Kitabı oxu: «Historias. Libros XVI-XXXIX»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 58


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JUAN MANUEL GUZMÁN HERMIDA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1983. www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN , 1983.

ISBN 9788424930790.

REF. GEBO181.

LIBRO XVI

(FRAGMENTOS)

Filipo V en Pérgamo

El rey Filipo 1 llegó a las inmediaciones [1 ] de Pérgamo, y pensando que no había logrado matar a Átalo mostró una ferocidad total. En efecto, cedió a la rabia de su ánimo 2 , [2] pero debió disponer casi siempre su cólera no contra los hombres, sino contra los dioses, porque en las escaramuzas [3] la guarnición de Pérgamo le rechazaba fácilmente debido a la aspereza del lugar. Y del país no extraía ningún provecho, ya que Átalo había tenido buen cuidado en cuanto a ello y lo había previsto debidamente. A Filipo, pues, le restaba únicamente apuntar [4] su furia contra las sedes y los recintos de los dioses, con lo cual creo, al menos yo, que se injuriaba más a sí mismo que a Átalo. No sólo incendiaba templos [5] y altares, sino que, además, los derruía e, incluso, machacaba las piedras para evitar que se pudiera reedificar [6] lo arrasado. Cuando hubo demolido el Niceforio 3 taló el recinto, destrozó el vallado y derribó los templos, tan numerosos como opulentos, hasta sus [7] mismas bases. Primero se dirigió a Tiatira 4 , desde donde hizo una marcha e invadió la llanura de Tebas 5 : creía que en estos lugares ante todo recogería un buen [8] botín. Al fallarle también esta esperanza retrocedió hasta Hieracome 6 y, desde allí, mandó un aviso a Zeuxis 7 , con la orden de que le aprovisionara de víveres y que, desde aquel momento, le apoyara según lo estipulado [9] en los pactos 8 . La respuesta de Zeuxis fue que actuaría según lo acordado, pero en realidad rehusaba reforzar a Filipo.

Batalla naval de Quíos 9

Filipo, al fracasar en el asedio 10 [2 ] y al verse atacado por el enemigo con una formación de naves ponteadas 10 bis superior en número, se vio en apuros y, ante tales perspectivas, no sabía qué hacer. Pero las circunstancias no le permitían escoger demasiado, [2] por lo que se hizo a la mar cuando el enemigo no lo esperaba; Átalo, en efecto, pensaba que Filipo [3] proseguiría sus trabajos de zapa. Filipo puso el máximo [4] empeño en zarpar ocultamente, convencido de que si lo lograba cobraría ventaja, y luego podría navegar bordeando la costa con toda seguridad hasta llegar a la isla de Samos 11 Pero sus cálculos le engañaron totalmente, [5] pues Átalo y Teofilisco 12 cuando comprobaron que Filipo levaba anclas se atuvieron al punto a la situación. Se hicieron a la mar, aunque sin orden, ya que [6] creían, como acabo de declarar, que Filipo persistiría en sus propósitos anteriores. Sin embargo, mandaron remar [7] ardorosamente y atacaron. Átalo embistió contra el ala derecha, que era la que guiaba al enemigo, y Teofilisco, contra la izquierda. Filipo, atrapado por la [8] situación, dio el santo y seña a los de su ala derecha, con la orden de disponer las naves de proa y entablar batalla corajudamente contra el adversario, mientras que él personalmente se retiró a bordo de una lancha a unos islotes 13 que estaban a media ruta; allí aguardó [9] el desenlace de la lucha. El contingente de Filipo dispuesto para la liza constaba de cincuenta y tres naves ponteadas y con éstas de *** 14 lanchas y ciento cincuenta galeras 15 , porque no logró equipar toda la flota que [10] tenía en Samos 16 . El enemigo contaba con sesenta y cinco naves ponteadas (incluyendo las de los bizantinos), a las que se sumaban nueve trihemiolias 17 y tres trirremes.

[3 ] La nave de Átalo fue la que inició el asalto y, al punto, las que estaban cerca cargaron sin ningún orden. [2] Átalo, que había arremetido contra un navio de ocho hileras de remeros 17 bis y le había asestado por debajo del agua un golpe muy preciso, acabó hundiendo la nave, por más que los hombres de cubierta se batieron con denuedo. Y la nave capitana de Filipo, [3] una con diez hileras de remeros, cayó en manos del enemigo de una manera absurda. En efecto, una trihemiolia [4] que le salió al paso cargó contra ella y la golpeó violentamente en mitad del casco, por encima de la hilera superior de remeros, y el timonel ya no pudo hacerse con la dirección de la nave. De modo que ésta, [5] cogida a la trihemiolia, se veía en un gran apuro, totalmente incapaz de maniobrar. En ese momento dos [6] penteras se sumaron todavía a la arremetida, agrietaron a babor y a estribor la nave capitana de Filipo, la destruyeron y mataron a los hombres de su dotación, entre ellos a Demócrates, el almirante macedonio. En aquella misma ocasión, Dionisodoro y Dinócrates 18 , [7] que eran hermanos de Átalo y almirantes de su flota atacaron, el primero, una heptera y, el segundo, una octera del enemigo, y acabaron el combate naval de una manera inesperada, porque Dinócrates, al embestir [8] a la octera, fue él quien recibió el golpe por encima de la línea de flotación 19 , con lo que la nave le quedó levantada de proa. Consiguió abrir una vía de agua en el navio enemigo, pero no lograba desprenderse de él por debajo del agua, a pesar de que muchas veces intentó [9] asestar un golpe a su proa. Los macedonios luchaban con bravura, por lo que Dinócrates corrió [10] el máximo riesgo. Pero Átalo voló en su ayuda, atacó la nave adversaria y logró deshacer la trabada de los buques, con lo que Dinócrates se salvó contra toda esperanza, [11] y la dotación de la nave macedonia, que había combatido con un gran arrojo pereció íntegramente; [12] el buque, a la deriva y desguarnecido, pasó a dominio de Átalo. Dionisodoro se había lanzado al ataque con violencia, pero erró el objetivo 20 , y navegó arrimado al flanco enemigo, con lo que perdió los remos de estribor. [13] También las torretas 21 de este lado se le derrumbaron, [14] tras lo cual el enemigo le rodeó por todas partes. En medio de clamor y de alboroto la nave se hundió y murió su tripulación, pero Dionisodoro y dos hombres más lograron ganar a nado una nave trihemiolia que acudía en su ayuda.

[4 ] Las naves restantes de ambos contingentes combatían [2] en condiciones similares, pues la ventaja de Filipo por sus lanchas se veía compensada por la superioridad [3] de que gozaba Átalo con sus naves ponteadas. En el ala derecha de Filipo la situación era tal que la pugna quedaba indecisa, aunque Átalo tenía más posibilidades. Señalé más arriba 22 que los rodios, así que la flota se [4] hizo a la mar, no se aproximaron al enemigo al principio, pero su velocidad era muy superior a la del adversario, por lo que establecieron contacto con la retaguardia macedonia. Inicialmente acosaron la popa de [5] las naves que retrocedían y les astillaron las hileras de remos; cuando las naves restantes de Filipo empezaron [6] a virar para ir en socorro de las que peligraban, y las rodias que habían zarpado en último lugar se agregaron a las de Teofilisco, entonces ambos bandos [7] dispusieron sus buques frente a frente y trabaron combate con valor: se exhortaban unos a otros a grandes voces y al son de la trompeta.

Y si los macedonios no hubieran colocado sus lanchas [8] entre las naves ponteadas enemigas, la batalla naval hubiera tenido un desenlace fácil y rápido, pero ahora los rodios se veían apurados de muchas maneras. En efecto: tras haber desordenado su alineación primitiva, [9] en su acometida inicial, ahora estaban todos revueltos entre sí y no lograban atravesar con facilidad la formación enemiga ni hacer girar sus naves; en resumen, [10] no podían echar mano de su superioridad, pues las lanchas les atacaban ya los flancos, con lo que les inutilizaban las hileras de remos, ya las proas, de manera que obstaculizaban el trabajo de pilotos y remeros. Pero los rodios usaban una táctica contra los ataques [11] a sus proas: amorraban sus barcos precisamente por ellas 23 , con lo que las naves recibían los golpes por encima del nivel del mar; ellos, en cambio, asestaban los suyos por debajo del agua, con lo que las averías causadas por sus embates no podían ser reparadas. [13] Sin embargo procedían pocas veces a luchar de este modo y, aquí, inclinaron a su favor la contienda porque en el combate cuerpo a cuerpo expulsaron valientemente a los macedonios de las cubiertas de sus propios [14] bajeles. Al romper la línea enemiga, muchas veces inutilizaban los remos de las naves adversarias, luego navegaban en círculo y arremetían contra las proas de unas naves o atacaban a otras por el flanco cuando viraban: en el primer caso, abrían brechas y, en el segundo, despojaban a los buques rivales de algún aparejo [15] preciso para la contienda. Los rodios, pues, peleaban así y destruyeron un buen número de bastimentos contrarios.

[5 ] Y fueron tres quinquerremes de los rodios los que se distinguieron más en la brega: el buque insignia, en el que navegaba Teofilisco, el quinquerreme mandado por Filóstrato y, en tercer lugar, el pilotado por Autólico, en el que se había embarcado Nicóstrato en [2] su calidad de trierarco 24 . Este último se lanzó contra una nave adversaria, pero le quedó el espolón cogido en ella y lo perdió. Y ocurrió que el golpe hizo que la nave comenzara a hundirse con su tripulación, ya que hacía agua por la proa. Autólico y sus hombres, rodeados por enemigos, al principio lucharon varonilmente, [3] pero al final el jefe cayó al mar con sus armas, herido, y los demás combatientes murieron con valor [4] en la contienda. En aquel preciso momento, Teofilisco acudía en su ayuda con tres quinquerremes. No logró recuperar la nave, inundada de agua ya por todas partes, pero inutilizó dos unidades enemigas y forzó a sus [5] dotaciones a tirarse al mar. Sin embargo, pronto lo acosaron, rodeándole, un gran número de lanchas y de naves ponteadas. Perdió la mayoría de sus soldados, que combatieron arrojadamente; él mismo recibió tres [6] heridas, pero por su audacia y arrostrando el peligro salvó casi de milagro su propia nave con la ayuda de Filóstrato, que también asumió el riesgo con todo coraje. Reunido de nuevo con su propia escuadra, lanzó [7] otro ataque y vino a manos con el enemigo; estaba ya desprovisto de fuerza corporal, pero su vigor moral era más alto y sorprendente que el de antes.

Lo que ocurrió en realidad es que hubo dos batallas [8] navales muy distantes entre sí, porque el ala derecha de Filipo, de acuerdo con los planes iniciales, se iba acercando a la costa y nunca estuvo muy lejos del continente asiático, pero el ala izquierda, que había [9] virado en redondo para ayudar a las naves de su retaguardia, quedó junto a la isla de Quíos; ésta fue el ala que peleó contra los rodios.

En el ala derecha, Átalo había conseguido una gran [6 ] victoria y se aproximaba al islote en el que Filipo había fondeado aguardando el desenlace. El mismo [2] Átalo observó que un quinquerreme de los suyos había quedado fuera de combate, averiado e inundado por el golpe de una nave enemiga. Y se lanzó a recuperarlo con dos cuatrirremes. Como esta nave enemiga cediera [3] y se retirara hacia tierra, Átalo la acosó más enérgicamente, empeñado en rescatar la otra. Filipo comprobó [4] que Átalo se había separado mucho de los suyos: tomó cinco quinquerremes y tres hemiolias, además de las lanchas que estaban más cerca de él, y se lanzó al ataque. Aisló a Átalo de su escuadra y le forzó a echar a tierra su nave, lo cual Átalo logró no sin un gran esfuerzo. Pero una vez conseguido huyó con las [5] dotaciones hacia Eritras 25 ; Filipo, por su parte, se apoderó [6] de las naves adversarias y del bagaje real. En esta ocasión Átalo usó de cierta estratagema: esparció por la cubierta de su nave lo más valioso de su ajuar [7] regio. Y los primeros macedonios que abordaron la nave con sus lanchas, al ver aquella cantidad de vasos, de vestidos de púrpura con sus adornos correspondientes, cesaron en la persecución y se dedicaron a hacer botín. [8] De ahí que Átalo pudiera retirarse sin peligro hacia Eritras.

[9] En el conjunto de la batalla naval, Filipo sufrió una gran derrota 26 , pero alentado por la peripecia de Átalo se hizo a la mar, reunió afanosamente sus propias naves y exhortaba a sus hombres a que tuvieran buen ánimo, ya que en la confrontación habían salido vencedores. [10] Ciertamente, se había esparcido entre sus combatientes la especie, es más, la confianza de que el rey Átalo había muerto, fundada en el hecho de que Filipo [11] se había traído remolcada la nave real. Dionisodoro sospechó lo que en verdad había ocurrido a su rey, juntó las naves de su ciudad y levantó el estandarte: se concentraron rápidamente en torno suyo y navegó [12] sin peligro hacia los fondeaderos de Asia. Los macedonios que habían luchado a favor de los rodios y que hacía tiempo que estaban inquietos aprovecharon la ocasión para abandonar el escenario de la guerra contingente por contingente; alegaban que debían darse [13] prisa en socorrer a su propia flota. Los rodios remolcaron unas naves y hundieron las restantes con los espolones de las suyas, tras lo cual pusieron rumbo a Quíos.

[7 ] En la batalla contra Átalo, Filipo perdió una nave de diez hileras de remeros, otra de nueve, otra de siete y otra de seis, diez del resto de las naves ponteadas, tres trihemiolias y veinticinco lanchas con sus tripulaciones; en la batalla contra los rodios le zozobraron [2] diez navíos ponteados, lanchas en número de unas cuarenta, y el enemigo le apresó dos tetrarremes y siete lanchas con las correspondientes dotaciones. A Átalo [3] le fueron hundidas una nave trihemiolia y dos quinquerremes [el adversario le apresó dos tetrarremes] 27 , y el mismo bajel del rey. Los rodios perdieron dos [4] quinquerremes y un trirreme, pero los de Filipo no les cogieron ninguna nave. En cuanto a hombres, los rodios [5] perdieron unos sesenta y Átalo alrededor de setenta; los macedonios de Filipo, en cambio, unos tres mil y seis mil marineros 28 . De los macedonios y sus [6] aliados cayeron prisioneros unos dos mil hombres; ellos mismos capturaron unos setecientos 29 .

De modo que éste fue el resultado de la batalla [8 ] naval de Quíos. Pero Filipo se irrogaba la victoria con dos alegaciones, en primer lugar porque había empujado hasta tierra la nave de Átalo y luego la había apresado, y además porque cuando ancló en el lugar [2] llamado Argeno pareció que lo había hecho entre los restos de un naufragio. Realizó, pues, lo que correspondía [3] a esto y, al día siguiente, juntó los despojos y sepultó los cadáveres identificados, para acrecentar así las fantasías ya citadas. Pero, al cabo de poco, los rodios [4] y Dionisodoro le refutaron: ni él mismo había creído [5] jamás en su victoria. En efecto, al otro día, mientras Filipo seguía ocupado en lo mismo, ellos se pusieron mutuamente en contacto y navegaron contra el rey. Colocaron sus naves de frente, pero nadie les salió al encuentro, por lo que ciaron hasta tocar tierra en [6] Quíos. Filipo, que nunca había perdido tantos hombres en un solo lance ni por mar ni por tierra, llevó a mal lo ocurrido y su inclinación a la guerra decreció [7] mucho, aunque de todos modos procuraba ocultar esta poca propensión a los demás. Pero en ello las circunstancias [8] no le favorecían. En efecto, aun descontando otras cosas, lo que ocurrió después de la batalla [9] impuso a todos los que lo vieron: la carnicería humana había sido tal en aquella ocasión, que toda la ruta estaba llena de muertos, de sangre, de armas, de despojos de naves, y en los días siguientes se podía ver en las playas montones revueltos de restos humanos y de [10] los materiales citados. De ahí que no sólo Filipo, sino todos los macedonios cayeran en un desaliento no común.

[9 ] Teofilisco sobrevivió un solo día. Redactó para su país un informe sobre el desarrollo de la batalla naval, nombró a Cleoneo para que le sustituyera en el [2] mando de la fuerzas, y murió de las heridas. Fue un hombre valiente en los combates y digno de memoria [3] por su carácter. Si él no se atrevía a presentar batalla a Filipo, todos perdían sus oportunidades por temor [4] a la audacia de este rey. Pero cuando Teofilisco inició la guerra, obligó a su propio país a estar a la altura de las circunstancias, forzó a Átalo a no ser remiso y a preparar lo necesario para la contienda, a combatír [5] con coraje y a no rehuir el riesgo. Fue justo, pues, que los rodios ante su muerte le rindieran honras tales que despertaron no sólo en los contemporáneos sino aún en la posteridad el interés por el ideal de la patria.

Después del desenlace de la batalla naval de Lade 30 , [10 ] cuando los rodios ya estaban ausentes y Átalo no se había reintegrado a la lucha, es cosa clara que Filipo podía completar su navegación y llegar a Alejandría. He aquí el principal indicio que da a entender que cuando Filipo hizo esto ya no estaba en sus cabales.

Un componente irracional en la esperanza humana

¿Qué es, pues, lo que retraía [2] su ímpetu? Simplemente la naturaleza de las cosas. Muchos [3] aspiran a lo imposible cuando todavía está lejos: las esperanzas que albergan son grandes, y la pasión inhibe el cálculo de cualquier hombre. Pero cuando se acerca el momento de actuar, entonces desisten de lo que acometieron temerariamente: su impotencia y la dificultad de lo que les sale al encuentro les ofuscan y confunden sus proyectos.

Toma de Prínaso 31

Después de todo ello Filipo lanzó [11 ] algunos asaltos 32 , pero infructuosamente por la aspereza que protegía la ciudad, de modo que se replegó, destruyendo en su retirada los fuertes y las colonias del país. Rechazado, pues, acampó [2] junto a Prínaso. Dispuso pronto de unas pantallas protectoras de mimbre, hizo con ellas los preparativos adecuados y empezó el asedio abriendo galerías. Pero [3] el intento no le prosperaba al ser el lugar rocoso, por lo que urde lo siguiente: durante el día hacía ruido [4] debajo tierra, como si el trabajo de zapa adelantara, por la noche transportaba de fuera tierra y la amontonaba junto a las entradas de las minas; pretendía que los de la ciudad calcularan según la cantidad de [5] tierra acumulada y se alarmaran. Los prinaseos al principio se sostuvieron noblemente, pero cuando Filipo les mandó un hombre a decirles que ya les había socavado dos pletros de muralla y a preguntarles si preferían irse sin correr peligro o bien perderse junto con la ciudad, pues en el incendio de sus fortificaciones no [6] se iba a salvar nadie, dieron tal crédito a sus palabras que entregaron la plaza.

[12 ] La ciudad de los yasios está en la costa de Asia, en el golfo situado entre el templo milesio de Posidón y la ciudad de Mindo. Es el llamado golfo [de Mandalia,] 33 pero más usualmente conocido como golfo de Bargilia, [2] de acuerdo con las ciudades radicadas en él. Los habitantes de Yaso se alaban de ser originariamente una fundación argiva, aunque después lo fueron de los milesios, porque sus antepasados, ante las pérdidas que sufrieron en una guerra contra los carios, llamaron al hijo de Neleo, el fundador de Mileto. La ciudad mide [3] diez estadios 34 . Entre los bargilietanos se dice y se cree que la efigie de Ártemis Cindíada 35 , que está al aire [4] libre, no se moja aunque llueva o nieve, afirmación paralela a la de los yasios respecto a la imagen de Ártemis Astia. Incluso algunos autores aseguran cosas así. En lo referente a tales asertos de los historiadores [5] no sé lo que pasa, pero en toda mi obra me opongo disgustado a ellos. Me causan la impresión de una simpleza [6] sencillamente pueril, por cuanto tal cosa cae no ya fuera de una teoría razonable, sino fuera de lo posible. En efecto, sostener que algunos cuerpos expuestos [7] a la luz no arrojan sombra es propio de un espíritu calenturiento 36 . Y esto, lo ha hecho Teopompo 37 : escribe que los que entran en el templo de Zeus, en Arcadia, no proyectan sombra. En esto no se diferencia [8] de lo ahora dicho. A algunos historiadores que explican [9] prodigios y se inventan fábulas parecidas a las anteriores se les debe excusar si lo hacen con miras a preservar la piedad de los pueblos hacia la divinidad. Pero no se deben hacer concesiones excesivas. Sin duda en [10] estas materias es difícil trazar una línea divisoria clara; sin embargo, hay que hacerlo. Al menos yo creo [11] que si bien debemos ser indulgentes con errores pequeños y creencias no demasiado exactas, con todo hemos de rechazar sin contemplaciones cualquier afirmación desorbitada al respecto.

Grecia: a) Tentativa de Nabis contra Mesenia 38

En el Peloponeso, según un [13 ] propósito ya antiguo, Nabis 39 , el tirano de los lacedemonios, echó de la ciudad a los ciudadanos, otorgó la libertad a los esclavos y los casó con las mujeres y las hijas de los dueños anteriores; al propio [2] tiempo exhibió su poder como asilo sagrado de todos los que huían de sus países por algún sacrilegio o alguna infamia, con lo que juntó en Esparta una multitud de [3] hombres impíos 40 . Pero todo esto ya está expuesto más arriba 41 ; ahora hablaremos de cómo, aliado con los etolios, los eleos y los mesenios 42 cuando pactos y juramentos le forzaban a prestar ayuda a todos éstos si alguien salía en campaña contra ellos, Nabis, sin embargo, no hizo el menor caso de tales obligaciones, y se dispuso a infringir sus tratos con la ciudad de Mesenia.

b) Digresión acerca de los historiadores rodios Zenón y Antístenes 43

[14 ] Dice Polibio: ya que algunos autores de monografías también han historiado esta época que abarca la intentona contra Mesenia y las batallas navales 44 que he descrito, quiero discutir brevemente acerca de ellos. Lo haré, sin embargo, no de todos, sino sólo de aquellos [2] que me parecen dignos de recuerdo y de distinción 45 , me refiero a Zenón y a Antístenes, ambos de Rodas. Creo que son muchas las causas que les hacen [3] merecedores de atención. En efecto, no sólo han vivido en aquella época, sino que, además, intervinieron activamente en política y, ahora, se dedican a tareas literarias no para extraer lucro de ellas 46 , sino por amor a la fama y por lo adecuadas que son a los hombres políticos. No podemos dejar de mencionarlos, para evitar [4] que los estudiosos, al no coincidir nosotros en algún caso con estos autores, ante la fama de la isla de Rodas y la creencia de que los rodios son habilísimos en las cosas del mar, les den más crédito a ellos que a nosotros. Estos historiadores, desde luego, primero declaran [5] que la batalla naval de Lade no es menos importante que la de Quíos, pero que fue más empeñada y feroz, tanto en las acciones concretas de la pelea como en su desarrollo general; dicen también que en ella la victoria correspondió a los rodios. Yo podría aprobar [6] que los autores otorguen cierta importancia a sus propios países, pero no, en modo alguno, que hagan afirmaciones contrarias a lo que ha ocurrido. Bastan y [7] sobran, en efecto, los errores que cometemos los autores, pues evitarlos les es difícil a los humanos. Pero si escribimos falsedades adrede para favorecer a nuestro país o a los amigos, o para congraciarnos con alguien, ¿en qué diferiremos de los que se ganan la vida [8] de esta manera? Así como éstos ponderan las ganancias y, según ellas, convierten sus composiciones en indemostrables, los políticos, arrastrados alguna vez por la inclinación o por el odio, al final acaban como los [9] antedichos. Por ello, los lectores deben prestar especial atención a este respecto y los autores guardarse a sí mismos.

[15 ] El caso presente corrobora mi afirmación. Los autores citados están de acuerdo en que, en las acciones parciales de la batalla de Lade, el enemigo se apoderó [2] de dos quinquerremes rodios con sus dotaciones y en que durante la refriega una nave rodia arboló la bandola 47 , porque había sufrido un impacto y hacía agua. Muchos de los navíos rodios cercanos la imitaron y se [3] retiraron hacia alta mar. Al final el almirante, abandonado junto a unos pocos, se vio obligado a hacer lo [4] mismo que los antedichos. Vientos desfavorables les empujaron a Mindia 48 , donde fondearon. Al día siguiente [5] zarparon hacia la isla de Cos, el enemigo remolcó los quinquerremes capturados, echó anclas junto a Lade y pernoctó allí donde los rodios habían tenido el campamento. [6] Los autores citados están todavía de acuerdo en que los milesios 49 , alarmados ante lo sucedido y ante el temor de verse atacados 50 , coronaron no sólo a Filipo, sino incluso a Heraclides 51 . Después de exponer todo [7] esto, lo cual es indudablemente propio de unos derrotados, declaran vencedores a los rodios tanto' en las acciones parciales como en el conjunto de la batalla, y eso cuando aún se conserva en el pritaneo el documento 52 [8] que, acerca de tales hechos, el almirante remitió a la asamblea y a los prítanes. Pues bien, este documento concuerda con mis afirmaciones, no con las de Zenón y de Antístenes.

Tras lo dicho, ambos autores tratan de la ruptura 53 [16 ] del pacto establecido por Nabis con los mesenios. Aquí, [2] Zenón afirma que Nabis partió de Lacedemonia, cruzó el río Eurotas por el lugar llamado Hoplita y avanzó por una calzada estrecha junto a Poliasio, hasta alcanzar los parajes de Selasia 54 . Una vez en ellos, rebasó [3] Talamas y llegó hasta el río Pámiso 55 , en el lugar denominado [4] Faras. De todo ello no sé ni qué decir; estas afirmaciones presentan un orden tal que, en una palabra, en nada difieren de quien aseverara que salió de Corinto, cruzó el Istmo y, tras tocar las Rocas Escirónicas, de repente atacó Contoporia y, bordeando [5] Micenas, prosiguió su avance hacia Argos 56 . Evidentemente, aquí el error sería palmario; pues los lugares están emplazados de manera bien opuesta: mientras que el Istmo y las Rocas Escirónicas están al Este de Corinto, Contoporia y Micenas están casi junto a su [6] Sudoeste. De manera que es absolutamente imposible [7] a quien siga tal ruta llegar a las localidades citadas. Se da un caso idéntico en la geografía de Lacedemonia, [8] pues el río Eurotas y Selasia están al Noroeste de Esparta, mientras que Talamas, Faras y el río Pámiso [9] están al Sudoeste. En realidad, el que desde Talamas quiera marchar contra Mesenia no es ya que deba hacerlo bordeando Selasia, es que ni tan siquiera debe cruzar el río Eurotas.

