Kitabı oxu: «El arte del crimen»
Título original: Research
© Thynker Ltd, 2014.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2020.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO756
ISBN: 9788491877073
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Dedicatoria
Cita
LA VERSIÓN DE DON IRVINE. PRIMERA PARTE
1
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3
4
5
LA VERSIÓN DE JOHN HOUSTON. PRIMERA PARTE
1
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5
LA VERSIÓN DE DON IRVINE. SEGUNDA PARTE
1
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LA VERSIÓN DE JOHN HOUSTON. SEGUNDA PARTE
LA VERSIÓN DE DON IRVINE. TERCERA PARTE
Notas
PHILIP KERR. BERNIE GUNTHER
PHILIP KERR. SCOTT MANSON
OTROS TÍTULOS DE PHILIP KERR EN RBA
PARA HARRY ARMFIELD
Escribe acerca de lo que sabes.
MARK TWAIN
LA VERSIÓN DE DON IRVINE
1
Fue el novelista estadounidense William Faulkner quien afirmó en cierta ocasión que cuando uno escribe tiene que matar todo aquello que más quiere. Fue Mike Munns —otro escritor, aunque, al igual que yo, no era ni la mitad de bueno que Faulkner— quien bromeó con esa cita cuando telefoneó a mi piso de Putney ese martes a primera hora de la mañana.
—Soy yo, Mike. Ya he oído eso de matar todo aquello que más quieres, pero eso es ridículo.
—Mike, pero ¿qué coño...? No son ni las ocho.
—Don, escucha, pon Sky News y luego llámame a casa. Resulta que John se ha cargado a Orla. Por no hablar de sus dos perros.
Ya no veo mucho la televisión, del mismo modo que tampoco leo mucho a Faulkner, pero me levanté de la cama y fui a la cocina, preparé una tetera, puse la tele y al cabo de unos segundos estaba leyendo un titular que desfilaba por la parte inferior de la pantalla: APARECE ASESINADA EN SU APARTAMENTO DE LUJO DE MÓNACO LA ESPOSA DEL NOVELISTA SUPERVENTAS JOHN HOUSTON.
Unos diez minutos después, el irlandés de ojos chispeantes que presentaba las noticias anunciaba los hechos escuetos antes de preguntarle a una periodista local ubicada delante de la característica puerta giratoria de vidrio de la Tour Odéon:
—¿Qué más puedes contarnos, Riva?
Riva, una atractiva rubia que vestía falda de tubo negra y blusa beis con una gran lazada al cuello, explicaba lo que se sabía hasta el momento:
—La policía de Mónaco busca al escritor millonario John Houston en relación con el asesinato de su esposa, Orla, cuyo cadáver ha sido hallado a primera hora de hoy martes en su apartamento de lujo del exclusivo Principado de Mónaco. Se cree que su asesino también mató a los perros de la señora Houston. John Houston, de sesenta y siete años, a quien no se ha visto desde el viernes por la noche, hizo fortuna como autor de más de un centenar de libros y está ampliamente considerado como el novelista más vendido del mundo, con unas cifras que ascienden a más de trescientos cincuenta millones de ejemplares. Encabeza con regularidad la lista Forbes de los autores mejor pagados con ingresos que se estiman en más de cien millones de dólares al año. La señora Houston tenía treinta y siete años. Su nombre de soltera era Orla Mac Curtain, fue Miss Irlanda y una actriz galardonada con un Tony a la mejor protagonista por su interpretación de Sophie Zawistowska en La decisión de Sophie, el musical. Orla Mac Curtain estaba considerada una de las mujeres más bellas del mundo y acababa de escribir su primera novela. La pareja contrajo matrimonio hace cinco años en la casa del señor Houston en la isla caribeña de San Martín. Pero aparte del hecho de que su muerte está siendo investigada como un homicidio, la policía de Mónaco no nos ha facilitado información sobre las circunstancias exactas del fallecimiento de la señora Houston, Eamon.
—Riva, Mónaco no es precisamente un sitio muy grande —dijo el presentador de las noticias—. ¿Tiene la policía alguna pista sobre el paradero de John Houston?
—Mónaco tiene una extensión de apenas dos kilómetros cuadrados y limita con Francia por tres lados —respondió Riva—. Está a solo quince kilómetros de Italia y tengo entendido que se puede alcanzar la costa del norte de África en unas diez o doce horas. Houston tenía un barco y licencia de patrón, por lo que se considera que realmente podría estar en cualquier parte.
—Es como una escena de uno de sus libros. John Houston estuvo en este mismo programa el año pasado y entonces leí uno que me pareció muy bueno, aunque no recuerdo el título. Me dio la impresión de que era un hombre muy simpático. ¿Ha explicado la policía la causa de la muerte?
—Todavía no, Eamon.
Apagué la tele, volví a llenarme la taza de té y estaba revisando los números de la lista de contactos del móvil para dar con el de Mike cuando sonó el fijo. Era Mike Munns de nuevo.
—¿Lo estás viendo, Don? —preguntó.
—Sí —mentí—. Pero creo que estás sacando conclusiones precipitadas, Mike. El hecho de que la poli de Monty esté buscando a John no quiere decir que sea el verdadero asesino. Los dos hemos escrito suficientes libros suyos para saber que una trama no funciona así. El marido es siempre el primer sospechoso y, en casos como este, el más evidente. Se da por sentado que estará entre los favoritos. A cualquier marido se le puede atribuir un móvil para asesinar a su esposa. Es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Así funciona siempre. Escucha lo que te digo, al final resultará que el asesino era otro. Un intruso. El amante de Orla, quizá. Suponiendo que lo tuviera.
—Nil nisi bonum —dijo Munns—. Pero Orla era una zorra de veinticuatro quilates y desde luego no consigo imaginar quién podría quererla. Si John se la cargó, no puedo decir que se lo reproche al pobre cabrón. Seguro que yo habría matado a Orla de haber tenido que vivir con ella. Dios, esa mujer habría puesto a prueba la paciencia de santa Mónica. ¿Recuerdas cómo le daba de lado a Starri en la fiesta de Navidad?
Starri, una finlandesa aburrida y monosilábica de Helsinki, era la mujer de Mike, pero costaba echarle en cara a Orla que no le hiciera caso en la fiesta de Navidad. Yo tampoco le tenía mucho aprecio a la esposa de Mike. La habría pasado por alto aun encontrándomela dentro de una taza de té.
Sonreí.
—No digas nada de los muertos a menos que sea bueno —observé—. Eso es lo que se supone que significa nil nisi bonum, Mike.
—Ya sé lo que significa, joder, Don —replicó Munns—. Lo único que digo es que tal vez Orla se lo tuviera merecido. Ella y los puñeteros chuchos. Y me sorprende oírte defenderla precisamente a ti. No le caías nada bien. Lo sabes, ¿verdad?
—Claro que lo sé, pero, siendo estrictos, no la estaba defendiendo —dije—. Era a John a quien defendía. Mira, nuestro antiguo amigo y jefe es cantidad de cosas, y muchas de ellas aparecerían con cuatro asteriscos si se publicaran en un periódico, pero no es un asesino. Puedes estar seguro.
—Pues no, no estoy yo tan seguro. John tiene un carácter de mucho cuidado. Venga, Don, ya lo has visto cuando se agarra un cabreo de los suyos. Era el puñetero Capitán Hurricane de los tebeos. Además, es fuerte. Tiene las manos como puertas de coche. Cuando aprieta el puño parece un martillo de demolición. No me gustaría vérmelas con él.
—Ya te las viste con él, Mike. Si mal no recuerdo, le pegaste un puñetazo y, por algún motivo que aún se me escapa, él no te lo devolvió; cosa que, debo decir, demostró un control notable por su parte. Dudo que yo hubiera logrado contenerme tanto.
Eso era más cierto de lo que Munns alcanzaba a entender. Yo siempre había querido pegarle un puñetazo en la nariz, quizá ahora más que nunca.
—Sí —reconoció Munns—, pero solo fue porque le avergonzaba cómo se había comportado ya. Por haberme echado una bronca tan violenta.
—En honor a la verdad, también podría haberte despedido por pegarle, Mike —añadí—. Y tampoco lo hizo.
—Solo porque me necesitaba para terminar un libro.
—Es posible, pero creo que te estás apresurando demasiado a juzgarlo en este caso.
—¿Por qué no iba a juzgarlo? Nadie conocía a John Houston mejor que nosotros. Mira, no le debo nada en absoluto. Y al final nos despidió a los dos, ¿verdad? Sus amigos y colegas.
—No sin compensarnos.
—Aquello fue dinero para pizza, si tenemos en cuenta lo rico que es.
—Venga, Mike, se podría comprar toda una pizzería con lo que nos dio a los cuatro.
—Vale, pues para un reloj, entonces. Gastaba más en relojes de pulsera de lo que invirtió en nuestro finiquito. Eso no me lo negarás.
Oí que sonaba el móvil de Mike —Paperback Writer, el escritorzuelo de los Beatles— al otro extremo de la línea, y esperé un momento mientras atendía la llamada.
«Peter —oí que decía Munns—. Sí, me he enterado. Lo sabe, ahora mismo estoy hablando con él. Te llamo luego. No, espera, tengo una idea mejor. ¿Por qué no quedamos los tres para comer? Hoy. ¿Te va bien? Vale. Espera un momento, se lo voy a preguntar a Don».
Munns retomó su conversación conmigo por el fijo.
—Es Stakenborg —dijo—. Oye, ¿qué te parece si vamos todos a comer al Chez Bruce para hablar del asunto?
El Chez Bruce es un restaurante en la zona sudoeste de Londres que caía cerca de donde vivían Mike Munns y Peter Stakenborg, en el cruce de Wandsworth y Clapham.
—¿Qué hay que hablar? —dije—. Está muerta. John está en paradero desconocido. Igual él también ha muerto, solo que no lo sabemos todavía.
—Venga, Don, no seas un capullo tan cenizo. Además, hace meses que no nos vemos los tres para charlar con tranquilidad. Estaría bien que nos pusiéramos al día. Mira, invito yo, si es lo que te preocupa.
No era eso.
—Quedar para comer me parte la jornada de escritura, eso es todo. No podré pegar ni golpe después de haberme bebido una botella de vino con vosotros, cabrones.
—¿Estás trabajando en algo?
—Sí.
—En ese caso, insisto —dijo Munns—. Soy capaz de cualquier cosa con tal de interferir en el trabajo de un colega escritor. Venga. Di que sí.
—Vale —dije—. Sí.
—Estupendo. El menú del día es un chollo. ¿Pete? ¿Sigues ahí? Quedamos así. ¿Don? ¿Pete? Chez Bruce. Nos vemos a la una.
En el páramo culinario que es el sudoeste de Londres, el Chez Bruce es, con todo merecimiento, un caso único. Pese a la indudable excelencia de la cocina, no es un establecimiento más elegante de la cuenta. La clientela está formada sobre todo por parejas de amas de casa aburridas que se gastan las modestas bonificaciones de sus maridos en la City, pensionistas a los que les ha quedado el cien por cien del sueldo que despilfarran sus ganancias ilícitas y parejas de mediana edad que celebran —si esa es la palabra adecuada— sus pírricos aniversarios de boda.
Fuera, en la estrecha calle principal, había una larga fila de tráfico casi inmóvil y detrás quedaba la enorme extensión de terreno apacible y de un verde inverosímil que es el parque de Wandsworth. El verano había llegado por fin apenas una semana antes, pero ya daba la impresión de que se había embarcado en el primer avión disponible y ahora iba rumbo a algún lugar más cálido. Desde luego, apenas habían visto el sol durante el fin de semana anterior en Fowey, que era donde se hallaba mi segunda residencia de Cornualles, llamada Manderley en honor de la casa de Rebeca, la novela de Daphne du Maurier. Creo que todas las segundas residencias de Cornualles llevan el nombre de Manderley.
Como es natural, fui el primero en llegar al Chez Bruce, pues era el que venía de más lejos. Le eché un vistazo a la carta de vinos y pedí una botella de Rully: a sesenta libras, no era ni de lejos el vino más caro de la carta, pero sin duda nos quitaría las ganas de pedir nada más barato y con toda seguridad disuadiría a Mike Munns de pedir unas cuantas más. Estaba decidido a acabar la comida más o menos sobrio, sobre todo porque había ido en coche.
Peter Stakenborg fue el siguiente en llegar. Era un hombre alto de aspecto ligeramente ansioso que llevaba lo que parecía una pelambrera de tejón en la cabeza, chaqueta de terciopelo azul, camisa blanca y pantalones de pana marrones.
—Joder, vaya mañanita —dijo—. He estado lidiando con llamadas de Hereward Jones, Bat Anderton y el puto Evening Standard. ¿Y tú?
—Yo no he contestado el teléfono. He supuesto que solo se trataría de gente con ganas de soltarme chismorreos y especulaciones relativos a John. —Me encogí de hombros—. Además, nunca atiendo las llamadas cuando trato de trabajar.
—Sí, tengo entendido que andas metido en algo.
—Lo intento. Digámoslo así. Me pasé el fin de semana en Fowey, pero no estaba llegando a ninguna parte, de modo que volví. No hacía más que mirar por la ventana y maravillarme de que en alguna parte pueda llover tanto como en Cornualles.
—¿Una novela?
Asentí y le puse a Stakenborg una copa de Rully.
—¿De qué va?
—Ya lo he olvidado. Cuando me levanto de la mesa, deja de existir por completo. Así no me puedo ir de la lengua con el libro. Creo que todo proceso de escritura tiene que llevarse a cabo como una suerte de exorcismo.
—¿Quién dijo eso?
—Lo digo yo, Peter.
—¿Quieres decir que ya tienes una trama..., un esbozo y todo?
—No exactamente. Solo estoy escribiendo, a ver adónde me lleva.
—Yo lo intenté una vez.
—¿Y qué pasó?
—Para serte sincero, Don, poca cosa. —Stakenborg torció el gesto—. Sin uno de los tratamientos encuadernados en cuero de John por el que regirme, en realidad no hacía más que teclear. Y no tenía la impresión de estar llegando a ninguna parte. Era como intentar llegar al Hay Festival sin GPS. Me perdí antes incluso de haber empezado. Ese hombre tiene una capacidad extraordinaria para crear historias de la nada. Sus tramas son como putos relojes Rolex. Apuesto a que podrías encerrarlo en un cuarto con una hoja de papel, un lapicero e instrucciones de escribir una trama de quinientas palabras sobre..., sobre este vino, y lo más probable es que lo hiciera. Y no solo eso, sino que en realidad empezaría a creer que era una buena trama. Eso lo he visto. El germen de una idea que se convierte en un argumento hecho y derecho en el transcurso de un almuerzo. No sé cómo lo hace.
Asentí. Esa descripción encajaba con nuestro antiguo patrón.
—Eso es verdad, aunque también lo he visto entusiasmarse con una idea. Y llega el punto en que empieza a creer que una mera idea podría hacerse realidad.
—Bueno, ¿qué opinas de las sensacionales noticias de hoy?
—Hasta que hoy pase a ser mañana, creo que es muy pronto para decirlo.
—Venga, Don. Lo conoces mejor que nadie. Desde el principio, por así decirlo. Alguna opinión tendrás sobre lo ocurrido. Me temo que en Twitter ya están crucificando a John.
—Pues ya está. Para el caso, como si le llevas al juez la toga y el birrete. Si lo dicen unos cuantos tuits, será porque es culpable.
—No son solo unos cuantos —repuso Stakenborg—. Dios, la gente de este país no tiene compasión. Sobre todo, la hermandad de mujeres escritoras. A juzgar por las cosas que escriben sobre ella, cualquiera diría que gracias a Orla tienen derecho a votar. Pero, en serio, ¿qué opinas?
—Sí, Don. Venga, dinos. —Mike Munns se sentó frente a mí, se sirvió una copa y luego contempló el color dorado del borgoña que contrastaba con el blanco del mantel. Era bajo, con el flequillo caído sobre la frente, gafas grandes de montura gruesa ligeramente tintadas y un traje de cuadros que habría tenido más sentido en el escaparate de una tienda de beneficencia, y eso que Munns era cualquier cosa menos un filántropo—. Lo menos que puedes hacer es ofrecernos tu opinión más sincera. ¿Culpable o inocente?
—No me jodas. Con amigos como tú, ¿qué probabilidades tiene ese pobre capullo de demostrar su inocencia?
—¿Amigo? ¿Quién ha dicho que fuera amigo suyo? Creí haber dejado meridianamente claro que John Houston no era amigo mío.
Dejé correr el comentario. De lo contrario, el almuerzo habría tocado a su fin. Meneé la cabeza.
—Aparte de lo que han dicho en Sky News esta mañana a las ocho, todavía no se sabe gran cosa; seguro que en eso estamos de acuerdo.
—Resulta que por eso llego un poco tarde —anunció Munns—. Un poli de la Sûreté Publique acaba de hacer unas declaraciones en la tele frente al edificio donde vive John en Monty. A Orla y los perros les dispararon con una pistola de nueve milímetros, y parece que uno de los coches de John, el Range Rover, ha desaparecido del garaje. La policía ha declarado a Houston el principal sospechoso y emitido una orden de detención internacional.
—Siempre me gustó ese coche —comentó Stakenborg—. Es el que me habría llevado del garaje en caso de haber tenido que salir zumbando.
—¿Salir zumbando? —Munns frunció el ceño—. P... p... pero ¿de dónde has sacado esa expresión?
—Es de Huckleberry Finn —aclaró Stakenborg.
—Eso lo explica. Twain siempre ha sido una zona gris para mí.
—Supongo que eso significa que no lo has leído —repliqué con crueldad.
—El Lamborghini de John es muy llamativo y muy azul —continuó Stakenborg—. Y el Bentley es demasiado grande para nada que no sea estar en el garaje. Con la capota baja quizá lo habrían reconocido, y en Mónaco, con la capota echada, cualquiera parecería sospechoso. No, yo habría optado por el Range Rover. Además es gris, que es un color muy apropiado para ir a cualquier sitio sin llamar la atención en Mónaco.
