Kitabı oxu: «Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 1

Asesor para la sección griega: CARLOS GACÍA GUAL
Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revisada por EDUARDO ACOSTA MÉNDEZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.rbalibros.com
PRIMERA EDICIÓN , mayo de 1977.
ISBN 9788424930387
Sophocle eût-il conçu que Némésis attendait à Babylone le destructeur de Thèbes, ville d’Héraclès et d’Oedipe? La seule menace qu’Alexandre entend n’est pas celle des princes de l’Indus aux milliers d’éléphants, c’est celle de Callisthène et de la Grèce: «Tu n’es pas un dieu».
ANDRÉ MALRAUX
PRÓLOGO
«Vida de Alejandro»: historia, novela y epopeya
La Vida de Alejandro no es, en lo fundamental, un texto histórico. Se trata, más bien, de un relato de aventuras extraordinarias en torno a la figura heroica del gran conquistador macedonio, progresivamente mitificada por la fantasía popular a lo largo de varias centurias. Este texto, al que se suele denominar como la Novela de Alejandro, no es, desde el punto de vista formal, una novela; su esquema narrativo corresponde a las pautas de la biografía helenística. Pero sí que resulta un producto novelesco, en el sentido amplio de esta calificación, atendiendo a otras razones. En torno a un núcleo histórico originario se ha formado una biografía fabulosa, en la que las peripecias dramáticas y los escenarios admirables deben tanto, por lo menos, a la ficción como a la realidad. La victoriosa expedición de Alejandro a países lejanos, con toda su carga legendaria, viene a concluir aquí en una saga de aventuras y maravillas, con todos los prestigios de lo heroico y lo exótico que la literatura épica griega supo combinar tantas veces. En este sentido debe advertirse la intención poética de esta fabulación biográfica, en dependencia con una tradición historiográfica, pero en dependencia también con una tradición épica que se remonta, en cuanto a las motivaciones psicológicas de sus episodios, muy atrás, a un fondo mágico y mítico que aparece ya en la vieja Odisea.
Compuesta en el siglo III de nuestra era, a más de cinco siglos de distancia de la gesta que nos narra, la Vida de Alejandro incorpora materiales diversos y de autenticidad varia, y reelabora el conjunto de datos tradicionales con un significativo ímpetu novelesco. Su lejanía frente a la historiografía veraz y respetable no está motivada por esa distancia de más de quinientos años, sino por su carácter popular, por ese gusto por lo fabuloso y lo mítico, que la distingue, inequívocamente, de una biografía como la Vida de Alejandro, que compusiera Plutarco en el siglo anterior, utilizando algunas fuentes comunes, o de la latina de Quinto Curcio.
El asombroso éxito de esta Novela de Alejandro demuestra que su autor, a pesar de su escaso alcance intelectual, de su estilo mediocre y de sus numerosos errores históricos y geográficos —y en parte también gracias a esa vulgaridad e ignorancia—, supo acertar con los intereses de un amplio público de esta época final del mundo antiguo, y luego de la Edad Media, que prefirió su Alejandro fabuloso a la figura más histórica de otros autores. Los dos atractivos principales de esta narración fueron: la transfiguración de Alejandro en un personaje mítico, en un héroe casi mitológico (como el aventurero Ulises redivivo, sagaz y curioso; o como esos otros héroes a los que él invocaba, Heracles, viajero vencedor de monstruos, o Aquiles, de glorioso y trágico destino, su antepasado mítico), y la evocación de exóticos parajes, poblados por extrañas criaturas quiméricas. La ficción tenía más colorido que la realidad histórica. El rasgo más significativo de este Alejandro es su afán por transgredir los límites humanos: por llegar en sus exploraciones al confín del mundo, por ascender a los cielos, por sobrepasar las hazañas de los dioses, por alcanzar la inmortalidad. Es el rasgo típico del héroe griego, su desmesura magnífica y su trágico error. Una y otra vez un ángel o un demonio advertirá a Alejandro que no trate de franquear la barrera de lo humano. Como símbolo de ese anhelo por lo imposible, como prototipo heroico, la figura novelesca de Alejandro desborda sus propias hazañas históricas. Por eso, la inexactitud en los detalles históricos y geográficos se compensa con episodios fantasiosos en que el joven monarca actúa con la libertad temeraria de un protagonista novelesco. La novela era un género floreciente en la época en que se compuso este relato. Los siglos II y III d. C. marcan el momento de madurez de esta forma literaria, que fue, en la sucesión cronológica de géneros, la última inventada por la cultura griega. La Vida de Alejandro tiene en común con otras novelas griegas el afán por evocar escenarios lejanos y desmesurados. Contrasta con ellas por la estatura heroica de Alejandro frente a esos protagonistas bellos, pacientes y sentimentales de los fingidos relatos de amor y aventuras viajeras.
Pero conviene recordar la tesis —desarrollada con brillantez por Hegel y, luego, por Lukács— de que la novela es una épica decadente, un epígono degenerado y prosaico de la epopeya antigua. Como eslabón intermedio entre la épica y la novela (la novela de tema histórico), esta Vida de Alejandro es un ejemplo incomparable para advertir ese proceso histórico y social de los diversos géneros literarios. (Y lo es en dos ámbitos históricos: en la Antigüedad Tardía, en su creación, y de nuevo en la Alta Edad Media, en su traducción y readaptación cortés en lenguas romances.)
J. Ludvikovsky, en un libro ya añejo sobre las novelas griegas, calificó a la Novela de Alejandro como «la épica del último día», de modo certero y sugestivo. Esta narración, con su ingenuidad y su torpeza estilística, se caracteriza como una de las últimas creaciones literarias de la tradición griega, tal vez la última con una vitalidad propia, en un momento crepuscular. Quedará como una preciosa herencia cultural para siglos oscuros, sobreviviendo, merced a ese irónico destino de los libros, a muchos otros relatos históricos de Alejandro, más exactos, más eruditos, más profundos y mejor escritos, por el prestigio de su aureola historiográfica y el atractivo de su novelería.
Difusión y fama
La difusión de la Vida de Alejandro fue asombrosa. Se tradujo al armenio, al georgiano, al persa, al sirio, al árabe, al turco, al etíope, al copto y al hebreo. (Las versiones siria y armenia se han conservado bien en su conjunto, y han sido de nuevo traducidas modernamente al inglés, siendo de gran interés por su fidelidad al texto original. Asimismo, también se ha traducido, y es muy interesante por su mayor distanciamiento, la etíope.) En su extensión por Oriente llegó a la India, Java y las Célebes. La representación de Alejandro que se refleja en los poetas persas Firdusi y Nizami, así como la de la mayoría de los cronistas bizantinos, dependen, en lo fundamental, de nuestro texto. En Bizancio se recompuso en verso. Las versiones en griego medieval y en griego moderno se leyeron como libros populares hasta tiempos muy recientes. (Todavía en el siglo XIX se encuentran estas ediciones populares, impresas en Venecia.) En 1529 se publicó la versión también versificada de Demetrios Zenos en griego moderno. Aparecieron luego las traducciones al serbio, búlgaro, ruso y rumano.
En conjunto, se calcula que la influencia de esta Vida de Alejandro está reflejada en unos treinta idiomas, siendo así el texto más traducido, después de la Biblia, hasta los comienzos del Renacimiento.
Al latín se tradujo en dos ocasiones, con versiones notablemente distintas: la de Julio Valerio, muy próxima al original, en el siglo IV , y la del Arcipreste Leo, un clérigo napolitano del siglo X . Esta última versión, un tanto libre y acrecentada con algunos añadidos y digresiones, titulada Historia de Proeliis, fue reelaborada —a partir del siglo XII — en diversos idiomas europeos: francés, alemán, español, italiano, inglés, sueco, danés, checo, polaco y húngaro.
Las versiones medievales —versificadas y adaptadas a la moda del tiempo con una pátina cortés— en francés, alemán y castellano fueron de una enorme influencia literaria en el comienzo de sus respectivas literaturas en lengua vulgar. (Otra versión de la historia de Alejandro en hexámetros latinos y con un latín culto, la epopeya Alexandreis de Gautier de Chátillón (siglo XII ), una de las obras maestras del humanismo medieval, que se basa esencialmente en Quinto Curcio, mezcló su influencia con la más novelesca del Pseudo Calístenes.)
El texto romanceado y germanizado de las versiones medievales ofrece una versión libre de las latinas, con algunos agregados novelescos de corte fantástico. Entre éstos, el más significativo y sorprendente es el Viaje de Alejandro al Paraíso, que encontramos ya en las versiones al alemán medieval y que parece remontarse a un texto latino: Iter Alexandri Magni ad Paradisum, de comienzos del siglo XII , compuesto probablemente por un judío sobre fuentes orientales. (En él se describe cómo Alejandro llega a las puertas del Paraíso y las encuentra cerradas. A través de una ventana del portal, un anciano le ofrece una preciosa piedra, cuyo peso es maravilloso: todo el oro del mundo enfrentado a ella en el otro platillo de una balanza no logra elevarla, pero si uno le echa un poco de tierra encima basta una ligera pluma para hacerla remontarse. Esta maravillosa piedra del Paraíso, lapis ex coelis, influirá en la imagen del Grial, Wunsch von Paradies, en el famoso Parzival de Wolfram von Eschenbach, compuesto hacia 1210.) Como hemos dicho, este añadido resulta «significativo» en el sentido de que la tradición —con un decorado cristiano decidido— prolonga esa imagen heroica de Alejandro, como el audaz peregrino hacia lo imposible, en la búsqueda de algo más allá de lo humano.
La imagen que de Alejandro ofrece nuestra ingenua y exitosa biografía simplificaba, en su afán mitificador, la personalidad histórica de su modelo real, personalidad tan ambigua, que ni aun en los modernos historiadores, es fácil encontrar el consenso al tratar de explicárnosla. ¿Era un visionario intelectual, como sugieren Tarn, Kolbe y Robinson? ¿Un místico en busca de su apoteosis, como dice G. Radet? ¿Un hábil y decidido político, como quiere U. Wilcken? ¿Un genio militar afortunado y sin entendimiento real de su mundo, como opina A. R. Burn? ¿Un conquistador ególatra y sin escrúpulos, como cree F. Schachermeyr? ¿Un pragmático ambicioso que se transformó en un déspota oriental, como supone E. Badian? ¿Acaso lo era todo —y algo más— a la vez?
De cualquier forma, es indudable que la personalidad histórica de Alejandro es insondablemente más compleja que la de su imagen novelesca. Ésta transmitió a la posteridad un prototipo mítico del gran conquistador, del que diferentes épocas supieron destacar y extraer las valencias simbólicas que les interesaban más directamente. Era el joven e invencible Conquistador del Mundo, el fundador de ciudades y reinos, el aventurero que se lanzaba al misterio, ascendía a los cielos y exploraba el fondo del mar, por un mundo exótico, maravilloso y juliovernesco; el espejo ideal de monarcas justos y caballerescos, el inquieto y sagaz discípulo del sabio Aristóteles, el rechazador de los bárbaros apocalípticos, la personificación de la gloria terrestre, de la soberbia y de la vanidad, etc.
