Kitabı oxu: «Cuestiones disputadas»

Şrift:

Cuestiones disputadas

en la teoría y la clínica psicoanalíticas

RAFAEL PAZ

Paz, Rafael

Cuestiones disputadas en la teoría y la clínica psicoanáliticas. - 1a ed. - Buenos Aires : Biebel: Sociedad Argentina de Psicoanálisis, 2016

EBook.

ISBN 978-987-1678-22-8

1. Psicoanálisis. I. Título

CDD 150.195

Edición en formato digital: noviembre de 2016

© Rafael Paz

© Ediciones Biebel con Sociedad Argentina de Psicoanálisis, 2008

Ediciones BIEBEL

J. J. Biedma 1005, Buenos Aires

Tels. (54-11) 4582-3878 • (54-11) 4585-4018

info@edicionesbiebel.com.ar / edicionesbiebel@yahoo.com.ar

SAP Sociedad Argentina de Psicoanálisis Arcos 1521 (1426), Buenos Aires, Argentina Tel./fax (54-11) 4781-3236 / Tel. (54-11) 4784-7584

www.sapsicoanalisis.org.ar

Diseño de interiores y cubierta: Cálamus (calamus_libros@yahoo.com.ar) La ilustración de tapa pertenece a Giorgio De Chirico , Il vaticinatore, Moma, NY

Queda prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de este libro, en fotocopiado o por cualquier medio y/o soporte, ya sea gráfico, electrónico, informático, fílmico, digital o cualesquiera procedimientos bajo las sanciones legales establecidas.

ISBN 978-987-1678-22-8

Conversión a formato digital: Libresque

Con gratitud y cariño

a mi familia,

a los amigos de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis,

del Foro,

del Colegio de Psicoanalistas.

Y en ellos a muchos

que ojalá lo sepan

Introducción
PSICOANÁLISIS Y CIRCUNSTANCIAS

El psicoanálisis constituye una formación cultural, es decir, un conjunto heterogéneo de saberes ligados a la clínica, tradiciones artesanales, dispositivos institucionales de transmisión y legitimación así como teorías de variado alcance referidas a la cultura y la sociedad.

Una heurística de la interrogación lo caracteriza, con su instrumento símbolo, la interpretación, y en tal sentido aparece como esencialmente deconstructivo, pero eso no ha impedido la inclusión de recursos de sostén y apuntalamiento al ampliarse el territorio de su clínica y asumir las modificaciones históricas de las patologías.

Por otra parte, su implantación en la cultura occidental es profunda, si bien con influencia variable según las diversas latitudes, aunque es evidente que en la actualidad su difusión se ha detenido y, en muchos lugares, revertido.

Esta constatación se acompaña de un aspecto más sutil y que remite al entramado de ideas y creencias: asistimos a una pérdida relativa de su vigencia como saber/valor.

A lo cual se suman entusiastas refutaciones basadas –como ha sido habitual– en su supuesta inadecuación a los tiempos y en el desarrollo de los conocimientos biológicos, llegándose a postular su caducidad lisa y llana.

Es innegable que todo esto nos afecta y no por meras susceptibilidades personales o por atacar referencias básicas de identidad sino, y esto es clave para nuestro examen, por la vacilación epistémica que hace a la propia condición analítica.

La cual no es indicio de flaqueza sino por el contrario un atributo a sostener: herencia crítica del Iluminismo que se potencia por la altísima implicación personal que el método requiere y el consiguiente involucramiento en los ánimos y desánimos a que nos someten los procesos psicoanalíticos cabales.

Desde las empatías, contraidentificaciones y respuestas contratransferenciales, sabemos como el que más lo que es anhelar procedimientos simples y de ser posible instantáneos que nos saquen del deambular en eventuales vacíos, reiteración de síntomas, depleciones vitales.

Estas mortificaciones y los caminos de su elaboración son parte fundamental de la construcción de la identidad psicoanalítica; precisamente, uno de los ejes principales en los análisis de formación es el de integrar las crisis de pérdida de confianza o descreimiento surgidas en el ejercicio clínico.

En ellas suele ser difícil diferenciar lo que procede de impregnaciones por contraidentificación, de lo que obedece a dificultades en la asimilación cabal de un saber pasional como el nuestro.

Y no son sólo vicisitudes frecuentes, sino que su ausencia es sospechosa de negaciones, de refugio en relaciones de objeto idealizadas que clausuran la empatía, o de opciones “histéricas” por una superficialidad que intenta deslizarse por encima de esos avatares.

Por todo esto, la vacilación ilustrada como actitud de fondo, tematizada metodológicamente como atención flotante, nos hace vulnerables frente a distintas soberbias que se vuelcan sobre nuestro dominio para refutarlo.

De ahí la tentación de rebotes dogmáticos, que responden con creencias compactas a otras creencias, las que apoyadas en conocimientos consistentes se ocultan a sí mismas la carga ideológica, prejuicial o simplemente de ignorancia que las impregna.

Y agreguemos que la adecuación al canon universitario no basta.

Puede ser un momento necesario en ciertas circunstancias, pero la excedencia propia del psicoanálisis, que requiere como condición sine qua non ejes de transmisión fundados en la propia experiencia del inconsciente, no es mimetizable en el conjunto tradicional de saberes.

De donde también la sensación mezclada de cierta seguridad –a la par de insuficiencia radical– que suscitan epistemologías que pretenden cubrir de manera formal nuestros objetos y dispositivos de desentrañamiento.

Aun cuando lo hagan para confortarnos y desde el buen lado.

RIESGOS

La expansión creciente y asimétrica facilitó el dormirse en los laureles pero también la inescrupulosidad, y no ya simplemente de “polizontes”, como decía Freud en una carta a Ferenczi1, advirtiéndole a propósito de las innovaciones propuestas en un artículo en coautoría con Rank, siguiendo la línea innovadora de su “técnica activa”.

En efecto: la conjugación de una gran difusión con la difícil ubicación dentro de los marcos tradicionales del conocimiento así como la renuencia a la resolución jurídico/reglamentaria de las habilitaciones, ha permitido el medrar no sólo de personajes aislados sino de verdaderas redes lumpenanalíticas sostenidas en lazos de connivencias.

En ellas cabe diferenciar dos tipos de actitudes: uno surge de la carencia de experiencias genuinas de transmisión, por lo que estilos asertivo/dogmáticos de enseñanza y ausencia de tránsitos psicoanalíticos personales genuinos realimentan inconsistencias.

Otro, menos inocente, en donde el conocimiento vislumbrado de la complejidad de la formación y los requerimientos éticos que le son inherentes son sustituidos a sabiendas por formas vaciadas de compromiso con la verdad.

Por todo ello, la posibilidad de ensayar defensas elegantes, que cursan sin mayores dificultades cuando los vientos son favorables, se presenta como necesidad básica de preservación.

Claro está que no es ésta necesariamente buena consejera, puesto que reaviva los Supuestos Básicos de lucha y fuga, apareamiento y mesiánico (Bion), arcaizando los modos de intercambio, transmisión y reelaboración de las estrategias de presencia en el medio social.

De ahí la necesidad de tomar posición en los debates referidos a los conocimientos y las prácticas que nos atañen, para sostenerlos de manera consistente.

DIALÉCTICA HISTÓRICA

No obstante lo dicho, si observamos el lugar que ocupa el psicoanálisis en el mundo contemporáneo, no cabe duda que las aspiraciones de su fundador en cuanto a trascender en la cultura –entendida en su sentido más amplio de formas de vida, hábitos y creencias y en las maneras de encarar los interrogantes básicos de la existencia, la enfermedad y la salud– se han cumplido.

Buena prueba de esto es que los psicoanalistas hemos perdido el dominio sobre el saber específico, el cual se ha diseminado a través de prácticas diversas que –aun sin reconocerlo– en él se inspiran.

Incluso cuando se le adjudican signos de decadencia se admite aquella penetración, que va desde los modos de concebir la sexualidad, la crianza de los niños y la pedagogía, hasta los cauces para pensarse y pensar a los otros, el teatro, el cine, la literatura, la crítica del sentido común y de las ideologías.

Y si tuviéramos que sintetizar todo este conjunto de logros y avatares, podríamos decir que el psicoanálisis dio cuenta de la densidad del espacio interior al mismo tiempo que contribuyó a incrementarla, señalando su conflictividad esencial y su tenaz opacidad.

Para lo cual conjugó de manera inédita las tradiciones románticas e iluministas de la Europa Central de fines del siglo XIX con el ímpetu del positivismo, que expandía sin fronteras los dominios de la Ciencia: proyecto de racionalidad que enunciaba su consistencia así, con mayúsculas y en singular.

La instigación kantiana a abrirse al conocimiento, el “Sapere aude”, cuyo atrevimiento sintetiza de manera notable el proyecto histórico de la Filosofía de las Luces, había ampliado hacia fuera y hacia dentro las fronteras de los saberes, mientras la tradición romántica transitaba gozosamente las ciudadelas del alma.

Se trataba ahora de transformarlas siguiendo un método transmisible, lejos de contemplaciones y regodeos.

Lo cual no sólo obedecía a razones pragmáticas surgidas desde la clínica sino a un modo específico de suscitar alivio y a la vez conocimiento, a saber, venciendo resistencias, por lo que se requerían fuentes renovadas de placer para que la asimilación de emociones recuperadas y el desarrollo de pensamientos no pensados fuera posible.

Se fue así consolidando una disciplina de vocación crítica y racional, aunque al ser comunicable de persona a persona y fundar sus verosimilitudes en el reducido círculo de quienes se abrían a la experiencia del inconsciente, mostraba un status epistémico ambiguo y una discursividad oscilante entre relatos de artesanos y pretensiones de cientificidad.

Pero el objetivo esencial de nuestra clínica conserva plena vigencia: volver permeables las diferentes corrientes de la vida psíquica, para que las formaciones penosas de compromiso se sustituyan por realizaciones que permitan mayor placer y libertad.

De este modo el espacio interior podrá contener de manera más fecunda y con modulaciones más amplias del dolor diversos aspectos de sí que fueron desgajados, apartados y extrañados desde los primeros momentos de la vida.

Se trata de una idea ambiciosa, que supone lidiar con miedos, angustias y culpas resueltos sintomáticamente o mediante compensaciones que a través del tiempo han determinado escisiones empobrecedoras y rigideces caracteriales.

Esta pretensión radical marcó al psicoanálisis desde sus comienzos, y supone gran confianza en que exponer los abismos íntimos y las contradicciones que desde ellos se plantean puede resolverse en alivio del sufrimiento e incremento de las posibilidades personales.

Metafóricamente, que “Eros fará da se”: los recursos vitales y las tendencias reparatorias eslabonarán de por sí los nuevos y antiguos afectos y representaciones, al caducar los lazos de la neurosis infantil.

Lo cual requiere ir más allá en cada punto de llegada, sosteniendo lo interminable del análisis –puesto que el retorno de lo disociado y reprimido es inagotable– pero dando cabida y legitimidad a momentos de logro que originen círculos virtuosos de transformaciones.

Partiendo de la resolución de síntomas, el psicoanálisis se extendió hacia las inhibiciones, estereotipias y modalidades caracteriales, llegando en la actualidad a una situación paradójica.

En efecto, cunde entre los psicoanalistas una preocupación creciente respecto de sus limitaciones frente a resistencias pertinaces entrelazadas con nuevas formas de ser y padecer, mientras que a la vez contamos con palancas refinadas y distintas para abrir posibilidades de transformación.

Claro está que estos instrumentos requieren compromisos personales y hondas revisiones teórico-clínicas, así como relativizar la apelación tradicional a criterios de autoridad.

Por otra parte el saber psicoanalítico se halla en estado de dispersión, lo cual desde posiciones convencionales tiende a ser visto catastróficamente.

En rigor obedece a una expansión transversal de conocimientos, experiencias y formas de transmisión, junto a desarrollos diferenciados por razones culturales e históricas.

Pero, como apuntábamos arriba, un vector perdura: desprender el dolor y los miedos de ataduras inconscientes en las que rigen proporciones extremas, imagoicas, para hacer posible modulaciones diferentes de la angustia y un pensar nuevo.

Cuando se logra la habilitación de espacios psíquicos cancelados se incrementa el flujo de experiencias emocionales y de producciones imaginantes, las que pugnan por hallar realización y chocan con el orden previo de sentidos, poniendo en marcha un proceso, en rigor, exorbitante, puesto que por su propia índole excede lo que el método puede abarcar.

De donde la permanente búsqueda de rigor teórico y precisión instrumental, para contener lo convocado e intervenir con prudencia y eficacia.

Las sobreadaptaciones, por su parte, uno de los rasgos conspicuos del padecer de nuestro tiempo, conjugan corazas culturales con inhibiciones personales y una vasta gama de miedos a transformarlas, suscitadas por el desamparo y la paranoia funcional con lo inhóspito del mundo en que vivimos.

Y si bien participamos, como nuestros analizandos, de los cambios del siglo, sabemos de modos insistentes y replegados de pensar y existir –y por lo tanto de sufrir– en los que se entrelaza la fantasmática personal a mitos familiares, de etnias y grupos.

La transferencia, que los recrea, es central en nuestra clínica, haciendo que se explayen hasta los límites que seamos capaces de construir en cada caso y cada momento del proceso.

Es este el territorio nativo del psicoanálisis y que continúa siendo el de su mayor fecundidad: clínica de lo singular que facilita la expansión de los vínculos primarios, que buscan revivirse para realizarse, hallar por fin resonancias o por la mera inercia de la repetición.

Por lo que nada de lo humano nos puede ser ajeno, aunque comprobemos de continuo la desproporción entre lo que sabemos e intuimos y las transformaciones logradas.

Ocurre que nos movemos siempre sobre un lecho resistencial, que es el nombre dado a los equilibrios originados en miedos diversos y en ataduras a la economía de los goces que cada uno construyó, naturalmente renuentes a modificarse.

De ahí lo especial de una cura que requiere dejar de lado ensañamientos transformadores –el furor curandis– para dar vida a lo reparatorio bloqueado o inédito, ampliando los márgenes de libertad constreñidos por las distintas patologías y estabilizados como modos de ser.

Y que incluye, en el límite, a modalidades psicóticas de funcionamiento.

HACIA UNA CLÍNICA PSICOANALÍTICA SITUADA

Una clínica acorde con los cambiantes requerimientos con que se enfrenta se funda en dar las mayores posibilidades de manifestación al analizando, al contar con recursos elaborativos ampliados para lidiar con aspectos desestructurados, dañados o dañinos y las ligaduras paradójicas al sufrimiento.

Aquéllos se hallan por lo común fuertemente escindidos y depositados en lugares que la experiencia mostró como seguros para equilibrar el desamparo y la desintegración; de este modo se garantiza su inmovilidad, pero al precio de coartar potencialidades vitales sancionadas como peligrosas desde el miedo o las prohibiciones.

Es por eso que el modelo clásico del inconsciente o el Ello como conjuntos potentes y desagregantes, en colisión con un Yo subordinado a la realidad y al sistema superyoico, da cuenta muy parcialmente de la matriz conflictiva.

Hacer consciente lo inconsciente implica no sólo asumir las pulsiones en su polimorfismo e insistencia, sino también las “servidumbres voluntarias” que las incluyen en un abanico de docilidad y seudomadureces, por lo común bajo sutiles formas masoquistas de aplanamiento personal.

El paradigma extremo de estas últimas está constituido por restituciones caracteropáticas estabilizadas al modo obsesivo luego de derrumbes severos, pues en ellas se plantea agudamente la contradicción entre haber logrado un cierto equilibrio luego de penurias psicóticas y el modo en que aquél se enhebra en dispositivos de sometimiento.

Por su parte, las fuentes motivacionales que se han ido integrando al conocimiento psicoanalítico exigen una modelización diferente, no meramente estratificada y con los impulsos en su base.

Ya la “segunda tópica” comenzó a bosquejar una espacialidad distinta, una vez introducido el narcisismo y la objetalización interior a partir del análisis en profundidad de las identificaciones, en el trayecto que va desde los estudios sobre la histeria a “Duelo y melancolía”.

Y el acotamiento de aquello a ser contenido se amplió notablemente cuando diversas corrientes psicoanalíticas asumieron el compromiso emocional y cognitivo que plantean niveles primarios de desamparo, miedos y formas transaccionales primarias.

A lo cual se sumaron condiciones históricas que desnudan carencias y dificultan el disimulo de los síntomas por su entrelazado a vínculos familiares, institucionales y macrosociales antes consistentes.

Y en este contexto la asunción plena de la trama relacional como clave para en ella definir los lugares de eficacia en las matrices primarias, dio lugar a una serie de cortes epistémicos.

Las figuras materna y paterna, enriquecidas en sus cualidades proteiformes por las teorías objetales, pasan a ser interrogadas de un modo nuevo a partir de las críticas de género a los supuestos clásicos: relaciones de dominación y subordinación, desnaturalización de la condición femenina, replanteos de la simbólica centrofálica.

A lo que se agrega el énfasis creciente en el reconocimiento de capacidades para generar autonomía desde los primeros momentos de la vida, naturalmente en el interjuego con los otros primordiales.

De todo lo cual se desprenden consecuencias teóricas, instrumentales y formativas.

Una heurística de la expansión transferencial se encontrará además con respuestas adaptativas, exigidas y forzadas por las condiciones ambientes, que han plegado el abanico de rendimientos potenciales.

Valgan como ejemplo las compensaciones secundarias a descalabros psíquicos, espectaculares o tórpidos en la infancia o la adolescencia que muestran –con la nitidez propia de las restituciones– formas sobreadaptativas esquemáticas.

Se trata de cuadros con bloqueos inhibitorios y escapes sintomáticos que transcurren en el área mental (pensamientos ritualizados, conjuros, automatizaciones primarias o secundarias, que sostienen formas de control omnipotente), o en peculiares ligámenes con seres, instituciones o márgenes de la cultura.

Las experiencias de terror frente a la desagregación se sustituyen por mundos sin duda limitados, pero los mejores dadas las circunstancias, lo que mueve a prudencia y nos precave de emprender cruzadas terapéuticas supuestamente liberadoras.

En tales casos es preciso situar los desprendimientos del Self y relaciones de objeto y explorar la vida secreta de tales identificaciones proyectivas, que además mucho nos enseñan respecto de modos universales mediante los que todos equilibramos nuestras ansiedades.

Si, por ejemplo, es evidente que las angustias hipocondríacas son depositadas en las instituciones de salud, que ofician como extensión simbólica de los acogimientos primordiales, lo mismo ocurre con otros aspectos de nuestro ser.

De esta forma vínculos primarios habitan la trama social y se ubican en sitios específicos, siendo muy sensibles a sus cambios o negándolos, por la ilusión de contar con inmutabilidades omnipotentes ya sea en instituciones colectivas o en personas singulares que juegan ese rol transferencial.

Surge de esto que localizar las identificaciones proyectivas nómades o estabilizadas como primer paso para recuperar vaciamientos empobrecedores constituye uno de los ejes del proceso analítico, y requiere asumir las manifestaciones regresivas en el nivel y calidad que tengan, según sean las fantasmáticas alojadas en diversos lugares del mundo.

Se trata de recolectar las versiones de sí implicadas en tramas de objeto que impregnan los vínculos actuales, para restaurar la potencia de verdad y de realización que poseen.

Alberto llegó al análisis luego de haber sido tratado psiquiátricamente, con internación y electroshocks, debido a un episodio delirante, con marcada exaltación de ánimo, sin alucinaciones, como fruto dislocado de actividades políticas a las que se había volcado con creciente fervor.

La pasión que ponía se trocó en insensatez mesiánica, agotamiento por insomnio y confusión, culminando con su detención por la policía y una internación compulsiva.

Aceptó iniciar un análisis como salida para la desolada circunstancia que vivía, pero también con la docilidad que trasuntaba tanto rasgos previos de carácter cuanto los efectos del miedo ante lo vivido, y el azoramiento por la amnesia lacunar producto del tratamiento de shock.

La exploración rememorativa respecto de la infancia y épocas anteriores era trabajosa pero posible, recubriendo de paso, como material vital y que nos ocupaba activamente, lo traumático del vacío amnésico así como lo ininteligible del episodio y del desarrollo emocional e ideativo que lo precediera.

De ese modo el análisis cumplía la función de reconstruir una piel narrativa, que siendo verdadera, cubriera el agujero de ser y el espanto a pensar másallá-de.

No constituía, en efecto, una experiencia simbólica que remitiera a la del límite castratorio: era ablación efectiva de sí, producida a partir de algo aflorado de manera incontrolable.

De ahí el bloqueo emocional, que se trocaba en angustia pues todo podía volver a repetirse.

Las intervenciones analíticas eran cautelosas, acorde a sus señales de pánico frente a la desestructuración y, además, para evitar el reforzamiento de la sugestión y el acatamiento.

Es decir, de una aceptación de sentidos nacida de la adecuación servil, ahora, a la institución psicoanalítica materializada en mi persona.

Durante este prolongado período, la empatía era fácil por lo agradable de Alberto, su sensibilidad y cultura, pero cuando el proceso se profundizó –gracias a una mayor consistencia, disminución del terror latente y confianza idealizada (basada en la disociación psicoanálisis bueno/tratamiento previo malo)– aparecieron, junto a momentos de angustia, rasgos desagradables: arrogancia, feos tonos de voz, tediosas exposiciones de ideas.

Toda contraidealización cayó, transformándose, sencillamente, en un paciente aburrido.

Evidentemente el sostén transferencial materno generador de reciprocidad narcisista había caído, y emergía una mezcla de chico y muchachito desagradable, entre inseguro y pedante, que reconstrucciones plausibles mostraron que nunca se había manifestado francamente como tal.

Así como tampoco la procacidad y rasgos anales que ahora se hacían patentes.

De cualquier modo las tensiones del comienzo habían decrecido, junto al mesianismo –identificado proyectivamente en mí– que me engrandecía como terapeuta y también a la dupla que formábamos, buena, curativa e infinitamente mejor que los anteriores tratamientos.

Además de estos niveles de contención/idealización primordiales, el análisis fue despejando la importancia de un amor conmiserativo por el padre, personaje destacado pero intrínsecamente débil, cuya reivindicación también jugó en el torrente expansivo delirante y megalomaníaco.

Sus fragilidades se expandieron transferencialmente muy lentamente y una vez allanadas modalidades fóbicas importantes tomaron el camino de una relación afectiva con una mujer fuerte y dotada de continencia erótica,

Situación que me tranquilizó, por el riesgo de que se perpetuara una instalación transferencial homosexual bajo la dominancia pasivo-receptiva.

Al tiempo concluyó su análisis y entrevistas que solicitó al atravesar contingencias críticas o simplemente “para verme”, crecientemente espaciadas en el curso de muchos años, lo mostraban bien, en posesión plena de posibilidades y realizaciones profesionales, con sentido del humor y una agresividad de fondo trocada en habilidad para la ironía y el sarcasmo.

Eventualmente tuvo crisis de angustia, pero sin llegar nunca a una descompensación psicótica.

La que padeciera, aunque se había tornado inteligible a través de elaboraciones de fragmentos dispares, conservaba su corola de extrañeza y características de trauma inasimilable.

El exceso psicótico mostraba el corte, “psicológicamente incomprensible”, con las tramas que pudimos desentrañar.

Por otra parte, este material permite ver que el restaurar o crear permeabilidades nunca habidas entre aspectos escindidos, tiene matices y calidades diferentes según los regímenes de producción simbólica y las defensas que originan.

Y la perspectiva que brinda el psicoanálisis para deslindar lógicas de realización –o aniquilamiento– y sus concatenaciones y tabicamientos.

PSICOANALIZÁNDOSE

El trabajo de analizarse –es excepcional que alguien que no haya visto roto su equilibrio vital ingrese en plenitud en un camino de tal índole– se sostiene en el alivio de hallar un lugar donde las carencias, las descompensaciones y los síntomas tengan cabida.

Aunque también existen demandas de análisis tendientes a liquidar lo que se intuye como proceso de verdad.

Corresponden a formas perversas de ligamen, modalidades malignas del “como sí” que a veces pueden detectarse precozmente, pero otras no.

Tal era el caso de un eventual paciente, quien en entrevistas supuestamente preliminares me dejaba mal y agotado; al comienzo de modo indefinido, pero luego con tensión agresiva de la que costaba librarse.

El análisis no comenzó, y posteriormente, de manera fortuita, me enteré de experiencias similares con otros psicoanalistas.

Consistía en una suerte de liquidación al modo serial de un dispositivo valioso y de sus representantes, lo cual no es algo común, pero tampoco excepcional, y se diferencia de formas destructivas y envidiosas de Reacción Terapéutica Negativa en que es previa al desarrollo de un proceso.

De allí su carácter más indiscriminado y paranoicamente proyectivo.

El ámbito que creamos se constituye en el fluir de fantasmáticas con sus perentoriedades de realización y circuitos predeterminados, a las que ofrecemos una alternativa a las transacciones sintomáticas y las malas compensaciones narcisistas, aunque con consumaciones diferidas.

Eso es lo que clásicamente se definió como “ambiente de frustración”, formulación que puede dar lugar a equívocos y distancias sobreactuadas, que alejan infinitamente niveles necesarios de contacto y empatía.

No se trata de ascetismos o disciplinamientos estoicos, sino de implicarse, pero creando alternativas a los estereotipos de respuesta rápida a que inducen las angustias y que afloran al desanudarse los síntomas.