—Yo también lo habría elegido —convine, pues había decidido jugar a lo del coche, al menos un ratito; si no puedes vencerlos, únete a ellos—. El Range Rover es siempre la opción Ricitos de Oro para una huida: la más indicada. Sobre todo, el modelo concreto que tenía John: es el Autobiography, el mejor de la gama. Unas cien mil libras. Envidiaba muy poquitas cosas de John, pero ese coche era una de ellas.
—¿Queréis olvidaros de los coches un momento? —insistió Munns—. El caso es que ahora John está oficialmente en busca y captura. Lo que con toda seguridad significa que los polis de Monty saben mucho más de lo que dicen sobre lo sucedido en el apartamento de John. Siempre ha sentido una enorme predilección por las armas.
—¿Desde cuándo saben hacer los polis de Monty algo más que consentir y seguir la corriente a gente podrida de dinero? —preguntó Stakenborg—. Puede que tengan el cuerpo de policía más grande del mundo...
—¿Lo tienen? —se interesó Munns.
—Per cápita. Hay quinientos agentes para treinta y cinco mil personas. Pero lo que digo es que, si bien la tasa de delincuencia es baja, hay un montón de cosas que se barren bajo la alfombra Tabriz de seda en el Salon Privé.
—Un lugar soleado para gente sombría —comenté, citando a Somerset Maugham.
—Exacto —convino Stakenborg—. ¿Y qué escándalo fue aquel del año 1999, cuando la cagaron en el caso de un banquero multimillonario que murió en un incendio en su casa?
—Edmond Safra —señalé—. Dominick Dunne publicó en Vanity Fair un reportaje muy bueno sobre cómo la poli tapó el caso.
—Puede que la policía de Monty tenga un presupuesto mayor que el de Scotland Yard —continuó Stakenborg—, pero eso no significa que tengan las luces suficientes para saber aprovecharlo. Me refiero a que casi todos los que son alguien en esa espinilla de país proceden del propio Mónaco, y esa no es una gran reserva genética cuando se trata de producir policías capaces de hacer algo más que poner unas cuantas multas de tráfico. Bueno, fijaos en los Grimaldi, por el amor de Dios.
—Por el bien de John —repuse—, espero que te equivoques.
—Eso depende de si crees o no que la mató —observó Munns.
—Es evidente que no creo que la matara. Por eso espero que los polis estén a la altura de la tarea de atrapar al auténtico culpable.
—¿Aunque John sea el principal sospechoso? Santo Dios, Don, ¿por qué demonios le eres tan leal a ese pirado?
—¿Leal? No soy leal. Aunque comparado contigo, Mike, debo de parecerlo. Lo que pasa es que me niego a verlo colgando de una horca hasta que haya oído su versión de la historia.
Pedimos la comida y elegí lo mismo que siempre que voy al Chez Bruce: el parfait de fuagrás y el bacalao asado con puré de olivas. Es una norma que tengo (pedir lo mismo allí adonde voy), y me atrevería a decir que es una de las razones por las que mi mujer no soportaba vivir conmigo; pero como dice mi canción preferida de Genesis (que es otra razón por la que me abandonó mi esposa, creo yo), sé lo que me gusta y me gusta lo que sé.
—Su versión de la historia dejó de resultar relevante desde el momento en que huyó —observó Mike Munns.
—La fuga solo es un indicio circunstancial de culpabilidad —aduje—. Pensad en ello. A lo mejor John discutió con Orla y alguien lo oyó por casualidad. Y si el asesino usó una de las muchas armas de John para matarla, ahí tenéis el caso. Dos y dos suman de quince a veinte años en una cárcel de Monty. En esas circunstancias, quizá yo también habría salido zumbando de allí. Dios, no hay que ser Johnnie Cochran para saber cómo defender a tu cliente por haber huido de una situación de mierda como esa.
—Lo más probable es que la cárcel de Monty no sea tan mala —murmuró Stakenborg—. Para lo que son las cárceles. Supongo que las celdas son bastante cómodas, con vistas al mar en las mejores. Igual que el Hôtel Hermitage. Me pregunto si prohibirán jugar a las cartas a los reclusos como se lo prohíben a los de allí en el casino.
—¿Quién coño es Johnnie Cochran? —preguntó Munns.
—Creo que no es casualidad que las novelas que Mike le escribía a John fueran a menudo las que más se vendían —me dijo Stakenborg—. John siempre lo tuvo en cuenta. Acostumbraba a hablar de Mike como el mínimo denominador común de una serie de fracciones de lo más vulgares.
—Qué gracioso —soltó Munns.
—Cochran fue el abogado de O. J. Simpson —dije.
—Eso lo explica —continuó Munns—. Dios, eso fue hace veinte años. A veces olvido que sois mucho más viejos que yo. Por lo menos, hasta que os veo las canas.
—Mucho más viejos y mucho más sabios —observó Stakenborg.
—Resulta que creo que yo escribí el mayor superventas de todos —dije—. Diez soldados sabiamente capitaneados. Que fue el último. Aunque ahora ya no importe mucho.
—No..., siempre y cuando recibieras tu bonificación.
—Tres bonificaciones, según recuerdo. Una por cada millón de ejemplares vendidos.
—Esa es la del detective privado, ¿no? —preguntó Stakenborg.
—No, Diez soldados es la del traficante de armas pakistaní. La del detective privado era Juguetes del destino. Peter Coffin. Que reaparecía en El hombre de la isla de Man.
—Y luego otra vez en El índice de enigmas. Que, sinceramente, es la peor de todas.
—Los personajes de John... —dijo Munns en tono desdeñoso—. ¿Quién es capaz de creerse a un protagonista con el puto nombre de Peter Coffin, como un ataúd?
—De hecho —observé—, Peter Coffin es un personaje de otra novela que igual tampoco has leído: Moby Dick, de Herman Melville. Para ser un hombre cuyos libros se describieron en el Guardian como «novelas vogonas», John tiene un extraordinario bagaje de lecturas.
—Los vogones —comentó Munns—. De la Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, ¿verdad?
—Por fin —señaló Stakenborg—. Un libro que se ha leído Munns.
—Supongo que las novelas vogonas son como la poesía vogona —continuó Munns—. La tercera peor poesía del universo.
—Y está claro que es un libro que ha leído hasta la última página —añadió Stakenborg, que pidió entre risas otra botella de vino.
—Vete a la mierda —dijo Munns, pero también reía, por lo menos hasta que le echó un vistazo a la carta de vinos y vio el precio del Rully.
Llegaron los entrantes, y la segunda botella de Rully, que Munns cambió por otra más barata.
—El caso es que es una pena que no esté aquí Philip French —comentó Munns—. Para completar el cuarteto de Houston.
—Supongo que está en su casa del sur de Francia —dije—. Qué suerte tiene el cabrón.
—Cualquiera diría que es algo especial —observó Munns.
—Creo que lo es, para Philip —expliqué—. Le costó todo lo que tenía.
—Yo, desde luego, no la habría elegido —aseguró Munns—. Es una casita modesta. Tiene un olivar, pero no hay aire acondicionado.
—Parece de lo más idílico —insistió Stakenborg.
—Tourrettes-sur-Loup no es precisamente eso. Parece más una enfermedad, la verdad.
—Viniendo de ti, Mike, eso ha sido casi hasta ingenioso.
—Eh, me pregunto si también considerarán sospechoso a Philip —sugirió Munns.
—¿Por qué iban a hacerlo? —indagué.
—Porque Tourrettes está a una hora escasa en coche de Mónaco —señaló Munns.
—¿Y?
—Y porque Philip detestaba a John Houston más incluso que yo. ¿Tengo razón o tengo razón?
—Tú nunca tienes razón, Mike —dije—. Ni siquiera cuando no te equivocas.
—Solo crees que lo detestas —le explicó Stakenborg a Mike—. Que no tiene nada que ver con cómo se siente el pobre infeliz de Phil. Además, en realidad Phil no odia a John. Lo que pasa es que se arriesgó mucho para comprar esa casa en Tourrettes; dio por supuesto que sus ingresos como negro de Houston le asegurarían unos ingresos de cien de los grandes al año además de las bonificaciones por superventas durante los próximos diez años.
—Eso fue un error. No hay que dar nada por sentado cuando eres escritor freelance —dije—. Que es lo que somos todos.
—Así que cuando John echó el cierre a nuestro pequeño atelier...
Noté que me estremecía; siempre me había abochornado un poco el nombre que le había dado Houston a nuestro cuarteto de escritura: el «atelier». Era como si todos fuéramos empleados del taller de un auténtico artista, y no de alguien cuyo único talento era ganar dinero a espuertas.
—Philip se ofendió especialmente.
—... y le echó la culpa a Orla —añadió Munns—. Por convencerlo de que lo hiciera. Por lo menos, eso fue lo que él me dijo.
—Mejor será que te calles eso —le aconsejé.
—¿A qué te refieres?
—Si los polis de Monty se presentan aquí haciendo preguntas, mejor será que no lo repitas —dije—. Por el bien de Philip. No tiene sentido meterlo también en esto. Y antes de que lo preguntes, no, no creo que Philip matara a Orla, como tampoco creo que la matara John. Ni tú, ni Peter.
—¿Crees que lo harán? —preguntó Munns—. Los polis. Presentarse aquí, quiero decir.
—Peter tiene razón —observé—. La policía de Monty tiene dinero de sobra y más bien poquita cosa que hacer. Lo que significa que seguramente se presente aquí algún poli dentro de poco. Londres es el lugar más lógico para emprender una investigación así. No nos engañemos. Su editor vive en Londres. Su agente vive en Londres. Todos vivimos en Londres. Sus dos exmujeres y sus hijos viven en Londres. Su anciana madre vive en Londres.
—Y todos lo odian también —señaló Munns—. Sí, tienes razón. Acabas de citar la baraja entera de cartas del Cluedo de quienes podrían haber obrado con cierta premeditación en lo que a John respecta.
—Nunca dejes que los hechos se interpongan en la narración de una buena historia —dijo Stakenborg—. Salta a la vista por qué John pensaba que tenías talento para la ficción, Mike.
—De hecho, fue Don, aquí presente, quien me metió en el atelier —dijo Munns—. No John.
—Mike solía aplicar ese mismo talento riguroso al periodismo cuando era gacetillero en el Daily Mail —añadí—. ¿Verdad que sí, Mike? De no ser por eso, ¿quién sabe dónde estarías ahora, después de la investigación de Leveson? En la cárcel por hackear teléfonos, lo más probable.
Munns esbozó una sonrisa torcida.
—Es posible. Cierto, hice algún que otro apaño en mis tiempos. Pero, a ver, el hecho indiscutible es que cuando Houston desconectó el rúter del atelier nos dejó a todos en la estacada. No solo a los monos como nosotros que escribíamos los libros de John por encargo, sino también prácticamente a toda una industria que giraba en torno a un hombre: el editor..., el agente..., todo el puto tinglado. Coño, tenía su propia ala oeste dedicada a su sello de edición en Veni, Vidi, Legi. ¿Cuántos eran? ¿Diez?, ¿quince personas? Sin contar a aquellas tres chicas de la oficina de Houston. Todas perdieron sus buenos empleos cuando John decidió que quería volver a los comienzos y escribir algo por su cuenta. Por no hablar del efecto sobre el valor de las acciones de VVL, la reducción de las minutas de los abogados, los sueldos de los contables y solo Dios sabe qué más. Me parece que ahí hay más motivaciones que en el Teatro e Instituto Cinematográfico Lee Strasberg.
—¿Para el asesinato? —Reí.
—Claro que para el asesinato. ¿Por qué no? Pero tienes razón, Peter. Sus exmujeres, sus hijos y su anciana madre no lo odiaban por eso. Ya lo odiaban antes.
—Me veo en la obligación de recordarte que quien ha fallecido no es John, sino la pobre Orla —observé.
—Escuchadlo. «Pobre Orla». ¿Pobre Orla? ¡Y una mierda! La pobre Orla se lo tenía merecido. Aun así, creo que John debió de utilizar una bala fabricada con plata de un crucifijo fundido para hacerlo. Seguro que le hizo falta.
—A menos que también esté muerto —añadió Stakenborg—. Y, sencillamente, no lo sabemos todavía. La mafia rusa, una prostituta contrariada... Dios, debe de haber un montón de ellas, no he conocido nunca a nadie a quien le gustara tanto contratar a chicas como a John. Uno o dos maridos celosos; John era incapaz de tener las manos quietas con las chicas de los demás. Un camello, quizá; sí, le gustaba meterse unas rayitas de vez en cuando, sobre todo cuando estaba de juerga con señoras. O igual tienes razón después de todo: Mike, su agente literario; los ingresos de Hereward debieron de desplomarse desde que John empezó a fantasear con que podía ganar el Premio Booker. Y si no ha ocurrido todavía, no tardará en ocurrir. Los agentes son egoístas. Siempre se creen que el dinero de sus clientes lo ganaron ellos. O no ganaron nada, como en mi caso. De hecho, estoy convencido de que a mi agente le gustaría verme muerto. Con toda probabilidad podría vender mi novela, sí, mi novela, si hiciera algo que me convirtiera en un artículo más vendible, como morir de una manera guay. Como Keith Haring. El caso es que si John Houston estuviera muerto, podría vender un montonazo de ejemplares de su siguiente libro. El que escribió Mike.
Stakenborg chasqueó los dedos mientras intentaba recordar el título.
—El mercader de muerte —dijo Munns.
—Entonces, quién sabe, a lo mejor ha ideado todo este asunto para vender más, si fuera posible. Nadie sabe tanto como John Houston acerca de cómo vender libros. Fijaos si no en cuántos discos vendió Michael Jackson después de abandonar Neverland para siempre con destino a dondequiera que fuese. En los doce meses posteriores a su muerte, el Rey del Truño vendió treinta y cinco millones de álbumes.
—No se me había ocurrido —admitió Munns—. No es mala idea. Seguro que la cacería del famoso va a acaparar más columnas en los periódicos que las tetas de Katie Price.
—¿Quién escribe ficción ahora? —pregunté.
—Pero, en cualquier caso, se mire como se mire —añadió Munns—, hay que reconocer que John está pero que bien jodido.
Eran más de las seis cuando regresé a mi piso en Putney. Estaba encima de uno de esos edificios lúgubres pero grandes de ladrillo visto cerca del puente y con vistas al río; lo que los estadounidenses habrían llamado un «apartamento con galería envolvente», que disponía de un pequeño torreón en la esquina y una ventana circular. Estaba cerca de los comercios, de algún que otro pub decente y de la parada del autobús número 14 a Piccadilly. El escritor J. R. Ackerley (el que tanto adoraba a su perro alsaciano) había vivido enfrente y, en una de las otras manzanas de mansiones más cerca del puente, también habían vivido el poeta Gavin Ewart y el novelista William Cooper, a quienes conocí de manera superficial. Putney es un poco así, con muchos escritores de los que casi no has oído hablar, motivo por el que viven en Putney y no en Mónaco, supongo. Mientras contemplaba desde la ventana de mi torreón las pequeñas embarcaciones que pasaban de aquí para allá por un Támesis de color marrón turbio, solía decirme que la vista desde University Mansions era infinitamente mejor que la que tenía John del mar de Liguria desde las ventanas de doble altura de su apartamento en la Tour Odéon; pero no era más que otra de las ficciones de mi vida, como la de que era más feliz viviendo solo, o la de que no necesitaba a John Houston para publicar una novela. La verdad es que odiaba Londres. La ciudad estaba llena de gente deprimida que no hacía otra cosa que quejarse de la climatología, o de los banqueros, o de Europa, o de este gobierno o del anterior. Cornualles no era mucho mejor; aquello no era más que quejarse con una puta pelliza puesta. A John le gustaba describir Montecarlo como un suburbio lleno de multimillonarios, pero a mí me sonaba genial. Los multimillonarios tienen principios más elevados que los palurdos que se compran toda la ropa en el Primark.
Estaba borracho, claro. A pesar de mis buenas intenciones, habíamos bebido al menos una botella por barba, seguida de brandis de solera de la mesita de ruedas, que es cuando la ganga que es el almuerzo en el Chez Bruce deja de ser una ganga. Había pagado yo los seis, que acabaron costando más que la comida. A eso me refiero con brandy de solera: llenar el depósito de un antiguo Rolls-Royce habría salido mucho más barato.
No tenía ni la menor posibilidad de escribir otra cosa que no fuera mi nombre y el número correspondiente en el encabezamiento de la página, así que puse la tele y me senté en el sofá a ver si descabezaba un sueñecito. No pasó mucho rato antes de que ITV News abordara el asesinato de Orla Houston en el orden de emisión de «historias». Esa es una de las razones por las que nunca veo las noticias; porque antes las «historias» eran «informaciones» (bastantes historias tengo entre manos durante la jornada laboral). Lo más probable es que se deba a que las noticias no tienen nada que suene a noticias: son todo especulaciones y opiniones y flujos de conciencia, o sencillamente gilipolleces. Los hechos escasean. Virginia Woolf podría haber escrito el guion de las noticias de las seis. Y lo mismo ocurría con la «historia» de los Houston: John seguía desaparecido y era el principal sospechoso, por lo que se instaba a llamar a la policía de Monty a cualquiera que supiera de su paradero. Habían retirado el cadáver de Orla del apartamento y lo habían trasladado al depósito local, y habían informado a sus familiares y algunos de ellos se estaban desplazando desde Dublín, es de suponer que para identificar el cadáver y organizar el funeral. Tuve la crueldad de preguntarme si habría militares con banderas. El primo de Orla, Tadhg McGahern, era miembro del Parlamento Europeo en representación del Sinn Féin y ya había llegado a Mónaco desde Bruselas. No lo veía desde la boda de Orla, cuando lucía una expresión no muy distinta de la que mostraba ahora el medio ladrillo que tenía por cara; qué cabrón.
