gl. 5:22, 23).

Para ser sus discípulos, debemos andar como él anduvo.

6. Un amor ferviente por todos los que son de Cristo

“De este modo todos sabrán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros” (Jn. 13:35).

Este es el amor que considera a los demás mejor que uno mismo. Es el amor que cubre multitud de pecados. Es el amor sufriente y amable. No se jacta, no se envanece.

“El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co. 13:4-7).

Sin este amor, el discipulado sería un ascetismo frío y legalista.

7. La perseverancia constante en su Palabra

“Si os mantenéis fieles a mis enseñanzas, seréis realmente mis discípulos” (Jn. 8:31).

Un discípulo debe perseverar y continuar en el viaje durante toda su vida. Es bastante fácil comenzar bien, pero la prueba consiste en perseverar hasta el final. “Nadie que mire atrás después de poner la mano en el arado es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62).

No basta con obedecer las Escrituras de vez en cuando. Seguir a Cristo conlleva una obediencia constante e incuestionable.

8. La renuncia a todo para seguirle

“De la misma manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:33).

Esta es quizás la condición más impopular de las que pone Cristo para el discipulado y bien podría ser que fuera el versículo más impopular de toda la Biblia. Los agudos teólogos te darán mil razones para sostener que no quiere decir lo que dice, pero los discípulos sencillos la aceptan con alegría, dando por hecho que el Señor Jesús sabía lo que estaba diciendo.

¿Qué quiere decir renunciar a todo? Significa el abandono de todos los bienes materiales que no sean absolutamente esenciales y que pudieran usarse para la extensión del evangelio.

Aquel que renuncia a todo no se vuelve perezoso; trabaja duro para cubrir las necesidades habituales de su familia. Pero dado que la pasión de su vida es promover la causa de Cristo, invierte en la obra del Señor todo lo que no requieran las necesidades comunes, y deja su futuro en sus manos. Al buscar primero el reino de Dios y su justicia, cree que nunca le faltará nada para satisfacer sus necesidades cotidianas.

No puede, en toda conciencia, aferrarse a un dinero extra cuando hay almas que mueren por falta del evangelio. No quiere desperdiciar su vida acumulando riquezas que caerán en manos del diablo cuando Cristo regrese a por sus santos.

Quiere obedecer el mandato del Señor de no acumular tesoros en el mundo.

Uno de los versos del himno de Frances Havergal dice: “Que mis bienes dedicar yo los quiera a ti, Señor”. En 1878, cuatro años después de haber escrito este himno, la señorita Havergal escribió a una amiga: “El Señor me ha mostrado otro pequeño paso y, claro está, lo he dado con extremo deleite. Ahora ‘que mis bienes dedicar yo los quiera a ti, Señor’ significa enviar todos mis adornos a la Church Missionary House, incluyendo un mueble joyero que es digno de una condesa, donde los aceptarán y dispondrán de ellos por mí… Han empaquetado casi cincuenta artículos. No creo que nunca haya empaquetado algo con tanto placer”.

Los obstáculos para el discipulado

En su libro El verdadero discipulado, William MacDonald describe tres tipos de personas que buscan rutas de escape para el llamamiento, extremadamente desafiante, del discipulado.

Esto queda representado en la historia que contó Jesús sobre tres candidatos a discípulos que permitieron que otras prioridades pesaran más que el seguimiento de Cristo. “Iban por el camino cuando alguien le dijo: ‘Te seguiré a dondequiera que vayas’. ‘Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos’, le respondió Jesús, ‘pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza’.

A otro le dijo: ‘Sígueme’. ‘Señor’, le contestó, ‘primero déjame ir a enterrar a mi padre’. ‘Deja que los muertos entierren a sus propios muertos, pero tú ve y proclama el reino de Dios’, le replicó Jesús.

Otro afirmó: ‘Te seguiré, Señor; pero primero déjame despedirme de mi familia’. Jesús le respondió: ‘Nadie que mire atrás después de poner la mano en el arado es apto para el reino de Dios’” (Lc. 9:57-62).

Vemos a tres individuos diferentes que están cara a cara con Jesucristo y sienten la compulsión interior de seguirle. Sin embargo, permitieron que otra cosa se interpusiera entre sus almas y la dedicación completa a él.

Don Prisas

Al primer hombre podríamos llamarle don Prisas. Se presenta voluntario con gran entusiasmo para seguir al Señor adonde sea. “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Ningún precio sería demasiado alto; ningún camino demasiado arduo.