[17 ] A esto añade Zenón que Nabis había efectuado la salida desde Mesenia por la puerta que conduce a Tegea. [2] Lo cual es absurdo, pues en esta ruta entre Mesene y Tegea se encuentra Megalópolis, de manera que en Mesene no hay puerta de la que se pueda decir que [3] conduzca a Tegea. Quizás se objete: desde luego, pero resulta que los mesenios tienen una salida denominada «Puerta de Tegea», por la que Nabis emprendió la marcha; esto confundió a Zenón, quien supuso que Tegea [4] estaba más cerca de los mesenios. Y esto no es así, sino que Laconia y el territorio de Megalópolis están en [5] medio de Mesenia y la Tegeátide. Concluyo: Zenón afirma que el río Alfeo, ya en las proximidades de sus fuentes, se oculta y que, tras un largo recorrido subterráneo, aflora al suelo en Licoas 57 de Arcadia. Pero, [6] en realidad, este río, no lejos de sus manantiales, se oculta unos diez estadios y emerge de nuevo. Discurre por el país de Megalópolis. Primero su caudal es pequeño, pero va creciendo y, después de atravesar a la luz del día toda la región mencionada, al cabo de unos doscientos estadios alcanza Licoas. Aquí ya ha afluido a [7] él el río Lusio, por lo que, caudaloso y en realidad impracticable *** 58 .

Indudablemente, todo esto a mí me parecen errores [8] que, sin embargo, admiten excusa y explicación: lo último se debió a la ignorancia y lo de la batalla naval, a un exceso de patriotismo. ¿Se puede, entonces, [9] reprochar verdaderamente algo a Zenón? Sí: el haber puesto el máximo interés no en la investigación de los hechos ni en la organización de su material, sino en la elegancia del estilo, de la que es notorio que se jacta con frecuencia, cosa que, por lo demás, hacen la mayoría de los autores de algún renombre. Yo sostengo que debemos atender cuidadosamente la [10] exposición artística de los hechos, porque esto coadyuva no poco, sino mucho, a la utilidad de la historia, pero, sin embargo, no podemos pensar que los hombres inteligentes consideren que la dicción es lo primordial y primero. ¡Ni mucho menos! La historia tiene [11] aspectos más importantes, de los cuales sí se puede jactar el hombre político.

Lo que pretendo defender resultará muy claro por [18 ] lo que sigue: el historiador en cuestión expone el asedio [2] de Gaza 59 y la confrontación que hubo en Celesiria entre Antíoco y Escopas, la batalla de Panio 60 . Pues bien: nadie negará que ha cuidado tanto el estilo de su dicción que la extravagancia de su lenguaje no se ve rebasada ni tan siquiera por la de las obras declamatorias redactadas para suscitar el pasmo del vulgo; [3] en cambio, desatendió tanto la realidad de los hechos que su irreflexión y poca práctica también resultan a [4] su vez incomparables. Efectivamente, primero quiso exponer la disposición de las fuerzas de Escopas 61 . Dice que su falange y unos pocos jinetes quedaron emplazados en el ala derecha, al pie del monte, y que su ala izquierda ocupaba la llanura, junto con la caballería [5] debidamente alineada. Añade que Antíoco 62 , así que despuntó el alba envió a su hijo mayor, llamado también Antíoco 63 , con una parte de sus fuerzas, para que se adelantara y ocupara el sector de la montaña desde [6] el que se dominaba al enemigo. Y en pleno día hizo que el resto de su ejército cruzara el río 64 que separaba los dos campamentos, y lo estacionó en la llanura; alineó la falange frente al centro de la formación adversaria y distribuyó su caballería a ambos lados de la falange. En el ala derecha puso también su caballería acorazada 65 , al mando, toda ella, del hijo menor de Antíoco 66 . A continuación relata cómo el rey apostó [7] sus elefantes delante de su falange, a cierta distancia de ella, junto con los tarentinos de Antípatro 67 . Los [8] espacios libres que quedaban entre las bestias, los cubrió con arqueros y honderos. Dice Zenón que el rey y su escolta montada y los soldados escudados se situaron detrás de los elefantes. Tras señalar estas posiciones [9] dice que el hijo menor de Antíoco, el que estaba en la llanura al frente de la caballería acorazada oponiéndose al ala izquierda del enemigo, cargó desde la colina, derrotó y persiguió a la caballería adversaria mandada por Ptolomeo 68 , hijo de Eropo. Este Ptolomeo mandaba el ala izquierda, los etolios 69 que estaban en la llanura. Luego las falanges entraron en contacto [10] y se trabó una lucha encarnizada. A Zenón le pasa por alto el que las falanges no podían enfrentarse, puesto que entre ellas había situado anteriormente a los elefantes, la caballería y la infantería ligera.

A continuación escribe que la falange de Antíoco, [19 ] demostrablemente inferior en potencia ofensiva 70 , se vio agobiada por los etolios, y se replegaba al paso, pero que los elefantes recogieron bien a los que se batían en retirada; atacaron incluso al enemigo, prestando con ello un gran servicio. No es fácil entender cómo [2] los elefantes llegaron a situarse detrás de la falange, y aun admitiéndolo, no se ve cómo pudieron prestar [3] este gran servicio, porque, una vez que las dos falanges entraron en combate, las fieras no podían distinguir si los que se les echaban encima eran amigos o enemigos [4]. Asegura, luego, Zenón que los jinetes etolios durante el combate se vieron en apuros porque no estaban [5] habituados a la aparición de las fieras. Pero él mismo dice que la caballería, apostada ya al principio en el ala derecha, permaneció intacta; en cuanto al resto de los jinetes, los situados en el ala izquierda, [6] huyeron masivamente, superados por Antíoco. ¿Entonces, cuál es la parte de la caballería que, colocada en el punto medio de la falange, se asustó ante los elefantes? [7] ¿Y dónde estaba el rey? ¿Qué servicio prestó en la acción, rodeado como estaba durante la pelea por las formaciones más escogidas de jinetes y de infantes? De esto no dice ni media palabra. ¿Y qué del hijo mayor de Antíoco, el que, con parte de las fuerzas, se [8] anticipó a ocupar posiciones en los altos? Porque, después de la batalla, ni tan siquiera regresó a su propio campamento. Y es natural: Zenón supuso a dos Antíocos hijos del rey, cuando fue uno solo el que salió [9] a campaña. ¿Y cómo pudo ser Escopas el primero y el último en abandonar el campo de batalla? Porque Zenón dice que él, cuando vio que los hombres de Antíoco el menor, de regreso ya de su persecución, aparecían por la espalda de su falange, perdió las esperanzas de [10] vencer y se retiró. Tras esto sitúa el combate más encarnizado, que se dio cuando su falange quedó cercada por los elefantes y la caballería: aquí dice que Escopas fue el último que se alejó del peligro.

[20 ] Me parece que cosas así, unos despropósitos tales, [2] acarrean una gran vergüenza a los escritores. Por eso se debe intentar dominar todas las facetas de la historia, lo cual sería magnífico. Pero si es imposible, debemos poner el máximo cuidado en familiarizarnos con las más necesarias e importantes.

Me ha llevado a decir esto 71 el ver ahora que también [3] aquí, igual que ocurre en las demás artes y profesiones, la verdad y lo que es auténticamente útil en cada caso resulta postergado, y en cambio lo que redunda en una [4] fanfarronería fantasiosa es alabado y emulado como si fuera algo grande y admirable. Desde luego que esto último en la historia, como en los géneros literarios restantes, es más fácil de elaborar y se gana el aplauso de manera más barata. En lo tocante a la ignorancia de [5] la geografía de Laconia, los errores me parecieron garrafales y no vacilé en escribir al mismo Zenón 72 . Creo, [6] en efecto, que es propio de un hombre noble no cimentar la gloria personal en los fallos ajenos, cosa que hacen algunos, antes bien, en vistas al bien común, me parece que debo poner en cuanto pueda cuidado y corrección, tanto al confeccionar mi obra histórica [7] como al estudiar la de los otros. Zenón recibió mi carta y la leyó. Reconoció que ya era demasiado tarde para introducir cambios, pues su obra había sido publicada. Le dolió enormemente, pero la cosa no tenía [8] remedio. Acogió amistosamente mi crítica. Por lo que a mí se refiere, digo a mis comentaristas contemporáneos y a los futuros que, si encontraren que he mentido a propósito, que he falseado intencionadamente [9] la verdad, que me censuren sin contemplaciones, pero, si comprobaren que lo he hecho por no saber más, en tal caso que sean comprensivos, tanto más cuanto que yo precisamente me he impuesto un cometido enorme, estudiar la multitud de temas que se integran en esta obra.

Egipto: carácter de Tlepólemo 73

[21 ] El entonces administrador del reino de Egipto, Tlepólemo, era joven, y había pasado su vida ininterrumpidamente en la milicia, con gran ostentación. [2] Era de índole altiva y ambicionaba ser famoso; aportaba, en suma, a la dirección del Estado grandes cualidades, [3] pero defectos no menores. Era muy capaz en la conducción de un ejército y en planear las empresas bélicas, [además] era de temperamento viril y tuvo una [4] habilidad congénita para las arengas militares; en cambio, cuando se trataba del ajuste de otros y diversos problemas, su falta de interés y de sobriedad, tanto para conservar los fondos públicos como para administrarlos en algo útil, le convirtieron en el hombre más torpe. Ésta fue la causa no sólo de su rápido desastre, [5] sino también de la debilitación del imperio egipcio. Porque cuando se le confió el control de las finanzas se [6] pasaba la mayor parte del día boxeando o entre efebos, en concursos con armas. Y, al término de esto, [7] organizaba bacanales; empleó la mayor parte de su vida en tales ocupaciones y entre estas compañías. Y en [8] las horas del día que dedicaba a las audiencias repartía (más bien dilapidaba, si hay que decir la verdad) los bienes estatales entre los embajadores llegados de Grecia y los gremios de actores teatrales, aunque la parte del león la llevaban los soldados y los oficiales de su corte. No sabía decir «no», y daba todo lo que tenía [9] a mano al que sabía ganárselo con sus palabras. Desde [10] entonces el mal creció y se propagó por sí mismo, porque el que se veía favorecido inesperadamente exageraba [11] sus expresiones de agradecimiento, tanto por la merced recibida como por las que esperaba en el futuro. Tlepólemo, enterado de los elogios que todos [12] le tributaban, de las libaciones que se le dedicaban en las orgías, leía encima las inscripciones elogiosas y oía las canciones que le entonaban los músicos por toda la ciudad. Y acabó engreído y cada vez más hinchado, más predispuesto también a favorecer a soldados y a gente extranjera.

Pero esto enojaba a los cortesanos, que observaban [22 ] todos sus hechos y dichos, y llevaban muy a mal su irresponsabilidad; comparaban con él a Sosibio 74 y se admiraban de éste, pues pensaban que había mostrado [2] una prudencia superior a lo que se podía esperar de sus años mientras estuvo en la guardia real, y que en sus entrevistas con extranjeros había justificado la fe 75 depositada en él. Él, efectivamente, guardaba el sello real y tenía a su cargo la custodia de la persona [3] del monarca. Fue por aquel entonces, más o menos, cuando se presenta allí de regreso de la corte de Filipo, [4] Ptolomeo, el hijo de Sosibio. Ya antes de zarpar de Alejandría estaba lleno de vanidad, tanto por su natural propio como por las riquezas que le había legado [5] su padre. Pero cuando, llegado a Macedonia, trató a los soldados de la guarnición real, supuso que entre los macedonios la hombría consistía en distinguirse de los demás en el modo de calzar y de vestir. Llegó a Egipto obsesionado por estos extremos y convencido de que su ausencia y el haber convivido con los macedonios le habían convertido en hombre, pero que los de Alèjandría continuaban siendo unos esclavos, unas [6] cabezas de ganado. De modo que, naturalmente, muy pronto sintió celos de Tlepólemo y se produjeron fricciones [7] entre ambos. Todos los cortesanos se pusieron del lado de Ptolomeo, porque Tlepólemo manejaba el dinero y los asuntos de Estado no como un regente, sino como un heredero. Las diferencias se agravaron [8] rápidamente. Entonces Tlepólemo, cuando le llegaban malas noticias de que los cortesanos le acechaban malignamente, empezó desoyéndolas, pues despreciaba lo que [9] se le decía. Pero, luego que en la asamblea general se atrevieron a lanzarle reproches públicos en su ausencia, [10] diciendo que administraba mal el Imperio, montó en cólera, reunió al consejo y dijo que aquéllos lo habían calumniado a escondidas y entre sí, pero que él había decidido formular su acusación delante de todos y a cara descubierta.

[11] Tras su discurso ante el pueblo, Tlepólemo retiró la custodia del sello real a Sosibio y, desde entonces, ya gobernó todas las cosas según su parecer personal.

Siria: la lealtad de la población de Gaza

De aquella ocasión en que Antíoco [22 a ] devastó la ciudad de Gaza dice Polibio 76 : me parece oportuno [2] y conveniente dar de los de Gaza 77 el buen testimonio que merecen. En efecto, por lo que toca a valor [3] no ceden en nada, en las acciones de guerra, ante los demás pueblos de Celesiria, y les aventajan si se trata de actuar a una o de ser leales. Más aún: su audacia es irresistible. Cuando la incursión persa, todos los [4] demás pueblos quedaron anonadados por las dimensiones de aquel imperio, y se entregaron, ellos y sus ciudades, a merced de los medos; sólo los de Gaza se avinieron al asedio y soportaron aquella calamidad. Y en tiempos de la expedición de Alejandro cuando [5] no sólo los demás se rindieron, sino que incluso Tiro fue tomada y reducida a esclavitud, y los que se resistían al empuje y a la fuerza de Alejandro debían prácticamente desesperar de cualquier salvación, en Siria sólo Gaza se le opuso y tanteó todas sus posibilidades. Y lo mismo hizo ahora, pues luchó lo indecible [6] en su empeño de conservarse leal a Ptolomeo. Por eso, [7] del mismo modo que cuando se trata de personas en nuestra Historia destacamos a los hombres valientes, se debe también recordar con elogio y públicamente las ciudades que, por tradición o por principios, acostumbran a actuar con nobleza.

Entrada triunfal de Escipión en Roma 78

[23 ] Publio Cornelio Escipión llegó desde África a Roma no mucho después de la época en cuestión 79 . [2] El interés con que le esperaba el pueblo era proporcional a la enormidad de las hazañas de este hombre, de manera que también era grande la curiosidad que la urbe sentía hacia él, junto con una no menor simpatía [3]. Y es lógico y natural que las cosas fueran así. [4] Porque si antes no habían esperado poder expulsar a Aníbal de Italia ni rechazar el peligro que se les aferraba, a ellos y a sus deudos, ahora no sólo se creían firmemente al abrigo de cualquier riesgo y contingencia, sino que además se veían superiores al enemigo, por lo que se entregaron a las mayores demostraciones de [5] alegría. Cuando Escipión dio inicio al desfile, entonces estaban todavía más fuera de sí, porque el espectáculo de los prisioneros que formaban en línea les recordaba el peligro que habían pasado; todo eran acciones de gracias a los dioses y halagos al que había [6] logrado un cambio de tanta envergadura. Incluso Sífax 80 , el rey de los masasilios, fue paseado por toda la ciudad con los demás prisioneros; algún tiempo después [7] murió en el cautiverio. Acabados estos festejos, en Roma se celebraron todavía durante varios días ininterrumpidamente certámenes y regocijos públicos, provisora de los cuales fue la munificencia de Escipión.

Filipo en Caria 81

Había comenzado ya aquel invierno [24 ] en el que Publio Sulpicio 82 fue nombrado cónsul en Roma. El rey Filipo continuaba en el país de los bargilios; al ver que ni los rodios ni Átalo licenciaban a los hombres de sus flotas respectivas, sino que tripulaban más naves y dedicaban más atención a sus guarniciones, se sentía incómodo y cavilaba muchas y diversas empresas para el futuro. Temía a su vez que los bargilios salieran [2] del puerto, pues preveía alarmado una batalla naval, y al no fiarse en absoluto de la evolución de las cosas en Macedonia, se negaba resueltamente a pasar el invierno en Asia, temeroso de los etolios y de los romanos. No desconocía, en efecto, las embajadas que contra él [3] se enviaban a Roma *** y supo que la campaña romana en África había concluido. Todo lo cual le ponía en dificultades [4] arduas. Pero de momento se vio obligado a quedarse allí, donde llevaba, según el dicho, una vida de lobo 83 . Pues entre los carios robaba y pillaba: violentaba [5] a unos y, muy a pesar de su natural, adulaba a otros, porque el ejército le pasaba hambre. Unas veces lo sustentaba con carne, otras con higos, y otras [6] aún con algo de trigo. Le aprovisionaban Zeuxis, los milasios 84 , los alabandeos 85 o los magnesios 86 , a quienes, cuando le daban, halagaba, y cuando no, ladraba y [7] ponía asechanzas. Al final por medio de Filocles 87 puso una celada a la ciudad de los milasios, pero fracasó [8] porque el intento era demencial. Taló los campos de los de Alabanda como si fueran enemigos: decía que le era imprescindible proporcionar víveres a su ejército.

[9] Polibio de Megalópolis en el libro decimosexto de su Historia dice: Filipo, el padre de Perseo, cuando recorría el Asia falto de víveres para su ejército recibió higos de los magnesios, porque no había trigo. Por eso, luego que tomó la plaza de Miunte 88 , regaló el territorio a los de Magnesia en pago de los higos. (ATENEO , III 78 c.)

Átalo y los rodios en Atenas 89

[25 ] El pueblo de Atenas mandó embajadores al rey Átalo, que debían darle gracias por lo que había promovido 90 y, al mismo tiempo, rogarle que se trasladara personalmente a Atenas para deliberar acerca de la situación. Al cabo de unos días el rey supo [2] que unos legados romanos habían llegado por mar al Pireo; creyó necesario encontrarse con ellos y zarpó a toda prisa. Enterados de su presencia, los atenienses [3] le votaron una recepción fastuosa, y lo mismo también, para su estancia allí. Átalo, pues, navegó hasta el Pireo, [4] y en el primer día se entrevistó con los legados romanos. Comprobó que recordaban muy bien la colaboración pasada 91 , y que estaban dispuestos a la guerra contra Filipo, lo cual le satisfizo enormemente. Al día [5] siguiente junto con los embajadores romanos y los magistrados atenienses subió a la ciudad en medio de una gran pompa, pues les salieron al encuentro no sólo los arcontes con los caballeros, sino todos los ciudadanos con sus mujeres e hijos. Cuando se encontraron, con [6] el trato surgió en el pueblo ateniense un afecto tal hacia los romanos, y aun hacia Átalo, que no dejaron de hacer nada por considerarlo exagerado. Cuando Átalo [7] penetró por el Dipilón 92 , de ambos lados se dirigieron a él sacerdotes y sacerdotisas, que abrieron luego todos los templos, colocaron víctimas sobre los altares y le brindaron ofrecer el sacrificio. Por último, los atenienses [8] le votaron unas honras tales como jamás, en tan poco tiempo, habían tributado a sus bienhechores anteriores, pues además de otras cosas dieron a una tribu 93 [9] el nombre de «atálida» y le contaron a él entre los héroes tribales epónimos.

[26 ] Después de esto reunieron la asamblea e invitaron [2] a ella al rey en cuestión. Ante esta petición, Átalo manifestó que le parecía poco elegante presentarse personalmente y citar todos los favores delante de los mismos [3] beneficiarios. Los atenienses no insistieron en que acudiera, y le indicaron que escribiera lo que él suponía [4] conveniente en aquella situación. Átalo accedió a esto y redactó un escrito, que los presidentes trasladaron [5] a la asamblea. En compendio se trataba de un memorial de los favores concedidos por él mismo al pueblo de Atenas, una enumeración de sus acciones [6] contra Filipo en aquella coyuntura, y al final una exhortación a la guerra contra éste; les aseguraba y les juraba que si ahora no se decidían a declarar noblemente que compartían los sentimientos de odio contra Filipo junto con los rodios, los romanos y él mismo, y luego, tras haber desatendido su oportunidad, pretendían participar de la paz que habían logrado otros, [7] errarían en lo que convenía a su propio país. Leída la carta, el pueblo ateniense votó su disponibilidad para la guerra tanto por lo dicho como por la simpatía que [8] profesaba a Átalo. A mayor abundamiento entró una delegación rodia que expuso muchos argumentos en favor de su propia tesis. Y los atenienses acordaron [9] declarar la guerra a Filipo. También acogieron suntuosamente a los rodios, coronaron a este pueblo con la corona al más valiente y otorgaron a todos sus ciudadanos derechos políticos iguales 94 a los que ostentaban los atenienses. Con esto, Atenas pagaba, además de otros favores, la devolución a ellos de las naves y de los prisioneros de guerra que Filipo les había capturado. Los embajadores rodios cumplieron, pues, su encargo [10] y zarparon con su flota hacia las islas, a Ceos 95 .

Inicio de la guerra entre los romanos y Filipo V 96

En el tiempo en que los romanos [27 ] permanecían en Atenas 97 , Ni canor 98 , general al servicio de Filipo, hacía correrías por el Ática y llegó hasta la Academia 99 ateniense. Los romanos le mandaron un heraldo, se reunieron con Nicanor y le [2] pidieron que comunicara a Filipo la intimación por parte de Roma de que no hiciera la guerra a ningún griego 100 y de que compensara a Átalo según la sentencia de un tribunal imparcial por los daños que le había inferido. Si se aviene a ello todavía le es posible la paz [3] con los romanos, si se niega a hacerles caso, afirmaron, sucederá lo contrario. Nicanor les escuchó y se fue. [4] Los embajadores romanos habían anclado en Fénice 101 y habían dicho lo mismo a los epirotas acerca de Filipo; con igual finalidad visitaron a Aminandro 102 en Atamania y llegaron a Egio, a comunicarlo a los aqueos. [5] Cuando por medio de Nicanor hubieron expuesto lo suyo a Filipo, zarparon para dirimir las diferencias existentes entre Antíoco y Ptolomeo.

Conducta’ de Filipo

[28 ] Soy de la opinión de que el empezar bien y mantener el entusiasmo durante un tiempo suficiente que asegure un éxito considerable es cosa que se ha dado ya en muchos, [2] pero que sólo pocos son capaces de culminar un proyecto, y que si en algo la suerte les ha sido adversa, son idóneos para suplir por cálculo lo que les falló en [3] previsión. De modo que no falta razón a quien reproche la inoperancia de Átalo y de los rodios, ni a quien celebre la conducta real y verdaderamente magnánima de Filipo, la constancia en sus propósitos. No es que yo alabe su carácter sin distingos, pero sí señalo su ímpetu [4] en la ocasión presente. Establezco esta diferencia para evitar que alguien crea que digo cosas encontradas: hace poco alababa a Átalo y a los rodios, y hacía reproches a Filipo, mientras que ahora realizo lo contrario. [5] Por eso ya al principio de esta mi obra noté una diversidad: establecí que era preciso, a veces, alabar y, otras, condenar a unas mismas personas, ya que con frecuencia el peligro o el empeoramiento de las situaciones modifican las voluntades de los hombres, otras veces, en cambio, las varía el mejoramiento de aqué llas. [6] Hay casos en que los hombres se ven empujados por su propia índole hacia lo que es debido, en otros ocurre lo contrario. Que es lo que en aquella ocasión, [7] creo, sucedió a Filipo. En efecto, irritado por los desastres que había sufrido se indignó y se enfureció más de lo que era normal en él, pero con ello se adaptó de manera sorprendente y prodigiosa a la situación de entonces, y fue así como se enderezó contra los rodios y el rey Átalo y saldó con éxitos sus empresas siguientes. [8] Me ha sugerido decir esto la realidad de que algunos, igual que hacen los corredores flojos 103 en los estadios, abandonan sus propios proyectos cuando están a un paso de culminarlos, mientras que a otros precisamente esta circunstancia les lleva a superar al enemigo.

Toma de Abido por Filipo V

Filipo quiso privar a los romanos [29 ] de los recursos y de las piedras para escaleras existentes en estos parajes.

Para, si se propone hacer un recorrido en sentido inverso, [2] disponer del puerto de Abido.

Si bien me parece inútil exponer la peculiaridad de [3] estos lugares, debido a que todos los autores han tratado prolijamente la situación de estas ciudades, la posición estratégica de Sesto y de Abido 104 , y así tal cosa no aprovecha demasiado, con todo, en vista a lo que sigue, [4] creo provechoso recordar sumariamente a mis lectores estos aspectos, para suscitar su interés. Nos podemos [5] formar una idea de lo que ocurrió en las ciudades citadas, no tanto por la topografía de los lugares mismos como por la comparación y el cotejo de lo que declaro a continuación. Así como resulta imposible navegar a [6] nuestro mar desde el que unos llaman Océano y otros Mar Atlántico, a no ser pasando por el estrecho de las [7] columnas de Heracles, del mismo modo es irrealizable la navegación desde nuestro mar a la Propóntide 105 y al Ponto si no es haciendo la penetración por el paso, [8] que se abre entre Sesto y Abido. Y como si la fortuna hubiera establecido una proporción en la disposición de ambos pasos, resulta que el de las columnas de Heracles tiene una anchura múltiple de la del Helesponto. [9] En efecto, la anchura del primero es de sesenta estadios, la del de Abido de dos 106 , y esto es para que se pueda intuir que el Mar Exterior 107 supera muchas [10] veces en magnitud al nuestro. Pero el paso de Abido presenta muchas más ventajas que el estrecho de las [11] columnas de Heracles. El primero de los mencionados, que está habitado por hombres debido a ser medio de comunicación de unos con otros, tiene disposición de puerta. A veces los que han querido pasar a pie enjuto de un continente a otro han tendido un puente sobre él 108 ; otras veces se navega por él continuamente en [12] ambas direcciones. Contrariamente, el estrecho de las columnas de Heracles es poco útil, no sirve excesivamente para la comunicación de los pueblos que viven en los extremos de África y de Europa, porque el Mar [13] Exterior es algo desconocido. La ciudad de los abidenos está flanqueada, a ambos lados, por dos cabos de la costa europea 109 , y tiene un puerto capaz de albergar contra cualquier viento a los que recalen en él. Pero es [14] totalmente imposible fondear fuera del puerto y delante de la ciudad, debido a la rapidez y a la fuerza de la corriente que hay en aquellos lugares.

Filipo plantó una empalizada en un lado y una estacada [30 ] en el otro y asediaba a los abidenos por mar y por tierra. En sí la acción no era notable ni por la [2] magnitud de los preparativos ni por la variedad de los planes imaginados para las obras (planes a los que suelen aplicarse asediados y sitiadores para combatirse mutuamente), pero se hizo digna de mención, si es que [3] lo es alguna otra, y de ser transmitida a la posteridad por la bravura de los asediados y por su extremado coraje. Al principio los abidenos confiaban en sí mismos [4] y sostenían vigorosamente la sofisticada maquinaria de Filipo, desarmaban a tiros de catapulta los ingenios que se les aproximaban por mar, y a otros les pegaban fuego. Tanto es así, que a duras penas logró el enemigo retirar las naves de la zona de peligro. Y a [5] las obras terrestres los abidenos se opusieron animosamente, y ni tan siquiera desesperaban de derrotar al adversario. Pero cuando el muro exterior se les derrumbó [6] por el trabajo de zapa, lo cual posibilitó a los macedonios aproximarse, a través del muro derruido, a la muralla paralela construida por dentro, entonces los abidenos enviaron a Ifíades y a Pantágnoto para invitar a Filipo a que tomara posesión de la ciudad. Las condiciones eran: debía comprometerse a permitir [7] la retirada de los soldados enviados por Átalo y por los rodios, y acceder a que los hombres libres se salvaran, cada uno por donde quisiera y pudiera, saliendo [8] sólo con la ropa que llevaban puesta. Pero Filipo les exigió una rendición incondicional o que combatieran con arrojo. Y los enviados regresaron.

