Kitabı oxu: «La práctica psicoanalítica y su orientación»

Şrift:

© Pierre Malengreau, 2013.

© de la traducción: Enric Berenguer Alarcón, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: GEBO495

ISBN: 9788424938086

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

PRÓLOGO

LA PRÁCTICA PSICOANALÍTICA Y SU ORIENTACIÓN

PRIMERA PARTE. LA EXPERIENCIA DE UN PSICOANÁLISIS

1. «SER HERÉTICO DE LA BUENA MANERA»

2. «LA SABIDURÍA ES EL SABER DEL GOCE»

3. EL OTRO DEL OBSESIVO

4. EL PARTENAIRE DEL PSICÓTICO Y SU SECRETARIO

5. BORDE DE SEMBLANTE Y SINTHOME

SEGUNDA PARTE. LA SESIÓN ANALÍTICA

1. LA ASOCIACIÓN LIBRE, UNA PRÁCTICA DE LA CONTINGENCIA

2. LA SESIÓN ACORTADA

3. LA LÓGICA DE LA SESIÓN LACANIANA

4. LÓGICA INTUICIONISTA Y CLÍNICA PSICOANALÍTICA

TERCERA PARTE. EL ACTO DEL PSICOANALISTA

1. LOS SILENCIOS DEL PSICOANALISTA

2. EL ACTO DEL PSICOANALISTA A LA LUZ DEL DESMENTIDO

3. LA CONSTRUCCIÓN DEL CASO EN UNA CLÍNICA ORIENTADA HACIA LO REAL

4. EL ACTO, OTRA VEZ

CUARTA PARTE. EL NIÑO Y SUS FAMILIAS

1. SERVIRSE DEL PADRE

2. PALABRAS DE FAMILIA

3. DE LA NOVELA FAMILIAR A LO REAL DE LA FAMILIA

QUINTA PARTE. EL PSICOANÁLISIS APLICADO A LA TERAPÉUTICA

1. PSICOANÁLISIS APLICADO: EL VERDADERO Y EL FALSO

2. «CURAR»

3. LO NEUTRO Y LO TERAPÉUTICO

4. UNA BULIMIA A-PERITIVA

5. CLÍNICA DEL TOXICÓMANO

NOTAS

PRÓLOGO

por

VICENTE PALOMERA

Al inventar el psicoanálisis, Freud abrió un camino en el que se ha formado un número apreciable de practicantes. Si bien hoy en día el psicoanálisis ya no se practica como hace cien años, la seguridad de estos psicoanalistas sigue emanando de la robustez del procedimiento freudiano. Nunca deja de sorprender lo suficiente que baste con acostar a un ser hablante que sufre, proponiéndole la regla de la asociación libre, para que ame a su psicoanalista, le tenga confianza y vea que se alivian sus síntomas, hasta desaparecer, tras un tiempo más o menos prolongado. En esto radica el hecho de que el psicoanálisis sea freudiano.

Por su parte, Lacan mostró que el descubrimiento del inconsciente era inseparable de la existencia de la ciencia. Esta se aboca a la elaboración de un saber universalizable, transmisible y verificado mediante la experimentación. Ahora bien, un psicoanálisis es un tratamiento de lo más particular del sujeto que sufre y por ello se ve obligado a tomar un camino distinto a la experimentación. Un psicoanálisis no es, por tanto, una experimentación, sino una experiencia de lo más particular que habita en nosotros. Al igual que la ciencia, un psicoanálisis apunta a una elaboración de saber, pero, a diferencia del ideal de la ciencia, ese saber concierne a lo más íntimo del sujeto, lo más íntimo y más extraño del sujeto, en suma, un saber sobre su extimidad más radical. Quien hace la experiencia de un psicoanálisis se ve llevado a convocar esa extimidad difícil de atrapar por el ideal del método experimental.

En verdad, el hecho de que Lacan condujera su lucha por el psicoanálisis en nombre de la ciencia y se esforzara, especialmente por su vía del matema, en sustraerlo de la degradación obscurantista, religiosa, que la transferencia hace posible, impuso a los psicoanalistas una exigencia de rigurosidad. Los psicoanalistas se mantienen legítimamente en esa orientación, sin que ello suponga que se dejen impresionar por las reivindicaciones y proclamas de cientificidad que proliferan en nuestros días. La susodicha cientificidad se ha convertido, hoy en día, en un puro reclamo comercial. Cualquiera puede invocarla hoy para vendernos un artilugio. Se la utiliza para fabricar un sujeto supuesto saber ahí donde no hay el menor saber, siendo muchas veces la coartada de la impostura. El psicoanálisis no se reivindica como ciencia, pero es una práctica, racional, estructurada y que tiene en cuenta la novedad que Freud introdujo en el campo de la razón: el inconsciente. El psicoanálisis mantiene, pues, los ideales de transmisibilidad y demostrabilidad de la ciencia y no se propone menos que ella alcanzar la certeza, aunque haciéndolo por la vía de una experiencia singular.

Este libro de Pierre Malengreau muestra que los psicoanalistas solo pueden razonar sobre los datos de su experiencia y que la abordan con el único medio que la operación analítica tiene: la palabra, en el campo del lenguaje. En psicoanálisis no se trata, pues, de percepción, sino de deducción lógica; tampoco de exactitud, sino de verdad.

Con un estilo marcado por la claridad y la rigurosidad argumentativa, Pierre Malengreau nos da una prueba de los efectos de la transferencia en la orientación lacaniana, título que proviene del curso que durante varias décadas lleva impartiendo Jacques-Alain Miller, en París.

Lo que el lector encontrará a lo largo de este libro es que el hombre está motivado por algo que puede hacerle sufrir y que la relación de cada cual con lo real es estrictamente específica. Lacan tuvo que utilizar un neologismo, el sinthome, para nombrar ese real. El sinthome es lo que define para cada uno, como ser hablante, su abordaje de lo real, y es a eso a lo que apunta un psicoanálisis, a aquello de lo que un sujeto habla más difícilmente: su particularidad. Desentrañarla, discernir lo que se anuda en el sinthome es de lo que se trata, en definitiva, en un psicoanálisis. Pierre Malengreau lo aborda en este libro y lo hace con un tacto y un talento indudables.

LA PRÁCTICA PSICOANALÍTICA Y SU ORIENTACIÓN
PRIMERA PARTE

1
«SER HERÉTICO DE LA BUENA MANERA»*

La relación de cada cual con lo real es una relación estrictamente específica. Es lo que Lacan llama el síntoma en la última parte de su enseñanza. El síntoma define para cada uno, en tanto que habla, lo que especifica su abordaje de lo real. Por esta razón, define lo más particular que tenemos. «El síntoma es la particularidad». A eso apunta un psicoanálisis. Apunta a aquello de lo que un sujeto habla más difícilmente, o sea, esa particularidad. Se trata, en un psicoanálisis, de desentrañar la particularidad del síntoma, se trata de discernir lo que en él se anuda: por un lado en lo concerniente al significante, por otro en lo que respecta al goce.

IDENTIFICARSE CON LO PARTICULAR

El modo en que Joyce se las arregla con lo real permitió a Lacan aislar qué podría, en adelante, valer como final para un psicoanálisis. Es lo que llama la identificación con el síntoma. Un sujeto podría elegir identificarse con su síntoma tras haber situado su particularidad. Es un fin posible para un psicoanálisis, que puede adoptar diversas formas. El tratamiento de la letra por parte de Joyce es una de ellas, extrema. Joyce «es aquel cuyo privilegio es haber llegado hasta el punto extremo para encarnar en él el síntoma». Otra forma es aquella en que un sujeto podría tener la tentación de hacerse un nombre a partir de su síntoma: hacerse un nombre por medio de las realizaciones atrayentes que produce, así como hacerse un nombre por el modo en que las produce. Es lo que llamamos un estilo. Un psicoanálisis puede, dado el caso, llevar a un sujeto hasta el punto en que podrá no solo reconocer, sino también asumir un estilo que le es propio.

Para el neurótico, la identificación con el síntoma tomando como garantía una especie de distancia respecto del Otro, con mayúscula, tiene el valor de un progreso. Le permite hacerse ser, o incluso darse un nombre, usando aquello que su análisis le haya enseñado acerca de su goce y, por lo tanto, también acerca de la forma en que se las arregla con la falta en el Otro. Que a veces dedique a ello todas sus energías nos indica que quizá pueda haber ahí una última astucia, tal vez irreductible, de su neurosis. La identificación con el síntoma define un indiscutible progreso terapéutico de final de análisis. El fondo de la cuestión es saber si podemos conformarnos con él.

Los comentarios y las precauciones de las que se rodea Lacan cuando plantea la fórmula de la «identificación con el síntoma» nos obligan a restringir su alcance. Esta noción es problemática en más de un sentido. Se deduce de una sesión del seminario de 1976, en la que se presenta bajo una interrogación: «¿En qué consiste este señalamiento que es el análisis? ¿Sería acaso, o no, identificarse, aun tomando uno sus garantías, con una especie de distancia, con su síntoma?».1 La identificación con el síntoma está muy lejos de sernos presentada como un ideal. Para Lacan constituye más bien una pregunta. Que se haya situado la particularidad del síntoma en un psicoanálisis no implica que identificarse con el síntoma sea la única salida. En la misma sesión Lacan advierte, por otra parte, en qué puede quedarse corta esta salida. Si bien el fin del análisis consiste en conocer tu síntoma y saber arreglárselas con él, hay que admitir, dice, que «eso no llega muy lejos», o incluso «que se queda corto».

Lacan introduce ahí una restricción que sitúa de una forma más lógica en una intervención fechada en junio de 1975. Si nos ocupamos tanto de la particularidad, nos dice, es «para que no se omita algo singular». «Vale la pena errar a través de toda una serie de particularidades para que no se omita algo singular».2 Esta vía no carece de riesgos, en la medida en que aislar el nudo del síntoma puede llevar a un sujeto a querer hacerse un nombre con él. No es mi intención, añade Lacan. No se trata de llevar a alguien a hacerse un nombre ni a hacer una obra de arte. Se trata de incitarlo a pasar por el buen agujero de lo que se le ofrece a él como singular.

LO HERÉTICO Y LO SINGULAR

Esto es lo que Lacan trata de distinguir cuando vincula la posición de Joyce con la suya a partir de una fórmula: «Ser herético de la buena manera». Esta fórmula denota algo de la singularidad de Joyce en relación con la particularidad de su síntoma, no solo por la forma en que se identifica con su síntoma, sino, sobre todo, por la forma en que lo «encarna». Si, como ha destacado Jacques-Alain Miller, la psicosis es la norma al final de la enseñanza de Lacan, ¿de qué modo esta fórmula esclarecería lo que corresponde a esa singularidad a la que se apunta en cada cura? ¿Cómo esclarece esta fórmula una salida posible para un psicoanálisis, más allá de la identificación con el síntoma?

Joyce, dice Lacan, «[...] elige. En eso es, como yo, un herético, porque la haeresis es ciertamente lo que especifica al herético. Hay que elegir por qué vía tomar la verdad, tanto más cuanto que la elección, una vez hecha, no impide a nadie someterla a confirmación, o sea, ser herético de la buena manera (aquella que, al haber reconocido la naturaleza del sinthome, no se priva de usarlo lógicamente, o sea, hasta alcanzar su real, al cabo de lo cual ya no tiene sed)».3

Esta fórmula exigiría un largo comentario. Se refiere, de entrada, a la presencia constante de la figura del herético en el texto de Joyce. Se refiere también al modo en que él usa el texto y los dogmas de la religión católica. Lacan enuncia una definición precisa de lo que entiende por ser «herético de la buena manera». En primer lugar, se apoya en la etimología. El herético, en el sentido griego del término, es alguien que elige. La palabra «herejía» proviene del griego antiguo, en el que haeresis significa «elección». El herético es alguien que elige, alguien que toma posición.

La historia de las herejías muestra que hay dos formas de ser herético. Lacan, una vez más, demuestra estar muy bien informado. A lo largo de la historia, el término «herejía» adquirió, por extensión, el sentido de escuela filosófica o de secta religiosa. Solo ulteriormente el latín eclesiástico le dará el sentido de doctrina contraria a los dogmas de la Iglesia católica. Las interpretaciones de los historiadores divergen, sin embargo, en cuanto a la naturaleza de las oposiciones doctrinales que revelan las herejías.

Hay dos teorías enfrentadas. La primera, que prevaleció hasta comienzos del siglo XX, supone en el origen la pureza de la fe y la unicidad de la doctrina. El término «herejía» se opone, en este caso, al de «ortodoxia». Esta primera forma de ser herético es la que conviene al discurso dominante. Justifica la Inquisición y las prácticas segregativas. Una segunda teoría, más reciente, que se opone a la primera, supone en el origen del cristianismo una diversidad de formas y tendencias doctrinales. Se basa en el hecho de que un cuerpo de doctrina contiene cierto número de contradicciones y dificultades cuyo estudio tiene la virtud de hacer avanzar la historia de las ideas. Esta es también la posición de Joyce cuando aborda el texto católico por el sesgo de sus callejones sin salida, allí donde «el dogma tropieza en herejías». Habría, pues, dos formas de ser herético.

Lacan extrae una enseñanza para el psicoanálisis. Como el herético, el analizante es aquel que elige abordar la verdad de un modo que no es cualquiera. El analizante que podría ser llamado herético elige abordar la verdad por la vía del síntoma. Elige conocer su síntoma, o sea, nos dice Lacan, desenredarlo. Desenredar el síntoma de uno es reconocer su naturaleza, es reconocer no solo de qué está hecho, sino sobre todo para qué le sirve. En una palabra, conocer tu síntoma es reconocerlo en su particularidad, con respecto al Otro. En este sentido, la experiencia analítica es una práctica que tiende a liberar al sujeto de su sujeción al Otro. Es una práctica que compromete al sujeto a poder decir «no». Compromete al sujeto en la vía del hereje.

