Kitabı oxu: «Trilogía berlinesa»
Título original: Berlin Noir. March Violets, The Pale Criminal, A German Requiem
© Philip Kerr, 1989, 1990, 1991.
© de la traducción: Isabel Merino.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO515
ISBN: 978-84-9056-027-3
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
VIOLETAS DE MARZO
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PÁLIDO CRIMINAL
Dedicatoria
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PRIMERA PARTE
1. Viernes, 26 de agosto
2. Lunes, 29 de agosto
3. Miércoles, 31 de agosto
4. Lunes, 5 de septiembre
5. Martes, 6 de septiembre
6. Viernes, 9 de septiembre
7. Domingo, 11 de septiembre
8. Lunes, 12 de septiembre
9. Viernes, 16 de septiembre
10. Lunes, 19 de septiembre
11. Jueves, 22 de septiembre
12. Sábado, 24 de septiembre
13. Domingo, 25 de septiembre
14. Lunes, 26 de septiembre
SEGUNDA PARTE
15. Lunes, 17 de octubre
16. Martes, 18 de octubre
17. Viernes, 21 de octubre
18. Miércoles, 26 de octubre
19. Sábado, 20 de octubre
20. Jueves, 3 de noviembre
21. Viernes, 4 de noviembre
22. Domingo, 6 de noviembre
23. Lunes, 7 de noviembre
24. Jueves, 10 de noviembre
NOTA DEL AUTOR
RÉQUIEM ALEMÁN
Dedicatoria
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PRIMERA PARTE
BERLÍN, 1947
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SEGUNDA PARTE
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NOTA DEL AUTOR
Notas
VIOLETAS DE MARZO
«Berlín, 1936
PRIMER HOMBRE: ¿Te has fijado cómo los Violetas de Marzo han logrado desbancar totalmente a los veteranos del partido como tú y yo?
SEGUNDO HOMBRE: Tienes razón. Si Hitler hubiera esperado un poco a subirse al tren nazi, puede que también hubiera llegado antes a ser Führer.»
Schwarze Korps, noviembre de 1935
1
Cosas más extrañas suceden en los oscuros sueños del Gran Persuasor...
Esta mañana, en la esquina de la Friedrichstrasse y la Jägerstrasse, vi a dos hombres de las SA descolgando una vitrina roja del Der Stürmer de la pared de un edificio. Der Stürmer es el periódico antisemita dirigido por Julius Streicher, el principal acosador de judíos del Reich. El impacto visual de esas vitrinas, con sus dibujos casi pornográficos de doncellas arias abrazadas voluptuosamente por unos monstruos de largas narices, tiende a atraer al lector de mente débil, proporcionándole una rápida excitación. Es algo que no afecta a las personas respetables. Sea como sea, los dos hombres de las SA colocaron la Stürmerkästen en la parte trasera de su camión, junto a otras. No hacían su trabajo con demasiado cuidado, porque había por lo menos un par con el cristal roto.
Una hora más tarde, vi a los mismos hombres retirando otra Stürmerkästen de una parada de tranvía, frente al ayuntamiento. Esta vez me acerqué y les pregunté qué hacían.
—Es por las Olimpiadas —dijo uno—. Nos han ordenado que las quitemos todas para no escandalizar a los visitantes extranjeros que vendrán a Berlín a ver los juegos.
Que yo sepa, tanta sensibilidad por parte de las autoridades es algo nunca visto.
Fui a casa en mi coche —un viejo Hanomag negro— y me cambié de ropa, poniéndome mi último traje bueno; hecho de franela de color gris claro, me costó ciento veinte marcos cuando me lo compré hace tres años, y es de una clase que resulta cada vez más rara en este país; lo mismo que la mantequilla, el café y el jabón, los tejidos de lana son, la mayoría de las veces, sucedáneos. El nuevo material es bastante práctico, sólo que no es muy duradero y no sirve de mucho en lo que respecta a abrigar contra el frío del invierno. O, si a eso vamos, del verano.
Comprobé qué apariencia tenía en el espejo del dormitorio y luego cogí mi mejor sombrero. Es de fieltro de color gris oscuro, con ala ancha y una cinta de trencilla alrededor. Bastante corriente, pero, como la Gestapo, yo llevo mi sombrero de forma diferente a los demás hombres, con el ala más baja por delante que por detrás. Esto me sirve, claro está, para ocultar los ojos, con lo que resulta más difícil reconocerme. Es un estilo que se originó en la policía criminal de Berlín, la Kripo, y allí es donde lo adquirí yo.
Deslicé un paquete de Murattis en el bolsillo de la chaqueta y, sujetando cuidadosamente una pieza de porcelana de Rosenthal envuelta para regalo debajo del brazo, salí a la calle.
La boda iba a tener lugar en la Luther Kirche de la Dennewitz Platz, justo al sur de la estación de ferrocarril Potsdamer, y a un tiro de piedra de la casa de los padres de la novia. El padre, Herr Lehmann, era un maquinista de la estación Lehrter y conducía el D-Zug, el tren expreso a Hamburgo ida y vuelta, cuatro veces a la semana. La novia, Dagmarr, era mi secretaria, y yo no tenía ni idea de lo que iba a hacer sin ella. Además, no me apetecía mucho averiguarlo: a menudo había pensado en casarme yo con ella. Era bonita y sabía organizarme, y a mi extraña manera supongo que la quería; pero con treinta y ocho años, probablemente era demasiado viejo para ella y quizá también un tanto aburrido. No me va mucho eso de pasármelo en grande y Dagmarr era la clase de chica que se merecía pasárselo bien.
Así que ahí estaba, casándose con aquel aviador. Y a juzgar por las apariencias era todo lo que una chica podría desear: era joven y apuesto, y vestido con el uniforme gris azulado de las Fuerzas Aéreas Nacionalsocialistas, prometía ser la personificación del joven y gallardo varón ario. Pero cuando lo vi en la recepción de la boda me sentí decepcionado. Al igual que la mayoría de los miembros del partido, Johannes Buerckel tenía el aspecto y el aire de un hombre que se tomaba a sí mismo verdaderamente muy en serio.
Nos presentó Dagmarr. Johannes, fiel a su imagen, saludó uniendo los tacones con un seco golpe e inclinó la cabeza con un gesto austero antes de estrecharme la mano.
—Enhorabuena —le dije—. Eres un tipo con suerte. Le habría pedido que se casara conmigo, pero no creo que yo tenga tan buen aspecto como tú de uniforme.
Eché una mirada más de cerca al uniforme: en el bolsillo izquierdo de la chaqueta llevaba las insignias de deportista y piloto de las SA; por encima de esas dos condecoraciones estaba la omnipresente y «temible» insignia, la del partido, y en el brazo izquierdo llevaba el brazalete con la esvástica.
—Dagmarr me dijo que eras piloto de la Lufthansa, destacado temporalmente en el Ministerio de Aviación, pero no tenía ni idea... ¿Qué me dijiste que era, Dagmarr?
—Aviador deportivo.
—Eso es. Aviador deportivo. Bien, no tenía ni idea de que llevaran uniforme.
Por supuesto, no hacía falta ser detective para darse cuenta de que «aviador deportivo» era otro de los floridos eufemismos del Reich, y de que éste en concreto tenía que ver con la instrucción secreta de los pilotos de caza.
—Tiene un aspecto espléndido, ¿no es verdad? —dijo Dagmarr.
—Y tú estás bellísima, cariño —respondió el novio rápidamente.
—Perdóname por preguntártelo, Johannes, pero ¿va a ser reconocida oficialmente la fuerza aérea alemana? —dije yo.
—Cuerpo aéreo —dijo Buerckel—, es un cuerpo aéreo. —Pero no añadió nada más—. Y usted, Herr Gunther, es un detective privado, ¿verdad? Debe de ser interesante.
—Investigador privado —le corregí—. Tiene sus buenos momentos.
—¿Qué es lo que investiga?
—Casi cualquier cosa, excepto divorcios. La gente actúa de una forma extraña cuando los engaña su marido o su mujer, o cuando son ellos los que engañan. Una vez me contrató una mujer para que le dijera a su marido que pensaba dejarle. Tenía miedo de que se la cargara. Así que se lo dije yo y, ¿sabes qué?, aquel hijo de puta trató de cargárseme a mí. Me pasé tres semanas en el hospital St. Gertrauden con un collarín. Eso puso punto final a mi trabajo matrimonial. Ahora me dedico a todo, desde las investigaciones para las aseguradoras hasta vigilar regalos de boda o buscar a personas desaparecidas; es decir, a aquellas de las que la policía todavía no sabe nada, además de aquellas de las que sí sabe. Sí, ésa es una parte de mi negocio que ha mejorado notablemente desde que los nacionalsocialistas tomaron el poder. —Sonreí todo lo afablemente que pude y moví las cejas sugerentemente—. Me parece que a todos nos ha ido bien con el nacionalsocialismo, ¿eh? Unas auténticas Violetas de Marzo.
—No hagas caso de Bernhard —dijo Dagmarr—. Tiene un extraño sentido del humor.
Yo habría querido añadir algo más, pero la orquesta empezó a tocar y, muy sensatamente, Dagmarr se llevó a Buerckel a la pista de baile, donde recibieron cálidos aplausos.
Aburrido con el sekt que ofrecían, fui al bar a buscar una bebida de verdad. Pedí una Bock y un Klares, un alcohol claro e incoloro, a base de patata, que me gusta; me las bebí con bastante rapidez y pedí lo mismo otra vez.
—Eso de las bodas da sed —dijo el hombrecito que estaba a mi lado; era el padre de Dagmarr. Volvió la espalda al bar y miró orgullosamente a su hija—. Está preciosa, ¿verdad Herr Gunther?
—No sé qué voy a hacer sin ella —dije—. Quizá podría usted convencerla para que cambie de opinión y se quede conmigo. Estoy seguro de que deben de necesitar el dinero. Las parejas jóvenes siempre necesitan dinero cuando se casan.
Herr Lehman sacudió la cabeza.
—Me temo que Johannes y su nacionalsocialismo piensan que sólo hay una clase de trabajo para el que las mujeres están capacitadas, y es el que tienen que hacer al cabo de nueve meses. —Encendió su pipa y dio unas chupadas filosóficamente—. De cualquier modo, supongo que van a solicitar uno de esos préstamos matrimoniales del Reich, y eso impediría que ella trabajara, ¿no?
—Sí, supongo que tiene razón —dije, y me tragué el Klares.
Por su cara vi que nunca había pensado que yo fuera un borracho, así que le dije:
—No deje que esto le engañe, Herr Lehman. Sólo lo uso para hacer enjuagues; lo que pasa es que soy demasiado perezoso para escupirlo.
Soltó una risita al oírme, me dio un par de palmadas en la espalda y pidió dos largas. Las bebimos y le pregunté dónde iba la pareja para su luna de miel.
—Al Rin —dijo—, a Wiesbaden. Frau Lehman y yo fuimos a Königstein para la nuestra. Es un sitio muy bonito. Pero él no hace mucho que ha vuelto, y luego se marcha a hacer un viaje de «La Fuerza por la Alegría», por cortesía del Servicio Laboral del Reich.
—¡Oh! ¿Adónde?
—Al Mediterráneo.
—¿Usted se lo cree?
El viejo torció el gesto.
—No —dijo en tono grave—. No se lo he dicho a Dagmarr, pero calculo que se va a España...
—Y a la guerra.
—Y a la guerra, sí. Mussolini ha ayudado a Franco, así que Hitler no va a perderse la diversión, ¿verdad? No estará contento hasta que nos haya metido en otra maldita guerra.
Después de eso bebimos un poco más, y más tarde me encontré bailando con una bonita compradora de medias de los almacenes Grunfeld. Se llamaba Carola y la convencí para irnos juntos, así que fuimos a despedirnos de Dagmarr y Buerckel y desearles buena suerte. Fue algo extraño, pensé, que Buerckel escogiera aquel momento para referirse a mi historial de guerra.
—Dagmarr me ha dicho que estuvo en el frente turco.
Me pregunté si no estaría un poco preocupado por tener que ir a España.
—Y que ganó la Cruz de Hierro —añadió.
—Sólo la de segunda clase —dije encogiéndome de hombros. Así que era eso, pensé, el aviador estaba sediento de gloria.
—No importa —dijo—. Una Cruz de Hierro. La del Führer también fue de segunda clase.
—Bueno, no puedo hablar por él, pero según mis propios recuerdos, bastaba que un soldado fuera honrado —honrado por comparación— y sirviera en el frente, y resultaba bastante fácil conseguir una de segunda clase. ¿Sabes?, la mayoría de las medallas de primera clase se las daban a los hombres que estaban ya en los cementerios. A mí me dieron mi Cruz de Hierro por no meterme en problemas. —Me iba entusiasmando con el tema—. ¿Quién sabe?, si todo va bien, puede que tú también consigas una. Luciría mucho en esa guerrera tan estupenda.
Los músculos de la enjuta cara de Buerckel se tensaron. Se inclinó hacia mí y le llegó el olor de mi aliento.
—Está bebido.
—Sí —dije. Poco seguro sobre mis pies, me di media vuelta—. Adiós, hombre.[1]
2
Era tarde, más de la una, cuando cogí el coche para volver a mi piso en la Trautenaustrasse, que está en Wilmersdorf, un barrio modesto, pero mucho mejor que Wedding, el distrito de Berlín en el que me crié. La calle va hacia el noroeste desde la Güntzelstrasse y más allá de la Nikolsburger Platz, donde hay una especie de fuente paisajística en medio de la plaza. Yo vivía, bastante cómodamente, en el otro extremo, el de la Prager Platz.
Avergonzado por haberme burlado de Buerckel delante de Dagmarr y por las libertades que me había tomado con Carola, la compradora de medias, en el Tiergarten, cerca del estanque de los peces, me quedé sentado dentro del coche fumando un cigarrillo pensativamente. Tenía que admitir que la boda de Dagmarr me había afectado más de lo que yo habría esperado. Comprendía que no ganaba nada con amargarme pensando en ello. No creía que pudiera olvidarla, pero podía apostar sin miedo a perder a que encontraría un montón de maneras para dejar de pensar en ella.
Fue sólo después de salir del coche cuando vi el gran Mercedes descapotable de color azul oscuro, aparcado unos veinte metros calle abajo, y a los dos hombres apoyados en él, esperando a alguien. Me preparé cuando uno de los dos tiró el cigarrillo y se dirigió rápidamente hacia mí. Cuando estuvo más cerca vi que iba demasiado bien vestido para ser de la Gestapo y que el otro llevaba uniforme de chófer, aunque con su musculatura de levantador de pesos de un teatro de variedades habría parecido mucho más cómodo dentro de unas mallas de piel de leopardo. Su presencia, que distaba mucho de ser discreta, le daba al hombre bien vestido y más joven una evidente confianza.
—¿Herr Gunther? ¿Es usted Herr Gunther?
Se detuvo delante de mí y yo le lancé mi mirada más dura, de la clase que hace parpadear a un oso. No me gusta la gente que me aborda frente a mi casa a la una de la madrugada.
—Soy su hermano. Él está fuera de la ciudad.
El hombre sonrió. No se lo había tragado.
—¿Herr Gunther, el investigador privado? A mi patrón le gustaría hablar con usted. —Señaló el Mercedes—. Está esperando en el coche. He hablado con la portera y me ha dicho que esperaba que volviera esta noche. Eso fue hace tres horas, así que, como puede ver, llevamos esperando bastante rato. De verdad, es muy urgente.
Levanté el brazo y lancé una ojeada al reloj.
—Amigo, son las dos menos veinte de la madrugada, así que, cualquier cosa que venda, no me interesa. Estoy cansado y borracho y quiero irme a la cama. Tengo un despacho en la Alexanderplatz, o sea que hágame un favor y déjelo para mañana.
El hombre, un tipo agradable, con una cara de aspecto lozano y una flor en el ojal, me cerró el paso.
—No puede esperar hasta mañana —dijo con una sonrisa encantadora—; por favor, hable con él, sólo un minuto, se lo ruego.
—¿Que hable con quién? —murmuré mirando hacia el coche.
—Aquí tiene su tarjeta.
Me la dio y yo me quedé mirándola fijamente con un aire estúpido, como si fuera un boleto de una tómbola. Él se inclinó y me la leyó, mirándola al revés.
—Doctor Fritz Schemm. Abogado alemán, de Schemm & Schellenberg, Unter den Linden, número 67. Es una buena dirección.
—No me cabe duda —dije—. Pero un abogado en medio de la calle y a estas horas de la noche y, además, de una firma tan prestigiosa... No pensará que creo en las hadas.
Pero, de cualquier modo, lo seguí hasta el coche. El chófer me abrió la puerta. Con un pie en el estribo, eché una ojeada al interior. Un hombre que olía a colonia se inclinó hacia delante, aunque sus rasgos quedaban ocultos en la oscuridad, y cuando habló, su voz era fría y poco hospitalaria, como alguien con estreñimiento.
—¿Es usted Gunther, el detective?
—Exacto —dije—, y usted debe de ser... —fingí leer su tarjeta— el doctor Fritz Schemm, abogado alemán.
Pronuncié «alemán» con un énfasis deliberadamente sarcástico. Siempre he odiado esa palabra en las tarjetas y en los letreros por lo que sugiere de respetabilidad social; y todavía más ahora cuando —por lo menos, en lo que se refiere a los abogados— es algo redundante, ya que a los judíos se les prohíbe la práctica de la abogacía. Yo no me describiría como «investigador privado alemán» más de lo que me llamaría «investigador privado luterano» o «investigador privado antisocial» o «investigador privado viudo», aunque sea, o haya sido en algún momento, todas estas cosas (ahora no se me ve mucho por la iglesia). Es verdad que muchos de mis clientes son judíos. Trabajar para ellos es muy rentable (pagan a tocateja), y siempre se trata de lo mismo: personas desaparecidas. Los resultados son también casi siempre los mismos: un cuerpo arrojado al canal Landwehr por cortesía de la Gestapo o de las SA; un suicidio solitario en una barca en el Wansee, o un nombre en una lista policial de condenados enviados a un KZ, un campo de concentración. Así que aquel abogado, aquel abogado alemán, me cayó mal desde el principio.
—Mire, Herr Doktor —dije—, como le decía aquí, a su muchacho, estoy cansado y he bebido lo suficiente para olvidar que al director de mi banco le preocupa mi bienestar.
Schemm metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y yo ni siquiera me moví, lo que demuestra lo zumbado que estaba. Por suerte, sólo sacó su cartera.
—Me he informado sobre usted y me han dicho que ofrece un servicio solvente. Le necesito durante un par de horas, por las cuales le pagaré doscientos Reichsmarks, lo que, en la práctica, equivale al dinero de una semana. —Se puso la cartera sobre la rodilla y sacó dos papeles azules, que dejó sobre la pernera del pantalón, algo que no debió de resultarle fácil, teniendo en cuenta que sólo tenía un brazo—. Y después Ulrich lo devolverá a casa en el coche.
Cogí los billetes.
—Diablos —dije—, total, sólo me iba a la cama a dormir. Eso lo puedo hacer en cualquier momento. —Bajé la cabeza y me metí en el coche—. En marcha, Ulrich.
La puerta se cerró de golpe y Ulrich se sentó en el asiento del conductor, con Caralozana a su lado. Nos dirigimos hacia el oeste.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Todo a su tiempo, Herr Gunther —dijo—. Sírvase algo de beber o un cigarrillo. —Abrió un mueble bar que parecía rescatado del Titanic y sacó una pitillera—. Son americanos.
Dije que sí al cigarrillo y que no a la bebida. Cuando alguien está tan dispuesto a separarse de doscientos marcos como el doctor Schemm, vale la pena estar alerta.
—¿Sería tan amable de darme fuego, por favor? —dijo Schemm, poniéndose un cigarrillo entre los labios—. Las cerillas son lo único con lo que no puedo arreglármelas solo. Perdí el brazo en Ludendorff en la toma de la fortaleza de Lieja. ¿Ha estado en el servicio activo?
La voz era remilgada, casi untuosa: baja y lenta, con un matiz de crueldad. El tipo de voz, pensé, que puede hacer que te incrimines a ti mismo fácilmente, y dando las gracias. El tipo de voz que le habría sido útil a su dueño si hubiera trabajado para la Gestapo. Encendí los dos cigarrillos y me recosté en el enorme asiento del Mercedes.
—Sí, estuve en Turquía.
Joder, de repente había tanta gente interesada en mi historial bélico que me pregunté si no tendría que solicitar la insignia de antiguo combatiente. Miré por la ventanilla y vi que nos dirigíamos hacia el Grunevald, una zona boscosa que se extiende al oeste de la ciudad, cerca del río Havel.
—¿Con rango de oficial?
—Sargento.
Noté cómo sonreía.
—Yo era comandante —dijo, poniéndome claramente en mi lugar—. ¿Y se hizo policía después de la guerra?
—No, no enseguida. Fui funcionario durante un tiempo, pero no podía aguantar la rutina. No me incorporé a la policía hasta 1922.
—¿Y cuándo la dejó?
—Escuche, Herr Doktor, no recuerdo que me hiciera prestar juramento cuando subí al coche.
—Lo siento —dijo—, sólo tenía curiosidad por saber si se fue por voluntad propia o...
—¿O me empujaron? Tiene mucha cara para preguntarme esto, Schemm.
—¿Usted cree? —dijo inocentemente.
—Pero responderé a su pregunta. Me fui. Me atrevo a decir que si hubiera esperado lo suficiente me hubieran echado como a todos los demás. No soy nacionalsocialista, pero tampoco soy un mierda de Kozi. Me gustan los bolcheviques tan poco como al partido, o por lo menos tan poco como creo que le gustan al partido. Pero eso no es del todo suficiente para la moderna Kripo o Sipo o como se llame ahora. En su libro si no estás con ellos, estás contra ellos.
—Así pues, usted, un Kriminalinspektor, abandonó la Kripo —hizo una pausa y luego añadió, con un tono de falsa sorpresa— para trabajar como detective del hotel Adlon.
—Es usted muy listo —dije con sorna—, haciéndome todas esas preguntas cuando ya sabe las respuestas.
—A mi cliente le gusta saber cómo es la gente que trabaja para él —dijo con un aire petulante.
—Todavía no he aceptado el caso. Puede que lo rechace sólo para ver qué cara pone.
—Quizá. Pero sería estúpido. En Berlín hay una docena como usted... investigadores privados.
Dijo el nombre de mi profesión con algo más que desprecio.
—Entonces, ¿por qué me ha escogido a mí?
—Ya ha trabajado para mi cliente, de forma indirecta. Hace un par de años llevó a cabo una investigación para la Germania Life Assurance Company, de la cual mi cliente es el mayor accionista. Cuando los de la Kripo seguían dando palos de ciego, usted recuperó con éxito unos bonos robados.
—Lo recuerdo —dije.
Y tenía buenas razones para hacerlo. Fue uno de mis primeros casos después de dejar el Adlon y establecerme como investigador privado.
—Tuve suerte —añadí.
—No hay que subestimar nunca a la suerte —dijo Schemm pomposamente.
«Seguro —pensé—, mira si no al Führer.»
Para entonces estábamos al borde del bosque Grunevald, en Daglem, lugar donde vivían algunas de las personas más ricas e influyentes del país, por ejemplo los Ribbentrop. Nos detuvimos ante una enorme verja de hierro forjado limitada por dos sólidos muros y Caralozana tuvo que saltar del coche y abrirla después de forcejear con ella. Ulrich entró con el coche.
—Sigue adelante —ordenó Schemm—. No esperes. Ya vamos con retraso.
Recorrimos una avenida bordeada de árboles durante unos cinco minutos antes de llegar a un amplio patio de gravilla alrededor del cual se desplegaban, cubriendo tres de sus lados, un largo edificio central y las dos alas que comprendían la casa. Ulrich se detuvo al lado de una pequeña fuente y bajó para abrirnos las puertas. Salimos.
Alrededor del patio había una galería cubierta por un tejado soportado por gruesas vigas y columnas de madera, y por ella patrullaba un hombre con un par de dóberman de aspecto fiero. No había mucha luz, excepto la procedente del farol de la puerta delantera, pero por lo que pude ver, la casa era blanca, con muros rugosos y un profundo tejado abuhardillado, tan grande como un hotel de buen tamaño, del tipo que yo no podía permitirme. En algún lugar entre los árboles, detrás de la casa, un pavo real chillaba pidiendo ayuda.
Cuando estuve más cerca de la puerta, pude mirar bien por primera vez al abogado. Supongo que era bastante apuesto. Dado que por lo menos tenía cincuenta años, creo que podría decirse que tenía un aspecto distinguido. Era más alto de lo que me había parecido cuando estaba sentado en el coche, e iba vestido con sumo cuidado, pero con una total indiferencia por la moda. Llevaba un cuello duro con el que podría cortarse una barra de pan, traje de raya diplomática de un tono gris claro, chaleco y polainas de color crema; su única mano iba enfundada en un guante de cabritilla gris y en la cabeza, cuadrada y con el pelo gris, cortado a cepillo, llevaba un sombrero gris grande, con un ala rodeando la copa, con sus pliegues bien marcados, como el foso de un castillo. Parecía una armadura antigua.
Me condujo hacia la gran puerta de caoba, que se abrió para mostrar a un mayordomo, con la cara pálida, que se apartó cuando cruzamos el umbral para dejarnos entrar en el amplio vestíbulo. Era la clase de vestíbulo que te hace pensar que tienes suerte sólo por haber pasado de la puerta. La escalinata, con un pasamanos blanco y brillante y dividida en dos tramos paralelos, llevaba a los pisos superiores, y del techo colgaba una araña de cristal de mayor tamaño que la campana de una iglesia y con más colgajos que los pendientes de una bailarina de striptease. Tomé mentalmente nota de subir mis honorarios.
El mayordomo, un árabe, se inclinó con solemnidad y me pidió el sombrero.
—Prefiero conservarlo, si no le importa —dije, acariciando el ala con el dedo—. Me ayudará a mantener las manos alejadas de la plata.
—Como desee, señor.
Schemm le dio su propio sombrero como si hubiera nacido en un palacio. Quizá fuera así, pero cuando se trata de abogados siempre doy por hecho que llegaron a tener su riqueza y posición gracias a la avaricia y por medios nefandos; nunca he conocido a uno del que me pudiera fiar. El guante se lo quitó con una contorsión de los dedos, casi de doble articulación, y lo dejó caer dentro del sombrero. Luego se enderezó la corbata y le pidió al mayordomo que nos anunciara.
Esperamos en la biblioteca. No era grande si se comparaba con el Bismarck o el Hindenburg, y no cabrían más de seis coches entre el escritorio, del tamaño del Reichstag, y la puerta. Estaba decorada al estilo Lohengrin primitivo, con grandes vigas, chimenea de granito, en la cual crepitaba suavemente un tronco, y panoplias en las paredes. Había abundantes libros, del tipo de los que se compran a metros, muchos poetas, filósofos y juristas alemanes con los cuales estoy algo familiarizado, pero sólo como nombres de calles, cafés y bares.
Me fui de excursión por la sala.
—Si no he vuelto dentro de cinco minutos, envíen una expedición de rescate.
Schemm suspiró y se sentó en uno de los dos sofás de piel situados en ángulo recto cerca del fuego. Cogió una revista y fingió leer.
—¿No le dan claustrofobia estas pequeñas casas de campo?
Schemm suspiró, petulante, como una vieja solterona al notar que el aliento del párroco huele a ginebra.
—Por favor, siéntese, Herr Gunther —dijo.
No le hice ningún caso. Acariciando los dos billetes de cien que llevaba dentro del bolsillo para mantenerme despierto, deambulé hasta el escritorio y eché una ojeada por encima de su superficie de piel verde. Había un ejemplar del Berliner Tageblatt, muy leído, y un par de anteojos de media luna, una pluma, un pesado cenicero de bronce con la colilla de un puro con marcas de dientes y, a su lado, la caja de Black Wisdom Havanas de la cual lo habían sacado; una pila de correspondencia y varias fotografías en marcos de plata. Miré hacia Schemm, que se estaba esforzando en vano con su revista y sus párpados, y luego cogí una de las fotografías. Era morena y bonita, llenita, que es como me gustan a mí, aunque era fácil ver que mi conversación de sobremesa le habría parecido totalmente resistible; su traje de graduación lo decía bien claro.
—Es guapa, ¿no cree? —dijo una voz que, procedente de la puerta de la biblioteca, hizo que Schemm se levantara del sofá. Era un tipo de voz cantarina, con un ligero acento berlinés. Me volví para mirar al propietario de la voz y me encontré frente a un hombre de escasa estatura. Tenía la cara rubicunda e hinchada, y mostraba un abatimiento tan grande que casi me impidió reconocerlo. Mientras Schemm se dedicaba a inclinarse, murmuré algo elogioso sobre la chica de la foto.
—Herr Six —decía Schemm con más obsequiosidad que la concubina de un sultán—, permítame que le presente a Herr Bernhard Gunther.
Se volvió hacia mí, y su voz cambió para ponerse a la altura de mi deprimida cuenta bancaria.
—Éste es el Herr Doktor Hermann Six.
Era divertido, pensé, lo que pasaba en los círculos más elevados: todo el mundo era un condenado doctor. Le estreché la mano, y mi nuevo cliente la retuvo durante un tiempo incómodamente largo, mientras escudriñaba mi cara. Hay muchos clientes que lo hacen; se consideran buenos jueces del carácter de un hombre y, después de todo, no van a revelar sus pequeños y embarazosos problemas a un hombre que tiene un aspecto sospechoso y poco honrado. O sea que es una suerte que pueda mostrar el aspecto de alguien firme y fiable. Sea como fuere, volvamos a los ojos de mi cliente: eran azules, grandes y saltones, con un extraño brillo acuoso en ellos, como si acabara de salir de una nube de gas mostaza. Me impresionó un tanto darme cuenta de que el hombre había estado llorando.
Six me soltó la mano y cogió la fotografía que yo había estado mirando. La contempló fijamente durante unos segundos y luego suspiró profundamente.
—Era mi hija —dijo con el corazón en la garganta.
Dejó la fotografía boca abajo sobre el escritorio y se apartó el pelo gris, cortado estilo monje, de la frente.
—Era, porque está muerta.
—Lo siento —dije con voz grave.
—No tendría que sentirlo —respondió—. Porque si estuviera viva usted no estaría aquí con la perspectiva de ganar un montón de dinero.
Lo escuché; hablaba mi propio idioma.
—¿Sabe?, murió asesinada.
Se detuvo para conseguir un efecto dramático; los clientes suelen hacerlo, pero éste era bueno.
—Asesinada —repetí tontamente.
—Asesinada.
Se tiró de una oreja, grande como la de un elefante, antes de meterse las nudosas manos en los bolsillos de su informe traje azul marino. No pude menos de observar que tenía los puños de la camisa sucios y deshilachados. Nunca había conocido a un millonario del acero antes (había oído hablar de Hermann Six; era uno de los principales fabricantes del Ruhr), pero éste me chocó por extraño. Se balanceó sobre los talones y le miré los zapatos. Se puede decir mucho mirando los zapatos de un cliente. Es lo único que he aprendido de Sherlock Holmes. Los de Six estaban listos para ir a parar al Socorro Invernal, la Organización Benéfica del Pueblo Nacionalsocialista, donde se envía toda la ropa vieja. Pero, bien mirado, no es que los zapatos alemanes valgan mucho. La piel sintética es como el cartón; igual que la carne, y el café, y la mantequilla, y los tejidos. Pero volviendo a Herr Six, no me parecía tan abrumado por el dolor como para dormir con la ropa puesta. No, decidí, era uno de esos millonarios excéntricos que a veces aparecen en los periódicos; no gastan nada en nada, y es así como llegaron a ser ricos.
—La mataron de un disparo, a sangre fría —dijo con amargura.
Comprendí que la noche iba a ser larga. Saqué los cigarrillos.
—¿Le importa que fume? —pregunté.
Pareció recuperarse al oírme.
—Le ruego que me excuse, Herr Gunther —dijo con un suspiro—. He olvidado mis modales. ¿Quiere tomar una bebida o algo?
El «o algo» sonaba estupendo, quizá una cama con dosel, pero pedí un café.
—¿Fritz?
Schemm se removió en el sofá.
—Gracias, sólo un vaso de agua —dijo humildemente.
Six hizo sonar la campanilla y luego seleccionó un grueso puro de la caja que había en el escritorio. Me indicó que tomara asiento, y me dejé caer en el otro sofá, frente a Schemm. Six cogió una astilla y la acercó a la llama. Luego encendió su cigarro y se sentó al lado del hombre de gris. Detrás de él se abrió la puerta de la biblioteca y entró un hombre de unos treinta y cinco años. Un par de gafas sin montura, que llevaba aplicadamente en el extremo de una nariz ancha, casi negroide, desmentían lo atlético de su cuerpo. Se quitó las gafas con un gesto brusco, me miró fijamente y con incomodidad y luego volvió los ojos a su patrón.
—¿Quiere que esté presente en esta reunión, Herr Six? —dijo. Tenía un vago acento de Frankfurt.
—No, no es necesario, Hjalmar —dijo Six—. Vete a la cama, como un buen chico. ¿Podrías pedirle a Farraj que nos traiga un café y un vaso de agua, y lo de costumbre para mí?
—Enseguida, Herr Six.
Me miró de nuevo, y no pude decidir si el que yo estuviera allí le molestaba o no, así que me apunté mentalmente que tenía que hablar con él cuando se presentara la ocasión.
—Sólo una cosa más —dijo Six, volviéndose en el sofá—. Por favor, recuérdame que mañana a primera hora repase los detalles del funeral contigo. Quiero que te cuides de todo mientras yo no esté.
—Muy bien, Herr Six. —Y después de decir esto, nos deseó buenas noches y se fue.
—Veamos, Herr Gunther —dijo Six cuando la puerta se hubo cerrado. Hablaba sujetando el Black Wisdom en la comisura de los labios, de tal forma que parecía un voceador de feria y sonaba como un niño con un trozo de caramelo en la boca—. Tengo que disculparme por traerle aquí a esta hora tan intempestiva, pero soy un hombre muy ocupado. Y, lo que es más importante, tiene que comprender que también soy una persona muy reservada.
—Pese a todo, Herr Six —dije—, he oído hablar de usted.
—Es muy probable. En mi posición tengo que ser el patrón de muchas causas y el mecenas de muchas obras benéficas, ya sabe de qué estoy hablando. La riqueza tiene sus obligaciones.
«Y también un retrete en el exterior», pensé. Anticipando lo que iba a venir, bostecé interiormente. Pero dije:
—No me cabe la menor duda. —Fingí tanta comprensión que le hice vacilar un momento antes de continuar con las manidas frases que he oído tantas veces. «Es necesaria la discreción» y «No quiero involucrar a las autoridades en mis asuntos» y «Garantías de una absoluta discreción», etc., etc. Es lo que pasa con mi trabajo. Todo el mundo te dice cómo tienes que llevar su caso, casi como si no confiaran en ti, como si tuvieras que elevar tus principios a fin de trabajar para ellos.
—Si pudiera ganarme mejor la vida como investigador no tan privado, lo hubiera probado hace mucho tiempo —le dije—. Pero en mi trabajo, ser un bocazas es malo para el negocio. Se correría la voz y una o dos compañías aseguradoras y varios bufetes de abogados de reconocido prestigio, que se cuentan entre mis clientes habituales, se irían a otra parte. Mire, sé que ha comprobado mi reputación, así que vayamos al asunto, ¿no le parece?
Lo interesante de los ricos es que les gusta que les digan las cosas sin tapujos. Lo confunden con la sinceridad. Six cabeceó, con gesto de aprobación.
En ese momento, el mayordomo entró en la sala, deslizándose tan suavemente como un neumático sobre un suelo encerado, y oliendo ligeramente a sudor y a algo especioso, sirvió el café, el agua y el brandy de su amo, con la mirada inexpresiva de alguien que se cambia los tapones de los oídos seis veces al día. Tomé un sorbo de café y pensé que podría haberle dicho a Six que mi abuela nonagenaria se había fugado con el Führer, y el mayordomo habría continuado sirviendo las bebidas sin que se le moviera ni un pelo. Juro que apenas me enteré cuando salió de la habitación.
—La fotografía que usted estaba mirando fue tomada hace muy pocos años, cuando mi hija se graduó. Después trabajó como maestra en la escuela primaria Arndt en Berlín-Dahlem.
Saqué una pluma y me preparé para tomar notas en el reverso de la invitación de boda de Dagmarr.
—No —dijo él—. No tome notas, limítese a escuchar. Al final de esta reunión Herr Schemm le proporcionará una carpeta con toda la información.
»De hecho, era una maestra bastante buena, aunque para ser sincero tengo que decirle que yo habría preferido que hiciera otra cosa con su vida. Grete (sí, había olvidado decirle su nombre), Grete tenía una voz maravillosa para el canto, y yo quería que se dedicara a cantar como profesional. Pero en 1930 se casó con un abogado joven destinado en el Tribunal Provincial de Berlín. Se llamaba Paul Pfarr.
—¿Se llamaba? —dije.
Mi interrupción hizo que volviera a suspirar profundamente.
—Sí. Tendría que haberlo mencionado. Me temo que él también ha muerto.
—Dos asesinatos, entonces —dije.
—Sí —respondió incómodo—. Dos asesinatos.
Sacó la cartera, y de ella una fotografía.
—La tomaron el día de la boda.
No se podía deducir mucho de la foto, salvo que, como en la mayoría de las recepciones de boda de la buena sociedad, se había celebrado en el hotel Adlon. Reconocí la característica pagoda de la Fuente Susurrante, y los elefantes esculpidos del Jardín Goethe del Adlon. Disimulé un bostezo de verdad. No era una fotografía especialmente buena, y ya había tenido bastantes bodas en un día y medio. Se la devolví.
—Guapa pareja —dije encendiendo otro Muratti.
El puro negro de Six descansaba abandonado y sin humear en el redondo cenicero de bronce.
—Grete siguió enseñando hasta 1934, cuando, como muchas otras mujeres, perdió su empleo, una víctima más de la discriminación general del gobierno contra las mujeres que trabajan, dentro de su campaña por crear empleo. Entretanto, Paul consiguió trabajo en el Ministerio del Interior. Poco después murió mi primera esposa, Lisa, y Grete tuvo una fuerte depresión. Empezó a beber y a salir hasta altas horas de la noche. Pero hace sólo unas pocas semanas parecía que había vuelto a ser ella misma. —Six miró su brandy, taciturno, y luego se lo bebió de un trago—. Sin embargo, hace tres noches, Paul y Grete murieron en un incendio en su casa de Lichterfelde-Ost. Pero antes de que la casa se incendiara les dispararon, varias veces a cada uno, y desvalijaron la caja fuerte.
—¿Alguna idea de qué había en la caja?
—Les dije a los de la Kripo que no tenía ni idea de lo que contenía.
Leyendo entre líneas dije:
—Lo cual no era del todo cierto, ¿verdad?
—No tengo ni idea de la mayoría del contenido de la caja. Pero había una cosa que sí sabía y de la que no les informé.
—¿Y por qué lo hizo, Herr Six?
—Porque prefiero que no lo sepan.
—¿Y yo?
—El artículo en cuestión le ofrece una oportunidad excelente de seguir la pista del asesino, yendo por delante de la policía.
—¿Y entonces qué?
Esperaba que no estuviera pensando en alguna pequeña ejecución privada, porque no me apetecía tener que vérmelas con mi conciencia, especialmente cuando había un montón de dinero de por medio.
—Antes de entregar al asesino a manos de las autoridades, recuperará usted mi propiedad. No tienen que poner las manos en ella bajo ningún concepto.
—¿De qué estamos hablando exactamente?
Six juntó las manos pensativamente, luego las separó de nuevo y se rodeó con los brazos como si llevara un chal de fiesta. Me miró inquisitivamente.
—Por supuesto, es confidencial —dije en tono grave.
—Joyas. Verá, Herr Gunther, mi hija murió sin hacer testamento, y sin testamento todo lo suyo pasa a ser propiedad de su marido. Y Paul sí que hizo testamento, dejándoselo todo al Reich. ¿Puede creerse tamaña estupidez, Herr Gunther? —dijo sacudiendo la cabeza—. Se lo dejó todo. Todo. Apenas se puede dar crédito a algo así.
—Es que era un patriota.
Six no percibió la ironía que había en mi comentario. Soltando un resoplido dijo:
—Mi querido Herr Gunther, era un nacionalsocialista. Esa gente cree que son los primeros que han amado alguna vez a su madre patria. —Sonrió sin ganas—. Amo a mi país. Y no hay nadie que le dé más que yo. Pero, sencillamente, no puedo aguantar la idea de que el Reich se enriquezca aún más a mis expensas. ¿Me comprende?
—Me parece que sí.
—Y no es sólo eso; además las joyas eran de la madre de Grete, así que aparte de su valor intrínseco, que puedo asegurarle que es considerable, también tienen un valor sentimental.
—¿Cuánto valen?
Schemm volvió a la vida para ofrecer algunos datos y cifras.
—Me parece que en eso puedo ayudarle, Herr Six —dijo rebuscando en una cartera que descansaba a sus pies y sacando una carpeta color búfalo que dejó en la alfombra, entre los dos sofás—. Aquí tengo las últimas valoraciones de la compañía de seguros, así como algunas fotografías. —Seleccionó una hoja de papel y leyó la cifra final sin más expresión que si estuviera leyendo el total de lo que le pagaba mensualmente por el periódico—. Setecientos cincuenta mil Reichsmarks.
Solté un silbido involuntario. A Schemm se le crispó el rostro al oírlo y me pasó unas fotos. Yo había visto piedras más grandes, pero sólo en las fotografías de las pirámides. Six lo relevó para ofrecerme una descripción de su historia.
—En 1925 el mercado de las joyas se vio inundado con gemas que vendían los exiliados rusos o que ponían a la venta los bolcheviques, que habían descubierto un tesoro escondido en las paredes del palacio del príncipe Yusupov, hermano de la sobrina del zar. Adquirí varias piezas en Suiza aquel mismo año: un broche, un brazalete y, la más valiosa de todas, un collar de diamantes, formado por veinte piedras. Lo hizo Cartier y pesa más de cien quilates. Ni que decir tiene que no será fácil vender una pieza así.
—No, por supuesto.
Puede que parezca cínico por mi parte, pero el valor sentimental de las joyas me parecía ahora bastante insignificante comparado con su valor monetario.
—Hábleme de la caja.
—Yo la pagué —dijo Six—, igual que pagué la casa. Paul no tenía mucho dinero. Cuando la madre de Grete murió, le di las joyas y, al mismo tiempo, hice que instalaran una caja fuerte para que pudiera guardarlas cuando no estuvieran en la cámara acorazada del banco.
—Así que las había llevado hacía poco.
—Sí. Nos acompañó, a mí y a mi esposa, a un baile sólo unas noches antes de que la mataran.
—¿Qué tipo de caja era?
—Una Stockinger. Empotrada en la pared, con cerradura de combinación.
—¿Y quién conocía la combinación?
—Mi hija, y Paul, claro. No tenían secretos entre ellos, y creo que él guardaba en la caja algunos papeles que tenían que ver con su trabajo.
—¿Nadie más?
—No. Ni siquiera yo.
—¿Sabe cómo abrieron la caja? ¿Utilizaron explosivos?
—Creo que no utilizaron ningún explosivo.
—Un dedos, entonces.
—¿Cómo dice?
—Un revientacajas profesional. Claro que tendría que ser alguien muy bueno para dar con la combinación.
Six se inclinó hacia mí.
—Quizá el ladrón obligó a Grete y a Paul a que la abrieran y luego los hizo tumbarse otra vez en la cama, donde les disparó. Y luego prendió fuego a la casa para no dejar rastro, para despistar a la policía.
—Sí, es posible —admití.
Me froté una zona perfectamente circular de piel lisa entre los pelos de mi cara sin afeitar; es donde me picó un mosquito cuando estaba en Turquía y, desde entonces, nunca he tenido que afeitármela. Pero, bastante a menudo, me descubro frotándola cuando algo me preocupa. Y si hay algo que, con toda seguridad, me hace sentir inquieto es que un cliente juegue a los detectives. No descarté que lo que él decía fuera lo que había sucedido, pero me tocaba a mí jugar a ser el experto.
—Posible, pero tosco. No se me ocurre mejor manera de hacer saltar la alarma que fabricar tu propio Reichstag privado. Actuar como Van der Lubbe y convertir el sitio en una antorcha no entra en el tipo de cosas que haría un ladrón profesional, pero tampoco el asesinato.
Por supuesto, el razonamiento tenía muchos agujeros: no tenía ni idea de que hubiera sido un profesional; y no sólo eso: en mi experiencia es raro que un trabajo profesional entrañe el asesinato. Sólo quería oír mi propia voz para cambiar.
—¿Quién podía saber que las joyas estaban en la caja? —pregunté.
—Yo —dijo Six—. Grete no se lo habría dicho a nadie. No sé si Paul lo haría.
—¿Y alguno de ellos tenía enemigos?
—No puedo responder por Paul, pero estoy seguro de que Grete no tenía ni un enemigo en el mundo.
Aunque pudiera aceptar la posibilidad de que la niñita de papá se lavara los dientes y dijera sus oraciones cada noche, me resultaba dificil ignorar lo vago que Six se mostraba respecto a su yerno. Era la segunda vez que no estaba seguro de lo que Paul habría hecho.
—¿Y qué me dice de usted? Un hombre rico y poderoso como usted debe de tener unos cuantos enemigos.
Asintió con la cabeza.
—¿Hay alguien que podría odiarlo tanto como para querer vengarse por medio de su hija?
Six volvió a encender el Black Wisdom, dio unas chupadas y luego lo apartó sujetándolo entre las puntas de los dedos.
—Los enemigos son el corolario inevitable de una gran fortuna, Herr Gunther —me dijo—. Pero estoy hablando de rivales en los negocios, no de gángsters. No creo que ninguno de ellos fuera capaz de hacer algo tan a sangre fría como esto.
Se levantó y fue a ocuparse del fuego. Con un largo atizador de bronce atacó con fuerza el tronco que amenazaba con rodar fuera de la chimenea. Mientras estaba desprevenido le lancé la pregunta sobre su yerno.
—¿Se llevaban bien usted y el marido de su hija?
Se dio la vuelta para mirarme, todavía con el atizador en la mano, y la cara algo sonrojada. No necesitaba otra respuesta, pero todavía trató de echarme arena a los ojos.
—¿Qué le hace preguntarme eso? —exigió.
—Francamente, Herr Gunther... —dijo Schemm, fingiendo estar escandalizado por que yo hiciera una pregunta tan poco delicada.
—Teníamos nuestras diferencias de opinión —dijo Six—. Pero ¿qué hombre no habrá tenido diferencias de opinión con su yerno?
Dejó el atizador. Yo seguí en silencio durante un minuto. Y finalmente, él dijo:
—Veamos, en lo que respecta a su investigación, preferiría que limitara sus actividades específicamente a buscar las joyas. No me gusta la idea de que meta la nariz en los asuntos de mi familia. Le pagaré sus honorarios, sean los que sean...
—Setenta marcos al día, más gastos —mentí, confiando en que Schemm no lo hubiera averiguado.
—Además, Germania Life Assurance y Germania Insurance Companies le pagarán una suma del cinco por ciento por recuperarlas. ¿Le parece bien, Herr Gunther?
Mentalmente calculé que el total sería de treinta y siete mil quinientos marcos. Esa suma me decidió. Me encontré asintiendo, aunque no me gustaban las reglas del juego que él fijaba; pero por casi cuarenta mil marcos, el juego era suyo.
—Pero le advierto que no tengo mucha paciencia —dijo—. Quiero resultados, y los quiero rápido. He extendido un cheque para cubrir sus necesidades más inmediatas.
Hizo un gesto con la cabeza a su testaferro, quien me entregó un cheque. Era de mil marcos, y para ser cobrado en el Privat Kommerz Bank. Schemm rebuscó de nuevo en su cartera y me entregó una carta escrita en un papel con el membrete de la Germania Life Assurance Company.
—Esto certifica que ha sido contratado por nuestra compañía para investigar el incendio, en espera de una reclamación por parte de los herederos. La casa la teníamos asegurada nosotros. Si tiene cualquier problema, tendrá que ponerse en contacto conmigo. Bajo ningún pretexto tendrá que molestar a Herr Six ni mencionar su nombre. Aquí tiene un dossier con toda la información que pueda necesitar.