[31 ] Enterados de la respuesta, los abidenos se reunieron en asamblea y deliberaron sobre las circunstancias; [2] ahora estaban desesperados. Resolvieron, pues, ante todo, conceder la libertad a los esclavos: así tendrían unos camaradas totalmente adictos en la lucha. Después juntaron a todas sus mujeres en el templo de Ártemis, y a sus pequeñuelos con sus nodrizas en el gimnasio. [3] Decretaron, en tercer lugar, depositar en el ágora toda su plata y todo su oro; la vestimenta de valor que poseyeran la cargarían íntegramente en el cuatrirreme [4] de los rodios y en el trirreme de los cicicenos. Esto fue lo que acordaron. Cumplieron los decretos de manera unánime y se congregaron por segunda vez en asamblea. Eligieron a los cincuenta ancianos de más confianza, pero dotados del vigor corporal necesario todavía para [5] cumplir las decisiones. Delante de todos los ciudadanos les tomaron juramento de que, si veían que el enemigo había conquistado el muro interior, degollarían a las mujeres y a los niños, pegarían fuego a las naves citadas y, de acuerdo con las maldiciones, arrojarían [6] al mar el oro y la plata. Después de esto y en presencia de los sacerdotes, todos se juramentaron a vencer al enemigo o a morir luchando por la patria. [7] Finalmente sacrificaron algunas víctimas y obligaron a los sacerdotes y a las sacerdotisas a pronunciar sobre aquellas entrañas abrasadas imprecaciones para afrontar [8] la situación que he descrito. Se aseguraron, pues, de todo esto y se disolvieron para dedicarse a trabajos de contraminado, resistiendo al enemigo. Sin embargo, el acuerdo había sido unánime: si les derrumbaban el muro interior, por encima de sus ruinas combatirían al adversario hasta morir.

Se puede decir que el temerario coraje de los abidenos [32 ] ha rebasado la conocida desesperación de los focenses 110 y la valentía de los acarnanios 111 . Parece que [2] los focenses tomaron idénticas resoluciones en cuanto a sus familiares, pero les quedaba todavía una leve esperanza de vencer, porque estaban en condiciones de provocar a los tesalios a una batalla campal en toda regla; lo mismo cabe decir del pueblo de Acarnania: [3] cuando se apercibió de la incursión de los etolios, tomó unas determinaciones como las reseñadas en cuanto a su situación. Ambos casos los hemos narrado nosotros, anteriormente 112 , al menos en parte. Pero los de Abido, [4] cercados y prácticamente sin esperanzas de salvación, prefirieron, la población entera, morir con sus mujeres e hijos, a vivir y, encima, verse con la infamia de que sus hijos y mujeres habían caído en poder del enemigo. Con razón se puede reprochar a la fortuna el desastre [5] de los abidenos, pues como si le causaran piedad enderezó al punto aquellas ciudades de las desgracias sufridas, al dar la victoria y la salvación a los desesperados. Su intención para con Abido fue distinta: [6] los hombres murieron, la ciudad fue conquistada, y las madres con sus hijos cayeron en poder de los rivales.

Cuando se derrumbó la muralla interior, los defensores, [33 ] según su juramento, se encaramaron por los montones de escombros y seguían combatiendo con un denuedo tal que Filipo, aunque iba lanzando oleadas de macedonios una tras otra hasta llegar la noche, al final desistió de la lucha y perdía, incluso, la esperanza de [2] salir adelante en la empresa. La primera línea de los abidenos peleaba con ferocidad pisando los cadáveres enemigos, y no sólo se batían audazmente con sus pu ñales [3] y sus lanzas, sino que, cuando un arma de éstas se les inutilizaba o las soltaban por fuerza de sus manos, llegaban al cuerpo a cuerpo con los macedonios y rechazaban con su restante armamento al adversario; a otros se les quebraban las picas y con las mismas astillas asestaban golpes contundentes; [echaban mano] 113 de las puntas de las lanzas y herían a los enemigos en el rostro y en las partes desnudas del cuerpo, con lo [4] que les llevaron a una confusión total. Cuando sobrevino la noche y se paró la lucha, la mayor parte de los defensores había sucumbido encima de los escombros y los supervivientes estaban exhaustos por la fatiga y las heridas. Entonces Gláucidas y Teogneto reunieron a algunos ancianos y arruinaron la decisión espléndida y admirable que habían tomado antes los ciudadanos, [5] por salvarse ellos. Decidieron conservar la vida a las mujeres y a los niños, y enviar, así que apuntara el alba, a Filipo los sacerdotes y las sacerdotisas provistos de ínfulas, para suplicarle y rendirle la ciudad.

[34 ] En aquel tiempo, Átalo fue informado del asedio de Abido, navegó por el mar Egeo hasta Ténedos 114 precisamente cuando el romano Marco Emilio el Joven se [2] presentó, también por mar, en la misma Abido. En Rodas los romanos supieron con exactitud lo que ocurría en el asedio de Abido y, según las órdenes que tenían, quisieron tratar personalmente con Filipo. Aplazaron el ataque contra los reyes 115 y enviaron al hombre citado, que se entrevistó con Filipo en Abido y le expuso [3] los decretos del senado romano: intimarle que no hiciera la guerra contra ningún griego, que no se inmiscuyera en los asuntos de Ptolomeo y, en cuanto a las injusticias que había cometido contra Átalo y contra los rodios, debía someterse a un juicio para indemnizarles. Si lo hacía así podría permanecer en paz con [4] los romanos, pero si se negaba a acceder de grado, estaría en guerra contra ellos. Filipo quería hacerle [5] ver cómo eran los rodios los que le habían atacado, pero Marco Emilio interrumpiéndole le preguntó: «¿Y qué los atenienses? ¿Y qué los cianeos? ¿Y qué, ahora, los abidenos? ¿Quién de éstos —prosiguió— te ha atacado primero a ti?» El rey Filipo, sin saber qué [6] decir, repuso que le perdonaba por haber hablado tan altivamente, y ello desde tres puntos de vista: primero, porque era joven e inexperto en aquellos asuntos; en segundo lugar, porque era el más apuesto de los hombres de su tiempo (lo cual era verdad), [y ante todo porque era romano] 116 , «y yo —afirmó— exijo con empeño [7] a los romanos que respeten lo pactado 117 y que no me hagan la guerra. Y si me la hacen invocaré a los dioses y los rechazaré enérgicamente.»

Dicho esto, se separaron el uno del otro; Filipo [8] tomó posesión de la ciudad y se encontró con que los abidenos habían amontonado todo lo de valor que poseían, [9] dispuesto para que él se lo quedara. Pero, al ver la multitud y el furor de los que habían degollado a sus mujeres e hijos y luego se habían suicidado, pues unos se habían quemado, otros se habían ahorcado, o se habían tirado a un pozo, o se habían lanzado [10] desde un tejado, quedó horrorizado y, al mismo tiempo, dolorido por lo que allí había pasado. Anunció que daba tres días de plazo a los que desearan ahorcarse [11] o quitarse de otro modo la vida. Y los abidenos volvieron a su acuerdo inicial. Juzgaron que habían sido traidores a los que lucharon y murieron por la patria, y ya no quisieron vivir más: sólo sobrevivieron los que tenían las manos encadenadas o impedidas de alguna [12] otra manera; todos los demás se lanzaron inmediatamente a la muerte, familias enteras.

[35 ] Tras la toma de Abido se presentaron en Rodas unos legados aqueos pidiendo a los rodios que hicieran las [2] paces con Filipo. Pero, inmediatamente después de éstos, llegaron unos embajadores romanos y les expusieron que no debían pactar con Filipo sin la anuencia de Roma. Los rodios decretaron ponerse de lado del pueblo de Roma y tener en cuenta su amistad.

Campaña de Filopemén contra Nabis 118

[36 ] Filopemén calculó las distancias de todas las ciudades aqueas entre sí y cuáles de ellas podían llegar a Tegea 119 siguiendo un [2] mismo camino. Por lo demás escribió cartas a todas las ciudades y las distribuyó de manera tal que las más distantes recibieran no sólo la suya, sino también las [3] correspondientes a las demás ciudades de su ruta. En las cartas primeras se escribía lo siguiente, dirigido a los comandantes: «Así que recibáis esta carta haced al punto que los que están en edad militar se reúnan todos en el ágora con sus armas, con víveres y dinero suficientes para cinco días. Cuando los presentes en [4] una ciudad estén ya reunidos recogedlos y conducidlos hasta la ciudad más próxima. Al llegar allí entregad la carta destinada al comandante local y seguid las instrucciones contenidas en ella.» En esta última [5] carta había escrito lo mismo que en las anteriores, variando solamente el nombre de la ciudad hacia la cual debían proseguir. Este procedimiento lo siguió [6] de ciudad en ciudad. Así, en primer lugar nadie supo para qué acción o para qué tentativa eran aquellos preparativos ni tampoco hacia dónde se marchaba, salvo a la ciudad próxima; nadie sabía nada, y todos, perplejos y tras recoger unos a otros, marchaban hacia adelante. Por el hecho de que las ciudades más [7] lejanas no distaban todas lo mismo de Tegea, la carta no fue entregada en todas ellas simultáneamente, sino a cada una al cabo de un tiempo proporcional a la lejanía. Todo ello hizo que ni los tegeatas ni los que iban [8] llegando conocieran el futuro, pero todos los aqueos se concentraron en Tegea con su armamento; afluían por todas las puertas.

Filopemén usó de esta estratagema y fue superior en [37 ] su concepción debido a la gran cantidad de escuchas y de espías que tenía contra el tirano. En el día en [2] que la gran masa de soldados aqueos debía reunirse en Tegea mandó a sus mejores tropas que pernoctaran en Selasia, y que al día siguiente, al romper el alba, invadieran Lacedemonia. Si los mercenarios que acudieran [3] a rechazarles les ponían en situación difícil, les ordenó replegarse hacia Escotita 120 , y que, por lo demás, se pusieran a las órdenes de Didascalondas el cretense 121 , pues confiaba en él y le había dado instrucciones para [4] toda la campaña. Éstos, pues, avanzaron animosos en cumplimiento de lo preceptuado; Filopemén ordenó a los aqueos cenar antes de la hora habitual, e hizo salir a las tropas de Tegea. Avanzó durante la noche a marchas forzadas, y al alborear situó su ejército en los parajes llamados de Escotita, a medio camino entre [5] Tegea y Lacedemonia. Al día siguiente los mercenarios apostados en Pelene 122 , así que los vigías dieron la señal de la penetración enemiga, acudieron a defender, y, como es su costumbre, establecieron un combate [6] cuerpo a cuerpo con el adversario. Según lo dispuesto, los aqueos se retiraron y los mercenarios les acosaron [7] con osadía y audacia. Pero llegaron ya al lugar de la emboscada. Los otros aqueos se levantaron, y en parte mataron y en parte apresaron vivos a sus rivales.

Filipo acucia a los aqueos contra los romanos

[38 ] Filipo viendo que los aqueos no estaban muy dispuestos a emprender una guerra contra los romanos, se empeñó por todos los medios en suscitar odio entre unos y otros.

De Asia

[39 ] Esto, nos lo atestigua Polibio de Megalópolis con sus palabras, pues en el libro decimosexto de su Historia escribe: Escopas, el general de Ptolomeo, avanzó hacia los lugares altos 123 en el invierno 124 y subyugó al pueblo judío.

[2] El asedio fue menos enérgico; Escopas cobró mala fama y se burlaban de él con insolencia.

[3] Polibio dice en el mismo libro: Escopas fue vencido por Antíoco, quien se apoderó de las plazas de Batana 125 , Samaría 126 , Abila, Gádara 127 ; al cabo de poco tiempo se le pasaron los judíos [4] que vivían junto al templo llamado de Jerusalén. De esto podríamos [5] hablar mucho más, especialmente por el esplendor de aquel templo, pero dejaremos para otra ocasión tratar el tema. (JOSEFO , Arqueología judía XII 3, 3.)

Fragmentos de localización incierta

Barbantio 128 , lugar junto a Quíos. [40 ] Polibio, libro decimosexto.

Gitta 129 , lugar de Palestina. Polibio, [2] libro decimosexto.

Hela 130 , territorio de Asia. Plaza comercial del rey Átalo. [3] Polibio, libro decimosexto.

Los insubres, pueblo itálico 131 . Polibio, libro decimosexto.[4]

Candasa, fortaleza de Caria. Polibio, libro decimosexto. [5]

Cartea 132 , una ciudad de la tetrápolis de Ceos. Sus habitantes [6] se llaman carteos. Polibio, libro decimosexto.

Mantua, ciudad de los romanos. El gentilicio es «mantuano». [7] Polibio, libro decimosexto 133 .

1 Filipo V de Macedonia. Estamos en el año 201 a. C. La guerra que sostienen Filipo V y Antíoco III se inscribe en el marco de las luchas de Roma para conquistar la hegemonía en tierras griegas. Cf. H. BENGSTON , Griechische Geschichte , Munich, 1950, págs. 447 y sigs.

2 Seguramente por la derrota que había sufrido en la batalla naval de Quíos, el año precedente, en liza contra Átalo de Pérgamo y los rodios. Véase n. 9.

3 El Niceforio de Pérgamo era un conjunto de templos, el más importante de los cuales estaba dedicado a Atenea. Este santuario estaba situado fuera del recinto amurallado; por eso, Filipo lo pudo demoler.

4 Cf. XXIII 5, 10. La ciudad, la actual Akhissar, era una población importante, a poca distancia del río Lico, cf. Grosser historischer Weltatlas , I, Munich, 1972, pág. 28.

5 Cf. XXI 10, 13. La llanura de Tebas estaba al E. del golfo de Ida.

6 Propiamente, «la aldea sagrada». La población estaba entre Tiatira y el río Hermo; en ella había un santuario de Ártemis.

7 Cf. V 45. General que sirvió activamente a Antíoco III el Grande. Derrotó a Molón (batalla de Apolonia, cf. el lugar citado), quien había usurpado el reino seléucida. También al servicio de este seléucida combatió en Magnesia contra los romanos (finales del 190 a. C.), pero fue derrotado, y él mismo entabló negociaciones con los vencedores. La batalla de Magnesia modificó decisivamente el mapa político del Asia griega.

8 Se refiere a un pacto secreto entre Filipo V y Antíoco III; cf. XV, 20.

9 En realidad, el desenlace de la batalla fue indeciso. Véase la discusión en F. W. WALBANK , A historical Commentary on Polybius , Oxford, 1957 y sigs., ad loc ., aunque BENGSTON , Geschichte , pág. 448, concede la victoria a Átalo y a los rodios por escaso margen.

10 De la ciudad de Quíos, capital de la isla del mismo nombre.

10 bis Estas naves ponteadas (cataphráctoi) se utilizaron desde el s. IV a. C. Los remeros iban protegidos por una cubierta en la que podían instalarse un centenar de soldados; frente a los catorce que llevaba una trirreme ateniense en la guerra del Peloponeso.

11 Que por aquel entonces dominaba. Cf. § 9 de este capítulo.

12 El navarco rodio. Sobre su excepcional figura política en Rodas, cf. XXX 5, 5.

13 Probablemente, unas islas pequeñas que hay delante del cabo Argenno, al SO. de la península de Eritrea, a ocho millas del cabo Poseidón, al S. de Quíos, actualmente cabo Asprokavo.

14 Sigue una laguna en el texto griego, insanable precisamente porque indicaba el número exacto de lanchas que había en la flota de Filipo.

15 La palabra griega correspondiente es pristēs , exactamente «pez espada», probablemente porque debía tener un cierto parecido con este animal por su espolón poco corriente en las naves de guerra.

16 Filipo V se había anexionado Samos hacía poco tiempo en virtud del pacto sirio-macedonio (cf. III 2, 8), pero perderá muy pronto su dominio, que pasará a la dinastía egipcia de los Ptolomeos, cfr. XVIII 1, 14.

17 Las trihemiolias eran lanchas comparables, en sus funciones, a las patrulleras actuales, para la custodia de las costas. Un hēmiólion era una nave, usada principalmente por piratas, que tenía dos bancos de remeros dispuestos de tal forma que la mitad del banco superior se podía remover para alojar el palo y la vela tras un abordaje. El trihēmiólion era una mezcla de trirreme y de hēmiólion por cuanto tenía la disposición de los remos de esta última y el resto como una trirreme. Este tipo de nave fue invención rodia. Cf. la nota 140 del libro V.

17 bis Desde la época de Alejandro Magno se sustituyó el tradicional navío de guerra, la trirreme, por la quinquerreme y otros de más remeros aún, como la hexera, la heptera y la octera. Tradicionalmente se ha considerado que la trirreme tenía tres filas superpuestas de remeros; en consecuencia, la quinquerreme tendría cinco, seis la hexera, siete la heptera y ocho la octera. Los problemas técnicos que planteaban las tres filas de remeros en la trirreme no han sido explicados satisfactoriamente; mucho menos si estas filas se ampliaban hasta ocho. Parece por ello sugestiva la teoría de que no se trataba de indicar con el numeral la cantidad de filas de remeros, sino el número de éstos que manejaban cada remo. Cf. F. E. ADCOCK , The greek and macedonian art of war , Univ. of California Press, Berkeley/Los Ángeles, 1967, págs. 31 y sigs.

18 Del primero no se sabe nada. El segundo fue delegado de su hermano Átalo en la conferencia con Filipo V y el cónsul Flaminino. Cf. XVIII 1, 3-4, 2.

19 Aquí el griego presenta una palabra (bíacha) que sólo sale aquí, de significado dudoso. Ni aun los diccionarios griegos más completos la registran; el sentido debe ser el anotado en la traducción.

20 Atacó una heptera, como veremos algo más abajo (§ 7).

21 Estas torretas servían para adelantar algo la línea de la borda, que era la de ataque, y seguramente podían desplazarse a lo largo de los flancos del buque.

22 El texto aquí aludido no se ha conservado.

23 El griego recubierto por esta traducción es oscuro: ¿qué significa «hacer bajar sus naves» (=amorrarlas) por el lado de proa? Quizás la proa era tan baja que los remos enemigos no llegaban a tocarla.

24 Es difícil precisar qué era un trierarco entre los rodios; algunas alusiones hacen pensar que tendría a su cargo la construcción y el mantenimiento de las naves de guerra.

25 Ciudad al fondo del golfo del mismo nombre, a la altura de la plaza de Quíos, en esta isla; la batalla naval se libró entre la isla y el continente.

26 Las fuentes históricas que ha usado aquí Polibio son claramente antimacedonias, pues las pérdidas de los aliados aquí reseñadas son ridículamente pequeñas.

27 Los editores del texto griego Hultsch y Walbank suponen aquí una laguna restituida erróneamente por Mabonio, quien comete una haplología (cf. final § 2). Pero otros editores opinan que la haplología no es razón suficiente para rechazar la restitución propuesta, que, efectivamente, llena una laguna.

28 Estos marineros no debían de ser macedonios, sino esclavos o mercenarios.

29 Esta captura de prisioneros por parte de los vencidos no es clara, y no se ve cómo la pudo exponer la fuente rodia que sirvió a Polibio. Cf. WALBANK , Commentary , ad. loc.

30 Cf. XV 1-8.

31 Después de la batalla de Lade, Filipo V invadió los territorios de Mileto y tomó la ciudad. Atacó inútilmente Cnido (XI, 1) y, desde ahí, se dirigió a Perea rodia, concretamente a Prínaso. La Perea rodia es la parte continental de Asia Menor (Caria y Licia) dominadas por Rodas, que la recibió en la paz de Apamea (188 a. C.) y la perdió en 167.

32 No sabemos contra qué plaza.

33 Aquí hay una laguna textualmente insanable, pero la referencia al golfo de Yaso (actualmente, de Mandalia) es segura. El nombre de golfo de Bargilia se le dio también por la ciudad del mismo nombre situada en su extremo occidental.

34 De perímetro.

35 Este templo fue muy conocido por una epifanía de la diosa que ahuyentó a un ejército romano. (Cf. M. NILSON , Geschichte der griechischen Religion , II, Munich, 1950, pág. 216.) Ésta es, por lo demás, una de las funciones típicas de la diosa, cf. P. GRIMALDI , Diccionario de mitología (traducción castellana de F. PAYAROLS ), Barcelona 1966, art. «Ártemis». Sobre la advocación «Astia» de Ártemis, no poseemos ninguna información, salvo que fue la divinidad principal y tutelar de Yaso.

36 Cf. la nota 44 del libro X.

37 Sobre la crítica polibiana a Teopompo, cf. la nota 12 del libro VIII y los lugares citados allí.

38 Estamos en los años 202/201.

39 Sobre Nabis, cf. XIII 6-8.

40 Cf. XIII 6, 4-8, 2.

41 En la parte conservada de este libro no se hace referencia para nada al tema, aunque tangencialmente se toca en la crítica que, seguidamente, se hace de Zenón y Antístenes.

42 Esparta, Etolia, Élide y Mesenia fueron aliados durante la primera guerra macedónica (cf. IX 28 y sigs.; 30, 6; 31, 3), y esta alianza continuó con carácter exclusivamente defensivo después de que Etolia hubo hecho la paz con la «alianza griega». Las guerras denominadas genéricamente macedonias responden a la opresión que para Macedonia representó el firme establecimiento romano al otro lado del Adriático. Filipo V se alió con Aníbal (año 215), y esto desencadenó la primera de estas guerras (215-205 a. C.). Cartago y Macedonia no lograron coordinar sus fuerzas ni sus acciones, mientras que Roma explotó hábilmente las disensiones internas de los griegos. Filipo V apoyó enérgicamente la «alianza griega», pero no logró evitar que Etolia firmara, en el año 206, una paz por separado con Roma. Esta primera guerra concluye con la paz de Fénice, población del Epiro, firmada por Filipo V y los romanos en el 205.

43 Zenón de Rodas, contemporáneo de Polibio, algo mayor que él. Su obra en quince libros Chronikḗ Syntáxis se ocupó de la historia de su isla natal, pero trató la historia extranjera en cuanto condicionaba la de Rodas. Se interesó por lo que hoy llamaríamos historia de la cultura. Como veremos en seguida, Polibio le reprocha inexactitudes y un cierto patrioterismo. De Antístenes de Rodas, contemporáneo del anterior, se sabe mucho menos. Escribió una Historia de Rodas (Rodiaká) e Historias de filósofos . Diógenes Laercio da trece citas de él.

44 De Lade y de Quíos.

45 «Distinción» traduce el término griego diastolḗ y pertenece a la terminología estoica.

46 Es decir, no son profesionales de la historia, como tampoco lo es Polibio, a quien repugnan los que se dedican por oficio a la composición de historias. Cf. XII 25, 3, y aquí mismo, algo más abajo, § 8.

47 El término náutico «bandola» parece el más ajustado para traducir el griego dólōn ; se trataba de un mástil pequeño con una vela, normalmente abatido; si se levantaba, ello era señal de retirada, tanto es así que la locución: «izar la bandola», llegó a significar simplemente «retirarse».

48 El puerto de Mindo, hoy Gümüslük, en el extremo sur de la península de Halicamaso.

49 Posiblemente, Filipo entró en Mileto.

50 El texto griego dià tḕn éphodon es muy ambiguo: Schweighäuser da una traducción latina urbem ingressus , que debe significar «que atacaron la ciudad». HOLLEAUX (citado por WALBANK , Commentary , ad loc.) traduce «on account on their attack» (i. e ., de Lade). Lo mismo PATON: «for his brilliant attack», que cita la variante posible de SCHUCKBURG: «on his entrance to their territory». Hay un paralelismo con el lugar XI 24, 3, en el que el término éphodos significa «ataque», «invasión» previsible. De modo que la interpretación de Schuckburg parece la más probable.

51 Heraclides, almirante de Filipo V; cf. XIII 4, 1.

52 Eran documentos oficiales (epistolaí) que quedaban archivados en el pritaneo de Rodas.

53 Esta ruptura tuvo lugar en el año 201 a. C.

54 Estos nombres propios nos son en su mayoría desconocidos. Con todo, Selasia debe de ser la población llamada actualmente Hagios Konstantinos, unos diez kilómetros al N. de Esparta; Talamas estaba en el golfo de Mesenia, al O. del Taigeto, la actual población de Svina.

55 Hay dos ríos con este nombre en Mesenia (ESTRABÓN , VIII 344). Uno es una pequeña corriente (hoy el río Milea) que fue, seguramente, el límite entre Mesenia y Esparta en tiempos de Filipo II; el otro se llama todavía hoy Pámiso, es cl más caudaloso de Mesenia y riega la llanura mesenia. La referencia a Faras demuestra que el historiador Zenón se refería a este último. Faras es la actual Kalamata, a orillas del Pámiso.

56 Ésta es una ruta absurda, propuesta por Polibio para evidenciar la informalidad de Zenón. Los lugares citados son bien conocidos. Contoporia es una montaña entre Corinto y Argos.

57 Es el actual Castro de Santa Elena, en el curso del Alfeo, más abajo de su confluencia con el río Lusio.

58 Aquí el códice Turonense señala una laguna de extensión imprecisable, pero, en todo caso, muy amplia.

59 El asedio de Gaza y la batalla de Pamio tuvieron lugar en la quinta guerra siria, en el año 201 a. C., pero del desarrollo de esta contienda no sabemos prácticamente nada. Cf. BENGSTON , Geschichte , pág. 448. En ella luchó Antíoco III contra Ptolomeo Lágida y se anexionó buena parte del S. de Siria.

60 El topónimo Panio se refiere a la divinidad Pan que tiene poco que ver con el Pan griego, arcadio; es una divinidad semítica cuyo lugar de culto principal estaba en una gruta no lejos de las fuentes del Jordán, al pie del monte Hermón.

61 Cf. XV 25, 16.

62 Aquí empieza la descripción de la situación de las fuerzas de Antíoco III.

63 Su madre fue Laódice; había nacido en el 220 a. C. y, desde el 209, compartía el reino con su padre.

64 Quizás sea el Jordán en los primeros tramos de su curso.

65 Es la traducción exacta: los caballos iban protegidos por unos petos de bronce.

66 El que más tarde será Antíoco IV Epífanes (175-163 a. C.). Pero tuvo un hermano mayor que él, al que sucedió, Seleuco IV (187-175 a. C.). Cf. XXXI, 2, 1-2.