LOS «NO» DEL HEREJE

Pero no todos los «no» son equivalentes. Lacan da un paso más. No basta con ser hereje. Todavía es preciso serlo de la buena manera. Nada impide al sujeto, desde ese momento, someter su elección a confirmación. Es hereje de la buena manera aquel que «al haber reconocido bien la naturaleza del sinthome no se priva de usarlo lógicamente, o sea, hasta alcanzar su real».4

¿Qué significa esto? Hay cierta forma de ser hereje que resuena como un callejón sin salida de la experiencia analítica. Una mala forma de ser hereje es ser un contestatario del Otro. Es contestatario aquel que dice «no» al Otro del saber y del goce, en nombre de la consistencia que le atribuye en completo desconocimiento. Buen número de fracasos del análisis pone de manifiesto esta posición. Es un riesgo inherente a la experiencia analítica. A partir del momento en que revelamos al sujeto aquello que lo particulariza, se corre el peligro de que elija la vía del soltero. Una mala forma de ser hereje es vivir como soltero, en una relación con un Otro más denegado que verdaderamente agujereado. La identificación con el síntoma se reduce en este caso a una identificación con Uno solo. Identificarse con Uno, ya se trate de un significante amo o de un rasgo de goce, define una posición particular. Esto define igualmente una posición cínica: conocer el propio goce y usarlo. Posición que siempre está en el horizonte del psicoanálisis.

Ser herético de la buena manera es muy distinto. Se trata, en este caso, de someter a confirmación lo que el sujeto habrá aprendido, o sea, usarlo lógicamente. La experiencia psicoanalítica compromete al sujeto en la vía de un uso lógico de aquello que la particularidad del síntoma le haya enseñado en cuanto al Otro. Lo compromete en la vía de un uso del síntoma que vaya, precisa Lacan, «hasta alcanzar su real». Alcanzar su real es llegar al punto en que, ante la no respuesta del Otro, no queda sino «tomar la falta sobre Yo ( Je)».

El analizante lógico no es aquel que se retirará del mundo con su pequeño goce del que haya tomado conciencia. No pretenderá separarse del Otro después de haberlo impugnado bajo todas sus formas. Es aquel que seguirá dialogando con ese Otro tras haberlo vaciado de todas las garantías que le suponía. Garantía de sentido, a través de los determinantes simbólicos con los que se trazan las líneas de nuestro destino. Garantía de goce también, mediante la cual el Otro nos permitía evitar aquellos momentos de la existencia en que el destino y la pulsión dependen, a fin de cuentas, del azar de nuestros encuentros.

Esto es lo que Lacan llama en 1975 la singularidad. Lo singular depende de nuestros encuentros azarosos. Estos nunca son del todo verdaderos; se producen sin orden ni concierto. El efecto de un psicoanálisis puede ser, en el mejor de los casos, que el sujeto se vea llevado al punto en que algunos encuentros, no todos, tengan para él el valor de una causalidad nueva. Se trata en un psicoanálisis de introducir un uso de la causalidad al que el sujeto no estaba acostumbrado.

El Uno de la singularidad difiere, entonces, del Uno de la identificación con el síntoma. El Uno de la singularidad es un Uno no sin el Otro, es un Uno con el Otro que no existe. Contrariamente al soltero, el analizante asumirá el riesgo de esta renovación de la causalidad. Solo, pero, decididamente, no solo del todo, el hereje de la buena manera opta por asumir la parte de extraño que hay en él, así como por consentir lo que viene del Otro y será para él, verdaderamente, un lugar distinto. Es otra manera de ser hereje. El hereje de la buena manera es aquel que «ya no cree en el ser, aparte del ser del hablar». Resueltamente antisegregativa, esta vía supone para cada Uno que consienta en no rechazar, al menos, lo que le viene del Otro, hecho Otro al fin. Una vía como esta toma a la neurosis común a contrapié. No es seguro que resulte socialmente practicable. Tal podría ser, en todo caso, una de las apuestas de una Escuela del pase.

2
«LA SABIDURÍA ES EL SABER DEL GOCE»*

El analista no es un sabio. El analizante tampoco. Con todo, las llamadas sabidurías no dejan de ofrecer tanto al uno como al otro un recurso, incluso una escapatoria frente a lo que está en juego en la transferencia, tal como se actualiza en un psicoanálisis. Esto puede ser elucidado a partir de la distancia que hay entre las últimas fórmulas de «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo» y la forma en que estas son retomadas en la década de 1970.

LA SABIDURÍA COMO RECURSO

Lacan describe en «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo» un momento de la experiencia analítica que podría resultar un final algo corto si el analizante opta por conformarse con él. A quien, en un momento de su análisis, elige enfrentarse no ya con la demanda del Otro, sino con su voluntad, se le abren dos vías. Lacan presenta este momento de la cura como un avance. Es un avance para el neurótico, en la medida en que esto supone por su parte que haya podido desprenderse algo de las demandas del Otro y, en particular, de los puntos de referencia que estas aportaban a su deseo.

A quien opta por experimentar la voluntad del Otro, o sea, enfrentarse al deseo, incluso al goce que le supone al Otro, se le abren, por una parte, la vía de la iniciación búdica y, por otra, la vía de lo trágico griego, tal como lo sostiene cierto catolicismo. Realizarse como objeto comprometiéndose en la vía de la iniciación búdica, o satisfacer la voluntad de castración inscrita en el Otro haciéndose defensor de la Causa perdida.

Ambas vías tienen en común que ofrecen al neurótico una salida a la incertidumbre que lo caracteriza. La neurosis es una posición del sujeto que exalta y cultiva el escabullirse, el no elegir, la renuncia, el sacrificio. El neurótico se satisface con las preguntas y teme las respuestas. En el universo indeciso que lo caracteriza, el encuentro con un Otro que se deja conocer y que manifiesta lo que le falta es una gran oportunidad. Le aporta un plus de orientación. Le ofrece la posibilidad de orientarse en función de la falta del Otro tomando dicha falta a su cargo. A este respecto, la vía de las sabidurías puede tener para el neurótico valor de tratamiento. Le permite tratar mediante el falo las faltas de las que sufre. Ciertas sabidurías le ofrecen al neurótico una salida. Le permiten identificarse con lo que le falta al Otro y convertirse en su criado.

Lacan indica de entrada, a partir de esto, qué puede ser considerado un final de análisis aceptable, un final capaz de devolver al deseo sus cartas de nobleza. «La castración significa que es preciso que el goce sea rehusado» para que algo del deseo pueda advenir. La castración significa que le sea negada al neurótico la satisfacción que obtiene de hacerse el criado de la falta del Otro. Es preciso que le sean negadas las satisfacciones que le ofrece la identificación fálica. La primera enseñanza de Lacan está dominada en gran parte por esta perspectiva. Se trata, en un psicoanálisis, de comprometer al sujeto en la vía de la desidentificación fálica. El final del análisis al que se apunta de este modo es un final que se enuncia a menudo bajo la forma de un «asumir la castración».

Este final, que se puede decir que es algo corto, deja al sujeto librado a la facticidad de su falta y no resuelve la pregunta «¿quién soy yo?». Es un final que exalta la falta y que, de este modo, se pone al servicio de la satisfacción que el neurótico extrae de ella. Asumir la castración significa, sin duda, que el sujeto deje de quejarse de ella. Pero que la castración como tal sea el objetivo es hacer de la castración un valor, y de su aceptación un ideal. Asumir la castración podría pasar, en tal caso, por una nueva figura de la sabiduría. ¿Es a esto, pues, a lo que aspira un psicoanálisis?

Ya sabemos qué resultado tiene esto a veces. Tratar la falta de la que se sufre mediante una falta de la que uno deja de quejarse abre la vía a prácticas inconsistentes, cuyas formas van desde la resignación más cobarde hasta el cinismo más mortífero. El realismo lacaniano nos abre otras perspectivas diferentes del recurso a las vías de la sabiduría esbozada en esta primera parte de la enseñanza de Lacan.

LA SUBVERSIÓN SOCRÁTICA

Es lo que se desprende de las pocas indicaciones que da Lacan a este respecto en una sesión del seminario ... o peor, y un poco más tarde en los seminarios R.S.I. y El sinthome. Esta sesión del seminario ... o peor se apoya en una oposición simple entre el saber de las sabidurías y el saber no iniciático que pone en juego la experiencia analítica. La experiencia analítica no es iniciática, pero esta posición no se puede defender sin tener en cuenta la subversión que dicha experiencia introduce en toda forma de sabiduría. Lo que diferencia a la experiencia analítica de las vías de la sabiduría no está dado de entrada. Una reducción de la una a la otra siempre es posible.

Lacan retoma esta cuestión por la vía de la historia del psicoanálisis. La forma en que Freud, dice, concebía «la organización a la que creyó que debía confiar el relanzamiento de su doctrina», o sea la IPA, tenía como objetivo constituir la «guardia de un núcleo de verdad». Es así, incluso, como se presentan los representantes de esa guardia. Se sirven de su condición de garantes de dicho núcleo de verdad de la doctrina freudiana. Lacan se plantea, entonces, la siguiente pregunta: ¿podemos considerar esta organización como «una escuela de sabiduría»? Esta pregunta conserva hoy en día toda su actualidad: nuestra escuela, tal como no cesamos de construirla, ¿es una escuela de sabiduría?

Lacan define la sabiduría mediante una muy bella fórmula que extrae del libro bíblico del Eclesiastés. La sabiduría, dice, «es el saber del goce». Esta fórmula hay que tomarla en su equivocidad gramatical. La sabiduría es al mismo tiempo saber sobre el goce y saber para el goce. Como prueba, Lacan se remite al uso que de ella se hace. La manera en que algunas religiones se apropian de este saber, adornándose con él al mismo tiempo, indica muy bien cuál es su lugar. Para ello basta con recordar los tantras en cierta religión, los sufís en otra, o también las filosofías presocráticas. Estas diferentes escuelas de sabiduría tienen en común el hecho de haberse dotado de un saber planteado «como esotérico». Un saber esotérico es un saber reservado a un círculo restringido de oyentes que de él dependen y que no han participado en modo alguno en su elaboración.

Este planteamiento de la sabiduría es lo que subvierte Sócrates. «Lo sustituye —dice Lacan— por la relación con el objeto a», lo cual tendrá el efecto de relegar ese saber del goce a los márgenes de la sociedad. «De vez en cuando algún chiflado brama cuando pilla el hilo de esta subversión. La cosa no es memorable salvo que sea capaz de hacer que se oiga (o sea, hacer que se oiga esa subversión) en el discurso mismo que ha producido tal saber».1 Todo nos indica que ese chiflado puede ser Freud, pero también Lacan. En otros términos, es preciso un psicoanalista para hacer oír a la filosofía la subversión que Sócrates introduce en este saber del goce.

La cuestión, sin embargo, no es solo filosófica. Lacan insiste años más tarde en el hecho de que limitarse al alcance filosófico de esta subversión conlleva un riesgo. Nos arriesgamos no solo a errar en cuanto a lo que está en juego en un psicoanálisis, sino sobre todo a arrastrar a aquel que viene a vernos a «una errancia irremediable». A menos, añade, que nos volvamos hacia el recurso, siempre posible, de la religión.

Lacan emplea raramente el término «subversión». Este designa siempre un cambio de posición en la estructura. Aquí Lacan enuncia en algunas palabras lo que nos recuerda que desplegó en su seminario sobre la transferencia. La subversión introducida por Sócrates en la historia del pensamiento apunta a algo muy preciso. Sócrates pone la relación con el objeto a en el lugar del adorno ofrecido por ciertas sabidurías. El efecto que tiene esta sustitución es transformar las relaciones del sujeto con lo que está en juego en toda forma de sabiduría.

En primer lugar, podemos tomar esto, brevemente, por el sesgo de la propia historia de la filosofía. Los presocráticos son considerados habitualmente como los precursores de la filosofía. Para ellos, el saber, que por su esencia está ligado al logos, recubre al ser. El saber hace existir lo real. El logos es lo real. Adquirir el saber sobre el agua, el fuego, la tierra, el cielo, es adquirir el ser mismo. La verdadera filosofía empieza con Sócrates, en cuanto él introduce una separación entre saber y existencia. El logos se instrumentaliza, se convierte en un medio para abordar el ser. Por este mismo hecho, el saber revela que está atravesado por una falta irreductible (no es el ser al que apunta, está separado de él).

UNA SUBVERSIÓN PARA EL PSICOANÁLISIS

El Banquete de Platón permite captar la subversión socrática de un modo más preciso, de un modo que atañe incluso a lo que está en juego en un psicoanálisis, más allá de los apuros de la filosofía. Si releemos con Jacques-Alain Miller aquel pasaje de ... o peor, a partir de lo que Lacan plantea en el seminario La transferencia, así como a partir del complemento que aporta en la «Proposición de octubre», podemos extraer dos aspectos de esta subversión socrática. El primer aspecto se refiere a la oferta de Sócrates; el segundo, a la respuesta de Alcibíades.

Lo que hace a Sócrates amable no es el hecho de que tenga a su disposición el saber que le falta a Alcibíades. Si tal fuera el caso, volveríamos a encontrarnos en la misma posición que prevalecía anteriormente. Alcibíades y Sócrates, en el punto de partida, tienen algo en común. Ambos ignoran algo esencial. Alcibíades ignora qué le falta exactamente y Sócrates ignora qué lo hace amable. Hay ahí una discordancia esencial que condiciona el vuelco introducido por Sócrates. Esta discordancia indica que entre ellos algo se opone a que se puedan encontrar, lo cual constituye precisamente el punto clave de su relación.

