Kitabı oxu: «GuíaBurros Meditación»
Meditación
Agradecimientos
A mis padres, que me regalaron la vida.
A Maharishi Mahesh Yogi, que me dio el conocimiento para poder empezar a entenderla.
Sobre el autor

Rafael Santamaría es licenciado en Medicina y Cirugía y especialista universitario en Medicina Psicosomática, Psicología de la Salud e Hipnosis clínica. Es médico acreditado en TMNC (Terapias Médicas No Convencionales) por el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Alicante.
Médico Homeópata por el Instituto Mexicano de Homeopatía y la Federación Española de Médicos Homeópatas (FEMH).
Profesor de Yoga por Estudio y Transmisión del Yoga (ETY) y Master Yoga Teacher por Yoga Alliance International. Es también diplomado en Ayurveda.
Dirige desde 1995 ALAYA Clínica Nature Institute un centro vinculado a la práctica clínica de la Medicina Integrativa y a la docencia de la meditación, el yoga, la medicina mente-cuerpo y la salud integrativa, impartiendo cursos, talleres y conferencias también en otros centros y escuelas.
Es Formador de profesores de Yoga, aportando la visión profunda de textos clásicos como los Yogasutras de Patanjali desde una perspectiva integradora con los conocimientos modernos de la neurociencia contemplativa y también del Ayurveda a la luz de los conocimientos actuales de la medicina moderna.
Vinculado desde joven con el mundo del Yoga y la espiritualidad, practica la meditación desde hace 40 años. Ha realizado cursos y retiros de meditación fundamentados en la Tradición Védica y el Yoga, pero también en otras tradiciones meditativas.
Más información sobre el autor y sus actividades en:
www.alayaclinica.com www.alaya.institute
Introducción
Recuerdo bien, siendo aún muy joven y recién comenzada mi carrera de medicina, como la meditación se presentó en mi vida. Ciertamente llevaba ya algunos años leyendo sobre los más diversos temas relacionados con la filosofía, la mística oriental y las primeras investigaciones que venía haciendo la disciplina de la parapsicología sobre las posibilidades ocultas de la mente. Era apasionante descubrir un mundo más amplio y lleno de significado y misterio que el mundo cotidiano.
Mas todo ello, en realidad no aliviaba mucho la creciente ansiedad que sentía en mi adolescencia. Aquella información tan solo satisfacía una inquietud y curiosidad intelectual que poco modificaba mis estados de ánimo y mi relación con el mundo. De hecho, era solo eso, mi mundo, bien alejado de mis relaciones sociales, donde lo importante en el tiempo libre era cubrir las necesidades adolescentes de diversión y reconocimiento por el sexo opuesto.
Un buen día, rondando los veinte años, encontré afortunadamente un libro cuyo título me llamó poderosamente la atención. Hablaré de la atención más adelante, porque de eso trata la meditación y la vida. Pero no anticipemos y volvamos al relato del encuentro, que por aquel entonces parecía fortuito, una casualidad del destino y que, sin embargo, el tiempo se encargó de mostrarme lo contrario.
Aquel libro, cuyo título era TM. Meditación Trascendental. Descubrimiento de la energía interna y superación del estrés, de Harol Bloomfield, un médico psiquiatra y dos coautores más, editado en español por Grijalbo en 1976, marcó un antes y un después en mi vida. A este libro, siguieron algunos más sobre la técnica de la meditación trascendental que no hicieron más que acrecentar y confirmar mi deseo de aprenderla, pues ninguno de estos libros la enseñaba. Así fue como finalmente tuve la ocasión, bien lejos de mi ciudad natal y durante un cálido verano, de aprender a meditar.
Visto en perspectiva, fueron aquellos años un largo recorrido hasta encontrarme cara a cara con la meditación, pues en la década de los 70-80 los libros y la información sobre las practicas atencionales y meditativas era muy escaso y no se disponía del tremendo recurso que supone en la actualidad la información digitalizada y la red de internet.
Hoy día, querido lector, tienes a tu disposición una ingente cantidad de información sobre el tema. Pero, no creas que te considero del todo afortunado por ello. Primero, porque el exceso de información satura y confunde cuando uno se acerca por primera vez. Segundo, porque la satisfacción inmediata de la necesidad no siempre es lo más recomendable. Tercero, porque la información externa no suple el propio trabajo de reflexión, procesamiento y experiencia, esenciales para que la mera información se convierta en conocimiento propio y pueda otorgar un día la tan preciada sabiduría.
Pero sí, qué duda cabe… ¡la meditación está en auge! Artículos científicos, programas de televisión, famosos que la han incorporado a sus vidas y la promueven públicamente, programas de reducción de estrés basados en la meditación, psicoterapias de tercera generación, neurociencia contemplativa y un largo etc.