La familia Mac Curtain eran gente dura de pelar. Uno de sus hermanos, Colm, era miembro por Fianna Fáil del Dáil Éirann, que es la principal cámara del Parlamento irlandés. Eso no tiene nada de malo, claro, pero en la boda de su hermana, en San Martín, Colm y yo estuvimos a punto de llegar a las manos cuando alguien (lo más probable es que fuera la propia Orla) le dijo que antes de entrar a trabajar en la agencia de publicidad londinense donde conocí a John había sido oficial subalterno del ejército británico. Colm no había recibido esta noticia con el buen humor que habría sido de desear en la boda de su hermana. Según recordaba ahora, despatarrado en el sofá con los ojos entrecerrados frente a la habitación ondulante, la conversación se había desarrollado más o menos así:
—Así que eres Donald Irvine.
—Eso es —dije, al tiempo que tendía la mano para estrechar la suya—. Y tú debes de ser el hermano de Orla, Colm. Encantado de conocerte.
Colm se quedó mirando mi mano como si estuviera cubierta de la sangre de Bobby Sands. Aun así, la mantuve tendida, aunque solo fuera en aras de las relaciones anglo-irlandesas. No es que yo sea inglés, pero yo ya me entiendo.
—No puedo darte la mano, Don —dijo—. No hasta que haya averiguado si es verdad.
—¿Si es verdad qué, Colm?
—Si es verdad que fuiste soldado británico en Irlanda del Norte.
Le ofrecí una sonrisa conciliadora y retiré la mano.
—Fue hace veinticinco años, Colm. Sería una auténtica pena que el primer ministro británico y Gerry Adams sean capaces de estrecharse la mano en Downing Street y nosotros no podamos hacer lo mismo en la boda de tu hermana.
—Tony Blair no asesinó a ningún camarada —dijo Colm—. Y todavía no has contestado mi pregunta.
—No es una pregunta adecuada para un día como hoy. Se supone que es una celebración, no una ocasión para reabrir viejas heridas. Pero que conste que yo no he asesinado nunca a nadie.
—Si tú lo dices... Pero desde luego no me parece que estés negando que estuviste en Irlanda como soldado británico.
—No, no lo niego.
—Entonces es verdad. Que fuiste parte de las fuerzas de ocupación en mi país.
—Por favor, Colm —dije—. No vamos a discutir por eso. Si quieres pelearte conmigo, hazlo luego, a ser posible fuera, y estaré encantado de complacerte, ¿de acuerdo? Pero ahora no, amigo mío.
—Aquí nadie discute por nada. Le he hecho una pregunta educada, señor Irvine. Lo menos que puede hacer es darme una respuesta educada.
—No estabas siendo precisamente educado cuando te has negado a estrecharme la mano, Colm. —Se la tendí de nuevo—. Mira. Ahí está otra vez. Bueno, ¿qué dices? ¿Olvidamos el pasado, por el bien de John y Orla? Al fin y al cabo, el día de hoy no gira en torno al pasado, sino en torno al futuro.
—Y una mierda.
Colm miró mi mano un momento y luego la apartó de un manotazo, lo que la transformó en un puño; en un instante me había agarrado limpiamente por la muñeca y sujetaba el puño delante de su cara, como si fuera una prueba crucial e irrefutable ante un tribunal.
—Adelante —dijo con serenidad—. Pégame. Es lo que quieres hacer, ¿verdad, soldado?
—Creo que es lo que a ti te gustaría que hiciera —dije, a la vez que retiraba la muñeca de sus dedos fibrosos—. Para demostrarte algo, o quizá para demostrárselo a algunos de los presentes. Pero no vas a hacerlo, Colm. No te lo voy a permitir.
A esas alturas, varios invitados se habían percatado del incidente y se habían acercado a separarnos; pero, por alguna razón (no sé muy bien cómo), a Tadhg McGahern se le metió en la cabeza que yo había amenazado a su primo y poco después el contingente irlandés de invitados a la boda me estaba poniendo como el antiguo malvado colonialista de la ceremonia. Más tarde traté de explicarle lo sucedido a Orla, pero ella no quiso saber nada. Como es natural, se puso de parte del chimpancé de su hermano. La sangre tira con fuerza, aunque en Irlanda del Norte a menudo tira con mera estupidez.
Ahora, mientras veía por televisión cómo cargaban el cadáver de Orla en un furgón forense sin ventanillas laterales, oí cómo la voz del periodista peroraba algo acerca de que, tras su trágico asesinato, algunos antiguos compañeros de trabajo habían rendido «homenajes» a la «hermosa actriz». Entonces se cerraron las puertas del furgón, Orla desapareció de la vista y se la llevaron a toda velocidad camino de su autopsia, cosa en la que más valía no pensar en el caso de una mujer de una belleza tan pasmosa como la suya. Eso, al menos, sí era cierto. No se le podía reprochar a John que se casara con una mujer como Orla, sobre todo a la edad que tenía él. En la boda, John tenía sesenta y dos años, y Orla, solo treinta y uno. Había esposas trofeo y luego estaba Orla Mac Curtain, que había sido nada menos que la Copa FA.
2
A la mañana siguiente desperté sintiéndome mejor quizá de lo que merecía. Me duché, me puse un chándal, salí a correr por el camino de sirga, desayuné e intenté hacer acopio de entusiasmo para trabajar en mi novela. El día era fresco y nublado, las condiciones perfectas para plantarme ante la mesa. Al igual que Erasmo, Thomas Jefferson y Winston Churchill, prefiero escribir de pie; al cuerpo humano no le conviene pasarse todo el día con el culo pegado a la silla. Pero mis pensamientos optimistas respecto al día que me esperaba solo duraron hasta el momento en que telefoneó Peter Stakenborg.
—A ese cabrón no se le ha ocurrido otra cosa que escribir un artículo sobre John y nosotros en el Daily Mail de hoy —anunció.
—¿Quién?
—El puto Mike Munns, ese mismo. Dos páginas enteras de chorradas que incluyen varios comentarios no precisamente oportunos que hice durante la comida de ayer y supuse que quedarían entre nosotros. Sobre Orla. Sobre John. Sobre sus libros.
—Tendría que haber imaginado que haría algo así —me lamenté—. Una sabandija es siempre una sabandija. El caso es que me extrañó la cantidad de veces que iba al servicio. Debía de estar tomando notas.
—Qué hijoputa. Lo que me sorprende es que estuviera lo bastante sobrio para escribir un artículo así cuando volvió a casa. Yo iba ciego perdido. Me pasé la tarde delante de la tele durmiendo la mona. ¿De dónde saca tanta energía?
—Es parte del entrenamiento al que se sometió cuando era periodista en Fleet Street. Hasta los peores son capaces de escribir trescientas palabras sobre prácticamente cualquier asunto yendo ciegos. Algunos gacetilleros de esos escriben mejor borrachos que sobrios.
—Esto son mucho más de trescientas palabras —señaló Peter—. Más bien novecientas.
—Mira, te llamo cuando lo haya leído.
—Llámame al móvil, ¿vale? Ahí puedo ver quién llama. Hay varias personas a quienes voy a intentar dar esquinazo durante lo que queda de día. Hereward, por ejemplo. El que describiera un listado de la gente que podía tener algún motivo para asesinar a John no me dejará en buen lugar ni con él ni con su editor. Albergaba la esperanza de que en VVL leyeran mi libro con buenos ojos. Pero ahora ni de coña, diría yo.
—Igual no es tan grave como crees, Peter.
—Joder que no, Don. Hasta han publicado fotos nuestras en el atelier. Voy a matar a ese cabrón la próxima vez que lo vea. Léelo y llora. Venga. Hablamos luego.
Me vestí y fui al quiosco que había a la vuelta de la esquina, en una bocacalle de High Street. Putney era un puro embotellamiento, como siempre. Aun así, el río (más ancho que una autopista de diez carriles y surcando la ciudad de punta a punta) iba casi vacío. En ese sentido, Londres era como un cuerpo cuyas venas y arterias estaban todas taponadísimas salvo la aorta. Compré todos los periódicos y un paquete de tabaco, lo que convertía en completamente inútil el ejercicio que había hecho antes, pero así va eso, alguna que otra vez necesito un pitillo cuando estoy trabajando en un libro. El asesinato de Orla y la desaparición de John estaban en las primeras planas de casi todos menos el Financial Times y el Guardian. El titular del Sun hizo aflorar una media sonrisa a mis labios: HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA. No es la chica medio desnuda de la tercera página lo que vende el periódico, no desde hace muchos años; son los tipos anónimos que escriben los titulares. Como escritor anónimo que soy, siempre he tenido debilidad por esos tíos.
Compré un café en Starbucks y me lo llevé junto con los periódicos de vuelta a casa, donde, después de echar un vistazo rápido a los demás artículos, leí por fin el de Mike Munns. Por fin estaba claro el objetivo de la comida de la víspera: Munns necesitaba unas cuantas citas para salpimentar el artículo, que era tan hiriente como había dicho Peter Stakenborg; peor aún, si uno era John Houston, Stakenborg o Philip French. Yo salía un poquito mejor parado. Curiosamente, lo que más me irritó fue que Munns me hubiera atribuido la famosa cita de Somerset Maugham sobre Montecarlo; parecía que había intentado apropiármela, y puesto que el subtexto del artículo consistía en que yo era el genio «maquiavélico» que había detrás de un turbio fraude en el que un taller clandestino de autores mal pagados y cruelmente explotados escribía todos los libros de Houston para que él los hiciera pasar por obras propias, me vi retratado como una suerte de falsificador literario, como Thomas Chatterton o, en fechas más recientes, Clifford Irving. A Munns y al Mail no les importaba un carajo que, a lo largo de los años, en las numerosas entrevistas concedidas a la prensa (incluido el Daily Mail), John siempre hubiera mostrado una sinceridad total acerca de su modus operandi. Al fin y al cabo, ¿qué tenía de malo la idea de una fábrica de escritura? ¿Acaso no tenían pintores como Van Dyck y Rubens atelieres en los que empleaban a otros artistas especializados en pintar paisajes o niños o animales para que llenaran los espacios en blanco de algunos de aquellos inmensos lienzos? Y al igual que Andy Warhol, ¿no hacían Jeff Koons y Damien Hirst algo muy similar a lo que hicieran Van Dyck y Rubens? ¿Por qué a los ojos de los críticos (y los críticos habían sido sumamente críticos con John Houston, el autor) era lícito que un pintor dependiera de sus ayudantes pero no que un escritor hiciera lo propio? ¿Sería Guerra y paz una novela menos espléndida si hoy saliera a la luz que Tolstói había empleado a otro escritor para que elaborara el relato de la batalla de Borodinó exactamente del mismo modo en que Eugène Delacroix empleó a Gustave Lassalle-Bordes para que lo ayudara a pintar algunos de sus murales más grandes? Lo dudaba mucho.
Pero es normal que yo lo crea así, ¿no?
Llamé a Peter Stakenborg e intenté tranquilizarlo asegurando que el artículo no era ni remotamente tan perjudicial como él había imaginado. No lo convencí. Así pues, llamé a Mike Munns y le dejé en el móvil un mensaje con una sola palabra, esa que, según nos dice Samuel Beckett, era la mejor carta de toda esposa joven.* Luego me planté delante de mi mesa elevada, encendí el ordenador y traté de olvidarme por completo de aquel desgraciado asunto.
El caso es que me noto más alerta cuando estoy de pie. Si me siento a mi otra mesa, suelo distraerme con internet; pero el ordenador de la mesa elevada no está conectado a la red, por lo que no sucumbo a las tentaciones de enviar correos, de entrar en YouTube o Twitter o de apostar en la web de William Hill. Escribir depende, en esencia, de eliminar toda distracción. Siempre me asombran esos escritores que trabajan con música de fondo. Igual que con cualquier otra cosa, hace falta tiempo para acostumbrarse a una mesa elevada. Hay que aprender a no bloquear las rodillas y a repartir el peso entre las dos piernas; pero no cabe duda de que me noto mucho más espabilado cuando estoy de pie. Encima de la mesa tengo una foto de Ernest Hemingway mecanografiando de pie: la máquina de escribir está en equilibrio encima de un tocadiscos portátil que está a su vez sobre unas estanterías, por lo que, siendo estrictos, no hay ninguna mesa de por medio, pero siempre me recuerda que un buen escritor debería ser capaz de escribir en cualquier parte. Una mesa elevada no me ha convertido en un escritor como era «Papa», pero tampoco me ha hecho ningún mal: no podría dormirme a la mesa estando de pie ni dedicarme a ver porno en la red. Estar todo el día de pie (como un poli de ronda) quema también algunas calorías, y bastantes escritores con el culo gordo hay ya por ahí.
A la hora de comer me acerqué a High Street y compré un sándwich en Marks & Spencer; después de comérmelo, eché una breve siesta en mi sillón Eames y luego seguí trabajando hasta las cuatro y media. El teléfono no volvió a sonar hasta casi las seis, cosa que me sorprendió un tanto; mucho más me sorprendió descubrir que quien llamaba era la poli.
—¿Monsieur Irvine?
—Al aparato.
—Soy Vincent Amalric, inspector jefe de policía de la Sûreté Publique de Mónaco. Mi superior, Paul de Beauvoir, me ha ordenado investigar el homicidio de madame Orla Houston. Creo que usted la conocía muy bien, ¿sí?
Era una voz de sonoridad masculina; masculina y muy francesa. Cada pocos segundos hacía una breve pausa y tomaba aliento con suavidad, de modo que supuse que fumaba un cigarrillo. Los polis siempre deberían fumar cuando investigan un caso, no porque eso les dé un aire guay ni nada por el estilo, sino porque un cigarrillo es el bastón de mando perfecto para llevar a cabo un interrogatorio; le da a quien fuma tiempo para pensar y le permite hacer pausas cargadas de escepticismo y, si nada de eso da resultado, siempre se le puede soplar humo a la cara a alguien o metérselo en el ojo al sospechoso.
—La conocía.
—Dígame, monsieur, y perdone que se lo pregunte nada más empezar la conversación, pero ¿ha hablado recientemente con usted John Houston?
—No, hace semanas que no hablamos.
—¿Algún e-mail, quizá? ¿Un mensaje de texto?
—Nada. Lo siento.
—Bueno. Llego a Londres el sábado. Mi sargento y yo nos alojaremos en el Claridge’s.
—Me alegro por ustedes. Ya veo que trabajar de policía en Mónaco tiene sus ventajas.
—¿El Claridge’s es un buen hotel? ¿Se refiere a eso, monsieur?
—Seguramente se trate del mejor hotel de Londres, inspector jefe. No es tan opulento como el Hermitage, quizá, o el Hôtel de Paris, pero quizá no haya ninguno que lo supere en Londres.
—Bon. En ese caso, creo que no tendrá inconveniente en que lo invite a cenar allí el lunes que viene. Tengo la esperanza de que me ayude en mis pesquisas.
Podría haberle indicado que esa expresión era antes un eufemismo en el periodismo inglés de sucesos (una frase que implicaba cierto grado de culpabilidad), pero supuse que no era precisamente el momento de ayudar al inspector jefe Amalric con las sutilezas de su inglés, que de todos modos era mejor que mi francés. Además, la expresión parecía haber caído en desuso casi por completo; hoy en día, la Policía Metropolitana te detiene primero y luego le da el soplo a la prensa.
—Desde luego, inspector jefe. ¿A qué hora?
—¿A las ocho, digamos?
—Bien. Allí estaré. Por cierto, ¿cómo ha obtenido mi número de teléfono?
—Su colega Mike Munns nos ha facilitado sus datos de contacto. Hemos visto el artículo en el periódico de hoy y hablado con él hace un rato. Ha sido muy atento. Ha dicho que si hablábamos con alguien en Londres tenía que ser con usted, porque es quien conoce a monsieur Houston desde hace más tiempo, ¿no?
—Más que Mike Munns sí.
—Y también más que su difunta esposa, ¿verdad?
—Sí, desde luego. Conozco a John desde hace más de veinte años. Desde antes de que empezara a publicar.
—Entonces, solo tengo otra pregunta por el momento. ¿Tiene idea de adónde puede haber ido monsieur Houston?
—He estado dándole vueltas al asunto. Sé que estaba documentándose para un libro en Suiza, pero no me dijo dónde y no se lo pregunté. Tenía un barco bastante grande, como seguro que saben. El Lady Schadenfreude. Y un avión en Mandelieu. Un King Air 350 bimotor. Con un avión así, podría haber ido a cualquier parte de Europa en cuestión de horas. De hecho, sé que solía volar con regularidad a Londres.
—El barco sigue en su punto de atraque en Montecarlo. Y el avión sigue en el aeropuerto. No, creemos que monsieur Houston debe de haberse ido de Mónaco por carretera. Ha desaparecido un coche de su garaje.
—¿Cuál?
—El Range Rover.
Sonreí. Había acertado en eso.
—Bien. Lo veré el lunes. Adiós.
—Adiós, monsieur.
Adiós. Sencillo. Nunca acabé de tragarme la última frase de El largo adiós, de Chandler: «Nunca volví a ver a ninguno de ellos, salvo a los polis. Aún no se ha inventado la manera de despedirse de ellos». ¿Qué significa? La gente manda a paseo a la policía una y otra vez. Si había alguien capaz de hacerlo de verdad, sin duda ese era John Houston. Era de lo más ingenioso. Aun así, el de Chandler es un gran título. Uno de los mejores, diría yo. Ese y El sueño eterno. A veces un buen título ayuda a escribir la novela. No estaba en absoluto satisfecho con el título de la mía. No estaba satisfecho con el inicio y, desde luego, no estaba satisfecho con el protagonista, que se parecía demasiado a mí: aburrido y pomposo, con una marcada tendencia a la pedantería. John siempre me tomaba el pelo por eso cuando, al comienzo de nuestra relación laboral, leyó el borrador que había escrito de uno de sus libros.
—Como siempre, le has dado al protagonista un carácter como de profesor. Es un poco frío. No es nada simpático. Tienes que volver a empezar y hacérnoslo más atractivo.