Jesús le dijo: “Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza”. Es como si Jesús estuviera diciendo: “Ese hombre afirmaba que me seguiría a todas partes, pero, ¿estaba dispuesto a sacrificar las comodidades materiales de la vida? Las zorras viven más cómodamente que yo. Los pájaros tienen un nido que pueden considerar propio”. ¿Estaba aquel hombre dispuesto a sacrificar la seguridad y las comodidades de un hogar para seguir a Jesús?

Según parece, ¡los bienes materiales eran más importantes para él que su dedicación a Cristo!

Don Pausado

Al segundo hombre podemos llamarle don Pausado.

No es que mostrase un desinterés absoluto por el Señor o se negara a seguirle. Es que había algo que quería hacer antes. Puso sus propias exigencias por encima de las de Cristo.

Fíjate en su respuesta: “Primero déjame ir a enterrar a mi padre”. Un hijo debe honrar a sus padres y, si un progenitor ha muerto, sin duda que es correcto que el hijo le proporcione un sepelio digno.

Parece ser que aquel hombre no se dio cuenta de que después de escuchar el llamamiento de Jesús no debería haber pronunciado las palabras “Señor, primero…”. Si Cristo es Señor, debe ocupar el primer lugar. La tarea primordial de su vida debía ser propagar la misión de Cristo en la tierra.

Según parece, ese era un precio demasiado alto para don Pausado.

Si don Prisas ejemplificaba las comodidades materiales como un obstáculo para el discipulado, don Pausado nos puede hablar de un empleo o de una ocupación que toman precedencia sobre el motivo principal para la existencia de un cristiano. Sin duda que el empleo secular no tiene nada de malo. Dios quiere que trabajemos para cubrir nuestras necesidades y las de nuestra familia. Sin embargo, cuando llega el llamamiento debemos estar dispuestos a poner en primer lugar la misión de Cristo.

Don Facilón

Al tercer hombre podríamos llamarle don Facilón. Como el primero, se ofreció voluntario para seguir al Señor, pero al igual que el segundo también usó las palabras tabú: “Señor, primero…”. Le dijo: “Te seguiré, Señor, pero primero déjame que vaya a despedirme de mi familia”.

Por sí sola, esta petición no tenía nada de malo. Es evidente que mostrar un interés amoroso por la familia no es contrario a los propósitos de Dios. Sin embargo, permitió que los vínculos familiares suplantasen el lugar de Cristo.

Con una perspicacia penetrante, Jesús dijo: “Nadie que mire atrás después de poner la mano en el arado es apto para el reino de Dios”.

Es como si Jesús le estuviera diciendo: “Quiero que quienes me sigan estén dispuestos a renunciar a los vínculos familiares, que no se distraigan con temas de familia, sino que me pongan por encima de todo lo demás en sus vidas”.

Don Facilón abandonó a Jesús y se fue triste camino abajo. Sus aspiraciones demasiado confiadas para ser un discípulo se habían hecho trizas contra las rocas de los afectuosos vínculos familiares.

Aquí vemos tres obstáculos principales para el verdadero discipulado.

 Don Prisas: el amor por la comodidad terrenal.

 Don Pausado: la precedencia de un empleo o una ocupación.

 Don Facilón: la prioridad de los vínculos familiares.

¡A lo largo de mi vida me he encontrado con estos tres señores varias veces! Una pareja joven que antepuso las comodidades del hogar al llamamiento de Cristo. Un joven empresario, un líder con un gran potencial, que pensó que su carrera profesional era un llamamiento más elevado que “el llamamiento hacia lo alto” de Jesús. El hombre de negocios que no podía abandonar su cargo en la empresa familiar, aunque esta casi estaba destruyendo los planos espiritual y relacional de su vida.

No debemos desanimarnos en el proceso de hacer discípulos. Nuestra labor consiste en exponer claramente lo que Cristo demanda. Es triste que muchas personas en las que habíamos puesto nuestras esperanzas decidieran que el precio era demasiado alto.

El Señor Jesús sigue llamando, como siempre lo ha hecho, a hombres y mujeres que le sigan de una manera heroica y sacrificada.

4 Los discípulos son administradores

“Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas” (1 P. 4:10).

Dentro de la vida moderna de la Iglesia, el término “mayordomía” se ha relacionado sobre todo con la ofrenda económica, pero en la Biblia no es así. Todo lo que tenemos (no solo el dinero, sino también la vida, el tiempo, el talento y, sobre todo, el gran don de la gracia de Dios en toda su plenitud) nos lo ha confiado Dios para que lo administremos, usándolo para él. Somos sus administradores, y un mayordomo no era más que un siervo confiable en cuyas manos su señor ponía la gestión de su casa y de sus negocios, e incluso la educación de sus hijos. El señor “delegaba” todas las cosas al cuidado de su mayordomo.