Además, la experiencia muestra que el movimiento espontáneo de la vida en raras ocasiones es capaz de resolver encallamientos en dilemas y clausuras basadas en sintomatologías pertinaces y defensas extremas, sobre todo si se acompañan de adaptaciones forzadas.

En ellas se trasuntan compensaciones paranoides frente a desamparos inasimilables, lo que lleva a revalorizar el papel de lo traumático en los avenimientos iniciales, como raíz de distorsiones en la circulación Paranoide-Esquizoide/Depresiva/Con-fusional (PE/D/C-F).2

La clave terapéutica residirá –recolección mediante– en ayudar a recuperar trozos perdidos en el vivir y que resurgen de manera extemporánea y dañina, determinando la repetición defensiva o intensidades mayores de las defensas y calidades más empobrecedoras de las mismas.

En esto se fundaba el temor de Alberto cuando el movimiento transferencial recreaba las tensiones idealizadas y su caída, precipitándolo en un derrumbe narcisista estructural que activaba dispositivos de escisión - repliegue - persecución.

La transferencia de contención amenazaba caer junto con la idealizada, reavivando el desamparo, lo que obligaba a una modulación muy cuidadosa de las intervenciones y a suplementar con marcas de presencia los soportes transicionales de su Self.

De este modo nos situamos en lo que cabe llamar la tradición reintroyectiva en psicoanálisis, aunque sin imperativos en el hacerse cargo de lo propio, pues es fácil deslizarse desde indagar la implicación del analizando en la trama de sus fantasías a sancionarlo superyoicamente como cómplice, culpable o responsable principal.

Para ello, el tener que ver con aquello que se padece necesita hallar un ambiente donde la suspensión de las valoraciones convencionales tienda a ser total.

No es sencillo, pues si la comprensión de motivos se inclina hacia aspiraciones causales, puede fácilmente caer en imputaciones culpabilizantes o, a la inversa, exculpatorias, dado lo esquemático de los climas regresivos que se recrean.

De ahí la importancia de trabajar sobre verosímiles atributivos, reconstrucciones plausibles de lo acontecido que ponen en suspenso la retahíla de juicios de valor que lleva a conductas expiatorias o vengativas.

Una concepción refinada de los desarrollos sobre posición depresiva es clarificadora, al situar en red la cuestión de la culpa, sus versiones y matices, si bien algunas simplificaciones conducen a un culpabilismo símil religioso, con “seudo-insights” sostenidos en remordimientos erotizados y una atractiva madurez aparente.

Esto ocurre si el examen de los modos de relación con la integridad del otro pierde de vista el carácter de realidad psíquica de los daños asignables a cada quien.

Pues al pensar las cosas, buenas o dañinas, en trama, se definen como relativos los lugares en que los seres se afectan recíprocamente, superando la atmósfera tensa de atribuciones fulminantes y con frecuencia determinadas por prejuicios.

Es posible así pensar lo humano como naturalmente relacional e inscripto en dialécticas donde juegan la agresividad, el daño y la reparación, siendo entonces cada uno parte de mundos y del mundo.3

Claro está que esto no elimina la asignación de responsabilidades en la generación de daños, pues en ese mundo relacionalmente concebido, hay responsabilidades y grados de las mismas, pero si algo tenemos para aportar es prudencia frente a la espontánea precipitación en la atribución de lugares y juicios de valor.

La inculpación proyectiva o la autoinculpación automáticas generan cortocircuitos de acción que intentan obviar el tránsito elaborativo y resolver en marcos elementales las complejidades vinculares y las responsabilidades de sus actores.

La integración depresiva produce una mutación del universo fundado en escisiones tajantes, lo que facilita que las defensas se vuelvan porosas, permitiendo el contacto de diferentes aspectos del Self entre sí y con distintas facetas de los objetos, matizándolos.

Y lo destructivo se vuelve pensable, a través de la secuencia: contenible concebible.

VALORES, OMNIPOTENCIA

Uno de los puntos fuertes del psicoanálisis radica en la suspensión de las valoraciones que surgen precipitadamente en toda situación significativa, pero integrándola en un método y no simplemente como recomendación edificante.

También es uno de sus flancos débiles, sea por sumar a la indiferencia frente a los asuntos del mundo, sea por no encarar la omnipotencia infantil, la cual con facilidad se liga a magnas propuestas colectivas en las que el ser oculta su desamparo.

Aunque la omnipotencia fue jerarquizada en el psicoanálisis clásico como un componente muy activo en diversos momentos del desarrollo y de a poco admitida como imprescindible para entender, desde sus transformaciones, la perdurabilidad contra viento y marea del propio ser, suele caer en la zona ciega de desconocimientos contrarresistenciales.

Lo cual no debe asombrarnos, por la ondulación de conceptos que se eclipsan temporariamente y pierden relevancia, para luego ser redescubiertos.

El respeto a ideas y creencias confundido con veda de su exploración, concurre también para perfeccionar zonas de exclusión.

Son temáticas que tienden a permanecer intangibles puesto que vinculan la propia omnipotencia con la de padres y ancestros, a través de anudamientos transgeneracionales.

Por su parte, la asignación de culpas y exigencias de reparación enraizadas en mitos familiares, así como las misiones más o menos mesiánicas que de allí se desprenden, transportan todo a dimensiones superlativas, inaccesibles para los recursos humanos comunes.

Estas elaboraciones requieren transitar por incómodos caminos transferenciales; en ellos, los inevitables errores en las intervenciones del analista se pagan caros, por el narcisismo en riesgo que vuelve por sus fueros vengativamente.

Pero son también dificultades surgidas como efecto indeseado del haber jerarquizado la autonomía de pensamiento de los analizandos, tendiendo a adjudicarles con facilidad una ecuanimidad que niega la pertinacia de enclaves infantiles y de sus lógicas de atribución, inculpación y exculpación.

El soslayar el análisis sistemático de la omnipotencia obedece además a cambios sutiles en los modos de intervenir, incluyendo una suerte de autocrítica colectiva por una historia de estilos psicoanalíticos autoritarios.

Y, en la misma línea, al traslado hacia la clínica de crisis en el sostén de posiciones de autoridad en la crianza de los hijos.

Claro está que eludir simpáticamente el arduo trabajo de paciencia que requiere su elaboración, confunde el respeto a la dignidad del otro con hacer el juego a fantasías que causan limitaciones y desubicaciones en la vida a menudo groseras.

Y que como recién apuntábamos, no son simplemente debidas a aspectos nucleares del Self del paciente, con lo cual recaeríamos en la atribución reintroyectiva sobre la que advertíamos, puesto que lo recreado surge de la activación transferencial de una Gestalt que va más allá del individuo.

En efecto, la omnipotencia que se repite en la neurosis de transferencia es la propia y la de los otros primordiales que parasitan tiránicamente y configuran un mundo superlativo.

De ahí que en este punto nuestra tarea consista en redimensionar escenarios inconscientes distorsionados, que dificultan la excentración de perspectiva y la multiplicación de vértices, para relativizar grandiosidades y premisas narcisistas.

Uno de los efectos principales de esas remanencias infantiles es el daño a la capacidad de cálculo existencial, en el barrido constante de lo posible, lo probable, lo accesible o inaccesible, de acuerdo a medio y circunstancias.

Bárbara es una mujer adulta, profesional, autónoma; no obstante, el pago de su análisis ha dependido en cierta proporción del dinero que –cada vez más a regañadientes– sus padres le dan.

Por contingencias laborales me pide, con sus maneras cordiales y adecuadas de siempre, si podría rebajarle los honorarios para tener algo más de holgura en sus gastos y continuar con el número actual de sesiones.

No es la primera vez que me hace un planteo semejante, al cual empáticamente me siento inclinado a acceder, pero también sintiendo, disociadamente, que me parecería mucho más justo que sean sus padres quienes lo solventen, y no yo.

La inhibición para pedirles esa “ayuda” nace, en Bárbara por ser “ya grande, independiente...”, dándole “no se qué, por ella y su madre...” ponerse y ponerla en tal situación.

Siento desagrado frente al tema y una cierta compulsión reactiva a acceder para dar por concluido el asunto.

No lo hago, y no sólo por razones de prudencia analítica sino por renuencia a someterme.

Se trataba de una impregnación contratransferencial con varios costados, de esas que anuncian riqueza de material, cierto baluarte movilizado y el riesgo de perder una oportunidad fecunda en caso de precipitarme en decisiones de cualquier índole que sean.

Prosiguiendo, logramos despejar niveles de culpa importantes que se mostraban como efectos “exitosos” de crianza y correspondían en rigor a madureces forzadas.

En ese punto era sabia la prevención de Bárbara respecto de todo lo que pudiera realimentar dependencia, pero de hecho la trasladaba hacia mí, recreando una deuda que invertía reclamos más profundos referidos al amor administrado aunque no dado por su madre.

Desplazaba así al dinero intercambios amorosos “previos” (cutáneos, orales, fusionales), intentando forzadamente cuantificar lo incuantificable.

Cerrados para siempre los reclamos, insistían en el síntoma de las insuficiencias –ahora vuelto propias– para “cubrir lo que faltaba”.

El análisis de estas cuestiones permitió abrir las fijaciones obsesivas, que abroqueladas analmente mantenían apartado el dolor más profundo sufrido ante las reticencias en el juego primario de intercambios.

Estas, a su vez, eran las que intentaba anular transferencialmente coercionándome moralmente e intentando (re)crearme, más allá de mí mismo, como “muy (suficientemente) bueno”.

RAÍCES

El conocimiento originario lo es del otro en las múltiples formas en que se muestra, ofrece y hurta en las relaciones de objeto.

En un ambiente regresivo nos hallamos con los antecesores del conocer, con modalidades incorporativas y proyectivas, así como escisiones, que tabican las experiencias sobre matrices de amparo/desamparo e idealización/persecución.

Se generan de esa manera áreas representacionales de lo admitido y lo inadmisible, de donde se desprende lo posible o imposible de concebir.

Contener es incorporar en un espacio propio de resonancias: concurrencia de la vitalidad del ambiente con la propia, de piel o pieles, polisensorial y oral incorporativa.

Concebir supone generar representaciones que, sin desligarse de los sacudimientos y matices sensitivos y sensoriales, sean capaces de producir mentalización.

Las emociones primarias, aceptando o rechazando, y también cualificando estados del propio ser, al modularse, sostienen procesos de pensamiento que incluyen las categorías de lo posible y lo imposible.

Y de este modo otorgan o quitan derecho de existencia.

Lo imposible es fruto pensable de lo que más primariamente tiende a desecharse arrojándolo al vacío de lo inexistente.

La posición depresiva, al integrar corporal y valorativamente los objetos primarios (J. O. Wisdom), sienta las bases para abrirse a la complejidad.

Y desde allí genera la aparición de categorías atemperadas para cualificar los acontecimientos del mundo, como la de lo probable, inscripta sobre concepciones insaturadas referidas a lo que puede ser.

Esto plantea requerimientos simbólicos importantes, puesto que sitúa al pensamiento anticipatorio en una ambigüedad difícil de tolerar para la premura de certezas, al estar próxima a la incertidumbre de tinte paranoide.

–¿Acudirá el otro?

–Quizá...

Lo que en el contexto de la sesión permite el transcurrir, por ejemplo, de silencios productivos, pero requiere una esperanza fundada en recuerdos procedurales que han superado las crisis de vacío ante las discontinuidades de presencia.

Ahora bien, en su núcleo primigenio, la creación de un espacio mental supone un ámbito al abrigo de intemperies extremas, por lo cual su raíz será omnipotente.

En efecto, ni reconoce causalidades exteriores a su propio devenir, ni admite la contingencia de su funcionar, sosteniéndose en límites definidos por escisiones tajantes y la coalescencia con lo bueno (idealizado) que reinscribe potencias innatas de ser.

En ese eje las membranas de separación con lo externo no pueden ser porosas, puesto que la alternativa es: o consistir, o derrumbarse ante las experiencias de desamparo/persecución.

De ahí las cualidades omnipotentes del régimen mental, también adscriptas a los objetos primeros en el eje de incipiente reconocimiento de alteridades: buenas – bellas – idealizadas.

Esa omnipotencia tiene el costado frágil de lo imprevisible, solucionado por escisiones, compensaciones fantasmáticas y corporales placenteras y, en otro registro, experiencias de apego consolidantes.

Distinto entonces de la omnisciencia4, en la cual el resguardo frente a la (propia) envidia define el régimen principal del saber.

Por lo cual su agudeza no está condenada sólo al fracaso, como ocurre con la omnipotencia, sino a triunfar a lo Pirro, dado que en ella sólo es posible fundar consistencias de sentido deliriosas.

La omnipotencia es reductible por la creación de perspectivas lúdicas e irónicas respecto de las propias seguridades, a partir de traumas, duelos y otras contingencias que las desmienten.

Es también transformable, como antes señalamos, surtiendo con fuentes variadas y secretas el imprescindible narcisismo de sostén.

La omnisciencia es todo o nada, por lo que su encare supone admitir el vacío de negatividad activa que encubre, y transitar ese dolor.

La omnisapiencia, aunque derivada de las anteriores, tiene entidad diferencial; en ella el no saber cala como herida a ser rellenada constantemente mediante una abarcatividad simbólica que captura –supuestamente– cualquier movimiento de los objetos.

Los pensamientos resultantes son comunicados compulsivamente, y exigen reconocimiento.

Convivencialmente se muestra con frecuencia como seudo ecuanimidad desdeñosa, apoyada en solvencias narcisistas frente a los interrogantes que la vida suscita.

De ahí que pueda producir un tipo específico de irritación en el analista, basada en contratransferencias infantiles y adolescentes, puesto que el analizando pasa a encarnar la sabiduría agobiante de los propios padres, moviendo a intervenciones tendientes “a bajarle el copete”.

La detección de estas impregnaciones del campo permite constatar el aspecto activo, fastidioso e hiriente, de los acorazamientos caracteriales.

Es un punto importante, pues la metáfora de coraza, cristalizaciones y análogas suelen acentuar una imagen de caparazón inerte, ocultando el continuo y agresivo trabajo de las defensas, entrelazadas en formas de pensamiento basadas en premisas paranoides frente a posibles heridas narcisistas.

Por otra parte, la postergación de las resoluciones inmediatas en los marcos perentorios de la vida actual y con las exigencias de eficacia para afrontar la serie de conflictos puntuales de la cotidianidad, es un logro difícil del dispositivo de contención - demora - pensamiento.

Más aún, cuando explorar vínculos íntimos y sus pactos enmarañados nos plantean la ineludible complicación de estar incidiendo en relaciones actuales con terceros y, a fortiori, en la vida de ausentes.

Mantener de modo constante la perspectiva transferencial es la única salida para superar tomas de partido que carecen de sentido, psicoanalíticamente hablando, lo cual no supone meramente facilitar la regresión sino también contagiar al analizando de excentración, frente a las repeticiones y los universos simbólico-imaginarios que se recrean.

Y esto, como es sabido, es imposible de lograr “in absentia” o “in effigie”.

De ahí que la formulación: “Yo observador” no dé cabal cuenta de lo que procuramos como dispositivo de pensamiento, pues se trata de la reunión de registros perceptuales desagregados sobre los que se erigen capacidades nuevas, como resultado de la elaboración acumulada.

Y tal excentración comprometida servirá para la vida, al permitir reconocer la complejidad que anima también a los otros, en el trabajoso proceso de reconocerlos como generadores de autonomía.

TOMAS DE PARTIDO

En el cruce de búsqueda determinística y razón poética es donde reside la mayor fecundidad teórica y clínica del psicoanálisis.

La racionalidad en que se inscribe pretende claridad en el descubrimiento causal; de allí el recurso a supuestos deterministas para hallar cadenas explicativas en el desbrozamiento de los síntomas, y lo perdurable de la teoría traumática en su seno.

Pero sus operaciones clínicas, si bien conllevan una dimensión explicativa, hacen a un orden de conocimiento en el cual son esenciales:

 las resonancias,

 la identificación empática operacional,

 la oscilación heimlich/unheimlich,

  la transmisión conjetural de sentido.

Teniendo en cuenta lo dicho, la ampliación al máximo de las posibilidades de manifestación no se limita a dar lugar a ansiedades primarias o desestructuraciones psicóticas, lo cual sin duda es importante pero puede constituirse en meta distorsionada que fascine por exceso, sino a manifestaciones neuróticas albergadas en disimuladas simbiosis, en silencios cultivados que progresivamente se tornan escisiones o en vínculos con valores e instituciones renuentes a exponerse al análisis.

Se crea así un campo analítico heterogéneo, con materiales provenientes de distintos planos y separados por resistencias de diferente calidad.

Tal heterotopía del campo es uno de sus rasgos principales y determina una no-linealidad en las manifestaciones del analizando diferente de la que surge cuando se levantan represiones.

Éstas operan sobre una misma corriente psíquica, por lo tanto en el seno de una lógica más homogénea, “rodeando” núcleos temáticos.

En cambio, si se facilita la libre manifestación, los desplazamientos asociativos y de las partículas de acción tienden a una marcada errancia.

A lo cual se suma que la dinámica del material puede ser escasa, escandida, fluente o centrífuga, de donde surge la necesidad de aprehenderla con la mayor amplitud posible de percepción flotante.

Lo que nos exige extremar los recursos de contención y pulir las aptitudes contratransferenciales, así como legitimarlas teóricamente.

De este modo es posible acudir, operacionalmente, al vasto reservorio de hipótesis y conocimientos referidos a los procesos primeros, recopilados desde diversos marcos de referencia, para entender los ladrillos vinculares que integran el campo transferencial.

Valga como ejemplo considerar como soportes necesarios: la mirada amorosa/admirativa, el fluir de la leche trazando un interior que se fusiona en lo agradable nutricio del “objeto”, el abrazo consistente, la lengua materna configurando un marco sonoro de prosodia basal…

Contención, reelaborando lo ya dicho, supone una función activa de metabolización de lo revivido transferencialmente y que conlleva una exigencia de acción/respuesta.

El diferimiento de esta última, que nada tiene que ver con pasividad, se torna productivo en el seno de microscópicas u ostensibles tareas de conexión, la forma más elemental de referirse al pensar nuevo a que tiende el proceso analítico.

Unir lo separado y desgarrado, lo supuestamente imposible de aceptar como propio.

Contener sin elaboración facilita regresiones que pueden ser aliviantes, pero reciclan circuitos de dependencia; se trata, en cambio, de recibir - colectar - unir - ir pensando - pensar, lo cual recrea, o crea –a menudo no nos resulta claro– un procedimiento económico y placentero para lidiar con los apremios de la vida: sublimación en acto en el campo analítico.

Cabe apuntar que elaboración no quiere decir verbalismo, aun cuando las enunciaciones tiendan a enunciarse y el momento interpretativo defina, más allá de la resonancia empática, una forma nítida de logro.

Ahora bien: la interpretación no es sólo culminación de un tramo de análisis mediante la explicitación acabada de un decir, sino mutación de perspectiva y reordenamiento del material en juego y sus prioridades como resultado de trabajo acumulado.

La importancia del señalamiento tiene que ver con esto, en tanto andarivel precario de sentido pero ligado a lo que se vislumbra entre las resistencias.

Vincular la elaboración a lo placentero puede sonar extraño, sobre todo por cierta tendencia al dolorismo en la que a veces se desliza el reconocimiento del dolor en la vida psíquica y su papel en los procesos de “crecimiento mental” (Bion).5

Son placeres funcionales, como aquellos que en el desarrollo acompañan el acceso a habilidades nuevas y que no dependen de las temáticas que se procesen sino del poder hacer.

Lo cual permite la religadura laica con una simbólica compartida, como empresa de verdad para la cual efectivamente nada de lo propio –humano– sea “a priori” descartable (ajeno), y no en virtud de acordar en determinados “contenidos” que podrían constituirse en núcleos de fe.

Es lo opuesto al insoportable dolor de pensar en las que el eslabonar se torna conjunción dilacerante, que lleva a evacuarla malamente y sin que sea posible compartirla, aspectos que han sido magistralmente desarrollados por aquel autor.

Carlos descubre la relación entre su envaramiento, que le producía dolores y malestares posturales, y un permanente estado de alerta, surgido de una actitud de cumplimiento de deberes extendida a los aspectos de la vida más triviales.

Esto obedecía a una sujeción superyoica potenciada por las exigencias y estilos actuales de vida y trabajo, pero manifestaba además la identificación con padres activos, eficientes y absolutamente dedicados (a él).

El cuerpo erguido representaba también falicidad, desplazando a escenas social-exhibicionistas la mezcla de conflictos eréctiles con gratificaciones narcisistas que aquella postura le otorgaba en el juego de prestancias.

Eran estos enclaves caracteriales que incluían en su régimen dispositivos musculares de lucha y fuga, junto a otros definidamente eróticos, inteligibles a lo Reich6, y por lo tanto pasibles de ser trabajados en un momento avanzado del análisis.

El tomarlos en consideración trajo el alivio de aceptar flaquezas y actitudes propias del paso de los años, las que eran negadas, para sostener a toda costa aquellos modos renegatorios de ser y de estar.

Pensarse así, con su cuerpo “humano” y no prenda simbólicamente capturada reproduciendo fetichizaciones de que fuera objeto como bebé preciado, trajo el consiguiente dolor depresivo.

Este incluía, por una parte, el definitivo adiós a sus padres literalmente encarnados en su aparato ósteo-músculo-articular; por otra, la gratificación – aquí el placer que decíamos–-, de poder expandir su autocomprensión benevolente, lo que tuvo importantes efectos convivenciales.

No cabe duda que sería absurdo pretender agotar descriptivamente la infinita gama de matices que juegan en una relación humana profunda, de ahí que la teoría psicoanalítica de la cura consista en el enunciado de ciertos ejes y conceptos de cruce que intentan estar a la altura de lo aprehendido por la percepción flotante y que resuena en otros contextos clínicos.

Es el plano de abstracción necesario y desde donde se desprenden exigencias de método, cuya observancia potenciará aquellos hallazgos y a partir de la cual se definen estilos analíticos personales y, si se sistematizan, organizan y hallan eco, corrientes y escuelas.

Cabe entonces apuntar algunas de tales condiciones, específicamente vinculadas con la posición de disponibilidad y apertura al límite que es rasgo definitorio de nuestra clínica:

a) Facilitar el desarrollo de los materiales circulantes en el campo y eventualmente alojados proyectivamente en la figura del analista merced a la postergación de la respuesta.

Esto nos precave del reflejo contratransferencial retaliativo si son dolorosos, repugnantes o desagradablemente agresivos, y contribuye a la necesaria tolerancia para con lo que se ha potenciado por regresión.

Lo que existe siempre es tensión transferencial, que no debe confundirse con transferencia negativa.

Corresponde a una elevación de los niveles de angustia señal, frente a lo disruptivo que se vislumbra al poner en suspenso promesas de salvación mágica, las que de cualquier modo vuelven por sus fueros como demanda/recreación de garantías absolutas.

La relativización de la consistencia del propio ser al exponerse las redes mitopoyéticas que la sostienen, para generar un pensar-se nuevo, es comprensiblemente trabajosa.

Convocamos fantasmas y mitos para habitarlos transferencialmente y familiarizarse con ellos, pero para luego atravesarlos, superando la cualificación superyoica o especularmente antisuperyoica.7

Reside aquí la importancia clínica del balance heimlich/unheimlich, pues aunque se trate a veces de paquetes de sentidos revestidos de simplicidad, lo que insinúan de lo reprimido en mayor o menor medida toca el borde de lo extraño e inquietante.

Y es en tales circunstancias que suele recurrirse a opiáceos culturales, que soslayan cualquier implicación personal más allá de lo trivial y adocenado.

Si en cambio se abre lo que fluye en las “cadenas asociativas”, surge lo que sea, pero además se metaaprende a pensar, disminuyendo el miedo que se halla en la base de los malos entendidos circulares, modo habitual en que las ansiedades neuróticas se juegan relacionalmente.

b) Aceptar la idealización, surja de la proyección de aspectos de sí y/o de objetos idealizados.

Eje que merecería llamarse kohutiano, por lo que este autor aportara a su entendimiento con sus ideas referidas tanto al “Self grandioso” y la “Imago parental idealizada” como a los “Objetos Self”.

Tolerarla y permitir su expansión es muy difícil, sobre todo, como bien lo señalara Kohut, por la renuencia a quedar instalado en la esfera discrecional del régimen narcisista de otra persona.

Es un claro ejemplo del soportar y muestra la importancia del “timing”: junto con aquél, la adquisición más tardía en el arte analítico –cuando se logra.

Ocurre que la asignación proyectiva de plenitud y omnipotencia –que en otro plano supone incorporación fusional– es un típico ejemplo de entronización paralizante, a la que aludiera Freud con el ejemplo del rey Kukulú, reverenciado por la tribu pero en el interior de una jaula de la que no podía moverse.8

Situación claustrofóbica contratransferencial extrema, que puede sugerir la tentación de romperla de cualquier modo, racionalizándolo con desalienar al analizando o alguna explicación altruista semejante.

Tanto a) como b) suponen exigencias de tiempo y de sostenimiento del encuadre, ambas estrechamente ligadas.

En efecto: es necesario dar cabida tanto a las exploraciones cautelosas como a retracciones tentaculares de la atención, por el miedo y la prevención de heridas narcisistas, por lo que una estabilidad confiable es imprescindible.

Por otra parte, las intervenciones del analista surgen a través de una grilla virtual, instaurada por reiteración, que expresa la ligazón de aquél a un orden diferente de la pura arbitrariedad, por más “creativa” que esta se pretenda.