La meditación ha empezado a formar parte de nuestra cotidianidad, de nuestro estilo de vida y de nuestra ciencia del bienestar y la salud. Muchos la practican en la intimidad, otros alardean de su condición de meditadores, otros más piensan que no es para ellos y algunos no descartan en aprenderla cuando sus circunstancias sean mejores; los científicos la estudian muy en serio o la desdeñan y los médicos se preguntan perplejos qué tiene que ver la meditación con la medicación y el tratamiento…pues sí, la meditación ha llegado a nuestras vidas para quedarse definitivamente.
Y como no podría ser de otro modo, también el espíritu mercantilista y productivo de nuestro sistema de vida, ávido de beneficios, ha posado su mirada en lo meditativo, llevando la meditación y el yoga al nivel de la moda y el consumismo.
La meditación nos llega, pues, con diferentes envoltorios y contextos: mindfulness, meditación trascendental, yoga, vipassana, za-zen, tai chi, etc. Es tal el abanico de posibilidades y de métodos y técnicas, que se incita más a la pregunta que a la respuesta.
El avance imparable de la tecnología y la expansión de la información a través de internet y de una sociedad cada vez más globalizada no son los únicos responsables de la invasión de lo meditativo y el desarrollo personal, pues hay también una necesidad acuciante por parte de los individuos de resolver la problemática que nuestra forma de vida crea y de buscar nuevas alternativas de bienestar en el más amplio sentido de la palabra.
Simultáneamente a ello, hay en nuestra época una mayor apertura a lo espiritual y trascendente que demanda nuevas vías de acceso a su experiencia, más allá de las estrechas formas que la religión o la filosofía han marcado en Occidente.
Sin embargo, para la inmensa mayoría, la meditación, sigue siendo una gran desconocida. A lo largo de las siguientes páginas espero poder esclarecer las dudas de un proceso que, lejos de ser contemporáneo, tiene su origen en la más remota antigüedad y en las más diversas culturas bajo formas y nombres distintos. Todas ellas, en alguna medida, confluyen en nuestro tiempo contribuyendo a generar más confusión que claridad debido a un exceso de información que en ocasiones adolece de poca calidad o rigor y cuyos contenidos no están bien organizados, contrastados o verificados.
Este libro solo pretende ser una pequeña y modesta introducción a la teoría y práctica de la meditación. No agota, ni de lejos, un tema que genera al año miles de artículos científicos, decenas de libros y ensayos de divulgación y autoayuda y otro tanto de conferencias, cursos y documentales que tocan directa o indirectamente el tema. Pruebe el lector a poner la palabra “mindfulness” o “meditation” en Pubmed, el motor de búsqueda de libre acceso a la base de datos Medline de investigación y documentación biomédica, y podrá comprobar la ingente cantidad de investigación científica publicada hasta la fecha.
Somos afortunados por vivir en esta época de confluencia y síntesis, donde la tradición y la modernidad se pueden dar la mano, donde lo subjetivo y lo objetivo se refuerzan mutuamente, donde la ciencia empieza a confirmar el misticismo y lo espiritual expande los límites del materialismo.
De entre todas las tradiciones, culturas y religiones que nos han legado su conocimiento de las practicas atencionales o meditativas, la que he estudiado más de cerca es la que corresponde a la tradición védica de la India.
Esta tradición representa un descomunal cuerpo de conocimiento acerca de todo: del hombre, de la naturaleza y de Dios. Es en el contexto de esta tradición donde se encuentra el yoga como una ciencia especialmente dedicada a otorgar, a todo aquel que lo practique con seriedad y compromiso, la experiencia de un conocimiento y capacidad de acción más allá de las posibilidades ordinarias de la mente y de los sentidos de percepción y acción.
Así pues, este libro explora la práctica meditativa en el contexto clásico del yoga, cuya esencia y razón de ser, es el estado meditativo por excelencia.
Se dice popularmente “todos los caminos conducen a Roma”, y no me cabe ninguna duda que es así. Diferentes culturas y religiones tienen sus propios y elaborados métodos de conducir una mente dispersa o adormecida a un estado de serenidad y lucidez. Pero estos métodos no serán el objeto de estas páginas.
Espero que este libro te brinde un mejor entendimiento de la meditación y lo que es más importante, te ayude a experimentarla en tus propias carnes. Ojalá pueda servirte de motivación suficiente para que la incorpores en tu vida diaria como un compañero inseparable del largo, y a veces difícil camino que es vivir.
¡Empecemos!
Capítulo 1 ¿De dónde vienes?
