Kitabı oxu: «La dama de Zagreb»
La dama de Zagreb
philip kerr
La dama de Zagreb
Traducción de
eduardo iriarte

Título original inglés: The Lady from Zagreb.
© Thynker Ltd, 2015.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2016.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2016.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: septiembre de 2016.
ref: odbo004
isbn: 978-84-9056-963-4
depósito legal: b. 14.644-2016
Impreso en España · Printed in Spain
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este libro es para ivan held, sin cuyo aliento
no habría llegado a existir.
Y si vuelves a preguntar si hay justicia en el mundo, tendrás que conformarte con la respuesta: «De momento, no; por lo menos, no hasta el viernes».
alfred döblin
Había venido a Yugoslavia para ver lo que significaba la historia en carne y hueso.
rebecca west
… estaba escrito que debía ser fiel a la pesadilla que yo mismo eligiera.
joseph conrad
Índice
Índice 9
Prólogo 11
1 15
2 32
3 46
4 53
5 58
6 71
7 78
8 96
9 104
10 115
11 121
12 130
Intermedio 137
13 140
14 151
15 162
16 169
17 177
18 188
19 195
20 202
21 211
22 218
23 230
24 244
25 255
26 262
27 267
28 275
29 283
30 291
31 302
32 312
33 320
34 327
35 334
36 346
37 353
38 361
39 364
40 375
41 387
42 395
43 405
44 412
45 417
46 427
Epílogo 431
Nota del autor y agradecimientos 441
Prólogo
riviera francesa, 1956
Los lobos suelen nacer con los ojos de color azul oscuro. Se les aclaran y luego adquieren gradualmente su color adulto, que acostumbra a ser amarillo. Los huskies, por el contrario, tienen los ojos azules y, debido a ello, la gente cree que también debe de haber lobos de ojos azules; sin embargo, en el sentido estricto, no los hay. Si te topas con un lobo de ojos azules, lo más probable es que no sea un lobo de pura raza, sino un híbrido. Dalia Dresner tenía los ojos más extraordinariamente azules que había visto en una mujer; pero me jugaría algo a que había en ella una pequeña parte de loba.
Dresner había sido una estrella del cine alemán allá en las décadas de los treinta y los cuarenta, que fue cuando tuve una relación con ella, aunque breve. Ahora tiene casi cuarenta años, pero, incluso en implacable Technicolor, sigue siendo pasmosamente hermosa, sobre todo esos ojos azules que parecían lanzar rayos, parpadeaban con lentitud y tenían todo el aspecto de poder destruir más de un edificio con un simple y despreocupado vistazo o con una mirada especialmente intensa. Desde luego abrieron un orificio candente en mi corazón.
Al igual que el dolor de una despedida, en el fondo nunca se olvida el rostro de una mujer a la que se ha amado, sobre todo si es el de una mujer a la que la prensa se había referido como la Garbo alemana. Por no hablar de su manera de hacer el amor; de algún modo eso también tiende a quedarse en la memoria. Quizá sea lo mejor cuando el recuerdo de hacer el amor es prácticamente todo lo que a uno le queda.
«No pares», gemía en las pocas ocasiones en que intenté complacerla en la cama. Como si tuviera la más mínima intención de parar; habría seguido gustosamente haciéndole el amor a Dalia hasta el final de los tiempos.
La estaba viendo de nuevo en el cine Eden, en La Ciotat, cerca de Marsella, supuestamente el cine más antiguo del mundo y es posible que el más pequeño. Allí fue donde los hermanos Lumière proyectaron su primera película, en 1895, y está en primera línea de mar, delante de un puerto deportivo donde hay amarrados barcos y yates carísimos todo el año, y a la vuelta de la esquina del miserable piso en el que había estado viviendo desde que me fui de Berlín. La Ciotat es un antiguo pueblo de pescadores al que da vida un importante astillero de la Marina francesa (si es que se puede utilizar la palabra «importante» en la misma frase que «Marina francesa»). Hay una bonita playa y varios hoteles, en uno de los cuales trabajo.
Encendí un pitillo y, mientras veía la película, intenté recordar todas las circunstancias que propiciaron nuestro primer encuentro. ¿Cuándo fue exactamente? ¿En 1942? ¿1943? De hecho, nunca pensé que Dalia se pareciera mucho a la Garbo. A mi modo de ver, la actriz a la que más se asemejaba era Lauren Bacall. Lo de la Garbo de Alemania fue idea de Josef Goebbels. Me contó que la sueca solitaria era una de las actrices preferidas de Hitler, y Margarita Gautier una de las películas favoritas del Führer. Cuesta trabajo imaginar que Hitler tuviera una película favorita, sobre todo una tan romántica como Margarita Gautier, pero Goebbels aseguraba que cada vez que el Führer veía esa película le asomaban lágrimas a los ojos y luego tenía el rostro encendido durante horas. No dudo que relanzar a Dalia como la respuesta del cine alemán a Greta Garbo había sido para Goebbels otra manera de ganarse el favor de Hitler, y naturalmente de la propia Dalia; Goebbels siempre estaba intentando congraciarse con alguna actriz. Tampoco le reprocho que intentara congraciarse con Dalia Dresner. Lo intentaban muchos hombres.
Había pasado buena parte de su vida en Suiza pero nació en Pula, Istria, que, después de 1918 y la disolución del Imperio austrohúngaro, fue cedida a Italia. Sin embargo, esta península siempre había sido una parte natural de Yugoslavia —de hecho, todos los antepasados de Dalia eran croatas— y, para huir de la italianización obligatoria y la supresión cultural por parte de los fascistas de Mussolini, la llevaron a vivir a Zagreb a muy temprana edad. En realidad, se llamaba Sofia Brankovic.
Una vez terminada la guerra decidió abandonar su casa cerca de Zúrich y regresar a Zagreb en busca de lo que quedara de su familia, si es que quedaba algo. En 1947, fue detenida por el gobierno yugoslavo bajo sospecha de colaborar con los nazis durante la guerra, pero Tito —de quien se aseguraba que estaba encaprichado de ella— intervino en persona y dispuso que Dalia quedase en libertad. De nuevo en Alemania, ella intentó volver a los platós, pero las circunstancias dificultaron su regreso. Por fortuna para ella, le ofrecieron trabajo en Italia y apareció en varias películas que tuvieron gran aceptación. Cuando Cecil B. DeMille estaba buscando intérpretes para Sansón y Dalila en 1949, se planteó contratar a Dalia Dresner antes de decantarse definitivamente por Hedy Lamarr, más aceptable desde el punto de vista político. Hedy era buena —desde luego era muy hermosa—, pero estoy convencido de que Dalia hubiera resultado más convincente. Hedy interpretaba el papel como una colegiala de treinta y cinco años. Dalia lo hubiera interpretado como si fuera ella misma: una mujer seductora con tanto cerebro como músculos tenía Sansón. En 1955, cuando ya estaba trabajando de nuevo en el cine alemán, ganó la Copa Volpi a la mejor actriz en el Festival de Cine de Venecia por una película titulada El general del diablo, en la que daba la réplica a Curd Jürgens. Pero fueron los ingleses los que ofrecieron a Dalia sus papeles de mayor éxito y, en particular, la compañía British Lion Films, que la contrató para protagonizar dos películas junto a Dirk Bogarde.
Saqué toda esta información del programa que adquirí en el diminuto vestíbulo del Eden antes de empezar la película, solo para ponerme al día de los detalles de la vida de Dalia. Aunque menos interesante que la mía —y por la misma razón—, también parecía mucho más divertida.
La película en la que la estaba viendo ahora era una comedia con Rex Harrison titulada, en francés, Un mari presque fidèle. Era curioso oír una voz que no era la suya y en francés. El alemán de Dalia siempre había estado aderezado con miel y cigarrillos. Quizá la película surtiera efecto en inglés pero desde luego en francés no, y no creo que tuviera nada que ver con que estaba doblada ni con que se me hizo un nudo en la garganta al verla de nuevo. Sencillamente era una película mala, así que, poco a poco, los ojos se me cerraron en la cálida penumbra de la Riviera, y empecé a tener la sensación de que era el verano de 1942…
1
Desperté de un sueño largo pero inquieto para encontrarme un mundo que era blanco y negro pero sobre todo negro, con ribetes plateados. Había hurtado un poco de Luminal de la casa de campo del general Heydrich que estaba a las afueras de Praga para que me ayudara a dormir. Él no lo necesitaba por la sencilla razón de que estaba muerto, y sin duda no se lo habría robado de no ser así. Las pastillas eran aún más difíciles de conseguir que el alcohol, que escaseaba como todo lo demás, y yo las necesitaba porque, en tanto que oficial del Servicio de Seguridad, ahora estaba mucho más involucrado que Heydrich en el horror. Él estaba muerto, había sido enterrado el mes anterior con todos los honores militares, un diente de ajo en la boca y una estaca clavada en el corazón. Había tenido suerte de librarse de todo, de sus últimos deseos de venganza contra sus asesinos checos, todavía suspendidos en el interior de su cabeza alargada al estilo del Greco como otros tantos montones de fango gris helado, y ya no podía hacerle daño a nadie. En cambio, en mis miserables esfuerzos por seguir con vida casi a cualquier precio, yo aún podía hacer daño y salir herido al mismo tiempo, así que, mientras el negro organillo de la muerte siguiera tocando, tendría que bailar al ritmo de la sombría y funesta melodía que giraba inexorablemente en su tambor, igual que un mono con librea, un rictus aterrado en la cara y una taza de estaño en la mano. Eso no me convertía en alguien fuera de lo común, solo en alemán.
Berlín tenía un aire encantado ese verano, como si detrás de cada árbol y a la vuelta de cada esquina hubiera una calavera ululante o un alp, un duende de forma cambiante con los ojos abiertos de par en par. A veces, al despertar en la cama del piso de Fasanenstrasse empapado en sudor, era como si tuviera un demonio sentado sobre el pecho, aplastándomelo e impidiéndome respirar; apurado por recuperar el resuello y comprobar que seguía vivo, a menudo me oía gritar y alargaba la mano hacia el aire acre que exhalaba durante el día, que era cuando dormía. Y por lo general encendía un pitillo con la presteza de quien necesitaba el humo de tabaco para respirar un poco mejor y vencer el regusto omnipresente a asesinatos en masa y putrefacción humana que se me quedaba en la boca como una muela vieja y cariada.
El sol estival no traía consigo ninguna alegría. Parecía ejercer un efecto siniestro, volviendo irritables a los berlineses con el calor achicharrante porque no había nada más que agua para beber, y recordándoles siempre que probablemente hacía mucho más calor aún en las áridas estepas de Rusia y Ucrania, donde nuestros muchachos libraban una batalla que ya tenía visos de ser mucho peor de lo que esperábamos. El sol de media tarde proyectaba largas sombras en las calles residenciales en torno a Alexanderplatz y provocaba ilusiones ópticas, de tal modo que todos los fosfenos de las retinas —consecuencia de la luz implacablemente intensa— parecían convertirse en las auras verdosas de otros tantos muertos. Era entre las sombras donde tenía mi lugar y me encontraba más a mis anchas, igual que una vieja araña que solo quiere que la dejen en paz. Pero en mi caso no había muchas posibilidades de que ocurriera tal cosa. Siempre salía a cuenta tener cuidado con lo que a uno se le daba bien en Alemania. Llegué a ser un buen detective en la policía criminal, la Kripo, pero eso había sido hacía tiempo, antes de que los criminales vistieran elegantes uniformes grises y prácticamente todos los que estaban encerrados fueran inocentes. Ser poli en Berlín en 1942 era algo así como dedicarse a poner ratoneras en una jaula llena de tigres.
Por órdenes de Heydrich había estado trabajando en el turno de noche en la Jefatura de Policía en Alexanderplatz, lo que ya me iba bien. No había ninguna tarea policial propiamente dicha que realizar, pero no me apetecía lo más mínimo estar en compañía de mis colegas nazis ni de su conversación insensible. La Comisión de Homicidios, o lo que quedaba de ella, me dejaba a mi aire, como un prisionero olvidado cuyo rostro equivalía a la muerte si alguien era lo bastante imprudente para atisbarlo. A diferencia de lo que ocurría en Hamburgo y Bremen, no había bombardeos nocturnos destacables, lo que dejaba la ciudad sepulcralmente silenciosa, muy distinta del Berlín de los años de la República de Weimar, cuando fue la urbe más ruidosa y fascinante sobre la faz de la tierra. Todo aquel neón, todo aquel jazz, y en particular toda aquella libertad cuando nada estaba oculto y nadie tenía que esconder quién o qué era: costaba creer que todo hubiera sido así alguna vez. El Berlín de Weimar era más de mi gusto. La República de Weimar había sido la más democrática de las democracias y, aun así, como todas las grandes democracias, se había descontrolado un poco. Antes de 1933, todo estaba permitido porque, como averiguó Sócrates a un alto precio, la auténtica naturaleza de la democracia es fomentar la corrupción y el exceso en todas sus variantes. A pesar de ello, la corrupción y los excesos de la República de Weimar seguían siendo preferibles a las abominaciones bíblicas perpetradas ahora en nombre de las Leyes de Núremberg. Creo que en realidad no supe lo que era el pecado mortal hasta que viví en la Alemania nazi.
A veces, cuando miraba por la ventana del despacho por la noche, veía mi propio reflejo escrutándome: igual pero diferente, como otra versión desdibujada de mí mismo, un alter ego más oscuro, mi gemelo diabólico o quizá el heraldo de la muerte. De vez en cuando oía a ese doble espectral y desvaído hablarme en tono desdeñoso: «Dime, Gunther, ¿qué tendrás que hacer y a quién tendrás que lamerle el culo hoy para salvar tu miserable pellejo?».
Era una buena pregunta.
Desde mi despacho, un nido de águilas en la torre del rincón este de la jefatura de policía, era muy habitual que oyera el estruendo de los trenes de vapor entrando y saliendo de la estación de Alexanderplatz. Se veía apenas el tejado —lo que quedaba— de la antigua sinagoga ortodoxa de Kaiser-Strasse que, según creo, llevaba allí desde antes de la Guerra Franco-prusiana y era una de las sinagogas más grandes de Alemania, con cabida para una congregación de hasta mil ochocientos fieles. Es decir, judíos. La sinagoga de Kaiser-Strasse estaba en mi ronda de patrulla cuando era un joven Schupo a principios de los años veinte. En ocasiones hablaba con los alumnos que asistían a la Escuela Judía para Chicos y acostumbraban a ir a la estación para ver los trenes. Una vez, otro poli de uniforme me vio charlar con esos muchachos y me preguntó: «¿Qué tienes tú que hablar con esos judíos?». Y yo le contesté que no eran más que críos y que hablábamos de lo que se habla con otros niños cualesquiera. Naturalmente, todo eso fue antes de descubrir que corrían unas gotas de sangre judía por mis venas. Aun así, quizá explique por qué era amable con ellos. Aunque prefiero pensar que no explica gran cosa.
Hacía tiempo que no veía a ningún chico judío en Kaiser-Strasse. Desde principios de junio estaban deportando a los judíos berlineses desde un campo de tránsito en Grosse Hamburger Strasse hacia algún lugar en el este, aunque empezaba a saberse que esos destinos eran más definitivos que un mero punto nebuloso de la brújula. Las deportaciones se llevaban a cabo sobre todo de noche, cuando no había nadie para verlo, pero una madrugada, a eso de las cinco, cuando estaba ocupándome de un robo de poca monta en la estación de Anhalter, vi que metían a unos cincuenta judíos entrados en años en los vagones cerrados de un tren impaciente. Parecían representar una escena que hubiera podido pintar Pieter Bruegel en una época en la que Europa era un lugar mucho más bárbaro de lo que es ahora: cuando reyes y emperadores cometían sus negros crímenes a plena luz del día y no a horas en que nadie se había levantado de la cama para verlos. Los vagones no parecían tan malos, pero al verlos me hice una idea bastante aproximada de lo que les iba a pasar a esos judíos, seguramente más aproximada de la que ellos tenían: de otro modo nadie puede entender que hubiesen subido a esos trenes.
Un viejo Schupo de Berlín estuvo a punto de ordenarme circular hasta que le enseñé mi placa de latón y le dije se fuera a tomar por saco.
—Lo siento, señor —dijo, al tiempo que se llevaba la mano rápidamente al chacó de cuero—. No sabía que era de la Oficina Central de Seguridad del Reich.
—¿Adónde van todos esos? —pregunté.
—A algún lugar en Bohemia. Creo que han dicho que se llamaba Theresienstadt. Casi le dan pena a uno, ¿eh? Pero supongo que en realidad saldrán mejor parados que nosotros, los alemanes. Allí llevarán una vida mejor, vivirán entre los suyos en un nuevo pueblo, ¿verdad?
—En Theresienstadt no, desde luego. Acabo de volver de Bohemia. —Y luego le conté todo lo que sabía sobre ese lugar y de propina algo acerca de lo que estaba pasando en Rusia y Ucrania. El gesto de horror que dibujó la cara rubicunda de aquel hombre casi mereció la pena el riesgo que corrí al contarle la verdad sin adornos, tan difícil de aceptar.
—No puede hablar en serio —repuso.
—Pues me temo que sí. El hecho es que estamos asesinando sistemáticamente a miles de personas allí, en las marismas al este de Polonia. Lo sé. Lo he visto con mis propios ojos. Y cuando digo «nosotros» me refiero a nosotros, la policía. La RSHA: la Oficina Central de Seguridad del Reich. Somos nosotros quienes nos encargamos de asesinar.
El Schupo parpadeó con fuerza y me miró como si hubiera dicho algo incomprensible.
—No puede ser verdad lo que acaba de decir, señor. Seguro que está bromeando.
—No bromeo. Lo que acabo de contarle es probablemente lo único cierto que oirá hoy. Pregunte por ahí, pero hágalo con discreción. A la gente no le gusta hablar de ello, por razones evidentes. Podría meterse en líos. Podríamos meternos en líos los dos. Se lo aseguro, esos judíos van en un tren lento hacia el infierno. Y nosotros también.
Me alejé sonriendo con sadismo para mis adentros; en la Alemania nazi la verdad es un arma poderosa.
A pesar de todo, fue uno de esos asesinos de la Oficina Central de Seguridad del Reich quien me permitió regresar del frío. Se llamaba Ernst Kaltenbrunner, un austríaco de quien se rumoreaba que sería el siguiente inspector jefe de la RSHA, aunque esos mismos rumores decían que su nombramiento no sería aprobado por Hitler hasta que no hubiera acabado de desintoxicarse de su adicción al alcohol en un sanatorio de Coira, Suiza. Eso dejaba la Kripo —la Policía Criminal— en las manos capaces desde el punto de vista forense pero abiertamente homicidas del general Arthur Nebe, quien, hasta el mes de noviembre anterior, había estado al mando del Grupo de Operaciones B de las SS en Bielorrusia. El Grupo B estaba ahora dirigido por otra persona, pero, si lo que se rumoreaba por el Alex era cierto —y tenía buenas razones para creer que así era—, los hombres de Nebe habían acabado con más de cuarenta y cinco mil personas antes de que él se ganara por fin su billete de vuelta a Berlín.
Cuarenta y cinco mil. Resultaba difícil comprender la magnitud de un número semejante en el contexto del asesinato. El Sportpalast de Berlín, donde los nazis celebraban algunos de sus actos multitudinarios, tenía una capacidad para catorce mil personas. Tres Sportpalast llenos a rebosar de gente que había ido a vitorear un discurso de Goebbels. Eso eran cuarenta y cinco mil personas, solo que ninguno de los asesinados había vitoreado su ejecución.
Me preguntaba qué les habría contado Nebe a su mujer, Elise, y a su hija, Gisela, sobre lo que había estado haciendo en las marismas de los Ivanes. Gisela era una joven preciosa que por entonces tendría dieciséis años, y yo sabía que Arthur la adoraba. Además era inteligente. ¿Le preguntaría alguna vez por su trabajo en las SS? Tal vez veía algo esquivo en los ojos zorrunos de su padre y entonces se limitaba a hablar de otra cosa, como acostumbraba a hacer la gente cuando salía a relucir el tema de la Gran Guerra en una conversación. Nunca había conocido a nadie que se sintiera cómodo hablando de ello; desde luego yo no. Si alguien no había estado en las trincheras no tenía sentido esperar que llegase a imaginar cómo era aquello. Aunque Arthur Nebe no tenía nada de lo que avergonzarse por aquel entonces: cuando era un joven teniente con el 17.º Cuerpo de Ejército (el 1.º de Prusia Occidental) en el frente oriental, había sido gaseado en dos ocasiones y se había ganado una Cruz de Hierro de primera clase. De resultas de ello, Nebe no les guardaba mucho aprecio a los rusos, pero era impensable que alguna vez hubiera comentado a su familia que dedicó el verano de 1941 a asesinar a cuarenta y cinco mil judíos. No obstante, Nebe sabía que yo lo sabía y, aun así, de algún modo era capaz de mirarme a los ojos. Aunque no hablábamos de ello, lo que me sorprendía a mí más que a él era que aún conseguía tolerar su compañía, pero a duras penas. Supuse que si yo era capaz de trabajar para Heydrich, podía trabajar para cualquiera. Tampoco diría que Nebe y yo llegáramos a trabar amistad. Nos llevábamos bien, aunque nunca entendí que alguien que había conspirado contra Hitler en 1938 pudiera haberse convertido en un asesino de masas con tan aparente ecuanimidad. Nebe intentó explicármelo cuando estábamos en Minsk. Me contó que tenía que mantener bien limpia su narizota el tiempo suficiente para que sus amigos y él tuvieran otra oportunidad de matar a Hitler; el caso es que no vi cómo justificaba eso el asesinato de cuarenta y cinco mil judíos. No lo entendí entonces y sigo sin entenderlo.
A instancias de Nebe, quedamos para comer un domingo en una sala privada de Wirtshaus Moorlake, un poco al sudoeste de Pfaueninsel, en Wannsee. Con una atractiva terraza y una orquesta, el local parecía más bávaro que prusiano y en verano solía ser muy popular entre los berlineses. Ese verano no era una excepción. Nebe vestía un terno de tweed de pata de gallo gris claro con la chaqueta de espalda entallada y los pantalones holgados, bolsillos con botones y solapas de pico. Con los calcetines gris claro y los zapatos de cuero lustrosos, parecía que tuviera intención de disparar contra algo con plumas, lo que sin duda habría supuesto un agradable cambio. Yo llevaba mi traje de verano, que era el mismo terno azul oscuro de raya diplomática que lucía en invierno, solo que no me había puesto el chaleco como concesión al tiempo más cálido; tenía toda la elegancia de una pluma de gaviota, pero me traía sin cuidado que alguien se diera cuenta.
Comimos trucha de lago con patatas, y fresas con nata, mientras disfrutamos de dos buenas botellas de Mosela. Después de comer, salimos a navegar en una especie de barca o cáscara de nuez alargada. Debido a mi amplia experiencia marítima, Nebe me dejó remar, claro, aunque su actitud quizá tuviera que ver con que yo era capitán y él general. Mientras yo me afanaba con los remos, él se fumó un puro habano bien grande y se dedicó a contemplar un impoluto cielo azul prusiano como si no le preocupara nada en absoluto. Puede que así fuera. La conciencia era un lujo que pocos oficiales de las SS y la SD podían permitirse. Wannsee parecía un cuadro impresionista que representaba una escena idílica en el Sena a finales del siglo pasado, una de esas obras que parecen sufrir un grave sarpullido. Había canoas y botes con batanga, veleros y balandras, pero ninguna embarcación que requiriera combustible: la gasolina era incluso más difícil de conseguir que las pastillas y el alcohol. También había muchas chicas —una de las razones por las que a Nebe le gustaba ir allí—, pero ningún hombre joven; todos lucían uniforme y probablemente estaban luchando por salvar la vida en algún cráter de bomba en Rusia. Las mujeres en las embarcaciones largas y estrechas lucían camisetas de tirantes blancas y pantaloncitos cortísimos, toda una mejora respecto de los corsés y los polisones franceses porque dejaban sus pechos y traseros a la vista de cualquiera que, como yo, estuviera interesado en esas cosas; estaban bronceadas y llenas de energía y a veces tenían un aire coqueto también; después de todo, eran de carne y hueso y ansiaban la atención masculina casi tanto como ansiaba yo la oportunidad de prestársela. Algunas remaban a nuestro costado un rato y trababan conversación hasta que caían en la cuenta de lo mayores que éramos: yo tenía cuarenta y tantos, y calculo que Nebe debía de estar cerca de los cincuenta. Pero una chica me llamó la atención. La reconocí porque vivía no muy lejos de mi casa. Sabía que se llamaba Kirsten y era maestra en el instituto Fichte, en Emser Strasse. Viéndola remar, decidí que me pasaría más a menudo por Emser Strasse y quizá, gracias a un afortunado accidente, tropezaría con ella. Después de que ella y sus ágiles compañeras se alejaran, seguí el bote con la mirada, por si acaso: nunca se sabe cuándo una chica hermosa caerá al agua y necesitará ser rescatada.