Y los “momentos de concluir” (Lacan) sin duda existen, pero han de ser situados en la perspectiva de la elaboración, evitando el riesgo de cualquier espectacularidad que realimente omnipotencias y la búsqueda enfermiza de intervenciones efectistas, con el decaimiento consiguiente de los procesos de verdad.

c) Regular la empatía.

Se trata de la identificación con diversos aspectos del analizando y que lleva incluso a bordear, por simetrización, el eclipsamiento de la función analítica.

El punto reside en que esas situaciones no sólo ocurren de hecho –pero se las podría considerar como respuestas contratransferenciales en el sentido tradicional y sospechoso de la expresión– sino que es imprescindible jerarquizarlas.

Es claro que centrar el proceso en sostenes empáticos renovados trastrueca el eje del psicoanálisis, así como entenderlos exclusivamente como comprensión ecuánime es una versión insuficiente para los niveles de penetración que se requieren.

Por añadidura, las emociones que se despliegan apoyándose en la garantía empática pueden acumular rencores solapados, compensados por idealización, volviéndose a la larga inanalizables.

La empatía eficaz requiere un estado de soltura que garantice distancia en el seno de la cercanía.

De otro modo se plantea el riesgo de fusionalidad sin distancia operativa o de mutar las respuestas contratransferenciales positivas en formas de sometimiento o de ocupación por contraidentificación proyectiva9 (Grinberg).

En este último caso se afecta la generación de distancia operativa en la medida que un estado del analizando coloniza la mente del analista, y la acción diferida que da posibilidad a elaborar intervenciones basadas en el valor verdad se sustituyen por búsquedas de alivio, descarga o retaliación.

Una guía adecuada respecto de la funcionalidad del compromiso emocional y cognitivo es la percepción de autonomía conservada en el seno mismo de la resonancia empática admitida.

Un ejemplo notable de su ejercicio es la recomendación de Frieda Fromm Reichman, en el tratamiento de psicóticos graves, de imitar sus actitudes corporales, por ejemplo, replegándose al modo fetal en un rincón, para entender en algo como se vive el mundo desde tal posición.10

Lo que en grado variable sirve para cualquier análisis, y también para mostrar la profundidad que siempre supone ese ponerse en el lugar del otro y salirse –relativamente– del propio.

El del analista resulta de la composición de fuerzas que juegan en el campo, y es función de las mismas, en el sentido que su consistencia se recrea en el conjunto de operaciones que despliega.

En tales casos la persona (psicológica) del analista y los aspectos de su Self hiperadaptado en alguna proporción se desarman, quedando en una disponibilidad cuasi despersonalizante.11

La inmersión en una experiencia fundamental compartida no supone un ejercicio agotador y sacrificial; en el “buen uso” de la empatía, la interioridad del analista se amplía, mientras que del lado del analizando se enriquece el metabolismo de lo vivido.

Todo esto constituye lo opuesto a lo que Enrique Pichon Rivière denominara psiquiatras –o psicoanalistas– “a distancia”.

Hace al punto de disponibilidades latentes, muchas de ellas desconocidas, y de contar confiadamente con posibilidades de usarlas en transferencia.

Lo cual se funda en la activación de identificaciones continentes y amigables –regresión funcional– pero sosteniendo la órbita de circulación excentrada, que preserva de actitudes pedagógicas o paternales, que clausuren en clave bondadosa el sentido del análisis.

Es por todo esto que hablamos de percepción flotante, pues se trata de recurrir a cuantas disponibilidades de captación el analista posea, manteniendo la sustancia de la indicación freudiana en tanto reconoce la vectorialidad nómade de una atención con la que hallamos en tanto no busquemos.

Cada fragmento convoca un eje de conjunción o de dislocación de sentidos, los que se elaboran, disipan o disocian; estos últimos impregnarán con su presencia virtual y activable a los sucesivos campos, empobreciéndolos si los parasitan, como en el caso del baluarte.

Pacto del cual cabe destacar su malignidad: barrio vienés donde todos los delincuentes irían a refugiarse, como apuntara Freud en su alegoría.

ESPACIOS Y TIEMPOS PSICOANALÍTICOS

El dispositivo analítico de cura y convalidación transcurre en espacios y tiempos propios: el corte sincrónico del espesor transferencial activado produce el campo analítico y el eslabonamiento de segmentos de los mismos permite una intelección procesal de la cura.

Desde allí se define la consistencia de inferencias e intervenciones y naturalmente el cómo abordar las resistencias.

Sería sencillo, por ejemplo, situar a estas últimas mecánicamente del lado del analista, rompiendo así, supuestamente, con una tradición autoritaria de asignar a los analizandos toda la responsabilidad del asunto.

Más allá de que esto no ha sido la regla, pues mucho talento analítico ha existido en diferentes latitudes atravesando “diktats” y rigores extemporáneos, la problemática de las resistencias es sólo entendible en la trama del campo, como una afectación específica del conocer al que se le niega su desarrollo, condenándolo a la repetición.

Lo cual nos lleva directamente a que, en tal contexto, las funciones que las psicologías tradicionales han abstraído tienen que ser pensadas a partir del lidiar con los requerimientos de la existencia tal como se recrean transferencialmente.

Los desarrollos de Bion son ejemplares al situar la atención, la percepción y la memoria en la perspectiva del sistema más complejo, el de la simbólica espontánea y su onirismo constitutivo.

Encabalgada entonces entre mitos redivivos y normas de rendimiento que exigen una permanente elaboración secundaria.

La producción imaginante de todos los días padece, efectivamente, del adocenamiento inducido por las estereotipias discursivas y las influencias mediáticas, que domestican las necesidades emocionales de cercanía y sinceridad de igual modo que a las apetencias pulsionales.

Desde allí se filtran fragmentos en los cuales lo verdadero en contexto de cada uno se expande como pueda.

Es decir, interjección, balbuceo o narrativa, asumiendo lo propio o enunciándose a través de las figuras de realización que la cultura suministra: personajes, frases hechas, carriles ficcionales para las pasiones en sus diversos géneros.

Es este el estar despierto cotidiano, con sus semisueños ligados a las solicitaciones y constricciones “del conjunto” hasta que los sueños propios los toman a su cargo, potenciándolos con lo infantil reprimido.

Y esto en la medida en que aquel onirismo haya podido digerir sin excesivas rupturas de trama la multiplicidad de experiencias.

Precisamente, con la venerable categoría de “apremios de la vida” Freud señalaba las urgencias de especie que ineludiblemente hay que encarar, intentando conservar el halo de fundamentos de una teoría tradicional de los instintos y la comodidad ideológica de suponer un nivel cero de adecuación a la realidad.

Esta última es una preocupación constante en la historia del psicoanálisis, pero adquiere un carácter muy diferente al considerar el horizonte por el que transcurre la simbólica humana constituido por procesos relacionales con su capilaridad fantasmática.

Y a los cuales ofrecemos posibilidades de expansión regladas –una más de las paradojas– para enfrentar la realidad tan especial de los apremios transferenciales.

Pues tanto en su clínica cuanto en las teorías el psicoanálisis, desde los comienzos, brega por superar los confines de una razón limitada en su concepción de lo histórico, así como en los implícitos euclidianos del psiquismo y en las linealidades causales, abriendo el espacio/tiempo de la transferencia y su dialéctica de la repetición y lo inédito.

En efecto: las temporalidades psicoanalíticas no se ordenan según secuencias sucesivas, ni tampoco exclusivamente por retroacción, aun cuando esta marcó una superación del criterio ingenuo, permitiendo pensar los modos en que lo eficaz se instaura a partir de la idea del “segundo evento”12.

El vector preconsciente de pasado, presente y futuro, que fija el modo de pensarse históricamente y es reforzado por múltiples convenciones sociales, es dislocado por tiempos que giran, se entrelazan, retroaccionan y anticipan.

De ahí que en el contexto analítico lo infantil no remita al pasado de modo lineal, aunque pensarlo así tiene al menos el mérito de diferenciarlo del presente como sincronía inerte.

Se trata de un modo de instalación, repetición y simbolización que emerge por lo común a partir de un detalle, un fragmento mínimo que impregna el campo con rasgos de vivacidad, inadecuación actual y familiaridad, suspendiendo el orden de realidad convencional.

De esta forma se crea una temporalidad análoga a la de los cuentos, pero con marcas de verosimilitud distintas y elevado involucramiento personal.

Análogamente, la espacialidad euclidiana es subvertida por transferencias que se despliegan, pliegan, intususcepcionan, y con distancias que se cualifican a partir de la calidad e intensidad de las experiencias emocionales que se disparan.

Finalmente, el ordenamiento explicativo, con su tendencia al ideal causal, no es tal, puesto que se funda en una razón conjetural que genera verosímiles de consistencia a probar en la secuencia de la sesión y de sesiones, hilvanando momentos y planos distintos del proceso.

Por ello traíamos a colación más arriba la clásica comprensión motivacional, pues el: “si esto, luego aquello” no es echado en saco roto, pero considerándolo como eslabón de sentido en el seno de una singular producción de conocimiento: la inferencia como opción conjetural en un contexto específico de verosimilitud.

Daniel sueña que una horrible e inmensa máquina alza el cuerpo de su mujer por el aire y la decapita, justo en el instante en que cruzan una apacible calle arbolada por la que iban paseando con gran placer y serenidad.

El análisis del sueño remite a anhelos sensuales “feroces” que aquella no satisface, y que vincula con sensaciones frustrantes que colman el vínculo entre ellos y que podrían sintetizarse como de competencia fálica.

El sueño resuelve la situación de un plumazo, a través de un acto radical de castración y de potencia mutativa, mediante un gesto de posesión que la transforma y también la liquida como “pensante” (resistente al abandono erótico pleno).

Y de paso, una solapada y mortificante rivalidad intelectual queda solucionada, por ablación lisa y llana de la cabeza.

La escena tiene una lógica del horror perfectamente cinematográfica, e incluso las fuerzas relativas de máquinas y seres en juego son proporcionadas, así como los sentimientos que moviliza.

No es entonces un “sueño absurdo” –denominación notable, pues nos indica la penetración freudiana en órdenes de congruencia simbólica no convencionales– puesto que podemos desglosar unidades de sentido esperables, más allá que el género sea de espanto.

Pero todo se halla transportado a una dimensión imaginante donde juegan lo personal de las peripecias sexuales de Daniel junto a universales referidos a los cuerpos, sus ensambles y dislocaciones en el juego narcisista, edípico y polimorfo, siendo estos los “niveles de producción” que nos competen.

Es en ellos donde la inteligibilidad de las neurosis se vincula sin solución de continuidad con la de los sueños o –como en este caso– con las pesadillas.

De ahí las dificultades para transmitir nuestro orden de verdades en un discurso homogéneo, o de formalizarlo buscando a toda costa simplicidades.

Tarea difícil pues se trata –parafraseando y subvirtiendo a Husserl– de hacerciencia de la experiencia del inconsciente.

Es legítimo y necesario llegar a un lenguaje de claridad y las formas abstractas que le sean inherentes, siempre que asumamos en plenitud la razón poética como la pertinente al psicoanálisis.

Son por ello recursos, instrumentos, inducciones a pensar más que síntesis que resumen en abstracciones las notas distintivas de las singularidades.

AMBICIONES

Volviendo a nuestro curso inicial: la potenciación del decir más allá de sus convenciones habituales lanza una semiosis múltiple y no convergente.

El método adquiere así todo su valor terapéutico e histórico-crítico abriéndose paso desde los estereotipos que cementan la superficie de la cotidianidad y aseguran el equilibrio preconsciente.

Trae de este modo a la superficie tanto emociones cuanto frases y articulaciones fonemáticas proscriptas, conatos de acción, ritmos arcaicos y fantasías, reunida esa heterogeneidad por el común denominador de su exclusión de los sistemas de significación preconscientes y de acción en el mundo.

Pero está claro que nuestro objetivo no es la sustitución de un universo atemperado de sentidos por un caos cuya divisa sería la mera negatividad de la fragmentación, sino la apuesta al surgimiento de nuevos modos de ligadura fundados en la apertura de flujos pulsionales y pensamientos bloqueados desde la neurosis infantil.

Es decir, y la pretensión es enorme, la búsqueda es de una transformación metapsicológica en los modos de pensar, ampliando las posibilidades otorgadas a la fantasmatización y creando nuevos recursos de realización para el cuerpo erógeno, liberándolo en la proporción que sea posible de su captura por las fascinaciones y restricciones de los circuitos objetales primarios.

Para lograr lo cual el desarrollo de un análisis pone en marcha un proceso cognitivo tensado entre apertura, contención e “insight”.13

Apertura a lo que emerge entre resistencias con familiaridad inquietante; contención, que como veíamos implica confianza en las posibilidades de incorporación y sobreponerse al reflejo expulsivo paranoide y, finalmente, establecimiento de lazos nuevos de sentido y autoobjetivación benevolente.

Estos círculos virtuosos generan por acumulación un reservorio de experiencias más allá de los contenidos específicos que en cada momento se elaboren, importantes para atravesar los momentos de transferencia negativa o la aridez de fases de desentusiasmo o franco escepticismo.

Supone un pensar reversible, que si fuera crucial en los desarrollos cognitivos de Piaget, desde una perspectiva psicoanalítica del conocimiento también lo es.

Implica el atreverse a recorrer las facetas del otro y admitir lo irremisiblemente oculto, con las repercusiones emocionales a que nos expone y la inteligibilidad tramitándose entre, en un ida y vuelta relacional que compromete a los protagonistas en “juegos de lenguaje” que se saben insuficientes para agotar el sentido.

Ernesto, varón de edad mediana, sueña que un cachorro intenta mamar de sus pechos, voluminosos, femeninos; se lo saca de encima con violencia.

El sueño le causa gracia, y lo vincula con agudeza al rechazo a hacerse cargo, emocionalmente, de un hijo de su nueva pareja.

Lo que la (auto) interpretación oculta, y que a renglón seguido la sesión aclara, es el escenario fantasmático de lucha entre cachorros, en el cual compite por el pecho de la madre con un hermano.

La solución estabilizada de haber introyectado los pechos maternos, trasuntada en una actitud de orondo padre nutricio con sus propios hijos, con los consiguientes goces y fatigas, corre el riesgo de entrar en crisis.

El sucesivo examen de las diferentes fantasías implicó traslaciones entre lugares del Self y de los objetos, indicando reversibilidades propias de un profundo estado elaborativo.

Supone, en efecto, la pérdida de posiciones consolidadas, así como de las omnipotencias que las impregnan: la bisexualidad, la completud de amamantamiento, el constituirse en objeto de deseo oral, el disfrutar del “masoquismo femenino” consiguiente...

Los que promovemos, son modos de conocimiento altamente personalizados, pero también permeables hacia lo mítico-fantasmático.

Operando entonces en un registro distinto al de las dominantes de rendimientos y claridades funcionales aunque sin soslayar su compromiso con la razón práctica de cotidianidades y proyectos.

MÁS, ACERCA DEL PENSAR PSICOANALÍTICO

Supone legitimar:

 la ocurrencia,

  el pensar precario,

  el sentir que toma forma de pensar.

Incluye:

 El pensar como unir, tanto lo separado que estuvo unido en espacios primarios o primordiales, como lo que nunca lo estuvo, en cuyo caso nos hallamos en otra dimensión que la de “restablecer nexos asociativos”.

 El pensar como descubrir, sean elementos o configuraciones ocultas, y admitir lo dilacerante de atravesar la superficie de lo dado.

 El pensar como concebir. Sea el concebir pasivo de tolerar; el concebir activo de engendrar; el concebir exploratorio de construir; el dejar que los pensamientos tengan lugar.

Traigamos de nuevo a colación la concurrencia lúdica y entusiasta en la sesión con Ernesto: buena y nutricia.

Las figuras transferenciales que encarnábamos contaban con el trasfondo del sueño como referencia simbólica que se sostenía y recubría el contexto analítico con su particular realidad.

La penumbra transferencial no derivó en lo ominoso que caracteriza las atmósferas confusionales; de esta manera pudimos desplazarnos en la trama regresiva, incluso como objetos parciales y femeninos, pero sosteniendo un hacer lúdico y sublimatorio a distancia operativa de erotizaciones homosexuales.

El preconsciente puede entonces ser redescubierto con benevolencia, sin suponerle tanta consistencia como la que le otorgan remanencias de un racionalismo ingenuo, asentado como está en la modulación de una significancia que sólo se sostiene por el renovado pacto entre seres que se necesitan profunda y recíprocamente, aunque lo disimulen.

Pues constituye, en efecto, el caudal sintáctico-semántico-pragmático donde las experiencias singulares se amoldan a las coordenadas básicas de tiempo, espacio y distancia, volviéndose digeribles por los otros.

Allí se codifica lo previsible; de donde su connaturalidad con lo institucional, que se mantiene merced a la dialéctica constante de encuentros y desencuentros, y estabiliza sentidos y gamas de lo esperable en el lecho común de las costumbres, frente a las heterogéneas formas de ser.

No se trata sólo de defensas que operan por mera exclusión de lo extraño, temido o insoportable, ni tampoco de una instancia radicalmente autónoma, ubicada más allá de la impregnación fantasmática de la realidad, sino de la administración de una simbólica asentada en lo razonable de Eros y en el control de los miedos, lo cual permite abrir la red personal a una convivencia vinculante.

Cabe entenderlo siguiendo el modelo de la elaboración secundaria de los sueños, que señala –a la vez– brotes ficcionales impensados y el trabajo sobre lo que retorna de lo reprimido para adecuarlo a la discursividad del conjunto, y por ende a la normativa equilibrante o superyoica que son su trama conectiva.

Es allí donde podemos situar la adquirida capacidad de análisis, producto nuevo de límites indiscernibles con la razón analítica y las sensibilidades de la “emocionalidad común” que las dominantes adaptativas y la condición de adulto sofocan.

EL TRIÁNGULO EPISTÉMICO

Es oportuno en el comienzo trazar un esquema que exprese el marco de fondo con que nos moveremos.

En él se integra lo hallado en el campo, lo reconstruido y las modulaciones de lo imposible14, que convergen en la gestación de la consistencia propia de los materiales y correlativamente de las verosimilitudes de nuestra clínica.

Allí se fundan procesos inferenciales específicos, que relacionan: repetición/ creación en el campo analítico - neurosis infantil - trama originaria de constitución del psiquismo.

En tal oficio de paciencia constatamos no sólo la viscosidad de los investimientos propios de cada analizando, sino el trasfondo imaginario/simbólico que insiste como marcas de lo genérico en lo singular de cada destino irrepetible.

Desde el campo analítico se desprenden tres ejes principales: uno de ellos remite a las formas en que el psiquismo se constituyó, otro a las vicisitudes que determinaran formas diversas de padecer –con un articulador teórico principal, el concepto de neurosis infantil–, siendo el tercero el vector esperanza que emerge de la caja de Pandora que abrimos.

Por su parte, siendo las lógicas que rigen niveles profundos del psiquismo las que subtienden los fenómenos transferenciales, nos encontraremos, en diversos estratos del campo y en sucesivos momentos, con las fusiones primarias, el desamparo, las ansiedades primordiales, el narcisismo, el Edipo y las estrategias vinculares y defensivas que en ellos se fundan, atravesados por la apertura imaginante que propiciamos.

Desde allí, verosímiles activos, se desarrollarán los procesos de verdad que el psicoanálisis posibilita.

Y así, en plural, pues alude a crestas o quebraduras en la superficie asociativa que siempre en alguna medida sorprenden y obligan a hacer algo con ellas, aunque sea negarlas.

El triángulo epistémico básico es entonces el siguiente:


siendo atravesado por el vector transformaciones –buscadas y aleatorias–/esperanza)

Los tres vértices se implican recíprocamente, pues el campo analítico permite hacer hipótesis respecto de la estructura de la neurosis desplegada en transferencia así como acerca de la configuración del psiquismo, según las calidades regresivas dominantes.

Las que a su vez recrean horizontes enteros o, más a menudo, momentos de su constitución.

En el interior del triángulo cabe situar al concepto de neurosis infantil, sus síntomas y carencias más o menos reformulados o encapsulados, y eventualmente los núcleos de psicosis infantil.

Todo esto sin olvidar que lo patológico es relativamente separable de los procesos de instauración, y no por patologismo, reproche estereotipado que se le hace al psicoanálisis, sino por la vecindad de los cursos de feliz resolución con aquellos que nadan en padecimientos y repeticiones.

En efecto: se trata de la imbricación del dolor y el placer en la consolidación del Mundo Interno, el conflicto como algo inherente y la economía pulsional e ideal-superyoica eslabonando lo sublime, lo abyecto, lo penoso y lo placentero.

No es que todo se confunda; al contrario, el psicoanálisis suministra la semiología más fina para discernir lo que juega en la base de las patologías, pero por hacerlo en la complejidad donde efectivamente ocurre incluye como dato permanente la ambigüedad de las formas humanas con las que se logran equilibrios en la vida.

Completemos el triángulo basal con otros conceptos:


En este último vértice se sintetiza la máxima pretensión transformacional, pues compite desde lo inédito (que incluye lo potencial bloqueado), con los destinos marcados desde las fijaciones y compulsiones a repetir.15

En ambos esquemas es visible el acento en las determinaciones sobre cuyos cauces, como estabilizaciones de sentido y “fuerzas de destino” se da el movimiento transferencial.

Es que lo nuevo se gesta en los desprendimientos de las repeticiones, que no remiten a una esencia insondable sino son efectos de miedos, goces masoquistas, sumisiones, y también las formas mínimas de consecuencia con el propio ser, aunque se trate del narcisismo pobre inercial.

La clínica psicoanalítica es lugar de transformaciones buscadas o aleatorias, y por eso “contexto de descubrimiento” (Reichenbach) a la vez epistémico y práctico, pues produce perspectivas diferentes para entender los materiales que surgen del analista, del analizando y del conjunto relacional que ambos configuran.

La matriz de las transformaciones emocionales y cognitivas es el haz de transferencias, las que en cierto nivel se organizan como neurosis transferencial merced a la urdimbre que se entabla con “la figura del médico” y la densidad fantasmática que lo circunda.

De este modo se permea [regresivamente] la trama primordial así como diversas versiones sobreadaptativas de Self, con lo cual desde las mismas fuentes de síntomas y carencias se activan mociones, fantasías y deseos que abren alternativas al equilibrio previo.

Las cuales, cabe insistir, no pueden ni preverse ni establecerse de antemano.

Claro está que cualquier mejoría imprevisible es igualmente bienvenida, si bien nuestra pretensión es la de transformar entendiendo, por lo que no nos autolimitamos estableciendo a priori una caja negra de indiscernibles, aunque la mayor parte de los logros nos sorprendan.

Hay un arte analítico, y practicantes de talentos disímiles según pacientes y situaciones, y ninguna regla salamanquina suplantará lo que el análisis personal y la transmisión de artesanía logren por diversos caminos formativos.

Pero esto no liquida la tensión productiva con la racionalidad propia del canon occidental y que se da a partir de su propia originalidad, irreducible a otros dominios o a un repertorio simple de conceptos propios.

Tampoco surge de la imitación de otras disciplinas, del vaciamiento en las mismas o mediante importaciones de ideas de moda.

Reformulando, entonces: las consistencias que logramos proceden de lo discernido en el campo y reconocido, puesto a prueba, desplegado temporalmente como proceso, nominado y diferenciado conceptualmente, vinculándolo con hipótesis referidas a la(s) neurosis infantil(es), la constitución del psiquismo, sus carencias, sobreadaptaciones e inercias caracteriales.

Y también a la aceptación de lo nuevo que en el ambiente transferencial se gesta, sorprende y supera nuestras predicciones.

Y dada la correlación entre construcciones referidas a los tramos iniciales de la vida y las configuraciones clínicas, de las formas en que se conciban aquellos primeros momentos dependerán opciones psicoanalíticas fundamentales, referidas a:

 La cuestión de la transferencia y la contratransferencia.

 La disyuntiva entre el inconsciente como estructura o como cualidad.

 La sexualidad infantil, el polimorfismo y la asunción de posiciones de género.

 La temporalidad y el proceso analítico.

 La neurosis infantil, las fallas por carencias, los aspectos no neuróticos o específicamente psicóticos o embrionarios16 situados en el “todo complejo estructurado” de las formaciones clínicas.

 Las raíces profundas de las estabilizaciones caracteriales.

 Los diversos modos de realización, como manifestaciones en el campo de transacciones con servidumbres y heteronomías, en la gestación de un ser propio.

 El estatuto que le asignamos a los materiales, así como a los soportes de la experiencia.

Dicho esto, cabe retomar lo del triángulo epistémico para apuntar todo lo que pretende representar, en el esfuerzo de organizar temáticas complejas.

En efecto, a partir de cada uno de sus vértices pueden situarse los diferentes desarrollos psicoanaliticos, sea bajo formas sistemáticas o no.

Se constituye así una arborescencia heterogénea de resonancias, congruencias, incompatibilidades, en las que los psicoanalistas abrevamos para reconocer nuestros hallazgos, intuiciones y pasmos en redes compartibles de saber.

Estas se hallan en constante proceso de reelaboración, decantando periódicamente conceptos clave que distribuyen y organizan áreas de inteligibilidad. Y dando entonces lugar a posibilidades de diversificación en escuelas o al menos corrientes de pensamiento.

Si nos atenemos, por ejemplo, a los discursos sobre la trama originaria de constitución del psiquismo, sus transformaciones han sido y son constantes.

En efecto, los cambios en las inferencias reconstructivas cruzados con datos interdisciplinarios variados, que van desde la observación de bebés hasta elaboraciones etnográficas e históricas han dado lugar a mutaciones profundas.

