Kitabı oxu: «Plegarias»
Título original: Prayer
© Thynker Ltd, 2013.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2020.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO684
ISBN: 9788491876342
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PRÓLOGO
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
NOTA DEL AUTOR
AGRADECIMIENOS
KERR PHILIP. BERNIE GUNTHER
KERR PHILIP. SCOTT MANSON
OTROS TÍTULOS DE PHILIP KERR EN RBA
PARA NICHOLAS B. SCOTT, UN AUTÉNTICO ESCOCÉS
Y UN AMIGO DE VERDAD
El rezo no es el entretenimiento ocioso de las ancianas. Debidamente entendido y utilizado, es la herramienta más poderosa.
MAHATMA GANDHI
Cuando los dioses nos quieren castigar, atienden nuestras plegarias.
OSCAR WILDE
La ira de Dios yace dormida. Se ocultó un millón de años antes de que aparecieran los hombres y solo los hombres tienen el poder de despertarla.
CORMAC MCCARTHY, Meridiano de sangre
PRÓLOGO
CATEDRAL DE SAN ANDRÉS, GLASGOW,
ESCOCIA; 5 DE ABRIL DE 1988
Hacía un día frío y luminoso, pero, como si estuviéramos a mediados de verano, había renunciado a mi ropa gris habitual de lana de oveja y franela gruesa y me había vestido de algodón blanco para la inocencia como todos los demás niños en la catedral.
Estaba temblando, pero no solo por la gélida temperatura de San Andrés; también temblaba porque albergaba un pecado mortal en el corazón, o eso me imaginaba.
El interior de piedra gris se elevaba sobre mi cabeza pulcramente peinada igual que la sala de un antiguo castillo y el aire olía a velas e incienso. Mientras sonaba el órgano de la iglesia y las tenues voces del coro mascullaban palabras extrañas que quizá fueran en latín, enfilé a paso lento y respetuoso el pasillo central hacia el obispo de las dimensiones del fraile Tuck de Robin Hood con las palmas de mis sudorosas manitas juntas como si fuera un pequeño santo —aunque a mis propios ojos era cualquier cosa menos eso—, tal como me había enseñado mi madre.
—Se hace así, Giles —me había dicho, mostrándome exactamente cómo hacerlo—. Igual que si intentaras aplastar algo hasta dejarlo plano del todo entre las manos, que debes mantener cerca de la cara, de modo que las yemas de los dedos casi toquen los labios.
—¿Quieres decir como Juana de Arco, cuando la quemaron en la hoguera? —pregunté.
Mi madre hizo una mueca de dolor.
—Sí. Algo así. Solo que, si lo pensamos mejor, seguro que se te ocurre un ejemplo más agradable, ¿verdad?
—¿Qué tal la reina María Estuardo?
—Alguien que no vaya camino de su propia ejecución, quizás. Haz el favor de intentar pensar en otra persona. Un santo, tal vez.
—Bueno, los santos solo son santos porque antes fueron mártires —sostuve—. Eso significa que la mayoría fueron ejecutados también.
Mi madre puso cara de exasperación.
—Tienes respuesta para todo, Giles —me reprochó entre dientes.
—Una respuesta blanda calma la ira —dije—. Una palabra áspera enciende la cólera. Proverbios quince, versículo primero.
Citar la Biblia era un truco útil que había aprendido en la catequesis. Teníamos que memorizar un texto todas las semanas, y no había tardado mucho en deducir que citar la Biblia también tenía el efecto de silenciar a los adultos criticones. Más útil aún: tenía el efecto de desalentar la atención inoportuna del padre Lees. Tendía a dejarme en paz por miedo al texto que quizá profiriera al verme ante sus manos de sacerdote, como si Dios le hablara directamente por mi boca inocente. Debido a mis conocimientos bíblicos, mi padre me calificaba de santurrón y a veces, de «precoz», y le decía a mi madre que en su opinión enseñar la Biblia a los niños no era bueno. Ella no le hacía caso, claro, pero al volver la vista atrás creo que mi padre tenía razón. En la Biblia hay muchas cosas que no deberían haberse traducido del latín o del griego.
La larga hilera de niños y niñas que formábamos avanzaba a paso lento por la nave de la catedral. Debíamos de parecer una de esas bodas coreanas de la Iglesia de la Unificación en las que se casan cientos de parejas a la vez.
Naturalmente, no se trataba de una boda infantil sino de mi confirmación —el momento en que iba a declarar mi deseo de renunciar a Satanás y a todas sus obras y convertirme en católico romano—, y para todos los demás presentes en la catedral de San Andrés parecía ser una ocasión muy feliz. Todos los demás salvo yo, quizá, porque había algo en la ceremonia que no me gustaba; no solo la camisa blanca, los pantalones cortos y la corbata escolar de marica —que bastante malo era ya—, sino también otra cosa; creo que se podría decir que tenía un intenso presentimiento, como si estuviera a punto de ocurrir algo horrible que de alguna manera estaba relacionado con la comisión del pecado posiblemente mortal que estaba contemplando.
Tenía doce años, y ser precoz significaba que también poseía «una imaginación de aúpa»; así describían mis padres a los niños que como yo exageraban unas cosas y mentían sobre otras. Desde luego tenía ideas propias acerca de casi todo. Esas ideas estaban influidas en algunas ocasiones por lo que había leído en un libro o había visto en televisión, pero la mayoría de las veces era simplemente el resultado de pensamientos infantiles, profundos y a menudo equivocados, que, como mínimo, tenían su origen en mi carácter independiente; si contaba alguna mentira, por lo general lo hacía con buena intención.
Gracias al padre Lees había sido bien instruido en las enseñanzas del catecismo católico romano y el significado de la confirmación, sobre la que puede leerse todo en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Todos los martes durante el último mes había ido a catequesis, donde el padre Lees nos había contado cómo, poco después de Pentecostés, los apóstoles estaban escondidos en una habitación cerrada a cal y canto porque tenían miedo de los judíos, cuando de repente oyeron un ruido que parecía el viento, pero en realidad era el sonido del Espíritu Santo. A continuación, aparecieron lengüecillas de fuego cual llamitas azules de esas de los mecheros de gas butano sobre las cabezas de los discípulos y todos se vieron imbuidos del Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas extranjeras, lo que, según mi hermano mayor, Andy, no era muy distinto de lo que pasaba en El exorcista.
Bueno, a mí no me gustaban los fantasmas ni las historias de fantasmas, como no me hubiera hecho ninguna gracia quedarme en una habitación cerrada con el padre Lees, y desde luego no me atraía en absoluto la idea de que ningún espíritu —santo o no— entrara en mi cuerpo y me encendiera «como una velita para Jesús», que era como nos lo describía aquel horrendo cura en la catequesis. De hecho, esa idea me aterraba. Y tampoco me gustaba la posibilidad de no volver a hablar nunca más inglés, sino algún idioma incomprensible como chino o suajili, que nadie más en Glasgow fuera capaz de entender. Aunque no es que sea tan fácil entender a los de Glasgow: incluso la gente de otros lugares de Escocia tiene problemas con el acento y la carencia de consonantes. Hablar el idioma inglés tal como se habla en Glasgow es más o menos cómo aprender a escupir.
Así pues, había elaborado un plan que iba a salvarme del grave riesgo de la posesión espiritual y del don de lenguas, un plan secreto que no había discutido más que con mi propia conciencia (y desde luego no con mi madre) y que ahora puse en práctica.
Cuando me llegó el turno de recibir la confirmación me arrodillé delante del obispo y, en cuanto me hubo ungido la frente y me hubo abofeteado el rostro con los dedos manchados de nicotina —bastante más fuerte de lo que esperaba— para simbolizar cómo quizá me trataría el mundo a causa de mi fe, y el padre Lees en persona me hubo dado el zumo de pomelo y la oblea que era la sangre y el cuerpo de Jesucristo, rodeé la columna de granito de la iglesia y rápidamente, mientras todos tenían la mirada fija en el chico justo después de mí que en ese momento estaba siendo confirmado, me limpié los santos óleos de la frente y escupí la hostia reseca del paladar en el pañuelo.
Uno de mis amigos del colegio me vio hacerlo, y durante una buena temporada a partir de entonces me apodaron el Hereje, lo que me gustaba mucho. Me daba un aire cruel y refinado, que a mi modo de ver me confería sofisticación. Por lo visto, las hostias no consumidas —que es como se llama la oblea cuando no llegas a tragártela— resultan muy útiles para la comisión de ritos satánicos o la adoración del diablo. Aunque no es que estuviera interesado en adorar al diablo, claro. Creo que ya entonces —es posible que gracias al padre Lees— veía a Dios y al diablo como caras opuestas de la misma moneda mugrienta, aunque me parece que durante mucho tiempo me di bastante maña para ser un buen cristiano.
Ahora bien, se dice que ningún castigo queda impune, y desde luego mi acto de maldad recibió su castigo, pues cuando sacaba del bolsillo del pantalón el recuadro plegado, blanco y limpio del pañuelo en el que me disponía a escupir el cuerpo de Cristo, se me cayó algo del bolsillo, aunque no me percaté al instante. Era mi medalla nueva de san Cristóbal, hecha de plata maciza de las Hébridas, un obsequio conmemorativo de mi madre, y en la que estaban grabados mi nombre —incluida la inicial del nombre del santoral que había tomado para mi confirmación, que era Juan, el hermano de Santiago, y que era el correspondiente a John, mi nombre de pila— y la fecha de la confirmación. La medalla tenía otras características inconfundibles: mi madre había encargado especialmente el diseño a Graham Stewart, que, con el tiempo, llegaría a ser un platero escocés muy famoso. Incluso sé el aspecto que tiene, porque mi hermano sigue en posesión de la medalla de san Cristóbal de cuando se confirmó él, cosa que hizo un par de años antes que yo: la cabeza de san Cristóbal es una copia de un dibujo del célebre artista Peter Howson.
Como es natural, no tardó en descubrirse que había perdido la medalla de plata, y aunque mi madre nunca averiguó las circunstancias exactas y probablemente blasfemas en las que se produjo su desaparición, durante un tiempo me vi obligado a rezar todas las noches para volver a encontrarla.
1
HOUSTON, TEXAS, NUESTROS DÍAS
Desde fuera, la catedral del Sagrado Corazón semejaba una cárcel. Con sus altas ventanas, los bloques de hormigón gris sin fisuras y un campanario independiente, el Sagrado Corazón no parecía un lugar prometedor para charlar con el Todopoderoso. Crucé las puertas y entré en el interior de mármol afortunadamente fresco, donde me recibió un afroamericano bien parecido que lucía alzacuellos de sacerdote y una sonrisa cordial. Me informó de que la misa iba a empezar en treinta minutos y las confesiones dentro de diez, muy cerca del crucero del Sagrado Corazón.
Le di las gracias al sacerdote y pasé hacia el interior. No ardía precisamente en deseos de decirle que hacía mucho tiempo que nadie escuchaba mi confesión. Ni tan solo era católico romano. Ya no. Era evangélico. Y había ido a rezar, no a oír misa, ni en busca de absolución para mis pecados.
Rezar era un error. Nunca debería haber dado alas a esa idea. En cuanto vi las vidrieras de colores extrañamente modernas y la figura de plástico de san Antonio de Padua debería haber dado media vuelta y haberme ido. En comparación con las iglesias católicas de mi juventud, ese lugar parecía demasiado nuevo para conversar con Dios acerca de lo que me preocupaba. Pero ¿adónde más podía ir? No a mi propia iglesia, la de Lakewood. Era un antiguo estadio de baloncesto. Y entre las monstruosidades arquitectónicas que constituían la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos, el mismísimo san Antonio no hubiera encontrado ningún sitio mejor que la catedral católica de Houston para acercarse a Dios. Eso por lo menos lo tenía bien claro, aunque no estaba tan seguro de no estar perdiendo el tiempo. Después de todo, ¿qué sentido tenía rezarle a un Dios que, estaba casi convencido, no existía en absoluto? Era eso lo que me había llevado hasta allí a rezar. Eso y la situación en que se encontraba mi matrimonio, quizás.
Elegí un banco discreto frente al crucero del Sagrado Corazón, me arrodillé y murmuré unas palabras de sonido más o menos sagrado; levanté la vista hacia la sencilla vidriera con su sagrado corazón rojo cómicamente incorpóreo e hice todo lo posible por abordar el problema en cuestión.
«Inspírame, Espíritu Santo, esto..., para que todos mis pensamientos sean puros. Obra en mí, Espíritu Santo, para que mis actos también sean puros... Que no lo son. ¿Cómo iba a ser puro mi trabajo? Veo cosas, Espíritu Santo, cosas terribles, que me hacen dudar de tu existencia en un mundo tan cabrón como este.Y sé de lo que hablo, Señor.
»Fíjate en ese corazón de la vidriera del crucero ahí arriba. Bueno, ya sé lo que se supone que representa, Señor: es la sagrada eucaristía y simboliza el amor de Dios, que tanto nos amaba que se hizo hombre y vino a la Tierra. Sí, eso lo pillo.
»Pero cuando veo ese corazón me acuerdo de Zero Santorini, el asesino en serie de Texas City que les arrancaba ese órgano a sus víctimas y lo dejaba junto a los cadáveres en un precioso nidito de alambre de espino. (El alambre de espino era un bonito detalle sádico, muy en plan Hollywood; también resultó útil, porque es lo que nos ayudó a echarle el guante. Era alambre para vallas de veinte centímetros con triple galvanizado, y Santorini compró veinticinco metros en los almacenes Uvalco Supply de San Antonio). Claro, puedo engañarme pensando que cumplo tu mandato, Señor, pero no me explico que no anduvieras por ahí para echar una mano a alguna de las diecisiete pobres chicas que asesinó.
»Es verdad que la mayoría de esas jóvenes eran drogadictas y prostitutas, pero nadie merece morir así. Salvo quizá Zero Santorini. Según él mismo, instaba a casi todas esas mujeres a rezar para que les perdonara la vida justo antes de asesinarlas; y al no aparecer tú con un rayo en una mano y el Espíritu Santo en la otra, suponía que le habías dado el visto bueno y se las cargaba con una pistola de clavos. Lo irónico de la situación, claro, es que Santorini buscaba alguna clase de señal de que en realidad existes; de que en una situación extrema, como la que había maquinado, quizás hicieras acto de presencia y despejaras todas sus dudas, más que razonables.
»Creí su historia, además. En cierto modo sus actos me parecieron bastante lógicos. Hasta sacó fotos de las pobres muchachas arrodilladas en el suelo, desnudas, con las manos en actitud de rezar, lo que parecía confirmar su versión. Tú, en cambio..., bueno, tengo un centenar de buenas razones para no creer en ti.
»Si existes, entonces lo único que pido es un poco de ayuda para creer en ti. No pido una señal, como Zero Santorini. Y no pido una vida más fácil o un trabajo más sencillo. Solo rezo para que me des fuerza suficiente a fin de lidiar con la vida y el trabajo que ya tengo. El caso es que en los diez años que llevo en el FBI no te he visto arreglar ni una sola vez algo que fuera necesario arreglar. Ni una sola vez. Y tengo la impresión de que, si todos los agentes de Justice Drive que se patean la calle se quedaran en la cama una mañana, esta ciudad estaría más jodida aún de lo que ya está. Desde luego, no te imagino ocupándote de los chalados con los que tengo que vérmelas en Terrorismo Nacional, Señor: los supremacistas blancos, las milicias cristianas, los ciudadanos soberanos, los extremistas contra el aborto, los defensores de los derechos de los animales y los guerreros de la ecología, los separatistas negros y los anarquistas, por no hablar de los islamistas a los que tienen que vigilar los de Contrainteligencia al otro lado del pasillo. No te veo preocupándote por nada de eso, Señor. De hecho, no te veo en absoluto».
Me puse en pie. Era hora de irme. La catedral se estaba llenando. Un sacerdote se acercó en silencio al altar y encendió unos cirios, y arriba en la galería del órgano alguien se puso a tocar un preludio de Bach.
Abandoné el crucero y volví por el pasillo hasta la fachada sur, deteniéndome únicamente para coger un ejemplar del boletín de la parroquia de un montón junto a la puerta, y luego salí al calor de una típica tarde de verano en Houston.
Mi hogar era una casa de piedra y estuco de nueva planta al sudoeste de Memorial Park en Driscoll Street. Desde el dormitorio de la torre que me servía de estudio tenía una buena vista de una calle residencial de Houston de una vulgaridad tranquilizadora: una acera jalonada con varias palmeras agostadas por el sol implacable, y pulcros jardines que casi siempre eran más pequeños que los lustrosos todoterrenos aparcados delante.
Era una casa bonita, pero nunca habría podido permitírmela con un sueldo del FBI, razón por la que el padre de Ruth, Bob Coleman, nos la había comprado. Bob y yo nos llevábamos bastante bien, pero eso era antes de que fuera tan idiota —palabras suyas, no mías— como para rechazar un puesto bien pagado en un prestigioso bufete de Nueva York para ir a la academia de Quantico y prepararme para entrar en el FBI. Bob dijo que nunca habría dado su bendición a nuestro matrimonio si hubiera pensado que iba a echar a perder una carrera de abogado por un sentido de lealtad descaminado. Bob y yo no somos del mismo parecer en muchos aspectos, pero que trabaje para el «gran gobierno» es una razón más para que no le caiga bien y no confíe en mí. Aunque también es verdad que yo siento lo mismo por él.
Dejé mis cosas en la isleta del desayuno y le di a Ruth un beso más largo de lo que ninguno de los dos esperaba, después de lo cual soltó un suspiro y parpadeó como si acabara de dar una voltereta, y luego me ofreció una sonrisa, cálida.
—No me lo esperaba —dijo.
—Me provocas un efecto extraño.
—Me alegro. No me gustaría creer que te aburro.
—Eso nunca.
Fui al cuarto de baño a refrescarme.
—¿Te ha ido bien el día? —preguntó, a mi espalda.
—Siempre me va bien el día cuando vuelvo a casa, cielo.
—No digas eso, cariño. Me recuerda todo lo que se podría torcer cuando no estás en casa.
—No va a torcerse nada. Ya te lo he dicho. Soy uno de los bienaventurados. —Me rocié las manos con desinfectante antiviral; debía de creer que aquello era un antídoto contra la chusma rastrera que me pasaba la vida intentando atrapar—. ¿Dónde está Danny?
—Jugando en el jardín.
Cuando volví a la cocina tenía en las manos el boletín parroquial del Sagrado Corazón.
—¿Has ido a la catedral?
—Andaba por allí, conque decidí pasarme a ver si estaba el obispo Coogan. Te acuerdas de Eamon Coogan, ¿verdad?
—Claro.
Eamon Coogan, en la actualidad arzobispo emérito de la archidiócesis de Galveston-Houston, era un viejo amigo de mi madre, de Boston, adonde se había trasladado mi familia cuando nos fuimos de Escocia.
Fui a la nevera a por una cerveza fría.
—¿Y estaba? —preguntó con dulzura.
—No lo sé.
Se rio.
—¿No lo sabes?
Y entonces adivinó que mentía, porque Ruth siempre se daba cuenta cuando mentía. Después de pasar por la facultad de derecho de Harvard, Ruth había trabajado como ayudante del fiscal en la fiscalía del distrito de Nueva York, donde había demostrado poseer auténtico talento para la acusación y los interrogatorios.