67 Sobre Antípatro, cf. V 79, 12; sobre los tarentinos, IV 77, 7.

68 Se trataba, seguramente, de un macedonio al servicio de Egipto.

69 Reclutados por Escopas, cf. XV 25, 16.

70 El término griego aquí no es seguro; una variante textual da el sentido de «en capacidad de maniobra».

71 Cita este fragmento E. R. LEHMANN , «Polybios und die griechische Geschichte», en Polybe. Neuf exposées , Vandoeuvre, Ginebra, 1974, pág. 163, para documentar la seriedad con que Polibio, frente a otros autores como Timeo, tomaba su cometido de historiador. Del lugar aquí anotado concluye Lehmann que el estilo y el modo de Timeo, atractivos, pero poco serios, se habían ganado a la mayoría de historiadores contemporáneos, lo que Polibio reconoce con un cierto malhumor y con un fuerte desdén. Seguramente este libro XVI fue redactado o refundido por Polibio tardíamente; nuestro historiador no se preocupa del contraste de su tono aquí con las seguras afirmaciones del segundo proemio de su obra, III 5, 8 y sigs., donde se asegura que, en el caso de que la obra polibiana quede interrumpida por la muerte de su autor, no faltarán autores fascinados por ella que le den cumplido término. Este Polibio de III 5, 8 es comparable a la figura del «savant» ilustrado del s. XVIII , con un irreprimible optimismo. Pero, seguramente, este primer intento de historia universal no ha sido entendido por el mundo intelectual griego contemporáneo ni siquiera en vida de su autor, lo que ha ocasionado en éste un duro pesimismo.

72 Esta referencia a una relación epistolar de Polibio con uno de sus colegas y oponentes da pie al profesor MUSTI , en su artículo «Polibio e la storiografia romana», en Polybe. Neuf exposées , pág. 125, para establecer que, a partir del libro XVI, la cuestión de las fuentes de las que se ha servido Polibio para redactar su obra se complica, porque desde aquí entran relaciones personales e informes privados por escrito.

73 Estamos en la historia de Egipto en el bienio 202/201. Sobre Tlepólemo, cf. XV 25, 25-29.

74 Cf. XV 32, 6-11.

75 El término «fe» equivale al latín fides y debe ser tomado en el sentido ético y político en que lo entendía aquella sociedad, el de una fidelidad jurada.

76 Frases como ésta, que desde ahora aparecen con frecuencia en el texto polibiano, pertenecen a los epitomadores que realizaron la selección de Polibio.

77 Cf. V 68, 2.

78 Bienio 201/200 a. C.

79 No podemos precisar de cuál se trata.

80 Sobre Sífax, cf. XI 24. TITO LIVIO da una versión distinta sobre su muerte, XXX 45, 4-5: «La muerte sustrajo a Sífax más a un espectáculo de las masas que a la gloria de un triunfador, pues murió en Tíbur, a donde había sido trasladado desde Alba Longa.»

81 Otoño del año 201. Se continúa la narración de la campaña de Filipo V. Tras tomar Yaso, Filipo toma Bargilia, también en el golfo de Yaso.

82 Publio Sulpicio Servio ya había sido cónsul en el año 211 y, en calidad de tal, tomó parte en la primera guerra macedonia (VIII 1, 6); en el año 200 a. C. es elegido cónsul por segunda vez.

83 Una vida de lobo, cf. XV 20. El refrán es popular, confrontar C. WUNDERER , Polybios-Forschungen , Leipzig, 1898, reproducción fototípica, Aalen, 1969, pág. 14, donde se afirma que la aplicación a Filipo no es originaria de Polibio, sino de la fuente que éste utilizó. Aunque Polibio rechaza el ampuloso estilo de Timeo, cargado de citas y de refranes, él mismo no los desdeña, aunque en el uso de este material es más parco y acertado. Cf. C. WUNDERER , Zitate und geflügelte Worte bei Polybios , Leipzig, 1909, reproducción fototípica, Aalen, 1969, página 3.

84 Milasa: plaza del SO. de Asia Menor; bajo el dominio de los seléucidas gozó de libertad prácticamente total; en la paz de Apamea entre Antíoco III y los romanos (188 a. C.), fue declarada ciudad libre de tributos (oppidum liberum) . Fue un emporio comercial.

85 Alabanda: plaza situada en la margen izquierda del río Marsias (hoy Tschina-Tschai), en el centro de Caria. Esta ciudad hoy se llama Arabhissar.

86 Magnesia, ciudad jonia al pie del monte Tórax, no lejos del río Meandro; para ver el emplazamiento exacto de las ciudades, cf. Weltatlas , I, 22/23 K 4, 5.

87 En XXII 14, 7 y XXIII 1, 5, este Filocles aparece como un estrecho colaborador de Filipo V.

88 Miunte: ciudad portuaria jonia en la desembocadura del río Meandro (hoy Büjük Menderes) en el golfo de Latmos.

89 Estamos en abril del año 200 a. C.

90 Es decir, por su acción en apoyo de los rodios contra las naves de Filipo.

91 En la guerra que acababa de terminar; cf. IX 30, 7; X 41, 1... La palabra griega traducida exactamente por «colaboración» es, más bien, vaga y no incluye necesariamenté una alianza.

92 El puerto principal de Atenas subiendo desde el Pireo. Este barrio ateniense fue muy conocido por su cerámica, de la cual hay piezas importantes en el museo arqueológico del Pireo.

93 Desdoblando para ello una tribu en dos, según cuenta ESTEBAN DE BKANCIO , s . v .; los atenienses, además, cambiaron el nombre de un demo, al que llamaron Apolonieo, según el nombre de Apolonia, la esposa de Átalo.

94 Sobre esta igualdad cf. II 46, 2.

95 La isla más próxima de las Cícladas al continente griego, patria de los famosos poetas Simónides y Baquílides.

96 Se trata de la segunda guerra macedonia entre Filipo V y los romanos (200-197 a. C.).

97 Cf. XX 24, 1.

98 Nicanor, apodado «el elefante», XVIII 24, 2. Morirá el año 160 en lucha con los judíos (1 Mac 3, 38).

99 Un suburbio de Atenas, aproximadamente a un kilómetro de la puerta del Dipilón. Era famoso por su santuario de Atenea en el que había plantados once olivos sagrados y se habían levantado once altares. No estaba lejos la Academia platónica.

100 A ningún griego del continente, significación habitual en Polibio cuando cita, simplemente, a «los griegos».

101 Cf. II 5, 7.

102 Rey de Atamania, pequeña región continental entre Etolia, Epiro, Macedonia y Tesalia, que, desde el año 200 a. C., peleó a favor de los romanos. Cf. XXIX 6-8, 14.

103 Este símil es platónico, y de PLATÓN debe haberlo tomado Polibio, cf. República 613c. No lo encuentro registrado en WUNDERER , Zitate ...

104 Sesto, ciudad emplazada en el Quersoneso Tracio frente a Abido; las dos ciudades están enlazadas por la leyenda de Hero y Leandro. Homero la cita ya en el Catálogo de las naves . En el 190 a. C., los romanos la conquistan y la incorporan al Imperio romano. Abido está situada en el lugar más estrecho de los Dardanelos. También viene citada en el Catálogo homérico de las naves. En el año 200 a. C., opuso resistencia a Filipo V, pues la ciudad se había aliado con los romanos. A principios del s. XIX la hizo famosa un célebre poema de LORD BYRON , La novia de Abido .

105 Para la Propóntide, cf. IV 39, 2. Para ver exactamente la situación, Weltatlas , I, 22/23 A IK2.

106 Mientras Polibio indica sólo, con leve error, la anchura del estrecho de Gibraltar, sesenta estadios, 11 km., cuando la distancia de la punta de Gibraltar a Ceuta es de 14, en cambio nuestro historiador yerra claramente la anchura del Helesponto en el lugar indicado, pues dos estadios son unos 300 m., cuando la distancia real es de 2 km.

107 El Océano Atlántico.

108 Polibio se refiere al conocido paso del ejército de Jerjes (HERÓDOTO , VII 33).

109 Los cabos de Sesto y Cinosema (hoy Nágara y Kilid Bahr, respectivamente). El puerto es el actualmente llamado Nágara Limán.

110 Pausanias recuerda la acción en que los focenses expulsaron a los tesalios de su territorio. Para ello, inutilizaron la caballería tesalia cubriendo el paso de Hiámpolis con ánforas ardientes. Luego asesinaron a los oficiales tesalios que tenían en su poder y a sus propios compatriotas que habían simpatizado con los tesalios, por lo que éstos mataron a los rehenes focenses, y determinaron aniquilar a los focenses, hombres, mujeres y niños. Entonces los focenses tomaron una decisión similar a la de los abidenos, que no llegaron a poner en práctica porque, en último término, derrotaron a los tesalios.

111 Cf. IX 40, 4-6.

112 Polibio debió de narrar la historia aludida a los focenses, pero, en cualquier caso, su narración no nos ha llegado.

113 Hay laguna en el texto, pero se subsana felizmente por el lema del escolio; sin embargo, Büttner-Wobst restituyen «[golpeaban con]».

114 Isla de población doria, frente a la costa de Lidia, en Asia menor.

115 Antíoco III y Ptolomeo V Epífanes.

116 Aquí, Tito Livio traduce literalmente a Polibio, pero añade esta frase inexistente en la tradición manuscrita griega, por lo que los editores del texto griego han indicado aquí una laguna y la han subsanado a base del texto latino de Tito Livio.

117 El tratado de Fénice. Cf. la nota 43 de este mismo libro.

118 Estamos en el año 200 a. C.

119 Plaza situada en el centro de Arcadia, al NE. de Megalópolis.

120 Un robledal que se extendía a ambos márgenes del río Eno (hoy Kelefina).

121 Sin duda alguna, un mercenario al servicio de los aqueos.

122 Cf. nota 188 del libro IV.

123 Los «lugares altos» tienen una indudable resonancia semítica (bíblica), lo que hace pensar que aquí Polibio habrá usado una fuente judía.

124 En el invierno de los años 201/200 a. C.

125 Batana es la región de Basan bíblica. Dt 3. 10, no lejos del monte Hermón; su capital era Adra.

126 La región y la población de Samaria son bien conocidas por la Biblia; separaba la Judea y la Galilea, al O. del Jordán.

127 Abila y Gádara, cf. V 71, 2-3.

128 O, quizás, Brabantio: la grafía es insegura en la fuente textual griega. Como sea, ignoramos su localización.

129 Gitta es la ciudad que en 2Re 14, 25 se llama Gat-Efer, en Galilea; allí fue incinerado un profeta Jonás que no es el del mismo nombre que escribiera la profecía canónica.

130 Hela, corrupción por Elea. Este topónimo se da dos veces en Grecia: a) en el Epiro, al N., en la margen derecha del río Eleo, y b) en la costa misia, en el Asia Menor, en el golfo que lleva el mismo nombre, en la Eólide. La referencia de Polibio debe ser, más bien, a esta segunda.

131 Cf. nota 54 del libro II.

132 Cfr. nota 95 de este mismo libro.

133 Del libro XVII de las Historias de Polibio no nos queda ningún fragmento, ni ninguna noticia acerca de su contenido.

LIBRO XVIII

(FRAGMENTOS)

La conferencia de Lócride 1 y sus consecuencias

[1 ] Al llegar el tiempo fijado, saliendo de la Demetríade, Filipo se presentó, tras algún tiempo de navegación, en el golfo Malíaco 2 ; [2] llevaba consigo cinco lanchas y otro buque de guerra en el que viajaba él mismo. Le acompañaban los escríbanos [3] macedonios Apolodoro y Demóstenes 3 , Bráquiles 4 de Beocia y Ciclíadas el aqueo, expulsado del Peloponeso por las causas que dijimos antes. Acompañaban [4] a Tito Quinto Flaminino: el rey Aminandro 5 ; Dionisodoro 6 , en representación de Átalo; de las ciudades y los linajes aqueos, Aristeno 7 y Jenofonte; de Rodas, el almirante Acesímbroto 8 ; de los etolios, el general Feneas 9 , y muchos otros políticos 10 . Flaminino [5] y sus hombres se acercaron al mar por Nicea, y se situaron en la misma playa. Filipo se aproximó a tierra, pero se quedó mar adentro. Cuando Flaminino le invitó [6] a desembarcar, Filipo, de pie en su nave, repuso que no lo haría. El romano le preguntó que a quién temía, [7] y Filipo declaró que él no temía a nadie, sino a los dioses 11 , pero que desconfiaba de casi todos los que [8] estaban allí, principalmente de los etolios. Extrañado el general romano, le hizo observar que el riesgo y la oportunidad eran idénticos para todos. Filipo le interrumpió [9] y le aseguró que no hablaba en razón, pues si a Feneas le pasaba algo, los etolios disponían de muchos más generales, pero que, si Filipo moría, de momento no había quien pudiera ser rey de Macedonia. [10] A todos les pareció que la conferencia empezaba de un modo algo inoportuno, pero, sin embargo, Flaminino instó a Filipo a que manifestara lo que le había movido [11] a acudir. Filipo objetó que no era él a quien correspondía hablar, sino al romano, por lo que rogaba a Flaminino que expusiera lo que se debía hacer para salva [12] guardar la paz. El general romano explicó que lo que [13] él debía señalar era claro y simple. Exigía que Filipo se retirara inmediatamente de toda Grecia, que entregara a sus ciudades respectivas los prisioneros y los [14] desertores que retenía, que cediera a los romanos las partes de Iliria que dominaba, aquellas de que se adueñó después del tratado del Epiro. Igualmente, debía restituir a Ptolomeo todas las ciudades que se había anexionado tras la muerte de Ptolomeo Filopátor 12 .

[2 ] Flaminino, pues, dijo esto y luego guardó silencio, se volvió a los demás y les invitó a exponer, uno a uno, las órdenes que les habían conferido los que les [2] enviaban. El primero que tomó la palabra fue Dionisodoro, el comisionado por Átalo, quien dijo que Filipo debía devolver las naves apresadas en la rota de Quíos y, con ellas, las dotaciones. Debía, además, restaurar el templo de Afrodita y el Niceforio, que había destruido. [3] Tras éste habló Acesímbroto, el almirante rodio, quien exigió de Filipo la evacuación de Perea 13 , de la que les había despojado, y que retirara las guarniciones de Yaso y de las ciudades de los bargilios y de los euromeos. Demandó, además, la reintegración de los [4] perintios 14 a la confederación de Bizancio y el desalojo, por parte de los macedonios, de Sesto, Abido y de todos los mercados y puertos sitos en Asia. Después de [5] los rodios los aqueos pidieron Corinto y la ciudad de Argos, ambas sin destrozos. Y, por último, los etolios [6] solicitaron, primero, que Filipo abandonara todo el territorio griego, demanda que ya habían hecho los romanos; en segundo lugar, que les restituyeran intactas las ciudades que antes habían pertenecido a la confederación etolia.

Tras expresarse en estos términos el general etolio [3 ] Feneas, participó Alejandro, de sobrenombre Isio 15 , hombre que parecía práctico y hábil orador, y aseguró que ni ahora Filipo buscaba lealmente la paz ni hacía [2] la guerra con nobleza, si era preciso hacerla: en las reuniones y conferencias ponía asechanzas, espiaba y se comportaba como si estuviera en guerra, pero en la guerra misma su conducta era inicua y muy vil. En [3] efecto, en vez de oponerse al enemigo frente a frente, solía retirarse pegando fuego a las ciudades y robando en ellas a mansalva; esta conducta le humillaba y ofendía las armas de los vencedores 16 . No había sido ésta [4] la conducta que se habían propuesto los reyes macedonios anteriores, sino la contraria. Luchaban entre sí casi siempre en descampado; pocas veces arrasaban o [5] destruían una ciudad. La guerra que por el dominio de Asia se hicieron Alejandro y Darío convertía en notoria para todos su afirmación, decía este Alejandro, y también la disputa entre los diádocos, guerra en la que todos pelearon contra Antíoco por la posesión de Asia. [6] No de otro modo también los sucesores de éstos hasta [7] Pirro fueron del mismo parecer: guerreaban entre ellos preferentemente en campo abierto y se esforzaban de verdad en dirimir sus diferencias mutuas por las armas; las ciudades, las respetaban por su convicción de que los vencidos estimaban mucho esto en sus vencedores. [8] Pero destruir lo que ha sido causa de la guerra, para luego desistir de ella, es de locos, de locos de remate. [9] Y es lo que ahora realiza Filipo, pues ha destruido grandes ciudades en Tesalia siendo su amigo y aliado. Fue en aquella ocasión en que se replegó a marchas forzadas de los desfiladeros del Epiro 17 : arruinó tantas ciudades como jamás habían destruido los [10] que antes guerrearan contra los tesalios. Después de añadir muchos más ejemplos en abono de su tesis, [11] acabó preguntando a Filipo ¿por qué, cuando Lisimaquia 18 pertenecía a la liga etolia y tenía un gobernador militar nombrado por ésta, le expulsó y retuvo la ciudad [12] con una guarnición macedonia?, ¿por qué, si él era amigo de los etolios, saqueó la ciudad de los cianeos, adiados con ellos? ¿Con qué explicación retiene ahora Equino 19 y Tebas 20 , Ptía 21 , Farsalo y Larisa? 22 .

Alejandro Isio dijo esto y se calló. Filipo se acercó [4 ] a tierra más de lo que estaba antes y, de pie en su navío, aseguró que Alejandro les había echado un discurso etolio, puro teatro. Dijo que todos eran muy [2] conscientes de que a nadie le gusta aniquilar a sus propios aliados, pero que hay ocasiones en que las circunstancias fuerzan a los comandantes a hacer muchas cosas contra sus propias convicciones. El rey estaba [3] todavía diciendo esto cuando Feneas, que era muy corto de vista, atajó a Filipo reprochándole que decía cosas absurdas, «porque es preciso —añadió— o vencer [4] en la batalla o hacer lo que indican los más fuertes». Filipo, puesto en ridículo no rehuyó, sin embargo, evidenciar su natural; se volvió y dijo: «Esto, Feneas, lo ve incluso un ciego»; porque este rey macedonio era agudo y muy hábil en tomar el pelo a los demás. Y, vuelto otra vez hacia Alejandro, prosiguió: «Me [5] preguntas, Alejandro, por qué ocupé Lisimaquia. Pues [6] para evitar que por vuestro descuido los tracios raptasen a sus habitantes, que es lo que ha ocurrido cuando yo por la guerra de ahora he retirado de allí a mis soldados, que no la ocupaban con la intención que tú insinúas, sino que la protegían. Jamás hice la guerra a los [7] cianeos, pero, al hacérsela Prusias, yo acudí en ayuda de aquél y los aniquilé, aunque la culpa fue vuestra. Porque muchas veces yo mismo, y también los demás [8] griegos, os enviamos embajadas requiriéndoos que suprimierais de vuestra legislación la ley que os faculta para tomar como botín lo que ya lo es de otros 23 , pero vuestra respuesta fue que antes quitaríais Etolia de Etolia que suprimir esta ley.»

[5 ] Tito Flaminino se extrañó de esto, y el rey intentó explicárselo diciéndole que los etolios tienen una ley consuetudinaria por la cual no sólo hacen botín de las personas y el territorio de aquellos contra quienes están [2] en guerra, sino que, dado el caso de que otros pueblos guerreen entre sí, aunque sean amigos y aliados de los etolios, nada priva a éstos de ayudar sin un decreto público a los dos bandos en conflicto y anexionarse [3] territorios de ambos. Aclaró que entre los etolios ni la amistad ni la enemistad tienen límites precisos, sino que son rivales y enemigos declarados de [4] todos los que se disputan algo. «¿Cómo pueden ahora acusarme precisamente éstos de que, siendo yo amigo de los etolios y aliado de Prusias, hice algo contra los [5] cianeos? ¡Ayudé a mi aliado! Pero lo más intolerable es que vosotros, que os equiparáis a los romanos, exijáis que los macedonios se marchen de toda Grecia. [6] Decir esto es, ciertamente, una gran fanfarronada, que si proviene de los romanos es aún soportable, pero [7] no, si de los etolios. ¿De qué parte de Grecia me expulsáis? ¿Qué límites ponéis a Grecia? ¡Si la mayoría de etolios no son griegos! Ni el linaje de los agreos 24 , ni el de los apodotes, menos todavía el de los anfiloquios, son griegos. ¿Me concedéis licencia para quedarme en estos territorios?»

Tito Flaminino se echó a reír. Filipo prosiguió: «A los [6 ] etolios, básteles esto. A los rodios y a Átalo les digo que un juez imparcial juzgaría más justo que ellos me devolvieran mis naves y prisioneros que no yo a ellos. No fui yo el primero en atacar a Átalo y a los rodios; [2] la cosa es conocida. Ahora bien: si tú lo pides, restituiré Perea a los rodios y a Átalo sus naves y los prisioneros supervivientes. Ni el Niceforio derribado ni el [3] recinto de Afrodita, soy capaz de reconstruirlos, pero mandaré plantas y hortelanos que tendrán cuidado del lugar: harán crecer los árboles ahora talados.» Tito [4] Flaminino se rió otra vez de aquella chanza; Filipo pasó [5] a los aqueos y, primero, enumeró los favores que habían recibido de Antígono 25 y, después, los de él mismo; a continuación adujo la magnitud de las honras que los aqueos le habían conferido. Finalmente, leyó [6] el decreto por el cual habían decidido abandonarle y pasarse a los romanos, cuyo texto utilizó como excusa para hablar muy duramente contra la ingratitud y la perfidia aqueas. Y a pesar de todo aseguró que les devolvería [7] Argos; en cuanto a Corinto, lo deliberaría con Tito Flaminino.

Tras decir esto a los demás, se dirigió a Tito Flaminino [7 ] y le preguntó (aclarándole que ahora su palabra era para él y para los romanos) si debía desalojar sólo las ciudades y los territorios griegos que había conquistado o también lo que había heredado de sus mayores. Ante el silencio del romano estaban prestos a contestar [2] Aristeno por los aqueos y Feneas por los etolios. Pero ya anochecía, circunstancia ésta que interrumpió [3] las conversaciones. Filipo sugirió que todos escribieran las condiciones en que se debía hacer la paz y que se [4] las entregaran. Él estaba solo y no tenía con quien deliberar: por eso quería reflexionar a fondo sobre [5] lo que se le pedía. Tito Flaminino oía muy a gusto las agudezas de Filipo, pero no quería que los demás lo notaran, por lo que a su vez habló jocosamente al macedonio, y le dijo así: «Es lógico, Filipo, que estés solo, pues has asesinado a los amigos que mejor te podían aconsejar» 26 . El macedonio sonrió maliciosamente, pero no contestó.

[6] Y entonces, después de los alegatos, todos dieron a Filipo por escrito sus reivindicaciones y decidieron que, [7] al día siguiente, se encontrarían de nuevo en Nicea. En la hora establecida de aquella jornada, Flaminino y sus acompañantes estaban en el lugar señalado, pero Filipo no se presentó.

[8 ] El sol había avanzado ya mucho y Tito Flaminino y sus edecanes ya no lo esperaban casi, cuando Filipo compareció al atardecer; se presentó acompañado de [2] las mismas personas que el día anterior. Había empleado tanto tiempo, afirmó, apurado por la dificultad de las demandas que se le hacían, aunque los demás estaban convencidos de que quería excluir la oportunidad de una acusación contra él por parte de los aqueos [3] y de los etolios. Efectivamente, en el día anterior, en el momento de irse, Filipo había observado que ambos deliberaban entre sí y que estaban dispuestos a hacerle [4] reproches. Entonces se acercó y pidió al general romano hablar privadamente con él acerca de la situación: así aquello no quedaría en una escaramuza verbal entre ambas partes, sino que se pondría un fin auténtico a [5] la discusión. Lo suplicó y demandó muchas veces, y Flaminino preguntó a sus acompañantes qué debía hacer. [6] Éstos le aconsejaron la entrevista y escuchar qué era lo que decía. Entonces Flaminino se hizo seguir de Apio Claudio, tribuno militar, ordenó a los demás que se retiraran un poco de la playa y que permanecieran allí, e invitó a desembarcar a Filipo. El rey tomó consigo [7] a Apolodoro y a Demóstenes y bajó a tierra. Fue al encuentro de Flaminino y dialogó con él largo rato. Es difícil establecer lo que allí hablaron uno y otro, [8] pero, a su regreso, Flaminino expuso a los demás los ofrecimientos del rey: devolvería a los etolios Farsalo [9] y Larisa, pero no Tebas. Cedía a los rodios Perea, pero no se retiraría de Yaso ni del territorio de los bargilios. Entregaría a los aqueos Corinto y Argos. Aseguraba [10] que entregaría a los romanos sus posesiones de Iliria y los prisioneros, y que restituiría a Átalo sus naves y cuantos supervivientes quedaran de las batallas navales 27 .

Todos los presentes 28 estaban descontentos de las [9 ] condiciones de paz ofrecidas e insistían en que, primero, Filipo debía cumplir la demanda exigida unánimemente, esto es, retirarse de toda Grecia, pues de lo contrario discutir los puntos uno por uno era vano y no conducía a nada. Filipo se apercibió de que entre ellos había [2] desacuerdo, pero al propio tiempo temía verse acusado, de modo que rogó a Tito Flaminino que difiriera la reunión hasta el día siguiente, porque ya era tarde e iba a caer la noche; él convencería o se dejaría convencer acerca de sus demandas. El romano se mostró [3] de acuerdo y determinaron acudir todos a la playa de Tronio 29 . Se separaron y, al día siguiente, acudieron todos puntualmente al lugar señalado. En un breve parlamento, [4] Filipo recomendó a todos, pero principalmente a Tito Flaminino, que no rompieran las negociaciones ahora, cuando los ánimos de la mayoría estaban ya [5] embargados del afán de paz y de concordia, a ver si por ellos mismos llegaban a un acuerdo acerca de los puntos en litigio. De lo contrario prometió que enviaría una misión al senado romano para convencerle acerca de aquel contencioso. Y si no lo lograba, él obedecería [6] lo que se le mandara. Filipo, pues, hizo esta proposición, pero todos dijeron que estas demandas eran inaceptables, por lo que se debían hacer preparativos [7] bélicos. Con todo, el general romano observó que, aunque también a él le parecía muy poco probable que [8] Filipo cumpliera alguno de aquellos ofrecimientos, sin embargo, la gracia solicitada por el rey no era obstáculo a sus propias operaciones, de modo que manifestó [9] que era factible concedérsela. Explicó, además, que sin el consentimiento del senado romano resultaba imposible que algo de lo dicho allí entrara en vigor 30 . Y añadió que era una época muy oportuna para explorar [10] la voluntad de los senadores: en efecto, era invierno y los ejércitos no podían maniobrar, de manera que aquel tiempo no sólo no era inapropiado, al contrario, era el más apto para todos para trasladar al senado romano una consulta acerca de la situación.

[10 ]Muy pronto estuvieron todos de acuerdo, porque veían que a Tito Flaminino le interesaba el recurso [2] al senado. Tomaron la resolución de permitir a Filipo enviar una legación a Roma, pero decidieron, igualmente, mandar también todos ellos embajadores que hablaran ante el senado romano acusando a Filipo.