Lacan sitúa la subversión de Sócrates en lo que Sócrates le ofrece a Alcibíades, o sea, una falta. Y además, precisa de qué falta se trata. Lo que falta no es un objeto. Sócrates se presenta, por el contrario, como pudiendo ser amado a partir de un objeto: «En el interior de Sócrates hay algo precioso». Sin embargo, nada indica qué sería este objeto precioso. Contrariamente al objeto de Karl Abraham, que puede ser designado como objeto parcial, este objeto precioso aparece como velado. El deseo «es encendido por algo que está velado». Aquí falta la nominación del objeto. Lo que hace a Sócrates amable es el lugar que ocupa en el campo del saber. Mediante su negativa a nombrar el objeto engendra en su interlocutor una llamada al saber. Engendra lo que Lacan llama, en su «Proposición de octubre», una significación de saber: «Sócrates sabe que no está en posesión de la significación que engendra al retener esa nada». Sócrates sabe que a partir de esta falta que le ofrece a Alcibíades, este podrá suponerle un objeto que lo hace deseable.

La subversión socrática se apoya, pues, en el hecho de que no ofrece un nuevo saber, sino que sustituye este saber por una relación con un objeto que no es nombrable: «No es a mí a quien amas —le dice Sócrates a Alcibíades—, sino a otra cosa a través de mí, que no es nombrable». Sócrates subvierte la sabiduría, sustituyéndola por la relación con el objeto a. Sustituye el saber del goce por una relación con un objeto que solo vale por su escritura, que solo vale por el lugar que designa. La subversión socrática revela ser, por lo tanto, una operación de incompletud. Sócrates introduce en los discursos de la sabiduría la dimensión de lo innombrado, la dimensión del no-todo en la nominación. De este modo aligera el peso que hace gravitar sobre la existencia de cada cual el exceso de significación del lenguaje.

La manera en que Alcibíades responde al ofrecimiento de Sócrates nos enseña que lo que está en juego en la subversión socrática no debe buscarse, por lo tanto, por el lado de la falta que ofrece, sino, ciertamente, por el de lo que puede venir a escribirse en ese lugar, o sea, una positividad. La operación de Sócrates «se ilustra suficientemente por el partenaire que se le asigna en El Banquete en la forma perfectamente histórica de Alcibíades, dicho de otra manera, el frenesí sexual». Sócrates, por su posición, provoca en Alcibíades un frenesí sexual, o sea, una exacerbación de la respuesta fálica. La introducción del notodo en el seno de las sabidurías provoca una respuesta de goce que sobrepasa los límites aportados habitualmente por el falo. Esta oscilación en torno al goce fálico es lo que hay que tratar, a falta de lo cual, dice Lacan, precipitamos al sujeto en una errancia irremediable.

En este punto, filosofía y psicoanálisis se distinguen. El amor de la sabiduría que define a la filosofía es amor del falo y, por lo tanto, celebración de la falta en el Otro. Una cura conducida solamente en el sentido de una desidentificación fálica no puede sino devolver al sujeto a las vías de una experiencia iniciática, a las vías de una experiencia en cuyo transcurso debería domesticar una falta irreductible, falta que las respuestas fálicas tratan en vano de esponjar. La vía de la experiencia psicoanalítica es muy distinta. Lejos de apuntar a domesticar la falta, desemboca en una positividad. Para ello se trata de introducir al sujeto en las vías de una recensión de sus respuestas fálicas para demostrar su vanidad, no respecto a la falta que pretenden colmar, sino respecto a un goce que tratan de velar.

Todos los sistemas de representación del mundo, todas las sabidurías «tienen en su corazón, oculto, un goce de lo viviente que no se puede decir». Curarse de esto resulta imposible, pero hay diferentes formas de arreglárselas con ello. Lacan destaca aquí una diferencia, incluso una oposición entre dos saberes y, por lo tanto, entre dos formas de abordar ese grano de locura que hay en el corazón de toda sabiduría. La subversión socrática inaugura un nuevo amor de la sabiduría, un amor cuyo efecto es inscribir dicha sabiduría en el rango de lo que Lacan llama un «saber no iniciático».

Un saber iniciático es un saber que pretende preceder al sujeto y que, por eso mismo, momifica a aquel que se hace su objeto. Este es uno de los recursos al saber iniciático, que Lacan describe al final de «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo», cuando habla del sujeto que «se hace la momia de tal iniciación búdica». Esta posición proporciona a veces excelentes resultados psicoterapéuticos. Pero estos se pagan por lo común con un suplemento de alienación, no ya a los significantes del Otro, sino a su falta y a los objetos que no dejamos de inventar para colmarlo. Los síntomas de anorexia y de bulimia, física o mental, de los que se vanagloria el mundo contemporáneo entre la inhibición intelectual y el trabajo enloquecido, físico o mental, constituyen sus pruebas más vigentes. Demuestran que hay que pagar un precio para querer reabsorber este punto de locura en las vías de la razón.

Un saber no iniciático es algo muy diferente. Es un saber que procede «de un sujeto que un discurso sujeta, como tal, a la producción», sujeto que algunos califican de «creativo». ¿Creativo de qué? De sí mismo, se podría decir. El sujeto lacaniano no se sitúa ahí de entrada. La práctica cotidiana del psicoanálisis nos enseña que el sujeto lacaniano es un sujeto en vías de realización. Es un sujeto producido por el saber que produce. El saber no iniciático es un saber que depende enteramente del acto del sujeto. Tener en cuenta el núcleo de goce de toda sabiduría puede ser para el sujeto una nueva oportunidad: transformar el fardo que su neurosis lo había acostumbrado a llevar en una realización festiva. Esto es algo que, sin duda, se puede esperar de un testimonio de pase: que el sujeto diga cómo ha transformado el fardo de su neurosis en ocasión de fiesta. Uno de los beneficiarios podría ser el propio psicoanálisis.

3
EL OTRO DEL OBSESIVO*

El histérico y el obsesivo tienen algo en común: se prestan fácilmente, tanto el uno como el otro, a un abordaje humorístico, de acuerdo con una inclinación a la que cedemos con facilidad cuando tomamos como objeto el tipo de neurosis al que creemos no pertenecer. Esta tentación común llama la atención: solo es posible reírse de los rasgos de la neurosis a partir de lo que ya sabemos de ella. Jacques-Alain Miller observa que el humor se inscribe en una perspectiva precisa: la perspectiva de un Otro que existe, un Otro consistente, a veces en forma de un saber establecido. A este respecto, el humor le va al neurótico. En él recupera su esperanza de un Otro consistente capaz de ocuparse de las miserias de las que él se queja.

La última parte de la enseñanza de Lacan plantea los prolegómenos de una clínica que se basaría no ya en la consistencia del Otro, sino en su inconsistencia. Jacques-Alain Miller propone llamar a esta clínica irónica. Contrariamente al humor, «la ironía va contra el Otro». Proclama su inconsistencia. Esta clínica se adecua bien al abordaje de las psicosis. Va contra el sujeto supuesto saber y sus efectos patógenos para el psicótico. Se plantea entonces la cuestión de saber qué podría ser una clínica irónica de la neurosis obsesiva, de qué modo una clínica que se apoyara en el hecho de que no hay saber establecido en el Otro nos permitiría abordar los callejones sin salida propios de esta neurosis.

Para abordar esta cuestión, he optado por seguir la perspectiva que nos ofrece un enunciado de Lacan de 1979. «Mis analizantes [...] tratan de decirme lo que no va en ellos; y los neuróticos, eso que existe. Quiero decir que no es muy seguro que la neurosis histérica exista siempre, pero seguramente hay una neurosis que existe; es lo que se llama neurosis obsesiva».1

Hay en este enunciado diversas proposiciones que ponen de manifiesto en qué punto se encontraba Lacan al final de su enseñanza. En primer lugar: neuróticos, los hay. Es una toma de posición frente al DSM-IV. En este último, la neurosis histérica y la neurosis obsesiva no figuran como entidades nosográficas. La primera de ellas se diluye por el lado de los trastornos de conversión somáticos, y la segunda se vincula a los trastornos ansiosos en términos de comportamientos compulsivos. Como los síntomas evolucionan con la ciencia, los tipos clínicos se multiplican hasta el punto de llenar los miles de páginas del DSM-IV.

Esta toma de posición de Lacan reconoce una clínica que proviene de antes del psicoanálisis. Hay tipos de síntomas, hay una clínica. «Solo que resulta que esta clínica es anterior al discurso analítico».2 En otros términos, ni Freud ni Lacan recusan el saber psiquiátrico que los precede. Histeria y obsesión son categorías descriptivas a las que se refieren frecuentemente. La cuestión que se plantea es: ¿qué puede añadir a esto el psicoanálisis?

En segundo lugar, no es seguro que la neurosis histérica exista siempre, pero seguramente hay una neurosis que existe: la neurosis obsesiva. Este enunciado sorprende, porque parece ir en contra de todo lo que Lacan planteó constantemente sobre la posición inaugural de la histeria en el campo de las neurosis. Sin embargo, es un enunciado que retoma, tras cuarenta años de enseñanza, lo que ya planteaba en uno de sus primeros textos, titulado El mito individual del neurótico. Allí encontramos la idea de acuerdo con la cual el tipo clínico del Hombre de las ratas valdría como paradigma de toda neurosis.

Entonces, nos preguntamos: ¿qué es lo que le da a la neurosis obsesiva tal especificidad? Contrariamente a la histeria, la neurosis obsesiva no es planteada luego como discurso en la enseñanza de Lacan. Él habla de discurso del histérico, pero en ninguna parte se trata del discurso del obsesivo. Lo específico de la posición del obsesivo, ¿habría que buscarlo, entonces, del lado de lo que plantea una objeción al vínculo social?

La cuestión aquí no es teórica. Se refiere también a la forma en que se anuda en la experiencia analítica la neurosis obsesiva con el discurso del histérico. Los psicoanalistas que toman a Lacan como su referencia están por lo general de acuerdo en decir que la entrada en análisis para un sujeto pasa por una histerización de su discurso. Pero resulta, precisamente, que esto es lo que supone un problema para el obsesivo. Le plantean una dificultad, tanto la histerización al comienzo del análisis como el mantenimiento de esa histerización durante el mismo.

Estas dificultades sitúan de entrada el debate allí donde el propio Freud lo situó. A la pregunta de qué es lo que el psicoanálisis puede aportar a la clínica descriptiva de las neurosis, Freud responde: las neurosis de las que se ocupa el psicoanálisis son las neurosis de transferencia. Tenemos que preguntarnos, por lo tanto, por lo que la transferencia del obsesivo nos enseña sobre esta neurosis. ¿Qué nos enseñan las dificultades de la histerización del decir obsesivo acerca de la neurosis obsesiva? Tres momentos en la puesta en forma de esta histerización pueden servirnos de orientación: el momento de eclosión de una neurosis obsesiva, la entrada del obsesivo en el dispositivo analítico y el mantenimiento de la histerización durante la experiencia.

MOMENTO DE ECLOSIÓN DE UNA NEUROSIS OBSESIVA

Freud y Lacan consideraban del todo empíricamente que hay una coyuntura propicia a la eclosión de una neurosis. Es una fórmula que Lacan empleaba en la década de 1960, marcando así la diferencia respecto a lo que llamaba desencadenamiento de una psicosis. Hablar de eclosión se refiere al hecho de que la aparición de una neurosis no es sino la reedición de una cuestión no resuelta. El neurótico viene al análisis porque algún tropiezo ha roto el equilibrio que él se había construido.

Tomemos el ejemplo del Hombre de las ratas. Antes de que se produjera un mal encuentro, el Hombre de las ratas era un hombre feliz. En el ejército, por un breve periodo de tiempo, estaba empeñado en demostrar que un oficial de reserva podía ser mejor soldado que un oficial de carrera. Su padre había sido oficial de carrera y Freud supo durante el análisis que aquel oficial había utilizado de forma deshonesta una suma de dinero que le había sido confiada. El Hombre de las ratas se presenta, pues, como un sujeto identificado por un significante que para él tiene valor de ideal: ser mejor oficial que su padre.

Cuando se encontraba en ese punto, el Hombre de las ratas tropieza con un oficial, designado como «el capitán cruel», que le pone en una situación análoga a la que había vivido su padre. Este hombre, a su vez, tenía que pagar una deuda, y su capitán se las había arreglado para hacerle particularmente difícil saldarla. El Hombre de las ratas tiene aquí un mal encuentro: se encuentra con otro que se complace en perjudicarlo, con un otro gozador. Se encuentra, al mismo tiempo, enfrentado a una vacilación del ideal que hasta entonces lo protegía de su división.

Esta pequeña secuencia condensa los elementos susceptibles de llevar a alguien al análisis. Un sujeto viene a análisis ya sea porque una de sus identificaciones vacila, ya sea porque tropieza con un goce al que no puede consentir. Se trata de lo que Freud situaba o del lado de la representación o del lado del afecto. Del lado de la representación el sujeto se topa con una idea incompatible con la imagen que tiene de sí mismo. Del lado del afecto, el sujeto se encuentra con un quantum de afecto que no puede admitir —el histérico se sitúa en un demasiado poco, el obsesivo en un exceso de afecto—. Aquí tenemos las dos grandes vertientes de una demanda de análisis. Esta se apoya o bien en la vacilación de una identificación o bien en un encuentro insoportable con el deseo del Otro. Una demanda de análisis empieza siempre por un tropiezo que se refiere a una u otra de estas vertientes, o a las dos al mismo tiempo. Y cuando no es así, se impone la mayor prudencia en cuanto a que un sujeto emprenda la vía de un análisis.

Si el mal encuentro no deja al sujeto sin recursos, se hace posible un psicoanálisis. El Hombre de las ratas está perturbado por su encuentro con el capitán cruel. Para restaurar una continuidad de sentido, ¿qué es lo que hace? Por una parte, va a consultar a un amigo y le pide que le diga que no está loco. Por otra parte, apelando al saber, va a leer los libros de Freud. Hay en el neurótico una llamada al saber, él espera de ese saber que tapone la amenaza y el efecto de verdad que se han manifestado mediante la figura del capitán cruel.