—Ah —comentó—. Ya entiendo. Has ido a confesarte, ¿no?
—No.
Abrí de un tirón el botellín de cerveza y engullí el contenido.
—Entonces, a rezar. —Meneó la cabeza y sonrió—. ¿Por qué no vas a tu propia iglesia a hacerlo, Gil?
—Porque no tengo la sensación de que sea una iglesia. Ya sabes, cuando estoy allí me dan ganas de buscar con la mirada la cabina de prensa y al vendedor de perritos calientes.
Se echó a reír.
—Eso no es justo. No es más que un edificio. No creo que Dios necesite vidrieras de colores para sentirse como en casa.
Me encogí de hombros.
—¿Ocurre algo, cielo?
—No, pero creo que igual acabo de contestar tu primera pregunta acerca de qué tal me ha ido el día.
Apareció Danny por la puerta trasera y, al verme, se abalanzó hacia mí como un ariete humano; apenas tuve tiempo de cubrirme las pelotas con las manos antes de que su cabeza, grande y sorprendentemente dura, entrara en contacto con mi entrepierna.
—Papi —gritó, y me rodeó las piernas con sus bracitos.
—Danny, ¿qué tal te va, grandullón?
—Bien —dijo—. No me he portado mal ni nada de eso. Y no he pegado a Robbie.
Me dio la impresión de que la mirada de Ruth contradecía la espontánea negación.
—¿Robbie?
—El chico de los Murphy —señaló ella—. El de enfrente. —Meneó la cabeza—. Han reñido un poco.
—Ya te lo he dicho. No he pegado a Robbie. Se ha caído.
—Danny —le advirtió Ruth—, ya hemos hablado de eso. No le mientas a tu padre.
—No le he mentido.
Sonreí.
—Cíñete a tu versión, chaval —le aconsejé—. No te vengas nunca abajo en un interrogatorio.
Hice que Danny se diese la vuelta, le acaricié el pelo rubio y fino, y lo encaminé con delicadeza hacia la cocina.
Danny fue al fregadero y se lavó las manos. Ruth ya estaba sirviendo la cena, lo que era la señal para que me desprendiera de la Glock que llevaba al cinto. Ruth no tenía nada en contra de las armas —era de Texas, después de todo—, pero prefería que me la quitara antes de sentarme a la mesa y bendecirla.
Bendecía la mesa antes de todas las comidas en nuestra casa, pero en esta ocasión no las tenía todas conmigo. En lugar de la bendición habitual —«Dios santo, Tú que nos colmas de dádivas, acepta nuestras oraciones y bendice estos alimentos»—, me encontré murmurando unas palabras un poco menos piadosas:
—Señor, te damos las gracias por tener el plato bien lleno y la taza a rebosar y por no vernos obligados a fregarlo todo, amén.
Ruth procuró controlar la sonrisa.
—Vaya, esa es nueva —comentó.
Después de haber cenado, acosté a Danny, le leí un cuento y me fui al estudio de la torre, que es donde ella fue a buscarme después.
—¿Quieres otra cerveza, cariño?
Ruth no bebía, pero no parecía importarle que yo lo hiciera. Todavía no.
—No, gracias, cielo.
Se me acercó por detrás y me masajeó el cuello y los hombros un rato.
—Esta noche pareces un poco distante.
De pronto sentí deseos de contarle todo —a alguien tenía que contárselo—, pero no podría haberlo hecho sin arriesgarme a que discutiéramos. La Iglesia era una parte importante de la vida de Ruth.
—¿Te acuerdas de que te hablé de una banda de moteros?, ¿unos supremacistas blancos que se hacen llamar los Guardias de Asalto de Texas?
Ruth asintió.
—Hemos puesto micrófonos en un bar que tiene la banda en Eastwood. Bueno, pues hoy los he oído hablar de unos asesinatos que se cometieron en 2007. Dos mujeres negras fueron violadas y asesinadas en Southside.
—Qué horror.
—No te lo iba a contar. Pero ha quedado claro por su conversación que fueron los Guardias de Asalto los que cometieron esos asesinatos.
Ruth se encogió de hombros.
—Eso es bueno, ¿no? Ahora podéis detenerlos.
—Ya metimos a alguien en la cárcel por esos asesinatos. Un tipo llamado Jose Samarancho. Trabajé en Crímenes Violentos una temporada nada más mudarnos a Houston, ¿te acuerdas? Nuestra brigada ayudó a que fuera condenado.
—Entonces, esta prueba debería esclarecer el asunto, ¿no?
Seguía sin entenderlo, y no se lo podía reprochar.
—Lo esclarecería si Jose Samarancho continuara con vida. Lo ejecutaron el mes pasado en Huntsville.
Ruth se sentó en mi mesa y frunció los labios.
—Qué horror. Pero no es culpa tuya, cariño. No es culpa tuya en absoluto.
—Claro que es culpa mía. No he pensado en otra cosa en todo el día. —Sacudí la cabeza—. Estaba presente cuando se lo cargaron. Estaba allí, Ruth.
Frunció el ceño.
—Pero si lo condenaron en 2007, habría sido de esperar que siguiera vivo. Bueno, el proceso de apelación puede llevar años, incluso en Texas.
—Jose Samarancho era un ladrón de coches. Tuvo la mala fortuna de robar un vehículo que era propiedad de una de las mujeres muertas, así que había pruebas forenses por todas partes. Habían dejado el coche en el aparcamiento donde las secuestraron los Guardias de Asalto. Samarancho robaba automóviles para costearse su adicción a las drogas, que le provocaba episodios de amnesia, y cuando le presentaron pruebas de que había estado en el coche de la mujer asesinada convino en que debía de haber cometido los homicidios, y confesó algo que no había hecho porque yo se lo metí en la cabeza. Tenía el cerebro tan jodido que hasta se las apañó para rescatar recuerdos fantasiosos inducidos por la droga de sí mismo asesinando a esas mujeres, y acertó con los detalles de chiripa. No apeló la pena de muerte porque pensaba que lo había hecho y, por lo tanto, merecía morir. —Meneé la cabeza con amargura—. Incluso atado a la camilla con la inyección letal corriéndole por las venas seguía rezándole al Señor para que lo perdonase. El pobre idiota murió convencido de que había cometido dos asesinatos horribles y esperando acabar en el infierno.
—Bueno, ¿adónde quieres ir a parar?
—No lo sé.
Fue una cobardía por mi parte, claro, pero me pareció oportuno relajar la situación, por el bien de todos.
—Todo el mundo tiene dudas de vez en cuando —dijo, al tiempo que me apretaba la mano con cariño—. Por eso es la fe lo que es.
Se arrodilló junto a mi silla para apoyar la cabeza en mi regazo y dejarme que le acariciara el pelo.
—Estás cansado y has tenido un mal día, eso es todo.Ven a la cama y permíteme que lo arregle.
—Un mal día. ¿Así describes cuando alguien acaba muerto por mi culpa?
—No fue culpa tuya. Hablas como si no hubiera habido nadie más implicado. Hubo abogados y...
—No puedo eximirme del papel que desempeñé en la muerte de ese hombre. Dios sabe cuánto me gustaría.
—Pero Dios sí puede. Ahí está el meollo del asunto.
—Igual no hay Dios. Igual ese es el meollo del asunto.
—Tú no crees eso, cariño. Ya sabes que no.
—Ah, ¿no? —Suspiré—. De hecho, me parece que sí lo creo.
2
El edificio del FBI en Houston estaba justo al otro lado de «la Ronda» —que era como llamaban los de allí a la I-610—, al noroeste de la ciudad. En las cercanías de nuestro único vecino, el banco Wells Fargo, podría haber infundido cierta sensación de seguridad a la gente de por allá hasta que uno recordaba que era la sede del FBI en Oklahoma City lo que quería volar por los aires Timothy McVeigh cuando, en 1995, detonó la bomba que acabó con la vida de ciento sesenta y ocho personas e hirió a más de cuatrocientas cincuenta como venganza por lo ocurrido en Waco. No puedo hablar por Wells Fargo, pero nosotros teníamos una seguridad muy estrecha. El edificio del FBI de siete plantas era de paneles de cuarcita verde y estaba revestido de un vidrio blindado especial para reducir el calor, lo que suponía un alivio en un estado donde la población tiene más de cincuenta millones de armas de fuego.
Si al mencionar ese dato estadístico sobre armas parece que me estoy quejando, es porque, como casi todo el mundo en esta ciudad de carácter tan perspicaz como curtido, soy de otra parte. Houston es un lugar al que uno va, no un lugar del que uno viene, y eso es especialmente cierto en el caso de los que trabajan en el FBI. Después de licenciarnos en la academia del FBI la mayoría vamos a donde nos envían, y no a donde nos gustaría ir necesariamente. En consecuencia, Houston no es una ciudad que conozcamos muy bien muchos de mis colegas o yo. Tampoco es que haya gran cosa que conocer. La ciudad de Houston no es más que un montón de autopistas sobrecalentadas, aparcamientos subterráneos, iglesias al borde de la carretera, centros comerciales con aire acondicionado, parques aislados y secos por completo, clubs de campo para los ricos y rascacielos amazacotados. Galveston queda a menos de una hora en coche hacia el sur, pero después del último huracán es poco más que una ciudad fantasma. En la costa del Golfo no hay nada recomendable salvo la carretera de regreso a Houston hacia el norte.
Al acercarte al resplandeciente perfil urbano del centro, la gente debía hacer visera con la mano para protegerse del sol reflejado y, comparando el paisaje de la ciudad con el de Nueva York y Chicago, uno se planteaba si el control urbanístico no sería más urgente incluso que el control de armas. Eran esos edificios tan altos, y no nada que estuviera relacionado con la droga y las armas de fuego, lo que constituían los peores crímenes en Texas; y nuestra oficina en la ciudad no era una excepción.
En su interior, el edificio del FBI transmite el aire sereno y pausado de un museo. Hay incluso algo de arte moderno neutro, unas cuantas piezas expuestas en vitrinas y una tienda de regalos donde se puede comprar cualquier producto de la agencia de investigación criminal: desde un bolígrafo hasta unos gemelos pasando por una taza. También hay por ahí más o menos todo lo que necesita un agente para que la vida sea más cómoda: barbería, peluquería, médico, dentista, un banco y, naturalmente, un gimnasio bien equipado. Gracias al padre de Ruth, ella y yo éramos socios del Club Houstonian y teníamos acceso a unas instalaciones del tamaño de una fábrica de coches, pero no les hacía gracia que la gente fuera armada. A mí nunca me ha gustado dejar el arma en el automóvil, ni siquiera cuando juego al tenis, así que prefería empezar el día haciendo ejercicio en la oficina y luego desayunar en el comedor del FBI. Por lo general, estaba sentado a mi mesa antes de las ocho y media.
Los del FBI somos unos tipos con buena planta. A menos que estemos en alguna misión, la mayoría de los hombres llevamos camisa blanca y corbata discreta, nos limpiamos los zapatos y procuramos movernos con elegancia, y en ese sentido seguimos siendo los hijos de Hoover. La mayor diferencia con respecto a los tiempos de Hoover radica en el número de mujeres. Las llamamos «cola-cortadas» por el modelo de falda que acostumbran a llevar. Hay más de dos mil mujeres en el FBI, incluida mi jefa, la agente especial adjunta al mando Gisela DeLillo.
Gisela era de North Beach, San Francisco, y también había estudiado derecho, como yo. No sé qué opinión de ella habría tenido Hoover, pero a mí Gisela me caía bien. Más o menos. Estaba destinada a ocupar uno de los puestos más importantes. En cuanto hube recogido mis informes y notas, bajé a su despacho para la revisión de casos que celebrábamos de manera informal todas las semanas. Era diez años mayor que yo, pero sigo siendo lo bastante joven para que eso me resulte atractivo en una mujer.
Gisela estaba sentada en el extremo de un largo sofá de cuero, sin zapatos y con las piernas al aire recogidas debajo de su torneado trasero. No era especialmente alta, pero caminaba como si lo fuera, igual que una bailarina de ballet con actitud. Su cabello era negro como las plumas de un cuervo y lo llevaba recogido sobre la coronilla. Parecía la hermana descarriada de Audrey Hepburn.
Sostenía una taza de café en equilibrio sobre la palma de la mano; una tacita con platito y cucharilla, como era debido. Tomó un ruidoso sorbo e indicó con un gesto de cabeza una pulcra cafetera expreso en la estantería.
—¿Quieres uno?
Negué con la cabeza.
—¿Has oído lo de los Guardias de Asalto?
—Leí el informe de la misión. Debes de sentirte fatal.
—Ya lo superaré.
—Por eso venimos a trabajar, ¿verdad? Porque somos optimistas.
—En estos momentos mi optimismo necesita gafas. Y no hablo solo de Jose Samarancho. Hay odio más que de sobra en esta ciudad. Y lo que falta es paz y amor. Por cierto, tenemos que hablar de Deborah Ann Blundy.
—Es la criminal del Ejército de Liberación Negro de la lista de los más buscados, ¿verdad? Mató a tiros a un poli en Washington D. C. allá por 1969.
—Desde entonces ha estado viviendo en México. Solo que, según un chivatazo de uno que antes pertenecía al Ejército de Liberación, ahora vive aquí mismo, en Houston. La generación de separatistas negros de la quinta de Shaft y Superfly no tiene mucho en común con los activistas negros de la actualidad. Pero es posible que intente ponerse en contacto con ellos. En caso de que así sea, confío en que mi informante me ponga al día.
—Vale. ¿Qué más?
—¿Leíste el informe confidencial que te envié sobre el grupo HIDDEN?
—Sí, pero recuérdame lo que quiere decir.
—Son las iniciales en inglés de Defensa Interna Nacional de Ejecución Inmediata.
—No me parece que sea muy pegadizo.
—Bueno, no es la OTAN ni el IRA, pero también van muy en serio. Son todos exmilitares. Tienen contactos y han sido entrenados para usar el material de guerra al que están intentando echar mano. El Switchblade. En esencia en un dron táctico armado con una cabeza explosiva de un kilo y medio y lanzado desde un tubo de cinco centímetros de anchura que se lleva en una mochila. Se guía hasta el objetivo por medio de una pequeña cámara en el morro del aparato. Basta con desplegarlo y disparar. Con una envergadura de un metro veinte, no es mucho mayor que un avión de juguete. Se puede comprar por diez de los grandes.
—¿Contra quién pretenden utilizarlo?
—Parece que andan cabreados con los judíos. Piensan que las guerras del Golfo se hicieron a instancias de los israelíes, y todos sus colegas fallecidos en Irak fueron víctimas de una conspiración judía. Es algo así como cristianismo con anabolizantes. Guripas con una fe ciega en Cristo aderezada con antisemitismo, teorías de conspiración en Internet, excepcionalismo estadounidense y un exceso de proteínas.
Gisela suspiró y apuró la taza de expreso.
—¿Seguro que no quieres uno?
—Me parece que ahora sí. —Hice una pausa—. Según nuestra información, planean lanzar uno de esos Switchblades contra la Congregación Beth Israel en North Braeswood Boulevard.
—Es una buena zona.
Puso la taza bajo la boquilla dispensadora de la cafetera y pulsó un botón. El aparato emitió un ruido de molinillo y luego vomitó un chorro de líquido marrón oscuro con un aroma intenso.
—Ahora mismo lo es.
—Este caso nos ha llegado a través del LIFR, ¿verdad?
Gisela me pasó la taza de café en un platito con una servilletita y una cucharilla.
—¿De Ken Paris?
En el FBI hay más siglas que en el Dow Jones. De no ser así, nos pasaríamos allí el día entero y los malos escaparían antes de que hubiéramos terminado de pronunciar Laboratorio Informático Forense Regional. Ken Paris era un agente especial del LIFR, a unas manzanas de North Justice Drive. Él y su equipo de frikis se pasaban prácticamente toda la jornada copiando datos de una amplia gama de dispositivos digitales incautados en el transcurso de investigaciones de delitos y luego analizándolos en busca de pruebas.
—La policía de Galveston detuvo a unos chicos que gestionaban un proveedor ilegal de servicio desde un viejo petrolero varado en Trinity Bay. —Tomé un sorbo de café y me interrumpí un momento—. Deberían poner esa cafetera tuya en un carrito en el Centro de Rehabilitación Cardíaca Debakey. Vaya pelotazo pega, ¿eh?
Gisela sonrió.
—Después de que Ken hubiera escaneado por imagen todos los servidores —dije—, empezó a revisar las cuentas de sus clientes ilegales. Además de una cantidad inmensa de porno de Internet, encontró el sitio web de HIDDEN y los correos que habían cruzado con una empresa ilegal de armas en Costa Rica. Los del departamento de investigación criminal del ejército creen que igual son los mismos que robaron una remesa de Switchblades de un almacén militar en California.
—Dime que aún no tienen ese Switchblade.
—No creo que hayan conseguido suficiente dinero. Pero ahora que su proveedor ilegal de Internet ha caído, me gustaría tener vigilado al líder de HIDDEN, un tipo llamado Johnny Brown, el Saco. El único problema es que creemos que realiza todas sus comunicaciones por Skype, que es una red entre iguales y no tiene una ubicación central que nos permita llevar a cabo escuchas. Al menos eso me dice Vijay, del DCSNet.
El DCSNet era el sistema de vigilancia en un clic del propio FBI: una simple cuestión de escoger un nombre y un número de teléfono en la pantalla del ordenador y hacer clic con el ratón para tener vigilada la línea telefónica. Funcionaba con líneas fijas y teléfonos móviles, y ofrecía grabaciones digitales casi en alta fidelidad.
—Ahora dime qué ocurre con esas de la liberación de la tierra.
Empecé a sacarle brillo a la cucharilla; había terminado el café, pero así podía tener los dedos ocupados.
—¿Has averiguado algo sobre ellas? —me preguntó.
—No creo que ninguna de las dos mujeres esté interesada en llegar a un acuerdo judicial. Les enseñé la grabación de la cámara de seguridad en la que se las veía prendiendo fuego al puesto de Rangers de Galveston Island y a la urbanización junto al refugio para aves de Audubon. Se observa con toda claridad que son ellas, pero se me rieron en la cara.
Asintió.
—Vale. Ahora tengo algo para ti.
—Si es otro café, no creo que mi corazón pueda soportarlo.
Negó con la cabeza.
—Cuando viniste a la oficina de Houston entraste a trabajar en Crímenes Violentos, ¿no?
—No lo he olvidado. Sigo teniendo sueños interesantes.
—Gil, quiero que vayas a ver a Harlan Caulfield. Por lo visto cree que estos asesinatos en serie pueden tener un cariz religioso.
—¿Es que Harlan quiere endosarle el asunto a Terrorismo Nacional?
—Igual busca alguna idea nueva.
—¿Estás segura? La última idea nueva que les gustó aquí en Texas fue la inyección letal.
—Una actitud irracional contra cualquier clase de ciudadano podría redundar en tu autorización de seguridad, Martins. Y deberías tener presente que Harlan es de Texas.
3
—Por cierto, ¿dónde coño está San Saba? ¿Está cerca de alguna parte?
Harlan Caulfield se retrepó en el asiento y entrelazó las manazas detrás de la cabeza en forma de pera que tenía.