“Que todos nos consideren servidores de Cristo, encargados de administrar los misterios de Dios” (1 Co. 4:1).

Un ministro de Cristo debe ser un administrador a quien se confíe lo que Pablo llama “los misterios de Dios”: esa sabiduría secreta y oculta de Dios, esas verdades valiosas que solo se encuentran en la revelación de la Palabra de Dios y en ninguna otra parte. Los discípulos financieros, como mayordomos, son responsables de dispensar en todo momento estas verdades a las personas a quienes sirven, de modo que las vidas se transformen y se vivan sobre el fundamento de estas verdades notables sobre la existencia. Estos misterios, cuando se entienden, son el fundamento sobre el que se basan todos los propósitos de Dios en nuestras vidas.

Cinco misterios

¿Cuáles son estos misterios o secretos? Estos son los cinco que considero primordiales:

1. El “misterio del reino de Dios”

“A vosotros se os ha revelado el secreto del reino de Dios; pero a los de afuera todo les llega por medio de parábolas” (Mc. 4:11).

Esto conlleva la comprensión de cómo Dios obra en la historia, cómo actúa mediante los sucesos de nuestro día a día y de los tiempos pasados, y cómo usa esos sucesos que llenan los medios de comunicación para obrar sus propósitos. Es un misterio que podamos influir en los reinos de este mundo con el reino de Dios, aportando luz a un mundo en tinieblas.

2. El “misterio de la maldad”

“Es cierto que el misterio de la maldad ya está ejerciendo su poder” (2 Ts. 2:7).

Necesitamos desesperadamente entender por qué nunca somos capaces de hacer ningún progreso en lo relativo a la resolución de los problemas humanos; por qué cada generación, sin excepciones, repite las luchas, los problemas y las dificultades de la anterior; por qué no aprendemos alguna lección de las crisis que soportamos.

Para los discípulos financieros, el dinero se describe como “las riquezas mundanas” en Lucas 16:11. En griego dice mammonas tes adikías. Traducido literalmente, esto significa “Mammón de maldad” y describe el poder subyacente en el dinero, que nos induce a tomar malas decisiones, sirviéndole a él en lugar de a Dios. Un discípulo financiero tiene que administrar este poder de iniquidad latente en el dinero, usándolo para fomentar el bienestar humano.

3. El “misterio de la piedad”

“No hay duda de que es grande el misterio de nuestra piedad” (1 Ti. 3:16).

Este es el notable secreto que Dios nos ha dado, mediante el cual se capacita al cristiano para vivir como es debido en medio de las presiones del mundo, con todos sus espejismos, sus tentaciones y sus peligros, no para huir de él sino para negarnos a conformarnos a él, y hacerlo de una manera amorosa y con gracia. Este es el secreto de la vida impartida: “que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27); Cristo en vosotros, accesible para vosotros, poniendo a vuestra disposición su vida, su sabiduría, su fuerza, su poder para actuar, para capacitaros para hacer lo que creéis que no podéis hacer. Este es el misterio de la piedad, la doctrina más transformadora de la vida que jamás se haya expuesto al ser humano y que tiene un efecto radical.

4. El “misterio de la Iglesia”

“Ese misterio… que los gentiles son, junto con Israel, beneficiarios de la misma herencia, miembros de un mismo cuerpo y participantes igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio” (Ef. 3:1-6).

La Iglesia, esa sociedad nueva y sorprendente que Dios está creando, debe ser la demostración de un estilo de vida totalmente distinto para un mundo que nos observa. Debe repeler el impacto del mundo sobre ella y, en lugar de eso, ser una influencia en el mundo a su alrededor para transformarlo. La entrada en la Iglesia se hace por fe, sobre el fundamento de la obra de Jesús en la cruz.

5. El misterio del evangelio

“Orad también por mí para que, cuando hable, Dios me dé las palabras para dar a conocer con valor el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas. Orad para que lo proclame valerosamente, como debo hacerlo” (Ef. 6:19-20).

Debemos ser un canal por el que fluya el evangelio. La mayordomía se basa en el evangelio. Consiste en el proceso de integrar el evangelio en todas las facetas de la vida. En una época en la que parece que el mundo ha perdido la esperanza, el evangelio sigue siendo una “buena noticia”.

En unas vidas que buscan desesperadamente el entendimiento y la esperanza, el evangelio sigue aportando una nueva realidad. Cuando el pecado ata los corazones y las vidas humanas, el evangelio sigue teniendo el poder de romper las cadenas que aprisionan nuestras almas. Y nosotros somos administradores de esta buena noticia.

La mayordomía

Podemos explicar este concepto comparándolo con las tres patas de un taburete. Si queremos que el taburete se mantenga firme, cada pata debe ser estable e igual a las otras.