[3] La cosa discurría según los cálculos iniciales y la intención de Tito Flaminino en la reunión. Urdió, pues, lo que seguía en sus proyectos: aseguró con cuidado su propia posición y no cedió ninguna ventaja a Filipo, pues estableció una tregua de dos meses 31 , le indicó [4] que en este tiempo debía enviar su embajada a Roma y le ordenó retirar inmediatamente las guarniciones que tenía en Fócide y en Lócride. Organizó también celosamente [5] la defensa de sus propios aliados, para evitar que durante este tiempo los macedonios le infligieran mal alguno. Comunicó todo esto a Filipo por escrito, [6] pero desde entonces fue ya cumpliendo sus propios proyectos personalmente. Envió sin tardanza a Aminandro [7] a Roma porque conocía su ductilidad y sabía que se amoldaría a los amigos que él tenía allí por doquier que le llevaran; además causaría gran impacto e impresión por su título de rey. Y, luego, mandó [8] a los que propiamente eran sus emisarios, Quinto Fabio, que era sobrino de su esposa, y Quinto Fulvio; les acompañaba Apio Claudio apodado Nerón. Los embajadores [9] etolios eran Alejandro Isio, Damócrito Calidonio 32 , Dicearco de Triconio, Polemarco de Arsínoe, Lamio de Ambracia y Nicómaco, un acarnanio de los [10] refugiados de Turios 33 que residían en Ambracia, Teodoto de Feras, un exilado de Tesalia residente en Estrato. Los aqueos delegaron a Jenofonte de Egio 34 , y el [11] rey Átalo sólo a Alejandro. Los atenienses remitieron una delegación encabezada por Cefisodoro.

Todos éstos se presentaron en Roma antes de que el [11 ] senado tomara acerca de los cónsules nombrados para aquel año la decisión de si debían ser enviados ambos a la Galia o se consideraba preciso mandar uno de los [2] dos contra Filipo. Cuando los amigos de Tito Flaminino vieron ya con certeza que ambos cónsules iban a quedarse en Italia por el riesgo que representaban los galos, hicieron entrar en el senado a todos los enviados [3] griegos a la vez y acusaron duramente a Filipo. Las inculpaciones eran por el estilo de las que formulaban [4] personalmente al rey, pero tuvieron buen cuidado de procurar inculcar al senado que era imposible que los griegos tuvieran idea de lo que es libertad si Calcis, Corinto y Demetríade se veían sometidas por el macedonio. [5] Pues aseguraban que era demasiada verdad lo que el propio Filipo había dicho, a saber, que las citadas plazas eran las cadenas de Grecia. ¡Interpretación [6] exacta! Y los peloponesios no podían ni tan siquiera respirar mientras hubiera en Corinto una guarnición real; ni los locros ni los beocios ni los focenses podían permanecer tranquilos mientras el rey retuviera [7] Calcis y el resto de la isla de Eubea. Y menos todavía los tesalios y los magnesios iban a gustar la libertad, si Filipo y sus macedonios continuaban en [8] Demetríade. Por eso, la retirada de Filipo de los otros lugares era una simulación para salir bien parado de un trance difícil. «Pero cuando le apetezca someterá de nuevo a los griegos por el mero hecho de dominar [9] los lugares indicados.» De ahí que solicitaran del senado que, o bien forzara a Filipo a evacuar todas estas plazas, o se confirmara en la decisión de hacerle una [10] guerra sin cuartel. Y lo más duro de esta guerra ya estaba hecho, pues los macedonios ya habían sufrido dos derrotas 35 y, por tierra, se les había interceptado [11] la mayoría de los aprovisionamientos. Decían esto, y exhortaban al senado a no defraudar a los griegos en sus esperanzas de libertad y a no privarse ellos mismos del más bello título de gloria. Los embajadores [12] griegos, pues, decían estas cosas y otras semejantes; los de Filipo se habían preparado para hacer un discurso más bien largo, que, sin embargo, vieron atajado en su mismo principio, pues interrogados acerca de si [13] Filipo iba a abandonar Calcis, Corinto y Demetríade, dijeron que sobre esto no disponían de mandato. Se [14] vieron cortados, por consiguiente, y aquí mismo les suspendieron la intervención.

El senado mandó a los dos cónsules a la Galia, [12 ] como ya dije más arriba 36 , y decretó que la guerra contra Filipo se debía continuar; se otorgaban a Tito Flaminino plenos poderes en el frente de Grecia. La [2] información de esto pasó muy pronto a Grecia: a Tito Flaminino todo le salía a pedir de boca. Ciertamente la fortuna le ayudó algo, pero mucho más el hecho de haberlo organizado todo con su propia previsión. Porque [3] el hombre en cuestión era perspicaz como el que más de los romanos. Manejó con tal acierto y prudencia [4] no sólo las empresas públicas, sino también sus iniciativas particulares, que cualquier alabanza de ello resulta pálida. Y, sin embargo, era joven, pues no pasaba [5] de la treintena. Fue el primer romano que cruzó Grecia al mando de un ejército.

Definición de la traición 37

Con frecuencia y en muchos [13 ] temas me sobreviene, al menos a mí, gran extrañeza acerca de los errores humanos, principalmente en lo que atañe a los [2] traidores. De ahí que me proponga disertar sobre ellos [3] de modo adecuado a las circunstancias. Sé muy bien, desde luego, que éste es un tema difícil de investigar y de precisar. Sí, no resulta sencillo determinar quién [4] realmente debe ser tildado de traidor. Es claro que no hay que tachar sin más de traidores a aquellos que libremente se comprometen en una acción común [5] aliándose a reyes o a príncipes, pero tampoco a aquellos que, en tiempo de peligro, inducen a sus países a cambiar sus relaciones establecidas por otras amistades [6] y alianzas. ¡Ni mucho menos! Precisamente muchas veces unos hombres así han proporcionado a sus [7] patrias los máximos beneficios. Para no aducir ejemplos de tiempos remotos, será fácil entender mi afirmación [8] por la situación presente. Pues si Aristeno 38 no hubiera hecho pasar en el momento oportuno a los aqueos de su alianza con Filipo a una confederación con los romanos, es evidente que su pueblo habría perecido [9] totalmente. Ahora bien, aparte de la seguridad de que, desde entonces, han disfrutado todos, reina la convicción de que Aristeno y su resolución han sido la [10] causa de la prosperidad de los aqueos, quienes, sin excepción, lo han tratado no como un traidor, sino todo lo contrario, lo han honrado como hombre salvador y [11] benemérito de la patria. Y lo mismo cabe afirmar de los otros que gobiernan y actúan de modo semejante, según las necesidades de los tiempos y de las situaciones.

[14 ]De modo que, aunque a Demóstenes se le han alabado muchas cosas, en esto puede merecer reproche: de manera indiscriminada y arbitraria lanzó la afrenta más cruel a los hombres más conspicuos de Grecia, cuando sostuvo que, en la Arcadia, Cércidas, Jerónimo [2] y Eucámpidas 39 habían traicionado a Grecia al aliarse con Filipo. Y lo mismo en Mesenia, los hijos de Filiadas, [3] Neón y Trasíloco 40 ; en Argos, Mirtis, Telédamo y Mnáseas; de manera semejante en Tesalia, Dáoco y [4] Cineas 41 ; en Beocia, Teogitón y Timólas 42 . Y a éstos [5] añadió muchos otros 43 citándolos por ciudades. Pero, en realidad, todos ellos llevaban su buena razón y defendían los derechos de sus conciudadanos, principalmente en Arcadia y Mesenia. Realmente, éstos al atraer [6] a Filipo hacia el Peloponeso 44 , habiendo humillado previamente a los lacedemonios, en primer lugar permitieron respirar y cobrar una idea de libertad a todos los moradores del Peloponeso y, además, al recobrar los [7] territorios y ciudades que los lacedemonios en su época de esplendor habían arrebatado a los mesenios, a los megalopolitanos, a los tegeatas y a los argivos 45 , hicieron prosperar a sus propias ciudades: esto no lo niega nadie. Y el pago de esto no iba a ser hacer la guerra [8] a Filipo y a los macedonios, naturalmente, sino, bien al revés, ayudarle con todas sus fuerzas en lo que le diera [9] gloria y honor. Si lo hubieran hecho aceptando en sus países guarniciones de Filipo, o bien si hubieran derogado las leyes y privado de libertad de expresión a sus conciudadanos para su propio medro y dominación, ciertamente hubieran merecido el apelativo de traidores; [10] pero si cumpliendo sus deberes para con su patria difirieron de los atenienses al enjuiciar la situación y creyeron que no convenía lo mismo a los atenienses que a sus ciudades, por descontado que no por eso [11] Demóstenes debió de llamarles traidores. El que lo mide todo según los intereses de su país y cree que todos los griegos deben tener los ojos fijos en Atenas, y si no lo hacen, los califica de traidores, éste me parece un [12] ignorante muy desviado de la verdad, principalmente cuando lo que entonces sucedió en Grecia testifica que no fue Demóstenes quien previó correctamente el futuro, sino Eucámpidas, Jerónimo, Cércidas y los hijos [13] de Filíadas. A los atenienses su oposición a Filipo acabó por llevarles a experimentar los máximos descalabros [14] tras la derrota de Queronea. Y si no hubiera sido por la magnanimidad del rey y su generosidad, la política de Demóstenes hubiera costado desventuras aún [15] mayores a los atenienses. En cambio, los hombres antes citados procuraron conjuntamente seguridad contra los lacedemonios a los arcadios y a los mesenios, y les ofrecieron tranquilidad, en tanto que cada uno en particular proporcionó a su patria grandes y abundantes bienes.

[15 ] De modo que determinar a quién se puede aplicar con justicia el calificativo de traidor es dificultoso 46 , [2] pero se dará en el clavo destinándolo principalmente a aquellos hombres que cuando se corre un riesgo capital entregan las ciudades al enemigo, y lo hacen para salvarse, para prosperar o por diferencias políticas con otros ciudadanos, y también se acertará, ¡por Zeus!, [3] tildando de traidores a los que aceptan una guarnición extranjera y aprovechan esta ayuda externa en favor de sus proyectos particulares y de sus ambiciones, con lo que someten sus patrias a la potestad de otros más poderosos. A todos éstos les cuadra, justamente, la denominación [4] de traidores. Y en verdad que de ello nunca [5] les ha correspondido provecho ni honor, sino, como es bien notorio, lo contrario a todos sin excepción. Aquí [6] nos extrañan sus motivaciones de fondo: ¿qué es lo que miran o qué cálculos hacen cuando se precipitan a tal infortunio? Pues un traidor jamás pasó desapercibido [7] a una ciudad, a un ejército o a una fortaleza, porque, aunque en el mismo momento de la acción no se le descubra, el tiempo posterior los vende a todos. Y nadie negará que, una vez descubierto, un traidor [8] ya no vive feliz, sino que recibe el castigo adecuado de manos de aquellos mismos que se benefician de su fechoría. Los que muchas veces se aprovechan, a su comodidad, [9] de los traidores son los generales y los gobernantes, pero cuando ya se han servido de ellos los tratan como traidores, según dice Demóstenes 47 . Pues [10] lo natural es que piensen que quien ha entregado su propia patria y sus amigos de antes al enemigo no les será leal ni les observará fidelidad. Y aunque escaparen [11] a las manos de éstos, no les será fácil evitar las de los traicionados. Y en la hipótesis de que consigan [12] esquivar el acecho de unos y de otros, durante toda su vida les seguirá como verdugo la mala reputación entre los hombres, que les presentará muchos miedos infundados, pero otros muy reales, de día y de noche; colaborará con los que les tramen algún mal, indicándoles [13] cuál puede ser. Finalmente, ni durmiendo les permitirá olvidar sus crímenes, les forzará a soñar todo género de atentados y peripecias, conscientes como son de la hostilidad que todos les profesan, del odio [14] universal contra ellos. Y aun siendo así las cosas, sin embargo, a excepción de muy pocos casos, jamás a nadie que lo haya precisado le ha faltado la ayuda de un [15] traidor. Se puede colegir razonablemente que el género humano, que parece ser el más malvado entre los vivientes, da buenos argumentos para ser considerado [16] también el más necio, pues los demás seres vivos sirven a sus pasiones corporales y sólo éstas consiguen afligirles, pero los hombres, por alta que sea la opinión que nos hayamos formado de ellos, yerran no menos por falta de razón que por culpa de la naturaleza. [17] Sobre este tema baste con lo dicho hasta aquí.

El rey Átalo en Sición 48

[16 ] El rey Átalo ya antes 49 había recibido honores excepcionales en la ciudad de Sición, cuando les redimió 50 a muy alto coste las tierras consagradas a [2] Apolo. Le levantaron una efigie colosal de diez codos [3] de altura junto a la de Apolo en el ágora. Entonces les hizo un nuevo donativo de diez talentos y de diez mil medimnos de trigo; su popularidad creció enormemente: le votaron una imagen de oro y decretaron tributarle un sacrificio anual. Átalo, tras obtener todas [4] estas honras zarpó hacia Cencreas 51 .

Crueldad de la esposa de Nabis

Nabis, el tirano, dejó la ciudad [17 ] de Argos al cuidado de Timócrates de Pelene 52 , en quien confiaba mucho; se servía de él para las acciones de más envergadura. Llegó a Esparta y, al cabo de pocos días, [2] envió a su mujer 53 con la orden de que se trasladara a Argos para recaudar dinero. Y ella, una vez allí, superó [3] mucho en crueldad a Nabis, pues iba convocando [4] a las mujeres, unas a solas, otras agrupadas por familias, y empleaba todo género de ultrajes y violencias; expolió a casi todas no sólo de sus ornatos de oro, [5] sino también de sus vestidos más preciosos.

De un discurso de Átalo en Tebas

Átalo les hizo un discurso más [6] largo, en el que recordó la virtud heredada de sus antepasados.

Batalla de Cinoscéfalas 54 : comparación entre la legión romana y la falange maceodnia

Tito Flaminino no podía descubrir [18 ] dónde acampaba el enemigo, pero sabía con certeza que ya se encontraba en Tesalia, de modo que ordenó a todos sus hombres cortar estacas y llevárselas consigo, porque en aquella ocasión podían servir. Según [2] el uso griego, esto parece imposible, pero según el romano es muy hacedero. Efectivamente, los griegos en [3] las marchas apenas si pueden con sus picas, a duras penas soportan las fatigas que éstas les producen, [4] pero los romanos se cuelgan de las espaldas sus anchos escudos mediante correas de cuero y llevan en las manos sólo sus lanzas, por lo que pueden transportar también lo necesario para plantar una estacada. [5] A su vez, resulta que hay una gran diferencia entre [6] ellas, pues los griegos juzgan que la mejor estaca es la que tiene más vástagos y muy fuertes alrededor del [7] tronco, mientras que los romanos prefieren estacas con dos o tres, o, a lo sumo, cuatro [horcas o ramas laterales,] y escogen las que tienen [vástagos en la [8] punta,] no alrededor. De lo que se sigue que el acarreo es muy fácil —un hombre lleva tres o cuatro estacas atadas en un haz— y su uso es extraordinariamente [9] seguro. En cambio, las estacas de los griegos, cuando se plantan delante de la acampada, son muy fáciles de [10] arrancar, pues las partes de ellas que son duras, compactas y simples quedan hundidas en el suelo y los vástagos, como son muchos y grandes, si dos o tres hombres tiran de ellos, permiten arrancar las estacas [11] sin excesivo esfuerzo. Logrado esto, inmediatamente se abre una brecha, debido al tamaño de las estacas y porque éstas en la empalizada están poco entrelazadas [12] o entretejidas entre sí, todo lo contrario que entre los romanos. Pues éstos disponen las estacas enredadas unas con otras de tal forma que no es fácil distinguir en las puntas a qué vástago pertenecen de las estacas clavadas en el suelo, ni, a su vez, ver en qué vástago [13] acaban. Además, no es posible introducir la mano y tirar de ellas, porque las estacas se han plantado tupidamente, pegadas unas a otras, y sus puntas se han [14] afilado cuidadosamente. Y aun si se logra meter la mano no es fácil arrancarlas, primero porque todas las partes externas poseen un poder de resistencia absolute [15] que les viene del suelo y, en segundo lugar, porque el hombre que tira de una estaca se ve obligado a arrancar muchas que le siguen debido a estar entrelazadas unas con otras; no es normal que dos o tres hombres se cojan a la misma. Y si alguno logra arrancar [16] dos o tres estacas, el agujero ni se ve. Por eso, [17] al ser tan grandes las ventajas, ya que esta empalizada se dispone fácilmente, se traslada con comodidad y su uso es firme y seguro, es evidente que si un dispositivo [18] militar romano es digno de admiración e imitación, es éste 55 . Yo al menos lo creo así.

Tito Flaminino, pues, tras preparar las estacas por [19 ] si le eran útiles en alguna ocasión, avanzó 56 al paso con todo su ejército; cuando llegó a cincuenta estadios de la ciudad de Feras 57 , acampó allí. Al día siguiente, [2] al despuntar el alba mandó unos exploradores que investigaran por si podían encontrar medios de descubrir dónde estaba y qué hacía el enemigo. Filipo, sabedor por aquellos mismos días de que los [3] romanos tenían el campamento no lejos de Tebas, levantó el campo y avanzó desde Larisa con todo su ejército; hacía la marcha en dirección a Feras. Cuando [4] distaba unos treinta estadios de esta plaza estableció allí su campamento y ordenó a todos que tuvieran [5] el oportuno cuidado de sus personas. Y, al alborear, puso en movimiento su ejército: a los habituados a marchar en primera posición en él les mandó ir por delante con la consigna de rebasar las alturas de Feras. Él mismo, avanzado ya el día, movió todas [6] sus tropas desde la empalizada. Poco faltó, pues, para que las avanzadillas de ambos bandos chocaran en las [7] cimas. Pero se atisbaron mutuamente en la oscuridad. Y se detuvieron en las inmediaciones unas de otras, remitiendo al punto información a los jefes respectivos acerca de lo ocurrido: requerían instrucciones al [8] respecto. [Los generales decidieron permanecer aquel día] a la expectativa, y llamaron a las avanzadillas a [9] sus campamentos de entonces. Al día siguiente los dos comandantes en jefe enviaron a inspeccionar a cierto número de jinetes y de soldados de infantería ligera, unos trescientos por bando; entre los suyos, Tito Flaminino incluyó dos escuadrones 58 de etolios, porque [10] conocían bien los lugares. Los dos destacamentos se encontraron cerca de Feras en la ruta que conduce a [11] Larisa y trabaron un combate feroz. La fuerza que iba al mando de Eupólemo de Etolia 59 peleó vigorosamente; cuando reclamó de los italianos que tomaran parte en la acción, los macedonios se vieron en situación [12] difícil. Con todo, la escaramuza se prolongó por mucho tiempo; luego los combatientes se replegaron a sus acampadas.

[20 ] Al día siguiente, ambos generales, a quienes desagradaban los parajes de Feras, debido a que estaban cultivados y llenos de jardines con sus cercados 60 , se retiraron de allí. Filipo hizo la marcha en dirección [2] a Escótusa 61 , con la esperanza de procurarse abastecimientos en esta ciudad; después, aprovisionado ya suficientemente, quería encontrar una posición adecuada a sus fuerzas. Pero Tito Flaminino sospechando su intención [3] movió su ejército 62 al tiempo que lo hacía Filipo: quería adelantarse a talar las cosechas de Escótusa. Entre las rutas de ambos se alzaban unas lomas [4] bastante altas, de manera que ni los romanos vieron hacia dónde se dirigían los macedonios, ni éstos comprobaron la marcha de los romanos. Ambos generales [5] emplearon todo el día: Tito Flaminino llegó al lugar denominado Eretria 63 , [en el país de Ptía,] y Filipo al río Onquesto 64 ; los dos acamparon sin conocer la situación del campamento rival. En la jornada [6] siguiente avanzaron otra vez y volvieron a acampar: Filipo, en Melambio, una aldea llamada así, y Tito Flaminino, en Tetideo 65 , en las campiñas de Farsalia; todavía ahora cada bando ignoraba la posición del contrario. Se produjo una lluvia torrencial y una tronada [7] formidable, y al día siguiente por la mañana cayó sobre la tierra una niebla tan espesa que no se podía ver [8] nada ni a una mínima distancia. Con todo Filipo, que quería ejecutar como fuera sus planes, levantó el campo [9] y se puso en marcha con todo su ejército. Pero, al ser obstaculizado en su marcha por la densa niebla, tras un breve recorrido hizo acampar a sus fuerzas detrás de la empalizada y envió hombres a vigilar; les ordenó ocupar las alturas de los altozanos intermedios.

[21 ]Tito Flaminino, acampado junto a Tetideo, estaba preocupado porque desconocía la situación del enemigo; dispuso, pues, diez escuadrones de caballería y unos mil hombres de infantería ligera y los envió con la orden de recorrer el país y explorarlo cuidadosamente. [2] Éstos avanzaron en dirección a las cimas y, al caer sobre ellas, pasaron desapercibidos a los macedonios [3] que las ocupaban debido a la oscuridad del día. Al principio, éstos quedaron algo desconcertados, pero luego, al cabo de poco, los dos destacamentos comenzaron a tantearse y, además, informaron a sus jefes [4] de lo acaecido. En el choque los romanos llevaron inicialmente la peor parte y se veían en mala situación, atacados por los vigías macedonios, de modo que enviaron [5] una demanda de ayuda a su campamento. Tito Flaminino mandó llamar a los etolios de Arquidamo 66 y de Eupólemo y a dos de sus centuriones, y les mandó con quinientos jinetes y dos mil soldados de infantería. [6] Cuando éstos se añadieron a los que ya desde el principio pugnaban en la escaramuza, la batalla ofreció [7] al punto un giro opuesto, pues los romanos cobraron [8] la moral que les significaba el refuerzo, mientras que los macedonios se defendían con coraje, pero, puestos ahora en aprieto y totalmente superados, se refugiaron en las cimas y pidieron socorro al rey.

Filipo no esperaba en modo alguno, por los motives [22 ] aducidos 67 , que precisamente aquel día se diera la batalla decisiva; había mandado muchos hombres de su campamento a forrajear. Pero por los que le veníar [2] de diversos lugares supo lo que ocurría. La niebla ya se había disipado; él avisó a Heraclides de Girtonio, que mandaba la caballería tesalia, a León, hiparco de los macedonios, y los envió, acompañados de Atenágoras y de todos los mercenarios, a excepción de los tracios. Este refuerzo estableció contacto con sus [3] camaradas exploradores. Ahora fueron los macedonios los que recibieron una ayuda fuerte. Y se lanzaron contra el adversario, expulsando, a su vez, a los romanos de las alturas. El máximo obstáculo con que tropezaron [4] para poner en una fuga definitiva al enemigo fue el amor propio de la caballería etolia 68 . Los etolios, [5] efectivamente, en la misma medida en que en el combate de a pie, cuando se trata de batallas campales, son torpes tanto por su armamento como por su manera de ordenarse, sobresalen en los choques de caballería entre todos los demás griegos tanto en los encuentros en grupo como en los duelos singulares. También entonces contuvieron la arremetida adversaria [6] y los romanos no se vieron empujados hasta una pequeña llanura inmediata, sino que a corta distancia de ella, se revolvieron y plantaron cara. Tito Flaminino [7] vio no sólo que su infantería ligera y su caballería habían cedido, sino también que esto había infundido pasmo en todo su ejército. Le hizo salir íntegramente y lo alineó al pie de las colinas. Fue entonces cuando [8] un mensajero tras otro de las fuerzas de cobertura corrían hacia Filipo y gritaban: «¡Oh rey! El enemigo huye: no dejes pasar esta oportunidad. Los bárbaros no nos resisten, éste es tu día, ésta es tu ocasión.» [9] Aunque Filipo no estaba muy conforme con aquellos parajes, sin embargo se vio inducido a la batalla. Las lomas citadas se llaman de Cinoscéfalas. Son escarpadas [10] y cortadas a pico; su altura es considerable. Filipo se daba perfecta cuenta de lo poco apropiado del lugar e, inicialmente, jamás se hubiera avenido a dar una batalla allí, pero entonces, estimulado por las esperanzas exageradas de aquellos mensajeros, mandó salir a sus tropas de la empalizada.

[23 ] Tito Flaminino ordenó en línea todo su ejército; atendía a los suyos que estaban combatiendo y, al mismo tiempo, recorría las filas de los demás y las arengaba. [2] Su alocución era breve, pero tenía su empaque, y además era familiar al auditorio. Porque señalándoles con la mano al enemigo que ahora tenían claramente [3] a la vista, decía a sus soldados: «¡Hombres! ¿No son éstos los macedonios que, cuando en Macedonia dominaban el paso de Eordea, vosotros, a las órdenes de Sulpicio, forzasteis a huir hacia las alturas, después [4] de hacer en ellos una carnicería? ¿No son éstos los macedonios que, cuando ocupaban en el Epiro unas rutas difíciles por las que nadie creía posible hacer discurrir el ejército, vosotros con vuestro valor obligasteis a tirar las armas y a huir hasta refugiarse en [5] Macedonia? ¿Qué razón tenéis ahora para recelar si vais a combatir en igualdad de condiciones contra unos hombres así? ¿Qué hecho en vuestro pasado os hará mirar con aprensión? ¿No es precisamente lo contrario, [6] que el pasado os debe infundir valor? Por eso, soldados, cobrad ánimo y lanzaos confiadamente a la pelea. Estoy convencido de que, con el favor de los dioses, la batalla de ahora pronto tendrá el mismo desenlace [7] que las contiendas anteriores.» Tito Flaminino, pues, habló así, y ordenó que el ala derecha 69 se quedara donde estaba, con los elefantes por delante; el ala izquierda, ocupada por la infantería ligera, avanzó impetuosamente contra el adversario. Las tropas de vanguardia [8] de los romanos, apoyadas ahora por la infantería de las legiones, se revolvieron y atacaron al enemigo.

Filipo, en aquel mismo instante, al ver que la mayor [24 ] parte de su propio ejército ya se había alineado delante de la empalizada, recogió personalmente a sus peltastas y guió la parte derecha de su falange, trepando enérgicamente por las colinas; encargó a Nicanor 70 , [2] apodado «el elefante», el cuidado de que el resto del ejército les siguiera por el mismo sendero. Así [3] que los primeros hombres alcanzaron las cumbres, los formó en línea hacia la izquierda y se adelantó a ocuparlas. Y las encontró desguarnecidas, pues antes las primeras filas de macedonios habían ejercido fuerte presión sobre los romanos, que se habían retirado al otro lado de las colinas. Organizaba todavía el ala derecha [4] de su ejército, cuando le llegaron sus mercenarios, acosados duramente por los rivales. En efecto, la [5] infantería ligera romana había recibido el refuerzo de la pesada, según expliqué un poco más arriba 71 , apoyando su pelea y asumiendo como por turno el cometido de la primera: embistió enérgicamente a los macedonios y mató a muchos de ellos. Filipo al principio, [6] cuando llegó, al ver que su infantería ligera había trabado combate no lejos del campamento romano, rebosaba de satisfacción, pero ante el cambio, al comprobar [7] que los suyos cedían y que demandaban ayuda, se vio forzado a socorrerlos y a jugarse ya entonces el todo por el todo, aunque la mayor parte de su falange estaba todavía en marcha, ascendiendo por las laderas [8] de las lomas. Recogió a los que ya combatían y los situó a todos, infantes y jinetes, en el ala derecha. Ordenó a los peltastas y a la falange duplicar su profundidad [9] y apretarse hacia la derecha. Realizado lo cual, estando ya el enemigo al alcance de la mano, ordenó a los soldados de la falange enristrar las picas y, a la [10] infantería ligera, llegar al cuerpo a cuerpo. En aquel mismo momento, Tito Flaminino recibió también, en los espacios vacíos que dejaban sus manípulos, a los de sus avanzadillas y cargó contra el enemigo.

