Kitabı oxu: «Historia de las guerras. Libros III-IV. Guerra vándala.»

Şrift:

BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 282


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISCO JAVIER GÓMEZ ESPELOSÍN .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2000.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO366

ISBN 9788424932978.

INTRODUCCIÓN
1. La «Guerra Vándala» de Procopio de Cesarea: obra literaria y crónica histórica oficial

Sin duda alguna, la primera cuestión a considerar antes de comenzar la lectura de la parte de la obra de Procopio de Cesarea Historia de las guerras dedicada al conflicto contra los vándalos, es la de por qué razón el autor ha consagrado dos libros completos —exactamente lo mismo que a las guerras contra los persas— a relatar pormenorizadamente un episodio bélico cuya duración no va más allá de un año e incluso aún menos que eso 1 . Pues bien, la respuesta a esta primera interrogante la tenemos ya nada más comenzar la lectura del libro III: En primer lugar, el autor nos aclara expresamente que se dispone a relatar «cuantas acciones fueron llevadas a cabo por el emperador Justiniano contra los vándalos y los moros» 2 . Lo cual implica, es evidente, una ampliación del conflicto al referirse también la obra a la intervención de los moros (es decir, una serie de tribus bereberes que habitaban en el norte de África) en el mismo; y es que, en efecto, aprovechando la debilidad del reino vándalo de África, estas tribus con sus diferentes líderes a la cabeza (entre los cuales destaca la figura de Yaudas, jefe de los moros del monte Aurasio) van a tomar el testigo del enfrentamiento con las fuerzas de Justiniano y es de ese lado de donde van a venir los nuevos quebraderos de cabeza que hubo de sufrir el emperador: para Procopio, sin ningún lugar a dudas, a partir de entonces son los moros los verdaderos enemigos y las fuerzas a las que de verdad había que hacer frente 3 . Aun siendo esto importante, sin embargo la cuestión fundamental es que el relato de la guerra contra los vándalos se encuentra englobado, desde un principio, dentro de un conflicto de mayor envergadura y así es como se le presenta: en realidad, se trata de la amenaza constante, hecha efectiva en multitud de ocasiones, como más adelante comprobaremos, que en los últimos tiempos del Imperio romano supusieron los pueblos de origen germánico en general, sobre todo para la zona occidental del mismo. Pues bien, si Procopio nos amplía la magnitud del conflicto hacia su final con la intervención de las tribus bereberes, al encuadrarlo en un problema más de fondo y de mayor calibre, el autor desde el mismo comienzo del libro III, y, por tanto, del relato de la Guerra Vándala, es claro que no va a limitarse ni mucho menos a referir una serie de operaciones militares y enfrentamientos bélicos entre las fuerzas de Justiniano, emperador de Oriente y los vándalos instalados en «Libia» (= Norte de África, como se ve a lo largo de toda la obra), en un momento dado y concreto, sino que sus miras como historiador en sentido pleno (grande ya es aquí la influencia de Tucídides) son mucho más amplias, pues nos sitúa perfectamente en su contexto y desde un principio el conflicto bélico real, que, por otra parte, se relata, como antes hemos comentado, de forma muy pormenorizada y precisa, pero que queda enmarcado y, consecuentemente, explicado en el reflejo perfecto de sus causas y antecedentes, aproximadamente como podría haberlo hecho Tucídides, modelo evidente de Procopio nada más comenzar esta parte de la obra 4 . De hecho, nuestro autor va a irse bastante atrás en el tiempo, con toda la razón, pues, en concreto, va a retomar el relato —no olvidemos que éste forma parte de la historia de todas las acciones bélicas de Justiniano durante varias décadas— en un momento y un contexto muy claros: la muerte del emperador Teodosio (395 d. C.), último emperador que reina sobre la totalidad del Imperio Romano. Sin duda, tan significativo punto de partida es toda una pista a seguir, pues el desarrollo ulterior de los hechos nos van a venir a demostrar que los mas graves problemas causados por los pueblos germánicos contra los dominios del Imperio datan precisamente de la época en que éste queda dividido en dos partes: pues son ya los visigodos, con Alarico a la cabeza, los primeros en lanzarse contra ambas zonas del Imperio 5 , llegando incluso a apoderarse de la propia Roma 6 . Y ésta va a ser precisamente la tarea primordial para Justiniano: recuperar todos los territorios que les habían sido arrebatados por los bárbaros y restaurar el Imperio hasta dejarlo justo tal como estaba durante el reinado de Teodosio. Además, esta difícil situación se vio agravada aún más dado que algunos de los emperadores de la parte occidental, sobre todo, ni mucho menos supieron estar a la altura de las circunstancias (más bien todo lo contrario), ya desde el propio Honorio, cuya personalidad nos retrata a la perfección nuestro autor a través de un procedimiento muy del gusto de Heródoto, el otro gran historiador modelo de Procopio, como es el uso de la anécdota —la del gallo «Roma», en concreto— 7 . Un factor va claramente ligado a esta etapa de decadencia del Imperio, característico por otra parte, de este tipo de situaciones y momentos históricos: las intrigas de palacio, los manejos, las simpatías y odios de los personajes influyentes y decisivos en el acontecer histórico, que Procopio, tan cercano él mismo a la corte imperial de Constantinopla, conocería en muchos casos de primera mano. Esta situación aparece ya incluso al principio con las desavenencias entre Alarico y Átalo con motivo del envío por parte de este último de unos jefes militares a Libia. Este desacuerdo va a provocar que Alarico cambie sus intenciones iniciales de ir contra Honorio, que seguía recluido en Rávena, y de convertir a Átalo en emperador de Occidente. Pero he aquí que Honorio gracias según Procopio a la intervención de Dios, consigue salvar la situación con la ayuda de una serie de contingencias favorables a sus intereses como fueron la muerte de los comandantes enviados por Átalo, el encarcelamiento de éste y la muerte por enfermedad de Alarico. Los visigodos se retiran a la Galia, aunque Britania, que se había separado del Imperio Romano, se pierde definitivamente. Los ostrogodos ocupan Panonia y después Tracia, pero por poco tiempo, pues enseguida se lanzan a conquistar la zona occidental. Termina el capítulo aclarándonos Procopio que estos sucesos se referirán en la parte de la obra que corresponda: la dedicada a las guerras góticas.

¿Y los vándalos? No aparecen hasta el capítulo III. Presionados por el hambre 8 , llegan hasta el Rin donde se asocian con los alanos y, desde allí, se establecen en Hispania bajo su rey Godigisclo, que pacta con el emperador Honorio. Continuarán los odios y rivalidades entre personajes relevantes, en este caso, entre los generales Aecio y Bonifacio, rivalidad que va a resultar decisiva para el desarrollo ulterior de los acontecimientos, puesto que Bonifacio, engañado por las maquinaciones de Aecio, va a entrar en alianza con los vándalos y, más concretamente, con los dos hijos de Godigisclo: Gontaris y Gicerico: entre los tres se reparten Libia, pero cuando Bonifacio se entera de la verdad, es ya demasiado tarde: los vándalos, bajo el mando solamente ya de Gicerico, sitian Hipo Regio, donde se había pertrechado Bonifacio tras haber sido vencido en batalla. A pesar de recibir Bonifacio refuerzos de Roma y de Bizancio, termina siendo derrotado en combate contra los vándalos que anteriormente habían levantado el asedio de Hipo Regio. Así fue como los vándalos se apoderaron de África 9 . Esta parte del relato, personalmente, nos parece especialmente importante, pues de hecho, marca el momento en que los vándalos ponen el pie en África por vez primera.

Volviendo a la época del propio autor, la tarea que le ha sido legada a Justiniano por los acontecimientos anteriores es, evidentemente, difícil de afrontar. Los antecedentes que el autor nos señala son bien claros y confirman la idea de partida de todo el plan de la obra: Justiniano ha de luchar simultáneamente contra una serie de poderosos enemigos que le van a acometer desde todas direcciones: su tarea pacificadora y continuadora de la obra de Roma no tiene prácticamente parangón, pues comienza con la obligación de conjurar el peligro ancestral de Oriente: el enemigo de siempre y que nunca ha dejado de hacer sentir su presencia amenazadora: los persas. La primera parte de la guerra contra ellos (528-532 d. C.) va a concluir con la llamada «Paz eterna», que, más bien, fue todo lo contrario: efímera, de tal forma que el conflicto se reabre en el año 540 y durará hasta el 560, año en que firma una nueva paz tan breve como la primera, puesto que ya con el sucesor de Justiniano, Justino II (565-578 d. C.) se reavivarán las hostilidades. Pero la cuestión es que, al mismo tiempo, Justiniano hubo de poner todo su empeño en reconquistar nada más y nada menos que la propia cuna del Imperio Romano: Italia, que había caído en poder de los ostrogodos desde hacía ya demasiado tiempo, en concreto desde el año 493 d. C., para lo cual comenzó con la invasión simultánea de Dalmacia y de Sicilia en el año 535, el año siguiente al del final de la expedición contra los vándalos de África y a la que Procopio se ve obligado a referirse a comienzos del capítulo 14 del libro IV. Continuó la contienda con los ostrogodos, sin embargo, hasta el año 540, año en que, aparentemente, terminó. Pero la realidad fue que en el otoño del 541 se reanudaría el conflicto, que ya persistiría hasta el 552, fecha en que se puede dar por finiquitada la presencia de los ostrogodos en Italia. Sin embargo, la reconquista definitiva de Italia no llegará hasta finales del 561.

Y es precisamente entre estos dos conflictos tan trascendentales donde hay que encuadrar la guerra contra los vándalos, o lo que equivale a decir: la lucha que sostuvieron las fuerzas militares enviadas por Justiniano exactamente desde agosto del 533 hasta el verano del 534 en Libia, nombre que otorgará Procopio al territorio correspondiente al Túnez actual, Argelia oriental y la zona noroccidental de la provincia Tripolitana. Esta zona se consideraba conquistada por los vándalos desde el año 439 d. C., fecha en que los vándalos se hicieron con la ciudad más importante e influyente de dicho sector: Cartago. Éste es el verdadero punto de arranque del conflicto con los vándalos. Pero, ¿tan importante era para Justiniano y los bizantinos reconquistar una zona tan alejada de ellos tanto geográfica como culturalmente? Para responder a esta pregunta hay que tener en cuenta que el Norte de África fue ya conquistado por Roma en una época bien temprana, los siglos III y II a. C., y que, sin duda alguna, esta conquista, marcó el comienzo del formidable imperio que consiguieron y fue la llave del Mediterráneo occidental o por tanto si Justiniano quería restaurar el Imperio de Roma se sentía como una auténtica obligación el volver a poseer tan señera y significativa parte del Imperio, que, además era romana desde tan antiguo.

Así pues, según lo explicado en las líneas anteriores, el contenido de los libros III y IV se estructura en tres partes: en la primera (capítulos 1-11 del libro III) se incluyen las causas y antecedentes históricos que llevaron al emperador Justiniano a preparar una expedición de reconquista de los territorios del norte de África. Procopio se sitúa al comienzo en el momento histórico de la división del Imperio Romano en dos partes a la muerte del emperador Teodosio (395 d. C.). Al poco tiempo después, los romanos van a empezar a sufrir las acometidas sucesivas de visigodos, ostrogodos y vándalos y hunos 10 . En esta parte de la obra, sin duda, el protagonista es el rey vándalo Gicerico. Claro es que el conflicto con los vándalos ha comenzado en verdad desde el momento en que éstos han puesto su pie en África, conflicto que traerá consecuencias más graves, pues, además, Gicerico va a lanzarse al saqueo de diferentes zonas del Imperio: así lo vemos devastando Italia y Sicilia en Occidente e Iliria y gran parte de la Grecia continental y de sus islas, para volver de nuevo a tierras itálicas 11 . Finalmente Procopio ilustra de manera muy clara la personalidad de este cruel rey, de nuevo por medio del recurso literario de la anécdota, dialogada en este caso, para concluir el capítulo 12 . Estando abocados al enfrentamiento bélico entre bizantinos y vándalos, éste se producirá de hecho con la expedición preparada por el emperador oriental León, expedición que quedará al mando de Basilisco: una vez más las intrigas palaciegas, mal endémico que parece sufrir a lo largo de toda esta contienda la corte de Bizancio, provocan la indolente actuación del general, que podría haber vencido a los vándalos sin dificultad alguna 13 . Pero hay que tener en cuenta que «la suerte no quiso que esta expedición llevara a la eliminación de los vándalos» 14 al quedar dicha expedición a cargo de Basilisco. Una nueva oportunidad llegaría para el bando romano con el emperador de occidente Mayorino, que hizo abrigar esperanzas a los romanos de poder recuperar Libia 15 , pero el azar, la týchē 16 , seguía dirigiendo las operaciones y también éste muere de enfermedad 17 . Se suceden los emperadores hasta llegar a la firma del tratado de paz entre Gicerico y Zenón, emperador de Oriente. Muere Gicerico, tras haber reinado sobre los vándalos del 428 al 477. En los capítulos 8 y 9 se nos presenta a los reyes vándalos anteriores a Gelimer, que va a acceder al trono antes de lo que le correspondía (por lo tanto se convertirá en un týrannos 18 ) y este ansia desenfrenada de poder por parte del que se va a convertir en protagonista de la parte central del relato de Procopio va a ser uno de los motivos que lleven al emperador Justiniano a de cidirse a emprender la campaña militar contra los vándalos en Libia: la expedición de Justiniano va a ir dirigida contra él. Los dos capítulos finales de esta primera parte de la Guerra Vándala sirven de transición y presentación a la segunda y central: en el capítulo 10 se deja constancia de los pros y contras que tendría el llevar a cabo una campaña militar contra los vándalos: Juan, prefecto del pretorio y un obispo de la zona oriental representan ambas posturas contrarias. Triunfará la segunda, una vez más, por razones de índole religiosa: Dios se presenta en sueños al obispo prometiendo su ayuda a Justiniano si éste es capaz de enarbolar la bandera de los católicos en Libia 19 . Por tanto y en buena medida esta campaña va a ser una guerra santa (arrianismo frente a catolicismo). Como vemos la presencia de la religión es constante en la obra, de forma similar a como los dioses en los poemas homéricos dirigían el curso de los acontecimientos, Dios va a decantarse claramente, y así lo ha prometido en el sueño expresamente, por el bando de Justiniano. Asimismo plenamente justificada queda ya y sancionada por la divinidad la expedición que el Imperio de Oriente va a mandar para recuperar una antigua zona del Imperio Romano tan alejada y, teóricamente, tan poco significativa para los bizantinos. Belisario aparece por fin en el capítulo final de esta primera parte: el protagonista de la expedición, general con plenos poderes, que, sin embargo, no va a ser un personaje en el que se centre demasiado Procopio en lo que se refiere a las características de su personalidad 20 . Es justa mente su rival, el usurpador Gelimer quien más va a interesar a nuestro autor como personaje histórico-literario (desde este segundo punto de vista Procopio va a saber explotar su riqueza psicológica, como seguidamente vamos a ver). Como nos resume perfectamente D. Roques 21 , Procopio nos lo presenta como un irreductible y excelente guerrero pero que se vería obligado a ceder ante un ejército extraordinariamente poderoso, demasiado organizado como para no vencer a uno claramente inferior como el vándalo. Por tanto, los méritos militares van a ir siempre del lado de Gelimer, que, como ya hemos visto, tiene incluso a Dios en su contra. La pintura de este personaje es amplia y detallada en la segunda parte (libro III, capítulos 12-25 y libro IV, del 1 al 9), de la cual es el verdadero protagonista 22 , un personaje extraordinariamente contradictorio y, sobre todo, de gran sensibilidad: así, nos sentimos conmovidos al verlo postrado ante el cadáver de su hermano Amatas 23 , profundamente emocionado en la escena final (de un carácter dramático muy conseguido, por cierto, casi puramente teatral) con la que concluye el libro III: el reencuentro de los dos hermanos, Gelimer y Tzazón y los vándalos que estaban a las órdenes de uno y de otro: dos semicoros trágicos para dos protagonistas en el escenario del dolor y de la muerte, sobre el cual ambos personajes sopesan los estragos causados por la guerra en el ejército vándalo 24 . Ahora bien, esta sensibilidad del usurpador Gelimer, que no duda por otra parte en mandar matar al legítimo rey Ilderico, llega a su punto culminante en la compasión que siente ante los dos niños hambrientos que luchan por una diminuta hogaza de pan: escena de un carácter trágico (en el sentido más teatral de la palabra) considerable 25 . Este jefe cruel y despiadado que es capaz de enfrentarse ante unas fuerzas militares tan poderosas como las de Belisario, es el mismo que no puede evitar las lágrimas ante la lectura de una carta 26 y que, llevado a presencia de Belisario, se va a convertir en el símbolo y ejemplo más significativo de la inestabilidad de la fortuna (týchē) de los hombres 27 . Sin embargo, este concepto fundamental, lo variable de la suerte, va a llegar a su clímax justamente al final de la segunda parte de la Guerra Vándala, cuando delante del emperador Justiniano no deja de repetir una y otra vez la frase del Eclesiastés: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» 28 : es decir, la suerte de los hombres varía, pero es Dios el responsable último de esos cambios de fortuna que sufrimos los humanos. Gelimer es, por lo tanto, y en ello estamos totalmente de acuerdo con Roques 29 , una personalidad extraordinariamente atractiva que se convierte en el símbolo de la grandeza y la decadencia de su pueblo en particular y también de todo el género humano, con sus triunfos y miserias: y todo ello, añadiríamos nosotros, dentro de una plan preestablecido por Dios, que, concretamente en este caso, sería castigar en sus descendientes, el pueblo vándalo y sus reyes, las crueldades y abusos, a menudo gratuitos, cometidos por Gicerico, especialmente en Zacinto, desastre que en su momento le fue ya presagiado (elemento sobrenatural omnipresente en toda la obra) al propio Gicerico por un súbdito suyo 30 .

Pues bien, si la primera parte de la obra abarca, en lo que se refiere al conflicto vándalo propiamente dicho el período comprendido entre el 439 y el 533, la segunda y central de la Guerra Vándala sólo comprendería desde finales del 533 d. C. hasta la primavera del 534: esto es, la expedición militar mandada por Justiniano contra los vándalos en Libia, lo que equivale a decir la guerra emprendida para reconquistar los territorios que desde más antiguo pertenecían al Imperio Romano y que, en época de Teodosio, último emperador que reinó sobre la totalidad del Imperio, todavía eran de Roma. La sanción divina da comienzo a esta parte en el capítulo 12, que se inicia con las oraciones pronunciadas por el arzobispo de Constantinopla delante del palacio imperial rogando por la suerte de la flota. Las peripecias del largo viaje son narradas en detalle por el autor, que hace acto de aparición en ese mismo capítulo, pues tuvo un sueño que presagiaba el feliz desenlace de la guerra 31 (nueva intervención de lo sobrenatural con dos funciones claramente delimitadas, una de carácter religioso: Dios anuncia una vez más que el bando favorecido va a ser el bizantino, y una segunda de índole literaria: relajar al lector de la narración de los hechos por medio de un inciso o digresión que siempre suscita interés).