La primera pata del taburete es el hecho de que Dios es dueño de todas las cosas. Es el creador y sustentador de todo el universo, y jamás ha renunciado a esa condición de propietario. “Pues míos son los animales del bosque, y mío también el ganado de los cerros. Conozco a las aves de las alturas; todas las bestias del campo son mías. Si yo tuviera hambre, no te lo diría, pues mío es el mundo, y todo lo que contiene” (Sal. 50:10-12).

La segunda pata es que Dios nos ha redimido, o comprado por un alto precio, de modo que nosotros le pertenecemos, así como todo lo que tengamos en propiedad o se halle bajo nuestro control. “No sois vosotros vuestros propios dueños; fuisteis comprados por un precio. Por tanto, honrad con vuestro cuerpo a Dios” (1 Co. 6:19b-20). No poseemos nada y la buena noticia es que, si no tenemos nada, ¡no podemos perder nada!

La tercera pata del taburete es la invitación de Dios para convertirnos en administradores de su propiedad y de todos los recursos que él nos da. “Lo entronizaste sobre la obra de tus manos, ¡todo lo sometiste a su dominio!” (Sal. 8:6) ¡Qué privilegio tan maravilloso y qué enorme responsabilidad!

Cierto domingo, un señor ya mayor había concluido su curso de Compass - Finances God’s Way, Gestionando las finanzas a la manera de Dios. Dio las gracias al líder de su grupo y le dijo: “La única cosa de todo este estudio que ha tenido un impacto más grande y decisivo sobre mí, por sí sola, es la idea de que Dios lo posee todo, incluido yo”. Y siguió diciendo: “Llevo yendo a la iglesia toda mi vida, pero nunca se me había ocurrido esto. Pensaba que acudía a mi empleo y ganaba mi sueldo. Era mío para hacer con él lo que quisiera. Pero darme cuenta de que Dios es mi dueño, y dueño de todo lo que tengo, ¡eso me ha cambiado toda la vida!

Ahora soy consciente de que, dada esa propiedad de Dios, toda decisión de gastar se convierte en una decisión espiritual. Ya no pregunto ‘Señor, ¿qué quieres que haga con mi dinero?’. Ahora la pregunta es diferente: ‘Señor, ¿qué quieres que haga con tu dinero?’”.

Como mayordomo, tu vida y tus posesiones ya no son cosa tuya. Todo sirve para cumplir los propósitos de Dios con los recursos que él nos ha dado para que los usemos.

Se ha escrito y se ha enseñado mucho sobre la administración de los recursos, el dinero y los bienes materiales, y sin duda que en este libro tocaremos estos temas. Sin embargo, la necesidad del momento es que administremos las relaciones, y concretamente la manera que tenía Jesús de expandir el evangelio: haciendo discípulos.

5 Los discípulos hacen discípulos

Seguir a Cristo supone hacer nuevos discípulos, ¡como lo hizo él! Sus palabras resuenan a lo largo del tiempo: “Id, por tanto, y haced discípulos…”. No en primer lugar y antes que nada “haced el devocional cada día” o “aprended a administrar el dinero” o “haced negocios como Dios quiere”, sino “haced discípulos”.

La realidad es que siempre hemos participado en el proceso de hacer discípulos, pero estos no siempre eran discípulos para Jesús. Tú eres un discípulo. La pregunta es: “¿Quién te sigue?”. Tienes discípulos, personas que te observan diariamente. La pregunta es: ¿Cómo estás influyendo en las personas que te observan? Cada uno de nosotros sigue a alguien y todos tenemos una influencia significativa sobre otras personas. El proceso de hacer discípulos empieza en casa, con nuestro cónyuge y nuestros hijos, en el trabajo con nuestros compañeros y en los momentos de ocio con nuestros amigos.

En mi último empleo como director de una empresa de servicios aeroespaciales, teníamos contratados a unos 85 profesionales de alta tecnología. Yo consideraba a cada uno de ellos un “pre-discípulo”, porque quería que aprendiesen de mí “qué haría Jesús”. Como director, sabía que estaba trabajando en una especie de caja de cristal: todo el mundo miraba lo que hacía, cómo trabajaba, cómo trataba a las personas, cómo superaba conflictos y retos. Un principio bíblico a modo de guía era “Así brille vuestra luz delante de todos, para que ellos puedan ver vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt. 5:16). Mi oración era que cuando los demás me viesen trabajando, les indicase el camino a Cristo.

Un neozelandés, Paul Gilbert, escribió este himno:

Escribes un evangelio, un capítulo por día,

con las cosas que haces,

por las palabras que dices.