Composición y fuentes de la obra
Desde la primera edición de la obra por Karl Müller en 1846, los filólogos clásicos se plantearon la cuestión del origen, composición y cronología del texto atribuido al Pseudo Calístenes. Recordaremos muy sumariamente los nombres, todos ellos alemanes, de los principales estudiosos del tema. Julius Zacher, en su libro Pseudo-Kallisthenes (Halle, 1867), consideraba que la obra dependía de una saga popular sobre Alejandro y fechaba la redacción escrita de esa legendaria y secular composición hacia el 200 d. C. Erwin Rohde, al tratar de ella en su voluminoso estudio sobre las novelas griegas (Der griechische Roman und sein Vorläufer, 1876, 4.a reed., Darmstadt, 1960), consideraba que el núcleo más antiguo de la misma eran las cartas largas de Alejandro a Aristóteles y a Olimpíade, cuya composición fechaba en época de los últimos Tolomeos, es decir, en el siglo II o I a. C. Th. Nöldeke, en sus Beiträge zur Geschichte des Alexanderromans (Viena, 1890), insistía en que el texto no era de elaboración popular, sino que, en lo esencial, dependía de fuentes literarias. A. Ausfeld, ya en su disertación crítica de 1894 y en otros estudios posteriores recogidos en su libro Der griechische Alexanderroman (Leipzig, 1907, edición póstuma a cargo de W. Kroll), pretendía demostrar que el núcleo original de la obra era una breve narración de corte biográfico que —sin los añadidos posteriores, como las varias cartas— habría de fecharse en la época de los últimos Tolomeos. Contra esta teoría de un texto originario, engrosado con adiciones marginales, emitió sus críticas W. Kroll desde 1901. Kroll asignaba la auténtica paternidad de la obra a un escritor del siglo III d. C., autor del conjunto en el que había utilizado materiales antiguos. Ésta es la tesis que mantiene en su artículo, en Pauly-Wissowa, Realencyclopädie (RE, 10, 2, 1707-1726), en 1919. Por entonces, uno de sus discípulos, W. Deimann, había rebatido los argumentos de Ausfeld en un libro publicado en 1914: Abfassungszeit und Verfasser des griechischen Alexanderromans, en el que además se subrayan las concomitancias de la obra con la literatura novelesca de los ss. II y III d. C. La edición crítica del texto, publicada por W. Kroll en Berlín, 1926 (reimpresa en Berlín, 1958), va precedida de un excelente y breve prólogo, donde se resumen claramente las principales noticias acerca de la historia del texto y su composición, según su teoría. De aquí podemos pasar al libro de R. Merkelbach, Die Quellen des griechischen Alexanderromans, Munich, 1954. (Está anunciada una segunda edición como ya en prensa.) Este estudio de Merkelbach, admirable por su rigor filológico y por el estilo claro de su exposición, conserva hoy plena vigencia, por lo que de modo muy general vamos a resumir lo esencial de sus conclusiones. (De modo parecido a como lo hace Van Thiel en el prólogo de su reciente edición, 1974.)
El autor de nuestra Historia o Novela de Alejandro, al que Merkelbach califica como «un hombre indudablemente muy indocto e ignorante» (o. c., pág. 56), compuso su obra en el siglo III d. C. Su época puede delimitarse por la citación de Favorino en I 13 (cita que se encuentra en la versión latina de Valerio y en la traducción armenia) y, por otro lado, por la traducción de Julio Valerio (entre 270 y 330; y más probablemente, entre 310 y 330). Es muy verosímil que, como ya señalaba Deimann (o. c., pág. 48), el autor de la novela se sintiese incitado por el renacimiento del culto, un tanto romántico, a la figura de Alejandro en tiempos de los Severos. Reintroducido por Septimio Severo (193-211), este culto fue fervorosamente fomentado por Caracalla (211-217), que intentó sentirse un segundo Alejandro, imitándole en varios gestos, como el de acudir a Troya a rendir culto a Aquiles, etc. (cf. Herodiano, IV 8, 1-2; 9, 3-4), y alcanzó su auge en tiempos de Alejandro Severo (222-235), según refiere Elio Lampridio (Alex. Severus, caps. 5, 30, 31, 35).
La obra debió de circular desde un principio anónima o, en todo caso, su autor era tan desconocido que su nombre se olvidó pronto. La denominación de Pseudo Calístenes se debe a que algunos manuscritos (de la familia B ) y algún erudito bizantino (Tzetzes) atribuyeron la obra al joven sobrino de Aristóteles que acompañó a Alejandro como historiador de sus campañas. (Otros manuscritos asignan tal paternidad al propio Aristóteles o a Onesícrito.) Nuestro escritor logró componer su texto a base de reunir sobre el esquema de la biografía, aderezada con varios episodios nuevos y numerosos disparates históricos de su propia cosecha, algunos textos literarios previos. Entre éstos conviene distinguir las dos fuentes capitales de su obra, que son: 1) un relato histórico helenístico, probablemente una biografía de Alejandro, y 2) una colección de cartas en forma de novela epistolar. Además ha utilizado, insertándolos como episodios dentro del esquema general, otros relatos independientes de menor extensión, como eran, verosímilmente: 3) las cartas (a Aristóteles y a Olimpíade) sobre las maravillas y aventuras del viaje a la India (en II, 23 y sigs., III, 17, 27, 28); 4) las leyendas sobre Nectanebo y Candace; 5) el coloquio con los gimnosofistas, y 6) un escrito histórico sobre los últimos días de Alejandro, su testamento y muerte.
1) El relato histórico que utiliza el Pseudo Calístenes le provee de los datos principales de la historia de Alejandro: de sus marchas, de sus victorias y de sus fundaciones, datos que la versión final del Pseudo Calístenes a menudo confunde y cita erróneamente, con su crasa ignorancia de la geografía real.
Por otra parte, es evidente que el historiador utilizado, de época helenística, era un buen ejemplo de las tendencias retóricas de la historiografía de la época, más atenta a los efectismos dramáticos y al patetismo que a la austera narración de hechos. Más que la verdad les interesaba a tales historiadores emocionar a su público con la descripción teatral de ciertos momentos, como si pretendiera la historiografía novelesca suplantar a la tragedia. Así, p. ej., en escenas patéticas como la destrucción de Tebas y el encuentro con Darío moribundo; o en pasajes como la carrera en Olimpia, la discusión de los oradores atenienses en II 2-5, y el festín para celebrar el matrimonio de Filipo y Cleopatra, pueden verse las huellas de ese gusto por el efectismo, con episodios inventados o embellecidos para insistir en tópicos como el poder de la Tyche y la fortuna del héroe. Incluso es probable que se remonte a él una invención como el viaje de Alejandro a Roma y Cartago, con el fin de subrayar la grandeza de su héroe, al que se someten los futuros conquistadores del Oriente. Es muy difícil precisar la época de este historiador alejandrino. Merkelbach sigue a Tarn al inclinarse por el siglo I a. C.
2) La colección de cartas que hallamos insertadas en el relato, en ocasiones de modo superfluo, pertenecía a una colección previa, una especie de novela epistolar sobre Alejandro, en la que la historia de sus campañas venía referida por medio de cartas de los principales personajes de la misma. Este género de la novela epistolar tuvo su origen en las escuelas de retórica, donde la confección de tales cartas, atribuidas a famosos personajes históricos, constituía un ejercicio predilecto. En ellas se intentaba reflejar la prosopopeya de los supuestos autores en una determinada circunstancia vital. Como ejemplos de este tipo de literatura, que floreció especialmente entre la época de Cicerón y la de Adriano, conservamos novelas epistolares sobre Temístocles y sobre Quión, los intercambios de cartas entre los Siete Sabios y las Cartas de heteras, en las que el retórico Alcifrón intenta pintar la vida ateniense de tiempos de Menandro. La antigüedad de la novela epistolar sobre Alejandro está confirmada por el descubrimiento de dos papiros que contienen varias de estas fingidas muestras de la correspondencia entre Alejandro y Darío. Son el Papiro de la Sociedad Italiana 1285, conservado en Florencia, y el Papiro de Hamburgo 129. El Pap. Soc. It. 1285 (ed. por Dino Pieraccioni en 1951) es del siglo II d. C.; el Pap. Hamburgo 129 es del siglo I a. C. Las seis cartas que figuran en él no presentan la secuencia normal del relato; son más bien, como indica Merkelbach, una antología de la colección novelada, que le era por tanto anterior, aunque quizás no mucho.
Pseudo Calístenes, tan despreocupado respecto al texto del relato histórico, demuestra un gran respeto por las cartas, que probablemente consideraba como documentos auténticos. Esa es la razón para que las integre en su texto, a veces con notable desacierto, y a veces con torpe desorden. R. Merkelbach ha reconstruido la secuencia lógica de la colección (o. c., páginas 193 y sigs.)
La colección de cartas es una muestra del gusto por la ficción declamatoria de las escuelas de retórica. Pero este género era a la vez lectura de diversión, en que se reflejaban cierto interés por la caracterización psicológica y un cierto sentido del humor. En nuestro caso, contrasta la pompa y altanería con que se expresa el rey persa, con todas sus fórmulas y títulos, y la sencillez y naturalidad de Alejandro. El carácter de Darío se esboza progresivamente a través de diversos momentos, mientras su fortuna declina ante el acoso de Alejandro (a quien primero trata de bandido y de niño alocado, enviándole dados para jugar y un látigo para su educación, y más tarde como a su igual). Un estilo peculiar presenta la carta de Alejandro a los persas (II, 21), que es una especie de proclama real, con notables semejanzas con las proclamas de los soberanos egipcios.
3) Es dudoso si las cartas sobre las maravillas y aventuras en la India se agregaron a la colección ya antes de la novela del Pseudo Calístenes. El encuentro de Alejandro con el mundo de los monstruos, su viaje al fin del mundo, al País de los Bienaventurados, sus excursiones a los cielos y al fondo del mar, pertenecen a otro tipo de literatura. Ese fondo teratológico y fabuloso que aparece ya en las antiguas historias jónicas y en las descripciones de países lejanos, como las atribuidas a Ctesias, o más tarde en el utópico Yambulo, revive en estas cartas. Es un tipo de relatos como el parodiado por Luciano en su Verdadera Historia , y cuyos ecos encontramos muy lejos, p. ej. en episodios de los viajes de Sindbad el Marino de Las mil y una noches. Las fieras exóticas, y los árboles parlantes del Sol y la Luna, la Fuente de la Vida, y la isla sumergible, y el País de la Noche Eterna, pertenecen a un folktale muy infrahistórico; pero sobre él se ha reflejado la saga viviente de Alejandro, una saga que suscitó su audaz expedición (por ejemplo, la realización de hazañas tan tremendas como atravesar el desierto de Gedrosia) y su arrolladora personalidad.
Un eco de narraciones orales, progresivamente fabulosas, se ha incorporado en estos relatos fantásticos. La forma tradicional del relato fantástico es la narración en primera persona. El protagonista narra sus propias increíbles aventuras y suscita en su público esa asombrosa vacilación característica, según Todorov, de la literatura fantástica. Por eso —como Sinuhé, Ulises, Luciano, Sindbad, Cyrano o el barón de Münchhausen—, el protagonista, Alejandro, es quien nos cuenta, en carta, sus experiencias en los límites de lo increíble. Estas cartas fabulosas —a Olimpíade y a Aristóteles (II 23-24, y III 17, con su mejor versión conservada en la traducción latina Epistola ad Aristotelem) — tuvieron un gran éxito y son uno de los mayores atractivos de nuestro texto.
Un eslabón intermedio entre ambos tipos de cartas lo forman las cartas entre Alejandro y los gimnosofistas (III 5), entre Alejandro y Candace (III 18), y las intercambiadas con las amazonas (III 25-26), que probablemente pertenecían a la colección escolar.
En todas ellas se refleja, sin embargo, esa misma curiosidad insaciable de Alejandro, su ansia de recorrer lo desconocido y de arriesgarse a explorar lo insólito. Pseudo Calístenes incurre en pintorescos errores histórico-geográficos al ubicar a la fabulosa reina Candace en una prestigiosa y extraña Etiopía y al suscitar la presencia de las amazonas de mitológico abolengo; pero lo hace con su desenvoltura y rapidez habitual, en gracia a la mayor gloria de nuestro héroe.