—No sé cómo.
—Claro que sabes, camarada. Haz que tenga un perro de mascota. Mejor aún, déjalo que encuentre un gatito abandonado. O que llame a su madre. Eso siempre funciona. O igual hay algún chaval conocido suyo al que le pasa unos cuantos pavos de vez en cuando. Eso le gusta a la gente. Demuestra que tiene corazón.
—Es un poco obvio, ¿no?
—No es una obra de Nicholson Baker, Don. No nos devanamos los sesos con menudencias. Contamos las cosas como son por medio de trazos gruesos, y la gente lo toma o lo deja. Las sutilezas de caracterización me interesan tan poco como ganar el Premio Booker. No escribimos para Howard Jacobson ni para Martin Amis.
—Pero se supone que es un asesino despiadado, John.
—Así es.
Me encogí de hombros.
—Lo que debería implicar que es desagradable en cierto modo. ¿Le caía bien a la gente el Chacal de la novela de Forsyth?
—A mí sí —repuso John—. El Inglés, como suele llamarlo Freddie, es atrevido y audaz. Sí, es elegante y reservado y asesina a sangre fría. Pero también tiene estilo y un encanto considerable. Acuérdate de la tía francesa a la que se tira cuando está huyendo. Mientras está con ella es un poco como James Bond. Tiene labia y sentido del humor. El encanto hace que un personaje llegue muy lejos. Incluso si también es un cabrón. Hasta que yo apaño tus personajes, tienden a carecer de encanto, Don. Un poco como tú.
Rio entre dientes su propio chistecito.
—Está ahí, el encanto de un antiguo oficial del ejército, pero lo mantienes oculto, camarada. Está enterrado muy hondo junto con mucha más bazofia. Mira, Don, si vamos a pasar trescientas páginas con este tipo, nos tiene que gustar un poco. Si escribes la biografía de Himmler, por lo menos tiene que parecerte interesante, ¿no? Pues con el tipo de esta novela sucede lo mismo. Tiene que ser alguien con quien te tomarías una cerveza. Esa es la clave de cualquier personaje de éxito en la ficción, Don. Da igual quién sea, da igual lo que haya hecho, tiene que ser alguien con el que querrías estar en un bar. Si vamos a eso, también es como se elige a los presidentes de Estados Unidos o a los primeros ministros del Reino Unido. Para que eso ocurra, debe de tener aspecto de que estaría bien tomarse una copa con esa persona.
—Ya.
—¿Recuerdas lo que hicimos con Jack Boardman?
Entonces éramos solo dos, pero Jack Boardman pasó a ser el protagonista de seis novelas, la más reciente de las cuales era El segundo arcángel, una novela de Jack Boardman.
—Sí, me parece que sí.
—Lo basamos en nuestro mejor amigo de Sandhurst. ¿Cómo se llamaba? ¿Piers no sé qué? El que era teniente en el regimiento paracaidista.
—Piers Perceval.
—Eso es. Te pregunté qué te gustaba de Piers y elaboramos una lista de las cosas que lo convertían en un buen tipo. Y luego te sugerí que te ciñeras a ella cuando escribieras sobre Jack Boardman. Te dije que te preguntaras: «¿Qué habría hecho Piers en una situación así?», una y otra vez. Si Piers se acostara con esa mujer, ¿qué le diría después? Si Piers fuera a contar un chiste, ¿qué clase de chiste sería? Ese tipo de cosas. Así elaboramos el personaje de Jack Boardman.
—Sí, lo había olvidado.
—Bueno, pues piensa en otro amigo. Y basa este nuevo personaje en él. Róbalo, por así decirlo. Róbalo igual que un ladrón de cuerpos. Es fácil.
El problema era que, después de escribir casi cuarenta libros para John, había utilizado a todos mis amigos (y a unos cuantos de mi exmujer), por lo que no me quedaba nadie a quien usar para mi propia novela. Difícilmente podía utilizar de nuevo a Piers Perceval. Después de los seis libros de la serie Jack Boardman, no quería volver a pensar nunca más en Piers. Así pues, casi era mejor que llevara muerto más de treinta años.
Echaba mucho en falta las sugerencias de John acerca de cómo mejorar lo que había escrito: se le daba de maravilla. Es diferente de una mera revisión del texto; con arreglo a mi experiencia, la mayoría de los editores son capaces de decirle a uno qué falla en una página escrita, pero apenas tienen idea de cómo arreglarla, si es que tienen alguna. Por eso son editores y no escritores, supongo. Lo más difícil de ofrecerle a un escritor es una crítica constructiva. Pero sobre todo echaba en falta las tramas minuciosamente documentadas de John. Eran esbozos de setenta y cinco páginas de libros todavía sin escribir (arquetipos de relatos en los que se habían planteado y contestado todas las preguntas) encuadernados en cuero rojo con señaladores de seda púrpura y los títulos estampados en dorado. Eso era de lo más apropiado: cada una de las tramas de John tenía un valor de unos cuatro millones de dólares, a diferencia de mi propia novela. Tal como iban las cosas, tendría suerte si conseguía venderla.
3
A primera vista, el restaurante del Claridge’s no auguraba nada bueno; la sala de estilo art déco con las sillas púrpuras, los techos altos de mármol, las pantallas de lámpara telescópicas de tono melocotón y la moqueta moderna tenían algo que me provocó unas leves náuseas. Quizá fuera la perspectiva de cenar con dos policías franceses, pero el restaurante parecía el comedor de un crucero a punto de irse a pique.
El maître me llevó a una mesa donde dos hombres se pusieron en pie y me estrecharon la mano. Amalric era un individuo de aire hastiado con el pelo entrecano, pulcros bigote y barba entrecanos y un traje bueno azul marino con forro personalizado, pañuelo de seda en el bolsillo y una corbata Hermès que le daba más bien aspecto de banquero. Su sargento, Didier Savigny, era unos veinte años más joven que él, con la cabeza rasurada y más musculoso en general; su traje era menos caro que el de su superior, pero mucho más a la moda, es decir, que la chaqueta era un poquito demasiado corta para mi gusto y hacía que los brazos le sobresalieran como los de un chimpancé. Me tendieron sendas tarjetas de visita elegantemente impresas que llevaban estampado el sello dorado del principado y que leí por cortesía.
—Rue Notari —comenté—. ¿De qué me suena?
—Está cerca del principal puerto de Mónaco —me explicó Amalric—. El barco de su jefe, el Lady Schadenfreude, está fondeado apenas a cincuenta metros de la jefatura de policía, al otro lado de las piscinas del Stade Nautique. De hecho, desde la ventana de mi despacho se ve el puente de mando del barco.
—Qué práctico —comenté. Cogí la carta de la mesa y le pedí una copa de champán al camarero. No todos los días tiene uno la oportunidad de que la policía lo invite a una cena cara.
—¿Conoce Mónaco? —preguntó Savigny. Me recordaba un poco a Zinedine Zidane. Bronceado, musculoso y sin mucha paciencia. A juzgar por su aspecto, imaginé que su cabeza rapada golpeándome el esternón resultaría tan contundente como la del futbolista oriundo de Marsella.
—Lo suficiente para saber que Mónaco es el nombre del país; que Montecarlo no es más que un barrio, y que la capital es otro barrio conocido como Monaco-Ville, que según su tarjeta es donde parece estar ubicada su oficina. Voy allí de visita desde hace unos cuantos años, desde que John Houston trasladó su residencia allí por cuestiones fiscales.
—¿Por eso conoce el Hermitage, quizá?
—No porque me alojara allí. Siempre que he estado en Mónaco me he alojado en Beausoleil. En el Hôtel Capitole del boulevard General Leclerc. Me temo que, a cien euros la noche, eso se acerca más a mi gama de precios. Y, por cierto, en realidad John Houston no fue nunca mi jefe. Soy un escritor freelance. Autónomo.
Omití añadir que en cierta ocasión en que me alojaba en Beausoleil salí al diminuto balcón y oriné sobre Mónaco, lo que, a la sazón, me produjo un inmenso placer pueril.
—¿No se alojaba nunca en su casa? —Savigny se mostró un poco sorprendido—. ¿En el apartamento de su amigo?
—No. Nunca me invitaba. Bueno, fui al apartamento de la Torre Odéon varias veces para entregar o recoger algo. Pero el nuestro era un acuerdo más bien profesional. Hacía mucho tiempo que no éramos nada tan inocente como amigos.
El camarero volvió con mi champán y brindé por cortesía con los dos policías, que estaban bebiendo gin-tonics. El sargento dejó la copa y puso en vertical una pequeña grabadora Marantz en la mesa delante de mí.
—¿Le importa? —preguntó—. Nos resulta difícil comer y tomar notas al mismo tiempo.
Me encogí de hombros.
—No, no me importa. Pero, a ver, ¿qué esperan que les diga? Debería aclararles ya que no creo que John Houston matara a su esposa. Hace veinticinco años que lo conozco y no creo que sea un asesino. Y les aseguro que sé de lo que hablo. Si se ha fugado, probablemente se deba a que está asustado, no a que sea culpable.
—Vamos a pedir primero —dijo Amalric—, y luego nos sigue contando por qué cree que es inocente.
Pedí un tartar de remolacha y lomo de venado a la parrilla; Amalric pidió su cena y una botella de ciento veinte libras de Vosne-Romanée.
—Su cuenta de gastos debe de ser una lectura de lo más interesante —comenté—. Para un policía.
—El ministro del Interior de Mónaco, Dominique de Polignac, se toma muy en serio todo acto de delincuencia que se cometa en el principado —aseguró Amalric—. Las órdenes concretas que me dio antes de venir a Londres fueron que no reparase en gastos para atrapar al asesino de la señora Houston y, como ve, no tengo intenciones de desobedecer a mis superiores.
—En las circunstancias presentes, me alegra mucho oírlo.
—Tampoco es que el ministro lea mucho, ya me entiende. Está más interesado en el fútbol. El AS Mónaco es su gran pasión. ¿Sabía que Arsène Wenger fue entrenador del equipo?
—Sí, lo sabía. Y usted, inspector jefe, ¿tiene mucho tiempo libre para leer?
—Mi esposa murió hace unos años y desde entonces he tomado la costumbre de leer bastante. Me gusta leer historia, sobre todo. Simon Sebag Montefiore. Max Hastings. Pero confieso que nunca he leído un libro de John Houston. Hasta que murió su esposa, no había oído hablar nunca de él. Pero el sargento Savigny ha leído muchos libros suyos. ¿Verdad, sargento?
Savigny asintió.
—No sé los títulos en inglés, solo en francés. Pero los libros de Jack Boardman me los he leído todos.
—¿Le gustaron?
—Sí. Me compro uno en el aeropuerto cada vez que voy de vacaciones. Lo que me gusta es que uno siempre sabe lo que va a encontrar.
El sargento lo dijo como si se tratara de un Big Mac. Para algunos autores habría sido un comentario insultante, pero en el caso de Houston esa era la esencia de sus libros; una marca de éxito que se basaba en un producto de calidad constante. «Dales lo que quieren y luego enséñales que pueden volver a tenerlo. Una y otra vez». John creía a pies juntillas en crear su propio estilo de escritura o, para ser más exactos, su ausencia de estilo. Le prestaba especial atención al número de palabras que debía haber en una frase y al número de frases que debía contener un párrafo. La verborrea, como denominaba el uso excesivo de palabras, era el gran enemigo de los escritores: «Las palabras solo son amigas en apariencia; pero son a la página lo que las bandas sonoras a una carretera; del mismo modo que pueden propulsar la historia a toda velocidad, también pueden ralentizarla».
Incluso había creado un léxico con las palabras que los escritores del atelier teníamos prohibido usar; palabras como «corolario», «detumescente», «embelesado», «políglota» y «pintiparado».
«Como regla general, no uses una palabra que no esté en el diccionario de Microsoft Word; a menos que sea un nombre propio, claro. Del mismo modo, no tengas reparo en utilizar clichés. No en mis libros. Si quieres que tu novela se lea de un tirón, convierte a tus amigos en clichés. Los clichés (de esos a los que Martin Amis les ha declarado la guerra) son los aceleradores de partículas verbales que permiten acabar los libros. El estilo original no hace más que entorpecer la lectura e incomodar al lector. Como si fuera bobo. Por supuesto que lo es, claro, pero no tiene sentido restregárselo. A mis lectores les encantan los clichés. Y olvídate de símiles y metáforas; si quieres usar símiles y metáforas, dedícate a escribir puta poesía, no uno de mis libros. A la gente no le gusta. Por eso la poesía no se vende».
Houston se mostraba igual de circunspecto en lo referente al uso de palabrotas en sus libros: «No más de una por capítulo. Y solo en situaciones de tensión extrema. A muchos lectores de la América Media no les hace gracia la blasfemia, por lo que, dentro de lo razonable, más vale evitarlas».
El sargento Savigny seguía explicando por qué admiraba el canon de Houston. No era Harold Bloom precisamente, pero mientras escuchaba al francés imaginé que a John le habría encantado la desconstrucción que estaba haciendo de su obra.
—Lo maravilloso de Jack Boardman es que uno no se encuentra con demasiadas descripciones inútiles. La mujer llevaba un vestido blanco y ya está. Trabajo hecho. No me hace falta saber si era un vestido de Chloé y si llevaba zapatos a juego con el bolso y las braguitas. Si quiero mierda de esa, ya leeré Vogue. Además, me gusta que se puede dejar el libro y luego retomarlo sin perder el hilo.
—De hecho, yo escribí todos los libros de la serie Jack Boardman.
—No me diga.
Amalric frunció el ceño.
—Eso no acabamos de entenderlo. Houston firma con su nombre un libro que escribe usted, monsieur Irvine, y se lleva la pasta gansa mientras usted cobra, perdone que lo diga, como un jornalero. ¿Cómo es posible?
—La historia la crea él —expliqué—. Las tramas son bastante buenas. Como ha explicado el sargento Savigny, la gente compra los libros de Houston por las historias, no porque tengan un estilo muy elaborado. No nos desvivíamos por cosas como metáforas y símiles. Solo descripciones directas. Se supone que el estilo no debe llamar mucho la atención, solo la historia. Él desarrollaba las tramas y yo, o alguien como yo, las escribía. El proceso de redacción en sí lo aburría soberanamente. En realidad, es un poco parecido a lo que en teoría dijo Bismarck sobre que las leyes eran como salchichas. Más valía no ver cómo se hacían ni unas ni otras. Lo mejor es leer el producto final y no prestar la menor atención al proceso creativo. Pero es solo mi opinión. A John le encantaba hablar de todo el asunto de la escritura y de cómo exactamente producía sus libros. Era muy sincero al respecto. Mucho más sincero de lo que he sido yo. Sobre todo, cuando uno habla con esos cabrones del Guardian que solo quieren ponerte la zancadilla y contarle al mundo el fraude que eres. El Guardian es un periódico de tendencia izquierdista en este país. No les gusta nadie que tenga algo de dinero. Un poco como el Libération en Francia, me parece, pero con menos estilo. Sea como sea, a los izquierdistas les encantaba odiar a John. ¿Sabe cómo lo llamaron? «El Mies van der Rohe de la novela moderna», porque la forma se deriva de la función y el adorno es un crimen. «El novelista de la era digital», también dijeron eso de él. A John le encantó. Pensó que era un elogio. Le aseguré que no lo era, pero insistió en que sí, aunque lo dijeron como un insulto. Tenía esa página enmarcada y colgada en la pared del despacho. Y como cita en textos publicitarios. Se le daba muy bien generar publicidad.
—En las últimas cuarenta y ocho horas ha tenido más de la que podría haber esperado —señaló Amalric—. Su cara ha aparecido en las portadas de tantos periódicos que no tardaremos en encontrarlo. Así que más le valdría a monsieur Houston entregarse por voluntad propia. Solo lo digo por si decide ponerse en contacto con usted.
—No lo hará. Estoy casi seguro. Si ha decidido desaparecer, seguro que no necesitará mi ayuda. Sabe apañárselas solo.
Tomé un sorbo de champán y eché un vistazo a los entrantes que llegaban a la mesa.
—Resulta que John es un hombre inteligente, inspector jefe. Muy culto. De criterio independiente. Con muchos recursos. Siempre se le dio bien acumular conocimientos esotéricos, a veces prohibidos. Se enorgullecía de ceñirse a los hechos, de modo que los libros resultaran más verosímiles. Decía que le traía sin cuidado que alguien le pusiera pegas a su estilo, siempre y cuando no fuera capaz de poner en entredicho los datos. Lo que quería eran hechos concretos. La parte del proceso de escritura que de verdad le gustaba a John era la documentación meticulosa y bien fundamentada. Sabía de todo, desde cómo fabricar ricina hasta cuál es el mejor sitio para comprar un rifle de asalto ilegal. Es Polonia, por si le interesa. En Gdansk uno puede pedir un Vepr nuevo y en menos de una hora se lo entregan en el hotel. Por eso lee sus libros tanta gente, inspector jefe. No porque parezcan auténticos, sino porque lo son. ¿Verdad que sí, sargento?
Savigny asintió.
—Así es, señor.
—John solía ofrecerle diez mil pavos a cualquiera que fuese capaz de encontrar un error de documentación. Hasta hoy, nadie ha reclamado el dinero. Ah, recibía alguna que otra carta de algún pirado que reclamaba ese dinero, pero John siempre se las arreglaba para contestar y señalar dónde se equivocaba el corresponsal. No, John es todo un personaje. Si no quiere que lo encuentren, es posible que les cueste mucho dar con él.
Me estremecí un poco al oírme decirlo; se parecía mucho a alguna gilipollez que había leído en el desmedido autobombo en la cubierta del último libro de la serie Jack Boardman: «No lo encontrarás a menos que él quiera que lo encuentres».
Amalric asintió.
—Es posible —dijo—. Mais il faut cultiver notre jardin.
Asentí al reconocerlo como la última frase del Cándido, de Voltaire.
—Sí, claro. Solo hacen su trabajo. Ya lo entiendo.