No es este el único punto en el que tropieza. Por otra parte, sabemos que su madre había expresado el anhelo —incluso había iniciado gestiones para conseguirlo— de que se casara con una mujer rica que le habían destinado. Este plan familiar despierta en él un conflicto: entre casarse con la mujer pobre a la que amaba o con la mujer rica que se le había asignado. Se encuentra, entonces, enfrentado a una elección que no consigue resolver. Freud consideraba que la coyuntura propicia para la eclosión de una neurosis estaba vinculada a cierta clase de elección que el sujeto no consigue llevar a cabo. El neurótico tropieza con un «no sé qué quiero». El tiempo para concluir es una dificultad propia de él.

Sin embargo, no es esta dificultad para elegir lo específico de la neurosis obsesiva, sino la forma que en él adquiere. En efecto, ¿qué hace el Hombre de las ratas? Elige «caer enfermo» y «no dejarse arrastrar, como de costumbre, por acontecimientos fortuitos» para resolver su dificultad.

Esta elección conjuga dos elementos. El primero es el más sensible: el obsesivo es un sujeto que duda en cuanto se trata de comprometer su ser. Pero esto no basta para especificar su posición. Lo que la especifica es el complemento que aporta a esta duda. Por un lado, él duda, pero por otro muestra una extrema sensibilidad en relación con todo lo que proviene del Otro y le puede servir como referencia para orientarse. Así, trata cada indicio que encuentra no como significante, sino como signo de su destino. En otros términos, el obsesivo es un sujeto supersticioso. Lo que define la posición subjetiva del obsesivo es la conjunción en un mismo plano del máximo de incertidumbre con la mayor certeza.

Lacan refiere esta conjunción de elementos advertidos por Freud a la inmersión inaugural del sujeto en el mundo del Otro. La neurosis es «una pregunta que el ser plantea para el sujeto “desde allí donde estaba antes de que el sujeto viniera al mundo”».3 Esta fórmula se remonta a 1957. Vectorializa toda una parte de la enseñanza de Lacan. El histérico plantea la cuestión de qué es ser una mujer o ser un hombre. El obsesivo se plantea la cuestión de saber si es posible vivir sin estar constantemente acompañado por la muerte. Estas preguntas se deducen del hecho de que el sujeto está determinado por significantes que le vienen de sus padres, por lo que él mismo no puede decir quién es. El neurótico busca una respuesta a la cuestión que le plantea su ser en la vía del deseo del Otro. Refiere esta cuestión a las marcas que en él ha dejado el deseo del Otro.

Histérico y obsesivo no difieren únicamente en cuanto a la pregunta que se plantean. Difieren también en cuanto al estilo de la respuesta. La estrategia del histérico es simple: utiliza al Otro para responder a la pregunta «¿quién soy?». Es así, por ejemplo, como Dora alborota a su entorno y moviliza a todo su pequeño mundo para que hable de ella. Su problema se convierte, por así decir, en un problema colectivo que sitúa fuera de ella misma. El significante reprimido se presenta como falta en la cadena de los significantes que la determinan.

La posición del obsesivo es muy distinta. No es intersubjetiva, sino intrasubjetiva. El sujeto obsesivo no dialoga con el Otro, dialoga consigo mismo. Esto significa igualmente que evita con cuidado preguntarse por aquello que lo vincula al deseo del Otro. Él está presente en la misma cadena significante. «S1 y S2 permanecen presentes», explícitamente, cualesquiera que sean las contradicciones o los efectos de sinsentido que ello produzca. Cuando el Hombre de las ratas se pregunta qué mujer elegir, no se da cuenta de que la mujer rica es, precisamente, el significante reprimido del deseo del Otro. Este significante está presente explícitamente en lo que él dice. Freud califica dicho significante de «reprimido» en el sentido de que el Hombre de las ratas no sabe lo que dice.

HISTERIZAR AL OBSESIVO

Se comprende entonces hasta qué punto entrar en el análisis, o sea, ir al encuentro de su inconsciente, le puede plantear al obsesivo dificultades. Para que haya análisis, hay que sacarlo de su intrasubjetividad. Es lo que llamamos «histerización». Es importante en este punto no confundir discurso del histérico e histerización del discurso. Lo que marca la entrada en análisis de un obsesivo no es una petición de ayuda puesta en primer plano. Tampoco que suponga al Otro un saber susceptible de resolver el enigma de un síntoma. El obsesivo hace demandas. El problema es obtener una demanda que se dirija al sujeto supuesto saber. Se trata de pasar de una demanda de ayuda a una demanda de análisis.

Esto supone un cambio de posición del sujeto respecto al deseo del Otro. Histerizar a un sujeto consiste en volverlo sensible al deseo del Otro. Ello exige hacerlo sensible a la puesta en acto del inconsciente en la propia experiencia analítica. Y esto es lo que plantea dificultades para el obsesivo. Histérico y obsesivo divergen también en este punto. El histérico plantea de entrada el sujeto supuesto saber. Dirige al Otro una demanda de interpretación. El cambio que se debe obtener es que el sujeto sepa que él mismo debe producir esa interpretación. Lo difícil es estar a la altura de esta tarea y no tirar la toalla demasiado pronto. La dificultad, para el obsesivo, no es la interpretación. A veces muestra una gran comodidad en relación con la asociación libre. Esto se aviene con su gusto por el pensamiento. Lo difícil para él es ir al encuentro de su inconsciente en la transferencia. Lo difícil en su caso es abrir lo que él dice al sujeto supuesto saber.

¿Cómo dar cuenta de esta dificultad? En lo que a esto se refiere, la respuesta de Lacan se desplazó y ofrece dos puntos de vista distintos. El primero se sitúa en el plano de la cadena de los significantes. El neurótico trata el significante de un modo que le es propio. «El neurótico se entrega a una retransformación de aquello cuyo efecto padece».4 Se entrega a una retransformación del significante. Para que haya significante, primero es preciso que algo se borre. Lacan lo explica en su seminario sobre la identificación, tomando como ejemplo la huella dejada por Viernes en la arena de la isla de Robinson. La emergencia de un significante supone tres tiempos. Supone que primero haya habido una huella, que esta haya sido borrada y que advenga un significante para nombrar lo que ya no está ahí. Esta huella es el signo de un real que ha tenido lugar. Designa, por ejemplo, el paso de Viernes. La nominación de esta huella, en adelante ausente, la sitúa en la cadena significante. Le permite a Robinson referirse al hecho de que alguien pasó por allí. La emergencia de un significante supone un borramiento no del objeto, sino del signo que lo designa.

El neurótico introduce en esta estructura mínima una curiosa distorsión. Quiere «retransformar el significante del que él es el signo». Quiere hacer de tal modo que este borramiento no haya tenido lugar. Quiere alcanzar aquello que el significante tiene de más real, o sea, aquel punto donde el significante lo enfrenta a algo que no tiene otro sentido más que estar allí o no estar. En el ejemplo de Robinson, el hecho de que haya habido una huella es ese punto de real. El neurótico quiere alcanzar, mediante el significante, un «hay» originario, un «hay» desprovisto de toda significación. Hay diversas formas de concebir esta retransformación. Los estilos divergen de acuerdo con las neurosis. La tendencia del histérico es a buscar por el lado de su historia la causa de su malestar. La noción de trauma es una noción a la que es particularmente afecto. Le permite asegurar su decir a partir de un punto de capitonado situado en su historia.

El modo obsesivo de borrar el borramiento es volver a poner sin cesar los relojes a cero. Para el Hombre de las ratas, se trataba de hacer de modo que aquello que había sucedido no hubiera tenido lugar (ungeschenhen machen), o bien hacer de tal manera que lo que podría ocurrir no tuviera lugar. Su tendencia natural es anular el hecho de que se inscribe en una historia que va más allá de él. Una forma simple de anular la historia es eternizarla, situando en el horizonte de la cadena un punto ideal. El obsesivo capitona la cadena significante haciéndola converger hacia un punto ideal, a saber, la muerte. Todo lo que dice el obsesivo está orientado, incluso polarizado, por este significante amo. Así, el sujeto siempre capta su existencia a partir de lo que Lacan llama «la mirada de la muerte». No deja de juzgarse y de medirse a partir del «ojo eterno», lo cual sitúa su vida en un tiempo pretérito.

Podemos remitirnos en esto al Hombre de las ratas. El desciframiento de su obsesión por las ratas converge hacia la muerte del padre. Por ejemplo, él había oído decir que echaban ratas a una caldera para desinfectar las cloacas. Un día, al ver a un obrero que arrojaba un saco a una caldera, se había dicho que era su padre quien estaba en el saco. También está presente la muerte como punto ideal en sus dificultades amorosas. En la realidad, el Hombre de las ratas está atrapado entre dos mujeres, la mujer pobre y la mujer rica, mientras que el inconsciente ya ha suscitado una tercera mujer que, con sus «ojos de alquitrán», lo mira con la mirada de la muerte.

Los efectos de esta estrategia son notables. Situando a la muerte en posición de ideal, el obsesivo opera cierto retorno al discurso del amo. Esta es una aporía a la que nos enfrenta la histerización de su discurso. Ir al encuentro de su inconsciente en la transferencia adquiere la forma de una restauración del discurso del amo. Sitúa en el Otro un significante ideal del que se hace esclavo. «Todo para el Otro», dice el obsesivo, con tal de que dicho Otro esté muerto. Introduce de este modo una curiosa distorsión en la transferencia. Este «todo por el Otro» tiene un efecto de capitonado del sujeto supuesto saber. El obsesivo satura, por así decir, el significante de la transferencia situando, en el lugar del significante cualquiera, un significante del ideal: la muerte.

Aquello a lo que apuntaba la histerización se encuentra, así, contrarrestado por el resultado obtenido. La transferencia ya no se manifiesta en su función de apertura del inconsciente, sino como cierre. Debido a este significante amo que es para él la muerte, hay sutura de la cadena significante y rechazo del sujeto del inconsciente. De ahí la impresión que da alguna vez de querer estar «tan intacto como lo está imaginariamente un muerto». Esta posición fuera de juego, que Lacan comparaba con la del bufón imperial en el palco principal del circo, especifica la posición del obsesivo y constituye una dificultad inherente a su cura. Esta supone por parte del analista una maniobra de transferencia que la segunda parte de la enseñanza de Lacan permite esbozar.

MANTENER LA HISTERIZACIÓN

La dificultad que se encuentra en la cura del obsesivo por el hecho mismo de la histerización de su posición nos obliga a plantear la cuestión de otra manera. Si le es tan difícil al obsesivo mantener la histerización de su decir en la experiencia analítica no es solo porque él distorsiona el significante, sino porque lo utiliza con fines de goce. Ya no se trata de abordar la neurosis obsesiva en términos de identificación («¿estoy muerto o vivo?»), sino en términos de pulsión o de goce («¿qué es lo que me empuja a pensar sin cesar?»). Lacan, en su retorno a Freud, nos invita a abordar la neurosis no ya en términos de pregunta, sino en términos de defensa. La neurosis es enteramente una defensa contra el goce, pero esta defensa es en sí misma, en segundo lugar, un goce. Tal es la paradoja a la que el histérico y el obsesivo responden de modos diferentes.

Lacan abordó en primer lugar la neurosis en términos de elección: «La neurosis es la elección de la defensa, en vez de la pulsión». Entonces, la subjetividad del histérico se considera como centrada en una versión de esto mismo: un demasiado poco de placer. La del obsesivo se considera como centrada en un demasiado placer que necesita frenar. El sujeto obsesivo se constituye como sujeto mediante su rechazo. Es una constatación clínica a menudo destacada por Freud y por Lacan: el obsesivo es un sujeto que dice «no».

Esta negativa constituye una defensa del sujeto frente a aquello que el goce tiene de problemático. ¿Qué hace al goce problemático? El hecho de que no puede reducirse a un asunto de significante. El hecho de que falta en el Otro un significante capaz de reducir el goce a algo simbólico. Hay en el goce algo arbitrario que lo hace problemático. La neurosis obsesiva está enteramente construida contra esta arbitrariedad del goce.

Esto ilustra —en parte, de todos modos— el lugar de la culpabilidad en esta neurosis. En efecto, ¿cómo defenderse de la arbitrariedad, sino considerando ese goce prohibido? El obsesivo trata de colmar la sinrazón arbitraria del goce inscribiéndola en la dimensión de la falta. El goce siempre es gratuito y la culpabilidad es una tentativa de reducir el goce a un asunto de significante. La neurosis obsesiva es, a este respecto, de entrada, una defensa contra el goce. El obsesivo busca una respuesta por el lado del significante para no encontrarse con lo que ex-siste al significante.

Pero, por otra parte, esta defensa revela igualmente el carácter ineluctable del goce arbitrario con el que el sujeto obsesivo se enfrenta. Como nos lo enseña el caso del Hombre de las ratas, toda una instauración de un sistema de defensa contra el surgimiento del goce no basta para mantenerlo a distancia. El goce retorna en forma de un pensamiento apremiante, no controlable. El obsesivo no puede evitar pensar. El histérico pone de relieve un «no soportar»; el obsesivo centra su subjetividad en un «no poder evitar». No puede evitar pensar en los suplicios a los que sometería a los seres a quienes ama con un amor sublime, idealizado. Pero al mismo tiempo confiesa aquello mismo que quisiera evitar, absolutamente. Su «pienso» equivale así a un «goce», cuyo contenido lo traiciona. Esto es lo que permite considerar su defensa contra la pulsión como siendo ella misma un goce. Tal defensa tiene el carácter ineluctable de un goce que se impone por sí mismo y ante el cual la renuncia no ofrece ninguna salida. También resulta en vano plantear una renuncia al goce o plantear un goce bueno, pues este siempre tiene un lado malo por definición.