[25 ] El choque frontal de ambos bandos fue terrible, acompañado de un griterío ensordecedor, ya que en los dos ejércitos se entonó el grito de guerra y, desde fuera del combate, se animaba a los combatientes. Lo que ocurría era para dejar atónito y para inspirar horror. [2] El ala derecha de Filipo se batió espléndidamente durante el encuentro, porque atacaba desde un lugar más alto. La gravedad de su formación le daba ventaja y su armamento se adaptaba más a aquel tipo de lucha. [3] Por lo que tocaba al resto del ejército macedonio, los que seguían a las tropas ya entradas en combate estaban aún lejos del enemigo y el ala izquierda acababa de alcanzar las alturas y empezaba a aparecer [4] por las cimas. Tito Flaminino comprendió que sus hombres no podrían contener la avalancha de la falange: su ala izquierda se había visto forzada a retroceder, algunos de sus hombres habían muerto y el resto se [5] retiraba en desorden. Su única esperanza de salvación radicaba en el ala derecha, por lo que se puso personalmente [6] a su mando. Observó que, de los enemigos, los que seguían a los que habían entrado en combate resultaban inoperantes; que los de las cimas bajaban contra él, y que otros se quedaban en las cumbres, por lo que emplazó delante de su formación a los elefantes e hizo avanzar a los manípulos romanos contra el adversario. Los macedonios no tenían quien impartiera [7] órdenes 72 , no podían concentrarse para adoptar la formación propia de la falange por las dificultades del lugar y porque los que estaban a continuación de los combatientes avanzaban en formación de marcha y no de combate, de manera que ni tan siquiera se opusieron [8] a los romanos, sino que, empavorecidos por los elefantes, se diseminaron y huyeron.

La mayoría de los romanos persiguió a éstos y los [26 ] mató, pero uno de los tribunos militares que no tenía [2] más de veinte manípulos, en el mismo momento de la refriega pensó qué sería más útil hacer, y con ello, contribuyó no poco a la victoria total. Al apercibirse [3] de que Filipo con sus hombres se había adelantado mucho a los demás y de que ejercía una fuerte presión sobre el ala izquierda romana, dejó el ala derecha, donde la victoria era ya indiscutible, se dirigió hacia los que todavía peleaban, se aproximó por detrás y atacó a los macedonios por la espalda. Y, como la operación [4] de la falange macedonia no le permite girar sobre sí misma ni entablar combates individuales, el tribuno en cuestión fue acosando y matando a los que tenía a su alcance, que no podían defenderse, hasta que [5] al final también aquí los macedonios se vieron obligados a tirar las armas y a emprender la huida. Y los romanos que ya habían empezado a ceder delante de éstos se rehicieron y atacaron a su vez. Como ya dije, [6] al principio Filipo, guiándose por lo que ocurría en su propia ala, estaba convencido de su victoria indiscutible; entonces, al ver que de repente los macedonios [7] tiraban las armas y que el enemigo les disparaba por la espalda, acompañado de algunos jinetes y de algunos hombres de a pie, se retiró un poco del choque [8] y contempló el conjunto. Se percató de que los romanos, en la persecución de su ala izquierda, ya se aproximaban a las cimas, por lo que reunió de aquel lance el mayor número posible de tracios y de macedonios, [9] y emprendió la huida. Tito Flaminino persiguió a los fugitivos; en los collados se encontró que las formaciones macedonias acababan de ocupar las cimas. Primero se detuvo, [inseguro sobre lo que debía hacer,] porque el enemigo se mantenía con las picas en alto, [10] que es lo que acostumbran a hacer los macedonios [11] cuando se rinden o se pasan al adversario. Cuando conoció el sentido de lo que ocurría, contuvo a los que estaban con él, porque quería salvar a los vencidos. [12] Ésta era la intención de Tito Flaminino, pero algunos romanos de los que se habían adelantado asaltaron a los macedonios desde un lugar eminente y les acometieron, matando a la mayoría. Sólo unos pocos consiguieron salvarse tirando las armas 73 .

[27 ] La pelea, pues, cesó en todas partes con la victoria de los romanos. Filipo se retiró hacia el valle de Tempe 74 . [2] El primer día pernoctó en la llamada Torre de Alejandro y, al siguiente, avanzó hasta Gonnos 75 , pero se quedó en la entrada de Tempe, con la intención de recoger a los que se hubieran podido salvar en la huida. [3] Los romanos persiguieron durante algún tiempo a los fugitivos, pero luego unos se dedicaron a desvalijar a los muertos, otros juntaron a los prisioneros y la mayoría se lanzó a saquear el campamento enemigo. Pero, en eso, se encontraron con que los etolios se [4] les habían anticipado. Y, como les pareció que se veían privados de una ganancia que les correspondía, empezaron a quejarse de los etolios y a decir al general que los riesgos se los imponía a ellos, mientras que concedía las ganancias a los otros. Y regresaron a su [5] propio campamento, donde pasaron la noche. Al día siguiente reunieron a los prisioneros, juntaron el resto del botín y avanzaron, marchando hacia Larisa. En esta [6] batalla murieron unos setecientos romanos; de los macedonios, en conjunto, perecieron unos ocho mil y cayeron prisioneros no menos de cinco mil. Y éste [7] fue el desenlace de la batalla librada en Tesalia, en Cinoscéfalas, entre los romanos y Filipo.

Crítica del armamento romano

Yo, por mi parte, en el libro [28 ] sexto dejé prometido que, cuando encontrara un lugar apropiado, emitiría un juicio acerca del armamento romano y del macedonio, en qué difieren el uno del otro ventajosa y desventajosamente; ahora, sobre los propios hechos, intentaré cumplir totalmente mi promesa 76 . [2] Porque la formación macedonia probó por sus mismas acciones en la época anterior que era superior a las formaciones griegas y a las del Asia, y la de los romanos aventajó a todos los pueblos de Africa y de Europa occidental 77 . En nuestra época, no una vez sino [3] muchas, ha habido confrontación de estas formaciones [4] y de sus hombres, por lo que será útil y a la vez atractivo investigar las diferencias, por qué sucede que los romanos son superiores y se llevan el primer puesto [5] en las batallas que se dan en las guerras. No digamos que es sólo por un azar 78 ni felicitemos sin más a los triunfadores, que es lo que hacen los hombres necios; sepamos las causas verdaderas y alabemos y admiremos razonadamente a los generales.

[6] De las batallas que los romanos sostuvieron contra Aníbal y de las derrotas que sufrieron no es preciso tratar otra vez, ya que, si experimentaron tales desastres, no fue debido a su armamento ni a su formación, sino a la habilidad y al talento de Aníbal, [7] cosa que nosotros ya pusimos en claro y demostramos [8] con ocasión de las mismas contiendas. Da buen testimonio de nuestro relato, en primer lugar, el final de la guerra de ahora; pues cuando los romanos han dispuesto de un general de la altura de Aníbal, el triunfo [9] les ha seguido inmediatamente; en segundo lugar el mismo Aníbal, que descartó su armamento tradicional y, así que obtuvo el primer triunfo, armó sus tropas al punto con armas romanas, y desde entonces las usó [10] siempre más. Pirro, ciertamente, no sólo adoptó el armamento romano, sino también tropas italianas, alternando un manípulo y una unidad de falange en sus [11] luchas contra los romanos. Pero ni así consiguió vencer, sino que el resultado de sus batallas siempre le resultó dudoso.

[12] Acerca de estos temas era preciso anteponer lo dicho para evitar cualquier cosa que se oponga a nuestras afirmaciones. Y ahora trato ya directamente la comparación propuesta.

Teniendo, como tiene, la falange sus características [29 ] propias y su potencia, es fácil entender (para ello hay muchos argumentos) que nadie puede resistir su ataque frontal ni su arremetida. Cuando su formación se aprieta [2] para entrar en liza, cada hombre con sus armas ocupa un espacio de tres pies de ancho; la longitud de las picas, según su diseño primitivo, fue de dieciséis codos, pero, adaptada a las necesidades actuales, es de catorce, de los cuales hay que descontar la distancia [3] entre las dos manos del que la empuña y la longitud de la parte propiamente llevada detrás, que sirve para tenerla abatida, cuatro codos en total. Es evidente, pues, [4] que se alarga diez codos por delante del cuerpo de cada hoplita cuando éste va contra el enemigo y la aferra con ambas manos. El resultado es que las picas de [5] la hilera segunda, tercera y cuarta sobresalen más, y las de la quinta, dos codos por delante de los hombres de la primera fila. Y la falange no pierde sus características en lo referente a su longitud y a su espesor, según demuestra Homero en lo que sigue: [6]

Juntó casco con casco, escudo con escudo, hombre con hombre

y los penachos brillantes de los cascos, de crin de caballo ,

se unían al agacharse: tan apretados se colocaron 79 ,

cosa dicha con tanta belleza como verdad, ya que es [7] evidente que las picas se adelantarán a los hombres de primera fila cinco codos, pues en longitud distan dos una de otra.

De ahí se puede ver fácilmente la potencia de ataque, [30 ] la fuerza que, naturalmente, tiene la falange a dieciséis hileras de profundidad. Los que están detrás de [2] la quinta hilera no pueden intervenir directamente en la embestida, por lo que no levantan las picas contra el [3] adversario: las llevan sobre los hombros para asegurar por arriba el conjunto de la formación; las picas, compactas, defienden de aquellos proyectiles que vienen lanzados por encima de los combatientes y que pueden caer en las filas delanteras o en los que las siguen [4] inmediatamente. Y éstos, por la presión de sus cuerpos en la arremetida empujan violentamente a los precedentes y hacen duro su ataque; resulta imposible que los de las primeras filas den la media vuelta 80 .

[5] Ésta es, en su conjunto y en sus partes, la disposición de la falange; ya podemos tratar el armamento romano, la formación romana en su organización total, [6] y comparar diferencias y peculiaridades. También los romanos ocupan con sus armas un espacio de tres [7] pies cuadrados. Pero, puesto que en su modo de luchar cada uno se mueve separadamente, porque el escudo protege el cuerpo girándose siempre a prevenir la posible herida, y el legionario romano en el combate [8] lucha con la espada que hiere de punta y de filo, es notorio que se precisará un orden más suelto y un espacio por lo menos de tres pies entre hombre y hombre en la misma fila colateral y longitudinal, si han de [9] cumplir a satisfacción su cometido. La conclusión será que cada legionario romano se opondrá a dos soldados de la primera fila de la falange, de modo que su lucha y [10] su encuentro serán contra diez picas, y que, cuando se ha entrado en combate, un hombre no puede golpear, por muy rápido que actúe, ni logra fácilmente forzar, tanto menos cuanto los romanos apostados en segundo término no pueden colaborar con los delanteros ni en [11] su esfuerzo ni en la acción de las espadas. En resumen, se ve muy claro que, frontalmente, es imposible resistir el ataque de la falange cuando ésta mantiene su peculiaridad y su fuerza; ya lo dije al principio.

¿Qué causa, pues, hacía triunfar a los romanos y [31 ] cuál era el fallo de los que usaban la formación en falange? Resulta que la guerra no tiene determinados ni [2] el momento ni el lugar de la acción, y la falange sólo dispone de una ocasión y de un tipo de terreno en los que puede ser totalmente útil. Si a los rivales les [3] fuera forzoso avenirse a los sitios y ocasiones propias de la falange cuando se trata de una batalla decisiva, sería natural, según lo dicho, que los que usan tal formación se alzaran siempre con la victoria, pero si es [4] posible y aun fácil esquivar estas condiciones, ¿cómo puede ser temible esta formación? Es cosa reconocida [5] que la falange necesita lugares llanos y sin vegetación, y que, además, no tengan obstáculos, me refiero a fosos, surcos, barrancos o a corrientes fluviales, todo lo cual es suficiente para perturbar y aun echar [6] a perder la formación de que se trata. También todo el [7] mundo estará de acuerdo en que es muy difícil, por no decir imposible, encontrar lugares ya de veinte estadios cuadrados, ya de más, libres de todo lo que se mencionó. Pero con todo, supongamos que se han encontrado: [8] si el otro bando combatiente no accede a ellos, sino que recorre y devasta el país y el de sus aliados, y sus ciudades, ¿qué provecho se extraerá de la formación en falange? Ésta, si se queda en los lugares [9] que le convienen, no sólo no aprovechará a sus aliados, sino que ni se salvará a sí misma. En efecto, [10] el enemigo interceptará cómodamente el suministro de provisiones cuando domine indisputadamente el campo libre; si la falange quiere hacer algo y abandona [11] el terreno propicio, el adversario la manejará sin dificultad. Supongamos incluso que alguien, en su confrontación [12] con la falange, accede al terreno llano, pero no arriesga todo su ejército en una sola ocasión, sino que mantiene alejadas del choque una pequeña parte de sus fuerzas: lo que sucederá se echa de ver por lo que ahora hacen los romanos.

[32 ] Pues no hay que demostrar con palabras lo que hemos expuesto hasta ahora, sino con hechos ya ocurridos. [2] Los romanos no alinean sus legiones longitudinalmente a la falange, sino que parte de ellas inicialmente no entra en combate 81 ; sólo la restante ataca [3] al enemigo. Y sólo por esto, tanto si los soldados de la falange presionan a los que se lanzan de frente contra ellos como si se ven apremiados por éstos, las propiedades [4] de la falange se desvanecen, porque o perseguirán a los que ceden o huirán de los que les acosan y abandonarán a los demás componentes de su [5] formación, tras lo cual ya se ha dado a la reserva enemiga un espacio vacío, el que los de la falange ocupaban, que ya no podrán atacar de frente; el adversario asaltará a la falange por los flancos y por la espalda. [6] Cuando resulte fácil evitar las ventajas y la oportunidad de la falange, pero ésta no pueda esquivar lo que le es adverso, ¿cómo no se seguirá en la práctica que [7] la diferencia entre los dos sistemas es enorme? Los que usan la formación en falange deben necesariamente recorrer lugares de todo tipo y acampar en ellos, también anticiparse a ocupar posiciones estratégicas, deben asediar o soportar asedios y afrontar apariciones [8] inesperadas de sus rivales: todo esto pertenece a la guerra e influye largamente en la obtención de victorias [9] ya importantes, ya definitivas. Y, en todo ello, la formación macedonia es poco útil y, a veces, inútil, puesto que el soldado de la falange no puede aprestarse a luchar individualmente o en destacamentos. [10] En cambio, la formación romana es óptima, pues todo romano, una vez se ha armado y se dirige al combate, está equipado igualmente para cualquier lugar y cualquier ocasión, contra cualquier aparición del enemigo. Y está dispuesto y está, igualmente, bien preparado [11] tanto si se trata de una batalla decisiva como de un combate parcial: luchará por manípulos o individualmente. He aquí por qué, siendo mucho más efectivo [12] el uso de las partes, sucederá que el resultado corresponde mucho más a los proyectos de los romanos que a los de los otros. Creí indispensable hacer memoria [13] del tema con cierta amplitud, porque algunos griegos, con ocasión de la derrota de los macedonios, juzgaron que lo sucedido era increíble y, luego, muchos se preguntaron el cómo y el porqué de la inferioridad de la ordenación en falange ante el armamento romano.

Conducta de Filipo después de perder la batalla

Filipo, que había hecho todo [33 ] lo posible en aquella confrontación fracasó totalmente. Recogió el máximo número posible de los supervivientes de la batalla y, a través del valle de Tempe, llegó a Macedonia. La noche anterior mandó a Larisa [2] a uno de sus escuderos, con la orden de hacer desaparecer y quemar la correspondencia real 82 . Con ello hizo una cosa verdaderamente digna de un rey: no olvidar lo que es decoroso ni aun en las circunstancias más terribles, porque sabía muy bien que tal [3] documentación iba a proporcionar al enemigo muchos argumentos contra él y contra sus aliados, si los romanos llegaban a apoderarse de estas memorias. Sin duda, [4] esto es cosa que ya ha sucedido a otros: cuando han tenido éxito no han sido capaces de llevar, como hombres dignos, la potestad alcanzada; en cambio, en las desgracias se han portado con prudencia y reflexión; esto último ocurrió principalmente con Filipo: será palmario [5] [6] por lo que se dirá a continuación. Del mismo modo que mostramos con claridad sus impulsos iniciales a obrar con justicia y, luego, su deterioro, cuándo, por qué. y cómo ocurrió, y narramos con pruebas [7] documentadas su acción tras esta mutación, es preciso, del mismo modo, exponer su cambio de mentalidad 83 y la habilidad con que se adaptó a los reveses de la fortuna: afrontó la crisis en sus asuntos con la mayor prudencia.

[8] Tito Flaminino después de la batalla atendió debidamente a los prisioneros 84 y al resto del botín, y se dirigió a Larisa ***.

Consecuencias de la batalla de Cinoscéfalas

[34 ] *** muy enojado por la avaricia de los etolios en lo referente al botín, [Tito Flaminino] no quiso despojar a Filipo de su imperio, porque así aquéllos [2] quedarían dueños de Grecia. También llevó muy a mal su fanfarronería, pues veía que se atribuían la victoria [3] y que llenaban Grecia de su pretendido coraje 85 . Por eso, en las reuniones los trataba con altanería, pero no tocaba los problemas de interés común; llevaba a cabo sus proyectos por sí mismo o a través de los amigos. Entre ambos había esta tirantez, cuando al cabo de [4] unos días llegaron de parte de Filipo los embajadores Demóstenes, Ciclíadas y Limneo 86 . Tito Flaminino dialogó [5] con ellos largamente en presencia de los tribunos militares: pactó inmediatamente una tregua de quince días y concertó que, durante el armisticio, se entrevistaría persónalmente con Filipo para tratar de la situación presente. Estas conversaciones se llevaron a [6] cabo de una manera muy cordial, lo cual encendió doblemente las sospechas de los etolios contra Tito Flaminino. Por aquel entonces, en Grecia el soborno prevalecía [7] y nadie hacía nada gratis; esto circula como moneda corriente entre los etolios, que no podían creer que aquel cambio de Tito Flaminino para con Filipo se hubiera dado sin la existencia de regalos. En cuanto [8] a esto, los etolios desconocían los usos y costumbres romanas; se orientaban según ellos mismos y calculaban que lo lógico era que Filipo en aquella ocasión hubiera alargado una gran cantidad de dinero, y que Tito Flaminino no hubiera podido resistir la tentación.

Si aquí tratara de los tiempos pasados 87 , me atrevería [35 ] a hacer una afirmación tajante: ningún romano de entonces, diría, hizo una cosa así; me refiero al tiempo anterior a que los romanos emprendieran guerras ultramarinas 88 . Hasta entonces observaron sus costumbres [2] y leyes. En los tiempos actuales tal aseveración no la haría de todos; particularmente, sin embargo, de la mayoría de ciudadanos romanos me atrevería a asegurar que también, en lo que atañe a esto, son capaces [3] de observar lealtad. A guisa de ejemplo proporcionaré dos nombres reconocidos, para que no parezca que [4] digo cosas imposibles. Lucio Emilio 89 , el vencedor de Perseo, cuando se hubo adueñado del Imperio macedonio, en el tesoro del cual, además del ajuar restante y de los suministros, se encontraron más de seis mil [5] talentos de plata y oro, no sólo no codició este dinero, sino que ni tan siquiera lo quiso ver, y lo administró a través de terceros. Y en su vida privada no andaba [6] sobrado de recursos, sino más bien escaso. Con motivo de su fallecimiento, ocurrido no mucho después de aquella guerra, los hijos naturales 90 de Lucio Emilio, Publio Escipión 91 y Quinto Máximo, quisieron restituir la dote a la esposa, veinticinco talentos, y se vieron en tales dificultades que al final no hubieran podido restituirla, si no hubieran vendido los bienes domésticos, [7] los esclavos y con ellos aun algunas fincas. Si lo que he explicado resulta increíble a alguien, es fácil obtener [8] una demostración concluyente de ello. Entre los romanos hay muchas discusiones, y se debate más que nada este tema debido a las diferencias políticas mutuas; sin embargo, el que indague sobre lo que hemos [9] dicho verá que en ello hay unanimidad. También Publio Escipión, el hijo natural de Emilio, sobrino por adopción de Publio llamado el Máximo 92 , se apoderó de Cartago 93 , ciudad tenida como la más opulenta entre todas las del universo, y, sencillamente, no se adueñó de nada de ella para su vida privada, ni lo compró ni se apropió de algo de alguna otra manera, aunque tampoco su fortuna particular era muy grande. Pero, a fuer de [10] buen romano, era moderado en cuanto a propiedades. Y no sólo se abstuvo de lo de la misma ciudad de Cartago, [11] sino que no permitió que nada de África se mezclara con su peculio personal. El que investigue comprobará [12] que por lo que a riquezas se refiere entre los romanos había una opinión concorde en cuanto a este hombre.

Pero a este tema le daremos un tratamiento más [36 ] amplio cuando alcancemos un lugar más adecuado 94 . Tito Flaminino señaló un día a Filipo y escribió inmediatamente [2] a los aliados explicándoles que debían presentarse a la reunión; él mismo al cabo de unos días llegó a la entrada del valle de Tempe en la fecha señalada. Congregados los aliados, puesto que el consejo [3] lo formaban ellos exclusivamente, el general romano se levantó e invitó a cada uno a indicar las condiciones bajo las cuales se debía hacer la paz con Filipo. El rey [4] Aminandro habló de modo breve y comedido, y luego calló; dijo que todos pensaran en él, para evitar que, una vez abandonada Grecia por los romanos, Filipo dirigiera su cólera en contra suya; los atamanes siempre eran presa fácil de los macedonios tanto por ser débiles como por tener su territorio muy cerca. Después [5] de él se levantó Alejandro de Etolia y alabó a Tito Flaminino, porque había reunido a los aliados en consejo para tratar de la paz y porque había exhortado a todos [6] a exponer su parecer, pero señaló que el romano no entendía en absoluto aquellas circunstancias y que se engañaba si creía que, tras firmar la paz con Filipo, dejaría una calma segura a los romanos, o a los griegos [7] una libertad sin riesgos 95 . Nada de esto era factible: si Tito Flaminino quería cumplir totalmente los proyectos de su patria y sus propias promesas, formuladas a todos los griegos, afirmó que la única manera de hacer la paz con los macedonios era deponer a Filipo del [8] reino. Lo cual era muy fácil, si no se desperdiciaba la [9] ocasión de entonces. Tras disertar largamente acerca de esta proposición acabó su discurso.

[37 ] Tito Flaminino recogió la palabra y manifestó que Alejandro de Etolia no sólo ignoraba las normas de conducta romanas, sino también los proyectos que él abrigaba y, por encima de todo, lo que convenía a los [2] griegos. Pues los romanos nunca destruían inmediatamente a aquellos contra quienes acababan una guerra 96 : [3] confirmaba esta afirmación lo sucedido con los cartagineses y Aníbal. Por obra de éste y de aquéllos, los romanos habían sufrido lo más duro y, después que resultaron dueños de hacer sencillamente lo que quisieran, no tramaron nada irremediable contra los cartagineses. [4] Él, personalmente, jamás había sido de la opinión, agregó, de que se debía hacer la guerra a Filipo sin tregua. Si el macedonio hubiera accedido antes de ella a cumplir lo que se le indicaba, él se hubiera mostrado propicio a un pacto. Por eso se sorprendía, prosiguió, [5] de que, habiendo tomado antes parte en las reuniones acerca de la paz, ahora se revelen irreconciliables. «¿Será porque hemos vencido? ¡Entonces [6] esto es lo más desconsiderado! Porque en el momento de combatir los hombres valientes deben ser corajudos y altivos 97 . Si se ven derrotados, se comportarán con [7] dignidad y grandeza de alma; si vencen, su conducta será moderada, benigna y humanitaria. Vosotros ahora me aconsejáis lo contrario. ¿Qué duda cabe de que a [8] los griegos les conviene muchísimo humillar al poderío macedonio? Pero no de un modo que quede destruido.» Continuó diciéndoles que quizás muy pronto [9] sabrían lo que es la violencia de los galos y de los tracios 98 , que ya se ha desencadenado muchas veces. En definitiva, les dijo que él y los romanos que estaban [10] allí decidían que si Filipo se avenía a cumplir todo lo que le habían señalado los aliados, se le concedería la paz, pues con ello se seguía el parecer del senado de Roma; los etolios eran muy dueños de tomar sus propias determinaciones. Feneas quería hablar para [11] decir que así todo lo ganado hasta entonces había sido baldío, pues Filipo, si conseguía salir del mal paso actual, pretendería restablecer de golpe su poder. Tito Flaminino, sin levantarse, le dijo encolerizado: [12] «¡Feneas, basta ya de necedades! Pues yo dispondré el convenio de modo tal que, ni aun queriendo Filipo, podrá dañar a los griegos.»

Y, estando en éstas, se separaron. Al día siguiente [38 ] compareció el rey y, al tercero, se reunieron todos para la conferencia. Filipo se adelantó y, con tacto y habilidad, aplacó la dureza de los sentimientos de sus oponentes, [2] pues declaró que accedía y que cumpliría lo señalado por los romanos y por sus aliados, y que, en cuanto a lo demás, pasaba las decisiones al senado romano. [3] Dijo esto y todos guardaron silencio, a excepción de Feneas el etolio, quien exclamó: «¿Por qué no nos devuelves, Filipo, Larisa, Cremasta, Farsalo, Tebas [4] de Ptía y Equino?» Filipo repuso que las tomaran ellos mismos, pero Flaminino se lo denegó, diciendo que sólo Tebas de Ptía, «pero las demás no es necesario», [5] afirmó. De los tebanos explicó que, al acercárseles él con su ejército y rogarles que se pasaran a la lealtad romana, se negaron; ahora, pues, tras la guerra estaban sometidos, y él gozaba de la potestad, aclaró, [6] de decidir sobre ellos a su antojo. Feneas, muy enfadado, dijo, en primer lugar, que, puesto que han luchado en esta guerra, debían recuperar las ciudades que [7] antes estaban confederadas con ellos y que, además, según la primera alianza 99 , de lo cogido en la guerra, los bienes muebles serían para los romanos y las ciudades, para los etolios. En cuanto a esto, Flaminino aseguró [8] que desconocía ambas condiciones, pues la alianza había quedado sin efecto en el mismo momento en que los etolios dejaron a los romanos y se reconciliaron con [9] Filipo 100 , y aun en la hipótesis de que la alianza persistiera, ellos debían recuperar y tomar posesión no de las ciudades que se pasaron voluntariamente a la lealtad romana, que es lo que ahora han hecho todas las de Tesalia, sino de aquellas eventualmente conquistadas por la fuerza.

[39 ] Estas palabras de Tito Flaminino agradaron a todos, pero los etolios las llevaron muy a mal, como si fueran otro inicio de grandes conflictos 101 , ya que, poco después, [2] de esta diferencia y de esta chispa prendió el fuego de la guerra contra los etolios y el de la guerra contra Antíoco. El motivo principal que movía a Tito [3] Flaminino al cese de hostilidades era que sabía que, en Siria, Antíoco había levantado el campo con todo su ejército 102 y marchaba contra Europa, lo cual le [4] hacía recelar que Filipo se acogiera a esta esperanza, se quedara en las ciudades y alargara la guerra, e incluso que se presentara el otro cónsul y se le atribuyera el honor de toda la gesta.'Por esto, concedió al [5] rey lo que pedía, una tregua de cuatro meses. Filipo abonó a Flaminino doscientos talentos y le entregó como rehén a su hijo Demetrio 103 y a otros amigos; podía, además, enviar a Roma legados a tratar la situación y a confiar al senado la decisión definitiva. Y entonces [6] se separaron, tras jurarse fidelidad en todos y en cada uno de los puntos: estipularon que si no se llegaba a una paz definitiva Tito Flaminino devolvería a Filipo los rehenes y los doscientos talentos. Y ambos bandos enviaron a Roma sus legados, unos a pedir la paz y otros a oponerse a ella...

Sobre los engaños 104

¿Qué es lo que ocurre que [40 ] todo el mundo, engañado en lo mismo y por los mismos, no cesamos en nuestra necedad? Este tipo de villanía se ha dado mucho, lo han [2] cometido gran cantidad de personas. Sin duda no es [3] extraño que se dé en otros, pero sí lo es que este engaño atrape precisamente a los que son como fuente [4] de esta vileza. Pero la causa es que no reflexionan sobre el excelente dicho de Epicarmo:

Sé sobrio, sé desconfiado: he aquí el cimiento de la sabiduría 105 .

Fragmento sobre Medio 106

[5] Medio, ciudad de Etolia. Polibio en el libro decimoctavo.

Avance de Antíoco en Asia Menor 107

[41 a ] *** impedir a Antíoco que zarpara, y no por enemistad, sino recelando que si éste ayuda a Filipo, con ello se obstaculizará la libertad de Grecia.

[2] El rey Antíoco estimaba en mucho la plaza de Éfeso 108 , porque era estratégica, parecía ser una especie de fortaleza terrestre y marítima contra Jonia y contra las ciudades del Helesponto; a los reyes asiáticos les era un punto muy favorable para su defensa contra Europa.

Muerte y encomio de Átalo 109

Dice Polibio en su libro decimoctavo: [41 ] decimoctavo: Átalo falleció 110 , y es justo, igual que acostumbramos a hacer con otros 111 , pronunciar también sobre él una palabra adecuada. Pues desde el inicio de su marcha [2] hacia la realeza no tuvo ningún apoyo ajeno a su persona, sólo sus riquezas, las cuales, si se manejan con audacia [3] y prudencia, son de gran provecho para cualquier empresa, pero sin las cualidades antedichas acostumbran a ser para la mayoría de los hombres causa de estrago y, en fin, de perdición; porque engendran envidias [4] e insidias y tienen gran influencia en la ruina del cuerpo y en la del espíritu. Pocas son las almas capaces de rechazarla por el poder de la riqueza. Por eso [5] es digna de admiración la magnanimidad de Átalo, pues no se propuso usar sus recursos para otra cosa que no fuera llegar a la realeza; es imposible citar algo más importante o más bello. Átalo buscó cimentar sus [6] planes no sólo con liberalidad y favores a sus amigos, sino también con hazañas militares: venció en batalla [7] a los galos 112 , que entonces formaban el pueblo más belicoso y duro de Asia. Así empezó y fue el primero que se dio a sí mismo el título de rey. Alcanzó, pues, [8] este honor, vivió setenta y dos años, de los cuales reinó cuarenta y cuatro, y se comportó en su vida de manera venerable y prudente para su mujer y sus hijos. Fue [9] leal para con sus aliados y amigos, y murió en la más bella de las empresas, luchando por la libertad de Grecia 113 . Pero lo más importante es que dejó cuatro hijos [10] adolescentes, si bien aseguró tan firmemente la sucesión en el trono que el Imperio fue pasando a sus hijos y a sus nietos sin sufrir ninguna conmoción.

Embajadas a Roma 114

[42 ] Cuando Marcelo Claudio obtuvo la dignidad consular, llegaron a Roma los emisarios de Filipo y también los enviados de Tito Flaminino y de los aliados, todos para tratar [2] los pactos con Filipo. En el senado romano 115 se pronunciaron muchos discursos y los senadores decretaron [3] ratificar los acuerdos. Cuando el asunto se propuso al pueblo, Marco Marcelo, que deseaba pasar personalmente a Grecia, rechazó la ratificación y puso un gran [4] empeño en romper los pactos. El pueblo, sin embargo, siguió el parecer de Tito Flaminino y volvió a corroborar [5] los acuerdos. El senado entonces eligió diez hombres próceres y los mandó para manejar, junto con Tito Flaminino, la situación de Grecia y asegurar la [6] libertad de los griegos. También los legados aqueos disertaron en el senado acerca de su alianza; eran [7] Damóxeno de Egio y sus acompañantes. Pero allí hubo parlamentos contradictorios, porque los eleos disputaban públicamente a los aqueos Trifilia 116 , y los mesemos, que por aquel entonces eran aliados de los romanos, pretendían las plazas de Ásine 117 y de Pilos; los etolios querían Herea 118 ; la asamblea romana delegó la solución en la comisión de los diez. Y esto fue lo [8] que ocurrió en el senado romano.

Beoda: restauración y caída de Bráquiles 119

De Grecia: después de la batalla [43 ] 120 , Tito Flaminino pasaba el invierno en Elatea 121 ; los beocios, interesados en la recuperación de sus hombres que habían participado en la campaña de Filipo, remitieron unos legados a pedir seguridades a Tito Flaminino. Éste, con la intención de atraerse las simpatías [2] de los beodos, pues hacía tiempo que sospechaba de Antíoco, accedió muy bien dispuesto. Los prisioneros [3] beocios fueron repatriados inmediatamente desde Macedonia. Entre ellos se encontraba Bráquiles 122 , al que nombraron al punto beotarca 123 . Y lo mismo hicieron con otros de quienes se creía que eran amigos de la casa real de Macedonia: los honraron y distinguieron no menos que antes 124 . Enviaron también una embajada a [4] Filipo a darle gracias por el regreso de sus soldados, manchando con ello el favor que les había hecho Tito Flaminino. Al observar esto, Zeuxipo, Pisístrato y los [5] que eran notoriamente partidarios de los romanos lo llevaron a mal: preveían el futuro y temían por ellos mismos y por sus parientes. Sabían bien, en efecto, que [6] cuando los romanos evacuaran Grecia, Filipo quedaría en su flanco y apoyaría siempre a sus enemigos políticos; ellos no iban a tener en modo alguno segura su ciudadanía en Beocia. Por eso se pusieron de acuerdo y [7] [8] enviaron legados a Tito Flaminino en Elatea. Los legados se reunieron con el hombre en cuestión y le expusieron muchos y variados argumentos que hacían al caso: le hicieron comprender los impulsos que entonces movían a la plebe contra ellos mismos y la ingratitud [9] del populacho, acabando por decir sin tapujos que si no se suprime a Bráquiles y se mete miedo a la mayoría, cuando se hayan marchado las legiones los [10] amigos de los romanos ya no gozarán de seguridad. Tito Flaminino les escuchó atentamente y les dijo que él no iba a participar en el complot, pero que no pondría [11] obstáculos a lo que tramaban. Además hizo que trataran el asunto con Alexámeno, el jefe etolio 125 . [12] Zeuxipo y sus acompañantes le hicieron caso y entablaron conversaciones con el general etolio, quien se convenció en el acto y asintió a lo que se le exponía: dispuso tres soldados etolios y tres italianos con la misión de atentar contra la vida de Bráquiles.

[13] No hay testigo tan terrible ni acusador tan implacable como la conciencia que habita en el alma de cada uno 126 .

El establecimiento romano en Grecia y la declaración del Istmo 127

[44 ] Precisamente en esa época 128 llegaron de Roma los diez pióceres que debían manejar la situación de Grecia; llevaban consigo el decreto del senado acerca [2] de la paz con Filipo. El contenido del decreto 129 era el siguiente: «Todos los demás griegos 130 , tanto los de Asia como los de Europa, serán libres y se regirán por sus leyes propias, pero Filipo entregará a los romanos [3] los hombres que le estaban sometidos y las ciudades que ocupó con sus guarniciones; la entrega se efectuará antes de los juegos ístmicos. Las ciudades [4] son Euromo, Pédasa, Bargilia y la población de los yasios 131 ; igualmente, Abido, Taso, Mirina y Perinto 132 , de las cuales Filipo licenciará las guarniciones y las dejará ir libres. En cuanto a la independencia de la ciudad [5] de los cianeos 133 , Tito Flaminino debe escribir a Prusias comunicándole el decreto del senado. Filipo [6] restituirá a los romanos todos los prisioneros y los desertores en aquel mismo momento, y también las naves ponteadas, a excepción de cinco lanchas y de su gran nave con dieciséis bancos de remeros. Filipo debe pagar, [7] además, mil talentos, la mitad al contado y la otra mitad a plazos durante diez años.»

Se entregó este decreto a los griegos, que alegró y [45 ] satisfizo a todos, a excepción de los etolios, disgustados porque no alcanzaron lo que esperaban: murmuraban acerca de él y decían que allí no había hechos, todo era palabrería. Y, del mismo texto, extraían algunas [2] conclusiones probables destinadas a confundir las [3] mentes de los que las oían: los etolios sostenían que, en el decreto referente a las ciudades donde Filipo mantenía guarniciones, había dos decisiones. Por la primera se intimaba a Filipo la evacuación de estas guarniciones y la entrega de las ciudades a los romanos; por la segunda, a evacuar las ciudades y dejarlas en libertad. [4] Las ciudades a liberar venían señaladas nominalmente, y eran las de Asia; las entregadas a los romanos [5] estaba claro que eran las de Europa. Helas aquí: [6] Óreo, Eretria, Calcis, Demetríade y Corinto 134 . De esto saltaba a la vista que los romanos recogen de Filipo los grilletes de Grecia; lo que hay es un cambio de dominadores, en modo alguno una liberación de los griegos.

[7] Y esto es lo que los etolios repitieron una y otra vez. Tito Flaminino, por su parte, se marchó de Elatea 135 acompañado de la comisión de los diez mandatarios; tras hacer una escala en Antícira 136 , zarpó sin demora rumbo a Corinto. Al llegar allí celebró reuniones con [8] los corintios y deliberó sobre la situación general. Las acusaciones de los etolios arreciaban y algunos ya les daban crédito, por lo que Tito Flaminino se vio obligado en la reunión a proponer muchos y variados argumentos explicando que, si pretendían salvar intacto [9] el prestigio de los griegos y que todos crean que los romanos desde un principio atravesaron el mar no en provecho propio, sino en pro de la libertad de los griegos, ahora debían evacuar todos los lugares y liberar todas las ciudades ocupadas por Filipo. Pero el [10] consejo se encontró en un callejón sin salida, porque si bien en Roma ya se había tratado de las demás ciudades y los diez mandatarios habían recibido acerca de ellas instrucciones precisas, no obstante, acerca de Corinto, de Calcis y de Demetríade, por consideración a Antíoco se había otorgado a los diez la libre potestad de determinar según su opinión lo que pareciera más idóneo a los tiempos y favorable a Roma: era indudable [11] que el rey aludido espiaba desde algún tiempo la situación de Europa. Sin embargo, Tito Flaminino logró [12] imponer en el consejo el criterio de liberar, en el acto, Corinto y entregar la plaza a los aqueos, según los acuerdos iniciales, pero se quedó con el Acrocorinto, Demetríade y Calcis.

Éstos fueron los acuerdos tomados. Llegó el tiempo [46 ] de los juegos ístmicos, y se reunieron en Corinto casi todos los hombres más famosos del universo, por la expectación de las gestas ya inmediatas; en toda la gran aglomeración se oían muchas y diversas teorías: unos decían que era impensable que los romanos se [2] mantuvieran lejos de ciertos lugares y ciudades, otros precisaban que Roma iba a permanecer lejos, ciertamente, de los lugares tenidos generalmente por estratégicos, pero que, si lo lograban, retendrían posiciones menos conocidas, desde luego, pero que iban a prestarles una utilidad no menor. Y en sus conversaciones [3] privadas señalaban inmediatamente, compitiendo en ingenio, cuáles eran estas plazas. Debatíanse los hombres [4] en esta duda y la masa se congregó en el estadio para asistir a los juegos. Entonces se adelantó un heraldo, [5] hizo callar al gentío con un toque de corneta y proclamó el siguiente anuncio: «El senado romano y Tito [6] Quinto Flaminino, cónsul y general, que han hecho la guerra contra Filipo y los macedonios, dejan libres, sin guarnición, sin imponer tributos, y permiten usar las leyes patrias a los corintios, a los focenses, a los locros, a los eubeos, a los aqueos de Ptía, a los magnesios, a los tesalios y a los perrebios.» Estalló al punto una ovación formidable: algunos no oyeron la proclama, [7] otros querían oírla de nuevo. La gran mayoría de aquellos hombres no lo acababa de creer, pareciéndoles que oían lo dicho como en sueños. ¡Era tan inesperado [8] lo que ocurría! Todos gritaban con renovado impulso que el heraldo y el corneta avanzaran hacia el centro del estadio y se hiciera de nuevo la proclama. Aquellos hombres querían, creo yo, no sólo oír, sino también ver al que hablaba, debido a que su anuncio [9] era verdaderamente increíble. Y cuando el heraldo se hubo adelantado hasta el medio y, a toque de corneta, acalló el vocerío de la multitud e hizo la proclama en los mismos términos que antes, se prorrumpió en aplausos tan atronadores, que los que ahora conseguían oír no lograban hacerse cargo totalmente de lo [10] ocurrido. Cuando cesaron las aclamaciones, nadie reparó en absoluto en los atletas, pues todos hablaban, unos con sus vecinos y otros consigo mismos, como si [11] no estuvieran en sus cabales. Y después de los juegos, debido a los transportes de alegría, por poco en su [12] gratitud matan a Tito Flaminino: unos querían verle de frente y llamarle salvador 137 , otros se empeñaban en cogerle la mano, la mayoría le arrojaba coronas y [13] cintas de lana. Sí, por poco, matan al hombre. Y aun siendo las muestras de agradecimiento tan desmesuradas, no faltó quien dijera que estaban todavía a gran distancia, por defecto, desde luego, de la magnitud de la concesión. Y, efectivamente, era admirable que los [14] romanos y su general Tito Flaminino adoptaran esta actitud hasta el punto de arrostrar dispendios y cualquier peligro por la libertad de los griegos, era una gran cosa que aportaran las tropas que su propósito exigía, pero lo más sorprendente de todo ello fue que [15] ningún azar 138 obstaculizara el intento, sino que todo convergió sencillamente en un punto, como si por aquella proclama solamente no sólo los griegos moradores de Asia, sino también los de Europa se convirtieran en hombres libres, no ocupados militarmente, exentos de tributos 139 , regidos por sus propias leyes.

Acabados los juegos, los romanos trataron en primer [47 ] lugar con los comisionados de Antíoco y les ordenaron abstenerse de atacar las ciudades autónomas de Asia 140 y de hacerles cualquier tipo de guerra: las que ahora dominaba pertenecientes a Ptolomeo o a Filipo, debía evacuarlas. Además le añadieron que no pasara [2] con tropas a Europa 141 , pues ya nadie hacía la guerra a ningún griego, ni había griegos sometidos a quienquiera que fuese. Declararon que algunos de ellos irían al encuentro [3] [4] de Antíoco. Hegesianacte 142 y Lisias regresaron [5] al rey con esta respuesta; tras ellos fueron llamados todos los presentes allí de los diversos pueblos y ciudades, a quienes se expusieron las decisiones de los comisionados, De entre los macedonios los romanos [6] concedieron la independencia a los llamados orestos 143 , porque durante la guerra se les habían pasado, y dieron la libertad a los perrebios, a los dólopes y a los magnesios. [7] Se la otorgaron también a los tesalios, a quienes asignaron los aqueos de Ptía, pero excluyendo Tebas de [8] Ptía y Farsalo, pues esta última plaza la reclamaban los etolios con mucho empeño: afirmaban que les correspondía ya por el primer convenio; lo mismo decían [9] de Léucade. Los miembros del consejo trasladaron al senado romano la decisión acerca de estas ciudades, pero permitieron a los etolios la continuación de los focenses y de los locros en su confederación, que era [10] ya la situación de antes. Los romanos dieron a los aqueos Corinto, Trifilia y la ciudad de Herea. Y el parecer general era entregar Oreo y Eretria al rey Éumenes, [11] pero Tito Flaminino lo discutió al consejo, y no se tomó la correspondiente decisión. Dè ahí que, tras un breve tiempo, las ciudades en cuestión fueran declaradas libres por decreto del senado romano y, con [12] ellas, también Caristo 144 . A Pléurato 145 le confiaron Licnis y Parto 146 , que eran plazas ilirias sometidas hasta entonces a Filipo. Y, finalmente, concedieron a Aminandro [13] el dominio de los fuertes que durante la guerra había arrebatado a Filipo.

Tomaron, pues, todas estas determinaciones y los [48 ] diez comisionados romanos se dividieron: Publio Léntulo navegó hasta Bargilia y liberó la plaza; Lucio Estertinio [2] se llegó a Hefestia 147 y Taso y a las ciudades tracias, e hizo lo propio. Publio Vilio 148 y Lucio Terencio [3] se dirigieron a Antíoco, y Cneo Cornelio 149 , al rey Filipo. Estos últimos, reunidos con él en Tempe, conferenciaron [4] acerca de los temas de los que poseían instrucciones y le aconsejaron, además, que enviara emisarios a Roma a concertar una alianza, para evitar dar la impresión de que acechaba su oportunidad y esperaba la llegada de Antíoco. El rey aceptó estas sugerencias [5] y ellos partieron en seguida y llegaron a la asamblea etolia en Termo 150 . Se adelantaron a hablar [6] al pueblo y exhortaron a los etolios, con muchos argumentos, a que se mantuvieran fieles a sus primeros propósitos y continuaran siendo amigos de Roma. De [7] los muchos etolios presentes, unos reprocharon a los romanos de manera política y sin ofender que no habían explotado su triunfo en provecho de todos y que [8] no se habían avenido a los convenios primeros. Pero otros etolios hablaron injuriosamente y afirmaron que los romanos jamás hubieran navegado hasta Grecia ni hubieran derrotado a Filipo, si no hubiera sido por [9] ellos 151 . Cneo se negó a defenderse y sugirió a los etolios que enviaran legados a Roma, donde el senado les [10] haría justicia completa. Ellos, convencidos, los remitieron. Y éste fue el final de la guerra contra Filipo 152 .

Antíoco y la ciudad de Lámpsaco: negociaciones de de Lisimaquia 153

[49 ] Si, como se dice, están en las últimas, buscarán refugio entre los romanos 154 , les entregarán la ciudad 155 y a ellos mismos.

[2] A Antíoco todo le salía según sus cálculos. Estaba ya en Tracia, cuando acudió a su encuentro, en Selimbria 156 , Lucio Cornelio, que era un emisario del senado romano enviado a lograr una paz entre Antíoco y Ptolomeo.

[50 ] En aquella misma ocasión, de los diez comisionados, Publio Léntulo llegó de la ciudad de los bargilios; Lucio Terencio y Publio Vilio llegaron de Tasos. El rey [2] Antíoco conoció en seguida la presencia de éstos y, al cabo de pocos días, se reunieron todos en Lisimaquia 157 . Asistían también Hegesianacte y Lisias, enviados, a la [3] sazón, a Tito Flaminino. Los encuentros privados entre [4] el rey Antíoco y los romanos habían sido llanos y muy cordiales, pero después, al celebrarse la conferencia conjunta sobre la situación general la cosa tomó un cariz muy distinto, porque Lucio Cornelio exigía [5] que Antíoco abandonara las ciudades que había ocupado en Asia, se refería a las pertenecientes a Ptolomeo, al tiempo que urgía vehementemente que las sometidas a Filipo fueran evacuadas sin dilaciones. En [6] efecto, era ridículo que los trofeos que los romanos habían ganado en su guerra contra Filipo, ahora viniera Antíoco y se los llevara. Avisó también a éste que no [7] atacara las ciudades autónomas 158 . Y dijo que le extrañaba [8] enormemente el motivo que le había hecho pasar a Europa con tantas fuerzas terrestres y marítimas; si se calculaba la cosa correctamente, no quedaba razón que no fuera la de atacar, a los romanos. Tras [9] exponer todo esto, Lucio Cornelio guardó silencio.

Antíoco manifestó, en primer lugar, que no acababa [51 ] de ver con qué razón le discutían las ciudades de Asia: en todo caso, esto hubiera correspondido hacerlo a todos los demás más que a los romanos. En segundo lugar [2] exigió que no se inmiscuyeran en los asuntos de Asia, pues él no se interfería en absoluto en los de Italia. Explicó que había pasado a Europa con aquellas [3] tropas para recuperar las ciudades del Quersoneso y de Tracia 159 , pues el dominio de estas plazas le correspondía más a él que a cualquier otro. En efecto, [4] desde el principio este gobierno era de Lisímaco 160 , pero Seleuco le hizo la guerra y en ella lo derrotó, de modo que todo el reino de Lisímaco pasó a Seleuco a punta [5] de lanza. Después, en tiempos de sus antepasados, las turbulencias motivaron que, primero, Ptolomeo 161 y, después, Filipo robaran estas poblaciones y se quedaran [6] con ellas. Él mismo ahora las reclamaba no aprovechándose de las dificultades de Filipo, antes bien [7] las recuperaba usando de su justo derecho. Y no hacía ninguna injuria a los romanos si restituía a los lisimaqueos, absurdamente expulsados por los tracios, [8] a su ciudad y se la restauraba, pues al hacerlo, explicó, no pretendía pelearse con los romanos, sino disponer [9] un palacio a Seleuco 162 . Declaró que las ciudades autónomas de Asia debían alcanzar la libertad no por las órdenes de los romanos, sino por sus propios méritos. [10] En lo referente a Ptolomeo, aseguró que él, personalmente, dispondría las cosas según pluguiera al egipcio; había decidido establecer con él no sólo lazos de amistad, sino, además de esta amistad, contraer parentesco.

[52 ] Lucio Cornelio pensó que era preciso llamar a los lampsacenos y a los de Esmirna y concederles la palabra. [2] Y así se hizo. De los lampsacenos se presentaron Parmenión y Pitodoro, y de los esmirneos, Cirano. [3] Éstos hablaron con suma franqueza y Antíoco se molestó porque le parecía que sometían su disputa a un [4] tribunal romano, de modo que interrumpió a Parmenión diciéndole: «Detén este torrente de palabras, pues no es ante los romanos, sino ante los rodios ante quienes os concedo discutir vuestras desavenencias.» Y así [5] se disolvió la asamblea, sin llegar a ningún tipo de acuerdo.

Caída de Escopas y de Dicearco: mayoría de edad de Ptolomeo V Epífanes 163

Las gestas bellas y extraordinarias, [53 ] las anhelan muchos, pero son pocos los que osan poner la mano en ellas. Ciertamente, Escopas [2] tenía muchos más motivos que Cleómenes 164 para arriesgarse y exponerse, pues [3] este último había quedado relegado y reducido a las esperanzas depositadas en sus sirvientes y amigos y, sin embargo, no las dejó correr, sino que se aferró a ellas todo lo que pudo, prefiriendo morir con honor a vivir con vergüenza. Aunque Escopas disponía de [4] un fuerte contingente dispuesto a colaborar oportunamente, cuando el rey era todavía un niño 165 , fue remiso y se dejó atrapar, digamos que expresamente. Aristómenes 166 [5] conocía, en efecto, que Escopas reunía a sus partidarios en su propia casa y que tramaba un complot juntamente con ellos. Por medio de unos escuderos lo convocó al consejo real. Pero Escopas estuvo [6] tan fuera de sus cabales, que ni se atrevió a realizar sus planes ni tuvo el coraje de atender la convocatoria del rey, lo cual ya es lo último y lo peor de todo. Informado [7] de su decisión irracional, Aristómenes le rodeó la casa con tropas y elefantes; mandó, además, a [8] Ptolomeo Éumenes 167 , acompañado de soldados, con la orden de llevárselo: si no consentía de buen grado, debían detenerle por la fuerza. Ptolomeo Éumenes llamó [9] a la casa y manifestó que el rey reclamaba la presencia de Escopas. Éste, primero, desatendió las órdenes: miraba fijamente a Ptolomeo, y quedó así largo rato como [10] si amenazara y se admirara de su audacia. Ptolomeo avanzó y lo agarró sin temor por la túnica; Escopas [11] pidió auxilio a los presentes. Pero fueron entrando más soldados, al tiempo que alguien indicaba a Escopas la situación exterior. Entonces, Escopas cedió a las circunstancias y, con sus amigos, siguió a Ptolomeo Éumenes.

[54 ] Así que llegó al consejo real, el rey lo acusó en breves palabras y, tras él, Polícrates 168 , que acababa de llegar de Chipre; el último en hablar fue Aristómenes. [2] Y su acusación fue, más o menos, como las precedentes, sólo que añadió a lo ya citado la reunión con sus amigos y el haberse negado a obedecer la llamada del [3] rey. Por cuyas inculpaciones lo condenaron no sólo los asistentes al Consejo, sino también los embajadores [4] de países extranjeros allí presentes. Aristómenes, cuando se dispuso a formular la acusación, entre otros muchos hombres ilustres de Grecia citó a los embajadores que los etolios habían remitido a tratar de la paz, entre los que figuraba Dorímaco 169 , el hijo de Nicóstrato. [5] Cuando todos hubieron hablado, tomó la palabra Escopas, que intentó aducir algunos argumentos en su defensa, pero nadie le hizo el menor caso, porque lo que decía no tenía la menor coherencia. Y se le encarceló [6] al punto, junto con sus amigos. Ya de noche, Aristómenes mató por medio de un veneno a Escopas [7] y a todos sus cómplices; a Dicearco 170 le aplicó, antes de matarlo, el suplicio de la flagelación y el del potro, cobrándose así la deuda pública y común que debía a todos los griegos. Pues este Dicearco es aquel hombre [8] que cuando Filipo se propuso tomar, rompiendo la tregua, las islas Cícladas y las ciudades del Helesponto, estuvo al frente de la armada macedonia en calidad de almirante y de comandante de toda la campaña. Enviado a una misión manifiestamente impía, no [9] pensó en absoluto cometer ningún crimen y, en el colmo de su necedad, supuso que podría aterrorizar a los hombres y a los dioses: allí donde ancló las naves [10] levantó dos altares, uno dedicado a la Impiedad y otro a la Ilegalidad 171 , encima de los cuales ofreció sacrificios y adoró a las dos como si fueran divinidades. De [11] modo que me parece que alcanzó el justo castigo de los hombres y de los dioses: había dispuesto su vida de una manera antinatural, y, lógicamente, su muerte fue también antinatural. El rey Antíoco permitió, a los demás etolios que lo quisieran, retirarse a su país. Y ellos se fueron llevándose lo que poseían.