—El caso es que hasta el momento es usted el único que habla de monsieur Houston como si fuera inocente. Hemos hablado con su agente, Hereward Jones; su editor, monsieur Anderton; monsieur Munns, claro, y su primera esposa, madame Sheldrake.
—Han estado ocupados.
—Y usted es el único que le concede el beneficio de la duda.
—A lo mejor ellos saben más que yo sobre lo ocurrido. —Le resté importancia con un encogimiento de hombros—. Que es solo lo que ha dicho la televisión.
—Entonces, permítame que le contemos lo que sabemos. Le enseñaría unas fotos, pero igual le amargo la cena.
Negué con la cabeza.
—Serví como soldado en Irlanda del Norte. La sangre no me molesta. Por lo menos, ya no. Créame, no me enseñará nada que me amargue una cena gratis en el Claridge’s.
Amalric le hizo un gesto con la cabeza a Savigny, que metió la mano en su maletín y sacó un iPad. Al cabo de unos segundos yo estaba viendo una serie de imágenes digitales del escenario del crimen en la Odéon: dos perros muertos y una mujer (Orla) que bien podría haber estado dormida de no ser por el orificio negro y mellado en medio de la frente retocada con bótox.
Entretanto, Amalric me explicó exactamente lo que se sabía del asunto o, al menos, exactamente lo que sabía que él quería que yo supiera.
—Una semana antes del viernes pasado por la noche, el señor y la señora Houston cenaron en el Joël Robuchon, donde eran clientes habituales.
—Otro sitio que no me puedo permitir.
Amalric asintió.
—Mientras estaban allí tuvieron una discusión. Fue una pelea violenta. Llegaron a las manos. El maître del restaurante dice que el señor Houston le retorció la oreja a su mujer. El portero dice que la señora Houston le dio un bolsazo a su marido. Poco después se fueron; la señora Houston, deshecha en lágrimas. Él se puso al volante del Ferrari color crema de ella y volvieron a la Tour Odéon. A eso de las diez y media, la señora Houston se tomó un somnífero y se acostaron. Luego, en algún momento entre la medianoche y las seis de la mañana, recibió un disparo a quemarropa en la frente mientras estaba en la cama. Creemos que lo más probable es que él se levantara de la cama, cogiera un arma y le pegara un tiro mientras estaba dormida. Tiene una quemadura en la piel de la frente.
—No hay orificio de salida —señalé—. En las noticias dijeron que era una nueve milímetros. Solo que no puede ser así. De no ser porque conozco a esa mujer, diría que casi parece un trabajo limpio. No hay ni una hebra de cabello fuera de lugar en este cadáver. Sin duda, una bala de nueve milímetros le habría reventado la nuca, por no mencionar que la almohada habría estado cubierta de sangre. —Me encogí de hombros—. Por cierto, es el escritor que llevo dentro quien habla, no el sospechoso de asesinato. Que lo sepa.
—Tiene razón —convino Amalric—. No la mataron con una pistola de nueve milímetros.
Amalric miró por encima del iPad y, con un dedo muy cuidado, desplazó la pantalla hasta la imagen de una pistola más bien pequeña.
—Es una Walther automática del calibre 22 —dijo—. El mismo tipo de arma con el que seguramente dispararon a la señora Houston. El señor Houston compró un arma así en Mónaco hace seis meses. Creemos probable que la hubiera comprado para la señora Houston y fuera propiedad de ella. Ahora es la única arma que falta de lo que, por otra parte, era un armero considerablemente bien provisto.
Volví a mirar los perros muertos, donde se apreciaba bastante más sangre. Parecía la fotografía de un anuncio de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales.
—La Walther tiene un cargador de diez balas —señaló Amalric—. Usó cuatro proyectiles más con los perros, posiblemente para acallarlos, no lo sé.
—¿Cuatro disparos? Yo diría que el que mató a los perros disfrutó con ello.
—¿Por qué lo dice, monsieur?
—Eran perros pequeños. Dos disparos por cabeza. Eso es pasarse un poco. Como si quisiera cerciorarse de que estaban muertos. Pero, para ser sincero, creo que debió de disfrutarlo, porque sé que yo lo habría hecho. Esos dos chuchos eran un puñetero incordio. No solo por el ruido que hacían, sino también por el pelo que dejaban a la gente en la ropa. Además, tampoco los habían adiestrado como es debido. John siempre andaba pisando los zurullos que dejaban por la casa. Le ponía de los nervios que no les hubieran enseñado a hacer sus necesidades, por lo que hacía todo lo posible por no cruzarse con ellos.
—Pensaba que a todos los ingleses les encantan los perros —comentó Amalric.
—¿Qué le hace pensar eso? De todos modos, yo soy escocés. Y a mí me parecían un puñetero incordio.
—Entonces, tal vez el auténtico móvil del asesinato fuera acabar con los perros —señaló Savigny—. El marido mata a la mujer porque en realidad quiere matar a los perros.
Amalric le lanzó una especie de mirada impaciente.
—Cosas más raras se han visto —insistió el policía más joven.
Amalric se encogió de hombros.
—A eso de las ocho y media de la mañana del sábado, el conserje llamó a la puerta de Houston y le dio los periódicos en inglés. Según él, Houston parecía del todo normal. No se los vio ni a él ni a la señora Houston en todo el día, cosa que no era nada rara. A eso de las cinco y media de la tarde, Houston se fue del edificio a pie. Estuvo ausente hasta las siete y media más o menos. Luego permaneció en la torre hasta la medianoche, cuando se marchó en el Range Rover. Nadie lo ha visto desde entonces. Entretanto, la criada encontró el cadáver de la señora Houston el martes por la mañana.
—¿Por qué no pudo ser un suicidio? —pregunté.
—Los perros, monsieur. ¿Por qué iba a matar a sus propias mascotas?
—Si pensaba acabar con su vida, quizá supuso que no era probable que John se ocupara de ellos. Ya les he hablado de esos perros; no les tenía ningún cariño.
—¿Y el somnífero? ¿Cómo lo explica?
—Se toma el somnífero por costumbre antes de tomar la decisión. Y quizá se pega un tiro en la cama para abochornar a su marido. Para ponerlo en un aprieto, si quiere.
—¿Por qué motivo?
—John le habría dado infinidad de motivos. Otras mujeres, quizá. Siempre iba por ahí intentando pillar cacho.
Savigny frunció el ceño y habló en francés con Amalric, quien le ofreció lo que supuse era la traducción. No se me da mal el francés, pero el inspector jefe era muy rápido para mí.
Savigny sonrió.
—Es una teoría interesante, salvo por un detalle: el arma ha desaparecido.
—Ya. Pero eso sigue sin descartar el suicidio. No del todo. A ver qué les parece esto, por ejemplo. John coge el arma cuando descubre que Orla se ha quitado la vida. La coge porque es suya. O, por lo menos, la compró él. No estoy seguro de que tuviera una Walther 22, pero no me sorprendería. Tenía unas cuantas armas.
Amalric asintió.
—Sí, tenía una Walther 22.
—Sea como sea, se larga de Mónaco porque se da cuenta de que está en un aprieto y se lleva el arma para que no haya más pruebas contra él que la mera huida. —Me encogí de hombros—. La tira al mar por la ventanilla del coche cuando va por la Croisette.
—Ya veo por qué es escritor, monsieur Irvine —comentó Amalric.
—Tengo mis momentos. Pero, para serle sincero, elaborar tramas no es lo que mejor se me da. Ese era el fuerte en concreto de John. —Apuré el champán y me retrepé en la silla—. O a ver lo siguiente. Alguien la mató mientras John dormía. No se acostaban siempre en la misma cama. A veces él dormía solo. Conque igual John se despierta al oír los disparos, aunque los disparos de una 22 no hacen tanto ruido. Y es un apartamento grande. Se levanta. Se la encuentra muerta. Llega a la conclusión de que es el sospechoso más evidente, le da un ataque de pánico y decide largarse. No puedo decir que se lo reproche. Porque, a pesar de lo que digo, reconozco que hay un caso firme contra él. —Le resté importancia con un movimiento de hombros—. Pero, por lo que me dijo, habían tenido problemas con las cámaras de vigilancia en el edificio, de modo que será difícil demostrar que no volvió a salir justo después de que regresaran del Joël Robuchon.
—No eran problemas, sino cuestiones. Los vecinos de la Tour Odéon ponían objeciones a que los grabaran. Creían que el uso de cámaras de seguridad en el edificio invadía su intimidad, por lo que las desconectaron hace un tiempo en todas partes menos en el garaje. Muchos otros vecinos tenían guardaespaldas, claro, y algunos residían en la misma torre. Otros, como monsieur Houston, se apañaban con la seguridad de la recepción.
—Qué oportuno para quien mató a Orla Houston, ¿verdad? Sin duda, su asesino también estaba al tanto.
—Es típico de los que viven en Mónaco, claro. Son gente muy reservada.
—Esos son los que por regla general tienen algo que esconder —señalé.
—Sí. Tiene razón. Y sin ellos estaríamos sin trabajo.
Me encogí de hombros.
—¿Y no hay más? ¿Eso es todo lo que tienen?
Amalric sonrió avergonzado.
—Había más pruebas forenses, en las que no puedo entrar ahora. Pero eso ya es mucho, ¿no cree? Una esposa asesinada. Un marido en paradero desconocido. Solo en los libros puede uno permitirse dejar de lado lo idóneo que resulta un sospechoso tan evidente como monsieur Houston. Y hasta que lo encontremos tenemos que elaborar una imagen completa de su matrimonio y de qué motivos pudieron llevarlo a matarla. Es lo más lógico, ¿no le parece?
—Por eso estamos aquí en Londres —observó Savigny, que le hincó el diente a la vieira que había pedido como entrante.
—¿Quién teme a Virginia Woolf?, pero con coches más bonitos —dije—. Esa es la imagen completa de su matrimonio. —Me encogí de hombros—. Por lo menos es la única que yo veía. No sé qué más puedo decirles de su matrimonio.
—Quizá nada, pero, según monsieur Munns, sabe usted todo lo que hay que saber sobre el propio Houston —repuso Amalric—. Así pues, ¿por qué no nos cuenta toda la historia? Desde el principio mismo. Cómo se conocieron ustedes dos. Cómo funcionaban las cosas y por qué cambiaron después. Hace poco, ¿no? ¿Cuándo tomó la decisión de cerrar el atelier?
—Il était une fois, por así decirlo —bromeé.
—Exacto. Es su especialidad, después de todo. Y a los policías no hay nada que nos guste tanto como escuchar un relato. Además, me parece que puede ser bastante bueno. En un momento dado, Houston es el escritor más exitoso del mundo, gana millones de dólares al año y al siguiente decide tirarlo todo por la borda. ¿Por qué? —Amalric aspiró el aroma del vino escanciado por el camarero y asintió para dar su aprobación—. Tengo la corazonada de que eso es la clave de todo. Sí, desde luego, tengo la firme sensación de que una vez entendamos eso, se aclararán muchas más cosas. Y quizá nos hagamos una buena idea de dónde localizar al esquivo monsieur Houston.
4
Mi padre murió mientras yo estudiaba derecho en Cambridge. No le dejó gran cosa a mi madre y la única manera de terminar la carrera consistía en alistarme en el ejército con una beca universitaria. Tenía que servir en el ejército tres años, pero al final serví seis. Fui a Sandhurst en septiembre de 1976 y seguí en el ejército hasta 1982, cuando conocí a un hombre maravilloso llamado Perry Slater, que había coincidido con mi padre durante el servicio militar en los Royal Scots Greys. Perry era de esa gente que conoce a todo el mundo y a quien todo el mundo aprecia. Había sido un entusiasta de las motos, como lo era yo —los dos habíamos sido pilotos en el Tourist Trophy de la isla de Man—, y era un conocido comentarista deportivo en la BBC; también era ejecutivo de publicidad en una agencia llamada D’Arcy MacManus Masius y tuvo la gentileza de buscarme un puesto como ejecutivo de cuentas en el verano de 1982.
A finales de los años setenta y principios de los años ochenta, la publicidad británica estaba sufriendo una suerte de revolución. Gracias a emprendedores como los hermanos Saatchi y a directores de anuncios como Alan Parker y Ridley Scott, las agencias de Londres producían obras mucho más creativas que sus homólogos de Madison Avenue y de pronto era guay dedicarse a la publicidad.
Por lo menos, lo era si uno no trabajaba para Masius, conocida en el mundillo como algo parecido a la Administración pública de las agencias de publicidad. Masius se ocupaba de clientes como Pedigree Petfoods, Peugeot, Mars, Beechams, Kimberly-Clark y Allied Breweries, cuyas marcas llevaban tiempo establecidas y se distinguían por su sosería y conservadurismo. Quizá fueran las secuelas de mi servicio militar —por aquel entonces no teníamos ni la menor idea de lo que era el estrés postraumático—, pero el tedio y la monotonía de mi nueva carrera me dejaron muy deprimido y, tras un año como ejecutivo de cuentas, convencí a alguien de que me dejara ser redactor de material publicitario. Fue así como conocí a John Houston. Era mi director creativo, es decir, la persona a la que rendía cuentas y a la que debía presentar los anuncios de prensa, radio y televisión que escribía para clientes varios. Me gustaba trabajar para John, pero solo porque me dejaba hacer lo que quería, y enseguida aprendí que al propio John solo le interesaba la publicidad porque le permitía pagar las facturas. Lo que de verdad le interesaba no era escribir material publicitario, sino una novela a la que llevaba casi dos años dedicando todas las noches y los fines de semana. Yo también escribía por aquel entonces, y la idea de que John lograra publicar antes que yo me empujó a redoblar mis esfuerzos. De vez en cuando nos preguntábamos con tacto qué tal le iba la novela al otro; pero John siempre fue la discreción en persona y yo no tenía idea de que llevara el libro tan adelantado como resultó llevarlo. Porque un día, para sorpresa de todos menos para mí, anunció que su novela, La tiranía de los cielos, iba a publicarse, y al mismo tiempo presentó su dimisión. Fue, según lo describe el propio John, su momento Que no muera la aspidistra, que es una novela de George Orwell en la que el protagonista, Gordon Comstock, deja una agencia de publicidad y acepta un trabajo mal remunerado para poder dedicarse a la poesía. Como es natural, la principal diferencia entre John Houston y Gordon Comstock era que las perspectivas de futuro de John no tenían nada de mal remuneradas; había firmado un lucrativo contrato por tres libros con una de las editoriales británicas más importantes y no tardaría en establecer acuerdos igualmente generosos con editoriales de Estados Unidos, Japón, Alemania y Francia que con toda probabilidad harían a mi exjefe millonario antes de que se publicara siquiera el primer libro. Pero él seguía sin estar satisfecho. Enseguida descubrió que los editores no poseían las aptitudes para el marketing y la publicidad que tenía él. En aquellos tiempos, el mundo de la edición estaba atestado de caballeros con pajarita y boquilla que tenían ojo para detectar buenos libros, pero no tenían la menor idea de cómo venderlos. Y, típico de John, en lugar de gastarse el dinero del anticipo en una casa o en un coche, lo usó para hacer publicidad de La tiranía de los cielos, gracias a lo cual no tardó en encabezar las listas de los más vendidos. Después de aquello, los editores de John no se mostraban muy inclinados a llevarle la contraria en nada.
Fue más o menos entonces cuando John me llamó y me invitó a comer. Me dijo que quería exprimirme la cabeza en relación con el tiempo que pasé como soldado en Irlanda del Norte para su siguiente novela y yo fingí estar encantado de que lo hiciera, aunque en realidad envidiaba mucho su éxito y no quería verlo por temor a que se me notara. Según el principio de que el rayo no cae dos veces en un mismo sitio, yo había dado en imaginar que, al ser publicado John, era mucho menos probable que yo corriese la misma buena suerte. Pero me planté una sonrisa en la cara y fui a un restaurante cerca de la sede de Masius en Saint James’s Square llamado Ormond’s Yard, me mordí la lengua y lo felicité efusivamente y le di las gracias por el ejemplar firmado de su novela, que, como es natural, no me había atrevido a leer por si de verdad era buena. Me temo que es una reacción muy típica entre escritores. Nadie lee los libros de nadie más si puede evitarlo: somos una peña insegura, rencorosa y envidiosa. Nada desconcierta tanto como el éxito de un buen amigo y, como dijo una vez Gore Vidal: «Cada vez que un amigo tiene éxito, muere un pedacito de mí».
—¿La tiranía de los cielos? ¿Qué es? —le pregunté a John—. ¿Shakespeare?
Negó con la cabeza.
—John Milton. Si buscas un buen título, verás que hay muchos en Milton, camarada. Shakespeare no. No pierdas el tiempo buscando un título en el puto Shakespeare. Lo han violado más veces que a un ama de casa alemana. Pero Milton es estupendo. Ya nadie lee a Milton.
—Enhorabuena —dije, a la vez que inspeccionaba la firma y la dedicatoria de su novela—. Tengo entendido que ya es superventas.
—Es verdad. Pero es en Estados Unidos donde quiero triunfar, no aquí. En términos editoriales, este país es una atracción secundaria con pececitos de colores.
—Eso se dice muy fácil.
—No creas. Sea lo que sea que estés escribiendo, te aconsejo que sea «americanocéntrico», si me disculpas el palabro. Si tienes un protagonista estadounidense, ya has recorrido medio camino para llegar a la pasta gansa, camarada.
«Camarada». Acostumbraba a decirlo mucho y, puesto que el libro preferido de John es El gran Gatsby y «camarada» parece ser la expresión preferida de Jay Gatsby, a veces me pregunto cuánto de Gatsby hay en John. Como él mismo diría, es un hombre que se ha inventado a sí mismo por completo: describiendo sus humildes orígenes en Yorkshire, decía que «no importa una mierda de dónde viene uno, lo que importa es adónde va». Y esa es toda la filosofía de John, en resumidas cuentas.
