Kitabı oxu: «Historia natural. Libros XVII-XIX»

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han
sido revisadas por Francisco Manzanero.
Las traducciones y notas han sido realizadas por Encarnación del Barrio Sanz (Libro XVII), Luis Alfonso Hernández Miguel (Libro XVIII)
y Ana M.ª Moure Casas (Libro XIX).
Coordinadora: Ana Mª Moure Casas.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO536
ISBN: 978-84-24939-25-0
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S.L.
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NOTA DE LOS TRADUCTORES
Se presentan en este volumen los libros XVII-XIX de la Historia Natural de Plinio el Viejo. Con ellos concluye la amplia sección dedicada a las plantas, constituida por los ocho libros que van del XII-XIX. En la colección Biblioteca Clásica Gredos, en su número 388 y en soporte papel, fueron publicados los libros XII-XVI. Los que ahora presentamos constituyen unidad temática con los anteriores y concluyen, por esa razón, con un triple índice en el que se recogen los nombres propios de persona y de lugar, y los términos botánicos del conjunto de los libros XII al XIX, realizados por los autores de la traducción de cada libro. En este último índice hemos puesto un cuidado particular para ofrecer en primer lugar el término castellano de nuestra traducción, seguido de la forma en la que aparece en el texto de Plinio y de la identificación botánica aceptada en la recopilación de fitónimos de J. André, 1985, Les noms de plantes dans la Rome Antique, París. Además de los nombres de las plantas, hemos considerado conveniente añadir los de sus productos derivados, como el aceite, el vino, los perfumes, el papiro y otros que para Plinio constituyen un eje en torno al que giran partes importantes de un libro o prácticamente libros enteros. También hemos incorporado en cada lema las clases y a veces las subclases de las plantas y los productos, de acuerdo con el criterio del autor antiguo y con su afán de clasificación, que constituía ya entonces una de las preocupaciones fundamentales de Plinio como naturalista.
Otros datos complementarios sobre el texto de Plinio y los nombres de las plantas y productos derivados, discusiones sobre su identificación, algunos problemas de transmisión, etimología, clasificaciones y su perduración en el mundo de la ciencia y del folclore se han comentado en notas amplias, basadas en bibliografía general o a veces específica y en la comparación del texto de Plinio con el de sus fuentes, en especial con la obra del discípulo de Aristóteles y continuador de su obra, Teofrasto, a quien Plinio concede gran autoridad, aunque en ocasiones acusa los problemas de no haber entendido bien su texto, acaso por no haber podido disponer de un texto completo, accesible y fiable del autor griego. Pero también hemos acudido a las fuentes latinas, empezando por Catón, citado con fervor por Plinio como el punto de arranque de la tradición latina de Agronomía. Hemos consultado a menudo las obras de sus reconocidos predecesores, Varrón y Virgilio, así como las de otros autores, aproximadamente coetáneos, mencionados por Plinio en muchas menos ocasiones o en ninguna —Columela, Séneca y Dioscórides, este último citado por nosotros con las anotaciones de Andrés Laguna—, pero de interés, al igual que sus sucesores —Gargilio, Paladio—, para la mejor comprensión de su texto.
También, como señalábamos para los libros anteriores de Plinio, la edición teubneriana de L. Jan-C. Mayhoff, Stuttgart, 1985 (=1892, 1.a) nos ha servido como el texto latino seguido con carácter general en nuestra traducción, salvo advertencia expresa. Somos también deudores de los comentarios y traducciones que se hallan en las ediciones críticas de las grandes editoriales, como las de Budé debidas a J. André, H. Le Bonniec y A. Le Boeuffle, las más recientes de Tusculum, realizadas por R. König y J. Hopp con otros colaboradores, la publicada en Einaudi por un amplio equipo de filólogos, la de Loeb iniciada por H. Rackham a mediados del siglo pasado y proseguida por E. H. Warmington, posiblemente la que ofrece el texto de Plinio más distinto del resto de las aquí mencionadas, citadas luego en cada libro con más detalle. Hemos consultado en ocasiones las antiguas de I. Sillig, Hamburgo y Gotha, 1851-1856, y de D. Detlefsen, Berlín, 1866-1873, hoy de muy fácil acceso gracias a los medios informáticos al uso. Y también hemos utilizado las antiguas traducciones españolas con las anotaciones al texto de los siglos XVI y XVII debidas a Francisco Hernández y a Jerónimo de Huerta.