—¿Que si está cerca de alguna parte? San Saba es la capital del mundo de la pacana, hijo. Por lo demás, no tiene ninguna característica especial.
—Más vale que lo haya preguntado.
—Bueno, aún haremos de ti un texano, hijo.
—Eso es lo que me preocupa.
—¿Qué tal el estómago últimamente? —preguntó, al tiempo que rodeaba la mesa. Llevaba un presentador inalámbrico de PowerPoint entre los dedos.
—¿Está a punto de enseñarme a algunos de sus clientes, caballero? Porque en ese caso, creo que primero debe advertírmelo. Nunca me ha gustado ver cadáveres.
Harlan me ofreció una sonrisa torcida.
—Ya sabía yo que me caías mal por algo, Gil Martins —dijo en un tono de desprecio—. Cuando haya algo chungo de verdad te avisaré, ¿vale?
Pulsó un botón. Aparecieron en el monitor de su ordenador una serie de rostros de hombres y de mujeres.
—Kimberley Gaines, Gil Kemer, Brent Youman, Vallie Lorine Pyle, Clarence Burge júnior.
Pero yo ya sabía quiénes eran y lo que eran. Sus caras sonrientes en las fotografías del anuario del instituto aparecían con regularidad en la primera página del Chronicle; esos cinco eran las víctimas de un asesino que seguía en activo en el área metropolitana de HoustonGalveston, todos ellos abatidos a tiros en los últimos dieciséis meses.
—Lo que tienen en común todos estos es que eran buena gente. Y me refiero a buena gente. Por lo general, los asesinos en serie se ensañan con los más débiles, los marginados o los delincuentes. Pero estos cinco no solo eran miembros distinguidos de la comunidad, eran mucho más que eso. Kimberley Gaines era miembro de la Iglesia de la Unificación y enfermera diplomada. Antigua voluntaria en el Cuerpo de Paz, había vuelto recientemente de Haití, donde había estado implicada en la gestión de los fondos de auxilio del centro de tratamiento del cólera. En el momento de su asesinato estaba a punto de viajar a Somalia como parte de una iniciativa de las Naciones Unidas para ayudar a las víctimas de una crisis alimentaria en el Cuerno de África. Gil Kemer era el fundador de un centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos sin techo aquí en Houston. No era miembro de ninguna iglesia o iniciativa que tuviera que ver con la fe.Además de gestionar personalmente el centro, se encargaba de recaudar todo el dinero. Hace dos años, Kemer recibió un galardón a la labor humanitaria de la sección de Texas de la Fundación por una América Sin Droga. Brent Youman era el único doctor descalzo de Estados Unidos. En China, donde surgió la idea, los médicos descalzos son en esencia granjeros con preparación de paramédicos que se ocupan de la atención primaria en las zonas rurales. Brent Youman era un doctor en medicina plenamente cualificado que iba por todo Texas ofreciendo tratamiento a gente que no podía costearse un servicio médico. Es decir, prácticamente cualquiera que no fuera miembro del Club Houstonian. —Harlan frunció el ceño—. Tú eres miembro del Houstonian, ¿verdad, Martins?
—Mi mujer, Ruth —repuse—. Ella es la que tiene toda la pasta. De no ser por ella, me echarían a patadas de allí.
Harlan cerró los ojos y sonrió.
—Ya me perdonarás si lo imagino por unos instantes en mi cabeza.
Sonreí.
—Pásate por allí alguna vez y jugaremos al tenis.
—Los tiempos en que jugaba al tenis ya quedaron atrás. —Entornó los ojos—. Brent Youman. Justo antes de ser asesinado lo habían nominado a un galardón para personas que han hecho una contribución destacada a la salud pública. Se lo concedieron a título póstumo y se le entregó «en ausencia» en una ceremonia especial durante la Asamblea Mundial de la Salud.
Moví la cabeza y alineé la BlackBerry con el bolígrafo y el bloc de notas; en realidad no estaba descolocada, pero no tolero que mis cosas no ofrezcan un aspecto de orden y pulcritud; además, así tenía algo mejor que hacer con las manos.
—Parece que era un tipo estupendo.
—Empiezas a pillarlo. Mira, nadie merece morir asesinado. Bueno, igual alguno que otro. Pero hay gente cuyo comportamiento le lleva a uno a suponer que se merecían algo mejor que un balazo en la cabeza. Vallie Lorine Pyle y Clarence Burge júnior no eran distintos. Vallie Pyle era la fundadora de Kidneys R’Us. No es broma, por cierto; se trata de una red de donación de riñones con sede aquí en Houston. Desde que donó uno de sus propios riñones a un desconocido, Vallie Pyle había organizado casi setenta donaciones en vida antes de ser asesinada. Clarence Burge era un sacerdote católico de Texas City. Después del huracán Katrina abandonó la Iglesia y montó una empresa de construcción para rehacer escuelas que quedaron destruidas; logró reconstruir cinco trabajando casi él solo.
—¿Qué dicen los de ciencias del comportamiento?
—Las víctimas fueron escogidas por su distinción moral. El autor es alguien que detesta a la gente buena. O que tiene envidia de su bondad; que querría ser bueno.
—Un crimen así tiene mucho más sentido si quien lo comete se ve como un malvado que lucha contra las fuerzas del bien. Un tipo en plan club de adeptos al infierno, algo así como un discípulo del diablo.
—¿Y eso qué significa?
—Antes me interesaban esas chorradas —respondí—. Ya sabes, libros sobre adoración satánica y similares.
—¿Estás al tanto de que haya satanistas y adoradores del diablo por aquí?
—Sí, seguro que los hay. Esto son los Estados Unidos y la Primera Enmienda protege el derecho a la práctica de cualquier clase de religión.
—No hablo de religión, Martins —matizó Harlan—. Me refiero a brujería y cosas así.
—Según la Primera Enmienda, uno tiene derecho a considerar religión prácticamente cualquier cosa. Hoy en día, las brujas de Salem podrían apelar a la cláusula de libertad de culto, aunque fueran culpables. Pero, que yo sepa, no hay ningún grupo así en Texas que proclame su fe; una ideología que los convertiría en carne de cañón federal. Pero puedo indagar, si quieres.
—Se me han agotado todas las buenas ideas en este caso. Todas las malas también, a decir verdad. Así que... adelante.
Recogí mis pertenencias de la mesa e hice ademán de levantarme de la silla.
—Un momento —dijo Harlan—. No puedes irte hasta que hayas visto el espectáculo entero.
Cogió el presentador de PowerPoint y empezó a pasar instantáneas horripilantes de cadáveres. Todas las víctimas habían recibido disparos a bocajarro, varias veces, y con un arma de pequeño calibre, como quedaba claro por los orificios de entrada en las cabezas y los rostros. En Brent Youman, una bala le había impactado en el ojo, que le había dejado el globo ocular colgando de la cuenca igual que una ostra del borde de la concha. Los orificios de salida eran bastante más espectaculares; a Vallie Pyle le habían reventado la nuca, lo que dejaba a la vista tejido y sesos suficientes para llenar el mostrador de una puñetera carnicería.
—Todos recibieron disparos de una Walther del calibre veintidós —dijo Harlan—. Les dispararon proyectiles cortos de morro chato con un arma equipada con silenciador Gemtech. Casi siempre actúa por la noche o a primera hora de la mañana y se mantiene fuera del radio de alcance de cualquier cámara de circuito cerrado.
—Así que no quiere que su foto salga en el periódico.
Harlan negó con la cabeza.
—Bueno, ya le echaré el guante. Aunque tenga que pasearme por la ciudad vestido de monja y cantando himnos. Pillaré a ese hijo de puta.
Me planteé hacer alguna broma al respecto y luego deseché la idea. Harlan era demasiado impredecible para someterlo a un chiste sobre agentes del FBI travestidos.
—Veo que la primera víctima fue abatida el 29 de junio —dije.
—¿Y qué?
—Es la festividad de San Pedro y San Pablo. En el santoral católico es un día festivo.
Harlan me alcanzó un papel impreso.
—¿Te dicen algo estas otras fechas?
Ojeé la lista.
—No.
—¿Eres católico, Martins?
—Se podría decir que soy un ateo que va a misa. O igual un agnóstico. No sé.
Harlan esbozó una sonrisa.
—Mi mujer, Molly, se pirra por Jesús. Yo le sigo la corriente porque es más sencillo que tener una discusión y perderse la comida del domingo. Por la misma razón, ella me acompaña al béisbol a ver a los Astros, aunque dejé de creer en ellos hace mucho tiempo.
—Esa clase de ateísmo es fácil de entender.
Harlan hizo caso omiso del comentario; defender la fe en los Astros de Houston era del todo insostenible.
—¿A qué iglesia vas tú, hijo?
—A la de Lakewood.
—Y un cuerno. La iglesia de Lakewood es la mía. —Harlan volvió a sonreír—. ¿Cómo es que no te he visto nunca por allí, Martins?
—Es un poco como preguntar cómo es que nunca me ves en los partidos de béisbol. Ya les gustaría a los Astros tener tanto público como hay en la iglesia de Lakewood.
—¿Os conocisteis allí tu esposa y tú? ¿En Lakewood?
—Nos conocimos cuando estudiábamos derecho en Harvard. Ninguno de los dos éramos especialmente religiosos entonces. Hasta que vinimos a vivir a Houston. Empezamos a ir a la iglesia de Lakewood porque los dos éramos creyentes.Yo incluido.Aunque en mi caso, la verdad, es que he olvidado el motivo.
—Ahora lo entiendo. Reprochas a Texas habérsela camelado con el rollo ese del amor al Señor, ¿no? Tiene el chochito húmedo por Jesucristo y a ti te parece que eso le ha fastidiado las bragas.
—No.
—Claro que sí. Es tan evidente como un zurullo en una ponchera. —Meneó la cabeza—. Déjame que te diga una cosa, hijo. Eso no tiene nada que ver con Texas. —Harlan sonrió—. Hay muchos texanos que no creen en Dios. ¿No te has dado cuenta? Por eso tenemos tantas armas. Por si no anda por ahí.
4
En la mayoría de las iglesias podría haber dormitado durante toda la misa del domingo por la mañana sin que nadie se diera cuenta. Pero la de Lakewood era una iglesia en plan interactivo, y la misa se parecía a un espectáculo de Las Vegas. Era ruidosa y exigía mucha participación por parte del público, que debía cantar o simplemente dar saltos al ritmo de la alegría de Jesús. Cuando empezamos a ir me gustaba. Pero de un tiempo a esta parte no. A título personal, no me hubiera apetecido menos dar saltos, aunque hubiese tenido los pies clavados al suelo.
Ruth, en cambio, se encontraba en pleno éxtasis. Tenía los ojos cerrados, una sonrisa beatífica le iluminaba el rostro y había levantado las manos como si esperase atrapar unos cuantos rayos de la gracia celestial del Señor. Estaba entregándose en cuerpo y alma a cantar con el coro y la orquesta de rock de veinte músicos —también conocidos como el grupo de culto de la iglesia de Lakewood—, por no hablar de la inmensa y entusiasta congregación también involucrada en el ensordecedor acto de veneración moderna. Las letras de todas las canciones de culto de Lakewood —nadie las llamaba himnos porque no se pueden vender himnos en un CD a diez dólares en la tienda de la iglesia— desfilaban por una pantalla gigante encima de nuestras cabezas, pero a Ruth no le hacían falta. Se sabía las letras igual que yo me sé de corrido los derechos Miranda que hay que recitar a los detenidos.
Naturalmente, Ruth no estaba sola precisamente en su éxtasis. Hacia la parte anterior de la iglesia, a un par de filas del pastor y la barbie con biblia que era su esposa, una auténtica rosa de Alabama, parecía que todo el mundo había sido tocado por el mismísimo Espíritu Santo. La gente batía palmas y se tocaba el corazón, blandía el puño en el aire y gritaba «¡Aleluya!» como si acabara de ganar la lotería del estado de Texas o hubiera conseguido que llegara a la Casa Blanca el tercero de la saga Bush.
Todos menos yo, claro. Me sentaba cuando tenía la sensación de que iba a pasar inadvertido, y cuando permanecía de pie sonreía en plan comemierda cada vez que uno de mis enardecidos vecinos captaba mi mirada huidiza. Pero era la mirada de Ruth la que más deseaba evitar. Me senté e incliné la cabeza con la esperanza de que pareciera que estaba rezando.
Al notar que me clavaban un codo en el costado abrí los ojos de golpe y me encontré la mirada penetrante de Ruth; satisfecha de haber captado mi atención, me indicó con un cabeceo la pierna cruzada donde la funda tobillera con velcro en la que llevaba la Baby Glock 26 estaba ahora a la vista de todo el mundo.
Me encogí de hombros con gesto obediente y planté los pies en el suelo para que la Glock no se viera, pero ya era tarde; Ruth meneaba la cabeza. Me había juzgado y me había pillado en falta. Sobre todo teniendo en cuenta que la víspera había cometido una ofensa aún más inexcusable. Mientras veía el partido de los Celtics en la tele, Ruth había pasado el aspirador en mi estudio y había descubierto mi reserva minuciosamente organizada de libros prohibidos. No era una colección de pornografía selecta sino una pequeña biblioteca de autores del «nuevo ateísmo» que defendían que la religión no debería ser simplemente tolerada, sino abiertamente denunciada por medio de la argumentación racional como un fraude: escritores como Richard Dawkins, Daniel Dennett, Christopher Hitchens y el iconoclasta oriundo de Houston Philip Osborne. Ruth consideraba a esos escritores los cuatro jinetes del Apocalipsis.
—Cariño —dijo, blandiendo un ejemplar de Dios no es bueno, a mi modo de ver el mejor de todos mis libros de porno ateo—. Me parece increíble que estés leyendo esto. Creía que este era un hogar cristiano.
—Ruth, lo es. Compruebo el diezmo que deja mi cuenta bancaria a la iglesia de Lakewood todos los meses.
—No si estás leyendo libros de Richard Dawkins y de Christopher Hitchens.
—¿De verdad crees que leer un libro de Christopher Hitchens convierte a alguien en ateo? Leer la Biblia no convierte a nadie en cristiano. Hay muchos ateos que leen la Biblia.
A regañadientes, quité el sonido del partido para dedicarle toda mi atención, cosa que no me apetecía precisamente, porque los Celtics de Boston eran mi equipo, pero ahora no había manera de eludir la discusión. Ya no. Los dos sabíamos que la teníamos pendiente desde hacía tiempo.
Ruth suspiró.
—¿Y si Danny te pregunta sobre el ateísmo? Y sobre Charles Darwin. ¿Qué le vas a decir?
—Si quieres decirle que el creacionismo ofrece respuesta para todo, a mí me parece bien, es justo lo que le diremos. Creo que un niño necesita la religión mientras está creciendo. Bueno, a mí me vino bien.
—Y una vez adulto, ¿qué? ¿Hay que dejar de lado las tonterías infantiles?
—Mira, lo que yo piense no tiene importancia en comparación con lo que estoy preparado para defender de palabra, por el bien de la armonía familiar.
—¿Y si yo ya no estuviera? Si sufriera un accidente de tráfico y ya no estuviera, ¿qué pasaría entonces?
—En una situación así, ¿quién sabe cómo reaccionará nadie?
—¿Eso me estás diciendo?
—Estaba viendo la tele, ¿recuerdas? Eres tú la que ha empezado esta discusión absurda.
—¿Crees que es absurdo hablar del bienestar moral y la educación de nuestro hijo?
—Me parece que esta pelea no puede ganarla ninguno de los dos. Después de todo, tú no puedes demostrar que existe Dios y yo no puedo demostrar que no existe.
Por un momento dio la impresión de que Ruth intentaba tragar algo imposible de digerir, y me dio pena porque veía el dilema que tenía, que ambos teníamos. Mientras que antes nos habíamos amado por lo que teníamos en común, ahora empezaba a parecer que íbamos a tener que amarnos a pesar de nuestras diferencias. Mis padres habían logrado hacerlo muy bien. Igual por eso creía que la dificultad presente no era en absoluto insuperable.
Ruth dejó caer el libro de Hitchens en el sillón reclinable y salió de la sala de estar sin decir ni una palabra más, lo que ya me iba bien, porque los Celtics de Boston se habían puesto otra vez por delante en el marcador.
Pero luego, justo después de la misa del domingo, Ruth empezó otra vez dale que te pego.
—Vaya, qué bochorno he pasado —dijo.
—Lo siento.
—En realidad, no me refería a la pistola —continuó—. No, parecías estar a un millón de kilómetros de aquí. A eso me refiero. Antes íbamos a rendir culto como una familia y me bastaba con mirarte, Gil, para saber que lo hacías de corazón. Pero ahora no.
Tenía razón, claro. Y no hacía falta insultar su inteligencia negándolo. Percibí que se avecinaba otra pelea, por lo que era una suerte que Danny ya se hubiera dormido. Después de ciento cuarenta minutos en Lakewood, no se lo podía reprochar precisamente. Yo también tenía ganas de echar una buena siesta en una hamaca del Club Houstonian.
—Igual si no nos sentáramos tan cerca del altar, no resultaría tan evidente. Estaría más cómodo si nos sentásemos hacia el fondo.
—Me gusta estar delante —respondió—. Tengo la sensación de encontrarme más cerca de Dios.
—Creo que Dios también se fija en los asientos baratos, ¿no te parece?
—Igual deberíamos hablar con alguien.
—No creo que rezar cogidos de la mano con otro feligrés de Lakewood vaya a sernos de ayuda, Ruth.
—Pues muy bien. Quizá si rezáramos juntos por esto, Gil, solos tú y yo. Tal como rezábamos antes.
La última vez que rezamos juntos Ruth y yo fue cuando intentábamos tener un hijo. Fue idea de Ruth, no mía. Había sufrido un aborto espontáneo y luego estuvo tomando antidepresivos mucho tiempo. También tuvo dificultades para volver a quedarse embarazada de nuevo, y al final pensó que igual el Señor podía echarnos una mano. Fue eso lo que nos hizo empezar a ir a Lakewood. Íbamos a misa y rezábamos para que se quedara embarazada otra vez, aunque cuando digo que rezábamos para que se quedara embarazada no lo hacíamos solo en la iglesia, rezábamos en la cama también. Cada vez que hacíamos el amor le pedíamos al Señor que nos diera su bendición, y no hay nada más neurótico que algo así: la mezcla de sexo y oración más o menos se cargó nuestra vida sexual. Tener a Jesús en la cama con los dos me causó un problema de aúpa, y me vi obligado a tomar viagra en secreto, lo que probablemente fue la única razón de que acabara quedándose embarazada; pero, para Ruth, Danny fue el milagro que demostraba la existencia de Dios. Desde entonces habíamos sido bastante asiduos a Lakewood, que es más de lo que puedo decir sobre mi vida sexual.
—Desde luego, estoy dispuesto a darle una oportunidad a la oración —dije a regañadientes.
Ruth profirió un sonoro suspiro.
—¿Qué te empujó a leer esos libros, por cierto?