Ahora, la enseñanza del Yoga.
Yogasutras de Patanjali
Cuando hablo con personas como tú acerca de los motivos e intereses que les empujan a practicar meditación, me encuentro con muchas respuestas personales que encierran un anhelo común: la necesidad de ser más dueños de sus vidas y poder sentir y expresar lo mejor de sí mismas.
Programados para la supervivencia
Las circunstancias de la vida pueden despertarte emociones y sensaciones desagradables relacionadas en general con el miedo o la agresividad, llevándote fácilmente a perder el control, no de las circunstancias externas que están bajo la influencia de muchos factores y personas, sino sobre tus propias respuestas cognitivas, emocionales y conductuales. Quizás no puedas evitar un atasco de tráfico (no depende de ti), pero sí puedes cambiar tu actitud ante él.
Una retención de tráfico es una amenaza si llegas tarde al trabajo o a una cita o simplemente si obstaculiza tu deseo de llegar pronto a casa. Date cuenta de que la percepción del atasco es siempre la misma: interminables filas de coches parados o avanzando como tortugas. Sin embargo, dependiendo de cómo estés tú (deseos, expectativas, estado de ánimo, condiciones físicas, etc.) tu evaluación cambiará y determinará que la situación del atasco deje de ser “neutra” para convertirse en “negativa” y amenazante. Una vez que el evento o circunstancia ha sido “etiquetado” así, se convierte en un estresor cuya fuerza dependerá de la “evaluación” que hagas de tus propios recursos, posibilidades o alternativas de hacerle frente. Esta evaluación secundaria es responsable en última instancia de la carga estresora del estímulo.
Lo esencial, por tanto, es la evaluación de amenaza, y no tanto el hecho u objeto percibido. Por ejemplo, la mayoría de las fobias no entrañan un peligro real y, sin embargo, desencadenan intensas respuestas de activación, incluso solo pensando en el objeto fóbico.
En el ejemplo del tráfico, imagina que el atasco va a poner en riesgo tu trabajo porque hoy precisamente tienes una importante entrevista a la que no vas a poder llegar a tiempo. Esto convierte la situación en amenazante. En un instante pasan por tu cabeza posibles soluciones para minimizar el riesgo. Si las encuentras, el potencial estresor del atasco disminuye; si no las hay, la amenaza se mantendrá y pondrás en marcha la respuesta de estrés o activación.
Con la activación, tu mente y tu cuerpo se preparan para incrementar sus recursos de afrontamiento: la percepción de los diferentes estímulos aumenta porque la alerta y la atención también lo hacen y el cuerpo moviliza grandes cantidades de combustible y sustancias químicas para permitir una respuesta neuro-muscular más eficaz. Además, se desarrolla un estado emocional especifico que acrecienta las posibilidades de que la mente y el cuerpo se entiendan mejor y aumenten su coordinación.
Las emociones son respuestas adaptativas al entorno que facilitan la eficacia de nuestras conductas. Con la emoción adecuada hay más posibilidades de éxito. Todos hemos experimentado que corremos más rápido y con menos fatiga si somos presa del pánico o que luchamos con más coraje y fuerza si nos sentimos rabiosos.
La activación aumenta nuestra capacidad de lidiar con los estresores pagando un alto precio, ya que produce un gran desgaste. Del mismo modo sucede cuando subimos de revoluciones un coche para realizar un adelantamiento: aumentamos el consumo de gasolina y el desgaste del motor.
En el reino animal, del cual formamos parte, estas situaciones de estrés agudo forman parte del vivir cotidiano, por lo que nuestra fisiología está bien preparada para afrontar el riesgo de vivir peligrosamente. Pero hay una diferencia fundamental entre el ser humano y los animales. Una gacela que logra salvar la vida huyendo de una leona, tiene una activación intensa pero corta, pues la persecución acaba en vida o muerte en apenas pocos minutos. Si la gacela sobrevive, se dedicará a comer y dormir con el fin de recuperar el desgaste de tamaña activación. Sin este reposo, la gacela no podría asumir con éxito una nueva huida.
La vida actual no depara normalmente situaciones de vida o muerte, salvo en casos concretos y aislados, pero nos somete a un continuum de eventos estresores de menor intensidad y de la más variada índole. Pasamos entonces de una activación aguda e intensa, a una activación moderada y sostenida en el tiempo (estrés crónico) que puede llegar a ser devastadora para la salud. Podemos acostumbrarnos y “adaptarnos” a semejante activación hasta el punto de insensibilizarnos a los mensajes que nuestro cuerpo y nuestra mente nos transmiten, pero si no hacemos nada para remediarlo, llegará un momento en el que nuestras reservas se agotarán y nuestro sistema adrenal de resistencia se colapsará.