Otro motivo por el que a Nebe le gustaba Wannsee era que se podía tener absoluta seguridad de que nadie estaba escuchando lo que dijeras. Desde septiembre de 1938 y el atentado fallido de Oster, del que Nebe había sido una pieza fundamental, sospechaba que sospechaban de él, por algún motivo. Y a pesar de ello, siempre se mostraba franco conmigo, aunque solo fuera porque sabía que de mí sospechaban todavía más. Yo era el mejor amigo que podía tener alguien como Nebe, un amigo de los que podías denunciar a la Gestapo y lo harías sin pensarlo si con ello salvabas tu propio pellejo.
—Gracias por la comida —dije—. Hacía tiempo que no empinaba el codo para beber algo tan rico como ese Mosela.
—¿Qué sentido tiene estar al mando de la Kripo si no se pueden obtener cupones extras de comida y bebida? —respondió.
Hacían falta cupones para acceder al sistema de racionamiento alemán, que cada vez parecía más draconiano, sobre todo si eras judío.
—Pues lo que hemos comido era de aquí —dijo—. Trucha de lago, patatas, fresas. Si no se puede conseguir eso en Berlín durante el verano, más vale que nos rindamos ahora mismo. La vida no sería digna de vivirse. —Suspiró y expulsó una nubecilla de humo de puro hacia el cielo sobre su cabeza de tono gris plateado—. ¿Sabes? A veces vengo aquí y salgo en bote yo solo, suelto amarras y surco el lago sin fijarme adónde voy.
—No hay adonde ir. No en este lago.
—Lo dices como si eso fuera malo, Bernie. Pero así son los lagos. Son para contemplarlos y disfrutarlos, no para nada tan práctico como lo que sugieres.
Me encogí de hombros, levanté los remos y miré por un costado del bote el agua tibia.
—Cuando estoy en un lago como este, no tardo mucho en empezar a preguntarme qué hay bajo la superficie. ¿Qué crímenes sin descubrir yacen ocultos en las profundidades? ¿Quién estará en el fondo calzado con un par de botas militares de hierro? Tal vez haya un submarino judío escondiéndose de los nazis. O algún izquierdista al que lanzaron ahí los del Freikorps en los años veinte.
Nebe se echó a reír.
—El detective siempre sale a relucir. Y te preguntas por qué sigues resultando útil a nuestros jefes.
—¿Por eso hemos venido? ¿Para que me halagues asegurándome que soy de utilidad?
—Es posible.
—Me temo que los tiempos en que resultaba útil a alguien quedaron atrás, Arthur.
—Te infravaloras, como siempre, Bernie. El caso es que yo siempre te veo un poco como esos coches diseñados por el doctor Porsche. Un poco bruscos, quizá, pero de mantenimiento económico y muy efectivos. Fabricados para que duren, además, hasta el punto de que son casi indestructibles.
—Ahora mismo, a mi motor le vendría bien enfriarse un poco —comenté, apoyándome en los remos—. Hace calor.
Nebe dio unas chupadas al puro y dejó arrastrar una mano por el agua.
—¿Qué haces tú, Bernie, cuando quieres alejarte de todo? ¿Cuando quieres olvidarte de todo?
—Lleva una temporada olvidarlo todo, Arthur. Sobre todo en Berlín. Lo he intentado, te lo aseguro. Tengo la horrible sensación de que me llevará el resto de mi vida olvidar todo esto.
Nebe asintió.
—Te equivocas, ¿sabes? Es fácil olvidar si pones el empeño suficiente.
—¿Cómo te las apañas tú?
—Gracias una cierta visión del mundo. Se trata de un concepto que sin duda resulta familiar a todos los alemanes. Mi padre, que era maestro, decía: «Averigua en qué crees, Arthur, qué lugar ocupas en ello, y luego cíñete a eso. Sírvete de esa visión del mundo para ordenar tu vida, pase lo que pase». Y he llegado a la siguiente conclusión: en la vida todo es cuestión de azar. De no haber sido yo el que estaba en Minsk, a cargo del Grupo B, habría sido otro. Ese cabrón de Erich Naumann, probablemente. Es el cerdo que me relevó. Pero a veces creo que en realidad no estuve allí. Al menos no estuvo mi yo real. Podría decir que apenas tengo recuerdos de ello. No, no los tengo.
»Allá por 1919 busqué trabajo en Siemens vendiendo bombillas Osram. Incluso intenté llegar a ser bombero. Bueno, ya sabes cómo eran las cosas por entonces. Cualquier clase de trabajo merecía la pena. Pero no pudo ser. El único sitio dispuesto a aceptarme después de dejar el ejército era la Kripo. A eso me refiero. ¿Qué tiene la vida que lleva a un hombre por un camino, vendiendo bombillas o apagando incendios, o que lleva a ese mismo hombre por otro camino totalmente distinto, de tal modo que acaba convirtiéndose en un verdugo del Estado?
—¿Así los llamas?
—¿Por qué no? Es verdad que yo no llevaba capucha, pero el trabajo era el mismo. El hecho es que a menudo esas cosas tienen muy poco que ver con el hombre en sí. No acabé en Minsk porque fuera un mal tipo, Bernie. Lo creo sinceramente. Si acabé allí, fue por accidente. Así lo veo yo. Soy el mismo hombre de siempre. No fue más que el destino lo que me llevó a la policía en lugar de al cuerpo de bomberos de Berlín. El mismo destino que acabó con tantos judíos. La vida no es más que una serie fortuita de acontecimientos. Nada de lo que ocurre sigue lógica alguna, Bernie. A veces creo que ahí estriba tu auténtico problema. Sigues buscando alguna clase de sentido en las cosas, pero no lo hay. Nunca lo ha habido. Todo aquello fue un sencillo error de categoría. E intentar resolver cosas no resuelve nada en absoluto. Después de lo que has visto, seguro que a estas alturas ya lo sabes.
—Gracias por el seminario de filosofía. Creo que estoy empezando a verlo.
—Deberías estarme agradecido. He venido a hacerte un favor.
—No tienes aspecto de ir armado, Arthur.
—No, hablo en serio. Te he conseguido un puesto en la Oficina de Crímenes de Guerra que está en el Bendlerblock, para empezar en septiembre.
Reí.
—¿Me tomas el pelo?
—Sí, ya sé que tiene gracia, si piensas en ello —reconoció Nebe—. Que, de todos los puestos posibles, precisamente yo te consiga uno allí. Pero hablo totalmente en serio, Bernie. Es un chollo para ti. Sales del Alex y vas a un sitio donde apreciarán de veras tus habilidades. Sigues en la SD, y no puedo hacer mucho al respecto. Pero según el juez Goldsche, ante quien rendirás cuentas, tu uniforme y tu experiencia como investigador te abrirán puertas a la hora de llevar a cabo indagaciones que sé ahora están cerradas para los que trabajan allí. La mayoría son abogados llamados Von tal o Von cual, tipos de esos con cuello de puntas que consiguieron sus cicatrices en sociedades universitarias en lugar de en el campo de batalla. Qué demonios, hasta ganarás más dinero. —Soltó una carcajada—. Bueno, ¿no te das cuenta? Intento que vuelvas a ser una persona respetable, amigo mío. O por lo menos semirrespetable. Quién sabe, igual hasta ganas lo suficiente para comprarte un traje nuevo.
—Hablas en serio, ¿verdad?
—Claro. No pensarás que iba a perder el tiempo comiendo contigo sin una razón de peso. En caso contrario, habría traído a una buena chica, o incluso a una que no fuera demasiado buena, no a un guripa como tú. Ahora ya me lo puedes agradecer.
—Gracias.
—Bueno, ahora que te he hecho un favor, quiero que hagas algo por mí a cambio.
—¿A cambio? Igual has olvidado nuestro turbio fin de semana en Praga, Arthur. Fuiste tú quien me pidió que investigara la muerte de Heydrich, ¿no? ¿Hace menos de un mes? No te gustaron mis conclusiones. Cuando nos encontramos y tuvimos una conversación en el hotel Esplanade, me advertiste que nunca tuvimos esa conversación. No llegué a cobrarme ese favor.
—Fue un favor para ambos, Bernie. Para ti y para mí. —Nebe se rascó el eccema que tenía en el dorso de las manos. Era la señal de que empezaba a estar irritable—. Esto es distinto. Esto puedes hacerlo hasta tú sin causar problemas.
—Lo que me hace dudar de si soy la persona adecuada para hacerlo.
Se llevó el puro a la boca y se rascó un poco más, como si bajo la piel pudiera haber una solución mejor para su problema. El bote viró lentamente en círculo, de tal modo que la proa quedó señalando en la dirección por la que acabábamos de venir; ya estaba acostumbrado a esa sensación. Mi vida entera había estado describiendo un círculo desde 1939.
—¿Se trata de algo personal, Arthur? ¿O es lo que los detectives llamamos humorísticamente «trabajo»?
—Te lo contaré si cierras el pico un momento. De veras que no lo entiendo. ¿Cómo se las ha apañado alguien con una bocaza como la tuya para seguir con vida tanto tiempo?
—Yo me he hecho esa misma pregunta.
—Se trata de trabajo, ¿de acuerdo? De algo para lo que casualmente estás mejor capacitado que nadie.
—Ya me conoces, estoy mejor capacitado que nadie para toda clase de trabajos que por lo visto la mayoría de los hombres no tocarían ni con unos alicates pringosos.
—Te acuerdas de la Comisión Internacional de la Policía Criminal, ¿verdad?
—¿La IKPK? No me estarás diciendo que todavía existe, ¿verdad?
—Soy el presidente interino —reconoció Nebe con amargura—. Y si se te ocurre hacer algún chiste mordaz de los tuyos, te pego un tiro.
—Me sorprende un poco, nada más.
—Como debes de saber, tuvo su sede en Viena hasta 1940, cuando Heydrich decidió trasladar la jefatura aquí, a Berlín.
Nebe señaló en dirección oeste, hacia un puente al otro lado del lago que franqueaba el Havel, un trecho al sur del Pabellón Sueco.
—Por allí, más o menos. Y con él al mando, claro. No era más que otro escaparate con luces de neón del Show de Reinhard Heydrich. Yo esperaba que ahora que ese cabrón está muerto, lo pudiéramos utilizar como excusa para liquidar la IKPK, que ya no tiene ninguna utilidad, si es que alguna vez la tuvo. Pero Himmler no es del mismo parecer y quiere que se celebre el congreso. Sí, así es: dentro de una o dos semanas se va a celebrar un congreso. Las invitaciones a los diversos jefes de policía europeos ya se habían enviado antes de que Heydrich fuera asesinado. Así que tenemos que apechugar.
—Pero estamos en mitad de una guerra —objeté—. ¿Quién coño va a venir, Arthur?
—Te va a sorprender. La Sûreté francesa, por supuesto. Les encanta asistir a un buen festín y tener ocasión de airear sus opiniones. Los suecos. Los daneses. Los españoles. Los italianos. Los rumanos. Hasta los suizos van a venir. Y la Gestapo, claro. No podemos olvidarlos. A decir verdad, prácticamente todos menos los británicos. No hay escasez de delegados, eso te lo aseguro. El problema es que me han encargado la tarea de organizar un programa de conferenciantes. Y estoy seleccionando algunos nombres.
—Ah, no. No querrás decir…
—Pues sí. Me temo que en esta ocasión tiene que arrimar el hombro todo el mundo. He pensado que podrías hablar de cómo atrapaste a Gormann, el estrangulador. Es un caso famoso incluso fuera de Alemania. Cuarenta minutos, si te las puedes apañar.
—Esto no es seleccionar, Arthur. Esto es rebuscar en la basura. Lo de Gormann fue hace casi quince años. Mira, tiene que haber alguien más en ese nuevo edificio de la policía que está en Werderscher Markt.
—Claro que hay alguien más. Ya he reclutado al inspector jefe Lüdtke. Y antes de que los sugieras, también cuento con Kurt Daluege y Bernhard Wehner. Pero aún nos faltan un par de conferenciantes para un congreso que dura dos días enteros.
—¿Qué hay de Otto Steinäusl? Fue presidente de la IKPK, ¿no?
—Murió de tuberculosis, en Viena, hace un par de años.
—¿Y ese otro tipo de Praga? Heinz Pannwitz.
—Es un bestiajo, Bernie. Dudo que sea capaz de hablar cinco minutos sin ponerse a maldecir o a golpear el atril con una porra.
—¿Schellenberg?
—Muy reservado. Y demasiado distante.
—Vale, ¿qué me dices de ese tipo que atrapó a Ogorzow, el asesino del S-Bahn? Eso fue el año pasado. Heuser, Georg. Ese sí que te conviene.
—Heuser está al mando de la Gestapo en Minsk —repuso Nebe—. Además, desde que Heuser atrapó a Ogorzow, Lüdtke le tiene una envidia terrible. Por eso va a quedarse en Minsk de momento. No, me temo que te ha tocado.
—Lüdtke el Segundón tampoco me tiene mucho aprecio. Ya lo sabes.
—Ese hará lo que yo le diga. Además, a ti no te tiene envidia nadie, Bernie. Y menos que nadie Lüdtke. No supones una amenaza para nadie. Ya no. Tu carrera no va a ninguna parte. Podrías haber sido general a estas alturas, como yo, si hubieras jugado bien tus cartas.
Me encogí de hombros.
—Te aseguro que el primer decepcionado soy yo mismo. Pero no soy ningún orador, Arthur. He dado más de una rueda de prensa en mis tiempos, claro, pero no era nada parecido a lo que me pides. Se me da fatal. Mi idea de hablar en público consiste en pedir a gritos una cerveza desde el fondo del bar.
Nebe mostró una sonrisa torcida e intentó insuflar vida a su puro a fuerza de chupadas; requirió bastante esfuerzo pero al final consiguió que el puro tirase. Saltaba a la vista que estaba pensando en mí mientras daba caladas.
—Cuento con que lo hagas fatal —dijo—. De hecho, espero que todos y cada uno de nuestros ponentes sean desastrosos. Espero que toda la conferencia de la IKPK sea tan aburrida que no tengamos que organizar otra en la puta vida. Es ridículo hablar de crímenes internacionales mientras los nazis están cometiendo el crimen internacional del siglo.
—Es la primera vez que te oigo llamarlo así, Arthur.
—Te lo he dicho a ti, así que no cuenta.
—Supón que se me escapa algo fuera de lugar. Algo que te deje en evidencia. Bueno, piensa en quién estará presente. La última vez que me topé con Himmler, me dio una patada en la espinilla.
—Ya me acuerdo. —Nebe sonrió burlón—. Fue impagable. —Meneó la cabeza—. No, no te preocupes por meter la pata y resbalar con mantequilla alemana. Cuando hayas escrito la conferencia tendrás que enviar todo el texto al Ministerio de Propaganda e Ilustración Nacional, donde lo traducirán a un alemán políticamente correcto. Gutterer, el secretario de Estado, ha accedido a revisar los discursos de todo el mundo. Es de las SS, conque no tendría por qué haber ningún problema entre nuestros departamentos. Le interesa que todo resulte más aburrido incluso que él.
—Eso me tranquiliza. Dios santo, vaya farsa. ¿También va a hablar Chaplin?
Nebe negó con la cabeza.
—Sabes que algún día alguien te pegará un tiro de verdad. Y entonces ya te puedes despedir, Bernie Gunther.
—No hay una despedida más efectiva que un balazo de una Walther de nueve milímetros.
A lo lejos, en la orilla reluciente del lago, alcancé a distinguir a Kirsten, la maestra. Ella y sus atractivas amigas desembarcaban en el muelle delante del Pabellón Sueco. Volví a coger los remos y empecé a remar de nuevo, solo que esta vez le eché ganas. Nebe no lo había preguntado y yo no se lo dije, pero me gustan las chicas bonitas. Esa es mi visión del mundo.
2
Desde el Segundo Reich, los arquitectos urbanos de Berlín han estado intentando que los ciudadanos se sientan pequeños e insignificantes, y la nueva ala del Ministerio de Propaganda e Ilustración Nacional del Reich no era una excepción. Ubicada en Wilhelmplatz, y a tiro de piedra de la Cancillería del Reich, la construcción era muy parecida al Ministerio de Aviación en el chaflán de Leipziger Strasse. Tanto se parecían que, al verlos uno al lado del otro, cualquiera habría dicho que el arquitecto, Albert Speer, había confundido de algún modo sus planos de los dos inmensos edificios de piedra gris. Desde el mes de febrero, Speer era ministro de Armamento y Guerra, y yo esperaba que desempeñara su papel mejor que como arquitecto oficial de Hitler. Se dice que Giotto era capaz de dibujar un círculo perfecto con un solo movimiento de muñeca; pues Speer era capaz de dibujar una línea perfectamente recta —al menos con regla— y poco más. Saltaba a la vista que lo que se le daba bien dibujar eran las líneas rectas. Yo antes dibujaba bastante bien elefantes, pero no hay mucha necesidad de ello si eres arquitecto. A menos que se trate de un elefante blanco, claro.
Había leído en el Volkischer Beobachter que a los nazis no les gustaba mucho el modernismo alemán: edificios como el de la Universidad Técnica de Weimar o el edificio sindical de Bernau. Consideraban que el modernismo era antialemán y cosmopolita, aunque a saber qué quería decir eso. De hecho, creo que probablemente significaba que los nazis no se sentían cómodos viviendo y trabajando en oficinas urbanas diseñadas por judíos que eran en buena medida de cristal, por si de pronto tenían que defenderse de una revolución. Habría sido mucho más fácil defender un edificio de piedra como el Ministerio de Propaganda e Ilustración Nacional que defender la Bauhaus de Dessau. Un historiador de arte alemán —seguramente otro judío— dijo una vez que Dios estaba en los detalles. A mí me gustan los detalles, pero para los nazis un soldado apostado en una ventana alta con una ametralladora cargada resultaba mucho más reconfortante que algo tan caprichoso y poco de fiar como un dios. Desde cualquiera de las ventanas pequeñas y uniformes del nuevo ministerio un hombre con una MP40 no tenía obstáculos para cubrir toda Wilhelmplatz y podría haber mantenido cómodamente a raya a una muchedumbre ebria tanto tiempo como nuestro flamante ministro de Armamento y Guerra fuera capaz de seguir suministrándole munición. Sea como fuere, me habría gustado ser testigo de semejante enfrentamiento. No hay nada como una muchedumbre enfervorizada en Berlín.
El interior del ministerio tenía un aire menos anticuado y más parecido a un moderno y elegante transatlántico: todo era de nogal rojizo, con paredes de color crema y gruesas alfombras marrón claro. En el vestíbulo, de las dimensiones de una sala de baile, debajo de un enorme retrato de Hitler —sin el que ningún ministerio alemán podría haber desempeñado debidamente su trabajo—, había un inmenso jarrón festoneado abarrotado de gardenias blancas que perfumaban el edificio entero y sin duda ayudaban a disimular el olor a mierda de cabra que arrastra inevitablemente la ilustración nacional en la Alemania nazi, y que en caso contrario hubiera ofendido el olfato de nuestro glorioso líder.
—Buenos días, caballeros —saludé, al tiempo que doblaba a la derecha por las gruesas puertas y entraba en lo que supuse era el antiguo palacio de Friedrich Leopold.
Detrás de una sólida mesa de recepción de roble que se podría haber utilizado como reducto para ofrecer una segunda línea de defensa contra una turbamulta, un par de funcionarios en silencio con el cuello de la camisa terso y las manos más tersas aún me vieron avanzar a paso lento por su suelo haciendo alarde de una indiferencia bien ensayada. Pero se la agradecí: la única ventaja de lucir el uniforme de oficial de la SD era saber que, de no llevarlo, tendría que soportar una humillación mucho peor por parte de los burócratas de rostro pétreo que dirigían este país. A veces incluso tenía ocasión de humillarlos yo un poco. Es un juego berlinés sumamente sádico del que por lo visto no me hartaba nunca.
Los dos funcionarios eran unos mindundis y no parecían especialmente ocupados, pero aun así representaron la rutinaria comedia que habían llegado a perfeccionar para dar la sensación de que lo estaban. Transcurrieron varios minutos antes de que uno de los dos se dignara a prestarme atención.
Y luego transcurrió otro minuto.
—¿Ya está listo? —pregunté.
—Heil Hitler —saludó.
Me llevé un dedo a la visera de la gorra y asentí. Paradójicamente, sin guardias de asalto cerca dispuestos a patearte el trasero, prescindir del saludo hitleriano no entrañaba peligro en un lugar como un ministerio del Reich.
—Heil Hitler —dije, porque solo se puede forzar la situación hasta cierto punto. Levanté la vista hacia el techo pintado y asentí en señal de aprecio—. Precioso. Es el antiguo palacio ceremonial, ¿no? Debe de estar bien trabajar aquí. Dígame, ¿aún está la sala del trono, donde el káiser imponía las medallas y las condecoraciones importantes? Mi Cruz de Hierro no está a la altura de nada semejante, claro. Me la concedieron en las trincheras y a mi oficial al mando le costó encontrar un trozo de guerrera que no estuviera cubierto de barro y mierda para colgármela al pecho.
—Seguro que es una historia fascinante —comentó el más alto de los dos—. Pero esto es el edificio de prensa del gobierno desde 1919.
Llevaba quevedos y se puso de puntillas mientras hablaba, igual que un policía dando indicaciones. Me sentí tentado de darle yo unas cuantas indicaciones de mi propia cosecha. El clavel blanco que llevaba en el ojal de su chaqueta de verano negra con botonadura doble era una pincelada amigable, pero el bigote encerado y el pañuelo en el bolsillo eran típicamente Wilhelmstrasse. Fruncía la boca como si alguien le hubiera puesto vinagre en el café esa mañana. Seguro que su mujer, suponiendo que la tuviera, hubiera escogido algo más letal.
—Si es tan amable de ir al grano… Estamos muy ocupados.
Noté que la sonrisa se me quedaba reseca en la cara igual que una mierda cagada el día anterior.
—No lo dudo. Y unos personajes como ustedes, ¿venían con el edificio o los instalaron a la vez que los teléfonos?
—¿En qué podemos ayudarle, capitán? —preguntó el más bajo, que no era menos estirado que su colega y tenía todo el aspecto de haber salido del útero de su madre con pantalones de raya diplomática y polainas.
—Comisario de policía Bernhard Gunther —dije—. De la jefatura de Alexanderplatz. Tengo una cita con el secretario de Estado Gutterer.
El primer funcionario ya estaba buscando mi nombre en una tablilla y llevándose el auricular del teléfono a la oreja de tono rosado. Repitió mi nombre a la persona al otro extremo de la línea y asintió.
—Tiene que subir al despacho del secretario de Estado de inmediato —indicó a la vez que dejaba el teléfono en la horquilla.
—Gracias por su ayuda.
Señaló un tramo de escaleras que podría haber servido de escenario para representar Lullaby of Broadway.
—Saldrán a recibirlo, en el primer rellano —advirtió.
—Eso espero —dije—. No me gustaría presentarme y que me ignoren de nuevo.
Subí las escaleras de dos en dos, con un aire mucho más enérgico de lo que se había visto por ese palacio desde que el káiser Guillermo II alzó su última condecoración Max Azul de la almohadilla de seda, y me detuve en un enorme descansillo. No había salido nadie a recibirme, aunque sin unos prismáticos con los que ver hasta el otro extremo no podía estar seguro. Volví la vista hacia la balaustrada de mármol y descarté la idea de llamar con un silbido a los dos zoquetes trajeados del vestíbulo. Así pues, encendí mi último cigarrillo y planté mis posaderas en un sofá francés dorado que quedaba demasiado bajo, incluso para un francés; pero unos momentos después me levanté y fui hacia una puerta de dintel alto que daba a lo que supuse era la antigua Galería Azul. Había frescos y arañas de cristal, y tenía todo el aspecto de ser el lugar perfecto para dejar en dique seco un submarino y repararlo. Los frescos que cubrían las paredes eran sobre todo de gente desnuda haciendo cosas con liras y arcos, o estaban encima de pedestales a la espera de que alguien les alcanzara una toalla de baño. Todos tenían pinta de estar aburridos y de preferir encontrarse en la playa nudista de Strandbad Wannsee tomando el sol en lugar de posando en un ministerio gubernamental. Yo sentía lo mismo.
Una joven esbelta con falda de tubo oscura y blusa blanca apareció a mi lado.
—Estaba admirando el grafiti —comenté.
—Se llaman frescos, en realidad —señaló la secretaria.
—¿Ah, sí? —Me encogí de hombros—. Suena italiano.
—Sí, se llaman así porque se pintan sobre yeso todavía fresco.
—Lógico. Personalmente, creo que si se ponen demasiadas personas en plan fresco en la pared de un sitio, la cosa empieza a parecerse más a un baño marroquí. ¿Qué cree usted?
—Es arte clásico —dijo—. Y usted debe de ser el capitán Gunther.
—¿Tan evidente es?
—Aquí sí.
—Buen apunte. Supongo que tendría que haberme desnudado para pasar un poco más inadvertido.
—Venga por aquí —contestó ella sin asomo de sonrisa—. El secretario de Estado Gutterer le está esperando.
Avanzó en medio de una nube de Mystikum y la seguí como tirado por una traílla invisible. Le miré el trasero y lo calibré bien mientras caminábamos. Era un poco demasiado delgado para mi gusto pero lo movía bastante bien. Supongo que hacía bastante ejercicio yendo de punta a punta de ese edificio. Para un ministro tan pequeño como Joey el Cojo era un ministerio muy grande.
—Lo crea o no —dije—, estoy disfrutando.
Se detuvo un momento, se ruborizó levemente y echó a andar de nuevo. Estaba empezando a caerme bien.
—Lo cierto es que no sé a qué se refiere, capitán —aseguró.
—Claro que lo sabe. Pero procuraré ilustrarla si quiere quedar conmigo para tomar una copa después del trabajo. Eso hace la gente por aquí, ¿no? ¿Ilustrarse unos a otros? Mire, no pasa nada. Tengo el graduado de secundaria. Sé lo que es un fresco. Estaba bromeando un poco. Y el brazalete negro tan terrible que llevo es solo para guardar las apariencias. En realidad soy un tipo muy amigable. Podemos ir al Adlon y tomar una copa de champán. Antes trabajaba allí, así que tengo enchufe con el camarero.
No dijo nada. Simplemente siguió caminando. Es lo que hacen las mujeres cuando no quieren decirte que no: no te hacen caso y esperan que desaparezcas hasta el momento en que no desapareces, y entonces buscan una excusa para decir que sí. Hegel se equivocaba de medio a medio: las relaciones entre sexos no tienen nada de complicado: son un juego de niños. Por eso son tan divertidas. Los jóvenes no lo harían si no lo fuesen.
Sonrojada a esas alturas, me llevó por lo que parecía la biblioteca del Herrenklub hasta donde se encontraba un hombre fornido y lampiño de unos cuarenta años. Tenía una buena mata de pelo entrecano, más bien largo, los ojos castaños y perspicaces y una boca en forma de arco que ningún hombre común y corriente hubiera sido capaz de curvar en una sonrisa. Decidí no intentarlo. El aire de prepotencia era todo suyo pero el perfume con el que estaba aderezado era pomada Tarr de Scherk, en tales cantidades que debía de estar pugnando por salir a través de los cristales superiores de los ventanales dobles. Lucía una alianza en la mano izquierda y un montón de hojas de coliflor en las insignias de las solapas de su guerrera de las SS, por no hablar del distintivo dorado del Partido en el bolsillo izquierdo de la pechera. Sin embargo, la franja de galones encima del bolsillo era de las que se compraban como si fueran golosinas en Holter, donde confeccionaban el uniforme. En un día tan caluroso, llevaba la camisa de un blanco radiante tal vez demasiado ceñida al cuello para que resultase cómoda, pero estaba planchada a la perfección, lo que me llevó a sospechar que quizá estaba felizmente casado. Estar bien alimentado y con toda la ropa en su sitio es lo que buscan en realidad la mayoría de los hombres alemanes. Yo por lo menos lo buscaba. En ese momento, él tenía una pluma de oro grande entre los dedos y algo escrito con tinta roja en un papel delante de sí; la letra manuscrita se veía más pulcra que la mecanografiada, que era mía. No había visto tanta tinta roja en mis deberes desde que fui al colegio.
Me indicó un asiento frente a él; al mismo tiempo, miró un reloj Hunter de oro encima de la mesa como si ya hubiera decidido cuánto rato iba a hacerle perder el tiempo. Me ofreció una sonrisa que no se parecía a ninguna que hubiera visto fuera de una jaula de reptiles y se retrepó en la silla mientras esperaba a que me acomodase. No lo conseguí, lo que no tuvo la menor trascendencia para alguien tan importante como él. Me miró fijamente con una expresión de lástima casi cómica y negó con la cabeza.
—No se le da a usted muy bien escribir, ¿verdad, capitán Gunther?
—No creo que el comité del premio Nobel vaya a llamarme en un futuro inmediato, si a eso se refiere. Pero Pearl Buck cree que puedo mejorar.
—¿Ah, sí?
—Si ella puede salirse con la suya, todos podemos, ¿no?
—Quizá. Por lo que me ha dicho el general Nebe, va a ser la primera vez que se enfrente al público detrás de un atril.
—La primera y, con un poco de suerte, la última. —Indiqué con un gesto de cabeza la caja plateada en la mesa delante de mí—. Además, por lo general hablo mejor con un cigarrillo en la boca.
Abrió la caja con un golpe de muñeca.
—Sírvase.
Cogí uno, me lo llevé a los labios y lo prendí enseguida.
—Dígame, ¿cuántos delegados se espera que asistan a esta conferencia de la IKPK?
Me encogí de hombros y le di una calada al pitillo. De un tiempo a esa parte, había empezado a dar dos chupadas a los cigarrillos antes de inhalar; así el efecto era más intenso cuando el tabaco de mierda me llegaba a los pulmones. Pero era tabaco bueno, lo bastante para disfrutarlo, demasiado bueno incluso para malgastarlo hablando de algo tan trivial como lo que tenía él en mente.
—Por lo que me ha comentado el general Nebe, estarán presentes representantes del gobierno de alto rango —dijo.
—No sabría decirle, señor.
—No me malinterprete: estoy seguro de que todo lo que cuenta es fascinante y usted es un individuo de lo más interesante, pero por lo que he leído aquí, desde luego tiene mucho que aprender acerca de hablar en público.
—Era algo que había logrado eludir sin problemas hasta la fecha. Como se suele decir, no se puede pedir peras al olmo. Si llega a ser por mí, Bruto y Casio se habrían salido con la suya y la primera cruzada no habría llegado a ponerse en marcha. Por no hablar de Porcia en El mercader de Venecia.
—¿Porcia?
—Con mi labia, no habría conseguido librar a Antonio de las garras de Shylock. No, ni siquiera en Alemania.
—Entonces tenemos suerte de que no trabaje en este ministerio —concluyó Gutterer—. Shylock y su tribu son la especialidad de nuestro departamento.
—Eso creo.
—Y del suyo también.
Di unas caladas a su cigarrillo. Eso es lo bueno que tiene el tabaco, a veces permite escaquearse. Lo único que hay que expulsar por la boca es humo y no te pueden detener por eso. Al menos, no todavía. Esas son las libertades que importan.
Gutterer juntó las hojas de papel trabajosamente mecanografiado en un pulcro montoncito que luego deslizó por la mesa como si fueran una especie peligrosa de bacilos. A mí estuvieron a punto de matarme, desde luego; se me daba fatal escribir a máquina.
—He reescrito su ponencia y mi secretaria la ha vuelto a pasar a máquina —explicó.
—Qué amabilidad por su parte —dije volviéndome hacia ella—. ¿De verdad ha hecho eso por mí? —Sonreí efusivamente a la mujer que me había conducido hasta Gutterer. Situada detrás de una lustrosa máquina Continental Silenta del tamaño de la torreta de un tanque, adoptó un aire exasperado e hizo todo lo posible por ignorarme, pero el ligero rubor que asomó a sus mejillas me dio a entender que no estaba consiguiendo su objetivo—. No tenía por qué hacerlo.
—Es su trabajo —repuso Gutterer—. Y le he encargado que lo hiciera.
—Aun así. Muchas gracias, señorita…
—Ballack.
—Señorita Ballack. De acuerdo.
—¿Podemos seguir, por favor? —me instó Gutterer—. Le devuelvo su original, para que pueda comparar las dos versiones y ver qué he mejorado o censurado de lo que escribió, capitán. En varias ocasiones, se había puesto un poco sentimental acerca de cómo eran las cosas en la antigua República de Weimar… Por no decir frívolo. —Frunció el ceño—. ¿De veras llegó a visitar Charlie Chaplin la jefatura de policía de Alexanderplatz?
—Sí. La visitó. En marzo de 1931. Lo recuerdo bien.
—Pero ¿por qué?
—Eso se lo tendría que preguntar a él. Creo que igual estaba haciendo eso que los norteamericanos llaman «investigación». Después de todo, la Comisión de Homicidios era famosa. Tan famosa como Scotland Yard.
—Sea como sea, no lo puede mencionar.
—¿Puedo preguntarle por qué? —Aunque ya sabía perfectamente por qué: Chaplin acababa de filmar una película titulada El gran dictador, en la que interpretaba a un remedo de Hitler que se llamaba como nuestro ministro de Cultura, Hinkel, cuya vida de lujo en el hotel Bogotá era la comidilla de todo el mundo.
—Porque no puede mencionarlo sin mencionar a su antiguo superior, el que fuera inspector jefe de la Kripo. Ese judío, Bernard Weiss. Cenaron juntos, ¿verdad?
—Ah, sí. Me temo que se me había olvidado eso de que era judío.
Gutterer pareció dolido un momento.
—El caso es que me desconcierta. Este país tuvo veinte gobiernos distintos en catorce años. La gente perdió el respeto por cualquier estándar normal de decencia pública. Había una inflación que destruyó nuestra moneda. El comunismo suponía un peligro sumamente real. Y sin embargo, parece sugerir que todo iba mejor entonces. No estoy diciendo que lo afirme; solo que parece sugerirlo.
—Como usted mismo ha dicho, Herr secretario de Estado, me estaba dejando llevar por el sentimentalismo. En los primeros años de la República de Weimar mi mujer seguía viva. Espero que eso sirva de explicación, aunque no de excusa.
—Sí, eso lo explica. Sea como fuere, no podemos consentir que insinúe siquiera tal cosa ante personas como Himmler y Müller. Se metería en líos.
—Confío en que me libre de la Gestapo, señor. Y estoy seguro de que su versión será mucho mejor que la mía, Herr secretario de Estado.
—Sí. Lo es. Y por si alberga alguna duda, permítame recordarle que he pronunciado discursos en numerosos mítines políticos. De hecho, el mismísimo Adolf Hitler me dijo que, después de Goebbels, me considera el hombre con más talento retórico de toda Alemania.
Dejé escapar un silbidito y me las arreglé para dar la impresión de haberme quedado sin palabras y de ser impertinente al mismo tiempo, que es una de mis especialidades.
—Impresionante. Y estoy seguro de que el Führer no podría equivocarse, al menos en algo así. Seguro que un elogio así tendrá tanto valor para usted como todas esas medallas juntas. En mi caso lo tendría.
Asintió e intentó atisbar a través del barniz sonriente de mi cara algún indicio de que no estaba siendo absolutamente sincero. Perdía el tiempo. Quizá Hitler considerase a Gutterer uno de los hombres con más talento retórico de toda Alemania, pero yo era todo un maestro a la hora de fingir sinceridad. Después de todo, llevaba haciéndolo desde 1933.
—Imagino que agradecerá unos consejos para hablar en público —dijo sin el menor sonrojo.
—Pues sí, ahora que lo dice. Si le apetece dármelos.
—Renuncie ahora, antes de hacer el ridículo más absoluto. —Gutterer dejó escapar una sonora carcajada que podrían haber oído desde el Alex.
Le devolví una sonrisa, pacientemente.
—Me parece que el general Nebe no estaría muy contento conmigo si le dijera que no puedo pronunciar este discurso, señor. Esta conferencia es muy importante para el general. Y para el Reichsführer Himmler, claro. Es la última persona a quien querría decepcionar.
—Sí, ya veo.
No había sido un comentario muy jocoso, lo que probablemente explicara por qué ya no se rio tanto. Sin embargo, con solo mencionar el nombre de Himmler, Gutterer empezó a mostrarse un poquito más dispuesto a colaborar.
—A ver qué le parece —propuso—. Vamos a la sala de cine y me hace una lectura preliminar. Le explicaré dónde flaquea. —Buscó a la señorita Ballack con la mirada—. ¿Está libre la sala de proyección en estos momentos, señorita Ballack?
La pobre señorita Ballack cogió una agenda de su mesa, buscó la fecha en cuestión y asintió.
—Sí, Herr secretario de Estado.
—Excelente. —Gutterer retiró la silla y se puso en pie. Yo le sacaba una cabeza de altura, pero él caminaba como si me sacara un metro—. Acompáñenos, señorita Ballack. Puede ayudarme a hacer de público para el capitán.
Fuimos hacia la puerta de la inmensa superficie sin cultivar que él denominaba despacho.
—¿Le parece buena idea? —pregunté—. Después de todo, mi discurso incluye ciertos detalles sobre los asesinatos cometidos por Gormann que podrían resultarle desagradables a una dama.
—Es muy atento por su parte, desde luego, pero ya es un poco tarde para preocuparse por los sentimientos de la pobre señorita Ballack, capitán. Después de todo, fue ella quien mecanografió su discurso, ¿no?
—Sí, supongo. —Miré a la secretaria de Gutterer mientras íbamos de camino—. Lamento que tuviera que leer todo eso, señorita Ballack. Soy un poco anticuado en ese sentido. Sigo pensando que el tema del asesinato es mejor dejarlo para los asesinos.
—Y para la policía, claro —señaló Gutterer, sin volverse.
Me pareció mejor dejar correr el comentario. La noción misma de que unos policías habían matado a más gente que cualquier asesino lujurioso con el que me hubiera cruzado era tan inconcebible como la escena de un Aquiles ebrio que fuera incapaz de alcanzar a la tortuga más lenta del mundo.
—Oh, no pasa nada —dijo la señorita Ballack—. Pero esas pobres chicas… —Miró a Gutterer justo lo suficiente para que yo supiera que el siguiente comentario iba a clavárselo a su jefe entre los omóplatos—. Me da la impresión de que el asesinato es un poco como ganar la Lotería Estatal Alemana. Siempre parece tocarle a quien menos lo merece.
—Sé a qué se refiere.
—¿Dónde va a pronunciar la conferencia, por cierto? —preguntó Gutterer.
—Hay una villa en Wannsee que las SS utilizan como residencia de invitados. Está cerca de la IKPK.
—Sí, la conozco. Heydrich me invitó a un desayuno celebrado allí en enero. Pero por alguna razón no pude asistir. ¿A qué se debió, señorita Ballack? Lo he olvidado.
—Fue la conferencia que iba a celebrarse en diciembre, señor —respondió ella—. En la IKPK. No pudo ir por lo que ocurrió en Pearl Harbor. Y ya había algo en la agenda para la fecha que propusieron en enero.
—¿Ve lo bien que cuida de mí, capitán?
—Puedo ver muchas cosas si me lo propongo. Eso es lo malo.
Avanzamos por el pasillo hasta una sala de cine espléndidamente acondicionada con butacas para doscientas personas. Había pequeñas arañas de cristal en las paredes, elegantes molduras cerca del techo, numerosas ventanas altas con cortinas de seda y un intenso olor a recién pintado. Además de la pantalla, había una radio Telefunken del tamaño de un barril, dos altavoces y tantas emisoras entre las que elegir que parecían una lista de bebidas de una cervecería.
—Qué sala tan bonita —comenté—. Demasiado hasta para Mickey Mouse, diría yo.
—Aquí no proyectamos películas de Mickey Mouse —repuso Gutterer—. Aunque seguro que le interesará saber que al líder le encanta Mickey Mouse. De hecho, no creo que le importe que le diga que una vez el doctor Goebbels le obsequió al Führer con dieciocho películas de Mickey Mouse como regalo de Navidad.
—Mucho mejor que el par de calcetines que me tocó a mí, desde luego.
Gutterer paseó la mirada por la sala de cine con ademán orgulloso.
—Pero es un espacio maravilloso, como dice usted. Y a propósito de esto: consejo número uno. Procure familiarizarse con la sala en la que vaya a dar su discurso, de modo que se sienta cómodo. Ese truco lo aprendí del mismísimo Führer.
—¿Ah, sí?
—El caso es que, si hubiera pensado en ello, podríamos haber filmado esto —dijo Gutterer, con una risilla estúpida—, como una especie de película de instrucción acerca de cómo no hablar en público.
Sonreí, di una larga calada a otro cigarrillo y expulsé el humo en dirección a él, aunque hubiera preferido que fuera una buena andanada disparada por un tanque.
—Oiga, profesor. Ya sé que no soy más que un poli estúpido, pero creo que tengo una buena idea. ¿Por qué no me da la oportunidad de salir bien parado antes de que esto estalle en mi cara? Después de todo, como usted mismo ha dicho, tengo como profesor al tercer mejor orador de toda Alemania.
3
Tomé el tren S-Bahn a Wannsee. La RAF había dejado caer unas cuantas bombas a modo de aviso sobre la estación de Halensee, donde ahora había una cuadrilla considerable de obreros ferroviarios trabajando en las vías para que el oeste de Berlín siguiera funcionando con normalidad. Los hombres se retiraron para que pasara lentamente el trenecito rojo y amarillo, y mientras lo hacían, un niño del vagón en el que iba les dirigió con gesto solemne el saludo hitleriano. Al devolverle el saludo uno de los obreros, igual que si hubiera sido el mismísimo Führer, cundió el jolgorio dentro y fuera del tren. En Berlín el sentido del humor subversivo no quedaba muy velado tras la impostura patriótica y las poses falsas de la vida cotidiana. Sobre todo, cuando había un niño como escudo. Después de todo, no devolver el saludo hitleriano era una deslealtad al Führer, ¿no?
Era el mismo trayecto que hice cuando fui a comer con Arthur Nebe en el Pabellón Sueco, solo que esta vez iba de uniforme. Había una hilera de taxis de color crema a la salida de la pequeña estación de ferrocarril de Märklin, pero ninguno llevaba pasajeros y prácticamente todo el tráfico iba sobre dos ruedas. Junto a la entrada, había un enorme aparcamiento para bicis que parecía una parada de descanso del Tour de Francia. Algún que otro taxista y la florista local miraban a un hombre subido a una escalera que pintaba una de las ventanas de la estación, parecidas a las de una iglesia. En Wannsee, donde no ocurre casi nada, supongo que era una especie de representación teatral. Igual estaban esperando que se cayera.
Crucé un amplio puente que sorteaba el Havel hasta Königstrasse y, desestimando seguir por Am Kleinen Wannsee hacia el sur, lo que me habría llevado a la sede de la Comisión Internacional de la Policía Criminal en el número 16, fui por la ribera noroeste del lago más grande de Berlín hasta Am Grossen Wannsee, pasando por delante de diversos clubes náuticos y de remo y de elegantes villas, hasta la dirección de la residencia de invitados de las SS que me había facilitado Nebe, en los números 56-58. En una calle tan exclusiva era fácil localizarla. Había un vehículo blindado de las SS aparcado delante de unas imponentes verjas de hierro forjado y una garita de vigilancia con una bandera, pero por lo demás todo tenía un aspecto tan tranquilo y respetable como el hogar de una familia de abejas jubiladas. Si había algún problema por allí, desde luego no lo provocarían los vecinos de la villa con sus muros cubiertos de musgo. En Wannsee, un problema es que no te funcione el cortacésped o que la doncella no haya llegado a su hora. Aparcar un vehículo blindado en Am Grossen Wannsee era algo así como poner vigilancia a un niño cantor de Viena para asegurarse de que cantase villancicos.
En el interior de un parque de estilo inglés más bien amplio, había una villa de estilo neogriego con treinta o cuarenta ventanas. No era la villa más grande del lago pero las casas más grandes tenían muros más altos y solo llegaban a verlas los presidentes de bancos y los millonarios. La dirección me sonaba, y en cuanto vi el sitio caí en la cuenta del motivo. Ya había estado allí. La casa fue propiedad de un cliente mío. A mediados de la década de los treinta, antes de que Heydrich me enviara de nuevo a la Kripo de una patada en el trasero, probé suerte como detective privado, y durante una temporada estuve al servicio de un acaudalado industrial alemán llamado Friedrich Minoux. Accionista mayoritario de una serie de importantes compañías de petróleo y gas, Minoux se puso en contacto conmigo para que subcontratase a otro investigador en Garmisch-Partenkirchen —donde poseía otra casa igual de elegante—, a fin de que tuviera vigilada a su esposa Lilly, mucho más joven que él, y que había decidido vivir allí, en apariencia por motivos de salud. Quizá había algo insalubre en el aire arrogante de Wannsee. Era demasiado intenso para ella, tal vez, o quizá sencillamente no le gustaban el cielo azul y el agua. No lo averigüé porque no llegué a conocerla y no pude preguntárselo pero, quizá comprensiblemente, Herr Minoux dudaba de las razones que le había dado para no vivir en Wannsee, así que una vez al mes, durante la mayor parte de 1935, estuve yendo a su villa para informarle de la conducta de su esposa, por lo demás intachable. Son el mejor tipo de clientes que puede tener un detective, los que poseen dinero suficiente para gastarlo en averiguar algo que sencillamente no es verdad, y me reportaron los doscientos marcos a la semana más fáciles que he ganado en mi vida. Anteriormente, Minoux había sido leal seguidor de Adolf Hitler, pero eso no fue suficiente para seguir en libertad cuando se descubrió que había defraudado al menos 7.400.000 marcos a la Compañía de Gas de Berlín. Friedrich Minoux estaba cumpliendo ahora cinco años entre rejas. Por lo que había leído en la prensa, su casa de Wannsee se había vendido para pagar su defensa, pero hasta ese momento no había reparado en que el comprador eran las SS.
El guardia que había en la verja me saludó con ademán seco y, tras consultar su lista, me franqueó el paso a los jardines perfectamente cuidados. Rodeé la fachada principal de la casa y fui hacia el lago, donde fumé un cigarrillo y me remonté a 1935, cuando iba elegantemente vestido, poseía coche propio, me ganaba bastante bien la vida y no tenía que acatar órdenes de nadie. De nadie salvo de los nazis, claro. Por aquel entonces me decía que podía desoírlas. Me equivocaba, naturalmente, pero también se equivocaban muchos otros más listos que yo, incluidos Chamberlain y Daladier. Los nazis eran como la sífilis: ignorarlos y esperar a que todo mejorara nunca había sido una opción realista.
Cuando terminé el cigarrillo accedí al vestíbulo de planta y media de altura en el centro de la casa. Todo se veía igual pero distinto. En un extremo de la casa estaba la biblioteca con ventana salediza y una mesa rebosante de ejemplares de Das Schwarze Korps, aunque actualmente hasta los nazis más fanáticos eludían el periódico de las SS, porque estaba lleno de esquelas de hijos queridos, soldados y oficiales de las SS que habían caído «en el este» o «luchando contra el bolchevismo». En el otro extremo de la casa estaba el invernadero, con una fuente interior de mármol verdoso. La fuente estaba parada; seguramente el borboteo de algo tan claro y puro como el agua de Berlín distraía a la clase de personas que se alojaba allí. Entre la biblioteca y la fuente había varios salones y salas, dos con espléndidas chimeneas. Los mejores muebles y los excepcionales gobelinos habían desaparecido pero aún quedaban unas cuantas piezas que reconocí, incluida una cigarrera de mesa de plata bien grande de la que cogí un puñado de cigarrillos para rellenar mi pitillera, que estaba vacía.
Se alojaban en la villa tres oficiales de alto rango de las SS de Budapest, Bratislava y Cracovia, y por lo visto yo llegaba a tiempo de comer un poco de ternera con patatas y tomar un café antes de que terminaran de servir el almuerzo. Lamenté enseguida haber cedido al apetito cuando los tres entablaron conversación conmigo. Les conté que había vuelto de Praga hacía poco y me informaron de que el antiguo jefe de policía de Berlín, Kurt Daluege, era ahora protector en funciones de Bohemia y Moravia, y que un mes después de fallecer Heydrich aún seguían intentando dar con todos sus asesinos. Yo ya sabía que Lidice, el pueblo sospechoso de haber dado cobijo a los homicidas, había sido destruido y su población ejecutada. Pero estos tres oficiales me dijeron que no contentos con esa estúpida represalia, también habían arrasado —un par de semanas atrás— otro pueblo llamado Ležáky y masacrado igualmente a los treinta y tres hombres y mujeres que vivían allí.
—Dicen que Hitler ordenó la muerte de diez mil checos escogidos al azar —explicó el coronel de Cracovia, que era austríaco—, pero el general Frank lo disuadió, gracias a Dios. ¿Qué sentido tiene tomar represalias si uno acaba disparándose en el pie? La industria bohemia es demasiado importante para que Alemania cabree ahora a los checos, que es lo que se conseguiría asesinando a tanta gente. Así que tuvieron que contentarse con Lidice y Ležáky. Hasta donde yo sé, no hay nada importante en Lidice ni en Ležáky.
—Ya no —bromeó uno de los otros dos.
Me disculpé y fui en busca del lavabo.
Arthur Nebe me había dicho que las conferencias ante los delegados de la IKPK se pronunciarían todas en el salón principal y fue allí adonde me dirigí para ver el lugar donde iba a padecer mi calvario. Con solo pensarlo, los nervios empezaron a causarme algo de náuseas, aunque quizá tuviera también algo que ver con lo que me habían contado sobre Ležáky. Además, sabía que lo que me esperaba no era gran cosa en comparación con el calvario por el que había tenido que pasar Friedrich Minoux. Cinco años en Brandeburgo no es precisamente un fin de semana en el Adlon, si eres funcionario de carrera.
Uno de los oficiales se ofreció a llevarme de vuelta a Berlín en su Mercedes, invitación que rehusé por todas las razones que esperaba no fuesen evidentes. Le dije que quería ir a un concierto en el Jardín Botánico de Zehlendorf. No estaba de humor para volver a oír bromas sobre Ležáky. Regresé a pie por Königstrasse y me dirigí a la estación, donde, bajo el techo octogonal del vestíbulo, me encontré con un hombre vestido con los típicos Lederhosen verde oliva que no veía desde hacía siete años.
—Herr Gunther, ¿verdad?
—Así es.
Tenía cincuenta y tantos años y el pelo rubio; llevaba una camisa azul sin cuello remangada, con lo que dejaba a la vista unos antebrazos del grosor de bocas de incendios. Tenía un aspecto tan peligroso que me alegró ver que sonreía.
—Gantner —se presentó el hombre—. Conducía el Daimler de Herr Minoux.
—Sí, lo recuerdo. Qué coincidencia. Acabo de estar en la villa.
—Eso suponía, siendo usted de la SD y tal. Hay muchos de los suyos por allí.
Me irritó la idea de que los de la SD fueran «los míos».
—Lo cierto es que no soy más que un policía —dije, procurando distanciarme de la clase de SS que había destruido Lidice y Ležáky—. Volvieron a llamarme a filas en el treinta y ocho. Y, cuando invadimos Rusia, nos pusieron a todos de uniforme. No pude hacer mucho al respecto.
La cantidad de veces que me había oído pronunciar esta excusa… ¿Se la creía alguien acaso? ¿Y de veras le importaba a alguien aparte de a mí? Cuanto antes formara parte de algo digno como la Oficina de Crímenes de Guerra, mejor.
—Sea como sea, me tienen trabajando en el turno de noche en el Alex, para que no ofenda a nadie con la colonia que me pongo. ¿Qué hace por aquí?
—Vivo aquí, señor. En Königstrasse. De hecho, ahora estamos ahí varias personas que trabajábamos para Herr Minoux. En el número 58, si vuelve a pasar por la zona. Es un buen sitio. Propiedad del comerciante de carbón local, un tipo llamado Schulze, que conocía al jefe.
—Lamenté mucho leer lo que le ocurrió a Herr Minoux. Era un buen cliente. ¿Cómo se las está apañando con su estancia en la trena?
—Acaba de empezar a cumplir condena en Brandeburgo a los sesenta y cinco años, conque no muy bien. La cama es un poco dura, como sería de esperar. Pero la comida… Bueno, todos andamos escasos de raciones debido a la guerra, ¿verdad? Pero lo que allí llaman comida, yo no se lo daría ni a un perro. Así que voy a Brandeburgo todas las mañanas para llevarle el desayuno. No en el Daimler, claro. Me temo que se fue al garete hace mucho tiempo. Ahora tengo un Horch.
—¿Está permitido? ¿Llevarle el desayuno?
—No solo está permitido, sino que lo alientan. Así el gobierno tiene excusa para no alimentar a los presos. Prácticamente lo único que él come es lo que le llevo en el coche. Unos huevos duros y un poco de pan y mermelada. De hecho, acabo de ir a la ciudad a recoger su mermelada preferida de alguien que la prepara especialmente para él. Voy en el S-Bahn para ahorrar gasolina. Frau Minoux sigue en Garmisch, aunque también alquila una casa en Dahlem. Y Monika, la hija de Herr Minoux, vive en Hagenstrasse, en Grunewald. Si quiere, le daré recuerdos de su parte al jefe.
—Sí, déselos.
—Por cierto, ¿qué hace usted allá en la villa? ¿Forma parte de ese congreso que preparan?
—Así es. Por desgracia. Mi jefe, Arthur Nebe, el director de la Kripo, quiere que dé una conferencia sobre cómo es ser detective en Berlín.
—Debería ser fácil —comentó Gantner—, teniendo en cuenta que usted es detective.
—Sí, supongo. Me ha ordenado que vaya a Wannsee y cuente a un montón de polis extranjeros que era un gran detective. Bernie Gunther, el policía de Berlín que atrapó a Gormann, el estrangulador.
El secretario de Estado Gutterer lo había exagerado todo, claro: supongo que en eso consistía su trabajo. Yo tenía dudas de que nadie pudiera haber sido el sabueso omnisciente que ahora describía mi discurso. Pero no hacía falta ser Charlie Chan para deducir que buena parte de lo que ocurrió en el verano de 1942, por no hablar del verano de 1943, tuvo que ver con este discursito mío.
4
Delante de las oficinas de la Kripo en Alexanderplatz había un casillero gigantesco donde te dejaban el correo, igual que en un hotel. Lo primero que hacía cuando entraba a trabajar era echar un vistazo a mi casilla. Por lo general, no había más que propaganda del Partido o mensajes del Sindicato de la Policía Prusiana a los que nadie prestaba atención; la correspondencia importante relativa a los casos te la llevaban directamente a la mesa dos policías de uniforme, dos viejos ferozmente malhumorados a quienes se conocía universalmente como los Hermanos Grimm, por razones evidentes. Nadie habría soñado siquiera que dejaran algo valioso en su casilla, ni en ninguna otra parte, si a eso vamos; no en una jefatura de policía. Algunos polis veteranos como yo recordábamos todavía a los maestros del robo en Berlín, Emil y Erich Krauss, que volvieron a robar sus propias herramientas de nuestro museo del crimen. Pero no eran solo nuestros clientes los únicos que tenían los dedos largos: algunos polis eran igual de corruptos. Uno dejaba descuidada su pitillera por su cuenta y riesgo —sobre todo si era lo bastante afortunado para tener tabaco—, y siempre se echaban en falta cosas como el jabón y el papel higiénico en los servicios. Una vez, alguien llegó a robar todas las bombillas del comedor de la policía, por lo que tuvimos que comer en la oscuridad durante varios días, aunque así al menos la comida sabía mejor. (Había un electricista en Elsasser Strasse que pagaba seis marcos por bombillas usadas, sin hacer ninguna pregunta.) Así pues, uno puede imaginarse mi sorpresa cuando una noche a las tantas fui a mi casillero y abrí un sobre para encontrarme cinco retratos nuevecitos de Alberto Durero. Creo que incluso les di la vuelta para comprobar que la puerta de Brandeburgo estaba en el reverso, como era habitual. También había una carta de un abogado, pero transcurrió un rato antes de que hubiera asimilado la novedad de tener cien marcos en el bolsillo y me decidiese a echarle un vistazo.
El sobre llevaba un pequeño Hitler marrón en el ángulo. Era raro que apareciese en los sellos pero no en los billetes. Quizá fuera una medida preventiva para que no lo asociasen con la hiperinflación. O quizá quería que la gente creyera que estaba por encima de cosas como el dinero, lo que, al volver la vista atrás, era una buena razón para no confiar en él. Nadie que se crea demasiado bueno para nuestro dinero llegará a triunfar nunca en Alemania. El matasellos era de Berlín y el papel de carta tenía el grosor de una funda de almohada bien almidonada. En el membrete del remitente había un dibujo de la Justicia, con los ojos vendados y una balanza en la mano, lo que casi me hizo sonreír. Hacía tiempo que la justicia no era así de objetiva e imparcial en Alemania. Me llevé la carta —que no estaba fechada— a mi mesa para leerla con más luz. Y cuando lo hube hecho, me la guardé en el bolsillo de la chaqueta y salí del Alex. Crucé la calle hasta la estación para usar los teléfonos públicos. El autor decía tener sospechas de que su teléfono estaba pinchado, y quizá era así, pero me preocupaban más las líneas de teléfono del Alex, que sin lugar a dudas llevaban pinchadas desde los tiempos en que Goering estaba al frente de la Policía Estatal Prusiana.
Aunque eran casi las diez, el cielo seguía iluminado y la estación de Alexanderplatz —atestada de gente que llegaba de regreso de una tarde hurtada a la playa, con la cara roja por el sol, el pelo revuelto, la ropa salpicada de arena blanca— vibraba de vida como un inmenso árbol hueco colonizado por un enjambre de abejas. Afortunadamente, la estación se había librado hasta el momento de las bombas y seguía siendo mi lugar preferido en el mundo entero. La vida humana en su totalidad estaba representada en esta especie de arca de Noé de cristal, que rebosaba de todo aquello que me encantaba de Berlín. Levanté el auricular e hice la llamada.
—¿Herr doctor Heckholz?
—Al habla.
—Soy el hombre con cinco billetes de veinte marcos y una pregunta acuciante.
—¿Que es…?
—¿Qué tengo que hacer a cambio?
—Venga a verme a mi despacho mañana por la mañana. Tengo que hacerle una propuesta. Podría considerarse incluso una generosa propuesta.
—¿Le importaría darme alguna pista acerca de qué se trata? Es posible que esté haciéndole perder el tiempo.
—Creo aconsejable no hacerlo. Tengo fundadas sospechas de que la Gestapo escucha mis llamadas telefónicas.
—Si alguien las escucha, desde luego no es la Gestapo —le expliqué—. La Inteligencia de Señales de Alemania, la FA, está a las órdenes del Ministerio del Aire de Goering, y Hermann la dirige con sumo celo. Rara vez se comparte con nadie de la Oficina Central de Seguridad del Reich ninguna información obtenida por la FA. Mientras no comente ninguna impertinencia sobre Hitler o Goering, en mi opinión profesional no tiene absolutamente nada de lo que preocuparse.
—De ser así, ya se ha ganado el dinero. Pero haga el favor de venir de todos modos. De hecho, ¿por qué no viene a desayunar? ¿Le gustan las tortitas?
Tenía acento austríaco: pronunció «tortitas» de una manera distinta a como lo hubiera pronunciado un alemán y en cierto modo más cercana al húngaro. Pero no pensaba echárselo en cara con sus Dureros en mi bolsillo, por no hablar de la perspectiva de las tortitas recién hechas.
—Claro que me gustan las tortitas.
—¿A qué hora acaba su turno?
—A las nueve.
—Entonces, nos vemos a las nueve y media.
Colgué y volví a cruzar la carretera de regreso al Alex.
Fue una noche tranquila. Tenía algo de papeleo urgente, pero cuando ya quedaba poco para trasladarme a la Oficina de Crímenes de Guerra, no tenía muchas ganas de hacerlo. Es lo que tiene el papeleo urgente, cuanto más tiempo lo vas dejando, menos urgente es. Así pues, me quedé allí, leí el periódico y fumé un par de los cigarrillos que había robado de la villa de Wannsee. Fui una vez a cerciorarme de que estuvieran echadas las cortinas de oscurecimiento solo para estirar las piernas, y una vez más probé a hacer el crucigrama del Illustrierter Beobachter. Sobre todo estuve esperando que sonara el teléfono. No sonó. Cuando se trabaja en el turno de noche en la Comisión de Homicidios, en realidad uno no existe a menos que se cometa un asesinato, claro. A nadie le importa qué aspecto tienes o cuáles son tus opiniones. Lo único que se te pide es que estés ahí hasta que sea hora de irse a casa.
A las nueve en punto fiché y regresé a la estación, donde tomé un S-Bahn a la estación del Zoo y luego anduve unas manzanas hacia el norte, cruzando Knie hacia Bismarckstrasse. Bedeuten Strasse era una bocacalle de Wallstrasse, detrás de la Ópera Alemana. En un sólido edificio de cinco plantas de ladrillo rojo, un breve tramo de peldaños llevaba hasta una puerta abovedada y un tragaluz redondo de gran tamaño. Subí la escalera y miré a mi alrededor. Al otro lado de la calle había un hombre mayor con un traje gris barato leyendo el Beobachter. No era de la Gestapo, ni tampoco estaba leyendo el periódico en realidad. Nadie se apoya en una farola para leer el periódico, y menos uno tan aburrido y soso como el Völkischer Beobachter, a menos que esté de vigilancia. Encima del número de la pared había un mosaico de placas de latón de médicos alemanes, dentistas alemanes, arquitectos alemanes y abogados alemanes. Puesto que apenas quedaban judíos en Berlín, y desde luego ninguno desempeñaba profesiones tan nobles, no parecía necesario mencionar su carácter ario. Ahora todo el mundo era ario, le gustase o no.
5
Tiré de una campanilla de latón del tamaño de un peso de carnicero, luego oí cómo se abría la puerta con un chasquido y subí por unas escaleras de mármol blanco hasta la tercera planta, donde, al final de un rellano impoluto, me encontré una puerta de cristal esmerilado abierta y en el umbral a un hombre más bien menudo de barba poblada con la mano tendida. Nos estrechamos la mano. Vestía un traje de lino de color crema hecho a medida y unas gafas con montura de carey sujetas al cuello con una cadenilla de oro. En una sala de espera a su espalda había una atractiva pelirroja con un ceñido vestido de verano beis, y sobre la cabeza de esta, una pamela de paja que hubiera podido hacer las veces de sombrilla de playa. Estaba leyendo una revista y fumaba con una boquillita ámbar del mismo tono incandescente que su cabello. Al lado del sofá había un juego entero de maletas Malle Courier con adornos de cuero y latón, así que supuse que se iba de viaje a alguna parte porque tenía un aire muy descansado para haber llegado de algún otro lugar. El hombre se mostró tan amable como un gatito, pero la pelirroja se quedó en el sofá de cuero y ni me fue presentada ni tampoco me miró. Fue como si yo no existiese. Quizá fuera otra clienta de otro abogado. En cualquier caso, guardaba las distancias, lo que le venía mucho mejor a ella que a mí.
—Soy Gunther —saludé.
Heckholz juntó los talones en silencio e hizo una inclinación.
—Herr Gunther —dijo—, es muy amable por su parte venir después de avisarle con tan poca antelación. Soy Heinrich Heckholz.
—Tenía cinco buenas razones para venir, Herr doctor. O quizá cien, según se mire.
—Seguro que no ha olvidado las tortitas. ¿Me acompaña?
—No pienso en otra cosa desde medianoche.
Enfilamos un pasillo con el suelo de madera blanca y las paredes cubiertas de libros de derecho y archivadores, todos con el mismo dibujito de la Justicia que figuraba en su membrete. Me llevó a una pequeña cocina donde la mezcla ya estaba preparada, y de inmediato se puso un delantal blanco y limpio y empezó a preparar las tortitas, aunque noté que me miraba por el rabillo del ojo.
—¿Acaba de terminar su turno?
—Sí. He venido directamente aquí.
—Por algún motivo, pensaba que iría de uniforme —comentó.
—Solo en el campo de batalla —respondí—, o en ceremonias.
—En ese caso, me pregunto cuándo tiene ocasión de quitárselo. En Berlín se celebran más ceremonias que en la Roma imperial, creo yo. A los nazis les gustan los buenos espectáculos.
—En eso tiene razón.
Había calentado en una cacerola de cobre un poco de salsa de cereza que vertió generosamente sobre las tortitas hechas, y llevamos los platos de porcelana de Meissen a una sala de reuniones. Había una mesa Biedermeier redonda y cuatro sillas a juego; en la pared empapelada de amarillo colgaba un retrato de Hitler, y en un aparador junto a la ventana, había un jarrón grande con orquídeas blancas. Al otro lado de una puerta abierta, sobre un suelo de madera blanca, había un escritorio, un archivador de grandes dimensiones y una caja fuerte. Encima del escritorio descubrí un busto de bronce del Führer. Heckholz no parecía estar corriendo el menor riesgo con las apariencias. Había una tercera puerta entreabierta, y me dio el pálpito de que detrás había una habitación y en esa habitación había alguien; alguien con el mismo perfume que la pelirroja de la sala de espera.
Heckholz me alcanzó una servilleta y comimos las tortitas en silencio. Estaban deliciosas, como era de esperar.
—Le ofrecería un schnapps excelente para acompañarlas, pero es un poco temprano, incluso para mí.
Asentí, pero mejor que no insistiera porque nunca es demasiado temprano para tomar una copa de schnapps, sobre todo cuando uno acaba de terminar la jornada de trabajo.
Me vio mirar el retrato en la pared y se encogió de hombros.
—Es bueno para el negocio —dijo—. Aunque no necesariamente para la digestión. —Meneó la cabeza—. Nuestro Führer tiene aspecto de estar muy hambriento, sin duda de resultas de tantos años de lucha en mi ciudad natal de Viena. Pobre hombre. Casi parece que le hubieran dejado sin comer tortitas y lo hubieran enviado a la cama temprano, ¿no cree?
—No sabría decirle.
—Aun así, la suya es una historia estimulante. Llegar tan lejos, saliendo de la nada. He estado en Braunau am Inn, donde nació, un sitio de lo más corriente, lo que hace que su historia sea más extraordinaria si cabe. Aunque para ser sincero con usted, en tanto que austríaco prefiero no pensarlo siquiera. Seguro que los austríacos tendremos que cargar con la culpa de haber dado a Hitler al mundo. Pero me temo que serán ustedes los alemanes quienes carguen con la culpa de haberle dado el poder absoluto.
No dije nada.
—Oh, vamos —dijo Heckholz—, no hay necesidad de andarse con tantos remilgos, Herr Gunther. Los dos sabemos que usted no es más nazi que yo, pese a que todo indica lo contrario. Fui miembro del Partido Socialcristiano, pero nunca nazi. Los nazis son todo apariencias, y demostrar lealtad al Führer suele ser suficiente para evitar sospechas. ¿Cómo si no explica que tantos austríacos y alemanes que detestan a los nazis hagan el saludo hitleriano de tan buena gana?
—Por lo general creo que la explicación más segura es creer que también son nazis.
Heckholz dejó escapar una risilla.
—Sí, supongo que sí. Lo que probablemente explique por qué ha seguido con vida tanto tiempo. Seguro que recuerda a Herr Gantner, que era chófer de Friedrich Minoux: dijo que cuando usted trabajó para Herr Minoux, como detective privado, hace unos cuantos años, le contó que había sido un devoto socialdemócrata, hasta el momento en que los nazis accedieron al poder en 1933, cuando tuvo que abandonar la policía.
—Así que fue él quien me recomendó.
—Por supuesto. Solo que ahora está en la SD. —El doctor Heckholz sonrió—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo acaba en la SD alguien que apoyaba al SPD?
—La gente cambia —repuse—. Sobre todo en Alemania. Si saben lo que les conviene.
—Algunos, pero usted no, me parece a mí. Gantner me dijo lo que le contó. En Wannsee. Me dijo que prácticamente se disculpó por ir de uniforme. Como si se avergonzara.
—La gente ve el espeluznante brazalete de la SD en la manga y se asusta. Es una mala costumbre que tengo, nada más. Procuro tranquilizar a la gente.
—Eso no es habitual en Alemania.
Heckholz retiró los platos, se quitó el delantal y se sentó; saltaba a la vista que no se creía una sola palabra de lo que le había dicho.
—Aun así, Herr Gantner creyó conveniente trasladarme sus comentarios con la esperanza de que pueda ofrecernos cierta ayuda.
—¿Qué clase de ayuda?
—Tenemos un problema derivado de lo que le ocurrió a Herr Minoux.
—Se refiere al fraude de la Compañía de Gas de Berlín.
—El fraude de la Compañía de Gas de Berlín. Sí, a eso me refiero.
—Gracias por las tortitas —dije, al tiempo que me ponía en pie. Dejé los cinco Dureros encima de la mesa—. Sea lo que sea lo que vende, no me interesa.
—No se marche todavía, por favor —insistió—. No ha oído mi generosa propuesta.
—Empiezo a pensar que su generosa propuesta está a punto de convertirse en un sapo de lo más feo. Además, se me han acabado los besos.
—¿Le gustaría ganar diez mil marcos?
—Me gustaría mucho, siempre y cuando siguiera con vida para gastarlos. Pero si he seguido vivo tanto tiempo es porque he aprendido a no tener conversaciones como esta con desconocidos, sobre todo cuando hay cerca una puerta abierta. Si quiere que me quede y le escuche, Herr doctor Heckholz, más vale que le pida a su amiga, la del perfume Noches Árabes que se reúna con nosotros.
Heckholz sonrió y se puso en pie.
—Debería haber tenido en cuenta lo difícil que es engañar a un famoso detective del Alex.
—No, es sumamente fácil. Basta con enviarle cien marcos en un sobre.
—Lilly, querida, ¿quieres hacer el favor de venir?
Un momento después, la pelirroja se encontraba en la sala de reuniones. Era más alta de lo que había supuesto y con los pechos más grandes. Mientras Heckholz nos presentaba, tomó mi mano como si le diera una limosna a Lázaro.
—Herr Gunther, le presento a Frau Minoux.
—Es una mala costumbre, Frau Minoux, escuchar tras las puertas.
—Quería ver qué clase de hombre es antes de tomar una decisión sobre usted.
—¿Y a qué conclusión ha llegado?
—Aún no me he decidido.
—No es la única.
—Sea como sea, es una mala costumbre que aprendí de usted, Herr Gunther. Mi marido le pagaba para que me espiase en mi casa de Garmisch-Partenkirchen, ¿no es así? ¿Cuándo fue, exactamente?
Asentí.
—En 1935.
—En 1935. —Frau Minoux puso los ojos en blanco y suspiró—. Muchas cosas han pasado desde entonces.
—Bueno, supongo que no descubrió nada —le dijo Heckholz—, si no, difícilmente estarías aquí, ¿verdad? Todavía casada con Friedrich.
—Eso se lo tienes que preguntar a Herr Gunther —señaló Frau Minoux.
—No descubrí nada, no. Pero en sentido estricto, Frau Minoux, nunca llegué a escuchar detrás de su puerta. Resulta que subcontraté a un detective local de Garmisch para realizar el encargo, un austríaco llamado Max Ahrweiler. Era él quien miraba por el ojo de la cerradura, no yo.
Frau Minoux se sentó y, al pasar una pierna por encima de la otra, su vestido cruzado se le desprendió del muslo descubriendo un liguero violeta. Me volví por cortesía para darle tiempo a solventarlo pero, al mirar de nuevo, el liguero seguía a la vista. Me dije que si a ella no le importaba que mirase, a mí tampoco. Era un bonito liguero. Pero la extensión de muslo terso y de un blanco cremoso sobre el que estaba puesto era mejor aún. Colocó un cigarrillo en la boquilla y permitió a Heckholz que se lo encendiese.
—¿Es Noches Árabes? —preguntó—. ¿El perfume que llevas, Lilly? Solo por curiosidad.
—Sí —respondió.
Heckholz guardó el encendedor y me miró.
—Estoy impresionado. Qué olfato tiene, Herr Gunther.
—No es para tanto. Tengo el mismo olfato para el perfume que para meterme en líos. Y ahora mismo ustedes dos desprenden un intenso aroma a problemas.
De todos modos, me senté. Tampoco es que tuviera mucho que hacer en casa aparte de mirar las paredes y dormir, y eso ya lo había hecho más que de sobra en el trabajo.
—Por favor —dijo ella—. Vuelva a guardarse el dinero en el bolsillo y por lo menos escúchenos.
Asentí e hice lo que me pedía.
—Primero —empezó Heckholz—, debo explicarle que mis oficinas centrales están en Austria, que es donde acostumbra a residir Frau Minoux. Sin embargo, también alquila una casa aquí en Berlín-Dahlem. La represento tanto a ella como a Herr Minoux, que naturalmente sigue consumiéndose en la cárcel de Brandeburgo. Creo que está usted familiarizado con los hechos básicos del caso de la Compañía de Gas de Berlín.
—Él y dos más defraudaron a la compañía siete millones y medio de marcos y ahora cumple cinco años. —Le resté importancia con un movimiento de los hombros—. Pero antes de aquello ayudó a robar a una familia de judíos de Frankfurt una empresa, la Compañía Papelera Okriftel.
—Esa compañía ya había sido «arianizada» por la Cámara de Comercio de Frankfurt —señaló Frau Minoux—. Lo único que hizo Friedrich fue comprar una empresa que los propietarios tenían la obligación legal de vender.
—Es posible. Pero si quiere saber mi opinión, se merecía lo que le ha pasado. Eso es lo que sé sobre Herr Friedrich Minoux.
Frau Minoux no se arredró. A todas luces estaba hecha de una madera más dura que su marido. Por un instante dejé que mi imaginación recorriera sus prendas íntimas. Puede que sea porque huelen algo en el aire, pero es sorprendente lo fácil que las mujeres adivinan qué me traigo entre manos: es una técnica que a veces utilizo para hacerles saber que soy un hombre. Al final, ella cayó en la cuenta de que estaba enseñando un liguero y se tapó el muslo con el vestido.
—No están en tela de juicio los entresijos del caso de la Compañía de Gas de Berlín —aclaró Heckholz—. Y quizá le interese saber que los tres condenados ya han restituido varios millones de marcos. No, es lo que ocurrió después lo que preocupa a los Minoux. Tal vez usted conozca a un detective privado de Berlín llamado Arthur Müller.
—Lo conozco.
—Hábleme de él, si es tan amable.
—Es eficiente. Tiene poca imaginación. Era poli en la jefatura de policía aquí en Charlottenburg, pero es de Bremen, me parece. Un hombre de las SA lo acuchilló una vez en el cuello, así que no les tiene mucho aprecio a los nazis. A veces, recibir una cuchillada tiene ese efecto. ¿Por qué todo esto?
—La Compañía de Gas de Berlín ha contratado a Herr Müller para que averigüe si Herr Minoux tiene bienes ocultos, con la esperanza de recuperar más dinero suyo. Y más concretamente, también Frau Minoux. Con este fin él y sus hombres han estado vigilando a Frau Minoux y a su hija Monika en su domicilio aquí en Berlín, así como en la casa de Frau Minoux en Garmisch. Y muy probablemente también en este despacho.
—Hay un hombre vigilando su puerta principal, pero desde luego no es Arthur Müller. Ese tipo parece que aprendió su oficio leyendo Emilio y los detectives. Supongo que les está echando un ojo mientras Arthur duerme un poco.
—Suponíamos que la Gestapo también podía estar implicada hasta que nos ha explicado su postura respecto de las escuchas telefónicas. Pues bien, el caso es que Frau Minoux tiene sustanciosas obras de arte y mobiliario de su propiedad en el que era su domicilio matrimonial de Wannsee, que se ha visto obligada a esconder en un almacén en Lichtenberg por miedo a que se los confiscara el gobierno.
—Empiezo a entender cuál es su problema.
—¿Diría usted que Herr Müller era honrado?
—Sé lo que eso significaba antes. Ser honrado. Pero no tengo la menor idea de lo que significa ahora. Al menos no en Alemania.
—¿Se le podría sobornar, tal vez?
—Es posible. Supongo que dependería del soborno. Si fueran diez mil marcos, la respuesta sería casi con toda seguridad sí. ¿Quién no aceptaría algo así? Pero me extraña que usted esté agitando esos billetes delante de mis narices y no de las de Herr Müller.
—Es que él solo es la mitad del problema, Herr Gunther. ¿Ha oído hablar de una empresa llamada Stiftung Nordhav?
—No.
—¿Está seguro?
—No suelo frecuentar la Börse de Berlín. No he tenido nunca mucho interés en las páginas de finanzas. Y las únicas cifras que me interesan son las de las tallas de bañador que llevan las mujeres ahora mismo. O que ni siquiera llevan. Dependiendo de qué parte de la playa prefieran.
Heckholz prendió un purito y, sonriendo, le dio unas leves caladas, como si le gustara más el sabor que la sensación que producía.
—No es una compañía de las que cotizan en bolsa. Es una supuesta fundación benéfica constituida por su antiguo jefe, Reinhard Heydrich, en 1939, aparentemente a fin de construir centros de descanso y recreo para miembros de la RSHA. En realidad, es una empresa muy poderosa que hace toda suerte de negocios destinados a enriquecer a la junta directiva, de la que Heydrich era presidente. Tras su muerte, quedan cinco directivos: Walter Schellenberg, Werner Best, Herbert Mehlhorn, Karl Wilhelm Albert y Kurt Pomme. Fue Stiftung Nordhav la que compró la villa de Herr Minoux en Wannsee en noviembre de 1940 por 1.950.000 marcos, mucho menos de lo que valía. La mayor parte de ese dinero fue usada por Herr Minoux para abonar multas, compensaciones y costes judiciales. Desde entonces, la Fundación Nordhav ha comprado varias propiedades, incluida la residencia de verano de Heydrich, en Fehmarn, sirviéndose de dinero robado a judíos privados de sus derechos y asesinados. Tenemos la fundada sospecha de que nada de ese dinero va a parar al gobierno y se utiliza todo en beneficio de los cinco miembros de la directiva restantes.
—En otras palabras —terció Frau Minoux—, esos hombres son culpables del mismo delito por el que mi marido está cumpliendo cinco años de cárcel.
—Creemos que la villa de Wannsee había sido elegida como la nueva residencia de Heydrich aquí en Berlín —explicó Heckholz—. No está muy lejos de su antigua casa en Augustastrasse, en Schlachtensee. Como es natural, ahora que está muerto, la casa no le sirve de gran cosa a Nordhav, salvo como escenario para la conferencia de la IKPK a punto de celebrarse. Y que comienza pasado mañana, ¿no?
Asentí.
—Está bien informado.
—Herr Gantner vive con Katrin, una doncella que sigue trabajando en la villa.
—Sí, creo que la mencionó.
—Una vez terminada la conferencia, es difícil saber qué podrán hacer con la propiedad, tal como está el mercado inmobiliario berlinés.
—Nuestro objetivo es sencillo —intervino Frau Minoux—. Encontrar pruebas de mala praxis y malversación contra cualquiera de los cinco miembros restantes del consejo directivo de la Fundación Nordhav. Una vez las tengamos, intentaremos recuperar la casa, por una fracción de lo que pagamos por ella. Pero si los directivos se niegan a cooperar, no nos quedará otra alternativa que presentar lo que tengamos ante el ministro del Interior Wilhelm Stuckart. Y si eso no da resultado, filtraremos el asunto a la prensa internacional.
—Ahí es donde entra usted en juego —dijo Heckholz—. En tanto que capitán de la SD, con acceso a la villa y los más altos cargos de las SS, es posible que quizá llegue a sus oídos información referente a la venta de la villa y por extensión a nuestro caso. Tal vez incluso se le podría convencer para que lleve a cabo un registro del lugar mientras esté allí. Como mínimo, le pedimos que mantenga los oídos y los ojos abiertos. Le pagaremos un anticipo; pongamos, cien marcos a la semana. Independientemente de ello, si averigua algo importante, le espera una bonificación de diez mil marcos.
—Algo que nos permita que se haga justicia —añadió ella.
Encendí un pitillo de los míos y esbocé una sonrisa triste. Casi los compadecí por creer que aún vivían en un mundo donde ideas como la justicia eran siquiera posibles. Pensé que seguramente tenían menos probabilidades de enjuiciar a los directivos de la Fundación Nordhav que de hacerse con el Premio Nobel de la Paz y donar el dinero al Congreso Judío Mundial.
—También agradeceríamos mucho su ayuda a la hora de tratar con Arthur Müller —añadió Frau Minoux.
—Ahora que me han dicho lo que tienen en mente, creo menos probable incluso que llegara a vivir para gastarme esa bonificación. Las personas a las que se enfrentan son peligrosas. Albert es en la actualidad jefe de policía de Litzmannstadt, en Polonia. En Litzmannstadt hay un gueto con más de cien mil judíos. ¿Tienen la menor idea de lo que ocurre en un sitio así?
Cuando vi que cruzaban la mirada y adoptaban una expresión vacía, sentí deseos de darles un buen coscorrón.
—No, ya me lo parecía. Best y Schellenberg no son exactamente tímidas florecillas. La mayoría de sus amigos también son peligrosos: Himmler, Müller de la Gestapo, Kaltenbrunner. Por no hablar de que son sumamente poderosos. Es posible que los directivos de esa Fundación Nordhav tengan montado algún chanchullo, pero también lo tienen todos los demás de la RSHA. Todos menos yo, claro. Les aconsejo que lo dejen correr. Olviden la idea de enfrentarse a Nordhav. Es peligrosísimo. Si no se andan con cuidado, acabarán entre rejas con Herr Minoux. O algo peor.
Frau Minoux sacó un cuadradito minúsculo de algodón irónicamente llamado pañuelo y se lo llevó a ambos lados de su perfecta nariz.
—Por favor, Herr Gunther —dijo con un leve sollozo—. Tiene que ayudarnos. No sé qué otra cosa hacer. A quién más acudir.
Heckholz se sentó a su lado un momento y la rodeó con el brazo para evitar que siguiera llorando, tarea de la que no me hubiera importado encargarme a mí.
—Por lo menos prométanos que tendrá los oídos y los ojos abiertos mientras esté en el congreso —continuó Frau Minoux—. Mis cien marcos deberían pagar como mínimo eso. Y le esperan otros doscientos si vuelve aquí y le cuenta al doctor Heckholz cualquier cosa que haya averiguado acerca de la venta de la villa. Cualquier cosa. Yo no estaré. Vuelvo a Austria esta misma tarde.
Supongo que fueron sus lágrimas. Cuando llora una mujer se agrieta algo en mi interior, como con las lágrimas de Rapunzel, solo que estas se supone que estaban destinadas a devolverle la vista al príncipe encantador, no a cegarlo ante los riesgos de husmear en una villa propiedad de las SS. Tendría que haberme echado a reír, haberlos mandado al infierno y luego haber salido por la puerta sin más. En cambio, me lo planteé un momento, lo que fue un error: hay que confiar siempre en el instinto en asuntos así. Sea como fuere, me dije que no conllevaba mucho riesgo fisgonear un poco cuando estuviera en Wannsee, y eso era lo único que tenía intención de hacer. Además, por lo visto Frau Minoux podía permitirse perder otros cien marcos. Así pues, ¿qué importancia tenía? Pronunciaría mi discurso, tomaría café, sisaría unos cuantos cigarrillos y luego me largaría, y ni Frau Minoux ni el doctor Heckholz se enterarían de nada.
—De acuerdo. Lo haré.
—Gracias —dijo ella.
Me levanté y fui hacia la puerta.
—¿Y Arthur Müller? —preguntó Heckholz—. El detective privado. ¿Qué hacemos con él?
—Quieren que los deje en paz, ¿verdad?
Asintieron.
—Al menos el tiempo suficiente para que saque mis propiedades del país —dijo ella—. Y las traslade a Suiza.
—Yo me ocupo de ello. —Me encogí de hombros—. Pero me llevaré el diez por ciento del pago que pueda negociar.
—Me parece justo —accedió Heckholz.
No pude evitar una carcajada.
—¿Qué le hace gracia? —quiso saber Heckholz.
—Que sea justo no tiene nada que ver con el asunto —repuse—. Es una palabra infantil. ¿Cuándo despertará la gente y se dará cuenta de lo que está ocurriendo en Alemania? Gente como ustedes. Peor aún, lo que está ocurriendo en el este. En las denominadas marismas. En lugares como Litzmannstadt. Les aseguro que la justicia no tiene absolutamente nada que ver con todo eso. Ya no.
6
La primera mañana del congreso tomé temprano el S-Bahn de regreso a Wannsee y luego anduve hasta la villa. Era otro día cálido, así que, para cuando llegué llevaba la camisa blanca pegada a la espalda y casi deseé tener mi propio Mercedes oficial. Desde luego, era el único militar de grado accediendo a la villa que parecía no tenerlo. Coches lustrosos jugaban al «tú la llevas» en el sendero de acceso acercando hasta la puerta a los pasajeros más prepotentes mientras, en la parte de atrás de la casa, en una terraza que daba al lago, treinta o cuarenta oficiales con traje de calle y un surtido de uniformes de gala extranjeros fumaban cigarrillos, charlaban y tomaban café. El ambiente era de lo más sociable y nadie hubiera dicho que se estaba librando una guerra.
Delante de la entrada de estilo neogriego había arriates atestados de geranios azules. En el invernadero, la fuente estaba otra vez en funcionamiento, pero alguien había tenido el detalle de retirar todos los ejemplares de Das Schwarze Korps de la biblioteca porque, con solo echar un vistazo a sus mórbidas páginas, cualquier lector habría albergado dudas de que Alemania estaba ganando la guerra en el este, tal como insistía el doctor Goebbels.
Bajo la escalera curva del vestíbulo principal estaba expuesta una reproducción en bronce de la máscara funeraria de Heydrich, que le confería un aire curiosamente benévolo. Con los ojos cerrados, su cabeza tenía el aspecto de haber estado expuesta en el antiguo panóptico de Lindenpassage, o quizá de haber sido recogida de la cesta a los pies de la guillotina en Brandeburgo, para mostrarla en una urna de cristal en el museo de la policía. En un atril, al lado de la máscara, había un facsímil de gran tamaño del sello de sesenta pfennigs en el que aparecía la máscara que el gobierno de ocupación tenía planeado utilizar en las cartas en Bohemia y Moravia, lo que era un poco como colgar un retrato de Barba Azul en la residencia de un colegio femenino.
Contemplando con mirada crítica la máscara y el sello gigante había un hombre muy alto y a su lado un oficial de menor rango; por el cordón que colgaba de su charretera supuse que era el edecán del más alto. Subí un breve tramo de escaleras hasta quedar justo encima de ellos y, con la vaga esperanza de oír algo interesante sobre Stiftung Nordhav, pegué el oído a su conversación. Tal vez empezara a tener la conciencia un poco oxidada en los últimos tiempos, pero a mi oído no le pasaba nada. Todas sus bromas parecían sacadas del manual de chistes de las SS, a los que —doy fe de ello— solo los miembros de las SS les encuentran la gracia.
—Seguro que no pondré ese sello en las putas tarjetas para felicitar la Navidad —comentó el oficial de mayor rango. Calculé que debía de medir casi dos metros.
—No si quiere que la tarjeta llegue a tiempo —señaló el edecán.
—Tampoco importa mucho, ¿verdad? Hemos declarado ilegal la Navidad en Bohemia.
Los dos hombres dejaron escapar una risa inquietante.
—Iban a poner una foto de Lidice en el sello de diez pfennigs —dijo el edecán— hasta que alguien les advirtió que no quedaba nada que fotografiar. Solo un zapato perdido y un montón de casquillos de latón.
—Ojalá estuviera aquí para verlo —contestó el oficial de mayor rango—. Así podría ver yo la expresión de su cara de cabra. Qué tipo tan raro era Heydrich, ¿verdad? Parece un perfumista de París inhalando una fragancia poco común.
—La de la muerte, probablemente. La fragancia que llena esa larga nariz. Su muerte, gracias a Dios.
El oficial de mayor rango se rio.
—Muy bueno, Werner —dijo—. Muy bueno.
—¿De verdad cree que era judío, señor? ¿Tal como se dice?
—No, fue Himmler quien hizo correr ese rumor. Para desviar la atención de sus orígenes más que discutibles.
—¿De veras?
—No digas ni pío, Werner, pero su auténtico nombre es Heymann, y es medio judío.
—Dios bendito.
—Heydrich lo sabía. Tenía todo un expediente sobre la familia Heymann. Qué cabrón tan escurridizo. Aun así, no se puede echar a nadie en cara que Himmler tomara a Heydrich por judío. Hay que ver qué puta nariz. Parece literalmente sacada de Der Stürmer.*
Heydrich nunca me cayó bien, pero desde luego lo temía. Era imposible no temer a un hombre como Heydrich. Y me pregunté si esos dos habrían hecho comentarios tan abiertamente críticos sobre el antiguo protector de Bohemia si el general estuviera vivo todavía. Lo dudaba. Al menos lo dudé hasta que el oficial superior se volvió y vi exactamente quién era. Solo había visto una foto suya, pero era un hombre difícil de olvidar: en el lecho rocoso de su rostro había tantas cicatrices que casi daba la impresión de que las había dejado un glaciar al retirarse de la morrena de su intimidante personalidad. Era Ernst Kaltenbrunner, el hombre de quien se rumoreaba que iba a ser el próximo en estar al mando de la Oficina Central de Seguridad del Reich. En la clínica suiza lo habían desintoxicado antes de lo que nadie hubiera creído posible.
Subí al piso de arriba a echar una ojeada. Había un largo pasillo bordeado de puertas; en una de ellas estaban pintadas las palabras stiftung nordhav y campañas de exportación s. l. privado. Me disponía a girar el pomo cuando salió por la puerta un comandante de las SS. Iba acompañado por un oficial de aspecto extranjero que, a juzgar por el quepis bajo el brazo, imaginé que era francés, hasta que vi las crucecitas en los botones. Deduje que sería suizo.
—Igual que en otras ocasiones, efectuaremos la transacción a través de Campañas de Exportación —decía el comandante—. Es la compañía que usamos para la adquisición de las ametralladoras.
—Lo recuerdo —asintió el suizo.
La conversación se interrumpió de súbito cuando me vieron.
—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó el comandante de las SS.
—No. Buscaba algún sitio tranquilo para ordenar mis ideas. Soy el primer conferenciante de esta mañana, qué mala pata.
—Pues buena suerte —dijo y cerró la puerta a su espalda.
Los dos hombres bajaron y salieron a la terraza y yo los seguí a cierta distancia.
Medio kilómetro hacia el este, al otro lado del lago en Strandbad Wannsee, cientos de berlineses estaban llegando a la zona de baño preferida de la ciudad para pasar el día en la playa, reservaban sus tumbonas de mimbre o extendían toallas a lo largo de ochenta metros de arena de un blanco inmaculado. Soplaba una suave brisa que hacía aletear las banderas azules sobre el paseo de ladrillo de dos niveles y arrastraba con ella el sonido de la megafonía que ya anunciaba un niño perdido a los oídos indiferentes de los invitados de la villa: franceses, italianos, daneses, croatas, rumanos, suecos y suizos. Lo que ocurría en la playa parecía quedar muy lejos de lo que estaba yo a punto de abordar en mi discurso.
—¿Nervioso? —Arthur Nebe sonrió y me palmeó el hombro.
—Sí. Estaba pensando que ojalá estuviera allí, en esa playa, hablando con alguna chica guapa.
—¿Llegaste a alguna parte con la maestra que vimos en el Pabellón Sueco? ¿Cómo se llamaba?
—¿Kirsten? Sí. Un poco. Sé dónde trabaja. Y lo que es más importante, dónde vive. En Krumme Strasse. Sé incluso que va a nadar dos tardes por semana a los baños locales.
—Haces que el romance parezca una investigación por homicidio, como siempre. —Nebe meneó la cabeza y sonrió—. Si me permites, tienes un trocito de papel higiénico pegado a la barbilla.
Me lo quitó de la cara y lo dejó caer al suelo.
—Me preguntaba por qué la gente me miraba tan raro en el S-Bahn. Estaban pensando: «En esta ciudad nadie tiene papel higiénico. ¿Cómo lo ha conseguido él?».
—Te hace falta un brandy —concluyó Nebe, y me llevó de vuelta a la villa, donde buscó algo que beber para los dos—. Nos conviene a ambos. Es un poco temprano, lo sé, incluso para mí. Pero lo cierto es que también estoy un poco nervioso. Me alegraré cuando todo esto haya terminado y pueda volver al trabajo de verdad.
Me pregunté qué podía suponer eso para un hombre como Arthur Nebe.
—Qué raro, ¿verdad? —comentó—. Después de todo lo que pasamos en Minsk, con Ivanes tarados por todas partes intentando matarte, y ahora algo así hace que se te revuelva el estómago de verdad.
Miré por la ventana hacia el lugar donde el Reichsführer Himmler estaba hablando ahora con el secretario de Estado Gutterer. Walter Schellenberg charlaba con Kaltenbrunner y Müller, el de la Gestapo.
—No es de extrañar si se tiene en cuenta la lista de invitados.
Tomé un buen trago de brandy.
—Tranquilo —insistió Nebe—. Si la cagas con la conferencia, le echaremos la culpa de todo a Leo Gutterer. Ya es hora de que alguien ponga en su sitio a ese desgraciado.
—Pensaba que querías que metiera la pata, Arthur.
—¿Qué es lo que te ha sugerido semejante idea?
—Tú.
—Venga, te estaba tomando el pelo. Mira, lo único que de verdad deseo es no volver a ser director de la IKPK en la vida. El año que viene todo esto será problema de Kaltenbrunner. Ni tuyo ni mío. Tú estarás a salvo en la Oficina de Crímenes de Guerra y yo estaré a salvo en alguna otra parte, espero. En Suiza, si me lo permiten. O en España. Siempre he querido ir a España. Al almirante Canaris le encanta. Y ya que estamos, por si te lo estás preguntando, sigo tomándote el pelo.
—Qué sentido del humor. Eso está bien. Creo que es justo lo que necesitamos para levantarnos por la mañana.
Nebe apuró el brandy y torció el gesto.
—Sea como sea, lo harás bien. Estoy convencido de que vas a ser el conferenciante más interesante de la jornada.
Asentí y miré en torno.
—Es una casa preciosa.
—Diseñada por el arquitecto preferido de Hitler. Paul Baumgarten.
—Creía que era Speer.
—Speer también lo creía, me parece. Por lo visto también estaba equivocado en eso.
—¿Quién es el propietario ahora?
—Nosotros. Las SS. Aunque Dios sabe por qué. Tenemos varias casas por aquí. El Instituto Havel. La Escuela de Horticultura.
—¿Desde cuándo se interesan las SS por la horticultura?
—Creo que es una residencia, para judíos —me explicó Nebe—. Los trabajadores forzados que se ocupan de los jardines.
—Eso suena casi benévolo. ¿Y el Instituto Havel?
—La sede de una emisora de radio que dirige operaciones de espionaje y sabotaje contra la Unión Soviética. —Nebe le restó importancia con un movimiento de hombros—. Probablemente hay más casas de las que ni yo mismo estoy al corriente. A decir verdad, hay tantas casas que están pasando a ser de titularidad pública que el Ministerio del Interior podría abrir su propia inmobiliaria. Es posible que me dedique a ello en vez de ser policía.
—Así que la casa no es propiedad de la Fundación Nordhav.
—¿Qué sabes tú de la Fundación Nordhav?
—No mucho. Hay un despacho arriba con ese nombre en la puerta. Aparte de eso, no gran cosa. Por eso pregunto. —Me encogí de hombros.
—Por lo que a Nordhav respecta, lo mejor es siempre no saber nada. Acepta mi consejo, Bernie. Cíñete a los homicidios. Entraña mucho menos riesgo. —Nebe miró alrededor cuando los delegados empezaban a entrar en el salón principal donde se iban a pronunciar las conferencias—. Venga, vamos a quitárnoslo de encima.
* Der Stürmer fue un periódico antisemita nazi que estuvo en circulación entre 1923 y 1945. (N. del t.)
7
La ironía que suponía ser presentado al público en el congreso de una comisión internacional contra el crimen por un hombre que no mucho tiempo atrás había asesinado a cuarenta y cinco mil personas no me pasó inadvertida, ni tampoco al propio Nebe. Arthur Nebe, que era expolicía político, cuando existía tal clase de agentes, nunca había sido un gran detective. Se le sonrojaron un poco las orejas mientras hablaba, solo un poco, sobre la Comisión de Homicidios casi como si reconociese que en realidad era mucho más experto en cometer homicidios. No creo que en esa sala hubiera nadie que hubiese mirado a los ojos a la muerte más a menudo que Arthur Nebe. Ni siquiera Himmler o Kaltenbrunner. Aún recordaba una cosa que me dijo Nebe en Minsk acerca de experimentar con hacer saltar a la gente por los aires en busca de un método más eficiente y «humanitario» de masacrar. Me pregunté qué habrían dicho los suecos y suizos del público de haber sabido algo acerca de los crímenes que estaba cometiendo la policía alemana en Europa del Este y Rusia en esos mismos instantes. ¿Les hubiera importado? Quizá no. Es imposible predecir cómo reaccionará la gente a la denominada cuestión judía.
Cuando terminó la presentación sonaron unos aplausos educados y entonces llegó mi turno. Los suelos de madera sin alfombrar crujieron igual que un viejo abrigo de cuero cuando me dirigí con piernas de gelatina hacia el atril, aunque quizá fuera el ruido de mis nervios tirando de los músculos del corazón y los pulmones.
Había visto muchedumbres duras de pelar en mis tiempos, pero esta era la más dura de todas. Al menos a cinco o seis les habría bastado con levantar un dedo para verme ante un pelotón de fusilamiento antes de que acabase el desayuno. Galileo lo tuvo más fácil con la Inquisición intentando convencerlos de que el álgebra de la que habla la Biblia es tan fidedigna como la idea de que las vacas vuelan. El público del Café Dalles que estaba en Neue Schönhauser Strasse tiraba sillas al pianista cuando se aburrían. Y una vez vi cómo un tigre se ensañaba un poquito con un payaso en el circo Busch. Eso sí era gracioso, pero las caras que tenía ahora ante mis ojos habrían hecho titubear incluso a Jack Dempsey. La bailarina Anita Berber no dudaba en mearse encima de sus clientes cuando decidía que no le gustaban pero, aunque me hubiera gustado seguir su ejemplo, me pareció mejor limitarme a leer lo que había escrito en las hojas dispuestas en el atril delante de mí, aunque buena parte de lo que dije lo había añadido a mi discurso Leo Gutterer y se me quedó trabado en la garganta como la ganzúa de la caja de herramientas de un ladrón.
—Heil Hitler. Caballeros, criminólogos, distinguidos invitados extranjeros, colegas, si algo han demostrado los últimos diez años es que muchas de las frustraciones que padecía la policía alemana durante la República de Weimar han disminuido hasta el punto de que ya no existen. Las algaradas callejeras y la amenaza de insurrección comunista que caracterizaban la época anterior a la llegada al poder del gobierno nacionalsocialista son cosa del pasado. El número de agentes se ha incrementado, nuestro equipamiento se ha modernizado y, como corolario, las instituciones que se ocupan de la seguridad estatal son considerablemente más eficientes.
»De una época en la que Alemania, y en particular Berlín, estaba prácticamente dirigida por organizaciones criminales y aquejada de una sucesión de gobiernos ineficientes, en la que la política fragmentada garantizaba que no reinara sino la anarquía, hemos pasado a un Estado fuerte, centralizado y sin clases. Cuando los nacionalsocialistas accedieron al poder, algún que otro policía como yo nos mostramos un tanto escépticos respecto del Partido y sus intenciones. Pero de eso hace mucho tiempo. Ahora las cosas son muy distintas. El sano respeto por la ley y sus instituciones son en la actualidad la herencia natural de todo auténtico alemán.
Mientras yo hablaba, Himmler —que hacía unos instantes se había quitado las gafas para limpiar los cristales con un pañuelo pulcramente doblado— sonrió y se llevó una pastilla de menta a la boca. No mostraba indicios de recordar nuestro primer y único encuentro, en el castillo de Wewelsburg, en noviembre de 1938, cuando me dio una patada en la espinilla por ser portador de unas noticias muy poco gratas acerca de un colega suyo de las SS. Incluso con las botas puestas, no era una experiencia que me apeteciese repetir. Entretanto, Kaltenbrunner fruncía el entrecejo e inspeccionaba su manicura; tenía todo el aspecto de necesitar ya un trago. Bajé la cabeza y continué.
—Me llamo Bernhard Gunther y he sido agente de policía en Berlín desde 1920. Durante más de quince años he sido miembro de la Comisión de Homicidios de Berlín, que, como ha explicado el general Nebe, es un grupo de detectives que cuenta con la colaboración de expertos, como un médico forense y un fotógrafo. La piedra angular de la comisión la constituyen los comisarios, algunos de los cuales son también abogados alemanes. A las órdenes de cada comisario hay un equipo de unos ocho hombres, que hacen todo el trabajo, naturalmente. La comisión está bajo el mando del inspector jefe Friedrich-Wilhelm Lüdtke, a quien muchos de ustedes ya conocerán. Cualquiera que desee informarse sobre la policía de Berlín y, en particular, sobre su famosa Comisión de Homicidios, debería quizá leer un libro titulado Crímenes continentales, de Erich Liebermann von Sonnenberg, que fue director de la Kripo hasta su muerte el año pasado, y el director de investigación criminal Otto Trettin. A propósito de los casos que aparecen en este libro, George Dilnot, el afamado periodista de sucesos inglés, escribió: «Hay dramatismo y emoción suficientes en estos relatos para satisfacer el apetito más voraz».
(Era mentira, claro: en realidad Dilnot aborrecía el libro, pues le había parecido tópico e ingenuo. Las muchas deficiencias del libro no eran quizá tan sorprendentes si se tenía en cuenta que había sido sometido a la censura del Ministerio de Propaganda e Ilustración Nacional, y muchos de los casos más interesantes investigados por la comisión, incluido el de Fritz Ulbrich, se habían considerado demasiado sensacionalistas para el público. Pero Dilnot, como británico que era, no estaba por allí cerca para contradecirme, o mejor dicho, para contradecir a Gutterer.)
—Me temo que no puedo prometerles mucho dramatismo y emoción. El hecho es que Liebermann von Sonnenberg u Otto Trettin casi con toda seguridad cumplirían mejor que yo el cometido de hablar hoy ante ustedes, igual que lo harían el jefe de policía Lüdtke o el inspector Georg Heuser, que haciendo alarde de ingenio recientemente atrapó a Ogorzow, el asesino del S-Bahn, aquí en Berlín. El caso es que incluso según el discreto baremo de esta ciudad soy un orador corriente. Pero siempre he creído que hablar con franqueza hasta cierto punto forma parte del oficio, así que, si me perdonan la ausencia de florituras retóricas, haré todo cuanto esté en mi mano por describir un crimen en particular que, cuando me ocupé de su investigación, ya había pasado a ser un caso antiguo y en términos generales era sintomático de la devastadora ausencia de moral que afectaba a la policía de Berlín bajo el anterior gobierno.
»De hecho, en 1928, cinco años después de los acontecimientos que estoy a punto de describirles, el caso estaba prácticamente olvidado, y cuando me lo asignó el inspector jefe de la policía de Berlín, Ernst Engelbrecht, en la jefatura de policía de Alexanderplatz, lo hizo imaginando que volvería con las manos vacías. En realidad, este caso se había convertido en una manera de poner firmemente en su sitio a detectives jóvenes y arrogantes como yo, tal como suelen hacer los policías más experimentados. Y el hecho de que al final detuviera al responsable tiene tanto que ver con mi buena suerte como con cualquier juicio forense por mi parte. La suerte no es nunca desdeñable en una investigación criminal. La mayoría de los detectives confían en la suerte mucho más de lo que dan a entender, incluido Engelbrecht, que era una especie de héroe y mentor para mí. Engelbrecht me dijo una vez que un buen detective tiene que creer en la suerte; me aseguró que es la única explicación de que los criminales lleguen a salir impunes de nada.
(Mi discurso omitió mencionar que Ernst Engelbrecht había sido obligado a abandonar el cuerpo de policía de Berlín por unas cosillas que había dicho acerca de la SA en su libro de no ficción Tras las huellas de la criminalidad, publicado en 1931.)
—Aparte de unos pocos datos básicos que aparecieron en la prensa en la época, los detalles completos de este caso no trascendieron al público. Había sido muy poco tiempo después del sensacional caso de Fritz Haarmann, el Vampiro de Düsseldorf, por lo que el gobierno de entonces consideró que los detalles del caso Gormann eran muy desagradables y salaces para exponérselos al público en general, aunque hay quien podría aducir legítimamente que esos asesinatos fueron la consecuencia inevitable de las políticas liberales aplicadas por toda una serie de incompetentes gobiernos de Weimar.
»Fritz Gormann trabajaba de cajero en el Dresdner Bank de Behrenstrasse. Era un hombre discreto y sin pretensiones que vivía en Berlín Oeste con la que era su esposa desde hacía quince años y tres hijos. Bien considerado por sus jefes y además con un buen sueldo, parecía ser un miembro respetable de la comunidad y asistía de manera habitual a la iglesia luterana de su barrio. Nunca llegaba tarde a trabajar, no bebía alcohol, ni siquiera fumaba. Conozco a detectives, yo incluido, que no estarían a la altura del estándar moral, aparentemente tan elevado, de Fritz Gormann.
»El tío de Gormann era cineasta aficionado y a su muerte en 1920 le dejó a su sobrino su estudio de cine y su equipo de cámara en Lichterfelde. Gormann no sabía nada en absoluto de cine, pero tenía el interés suficiente para asistir a unas clases nocturnas. No mucho después empezó a hacer cortometrajes mudos. Tras foguearse filmando y editando peliculitas inocuas, Gormann centró su atención en su auténtico interés, que era rodar películas eróticas. Con este fin, en 1921, Gormann puso un anuncio en el Berliner Morgenpost en el que invitaba a aspirantes a modelo a tomar el té en el Café Palmenhaus de Hardenbergstrasse.
»La primera candidata fue Amalie Ziethen, de veinticinco años, recién llegada a Berlín desde Cottbus; tenía un buen empleo en la perfumería Treu und Nuglisch, en Werderstrasse y se la consideraba una empleada excelente. Sin embargo, como muchas jóvenes de su edad, ambicionaba ser actriz de cine. Gormann se mostró como un hombre inofensivo, amistoso e incluso protector, y le explicó que estudios de cine como UFA-Babelsberg buscaban chicas constantemente, pero teniendo en cuenta que había una competencia tan intensa, era necesario que ella organizase su propia prueba. Le explicó que esa misma prueba debía intentar desvelar tantas incógnitas como fuera posible, incluido el aspecto que tenía una chica desnuda y cuando alcanzaba el éxtasis. Astutamente, añadió que por eso quedaba con las chicas en el café, y no en el estudio, de modo que no se sintieran presionadas y tuvieran tiempo para pensárselo como era debido. Amalie no necesitó pensarse dos veces lo que le proponía Gormann. Había querido trabajar en el cine desde siempre y ya había posado desnuda para un par de revistas, incluida la portada de una publicación de cultura nudista llamada Die Schönheit.
»Ella y Gormann se marcharon del café en el coche de este y fueron a Lichterfelde donde, tras aparecer en la película pornográfica de Gormann, la joven fue estrangulada con un trozo de cable eléctrico. El cadáver fue abandonado en el bosque de Grunewald, no muy lejos de donde nos encontramos, hacia el norte. Si hubiera sido eso todo lo que le ocurrió a la pobre Fräulein Ziethen, habría sido más que suficiente. Pero mucho después, tras detener por fin a Gormann, el visionado de su colección de películas nos permitió averiguar los sufrimientos a los que Amalie y varias mujeres más fueron sometidas antes de que él les arrebatara la vida. Baste con decir que era un moderno Torquemada.
»Como es típico de los asesinos que tienen el deseo sexual como móvil, el guion se repetía de un modo horrendo con cada chica: Gormann las filmaba en su estudio de Lichterfelde hasta que llegaba tan lejos como se lo permitía su propio sentido de la modestia, momento en que las drogaba y las sometía a una máquina sexual operada a pedal cuya fabricación había encargado especialmente para él en Dresde. Luego torturaba a las chicas durante horas, antes de mantener por fin relaciones sexuales con ellas, y era durante estos mismos coitos cuando finalmente las estrangulaba con una ligadura de cable Kuhlo. Incluso diseñó un ingenioso dispositivo mecánico que le permitía manejar la cámara y aparecer delante del objetivo para filmarse mientras cometía el asesinato, dispositivo que luego patentó y vendió a una compañía cinematográfica alemana.
»Al menos nueve chicas desaparecieron de esta misma manera entre 1921 y 1923, y sus cadáveres estrangulados aparecieron abandonados en lugares tan lejanos como Treptow y Falkensee. La Comisión de Homicidios sabía que todas las jóvenes tenían algo en común: fueron todas estranguladas con cable Kuhlo, motivo por el que en la jefatura de policía de Alexanderplatz estos homicidios fueron conocidos durante mucho tiempo como los asesinatos Kuhlo.
»Varios buenos detectives, como Tegtmeyer, Ernst Gennat, Nasse o Trettin, intentaron resolver los asesinatos Kuhlo. Sin poner en conocimiento del público demasiados detalles, la Comisión de Homicidios procuró servirse del enorme interés público suscitado por el caso. En una célebre ocasión, un par de tiendas de muebles de Berlín, Gebruder-Bauer en Bellevuestrasse y J. C. Pfaff en Kurfürstendamm, cedieron sendos escaparates para que se exhibieran diversas pruebas de los asesinatos con la esperanza de que alguien las reconociera: prendas de ropa, un pedazo de cortina en el que se había envuelto uno de los cadáveres, el cable usado para estrangular a las chicas, así como fotografías de los lugares donde se habían hallado los cuerpos. Pero las exhibiciones dieron pie a que se congregaran muchedumbres ante los escaparates y la policía se vio obligada a intervenir, de resultas de lo cual los propietarios pidieron la retirada de los artículos porque interferían con sus negocios. Otros llamamientos solicitando información resultaron también infructuosos. Incluso invitaron a detectives de Scotland Yard de Inglaterra y de la Sûreté de París para que colaborasen, todo en vano.
»Entretanto, el rollo de cable en particular utilizado para estrangular a las chicas fue rastreado hasta llegar a los estudios UFA, en Babelsberg; eso y el hecho de que dos de las chicas asesinadas habían comentado a amistades suyas que iban a reunirse con un tal Rudolf Meinert para un casting llevaron a la Comisión de Homicidios a centrarse durante una temporada en la industria cinematográfica. Gormann se había servido de este nombre para quedar con algunas de sus víctimas, a sabiendas de que había un auténtico Rudolf Meinert que era director de producción de la UFA. De hecho, Meinert fue interrogado por los detectives en varias ocasiones, lo mismo que otros productores y directores de los estudios UFA. Con el tiempo, todo aquel que tuviera algo que ver con el cine alemán acabó siendo interrogado. Los detectives vieron incluso el anuncio de Gormann en el periódico y hablaron con él, pero no encajaba con la idea que tuviera nadie del sospechoso en un caso de homicidio. Era miembro del consejo eclesiástico de su iglesia, había ganado la Cruz de Hierro y resultado herido durante la guerra, e incluso donaba dinero al Fondo de Beneficencia de la Policía Prusiana.
»Gormann también mostró a los detectives algunas películas que había hecho, inocuas filmaciones de casting que estaban a millones de kilómetros de la clase de películas que le gustaba hacer; y remitió a los detectives a algunas chicas que había filmado y que atestiguaron su amabilidad y generosidad. Chicas que no había estrangulado, claro está. Lo que no se le ocurrió comprobar a nadie fue la relación de Gormann con el estudio cinematográfico: no había ninguna relación. Por lo que al estudio concernía, Gormann no era más que otro suplicante en una larga lista de suplicantes a los que las más de las veces no se hacía ningún caso.
»Más tarde, en 1923, cuando Gormann ya había sido descartado como sospechoso, los asesinatos cesaron por completo. Al menos los asesinatos que llevaban la marca personal de Gormann. Cualquier detective les dirá que lo más terrible de investigar una serie de asesinatos motivados por el deseo sexual es que el asesino deje de matar antes de ser atrapado. La sensación más horrorosa que uno se pueda imaginar es desear que se cometa otro homicidio con la esperanza de que revele la pista vital para resolver el caso. Son esta clase de paradojas morales las que hacen que el trabajo resulte tan difícil a veces y las que tantos desvelos provocan a los detectives. En circunstancias así he visto a detectives culparse por la muerte de una víctima. Por lo que a paradojas respecta, desear una muerte con la esperanza de salvar una vida es uno de los dilemas más profundos que puedan darse, al margen de tiempos de guerra. De nada sirve decirle a un policía, cómo el filósofo Kant argumenta, que para actuar de un modo moralmente correcto una persona debe actuar desde el deber. O que, también según Kant, no son las consecuencias de los actos lo que hace que estén bien o mal, sino los motivos de la persona que los lleva a cabo. La mayoría de los polis que he conocido no sabía deletrear siquiera “imperativo categórico”. Y soy consciente de que todos y cada uno de los días que voy a trabajar me quedo a medio camino de este estándar de moralidad absoluta.
»Volvamos a Fritz Gormann. Cuando el caso de los asesinatos Kuhlo llegó a mis manos en 1928, me llevé los expedientes a casa y pasé varias noches leyéndolos de cabo a rabo. Y luego los leí de nuevo. Cuando por fin se detiene a alguien, resulta que casi invariablemente se tenía la prueba delante de las narices desde el principio. Teniendo esto presente, a veces lo mejor es llevar a cabo una revisión de todas las pruebas disponibles con la esperanza de ver algo que no se había visto la primera vez. Un caso antiguo no es más que una acumulación de indicios falsos y equívocos que, en el transcurso de los años, se han tomado por certezas. En otras palabras, hay que empezar a poner pacientemente en tela de juicio casi todo lo que uno cree que sabe, incluida la identidad de las víctimas.
»Sería razonable pensar que es imposible confundir la identidad de una chica asesinada. Eso sería una equivocación. Resultó que una de las nueve jóvenes asesinadas era otra persona: la chica que creíamos que era apareció sana y salva en Hannover un año después. Entretanto, me sorprendió la cantidad de trabajo invertido en la investigación y el gran número de personas que habían conseguido interrogar los detectives de la Comisión de Homicidios. Para cuando terminé, conocía el caso tan a fondo como cualquiera de los detectives implicados desde el comienzo.
»Ahora bien, antes de entrar en la Comisión de Homicidios había sido sargento en Antivicio. Por tanto, muchos de mis informadores frecuentaban lugares no precisamente saludables, incluido un bar con el nombre de Hundegustav. Antiguamente conocido como la bodega Borsig, era un auténtico antro. En el Hundegustav había cuartos privados donde solían proyectar lo que denominaban películas Minette, es decir, películas en las que aparecían explícitamente chicas desnudas. En la República de Weimar esa clase de películas no solo se toleraban, sino que además, cosa increíble, se fomentaba su producción como una manera de aseverar la libertad absoluta que caracterizaba a una sociedad moderna, una sociedad que había dejado atrás conceptos desfasados como la moral y los estándares de comportamiento aceptados. Ese fue uno de los motivos por los que Alemania exigió una revolución nazi para empezar.
»En cualquier caso, estuve allí en calidad de policía… Bueno, no iba a decir otra cosa, ¿verdad? Casualmente vi una de esas películas y había algo en la chica que me resultó familiar. La había visto en alguna otra parte. Pero transcurrieron varios días antes de que se me ocurriera revisar los expedientes del caso Kuhlo, y cuando lo hice, resultó que la chica de la película era nada menos que Amalie Ziethen, la primera joven estrangulada por Gormann.
»Volví al club con mi comisario para interrogar a un maleante llamado Gustav el Perro, propietario del bar Hundegustav. Revisamos la filmación y nos sorprendió ver el nombre de la chica en la cabecera de la película y también la fecha de su muerte. Gustav nos dijo que había pagado la película en efectivo. El hombre que se la vendió no le había dejado su nombre, claro, pero lo describió bastante bien. Era un hombre respetable con pajarita, cuello duro, tenía una cojera, quizá un brazo herido, llevaba sombrero hongo y una Cruz de Hierro en la solapa. Encargué a un artista amigo mío que hiciera un retrato del individuo de acuerdo con las instrucciones exactas de Gustav. Luego me pasé por los demás clubes preguntando por un hombre que les hubiera vendido una película Minette. Pero no obtuve ningún resultado.
»Sin duda muchos de ustedes estarán familiarizados con la frase Media vita in morte sumus. Creo que todos los detectives de homicidios llevan ese lema escrito en el forro del sombrero. Y seguro que alcanzan a oír el eco de ese sentimiento en un poema del gran poeta alemán Rilke, que tanto admiro, y que dice: “La muerte se alza inmensa, todos somos suyos, incluso nuestra alegre risa le pertenece, y en mitad del gozo de la vida, las lágrimas mortales son los más inmortales cantos”.**
Levanté la mirada en el momento en que Heinrich Müller, de la Gestapo sacaba una libreta y empezaba a tomar notas con una estilográfica de plata. Me pregunté si sería aficionado a Rilke igual que yo o si tendría alguna razón más siniestra para estar tomando notas. ¿Querría acordarse de enviar a unos matones suyos a mi piso de Fasanenstrasse por la mañana temprano para que me detuvieran? En tanto que policía, Müller tenía la aspereza de un cepillo de alambre: costaba trabajo creer que hiciera algo sin tener razones siniestras para ello.
—Puesto que los detectives de la Comisión de Homicidios viven más cerca de la muerte que cualquier otra persona, quizá sea natural que a menudo crean que los asesinos solo dejan de matar porque son detenidos o están muertos. Prácticamente todos los detectives de la Comisión de Homicidios que tomaron parte en la investigación inicial creyeron lo que querían creer: que el asesino había sucumbido a sus remordimientos y se había suicidado. Pero teniendo en cuenta que el asesino podía haber sido el hombre del bombín que le había vendido a Gustav la película Minette, ahora era igualmente posible que esta anterior explicación acerca de lo que había llevado al asesino a parar después del último asesinato Kuhlo, el de Lieschen Ulbrich, fuera errónea. Conque me pregunté qué otro motivo podía haber empujado al asesino a abandonar una actividad con la que parecía disfrutar mucho. ¿Le habría ocurrido alguna otra cosa al asesino del cable Kuhlo? ¿Algo lo había llevado a dejar de matar? Si no estaba muerto, ¿se había marchado quizá de Berlín? Remontándome a una larga lista de testigos con los que habían hablado, empecé a investigar los acontecimientos dramáticos acaecidos en la vida de cualquiera de esos hombres cinco años atrás que pudieran haber supuesto una traba para la carrera de un homicida motivado por el deseo sexual. Y al final elaboré una lista de posibles sospechosos, encabezada por el nombre de Fritz Gormann.
»A Gormann le habían concedido una Cruz de Hierro de segunda clase en 1917, tras servir como comandante de transporte ferroviario en un regimiento de artillería de campaña. Cojeaba de resultas de una herida sufrida en 1916. Como he mencionado, Gormann había sido sospechoso hasta que los detectives lo descartaron porque el cajero de banco, ahora director de banco, les había parecido demasiado apacible para matar a nadie. Era una estupidez porque su historial militar dejaba bien claro que Gormann tenía una medalla al valor en batalla.
»Posteriores investigaciones revelaron que la víspera de que su esposa cumpliera cuarenta años, en verano de 1923, Fritz Gormann fue a la joyería Braun, en el número 74 de Alte Jakobstrasse. El establecimiento había sufrido robos en dos ocasiones: en enero de 1912 y después en agosto de 1919. Aunque Gormann no lo sabía cuando fue a la joyería para comprarle a su mujer un broche, el establecimiento estaba siendo atracado por tercera vez en esos momentos. Gormann entró en la joyería y se encontró a Herr Braun, el propietario, muerto en el suelo, y a un hombre que avanzaba hacia él pistola en mano, pidiéndole el dinero que había llevado consigo para adquirir el broche. Gormann se negó y recibió un disparo, pero antes se las arregló para golpear al asesino con la cachiporra cargada de plomo que tenía Braun para defenderse. El ladrón fue posteriormente atrapado y ejecutado mientras Gormann pasaba seis meses recuperándose de la herida en el hospital Charité.
»Como consecuencia de la herida, perdió el uso del brazo derecho, cosa que, estarán de acuerdo conmigo, constituye una deficiencia considerable para un estrangulador. Y, reconociendo que su carrera de asesino sexual había tocado a su fin, Gormann vendió su estudio en Lichterfelde y volvió a ser un miembro respetable de la comunidad bancaria berlinesa. Parece increíble pero fue así de sencillo.
»La fotografía de Gormann como el héroe de Alte Jakobstrasse había aparecido en la prensa. Así pues, llevé esa foto al bar Hundegustav, donde el propio Gustav confirmó que Gormann era el hombre que le había vendido la película pornográfica Minette. Pero ¿era el asesino? Una cosa es vender una película erótica que incluye un asesinato real y otra que el vendedor sea necesariamente el asesino.
»Al día siguiente fui al Dresdner Bank, en el número 35 del lado sur de Behrenstrasse y Friedrichstrasse, para ver de más cerca a mi sospechoso. Seguía sin estar del todo convencido de que teníamos a nuestro hombre, y esa sensación se acentuó cuando, después de detenerlo, registramos su casa y no encontramos nada. Ni una lata de película. Ni un trozo de cable Kuhlo. Ni tejido de cortina que coincidiera con el trozo que teníamos. Nada. Y, como es natural, el propio Gormann lo negó todo. En la jefatura de policía berlinesa de Alexanderplatz empezaba a sentirme un poco idiota. De hecho, era peor que eso. Estaba lo suficientemente desanimado como para pensar que tal vez, después de todo, no tenía madera de detective. No tengo empacho en reconocer que estuve a punto de entregar mi placa allí en ese mismo instante.
»Esos momentos oscuros acechan a todo detective. Las sombras de las sombras, como a veces las imagino, cuando una cosa puede fácilmente tomarse por otra distinta. Cuando el mal se enmascara como bien y las mentiras parecen ser la verdad. Pero a veces, tras las sombras llega la luz.
»La experiencia enseña paciencia. Se aprende a confiar en las rutinas; en las costumbres; en la pericia de uno para hacer forzosamente varias cosas al mismo tiempo. A menudo creo que ser detective es un poco como ser la torre de control del tráfico en mitad de Potsdamer Platz en Berlín: no solo controla con sus semáforos el tráfico que viene en cinco direcciones distintas, sino que da la hora y, cuando hace mal tiempo, ofrece el refugio que tanta falta le hace al agente de tráfico.
»En Schlachtensee, el vecindario de Gormann, hablé con uno de sus vecinos que nos contó cómo varios años antes había visto a Gormann enterrar algo en el jardín. Eso no tiene nada de raro en Schlachtensee, al menos cuando un hombre tiene dos brazos, pero un manco enterrando un objeto en su jardín es quizá menos habitual, incluso en Berlín apenas diez años después de una guerra terrible que dejó a tanta gente mutilada. En resumidas cuentas, cabía suponer que un manco que entierra un objeto en el jardín quizá tenía algo importante que ocultar. Así que obtuvimos una orden judicial, lo desenterramos y descubrimos una caja envuelta en lona alquitranada que contenía varias docenas de latas de película.
»Gormann seguía negándolo todo. Al menos lo hizo hasta que descubrimos que en una de estas últimas películas aparecía él en varios fotogramas; gracias a esa prueba obtuvimos por fin una confesión completa y minuciosa. Nos lo contó todo, hasta el último detalle horrendo. Su modus operandi. Incluso su móvil: culpaba a una mujer de haberle instado a presentarse voluntario al ejército en 1914, cosa que, según dijo, lo dejó traumatizado de por vida. Y había vendido la película al bar Hundegustav para poder ver a una de sus víctimas cuando le apeteciera. Había planeado destruir el resto de las cintas. Tres meses después Gormann fue decapitado en la cárcel de Brandeburgo. Asistí a la ejecución, y no me complace en absoluto decirles que no murió con dignidad. Por cierto, si así lo desean, pueden ver la máscara mortuoria que hicieron de su cabeza cortada en nuestro museo de la policía de Alexanderplatz.
»El número exacto de las víctimas de Gormann no es fácil de calcular. Ni siquiera él mismo era capaz de recordar a cuántas había matado. Había destruido buena parte de su filmoteca después de vender el estudio. Asimismo, la década de Weimar fue una época en la que fueron habituales los denominados asesinatos lascivos, y un periodo en el que extraños asesinatos en serie ocupaban con regularidad las primeras páginas de los periódicos alemanes. Estos casos absorbían y horrorizaban a partes iguales al público alemán, y fue el colapso de la fibra moral del país lo que llevó a que muchos exigieran la restauración del orden público por medio de un gobierno nacionalsocialista. Esta clase de homicidios es mucho menos común hoy en día. De hecho, se puede decir con toda sinceridad que rara vez ocurren. Paul Ogorzow, el asesino del S-Bahn, cuyos crímenes aterraron a esta ciudad el año pasado, ni siquiera era alemán, era polaco, de Masuren.
Había mucho más acerca de la inferioridad racial de Paul Ogorzow: una explicación eugenésica de carácter simplista ofrecida por el secretario de Estado a la que no tenía intención de prestar mi voz. Además, Masuren formaba parte de Prusia Oriental, y Ogorzow, que se había criado hablando alemán, no era más eslavo que yo. En cambio, decidí terminar con una nota más personal y perspicaz, algo que, como una de las denominadas «tartas árbol» del famoso Café Buchwald, tenía distintas capas de significado que no resultaban evidentes de inmediato. Hablé improvisadamente, claro, lo que sin duda causó inquietud a Gutterer, pero también es verdad que nadie, ni siquiera el ministro de Propaganda, habría osado interrumpirme ahora delante de todos nuestros distinguidos invitados extranjeros.
—Caballeros, como detective no puedo afirmar haber aprendido gran cosa en mis veinte años de servicio. A decir verdad, cuanto mayor me hago, tengo la impresión de saber cada vez menos y ser más consciente de ello.
Un poco para mi sorpresa, Himmler empezó a asentir, aunque sabía con seguridad que aún no había cumplido los cuarenta y dos años y no parecía de los que reconocen su ignorancia acerca de nada. Nebe me había dicho que en el maletín de Himmler siempre había un ejemplar de un texto sagrado hinduista llamado Bhagavad Gita. Yo no suelo leer esa clase de cosas y no tenía muy claro que algo así hiciera de él un sabio, pero supongo que él lo creía así.
—Pero lo que sí sé con seguridad es lo siguiente: que son las personas normales como Fritz Gormann quienes cometen los crímenes más extraordinarios. Son las mujeres que interpretan un impromptu de Schubert al piano quienes envenenan el té, las madres abnegadas las que ahogan a todos sus hijos, los cajeros de banco y los vendedores de seguros quienes violan y estrangulan a sus clientes, y los jefes de exploradores los que masacran a su familia entera con un hacha. Estibadores, camioneros, maquinistas, camareros, farmacéuticos, maestros. Hombres de fiar. Gente discreta. Padres y maridos cariñosos. Los pilares de la comunidad. Ciudadanos respetables. Esos son sus asesinos modernos. Si me dieran cinco marcos por cada asesino que era un Fritz corriente, de esos que no le haría daño ni a una mosca, sería rico.
»La maldad no viene ataviada con vestido de noche y hablando con acento extranjero. No tiene una cicatriz en la cara y una sonrisa siniestra. Rara vez es propietaria de un castillo con un laboratorio en el desván, y no tiene las cejas unidas por el ceño y los dientes separados. El hecho es que resulta fácil reconocer a un hombre malvado a simple vista: tiene el mismo aspecto que ustedes o yo. Los asesinos no son nunca monstruos, rara vez son inhumanos y, según mi experiencia, casi siempre son vulgares, sosos, aburridos, banales. Lo que importa aquí es el factor humano. Como ha señalado el mismísimo Adolf Hitler, debemos reconocer que el Hombre es tan cruel como la propia Naturaleza. Así pues, quizá el Hombre de al lado sea la bestia ante la que más nos vale estar prevenidos. Por esa misma razón, tal vez sea también el Hombre de al lado el mejor preparado para atraparlo. Un hombre de lo más corriente como yo. Gracias y Heil Hitler.
Los hombres que estaban sentados justo delante de mí empezaron a aplaudir, probablemente aliviados de poder abandonar la sala sofocante y llena de humo para tomarse un café en la terraza. Otros ponentes que aún estaban por hablar —Albert Widmann, Paul Werner y Friedrich Panzinger— me miraron con una mezcla de envidia y desdén. Al desdén estaba acostumbrado, claro. Tal como me había recordado Nebe, mi carrera estaba estancada de manera permanente; no era más que fachada y no suponía una amenaza para nadie; pero ellos aún tenían que pasar por el calvario de sus conferencias y no tardaría mucho en enterarme de que había puesto el listón bastante alto. Tan pronto como me senté, Nebe profirió unos prolijos murmullos de aprecio desde el atril y recordó a todos que, modestamente, había eludido mencionar la condecoración de la policía que me fue otorgada por detener a Gormann y que era una persona valiosísima para todos los miembros de la Kripo en Werderscher Markt, lo que era nuevo para mí, porque nunca había cruzado la puerta del nuevo y elegante edificio de la policía en Werderscher Markt y, aparte de Nebe, no conocía apenas a nadie que trabajara allí. Lo que dijo fue muy parecido a unos elogios, pero para el caso podría haber estado pronunciando el panegírico del presidente Friedrich Ebert en las escaleras del Reichstag. Aun así, fue un detalle que se tomara la molestia; después de todo había quienes, como Panzinger y Widmann, se hubieran alegrado de verme camino del campo de concentración de Buchenwald.
** Del poema de Rilke Schlussstück.
8
—El general Schellenberg le felicita y le ruega que se reúna con él en la terraza. Hay alguien que tiene mucho interés en conocerle.
Estaba escondido en el invernadero junto a la fuente de mármol, fumando tranquilamente un cigarrillo lejos de todas las condecoraciones y hojas de coliflor que pululaban fuera. El hombre que se dirigía a mí era un comandante, pero los comandantes que trabajaban para Walter Schellenberg acostumbraban a aspirar a destinos más altos, y no me cupo duda de que las cuatro estrellas que ahora lucía en el cuello de la guerrera gris serían sustituidas en breve por hojas de coliflor de su propia cosecha. Rondaba los treinta y, según averigüé después, era un exabogado originario de algún lugar cercano a Hannover. Se llamaba Hans Wilhelm Eggen y era el oficial a quien había visto salir del despacho de Stiftung Nordhav en la primera planta.
Miré el cigarrillo que humeaba en mi mano. Era un Manoli y sabía mejor incluso que los que había robado anteriormente. Sin duda a alguien le había parecido importante causar buena impresión a todos nuestros invitados extranjeros y, según mi experiencia, no hay modo más efectivo de hacerlo en tiempos de guerra que ofreciendo buen tabaco para las pitilleras. La mía volvía a estar llena. Las cosas iban mejor. A este ritmo recuperaría mi tos de fumador en un dos por tres. Di otra calada y aplasté la colilla contra una losa de vidrio que hacía las veces de cenicero.
—Naturalmente, caballero —mentí—. Estaré encantado.
Mientras seguía al comandante Eggen hacia la terraza de la villa recé para que no estuvieran a punto de presentarme a ninguno de los que se conocía irónicamente como los tres grandes: Himmler, Kaltenbrunner y Müller. No creía que mis nervios estuvieran a la altura de una conversación con ninguno de ellos, no sin un crucifijo de plata en el bolsillo. Pero no tenía que haberme preocupado. Cuando salimos vi que Schellenberg estaba con el mismo oficial del ejército suizo que había visto salir del despacho de Nordhav en compañía del comandante Eggen. Había coincidido con Schellenberg en otra ocasión, en Prinz Albrechtstrasse cuando trabajaba codo con codo con Heydrich. Era atractivo y más suave que la ropa interior de seda de un mayordomo inglés y, desde la muerte de Heydrich, estaba a cargo del Departamento de Inteligencia Extranjera de la SD. La mayoría de la gente había supuesto que Schellenberg ocuparía el puesto de Heydrich cuando fuera asesinado, incluido el propio Schellenberg. Tenía capacidad suficiente para ello. Pero según se rumoreaba en el servicio de caballeros de la RSHA, Himmler creía que Schellenberg era demasiado inteligente para el puesto de Heydrich; y si el Reichsführer había preferido a Kaltenbrunner era solo porque buscaba a alguien más fácil de controlar, sobre todo si tenía buen brandy a mano y en abundancia.
El suizo le sacaba una cabeza a Schellenberg, más bien bajo, y era tan guapo como pagado de sí mismo. Por su porte pensé que igual era propietario de algún banco pequeño, pero, según averiguaría más tarde, solo le pertenecía un castillo grande. En términos generales, algo así suscita la misma actitud en plan «soy más que un privilegiado y a mí no hay quien me tosa». Calzaba unas botas que parecían lustradas por un óptico como Carl Zeiss, y las perneras de sus pantalones de montar tenían tales alerones que podrían haberle concedido permiso para despegar en el aeropuerto de Tempelhof. Llevaba la mano por dentro de la guerrera gris al estilo de Napoleón, aunque quizá estuviera sujetándose el palo de escoba que tenía por espinazo. Su sonrisa fue bastante genuina: supongo que se alegraba de verme.
—Le presento al capitán Paul Meyer-Schwertenbach —dijo Schellenberg—. De la policía militar suiza.
El suizo hizo una rígida inclinación.
—Capitán Gunther —dijo—. Es un honor.
—El capitán Meyer es un famoso novelista suizo —explicó Schellenberg—. Escribe historias de aventuras y misterio bajo el seudónimo de Wolf Schwertenbach.
—No leo muchas historias de detectives —reconocí—. Ni ninguna otra cosa, prácticamente. Es por la vista. No es tan buena como antes. Pero una vez conocí a un detective suizo. Al menos hablé con él varias veces por teléfono. Un tal Heinrich Rothmund.
—Actualmente Rothmund está al mando de la Policía Federal Suiza —dijo Meyer.
—Entonces ¿cómo es que no se encuentra aquí? —dije, mirando a mi alrededor.
—Iba a venir —repuso Schellenberg—. Pero me temo que no recibió a tiempo su visado.
—Eso lo explicaría —dije, aunque no explicaba en absoluto que a un mero capitán le hubieran concedido un visado para visitar Alemania antes que a un detective del calibre de Heinrich Rothmund—. Es una pena. Me habría gustado volver a hablar con él.
—He de confesar que soy un gran admirador suyo —dijo Meyer.
—Es toda una confesión, hoy por hoy.
—Como autor de novelas de misterio y como criminólogo. Antes que escritor fui abogado. Todos los abogados de Zúrich recuerdan haber leído acerca del famoso caso Gormann.
—Como he reconocido, tuve suerte. Bueno, casi. Tengo la impresión de que igual soy el único Fritz por aquí que no ha sido nunca abogado. —Miré de soslayo a Schellenberg—. ¿No cree, general?
—Sí, yo estudié Derecho.
—¿Comandante Eggen?
Eggen asintió.
—Culpable —reconoció.
—He disfrutado con su conferencia —dijo Meyer—. Mientras estoy en Berlín, me gustaría mucho hablar con usted en privado, capitán Gunther. Quizá pueda responder a las preguntas de un aficionado entusiasta. Con fines de documentación, ya me entiende.
—¿Está escribiendo otra novela?
—Siempre estoy escribiendo otra novela —aseguró.
—Eso está bien. En Alemania siempre hay sitio para otra novela, siempre y cuando sigamos quemándolas.
Schellenberg sonrió.
—El capitán Gunther es una rareza en la Oficina de Seguridad del Reich. Un hombre que deja mucho que desear como nazi, cosa que a veces nos parece sumamente divertida a los demás.
—¿Usted incluido, general? —Hacía tiempo que albergaba sospechas de que, al igual que Arthur Nebe, Walter Schellenberg era un nazi poco entusiasta y estaba más interesado en su propio beneficio y en medrar que en cualquier otra cosa.
—Es posible. Pero lo que ahora nos ocupa no es mi diversión, sino la del capitán Meyer.
—Tiene razón —me dijo Meyer—. Como autor, no tengo a menudo la oportunidad de averiguar dónde empieza y dónde acaba la inspiración de un detective de verdad.
Estaba pensando en unas cuantas preguntas que podía tener yo para el capitán; preguntas acerca de Stiftung Nordhav, quizá, o la empresa Campañas de Exportación S. L.
—No sé gran cosa acerca de la inspiración, capitán Meyer, pero estaré encantado de ayudarle en la medida de mis posibilidades. ¿Se aloja en Villa Minoux?
—No, en el hotel Adlon.
—Entonces está en muy buenas manos.
—¿Por qué no quedamos allí para tomar unas copas? —sugirió Schellenberg—. ¿Esta tarde? Seguro que tiene un rato para el capitán, Gunther.
—De hecho, tengo entradas para la Ópera Alemana —dijo Meyer—. El cazador furtivo, de Weber. Pero antes de la representación me va bien. O después.
—Cuando se trata de ópera alemana no hay después —señalé—. Solo existe el presente eterno. Además, la ópera está un poco lejos del Adlon como para llegar cómodamente a la subida del telón. Quizá sea mejor que quedemos en el Grand Hotel, en Knie.
—Gunther tiene razón —convino Schellenberg—. El Grand Hotel le resultará más práctico, Paul.
—¿Digamos a las seis? —preguntó el capitán Meyer.
Asentí; los hombres ya regresaban hacia la villa para la siguiente conferencia, pero antes de que empezara, el comandante Eggen me llevó aparte.
—Al general le gustaría que se ocupe especialmente del capitán Meyer y el teniente Leuthard.
—¿También es suizo?
—Sí. Es ese de ahí. —Eggen señaló con la cabeza en dirección a un hombre alto y joven con expresión adusta que sin duda se hubiera sentido en la Gestapo como en su casa—. Vaya al despacho del general en Berkaerstrasse y tome prestado un coche. Telefonearé de antemano para que le estén esperando. Vuelva aquí, llévelos al Grand Hotel a tomar unas copas, a la ópera y luego adonde quieran ir. Que se diviertan.
—¿En la Ópera Alemana? —sonreí—. No creo que tal cosa sea posible.
—Antes, durante el descanso, después. Luego llévelos al Adlon. Solo para tener la seguridad de que se queden contentos, ¿de acuerdo?
—Eso es mucho pedir, ¿no cree? Son suizos. Sobre todo ese joven. Tiene un aspecto de lo más suizo. Sería más fácil dejar contento a un reloj.
—Es posible. Pero ahora mismo, tiene en sus manos el entusiasmo del capitán Meyer, y todo aquello que quiera el capitán Meyer debe tenerlo a su alcance. ¿Entendido?
Me alargó un puñado de billetes y unos cupones de comida y bebida.
—Seguro que es usted quien se encargó de que hoy hubiera tabaco de sobra —comenté.
—¿Cómo dice?
—Perdone que se lo pregunte, señor, pero ¿quién demonios es usted? ¿Para quién trabajaba exactamente? ¿La Inteligencia Extranjera? ¿Stiftung Nordhav? Con semejante manicura, seguro que no es policía. Fue el general Nebe quien me pidió que estuviera presente hoy. Estoy convencido de que no le haría ninguna gracia que me largase de la granja antes de que hayamos terminado de recoger el heno y me vaya a la ciudad como me pide usted. No es de buena educación pronunciar una conferencia y luego irse antes de que mis colegas hayan tenido ocasión de subir al estrado.
—Trabajo para el Ministerio de Asuntos Económicos del Reich —explicó—. Y si lo soluciono con Nebe, ¿cumplirá el encargo del general Schellenberg?
—Bueno, lamento profundamente ausentarme de este congreso sobre el crimen. Por lo general, se me da bastante bien disimular el aburrimiento. Pero si Nebe no tiene inconveniente, por mí de acuerdo. A decir verdad, ya he oído bastantes chorradas por hoy. ¡Ya sé! Puedo llevarlo a un par de librerías a ver si encontramos algún libro suyo. La librería de Marga Schoeller, por ejemplo. Supongo que, siendo escritor, le gustará.
La librería de Marga Schoeller, en Ku’damm, era la única de Berlín que seguía rehusando vender literatura nazi.
—Me da igual adónde lo lleve, siempre y cuando se divierta. ¿Entendido?
Media hora después caminaba de nuevo por Am Grosser Wannsee, solo que esta vez con paso más animoso. A decir verdad, me alegraba de abandonar Villa Minoux, aunque supusiera perderme el almuerzo de huevos a la mostaza y pezuñas de cerdo con puré de guisantes, por no hablar de más tabaco gratis. La idea de encontrarme con Himmler por segunda vez era demasiado abrumadora: mis espinillas no lo hubieran soportado. La sonrisa en los labios me duró exactamente cien metros, hasta que pasé por delante de la Escuela de Horticultura de las SS, donde tres jóvenes desnutridos se afanaban al sol con rastrillos y azadas. Me acerqué a la verja de hierro forjado y observé cómo trabajaban. Eso también se me da bien. Pero la jardinería nunca me había gustado mucho, ni siquiera cuando tenía una jardinera bien surtida en el balcón del cuarto de estar, del tamaño de un sarcófago. Solo se me quedan los dedos verdes cuando los sumerjo en una Berliner Weisse con jarabe de aspérula, conocida como el champán del norte. Ninguno de los tres levantaba la vista. Ni siquiera para enjugarse el ceño, y el cielo azul bien podría haber sido gris, a juzgar por el interés que tenían en contemplarlo.
No parecía haber nadie de uniforme montando guardia, así que llamé con un silbido a uno de los hombres que, al ver mi uniforme, se acercó a paso ligero a la verja, se quitó la gorra e inclinó la cabeza, como si alguien de las SS le hubiera enseñado esa pequeña demostración de respeto con la puntera de una bota y el extremo de una fusta. Al acercarse me di cuenta de que era poco más que un muchacho de quince o dieciséis años.
—¿Judío?
—Sí, señor.
—¿De Berlín?
—Sí, señor.
—¿Qué hacías, muchacho? Quiero decir, antes de que te encargaran un trabajo tan vital para tu país en tiempo de guerra.
—Estudiaba bachillerato —dijo.
—¿En qué centro?
—La Escuela Judía, en Kaiser-Strasse.
—La conozco. Antes la conocía muy bien. —Tragué saliva con dificultad y, sacando el puño del bolsillo del pantalón, lo metí por entre las rejas de hierro forjado—. Cógelos, rápido —dije—. Antes de que alguien te vea.
Miró con perplejidad los billetes y los cigarrillos que le dejé en la mano y se los embolsó de inmediato. Demasiado sorprendido para darme las gracias, se quedó ahí plantado con la gorra en la mano huesuda, sudando de incomodidad, con los ojos hundidos como catacumbas medio vacías.
—Un título de bachiller no sirve de gran cosa hoy en día si acabas vistiendo un uniforme como este. Te lo aseguro, muchacho. Al menos tú puedes oler el aroma de esas flores tan bonitas. No como yo, que tengo que pasarme el día oliendo mierda. Y a veces también me la tengo que comer.
9
Tomé el S-Bahn en dirección norte hasta la estación de Grunewald y caminé hacia el sudoeste por Fontanestrasse hasta Hohenzollerndamm. El Departamento Seis de la RSHA estaba ubicado en un moderno edificio de cuatro plantas en Berkaer Strasse que más parecía un bloque de pisos que la sede del Servicio de Inteligencia Extranjera, ya que tan solo tenía un asta de bandera en la azotea y unos cuantos coches oficiales aparcados delante de la fachada curva como indicio de que era de algún modo distinto de las tranquilas casas residenciales de ladrillo y cemento que lo rodeaban. A menos que la Inteligencia Extranjera de la SD se hubiera dirigido desde la parte trasera de algún teatrillo de las afueras, el número 22 no podría haber sido más anónimo y discreto, y marcaba un fuerte contraste con la clase de edificios grandiosos e intimidantes por los que tenían preferencia los siniestros expertos de Schellenberg. Si un alemán no se molesta en alardear es porque tiene mucho que esconder, así que al acercarme a la modesta entrada sin vigilancia lo que hice fue preguntarme cómo se las habría apañado Schellenberg para no servir en alguno de los sanguinarios grupos de operaciones de Heydrich. Eso también era ingenioso. Tenía que reconocérselo a Walter Schellenberg; por lo visto fingir que era nazi se le daba incluso mejor que a mí.
Un capitán de la SD llamado Horst Janssen bajó a recepción para darme las llaves de uno de los coches aparcados a la entrada.
—Qué sitio tan bonito —observé mientras lo seguía afuera.
—Antes era una residencia para ancianos judíos —dijo sin el menor sonrojo. También es verdad que acababa de volver de Kiev, donde probablemente habría hecho algo más horrendo que dejar a unos cuantos ancianos en la calle (se veía en sus ojos azules), ese tipo de cosas que la gente como Schellenberg y yo habíamos logrado esquivar tan limpiamente. Un congreso internacional sobre el crimen puede surtir el efecto de aguzar el instinto de esa manera.
—Por eso hay tanta tranquilidad por aquí —comenté.
—Sí, ahora están todos en el gueto de Lublin —repuso Janssen, que me lanzó las llaves—. Ese de ahí —dijo señalando un Mercedes 170.
—¿Tiene combustible?
—Claro que tenemos combustible. Para eso invadimos el Cáucaso.
—Vaya, un humorista. ¿Qué tal es trabajar para él? Para Schellenberg.
—Está bien.
—¿Dónde vive? Por aquí, supongo. En alguna villa grande y elegante, como la de Heydrich en Schlachtensee.
—Qué va. Nuestro general es un hombre muy modesto. Oiga, ¿puede llevarme hasta la zona occidental?
—Claro. ¿Adónde en concreto?
—Al tribunal militar de Charlottenburg —dijo—. Soy testigo en un juicio.
—¿Ah, sí?
—Un hombre de las SS acusado de cobardía.
—Seguro que eso no va a durar mucho.
Pero Janssen no era muy locuaz. No dijo nada respecto del juicio y, a menos que le hiciera alguna pregunta directa acerca de Schellenberg o Stiftung Nordhav, supuse que no iba a sacarle más.