—Da la casualidad de que soy inglés, camarada. Pero eso no es quién soy ni quién quiero ser. Yorkshire es un basurero. Detesto ese sitio. No quiero volver a verlo. Frío. Miserable. Hombres con gorra de visera y palomas y galgos y dentaduras postizas que no les ajustan y filosofía casera de esa que suena a anuncio de panaderías Hovis. A los únicos a quienes les importa es a los pobres desgraciados que tienen que vivir allí. A mí no. Me muero de ganas de vivir en alguna otra parte. La Toscana. La Provenza. Las Bahamas. De vivir en otra parte y de ser otro. Eso es lo mejor de ser escritor, Don. Uno tiene la excusa perfecta no solo para escribir la historia que está en la puta novela, sino también su propia historia. Uno puede inventar al mismo tiempo que crea la novela. Es extraordinariamente liberador convertirse en otro. No me has pedido consejo, pero te voy a dar uno de todos modos. Hazte más estadounidense, sí, incluso hasta el punto de utilizar la ortografía estadounidense. A fin de cuentas, es en Estados Unidos donde todavía se puede hacer fortuna con la edición. Por eso yo ya he hipotecado la casa para pagar la campaña de publicidad que acompañará la publicación del libro en Estados Unidos.
—Dios santo, John, ¿te parece prudente?
—Es probable que no. Pero no creo que ganar una pasta gansa tenga mucho que ver con la prudencia, ¿no te parece? Se trata de tener cojones para correr un riesgo. ¿Qué decía T. S. Eliot? «Solo los que se arriesgan a ir demasiado lejos pueden llegar a averiguar hasta dónde se puede llegar». Yo lo creo de veras, Don. El mayor peligro sería no correr el menor riesgo. Como es natural, el gasto en publicidad sería doblemente efectivo si sacara un libro de bolsillo y otro en tapa dura al mismo tiempo. Me refiero a que siempre se puede vender el de bolsillo a rebufo del de tapa dura. Así que es una pena que ese dinero que voy a gastar sea solo la mitad de efectivo de lo que habría podido ser. Es lo único que lamento de todo esto: no haber tenido dos productos preparados cuando firmé los contratos de edición.
John suspiró, encendió un cigarrillo y miró hacia el otro extremo del patio porque hacía un día bonito y estábamos sentados a una de las tres o cuatros mesas que había delante de la entrada del Ormond’s. El que usara la palabra «productos» era revelador. John nunca ha abandonado del todo la fraseología del publicista; incluso hoy en día, estando con él —veinte años después de que abandonara Masius—, uno tiene más la sensación de estar hablando con David Ogilvy que con David Cornwell. Hay autores que hablan de metaficción y géneros, romans à clef y narradores poco fiables, pero John habla de propuesta única de venta y marca, grupos focales, distribución y punto de venta.
—Bueno, ¿qué es lo que quieres, John? ¿Ya has cavado el túnel para escapar del Stalag de la publicidad? Has salido y eres libre como Steve McQueen en moto y aun así no pareces muy feliz, y eso que hay cantidad de redactores de material publicitario que se cambiarían por ti encantados. Incluso los que son dioses en agencias más de moda, como GGT y AMV. A mí, que esta tarde tengo que volver a escribir dos cuñas de radio de mierda para Ribena, me parece que lo tienes todo, colega: un contrato por tres libros, dinero de sobra, cierta importancia social, sin jefe, sin horario de nueve a cinco, sin reuniones con clientes el lunes por la mañana en el puto Perivale...
Perivale, en la zona oeste de Londres, era donde estaba ubicado otro de esos clientes de Masius más soso que el agua de charco: Hoover.
—Podría seguir con la lista, pero solo conseguiría deprimirme tanto que tendría que suicidarme ensartándome en mi Mont Blanc.
John se encogió de hombros.
—Quiero lo que quiere cualquiera en este negocio, camarada: éxito, dinero, y luego más de ambos a montones. Quiero lo mismo que quieren Ken Follett, Jeffrey Archer y Stephen King cuando se sientan delante del ordenador: un superventas internacional seguido de inmediato por otro. Lo único que lamento ahora es no poder escribir esos libros más rápido. Quiero decir que tengo un contrato por tres libros por valor de un millón de pavos si sumas los yanquis, los británicos, los japos y los teutones. Pero al ritmo que se escribe un libro, voy a necesitar por lo menos otros dieciocho meses para escribir los dos siguientes porque, para serte sincero, la parte de la escritura en sí no me apasiona. Yo soy de los que necesitan muchísimo más que una habitación con putas vistas para escribir quinientas palabras al día. Bueno, todos somos humanos, ¿no? Como es natural, para entonces ya me habrá llegado algo en concepto de derechos de autor. Aun así, el dinero de verdad, la pasta gansa que te cagas, que es un anticipo considerable sobre futuros derechos de autor, todavía queda muy lejos. Mientras tanto, tengo un montón de ideas para media docena de libros que llegarán más adelante. No, en serio, tengo archivos llenos de ideas. A veces me parece que la semana no tiene días suficientes. —Sonrió—. Lo siento, camarada. Ya sé que no es lo que quieres oír cuando estás intentando terminar y publicar tu propio libro. Pero así son las cosas ahora mismo. Soy una década mayor que tú, lo que quiere decir que tengo prisa. Quiero saber lo que es tener dinero en plan escandaloso a lo Stephen Sheppard mientras aún sea lo bastante joven para disfrutarlo.
Stephen Sheppard era un autor británico que escribió una novela titulada Los cuatrocientos, que, allá en 1976, Ed Victor, el agente literario, había logrado la hazaña de vender por un millón de libras; todos los periódicos del Reino Unido cubrieron la noticia.
Me lo planteé unos instantes.
—Hay una solución, quizá —dije—. Aunque poco ortodoxa en el mundo de la edición, tan ascético e izquierdista liberal.
—Ah, ¿sí? Pues dime.
—En la abogacía inglesa existe una práctica denominada «delegación», que consiste en que un letrado auxiliar realiza trabajo escrito a sueldo en nombre de un abogado de más antigüedad. Al abogado demandante no se le informa del arreglo y el letrado auxiliar recibe una parte de los honorarios del propio abogado de más antigüedad, como un acuerdo privado entre los dos. Es la manera que tienen los abogados con experiencia de hacerse más ricos incluso de lo que debería ser posible. Así pues, ¿por qué no haces tú algo similar? En otras palabras, podrías pagarme una tarifa por escribir uno de tus libros. Me pasas un argumento tan detallado como sea posible y yo me ocupo del trabajo duro de redactar cien mil palabras; te las entrego seis meses después y tú revisas el manuscrito entregado como más te satisfaga, puedes añadir florituras estilísticas para hacerlo tuyo de veras. O quitar alguna que otra, según el caso. Sería como lo que dice Adam Smith respecto a la división del trabajo en la fabricación de alfileres. Me parece que tú siempre has sido el que tiene una imaginación poderosa, por no decir hiperactiva, y que se te da mejor crear historias que escribirlas. Y allí es donde entro yo. En cierto sentido, seguirías siendo el director creativo, por así decirlo, y nadie tendría por qué enterarse. Hasta podría firmar algún tipo de acuerdo de confidencialidad. Entretanto, tú escribes otro libro; luego le entregas los dos libros a tu editor uno detrás de otro y pides el saldo del anticipo.
—Continúa.
No había tenido claro que pudiera decir mucho más al respecto, pero ahora que lo había mencionado, me atraía la idea de dejar mi empleo y aprovechar la buena fortuna editorial de John —o lo que quedaba de ella— para quedarme en casa y subvencionar mi propia escritura; así que en ese momento le estaba vendiendo la idea y lo estaba haciendo con elogios no muy velados.
—Al fin y al cabo, no serías el primero en hacer una jugada así. Es posible que Shakespeare hubiera llegado a un acuerdo similar con Thomas Nashe cuando escribió Enrique VI, Primera parte. O con George Wilkins cuando escribió Pericles. Y con Thomas Middleton cuando escribió... alguna otra cosa. —Me encogí de hombros—. No me preguntes qué. Pero creo que el teatro isabelino era un poco como la industria del cine moderna. Un autor sustituía a otro de inmediato. O unos autores estaban al quite para ayudar a otros con un primer acto, o una revisión rápida. Cosas así.
—El caso es que no es mala idea, camarada. —John deliberó un momento—. No es mala idea en absoluto. Un poco como la Factory de Andy Warhol, en Nueva York.
—Precisamente. Supongo que se podría argumentar incluso que el Apple Macintosh es el equivalente moderno del proceso de impresión serigráfica. Una tecnología que permite la alteración y la reproducción rápida de la idea creativa básica.
Allá en los años ochenta —y después del famoso anunció de televisión 1984, de Ridley Scott—, todos los escritores codiciaban un ordenador Macintosh. John tenía uno, mientras que yo me las apañaba con un Amstrad, más barato y sin duda inferior; pero incluso eso suponía una inmensa mejora respecto a la máquina de escribir IBM Selectric, que era lo que nos facilitaban en el trabajo.
—¿Cuánto querrías? Por hacer lo que acabas de describir.
—Veamos. —Meneé la cabeza—. Como es natural, tendría que dejar el trabajo. Bueno, para escribir un libro entero en seis meses; no podría hacerlo y compatibilizarlo con la redacción de material publicitario. Estamos hablando de un horario de nueve a cinco para producir tantas palabras en ese plazo. Así que tendría que ser suficiente dinero para permitírmelo.
—Cobrabas veinte de los grandes al año cuando me fui.
—Veinticinco, ahora. Me dieron cinco más para compensar por tu carga de trabajo cuando te fuiste. Estaría corriendo un riesgo, claro. Dejando el trabajo de esa manera. Para hacer algo tan aventurado como esto. Si no funciona, me quedaría sin empleo y sin manera de pagar la hipoteca.
—¿De verdad tendrías que dejarlo? Venga, Don. Te encanta. Con todas esas monadas que llevarte a la cama. A veces creo que por eso te dedicaste a la publicidad, camarada. Por las chavalas.
Negué con la cabeza.
—Eso es una chorrada y lo sabes. Estoy harto de la publicidad. Igual que lo estabas tú, John. Como tenga que escribir otro anuncio de televisión de café Brooke Bond Red Mountain, creo que me pondré a gritar. Además, ya me he tirado a todas las chavalas a las que podía tirarme en Masius. Me han calado. Tengo que seguir mi camino. Pero nadie de otra agencia ficharía a un redactor de Masius. Somos como leprosos. Así que esto podría ser mi billete para largarme de Saint James’s Square. Subvencionaría mi propia novela con lo que saque escribiendo la tuya.
—Tendría que ver algunos capítulos de prueba.
—¿De mi novela?
—No me refiero a tu material publicitario. Ya sé que se te da de pena. Desde luego no eres David Abbott, camarada.
Me encogí de hombros.
—Como si me importara un carajo escribir material publicitario. Mira, no hace falta que veas mi novela. Ya sabes que sé escribir, joder. Publiqué aquel relato en Granta, ¿recuerdas?
—Ah, sí. Lo había olvidado.
—A no ser que no lo digas en serio. Porque yo sí voy en serio.
—Claro que voy en serio. Escribir el día entero un día tras otro como el puto Henry James es un coñazo de aúpa, Don. No me extraña que todos los escritores parezcan empollones. ¿Viste esa foto de los mejores novelistas jóvenes británicos? Dios, si los jóvenes tienen esa pinta... No, lo que me gusta es elaborar la trama, no teclear día y noche como un trágico gilipollas con gafas.
—Pues a mí me gusta, la verdad —confesé—. Me da la impresión de que mi vida tiene sentido cuando estoy delante del teclado.
—No sé cómo tienes paciencia.
—Es lo que te enseña Irlanda del Norte, John: paciencia y aprecio por la vida tranquila. Cada vez que me siento ante la máquina de escribir, me digo: «Qué suerte tienes de no estar en Falls Road».
—Bueno, ¿cuánto? —repitió—. Es la pregunta de sesenta y cuatro mil dólares. O no, porque no pienso pagarte nada parecido.
—Veinticinco de los grandes.
—Y una mierda. Diez.
—No puedo hacerlo por diez. No puedo arriesgarme. Veinte.
—Doce quinientas.
Negué con la cabeza.
—Quince. Y con una bonificación si el libro llega a superventas.
Vi que John hacía cálculos de memoria.
—De acuerdo.
Cerramos el trato con un apretón de manos y luego seguimos discutiendo los detalles de la negociación durante un rato: fechas de entrega, penalizaciones por incumplir el plazo de John, bonificaciones... Entonces, John dijo:
—El caso es que, si puedo llegar a este acuerdo contigo, Don, no hay razón para que no llegue a él con otra persona.
—Seguro que podrías encontrar a alguien más barato que yo, John. Quizá podrías poner un anuncio por palabras en Books and Bookmen. O en Literary Review. «Escritor con prisa busca amanuense. Tiene que ser capaz de deletrear “amanuense”, y escribir una novela de éxito por encargo. Thomas Pynchon queda excluido».
—No, no me refería a eso. Lo que quiero decir es que si puedo hacer este apaño con un escritor, entonces, ¿por qué no hacerlo con dos? Así tendría dos novelas en proceso de escritura mientras yo me documento para otra historia. Eso es lo que se me da bien.
Me encogí de hombros.
—¿Por qué no? Como decías, es lo que hace Warhol. Yo podría ser tu Gerard Malanga.
—La pregunta es ¿quién? ¿Quién más que sepa escribir está tan desesperado como tú, camarada?
—¿En Masius, quieres decir?
—¿Por qué no? Todo aquel que sea mínimamente bueno quiere largarse de Saint James’s Square de un modo u otro.
—¿Qué me dices de Sally?
—Uno de los muchos placeres que me ha reportado dejar Masius es que no tendré que ver ni oír nunca más a Sally van Leeuwenhoek. Ni intentar escribir bien su puto apellido.
—Podría ser útil tener a una mujer en el equipo.
—No, nada de eso. Resulta que conozco mi mercado, camarada, porque lo he investigado muy a fondo. Y antes de que lo preguntes, sí, he contratado los servicios de una empresa de investigación como es debido para que lleve a cabo un estudio de mercado y redacte un informe. Escribo para hombres; hombres que quieren leer libros sobre hombres firmemente heterosexuales que creen que la «mujer eunuco» es una puta yegua con un cuerno en la frente; que creen que compartir un problema es liarse a puñetazos en un bar. Tíos que crecieron creyendo que Ian Fleming es mejor escritor que Christopher Isherwood. Sea como sea, nunca he conocido a una mujer que fuera capaz de escribir como un hombre. ¿Has leído El mar, el mar, de Iris Murdoch? Se supone que el narrador de esa novela es un hombre, pero es un hombre interesado en el tejido de las cortinas y, por lo tanto, no es un hombre de verdad sino la noción que tiene una vieja idiota de lo que es un hombre. De ahí que parezca un puto moñas de la cabeza a los pies. No, la idea que hemos tenido hoy es muy buena, pero nada de chorbas, camarada. Además, me da la impresión de que nos divertiremos mucho más si el asunto es solo cosa de tíos.
—De acuerdo. ¿Qué te parece Paul Cliveden?
John se lo pensó un momento y luego negó con la cabeza.
—Es marica y, por lo tanto, también queda excluido a la hora de escribir sobre hombres heterosexuales.
—Sí, lo había olvidado.
—A veces me preocupas, camarada. No tengo ni idea de cómo puede olvidarse alguien de que Paul Cliveden es marica. Deja a Quentin Crisp a la altura de Burt Reynolds.
Pensé unos instantes más.
—¿Qué tal Peter Stakenborg?
—No superó el examen de redactor de material publicitario, ¿verdad?
—Sí, aunque creo que dice mucho a su favor el que creyeras que no era apto para ser redactor. Según recuerdo, fuiste tú quien le dijo que no debía avergonzarse por no alcanzar el elevado nivel intelectual necesario para escribir un anuncio de Ribena protagonizado por una grosella parlante.
—Es verdad.
—Además, tiene una licenciatura en Inglés por Oxford. Y no solo eso, sino que además da la casualidad de que sé que acaba de empezar a escribir su segunda novela.
—Después de que le rechazaran la primera en todas partes. Sí, así es. Trataba sobre el mundo de la publicidad, ¿no? Recuerdo que me dio el coñazo con ella durante la cena de Diseño y Dirección Artística el año pasado. No sé por qué iba a creer nadie que una historia sobre los tristes vendedores que se dedican a la publicidad le interesaría a alguien. El publicista como una especie de guerrero de clase moderno ya estaba muerto y enterrado cuando Michael Winner dirigió aquella película cutre sobre el negocio en los años sesenta. ¿Cómo se titulaba?
—El retrato de un rebelde.
—Bueno, ¿de qué va la nueva?
—Me dijo que era una novela cómica sobre cómo fue criarse en Malaui. Me suena a otra Un buen hombre en África, creo yo.
—Dios. Apuesto a que Jonathan Cape ya está muriéndose de ganas de publicarla. Aun así, Stakenborg ha estado absolutamente en todas partes. Sobre todo, en esos países trillados a los que yo no querría ir ni muerto. Cachemira, Afganistán. Podría ser útil tener a alguien que sabe de verdad cómo son esos sitios tan horribles. Me evitaría tener que ir yo. Y tienes razón. Escribe bien. Escribió aquellos anuncios de prensa para American Express cuando Vic Cassel estaba demasiado borracho para redactarlos.
—Les dieron un premio, ¿no?
—Para empezar, es lo que lo animó a hacerse redactor de material publicitario. —John asintió—. Vale, vale. Habla con él. A ver si le interesa mi idea.