Me encogí de hombros y moví la cabeza, aunque lo sabía perfectamente. Había empezado a coquetear con el ateísmo hacía más de un año, en torno al mismo tiempo que había iniciado una aventura con cierta coordinadora de elaboración de perfiles en Washington D. C., donde me habían enviado en misión de servicio temporal. Ruth había preferido quedarse con Danny. La coordinadora de elaboración de perfiles se llamaba Nancy Graham y nos habíamos conocido después de un debate en la Universidad de Georgetown; el tema del debate era «Rezar no tiene sentido», y los dos antagonistas eran el periodista británico y antiteísta Peter Ekman (a favor de aquella idea) y el antiguo arzobispo de Canterbury, lord Mocatta (en contra). Ruth sabía lo de la coordinadora porque había cometido la estupidez de contárselo, y por esa misma razón no quería sacar a colación el tema de Washington y el servicio temporal.
Ruth nunca mencionaba a Nancy Graham, pero yo sabía que la aventura la había herido profundamente, y en vez de buscarse un abogado especialista en divorcios como podría haber hecho otra mujer, se había refugiado en su fe religiosa. La aventura había terminado, yo lamentaba profundamente lo ocurrido y Ruth dijo que me había perdonado, pero sabía que el dolor que le había causado mi aventura nunca andaba muy lejos de sus pensamientos.
Cabría pensar que los texanos son violentos. Pues nada de eso. La elevada tasa de armas en propiedad da que pensar a la gente, y eso va muy bien. La mayoría de los texanos son personas amistosas y equilibradas, infinitamente hospitalarias y siempre amables. Por el contrario, los escoceses son extraordinariamente agresivos. Muchos serían capaces de buscar pelea contra un muro de ladrillos, cosa que ocurre más a menudo de lo que se cree. Escocia es el país más violento en el que he estado. Quizás hay algo en el aire que convierte a Escocia en un inmenso club de lucha. Si fuera tan sencillo acceder a las armas de fuego en Escocia como lo es en Texas, la población no tardaría en quedar diezmada.
Cuando mi familia se fue de Escocia en 1990, en cierto modo el país no era muy distinto de la Escocia de 1590, porque estaba dividido por la religión en dos bandos belicosos y cargados de prejuicios: los protestantes y los católicos romanos. En esa antigua enemistad siempre importaba más lo que uno era que quién era, y en el extremo más fino de la división, la situación era tan amarga como podía serlo en Irlanda del Norte. Pero mientras que el odio religioso estaba tan arraigado como en ese otro conflicto, la violencia en Escocia se limitaba por lo general a las feroces rivalidades entre grupos que siguen existiendo entre los equipos de fútbol más importantes de Escocia —los dos de Glasgow—: el Rangers y el Celtic. En los partidos celebrados en los estadios de Glasgow entre estos dos equipos los seguidores, estrictamente separados, se lanzan insultos mutuamente en lugar de las piedras y las botellas que se arrojaban antes. Pero Dios no quiera que seas un seguidor del Rangers extraviado en territorio del Celtic, o viceversa, y en esas circunstancias, el homicidio no es algo insólito. Durante muchas décadas la violencia sectaria en el fútbol ha sido el turbio secreto de Escocia, y muy pocos turistas de visita están al tanto de los horrores que acechan bajo la áspera y sangrienta falda escocesa de mi país natal. Exagero, claro, pero solo un poco. Aunque también es verdad que soy total y absolutamente parcial. Y ahora voy a explicar por qué.
Mi padre, Robert, es cirujano ortopédico, y hasta que se jubiló el año pasado también era profesor de cirugía ortopédica en el Hospital General de Massachusetts. Antes había sido cirujano en la Enfermería Real de Glasgow, en Escocia, y quizás el especialista escocés más destacado en el campo de las lesiones deportivas. En 1988, cuando yo tenía doce años, mi padre —un católico romano de bastante renombre— trató a un futbolista llamado Peter Paisley de una lesión crónica de rodilla que amenazaba con poner fin a su carrera. Paisley, protestante, jugaba en el Rangers. Después de varias operaciones, Paisley se reincorporó al equipo y ayudó al Rangers a ganar el título de la liga de fútbol escocesa cuatro años seguidos; pero no antes de que mi padre hubiera recibido amenazas de muerte de seguidores del Celtic ofendidos, por no hablar de un artefacto explosivo que casi lo deja sin una mano.
No me enteré de lo de la bomba hasta después de que nos marcháramos de Escocia para siempre, pero recuerdo que una mañana salí de casa y me encontré el Jaguar de mi padre cubierto de pintadas. Poco después mis padres y yo, así como mis tres hermanos y dos hermanas, nos fuimos a vivir a Boston, donde mi padre había tenido el buen juicio de aceptar un puesto como jefe adjunto de cirugía ortopédica en el Centro Médico Tufts. No ha vuelto nunca a Escocia, y es probable que nunca lo haga.
La mudanza fue dolorosa para todos. Y solo después alcanzaría a ver cómo ser católico me había definido a los ojos de mis amigos escoceses. Naturalmente, nada de eso tenía trascendencia en Boston, y enseguida la religión empezó a parecerme menos importante cuando comencé a dejar de considerarme escocés, escocés-estadounidense o ni siquiera católico, sino estadounidense a secas; en Estados Unidos lo que parecía importar más que de dónde procedía o qué religión profesaba era hacia dónde iba encaminada mi vida.
Después de llegar a Boston mi padre dejó por completo de ser católico.
Tras licenciarme por la Universidad de Boston y la facultad de derecho de Harvard, entré como becario en un bufete de Nueva York llamado DLB&B, pero ya estaba llegando a la conclusión de que me interesaba más trabajar en algún organismo de seguridad que ser abogado. Lo del 11 de septiembre no hizo más que subrayarlo. Las oficinas de DLB&T se ubicaban en el antiguo World Trade Center 7, que sufrió graves daños cuando se derrumbó la Torre Norte; se incendió y se vino abajo seis o siete horas después, y para entonces yo ya estaba convencido de que quería servir a mi país de algún modo. El lunes siguiente presenté una solicitud de ingreso en el FBI.
Después de pasar por Quantico, estuve durante cuatro años en Contraterrorismo en Nueva York. Lo único que hacíamos era trabajar para hacer de Estados Unidos un lugar seguro. Hasta aprendí a hablar árabe. Lo hablo razonablemente bien —aunque el italiano se me da mejor—, pero me resultaba más difícil leerlo y escribirlo, que era lo que más le interesaba al FBI: agentes capaces de leer documentos de inteligencia en ese idioma, así que ahí quedó la cosa. El FBI siempre sabe dónde reside el auténtico talento de un hombre. Y en 2008 me enviaron a Texas, a trabajar en Terrorismo Nacional.
Sin embargo, después de más de diez años con el FBI, sigo siendo agente especial supervisor y nada más. El caso es que podría ser agente especial adjunto al mando si hubiera accedido a trabajar en la oficina del abogado jefe de sección. Mi jefa, Gisela, es AEAM, agente especial adjunta al mando, y también lo es Harlan Caulfield; pero el jefe de la oficina sobre el terreno, el agente especial al mando, es Chuck Worrall, a quien no le caigo nada bien. Y quizá, si he de ser sincero, no es solo porque no quisiera ir a trabajar a la oficina del AJS.
Resulta que Chuck es de Washington, y antes era el jefe de Nancy Graham. Después de terminar nuestra aventura, Nancy Graham abandonó el FBI, y, en mi opinión, Chuck me considera responsable de la pérdida de una agente muy prometedora.
De Lakewood fuimos al Club Houstonian, donde Danny bajó por el tobogán de la piscina y Ruth nadó cincuenta largos. Ruth es una nadadora maravillosa, muy elegante y con una forma de giro de la que se enorgullecería un delfín. Me tumbé bajo una sombrilla y leí el periódico mientras veía a los otros tipos alrededor de la piscina mirar a Ruth. Es digna de atención. En bañador tiene una belleza física y una presencia que siempre me hacen pensar en una atleta olímpica.
Cuando acabó de nadar, se acercó y se tendió a mi lado bajo la sombrilla. Se puso a juguetear con el pelo de mi pecho mientras yo le acariciaba la cabeza. Ruth es una mujer muy cariñosa. No es ella quien tiene el problema sexual, soy yo. Se dice que la mayoría de los hombres prefieren que su esposa sea una dama en público y una puta en el dormitorio. Bueno, yo tengo una santa en el dormitorio, en la cocina y prácticamente allí donde se te ocurra. Prueba a follarte a una santa. ¿Cómo considerarlo si no cuando, nada más haberte follado a alguien, se pone a leer la Biblia o a rezar, maldita sea?
Cuando volvimos a Driscoll Street, Ruth preparó un rollo de carne picada. Después de cenar jugué a la Xbox con Danny y lo acosté; luego vi la tele y me quedé dormido en el sillón. No oí el sonido del teléfono, pero Ruth contestó por si era el FBI. No era insólito que me llamaran de la oficina en fin de semana, teniendo en cuenta el número de casos asignados a Terrorismo Nacional, pero no era de la oficina, aunque ojalá lo hubiera sido.
—Es el obispo Coogan —dijo, y me pasó el auricular.
Hacía meses que no hablaba con Eamon Coogan, y aunque me sorprendió que llamara procuré mostrarme más asombrado de lo que estaba. Esa pequeña pantomima la hice en beneficio de Ruth, pues deseaba evitar una escena con ella en cuanto pusiera fin a la llamada; supuse que daría por sentado que estaba relacionada con mi anterior declaración de falta de fe y que ya había intentado hablar de mis dudas sobre Dios con el obispo. Pulsé el botón del altavoz del teléfono para que alcanzara a oír toda la conversación con la esperanza de que me ahorrase el problema de tener que desmentirlo.
—Lamento interrumpirte un domingo por la noche, Gil. Quería pedirte que vengas a verme; en privado. Tengo que hablar contigo de una cosa importante. Sé que debería haberte avisado con más antelación, y que probablemente estarás muy ocupado, pero ¿podrías pasarte ahora?
Miré instintivamente el reloj. Ya eran las siete y media.
—No ha ocurrido nada en Boston, ¿verdad?
—No, no. Nada de eso, Gil. Es que te tengo que preguntar una cosa por tu condición de agente federal.
El obispo era un irlandés del sur de Boston, y pese a que llevaba años viviendo en Houston, algunas de sus vocales sonaban más anchas que el río Charles. Cuando dijo «Nada», sonó igual que John Fitzgerald Kennedy.
—Sí, claro. Pero ¿le importa decirme de qué se trata?
—No es un asunto que se pueda tratar por teléfono, creo yo.Ven a la residencia obispal dentro de una hora. Toca la bocina y saldré. Estaba pensando que igual podemos ir al O’Neill.
Era propio de Eamon Coogan sugerir que fuéramos a un bar irlandés.
—De acuerdo. Estaré allí dentro de una hora.
Colgué y miré a Ruth.
—¿De qué crees tú que puede tratarse?
—Si me lo preguntas —dijo Ruth, que para irritación mía era capaz de imitar a la perfección el acento del sur de Boston—, es evidente de qué se trata.
Me encogí de hombros.
—Solo puede tratarse de curas pedófilos.
—¿Qué?
—¿Te parece que eso no ocurre aquí, igual que en Boston y Chicago?
Le rodeé la cintura con los brazos y le besé la espalda. Me dejó hacer durante un rato y luego me apartó con suavidad.
—Dios, espero que no sea eso —repuse, arrugando la nariz con gesto de repugnancia—. Lo cierto es que no me siento nada cómodo hablando de ese tema. Es el amigo más antiguo de mi madre.
5
El bar O’Neill era el único pub irlandés que había visto en mi vida con dos palmeras delante, pero dentro el ambiente era auténticamente celta, con la mejor Guinness de barril de la ciudad y quizás el peor servicio en cualquier parte al oeste de Dublín. Era un establecimiento bastante popular, aunque incluso según el baremo de Texas la mayoría de los clientes tenían el aspecto de que podrían haber sobrevivido a un par de hambrunas irlandesas de la patata.
No les iba a la zaga en cuanto a envergadura el obispo Coogan, que empequeñecía cualquier habitación en la que entraba. Estaba sentado de una manera muy en plan vieja gorda, todo dedos gordezuelos y piernas abiertas, con las mangas de la enorme chaqueta negra remangadas sobre los antebrazos y la cinturilla de los pantalones negros, igualmente inmensos, justo debajo de las axilas. El alzacuellos resultaba casi invisible debajo de la papada. Parecía un luchador de sumo en un velatorio.
Dejé una segunda ronda en la mesa delante de él y uno de los whiskis desapareció al instante. Ahora que habíamos agotado la charla intrascendente sobre Escocia e Irlanda del Norte —Coogan era irlandés de Boston—, estaba impaciente por que fuera al grano. Me intrigaba en especial la vieja bolsa de lona que había traído.
—Bueno, obispo, ¿qué hay en la bolsa? ¿Me ha traído armas o el botín del robo al Woodforest National Bank? El Buick aparcado en el camino de acceso a su casa parece el coche en el que se dieron a la fuga en aquel atraco.
—Lamento decepcionarte, Gil, pero no son más que un montón de recortes de periódico, un par de libros y unas páginas impresas de Internet. De una manera u otra, me da la impresión de que paso mucho rato en Internet de un tiempo a esta parte.
—No es el único.
—Los documentos y los libros son para ti.
Coogan abrió la cremallera de la bolsa y me dio un libro en rústica titulado Todos los dioses posibles. El autor era Philip Osborne. En cuanto lo vi, me eché a reír.
—Hace apenas una hora, Ruth me estaba montando la de Dios es Cristo por leer este libro. Y otros parecidos.
—Ah, ¿sí? ¿Como cuáles?
—Dawkins, Hitchens, Peter Ekman. —Me encogí de hombros—. Sam Harris, Dan Barker, Daniel Dennett...
Coogan dejó escapar una risilla.
—Es prácticamente el panteón entero de los incrédulos.
—¿Por qué demonios quiere darme este libro?
—Philip Osborne es amigo mío —contestó el obispo Coogan—. O al menos lo era.
—Lo dice como si estuviera muerto.
—Para el caso, como si lo estuviera. Está recluido en el centro psiquiátrico del condado de Harris, aquí en Houston. Fui a verlo hace unos días y hablé con sus médicos, que me describieron un caso de catatonia psicogénica maligna con resultado de deterioro cognitivo permanente. Han llegado a la conclusión de que debe de haber sufrido daños reales en el lóbulo frontal del cerebro, aunque no hay absolutamente ningún indicio del trauma que normalmente podría haber causado semejante estado de colapso mental.
Me impresionó la familiaridad de Coogan con todos esos términos médicos, al menos hasta que recordé que antes de meterse a cura había estudiado medicina en Tufts, en Boston, donde mi padre le había dado clases.
—Así pues, no se cayó ni lo golpeó nadie —resumí—. Pero va a decirme lo que ocurrió.
—No estoy seguro de poder hacerlo. Pero me gustaría contarte lo que sé, Gil. Y decirte por qué quería hablarte de ello.
—Adelante, pero... —me encogí de hombros—, no veo cómo puedo ayudarlo. En el FBI tenemos jurisdicción sobre las infracciones de las leyes federales. Y hasta donde alcanzo a ver, aquí no hay nada federal. Si quiere, puedo ponerlo en contacto con las personas indicadas en la policía de Houston.
—Fidelidad, valentía e integridad —dijo Coogan, citando el lema del FBI—. Igual debería tomarme la libertad de añadir «paciencia» al pequeño trío de espléndidas cualidades humanas. —Posó la mano en el libro—. No es mal libro, en absoluto. De hecho, fui yo quien le dio el título. O al menos se lo recomendé como tal.
—Todos los dioses posibles.
—Es una cita de Stephen Roberts, otro de tus denominados nuevos ateos. Como si fueran más coherentes que los viejos ateos.
—Creo que igual no soy tan paciente como usted cree, Eamon.
Hice alarde de mirar el reloj de muñeca.
—Hace cosa de un mes, Philip se presentó en mi casa muy perturbado. Cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que no podía dormir. Eso saltaba a la vista. Y cuando le sugerí que fuera al médico para que le recetara somníferos, me comentó que no podía porque ya estaba tomando Xanax, y cuando conciliaba el sueño tenía pesadillas horribles. Le pregunté si sabía a qué se debía el cambio, negó con la cabeza y contestó algo extraño. Bueno, para él era extraño; yo habría dicho que era imposible. Me pidió que rezara por él. —Coogan se retrepó un momento y sacudió la cabeza—. Gil, me quedé de piedra. Fue horrible, ni más ni menos. El caso es que soy hombre antes que nada, y luego, sacerdote. Conque no me regocijé por que hubiera un pecador menos, nada de eso. Sentí pena por el pobre infeliz.
—Bueno, ¿qué ocurrió después de que fuera a su casa?
—Mis oraciones por él le ofrecieron un poco de paz de espíritu, pero solo durante una temporada. —Coogan rebuscó en los bolsillos—. Me hace falta un cigarrillo. Vamos afuera.
Hacía calor en la terraza. Nos alejamos de las mesas, donde a la sombra de parasoles blancos y negros comían y bebían unos cuantos clientes capaces de resistir el calor, para aproximarnos al borde de la carretera flanqueada de árboles. Coogan lio un pitillo con gesto rápido y experto, y se lo puso en la comisura ladeada de la boca, donde permaneció hasta quedar reducido al tamaño de un diente caído. Entretanto, siguió relatando su historia.
—Hace un par de meses, Random House, su editorial, presentó su último libro en una fiesta celebrada en el hotel Zaza. El libro se titula Más fe en una sombra. Es bastante parecido al otro: un tiroteo desde un coche en marcha a las puertas del cielo.
—Eso sí que suena a crimen, Eamon.
—La fiesta empezó en torno a las siete. Pero a las ocho y media ya no había ni rastro de Philip. Poco después, todos los que estaban en la terraza oyeron un barullo que parecía llegar de la plaza. La plaza es una islita de árboles y figuras de bronce a unos cuantos metros de allí. Era un jaleo horrible, como si hubiera un animal en peligro. Creo que fueron los porteros los que cruzaron la carretera para ver qué ocurría. Sea como fuera, volvieron para decirnos que era Philip Osborne y que parecía histérico. Algunos invitados acudimos a ver qué podíamos hacer, y nos esperaba una escena espantosa: Philip estaba encogido de miedo bajo la cúpula del pequeño monumento, gimoteando igual que un perro. Tenía las manos y la cara cubiertas de sangre y suplicaba a una figura invisible que lo dejara en paz. Cuando intenté tocar a Philip, soltó tal grito que nos metió a todos el miedo en el cuerpo. Luego, Philip intentó estrangular a uno de los porteros, y fue entonces cuando llegó el coche patrulla de la policía de Houston. Uno de los agentes estaba a punto de soltarle una descarga con una pistola paralizante cuando de pronto él se desentendió de la agresión y cruzó la calle en dirección a unas fuentes cercanas. Y fue allí donde lo encontramos unos minutos después, flotando en el agua, mirando al cielo, insensible a todo estímulo externo, casi como si estuviera muerto. Lleva así desde entonces.
A esas alturas ya había recordado el artículo en el Chronicle, solo que en el periódico se insinuaba que el autor estaba borracho, y puesto que no era tan raro que las personas ebrias se bañaran en las fuentes de Montrose Boulevard no le había prestado mucha atención. Todo resultaba bastante lamentable, pero seguía sin entender por qué el obispo Coogan interrumpía mi velada dominical con algo así.