En esta parte nuclear de la obra destaca sobremanera la abundancia de discursos pronunciados por los personajes más importantes del relato: como muy atinadamente comenta D. Roques 32 , teniendo en cuenta que la Guerra Vándala es, por encima de todo, una obra literaria, un escritor como Procopio, con una formación cultural griega muy completa y que, como ya se ha comentado, es un eslabón más de esa cadena de historiadores con la que nos ha obsequiado la paideía, no se debe menospreciar la importancia que tiene en la obra la presencia de lo estético, de lo puramente artístico. Y a tal fin contribuye extraordinariamente el procedimiento del discurso en sentido amplio 33 , recurso que ya casi huelga decir que representa uno de los influjos más evidentes en Procopio de Tucídides. La lectura de la casi veintena de discursos que se incluyen en esta parte de la obra, los libros III y IV, recuerda inmediatamente al gran historiador ateniense y, conforme a su método, las arengas o alocuciones de los generales sirven de pretexto, primero para alejar momentáneamente al lector de la aridez del relato y descripción de las operaciones militares, y, en segundo lugar, para que, por boca de estos personajes, el autor pueda pasar de lo particular a lo general, de lo concreto y accidental a lo abstracto y trascendental, pues los discursos no incluyen solamente consideraciones de índole estratégico o militar, sino también morales e, incluso, metafísicas. Pues bien, dentro de esta tónica general del papel destacado del discurso, sea oral, sea escrito, en la Guerra Vándala encontramos uno de los recursos más del gusto de Tucídides: las antilogías 34 : así, en la segunda parte, el desembarco de las tropas imperiales en la costa africana sirve de pretexto para la inclusión de dos discursos contrapuestos: el de Arquelao y, a continuación, el de Belisario 35 y, más adelante, la decisiva batalla de Tricamaro sólo es narrada después de que el autor haya insertado, con la finalidad fundamentalmente literaria de retardar en el desarrollo del relato la narración del episodio decisivo, tres arengas militares paralelas: una de Belisario y, en clara contraposición, otras dos pronunciadas por los líderes rivales, Gelimer y Tzazón 36 . Resulta bien evidente al leer estas exhortaciones que Procopio, tomando como modelo a Tucídides, trasciende lo puramente anecdótico, la lineal y mera narración de unos hechos concretos, y se sitúa en un plano más general y, en cierta forma, universal: no olvidemos que la finalidad principal de la historiografía es que la narración de los hechos particulares de una época o situación histórica determinadas sea útil a las generaciones futuras, pero para enseñar hay que deleitar y el deleite se llama literatura: Procopio, desde la introducción general a su obra 37 , tiene muy bien aprendida esta lección.

Resulta bien evidente la necesidad continua que tiene Belisario, dadas las circunstancias, de recordarles a sus soldados que actúen con moderación y conserven la disciplina: esta moderación llevará a obtener la buena disposición de los africanos: así, tras la capitulación de Silecto 38 , las tropas de Belisario siguen los consejos de su general, lo que provoca que los habitantes de la ciudad estén en muy buena disposición hacia ellos 39 . Y es que la historia ha demostrado que no se conquista y controla un territorio por las armas, sino que, más bien, ese territorio pertenece de verdad al vencedor militar una vez que éste, a través de una conducta moderada y ajena a cualquier tipo de abusos, «conquista» el favor de los pueblos dominados 40 .

En los capítulos siguientes, la llegada de las fuerzas militares de Belisario a Cartago está enmarcada, una vez más, primero entre las reflexiones de carácter religioso trascendental por parte del propio autor, que explican el devenir de los acontecimientos a través de un plan preestablecido por la divinidad, en este caso Dios, y, en segundo lugar, dos presagios de victoria, uno que podríamos considerar de índole pagana, y otro directamente enviado por el santo «local»: San Cipriano 41 , a través del cual él mismo anunciaba a los que tuvieron la visión que se convertiría en su propio vengador: nueva aparición, por tanto, del elemento sobrenatural, tan frecuente en toda la obra. Ahora bien, el punto culminante de la reflexión de carácter religioso trascendente, pues constituye la explicación del desenlace futuro de la guerra, está, en nuestra opinión, en el capítulo 22, donde se nos sugiere 42 que Dios va a castigar en sus descendientes las crueldades y tropelías cometidas por el primer rey vándalo, Gicerico, en especial contra los habitantes de Zacinto 43 .

Todo nos conduce ya, pues, al momento decisivo de la batalla de Tricamaro, en cuyo relato apreciamos una vez más la estrecha relación entre geografía y estrategia militar 44 , o, en un sentido más amplio, entre geografía e historia 45 . Y es precisamente en las descripciones de las maniobras estratégicas y tácticas de los ejércitos de ambos bandos (incluyamos también aquí las de los moros 46 ) donde mejor se manifiesta esta relación. Ahora bien, en lo que se refiere en concreto a la descripción del dispositivo táctico y el desarrollo de la batalla de Tricamaro 47 , prácticamente no aparece ninguna referencia geográfica 48 . Esta claro que las descripciones de los ejércitos formados en línea de batalla y del desarrollo de las mismas entronca con la tradición histórica más antigua desde Heródoto y Tucídides hasta convertirse en un elemento integrante del relato empleado sistemáticamente por Polibio.

Los capítulos restantes de esta parte nuclear de la Guerra Vándala son muy variados de contenido, pues tras la huida de Gelimer y el saqueo del campamento vándalo 49 , Belisario, por una parte, se ve obligado a llamar al orden a sus soldados, que, sin tomar las más elementales precauciones, se habían lanzado a la captura del botín 50 . Tras el desdichado episodio de la muerte accidental de Juan de Armenia, a consecuencia de un disparo de flecha del guardia de corps Uliaris 51 , Gelimer se refugia en el monte Papúa y allí va a sufrir el asedio de Faras 52 . En el capítulo siguiente, Belisario aprovecha para lanzarse a recuperar los territorios que estaban todavía en poder de los vándalos: Córcega, Cerdeña, Cesarea de Mauritania, Septo y las Baleares, y hace un intento sobre la fortaleza de Lilibeo en Sicilia, pero sus hombres son rechazados, ocasión para que reclame por escrito, a los ostrogodos su devolución al emperador 53 . En el capítulo 6 Faras ataca sin resultado a Gelimer, que se encuentra bien pertrechado en el monte Papúa 54 y cuenta con la colaboración de los moros de la zona. Las penalidades que tienen que sufrir los vándalos, poco acostumbrados a sufrir unas condiciones de vida duras, sirven de pretexto a Procopio para insertar un nueva digresión o inciso en el relato en la cual realiza una comparación entre el lujo y la suntuosidad que normalmente rodea a los vándalos y la durísima forma de vida a la que tan habituados están los moros y que para Procopio se acerca muy mucho a la de los animales 55 . Asimismo, esta comparación entre ambos pueblos es ya un primer acercamiento a los que van a recoger el testigo del conflicto y han de protagonizar, por tanto, la tercera y última parte: los moros, es decir, las tribus bereberes que habitaban entonces esta amplia zona norteña de África. El capítulo 7, por su parte, incluye la famosa rendición de Gelimer, que más arriba nos ha servido como prueba bien significativa de que el rey vándalo es uno de los personajes que intervienen en el conflicto que más interesan al autor, pues Procopio elabora un completo y sugerente retrato de su rica y atractiva personalidad, retrato que él va a ir realizando a lo largo de la obra a través de diferentes pinceladas 56 . Gelimer es conducido a Cartago, donde lo espera el general Belisario: es el final de la guerra; así, el capítulo se cierra con unas consideraciones por parte de Procopio 57 sobre el desenlace del conflicto. En el capítulo 8 reaparece ese factor tan consustancial con el poder como son la envidia y las intrigas palaciegas: en este caso, es el propio Belisario el que es acusado falsamente de intentar establecer un reino independiente de Constantinopla en el norte de África 58 . Tampoco podía faltar en este punto del relato la presencia del elemento sobrenatural, en este caso, un oráculo pronunciado por las mujeres moras 59 . Sin embargo, más que la expedición militar en sí, prácticamente nada más terminar la misma, la tarea más difícil y costosa quedaba todavía por hacerse: aún no nos ha referido Procopio el desfile triunfal de Belisario en Constantinopla, cuando su sustituto Salomón se ve obligado a sofocar la primera revuelta de consideración 60 . Este episodio sirve de transición a la tercera y última parte de la Guerra Vándala 61 , que comenzará propiamente tras la colorista descripción del triunfo de Belisario en Constantinopla 62 con la que concluye el relato de la expedición militar enviada por Justiniano para reconquistar el reino vándalo del norte de África.

En el capítulo siguiente, se nos da cuenta de la muerte de los comandantes Aigán y Rufino 63 , antes de que Procopio aborde un nuevo inciso en el relato para referirse al origen de los moros: nueva demostración de su saber por parte del autor 64 . La tercera parte de la Guerra Vándala describe con toda claridad y detalle —quizá incluso excesivos— la estrecha relación existente entre los conflictos bizantinos y las rivalidades bereberes 65 . Entre los diferentes líderes bereberes que aparecen en esta parte de la obra, destacan por encima del resto Antalas y Cutcinas 66 , que parecen haber dominado esta zona norteña de África en tiempos de Justiniano y que se van alineando sin rubor al lado de tal o cual personaje para defender sus intereses, una veces para beneficio y otras en detrimento de las fuerzas militares de Constantinopla. Esta inconstancia o versatilidad parece ser la característica que unifica a estos jefes y que, como afirma Procopio en más de una ocasión, caracteriza en realidad a todos los moros en general 67 .

El capítulo 11 incluye la batalla de Mames librada entre las fuerzas bereberes 68 y las de Salomón. A pesar de la terrible derrota sufrida por los moros, éstos reanudan la guerra y tiene lugar durante el primer semestre del año 535 la batalla del monte Burgaón 69 . En el capítulo siguiente el protagonismo pasa al jefe de los moros del monte Aurasio, Yaudas, al que encontramos devastando Numidia 70 . Por su parte Salomón se dirige al monte Aurasio 71 donde, tras efectuar una primera tentativa, decide sin embargo regresar a Cartago al no obtener ningún resultado. En el capítulo siguiente, Procopio se ve obligado a referirse a la campaña de Belisario para reconquistar la isla de Sicilia, que, como sabemos, estaba en poder de los ostrogodos 72 . Tras una nueva incursión por parte del autor en los dominios de lo maravilloso y sobrenatural 73 , elemento de constante aparición a lo largo del relato, Procopio pasa a relatar la sublevación que se produjo en el seno de las tropas romanas de África en la primavera del año 536 d. C., en plena celebración de la festividad de la Pascua: la llamada «rebelión de Estotzas» 74 y la conjuración maquinada contra Salomón. Los amotinados se disponen incluso a sitiar Cartago 75 , hasta que ha de acudir el propio Belisario. Tras dos arengas militares, una del general y otra del jefe de los sediciosos, Estotzas, tiene lugar la batalla de Membresa durante el segundo trimestre del año 536, batalla en la que vence Belisario 76 , que regresa a Sicilia pues también allí había estallado una sublevación en el ejército 77 . Durante el segundo semestre del año 536, quizá a comienzos del otoño, se produce la sustitución de Salomón por Germano al frente de las fuerzas militares de Libia, en calidad de general con plenos poderes, circunstancia a la que Procopio se refiere nada más comenzar el capítulo siguiente 78 . Germano va a conseguir ganarse las simpatías de los soldados hacia su causa por medio de una convincente alocución 79 . En la primavera del 537 tiene lugar la batalla de Escaleras Viejas 80 , en el transcurso de la cual estuvo a punto de morir el propio Germano, y que supone el final de la sublevación: Estotzas sale huyendo y llega a Mauritania para permanecer allí 81 . Tras ser aplastada la conjuración protagonizada por Maximino para hacerse con el poder, a cuyo relato se dedica Procopio en el capítulo 18, rebelión que se produjo en el 538 d. C., al año siguiente Germano regresa a Constantinopla y Salomón a África 82 . Éste se pone al frente de una segunda campaña militar contra los moros del monte Aurasio, de la que sale vencedor con la toma sucesiva de las fortalezas de Cerbule y Turnar, así como de la Roca de Geminiano, narradas por Procopio entre los capítulos 19 y 20. Se completa, por tanto, la conquista de Numidia y de la Mauritania Primera 83 .

Sin embargo, durante el invierno del año 543 estalla la revuelta de Antalas, que va a durar hasta la primavera del 548 d. C. y que va a constituir el contenido de los capítulos restantes a partir del 21 84 . En la primavera del 544 tienen lugar las batallas de Tebesta y Cillium: en pleno combate y a consecuencia de una caída del caballo, Salomón terminó cayendo en poder de los enemigos, que les dieron muerte a él y a varios de los miembros de su guardia 85 . Dentro del capítulo 22, destaca el episodio de la estratagema urdida por Salomón, el hijo de Sergio, en Láribo 86 , de la cual, debido quizás a su juventud, se vanagloria en exceso y de forma imprudente, lo que va a causar serios problemas a los habitantes de la ciudad. Como podemos observar, también en esta parte de la obra Procopio hace uso de sus recursos literarios habituales, tónica que se continúa en el capítulo siguiente con la estratagema del sacerdote Pablo para posibilitar la recuperación de su ciudad, Adrumeto, que había caído en poder de los moros de Antalas 87 . Durante la primavera del año 545 se produce la llegada de Areobindo y de Atanasio 88 : al primero de ellos se le había encargado compartir el mando militar de África con el ineficaz Sergio y así, hacia el mes de septiembre de ese mismo año, va a tener lugar la batalla de Tacia, en las proximidades de Sicaveneria, batalla que propicia la ocasión para el encuentro en combate de Juan, el hijo de Sisiniolo, y Estotzas, los cuales dan rienda suelta al odio profundo que sienten el uno por el otro 89 . Durante el invierno del 545-546 d. C. tiene lugar un nuevo intento de usurpación del poder, esta vez protagonizado por Gontaris, antiguo oficial de la guardia personal de Salomón y que, en su afán de establecerse en el mando, no duda en movilizar a los moros contra los romanos y en pactar furtivamente con Antalas 90 . Por su parte Areobindo, que había entrado en negociaciones secretas con Cutcinas, va a ser víctima de un complot urdido por Gontaris 91 , que no se materializará en el desarrollo el relato hasta el capítulo siguiente, donde Areobindo, que se había refugiado en un monasterio 92 , es obligado a salir por Gontaris, para conseguir lo cual recurre al sacerdote de Cartago, Reparate Por mediación de éste Gontaris le da garantías de que conservará la vida, pero termina matándolo. Al comienzo del penúltimo capítulo, Procopio nos muestra el disgusto de Antalas con Gontaris por varias y poderosas razones 93 : en primer lugar no se había cumplido nada de lo que habían acordado, y, segundo, no le gustó lo más mínimo la actuación del usurpador con respecto a Areobindo, pues estaba claro que una persona que faltaba de esa forma a los juramentos prestados no podía ser de fiar: por todo ello, decide pasarse al bando del emperador y, en consecuencia, replegarse hacia la retaguardia 94 . Por su parte Artabanes considera muy seriamente la posibilidad de dar muerte al usurpador, intención que es apoyada por su primo Gregorio 95 . Finalmente, sorprende bastante al lector la extensa y pormenorizada narración del asesinato de Gontaris 96 . Escena culminante de esta parte de la obra de Procopio, tanto la detallista descripción de los preparativos y precauciones tomados por los integrantes de la conjuración —centrándose el autor especialmente en la decidida, pero al mismo tiempo meditada actuación de Artasires y en las sensaciones que va experimentando Artabanes a medida que avanza el relato de los instantes inmediatamente anteriores a la ejecución del crimen—, como la narración pormenorizada de éste y de los hechos que se sucedieron, alcanzan una intensidad y suspense que mantienen en vilo en todo momento al lector y que recuerdan mucho, por una parte, al género dramático y, por otra, al novelístico: no olvidemos que hasta el final el relato de Procopio es, fundamentalmente, literatura. Tras la muerte del tirano, Artabanes, su asesino, es recompensado por el emperador con el cargo de Jefe de los soldados en África 97 . Su sustituto, Juan Troglita, obtiene en la primavera del año 548 la victoria definitiva sobre los moros de Antalas en los Campos de Catón, al sur de la provincia Bizacena, con lo que se da por concluida la revuelta protagonizada por aquél 98 . Como muy atinadamente comenta D. Roques 99 , el relato de Procopio concluye con la victoria de las tropas imperiales comandadas por Juan, el hijo de Papo, en el 548 d. C., pero este final de la obra, de un pesimismo llamativo y desconcertante, parece sugerir que, tras haber estado combatiendo duramente para conseguir que los pocos libios que quedaban con vida y en unas condiciones lamentables pudiesen conocer «tardíamente y a duras penas una cierta paz», la civilización romano-bizantina de África estaba condenada a desaparecer (lo mismo que antes la vándala) en el interior de las fauces de la hidra berebere 100 .

Sin duda alguna, el mérito principal de Procopio, como hemos podido apreciar a lo largo de la lectura y comentario de la Guerra Vándala, consiste sobre todo en haber integrado en un conjunto armonioso toda una serie de elementos heredados de la tradición literaria griega, sea poesía épica, dramática o historiografía, fundamentalmente (discursos, intervención del elemento sobrenatural o prodigioso, aristeía, estrategia militar, retratos de personajes, anécdotas, etc.) y todo ello sin hacer alarde de conocimientos literarios, pues prácticamente no cita a un solo autor. Pero además esta síntesis de elementos tan diversos no le impide componer un relato del que la impresión que queda en el lector es la de la naturalidad y la espontaneidad con la que el de Cesarea consigue interesarnos por los hechos históricos que se cuentan. La Guerra Vándala constituye, al mismo tiempo, un testimonio histórico fundamental para un conocimiento más completo de las civilizaciones vándala, berebere y bizantina y una obra literaria de gran calidad. Así pues, para terminar, hacemos nuestras las palabras con las que D. Roques 101 concluye su Introducción: «Homero, Heródoto, Tucídides, Polibio, Plutarco: en la Guerra Vándala Procopio es todo eso a la vez, sin olvidarse, no obstante, de ser él mismo»; esto es, la tradición literaria griega renovada al servicio de una obra histórica que narra unos hechos contemporáneos al autor, perfectamente situados, desde el principio, en sus coordenadas históricas y que el lector podrá retener en su memoria sin dificultad gracias a una narración variada y amena.

2. Hechos y personajes principales de la «Guerra Vándala»: Resumen.

En el siguiente resumen, incluimos los hechos y personajes fundamentales que aparecen a lo largo de la Guerra Vándala, capítulo por capítulo. No obstante, el lector podrá encontrar, en las págs. 51 y 197, las sinopsis de los contenidos correspondientes a cada uno de los capítulos de los libros III y IV.

Libro III

1.División del Imperio romano entre Honorio y Arcadio, hijos de Teodosio.

2.Godos, vándalos, visigodos y gepedes. Alarico conquista Roma. Irrupción de los ostrogodos.

3.Rivalidad de Aecio y Bonifacio. Los vándalos en África.

4.Presagio sobre Marciano, futuro emperador. Valentiniano III.

5.Gicerico saquea Roma, se consolida en África y devasta varias comarcas del Imperio romano.

6.Expedición de castigo de León contra los vándalos de África.

7. Últimos emperadores de occidente. Tratado de paz entre Gicerico y Zenón. Muerte de Gicerico.

8.Honorico, sucesor de Gicerico. Ultrajes a los católicos. Los moros se separan de los vándalos. Gundamundo y Trasamundo.