4) No podemos precisar si nuestro novelista contaba con un previo relato del episodio entre Candace y Alejandro y hasta qué punto es una invención suya. Pero la historia de Nectanebo procede claramente de una vieja leyenda popular egipcia, convertida en una breve novela de tipo milesio. El motivo central de la leyenda: el rey exiliado que se disfraza de dios para acceder al lecho de la princesa amada y engendrar en ella al futuro héroe, se encuentra muy extendido en la literatura universal (lo estudió O. Weinreich en su libro Der Trug des Nektanebos, Leipzig, 1911). El curioso personaje de Nectanebo era el protagonista de una popular leyenda egipcia, que los griegos tradujeron como una breve novela ya en el siglo II a. C. Todo el colorido pintoresco del episodio: el aspecto de mago y astrólogo, etc., está bien conseguido en conjunto. Algún rasgo, como p. ej. el de su muerte al caer en un pozo por mirar al cielo, procede de una conocida anécdota griega aderezada con una pincelada fatalista menos corriente. La leyenda del origen egipcio de Alejandro debió de ser, sin duda, bien acogida por el público alejandrino al que, en primer lugar, se dirigía la historia. El origen bastardo de Alejandro, como el de tantos héroes míticos, podía servir a varias explicaciones. Así se fundamentaba el derecho de Alejandro al trono egipcio, no como un conquistador extranjero, sino como pretendiente legítimo al ser hijo del último faraón. A la vez su relación con el dios Amón quedaba explicada, a la manera evemerística. Las difíciles relaciones con su padre «adoptivo» Filipo se hacían más verosímiles, sin desprestigiar a Olimpíade, que —en contra de los testimonios de varios historiadores— está vista con luz favorable en nuestra novela. (Es curioso que, como en las novelas griegas, las reinas y princesas estén tratadas con halagadora cortesía; aunque haya poco lugar en nuestra historia para el amor.)
5) El coloquio de Alejandro con los gimnosofistas es un texto breve de un tipo de literatura sapiencial. Sobre un conocido tópico, el del enfrentamiento entre el poder del rey y la agudeza y la ascética del sabio (recordemos el encuentro de Alejandro con Diógenes el Cínico), se añade una tonalidad oriental en la pintura de estos brahmanes naturistas. Las respuestas de los gimnosofistas difieren algo según los diferentes manuscritos y traducciones, pero el corte general de la escena es el mismo. En el siglo III , en parte debido a influencias cínicas y neopitagóricas, ese tipo de santones gozaba de gran popularidad, y el Pseudo Calístenes ha recogido la escena de alguna obra literaria popular. (Véase nuestra nota ad. loc. )
6) Por último, en contraste con las otras inserciones, la narración sobre los últimos días de Alejandro ofrece datos históricos concretos como un documento antiguo, próximo a la época inmediata a la muerte de Alejandro. Según Merkelbach, que ha hecho un excelente análisis de este texto (o. c., páginas 54 y sigs., y 121-151), procede de un panfleto partidista de la época del enfrentamiento por la sucesión de Alejandro entre Antípatro y Perdicas, es decir, de los años 322-21 a. C. (Para su consideración detallada remitimos al libro de Merkelbach.) Un breve fragmento de este escrito independiente ha aparecido en un papiro del siglo I a. C. (Pap. Vindob. 31954, identificado por M. Segre en 1933). La redacción más completa del mismo está en traducción latina en el llamado Epitome Metzer (Códice del siglo X ).
El autor de la Novela de Alejandro, un anónimo escritor alejandrino (a juzgar por su conocimiento de la topografía y las tradiciones de esa zona de Egipto), a quien apodamos Pseudo Calístenes, elaboró en el siglo III , con todos esos materiales literarios, algunas narraciones populares y cierta fantasía, su pintoresco y variopinto relato. Era un escritor un tanto ignorante y se embarulló con el itinerario geográfico y los datos históricos. Seguramente no le preocupaba demasiado la exactitud respecto a los datos concretos, y se agenció lo mejor que supo para ensamblar el relato histórico con la novela epistolar, con los episodios fabulosos, y para colocar al comienzo la leyenda popular egipcia del nacimiento de Alejandro (que ningún historiador citaba) y concluir con el relato dramático del envenenamiento y el testamento de Alejandro. Nos ha dejado una muestra de su inventiva un tanto ingenua en escenas como la visita de Alejandro, disfrazado de mensajero, a la corte de Darío, con novelesca fuga (II 15-20), en el duelo cuerpo a cuerpo entre Alejandro y Poro (III 4) y el encuentro con Candace en la corte etíope (III 19-24). Intentó subrayar la audacia y la astucia de Alejandro en estos episodios tan personales e inverosímiles. Pero más que en eso, creemos que se esforzó en transmitir esa imagen de Alejandro que se desliza de la historia a la mitología.
«Otros rasgos elevan a Alejandro por encima de las medidas humanas. Ya su exterior revela un influjo demónico-mágico: su apariencia leonina, sus dientes aguzados y los ojos de distinto color, y por otra parte el desacuerdo entre su pequeña estatura y sus cualidades interiores (II 15; III 4). La magia opera en su concepción y su nacimiento; la magia y la astrología lo destinan a ser dueño del universo; su nacimiento y muerte conmueven, con acompañamiento de signos maravillosos, el orbe. Su vida entera está acompañada por oráculos y apariciones de dioses y héroes. Avanza por el Oriente más allá que los dioses Dioniso y Heracles; él es también hijo de un dios (I 30) y será inmortal como fundador y patronímico de la “muy amada” Alejandría (III 24; I 33)» (H. van Thiel, páginas XXXI-XXXII).
Una antigua y conocida anécdota refiere cómo Alejandro deseaba encontrar a un literato que magnificara el recuerdo de sus hazañas, tal como hizo Homero con las de Aquiles. Al cabo de seis siglos vino a encontrar su más exitoso biógrafo en este mediocre autor alejandrino, que compuso, con escasa exactitud histórica y desmañado estilo, la Vida y Hazañas de Alejandro. ¡Qué espléndida ironía!
Y sin embargo, tal vez este tardío prosista acertó al descubrir en Alejandro el paradigma de un héroe mítico, como ya lo había sido en vida para sus propios soldados. Como señala Merkelbach (o. c., página 60): «A la imagen auténtica del Alejandro histórico pertenece también este elemento mítico, y en este sentido las tradicioneş fabulosas de la novela de Alejandro contienen, desde luego, una verdad más profunda que las representaciones pragmáticas de los historiadores.»
Junto a los numerosos estudios modernos sobre la biografía y la proyección histórica de Alejandro, existen algunas novelas históricas, como p. ej., la de M. Druon Alexandre le Grand, o la de M. Renault Fire from Heaven (cuya segunda parte, El muchacho persa, se tradujo y publicó, como un best-seller, en Barcelona, 1976), que tratan de evocar la figura del gran conquistador. El prestigio fascinante de ésta reside en el constante halo mítico, en ese aura misteriosa que el Pseudo Calístenes quiso recoger, a pesar de sus escasas luces. En esta línea merece un primer lugar entre los escritores novelescos. El prestigio mítico de Alejandro subsiste en la reciente evocación fantasmagórica que traza Malraux en el capítulo 2 de La corde et la souris (1976), en unas magníficas líneas en las que se interpreta a Alejandro como el héroe cuyo único antagonista digno fue la Muerte, cuyo único fracaso fue el de no llegar a ser un dios.
La transmisión del texto
La transmisión del texto de la Vida de Alejandro presenta un carácter peculiar. La obra, entendida como literatura de diversión, de estilo poco elevado y autor anónimo, sufrió en su texto correcciones, interpolaciones y abreviaciones sin tasa. Es —junto a la Vita Aesopi estudiada por B. E. Perry— el mejor ejemplo de la transmisión de un texto considerado popular, cuyo destino era muy diferente al de los textos considerados clásicos. Aquí los copistas no sentían obligación ni veneración por la literalidad a un original canónico, sino que modificaban a su gusto el texto para mejorar su sentido o añadían glosas que acababan insertándose en él. Ya C. Müller lo anotaba en el prólogo a su edición: «Nihil impediebat, quominus nostrorum codices exaratores coniungerent scribae munera et auctoris» (o. c., praef, IX a). Y como dice Merkelbach (o. c., pág. 171): «Cada escriba acortaba u omitía lo que le parecía aburrido y añadía lo que le gustaba.»
A esa libertad de los copistas hay que añadir la de los traductores, en una época en que la fidelidad no era el mérito más buscado en una versión, para captar la imposibilidad de reconstruir el texto original.
Los testimonios más próximos a él son los siguientes:
La recensión griega A, la traducción armenia, las latinas de Valerio y Leo, y la siria.
El manuscrito fundamental de la versión A, utilizado por Müller y por Kroll para la base de sus ediciones, está escrito en el siglo XI , y está catalogado como el Parisinus graecus 1711. Presenta algunos pasajes corruptos, y en el libro III (7-16) se encuentra intercalado un opúsculo de Paladio sobre los brahmanes. Es interesante el hecho de que conserva algunos versos coliámbicos, sin duda procedentes del texto original. (Rasgo interesante para mostrar el carácter popular del original, ya que esa mezcla de verso y prosa, o prosimetrum, es típico de cierta literatura novelesca.)
La traducción armenia se remonta al siglo V y está hecha sobre un excelente original griego, emparentado con A.
La versión latina de Julio Valerio Polemio, que fue cónsul en el 338, está hecha con un estilo retórico, a la manera arcaizante de Apuleyo, y es más interesante para averiguar el sentido, que no la letra, de su original. En la Edad Media se difundió más un epítome de la misma versión que el texto completo.
Por el contrario, la versión del arcipreste Leo de Nápoles, compuesta en el siglo X en latín medieval, es bastante literal, aunque su texto presenta numerosas lagunas y corrupciones. La Historia de proeliis, de la que parten la mayoría de las versiones medievales sobre la Novela de Alejandro, es una reelaboración de este texto.
El texto de la redacción siria está muy próximo al utilizado por Leo, aunque el autor sirio ha utilizado para su versión una previa traducción al persa.
La recensión B nos es conocida por manuscritos más recientes que los anteriores. Su redactor, que ha partido de un testimonio antiguo mejor que el de A, ha redactado su copia con notable libertad, y nos ha procurado un texto muy claro en general, prescindiendo de algunos pasajes de su original, bien porque estuvieran corruptos o porque no le interesaban. Así, p. ej., ha prosificado todos los versos coliambos del mismo (atestiguados, en parte, en A). Ha abreviado, evitando una larga serie de detalles concretos y nombres propios, el relato de la fundación de Alejandría y ha suprimido toda la campaña de Alejandro en Grecia (I 45-II 6). Además ha deslavazado el colorido mitológico de algunas escenas (p. ej., en la curiosísima del parto de Alejandro, donde acentúa el aspecto dramático). Probablemente fue redactada en Bizancio, en el siglo V , a lo más tardar, ya que la ha utilizado el traductor armenio.
A su vez esta recensión B se nos presenta con breves añadidos o modificaciones en otras subrecensiones, como la designada como subrecensión E (que añade, en II 24, la visita de Alejandro a Jerusalén), la subrecensión λ (que presenta otros añadidos en el libro III ) y la subrecensión γ , que combina el texto de B y E.
El manuscrito L (Leidensis Vulcanianus 93) procede del siglo XV . Entre sus añadidos al texto de B, el fundamental es el final de la carta sobre las maravillosas aventuras (en II 38-41), la referencia (en I 46) a la conquista de Tebas, y la carta de consolación a Olimpíade. (Una descripción más detallada de las cacaracterísticas de L y de las demás recensiones puede verse en el prólogo de H. van Thiel a su edición.)
El texto de nuestra versión
Nuestra traducción está hecha sobre la versión del manuscrito L (es decir, la recensión B, con breves añadidos), editada por H. van Thiel. Al intentar presentar la Vida de Alejandro en un idioma moderno caben tres posibilidades: A) Intentar reconstruir, a base de los testimonios más antiguos (la recensión A, la traducción latina de Valerio y el texto de la versión armenia), un texto lo más próximo posible al original, como hizo Ausfeld (o. c., págs. 29-122), en una paráfrasis un tanto arriesgada. (La tentativa de reconstruir el texto griego total sería quimérica.) B) Optar por la recensión A, sin ninguna duda la más antigua, y partir del texto editado por W. Kroll, donde el editor ha procurado corregir y suplir muchas de las deficiencias del original con la ayuda de los otros manuscritos y versiones (como hizo E. H. Haight en su trad. inglesa, Nueva York, 1955), o bien C ) preferir la versión mejor conservada y más interesante, aunque no sea la más antigua. Es decir, optar por la recensión B (de la que tenemos dos excelentes ediciones: la de L. Bergson, Upsala, 1965, y la de H. van Thiel, Darmstadt, 1974).
Me parecen muy convenientes las razones que da Van Thiel en favor de esta solución. En la tradición de un texto como el nuestro, difícilmente puede sostenerse que la antigüedad de una versión sea una garantía de su calidad, ya que cada escriba ha preferido una cierta interpretación del mismo. En la comparación de las varias recensiones, resulta a favor de este redactor de la recensión B la claridad de muchos pasajes y la mejor conservación de su texto. (Por otra parte, hay que advertir que algunas de sus correcciones pretenden «modernizar» el texto. Así, p. ej., ha disminuido las citas mitológicas del original, en parte como renuncia a una erudición algo superflua, y en parte para adaptarlo mejor a la concepción cristiana de su época, a la que podía convenir mejor el papel constante que desempeña «la Providencia de lo Alto», un tanto abstracta, que no la mención más concreta de algunos viejos dioses paganos.) Hemos optado, pues, por esta solución.
Por otra parte, hemos querido en nuestra traducción suplir algunas de sus omisiones, recordando en las notas las discrepancias con A que nos han parecido más interesantes. De estas omisiones, la más notoria es la de toda la campaña griega de Alejandro (es decir, el salto desde I 45 a II 6). Sólo en este caso reintroducimos en nuestra traducción el texto de A. Esta larga omisión, a primera vista sorprendente, tiene tal vez su explicación en el poco interés que para el copista y su público tenía el destino de las antiguas ciudades de Grecia. (El redactor de B evitaba así unos párrafos que requerían cierta erudición arqueológica. Por otro lado, esa erudición se acompañaba de ciertos errores, como la anacrónica existencia de Platea, la discusión entre los oradores atenienses, con Demóstenes en el partido promacedonio, o la consideración de Esparta como un pueblo de marinos (!).)
Evidentemente, al redactor bizantino le interesaban más los capítulos novelescos de la trama que las referencias a la historia helénica. Pero estos capítulos, que él se ha saltado, resultan importantes, imprescindibles, para advertir la complejidad de la obra que presentamos y, por eso, los hemos reincorporado en nuestra traducción, aunque advirtiendo su procedencia de A. Pensamos, pues, que su ausencia en B no es involuntaria, sino significativa. (Algunos estudiosos han pensado, por el contrario, que estos capítulos podían ser un añadido ajeno al original. Para la discusión del tema remitimos al libro de Merkelbach.)
Hemos añadido, finalmente, como apéndice, la traducción de la Epistola Alexandri Macedonis ad Aristotelem magistrum suum de itinere suo et situ Indiae, cuyo texto es el editado por Van Thiel en su Appendix I (o. c., págs. 198-232, con algunas notas del comentario en págs. 233-240). Esta epístola latina es la versión más completa de ciertos episodios que la novela griega conserva en forma más abreviada (en III 17). En nuestra recensión B el relato no se presenta en forma de carta; sin embargo, ésta es su forma más antigua, y el paso de la narración en primera persona a la narración impersonal supone una desviación de la forma canónica de esos relatos fantásticos. La epístola latina se conserva en numerosos manuscritos (113, según la lista más reciente, de D. J. A. Ross, Scriptorium 10 [1956], 127 y sigs.), de los cuales los más antiguos son del siglo IX . A riesgo de aburrir al lector con ciertas repeticiones, hemos pensado que valía la pena presentar aquí esta redacción más completa, retóricamente más elaborada, de la archiconocida carta sobre las maravillas de la India, texto que, si bien tuvo una existencia independiente, aporta y recibe del conjunto de la novela un sentido más claro.
Creemos que nuestra traducción al castellano de esta Vida de Alejandro es la primera que se hace en nuestra lengua directamente del original griego. (De las traducciones a otros idiomas tan sólo hemos consultado la alemana de Van Thiel, que nos parece excelente.) En general se trata de un texto hoy poco conocido, y muy poco leído, en contraste con su divulgación en otras épocas y con su influencia histórica en tantas literaturas. Esperamos que esta versión directa contribuya a recordar los méritos de esta obra novelesca, como pionera en la literatura fantástica y como muestra de la literatura popular de finales del mundo antiguo.
Madrid, octubre de 1975.
NOTA BIBLIOGRÁFICA
I. Ediciones y traducciones:
TEXTO GRIEGO : Recensión A: Historia Alexandri Magni, ed. W. KROLL , Berlín, 1926. (Reed. 1958.) Traducción inglesa de E. H. HAIGHT , en The Life of Alexander of Macedon by Pseudo-Callisthenes, Nueva York, 1955.
Recensión B: Der griechische Alexanderroman. Rezension β, ed. L. BERGSON , Upsala, 1965.
Recensión B, Manuscrito L: Edición con traducción alemana, introducción y notas de H. VAN THIEL , Leben und Taten Alexanders von Makedonien, Darmstadt, 1974.
Recensión γ : Edición por separado de los libros I, II y III, por U. VON LAUENSTEIN , H. ENGELMAN y F. PARTHE , en Der griechische Alexanderroman. Rezension γ , Meisenheim, 1962, 1963, 1969.
TEXTO ARMENIO : Traducido de nuevo al griego por R. RAABE , Historía Alexandrou, Leipzig, 1894.
Traducido al inglés por A. M. WOLOHOJIAN , The Romance of Alexander the Great by Pseudo Callisthenes, Nueva York-Londres, 1969.
TEXTO LATINO DE VALERIO , en Iulius Valerius Polemius, ed. por B. KÜBLER , Leipzig, 1888. En su versión abreviada, editado por J. ZACHER , Iulii Valerii Epitome, Halle, 1867.
TEXTO LATINO DE LEO : Der Alexanderroman des Archipresbyters Leo, Heidelberg, 1913, editado por F. PFISTER . Con variantes por D. J . A. ROSS , en «A New Manuscript of Archiprest Leo of Naples», en Classica et Medievalia 20 (1959), 98-158.
La Historia de Proeliis está editada por H.-J. BERGMEISTER , Meisenheim, 1975, y por K. STEFFENS (Rec. J), id., 1975.
TEXTO SIRIO : Traducción inglesa de W. BUDGE , The History of Alexander the Great, Cambridge, 1889.
Traducción alemana de V. RYSSEL , en Archiv f. d. Studium der neueren Sprachen 90 (1893), 83 y sigs.
TEXTO ÁRABE : Edición con traducción castellana e interesante introducción de E. GARCÍA GÓMEZ , Un texto árabe occidental de la leyenda de Alejandro, Madrid, 1929. (Versión de un texto indirecto y muy fragmentario, reelaborado al uso islámico.)
Para la versión etíope, cf. A. WALLIS BUDGE , The Alexander Book in Ethiopia, Oxford, 1933.
TEXTO BIZANTINO versificado: Das byzantinische Alexandergedicht, ed. S. REICHMANN , Meisenheim, 1963.
(Para otros textos, cf. la bibliografía de H. VAN THIEL , en su obra ya citada. El de la Carta a Aristóteles puede verse ahora en M. FELDBUSCH , Der Brief Alexanders an Aristoteles über die Wunder Indiens, Meisenheim, 1976.)
II. Estudios sobre Alejandro en la historia y la leyenda:
A. AUSFELD , Der griechische Alexanderroman, Leipzig, 1907.
M. BRÖCKER , Aristoteles als Alexanders Lehrer in der Legende, Bonn, 1966. (Disertación académica.)
W. DEIMANN , Abfassungszeit und Verfasser des griech. Alexanderromans, Münster, 1914.
P. M. FRASER , Ptolemaic Alexandria, Oxford, 1972 (3 vols.).
G. T. GRIFFITH (ed.), Alexander the Great. The main Problems, Cambridge, 1966.
J. R. HAMILTON , Alexander the Great, Londres, 1973.
W. KROLL , «Kallisthenes», PAULY -WISSOWA , RE, 10, 2, 1919, cols. 1707-1726.
R. MERKELBACH , Die Quellen des griechischen Alexanderromans, Munich, 1954. (Contiene una edición reordenada de las cartas de la novela en págs. 195-219.)
L. PEARSON , The Lost Histories of Alexander the Great, Nueva York-Londres, 1960.
F. PFISTER , Kleine Schriften zum Alexanderroman. (Recopilación de artículos, ed. por R. MERKEIBACH , en prensa.)
D. J. A. ROSS , Alexander Historiatus, Warburg Inst. Surveys 1, 1963.
J. SEIBERT , Alexander der Grosse, Darmstadt, 1972. (Crítica de la bibliografía sobre el Alejandro histórico.)
O. WEINREICH , Der Trug des Nektanebos, Leipzig, 1911.
K. WYSS , Untersuchungen zur Sprache des Alexanderromans von Pseudo-Kallisthenes, Berna, 1942. (Tesis doctoral.)
El vol. colectivo de la Fond. Hardt, Alexandre le Grand. Image et realité (Entretiens sur l’Ant. Class. XXII), Vandoeuvre-Ginebra, 1976, ofrece la más reciente perspectiva crítica sobre el Alejandro histórico.
III. Sobre la influencia del texto en la literatura medieval:
G. CARY , The Medieval Alexander, Cambridge, 1956.
C. GARCÍA GUAL , Primeras novelas europeas, Madrid, 1974, páginas 108 y sigs.
M. R. LIDA , «La leyenda de Alejandro en la literatura medieval» (1962), recogido en su libro La tradición clásica en España, Barcelona, 1975, págs. 165-197.
D. J. A. ROSS , Illustrated Medieval Alexanders-Books in Germany and Netherlands, Cambridge, 1971.
G. VELOUDIS , Der neugriechische Alexander, Munich, 1968.
IV. Sobre su influencia en la literatura castellana puede verse el libro de J. MICHAEL , The Treatment of Classical Material in the Libro de Alexandre, Manchester, 1970. (Con la bibliografía allí citada, especialmente los trabajos de E. ALARCOS LLORACH y R. S. WILLIS , el editor del texto castellano.)
V. Para la relación de la Vida de Alejandro con las novelas griegas, remitimos al libro de C. GARCÍA GUAL Los orígenes de la novela, Madrid, 1972. Para contrastar los datos del Ps. Calístenes con la biografía de Plutarco, puede consultarse el de J. R. HAMILTON , Plutarch, Alexander: A Commentary, Oxford, 1968; y la reciente edición de Plutarque, Vies, t. IX, por R. FLACELIÈRE E. CHAMBRY , en «Les Belles Lettres», París, 1975.