Y es allí donde los paradigmas, al fin de cuentas actos de fuerza en el territorio de las ideas, juegan su función ordenadora o restrictiva.

La relativización del edípico en su versión tradicional obedece tanto a la promoción de aspectos relevantes en otros, el del apego, por ejemplo, como a la asimilación de interrogantes surgidos de la inmersión transferencial en el vórtice de sus versiones.

Ya la idea de Edipo completo destotalizó el esquema base y su congruencia especular con “la familia” ingenuamente entendida, tarea continuada con el desarrollo del concepto de Edipo primario.

Este, a su vez, no es una mera tracción mecánica “hacia atrás” de lo mismo, pues al articularse con los desarrollos referidos a objetos parciales y emociones básicas, llena de matices el repertorio de figuras presentes en los procesos de crianza.

Lo cual entra en resonancia con elaboraciones centradas en la idea de apego, facilitando el concebir funciones desacopladas de portadores fijos según género, abriendo esbozos de respuesta a acuciantes cuestiones de la clínica actual.

Volviendo al hilo de nuestro desarrollo: hemos hablado de lo oniroide, para referirnos al tipo de producción imaginante que favorecemos.

Pero de ese modo definimos una peculiar consistencia, no una fragilidad; y en todos los sentidos de la palabra, desde el más obvio: en qué consiste, cuál es su sustancialidad.

Se trata de la materialidad fluente de las fantasmáticas y las fantasías, que transcurren sobre el soporte de continentes que si son propicios favorecen la permeabilidad entre los espacios psíquicos.

El Mundo Interno tiene escisiones que autonomizan segmentos y sistemas, pero también pulsa para unificarse, recurriendo a polos de convergencia pulsional, fantasmática o deseante; a puntos identificatorios ideales; a recolecciones enunciativas a través de la pronominación.

Conceptos como el de pantalla del sueño, de especularidad en el sentido de Kohut, o, más abstractamente el de continente para Bion, son desarrollos que dan concreción empírico-transferencial y conceptual a los dispositivos de sostén e interfase, de variada resistencia y porosidad.

 La función de la institución psicoanalítica con relación a la que construimos en la clínica.

Agreguemos que la cuestión de los “modos de ser” remite, por un lado, a estabilizaciones caracteriales y caracteropáticas, y por otra a las resultantes de su imbricación con Formas Históricas de la Individualidad, “sistemas orgánicos de máscaras”17 que la sociedad produce y promueve según épocas, clases y culturas.

Es este un concepto elaborado por Marx en los Gründrisse, para dar cuenta de la congruencia entre Modos de Producción y las subjetividades que en ellos se configuran.

Pero es necesario ampliar su connotación más allá de tal dispositivo, en un mundo que tiende a definir identidades no restringidas a las tradicionales figuras de clase debido al estallido de diversidades, y también –contradictoriamente– a la fusión homogeneizadora de la globalización.

OPERACIONALISMO CRÍTICO

En lo que sigue nos hallaremos con ideas surgidas de diferentes esquemas referenciales, articuladas desde el marco de una teoría del Mundo Interno y Relaciones de Objeto explorada en transferencia, lo cual permite construcciones consistentes de Campo y de Proceso Analítico.

Nos movemos así con un operacionalismo crítico, que supone asumir ciertas opciones fundamentales para luego situar en ellas hallazgos procedentes de la rica y heterogénea capacidad instalada, fruto de una vasta acumulación histórica.

Operacionalismo, para poder recurrir sin inhibiciones o prejuicios a esa masa de conocimientos tanto teóricos cuanto instrumentales y de procedimiento.

Crítico, puesto que supone la interrogación por el valor extendido de las herramientas técnicas y conceptuales, que originariamente consisten por lo común en recursos de a bordo y sistematizaciones ad hoc con los que el analista intenta entender lo hallado en su clínica.

Pero se trata además de referirlos a grillas de inteligibilidad que permitan su cotejo en el campo, definiendo criterios de proceso y superando el nivel, necesario aunque insuficiente, de una narrativa persuasiva, la cual, de cualquier modo, es imprescindible como recurso de transmisión.

Insistamos: es absurdo desaprovechar lo acopiado por generaciones de psicoanalistas, y una de las ventajas de una concepción sistemática de campo reside en que permite la puesta a prueba de las más diversas observaciones, superando los a priori de escuelas.

Si a los conceptos los situamos en tal perspectiva, les otorgamos pertinencia; es decir, precisión, fecundidad y valor de verdad en un ámbito reglado de indagación y experiencia, adquiriendo capacidad instrumental la masa de ideas e intuiciones con que contamos.

No podemos darnos el lujo de desperdiciar tantos conocimientos, pero tampoco es cuestión de caer en un eclecticismo débil, que salta de uno a otro marco de referencia sin el procesamiento acabado de sus límites, en el cotejo con la empiria de campo y la elaboración conceptual de sus hallazgos.

EJES DE CONSTITUCIÓN Y DE INDAGACIÓN DEL CAMPO ANALÍTICO 18

Operan como abstracciones guía, que en la versión primera denominaba paradigmas, la cual parece ahora una denominación exagerada, pues es mejor reservar ese nombre para ordenadores globales de un dominio.

Señalar que los paradigmas dependen de correlaciones de fuerza en el consenso en determinada coyuntura, es ya sabido desde que el propio Kuhn profundizara el concepto.

Los que aquí aparecen como ejes corresponden al cruce entre ordenadores personales, que la práctica ha decantado, con las coyunturas sucesivas en la historia del psicoanálisis, cumpliendo una función de transmisión y de esperanza de diálogo más allá de las tendencias hacia repliegues dogmáticos o idiolectales.

1) De constitución:

a) Inconsciente.

Agregando de inmediato: escindido y heterogéneo.

Desde su misma génesis, relacional y erógena, nos permite pensar los tiempos que coexisten en lo potencial, en lo no realizado y por lo tanto una dialéctica suspendida cuya posibilidad de concreción y/o de repetición es la clínica en transferencia.

b) Transferencia.

Convergen allí diferentes lógicas:

 La del amparo/desamparo.

 La del narcisismo.

 La del polimorfismo.19

 La del Edipo (en sus diferentes niveles y versiones)

 La de la sociabilidad abierta.

Las primeras son formas prototípicas más o menos discernibles en el campo, y ligadas a matrices primarias. La última supone apertura a lo actual, pero incluirla se justifica en tanto el espacio analítico es transicional en sentido estricto y la transferencia es pasado, presente y potencialidad futura.

Por lo que muestra las tensiones y fantasías propias de explorar y propulsarse al mundo desde lo perdurable de las lógicas precedentes.

c) Conflicto.

Eje de referencia constante, desde lo más simple a las relaciones intra e intersistémicas de las instancias, de las corrientes de la vida psíquica y de las formaciones que confluyen en la arquitectónica de las entidades patológicas.

Afectos o representaciones contrastantes, objetos internos convergiendo y chocando entre sí, con el núcleo del Self y entre partes del mismo, materializando de diverso y matizado modo el paradigma mítico de Eros y Tánatos.

d) Carencias.

Para reconocerlas, explorarlas, hallar recursos escindidos y resiliencias. Y para sostenerlas activamente, elaborándolas desde empatías genuinas.20

Este paradigma, indudablemente posclásico, nace de la frecuentación, por extensión del método y por injurias epocales, de dimensiones del Self y su trama vincular con daños precoces.

Requiere un elevado compromiso personal del analista y tolerancia a la necesidad de procesar continuamente la neutralidad, dado el sistema primario de ensayo y error en el que se transita.

2) De indagación:

a) De universalidad de los materiales (en sentido estricto, de las materias primas): nada es descartable a priori.

En efecto, cualquier tipo de manifestación en el campo, sea del lado del analista, del analizando o del conjunto que configuran, es materia prima cuyo valor dependerá de la elaboración que se logre, lo cual permite incluir hasta destructividades que tienden a romper las condiciones mismas del proceso.

b) Indiciario.

Vinculado estrechamente al anterior, se refiere a aparentes pequeñeces que revelan su potencia explicativa a la mirada (y escucha y sensibilidades en general, agreguemos) expertas, y a la intuición osada.

El desentrañar indicios hereda en Freud las diversas “lecturas sintomales” propias de la historia de la cultura: desde los rastros sutiles detectados por el cazador hasta la semiología clínica, pasando por las prácticas detectivescas y la autentificación de autorías de obras de arte.

Lo encontramos de hecho a través de todo el recorrido de la obra freudiana: pivotear sobre el detalle rompe con la imponencia de las totalizaciones dominantes, las cuales, burocracias al fin, temen la sospecha instrumentada en la captación de lo mínimo. 21

“Yo creo que… (el método de Morelli)… se halla estrechamente emparentado con la técnica del psicoanálisis médico. También ésta es capaz de penetrar cosas secretas y ocultas a base de elementos poco apreciados o inadvertidos, de detritos o ‘desperdicios’ de nuestra observación”.22

c) De verosimilitud/verdad.

La clínica psicoanalítica se tensa entre la verdad como develamiento y la verdad como resultado de un trabajo.

Ambas se encuentran dialécticamente relacionadas, si bien la manera de concebirlas y el énfasis que se ponga en cada una de ellas mostrará diferencias entre estilos analíticos así como la pertenencia a determinada corriente o escuela.

Juega aquí la dialéctica saber/verdad, en la medida que los saberes acerca del mundo, de los otros y del propio cuerpo tienden a saturar los interrogantes lanzados por el proceso analítico, situándose como resistencias.

Pero no se trata de liquidar lo sabido, sino de una específica epojé, una puesta entre paréntesis de lo previo, de modo tal que retorne como posibilitación contenida de lo nuevo.

La formulación de Bion respecto a abolir la memoria y el deseo remite a este punto.

La cuestión de un recepción inaugural despojada, de lo dado –mirada, escucha, sensorialidad en general– es un anhelo inveterado en la historia del conocimiento y del arte, como lo ejemplifica la formulación tradicional de la filosofía como “pensar sin supuestos”.

Y es también requerimiento integrar al difícil aprendizaje de la percepción flotante, que supone el momento “negativo” del apartamiento de lo sabido y el del retorno en productividad asociativa

Siendo en todo esto central el papel de lo verosímil, según la notable definición de Aristóteles: “conjunto de posibles para los que saben [...]” 23

Supone la sorpresa y la disponibilidad a la misma, pues por definición no es creable intencionalmente y si se la admite tiene una gran fuerza desnarcisizante.

La verdad es también en el análisis, como en la historia y en la vida social, resultado de una lucha, y tiene por efecto y causa de grandes resistencias una modificación en la posición subjetiva, puesto que se activan las interpelaciones, los llamados más tempranos y se relativizan las respuestas canónicas.

El preconsciente, atravesado por formas normatizadas, tiende a cerrar apelando a una suerte de reservorio de pregnancias de inteligibilidad, pero es una función necesaria.

La clínica psicoanalítica no es una mera práctica de la ocurrencia y de una inagotable creatividad idealizada/erotizada, así como tampoco de corroboraciones sistemáticas de la teoría/creencia que sustentamos.

Jacques Lacan definió, justamente, un lugar del saber que le es supuesto al analista, como uno de los modos de entender el lazo transferencial.

El cual implica una promesa omnipotente como oferta de sentido y realización; la cuestión es si confundimos el rol transferencial asignado con nuestra propia condición personal.

Y esto no sólo de maneras ostensiblemente arrogantes, sino bajo figuras estoicas o “hipersostenedoras”, que capturen en el goce sacrificial, usado como soporte de la posición analítica.

“UNENDLICHE”

Si la deriva del descubrimiento freudiano puede trazarse por el acceso sucesivo a modalidades diversas de lo disociado, reprimido y apartado, el telos de la penetración hasta el núcleo, al definir lo imposible de su meta señala un horizonte radical de la subjetividad: el enigma irreductible, que se muestra en el propio azoramiento ante aperturas a experiencias más libres.

De allí la posibilidad de construir una ética práctica, puesto que reconocer esa condición concede al analista la tranquilidad paradójica –para premisas sustentadas en la omnipotencia– de reconocer lo imposible de cualquier ambición de enseñoramiento por trasparentización del otro.

El resto enigmático define el centro mítico de tal apropiación, sea a través del amor o del odio, y es más de lo que ha dado en llamarse la diferencia.

Esta suele remitir a aquellos rasgos que distinguen a alguien en cualquier encuentro con profundidad vital, y en donde se conjuguen los provenientes de su pertenencia cultural, creencial o étnica en los pliegues más propios y reservados.

En tal caso se trata de universales que convergen en un singular y lo sitúan en una simbólica de respuestas y compromisos, que, claro está, lo trasciende: de ahí el confort, pero también el anonadamiento por el peso que la casa paterna conlleva.

Todo lo cual se expondrá en el proceso analítico como sensible zona de lo propio en conjunción con ideales y lazos con otros, que llegan al nivel de las imagos y su incansable urdir destinos.

Lo que requiere trabajarlos desde distancias moduladas, empatía sabedora de sus límites y conocimiento por analogía.

Si el psicoanálisis es puesta en juego de lo reprimido, aquellos lazos sufrirán las interrogaciones –curiosidad, pulsión de dominio, epistemofilia– a las que el pequeño y precario pensador redivivo y legitimado los someta desde la plataforma transferencial y su fuerza indagatoria, y también desde las secretas ambivalencias para con los núcleos de origen.

Constituyéndose éstas con frecuencia, como hemos visto, en causa de lealtades reactivas exasperadas y de fanatismos y, naturalmente, de formidables resistencias.

El pensamiento deductivo no tiene aquí relevancia: la pretensión de desentrañar la singularidad por sucesivos pasos de género a especie, dejando, en el mejor de los casos, una referencia al azar para dar cuenta de lo impredecible, nada nos dice de lo que psicoanalíticamente interesa.

Su contraparte, la intuición, trató de penetrar directamente al corazón de la cosa, pero el ímpetu romántico no disuelve el enigma; en todo caso potencia alguna de sus versiones, puede ofrecer sin duda cauce a la empatía y, en la clínica, ser fuente de señalamientos que atraviesen capas de resistencia.

Lo irreductible enigmático se vincula, por oposición, a la experiencia de fascinación y al saber por compenetración fusional que esta procura, y también al dolor del intérprete (analista) de perder la ilusoria transparencia del otro-bebé-prolongación-de-mi-pecho-y-de-mi-ser que regresivamente el analizando puede llegar a encarnar.

Situar este asunto bajo la rúbrica del narcisismo abre posibilidades de exploración metapsicológica necesarias, sobre las que luego nos extenderemos.

Se trata aquí de señalar fantasías presentes en el campo transferencial, y su mejor destino de relativización productiva si logramos instaurar una dialéctica entre tentadoras capturas retentivas para el bien y esperanzas aleatorias.

Y que nos muestra en presencia la lucha para librarse de amorosidades sofocantes, redivivas en la transferencia.

Punto delicado, pues a veces convocan un furor curandis sin furor aparente, que impregna de retentividad bienintencionada y difícil de detectar, pues este tipo de respuestas contratranferenciales tienden a articularse en un estilo.

Y llevan al perfeccionismo de la mala interminabilidad, con un horizonte vislumbrado e inquietante de terminación por agotamiento.

De hecho, lo prolongado de un análisis no obedece sólo a la pertinacia de los traumas y microtraumas, el masoquismo y la adhesividad a los síntomas, sino además al esfuerzo para labrar un recinto propio y más allá un territorio práctico-simbólico en el mundo, apartándose de la permeación regresiva que el proceso analítico produce.

Para lo cual no sólo contamos con aspectos del Self preservados, junto a restos postraumáticos de la capacidad de pensar, amar y creer, sino con la productividad que surge desde la misma matriz que los síntomas.

Siendo este el terreno –transferencial en sentido profundo– en el cual el análisis ha de ir a disputar energías latentes con los complejos infantiles.

Las patologías más complejas y perniciosas son tales porque se apropian de la excedencia autoafirmativa y erótica que rompe con las coerciones superyoicas, pero la reincluyen, como psicopatía, desagregación o delirio, en sistemas de coerción y sometimiento, por lo común siguiendo las facilitaciones de núcleos megalomaníacos.

Hemos explorado ciertos puntos básicos desde lo que el espacio analítico posibilita y que hacen a su peculiar consistencia en el compromiso de verdad y cura que le dan sentido, los que serán recogidos una y otra vez en el desarrollo del texto.

Acentuamos también como clave del método la oscilación entre objetividades enunciables, razón poética de subjetividades trasmisibles y materia prima fantasmática en acción en la transferencia.

Iremos ahora en pos de los comienzos, no con pretensión histórica exhaustiva, sino desde la perspectiva de las problemáticas actuales y su enraice en aquellos momentos en que el psicoanálisis se instituyó como práctica de transformación, interpelación cultural, discurso orgánico y empuje institucional.

1 Carta del 4-12-1924.

2 Se trata de las clásicas posiciones kleinianas –“agrupamientos de angustias y defensas”– entendidas en su sentido más amplio, es decir, como dispositivos imaginario-simbólicos que generan premisas de vida y estilos, manifestándose en diferentes circunstancias, sobre todo en momentos transicionales significativos. Bion desprendió definitivamente el modelo del anclaje genético, postulando la oscilación Paranoide Esquizoide/Depresiva (PE <——> D) inspirándose para el dibujo bidireccional de pequeñas flechas en la notación utilizada para las reacciones químicas reversibles. Agregamos aquí el momento Con-fusional, que incluye la ambigüedad del pasaje posible a transiciones útiles o decaer hacia brumas persecutorias. (Examinaremos el punto más adelante).

3 Tangencialmente: no es posible construir una ética desde el psicoanálisis, pero sí de aportar a los procesos histórico-sociales de su construcción a partir de la que funda su ejercicio. De hecho el psicoanálisis ha jugado activamente, impregnando con su relativismo productivo –es decir, con una puesta entre paréntesis radical de lo dado y hallazgos y afirmaciones concretas referidas a dimensiones humanas soslayadas–, la gestación de valores en el contexto de la modernidad.

4 Donald Meltzer ha elaborado estas cuestiones con mucha profundidad. Ver, por ejemplo: Return to the imperative: an ethical implication of Psychoanalytic findings. [En (1994) “Sincerity and other works”. Karnac Books, London, págs. 144/5].

5 En el capítulo noveno examinamos el punto en extensión.

6 Me refiero a los desarrollos sobre “coraza caracterial” de este autor, fuente tanto de ideas valiosas cuanto de exageraciones unilaterales. (Análisis del carácter, Paidós, Buenos Aires, 1957).

7 Lo cual no quiere decir destruirlos: nadie en sus cabales se ensaña con los dientes de leche o con las adventicias. Es claro que se mantiene el costado iluminista de la praxis psicoanalítica, pero despojado del carácter de cruzada y sabiendo de las sutiles relaciones entre fantasías, equilibrios adaptativos y modos de pensar, así como de los duelos que requiere el abandonarlos o transformarlos.

8 “[...] Vive solo en el bosque. No tiene permitido tocar mujer, tampoco abandonar su casa, y ni siquiera levantarse de su silla, en la que se ve precisado a dormir sentado. Si se acostara cesarían los vientos y se arruinaría la navegación [...]” ([1913] Totem y tabú, Amorrortu editores, O.C. 1979, T. XIII, pág. 52).

9 Juega aquí la cuestión de la contratransferencia concordante y complementaria, que examinaremos en el capítulo sexto.

10 Ver el clásico, y predecesor en muchos aspectos: Psicoterapia en las psicosis (Paidós, Buenos Aires, 1962.)

11 Aspectos hiperadaptados del Self no es lo mismo que “falso Self”. Se trata de capas de actitudes, reforzadas por entrenamiento, que preservan de la puesta en juego de enclaves sensibles; corresponden, por lo tanto, a equilibrios caracteriales. Si lo que ocurriera en el analista fuera el desarme o resquebrajamiento de un “falso Self”, supondría una crisis contratransferencial que requeriría recomposiciones de gran alcance o la entrada en análisis, si el insight catastrófico se transforma en esperanza de volverlo asimilable.

12 Es sabido que desde el “Proyecto...”, el concepto de retroacción ocupa un lugar importante para entender el procesamiento simbólico. En perspectiva de campo y de proceso conviene considerarlo como una de las modalidades de temporalización que concurren en la transferencia, como veremos más adelante.

13 La historia de este último concepto es azarosa, empezando por su traducción (a propósito, podría traducirse por “percatarse”), puesto que puede llevar a cierta idea restrictiva de captación meramente intelectual. Lo trabajado por Bion referido al vínculo K, como emocionalidad cognitiva en un juego intrincado con el Amor y el Odio, que también suponen formas del conocer, es fundamental. Se trata del pensar como posibilidad de construir red, que contenga pensamientos y sus circulaciones, de agrupar incluso lo apriorísticamente no agrupable, desde la aprehensión (creación) de “hechos seleccionados”.

14 El conocido enunciado freudiano respecto de las tareas imposibles –gobernar, educar y psicoanalizar– en una perspectiva de campo se vuelve concreto como conjunción de lo inagotable del otro, el cuerpo, lo real del mundo, las resistencias plurales y los límites del analista.

15 Tengamos presente la sutileza implícita en el título: Trieb und Triebshicksale, es decir “Pulsión y destinos de pulsión”. Es allí donde la osadía freudiana intentará introducirse para modificarlos.

16 Estos últimos son núcleos coagulados en su desarrollo, que en un status protosimbólico se hallan sometidos a regímenes de disociación e identificación proyectiva intensos, pero sin la malignidad de los psicóticos.

17 Abel García Barceló las definió de este modo en: (1979) Sociedad y derecho, Buenos Aires: Ediciones Estudio.

18 Basado en: (1992) Paz, Rafael, “Zona erógena” Nº 12, pág. 2.

19 Dándole un sentido extenso, como versiones de sí ligadas a consumaciones pulsionales y figuras de goce renuentes a la síntesis.

20 Más arriba nos hemos referido a la empatía; el énfasis en lo genuino puede parecer una aclaración ociosa o simplemente absurda, puesto que de no darse plantearía una contradicción en los propios términos. Pero es prudente hacerlo por los riesgos concretos de seudo empatías dimanantes de seudoselves psicoanalíticos.

21 “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales” (en Carlo Ginzburg, (1989) Mitos, emblemas, indicios. Morfología e Historia, Barcelona, Gedisa, págs. 138-175.) Confluyeron en su construcción Morelli, Freud y Arthur Conan Doyle, desde la detección de falsificaciones en la pintura, el psicoanálisis y lo detectivesco, pero sobre un suelo médico común, como lo señala el propio Ginzburg.

22 (1914) Freud, S. “El Moisés de Miguel Ángel”, T. XIII, O.C., Amorrortu, 1979, pág. 213.

23 Roland Barthes et al., Lo verosímil, Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1973, pág. 19.

Capítulo primero

DE LO QUE EL PSICOANÁLISIS PUSO EN MOVIMIENTO

RUPTURAS

El cambio producido por el psicoanálisis en los modos de encarar las diversas formas de padecer y por extensión en el dar cuenta de como estamos constituidos, implicó una verdadera ruptura epistemológica1 respecto de los esquemas alejados de la experiencia propios de las “psicologías académicas”.

Claro está que eso ocurrió sobre condiciones de posibilidad históricamente acumuladas.

El huevo de Colón, roto por un acto de voluntad iconoclástica, había sancionado la caducidad del Mundo Antiguo, simbolizando cabalmente la osadía y violencia necesarias para descubrir nuevos mundos.

Y cuando Humpty Dumpty, el huevo orondo anglosajón, cayó de la pared desde la cual asistía cómodamente al desfile de la historia “…ni todos los caballeros, ni todos los hombres del rey...” fueron capaces de unir sus fragmentos.

Es que se trataba, nada menos, que del ocaso de la consubstanciación psiquismo = yo = consciencia = subjetividad, al mostrar sus líneas de fractura el cristal de Bohemia de la alegoría freudiana, por agudización de las contradicciones en las formas históricas de la singularidad frente a tracciones poco piadosas provenientes de transformaciones sociales profundas.

En efecto: el “Yo” con el que Freud se encontró era una construcción ideal encarnada en el buen burgués autosuficiente, sabedor de lo atesorado y calculador avezado en los investimientos (inversiones) a realizar.

Su regla era la prudencia y el examen de la realidad un ejercicio cotidiano de posibilismo, tendiente a evitar el dispendio irresponsable.

Retentividad virtuosa, que enlazaba la analidad, coartándola en sus fines y sublimándola, a metas socialmente valoradas y acordes a la acumulación capitalista.

Pero era un Yo acosado: por una parte los otros semejantes –en el juego de reconocimientos típicos de las clases en ascenso– construían sus vidas en recintos de propiedad defensiva y clausura circunspecta, aunque con pretensiones expansivas; por otra, una masa de humanidad contenida pugnaba por manifestarse desde el interior de cada uno y específicamente desde los explotados, las mujeres y los niños.

Los vínculos sociales perdían así naturalidad como malla de contención y refuerzo de identidades, al consumarse los efectos de la Revolución Industrial y la irrupción de las masas en la escena histórica.

La familia se concentraba y a la vez mostraba debilidades, sometiendo a sus miembros a un esfuerzo de responsabilidad creciente en el sostén de sus cimientos, mientras que el lento proceso de laicización de la sociedad iba erosionando el cemento de sus valores y el andamiaje de convenciones y prejuicios.