9.Ilderico es encarcelado por Gelimer.

10.Opiniones a favor y en contra de la guerra contra los vándalos.

11-12. Preparativos y partida de la flota.

13.Contingencias del ejército durante el viaje.

14.Averiguaciones de Procopio en Sicilia en torno a los vándalos. La flota se dirige a África.

15.Deliberación sobre el desembarco en África.

16.Exhortaciones de Belisario. Capitulación de Silecto.

17.Avance de Belisario. Gelimer ordena matar a Ilderico.

18.Derrotas de Amatas y de Gibamundo.

19.Descuido de Gelimer y huida posterior.

20.Entrada de Belisario en Cartago.

21.Presagios de victoria a favor de los romanos.

22.Dios castiga en sus descendientes la crueldad de Gicerico.

23.Gelimer ofrece recompensas a la población para matar a los romanos.

24.Gelimer propone a Teudis, rey de los visigodos, una alianza militar.

25.Gelimer hace regresar de Cerdeña a Tzazón. Emotivo encuentro.

Libro IV

1.Gelimer tienta sin éxito a los cartagineses.

2.Belisario saca las tropas. Arengas de Gelimer y Tzazón.

3.La batalla. Huida de Gelimer y saqueo del campamento vándalo.

4.Persecución a Gelimer. Retirada de éste al monte Papúa.

5.Belisario recupera Córcega, Cerdeña, Cesarea, Septo, Ibiza, Mallorca y Menorca. Reclama Lilibeo a los ostrogodos.

6.Faras ataca a Gelimer sin resultado.

7.Rendición de Gelimer. Juicio de Procopio sobre la guerra.

8.Calumnias contra Belisario ante el emperador.

9.Triunfo de Belisario en Constantinopla.

10.Muerte de Aigán y Rufino. Origen de los moros.

11.Batalla entre los moros y Salomón.

12.Reanudación de la guerra entre moros y romanos.

13.Yaudas devasta Numidia. Tentativa inútil de Salomón sobre el Aurasio.

14.Belisario arrebata Sicilia a los godos. Motín de los soldados en África. Conjuración contra Salomón.

15.Los amotinados sitian Cartago.

16.Germano al frente de las tropas de África. Estotzas se dirige a Cartago.

17.Batalla entre las fuerzas de Germano y de Estotzas. Huida de éste.

18.Maximino intenta usurpar el poder. Se aplasta su conjuración.

19.Salomón de nuevo al frente de África. Expedición contra los moros del Aurasio.

20.Expulsión de los moros de Numidia.

21.Asesinato de los moros levatas. Estalla la guerra. Muerte de Salomón.

22.Sergio y su mal comportamiento. Carta de Antalas a Justiniano.

23.Pablo recupera Adrumeto, conquistada por los moros.

24.Reparto del mando en África entre Areobindo y Sergio. Muerte de Estotzas.

25.Gontaris pacta con Antalas. Complot contra Areobindo.

26.Huida y muerte de Areobindo.

27.Artabanes piensa en matar a Gontaris.

28.Asesinato de Gontaris. Artabanes, Jefe de los soldados, y después, Juan Troglita. Paz en Libia.

BIBLIOGRAFÍA

Para la consulta sobre los códices, ediciones y traducciones de la Guerra Vándala, remitimos al lector a los apartados correspondientes incluidos en la Introducción a la Guerra Persa (B. C. G. 280). En lo que respecta a nuestra versión, también nosotros hemos seguido fundamentalmente el texto de HAURY -WIRTH (reed. de HAURY , 1962), que aporta algunas variantes que hemos recogido en las pertinentes notas a pie de página. Para la elaboración de nuestra traducción hemos consultado, sobre todo, la de DEWING (reimpr. 1961 y 1979) y, en segundo lugar, la francesa de D. ROQUES (La Guerre contre les Vandales: Guerres de Justinien, livres III et IV, París, 1990).

En consecuencia, incluimos en este apartado bibliografía relativa sobre todo a la historia y rasgos más sobresalientes de los pueblos vándalo y berebere en general y, más concretamente, del reino vándalo de África y de la confederación de tribus bereberes que dominó la zona tras la caída de aquél. Además, dada la gran cantidad de referencias y datos topográficos que aparecen a lo largo de los libros III-IV, hemos insertado también alguna bibliografía, que hemos intentado sea lo más clarificadora posible en lo que se refiere a la localización y características de ciudades, accidentes geográficos y demás lugares de interés para la lectura de la obra, centrándonos especialmente en el complicado mapa geográfico de este sector del Norte de África donde se desarrollan la mayor parte de los acontecimientos narrados en la Guerra Vándala.

Con respecto a la bibliografía específica sobre la obra de Procopio y sus rasgos literarios, consideramos suficiente la que puede consultarse también en las páginas introductorias a la Guerra Persa.

F. F. ABBOT , CH . JOHNSON , Municipal administration in the Roman Empire, Nueva York, 1968 (2).

S. AOUNALLAH , «Le fait urbain dans le cap Bon antique (Tunisie du Nor-est)», L ’Africa Romana. 10. Atti del X Convegno di studio, Oristano, 1992, págs. 615-623.

A. AUDOLLENT , «La diffusion du christianisme en Afrique au sud des territoires soumis à Rome après le V.e Siècle», Comptes rendus de l’Académie des Inscriptions et Belles-Lettres. (1942), 200-216.

F. M. AUSBÜTTEL , «Die Verträge zwischen den Vandalen und Römern», Romano Barbarica. Contributi allo Studio dei Rapporti Culturali fra mondo romano e mondo barbarico, 11, 1991, págs. 1-20.

B. BALDWIN , «Peasant revolt in Africa in the Later Roman Empire», Nottingham Medieval Studies, VI (1962), 3-11.

N. H. BAYNES , «The decline of the Roman power in Western Europe: Some modern explanations», en Byzantine Studies and others Essays, Londres, 1960 (2), págs. 83-96.

S. BELKAHIA , «Les structures politiques pre-romaines en Byzacéne», L’Africa Romana, 10. Atti del X Convegno di Studio, Oristano, 1992, págs. 1086-1087.

F. M. BELTRÁN TORREIRA , «La iglesia norteafricana y el problema de la cristianización de los pueblos indígenas en la época vándala», África Romana 7. Atti del VII Convegno di Studio, Sassari, 1989, págs. 375-391.

A. BESCHAOUCH , «Le territoire de Sicca Veneria (El Kef), nouvelle Cirta, en Numidie Proconsulaire (Tunisie)», Comptes rendus de l’Académie des Inscriptions et Belles-Lettres. (1981), 105-122.

S. BOCK , Los Hunos: Tradición e Historia, Murcia, 1988.

L. BREHIER , «Les colonies d’Orientaux en Occident au commencement du Moyen Age. V-VII siècles», Byzantinische Zeitschrift 12(1903), 1-39.

P. BROWN , «Christianity and local cultures in later Roman Africa», Journal of Roman Studies 56 (1968), 85-95.

J. B. BURY , History of the Late Roman Empire from Arcadius to Irene (395 A.D. to 800 A.D.), Amsterdam, 1966 reimpr.

M. CESA , «La politica di Giustiniano verso l’Occidente nel giudizio di Procopio», Athenaeum 59 (1981), 389-409.

F. M. CLOVER , Geiseric the Stateman: a study of Vandal foreign policy, Ph. D. Diss., Universidad de Chicago, 1966.

—, «Geiseric and Attila», Historia, 1973, págs. 104-117.

—, The Late Roman West and the Vandals, Variorum, Aldershot-Brookfield, 1993.

S. COSTANZA , Vittore di Vita: Storia della persecuzione vandalica in Africa, Roma, 1981.

CH . COURTOIS , Les Vandales et l’Afrique, París, 1955.

—, «Rapports entre Wisigoths et Vandales», I Goti in Occidente, Settimane di Studio del Centro Italiano di Studi sull’Alto Med, III, Spoleto, 1956, págs. 499-507.

F. DECRET , Le Christianisme en Afrique du Nord Ancienne, París, 1996.

F. DECRET , M. FANTAR , L’Afrique du Nord dans l’Antiquité. Histoire et Civilisation (des origines au Ve. Siècle), París, 1981.

J. DESPOIS , R. RAYNAL , Geographie de l’Afrique du Nord-Ouest, París, 1977 (2).

H. J. DIESNER , Kirche und Staat im spätrömischen Reich. Aufsätze zur Spätantike und zur Geschichte der Alten Kirche, Berlín, 1964.

J. A. S. EVANS , The Age of Justinian. The circunstances of imperial power, Londres-Nueva York, 1996.

E. FENTRESS , Numidia and the Roman Army. Social, Military and Economic Aspects of the Frontier Zone. British Archaeological Reports, Int. Ser. 53, 1979.

P. A. FÉVRIER , Approches du Maghreb Romain I, Aix en Provence, 1989.

—, Approches du Maghreb Romain II. Pouvoirs, Différences et Conflicts, Aix en Provence, 1990.

W. H. C. FREND , «The Christian Period in Mediterranean Africa, AD. 200-700», en J. D. FAGE , The Cambridge History of Africa 2, Cambridge-Londres-Nueva York-Melbourne, 1978, págs. 410-489.

—, «The end of Byzantine North Africa: Some evidence of transitions», Histoire et Archéologie de l’Afrique du Nord, II Colloque International, Bulletin Archéologique du Comité des Travaux Historiques, n.s. 19B, 1985, págs. 387-397.

G. GAGGERO , «I Mauri nella storiografia del tardo impero», L‘Africa Romana 7. Atti del VII Convegno di Studio, Sassari, 1989, págs. 299-308.

L. A. GARCÍA MORENO , Romanismo y Germanismo. El despertar de los pueblos hispánicos (siglos IV-X ), en M. TUÑÓN DE LARA (dir.), Historia de España, v. II: Barcelona, 1981.

—, «La politique municipale de Rome en Afrique du Nord, II. Après la mort de Septime-Sévère», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt 10.2 (1982), 230-322.

E. F. GAUTIER , Le passé de l’Afrique du Nord: Les siècles obscurs du Magreb, París, 1937.

M. E. GIL EGEA , África en tiempos de los vándalos: continuidad y mutaciones de las estructuras socio-políticas romanas, Memorias del Seminario de Historia Antigua, Universidad de Alcalá de Henares, 1998.

E. GONSALVES , «El problema de la Ceuta Bizantina», Les Cahiers de Tunisie 115-116 (1981), 23-53.

R. GROSSE , Fontes Hispaniae Antiquae, IX. Las fuentes de época visigoda y bizantina, Barcelona, 1947.

S. GSELL , Histoire ancienne de l’Afrique du Nord, 8 vols., París, 1913-1928.

R. GUILLAND , Recherches sur les Institutions Byzantines, Berlín-Amsterdam, 1967.

P. HEATHER , Goths and Romans (332-489), Oxford, 1981.

M. JAHN , «Die Wandalen», en H. REINERTH , Vorgeschichte der deutschen Stämme. Germanische Tat und Kultur auf deutschem Boden, vol. III, Leipzig, 1940.

M. JANON , «L’Aurès au VI siècle. Note sur le récit de Procope», Antiquités Africaines 7 (1973), 193-254.

A. H. M. JONES , The Later Roman Empire, Oxford, 1964, reimpr. 1986.

W. E. KAEGI , «Arrianism and the Byzantine Army in Africa (533-546)», Traditio (1965), 23-53.

G. G. LAPEYRE , «La politique religieuse des rois vandales», en L’Ancienne Eglise de Carthage, t. II, París, 1933, págs. 11-151.

A. LEPELLEY , Les cités de l’Afrique Romaine au Bas-Empire. La permanence d’une civilisation municipale, tomo I, París, 1979, y tomo II, 1981.

PH. LEVEAU , Caesarea de Maurétanie. Une ville romaine et ses campagnes, Roma, 1984.

A. LEWIS , Naval Power and Trade in the Mediterranean A.D. 500-1100, Princeton, 1951.

J. H. G. W. LIEBESSCHÜTZ , «General, Federates and Bucellarii in Roman Armies around A.D. 400», The Defense of the Roman and Byzantine East. Proceedings of the Colloquium at the Sheffield University. BAR. Int. Ser., 297, 1986, págs. 463-474.

J. L. MAIER , L’épiscopat de l’Afrique romaine, vandale et byzantine, Neuchâtel, 1973.

L. MARCUS , Histoire des Vandales depuis leur premiêre apparition sur la scène historique jusqu’à la destruction de leur empire en Afrique, París, 1836.

F. MARTROYE , Genséric. La conquête vandale en Afrique et la destruction de l’empire d’Occident, París, 1907.

A. J. MATTINGLY , «Lybians and the limes: Culture and Society in Roman Tripolitania, AntAfr 23 (1987), 71-94.

G. C. MAX , «The emperor Majorian’s secret embassy to the Court of the Vandal Genseric», Byzantine Studies 9, 1 (1982), 57-63.

F. MILLER , The emperor in the Roman World, Londres, 1977.

Y. MODERAN , De Bellis Libycis. Berbères et Byzantins en Afrique au VI.e Siècle, Lille, 1991.

G. MOKHTAR , ed. General History of Africa, vol. 2. Ancient Civilizations of Africa, París, 1981.

P. MONCEAUX , Histoire littéraire de l’Afrique du Nord chrétienne depuis les origines jusqu’à l’invasion arabe, 7 tomos, París, 1901-1923.

PAPENCORDT , Geschichte der Wandalischen Herrenschaft in Africa, Berlín, 1937.

H. G. PFLAUM , «La romanisation de l’Afrique», Afrique Romaine. Scripta varia, I, París, 1978, págs. 375-392.

—, «La romanisation de l’antique territoire de la Carthage punique», Afrique Romaine. Scripta varia, I, París, 1978, págs. 300-345.

A. PRINGLE , The Defense of Byzantine Africa from Justinian to the Arab Conquest, BAR, Int. Ser., 99 (i) y (ii), 1981.

P. RICHE , Education et culture dans l’Occident Barbare, VI-VIIè siècle, París, 1962.

P. ROMANELLI , Storia delle province romane dell’Africa, Roma, 1959.

J. J. ROSSITER , «Villas vandales; le suburbium de Carthage au début du VI siècle de notre ere», IV Colloque sur l’Histoire et l’Archeologie de l’Afrique du Nord, Estrasburgo, 1988, págs. 221-227.

J. M. SALRACH , «Del Estado romano a los reinos germánicos. En torno a las bases materiales del poder del Estado en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media», De la Antigüedad al Medievo, siglos VI-VIII. III Congreso de Estudios Medievales, León, 1990 (1993), págs. 99-142.

A. SAITTA , «La Sicilia tra incursione vandaliche e dominazione ostrogotica», Quaderni Catanesi di Studi classici e medievali 18 (1987), 363-417.

J. J. SAYAS , «La zona del Estrecho desde las invasiones a la ocupación bizantina», I Congreso Internacional del Estrecho de Gibraltar, Ceuta, 1987, págs. 1071-1093.

V. A. SIRAGO , Galla Placidia e la transformazione politica dell ‘Occidente, Lovaina, 1961.

L. SCHMIDT , Histoire des Vandales (trad. al francés de H. DEL MÉDICO ) París, 1953.

J. L. TEALL , «The Barbarians in Justinianic Armies», Speculum 40 (1965), 294-327.

Y. THEVERT , J. L. BIGET , «L’Afrique après la disparition de la cité classique: cohérence et ruptures dans l’histoire maghrébine», L’Afrique dans l’occident romain. Actes du colloque organisé par l’Ecole Française de Rome, 1987 (1990), págs. 575-602.

M. VALLEJO GIRVES , Bizancio y la España Tardoantigua. Ss. V-VIII. Un capítulo de Historia mediterránea, Alcalá de Henares, 1993.

A. H. WARMINGTON , The North African provincies from Diocletian to the vandal conquest, Cambridge, 1954.

H. WOLFRAM , History of the Goths, trad. al inglés de la 2.a edición en alemán, Los Ángeles, 1987.

J. YANOSKI , Histoire de la domination des Vandales en Afrique, París, 1844.


1 En realidad, unos 10 meses: desde finales de agosto del año 533 d. C. hasta la primavera del 534.

2 Cf. III 1, 1.

3 Con respecto al conflicto entre los vándalos y los bizantinos y su continuación al entrar en juego las tribus bereberes de esta zona del norte de África, centrándose, especialmente, en las características y devenir histórico del reino vándalo de África, nos parece de consulta obligada el completísimo estudio de reciente aparición de M.a E. GIL EGEA , África en tiempos de los vándalos: Continuidad y mutaciones de las estructuras socio-políticas romanas; Memorias del Seminario de Historia Antigua VII, Universidad de Alcalá de Henares, 1998. Aporta además abundante bibliografía, incluyendo las fuentes epígraficas y literarias.

4 De hecho, ya lo es desde el comienzo de la obra: cf. I 1, 1 ss. y también Introdución a la Guerra Persa.

5 Cf. III 2, 7.

6 El relato pormenorizado de la conquista de Roma por parte de Alarico por medio de un ardid (Cf. III 2, 14-24) es uno de los trece ejemplos que aparecen, diseminados a lo largo de los libros III y IV, de estratagemas o argucias militares —al final de éste último tenemos otro: el de los trozos de flecha de Artasires, cf. IV 28, 10-11— y que, es evidente, demuestran el gusto del autor por este tipo de episodios en la narración de los cuales se detiene grandemente, desde luego, para satisfacción del lector. Como muy bien indican, entre otros, D. ROQUES (Cf. Introducción a su traducción de La Guerre contre les Vandales, Les Belles Lettres (Colección La Roue A Livres), París, 1990, págs. 18-19), esta atracción por las demostraciones de ingenio para salir de una situación comprometida arranca del propio Homero, sobre todo en lo que se refiere a hazañas de carácter individual (Ulises es el modelo más significativo), si bien las empresas colectivas (las de Adrumeto, por ejemplo, auténticas estratagemas de guerra, cf. IV 23, 11-15 y 22-25), adquieren carta de naturaleza en Tucídides y en los tratados especializados de poliorcética, tan abundantes en época helenística: por tanto, también en esto Procopio se muestra como el continuador de una tradición eminentemente literaria.

7 Cf. III 2, 25-26.

8 En realidad, empujados por los hunos: cf. libro III, nota 65.

9 Cf. III 4, 1.

10 Cf. III 4, 29-35, donde se relata pormenorizadamente la toma de la ciudad de Aquilea por parte de Atila.

11 Cf. III 5, 22-23.

12 Cf. III 5, 24-25.

13 Cf. III 6, 10.

14 Aparece aquí el concepto de týchē, que podría considerarse una especie de instrumento al servicio de Dios, para que pueda llevarse a término su plan establecido en lo que se refiere al desarrollo de los acontecimientos históricos. La suerte, la fortuna, el azar quiso que fuese Basilisco, con su afán de poder, el que provocase que el poder de los vándalos se acrecentase en realidad todavía más.

15 Cf. III 7, 13.

16 Cf., con respecto al concepto de týche y el problema de la causalidad histórica, el interesante artículo de Evans, «Christianity and Paganism in Procopius of Caesarea», Greek, Roman and Byzantine Studies 12 (1971), esp. 93-100.