—Parece haber pensado en todo —dije con intención.
Six se puso de pie, seguido por Schemm y luego, un tanto rígido, por mí.
—¿Cuándo iniciará las investigaciones?
—Mañana a primera hora.
—Excelente. —Me dio una palmada en la espalda—. Ulrich le llevará a casa.
Luego se dirigió al escritorio, se sentó en la silla y se dispuso a trabajar con unos papeles. No me prestó ninguna atención más.
Mientras estaba de pie en el modesto vestíbulo, esperando que apareciera el mayordomo con Ulrich, oí que otro coche se detenía fuera. Hacía demasiado ruido para ser una limusina e imaginé que sería un deportivo. Una puerta se cerró de golpe, se oyeron pasos en la grava y una llave chirrió en la cerradura de la puerta principal. Por ella entró una mujer que reconocí inmediatamente como Ilse Rudel, la estrella de los estudios de cine UFA. Vestía un abrigo de marta cibelina de color oscuro y un traje de noche de organdí satinado de color azul. Me miró, intrigada, mientras yo me limitaba a mirarla boquiabierto. Valía la pena. Tenía la clase de cuerpo con el que he soñado, en la clase de sueño que con frecuencia he soñado volver a soñar. No había mucho que no pudiera imaginar que ese cuerpo hiciera, salvo cosas ordinarias como trabajar y estorbar a un hombre.
—Buenos días —dije, pero el mayordomo estaba allí con sus pasos de gato para distraerla de mi presencia y ayudarla a quitarse el abrigo.
—Farraj, ¿dónde está mi marido?
—Herr Six está en la biblioteca, señora.
Mis ojos azules se me salieron de las órbitas al oír aquello, y noté que la boca se me abría aún más. Que esa diosa estuviera casada con el gnomo sentado en el estudio era la clase de cosa que refuerza la fe de uno en el dinero. La miré mientras se dirigía hacia la puerta de la biblioteca que quedaba detrás de mí. Frau Six —no podía creérmelo— era alta y rubia, y con un aspecto tan saludable como la cuenta bancaria de su marido en Suiza. Había un mohín enfurruñado en sus labios, y por mis conocimientos de la ciencia de la fisonomía supe que estaba acostumbrada a salirse con la suya: en metálico. Unos pendientes de brillantes relucían en sus orejas perfectas y, al acercarse, el aire se llenó del perfume de la colonia 4711. Justo cuando pensaba que iba a ignorarme, lanzó una mirada en mi dirección y dijo fríamente:
—Buenas noches, quienquiera que sea.
Luego la biblioteca se la tragó entera, antes de que yo tuviera la oportunidad de hacer lo mismo. Recogí la lengua que se me había quedado colgando y volví a metérmela en la boca. Miré el reloj. Eran las tres y media. Ulrich volvió a aparecer.
—No me extraña que él trasnoche —dije, y salí por la puerta siguiendo al chófer.
3
La mañana siguiente estaba gris y húmeda. Me desperté con un sabor a bragas de puta en la boca, bebí una taza de café y hojeé el Berliner Borsenzeitung, que me resultó aún más dificil de leer que de costumbre, con frases tan largas y tan difíciles e incomprensibles como un discurso de Hess.
Al cabo de menos de una hora, afeitado y vestido y llevando mi bolsa para la lavandería, estaba en la Alexanderplatz, el principal centro de tráfico del este de Berlín. Viniendo desde la Neue Köningstrasse, la plaza está flanqueada por dos grandes bloques de oficinas: la Berolina Haus, a la derecha, y la Alexander Haus, a la izquierda, donde yo tenía mi despacho, en el cuarto piso. Antes de subir, dejé la colada en la lavandería de la planta baja del Adler.
Mientras esperaba el ascensor, era difícil dejar de ver el pequeño tablero situado inmediatamente al lado, donde se exhibía una petición para contribuir al Fondo Madre e Hijo, una exhortación del partido para ir a ver una película antisemita y una inspiradora fotografía del Führer. El tablero era responsabilidad del portero de la finca, Herr Gruber, un hombre pequeño y furtivo, con aspecto de enterrador. No sólo es el responsable de la defensa aérea del bloque, con poderes policiales (por cortesía de la Orpo, la policía uniformada), es también un informador de la Gestapo. Hacía tiempo que yo había decidido que sería malo para el negocio caerle mal y, por eso, y al igual que los demás residentes de la Alexander Haus, le daba tres marcos a la semana, suma que se supone que cubre mis aportaciones a cualquier nuevo plan para recaudar dinero que el DAF, el Frente Alemán del Trabajo, se haya inventado.
Maldije la escasa rapidez del ascensor al ver cómo se abría la puerta de Gruber justo lo suficiente como para que su cara de comadreja echara una ojeada pasillo abajo.
—Ah, Herr Gunther, es usted —dijo, saliendo de su guarida. Fue avanzando hacia mí como un cangrejo con una grave dolencia de callos.
—Buenos días, Herr Gruber —dije, evitando mirarlo a la cara.
Había algo en ella que me recordaba el retrato de Nosferatu que Max Sckreck había hecho para el cine, un efecto que se veía aumentado cuando se frotaba las esqueléticas manos, con un movimiento que recordaba al de un roedor.
—Vino una joven a verlo —dijo—. La envié arriba. Espero haber hecho bien, Herr Gunther.
—Sí.
—Es decir, si es que sigue allí —dijo él—. Hace por lo menos media hora. Como sabía que Fraulein Lehmann ya no trabajaba para usted, le tuve que decir que no sabía cuándo aparecería usted, con ese horario tan irregular que tiene.
Con gran alivio por mi parte, llegó el ascensor, abrí la puerta y entré.
—Gracias, Herr Gruber —dije, y cerré la puerta.
—¡Heil Hitler! —dijo él.
El ascensor empezó a subir y yo grité:
—¡Heil Hitler!
No puedes olvidarte del saludo a Hitler con alguien como Gruber. No vale la pena. Pero un día tendré que sacarle la mierda a tortas a esa comadreja, sólo por el placer de hacerlo.
Comparto el cuarto piso con un dentista «alemán», un agente de seguros «alemán» y una agencia de empleo «alemana». Esta última es la que me había proporcionado la secretaria eventual que suponía era la mujer que me estaba aguardando sentada en la sala de espera. Mientras salía del ascensor pensaba que ojalá no fuera más fea que la misma guerra. No esperaba ni por un segundo que fuera a ser alguien suculento, pero tampoco estaba dispuesto a aceptar a una serpiente cobra.
—¿Herr Gunther?
Se puso de pie y le eché una buena mirada. Bueno, no era tan joven como me había hecho creer Gruber (le hice unos cuarenta y cinco años), pero no estaba mal. Un poco cálida y hogareña (tenía un trasero voluminoso), pero resulta que a mí me gustan así. Tenía el pelo rojo, con toques de gris en las sienes y en la coronilla, y lo llevaba recogido en un moño. Vestía un sencillo traje de paño gris, una blusa con cuello blanco y un sombrero negro con un ala estilo bretón doblada hacia arriba, todo alrededor de la cabeza.
—Buenos días —dije tan amablemente como pude, venciendo al gato salvaje de mi resaca—. Usted debe de ser mi secretaria temporal.
Ya era una suerte conseguir una mujer, y ésta tenía un aspecto bastante aceptable.
—Frau Protze —declaró, y me estrechó la mano—. Soy viuda.
—Lo siento —dije abriendo la puerta de la oficina—. ¿De qué parte de Baviera es? —El acento era inconfundible.
—Ratisbona.
—Bonita ciudad.
—Si dice eso es que ha encontrado un tesoro escondido allí.
Además tenía sentido del humor, pensé, y eso estaba bien; necesitaría sentido del humor para trabajar conmigo.
Le conté todo sobre mi trabajo. Dijo que sonaba emocionante. La acompañé al cubículo contiguo donde iba a sentar aquel trasero suyo.
—En realidad, no está tan mal si deja la puerta de la sala de espera abierta —le expliqué. Luego le enseñé el lavabo al final del corredor y me disculpé por los fragmentos de jabón y las toallas sucias—. Pago setenta y cinco marcos al mes y me dan esta basura. Maldita sea, voy a quejarme a ese cabrón de propietario.
Pero en el momento mismo de decirlo sabía que nunca lo haría.
De vuelta a la oficina abrí mi agenda y vi que la única cita del día era Frau Heine, a las once.
—Tengo una visita dentro de veinte minutos —dije—. Una mujer que quiere saber si he conseguido encontrar a su hijo desaparecido. Es un submarino judío.
—¿Un qué?
—Un judío escondido.
—¿Qué hizo para tener que esconderse? —preguntó.
—¿Quiere decir además de ser judío?
Era fácil ver que había llevado una vida retirada, incluso para alguien de Ratisbona, y parecía una vergüenza exponer a la pobre mujer a la visión, potencialmente angustiosa, del culo maloliente de su país. Con todo, era toda una adulta, y yo no tenía tiempo para preocuparme de eso.
—Sólo ayudó a un viejo al que estaban dando una paliza unos matones...
—Pero, si estaba ayudando a un anciano...
—Ah, pero el viejo era judío —expliqué—. Y los dos matones pertenecían a las SA. Es curioso cómo eso lo cambia todo, ¿no? Su madre me pidió que averiguara si todavía estaba vivo y en libertad. Verá, cuando un hombre es arrestado y le cortan la cabeza o lo envían a un KZ, las autoridades no siempre se molestan en informar a la familia. Hay un montón de PD —personas desaparecidas— de familias judías estos días. Una gran parte de mi trabajo es tratar de encontrarlas.
Frau Protze parecía preocupada.
—¿Ayuda a los judíos? —preguntó.
—No se preocupe —dije—. Es perfectamente legal. Y su dinero es tan bueno como el de cualquiera.
—Supongo que sí.
—Escuche, Frau Protze. Judíos, gitanos, pieles rojas, a mí me da igual. No hay razón alguna para que me gusten, pero tampoco tengo ninguna razón para odiarlos. Cuando entra por esa puerta, un judío recibe el mismo trato que cualquiera. El mismo que si fuera un primo del káiser. Pero eso no significa que me dedique a protegerlos. El negocio es el negocio.
—Ciertamente —dijo Frau Protze, sonrojándose un poco—. Espero que no piense que tengo nada contra los judíos.
—Claro que no —dije.
Pero, por supuesto, eso es lo que todo el mundo dice. Hitler incluido.
—Por todos los santos —dije, cuando la madre del submarino se hubo marchado—. Ése es el aspecto que tiene un cliente satisfecho.
La idea me deprimió tanto que decidí salir un rato.
En Loeser & Wolff compré un paquete de Murattis, y después fui a cobrar el cheque de Six. Ingresé la mitad en mi cuenta y me di el capricho de comprarme un caro batín de seda en Wertheim, sólo por haber tenido la suerte de pescar un dinerito tan dulce como el de Six.
Luego fui andando hacia el sudoeste, más allá de la estación de ferrocarril, de la cual salía con estruendo un tren que iba hacia el puente Jannowitz, hasta llegar a la esquina con la Köningstrasse, donde había dejado el coche.
Lichterfelde-Ost es un próspero barrio residencial en el sudoeste de Berlín, muy favorecido por funcionarios de alto rango y miembros de las fuerzas armadas. De ordinario, habría quedado muy lejos de las posibilidades de una pareja joven, pero también es verdad que la mayoría de parejas jóvenes no tienen por padre a un multimillonario como Hermann Six.
La Ferdinandstrasse iba hacia el sur desde la línea del ferrocarril. Había un policía, un joven Anwärter de la Orpo, haciendo guardia frente al número 16. A la casa le faltaba la mayor parte del tejado y todas las ventanas. Las vigas y ladrillos ennegrecidos contaban la historia con la suficiente elocuencia.
Aparqué el Hanomag y fui hasta la verja del jardín, donde saqué mi identificación para el poli, un joven de unos veinte años lleno de granos. La miró atenta e inocentemente, y dijo de forma superflua:
—Investigador privado, ¿eh?
—Eso es. Me ha contratado la compañía de seguros para investigar el incendio.
Encendí un cigarrillo y observé la cerilla de modo insinuante mientras se iba consumiendo cada vez más cerca de mis dedos. Asintió, pero tenía un aire preocupado. La expresión se le aclaró de repente cuando me reconoció.
—Eh, ¿no estaba usted en la Kripo, en Alex?
Asentí, sacando humo por la nariz como si fuera la chimenea de una fábrica.
—Sí, me parecía reconocer el nombre, Bernhard Gunther. Usted atrapó a Gormann el Estrangulador, ¿verdad? Me acuerdo de haberlo leído en los periódicos. Era famoso.
Me encogí de hombros con modestia, pero él tenía razón. Cuando cogí a Gormann fui famoso durante un tiempo. Era un buen poli en aquella época.
El joven Anwärter se quitó el kepis y se rascó la parte superior de su cuadrada cabeza.
—Vaya, vaya —dijo, y luego añadió—, voy a entrar en la Kripo. Es decir, si me admiten.
—Parece un joven bastante inteligente. No debería tener problemas.
—Gracias —dijo—. Eh, entre nosotros, ¿qué me aconseja?
—Pruebe con Scharhorn, en el Hoppengarten, a las tres. —Me encogí de hombros—. Coño, no lo sé. ¿Cómo se llama?
—Eckhart —dijo—. Wilhelm Eckhart.
—Bueno,Wilhelm, cuéntame algo del fuego. Para empezar, ¿quién es el patólogo que lleva el caso?
—Un tipo de la Alex. Me parece que se llama Upmann o Illmann.
—¿Un hombre viejo con una pequeña perilla y gafas sin montura? —El policía asintió—. Entonces es Illmann. ¿Cuándo estuvo aquí?
—Anteayer. Él y el Kriminalkommissar Jost.
—¿Jost? No es normal en él eso de ensuciarse los zapatos. Hubiera dicho que hacía falta algo más que el asesinato de la hija de un millonario para que moviera su gordo culo.
Tiré el cigarrillo en la dirección opuesta a la casa desventrada; no tenía ningún sentido tentar a la suerte.
—He oído que el incendio fue provocado —dije—. ¿Es verdad, Wilhelm?
—Sólo huela el aire —dijo él.
Inhalé profundamente y sacudí la cabeza.
—¿No huele a gasolina?
—No, Berlín siempre huele así.
—Puede que sea porque llevo mucho rato aquí, de pie. Bueno, encontraron una lata de gasolina en el jardín, o sea que supongo que eso cierra el caso.
—Oye, Wilhelm, ¿te importaría que echara una ojeada rápida? Me ahorraría tener que rellenar unos cuantos papeles. Tendrán que dejarme echar una mirada antes o después.
—Adelante, Herr Gunther —dijo, abriendo la verja—. No es que haya mucho que ver. Se han llevado sacos llenos de cosas. Dudo que haya nada que tenga algún interés para usted. Ni siquiera sé por qué sigo aquí.
—Supongo que es para vigilar en caso de que el asesino vuelva a la escena del crimen —dije burlonamente.
—¡Cristo! ¿Cree que podría hacerlo?
Fruncí los labios.
—¿Quién sabe? —respondí, aunque personalmente nunca había oído nada por el estilo—. De todos modos echaré un vistazo, y gracias, de verdad te lo agradezco.
—De nada.
Tenía razón. No había mucho que ver. El hombre había hecho un buen trabajo con los fósforos. Metí la cabeza por la puerta principal, pero había tantos cascotes que no vi ningún sitio para poner los pies. A la vuelta había una ventana que daba a otra habitación donde el suelo no estaba tan mal para andar. Confiando en encontrar por lo menos la caja fuerte, salté dentro. No es que necesitara estar allí en absoluto. Sólo quería tener una imagen dentro de la cabeza. Yo trabajo mejor así; tengo la cabeza como un cómic. Así que no me sentí muy desilusionado cuando vi que la policía se había llevado la caja, y que lo único que quedaba era un agujero enorme en la pared. Siempre me quedaba Illmann, me dije.
De vuelta a la verja, me encontré con Wilhelm tratando de consolar a una mujer mayor, de unos sesenta años, que tenía la cara bañada en llanto.
—La mujer de la limpieza —explicó—. Acaba de llegar. Por lo que parece ha estado fuera, de vacaciones, y no se había enterado del incendio. La pobrecilla ha tenido toda una impresión.
Le preguntó dónde vivía.
—Neuenburger Strasse —dijo tratando de controlar las lágrimas—. Ya estoy bien, gracias, joven.
Del bolsillo de la chaqueta sacó un pequeño pañuelo de encaje que parecía tan fuera de lugar en sus grandes manos de campesina como un antimacasar en las de Max Schmelling, el boxeador, y bastante inadecuado para la tarea que le esperaba; se sonó la nariz, que parecía una cebolleta en vinagre, con una ferocidad y volumen que me hicieron desear aguantarme el sombrero con la mano. Luego se secó su cara grande y ancha con el empapado retal. Oliéndome alguna información sobre los Pfarr, me ofrecí al viejo saco de huesos para acompañarla a casa en coche.
—Me viene de camino —dije.
—No querría causarle ninguna molestia.
—No es molestia en absoluto —insistí.
—Bueno, si está seguro..., es muy amable por su parte. Estoy un poco impresionada.
Recogió la caja que estaba a sus pies, que sobresalían, hinchados, por encima de sus limpios zapatos negros, como el pulgar de un carnicero sobresaldría de un dedal. Se llamaba Frau Schmidt.
—Es usted un buen tipo, Herr Gunther —dijo Wilhelm.
—Tonterías —dije, y era la verdad. A saber la información que podría extraer de la vieja sobre sus antiguos patronos. Le cogí la caja de las manos—. Déjeme que la ayude con esto.
Era un estuche de traje, de Stechbarth, el sastre oficial de las fuerzas armadas, y se me ocurrió la idea de que quizá lo habría traído para los Pfarr. Me despedí de Wilhelm con una inclinación de cabeza y la guié hasta el coche.
—La Neuenburger Strasse —repetí cuando arrancamos—. Eso está al lado de la Linderstrasse, ¿no?
Me confirmó que así era, me dio una serie de indicaciones y se quedó callada durante un momento. Luego rompió a llorar de nuevo.
—¡Qué horrible tragedia! —dijo sollozando.
—Sí, sí, es una gran desgracia.
Me pregunté cuánto le habría contado Wilhelm. Cuanto menos, mejor, pensé, razonando que cuanto menos conmocionada estuviera, por lo menos en ese momento, más le sacaría.
—¿Es usted policía? —me preguntó.
—Estoy investigando el incendio —dije, en tono evasivo.
—Estoy segura de que debe de estar muy ocupado para perder el tiempo llevando a una vieja hasta la otra punta de Berlín. ¿Por qué no me deja al otro lado del puente y haré el resto del camino andando? Ahora ya estoy bien, de verdad.
—No es ninguna molestia. De cualquier modo, me gustaría hablar con usted de los Pfarr, es decir, si eso no la va a trastornar. —Cruzamos el canal Landwehr y llegamos a la Belle-Alliance Platz, en cuyo centro se eleva la gran Columna de la Paz—. Mire, va a haber una investigación judicial y me ayudaría saber tanto sobre ellos como sea posible.
—Sí, bueno, no me importa, si cree que puedo serle de ayuda.
Cuando llegamos a Neuenburger Strasse, aparqué el coche y seguí a la mujer hasta el segundo piso de un bloque de viviendas de varios pisos.
El apartamento de Frau Schmidt era el típico de la generación más vieja de la ciudad. Los muebles eran sólidos y adornados —los berlineses se gastan mucho dinero en sus sillas y mesas— y había una estufa recubierta de azulejos en la sala. Una copia de un grabado de Durero, que era tan corriente en los hogares berlineses como un acuario en la sala de espera de un médico, colgaba de la pared, como es debido, por encima de un aparador Biedermeier en el cual había varias fotografías (incluyendo una de nuestro amado Führer) y una pequeña esvástica de seda colocada en un gran marco de bronce. También había una bandeja con bebidas, de la cual cogí una botella de schnapps y serví un poco en un vaso.
—Se sentirá mejor cuando haya bebido esto —le dije, dándole el vaso, y preguntándome si me atrevería a tomarme la libertad de servirme otro para mí. La observé, con envidia, cuando se lo bebió de un trago. Relamiéndose los labios, se sentó en una silla tapizada de brocado al lado de la ventana.
—¿Se siente bien para contestar a unas preguntas?
Asintió con la cabeza y preguntó:
—¿Qué quiere saber?
—Bueno, para empezar, ¿cuánto hace que conoce a Herr y Frau Pfarr?
—A ver, déjeme pensar. —Una película muda llena de incertidumbre parpadeó en la cara de la mujer. La voz cayó lentamente de una boca a lo Boris Karloff, con los dientes un tanto salientes, como el hollín de un cubo.
—Debe de hacer un año, supongo.
Volvió a ponerse de pie y se quitó el abrigo, dejando al descubierto una sucia bata floreada. Luego tosió durante unos segundos, dándose golpecitos en el pecho mientras lo hacía.
Durante todo este tiempo, yo permanecí de pie, inmutable, en medio de la sala, con el sombrero echado hacia atrás de la cabeza, y las manos en los bolsillos. Le pregunté qué clase de pareja eran los Pfarr.
—Quiero decir, ¿eran felices? ¿Se peleaban?
Asintió a ambas sugerencias.
—Cuando empecé a trabajar allí, estaban muy enamorados. Pero no pasó mucho tiempo antes de que ella perdiera su trabajo como maestra. Se disgustó mucho, ya lo creo. Y casi enseguida empezaron a discutir. No es que él estuviera allí muy a menudo cuando yo estaba. Pero cuando estaba, la mayoría de las veces tenían unas palabras; y no quiero decir riñas como las de la mayoría de las parejas. No, discutían a gritos, con rabia, casi como si se odiaran, y un par de veces, la encontré después llorando en su habitación. Oiga, de verdad que no sé por qué podían sentirse desgraciados. Tenían una casa estupenda, era un placer limpiarla, sí que lo era. Entiéndame, no es que se exhibieran. Nunca vi que ella gastara un montón en nada. Tenía muchos vestidos bonitos, pero nada lujoso.
—¿Y joyas?
—Creo que tenía algunas joyas, pero no creo recordar que se las viera puestas, aunque también es verdad que yo sólo iba de día. Por otro lado, en una ocasión moví una chaqueta de él y del bolsillo se cayeron unos pendientes, y no era la clase de pendientes que ella habría llevado.
—¿Qué quiere decir?
—Eran para orejas con agujero, y Frau Pfarr siempre llevaba pendientes de clip. Así que saqué mis propias conclusiones, pero no dije nada. No era asunto mío lo que él hiciera. Pero calculo que ella tenía sus sospechas. No era estúpida, ni mucho menos. Me parece que eso es lo que la llevó a beber tanto como bebía.
—¿Bebía?
—Como una esponja.
—¿Y qué hay de él? Trabajaba en el Ministerio del Interior, ¿no?
—Era algo del gobierno —dijo encogiéndose de hombros—, pero no podría decirle cómo se llamaba. Tenía algo que ver con la ley, había un diploma en la pared de su estudio. De todos modos, no hablaba mucho de su trabajo. Y tenía mucho cuidado de no dejar por allí papeles que yo pudiera ver. No es que yo los hubiera leído, ¿eh?, pero por si acaso, no corrió el riesgo.
—¿Trabajaba mucho en casa?
—A veces. Y sé que pasaba mucho tiempo en ese gran edificio de oficinas en la Bülowplatz, ya sabe, ese que antes era el cuartel general de los bolcheviques.
—Quiere decir el edificio de la DAF, la central del Frente Alemán del Trabajo. Es lo que es ahora, desde que echaron a los Kozis.
—Ese mismo. De vez en cuando Herr Pfarr me acompañaba en coche hasta allí. Mi hermana vive en la Brunenstrasse y normalmente cojo el número 99 hasta la Rosenthaler Platz después del trabajo. Algunas veces, Herr Pfarr era tan amable que me llevaba hasta la Bülowplatz, y yo veía que entraba en el edificio de la DAR
—¿Cuándo fue la última vez que los vio?
—Ayer hizo dos semanas. He estado de vacaciones, ¿sabe? Un viaje de «La Fuerza por la Alegría» a la isla Rugen. La vi a ella, pero no a él.
—¿Cómo estaba?
—Parecía bastante contenta, para variar. Y no sólo eso, además no tenía un vaso en la mano mientras hablábamos. Me contó que estaba pensando tomarse unas pequeñas vacaciones en un balneario. A menudo lo hacía. Me parece que hacía una cura contra la bebida.
—Ya entiendo. Así que esta mañana fue a la Ferdinandstrasse, pasando antes por el sastre, ¿estoy en lo cierto, Frau Schmidt?
—Sí, exacto. A menudo hacía pequeños recados para Herr Pfarr. Normalmente él estaba demasiado ocupado para ir a las tiendas, así que me pagaba para que le hiciera algunas cosas. Antes de irme de vacaciones, me dejó una nota pidiéndome que llevara su traje al sastre y que ellos ya sabían lo que tenían que hacer.
—¿Su traje, dice?
—Bueno, sí; eso creo.
Cogí la caja.
—¿Le importa que eche una ojeada?
—No veo qué mal puede haber. Después de todo, él está muerto, ¿no?
Aun antes de destapar la caja tenía bastante idea de lo que había dentro. No me equivocaba. No había forma de confundir el negro noche, que era como un eco de los viejos regimientos de caballería de elite del ejército del káiser, el wagneriano doble rayo de la insignia en la parte derecha del cuello y la esvástica y el águila de estilo romano en la manga izquierda. Las tres estrellas en la parte izquierda del cuello decían que quien llevaba el uniforme era capitán, o como hubieran decidido que se llamara un capitán en las SS. Había un trozo de papel sujeto a la manga derecha. Era una factura de Stechbarth, dirigida al Hauptsturmfürer Pfarr, por un importe de veinticinco marcos. Silbé.
—Así que Paul Pfarr era un ángel negro.
—Nunca lo habría creído —dijo Frau Schmidt.
—¿Quiere decir que nunca lo vio con este uniforme?
—Ni siquiera lo había visto nunca colgado del armario —dijo sacudiendo la cabeza.
—¿De verdad?
No estaba seguro de si creerla o no, pero no se me ocurría razón alguna por la que quisiera mentir. No era raro que hubiera abogados —abogados alemanes que trabajaban para el Reich— en las SS. Imaginé que Pfarr sólo se pondría su uniforme en ocasiones ceremoniales.
Ahora le tocaba a Frau Schmidt mostrarse intrigada.
—Quería preguntarle cómo empezó el fuego.
Lo pensé durante un minuto y decidí contárselo sin rodeos, con la esperanza de que la impresión le impidiera hacer unas preguntas que yo no estaba en condiciones de responder.
—Fue provocado —dije suavemente—. A ambos los asesinaron.
Se le abrió la boca como la puerta de una gatera, y se le volvieron a humedecer los ojos, como si se hubiera puesto en medio de una corriente de aire.
—Cielo santo —dijo con un grito ahogado—. Es terrible. ¿Quién podría hacer una cosa así?
—Ésa es una buena pregunta —dije—. ¿Sabe si tenían enemigos?
Suspiró profundamente y luego sacudió la cabeza.
—¿Les oyó alguna vez discutiendo con alguien que no fuera el otro? ¿Por teléfono, quizá? ¿O alguien que viniera a verlos? Cualquier cosa.
Siguió sacudiendo la cabeza.
—Eh, espere un momento —dijo lentamente—. Sí que hubo una vez, hace varios meses. Oí cómo Herr Pfarr discutía con un hombre en su estudio. Era una discusión violenta, y le digo que algunas de las palabras que usaban no eran adecuadas para que las oyera la gente decente. Estaban discutiendo de política. Por lo menos me parece que era de política. Herr Six estaba diciendo cosas terribles del Führer que...
—¿Ha dicho Herr Six?
—Sí. Él era el otro hombre. Al cabo de un rato salió como un vendaval del estudio y pasó por la puerta principal con la cara amarilla como el hígado de un cerdo. Por poco me tira al suelo.
—¿Puede recordar de qué más hablaron?
—Sólo me acuerdo de que cada uno acusaba al otro de tratar de arruinarlo.
—¿Dónde estaba Frau Pfarr durante todo ese tiempo?
—Estaba fuera, haciendo uno de sus viajes, me parece.
—Gracias —dije—. Me ha sido de mucha ayuda. Y ahora tengo que volver a la Alexanderplatz.
Me dirigí hacia la puerta.
—Perdone —dijo Frau Schmidt, y señaló la caja del sastre—, ¿qué hago con el uniforme de Herr Pfarr?
—Envíelo por correo al Reichsführer Himmler, Prinz Albrecht Strasse, número 9 —dije dejando un par de marcos sobre la mesa.
4
La Simeonstrasse está a sólo un par de calles de la Neuenburger Strasse, pero si a las ventanas de esta última les falta una mano de pintura, a las de la primera les faltan todos los cristales. Decir que es una zona pobre es parecido a decir que a Pepe Goebbels le resulta difícil encontrar su número de zapatos.
Edificios de pisos de alquiler de cinco y seis plantas se cernían como acantilados graníticos sobre la estrecha calzada de descarnados adoquines, combada como la espalda de un cocodrilo, unidos sólo por los puentes formados por las cuerdas de tender la colada. Jóvenes hoscos, cada uno con un cigarrillo liado a mano colgando, casi reducido a cenizas, de sus delgados labios, como un rastro de mierda cuelga de un pez rojo aburrido dentro de su pecera, reforzaban las desgarradas esquinas de los lúgubres callejones, mirando fijamente a la colonia de chavales mocosos que saltaban y brincaban a lo largo de las aceras. Los niños jugaban haciendo mucho ruido, indiferentes a la presencia de los mayores y sin prestar atención a las pintarrajeadas esvásticas, hoces y martillos y obscenidades que adornaban las paredes de la calle y que eran los dogmas divisorios de sus mayores. Por debajo del nivel de las calles, sembradas de basura, y a la sombra de los edificios que, eclipsando el sol, las cercaban, estaban los sótanos donde se hallaban las pequeñas tiendas y oficinas que servían a la zona.
Y no es que sus necesidades de servicios sean muchas. No hay dinero en una zona así, y para la mayoría de esos negocios la actividad comercial es tan dinámica como las tablas de roble que cubren el suelo de una iglesia luterana.
Fue en una de esas pequeñas tiendas, una casa de empeños, donde entré sin prestar atención a la gran estrella de David pintada en los postigos de madera que protegían el escaparate para evitar que lo rompieran. Una campanilla sonó cuando abrí y cerré la puerta. Doblemente privada de luz natural, la única fuente de iluminación del establecimiento era una lámpara de aceite que colgaba del bajo techo, y el efecto general era que se estaba en el interior de un viejo velero. Eché una ojeada alrededor, esperando que Weizmann, el propietario, apareciera desde la trastienda.
Había un viejo casco Pickelhaube, una marmota disecada, que parecía haber muerto de ántrax, dentro de una vitrina, y un aspirador Siemens; también había varios estuches llenos de medallas militares —en su mayoría Cruces de Hierro de segunda clase, como la mía—, unos veinte volúmenes del Naval Calendar de Kohler, lleno de barcos que hacía tiempo habían sido hundidos o enviados al desguace, una radio Blaupunkt, un busto desportillado de Bismarck y una vieja Leica. Estaba inspeccionando el estuche de las medallas cuando el olor de tabaco y la familiar tos de Weizmann anunciaron su presencia.
—Tendría que cuidarse, Weizmann.
—¿Y qué haría yo con una larga vida?
La amenaza de la sibilante tos de Weizmann estaba siempre presente cuando hablaba. Permanecía al acecho, para saltarle al cuello como un alabardero dormido. A veces conseguía detenerla, pero esta vez cayó víctima de un ataque de tos que apenas parecía humano, sino algo similar a los intentos de poner en marcha un coche con una batería casi muerta y, como de costumbre, no pareció aliviarlo en absoluto. Ni tampoco le hizo quitarse la pipa de la tabaquera en que se había convertido su boca.
—Tendría que probar a inhalar un poco de aire de vez en cuando —le dije—. O por lo menos algo que no haya incendiado antes.
—Aire —dijo—. Se me sube directamente a la cabeza. De cualquier modo, me estoy entrenando para pasar sin él; quién sabe cuándo nos prohibirán a los judíos que respiremos oxígeno. —Levantó la tapa del mostrador—. Entre en la trastienda, amigo mío, y dígame en qué puedo servirlo.
Le seguí detrás del mostrador, más allá de una estantería vacía.
—¿Es que va mejor el negocio? —le dije.
Se volvió para mirarme.
—¿Qué ha pasado con todos los libros?
Weizmann sacudió la cabeza con tristeza.
—Por desgracia, tuve que retirarlos. Las leyes de Núremberg... —dijo con una risa despectiva—, esas leyes que prohíben que un judío venda libros. Incluso de segunda mano. —Se dio media vuelta y pasó a la trastienda—. En estos días creo tanto en las leyes como en el heroísmo de Horst Wessel.
—¿Horst Wesel? —dije—. Nunca había oído hablar de él.
Weizmann sonrió y señaló un viejo sofá Jacquard con la boquilla de su maloliente pipa.
—Siéntate, Bernie, y deja que prepare algo de beber para los dos.
—Vaya, mira por dónde. Siguen dejando que los judíos beban alcohol. Casi hizo que sintiera lástima por usted ahí fuera cuando me dijo lo de los libros. Las cosas nunca son tan malas como parecen, siempre que haya algo que beber a mano.
—Eso es verdad, amigo mío.
Abrió un armario rinconero, sacó una botella de schnapps y lo sirvió con cuidado, pero con generosidad. Alargándome el vaso dijo:
—Te diré algo. Si no fuera por toda la gente que bebe, el país se habría ido al infierno. —Alzó su vaso—. Brindemos por que haya más borrachos y por que se frustre esa Alemania nacionalsocialista gobernada eficientemente.
—Por que haya más borrachos —dije, observando cómo bebía, casi con un excesivo agradecimiento.
Tenía una cara astuta, con una boca que exhibía una sonrisa irónica, incluso sujetando el tubo de chimenea de su pipa. Una nariz grande y carnosa separaba unos ojos demasiado juntos y aguantaba un par de gafas gruesas y sin montura. El pelo, todavía oscuro, estaba cepillado pulcramente hacia la derecha de una frente despejada. Con su traje a rayas finas, de color azul y bien planchado, Weizmann no tenía un aspecto muy diferente del de Ernst Lubitsch, el actor cómico convertido en director de cine. Se sentó en un viejo escritorio de tapa corrediza y se dio media vuelta para mirarme.
—Veamos, ¿qué puedo hacer por ti?
Le mostré la fotografía del collar de Six. Resopló un poco al mirarlo y luego tosió un comentario.
—Si es auténtico... —sonrió, y sacudió la cabeza de un lado a otro—. ¿Es auténtico? Claro que lo es, de lo contrario ¿para qué estarías aquí enseñándome esa bonita fotografía? Bueno, pues parece una pieza magnífica de verdad.
—Lo han robado —dije.
—Bernie, contigo sentado ahí delante ni se me ocurrió que estuviera colgado de un árbol, esperando que los bomberos lo recuperaran. —Se encogió de hombros—. Pero un collar tan magnífico..., ¿qué puedo decirte que tú no sepas ya?
—Venga, Weizmann. Hasta que lo pillaron robando, era uno de los mejores joyeros de Friedlaender.
—Ah, lo expresas con tanta delicadeza.
—Después de veinte años en el negocio, conoce las piedras como si fueran la palma de su mano.
—Veintidós años —dijo suavemente, y volvió a llenar los vasos—. Muy bien, Bernie, pregunta y ya veremos.
—¿Qué haría alguien para librarse del collar?
—¿Quieres decir de otra manera que no sea tirándolo al canal Landwehr? ¿A cambio de dinero? Dependería.
—¿De qué? —pregunté armándome de paciencia.
—De si la persona fuera un judío o un gentil.
—Vamos, Weizmann —dije—. No es necesario que retuerza el yarmulke entre las manos a beneficio mío.
—No, en serio, Bernie. En este momento el mercado de las gemas está tocando fondo. Hay muchos judíos que se marchan de Alemania y que, para financiar su emigración, tienen que vender las joyas de la familia. Por lo menos, los que tienen la suerte de tener algo que vender. Y, como puedes suponer, sólo consiguen el precio mínimo. Un gentil puede permitirse esperar a que el mercado se recupere; un judío no.
Tosiendo espasmódicamente, echó otra mirada, más larga, a la fotografía de Six y se encogió de hombros, congestionado.
—Queda muy por encima de mis posibilidades, eso sí que te lo puedo decir. Claro que compro algunas cosas pequeñas, pero nada lo bastante grande como para interesar a los chicos del Alex. Como tú, me conocen bien, Bernie. Para empezar está mi tiempo en chirona. Si me saliera de la línea, me meterían en un KZ más rápido de lo que se quita las bragas una corista.
Resoplando como un viejo armonio agujereado, Weizmann sonrió y me devolvió la fotografía.
—Amsterdam sería el lugar idóneo para venderla —dijo—. Si se puede sacar de Alemania, claro. Los aduaneros alemanes son una pesadilla para los contrabandistas. Tampoco es que falten personas en Berlín que la comprarían.
—¿Como quién, por ejemplo?
—Los chicos de las dos bandejas (una en la parte de arriba y otra por debajo del mostrador), ésos podrían estar interesados. Como Peter Neumaier. Tiene una bonita tienda en la Schlüterstrasse, especializada en joyas antiguas. Esto podría ser de su estilo. He oído que tiene mucho dinero y puede pagar en la moneda que quieras. Sí, diría que vale la pena comprobarlo. —Escribió un nombre en un trozo de papel—. Luego tenemos a Werner Seldte. Puede que parezca un poco Potsdam, pero es muy capaz de vender joyas robadas. —Potsdam era un término de oprobio para designar a quienes, como los anticuados partidarios del káiser de esa ciudad, estaban pagados de sí mismos, eran hipócritas y absolutamente anticuados en sus ideas, tanto intelectuales como sociales—. Con franqueza, tiene menos escrúpulos que un hacedor de ángeles en un barrio pobre. Tiene la tienda en la Budapester Strasse, la Hermann Goering Strasse o como la llame el partido ahora.
»Luego tenemos a los intermediarios, los comerciantes de diamantes que compran y venden desde unos despachos con mucho estilo donde ir a curiosear en busca de un anillo de compromiso es algo casi tan usual como encontrar una chuleta de cerdo dentro del bolsillo de un rabino. Son la clase de gente que hace la mayoría de sus negocios en las reuniones sociales. —Anotó algunos nombres más—. Éste, Laser Oppenheimer, es judío. Lo apunto sólo para que veas que soy justo y no tengo nada contra los gentiles. Oppenheimer tiene un despacho en la Joachimsthaler Strasse. En todo caso, la última vez que oí hablar de él todavía estaba en el negocio.
»Luego está Gert Jeschonnek. Nuevo en Berlín. Antes estaba en Munich. Por lo que he oído es la peor clase de Violeta de Marzo, ya sabes, de los que se montan en el tren del partido y viajan en él para hacer un beneficio rápido. Tiene unos despachos muy elegantes en aquella monstruosidad de acero de la Potsdamer Platz. ¿Cómo se llama...?
—Columbus Haus —dije.
—Eso es, la Columbus Haus. Dicen que a Hitler no le gusta mucho la arquitectura moderna, Bernie. ¿Sabes qué significa eso? —Weizmann soltó una risita—. Significa que él y yo tenemos algo en común.
—¿Hay alguien más?
—Quizá. No lo sé. Es posible.
—¿Quién?
—Nuestro ilustre primer ministro.
—¿Goering? ¿Adquiere joyas robadas? ¿Lo dices en serio?
—Oh, sí —dijo con firmeza—. Ese hombre tiene pasión por poseer cosas caras. Y no siempre es tan exigente como debería respecto a la forma en que llegan a sus manos. Las joyas son una de las cosas por las que sé que siente debilidad. Cuando estaba en Friedlaender’s venía muy a menudo. En aquel tiempo era pobre, por lo menos demasiado pobre como para comprar gran cosa. Pero se podía ver lo mucho que habría comprado si hubiera podido.
—Por todos los santos,Weizmann —dije—, ¿se lo imagina? Yo entrando en Karinhall y diciendo: «Perdone, Herr Primer Ministro, pero ¿no sabría, por casualidad, algo sobre un valioso collar de diamantes que un dedos ha pillado en una residencia en la Ferdinandstrasse hace unos días? Confío en que no tendrá ninguna objeción para que eche una ojeada por el escote de su esposa Emmy, para ver si lo tiene escondido en algún lugar entre lo expuesto».
—Tendrías un trabajo del diablo para encontrar algo allí abajo —resopló Weizmann excitado—. Esa cerda sebosa es casi tan grande como él. Apuesto a que podría amamantar a todas las Juventudes Hitlerianas y aún le quedaría leche para el desayuno de Hermann.
Le dio un ataque de tos que hubiera podido con otro hombre. Esperé hasta que pudo reducir la marcha y luego saqué un billete de cincuenta. Lo rechazó con un gesto.
—¿Qué te he dicho?
—Déjeme que le compre algo, entonces.
—¿Qué te pasa? ¿Es que de repente te estás quedando sin basura?
—No, pero...
—A ver, espera —dijo—. Hay algo que podría gustarte comprar. Un ratero lo cogió en un desfile en Unter den Linden.
Se levantó y entró en una pequeña cocina que había detrás del despacho. Cuando volvió llevaba un paquete de Persil.
—Gracias —dije—, pero envío la colada a la lavandería.
—No, no, no —dijo, metiendo la mano en el jabón—. Lo escondí aquí por si tenía visitas inoportunas. Ah, aquí está.
Sacó un objeto plateado pequeño y plano del paquete y se lo frotó contra la solapa antes de ponerlo en la palma de mi mano. Era un disco ovalado del tamaño de una caja de fósforos. En uno de los lados estaba la ubicua águila alemana aferrando la corona de laurel que rodeaba la esvástica; en el otro estaban las palabras «Policía Secreta Estatal» y un número de serie. En la parte superior había un pequeño agujero por medio del cual el usuario de la insignia podía sujetarla en el interior de su chaqueta. Era una credencial de la Gestapo.
—Eso tendría que abrirte unas cuantas puertas, Bernie.
—No lo sabe bien —dije—. Joder, si lo cogieran a uno con esto...
—Sí, lo sé. Te ahorraría un montón de dinero en sobornos, ¿no crees? Bueno, pues si lo quieres, te pediré cincuenta por él.
—Es justo —le dije, aunque no estaba seguro de que fuera a llevarlo conmigo.
Lo que él decía era verdad; te podía ahorrar sobornos, pero si me pillaban usándolo, me enviarían a Sachsenhausen en el primer tren. Le di los cincuenta.
—Un poli sin su vale de cerveza. Joder, me gustaría haber visto la cara de ese cabrón. Es como un intérprete de trompa que se ha quedado sin boquilla.
Me levanté para marcharme.
—Gracias por la información —dije—. Y por si no lo sabe, arriba en la superficie ya es verano.
—Sí, ya me fijé en que la lluvia era un poco más tibia de lo normal. Por lo menos, no podrán echarnos la culpa a los judíos de un verano asqueroso.
—No esté tan seguro —dije yo.
5
En la Alexanderplatz reinaba el caos porque un tranvía había descarrilado. El reloj de la alta torre de ladrillo rojo de St. George daba las tres, recordándome que no había comido nada desde el cuenco de Copos Quaker instantáneos («Para la juventud de la nación») que había tomado para desayunar. Fui al Café Stock, que estaba cerca de los almacenes Wertheim, a la sombra del viaducto del ferrocarril S-Bahn. El Café Stock era un pequeño y modesto restaurante con una barra aún más modesta en el rincón del fondo. Era tal el tamaño de la dipsómana barriga del epónimo propietario que el espacio que había detrás de la barra daba justo para que él se metiera allí, y allí fue donde lo encontré al cruzar la puerta, sirviendo cervezas y secando vasos, mientras su bonita y pequeña esposa atendía las mesas. Esas mesas estaban a menudo ocupadas por oficiales de la Kripo del Alex, y eso hacía que Stock alardeara de su adhesión al nacionalsocialismo. Había un gran retrato del Führer en la pared, además de un letrero impreso que decía: «Haz siempre el saludo de Hitler».
Stock no había sido siempre así, y antes de marzo de 1933 era un poco rojo. Él sabía que yo lo sabía, y siempre le preocupaba que hubiera otros que también lo recordaran. Así que yo no lo culpaba por la foto y el letrero. En Alemania todos éramos diferentes a antes de marzo de 1933. Como digo siempre, ¿quién no es nacionalsocialista si lo apuntan con una pistola en la cabeza?
Me senté a una mesa vacía y eché una ojeada al resto de la clientela. Un par de mesas más allá, había dos policías de la Escuadra Gay, el departamento para la eliminación de la homosexualidad; una pandilla que apenas son algo más que chantajistas. En otra mesa a su lado, sentado solo, había un joven Kriminalassistent de la comisaría de Wedersche Market, cuya cara muy marcada de viruelas recordé, principalmente, porque había arrestado a mi informador, Neumann, bajo sospecha de robo.
Frau Stock anotó mi petición de codillo de cerdo con sauerkraut rápidamente y sin muchos cumplidos. Mujer de mal genio, conocía y desaprobaba el hecho de que pagara a Stock por pequeños fragmentos de cotilleos interesantes sobre lo que sucedía en el Alex. Con tantos agentes entrando y saliendo de aquel sitio, a menudo oía muchas cosas. La mujer fue hasta el montaplatos y gritó mi pedido por el hueco que iba a la cocina. Stock se desencajó de detrás de la barra y vino despacio hasta mi mesa. Traía un ejemplar del periódico del partido, el Beobachter, en su gorda mano.
—Hola, Bernie —dijo—. Vaya asco de tiempo que tenemos, ¿eh?
—Más húmedo que un perro de aguas, Max —dije—. Me tomaré una cerveza cuando te vaya bien.
—Marchando. ¿Quieres echar un vistazo al periódico?
—¿Trae algo?
—El señor y la señora Lindbergh están en Berlín. Él es el tipo que cruzó el Atlántico en avión.
—Suena fascinante, verdaderamente fascinante. Supongo que el gran aviador inaugurará unas cuantas fábricas de bombas mientras esté aquí. Puede que incluso haga un vuelo de prueba en un nuevo y brillante caza. Quizá quieran que pilote uno hasta España.
Stock miró nerviosamente por encima del hombro y me hizo gestos para que bajara la voz.
—No tan alto, Bernie —dijo temblando como un conejo—. Harás que me peguen un tiro.
Murmurando con tristeza, se fue a buscar mi cerveza.
Hojeé el periódico que había dejado en la mesa. Había un corto párrafo sobre la «investigación de un incendio en la Ferdinandstrasse, en el que se sabe que dos personas perdieron la vida»; no se mencionaban nombres, ni su relación con mi cliente, ni que la policía lo trataba como un asesinato. Lo tiré despectivamente encima de otra mesa. Hay más noticias de verdad en el reverso de una caja de fósforos que en el Beobachter. Entretanto, los detectives de la Escuadra Gay se estaban marchando y Stock volvía con mi cerveza. Sostuvo el vaso en alto para captar mi atención antes de colocarlo sobre la mesa.
—Con una buena capa de espuma encima, como siempre —dijo.
—Gracias.
Tomé un sorbo largo y luego me limpié la espuma del labio superior con el dorso de la mano. Frau Stock recogió mi almuerzo del montaplatos y lo trajo. Le echó a su marido una mirada tan furiosa que abría tenido que quemarle la camisa, pero él hizo como que no la veía. Entonces ella se fue a limpiar la mesa que había dejado libre el Kriminalassistant con las marcas de viruelas. Stock se sentó y observó cómo comía.
Al cabo de un rato dije:
—Así que ¿qué has oído? ¿Algo?
—Sacaron el cuerpo de un hombre del Landwehr.
—Eso es casi tan poco corriente como un ferroviario gordo —le contesté—. Ese canal es el retrete de la Gestapo, tú ya lo sabes. Ha llegado a tal extremo que si alguien desaparece en esta maldita ciudad, es más rápido buscarlo en la oficina del hombre de la gabarra que en la central de policía o en el depósito de cadáveres.
—Sí, pero éste tenía un taco de billar metido por la nariz. Le entraba hasta la base del cerebro, calculan.
Dejé el tenedor y el cuchillo.
—¿Te importaría posponer los detalles morbosos hasta que haya acabado de comer?