Los hombres leen lo que escribes,

sea falso o verdad;

dime, ¿qué es el evangelio?

¿Qué es según tú?

Hemos sido llamados a seguir a Jesús y, por lo tanto, queremos ayudar a otros a seguirle. No estamos pidiendo discípulos que nos sigan. Ni siquiera Pablo quería que los cristianos le siguieran, sino que siguieran su ejemplo, como afirma en 1 Corintios 11:1: “Imitadme a mí, como yo imito a Cristo”. No queremos ser líderes con muchos seguidores; queremos ser siervos que ayuden a muchos a seguir a Cristo. Discipulamos a otros porque queremos algo para ellos, no porque deseemos algo de ellos.

Todo empezó cuando Jesús llamó a doce hombres para seguirle. No se interesó en programas para alcanzar a las multitudes, sino en hombres a los que siguieran aquellas personas. Esos doce, y las personas a quienes ellos enseñasen, serían el método del Señor para ganar el mundo para Dios. Jesús comenzó a reunir a esos hombres antes de empezar a predicar públicamente.

El objetivo inicial del plan de Jesús era contar con hombres que dieran testimonio de su vida y prosiguieran con su obra cuando él regresara al Padre.

Resulta interesante observar que la creación de discípulos de Jesús tuvo escaso o ningún efecto inmediato sobre la vida religiosa de su época, pero eso no fue tan importante. Esos pocos primeros conversos estaban destinados a convertirse en los líderes de su Iglesia, que debería llevar el evangelio al mundo entero. La importancia de sus vidas se dejaría sentir durante toda la eternidad.

Lo que es más revelador de estos hombres es que al principio no nos parecen personajes clave. En su mayor parte eran hombres normales, trabajadores. Ninguno ocupaba un puesto destacado en la sociedad. Eran impulsivos, temperamentales, se ofendían fácilmente y tenían todos los prejuicios religiosos propios de su sociedad. Podríamos preguntarnos: ¿cómo es posible que Jesús utilizase a esos hombres? ¡Sin duda, no era el tipo de grupo que esperaríamos que ganase el mundo para Cristo! Aun así, Jesús vio en aquellos hombres sencillos el potencial de liderazgo para el reino.

“Eran gente sin estudios ni preparación” conforme al mundo (Hch. 4:13). Aunque a menudo se equivocaban en sus juicios y eran lentos para comprender las cosas espirituales, eran hombres honestos, dispuestos a confesar su necesidad… ¡y eran educables!

Quizá lo más significativo de ellos era su deseo sincero de Dios y de las realidades de la vida de este. Estaban hartos de la hipocresía de la aristocracia que gobernaba. Algunos de ellos se habían unido al movimiento de avivamiento de Juan el bautista (Jn. 1:35). Aquellos hombres buscaban a alguien que les guiase en el camino de la salvación. Jesús puede usar a cualquiera que quiera ser usado.

Aquí estriba la sabiduría de su método, el principio fundamental de concentrarse en aquellos a los que pretendía usar. Uno no puede transformar el mundo sin transformar a los individuos. Las personas no pueden cambiar a menos que sean modeladas en las manos del Maestro.

Jesús distribuyó deliberadamente su tiempo entre aquellos a los que quería formar.

Según parece, un principio fundamental para hacer discípulos es que cuanto más concentrado sea el tamaño del grupo al que se enseña, mayor es la oportunidad de que la instrucción sea eficaz. Jesús ministró a las multitudes, pero enseñó a unos pocos. Jesús no intentaba impresionar a la multitud, sino introducir un reino. Esto suponía que necesitaba a personas que pudieran dirigir a las multitudes, de modo que se dedicó principalmente a unos pocos, de modo que al final pudieran salvarse las masas.

Habiendo llamado a sus hombres, Jesús convirtió en su hábito estar con ellos. Esta fue la esencia de su programa formativo: sencillamente dejaba que sus discípulos le siguieran… ¡nada más! El estilo de Jesús era increíblemente sencillo… Jesús no contaba con una escuela formal, ni seminarios, ni un curso planificado que estudiar, ni ninguno de esos procedimientos cuidadosamente organizados que hoy se consideran tan necesarios.

Lo increíble es que lo único que hizo Jesús para enseñar a esos hombres fue tenerlos cerca de él. Jesús era su propia escuela y también su propio currículo.

El principio básico de hacer discípulos es “que lo acompañaran” (Mc. 3:14). No hay ningún sustituto para “hacer vida” con otras personas. El amigo/mentor/consejero debería estar con el nuevo creyente todo el tiempo que fuera posible, estudiando la Biblia y orando con él/ella; al mismo tiempo, respondiendo a sus preguntas, clarificando la verdad y buscando juntos ayudar a otros.