El Yo/instancia de la teoría desarrollada heredará atributos de equilibrio y esfuerzos de ecuanimidad, exigido por tensiones que surgiendo desde niveles primarios –culposos, persecutorios e ideales– y desde realidades cambiantes, configuraban el mapa de una interioridad nunca más reconciliable consigo misma.

De ahí la metáfora freudiana del caballero que cree guiar su caballo cuando en realidad es éste quien lo lleva, llegando a veces hasta el extremo de invertir el movimiento natural de la vida conduciéndolo –desborde tanático– a su propia extinción.

La teoría de la angustia señal puede ampliarse entonces más allá de lo específico del alerta neurótico, que de hecho ya situaba a la atención en un rango diferente al que tenía en el universo abstracto de las psicologías.

Se la entiende ahora como tanteo cauteloso y paranoide nacido de la carga enigmática interior, en medio de las complejidades de mundos crecientemente urbanos y competitivos, por lo que en rigor da cuenta, a partir del examen de una “función”, de una verdadera condición antropológica en trance de mutación adaptativa.

Esa crisis del Yo entendido como expresión ideal plasmada en la identidad de ciudadano libre, que supone el conocimiento de su realidad, límites y recursos y el gobierno de sus pasiones, convergía con la crisis incipiente de la familia tradicional y el desnudamiento de sus raíces.

Pero al no quedar fijado al suelo nostálgico de lo que fue y la mera negatividad de lo que caduca, el psicoanálisis pudo abrir horizontes distintos.

De hecho, el inconsciente heurístico y conceptual 2 se forja en el impulso de la Ilustración desde aquellos vacíos, y tiende a brindar al dominio de la Ciencia el espacio interior, de modo análogo a lo que ocurriera geográficamente con el auge de la expansión capitalista por la generalización del mercado mundial y de sus leyes.

Por lo que fue un gesto natural trazar mapas del psiquismo e intentar remontar su caudal hasta las fuentes, superando poco a poco la inflación metafórica mediante modelos construidos en intersección con lo que la clínica mostraba.

Habrá sin duda explicaciones limitativas, provenientes, por ejemplo, de las ideas energetistas de un Helmholtz, junto al desarrollo de un universo teórico que incluye las cantidades en un sistema abierto, basado en unidades discretas –las neuronas– vinculadas por relaciones de facilitación/inhibición y articuladas a partir de diferenciaciones funcionales.

Enunciado con ambición sistemática en el “Proyecto…”, sirvió como materia prima teórica, que al ser transformada por sucesivos cortes epistemológicos permitió concebir cadenas de representaciones –ya no de células– sobredeterminadas desde núcleos de sentido totalmente originales: teorías sexuales infantiles, complejo de Edipo, fantasías primordiales, narcisismo.

Las representaciones pasaron así a constituir las unidades en el dominio nuevo, lo cual es un hermoso ejemplo de giro epistémico, dado que la materialidad en juego y consiguientemente sus leyes son otras, sin que eso implique el repudio de la biología.

Se trataba de una simbólica encarnada y relacional, que explica decaimientos reduccionistas en Freud, tanto por el trabajo ímprobo para lograr modificaciones como por la añoranza de la ciencia “dura” que dejaba.3

De ahí las dificultades para reinscribir la energía en el nuevo lugar –cuestión de los impulsos y los afectos– y el diseño explicativo de las series complementarias, notable esquema que sigue sirviendo para asumir la red determinística que nos es pertinente y en la que juega el entrecruzamiento de universales de especie y culturas con lo vivido singular.

En efecto, cada una de las líneas que aquél recoge –lo dado, lo adquirido, lo predisponente y lo actual desencadenante– tiene consistencia, pero es insuficiente por sí sola para explicar los niveles de complejidad que el psicoanálisis asume como propios.

Y admite el azar, pues en los puntos de confluencia cualquier lectura que exagere su predictividad es interrumpida por incidencias aleatorias.

De este modo se dan bases objetivas tanto para el optimismo terapéutico – mostrando la posibilidad de acceder a las raíces del padecer– cuanto para la prudencia, al señalar circuitos de fijación y matrices causales que están más allá del alcance de nuestros recursos.

Suele no tenerse en cuenta que la intención terapéutica psicoanalítica es también causal, puesto que el dispositivo transferencial y la facilitación regresiva tienden, como ya apuntamos, a abrir lo disposicional resultante de las series complementarias.

Convergen allí lo constitucional y lo intrauterino, transformado por vivencias infantiles críticas y traumáticas, ejes heterogéneos y recíprocamente inconmensurables.

Recordemos que el análisis del “Hombre de los lobos” lo es de una neurosis infantil, y sirve de paradigma de ahí en más para el trabajo psicoanalítico.

El acentuar el aspecto dialógico así como la justa crítica al energetismo, puede desleír las características del método, que no se contenta con una errancia exploratoria.

Ahora bien, el hallazgo puntual de causas y su dilucidación y agotamiento no es pertinente como fundamento de nuestra clínica, salvo para formaciones transaccionales aisladas, a incluir luego en la sobredeterminación y la inscripción múltiple.

CONSISTENCIA DEL PROPIO DOMINIO

La biología humana es entonces pensable como un orden de determinación consistente y próximo, penetrante y eficaz, pero a su vez penetrado por determinaciones sociohistóricas que mutan la individualidad corporal en cuerpo erógeno y relacional, matriz de subjetividad y no mero soporte (Träger) para el despliegue de una simbólica autónoma.

Ni tampoco la explicación final reductiva, oculta detrás del desvarío poético de la significancia.

Consideraciones que valen para despejar equívocos pertinaces, que nacen de la defensa cerrada de la autonomía del psicoanálisis, pues no son los avances de otros conocimientos –específicamente las neurociencias y la farmacología– los que la ponen en riesgo.

El desfondamiento de la existencia en su densidad simbólica –que es el que asume el psicoanálisis en la clínica y más allá de ella– no proviene de aquellos desarrollos sino de una situación cultural y de época renuente a aceptar una concepción de lo humano y sus padecimientos en el nivel de complejidad que corresponde.

Lo que lleva a reduccionismos explicativos en pirámide invertida4, bajo la forma de biologismo o análogos.

Por lo que es un error pensar que los conflictos de pertinencia entre disciplinas ocurren en un espacio epistémico plano, de modo tal que el psicoanálisis iría quedando paulatinamente acorralado en los rincones de un campo ocupado por otros conocimientos.

No: se trata de la articulación de sistemas heterogéneos y que configuran totalidades –es decir se cierran para dar razón suficiente de sus cuestiones– pero para luego abrirse a interrogantes tanto intrínsecos como extrínsecos.

Una actitud dubitativa respecto de la consistencia del psicoanálisis nada resguarda y predispone al dogmatismo, como respuesta reactiva ante las fragilidades que se temen de las propias teorías.

Y eso ocurre tanto ante el avance de las neurociencias y la farmacología como al reconocimiento de “lo social” sin profundizar en su estructura y contradicciones, al presentarse como real abrumador para clases y capas en riesgo de existencia.

De allí la importancia de sostener ámbitos de privacidad e intimidad, frente a una socialidad invasiva en tanto se realiza en las reglas de juego de la globalización dominada por el capital financiero, que tiende a capturar las apetencias y rendimientos más personales.

Todo lo cual tiene directa incidencia en la formación de psicoanalistas, pues desde aquel error surgido de una epistemología espontánea elemental, y de las ansiedades de los que se inician, es fácil confundir la defensa del psicoanálisis con la adscripción a alguna dogmática.

Es por ello que hay que pensar el juego entre disciplinas concurrentes en una dialéctica de totalidades que se asumen como relativas.

Lo cual requiere aceptar interpelaciones intempestivas e intercambios de ideas y modelos, pues cada una de ellas es incapaz de colmar la interrogación por la subjetividad.

Así se fue construyendo un edificio teórico que perdura con vitalidad, lo que se trasunta en la apertura hacia paradigmas nuevos, que incluyan las ampliaciones disipativas en las producciones simbólicas.

En efecto, sin contar aún con desarrollos parangonables en otras esferas del conocimiento, el psicoanálisis asumió desde el principio el estar enfrentándose, en lo psíquico, a universos en expansión, lo cual sitúa en posición paradojal a la postulación del instinto de muerte.5

Los trazados determinísticos fueron guías útiles en la exploración de lo distinto y singular, y los recursos del método esfuerzos para ceñir en coordenadas controlables lo que primero se intuía y luego se sabría de imposible conmensurabilidad con los procesos preconscientes.

De ahí que la reiteración de lo mismo –en el seno de cada uno y como similitudes entre diferentes sujetos– así como los criterios nosográficos, sirvieron solamente como esquemas de orientación para definir los “no poder dejar de” propios de las distintas situaciones patológicas, en oposición al repertorio abierto de conductas posibles.6

Esto llevó a reconocer diversos modos de estar atentos, dentro de una disponibilidad y flotación a menudo oniroide, actitud necesaria para una clínica que asume la incertidumbre y fecunda la sospecha.7

A primera vista estas elaboraciones cerrarían su círculo explicativo y su utilidad en el, al fin de cuentas, reducido mundo de los analizandos, pero su fuerza interrogativa se extendió al recoger estados de la consciencia histórica proclives a penetrar la masa de obviedades que recubrían la vida concreta de la gente.

Confluían así con tendencias que venían desde muy lejos y a las que cabe llamar democráticas en un sentido profundo, puesto que adjudicaron a todos la posesión de una interioridad con características enigmáticas y de arduo desciframiento, cosa que en otro tiempo podía pensarse de ilustrados, señores y seres excepcionales, pero no del común.

Concebir, en efecto, la “vida interior” como recinto denso y patrimonio generalizado es fruto de un largo proceso, por otro lado siempre inacabado y permanentemente asediado por ideologías de la exclusión, redivivas a escala planetaria en nuestros días.

Y si bien aquel reconocimiento suele ser meramente formal, insiste y produce tensiones culposas, que aunque no sean la forma mejor de asumir la existencia de los otros en su valor radical, vale como testimonio de lo tenaz de su presencia en el horizonte de valores alcanzados.

Pues no somos solamente, como decía Freud aludiendo a las coerciones superyoicas, mucho más morales de lo que pensamos, sino también mucho más “sociales” de lo que aceptamos.

De ahí que ocupando los otros e incluso lo humano genérico como referencia del propio ser un rango esencial en el imaginario colectivo, los efectos brutales de la concentración de riqueza y la fragilización de los lazos solidarios produzcan verdaderas mutilaciones.

Aquellos ideales no pertenecen meramente a una esfera que cabe recordar conmemorativamente, sino resultan de la sedimentación histórica de padecimientos y luchas que enraizan en las fraternidades primordiales del cazador colectivo y sus reciprocidades8, o, según la mitología freudiana, en la hermandad ambivalente y culposa por el asesinato del padre.

La singularidad humana, por otra parte, siempre es construcción histórica impregnada de valores y disvalores, y ya desde el reconocimiento básico de su recorte como esquema de un cuerpo tramitado en la escena social.

Si observamos en panorama la acumulación de condiciones de posibilidad para el viraje freudiano, vemos que en nuestro mundo greco-occidental la utilización de pronombres en la poesía jónica, la noción de persona en el derecho romano, las ideas religiosas de redención y salvación personales, las preocupaciones de la nobleza por las marcas de linaje, las múltiples explosiones espartaquistas afirmando en acto la dignidad de los explotados, convergieron para consolidar un sustrato ideológico espontáneo a la concepción de individuo.

Sobre el cual las formas “libres” de contratación en el mercado de trabajo en virtud del desarrollo capitalista (uno por uno), su plasmación en el derecho y en el discurso filosófico9 consumarán su trazado, diferenciándolo de las fusionalidades campesinas y feudales.

La individuación pensada en la escala que nos es pertinente, a partir del universo primordial “materno”, se imbrica con dispositivos de tracción/diferenciación histórica y socialmente dados, con sus inercias inmemoriales pero también con saltos en virtud de transformaciones en los modos de acoger y valorar a los nuevos.

Y es así como un concepto como el de ambiente permite establecer conexiones entre aquellos diferentes órdenes de determinación.

La contraprueba es el empobrecimiento conceptual cuando las condiciones de crianza se conciben en un juego abstracto de funciones, fuera del tiempo, los cuerpos y por consiguiente los procesos sociales que les permiten ser, o por el contrario los bloquean o mutilan.

En aquellas circunstancias históricas que evocábamos, las líneas de fractura interiores se hacían ostensibles, reflejadas en primer término por la literatura y reconocidas por la religión y el saber popular.

Aquella, en efecto, como ha ocurrido a menudo en el campo del conocimiento, tuvo una función anticipatoria de lo que el psicoanálisis retomó como método de cura: de ahí el lugar orgánico y no meramente ilustrativo que tienen las referencias literarias en las obras psicoanalíticas de valor, desde Freud en más.

La connaturalidad entre las tragedias griegas, las obras de Shakespeare y los trabajos freudianos obedece a razones de peso, pues el arte ha podido desde siempre captar planos inmensos o fragmentos mínimos de las dimensiones humanas sobre las que tratamos de incidir y que por su propia naturaleza se escurren, como tantos sueños vívidos e implicantes que se esfuman al despertar.

Aunque lo invalorable de sus aperturas sesgadas y la penetración en conductas y motivos no nos debe hacer olvidar que el psicoanálisis se halla siempre atravesado por una intención de cura.

Y vale reiterar esa obviedad frente a la tentación de devaneos esteticistas que surgen cuando nuestros impulsos reparatorios se topan con límites difíciles de superar.

A propósito de aquellas relaciones en lo que tienen de cotidianamente fecundo, cabe apuntar que la narrativa psicoanalítica es una parte constitutiva del psicoanálisis tanto como la metapsicología y la teoría de las neurosis10, siendo clave para mantener la congruencia entre elaboraciones teóricas y nuestros objetos de conocimiento.

La coincidencia de cura e indagación terapéutica hace a la potencia del método, pero puede lanzar a la búsqueda de claridades excesivas que escinden de manera tajante el contexto de descubrimiento del de justificación, cosa que la narrativa psicoanalítica puede subsanar.

Narrar, como sabemos, no es sólo contar, en sentido trivial, sino expandir en sus detalles lo que se manifiesta para que aquello que se hurta se muestre a contraluz.

Y por otra parte cabe diferenciar entre el proceso analítico concebido como narración, otorgándole a ésta un sentido fuerte, sistemático y poliestratificado, y las descripciones post facto de lo acontecido, sea de sesiones, de tramos de análisis o al modo de las famosas epicrisis freudianas.

La cuestión es evitar enunciaciones desconectadas de la cualidad reticular y disipativa de los materiales que desentrañamos, lo que suele ocurrir cuando la verdadera preocupación es adquirir a toda costa un shibollet de legitimidad científica.

En “Zibaldone de pensamientos” Leopardi afirma: “...se envidia incluso lo que se tiene, e incluso en mayor grado; también se envidia lo que el otro posee, aunque no suponga daño alguno para nosotros; y también lo que de ninguna manera podemos poseer, y que ni siquiera podría convenirnos; por último, casi envidiamos incluso lo que no deseamos, y que aunque pudiésemos tener no querríamos. De modo que el mero bien del otro, el solo espectáculo de la supuesta felicidad del otro, nos resulta naturalmente penoso por sí mismo, y constituye el sujeto de esta pasión, que por ende sólo puede derivar del odio hacia los otros, derivado a su vez del amor propio, pero derivado de él, si se me permite la comparación, del mismo modo en que, según afirman los teólogos, la persona del Verbo procede del Padre, y el Espíritu Santo de ambos, es decir, sin que haya habido un momento en que el Padre existiese y el Verbo y el Espíritu Santo no existiesen” (13 de junio de 1821).11

Ante tan notable desarrollo, que evoca la implacable autoscopía de San Agustín sobre los sentimientos primarios, la elaboración psicoanalítica no puede reducirse a cotejarlo con sus propios criterios de un modo meramente exterior; ni tampoco –sería absurdo– a una apresurada tentativa tendiente a su operacionalización clínica.

La cuestión es mucho más vasta, pues la profundidad de Leopardi resuena, confirma y a la vez interpela, por ejemplo, las ideas kleinianas, que como es sabido situaron a la envidia como una de las “emociones básicas”.

La homología entre su surgimiento y genealogía desde el odio, con la propia del amor en la triangularidad divina, traza una versión en clave verdaderamente demoníaca, que nos sitúa impiadosamente en el mismo horizonte moral primordial en que Melanie Klein, un siglo después, trazará las coordenadas de sus hallazgos.

Aunque no para que allí nos instalemos, recreando expiaciones religiosas, sino con el objeto de examinar su régimen íntimo de acción ya en la infancia y en las profundidades –o sea en el juego de superficies que se imbrican unas con otras– de la vida adulta.12

Leopardi da cuenta de lo que hallara en la introspección y en las transferencias que el azar desplegó delante de su sensibilidad y su forma de compromiso con lo que alberga el corazón del hombre.

Siendo la de él, como la nuestra, una empiria de superficies extendidas, que vence la resistencia del buen pensar idealizante y accede a la belleza a través de la verdad.

Y nos confirma, en el singular modo de una razón, como la nuestra, poéticocrítica, fragmentos esenciales de lo que trabajamos en la clínica.

NUEVO TERRITORIO

Abierto este camino de convergencias impensadas, el psicoanálisis quedó situado en una posición quiasmática, de entrecruzamiento de las disciplinas de la cura con aquellas ligadas a la producción, circulación y trabajo sobre el sentido; sintéticamente, con las tradicionalmente agrupadas alrededor de la noción de cultura.

Peculiaridad que marcará para siempre los discursos analíticos, su práctica y también las identidades individuales de los psicoanalistas y de sus instituciones, para bien o para mal, como más adelante veremos.

Por otro lado, al abrir un territorio nuevo, Freud y sus seguidores se apropiaban sin pudores de cuanta idea consideraran útil para expresar lo inédito, obrando al modo de “exploradores inescrupulosos”, como se definía Einstein a sí mismo en circunstancias semejantes.

Pero al hacerlo no quedaron indemnes las fuentes a que acudían en busca de inspiración o respuestas, estableciendo lazos de hecho entre campos diversos del conocimiento.

A este respecto, suele llamar la atención –de uno mismo, cuando nos apartamos del atrapamiento, y de extraños, para su desconcierto o humoradas– la contracción con que los psicoanalistas nos abocamos a dilucidaciones teóricas muy complejas, la lucha en derredor de textos y sus debidas interpretaciones, el carácter símil iniciático de muchas de las controversias.

Todo esto hace a la historia mayor o menor de un grupo humano con sus estilos, emblemas y tics, pero la raíz de esas peripecias reside en haber heredado un proyecto sumamente ambicioso.

De allí que no se limitara a construcciones “ad hoc”, armadas para dar cuenta de un reducido grupo de fenómenos, sino que inductiva y deductivamente se expandió asimétricamente.

El prudente escepticismo que teñía la concepción freudiana de la cura – recordemos que según la famosa cita cabría darse por satisfecho con “... mudar la miseria histérica en infortunio ordinario...”13– no le impidió realizar elaboraciones de vasto alcance referidas a estructuras y funciones psíquicas, ni, como veíamos, la incursión en los más diversos campos de la cultura.

Y esto último por dos motivos: por un lado, al desarrollar un dominio nuevo hubo de apelar a diversos modelos para dar cuenta de los diversos hallazgos; por otro, partiendo de la convicción que las producciones absurdas y dolorosas pero a la vez insistentes de los neuróticos tienen sentido, oculto para ellos mismos aunque inteligibles al situarlas en referencia al inconsciente y la sexualidad, reformuló la problemática global de las significaciones.

ARCHIPIÉLAGO Y MATERIAS DELEZNABLES

La cuestión del síntoma se desplazó así desde el dominio tradicional de la medicina a uno mucho más afín a las de exploración y desciframiento de los productos culturales, pero señalando en su médula el trabajo inagotable de las pulsiones.

Lo cual hace a la desconfianza freudiana en el escape hacia las alturas, sea en la concepción de las sublimaciones, de los vínculos humanos en general o en la interpretación de los sueños.

La obra de Freud es un archipiélago de hallazgos extendido en el tiempo, que periódicamente busca su propia coherencia a través de esquemas y modelizaciones, junto a formas discursivas que le den legitimidad en el campo de las ciencias.

Tarea ardua, por lo inédito de los materiales con que se encontró y los medios que hubo de poner en obra para trabajarlos: sustancias sospechosas surgidas del testimonio de sujetos poco confiables.

En efecto: eran, por una parte, ocurrencias erráticas y productos segundos o de desecho de la simbólica cotidiana; por otra, de histéricas, es decir, mujeres mendaces y de imaginación enfermiza.

No cabe duda que los sueños hacen juego en tal conjunto, habiendo por añadidura ocupado un rol capital en los imaginarios colectivos desde el comienzo de los tiempos, para ser desplazados del pensamiento oficial no hace mucho, aunque conservándose en el rescoldo de las culturas populares.

Y además, tanto los materiales como gran parte de los instrumentos con que el psicoanálisis se edificó han sido impuestos por los pacientes, y la legitimidad que los sueños se labraron se halla en continuidad con la admisión de la catarsis –“Dr. Freud, déjeme hablar”– y sus consecuencias.

Es nada menos que el meollo artesanal de la obra freudiana, importante de recordar cuando una nueva ola, adaptada a las exigencias de la globalización, embiste los frágiles aunque tenaces recursos con que el psicoanálisis procesa sus verdades.

Todo lo cual configura un dispositivo notable –e irritativo para diferentes tipos de Bunges– de “mixing” científico natural con información procedente de fuentes bíblicas, de la literatura o del decir cotidiano, que busca cernir sus objetos y organizar un discurso transmisible.

Enfrentando siempre resistencias epistemológicas (Bachelard), que engarzan en las resistencias habituales y las potencian, justificando el déficit empático, la carencia de recursos conceptuales y, en última instancia, racionalizando el miedo a la verdad de lo que albergamos.

Es que se trataba una vez más de teorizar, en el sentido nativo del término.14

“DEUTUNG”

La interpretación se gesta en un medio heterogéneo en el cual convergen las manifestaciones del analizando y sus impregnaciones transferenciales, la respuesta emocional del analista y su saber, anhelos de reparación, compromisos respecto de la verdad e ideales de racionalidad crítica.

Su status aparente de insanable arbitrariedad requiere elaborar un contexto de verosimilitud que le dé caución y consistencia, acorde con lo particular de los materiales y la búsqueda de sentido singular.

Y es en los sueños donde esto alcanza su apogeo: material difícil por su levedad, su indudable atractivo y su condición esquiva y por haber sido, a través de las épocas, territorio natural para los ejercicios de arúspices y videntes.

Pero siendo a la par portadores de una peculiar objetividad, puesto que se conocen a través de relatos, por lo común emocionalmente relevantes, del testigo único de un producto irrepetible, ofrecido a esa suerte de antropólogo en su propia cultura que el psicoanalista pasa a ser cuando los escucha.

Lugar que hasta cierto punto ocupamos siempre, puesto que el psicoanálisis es, de hecho, una crítica de la cotidianidad que interroga a la red de resistencias que realimentan su inercia, potenciando el manifestarse de cada uno desde la legitimidad del padecimiento.

Y haciéndose cargo, como clínica e intervención en la cultura, de sus consecuencias.

Entre otras, de la diversidad de materias primas que elaborará como materiales, tendiendo a su vez –tal es la cura– a que el trabajo psíquico espontáneo se vaya haciendo con menos miedo a la fantasmática primordial.

Y es allí donde este otro reino intermedio, el de los sueños, mediante sus cualidades figurales, escénicas y móviles, abre el camino a percepciones plurales de sí y a lo heterogéneo que albergamos, otorgando especial eficacia clínica a las potencialidades imaginantes.

Ya el reconocerlos inicia una reconciliación con lo disociado y en muchos casos el soñar, recordar los sueños y “contarlos en sesión”, es el único juego que se permiten adultos encajados en sus corazas caracteriales y en sus afanes por sobrevivir.

Para penetrar en el sentido de los sueños Freud recurrió al “saber popular”, es decir, a la masa de sentidos que flotan con la insistencia de lo ideológico, tomándolo como punto de partida y atravesando sus limitaciones para construir lo específico de la propia intervención.

Este movimiento es una clara demostración del valor de la epistemología discontinuista, puesto que apoyándose en las creencias comunes de que los sueños algo quieren decir, por lo que han convocado siempre interpretaciones, las trastoca por entero para elaborar su modelo básico.

En él no tiene cabida ningún tipo de profetismo, ni tampoco explicaciones del tipo “esto es la representación de aquello” basadas en una linealidad pasatista, pues los remanentes de la vida despierta se unen en el espacio onírico a los impulsos y emociones reprimidos para producir el sueño, con lo que su régimen de gestación pasa a jugar el papel central.

De ahí la afirmación extrema de que “el sueño no crea nada”, sino que se limita a laborar con los materiales liberados del orden perceptual que rige la vida despierta.

Formulación limitativa, pero con la que se precave de la acusación de que inventa sus interpretaciones, lo que lo llevaría al terreno dudoso del que se diferenciaba, poblado de augures y onirocríticos.

Pues su piedra Rosetta no era una pantalla proyectiva para desplegar ocurrencias fantasiosas, sino, como aquella para los arqueólogos, un sólido marcado a descifrar, poseedor de objetividad, tanto empírico-concreta cuanto histórica.

