Kitabı oxu: «Cómo estar preparado»

Şrift:

PIERRE-HERVÉ GROSJEAN

CÓMO ESTAR PREPARADO

Orientaciones espirituales

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Être Prêt. Repères spirituels

© 2021 by Groupe Elidia. Éditions Artège

© 2022 de la versión española realizada por MIGUEL MARTIN

by EDICIONES RIALP, S.A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

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Realización ebook: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6035-6

ISBN (edición digital): 978-84-321-6036-3

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

INTRODUCCIÓN

1. ESTAR PREPARADO

2. LA FE COMO AMISTAD

3. LA MISERICORDIA MÁS ALLÁ DEL PERDÓN

4. NUESTROS AMIGOS AL SERVICIO DE LA MISIÓN

5. CREER, DE UNA VEZ POR TODAS

6. NUESTROS PRIMEROS DE CORDADA

7. NUESTROS COMBATES

8. EL MARTIRIO QUE VIENE

9. MARÍA, ESTRELLA DE NUESTRAS VIDAS

10. LA ALEGRÍA VERDADERA

AUTOR

COLECCIÓN PATMOS

INTRODUCCIÓN

AL ESCUCHAR LA PREDICACIÓN de vuestros sacerdotes, os bastan ciertamente algunas semanas o algunos meses para saber los temas que regularmente se repetirán en sus homilías. Así podéis aprender a conocerles mejor. Es verdad que a la mayoría no les gusta hablar de sí mismos. Saben que son enviados para anunciar a Otro, para servir a alguien mayor que ellos. Pero por poco que un sacerdote hable con su corazón, sus homilías dicen también algo de él, de su espiritualidad, de sus convicciones, de su forma de creer, de esperar y de amar. Revelan su corazón de hombre y de sacerdote. Eso es en el fondo lo que él puede transmitiros de sí mismo: cómo el Evangelio y los sacramentos han podido modelar su alma, lo que él ha comprendido de Jesús caminando en su seguimiento, lo que le queda como convicciones de estos años de acompañamiento, de apostolado, de misión.

He querido escribir este libro planteándome esta cuestión, que se puede presentar en toda edad, y no solamente al atardecer de la vida: ¿cuáles serían las diez orientaciones que me gustaría transmitir hoy, después de haber recibido tantas otras? Los que me conocen bien reconocerán intuiciones que vuelven con frecuencia en mis homilías o en nuestras conversaciones. Pero es un ejercicio interesante para que lo hagamos todos nosotros. ¿Cuáles son las convicciones que fundamentan nuestros compromisos y nuestra forma de creer? ¿Qué es lo esencial que desearíamos transmitir a los que nos están confiados? ¿Qué es lo que nos importa de verdad, eso a lo que estamos dispuestos a comprometernos y proclamarlo, lo que mantendríamos hasta el final…? No es siempre evidente poner en palabras lo de arriba. Por eso es preciso tomarnos el tiempo necesario para hacerlo, para ofrecer a los que queremos o servimos estas orientaciones que nos han hecho crecer y les harán avanzar. Esta labor de transmisión es una misión, también para la cultura, la historia, los valores que nos han forjado, así como para la fe y la vida espiritual.

Estas líneas por tanto se han escrito con el corazón. Sin ser un gran teólogo, ni un especialista en la vida mística, ni un sabio —¡no hay aquí 36 000 citas!—, sin tener un espíritu especulativo… he escrito tal como predico, es decir, tratando de no olvidar nunca que somos la religión de la encarnación. Un libro espiritual puede también ser concreto, sencillo y encarnado. He querido encontrar a cada uno en lo que vive, y ofrecer a todos con qué iluminar el camino concreto de la fe.

Este libro no se lee necesariamente de un tirón, cada meditación es independiente. Se puede leer poco a poco, en el orden que se desee. Quiere ser accesible a todas las generaciones, incluidos los más jóvenes que estén construyendo su relación personal con Dios, con la generosidad y las preguntas de su edad. El tono es franco y quiere dar ánimos.

Este ejercicio me ha permitido profundizar en lo que debo a tantas personas que me han ayudado, a veces incluso sin saberlo. Esos a los que admiro sin saber a veces cómo decírselo. Los que me animan con su confianza y su ejemplo, sin advertirlo, mayores o jóvenes. Un sacerdote se siente impulsado a menudo a dar lo mejor de sí mismo por quienes le son confiados. Discernir y escoger lo más valioso, para transmitirlo mejor, es un modo de manifestarles mi gratitud.

Aquí van, pues, diez orientaciones para animaros, las diez convicciones que os propongo.

Esto es lo que me interesa predicar, de lo que me gustaría convenceros y que tanto me alegra compartir con vosotros.

¡Buena lectura! Y rezad por mí, por favor…

1. ESTAR PREPARADO

«Tened ceñidas vuestras cinturas

y encendidas las lámparas […].

Dichosos aquellos siervos a los que al volver

su amo los encuentre vigilando […].

Vosotros estad también preparados…».

Lc 12, 35-37-40

Para Romain, muerto por Francia

el 25 de noviembre de 2019

a la edad de 34 años.

MARTES POR LA MAÑANA, 26 de noviembre de 2019. Me levanto. Oración corta. Miro mi móvil para verificar posibles mensajes. Después, maquinalmente, echo un vistazo a las noticias. La noticia llega. Trece militares franceses mueren en Malí. Sus nombres no se han publicado aún. Se habla de un accidente de helicóptero, en el curso de una misión de combate.