Actualmente, el estrés es el mayor responsable del deterioro de la salud, pues interviene tanto en la génesis como en la agravación y cronificación de numerosas enfermedades físicas y psicológicas. La respuesta de estrés produce en grados variables de intensidad, estados psíquicos y físicos (emociones y sensaciones) displacenteros y dolorosos que ponen en marcha conductas reactivas y automáticas con el fin de neutralizarlas.
Estas conductas de afrontamiento, conscientes o inconscientes, suelen dirigirse en proporciones y posibilidades variables, a eliminar, o al menos disminuir, el impacto del estresor. Por ejemplo, es fácil que, ante una situación de disputa con la pareja que genera siempre malestar emocional, la conducta de afrontamiento se oriente, bien de forma directa hacia la otra persona en forma de agresividad y ataque, bien hacia formas o estrategias indirectas como son la comida, la bebida, o cualquier otra distracción que ayude a calmar la ansiedad, la rabia o la tristeza que se siente.
Así pues, las conductas de afrontamiento pueden ser adaptativas si consiguen disminuir o eliminar el estresor o las emociones displacenteras sin daños colaterales o secundarios. La reflexión, el reconocimiento, el perdón o la comunicación empática y asertiva son algunas acciones que pueden aclarar los malentendidos que han llevado a la disputa y resolver en su origen el causante de nuestro malestar. La agresividad hacia la pareja o la comida como ansiolítico son ejemplos de conductas desadaptativas que a corto y a medio plazo empeoran siempre la situación.
Dado que la existencia presenta siempre desafíos y amenazas, el cerebro se ha constituido en un perfecto instrumento para el mantenimiento de la vida. Pero esto que supone un logro evolutivo muy importante para la supervivencia del individuo, y por tanto de la especie, es también un lastre que arrastramos, porque condiciona el presente en función del pasado vivido y de las expectativas que, a partir de éste, se generan. Cada vez que te sucede algo y tienes una experiencia, creas una huella, un condicionamiento en la mente, de tal forma que ansías reproducir la vivencia si ésta ha sido placentera o tratas de evitarla, si ha sido dolorosa o displacentera.
Por ejemplo, si has sufrido algunos desengaños amorosos, tu mente está más condicionada a interpretar ciertos estímulos como señales de ruptura o decepción y reaccionará a ellos desproporcionadamente con agresividad, miedo o tristeza, es decir con estrés.
Como toda situación displacentera es interpretada como potencialmente amenazadora para la vida, se ponen en marcha conductas que, en primera instancia, intentan mantener el control de los estresores como el medio más directo para acabar con la amenaza y el malestar. Son conductas reactivas y automáticas para desactivar la respuesta de estrés y garantizar así la homeostasis de las funciones orgánicas y psíquicas sin menoscabo de la propia salud y de la supervivencia.
Pero llevar las conductas o estrategias de afrontamiento (acciones destinadas a neutralizar el malestar) hacia los estresores, es decir hacia las circunstancias amenazantes, no siempre es posible ni factible, porque no se tiene control absoluto sobre todas sus variables. Así, no puedes lidiar a tu antojo con la enfermedad de un familiar, con un despido laboral o con un accidente doméstico, porque dichas circunstancias dependen de terceros y siguen sus propios procesos de evolución y cambio.
Por otro lado, sabemos que la “evaluación” de amenaza en la actual forma de vida obedece, no solo a la situación presente sino, sobre todo, a la suma de los condicionamientos pasados. Percibimos un mundo propio e ilusorio distinto del mundo real, porque las variadas experiencias que vivimos son producto de la asociación de lo que sucede en el presente con la memoria y la expectativa que tenemos. No es fácil tomar consciencia de todo el equipaje que llevamos.
Esto último lleva a pensar que tampoco es deseable dirigir las estrategias de afrontamiento “exclusivamente” hacia las amenazas externas, porque puedes perder de vista que la causa principal del estrés que sientes es fundamentalmente tu punto de vista, tu percepción distorsionada, tu falta de resiliencia y de estrategias adaptativas, lo que en definitiva llamo el “territorio interior”.
Es ahí, en ti mismo, donde puedes ejercer pleno control, aprendiendo a cambiar o regular tus propias actitudes, creencias, emociones y comportamientos, independientemente de las circunstancias que te envuelvan. Lleva un tiempo darse cuenta de ello y encaminar los propios esfuerzos a la consecución del objetivo de ser dueño de uno mismo y no de las circunstancias.