Y las transformaciones que la teoría de los sueños requirió, necesarias para dar cabida a la creatividad en el seno de la repetición y del metabolismo de restos antiguos y actuales, se dará ya sobre la base de haber abierto la cuestión de lo ficcional y su consistencia, legitimando un producto difícilmente aprehensible y científicamente dudoso, aprovechando todas las sugerencias implicadas en la noción de “otra escena”.15

En efecto, ”Eine andere Schauplatz” no es sólo una metáfora afortunada tomada del “gran Fechner”, sino la indicación de un modo de entender los procesos inconscientes que se imbricará con aquél más ligado a los ladrillos de significación, su composición y descomposición en “juegos de lenguaje”.

Señala Freud que Fechner expresa: “…la conjetura de que el escenario de los sueños es otro que el de la vida de las representaciones de la vigilia.

Ningún otro supuesto permitiría conceptualizar las peculiaridades de la vida onírica.

La idea que se pone a nuestra disposición es la de una localidad psíquica. Queremos dejar por completo de lado que el aparato anímico de que aquí se trata nos es conocido también como preparado anatómico, y pondremos el mayor cuidado en no caer en la tentación de determinar esa localidad psíquica como si fuera anatómica…”

Y a renglón seguido se explaya –entre modelos y metáforas– analogándolo a un microscopio o un aparato fotográfico, para finalmente definir instancias o sistemas y aclarando: “…En rigor no necesitamos suponer un ordenamiento realmente espacial de los sistemas psíquicos. Nos basta con que haya establecida una secuencia fija entre ellos, vale decir, que a raíz de ciertos procesos psíquicos los sistemas sean recorridos por la excitación dentro de una determinada serie temporal…”16

Valioso fragmento que señala la consistencia tan particular de la materia entre manos, no reductible a otras conocidas pero sí pensable, y que se va sutilizando en el curso de la enunciación.

De hecho, el proyecto de construcción de una metapsicología expresaba ya desde los comienzos la búsqueda de leyes de funcionamiento sosteniendo a toda costa la condición material del psiquismo, cuando, abandonado el suelo nativo de la anatomía, la fidelidad a los hallazgos producía la impresión de volatilizar su concreción.

De ahí que el nombre mismo de aparato psíquico trasunte, en su opaca fórmula (aún cuando en los recovecos idiomáticos se esconde un Seelisch Aparatus, “aparato del alma”, como bien lo hubo de traducir López Ballesteros), una materialidad específica, tan legítima como las de las neuronas que desvelaban a Freud en épocas anteriores, con sus conexiones, barreras y facilitaciones.

No remitía a algo tangible, sino a la resultante de fuerzas ancladas en el cuerpo que advienen a la cualidad de pulsiones por acción de la cultura –que también es fuerza, si bien extrínseca– y produciendo, por efectos de barrera, escisiones en conflicto.

Ocurre que Freud operaba, en estado práctico, con una noción refinada de materialidad, superando los límites de lo empírico visible y tangible para definir lo concreto, pues dentro de aquéllos se autolimita el materialismo vulgar.

Efectivamente, aun sin plena consciencia epistémica caracterizaba a los fenómenos discernidos en la clínica por relaciones:

a) necesarias, es decir, sin las cuales no ocurrirían;

b) determinadas, lo cual supone concatenaciones precisables; y, finalmente,

c) suficientes, puesto que en su nivel se bastan para explicar legalidades y variaciones, aunque ocultas, no aparentes, inferibles, surgidas de contradicciones entre sistemas con lógicas de constitución explorables.

Son estas precisiones que debemos a Marx, en su “Contribución a la crítica de la economía política”17, y que muestran, aplicándolas a los desarrollos de Freud, la consistencia de conocimientos que superaban las barreras ideológicas dentro de las que se habían gestado.

Insistiendo: la secuencialidad que supone movimiento y trayectoria en un espacio estructurado, trazada en el esquema del capítulo VII de “La interpretación de los sueños”, da cuenta de esa específica concreción, con sus caminos paradojales y sus leyes diferentes a las de la escena vigil o la biología.

Siendo así el precedente del que llegará a concebirse como ámbito poblado por fantasmáticas en relaciones de objeto que vehiculizan emociones básicas.

Al cual suministramos el espacio transferencial, intermedio entre el onírico y el vigil, para que sus manifestaciones sean recolectadas, contenidas y procesadas en el dispositivo de co-pensamiento psicoanalítico.

NAVEGACIÓN

En esa convergencia de paradojas el movimiento teórico de Freud es epistémicamente clásico –si la esencia coincidiera con la apariencia la ciencia sería superflua, nos enseñaba Marx– pero abierto por varias puntas a las exigencias de lo inédito de sus objetos.

No creer más en “la neurótica” implicó asumir el papel central de la fantasía, materia evanescente si es que la hay, para hallar en su médula fuentes de generación de sentido que tuvieran fuerza explicativa y eficacia en las dilucidaciones clínicas.

Contaba para ello con el hilo lógico del capítulo tercero de “Psicoterapia de la histeria”, que superando el mecanicismo asociativo planta en el seno de las cadenas de representaciones derivadas del (de los) trauma(s), el esbozo de una lógica fantasmática vinculada a la sexualidad infantil, polimorfa y ubicua, y con circuitos de consumación tenaces.18

La raíz ambiciosa subyacente al proyecto de construcción de una metapsicología –que de hecho pretendía nada menos que liquidar epistémicamente a las psicologías académicas–, se bosquejó muy pronto, aunque restringida por el energetismo y los fatalismos de la descarga.

Pero acceder a los lazos primordiales siguiendo los caminos polimorfos de la sexualidad abrió el territorio de una simbólica encarnada, matriz insistente si bien penetrable por un logos que se reconcilie con la empatía y la intuición.

Y el hallazgo de paradójicas adhesividades al dolor en los caminos moebianos del sadomasoquismo –paradigma de la perversión– y el contacto, aunque a distancia, con la locura franca, concluyeron por bosquejar aquel enjambre de hallazgos.

Por su parte los sucesivos dibujos permitieron una transmisión académicamente correcta de ese impensable para la razón clásica que es una ciencia de la experiencia extendida del inconsciente.

Pues de eso trata: dar tiempo y espacio a lo que sea, una vez lanzada la provocación regresiva que permita absolver la lengua (Canetti) de sus ataduras singulares y ancestrales.

HEURÍSTICA DEL INCONSCIENTE EN LA NUEVA CLÍNICA

La idea de procesos primarios inaugura las lógicas que el psicoanálisis irá postulando a partir de la heurística del inconsciente.

Buscando significaciones ocultas para el conocimiento vulgar o de las cuales éste se resiste a extraer todas las consecuencias, construirá poco a poco un ámbito de manifestación y transformación de la producción imaginante de un ser/cuerpo erógeno marcado por los otros; desde allí se trazarán ilaciones de congruencia dramática semejantes a los de diversas creaciones estéticas.

Y es así que la asociación libre y la atención parejamente flotante son el primer paso en el desarrollo de un método acorde a sus objetos, teniendo en cuenta que los universales de especie y cultura se concretizan en singularidades que invalidan cualquier interpretación a priori.

Siguiendo estas líneas es que puede afirmarse que la clínica psicoanalítica se organiza metodológicamente entre las manifestaciones del analizando y la percepción flotante del analista, es decir, en un arco más vasto que el tradicional.

Por otra parte el panorama se ha ido ampliando hacia la recolección de rasgos caracteriales, aspectos psicóticos y enclaves psicológicamente embrionarios, frustros en su desarrollo.

Lo cual, unido al pensar sistemáticamente en función de transferencia y lo enseñado por el psicoanálisis de niños y pacientes graves, exige de todos los recursos de captación que la vida y el oficio nos den.

Agreguemos el viraje que supuso la comprensión y utilización de la contratransferencia, la modulación de la empatía y la reelaboración de la neutralidad, con la consiguiente necesidad de refinamiento de estilo, parsimonia de encuadre y teorización acorde a lo que se pone en movimiento.

También los requerimientos planteados a la formación de analistas, pues el acceder a niveles de regresión profundos trabajándolos en perspectiva transferencial, requiere que los “consejos (actuales) al médico” estén a la altura de los procesos que se desencadenan.

No consiste en la inmersión empática en el padecer del analizando per se, o del uso oracular de la contratransferencia, que supondrían volver atrás siguiendo un camino empedrado de buenas intenciones, sino del trabajo sobre unidades de distinto rango, carga emocional y significación, que con vitalidad y presencia dispar coexisten en el campo.

Y es así que las virtudes de la empatía y la comprensión pueden recuperarse, incluyéndolas en un dispositivo instrumental y una heurística de la verdad que precave de la molicie de amores blandos.

Lo cual requiere de plasticidad para sostener una adecuada distancia operativa junto a una elevada implicación.

De ahí que suela decirse que los análisis de los psicoanalistas tienen que ser más completos, expresión poco feliz por lo cuantitativa, imprecisa y sutilmente idealizante.

Se trata, en rigor, de ampliar las bandas de recepción y demorar las respuestas, para que surjan intervenciones desde la creatividad legitimada y el acostumbramiento a lo intransmisible.

Por lo que deben transcurrir en condiciones óptimas de reserva, y la institución psicoanalítica preservar las experiencias singulares que sus miembros transitan y soportan, además de servir adecuadamente para la depositación y tramitación de ansiedades y fantasmáticas primarias.

LO INTERMINABLE EN LA CONDICIÓN ANALÍTICA

La relativización de la mítica personal y de sus equilibrios edípicos y narcisistas como resultado del análisis personal y de la propia tarea, tiende a unir con lazos singulares a quienes se incluyen en el linaje psicoanalítico.

Por lo que, aunque suene extraño, algo de “la novela familiar”19 halla realización.

La incursión en las propias referencias identitarias interroga la consistencia del ser de los padres y expone los ligámenes totémicos, llevando a la búsqueda de sostenes proporcionales a los vacíos que expone.

Las identificaciones basales, revestidas narcisista y transnarcisisticamente, son renuentes por definición a ponerse en juego.20

Por eso, la osadía de saber emprendida necesita ser legitimada tanto para sí mismos como para llevarla hacia otros, lo que redobla la importancia de aquel sostén cuando las estructuras ideal-superyoicas se vuelven permeables por las transferencias creadas en el análisis personal y con la institución a la que se vinculan.21

La pertenencia oculta a estirpes psicoanalíticas, el mantenimiento pertinaz de lealtades a otras, distintas de las “oficiales”, la referenciación “directa” a Freud (“entre Freud y yo, nadie”...), no son meras rarezas de una colectividad escindida por el pulular de narcisismos, sino síntomas de una identidad peculiar y las maneras de procesarla, y toca delicados aspectos del análisis de los analistas, puesto que allí se juegan los vacíos y religaduras totémicas a que hacíamos referencia.

Entre nosotros, la adscripción a líneas de filiación europeas es de rigor, y no solamente por razones surgidas del origen de los conocimientos, sino como refrendamiento identitario acorde con relatos familiares y rasgos culturales y de prestigio propios de capas sociales en ascenso.

Lo notable, y que muestra la profundidad personal y colectiva de tales compromisos, es el sumarse a querellas y luchas territoriales totalmente ajenas a las propias circunstancias.22

Es claro que transitar en transferencia tramos vacíos de emblemas y consistencias no es condición suficiente aunque sí necesaria: la iconoclastia frente a “tronos y altares” interiores es coherente con la médula del pensar psicoanalítico, y supone remover las cegueras infantiles debido a las prohibiciones a saber y cambiar, tanto en uno mismo como en los analizandos.

Suele ocurrir que algunos pacientes pueden mantener, cuidadosamente oculta durante mucho tiempo, la idea de que por sostener valores en común con su analista, la red de sentidos que los une permanecería al margen de los avatares transferenciales y de las interrogaciones pertinentes.

Se trata, en el micromundo construido, de preservar de toda incursión hacia referencias raigales narcisisticamente investidas.

Lo cual en perspectiva general pertenece a la cuestión del baluarte (M. y W. Baranger), pero con especificidades, sobre todo por la resiembra de valores – los mismos, otros– que puede darse si se atraviesan las posturas omnipotentes, omniscientes y omnisapientes que confluyen en esos bloques resistenciales.

Por su parte, la matriz formativa institucional primera, que procede del Instituto de Berlín y a la cual le diera forma definitiva Eitingon con el famoso trípode –psicoanálisis personal, supervisiones y seminarios teóricos–, conserva su vigencia, si bien con grandes variaciones de contenido, y traza los cauces necesarios para continuar siendo psicoanalista.

Estas cuestiones se vinculan al maltratado tema de la neutralidad productiva, valor preciado que señala lo asintótico de la objetividad que buscamos, junto al esfuerzo de excentración que acompaña al compromiso emocional en el campo.23

La activación fantasmática y pulsional tiende a inducir respuestas contratransferenciales permanentes desde el lugar de poder detentado, volviendo imprescindible cuidar la apertura y plasticidad, así como las estrategias de corrimiento en la dialéctica sutil de implicación/desimplicación.

Lo que define el valor de las instituciones de acuerdo a la proporción en que la facilitan, o por el contrario la impiden o diluyen.

La pertenencia institucional, de hecho, puede adoptar las formas más diversas, pero la cuestión reside en sostener las opciones de fondo, cuando la tendencia es que se desdibujen los valores de responsabilidad respecto de la intimidad del otro.

Por otra parte, los psicoanalistas solitarios suelen deslizarse por la pendiente de tejer redes de (auto) idealizaciones y microclimas que los vuelven oraculares, lo cual se perfecciona si agrupamientos de discípulos devienen cohorte de seguidores.

Es claro que, dada la compleja trama de las producciones humanas, eso no necesariamente impide desarrollos creativos, pero cabe como advertencia por la proclividad a las clonaciones.

Y desde este entrelazamiento misional y narcisista han surgido muchas de las famosas querellas alrededor de las rectas opiniones referidas a los textos freudianos, para apoderarse del núcleo de su legado y lograr una legitimidad exaltada.

Negar los rasgos de nuestros estilos institucionales es riesgoso, pues se ponen en marcha ficciones del tipo “se trata de sociedades que tienen que ser científicas como las otras”, lo cual es falso en tanto parcial, revistiendo con una suerte de macchietta positivista un hacer que es de otra índole.

Tampoco es solución un mero transversalismo amistoso que al transitar en niveles fraternos puede ser valioso para construir confort y debilitar idealizaciones vacías, pero oculta el juego de las diferencias.

Y está claro que si la actividad se consuma en ritos de convalidación de aquella condición neototémica/arquitotémica tampoco basta.

El desafío consiste en instaurar un marco estable de relaciones que permita el desarrollo asimétrico de sus integrantes, manteniendo la complicidad sublimada de una profesión que intenta sostenerse sin declinar interrogaciones radicales.

Agreguemos que la tensión entre diversas estirpes psicoanalíticas con sus discursos, estilos, contraseñas y otras, conviviendo en el mismo ámbito, es productiva si se basan en pactos genuinos, fundados en la transmisión de una praxis vital.

El indicador de su fecundidad –y aquí aparece una diferencia con otras configuraciones “académicas”– estará dado por hasta qué punto refluyan e incidan sobre las resonancias personales y las convicciones en sombra de sus integrantes.

Pues en última instancia el valor de una pertenencia institucional se mide por la proporción en que contribuye a sostener la apertura del inconsciente para otros y para sus miembros, en circunstancias que tienden a licuar la experiencia analítica.

ESPACIO INTERIOR

La maduración histórica de los problemas –recordemos aquello de que la humanidad se plantea las cuestiones que está en condiciones de resolver– explica tanto la posibilidad de acceder a sistemas antes cerrados cuanto las resistencias que se despiertan, puesto que mostrar ciertas fisuras preanuncia la caducidad de estilos de vida supuestamente eternos.

Y así ocurrió con recintos y funciones en cuya intimidad el psicoanálisis pudo incursionar de manera inédita: los actores del drama edípico, la profunda ambivalencia de los vínculos que los ligan y el polimorfismo erógeno que perdura en segmentos infantiles disociados y eficaces.

Figuras, modos de relación y heterogéneos mundos interiores que se recortan nítidamente si los tiempos que corren los desencajan de su aparente naturalidad, pero también si se los sabe ver.

Y es por todo esto que el psicoanálisis pudo elaborar la teoría más penetrante del espacio interior en la modernidad tardía.

Por su parte, el relevo de las prácticas religiosas y las sabidurías tradicionales por la medicina hacia fines del siglo diecinueve, consumando la pretensión positivista, desplazó el campo íntegro de la interrogación acerca del dolor y sus causas, pero resultaba insuficiente para dar cuenta de los padecimientos neuróticos.

La estrategia de Freud abrió perspectivas inéditas al instalarse en la brecha de la sexualidad, que a todo lo impregna y disloca, mostrando al psiquismo basculante en equilibrios inestables.

De allí el esfuerzo de la razón arquitectónica freudiana, preocupada en sus dibujos y modelos incipientes para transmitir con rigor y claridad lo que hallaba.

Ya en los comienzos tuvo en claro lo ambicioso de la empresa, como lo muestran tanto algunos sinceramientos de su correspondencia privada así como la explícita cualidad programática de trabajos científicos; vale como ejemplo el mencionado “Proyecto de una psicología para neurólogos”, de 1895, que enlaza naturalmente con la creación ulterior de una “Metapsicología”.

Sintetizando, entonces: la historia inicial del psicoanálisis muestra una serie de pequeñas rupturas con los modos previos de encarar los padecimientos psíquicos que en determinados momentos produce saltos cualitativos enunciables, ofreciendo a otros –si pueden y quieren– la posibilidad de abrirse al mismo orden de experiencias.

Y siendo la exploración sistemática de la herida narcisista labrada por la historia en la concepción espontánea de la subjetividad autoposesiva surgida de la revolución burguesa, se erigió en sustento de una nueva concepción del sujeto, perdido el “geocentrismo” hasta entonces natural de la consciencia.

Cuando las tentaciones de la teoría traumática en sus versiones lineales24 se fueron superando, la eficacia de la sexualidad y la fantasmatización entrelazadas mostró turbulencias y polos interiores productivos e irreconciliables.

Lo cual permitió enriquecer las bases del nuevo dominio, al postular escisiones que atraviesan prolongados períodos históricos y muestran a la autonomía personal brotando de un nudo pulsional e identificatorio, que, en el límite, torna indiscernible lo propio y lo de los otros en la intimidad de su estructuración.

Pero pasará largo tiempo para que se asuman en plenitud la “multiplicidad de corrientes de la vida psíquica...”25 y la cualidad estructurante de los procesos de escisión, aunque desde el comienzo la pluralidad de segmentos interiores constituyó el telón de fondo de las investigaciones.

De este modo se consolidaron las bases para concebir un Mundo Interno de relaciones objetales y fantasmáticas, surgido de la inscripción de las facilitaciones heredadas en los encuentros y desencuentros primordiales.

Y desde allí, la elaboración en transferencia de lo que aquél contiene y no contiene –dado el juego permanente de identificaciones proyectivas, introyecciones y proyecciones– podrá transformar e incluso recomponer un Espacio Interior.

En esta línea de pensamiento se hallan, a mi entender, las elaboraciones posclásicas más fecundas, que reconocen en la obra del fundador su punto de partida, pero no ya la base de desarrollo de sus conceptos, de su clínica y de la legitimación de estilos psicoanalíticos personales.

Y en esos ejes, irremisiblemente posfreudianos, se sitúan las perspectivas abiertas por planteos de género que en consonancia con contextos sociales conmovidos y permeados por luchas seculares, suscitan interpelaciones y producciones conceptuales nuevas.

Sin que esto suponga la liquidación del conocimiento acumulado pero sí replanteos de supuestos asentados en inercias ideológicas y sus lecturas de evidencias.

Cabe extenderse más sobre este punto: lo freudiano, como conjunto de narrativas expandidas a partir de un campo nuevo y un dominio asimétrico extendido sobre diversos saberes, con inducciones osadas y a menudo epistémicamente frágiles, continúa siendo fecundo en ideas y sugerencias para los psicoanalistas y las exploraciones culturales.

Por su parte, las modelísticas necesariamente construidas ad-hoc y luego constituidas en esquemas emblemáticos, tienen una relación de implicación recíproca con el nivel de saberes sucesivamente alcanzado.

Lo cual permitió, por ejemplo, la elaboración de tópicas elevadas a la condición de paradigmas.

Se instauró así una suerte de eje del legado a preservar, de modo tal que los ruidos provenientes de cambios en la clínica forzaron congruencias con el esquema de base; por ejemplo, mediante agregados (tercera y eventuales sucesivas tópicas).

La teoría del Mundo Interno por un lado y la topología de Lacan por otro, así como las ecuaciones y matemas de este último, independientemente del valor y consistencia que se les adjudique, dieron lugar a horizontes de conocimiento cualitativamente distintos.

Y lo mismo ocurre con líneas de desarrollo como las de Kohut y Winnicott, así como las denominadas intersubjetivas, que recurren a narrativas diferentes y asumen complejidades de difícil representación figural.26

Dialécticamente, esto no invalida los escritos clásicos como veneros perdurables de inspiración, pero los sitúa como relativos.

VIGENCIA Y TEMPORALIDADES

Mucha agua ha corrido bajo los puentes, y hallándonos en los umbrales de una nueva época es natural interrogarse por la vigencia del psicoanálisis; incluso si su condición es residual, como una ideología más que agotó su tiempo y reverbera en nostalgia.

Y con tendencia a diluirse en la banalización generalizada, lo que daría lugar a un éxito mortífero facilitado por la audacia con que muchos aventureros se definen a sí mismos como psicoanalistas, aprovechando una crisis de pertinencias, sobreoferta de curas y legitimaciones de mercado y clientelismo.

Ocurre también que la materia natural del psicoanálisis –la subjetividad escindida y los modos transaccionales de realización que origina– es esencialmente histórica; por lo tanto sus aseveraciones podrían haber caducado, o, al menos, envejecido, teniendo en cuenta los cambios en los modos de vida y el derrumbe de tantas catedrales de sentido.

Por otra parte, la exposición de enclaves personales profundos producida por la tracción mediática y la desnudez del consumismo nos dejarían literalmente sine materia, dando razón a quienes sostienen una suerte de dilución de los sistemas psíquicos.

Es claro que, a la inversa, podría adjudicársele cierta inmunidad respecto al pasaje del tiempo, al haber fundado su consistencia en la detección de las raíces pulsionales y los sistemas primordiales.

Los cambios ocurrirían en capas superficiales, por debajo de las cuales perdurarían determinaciones que atraviesan tiempos y circunstancias, siendo las transformaciones variaciones limitadas respecto de aquellas fundamentales.

Pero este modo de enfatizar la vigencia de estructuras profundas no nos conforma, en la medida que implica la aposición de sistemas superestructurales que sí serían transformables comparados con un núcleo de difícil acceso.

Y es allí donde se proyectan las creencias referidas a elementos recónditos, brutales, instintivos.

La subjetividad se recentra así en un esquema naturalista que se recicla constantemente, al hallar por otros caminos lo previamente depositado en aquella.

Esa nostalgia del animal en el hombre con una mítica de los impulsos como lecho subyacente, es insostenible: siendo por esencia relacional e histórico, el cuerpo siempre será fuente de emergencia de esquemas de efectuación y estímulos que se inscriben en lógicas de realización descentradas respecto de aquél.

La idea de una matriz instintual (en sentido clásico, no etológico) reforzada por el desarrollo del punto de vista económico que suministra a la consumación la noción de descarga, se perfeccionó en el concepto de acción específica.

Este supone un orden natural inmanente a todas las conductas, como ideal acorde con un paraíso animal perdido y también –notable convergencia– con la ley natural, en el sentido teológico.

La descarga instintiva sería así una acción sabia y adecuada, surgida de una disciplina del ser inscripta en sus entrañas de acuerdo al orden de la creación.

La contradicción no concluye ahí, pues si uno asume al vasto campo de la sexualidad humana como un territorio pleno de “anomalías”, su centración genital es momento de un devenir, y no la realización fatal de un programa.

De otro modo estaríamos de nuevo entendiendo las cosas desde las consecuencias del pecado original y el castigo de haber sido privados de la secuencia correcta de satisfacciones, quedando confinados a un universo de dislocación y desorden –en sentido trivial, no de potencialidad–.

Se trata, en cambio, de entender la subjetividad en una dialéctica de estabilidad y perturbación, consistiendo en sus relaciones pulsionales, fantasmáticas y deseantes con los otros y con las estructuras anónimas que el sistema social produce y reproduce 27 .

Y un lamarckismo cultural puede venir en nuestro auxilio para poder dar cuenta de modificaciones estructurales simbólicamente transmisibles, sobre un horizonte temporal enormemente extendido e irrelevante para los lapsos de una vida humana o incluso de muchas generaciones.

Siendo en esa trama donde juegan las gestalten de constitución, nacidas de la coalescencia del cuerpo con los otros primordiales.

Recordemos que según la teoría freudiana de la sublimación las mutaciones requeridas para producir modificaciones de meta y objeto de las pulsiones son enormes, y reconocerían su origen en la imposición cruda de un contrato social afincado en el terror y la culpa, dado que según el mito no existe fraternidad previa al asesinato.

Por lo que en rigor sería más fácil entender la coartación de impulsos en su fin, puesto que en tal “destino” los términos de la ecuación conservan la fuerza originaria de la afirmación que recorre como un hilo virtual la obra de Freud: la humanidad es un poco, y sólo eso, de humanidad.

TENTACIONES

El riesgo más común del psicoanálisis es caer en la trampa de erigirse en clave de desciframiento, en un discurso más que se suma al parloteo del mundo en que nos toca vivir, con sus coordenadas trastocadas por la caída o debilitamiento de muchos sistemas de creencias.