LIBRO I
1. El más extraordinario y más valeroso de los hombres fue, al parecer, Alejandro, rey de los macedonios, que realizó todas sus obras de manera singular y halló siempre la colaboración de la Providencia con sus virtudes. Pues en guerrear y batallar contra cada uno de los pueblos gastó menos tiempo del que necesitarían quienes quisieran describir con exactitud las ciudades de aquellos países. Las hazañas de Alejandro, sus excelencias de cuerpo y de alma, el éxito de sus empresas y su valor ahora contaremos, comenzando por su linaje y por decir quién fue su padre. Que se engañan los muchos que afirman que fue hijo del rey Filipo; pues eso no es verdad. No era hijo de aquél sino de Nectanebo, como dicen los más sabios de los egipcios, quien lo engendró después de haber perdido su dignidad regia 1 .
Este Nectanebo era un experto en el arte mágica, y, valiéndose de ese poder para someter a todos los pueblos por la magia, vivía en paz. Ya que si en alguna ocasión se lanzaba contra él cualquier potencia en son de guerra, no se apresuraba a equipar sus ejércitos, ni a montar sus ingenios bélicos, ni a disponer el armamento, ni a ejercitar a sus oficiales contra las formaciones enemigas, sino que tomaba un lebrillo y practicaba la lecanomancía 2 . Echaba en el lebrillo agua de una fuente y con sus propias manos modelaba con cera barquitos y figurillas humanas y los ponía en el barreño. Él se revestía con una túnica de profeta y conservaba en la mano su báculo de ébano. Y puesto de pie invocaba a los supuestos 3 dioses de los encantamientos, a los espíritus del aire y a las divinidades subterráneas, y a efectos de su conjuro cobraban vida las estatuillas humanas. De modo que entonces sumergía los barquitos en el lebrillo y, al momento de sumergirse éstos, los barcos de los enemigos que le atacaban por mar eran destruidos, gracias a lo muy hábil que era aquel hombre en los poderes mágicos. Así transcurría en paz su reinado.
2. Pero, al pasar cierto tiempo, algunos de los llamados «exploradores» 4 en la denominación de los romanos, y «espías» según los griegos, acudieron a presencia de Nectanebo anunciándole que gran nube de enemigos, una hueste innumerable de guerreros iba a atacar Egipto. Cuando se presentó ante Nectanebo el jefe de su ejército, le dijo:
—¡Salve, rey! ¡Deja ahora a un lado todos tus hábitos pacíficos y disponte a tomar los preparativos de guerra! Porque una gran nube de bárbaros cae sobre nosotros. Pues no nos ataca un único pueblo, sino millares de tropas; que los que nos atacan son los indios, nocimeos, oxidorces, iberos, caucones, lélapes, bósporos, bástranos, azanos, cálibes 5 y todas las demás grandes tribus que se extienden al Oriente. ¡Huestes de guerreros incontables avanzan sobre Egipto! ¡Prescinde de lo demás y preocúpate sólo de ti mismo!
Cuando el jefe del ejército le hubo dicho esto, el rey Nectanebo rióse ampliamente y le contestó:
—Tú dices bien y atiendes de modo adecuado a esa vigilancia a la que fuiste destinado y desempeñas; pero has hablado cobardemente y de manera indigna de un soldado. Porque no depende el poder de la muchedumbre, sino que en la guerra decide el ánimo valeroso. Así un solo león destroza muchos ciervos y un solo lobo despelleja numerosos rebaños de corderos. De modo que tú ponte en camino con las tropas que están bajo tu mando y guarda la posición encomendada. Que con una sola palabra sepultaré en el mar la muchedumbre incontable de los bárbaros.
Y con estas órdenes despidió Nectanebo al general.
3. Levantóse él, penetró en su palacio y, cuando estuvo solo, utilizando de nuevo la misma técnica, examinó la situación en el lebrillo. Allí ve que los dioses de Egipto dirigen el timón de los barcos de los hostiles bárbaros y que sus ejércitos marchan guiados por los mismos dioses. Nectanebo, que era hombre muy experto en la magia y acostumbrado a conversar con sus dioses, enteróse por ellos de que se aproximaban los momentos últimos del reino de Egipto; y, embolsándose encima una gran cantidad de oro, afeitándose la cabeza y la barba y disfrazándose con otra vestimenta, huyó desde el puerto de Pelusio 6 . Zarpó de allí para arribar a Pela de Macedonia. Allí se estableció, dedicándose en aquel lugar a la astrología como profeta egipcio.
Entretanto, los egipcios interrogaban a sus supuestos dioses qué le había sucedido al rey de Egipto. Andaba entonces todo Egipto devastado por los bárbaros.
El que llamaban su dios en el santuario del Serapeo les dio el oráculo con estas palabras:
—Ese rey que ha huido regresará de nuevo a Egipto no más viejo, sino rejuvenecido, y someterá a nuestros enemigos los persas 7 .
Entonces se preguntaban entre sí qué significado tenía la respuesta que les había dado, y, como no lo encontraran, escriben el oráculo emitido en la base de la estatua de Nectanebo.
4. Tras su llegada a Macedonia, Nectanebo se hizo famoso entre todos. Vaticinaba con tanta exactitud que incluso la reina Olimpíade, al oír de su fama, acudió una noche a consultarle, mientras Filipo, su esposo, se encontraba lejos de su país en una campaña guerrera. Y se enteró de lo que deseaba y se retiró. Después de unos pocos días lo envió a buscar con órdenes de presentarse ante ella. Cuando Nectanebo vio todo lo hermosa que era, se apasionó por su belleza y, extendiendo el brazo, la saludó:
—¡Salud, reina de los macedonios!
Ella contestó:
—¡Salud tú también, excelentísimo profeta! Acércate y siéntate.
Y añadió:
—Tú eres el maestro egipcio en quien todos los consultantes han encontrado la verdad entera. También yo he depositado en ti mi confianza. ¿Qué clase de adivinación practicas para revelar la verdad?
Él contestó:
—La profesión del arte adivinatoria está dividida en muchas especialidades, soberana. Hay observadores de horóscopos, augures, intérpretes de sueños, ventrílocuos-adivinos, escrutadores de copos de lana, astrólogos y los llamados magos 8 . A todos ésos abarca el dominio de la magia.
Después de decir esto clavó su mirada fijamente en Olimpíade.
Preguntóle la reina:
—¿Profeta, es que te has helado al verme?
Él le contestó:
—Sí, señora. Es que acabo de acordarme de un oráculo que me dieron mis propios dioses de que «¡Has de profetizar para una reina!» y, mira, resultó verdad. De modo que ahora dime lo que quieres.
Y metiéndose la mano en un pliegue de su ropaje sacó una tablilla, que no puede describir el lenguaje, hecha de oro y de marfil, en la que figuraban los siete astros y el horóscopo. El sol era de cristal, la luna de diamante, el llamado Zeus de pumita, Ares de hematites, Cronos de ofita, Afrodita de zafiro, Hermes de esmeralda y el horóscopo de mármol blanco 9 . Admirada Olimpíade de la suntuosidad de la tablilla, se sienta junto a Nectanebo y, después de ordenar a los demás que se aparten, le dice:
—¡Profeta, revélame a mí y a Filipo nuestro sino!
Se había difundido entonces el rumor en torno a ella de que «si Filipo regresa de la guerra, despedirá a su mujer y desposará a otra».
Nectanebo le dijo:
—Indícame tu estrella e indícame también la de Filipo.
¿Y qué más hizo entonces Nectanebo? Sitúa también su propia estrella natal frente a la de Olimpíade, y haciendo su vaticinio, le dijo:
—No es falso el rumor que has oído acerca de ti. Pero puedo ayudarte en mi condición de profeta egipcio para que no seas rechazada por Filipo.
Dijo ella:
—¿Cómo puedes?
Él contestó:
—Es preciso que te unas a un dios morador de la tierra y que de éste concibas y des a luz un hijo, y que lo críes, y tendrás en él un vengador de los ultrajes que te haga Filipo.
Entonces le dice Olimpíade:
—¿A qué dios?
Respondió Nectanebo:
—A Amón, de Libia 10 .
Y le preguntó Olimpíade:
—¿Y qué aspecto tiene el dios ese?
Contestó él:
—Es de mediana edad, con cabellera y barba doradas, con cuernos crecidos en la frente, y éstos son semejantes al oro. Así que es preciso que te dispongas como una reina en su honor. Pero hoy en sueños verás al dios ese acudir a ti.
Le dice ella:
—Si veo tal sueño, me postraré ante ti, no como un mago, sino como ante un dios.
5. Luego se despide de la reina Nectanebo y recoge unas plantas de un lugar solitario, de las que conocía por su aplicación a la producción de sueños. Y después de exprimirles el jugo, modeló una figurilla femenina de cera y le inscribió encima el nombre de Olimpíade. Luego encendió unas lamparillas, y, mientras derramaba sobre ellas el jugo de las plantas, invocaba con conjuros a los dioses dedicados a tal oficio, para que Olimpíade recibiera la aparición. Y en aquella noche ella contempla al dios Amón que la tiene abrazada y que, al ponerse en pie para retirarse, le dice:
—Mujer, en tu vientre guardas un hijo varón que ha de ser tu vengador.
6. Al despertar Olimpíade quedóse admirada de su sueño y, enviando en seguida por él, mandó venir a Nectanebo. Y le dice:
—Vi el sueño y al dios Amón que me predijiste. Ahora te ruego, profeta, que de nuevo venga a unirse conmigo; y cuídate tú de cuándo ha de acudir a mí para que yo me muestre mejor preparada a recibir a mi reciente esposo.
Contestó el adivino:
—Esta primera vez, señora, fue un sueño lo que viste. Cuando el dios en persona se te presente, tendrá trato real contigo. Pero si se digna vuestra alteza dadme una cámara donde yo duerma cerca para que lo congracie en favor tuyo.
Ella dijo:
—De acuerdo; recibirás una cámara junto a mi dormitorio. Y si quedo embarazada de este dios, te honraré magníficamente, como reina, y te trataré como si fueras el padre de la criatura.
Le contesta Nectanebo:
—Para que tú lo sepas, señora, antes de presentarse el dios te dará el signo siguiente: Cuando, sentada al anochecer en tu dormitorio, veas una serpiente deslizarse hacia ti, ordena a todos que salgan. Y no apagues las luces de las lamparillas que yo te doy ahora y que he preparado para arder en honor del dios según mi ciencia; sino échate sobre tu lecho regio dispuesta a recibir al dios. Cúbrete el rostro y observa sólo a través del velo al dios que ya viste en sueños acudir a ti.
Después de decir esto, Nectanebo se retira. A la mañana siguiente, Olimpíade le da una cámara inmediata a su dormitorio.
7. Nectanebo se revistió un vellocino muy suave de carnero junto con los cuernos de este animal sobre las sienes, éstos como si fueran de oro, y un cetro de ébano, una túnica blanca y un manto reluciente de color de serpiente 11 . Y penetró así en el dormitorio, donde estaba echada sobre el lecho Olimpíade. Ella le miraba de reojo. Y le ve avanzar sin temor; pues le parecía haberlo visto ya en su sueño. Las lamparillas ardían y Olimpíade cubrióse el rostro. Nectanebo deja a un lado el cetro y sube a la cama y se une a ella. Luego le dice:
—Queda segura, mujer. En tu vientre guardas un hijo varón que ha de ser tu vengador, y rey, emperador de todo el universo habitado.
Y salió Nectanebo del dormitorio recogiendo su cetro. Luego esconde todo lo que había utilizado para su treta.
A la mañana siguiente se despierta Olimpíade y se va a la cámara donde estaba Nectanebo y le saca del sueño. Levantóse él y dijo:
—¡Salve, reina! ¿Qué me anuncias de nuevo?
Contesta ella:
—Me sorprende el que desconozcas, profeta, lo sucedido. ¿Es que de nuevo ese dios acudirá a mi lado? Porque lo tuve conmigo muy a gusto.
Respondióle Nectanebo:
—Escúchame, reina. Yo soy profeta de ese dios. Así que, cuando quieras, déjame disponer de este lugar para dormir en él sin ser molestado, para que haga el encantamiento de rigor, y él acudirá a ti.
Contestó la reina:
—Conserva el lugar desde ahora.
Y ordenó que le entregaran la llave de la cámara. Nectanebo depositó en un escondrijo los trastos del disfraz, y se presentaba a la reina todas las veces que Olimpíade se lo pedía, fingiendo ante ella que era el dios Amón.
Día a día aumentaba la hinchazón del vientre de la reina, y le dice Olimpíade a Nectanebo:
—Cuando Filipo regrese y me encuentre preñada, ¿qué voy a decirle?
Nectanebo le contesta:
—No sientas temor, señora. Pues entonces ya te socorrerá el dios Amón, presentándose a Filipo en sueños y notificándole lo sucedido, de modo que tú quedes irreprochable ante Filipo.
Así engañaba a Olimpíade Nectanebo con ayuda de su arte mágica.
8. Luego atrapó Nectanebo un halcón marino y lo hechizó y le inculcó con sus artilugios de magia todo lo que quería que dijera en sueños a Filipo, adoctrinándolo para ello.
El halcón marino, enviado por Nectanebo, llegó por la noche adonde se encontraba Filipo, y le habló en medio de su sueño. Filipo, que vio que el halcón le hablaba, al despertar del sueño quedóse sumido en la mayor agitación. De modo que al punto envió a buscar y traer a un intérprete de sueños babilonio, que era muy famoso. Luego le cuenta el presagio con estas palabras:
—Vi en un sueño que un dios muy hermoso, de cabellera y barba canosa, que tenía cuernos en las sienes, que parecían de oro ambos, y en la mano sostenía un cetro, se deslizaba por la noche hasta mi esposa. Se echaba a su lado y se unía con ella. Y al levantarse le dijo: «Mujer, has concebido un hijo varón, que te liberará y vengará la muerte de su padre.» Parecióme que yo le envolvía el vientre con una hoja de papiro, la cosía y que la sellaba con mi sello. El anillo era de oro, con una piedra, y en la piedra había grabado un emblema, con el sol y una cabeza de león y una pequeña lanza. Mientras tenía esta visión me pareció que un halcón planeaba sobre mí, el cual con sus alas me hizo despertar del sueño. ¿Qué significa esto para mí? 12 .
Le dice entonces el intérprete de sueños:
—¡Salve, rey Filipo! Verdad es lo que viste en tu sueño. El sellar el vientre de tu mujer es una garantía de su fidelidad hacia ti, y de que tu esposa ha con cebido. Nadie sella un recipiente vacío, sino lleno. Acerca de por qué tú la envolviste en una hoja de papiro, verás. En ningún lugar se produce el papiro a no ser en Egipto. Por tanto, la simiente es egipcia, y no vulgar, sino ilustre y famosa, por el anillo de oro. ¿Qué hay, pues, más famoso que el oro, al que incluso los mismos dioses rinden adoración? En cuanto al sello que tenía el sol y bajo él una cabeza de león y una pequeña lanza, significa que el niño que va a nacer alcanzará pronto hasta la salida del sol, guerreando como un león y dejará sometidas a su lanza a las ciudades, por la lanza allí dibujada. En cuanto a que tú has visto a un dios con cuernos de carnero y con cabellera canosa, ése es el dios de Libia, Amón.
Cuando el intérprete de sueños se lo hubo descifrado así, no le agradó a Filipo lo que había escuchado.
9. Se angustiaba por entonces Olimpíade, que no tenía confianza en lo que, según Nectanebo, había experimentado Filipo. Pero cuando regresó Filipo de la guerra vio que su mujer se hallaba confusa, y le dice:
—Mujer, ¿por qué estás tan azorada por lo pasado? Ajena fue la falta, según se me ha mostrado claramente en sueños, para que tú quedes sin reproche. Pues contra todos tenemos poder los reyes, pero no podemos nada contra los dioses. Que no has amado a uno cualquiera de la plebe, sino a uno de los seres más divinos.
Al decir tales palabras Filipo devolvió el buen humor a Olimpíade. La reina estaba llena de agradecimiento hacia el profeta que le había anunciado de antemano lo sucedido a Filipo.
10. Pero, algunos días después, en un encuentro con Olimpíade, le dice Filipo:
—¡Me engañaste, mujer, y no has concebido por obra de un dios, sino de algún otro! ¡Ya caerá en mis manos!
Y esto lo oyó Nectanebo.
Se celebraba un gran banquete en el palacio; todos se regocijaban en el festín en honor del rey Filipo y su victoriosa expedición, mientras el rey Filipo era el único allí apesadumbrado por lo del embarazo de su esposa Olimpíade. Ante toda la concurrencia, Nectanebo, que se había transformado en una serpiente mucho mayor que la anterior, penetró en medio de la sala del triclinio y dio un tremendo silbido, que estremeció hasta los cimientos del palacio. Los demás comensales, al ver la serpiente, dieron un brinco dominados por el terror, pero Olimpíade reconoció a su nuevo esposo y le tendió su mano derecha. Y la serpiente se irguió y depositó en ella su cabeza, se enroscó y se puso sobre las rodillas de la reina, al tiempo que sacaba su bífida lengua y le daba un beso, ofreciendo ante todos los espectadores un testimonio de su amor. Mientras Filipo, que se debatía entre los escrúpulos y el asombro, le prestaba una insaciable atención, la serpiente se transformó en un águila, y sería imposible decir hacia dónde desapareció.
Cuando Filipo se repuso del susto, dijo:
—Mujer, he visto una prueba de que, en la disputa de tu caso, el dios acude a prestarte socorro en el peligro. Qué dios, no lo sé. Porque su figura me pareció propia de Amón, o de Apolo o Asclepio.
Olimpíade le replicó:
—Según me reveló él mismo cuando se me presentó, es el dios de toda Libia, Amón.
A la vista de esto, Filipo se felicitaba de que el nacido de su mujer sería llamado hijo de un dios.
11. Algunos días más tarde, estando Filipo en uno de los jardines reales, donde bandadas de aves diferentes venían a alimentarse, de pronto revoloteó un pájaro hasta su regazo y puso en él un huevo. Éste se deslizó rodando y al caer en tierra desde sus ropas se quebró. De él surgió una pequeña serpiente, que dio la vuelta alrededor de la cáscara del huevo y luego intentaba volver a entrar por donde había salido. Y al meter dentro la cabeza murió.
El rey Filipo, lleno de confusión, mandó buscar a un intérprete, y le relató lo sucedido. Y éste, inspirado por un dios, le explicó:
—Rey, tendrás un hijo que ha de dar la vuelta al universo entero sometiendo a todos a su propio poder, pero al regresar a su reino, al cabo de pocos años, perecerá. El ofidio es un animal regio, y es una imagen del universo el huevo, de donde había surgido la serpiente. Ya ves que, después de dar la vuelta al universo y queriendo regresar allí de donde había salido, murió antes de lograrlo 13 .
De tal modo el adivino aclaró el presagio y se retiró bien pagado por el rey Filipo.
12. Y al cumplirse el tiempo del embarazo de Olimpíade, la reina se colocó sobre la silla de partos con sus dolores.
Pero Nectanebo, que se hallaba a su lado, después de medir los cursos de los astros celestes, la mentalizaba para que no apresurara el momento del parto, y mientras barajaba los elementos cósmicos con ayuda de sus poderes mágicos, la instruía sobre las contingencias con estas palabras:
—¡Mujer, contente y domina las contingencias de la naturaleza! ¡Si ahora das a luz, producirás un esclavo, cautivo de guerra, o un tremendo monstruo!
De nuevo la mujer era asaltada por los dolores y ya no podía contenerse a causa de los muchísimos sufrimientos, pero Nectanebo le dijo:
—¡Domínate un poco más, mujer! Porque si das a luz ahora, el que nazca será un eunuco infeliz.
A la vez que le daba sus exhortaciones y consejos al caso, le enseñaba Nectanebo a Olimpíade a contener con las manos encima las puertas naturales de la vida. Y él, con la ayuda de su propia magia, detuvo el parto de la mujer.
Cuando de nuevo escrutó los cursos celestes de los elementos cósmicos, advirtió que el cosmos entero alcanzaba su plenitud y observó un resplandor en el cielo, como si el sol cruzara el cenit. Entonces dijo a Olimpíade:
—¡Da ahora el chillido de parto!
Le dio un signo de asentimiento y le confirmó:
—¡En seguida darás a luz un rey que será emperador del universo!
Olimpíade, con un grito más fuerte que el mugido de una vaca, dio a luz un hijo varón, con feliz fortuna.
Al caer el niño al suelo hubo un acordado retumbar de truenos y relampaguear de rayos capaces de agitar el universo entero 14 .
13. A la mañana siguiente, cuando Filipo vio al niño nacido de Olimpíade, dijo:
—No quería darle crianza porque no es de mi estirpe; pero ya que veo que es de simiente divina y que su alumbramiento está señalado por prodigios cósmicos, ordenaré que se le críe en memoria de mi hijo muerto, el que tuve de mi anterior esposa, y que se llame Alejandro 15 .
Después de pronunciar tales palabras, Filipo aceptó al niño con todos los cuidados. Y en toda Macedonia y en Pela y en Tracia la gente portó coronas en son de fiesta.
Para no alargar demasiado el relato sobre la infancia de Alejandro, diremos que dejó atrás la niñez y progresaba en edad. Al hacerse hombre no tenía Alejandro un aspecto parecido a Filipo ni a su madre Olimpíade ni a su verdadero progenitor, sino que estaba configurado con un tipo peculiar. La figura tenía de hombre y la cabellera de león; los ojos, de distinto color: el derecho, de tonos oscuros, y el izquierdo, glauco; los dientes, aguzados, como de serpiente, y en su marcha se reflejaba el coraje de un león. (Evidenciaba en su apariencia natural cómo había de revelarse luego) 16 .
El crecer en años se ejercitaba en diversas enseñanzas. Su nodriza fue Lécana, la hermana de Melante; su pedagogo y tutor infantil, Cleónidas; su maestro de gramática, Polinices; el de música, Leucipo el Limneo; el de geometría, Melemno el Peloponesio; el de retórica, Anaxímenes, hijo de Aristóteles de Lámpsaco, y el de filosofía, Aristóteles, hijo de Nicómaco de Estagira 17 .
Después de cursar una educación completa y de estudiar astronomía 18 , en las vacaciones de los estudios enseñaba a sus condiscípulos por su cuenta y los reunía a todos para prácticas de guerra. Les hacía trabar combate, y cuando veía que uno de los dos grupos contendientes era derrotado por el otro, acudía en ayuda del vencido y de nuevo le hacía vencer, de modo que dejaba claro y manifiesto que él llevaba consigo la victoria. Así se educaba Alejandro.
En uno de aquellos días, los palafreneros de las caballerizas reales llevaron a Filipo un gran potro lleno de vigor y se lo presentaron al rey diciendo:
—Soberano rey, hemos encontrado este caballo, nacido en los establos reales, que por su bella estampa aventaja al propio Pegaso. Te lo traemos a ti, señor.
Al contemplar su estatura y su arrogancia quedó Filipo admirado. Pero el caballo estaba retenido con fuerza por todos los criados, y le explicaron los caballerizos:
—¡Soberano rey, se alimenta de carne humana! 19 .
Contestó el rey Filipo:
—En verdad se cumple en eso el proverbio de los griegos de que: «cerca del bien está naturalmente el mal». Pero ya que habéis conseguido traérmelo, lo aceptaré.
Luego dio órdenes a sus servidores de construirle una jaula de hierro y encerrarlo en ella sin freno.
—¡Y a los rebeldes contra mi reinado y sentenciados por ello y a los que hayan sido condenados por desobedecer la ley o por bandidaje, echádselos!
Y así se hizo como mandó el rey.
14. Alejandro avanzaba en edad, y cuando tuvo doce años 20 se presentó en compañía de su padre en los ejercicios tácticos de sus tropas. Y se armaba y marchaba con las tropas y montaba sobre los caballos, de tal modo que Filipo al verle dijo:
—¡Hijo, Alejandro, siento estima por tu modo de comportarte y por tu nobleza, pero no por tu aspecto, que no se parece al mío!
Todo eso resultaba penoso para Olimpíade. Así que llama a Nectanebo a su presencia y le dice:
—Investiga qué planea Filipo sobre mí.
Y éste, consultando su tablilla y las estrellas, se pone a investigar acerca del futuro de la reina, mientras Alejandro estaba junto a ellos. Y Alejandro le dice:
—Padre 21 , no aparecen en el cielo esos astros que tú ahora nombras.
—¡Desde luego que sí, hijo! —dijo Nectanebo.
Y contesta Alejadro:
—No soy capaz de verlos.
Y él replicó:
—Sí, hijo, serás capaz cuando se haga de noche.
Y por la noche toma Nectanebo de la mano a Alejandro y le conduce fuera de la ciudad a un terreno solitario, y, levantando la mirada al cielo, le iba indicando a Alejandro las estrellas del cielo. Pero Alejandro, que le agarraba de la mano, le lleva hasta un hoyo y allí le suelta. Al caer, Nectanebo se dio un golpe terrible en la nuca, y le dijo:
—¡Ay de mí! ¿Hijo Alejandro, qué te decidió a hacer esto?
Contestó Alejandro:
—¡Repróchatelo a ti mismo, sabio teórico!
Preguntó él:
—¿Por qué, hijo?
Dice Alejandro:
—Porque sin saber lo que hay en la tierra, investigas lo del cielo.
Le dice Nectanebo:
—Hijo, el accidente me ha causado una tremenda herida. Desde luego no es posible a ninguno de los mortales cambiar su destino.
Alejandro dijo:
—¿Por qué lo dices?
Le explica Nectanebo:
—Porque pronostiqué mi destino, que había de ser muerto por mi propio hijo. Y no he escapado al hado, sino que he muerto por tu causa.
Contestó Alejandro:
—Pero yo no soy hijo tuyo.
Entonces le contó Nectanebo su reinado en Egipto, su fuga del país, el viaje a Pela y la presentación de Olimpíade y la consulta de ésta, y cómo luego se introdujo hasta ella disfrazado como dios Amón, y cómo se unió con la reina. Tras estas palabras exhaló su espíritu.
Alejandro, después de oír el relato, quedó convencido de haber matado a su padre y muy afligido. Con que, temeroso de que en el pozo fuera pasto de los animales salvajes, no lo dejó allí.
Era, pues, de noche y solitario el lugar. Lleno de amor por el que lo había engendrado, lo envolvió en su manto y se lo coloca sobre los hombros de modo digno y lo lleva hasta la presencia de su madre, Olimpíade. Al verlo, ella le preguntó:
—¿Qué pasa, hijo?
Contestó él:
—Como nuevo Eneas traigo sobre mis hombros a Anquises 22 .
Y le contó a ella con todo detalle lo que había escuchado de Nectanebo. En medio de su asombro, Olimpíade se dio cuenta de cómo, engañada por los artilugios de la magia del mago, había cometido adulterio. Pero, por el afecto que le tenía, hizo que le enterraran con todo honor como padre de Alejandro que era. Mandó construirle una tumba y depositarlo allí. Es un estupendo milagro 23 de la providencia que Nectanebo, siendo egipcio, recibiera honras fúnebres en Macedonia en una tumba griega, mientras que Alejandro, que era macedonio, había de recibir honras fúnebres en una tumba egipcia.
15. Al regresar Filipo de un viaje se desvió hasta Delfos para preguntar al oráculo quién reinaría después de él. La pitonisa de Delfos, probando el agua de la fuente Castalia en su oráculo subterráneo, le dijo de este modo:
—Filipo, será rey de todo el mundo habitado y someterá a todos por la lanza aquel que monte el caballo Bucéfalo y sobre su lomo cruce a través de Pela.
El caballo recibió el nombre de Bucéfalo porque tenía en su grupa la marca de una cabeza de toro 24 . Y Filipo, después de haber oído al oráculo, quedó a la espera de un nuevo Heracles.
16. Alejandro trató a Aristóteles como a su maestro único. Como tenía muchos otros jóvenes Aristóteles como discípulos para su educación, que también eran hijos de reyes a su cuidado, le preguntó en una ocasión a uno de ellos:
—Si heredaras el reino de tu padre, ¿qué me regalarías a mí, tu maestro?
Contestó éste:
—Serás a mi lado un compañero de mesa con la mayor dignidad y te haré ilustre ante todos.
Preguntóle a otro:
—Y si tú, hijo mío, recibes el reino de tu padre, ¿cómo vas a tratarme por ser tu maestro?
Contestó él:
—Te haré mi ministro y te elevaré a consejero de todo lo que yo resuelva.
Dijo a Alejandro luego:
—Y si tú, joven Alejandro, recibes el reino de tu padre Filipo, ¿cómo me tratarás a mí, tu maestro?
Alejandro contestó:
—¿Sobre los hechos del futuro me preguntas ahora, cuando no estás seguro del día de mañana? Entonces te daré la respuesta, cuando llegue la ocasión y el momento oportuno.
Y le contestó Aristóteles:
—¡Vivas enhorabuena, Alejandro, emperador del universo! ¡Pues tú serás un gran rey!
Por todos era bien apreciado Alejandro como dotado de inteligencia y dispuesto para la guerra, pero por parte de Filipo se mantenía un ambiguo recelo. El caso es que se alegraba al ver el espíritu valeroso del muchacho, pero le amargaba ver que no se le parecía de aspecto.
17. Alejandro llegó a los quince años. Y uno de aquellos días sucedióle que paseaba cerca del lugar donde se hallaba Bucéfalo enjaulado, y oyó su terrible relincho. Y dirigióse a sus servidores y les preguntó:
—¿Qué es ese relincho del caballo?
Le respondió el general Tolomeo así:
—Soberano, ése es el caballo Bucéfalo, al que tu padre enjauló porque es antropófago.
El caballo, que oyó la voz de Alejandro, relinchó por segunda vez, no como siempre, de modo terrible, sino suave y claramente, como impulsado por la divinidad. Entonces, al acercarse Alejandro a la jaula, el caballo tendió hacia él sus patas delanteras y le sacaba la lengua como si quisiera mostrarle que era su auténtico dueño. Alejandro observó la admirable estampa del caballo y los restos de muchos hombres condenados a muerte esparcidos a su alrededor, y, dejando que se resguardaran sus guardianes, ordenó abrir la jaula. Apoyándose en su lomo, saltó sobre él sin riendas, y lo guiaba a través de la ciudad de Pela 25 .
Uno de los caballerizos salió corriendo a anunciar el hecho al rey Filipo, que se encontraba fuera de la ciudad. Y Filipo rememoróse del oráculo y salió en seguida al encuentro de Alejandro y le abrazó diciendo:
—¡Salve, Alejandro, emperador del universo!
Y desde entonces estaba contento Filipo, con plena esperanza en su hijo.
18. Con que, en uno de aquellos días, encontró Alejandro a su padre en buen momento y le dijo al darle el beso de saludo:
—Padre, te ruego que me permitas navegar hasta Pisa para el certamen de los juegos olímpicos, porque quiero competir en ellos 26 .
Filipo le contestó:
—¿Y en qué deporte te has ejercitado y deseas participar?
Alejandro dijo:
—Quiero hacerlo en la carrera de carros.
Dice Filipo:
—Hijo, ahora yo te procuraré caballos dispuestos de mis establos. Éstos te prestarán buen servicio; pero, tú, hijo, entrénate con el mejor cuidado. Que la competición es famosa.
Alejandro contestó:
—Padre, tú permíteme ir a la competición. Pues tengo mis propios caballos que yo he criado desde mi infancia.
Filipo besó a Alejandro y, lleno de admiración por su coraje, le dijo:
—Hijo, tú lo quieres. ¡Marcha con buen ánimo!
Dirigiéndose hacia el puerto, Alejandro ordenó que construyeran una nueva nave y que en ella embarcaran a sus caballos junto con los carros. Marchó en compañía de su amigo Hefestión, y al final del viaje se presentó en Pisa. Al arribar, después de recibir muchos regalos de hospitalidad, ordenó a los esclavos que se ocuparan de cuidar los caballos, mientras él, en compañía de su amigo Hefestión, salía a dar un paseo.
Allí se encontró con Nicolao, hijo de Andreas, el rey de los acarnanios, ensoberbecido por la riqueza y la fortuna, dos divinidades inestables, y confiado en su fuerza corporal. Acercóse a Alejandro y le saludó con las palabras:
—¡Hola, muchacho!
Él le contestó:
—¡Hola también tú, quienquiera que seas y de dondequiera que procedas!
Nicolao contestó a Alejandro:
—¡Yo soy Nicolao, hijo del rey de las acarnanios!
Alejandro le replicó:
—No te jactes tanto, rey Nicolao, ni te envanezcas como si estuvieras seguro de vivir mañana. Porque la fortuna no se mantiene estable en ningún sitio, y un revés puede abatir a los soberbios.
Nicolao le dijo:
—Hablas razonablemente, pero no lo pienses. ¿A qué has venido acá, como espectador o como participante? Ya me he enterado de que eres hijo de Filipo el macedonio.
Contestó Alejandro:
—Estoy aquí para competir contigo en la carrera de caballos, aunque soy pequeño por la edad.
Nicolao dijo:
—Mejor habrías venido como luchador de palestra, del pancracio o del boxeo.
Alejandro dijo:
—Quiero hacer correr mi carro.
Hirviendo de cólera Nicolao, y lleno de desprecio hacia Alejandro, porque veía lo joven de su edad y no conocía el temple de su alma, le escupió mientras decía:
—¡Que te vaya mal! ¡Mirad hasta quién se ha rebajado el estadio de Pisa!
Alejandro, enseñado por la naturaleza a dominarse, se enjugó con la mano el escupitajo ultrajante y luego, dirigiéndole una sonrisa mortal, dijo:
—¡Nicolao, dentro de poco te venceré 27 , e incluso a tu patria de Acarnania subyugaré bajo mi lanza!
Y se apartaron uno de otro enemistados.
19. Unos pocos días después tuvo lugar la celebración del concurso. Y a la carrera de carros acudieron nueve participantes, de los que cuatro eran hijos de reyes: aquel Nicolao de Acarnania, Jantias de Beocia, Cimón de Corinto y Alejandro de Macedonia; los demás eran hijos de sátrapas y de generales. Se dispusieron todos los requisitos del certamen y trajeron la urna y se hizo el sorteo de los puestos.