La única manera de formar eficazmente a esos líderes es dándoles un líder al que seguir.

Cuando hablemos de la elección que hizo Jesús de doce hombres como sus discípulos, debemos ser conscientes también de que muchas mujeres le siguieron y aprendieron de él. “Después de esto, Jesús estuvo recorriendo los pueblos y las aldeas, proclamando las buenas nuevas del reino de Dios. Lo acompañaban los doce, y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades: María, a la que llamaban Magdalena, y de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes; Susana y muchas más que los ayudaban con sus propios recursos” (Lc. 8:1-3). ¡Aquellas mujeres también apoyaban económicamente a Jesús! Eso es lo que hacen los discípulos.

He tenido el privilegio de conocer a tres mujeres piadosas que hacían discípulos y que influyeron mucho en mi vida. Corrie ten Boom fue encarcelada por los nazis en un campo de concentración y es famosa por el perdón que le concedió al brutal guardia del campo, con quien se reunió una vez concluida la guerra. Su vida estuvo dedicada a llevar a personas a Jesús y dejó tras ella una herencia permanente. Dijo: “Nunca podrás aprender que lo único que necesitas es a Cristo hasta que él sea lo único que te queda”.

Gien Karssen es menos conocida, pero formó parte de los comienzos del ministerio de Los navegantes en Holanda. Discipuló a muchas mujeres e influyó en un gran número de hombres en el caminar de estos con Cristo. Su vida se caracterizó por tres cosas; como ella misma escribió: “un gran amor por Dios, un profundo respeto por su Palabra y la pasión para compartir mi vida con otros”.

Por último, pero no en último lugar, mi esposa, Didie, ¡que lleva disciplinándome cincuenta años! (Es que aprendo lento).

El sistema de Jesús: cinco entornos distintos

Jesús fue, claro está, el discipulador perfecto. Tenía un amor perfecto, un propósito perfecto y un método perfecto para formar a los suyos. Si seguimos su método, podemos estar seguros de las bendiciones de Dios sobre nuestro discipulado de otros. Aprendí estos cinco principios de Kent Humphreys, que entonces era presidente de la Fellowship of Companies for Christ (“Comunidad de Empresas para Cristo”), de las que formaba parte mi empresa. Él ejemplificaba esos principios para discipular a empresarios y empresarias. Yo seguí a Kent porque él seguía a Jesús.

1. Jesús pidió a todo el mundo que respondiera a las buenas noticias

Siempre que Jesús llegaba a una comunidad, exponía a todos los habitantes las buenas noticias y este es el motivo de que la gente inmediatamente le rodease. Nosotros, como Iglesia moderna, estamos haciendo un buen trabajo compartiendo las buenas noticias de Jesucristo por medio de la evangelización, los cultos eclesiales, vídeos, periódicos, radio, televisión, internet, revistas, tratados, etc. Jesús hablaba a todo el mundo. “Id por todo el mundo y anunciad las buenas nuevas a toda criatura” (Mc. 16:15).

2. Jesús enseñó a muchos a comprender los principios divinos

Jesús tenía grandes congregaciones de personas que escuchaban su enseñanza. Enseñó en las sinagogas y en las laderas de las colinas, hasta a más de cinco mil personas. Dijo que enseñaba con el propósito de que otros entendieran. La enseñanza crea una atmósfera que estimula el pensamiento. Responde a las preguntas de “quién” debe hacer el ministerio y “qué” debe hacer. Se trata de un ejercicio mental; por lo tanto, puede generar una transformación personal, o bien solo más conocimiento. Pero siempre es el punto de partida del cambio. “De nuevo Jesús llamó a la multitud. ‘Escuchadme todos’, dijo ‘y entended esto’” (Mc. 7:14).

No carecemos de buena enseñanza en nuestras iglesias, conferencias, online, libros y vídeos. Hoy en día, la Iglesia no solo expone al mundo las buenas noticias, sino que es probable que estemos haciendo un trabajo más eficaz como enseñadores de lo que jamás habíamos logrado.

3. Jesús formó a algunos para que trabajasen

Jesús formó a setenta personas para que se fuesen y continuasen con el trabajo. El proceso que empleó fue el siguiente: exponía una verdad para que ellos pudiesen oírla, les enseñaba algo para que pudieran entenderlo y les formaba para que pudieran hacerlo. Un dicho antiguo, pero cierto, sostiene que: “Decir no es enseñar. Escuchar no es aprender. Se aprende a hacer haciendo”. En otras palabras, solo porque le digamos algo a alguien no quiere decir que le estemos enseñando. El mero hecho de que escuche no significa que aprenda. La gente aprende a hacer cosas cuando las hace. La formación tiene que ver con la práctica.