—Había sangre perteneciente a Philip Osborne por toda la placita, como si hubiera correteado por allí golpeándose con esto y aquello como un poseso. Se hizo un corte en el brazo y...
—Bueno, ahí lo tiene —dije—. Debió de golpearse la cabeza contra algo también.
—Pero no tenía contusiones en el cráneo. Solo algún que otro arañazo en la cara provocado por las ramas de los árboles.
—¿Y la sangre en las manos?
—Había intentado trepar al monumento.
—¿Encontró la policía a algún agresor?
—No. La policía cree que es un simple caso de estrés, exceso de trabajo, demasiado Xanax mezclado con más alcohol de la cuenta. Una crisis nerviosa en plan Britney Spears que tuvo un resultado bastante más grave que un reportaje fotográfico en US Magazine.
—Escuche —dije—, lamento lo de su amigo, pero se mire como se mire, Eamon, obispo, señor, esto es asunto de la policía de Houston.
—¿Y si te dijera que no es precisamente un caso aislado? ¿Que ha habido casos similares, casos fatales, en otros estados?
—Le diría lo mismo que antes. Hay gente que se esfuma cuando se le va la pinza. Así son las cosas.
Coogan meneaba su cabezota enorme.
—No, no, esto es distinto, Gil. Estoy convencido. Lo presiento.
—Es posible que sea una profunda creencia religiosa, pero mi jefa no tragará. Necesitamos pruebas.
—Y las tengo. En la bolsa hay un expediente lleno de pruebas. Prométeme que al menos le echarás un vistazo.
—De acuerdo. Pero no puedo prometerle que vaya a hacer nada con ese material. Así no lo decepcionaré. Aparte de todo lo demás.
—Piensas que igual tú también eres ateo y que a mí me importará y me llevaré un chasco, ¿no? Dios te ha puesto un dispositivo de vigilancia electrónico, Gil. Y lo llevarás durante el resto de tu vida, en el tobillo, para que pueda venir a por ti cuando esté listo. Una vez puesto, se queda ahí, y no puedes hacer nada al respecto. Podrías ir hasta los confines del mundo, Gil, y seguiría enviándole una señal a Dios, un par de veces al día, por toda la eternidad.
6
Muchos socios del Club Houstonian saben que soy agente del FBI, y a menudo me ofrecen información sobre presuntos delitos que resultan ser un montón de chorradas. Es uno de los gajes del oficio, supongo, pero no tengo que estar mucho rato en sus instalaciones para que uno de sus miembros o incluso alguien del personal se me acerque con algún cuento que normalmente me obliga a bajarme de la cinta de correr y tomar unas notas: cualquier otra reacción no sería buena para la imagen del FBI. Como tampoco lo sería mandar a tomar por culo a cualquiera de esas personas. Para eludir la posibilidad de verme en situaciones incómodas en el Houstonian, acostumbro a mantenerme fuera del alcance del radar del club; sirviéndome de un juego de ganzúas profesional para entrar y salir por una puerta de servicio cerca del aparcamiento, puedo ir y venir sin quedar registrado en el sistema informático, con lo cual evito así los «chivatazos» y las gilipolleces en general. Si nadie sabe que estás allí, no pueden ir a buscarte.
Respetaba demasiado al obispo Coogan para quitármelo de encima sin más como si fuera otro pirado en una larga sucesión de pirados; sea como fuere, por el bien de Ruth, fue eso lo que hice cuando llegue a casa. Desechar el «chivatazo» de Coogan era una manera de desechar lo que ella siempre imaginaba: que la Iglesia de Roma seguía ejerciendo poder sobre mí. Pero en cuanto me quedé otra vez a solas —Ruth siempre se acostaba temprano los domingos—, abrí la bolsa y me puse a leer.
Había recortes del New York Times, el Boston Globe y el Washington Post; pero, sobre todo, tenía ante mí copias de páginas web reproducidas en la impresora de Coogan. Todos los documentos habían sido pulcramente perforados y clasificados en estricto orden cronológico, de modo que pude hacerme enseguida una idea general de lo que le había convencido sobre que estaba ocurriendo algo sospechoso.
Cuando terminé de leer el informe cogí un cuaderno, lo leí de nuevo y tomé notas. Justo antes de medianoche me serví un whisky escocés. No acostumbro a quedarme levantado y beber whisky, pero uno no espera que un obispo señale algo que infinidad de agentes de la ley han pasado por alto.
Era una noche bochornosa con la temperatura ambiente en torno a los 25º. Abrí la ventana de mi torrecilla y me asomé con el vaso. Encendí un cigarrillo y lo fumé rápidamente con la esperanza de que el olor no llegara a las fosas nasales a Ruth.
Llamé a Coogan a su casa con el móvil.
—Solo quería pedirle disculpas si le he parecido escéptico.
—Estabas haciendo tu trabajo. Y ahora, ¿qué?
—Existe un proceso, un modo de hacer estas cosas. Podría decirse que tengo que convencer a algunas personas para que adopten nuestra manera de pensar.
—Pero ¿estás de acuerdo conmigo?
—Hay algo, sí. Pero no se haga ilusiones. No puedo prometerle que vaya a ponerme en contacto con usted por esto en una temporada.
—Lo entiendo. Tienes tus propios arzobispos y cardenales, igual que yo. ¿Puedo hacer algo más?
—Bueno, le diría que puede rezar por mí si creyera, aunque solo fuera por un instante, que serviría de algo.
Fue entonces cuando oí a alguien en el umbral y me volví para contemplar allí plantada a Ruth. Por lo visto, llevaba un buen rato, el suficiente como para no haber interpretado debidamente la situación, porque parecía muy mosqueada conmigo.
—Eamon, tengo que colgar.
—Buenas noches, hijo, y que Dios te bendiga.
—Bueno, ¿de qué hablabas con el obispo Coogan?
—De estos documentos que me ha dado. Creo que tienen más fundamento de lo que pensaba.
—A mí me ha parecido que estabais hablando de tu crisis de fe, cariño.
Negué con la cabeza.
—No, nada de eso. Lo siento, ¿te he despertado?
—He olido a tabaco.
—Por eso estaba fumando asomado a la ventana.
—Sigue entrando en la casa, cuando expulsas el humo.
—Vale, de ahora en adelante intentaré hacerlo lo menos posible. —Le resté importancia con un movimiento de hombros—. ¿Qué ocurre?
—Supongo que me extraña un poco que puedas hablar con el obispo Coogan de cosas que eres incapaz de comentarme a mí.
—Ya te lo he dicho —repuse, sofocando un bostezo—, no estábamos hablando de eso.
Descruzó los brazos y tomó mi mano con la suya.
—Estaba pensando, Gil, igual podíamos...
Titubeó, justo lo suficiente para que me hiciera una idea equivocada. La abracé e intenté besarla.
—No me refería a eso —dijo—. Creía que igual podíamos rezar. Ahora. Juntos.
Suspiré y disimulé la decepción poniendo mejor cara.
—La verdad es que no creo que vaya a servir de nada ahora mismo, cielo.
—Te parece bien que rece por ti el obispo Coogan, pero no yo. ¿Es eso?
—Mira, puedes rezar por mí tanto como quieras, cariño.Y él también. Lo suyo sería cortesía profesional, supongo. Pero yo no quiero rezar con nadie. Ya no. Nunca. Sencillamente no puedo, Ruth. No tengo palabras. Dios ya no me ayuda. Quizá nunca me ayudó.
Dicen que los caminos del Señor son inescrutables, pero he de reconocer que me sorprendió considerablemente lo que ocurrió a la hora del desayuno.
Danny estaba viendo la televisión antes de que Ruth lo llevara en coche al colegio.Yo tenía una tostada en una mano y un café en la otra y Ruth me estaba ajustando el nudo de la corbata, y quizá no contribuyó que, como ella sabía, fuera una corbata que había adquirido durante mi misión de servicio temporal en la ciudad de Washington. Si sospechaba que me la había comprado Nancy Graham, en Michael Andrews Bespoke —cosa que había hecho—, desde luego no lo dijo. Pero esta vez hizo mucho más que meramente enderezarme la corbata. Los ojos verdes que conocía mejor que los míos propios oscilaron arriba y abajo entre el nudo de seda y mi cara, y cada vez que cruzaba la mirada con ella parecía más triste; luego se tragó un nudo en la garganta del tamaño de un huevo y le apareció una lágrima en una pestaña. En ese mismo momento me invadió un miedo terrible y, cayendo de pronto en la cuenta de que algo iba muy mal, empecé a cubrirle la frente de besos y a disculparme por la víspera.
—Lamento mucho lo de anoche, cariño. No debería haber dicho lo que dije. Fue imperdonable.
—Sí, lo fue —convino, y ajustó el nudo de seda un poquito más de lo debido—. Podría estrangularte por lo que dijiste anoche, Gil Martins. Y detesto sentirme así con mi marido. No me reconozco en tus ojos. Antes éramos muy buenos amigos, tú y yo. Pero ahora lo único que percibo en ti es una creciente hostilidad.
—Venga, Ruth, si siento hostilidad no es hacia ti —repuse—. Ya sabes que te quiero. Siempre te he querido. Incluso cuando cometí aquel error en Washington, te quería.
—¿Ves lo que has conseguido, Martins? ¿Tú, y ese dichoso trabajo tuyo? ¿Ves adónde me has llevado? ¿Adónde nos has llevado?
—No quiero hablar otra vez de mi trabajo, Ruth.
—Y no voy a referirme a ello. Te doy mi palabra. No volveré a hablar de tu trabajo. Ni ahora ni nunca.
Cuando ella me soltó la corbata dejé la tostada y el café, tomé sus manos entre las mías y las levanté para besarle la yema de los dedos.
—Olvida lo que dije anoche. Mira, si quieres rezar, vamos a hacerlo. ¿Vale? Estoy listo. Nos arrodillamos y rezamos a Dios para que nos ayude, tal como deseabas.
Me arrodillé e intenté que me imitara, pero Ruth se quedó en pie y se apartó.
—Tienes que marcharte —dijo.
Todavía de rodillas delante de ella, miré el reloj de pulsera.
—No pasa nada, cariño. Llego temprano. Además, esto es mucho más importante que abrir un caso nuevo.
—No, Gil. No lo entiendes.
—Venga, cariño, intento pedirte perdón.
—Me refiero a que tienes que marcharte de esta casa. Para siempre.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
De pronto tuve la sensación de que descendía desde el último piso del edificio de J. P. Morgan sin ayuda del ascensor. Como uno de aquellos que saltaron del World Trade Center el 11 de septiembre. No había nada bajo mis pies salvo cientos de metros de aire vacío.
Me levanté.
—¿De qué demonios estás hablando?
—No quería llegar a esto —dijo—. Lo he intentado. De verdad. Pero tienes que irte de esta casa.
—Te estás quedando conmigo.
No sé por qué salieron esas palabras de mi boca: no habría sido propio de Ruth decir algo así a la ligera. La cogí por el brazo y la acerqué hacia mí, pero ya tenía la sensación de que no era mi mujer y el amor y la comprensión habían quedado atrás; y que ya en esos momentos estábamos cada cual volviendo a su respectivo pasado y a quienes éramos antes de conocernos; y que lo que habíamos sido el uno para el otro durante más de ocho años se había esfumado.
Negó con la cabeza firmemente.
—No —dijo—. Nada de eso.
—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?
—No me he vuelto loca, no. Pero enloqueceré si sigo viviendo contigo, Gil. El caso es que no puedo creer en algo que considero importante y seguir en compañía de alguien que no cree en ello para nada.
—Nadie deja a su marido porque ya no sea cristiano, joder. Es una actitud medieval.
—Bueno, ya estás otra vez. Nadie, ¿eh? «No os emparejéis con no creyentes. Pues ¿qué relación es justa si hay desgobierno?».
—¿Ruth? Pareces una fanática. ¿Sabes?, a la gente que sale con asuntos así en el FBI los llamamos «cristianistas». Están igual de chalados que los islamistas, solo que ellos cantan canciones más cursis. No puedo creer que tú seas así, Ruth. Escucha lo que dices.
Ruth cerró los ojos y meneó la cabeza.
—Que escuche lo que digo, me suelta. Nadie más me escucha. Tú no me escuchas.Ya no. Me rodeas de puntillas como si fuera una especie de campo de minas.
—Esto no tiene que ver con Dios ni con que haya perdido la fe, ¿verdad? —señalé.
—Bueno, desde luego no ayuda.
—Tiene que ver con ella, ¿no?
—¿Por qué no dices su nombre? Seguro que no lo has olvidado.
—Creía que ya lo habíamos superado.
—Y con la ayuda de Dios, creo de veras que lo habríamos superado. Pero no va a ser así, ahora ya lo tengo claro.
—Dios no tiene nada que ver con lo que ocurrió en Washington.
—¿Con lo que ocurrió? No, en eso tienes razón. Pero de verdad pensé que quizá nos ayudara a configurar un futuro para nosotros. Necesito a Dios y a la iglesia de Lakewood porque no puedo hacer esto por mí misma. No soy lo bastante fuerte. Y tú no me ayudas, Gil. Te has distanciado tanto de mí..., de mí y de Danny. Bueno, tienes que pensar en tu trabajo, claro.Y no niego que tienes una labor importante. Contribuyes a que nuestro país sea un lugar seguro. Es un trabajo del que cualquiera estaría orgulloso. Pero en tu caso es más que una misión; es un refugio, un asilo, una compulsión. Vuelves y estás cerrado a cal y canto, todo pulcro y hermético, como un arma con el seguro puesto. Pero yo ¿qué tengo? ¿Dónde puedo refugiarme, salvo en Dios y en Lakewood? Me gustaría saberlo. Y no me digas que en el club. No soy como esas mujeres de Houston que se pasan el día entero en el spa haciéndose la manicura y leyendo la prensa local.
—Eras una buena abogada. Podrías volver a trabajar, Ruth.
Negó con la cabeza.
—Se te daba bien.
—Tú eras el único que lo creía. Pero no tenía madera. Era demasiado compasiva para ser una fiscal como es debido. Eso decía el fiscal de distrito.
—Podrías buscar trabajo en un bufete privado.
—O sea, que no estaba bien para ti, pero podría estar bien para mí, ¿eso es lo que estás diciendo? Bromeas, claro. La gente que trabaja en bufetes en estos tiempos le dedica doce horas al día, y más. Tomé una decisión, Gil. La decisión de ser esposa y madre. Además, no tengo ninguna intención de dejar a Danny con una niñera.
—Muchas mujeres lo hacen.
—No me esforcé tanto porque tuviéramos un hijo para luego dejar que lo eduque alguna desconocida.
—De acuerdo. Lo entiendo, cariño. Pero vamos a intentar solucionarlo, por favor.
—Solucionarlo. —Ruth esbozó una sonrisilla de hastío—. ¿Qué crees que hemos estado haciendo estos últimos meses? ¿Qué crees que hemos estado haciendo? No sabes cuánto esperaba ver algún indicio de que estabas feliz solo con Danny y conmigo. De que te habías olvidado de ella. Nancy Graham. Fíjate, ya he dicho su nombre. Estoy despierta por la noche y lo veo escrito en las partículas de aire encima de nuestra cama. Pero sé que no la has olvidado. Lo veo en tus ojos. No has dejado de creer solo en Dios y en la Iglesia. Has dejado de creer también en Danny y en mí. En nuestra vida en Houston. En nosotros.
—Eso es una tontería, Ruth.
—Ah, ¿sí? Me parece que no. Tu ateísmo es un síntoma, un síntoma importante, de algo mucho más profundo. De una fractura más profunda entre nosotros como pareja. Igual no lo puedes ver. Pero yo sí lo veo y, sencillamente, no quiero tener que lidiar con eso. Ya no. Crees que puedes seguirme la corriente. ¿Recuerdas lo que dijiste? ¿Eso de que estás preparado para defender de palabra lo que sea por el bien de la armonía familiar? Bueno, pues estoy harta de tanta palabrería. Y estoy harta de ti. Quiero que en mi matrimonio haya algo más que palabrería. Quiero sintonía. Quiero unión. Quiero conversación. Quiero..., quiero que te vayas.
—¿De verdad crees que voy a irme de aquí sin pelear? Ni lo sueñes.
—Como desees —respondió—. Pero ¿no piensas que ya hemos peleado bastante? Por eso, te pido que te marches.
—Esto no ha terminado —dije, a la vez que cogía las llaves del coche con gesto decidido.
—Sí que ha terminado.
—Hablaremos cuando vuelva a casa esta noche.
—No, no hablaremos —dijo.
—Claro que sí —respondí—. No hablar de ello. ¿Crees que es eso lo que quiere Dios? No darme oportunidad de arreglar las cosas.
—Más vale que te vayas.
7
Trabajar hasta las tantas me ayudaba a no pensar en lo que ocurría en casa. Ruth y Danny ya no estaban. Había regresado con sus padres; su casa —un rancho de mil doscientos acres en la cima de una colina en Corsicana— fue el primer lugar al que llamé cuando descubrí que Ruth se había ido, y Bob tuvo que hacer un esfuerzo para no sonar contento cuando me dijo que su hija no quería hablar conmigo. Siempre había creído que Ruth podría haberse casado con alguien mejor que yo. Supongo que todos los padres piensan lo mismo respecto de sus hijas únicas, pero no acostumbran a decírtelo con esas palabras.
Corsicana está a menos de trescientos kilómetros de Houston y me planteé ir a aclarar las cosas, pero me quedé en la ciudad y me dije que ya volvería a casa cuando estuviera preparada. Después, solo la llamaba al móvil, y debí de enviarle unos cien mensajes de texto, pero nunca respondió. Todos los matrimonios tienen sus más y sus menos. Supuse que Ruth solo necesitaba tiempo y espacio para entender qué era lo más importante en su vida. En Corsicana había espacio de sobra.
Un par de veces le envié a Danny unos libros y un juego nuevo de la Xbox que compré en Amazon para que supiera que lo tenía presente; sé que le fueron debidamente entregados, pero no me contestó en ninguna de las dos ocasiones, o al menos Ruth no le dejó enviarme un mensaje de texto ni un correo, hecho que me pareció muy mal. Fue extraño lo rápido que me sentí alejado de ellos dos, casi como si hubieran dejado de existir, tanto así que empecé a preguntarme hasta qué punto los había querido. ¿Me habría arriesgado a tener aquella aventura con Nancy Graham si hubiera sido el padre y el marido cariñoso que debería? ¿Era así como se sentían la mayoría de los hombres cuando terminaba su matrimonio? Se lo pregunté a alguno que otro en la oficina, y la opinión general se resumía en que no eran ellos los que habían dejado de existir, era yo. Con el paso del tiempo, me comentaron que uno solo se convierte en un tipo que antes vivía con ellos y que sigue pagando los gastos, y que más me valía acostumbrarme. Pero yo, desde luego, no quería acostumbrarme.