17 Cf. III 7, 14.

18 Término que emplea constantemente Procopio para designar al usurpador de un trono.

19 Cf. III 10, 19-20.

20 En realidad, como comenta muy acertadamente D. ROQUES , La Guerre contre les Vandales, Les Belles Lettres, París, 1990, págs. 8-9, el emperador Justiniano prácticamente no aparece en toda esta parte de la obra y, en cuanto a Belisario, Procopio se limita, por regla general, a dar cuenta de su actuación en el transcurso de la campaña militar; todo lo más podemos entresacar (a través de los discursos, rasgo literario tomado también, por supuesto, de su modelo Tucídides) algunos rasgos del que se preveía sucesor ideal y, quizás, deseado del propio emperador.

21 Op. cit., pág. 7 (de la Introducción).

22 En realidad todo esto nos lleva a considerar que, entre otras cosas, los libros III y, hasta el capítulo 9, por lo menos, del IV, constituyen una Historia del pueblo vándalo, desde su partida obligada por la presión de los hunos a finales del s. IV d. C. pasando por su conquista del reino del norte de África y su final provocado por su derrota militar frente a las poderosas fuerzas militares de Justiniano (439 d. C., toma de Cartago por Gicerico, hasta el 533-534 d. C., desarrollo de la guerra contra los bizantinos).

23 Cf. III 19, 29.

24 Cf. III 25, 22-26.

25 Frente a estas pinceladas con las que Procopio, poco a poco a lo largo de los capítulos, va pintando tanto el retrato personal del rey Gelimer, como el de otros grandes hombres que van apareciendo según el curso de los acontecimientos, el relato de nuestro autor tampoco es parco en la presentación de grandes cuadros de conjunto o composiciones colectivas, como podrían ser la descripción de la expedición militar de III 1, 1, o la escena del banquete en el Délphix del palacio de Gelimer en Cartago (III 21, 4, aderezada además con una demostración fallida de erudición al explicar el origen de esa palabra y de palatium), que nos dan la impresión a menudo de encontrarnos ante un drama o una novela, dos géneros eminentemente literarios (y son abundantes los ejemplos al respecto).

26 Cf. IV 6, 27.

27 Cf. IV 7, 15.

28 Cf. IV 9, 11.

29 Cf. op. cit., pág. 7.

30 Cf. IV 22.

31 Cf. III 12, 3-5. Además, la presencia física y la intervención directa del autor en el desarrollo de los hechos históricos que él mismo nos relata, como ya ha quedado claramente reflejado en la Introducción a la Guerra Persa, págs. 8 ss., en esta misma colección (B. C. G. 280), convierten, indudablemente, a Procopio en un eslabón más de la cadena de historiadores griegos y también, en parte, latinos, que vivieron en primera persona los acontecimientos históricos que constituyen el tema de sus obras histórico-literarias: partiendo de Heródoto, siguiendo por Tucídides y Jenofonte (recordemos su intervención directa en la expedición de los Diez Mil narrada en su obra Anábasis y refiriéndose a sí mismo en tercera persona), Polibio, César y Salustio para el mundo romano y ya finalmente, después de nuestro autor, Amiano Marcelino y Teofilacto Simocates. Procopio utiliza una y otra vez el método de la autopsía (visión directa de los acontecimientos) para la ulterior narración fidedigna de los hechos históricos, normalmente de carácter bélico, al igual, por ejemplo, que Tucídides; lo mismo que a éste, también a Procopio hay que reconocerle su objetividad, pues en ningún momento se decanta por mostrarnos simpatía hacia el bando al que él mismo pertenecía, sino más bien al contrario, pues en ciertas ocasiones muestra nuestro autor una cierta cercanía y comprensión hacia los vándalos (recordemos su interés evidente por la personalidad de Gelimer); todo ello con una clara finalidad: que estos hechos no caigan en el olvido y sirvan de enseñanza a las generaciones futuras (cf. Guerras I 1, 1 ss.).

32 Cf. op. cit., pág. 17.

33 Sea oral o sea por escrito, esto es, por carta. Tenemos en la Guerra Vándala diecisiete cartas y diecinueve discursos, de los cuales diez son pronunciados por Belisario y Salomón. Las primeras pueden ser muy bien —y en ello estamos de acuerdo con D. ROQUES (cf. op. cit., pág. 17)— documentos oficiales que Procopio obtuvo en los archivos vándalos de Cartago y en los del palacio imperial de Constantinopla, pero que habrían sido reelaborados y adaptados a las exigencias de una obra literaria, ateniéndose, por tanto, más bien sólo al contenido de los mismos.

34 Los discursos contrapuestos o enfrentados, donde dos personajes exponen sus puntos de vista u opiniones sobre un tema determinado.

35 Cf. III 15, 12-17 y III 15 18-30.

36 Cf. IV 1, 13-25 (arenga de Belisario) frente a IV 2, 9-22, donde tenemos la alocución de Gelimer, que se complementa con la dirigida a sus tropas por su hermano Tzazón en IV 2, 24-32.

37 Cf. una vez más los presupuestos generales incluidos en la introducción general a la obra: I 1, 1 ss.

38 Cf. III 16, 9-11.

39 Cf. III 17, 6.

40 Cf. las interesantes consideraciones que al respecto incluye D. ROQUES en su Introducción (op. cit., págs. 3-4), donde establece un paralelo entre la llegada de las tropas imperiales a África en el 533 d. C. y la de los franceses a Argelia en 1830.

41 Cf. en primer lugar III 21, 14-16, donde se nos cuenta la existencia de una especie de oráculo que servía de juego a los niños desde tiempos muy antiguos y, en claro contraste con él, la parte seria y trascendente: el sueño enviado por San Cipriano a numerosas personas (cf. III 21, 21), con el que se nos recuerda una vez más el carácter de guerra santa que tenía también este conflicto entre los bizantinos y los vándalos, o lo que equivale a decir: entre los católicos y los seguidores de Arriano. Ésta precisamente era una de las motivaciones que llevaron a Justiniano a entrar en guerra contra este pueblo: la doctrina arriana había sido condenada por el primer Concilio ecuménico, el de Nicea, celebrado en el año 325 d. C., Concilio que fue reunido por Constantino, el fundador del Imperio de Oriente y de la ciudad de Constantinopla.

42 Cf. especialmente III 22, 15 ss.

43 Con esta interesante reflexión, Procopio vuelve a demostrar, por un lado, su formación fundamentalmente griega, pues la idea del castigo que trasciende al propio «pecador», para pagar su culpa en sus hijos o descendientes en general es un concepto típicamente griego desarrollado a lo largo de buena parte de su literatura (en especial, en la tragedia); por otro, la mezcla que en su pensamiento y en sus sentimientos religiosos tiene el autor entre lo griego y lo cristiano: ¿qué divinidad se encarga de castigar al vándalo Gicerico en sus descendientes, esto es, en los miembros de su pueblo que habitan en el reino de África? Dios, el Dios de los cristianos (es decir, de los católicos: los vándalos son también cristianos, pero de fe arriana).

44 Cf., con respecto a la abundancia de datos y descripciones geográficas incluidos en la Guerra Vándala, las interesantes consideraciones desarrolladas por D. ROQUES en su Introducción a la obra (op. cit., págs. 14-17).

45 Esta relación arranca ya de Heródoto. Los datos geográficos que nos aporta Procopio son en muchos casos únicos dentro de la literatura antigua, como muy bien indica D. ROQUES (op. cit., pág. 15), con lo cual pensamos que no hay que insistir demasiado en la importancia de la obra del de Cesarea también en este aspecto. Por ejemplo, todo lo relativo al Monte Aurasio (cf. III 8, 5), al paradisíaco Grase (III 7 8-10), al monte Papua (IV 6) o al Burgaón (IV 12): ahora bien, el hecho de que Procopio sea nuestra única fuente hace que tengamos unas dificultades considerables para localizar con exactitud dichos parajes. El interés de Procopio por la geografía y, lo que es más importante, por integrarla en el desarrollo del relato, se aprecia ya desde el comienzo mismo de la Guerra Vándala, pues al mostrarnos en detalle los dominios del Imperio Romano en sus dos partes, estamos ya en condiciones de valorar todavía más la trascendencia de las incursiones de los pueblos germánicos en tan vasto territorio. Ahora bien, son asimismo numerosos los errores que nuestro autor comete en materia de geografía, pero en este punto, como muy bien matiza ROQUES (op. cit., págs. 15-16), él no busca la precisión científica, sino el ornamento literario, el deleite más que la enseñanza. Sin embargo, siempre según D. ROQUES , a diferencia de Heródoto, los datos geográficos que aporta Procopio siempre están perfectamente integrados en el desarrollo de la narración, pues sirven para aclarar esos mismos hechos y, al mismo tiempo, adornarlos y desde luego, no podemos olvidar que es a través del deleite como el lector puede aprender.

46 Por ejemplo, en IV 13, 5-9, la descripción de los movimientos llevados a cabo por las tropas de Altias, primero, en el monte Aurasio y, después, de las del jefe berebere Yaudas, para hacerse con el control de una fuente de agua, algo fundamental durante la estación veraniega, y que no va a poder resolverse sino a través de un combate singular. De la misma forma, el perfecto conocimiento del terreno por parte de Yaudas y sus fuerzas posibilita que éstos escapen una y otra vez de los ataques de Salomón, hasta el punto de que éste se vea obligado a regresar a Cartago sin haber obtenido ningún resultado (cf. IV 13, 30-38).

47 Cf. IV 3, 4-18.

48 Hay más ejemplos en la obra de descripciones tácticas sin referencia a la geografía del lugar: el dispositivo de combate del moro Cabaón (III 8, 25 y IV 11, 19), el de Mames (IV 11, 20-56) o el de Escaleras Viejas (IV 17).

49 Cf., respectivamente, IV 3, 20 y IV 3, 24 ss.

50 Cf. IV 4, 1-8.

51 Cf. IV 4, 17-19.

52 Cf. IV 4, 26 ss.

53 Cf. IV 5, 12-17 y, para la respuesta de los ostrogodos por orden de Amalasunta, IV 5, 19-25. Por tanto, nos encontramos una vez más con el recurso tucidideo de las antilogías, en este caso en forma de reclamación y respuesta por carta, con las consiguientes razones alegadas por unos y otros. Recuérdese que la fortaleza de Lilibeo había sido concedida como dote a Amalafrida por su hermano Teodorico, rey de los ostrogodos, con motivo del matrimonio de aquélla con Trasamundo, rey de los vándalos en África.

54 Cf. IV 6, 1-3. Una vez más la geografía de un lugar determinado, en este caso el terreno escarpado y de difícil acceso del monte Papúa, tiene una relación estrechísima con el desarrollo de los acontecimientos.

55 Cf. IV 6, 5-13. Incluso aquí el influjo de Tucídides resulta patente, pues la referencia de Procopio a las chozas agobiantes en las que habitualmente vivían los moros recuerda extraordinariamente a la descripción que hace Tucídides de las que usaron los atenienses durante la epidemia que asoló el Ática en la Guerra del Peloponeso.

56 Cf. IV 7 2-6: se trata del episodio de los dos niños que pelean por una mísera hogaza de pan.

57 Cf. IV 7 18 ss. Aquí Procopio reflexiona una vez más sobre lo caprichoso de la fortuna humana: cómo un hombre poderoso que estaba al frente de un reino pujante y lleno de riquezas pudo ser derrotado «en tan corto espacio de tiempo y por cinco mil hombres advenedizos».

58 Cf. IV 8, 2 ss. Parece ser que fueron algunos de sus oficiales los que lo acusaron de intentar usurpar el poder en África, en calidad de sucesor al trono de los reyes vándalos.

59 Cf. IV 8, 14.

60 La de los moros de Bizacio y Numidia que se produjo en el mismo verano del 534 y a la que, al haber regresado ya Belisario a Constantinopla, hubo de hacer frente Salomón, su sucesor al frente de la administración de Libia: cf. IV 8, 9 ss.

61 Que incluye los hechos sucedidos entre el 534 y el 548 d. C.

62 Cf. IV 9. Otro ejemplo más de esa forma compositiva que podríamos denominar «gran cuadro o escena de conjunto»: la descripción colorista y detallada de una escena colectiva, donde, por otro lado, al final de la misma (cf. parágrafos 10-12), Procopio traza la última pincelada que sirve para completar el excelente retrato de la personalidad individual de Gelimer, el personaje que ha sido protagonista de la parte nuclear de la obra y, simultáneamente, el ejemplo y símbolo del drama del pueblo vándalo en particular y de todos los hombres en general.

63 Cf. IV 10, 4-11, donde se nos describe detalladamente la valerosa actuación militar de ambos personajes: es uno de los ejemplos que aporta D. ROQUES (op. cit., pág. 18) del uso por parte de Procopio de otro recurso característico de la literatura griega: la aristeía, o narración pormenorizada de proezas o hazañas personales, equivalentes a las que se encuentran con cierta frecuencia tanto en la obra de Heródoto como, por supuesto, y todavía más si cabe, en la poesía homérica. Son abundantes los ejemplos de aristeía en la Guerra Vándala: hazaña de Juan, el lugarteniente de Basilisco (III 6, 22-23); las de Boríades en Silecto (III 16, 9-11); de Diógenes en las proximidades de Cartago (III 23, 5-18); de Altias trente a Yaudas (IV 13, 5-17); o del soldado Gezón en Tumar (IV 20, 12-16).

64 Cf. IV 10, 13-29, extensa digresión que sirve al autor, además de para hacemos un alarde de erudición histórica (por lo demás fallida, en general), para introducirnos ya de lleno en el conflicto entre la confederación tribal de moros bereberes del norte de África y el Imperio Romano de Oriente (534-548 d. C.).

65 Cf. D. ROQUES , op. cit., págs. 12-13.

66 El primero controlaba la zona central del Túnez de hoy día (la antigua provincia Bizacena), mientras que Cutcinas dominaba la parte oriental de la actual Argelia. Otros líderes como Esdilasas, Yurputes o Medisinisas, nombrados ya en este capítulo—cf. IV 10 6 ss.— son personajes desconocidos que no aparecen en otras fuentes y que, por tanto, son casi imposibles de ubicar con exactitud. En lo que respecta al otro líder de cierta importancia, Yaudas, se estableció al frente de un reino independiente localizado en el macizo montañoso del Aurés, el monte Aurasio de Procopio.

67 Es decir, su deslealtad: cf., por ejemplo, IV 8, 9-11.

68 Al mando de Cutcinas, Esdilasas, Yurputes y Medisinisas: cf. IV 11, 15. La batalla (cf. IV 11, 47 ss.) arroja un saldo terrible para los moros, pues sufrieron diez mil bajas, según Procopio, mientras que los romanos tuvieron ocasión de celebrar en Cartago un segundo desfile triunfal (cf. § 56).

69 Cf. IV 12, 3 ss. La batalla del Burgaón significó la segunda derrota consecutiva de las fuerzas bereberes frente a Salomón y los suyos, derrota que arrojó un saldo de bajas sencillamente espeluznante: cincuenta mil (cf. § 25) de los moros por ni uno solo del bando romano. Además, el jefe Esdilasas se entregó a los romanos y fue conducido a Cartago (cf. § 26).

70 Cf. IV 13, 1.

71 Cf. IV 13, 18 ss.

72 Cf. IV 14, 1. Recordemos que la guerra contra los ostrogodos dio comienzo en junio del año 535 d. C.: al terminar este año, toda Sicilia estaba de nuevo en poder del Imperio Romano.

73 En el año 536 d. C., el sol parece ser que dejó de brillar (durante todo un año entero, según nos dice Procopio: cf. IV 14, 5-6).

74 Cf. IV 14, 7 ss.

75 Cf. IV 15, 1-8.

76 Cf. IV 15, 12 ss.

77 Cf. IV 15, 48.

78 Cf. IV 16, 1 ss.

79 Cf. IV 16, 12-24.

80 Scalae Veteres: cf. IV 17, 3 ss. Batalla muy sangrienta que se salda con la derrota de los sublevados.

81 Cf. IV 17, 35.

82 Cf. IV 19, 1. Como el propio autor nos indica, dicho relevo al frente de la administración de Libia se produjo durante el decimotercer año del reinado de Justiniano, es decir, el 539-540 d. C.

83 Una vez que los moros se hubieron retirado de Numidia, la Mauritania Sitifense o Primera Mauritania queda anexionada al Imperio Romano como provincia tributaria (cf. IV 20, 30).

84 Cf. IV 21, 17, donde nos aclara Procopio cuáles son los motivos de la enemistad entre Antalas y Salomón.

85 Cf. IV 21, 27-28.

86 Cf. IV 22, 12-20: un ejemplo más del gusto que tiene nuestro autor por las estratagemas o demostraciones de ingenio (y más tratándose de un jovenzuelo), sean individuales o sean colectivas, para salir de una situación complicada.

87 Cf. IV 23, 18-25: En este caso, la demostración de ingenio por parte del sacerdote va a ir acompañada de todo un alarde de heroísmo o, empleando el término griego, de aristeía, puesto que va a ser él personalmente el que, armándose de valor, lleve a cabo la acción.

88 Cf. IV 24, 1-2.

89 Cf. IV 24, 3 ss. El emperador Justiniano le había ordenado a Sergio llevar a término la guerra contra los moros de Numidia y a Areobindo encargarse de combatir contra los de Bizacio, al frente de los cuales seguía estando Antalas, pero contando ahora con la colaboración de Estotzas, el que había sido jefe de los sublevados y al que los moros habían hecho regresar de Mauritania (cf. al respecto IV 22, 5). En nuestra opinión, la descripción de la escena del combate singular entre Juan y Estotzas es una de las más conseguidas de la obra, desde el punto de vista literario, pues alcanza una intensidad y dramatismo considerables.

90 Cf. IV 25, 1-11. En realidad todo este capítulo, y así ya prácticamente hasta el final del libro, no va ser sino una sucesión de intrigas, pactos furtivos, traiciones y complots protagonizados por los jefes de ambos bandos.

91 Cf. IV 25, 28. Resulta también atractivo el retrato que dibuja Procopio de la personalidad de Areobindo, un hombre al que la guerra no interesaba lo más mínimo, hasta el punto de no saber siquiera cómo ponerse su equipo militar (cf. IV 25, 25-26).

92 Cf. IV 26, 17 ss.

93 Cf. IV 27, 1-3.

94 Cf. IV 27, 4.

95 Cf. IV 27, 10-18.

96 Cf. IV 28, 1-41.

97 Cf. IV 28, 42. General de Libia entera, dice literalmente Procopio. Sin embargo, al poco tiempo, Artabanes solicita a Justiniano que se le releve de tal función, siendo sustituido por Juan, el hijo de Papo.

98 En claro contraste con la extensión de la escena del asesinato de Gontaris, Procopio sólo necesita 11 parágrafos exactamente (IV 28, 42-52) para la narración de estos importantes sucesos históricos posteriores a la desaparición del usurpador y que llevarán al establecimiento de la paz en Libia.

99 Cf. op. cit., págs. 4-5 de su Introducción.

100 Lo cierto y verdad es que, efectivamente, quince años más tarde, en el 563 d. C., se reanudaron las escaramuzas de las tribus bereberes, hasta que, a partir del s. VII , un mar de fondo proveniente de Arabia se lo llevó todo por delante.