Un sujeto obsesivo en análisis hablaba un día en su sesión de su pasión por la música clásica. Le complacía poseer y comparar las diferentes versiones de una misma obra musical. Para ello compraba gran número de discos. Pero pasaba tanto tiempo clasificándolos que se encontraba en la imposibilidad de escucharlos. Mientras que su placer era la música, su goce era coleccionar discos, hasta el punto de no poder disfrutar de su audición. Era, en otros términos, un sujeto que había optado por «gozar de la defensa, no de la pulsión».

Puede haber, en este momento de la cura, una inversión de la situación, problemática para la dirección del tratamiento. El «todo por el Otro» de los inicios de la experiencia es sustituido por un «nada por el Otro». Lo que predomina entonces es un goce que podría llamarse autístico. En sus síntomas, en sus defensas, el sujeto obsesivo está completamente solo. Está solo con el goce de sus obsesiones, de sus temores, sus dolores físicos o psíquicos. Así plantea su objeción al vínculo social. La neurosis obsesiva puede ser considerada una neurosis porque está enteramente construida en torno a un goce autístico, un goce que va contra el vínculo social.

Pero esto es también lo que hace tan arduo no ya la histerización del principio de la cura, sino su mantenimiento en la experiencia. ¿Cómo pasar de este goce solitario a tener en cuenta a un Otro verdadero? Este Otro no es el Otro del significante. El Otro del significante es aquel en el que el sujeto se reconoce como muerto. Es un Otro que no le es extraño y al que puede dirigir sus quejas. El Otro verdadero del que se trata, ¿cómo concebirlo? El Otro verdadero es aquel con el que se encuentra en el inicio de su neurosis y contra el cual se defiende. El Otro en cuestión es el capitán cruel, es un Otro que goza. Por este hecho, plantea una objeción a toda forma de recuperación significante, a toda forma de cuenta.

Sin embargo, hay que advertir que esta figura del capitán cruel es ya una interpretación. El Otro que goza es para el obsesivo un Otro transformado. El Otro del obsesivo es un Otro que goza de él. El obsesivo transforma al Otro que goza en agente de la castración. Esto es lo que hace difícil la histerización del obsesivo. Dice «no» a reencontrarse con su goce en el lugar del Otro. Se niega a tomar a su cargo el goce que supone al Otro. Se niega, porque tomar este goce a su cargo es aceptar exonerar al Otro. Esto es lo que el sujeto tiene derecho a esperar de un psicoanálisis, si lo quiere. Está en su derecho de esperar que un análisis le permita tomar la medida de lo siguiente: el sujeto equivale a su castración y, por lo tanto, no es necesario pedir al Otro que se haga cargo de ella.

En consecuencia, lo específico de la neurosis obsesiva en este punto no es el hecho de que esté en juego un goce. Esto es válido para cualquiera. Lo específico en su caso son las modalidades de la defensa. Las escasas indicaciones sobre la neurosis obsesiva enunciadas por Lacan al final de su enseñanza van todas en la dirección de privilegiar la forma en que el obsesivo hace uso del goce para devolver al Otro una consistencia de la que carece. A partir de ahí es posible esbozar qué sería una clínica irónica de la neurosis obsesiva, o sea, una clínica centrada en el hecho de que no hay saber establecido en el Otro. Hay tres indicaciones que merecen destacarse aquí, por la apertura que ofrecen en relación con las dificultades inherentes a la histerización del obsesivo en análisis:

1. Freud no solo «perpetúa la religión, sino que la consagra como neurosis ideal, vinculándola a la neurosis obsesiva, que merece ser llamada ideal, propiamente. Al hacerlo se engaña de la buena forma, la forma que no yerra. No es como yo, que solo puedo dar testimonio de que yerro. Yo yerro en los intervalos en los que trato de situarles, del sentido, del goce fálico [...] el goce en tanto que interesaría no al Otro del significante, sino al Otro del cuerpo, el Otro del otro sexo».5

2. «Nadie tiene la menor aprehensión de la muerte, de otro modo uno no estaría tan tranquilo. Para el obsesivo, la muerte es un acto fallido. No es tan tonta la cosa, porque la muerte solo es abordable mediante el acto. Aunque sea logrado, es preciso que alguien se suicide sabiendo que es un acto, lo cual solo ocurre raramente [...] El neurótico es alguien que no llega a alcanzar lo que para él es el espejismo en el que conseguiría satisfacerse, o sea, una perversión. Una neurosis es una perversión fallida».6

3. «[la forma] es algo que se hincha y cuyos efectos en el obsesivo ya he comentado, él, apasionado por ella como nadie. El obsesivo, dije en algún lado, me lo recordaron recientemente, es algo así como la rana que quiere hacerse tan gorda como el buey. Se sabe con qué efectos, por una fábula. Es particularmente difícil, como se sabe, arrancar al obsesivo de esta influencia de la mirada».7

El tiempo de la histerización es el tiempo de una elección para el obsesivo. Puede optar por huir. También puede optar por proseguir la experiencia fuera de los caminos trillados del significante. El mantenimiento de la histerización del decir del obsesivo impone una maniobra de transferencia. Impone una rectificación subjetiva, no ya por el lado de la implicación del sujeto en los significantes que lo determinan, sino por el lado de lo que emerge como huella de un goce no situable en términos de significante.

Esta vía no carece de obstáculos. Las astucias de la neurosis son múltiples y el obsesivo no es en esto una excepción. En este momento de la cura tropezamos con una dificultad muy sensible en un sujeto obsesivo. Lo que surge en el momento en que se levanta, se aligera el significante del ideal que obstaculiza la histerización, es un rasgo de perversión (o quizá más) cubierto por una escena de goce. Cuando acentuamos la división del sujeto para forzarlo a producir los índices de su goce, lo que aparece a menudo es un pedacito consistente de la cadena significante, un pequeño fantasma particularmente investido* en la historia del sujeto. Entonces, la cura parece focalizarse en torno a estos rasgos.

Lacan destacó sin cesar la diferencia que hay entre el estatuto lógico del objeto a y «lo imaginario que se le pega, que allí se acumula». El objeto a resulta de una operación lógica debida a la función del significante. Hay un significante que falta en el Otro; el objeto a designa el lugar de dicha falta. Esta operación, sin embargo, no puede producirse sin un soporte. Para constituir el a y, por lo tanto, el fantasma, «es preciso algo prêt-à-porter». El objeto a recibe una consistencia corporal a partir del pedazo de cuerpo que viene a alojarse en el lugar de la falta. Las distintas formas del objeto a, el seno, el escíbalo, la mirada, la voz, son piezas separadas del cuerpo, preparadas para hacerse soporte de esta operación lógica.

Las dificultades comienzan cuando un sujeto llega a confundir ambas cosas. Esto es lo que sucede en la cura del obsesivo: pone en primer término una escena de goce para no interrogar lo que dicho goce pone en juego. En la cura del obsesivo hay un hiato entre las coordenadas imaginarias y simbólicas del objeto y el objeto en cuanto soporte de un goce. Estas dificultades se originan en el hecho de que el goce no se deduce de lo simbólico, es lo que ex-siste a lo simbólico. Circunscribir este objeto implica, en consecuencia, algo distinto de la asociación libre; implica construcción y deducción a partir de cierto número de encuentros que el sujeto puede tener con su goce.

Esto supone por parte del analista que vaya al encuentro de las huellas dejadas en la lengua no ya por el Otro del ideal, sino por el Otro de lo concreto, el Otro tal como pudo darse en los detalles de la existencia del sujeto. Se trata, en la cura, de pasar del Otro del ideal al Otro del detalle, al Otro cuya única consistencia es la de lo uno por uno, del S1 separado de todo S2. Se trata, en otros términos, de pasar del Otro del Uno al Otro inconsistente. Ello supone, concretamente, la construcción de la secuencia significante, cuyos elementos puestos en serie son tomados uno a uno, no como significantes, sino como signos desprovistos de significación. El Hombre de las ratas nos da varios ejemplos de esto, especialmente cuando establece una equivalencia entre rata, heces y niño. Lacan nos invita a referir estos signos a la arbitrariedad del goce. Nos invita a tomarlos como «briznas de goce». Habría que definir las modalidades prácticas de su tratamiento a partir de las indicaciones de Lacan antes citadas. Pero esto es harina de otro costal.

4
EL PARTENAIRE DEL PSICÓTICO Y SU SECRETARIO*

El sujeto llamado psicótico incomoda, tanto en nuestras consultas como en nuestras instituciones. Incomoda por la forma en que trata la falta que nos habita. La singularidad de su saber-hacer nos interpela, porque él está menos sometido que el neurótico a los prêt-àporter que le vienen del Otro. Lacan consideraba al psicótico como el hombre libre por excelencia. Es verdaderamente libre porque está libre del Otro. No le pide nada al Otro porque este ya ha respondido, ya sea en forma de voces, o más simplemente en forma de certezas. Una de las preguntas que se plantean entonces es la siguiente: ¿cómo puede un psicoanalista hacerse el interlocutor de un sujeto a quien el Otro ya le ha respondido? La lista de lo que un psicoanalista puede hacer es indiscutiblemente más breve que la lista de lo que no puede hacer. Así pues, ¿a qué decimos «sí» cuando aceptamos conducir la cura de un sujeto llamado psicótico?

HACER RESPIRAR UNA INCAPACIDAD

A esta pregunta me enfrenta de entrada un hombre de unos cuarenta años. Además de una medicación importante, su médico le había prescrito un psicoanálisis para tratar una depresión recurrente. Lo que él llama su depresión sobreviene por primera vez cuando está a punto de terminar sus estudios universitarios. Es incapaz de presentarse a sus exámenes. Se ve invadido por ideas de suicidio. Desde entonces dice que es incapaz de vivir solo. Aunque trabaja más o menos con regularidad, este hombre vive desde hace muchos años en el hospital psiquiátrico o en una comunidad no psiquiátrica. Actualmente se encuentra en un piso protegido que se siente incapaz de abandonar a pesar de desear hacerlo.

Los episodios llamados depresivos aparecen cada vez que tiene que hacer frente a una situación de separación: muerte del padre, partida de la madre, mudanza, cambio de servicio, etc. Atribuye su incapacidad para vivir solo y sus ideas suicidas a la mala relación que tiene con su padre. «Mi padre creía que yo tenía una personalidad fuerte. De hecho, mi padre no es un padre: es un maestro. Yo era su éxito y su abanderado. Solo soy un perro a quien le lanzan un palo y lo trae de vuelta».

El sentido que para él tiene venir a verme se va precisando algún tiempo después. Un día me pregunta si está llevando a cabo un psicoanálisis. Lo que para él define a un psicoanálisis no es ni lo que él podría esperar, ni aquello a lo que un análisis apunta. Lo que para él lo define es su marco: el diván, el número de sesiones y su duración. Como nuestros encuentros no se conformaban a tales estándares, por fuerza tenía que preguntarse qué hacía allí. Sus sesiones le van bien, dice. Le permiten respirar. Pero, ¿es este el psicoanálisis que le había prescrito su médico? Al mismo tiempo que esta pregunta sobre el deseo del Otro, me confiesa lo que llama su convicción más íntima: «No voy a cambiar. Estoy mal desde siempre. Me gustaría vivir solo y, cuando esto fracase, sabré que soy incapaz de hacerlo».

Por un lado, pues, hay un imperativo —hacer un psicoanálisis— que lo enfrenta una vez más a la forma en que está atrapado en las expectativas del Otro. Y, por otro lado, una convicción en la que se anudan un significante que lo representa ante una serie de ideales —ser incapaz de...— y significantes que identifican una posición de objeto —ser un portaestandarte, un perro—. Entre lo uno y lo otro, se encuentra su dolor de existir, cuya intensidad depresiva adquiere a veces una forma análoga a los alaridos de Schreber abandonado por Dios.

Con lo que me interpela, pues, es con una dificultad muy específica: responder a un mandato del Otro lo enfrenta a lo que está en juego en su convicción. Su incapacidad confesa para realizar los ideales que se da a sí mismo parece tener una función muy concreta: parece servirle para mantener a cierta distancia lo que él es como ser de goce en el fantasma paterno. Una incapacidad localizada es ya una forma de tratamiento de ese exceso de goce que lo haría no ser nada más que un perro para el Otro. De este modo, revelaría lo que verosímilmente es su función de suplencia.

El margen de maniobra se revela, pues, más bien estrecho. ¿Qué vía queda abierta para sus encuentros con un psicoanalista? Se le podría interpretar su dificultad haciendo referencia al padre, destacando, por ejemplo, el lugar que parece ocupar él en el fantasma paterno. Tal intervención sería por lo menos arriesgada, ya que su dolor de existir se anudó, precisamente, en torno al encuentro con alguien que sabe qué es eso para él. Nadie puede ocupar ese lugar del Otro sin impostura. Una interpretación que le viniera desde ahí podría ofrecerle a este sujeto la oportunidad para otra desestabilización.

También se le podría decir, citando a Lacan, que un psicoanálisis es la cura que se espera de un psicoanalista y que las modalidades de la cura están subordinadas a su finalidad. Esta intervención, más cercana a lo que él dice, tiene el inconveniente de poner en peligro la poca estabilidad que ha conseguido hasta ahora. Al igual que el hospital o el piso protegido, define el psicoanálisis por el marco. Lo importante para él es el marco, en cuanto le permite localizar su goce. Le permite localizar su ser por medio de un significante que lo identifica como «incapaz de». Poner en tela de juicio este punto de capitón podría llevarlo a lo peor.