Sonreí y no intenté corregirlo, cosa que debería haber hecho, pero en aquel entonces lo cierto es que no parecía tener importancia de quién había sido la idea, pues ninguno de los dos sospechaba ni por asomo que un práctico acuerdo laboral entre dos publicistas para uno o dos libros desembocaría en más de treinta superventas del New York Times y unas ventas de más de ciento setenta y cinco millones de libros. Solo James Patterson y J. K. Rowling venden más. Hoy en día, cada vez que sale a relucir el asunto de su cohorte de coautores en una entrevista, John siempre asegura que la idea de emplear un equipo de negros literarios fue suya y solo suya. Tal vez sea eso que C. P. Snow describe en su novela El sueño de la razón como «las alucinaciones de los hechos». Aunque lo más probable es que John solo esté comportándose como el egoísta de siempre.
A la semana siguiente preavisé de que iba a dejar mi trabajo en Masius, y cuatro semanas después me puse manos a la obra a partir de la trama que me había facilitado John de una novela que se publicaría al año siguiente como La llave de oro es la muerte; la primera de cinco novelas protagonizadas por Dougal Haddon, un antiguo oficial del Servicio Aéreo Especial metido a consultor profesional y mercenario. Durante mucho tiempo me costó creer en la buena suerte que había tenido: que me pagaran por pasarme en casa toda la mañana y escribir un libro, y que me quedaran tiempo y energía suficientes para dedicar la tarde a escribir mi propia novela. Ni un cerdo chapoteando entre mierda se habría sentido tan a gusto consigo mismo.
Antes incluso de que se publicara, era evidente que el nuevo libro de John estaba destinado a convertirse en un superventas —resultó ser su primer número uno del New York Times—, y casi inmediatamente después de terminarlo empecé a desarrollar el argumento del siguiente título. Ya estaba ganando más dinero del que habría ganado de haber sido un redactor sin expectativas de futuro en una agencia que se consideraba el equivalente a la Administración pública en la publicidad. Por primera vez en mucho tiempo, sonreía al levantarme por la mañana.
Mientras tanto, Peter Stakenborg entró a formar parte del nuevo equipo de escritores de John, seguido por un tercer escritor —otro antiguo redactor de material publicitario de Ogilvy & Mather llamado Brian Callaghan— y luego un cuarto llamado Philip French, periodista freelance. Transcurridos tres años de aquel almuerzo en el Ormond’s Yard, John Houston tenía empleado a un equipo de cinco escritores y había amasado una fortuna de veinte millones de libras. Después de aquello, John se mudó primero a Jersey por razones fiscales —allí conoció y se divorció de su segunda esposa, Susan— y luego, brevemente, a Suiza, donde creo que aún tiene una casa.
A decir verdad, más o menos cualquiera podría escribir esos libros, siempre y cuando entendiera un poco de ritmo y estructura, y de cómo escribir un diálogo razonable; pero solo John era capaz de revisarlos de modo que todos se leyeran de la misma manera exenta de complicaciones. Lo que marca la diferencia en los libros de John no es lo que está escrito, sino lo que no se escribe. Aprendí enseguida que la escritura no es más que el tejido conjuntivo de las historias de John. Es muy culto y tiene un inmenso bagaje de lecturas, y es capaz de escribir prosa maravillosamente construida cuando quiere, pero sus libros gozan de una sencillez que me recuerda a Picasso; resulta que antes de Picasso los artistas pintaban exactamente lo que veían, pero Picasso tuvo la genialidad de saber con precisión qué se podía dejar al margen del cuadro. Lo mismo se puede decir de John. Saber lo que se puede dejar al margen de un libro es una de las razones por las que tiene tanto éxito y por las que tanto admiro lo que hace.
Aunque creo que soy mucho mejor escritor que John, nunca se me ha dado especialmente bien elaborar una buena trama, y en el mercado de la edición actual lo que vende no es el estilo elegante, sino la historia. Esa es la otra razón por la que John tiene tanto éxito en lo que hace: es el autor al que mejor se le dan los argumentos que he conocido en la vida. En cierta ocasión, John me dijo que nunca busca nuevas tramas porque siempre parecen encontrarlo; en ese sentido son como huérfanos, según dice, en busca de un buen hogar, o tal vez electrones que quieren unirse a un núcleo vulnerable. Por eso nunca va a ninguna parte sin una de sus libretitas Smythson en las que siempre está anotando ideas. Esas libretas llevan incluso la palabra GENIO impresa en la tapa en letras doradas, y tiene una caja entera. A veces se limita a anotar cosas que podría decir un personaje, o puntos de la trama, pero también es habitual que le venga a la cabeza un argumento completo de principio a fin, como si se lo hubiera dejado en la mesa una cigüeña igual que al elefantito Dumbo. John es una persona de esas que podrían buscar una buena trama en la revista del respaldo de los aviones, y da la casualidad de que fue así como encontró el argumento de una de sus primeras novelas, La libertad de saber, cuyos derechos, por cierto, adquirió Jerry Bruckheimer por dos millones de dólares.
Cuando se divorció de John su segunda mujer, alegó que esa costumbre de tomar notas de manera constante era una especie de trastorno obsesivo compulsivo. Argumentó incluso que le había robado a ella algunas ideas y las había hecho pasar por propiedad intelectual suya; pero esa es otra historia.
En algún punto del trayecto publiqué mi primera novela propia —Sueños celestiales en Falls Road—, que llegó dando tumbos a la imprenta y enseguida quedó relegada, y luego cayó en el olvido. Es la suerte que corren la mayoría de las novelas, claro, y la situación habitual de cualquier escritor es ser rechazado o quedar descatalogado. Eso me digo una y otra vez, que ser un autor publicado es un poco como eso que dice Schopenhauer sobre la vida misma: nuestra condición natural es la inexistencia. A menos, claro, que seas John Houston. Porque no nos engañemos, lo que hace John Houston es muy poco común. Ganar dinero escribiendo es sumamente difícil. En ese sentido, John Houston es sin duda uno de los grandes y la encarnación misma de eso a lo que se refería Andy Warhol al decir que la mejor obra de arte es un buen negocio.
Cuando John leyó mi novela y percibió mi decepción por la fría acogida que había tenido, me ofreció su propia reacción crítica, no tanto en la línea de R. R. Leavis como en la de Jack Regan:
—Olvídala, camarada; ese es mi consejo. Olvida esta y escribe otra. Eso es lo que distingue a los hombres de los niños; cualquier gilipollas puede empezar a escribir una novela, y a menudo lo hace, pero muy pocos son capaces de terminarla, y menos aún pueden dejar esa novela atrás y empezar otra. Lo importante es aprender de los errores. Creo que tu novela está maravillosamente escrita y tiene una atmósfera muy lograda, pero a menudo da la impresión de que estás mirando de reojo para comprobar si alguno de esos puñeteros autores tan inteligentes a quienes admiras está prestando atención a tus frases tan bonitas. Los Martin y los Julian y los Salman. El problema es que tu historia no se mantiene a flote. Hacia la mitad es como si hubieras olvidado dónde la dejaste. Es casi como si te estuvieras tirando a una tía y mientras lo haces decidieras que ya no te la quieres tirar. Con la siguiente, tienes que elaborar la historia y todo lo que rodea la historia y nada más que la puta historia antes de empezar a escribir una puñetera palabra, después de lo cual todo queda subordinado a eso. Más importante aún: tienes que aprender a decirles a Martin, a Julian y a Salman que se vayan a tomar por culo.
En el móvil de alguien tintineaba una melodía, un tema de música de piano en miniatura que me sonó de algo. El sargento Savigny se levantó de la mesa y salió del restaurante medio vacío para contestar su portable. Probé el vino y fruncí el ceño, tratando de ubicar la melodía metálica.
—¿No le gusta el vino?
—El vino es excelente. No, es el tono de llamada lo que me desconcierta.
—Es irritante, ¿verdad? —dijo Amalric—. Es el tema de la película Betty Blue. El sargento tiene debilidad por Béatrice Dalle.
Me encogí de hombros.
—No es difícil de entender. Era muy guapa. ¿Qué fue de ella, por cierto?
—Como todas las mujeres guapas, monsieur, se hizo mayor. Savigny lleva una copia del DVD en el maletín. Siempre.
—Eso y una novela de John Houston. Pero también es verdad que, con ciento cuarenta millones de ejemplares vendidos, supongo que es un poco menos excepcional. Dicen que lo más probable es que uno de cada treinta libros que se están vendiendo ahora en el mundo lo ha escrito John Houston. ¿Lo sabía? Y, sin duda, su sargento encaja con el perfil estándar de un lector de John Houston.
—¿Hay un perfil así?
—Sí, claro. De vez en cuando, Houston encarga un estudio de mercado sobre quién lee sus libros. Impact, que es el nombre de la empresa de investigación a la que recurría John, organiza grupos de discusión y a veces John insiste en que el equipo de escritores vaya a ver lo que dicen esos grupos, a través de un espejo unidireccional. Que es como se hacen esas cosas en una agencia de publicidad. Al final, tiene un informe que describe los perfiles socioeconómicos de los lectores, hábitos de compra e ingresos, exactamente del mismo modo que Heinz intenta averiguar quién compra cada sopa y por qué. John nunca ha dejado de ser un publicista de éxito. Después de leer varios informes así, lo más probable es que pueda proporcionarle bastante información sobre su sargento. Qué edad tiene, ¿treinta y cinco?
Amalric asintió.
—Es fascinante. Continúe, haga el favor.
—De acuerdo. No compra más de dos o tres libros al año y rara vez lee la prensa, a menos que sea gratuita. Lo más probable es que, en los años que hace que lo conoce, nunca le haya visto leer nada que le gustaría leer a usted. La única vez que echó un vistazo al libro que leía le chocó un poco lo simplista que era, lo cortos que parecían los capítulos, lo breves que eran las frases. Más que nada, el sargento no tiene tiempo para leer porque se considera un hombre ocupado, si tal cosa es posible en un sitio como Mónaco. Una vez compró el mismo libro que la vez anterior y leyó la mitad antes de darse cuenta de que ya lo había leído.
Amalric intentó disimular una sonrisa, lo que no hizo sino animarme a presumir un poco.
—Voltaire y Molière, no se aclaraba con ellos en el colegio y, por lo que a historia respecta, probablemente cree que Philippe Pétain era un prostituto, o incluso algo que dice uno cuando se mosquea. Se distrae con facilidad y tiene un lapso de atención breve, así que lee en arranques cortos e intensos, quizá durante diez o quince minutos cada vez, con el ceño muy fruncido, como haciendo algo muy difícil, casi como si intentara resolver un enigma. No lee en el baño porque prefiere la ducha. Siempre enrolla el libro como una revista, lo que con toda probabilidad a usted lo irrita; nadie que adore los libros sería capaz de tratarlos así. Pero seguramente no sabe que por esa misma razón todos los libros de Houston se imprimen en formato B o C, con los cuadernillos cosidos con hilo y no pegados con cola, para que no se descabalen si uno los trata como un programa de fútbol. Ve mucha televisión, sobre todo fútbol, y tiene una Xbox o una PlayStation en casa, y sin duda tiene descargados en ese iPhone suyo un montón de juegos: Temple Run, Extreme Road Trip..., algo por el estilo. Solo cocina con microondas y sus actores preferidos son Tom Cruise, Matt Damon y Brad Pitt. Prefiere veranear en la playa a hacer cualquier actividad cultural. No va nunca a galerías de arte ni museos. Le gustan los coches veloces, los grandes yates y las mujeres con pinta de busconas, pero eso son más aspiraciones que un reflejo de su propia vida. Lleva un tatuaje. Fuma demasiado, pero se mantiene en forma. No bebe más de la cuenta y, desde luego, no le interesa el buen vino como a usted. Su ortografía deja un poco que desear. Nunca cuestiona sus órdenes ni hace sugerencias propias, pero es un hombre útil con el que contar del mismo modo que otro policía podría ir acompañado de un perro. Al fin y al cabo, alguien tiene que encargarse del papeleo.
—No está mal. No está nada mal. Pero dudo que haya sacado todo eso de un estudio de mercado de Houston.
—No todo, quizá; pero sí la mayor parte.
—Es un buen hombre. Los policías son como ingenieros, monsieur; unas veces hace falta un destornillador muy pequeño y otras, una llave inglesa. A Savigny se le da muy bien ejercer presión cuando hay un problema.
—No lo dudo.
—Es verdad. Una vez compró el mismo libro que había leído el año anterior. Y era de John Houston. Pero en vez de aprender algo de esa experiencia, sigue siendo uno de los lectores más leales de Houston. Cosa que, debo reconocer, me parece absurda. Confieso que no entiendo por qué vende tanto. Las tramas son disparatadas y no tienen el menor sentido. Los personajes son unidimensionales, y los diálogos, absurdos. A mí me parecen libros para gente que no ha leído nunca un libro.
—Así es. Eso es exactamente lo que son. Es como eso que dijo H. L. Mencken: «Nadie se ha arruinado nunca infravalorando la inteligencia del público estadounidense».
Amalric asintió con gesto hastiado.
—Me temo que tiene razón. Pero se puede decir lo mismo del público francófono. La gente parece más estúpida de lo que recordaba. —Se encogió de hombros—. ¿Cuántos libros le ha escrito en veinte años?
—Casi treinta. Uno cada nueve meses. Como un embarazo, se podría decir. —Le quité importancia con un movimiento de hombros—. A eso se parece escribir un libro. Es una criatura a la que uno da a luz. Y como pasa con las criaturas, unas son más populares que otras. Yo sé que tengo mis preferidos. El primero, sobre todo, supongo.
—¿Nunca le ha molestado? —inquirió Amalric—. Que Houston se llevara la fama, el dinero y el reconocimiento. Por comparación con él, usted es un fracasado, ¿no?
—«Lo que aspiraba a ser, y no fui, me consuela: un bruto podría haber sido, pero el platillo no hundí». —Me encogí de hombros—. Robert Browning.
—¿Y qué me dice del dinero?, ¿y la vida de la jet-set en Mónaco?
—Quizá no todo el dinero. He cobrado muy bien. En veinte años he ganado casi dos millones de libras, antes de pagar impuestos. No es una fortuna, claro. De hecho, es calderilla según el baremo estratosférico de Houston. Pero también es verdad que supera con mucho lo que habría llegado a ganar nunca como redactor publicitario. Además, hacia el final de mi relación con John también me llevaba cierto mérito; se reconocía mi ayuda, aunque en letras muy pequeñas en algún lugar cerca del nombre del diseñador de la cubierta y del impresor. Y por el camino publiqué alguna que otra novela mía. Una o dos obtuvieron bastantes buenas críticas. Consideraba trabajar para John como una especie de beca del Consejo de las Artes. De no ser por lo que me pagaba, me habría visto obligado a volver a la publicidad y trabajar como es debido redactando anuncios de papel higiénico y cerveza. Si es que eso puede considerarse trabajar como es debido. Bueno, hay trabajos peores que ser redactor de material publicitario, inspector jefe; pero yo prefiero de lejos trabajar en casa. El trayecto de ida y vuelta es mucho más cómodo. Y por lo menos tenía la ilusión de ser mi propio jefe.
Savigny volvió a la mesa, y por un momento Amalric y él hablaron en francés. Al parecer, seguía sin haber indicios del paradero de Houston. El acento del sargento era más cálido y amistoso que el de Amalric y supuse que era de Marsella y que Amalric quizá fuera originario de París.
Hice un gesto desgarbado con los hombros.
—Como decía, si él no quiere que lo encuentren...
—¿Habla francés?
Por un instante, Amalric adoptó un auténtico aire vulpino.
—Sí.
—No lo ha dicho.
—No lo han preguntado. Además, creo que usted habla inglés mejor que yo francés.
—Gracias. Pasé seis meses trabajando con el FBI en Washington.
—¿Qué tal fue?
—Fascinante. Washington me gustó. Los estadounidenses me gustaron. Lo que me ocasionaba problemas era la comida. La hay a carretadas. Y apenas nada es bueno. Debo de ser una de las pocas personas que vivió en Estados Unidos y acabó adelgazando.
Sonreí.
—Les gusta hincar el diente, eso seguro.
—Su acuerdo con Houston, ¿cómo funcionaba?
—Podría decirse que yo era el maître de John. Su escritor jefe. Ayudaba a organizar el atelier. Así nos llamaba John a quienes trabajábamos en la sala de máquinas de su barco, aunque en ocasiones yo lo consideraba algo parecido al Pequod, porque éramos una pandilla de paganos inadaptados. En el momento álgido producíamos cuatro o cinco libros al año. Y John ganaba entre ochenta y cien millones de dólares anuales.
—¿Tanto? —Savigny dejó escapar un suave silbido—. ¿Por escribir libros?
Asentí.
—Increíble; quizá yo debería escribir una novela sobre la Sûreté Publique —dijo Savigny—. En Mónaco.
—Creo que ya lo hizo un autor italiano —señalé—. Aunque eso no tiene por qué disuadirlo, sargento. Muchos polis se hacen escritores: Joseph Wambaugh, por ejemplo. Y algunos de los autores más famosos les roban sus ideas a otros autores. En el mundo del libro eso se considera una suerte de hommage. Pero en el fondo es un robo puro y duro. Ocurre a diario y nadie va a la cárcel por ello.
—Je prends mon propre partout où je trouve —dijo Amalric.
—Creo que ya conocen al agente de John, Hereward Jones. Hace un año o así negoció un acuerdo por los derechos de quince libros para todo el mundo anglohablante con VVL, los editores estadounidenses de John, Veni, Vidi, Legi, que según el Wall Street Journal alcanzó los ciento setenta millones de dólares. Es un poco difícil relacionarlo con cómo funcionaba el negocio de la edición hace veinte años. Cuando John les dijo en aquel entonces a sus editores ingleses lo que planeaba hacer, que era escribir y publicar más de un libro nuevo al año, quedaron consternados. Se dice que, de hecho, se plantearon rescindirle el contrato allí mismo. Por lo menos, lo hicieron hasta que vieron las ventas de su primer libro. Antes de aquello, vivían en su pequeña burbuja de Bloomsbury con escritores que estaban en las nubes en plan Angus Wilson, fumaban en pipa y llevaban americanas de tweed con coderas de cuero. Sacaban un libro cada dos años, y por lo general hacían lo que se les decía. Sí, había algún que otro escritor, como Jeffrey Archer y Dick Francis, que eran un poco más comerciales que el resto del panorama, pero John Houston fue el primer autor que llegó y dijo que era, ante todo y sobre todo, un hombre de negocios cuyo negocio consistía en escribir y vender libros.
»Él concebía las tramas, y nosotros, sus colaboradores, escribíamos los libros. Prefería contar con escritores británicos. Por un lado, decía que salíamos más baratos que los estadounidenses. Y, por otro, aseguraba que a nosotros no tenía que explicarnos sus chistes. Pese a la historia de amor que tenía John con Estados Unidos, decía que los ingleses éramos más fáciles de revisar y, según él, su poder y su riqueza nos impresionaba de una manera que nunca impresiona a los estadounidenses. A lo largo de los años vinieron y se fueron varios negros literarios, unos con más éxito que otros. Un par de ellos alcanzaron un éxito considerable por cuenta propia: C. Boxer Revell, por poner un ejemplo, y Thomas Chenevix, por poner otro, aunque este último asegura que Houston nunca lo contrató para escribir uno de sus libros y amenaza con demandar a cualquiera que diga lo contrario. Se detestan y se cuenta la famosa anécdota de que llegaron a las manos en un club de Londres llamado The Groucho: John hizo caer de un puñetazo a Tom Chenevix por un tramo de escaleras, llamaron a la policía y ambos recibieron una amonestación.
—¿Qué ocasionó la pelea? ¿Y cuándo fue?
—¿Hará unos cuatro años? ¿Cinco, tal vez? John rechazó el manuscrito de Chenevix. Resulta que John tiene por norma revisar el material cada cuatro semanas. Unos diez o quince capítulos. Chenevix se había saltado una de esas reuniones y John le rechazó sin más el trabajo de ocho semanas, cosa que Chenevix, que tiene un alto concepto de su propia obra, se tomó pero que muy a pecho. Puso a John de vuelta y media y le lanzó un puñetazo. Más de uno, si las informaciones son fiables. Estaba borracho, lo más probable; Chenevix, quiero decir. John nunca bebía mucho. Yo jamás lo he visto borracho, por lo menos.
—Ese individuo, Chenevix. Me gustaría hablar con él.
—Creo que vive en Francia. En algún lugar de la Provenza. Pero no sabría decirle dónde. Se lo puede preguntar a sus editores, HarperCollins. Es probable que lo sepan. —Me encogí de hombros—. Fue seguramente la última vez que John vino a Londres a reunirse con alguien del equipo. Poco después de aquello se mudó a Mónaco y abrió la oficina Houston en París. Así la llamaba. De hecho, no era una oficina sino una casa alquilada en la zona residencial hacia el oeste de Neully-sur-Seine, un lugar fabuloso. Amueblado de manera exquisita. Con cuadros preciosos. —Fruncí el ceño—. Salvo una perspicaz excepción.
—¿Sí?
—En la sala donde nos reuníamos había una fotografía enmarcada de gran tamaño de un montón de chimpancés en una biblioteca; todos los chimpancés estaban sentados delante de ordenadores, como si estuvieran escribiendo algo. John había visto el original, que era de un fotógrafo llamado Louis Psihoyos, en la revista National Geographic, como ilustración de un artículo sobre la revolución de la información. A más de uno nos parecía insultante, pero a John le hacía mucha gracia. Creo que tenía como fin recordarnos a los que formábamos parte del atelier nuestro auténtico estatus en el imperio de la edición de Houston. Y nos lo recordaba. Sin duda nos consideraba sus ahijados y, en el caso de algunos escritores del equipo, no andaba muy desencaminado. Había alguno que a otro al que había que tratar con tacto. Pero eso a John se le daba bien. Chenevix fue el único que se enfadó de veras con él. Y quizá Mike Munns, que también le pegó.
—¿En la oficina Houston?
—Sí. Yo lo habría despedido. Pero Houston se mostró muy comedido y no lo hizo. Dijo que los escritores son apasionados y que a veces hay que respetarlo.
Hice una pausa y bebí un poco más del excelente borgoña. La botella estaba vacía y Amalric ya le estaba pidiendo otra al sumiller. Había que reconocérselo a Amalric, era muy distinto de la clase de policías a la que estamos acostumbrados en Londres. No muchos polis tienen preferencia por las corbatas Hermès y el Vosne-Romanée, y son capaces de citar a Molière y a Voltaire.
—Cuénteme más sobre la oficina Houston —dijo.
—¿Se refiere a antes de que cerrara?
Amalric asintió; Savigny comprobó si estaba en funcionamiento la grabadora Marantz y volvió a dejarla en la mesa.
—En la oficina Houston tenía empleadas a un par de secretarias, ambas inglesas y muy atractivas, y un par de informáticos, que eran holandeses. Ellos se encargaban de todo lo que no hacían por John en VVL, que no era gran cosa. Pero le gustaba supervisar de cerca su personaje público. Cuando John quería reunirse con uno de sus escritores, lo que ocurría más o menos cada quince días, tomábamos el Eurostar a París, en clase turista (John podía ser muy rácano con esa clase de gastos), y nos veíamos allí; él venía de Mónaco, o de algún otro sitio donde hubiera estado documentándose para un libro, en el último coche de lujo que hubiese adquirido. Un Lamborghini. Un Ferrari. Un Aston Martin. Cualquier modelo que pueda imaginar, John lo conducía. Por lo general volvía a Mónaco en un coche distinto del coche con el que había llegado. Formaba parte de la diversión. A John le gustaba divertirse. Y le encantaba conducir. Probaba a ir lo más rápido posible, claro, e intentaba batir su récord anterior. Creo que el récord estaba en unas ocho horas. Yo hice el trayecto con él en un par de ocasiones y me dejó acojonado. Solo acostumbraba a tomar un avión para ir directo a Londres o a Corfú, donde tenía una vivienda. Sea como sea, nos reuníamos con él, a veces dos o tres miembros del equipo a la vez. Leía lo que habíamos escrito, tomaba notas y luego esperábamos sus comentarios, no sin cierta ansiedad. Era como estar otra vez en Cambridge, aguardando la evaluación del supervisor de un trabajo que habías escrito. Si quedaba satisfecho con los progresos, nos invitaba a comer o a cenar. En algún sitio caro. La Grande Cascade, Lapérouse, Alain Ducasse, La Tour d’Argent... A John le gustaba la buena comida casi tanto como los coches rápidos. Siempre se sabía hasta qué punto le gustaba lo que uno había escrito por el precio del vino que pedía.
»Otras veces, cuando estaba muy ocupado para ir a París o había hecho todas las visitas libres de impuestos que tenía autorizadas, John era muy escrupuloso en ese sentido, yo, o alguno de los otros, tomaba un avión a Niza, alquilaba un coche e iba a Mónaco para celebrar allí la reunión.
—Razón por la que tenía que alojarse en Beausoleil.
Asentí.
—A veces él iba de Londres a París, en el Eurostar. A ver a sus hijos. Tenía una relación estrecha con ellos. Se esforzaba al máximo por ellos. Pero, a decir verdad, son una pandilla de haraganes y perezosos. De vez en cuando los veo y pienso en lo afortunado que soy de no tener hijos. Los hijos de John siempre están pidiendo algo. Las exmujeres no son mucho mejores. Una vez oí a John lamentarse de que había criado a una familia enorme con una nula predisposición a hacer nada por sí mismos. En ese sentido al menos se parece bastante a Charles Dickens, cuyos hijos heredaron los problemas del abuelo, incapaz como el personaje de Micawber de administrar sus finanzas. Pero John siempre se esforzaba al máximo por ellos. Todos tenían fondos fiduciarios y pisos y coches, y alguno que otro, una adicción cara a la droga, además. Por ejemplo, su hijo mayor, Travis, consiguió plaza para estudiar historia en el Queen’s College de Cambridge; pero después de fracasar en su carrera de estrella del rock, ahora está en rehabilitación en un centro de la isla de Antigua fundado por Eric Clapton que cuesta veinticuatro mil dólares al mes. Lleva allí un tiempo ya. Todo pagado por su papi.
—Entonces, ¿qué ocurrió? —preguntó Savigny—. ¿Por qué decidió dejar de escribir libros?
—No decidió tal cosa —respondí—. Solo dejar de producir tantos; cambiar todo su modus operandi.
—Bien —insistió Savigny—. ¿Por qué hizo eso? Renuncia a la pasta gansa. Su agente dijo que Houston sencillamente desistió de ser el escritor más rico del mundo. Dijo que pensó que monsieur Houston había sufrido una crisis de mediana edad o algo así, quizá.
Me eché a reír.
—Me temo que John era un poco mayor para sufrir una de esas. Si a eso vamos, también lo soy yo.
—O una crisis nerviosa —señaló el sargento.
Negué con la cabeza.
—Esa es otra explicación de lo más mona. A la gente le gustan las explicaciones sencillas que se pueden resumir en un titular de prensa. Restablece un sentido del orden en el universo creer que las cosas se pueden explicar tan fácilmente desde una perspectiva filosófica. Yo tiendo a aferrarme a la explicación de A. A. Milne del universo, que dice algo así: «“Rabbit es listo”, dijo Pooh con aire pensativo. “Sí —dijo Piglet—, Rabbit es listo”. “Y tiene cerebro”. “Sí —dijo Piglet—. Rabbit tiene cerebro”. Hubo un largo silencio. “Supongo —dijo Pooh— que por eso nunca entiende nada”».
Savigny miraba con cara de no pillarlo, pero Amalric sonreía.
—Maravilloso —dijo.
—Con todo respeto por Hereward Jones, es más complicado que una crisis de mediana edad o una crisis nerviosa. —Me encogí de hombros—. John es un hombre complicado. Y podría decirse que era una decisión existencial, aunque no sé si plantear algo así delante de dos franceses.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Savigny.
—Antes tengo que ir al servicio.
De camino al servicio del Claridge’s, miré el móvil para comprobar si me había llegado algún mensaje de texto y pensé un poco en lo que acababa de decir e intenté recordar qué me había dicho John exactamente antes de anunciarle a todo el mundo que iba a cerrar el atelier. No quería meter la pata con los polis; como podría haber dicho Raymond Chandler en El largo adiós —de una manera más realista, tal vez—, es aconsejable no inventar más de la cuenta cuando se habla con ellos.
Bebí agua del grifo —bastante— para tener la cabeza un poco más despejada; no me extrañaría que el taimado inspector jefe tratase de tirarme de la lengua con buen vino. Además, la mezcla de Louis Roederer y Vosne-Romanée era una manera excelente de hacerlo; ¿qué escritor podría resistirse a algo tan sutil? Y con un aspecto de zorro como el que él tenía, no dudaba que el inspector jefe Amalric fuera capaz de husmear una mentira con la misma certeza con la que reconocería el buqué de un buen tinto. Dos botellas de borgoña de cien libras eran seguramente un medio más rentable de conducir una entrevista que pagarle a alguien por operar un detector de mentiras.
Bebí un poco más de agua y me lavé la cara.
No era que estuviese mintiendo —no exactamente—, pero tampoco había sido del todo sincero porque, a pesar de lo que le había contado al inspector jefe, no tenía la menor duda de que John Houston no tardaría en telefonearme; tampoco tenía duda de que no lo habría traicionado nunca ante los polis de Monty.
Volví a la mesa, donde me encontré con que Savigny se había ausentado y mi copa estaba otra vez llena de vino. Por un momento me abstuve de probarlo y demoré el momento de retomar la historia.
—¿Dónde está el sargento?
—Ha salido a fumar.
—¿Lo espero?
—No. Además, él tendrá que ocuparse de transcribir la cinta. Me refiero a la grabadora digital. No tardará en oír todo lo que diga. Es otra de las razones por las que lo he traído a Londres. Savigny habla inglés casi tan bien como yo. Su madre es canadiense. De la ciudad de Quebec.
—Creía que en Quebec hablaban francés.
—Ah, sí. Pero la madre de Didier recibió una educación bilingüe. Igual que él. Bien, creo que estaba a punto de hablarnos de la decisión existencial de John Houston.
—Solo iba a decir que el dinero le daba a John una libertad inmensa. Era libre de comportarse como un idiota. Libre de casarse, varias veces. Libre de tener muchas casas, y coches rápidos y amantes más rápidas incluso. Era libre de ser su propio jefe, de decir sí, de decir no; libre de ser y de hacer lo que le viniera en gana. Y, sin embargo, a fin cuentas no era libre en absoluto. Creo que fue el contrato para quince libros con VVL lo que colmó el vaso. Una mañana, John despertó con la idea de que era prisionero no solo de esa circunstancia, sino también de todo lo demás. Lo que empezó a pesarle fue la responsabilidad de su posición de empresario y la sensación de que muchas cosas dependían de él.
—Noblesse oblige —comentó Amalric.
—Es posible. Por lo menos, eso me dijo. De hecho, creo que me lo dijo a mí antes que a nadie más.
—¿Cuándo se lo dijo? ¿Cómo?
—Íbamos por la autoroute de Mónaco a París a primera hora de una mañana, hará cosa de tres meses, en un Aston Martin Vantage, en teoría para hablar sobre un libro que le estaba escribiendo y que se titularía Rojo muerto. Pero estaba muy callado y me di cuenta de que algo lo preocupaba, entre otras cosas porque no superaba el límite de velocidad. Supuse que tendría algo que ver con lo que yo había escrito y le pregunté al respecto, pero me respondió que no era eso, y al final me contó lo que le rondaba la cabeza:
»“—Me parece apropiado que seas el primero en saberlo, camarada.
»”—¿El primero en saber qué, John? ¿Estás enfermo?
»”—No, pero gracias por preguntarlo, Don. Contigo siempre he podido hablar como un amigo. Lo que ocurre es que me he hartado de todo esto: me he hartado de producir seis libros al año. Me he hartado de supervisar sitios web, de inspeccionar blogs sobre mi maravillosa vida y mis libros, de emplear a toda esa puta gente, y de las reuniones de marketing en Londres y Nueva York con VVL. Me he hartado de los agentes, de los putos agentes. ¿Sabías que Hereward conduce un puto Rolls-Royce? El otro día leí una entrevista con él en el Times, y había una foto suya a horcajadas sobre el capó como si fuera el puto Tom Jones. Los aires que se daba sencillamente me dejaron pasmado. Hablaba como si todos mis logros fueran fruto de su duro trabajo y como si, de algún modo, se lo debiera todo a él. No paraba de largar acerca de sus legendarias fiestas de Nochevieja y de su legendaria casa de Windsor con sus putos amigos izquierdistas, tan inteligentes. Pensé ‘Vaya cabrón’, y ‘Ese cabrón es tu agente’, y luego pensé ‘A ver qué le pasa a tu legendaria casa de Windsor y a tu bonito Rolls-Royce y a tus legendarias fiestas cuando no esté yo para generar el diez por ciento que lo costea todo, so cabrón’. ¿Sabías que no me invitó a su última fiesta?
»”—Seguro que pensó que, viviendo en Mónaco, no asistirías.
»”—Y una mierda. Es porque él y sus amigos izquierdistas leen todos el Guardian y el mundo del libro aún me considera una especie de paria literario. Por eso no me invitó. Voto a los conservadores. No pago impuestos en el Reino Unido. Soy su turbio secretito.
»”—Puede que la invitación se perdiera entre el correo navideño. Seguro que no quería molestarte. —Me encogí de hombros—. Pero a mí tampoco me invitó, si te sirve de consuelo.
»”—Bueno, pues me he hartado de todo eso —insistió John, sin prestarme atención—. Y desde luego me he hartado de vivir en Mónaco. Es un poblacho. Una urbanización para multimillonarios. Un embotellamiento. Me he hartado de los viajes. Del exilio por motivos fiscales. Hacienda y el Servicio de Recaudación Interna. Las reuniones con los asesores financieros. Los contables. Los abogados. Los pesados que le venden a uno fondos de cobertura. Los barcos. El avión. Los coches. ¿Sabes que alquilo un garaje en Mónaco con mi propio mecánico personal solo para que se ocupe de todos los coches? Es ridículo. De todos modos, ¿quién necesita tantos putos coches? Algunos no dan más que problemas. Sobre todo los Ferraris. El otro día gasté mil euros para alinear las ruedas del F12. Mil euros. ‘No soy Fernando Alonso, putos ladrones’, les dije. ¿Y qué me dices de las casas? Por el amor de Dios, las jodidas casas con sus conserjes y gardiens. Cada vez que vamos a nuestra casa de Courchevel pasamos toda una mañana oyendo las quejas del gardien: hay una gotera en el tejado, su hijo se puso enfermo, el jardinero no es de fiar, aún no han arreglado la sauna, ¿me extienden un cheque para tal y para cuál? Pasa lo mismo en todas partes. Los cabrones se quejan de que uno no les paga lo suficiente o le roban cuando lo hace. Creo que sé cómo se siente Dios los domingos. Toda esa puta gente lamentándose de esto y de aquello y de lo de más allá tiene que ponerlo de los nervios. No me extraña que enviara un diluvio para destruir el mundo y que se ahogaran todos. Yo habría hecho lo mismo, solo para tener un poco de paz y tranquilidad. Unas cuantas veces, probablemente. No, me he hartado de todo, camarada.
»”De un tiempo a esta parte ha empezado a agobiarme mucho. ¿Te acuerdas de cuando enfermé hace unos años, y solo pude producir tres libros en un año en vez de cinco? No te lo dije, pero el precio de las acciones de VVL cayó un cinco por ciento cuando pasó, así que el director editorial de VVL, Bat Anderton, tuvo que ir a Wall Street a explicarles por qué habían bajado los beneficios de VVL respecto al año anterior. Y mientras él estaba allí, me vi obligado a participar en una videoconferencia desde la cama donde estaba enfermo para garantizarles a un montón de capullos a quienes no había visto nunca que no tardaría en recuperarme. Luego está el asunto de que VVL ha contratado todo un departamento de redactores y publicistas para velar por mi producción.
Pulsuz fraqment bitdi.