Me vino de maravilla poder volcarme en los casos que tenía asignados, así como en una investigación más a fondo de lo que había en el informe del obispo Coogan; y para ello tuve la buena fortuna de contar con la ayuda de Anne Goldberg, que era por consenso general la mejor analista de investigación en la oficina de Houston. Como miembro de nuestro Grupo de Inteligencia sobre el Terreno, Anne se ocupaba de recabar información en bruto, como registros telefónicos, páginas web, detalles bancarios y, naturalmente, historiales delictivos. A Anne, que había sido periodista, se le daba bien obtener información de otros periodistas, que suelen ser reacios a compartirla con el FBI. Así pues, había mantenido varias conversaciones con periodistas del New York Times, el Washington Post y el Boston Globe. Sin embargo, su mejor aptitud era su capacidad para descubrir patrones y pautas en los datos recogidos, y era esa la principal razón de que los agentes a pie de calle como yo quisiéramos trabajar con ella. Nadie era capaz de elaborar un gráfico de conexiones como Anne Goldberg.
No son solo retazos de información lo que vinculamos en el FBI, también nos vinculamos unos con otros. Allí no hay lobos solitarios. La agente sobre el terreno con la que trabajaba en Terrorismo Nacional era Helen Monaco, que, al igual que yo, procedía de Contraterrorismo. El primer caso de Helen había sido una misión de incógnito en un yate del FBI en el Mediterráneo; su papel había sido lucir palmito mientras se llevaba a cabo una operación secreta contra unos árabes de Al Qaeda. Saltaba a la vista por qué a alguien se le había ocurrido que podía desempeñar ese papel a la perfección. Helen Monaco era la fantasía de todo hombre como compañera en una isla desierta. En un intento de disimular su atractivo y que la tomaran en serio, ahora llevaba unas gafas de escasa graduación y seguramente innecesarias, apenas se maquillaba y lucía trajes de oficina austeros, pero no engañaba a nadie con ese aire de Betty la agente del FBI. Helen Monaco podría haber llevado una bolsa de basura usada y, aun así, seguir pareciendo una tía buenorra. No es que yo albergara ninguna intención en ese sentido, claro. Además, tenía la firme impresión de que Chuck Worrall ya la había advertido sobre mí. Me tenía catalogado como ligón; y hasta ahora yo había creído que eso era bueno. Que Helen creyera que yo no era un tipo con el que estuviera a salvo en un montacargas me ayudaba a seguir en el camino recto.
Helen poseía otra cualidad que hacía de ella una compañera excelente. Durante la operación secreta en el yate había abatido a dos miembros de Al Qaeda cuando sacaron sus respectivas armas para disparar contra uno de sus colegas. Uno de ellos murió; el otro se pasea en silla de ruedas por el patio de una prisión de máxima seguridad en Florence, Colorado. Esos sí son resultados.
Los tres —Anne, Helen y yo— empezamos a trabajar en el caso de Philip Osborne el lunes, y el jueves ya teníamos información suficiente para presentárselo a la agente especial adjunta al mando. Les pedí a las otras dos que me acompañaran porque supuse que entre los tres podríamos argumentar de manera más convincente para que se llevara a cabo una investigación más exhaustiva que si se encargaba uno solo de nosotros.Además, quería poner a prueba una teoría; de hecho, era la teoría de Helen, quien decía que Gisela DeLillo siempre me apretaba más las tuercas cuando había otras agentes delante, casi como si intentara demostrar que no había nada entre ella y yo.
Mientras alineaba varios lápices bien afilados en una pulcra hilera al lado de mi carpeta de cuero del FBI, Gisela nos preparó café a todos, y luego me invitó a plantear el caso contra nuestro «sudes»: el sujeto aún desconocido de una investigación del FBI.
—Es el caso de investigación más extraño que he expuesto en mi vida —comencé—. Hace casi tres semanas, aquí en Houston, el autor Philip Osborne sufrió un shock agudo que lo ha dejado mentalmente incapacitado, quizá para siempre. No se ha descubierto aún cuál fue la causa. En un principio se dio por sentado que había sido víctima de una agresión. Pero, de ser así, no está claro cómo. Ni a manos de quién. Presenta algunas heridas superficiales, solo que parecen autoinfligidas. Pero hay muchas cosas que no son obvias, así que voy a pedirle que tenga paciencia, jefa.
—Siempre tengo paciencia contigo, Martins —dijo Gisela, y luego, mirando a Helen y a Anne, añadió—: Supongo que no hay más remedio, ¿eh?
No hice caso de sus palabras. Cuando uno es supervisor es mucho más habitual que deje pasar algunos comentarios antes que rebatirlos. Además, mi teoría sobre ella ya empezaba a tener fundamento: a Gisela le gustaba bajarme los humos delante de otras mujeres.
—Como quizá sepas —continué—, Philip Osborne es gay y sus dos libros más recientes versan sobre ateísmo. Durante bastante tiempo se las había apañado para molestar a mucha gente. Pero todo lo que he leído sobre él me lleva a pensar que disfrutaba con ello.Al principio me vi tentado de descartar lo ocurrido como la típica crisis de un famoso. Pero me equivocaba. Mi amigo el doctor Eamon Coogan, que es el obispo católico adjunto de la catedral del Sagrado Corazón, me advirtió que una serie de homicidios recientes presentaban similitudes muy interesantes. Las demás víctimas también eran lo que se podría denominar enemigos de la derecha conservadora: un jefe de obstetricia, un biólogo evolutivo y un científico cognitivo y filósofo. Pero hasta la fecha no se ha establecido ninguna relación entre estos casos.
—Si los otros tres eran relativamente conocidos —señaló Gisela—, y supones que hay relación, ¿cómo es que la prensa no la ha establecido? Por lo general, no tardan mucho en detectar una pauta.
—Porque todos parecían haber fallecido por causas naturales. Pero Coogan cree que hay circunstancias que conviene investigar más a fondo y presentan rasgos comunes con lo que le ocurrió a Osborne. Y yo también lo pienso.
—¿Hay alguna otra oficina interesada en investigar esa relación?
—No —contesté—. Houston quedaría como la oficina de origen del caso.
—Si lo ponemos en marcha —me advirtió Gisela—, no te precipites, Gil.
Me sonrió, pero era la segunda vez en cinco minutos que me daba una zurra. Me pregunté si Helen y Anne también se habrían dado cuenta.
—De acuerdo. Sigo escuchando. Pero empieza aquí en Houston. Con ese tal Osborne. Si hay alguna relación entre esos tipos, es él quien nos permite aceptar la apuesta sin ver las demás cartas boca abajo.
Sabía por propia experiencia que Gisela era una jugadora de póquer experimentada, aunque no era habitual que hablase como tal. Por lo visto, era otra manera de recordarme que ella tenía todos los ases en esa reunión.
Después de exponer los hechos según el informe de los agentes de la policía de Houston que habían estado en el escenario en el hotel Zaza, describí la visita que había hecho con Helen Monaco al hospital psiquiátrico del condado de Harris, Texas.
—El doctor Andrew Newman, director médico, me facilitó un diagnóstico de Osborne. El tipo está catatónico. No se mueve en absoluto y parece sumido en un estado de inactividad que, a juicio de Newman, es psicológico en lugar de neurológico. En concreto, cree que algo indujo una reacción extrema de «lucha o huida»: una respuesta al estrés debido a la cual sus hormonas suprarrenales empezaron a funcionar a escala masiva y provocaron una dinámica del sistema nervioso simpático. Tras una de esas crisis de lucha o huida hay una tercera fase: uno se queda inmóvil. Ya sabes, lo del conejo ante los faros de un coche y tal. Pero a los seres humanos nos pasa lo mismo. Y si no se pone remedio se agrava, a veces muy deprisa, y uno entra en un estado de shock que tiene como fin protegerlo de algo peor, tal vez. Por lo general se sale de ello. Unas veces enseguida, otras no tanto. Y en el caso de Osborne está claro que el doctor Newman no tiene la menor idea de si seguirá así dieciocho días o dieciocho meses.
—Entonces, ¿qué? ¿Está en cama mirando el techo?
—Lo tienen atado a una cama, por su propia seguridad en caso de que vuelva en sí de repente. Pero el cuerpo de Osborne, como si fuera de plastilina, se puede colocar en cualquier postura, que mantiene durante varios minutos, o hasta que alguien le mueve las extremidades o la cabeza en alguna otra dirección.
Noté que Helen se estremecía a mi lado.
—Y entretanto se limita a mirar al frente como si estuviera muerto —dije—. Solo que no lo está. Todas sus constantes vitales —ritmo cardíaco, pulso, presión sanguínea— parecen indicar que está perfectamente normal. Es como si estuviera atrapado en su propio cuerpo. Pero hubo un hecho extraño, y tiene que ver con la reacción de lucha o huida que describió el doctor Newman. Poco después de ser ingresado en el hospital, los médicos tomaron una muestra de sangre. La adrenalina suele medirse en la sangre como marcador diagnóstico. Cualquiera de nosotros ahora mismo debemos de tener unos diez nanogramos por litro, lo que puede multiplicarse hasta por diez durante el ejercicio, y durante casos de estrés extremo, hasta por cincuenta, alcanzando los quinientos nanogramos por litro. El cuerpo de Osborne contenía en torno a diez mil nanogramos por litro, que por lo visto es la cantidad que se administra con jeringuilla a los pacientes que presentan problemas cardíacos agudos. Para inyectar semejante cantidad de adrenalina en un breve lapso de tiempo haría falta un autoinyector de epinefrina o una aguja cardíaca, y, sin embargo, no hay ninguna marca de aguja hipodérmica en ninguna zona del cuerpo de Osborne. Ni pruebas de que utilizara un inhalador. No se encontró ningún autoinyector o inhalador en el hotel, ni en la plaza ni en posesión de Osborne. Newman no ha visto nunca que se genere de manera natural semejante cantidad de adrenalina, pero dice que eso no significa que no pueda ocurrir. Tampoco ha visto nunca un caso de catatonia aguda como la de Osborne.
—Qué raro —dijo Gisela, garabateando algo en la libreta.
—Hace poco solicitó un permiso para llevar un arma.
—Eso no es algo excepcional —comentó Gisela.
—Salvo que había manifestado su oposición a la Asociación Nacional del Rifle y a la posesión de armas en general —dije.
—Así que estaba asustado por algo. —Gisela miró a Anne Goldberg—. ¿Hay alguna cosa interesante en sus registros telefónicos, Anne?
—Nada que no deba figurar allí. Todos los números estaban en su agenda.
—¿Correos electrónicos?
—Los del laboratorio están revisando su ordenador para averiguar si hay algún indicio —señalé—. Pero eso llevará tiempo. Hasta entonces, lo que sabemos acerca de los otros tres es lo siguiente. El doctor Clifford Richardson dirigía la Clínica Silphium de Washington D. C. Hasta su fallecimiento hace seis meses, era uno de los obstetras más destacados del país. También había sido presidente de la Sociedad Americana de Ginecología y Obstetricia, así como una reconocida autoridad internacional en obstetricia clínica. Tras recibir amenazas de muerte en Utah hacia finales de la década de los noventa, Richardson se fue a vivir y a trabajar a la capital, lugar en el que abrió una clínica apenas un centenar de metros al norte de la Casa Blanca, en la calle Dieciséis donde, supuso, quizás hubiera menos oposición al aborto.
—De no ser por gente como él —dijo Gisela—, no sé qué haríamos las mujeres en este país.
—Se equivocaba —señalé—. En lo de que no habría oposición en Washington. La Clínica Silphium ha sido objeto de piquetes de manera habitual, considerada una fábrica de abortos por los denominados Consejeros Callejeros de los Grupos a Favor del Derecho a la Vida y la Universidad Católica de Washington. Rezan por las mujeres que ingresan en las clínicas para abortar.
—A mí me suena a acoso —observó Anne.
—Razón por la que hay policías allí —dije—. Y acompañantes de los de derecho a decidir. O «escoltas de la muerte», como los llaman los del derecho a la vida.
—Ay, Dios —murmuró Anne—. A veces me gustaría que pudiéramos traer a Jesucristo para someterlo a un interrogatorio y preguntarle si no le importaría repudiar a algunos de esos capullos. —Me miró—. Perdona, Gil. Ya sé que vas a misa.
—Ningún problema. De hecho, no has dicho nada que no estuviera pensando yo. Y, para que conste, ya no voy a misa.
Gisela se retrepó en la silla.
—¿Qué piensa Ruth de eso?
Estaba a punto de comentar que el pensamiento racional no parecía haber tenido la menor importancia en la decisión de mi mujer cuando el fracaso que era mi matrimonio hizo que se me quedaran atascadas las palabras en la garganta. Me acordé de Danny, y entonces tragué saliva con dificultad y los ojos empezaron a parpadearme como si no confiara en que fueran a seguir abiertos sin delatar más emoción de la que era conveniente en una reunión con mi agente especial adjunta al mando. Mientras intentaba controlarme se hizo un silencio más bien largo que se fue volviendo más revelador y elocuente a cada segundo.
Los instintos de jugadora de póquer de Gisela interpretaron lo que había en mis ojos y dedujeron toda la historia, o al menos una parte de ella.
—Ay, Dios mío —exclamó con un grito ahogado—. Gil, ¿te ha dejado Ruth?
Negué con la cabeza, pero mi cara y la oscilación de la nuez de mi garganta dieron a entender lo contrario.
—La verdad es que preferiría no hablar de eso ahora. De una manera u otra, ha sido una semana difícil.
—Oye, ¿quieres que lo dejemos un momento?
Respiré hondo y moví la cabeza.
—No, estoy bien —dije, y de pronto, por el momento, lo estaba—. Clifford Richardson vivía en la urbanización Watergate —continué—. Su apartamento tenía un balcón con vistas al Potomac. El viernes 21 de febrero de este año, Richardson se quedó hasta tarde en la clínica para terminar un trabajo. El recepcionista lo describió como mucho más preocupado que de costumbre. Después de repostar en una gasolinera, llegó a casa a eso de las nueve, estacionó en el aparcamiento subterráneo y subió en ascensor. A pesar de lo que igual habéis leído, la seguridad es buena en Watergate. Sus vecinos dijeron que no habían visto ni oído nada fuera de lo normal. Era una noche fría y había nieve en la calle, pero no la suficiente para amortiguar la caída de un hombre desde el piso once. A la mañana siguiente, uno de los jardineros encontró el cadáver de Richardson en unos arbustos debajo del balcón. Tenía una entrada para un concierto la noche siguiente y la nevera llena. El mismo día que según parece se tiró por el balcón compró unos libros en Amazon que llegaron la mañana que encontraron su cadáver.
—Lo que estás diciendo —señaló Gisela— es que ese comportamiento no encaja en absoluto con el de un hombre que se iba a suicidar.
—Exacto —afirmé—. La policía metropolitana acudió al escenario y (no sin cierta dificultad, he de decir, porque había varias cerraduras en la puerta) accedieron al apartamento de Richardson, donde no encontraron ninguna nota de suicidio ni señales de violencia. La televisión seguía encendida y había un plato preparado en el microondas. Debido a esas contraindicaciones al suicidio y el historial previo de Richardson, la policía metropolitana decidió tratarlo como una muerte en circunstancias sospechosas. Se llevaron a cabo indagaciones en Utah. Interrogaron a la gente que había estado manifestándose ante la clínica. También hay cámaras de circuito cerrado en el bloque de apartamentos y todos los que entraron y salieron del edificio ese día fueron identificados y descartados. Ninguno estaba vinculado con los partidarios del derecho a la vida que se manifestaban delante de la clínica. Al no encontrar ningún indicio, la policía metropolitana llegó a la conclusión de que Richardson se había suicidado y cerraron el caso. Pero repararon en algo fuera de lo normal en el apartamento de Richardson. Había un manuscrito de la Torá abierto en el aparador en un lugar destacado. ¿Sabéis? Como los que utilizan en las sinagogas, escrito en pergamino en hebreo antiguo, con los rodillos de madera y todo.
—¿Y bien? —preguntó Gisela.
—Richardson no era judío —respondí—. Según su hija, ni tan solo era religioso. No podía explicar por qué poseía algo así.
—Era un rollo Sefer Torá —señaló Anne—. Son caros. Richardson lo compró en eBay un par de semanas antes de morir.Y pagó siete mil dólares por él.
—Cosa rara —añadí— si se tiene en cuenta que no sabía ni palabra de hebreo.
—Rara, sí —reconoció Gisela—. Pero no es un indicio de asesinato.
—Luego está Peter Ekman, un destacado periodista británico que adoptó la nacionalidad estadounidense después del 11 de septiembre. Era exdirector del New Republic, autor de numerosos libros y de un irreverente blog de noticias llamado Ekman: gacetillero que aparecía en el Daily Beast. Hasta su muerte en abril de este año, su blog estaba recibiendo en torno a cinco mil visitas al día.
—Ni siquiera estaba al tanto de que hubiera muerto —comentó Anne.
—Además de meterse con políticos, Ekman arremetía habitualmente contra la religión. La semana antes de morir escribió un artículo sobre los baptistas que originó sesenta y cinco mil quejas, todo un récord para el Daily Beast. Ekman era de los que dicen cosas que nadie más se atreve a decir.Y salía bien librado porque era gracioso. Se dio la famosa anécdota de que participó en el Volker Walker Show de la cadena HBO con el pastor Ken Coffey, el evangelista, y este se enfureció tanto que sufrió un ataque y tuvieron que llevarlo al hospital. Eso le causó muchos problemas con la derecha religiosa. Una vez lo vi debatir con el antiguo arzobispo de Canterbury, lord Mocatta, en la Universidad de Georgetown, y se mostró extraordinariamente divertido y mordaz. Pero el mayor follón que montó fue con los musulmanes cuando habló en su blog de que Angela Merkel, la cancillera alemana, había otorgado un galardón a Kurt Westergaard, el danés que dibujó las caricaturas del profeta Mahoma.
—Eso siempre es un error —observó Anne.
—De hecho, Ekman se sirvió de su blog para comparar las caricaturas danesas con las que solían aparecer en los periódicos de la Alemania nazi; pero, aunque defendía a los musulmanes, se las arregló para cabrearlos reproduciendo los dibujos.
—Hay gente que no puede evitar meterse en líos —puntualizó Anne.
—Bien —terció Gisela—. Ekman era gracioso. Pero tenía una enfermedad relacionada con el tabaco: enfisema, ¿no? Y recuerdo que sufrió un infarto. Entonces, ¿por qué estamos hablando de él?
—Después de que los musulmanes lo amenazaran de muerte, decidió tomar precauciones con su seguridad personal, e hizo construir una habitación del pánico en su casa. La habitación tenía su propio generador y un botón de alarma conectado con la policía local. Debería haberle salvado la vida. En cambio, su mujer regresó un día del centro y se lo encontró allí muerto. La policía llegó a la conclusión de que el recinto no estaba ventilado como era debido y sufrió un envenenamiento por dióxido de carbono. Tenía sesenta y dos años.
—¿Por qué se metió en la habitación del pánico? ¿Lo sabemos? —indagó Gisela.
—No.Y no hizo sonar la alarma. O si la accionó, no funcionó y no acudió nadie. La puerta de la calle estaba cerrada, igual que todas las ventanas. No había huellas en el jardín ni tejas rotas en el tejado.
—¿Amenazas recientes?
—La esposa de Ekman declaró a la policía que recibía amenazas sin cesar, sobre todo en su sitio web o por correo, pero que ella no estaba al tanto de que hubiera nada fuera de lo común.Aunque también estaba convencida de que Ekman probablemente no le habría dicho nada si lo hubiera habido. Tendía a tomarse esas cosas como gajes del oficio. Sea como sea, la policía de Tarrytown se ocupó de la investigación con ayuda del departamento de policía criminal de la estatal de Nueva York.
—Así que una muerte accidental, ¿no? —indagó Gisela.
—Ekman tenía un gato —añadí—. El animal también apareció muerto.
—Lógico —dijo Gisela—. Intoxicación por monóxido de carbono. Esa sustancia es invisible e inodora.
—Solo que el gato no estaba en la habitación del pánico sino fuera, en el dormitorio desde el que se accedía a la habitación.
—Igual —sugirió Helen—, cuando se abrió la habitación del pánico salió una bolsa de gas. No el suficiente para ocasionar problemas a la señora Ekman, pero sí para matar al gato.
—Fíjate, Gil —señaló Gisela—. Me parece que Helen acaba de resolver tu «felinicidio».
—Oye, se supone que estabas de mi parte —le recordé a Helen.
—Lo estoy —dijo—. Lo que pasa es que se me acaba de ocurrir. Igual, sin que la señora Ekman se diera cuenta, el gato entró con ella a la habitación del pánico y aspiró una buena bocanada de gas, volvió a salir y murió.
—Bien —advirtió Gisela—. Vamos a intentar especular lo menos posible. Gil, has dicho que había un tercer caso que llamó la atención al obispo Coogan. ¿Por qué no nos lo cuentas?
—Willard Davidoff era profesor de biología evolutiva de la humanidad en la Universidad de Yale, vicepresidente de la Asociación Humanista Americana, célebre autor y renombrado ateo. En 2009 figuró en la lista de la revista Time como una de las personas más influyentes del mundo. Justo antes de las navidades pasadas, Davidoff pronunció un discurso en la biblioteca pública de Boston. El tema era «La evolución de la superstición y la religión», y arguyó que las religiones de hoy en día no son una cuestión de revelación divina sino de selección natural, en tanto que solo las más fuertes han sobrevivido gracias a su capacidad física, que él define como su buena disposición a exterminar a las demás.
—Debió de sentarles muy bien allá en Boston —dijo Gisela.
Le ofrecí una media sonrisa.
—De hecho, la conferencia agotó todas las localidades. Luego, se celebró una fiesta a la que estaban invitados todos los «brahmanes» de Boston. Antes de que terminara, su editor declaró haber visto a Davidoff en una de las plantas superiores, hablando solo. Fue a charlar con él y no le hizo el menor caso. Tenía fama de irascible, conque estaba acostumbrado a cosas así y lo dejó tranquilo. Nadie volvió a verlo después y dieron por sentado que había vuelto a su habitación en el hotel Four Seasons. Hay diez minutos a pie. Se podría ir con los ojos cerrados. Pero a la mañana siguiente alguien que paseaba al perro encontró el cadáver de Davidoff en Olmstead Park, que está a una hora de allí en dirección contraria. Seguía en posesión del Rolex y de un billetero con trescientos dólares, así que estaba claro que no lo habían atracado. Tenía el cuello roto y, por lo visto, se había caído de un árbol. Había en su ropa grandes manchas de musgo y presentaba corteza de árbol bajo las uñas.
—¿Estaba borracho? —preguntó Gisela.
—Encontraron una botella de vino tinto en su sangre —dije.
—Desde luego, yo me emborracharía con eso —reconoció Helen.
—La pregunta es —continué—: ¿fue la botella de tinto que bebió Davidoff en la biblioteca pública de Boston lo que lo empujó a caminar cinco kilómetros en dirección contraria una gélida noche y luego subirse a un árbol? ¿O fue otra cosa? Un vecino de Huntington Avenue declaró que le pareció ver a un hombre que se correspondía con la descripción de Davidoff corriendo en dirección al parque hacia las diez y cuarto de esa noche, y una enfermera de un hospital cercano aseguró haber visto cómo un taxi estuvo a punto de atropellar a alguien que quizás era Davidoff.
—Entonces, ¿qué dijo la policía de Boston?
—Salió de la biblioteca y se fue andando en dirección contraria. Cuando Davidoff cayó en la cuenta de que se había perdido, salió corriendo detrás de un taxi, se extravió más aún y se encontró en Olmstead Park, donde sufrió una muerte accidental. Escogieron la explicación más evidente, porque la explicación más evidente suele ser la correcta: que Willard Davidoff trepó a un árbol estando borracho y pasó a ser uno de los quince mil estadounidenses que murieron el año pasado de resultas de una caída.
Gisela empezó a dar golpecitos impacientes sobre el cuaderno con el bolígrafo.
—Y la verdad es que no puedo decir que no esté de acuerdo.
—Venga, jefa —dije—, estamos hablando de un profesor de Yale, no de un chaval de alguna hermandad universitaria de élite como Skull and Bones. ¿Es un comportamiento normal para un biólogo evolutivo de sesenta y cinco años de fama internacional subirse a un árbol en una fría noche de invierno, en Boston?
—Bueno, podría serlo —replicó Gisela—. Igual se subió a un árbol en busca de un escarabajo raro o de un puto trozo de corteza, ya que a eso se dedican los biólogos, Gil. Por otro lado, igual el árbol le permitía ver de maravilla la ventana del cuarto de baño de alguna joven atractiva. Eso también es biología.
—¿No te parece que todo esto es demasiada coincidencia? Todos estos tipos parecían tener miedo de algo. Los tres acaban muertos de manera prematura, y con menos de seis meses de diferencia. Lo que hace que me pique la curiosidad es quiénes eran y lo que eran.Y no soy el único que tiene ganas de indagar, jefa. Fue el obispo Eamon Coogan quien me puso al tanto, no lo olvides.
—¿Es necesario que te recuerde algo que deberías haber aprendido en Quantico, agente Martins?
Eso era una puñalada trapera. Cualquier mención de lo que debería haber aprendido en la academia siempre me dejaba con la sensación de que nunca iba a llegar a ser un agente especial adjunto al mando.
—Gil, si lanzo al aire una moneda y sale cara diez veces, ¿sospecho que es una conspiración? ¿O lo descarto como una coincidencia? La sigla FBI no significa Federación de Bobos Ingenuos. Esta solicitud de abrir un caso es un aforismo en plan Oscar Wilde en boca de un investigador. Uno es mala suerte, dos es falta de atención, tres equivale al título dieciocho.
La sección trescientos cincuenta y uno del título dieciocho del código penal estadounidense es lo que autoriza a los agentes especiales y a los miembros del FBI a investigar las infracciones de las leyes federales.
—¿Helen? ¿Tú qué crees?
Helen cambió de postura en la silla con gesto incómodo y cruzó las largas piernas, como si así fuera a tener más tiempo para decantarse por un lado u otro de la argumentación.Yo ya sabía que Helen estaba a favor de seguir adelante con la investigación. La cuestión era si se echaría atrás al ver el as de Gisela. Gisela era la jefa.
—Lo que has dicho sobre coincidencias tiene sentido —dijo Helen—. Pero a veces tengo la impresión de que la vida nos muestra lo que necesitamos saber. Antes de entrar en esta sala, Gil me había convencido de que podía haber un fuego de verdad al final de esta estela de humo.Ahora no estoy tan segura. Por otra parte, si de mí dependiera, creo que confiaría en su instinto, al menos durante un tiempo. Igual una o dos semanas. Solo para ver qué descubre su olfato. No puede hacer ningún daño. Incluso hasta puede que haga algún bien.
Gisela miró a Anne.
—¿Tú qué piensas?
—Yo también tengo olfato para ciertas cosas —respondió Anne—. Me gustan las pautas. Creo en ellas. Veo conexiones donde no las hay. Entiendo lo que dices, jefa, pero me da la impresión de que llegará un día, no muy lejano, en que los ordenadores harán que la noción de la coincidencia y el azar parezca obsoleta y veremos las cosas como lo que son en realidad. La coincidencia parecerá lógica.
Helen y Anne tenían razón, claro. Pero también la tenía Gisela. Conmigo éramos tres contra uno a favor de continuar investigando, aunque el uno de Gisela estaba por encima del tres, por supuesto. Era evidente que estaba un tanto decepcionada de que la hermandad femenina se hubiera puesto de mi parte, pero así estaban las cosas y quizás Anne y Helen simplemente habían tenido más tiempo que Gisela para pensar en el caso.
—Tengo que justificarlo ante Chuck, y no quiero que me deje a la altura de una novata que no sabe más que pasearse por ahí con su bolsito —dijo Gisela—. No es Gil Martins el que tiene un par de pelotas nuevas aquí. Soy yo, y quiero conservarlas una temporada. Si decido dar luz verde a una nueva investigación, ¿cuál va a ser el siguiente paso, Gil?
—Ir a echar un vistazo mucho más cerca. Helen y yo iríamos a Washington, Boston y Nueva York. Luego, intentar averiguar algo más que la policía local sobre esas tres muertes. Esperar que los del laboratorio encuentren alguna pista en el ordenador de Osborne. Y rezar para que surja una nueva vía de investigación, supongo. O igual otra víctima. Si hay alguien detrás de esto, dudo de que se dé por satisfecho con tres víctimas y un caso de catatonia aguda. De un modo u otro, supongo que podremos recabar todos los datos en un par de semanas. Tengo la impresión de que puedes pasar sin mí. El departamento de investigación criminal del ejército tiene un confidente en el grupo de Johnny Brown, el Saco, y nos mantienen informados sobre cuándo planea el grupo HIDDEN hacerse con un sistema Switchblade.
Gisela asintió.
—De acuerdo —respondió—. Es todo por ahora, chicos. Tendré en cuenta lo que habéis dicho y os haré saber mi decisión cuando la haya tomado.
8
Una semana después, sin nada que mostrar aparte de un puñado de facturas de gastos e informes no concluyentes, más que llevar a cabo una investigación tenía la impresión de haberme lanzado en plancha a la piscina. Habíamos dado palos de ciego en Washington y Nueva York, y ahora que estábamos en Boston parecía que íbamos a seguir dándolos allí también. El único consuelo era que nos alojábamos con mis padres en su amplia casa del South End, a diez minutos en coche de la sede del FBI en Boston en el distrito del North End de la ciudad donde nos veíamos sometidos al desdén silencioso de nuestros colegas. Los polis y los federales tienen la mirada más hosca del mundo. Cada vez que me fijaba en uno de esos tipos, sabía que estaba pensando lo mismo: «¿Habéis venido desde Houston a investigar la muerte de un borracho que se cayó de un puto árbol?». No encontramos nada de interés en el informe de la policía en la comisaría de Tremont Street, y tampoco descubrimos gran cosa en el escenario de la muerte de Willard Davidoff en Olmstead Park, salvo quizás el árbol en sí.
—Es un sicomoro de quince metros —señaló Helen—. Yo no intentaría subirme a él en verano. Y eso que me gusta trepar.
—Ah, ¿sí?
—Claro. A veces voy a hacer escalada en bloque al gimnasio Texas Rock en Campbell Road.
—¿Escalada en bloque?
—Escalada sin cuerda.
—Eso parece una descripción de mi carrera en el FBI.
—Puede ser muy estimulante, si te refieres a eso.
—Claro. Hasta que te caes.
—Y piensas que es eso lo que ha pasado aquí. ¿A ti concretamente? ¿Con esta investigación?
—Sigo en el aire, quizá, pero creo que está bastante claro cuál va a ser el resultado.
—Aprendemos de nuestros errores. ¿No es eso lo que nos enseñan en la academia?
Me encogí de hombros.
—Siempre me ha gustado este parque.
—¿Traías chicas aquí?
—Solo a ti.
—Es mi día de suerte, supongo.
—Hasta el momento no. —Volví la vista hacia el árbol—. Es el árbol perfecto, ¿verdad?
Helen se volvió y se fijó en el patrullero de la policía de Boston aparcado en Jamaica Way.
—Eso han dicho esos. Encontraron trocitos de la corteza y musgo en su ropa. Y restos de su piel en esa rama.
Moví la cabeza.
—Sí. Pero ¿cómo coño trepó a un árbol como este?
Helen se quitó la chaqueta y me la pasó.
—Solo hay una manera de averiguarlo. Una teoría se pone a prueba con un experimento. Eso es el método científico. Galileo.
—Sí, bueno, ten cuidado, Helen. Galileo descubrió la fuerza de la gravedad. No intentes descubrirla tú también.
—De hecho, te equivocas. —Helen apoyó las manos en el tronco del árbol y levantó la vista en busca de un asidero—. Galileo planteó que cuerpos distintos caen con una aceleración uniforme.
—La misma chorrada.
—El caso es que entre Galileo y Aristóteles hubo un montón de personajes con teorías que no se tomaron la molestia de poner a prueba.
—Ya sabía yo que había algún motivo por el que no traía chicas a este parque.
Helen dio un salto, se agarró a una rama y se impulsó primero con un brazo y luego con los dos.
Instintivamente, acudí a ayudarla.
—No me toques —dijo con firmeza.
—Perdona.
Aparté las manos y las entrelacé a la espalda en actitud penitente.
—Quería decir que tengo que hacerlo yo sola, como lo hizo él; si no, no tiene sentido.
Columpió las piernas y se enganchó con las pantorrillas a la rama de la que estaba colgada.
—Sí, claro. Qué estúpido por mi parte.
Soltó una mano de la rama y se subió la falda hasta la cintura, ofreciéndome una vista espectacular de su ropa interior.
—Este parque es cada vez más bonito —comenté.
—Ya veo que estás ahí.
Helen volvió a cogerse a la rama y forcejeó hasta conseguir encaramarse.
—Estoy presenciando un experimento científico, nada más —dije.
—¿Y a qué conclusión has llegado, Galileo?
—A la de que eres una mujer atractiva.
—Desde tu perspectiva.
—Es verdad. ¿Qué edad tienes, Helen?
—Veintisiete. ¿Por qué?
—Willard Davidoff tenía más del doble. Si se subió a este árbol, yo soy George Washington.
—El árbol que se supone que taló Washington era un cerezo.
Helen se descolgó, se dejó caer a la hierba y luego se bajó la falda sobre los muslos bronceados.
—¿Qué pasa? ¿No habías visto nunca unos pantis?
—Claro. Seguro que encuentras mi ADN en la mayor parte de los escaparates de tiendas de ropa interior por todo Washington.
—Ya. Teniéndote a ti no hacen falta perros rastreadores, ¿eh?
—No era la nariz lo que tenía pegado al cristal —señalé.
—Bueno, por mí perfecto.
—No querría que te hicieras una idea equivocada de mí, Helen.
—No, todo está quedando bastante claro, agente Martins. Empiezo a comprender a tu mujer.
—Ojalá tuviera yo tu capacidad de comprensión. No tengo ningún problema en decirte, Helen, que me está costando imaginar cómo es que la policía de Boston pudo haber confundido a un profesor de ciencias de sesenta y cinco años con Indiana Jones.
Helen se miró las manos un momento antes de escupir en ellas y frotárselas con un pañuelo que le ofrecí.
—Nunca me ha gustado mucho la ciencia —dije.
—Supongo que es demasiado exigente desde el punto de vista intelectual para ti.
Esbocé una tímida sonrisa.
—Se supone que no debes hablarme así. Soy tu supervisor.
—Por eso resulta tan divertido.
—Vámonos de aquí antes de que digas algo de lo que te arrepientas.
Regresamos al coche de alquiler que habíamos aparcado detrás del patrullero de la policía de Boston. Los dos memos que parecían estar rezando tras sus tazas de café de poliestireno nos miraron aguantándose la risa. Eran los dos irlandeses de pura cepa: tipos turbios y sobrealimentados de alguna zona residencial de mierda de la ciudad con aliento a puré rancio.
—Supongo que el gilipollas ese se cayó del árbol —dije.
—¡Oh! Se hizo la luz.
Los dos polis se echaron a reír, pero no le di importancia. Otros polis también tienen que reírse. Igual estos más que nadie.
Tenía buenas razones para no querer comer en casa. Para empezar, mis padres se habían dado cuenta de mis respuestas monosilábicas sobre Ruth y Danny, y no tenía muchas ganas de explayarme acerca de nuestra separación a prueba, que era como la había descrito el abogado de Ruth. De hacerlo, habría tenido que mencionar mi infidelidad y el fanatismo religioso de Ruth, que seguía siendo un asunto delicado con mi padre. No quería preocupar a mis progenitores: parecían mucho más mayores y decrépitos de lo que los recordaba. Pero Helen se empeñó, aunque estaba más interesada en la casa de mis padres que en la comida.
Desde fuera, por lo menos, era como cualquier otra residencia urbana en esa parte de Boston: alta, con ventanas saledizas, pórtico y una enredadera que no era nada buena para el enladrillado rojo, aunque no es que a mi padre le importase mucho. Sin embargo, en el interior había conseguido que pareciera un auténtico hogar lejos del hogar, es decir, un facsímil exacto de la casa en la que habíamos vivido en Glasgow. Había tragaluces de vidrio de colores, mobiliario mullido y tapizado en tela a cuadros, muchas piezas sólidas de caoba de estilo victoriano y, en las paredes, varios paisajes escoceses más bien sosos y retratos de antepasados y parientes de cara adusta e implacable, incluido Bill, el hermano de mi padre.
No mucho después de dejar Escocia para vivir en Boston —yo tenía catorce años—, mi padre me dio un consejo al que siempre he procurado aferrarme.
«No te apresures con la ofensa, Giles. Aprende a ser tolerante y a vivir y dejar vivir. Recuérdalo: la intolerancia, los prejuicios, el resentimiento..., todo eso lo estamos dejando atrás». Era un consejo poco habitual por parte de mi padre; no era de los que dicen a los demás qué hacer. En consecuencia, no soy fácil de provocar, lo que, desde el punto de vista cristiano de poner la otra mejilla, está bien, supongo. Pero esa actitud también hizo creer a más de uno que nada me importaba gran cosa. Así pues, todo el mundo se sorprendió cuando ingresé en el FBI. Nadie quedó tan asombrado como mi padre; nadie se enorgulleció más tampoco. Y nunca parece cansarse de decírmelo. «Estados Unidos se ha portado bien con nuestra familia, Giles —manifestaba en un acento que, incluso después de treinta años, sigue sonando como si viviera en una de las zonas más agradables de Glasgow—. Me alegra mucho que hayas elegido devolverle el favor».
Al volver la vista atrás, entiendo que el consejo que me dio en mi adolescencia iba mucho más allá del mero deseo de evitar que acabara siendo como muchos compatriotas nuestros. Y lo que es aún más importante: no quería que acabara siendo como mi tío Bill.
Ahora tío Bill debe de tener setenta y siete años, y no lo he visto desde que nos marchamos de Escocia en 1990; estoy casi seguro de que mi padre tampoco. El caso es que mi tío Bill se volvió loco y sigue encerrado en un psiquiátrico en alguna parte de Escocia. Una vez, no mucho antes de que mi familia emigrara, mi padre regresó a casa después de ir a ver a Bill, deshecho en lágrimas y jurando que no volvería nunca más. Mis recuerdos de Bill son tan nítidos como si lo hubiera visto ayer mismo. Durante casi diez años fue un tío adorable, pero poco a poco se convirtió en una persona aterradora, incluso para sus sobrinos y sobrinas. Recuerdo las discusiones furiosas, pero en completo silencio que tenía Bill con personas que sencillamente no estaban. Hay un término psiquiátrico preciso para lo que le ocurría a mi tío, pero mi padre dice que no era más que un caso de sensibilidad anómalamente delicada ante las decepciones de la vida cotidiana. Es una situación en la que resulta sencillo encontrarse si uno vive en Escocia. Una vez le pregunté a mi padre con quién creía que Bill discutía, y me contestó que era seguramente una de sus otras personalidades. En otra ocasión, mi padre me comentó que igual era Dios o el diablo, y cuando le pregunté cuál creía que era más probable, se encogió de hombros y dijo: «Es todo lo mismo». Eso fue antes de que mi padre declarase su ateísmo, pero, aun así, se veía venir de lejos.
En retrospectiva, me parece que la locura de Bill data más o menos del momento de mi confirmación, o de mi no confirmación, dependiendo de cómo se mire. Después de todo, escupir la hostia y limpiarme los santos óleos de la frente no es exactamente el comportamiento de un católico romano devoto. Eso no lo sabía ni siquiera el obispo Coogan. Durante mucho tiempo después de aquello, estuve convencido como el niño que era de que Dios me había castigado por mi precoz blasfemia —sabía muy bien cuánto apreciaba a mi tío— abocando al pobre Bill a la locura. Incluso hoy en día es un razonamiento para justificar la locura de alguien ni más ni menos convincente que muchos otros que se oyen en cualquier iglesia.
A veces esas cosas vienen de familia.
Mi móvil vibró encima de la mesa del comedor como si hubiera empezado un terremoto, sobresaltando a mis padres.
—Sí, al habla el agente especial Gil Martins.
—Soy Cynthia Ekman.
La voz sonaba un poco entrecortada, pero sexi y británica con un deje estadounidense, igual que el whisky con un chorrito de ginger ale, tal como lo bebían siempre mis padres.
—La esposa de Peter Ekman —explicó—. Su viuda.
—Señora Ekman, lamento no haber coincidido con usted cuando estuvimos en Nueva York.
Me levanté, me alejé de la mesa y le indiqué a Helen con un gesto que me siguiera, al tiempo que pulsaba el icono del altavoz en la pantalla de la BlackBerry del FBI para que oyera la conversación.
—Mi hijo se licenciaba en la Universidad de Oxford y me fui a Inglaterra a la ceremonia. Pero ahora estoy otra vez en Nueva York.
—Mi colega, la agente Helen Monaco, está aquí conmigo escuchando esta conversación. Así no tendré que relatársela luego. Ahora mismo nos encontramos en Boston.
—La acompaño en el sentimiento, señora Ekman. Tanto el agente Martins como yo hemos leído buena parte de la obra de su difunto marido, a quien admirábamos mucho.
Helen y yo estábamos delante de una ventana con vistas a Worcester Square. En el parquecito bordeado de árboles, la luna se reflejaba en la superficie del agua a los pies de una fuente dominada por un feo grupo de figuras toscamente labradas que se suponía que eran dos damas de Boston que habían salido a pasear con los coñazos de sus críos.
—Una vez vi a su marido debatir con el antiguo arzobispo de Canterbury en Washington —intervine—. Se podría decir que me ayudó a abandonar la Iglesia.
La señora Ekman suspiró.
—Entonces, lo acompaño en el sentimiento a usted, agente Martins. Pese al ateísmo militante de mi difunto marido, me las apañé para conservar mi fe religiosa. Estar casada durante diez años con un hombre como Peter y seguir considerándome musulmana practicante..., bueno, no fue nada fácil. Mire, la razón por la que le llamo es que hay algo que no encaja en lo que le pasó a Peter. No murió de manera accidental, como dicen. Estoy segura, y supongo que ustedes también deben de tener dudas.
—¿Qué le hace pensar que la policía pudo equivocarse?
—He encontrado el diario que llevaba hasta el momento de su muerte. Un diario secreto del que yo no sabía nada. Después de leerlo, estoy convencida de que su muerte encierra algo más de lo que parece.
—¿Ha hablado de ese diario con la policía?
—No.
—¿Puedo preguntarle el porqué?
Cynthia Ekman suspiró.
—Mi marido estaba teniendo una aventura. Y no confío en que la policía no enseñe el diario a alguien de la prensa. Cuando murió Peter aparecieron varios artículos en el New York Post que solo podían proceder de la policía. El conglomerado mediático y Peter mantenían una disputa desde hacía años. Y ahora que ha desaparecido, les encantaría ensuciar su memoria con alguna mierda así. El diario trata sobre todo de su aventura, pero de vez en cuando menciona algo que me hace pensar que estaba asustado. Muy asustado.
—De acuerdo —respondí—. ¿Quiere enviarnos el diario?
—Tengo que confiar en alguien por lo que respecta a este asunto, pero aún no puedo depositar mi confianza en gente que no conozco. Igual si vinieran a Nueva York podríamos vernos y les podría leer aquí algunos fragmentos del diario.
9
Tarrytown es una población acomodada en el condado neoyorquino de Westchester y ocupa una de esas amplias ensenadas que se abren en la costa este del Hudson. No lejos de allí, a medio camino del pueblo de Sleepy Hollow, había un discreto acre de terreno en el que se erigía la casa de Cynthia Ekman. En torno a aquel edificio se localizaba un bosquecillo de cerezos, perales y cornejos en flor y un gran número de pinos blancos más altos. El repiqueteo de un pájaro carpintero era el único sonido que perturbaba la plena tranquilidad. En principio, parecía un enclave aislado muy conveniente para un escritor, sobre todo uno con enemigos urbanos tan acérrimos. A la luz de la última hora de la tarde nos acercamos a la casa en el Taurus que habíamos alquilado en La Guardia.
—¿Lo notas? ¿Sientes esa sensación soñolienta e irreal en al aire?
Sonreí.
—Has estado haciéndole caso al puto recepcionista del hotel Doubletree. Según él, esta localidad es como una típica película de Tim Burton y rebosa de lugares embrujados, leyendas locales y supersticiones morbosas.Si quieres saber mi opinión, Helen, creo que comercian con toda esa mierda. Jinetes sin cabeza, brujos, cosas que asustan en plena noche. Es bueno para el negocio, nada más. Atrae a los turistas.
—¿No crees en lo sobrenatural?
—¿Yo? No. Ya no. No creo en nada contra lo que no pueda disparar.
—Igual es porque nunca has disparado contra nadie. Después de haber matado a alguien resulta mucho más fácil creer en toda esta mierda. ¿El tipo ese al que le disparé en el barco? Durante mucho tiempo tuve la extraña sensación de que seguía rondando por ahí. Empezaba a oír música y voces en el aire, la misma música y las mismas voces que se escuchaban en el barco cuando ocurrió todo. Y un par de veces incluso me pareció verlo. Como si ejerciera una especie de poder mágico sobre mi mente.
Alcanzamos a ver la casa y enfilé con el coche el largo y sinuoso sendero de acceso de grava. Era una antigua edificación colonial de madera de dos plantas con escalera exterior y un porche, también de madera, que parecía ofrecer una buena panorámica de las tierras y alguna que otra vista del río Hudson.
Nos bajamos del vehículo y nos dirigimos a la entrada de la casa.
—¿Y ahora? ¿Piensas en él? ¿En el árabe?
—No. Es la primera vez que me acuerdo de él desde hace una eternidad. Y, desde luego, la primera vez que le hablo de él a alguien que no sea el loquero federal.
El loquero federal —el doctor Sussman— era el psiquiatra al que te remitía el FBI cuando matabas a alguien, para asegurarse de que no te ibas a Starbucks a lloriquear.
—Bueno, me alegra que hayas confiado en mí. Creo que es importante que sepa por lo que has pasado, y viceversa.
—¿Por qué has pasado tú exactamente, Martins, que no llevara una falda abierta?
Subimos los peldaños de la entrada y llamamos a la puerta.
—Qué cruel ha sido eso. Cierto, pero cruel.
Se abrió la puerta y apareció una mujer atractiva de cuarenta y tantos años. Muy alta, de constitución esbelta, con el rostro almendrado, el cuello tan largo como el Cuerno de África y la piel del color del cobre sin bruñir; parecía una modelo. Llevaba una chaqueta de sport roja, pantalones grises, zapatos de tacón bajo con estampado de leopardo, camisa blanca y un pañuelo de seda al cuello. Nos saludó efusivamente y nos hizo pasar a un salón con techo de doble altura en el que había más libros en las estanterías que en una habitación de las que aparecen en las revistas de arquitectura. Helen y yo nos sentamos en extremos opuestos de un largo sofá mientras la señora Ekman quitaba un libro del sillón en el que había estado sentada. Optó por encaramarse al borde del asiento y nos miró recatadamente con las manos entrelazadas delante de una rodilla. La luz de la lámpara, resplandeciente sobre el cristal de unos pósteres de películas enmarcados y más resplandeciente aún en los diamantes que lucía la señora Ekman en los lóbulos de las orejas, destelló en las gafas de Helen mientras miraba a un lado y a otro antes de levantar la vista hacia la galería, como para acordarse de que era allí donde estaba ubicada la habitación del pánico en la que había muerto Ekman.
—Ya han estado aquí, claro —dijo la viuda, mirando atentamente a Helen.
—Sí —respondió Helen—. La última vez que vinimos, su ama de llaves nos dijo que echáramos un vistazo.
—Así pues, ya sabrán que es ahí donde murió. Allí arriba.
Los dos asentimos. Las fotografías del cadáver de Ekman tomadas por la policía científica seguían en el expediente en mi maletín, pero lo más desagradable era que continuaban alojadas en mi cerebro. He visto unos cuantos cadáveres en mi breve carrera con el FBI; muchas veces los cuerpos están hechos polvo y en mal estado. El de Ekman no presentaba ni una sola marca, pero el cadáver tenía algo que me perturbó profundamente, algo grotesco en la cara del fallecido. Cuando la gente está muerta, está muerta, y por lo general es lo único que se puede decir de ellos. Pero la cara de este cadáver en concreto parecía mirarte con suma concentración. Resulta absurdo, pero es como si el rostro albergara algo más que la mera historia de una muerte; era como si tuviera algo que decir acerca de la naturaleza de la muerte en general, tal vez una verdad sobre la esencia de la eternidad y nuestro lugar en ella. Supongo que todo suena bastante raro, y lo es. Pero esperaba, sinceramente, que la señora Ekman no hubiera visto las fotografías del cadáver de su marido.
—¿Quieren algo de beber? —preguntó—. Tengo una botella de vino abierta.
—No, gracias —respondí.
La señora Ekman estaba otra vez de pie y se servía una copa de una botella de vino blanco abierta en el aparador.
—Antes nunca bebía vino blanco —dijo—. Seguramente no habría empezado de no ser porque Peter bebía mucho.Yo acostumbraba a terminarme una botella solo para que no se la acabara él, ¿saben? —Con una copa de líquido dorado en la mano volvió al sillón y se sentó, esta vez más cómodamente que antes—. A mí marido no le gustaba mucho el FBI. En conformidad con la ley de libertad de información, se las arregló para obtener una copia del expediente que tenían sobre él. Escribió a la sección de solicitudes de archivos de libertad de información en algún lugar de Virginia, obtuvo el expediente y después redactó un artículo al respecto en su blog.
Asentí.
—¿Ha visto usted el expediente del FBI de Peter?
—Le he echado un vistazo, sí. Pero recientemente y solo porque ha fallecido. El FBI suele tener expedientes sobre extranjeros nacionalizados, gente que ha firmado una petición política, que ha sido miembro del partido comunista o que ha tenido contacto con un dictador extranjero. Peter cumplía los cuatro requisitos. —La señora Ekman tomó un largo sorbo de vino blanco, frunció el ceño y respondió su propia pregunta—. Claro. Escribió un libro sobre Hugo Chávez, ¿no? Otro error de juicio por parte de Peter. Siempre tenía el mejor concepto de los políticos hasta que, inevitablemente, lo decepcionaban igual que todos los demás. Solo que Peter se tomaba esas cosas muy a pecho. —Sonrió—. Pero no me malinterpreten. Estaba muy orgulloso de ese expediente suyo del FBI. Le encantaba hablar de eso en las cenas elegantes. Creía que le daba un cierto aire crispado y subversivo. Aunque no era propio de él en absoluto. En muchos aspectos, Peter era muy conservador, como seguro que sabrán si han leído lo que escribía.
—Sí, lo sé. Pero no era de nosotros de quien tenía miedo. Era de otros, ¿no lo cree usted?
—Desde luego tenía miedo de algo. —Se estremeció un poco y cogió un chal de cachemira del brazo del sillón para echárselo sobre los hombros—. A veces este lugar resulta un poco solitario y uno empieza a imaginarse cosas. Bromeábamos sobre ello, Peter y yo. Lo llamábamos el síndrome de Sleepy Hollow. Es mucho más fácil tomarse a broma algo así cuando no se vive solo.
—¿Tiene usted miedo de algo ahora, señora?
Se encogió de hombros.
—Si muere tu marido, a veces se te olvida que no está. Imaginas que se encuentra en la cocina o en su estudio. Como estaba siempre. O, en algunas ocasiones, imaginas... otras cosas.
Cynthia Ekman negó con la cabeza.
—Es una casa antigua. Frecuentemente cruje un poco, eso es todo. Estoy segura de que nadie tiene nada contra mí, tal como podía tenerlo contra él. Ya no, por lo menos. Hace mucho tiempo que no recibo amenazas. Alrededor de unos cinco años.
—No estábamos al tanto de eso —dijo Helen—. Lo siento. Me temo que hemos centrado toda nuestra atención en la muerte de su marido.
—Soy originaria de Somalia —nos contó la señora Ekman—. Nací allí y luego pedí asilo político en Inglaterra para eludir un matrimonio concertado, antes de venir a Estados Unidos a trabajar de intérprete en las Naciones Unidas. Después escribí un libro sobre el tratamiento que se dispensa a la mujer en la sociedad islámica titulado Entre las odaliscas; huir del serrallo.
—Lo leí —aseguró Helen—. ¿Es usted Cynthia Shermarke?
—Sí.
—Me gustó ese libro —dijo Helen—. Fue un superventas, ¿no?
—Sí, lo fue. Solo que ese libro me valió muchas críticas en Arabia Saudí y en Egipto, algunas bastante violentas, la verdad. Recibí más de una amenaza de muerte. Hoy en día es lo más normal cuando uno escribe algo con lo que hay gente que no está de acuerdo. Después de escribir el libro conocí a Peter. Nos casamos y vinimos a vivir aquí. En un principio se suponía que la habitación del pánico era por mi bien. Quién iba a pensar que sería él la persona que creería necesitarla.
—Quizá pueda explicarse con más detalle —la instó Helen.
La señora Ekman sonrió y dio la impresión de que al menos Helen se había ganado su confianza.
—Sí —afirmó—. Más vale que lo haga.
La señora Ekman dejó la copa y se levantó para coger un ordenador portátil de una mesa junto a la ventana. Lo llevó al sillón y lo abrió sobre sus rodillas.
Mientras esperábamos a que se pusiera en funcionamiento paseé la mirada por la sala. Unas espléndidas cigarreras ocupaban un lugar de honor en unos nichos como las tumbas de generales franceses desconocidos; sabía que eran cigarreras porque encima de cada una de ellas había un cortapuros. En la mesita de centro descansaba un cenicero de cristal del tamaño de un tapacubos al lado de un mechero de mesa de granito que tenía aspecto de haber sido arrancado de un meteorito. Y había una bombona de oxígeno con un tubo y una mascarilla como recordatorio de que Peter Ekman había padecido un enfisema provocado por el tabaco.
—Tenía el diario en el portátil —explicó la señora Ekman mientras tecleaba un poco más—. Estaba protegido por una contraseña secreta. Solo que esta no era tan secreta. Estaba escrita en una libretita en la que anotaba todas sus contraseñas. Peter no era muy cuidadoso con estas cosas.
La señora Ekman esbozó entonces una sonrisa paciente, y por un momento atiné a ver la clase de relación que tenían: él, a menudo borracho y desorganizado, pero también divertido, probablemente; y ella, dura y con iniciativa, incluso un tanto inflexible, y con frecuencia exasperada por su marido, tan brillante, pero a todas luces encantada con él. O al menos lo había estado hasta que se enteró de la aventura, supuse.
—He destacado los pasajes clave, pero para lo que ahora nos ocupa más vale que se los lea en voz alta. Aún no he decidido si voy a entregarles este portátil.
Le resté importancia moviendo los hombros.
—Podría darnos una copia en un lápiz de memoria. Tengo uno aquí mismo.
—Miren, entenderá a qué me refiero cuando empiece a leer, ¿de acuerdo? Y quizá lo mejor sea que dejen todas las preguntas para después, cuando haya terminado.
Asentí.
—Claro. Lo que le resulte más cómodo, señora.
Movió la cabeza con amargura.
—Se lo aseguro, agente Martins, nada de esto me resulta ni remotamente cómodo. Y, ¿le importaría llamarme Cynthia o señora Ekman, en vez de señora a secas? Suena condescendiente, como si se estuviera esforzando todo lo posible por tener paciencia conmigo. Se lo agradecería.
Cuando la señora Ekman bajaba la vista hacia la pantalla, crucé la mirada con Helen y procuré contener el deseo de hacerle una mueca. Me habían dado un buen tirón de la correa, y seguía un poco ahogado y con el cuello torcido igual que un chucho que se hubiera llevado una bronca.
—«Ahora recibo tantos correos —leyó la señora Ekman— que a veces tengo la sensación de que es una variante moderna de la proverbial maldición china: “Ojalá te encuentren todos tus mensajes”. Es lo contrario de una diáspora. Si un millar de caminos llevan siempre a Roma, entonces estoy también seguro de que un millar de correos a la semana parecen llevar hasta mí. Ya me he resignado a recibir CNSM, correo no solicitado en masa, o CCNS, correo comercial no solicitado o simplemente spam de las denominadas redes zombis ubicadas por todo el mundo. Por rutina, me prometen millones de dólares si envío mis datos bancarios a algún phisherman, como se llaman a veces los spammers, nigeriano analfabeto; o me ofrecen algún medio igualmente improbable de conseguir para que mis partes masculinas adquieran un tamaño mucho más considerable del que tienen ahora. Me he acostumbrado a esta clase de correo basura del mismo modo que me he acostumbrado a tener el vello púbico entrecano, o a los suplementos en las secciones dominicales del New York Times.
»Por desgracia, estoy acostumbrado incluso a los correos amenazantes. Con el trabajo al que me dedico, son un gaje del oficio y casi siempre se trata de las típicas misivas nocentes acerca de cómo he ofendido sin piedad al Partido Republicano o al islam o a Dios y cómo este no tardará en castigarme con la muerte. Pero últimamente he estado recibiendo amenazas por correo que son muy distintas de las habituales. No por lo que respecta al contenido (no, el contenido es el mismo, Dios me detesta), sino en su comportamiento cuando llegan a la bandeja de entrada de mi ordenador.
»Bueno, no se me da muy bien la técnica. Una de las paradojas menores de mi vida es que paso muchísimo tiempo usando un ordenador y, sin embargo, no entiendo en absoluto cómo funciona. Naturalmente, me he acostumbrado a este nivel de ignorancia cotidiana. Y, como la mayoría de los que tienen ordenador portátil, soy capaz de sobrellevarla. O al menos eso creía».
Pulsuz fraqment bitdi.