Insistí, por lo tanto, en tranquilizarlo en cuanto a esta cuestión del marco, añadiendo que acababa de dar una excelente definición de lo que podría ser para él un psicoanálisis. Un psicoanálisis es, efectivamente, un trabajo de respiración. Ahí hay una indicación precisa: en mi trabajo con él, se tratará de hacer respirar la identificación que lo encierra. Hacerla respirar no es cuestionarla. De ahí la pregunta: ¿cómo y hasta qué punto conviene decir «sí» a las invenciones sintomáticas que el psicótico sostiene en su decir, incluso en sus actos?

LA CERTEZA COMO «PARTENAIRE»

Para precisar la naturaleza de nuestro consentimiento al sujeto psicótico, preguntémonos por lo que caracteriza a la pareja formada por el psicótico y su terapeuta, cuando el terapeuta está orientado por el psicoanálisis —además, lacaniano—. Una indicación de Lacan nos puede servir aquí para orientarnos. En uno de sus comentarios al texto de Schreber, Lacan invita al psicoanalista a calcar la posición de lo que llama el genio freudiano. El genio de Freud fue hacer lo que quiso con el saber e introducir al sujeto en el texto de Schreber. «Lo cual significa no medir al loco en términos de déficit», sino, al contrario, referir lo que dice a las categorías lógicas que valen para todos. Esto define uno de los principios fundamentales de la práctica lacaniana.

Tomemos esto de la forma más simple, o sea, precisamente, por el lado de la lógica. Introducir al sujeto en el texto del psicótico significa introducir en este texto una «magnitud negativa». Cuando alguien se enfrenta a enunciados que tienen demasiado sentido, se precisa que intervenga una sustracción para aliviar la atracción que dicho texto ejerce sobre él.

El paciente en cuestión viene un día a su sesión en un estado de gran zozobra. Acaba de enterarse de que la casa de su padre iba a ser vendida, decía él, «con todo lo que contiene». Esta nueva confrontación con un momento de separación había vuelto a sumergirlo en un estado de depresión grave, hasta el punto de considerar una nueva hospitalización. Me chocaba su insistencia en decirme que «todo iba a ser vendido». Introducir algo negativo adquirió aquí la forma de una operación de extracción. No lo dejé hasta que me precisó qué era lo que, dentro de ese conjunto, lo afectaba hasta ese punto: un marco, algunos CD, un álbum de fotos, o sea, algunos objetos que dice ser incapaz de recuperar. Esta operación de circunscribir sus angustias de separación a algunos objetos que habían descompletado el «todo» dio paso a un periodo de sosiego.

¿Dónde está la dimensión del sujeto en esta secuencia? Sin duda, podríamos situarla en esta operación de extracción de detalles susceptibles de descompletar el conjunto. Con mayor seguridad, podríamos situarla en la opción que se tomó de no interpretar estos detalles y dejar que el sujeto se limitara a contabilizarlos, fuera de sentido.

Lo que se llama «sujeto» refiriéndose a la enseñanza de Lacan no es, por lo tanto, un individuo dotado de cualidad. No es una persona calificada por tal o cual predicado. Es una categoría lógica que sirve para ordenar la experiencia. Para poder pensar un cambio cualquiera, cualquier modificación subjetiva, de entrada hay que plantear lo que Jacques-Alain Miller declina con el término «función de indeterminación». Basta, por ejemplo, con referirse a la experiencia del sueño de la que habla Freud. El sujeto del sueño está indeterminado entre sus diversos elementos. Podría ser cualquier personaje del sueño, pero también todos los personajes. Introducir al sujeto significa introducir un vacío en la experiencia.

El abordaje lacaniano de la experiencia analítica introduce de entrada al sujeto como magnitud negativa. Es una posición resueltamente antipsicologizante, que sitúa un agujero en el Otro a partir del cual podrá elaborarse la producción del psicótico. Se trata de una maniobra que vale para todos, aunque esta magnitud negativa varía de acuerdo con los discursos.

Esto tiene una consecuencia importante. La introducción de esta función de indeterminación permite definir la experiencia psicoanalítica como «el lugar de donde debe emerger una determinación». Toda la experiencia de un psicoanálisis, pero también la experiencia de cada sesión, es la de la emergencia de una determinación específica, de una determinación que tiene valor de ficción. Este término hay que tomarlo en su equivocidad homofónica. Una ficción conlleva siempre una dimensión de fijación.* Una fijación es una «estructura de distribución del goce», en el sentido de que pone en forma y fija dicho goce.

Esta determinación de ficción varía según las situaciones clínicas. Sin embargo, permite definir de un modo constante algo que se presenta para cada cual bajo la forma de lo que Jacques-Alain Miller llama el partenaire. El partenaire fundamental del sujeto no es otra persona. No es esencialmente el otro cónyuge, ni cierta figura del amo. El partenaire fundamental del sujeto es, en primer lugar, algo de él mismo. Es, subraya Miller, aquello con lo que el sujeto juega su partida. Y nosotros también tenemos que ver con eso. La clínica del sujeto resulta ser, de entrada y esencialmente, una clínica centrada en el partenaire. Cada uno, ya sea neurótico, perverso o psicótico, se enfrenta siempre a esa parte de sí mismo a la que está vinculado de un modo esencial.

Esto se presenta de un modo relativamente simple en la neurosis. El partenaire del obsesivo son sus pensamientos. De lo que se queja a veces es de no poder evitar pensar. El partenaire de la histérica es más bien su cuerpo. Es un cuerpo que no responde como se quisiera, ni de acuerdo con las leyes que se le conocen. El partenaire del fóbico es el objeto de sus miedos. No se necesita escuchar mucho rato a un sujeto fóbico hablar de las arañas para captar hasta qué punto puede formar pareja con ellas. El neurótico está constantemente enfrentado a un partenaire que le devuelve su «propia parte de eclipse». Por este hecho revela su dependencia del efecto de significación que le puede venir de dicho partenaire. La relación del neurótico con su partenaire adquiere, así, la forma de una repartición simple entre, por un lado, su indeterminación de sujeto y, por otro, el saber supuesto del partenaire.

A veces ocurre que el neurótico apele al psicoanalista para que le permita soportar, incluso descifrar, a ese partenaire. El psicoanalista se convierte en tal caso en un partenaire suplementario. La primera teoría de Lacan nos invita a referir este partenaire a los significantes de una historia particular. La segunda teoría permite al sujeto reconocer en él, si lo desea, su propio goce. Le permite identificar a su partenaire como aquel «que le procura el plus de goce que le conviene».

El sujeto psicótico no presenta la misma elasticidad. La clínica más cotidiana nos enseña que el partenaire del psicótico es su certeza, ya sea que la diga o que se la calle. En el caso de la paranoia, son las palabras de los otros, lo que le dicen de él o el mal que le desean. Son a veces las voces que oye o las sensaciones corporales que lo atraviesan. En el caso de la melancolía, son las palabras que lo congelan en la imagen de su ser defectuoso, o bien la crueldad de los autorreproches con los que el Otro se deleita. Para el paciente que he mencionado, es lo que él llama su convicción más íntima, entre los significantes que lo definen como incapaz y la significación que define su posición de goce: ser un perro para el Otro.

Lacan destaca que es importante extraer la certeza que está en juego en nuestro diálogo con el sujeto psicótico. Esto supone que de entrada se reconozca en esta certeza un punto de estructura que vale para todos. El encuentro del sujeto con su partenaire, cualquiera que este sea, pone siempre en juego algo que corresponde a la estructura misma del lenguaje. Todo encuentro, sea bueno o malo, es por definición significante. Siempre supone un «no sé lo que me pasa». Que sea significante indica que quiere decir algo que no sabemos. Decir «esto significa algo» equivale a una certeza para cualquiera. Cualquiera que hable de su partenaire cree en él. Cree que dicho partenaire es «capaz de decir algo y que solo hace falta descifrarlo».

¿De qué certeza se trata en la psicosis? No es la certeza del neurótico. El neurótico supone una significación a lo que se le presenta de un modo enigmático. La certeza del psicótico no proviene de tal suposición. Proviene de algo que se le impone. Le viene del exterior. Lejos de remitir al sujeto a la parte enigmática de sí mismo, el partenaire del psicótico lo remite al Otro y a lo que él es como objeto para dicho Otro.

EL SECRETARIO NO ES EL «PARTENAIRE»

La cuestión que se plantea es, pues, la siguiente: ¿cómo podría un sujeto jugar su partida con algo que se le presenta como una certeza impuesta y no supuesta? Y si el partenaire del sujeto es su certeza, ¿qué lugar hay para el psicoanalista en este asunto? La respuesta de Lacan es clara: un psicoanalista no debe recular ante la psicosis. Y una forma de no hacerlo es hacerse lo que llama el «secretario del alienado». Lo anterior permite definir una orientación precisa: un secretario no es un partenaire. Contrariamente a lo que ocurre en la cura del neurótico, el psicoanalista no puede ser un partenaire suplementario para el psicótico. El margen de maniobra es, por lo tanto, estrecho.

El secretario del psicótico es, en primer lugar, alguien que toma notas. «Testigo invocado de la sinceridad del sujeto, depositario del acta de su discurso, referencia de su exactitud [etc.], el analista tiene algo de escriba».1 Esto supone por su parte cierta humildad. La primera regla del secretario es no solo dejar en el vestuario cierto número de cosas, sino sobre todo saber no decir nada sobre un punto. Lo que debe dejar en el vestuario es, ciertamente, todo lo relacionado con su subjetividad, ya sean sus ideales o la forma en que es incapaz de realizarlos, ya sea su deseo de curar o sus ganas de «explicar, aconsejar, dirigir».

Pero con eso no basta. También tiene que saber guardar silencio en todo aquello que da consistencia, en la lengua del psicótico, a las figuras del todo. Los comportamientos fuera de norma del psicótico forman parte de los medios que se procura para introducir un poco de ausencia en este Otro que le estorba. Se trata, entonces, de que el secretario lo acompañe en esta vía. Se trata de hacer desconsistir, de descompletar, de indecidir lo que va en la dirección de una totalización: totalización inducida por los ideales, totalización inducida por los saberes, totalización inducida por las figuras del goce. El secretario tiene la función de introducir la negatividad en lo que se le presenta al sujeto psicótico en forma de un exceso de presencia.

El segundo punto se deduce de esta primera regla. Hacer desconsistir el todo del Otro solo es aceptable si introducimos al mismo tiempo puntos de apoyo para el sujeto. La segunda regla del psicoanalista secretario es: nada de indiferencia. El secretario no es solo alguien que toma nota. Es también alguien que toma posición. La introducción del sujeto en el texto del psicótico va a la par con la emergencia de una localización del goce. El secretario se hace, entonces, el destinatario del psicótico incluso en los detalles. Se hace destinatario de los signos ínfimos para capitonar el discurso, no con el sentido, sino con esos mismos signos.

Esto es lo que define la naturaleza de nuestro consentimiento. ¿A qué le decimos «sí» en nuestro encuentro con el sujeto psicótico? Decimos «sí» a los signos ínfimos que localizan su goce. La práctica del secretario pasa por una adecuada ubicación, incluso por la construcción, de las ficciones que localizan el goce allí donde este se hace totalitario.

Por ejemplo, se puede hacer el inventario de los pequeños detalles de la vida cotidiana mediante los cuales el psicótico embrida un goce que lo invade: usar un móvil, en vez de un teléfono, cuyo hilo se convertiría en canal para la persecución, aumentar el volumen de una radio para no oír las voces, escribir un testimonio sobre el lugar de las mujeres en la Biblia, para mantener a distancia el amor de un hombre de Dios.

También se puede estar atento a las modalidades de inscripción del goce en la propia lengua. En este caso, se trata menos de apoyarse en las virtudes de la anamnesis que de situar las inflexiones que la pregunta del sujeto impone a su lengua. No buscamos lo que está normativizado por el Otro. Buscamos aquello que, en la lengua, tiene resonancias particulares, ya sea en el plano de la gramática, de la semántica e incluso de la fonemática.

A esto invita el paciente antes mencionado a aquel a quien se dirige. Da testimonio en sus decires de una propensión real a deslizarse hacia la posición de desecho. En este caso, se trata de dar valor a todo aquello que le permite pasar de una posición de objeto del padre a una incapacidad contable tal como esta se dice en su lengua. Por ejemplo, se puede dar valor a lo que le sirve de ideal en la vida, «vivir solo», manteniendo la distancia que él sostiene respecto de dicho ideal en términos de incapacidad. También es posible ceñirse a la forma en que declina en sus palabras, en sus frases, las diferentes formas de su incapacidad. Se podría llegar a situar el uso que hace de la gramática para disociar las representaciones múltiples que lo identifican como incapaz, del predicado que determina la posición de goce a la que está reducido.

La figura del secretario es interesante porque nos invita a pensar en el uso que el psicótico puede hacer de nosotros. ¿Consentiremos lo suficiente a sus modalidades de transferencia, hasta el punto de aceptar las formas fuera de la norma que nos impone? Se quiera o no, la cuestión del goce es inevitable. El psicótico nos invita a pensar un nuevo uso de la lengua. Nos enseña a ejercitarnos en «lo vivo en la lengua» del que hablaba Nietzsche. ¿Seremos lo suficientemente dóciles como para ponernos a aprender en esta escuela? Esta es la cuestión.

5
BORDE DE SEMBLANTE Y SINTHOME*

La fórmula «borde de semblante», introducida por Jacques-Alain Miller, arroja una luz inédita sobre el sinthome. Invita a circunscribir un uso del sinthome que no desmienta la marca que la no relación sexual deja en el propio semblante. Una intervención de Lacan fechada el 22 de mayo de 1971 nos da sus coordenadas lógicas. Concentra en pocas palabras lo que tiene de nuevo tomar la experiencia analítica por el lado del semblante, cuando es pensada no ya a partir de la falta o la castración, sino a partir de la no relación sexual.

Esta intervención forma parte de aquel momento de su enseñanza en que Lacan se dirige hacia la lógica para dar cuenta de lo real. La primera parte de su enseñanza había familiarizado a sus oyentes con un abordaje de lo real determinado por las leyes del lenguaje y la estructura del significante. El punto de referencia era el par significante y los efectos de significación que produce. Un significante únicamente puede producir significación a partir de un segundo significante, del que está necesariamente separado. Por este motivo, el referente de un significante solo, sin otro, revela estar siempre perdido. Hay ahí un límite vinculado no a la impotencia de las palabras, sino a la estructura misma del significante. Lo real como imposible de decir se presenta en este caso como lo que se demuestra a partir de este límite.

Tal concepción de lo real no difiere fundamentalmente de lo que Freud decía de la roca de la castración. Hace de lo real un punto de tope de la experiencia analítica. En este caso, al final del análisis, no cabría sino hacerse a la idea de que hay falta y que todo lo que surge en su lugar solo sería ilusión o engaño. El hecho de que, innegablemente, haya un efecto de desilusión en el análisis no define, sin embargo, su objetivo. La resignación no es una virtud analítica. Lacan sostiene que la roca de la castración no es la última palabra de un psicoanálisis. Lo sostiene, en todo caso, a título de una hipótesis que puede servirnos, con la condición de no creer en ella demasiado. «He señalado que se podía, en la instauración de los discursos, prescindir de la referencia a la castración, en todo caso he hecho como si se pudiera prescindir de ella».1

Lejos de subestimar la dialéctica del tapón y de la falta, Lacan la aborda en la década de 1960 de un modo más cercano a aquello de la experiencia que no entra en ella. Ya no se trata de abordar lo real a partir de una falta y de aquello que la tapa, a partir de -f y de a minúscula. Se trata de abordar dicho real a partir de lo que no falta y se presenta siempre del lado del exceso.

LA CAUSA LACANIANA

Su intervención, en un debate sobre el objeto a, subvierte los abordajes habituales de la noción de semblante. Lacan se apoya en el tratamiento que el psicoanálisis reserva a la demanda. Construye su intervención a partir de una pregunta que contiene en sí misma la inversión de perspectiva que sostiene el psicoanálisis: «¿Cuál es la verdadera hiancia que hace tan imperiosa la necesidad de la demanda?».2 Lacan indica de entrada en qué dimensión considera que se sitúa para responder. Le sorprende el hecho de que nadie haga referencia a algo que está presente en la forma en que él habla del objeto a: «El objeto a es una construcción —dice—, y la etiqueté con un término que se escribe a». «La referencia a la escritura es aquí manifiesta».3

Lacan toma este punto por el lado de lo que ocurre en un análisis. Nombrar el objeto a mediante una letra permite establecer una relación de isomorfismo entre este objeto y la posición del analista. El hecho de hablar a un psicoanalista lleva al máximo el empleo ansiógeno del objeto. El analista acaba atrayéndolo, incluso provocando el surgimiento de la angustia en la experiencia analítica. La cuestión que se plantea es saber cuál es la naturaleza de este objeto: ¿es real o semblante? Contrariamente a lo que antes planteaba, Lacan sitúa aquí el objeto entre los semblantes y nos da sus coordenadas estructurales.

Lacan empieza oponiendo dos puntos de vista sobre el objeto, dos formas de articular objeto y demanda. La primera consiste en considerar el objeto de la demanda en términos de objeto perdido. ¿Qué es el objeto perdido? Si lo tomamos por el lado del ideal, el objeto perdido es lo que nos falta para creernos Uno. Si lo tomamos por el lado del cuerpo, el objeto perdido es «la satisfacción que sería la buena». Esta forma de verlo no carece, sin embargo, de inconvenientes, en la medida en que «uno perdido, diez recuperados».4 Que se encuentren diez no quiere decir que el objeto sea en sí recuperable. De todas formas, no es esta su función. Porque esté perdido no hay que ponerse a correr. Como mucho, esto puede fascinarnos al modo de un sueño o de una ficción. Nada más fácil en este caso que refutar las demandas de cualquiera. Basta con encontrar el truco «susceptible de producir una realización inmediata».5

Preguntarse por qué hace de toda demanda algo tan imperioso indica un cambio de perspectiva. Cuestionar este imperativo equivale a interrogarse sobre qué causa la demanda. Esto es lo que caracteriza al abordaje analítico. Se lleva a cabo restableciendo la causa. Ya no se trata en este caso tan solo de preguntarse a qué apunta una demanda y de aislar los significantes que articula. Se trata de restablecer lo que la motiva. El psicoanálisis sostiene en una práctica que el hombre está motivado por algo distinto que el objeto perdido. Sostiene que el hombre está motivado por algo que puede hacerle sufrir, incluso poner en peligro su vida o la de los demás.

El psicoanálisis lacaniano le reconoce a esta causalidad una particularidad que la distingue de otras causalidades. La demanda tiene una estructura de lenguaje. Por eso siempre yerra. «La demanda siempre yerra, literalmente, lo que puede parecer su fundamento».6 Hay, ciertamente, algo perdido, pero no es un objeto. La causa lacaniana es una causa real. Es una causa ajena a todo aquello que de ella puede decirse, una causa que empuja al hombre más allá de sus determinaciones. Es, al mismo tiempo, punto de goce respecto al cual uno no cede y punto de libertad que escapa al Otro. Es al mismo tiempo ese punto de goce que define lo más singular y ese punto de libertad que pone en peligro la posibilidad misma de todo discurso.

UN SEMBLANTE PROPIO DEL DISCURSO ANALÍTICO

Esta intervención de Lacan resulta ser eminentemente práctica. Se refiere al uso que el discurso analítico hace del semblante para dar un lugar a lo que causa la demanda, para dar un lugar a «lo que se construye sobre el fondo de esa inadecuación fundamental propia de la operación de lenguaje». Forma parte de lo que se puede considerar un tercer abordaje del semblante en Lacan.

La primera parte de su enseñanza contiene una teoría implícita del semblante. Es cuestión de finta y de estrategia, de astucia y de postizo. Esa teoría refiere el semblante a la falta en tanto que para cada cual tiene valor de verdad. La segunda teoría del semblante es explícita. Ya no refiere el semblante a una negatividad, sino a una positividad. Ya no lo remite al -f de la castración, sino al real de un goce imposible de decir.

Estas dos teorías del semblante sitúan sentido y semblante del mismo lado. No son específicamente lacanianas. No tienen en cuenta un elemento esencial del que Lacan no ha hablado de entrada, porque nada, hasta aquel día, había preparado a su auditorio para oírlo. Nada había preparado a su auditorio para oír que hay un vínculo entre «la función del lenguaje y el hecho de que nada pueda escribirse de la relación sexual».7 Este es el punto en que se apoya para aislar un uso del semblante propio del discurso analítico.

La teoría del semblante que se desprende de este vínculo no se apoya en la oposición simple del semblante y la falta, o el semblante y lo real. Se apoya en una estructura triple «que no se cierra».8 en una «tríada»9 en «forma de V»10 en la que goce, semblante y verdad se articulan de una forma que lleva en sí misma la marca del «impasse sexual». «Si la última vez puse en la pizarra la tríada del goce, el semblante y la verdad [...] no habría función del semblante sin referencia a lo verídico y, por otra parte, de qué sería semblante si no fuera precisamente semblante de un elemento tercero, en este caso el goce, lo cual significa que de ningún modo esta triangulación culmina en un cierre y que, del goce a la verdad, las cosas permanecen abiertas».11

Lacan hace aquí referencia a una estructura triádica que se deduce de la forma en que ilustra en su seminario la no relación sexual a partir de la lógica. El esquema llamado del tercer término es el resultado de una construcción en tres etapas que Jacques-Alain Miller esboza de una manera luminosa en su lección del 30 de enero de 2008. Lacan empieza por introducir en el lenguaje el recurso a la letra y la escritura. Luego da el paso esencial «de escribir el goce sexual bajo la sigla Φ». Considera, finalmente, esta sigla como un elemento tercero entre un hombre y una mujer, un elemento tercero, dice, «que no es un medium». Esta construcción le permite concluir que es al modo de un tercer elemento como el falo constituye una objeción a la posibilidad misma de escribir la relación sexual.

Lacan construye a partir de ahí un esquema en forma de V inversa que incluye tres términos: Φ y dos X que llama en este caso hombre y mujer. Si se vincula la primera X a Φ, «se puede estar seguro de que no comunicará con la otra, y viceversa». Φ solo está verdaderamente en posición tercera si no se puede conectar al mismo tiempo con las dos X.

Φ


X hombre X mujer

LA CARACTERÍSTICA DEL TERCER TÉRMINO

Este esquema ilustra la función verdaderamente tercera del falo para aquel que está en la posición de X abajo y a la izquierda del esquema, a quien Lacan llama «hombre, por ejemplo». El falo tiene aquí valor de respuesta. Ofrece a esta X un punto de referencia al que puede anclar algo de su goce. Esta respuesta es del orden del Uno y, al mismo tiempo, deja al sujeto llamado «hombre» en la ignorancia de lo que ocurre en el otro sexo, y a la inversa.

GOCE, SEMBLANTE, VERDAD

La sucesión de los tres términos «goce, semblante, verdad» y el hecho de que Lacan llame «en este caso» al tercer elemento «goce», permite construir el siguiente esquema:

goce


semblante verdad

Este esquema en forma de V inversa está construido a partir de lo que Jacques-Alain Miller llama la «disyunción de lo real y lo verdadero». Supone que sentido y semblante estén, a su vez, disjuntos. Este es el paso de la elaboración de Lacan que da a la fórmula «borde de semblante» todo su alcance.

Lacan procede apoyándose en la lógica y anuncia al mismo tiempo su superación. Se apoya en la lógica en el sentido de que aborda un uso del semblante a partir de lo que se escribe. Ya no se trata de pensar el semblante a partir de la falta inherente a la cadena significante, sino a partir de la letra como huella en lo real. Ya no se trata de pensar el semblante a partir de la imposibilidad del semblante para significarse a sí mismo. Se trata de pensar el semblante a partir del «impacto» de las palabras que se repite cada vez que las evocamos.

Pero es también así como Lacan anuncia un cuestionamiento de esta misma lógica en la que se apoya. La inaptitud de la lógica para dar cuenta del impacto de las palabras no deja de tener efectos sobre el valor de la lógica como ciencia de lo real. Esto es lo que predomina en la ultimísima enseñanza de Lacan. La lingüística y la lógica demuestran ser ambas semblante, y se trata, por lo tanto, de extraer las consecuencias que ello tiene. Si ambas son semblante, no hay más que ocuparse de lo que hace que las cosas no se deslicen indefinidamente. No hay más que ocuparse de aquello que para cada cual vale como anclaje de lo real. No hay más que ocuparse de lo que para cada cual tiene valor de sinthome.

Con esto, algo de nuestro uso de la palabra queda modificado. Y para lo que puede servir la referencia a una estructura triple es para circunscribir esta modificación, que invita a tomar el semblante no ya en referencia a aquello que lo distingue de lo real, sino por el lado de su punto de enganche. Invita a pensar un borde entre semblante y goce que no esté del lado de lo verídico. Esto no es evidente. Supone que consideremos los diferentes semblantes como no equivalentes. Ciertos semblantes, como el Nombre del Padre, el falo o el objeto a, tiran del sujeto hacia la confrontación con lo que constituye la verdad del deseo. La castración sigue siendo en este caso el punto de referencia. Otros semblantes —aunque, ¿se puede hablar en este caso en plural?— enfrentan al sujeto con los límites del poder de la palabra. Conviene, en este caso, concebir un uso del semblante disociado del sentido, un uso que se apoye en la separación de S1 y S2.

Esto constituye una dificultad en la medida en que Lacan considera en el mismo movimiento que «no hay función del semblante sin referencia a lo verídico».12 Decir que el semblante se refiere a lo verídico quiere decir que solo se enuncia a partir de lo que se plantea como verdad. ¿De qué verdad se trata? Aquí parecen oponerse dos figuras de la verdad: la verdadera y la falsa. La verdad falsa es aquella detrás de la cual corremos. Es la que corre incluso ella sola cuando hablamos. Es aquella de la que Lacan dice que tiene una estructura de ficción.

Lo que él llama «verdad verdadera» es muy distinto. «La verdad verdadera es que entre hombre y mujer, la cosa no marcha», en nombre de un goce imposible de decir. Lo específico de esta verdad, al mismo tiempo, es que solo se puede atrapar mediante mentiras. No es esta la menor de las paradojas del semblante. Nos obliga a conciliar lo inconciliable. La división entre goce y semblante «no tiene remedio», porque únicamente podemos atrapar el goce por un borde que se inscribe en la dimensión de una verdad mentirosa.

La cuestión que se plantea entonces es saber en qué podría este borde exceptuarse de esa verdad mentirosa. La ultimísima enseñanza de Lacan cuestiona la idea de que lo real se atrape tan solo en la mentira. Se atrapa igualmente por el lado de lo que sucede como por azar.

UNA ESTRUCTURA DE HIANCIA

El hecho de que esta estructura en forma de V inversa quede abierta por uno de sus lados se revela, entonces, como esencial. Lacan habla a propósito de ella de verdadera hiancia, lo cual deja suponer que dicha hiancia puede ser también, a veces, falsa o mentirosa. Es un punto crucial que redobla lo que ocurre del lado de lo verídico. La verdadera hiancia es sexual. Se demuestra por lo que no puede escribirse y se distingue de aquella que el neurótico no deja de poner en primer plano para evitarla. El «nudo donde se encuentra lo real» surge de una estructura que incluye la no relación sexual. «Fuera de ahí, estamos en el fantasma».13 Estamos en el fantasma en cuanto tratamos de conciliar goce y verdad.