—Lo siento —dijo Stock—. Bueno, en realidad, eso es todo lo que hay. Pero no es algo que hagan normalmente en la Gestapo, ¿no?
—Quién sabe lo que consideran normal en la Prinz Albrecht Strasse. Quizá estaba metiendo la nariz donde no le importaba. Quizá querían hacer algo poético.
Me sequé los labios y dejé algunas monedas en la mesa que Stock recogió sin molestarse en contarlas.
—Es curioso pensar que antes era la Escuela de Arte..., la central de la Gestapo, quiero decir.
—Para morirse de risa. Apuesto a que los pobres cabrones a los que apalean allí se van a dormir felices como pequeños muñecos de nieve con sólo pensarlo —dije poniéndome de pie y dirigiéndome a la puerta—. Pero lo de los Lindbergh es muy bonito.
Volví a pie a la oficina. Frau Protze estaba limpiando el cristal del amarillento grabado de Tilly colgado de la pared de mi sala de espera, y observando con una cierta diversión los apuros del burgomaestre de Rothenburg. Cuando cruzaba la puerta, el teléfono empezó a sonar. Frau Protze me sonrió y luego entró ágilmente en su cubículo para contestar, dejándome que contemplara de nuevo el cuadro limpio. Hacía mucho tiempo que no lo había mirado de verdad. Al burgomaestre, que había suplicado a Tilly, comandante del ejército alemán del siglo XVII, que no destruyera su ciudad, le fue exigido por su conquistador que bebiera seis litros de cerveza sin respirar. Según recuerdo la historia, el burgomaestre consiguió realizar esa extraordinaria hazaña de beodo y la ciudad se salvó. Era, siempre lo había pensado, característicamente alemán. Y justo la clase de truco sádico que algún matón de la SA se sacaría de la manga. En realidad casi nada cambia.
—Es una señora —me dijo Frau Protze—. No quiere darme su nombre, pero insiste en hablar con usted.
—Pásemela, entonces —dije, entrando en mi oficina. Cogí la horquilla y el auricular.
—Nos conocimos anoche —dijo la voz.
Me maldije, pensando que seguramente era Carola, la chica de la recepción de boda de Dagmarr. Quería olvidarme por completo de aquel episodio. Pero no era Carola.
—O quizá debería decir esta mañana. Era bastante tarde. Usted estaba a punto de salir y yo regresaba después de una fiesta. ¿Se acuerda?
—Frau... —vacilé, sin poder acabar de creérmelo todavía.
—Por favor —dijo—, olvide el Frau. Ilse Rudel, si no le importa, Herr Gunther.
—No me importa en absoluto —dije—. ¿Cómo podría no acordarme?
—Sería posible —dijo—. Parecía muy cansado. —Tenía la voz más dulce que un plato de tortitas del káiser—. Hermann y yo a veces olvidamos que otras personas no son tan trasnochadoras.
—Si me permite decirlo, usted tenía un aspecto magnífico.
—Bueno, gracias —dijo con un ronroneo, y parecía auténticamente halagada. Según mi experiencia nunca se puede elogiar demasiado a una mujer, del mismo modo que nunca se le pueden dar demasiadas galletas a un perro.
—¿Y en qué puedo servirla?
—Me gustaría hablar con usted sobre un asunto bastante urgente —dijo—. Pero no quisiera hablar de ello por teléfono.
—Venga a verme aquí, a mi oficina.
—Me temo que no puedo. Estoy en los estudios Babelsberg en este momento. ¿Podría venir a mi apartamento esta noche?
—¿Su apartamento? —dije—. Sí, bien, será un placer. ¿Dónde está?
—Badenschestrasse, número 7. ¿Digamos a las nueve?
—No hay problema.
Colgó. Encendí un cigarrillo y lo fumé distraído. Probablemente estaba trabajando en una película, pensé, y me la imaginé en su camerino vestida sólo con una bata, ya que acababa de hacer una escena en la cual era necesario que nadara desnuda en un lago de montaña. Eso me ocupó varios minutos. Tengo mucha imaginación. Luego me puse a pensar si Six sabría lo del apartamento. Decidí que sí. No se llega a ser tan rico como Six sin saber que tu esposa tiene su propia guarida. Probablemente lo tenía para conservar un cierto grado de independencia. Calculé que no había mucho que no podría conseguir si aplicaba su bonita cabeza para lograrlo. Si además aplicaba su cuerpo, probablemente alcanzaría la luna y un par de galaxias de propina. De cualquier modo, no me parecía probable que Six estuviera enterado o aprobara que ella me viera. Al menos después de lo que había dicho sobre que no hurgara en los asuntos de su familia. No había duda de que cualquier cosa que ella quisiera decirme con tanta urgencia no era algo para los oídos del gnomo.
Llamé a Müller, el reportero de sucesos del Berliner Morgenpost, que era el único papel medio decente que quedaba en los kioscos. Müller era un buen reportero en decadencia. No había mucha demanda de reportajes sobre delitos al viejo estilo; el Ministerio de Propaganda se había encargado de ello.
—Oye —le dije—, necesito cierta información biográfica de tus archivos, tanta como puedas conseguir y tan pronto como sea posible, sobre Hermann Six.
—¿El millonario del acero? Estás trabajando en la muerte de su hija ¿no, Bernie?
—Me ha contratado la compañía aseguradora para investigar el incendio.
—¿Y qué tienes hasta ahora?
—Podrías anotar lo que sé en un billete de tranvía.
—Bueno —dijo Müller—, ése es el tamaño del suelto que sacaremos en la edición de mañana. El Ministerio nos ha dicho que no toquemos el tema; que informemos de los hechos y en tamaño pequeño.
—¿Y eso por qué?
—Six tiene amigos poderosos, Bernie. Esa clase de dinero compra un enorme montón de silencios.
—¿Andabas detrás de algo?
—Oí decir que el fuego había sido provocado, eso es casi todo. ¿Cuándo necesitas el material?
—Mi billete de cincuenta dice que mañana. Y cualquier cosa que puedas sacar sobre el resto de la familia.
—Siempre me viene bien un poco de dinero extra. Te llamaré.
Colgué y metí algunos papeles dentro de unos periódicos viejos y luego los tiré de cualquier manera en uno de los cajones del escritorio donde todavía quedaba un poco de espacio. Después, garabateé algo en el cartapacio y luego cogí uno de los diversos pisapapeles que había encima de la mesa. Estaba dando vueltas a su frío volumen entre las manos cuando sonó un golpe en la puerta. Frau Prozte entró en la habitación.
—Me preguntaba si hay algo que archivar.
Le señalé las desordenadas pilas de carpetas que estaban por el suelo, detrás de mi escritorio.
—Ése es mi sistema de archivo —dije—. Tanto si lo cree como si no, guardan un cierto orden.
Sonrió, sin duda para seguirme la corriente, y asintió atentamente, como si le explicara algo que fuera a cambiar su vida.
—¿Y todos son trabajos en curso?
Me eché a reír.
—Esto no es un bufete de abogados —dije—. Con bastantes de ellos, no sé si están en curso o no. La investigación no es un negocio rápido, con unos resultados inmediatos. Hay que tener mucha paciencia.
—Sí, lo entiendo —dijo. Sólo había una fotografia en el escritorio. Le dio la vuelta para verla mejor—. Es muy guapa. ¿Su esposa?
—Lo era. Murió el día del golpe de estado de Kapp. —Habré hecho ese comentario un centenar de veces. Asociar su muerte con un acontecimiento como aquél, bueno, le resta importancia a lo mucho que sigo echándola en falta, incluso después de dieciséis años. Pero siempre sin mucho éxito—. Fue la gripe —expliqué—. Sólo vivimos juntos diez meses.
Frau Protze cabeceó, comprensiva.
Los dos nos quedamos en silencio unos momentos. Luego miré mi reloj.
—Puede irse a casa, si quiere —le dije.
Cuando se hubo marchado fui hasta la ventana y contemplé durante largo rato las húmedas calles de allá abajo, que brillaban como charol al sol del atardecer. Había dejado de llover y parecía que iba a hacer una buena noche. Los empleados de las oficinas iban ya camino de sus casas, saliendo de la Berolina Haus, situada enfrente, y dirigiéndose al laberinto de túneles y puentes que llevaban a la estación del U-Bahn en la Alexanderplatz.
Berlín. Yo adoraba esta vieja ciudad. Pero eso fue antes de que se mirara en su propio reflejo y le diera por llevar unos corsés tan ajustados que apenas podía respirar. Yo adoraba las filosofías fáciles y despreocupadas, el jazz barato, los cabarés vulgares y todos los demás excesos culturales que caracterizaron los años de Weimar y que hicieron de Berlín una de las ciudades más apasionantes del mundo.
Detrás de mi oficina, hacia el sudeste, estaba la Comisaría Central de Policía, y me imaginé todo el duro trabajo que se estaría llevando a cabo allí para tomar enérgicas medidas contra la delincuencia de Berlín. Infamias como hablar del Führer de forma irrespetuosa, exhibir un cartel de «Agotadas las existencias» en el escaparate de una carnicería, no hacer el saludo hitleriano y ser homosexual. Eso era Berlín bajo el gobierno nacionalsocialista: una casa enorme y llena de fantasmas, con rincones oscuros, escaleras tétricas, sótanos siniestros, habitaciones cerradas y toda una buhardilla llena de poltergeists sueltos, arrojando libros, cerrando puertas de golpe, rompiendo cristales, gritando en medio de la noche y aterrorizando a los propietarios hasta tal extremo que había veces que estaban dispuestos a vender su casa y escapar. Pero la mayor parte del tiempo sólo se tapaban las orejas, se cubrían los ennegrecidos ojos y trataban de hacer como si no pasara nada malo. Acobardados por el miedo, hablaban muy poco, ignorando que la alfombra se movía bajo sus pies, y su risa era esa clase de risa nerviosa que siempre acompaña a los chistes del jefe.
El mantenimiento del orden, junto a la construcción de autopistas y las delaciones, es uno de los sectores de crecimiento de la nueva Alemania; por eso el Alex está siempre lleno de actividad. Pese a que ya había pasado la hora del cierre para la mayoría de las secciones que trataban con el público, cuando yo llegué seguía habiendo muchas personas alrededor de las diversas entradas del edificio. La entrada número cuatro, la de la Oficina de Pasaportes, estaba especialmente llena. Los berlineses, muchos de ellos judíos, que habían hecho cola todo el día para conseguir un visado de salida, salían todavía ahora de esta parte del Alex, mostrando una cara alegre o triste según hubiera sido el resultado de su intento.
Bajé por la Alexanderstrasse y pasé por la entrada número tres, frente a la cual un par de policías de tráfico, apodados «ratones blancos» por sus características chaquetas blancas cortas, estaban bajando de sus motos BMW de color azul pastel. Una Minna verde, la furgoneta de la policía, llegó a toda velocidad calle abajo, con su sirena atronando, en dirección al puente Jannowitz. Indiferentes al ruido, los dos ratones blancos entraron con aire arrogante por la entrada número tres para entregar sus informes.
Yo pasé por la entrada número dos, conociendo como conocía el lugar lo bastante bien como para escoger la entrada donde era menos probable que alguien me preguntara adónde iba. Y si eso sucedía, iba hacia la Sala 32a, la Oficina de Objetos Perdidos. Pero la entrada dos también da acceso al depósito de cadáveres de la policía.
Anduve con aire despreocupado a lo largo de un pasillo y bajé al sótano, más allá de una pequeña cafetería, hasta llegar a una salida de incendios. Empujé la barra de la puerta y me encontré en un amplio patio adoquinado donde había aparcados varios coches de policía. Un hombre con botas de agua que estaba lavando uno de los coches no me prestó ninguna atención mientras cruzaba el patio y me metía por otra puerta. Ésta llevaba a la sala de calderas, y me detuve allí un momento mientras comprobaba mentalmente dónde me hallaba. No había trabajado durante diez años en el Alex para no saber dónde estaba. Mi única preocupación era tropezarme con alguien que me conociera. Abrí la otra única puerta que permitía salir de la sala de calderas y subí por una corta escalera hasta llegar a un pasillo, al final del cual estaba el depósito.
Cuando entré en la oficina exterior, me enfrenté a un olor agrio que recordaba la carne de ave caliente y húmeda. Ese olor se mezclaba con el formaldehído para producir un cóctel asqueroso que sentí en el estómago al mismo tiempo que lo absorbía por la nariz. La oficina, apenas amueblada con un par de sillas y una mesa, no contenía nada para advertir al incauto de lo que había detrás de las dos puertas cristaleras, excepto el olor y un letrero que decía: «Depósito de cadáveres. Prohibida la entrada». Entreabrí la puerta y miré al interior.
En el centro de una sala húmeda y lúgubre había una mesa de operaciones que era también en parte como un lavadero. A los dos lados de un manchado surco de cerámica había dos losas de mármol, colocadas ligeramente en ángulo, de tal manera que los fluidos del cadáver se vertieran en el centro y se los llevara al desagüe el agua que salía de uno de los dos altos grifos runruneantes situados a cada extremo. La mesa era lo bastante grande para dos cadáveres colocados en posición invertida, uno a cada lado del desagüe; pero ahora sólo había uno, el de un hombre, que yacía bajo el bisturí y la sierra quirúrgica. Estos instrumentos los blandía, inclinado, un hombre menudo, de pelo oscuro y escaso, frente alta, gafas, larga nariz ganchuda, con un pulcro bigote y una pequeña perilla. Llevaba botas y guantes de goma, un grueso delantal y un cuello duro con corbata.
Entré silenciosamente y contemplé el cadáver con curiosidad profesional. Acercándome más, traté de ver qué había causado la muerte del hombre. Estaba claro que el cuerpo había estado en el agua, ya que la piel estaba empapada y se despellejaba en las manos y los pies, como si se tratara de sus guantes o sus calcetines. Por lo demás, estaba en unas condiciones bastante razonables, si exceptuamos la cabeza. Estaba negra y con los rasgos totalmente borrados, como una pelota de fútbol llena de barro. La parte superior del cráneo había sido aserrada y el cerebro extraído. Como si fuera un nudo gordiano mojado, ahora descansaba en una bandeja en forma de riñón, esperando la disección.
Frente a la muerte violenta en todos sus espantosos matices, sus crispadas actitudes y su porcina carnosidad, reaccioné como si hubiera estado mirando el escaparate del carnicero «alemán» de mi barrio, salvo que allí se exhibía más carne. A veces me sorprendía lo absoluto de mi propia indiferencia ante la vista de los apuñalados, ahogados, aplastados, muertos de un disparo, quemados y apaleados, aunque sabía muy bien de dónde provenía esa indiferencia. Después de ver tantas muertes en el frente turco y durante mi servicio en la Kripo, casi había dejado de considerar que un cadáver tuviera algo de humano. Esta familiaridad con la muerte había persistido desde que me convertí en investigador privado, cuando el rastro de una persona desaparecida llevaba, tan a menudo, al depósito de St. Gertrauden, el mayor hospital de Berlín, o a la cabaña de un encargado del salvamento cerca de un dique del canal Landwehr.
Me quedé allí unos minutos, mirando fijamente la truculenta escena que tenía enfrente, intrigado por saber qué habría causado las condiciones de la cabeza, tan diferentes de las del cuerpo, hasta que, finalmente, el doctor Illmann levantó la vista y me vio.
—Por todos los santos —gruñó—. Pero si es Bernhard Gunther. ¿Todavía estás vivo?
Me acerqué a la mesa y resoplé con repugnancia.
—Joder —dije—, la última vez que tropecé con un olor corporal tan malo, tenía un caballo sentado en la cara.
—Es todo un espectáculo, ¿eh?
—No me digas. ¿Qué estaba haciendo, darle un beso en la boca a un oso polar? Sólo puede ser eso, o que lo besó Hitler.
—Poco corriente, ¿verdad? Es casi como si le hubieran quemado la cabeza.
—¿Ácido?
—Sí. —Illmann sonó satisfecho, como si yo fuera un alumno aventajado—. Muy bien. Es dificil de decir, pero lo más probable es que fuera ácido hidroclórico o sulfúrico.
—Como si no quisieran que se supiera quién era.
—Exacto. Eso sí, no esconde la causa de la muerte. Tenía un taco de billar roto metido por uno de los agujeros de la nariz. Agujereó el cerebro, matándolo instantáneamente. No es una forma muy corriente de matar a alguien; es más, que yo sepa, es un caso único. De cualquier modo, uno aprende a no sorprenderse de las diversas maneras que los asesinos escogen para matar a sus víctimas. Pero estoy seguro de que a ti no te sorprende. Siempre has tenido mucha imaginación para ser un poli, Bernie. Por no hablar de tu valor. ¿Sabes?, tienes mucho valor entrando aquí como si tal cosa. Sólo mi naturaleza sentimental me impide hacer que te cojan por una oreja y te echen a la calle.
—Necesito hablar contigo del caso Pfarr. Hiciste la autopsia, ¿verdad?
—Estás bien informado —dijo—. En realidad, la familia ha reclamado los cuerpos esta mañana.
—¿Y tu informe?
—Mira, aquí no puedo hablar. Acabaré con nuestro amigo de la mesa dentro de un rato. Dame una hora.
—¿Dónde?
—¿Qué tal el Künstler Eck, en Alt Kölln? Es un sitio tranquilo, no nos molestarán.
—El Künstler Eck —repetí—. Ya lo encontraré.
Me di media vuelta y me dirigí hacia las puertas de cristaleras.
—Ah, Bernie. Asegúrate de que me traes algo para los gastos. El municipio independiente de Alt Kölln, desde hacía tiempo absorbido por la capital, es una pequeña isla en el río Spree. En gran parte ocupada por museos, se ha ganado el sobrenombre de Isla Museo. Pero tengo que confesar que nunca he puesto el pie en ninguno de ellos. No me interesa mucho el pasado y, si quieren saberlo, es la obsesión de este país por la historia lo que, en parte, nos ha metido donde estamos ahora: en la mierda. No puedes entrar en un bar sin que algún caraculo te dé la paliza hablando sobre las fronteras de antes de 1918, o remontándose hasta Bismarck, cuando corrimos a patadas a los franceses. Son heridas viejas y no sirve de nada hurgar en ellas.
Desde el exterior, nada en aquel sitio habría hecho que alguien que pasara por allí se decidiera a entrar para tomar algo: ni la desconchada pintura de la puerta, ni las flores secas de la jardinera de la ventana, ni mucho menos el letrero, escrito con mala letra y colocado en la sucia ventana, que decía: «Aquí se puede escuchar el discurso de esta noche». Solté una maldición, porque eso significaba que Pepe el Tullido iba a dirigirse a una concentración del partido aquella noche y, como resultado, habría el acostumbrado caos de tráfico. Bajé los escalones y abrí la puerta.
El interior del Künstler Eck todavía ofrecía menos para que un visitante casual quisiera quedarse un rato. Las paredes estaban cubiertas de sombrías tallas de madera: modelos en miniatura de cañones, cabezas de la muerte, ataúdes y esqueletos. En la pared del fondo había un gran órgano pintado para que pareciera un cementerio, cuyas criptas y tumbas dejaban al descubierto sus muertos, y en el cual un jorobado estaba tocando una pieza de Haydn. Lo hacía más para su disfrute que para el de nadie más, ya que un grupo de guardias de asalto estaba cantando «Mi Prusia se alza tan orgullosa y grande» con el suficiente entusiasmo como para ahogar casi por completo la interpretación del jorobado. En mi vida he visto unas cuantas cosas extrañas en Berlín, pero esto parecía salido de una película de Conrad Veidt, y de una no muy buena, además. Estaba casi seguro de que de un momento a otro haría su aparición el capitán de policía manco.
En lugar de ello, encontré a Illmann sentado en un rincón, sosteniendo una botella de Engelhardt. Pedí dos más de lo mismo y me senté mientras los guardias acababan su canción y el jorobado empezaba a machacar una de mis sonatas favoritas de Schubert.
—Vaya mierda de sitio has ido a escoger —dije con gesto sombrío.
—Me temo que lo encuentro curiosamente pintoresco.
—Es justo el sitio para encontrarte con el amigable ladrón de cadáveres del barrio. ¿No ves bastante muerte a lo largo del día que tienes que venir a beber a un osario como éste?
Se encogió de hombros, impertérrito.
—La muerte a mi alrededor es lo único que me recuerda constantemente que sigo estando vivo.
—Hay mucho que decir a favor de la necrofilia.
Illmann sonrió, como si estuviera de acuerdo conmigo.
—Así que quieres saber algo del pobre Hauptsturmführer y de su esposa, ¿eh?
Asentí.
—Es un caso interesante, y si no te importa que lo diga, los casos interesantes son cada vez más raros. Con todos los que acaban muertos en esta ciudad, pensarías que tengo que estar muy ocupado. Pero, claro, no suele haber mucho misterio en la forma en que la mayoría han llegado a ese estado. La mitad del tiempo me encuentro presentando un informe forense de un homicidio a los mismos que lo causaron. Es un mundo al revés, este en el que vivimos. —Abrió la cartera y sacó una carpeta azul—. He traído las fotos. Pensé que querrías ver a la feliz pareja. Me temo que están bien achicharrados. Sólo pude identificarlos por sus anillos de boda, el de él y el de ella.
Hojeé el informe. El ángulo de la cámara variaba, pero el tema seguía siendo el mismo: dos cadáveres de color gris metal, calvos como faraones egipcios, yacían en los muelles ennegrecidos y visibles de lo que fuera una cama, como salchichas que alguien ha dejado demasiado tiempo en la parrilla.
—Bonito álbum. ¿Qué estaban haciendo, dándose de puñetazos? —pregunté al observar cómo los dos cadáveres tenían los puños levantados como si fueran boxeadores sin guantes.
—Es algo bastante común en una muerte como ésta.
—¿Y esos cortes en la piel? Parecen heridas de cuchillo.
—También lo que podría esperarse —dijo Illmann—. El calor de una deflagración hace que la piel se parta y se abra como si fuera un plátano maduro. Es decir, si puedes recordar qué aspecto tiene un plátano.
—¿Dónde se encontraron las latas de gasolina?
Alzó las cejas, burlón.
—Oh, sabes eso, ¿eh? Sí, encontramos dos latas vacías en el jardín. No creo que llevaran allí mucho tiempo. No estaban oxidadas y quedaba un poco de gasolina sin evaporar en el fondo de una de ellas. Y según los bomberos olía muy fuerte a gasolina por todas partes.
—Fue un incendio provocado, entonces.
—Sin ninguna duda.
—Entonces, ¿qué fue lo que te hizo buscar balas?
—La experiencia. Cuando haces una autopsia después de un incendio, siempre tienes presente la posibilidad de que haya habido un intento de destruir pruebas. Es un procedimiento habitual. Encontré tres balas en la mujer, dos en el hombre y tres en el cabezal de la cama. La mujer estaba muerta antes de que empezara el fuego. La alcanzaron en la garganta y en la cabeza. El hombre no. Había partículas de humo en los conductos respiratorios y monóxido de carbono en la sangre. Los tejidos seguían de color rosado. Le dieron en el pecho y en la cara.
—¿Se ha encontrado ya el arma? —pregunté.
—No, pero puedo decirte que lo más probable es que sea una automática de 7,65 mm, y bastante potente para su munición, algo como una vieja Mauser.
—¿Y desde qué distancia les dispararon?
—Diría que el asesino estaba a un metro y medio de sus víctimas cuando disparó el arma. Las heridas de entrada y salida encajan con la idea de que estaba al pie de la cama; y tenemos además las balas en el cabezal.
—¿Crees que sólo hubo un arma?
Illmann asintió.
—Ocho balas —dije—. Eso es todo un cargador para una pistola de bolsillo, ¿no? Alguien quería asegurarse bien. O puede que estuviera furioso. ¿Y los vecinos no oyeron nada?
—Por lo que parece, no. Si lo oyeron, probablemente pensaron que la Gestapo daba una pequeña fiesta. No se avisó del fuego hasta las tres y diez de la mañana, y para entonces ya no había esperanza alguna de controlarlo.
El jorobado abandonó su recital de órgano cuando los guardias se lanzaron a una interpretación de Alemania, eres nuestro orgullo. Uno de ellos, un tipo enorme y musculoso, con una cicatriz en la cara tan larga y correosa como la corteza de una loncha de beicon, empezó a pasear por el bar, blandiendo su cerveza y exigiendo que el resto de clientes del Künstler Eck se uniera a la canción. A Illmann pareció no importarle, y cantó con una fuerte voz de barítono. Mi propia interpretación mostraba una falta considerable de entusiasmo y afinación. No por cantar a voz en cuello te conviertes en un patriota. El problema con esos mierda de nacionalsocialistas, especialmente los jóvenes, es que piensan que tienen el monopolio del patriotismo. Y aunque no lo tengan ahora, tal como van las cosas, pronto lo tendrán.
Cuando acabó la canción, le hice unas cuantas preguntas más a Illmann.
—Los dos estaban desnudos —me dijo—, y habían bebido mucho. Ella se había tomado varios cócteles Ohio, y él una buena cantidad de cerveza y schnapps. Es más que probable que estuvieran bastante borrachos cuando les dispararon. Hice también un frotis del cuello de la vagina a la mujer y encontré semen reciente, del mismo tipo sanguíneo del hombre. Creo que habían tenido una buena noche. Ah, sí, ella estaba embarazada de ocho semanas. Ay, la vida es una vela que arde tan brevemente...
—Embarazada —repetí la palabra, pensativo. Illmann se desperezó y bostezó.
—Sí —dijo—, ¿quieres saber qué tomaron para cenar?
—No —dije con firmeza—. Cuéntame algo de la caja fuerte. ¿Estaba abierta o cerrada?
—Abierta. —Hizo una pausa—. ¿Sabes?, es interesante, no me has preguntado cómo la abrieron. Eso me lleva a suponer que ya sabías que, fuera de estar un poco chamuscada, no tenía daño alguno; y que si la abrieron de forma ilegal, lo hizo alguien que sabía qué tenía entre manos. Una caja Stockinger no es pan comido.
—¿Había dedos?
Illmann negó con la cabeza.
—Estaba demasiado chamuscada para tomar huellas —dijo.
—Supongamos que inmediatamente antes de la muerte de los Pfarr, la caja contuviera... lo que contuviera y que estuviera, como tendría que estar, cerrada para la noche.
—Muy bien.
—Entonces hay dos posibilidades: una es que un dedos profesional hiciera el trabajo y luego los matara; y la otra es que alguien les obligara a abrirla y luego les mandara que volvieran a la cama y los matara allí. Sea como sea, no es típico de un profesional dejar la caja abierta.
—A menos que tratara de fingir que había sido un aficionado —dijo Illmann—. Mi opinión es que los dos estaban dormidos cuando los mataron. Sin duda, por el ángulo de entrada de las balas, diría que estaban echados. Mira, si estás consciente y alguien te apunta con una pistola, lo más probable es que te incorpores para sentarte. O sea que llegaría a la conclusión de que tu teoría de la intimidación es poco probable. —Miró el reloj y se acabó la cerveza.
Me dio unas palmaditas en la rodilla y añadió con afecto:
—Me ha alegrado verte, Bernie. Igual que en los viejos tiempos. Es agradable hablar con alguien cuya idea del trabajo de un detective no equivale a un foco de luz y unos nudillos de acero. De todos modos, no tendré que soportar el Alex mucho más. Nuestro ilustre Reichskriminaldirektor, el Arthur Nebe, me retira, al igual que ha retirado a todos los demás viejos conservadores antes que a mí.
—No sabía que te interesara la política —dije.
—No me interesa. Pero ¿no es así como Hitler resultó elegido: demasiada gente a quien no le importaba una mierda quién gobernara el país? Lo curioso es que ahora aún me importa menos que antes. No me pillarás subiéndome al tren con esos Violetas de Marzo. Pero no lamentaré marcharme. Estoy harto de las riñas entre la Sipo y la Orpo para ver quién controla la Kripo. Llega a ser muy desconcertante, cuando se trata de redactar un informe, no saber si tendrías que informar a nuestros uniformados amigos de la Orpo o no.
—Pensaba que la Sipo y la Gestapo estaban al mando de la Kripo.
—Así es en los niveles altos del mando —confirmó Illmann—, pero en los niveles medios y bajos todavía funcionan las viejas cadenas de mando administrativo. A nivel municipal, los jefes de policía locales, que forman parte de la Orpo, son también responsables de la Kripo. Pero corre la voz de que el jefe de la Orpo está animando, soterradamente, a cualquier jefe de policía que esté dispuesto a frustrar a los chicos de las espulgueras de la Sipo. En Berlín, eso conviene a nuestro director general. Él y el Reichskriminaldirektor, Arthur Nebe, se odian a muerte. Absurdo, ¿no? Y ahora, si no te importa, tengo que marcharme.
—¡Qué manera de dirigir una mierda de corrida de toros!
—Créeme, Bernie, tienes suerte de estar fuera de todo esto.
Sonrió alegremente y añadió:
—Y puede ponerse mucho peor todavía.
La información de Illmann me costó cien marcos. Nunca he visto que la información resulte barata, pero últimamente el coste de la investigación privada parece estar subiendo. No es difícil entender por qué. Todo el mundo parece estar dando un giro ahora. La corrupción bajo una forma u otra es el rasgo más distintivo de la vida bajo el nacionalsocialismo. El gobierno ha hecho revelaciones sobre la corrupción de los diversos partidos políticos de Weimar, pero no son nada comparados con lo que existe ahora. Florece en lo más alto, y todo el mundo lo sabe. Así que la mayoría de la gente piensa que ellos también tienen derecho a una parte. No conozco a nadie que sea tan exigente como antes. Y eso me incluye a mí. La verdad es que la sensibilidad de la gente en lo que hace a la corrupción, tanto si se trata del estraperlo de comida como de obtener favores de un funcionario del gobierno, es casi tan aguda como la punta del lápiz de un carpintero.
6
Aquella noche parecía como si la casi totalidad de Berlín se encaminara a Neukölln para ver cómo Goebbels dirigía la orquesta de suaves violines persuasivos y crispadas trompetas sarcásticas que era su voz. Pero para aquellos que no fueran lo bastante afortunados para poder ver al Iluminador Popular, se ofrecían una serie de instalaciones distribuidas por todo Berlín para garantizar que por lo menos dispondrían del sonido. Además de las radios exigidas por ley en los restaurantes y cafés, en la mayoría de las calles había altavoces montados en columnas de propaganda y en los postes de las farolas, y una fuerza de guardianes de la radio estaba autorizada para llamar a la puerta de las casas y hacer cumplir el deber cívico de escuchar cualquier emisión del partido.
Cuando me dirigía hacia el oeste por la Leipzigerstrasse, me tropecé con el desfile iluminado por antorchas de las legiones de camisas pardas que marchaban hacia el sur por la Wilhelmstrasse, y me vi obligado a salir del coche y saludar el estandarte que pasaba. No hacerlo era arriesgarse a recibir una paliza. Imagino que había otros como yo en aquella muchedumbre, con el brazo derecho extendido como si fuéramos policías de tráfico, haciéndolo sólo para evitarnos problemas, y sintiéndonos un tanto ridículos. ¿Quién sabe? Pero, pensándolo bien, en Alemania los partidos políticos siempre habían sido fanáticos de los saludos: los socialdemócratas, con el puño cerrado bien alto por encima de la cabeza; los bolcheviques del KPD con el puño cerrado a la altura del hombro; los centristas con el pulgar doblado y dos dedos rectos formando una pistola, y los nazis listos para una inspección de uñas. Recuerdo cuando pensaba que todo aquello era bastante ridículo y melodramático, y quizá por eso ninguno de nosotros se lo tomó demasiado en serio. Y aquí estábamos ahora, todos nosotros, levantando el brazo con los mejores de entre ellos. Pura demencia.
La Badenschestrasse, que sale de la Berliner Strasse, queda sólo a una manzana de la Trautenau Strasse, donde tengo mi propio piso. La cercanía es lo único que tienen en común. El número 7 de la Badenschestrasse es uno de los edificios de pisos más modernos de la ciudad, y casi tan exclusivo como una reunión de los Ptolomeos para cenar.
Aparqué mi coche, pequeño y sucio, entre un enorme Deusenberg y un reluciente Bugatti y entré en un vestíbulo que parecía haber sido la causa de que dos catedrales se quedaran sin mármol. Un portero gordo y un guardia de asalto me vieron, y abandonando su escritorio y su radio, que estaba emitiendo música de Wagner antes de la emisión del partido, formaron una barrera humana ante mi avance, preocupados por que quisiera insultar a alguno de los residentes con mi arrugado traje y mi autoinfligida manicura.
—Como dice en el letrero que hay fuera —gruñó el gordo—, éste es un edificio privado.
No me sentí impresionado por su esfuerzo combinado para mostrarse duros conmigo. Estoy acostumbrado a que me reciban mal, y no me dejo echar con facilidad.
—No he visto ningún letrero —dije sinceramente.
—No queremos problemas, señor —dijo el guardia.
Tenía una mandíbula delicada que se habría partido como una rama seca sólo con el más ligero toque de mi puño.
—No ofrezco ninguno —le dije.
El gordo tomó el relevo.
—Bueno, sea lo que sea lo que venda, aquí no quieren nada.
Le sonreí fríamente.
—Escucha, gordo, lo único que me impide apartarte del paso de un empujón es tu mal aliento. Sé que te resultará complicado, pero mira si puedes hacer funcionar el teléfono y llamar a Fräulein Rudel. Averiguarás que me está esperando.
El gordo se tiró del enorme bigote castaño y negro, que se le adhería al labio como un murciélago a la pared de una cueva. Su aliento era mucho peor de lo que yo podría haber imaginado.
—Mira, fanfarrón de mierda, por tu bien espero que sea verdad —dijo—. Sería un placer echarte a patadas.
Jurando en voz baja, fue bamboleándose hasta el escritorio y marcó un número, furioso.
—¿Fräulein Rudel está esperando a alguien? —preguntó moderando su tono—. Oh, no me lo había dicho.
Le cambió la cara cuando comprobó que mi historia era cierta. Colgó el teléfono y con un gesto me señaló la puerta del ascensor.
—Tercer piso —dijo entre dientes.
Sólo había dos puertas, en los dos extremos del tercero. Había un velódromo de parqué entre ellas y, como si me estuvieran esperando, una de las dos puertas estaba entreabierta. La doncella me acompañó hasta la sala.
—Será mejor que se siente —dijo malhumorada—. Todavía se está vistiendo y nunca se sabe cuánto puede tardar. Sírvase algo de beber, si quiere.
Luego desapareció y yo examiné los alrededores.
El piso no era mayor que un aeropuerto privado, y parecía casi igual de barato que unos decorados salidos de Cecil B. de Mille, de quien había una fotografía compitiendo por el lugar de honor con todas las demás sobre el enorme piano. Comparado con la persona que había decorado y amueblado aquel sitio, el archiduque Fernando habría sido bendecido con el gusto de una tropa de enanos de un circo turco. Miré algunas otras fotos. La mayoría eran fotogramas de Ilse Rudel sacados de sus diversas películas. En muchas de ellas no puede decirse que llevara mucha ropa; nadaba desnuda o atisbaba tímidamente desde detrás de un árbol que ocultaba las partes más interesantes. Rudel era famosa por los papeles en que aparecía escasamente vestida. En otra fotografía estaba sentada a la mesa de un elegante restaurante con Goebbels, y en otra más, daba la réplica a Max Schmelling. Luego había otra en la que aparecía transportada en los brazos de un obrero; sólo que el «obrero» resultaba ser Emil Jannings, el famoso actor. La reconocí como perteneciente a La cabaña del constructor. Me gusta el libro mucho más de lo que me gustó la película.
Al llegarme el aroma de 4711 me volví, y me encontré estrechándole la mano a la bella estrella de cine.
—Veo que ha estado contemplando mi pequeña galería —dijo, colocando de nuevo las fotografías que yo había cogido para mirarlas—. Debe creerme enormemente vanidosa por tener tantas fotos mías expuestas, pero es que no soporto los álbumes.
—En absoluto —dije—. Es muy interesante.
Me regaló la sonrisa que hacía que miles de hombres alemanes, entre ellos yo, sintieran una enorme flojera en la mandíbula.
—Me alegro de que lo apruebe.
Vestía un traje pijama de terciopelo verde con un largo ceñidor dorado con flecos anudado a la cintura, y zapatillas de tacón alto en tafilete verde. Llevaba el rubio pelo recogido en un moño trenzado en la nuca, como dictaba la moda, pero a diferencia de la mayoría de alemanas, iba maquillada y fumaba un cigarrillo. Son la clase de cosas que la BdM, la Liga de Mujeres, desaprueba, por no estar de acuerdo con el ideal nazi de femineidad alemana. No obstante, como yo soy un chico de ciudad, pienso que las caras rosadas, corrientes y bien lavadas pueden estar bien para una granja, pero como casi todos los hombres alemanes, prefiero que mis mujeres se empolven y se pinten. Claro que Ilse Rudel vivía en un mundo distinto del de las demás mujeres. Probablemente creía que la Liga de Mujeres era un club de hockey.
—Siento lo de los dos hombres de la puerta —dijo—, pero es que Josef y Marta Goebbels tienen un piso arriba, así que la seguridad tiene que ser muy estricta, como puede imaginarse. Y eso me recuerda que le prometí a Josef que procuraría escuchar su discurso, o por lo menos una parte de él. ¿Le importa?
No era la clase de pregunta que uno hace, a menos que dé la casualidad de que llames al ministro de Propaganda e Ilustración Popular y a su esposa por sus nombres de pila. Me encogí de hombros.
—Por mí, encantado.
—Escucharemos sólo unos minutos —dijo, poniendo en marcha la Philco colocada sobre un mueble bar de nogal—. Veamos, ¿qué puedo ofrecerle para beber?
Le pedí un whisky y me sirvió uno tan largo que podía meter dentro una dentadura postiza. Ella se sirvió un vaso de Bowle, la bebida favorita de Berlín en verano, de una jarra alta de cristal de color azul, y se sentó a mi lado en un sofá que tenía el color y el contorno de una piña ligeramente verde. Entrechocamos los vasos y, cuando los tubos de la radio se calentaron, los suaves tonos del hombre del piso de arriba fueron deslizándose lentamente al interior de la habitación.
Para empezar, Goebbels seleccionó a los periodistas extranjeros como blanco de sus críticas y los reprendió por sus «tendenciosos» informes de la vida en la nueva Alemania. Algunos de sus comentarios fueron lo bastante agudos como para despertar risas y luego aplausos de su adulador público. Rudel sonrió, vacilante, y me pregunté si comprendía de qué hablaba su vecino de arriba, el del pie deforme. Luego éste elevó la voz y procedió a clamar contra los traidores —quiénes eran, yo no lo sabía— que estaban tratando de sabotear la revolución nacional. Aquí Ilse reprimió un bostezo, y por fin, cuando Pepe se lanzó a su tema favorito, la glorificación del Führer, se levantó de un salto y apagó la radio.
—Cielos, me parece que ya lo hemos escuchado bastante para una noche.
Fue hasta el gramófono y escogió un disco.
—¿Le gusta el jazz? —preguntó, cambiando de tema—. Oh, no pasa nada, no es jazz negro. A mí me encanta, ¿a usted no?
Ahora en Alemania sólo está permitido el jazz que no sea de negros, pero yo me pregunto cómo lo diferencian.
—Me gusta todo el jazz —dije.
Dio cuerda al gramófono y puso la aguja en el surco. Era una pieza agradable y tranquila con un fuerte clarinete y un saxofonista que podría haber encabezado el ataque de una compañía de italianos a través de la tierra de nadie, en medio de una descarga de artillería.
—¿Le importa que le pregunte por qué conserva este sitio? —pregunté.
Volvió bailando hasta el sofá y se sentó.
—Bueno, Herr Investigador Privado, Hermann encuentra a algunos de mis amigos difíciles de soportar. Despacha un montón de trabajo desde nuestra casa de Dahlem, y a todas horas; yo recibo a la mayoría de mis amigos aquí y así no lo molesto.
—Suena sensato —dije.
Me lanzó una columna de humo desde cada una de las ventanas de su exquisita nariz y yo lo absorbí profundamente; no porque me gustara el olor de los cigarrillos americanos, que no es el caso, sino porque procedía del interior de su pecho, y cualquier cosa que tuviera que ver con aquel pecho me parecía muy bien. Por el movimiento de debajo de su chaqueta había llegado a la conclusión de que sus pechos eran grandes y sin sujeción.
—Entonces —dije—, ¿para qué quería verme?
Para sorpresa mía, me tocó ligeramente en la rodilla.
—Relájese —dijo sonriendo—. No tiene prisa, ¿verdad?
Negué con la cabeza y observé cómo apagaba el cigarrillo. Ya había varias colillas en el cenicero, todas con huellas de pintalabios, pero a ninguna le había dado más de unas cuantas caladas, y se me ocurrió que era ella quien necesitaba relajarse y que quizá había algo que la ponía nerviosa. Quizá yo. Como confirmando mi teoría, se levantó de repente, se sirvió otro vaso de Bowle y cambió el disco.
—¿Su bebida está bien?
—Sí —dije, y tomé un sorbo. Era un buen whisky, suave y con aroma a turba, sin quemazón de alcohol. Luego le pregunté si conocía bien a Paul y Grete Pfarr. No creo que la pregunta la sorprendiera. Por el contrario, se sentó cerca de mí, de forma que nos tocábamos, y sonrió de un modo extraño.
—Oh, sí —respondió, juguetona—. Lo olvidaba; usted es el hombre que investiga el incendio para Hermann, ¿verdad? —Sonrió un poco más—. Supongo que el caso tiene desconcertada a la policía. —Había una nota de sarcasmo en su voz—. Y entonces llega usted, el gran detective, y encuentra la clave que resuelve todo el misterio.
—No hay ningún misterio, Fräulein Rudel —dije provocativamente. Sólo la desconcerté ligeramente.
—Pero, claro que sí, el misterio es quien lo hizo —dijo.
—Un misterio es algo que está más allá del saber y el entendimiento humanos, lo cual significa que yo estaría perdiendo el tiempo si tratara siquiera de investigarlo. No, este caso no es más que un rompecabezas, y resulta que a mí me gustan los rompecabezas.
—Oh, y a mí también —dijo, casi burlándose de mí, pensé—. Y, por favor, llámeme Ilse mientras esté aquí. Y yo le llamaré por su nombre de pila. ¿Cuál es?
—Bernhard.
—Bernhard —dijo, como si lo midiera, y luego lo acortó—, Bernie. —Bebió un sorbo largo de la mezcla de champaña y Sauternes que tomaba, cogió una fresa de la parte superior del vaso y se la comió—. Bien, Bernie, debe de ser un investigador privado muy bueno para estar trabajando para Hermann en algo tan importante como esto. Pensaba que todos los investigadores eran unos hombrecillos desastrados que seguían a los maridos y miraban por los ojos de las cerraduras para ver qué hacían y contárselo luego a las esposas.
—Los casos de divorcio son casi el único tipo de asuntos al que no me dedico.
—¿Es eso cierto? —dijo, sonriendo suavemente, como para sí misma.
Aquella sonrisa me irritaba bastante; en parte porque sentía que me trataba con condescendencia, pero también porque deseaba desesperadamente ponerle fin con un beso. O, si eso no resultaba, con un buen revés.
—Dígame una cosa. ¿Gana mucho dinero haciendo lo que hace?
Me dio un golpecito en el muslo para indicar que no había terminado la pregunta y añadió:
—No quiero parecer maleducada, pero lo que quiero saber es ¿está cómodo?
Observé el lujoso entorno en el que estaba antes de responder.
—¿Yo, cómodo? Como si estuviera en una silla Bauhaus, así estoy.
Se echó a reír ante aquello.
—No ha respondido a mi pregunta sobre los Pfarr —dije.
—¿No lo he hecho?
—Sabe de sobra que no lo ha hecho.
—Los conocía —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Lo suficiente como para saber qué tenía Paul contra su marido?
—¿De verdad es eso lo que le interesa?
—Servirá para empezar.
Suspiró, impaciente.
—Muy bien. Seguiremos su juego, pero sólo hasta que me canse.
Levantó las cejas dirigiéndome una muda pregunta, y aunque no tenía ni idea de qué hablaba, me encogí de hombros y dije:
—Por mí, de acuerdo.
—Es verdad, no se llevaban bien, pero no tengo ni la más remota idea de por qué. Cuando Paul y Grete se conocieron, Hermann estuvo en contra de que se casaran. Pensaba que Paul quería hacerse con un diente de platino (ya sabe, con una esposa rica). Trató de convencer a Grete para que lo dejara, pero Grete no quiso ni oír hablar de ello. Después, y según todas las apariencias, se llevaban bien. Por lo menos, hasta que murió la primera mujer de Hermann. Para entonces yo ya llevaba algún tiempo viéndolo. Fue después de casarnos cuando las cosas empezaron a enfriarse de verdad entre ellos. Grete empezó a beber. Y su matrimonio parecía poca cosa más que una hoja de parra, ya sabe, para guardar las apariencias; porque Paul estaba en el Ministerio y todo eso.
—¿Sabe qué hacía allí?
—Ni idea.
—¿Iba por ahí?
—¿Con otras mujeres? —Se echó a reír—. Paul era guapo, pero un poco cojo. Se entregaba a su trabajo, no a otras mujeres. Y si lo hacía, lo hacía con mucha discreción.
—¿Y ella?
Rudel sacudió la dorada cabeza, y tomó un largo sorbo de su bebida.
—No era su estilo —dijo, pero se detuvo un momento y se quedó pensativa—. Aunque... —Se encogió de hombros—. Probablemente no sea nada.
—Venga —dije—, suéltelo.
—Bueno, una vez, en Dahlem, me quedé con una ligera sospecha de que Grete podía tener algo que ver con Haupthändler. —Levanté una ceja—. El secretario privado de Hermann. Eso sería más o menos por la época en que los italianos entraron en Addis Abeba. Lo recuerdo sólo porque fui a una fiesta en la embajada italiana.
—Eso sería a principios de mayo.
—Sí. De cualquier modo, Hermann estaba fuera, en viaje de negocios, así que fui sola. Rodaba en la UFA a la mañana siguiente y tenía que levantarme temprano. Decidí pasar la noche en Dahlem, para tener un poco más de tiempo por la mañana. Es mucho más fácil llegar hasta Babelsberg desde allí. Bueno, cuando llegué a casa, metí la cabeza en el salón buscando un libro que había dejado allí y... ¿a quiénes me encontré sentados en la oscuridad sino a Hjalmar Haupthändler y Grete?
—¿Qué estaban haciendo?
—Nada. Nada en absoluto. Eso es lo que lo hacía tan sospechoso. Eran las dos de la madrugada y allí estaban, sentados en los dos extremos del mismo sofá, como un par de niños en su primera cita. Era fácil ver que se sentían violentos por verme. Me contaron un cuento, que si estaban charlando y que si de verdad era aquella hora. Pero no me lo tragué.
—¿Se lo dijo a su marido?
—No, en realidad, lo olvidé. Pero, aunque no lo hubiera olvidado, no se lo habría contado. Hermann no es la clase de persona que no interviene y deja que las cosas se solucionen solas. La mayoría de los hombres ricos son así; desconfiados y suspicaces.
—Yo diría que tiene que confiar mucho en usted para dejar que tenga su propio piso.
Se echó a reír, sarcástica.
—Cielos, está de broma. Si supiera lo que tengo que soportar. Pero, bien pensado, supongo que lo sabe todo sobre nosotros, siendo como es un investigador privado. —No me dejó responder—. He tenido que despedir a varias de mis doncellas porque él las sobornaba para que me espiaran. En realidad es muy celoso.
—En unas circunstancias similares, probablemente yo actuaría del mismo modo —le dije—. La mayoría de los hombres estarían celosos con una mujer como usted.
Me miró a los ojos y luego al resto de mi persona. Era el tipo de mirada provocativa que sólo las putas y las estrellas de cine extraordinariamente ricas y hermosas pueden permitirse. Su intención era hacer que me aferrara a ella como una enredadera a una espaldera. Era una mirada que me hacía desear comerme la alfombra a bocados.
—Francamente, es probable que le guste poner celosos a los hombres. Me parece que es la clase de mujer que tiende la mano para señalar la izquierda y luego se va a la derecha, sólo para tenerlos en vilo. ¿Está dispuesta a decirme por qué me ha pedido que viniera esta noche?
—He enviado a la doncella a casa —dijo—, así que deja de amasar palabras y bésame, idiota.