La formación propicia un entorno en el que el cambio individual se produce dentro de un grupo reducido. Quienes forman ese grupo participan emocionalmente en relaciones con otros, dentro del proceso de formación. Para muchos de vosotros, la formación se traduce en un seminario de fin de semana al que asistís un día, o bien un seminario formativo durante la semana. Es posible que en esos eventos se enseñen cosas, pero la formación conlleva aprender cómo y cuándo un individuo tiene que hacer las cosas que le han enseñado. Conlleva ir y hacer.

Si un pastor es docente pero no capacita a las personas a que él mismo u otros en su iglesia las formen, solo está practicando un aspecto de lo que hizo Jesús. Si un pastor es evangelista y habla en la radio y en la televisión, reparte tratados y cuenta a muchas personas las buenas noticias, pero no lleva a esas personas a la fase siguiente de la enseñanza o a dar el próximo paso de la formación, no está acabando la tarea que Jesús le encomendó. Entonces, ¿a quién estás formando en tu iglesia? Jesús habló a todos, enseñó a muchos, formó a unos pocos.

Fíjate en que, a medida que se reduce el tamaño del grupo, hay menos organización y más oportunidades para la relación. Cuando hablas a alguien en el contexto de un grupo grande, no hay ocasión para desarrollar relaciones personales. Si enseñas a muchos, puedes impartirles principios, pero no tener una relación personal con cada individuo. Cuando empiezas a formar, hay menos organización y relaciones más profundas. Por último, cuando te dedicas a empoderar a cada persona en concreto, mantienes una relación muy alta y una organización extremadamente reducida.

Hoy en día tenemos un problema con el ejemplo de nuestras iglesias, porque no hemos seguido el ejemplo de Jesús. Nos centramos mucho en la organización y en las estructuras de los grupos numerosos, pero no en las relaciones que se producen en la formación en grupos reducidos. Un amigo mío me ha dicho justo hoy que estuvo en un entorno eclesial en el que los ancianos se reunían regularmente, pero no tenían una relación estrecha unos con otros; por lo tanto, cuando sobrevino una crisis, estuvieron bien organizados, pero no relacionados. La mayoría de los problemas que encontrarás en tu iglesia tendrá poco que ver con la organización o la estructura; los problemas tendrán que ver con las relaciones. El motivo de que tengamos problemas relacionales en nuestras iglesias es que hablamos a todos, enseñamos a muchos, formamos a unos pocos, pero hay dos últimas tareas que no se nos dan muy bien: equipar a otros y ser ejemplos de una relación personal con Dios. Lo cuarto que hizo Jesús fue equipar a unos cuantos para reproducir su obra.

“Después de esto, el Señor escogió a otros setenta y dos para enviarlos de dos en dos delante de él a todo pueblo y lugar adonde pensaba ir. ‘Es abundante la cosecha —les dijo—, pero son pocos los obreros. Pedidle, por tanto, al Señor de la cosecha que mande obreros a su campo’” (Lc. 10:1-2).

4. Equipó a unos pocos para continuar su obra

Jesús marcó la pauta de equipar a un grupo muy reducido, doce personas, y dedicar un tiempo y un esfuerzo adicional a solo tres de ellos. Personalmente, creo que esa formación especial se produce con un grupo que va de dos a doce personas. Jesús nos dio el modelo de doce porque no puedes preparar a un líder en un grupo grande. El vocablo griego para “equipar” o preparar se encuentra por primera vez en Marcos capítulo 1 y se traduce como “remendar las redes”. Significa tomar algo que ya no es funcional y volverlo útil de nuevo. Eso es lo que intentamos hacer. Cuando equipamos a una persona, la apartamos del banquillo, donde no funciona correctamente, y la hacemos funcionar bien para que Dios la use. Esa persona se motiva cuando aprende a tomar decisiones espirituales y durante el proceso de preparación se responde a las preguntas “¿dónde?” y “¿por qué?”. ¿A quién le estás entregando tu vida?

Jesús no solo formó a Pedro, a Jacobo y a Juan, sino que ellos se convirtieron en sus amigos más íntimos. Esos eran los hombres a los que él quería tener cerca en su vida cuando esta hizo su quiebro más duro: el huerto de Getsemaní.