Instintivamente, trato de recordar si conozco a jóvenes que estén destinados allí. Se sabe luego que hay seis oficiales. Es raro. El ejército espera que las familias sean avisadas para hacer públicas las identidades. Pienso en esos padres, esposas, cónyuges a los que se llama. La vida que se detiene. Las lágrimas. La incomprensión. El dolor. Envío un mensaje a un amigo que acaba de dejar el ejército, pero que tiene aún buenos contactos gracias a sus antiguas funciones. Por si él sabe… o cuando tenga los nombres… Tengo como un presentimiento, que no hace más que aumentar. Pienso en un joven oficial que conozco, Romain. Cazador de la brigada alpina. Partió para allá a finales de septiembre. Desde hace algunos años, cuando pasaba por París, venía regularmente a verme. Las precisiones comienzan a llegar. Un primer telefonazo… me dicen que hay comandos de montaña entre las víctimas. No tengo aún los nombres… pero siento que se trata de él. Lo sé. Segunda llamada de teléfono. Una señora me llama: «Padre, sé que Romain le veía. Me había hablado de usted. Soy su tía. Mi hermano acaba de llamarme. Romain ha muerto, formaba parte de los trece. Quería que usted lo supiera. Le quería mucho». Me he parado en mi coche. Resisto, el tiempo de darle las gracias… de balbucear algunas palabras: «Era un buen muchacho, dígales a sus padres… Le había visto antes de su partida… Estaba preparado». Cuelgo. Y lloro. Estoy trastornado.

El corazón de un sacerdote es un corazón de padre. Como un padre ama a los suyos, se ama a los que nos son confiados, tanto a los feligreses como a los que podemos acompañar. Vuelvo a pensar en nuestra última entrevista. Le había bendecido en el momento de separarnos. Recuerdo su rostro sonriente al pasar por la puerta. Mi contacto me vuelve a llamar, con la lista. No conozco más que a Romain. Le explico. Él debe darse cuenta de que estoy llorando. No puedo más que decirle lo mucho que apreciaba a este muchacho… «Es duro», me dice él sobriamente. Sabe lo que es perder a uno de sus hombres. Él ha vivido eso, en esas mismas tierras de misión. Comprende y sabe lo que viven las familias, los amigos, en este momento… Todo va a encadenarse luego. La llegada de las familias, la ceremonia de homenaje en los Inválidos —magnífica liturgia militar, sobria y dolorosa— la velada de oración. La familia puede al fin, al día siguiente, recibir el cuerpo de Romain en su casa, en el sur. Yo les encuentro por la tarde, para velar cerca del féretro. Los amigos, los parientes se turnan. Me cuesta creerlo. Tengo que escribir la homilía para las exequias del día siguiente. La iglesia está atestada. En primera fila, su familia de un lado, tan digna. Del otro, su jefe de unidad y sus compañeros. Algunos estaban con él allí. Han querido estar aquí, en este uniforme de los comandos de montaña que Romain había llevado con orgullo. Era su jefe. Estoy a la vez verdaderamente triste y orgulloso de él, de su vida entregada, de su compromiso. Todos parecen compartir estos dos sentimientos mezclados. Es en esta homilía cuando vuelvo a esta intuición: Romain nos enseña lo que quiere decir «estar preparado». Después, medito a menudo este tema a la luz de su vida, de su partida. Pienso en otros jóvenes a los que he podido acompañar, que partieron tan rápido, tan pronto hacia el Buen Dios. Hayan tenido o no el tiempo para prepararse, me vuelve ese sentimiento: estaban preparados. ¿Por qué? ¿Qué quiere decir eso?

Contrariamente a lo que se podría pensar, no se trata de cultivar un miedo a la muerte, ni incluso estar fijado en nuestra futura muerte. No es cuestión de la muerte. Es cuestión de la vida. El mismo Romain lo había presentido.

«Estar preparado», eso no quiere decir «querer morir». Estamos hechos para vivir, y Romain, como sus camaradas caídos con él, tenía aún tanto que dar, que construir, que conseguir. No se elige morir. Pero se consiente en la idea de que puede llegar, y eso da un sentido a toda nuestra vida. «Eso por lo que tú aceptas morir, solo eso puede hacerte vivir», escribía Saint-Exupéry. Esa es toda la grandeza de la vocación militar, toda la nobleza del ideal que anima a nuestros bomberos, socorristas, gendarmes o policías: consienten en dar su vida si hace falta. Saben que eso forma parte de su vocación. Más allá del apego bien legítimo a su vida y al amor de los suyos, están aún más apegados al cumplimiento de su misión: servir, proteger y salvar, hasta la entrega total de su vida. Estar preparado es haber comprendido su misión.

En una carta que Romain había dejado para sus padres, si le pasaba algo, había escrito estas palabras tan claras: «Me voy feliz, a mi sitio, consciente de que eso puede ocurrir…». Había querido y aceptado este destino con plena libertad, con plena conciencia de lo que podría tener que dar. Aquel día, al subir al helicóptero, Romain estaba por doble título «en uniforme de servicio». Llevaba el uniforme de combate y, en su corazón, ya estaba entregado. Estaba preparado.

Estar preparado no es querer morir, sino tener conciencia de que «eso puede ocurrir». Esto no está reservado a los militares. En el Evangelio, Jesús se dirige a todos cuando pide tener las lámparas encendidas para esta hora en que el Amo vendrá a buscarnos. Estamos hechos para vivir todo el tiempo que tenemos que vivir en esta tierra, habiendo ya consentido en nuestro corazón en ese momento en que tendremos que partir. «Nuestra ciudad se encuentra en los cielos…» quizá hemos cantado… El cristiano guarda esas palabras en su cabeza. Está plenamente comprometido con la vida de este mundo, pero sabe que está en peregrinación. Este mundo no es su último horizonte. Estamos hechos para ver a Dios. ¿Hemos asumido profundamente esta verdad? Es ella la que ilumina el sentido de nuestra vida, con sus alegrías y sus pruebas. Estamos en camino… ¿Hemos comprendido que la muerte —que puede llegar en todo momento— no será un fracaso para nosotros, sino «la entrada en la Vida», como escribía Teresa de Lisieux, la llegada al final de nuestra peregrinación, la cima de nuestra ascensión? Pensar en la cumbre no aparta del camino. Pensar en la alegría de la cumbre da por el contrario la fuerza que se necesita para continuar este camino, para proseguirlo y superar todos los obstáculos que encontremos, para entregarnos plenamente.