Cambiando la perspectiva
Cuando este aprendizaje acontece, cuando te das cuenta de que el intento de control del entorno, de las personas y de tantas otras circunstancias, no trae más que sinsabores y frustración en la mayoría de los casos, es cuando es posible recibir la enseñanza de la meditación como una verdadera herramienta de transformación personal. Este darse cuenta de que el problema y la solución solo está en uno mismo, crea el terreno propicio para que la semilla de la meditación brote.
Mientras este terreno psicológico, que eres tú mismo, no se encuentre debidamente preparado, la meditación no cobrará la fuerza suficiente como para que le dediques el tiempo suficiente para transformarte.
Por eso el gran codificador del yoga, Patanjali, empieza su exposición de la ciencia de la meditación (yoga) con el aforismo del comienzo de este capítulo. Este “ahora” (Atha) denota múltiples significados. Por un lado, hace referencia al presente temporal, conectando la ciencia del yoga (meditación) con la plena atención y la total presencia en el instante presente. Este es el fin último de toda práctica meditativa.
Sin embargo, un significado más acorde y útil con tu situación actual es comprender este “ahora” bajo un prisma nuevo, más como una condición previa que como un fin, como un aprendizaje que te ha llevado a darte cuenta de que tu actitud ante la vida y las circunstancias lo es todo. Cuando esto acontece, todo tu esfuerzo se centra en lograr un cambio cualitativo en tu mente, eliminando la perdida de energía que supone intentar cambiar las situaciones y las personas por la fuerza o la manipulación, sea ésta consciente o no.
Si has llegado hasta aquí, leyendo este libro, es porque tienes la necesidad o el deseo de aprender qué es, cómo se practica y en que puede ayudarte la meditación. Quizás conoces a alguien cercano que le ha ido bien, o has escuchado en los distintos medios de comunicación acerca de los beneficios de meditar. Toda esta información ha despertado tu curiosidad y ha podido llevarte a coger este libro casi como un acto reflejo, y hojear algunas de sus páginas. Es un punto de partida, desde luego, pero sinceramente no es el mejor.
Sin embargo, cuando has experimentado que la vida que has llevado hasta ahora, una mezcla variable de éxito y fracaso, de placer y dolor, de facilidad y adversidad, no acaba con la ansiedad, el miedo, la rabia, la ambición, los celos, el orgullo, etc., entonces estás en el mejor punto de partida para aprender y practicar meditación.
El ámbito de la meditación es precisamente el “territorio interior”, ese mundo interno que siempre te acompaña y que condiciona día a día tu vida sin importar como sean tus circunstancias externas. ¿Acaso los ricos no sufren? ¿No sufren los solteros, los casados, los padres, los hijos, los empresarios, los empleados, los sanos, los enfermos? Vives todos esos papeles siempre desde ti mismo. Hagas lo que hagas ahí sigues tú. No importa el rol que tengas en un momento dado, nada dura toda la vida, salvo tu “territorio interior”. Si has comprendido esto, estás bien preparado para recibir la meditación.
El “territorio interior”
Cuando te acercas a la meditación, es inevitable que lo hagas desde el único lugar que puedes: tú mismo. No importa si es la primera o la décimo milésima vez que te sientas a meditar.
Me encuentro muy a menudo con personas que se inician en la meditación desde los más variados lugares internos pero que, sin embargo, tienen un denominador común: la mayoría son problemáticos: salud, relaciones, estrés, trabajo, estudio…buscan, en definitiva, resolver situaciones.
Deja que te cuente una adaptación de un clásico relato sufí.
Un buen día, Antonio se encontró en la calle y a plena luz del sol con su buen amigo Miguel.
- ¿Qué haces? Le preguntó.
- Estoy buscando mi anillo, respondió Miguel.
- Déjame que te ayude, le dijo Antonio, poniéndose manos a la obra.
Al cabo de un buen rato, pasó Juan y, viendo a sus dos amigos en situación tan comprometida y poco habitual, decidió acercarse a preguntar, y cómo no pudo ser de otra manera, también se unió a la tarea.
Los tres hombres buscaban el preciado anillo mientras mantenían una animada conversación sobre los más variados temas, sin darse cuenta del tiempo transcurrido. Al cabo de un tiempo, Juan, cansado, exclamó:
- Ya es hora de comer y aquí no está el anillo. A ver, Miguel, ¡dinos exactamente dónde lo perdiste!
Miguel respondió inocentemente:
- Se me cayó dentro de la casa, pero allí no tenía bastante luz para buscarlo y en cambio aquí en la calle sí.
Imposible será encontrar el anillo donde no lo perdió. De igual forma, difícil será también encontrar soluciones si los problemas no son correctamente identificados. La respuesta adecuada siempre surge de la pregunta correcta.