Normalmente, no se me da bien obedecer órdenes, pero en esta ocasión no discutí. No pasa todos los días que una estrella de cine te diga que la beses. Me ofreció el suave y suculento interior de sus labios y me permití igualar su habilidad, sólo para ser bien educado. Al cabo de un minuto, sentí que su cuerpo se despertaba, y cuando apartó la boca de mi beso de lamprea su voz sonó ardiente y entrecortada.
—¡Uf! Eso es lo que se llama fuego lento.
—Practico en mi propio brazo.
Sonrió y acercó los labios a los míos, besándome como si quisiera perder el control de sí misma y de tal forma que yo dejara de reservarme algo para mí. Respiraba por la nariz, como si necesitara más oxígeno, concentrándose cada vez más en serio en la tarea, y yo me mantenía a su nivel, hasta que dijo:
—Quiero que me folles, Bernie.
Cada una de sus palabras despertó un eco en mi bragueta. Nos pusimos de pie en silencio, y cogiéndome de la mano, me llevó al dormitorio.
—Tengo que ir al baño primero —dije.
Se estaba quitando la chaqueta del traje por la cabeza y se le balanceaban los pechos. Eran unas tetas de verdadera estrella de cine, y durante un momento no pude apartar los ojos de ellas. Cada oscuro pezón era como el casco de un soldado británico.
—No tardes mucho, Bernie —dijo, dejando caer primero el ceñidor y luego los pantalones, de manera que estaba allí, de pie, en bragas.
Pero en el baño me miré en el espejo, con una mirada larga y franca, y me pregunté por qué una diosa viviente como la que estaba apartando las sábanas de satén blanco me necesitaba a mí, entre todos los hombres, para que la ayudara a justificar una cara cuenta de la lavandería. No era mi cara de niño del coro de la iglesia, ni mi carácter alegre. Con mi nariz rota y mi mandíbula, parecida al parachoques de un coche, sólo era guapo si se me juzgaba por los baremos de un cuadrilátero de boxeo. No imaginé ni por un minuto que mi pelo rubio y mis ojos azules me hubieran puesto de moda. Ella quería alguna otra cosa, además de un revolcón, y yo tenía una idea bastante aproximada de qué era. El problema era que yo tenía una erección que, por lo menos de forma temporal, tenía el firme control de la situación.
De vuelta al dormitorio, ella seguía de pie, esperando que yo volviera y me sirviera. Impaciente, le bajé las bragas de golpe, y la empujé sobre la cama, donde le separé los esbeltos y bronceados muslos como un erudito apasionado abriría un libro sumamente valioso. Durante un buen rato me enfrasqué en el texto, pasando las páginas con los dedos y recreándome los ojos en lo que nunca había soñado poseer.
Dejamos la luz encendida, así que pude verme perfectamente a mí mismo cuando me introduje en la rizada pelusa que había entre sus piernas. Y después ella permaneció echada encima de mí, respirando como un cachorro somnoliento pero satisfecho, acariciándome el pecho casi como si yo la intimidara.
—Vaya, sí que eres un hombre fornido.
—Mi madre era herrera —dije—. Metía los clavos en las herraduras de los caballos con la palma de la mano. He heredado mi físico de ella.
—No hablas mucho —dijo con una risita—, pero cuando lo haces te gusta bromear, ¿eh?
—Hay un espantoso montón de muertos en Alemania, y tienen un aspecto muy serio.
—Y también eres muy cínico. ¿Por qué razón?
—Antes era sacerdote.
Acarició la pequeña cicatriz que tengo en la frente, donde un trozo de metralla me había dibujado una raya.
—¿Cómo te lo hiciste?
—Después de la iglesia, los domingos, boxeaba con los monaguillos en la sacristía. ¿Te gusta el boxeo? —dije recordando la foto de Schmelling encima del piano.
—Adoro el boxeo —dijo—. Me gustan los hombres duros y violentos. Me encanta ir al Circo Busch y ver cómo se entrenan antes de un gran combate, sólo para ver si defienden o atacan, cómo lanzan un gancho, si tienen agallas.
—Igual que una de aquellas mujeres de la nobleza romana —dije—, comprobando cómo estaban sus gladiadores para ver si iban a ganar antes de apostar por ellos.
—Naturalmente. Me gustan los ganadores. Por ejemplo, tú...
—¿Sí?
—Diría que puedes encajar un buen puñetazo. Quizá incluso unos cuantos. Me parece que eres del tipo paciente, con aguante. Metódico. Preparado para absorber bastante más que un poco de castigo. Eso te hace peligroso.
—¿Y tú?
Botó entusiasmada sobre mi pecho, con los senos oscilando tentadoramente, aunque, por lo menos de momento, yo no tenía más deseo de su cuerpo.
—¡Ah, sí, sí! —exclamó excitada—. Dime qué tipo de luchadora soy.
La miré de reojo.
—Creo que bailarías alrededor de un hombre y dejarías que gastara una buena cantidad de energía antes de acercarte de nuevo a él y asestarle un buen puñetazo para dejarlo fuera de combate. Ganar a los puntos no sería ganar para ti. Siempre quieres tumbarlos en la lona. Sólo hay una cosa que me intriga de este asalto.
—¿Y qué es?
—¿Qué te hace pensar que me dejaré ganar?
—No comprendo —dijo, sentándose en la cama.
—Sí que comprendes. —Ahora que ya la había tenido, era fácil decirlo—. Crees que tu marido me ha contratado para espiarte, ¿no es verdad? No crees que esté investigando el fuego en absoluto. Ésa es la razón de que hayas estado planeando esta pequeña cita toda la tarde, y ahora imagino que se supone que voy a portarme como un buen cachorro, y cuando me pidas que deje de jugar, haré exactamente lo que me dices o, de lo contrario, no me darás más premios. Bien, pues has estado perdiendo el tiempo. Como ya te he dicho, no trabajo con divorcios.
Suspiró y se cubrió los pechos con los brazos.
—No hay duda de que sabes escoger el momento, Herr Perro Rastreador —dijo.
—Es verdad, ¿no?
Saltó de la cama y supe que contemplaba todo su cuerpo, desnudo como un alfiler de sombrero, por última vez. A partir de aquel momento tendría que ir al cine para conseguir aquellas tentadoras imágenes suyas, igual que los demás hombres. Fue hasta el armario y descolgó bruscamente una bata de una percha. Del bolsillo sacó un paquete de cigarrillos. Encendió uno y fumó furiosa, con un brazo doblado a través del pecho.
—Podría haberte ofrecido dinero —dijo—. Pero en lugar de ello me entregué yo misma. —Dio otra chupada nerviosa, sin inhalar apenas nada—. ¿Cuánto quieres?
Exasperado, me di una palmada en el muslo y dije:
—Mierda, no me estás escuchando, orejas sordas. Te lo he dicho. No me han contratado para que mire por el agujero de tu cerradura y averigüe el nombre de tu amante.
Se encogió de hombros sin creerme.
—¿Cómo has sabido que tenía un amante? —preguntó. Me levanté de la cama y empecé a vestirme.
—No he necesitado una lupa y un par de pinzas para detectar eso. Es lógico: si no tuvieras ya un amante, yo no te pondría tan nerviosa.
Me ofreció una sonrisa tan fría y dudosa como la goma de un condón de segunda mano.
—¿No? Apuesto a que eres de la clase de tipos que encuentran piojos en la cabeza de un calvo. Además, ¿quién ha dicho que me ponías nerviosa? Lo que sucede es que no me gusta que irrumpan en mi intimidad. Mira, me parece que será mejor que te largues.
Me volvió la espalda mientras hablaba.
—Estoy en ello.
Me abroché los tirantes y me puse la chaqueta. En la puerta del dormitorio hice un último intento de que me entendiera.
—Por última vez, no me han contratado para vigilarte.
—Me has puesto en ridículo.
Sacudí la cabeza.
—Nada de lo que has dicho tiene el suficiente sentido como para llenar un diente cariado. Con todas tus cuentas de la lechera, no necesitabas mi ayuda para ponerte en ridículo. Gracias por una noche memorable.
Cuando dejaba la habitación empezó a maldecirme con el tipo de elocuencia que sólo se espera de un hombre que acaba de machacarse el dedo con un martillo.
Llevé el coche hasta casa sintiéndome como una úlcera en la boca de un ventrílocuo. Me dolía el camino que habían tomado las cosas. No pasa cada día que una de las más grandes estrellas de cine de Alemania se te lleve a la cama y luego te eche de una patada. Me gustaría haber tenido más tiempo para conocer bien aquel famoso cuerpo. Me sentía como el hombre que ha ganado un gran premio en la feria sólo para que le digan que todo ha sido un error. De cualquier modo, me dije, tendría que haber esperado algo así. Nada se parece tanto a una buscona como una mujer rica.
Una vez dentro de mi piso me serví una bebida y luego herví agua para tomar un baño. Después me puse el batín que había comprado en Wertheim y empecé a sentirme bien otra vez. El sitio olía a cerrado, así que abrí unas cuantas ventanas. Luego traté de leer un rato. Debí de quedarme dormido, porque habían pasado un par de horas cuando oí llamar a la puerta.
—¿Quién es? —dije, saliendo al vestíbulo.
—La policía. Abra —dijo una voz.
—¿Qué quieren?
—Hacerle unas preguntas sobre Ilse Rudel. La encontraron muerta en su piso hace una hora. Asesinada. —Abrí la puerta de golpe y me encontré con el cañón de una Parabellum apuntándome al estómago.
—Vuelva a entrar —dijo el hombre de la pistola. Retrocedí, levantando instintivamente las manos.
El hombre llevaba una chaqueta deportiva de hilo azul claro de corte bávaro y una corbata de color amarillo canario. Tenía una cicatriz en su cara joven y pálida, pero era una cicatriz pulcra y de aspecto limpio; probablemente se la había hecho él mismo con la esperanza de que pareciera la consecuencia de un duelo entre estudiantes. Acompañado por un fuerte olor a cerveza, avanzó por mi pasillo, cerrando la puerta detrás de él.
—Lo que quieras, hijito —dije, aliviado de ver que parecía muy poco cómodo con la Parabellum—. Me has engañado con esa historia de Fräulein Rudel. No tendría que habérmela tragado.
—Cabrón de mierda —gruñó.
—¿Te importa si bajo las manos? Es que mi circulación ya no es lo que era. —Dejé caer las manos a los lados—. ¿De qué va todo esto?
—No lo niegue.
—¿Negar qué?
—Que la violó. —Cogió mejor la pistola y tragó nerviosamente, y su nuez subía y bajaba más que una pareja de novios en su luna de miel debajo de una sábana rosa—. Ella me contó lo que le hizo. Así que no se canse en negarlo.
Me encogí de hombros.
—¿De qué serviría? Si yo estuviera en tu lugar, sé muy bien a quién creería. Pero escucha, ¿estás seguro de saber qué estás haciendo? Cuando te colaste aquí tu aliento era como una bandera roja. Puede que los nazis parezcan un poco liberales en algunas cosas, pero no han eliminado la pena capital, ¿sabes? Incluso si apenas tienes edad para que se espere que aguantes bien la bebida.
—Voy a matarlo —dijo, humedeciéndose los labios resecos.
—Bueno, está bien, pero ¿te importa no dispararme en el vientre? —Señalé hacia su pistola—. No está en absoluto claro que me llegaras a matar, y me fastidiaría pasarme el resto de mi vida bebiendo leche. Mira, si yo fuera tú, me inclinaría por un tiro a la cabeza. Entre los ojos, si puedes conseguirlo. Es un disparo difícil, pero me mataría sin remedio. Francamente, tal como me encuentro ahora, me harías un favor. Debe de ser algo que he comido, pero por dentro me siento como la máquina de olas del Luna Park. —Solté un enorme eructo, sustancioso y sonoro como un trombón, para confirmar mis palabras—. Oh, cielos —dije, moviendo la mano delante de la cara—. ¿Ves lo que quiero decir?
—Cierra la boca, animal —dijo el joven.
Pero vi cómo levantaba el cañón de la pistola y me apuntaba a la cabeza. Recordaba la Parabellum de mis tiempos del ejército, cuando era la pistola reglamentaria. La 08 depende del retroceso para disparar el detonador, pero con el primer disparo el mecanismo está siempre comparativamente rígido. Mi cabeza era un blanco más pequeño que mi estómago y esperaba tener tiempo de agacharme.
Me lancé a su cintura, y al hacerlo vi el fogonazo y sentí el aire de una bala de 9 mm cuando pasó zumbando por encima de mi cabeza y rompió en pedazos algo detrás de mí. Mi peso nos llevó a los dos contra la puerta de entrada, pero si había esperado que no fuera capaz de presentar una fuerte resistencia, me equivocaba. Le agarré por la muñeca de la pistola y me encontré con que el brazo giraba en mi dirección con mucha más fuerza de la que había creído posible. Sentí cómo me agarraba por el cuello del batín y lo retorcía; luego oí cómo se rasgaba.
—Mierda —dije—, basta ya, se acabó.
Empujé la pistola hacia él y conseguí apretarle el esternón con el cañón. Descansando todo mi peso sobre él confiaba romperle una costilla, pero en lugar de eso, hubo un estallido sordo y carnoso cuando el arma volvió a dispararse, y me encontré bañado en su sangre húmeda y caliente. Sujeté el cuerpo desmadejado y sin vida durante unos segundos más antes de empujarlo, apartándolo de mí.
Me puse en pie y lo miré. No había duda de que estaba muerto, aunque continuaba brotando sangre, burbujeante, del agujero del pecho. Entonces le registré los bolsillos. Uno siempre quiere saber quién ha querido matarte. Había una cartera con un carné de identidad a nombre de Walther Kolb y doscientos marcos. No tenía sentido dejar el dinero para los chicos de la Kripo, así que cogí ciento cincuenta para cubrir el coste de mi batín. También había dos fotografías; una de ellas era una postal pornográfica en la cual un hombre le estaba haciendo cosas al trasero de una chica con un trozo de tubo de goma; y la otra era una instantánea publicitaria de Ilse Rudel firmada «con mucho cariño». Quemé la foto de mi anterior compañera de cama, me serví un trago de algo fuerte y, maravillándome ante la imagen del enema erótico, llamé a la policía.
Vinieron un par de polis del Alex. El oficial de más grado, el Oberoinspektor Tesmer, era un hombre de la Gestapo; el otro, el Inspektor Stahlecker, era un amigo mío, uno de los pocos que me quedaban en la Kripo, pero con Tesmer allí no había ninguna posibilidad de salir con facilidad del embrollo.
—Así es como sucedió —dije, después de contarlo por tercera vez.
Estábamos sentados alrededor de la mesa del comedor, en la cual descansaba la Parabellum y el contenido de los bolsillos del hombre. Tesmer sacudió la cabeza lentamente, como si hubiera ofrecido venderle algo que él mismo no tendría ninguna probabilidad de pasar a otro.
—Siempre podría cambiarlo en parte por otra cosa. Vamos, vuelva a probar. Quizá esta vez consiga hacerme reír. —Con sus labios delgados, casi inexistentes, la boca de Tesmer era como una raja en un trozo de cortina barata. Y lo único que se veía por la raja eran las puntas de sus dientes de roedor, y un vislumbre ocasional de la andrajosa ostra de color gris blanquecino que era su lengua.
—Mire, Tesmer —dije—. Sé que parece algo desastrado, pero le doy mi palabra de que es muy fiable, de verdad. No todo lo que brilla vale algo.
—Trate de limpiar algo de la mierda que tiene encima. ¿Qué sabe del fiambre?
Me encogí de hombros.
—Sólo lo que llevaba en los bolsillos. Y que él y yo no nos estábamos llevando nada bien.
—Eso le hace ganar unos cuantos puntos en mi opinión —dijo Tesmer.
Stahlecker permanecía sentado, molesto, al lado de su jefe, manoseando nerviosamente el parche del ojo. Había perdido aquel ojo cuando estaba en la infantería prusiana, ganando al mismo tiempo la codiciada «pour le mérite» por su valor. Yo habría preferido conservar el ojo, aunque el parche le prestaba un aire gallardo. Combinado con su piel oscura y su bigote espeso y negro, le daba un aspecto de pirata, aunque sus modales eran más estólidos, incluso lentos. Pero era un buen policía y un amigo leal. De todos modos, no iba a arriesgarse a quemarse los dedos mientras Tesmer hacía todo lo que podía para que yo me incendiara. Su honradez le había llevado a expresar una o dos opiniones desacertadas sobre el NSDAP durante las elecciones del 33. Desde entonces había tenido el buen sentido de mantener la boca cerrada, pero tanto él como yo sabíamos que el Ejecutivo de la Kripo estaba buscando una excusa para meterlo en el dique seco. Lo único que lo había mantenido en la fuerza hasta aquel momento era su destacado historial de guerra.
—Y supongo que intentó matarle porque no le gustaba su colonia —dijo Tesmer.
—Usted también lo ha notado, ¿eh?
Vi cómo Stahlecker sonreía ligeramente, pero también lo vio Tesmer, y no le gustó.
—Gunther, tiene más labia que un negro con una trompeta. Puede que aquí su amigo piense que es usted divertido, pero lo que yo creo es que es un hijo de puta, así que no me joda. No soy de esa clase de tipos con sentido del humor.
—Le he contado la verdad, Tesmer. Abrí la puerta y allí estaba Herr Kolb con la pipa apuntando a mi cena.
—Una Parabellum apuntándole y se las arregló para agarrarlo. No veo que tenga ningún maldito agujero en su piel, Gunther.
—Estoy haciendo un curso de hipnotismo. Como le he dicho, tuve suerte, falló el disparo. Ya ha visto la luz rota.
—Escuche. A mí no es fácil hipnotizarme. Ese tío era un profesional. No de la clase que deja que le quiten la pipa a cambio de un montón de burbujas.
—¿Un profesional de qué, de mercería? No diga tonterías. Era sólo un crío.
—Bueno, eso lo pone peor para usted, porque ese crío ya no va a crecer más.
—Joven puede que fuera —dije—, pero no era ningún debilucho. No me he mordido el labio porque encuentre que usted es atractivo. Es sangre de verdad, ¿sabe? Y mi batín está roto, ¿o no se había dado cuenta?
Tesmer soltó una risa burlona.
—Pensé que era muy descuidado en el vestir.
—Eh, que es un batín de cincuenta marcos. No creerá que lo he roto sólo en beneficio suyo.
—Se ha podido permitir comprarlo, entonces también se podía permitir perderlo. Siempre he pensado que los tipos como usted ganan demasiado dinero.
Me recosté en la silla. Recordé que Tesmer era uno de los sicarios del comisario jefe Walther Wecke, encargado de eliminar a los conservadores y a los bolcheviques de la fuerza de policía. Un bastardo asqueroso donde los hubiera. Me pregunté cómo conseguía sobrevivir Stahlecker.
—¿Cuánto gana, Gunther? ¿Tres, cuatrocientos marcos a la semana? Probablemente saca más que yo y Stahlecker juntos, ¿eh, Stahlecker?
Mi amigo se encogió de hombros, sin comprometerse.
—No lo sé.
—¿Lo ve? —dijo Tesmer—. Ni siquiera Stahlecker tiene idea de cuántos miles de marcos se saca al año.
—Está en el puesto equivocado,Tesmer. Por la manera en que exagera tendría que trabajar para el Ministerio de Propaganda. —Él no dijo nada—. Vale, vale, ya lo entiendo. ¿Cuánto va a costarme?
Tesmer se encogió de hombros, tratando de controlar la sonrisa que amenazaba con extendérsele por toda la cara.
—¿De un hombre con un batín de cincuenta marcos? Digamos cien redondos.
—¿Cien? ¿Por ese vendedor de ligas? Vaya a echarle otro vistazo, Tesmer. No lleva un bigote estilo Charlie Chaplin ni tiene el brazo derecho tieso.
Tesmer se puso en pie.
—Habla demasiado, Gunther. Esperemos que la boca empiece a gastársele por los bordes antes de que le meta en problemas serios.
Miró a Stahlecker y luego, de nuevo, a mí.
—Voy a echar una meada. Aquí su viejo colega tiene hasta que yo vuelva para convencerle; de lo contrario...
Frunció los labios y sacudió la cabeza. Cuando salía, le grité:
—No se olvide de levantar la tapa.
Sonreí a Stahlecker.
—¿Cómo te va, Bruno?
—¿Qué te pasa, Bernie? ¿Has estado bebiendo? ¿Estás sonado o qué? Venga, ya sabes lo difíciles que Tesmer podría ponerte las cosas. Primero le lanzas toda esa palabrería y ahora te pones a hacer el burro. Paga a ese cabrón.
—Mira, si no le tomara un poco el pelo ni me resistiera algo a pagarle toda esa pasta creería que tengo mucho más. Bruno, tan pronto como vi a ese hijo de puta supe que la noche iba a costarme algo. Antes de marcharme de la Kripo, él y Wecke me tenían marcado. Yo no lo he olvidado ni él tampoco. Le debo un poco de sufrimiento.
—Bueno, hiciste aumentar tu precio cuando mencionaste lo que valía el batín.
—No del todo —dije—. En realidad su precio está más cerca de los cien marcos.
—Joder —soltó Stahlecker—. Tesmer tiene razón. Estás haciendo demasiado dinero.
Se metió las manos en los bolsillos y me miró de frente.
—¿Quieres contarme qué pasó aquí de verdad?
—En otro momento, Bruno. Lo que os he contado era verdad en su mayor parte.
—Exceptuando uno o dos detallitos.
—Exacto. Mira, necesito un favor. ¿Podemos vernos mañana? En la matinée en Kammerlichtespiele, en la Haus Vaterland. La última fila, a las cuatro.
Bruno suspiró, y luego asintió.
—Lo intentaré.
—Antes de ir, mira si puedes averiguar algo sobre el caso de Paul Pfarr.
Frunció el ceño, y estaba a punto de hablar cuando Tesmer volvió del baño.
—Espero que haya secado el suelo.
Tesmer me miró con una cara en la que estaba tallada la agresividad como si fuera una gárgola de un capricho gótico. El gesto de la mandíbula y la apertura de la nariz le daban casi tanto perfil como si fuera un trozo de tubería de plomo. El efecto global era del paleolítico inferior.
—Confío en que haya decidido ser sensato —gruñó.
Habría habido más posibilidades de razonar con un búfalo furioso.
—Parece que no tengo mucho donde escoger —dije—. Por casualidad, ¿no podría darme un recibo?
7
Justo pasado Clayallee, en las afueras de Dahlem, estaba la enorme verja de hierro forjado de la propiedad de Six. Durante un rato me quedé sentado en el coche, vigilando la carretera. Varias veces se me cerraron los ojos y me encontré cabeceando. Había sido una larga noche. Después de una corta siesta salí del coche y abrí la verja. Luego volví tranquilamente al coche y entré por la carretera privada, bajando por una suave y larga pendiente y metiéndome en la fresca sombra que ofrecían los oscuros pinos que la bordeaban en toda su longitud, pavimentada de grava.
A la luz del día la casa de Six era todavía más impresionante, aunque ahora podía ver que no era una, sino dos casas, construidas muy cerca una de la otra; unas hermosas y sólidas casas de labranza estilo Guillermo.
Me detuve ante la puerta principal, donde Ilse Rudel había aparcado su BMW la noche que la vi por primera vez, y bajé, dejando la puerta abierta por si los dos dóbermans decidían aparecer. Los perros no sienten mucho afecto por los investigadores privados, y la antipatía es totalmente mutua.
Llamé a la puerta. Oí cómo resonaba en el vestíbulo, y viendo las contraventanas cerradas, me pregunté si habría sido un viaje en vano. Encendí un cigarrillo y me quedé allí, apoyado en la puerta, fumando y escuchando. Estaba todo tan silencioso como la savia de un árbol de caucho envuelto para regalo. Luego oí pasos y me enderecé justo cuando la puerta se abría para revelar la cabeza levantina y la redondeada espalda de Farraj, el mayordomo.
—Buenos días —dije alegremente—. Confiaba en encontrar a Herr Haupthändler aquí.
Farraj me miró con el desagrado clínico de un pedicuro ante un uñero infectado.
—¿Tenía una cita? —preguntó.
—En realidad, no —dije dándole mi tarjeta—. Pero confiaba en que pudiera concederme unos minutos. Estuve aquí la otra noche, para ver a Herr Six.
Farraj asintió en silencio y me devolvió la tarjeta.
—Siento no haberlo reconocido, señor.
Sin soltar la puerta retrocedió y me invitó a entrar en el vestíbulo. Una vez cerrada la puerta, miró mi sombrero con un gesto casi divertido.
—Sin duda preferirá conservar su sombrero también hoy, señor.
—Creo que será mejor, ¿no le parece?
Al acercarme a él, detecté un claro olor a alcohol, y no del tipo que sirven en esos exquisitos clubes para caballeros.
—Muy bien, señor. Si espera un momento aquí, buscaré a Herr Haupthändler y le preguntaré si puede verlo.
—Gracias. ¿Tiene un cenicero? —dije sosteniendo la ceniza del cigarrillo en equilibrio vertical, como si fuera una jeringuilla hipodérmica.
—Sí, señor.
Sacó uno de ónice oscuro, del tamaño de una Biblia de iglesia, y lo sujetó con ambas manos mientras yo apagaba el cigarrillo. Cuando lo hube apagado se dio media vuelta, y todavía con el cenicero en las manos, desapareció corredor abajo, y me dejó pensando qué le diría a Haupthändler si aceptaba verme. No tenía nada concreto en mente, y ni siquiera se me ocurrió por un segundo que él estuviera dispuesto a hablar de la historia de Ilse Rudel sobre él y Grete Pfarr. Sólo estaba husmeando. Haces diez preguntas tontas a diez personas y a veces metes el dedo en alguna llaga. Y a veces, si no estás demasiado aburrido para darte cuenta, comprendes que has dado con algo. Es algo parecido a lavar oro. Cada día bajas al río y lavas una batea tras otra de barro. Y sólo muy de vez en cuando, siempre que tengas los ojos bien abiertos, encuentras una piedrecita sucia que en realidad es una pepita.
Fui hasta el pie de las escaleras y miré hacia arriba. Una gran claraboya circular iluminaba los cuadros de las paredes pintadas de color escarlata. Estaba contemplando un bodegón con una langosta y un cacharro de peltre cuando oí pasos en el piso de mármol, detrás de mí.
—Es de Karl Schuch, ¿sabe? —dijo Haupthändler—. Vale un montón de dinero.
Hizo una pausa y añadió:
—Pero es muy, muy aburrido. Por favor, venga conmigo.
Nos dirigimos a la biblioteca de Six.
—Me temo que no puedo dedicarle mucho tiempo. Verá, todavía tengo muchas cosas que hacer para el funeral de mañana. Estoy seguro de que lo comprenderá.
Me senté en uno de los sofás y encendí un cigarrillo. Haupthändler cruzó los brazos y se apoyó en el escritorio de su jefe; en la piel de su chaqueta de deporte de color nuez moscada se marcaron unas arrugas a la altura de sus anchos hombros.
—Bueno, ¿para qué quería verme?
—En realidad, es sobre el funeral —dije, improvisando sobre lo que él había dicho—. Quería saber dónde iba a celebrarse.
—Tengo que disculparme, Herr Gunther —dijo—. Me temo que no se me había ocurrido que Herr Six quisiera que usted estuviera presente. Me ha dejado a cargo de todo mientras está en el Ruhr, pero no pensó en dejarme una lista de quiénes debían asistir.
Traté de adoptar un aspecto incómodo.
—Oh, bueno —dije, poniéndome en pie—. Naturalmente, con un cliente como Herr Six me gustaría haber podido presentar mis últimos respetos a su hija. Es lo habitual. Pero estoy seguro de que él lo comprenderá.
—Herr Gunther —dijo Haupthändler después de un corto silencio—. ¿Pensaría que estoy haciendo algo horrible si le diera una invitación ahora, en mano?
—Por supuesto que no —dije—. Si está seguro de que no será una molestia para sus planes.
—Ninguna molestia —contestó—. Tengo aquí algunas tarjetas.
Dio la vuelta al escritorio y abrió un cajón.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando para Herr Six?
—Unos dos años —dijo distraídamente—. Antes era diplomático, en el servicio consular alemán.
Sacó unas gafas del bolsillo de la chaqueta y se las puso en la punta de la nariz antes de redactar la invitación.
—¿Y conocía bien a Grete Pfarr?
Me lanzó una rápida mirada.
—En realidad no la conocía en absoluto —dijo—. Salvo para decirle hola.
—¿Sabe si tenía enemigos, amantes celosos, ese tipo de cosas?
Acabó de escribir la tarjeta y la presionó sobre el secante.
—Estoy seguro de que no los tenía —dijo tajante, quitándose las gafas y volviendo a meterlas en el bolsillo.
—¿De verdad? ¿Y qué hay de él, de Paul?
—Aún le puedo decir menos de él, me temo —dijo, deslizando la tarjeta dentro de un sobre.
—¿Se llevaban bien Herr Six y él?
—No eran enemigos, si eso es lo que insinúa. Sus diferencias eran puramente políticas.
—Bueno, eso representa algo bastante fundamental en estos tiempos, ¿no le parece?
—No, en este caso no. Ahora, si me perdona, Herr Gunther, tengo que volver a mi trabajo.
—Sí, por supuesto.
Me dio la invitación.
—Bueno, gracias —dije, siguiéndolo hasta el vestíbulo—. ¿Vive usted aquí también, Herr Haupthändler?
—No, tengo un piso en la ciudad.
—¿De verdad? ¿Dónde?
Vaciló un momento y finalmente dijo:
—En la Kurfürstenstrasse. ¿Por qué lo pregunta?
Me encogí de hombros.
—Hago demasiadas preguntas, Herr Haupthändler. Perdóneme. Me temo que es la costumbre. Una naturaleza suspicaz es algo que va con mi trabajo. Por favor, no se ofenda. Bueno, tengo que marcharme.
Apenas sonrió, y cuando me acompañó hasta la puerta parecía relajado, pero esperaba haber dicho lo suficiente como para remover aquellas quietas aguas.
El Hanomag parece necesitar siglos para alcanzar algo de velocidad, así que cogí la autopista Avus para volver al centro de la ciudad con un cierto grado de equivocado optimismo. Cuesta un marco pasar por ella, pero vale la pena: diez kilómetros sin una curva, todo el tramo desde Potsdam hasta Kurfürstendamm. Es la única carretera de la ciudad en la cual el conductor que se cree un Carraciola, el gran piloto de carreras, puede pisar a fondo y alcanzar velocidades de hasta ciento cincuenta kilómetros por hora. Por lo menos podía, en los tiempos anteriores a la BV Aral, porque ahora el sustituto de la gasolina de bajo octanaje no es mucho mejor que el alcohol de quemar. Ahora, lo máximo que pude fue sacarle noventa al motor de 1,3 litros del Hanomag.
Aparqué en la intersección de la Kurfürstendamm y Joachimsthaler Strasse, conocida como la «esquina de Grunfeld» por los grandes almacenes del mismo nombre que todavía la ocupan. Cuando Grunfeld, un judío, era todavía el propietario de los almacenes, solian servir limonada gratis en la fuente de la planta baja. Pero desde que el Estado lo desposeyó, como ha hecho con todos los judíos propietarios de grandes establecimientos, como Wertheim, Hermann Teitz e Israel, se han acabado los días de la limonada gratis. Y por si eso no fuera lo bastante malo, la limonada por la que ahora tienes que pagar y que en un tiempo te daban gratis no sabe ni la mitad de bien, y no es necesario tener las papilas gustativas más sensibles del mundo para notar que están poniendo menos azúcar. Las mismas trampas que hacen en todo lo demás.
Permanecí sentado, bebiendo mi limonada y observando cómo subía y bajaba el ascensor por el hueco tubular de cristal que permitía ver el almacén mientras ibas de piso en piso, indeciso sobre si debía ir o no a la sección de medias a ver a Carola, la chica de la boda de Dagmarr. Fue el ácido sabor de la limonada lo que me hizo recordar mi propia y disipada conducta, y eso me decidió en contra de subir. En lugar de ello, dejé los Grunfeld y recorrí a pie la corta distancia que hay bajando por Kurfürstendamm hasta llegar a la Schlüterstrasse.
Una joyería es uno de los pocos lugares de Berlín donde puedes esperar encontrar gente haciendo cola para vender, en lugar de para comprar. La tienda de joyas antiguas de Peter Neumaier no era una excepción. Cuando llegué, la cola no llegaba del todo fuera de la puerta, pero no había duda de que rozaba el cristal; y estaba formada por gente más vieja y más triste que la de la mayoría de las colas que yo estaba acostumbrado a hacer. La gente que estaba allí procedía de una mezcla de ambientes, pero la mayoría tenían dos cosas en común: su judaísmo y, como corolario inevitable, su falta de trabajo, que era la razón de que hubieran ido a vender sus cosas de valor. Al principio de la cola, detrás de un gran mostrador de cristal, había dos dependientes con caras impasibles y trajes de buena calidad. Tenían una postura clara al hacer la valoración, que era decirle al posible vendedor lo poco que valía lo que traía y lo poco que probablemente conseguiría en el mercado.
—Vemos cosas así constantemente —decía uno de ellos, frunciendo los labios y sacudiendo la cabeza ante las perlas y broches que había en el mostrador por debajo de él—. Verá, no podemos poner precio al valor sentimental. Estoy seguro de que lo comprende.
Era un hombre joven, con la mitad de años que la deprimida anciana que había frente a él, y además era guapo, aunque quizá necesitara un afeitado. Su compañero aplicaba un enfoque menos comunicativo: sorbía por la nariz de tal forma que tomaba un aspecto desdeñoso, encogía a medias los hombros, del tamaño de una percha, y gruñía sin entusiasmo alguno. En silencio, contaba cinco billetes de cien marcos, sacándolos de un fajo que tenía en su huesuda mano de avaro y que probablemente contenía treinta veces esa cantidad. El anciano a quien estaba comprando no estaba decidido sobre si debía aceptar o no una oferta tan irrisoria, y con mano temblorosa señaló el brazalete que estaba sobre el trozo de tela en el que lo había envuelto.
—Pero mire —decía el anciano—, tiene uno igual que éste en el escaparate y cuesta tres veces más de lo que usted me ofrece.
El Percha frunció los labios.
—Fritz —dijo—, ¿cuánto tiempo lleva aquel brazalete de zafiros en el escaparate?
Era una doble actuación muy competente, había que reconocerlo.
—Unos seis meses —respondió el otro—. No compres otro igual, esto no es una organización de beneficencia, ¿sabes?
Probablemente repetía esas palabras varias veces al día. El Percha entrecerró los ojos con aburrimiento.
—¿Ve lo que quiero decir? Mire, vaya a otro sitio si cree que puede conseguir más por él.
Pero la vista del dinero era demasiado para el anciano y capituló. Fui hasta el principio de la cola y dije que estaba buscando a Herr Neumaier.
—Si tiene algo que vender, tendrá que esperar en la cola como todos los demás —musitó el Percha.
—No tengo nada para vender —dije vagamente, añadiendo—; estoy buscando un collar de diamantes.
Al oírme, el Percha me sonrió como si fuera un tío suyo perdido hacía tiempo.
—Si espera un momento —dijo, empalagoso—, veré si Herr Neumaier está libre.
Desapareció tras una cortina, y cuando volvió me condujo a un pequeño despacho al final del pasillo.
Peter Neumaier estaba sentado a su escritorio, fumando un puro que no habría desentonado en la bolsa de herramientas de un fontanero. Era moreno, con brillantes ojos azules, igual que nuestro amado Führer, y era dueño de una barriga que se proyectaba hacia delante como una caja registradora. Sus mejillas tenían un aspecto rojizo y frágil, como si tuviera eczema, o como si hubiera apurado demasiado el afeitado de la mañana. Me estrechó la mano cuando me presenté. Fue como estrechar un pepino.
—Encantado de conocerlo, Herr Gunther —saludó calurosamente—. Me dicen que está buscando unos diamantes.
—Exacto. Pero tengo que decirle que actúo en nombre de otra persona.
—Entiendo —dijo Neumaier sonriendo—. ¿Tiene algo concreto en mente?
—Oh, sí, desde luego. Un collar de diamantes.
—Bueno, ha venido al lugar adecuado. Hay varios collares de diamantes que puedo enseñarle.
—Mi cliente sabe precisamente lo que necesita —dije—. Tiene que ser un collar con diamantes engarzados hecho por Cartier.
Neumaier dejó el puro en el cenicero y expelió una mezcla de humo, nerviosismo y regocijo.
—Bueno —dijo—, eso reduce ciertamente el terreno.
—Es lo que sucede con los ricos, Herr Neumaier —dije yo—. Siempre parecen saber exactamente lo que quieren, ¿no cree?
—Oh, por supuesto, Herr Gunther.
Se inclinó hacia delante en la silla, y volviendo a coger el puro, dijo:
—Un collar como el que usted describe no es la clase de pieza que aparece cada día. Y desde luego, costará un montón de dinero.
Había llegado el momento de meterle unas cuantas ortigas en los pantalones.
—Naturalmente, mi cliente está dispuesto a pagar mucho dinero. El veinticinco por ciento del valor asegurado, y sin hacer preguntas.
—No estoy seguro de entender de qué me habla —dijo frunciendo el ceño.
—Vamos, Neumaier. Los dos sabemos que en su negocio hay mucho más que la tierna escena que se representa ahí fuera.
Soltó un poco de humo y contempló el extremo de su cigarro.
—¿Está sugiriendo que compro mercancías robadas, Herr Gunther? Porque si lo está haciendo...
—Siga prestándome su atención, Neumaier, no he terminado todavía. La oferta de mi cliente es sólida. Dinero en efectivo. —Le lancé la fotografía de los diamantes de Six—. Si algún ratón viene por aquí tratando de vendérselo, me llama. El número está detrás.
Neumaier lo miró, y también a mí, con desdén, y luego se puso en pie.
—Es usted un chiste, Herr Gunther. Le falta un tornillo. Ahora salga de aquí antes de que llame a la policía.
—¿Sabe?, eso no es mala idea. Estoy seguro de que quedarían muy impresionados con su espíritu cívico cuando les ofreciera abrir la caja fuerte y les invitara a que inspeccionaran el contenido. Ésa es la confianza que da la honradez, supongo.
—Fuera de aquí.
Me puse en pie y salí del despacho. No había pensado llevar el asunto de aquella manera, pero no me había gustado lo que había visto del negocio de Neumaier. En la tienda, el Percha estaba ofreciendo a una anciana un precio por su joyero que era menos de lo que le habrían dado por él en el albergue del Ejército de Salvación. Varios de los judíos que esperaban detrás de ella me miraron con una expresión que era una mezcla de esperanza y desesperación. Hicieron que me encontrara tan cómodo como una trucha en el mármol de la pescadería, y sin que se me ocurriera ninguna razón para ello, sentí algo parecido a la vergüenza.
Gert Jeschonnek era algo totalmente diferente. Sus locales estaban en el octavo piso de la Columbus Haus, un edificio de nueve plantas en la Potsdamer Platz que insiste con fuerza en la línea horizontal. Parecía algo que un preso con una larga condena podría haber hecho si hubiera contado con una provisión inagotable de fósforos, y al mismo tiempo me hacía pensar en el edificio casi epónimo, cercano al Aeropuerto Tempelhof, que es la Columbia Haus, la prisión de la Gestapo en Berlín. Este país muestra su admiración por el descubridor de América por medios de lo más extraños.
El piso octavo albergaba toda una pléyade de médicos, abogados y editores que se las arreglaban para ir tirando con treinta mil marcos al año.
Las dobles puertas de la entrada a las oficinas de Jeschonnek estaban hechas de caoba bruñida, en la cual se veía en letras doradas: GERT JESCHONNEK. COMERCIANTE EN PIEDRAS PRECIOSAS. Detrás de las puertas había una oficina en forma de L, con paredes pintadas de un agradable matiz rosado, de las cuales colgaban diversas fotografías enmarcadas de diamantes, rubíes y diversas chucherías que hubieran despertado la codicia de un Salomón o dos. Tomé asiento y esperé a que un joven anémico que estaba sentado detrás de una máquina de escribir acabara de hablar por teléfono. Al cabo de un minuto dijo:
—Ya te llamaré más tarde, Rudi.
Colgó el auricular y me miró con una expresión a la que le faltaba muy poco para ser hosca.
—¿Sí? —dijo.
Podéis llamarme anticuado, pero nunca me han gustado los secretarios masculinos. La vanidad de un hombre resulta un obstáculo para que atienda a las necesidades de otro hombre, y este espécimen en particular no iba a convencerme de lo contrario.
—Cuando haya acabado de hacerse la manicura, quizá podría decirle a su jefe que me gustaría verlo. Me llamo Gunther.
—¿Está citado con él? —dijo con aire arrogante.
—Dígame, ¿desde cuándo alguien que está buscando unos diamantes necesita concertar una cita? Explíquemelo, ¿quiere?
Estaba claro que me encontraba menos divertido que un cajón lleno de humo.
—Ahórrese el aliento para enfriar la sopa —dijo, y dio la vuelta al escritorio para salir por la otra puerta—. Preguntaré si puede verlo.
Mientras él estaba fuera de la sala, cogí un ejemplar reciente del Der Stürmer del revistero. En la portada estaba el dibujo de un hombre vestido de ángel sosteniendo una máscara de ángel delante de la cara. Por detrás de él se veía su cola de diablo, saliendo por debajo de su sobrepelliz, y su sombra de «ángel»; salvo que ésta revelaba ahora que el perfil oculto tras la máscara era inequívocamente judío. A esos caricaturistas del Der Stürmer les encanta dibujar una nariz grande, y ésta era como el pico de un auténtico pelícano. Algo extraño de encontrar en la sala de espera del despacho de un respetable hombre de negocios, pensé. El joven anémico, que surgió del otro despacho, me proporcionó una sencilla explicación:
—No le hará esperar mucho —dijo—. Eso lo compra para impresionar a los judíos.
—Me temo que no lo sigo.
—Tenemos muchos clientes judíos —explicó—. Desde luego, sólo quieren vender, nunca comprar. Herr Jeschonnek opina que si ven que está suscrito a Der Stürmer, eso le ayudará a conseguir mejores negocios.
—Muy astuto por su parte —dije—. ¿Funciona?
—Supongo que sí. Será mejor que se lo pregunte a él.
—Puede que lo haga.
No había mucho que ver en el despacho del jefe. Al otro lado de un par de acres de alfombra había una caja fuerte de acero gris que antes había sido un pequeño barco de guerra, y un escritorio del tamaño de un Panzer con una superficie de piel oscura. El escritorio no tenía muchas cosas encima, salvo un cuadrado de fieltro, en el cual descansaba un rubí lo bastante grande como para adornar al elefante favorito de un maharajá, y los pies de Jeschonnek, vestidos con inmaculadas polainas blancas, que se trasladaron debajo de la mesa cuando entré.
Gert Jeschonnek era un hombre robusto, con aspecto de cerdo, con ojillos de cerdo y una barba castaña recortada muy cerca de la cara tostada por el sol. Llevaba un traje con chaqueta cruzada de color gris claro que resultaba diez años demasiado joven para él, y en la solapa llevaba la insignia temible. Llevaba «Violeta de Marzo» impreso en todo su cuerpo, como si fuera un repelente contra insectos.
—Herr Gunther —dijo alegremente, y por un momento casi se puso firme. Luego cruzó la sala para darme la bienvenida. Una mano purpúrea como de carnicero sacudió arriba y abajo la mía, en la que quedaron manchas blancas cuando la solté. Su sangre debía de parecer melaza. Sonrió con una cálida sonrisa y luego miró por encima de mi hombro a su anémico secretario, que estaba a punto de salir y cerrar la puerta. Jeschonnek dijo:
—Helmut. Una cafetera de tu mejor café, por favor. Dos tazas, y no tardes.
Habló con rapidez y precisión, marcando el ritmo con la mano como si fuera un profesor de elocución. Me llevó hasta el escritorio y el rubí, que supuse que estaba allí para impresionarme, de la misma forma que los ejemplares de Der Stürmer estaban allí para impresionar a sus clientes judíos. Yo fingí que no lo veía, pero él no iba a permitir que le estropeara su pequeña representación. Levantó el rubí a la luz en sus gordos dedos, y sonrió de una forma repugnante.
—Un rubí cabujón extremadamente hermoso —dijo—. ¿Le gusta?
—El rojo no es mi color. No va bien con mi pelo.
Se rió y volvió a dejar el rubí encima del terciopelo, que dobló y guardó en la caja fuerte. Me senté en un gran sillón frente al escritorio.
—Estoy buscando un collar de diamantes —dije.
Se sentó frente a mí.
—Bueno, Herr Gunther, soy un reconocido experto en diamantes.
Hizo un florido y orgulloso gesto con la cabeza, como si fuera un caballo de carreras, y me llegó un fuerte olor a colonia.
—¿De verdad? —pregunté.
—Dudo que haya alguien en Berlín que sepa tanto sobre diamantes como yo.
Adelantó su barbado mentón hacia mí, como si me desafiara a contradecirlo. Casi vomito.
—Me alegra saberlo —dije.
El café llegó y Jeschonnek, incómodo, siguió con la mirada a su secretario mientras éste abandonaba la habitación con sus andares amanerados.
—No consigo acostumbrarme a tener un secretario —añadió—. Por supuesto, comprendo que el lugar de una mujer es el hogar, criando una familia, pero siento mucho afecto por las mujeres.
—Yo antes tendría un socio que un secretario —dije. Sonrió educadamente.
—Bien, veamos; según creo está buscando un diamante.
—Diamantes —dije, corrigiéndolo.
—Entiendo. ¿Solos o engarzados?
—A decir verdad, estoy tratando de encontrar una pieza en concreto que le han robado a mi cliente —expliqué, y le di mi tarjeta. La miró, impasible—. Un collar, para ser preciso. Tengo una fotografía aquí.
Saqué otra fotografía y se la entregué.
—Magnífico.
—Cada una de las bagettes es de un quilate.
—Ciertamente —dijo—, pero no veo cómo puedo ayudarle, Herr Gunther.
—Si el ladrón tratara de ofrecérselo a usted, le agradecería que se pusiera en contacto conmigo. Naturalmente, hay una importante recompensa. Mi cliente me ha autorizado para ofrecer un veinticinco por ciento del valor asegurado por su recuperación, y sin hacer preguntas.
—¿Podría saber el nombre de su cliente?
Vacilé.
—Bueno —dije—, por lo general la identidad del cliente es confidencial, pero es fácil ver que es usted la clase de hombre que está acostumbrado a respetar la confidencialidad.
—Es usted demasiado amable.
—El collar es indio, y pertenece a una princesa que está en Berlín para las Olimpiadas, como huésped de nuestro gobierno. —Jeschonnek empezó a fruncir el ceño al escuchar mis mentiras—. No he conocido personalmente a la princesa, pero me han dicho que es la criatura más hermosa que Berlín haya visto nunca. Se aloja en el hotel Adlon, de donde fue robado el collar hace unas noches.
—¿Robado a una princesa india, eh? —dijo, añadiendo una sonrisa a sus facciones—. Bueno, quiero decir, ¿por qué no apareció nada sobre ello en la prensa? ¿Y por qué no está involucrada la policía?
Tomé un sorbo de café para prolongar una pausa teatral.
—La dirección del Adlon está ansiosa por evitar un escándalo —dije—. No hace tanto tiempo que el Adlon sufrió una serie de desgraciados robos cometidos allí por el famoso ladrón de joyas Faulhaber.
—Sí, recuerdo haberlo leído.
—No es necesario decir que el collar está asegurado, pero en lo que respecta a la reputación del Adlon eso apenas importa, como estoy seguro que comprenderá.
—Bien, señor, con toda seguridad me pondría inmediatamente en contacto con usted si me llegara cualquier información que pueda ayudarle —dijo Jeschonnek, sacando un reloj de oro del bolsillo. Lo miró pausadamente—. Y ahora, si me perdona, tengo que volver al trabajo.
Se puso en pie y me tendió su mano regordeta.
—Gracias por concederme su tiempo —dije—. No hace falta que me acompañe.
—¿Al salir, sería tan amable de decirle a ese chico que entre?
—Por supuesto.
Me despidió con el saludo hitleriano.
—¡Heil Hitler! —repetí como un tonto.