101 Op. cit., pág. 22.

LIBRO III

(GUERRA VÁNDALA I)

SINOPSIS *

1. División del Imperio Romano en dos partes. Antigua división del mundo en dos continentes: Asia y Europa. La plaza fuerte de Septo (Ceuta). Anchura del Estrecho de Gibraltar y de los Dardanelos. Extensión del Imperio occidental siguiendo las costas del mar Mediterráneo.—2. Los godos, los vándalos, los visigodos y los gepedes: quiénes eran y de dónde procedían. Irrupción de los gepedes. Perfidia de los visigodos. Huida del emperador Honorio. Conquista de Roma por Alarico. Anécdota del gallo de Honorio. Proba, matrona romana. Alarico proclama a Átalo emperador de Roma. Defección de Britania. Constantino es proclamado emperador por el ejército. Dios presta ayuda a Honorio. Irrupción de los godos.— 3. Migraciones de los vándalos y alanos. La excepción judicial de los treinta años. El usurpador Juan. Las depravadas costumbres del emperador Valentiniano III. Aecio urde una estratagema contra Bonifacio. Éste hace venir a África a los vándalos, a los que, más tarde, se esfuerza inútilmente por alejar. Los bárbaros que sitiaban Hipo Regio levantan el asedio. Posteriormente, superan a los romanos en el campo de batalla.—4. Presagio del águila que designa al prisionero Marciano como futuro emperador; Gicerico lo deja libre. Honorico, hijo de Gicerico, rehén de Valentiniano. Muerte de Placidia. Infame argucia urdida por Valentiniano contra el senador Máximo. Asesinato de Aecio. Atila toma la ciudad de Aquilea. Máximo elimina a Valentiniano. Eudoxia implora la ayuda de Gicerico.— 5. Muerte de Máximo. Gicerico, una vez saqueada Roma, se lleva como prisioneras a la esposa y a las hijas de Valentiniano. Consolida la situación en África. Asola Sicilia, Italia y otras comarcas.— 6. El emperador León se levanta en armas contra los vándalos: confía la dirección de la guerra a Basilisco, cuya lealtad corrompe Aspar. Antemio, emperador de Occidente. Marceliano ocupa Cerdeña y Heraclio, Trípolis, tras expulsar a los vándalos. Irresolución sospechosa de Basilisco. Argucia de Gicerico. Batalla naval. Valerosa acción de Juan en el transcurso de la misma. El peligro ronda a Basilisco por haber llevado mal la operación. Asesinato de Aspar y de Ardaburio.— 7. Asesinato de Antemio y de Olibrio. Muerte del emperador León y de León el joven. Mayorino prepara la guerra contra los vándalos. Los emperadores Nepote, Glicerio y Rómulo Augústulo. Basilisco, traicionado por Hármato, paga su pena a Zenón. Se establece un tratado de paz sagrado y para siempre entre Gicerico y Zenón. Testamento y muerte de Gicerico.—8. Honorico sucede a Gicerico: ultraja a los católicos, que pueden hablar a pesar de tener cortada la lengua, salvo dos de ellos de conducta licenciosa. Los moros se independizan de los vándalos. Gundamundo y Trasamundo persiguen a los cristianos de credo ortodoxo, el primero, cruelmente; el segundo, con suavidad. Amalafrida se casa con Trasamundo. Extraordinaria demostración de respeto por parte del moro Cabaón hacia los templos de los católicos y victoria sobre los vándalos.—9. Ilderico, sucesor de Trasamundo, está en desacuerdo con los godos: amigo de Justiniano, es encarcelado por Gelimer. Justiniano y Gelimer se envían sendas cartas el uno al otro. Justiniano considera la posibilidad de una guerra contra los vándalos.—10. Problemas que conllevaría la posible guerra vándala. El prefecto del pretorio Juan le muestra su oposición a la idea. El obispo, por el contrario, aboga por ella. Trípolis queda bajo la jurisdicción de Justiniano.—11. Cirilo es enviado a Cerdeña. Número de soldados que integran las tropas que marchan a África. Nombres de los jefes militares. Descripción de la flota. Mando con plenos poderes para Belisario. Intentona de Gelimer. Una orden dada por Justiniano se considera un presagio.—12. Epifanio, arzobispo de Constantinopla, ruega por la suerte de la flota. Sueño de Procopio. Partida de la flota. Severidad de Belisario. Arenga suya a las tropas, muy digna de un general cristiano.—13. Previsión de Belisario. La flota se ve obligada a separarse junto al cabo de Málea; la bonanza la retiene en Metone. Beneficio económico obtenido por Juan, el prefecto del pretorio, del pan mal horneado, cuya ingestión provoca la muerte a muchos soldados. La forma en que Antonina, la esposa de Belisario, conservó el agua potable sin que se echara a perder.—14. Tras arribar a Sicilia, Belisario envía a Procopio a Siracusa para que haga averiguaciones sobre la situación de los vándalos. Procopio cumple con su misión extraordinariamente. La flota se dirige a África.—15. Deliberación sobre cómo efectuar el desembarco en la costa de África. Una vez llevado a cabo el desembarco, ponen el campamento. Del agua que brota de manera inexplicable Procopio deduce un presagio de victoria.—16. Belisario exhorta a los suyos a mantener la disciplina militar y la moderación. Capitulación de Silecto. Unos caballos del Correo Público son entregados a Belisario, del cual un mensajero recibe una carta de Justiniano dirigida a los mandatarios vándalos.—17. Belisario avanza con el ejército en línea de combate. La moderación con que se comportaron en Silecto cautivó a los africanos. Gelimer encarga el asesinato del rey Ilderico a su hermano Amatas y sigue con precaución al ejército romano.—18. Juicio de Procopio sobre la Divina Providencia en relación con esta guerra. Derrota de Amatas y de Gibamundo. Privilegio del que gozaba cierto maságeta.—19. Arenga militar de Belisario; terror de los federados ante la llegada de Gelimer. Éste desaprovecha la oportunidad de obtener una victoria aplastante. Su vergonzosa huida posterior.—20. Llegada a Cartago de Belisario y de la flota romana. Excelente disposición de los ciudadanos hacia los romanos. Los que estaban en prisión son liberados. Belisario entra en la ciudad: se sienta en el trono de Gelimer. Animadversión divina contra el perjuro Calónimo.—21. Origen de las palabras Délphix y palatium. Elogio de Belisario ante la moderación de sus soldados. La victoria es presagiada por un divertido oráculo infantil y prometida a los católicos por San Cipriano a través de una visión en sueños. Los católicos recuperan el templo del santo, que había sido adornado por los arrianos.— 22. Consejo dado en otro tiempo a Gicerico por cierto vándalo que presagiaba el desastre que su pueblo sufriría en África. Dios castiga en sus descendientes la crueldad mostrada por Gicerico, especialmente en Zacinto.—23. Gelimer incita a los campesinos, por medio de recompensas, a dar muerte a los romanos que merodeaban por los campos. Hazaña especialmente valerosa de Diógenes. Las murallas de Cartago son reconstruidas por Belisario.—24. Carta de Tzazón a Gelimer comunicándole la recuperación de Cerdeña. Tardío ofrecimiento de Gelimer a Teudis, el rey de los visigodos, de una posible alianza militar. Cirilo navega rumbo a Cartago. Salomón es enviado como mensajero ante el emperador.—25. Gelimer reúne a los suyos. Los cabecillas de los moros solicitan de Belisario los distintivos del mando. Gelimer hace regresar de Cerdeña a Tzazón. Emotivo encuentro entre los vándalos de Gelimer y de Tzazón.


Así pues, de esta forma terminó la guerra que sostuvo el [1] emperador Justiniano contra los persas 1 ; ahora yo me dispongo a narrar cuantas acciones fueron llevadas a cabo por él contra los vándalos y los moros. Pero en primer lugar voy a explicar de dónde 2 partió el ejército de los vándalos para abatirse sobre el territorio del Imperio Romano. Después de [2] que Teodosio, el emperador de los romanos, hubiera desaparecido de entre los hombres, habiéndose mostrado como un justo varón entre los que más, así como valiente en la guerra, se repartieron el Imperio sus dos hijos, correspondiéndole a Arcadio, el mayor, la parte oriental y a Honorio, el más joven, la occidental 3 . Pero el poder soberano de los romanos [3] había quedado dividido así desde antes, en concreto desde los tiempos de Constantino y sus hijos, puesto que aquél había transferido la autoridad imperial a Bizancio y tras haber engrandecido la ciudad y haberla hecho mucho más renombrada, dio su autorización para que tomara de él su nombre 4 .

[4] Un océano rodea en círculo la tierra o en su totalidad o la mayor parte —pues a este respecto no tenemos todavía un conocimiento exacto—, pero está dividida en dos continentes por una especie de canal que, penetrando por la parte occidental, forma este mar nuestro, que comienza en Cádiz 5 y [5] se extiende hasta el lago Meotis 6 . De estos dos continentes, el que queda a la derecha, según se penetra en nuestro mar y que llega hasta el lago Meotis, comenzando en Cádiz y la más meridional de las Columnas de Heracles 7 , recibe el nombre de Asia. A la fortaleza que allí se alza los nativos la [6] llaman Septo 8 , por las siete colinas que pueden verse en ese lugar, ya que septem significa «siete» en lengua latina. Todo el continente que queda frente a éste recibió el nombre [7] de Europa. Y el estrecho que se encuentra en ese punto separa los dos continentes en más de ochenta y cuatro estadios 9 , pero desde allí siguen manteniéndose separados por grandes extensiones de mar hasta el Helesponto. En ese [8] punto, en efecto, vuelven a acercarse en Sesto y Abido 10 y de nuevo en Bizancio y Calcedón hasta las rocas denominadas antiguamente Ciáneas, donde, incluso actualmente, existe un lugar llamado Híero, pues en estos lugares los continentes están separados uno de otro por una distancia de diez estadios y aún menos de eso 11 .

[9] Por otra parte, la distancia desde una de las Columnas de Heracles hasta la otra, si se viaja siguiendo la costa y no se rodea el golfo Jónico 12 y el llamado Ponto Euxino, sino que se cruza desde Calcedón a Bizancio y desde Driunte 13 hasta la parte continental que queda enfrente 14 , corresponde a un trayecto de doscientos ochenta y cinco días para un [10] viajero desenvuelto 15 . Con respecto a los territorios que rodean al Ponto Euxino, el cual se extiende desde Bizancio hasta el lago Meotis, es imposible hacer una valoración totalmente precisa sobre ellos, puesto que los bárbaros que habitan al otro lado del río Istro, al que también llaman Danubio, hacen que las costas de aquella zona sean completamente inaccesibles para los romanos, exceptuando en verdad que desde Bizancio hasta la desembocadura del Istro hay un trayecto de veintidós días que conviene que añadan a Europa los que hagan el cómputo de su extensión 16 . En cuanto a [11] la parte asiática del Ponto Euxino, desde Calcedón hasta el río Fasis 17 , que, después de atravesar la Cólquide, viene a desembocar en el Ponto, el trayecto se completa en cuarenta días, de tal forma que el dominio de los romanos en su totalidad [12], al menos según la distancia que existe si se viaja siguiendo la costa, alcanza una extensión de trescientos cuarenta y siete días de trayecto si, como se ha explicado, se atraviesa el golfo Jónico, que tiene una extensión de aproximadamente ochocientos estadios 18 desde Driunte, pues el [13] paso a través del golfo no exige menos de cuatro días de trayecto 19 . Tal fue, por lo tanto, la extensión del Imperio Romano en los tiempos antiguos.

Por otro lado, la mayor parte de Libia vino a caer en poder [14] del soberano de Occidente, en una extensión de noventa días de viaje, pues ésa es la distancia desde Cádiz hasta las fronteras de Trípolis en Libia 20 , y en Europa recibió una porción de territorio que tiene una extensión de setenta y [15] cinco días de trayecto, pues tanta es la distancia que hay desde la más septentrional de las Columnas de Heracles hasta el golfo Jónico 21 , pudiéndose añadir además el contorno [16] del golfo. Por su parte, el emperador de Oriente recibió un territorio que tiene una extensión de ciento veinte días de trayecto desde los límites de Cirene en Libia hasta Epidamno, ciudad que está situada en el propio golfo Jónico y que hoy día recibe el nombre de Dirraquio, y cuantos de los territorios que rodean al Ponto Euxino están, como se ha [17] dicho antes, bajo el poder de los romanos 22 . El trayecto de un solo día llega hasta los doscientos diez estadios, como ir de Atenas a Mégara 23 . Así fue como, por una parte, se repartieron entre ellos los emperadores de los romanos cada uno de los dos continentes, mientras que, por otra, entre las [18] islas, Britania 24 , que es la de mayor tamaño de las que están situadas en la zona que queda fuera de las Columnas de Heracles, fue asignada, como es lógico, a la porción occidental del Imperio, así como Ibiza 25 en la parte interior de las Columnas de Heracles, isla que está situada en el mar Mediterráneo en lo que podríamos denominar la Propóntide que queda justo después de la entrada del océano en el mar y estando de ésta a una distancia de aproximadamente siete días de viaje. También las otras dos islas vecinas, Mallorca y Menorca, como las llaman los nativos, fueron asignadas a la parte occidental del Imperio. En cuanto al resto de las islas del Mediterráneo, cada una pasó a depender de aquel de los dos emperadores dentro de cuyos límites territoriales diese la coincidencia de que estaba situada 26 .

Sin embargo, en la época en que Honorio 27 reinaba en la [2 ] parte occidental del Imperio, unos pueblos bárbaros se apoderaron de su territorio: ahora voy a explicar quiénes fueron [2] y de qué modo lo hicieron. Muchos pueblos góticos se han conocido en tiempos antiguos y también actualmente, pero los más importantes y dignos de tenerse en cuenta son los godos, los vándalos, los visigodos y los gepedes. Antiguamente se les llamaba saurómatas y melanclenos 28 y había además quienes daban a estos pueblos el nombre de géticos. [3] Todos éstos se distinguen entre sí por sus denominaciones, como ha quedado dicho, pero no se diferencian en nada más [4] en absoluto, pues todos ellos son de piel blanca y rubia cabellera, de alta estatura y buen aspecto, están sujetos a las [5] mismas leyes y practican la religión de forma similar. Todos, en efecto, pertenecen a la fe arriana 29 y hablan una sola lengua, llamada gótica 30 . A mí me da la impresión de que todos proceden originariamente de una única tribu, pero que en épocas posteriores se distinguieron por los nombres de los que estuvieron al frente de cada grupo 31 . Este pueblo [6] habitaba desde antiguo al otro lado del río Istro 32 ; posteriormente, los gepedes se apoderaron de los territorios que rodean Singidono 33 y Sirmio 34 , a ambas márgenes del Istro, regiones donde han seguido viviendo hasta nuestros días.

[7] Los visigodos, sin embargo, se separaron de los demás marchándose de allí y, en primer lugar, entraron en alianza con el emperador Arcadio y posteriormente —pues la lealtad hacia los romanos no puede perdurar en los bárbaros—, bajo el mando de Alarico, se dedicaron a maquinar contra ambos emperadores y, empezando por Tracia, trataron a Europa [8] entera como territorio enemigo. El emperador Honorio había estado viviendo antes en Roma 35 , sin tener en su mente intención alguna de emprender guerras, sino, más bien, según yo creo, deseando que se le permitiese permanecer [9] tranquilo en su palacio. Mas cuando se anunció que los bárbaros con un gran ejército no se encontraban lejos, sino en algún lugar dentro del país de los taulantios 36 , tras abandonar el palacio imperial, huyó de forma desordenada a Rávena [10], poderosa ciudad situada al final del golfo Jónico 37 . Sin embargo hay quienes afirman que fue él mismo el que había atraído a los bárbaros, al haber estallado una revuelta contra él entre sus súbditos 38 , opinión que a mí no me parece digna de crédito, si, al menos, se tiene en cuenta el carácter de este hombre. Los bárbaros, por su parte, como no les salía al encuentro [11] ningún contingente de fuerzas enemigas, se comportaron como los hombres más crueles del mundo 39 . En efecto, las ciudades que iban conquistando las dejaron hasta tal punto destruidas que no se ha conocido vestigio alguno de ellas en nuestros días, especialmente de las del lado de acá del golfo Jónico 40 , como no fuera alguna torre o una puerta o cualquier otro resto de edificaciones que la casualidad quiso que quedaran de aquéllas; mataban a todos los [12] hombres con los que se encontraban, igualmente viejos que jóvenes, sin perdonar tampoco ni a las mujeres ni a los niños, razón por la cual, incluso todavía en nuestros días la [13] población de Italia sigue siendo escasa. Además se llevaron como botín todas las riquezas de Europa entera y, lo más importante, no habiendo dejado nada en absoluto de bienes públicos o privados en Roma, se trasladaron a la Galia. Pero seguidamente voy a narrar yo de qué manera fue conquistada Roma por Alarico 41 .

[14] Después de haber él consumido mucho tiempo en el asedio 42 y de no haber sido capaz de conquistar la plaza ni por la fuerza ni por medio de ningún otro recurso, ideó el siguiente [15] plan. De entre los jóvenes de su ejército a los que todavía no les había comenzado a crecer la barba, pero que acababan de alcanzar la edad apta para el servicio, escogió a trescientos, que sabía él que eran de estirpe noble y que poseían un valor superior al propio de sus años, y les informó en secreto de que tenía intención de obsequiar con ellos a algunos de los patricios romanos, ofreciéndoselos, [16] sólo de palabra por supuesto, en calidad de esclavos. Y les dio instrucciones para que, tan pronto como estuviesen dentro de las casas de aquéllos, mostrando gran gentileza y moderación, les sirvieran celosamente en todas las tareas que les fuesen encomendadas a ellos por parte de sus dueños; posteriormente, no mucho después, en un día establecido, [17] aproximadamente en torno al mediodía, cuando todos los que iban a ser sus dueños se quedasen dormidos, como es natural, después de la comida, se presentarían todos en la puerta llamada Salaria 43 y darían muerte, con un ataque repentino, a los guardianes, que no tendrían ningún conocimiento previo del complot, y abrirían las puertas lo más rápidamente que les fuera posible. Habiendo dado Alarico [18] estas órdenes a los jóvenes, envió inmediatamente embajadores a los miembros del Senado, mostrándoles su admiración por la lealtad que manifestaban hacia su emperador y asegurándoles que ya no los molestaría en lo sucesivo a causa de su valor y fidelidad, cualidades de las que era evidente que estaban dotados en muy alto grado y, a fin de que se conservara algún recuerdo suyo entre unos hombres tan nobles como bravos, quería ofrecerles a cada uno en particular a unos esclavos como obsequio. Tras hacer esta declaración [19] y enviar a los jóvenes no mucho después, ordenó a los bárbaros realizar los preparativos para la partida y se las ingenió para que los romanos se diesen cuenta de esto. Los [20] senadores, por supuesto, habían acogido con satisfacción sus palabras y, tras recibir los obsequios, empezaron a mostrarse excesivamente felices, pues se encontraban muy lejos de suponer que existiese alguna maquinación por parte del bárbaro, pues los jóvenes, al mostrarse realmente obedientes [21] a sus dueños, eliminaban toda sospecha; por otra parte, en el campamento de Alarico, se veía ya a unos abandonando sus posiciones y levantando el sitio, en tanto que los demás parecía que en poco tiempo iban a hacer exactamente eso mismo [22]. Pero cuando llegó el día señalado, Alarico, habiendo armado a todo su ejército para el ataque, lo mantuvo en disposición de actuar muy cerca de la puerta Salaria, pues dio la casualidad de que él había acampado allí al comienzo del [23] asedio. Por su parte, todos los jóvenes, en el momento convenido del día, llegaron a la puerta y, atacando de improviso a los guardianes, les dieron muerte y, tras abrir entonces las puertas, permitieron a Alarico y su ejército penetrar en la [24] ciudad con toda libertad. Éstos prendieron fuego a las casas que quedaban más cerca de la puerta, entre las cuales se encontraba también la de Salustio, el autor que antiguamente había escrito la historia de los romanos, de la cual residencia la mayor parte ha permanecido medio quemada hasta nuestros días 44 ; y, después de saquear toda la ciudad y matar a la mayoría de la población romana 45 , siguieron adelante en su [25] camino. Se cuenta que entonces en Rávena uno de sus eunucos, evidentemente un cuidador de aves, le comunicó al emperador Honorio que Roma había perecido. Y éste, a voz en grito, exclamó: «¡Y, sin embargo, hace un momento que [26] ha comido de mi mano!». El caso es que él tenía un gallo de gran tamaño cuyo nombre era Roma. El eunuco, comprendiendo el significado de sus palabras, le aclaró que era la ciudad de Roma la que había perecido a manos de Alarico y el emperador, sintiéndose aliviado, le atajó diciendo: «Pero yo, amigo mío, había pensado que era mi gallo Roma el que había muerto.» A tal grado de estupidez, según dicen, había llegado este emperador.

Sin embargo, algunos afirman que Roma no fue coquistadan [27] por Alarico de esa forma 46 , sino que Proba 47 , una mujer que gozaba de una posición particularmente destacada por su fortuna y renombre entre la clase senatorial romana, sintió compasión de los romanos, que estaban pereciendo de hambre y de toda suerte de padecimientos, pues incluso habían llegado a comerse a sus propios congéneres 48 ; al observar además que no les quedaba ninguna esperanza de salvar la situación, pues tanto el río como el puerto 49 estaban ocupados por los enemigos, ordenó a sus esclavos abrir las puertas por la noche.

Mas cuando Alarico estaba a punto de retirarse de Roma [28], nombró a Átalo, uno de sus nobles, emperador de los romanos, ciñéndole la diadema y la púrpura, así como todos los demás atributos relacionados con la dignidad imperial 50 . Obró de esta forma con la intención de apartar del trono a Honorio y de otorgar todo el poder de Occidente a Átalo. [29] Con tal propósito, Átalo y Alarico marcharon contra Rávena con un gran ejército 51 . Pero este Átalo no era capaz ni de pensar por sí mismo ni de dejarse convencer por quien le [30] aconsejase bien. Así pues, no contando en absoluto con la aprobación de Alarico, envió a Libia jefes militares sin tropas que mandar 52 . De tal forma, por tanto, iban desarrollándose los acontecimientos.

Por otra parte, la isla de Britania se rebeló contra los [31] romanos 53 y los soldados que allí servían eligieron como emperador suyo a Constantino, un personaje de cierto renombre 54 . Éste enseguida reunió una flota de barcos y un ejército considerable e invadió Hispania y Galia con un gran contingente militar, con el propósito de sojuzgarlas. Honorio [32] disponía de barcos preparados para zarpar, pero él estaba esperando el desenlace de los acontecimientos de Libia, de tal modo que, si los que habían sido enviados por Átalo eran rechazados, él personalmente llegaría en barco hasta Libia para conservar una parte de su imperio, mientras que si el desarrollo de los sucesos iba en contra de sus intereses, se reuniría con Teodosio y permanecería a su lado. Y es que, [33] habiendo muerto ya mucho antes Arcadio, Teodosio, su hijo, siendo todavía enteramente un niño, gobernaba la parte oriental del Imperio 55 . Pero, mientras aguardaba Honorio el [34] resultado final de estos acontecimientos y se dejaba arrastrar entre el oleaje de la fortuna, le ocurrieron a él toda una serie [35] de sorprendentes y felices sucesos, pues Dios acostumbra a socorrer y prestar su ayuda a aquellos que, no teniendo malas intenciones, carecen de lucidez y no son capaces de solucionar las cosas por sí mismos, cada vez que se encuentran en una situación desesperada, y tal fue verdaderamente [36] como le sucedió a este emperador 56 . De pronto se informó, en efecto, desde Libia de que los jefes militares de Átalo habían perecido 57 y que estaba a su disposición una gran cantidad de barcos procedentes de Bizancio con un altísimo número de soldados a bordo que venían a prestarle auxilio, aun cuando él no los esperaba 58 , y que Alarico, que había tenido ciertas desavenencias con Átalo, le había arrebatado la dignidad de emperador y lo mantenía bajo vigilancia, después de haberlo reducido a la condición de simple particular 59 . Posteriormente, sin embargo, Alarico murió víctima [37] de una enfermedad 60 y el ejército de los visigodos, bajo el mando de Adaúlfo 61 , había marchado contra la Galia donde Constantino, derrotado en combate, murió juntamente con sus hijos 62 . Los romanos, no obstante, ya no pudieron recuperar [38] Britania, sino que desde entonces siguió siendo gobernada por usurpadores 63 . Por su parte los godos, después [39] de atravesar el Istro, ocuparon en primer lugar Panonia, pero posteriormente, con la autorización del emperador, se instalaron [40] en los campos de Tracia 64 . Sin embargo, no permanecieron por mucho tiempo allí y conquistaron la zona occidental del Imperio. Este episodio, no obstante, será desarrollado en la parte de la narración relativa a los godos.

[3 ] Por su parte, los vándalos que vivían en torno al lago Meotis, presionados por la hambruna, se pusieron en marcha en dirección al país de los germanos que ahora reciben el nombre de francos y, contando con la compañía de los [2] alanos, pueblo godo, llegaron hasta el Rin 65 . Más tarde, partiendo de allí, bajo el mando de Godigisclo 66 , se establecieron en Hispania, que es la primera provincia del Imperio Occidental a partir del océano. Entonces Honorio llegó a un acuerdo con Godigisclo que les permitía a ellos establecerse allí a condición de que el país no fuera devastado 67 . Pero [3] existía una ley entre los romanos en virtud de la cual, si había personas que no podían mantener en su poder sus propiedades y, entretanto, se consumía un lapso de tiempo de treinta años, éstos ya no tenían posibilidad de proceder contra los que les habían obligado a marcharse, sino que, por el contrario, al presentar éstos una objeción 68 , les era prohibido a los antiguos dueños su acceso al tribunal. Por esta razón, Honorio promulgó una ley que impidiese que, fuera cual fuera el tiempo que los vándalos consumiesen dentro de los dominios del Imperio Romano, no se tuviera en cuenta éste en absoluto para admitir la excepción aquella de los treinta [4] años de posesión. Honorio, después de haber llevado a la parte occidental a esta situación 69 , murió víctima de una enfermedad 70 . Pero anteriormente, se dio la circunstancia de que estuvo compartiendo con Honorio el poder imperial Constancio, el esposo de Placidia, hermana de Arcadio y de Honorio 71 , el cual, habiendo permanecido con vida en el poder sólo unos pocos días más 72 , cayó gravemente enfermo y murió, mientras Honorio seguía aún vivo, no habiendo sido capaz ni de decir ni de hacer nada que merezca la pena mencionar, pues no le resultó suficiente el tiempo durante el cual vivió en posesión de la autoridad imperial. Entonces, [5] un hijo del mencionado Constancio, Valentiniano, que hacía poco que había sido apartado de la nodriza, estaba siendo criado en el palacio imperial de Teodosio, pero los miembros de la corte en Roma eligieron emperador a uno de los soldados que allí servían, el cual respondía al nombre de Juan 73 . Era este hombre agradable, bien dotado de inteligencia [6] y, además, estaba perfectamente capacitado para dar buena muestra de su valor. En cualquier caso, detentó la tiranía [7] durante cinco años 74 y gobernó con moderación no prestando atención a los calumniadores ni cometiendo crimen injusto alguno, al menos deliberadamente, ni entregándose tampoco a la sustracción de dinero; sin embargo, no fue capaz de llevar a cabo acción alguna contra los bárbaros, dada la hostilidad que recibía de Bizancio. Contra este tal Juan, [8] Teodosio, el hijo de Arcadio, envió un ejército numeroso, dirigido por los generales Aspar y Ardaburio, el hijo de Aspar 75 , y, tras arrebatarle el poder que había usurpado, se lo [9] entregó a Valentiniano, que era todavía un niño 76 . Y Valentiniano, tras capturar vivo a Juan, lo llevó al hipódromo de Aquilea, con una de las manos cortada, y allí lo hizo pasear en procesión subido sobre un asno y, tras haber tenido Juan que sufrir y escuchar numerosas ofensas provenientes de [10] los que actuaban en escena, por fin le dio muerte 77 . De esta forma recibió Valentiniano el poder de Occidente. Sin embargo, su madre Placidia lo había criado y educado de una manera completamente afeminada, a consecuencia de lo cual, estuvo desde niño lleno de maldad, pues visitaba con [11] mucha frecuencia a hechiceros y a todos aquellos que se ocupan de los astros y, practicando de manera extraordinariamente frecuente las relaciones amorosas con las mujeres ajenas, se abandonaba a un gran libertinaje en su modo de vida, aun cuando él estaba casado con una mujer dotada de una excepcional hermosura. Tampoco él pudo recuperar para [12] el Imperio ninguno de los territorios que le habían sido arrebatados anteriormente, sino que, muy al contrario, el Imperio perdió, además, Libia y el propio Valentiniano, la vida 78 . Una vez muerto él, recayó sobre su mujer y sus hijos [13] la desgracia de convertirse en prisioneros de guerra. El desastre de Libia sucedió de la manera que voy a relatar ahora.

Había dos generales romanos, Aecio 79 y Bonifacio 80 , que [14] eran especialmente valientes y no inferiores en experiencia militar, por lo menos, a ninguno de los hombres de su tiempo. Estos dos hombres, por una parte, eran diferentes en su [15] manera de tratar los asuntos de estado, pero, por otra, mostraban tantas cualidades y, en particular, tal grado de magnanimidad que si alguien llamase a cualquiera de los dos «el último de los romanos», no estaría equivocado: de tal forma se dio la circunstancia de que en estos dos hombres se resumiera la totalidad de las virtudes que se reconocen en los [16] romanos 81 . A uno de estos dos, a Bonifacio, lo designó Placidia como general de Libia entera. No fue esto del agrado de Aecio, pero de ningún modo manifestó que no le pareciera bien, pues la hostilidad entre ellos todavía no había salido a la luz, sino que se mantenía oculta bajo el rostro de cada [17] uno. Mas cuando Bonifacio se encontró lejos, Aecio lo calumnió ante Placidia, acusándole de que gobernaba como un tirano y de que los había despojado de toda Libia a ella y al emperador y añadió que era fácil para ella descubrir la verdad, pues si mandaba llamar a Bonifacio para que se presentase [18] en Roma, no vendría jamás. Tras escuchar estas palabras la mujer, tuvo la impresión de que Aecio tenía razón y obró según le había aconsejado él. Pero Aecio, anticipándose a ella, le escribió en secreto una carta a Bonifacio en la que le decía que la madre del emperador estaba conspirando [19] contra él, pues quería deshacerse de su persona. Y le anunció además que habría una prueba convincente de la conspiración, porque él, en muy breve plazo, sería llamado a Roma sin existir razón alguna para ello. Tal era el contenido de [20] la carta. Por su parte, Bonifacio tuvo muy en cuenta lo que se le comunicaba pues, nada más presentarse los emisarios que lo llamaban a presencia del emperador, se negó a obedecer a éste y a su madre, sin revelar a nadie la advertencia [21] de Aecio. Así pues, cuando Placidia se enteró de esto, pensó que Aecio era excesivamente devoto de los intereses del emperador y se puso a reflexionar sobre la actitud de Bonifacio. Éste, sin embargo, pues no se sentía capaz de enfrentarse [22] al emperador, ni vislumbraba ninguna posibilidad de salvación para sí mismo si volvía a Roma, decidió concluir, si podía, una alianza militar con los vándalos, que, como ha quedado reseñado anteriormente, se habían establecido en Hispania, no lejos de Libia. Muerto allí ya Godigisclo, la [23] soberanía había recaído en sus dos hijos: por una parte Gontaris, nacido de su esposa legítima y, por otra, Gicerico, hijo bastardo 82 . Pero mientras el primero era todavía un niño y [24] no poseía un carácter enérgico, Gicerico se había ejercitado de forma considerable en el arte de la guerra y era el más temible de todos los hombres. En consecuencia, tras enviar [25] Bonifacio a Hispania a sus amigos más íntimos se ganó el favor de cada uno de los dos hijos de Godigisclo tratando con ellos en condiciones de completa igualdad, de tal modo que cada uno de ellos administraría una tercera parte de Libia y gobernaría sobre sus propios súbditos, pero, en el caso de que uno de ellos fuese víctima de una agresión militar, harían frente común para rechazar a los que le atacaran. Tomando [26] como base este acuerdo, los vándalos, tras cruzar el estrecho de Cádiz, penetraron en Libia, lo que permitió a los visigodos establecerse en Hispania un tiempo después 83 . Sin [27] embargo, en Roma, los partidarios de Bonifacio, teniendo en cuenta el carácter de este hombre y considerando lo inesperada que resultaba su conducta, se sentían muy sorprendidos ante el hecho de que él intentase usurpar el poder y algunos de ellos, obedeciendo órdenes de Placidia, se presentaron [28] en Cartago. Una vez allí, se encontraron con Bonifacio, vieron la carta de Aecio y, tras escuchar la historia completa, se volvieron a Roma lo más rápidamente que pudieron y le comunicaron a Placidia cuál era la disposición [29] de ánimo de aquél respecto a ella. Mas, aun estando consternada esta mujer, no tomó ninguna medida desagradable contra Aecio ni tampoco lo reprendió por lo que le había hecho a la casa del emperador, puesto que él disponía de una gran fuerza militar y la situación del Imperio estaba pasando por un difícil trance; con todo, reveló a los amigos de Bonifacio la advertencia de Aecio y, tras ofrecerles garantías bajo juramento, les pidió que pusiesen todo su empeño en convencer a este hombre de que regresase al suelo patrio y de que no permitiese que el Imperio de los romanos cayese [30] en manos de unos bárbaros. Cuando Bonifacio escuchó esta petición, se arrepintió de su actuación y del acuerdo con los bárbaros y a éstos les rogaba insistentemente, haciéndoles todas las promesas del mundo, que se retirasen de Libia. [31] Los bárbaros, sin embargo, lejos de acoger con agrado sus súplicas, consideraban, por el contrario, que se les estaba ofendiendo, por lo que se vio forzado a entablar combate con ellos y, tras resultar derrotado en la batalla, se retiró a Hipo Regio 84 , poderosa ciudad situada en el litoral de Numidia. Allí habían acampado entonces los vándalos bajo el [32] mando de Gicerico y comenzaron el asedio de la ciudad 85 , pues Gontaris ya había muerto, víctima, según se dice, de su hermano. Sin embargo, los vándalos no estaban de acuerdo [33] con esta afirmación, sino que aseguraban que Gontaris, tras haber sido capturado en Hispania por los germanos durante el transcurso de una batalla, terminó siendo empalado y que Gicerico tenía ya plenos poderes cuando condujo a los vándalos en dirección a Libia. Tales son, efectivamente, las afirmaciones que he oído yo de los vándalos. Pero habiendo [34] transcurrido ya mucho tiempo 86 y como no eran capaces de poner a su merced a Hipo Regio ni por la fuerza ni por rendición y se sentían abrumados por el hambre, levantaron el asedio. Y poco tiempo después, Bonifacio y los romanos [35] que estaban en Libia, puesto que les había llegado desde Roma y Bizancio un numeroso ejército bajo el mando del general Aspar, decidieron reanudar la lucha y, tras desencadenarse una encarnizada batalla, fueron claramente derrotados por los enemigos y puestos en fuga hacia donde cada uno de ellos buenamente pudo. Aspar retomó entonces a casa [36] y Bonifacio, habiendo llegado a presencia de Placidia, puso fin a las sospechas, habiéndose demostrado que éstas habían recaído sobre él sin que existiese una razón verdadera 87 .

Así fue como se apoderaron de Libia entonces los vándalos [4 ] tras arrebatársela a los romanos. A cuantos enemigos capturaban vivos los reducían a la condición de esclavos y [2] los ponían bajo vigilancia. Se daba la circunstancia de que entre ellos se encontraba también Marciano, el que posteriormente, tras la muerte de Teodosio, accedió al trono [3] imperial 88 . Entonces, sin embargo, Gicerico ordenó que los prisioneros de guerra fuesen conducidos al patio del rey a fin de que pudiese él, pasándoles revista, saber a qué dueño [4] podría servir cada uno de ellos sin sufrir un trato indigno. Y una vez que estuvieron reunidos bajo un cielo despejado, en torno al mediodía y en la estación del verano, se sentaron en tierra, molestos por el calor del sol. Entre ellos también estaba allí Marciano, que en alguna parte dormía despreocupadamente [5] En aquel momento, apareció un águila que se puso a volar por encima de él desplegando las alas, según cuentan, y, permaneciendo todo el tiempo en el mismo espacio aéreo, cubría con su sombra únicamente a Marciano. [6] Gicerico, que observaba desde el piso superior lo que estaba sucediendo y siendo como era un hombre sumamente perspicaz, sospechó que se trataba de una manifestación divina [7] y, tras mandar llamar al hombre, le preguntó quién era. Entonces él le contestó que era un consejero de Aspar, de los que compartían sus secretos: a tal personaje los romanos en su lengua lo llaman domesticus 89 . Al escuchar esto Gicerico [8] y considerando, por una parte, la irrupción del águila y teniendo en mente, por otra, el poder tan grande del que disfrutaba Aspar en Bizancio, comprendió él claramente que ese hombre iba a acceder al trono imperial. En consecuencia [9] consideró muy poco conveniente mandarlo matar, teniendo en cuenta que, si lo hacía desaparecer de este mundo, estaría muy claro que la actuación del águila no tenía ningún significado —pues no iba ésta a honrar con su sombra a un emperador que estaba a punto de morir— y que, por añadidura, lo mataría sin tener ninguna razón para hacerlo, pero que si, por otro lado, este hombre estaba destinado a convertirse más tarde en emperador, no estaría jamás en su mano poder darle muerte, pues aquello que depende de la voluntad de Dios, no puede ser impedido por los designios de un hombre 90 . No obstante, le obligó a jurar que, [10] si eso dependía de él, no tomaría jamás las armas contra los vándalos. Tras ser liberado entonces Marciano, llegó a Bizancio y, posteriormente, a la muerte de Teodosio, le sucedió al frente del Imperio. Y mientras que en todos los demás [11] aspectos se mostró como un buen emperador, sin embargo a los asuntos de Libia no les prestó ninguna atención. Todo esto, sin embargo, ocurrió más tarde.

Por aquel entonces, Gicerico, tras haber vencido en combate [12] a Aspar y a Bonifacio, demostró una previsión digna de referirse, lo que le aseguró una situación extraordinariamente ventajosa. Temiendo, en efecto, que, en el caso de que de [13] nuevo viniera contra él un ejército procedente de Roma y Bizancio, no fuesen capaces los vándalos de mostrarse tan valerosos y de tener tanta fortuna, dado que las empresas de los hombres acostumbran a frustrarse por voluntad divina y a fracasar por la debilidad de sus cuerpos, lejos de dejarse arrastrar por la buena fortuna de la que había disfrutado, Gicerico, actuando, por el contrario, con moderación a causa de todo aquello que había temido, firmó un tratado con el emperador Valentiniano, en virtud del cual pagaría cada año un tributo al emperador desde Libia y, para hacer valedero este acuerdo, entregó a uno de sus hijos, llamado Honorico, [14] en calidad de rehén. Así pues, Gicerico, después de haber probado su bravura en el combate, conservó su victoria de la manera más segura posible y, al ir a más la amistad entre [15] los dos pueblos, le fue devuelto su hijo Honorico. Por su parte en Roma Placidia ya había muerto anteriormente y, después de ella, también Valentiniano, su hijo, sin haber engendrado varón alguno, aunque tenía dos hijas de Eudoxia, hija a su vez de Teodosio 91 . Seguidamente, voy a pasar a contar de qué modo murió Valentiniano.

[16] Había un tal Máximo, senador romano perteneciente a la casa de aquel famoso usurpador del poder, llamado también Máximo, al que destronó y dio muerte Teodosio el Antiguo, en conmemoración del cual hecho todavía siguen celebrando los romanos la festividad anual que toma su nombre de la [17] derrota de Máximo 92 . Pues bien, este otro Máximo más joven 93 estaba casado con una mujer discreta en su modo de comportarse y extraordinariamente famosa por su belleza, razón esta última por la cual le sobrevino a Valentiniano el deseo de llevarla al lecho. Y como le resultaba a él imposible [18], por más que lo deseara, tener relaciones con ella, tramó una acción impía que enseguida llevó a efecto. Así, tras haber [19] mandado llamar a palacio a Máximo, se sentó frente a él para jugar a las damas y se estipuló una cantidad de dinero fija que debía pagar el perdedor. Fue el emperador el que finalmente [20] venció y, tras recibir el anillo de Máximo como garantía por lo convenido, mandó dicho anillo a través de un mensajero a su casa, encargándole además que anunciara a su esposa que Máximo le ordenaba presentarse en palacio lo más rápidamente posible para saludar a la emperatriz Eudoxia. Y aquélla, suponiendo por el indicio del anillo que, [21] efectivamente, el mensaje provenía de Máximo, tras subir a [22] su litera, fue conducida al palacio imperial. Ya en él, después de recibirla aquellos sirvientes que habían sido encargados de tal función por el emperador, la condujeron seguidamente a una estancia que quedaba bastante lejos de las habitaciones de las mujeres, estancia donde Valentiniano fue al encuentro de ella y la forzó totalmente en contra de su [23] voluntad. Después del ultraje recibido, llegó ella a su casa llorando y, sintiendo un dolor especialmente intenso por causa de su desgracia, profirió un buen número de maldiciones contra su esposo Máximo, al considerarlo responsable [24] de lo que le había sucedido. Así pues, Máximo, mostrándose tremendamente afectado por lo ocurrido, enseguida se puso a conspirar contra el emperador. Sin embargo, cuando vio que Aecio disfrutaba de un poder considerable por haber vencido recientemente a Atila, que había penetrado en los dominios de los romanos con un gran ejército de maságetas y otros pueblos escitas 94 , tuvo la intuición de que Aecio [25] le resultaría un obstáculo para su empresa. Y, al reflexionar sobre esto, le pareció más recomendable deshacerse primero de Aecio sin tener en cuenta en absoluto que todas [26] las esperanzas de los romanos giraban en torno a él. Y como los eunucos encargados de atender al emperador estaban en buena disposición hacia Máximo, convenció a Valentiniano, gracias a las intrigas de aquéllos, de que Aecio estaba intentando una sedición. Y el emperador, sin basarse en ningún [27] otro indicio más que en el poder y el valor de Aecio para llegar a la conclusión de que la información era verdadera, mandó matar a este hombre 95 . Y fue después de este episodio [28], cuando un cierto romano se hizo célebre por una frase que pronunció, pues al preguntarle el emperador si había obrado bien matando a Aecio, le respondió que no podía saber si él había actuado correctamente o todo lo contrario, pero que, sin embargo, sí había algo que sabía con la mayor de las certezas: que él se había cortado su propia mano derecha con la izquierda.

En consecuencia, tras la muerte de Aecio, Atila, al no [29] tener ya ningún rival, saqueó Europa entera sin esfuerzo alguno 96 y sometió a cada una de las dos partes del Imperio al pago de un impuesto. Y, efectivamente, los dos emperadores le mandaban el dinero correspondiente al tributo cada año 97 . Por aquel entonces a Atila, mientras estaba sitiando [30] Aquilea, gran ciudad y extraordinariamente populosa, que está situada al borde del mar, pero al otro lado del golfo Jónico 98 , afirman que le ocurrió el siguiente golpe de fortuna: [31] cuentan, en efecto, que, como no era capaz de conquistar la plaza ni por la fuerza ni por ningún otro medio, renunció al asedio, que ya se había prolongado muchísimo, y ordenó a todo su ejército hacer inmediatamente los preparativos para la retirada, de tal forma que a la mañana siguiente [32] partiesen todos de allí al alba. Y, en efecto, a la mañana siguiente, en torno al amanecer, tras haber levantado el asedio, los bárbaros estaban ya emprendiendo la partida cuando una cigüeña macho que había anidado sobre una torre de la muralla de la ciudad y que estaba alimentando a sus cigoñinos, de pronto levantó el vuelo y abandonó el nido [33] junto con sus crías. Y la cigüeña volaba mientras que los cigoñinos, como todavía no estaban lo suficientemente capacitados para volar, unas veces compartían el vuelo del padre, en tanto que otras se dejaban llevar sobre su lomo y así fue como salieron volando y se encontraron muy lejosde [34] la ciudad. Al observar esto Atila, pues él era muy perspicaz para entender e interpretar el significado de todas las cosas, ordenó a su ejército que se quedase de nuevo en el mismo lugar, añadiendo que el ave jamás se marcharía volando de allí con sus crías al azar a no ser que presintiese que algo funesto iba a ocurrirle a ese lugar en un breve lapso [35] de tiempo. De esta manera, según cuentan, el ejército de los bárbaros se situó de nuevo para continuar el asedio y, no mucho después, una parte de la muralla, aquella que sostenía el nido de la cigüeña, se desplomó de forma inesperada sin ninguna explicación, circunstancia que permitió a los enemigos penetrar en la ciudad por esa abertura y, de este modo, conquistar Aquilea al asalto. Así fue como se desarrollaron entonces los acontecimientos relacionados con la ciudad de Aquilea.

[36] Posteriormente, Máximo no encontró ninguna dificultad para matar al emperador y asegurarse la usurpación del poder absoluto 99 . Y como la mujer con la que había estado casado no hacía mucho que había muerto, se casó por la fuerza con Eudoxia. Y en cierta ocasión, mientras se encontraban en sus aposentos privados, le declaró que había sido por amor a ella por lo que había llevado a cabo todas las acciones que había emprendido. A Eudoxia, que ya sentía repulsión [37] por Máximo incluso antes y que estaba deseosa de vengarse de él por el crimen cometido en la persona de Valentiniano, la declaración de aquél la hizo encolerizarse más todavía contra él y se decidió a llevar a cabo su plan, desde el momento en que escuchó a Máximo decir que fue por causa de ella por lo que había recaído la desgracia sobre su marido. Y [38] tan pronto como llegó el día, mandó mensajeros a Cartago pidiéndole a Gicerico que vengase a Valentiniano, que había perecido a manos de un criminal, de una manera indigna de él y de su condición de emperador, y que la liberase a ella, que estaba sufriendo un trato impío por parte del usurpador. Además le recordó a Gicerico que, siendo él su amigo [39] y aliado y al haberle sobrevenido a la casa imperial una desgracia de tal magnitud, no era justo que rehusara a convertirse en su vengador, pues ella pensaba que de Bizancio no llegaría venganza alguna al haber desaparecido ya de entre los hombres Teodosio y haberle sucedido Marciano al frente del Imperio 100 .

Por su parte Gicerico, no por ninguna otra razón más [5 ] que porque suponía que eso le reportaría grandes cantidades de dinero, se hizo a la mar en dirección a Italia con una gran flota. Subió él hasta Roma y, como no le salía al encuentro [2] nadie, se apoderó del palacio imperial. Los romanos apedrearon y dieron muerte a Máximo mientras huía y, después de cortarle la cabeza y cada uno de los demás miembros, se [3] los repartieron entre ellos. Gicerico por su parte cogió prisionera a Eudoxia junto con Eudocia y Placidia, las hijas de aquélla y de Valentiniano y, tras depositar en sus naves una importante cantidad de oro y de otras riquezas pertenecientes al emperador, se hizo a la mar rumbo a Cartago, sin haberse privado ni del bronce ni de todos los demás objetos [4] que se encontraban en la residencia imperial 101 . Saqueó él incluso el templo de Júpiter Capitolino y arrancó la mitad de su techumbre, pues daba la coincidencia de que dicho tejado era de bronce de la mejor calidad y, habiendo sido recubierto con una gruesa capa de oro, brillaba extraordinariamente [5] suntuoso y digno de gran admiración. Sin embargo, afirman que se perdió uno de los barcos que navegaban con Gicerico, el que transportaba las estatuas, pero con todos los [6] demás los vándalos arribaron al puerto de Cartago. Entonces Gicerico unió en matrimonio a Eudocia con Honorico, el mayor de sus hijos 102 , pero a la otra, dado que estaba casada con Olibrio, uno de los senadores romanos más conocidos 103 , la envió a Bizancio en compañía de su madre Eudoxia a petición del emperador. En la parte oriental la soberanía [7] había recaído en León, que, tras la desaparición de Marciano, había sido establecido en ella por Aspar 104 .

Posteriormente, Gicerico diseñó el siguiente plan. Derribó [8] las murallas de las ciudades de Libia a excepción de Cartago, para que ni los propios libios, si abrazaban la causa de los romanos, pudiesen tener una base de operaciones para tramar una rebelión, ni los enviados del emperador tuviesen esperanzas de capturar una ciudad y, tras establecer una guarnición en ella, causarles problemas a los vándalos. En [9] esos momentos, efectivamente, parecía que había decidido bien y que había asegurado la prosperidad de los vándalos de la manera más sólida posible, pero, en época posterior, cuando estas ciudades, que se encontraban desprovistas de murallas, fueron tomadas por Belisario con bastante facilidad y sin esfuerzo, Gicerico se hizo entonces merecedor de sufrir un gran ridículo y la que en aquellos momentos consideró él como una buena decisión se le tornó en insensatez, pues los hombres acostumbran de ordinario a acompañar la [10] evolución de los acontecimientos con cambios de opinión [11] sobre lo que se había decidido con anterioridad. Y, de entre los libios 105 , todo aquel que fuera conocido y destacado por su riqueza, junto con sus tierras y todas sus posesiones, fue entregado en calidad de esclavo a sus hijos Honorico y Genzón, pues Teodoro, el más joven, ya había muerto, sin [12] dejar descendencia, ni masculina ni femenina. Los demás libios se vieron despojados de sus tierras, que eran numerosas y excelentes, y las repartió entre la población de los vándalos, razón por la que dichas tierras reciben el nombre de «lotes de los vándalos», denominación que tienen todavía en [13] nuestros días. Y les ocurría a los antiguos poseedores de esas tierras que habían caído en una pobreza extrema y que, simultáneamente, eran hombres libres, pues tenían autorización [14] para marcharse hacia donde quisieran. Además Gicerico ordenó que todas las tierras que él había entregado a sus hijos y a los demás vándalos no estuviesen sujetas al pago [15] de impuesto alguno. Sin embargo, en lo que respecta a la tierra que no le parecía buena, permitió a los antiguos dueños conservarla, pero obligándoles a pagar por ellas al Estado unos impuestos tan elevados que no les quedaba de qué [16] vivir. Muchos además eran desterrados y asesinados, pues recaían sobre ellos numerosas y duras acusaciones, aunque, [17] de entre todas, una parecía ser la mayor: que alguien tuviese dinero de su propiedad y lo ocultase. Así fue, pues, como los libios conocieron toda clase de desgracias.

[18] A los vándalos y alanos los formó por compañías y puso al frente de ellos a no menos de ochenta capitanes, a los que dio el nombre de «quiliarcas», para dar la impresión de que el contingente de soldados en servicio activo ascendía a ochenta mil hombres 106 . Sin embargo, se decía que, al menos [19] en otros tiempos, la suma total de vándalos y alanos no superaba los cincuenta mil 107 . Posteriormente, no obstante, [20] por la procreación natural de hijos entre ellos y por haberse asociado a otros bárbaros, llegaron a constituir una muy numerosa población 108 . Pero los nombres de los alanos y de [21] los demás bárbaros, a excepción de los moros, todos terminaron por confundirse con el de los vándalos. Por aquel entonces [22], Gicerico, habiéndose ganado el favor de los moros 109 , después de morir Valentiniano, hacía incursiones en Sicilia y en Italia cada año al comienzo de la primavera y, de las ciudades, a unas las esclavizaba mientras que a las otras las dejaba arrasadas hasta los cimientos, saqueándolo todo 110 y cuando el país quedó despoblado y sin riquezas, se [23] lanzó contra los dominios del emperador de Oriente. Pues bien, allí devastó Iliria, la mayor parte del Peloponeso y del resto de Grecia y cuantas islas están próximas a ella 111 . Y de nuevo partió para Sicilia e Italia y siguió saqueando y asolando [24] todos los lugares uno detrás de otro. Cierto día, tras haber embarcado él en su nave en el puerto de Cartago, con las velas ya desplegadas, cuentan que le preguntó el piloto contra quiénes de entre los hombres ordenaba que fuesen. [25] Entonces él le respondió diciendo: «Resulta evidente que contra aquellos hombres con los que Dios está enojado.» De tal forma y sin ninguna razón él seguía atacando a aquellas personas contra las cuales lo conducía el azar.

[6 ] El emperador León, que deseaba castigar a los vándalos por estas acciones, reunió un ejército contra ellos. Dicen que el número de soldados que integraban dicho ejército alcanzaba una cifra aproximada de cien mil hombres. Tras reunir también una flota de barcos de todo el Mediterráneo oriental, demostró gran generosidad con los soldados y marinos, temiendo que, a causa de una conducta mezquina por su parte, pudiera presentársele algún obstáculo en su deseo de llevar a cabo la acción de castigo contra los bárbaros. Cuentan [2], por cierto, que él llegó a gastar mil trescientos centenarios de oro 112 sin ninguna aplicación concreta. Pero como no estaba predeterminado por el destino que los vándalos fueran aniquilados por esta expedición militar, el emperador nombró comandante en jefe a Basilisco, que era hermano de su mujer Berine y que deseaba ardientemente acceder al poder imperial, el cual esperaba que fuera a sus manos sin necesidad de luchas ganándose la amistad de Aspar 113 . El propio [3] Aspar, en efecto, profesaba el arrianismo 114 y como no tenía ninguna intención de cambiar sus creencias, no podía alcanzar la dignidad imperial, pero, por otro lado, era lo suficientemente poderoso como para establecer en ella fácilmente a otra persona y, dado que el emperador León lo había ofendido, parecía ya probable que tramase contra él. Así [4] pues, afirman que Aspar, temiendo entonces que, si los vándalos resultaban vencidos, León afirmara su autoridad sobre bases totalmente sólidas, le hacía multitud de recomendaciones a Basilisco antes de confiarle a él a los vándalos y a Gicerico.

[5] Ya anteriormente, León había nombrado y enviado a Occidente, como emperador, a Antemio, un miembro del Senado, hombre poderoso tanto por sus riquezas como por su linaje, a fin de que le asistiera en la guerra contra los [6] vándalos 115 . Sin embargo Gicerico rogaba y suplicaba insistentemente que el poder imperial fuera transferido a Olibrio, que estaba casado con Placidia, la hija de Valentiniano y que, a causa de su parentesco político, tenía una disposición favorable hacia él 116 y, al fracasar en esta petición, se irritaba aún más y continuaba devastando todo el territorio [7] perteneciente al emperador. Había en Dalmacia un tal Marceliano, uno de los hombres de confianza de Aecio, varón reputado que, una vez muerto este último de la manera antes referida 117 , ya no se dignaba a prestar obediencia al emperador, sino que, iniciando una revuelta y moviendo a defección a todos los demás responsables, ocupó el poder él mismo en Dalmacia sin que nadie se atreviera a enfrentarse con él 118 . Mas por aquel entonces el emperador León, que [8] había conseguido engatusar muy bien a Marceliano y atraerlo a su causa, lo invitó a pasar a la isla de Cerdeña, que estaba sometida a los vándalos. Y éste, tras expulsar a los vándalos, se apoderó de ella sin dificultad. Por su parte, Heradio [9], enviado desde Bizancio a Trípolis en Libia, después de vencer en batalla a los vándalos que había en esa zona, conquistó fácilmente las ciudades y, habiendo dejado allí las naves, condujo a pie a su ejército en dirección a Cartago. De esta forma, pues, se desarrollaron los hechos preliminares a la guerra. Sin embargo, Basilisco desembarcó con toda su [10] flota en una localidad que distaba de Cartago no menos de doscientos ochenta estadios —se daba la circunstancia de que allí, desde tiempos antiguos, había un templo dedicado a Hermes, razón por la cual el lugar recibió el nombre de Mercurio; así, en efecto, es como llaman los romanos al dios Hermes 119 — y si él no se hubiera demorado comportándose deliberadamente como un cobarde y hubiera intentado ir directo a Cartago, habría conquistado esta ciudad a la primera acometida y habría sometido a los vándalos sin ofrecer [11] éstos resistencia alguna; entonces Gicerico se estremeció de miedo ante León, considerándolo un emperador invencible, cuando le fue comunicado que Cerdeña y Trípolis habían sido conquistadas y vio que la flota de Basilisco era más poderosa que cualquier otra que hubieran tenido antes los romanos 120 . Pero la realidad es que la demora del general, producto ya sea de la cobardía, ya sea de la traición, impidió [12] el triunfo. Gicerico, por su parte, aprovechándose de la negligencia de Basilisco, obró de la siguiente manera: Habiendo armado a todos sus súbditos de la mejor manera que pudo, los embarcó en las naves, pero mantuvo preparadas otras vacias de hombres, que eran las que más velozmente [13] navegaban. Seguidamente, envió emisarios a Basilisco para pedirle que retrasara cinco días el comienzo de la guerra, a fin de que, durante ese intervalo de tiempo, pudiese reflexionar y llevar a cabo aquellas acciones que agradasen [14] especialmente al emperador. Y afirman que él había enviado además una gran cantidad de oro a ocultas del ejército [15] de Basilisco y que, de esta forma, compró el armisticio. Y actuó así pensando, como realmente sucedió, que durante [16] ese período de tiempo tendría viento favorable. Y Basilisco, ya sea por hacerle el favor a Aspar, como le había prometido, ya sea por deseo de vender por dinero la ocasión propicia, o quizá pensando que era lo más conveniente, hizo lo que se le solicitaba y permaneció sin moverse en su campamento, aguardando el momento favorable a los enemigos.