Dado que la mayoría de las personas se acercan a la meditación para resolver algún problema en su vida, debes saber que la meditación no puede cambiar tus problemas, pero puede cambiarte a ti. Si tú cambias, también lo harán ellos. Los problemas no son más que una forma determinada de ver los eventos y las circunstancias que te ocurren. Es tu evaluación o tu expectativa negativa de la situación la que le otorga el estatus de problema (amenaza).
Hoy se sabe bien que un mismo hecho afrontado desde perspectivas distintas, amenaza o reto, problema u oportunidad, desencadena reacciones diferentes en la fisiología. La situación es la misma, pero el estado psicológico y la bioquímica de tu cuerpo no lo es.
Cuando tienes una circunstancia difícil que te hace sufrir, pero te das cuenta de que el verdadero problema no está afuera sino adentro, entonces estás haciendo un mejor y más profundo diagnóstico de lo que sucede. Y solo un diagnóstico acertado garantiza un tratamiento correcto. Si friegas los platos, no te quejes de que la ropa no está limpia. Si el problema es la ropa, entonces pon la lavadora, no friegues la vajilla.
El verdadero problema siempre está dentro, en ti mismo, por mucho que te empeñes en verlo fuera. Afuera solo hay eventos y circunstancias, no problemas.
Ciertamente la vida trae situaciones dolorosas: un fallecimiento cercano, un divorcio o separación, un despido laboral, un acoso, un maltrato, son algunas de las circunstancias presentes día a día. Los médicos y psicólogos han clasificado las experiencias de vida en función de su potencial estresor, es decir de su capacidad para generar la respuesta de estrés. Pero son valores estadísticos en grupos grandes de poblaciones. No todas las personas, ni la misma persona en diferentes momentos, reacciona con la misma activación de estrés ante una situación dada.
Hay por tanto mecanismos personales de muy diversa índole que condicionan la evaluación y respuesta o reacción ante lo que acontece. Piensa en cómo afrontas los sucesos del día y las contrariedades o dificultades que se puedan presentar después de una mala noche cuando no has obtenido el suficiente descanso reparador que el sueño otorga. Bien diferente verdad, a cuando te levantas descansado y animado.
La meditación fue diseñada para resolver un único problema: la falta de claridad y serenidad de tu mente. La ausencia de estas cualidades se convierte, si lo piensas bien, en la madre de todos los problemas en la vida. ¿Cuántas dificultades podrías haber evitado con más atención, más calma y mejor actitud? Así pues, de manera indirecta, la meditación te ayudará con las circunstancias externas, pero solo en la medida que mejore tu capacidad de darte cuenta y comprender y tu estabilidad emocional, es decir, tu “territorio interior”.
Si la práctica meditativa es correcta, te llevará desde donde quiera que estés, a un mejor lugar de ti mismo, y entonces la “visión" de las circunstancias como problemas se disolverá, y tú, solo tú, serás capaz de resolver las situaciones concretas de tu vida.
Pero si bien el sufrimiento o el malestar se convierte, en muchos casos, en la fuerza y la motivación necesaria para iniciar el cambio que te hace salir de una experiencia dolorosa o desagradable, no garantiza, sin embargo, la perseverancia en la práctica meditativa o en cualquier estrategia elegida.
El dolor desencadena una fuerza de alejamiento o rechazo del conflicto, impulsándote a tomar decisiones y a actuar. Pero en la medida que te alejas y te sientes mejor, dejas de contar con la fuerza impulsora y la motivación necesaria para seguir meditando especialmente, si ésta no ha generado todavía el hábito de su práctica o la consciencia necesaria para valorar su importancia. Te ha sacado del dolor o del malestar, ha cumplido su función, y como dice el refrán “a otra cosa mariposa”. Posiblemente la retomarás de nuevo solo cuando vuelvas a sentirte mal y quieras huir del dolor; “uno se acuerda de Santa Bárbara cuando truena” dice la sabiduría popular.
La meditación no está diseñada para huir de los problemas de la vida, sino para afrontar y resolver de raíz la madre de todos ellos: la identificación con todo aquello que sucede en tu mente (pensamientos, emociones, creencias, estados de ánimo, opiniones, etc.) cuando ignoras quién eres en verdad.
El viaje de la meditación
El viaje a través de la meditación puede acontecer de muchas formas, tal y como sucede con cualquier otro viaje en la vida.
No hay una sola forma de llegar hasta Madrid. La experiencia del trayecto dependerá del lugar de partida y del transporte elegido. El viaje puede ser rápido y cómodo si te encuentras en una capital con la estación del AVE cercana, pero puede ser muy largo e incómodo si estás perdido en un pueblo de montaña que no goce de buenos accesos y medios de transporte hasta Madrid, o al menos hasta la estación del AVE más próxima. Si estás en la estación adecuada, en el andén correcto, a la hora precisa, con seguridad te subirás al tren que te llevará a tu destino.
La meditación es ese tren. La estación, el andén y la hora representan tu “territorio interior” con sus diferentes componentes cognitivos, emocionales e instintivos. El encuentro favorable y oportuno de ambos, meditación y “territorio”, puede cambiar muy positivamente tu vida.
Así pues, el lugar interior desde donde inicias y practicas la meditación es importante y condicionará la adhesión y regularidad en tu práctica y, por tanto, los beneficios y las distintas experiencias que puedas obtener de ella.
Recuerda que no hay beneficio sin inversión, ni inversión sin motivación. La motivación perdura en el tiempo si se asienta sólidamente. El viaje de la meditación acontece mejor cuanto más consciente eres de tu mundo interior. A su vez, la práctica meditativa te permitirá, como se ha demostrado en numerosas investigaciones, una mayor consciencia de ti mismo y un desarrollo armónico de las tendencias evolutivas de tu personalidad, al disolver de manera suave y natural los conflictos internos y las tensiones subconscientes de tu mente que fragmentan tu personalidad y bloquean tus recursos cognitivos y emocionales.
Esas tensiones y resistencias serán las responsables de las distintas y únicas experiencias que la meditación te ofrezca durante los primeros años, pues son como filtros de colores que distorsionan la luz blanca y pura de la meditación.
Es fácil entender pues, que cada meditador experimentará su propio viaje en función de su equipaje. En definitiva, tu práctica habla más de ti que de la meditación.
Capítulo 2 Qué NO es meditación
Los medios auxiliares (a la meditación) se oponen a los obstáculos o tribulaciones a veces directamente, otras, creando una calma que ayuda a restablecer el equilibrio.
Yogasutras de Patanjali
La meditación descrita en este libro es una práctica atencional, donde ésta se utiliza de manera específica para llevar la mente a un estado extraordinario de claridad y quietud con la finalidad de alcanzar una nueva cognición del mundo y de la realidad última del sujeto que medita.
Pero antes de entrar a describir el proceso y el objetivo de la meditación, es interesante detenernos en este capítulo en aquellas técnicas o métodos que guardan cierta semejanza o paralelismo con la práctica de la meditación.
Desde hace unas cuantas décadas, han surgido especialmente en Occidente, numerosos métodos que también utilizan la atención, pero que en su forma y en su fin difieren en alguna medida de la meditación. Cierto es que todos ellos, algunos de los cuales expondré en este capítulo, tienen rasgos comunes de difícil delimitación. Son métodos que, al usar la atención, la percepción, y las capacidades del cerebro y del sistema neurovegetativo (elementos presentes en cualquier ser humano) comparten semejanzas entre todos ellos y lógicamente también con la meditación.
Pero veremos que en cada uno de estos métodos o técnicas hay determinados usos o matices en el empleo de los recursos atencionales que difieren, a veces sustancialmente, de la meditación, al igual que lo hacen sus orígenes y los fines para los que fueron creados.
Resta decir que todos estos métodos paralelos o yuxtapuestos a la meditación tienen su propio valor y utilidad, especialmente en los fines para los que fueron diseñados. E incluso pueden cobrar eventualmente un valor especial para afrontar de manera específica ciertos obstáculos o resistencias físicas o psicológicas que pueden presentarse en el aspirante a meditador o surgir en el largo camino de la práctica meditativa.
También cabe mencionar que, dado que el estado meditativo es una cualidad intrínseca de la mente y la conciencia del ser humano, este puede ser alcanzado en algunos casos de forma espontánea o a través de métodos indirectos. Algunos de los métodos expuestos pueden, en determinados sujetos y en ciertos momentos, derivar en la emergencia de un estado meditativo, entendiendo este como el silencio de los procesos mentales ordinarios y la experiencia de la naturaleza trascendental del Ser.
Muchas de estas técnicas psico-corporales modernas (ya que existen apenas desde hace un siglo como mucho) son contempladas en el amplio espectro de la tradición milenaria del yoga, la cual enfatiza la importancia del trabajo preparatorio con el cuerpo y la respiración para facilitar la práctica meditativa. Es más, prácticamente todas las técnicas actuales tienen, en mayor o menor medida, una cierta influencia del yoga, pues en algún momento sus creadores o exponentes volvieron la vista a la antigua tradición india.
El origen cultural de la meditación como tal es antiquísimo y data de miles de años, proviniendo de culturas orientales fundamentalmente y en especial de la tradición védica, de la que el yoga como disciplina meditativa por excelencia forma parte.
Recordemos que la otra gran tradición meditativa procede también de Oriente, de la religión budista. Y no podemos pasar por alto que Siddhartha Gautama Sakyamuni (posteriormente conocido como Buda, “el Despierto”), nació en una familia aristocrática del norte de India en el seno de la religión brahmánica de los Vedas y que a lo largo de su juventud y posterior renuncia realizó diversas prácticas yóguicas y ascéticas.
Sin embargo, la meditación como medio de acceso a lo trascendente forma parte de todas las culturas y religiones. Así, filósofos griegos, judíos, místicos cristianos, musulmanes, etc. disponen todos ellos de su propia tradición y técnicas meditativas.
Por otra parte, la llegada de estos procesos de autoindagación no reflexiva propios de Oriente a Occidente, impuso intentos de comprensión desde la propia perspectiva occidental, distorsionando en parte el verdadero significado del concepto original para hacerlo más entendible, asemejando la meditación más a un proceso mental de reflexión, contemplación o análisis, cuando en realidad la meditación es por definición la disminución y detención de la identificación con toda actividad mental.
Repasemos ahora algunos métodos que pueden tener cierta proximidad y paralelismo con la práctica meditativa, generando con ello una cierta dosis de confusión.
Relajación
Una de las técnicas más extendidas y utilizadas que se confunde con la meditación es la relajación. Esto acontece debido, fundamentalmente, a dos elementos:
1 Ambas utilizan la atención para lograr un estado corporal y psicológico distinto de la respuesta de activación cotidiana.
2 La meditación conlleva una respuesta de relajación en la mayoría de sus fases. Sin embargo, reducir la meditación a una mera relajación de las tensiones musculares, o incluso psíquicas, es cortar las alas a un procedimiento de mayor alcance y trascendencia.
En la relajación, de manera general, llevamos la atención al cuerpo a sus diferentes partes con una intención bien concreta: tomar consciencia del estado de tensión presente en los distintos tejidos de tal forma que podamos a través de una actitud determinada, soltar, aflojar, y disolver el estado de tensión.
Cuando esto acontece en cada una de las partes del cuerpo, cambiamos la experiencia sensorial de malestar y tensión por una agradable sensación corporal de distensión y alivio que induce una vivencia de bienestar, redundando en una mejora de la salud al desactivarse la respuesta de estrés.
Aunque los métodos de relajación son variados, su finalidad es la misma: la activación parasimpática que permite entrar en fase de relajación, descanso y restauración. Objetivos bien distintos a la práctica de la meditación.
Visualización
Otra práctica muy popular y popularizada por la literatura de autoayuda que se confunde erróneamente con la meditación.
La visualización utiliza la atención hacia la imaginación y la fantasía, desarrollando todo un mundo interno de marcado matiz placentero. A través de inducciones propias o ajenas, se promueve el recuerdo de experiencias agradables o la evocación de situaciones o ambientes que despiertan la realización ilusoria y mental de deseos y experiencias asociadas con el placer, el bienestar, la relajación, la sensualidad y la naturaleza.
Estos contenidos mentales pueden usar diferentes vías sensoriales (visuales, auditivas, táctiles, gustativas y olfativas) para reproducir de la manera más fidedigna posible la experiencia placentera. Como el cerebro no distingue una percepción real de una imaginada, crea una respuesta neurológica y bioquímica de placer que gratifica el cuerpo y la mente de quien realiza la visualización.
Dependiendo de la motivación profunda del sujeto, la visualización en el mejor de los casos conducirá a un alivio de la tensión, a la gratificación personal, al establecimiento de condicionamientos mentales más saludables y placenteros para el “yo”, y en el peor de los casos a una huida y refugio en el mundo interno de la fantasía siempre más cómodo, seguro y agradable que la, a veces, cruda realidad.
La visualización refuerza las vías del placer y potencia el apego del yo a dichos estados. Esto no es necesariamente negativo, si es bien comprendido y no se realiza como escape o estrategia evitativa. La visualización puede ser muy interesante para cambiar ciertos hábitos o condicionamientos que nos limitan y hacen sufrir por otros más acordes y enriquecedores, o simplemente para disfrutar de momentos de relax y bienestar que nos restauren de la tensión cotidiana.
En ningún caso la visualización es meditación, pues esta última busca detener y trascender los mecanismos ordinarios de la mente, entre los que se encuentra la imaginación y la fantasía, para lograr un estado de ausencia de “yoidad” que permita la visión de lo real.
Pulsuz fraqment bitdi.