¿Quiénes son las personas que forman tu círculo interior? Cuando te acercas a las tormentas de la vida, ¿quiénes son las personas a las que recurres? ¿Hay tres personas a las que, si tuvieras una crisis en su vida, llamarías inmediatamente? ¿Hay tres personas que se interesen por tu alma y que te ministrarían? Puede que te lleve varios años mantener relaciones para descubrir a las personas que compondrían un círculo interior, pero cada uno de nosotros necesita tener a un Pedro, un Jacobo y un Juan en su vida. Ora pidiendo tales individuos, y búscalos. Quizá sean personas distintas a las que estás formando; es posible que ni siquiera vivan en tu ciudad; pero encuentra a esa gente y nutre tu relación con ella.

“Al anochecer llegó Jesús con los doce” (Mc. 14:17).

Veamos qué es lo último que hizo Jesús.

5. Ejemplificó una relación con el Padre

El objetivo de toda enseñanza, formación y preparación espiritual es permitir que los hombres y las mujeres caminen con Jesucristo. La importancia no radica en nuestra mente, ni en nuestras emociones o ni siquiera nuestra voluntad, sino en la motivación de nuestro corazón. Cuando otros miran tu vida, ¿qué ven? ¿Les permites acercarse lo suficiente para que te vean como eres realmente? Jesús permitió a los discípulos estar lo bastante cerca como para verle en su momento de crisis, de modo que pudieran percibir su relación con el Padre.

Si eres un líder en el Cuerpo de Cristo, la gente mira cómo vives tu vida. Quieren ver cómo reaccionas cuando las cosas van bien y observan cómo gestionas tu vida cuando estás pasando por una crisis.

Observaron qué hizo Jesús en aquella crisis. Observaron la relación entre el Padre y el Hijo. En cuatro ocasiones, en Juan 17, la última oración de Jesús por sus preciados discípulos, él rogó pidiendo “que sean uno”. Deseaba unidad para ellos y les permitió acercarse lo bastante a él como para que aprendiesen de su ejemplo. ¿Quieres unidad en tu iglesia, empresa, gobierno, familia o comunidad? Sé el modelo de un hombre cuyo corazón pertenece por entero a Dios y él creará unidad.

Es fácil decir que Jesús era perfecto, de modo que, como es lógico, no le importaba que los discípulos se le acercasen. Pero, ¿quién de entre nosotros desea que la gente se aproxime lo suficiente como para ver que no somos perfectos? Dios no nos exige la perfección. Lo único que pide es un corazón que le busque, que tema al Señor. Él honrará a ese corazón, que cuando esté en el interior de una persona inducirá a otros a acercarse más a Dios.

En Marcos 14:33, Jesús demostró otro estilo diferente: tomó a tres de los discípulos (Pedro, Jacobo y Juan) y compartió algunos temas en privado con ellos. Aquel era su círculo interior, donde invirtió más tiempo que el que dedicó a los otros nueve discípulos. Muchos de sus momentos más difíciles los pasó junto a esos hombres. De hecho, Pedro le negaría tres veces. Es evidente que Jesús pensaba que este método íntimo de influencia valía la pena el tiempo invertido en él, e incluso Pedro demostró que era así cuando se convirtió en el vibrante líder de la Iglesia del siglo I.

Por último, fijémonos que en Marcos 14:35, Jesús se apartó de los tres y se postró sobre su rostro delante de su Padre. A menudo, en los relatos de los evangelios se recoge que Jesús a menudo abandonaba a los discípulos para pasar un tiempo en oración con Dios Padre.

Estos cuatro entornos distintos (el grupo numeroso, el grupo reducido, el círculo interior y el tiempo a solas con Dios) son igual de esenciales para las personas que hoy hacen discípulos.

La Biblia dice, en el Salmo 25, que “¿Quién es el hombre que teme al Señor? Será instruido en el mejor de los caminos. Tendrá una vida placentera, y sus descendientes heredarán la tierra. El Señor brinda su amistad a quienes lo honran, y les da a conocer su pacto” (Sal. 25:12-14).

¿Dónde está el hombre o la mujer que teme al Señor? Dios le enseñará cómo elegir lo mejor. ¿Permites a otras personas que vean cómo eliges lo mejor? ¿Les dejas ver las motivaciones de tu corazón en tu vida? Cuando otros observan tu vida, ¿qué ven? ¿Les permites acercarse lo suficiente como para que te vean cómo eres de verdad?

Cuando Jesús ascendió al cielo, seguramente los discípulos se sintieron como si hubieran naufragado. Ahora que él ya no estaba con ellos, en la carne y todos los días, seguramente vivieron una época de nerviosismo e incluso de temor. Jesús sabía que estaban preparados, pero a ellos la experiencia aún no se lo había demostrado. Aun así, sabían que podían depender de lo que le habían visto hacer, las cosas que les había enseñado y la guía del Espíritu que les había enviado recientemente. Su mayor consuelo estaba en el modelo del Señor.

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