Por supuesto, podemos tener miedo de esa hora, de lo que no conocemos, de lo que no dominamos. Sobre todo, podemos tener miedo de sufrir. Podemos tener miedo por nuestros parientes. Pero al final, ¿es que no espero este encuentro? Por mi parte, sí… y profundamente. Sin embargo, no me siento valiente de verdad. Tengo miedo de tener miedo. Tengo mucho miedo de sufrir. Pero también tengo el sentimiento, cada vez más enraizado en mí, de que somos peregrinos aquí abajo. Quizá a fuerza de ver partir a algunos, a veces tan pronto. Me parece que todas nuestras alegrías, todas nuestras pruebas, nos preparan para otra cosa. Aspiramos a algo grande. Estas líneas de Guy de Larigaudie[1] —un jefe scout y explorador que vivió una vida llena de aventuras magníficas, antes de morir también por Francia en 1940— resuenan en mi corazón:

Cuando, ante la mar, el desierto o una noche cargada de estrellas se siente el corazón lleno de amor inacabado, es dulce pensar que encontraremos en el más allá algo más bello aún, más vasto, algo a escala de nuestra alma y que colmará este inmenso deseo de felicidad, que es nuestro sufrimiento y nuestra grandeza como hombre.

Añadía, quizá presintiendo que le llamarían a dar su vida antes de lo previsto:

Aventura breve: treinta, cincuenta, ochenta años quizá que es preciso atravesar duramente, aparejado como un velero navegando en alta mar hacia esta estrella que es nuestra única guía y nuestra única esperanza. Qué importan los tornados, tempestades o calma chicha, si está ahí esta estrella.

Y concluía así:

Sin ella no habría más que escupir el alma y destruirse de desesperanza. Pero su luz está ahí y su búsqueda y su seguimiento hacen de una vida humana una aventura más maravillosa que la conquista de un mundo o la carrera de una nebulosa. Esta aventura no supera nuestras fuerzas. Nos basta caminar hacia nuestro Dios para estar a la altura del Infinito, y eso legitima todos nuestros sueños.

Todo está dicho, y qué bien dicho. Haber uno comprendido el fin de su vida permite descubrirla, y por tanto vivirla como una magnífica aventura. Esta aventura la vivimos con lo que somos, incluso nuestras fragilidades y nuestras rémoras. Avanzamos a trancas y barrancas por esta tierra, arrastrando nuestras limitaciones, nuestras debilidades, nuestro pecado… Con todo eso, tratamos de amar y de dejarnos amar. Es la bondad y la grandeza de Dios lo que nos hace capaces. Tratamos de «servir lo mejor que podemos», según la promesa que muchos han podido hacer una tarde de verano. Pasamos nuestro tiempo luchando contra los mismos demonios, en los mismos combates. Levantándonos una y otra vez, aprendemos a amarnos a nosotros mismos, tal como somos. Aprendemos sobre todo a dejarnos amar, por quien se revela como un Padre, un Hermano, un Amigo. Esto es por otra parte sin duda el corazón de la aventura: aprender a dejarse amar. Estamos llamados a hacer cosas hermosas en esta tierra, comenzando por servir a nuestros hermanos. Brillante o escondida, realizada o no, nuestra vida tiende hacia esa «estrella», esa hora última que ninguno conoce: la del encuentro. Sí, la vida en este mundo es bella, aunque no sea fácil. Pero creo con todo mi corazón que nos prepara para una belleza aún mayor. Y todas las alegrías de este mundo no serán nada ante la de oír un día, cuando llegue la hora: «Muy bien, siervo bueno y fiel […]; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25, 21).

«Estar preparado», eso no quiere decir tampoco «ser perfecto». Como si un día, habiendo alcanzado una cierta perfección humana, pudiéramos decir: «¡Basta!». Como si un día pudiésemos mirar al Señor de igual a igual y decirle: «Ya tengo el derecho de ir al Cielo». La salvación ofrecida será siempre un don, nunca algo debido. Un don mucho más allá de nuestros méritos. Nos encontrará pobres quien vendrá a buscarnos. Siempre necesitaremos su misericordia. Hasta el fin de su vida, incluso los más grandes santos se han confesado. No se inventaban pecados… tenían aún necesidad de convertirse y de permitir que les levantaran. Sin embargo, ¡estaban preparados!

Romain no era perfecto tampoco. Solo Dios conocía el secreto de su corazón. Como cada uno de nosotros, tenía sus luchas y sus debilidades. Pero creo que puedo decir que Romain estaba preparado porque era sincero con Dios, porque estaba en amistad con él. Estar preparado, me parece, es también eso. No ser perfecto, pero ser verdadero. No haber ganado todas las luchas, pero estar llevándolas generosamente. No haber alcanzado la cumbre, pero estar en camino con el deseo de esa cima. Romain tenía un verdadero deseo de Dios, buscaba la voluntad de Dios, quería comprenderla, captarla para mejorar y adherirse a ella. Sufría por no conseguirlo siempre. Conoció así verdaderos combates interiores. Pero luchó bien para aprender a dejarse amar y para amar, a confiar, a ser libre, a elegir las verdaderas alegrías. Romain tenía la humildad de dejarse ayudar. Sacaba del sacramento de la eucaristía y de la confesión la fuerza para levantarse y avanzar. Hacía oración también. Uno de sus últimos mensajes fue para decirme que rezaba el rosario, y que aprendía así a abandonarse. Romain estaba disponible para la gracia de Dios, quería que ella hiciese su obra, ponía los medios para cooperar con esta acción de Dios en su vida. Antes de partir para Malí, quiso detenerse en el santuario de Notre-Dame du Laus y confesarse. Quería vivir esta «Opex» [Operación en el extranjero] como un gran retiro. Mirando atrás, cuando se relee un poco su recorrido, se está impresionado al ver cómo el Señor lo ha preparado misteriosamente —pero realmente— a través de los encuentros, los retiros y las reconciliaciones, las lecturas y los sacramentos recibidos. Ese 25 de noviembre, Romain estaba «en su sitio» y eso era el fruto de los meses y años que habían precedido.

Se está preparado porque nos hemos dejado trabajar por el Señor. Hemos estado disponibles, se le ha permitido hacer su obra en nosotros, se ha aceptado creer que, a través de los encuentros y los acontecimientos, podía llegar a nosotros. Se está preparado porque nos hemos dejado preparar, sencillamente. Sin duda que ser consciente de eso nos ayuda a discernir mejor el sentido de tal o cual periodo de nuestra vida. Tiempos de espera, tiempos de desierto, tiempos áridos o que nos parecen muy ordinarios no son por eso tiempos perdidos. Dios nos prepara a menudo a los grandes dones y a los grandes compromisos, en el silencio y a largo plazo. Jesús mismo conoció la vida oculta en Nazaret durante treinta años: una vida de niño, de adolescente y luego de joven artesano. Vida humilde y pobre, bastante impresionante luego cuando se descubre que era el Mesías esperado. Había que salvar el mundo y Jesús se dedicaba a la carpintería… Pero Dios sabe lo que hace y permite. La hora no había llegado aún. Los tiempos de Dios no son los de los hombres. Pero nada de nuestra vida es inútil cuando vivimos unidos a Dios. «Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio» (Rm 8, 28). Nuestra fidelidad en su seguimiento, en estos periodos a veces penosos u ordinarios, nos prepara para seguir siendo fieles en los momentos más fuertes o más grandes. Los pequeños «síes» preparan los grandes.

Se está preparado cuando se vive plenamente cada instante de la vida, sin esperar indefinidamente «el gran momento» o «más tarde». No se prepara uno para el matrimonio la víspera del gran día, sino en los diez años que lo preceden. El hombre o la mujer, capaz de decir «sí» ese día, es el fruto de esos diez años (y a veces más) en el curso de los cuales él o ella ha aprendido a guardarse, a prepararse, a construirse, a servir y amar. Todos esos años han permitido formar poco a poco el corazón de esposo, el corazón de padre o de madre capaz de darse cuando llegue el día. Es lo mismo para un sacerdote o una religiosa. Los pequeños «síes» preparan los grandes. Jesús nos lo promete en el Evangelio: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho…» (Mt 25, 23). Es muy alentador saber que incluso lo que yo considero un tiempo «ordinario» de mi vida, incluso lo cotidiano a veces tan banal o repetitivo, tiene siempre valor para Dios. Él ama servirse de eso para prepararnos a los grandes dones, a los grandes compromisos y a las grandes etapas de nuestra peregrinación.

Así, estar preparado es vivir en este «estado de gracia» del que habla la Iglesia. Se podría decir también «en amistad» con Cristo. Eso no significa únicamente no tener «pecados mortales» en la conciencia. Por supuesto que estar «en amistad» con Cristo implica haberse reconciliado con él, si los pecados hubiesen podido herir o romper esta relación entre él y nosotros. Estar en amistad con Cristo implica también que tratemos día tras día de amarle y seguirle, más allá de los altibajos. Es una amistad perseverante por la que se lucha sin desanimarse. Ese deseo habitual marca profundamente nuestras elecciones, nuestras decisiones, nuestro recorrido. Como toda amistad, este estado implica estar de verdad con el Señor y haberle escogido realmente: «Señor, tú lo sabes todo… tú sabes que te quiero», responde san Pedro a Jesús. Esta respuesta le basta a Cristo: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17). Se considera de nuevo a Pedro preparado por el Señor, tres días después de haberle negado. Pedro ha llorado esta amistad perdida, este lazo roto por su falta. Pero ha creído en la misericordia de Dios. Es en esta misericordia incansable donde podemos rencontrar este «estado de gracia», esta amistad con Cristo.

Estamos preparados, porque estamos perdonados. Estamos preparados, porque Jesús nos ha revestido él mismo de su santidad, de este «traje de boda» (Mt 22, 11), cargando sobre él nuestra miseria. Nuestras debilidades y nuestros pecados, nuestras luchas y nuestra pobreza no serán nunca un obstáculo definitivo. Estaremos preparados, pues habremos adquirido el hábito de acudir regularmente a renovar nuestra amistad con Cristo en los sacramentos. Habremos aprendido a gustar de su perdón, dejándole realizar ese intercambio asombroso y conmovedor: nuestros pecados contra su santidad. Estaremos preparados, porque no nos quedaremos nunca lejos de él largo tiempo. Estaremos preparados, porque nos habremos propuesto no dejarnos nunca desanimar. No podremos conseguir no caer nunca. Pero nunca nos quedaremos en el suelo… Dios conoce nuestros corazones: sabe lo que realmente queremos vivir. No tenemos por qué vivir con miedo permanente de que nos atrape. ¿Qué imagen tenemos de Dios si le creemos capaz de atraparnos? Dios sabe, Dios nos conoce. «Haz lo que debes y está en lo que haces», escribía san Josemaría. Hacer lo mejor que podemos para ser fiel a lo que Dios espera de nosotros y entregarse plenamente en lo que hacemos, ese es el medio de estar habitualmente preparado, o más bien de permitir a Dios que lo estemos. Podemos entonces hacer nuestra esta respuesta de santa Juana de Arco a sus jueces, que le preguntaban si estaba en gracia: «Si no lo estoy que Dios me la dé, si lo estoy que Dios me guarde en ella».

Me parece que este es el sentido de esta famosa «lámpara encendida» que menciona el Evangelio. Esta lámpara de las «vírgenes prudentes» que permite al que vela mantenerse despierto en la noche para ver llegar al Amo. Esta lámpara es nuestra fidelidad en la oración y en la acción. Fidelidad a nuestro deber de estado. Fidelidad humilde de lo cotidiano. Fidelidad, a veces, en medio de las lágrimas o de la alegría. Fidelidad para volver a levantarse. Fidelidad para darse ahí donde Dios nos ha puesto. Fidelidad para vivir plenamente eso cotidiano. «En nuestro sitio». Es en ese sitio donde el Señor vendrá a encontrarnos un día para plantearnos la misma pregunta, la única pregunta: «Y tú, ¿me amas de verdad?». Estar preparado es poder responderle sí, sencillamente.

[1] Étoile au Grand Large, Seuil, 2011.

2. LA FE COMO AMISTAD

«Ya no os llamo siervos, […]

os he llamado amigos…»

Jn 15, 15

A mis amigos,

a mis feligreses de hoy y de ayer.

ES MUY DOLOROSO VER A tantos cristianos aburrirse más o menos en su vida cristiana o no ver ningún interés en practicar su fe. Es también doloroso tener a veces esta impresión de aburrimiento en nuestra propia vida de fe. Me da mucha pena ver alejarse poco a poco o desengancharse a jóvenes que, sin embargo, algunos, tanto han recibido. No juzgo a nadie, pero me pregunto con frecuencia: «¿Qué hemos conseguido transmitirles?». Tengo la impresión de que muchos se han quedado en la superficie de esta fe cristiana. Llegados a ser adultos, guardan un recuerdo, un vínculo cultural. Han adquirido una mirada finalmente bastante utilitarista sobre la fe —es un riesgo que nos amenaza a todos, aunque continuemos practicando—, pues ven en ella sobre todo una moral, es decir, valores que pueden inspirar su acción: «Se necesitan referencias», dicen ellos.

Por otra parte, muchos franceses se reconocen con gusto en esos «valores cristianos» y quieren transmitirlos a sus hijos. Les apuntan al catecismo o les bautizan con ese fin. Pero muy pocos piden ir más allá. Los que lo han recibido todo de más jóvenes piensan a veces que basta conservar esa herencia cristiana, esos «valores», dejando de lado todo lo demás —ritos, doctrina, sacramentos—, que les parece más complicado y finalmente menos útil. La tentación de hacerse su propia religión «a la carta» es grande. Se toma lo que nos va, «lo que nos dice algo». Aquí también, como en tantos otros asuntos, la sinceridad sustituye a la verdad. ¿No nos dice nada tal enseñanza de la Iglesia o tal rito? Se lo deja de lado. ¿Pero de dónde vienen esas enseñanzas? ¿Quién ha querido los sacramentos? ¿Cuál es la fuente de esos valores? ¿Cuál es por tanto la especificidad de la fe cristiana? Después de todo, se puede muy bien tener «valores» sin ser cristiano. Se puede ser un buen chico y una buena chica sin ser cristianos. ¡Faltaría más! Hay una preciosa rectitud humana en muchos no creyentes o en creyentes de otras religiones. Existen muchas otras morales que pueden inspirar una vida honesta. ¿Entonces, por qué ser cristiano?

Reducir la fe a una moral, a un conjunto de valores, es también correr el riesgo de acabar por ver esta moral muy pronto desechada, pues está desconectada de su fuente. La moral cristiana se vive entonces como un encorsetamiento, una suma de obligaciones sin sentido evidente. Un código de circulación que habrá que respetar por miedo de… ¿De qué justamente? ¿Del juicio? ¿Del infierno? Esos, con mucha frecuencia, ya no creen en eso. Queda solamente a veces la vaga intuición de una especie de justicia divina que hará que caigan algunas «tejas» sobre los que sacan los clavos. «¿Qué le he hecho yo al Buen Dios para merecer esto?», se pregunta a la primera contrariedad. Como si a Dios le gustase castigar cada una de nuestras faltas. Basta luego darse cuenta de que ese no es el caso para que ya no nos detenga gran cosa.

Como bien lo prueba la experiencia, una moral de la que no se comprende ni el sentido ni el objetivo se deja pronto de lado. Una fe que se reduce a eso acaba por cansar. Ya no es una aventura que vivir, no enciende ya los corazones, no entusiasma a nadie. Acaba por parecer una especie de barniz social, que todo joven deseoso de autenticidad acabará por mandar a paseo. Ritos que han perdido su sentido, que no están ya animados por una fe amorosa, viva, acaban también por cansar. La pereza, la falta de tiempo, las alternativas más fáciles o las dificultades de la vida toman la delantera, hasta reducir —en el mejor de los casos— la práctica a unas pocas ocasiones puntuales. Lamento —y esto es sin duda una prueba para el ministerio de todo sacerdote— no haber conseguido hacer descubrir a cada uno que la fe es verdaderamente mucho más que una moral.

La fe cristiana no está en primer lugar constituida por cosas que hay que pensar, hacer o no hacer. La fe cristiana es una persona: Jesucristo. Somos cristianos si creemos no en cosas sino en él. «Vosotros, ¿quién decís que soy yo», pregunta él a sus discípulos (Mt 16, 15). ¿Quién es él justamente para nosotros? Al leer estas líneas, para un momento, unos segundos: ¿qué respondes hoy a esta pregunta?

Eso es la fe. Es un don —sin la gracia, no se puede hacer esa elección— y una elección libre, una decisión: la respuesta a esta pregunta personal.

He decidido creer lo que el Evangelio me dice de Jesús, lo que Jesús dice de sí mismo: es Dios que ha venido a nosotros para salvarnos. Muerto y resucitado para que ni la muerte, ni el mal ni el pecado tengan la última palabra en nuestras vidas. He decidido creer en este encuentro inaudito entre Dios y el hombre. La fe se juega en este encuentro, en esta relación personal que ella hace posible entre Dios y el hombre.

Ser cristiano no es ante todo respetar una moral. Ser cristiano es haber elegido seguir a Jesucristo, devenir discípulo de Cristo, amigo de Cristo. Ser cristiano es creer en la victoria de Cristo y querer participar en esta victoria. Ser cristiano es querer amar a Jesucristo y, en segundo lugar, porque le amamos, amar lo que él nos pide. La fe cristiana es adhesión a Jesús, reconocido como «mi Señor y mi Dios». Esta adhesión va a permitirme descubrir el proyecto de Dios para mí y llevar a mi deseo a sumarme a este proyecto. Vivir la moral cristiana no precede a esta amistad con Cristo, sino que se deriva de ella. Esta amistad da el sentido profundo y vivifica la moral: hemos descubierto escuchándole que Jesús quería nuestra felicidad verdadera y eterna. Recibimos de él el camino de esta felicidad. Las orientaciones y mandamientos son entonces recibidos como un don al servicio de esta felicidad, tratamos de vivirlos por amor a quien nos los da, apoyados en su gracia. Solo él puede hacernos capaces de vivir según el Evangelio. La moral está vivificada por el amor, está al servicio de nuestra felicidad auténtica, de nuestra vocación. ¡Eso lo cambia todo! La moral cristiana es una moral de la felicidad. Toda exigencia de esta moral cristiana encuentra su fuente en el amor de Jesús por nosotros, y se nos propone al servicio de nuestra alegría.

Pero para vivir todo eso, para acoger plena y justamente estas orientaciones y ajustar nuestra vida a estas exigencias del Evangelio, para recorrer este camino hacia el cielo, necesitamos creer, amar, acoger a quien nos las proporciona. Zaqueo, la Samaritana, María Magdalena, Mateo y tantos otros cambiaron de vida, pero todo comenzó por un encuentro. Un encuentro personal con Cristo, que les llevó a plantearse una elección de vida: la de aceptar su amistad. Una amistad que puede trastornar una vida, que puede cambiar nuestra vida. ¿Por qué?

Jesús viene hasta nosotros para darnos su vida, revelándonos así, de la manera más fuerte que puede darse, el amor loco con que nos ama Dios. Jesús nos salva y nos invita a entrar en una relación de amor y amistad con él. Allí donde se podría pensar que este Dios todopoderoso es también un Dios lejano, temido y adorado desde lejos, se descubre que se hace el más cercano, proponiéndonos su amistad. Esta es una de las frases más fuertes del Evangelio, unas palabras pronunciadas por Jesús la tarde del jueves santo: «Ya no os llamo siervos, […] os he llamado amigos…» (Jn 15, 15). ¡«Mis amigos»! El Señor Jesús me propone vivir una hermosa y gran amistad con él. Me ofrece su amistad. No quiere una relación de sumisión. Quiere que yo sea su amigo, con toda la fuerza, la belleza y la grandeza que ese término puede y debe tener, cuando se lo toma en serio.

Meditar estas pocas palabras me ha hecho descubrir que la fe puede comprenderse y vivirse como una amistad. Descubrir eso puede cambiar profundamente nuestra manera de ver y de vivir la fe. Jesús emplea este término de amistad para definir la relación que puede existir entre él y cada uno de nosotros, si queremos. Solo Jesús podía ofrecernos su amistad. ¿Qué pobre pecador —y todos lo somos— hubiera osado imaginar eso posible? ¿Ser el amigo del Salvador? ¿Ser el amigo del Rey de reyes, del Mesías? ¿De Jesucristo, hijo único del Padre, muerto y resucitado por nosotros? Vino no solamente a reconciliarnos con Dios, sino también a hacer de nosotros sus amigos. Misterio y belleza de esta mano tendida hacia los pobres que somos nosotros. Asombrosa amistad entre un pobre y su Rey. Entre un pecador y el que es tres veces santo. Solo Dios podía imaginar y permitir eso. ¡El amor lleva a hacer locuras!

Toda amistad es una aventura de atrevimiento, que hay que elegir y vivir. Una aventura que nos hace felices, pues nos ofrece la ocasión de entregarnos.

Pero volvamos a la afirmación inicial: ¿Por qué muchos se aburren? ¿Por qué muchos se desenganchan y se cansan? Parece que muchos se arriesgan a vivir su fe demasiado centrada en ellos mismos, sus ganas, sus necesidades y su sentimiento. Vivir la fe en función de lo que nos aporta es estar seguro de abandonarla un día. No se puede amar en esta lógica. Una amistad utilitaria no se sostiene largo tiempo. «No voy a misa, porque no siento la necesidad». «Rezo porque me sienta bien». «No siento nada cuando rezo o cuando voy a la adoración». «No tengo ganas de confesarme, eso no me aporta nada». «La Iglesia dice eso, pero a mí no me parece así». «Prefiero rezar solamente cuando me apetece»… Conocemos de memoria esas frases, hemos podido oírlas o decirlas nosotros mismos. Las comprendo. No soy el último en sentir un deseo fluctuante de rezar. Pero todas esas frases están centradas en el yo. Revelan una fe centrada en uno mismo. El yo, con sus ganas y faltas de ganas, sus sentires y sus necesidades, deviene el criterio y el centro de todo. Si nuestra fidelidad depende de nuestras ganas, entonces va a ser muy fluctuante. Esta no es la lógica de la amistad ni del amor.

Lo que es hermoso en la amistad es justamente que nos invita a descentrarnos de nosotros mismos para abrirnos al otro, a las necesidades y deseos del otro, a las alegrías y a las penas del otro. Todos tenemos esa experiencia. Pensad en los últimos momentos de felicidad intensa que habéis conocido. Es probable que sean momentos en que habéis sido generosos para daros o servir a los que queréis. La amistad nos hace olvidar nuestro ombligo y nos vuelve hacia el otro. Cuando vuestro mejor amigo os llama a las dos de la mañana y os dice: «¡Ven, te necesito!», no miráis el reloj ni os tomáis el pulso, viendo si será o no necesario ir allí… ¡Aceleráis! Vuestro amigo os espera. Os parece evidente que hay que estar allí, a su lado. Estáis contentos de hacerlo, contentos de que vuestra presencia pueda animarlo, consolarlo, fortalecerlo o tranquilizarlo. Contentos de verle contento al veros llegar. Contentos por su alegría. La amistad nos hace generosos. Para uno mismo, se puede a menudo ser perezoso. Para los demás, tenemos en nosotros tesoros de generosidad. Nos superamos, se transcienden nuestras faltas de ganas o nuestra flema. Nos damos. La amistad verdadera nos hace entrar en la lógica del don, de la gratitud y por tanto de la alegría verdadera.

Apliquemos eso a la fe y todo cambia. Vivir la fe como una amistad es en primer lugar tomarse el tiempo de contemplar cómo Jesús mismo ha vivido esta amistad. «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15, 13), nos dice la tarde del jueves santo, antes de vivir eso al día siguiente. Él ha llegado hasta el final en el amor. Como toda verdadera amistad, su amistad no se impone, se propone y se expone: «Mira hasta donde te amo», nos dice a cada uno en la cruz. Ofrece su amistad a quien la quiere, esta amistad que tiene el precio de su vida y de su sangre. «¡En la vida y en la muerte!», se dice a veces para sellar una amistad. Estas palabras nunca han sido tan verdaderas como en Cristo. Su amistad por nosotros le condujo hasta la ofrenda de su vida. ¿Cómo podríamos dudar de esta amistad? ¿Cómo no nos va a conmover? El amor llama al amor. La amistad de los nuestros nos conmueve, las pruebas de amistad, a veces tan fuertes, que pueden darnos con ocasión de un problema, de un suceso feliz o desgraciado de nuestra vida nos impactan con fuerza. Tenemos ganas de poder devolverles tanto amor. ¿Cómo vamos entonces a quedar indiferentes ante lo que Cristo ha hecho por nosotros? Miradle en la cruz: extiende las manos y grita: «¡Tengo sed!». Los soldados pensaron que su cuerpo tenía sed, pero es su corazón el que nos suplicaba: «Tengo sed de que comprendas hasta qué punto te amo. Tengo sed de que comprendas por qué hago esto por ti. Tengo sed de tu respuesta, de tu amistad». Nunca es demasiado tarde para dejarse afectar por esta amistad, como atestigua el buen ladrón. En el último momento, se deja agarrar y se atreve a creerlo: «Acuérdate de mí…». Eso es lo que se dice a un amigo. Y la respuesta no se hace esperar: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Es la de un amigo verdadero y fiel.

Esta amistad no está reservada a una pequeña élite, ni incluso a los mejores. Se ofrece a todos. No está condicionada a nuestros méritos o nuestros logros. Se ofrece gratuitamente, a cada uno, tal como es. No tenemos que estar a la altura antes de recibirla: nos es dada para transformarnos. Eso parece verdaderamente importante para meditarlo. Muchos ven difícil volver a la fe o a la práctica de la fe, porque se sienten incapaces de cambiar de golpe todo lo que habría que cambiar en su vida. Pero no se trata de comenzar por el esfuerzo moral. Se comienza por dejarse amar, por dejarse acompañar, por decidir acoger esta amistad. Solo esta amistad con Cristo tiene la capacidad de transformarnos desde dentro, de hacernos capaces de todas las conversiones que tengamos que vivir. En Zaqueo, Jesús no comienza por pedirle que devuelva el dinero. Le dice: «Déjame entrar en tu casa». Tratando a Cristo es como Zaqueo va a encontrar la voluntad y el valor de devolver todo lo que había robado, e incluso cuatro veces más (Cfr. Lc 19, 1-10). Así se comprende la insistencia del papa Francisco sobre la necesidad de hacer redescubrir al mundo la ternura de Dios. El papa no renuncia a proponer las exigencias morales que derivan de la fe cristiana. Pero solo un corazón que se ha dejado antes visitar por este Dios lleno de ternura puede aceptar la exigencia que salva. Cuando Zaqueo ha comprendido hasta qué punto él, el pecador, es amado, ha sido capaz de renunciar a su pecado para vivir plenamente este amor. Cuando la Samaritana se siente escuchada y amada, ha podido aceptar la verdad sobre su estado de vida. La fe cristiana es ante todo la historia de un encuentro y de una amistad.

Plantear así nuestra vida de fe como una amistad puede transformar nuestro modo de vivirla y practicarla. Se puede así comprender por ejemplo que no se tengan siempre ganas de rezar. He tenido yo también esa experiencia, como cualquiera de nosotros, imagino. Hay periodos de aridez espiritual, de cansancio y de desánimo. Hay momentos, como durante las vacaciones, durante los que puede ser más difícil quedarse solo y en silencio. El deseo de orar es fluctuante. Mi oración no puede estar fundada únicamente en este deseo, de lo contrario no será fiel. Si dedico un tiempo a la oración, es por amistad con el que me espera. Dos amigos necesitan pasar tiempo juntos, incluso sin charlar mucho. Entre dos verdaderos amigos, el silencio no es ya un vacío que haya que llenar obligatoriamente. El silencio ya no da miedo. No tengo siempre ganas de rezar, pero sé que él siempre tiene ganas de encontrarse conmigo: «Permaneced en mí y yo en vosotros» (Jn 15, 4). El deseo es fluctuante, pero la amistad es fiel. Entonces le doy tiempo. Eso no quiere decir que yo vaya a sentir nada. A veces es incluso lo contrario. Aun para un sacerdote, la oración o el rezo del breviario son a menudo muy áridos. Pero no lo hago para mí, para hacerme un bien o para encontrar consuelos. Trato ante todo de hacerlo por él, por amistad. La amistad es muy liberadora: deja uno de preguntarse si algo nos aporta algo. Se entrega uno y eso nos basta. Se hace feliz al otro y eso nos llena.