Dejé a Janssen delante de los juzgados de Witzlebenstrasse, un par de manzanas al sur de la Ópera Alemana, y pasé el resto de la mañana y buena parte de la tarde callejeando por Berlín. Hacía tiempo que no tenía oportunidad de conducir por la ciudad sin ningún destino concreto, aunque sí que debía acudir a una cita; pero es la manera más agradable de ver cualquier ciudad: me refiero a cuando tendrías que estar haciendo otra cosa. El placer robado es lo mejor que hay.
En torno a las cinco regresé a la villa. En el salón principal estaban ocupados escuchando a alguien que interpretaba un largo monólogo acerca de las labores policiales modernas, y aproveché la distracción para subir a echar otro vistazo a la oficina de Stiftung Nordhav. Evidentemente, la puerta seguía cerrada, pero me bastó con asomarme fuera para ver que si salía a la galería curva que ocupaba el espacio encima de la entrada de estilo neogriego podía acceder a través de la ventana de la tercera planta. Un par de minutos después estaba sentado a una mesita de madera y registraba los cajones en busca de algo jugoso relativo a la venta de Villa Minoux que pudiera ofrecer al doctor Heckholz y a su encantadora cliente, Frau Minoux.
Había muchos expedientes sobre la IKPK, de los que no hice apenas caso, salvo para reparar en que la Comisión Internacional de la Policía Criminal*** ya no formaba parte activa de la Gestapo. Y había abundante correspondencia entre Campañas de Exportación S. L. —que resultó ser propiedad del comandante Eggen— y una compañía con sede en Zúrich llamada Sindicato Maderero Suizo, algunas de cuyas misivas las había firmado Paul Meyer. Había también numerosos documentos que se referían a un acuerdo, negociado por el Ministerio de Asuntos Económicos, entre una empresa del gobierno llamada Guerra y Municiones Alemanas S. A. y la Compañía Luchsinger de Zúrich, a fin de suministrar a los suizos doscientas setenta y cinco ametralladoras y doscientas mil balas. Pero no había ningún documento concerniente a la venta de Villa Minoux a Stiftung Nordhav. Ni siquiera un mohoso título de propiedad.
Al volver ahora la vista atrás, me parece increíble que tuviera tanta información importante en mis manos y no se me ocurriera hacer nada con ella porque no tenía nada que ver con la villa. Pero ese era el encargo que me habían hecho Heckholz y Frau Minoux, después de todo. ¿Cómo iba a saber que, mucho más adelante, el Sindicato Maderero Suizo resultaría tener tanta importancia? En eso estriba el oficio de detective. Si tuviera que pronunciar ese estúpido discurso otra vez tal vez añadiría que a veces el trabajo es un poco como relacionarse con una mujer preciosa de la que estás enamorado: no sabes lo que tienes hasta que lo has perdido.
Volví abajo, cogí unos cuantos cigarrillos más y me serví una buena copa de schnapps de una botella depositada sobre una bandeja de plata en la biblioteca: era del mejor, elaborado con la mejor fruta, en este caso peras, y probablemente austríaco, como suele serlo el mejor schnapps, que es igual que comer la pera más deliciosa que has degustado solo para descubrir que era una maravillosa pera mágica cuyo efecto se extiende más allá de la boca hasta llegar al último rincón del cuerpo humano, como el hechizo de una bruja buena. Me serví otra copa enseguida y noté cómo se propagaba por mi rostro una sonrisa igual que una nube que se apartara del sol. La botella era demasiado buena para dejarla a la vista en un lugar así. Si había algo que mereciera la pena rescatar de las garras de los nazis, era esa botella.
La última conferencia de la jornada había concluido y los delegados empezaban a salir del salón principal. Me eché el schnapps al coleto y, después de un buen rato de cháchara, llevé al capitán Meyer y a su lúgubre acompañante al coche.
—Me temo que todo ha ido cuesta abajo después de marcharse usted —aseguró Meyer—. Ha sido sumamente aburrido.
—Lo lamento.
—No tengo empacho en decirle que llevo todo el día pensando en volver a verle.
Había estado ensayando mi sonrisa y se la ofrecí al tiempo que abría la portezuela del coche.
—Pero siempre me alegra volver a Berlín —añadió en tono cortés.
—¿Y a usted, teniente…?
—Leuthard —dijo el hombre sin entusiasmo.
—¿Lo está pasando bien en Berlín?
—No —respondió—. Nunca me ha gustado mucho. Y ahora me gusta menos aún.
El capitán Meyer se echó a reír.
—Ueli no tiene pelos en la lengua, por lo general.
—Eso no es recomendable en Berlín.
Fuimos en dirección norte por la antigua autopista AVUS y luego hacia el este hasta Bismarckstrasse donde, delante del Grand Hotel am Knie, aparqué el coche y luego indiqué a los dos suizos que entraran.
—¿Vamos?
El teniente Leuthard contempló con gesto acre la alta fachada del hotel con los campanarios idénticos y el empinado tejado holandés a dos aguas, encendió un pitillo y miró su reloj de pulsera. Tomé nota mental del tamaño de sus manos y sus hombros, y decidí no enzarzarme en ninguna clase de discusión con él. Quizá fuera suizo, pero no parecía uno de esos hombres en cuya neutralidad se pueda confiar.
—¿Es mejor hotel que el Adlon? —preguntó.
—No. En mi opinión, no.
—¿Por qué lo dice?
—Antes de la guerra, trabajé en el Adlon —dije.
—Mi padre está en el negocio de la hostelería —comentó—. Yo me he planteado dedicarme a eso también. Después de la guerra.
—Con sus aptitudes diplomáticas, seguro que tendrá éxito.
Leuthard esbozó una especie de sonrisa paciente.
—Si me perdona —dijo—, ya he oído bastante palabrería por hoy. Voy a dar una vuelta para estirar las piernas. Les veré dentro de una hora en el vestíbulo de la Ópera, capitán. Señor… —Se caló el quepis y se fue hacia el este por Berliner Strasse, en dirección al Tiergarten.
—Lo siento —se disculpó Meyer—. Ueli tiene un carácter difícil, por no decir otra cosa. Es un poco impulsivo, a decir verdad. Pero creo que es buen policía.
Nos sentamos ante la entrada del hotel bajo el amplio entoldado que cubría el bar al aire libre y pedimos unas cervezas, por las que me vi obligado a disculparme de antemano.
—La buena cerveza escasea —dije.
—Las cosas están igual de mal en Suiza, se lo aseguro. Somos un país sin acceso al mar, como bien sabe, y dependemos por completo para nuestra supervivencia de la buena voluntad de Alemania, que no es fácil que continúe, teniendo en cuenta ciertos acontecimientos recientes.
Me encogí de hombros, ajeno a qué acontecimientos recientes podía estar refiriéndose.
—Me refiero a Maurice Bavaud —explicó Meyer—. El estudiante de teología suizo que intentó matar a Hitler en 1938. Fue ejecutado el año pasado.
Volví a encogerme de hombros.
—Por lo que a mí respecta, no voy a echarles en cara una minucia semejante.
Meyer dejó escapar una risilla.
—Schellenberg tenía razón. Es usted un detective excelente, pero deja mucho que desear como nazi. Me pregunto cómo ha conseguido seguir con vida tanto tiempo.
—Esto es Berlín. La mayoría de la gente ni se da cuenta cuando insultas a un crío. No solo nos odia el teniente Leuthard. Nuestros gobernantes también. Ha sido así desde los tiempos de Bismarck. Somos constitucionalmente ingobernables. Un poco como la turba de París, pero con mujeres más feas.
Rio.
—Es usted un hombre de lo más divertido. Seguro que a mi esposa, Patrizia, le encantaría conocerle. Si alguna vez pasa por Suiza, tiene que venir a vernos.
Me tendió una tarjetita rígida con más apellidos y direcciones que un estafador maltés.
—Claro. Voy a menudo. De hecho, mis banqueros suizos creen que debería mudarme allí de manera permanente. Pero me gusta esto. Está nuestro famoso aire, para empezar. Lo echaría de menos. Por no hablar de las libertades que tanto nos ha costado conquistar.
—No, en serio —insistió—. Hay un antiguo caso de asesinato que me tiene atrapado desde hace tiempo. Ocurrió en un lugar llamado Rapperswil. Una mujer fue hallada muerta en una embarcación hundida. El detective de allí es amigo mío. Seguro que le encantaría contar con su perspicacia. Nos encantaría a ambos.
—La única observación perspicaz que puedo ofrecerle ahora mismo es que celebrar una conferencia internacional sobre el crimen en Alemania es como si los godos y los vándalos ofrecieran sugerencias acerca del mejor modo de combatir los delitos contra la propiedad durante el saqueo de Roma. Pero sin duda sería bochornoso que fuera a Suiza solo para decirles algo así.
Llegaron las cervezas, que estaban mejor de lo que esperaba. Aunque eran muy caras.
—¿De veras es escritor? —pregunté.
—Claro. ¿Por qué lo pregunta?
—No había conocido nunca a un escritor. Y menos a uno que fuera policía.
Meyer le restó importancia:
—A mí me interesa más la perspectiva inteligente de las cosas —explicó.
—Eso explica por qué conoce a Schellenberg. Tiene inteligencia de sobras, quizá la suficiente para sobrevivir a la guerra. Ya veremos.
—Le aprecio. Y él parece apreciarme.
—¿Cómo se conocieron?
—En Bucarest. En la Asamblea General de la IKPK en 1938, en la cual se planteó la propuesta de trasladar la sede de la IKPK de Viena a Ginebra. Schellenberg estaba plenamente a favor de ello. O al menos lo estaba hasta que su general Heydrich cambió de opinión por él.
—Podía ser muy convincente cuando quería.
—Según Schellenberg, fue Heydrich quien volvió a destinarlo a la Kripo, ¿no? Después de cinco años pasando frío.
—Sí. Pero no hacía tanto frío. O al menos a mí no me lo parecía.
—Schelli dice que se cometieron unos asesinatos que él quería que usted resolviera. En 1938. De unas chicas judías.
—En esta ciudad han sido asesinados muchos judíos.
—Ya sabe a cuáles me refiero. Fueron justo antes de la tristemente famosa Noche de los Cristales Rotos, ¿verdad?
Asentí.
—¿Por qué no me habla de ellos?
—De acuerdo.
Meyer sacó una libreta y un lápiz del bolsillo de la guerrera.
—¿Le importa?
—No, no, adelante. Solo que más le vale esperar a que haya muerto para escribir al respecto. O mejor aún, más le vale esperar a que aparezca otro estudiante de teología con una pistola en la mano.
Hablamos durante unos cuarenta minutos y luego lo llevé por Bismarckstrasse hasta la Ópera Alemana, donde Leuthard ya esperaba fuera, con un aire aún más canallesco que antes. A nadie le hubiera sorprendido verlo formando parte de una ópera —las de Wagner están llenas de matones con espadas y alas en el casco—, pero que asistiera como público era harina de otro costal. Tenía briznas de hierba en la espalda de la guerrera, como si hubiera estado tumbado en el Tiergarten. Se acercó hacia mí con algo parecido a una sonrisa en la cara y un programa en la mano, pero para el caso era como si hubiera llevado un arma.
—¿Qué ha estado haciendo? —preguntó Meyer.
—No mucho —respondió Leuthard—. Tumbarme al sol y dormir un rato.
—Nos veremos en el hotel después del espectáculo —dije—. Y luego podemos ir a cenar. O les llevaré de vuelta al Adlon. Las dos cosas, si lo prefieren.
—Seguro que queda alguna entrada —sugirió Meyer.
—Si algo tiene de bueno la ópera es la música. Es una pena que tarden tantísimo en interpretarla.
—¿Qué va a hacer?
—No se preocupe por mí. No vivo muy lejos de aquí.
—¿Sabe qué? Me gustaría ver la casa de un auténtico detective de Berlín.
—No, no lo creo. No hay un laboratorio de química, ni una zapatilla persa donde guarde el tabaco. Ni siquiera tengo violín. Es una vivienda tan corriente que horrorizaría a un escritor. Es posible que del chasco no consiguiera volver a escribir ni una palabra. Además, ahora mismo no recibimos visitas, debido a que estamos esperando un nuevo libro de huéspedes de Liebmann.
—Bueno, pues entonces el Alex. Me encantaría echar un vistazo al famoso Alex.
—Schellenberg se encargará de organizarlo. Y ahora me voy a casa. Nos veremos aquí a las diez en punto.
Volví andando hacia el Grand Hotel, pero no fui a casa. No tenía intención de ir a casa. Justo a la vuelta de la esquina estaban los baños municipales donde, dos noches por semana, Kirsten Handlöser —la maestra que había conocido en un bote en el lago Wannsee— iba a nadar. Al menos eso me había dicho. Con las mujeres nunca se sabe. Lo que te dicen y lo que no te dicen es un puente larguísimo que cruza un río muy ancho con toda clase de peces.
Los baños estaban en un gran edificio de obra vista con delfines de cerámica en la pared. En el interior había un espléndido tejado de vidrio encima de una piscina de unos treinta por cuarenta metros, y sobre el reloj en el extremo norte había un imponente mural que representaba un idilio a la orilla del lago: un par de garzas reales miraban cómo un hombre con barba y toga roja intentaba captar la atención de una chica desnuda sentada en un pequeño montículo cubierto de hierba. Daba la impresión de estar indecisa respecto de lo que él sugería, fuera lo que fuese, pero desde donde yo estaba sentado, ya parecía muy tarde para que ella cambiara de parecer sobre nada, salvo quizá sobre qué autobús tomaría de regreso a casa.
Rodeé a paso rápido la piscina pero Kirsten no estaba y desde luego yo no tenía el menor deseo de nadar. Mojarme por dentro parecía mucho más apetecible. Recordé que el doctor Heckholz había alardeado de tener un schnapps excelente. Su despacho no quedaba muy lejos, en Bedeuten Strasse, y aún no era demasiado tarde para no encontrar a un abogado trabajador en su bufete. Además, tenía noticias para él sobre Stiftung Nordhav, que consistían en que había llevado la investigación hasta donde había podido sin buscarme problemas.
Enfilé Wallstrasse y, de manera instintiva, miré si las luces del bufete de Heckholz estaban encendidas. No tenían por qué estarlo, pues era aún de día; y no lo hubieran estado tampoco de noche porque, de haber anochecido, habría reinado la oscuridad en prevención de los bombardeos, pero las viejas costumbres perduran hasta la sepultura. Así pues, llamé al timbre y esperé, y al no obtener respuesta, llamé a todos los timbres, cosa que rara vez da resultado, pero esta vez sí lo dio.
Había ascensor, pero al igual que en mi anterior visita, subí por las escaleras de mármol blanco al tercer piso y recorrí el pasillo bien pulido hasta la puerta de vidrio esmerilado, que, como la otra vez, estaba entreabierta, solo que en esta ocasión el doctor Heckholz no me esperaba. No esperaba a nadie. Ya no. Estaba tendido en el suelo como si quisiera escuchar lo que decía alguien en la oficina del piso inferior. Pero no habría podido oír nada ni a nadie porque estaba muerto. No habría parecido más difunto ni aunque hubiese estado tirado en una trinchera de Verdún con un balazo en la cabeza.
*** A partir de 1956, la IKPK pasaría a ser conocida como INTERPOL.
10
El charco de sangre en el suelo de madera blanca quedaba justo debajo del huevo cascado que era el cráneo del abogado muerto, y tenía el tamaño de una rueda de bicicleta. Se le veían los sesos debajo de la sangre y el hueso. Me pareció evidente que alguien le había golpeado muy fuerte, varias veces, con el busto de bronce de Hitler que había visto anteriormente en la mesa del abogado y ahora estaba tirado en el suelo. Había sangre en el solemne rostro de Hitler y finas hebras de pelo del doctor Heckholz en la cabeza del Führer. Casi me eché a reír al imaginarme contándoles a los polis de la jefatura de Berlín-Charlottenburg que la víctima había sido asesinada por Hitler. En cambio, me serví un poco de schnapps de una botella en una bandeja de plata junto a la ventana. Mis huellas ya estaban en las manillas de las puertas y el tablero de la mesa de todos modos, conque no tenía importancia que estuvieran también en la copa. Además, si no puedes servirte un trago cuando tienes delante a un hombre con la cabeza machacada, no veo motivo para haber inventado el alcohol. Y Heckholz estaba en lo cierto: era un schnapps excelente, al menos tan bueno como el que había tomado en Villa Minoux. Me serví otro. Había schnapps en abundancia, solo que estaba vez no tenía muchos motivos para sonreír.
Eché otro vistazo al cadáver, ahora de más cerca. Había una cantidad enorme de sangre. Uno siempre olvida cuánta hay en el interior de un hombre adulto, sobre todo en la cabeza. Nunca se olvida la primera vez que se ve a un hombre recibir un tiro en la cabeza, y menos aún si lo dispara uno mismo. A veces da la impresión de que brota de una persona una suerte de fuente natural de color rojo; y así es, claro, solo que esa fuente natural es su vida. Y una vez empieza a brotar es muy difícil restañarla. La mano derecha de Heckholz, junto a su rostro, estaba rodeada de esa sustancia, y parecía que había untado el dedo en su propia sangre y lo había usado para escribir algo —quizá la identidad de su asesino—, pero fuera lo que fuese, no atiné a descifrarlo. Me agaché para tocar el charco de sangre y con interés científico la froté entre dos dedos: todavía estaba bastante viscosa, como si el pobre Heckholz no llevara muerto mucho tiempo.
Le saqué el pañuelo del bolsillo de la pechera del traje y me limpié las manos. Una cadena de llavero salía del bolsillo de su pantalón como el cuerpo de una serpiente dorada, pero no había ninguna llave en el extremo; estaba en la caja fuerte, abierta de par en par como la guarida de Alí Babá, y de inmediato confirmé que el móvil del asesinato no había sido el robo. Lo que faltaba de la caja, fuera lo que fuese, no era dinero, porque en el estante superior había varios fajos de billetes como los que me había enviado al Alex. Cogí los doscientos marcos que me había prometido y dejé el resto para los chicos de Homicidios de la comisaría local, que estaba a la vuelta de la esquina en Bismarckstrasse. Probablemente la construyeron allí por si tenían problemas con el público de la Ópera Alemana. Los aficionados a la ópera y el ballet eran gente de armas tomar, como seguramente habría confirmado Nijinsky.
Un rato después me senté en la sala de reuniones donde, unos días antes, había comido aquellas deliciosas tortitas. Tenía mucho en lo que pensar. Iba a tener que notificarlo a la policía, claro. La cuestión era si iba a involucrar o no a Frau Minoux en todo eso. En el caso de que lo hiciera, quizá saldría a la luz mi implicación en el soborno de Arthur Müller, el detective privado contratado por la Compañía de Gas de Berlín para espiarla y comprobar si tenía en su poder alguna propiedad de su marido que pudieran reclamarle. De ser así, Müller iría a la cárcel, y yo también; Frau Minoux iría asimismo a prisión, si alguno de los dos decidía declarar contra ella. No veía razón para hacer nada de eso. Además, supuse que ya tenía bastantes quebraderos de cabeza con un marido entre rejas en Brandeburgo. Decir lo menos posible parecía con mucho la mejor opción; siempre era la mejor opción, con los nazis en el poder.
Fui a la vuelta de la esquina, a la comisaría de Kaiser-Strasse —una versión más pequeña del Alex— y una media hora después volví con un par de detectives de paisano, de los que solo conocía a uno. El comisario Friedrich Heimenz era un hombre entrado en años con pipa y ademanes tan deliberados como un movimiento de ajedrez, de los que se servía para disimular que no tenía prácticamente ni idea de cómo ser un buen detective, y mucho menos de investigar un homicidio. Antes de aceptar el ascenso en Charlottenburg había sido inspector en la estación de Grunewald, y la última vez que lo vi fue cuando ambos investigábamos la muerte del as de la aviación Ernst Udet. Supuse que el ascenso era una recompensa por dar su consentimiento a la ficción de que la muerte de Udet había sido suicidio y no un asesinato. Era un hombre pequeño con manos pequeñas y tenía todo el aspecto de que acabara de fregar los platos. Ya de entrada dio a entender que esperaba que yo le sacara las castañas del fuego, y que ya hubiera dejado bien despejado el camino para que él no tropezara en la negrura que imperaba en su mente.
—Supongo que querrá ocuparse usted del caso, Herr comisario —dijo.
—¿Yo? ¿Qué le ha hecho pensar eso? Es su jurisdicción, no la mía. Ni siquiera estoy de servicio.
—Aun así, usted tiene más experiencia.
—Es posible que haya encontrado el cadáver, pero sigo sin tener buen trato con los chicos de Homicidios de Werderscher Markt. Además, no estaría bien. No puedo decir que conociera a este hombre, exactamente, pero me envió una carta invitándome a su bufete. Y hablamos por teléfono. Eso fue ayer, y ahora aquí estoy, como testigo potencial.
Le entregué la carta sin fecha que me había enviado Heckholz al Alex y cinco de los billetes de Durero que había cogido de la caja fuerte. Pero me guardé el sobre con el matasellos.
—¿Quién sabe? —añadí en tono provocador—. Igual hasta soy sospechoso.
Heimenz leyó la carta y asintió.
—¿Te dijo de qué quería hablar?
—Dijo que quería hacerme una propuesta y que me daría otros cien si acudía.
—¿Nada más?
—Nada más.
Heimenz asintió y blandió el dinero que le había dado.
—Voy a tener que quedarme esto una temporada —dijo—. Como prueba.
—Adelante.
—Se le extenderá un recibo, naturalmente.
Empezaba a oscurecer. El otro detective, un sargento igual de viejo —los polis más jóvenes iban de uniforme—, encendió una lámpara distraídamente, con la vana esperanza de que iluminara sus prosaicos pensamientos.
—Yo que usted no lo haría —le advertí—. Se le echará encima el RLB.
El RLB era el Cuerpo de Protección Antiaérea.
—Claro —dijo, y volvió a apagar la luz.
Heimenz miró el cadáver con evidente desagrado antes de sacar un pañuelo y llevárselo a la boca como si fuera a vomitar. Luego se apartó y abrió una ventana.
—Qué horror —susurró—. Es increíble que pueda haber tanta sangre.
—Sí —dije—. Hay tanta que supongo que se ha filtrado por las tablas del suelo. Mañana por la mañana el techo de la oficina de abajo parecerá el as de diamantes. O el as de corazones.
—Es la sala de espera de un dentista —informó el sargento.
—Así tendrán algo en lo que pensar mientras esperan a que les saquen los dientes —señalé.
Heimenz no mencionó la posibilidad de que Heckholz hubiera intentado escribir algo con su propia sangre, ni yo tampoco. Me hizo unas preguntas más y un rato después miré el reloj y le dije que tenía que irme.
—Estaré en el Alex si me necesita —dije—. En el turno de noche.
Los Schupos habían acordonado la entrada del edificio en Bedeuten Strasse y algunos vecinos habían salido de sus madrigueras para saber a qué venía tanto alboroto. Sentí deseos de decirles que no era más que un cadáver: había decenas de miles por ahí si uno sabía dónde buscarlos.
Regresé a pie a la ópera. En el interior se oían aplausos. La gente empezó a salir del auditorio. Parecían contentos de que se hubiera acabado la representación, pero nadie tanto como el teniente Leuthard. Tenía las manos en los riñones y bostezaba.
—¿Ha disfrutado?
—Ni lo más mínimo —respondió—. Para ser sincero, no recuerdo haberme aburrido nunca tanto.
—Se ha pasado todo el tercer acto dormido —señaló Meyer.
—Dios, necesito echar un trago —exclamó Leuthard.
—Yo también —convine—. Vamos. Resulta que conozco el mejor bar del Tiergarten.
Los llevé en coche a un lugar del Neuer See donde había un café al aire libre y muchas barcas.
—He estado aquí antes —dijo el teniente Leuthard—. No tenían nada de beber. Ni siquiera con cupones.
—Ya he pensado en ello —dije, y saqué de la guantera la botella de schnapps de pera y tres vasos.
Nos sentamos a una mesa y llené los tres vasos. Meyer levantó uno, miró las SS grabadas en el cristal y sonrió.
—¿Los ha robado? ¿De Villa Minoux?
—Claro que los he robado. Lo que me recuerda otro consejillo valioso para su libreta, capitán Meyer. Un buen detective tiene que ser siempre honrado, pero no más honrado de la cuenta. No demasiado honrado, por su propio bien. Ni tampoco demasiado curioso. Hay cosas que más vale no saber. Eso lo sé sin lugar a dudas. Y puede ponerlo en su siguiente libro.
Pulsuz fraqment bitdi.