En la oficina exterior el chico anémico estaba leyendo una revista. Mis ojos vieron las llaves antes de acabar de decirle que su jefe requería su presencia. Estaban en la mesa, al lado del teléfono. Gruñó y se despegó con esfuerzo del asiento. Vacilé al llegar a la puerta.
—No tendrá un trozo de papel, ¿verdad?
Señaló el bloque sobre el que descansaban las llaves.
—Cójalo usted mismo —dijo, y entró en el despacho de Jeschonnek.
—Gracias, así lo haré.
El llavero llevaba una etiqueta que decía: «Despacho». Saqué una pitillera del bolsillo y la abrí. En la lisa superficie de la arcilla de modelar hice tres impresiones —dos de lado y una vertical— de las dos llaves. Supongo que puede decirse que lo hice siguiendo un impulso. Apenas había tenido tiempo de digerir todo lo que Jeschonnek me había dicho, o mejor, lo que no me había dicho. Pero, además, siempre llevo ese trozo de arcilla, y parece una lástima no emplearlo cuando se presenta la oportunidad. Se sorprenderían de saber las veces que una llave hecha con ese molde ha resultado útil.
Fuera encontré una cabina de teléfonos y llamé al Adlon. Sigo recordando muchos buenos momentos en el Adlon, y también muchos buenos amigos.
—Hola, Hermine —dije—, soy Bernie.
Hermine era una de las telefonistas del Adlon.
—Hola, forastero. Hace siglos que no te veo.
—He estado un poco ocupado.
—También lo está el Führer, pero se las arregla para darse una vuelta y saludarnos.
—Quizá tendría que comprarme un Mercedes descapotable y un par de escoltas. —Encendí un cigarrillo—. Necesito un pequeño favor, Hermine.
—Adelante.
—Si un hombre telefonea y te pregunta a ti o a Benita si hay una princesa india alojada en el hotel, por favor, ¿podrías decirle que sí? Si quiere hablar con ella, dile que no acepta llamadas.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿Y esa princesa tiene nombre?
—¿Sabes el nombre de alguna chica india?
—Bueno —dijo ella—. Vi una película el otro día en la que salía una chica india. Se llamaba Mushmi.
—Pues que sea la princesa Mushmi. Y gracias, Hermine. Te llamaré pronto.
Fui al restaurante Pschorr Haus y me comí un plato de habas con beicon y me bebí un par de cervezas. O Jeschonnek no sabía nada de diamantes o tenía algo que ocultar. Le había dicho que el collar era indio, y él tenía que haber sabido que el collar era de Cartier. Y no sólo eso, sino que no me había contradicho cuando le describí las piedras incorrectamente como talladas en bagette. Las bagettes son cuadradas u oblongas, con un filo recto; pero el collar de Six estaba formado por brillantes, que son redondos. Y además, estaba la cuestión de los quilates; le había dicho que cada piedra pesaba un quilate, cuando era evidente que eran bastante más grandes.
No era mucho para apoyarse, y la gente se equivoca; es imposible acertar siempre, pero, de cualquier modo, tenía el presentimiento de que iba a tener que volver a visitar a Jeschonnek.
8
Después de dejar la Pschorr Haus, fui a la Haus Vaterland, que además de albergar el cine donde iba a reunirme con Bruno Stahlecker tiene también un sinnúmero de bares y cafés. Es un sitio popular entre los turistas, pero demasiado anticuado para mi gusto: los grandes y feos vestíbulos, la pintura plateada, los bares con sus lluvias en miniatura y sus trenes en movimiento; todo pertenece a una vieja y extraña Europa de juguetes mecánicos y music-halls, forzudos con leotardos y canarios adiestrados. La otra cosa que lo hace poco corriente es que es el único bar de Alemania que cobra por la admisión. No puede decirse que Stahlecker se sintiera feliz al respecto.
—He tenido que pagar dos veces —gruñó—. Una en la puerta de entrada y otra para entrar aquí.
—Tendrías que haber exhibido tu pase de la Sipo —dije—. Habrías entrado sin pagar nada. Para eso es para lo que sirve, ¿no?
Stahlecker miró a la pantalla, inmutable.
—Muy divertido —dijo—. Además, ¿qué es esta mierda?
—Todavía el noticiario —le dije—. Bueno, ¿qué has averiguado?
—Queda por aclarar ese pequeño asunto de anoche.
—Palabra de honor, Bruno, nunca había visto al chaval antes.
Stahlecker suspiró, cansado.
—Por lo que parece ese Kolb era un actor de poca monta. Uno o dos papelitos en alguna película, y como corista en un par de espectáculos. No era exactamente Richard Tauber. Entonces, ¿por qué alguien así querría matarte? A menos que te hayas convertido en crítico y lo hayas valorado negativamente unas cuantas veces.
—No entiendo de teatro más de lo que un perro entiende de encender un fuego.
—Pero sí que sabes por qué trató de matarte, ¿no?
—Hay una dama —dije—. Su marido me contrata para un trabajo. Ella piensa que me ha contratado para espiarla. Así que la otra noche me hace ir a su piso y me pide que la deje en paz y me acusa de mentir cuando le digo que no me importa con quién se acuesta. Luego me echa a la calle. Y lo siguiente es que aparece ese cabeza de pera en mi puerta con una pistola apuntándome a la barriga y acusándome de haber violado a la señora. Bailamos un poco por la habitación y la pistola se dispara. Supongo que el chaval estaba loco por ella y ella lo sabía.
—Y ella le dio la idea, ¿no?
—Así es como yo lo veo. Pero trata de hacerlo encajar y a ver hasta dónde te lleva.
—Imagino que no me vas a decir el nombre de la dama ni de su marido, ¿eh?
Negué con la cabeza.
—No, ya pensaba yo que no.
La película estaba empezando. Se llamaba La orden más alta, y era uno de esos entretenimientos patrióticos que los chicos del Ministerio de Propaganda soñaban en un mal día. Stahlecker dejó escapar un gemido.
—Vámonos —dijo—. Salgamos a tomar algo. No creo que pueda aguantar ver esta mierda.
Fuimos al bar Wild West situado en el primer piso, donde una banda de vaqueros estaba tocando Home on the Range. Unas praderas pintadas, con sus búfalos y sus indios, cubrían las paredes. Apoyados contra la barra, pedimos un par de cervezas.
—Supongo que nada de esto tendrá nada que ver con el caso Pfarr, ¿verdad, Bernie?
—Me han contratado para investigar el incendio —expliqué—. Para la compañía de seguros.
—Está bien. Te lo diré sólo una vez, y luego me puedes enviar al infierno. Déjalo. Es algo incendiario, si me perdonas la expresión.
—Bruno, vete al infierno. Me pagan un porcentaje.
—Luego, cuando te metan en un KZ, no me digas que no te avisé.
—Te lo prometo; ahora suéltalo.
—Bernie, prometes más que un deudor al administrador de la finca. —Suspiró y sacudió la cabeza—. Bueno, esto es lo que hay: ese Paul Pfarr era un tipo con mucho futuro. Aprobó su examen jurídico en 1930, hizo el servicio preparatorio en los tribunales provinciales de Stuttgart y Berlín. En 1933, este Violeta de Marzo particular se incorporó a las SA, y para 1934 era juez asesor del Tribunal Policial de Berlín, juzgando casos de corrupción policial nada menos. Ese mismo año lo reclutaron las SS, y en 1935 entró también en la Gestapo, supervisando asociaciones, sindicatos económicos y, por supuesto, el DAF, el Frente Alemán del Trabajo del Reich. Más tarde, en el mismo año, lo transfieren de nuevo, esta vez al Ministerio del Interior, dependiendo directamente de Himmler, con su propio departamento que investiga la corrupción entre los servidores del Reich.
—Me sorprende que la noten.
—Por lo que parece, a Himmler no le gusta lo más mínimo. Sea como sea, encargan a Paul Pfarr que preste especial atención al DAF, donde la corrupción es algo endémico.
—Así que era el chico de Himmler, ¿eh?
—Exacto. Y a su ex jefe, aún menos que la corrupción le gusta que se carguen a la gente que trabaja para él. Así que hace un par de días el Reichskriminaldirektor designó una fuerza especial para que investigue. Es un grupo impresionante: Gohrmann, Schild, Jost, Dietz. Mézclate en esto, Bernie, y durarás menos que la ventana de una sinagoga.
—¿Tienen alguna pista?
—Lo único que he oído es que estaban buscando a una chica. Parece como si Pfarr tuviera una amante. Sin nombre, me temo. Y no sólo eso, sino que ha desaparecido.
—¿Quieres saber una cosa? Desaparecer está haciendo furor. Todo el mundo lo hace.
—Eso me han dicho. Espero que no seas de los que siguen la moda.
—¿Yo? Debo de ser uno de los pocos en esta ciudad que no tiene un uniforme. Diría que eso me convierte en muy poco amante de la moda.
De vuelta a la Alexanderplatz pasé por un cerrajero y le di el molde para que hiciera una copia de las llaves del despacho de Jeschonnek. Lo había empleado muchas veces antes y nunca hacía preguntas. Después fui a recoger mi colada y volví a la oficina.
Ya casi había entrado cuando me metieron un pase de la Sipo delante de la cara. En el mismo momento vi la Walther dentro de la chaqueta de franela desabrochada del hombre.
—Tú debes de ser el perro rastreador —dijo—. Te hemos estado esperando para hablar contigo.
Tenía el pelo de color mostaza, cortado por un esquilador de ovejas de competición, y una nariz como un tapón de botella de champán. Su bigote era más ancho que el ala de un sombrero mexicano. El otro tipo era el arquetipo racial, con esa clase de barbilla y pómulos exagerados copiados de un cartel de las elecciones prusianas. Ambos tenían ojos fríos, pacientes, como mejillones en escabeche, y una sonrisa desdeñosa, como si alguien se hubiera tirado un pedo o hubiera contado un chiste de un especial mal gusto.
—Si lo hubiera sabido, me habría ido a ver un par de películas.
El del pase y el corte de pelo me miró sin expresión.
—Éste es el Kriminalinspektor Dietz —dijo.
El llamado Dietz, que supuse era el oficial de más rango, estaba sentado en el borde de mi escritorio, balanceando la pierna y con un aspecto totalmente desagradable.
—Ya me disculpará si no saco mi libro de autógrafos —dije, y fui hasta la ventana, donde estaba Frau Protze de pie. Ella sollozó, sacó un pañuelo de la manga de la blusa y se sonó. A través de la tela dijo:
—Lo siento, Herr Gunther, entraron aquí a la fuerza y empezaron a registrarlo todo de arriba abajo. Les dije que no sabía dónde estaba ni cuándo volvería y se pusieron muy desagradables. Yo no sabía que los policías pudieran llegar a portarse de una forma tan vergonzosa.
—No son policías —dije—. Más bien guantes ingleses con traje. Ahora será mejor que se vaya a casa. La veré mañana.
Sollozó un poco más.
—Gracias, Herr Gunther —dijo—, pero me parece que no voy a volver. No creo que mis nervios aguanten esta clase de cosas. Lo siento.
—No se preocupe. Le enviaré lo que le debo por correo.
Asintió, y al pasar por mi lado, casi echó a correr para salir del despacho. El del corte de pelo soltó una risa ronca y cerró la puerta detrás de ella. Yo abrí la ventana.
—Aquí dentro huele un poco —dije—. ¿A qué os dedicáis vosotros dos cuando no estáis asustando a las viudas y registrando a ver si encontráis el dinero de la caja de gastos?
Dietz se levantó del escritorio y vino hasta la ventana.
—He oído hablar de ti, Gunther —dijo contemplando el tráfico—. Antes eras un poli, así que sé que sabes lo que los papeles oficiales dicen acerca de hasta dónde puedo llegar. Y eso significa mucho más lejos todavía. Puedo pisarte esa mierda de cara toda la tarde y ni siquiera tengo que decirte por qué. Así que ¿por qué no cortas toda esa mierda y me dices lo que sabes de Paul Pfarr? Entonces seguiremos nuestro camino.
—Sé que no era un fumador descuidado —dije—. Mira, si no hubierais pasado por este lugar como un terremoto podría encontrar una carta de la aseguradora Germania en la que me contrata para investigar el fuego en espera de una demanda.
—Hemos encontrado esa carta —dijo Dietz—. Y también hemos encontrado esto.
Sacó la pistola del bolsillo de la chaqueta y me apuntó a la cabeza, como jugando.
—Tengo licencia.
—Claro que sí —dijo sonriendo. Luego olió el cañón y se dirigió a su socio—. ¿Sabes qué, Martins?, diría que han limpiado esta pistola, y hace poco, además.
—Soy un chico limpio —dije—. Mírame las uñas si no me crees.
—Walther PPK, 9 mm —dijo Martins, encendiendo un cigarrillo—; justo como el arma que mató al pobre Herr Pfarr y a su mujer.
—No es eso lo que me han dicho.
Fui hasta el mueble bar. Me sorprendió que no se hubieran bebido mi whisky.
—Ah, claro —dijo Dietz—; nos habíamos olvidado de que todavía tienes amigos en el Alex, ¿eh?
Me serví una bebida. Un poco excesiva para beberla en tres tragos.
—Pensaba que ya se habían librado de todos esos reaccionarios —dijo Martins. Yo contemplé el último sorbo de whisky.
—Os ofrecería algo de beber, chicos, pero es que no querría tener que tirar los vasos después.
Me tomé la bebida.
Martins lanzó el cigarrillo al suelo y, apretando los puños, dio un par de pasos hacia delante.
—Este capullo tiene una lengua tan larga como la nariz de un judío —gruñó.
Dietz permaneció donde estaba, apoyado en la ventana, pero cuando se volvió tenía los ojos como el tabasco.
—Se me está acabando la paciencia, voceras.
—No lo entiendo —dije—. Habéis visto la carta de la gente de la aseguradora. Si pensáis que es falsa, comprobadlo.
—Ya lo hemos hecho.
—Entonces, ¿a qué viene toda esta actuación en pareja?
Dietz vino hasta mí y me miró de arriba abajo, como si yo fuera un trozo de mierda pegado a su zapato. Luego cogió mi última botella de buen whisky escocés, la sopesó en la mano y la lanzó contra la pared por encima del escritorio. Se rompió con el ruido de una cubertería que cae por el hueco de una escalera, y el aire se llenó de repente de olor a alcohol. Dietz se alisó la chaqueta después del esfuerzo.
—Sólo queremos recalcarte la necesidad de mantenernos informados de lo que vayas haciendo, Gunther. Si averiguas cualquier cosa, y quiero decir cualquier cosa, entonces más te vale hablar con nosotros. Porque si descubro que todo esto es una cortina de humo, entonces te enviaré a un campo de concentración tan rápido que te silbarán esa mierda de orejas que tienes. —Se me acercó y me llegó su olor a sudor—. ¿Lo coges, voceras?
—No saques tanto la mandíbula, Dietz —dije—, o me sentiré en la obligación de darte un sopapo.
—Me gustaría que lo hicieras alguna vez —dijo sonriendo—. De verdad que me gustaría.
Se volvió hacia su compañero y dijo:
—Vamos, salgamos de aquí antes de que le dé una patada en los huevos.
Acababa de limpiarlo todo cuando sonó el teléfono. Era Müller, del Berliner Morgenpost, para decir que lo sentía pero que, aparte de la información que la gente de las necrológicas había ido reuniendo a lo largo de los años, no había mucho sobre Hermann Six en los archivos que pudiera interesarme.
—¿Me estás tomando el pelo, Eddie? Joder, este tío es millonario. Es el dueño de la mitad del Ruhr. Si se metiera el dedo por el culo, encontraría petróleo. Alguien tiene que haberlo espiado en algún momento.
—Había una reportera que hace un tiempo llevó a cabo un amplio trabajo de investigación sobre esos gigantes del Ruhr: Krupp, Voegler, Wolff, Thyssen. Perdió su trabajo cuando el gobierno solucionó el problema del desempleo. Veré si puedo averiguar dónde vive ahora.
—Gracias, Eddie. ¿Y qué hay de los Pfarr? ¿Has encontrado algo?
—A ella le gustaban de verdad los balnearios. Nauheim,Wiesbaden, Bad Homburg; di un nombre y seguro que ella ha chapoteado allí. Incluso escribió un artículo sobre el tema en Die Frau. Y era aficionada a los curanderos. Me temo que de él no hay nada.
—Gracias por los cotilleos, Eddie. La próxima vez leeré la página de sociedad y te ahorraré el trabajo.
—No vale cien marcos, ¿eh?
—Ni cincuenta. Encuéntrame a esa reportera y entonces veré qué puedo hacer.
Después de eso cerré el despacho y volví al cerrajero para recoger mis nuevas llaves y mi caja de arcilla. Admito que suena un tanto teatral, pero he llevado esa caja encima durante años, y salvo robar la propia llave, no conozco una manera mejor de abrir puertas cerradas. Un delicado mecanismo de fino acero con el que se puede abrir cualquier tipo de cerradura, eso no lo tengo. La verdad es que las mejores cerraduras modernas, ésas puedes olvidarte de forzarlas: no existe esa pequeña herramienta maravillosa, ingeniosa y depurada. Eso es para los peliculeros de la UFA. Por lo general, un ladrón sierra la cabeza del cerrojo, o taladra a su alrededor y quita un trozo de la maldita puerta. Y eso me recuerda que más pronto o más tarde tendría que averiguar quién de la fraternidad de revientacajas tenía el suficiente talento para abrir la de los Pfarr. Si es que se hizo de esa manera. Lo cual significaba que había cierto tenorcillo escrofuloso al que hacía tiempo le debía una lección de canto.
No esperaba encontrar a Neumann en el vertedero donde vivía, en la Admiralstrasse, en el barrio de Kottbusser Tor, pero lo probé de todos modos. Kottbusser Tor era el tipo de zona que se había degradado igual de bien que un cartel de music-hall, y el número 43 de la Admiralstrasse era el tipo de sitio donde las ratas llevan tapones para los oídos y las cucarachas tienen una fea tos. La habitación de Neumann estaba en el sótano, en la parte trasera. Era un lugar infecto y húmedo. Estaba sucio y Neumann no estaba allí.
La portera era una buscona que estaba para el arrastre y a la que habían arrastrado hasta lo más profundo de un pozo minero abandonado. Su pelo era tan natural como marcar el paso de la oca bajando por la Wilhelstrasse, y estaba claro que llevaba puesto un guante de boxeo cuando se pintó de rojo carmesí aquella boca suya que parecía un clip sujetapapeles. Tenía los pechos como los cuartos traseros de un caballo de tiro al final de un largo y duro día de trabajo. Puede que aún tuviera unos cuantos clientes, pero pensé que preferiría apostar por ver a un judío en la cola de un vendedor de carne de cerdo en Núremberg. De pie en el umbral de su piso, desnuda bajo el mugriento albornoz de toalla que dejaba entreabierto, estaba encendiendo un cigarrillo medio fumado.
—Estoy buscando a Neumann —dije, haciendo todo lo posible por no ver las dos perchas ni aquella barba de boyardo que exhibía en mi beneficio. Sentías el eco y la picazón de la sífilis en el rabo sólo con mirarla—. Soy un amigo suyo.
La buscona soltó un bostezo y, decidiendo que ya había visto lo suficiente gratis, se cerró la bata y se ató el cinturón.
—¿Eres un poli? —dijo sorbiendo.
—Como he dicho, soy un amigo suyo.
Ella cruzó los brazos y se apoyó en el dintel.
—Neumann no tiene ningún amigo —dijo, mirándose las sucias uñas, y luego a mí.
Tuve que reconocer que tenía razón.
—Excepto yo, quizá, y eso sólo porque siento pena por el pobre chiflado. Si usted fuera amiga suya, le diría que fuera a ver a un médico. No está bien de la cabeza, ¿sabe?
Dio una larga calada al cigarrillo y luego tiró la colilla por encima de mi hombro.
—No es que esté sonado —dije—. Sólo tiene tendencia a hablar solo. Un poco raro, eso es todo.
—Si eso no es estar sonado, entonces no sé qué coño es —dijo.
Y también en eso había algo de verdad.
—¿Sabe cuándo volverá?
La putorra se encogió de hombros. Una mano que era toda venas azules y anillos de metal me agarró por la corbata; ella trató de sonreír con coquetería, pero sólo le salió una mueca.
—Tal vez querría esperarlo —dijo—. ¿Sabe?, con veinte marcos compra un montón de tiempo.
Después de recuperar la corbata, saqué la cartera y le di un billete de cinco.
—Me gustaría. De verdad que sí. Pero tengo muchas cosas que hacer. Quizá podría decirle a Neumann que lo estoy buscando. Me llamo Gunther, Bernhard Gunther.
—Gracias, Bernhard. Eres todo un caballero.
—¿Tienes alguna idea de dónde puede estar?
—Bernhard, sé tanto como tú. Podrían buscarlo entre Poncio y Pilato y no encontrarlo. —Se encogió de hombros y meneó la cabeza—. Si está sin blanca estará en un sitio como el X Bar, o el Rucker. Si tiene algo de mosca en el bolsillo, estará tratando de conseguir un polvo en el Femina o en el Café Casanova. —Empecé a moverme hacia las escaleras—. Y si no está en ninguno de estos sitios, entonces estará en las carreras.
Me siguió hasta el rellano y bajó unos cuantos peldaños detrás de mí. Me metí en el coche con un suspiro de alivio. Siempre es difícil escapar de una buscona. No les gusta nada ver cómo se les escapa un cliente.
No tengo mucha fe en los expertos ni, si a eso vamos, en las declaraciones de los testigos. Con los años he acabado perteneciendo a la escuela de investigación que está a favor de esas buenas y anticuadas pruebas circunstanciales, como las que dicen que un fulano lo hizo porque era el tipo que haría una cosa así. De eso, y de la información recibida.
Conservar un cantor como Neumann es algo que exige confianza y paciencia; y al igual que la primera de esas cualidades no es natural en Neumann, tampoco la segunda lo es en mí, pero sólo en lo que se refiere a él. Neumann es el mejor informador que he tenido nunca, y sus soplos son casi siempre certeros. Haría cualquier cosa por protegerlo. Por otro lado, eso no quiere decir que puedas fiarte de él. Como todos los informadores, es capaz de vender el coño de su propia hermana. Consigues que uno confíe en ti, y ésa es la parte difícil; pero es tan difícil que puedas confiar en él como que yo gane las apuestas del Sierstorpff en el Hoppegarten.
Empecé por el X Bar, un club de jazz ilegal donde la banda metía éxitos norteamericanos entre los acordes del principio y el final de cualquier número ario culturalmente aceptable que les apeteciera; y lo hacían lo bastante bien para no atormentar ninguna conciencia nazi respecto a esa llamada música inferior.
Pese a su conducta, ocasionalmente extraña, Neumann era una de las personas más anónimas y anodinas que he visto nunca. Era eso lo que lo convertía en un informador tan excelente. Tenías que fijarte mucho para verlo, pero esa noche en particular no había ninguna señal de él en el X. Ni tampoco en el Allaverdi, ni en el Rucker Bar, en la parte peligrosa del barrio chino.
Aún no había oscurecido, pero los traficantes de droga ya habían salido a la superficie. Si te pillaban vendiendo cocaína, te enviaban directamente a un KZ, y en lo que a mí respecta nunca pillarían a bastantes de ellos, pero como sabía por experiencia, no era fácil: los traficantes no llevaban nunca la coca encima; en lugar de ello la tenían oculta en algún escondrijo cercano, en un callejón o portal solitario. Algunos fingían ser mutilados de guerra que vendían cigarrillos, y otros eran mutilados de guerra de verdad que vendían cigarrillos y llevaban el brazalete amarillo con los tres puntos negros que había permanecido desde los días de Weimar. No es que este brazalete confiriera ningún estatus oficial; solo al Ejército de Salvación se le concedía un permiso oficial para la venta ambulante en la calle, pero las leyes contra la vagancia no se hacían cumplir a rajatabla en ningún lugar salvo en las zonas más modernas de la ciudad, allí donde era más probable que fueran los turistas.
—Ssigarros y ssigarrillos —silbó una voz.
Los que estaban familiarizados con esta «señal de coca» respondían con un fuerte sorbetón. A menudo se encontraban con que habían comprado sal de cocina y aspirina.
El Femina, en la Nurnberger Strasse, era el tipo de lugar al que ibas cuando buscabas compañía femenina, si no te importaba que fueran grandes y rubicundas ni pagar treinta marcos por el privilegio. Los teléfonos que había en las mesas hacían que el Femina fuera especialmente adecuado para los tímidos; así que era el tipo de lugar para Neumann, siempre suponiendo que tuviera dinero. Podía pedir una botella de sekt e invitar a una chica para que se reuniera con él sin ni siquiera moverse de la mesa. Incluso había tubos neumáticos a través de los cuales se podían enviar pequeños regalos hasta las manos de una chica situada en el otro extremo del club. Aparte del dinero, lo único que un hombre necesitaba en el Femina era buena vista.
Me senté en una mesa de un rincón y ojeé, por hacer algo, el menú. Además de una lista de bebidas había otra de regalos que podían comprarse al camarero, para ser enviados por los tubos: un maquillaje compacto por un marco cincuenta, un envase para cajas de cerillas por un marco, y perfume por cinco. No pude menos de pensar que el dinero sería probablemente el regalo más popular que se podía enviar como un cohete a cualquier chica que te atrajera. No había señales de Neumann, pero decidí quedarme un rato más por si acaso aparecía. Llamé al camarero y le pedí una cerveza.
Había un espectáculo de cabaré, o algo por el estilo: una cantante con el pelo naranja y voz gangosa como un arpa judía y un humorista pequeño y flacucho con una sola ceja de sien a sien, que era casi tan atrevido como una galleta en una copa de helado. Era menos probable que el público del Femina disfrutara de la actuación que de que reconstruyera el Reichstag: reía durante las canciones y cantaba durante los monólogos del humorista, y estaba tan lejos de comer en la mano de nadie como lo estaba un perro rabioso.
Echando una ojeada por la sala me encontré con que había tantas pestañas falsas agitándose en mi dirección que empezaba a sentir que estaba en medio de una corriente de aire. Unas cuantas mesas más allá una mujer gorda hizo un gesto ondulante con una mano gordezuela en mi dirección, y malinterpretando mi mueca por una sonrisa, empezó a esforzarse por salir de su asiento. Solté un gruñido de angustia.
—¿Sseñor? —respondió el camarero.
Saqué un arrugado billete del bolsillo y se lo lancé a la bandeja. Sin molestarme en esperar el cambio me di media vuelta y huí.
Sólo hay una cosa que me irrite más que la compañía de una mujer fea por la noche, y es la compañía de la misma mujer fea a la mañana siguiente.
Subí al coche y fui hasta la Potsdamer Platz. Era una noche seca y cálida, pero un ruido sordo en el cielo púrpura me dijo que el tiempo estaba a punto de cambiar a peor. Aparqué en la Leipziger Platz frente al Palast Hotel. Luego entré y telefoneé al Adlon.
Hablé con Benita, que me dijo que Hermine le había dejado el mensaje y que una media hora después de que yo hablara con ella, había llamado un hombre preguntando por una princesa india. Era todo lo que yo necesitaba saber.
Recogí mi gabardina y una linterna del coche. Sujetando la linterna debajo de la gabardina recorrí los cincuenta metros de vuelta a la Potsdamer Platz, más allá de la Compañía de Tranvías de Berlín y del Ministerio de Agricultura, hacia la Columbus Haus. Había luz en los pisos quinto y séptimo, pero no en el octavo. Miré hacia dentro a través de las pesadas puertas de cristal esmerilado. Había un guardia de seguridad sentado al escritorio leyendo un periódico, y un poco más lejos, en el pasillo, una mujer atareada puliendo el suelo con un aparato eléctrico. Empezó a llover al tiempo que yo doblaba la esquina de la Hermann Goering Strasse y, girando a la izquierda, me metía en un estrecho callejón de servicio que llevaba al aparcamiento subterráneo situado en la parte trasera de la Columbus Haus.
Sólo había dos coches aparcados, un DKW y un Mercedes. No parecía probable que ninguno de los dos perteneciera al guardia de seguridad ni a la limpiadora. Lo más probable era que sus propietarios estuvieran todavía arriba, en las oficinas. Detrás de los dos coches, y bajo una luz, había una puerta gris de acero con la palabra «Servicio» escrita en ella; no tenía manija y estaba cerrada con llave. Decidí que probablemente era el tipo de cerradura con un cerrojo de muelle que podía ser descorrido por un pomo desde el interior o por medio de una llave desde el exterior, y pensé que habría una buena posibilidad de que la limpiadora saliera del edificio por aquella puerta.
Comprobé las puertas de los dos coches casi sin pensar y descubrí que la del Mercedes no estaba cerrada. Me senté en el asiento del conductor y tanteé en busca del interruptor de la luz. Los dos faros enormes abrieron un haz de luz en las sombras, como los focos de una reunión del partido en Núremberg. Esperé. Pasaron varios minutos. Aburrido, abrí la guantera. Había un mapa de carreteras, una bolsa de caramelos de menta y un carné de miembro del partido sellado al día. Identifiqué al portador como un tal Henning Peter Manstein. Manstein tenía un número del partido comparativamente bajo, que desmentía la juventud del hombre de la fotografía de la página número nueve del libro. Había todo un tinglado montado con relación a la venta de los primeros números del partido, y no había duda de que así era como Manstein había conseguido el suyo. Un número bajo era esencial para una rápida promoción política. La atractiva y joven cara tenía la mirada ávida de un Violeta de Marzo estampada en cada rasgo, tan claramente como la insignia del partido grabada en un extremo de la foto.
Pasaron quince minutos antes de que oyera cómo se abría la puerta de servicio. Salté del coche. Si era Manstein, tendría que salir por pies. Un amplio círculo de luz se dibujó en el suelo del garaje, y la mujer de la limpieza entró por la puerta.
—Aguante la puerta —le grité. Apagué los faros y cerré de golpe la puerta del coche—. Me he dejado algo arriba —dije—. Pensaba que tendría que dar toda la vuelta para entrar por delante.
Se quedó allí de pie, como atontada, aguantando la puerta mientras yo me acercaba. Cuando estuve cerca se apartó a un lado, diciendo:
—Yo tengo que andar todo el trozo hasta la Nollendorf Platz. No tengo ningún gran coche que me lleve a casa.
Sonreí con una sonrisa de conejo, como el idiota que suponía que debía de ser Manstein.
—Muchas gracias —dije, y murmuré algo sobre haberme dejado la llave en el despacho.
La limpiadora esperó un poco y luego me cedió la puerta. Entré en el edificio y la dejé ir. Se cerró detrás de mí y oí el fuerte clic de la cerradura cuando el pasador se alojó en la cámara.
Las dos puertas dobles con ventanas de ojo de buey se abrían a un pasillo largo y muy iluminado, alineado con montones de cajas de cartón. En el extremo había un ascensor, pero no había forma de utilizarlo sin alertar al guardia. Así que me senté en las escaleras, me quité los zapatos y los calcetines y me los volví a poner al revés, es decir, los calcetines encima de los zapatos. Es un viejo truco, favorito de los revientapisos, para amortiguar el sonido de las suelas de cuero sobre una superficie dura. Me levanté y empecé la larga ascensión.
Cuando llegué al octavo piso el corazón me golpeaba en el pecho por el esfuerzo y por tener que contener la respiración para no hacer ruido. Esperé al final de las escaleras, pero no se oía sonido alguno de ninguno de los despachos vecinos al de Jeschonnek. Iluminé los dos extremos del pasillo con la linterna y luego fui hasta su puerta. Arrodillándome busqué algún cable que pudiera indicar que había una alarma, pero no encontré ninguno. Probé primero con una llave y luego con la otra. La segunda casi giraba, así que la saqué y pulí las aristas con una pequeña lima. Volví a probarla, esta vez con éxito. Abrí la puerta, entré y la cerré detrás de mí por si acaso el guardia decidía hacer su ronda. Enfoqué la linterna sobre el escritorio, por encima de los cuadros y, más allá, hacia la puerta del despacho privado de Jeschonnek. Sin la más mínima resistencia de los engranajes, la llave giró suavemente entre mis dedos. Cubriendo de bendiciones mentales a mi cerrajero, fui hasta la ventana. El signo de neón de la Pschorr Haus bañaba de luz roja el opulento despacho de Jeschonnek, así que la linterna no era necesaria. La apagué.
Me senté al escritorio y empecé a buscar no sabía muy bien qué. Los cajones no estaban cerrados, pero no contenían apenas nada de interés para mí. Me animé cuando di con una agenda de piel roja, pero la leí de principio a fin sin reconocer más que un nombre, el de Hermann Goering, sólo que a la atención de un tal Gerhard von Greis, y en una dirección de la Derfflingerstrasse. Recordé que Weizmann, el de la casa de empeños, había dicho algo sobre que el gordo Hermann tenía un agente que a veces compraba piedras preciosas para él, así que copié la dirección de Von Greis y me la metí en el bolsillo.
El archivador tampoco estaba cerrado con llave, pero tampoco allí obtuve ningún resultado; muchos catálogos de gemas y piedras semipreciosas, un horario de vuelos de Lufthansa, un montón de papeles relacionados con cambios de divisas, algunas facturas y algunas pólizas de seguros de vida, una de ellas con la aseguradora Germania.
Mientras, la gran caja fuerte dormía en un rincón, inexpugnable, burlándose de mis débiles esfuerzos por desvelar los secretos de Jeschonnek, si es que tenía alguno. No era difícil entender por qué aquel lugar no estaba equipado con una alarma. No se podría abrir aquella caja ni aunque se tuviera un camión cargado de dinamita. No quedaba mucho por ver, salvo la papelera. Vacié el contenido encima del escritorio, y empecé a remover los trozos de papel: la envoltura del chicle de Wrigley, el Beobachter de la mañana, dos medias entradas del teatro Lessing, un recibo de caja de los almacenes KDW y algunos papeles arrugados en forma de bola. Los alisé. En uno de ellos estaba el número de teléfono del Adlon, y debajo el nombre «Princesa Mushmi» con un interrogante, y luego tachado varias veces; al lado estaba escrito mi propio nombre. Había otro número de teléfono al lado de mi nombre, y alrededor había dibujadas tantas florituras que parecía una iluminación de una página perteneciente a una Biblia medieval. Ese número era un misterio para mí, aunque reconocí que pertenecía a Berlín Oeste. Descolgué el auricular y esperé la voz de la operadora.
—Número, por favor —dijo.
—JI-90-33.
—Un momento, ahora le pongo.
Hubo un breve silencio en la línea, y luego el teléfono empezó a sonar.
Tengo una memoria excelente cuando se trata de reconocer una cara o una voz, pero quizá me hubiera costado varios minutos situar la educada voz con su ligero acento de Frankfurt que contestó el teléfono. Sin embargo, el hombre se identificó inmediatamente después de confirmar el número.
—Lo siento mucho —murmuré de forma ininteligible—. Me he equivocado de número.
Pero cuando colgué el auricular sabía que él se había creído cualquier cosa menos eso.
9
Fue en una tumba cerca del muro norte del cementerio Nikolai en la Prenzlauer Allee, a muy corta distancia del monumento a la memoria del mártir más venerado del nacionalsocialismo, Horst Wessel, donde se enterraron los cuerpos, uno encima del otro, después de un corto servicio en la Nikolai Kirche, al lado del mercado Molken.
Bajo un asombroso sombrero negro que parecía un enorme piano del mismo color con la tapa levantada, Ilse Rudel era todavía más bella vestida de luto que en la cama. Un par de veces nuestras miradas se cruzaron, pero con los labios apretados, como si hubiera tenido mi cuello entre los dientes, miró a través de mí como si fuera un trozo de vidrio sucio. El mismo Six mantenía una expresión que era más furiosa que desconsolada: con las cejas fruncidas y la cabeza inclinada, miraba fijamente dentro de la tumba como si, por medio de un esfuerzo de voluntad sobrenatural, tratara de que le devolviera a su hija con vida. Y luego estaba Haupthändler, que parecía simplemente pensativo, como alguien para quien había otros asuntos de mayor urgencia, por ejemplo cómo deshacerse de un collar de diamantes. La aparición en la papelera de Jeschonnek, y en la misma hoja de papel, del número privado de Haupthändler, el del hotel Adlon, mi propio nombre y el de la falsa princesa, demostraba una posible cadena causal: alarmado por mi visita, pero al mismo tiempo intrigado por mi historia, Jeschonnek había llamado al Adlon para confirmar la existencia de una princesa india y, una vez hecho esto, había telefoneado a Haupthändler para enfrentarlo a una serie de hechos concernientes a la propiedad y el robo de la joya, que discrepaban de lo que posiblemente se le había dicho anteriormente.
Quizá. Por lo menos, era suficiente para empezar.
En un momento dado, Haupthändler me miró fija e impasiblemente durante varios segundos, pero no pude leer nada en sus rasgos: ni culpabilidad, ni miedo, ni desconocimiento de la conexión que yo había establecido entre él y Jeschonnek, ni tampoco sospecha alguna de ella. No vi nada que me hiciera pensar que era incapaz de haber cometido un doble crimen. Pero con toda certeza no era un dedos profesional; entonces, ¿es que había logrado convencer a Frau Pfarr para que le abriera la caja? ¿Le había hecho el amor a fin de llegar hasta sus joyas? Dadas las sospechas de Ilse Rudel sobre que podrían haber tenido un asunto, había que contarlo como una de las posibilidades.
Había otras caras que reconocí. Viejos rostros de la Kripo: el Reichskriminaldirektor Arthur Nebe; Hans Lobbe, jefe del Ejecutivo de la Kripo; y una cara que, con sus gafas sin montura y su pequeño bigote, más parecía pertenecer a un puntilloso maestrillo que al jefe de la Gestapo y Reichsführer de las SS. La presencia de Himmler en el funeral confirmaba la impresión de Bruno Stahlecker, la de que Pfarr había sido el alumno estrella del Reichsführer, y que éste no estaba ni medio dispuesto a dejar que el asesino se librara sin castigo.
De una mujer sola que pudiera haber sido la amante que Bruno había dicho que mantenía Paul Pfarr, no había ninguna señal. No es que realmente esperara verla allí, pero nunca se sabe.
Después del entierro, Haupthändler vino con unas cuantas palabras admonitorias de su patrono, que era también el mío.
—Herr Six no ve ninguna necesidad de que se ocupe usted de lo que es esencialmente un asunto de la familia. También me ha dicho que le recuerde que se le paga según una tarifa diaria.
Observé cómo los deudos subían a sus negros coches, y luego Himmler y los altos jefes de la Kripo, a los suyos.
—Mire, Haupthändler —dije—. Déjese de monsergas. Dígale a su jefe que si piensa que puede esconder la liebre en un saco, lo mejor será que me deje en paz ahora mismo. No estoy aquí porque me guste el aire libre y los panegíricos funerarios.
—Entonces, ¿por qué está aquí, Herr Gunther?
—¿Ha leído alguna vez La canción de los nibelungos?
—Naturalmente.
—Entonces recordará que los guerreros nibelungos querían vengar la muerte de Sigfrido. Pero no sabían a quién tenían que culpar. Así que empezaron la prueba de la sangre. Los guerreros de Borgoña pasaron uno a uno por delante del féretro del héroe. Y cuando le tocó el turno a Hagen, las heridas de Sigfrido volvieron a sangrar, revelando así la culpabilidad de Hagen.
Haupthändler sonrió.
—No creo que la investigación moderna se base en algo así, ¿verdad?
—La detección debe observar los pequeños ceremoniales, Herr Haupthändler, aunque sean aparentemente anacrónicos. Quizá haya notado que no he sido la única persona dedicada a descubrir la solución de este caso que estaba presente en el funeral.
—¿Está sugiriendo en serio que alguno de los presentes pudiera haber matado a Paul y Grete Pfarr?
—No sea tan burgués. Por supuesto que es posible.
—Es algo totalmente absurdo, eso es lo que es. De todos modos, ¿tiene a alguien en mente para el papel de Hagen?
—Lo estoy estudiando.
—Entonces confío en que, en un plazo corto, podrá informar a Herr Six de que lo ha identificado. Que tenga buenos días.
Tuve que admitir una cosa: si Haupthändler había matado a los Pfarr, entonces tenía la sangre más fría que un cofre de tesoro sumergido a cincuenta brazas de profundidad.
Conduje por la Prenzlauer Strasse abajo hasta la Alexanderplatz. Recogí el correo y subí al despacho. La mujer de la limpieza había abierto la ventana, pero seguí oliendo a alcohol. Debió de pensar que me bañaba en él.
Había un par de cheques, una factura y una nota de Neumann, entregada en mano, pidiéndome que me reuniera con él en el Café Kranzler a las doce. Miré el reloj; eran casi las once y media.
Frente al Memorial de Guerra de Alemania, una compañía del Reichswehr estaba trabajando en favor del negocio de los podólogos acompañada por una banda. A veces creo que en Alemania debe de haber más bandas que coches. Ésta se puso a tocar La marcha de caballería del Gran Elector y se lanzó a toda velocidad hacia Branderburger Tor. Todos los espectadores se aplicaron a ejercitar los brazos derechos, así que me demoré, deteniéndome a la entrada de una tienda, a fin de no tener que unirme a ellos.
Reemprendí la marcha, siguiendo el desfile a una distancia discreta y reflexionando sobre las últimas alteraciones sufridas por la más famosa avenida de la capital: cambios que el gobierno consideraba necesarios para hacer que Unter den Linden fuera más adecuada para los desfiles militares como el que estaba presenciando. No contento con retirar la mayoría de los tilos que habían dado nombre a la avenida, había erigido columnas dóricas en cuya cima descansaban águilas germanas; se habían plantado nuevos tilos, pero éstos no llegaban ni siquiera a la altura de las farolas. El carril central se había ampliado, de forma que las columnas militares pudieran marchar en fondo de a doce, y se había esparcido arena roja sobre él para que las altas botas no resbalaran. Y se estaban levantando blancas astas de bandera para las inminentes Olimpiadas. Unter den Linden siempre había sido una avenida ostentosa, sin demasiada armonía, con su mezcla de diseños y estilos arquitectónicos; pero esa ostentación era ahora brutal. El bohemio sombrero de fieltro se había convertido en un Pickelhaube.
El Café Kranzler, en la esquina de la Friedrichstrasse, era popular entre los turistas, y los precios eran, por lo tanto, altos; así que no era el tipo de sitio que habría pensado que Neumann escogería para un encuentro. Lo encontré agitándose nervioso ante una taza de café y un trozo inacabado de pastel.
—¿Qué pasa? —le dije sentándome a su lado—. ¿Has perdido el apetito?
Neumann dijo desdeñosamente, mirando al plato:
—Es igual que este gobierno. Parece estupendo, pero no sabe absolutamente a nada. Es un asqueroso sucedáneo de nata.
Llamé al camarero y pedí dos cafés.
—Mire, Herr Gunther, ¿podemos ir rápido? Voy a Karlshorst esta tarde.
—Ah, ¿te han dado un soplo?
—Bueno, en realidad...
—Neumann —dije riéndome—, no apostaría por un caballo que tú apoyaras incluso si pudiera dejar atrás al expreso de Hamburgo.
—Pues que le jodan —me espetó.
Si acaso pertenecía a la raza humana, Neumann era su espécimen menos atractivo. Sus cejas, retorcidas y rizadas como dos orugas venenosas, se unían en un garabato irregular de pelo mal conjuntado. Detrás de unos gruesos cristales casi opacos por las grasientas huellas de sus dedos, sus ojos grises, furtivos y nerviosos, vigilaban el suelo, como si esperara que en cualquier momento fuera a encontrarse tendido de bruces en él. El humo del cigarrillo salía de entre unos dientes tan manchados de tabaco que parecían dos vallas de madera.
—No tendrás problemas, ¿eh?
La cara de Neumann adoptó una expresión flemática.
—Les debo algo de pasta a algunos, eso es todo.
—¿Cuánto?
—Un par de cientos.
—Así que vas a Karlshorst para ver si ganas una parte, ¿es así?
Se encogió de hombros.
—¿Y qué si es así? —Apagó el cigarrillo y buscó otro en sus bolsillos—. ¿Tiene un pitillo?
Le lancé el paquete a través de la mesa.
—Quédatelo —dije, encendiendo los dos cigarrillos—. Un par de cientos, ¿eh? ¿Sabes?, quizá podría ayudarte. Puede que incluso darte algo más. Es decir, si me das la información que necesito.
Neumann levantó las cejas.
—¿Qué clase de información?
Di una calada al cigarrillo y aguanté el humo en lo más hondo de los pulmones.
—El nombre de un dedos. Un revientacajas profesional que pudiera haber hecho un trabajo hace una semana, robando algunas piedras.
Frunció los labios y sacudió lentamente la cabeza.
—No he oído nada, Herr Gunther.
—Bueno, pues si oyes algo, asegúrate de decírmelo.
—Por otro lado —dijo, bajando la voz—, le podría decir algo que le pondría a bien con la Gestapo.
—¿Qué es?
—Sé dónde está escondido un submarino judío —dijo sonriendo con aire relamido.
—Neumann, ya sabes que no me interesa esa mierda. —Pero al hablar, pensé en Frau Heine, mi cliente, y en su hijo—. Espera un momento, ¿cómo se llama ese judío?
Neumann me dio un nombre y sonrió. Fue una visión repugnante. El suyo era un orden de vida no mucho más alto que la esponja calcárea. Señalé con el dedo directamente a su nariz.
—Si llega a mis oídos que ese submarino ha sido sacado de su escondrijo, no tendré que averiguar quién lo ha delatado. Y te prometo Neumann que vendré y te arrancaré esa mierda de párpados tuyos.
—¿Y a usted qué le va? —lloriqueó—. ¿Desde cuándo ha sido el caballero de la brillante armadura?
—Su madre es cliente mía. Antes de que olvides que has oído siquiera hablar de él, quiero que me des la dirección en donde está para poder decírselo a ella.
—Está bien, está bien. Pero eso tiene que valer algo, ¿no?
Saqué la cartera y le di un billete de veinte. Luego anoté la dirección que Neumann me dio.
—Darías asco a un escarabajo pelotero —dije—. Ahora, ¿qué hay del revientacajas?
Me miró, exasperado, con cara de pocos amigos.
—Oiga, le dije que no tenía nada.
—Eres un embustero.
—De verdad, Herr Gunther, no sé nada de nada. Si lo supiera, se lo diría. Necesito el dinero, ¿no?
Tragó con fuerza y se secó el sudor de la frente con un pañuelo que era un peligro para la salud pública. Evitando mirarme, apagó el cigarrillo, que sólo había fumado a la mitad.
—No actúas como alguien que no sabe nada —dije—. Me parece que tienes miedo de algo.
—No —dijo con una voz apagada.
—¿Has oído hablar de la Escuadra Gay?
Negó con la cabeza.
—Puede decirse que eran colegas míos. Estaba pensando en que si me llego a enterar de que me has ocultado algo, hablaré con ellos. Les diré que eres un apestoso para 175.
Me miró con una mezcla de sorpresa e indignación.
—¿Es que acaso me gusta platanear? No soy marica, y usted sabe que no lo soy.
—Yo sí, pero ellos no. Y ¿a quién van a creer?
—Usted no me haría algo así —dijo, agarrándome de la muñeca.
—Por lo que he oído, los de la acera de enfrente no lo pasan muy bien en los campos de concentración.
Neumann fijó la mirada, sombrío, en su café.
—Es usted un cabrón del diablo —dijo suspirando—. Un par de cientos, ha dicho. Y un poco más.
—Cien ahora, y doscientos más si la información lo vale.
Empezó a retorcerse.
—No sabe lo que me está pidiendo, Herr Gunther. Hay una red de por medio. Me matarían seguro si descubrieran que me he chivado.
Las redes eran sindicatos de ex presidiarios dedicados oficialmente a la rehabilitación de los delincuentes; tenían respetables nombres de clubes, y sus reglas y normas hablaban de actividades deportivas y reuniones sociales. No era raro que una red diera una cena fastuosa (todas eran muy ricas) en la cual aparecían abogados defensores y oficiales de la policía como invitados de honor. Pero detrás de sus semirrespetables fachadas, las redes no eran más que instituciones del crimen organizado en Alemania.
—¿Cuál de ellas es? —pregunté.
—Fuerza Alemana.
—Bueno, no se enterarán. De cualquier modo, ninguna de ellas es tan poderosa como antes. Sólo hay una red que puede hacer buenos negocios en estos días y es el partido.
—Puede que el vicio y las drogas hayan recibido bastante, pero las redes siguen dominando el juego, el tráfico de divisas, el mercado negro, los nuevos pasaportes, los préstamos con usura y el comercio de mercancías robadas. —Encendió otro cigarrillo—. Créame, Herr Gunther, siguen siendo fuertes. No le interesa molestarlos. —Bajó la voz y se inclinó hacia mí—. Incluso me han llegado fuertes rumores de que se cargaron a un viejo Junker[2] que trabajaba para el primer ministro. ¿Qué le parece eso, eh? Los polis ni siquiera saben todavía que está muerto.
Me estrujé el cerebro y di con el nombre que había copiado de la agenda de Gert Jeschonnek.
—El nombre de ese Junker ¿no sería por casualidad Von Greis?
—No oí ningún nombre. Lo único que sé es que está muerto y que los polis todavía siguen buscándolo.
Dejó caer la ceniza, con un aire descuidado, en el cenicero.
—Cuéntame lo del revientacajas.
—Bueno, me parece que sí que oí algo. Hace como un mes un tipo llamado Kurt Mutschmann acabó una condena de dos años en la cárcel de Tegel. Por lo que he oído de él, Mutschmann es un verdadero artista. Podría abrir las piernas de una monja con rigor mortis. Pero los polis no saben nada de él. Lo metieron entre rejas por reventar un coche; nada que ver con su línea de trabajo habitual. A lo que íbamos, es un hombre de Fuerza Alemana, y cuando salió, la red estaba allí para cuidar de él. Al cabo de un tiempo, le dieron su primer trabajo. No sé qué fue. Pero aquí viene lo interesante, Herr Gunther. Ahora, el jefe de Fuerza Alemana, Rot Dieter, ha puesto precio a la cabeza de Mutschmann, que no aparece por ninguna parte. Se dice que ese Mutschmann lo ha traicionado.
—¿Has dicho que Mutschmann es un profesional?
—Uno de los mejores.
—¿Dirías que el asesinato va incluido en sus servicios?
—Bueno, yo no conozco al hombre personalmente. Pero por lo que he oído, es un artista. No suena a parte de su espectáculo.
—¿Y qué hay de ese Rot Dieter?
—Es un cabrón de pies a cabeza. Mataría igual que otro se hurgaría la nariz.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—No le dirá que fui yo quien se lo dijo, ¿verdad, Herr Gunther? Ni siquiera si le apuntaran con una pistola.
—No —dije mintiendo; la lealtad tiene sus límites.
—Bueno, podría probar en el restaurante Reinhold, en la Potsdamer Platz. O en el Germania. Y si me hace caso, será mejor que lleve una pipa.
—Me conmueve tu interés por mi bienestar, Neumann.
—Se olvida del dinero —dijo, corrigiéndome—. Dijo que me daría otros doscientos marcos si la historia cuadraba.
Hizo una pausa, y luego añadió:
—Y cien ahora.
Saqué la cartera y le di un par de billetes de cincuenta. Los puso al contraluz de la ventana para escudriñar las filigranas.
—Debes de estar bromeando.
Neumann me miró sin entender.
—¿Sobre qué? —preguntó, y se embolsó rápidamente el dinero.
—Olvídalo. —Me levanté y dejé algo de dinero suelto encima de la mesa—. Una cosa más. ¿Recuerdas cuándo oíste hablar de que habían puesto precio a Mutschmann?
Neumann adoptó el aire más pensativo que pudo.
—Ahora que lo pienso, fue la semana pasada, casi al mismo tiempo que oí que habían matado a ese Junker.
Me encaminé hacia el oeste, bajando por Unter den Linden hacia la Pariser Platz y el Adlon.
Atravesé el elegante portal del hotel y entré en el suntuoso vestíbulo, con sus columnas cuadradas de mármol oscuro veteado de amarillo. Por todas partes había objects d’art de buen gusto, y de cada rincón salía el brillo de más mármol. Entré en el bar, que estaba lleno de periodistas extranjeros y gentes de las embajadas, y le pedí al barman, un viejo amigo mío, una cerveza y poder utilizar su teléfono. Llamé a Bruno Stahlecker en el Alex.
—Hola, soy yo, Bernie.
—¿Qué quieres, Bernie?
—¿Qué hay de Gerhard von Greis? —dije.
Se produjo un largo silencio.
—¿Qué pasa con él?
La voz de Bruno sonaba un tanto desafiante, como si me retara a saber más de lo que se suponía que debía saber.
—Por el momento sólo es un nombre en un trozo de papel.
—¿Eso es todo?
—Bueno, he oído decir que ha desaparecido.
—¿Te importaría decirme cómo lo has oído?
—Vamos, Bruno, ¿por qué eres tan evasivo? Mira, me lo dijo mi pájaro cantor, ¿vale? Quizá, si supiera algo más, podría ayudarte.
—Bernie, en este momento tenemos dos casos explosivos en este departamento, y parece que estás metido en los dos. Eso me preocupa.
—Si hace que te sientas mejor, hoy me acostaré temprano. Échame una mano, hombre.
—Eso suma dos en una semana.
—Te lo debo.
—De eso no hay ni una puta duda.
—Vale, ¿cuál es la historia?
Stahlecker bajó la voz.
—¿Has oído hablar de Walther Funk?
—¿Funk? No, no creo. Espera un momento, ¿no es un pez gordo del mundo de los negocios?
—Antes era el asesor económico de Hitler. Ahora es vicepresidente de la Cámara de Cultura del Reich. Según parece, él y Herr Von Greis sentían un cariño mutuo. Von Greis era el novio de Funk.
—Pensaba que el Führer no soportaba a los maricas.
—Tampoco soporta a los tullidos, así que ¿qué hará cuando descubra lo del pie deforme de Pepe Goebbels?
Era un chiste viejo, pero me reí de todos modos.
—Así que la razón para andar de puntillas es que podría ser embarazoso para Funk, y por lo tanto, también para el gobierno, ¿no?
—No es sólo eso. Von Greis y Goering son viejos amigos. Sirvieron en el ejército juntos durante la guerra. Goering ayudó a Von Greis a conseguir su primer empleo en la I. G. Farben. Y últimamente ha estado actuando como agente de Goering, comprando obras de arte y ese tipo de cosas. El Reichskriminaldirektor tiene mucho interés en que encontremos a Greis lo antes posible. Pero ha pasado ya una semana y seguimos sin tener señales suyas. Funk y él tenían un nido de amor secreto en la Privatstrasse, del que la mujer de Funk no sabía nada. Pero no ha estado allí desde hace días.
Del bolsillo saqué el trozo de papel en el que había copiado una dirección de la agenda de Jeschonnek. Era un número de Derfflingerstrasse.
—Privatstrasse, ¿eh? ¿No hay ninguna otra dirección?
—No, que yo sepa.
—¿Estás encargado del caso, Bruno?
—No, no lo estoy, ya no. Dietz se ha hecho cargo.
—Pero él está trabajando en el caso Pfarr, ¿no?
—Eso creo.
—Bueno, ¿y eso no te dice nada?
—No lo sé, Bernie. Estoy demasiado ocupado tratando de ponerle un nombre a un tipo con medio taco de billar metido por la nariz para ser un auténtico detective como tú.
—¿Es el que sacaron del río?
Bruno soltó un suspiro irritado.
—¿Sabes?, un día te diré algo que todavía no sepas.
—Illmann me habló de él. Me tropecé con él la otra noche.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde fue eso?
—En el depósito. Allí es donde conocí a tu cliente. Un tipo bien parecido. Quizá sea Von Greis.
—No, ya pensé en eso. Von Greis tiene un tatuaje en el antebrazo derecho: un águila imperial. Mira, Bernie, tengo que dejarte. Como te he dicho un centenar de veces, no me ocultes nada. Si sabes algo, dímelo. Mi jefe la tiene tomada conmigo y me iría bien una ayuda.
—Como te he dicho, te debo una, Bruno.
—Dos, me debes dos, Bernie.
Colgué e hice otra llamada, esta vez al director de la prisión de Tegel. Concerté una cita para verlo y luego pedí otra cerveza. Mientras bebía hice unos cuantos garabatos en un trozo de papel, ese tipo de garabatos algebraicos que esperas que te ayuden a pensar con más claridad. Cuando acabé, estaba aún más confuso que antes. El álgebra nunca ha sido mi fuerte. Sabía que estaba llegando a algún sitio, pero pensé que me preocuparía sobre qué sitio era sólo cuando llegara.
10
La Derfilingerstrasse era un sitio muy conveniente para ir al nuevo Ministerio del Aire, situado en el extremo sur de la Wilhelmstrasse, esquina a Leipzigerstrasse, por no hablar del palacio presidencial, en la cercana Leipzigerplatz: conveniente para que Von Greis atendiera las necesidades de su amo, en su calidad de jefe de la Luftwaffe y primer ministro de Prusia.
El piso de Von Greis estaba en la tercera planta de un elegante edificio. No había señal alguna de un portero, así que subí directamente. Llamé con el picaporte y esperé. Después de un par de minutos, me incliné para mirar por el buzón. Con gran sorpresa me encontré con que la puerta se abría al empujar hacia atrás la pestaña del buzón.
No necesité mi gorro de explorador para darme cuenta de que el sitio había sido registrado de arriba abajo. El parqué del largo recibidor estaba cubierto de libros, papeles, sobres y carpetas vacías, así como una buena cantidad de cristales rotos que procedían de las puertas de una gran librería.
Crucé un par de puertas y me detuve en seco al oír el roce de una silla en una de las habitaciones que había delante de mí. Instintivamente eché mano a la pistola. Por desgracia, seguía en el coche. Iba a coger un pesado sable de caballería que colgaba de la pared cuando oí romperse un cristal bajo el pie de alguien y un doloroso golpe en la nuca me envió a lo más profundo de un agujero en el suelo.
Durante lo que me parecieron horas, aunque sólo debieron de ser unos minutos, me quedé en el fondo de un profundo pozo. Luchando por recuperar el sentido, sentí algo en el bolsillo, y luego una voz que llegaba de muy lejos. Luego noté cómo alguien me levantaba cogiéndome por los brazos, me arrastraba un par de kilómetros y me metía la cara debajo de una cascada.
Sacudí la cabeza y levanté una mirada bizqueante hacia el hombre que me había golpeado. Era casi un gigante con un montón de boca y mejillas, como si las hubiera rellenado con un par de rebanadas de pan. Llevaba una camisa alrededor del cuello, pero era del tipo que uno encontraba en el sillón de una barbería, y era la clase de cuello que tendría que estar uncido a un arado. Las mangas de su chaqueta estaban rellenas con varios kilos de patatas, y acababan prematuramente, revelando unas muñecas y unos puños del tamaño y color de dos langostas hervidas. Respirando profundamente, sacudí la cabeza con mucho dolor. Me senté lentamente, sujetándome el cuello con las dos manos.
—Joder, ¿con qué me has golpeado? ¿Con un trozo de vía de tren?
—Lo siento —dijo mi atacante—, pero cuando vi que ibas a coger el sable, decidí frenarte un poco.
—Supongo que he tenido suerte de que no decidieras noquearme, porque si no...
Señalé con la cabeza mis papeles, que estaban en las enormes zarpas del gigante.
—Parece que sabes quién soy. ¿Te importa decirme quién eres? Me parece como si debiera conocerte.
—Rienacker, Wolf Rienacker. Gestapo. Antes eras un poli, ¿verdad? En el Alex.
—Exacto.
—Y ahora eres un olisqueador. ¿Qué te ha traído hasta aquí?
—Buscaba a Herr Von Greis.
Eché una mirada por la habitación. Había mucho desorden, pero no parecía que faltaran muchas cosas. Un centro de mesa de plata, inmaculado, descansaba en el aparador, cuyos cajones estaban tirados por el suelo; había varias docenas de óleos apoyados en la pared, en pulcras filas. Estaba claro que quienquiera que hubiera registrado la casa no iba detrás del botín usual, sino de algo en particular.
—Comprendo —asintió lentamente—. ¿Sabes a quién pertenece este piso?
Me encogí de hombros.
—Supongo que a Herr Von Greis.
Rienacker sacudió aquella cabeza suya, grande como un cubo.
—Sólo parte del tiempo. No, el apartamento es propiedad de Hermann Goering. Pocas personas lo saben, muy pocas.
Encendió un cigarrillo y me lanzó el paquete. Encendí uno y fumé, agradecido. Observé que me temblaba la mano.
—Así que el primer misterio es cómo lo sabías tú —continuó Rienacker—. El segundo es por qué querías hablar con Von Greis. ¿Podría ser que estuvieras buscando lo mismo que buscaba la primera pandilla? El tercer misterio es dónde está Von Greis ahora. Puede estar escondido, puede que alguien se lo cargara, puede que esté muerto. No lo sé. Este sitio fue registrado hace una semana. Yo he vuelto esta tarde para echar otra mirada por si hubiera algo que se me hubiera pasado por alto la primera vez, y para reflexionar un poco, y mira por dónde, apareces tú por la puerta. —Dio otra calada al cigarrillo. En el enorme jamón que era su mano, parecía un diente de leche—. Es mi primer movimiento en este caso. Así que ¿qué te parece si empiezas a hablar?
Me incorporé, enderecé la corbata y traté de arreglarme el empapado cuello.
—Déjame que intente comprenderlo —dije—. Tengo un amigo en el Alex que me dijo que la policía no conocía este lugar, pero aquí estás tú vigilando. Lo cual me lleva a suponer que tú, o quienquiera que sea para el que trabajas, lo quiere de esa manera. Preferiríais encontrar a Von Greis, o por lo menos averiguar qué hace que sea tan popular, antes que ellos. Veamos, no fue la plata y no fueron los cuadros, porque siguen estando aquí.
—Sigue.
—Éste es el apartamento de Goering, o sea que imagino que eso te convierte en el sabueso de Goering. No hay razón alguna por la que Goering tuviera que sentir estimación alguna por Himmler. Después de todo, Himmler le ganó el control de la policía y de la Gestapo. Así que tendría sentido que Goering quisiera evitar involucrar a los hombres de Himmler más de lo necesario.
—¿No estarás olvidando algo? Yo trabajo para la Gestapo.
—Rienacker, puede que sea fácil aporrearme, pero no soy un estúpido. Los dos sabemos que Goering tiene un montón de amigos en la Gestapo. Lo cual apenas puede sorprendernos, ya que fue él quien la montó.
—¿Sabes?, tendrías que haber sido detective.
—Mi cliente piensa más o menos lo mismo que el tuyo sobre lo de implicar a la policía en este asunto. Lo cual significa que puedo ser sincero contigo, Rienacker. Mi hombre echa en falta un cuadro, un óleo que adquirió fuera de los canales reconocidos, así que, como ves, sería mejor que la policía no supiera nada de él.
El enorme policía no dijo nada, o sea que continué:
—De todos modos, lo robaron de su casa hace un par de semanas. Y ahí es donde entro yo. He estado dando vueltas entre algunos traficantes y ha llegado a mis oídos que Hermann Goering es un entusiasta comprador de arte; que en algún lugar en las profundidades de Karinhall tiene una colección de viejos maestros, no todos adquiridos legalmente. Me entero de que tiene un agente, Herr Von Greis, para todos los asuntos relativos a las compras de arte. Así que decido venir aquí y ver si puedo hablar con él. Quién sabe, puede que el cuadro que estoy buscando sea uno de esos amontonados contra la pared.
—Puede ser —dijo Rienacker—. Siempre suponiendo que yo te crea. ¿De qué pintor es y cuál es el tema del cuadro?
—Rubens —dije, disfrutando de mi propia inventiva—. Dos mujeres desnudas, de pie al lado de un río. Se llama Las bañistas, o algo así. Tengo una reproducción en el despacho.
—¿Y quién es tu cliente?
—Me temo que eso no puedo decírtelo.
—Podría tratar de convencerte —dijo Rienacker cerrando un puño lentamente.
—Seguiría sin decírtelo —dije encogiéndome de hombros—. No es que sea un tipo honorable, que protege la reputación de mi cliente y toda esa basura. Es sólo que me darán una buena comisión si lo encuentro. Este caso es mi gran oportunidad de hacer algo de auténtica pasta, y si me cuesta unos cuantos cardenales y algunas costillas rotas, pues qué le vamos a hacer, así es la vida.
—De acuerdo —dijo Rienacker—. Echa una mirada a los cuadros si quieres. Pero si está ahí, primero tendré que comprobarlo.
Volví a ponerme de pie sobre mis temblorosas piernas y fui hasta los cuadros. No sé mucho de arte, pero de todos modos, reconozco la calidad cuando la veo, y la mayoría de los cuadros del apartamento de Goering eran auténticos. Con gran alivio por mi parte, no había ninguno que tuviera una mujer desnuda, así que no fue necesario que tratara de adivinar si lo había pintado Rubens o no.
—No está aquí —dije finalmente—. Pero gracias por dejarme echar un vistazo.
Rienacker asintió con la cabeza.
En el vestíbulo recogí mi sombrero y volví a ponérmelo en la dolorida cabeza. Él dijo:
—Estoy en la comisaría de la Charlottenstrasse, esquina con la Französische Strasse.
—Sí, lo sé —dije—. Por encima del restaurante Lutter y Wegner, ¿no?
Rienacker asintió.
—Y sí —continué—, si oigo algo te lo haré saber.
—No te olvides de hacerlo —gruñó, y me dejó marchar.
Cuando llegué a la Alexanderplatz, me encontré con que había alguien esperándome en la sala de espera.
Tenía buen tipo y era bastante alta, vestía un traje negro, que prestaba a sus impresionantes curvas el contorno de una guitarra española bien hecha. La falda era corta, estrecha y ajustada a su amplio trasero, y el corte de la chaqueta estaba pensado para darle una línea de talle alto, con la abundante tela fruncida para adaptarse bajo su importante busto. En la cabeza, de pelo negro y brillante, llevaba un sombrero también negro con el ala vuelta hacia arriba todo alrededor, y entre las manos sujetaba un bolso de paño negro con un asa y cierre blancos, y un libro que dejó cuando yo entré.
Sus azules ojos y su boca, perfectamente pintada, sonrieron con una cordialidad cautivadora.
—Herr Gunther, supongo.
Asentí sin hablar.
—Soy Inge Lorenz. Una amiga de Eduard Müller. Del Berliner Morgenpost.
Nos estrechamos las manos, y yo abrí la puerta del despacho.
—Entre y póngase cómoda —dije.
Echó una mirada alrededor de la habitación y husmeó el aire un par de veces. Seguía oliendo como el delantal de un tabernero.
—Perdón por el olor. Me temo que tuve un pequeño accidente.
Fui a la ventana y la abrí. Cuando me di la vuelta me la encontré al lado.
—Una vista impresionante —observó.
—No está mal.
—Berlin Alexanderplatz. ¿Ha leído la novela de Döblin? —me preguntó.
—Ahora no tengo mucho tiempo para leer —dije—. Y además, hay tan pocas cosas que valgan la pena...
—Por supuesto, es un libro prohibido —dijo—, pero debería leerlo, mientras dure su nuevo periodo de circulación.
—No la entiendo.
—Ah, ¿no se ha dado cuenta? Los escritores prohibidos están de vuelta en las librerías. Es por las Olimpiadas. Para que los turistas no piensen que aquí hay una represión tan severa como van diciendo por ahí. Por supuesto, desaparecerán de nuevo tan pronto como todo termine, pero aunque sólo sea porque están prohibidos uno debería leerlos.
—Gracias. Lo tendré presente.
—¿Tiene un cigarrillo?
Abrí la caja de plata del escritorio y se la acerqué sujetándola por la tapa. Cogió un cigarrillo y me dijo que le diera fuego.
—El otro día, en un café de la Kurfürstendamm, encendí uno distraída y un viejo entrometido se me acercó para recordarme mi deber como mujer alemana: esposa o madre. Ni en sueños, pensé. Tengo casi treinta y nueve años, a duras penas la edad de empezar a producir nuevos reclutas para el partido. Soy lo que llaman una calamidad eugenésica.
Se sentó en uno de los sillones y cruzó aquellas hermosas piernas suyas. No veía nada calamitoso en ella, excepto quizá los cafés que frecuentaba.
—Hemos llegado a un punto en que una mujer no puede salir un poco maquillada por miedo a que la llamen puta.
—No me da la impresión de que sea del tipo que se preocupa mucho por lo que le llame la gente —dije—. Además, da la casualidad de que me gustan las mujeres con aspecto de damas, no de lecheras de Hesse.
—Gracias, Herr Gunther —dijo sonriendo—. Es muy amable por su parte.
—Müller dice que antes era reportera para el DAZ.
—Sí, es cierto. Perdí mi empleo durante la campaña del partido «Sacad a las mujeres de la industria». Una forma ingeniosa de resolver el problema del desempleo alemán, ¿no cree? Basta con decir que una mujer ya tiene un empleo, que es cuidar de la casa y de la familia. Si no tiene marido, más le vale hacerse con uno, si sabe lo que le conviene. La lógica es escalofriante.
—¿Cómo se gana la vida ahora?
—Trabajé un poco como freelance. Pero en este mismo momento, francamente, Herr Gunther, estoy sin blanca, y por eso estoy aquí. Müller dice que está buscando alguna información sobre Hermann Six. Me gustaría tratar de vender lo que sé. ¿Lo está investigando?
—No, en realidad es mi cliente.
—Oh —dijo, y sonó un tanto desilusionada al oír eso.
—Hay algo en la forma en que me contrató que hace que quiera saber mucho más de él —expliqué—, y no me refiero sólo a qué escuela fue. Supongo que podríamos decir que me irritó. Verá, es que no me gusta que me digan lo que tengo que hacer.
—Eso no es una actitud muy sana en estos días.
—Eso me temo. —Le sonreí—. ¿Digamos cincuenta marcos por lo que sabe?
—¿Y si decimos cien y así no sufrirá una decepción?
—¿Qué tal setenta y cinco y una cena?
—Trato hecho.
Me tendió la mano y cerramos el acuerdo con un apretón.
—¿Hay un archivo o algo así, Fräulein Lorenz?
Se dio unos golpecitos en la cabeza.
—Por favor, llámame Inge. Está todo aquí, hasta el último detalle.
Y a continuación me lo contó.
—Hermann Six nació, hijo de uno de los hombres más ricos de Alemania, en abril de 1881, nueve años, día por día, antes de que nuestro amado Führer entrara en este mundo. Dado que has mencionado la escuela, fue al König Wilhelm Gymnasium, de Berlín. Más tarde entró en la Bolsa, y luego en el negocio de su padre, que era, claro está, la Acería Six.
»Al igual que Fritz Thyssen, el heredero de otra gran fortuna familiar, el joven Six era un ardiente nacionalista, que organizó la resistencia pasiva contra la ocupación francesa del Ruhr en 1923. Por eso, tanto él como Thyssen fueron arrestados y encarcelados. Pero aquí termina la similitud entre los dos, porque, a diferencia de Thyssen, a Six nunca le ha gustado Hitler. Era un nacionalista conservador, nunca un nacionalsocialista, y cualquier apoyo que pueda haber prestado al partido ha sido puramente pragmático, por no decir oportunista.
»Entretanto se casó con Lisa Voegler, una antigua actriz de la compañía oficial del Teatro Estatal de Berlín. Tuvieron sólo una hija, Grete, nacida en 1911. Lisa murió de tuberculosis en 1934, y Six se casó con Ilse Rudel, la actriz.
Inge Lorenz se levantó y empezó a pasear arriba y abajo mientras hablaba. Mirándola resultaba difícil concentrarse: cuando se daba la vuelta mis ojos se pegaban a su trasero, y cuando se volvía a poner de cara a mí, se fijaban en su vientre.
—He dicho que a Six no le interesaba el partido. Eso es cierto. Pero se oponía igualmente a la causa sindical, y le gustó la manera en que el partido se aplicó a neutralizarla cuando llegó al poder. Pero es el llamado socialismo del partido lo que se le atraganta de verdad. Y la política económica del partido. Six fue uno de los diversos hombres de negocios presentes en una reunión secreta sostenida, a principios de 1933, en el palacio presidencial, en la cual Hitler y Goering explicaron la futura política económica nacionalsocialista. Como quiera que fuera, aquellos empresarios contribuyeron con varios millones de marcos a las arcas del partido, confiando en la fuerza de la promesa de Hitler de eliminar a los bolcheviques y restablecer el ejército. Fue un romance que no duró demasiado tiempo. Al igual que muchos industriales alemanes, Six favorece la expansión de los negocios y el aumento del comercio. Específicamente, en lo que hace a la industria del acero prefiere comprar sus materias primas en el exterior, porque es más barato. Sin embargo, Goering no está de acuerdo y cree que Alemania tendría que ser autosuficiente en mineral de carbón, como en todo lo demás. Cree en un nivel controlado del consumo y las exportaciones. Es fácil ver por qué.
Hizo una pausa, esperando que le proporcionara la explicación que tan fácil era de ver.
—¿Ah, sí? —dije yo.
Chasqueó la lengua, suspiró y meneó la cabeza, todo al mismo tiempo.
—Pues claro que lo es. La verdad es que Alemania se está preparando para la guerra y, por eso, la política económica convencional tiene poca o ninguna importancia.
Asentí inteligentemente.
—Sí, ya veo lo que quieres decir.
Se sentó en el brazo del sillón y se cruzó de brazos.
—El otro día estuve hablando con alguien que sigue trabajando en el DAZ —dijo—, y me contó que corre el rumor de que dentro de un par de meses Goering asumirá el control del segundo plan económico cuatrienal. Dado su interés declarado por montar fábricas de materias primas de propiedad estatal para garantizar el suministro de los recursos estratégicos, uno puede entender que Six no se sienta muy feliz con esta perspectiva. Verás, la industria del acero padeció de un considerable exceso de capacidad durante la depresión. Six se resiste a dar el visto bueno a la inversión necesaria para que Alemania llegue a ser autosuficiente en mineral de hierro porque sabe que, tan pronto como se acabe el auge del rearme, se encontrará con un enorme exceso de capital, produciendo un hierro y un acero caros, lo cual es el resultado del alto coste de producir y utilizar mineral de hierro nacional. No podrá vender el acero alemán en el exterior debido a ese alto precio. Por supuesto, huelga decir que Six quiere que las empresas sigan teniendo la iniciativa en la economía alemana. Y apuesto a que hará todo lo que pueda para convencer a los demás hombres de negocios de primera línea para que se unan a él en su oposición a Goering. Si no lo respaldan, no se sabe qué es capaz de hacer. Puede muy bien jugar sucio. Yo sospecho, y es sólo una sospecha, ¿eh?, que tiene contactos con el hampa.
La historia de la política económica tenía sólo una importancia marginal, pensé, pero Six y el hampa, eso sí que me interesaba.
—¿Qué te hace decir eso?
—Bueno, primero fue lo de las medidas para reventar la huelga durante las huelgas del acero —dijo—. Algunos de los hombres que apalearon a los obreros tenían conexiones en el mundo de las bandas. Muchos de ellos eran ex presidiarios, miembros de una red, ya sabe, una de esas sociedades de rehabilitación de delincuentes.
—¿Puedes recordar el nombre de esa red?
Negó con la cabeza.
—No sería Fuerza Alemana, ¿verdad?
—No me acuerdo —reflexionó un poco más—. Probablemente podría encontrar los nombres de las implicadas, si te es de ayuda.
—Si te es posible, encuéntralos, así como cualquier otra cosa que puedas contarme sobre ese episodio de la huelga, si no te importa.
Había mucho más, pero yo ya había recuperado el valor de mis setenta y cinco marcos. Al saber más de mi cliente, tan secreto y privado, sentí que era yo quien manejaba el timón. Y ahora que la había escuchado, se me ocurrió que podría utilizarla.
—¿Te gustaría trabajar para mí? Necesito alguien que me haga de ayudante, alguien que escarbe en los archivos y que esté aquí de vez en cuando. Me parece que te podría convenir. Te pagaría, digamos, sesenta marcos a la semana. En metálico, para no tener que dar cuenta a la gente de Trabajo. Quizá algo más si las cosas funcionan. ¿Qué me dices?
—Bueno, si estás seguro... —Se encogió de hombros—. La verdad es que me vendría muy bien ese dinero.
—De acuerdo, entonces. —Reflexioné un momento—. Supongo que todavía tienes unos cuantos contactos entre la gente de los periódicos, en los organismos del gobierno...
Asintió.
—¿Por casualidad conoces a alguien en el DAF, el Frente Alemán del Trabajo?
Lo pensó un momento y jugueteó con los botones de su chaqueta.
—Había alguien —dijo meditabunda—. Un antiguo novio, un hombre de las SA. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Puedes llamarlo y pedirle que salga contigo esta noche?
—Pero no lo he visto ni he hablado con él desde hace meses —dijo—. Y ya fue bastante difícil conseguir que me dejara en paz la última vez. Es una auténtica lapa.
Sus ojos azules me miraron con nerviosismo.
—Quiero que averigües cualquier cosa que puedas sobre qué era lo que interesaba tanto al yerno de Six, Paul Pfarr, y que le hacía ir allí varias veces a la semana. Además, tenía una amante. Así que también busca cualquier cosa que puedas descubrir sobre ella. Y quiero decir cualquier cosa.
—Entonces será mejor que me ponga otro par de bragas extra —dijo—. Ese hombre tiene unas manos que hacen pensar que debería haber sido comadrona.
Durante un brevísimo momento me permití una punzada de celos, al imaginarlo tratando de ligársela. Quizá algún día yo intentara hacer lo mismo.
—Le pediré que me lleve a ver un espectáculo —dijo despertándome de mi ensoñación erótica—. Tal vez incluso haré que se emborrache un poco.
—Buena idea. Y si eso falla, ofrécele dinero.
11
La cárcel de Tegel está situada al noroeste de Berlín; bordea un pequeño lago y las casas de la colonia de la Borsing Locomotive Company. Al enfilar con el coche la Seidelstrasse, los muros de ladrillo rojo de la prisión se elevaron ante mi vista como los costados fangosos de algún dinosaurio de piel callosa; cuando la pesada puerta de madera se cerró de golpe detrás de mí y el cielo azul se desvaneció como si lo hubieran apagado igual que una bombilla eléctrica, empecé a sentir un cierto grado de simpatía por los reclusos de una de las prisiones más duras de Alemania.
Una manada de carceleros haraganeaba por el vestíbulo de la entrada principal, y uno de ellos, un tipo con cara de perro dogo, que olía fuertemente a jabón de ácido fénico y llevaba un manojo de llaves del tamaño de un neumático de coche, me acompañó por el laberinto cretense de corredores amarillentos recubiertos de azulejos, hasta un pequeño patio pavimentado de guijarros en el centro del cual se levantaba la guillotina. Es un objeto que produce pavor; cada vez que la vuelvo a ver, me hace sentir escalofríos a lo largo de toda la columna. Desde que el partido ha llegado al poder, ha tenido bastante actividad, incluso ahora la estaban probando, sin duda como preparativo para las diversas ejecuciones que, según un cartel colgado en la puerta, estaban programadas para el alba del día siguiente.
El guardia me hizo pasar por una puerta de roble y seguir unas escaleras alfombradas hasta llegar a un pasillo. Al final del pasillo, se detuvo frente a una puerta de caoba y llamó. Esperó un par de segundos y me abrió para que entrara. El director de la prisión, Konrad Spiedel, se levantó de detrás de su escritorio para saludarme. Lo había conocido varios años atrás, cuando era director de la prisión de Brauweiler, cerca de Colonia, pero él no se había olvidado de aquella ocasión.
—Buscaba usted información sobre el compañero de celda de un prisionero —recordó, señalándome un sillón con un gesto—. Un caso relacionado con el robo de un banco.
—Tiene buena memoria, Herr Doktor —dije.
—Confieso que este recuerdo no es totalmente fortuito —dijo—. Ese mismo hombre está encerrado aquí ahora, con otros cargos.
Spiedel era alto y ancho de espaldas y tenía unos cincuenta años. Llevaba una corbata de Schiller y una chaqueta bávara verde oliva; en el ojal, el lazo de seda blanca y negra y las espadas cruzadas delataban a un veterano de guerra.
—Lo curioso es que estoy aquí con una misión parecida —expliqué—. Creo que hasta hace poco tuvo aquí a un prisionero llamado Kurt Mutschmann. Tenía la esperanza de que pudiera decirme algo de él.
—Mutschmann, sí, lo recuerdo. ¿Qué puedo decirle salvo que no se metió en problemas mientras estuvo aquí y que parecía un sujeto bastante razonable? —Spiedel se levantó, fue hasta el archivador y examinó varias secciones—. Sí, aquí lo tenemos. Mutschmann, Kurt Hermann, edad: treinta y seis. Condenado por robo de coche en abril de 1934, sentenciado a dos años de cárcel. Dirección dada: Cicerostrasse, número 29, Halensee.
—¿Es allí donde fue cuando lo soltaron?
—Me temo que sé tanto como usted. Mutschmann tenía esposa, pero durante su encarcelamiento y por lo que parece, según el registro, sólo lo visitó una única vez. No parece que lo que le esperara en el exterior fuera muy agradable.
—¿Vino a verle alguien más?
Spiedel consultó la carpeta.
—Sólo uno, del Sindicato de ex presidiarios, una organización benéfica, según dicen, aunque tengo mis dudas sobre su autenticidad. Un hombre llamado Kasper Tillessen. Visitó a Mutschmann en dos ocasiones.
—¿Tenía un compañero de celda?
—Sí, compartió la celda con el número 7888319, Bock, H. J. —Sacó otra carpeta del cajón—. Hans Jürgen Bock, edad: treinta y ocho. Condenado por atacar y mutilar a un hombre del antiguo Sindicato de Trabajadores del Acero en marzo de 1930, sentenciado a seis años de cárcel.
—¿Quiere decir que era un rompehuelgas?
—Sí, eso es.
—¿No conocerá por casualidad los detalles de ese caso, verdad?
Spiedel negó con la cabeza.
—Me temo que no. La carpeta del caso ha sido devuelta a Antecedentes Criminales del Alex. —Se detuvo un momento—. Espere..., puede que esto pueda ayudarle. Cuando salió en libertad, Bock dio la dirección donde pensaba estar: Pensión Tillessen, Chamissoplatz, número 17, Kreuzberg. No sólo eso, sino que ese mismo Kasper Tillessen le hizo una visita a Bock en nombre del Sindicato de ex presidiarios. —Me miró dudoso—. Me temo que eso es todo.
—Me parece que es bastante —dije alegremente—. Ha sido usted muy amable al dedicarme parte de su tiempo.
Spiedel adoptó una expresión de gran sinceridad, y con una cierta solemnidad dijo:
—Señor, ha sido un placer ayudar a quien puso a aquel Gormann en manos de la justicia.
Calculo que dentro de diez años, todavía recogeré los beneficios de aquel asunto de Gormann.
Cuando una esposa sólo visita a su marido una vez en sus dos años en el talego, entonces no es fácil que le prepare un pastel para celebrar su libertad. Pero era posible que Mutschmann la hubiera visto después de salir, aunque sólo fuera para zurrarle la badana, así que decidí comprobarlo. Siempre hay que eliminar lo evidente. Es algo fundamental en la investigación.
Ni Mutschmann ni su mujer vivían ya en la dirección de la Cicerostrasse. La mujer con la que hablé me dijo que Frau Mutschmann se había vuelto a casar y vivía en la Ohmstrasse, en la colonia de la Siemens. Le pregunté si alguien más había estado por allí preguntando por ella, pero me dijo que no.
Eran las siete y media cuando llegué a las viviendas de la Siemens. Había hasta un millar de casas, todas ellas construidas con el mismo ladrillo enlucido, para proporcionar alojamiento a las familias de los empleados de la Compañía Eléctrica Siemens. No podía imaginarme nada menos agradable que vivir en una casa con tanta personalidad como un terrón de azúcar; pero sabía que en el Tercer Reich se estaban haciendo muchas cosas peores en nombre del progreso que homogeneizar las viviendas de los obreros.
De pie delante de la puerta, me llegó el olor de carne cocinándose, «cerdo», pensé, y de repente me di cuenta de que tenía mucha hambre y estaba muy cansado. Quería estar en casa, o viendo alguna película fácil y descerebrada de Inge. Quería estar en cualquier sitio menos enfrentándome a la granítica cara de la mujer morena que me había abierto la puerta. Se secó las manos enrojecidas y moteadas en el sucio delantal y me miró, desconfiada.
—¿Frau Buverts? —dije, usando su nuevo nombre de casada, y casi deseando que no lo fuera.
—Sí —dijo cortante—. ¿Y usted quién es? No es que necesite preguntarlo. Lleva «policía» estampado en cada oreja. Así que se lo diré sólo una vez y luego puede largarse. No lo he visto desde hace más de dieciocho meses. Y si por casualidad lo encontrara usted, dígale que no me venga a buscar. Será tan bien recibido aquí como la polla de un judío en el culo de Goering. Y eso vale también para usted.
Son esas pequeñas manifestaciones de buen humor cotidiano y buena educación corriente lo que hace que mi trabajo valga la pena.
Más tarde, aquella misma noche, entre las once y las once y media, llamaron con fuerza a mi puerta. No había bebido nada, pero tenía un sueño tan profundo que me sentía como si lo hubiera hecho. Fui dando tumbos hasta el vestíbulo, donde la difusa silueta del cuerpo de Walther Kolb, dibujada a tiza en el suelo, me sacó del estupor del sueño y me impulsó a ir a buscar mi otra pistola. Volvieron a llamar, más fuerte esta vez, y una voz de hombre dijo:
—Eh, Gunther, soy yo, Rienacker. Venga, abre. Quiero hablar contigo.
—Aún estoy dolorido por nuestra última charla.
—¿No estarás enfadado por eso, verdad?
—Yo estoy bien, pero en lo que hace a mi cuello, sigue pensando que eres persona non grata. Especialmente a estas horas de la noche.
—Eh, Gunther, sin resentimiento, ¿vale? Oye, esto es importante. Se trata de dinero. —Se produjo una larga pausa, y cuando Rienacker volvió a hablar, había trazas de irritación en su voz de bajo—. Venga, Gunther, abre ¿quieres? ¿De qué coño tienes tanto miedo? Si fuera a arrestarte, ya habría tirado la puerta abajo.
Había algo de verdad en eso, pensé, así que abrí la puerta, descubriendo su enorme cuerpo. Miró fríamente la pistola de mi mano y asintió, como si admitiera que, por el momento, yo seguía contando con ventaja.
—No me esperabas, ¿eh? —dijo secamente.
—Oh, sabía que eras tú sin ninguna duda, Rienacker. Oí cómo arrastrabas las nudilleras por las escaleras.
Soltó una risa hecha principalmente de humo de tabaco. Luego dijo:
—Vístete, vamos a dar un paseo. Y es mejor que dejes el hierro.
—¿Qué pasa? —dije vacilando.
Sonrió ante mi desconcierto.
—¿No confías en mí?
—No sé por qué dices eso. Ese hombre tan agradable de la Gestapo que llama a mi puerta a medianoche y me pregunta si me gustaría ir a dar una vuelta en su enorme y brillante coche negro. Naturalmente me flaquean las rodillas porque sé que ha reservado la mejor mesa para los dos en Horcher.
—Alguien importante quiere verte —dijo bostezando—. Alguien muy importante.
—Me han escogido para el equipo olímpico de los tiramierda, ¿es eso?
La cara de Rienacker cambió de color y las ventanas de la nariz se le hincharon y contrajeron rápidamente, como dos botellas de agua caliente al vaciarse. Empezaba a impacientarse.
—Vale, vale —dije—. Supongo que tengo que ir, tanto si me gusta como si no. Voy a vestirme. —Me dirigí al dormitorio—. Y no mires.
Era un enorme Mercedes negro y entré sin decir una palabra. Había dos gárgolas en el asiento delantero y, tumbado en el suelo en la parte trasera, con las manos esposadas a la espalda, estaba el cuerpo semiinconsciente de un hombre. Estaba oscuro, pero por sus gemidos era fácil saber que le habían dado una buena paliza. Rienacker entró detrás de mí. Con el movimiento del coche, el hombre del suelo se agitó y medio trató de levantarse. Eso le hizo ganarse un puntapié de Rienacker en la oreja.
—¿Qué ha hecho? ¿Dejarse un botón de la bragueta abierto?
—Es un mierda de Kozi —dijo Rienacker encolerizado, como si hubiera arrestado a un pederasta habitual—. Un cabrón de cartero de medianoche. Lo pillamos con las manos en la masa, metiendo folletos bolcheviques a favor del Partido Comunista en los buzones de esta zona.
Sacudí la cabeza.
—Ya veo que sigue siendo un trabajo igual de arriesgado que siempre.
No me hizo ningún caso y le gritó al conductor:
—Nos libraremos de este cabrón y luego iremos directamente a la Leipzigerstrasse. No tenernos que hacer esperar a su majestad.
—¿Libraros de él dónde? ¿Tirándolo desde el puente Schöneberger?
Rienacker se echó a reír.
—Puede.
Sacó una cantimplora de petaca del bolsillo y echó un largo trago. La noche anterior yo había encontrado un folleto de ésos en el buzón. En su mayor parte estaba dedicado a ridiculizar ni más ni menos que al primer ministro prusiano. Sabía que en las semanas que precedían a las Olimpiadas, la Gestapo estaba haciendo un enorme esfuerzo por aplastar el movimiento comunista clandestino de Berlín. Miles de Kozis habían sido arrestados y enviados a campos KZ como los de Oranienburg, Columbia Haus, Dachau y Buchenwald. Sumando dos y dos, comprendí de repente, conmocionado, a quién me llevaban a ver.
En la comisaría de la Grolmanstrasse el coche se detuvo y una de las gárgolas sacó a rastras al prisionero de debajo de nuestro asiento. No daba un marco por sus posibilidades. Si alguna vez había visto a alguien destinado a una clase nocturna de natación en el Landwehr, ése era él. Luego seguimos hacia el este por la Berlinerstrasse y Charlottenburgchaussee, el eje este-oeste de Berlín, adornado con un montón de banderas negras, blancas y rojas para celebrar las próximas Olimpiadas. Rienacker las miró ceñudo.
—Mierda de Juegos Olímpicos —gruñó—. Qué forma de tirar el jodido dinero.
—No puedo menos que estar de acuerdo contigo —dije.
—¿Para qué sirve todo esto?, eso es lo que me gustaría saber. Somos lo que somos, entonces ¿por qué pretender que no lo somos? Todo este fingimiento me toca de verdad los cojones. ¿Sabes?, incluso están trayendo putas de Munich y Hamburgo porque el estado de excepción ha perjudicado mucho el comercio de carne femenina berlinés. Y el jazz negro vuelve a ser legal. ¿Cómo explicas eso, Gunther?
—Decir una cosa y hacer otra. Es típico de este gobierno.
Me dedicó una mirada escrutadora.
—Yo que tú no iría diciendo eso por ahí —dijo.
—Lo que yo diga no importa, Rienacker —dije sacudiendo la cabeza—. Mientras pueda ser útil a tu jefe, a él no le importaría que fuera Karl Marx y Moisés en uno solo, si pensara que puedo servirle de algo.
—Entonces más vale que saques el máximo partido. Nunca tendrás otro cliente tan importante.
—Eso es lo que dicen todos.
Cuando faltaba muy poco para Brandenburger Tor el coche giró hacia el sur, entrando en la Hermann Goering Strasse. En la embajada británica estaban encendidas todas las luces y había varias docenas de limusinas aparcadas delante. Cuando el coche frenó y entró por la calzada del gran edificio de al lado, el conductor bajó la ventanilla para que el guardia de asalto nos identificara, y oímos el sonido de un numeroso grupo de gente moviéndose en el jardín.
Rienacker y yo esperamos en una sala del tamaño de una pista de tenis. Al cabo de poco rato un hombre alto y delgado, vestido con el uniforme de oficial de la Luftwaffe, nos dijo que Goering se estaba cambiando y que nos recibiría al cabo de unos minutos.
Era un lugar deprimente: pomposo, arrogante y fingiendo un aire bucólico que desmentía su situación urbana. Rienacker se sentó en una silla de aspecto medieval sin decir nada, mientras yo curioseaba por la sala, pero sin perderme de vista.
—Acogedora —dije, de pie frente a un tapiz gobelino que representaba varias escenas de caza y que podría haber dado cabida, con la misma facilidad, a una versión a escala real del Hindenburg. La única luz de la sala procedía de una lámpara que había encima del enorme escritorio estilo Renacimiento, compuesta por dos candelabros de plata con pantallas de pergamino. Iluminaba un pequeño altar de retratos: había uno de Hitler con la camisa parda y el cinturón cruzado de piel de un hombre de las SA, y con un aspecto muy parecido a un chico explorador; también fotografías de dos mujeres, que supuse eran Karin, la esposa muerta de Goering, y Emmy, su esposa viva. Al lado de las fotografías había un libro grande, encuadernado en piel, en cuya portada había un escudo de armas, que supuse eran las de Goering. Constaba de un puño con guantelete agarrando una cachiporra, y pensé que habría sido mucho más apropiado para los nacionalsocialistas que la esvástica.
Me senté al lado de Rienacker, que sacó cigarrillos. Esperamos una hora, quizá más, hasta que oímos voces al otro lado de la puerta; al notar que se abría ésta, nos pusimos de pie. Dos hombres con uniformes de la Luftwaffe entraron en la sala siguiendo a Goering. Con gran sorpresa por mi parte vi que llevaba un cachorro de león en los brazos. Lo besó en la cabeza, le tiró de las orejas y luego lo dejó encima de la alfombra de seda.
—Anda, vete a jugar, Mucki, sé un buen chico.
El cachorro gruñó, feliz, y fue haciendo cabriolas hasta la ventana, donde empezó a jugar con las borlas de una de las pesadas cortinas.
Goering era más bajo de lo que yo había pensado, lo que hacía que pareciera más corpulento. Llevaba un chaleco de caza de piel verde, una camisa de franela blanca, pantalones de dril blancos y zapatillas de tenis también blancas.
—Hola —dijo, estrechándome la mano y sonriendo ampliamente. Había algo ligeramente animal en él, y sus ojos eran de un azul duro e inteligente. Llevaba varios anillos, uno de ellos un enorme rubí—. Gracias por venir. Siento haberle hecho esperar. Asuntos de Estado, ya sabe.
Dije que no pasaba nada, aunque en realidad apenas sabía qué decir. De cerca, me asombró el aspecto suave, casi infantil de su piel, y me pregunté si la llevaría empolvada. Nos sentamos. Durante varios minutos siguió mostrándose encantado de que yo estuviera allí, con un entusiasmo casi pueril, y después de un rato se sintió obligado a explicarse.
—Siempre había querido conocer a un auténtico detective privado. Dígame, ¿ha leído alguna de las novelas de Dashiel Hammet? Es americano, pero a mí me parece maravilloso.
—No, señor, me parece que no.
—Tendría que hacerlo. Le prestaré la edición alemana de Cosecha roja. Le gustará. ¿Lleva usted pistola, Herr Gunther?
—A veces, cuando creo poder necesitarla.
Goering estaba radiante como un colegial.
—¿La lleva ahora?
Negué con la cabeza.
—No, Rienacker pensó que aquí podría asustar al gato.
—Lástima —dijo Goering—. Me habría gustado ver la pistola de un auténtico detective privado.
Se recostó en la silla, que tenía el aspecto de haber pertenecido a un voluminoso papa de la familia Médicis, y agitó la mano.
—Bueno, hablemos de negocios —dijo.
Uno de sus ayudantes trajo una carpeta y la dejó delante de su jefe. Goering la abrió y estudió el contenido durante varios segundos. Imaginé que hablaba de mí. Había tantas carpetas con información sobre mí dando vueltas por ahí en aquel momento que empezaba a sentirme como un caso médico.
—Aquí dice que antes fue policía —dijo—. Y con un historial bastante impresionante, además. Ahora ya habría llegado a comisario. ¿Por qué se fue?
Sacó de la chaqueta una cajita de laca para píldoras, e hizo caer un par de pastillas de color rosa en la palma de su gruesa mano mientras esperaba que yo respondiera. Se las tomó con un vaso de agua.
—No me gustaba mucho la comida de la policía. —Soltó una fuerte carcajada—. Con todo el respeto, Herr Primer Ministro, estoy seguro de que sabe bien por qué me marché, dado que por aquel entonces estaba usted al mando de la policía. No recuerdo haber ocultado mi oposición a la purga de los llamados agentes de policía poco fiables. Muchos de aquellos hombres eran amigos míos. Muchos perdieron sus pensiones. Un par perdieron incluso la cabeza.
Goering sonrió lentamente. Con su frente amplia, sus ojos fríos, su resonante voz de bajo, su barbilla de rapaz y su barriga perezosa, me recordaba sobre todo a un enorme y gordo tigre devorador de hombres. Como si fuera telepáticamente consciente de la impresión que me causaba, se inclinó hacia delante en la silla, recogió el cachorro de león de la alfombra y lo acunó en sus rodillas, que tenían el tamaño de un sofá. El cachorro bizqueó adormilado, moviéndose apenas mientras su amo le acariciaba la cabeza y le manoseaba las orejas. Parecía que estuviera admirando a su propio hijo.
—¿Veis? —dijo—. No está a la sombra de nadie, Y no teme decir lo que piensa. Ésa es la gran virtud de la independencia. No hay ninguna razón en el mundo por la que este hombre tuviera que hacerme un favor. Tiene las agallas de recordármelo, cuando otro se hubiera quedado callado. Puedo confiar en un hombre así.
Señalé con la cabeza la carpeta que había en su mesa.
—Apostaría a que ha sido Diels quien ha reunido esa información.
—Y ganaría. Heredé esta carpeta, su carpeta, junto con muchas otras, cuando él perdió su puesto como jefe de la Gestapo en beneficio de aquel mierda de criador de gallinas. Fue el último gran servicio que iba a hacerme.
—¿Le importa que le pregunte qué ha sido de él?
—No, en absoluto. Sigue a mi servicio, aunque ocupa una posición inferior, como jefe de compras de la Hermann Goering Werke de Colonia.
Goering repitió su propio nombre sin el menor rastro de vacilación o incomodidad; debía de pensar que era lo más natural del mundo que una fábrica llevara su nombre.
—¿Sabe? —dijo orgulloso—, yo cuido de la gente que me ha hecho un servicio. ¿No es verdad, Rienacker?
La respuesta del grandullón llegó con la rapidez de una pelota de frontón.
—Sí, Herr Primer Ministro, sin ninguna duda.
«Un reconocimiento incondicional», pensé, al tiempo que un sirviente que sostenía una bandeja con café, vino de Mosela y huevos Benedicte para el primer ministro entraba en la habitación. Goering lo engulló como si no hubiera comido nada en todo el día.
—Puede que ya no sea jefe de la Gestapo —dijo—, pero hay muchos en la policía que, como Rienacker, me siguen siendo fieles a mí, en lugar de a Himmler.
—Muchísimos —gorgeó Rienacker lealmente.
—Y que me mantienen informado de lo que hace la Gestapo. —Se secó delicadamente la ancha boca con una servilleta—. Bueno, veamos; Rienacker me ha dicho que usted apareció en mi apartamento en la Derfflingerstrasse esta tarde. Es, como quizá le haya dicho él, un apartamento que he puesto a disposición de un hombre que es, en algunos asuntos, mi agente confidencial. Se llama, como creo que ya sabe, Gerhard von Gries, y hace una semana que ha desaparecido. Rienacker dice que usted creía que quizá lo hubiera abordado alguien que trataba de vender un cuadro robado. Un desnudo de Rubens, para ser preciso. No tengo ni idea de qué le hizo pensar que valía la pena ponerse en contacto con mi agente ni cómo consiguió seguirle la pista hasta esa dirección particular. Pero me impresiona usted, Herr Gunther.
—Muchas gracias, Herr Primer Ministro.
Quién sabe, quizá con un poco de práctica podría sonar igual de bien que Rienacker.
—Su historial como policía habla por sí mismo y no dudo de que como investigador privado no es menos competente.
Acabó de comer, bebió un vaso lleno de Mosela y encendió un enorme puro. No mostraba señales de cansancio, a diferencia de Rienacker y de los dos ayudantes, y yo empezaba a preguntarme qué serían las dos pastillas que se había tomado. Soltó un anillo de humo del tamaño de un donut.
—Gunther, quiero ser cliente suyo. Quiero que encuentre a Gerhard von Gries, preferentemente antes de que lo haga la Sipo. No es que haya cometido ningún delito, entiéndame. Es sólo el custodio de cierta información confidencial que no tengo ningún deseo de que caiga en manos de Himmler.
—¿Qué clase de información confidencial, Herr Primer Ministro?
—Me temo que no se lo puedo decir.
—Mire, señor —dije—. Si voy a remar en un bote quiero saber si tiene vías de agua. Ésa es la diferencia entre un policía normal y yo. Él no tiene que preguntar por qué. Es el privilegio de la independencia.
Goering asintió.
—Admiro la franqueza —dijo—. No me limito a decir que voy a hacer algo, lo hago y lo hago bien. No creo que tenga ningún sentido contratarlo a menos que confíe en usted plenamente. Pero comprenderá que eso le impone ciertas obligaciones, Herr Gunther. El precio de traicionar mi confianza es muy alto.
No lo dudaba ni por un segundo. Dormía tan poco aquellos días que no pensé que perder un poco más de sueño debido a lo que sabía de Goering fuera a representar mucha diferencia. No podía dar marcha atrás. Además, era probable que hubiera algún buen dinero en todo aquello, y yo trato de no huir del dinero si puedo evitarlo. Goering cogió otro par de pastillitas rosas. Parecía tomarlas tan a menudo como podría fumar un cigarrillo.
—Señor, Rienacker le dirá que cuando él y yo nos encontramos en su apartamento esta tarde, me preguntó el nombre del hombre para el que trabajaba, el dueño del Rubens. Me negué a decírselo. Me amenazó con sacármelo a puñetazos. Seguí negándome a decírselo.
Rienacker se inclinó hacia delante.
—Es verdad, Herr Primer Ministro —afirmó.
Yo continué con mi plática.
—Todos mis clientes reciben el mismo trato. Discreción y confidencialidad. No duraría mucho en este negocio si fuera de otro modo.
Goering asintió.
—Eso es hablar con bastante franqueza —dijo—. Déjeme que sea igualmente franco. Muchos puestos en la burocracia del Reich caen bajo mi patronazgo. En consecuencia, a menudo me aborda un antiguo colega, un contacto de negocios, para pedirme un pequeño favor. Bueno, no culpo a la gente por querer mejorar de posición. Si puedo, los ayudo. Pero, claro, les pido otro favor a cambio. Así es como funciona el mundo. Al mismo tiempo, he reunido una buena cantidad de información. Es una reserva de conocimientos en los que me apoyo para conseguir que se hagan las cosas. Sabiendo lo que sé, es más fácil persuadir a la gente para que comparta mi punto de vista. Tengo que pensar en el futuro, para el bien de la madre patria. Incluso ahora hay muchos hombres con influencia y poder que no están de acuerdo con lo que el Führer y yo hemos identificado como prioridades para el adecuado desarrollo de Alemania, para que este maravilloso país nuestro alcance el lugar que le es debido en el mundo.
Se detuvo. Quizá esperara que yo me levantara de un salto para hacer el saludo hitleriano y lanzarme a declamar un par de versos del Horst Wessel, pero yo permanecí inmóvil, asintiendo pacientemente, esperando que llegara al meollo.
—Von Greis era un instrumento para conseguir mi voluntad —dijo, suave como la seda—, así como mis flaquezas. Era tanto mi agente de compras como mi recaudador de fondos.
—Quiere decir que era un artista extorsionador de primera clase.
Goering dio un respingo y sonrió al mismo tiempo.
—Herr Gunther, ser tan sincero y tan objetivo dice mucho en su favor, pero procure que no se convierta en algo compulsivo, por favor. Yo mismo soy un hombre directo, pero no hago virtud de ello. Compréndalo: todo está justificado si es en servicio del Estado. A veces uno debe ser duro. Me parece recordar que fue Goethe quien dijo que uno debe conquistar y gobernar o perder y servir, sufrir o triunfar, ser el yunque o ser el martillo. ¿Lo comprende?
—Sí, señor. Mire, me ayudaría si supiera con quién tenía tratos Von Greis.
Goering negó con la cabeza.
—Realmente, eso no se lo puedo decir. Ahora me toca a mí subirme a la caja de jabón y hablar de discreción y confidencialidad. En ese aspecto, tendrá que trabajar a oscuras.
—Muy bien, señor; haré todo lo que pueda. ¿Tiene una fotografía de ese caballero?
Abrió un cajón y sacó una pequeña instantánea que me entregó.
—La tomaron hace cinco años —dijo—. No ha cambiado mucho.
Miré el hombre de la foto. Al igual que muchos alemanes, llevaba el cabello rubio cortado muy corto, casi rapado, excepto un absurdo rizo que adornaba su amplia frente. La cara, arrugada en muchos sitios, como un viejo paquete de cigarrillos, exhibía un bigote encerado; el efecto general era un cliché del Junker alemán aparecido en un número antiguo de Jugend.
—Tiene también un tatuaje —añadió Goering—. En el brazo derecho. Un águila imperial.
—Muy patriótico —dije.
Me guardé la foto en el bolsillo y pedí un cigarrillo. Uno de los ayudantes de Goering me ofreció uno de la gran caja de plata y me lo encendió con su propio encendedor.
—Tengo entendido que la policía está trabajando sobre la idea de que su desaparición pudiera tener algo que ver con el hecho de ser homosexual.
No dije nada de la información que Neumann me había proporcionado respecto a que la red Fuerza Alemana había asesinado a un aristócrata sin nombre. Hasta que pudiera comprobar esa historia, no tenía sentido desperdiciar lo que podía ser una buena carta.
—Es realmente una posibilidad. —La admisión de Goering sonaba incómoda—. Es cierto, su homosexualidad lo llevaba a ciertos lugares peligrosos y, en una ocasión, incluso hizo que la policía se fijara en él. No obstante, pude encargarme de que se retiraran los cargos. Gerhard no aprendió de lo que debía haber sido una experiencia saludable. Incluso existía una relación con un destacado burócrata. De forma imprudente permití que continuara, con la esperanza de que obligaría a Gerhard a ser más discreto.
Acepté esta información con fuertes reservas. Pensé que era mucho más probable que Goering hubiera dejado que la relación continuara a fin de poder comprometer a Funk —un rival político menor— con el propósito de metérselo en el bolsillo. Es decir, si es que no lo tenía ya.
—¿Tenía Von Greis otros amigos íntimos?
Goering se encogió de hombros y miró a Rienacker, que se removió en su asiento y dijo:
—No había nadie en particular, que sepamos. Pero es difícil decirlo con total seguridad. La mayoría de los chicos cariñosos han pasado a la clandestinidad debido al estado de excepción. Y la mayoría de los antiguos clubes de maricas, como Eldorado, han sido cerrados. De cualquier modo, Herr Von Greis se las arreglaba para tener un cierto número de relaciones casuales.
—Hay una posibilidad —dije— de que en una visita nocturna a algún rincón escondido de la ciudad en busca de sexo, el caballero fuera arrestado por la Kripo de esa zona, recibiera una paliza y luego posiblemente lo metieran en un campo de concentración. Podrían no saber nada de él durante varias semanas. —No se me escapaba la ironía de la situación: aquí estaba yo hablando de la desaparición del servidor de un hombre que era, él mismo, el artífice de tantas otras desapariciones. Me pregunté si él también se daría cuenta de la ironía—. Francamente, señor, una o dos semanas no es demasiado tiempo para estar desaparecido en Berlín en estos momentos.
—Ya se están haciendo averiguaciones en esa dirección —dijo Goering—. Pero tiene razón al mencionarlo. Aparte de eso, lo demás está en sus manos. Por lo que ha averiguado Rienacker, parece ser que las personas desaparecidas son su especialidad. Mi ayudante le proporcionará dinero y cualquier otra cosa que pueda necesitar. ¿Hay algo más?
—Me gustaría intervenir un teléfono —dije después de pensarlo un momento.
Sabía que el Forschungsamt, la Directiva de Investigaciones Científicas, que se encargaba de las escuchas, dependía de Goering. Instalada en el antiguo edificio del Ministerio del Aire, se decía que incluso Himmler tenía que obtener el permiso de Goering para intervenir el teléfono de alguien, y yo sospechaba que era por medio de ese servicio particular como Goering continuaba aumentando la «reserva de información» que Diels había dejado en manos de su anterior jefe.
Goering sonrió.
—Está bien informado. Como desee. —Se volvió y habló con su ayudante—. Encárguese de ello. Dele prioridad. Y asegúrese de que Herr Gunther recibe una transcripción diaria.
—Sí, señor —dijo el hombre.
Escribí un par de números en un papel y se lo di. Entonces Goering se puso en pie.
—Éste es su caso más importante —dijo, apoyando ligeramente la mano en mi hombro. Me acompañó hasta la puerta. Rienacker nos siguió a corta distancia—. Y si tiene éxito, no tendrá queja de mi generosidad.
¿Y si no tenía éxito? Por el momento, prefería olvidar esa posibilidad.
12
Era ya casi de día cuando llegué de vuelta a mi apartamento. La brigada de limpieza estaba muy atareada en las calles, borrando las pintadas nocturnas del Partido Comunista —«El Frente Rojo vencerá» y «Larga vida a Thaelman y Torgler»— antes de que la ciudad se despertara al nuevo día.
Sólo había dormido un par de horas cuando el sonido de las sirenas y los pitidos me arrancaron violentamente de mi tranquilo sueño. Era un simulacro de ataque aéreo.
Enterré la cabeza bajo la almohada y traté de no hacer caso de los golpes que el vigilante de la zona daba en la puerta, pero sabía que tendría que dar cuenta de mi ausencia más tarde, y que si no conseguía dar una explicación verificable, tendría que pagar una multa.
Treinta minutos después, cuando los silbatos y las sirenas habían hecho sonar la señal de que había pasado el peligro, no parecía tener mucho sentido volver a la cama. Así que compré un litro de leche extra al lechero de la Bolle y me preparé una enorme tortilla.
Inge llegó al despacho justo después de las nueve. Sin demasiada ceremonia se sentó al otro lado de mi escritorio y me observó mientras acababa de tomar algunas notas.
—¿Viste a tu amigo? —le pregunté después de un momento.
—Fuimos al teatro.
—¿Sí? ¿Y qué visteis?
Me di cuenta de que quería saberlo todo, incluyendo detalles que no guardaban ninguna relación con el hecho de que conociera a Paul Pfarr.
—La base Wallah. Era bastante mala, pero a Otto pareció gustarle. Insistió en pagar las entradas, así que no necesité gastar nada.
—¿Y qué hicisteis luego?
—Fuimos a la cervecería Baarz. Fue odioso. Un lugar auténticamente nazi. Todo el mundo se puso en pie y saludó cuando la radio tocó Horst Wessel y Deutschland Über Alles. Tuve que hacerlo yo también y es algo que detesto. Me hace sentirme como si estuviera llamando un taxi. Otto bebió mucho y se puso bastante charlatán. Yo bebí también bastante, en realidad, y no me siento muy fina esta mañana. —Encendió un cigarrillo—. De cualquier modo, Otto sólo conocía vagamente a Pfarr. Dice que en el DAF, era tan popular como un hurón en una conejera, y no es difícil entender por qué. Pfarr investigaba la corrupción y el fraude en el Sindicato Obrero. Como resultado de sus investigaciones, dos tesoreros del Sindicato Obrero del Transporte fueron destituidos y enviados a un campo de concentración, uno detrás de otro; el presidente del comité del taller de la Koch-Strasse, de la Ullstein, la gran empresa de imprenta, fue declarado culpable de robar fondos y ejecutado; Rolf Togotzes, cajero del Sindicato Obrero del Metal, fue enviado a Dachau... Si alguna vez hubo alguien que tuviera enemigos, ése era Paul Pfarr. Al parecer hubo muchas caras sonrientes en el departamento cuando se supo que Paul Pfarr había muerto.
—¿Alguna idea de qué estaba investigando en el momento de su muerte?
—No, por lo que parece nunca dejaba ver sus cartas. Le gustaba trabajar a través de informadores, acumulando pruebas hasta que estaba listo para presentar cargos oficialmente.
—¿Tenía algún compañero allí?
—Sólo una taquimecanógrafa, una chica llamada Marlene Sahm. Otto, mi amigo, si se le puede llamar así, se enamoriscó de ella y le pidió que saliera con él un par de veces. No pasó gran cosa. Me temo que ésa es la historia de su vida. Pero sí que se acordaba de la dirección. —Inge abrió el bolso y consultó un pequeño cuaderno de notas—. Nollendorfstrasse número 23. Probablemente sabrá en qué andaba metido.
—Ese amigo tuyo, Otto, suena bastante como un conquistador.
—Eso es lo que él dijo de Pfarr —dijo Inge, riendo—. Estaba bastante seguro de que engañaba a su mujer, que tenía una amante. Lo había visto varias veces con una mujer en el mismo club nocturno. Me dijo que Pfarr parecía incómodo al ser descubierto. Otto dijo que ella era toda una belleza, aunque un poco llamativa. Pensaba que se llamaba Vera, o Eva, o algo por el estilo.
—¿Se lo ha contado a la policía?
—No. Dice que no se lo han preguntado. Mirándolo bien, prefiere no tener nada que ver con la Gestapo a menos que no pueda evitarlo.
—¿Quiere decir que ni siquiera lo han interrogado?
—Por lo que parece, no.
—Me pregunto a qué juegan —dije sacudiendo la cabeza—. Gracias por lo que has hecho —añadí después de pensar durante un minuto—; espero que no fuera muy molesto.
Negó con la cabeza y preguntó:
—¿Y tú? Pareces cansado.
—Estuve trabajando hasta tarde. Y luego esta mañana hubo un maldito simulacro de ataque aéreo.
Me masajeé la parte superior de la cabeza, tratando de volverla a la vida. No le conté nada a Inge sobre Goering. No había ninguna necesidad de que supiera más de lo necesario. Así era más seguro para ella.
Esa mañana llevaba un vestido de algodón verde oscuro con cuello rizado y puños con volantes de encaje blanco almidonado. Por un breve momento alimenté la fantasía de verme a mí mismo levantándole el vestido y familiarizándome con la curva de sus nalgas y la profundidad de su sexo.
—Esa chica, la amante de Pfarr. ¿Vamos a tratar de encontrarla?
Negué con la cabeza.
—La poli se enteraría. Y la cosa podría ponerse difícil. Tienen mucho interés en encontrarla ellos mismos, y no me gustaría empezar a hurgar en esa nariz cuando ya hay un dedo metido en ella.
Cogí el teléfono y pedí que me pusieran con la casa de Six. Fue Farraj, el mayordomo, quien contestó.
—¿Están Herr Six o Herr Haupthändler en casa? Soy Bernhard Gunther.
—Lo siento, señor, pero los dos están en una reunión esta mañana. Y luego creo que irán a la inauguración de los Juegos Olímpicos. ¿Quiere que les dé algún recado?
—Sí —dije—. Dígales a los dos que me estoy acercando.
—¿Es eso todo, señor?
—Sí, ellos sabrán de qué se trata. Y no se olvide de darles el mensaje a los dos, Farraj, por favor.
—Sí, señor.
Colgué el teléfono.
—Bien, es hora de ponernos en marcha.
Nos costó diez pfennigs ir por la U-Bahn hasta la estación del Zoológico, vuelta a pintar para que tuviera un aspecto particularmente elegante para la quincena olímpica. Incluso habían dado una nueva capa de pintura blanca a los muros de las casas que quedaban detrás de la estación. Pero por encima de la ciudad, allí donde la aeronave Hindenburg rugía yendo y viniendo, llevando a remolque la bandera olímpica, el cielo había reunido una hosca pandilla de nubes gris oscuro. Cuando salimos de la estación, Inge miró hacia arriba y dijo:
—Les estaría bien empleado que lloviera. Mejor aún, que lloviera las dos semanas enteras.
—Ésa es la única cosa que no pueden controlar —dije. Nos acercábamos al final de la Kurfürstenstrasse—. Mira, mientras Herr Haupthändler está fuera con su patrón, me propongo echar una mirada a sus habitaciones. Espérame en el restaurante Aschinger. —Inge empezó a protestar, pero yo continué hablando—. El allanamiento es un delito grave, y no quiero que estés cerca si las cosas se ponen mal. ¿Entiendes?
Me miró con el ceño fruncido y luego asintió.
—Asqueroso —musitó mientras yo me alejaba.
El número 120 era un edificio de cinco plantas, con pisos de aspecto caro, del tipo de los que tienen una gruesa puerta negra tan pulimentada que podría utilizarse como espejo en los camerinos de una banda de jazz negra. Llamé al diminuto portero con la enorme aldaba de bronce en forma de espuela. Tenía un aspecto tan despierto como un oso perezoso drogado. Le puse la placa de la Gestapo delante de los ojillos lacrimosos. Al mismo tiempo le solté «Gestapo» y, empujándolo sin miramientos, entré rápidamente en el vestíbulo. El portero rezumaba miedo por todos y cada uno de sus descoloridos poros.
—¿Cuál es el apartamento de Herr Haupthändler?
Al comprender que no iban a arrestarlo y enviarlo a un campo de concentración, el portero se relajó un poco.
—Segundo piso, apartamento cinco. Pero ahora no está en casa.
Chasqueé los dedos ante su cara.
—La llave maestra, démela.
Con manos ansiosas, sin vacilar, sacó un pequeño haz de llaves y eligió una del llavero. Se la arrebaté de sus temblorosos dedos.
—Si Herr Haupthändler vuelve, llame por el teléfono, deje que suene una vez y luego cuelgue. ¿Está claro?
—Sí, señor —dijo tragando saliva ruidosamente.
El piso de Haupthändler consistía en un conjunto de habitaciones, de tamaño enorme, en dos niveles, con dinteles en arco y un brillante suelo de madera cubierto con espesas alfombras orientales. Todo estaba ordenado y bien bruñido, hasta tal punto que parecía como si nadie viviera allí. En el dormitorio había dos grandes camas gemelas, un tocador y un puf. La gama de colores era melocotón, verde jade y gris claro, con predominio del primero. No me gustó. Encima de una de las camas había una maleta abierta, y por el suelo bolsas vacías de diversos almacenes, entre ellos C & A, Grunfeld’s, Gerson’s y Tietz. Registré las maletas. La primera que miré parecía de mujer, y me sorprendió ver que todo lo que contenía era, o por lo menos parecía, totalmente nuevo. Algunas de las prendas tenían aún las etiquetas de la tienda, e incluso las suelas de los zapatos estaban sin usar. En cambio, la otra maleta, que imaginé sería la de Haupthändler, no tenía nada nuevo, salvo algunos artículos de tocador. No había ningún collar de diamantes. Pero encima del tocador encontré una carpeta del tamaño de una cartera con dos billetes de avión de la Deutsche Lufthansa, para el vuelo del lunes por la noche a Croydon, Londres. Eran billetes de ida y vuelta, reservados a nombre de Herr y Frau Teichmüller.
Antes de dejar el apartamento de Haupthändler llamé al Adlon. Cuando Hermine contestó le di las gracias por ayudarme con la historia de la princesa Mushmi. No pude saber si la gente de Goering en la Forschungsamt había intervenido el teléfono ya; no oí ningún clic ni ninguna resonancia extra en la voz de Hermine. Pero sabía que si habían puesto una escucha en el teléfono de Haupthändler, yo tendría que ver una transcripción de mi conversación con Hermine aquel mismo día. Era una forma tan buena como cualquier otra de poner a prueba la cooperación del primer ministro.
Dejé las habitaciones de Haupthändler y volví a la planta baja. El portero surgió de la portería y tomó posesión de su llave maestra de nuevo.
—No hablará con nadie de mi visita. De lo contrario las cosas se le pondrán feas. ¿Lo ha entendido?
Asintió en silencio. Saludé con brío, algo que los hombres de la Gestapo no hacen nunca, prefiriendo como prefieren pasar lo más inadvertidos posible, pero cargando las tintas para conseguir el mayor efecto.
—¡Heil Hitler! —dije.
—¡Heil Hitler! —repitió el portero, y, al devolver el saludo, se las arregló para dejar caer las llaves.
—Tenemos hasta el lunes por la noche para tirar del hilo —dije, sentándome a la mesa de Inge. Le conté lo de los billetes de avión y las dos maletas—. Lo curioso es que la maleta de la mujer estaba llena de cosas nuevas.
—Parece que tu Herr Haupthändler sabe cómo tratar a las chicas.
—Todo era nuevo. El liguero, el bolso, los zapatos. No había ni un artículo en esa maleta que pareciera haber sido usado antes. Bueno, ¿qué explicación le encuentras a eso?
Inge se encogió de hombros. Seguía un poco picada por haberla dejado fuera.
—Puede que haya conseguido un nuevo empleo, vendiendo ropa de mujer a domicilio. —Enarqué las cejas.
—Está bien. Puede que esa mujer que se lleva a Londres no tenga ropa bonita.
—Más bien será que no tiene ropa en absoluto. Una mujer bastante rara, ¿no crees?
—Bernie, ven conmigo a casa y te mostraré a una mujer sin ropa.
Durante un segundo jugueteé con esa idea. Pero proseguí:
—No, estoy convencido de que la novia fantasma de Haupthändler está empezando este viaje con un ropero totalmente nuevo, de arriba abajo. Como una mujer sin pasado.
—O como una mujer que empieza de nuevo —dijo Inge. La teoría iba tomando forma en su cabeza mientras hablaba. Con mayor convicción añadió—: Una mujer que ha tenido que romper con su anterior existencia. Una mujer que no podía volver a casa a recoger sus cosas, porque no había tiempo. No, eso no funciona. Después de todo, tiene hasta el lunes por la noche. Así que quizá tiene miedo de volver a casa, por si hay alguien esperándola allí.
Asentí con señal de aprobación y estaba a punto de seguir con esa línea de razonamiento cuando me encontré con que ella se me había adelantado.
—Quizá —dijo— esa mujer era la amante de Pfarr, la que la policía está buscando. Vera, o Eva, no recuerdo.
—¿Y Haupthändler está metido en esto con ella? Sí —dije pensativamente—, eso podría encajar. Puede que Pfarr le diera el pasaporte a su amante cuando descubrió que su esposa estaba embarazada. Es bien sabido que la perspectiva de la paternidad ha hecho recuperar el buen sentido a algunos hombres. Pero también resulta que eso estropea las cosas para Haupthändler, que pudiera haber tenido ambiciones en lo que a Frau Pfarr se refiere. Puede que Haupthändler y esa mujer, Eva, se reunieran y decidieran representar el papel del amante agraviado (en tándem, como si dijéramos) y además hacerse con un poquito de dinero de paso. También pudiera ser que Pfarr le contara a Eva lo de las joyas de su mujer.
Me puse de pie, acabándome la bebida.
—Entonces pudiera ser que Haupthändler esté escondiendo a Eva en algún sitio.
—Eso suma tres «pudiera». Más de los que suelo tomar para almorzar. Uno más y voy a vomitar. —Miré el reloj—. Vamos, podemos pensar un poco más en esto de camino.
—¿De camino adónde?
—Kreuzberg.
Me apuntó con un dedo de una manicura perfecta.
—Y en esta ocasión no me vas a dejar en algún sitio seguro mientras tú te guardas toda la diversión para ti. ¿Entendido?
Le sonreí y me encogí de hombros.
—Entendido.
Kreuzberg, la Colina de la Cruz, está al sur de la ciudad, en el parque Viktoria, cerca del aeropuerto Tempelhof. Es donde se reúnen los pintores para vender sus cuadros. A sólo una manzana de distancia del parque, Chamissoplatz es una plaza rodeada de viviendas altas y grises, con aspecto de fortalezas. La pensión Tillessen ocupaba la esquina del número diecisiete, pero con las contraventanas cerradas y recubiertas de carteles del partido y pintadas del Partido Comunista no parecía que hubiera tenido huéspedes desde los tiempos en que Bismarck se había dejado crecer el primer bigote. Fui hasta la puerta frontal y la encontré cerrada. Inclinándome, miré por el buzón, pero no había señales de que hubiera nadie allí.
En la puerta de al lado, en la oficina de Heinrich Billinger, contable «alemán», el carbonero estaba entregando bloques de carbón marrón, en lo que parecía una artesa de panadería. Le pregunté si recordaba cuándo habían cerrado la pensión. Se limpió la frente llena de hollín, y luego escupió mientras trataba de recordar.
—Nunca ha sido lo que se puede decir una pensión normal —declaró finalmente. Miró dudoso a Inge y, escogiendo cuidadosamente las palabras, añadió—: Más bien lo que podría llamarse una casa de mala reputación. No un burdel declarado, ya me entiende. Sólo ese tipo de sitios donde una puta se lleva a sus clientes. Recuerdo haber visto salir algunos hombres de ahí hace sólo un par de semanas. El dueño nunca compraba carbón de forma regular; sólo una carga de vez en cuando. Pero cuándo cerró, no podría decirlo. Si es que está cerrada, ¿eh? No juzgue por el aspecto que tiene. A mí me parece que siempre ha tenido el mismo.
Llevé a Inge a la parte de atrás, hasta un pequeño callejón empedrado, con garajes y trasteros a los dos lados. Unos gatos vagabundos permanecían sentados, asquerosamente independientes, en lo alto de los muros de ladrillo; había un colchón abandonado en un portal, con sus entrañas de hierro desparramándose hasta el suelo; alguien había tratado de prenderle fuego, y me acordé del armazón ennegrecido de la cama de las fotografías que Illmann, el forense, me había enseñado. Nos detuvimos frente a lo que pensé que sería el garaje perteneciente a la pensión y miré por la sucia ventana, pero era imposible ver nada.
—Volveré a buscarte dentro de un minuto —dije, y trepé por la cañería del desagüe que subía por un lado del garaje hasta el tejado de hierro acanalado.
—Que no se te olvide —me gritó.
Crucé a gatas, con cautela, el muy oxidado tejado, no atreviéndome a ponerme de pie para no concentrar todo mi peso en un único punto. Al final del tejado, mirando hacia abajo, vi un pequeño patio que llevaba a la pensión. La mayoría de las ventanas estaban cubiertas con unas sucias cortinas de red, y no había señales de vida en ninguna de ellas. Busqué una forma de bajar, pero no había ninguna cañería y el muro de la propiedad colindante era demasiado bajo para serme útil. Era una suerte que la parte trasera de la pensión ocultara la vista del garaje a cualquiera que pudiera haber levantado la vista desde un aburrido libro de cuentas. No había más remedio que saltar, aunque era una altura de más de cuatro metros. Lo conseguí, pero las palmas de los pies me escocieron durante varios minutos, como si las hubieran golpeado con un trozo de manguera de goma. La puerta trasera del garaje no estaba cerrada con llave y, salvo por una pila de viejos neumáticos de automóvil, no tenía nada. Descorrí el cerrojo de la puerta doble y dejé entrar a Inge. Luego volví a echar el cerrojo. Durante un momento permanecimos en silencio, mirándonos en la penumbra, y casi me permití besarla. Pero hay sitios mejores para besar a una chica bonita que un garaje abandonado en Kreuzberg.
Cruzamos el patio, y cuando llegamos a la puerta trasera de la pensión, probé a mover la manija. La puerta siguió cerrada.
—¿Y ahora qué? —dijo Inge—. ¿Una ganzúa? ¿Una llave maestra?
—Algo parecido —dije, y abrí la puerta de una patada.
—Muy sutil —dijo, mirando cómo la puerta quedaba colgando de los goznes—. Doy por supuesto que has decidido que no hay nadie dentro.
Le sonreí.
—Cuando miré por el buzón vi un montón de correspondencia sin abrir encima del felpudo. —Entré. Ella vaciló el tiempo suficiente para que yo la mirara—. Está bien. No hay nadie. Apostaría a que no ha habido nadie desde hace tiempo.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí?
—Estamos echando una mirada, eso es todo.
—Haces que suene como si estuviéramos en los almacenes Grunfeld —dijo, y me siguió por el lóbrego pasillo de piedra.
El único sonido era el de nuestros propios pasos, los míos fuertes y decididos, los de ella nerviosos, casi de puntillas.
Al final del pasillo me detuve y miré al interior de una cocina grande y muy maloliente. Había montones de platos sucios apilados desordenadamente. Había queso y carne cubiertos de larvas de mosca en la mesa de la cocina. Un insecto abotargado zumbó rozándome la oreja. Sólo con entrar, la peste era insoportable. Detrás de mí, oí toser a Inge de una forma que era casi una arcada. Me apresuré hasta la ventana y la abrí. Durante un momento permanecimos allí disfrutando del aire limpio. Luego, mirando el suelo, vi que había algunos papeles delante de la estufa. Una de las puertas del incinerador estaba abierta, y me incliné hacia delante para echar una ojeada. Dentro estaba lleno de papel quemado, la mayoría convertido en cenizas, pero aquí y allí había extremos o esquinas de algo que las llamas no habían acabado de consumir.
—Mira a ver si puedes rescatar algo de eso —dije—. Parece ser que alguien tenía mucha prisa en borrar sus huellas.
—¿Algo en particular?
—Cualquier cosa legible, supongo.
Fui hasta la puerta de la cocina.
—¿Dónde estarás?
—Voy a echar un vistazo arriba. —Señalé con el pulgar al montaplatos—. Si me necesitas, da un grito por el hueco.
Asintió en silencio y se arremangó.
Arriba, y al mismo nivel de la puerta frontal, había incluso más desorden. Detrás del escritorio, había cajones vacíos con el contenido desparramado por la desgastada alfombra, y las puertas de todos los armarios estaban fuera de las bisagras. Me recordó la confusión del apartamento de Goering en la Derfflingerstrasse. En su mayor parte, las tablas del suelo del dormitorio habían sido arrancadas, y había huellas de que se había rebuscado con una escoba por algunas de las chimeneas. Luego entré en el comedor. La sangre había salpicado el papel blanco de las paredes como si fuera un arañazo enorme, y en la alfombra había una mancha del tamaño de una bandeja. Pisé algo duro y me incliné para recoger algo que parecía una bala. Era un peso de plomo, incrustado de sangre. Lo sopesé en la mano y luego me lo metí en el bolsillo de la chaqueta.
La repisa de madera del montaplatos también estaba manchada de sangre. Metí la cabeza por el hueco para darle un grito a Inge y me dieron náuseas, de tan fuerte como era el olor a putrefacción. Retrocedí tambaleándome. Había algo atascado en el hueco, y no era un desayuno. Tapándome la boca y la nariz con el pañuelo, volví a meter la cabeza por el agujero. Mirando hacia abajo vi que el ascensor estaba parado entre dos pisos. Mirando hacia arriba vi que en el lugar donde cruzaba la polea, una de las cuerdas que lo sujetaba había sido bloqueada con un trozo de madera. Sentándome en la repisa, con la mitad superior del cuerpo en el hueco, estiré el brazo y quité el trozo de madera. La cuerda se deslizó por delante de mi cara, y por debajo de mí el montaplatos cayó a plomo hasta la cocina con un fuerte golpe. Oí el grito sobresaltado de Inge, y luego volvió a gritar, sólo que esta vez era un alarido más largo y sostenido.
Salí a toda velocidad del comedor, bajé las escaleras hasta el sótano y la encontré en el pasillo, fuera de la cocina, apoyada en la pared como si estuviera enferma.
—¿Estás bien?
Tragó ruidosamente.
—Es horrible.
—¿El qué?
Entré en la cocina. Oí que Inge decía:
—No entres ahí, Bernie.
Pero era demasiado tarde.
El cuerpo descansaba a un lado del montaplatos, encogido en posición fetal como alguno de esos temerarios a punto de desafiar las cataratas del Niágara dentro de un barril de cerveza. Mientras lo miraba, me pareció que la cabeza se volvía, y me costó un momento darme cuenta de que estaba cubierta de gusanos, una máscara brillante de gusanos que se alimentaban de la ennegrecida cara. Tragué con fuerza varias veces. Tapándome una vez más la nariz y la boca, avancé para mirarlo más de cerca, lo bastante cerca como para oír el ligero crujido, como una suave brisa entre las hojas húmedas, hecho por cientos de pequeñas piezas bucales. Con mis escasos conocimientos de medicina forense, sabía que al poco tiempo de la muerte las moscas no sólo ponen sus huevos en las partes húmedas de un cadáver, como los ojos y la boca, sino también en las heridas abiertas. Por el número de larvas que se alimentaban en la parte superior del cráneo y en la sien derecha, lo más probable es que la víctima hubiera sido golpeada hasta morir. Por la ropa podía deducir que el cuerpo era de un hombre, y juzgando por la evidente calidad de los zapatos, de un hombre rico. Metí la mano en el bolsillo derecho de la chaqueta y lo volví del revés. Cayeron al suelo unos trozos de papel y algunas monedas, pero nada que pudiera identificarlo. Palpé la zona de alrededor del bolsillo de arriba, pero parecía estar vacío, y no me sentía con ánimos para meter la mano entre su rodilla y la cabeza agusanada para asegurarme. Al retirarme hacia la ventana para respirar, se me ocurrió una idea.
—¿Qué estás haciendo, Bernie?
La voz parecía más entera ahora.
—Quédate donde estás —le dije—. No tardaré. Sólo quiero ver si puedo averiguar quién era nuestro amigo.
Oí cómo tragaba aire con fuerza, y el roce de una cerilla cuando encendió un cigarrillo. Encontré un par de tijeras de cocina y volví al montaplatos, donde corté la manga de la chaqueta a lo largo hasta el antebrazo del hombre. Sobre la piel verdosa y amoratada, con sus venas veteadas, el tatuaje seguía siendo visible, aferrándose al antebrazo como un insecto grande y negro que, en lugar de darse un banquete en la cabeza con esos gusanos y moscas inferiores, había elegido comer solo, en un trozo mayor de carroña. Nunca he comprendido por qué se tatúan los hombres. Uno pensaría que hay cosas mejores que hacer que mutilar el propio cuerpo. Sin embargo, hace que identificar a alguien sea relativamente fácil, y se me ocurrió que no pasaría mucho tiempo antes de que fuera obligatorio que todos los ciudadanos alemanes se tatuaran. Pero en aquel caso, el águila imperial alemana identificaba a Gerhard von Greis con tanta certeza como si me hubieran entregado su carné del partido y su pasaporte.
Inge sacó la cabeza por la puerta.
—¿Tienes idea de quién es?
Me arremangué y metí el brazo en el incinerador.
—Sí —dije, tanteando entre las cenizas frías.
Los dedos tocaron algo largo y duro. Lo saqué y lo miré objetivamente. Apenas estaba quemado. No era el tipo de madera que arde fácilmente. En la parte más gruesa estaba partido, revelando otro peso de plomo y un encaje vacío para el que había encontrado arriba, en la alfombra del comedor.
—Se llamaba Von Greis, y era un artista de la extorsión de alto nivel. Parece que le dieron la liquidación final y permanente. Alguien lo peinó con esto.
—¿Qué es?
—Un trozo de taco de billar roto —dije, y lo volví a tirar dentro de la estufa.
—¿No tendríamos que decírselo a la policía?
—No tenemos tiempo para ayudarles a hacer averiguaciones. En cualquier caso, no en este momento. Tendríamos que pasarnos el resto del fin de semana contestando preguntas estúpidas.
Pensaba, además, que un par de días más recibiendo los honorarios de Goering no vendrían mal, pero eso me lo guardé para mí.
—¿Y qué pasa con él, con el muerto?
Miré de nuevo el cuerpo agusanado de Von Greis y luego me encogí de hombros.
—Él no tiene prisa —dije—. Además, no querrías estropear la merienda, ¿verdad?
Recogimos los fragmentos de papel que Inge había conseguido rescatar del interior de la estufa y cogimos un taxi para volver al despacho. Serví dos coñacs largos. Inge bebió el suyo con gratitud, sujetando el vaso con ambas manos, como una niña pequeña ansiosa por beberse la limonada. Me senté en el brazo de su silla y le rodeé los temblorosos hombros con el brazo, atrayéndola hacia mí. La muerte de Von Greis aceleraba nuestra creciente necesidad de estar cerca el uno del otro.
—Me temo que no estoy acostumbrada a encontrarme cadáveres —dijo con una sonrisa avergonzada—. Y mucho menos aún cuerpos tan descompuestos que aparecen inesperadamente en un montaplatos.
—Sí, tiene que haber sido todo un susto. Siento que tuvieras que verlo. Tengo que admitir que te había abandonado un poco.
—Resulta difícil creer que fue algo humano —dijo con un ligero estremecimiento—. Parecía tan... tan vegetal; como un saco de patatas podridas.
Resistí la tentación de hacer otro comentario de mal gusto. En lugar de ello fui a mi escritorio, extendí los fragmentos de papel que habíamos recogido en la cocina de Tillessen y los estudié. En su mayoría eran cuentas, pero había uno que el fuego casi no había tocado que me interesó mucho.
—¿Qué es? —preguntó Inge.
Cogí el trozo de papel entre el índice y el pulgar.
—Un recibo salarial.
Se levantó para mirarlo más de cerca.
—De un pago hecho por la Gesellschaft Reichsautobahnen a uno de sus obreros de la construcción de autopistas.
—¿De quién es?
—De un tipo llamado Hans Jürgen Bock. Hasta hace poco, estaba en la cárcel con un tal Kurt Mutschmann, un reventador de cajas fuertes.
—Y tú crees que ese Mutschmann pudiera haber sido el que abrió la caja de los Pfarr, ¿no es así?
—Tanto él como Bock son miembros de la misma red, como también lo era el propietario de ese hotel que acabamos de visitar.
—Pero si Bock está en una red con Mutschmann y Tillessen, ¿qué hace trabajando en las obras de una autopista?
—Ésa es una buena pregunta.
Me encogí de hombros y añadí:
—¿Quién sabe?, quizá esté tratando de ir por el camino recto. Sea como sea, tendremos que hablar con él.
—Quizá pueda decirnos dónde está Mutschmann.
—Es posible.
—Y Tillessen.
Negué con la cabeza.
—Tillessen está muerto —expliqué—. Mataron a Von Greis golpeándolo con un palo de billar roto. Hace unos días, en el depósito de cadáveres de la policía, vi lo que había pasado con la otra mitad de ese palo de billar. Se lo habían metido a Tillessen por la nariz, hasta el cerebro.
Inge hizo una mueca.
—Pero ¿cómo sabes que era Tillessen?
—No lo sé seguro —admití—. Pero sé que Mutschmann está escondido y que fue con Tillessen con quien se fue a vivir cuando salió de la cárcel. No creo que Tillessen hubiera dejado un cadáver en su propia pensión si hubiera podido evitarlo. Según mis últimas noticias, la policía todavía no había identificado el cadáver, así que supongo que debe de ser Tillessen.
—Pero ¿por qué no podría ser Mutschmann?
—No lo veo así. Hace un par de días mi informador me dijo que habían puesto precio a la cabeza de Mutschmann, y para entonces ya habían sacado del Landwehr el cuerpo con el palo de billar en la nariz. No, sólo puede ser Tillessen.
—¿Y Von Greis? ¿Era también un miembro de esa red?
—No de ésa, pero sí de otra mucho más poderosa. Trabajaba para Goering. En cualquier caso, no puedo explicarme por qué estaría allí.
Hice girar un poco de coñac por toda la boca, como si fuera un enjuague, y después de tragarlo cogí el teléfono y llamé al Reichsbahn. Hablé con un empleado del departamento de nóminas.
—Me llamo Rienacker —dije—. Kriminalinspektor Rienacker, de la Gestapo. Estamos interesados en saber el paradero de un trabajador de la construcción de autopistas llamado Hans Jürgen Bock, referencia 30-4-232564. Puede sernos de ayuda para detener a un enemigo del Reich.
—Sí —contestó el empleado sumisamente—. ¿Qué desea saber?
—Evidentemente, en qué sección de la autopista está trabajando y si estará allí hoy o no.
—Si puede esperar un minuto, por favor, iré a comprobar el archivo.
Pasaron unos minutos.
—Bonita actuación la tuya, ¿eh? —dijo Inge.
Tapé el auricular y dije:
—Hay que ser muy valiente para negarse a cooperar con alguien que llama y dice que es de la Gestapo.
El empleado volvió al teléfono y me dijo que Bock estaba en una zona de trabajo en las afueras del Gran Berlín, en el tramo de Berlín a Hannover.
—Específicamente, en la sección entre Brandeburgo y Lehnin. Le sugiero que se ponga en contacto con la oficina de la obra, a unos dos kilómetros a este lado de Brandeburgo. Son unos setenta kilómetros. Vaya hasta Potsdam y luego coja la Zeppelin Strasse. Después de unos cuarenta kilómetros tome la A-Bahn en Lehnin.
—Gracias —dije—. ¿Estará trabajando hoy?
—Lo siento, no lo sé —dijo el empleado—. Muchos no trabajan los sábados. Pero incluso si no está trabajando, probablemente lo encontrará en los barracones de los obreros. Viven en el emplazamiento de las obras, ¿sabe?
—Ha sido usted muy servicial —dije, y añadí con la pomposidad típica de los oficiales de la Gestapo—: Informaré de su eficiencia a sus superiores.
13
—Es típico de esos malditos nazis —decía Inge—; construyen las carreteras del pueblo antes que el coche del pueblo.
Íbamos por la autovía Avus hacia Potsdam, e Inge se refería al muy postergado coche de la Fuerza por la Alegría, el KdF-Wagen. Era un tema que evidentemente se tomaba muy a pecho.
—Si quieres saber mi opinión, es como poner el carro delante de los bueyes. Quiero decir, ¿quién necesita esas autopistas gigantescas? No es que nuestras carreteras tengan nada malo. Y no es que haya tantos coches en Alemania. —Se volvió de lado en su asiento a fin de verme mejor mientras continuaba hablando—. Tengo un amigo, ingeniero, que me ha dicho que están construyendo una autopista justo a través del Corredor Polaco, y que está en proyecto otra que cruce Checoslovaquia. Bueno, ¿para qué otra cosa podrían querer hacerlo si no fuera para trasladar a un ejército?
Carraspeé antes de responder y así gané un par de segundos para pensármelo.
—No veo que las autopistas sean de mucho valor militar, y no hay ninguna al oeste del Rin, hacia Francia. De todos modos, en un tramo recto de carretera, un convoy de camiones es un blanco más fácil para un ataque aéreo.
Este último comentario provocó una risa cortante y burlona de mi compañera.
—Es precisamente para eso para lo que están preparando a la Luftwaffe; para proteger los convoyes.
—Quizá sí —dije encogiéndome de hombros—. Pero si lo que buscas es la verdadera razón de que Hitler haya construido esas carreteras, entonces hay una mucho más sencilla. Es un medio fácil para reducir las cifras de desempleo. Un hombre que recibe ayuda del Estado se arriesga a perderla si rechaza una oferta de empleo en las autopistas. Así que la acepta. ¿Quién sabe?, puede que sea eso lo que le ha sucedido a Bock.
—Tendrías que darte una vuelta por Wedding y Neukölln alguna que otra vez —dijo refiriéndose a los únicos reductos de simpatía hacia el Partido Comunista que quedaban en Berlín.
—Bueno, por supuesto, están los que lo saben todo sobre la paga y las condiciones de trabajo miserables de las autopistas. Supongo que muchos de ellos piensan que es mejor no apuntarse para recibir ayuda y así evitar que los envíen a trabajar a ellas.
Estábamos entrando en Potsdam por la Neue Köningstrasse. Potsdam: un santuario donde los antiguos residentes de la ciudad encienden velas a los gloriosos días pasados de la patria y a su propia juventud; el esqueleto abandonado y silencioso de la Prusia Imperial. Con un aspecto más francés que alemán, es como un museo, donde las antiguas maneras de hablar y sentir se preservan con reverencia, donde el conservadurismo es absoluto y las ventanas están tan limpias como el cristal de los retratos del káiser.
Un par de kilómetros más allá, por la carretera de Lehnin, lo pintoresco cedía el paso bruscamente a lo caótico. Allí donde en un tiempo hubo uno de los paisajes más hermosos de las afueras de Berlín, ahora había la maquinaria de obras y el desgarrado valle pardo que era el tramo Lehnin-Brandeburgo a medio construir de la autopista. Más cerca de Brandeburgo, en un grupo de barracones de madera y de máquinas excavadoras inactivas, me detuve y le pregunté a un obrero dónde estaba el cobertizo del capataz. Me señaló a un hombre que se encontraba a unos pocos metros más allá.
—Si quiere hablar con él, es ese que está allí.
Le di las gracias y aparqué el coche. Bajamos.
El capataz era un hombre robusto, de estatura mediana, cara roja y con una barriga mayor que la de una mujer en los últimos días de su embarazo: le colgaba por encima de los pantalones como si fuera la mochila de un montañero. Se volvió para mirarnos según nos acercábamos, y casi como si se estuviera preparando para enfrentarse a mí, se subió los pantalones, se secó la mandíbula con barba de tres días con el dorso de la mano, del tamaño de una pala, y desplazó la mayor parte de su peso hacia el talón del pie.
—Hola —grité, cuando estuvimos bastante cerca de él—. ¿Es usted el capataz? —No dijo nada—. Me llamo Gunther, Bernhard Gunther. Soy un investigador privado, y ésta es mi ayudante, Fräulein Inge Lorenz.
Le entregué mi identificación. El capataz saludó con un gesto a Inge y volvió a mirar mi licencia. Había una precisión tal en su conducta que parecía casi simiesca.
—Peter Welser —dijo—. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
—Me gustaría hablar con Herr Bock. Confío en que podrá ayudarnos. Estamos buscando a una persona desaparecida.
Welser soltó una risita y volvió a subirse los pantalones.
—Por los clavos de Cristo, ésa sí que es buena. —Sacudió la cabeza y luego escupió al suelo—. Sólo en esta semana han desaparecido tres obreros. Quizá podría contratarle para tratar de encontrarlos, ¿eh?
Volvió a reírse.
—¿Era Bock uno de ellos?
—Joder, no —dijo Welser—. Es un trabajador de los buenos. Un ex presidiario que está tratando de vivir honradamente. Espero que no lo vayan a estropear.
—Herr Welser, sólo quiero hacerle un par de preguntas, no fisgar en su vida y llevármelo luego de vuelta a Tegel en mi camioneta. ¿Está aquí ahora?
—Sí, está. Probablemente en su barracón. Le llevaré hasta allí. —Le seguimos hasta uno de los varios cobertizos de madera, largos y de un solo piso, levantados al lado de lo que fuera bosque y ahora estaba destinado a ser autopista. Al pie de los escalones, el capataz se volvió y dijo:
—Estos tipos son un poco rudos, pero eficaces. Quizá sería mejor que la señora no entrara. Hay que tomárselos como se encuentren. Puede que algunos ni siquiera estén vestidos.
—Esperaré en el coche, Bernie —dijo Inge.
La miré y encogí los hombros disculpándome, antes de seguir a Welser escalones arriba. Levantó el pasador de madera y entramos.
Dentro, las paredes y el suelo estaban pintados de un degradado color amarillento. A lo largo de las paredes había literas para doce obreros, tres de ellas sin colchón y tres ocupadas por hombres vestidos sólo con ropa interior. En medio del barracón había una estufa barriguda de hierro fundido negro, cuya chimenea salía directamente a través del techo, y a su lado una gran mesa de madera en la que se encontraban cuatro hombres jugando a los naipes por unos pocos pfennings. Welser habló a uno de los jugadores.
—Este hombre es de Berlín —explicó—. Le gustaría hacerte unas preguntas.
Una montaña de hombre, con la cabeza del tamaño de un tocón de árbol, se miró la palma de la mano atentamente, miró al capataz y luego a mí con desconfianza. Otro hombre se levantó de su litera y empezó a barrer el suelo con una escoba, como quien no quiere la cosa.
He tenido mejores presentaciones en mi época y no me sorprendió ver que no hacía que Bock se sintiera precisamente cómodo. Estaba a punto de añadir mi propio codicilo a la poco adecuada referencia de Welser cuando Bock se puso en pie de un salto y mi mandíbula, que le bloqueaba la salida, recibió un gancho que la apartó de en medio. No fue mucho como golpe, pero lo suficiente como para hacer estallar una pequeña caldera a vapor entre mis oídos y lanzarme a un lado. Un par de segundos después oí un «clang» corto y sordo, como si alguien golpeara una bandeja de hojalata con un cucharón para sopa. Cuando recobré el conocimiento, miré alrededor y vi a Welser de pie al lado del cuerpo medio inconsciente de Bock. En la mano sostenía una pala de carbón, con la cual era evidente que había golpeado al hombretón en la cabeza. Se oyó el arrastrar de sillas y patas de mesa cuando los compañeros de juego de Bock se pusieron de pie.
—Tranquilos, todos vosotros —chilló Welser—. Este tipo no es un cabrón de policía, es un investigador privado. No ha venido a arrestar a Hans. Sólo quiere hacerle unas preguntas, eso es todo. Está buscando a un desaparecido. —Señaló a uno de los hombres que habían estado jugando—. Eh, tú, échame una mano para levantarlo. —A continuación me miró—. ¿Está bien? —preguntó.
Asentí vagamente. Welser y el otro hombre se inclinaron y levantaron a Bock desde donde había caído hasta la entrada. Vi que no era fácil; el hombre parecía pesado. Lo sentaron en una silla y esperaron a que sacudiera la cabeza para aclarársela. Mientras, el capataz ordenó al resto de hombres que salieran afuera diez minutos. Los hombres que estaban en las literas no opusieron resistencia, y pude ver que Welser era un hombre acostumbrado a que lo obedecieran, y rápido.
Cuando Bock recobró el conocimiento, Welser le dijo lo que ya había dicho al resto del barracón. Hubiera deseado que lo hubiera hecho al principio.
—Estaré fuera si me necesita —dijo Welser, y empujando al último hombre para hacerlo salir del cobertizo, nos dejó solos a los dos.
—Si no es usted un poli, debe de ser uno de los chicos de Red.
Bock hablaba con la boca torcida y vi que tenía una lengua varias tallas más grande para el tamaño de su boca. La punta quedaba enterrada en algún sitio del interior de la mejilla, de forma que lo único que yo veía era la gran masa de color rosado que era su parte más gruesa.
—Mire, no soy un completo idiota —dijo con vehemencia—. No soy tan estúpido como para que me maten para proteger a Kurt. De verdad que no tengo ni idea de dónde está.
Saqué mi pitillera y le ofrecí un cigarrillo. Encendí el suyo y el mío en silencio.
—Escucha, para empezar, no soy uno de los chicos de Red. De verdad que soy un investigador privado como dijo ese hombre. Pero me duele la mandíbula, y a menos que contestes a todas mis preguntas, tu nombre será el que sacarán del sombrero los chicos del Alex para que haga el viaje hasta la cuchilla de cortar carne de la pensión Tillessen. —Bock se puso rígido en la silla—. Y si te mueves de esa silla, te juro que te romperé el cuello.
Acerqué una silla y puse un pie sobre el asiento, de forma que pudiera apoyarme en la rodilla mientras lo miraba.
—No puede demostrar que estuviera cerca de allí —dijo.
—Ah, así que no puedo —dije con una sonrisa. Di una larga calada al cigarrillo y le lancé el humo a la cara—. En tu última visita a Tillessen te dejaste amablemente el recibo de la paga. Lo encontré en el incinerador, al lado del arma del crimen. Claro que no está allí ahora, pero no me costaría nada volverlo a poner. La policía todavía no ha encontrado el cuerpo, pero eso es porque aún no hemos tenido tiempo de decírselo. Ese recibo te pone en una situación muy incómoda. Al lado del arma del crimen; es más que suficiente para enviarte a la trena.
—¿Qué quiere?
Me senté frente a él.
—Respuestas —dije—. Mira, amigo, si te pregunto cuál es la capital de Mongolia, será mejor que me des una respuesta o te partiré la cabeza. ¿Lo comprendes? —Se encogió de hombros—. Empezaremos por Kurt Mutschmann y lo que los dos hicisteis al salir de Tegel.
Bock dio un profundo suspiro y luego asintió.
—Yo salí primero. Decidí tratar de seguir el camino recto. No es que éste sea un gran trabajo, pero es un trabajo. No quería volver a la trena. A veces iba a Berlín a pasar un fin de semana, ¿sabe? Y me quedaba en donde Tillessen. Es un macarra, o lo era. A veces me arreglaba las cosas para que echara un polvo. —Se pasó el cigarrillo por la comisura del labio y se frotó la cabeza—. Como sea, un par de meses después de salir yo, Kurt acabó la condena y fue a vivir a casa de Tillessen. Fui a verlo y me dijo que la red iba a darle su primer trabajo, robando algo.
»Bueno, la misma noche que lo vi, aparecieron Rot Dieter y un par de sus chicos. Red es, más o menos, quien dirige la red. Llevaban a ese tío mayor con ellos, y empezaron a trabajárselo en el comedor. Yo me mantuve aparte, en mi habitación. Y al cabo de un rato viene Rot y le dice a Kurt que quiere que abra una caja fuerte, y que yo lleve el coche. Bueno, a ninguno de los dos nos hizo mucha gracia. A mí, porque ya había tenido bastante; y a Kurt porque es un profesional. No le gusta la violencia, las cosas sucias, ¿sabe? Y además le gusta tomarse su tiempo. No llegar y meterse a hacer el trabajo sin ninguna preparación.
—Esa caja; ¿fue el hombre al que apaleaban quien les informó? —Bock asintió—. ¿Y qué pasó entonces?
—Yo decidí que no quería saber nada de aquello. Así que salté por la ventana, pasé la noche en una casa de putas en la Frobestrasse y luego volví aquí. Aquel tipo, el que habían apaleado, todavía estaba vivo cuando me fui. Lo mantenían vivo hasta averiguar si les había dicho la verdad.
Se sacó la colilla de la boca y la tiró al suelo de madera, aplastándola con el tacón. Le di otro cigarrillo.
—Bueno, de lo siguiente que me entero es de que el trabajo ha salido mal. Parece que fue Tillessen quien condujo el coche. Después los chicos de Red lo mataron. Y hubieran matado a Kurt también, pero se les escapó.
—¿Traicionaron a Red?
—Nadie es tan estúpido.
—Pero tú estás cantando, ¿no?
—Cuando estaba allá dentro, en Tegel, vi morir a muchos hombres en la guillotina —dijo en voz baja—. Prefiero arriesgarme con Rot. Cuando me vaya quiero irme de una pieza.
—Cuéntame algo más del trabajo.
—«Es sólo abrir una caja», dijo Rot. Algo fácil para un hombre como Kurt; es un auténtico profesional. Podría abrir el corazón de Hitler. El trabajo era en mitad de la noche. Abrir la caja y coger unos papeles. Eso es todo.
—¿Diamantes no?
—¿Diamantes? Nunca dijo nada de piedras.
—¿Estás seguro de eso?
—Claro que sí. Sólo tenía que coger los papeles. Nada más.
—¿Qué papeles eran? ¿Lo sabes?
Bock negó con la cabeza.
—Sólo papeles.
—¿Y qué hay de los asesinatos?
—Nadie dijo nada de asesinatos. Kurt no habría aceptado hacer el trabajo si hubiera pensado que tenía que cargarse a alguien. No era esa clase de tipo.
—¿Y qué hay de Tillessen? ¿Era de los que matan a la gente en la cama?
—Ni por casualidad. No era su estilo para nada. Tillessen era sólo un macarra de mierda. Para lo único que era bueno era para pegarle una paliza a las putas. Le enseñabas un hierro y salía corriendo como un conejo.
—Puede que se volvieran codiciosos y cogieran más de lo que se suponía que iban a coger.
—Eso dímelo tú. Tú eres el jodido detective.
—¿Y no has vuelto a ver o a saber de Kurt?
—Es demasiado listo para ponerse en contacto conmigo. Si tiene algo de sentido común, ya se habrá metido en un submarino.
—¿Tiene amigos?
—Algunos. Pero no sé quiénes son. Su mujer lo dejó, así que puede olvidarse de ella. Se gastó todos los pfennigs que él había ganado, y cuando los acabó se largó con otro hombre. Kurt se moriría antes que pedirle ayuda a esa zorra.
—Puede que ya esté muerto —sugerí.
—Kurt no —dijo Bock, mostrando en su expresión su total rechazo a esa idea—. Es listo. Con recursos. Encontrará una forma de salir de esto.
—Quizá —dije—. Una cosa que no acabo de entender —añadí— es que quieras andar recto, especialmente cuando terminas trabajando aquí. ¿Cuánto te sacas a la semana?
Bock se encogió de hombros.
—Unos cuarenta marcos —dijo.
Notó la sorpresa en mi cara; era incluso menos de lo que yo había supuesto.
—No es mucho, ¿verdad?
—Entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué no estás rompiendo cabezas para Red?
—¿Quién dice que lo hice alguna vez?
—Te metieron dentro por apalear a los piquetes de huelguistas, ¿no?
—Eso fue un error. Necesitaba el dinero.
—¿Quién te pagaba?
—Rot.
—¿Y él qué sacaba?
—Dinero, igual que yo. Sólo que más. Y a esos tipos nunca los atrapan. Eso lo averigüé en la trena. Lo peor de todo es que parece que ahora que yo he decidido ir recto, el resto del país ha decidido torcerse. Voy a la cárcel y cuando salgo me encuentro con que esos cabrones imbéciles han elegido a un atajo de gángsters. ¿Qué te parece eso?
—Mira, a mí no me eches la culpa, amigo; yo voté por los socialdemócratas. ¿Te llegaste a enterar de quién pagaba a Rot para romper las huelgas? ¿Oíste algunos nombres por casualidad?
—Los amos, supongo —dijo encogiéndose de hombros—. No es necesario ser detective para saber eso. Pero nunca oí ningún nombre.
—Sin embargo, estaba claramente organizado.
—Oh, sí, organizado lo estaba, seguro. Y además funcionó. Volvieron al tajo, ¿no?
—Y tú fuiste a la cárcel.
—Me pescaron. Nunca he tenido mucha suerte. El que usted haya aparecido aquí es una prueba.
Saqué la cartera y le di un billete de cincuenta. Abrió la boca para darme las gracias.
—Olvídalo.
Me levanté y me dirigí a la puerta del cobertizo, pero dándome la vuelta le pregunté:
—¿Ese Kurt tuyo era la clase de dedos que deja abierta una caja que ha reventado?
Bock dobló los cincuenta y negó con la cabeza.
—Nadie ha hecho nunca un trabajo más limpio que Kurt Mutschmann.
Asentí.
—Eso es lo que yo pensaba.
—Creo que vas a tener un bonito ojo por la mañana —dijo Inge.
Me cogió por la barbilla y me hizo volver la cabeza para ver mejor el morado de la mejilla.
—Será mejor que dejes que te ponga algo ahí —dijo yendo hacia el baño.
Nos habíamos detenido en mi piso al volver de Brandeburgo. Oí cómo dejaba correr el grifo durante un rato y, cuando volvió, me aplicó un paño frío en la cara. Mientras permanecía allí, yo notaba su respiración acariciándome la oreja y aspiré profundamente la neblina perfumada en la que se movía.
—Puede que esto detenga la hinchazón —dijo.
—Gracias. Un tipo con la mandíbula de cristal es malo para el negocio. Por otro lado, quizá crean que soy un tipo de esos decididos; ya sabes, de esos tipos que nunca abandonan un caso.
—Estate quieto —dijo, impaciente.
Su vientre me rozó y me di cuenta con una cierta sorpresa de que tenía una erección. Ella parpadeó rápidamente, y supuse que también se había dado cuenta; pero no se apartó. En cambio, y casi involuntariamente, me rozó otra vez, sólo que con un poco más de presión que antes. Levanté el brazo y acuné su amplio pecho en la palma de mi mano. Al cabo de un minuto le cogí el pezón entre el pulgar y el índice. No me costó encontrarlo. Estaba tan duro como la tapa de una tetera, y era casi igual de grande. Entonces se alejó.
—Quizá tendríamos que parar ahora —dijo.
—Si tienes intención de parar la hinchazón, es demasiado tarde —le dije.
Me recorrió rápidamente con la mirada cuando lo dije. Sonrojándose un poco, cruzó los brazos por encima de los pechos y flexionó el largo cuello contra la columna.
Disfrutando de lo deliberado de mis propias acciones, me acerqué a ella y, desde su cara, fui bajando lentamente la mirada: por encima de sus pechos, por encima de sus muslos, hasta llegar al borde de su vestido de algodón verde. Estirando el brazo lo cogí. Nuestros dedos se rozaron cuando ella me lo quitó de las manos para sujetarlo a la altura de la cintura, donde yo lo había subido. Entonces me arrodillé ante ella, demorando los ojos en su ropa interior durante largos segundos antes de subir las manos y bajarle las bragas hasta los tobillos. Se equilibró apoyando una mano en mi hombro y sacó los pies de ellas, y sus largos y suaves muslos temblaron ligeramente al hacerlo. Miré hacia arriba, hacia la visión que había codiciado, y luego más allá, hasta una cara que sonreía, para desaparecer luego cuando el vestido subió por encima de la cabeza, desvelando sus pechos, su cuello y luego de nuevo su cabeza, que sacudió la cascada de brillante pelo negro como un pájaro agita las plumas de las alas. Dejó caer el vestido al suelo y se quedó de pie delante de mí, desnuda salvo por el liguero, las medias y los zapatos. Me senté sobre los talones, y con una excitación que ansiaba liberarse miré cómo giraba lentamente frente a mí, mostrándome el perfil de su vello púbico y sus pezones erectos, el largo canal de su espalda y las dos mitades perfectamente armónicas que eran sus nalgas, y luego de nuevo la curva de su vientre, el oscuro gallardete que parecía taladrar el aire con su propia excitación y las suaves y temblorosas piernas.
La cogí en brazos y la llevé al dormitorio, donde pasamos el resto de la tarde acariciándonos, explorándonos y gozando con fruición del banquete que nos ofrecía la carne del otro.
La tarde fue deslizándose lentamente hasta la noche, con un sueño ligero y palabras tiernas; y cuando nos levantamos de la cama habiendo satisfecho nuestro anhelo, descubrimos que nuestros apetitos eran todavía más voraces.
La llevé a cenar al Peltzer Grill y luego a bailar al Germania, en la cercana Hardenbergstrasse. Estaba atestado con las gentes más elegantes de Berlín, muchas de ellas de uniforme. Inge miró a su alrededor, a las paredes de cristal azul, al techo iluminado con pequeñas estrellas azules y soportado por columnas de cobre bruñido y a los estanques con sus nenúfares, y sonrió excitada.
—¿No es sencillamente maravilloso?
—No creía que te gustaran esta clase de sitios —dije sin creerlo.
Pero ella no me oía. Me cogió de la mano y me arrastró hasta la menos llena de las dos pistas circulares de baile.
Era una buena banda, y la sujeté estrechamente y respiré dentro de su cabello. Me felicité de haberla llevado allí, en lugar de a otro de los clubes que yo conocía mejor, como el Johnny’s o el Golden Horseshoe. Luego recordé que Neumann me había dicho que el Germania era una de las guaridas preferidas de Rot Dieter. Así que cuando Inge fue a los lavabos llamé al camarero y le di un billete de cinco marcos.
—Esto compra un par de respuestas a un par de preguntas sencillas, ¿vale? —Se encogió de hombros y se embolsó el dinero—. ¿Está Dieter Helfferrich en el local hoy?
—¿Rot Dieter?
—¿De qué otros colores tienen?[3]
No lo captó, así que lo dejé correr. Se quedó pensativo por un momento, como si se preguntara si al cabecilla de Fuerza Alemana le importaría que lo identificaran de esa manera. Luego tomó la decisión acertada.
—Sí, está aquí esta noche. —Anticipándose a mi siguiente pregunta, señaló con la cabeza hacia el bar—. Está sentado en el reservado más alejado de la orquesta. —Empezó a recoger cosas de la mesa y luego, bajando la voz, añadió—: No es buena idea andar preguntando demasiadas cosas sobre Rot Dieter. Y esto va de regalo.
—Sólo una pregunta más —dije—. ¿Qué lubricante suele beber?
El camarero, que tenía el aspecto chupalimones de un muchacho cariñoso, me miró con lástima, como si no fuera necesario preguntar una cosa así.
—Rot no bebe más que champán.
—Cuanto más inferior la vida, más selecto el gusto, ¿eh? Envíale una botella a su mesa, con mis saludos. —Le di mi tarjeta y un billete—. Y quédate el cambio si sobra algo.
Le dio un buen repaso a Inge cuando volvió de los lavabos. No lo culpé por ello; además no era el único, había un hombre sentado en el bar que también parecía encontrarla digna de atención.
Volvimos a bailar y observé cómo el camarero entregaba la botella de champán en la mesa de Rot Dieter. No podía verlo en su asiento, pero vi cómo le daban mi tarjeta y cómo el camarero señalaba con la cabeza en mi dirección.
—Mira —dije—, hay algo que tengo que hacer. No tardaré mucho, pero tendré que dejarte durante un rato. Si quieres algo, pídeselo al camarero.
Me miró preocupada mientras la acompañaba hasta la mesa.
—Pero ¿adónde vas?
—Tengo que ver a alguien, a alguien que está aquí. Sólo me llevará unos minutos.
Me sonrió y dijo:
—Ten cuidado, por favor.
Me incliné y la besé en la mejilla.
—Tanto como si anduviera por la cuerda floja.
Había un algo de Fatty Arbuckle en el solitario ocupante del último reservado. Su gordo cuello se apoyaba en un par de rollos del tamaño de un donut aprisionados por el collar de su camisa de etiqueta. Tenía la cara tan roja como el jamón cocido, y me pregunté si eso explicaba el mote. La boca de Rot Dieter Helfferrich tenía un rictus duro, como si estuviera mascando un enorme puro. Cuando habló, su voz sonó como la de un oso pardo de tamaño mediano, gruñendo desde el interior de una caverna pequeña y siempre al borde de la cólera. Cuando sonrió la boca fue como un cruce del maya temprano y el gótico tardío.
—Un investigador privado, ¿eh? No conocía ninguno.
—Eso sólo quiere decir que somos menos de los que deberíamos. ¿Le importa si me uno a usted?
Echó una ojeada a la etiqueta de la botella.
—Es un buen champán. Lo menos que puedo hacer es oír lo que tiene que decir. Siéntese —levantó la mano y miró mi tarjeta para causar efecto—, Herr Gunther.
Sirvió una copa a cada uno, y levantó la suya para brindar. Escondidos bajo la capucha de unas cejas del tamaño y la forma de dos torres Eiffel horizontales, sus ojos estaban demasiado dilatados para mi tranquilidad, y cada uno desvelaba un iris similar a un lápiz roto.
—Por los amigos ausentes —dijo.
Asentí y me bebí el champán.
—Por ejemplo, Kurt Mutschmann.
—Ausentes, pero no olvidados. —Soltó una risa áspera y maligna y dio un sorbo a su bebida—. Parece que a los dos nos gustaría saber dónde está. Sólo para nuestra paz mental, claro. Para dejar de preocuparnos por él, ¿eh?
—¿Deberíamos preocuparnos? —pregunté.
—Éstos son tiempos peligrosos para un hombre de la ocupación de Kurt. Bueno, estoy seguro de que no hace falta que te lo diga. Tú lo sabes todo sobre eso, ¿verdad, piojo?, siendo como eres un ex poli. —Cabeceó con aprobación—. Tengo que reconocérselo a tu cliente, piojo, fue una auténtica muestra de inteligencia involucrarte a ti, en lugar de a tus anteriores colegas. Lo único que quiere es que le devuelvan sus piedras, y no hará preguntas. Tú puedes acercarte más. Puedes negociar. Quizá incluso pagará una pequeña recompensa, ¿no?
—Estás muy bien informado.
—Lo estoy si eso es lo único que quiere tu cliente, y hasta ese punto incluso te ayudaré, si puedo. —La cara se le ensombreció—. Pero Mutschmann..., él es mío. Si tu cliente tiene unas ideas equivocadas de venganza, dile que se olvide. Ése es mi barrio. Es sólo una cuestión de buena práctica empresarial.
—¿Y eso es lo único que quieres? ¿Sólo barrer la tienda? Estás olvidando ese pequeño asunto de los papeles de Von Greis, ¿no? ¿Recuerdas? Esos papeles de los que tus chicos tenían tantas ganas de hablarle; dónde los había escondido, a quién se los había dado... ¿Qué pensabas hacer con ellos cuando los consiguieras? ¿Tratar de hacer un poco de chantaje de primera clase? ¿A gente como mi cliente, por ejemplo? ¿O querías tener a unos cuantos políticos en el bolsillo por si vienen tiempos difíciles?
—Estás muy bien informado, piojo. Como te he dicho, tu cliente es un hombre inteligente. Es una suerte que confiara en ti en lugar de en la policía. Suerte para mí y suerte para ti, porque si fueras un poli sentado ahí diciéndome lo que tú acabas de decirme, irías camino del cementerio.
Saqué la cabeza del reservado para comprobar que Inge estuviera bien. Vi fácilmente su cabello negro y brillante. Estaba desanimando con su actitud helada a un juerguista que desperdiciaba su mejor representación.
—Gracias por el champán, piojo. Apostaste fuerte al venir a hablarme. Y no has sacado mucho rendimiento. Pero por lo menos te vas con el dinero que habías apostado —dijo, y sonrió.
—Bueno; esta vez, lo único que quería era sentir la emoción del juego.
El gángster pareció encontrarlo divertido.
—No habrá otra vez, puedes contar con ello.
Empecé a marcharme, pero él me cogió del brazo. Esperaba que me amenazara, pero, en cambio, dijo:
—Escucha, me molestaría que pensaras que te he engañado. No me preguntes por qué, pero voy a hacerte un favor. Quizá sea que me gusta tu temple. No te vuelvas, pero en el bar hay un tipo grande y robusto, de traje marrón y un corte de pelo como una morsa. Échale una buena mirada cuando vuelvas a la mesa. Es un asesino profesional. Os ha seguido a ti y a la chica hasta aquí. Debes haberle pisado los callos a alguien. Parece que sois su alquiler de esta semana. Dudo que trate de hacer nada aquí, por respeto a mí, ¿comprendes? Pero fuera... Lo que pasa es que no me gusta nada que un pistolero barato venga aquí. Causa mala impresión.
—Gracias por el soplo. Lo aprecio en lo que vale. —Encendí un cigarrillo—. ¿Hay una puerta trasera para salir de aquí? No querría que a mi chica le pasara nada.
Asintió.
—Por la cocina y bajando las escaleras de emergencia. Al final hay una puerta que da a un callejón. Es un sitio tranquilo; sólo unos cuantos coches aparcados. Uno de ellos, el deportivo de color gris claro, me pertenece. —Empujó unas llaves hacia mí—. Hay un hierro en la guantera si lo necesitas. Luego dejas las llaves en el tubo de escape, y ten cuidado de no rascar la pintura.
Me metí las llaves en el bolsillo y me levanté.
—Ha sido un placer hablar contigo, Rot. Los piojos son unos bichos curiosos; la primera vez que te pican no te das cuenta, pero al cabo de un rato no hay nada más irritante.
Red Dieter frunció el ceño.
—Lárgate de aquí, Gunther, antes de que cambie de opinión respecto a ti.
Al volver a donde estaba Inge, eché una mirada al bar. Era bastante fácil detectar al hombre del traje marrón, y lo reconocí como el que antes ya había estado mirándola. En nuestra mesa, para Inge resultaba fácil, aunque no agradable, resistir a los escasos encantos del oficial de las SS, guapo pero bastante bajo. Hice que Inge se levantara deprisa y empecé a llevármela de allí. El oficial me cogió por el brazo. Le miré primero la mano y luego la cara.
—Tranquilo, pequeño —dije, elevándome por encima de su diminuta figura como una fragata que pasa al lado de una barca de pesca—, o te condecoraré el labio, y no será con la Cruz de Caballero con hojas de roble.
Saqué un arrugado billete de cinco marcos del bolsillo y lo dejé encima de la mesa.
—No pensaba que fueras celoso —comentó ella, mientras la llevaba hacia la puerta.
—Métete en el ascensor y ve directamente abajo —le dije—. Cuando llegues afuera, vete al coche y espérame. Hay una pistola debajo del asiento. Tenla a mano, por si acaso. —Miré hacia el bar, donde el hombre estaba pagando su bebida—. Mira, no tengo tiempo de explicártelo ahora, pero no tiene nada que ver con nuestro atractivo amigo de la mesa.
—¿Y tú dónde estarás? —preguntó.
Le di las llaves del coche.
—Me voy hacia el otro lado. Hay un hombrón con un traje marrón que tiene intención de matarme. Si lo ves venir hacia el coche, te vas a casa y llamas al Kriminalinspektor Bruno Stahlecker, en el Alex. ¿Te acordarás?
Asintió. Por un momento fingí seguirla, y luego di media vuelta de repente y, cruzando rápidamente las cocinas, salí por la puerta de incendios.
Cuando había bajado tres tramos, oí pasos detrás de mí, en la casi total oscuridad del hueco de la escalera. Mientras escapaba ciegamente hacia abajo, me pregunté si podría atraparlo, pero yo no iba armado y él sí. Y lo que es más, él era un profesional. Tropecé y caí; volví a ponerme de pie casi antes de tocar el rellano, me aferré a la barandilla y me lancé hacia abajo otro tramo, sin hacer caso del dolor que sentía en los codos y antebrazos, con los cuales había detenido la caída. En lo alto del último tramo vi una luz por debajo de una puerta y salté. Era más alto de lo que pensaba, pero aterricé bien, a cuatro patas. Embestí la barra de la puerta y me abalancé hacia el callejón.
Había varios coches, todos aparcados en una ordenada hilera, pero no resultaba difícil encontrar el Bugatti Royale gris de Rot Dieter. Abrí la puerta y la guantera. Dentro había varias papelinas de polvo blanco y un enorme revólver con un largo cañón, del tipo que abre ventanas en una puerta de caoba de ocho centímetros de grueso. No tenía tiempo de comprobar si estaba cargado, pero no pensaba que Rot fuera del tipo de gente que tiene un arma porque le gusta jugar a indios y vaqueros.
Me dejé caer al suelo y rodé hasta debajo del estribo del coche aparcado al lado del Bugatti, un enorme Mercedes descapotable. En ese momento apareció mi perseguidor por la puerta de incendios, manteniéndose pegado a la sombría pared para ocultarse. Permanecía absolutamente inmóvil, esperando que saliera al centro del callejón, iluminado por la luna. Pasaron los minutos, sin sonido ni movimiento alguno en las sombras, y después de un rato calculé que había seguido a lo largo de la pared, a cubierto de la oscuridad, hasta estar lo bastante lejos de los coches para cruzar el callejón sin peligro, antes de volver hacia atrás de nuevo. Oí raspar un talón contra un guijarro, detrás de mí, y aguanté la respiración. Lo único que se movió fue mi dedo pulgar, tirando hacia atrás lenta y firmemente el gatillo con un clic apenas audible, y soltando luego el seguro. Me volví lentamente y miré a lo largo de mi cuerpo. Vi un par de zapatos, descansando firmes detrás de donde yo estaba, enmarcados limpiamente por las dos ruedas traseras del coche. Los pies del hombre lo llevaron hacia mi derecha, por detrás del Bugatti y, viendo que estaba al lado de la puerta medio abierta, me deslicé en la dirección contraria, hacia mi izquierda, y salí por el otro lado del Mercedes. Manteniéndome agachado, por debajo del nivel de las ventanas del coche, fui hacia la parte trasera y atisbé por fuera del enorme maletero. Una silueta vestida de marrón estaba acuclillada detrás de la rueda trasera del Bugatti, casi en la misma posición que yo, pero mirando en dirección opuesta. No nos separaban más de un par de metros. Avancé silenciosamente, levantando el enorme revólver hasta nivelarlo al extremo de mi brazo apuntado a la parte de atrás de su sombrero.
—Suéltalo —dije—, o abriré un túnel a través de tu asquerosa cabeza, como que hay Dios.
El hombre se quedó inmóvil, pero el arma siguió firme en su mano.
—No pasa nada, hombre —dijo, soltando la culata de su automática, una Mauser, de forma que quedó colgando de su dedo índice por el gatillo—. ¿Te importa si le pongo el seguro? Esta nena tiene un gatillo muy sensible.
La voz era lenta y tranquila.
—Primero bájate el ala del sombrero hasta que te tape la cara —dije—. Luego pon el seguro como si tuvieras la mano metida en un saco de arena. Recuerda que a esta distancia no es fácil que yo falle el tiro. Y no estaría bien que ensuciáramos la bonita pintura de Rot con tu cerebro.
Tiró del sombrero para bajárselo hasta que le cubrió bien los ojos, y después de haberse ocupado del seguro de la Mauser dejó caer el arma al suelo, donde resonó, inofensiva, contra los guijarros.
—¿Te dijo Rot que te estaba siguiendo?
—Cierra el pico y vuélvete —le dije—. Y mantén las manos levantadas.
El del traje marrón se volvió, y entonces inclinó la cabeza hacia atrás haciendo un esfuerzo por ver por debajo del ala del sombrero.
—¿Vas a matarme?
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si me cuentas o no me cuentas quién firma tus gastos.
—Tal vez podamos hacer un trato.
—No veo que tengas mucho con que negociar —dije—. O hablas o te equiparé la nariz con un par de agujeros extra. Es así de sencillo.
Sonrió.
—No me matarías a sangre fría —dijo.
—Oh, ¿lo dices en serio? —Apreté el cañón de la pistola con fuerza contra su barbilla y luego lo arrastré por la carne de la mejilla hasta metérselo debajo del pómulo—. No estés tan seguro. Me has puesto de tal humor que me apetece utilizar esto, así que será mejor que recuperes la lengua ahora o no volverás a recuperarla nunca.
—Pero si canto, entonces qué, ¿me dejarás ir?
—¿Para que vuelvas a seguirme? Debes de tenerme por idiota.
—¿Qué puedo hacer para convencerte de que no lo haría?
Me aparté un paso y reflexioné un momento.
—Júralo por la vida de tu madre.
—Lo juro por la vida de mi madre —dijo, con mucha presteza.
—Vale. ¿Quién es tu cliente?
—¿Me soltarás si te lo digo?
—Sí.
—Júralo por la vida de tu madre.
—Lo juro por la vida de mi madre.
—De acuerdo —asintió—. Fue un tío llamado Haupthändler.
—¿Cuánto te paga?
—Trescientos ahora y...
No acabó la frase porque lo dejé frito con un golpe de la culata del revólver. Fue un golpe sin piedad, dado con la suficiente fuerza como para dejarlo sin sentido durante mucho tiempo.
—Mi madre está muerta —dije.
Luego recogí su pistola, y metiéndome en el bolsillo las dos armas corrí de vuelta al coche. Los ojos de Inge se abrieron asombrados al ver la suciedad y la grasa que cubrían mi traje. Mi mejor traje.
—¿El ascensor no te parece bastante seguro? Qué has hecho, ¿saltar desde arriba?
—Algo así.
Tanteé por debajo del asiento del conductor hasta encontrar el par de esposas que guardaba junto a mi pistola. Luego conduje los setenta metros que había hasta el callejón.
El del traje marrón seguía inconsciente donde yo lo había dejado. Salí del coche y lo arrastré hasta un muro que había un poco más arriba en el interior del callejón, donde lo esposé a unas barras de hierro que protegían una ventana. Gruñó un poco mientras lo movía, y así supe que no lo había matado. Volví al Bugatti y dejé de nuevo la pistola de Rot en la guantera. Al mismo tiempo cogí algunas de las papelinas de polvo blanco. Calculaba que Rot Dieter no era el tipo de persona como para llevar sal de cocina en su guantera, pero por si acaso olí una pizca, sólo lo suficiente para reconocer que era cocaína. No había mucha; no valdría más de un centenar de marcos. Y parecía que era para uso personal de Rot.
Cerré el coche y metí las llaves en el tubo de escape, como él me había pedido. Luego volví hasta el del traje marrón y le metí un par de papelinas en el bolsillo de arriba de la chaqueta.
—Esto será de interés para los chicos del Alex —dije.
Salvo matarlo a sangre fría no se me ocurría ninguna otra forma más segura de que no acabara el trabajo que había empezado.
Los tratos se hacen con la gente que se reúne contigo sin llevar en la mano derecha nada más mortal que un vaso de schnapps.
14
A la mañana siguiente lloviznaba, una lluvia suave y cálida como el rociado de un irrigador de jardín. Me levanté sintiéndome despierto y descansado y me quedé de pie mirando por la ventana. Me sentía tan lleno de vida como un tiro de perros de trineo.
Nos levantamos y desayunamos un brebaje mexicano y un par de cigarrillos. Me parece que incluso silbaba mientras me afeitaba. Ella entró en el cuarto de baño y se quedó mirándome. Parecía que era algo que hacíamos mucho.
—Teniendo en cuenta que alguien trató de matarte la otra noche, estás de un buen humor admirable.
—Siempre digo que no hay nada como rozarse con la Parca para renovar el gusto por la vida. —Le sonreí y añadí—: Eso y una buena mujer.
—Todavía no me has contado por qué lo hizo.
—Porque le pagaron para hacerlo.
—¿Quién? ¿El hombre del club?
Me sequé la cara y me pasé la mano por si no había apurado bien el afeitado. Pero sí que lo había hecho, así que dejé la navaja.
—¿Recuerdas que ayer por la mañana llamé a casa de Six y le pedí al mayordomo que les diera un mensaje tanto a su amo como a Haupthändler?
Inge asintió.
—Sí. Le pediste que les dijera que te estabas acercando.
—Esperaba que asustara tanto a Haupthändler como para forzarlo a jugar sus cartas. Bueno, eso es lo que pasó. Sólo que fue más rápido de lo que yo pensaba.
—¿Crees que él pagó a ese hombre para matarte?
—Sé que lo hizo.
Inge me siguió al dormitorio, donde me puse una camisa, y me observó mientras forcejeaba con el gemelo del brazo que me había despellejado y que ella había vendado.
—¿Sabes?, lo de anoche planteó tantas preguntas como contestó. No hay ninguna lógica en todo esto, en absoluto. Es como tratar de montar un rompecabezas no con una, sino con dos series de piezas. Robaron dos cosas de la caja de los Pfarr: unas joyas y unos papeles. Pero no parecen encajar. Y tenemos las piezas con el dibujo de un asesinato, que tampoco puedo encajar con las del robo.
Inge entrecerró los ojos como una gata inteligente y me miró con esa expresión que hace que un hombre se sienta meschugge por no haberlo pensado antes. Es algo muy irritante, pero cuando habló comprendí lo estúpido que había sido.
—Puede que nunca hubiera un solo rompecabezas —dijo—. Puede que hayas estado tratando de montar uno cuando siempre ha habido dos.
Fue necesario un minuto o dos para dejar que lo que había dicho penetrara hasta el fondo, con la ayuda final de una palmada que me di contra la frente.
—¡Mierda, pues claro! —Su comentario tenía la fuerza de una revelación. No era un delito lo que tenía delante de la cara, tratando de comprenderlo. Eran dos.
Aparcamos en la Nollendorfplatz a la sombra de la S-Bahn. Por encima de nuestras cabezas, un tren cruzó por el puente atronando con un ruido que se apoderó de toda la plaza. Era fuerte, pero no lo suficiente como para levantar el hollín que despedían las enormes chimeneas de las fábricas de Tempelhof y Neukölln y que empastaba las paredes de los edificios que rodeaban la plaza, edificios que habían visto días mejores. Yendo hacia el oeste para entrar en Schöneberg, el barrio de clase media baja, encontramos el bloque de pisos de cinco plantas de la Nollendorfstrasse, donde vivía Marlene Sahm, y subimos hasta el cuarto piso.
El hombre joven que abrió la puerta llevaba uniforme, de una compañía especial de las SA que no conseguí reconocer. Le pregunté si Fräulein Sahm vivía allí y me contestó que sí y que él era su hermano.
—¿Y usted quién es?
Le di mi tarjeta y le pregunté si podríamos hablar con su hermana. Pareció bastante molesto ante nuestra intrusión y me pregunté si habría mentido al decir que era su hermano. Se pasó la mano por una buena mata de pelo color paja y echó una mirada por encima del hombro antes de apartarse para dejarnos entrar.
—Mi hermana se ha echado un rato —explicó—, pero le preguntaré si desea hablar con usted, Herr Gunther.
Cerró la puerta y trató de adoptar una expresión más amistosa. Ancha y de labios gruesos, la boca era casi negroide. Ahora desplegaba una amplia sonrisa, pero independiente de los fríos ojos azules que iban de Inge a mí mismo como si estuvieran siguiendo una pelota de ping-pong.
—Por favor, esperen un momento.
Cuando nos dejó solos en el recibidor, Inge señaló hacia el aparador, encima del cual había colgados no uno, sino tres retratos del Führer. Sonrió.
—No parece que quieran correr ningún riesgo en lo que hace a su lealtad.
—¿No lo sabías? —dije—. Están de oferta en Woolworth’s. Compras dos dictadores y te llevas uno gratis.
Sahm volvió, acompañado por su hermana Marlene, una rubia grande y atractiva con una nariz caediza y melancólica y una mandíbula inferior saliente que prestaba a sus facciones una cierta modestia. Pero el cuello era tan musculoso y bien definido que parecía casi inflexible; y el bronceado antebrazo era el de una arquera o una entusiasta jugadora de tenis. Cuando entró en el recibidor vislumbré una pantorrilla bien musculada con la forma de una bombilla eléctrica. Tenía el cuerpo como una chimenea rococó.
Nos hicieron entrar en la modesta sala de estar y, excepto el hermano, que permaneció de pie, apoyado en la puerta y con aspecto de sospechar tanto de Inge como de mí, nos sentamos todos en un tresillo barato de piel marrón. Detrás de las puertas cristaleras de un alto aparador de castaño había suficientes trofeos como para cubrir un par de competiciones escolares.
—Vaya colección impresionante que tiene usted ahí —dije torpemente, sin dirigirme a nadie en particular. A veces pienso que mi conversación trivial se queda un par de centímetros corta.
—Sí, es verdad —dijo Marlene, con un aire poco sincero que podría haber pasado por modestia. Su hermano no era tan reservado, si de reserva se trataba.
—Mi hermana es atleta, y si no fuera por una desgraciada lesión correría por Alemania en las Olimpiadas.
Inge y yo hicimos unos ruiditos comprensivos. Luego Marlene levantó mi tarjeta y la volvió a leer.
—¿En qué puedo ayudarle, Herr Gunther?
Me recosté en el sofá y crucé las piernas antes de lanzar mi parrafada.
—Me ha contratado la aseguradora Germania para hacer ciertas investigaciones respecto a la muerte de Paul Pfarr y su esposa. Cualquiera que los conociera podría sernos útil para averiguar qué pasó exactamente, a fin de que mi cliente pudiera hacer una liquidación rápidamente.
—Sí —dijo Marlene con un largo suspiro—. Sí, claro.
Esperé a que dijera algo más, pero finalmente me decidí a apuntarle:
—Creo que usted era la secretaria de Paul Pfarr en el Ministerio del Interior.
—Sí, exactamente, lo era.
No daba más pistas que la visera de un jugador de cartas.
—¿Sigue trabajando allí?
—Sí —dijo encogiéndose de hombros con aire indiferente.
Me arriesgué a echar una mirada a Inge, quien se limitó a levantar una perfilada ceja como respuesta.
—¿Sigue existiendo la sección de Herr Pfarr para investigar la corrupción en el Reich y en el DAF?
Examinó las puntas de sus zapatos durante un segundo y luego me miró de frente por vez primera desde que la había visto.
—¿Quién le habló de eso? —dijo. Su tono era tranquilo, pero vi que estaba desconcertada.
Hice caso omiso a su pregunta y traté de hacerle perder pie.
—¿Cree que ésa es la causa de que lo mataran; que a alguien no le gustó que husmeara por ahí y tirara de la manta en los asuntos de los demás?
—Yo... yo no tengo ni idea de por qué lo mataron. Mire, Herr Gunther, me parece que...
—¿Ha oído hablar alguna vez de un hombre llamado Gerhard von Greis? Es amigo del primer ministro, además de chantajista. ¿Sabe?, fuera lo que fuera lo que le contó a su jefe le costó la vida.
—No creo que... —dijo, y luego se detuvo—. No puedo responder a ninguna de sus preguntas.
Pero yo no me detuve.
—¿Y qué hay de la amante de Paul, Eva o Vera, o como se llame? ¿Tiene idea de dónde puede estar escondida? Quién sabe, puede que también esté muerta.
Los ojos le temblaron como un juego de té en el vagón restaurante de un tren expreso. Me miró sin aliento y se puso de pie, con los puños cerrados fuertemente a los lados del cuerpo.
—Por favor —dijo, y los ojos empezaron a llenársele de lágrimas.
Su hermano se apartó de la puerta con un impulso del hombro y se puso delante de mí, de forma muy parecida a la de un árbitro que detiene un combate de boxeo.
—Ya es suficiente, Herr Gunther —dijo—. No veo razón alguna para permitirle que siga interrogando a mi hermana de esta manera.
—¿Por qué no? —pregunté levantándome—. Apuesto a que es algo que ella ve todo el tiempo en la Gestapo. Y muchísimo peor, además.
—Igualmente —dijo—, me parece que está bastante claro que no quiere contestar a sus preguntas.
—Es extraño, pero yo también había llegado a la misma conclusión.
Cogí a Inge por el brazo y fui hacia la puerta. Pero justo antes de salir me volví y añadí:
—No estoy de parte de nadie y lo único que estoy tratando de averiguar es la verdad. Si cambia de opinión, por favor, no dude en ponerse en contacto conmigo. No me he metido en este asunto para echar a nadie a los lobos.
—Nunca te había catalogado como perteneciente al tipo de hombre caballeroso —dijo Inge una vez que estuvimos fuera.
—¿Yo? A ver, espera un minuto. Yo fui a la escuela Don Quijote para detectives. Me dieron una B+ en Nobleza de Sentimientos.
—Lástima que no te la dieran en Interrogatorio —dijo—. ¿Sabes?, la pusiste nerviosa de verdad cuando sugeriste que la amante de Pfarr podría estar muerta.
—Bueno, ¿qué esperabas que hiciera: sacárselo a golpes de pistola?
—Sólo quería decir que ha sido una lástima que no quisiera hablar, eso es todo. Quizá cambie de opinión.
—No apostaría por ello. Si de verdad trabaja para la Gestapo, es lógico pensar que no es la clase de persona que subraya pasajes de la Biblia. ¿Y has visto sus músculos? Apuesto a que es el mejor hombre que tienen para manejar un látigo o una cachiporra de goma.
Recogimos el coche y fuimos hacia el este por la Bülowstrasse. Aparqué en el exterior del Viktoria Park.
—Ven. Vamos a dar una vuelta. Me irá bien un poco de aire fresco.
Inge olió el aire, desconfiada. Estaba lleno del hedor procedente de la cercana cervecería Schultheis.
—Recuérdame que nunca deje que me compres perfume —dijo.
Anduvimos colina arriba hasta el mercado de arte, donde los que pasaban por jóvenes pintores berlineses ofrecían a la venta sus obras, irreprochablemente arcádicas. Como era de esperar Inge se mostró despreciativa.
—¿Has visto alguna vez una mierda así? —bufó—. A juzgar por todos estos cuadros de campesinos musculosos haciendo gavillas de trigo y arando los campos pensarías que estamos viviendo en un cuento de los hermanos Grimm.
Asentí lentamente. Me gustaba cuando se calentaba hablando de un tema, aunque su voz era un poco alta y las opiniones que expresaba del tipo que podrían hacernos acabar en un campo de concentración.
¿Quién sabe?, con un poco más de tiempo y paciencia quizá me hubiera obligado a reexaminar mi propia opinión, bastante desapasionada, del valor del arte. Pero, en aquel momento, yo tenía otras cosas en la cabeza. La cogí del brazo y la llevé hacia una colección de pinturas que retrataba a unos guardias de asalto con mandíbula de acero, desplegada delante de un pintor que era todo menos el estereotipo ario. Hablé en voz baja.
—Desde que salimos del piso de los Sahm, tengo la impresión de que nos siguen —dije.
Inge miró alrededor con cuidado. Había unas cuantas personas deambulando por allí, pero nadie que pareciera especialmente interesado en nosotros dos.
—Dudo que puedas detectarlo —dije—. No, si es bueno.
—¿Crees que es la Gestapo? —preguntó.
—No son la única jauría que hay en esta ciudad —dije—, pero imagino que es de ahí de donde sale el dinero. Conocen mi interés por este asunto y los creo bien capaces de dejarme hacer parte de su trabajo de rutina.
—Bueno, ¿y qué vamos a hacer?
Tenía un aire preocupado, pero le sonreí.
—¿Sabes?, siempre he pensado que no hay nada ni la mitad de divertido que sacarse de encima a una sombra. Especialmente si resulta que esa sombra es de la Gestapo.
Pulsuz fraqment bitdi.