Y eso obedece no sólo a la solicitud de que remiende las ideologías en crisis sino a las virtudes del método, que facilitan la tentación de erigirse en recurso de desciframiento universal.

De hecho, y parafraseando el famoso primer párrafo de El Capital, podría decirse que para el psicoanálisis el conjunto de las producciones humanas se presenta como una inmensa masa de materiales pasibles de ser interpretados en sus relaciones profundas de sentido.

Pero debiendo de inmediato negarse como pretensión tipo clave de los sueños mezclado con psicoanálisis salvaje, para dar efectivamente cabida a lo impensado inconscientemente determinado.

Pues ocurre que los universales que la teoría suministra son a la vez instrumentos guía y potenciales resistencias, saber acumulado que tiende a invadir la percepción sueltamente flotante.

Aunque también es claro que una enfermiza originalidad deconstructiva puede desecharlos como organizadores del pensamiento, como lo muestra un ejemplo ilustre e incómodo en la teoría psicoanalítica: los símbolos oníricos universales.

A esta altura ya se ha insistido hasta el cansancio en su inutilidad para aplicarlos reductivamente al caso individual, pero no obstante perdura como válida la existencia de formas cuya pregnancia surge de su ligazón profunda con representaciones del cuerpo, que es siempre cuerpo-en-relación.

Se trata de datos reales, matrizados por imaginarios colectivos, que ingresan en el recinto singular de gestación de pensamientos y adquieren allí plenitud simbólica y capacidad onírica.

En las primeras épocas el afán interpretativo tendía a demostrar la potencia del método, y realimentaba las certidumbres clínicas al encontrar por doquier indicios del Edipo, de la culpa parricida, de diversos mecanismos de defensa.

Producto indeseado de estas incursiones fue una línea blanda de psicoanálisis aplicado, comprensible en épocas iniciales, pero cuyos límites están dados por el desciframiento del tipo: “tal o cual obra o producto humano ‘no es nada más que...’”

Sin duda el desmontaje del sustento ilusorio de las creencias se funda en un ímpetu desmitificador históricamente valioso, aunque hoy nos parezca omnipotente e ingenuo, pero se desvanece pronto si desconoce la densidad ideológica que confluye en las producciones artísticas, literarias, religiosas y las razones que sobredeterminan tanto su perdurabilidad como su caída.

Por otro lado, esa actitud ha fungido como “divertimento” provocativo y crítica de las costumbres en algunos medios: por ejemplo, el Buenos Aires convencional y pacato de hace algunas décadas, al mostrar –ejemplo típico de épater le bourgeois que hoy resulta trivial– a “lo sexual” latiendo detrás de tal o cual creencia religiosa acendrada.

Recordemos no obstante lo valioso de la actitud de Freud, que al desmenuzar las ilusiones orgánicamente instituidas como propuestas de acople al mundo, lo hace sobre un horizonte feuerbachiano y premarxista, atribuyéndolas a la fragilidad humana que en ellas se conforta del dolor infantil enfrentado a la soledad cósmica y la contingencia.

Los fantasmas expulsados sobre la naturaleza y la vida social se concretarían en deidades en las cuales la omnipotencia –mortificada por la realidad– perdura incólume, a la par que se organiza un sistema de normas que regula el ejercicio de los impulsos.

Este esquema, si bien muestra al desamparo en la raíz de las construcciones imaginantes y la potencia creativa ligada a la necesidad de fuerzas extrínsecas a su propia inermidad, es sin duda insuficiente para explicar la compleja red donde las creencias asientan su fuerza.

Para eso se requiere una teoría de las ideologías de la que Freud carecía –de allí lo de premarxista, no obviamente en sentido cronológico sino epistémico– pero que contribuyó a desarrollar.

Pues desde las ideas freudianas es posible desprender una dialéctica que supere un racionalismo iconoclástico elemental, al explorar el espesor, insistencia y raíces ontogénicas y culturales del imaginario individual.

Así, desentrañar las realizaciones de deseo que se descubren en las creencias sustentantes permitió asignarle una determinación mítico-colectiva al origen simultáneo del lazo social fraterno, de un cielo del padre instituido en la idealización y el terror y la consiguiente escisión del propio ser.

Es cierto que ese estilo de indagación en temas antropológicos los edipiza, con el peligro de psicologismo o de abstracción estructuralista avant la lettre, pero suscitando de cualquier modo aperturas originales a partir de un Edipo duro, de castración, muerte, apropiación y culpa por el crimen.

El inconveniente de intervenir en la cultura de este modo reside en el efecto rebote de consolidar ideas elementales sobre la constitución subjetiva, puesto que el sostén ideal del conjunto de las instituciones y productos culturales se originaría en mentalidades, colectivas o singulares, que operan mediante proyecciones compensatorias y racionalizantes.

Simplificación, sin duda, pero que contiene núcleos de verdad, y, además, vuelve a la trama individuo-creencias-instituciones explorable, en tanto urdimbre histórica de sentidos, aunque empobreciéndola al despojarla de la especificidad y autonomía para gestar vínculos y discursividades en diferentes niveles.

Puesto que la singularidad biológica se plasma como subjetividad en distintos segmentos de la trama social, pero no en cualquiera ni en infinitos puntos.

La mítica familiar, la cultura y la clase de origen y de referencia, son sistemas simbólicamente densos y con suficiente inercia histórica como para acoplar el pulsar del cuerpo a cadenas de sentido y realización ideales.

Ellos definen modos de adecuación al género y dispositivos de resignificación de la fantasmática adosada a los vínculos primordiales –todos somos hijos y por ende edipos y narcisos– que trazan el dominio de pertinencia psicoanalítico.

Agreguemos que sigue siendo cierto, como señalábamos al comienzo, que nada de lo humano nos es ajeno, pero nuestra incidencia en ciertos lugares donde la subjetividad se construye y deconstruye –el entramado de la producción, de las culturas y colectividades, del sistema educativo– es totalmente indirecta.

Cosa a tener muy presente, pues si bien no se trata de recortar medrosamente nuestra incumbencia, sí de definir las fronteras de pertinencia teórica y de operatividad clínica.

Sólo cuando se despliegan en transferencia fantasías y emociones poseemos eficacia interpretativa, pues el proceso analítico es incapaz de develarlo todo, y no, como ya sabemos, en el sentido de su interminabilidad intrínseca, sino porque existen otros ámbitos, antiguos y actuales, donde los modos de ser se estructuran y realimentan.

Es claro que pueden ampliarse las fronteras de indagación, y no sólo mediante extensiones más o menos “oficiales” del psicoanálisis: pareja, familia, instituciones, sino también en su campo tradicional, pero eso no impide afirmar lo inalcanzable de ciertos núcleos de subjetivación en el interior de su clínica y teorías.

Lo que nos precave del riesgo del reduccionismo y de pagar el alto precio de la trivialidad cuando el sistema de ideas, potente en su dominio, se extrapola desmesuradamente.

CIRCUNSTANCIAS II

Una tarea difícil de la transmisión psicoanalítica a jóvenes terapeutas insertados en dispositivos de prestación restrictivos, es ayudarlos a atravesar las versiones del otro fragmentadas por los standards de rendimiento propuestos.

La interrogación por angustias y perplejidades es reformulada en términos de metas subordinadas a tales principios, como si los pliegues interiores, adaptativamente consolidados, se hubieran invertido como dedos de guante.

Y se trata de rendimientos encarnados en roles no sólo laborales sino propios de la intimidad del amor y los afectos, especularidad que abomina de quiebres, enigmas o puntos de fuga.

E instalan a los terapeutas –allí lo activo/coercitivo de esta especularidad– en el mismo registro, cerrando el circuito comercial de servicios.

Se torna entonces comprensible que frente a seres aplanados sobre escenarios múltiples y con la homogeneización producida por la competencia, se piense que poco o nada tengamos para hacer.

En síntesis: ¿dónde asentar las palancas de la intervención psicoanalítica frente a subjetividades “débiles”, o fuertes por compactación?

Por añadidura, en otras épocas podíamos analizar con el trasfondo de una red (familia, trabajo, escuela), que sostenía los equilibrios identificatorios a través de realimentaciones positivas, mientras construíamos nuestra peculiar institución, transferencial y supletoria.

Pero eso cambia cuando la anomia y la caída de referencias se vuelven dominantes y los espacios singulares y familiares adquieren extrema permeabilidad.

Los flujos dinerarios y de información se implantan en las fantasmáticas como restos diurnos cautivantes y atan las pulsiones a ofertas volátiles que modelan capas profundas de apetencias.

Por su parte, el eje troncal del poder: padre de la horda/déspota/Estado, ya no opera como regulador interiorizado, fuerza pacificante y ordenadora: se retira de los estratos superficiales pero para redoblar su fuerza coercitiva en el mundo primordial, imagoico.

A medida que el poder se desplaza hacia las fuerzas monopólicas que rigen la vida social, se desprenden lo que antes eran rasgos connaturales de las identidades vigentes y se genera una suerte de incertidumbre “estructural”, y la cualidad imperativa del déspota, desencarnada relativamente en el Estado sólo perdurable en las representaciones del padre, se relativiza.

Las armaduras de los caballeros antiguos, aunque adosadas y penosas de llevar, integraban sus formas y su esquema corporal; el yunque era prolongación de papá herrero y, por consiguiente, su pérdida no sólo implicaba hambre sino mutilación.

Pero ahora nos encontramos que en vez de la imponencia paterna sobrevive un “déspota residual” (Ingleby)28 que oscila entre la arbitrariedad y las blanduras sobre el trasfondo del vacío real o potencial de la desocupación y la pérdida consiguiente de la emblemática ligada al trabajo.

Mientras prejuicios realimentados por diferentes usinas nos hacen sentir una superioridad apriorística respecto de culturas donde el poder se juega entre ayatolas y otros ortodoxos menos ostensibles, figuras primarias pueblan imaginarios desde la sobreinformación, los contextos adictivos, la penumbra privada de múltiples violencias en todos los estratos sociales.

Pero también aquellos vestigios despóticos exacerban crueldades en quienes menos sería esperable que ocurriera, así como en otros –pan de todos los días en la clínica y la experiencia personal– mueven a infinitas cavilaciones culposas: ¿soy demasiado o demasiado poco padre?...

Es natural que transformaciones de esta magnitud se expresen, refractadas, en el interior de las teorías, siendo sintomático el procesamiento que hace ya tiempo hiciera Lacan del lugar del padre.

La abstracción creciente que como función tuvo en su sistema, no obedeció a un proceso cerrado en un dominio del conocimiento, sino que refleja la caída de su fuerza impositiva respecto del modo que perduró durante siglos, afincada en organizaciones históricas que se pierden en el tiempo.

A medida que los seres y el cuerpo se parcelaban en las redes de la producción y el consumo, el atributo fálico perdió su connaturalidad con la figura paterna, lo cual explica que Lacan le asigne a la castración el relevo del Edipo en la jerarquía de determinaciones.

Por eso, llegado a un punto, la secuencia se invierte: si antes emergía de la simbólica de la castración y ésta era subsidiaria del complejo de Edipo, es luego el significante el que funda inteligibilidad en una lógica de la carencia que torna a la castración concreción de la misma y al Edipo explicado por aquella.

En síntesis: Edipo - Castración - Significante, secuencia tradicional, muta en: Significante - Castración - Edipo.

Con lo cual este último deviene empiria, casi meramente escénica, de un universal que referencia a los seres desde el equivalente general falo, y el mismo adquiere la plenitud abstracta de unidad del sistema, despojado de todo resto sensorial.

Nos hallamos así frente a una suerte de exacerbación de lo simbólico por disolución y no por enriquecimiento de los emblemas, lo cual se corresponde con el desvanecimiento de “el hombre” como representación sustancial y explica la facilidad con que el estructuralismo tendiera a situarse como núcleo ideológico, acompañando el desarrollo de las formas abstractas propias de un mundo crecientemente dominado por el capital financiero.

La repugnancia a la síntesis y a cualquier tentativa de totalización mostrada por el lacanismo, fue un síntoma en nuestro dominio del reconocimiento/ desconocimiento de la ruptura de las identidades primordiales constituidas desde la matriz simbólica que pautara por siglos la estructuración psíquica.

De allí la búsqueda de la más pura orto-doxia freudiana, a ser salvada con abstracciones y operaciones símil formalizadas, junto a una teoría de los espacios y sus torsiones y una heurística angustiosa de “lo Real”.

Es decir, crisis del ser a la francesa, que requiere de Heidegger para situarse en el ocaso occidental y carece del humor de un Lewis Carroll para hacer atravesar el espejo a sus Alicias en pos de otros recintos, a la vez lúdicos y terribles.

Por su parte, la importancia adquirida por la teoría del (de los) goce(s) en el sistema lacaniano, implica el reconocimiento de una potencia erógena y sustancialidad libidinal “perversa”, próxima a las temáticas clásicas del masoquismo primario, erógeno y “femenino”.

En efecto, la Ley se instaura ciegamente, sin amor –lo cual en clave primordial equivale a odio– pero trasmite una encarnadura de disfrute y omnipotencia que aterroriza y fascina.

Es el accionar del padre en estado puro –o sea con impureza despótica y un borde de obscenidad–.

Insiste aquí la relación de fondo del psicoanálisis con una teoría de la cultura matrizada desde el valor singularidad/individuación, en la medida que el continente primordial (“materno”) es el ámbito a atravesar para que el ser pueda surgir.

Señalemos aquí el entrelazamiento de verdad histórica y verdad material en los mitos donde abrevan las fantasías familiares y personales.

Juega allí lo real de los modos brutales en que transcurrió la centralización del poder del déspota/padre, del Estado y, más cercanamente, la acumulación originaria en los orígenes del capitalismo29.

Capas sociales enteras liquidadas e instauración de nuevas e insoslayables reglas de juego, para poco a poco generar las bases de igualdades ante la ley, extensión del sufragio y alimentación de sueños más o menos utópicos de fraternidades.

Todo esto transcurriendo a veces sobre los cadáveres muy concretos de padres genéricos: reyes y emperadores.

La crisis actual de la familia en todos sus niveles y los efectos paulatinamente acumulados y potentes de las diversas opciones de género, refuerzan la verosimilitud de la muerte simbólica del padre como figura que condensa y recrea el orden tradicional.

Las relaciones de poder que atraviesan los cuerpos y el pensamiento, trastocadas, desalojan a aquél lentamente de la escena histórica, por lo que se oculta y potencia en las redes mitopoyéticas que ofician de matrices de las fantasmáticas singulares.

Esto explica el porqué de encontrarnos, en la intimidad transferencial, con una vigencia de rasgos primordiales de los que el yo oficial abomina, y no necesariamente por hipocresía u obediencia a lo políticamente correcto.

Por supuesto que eso también ocurre, pero apuntamos aquí a la coexistencia, en escisión, de universos en los que la coacción erotizada del otro, por ejemplo, perdura intacta, pudiendo entrelazarse a modalidades definidamente perversas30 o incluirse en el metabolismo azaroso del placer.

Fue muy trabajoso para Bernardo llegar a contar en su análisis el disfrute exquisito que juegos eróticos con una nueva novia le procuraban.

Analizando sincero y neurótico, logró en su momento explicar que los bordes de crueldad de tales prácticas le producían conflicto por el machismo desembozado que representaban, y la contradicción con ideales de dignidad humana e igualdad de géneros a los que genuinamente adhería.

Su novia, que los compartía, se divertía muchísimo con tales pruritos, señalándole que él “no entendía nada”.

Excelente muestra del Superyó femenino, que en este punto no quiere decir “menos” (prejuicio respecto del clítoris trasladado a la esfera de las instancias psíquicas), sino diferente modo de ubicarse respecto al complejo asunto del goce de la libertad en el ejercicio del placer con otro y el jugar que desde allí se engendra.

Y que supone los modos de encarar, en los itinerarios de sensualidad descubiertos, los riesgos del daño o la ignominia, que violentarían la contractualidad respecto de integridad y dignidades.

Una certeza tenía Bernardo: que la recién descubierta nada tenía que ver con la sexualidad de sus padres, mientras que la de él, “de antes”, sí.

Buen ejemplo de cómo el desprendimiento de un universo de protecciones restrictivas activa los resortes super-ideal yoicos y generan la incertidumbre de quién se es y hasta donde, sin que implique necesariamente el salto maníaco a un territorio sin fronteras.

Lo cual exige contener y reformular las experiencias de libertad y reapropiación de la propia sensualidad y la del otro, en la aventura vincular que a su vez posibilita las consiguientes aperturas “mentales”.

Ahora bien, la sacralización estática de figuras con un repertorio definitivo de atributos se halla intensamente cuestionada por transformaciones ideológicas surgidas de las luchas del feminismo y más cercanamente de las diversidades sexuales.

Estas interpelan al dominio psicoanalítico, las que se suman a la de “nuevos pacientes”, que en carne propia aportan padecimientos, ambigüedades, exigencias de reconocimiento.

El ímpetu reivindicativo que suele animar a esas posiciones es obviamente comprensible y fundamental que halle cabida en el espacio analítico, pero además supone una interrogación a las categorías que organizan el espacio mental de los psicoanalistas.

Es decir: “…La necesidad de aferrarse a un ideal regulatorio sobre la heterosexualidad seguramente tiene muchas fuentes históricas y actuales, y la legitimación del psicoanálisis como profesión no es la menos importante.”31

El refugio en conceptuaciones que por su importante abstracción permiten poner entre paréntesis las figuras dislocantes y a la vez convocantes del discurso tradicional referido a lo erótico, constituyen una elusión sintomática, por lo tanto a ser interrogada y atravesada.

La actitud estratégica, que dé cabida tanto a las variaciones en los modos de ser del ser sexuado cuanto a nuestros propios azoramientos contratransferenciales, es favorecer la expansión transferencial de aquéllas en distintos registros, evitando abstracciones que nos dejen con claridades esqueléticas.

Lo que lleva a evocar la sugerente observación de Judith Butler, cuando define a lo Simbólico como “un imaginario hegemónico”, de modo tal que aquél surge como precipitado que se instaura a partir del juego de fuerzas sociales, naturalizándose por reiteración. 32

El dislocamiento de los constructos históricos que de manera aglomerada constituyen las figuras del triángulo edípico desarrollado, libera aspectos, figuras, funciones, que transitan por ambigüedades pero también instauran formas de ser definidas, aunque no sean convencionales.

Y eso ocurre no desde abstracciones o intenciones apriorísticas, sino en el juego intersubjetivo en las intimidades de pareja y crianza que se van construyendo.

Está claro que las tradiciones tienen una pregnancia que las erige en términos de comparación persistentes, y es natural que así sea, pues los nuevos pactos se anudan en referencia a las mismas, pero con múltiples variaciones en cuanto a cómo lo hacen.

Lo cual implica el replanteo de la relación tradicional, concebida como obvia y natural, entre funciones y género.

Llegados aquí se entiende que expertos de diverso tipo, y entre ellos los psicoanalistas, allí donde tienen prestigio, sean convocados al procesamiento de nuevas normativas, así como la trivialidad y el arcaísmo de mucho de lo que se dice en el esfuerzo para recubrir el trastrocamiento del orden tradicional y las figuras que lo sostenían en el seno de las representaciones colectivas.

Más aún cuando la tendencia anonimizante de la vida social favorece la flotación de las figuras primordiales en imaginarios inconsistentes.

Por otra parte, la prioridad del valor de cambio sobre el de uso, con sus corrientes aceleradas de papeles, junto a las exigencias de velocidad de circulación de las mercancías, generan temporalidades que penetran en los ritmos más íntimos de realización, y los consumidores devienen en masa cuyas apetencias se cincelan en un universo de ofertas predeterminadas e imaginariamente infinitas.

De donde una fascinación frente al vértigo se suma al pautado urbano de relaciones: indiferencia, anonimato, paranoia “funcional”, sobre la trama tendencialmente universal de extracción máxima de beneficios y descarte de lo que no sirve o se adecúa.

La concreción del mercado como fuente de asignación de valor en todos los sentidos de la palabra, es sintetizada brutalmente por la dupla ganadores/ perdedores, que define una tipología universal empíricamente innegable y que cala hondo en las cualificaciones superyoicas tipo blanco o negro.

En otras palabras: se vuelve verosímil que los perdedores lo sean por incapacidad o culpa y los triunfadores por mérito; los grados de libertad, las injusticias y lo aleatorio en el complejísimo juego que converge en la sobredeterminación de los actos en cualquier vida humana y constituyen el terreno natural del psicoanálisis, tienden a clausurarse, y sus preguntas a ser liquidadas como anacronismos.

Es cierto que la revolución en los medios de producción permite adelantos formidables, y específicamente saltos cualitativos en los modos de conexión a través de los dispositivos actuales de comunicación.

Más aún, es un tema cotidiano la gestación de nuevas formas de relación (ciberespaciales) que penetran hondamente.

La cuestión no es sencilla, pues si bien por la regresión que suscitan refuerzan el aislamiento, también generan inéditas tramas vinculantes, las únicas posibles para muchos.

Lo cual es comprobado cotidianamente en nuestros consultorios y mueven a respuestas emocionales contradictorias: rechazo en bloque por considerarlas deshumanizantes –aunque sea in pectore–, o idealización reactiva y temerosa frente a la eventualidad de quedar anacrónicamente descolocados.

Tema altamente sensible en el psicoanálisis de niños y adolescentes que requiere de desarrollos específicos, en la medida que se trata de nuevas simbólicas, que involucran los tiempos de vida y el onirismo de todos así como el juego de los cuerpos en su trama.

Pero además es bueno señalar que la evidencia participativa de hallarse en una aldea global se acompaña de exclusiones masivas e ideologías que las justifican o, en el mejor de los casos, de un universalismo abstracto.

Puesto que coexisten, en un común espacio mediático, excluidos y desarraigados junto a triunfadores en la lucha por el ascenso en la pirámide social; eso sí: todos potencialmente conectados.

Lo cual puede acompañarse de un humanismo ampliado y cortés de las diferencias, forma última de negar humanidad otorgándola aparentemente.

La adolescencia, momento de cruce de generaciones y proyectos, ha devenido sintomática del desconcierto generalizado.

En los sectores medios y privilegiados la omnipotencia y megalomanía se reactivan en ambigüedades: por un lado, son preparados para la vida con adiestramientos instrumentales y cartillas éticas que poco tienen que envidiar el mundo hobessiano del homo homini lupus, por otro, la protección a ciegas los retiene en dependencias prolongadas que originan pautas completamente nuevas de convivencia.

Mientras el mercado los seduce como consumidores y los excluye laboralmente.

Es aquí donde juega la incidencia de las adicciones, en una etapa crucial de la vida y de renovación de las culturas subordinadas al consumismo, escasas de respuestas y de alternativas.

De ahí que se trate de una patología congruente con los andariveles de gestación de formas históricas de la individualidad, como lo muestra la tolerancia y en algunos casos incluso su facilitación en ciertas actividades “de punta”, para que jóvenes brillantes rindan aún más.

Con la mirada que nos da el tiempo es muy interesante recordar la observación de Freud respecto de la crianza de los hijos, adecuándolos para el desierto y luego enviándolos al polo, o viceversa.

En ella se expresaba el reconocimiento de la caída de ilusiones debida a crisis y guerras que al romper ensueños de armonía generó enorme perplejidad respecto de cómo preparar a los nuevos.

La parábola histórica se ha consumado: la astucia, velocidad e implacabilidad son pautas de sobrevivencia para todos, y no sólo para los hijos de la burguesía que decidieran “abrirse caminos en los negocios”.

Generalización democrática –sin ironía– de rasgos a sostener para poder ser: de ahí que los rigores formativos hagan cuerpo con la dureza frente al delinquir y la juridicización en general de la vida.

PERSPECTIVAS

La admisión de lo fragmentado y lo múltiple como pauta de nuestro modo actual de existir se trasunta en la aceptación de estilos plurales para encarar la vida, más allá de la posibilidad de consciencia teórica y enunciación explícita que por supuesto está restringida a los menos.

Pero la añoranza de esencias consistentes retorna de modo intempestivo, a través de fundamentalismos ostensibles o de pequeños fundamentalismos cotidianos, que afloran no sólo cuando la transmisión de valores se halla en juego –por ejemplo en la crianza de los hijos–, sino en la privada e inconsciente clasificación que de continuo hacemos de la conducta de los otros.

Por otra parte todas estas cuestiones no son meros adosamientos sociológicos, pues replantean la función del psicoanálisis: ¿adaptar para que el sufrimiento sea el menor posible y ciertas porciones de placer se conserven para intercambios sustraídos a las determinaciones de conveniencia?

O, en otro polo, contestatario pero ahora a la defensiva: ¿guardar riquezas interiores para una libertad cada vez más privada y secreta?

Sin duda las realizaciones simbólicas, heterogéneas por la variedad de mundos de vida que coexisten en una cultura y en los que cada uno va labrando como puede su propio trayecto, tienden a homogeneizarse en un conglomerado de escenas determinadas.

Convergen allí también particularismos exacerbados que ofrecen retornosa las fuentes, recurriendo al anclaje en lo arcaico y tribal para procesar formas de individuación.

Su presencia ostensible junto al notable repliegue de muchos pensantes hacia rescoldos atávicos de religiosidad, constituyen la prueba de la enorme dificultad para asumir la liberación de los padecimientos individuales y colectivos por la sola obra práctico simbólica de los hombres con los hombres, consustancial con la médula crítica y laica del psicoanálisis.