Le tocó ser el primero a Nicolao, segundo a Jantias, tercero a Cimón, cuarto a Clitómaco, quinto a Aristipo de Olinto, sexto a Pierio el Focense, séptimo a Cimón de Lindos, octavo a Alejandro de Macedonia y noveno a Critómaco el Locrio. Se colocaron luego en la línea de salida. Tarareó la corneta el toque de partida. Se abrieron las cancelas de las celdas y partieron todos echándose a un raudo galope. ¡Primera vuelta, y segunda, y tercera, y cuarta!
Alejandro iba el cuarto en la carrera, y detrás de él estaba Nicolao, que no ansiaba tanto el vencer como el aniquilar a Alejandro. Porque su padre había sido muerto en la guerra por Filipo. Al darse cuenta de esto el sagaz Alejandro, cuando los que iban delante cayeron al chocar unos con otros, dejó que Nicolao le pasara. Y Nicolao, sin advertir la trampa, se adelantó con la esperanza de recibir la corona. Entonces marchaba el primero, pero después de dos vueltas Alejandro ataca a todo galope de sus caballos y, al adelantarle, engancha con su eje la trasera del carro de Nicolao, y vuelca todo el carro junto con su auriga, y así perece Nicolao. Entonces queda Alejandro totalmente solo. Bien se aplica al caído el refrán que dice: «Quien a otro males amaña, a sí mismo se los prepara» 28 .
Luego recibe Alejandro la corona y avanza coronado con el acebuche de la victoria hasta el templo de Zeus Olímpico. Así le habló el sacerdote adivino de Zeus:
—Alejandro, Zeus Olímpico te predice esto: ¡Conserva tu ánimo! Como has vencido a Nicolao, así vencerás a muchos en las guerras.
20. Después de recibir esta predicción, Alejandro, al regresar victorioso a Macedonia, se encuentra con que su madre Olimpíade había sido repudiada por el rey Filipo, y que Filipo desposaba a una hermana de Lisias 29 , Cleopatra de nombre. En el mismo día en que se celebraban las bodas de Filipo, entró Alejandro con su corona de victoria en la sala del banquete y le increpa al rey Filipo:
—Padre, acepta la corona de victoria obtenida con mis primeros esfuerzos. Y cuando yo entregue a mi madre Olimpíade a otro rey en matrimonio, ya te invitaré a la boda.
Y después de estas palabras se reclinó enfrente de su padre, en son de burla, mientras Filipo se reconcomía de lo dicho por Alejandro.
21. Lisias, que estaba tendido a su lado, dijo a Filipo:
—Rey Filipo, soberano de todo el país, ahora vamos a celebrar tu boda con la virtuosa Cleopatra, de la que engendrarás hijos legítimos y no nacidos de adúltera, que sean semejantes a ti en su rostro.
Al oírle, Alejandro se enfurece contra Lisias y con la copa que tenía a mano arremetió contra él; y le da en la sien y lo deja exánime. Filipo, que vio lo sucedido, se alza empuñando su espada, dirigiéndose lleno de furia contra Alejandro, y cae al tropezar con la pata de su lecho de comensal.
Alejandro, al verlo, dijo a Filipo:
—Tú, que pretendes apoderarte de Asia entera y revolucionar a Europa desde sus cimientos, no has tenido buen tino para dar siquiera un paso.
Al tiempo que lo decía, Alejandro arrebatóle la espada a su padre Filipo, y dejó casi muertos de espanto a los invitados. Ya podía verse representada allí la famosa pintura de los Centauros. De los asistentes, unos escapaban arrastrándose bajo los lechos, otros utilizaban las mesas como escudos, otros se retiraban a los rincones oscuros, de modo que en la escena parecía Alejandro un nuevo Ulises, que fuera a aniquilar a los pretendientes de Penélope 30 .
Así que Alejandro abandona la sala e introduce a su madre Olimpíade en el palacio, después de hacer de vengador de su matrimonio. En cuanto a la hermana de Lisias, la convirtió en una fugitiva. Los guardias de su corte recogieron al rey Filipo y lo acostaron sobre su lecho, ya que se sentía en las últimas.
22. Diez días más tarde acude Alejandro a la cámara de Filipo, y sentándose a su lado le dice:
—Rey Filipo, te llamaré con este nombre, no sea que tengas a disgusto que te trate de padre; he venido a verte no como hijo, sino como amigo tuyo, que ha presenciado las injusticias que cometiste contra tu mujer.
Le contesta Filipo:
—Obraste mal, Alejandro, al matar a Lisias por las palabras inconvenientes que dijo.
Dijo Alejandro:
—¿Es que tú hiciste bien al levantarte espada en mano contra tu hijo, queriendo matarme, porque pretendías desposar a otra mujer, cuando en nada fuiste ofendido por tu anterior esposa Olimpíade? Levántate, pues, y vuelve en ti, ahora ya sé que te traiciona tu cuerpo, y demos al olvido los errores cometidos. También yo ahora voy a llamar a mi madre Olimpíade para que haga las paces contigo. Se dejará convencer por su hijo, aunque no quieras tú ser llamado mi padre.
Después de decirle esto, Alejandro se retira y va al encuentro de su madre y le dice:
—Madre, no te irrites por los actos de tu esposo. Él desconoce la falta que cometiste, pero yo soy la prueba de un desliz tuyo, por ser hijo de un padre egipcio. De modo que ahora ve y anímale a reconciliarse contigo. Pues es conveniente que la mujer se someta a su marido.
Y condujo a su madre junto al rey Filipo, su padre, y le dijo:
—¡Padre, vuélvete a tu mujer! Ahora te llamaré padre, puesto que atiendes a tu hijo. Mi madre ha accedido, a mis ruegos, a presentarse ante ti y a dejar en olvido lo pasado. Ahora abrazaos. No tengáis vergüenza de hacerlo ante mí, que de vosotros he nacido.
Con estas palabras reconcilió a sus padres, de tal modo que se ganó la admiración de todos los macedonios. A partir de entonces evitan los que contraen matrimonio pronunciar el nombre de Lisias, no sea que al evocar tal nombre causen su separación 31 .
23. Estaba la ciudad de Matona sublevada contra Filipo. Entonces envía Filipo a Alejandro con un gran ejército para guerrear contra ella. Pero Alejandro presentóse en Matona y convenció con sus sensatos razonamientos a los habitantes a que volvieran a hacerse súbditos suyos 32 .
Al volver de Matona y acudir a presencia de su padre Filipo, Alejandro se detuvo cuando vio allí ante él a unos individuos que aguardaban audiencia revestidos de ropajes bárbaros. Y se informó de ellos:
—¿Quiénes son ésos?
Le contestaron:
— Sátrapas de Darío, rey de los persas 33 .
Alejandro se dirige a ellos:
—¿A qué habéis venido acá?
Le respondieron:
—A exigir a tu padre los acostumbrados tributos.
Alejandro les dice:
—¿Por qué razón exigís vosotros tributos?
Le contestaron los sátrapas de Darío:
—Por la tierra del rey Darío.
Les dice Alejandro:
—Si ésa la han dado los dioses a los hombres como regalo para su sustento, ¿cómo Darío exige pago por un regalo de los dioses?
Luego les dice para informarse:
—¿Qué aceptaríais?
Le contestan:
—Cien bolas de oro de veinte libras de peso 34 .
En respuesta les dijo Alejandro:
—No es justo que el rey Filipo ofrezca tributo a los bárbaros. Porque no va a sojuzgar a los griegos cualquiera.
Dirige, pues, Alejandro estas palabras a los sátrapas de Darío:
—Marchaos y decid a Darío que Alejandro, el hijo de Filipo, os da este informe. Mientras Filipo estaba solo os pagaba tributos, pero después de engendrar a Alejandro, ya no os los da. Sino que, incluso por los que recibisteis de él, ha de acudir Alejandro ante Darío a recuperarlos.
Y con estas palabras despidió a los embajadores, sin ni siquiera considerar al rey que los había enviado digno de una carta. De estos hechos se alegraba Filipo, rey de los griegos, por ver hasta dónde llegaba la osadía de Alejandro.
Los embajadores dieron una cantidad de plata a un pintor griego amigo suyo, y él les hizo un pequeño retrato de la figura de Alejandro. Y se lo llevaron a Darío a Babilonia, al tiempo que iban a comunicarle lo dicho por Alejandro 35 .
Por entonces se rebeló otra ciudad de los tracios contra Filipo y éste envía a Alejandro con un montón de soldados para someterla.
24. Había allá un cierto individuo, de nombre Pausanias, hombre poderoso y muy rico, jefe de toda la Tesalónica. A éste, pues, le entró una gran pasión por Olimpíade, la madre de Alejandro, y envió hasta ella a algunos de sus principales para persuadirla a que abandonara a su esposo Filipo y se casara con él, ofreciéndole el envío de muchas riquezas. Como Olimpíade no accediera, acudió Pausanias a donde estaba Filipo, al enterarse de que Alejandro se había ausentado en su expedición guerrera, y llegó mientras se celebraba un espectáculo teatral 36 .
En el momento en que Filipo estaba presidiendo la representación teatral, penetra Pausanias con la espada en la mano en el teatro, acompañado de algunos otros nobles, con la intención de matar a Filipo y raptar luego a Olimpíade, y lanzándose contra él, le hirió con la espada en el costado, pero no lo mató. Originóse entonces un gran tumulto en el teatro. Y Pausanias se apresuró a marchar hacia el palacio para raptar a Olimpíade.
Pero ocurrió que Alejandro llegaba de regreso victorioso en aquel mismo día, y ve una gran confusión en la ciudad. Así que preguntó qué era lo sucedido. Y le contestan:
—¡Pausanias está en palacio y quiere raptar a tu madre Olimpíade!
Sin dilación, Alejandro penetra allá con los oficiales que en ese momento se encontraban con él, y se encuentra a Pausanias que ya tenía en su poder, con gran violencia, a Olimpíade, que gritaba. Aunque deseó Alejandro atacarle con su lanza, temió a la vez alcanzar con el golpe a su madre, pues el otro la sujetaba con gran fuerza. Pero después de separar a Pausanias de su madre, Alejandro le hirió con la lanza que llevaba. Luego se enteró de que su padre aún estaba vivo, y acudió a él y le preguntó:
—Padre, ¿qué decides sobre Pausanias?
Dijo aquél:
—Traédmelo aquí.
Luego que se lo trajeron, Alejandro desenvainó su espada y la depositó en la mano de su padre Filipo y le aproximó a Pausanias. Filipo lo hizo humillarse y lo degolló. Luego dice Filipo a Alejandro:
—Hijo Alejandro, no me entristezco por morir. Pues me he vengado al matar así a mi enemigo. Bien lo predijo el dios Amón de Libia a tu madre Olimpíade: «Llevarás en tu vientre un hijo varón, que vengará la muerte de su padre» 37 . Y, tras decir estas palabras, Filipo expiró. Fue enterrado con honores reales con el concurso de toda Macedonia.
25. Una vez que la ciudad de Pela recobró la normalidad, subió Alejandro sobre el monumento a su padre Filipo y a grandes voces dijo:
—¡Hijos de los peleos y de los macedonios, de los griegos y de los anfictiones, acudid a reuniros conmigo, como camaradas de armas, y confiad en mí, para realizar nuestra expedición contra los bárbaros! ¡Vamos a liberarnos de la esclavitud de los persas, a fin de que no seamos esclavos de los bárbaros, siendo griegos nosotros!
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