Por supuesto, se puede también recibir. Pero nada se nos debe. Todo es don. Se puede estar profunda y sensiblemente tocado por una vigilia de adoración, o por una misa o un tiempo de oración. ¡Tanto mejor! El Señor desea así animarnos en nuestra perseverancia. En su bondad, permite de tiempo en tiempo estos consuelos sensibles para sostenernos y fortalecernos en nuestros grandes deseos. Pero eso no es el fin ni el criterio de evaluación de nuestra oración. Si voy a encontrarme con él, es por él mismo y no por lo que él pueda darme. ¿No está acaso ahí la verdadera amistad? Amar al otro por él mismo. Encontrar la alegría en la alegría del amigo. ¿No está también ahí nuestro más profundo deseo o necesidad: sentir que somos amados por nosotros mismos? Jesús nos ama así, tal como somos y por lo que somos. Ya sea que le demos verdaderas alegrías o le causemos profundas penas —y le damos de las dos, sin duda—, él nos ama y nos amará siempre, por nosotros mismos. Encontraremos nuestra alegría en amarle así en respuesta. En amarle por él mismo y no solamente por lo que nos da. La belleza y el valor de nuestra oración no está en lo que se siente, sino en su fidelidad y en la amistad que supone. No tratemos demasiado de evaluar nuestra oración: es un modo de seguir centrado en uno mismo. Miremos a Cristo contento del tiempo que le dedicamos. Eso basta. Él sabrá hacer fecundo ese tiempo.

Del mismo modo, no se va a misa únicamente por deseo. Tanto mejor si se tienen ganas. Es por otra parte buena cosa hacer lo posible por cultivar ese deseo, por ejemplo, formándose. Cuanto mejor comprendamos lo que se vive en la misa, mejor podremos participar en ella y obtener todos sus frutos. Pero más allá del deseo, está como primera motivación nuestra decisión de ser amigos de Cristo y responder por tanto a sus invitaciones. En cada misa, él renueva su sacrificio del viernes santo. ¿Cómo podríamos dejarle solo en ese momento? En cada misa, él nos espera: «Dichosos los invitados a la fiesta de bodas del Cordero». Es por nosotros, por cada uno de nosotros por lo que va a repetir estas palabras: «Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros». ¿Qué amigo tendría algo mejor que hacer que estar presente en ese momento?

Al atardecer de nuestra vida, tendremos sin duda la necesidad de la misericordia de Dios en muchos puntos, pero seremos felices si podemos decir que al menos hemos logrado estar ahí, como amigos, cuando Jesús nos esperaba. Estar ahí es lo que el amigo puede ofrecer y es esencial. Creo en la belleza de esta fidelidad con obras, aunque no se tengan siempre las palabras para acompañarla. Hay días en que la oración es difícil, se tiene la impresión de no tener nada que decir, hay una verdadera fatiga espiritual. En esos días, se puede al menos ofrecer el estar presente. Un amigo comprende que esta presencia, incluso fatigada, incluso silenciosa, pero fiel a pesar de todo, dice mucho.

Todo lo que se vive a medias es decepcionante. Eso es verdad también en la amistad. La amistad no se negocia, no calcula lo que da. La fe vivida como una amistad se hace generosa. No se cree a medias. Si amo a Cristo, si acepto su amistad, no quiero seguirle a medias, ni recibir a medias lo que me dice. Lo tomo todo, lo acepto todo. Confío en él. Totalmente. Libremente. Eso no quiere decir que lo comprenda todo. Tendré toda la vida —e incluso eso no bastará— para profundizar en el misterio de Dios. Toda mi vida será precioso trabajar la inteligencia de mi fe, para comprender mejor lo que la Iglesia quiere transmitirme de este misterio, a fin de vivirlo mejor. Mi inteligencia necesita alimentarse, comprender cada vez mejor la coherencia de mi fe, progresar en este conocimiento, también para transmitirlo. Pero la amistad llama a la confianza y permite esta confianza. No espero a comprenderlo todo para creer. Creo porque mi amigo no puede mentir ni engañarme —él es «el camino, la verdad y la vida»— y, poco a poco, comprendo.

También por amistad puedo llegar a confesarme. Cristo, el verdadero amigo, me explica en el Evangelio que «habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión» (Lc 15, 7). Sé que puedo darle así una gran alegría, superando mi temor o mi falta de ganas. Por otra parte, su mirada de amigo no juzga. El verdadero amigo nos conoce, no se extraña de nada, nunca condena. Anima, levanta y consuela. Nos renueva su confianza, porque hemos sido sinceros. La amistad llama a esta franqueza, que hace posible el perdón.

La amistad expulsa también el miedo. No tenemos miedo de lo que nuestro amigo quiere para nosotros, de su proyecto para nosotros, es decir de nuestra vocación. ¡Cuántos hay que tienen miedo de eso a lo que Dios pudiese llamarles! ¡Cuántos tienen miedo de lo que pudiese pedirles Dios! Pero no tenemos ya miedo de que nuestro amigo nos revele su proyecto y su llamada. Él nos conoce y quiere nuestra felicidad. ¿Por qué tener miedo? Él no nos dejará nunca solos y nos acompañará siempre en la realización de este proyecto. El Señor nos hará capaces de eso a lo que nos llama, de los deseos profundos de nuestro corazón. ¿Por qué tener dudas para permitirle caminar a nuestro lado?

«Amigo mío…», así nos llama el Señor Jesús a cada uno de nosotros, dando a esas palabras el sentido más noble y más profundo que pueden tener. «Amigo mío…»: son estas palabras las que pueden renovar a fondo nuestra relación con Dios y, por tanto, nuestra fe. Todo está ahí, en el misterio de una amistad hecha posible entre Cristo y cada uno de nosotros, en esta aventura magnífica de una amistad a la que atreverse, que construir y que vivir, una amistad capaz de transformar profundamente nuestra vida dándonos la alegría de amar y ser amados, dándonos la alegría de entregarnos sencillamente.

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