Mientras Escopas vivió fue famoso por su codicia [55 ] (pues en avaricia superaba a todos los demás hombres), pero, una vez muerto, lo fue todavía más por la gran cantidad de oro y de ricos ajuares encontrados en su casa. Cómplice de su salvajismo y de sus borracheras [2] fue un tal Carimorto 172 , con cuya ayuda desvalijó el palacio real como si fuera un vulgar salteador.

Después de haber liquidado convenientemente el [3] problema de los etolios, los oficiales de la corte empezaron sin tardanza a preparar las fiestas de la proclamación del rey, no porque la edad de Ptolomeo urgiera a ello, pero creían que así la situación mejoraría y que el reino adquiriría un cierto grado de tranquilidad, al parecer que el rey actuaba con plenos poderes. [4] Dispusieron los preparativos con magnificencia y realizaron la ceremonia de una manera acorde con la dignidad de la realeza; es creencia común que Polícrates es el que colaboró en la realización del proyecto. [5] Este hombre, en efecto, ya en su juventud, durante el reinado del padre de Ptolomeo 173 , no cedía a nadie, en la corte, el primer lugar ni en lealtad ni en gestas, [6] y lo mismo durante el reinado de este rey. Le confiaron la isla de Chipre y los impuestos que se recaudaban en ella, y en circunstancias difíciles y cambiantes no sólo salvó la isla para el muchacho, sino que juntó una buena cantidad de dinero que, luego, cuando viajó a la corte, liquidó al rey; el gobierno de Chipre lo había [7] confiado a Ptolomeo de Megalópolis 174 . Todo ello le granjeó una gran aceptación y preponderancia en los tiempos siguientes, pero después, a medida que avanzaba en edad, cayó en una vida licenciosa y depravada. [8] Ya en su madurez se ganó una mala fama, como la de Polícrates, también Ptolomeo, el hijo de Agesarco. [9] Cuando llegue el momento oportuno, no dudaremos en explicar los hechos vergonzosos con que contaminaron ambos su propia dignidad 175 .

1 Estamos en noviembre del año 198 a. C. Las operaciones en los dos primeros años de esta guerra (segunda guerra macedonia), que fue inevitable por las exageradas exigencias de los romanos a Filipo V (cf. XVI 34, 4-6), no dieron ventaja decisiva a ninguna de las dos partes. Los romanos y sus aliados, los rodios y Átalo de Pérgamo, se hicieron dueños del mar, pero ello quedaba neutralizado por los éxitos de Filipo en su campaña por tierra, que le aseguraron el dominio de Macedonia, del Epiro y de anchas zonas de Tesalia. Pero, en mayo del año 198, asumió el mando de las operaciones en Macedonia el cónsul Tito Quinto Flaminino, que forzó a Filipo a evacuar su posición de seguridad en el río Aoo, junto a Antigonea, y a retirarse hasta el paso de Tempe. Por vía diplomática, Flaminino logró que la liga aquea entrara en la coalición antimacedonia. Filipo pidió negociaciones que tuvieron lugar en Nicea, plaza de la Lócride. Pero la conferencia no condujo a nada y la guerra prosiguió, hasta que la derrota de Filipo en Cinoscéfalas (junio del 197) le llevó a negociaciones definitivas con Flaminino.

2 Una profunda penetración del mar Egeo, a la altura del N. de la isla de Eubea, en cuyo borde sur se encuentra la ciudad de Nicea, capital de los locros epicefirios.

3 Cf. 8, 7; 34, 4.

4 Hijo de Neón y nieto de Ascondas, partidario, como su padre y su abuelo, de Macedonia. Murió asesinado por partidarios de Roma, cf. 43, 1-3; XX 7, 3; XXII 4, 7. Ciclíadas fue nombrado comandante en jefe de los aqueos y se opuso a las tentativas de Filipo V de hacer que la liga aquea se coaligara con él contra Roma. La alianza de la liga aquea con Roma hizo que saliera desterrado, cosa que Polibio debió narrar (cf. «por las causas que dijimos antes»), pero que no nos ha llegado.

5 Cf. nota 102 del libro XVI.

6 Almirante de Átalo en la batalla de Quíos. Cf. XVI 3, 7.

7 Aristeno, general aqueo en 199/198, fue el que propugnó que la liga aquea se pusiera del lado de los romanos (TITO LIVIO , XXXII 1-3). Este Jenofonte citado a continuación nos es un personaje desconocido.

8 Acesímbroto, sucesor de Cleoneo, a quien Teofilisco nombró para sucederle tras la batalla de Quíos. Asumió el cargo en el año 200, o bien el 199 a. C.

9 General etolio para el período 198/197; era la cabeza del partido prorromano en Etolia.

10 Seguramente, etolios.

11 Hultsch, en su aparato crítico del texto griego cita aquí la conocida frase de Bismarck: «Wir Deutschen fürchten Gott, aber sonst nichts in dieser Welt.» La distinción entre miedo y desconfianza es, realmente, muy tenue en este contexto.

12 Ptolomeo IV Filopátor (221-204? a. C.).

13 Cf. nota 31 del libro XVI.

14 Perinto, fundación griega (llamada más tarde Heraclea, la actual Eregli), en la costa tracia. En esta época era plaza independiente, pero en 189 a. C. sabemos con certeza que pertenecía al reino de los atálidas.

15 Sobre Alejandro Isio, cf. XIII 1, 1.

16 No se reprocha a Filipo que destruya las ciudades, sino que lo haga gratuitamente, sin necesidad alguna. Recuérdese que, en las primeras fases de la segunda Guerra Mundial, los alemanes centraron buena parte de su propaganda en el hecho de Que limitaban las destrucciones en terreno enemigo al mínimo indispensable.

17 El paso por Viossa (Aous) junto a Antigonea, que cubría la ruta en dirección sudeste, ocupada por Filipo en la primavera del 198, de donde lo expulsó Flaminino.

18 Cf. nota 68 del libro XV.

19 Para Equino, cf. IX 41, 1-42, 4.

20 Es Tebas de Ptía, no la capital de Tesalia.

21 Ptía, capital de Ptiótide, pequeña región al S. de Tesalia. Era la patria de Aquiles.

22 Farsalo y Larisa, plazas tesalias, la primera al S. y la segunda al N. de Tesalia, casi en la frontera con Magnesia.

23 Los ciudadanos etolios podían tomar privadamente parte en una guerra, si se lo autorizaba la liga etolia, aunque Etolia permaneciera neutral.

24 Los agreos vivían al SE. del golfo de Ambracia, los apodotes al SE. de Etolia, en el curso medio del río Dafno, y Anfiloquia estaba en la punta oriental del golfo de Ambracia. Por lo demás, EURÍPIDES llama a los etolios semibárbaros (Fenicias 138); TUCÍDIDES , Historia de la guerra del Peloponeso III 94-98, habla de los apodotes; véase A. W. GOMME , Commentary on Thucydides I , Oxford, 1962, págs. 399-408.

25 De Antígono Dosón.

26 Cf. VIII 12, 2.

27 El texto griego usa, ciertamente, el plural, pero Átalo tomó parte sólo en la batalla de Quíos.

28 Excepto Flaminino.

29 Tronio, capital de los locros epicnemidios, conquistada por Filipo en el año 208 a. C.

30 Esto es falso: sabemos por Tito Livio que el cónsul Flaminino gozaba de plenos poderes.

31 De noviembre del 198 a enero del 197 a. C.

32 Cf. XXI 31, 13. Fue general etolio en los años 200/199 a. C. Dicearco de Triconio será general bastante más tarde, en 195/194; los otros legados etolios nos son desconocidos.

33 Turios es una ciudad acarnania.

34 Aquí la tradición manuscrita griega vacila: mientras unos entienden «de Egas» (Aigaí , pequeña plaza al S. de Macedonia), otros leen, quizás más acertadamente, «de Egio», ciudad políticamente importante en esta época.

35 En el año 199 a. C., cuando Sulpicio forzó el paso modernamente llamado de Banitza, el mismo año en que Flaminino forzó el paso del río Aoo (3, 9).

36 Cf. 11, 2.

37 En los capítulos 13-15, Polibio presenta y defiende, e ilustra por vía negativa, el ideal helenístico de autonomía: es traidor no el que obliga a alianzas, o a cambiarlas, sino el que provoca la injerencia de la potencia aliada en los asuntos y los conflictos internos de su Estado para extraer de ello un beneficio o para perjudicar a sus rivales. Un ejemplo concreto lo presentará después (XXIV 8-10) la política de Calícrates con Roma.

38 Aristeno de Megalópolis, general de la liga aquea, que, en el año 198 a. C., hizo pasar la ciudad de Sición al partido de los romanos; hasta entonces había sido aliada de Filipo V. Polibio, pues, ilustra su tesis con ejemplos contemporáneos.

39 Sobre Cércidas, cf. II 48, 4. De Jerónimo y Eucámpidas habla PAUSANIAS , VIII 27, 2, como ciudadanos de Ménalo, ciudad arcadia.

40 Personajes desconocidos, así como también los siguientes, si bien de los segundos se puede afirmar que fueron ciudadanos de Argos.

41 DEMÓSTENES , XVIII 295, añade un tercer personaje, Trasideo. Los tres sirvieron activamente la política de Filipo II.

42 También aquí Demóstenes añade otro personaje, Anemoetas. Pero, por el testimonio de DINARCO , In Demosthenem 74, se le menciona como amigo de Demóstenes, de modo que su trayectoria política no fue uniforme.

43 Es verdad: léase la larga lista de nombres que DEMÓSTENES ofrece en XVIII 295.

44 Para la invasión de Laconia, por parte de Filipo, en el otoño del 338 a. C., cf. IX 28, 6; 33, 8.

45 Cf. IX 33, 12.

46 En este capítulo, Polibio define positivamente el concepto de traidor.

47 He aquí el texto de DEMÓSTENES , XVIII 47: «Luego que el que busca gobernar se hace dueño de la situación y se convierte en señor de los que se lo han proporcionado, muy consciente de su perversidad, entonces les odia, desconfía de ellos y los ultraja.»

48 Cuando Filipo vio que su intento de aproximación al senado había fracasado, entabló conversaciones con Nabis, tirano de Esparta, sobre la plaza de Argos. Su oferta era: si ganaba la guerra contra los romanos, Argos quedaría en su poder, si la perdía la plaza pasaría a poder de Nabis, lo que realmente ocurrió. Pero Nabis traicionó a Filipo y abrió, a su vez, negociaciones con los romanos.

49 En el año anterior, 198 a. C.

50 La referencia es, seguramente, a que estas tierras de cultivos habían sido dadas como garantía contra una prestación de dinero en la época de la primera guerra macedonia.

51 Sobre Cencreas, cf. V 29, 5, y la nota 164 del libro II.

52 Cf. IV 81, 7 y XVI 37, 5.

53 Se llamaba Apega, cf. XIII 7, 2 y sigs.

54 Cf. la nota 1 de este libro. La palabra «Cinoscéfalas» (=cabezas de perro) no designa un monte, sino toda la cadena montañosa que va de Larisa a Farsalo.

55 En un coloquio sostenido tras la comunicación de F. W. WALBANK , «Polybius between Greece and Rome», en Polybe. Neuf exposées ..., págs. 3-31, el profesor Marsden (ibid ., pág. 37) parte de esta comparación entre las estacas griegas y las romanas, decidiendo que éstas son mejores, para señalar, negativamente, que Polibio no llegó a contestar la pregunta que da origen a su historia, el porqué de la superioridad romana sobre el universo, los famosos cincuenta y tres años en que se adueñó prácticamente de todo el mundo conocido (cf. I, 1, 5). Nicolet repuso que la respuesta sí existe, a saber, todo el libro VI polibiano, que contiene el tratado de militia romana y el estudio de la Constitución de Roma.

56 Desde Tebas de Ptía; lo sabemos por TITO LIVIO , XXXIII 5, 1-4.

57 Feras está en la Pelasgiótide; es la actual Velestino.

58 Seguramente de caballería; la palabra griega no lo precisa. Por lo demás, lo que realmente destacaba del ejército etolio era la caballería.

59 Deportado a Roma el año 170 a. C., como jefe de la facción etolia antirromana, no puede excluirse que conociera personalmente a Polibio y le explicara el desarrollo de la batalla.

60 Los cercados eran lo que obstaculizaba a los combatientes.

61 Cf. X 42, 3; cf. también nota 162 del libro X.

62 Sobre las marchas y contramarchas que precedieron a la batalla de Cinoscéfalas, cf. WALBANK , Commentary , ad loc., donde hay un plano de toda la operación.

63 No es la Eretria más conocida de la isla de Eubea, sino la de Ptiótide, lo que precisa la restitución de la laguna inmediata.

64 El río Onquesto, que pasa por la ciudad que llevaba su nombre, es el actual Platanoreuma, en el centro de Beocia.

65 La grafía no es segura; algunos manuscritos dan Testideo. Como sea, estaba al S. de Tesalia. En Testideo transcurre la acción de la Andrómeda de Eurípides. Quizás no sea exactamente un topónimo, sino un barrio de la ciudad de Ptía.

66 Este Arquidamo aparecerá más tarde como líder de la facción etolia antirromana, es decir, habrá cambiado de partido, cf. XX 9, 2; XXVIII 4, 8. Sobre Eupólemo, cf. 19, 11.

67 Las malas condiciones atmosféricas.

68 Cf. 19, 11.

69 Formada por una legión y sus auxiliares.

70 Cf. XVI 27, 1.

71 Cf. 23, 8.

72 Parece que Polibio se ha olvidado de Nicanor. Cf. 24, 12.

73 Ésta es la primera gran derrota de Filipo V, que los historiadores comparan con la que Napoleón sufrió en Jena en 1806 a manos de los prusianos. El resultado de la batalla fue que, desde entonces, la dinastía macedonia se vio reducida a sus límites estrictos. Como protagonista de la historia general de Grecia, Macedonia se esfumó.

74 Valle de 8 km. de longitud, famoso en la antigüedad por la belleza de sus paisajes y su vegetación. Es el paso natural de Grecia central a Macedonia. Por él fluye el río Peneo.

75 No sabemos dónde estaba la Torre de Alejandro; Gonnos estaba en la punta occidental del valle de Tempe.

76 Esto es típico del método de Polibio: no trata los temas en abstracto, sino que espera a hacerlo cuando un caso concreto se presta a ilustrar su tesis. Aquí, concretamente, cf. VII 13, 2.

77 Polibio concibe aquí la confrontación de la legión romana y la falange macedonia como una final de un campeonato, en el que ambas han eliminado, sucesivamente, a sus rivales respectivos.

78 No es el azar el que decide una batalla, sino la razón, cf. II 7-8.

79 Versos de la Ilíada XIII 131-133.

80 Para huir.

81 Los principes y los hastati .

82 No se ve exactamente la referencia. Lo más probable es que fuera un diario de campaña o unas memorias del rey.

83 El término griego es metánoia , que más tarde jugará un papel importantísimo en la incipiente teología cristiana, principalmente en San Pablo, significando «cambio de mentalidad».

84 Polibio insiste una y otra vez en la humanidad de Tito Flaminino; al final de la batalla de Cinoscéfalas procura salvar la vida de los vencidos (26, 11); aquí atiende a los prisioneros. Es interesante, a este respecto, WALBANK , «Polybius between Greece...», en Polybe. Neuf exposées ..., pág. 15: la idea ha pasado de Polibio a Diodoro y a Catón, generalizando esta humanidad a todos los romanos. Pero Polibio, en el fondo, critica desfavorablemente la iniciativa romana en la tercera Guerra Púnica.

85 A tanto llegó la cosa que el poeta ALCEO DE MESENE compuso el siguiente epitafio:

Insepultos tesalios, por nadie llorados yacemos

en este alcor, treinta mil, tú que nos ves al pasar.

Ares nos domeñó con hombres de Etolia y de Roma,

que de Italia, país espacioso, Tito llevó.

Gran dolor para Ematia. Mas el sinvergüenza Filipo

escapó más febril que el ciervo raudo y veloz.

El poema nos ha sido transmitido por Plutarco en su biografía de Tito Flaminino, y fue recogido por la Antología Palatina. Plutarco cuenta que el hiriente poema indignó más a Tito Flaminino que al propio Filipo.

86 Para Demóstenes y Ciclíadas, cf. 1, 23; Limneo debe de ser el citado como rehén en XXIX 4, 6.

87 La frase es vaga, pero la referencia debe de ser a las guerras que Roma libró en su flanco oriental antes del 200 a. C.

88 La primera fue la guerra contra Cartago en tierras sicilianas; cf. I 5.

89 Lucio Emilio Paulo, hijo del cónsul del mismo nombre que murió en la batalla de Cannas.

90 Ya se ha notado alguna otra vez que la expresión «hijo natural» significaba «hijo habido con la esposa propia» para distinguirlo de cualquier otro tipo de hijo. Aquí la madre es Papiria, pero Lucio Emilio Paulo padre se divorció de ella; la segunda esposa, aludida más abajo, ignoramos cómo se llamaba.

91 Sobre este personaje y su carrera política, cf. XXIV 14, 2; XXXI 22-24, 28; XXXIII 7, 3; XXXVI 5, 8.

92 Es el famoso Escipión Africano el Viejo; cf. XXXI 26, 1.

93 En el año 146 a. C.; cf. XXXVIII 19-22.

94 Será XXXI 22-30.

95 La previsión de Alejandro de Etolia era certera; escribe BENGSTON , Geschichte , pág. 453: «Die Räumung Griechenlands durch die Römer erweist sich bald als ein schwerer politischer und strategischer Fehler. Denn inzwischen hatte der Seleukide Antiochos III seine Hand auf die Meerengen gelegt.»

96 Aquí emerge el concepto de guerra justa, que luego se incorporará más claramente a la ética y a la política; el origen del concepto parece ser estoico. Cf. V 11, 5. Siglos más tarde, el problema ocupará extensamente a los teólogos cristianos medievales y aun en los tiempos del Renacimiento y del Barroco.

97 Cf. XXXVII 8, 8, donde Polibio explica que precisamente ésta es la conducta de los romanos.

98 Cf. IX 34, 11, por lo que se refiere a la violencia de los gálatas (o galos, concretamente los de las Galias), y 35, 3, para el argumento de que Macedonia es tradicionalmente baluarte de Grecia contra los bárbaros.

99 Es la alianza del año 211 a. C., cf. IX 28-39.

100 Fue en el año 206 a. C., cf. la nota 1 de este libro.

101 Cf. XI 5, 9.

102 Sobre los movimientos de Antíoco III, cf., más abajo, 41.

103 Era el segundo hijo de Filipo V; a la sazón, contaba sólo once años.

104 Una temática o comentarios similares, en V 75, 4; XV 25, 5.

105 El dicho, con mínimas variantes textuales, fue muy corriente en la antigüedad grecolatina, cf. WALBANK , Commentary , ad. loc. Epicarmo, poeta cómico dórico siciliano, reivindica para sí ser el creador de la comedia como género literario, cosa que no todos le conceden. Concretamente sobre esta cita, C. WUNDERER , Zitate ..., pág. 51. Quizás en la sabiduría popular este dicho ha culminado en el catalán «pensa mal i no erraràs», pero, sobre su empleo como norma de vida, las objeciones éticas y morales son evidentes.

106 Cf. nota 11 del libro II.

107 Después de su campaña victoriosa contra Ptolomeo V Epífanes, Antíoco III venció a Escopas en Sidón y le forzó a capitular, conquistando todos los territorios que forman la actual Palestina. De ello tiene noticia el primer libro bíblico de los Macabeos, Mac I, 1. Luego Antíoco giró hacia Asia Menor y Tracia.

108 Que ya había conquistado y en la que pasó el invierno de 197/6 a. C. Éfeso está en una colina, en el golfo de Scalanova, al S. del río Caistro.

109 Cf. también XXI 20, 2-5.

110 En Pérgamo, en el año 197 a. C.

111 Cf., por ejemplo, XXIII 12 (Filopemén), 13 (Aníbal), 14 (Escipión el Africano).

112 Cf. I 6, 5. La batalla se libró en tierras de Delfos.

113 Mientras pronunciaba un discurso en Tebas para ganar a los beocios para la causa romana, le dio un ataque; trasladado a Pérgamo, murió a poco de llegar.

114 Estamos en el año 196 a. C.

115 Las embajadas eran recibidas por el senado, que las escuchaba y decidía sobre sus demandas.

116 Cf. la nota 80 del libro IV.

117 Hay dos topónimos de este nombre: uno en Mesenia, en la costa, es un saliente del golfo de Mesenia, y otro al S. de Nauplia, en el golfo Argólico. Aquí se trata de la primera. Pilos es la conocida patria de Néstor, en la costa oriental del Peloponeso.

118 Cf. la nota 153 del libro II.

119 Estamos en el invierno de los años 197/196 a. C.

120 De Cinoscéfalas.

121 Elatea era la plaza principal de la Fócide; la había capturado Flaminino en el otoño del año 198, expulsando a su población, que se refugió en Estínfalo, en Arcadia.

122 Cf. nota 4 de este mismo libro.

123 En el siglo III a. C., en la confederación beocia el gobierno político y militar estaba en manos de siete beotarcas elegidos de entre los ciudadanos de las principales poblaciones de Beocia.

124 Cf. XX 4-7.

125 Fue general de las tropas de la confederación etolia en el año 197/196 a. C.

126 Una idea paralela, en XXIII 10, 2-3.

127 Estos hechos hay que colocarlos en la primavera-verano del año 196.

128 La del asesinato de Bráquiles y de personas romanas en Grecia.

129 Es lo que, en terminología jurídica, se llama senatus consultum .

137 Esta apelación, normalmente, comportaba honores divinos, según DIODORO , XX 46, 2. Este detalle mide las muestras de agradecimiento.

130 Los que no están sujetos a Filipo.

131 Euromo: plaza de Caria, en Asia Menor; también Pédasa estaba en Asia Menor, pero su ubicación es incierta; debía de estar no lejos de Mileto. Bargilia fue una plaza en la costa minorasiática, también en Caria; sobre Yaso, cf. XVI 12, 1 y la nota 35 de este mismo libro.

132 Sobre Abido, cf. la nota 105 del libro XVI; Taso era una ciudad al N. de la isla del mismo nombre. Mirina es una población de la isla de Lemnos; sobre Perinto, cf. nota 14 de este mismo libro.

133 Filipo abrió, en el año 202 a. C., su campaña en el área del Egeo forzando a Lisimaquia y a Calcedón a unirse a la alianza macedonia. Se anexionó Perinto y atacó la plaza de Cío, puerto de Bitinia situado en la parte más profunda del golfo Cianeo.

134 Eretria, Calcis y Corinto son de ubicación bien conocida. Oreo es una ciudad importante al N. de la isla de Eubea; Demetríade está en Tesalia, es el puerto más profundo del golfo de Pagaso.

135 Hay, por lo menos, tres plazas con este nombre en la Grecia antigua: a) una fortaleza al N. de Atenas, ya en el límite con Beocia, famosa por el cap. 69 del discurso De la Corona de DEMÓSTENES ; b) una ciudad en el extremo más septentrional de Tesalia; c) plaza importante de la Fócide. Parece que la referencia del texto es a esta última. Cf. nota 123.

136 Plaza muy próxima al golfo de Malia.

138 La palabra griega aquí es týchē y, quizás, podría interpretarse el lugar en el sentido de que la Fortuna no frustró, esta vez, los planes de Flaminino, pero, puesto que la tesis general de Polibio parece ser la contraria, se da la traducción de azar .

139 Aquí Polibio falló. La libertad de Grecia fue al precio de impuestos formidables exigidos por Roma. Cf. BENGSTON , Geschichte , pág. 452, donde se comenta minuciosamente este final de la segunda guerra entre Filipo V y Roma, y se describen las consecuencias que ello tuvo para Grecia.

140 Estas plazas eran dos: Lámpsaco, en Eolia, y Esmirna, en la costa jonia de Asia Menor; atacadas por Antíoco III, ambas recurrieron a Flaminino en el año 196 a. C.

141 En la primavera del año 196, Antíoco III cruzó el Helesponto y ocupó, entre otras, las plazas de Sesto y Lisimaquia.

142 Un colaborador estricto de Antíoco III. Fue poeta, historiador y gramático. Lisias no sabemos quién fue.

143 Vivían en la cuenca del río Haliacmo, en el curso septentrional del río, en el Epiro.

144 De todas las plazas que entran en esta discusión se ha indicado, en otros lugares, lo necesario (cf. Índice onomástico); Caristo es aquí la ciudad de la isla de Eubea, no la del mismo nombre que se encuentra en Laconia.

145 Este Pléurato no debe confundirse con el que sale en II 2, 3, padre de Afrón, rey de los ilirios; es un biznieto suyo, hijo de Escerdiledas, con quien reinó conjuntamente y que, en el año 212, se alió con los romanos contra Filipo V.

146 Licnis es la población hoy llamada Ócrida, junto al lago del mismo nombre, en Macedonia. Parto no sabemos dónde estaba.

147 Hefestia, plaza en la costa norte de la isla de Lemnos.

148 Publio Vilio Tápulo fue el cónsul que precedió a Tito Flaminino en sus funciones en Grecia; Flaminino lo retuvo a su lado y lo utilizó con frecuencia como legado; Lucio Terencio era un joven aristócrata romano que inició aquí su carrera política y militar.

149 Cneo Cornelio Léntulo era uno de los pocos supervivientes de la batalla de Cannas; por Tito Livio sabemos que había intentado suplantar a Escipión el Africano.

150 Se trata de la asamblea regular de otoño de la liga etolia.

151 Es la posición habitual de los etolios; cf. nota 86 de este mismo libro.

152 Pero esta guerra motivó otra: la llamada «guerra de los pueblos» peloponesios entre el tirano espartano Nabis y la liga aquea, porque el primero se negó rotundamente a entregar Argos. Se aliaron con él los pueblos del Peloponeso, mientras que aqueos, tesalios, macedonios y atálidas se aliaron con Roma y derrotaron a Nabis. Flaminino venció otra vez, pero no aniquiló a los espartanos, sino que se limitó a encerrarlos en Laconia y organizó en el Peloponeso una coalición favorable a Roma, todo lo cual está ampliamente documentado en BENGSTON , Geschichte , págs. 452-453.

153 Estamos en el invierno del año 197/196.

154 Quizás es una deditio o entrega incondicional, por más que éstas las efectuaban, más bien, las ciudades sitiadas por los romanos o bien en guerra con ellos.

155 Sobre Lámpsaco, cf. nota 143.

156 Colonia laconia al O. de Bizancio, en la costa norte de la Propóntide.

157 Cf. nota 68 del libro XV.

158 Cf. nota 143.

159 Cf. nota 96.

160 Lisímaco fue uno de los epígonos de Alejandro Magno que, a la muerte de éste, recibió Tracia, pero fue derrotado y muerto por Seleuco I Nicátor en la batalla de Corupedio (281 antes de Cristo).

161 Ptolomeo III Evérgetes y Filipo V.

162 El futuro Seleuco IV Filopátor.

163 Estamos en los años 197/196.

164 Sobre Cleómenes, cf. V 33-39.

165 En otoño del año 197 a. C., Ptolomeo Epífanes tenía trece años.

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