Esta diferencia entre la verdadera hiancia y la hiancia a la que se aferra el neurótico se revela entonces como esencial, porque pone del lado de los semblantes lo que antes estaba del lado de la falta. Hace de la propia castración un semblante, y abre la vía hacia lo que podría ser un discurso que no sería del semblante, un discurso, por lo tanto, que no se originaría en la castración. Se trata aquí, ni más ni menos, del «límite impuesto al discurso» analítico, y también a todo discurso «cuando se trata de la relación sexual».

¿Qué hay, pues, del borde de semblante? Diferentes relatos de pase muestran que el borde de semblante no está dado de entrada. Hace falta un análisis para situar sus coordenadas en la singularidad de una existencia. La estructura triádica planteada por Lacan permite situar ese borde de semblante no entre goce y verdad, sino en la dimensión de lo verídico reducida a su punto de enganche al goce. La estructura triádica permanece, sin duda, abierta, pero permite considerar ese borde de semblante como un punto de enganche al goce que no depende del Otro. Es un punto de enganche del goce sin tutor, podríamos decir, retomando las palabras del testimonio de Anne Lysy.

También es algo que parece testimoniar Bernard Seynhaeve en las enseñanzas que extrae de su pase. El borde de semblante que ha producido su análisis muy bien podría ser ese mismo testimonio. Este nos permite definir lo que sería el borde de semblante producido por un análisis. Su testimonio tiene la particularidad de que no recibe sus cartas de garantía de un Otro situado en la dimensión de lo verídico, tal como esta se desgrana con los significantes de su historia. Su testimonio no recibe otra garantía más que la que le viene del hecho mismo que lo sostiene en su acto. De ahí a pensar que un testimonio de pase pueda ser elevado a la dignidad de sinthome durante el tiempo que sirva no hay más que un paso que este testimonio hace posible.

SEGUNDA PARTE

1
LA ASOCIACIÓN LIBRE, UNA PRÁCTICA DE LA CONTINGENCIA*

El «uno por uno» que orienta el abordaje efectivo de los fenómenos clínicos se apoya en una distinción entre el uno de la singularidad y los unos de la identificación. Los múltiples testimonios de pase nos enseñan que aquello que más nos singulariza es también lo que menos se presta a la identificación. Una forma simple de abordar el uno que un análisis tiene como objetivo hacer emerger, y que Lacan califica de «singularidad», es plantearlo por el lado de los medios a los que el análisis recurre. Al sujeto que viene a nuestro encuentro diciendo que en él eso no marcha le respondemos: «preguntemos al inconsciente». Para ello le proponemos nuestro método, enmarcado por el enunciado de la regla fundamental. Le invitamos a decir los unos tal como vienen, al azar, de cualquier manera. La cuestión que se plantea entonces es la siguiente: ¿cómo el hecho de decir todo y cualquier cosa es capaz de producir algo del orden de un uno distinto de aquel que se repite? ¿De qué manera puede esta regla llegar a esclarecernos acerca del uno que produce un psicoanálisis?

Lacan se pasó todo un año de su seminario interrogando las diferentes incidencias del uno en la experiencia analítica, ya sea a su término o en el punto vivo que cada sesión puede producir. «Nada más peligroso que las confusiones sobre lo que es ese uno». Freud evoca el uno con frecuencia cuando sitúa la esencia de Eros del lado de la fusión. Se refiere Lacan en este punto a «un mito que no es en absoluto buena mística»,1 un mito que sostendría que una de las tendencias fundamentales del mundo sería formar solo uno. Al uno de la fusión empleado por Freud para definir Eros Lacan le opone el uno de la discordia. «En la discordia se funda la oposición entre los sexos, en la medida en que no podrían en modo alguno instituirse en un Universal». Basta con poner juntos a un hombre y una mujer para darse cuenta de que nada podría parecerse a algo que vaya espontáneamente en la dirección de la fusión. Y si alguna vez se obtiene el uno de Eros, no es por fusión de dos, sino por anulación del dos.

El uno del que se trata en la experiencia analítica se ilustra por el modo en que Lacan articula y opone lo particular a lo singular, en su respuesta a un trabajo de André Albert sobre la regla fundamental: «Vale la pena errar a través de toda una serie de particularidades para que no se omita algo singular».2 Esta fórmula reposa en una distinción simple entre dos términos que el lenguaje corriente confunde habitualmente. Pasamos fácilmente de lo particular a lo singular para especificar algo que vale como uno. Lo particular es habitualmente sinónimo de original, de singular.

Lacan sostiene, por el contrario, esta distinción refiriéndose a un artículo de Jacques Brunschwig donde se trata de una modificación significativa de la actitud de Aristóteles respecto de la noción de «particular». Aristóteles constata que el uso corriente de la proposición Particular perturba su manejo lógico. La lógica nos enseña que la existencia de un objeto cualquiera nos impone salir de la Universal. Lo que vale para todos no puede especificar lo que vale para algunos y no para otros. La existencia de un objeto cualquiera debe situarse en el plano de la Particular. Pero ahí es donde empiezan los problemas. La Particular define un valor lógico, pero ello no basta para sostener que algo exista efectivamente, aunque la Particular nos dé algunas veces esa ilusión. No basta, por ejemplo, con definir los rasgos de un unicornio para deducir que existe efectivamente. La noción de singleton aparece en este contexto. En la lógica de Aristóteles, la Particular se refiere a una función lógica; lo Singular se refiere a algo real que está en juego. Lo Singular es un elemento incluido en un conjunto que verifica la realidad de la cosa.

EL SÍNTOMA COMO PARTICULARIDAD

Lacan se apoya en esta referencia a Aristóteles para responder a André Albert. «Aquello a lo que apunta el enunciado de la regla fundamental es la cosa de la que el sujeto cualquiera está menos dispuesto a hablar, a saber, de su síntoma, de su particularidad». Esto es lo que ocurre de entrada en un análisis. Se trata de transformar el síntoma en una entidad que habla, en una entidad que tiene su lugar en la palabra. Esto no dice cómo se encarna. Solamente lo sitúa en la dimensión de la palabra. Jacques-Alain Miller denota esto con una bella fórmula: el sujeto supuesto saber es de entrada el síntoma supuesto palabra. Solo es una suposición, que funda la transferencia. La dimensión hablada del síntoma es lo que se trata de verificar primero al comienzo de un análisis.

Lacan hace equivaler en esta fórmula síntoma y particularidad. «El síntoma —dice un poco antes— es la particularidad, en tanto que es lo que nos hace a cada uno un signo diferente de la relación que tenemos, como ser hablante, con lo real».

Hay en esta definición del síntoma como particularidad un doble aspecto. Por una parte, la particularidad «se define mediante el universal». Lo particular se define siempre por referencia a algo que se escabulle en el horizonte y que Aristóteles llama lo universal. En nuestro vocabulario, lo particular, diríamos nosotros, se define siempre por referencia a lo simbólico. Esto es algo que oímos cotidianamente en el discurso del neurótico. De lo que a veces se queja es de no ser normal; otras veces, de ser demasiado normal —demasiado conforme a lo que de él se espera—. El neurótico nos enseña que la particularidad denota el lugar de un elemento en un conjunto definido por una norma. En este sentido, la particularidad casa con lo conforme. Pero esto es válido también para el que se rebela. El anticonformismo y el conformismo tienen en común que se definen ambos en función de los ideales del Otro.

El uno de la particularidad es, podríamos decir, S1 no sin S2. Podemos deletrearlo de distintas formas, según acentuemos tal o cual dimensión de la palabra. Por el lado de lo imaginario, es el uno de las guerras de religión o el uno del narcisismo de las pequeñas diferencias. Del lado de lo simbólico, la particularidad se manifiesta tanto bajo la forma de las formaciones del inconsciente —los sueños, los chistes— como en lo que Lacan llama «las palabras del sujeto», o sea, los imprevistos de la lengua o los tics del lenguaje. Por el lado de lo real, finalmente, la particularidad se convierte en el uno de la repetición, el uno de lo que siempre vuelve al mismo lugar. El uno de la Particular dice, en este caso, la relación con lo real en tanto que este se repite.

El otro aspecto concierne a la particularidad en la medida en que vale como signo diferente de la relación que tenemos con lo real. En este caso, el acento recae en el uso que de ella hacemos. La particularidad enuncia la forma en que nos las arreglamos con lo imposible de soportar. Cuando invitamos al analizante a decirlo todo y cualquier cosa, no solo buscamos que diga los significantes que han marcado su historia, también buscamos que diga el uso que de ellos hace. Es importante, por supuesto, que el analizante recorra los significantes que le vienen del Otro, de sus padres, de sus abuelos. Es importante, por supuesto, que diga lo que fueron sus esperanzas y sus desilusiones, sus ideales y sus incumplimientos.

Pero con eso no basta. Aquello que lo particulariza es la forma en que se ha encontrado con lo real en su vida concreta y la forma en que ha podido desplazarse respecto a él. La particularidad a la que apuntamos tiene por objeto el trayecto que esos significantes han seguido, las formas sintomáticas que han adquirido a lo largo del tiempo, el modo en que han permitido domesticar lo real en sus encuentros con el otro sexo, etc. Esto es lo que denota este término de «particularidad». Es también lo que Lacan llama el síntoma, en tanto que conjuga los significantes que nos determinan y los trayectos que les hemos hecho hacer.

Sin embargo, no es esto lo esencial. «Lo único que vale no es lo particular, es lo singular». Esto es lo que denota la regla fundamental: «Vale la pena errar a través de toda una serie de particularidades para que no se omita algo singular». «Vale la pena gozar de esta posición única —añade Lacan— que llamé el encuentro». Lo singular depende de la ocasión. El encuentro tiene lugar «a la aventura», «de cualquier manera». «El psicoanálisis —precisa— es la búsqueda de la buena suerte». Lo singular no se obtiene, por lo tanto, sin importar cómo. «Hay una forma de atrapar lo singular, es precisamente por la vía de ese particular que hice equivaler a la palabra síntoma». Esta proposición de Lacan tiene la originalidad de que define la singularidad a partir del encuentro y del azar.*

Entonces se plantea la siguiente cuestión: la incidencia del azar en la experiencia efectiva de un psicoanálisis ¿en qué nos aporta claridad sobre ese singular esencial que no debe omitirse en un psicoanálisis? Esta pregunta tiene como objeto el lugar que Lacan da a la contingencia en su última enseñanza y las consecuencias clínicas que de ella se derivan. La lectura que sostiene Jacques-Alain Miller a través de la última enseñanza de Lacan, así como los desarrollos múltiples que añade Éric Laurent, denotan la fecundidad de situar el lugar de la contingencia y el azar en la experiencia analítica.

LO SINGULAR Y LA CONTINGENCIA

Un enunciado tardío de Lacan puede servirnos aquí de guía. «La clínica psicoanalítica debe consistir en interrogar no solo al análisis, sino también en interrogar a los analistas con el fin de que den cuenta de lo que su práctica tiene de azaroso, que justifica que haya existido Freud. La clínica analítica debe ayudarnos a relativar* la experiencia».

Este enunciado podría leerse como una advertencia dirigida por Lacan a los analistas: «No se tomen demasiado en serio», algo que a veces merece la pena recordar. Los adversarios del psicoanálisis podrían deducir de ello que habría en el psicoanálisis una parte de todo vale muy propicia para desconsiderarla.

Esta fórmula, de hecho, tiene un contenido muy diferente. Basta con preguntarse por la relación que establece Lacan entre lo que la práctica de los psicoanalistas tiene de azaroso y la existencia de Freud. Lacan nunca dejó de considerar la aparición del psicoanálisis en términos de acontecimiento. El discurso analítico es contingente «porque parte de un decir que constituye un acontecimiento». Un acontecimiento vale como hecho de discurso. Es un decir que introduce, en el orden del discurso, un significante nuevo de efectos incalculables. Algo, en un momento dado de la historia, cesa de no escribirse y deja huellas que cambian el universo de discurso en el que aparecen, produciendo efectos que escapan a toda predicción.

Esto es lo que la lógica designa con el término «contingencia» y que el lenguaje corriente asocia a veces demasiado deprisa con la noción de azar. El azar del que se ocupa el psicoanálisis es el que se transforma en hecho de discurso. Es aquel que el sujeto, mediante un acto de decisión consciente o inconsciente, transforma en un decir que deja huella. La noción de contingencia se refiere así a este uso restrictivo del azar. La contingencia es aquello que del azar se deja interrogar por lo simbólico.

Cuando Lacan invita a los psicoanalistas a dar cuenta de aquello que su práctica tiene de azaroso, los invita a tener en cuenta la incidencia de la contingencia en su práctica. Los invita a valorar esta incidencia a lo largo de la experiencia y hasta su término. Ciertamente, se podría lamentar este aspecto de las cosas y preferir una práctica que se centrara en acomodar las vías de la repetición. No era esta la posición de Lacan. Él consideraba, por el contrario, que había ahí algo esencial de la experiencia misma. Y esto es lo que el psicoanálisis debe tener en cuenta para ayudarnos a «relativar la experiencia», para ayudarnos a hacerla relativa respecto a algo que denota, precisamente, esta dimensión azarosa de la experiencia.

Tener en cuenta lo que sucede «como por azar» no es nuevo en la historia del psicoanálisis. En estos términos abordaba Freud el trauma en su correspondencia con Fliess. Las escenas de seducción a las que se veían sometidas las histéricas ocurrían «como por azar», decía. Una analizante contaba recientemente hasta qué punto su infancia fue maravillosa hasta la edad de cinco años: la quietud de la casa, el canto de los pájaros por la mañana, el olor del pan recién hecho y del chocolate caliente. Su mundo cambió el día en que encontró en el armario paterno revistas pornográficas. Todo iba bien y luego, un día, cataplum, tropieza con el sexo, como por azar, y ya no sabe cómo arreglárselas con los semblantes de su infancia.

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13 noyabr 2024
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