Los vándalos, sin embargo, tan pronto como tuvieron el [17] viento favorable que habían estado esperando ansiosamente entonces, mientras descansaban, izaron las velas y, remolcando los barcos que habían sido preparados por ellos sin hombres a bordo, como he narrado anteriormente, pusieron rumbo hacia el enemigo. Y en cuanto estuvieron cerca, prendiéndoles [18] fuego a los barcos que a la sazón conducían ellos a remolque, cuando las velas se hincharon por efecto del viento, los dejaron ir contra la flota de los romanos. Y como [19] había una gran cantidad de barcos allí, por donde venían a caer propagaban el fuego con facilidad y esos mismos barcos se consumían rápidamente junto a aquellos con los que entraban en contacto. Y, al ir avanzando de esta forma el [20] fuego, la confusión, como es natural, se apoderó de la escuadra de los romanos y la intensidad del griterío rivalizaba en gran medida con el silbido del viento y con el crepitar de las llamas, mientras los soldados junto con los marinos se gritaban órdenes mutuamente y se esforzaban por alejar, ayudándose de pértigas, los barcos que estaban en llamas y los suyos propios, que se estaban destruyendo entre sí en un completo desorden. Y ya también se presentaban los vándalos [21] embistiendo y hundiendo los barcos y llevándose como botín a los soldados, mientras intentaban huir, y sus armas también. Pero, entre los romanos, hubo quienes se comportaron [22] como valientes en esta contienda y, por encima de todos, Juan 121 , que era lugarteniente 122 de Basilisco y que en [23] modo alguno tomó parte en su traición, pues, habiendo sido rodeada su nave por una gran muchedumbre, a un lado y al otro del puente mataba a un elevado número de enemigos y, al darse cuenta de que el barco estaba siendo capturado, saltó al mar desde la cubierta con todo su equipamiento militar. [24] Sin embargo, Genzón 123 , el hijo de Gicerico, le rogaba encarecidamente que no lo hiciera, ofreciéndole garantías y prometiéndole seguridad sobre su vida, pero él no por menos dejó caer su cuerpo al mar, después de pronunciar una frase únicamente: que Juan no caería jamás en poder de unos perros.

[25] En este punto vino a terminar la guerra y Heraclio partió de vuelta a casa, pues Marceliano había muerto a consecuencia de la traición de uno de sus colegas en el mando. Basilisco, [26] por su parte, una vez hubo llegado a Bizancio, se sentó en calidad de suplicante en el santuario de Cristo, Dios Todopoderoso —Sophía llaman los bizantinos al templo, por considerar que ésta es la denominación más apropiada para Dios 124 — y, aunque pudo escapar entonces del peligro que corría al interceder por él la emperatriz Berine, sin embargo en aquellos momentos no pudo acceder al trono, que era precisamente el objetivo de todas sus empresas. No mucho [27] después, en efecto, el emperador León acabó con Aspar y Ardaburio en palacio, pues tenía la sospecha de que ellos estaban planeando matarlo 125 . De esta forma, pues, tuvieron lugar estos acontecimientos.

Por su parte, Antemio, el emperador de Occidente, murió [7 ] asesinado por su yerno Recímero 126 , mientras que Olibrio 127 , que le había sucedido al frente del Imperio, poco tiempo después sufrió idéntico destino. Y después de morir [2] también en Bizancio León, recibió el poder imperial León, el hijo de Zenón y de Ariadna, la hija de León, que apenas tenía unos días de edad 128 . Y, tras ser elegido su padre para [3] reinar junto con él, en muy poco tiempo el niño desapareció [4] de entre los hombres. También es digno de mencionarse Mayorino, que ya había ejercido el poder en Occidente en una época anterior 129 . En efecto, este tal Mayorino, que sobrepasaba en cualquier virtud a todos aquellos que alguna vez habían sido emperadores de los romanos, no se tomaba a la ligera el desastre de Libia, sino que, después de reunir un muy considerable ejército contra los vándalos, se encontraba ya en Liguria con la intención de dirigir personalmente [5] dicho ejército contra los enemigos. Y es que Mayorino se enfrentaba con total decisión a cualquier dificultad, pero, [6] especialmente, a los peligros de la guerra. Y no considerando inconveniente para él comenzar por conocer el poderío de los vándalos, y el carácter de Gicerico y en qué grado de benevolencia u hostilidad estaban los moros y los libios respecto a ellos, los romanos, decidió no confiar un asunto de tal envergadura a otros ojos más que a los suyos propios. En [7] consecuencia, se puso en camino, como si fuera un emisario mandado por el emperador a Gicerico, adoptando un nombre falso. Mas temiendo, en el caso de que fuera reconocido, recibir en su persona algún daño e impedir que saliera bien el intento, maquinó el siguiente plan. El pelo de su cabeza [8], que era famoso entre todos los hombres porque, en verdad, era tan rubio que se asemejaba al oro puro, tras untarlo de un cierto tinte creado a propósito para este fin, consiguió transformarlo en negro azulado para la ocasión. Cuando llegó a presencia de Gicerico, éste intentaba amedrentarlo [9] de muchas otras maneras, pero, especialmente, tratándolo con afecto como a un amigo, lo condujo al edificio donde estaban guardadas todas sus armas, que eran numerosas y extraordinariamente notables. En ese momento, según [10] afirman, las armas se movieron de forma espontánea y emitieron un ruido fuerte y no habitual y entonces a Gicerico le dio la impresión de que se había producido un terremoto, mas cuando salió fuera e hizo averiguaciones en torno al supuesto seísmo, como ninguna persona le confirmaba que hubiese existido, creyó haber asistido a un gran milagro, pero no estaba en condiciones de explicar cuál era el significado de lo sucedido. Así pues, Mayorino, habiendo conseguido [11] lo que deseaba, regresó a Liguria y, conduciendo su ejército, que marchaba a pie, llegó a las Columnas de Heracles con la intención de cruzar el estrecho en ese punto y después continuar la marcha desde allí hasta Cartago por tierra. Cuando Gicerico se enteró de esto y de que entonces [12] había sido engañado por Mayorino en el asunto de la embajada, le sobrevino una sensación de angustia y se puso a [13] hacer sus preparativos para la guerra. Los romanos, poniendo su confianza en el valor de Mayorino, comenzaban ya a [14] tener esperanzas de recuperar Libia para el Imperio. Mientras tanto, sin embargo, Mayorino se vio atacado por la enfermedad de la disentería 130 y acabó muriendo él, un hombre que se había comportado moderadamente con sus súbditos [15] y que había sido temible para los enemigos. Nepote fue el que recibió en sucesión el poder imperial, pero, después de vivir sólo unos pocos días más, también murió de enfermedad 131 y, tras él, Glicerio accedió al trono, pero sufrió idéntico destino 132 . Después de Glicerio, el poder imperial recayó [16] en Augusto 133 . Otros emperadores hubo, en realidad, antes que él en la parte occidental, de cuyos nombres, aun cuando los conozco, no haré mención alguna, pues se dio la [17] circunstancia de que ellos vivieron poco tiempo después de su acceso al poder y, por eso mismo, no pudieron llevar a término ninguna acción digna de referirse 134 . Tal fue el curso de los acontecimientos en Occidente.

Por su parte, en Bizancio, Basilisco, dado que ya no era [18] capaz de dominar sus deseos de hacerse con el poder imperial, intentó usurpar el trono y se apoderó de él sin ningún esfuerzo, puesto que Zenón, en compañía de su esposa, buscó refugio en Isauria 135 , lugar de donde era natural. Y él, [19] que conservó la tiranía durante un año y ocho meses, era odiado se podría decir que por todo el mundo, pero, especialmente, por los soldados de la corte, a causa de la magnitud [20] de su avaricia 136 . Y Zenón, apercibiéndose de esto, reunió un ejército y marchó contra él. Basilisco envió entonces un ejército bajo las órdenes del general Hármato para [21] hacerle frente a Zenón. Mas cuando hubieron colocado sus campamentos próximos el uno al otro, Hármato rindió su ejército a Zenón bajo la condición de que a su hijo Basilisco, que era enteramente un niño, lo estableciese como César y lo dejase como sucesor al trono imperial a su muerte 137 . [22] Basilisco, habiendo sido abandonado por todos, se refugió en el mismo santuario de antes 138 . Acacio, el sacerdote de la ciudad 139 , lo puso en manos de Zenón, acusándole de impiedad y de haber provocado una gran confusión y haber introducido numerosas innovaciones en la doctrina cristiana, por la inclinación que tenía hacia la herejía de Eutiques 140 . Y de hecho así era. Después de que Zenón hubiera asumido [23] el poder imperial por segunda vez y cumplido religiosamente la promesa hecha a Hármato nombrando César a su hijo Basilisco, no mucho más tarde, sin embargo, despojó a éste de su título y dio muerte a Hármato. Y tras enviar a Basilisco [24], junto con sus hijos y su mujer, a Capadocia durante la estación del invierno, ordenó que se les mantuviese privados de comida, ropas y demás comodidades. Y allí, abrumados [25] por el frío y el hambre, se refugiaron unos en los brazos de los otros para terminar sucumbiendo abrazados a sus cuerpos más queridos. Tal fue el castigo que recayó sobre Basilisco por sus actos políticos. Estos hechos, sin embargo, no se produjeron sino algún tiempo después.

Sin embargo, en aquel tiempo 141 Gicerico, envolviendo [26] a sus enemigos con el engaño y expulsándolos de sus posesiones por la fuerza, como se ha narrado anteriormente, seguía asolando y saqueando la totalidad del territorio romano 142 , no menos que antes, sino quizá todavía más, hasta que el emperador Zenón llegó a un acuerdo con él y se estableció un pacto indefinido entre ellos, en virtud del cual ni los vándalos llevarían a cabo, en todo el tiempo, ningún acto de guerra contra los romanos, ni tendrían que sufrir eso mismo de parte de aquéllos. Este tratado de paz fue observado por el propio Zenón y también por su sucesor en el [27] trono imperial, Anastasio 143 . Y permaneció en vigor hasta tiempos del emperador Justino 144 . Pero a este último lo sucedió [28] al frente del Imperio su sobrino Justiniano, durante cuyo reinado estalló la guerra que constituye el tema de mi obra 145 , de la manera que será referida en capítulos posteriores. Gicerico siguió con vida sólo algo más de tiempo después [29] de la firma del tratado y murió a una edad avanzada 146 , tras establecer unas disposiciones testamentarias en las cuales hacía toda clase de recomendaciones a los vándalos y, en particular, que la realeza, entre ellos, debía recaer siempre en las manos de aquel que, de toda la descendencia masculina del propio Gicerico, fuese el de mayor edad de todos sus parientes 147 . De esta forma, pues, como ha quedado dicho [30], murió Gicerico, tras haber gobernado sobre los vándalos durante treinta y nueve años desde la toma de Cartago 148 .

Honorico, el mayor de los hijos de aquél, recibió en sucesión [8 ] el trono 149 , habiendo desaparecido ya de entre los hombres Genzón 150 . Durante el tiempo en que Honorico gobernó sobre los vándalos no tuvieron ninguna guerra contra nadie, a excepción de los moros, pues éstos, por temor a Gicerico [2], habían permanecido inactivos hasta ese momento, pero tan pronto como aquél no significó un obstáculo para sus acciones, les hicieron mucho daño a los vándalos y sufrieron [3] lo mismo ellos. Honorico se comportó como el más despiadado e injusto de todos los hombres con los cristianos [4] de Libia. Los obligó, en efecto, a convertirse al arrianismo y a cuantos encontraba no dispuestos a aceptar obedecerle, los quemaba o asesinaba de cualquier otra manera; también les cortó la lengua hasta el fondo de la garganta a muchos, los cuales incluso todavía en mi época iban de un lado para otro por Bizancio conservando intacta su facultad de hablar y no resintiéndose de ningún efecto de ese castigo, si bien dos de ellos, cuando decidieron frecuentar a prostitutas, ya [5] no pudieron desde entonces hablar. Tras gobernar a los vándalos durante ocho años 151 , Honorico murió de enfermedad, después de que los moros que vivían en el monte Aurasio se hubieran rebelado contra los vándalos y logrado su independencia —el Aurasio es un monte de Numidia que está de Cartago a una distancia aproximada de trece días de viaje, orientado hacia el sur 152 —: los moros ya no estuvieron más sometidos al poder de los vándalos, dado que éstos no estaban en condiciones de sostener una guerra contra los moros en una zona montañosa de difícil acceso y excesivamente escarpada.

Tras la muerte de Honorico, el poder recayó en Gundamundo [6] 153 , el hijo de Genzón, hijo de Gicerico, pues los años otorgaban a éste el primer puesto de la descendencia de Gicerico. Gundamundo combatió contra los moros en numerosas [7] batallas y, tras someter a los cristianos a sufrimientos todavía mayores, murió de enfermedad, estando ya aproximadamente a la mitad del duodécimo año de su reinado 154 . Le sucedió en el trono su hermano Trasamundo 155 , hombre [8] de buena apariencia y dotado de una excepcional discreción y magnanimidad. Éste, sin embargo, continuó obligando a [9] los cristianos 156 a abandonar sus creencias ancestrales, no a base de martirizarlos físicamente como los anteriores, sino que iba tras ellos otorgándoles prerrogativas y cargos y colmándolos de riquezas; y en el caso de los que no se dejaban persuadir, fingía ignorar en absoluto a qué secta o religión [10] pertenecían 157 . Y si se encontraba con hombres culpables de grandes delitos, cometidos ya sea de manera fortuita, ya deliberadamente, a éstos les proponía como recompensa, en el caso de que abandonasen su fe, no pagar pena por sus crímenes. [11] A la muerte de su mujer 158 , que no llegó a engendrar descendencia ni masculina ni femenina, Trasamundo, con el deseo de asegurar su trono de la forma más sólida posible, mandó emisarios a Teodorico 159 , el rey de los godos, pidiéndole que le concediera como esposa a su hermana Amalatrida, [12] ya que su marido acababa de morir. Éste no sólo le envió a su hermana, sino, además, a mil godos de noble estirpe, en calidad de guardias de corps, a los que acompañaba una escolta de servidores de aproximadamente unos cinco mil hombres aptos para el combate. Teodorico obsequió tambien [13] a su hermana con uno de los tres promontorios de Sicilia, el que llaman Lilibeo 160 , y, como consecuencia de esto, Trasamundo fue considerado como el más fuerte y poderoso de todos cuantos habían gobernado sobre los vándalos. También [14] se convirtió en amigo muy íntimo del emperador Anastasio. Fue precisamente durante el reinado de Trasamundo cuando la suerte quiso que los vándalos sufrieran a manos de los moros un desastre como jamás les había ocurrido hasta entonces.

Había un tal Cabaón gobernando sobre los moros de [15] Trípolis, con experiencia en multitud de guerras y excesivamente astuto. Este Cabaón, cuando se enteró de que los vándalos marchaban contra él, obró de la siguiente manera. En primer lugar, ordenó a sus súbditos que se abstuvieran [16] de toda injusticia y de cualquier alimento que condujera a la molicie, pero, por encima de todo, de tener relaciones íntimas con mujeres; tras haber hecho construir dos empalizadas, en una acampó él personalmente con todos los hombres y, en la segunda, encerró a las mujeres y amenazó con la muerte como castigo para el que osase dirigirse a la empalizada de las mujeres. Seguidamente, envió a Cartago espías [17] con las siguientes instrucciones: que, cada vez que los vándalos, avanzando en su expedición, profanasen alguno de los templos 161 venerados por los cristianos, observaran ellos lo que sucedía y que, una vez que los vándalos hubieran abandonado el lugar, actuasen de una forma completamente opuesta al comportamiento que aquéllos habían tenido con [18] respecto al santuario antes de marcharse. Y afirman que él añadió lo siguiente: que el no conocía al Dios que los cristianos veneran, pero que es probable que Él, si es poderoso, según se dice, castigue a los que lo ofenden y defienda a los [19] que le rinden culto. Así pues, los espías, tras llegar a Cartago, permanecieron quietos, observando los preparativos de los vándalos, mas cuando el ejército se puso en marcha en dirección a Trípolis, los siguieron vestidos con humildes ropajes [20] . Y los vándalos, cuando acamparon el primer día de marcha, introdujeron sus caballos y el resto de los animales en los templos de los cristianos y, sin abstenerse de ultraje alguno, actuaban ellos con su desenfreno típico y a los sacerdotes 162 que cogían, los apaleaban con varas, propinándoles muchos golpes en la espalda y les ordenaban prestarles a ellos servicios que estaban acostumbrados a asignar a los más despreciables de sus esclavos. Tan pronto como se [21] hubieron alejado de allí, los espías de Cabaón hicieron cuanto se les había encomendado, pues enseguida limpiaron los santuarios, retirando con mucha diligencia los excrementos y cuantas inmundicias hubiera por el suelo profanándolo, a continuación encendieron todas las lámparas y se arrodillaron delante de los sacerdotes mostrándoles un gran respeto y los acogieron en general con una disposición amistosa; y, después de darles piezas de plata a los mendigos que [22] se sentaban en tomo a los santuarios, entonces seguían detrás del ejército de los vándalos. Y desde entonces, a lo largo [23] de todo el camino, los vándalos continuaban cometiendo los mismos ultrajes y los espías prestando idéntico servicio. Pero cuando estaban ya a punto de encontrarse a poca distancia [24] de los moros, los espías se adelantaron e informaron a Cabaón de cuanto habían hecho los vándalos y ellos mismos en los templos de los cristianos y que los enemigos estaban en algún lugar cercano. Y aquél, cuando hubo escuchado esto 25, se preparaba para el encuentro de la siguiente manera. Habiendo delimitado un espacio circular en la llanura donde pensaba construir la empalizada, colocó a sus camellos de lado formando con ellos un círculo de protección alrededor de su campamento, haciendo que la profundidad de la línea frontal fuera de aproximadamente doce camellos. Seguidamente [26], instaló a los niños, a las mujeres y a todos aquellos que estuvieran incapacitados para entrar en combate, junto con sus posesiones, en el centro del círculo, mientras que ordenaba a la tropa de combatientes que se colocasen entre las patas de los animales cubriéndose con sus escudos. Cuando [27] los vándalos vieron a la formación de los moros dispuesta de esa manera, se sentían en duda sobre cómo afrontar la situación, dado que ellos no eran buenos tiradores de jabalina ni manejaban bien el arco ni tampoco sabían combatir a pie firme, sino que todos luchaban a caballo 163 y usaban mayormente lanzas y espadas, razón por la cual eran incapaces de hacer ningún daño a los enemigos desde lejos; en cuanto a sus caballos, que se mostraban inquietos al ver a los camellos, de ninguna manera se dejaban conducir contra los enemigos [28] . Y, como los moros no paraban de dispararles a ellos jabalinas desde una posición segura y mataban sin dificultad tanto a los caballos como a los soldados, dado que formaban una masa ingente, se lanzaban a la fuga y, al salir los moros en su persecución, la mayor parte de ellos perecieron, hubo algunos que cayeron en manos de los enemigos y sólo un muy escaso número de soldados de este ejército pudieron [29] regresar a casa. Tal fue la suerte que le tocó sufrir a Trasamundo a manos de los moros. Algún tiempo después murió, habiendo gobernado sobre los vándalos durante veintisiete años 164

Pulsuz fraqment bitdi.