Estos libros dan paso a los que Plinio consideraba de mucha mayor importancia, los de Medicina, en donde la naturaleza había obrado el mayor de los milagros al conceder poder curativo a las plantas, como dice solemnemente Plinio en sus palabras finales: «Y hasta aquí se han expuesto las plantas hortícolas, solo en el aspecto de la alimentación. Desde luego, nos falta la mayor obra de la naturaleza en ellas, ya que [...] las verdaderas propiedades de cada una de las plantas solo pueden conocerse bien por su eficacia medicinal, obra inmensa y oculta de la divinidad, sin que se pueda hallar otra mayor». Para un autor como Plinio eso implicaba una exigencia de exhaustividad en la recopilación de datos y de mayor rigor al exponerlos que, como suele ocurrir en las obras científicas, no redundaba precisamente en la mayor amenidad de la obra. En estos, en cambio, los aspectos literarios, retóricos, históricos, políticos e incluso didácticos en los preámbulos moralizantes que aparecen a cualquier propósito tienen todavía un papel importante y mucho que decir al lector actual.
LIBRO XVII1
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1 (1)
Precios extraordinarios de los árboles
Se ha hablado ya de las características de los árboles que nacen espontáneamente en la tierra y el mar. Quedan las de aquellos que, más que al nacimiento, se deben a la habilidad y al talento humano2. Pero antes hay que llamar la atención sobre el hecho de que haya llegado a valer tanto como los objetos de lujo lo que por su escasez he dicho que se posee en común con las fieras, pues el hombre compite con ellas por los frutos que caen, y por los que penden, también con las aves3, y el ejemplo más claro, al menos según creo yo, es el de Lucio Craso y Gneo Domicio Enobarbo4.
Craso fue un orador romano de primera fila. 2 Tenía una casa magnífica, pero bastante más notable era, también en el Palatino, la de Quinto Cátulo, el que derrotó a los cimbros junto con Gayo Mario5; sin embargo, en aquel tiempo, la más hermosa con mucho, según la opinión de todos, era, en el Viminal, la de Gayo Aquilio, un caballero romano más conocido incluso por ella que por su conocimiento del derecho civil6. No obstante, a Craso le fue echada en cara la suya.
De familias muy ilustres 3 ambos, después de sus consulados desempeñaron al mismo tiempo, en el año 662 de la fundación de Roma, una censura llena de conflictos a causa de la disparidad de sus costumbres. En aquella época, Gneo Domicio, de carácter vehemente como era, inflamado además por el odio que se hace más insaciable con la envidia, criticó con dureza que un censor viviera en una casa tan cara, ofreciéndole por ella en varias ocasiones seis millones de sestercios7 y 4 Craso, de ingenio rápido como siempre, y con un inteligente sentido del humor, respondió que se la vendía, con la excepción de seis árboles8. Y al no querer Domicio comprarla ni siquiera por un denario si los quitaba, dijo Craso: «Por favor, Domicio, así que ¿soy un mal ejemplo y debo ser reprobado en mi censura yo, que vivo apaciblemente en una casa recibida por herencia, o más bien tú, que valoras seis árboles en seis millones?». 5 Esos árboles eran unos almeces9, agradables por la gran sombra que daban sus ramas y, en mi juventud, Cecina Largo10, uno de los hombres más importantes, muchas veces presumía de ellos en su propia casa; y se mantuvieron —ya que hemos hablado también de la vida tan larga de los árboles11— verdes y lozanos gracias a los cuidados hasta el incendio del emperador Nerón12, si aquel emperador no hubiera precipitado incluso la muerte de los árboles. Y 6 para que nadie crea que la casa de Craso no tenía otra cosa de valor y que al querellarse Domicio no había en ella nada por lo que litigar, fuera de los árboles, ya entonces había colocado en el atrio de la casa seis columnas de mármol del Himeto13, traídas para adornar el teatro con ocasión de su edilidad, cuando todavía no había ninguna de mármol en lugares públicos. Tan reciente es la opulencia, y los árboles aportaban entonces a las casas un valor tan grande que sin ellos Domicio ni siquiera mantuvo el precio del objeto de su disputa.
En la Antigüedad 7 se utilizaron incluso sobrenombres derivados de árboles: el de Frondicio, aquel famoso soldado que realizó hazañas memorables frente a Aníbal pasando a nado el Volturno cubierto con ramas de árbol14; el de Estolones, la familia Licinia. Así se llaman las ramas inútiles en los propios árboles, por lo que también el invento de despampanar dio nombre al primer Estolón15. El cuidado de los árboles fue incluso objeto de las leyes primitivas, y en las XII Tablas se tomó la cautela de que quien hubiera talado ilícitamente árboles ajenos pagara veinticinco ases por cada uno. ¿Qué es lo que tenemos que pensar? ¿Acaso que creían que iban a llegar a dicho valor quienes los habían tasado en esto aunque fueran árboles frutales 16?
Más asombroso 8 todavía en los frutales es que teniendo en cuenta que el rendimiento anual de muchos de ellos en los arrabales se estima en dos mil sestercios, la renta de uno es mayor que la de una propiedad entre los antiguos. A causa de eso también se idearon los injertos e, incluso, los cruces extraños de árboles, para que ni siquiera la fruta naciera para los pobres17.
Por eso ahora diremos de 9 qué modo se obtienen de ellos mejores resultados, a fin de dar el método verdadero y definitivo de cultivarlos, y por ello no tocaremos los temas muy conocidos ni aquellos de los que observamos que hay constancia, sino los inseguros y dudosos, en los que más falla la experiencia, pues no es propio de nosotros dedicar nuestra atención a cosas innecesarias. No obstante, antes de nada diremos globalmente lo que respecto al clima y a la tierra afecta en común a toda clase de árboles.
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El clima en relación con los árboles. A qué parte del cielo deben mirar las viñas
Los árboles prosperan sobre todo con el aquilón; se hacen más compactos por su soplo, y también más hermosos y de madera más resistente18. En esto se equivoca la mayoría, ya que en las viñas los soportes19 no se deben colocar del lado de este viento y eso solo se debe observar frente al septentrión20. Es más, el frío a tiempo aporta mucho vigor a los árboles, y así echan los mejores renuevos; de otra manera, si los acarician los austros, son débiles, y más todavía si están en flor21. De hecho, 11 si cuando han perdido la flor, enseguida vienen las lluvias, la fruta muere en su totalidad, hasta el punto de que los almendros y los perales, solo con que haya estado nublado o haya soplado el viento austral, pierden los frutos22. La lluvia en torno a las Pléyades23 es sin duda muy perjudicial para la vid y el olivo, pues en esa época tiene lugar su fecundación. Este es un período de cuatro días decisivo para los olivos, ese es el momento crucial del feo nubarrón del que hemos hablado24. El grano25 también madura peor en los días de austro, aunque más 12 deprisa. Es perjudicial el frío que hace con los septentriones o a destiempo. Sin duda un invierno con aquilones es lo más útil para todos los cultivos. Pero hay un motivo evidente para desear lluvias en ese momento, porque es natural que los árboles, agotados de producir y debilitados también por la pérdida de las hojas, tengan mucha hambre, y su alimento es la lluvia. Por eso, 13 que el invierno sea templado, de manera que nada más terminada la producción de los árboles venga enseguida otra generación, es decir, otra germinación, y luego otra caída de la flor, se sabe por experiencia que no sirve para nada. Es más, si siguen así varios años, los propios árboles llegan a morir, porque nadie duda que trabajar con hambre se paga caro. En consecuencia, quien dijo que los inviernos serenos son deseables no pensó en los árboles26. Y tampoco beneficia a las vides la lluvia en los 14 solsticios. Que la mies se pone más lozana con un invierno polvoriento sin duda lo dijo la fecundidad de un talento exuberante27. Por lo demás, es deseo común de los árboles y los frutos del campo28 que las nieves sean duraderas. La razón es no solo porque las nieves retienen y comprimen el aliento de la tierra que se escapa con su exhalación y, además, lo hacen volver, para fortalecer el grano y las raíces, sino también porque proporcionan gradualmente un riego sumamente puro y ligerísimo, ya que la nieve es la espuma de las aguas 15 celestes. Por eso, el agua de nieve, que ni se absorbe ni se diluye toda de golpe, sino que, a medida que la tierra siente sed, gotea como de una ubre, alimenta todo, porque no inunda. También la tierra de ese modo se ahueca y, henchida de sí misma, no totalmente agotada por las plantas que se alimentan de ella, cuando el tiempo abre, se muestra risueña en las horas templadas. Así grana más el trigo, excepto donde siempre hay aire caliente, como en Egipto. Pues la invariabilidad del clima y la propia costumbre consiguen lo mismo que el clima moderado en otros lugares, y en cualquier lugar lo que más aprovecha es que no haya nada que haga daño. En la 16 mayor parte de la tierra, cuando los brotes apuntan precozmente atraídos por la bonanza del tiempo, al siguiente frío se abrasan. Por esa razón los inviernos tardíos son perjudiciales, incluso para los árboles silvestres, que sufren todavía más porque su propia sombra les hace daño sin que nada lo remedie, puesto que en los árboles silvestres no existe la posibilidad de cubrir los brotes tiernos envolviéndolos con paja29. Así pues, 17 el agua viene a tiempo, en primer lugar, con las lluvias de invierno; luego, con las que preceden a la germinación; el tercer momento es cuando los árboles echan los frutos, y no demasiado pronto, sino con el brote ya robusto. A los árboles que conservan más tiempo su fruto y necesitan una alimentación más prolongada, como la vid, el olivo y los granados, también les viene bien el agua tardía. Sin embargo30, cada clase de árboles necesita estas lluvias de distinta manera al madurar unos en una época, otros en otra. Por lo tanto, se puede ver que con las mismas lluvias unos árboles salen perjudicados, otros beneficiados; incluso dentro de una misma clase, como en el caso de los perales, los de invierno quieren las lluvias en unas fechas, los tempranos, en cambio, en otras, aunque sin duda todos necesitan igualmente un tiempo invernal, pero antes de la germinación. El 18 mismo motivo que hace al aquilón más útil que el austro, también hace preferibles los lugares del interior a los marítimos —pues generalmente son más fríos— y los lugares montañosos a los llanos, y las lluvias nocturnas a las diurnas31. El agua aprovecha más a los sembrados cuando el sol no la absorbe inmediatamente.
Relacionada también con ello 19 está la planificación de las viñas y a qué punto deben orientarse las vides maridadas32. Virgilio reprueba que se planten mirando a poniente33, pero a algunos les gusta más así que a oriente. La mayor parte aprueba el mediodía, según veo, y yo no creo que se pueda recomendar nada definitivo respecto a esto. La pericia se debe aplicar a las características del terreno, las condiciones del lugar y el clima habitual de cada zona. Que 20 en África34 las viñas estén orientadas hacia el mediodía es inútil para la vid y, además, insano para el colono, ya que la propia África se encuentra bajo la zona meridional, por eso allí quien plante con orientación al poniente o al septentrión acomodará el terreno al clima de modo óptimo. Aunque Virgilio desapruebe el poniente, tampoco parece que queda duda respecto al septentrión. Sin embargo, en la Italia Cisalpina está comprobado que, a pesar de plantar en general las viñas de esa manera, no las hay más fértiles35.
Hay 21 que prestar también mucha atención a los vientos. En la provincia Narbonense, en Liguria y también en una parte de Etruria36 plantar frente al cierzo37 se considera falta de habilidad, y recibirlo de lado, previsión. De hecho, ese viento allí templa los calores del verano, pero muchas veces su fuerza es tan grande que se lleva los tejados.
3 Algunos autores 22 hacen que la orientación dependa del tipo de tierra, de manera que lo que se planta en terreno seco mire a oriente y al septentrión, y lo que en terreno húmedo, al mediodía. Y también a partir de las propias vides encuentran razones para plantar en terreno frío las tempranas, para que su maduración preceda al frío; frente al orto, los frutales y las vides que aborrezcan el rocío, para que el sol lo evapore enseguida; frente al ocaso o incluso al septentrión, las que lo deseen, para que disfruten más tiempo de él38. Los demás 23 autores, siguiendo más o menos las leyes de la naturaleza, han aconsejado que las vides y los árboles se planten vueltos hacia el aquilón. Demócrito cree que un fruto así llega a ser incluso más aromático39. 4 De la situación del aquilón y de los demás vientos hablamos en el libro segundo, y en el próximo hablaremos de más fenómenos atmosféricos40. Entretanto, parece clara la prueba de la salubridad, ya que las hojas de los que están orientados al mediodía siempre caen antes. La causa es análoga también en las zonas costeras. En 24 algunos lugares los soplos del mar son perjudiciales, en la mayor parte los propios soplos nutren. Para algunos cultivos es suficientemente grato ver el mar desde lejos, no sirve para nada que el aire salado esté demasiado cerca. Análogo es también el criterio respecto a los ríos y lagunas: o bien queman con sus nieblas, o bien refrescan los lugares cálidos. Con la oscuridad y el hielo prosperan los árboles que hemos dicho41. Por eso lo que tiene más garantía es lo que ya está probado.
25
(3)
Cuál es la mejor
tierra
Después del clima lo siguiente es hablar de las condiciones de la tierra, y no es demasiado fácil tratar de ello, ya que muchas veces no conviene el mismo tipo a los árboles y a los frutos del campo, ni la tierra negruzca42, como la que tiene Campania, es en todas partes la mejor para la vid, ni la que produce ligeras nieblas43, ni la roja44, apreciada por muchos. En el campo de Alba Pompeya45 prefieren la greda, y para la vid anteponen la arcilla a todas las demás clases de tierra, aunque sean muy pingües, cosa que es excepcional en esta clase de cultivo; a su vez, en el Ticino46 el sablón blanco, y en muchos lugares son infecundos el negro y también el rojo, incluso muy mezclados con tierra pingüe47. También 26 son falsas las pruebas que se esgrimen a menudo. No siempre es fértil el terreno en el que lucen árboles altos, excepto para aquellos árboles. Pues ¿qué hay más alto que un abeto? Sin embargo, ¿qué otro árbol podría vivir en ese mismo lugar? Y la abundancia de pastos no siempre es indicio de un terreno graso48. De hecho, ¿qué hay más apreciado que los pastos de Germania? Sin embargo, enseguida hay arena debajo de una capa muy fina de césped. Y no 27 siempre es húmeda la tierra que tiene hierbas altas, no más, por Hércules, que la tierra pingüe, que se pega a los dedos, lo que se comprueba en las arcillas49. Y desde luego, ninguna colma un hoyo cuando se vuelve a echar en él, como para que con este método pueda ser considerada densa y a la vez poco compacta50. Además, toda clase de tierra oxida el hierro51. Y pesándola no se comprueba que sea pesada o más ligera de lo normal, pues ¿qué peso de tierra puede considerarse normal? Y no siempre es digna de alabanza la que está junto a los ríos, ya que algunas plantas envejecen con el agua. Y 28 ni siquiera la que es alabada se tiene por útil mucho tiempo a no ser para los sauces. Entre las pruebas que se esgrimen está el grosor de la paja, tan grande por lo demás en el famoso Campo Leborino de Campania52, que se usa como leña. Pero en cualquier parte ese terreno duro de trabajar, de difícil cultivo, castiga al agricultor por sus propias virtudes casi más de lo que podría hacerlo por sus defectos. Y el 29 carboncillo53, una tierra que se llama así, parece que se corrige con la marra54. En cuanto a la toba55, también los autores la consideran de naturaleza friable. Virgilio tampoco reprueba para la vid la tierra que da helechos56. Y muchos productos de la tierra salada ofrecen más garantías, están más protegidos de los ataques de los bichos que crían57. Y ni las colinas quedan peladas por el laboreo si alguien cava con conocimiento, ni todas las llanuras reciben menos sol y viento de lo necesario, y ya hemos dicho que ciertas vides se alimentan de niebla y escarcha58. En todas las cosas hay algo secreto en lo más hondo y cada uno ha de escudriñarlo en su interior. ¿Y 30 es que acaso no cambian a menudo cosas incluso establecidas y conocidas desde hace tiempo? En Tesalia, en torno a Larisa59, al desaparecer un lago, esa región se hizo más fría y se acabaron los olivos que había anteriormente, y además se helaron las vides, cosa que antes no había sucedido, <***>60 Eno acusó este fenómeno por la aproximación del Hebro61, y cerca de Filipos la región cambió su clima habitual al desecarse por el cultivo62. En cambio, en el campo de Siracusa un agricultor forastero, tras haber quitado las piedras del terreno, estuvo perdiendo la cosecha a causa del lodo, hasta que volvió a poner las piedras63. En Siria meten poco la reja haciendo un surco superficial, porque debajo hay una roca que en verano abrasa las semillas64. Por otra parte, 31 en determinados lugares los efectos del calor desmesurado y los del frío son análogos. Tracia es fértil en cereales por el frío riguroso, África y Egipto por el calor65. En Calcia66, isla de los rodios, existe un lugar hasta tal punto fecundo que siegan la cebada sembrada a su debido tiempo y, nada más recogerla, siembran de nuevo y la vuelven a cosechar con los demás cereales67. El terreno arenoso es el más adecuado para los olivos en el campo de Venafro68, y en la Bética, el terreno muy graso. Los vinos de Pucino69 maduran en suelo rocoso, las vides de Cécubo70 están chorreantes en las lagunas Pontinas71. Tan grande es la variedad y la diferencia de indicios y de 32 terreno. César Vopisco, durante la defensa de una causa ante los censores, dijo que las llanuras de Rosia, en las que las varas que se dejaban el día anterior aparecían cubiertas de hierba, eran la ubre de Italia72, pero solo son buenas para pasto. Sin embargo, la naturaleza no quiso que fuéramos ignorantes y puso de manifiesto los inconvenientes incluso donde no había dejado claras las ventajas. Por tanto, hablaremos en primer lugar de los defectos.
5 Si alguien 33 quisiera probar si una tierra es amarga o magra73, lo ponen de manifiesto sus hierbas negras y de mala calidad; y que es una tierra fría, lo que nace reseco; igualmente, que es demasiado húmeda, las plantas de aspecto triste. La tierra roja y la arcilla se ven a simple vista, estas son las más difíciles de trabajar y las que embazan los rastros74 y las rejas del arado con enormes terrones, aunque lo que es opuesto al trabajo, no lo es también al rendimiento; asimismo, a la inversa, ocurre con la tierra que es cenicienta y con el sablón blanco. De hecho, la tierra estéril se reconoce fácilmente por su densa costra o con un solo golpe de pico75. Catón 34 describe los defectos de forma resumida y en su estilo: «guárdate de la tierra cariada76, no metas en ella ni carro ni ganado77». ¿Acaso pensamos por esta llamada de atención que él recelaba tanto de ella que incluso prohíbe casi hollarla? Volvamos a la caries de la madera y encontraremos los mismos defectos de seca, estriada, áspera, blanquecina, corroída y agujereada como la piedra pómez, de los que tanto abomina. Dijo 35 con una sola palabra más de lo que podría decirse hablando mucho. Realmente, por lo que se deduce de sus defectos, una tierra no es vieja por la edad78 (que en ella no puede percibirse), sino por su propia naturaleza, y por ello es infecunda para todo y débil. El 36 mismo Catón considera que el mejor campo es el que está en el terreno llano que se extiende hacia el mediodía desde el pie de las montañas79, que es la configuración de Italia entera, y que la tierra verdaderamente tierna es la que llaman pulla80. Por lo tanto, esta será la mejor para el trabajo y también para los sembrados. Por más que se quiera entender que se la ha llamado «tierna» con una curiosa acepción, también se encontrará en ese término todo lo deseable81. Esa 37 es de una riqueza equilibrada, esa es blanda y fácil de cultivar, ni demasiado húmeda ni sedienta; esa, cuando pasa la reja, se pone brillante, como la cincelada por el dios en unas armas, tal como dice Homero, fuente de los ingenios, añadiendo el prodigio de que ennegrecía aunque se hiciera en oro82. Esa es la que rebuscan estando recién arada los atrevidos pájaros que van tras la reja y los cuervos que picotean las propias huellas del labrador. Se pueden citar en este caso un dicho también respecto al lujo y otras cosas ciertamente relacionadas. Cicerón, 38 otra lumbrera del saber, dice: «mejores son los perfumes que saben a tierra que los que saben a azafrán», pues prefiere decir esta palabra a «huelen». Desde luego es así, la mejor será la que sepa a perfume83. Y por 39 si tenemos que recordar cómo es ese olor a tierra que se requiere, a menudo aparece, incluso estando ella en reposo, a la puesta del sol, en el lugar sobre el que el arco iris hace caer sus extremos, y cuando después de una sequía persistente se moja con la lluvia84. Entonces deja salir ese hálito suyo divino, concebido del sol, con el que no hay dulzura que pueda compararse. Este deberá ser el olor de la tierra removida y cuando se encuentre no engañará a nadie, y el olor que sale de la tierra será su mejor juez. Casi siempre es así en los sitios roturados después de talar un antiguo bosque, una tierra que es alabada por todo el mundo. También se 40 considera que es bastante buena para producir grano esta misma tierra siempre que esté descansada por la interrupción del cultivo, cosa que no se da en las viñas, y por ello hay que elegirla con bastante cuidado, para que no quede como acertada la opinión de aquellos que han pensado que la tierra de Italia ya está agotada85. Sin 41 duda la facilidad86 del trabajo en otras clases de tierra depende también del clima, y ninguna se puede arar después de la lluvia, al ponerse pegajosa por culpa del exceso de humedad. A la inversa, en África, en Bizacio87, hemos visto que aquel campo, que da fruto en una proporción del ciento cincuenta por uno, cuando está seco no se puede arar con ningún buey y, después de la lluvia, puede ser abierto con un simple borriquillo y con una vieja guiando el arado por el lado opuesto del yugo. Y desde luego el método de mejorar una tierra con otra, como algunos recomiendan, echando tierra pingüe sobre tierra delgada o tierra pobre y esponjosa sobre tierra húmeda y demasiado pingüe88, es un trabajo sin sentido. ¿Qué puede esperar el que cultiva una tierra así?
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Las 8 clases de tierra con la que abonan los griegos, las Britanias y las Galias
Hay otro método, que descubrieron los britanos y los galos, de alimentar la tierra con ella misma, así como una clase de tierra que ellos llaman «marga89». En ella se aprecian una riqueza más compacta y una especie de adiposidades de la tierra y como las durezas90 en los cuerpos, al apelmazarse allí bolas de grasa. 7 Tampoco esto lo pasaron por alto los griegos —pues ¿qué dejaron ellos sin tocar?—. Llaman leucargilo a la arcilla blanca que emplean en el campo de Mégara91, pero solo en la tierra húmeda y fría92.
Es oportuno hablar detenidamente 43 de la marga que enriquece a los galos y a los britanos93.
Había dos clases. Recientemente se han empezado a trabajar otras gracias a los espíritus innovadores. Y así, la hay blanca, rojiza, columbina, arcillosa, tobosa y arenosa94. Por su textura hay dos clases, áspera o pingüe; una y otra se comprueban al tacto. Su uso también es doble, para dar solo grano o para dar grano y también pasto. Dan 44 grano la tobosa y la blanca si se encuentra entre manantiales, fértil hasta lo infinito, pero difícil de trabajar95; si se echa en exceso, abrasa el terreno. La siguiente es la rojiza, que se llama acaunomarga, por tener tierra menuda y arenosa mezclada con piedra96. La piedra se tritura en el propio campo, y en los primeros años la paja se corta con dificultad a causa de las piedras; sin embargo, por su mínimo peso se transporta con menos de la mitad de gasto que las demás. Se extiende espaciada; se cree que está mezclada con sal. Una y otra clase de tierra, echadas una sola vez, se mantienen hasta cincuenta años con riqueza en grano y pasto.
8 De las tierras que 45 se aprecia que son pingües, la superior es la blanca. De esta hay muchas clases: la más abrasiva es la que hemos dicho antes97. Otra clase de blanca es la greda de platero. Se saca de lugares profundos, generalmente en pozos excavados hasta los cien pies, con una boca estrecha, ensanchándose la vena en su interior como en las minas. La usan sobre todo en Britania. Su utilidad dura ochenta años, y no se conoce el caso de nadie que la haya echado en el mismo terreno dos veces en su vida98.