En los antiguos relatos me busco a mí mismo –lengua, etnia, religión, nación– en lugares construidos imaginariamente y situados en un desde siempre (el siempre fundacional, aunque sea fechado) y para siempre.33

El impulso a buscar en lo originario el suelo perdido y común de recomienzo es un sueño entendible, puesto que la vida cotidiana roza a menudo los bordes del desamparo primordial.

Lo que puede llevar tanto a reencuentros conmovedores con aspectos valiosos para el propio ser, como a aquellas ilusiones míticas de fundamento.

Los fundamentalismos toman sin vueltas el relevo de las creencias matizadas que Occidente produjera, y facilitan la reproyección hacia el fondo del ser de aquello que se quiere creer y se necesita encontrar.

Y en la privacidad de nuestra clínica también ocurre, puesto que el intercambio entre analista y analizando se da con una desnudez despojada de trascendencia, en el sentido extrahumano de la expresión.

Es en este punto donde se imbrican las emociones y fantasías primordiales, las teorías sexuales infantiles y la pendulación narcisismo - Edipo - socialidad abierta con las formaciones propias de la sociedad civil, los modos de vida y las instituciones del Estado.

De ahí la necesidad de profundizar las relaciones de estructura avizoradas ya por Freud entre los pasos primordiales en la subjetivación y las redes sociales, con los rasgos arriba esbozados, en las que cada “antiguo futuro sujeto” (Althusser) reformula su individuación.

Antiguo, por la convergencia, en su gestación, de un concentrado de mitos, pautas y expectativas que lo sitúan como miembro de una cultura, estirpe y familia; futuro, en tanto en él todo está por hacerse.

Los agrupamientos humanos sirven así, desde las comunes referencias ideales, para reforzar la ilusión comensal de saberse en el amor; de ahí la madurez que requiere introducir en ellos juegos francos de diferencias.

Y nos enseña que si en el curso de la subjetivación, cuyos núcleos abortivos el psicoanálisis rescata, la excedencia respecto de la generalidad es esencial, lo singular también adviene a la condición de tal en la medida que se incluye en conjuntos más vastos.

Por lo cual se realiza al encontrar resonancias personales en sentidos colectivos, mediadas por la intervención del analista, quien se apoya en un saber y en una red institucional depositaria de una legitimidad cultural que trasciende a los protagonistas individuales.

Pues como práctica de desciframiento de lo propio guiada por una heurística del inconsciente muestra un costado vivo de religadura potencial con sentidos y valores de la cultura en que se vive.

Aunque suelen encontrarse fuertes resistencias a abrirlos, no sólo por pudor, sino como resguardo de lealtades erigidas entre el amor a los propios y el miedo a los extraños.

De allí que la semiología fina de lo que de tales enclaves se disocia y recupera en sucesivos momentos del proceso sea de gran importancia, pudiendo obedecer tanto a núcleos parasitarios de variable malignidad cuanto a reservorios genuinos del Self que no se animan a exponerse sin garantías.

Esto requiere el examen cuidadoso de los fragmentos de material, tratando de detectar los momentos en que aquellos buscan su inclusión en tramas más amplias, si bien sosteniendo sus formas propias.

La identidad de “analizando” cumple en este trance una función transicional de soporte como estabilización de la ambigüedad que resulta de la moratoria del dispositivo personal de referencias, sobre todo arcaicas.

REALIDAD

Es evidente que una adecuada capacidad para “examinar la realidad” supone, actualmente, competencia para moverse en interacciones en las cuales rigen las conductas derivadas directa o indirectamente de la concurrencia mercantil: como ya apuntamos, un horizonte vital basado en supuestos paranoides se ha vuelto funcional, por las características de la competencia y la vida urbana.

La lucha por la supervivencia y la caída de antiguos soportes conducen a una prospectiva basada en un “sálvese quien pueda” propio del darwinismo social, que potencia al límite la astucia y una lectura de intenciones del otro veloz y disimulada.

Las distintas capas sociales lo procesan a su modo, siendo muy característica la pasividad medrosa de los nuevos pobres, o de los que corren el riesgo de serlo frente a la inmersión sin retorno en el universo de los excluidos y que por remanencia de valores de clase son particularmente sensibles al cosmopolitismo de ofertas identificatorias y emblemas de pertenencia.

Por otra parte, sabemos que la importancia de la psicopatología de la vida cotidiana no radica en detectar ingeniosamente formas sorpresivas y excepcionales de emergencia del inconsciente, sino en constituir una interrogación provocativa de los sistemas de significación en equilibrio en la vida de todos los días.

Las respuestas más habituales frente a los actos fallidos: apartarse de lo que sorprende o un tratamiento maníaco de la verdad que irrumpe, muestran por oposición la fuerza interpelativa que encierran.

Por lo que postular una función de examen de la realidad de manera aplanada reintroduce acríticamente un supuesto sistema de congruencias: Yo Mundo Interno - mundo cohesivo y equilibrado, que el psicoanálisis precisamente conmoviera en su raíz.

Además, procediendo así, la clínica psicoanalítica se trivializa, puesto que la referencia virtual alrededor de la cual se bascula pasa a entenderse como un equilibrio tipo nivel cero, en vez de puestas fantasmáticas, realizaciones de deseos, tentativas de consumación pulsionales y verdades personales enhebradas en emociones básicas.

Como se comprende, no es esta una cuestión menor, pues supone nada menos que entender el equilibrio como régimen natural de realización o, por el contrario, que aquél se constituye desde contradicciones internas, especificadas en antagonismos de magnitud dispar.

Los equilibrios existirán y las mesetas donde se hilvanan conexiones de sentido sin excesivo forzamiento también, pero jugando en el sistema de expansiones y retracciones propio de la vida psíquica.

DIGNIDADES

Instituir un medio reservado como imprescindible para que la clínica psicoanalítica pueda realizarse, afirma de hecho dignidades profundas al tomar en consideración y en igual plano de relevancia los grandes planes de existencia o las minucias y deslices, de lengua y de acción.

Pues nuestros materiales preferidos son, como hemos visto, cualesquiera y provenientes de quien sea; por lo tanto también aquellas materias que desvelaban a Platón, interrogándose si por su escasa valía poseían un correlato ideico en el topos uranós, el lugar celeste.

Lo cual choca de lleno con el mundo en que vivimos, pues la estética de las mercancías es hostil a los productos de la espontaneidad humana, simbólica o corporal, que tienden a mantenerse dentro de las fronteras del uso, mientras que aquélla tiene su razón en la transformación de todo en valores de cambio.

En tales condiciones el psicoanálisis queda con facilidad a la defensiva, y su proverbial vulnerabilidad a la acusación de anacronismo se incrementa.

Lo que ocurre es que aquellas realidades generan un remanente enorme de requerimientos emocionales no colmados y limitaciones que suelen llegar a la ceguera absoluta respecto de las necesidades de los otros y de uno mismo.

Un ejemplo cabal de las cuotas crecientes de premura, crueldad y desamparo y la necesidad de nuevas simbólicas para tramitarlos son los procesos de duelo: la rapidez exigida de recuperación, la ubicación de la muerte en el espacio de “los bienes” y el dinero –sea porque lo haya o porque falte–, y, como resultante, una suerte de confusión con tintes maníacos, defensiva ante el dolor.

Pero también el atractivo que suscitan familias o grupos humanos que conservan pautados tradicionales para enfrentar esa contingencia.

Y de que modo nuestra institución –la que erigimos desde la transferencia y que se sostiene como proceso– es muchas veces la única posibilidad con que se cuenta para que pueda hallar sus tiempos imprescindibles de tramitación.

Pero, además, es sabido que al examinar los duelos en sus variantes normales y patológicas, el psicoanálisis descubrió modalidades clave de relaciones de objeto, incluso la absorción del Yo por el objeto perdido, por lo que extendidas sus hipótesis halló los caminos de la estructuración identificatoria.

Se entiende entonces no sólo la cuestión humana elemental de lo que se requiere para que la elaboración de las pérdidas sea razonablemente posible, sino las consecuencias de largo alcance que la violencia sobre ritmos y temporalidades implican.

PARA POCOS

Cuando se logra, el psicoanalítico es un contexto consistente, de valor multiplicado para quienes tienen el privilegio de acceder a él y fecundo instigador de ideas con efectos irradiables a otros ámbitos.

Pero a la vez es frágil, lo que conviene señalar cuando cunden regímenes de prestación en salud contradictorios con los valores de verdad, método y privacidad psicoanalíticos, sin que esto nada tenga que ver con la buena o mala voluntad de sus agentes, sino con la naturaleza de las cosas.

Es un error pensar que las exigencias a las que se ven sometidos en este tipo de tratamientos terapeutas impregnados psicoanalíticamente, sirven para plantear de hecho una crítica fecunda, en tanto exigirían ponerse a tono con los tiempos que corren.

Pues por supuesto que adquieren influencia determinante, pero al modo darwiniano de los modos prevalentes de socialización.

Cuando tantas experiencias socialistas aprendieron de manera traumática el error descomunal de permear implacablemente las fronteras entre lo público, lo personal y lo íntimo, es llamativo comprobar que sociedades autoproclamadas “de la libertad” los liquidan.

O cuando desde posiciones progresistas se escucha que el psicoanálisis estaría recibiendo algo así como una lección definitiva por su insanable anacronismo.

Es claro que en sus saberes, herencias de artesanía y ceremonias se transporta mucho de mundos perimidos, sus ritmos, horizontes de vida y convenciones; pero, ¿puede acaso ser de otro modo?

¿Y es cuestión entonces de tirar el niño, el agua de la bañera y también el recipiente?; y, en todo caso, ¿es un sumarse entusiastamente al signo de los tiempos, o participar en una destrucción suicida de medios de pensamiento y acción que pretenden rescatar dimensiones humanas esenciales?

La entrega de ideas y recursos de cura arduamente acumulados volcándolos alegremente al sumidero de la historia, tiene un costado patético, como se ha mostrado hasta el cansancio en otros sacrificios propiciatorios, puesto que a ningún necesitado favorece, ni tampoco garantiza inmunidad alguna a los que queden del lado de las novedades, salvo alguna sobrevida circunstancial en el mercado de las prestaciones o la enseñanza.

Lo que se impone es una sagaz estrategia de resistencia, renovando el cuidado imprudente que caracterizó las primeras épocas, cultivando la artesanía y los requisitos para su transmisión, a la par de hacer jugar nuestras ideas en las zonas del debate contemporáneo donde las contradicciones principales se difractan.

Las bondades de nuestra clínica –como es obvio– están restringidas a una porción mínima de los que podrían aprovecharla: es allí donde cobra trascendencia el carácter investigativo de nuestro dispositivo.

Pero no es solamente a través de resultados instrumentales y teóricos transportables a otras prácticas y aproximaciones, que se realiza el valor social del psicoanálisis.

Si el campo analítico instituye un marco de indagación privilegiado, lo es también como testimonio de la subjetividad en tanto densidad no amaestrable.

Es por eso mismo que nuestras intervenciones, sea cual fuere la forma en que se lleven a cabo, tienen que buscar el nivel máximo de expansión simbólica, sabiendo que contamos con recursos poderosos –la transferencia– pero de difícil implementación por su complejidad y los tiempos que requieren.

Toda cura psicoanalíticamente inspirada se funda, en última instancia, en las posibilidades de transformación de potencialidades que la generalidad de los seres tenemos para operar de manera suficientemente eficaz, entendiendo y ayudando a otros en diferentes contingencias de la vida.

Lo cual no puede ser de otro modo, en la medida que los impulsos reparatorios surgen de fuentes infantiles con su omnipotencia restaurativa y culposa, buscando curar y transformar los objetos primarios.

La matriz remota, pero que se vuelve próxima en regresión, está dada por las notables posibilidades de corrección desde la díada primordial, siempre que se den ciertas condiciones.

De modo tal que los avenimientos no tienen que ser perfectos, pues precisamente el sistema define su calidad por la capacidad de corregir desencuentros y malos entendidos.

No se trata, quede claro, de un panegírico de la espontaneidad por la espontaneidad misma, sino de lograr la conjunción de recursos cohibidos con el conjunto de saberes, lo cual requiere incluir una techné, un herramental específico.

Agreguemos otra perspectiva: desde los fundamentos de los cuales partimos, la clínica psicoanalítica alcanza su mayor profundidad al expandir las potencialidades de las sucesivas situaciones que se dan en el campo y en el eslabonamiento procesal.

Lo cual reformula el concepto de situación, ampliando su significación más allá de la inmediatez y asignándole toda su trascendencia implícita.34

Precisemos además que existen “Situaciones” en la clínica psicoanalítica – así, con mayúsculas– unidades molares de proceso desgajables y cuya resolución bosqueja una conclusión de análisis.

Se van dando por acumulación, tanto de materiales inexplorados cuanto de “insights”, si bien cabe señalar que no suponen que el todo macrocósmico de un análisis se halle contenido en el microcosmos de una situación, lo cual sería bonito para una suerte de armonía mecánica de intelección.

Pero sí que constituye una configuración paradigmática, cuya resolución cambia los términos del análisis y consolida la transferencia de trabajo.

Claro está que eso es imprevisible, y su definición siempre retroactiva.

Estas consideraciones son necesarias para examinar las relaciones y diferencias con terapias focales, las que operan un recorte de las implicancias en red y por lo tanto de la enunciación.

De hecho, una operación típica en ellas es acotar en enunciados lo menos desflecados posibles las manifestaciones del paciente, para luego abrirlos guiados por representaciones alternativas a los estereotipos.

En ese caso, donde el Ello está, pugna el Yo, al cual se intenta suministrarle sentidos y horizontes con representaciones/meta previsibles.

El arte meritorio y sugerente de esas terapias circunscribe la presión pulsional, de las transferencias, del retículo englobante y dispersante de las fantasías.

El punto es delicado, porque se parece a la intención psicoanalítica, pero el compromiso de esta última con la errancia subjetiva marca una diferencia absoluta.

Los “momentos de concluir” en nuestra clínica se hallan atravesados por la relatividad de lo unendliche, y esa interminabilidad es la que organiza paradójicamente el orden de sentidos que construimos.

Porque partimos de concebir la situación como conjuntos fantasmáticos emocionalmente articulados.

Situación no es entonces cuenta de collar sino unidad de proceso que define, en el espacio/tiempo del análisis, un fragmento inteligible (discursivamente penetrable y compartible), una cierta dimensión del analizando cuya actualización permite explorar su estructura temporal, su expectativa de cierre y consumación.

LUEGO,

…sólo una ilusión carente de toda perspectiva pudo llevar a pensar que la realización social del psicoanálisis residía en una ampliación extensiva de su clínica; las bondades de esos intentos son innegables para quienes ven ampliadas sus restricciones vitales, pero en perspectivas de humanidad es insignificante.

Lo que sí ocurre es que desde su consistencia puede interpelar la trama ideológica así como influir en la teoría y técnica de las psicoterapias, inspirándolas a todas; se trata además de su inserción en la polémica instalada a escala mundial sobre los valores, la manifestación o aplanamiento de lo diverso, el derecho a la dignidad de la propia interioridad.

De ahí que el trabajo sobre lo más propio y circunscrito –las consideraciones sobre los modos de vérselas con las neurosis transferenciales, las nosografías de campo, los indicadores de proceso– tengan valor más allá de la reducida extensión cuantitativa de sus efectos clínicos, sin por eso postular un efecto mariposa de manera ingenua, pero sí de definir presencia y modos de intervención en un debate que trasciende las prácticas ligadas a la salud.

La consumación de una intervención terapéutica del tipo que sea, en cuanto a lugar, asiduidad, retribución, marco global, en perspectiva psicoanalítica, se da en el alivio del sufrimiento y la ampliación de los espacios interiores de quien consulta.

Lo segundo marca una especificidad a sostener a ultranza, que va desde el “primum non nocere” –ante todo no dañar– de la medicina tradicional, límite de una suerte de ética pasiva, pero fundamental: no mutilar, no amputar capacidades, hasta llegar a entender que las consultas efectivamente existentes, en la inmensa mayoría de los casos constituida por pobres, despojados y sufrientes, son una circunstancia excepcional en la vida de la persona.

Y de la cual, en alguna proporción tiene que obtener legitimidad y menos miedo para sostener, ante los demás y ante sí, el valor y la consistencia de su propio ser, que lo interpela desde el dolor, los goces extraños, la insistencia de los síntomas.

Lo cual supone disminuir las ansiedades persecutorias y las identificaciones proyectivas en lo que tienen de vaciamiento, a la par de aceptar su interioridad poblada, para abrirse al disfrute de la vida partiendo del escalón mínimo de reconocer la dignidad del padecer.

Y esto, finalmente, se vuelca en interpelación esencial: ¿individualismo a ultranza o muy por el contrario legitimación, contra viento y marea, de la singularidad y sus capacidades relacionales, frente a un medio coercitivo y aplanante?

1 Este concepto, procedente de Bachelard y Althusser, es de gran utilidad para entender las cotas sucesivas que el conocimiento alcanza a través de saltos cualitativos en los modos de concebir una problemática, que la subvierten y reformulan por entero. De ahí en más es imposible prescindir del concepto que operó el corte para pensar el universo pertinente, lo cual define un punto de no retorno a las ideas previas. Es obvio que puede volverse atrás y de hecho ocurre esto constantemente, en virtud de las insistencias ideológicas perimidas, pero se cuenta ya con criterios para señalar el retroceso y pensar cuáles son las condiciones teóricas y prácticas que lo determinan. Así, en nuestro dominio, una vez instalados los conceptos de inconsciente y de sexualidad infantil, su negación, ocultamiento o dilución requieren de maniobras teórico-ideológicas ostensibles, que pueden ser seguidas y examinadas desde aquella plataforma categorial alcanzada.

2 El inconsciente conceptual surge de las precisiones sobre su estructura y funcionamiento que Freud realizara: procesos primarios, representaciones cosa, impulsos, y es en este ámbito que las corrientes psicoanalíticas dirimen polémicas cruciales al definir paulatinamente contenidos y lógicas de funcionamiento diferentes. Es evidente que el inconsciente freudiano no es el de Melanie Klein, ni tampoco el de Fairbairn, Winnicott o Lacan, pero aun desde sus diferencias todos se sitúan heurísticamente fundando un telos de inagotabilidad que impele a ir siempre más allá en su exploración. (Ver más adelante, en el capítulo octavo).

3 Entre comillas, pues la metáfora se basa en un prejuicio inveterado en cuanto a consistencia y cánones de rigor.

4 Un único nivel esencial de determinación que se expande hacia arriba, admitiendo solamente “factores” de otra índole como concausas intervinientes; es el que opera de hecho en muchas intervenciones prácticas, pero en esos casos puede entenderse por necesidades circunstanciales, que apartan otros horizontes que complican la convicción instrumental necesaria. El problema –lo veremos enseguida– surge si se instaura como dispositivo explicativo unidimensional.

5 A este puede concebírselo como anulación tendencial del ser en tanto diástole de extensión ilimitada, o incluido en una dialéctica que supone y convoca el retorno sistólico pulsante, vital.

6 No cabe duda acerca del lugar que la entropía ocupa en el pensamiento de Freud e impregna, vuelta Weltanschaüung, el costado escéptico de su benevolencia. Pero sirve también para señalar la inercia de huellas, fijaciones y enclaves –en última instancia, narcisistas– hallados en el camino incansable de intentar transformarlos. Respuesta contradictoria y fecunda, en estado práctico, al escepticismo entendido como desaprensión arrogante.

7 Con el nombre de “Escuela de la sospecha” Paul Ricoeur bautizó a la tríada Marx, Nietszche, Freud, reunidos bajo el denominador común de ser exploraciones sistemáticamente desconfiadas de las apariencias. Al respecto, además naturalmente del nombrado en su texto sobre la interpretación (Freud, una interpretación de la cultura, México, Siglo XXI, 1970) hay un excelente trabajo de Maurizio Ferraris: “El envejecimiento de la Escuela de la sospecha”, en: (1988) G. Vattimo y P. A. Rovatti (edit.) El pensamiento débil, Ediciones Cátedra, Madrid.

8 Las leyes de la reciprocidad: devolver el bien a aquel de quien se lo ha recibido y no hacer el mal a aquel de quien se ha recibido el bien, son para algunos antropólogos fundantes de la socialidad y previas a la interdicción del incesto.

9 En los siglos XVII y XVIII se va consumando la ruptura con la tradición escolástica y el individuo adquiere carta de ciudadanía en la escena histórica. Descartes, Locke y desde un ángulo diverso Pascal, le dan lugar legítimo en la discursividad filosófica y jurídica, incluso en la religiosa, habida cuenta de los efectos diseminados de la Reforma sobre la compacidad previa, fisurada por los cambios en las relaciones sociales.

10 Por razones que se entenderán más adelante, cabría llamar a esta última Teoría de las Formaciones Clínicas; no se trata de una cuestión meramente nominal, sino la dialectización psicoanalítica de criterios nosográficos: concebir las patologías en proceso y desde una sistemática transferencial de campo (ver capítulo séptimo).

11 (1990) Tusquets editores, Barcelona, págs. 143-44.

12 Es claro que una afirmación preventiva no da garantías de que se realice en la práctica, por lo que la impregnación al modo religioso del ámbito transferencial suele ser frecuente, pero también fecunda si se usa para desentrañar los dispositivos Ideal yoicos y Yo ideales que concurren en el sostén de sentidos culposos y reparatorios. Se trata nada menos que del horizonte creencial que entrelaza indefensión primaria, emociones básicas y lazos de pertenencia religiosos o símil-religiosos.

13 En “Sobre la psicoterapia de la histeria”, capítulo IV de: (1895) “Estudios sobre la histeria”, O.C. Tomo II, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1980, pág. 309.

14 Los theoroi eran ciudadanos lúcidos que la ciudad griega enviaba por las comarcas vecinas a observar y registrar novedades, para aprender cambios y mejoras en cultivos y artesanías.

15 El modo escénico de pensar será fundamental en Melanie Klein, su teoría del juego y la fantasía, así como en la recreación-creación de espacios lúdicos instrumentables. La opción tajante escena/significante ha servido para refinar ideas, pero también para constituir capillas y espacios de poder entre los partidarios de lo cóncavo y los de lo convexo, como le gustaría decir irónicamente a José Bleger.

16 En (1900) “La interpretación de los sueños”, O.C.; T. V, Buenos Aires, Amorrortu editores, (1979), págs. 529-530.

17 Ver: “Prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política”, op. cit., pág. 37.

18 Op. cit., pág. 295.

19 Freud, S. (1909) “La novela familiar de los neuróticos”, O.C., T. IX, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1976, pág. 213.

20 Pues corresponden a series fantasmáticas heredadas que como objetos ideales en grados distintos de asimilación soportan la consistencia del Self y constituyen lealtades estructurantes.

21 Esta idea de la realización –cum granum salis– de la “novela familiar”, en la construcción de la identidad psicoanalítica, con traslado de los aspectos infantiles a una nueva estirpe, vía análisis de formación, supervisiones, grupos de pertenencia, etc., da perspectivas fecundas para el examen de aquella, iluminando las complejas cuestiones resistenciales que puede implicar.

22 La imbricación de razones históricas y culturales configurando aspectos de “la cuestión nacional del psicoanálisis”, es de crucial importancia, sin habérsele dado la trascendencia que posee, aunque es dable que se haga ostensible de manera crítica muy pronto y no necesariamente feliz, por la masa de malos entendidos acumulados y los replanteos a escala global. Lo cual potencia nacionalismos larvados, arrogancias, supremacías imaginarias y así de seguido, disfrazándose a menudo con especiosas elucubraciones sobre clínica, teoría, modalidades de transmisión, referencias históricas, etcétera.

23 Un indicador preciso de decaimiento en la consistencia analítica es la liquidación del objetivo/valor neutralidad, a punto de partida de su imposibilidad trivialmente entendida. Se trata de una composición de fuerzas permanentemente reconstruida, lo que requiere asumir tanto lo atrapante del campo transferencial cuanto las posibilidades de inteligibilidad que de allí emergen, análogas –digo análogas– a las de la lucha política que intenta dar razones y teorizar desde dentro de su propio accionar. Su postulación no excluye el manejo dúctil de la contratransferencia y poner en juego niveles constituidos por la confluencia emocional y cognitiva de analista y analizando, pero sosteniendo la necesidad del momento de excentración respecto de las fusionalidades confusas que siempre acompañan esas convergencias.

24 “…tentaciones…”, pues una teoría traumática simplificada, como veremos, nunca fue patrimonio freudiano, estando los modelos en red o de sucesivas inscripciones presentes desde el comienzo.

25 Expresión usada por Freud con gran riqueza alusiva en el historial del “Hombre de los lobos”, que ya pusimos en juego en la Introducción y retomaremos luego.

26 Tensión ya percibida con el esquema planetario de Wisdom y las mencionadas tentativas de formalización de Lacan.

27 La aceptación con todas sus implicaciones de la condición relacional de la subjetividad tropieza con grandes resistencias, provenientes tanto de fuentes ideológicas cuanto de la axiomática narcisista. Por otra parte, la predicación actual enfática de lo “relacional”, con distintas nomenclaturas, no necesariamente supone elaboración con profundidad de lo que supone. Son a menudo respuestas teorizantes provenientes de capas sociales que, en su registro ideológico espontáneo de la crisis de los mundos de vida, experimentan a lo que dan en llamar “lo social” como abrumador y traumático, y lo conjuran hallándolo en todas partes, aunque limitado a alguna versión interaccionalista.

Pulsuz fraqment bitdi.

16,20 ₼
Yaş həddi:
0+
Həcm:
577 səh. 13 illustrasiyalar
ISBN:
9789871678228
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar