Kitabı oxu: «Los Sellos Secretos»

© Grupo Editorial Carnero, C. A., 1999
2nda Calle Trans. de Bello Monte, Local G-1
Caracas, 1050 - Venezuela
PLUTÓN EDICIONES, 2020
Diseño de cubierta y maquetación: Saul Rojas
Edita: Plutón Ediciones X, s. l.,
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I.S.B.N: 978-84-18211-15-7
Introducción
“(…) Nadie tiene el poder de robarme o negarme
la felicidad si yo no lo permito. Ahora entiendo, ahora sé,
que el único que tiene ese tremendo poder, ese maravilloso poder, soy yo. Por eso asumo la responsabilidad total de mi vida”.
¿Toda acción o decisión del ser humano está determinada solo por sí mismo o interviene el Universo o un Dios? ¿Existe en verdad el tiempo, o nosotros lo creamos? ¿Tiene límites el tiempo? ¿Existe el mal o solo es una ausencia del bien? Toda duda es razonable y objeto de debate, con lo cual no serán verdades absolutas, si no miradas y versiones distintas de entender una realidad, que a lo mejor hemos determinado según nuestras propias vivencias. Rafael Vidal, autor del presente libro, nos llevará por un viaje de introspección sobre estos y otras ideas que a diario nos cuestionamos para encontrarle sentido a nuestra existencia en el mundo.
La inmersión del ser humano en su propio subconsciente le permite reflexionar sobre sus actos, sus miedos, sus inseguridades, analizar y ponerle significado a sus sueños, cuestionarse si existe un Absoluto y un tiempo que rige nuestras vidas. Qué pasa si después de nuestra muerte hay algo más allá que simplemente nuestra propia inexistencia física en la tierra. Todo esto, son algunos de los caminos que pasamos como etapas o fases dentro de pequeñas cámaras secretas, a los que los obstáculos y retos son pilares fundamentales para entender nuestra existencia en el Universo.
Cada evento cotidiano, cada montaña que se asciende, será un camino de lucha constante con nuestro propio subconsciente, y, salir de cada una de ellas, se convertirá en enseñanzas y lecciones de vida, que nos permitirá entender nuestro objetivo terrenal, además de mitigar o poner fin a tabúes que hacían de nuestra existencia un reto más por sobrellevar.
Los Sellos Secretos, no es un libro de autoayuda que encuentras a menudo, de hecho, posee elementos reflexivos y analíticos que nos ayudarán a confrontar y pensar cómo estamos interactuando con nuestros propios sellos místicos, cabalísticos, filosóficos y religiosos, permitiendo que cada acción que realicemos la hagamos con la firme convicción de ser los únicos responsables de nuestros propios actos. El Universo como Absoluto y Usted como parte de él, determinarán la fuente de todo lo real como principio de autoconocimiento, fuente primaria, génesis, de la existencia misma del hombre.
El libro nos llevará a un viaje en el que cuestionaremos todo aquello que nos rodea; reflexionaremos sobre lo que existe y lo que no, lo efímero, lo tangible y lo intangible, lo espiritual y religioso, lo humano y lo divino. Nos permitirá abrir una nueva posibilidad de entender la vida y cómo podemos desenvolvernos mejor en ella. Visiones y reflexiones distintas sin ser verdades absolutas.
A veces en lo más simple, llano y sencillo de la vida, se encuentran las respuestas a las preguntas más trascendentales de nuestra existencia, y es allí, donde aprendemos a valorar y a disfrutar de la misma tal cual se nos presenta con sus cosas buenas y malas. Y aunque el ascenso a la montaña se torne difícil y creamos no poder lograrlo, es mirar nuestro entorno y saber que siempre podemos tomar atajos y seguir adelante y lograr la tan anhelada cima.
“(...) vivir el aquí y el ahora a plenitud (…)”
“…Si vives la vida que otro pretenda para ti, esta no será tu historia personal, y si no vives tu historia personal no puedes autorrealizarte.
Para vivir tu historia personal lo único que necesitas es ser tú (…)”

El Adiós
El viejo no podía morir. Él lo sabía. Y, sin embargo, en su mirada había un dejo de nostalgia como el de quien sabe que está próximo a partir.
Hoy era un día especial, y por eso había escogido particularmente este lugar. Uno de los rincones favoritos en su incomparable jardín. ¿Cuántos días y cuántas noches había pasado aquí? Disfrutando del frescor de la vegetación, la humedad de la tierra, el silencio de la naturaleza, y la protección de la penumbra. ¿Cuántas veces no había sido este su propio universo personal?
La clara luz de la primavera penetraba el tupido follaje de su refugio, y se convertía en haces danzantes que jugueteaban con el rostro del viejo. Mil caras parecían emerger de ese rostro ausente. Sin embargo, su verdadera mirada se hallaba perdida en la eternidad.
Abstraído como estaba, el viejo comenzó a hablar. Su voz era profunda, pausada, y estaba llena de una inmensa paz. Su hablar era reflexivo, como si más que hablarles a otros, se estuviera hablando a sí mismo.
Y fue así como el viejo, sumergido en sí mismo y en el universo a la vez, comenzó su despedida...
Todo sucedió hace mucho tiempo ya, cuando solo era un joven muchacho. En ese momento de mi vida, lleno de vitalidad, lleno de deseos, de ilusiones y de expectativas del futuro, una noche tuve un sueño. Yo solía soñar, dormido y despierto, pero ese sueño en particular fue diferente. Ese sueño, si es que en verdad fue un sueño, me tocó profundamente, me marcó adentro, y cambió mi vida.
»Ese sueño, tan real, tan tangible, acabó de una vez y para siempre con mis otros sueños. Nunca más volví a soñar como antes. A partir de entonces mi realidad cambió y con ella el mundo que me rodeaba, el universo entero. A partir de ese momento mis sueños dejaron de ser anhelos irrealizables, para convertirse en decretos que se hacían realidad una y otra vez, cada vez que lo deseara. En ocasiones ni siquiera tuve que decretar, pues el Universo, en su Infinita Inteligencia siempre me proveyó de lo que yo necesitaba realmente, dándome más veces que menos, mucho más de lo que yo hubiera pedido.
»Ese sueño me permitió emprender un gran viaje, un viaje que me llenó de grandes riquezas, de fama, de poder, de triunfos y de éxito. Recorrí los confines del planeta, vestí las más finas prendas y joyas, conocí las más variadas culturas y personas, levanté un imponente imperio comercial y ocupé los más altos cargos en el gobierno del pueblo. Al mismo tiempo formé una bella, sana y numerosa familia, fortalecí mis amistades, e incrementé en general la cantidad y calidad de mis relaciones interpersonales. Pero más aún, ese sueño me enseñó dónde encontrar armonía, paz, serenidad, felicidad y amor. Me llenó de sabiduría más allá de todo el conocimiento almacenado en todas las bibliotecas de la Tierra.
»Ese sueño fue el comienzo de un camino que, sin saberlo, me llevaría al destino más lejano al que puede llegar ser humano alguno. Ese camino me llevó a mí mismo, y en él encontrarme conmigo mismo, no al final del camino, sino a lo largo de mi interminable periplo por él. Logré entender mi origen, misión y destino, trascendiendo la vida y la muerte, y autorrealizándome en la unicidad con el Absoluto.
»Sí, hace muchos años que tuve ese sueño. Hace tantos años que quizás ocuparían varias vidas. Pero eso no importa en realidad, pues yo dejé de tener edad desde la misma noche en la que tuve ese sueño. Ahora ha llegado el momento de trascender a otros planos de existencia y por eso ha llegado el momento de decirles adiós. Y en este adiós quiero dejarles lo más valioso que yo en verdad tuve a lo largo de estos largos siglos de existencia... mi sueño.
El Sueño
Caía la tarde y los tonos de rojo y naranja se colaban entre las copas de los árboles dándole un matiz cálido y misterioso a este bosque de gigantescos troncos y de suelo cubierto de hojas secas. El rumor de una suave brisa penetraba por las aberturas de mi casco, y fue entonces cuando me di cuenta de que vestía una armadura como un caballero de la edad media.
Me hallé de inmediato embargado por una sensación de orgullo personal ante mi envestidura, seguramente la de un importante guerrero. Sin embargo, estaba solo y desarmado. ¿Dónde estarían los demás miembros de mi ejercito? ¿Dónde estarían mis armas y mi monta? No lo sabía. Solo sabía que tenía que ascender a la cumbre de la montaña. Pero, qué montaña, ¡si hasta donde alcanzaba mi vista lo único que lograba ver eran los troncos de inmensos pinos y árboles cuyas copas se perdían en las alturas del cielo!
Seguí caminando, como orientado por una fuerza sobrenatural, como guiado por una inteligencia superior, mientras los tonos de carmesí del cielo le dieron paso al oscuro negro de la noche. De golpe, el bosque llegó a su fin y me encontré ante una aldea de campesinos, sus casas de piedra y madera iluminadas por la titilante luz de las hogueras encendidas dentro y fuera de las mismas. Pero no hubiera hecho falta prender fuego para poder ver. ¡La luna estaba llena y era como una gran lámpara que iluminaba la aldea, y por detrás de esta una vasta pradera, y más allá de esta última la montaña!
Al verla supe de inmediato que el destino de mi largo viaje estaba en su cumbre. No sabía por qué. No sabía qué buscaba. Pero era como si la montaña me llamara a gritos y yo no pudiera sino responder caminando hacia ella.
Entré en la aldea y me acerqué a algunos campesinos buscando algo de comida y un sitio para descansar, pero todos me miraban como si me conocieran y pensaran que estaba loco. Había una mezcla de miedo y burla en sus ojos. Les dije que no se preocuparan, que estaba de paso puesto que en verdad iba a la montaña, pero esto lejos de tranquilizarlos los agitó aún más. Escuché algunas risas, y hasta una insolente carcajada en la oscuridad entre algunas casas, lo cual llenó aún más de pánico el rostro de quienes tenía enfrente, quizás temiendo una respuesta violenta de mi parte.
Me limité a pedir comida y refugio una vez más, y ellos, con esa mezcla de ironía y temor en sus voces y en sus miradas, me dieron de comer, al tiempo que me preguntaban el porqué de mi viaje a la montaña. Les conté sobre el llamado incesante de la montaña, y ellos casi con lágrimas en los ojos me respondieron, que ya antes habían conocido a otros como yo. Desde tiempos incontables se habían acercado a esa misma aldea otros caballeros y guerreros que habían llegado a esas tierras con la pretensión de coronar la cumbre de la montaña. Ellos habían logrado disuadir a muchos de sus locas intenciones, pero algunos habían insistido y habían subido, y jamás se había vuelto a saber de ellos. Porque esa montaña era la muerte.
Las leyendas de la aldea contaban que las almas en pena de quienes habían pretendido subir a la cumbre maldita, vagaban eternamente por los laberínticos caminos de la montaña, pidiendo a gritos que los rescataran, y que veces el viento venía cargado con el eco de sus voces. Los ancianos de la aldea me pidieron que desistiera de la idea de ascender la montaña, que me diera media vuelta y regresara a la seguridad de mi hogar, que no cambiara todo lo que tenía por una muerte segura.
Las palabras de los campesinos estaban cargadas de un profundo terror, y parecían implorar que los escuchara y les permitiera salvarme la vida. En mi mente, sin embargo, retumbaba el llamado de la montaña, y aunque debo reconocer que por momentos dudé de mi loca empresa, esa llamada hacía que nada de lo que dejaba atrás tuviera sentido alguno, si no lograba llegar hasta su fuente misma en la cumbre.
Terminé de comer y decidí emprender mi camino de una vez, lo cual pareció enfurecer a mis anfitriones. Ahora sus súplicas de que no siguiera adelante se transformaron en una retahíla de insultos y de acusaciones de traición a mi reino y a mi dios. A empujones tuve que abrirme paso entre la muchedumbre que parecía pensar que para salvarme la vida quizás tendría que matarme.
A la salida de la aldea, y ya habiéndome quitado de encima a todos mis “salvadores”, se me acercó una pequeña niña que me dijo que la montaña estaba habitada por demonios, y que la muerte no estaba en la montaña sino en los demonios mismos. Solo existía un camino para llegar a la cumbre de la montaña y todos los demonios harían lo posible para que abandonara ese camino y llevarme por caminos que no conducen a ningún lado. Si no enfrentaba a los demonios no podría jamás llegar a la cumbre, pero si los enfrentaba y no los vencía mi castigo sería la locura y la oscuridad eterna. Dicho esto, la niña se dio media vuelta y regresó a la aldea desapareciendo entre las sombras.
Me quedé pensando en las palabras de la niña. Me inspiraron miedo, pero al mismo tiempo me llenaron de la fuerza necesaria para vencerlo. Esa niña me había impactado. Algo en ella parecía diferente del resto de la gente de la aldea. Su mirada era diferente. Me resultaba de alguna manera familiar.
Dando una última mirada a la aldea emprendí mi camino hacia la montaña, y poco a poco la luminiscencia de las hogueras de los campesinos se perdió en la oscuridad de la noche.
La Montaña
Caminé toda la noche por la inmensa pradera que separaba la aldea de la base de la montaña, mientras la luna llena iluminaba mi camino entre un mar de espigas peinadas por la suave brisa. Con los primeros rayos del alba alcancé la base de la montaña y me detuve para contemplar, lleno de respeto y admiración, las diferentes caras de la imponente montaña, algunas de ellas iluminadas ya por los rojizos rayos del amanecer, mientras que otras permanecían todavía sumidas en la oscuridad de la noche.
La montaña parecía infinita, elevándose hacia el cielo y atravesando las nubes en su camino. Ante su inmensidad me sentí como un enano, como un microbio, y por un momento mis pensamientos volvieron a las palabras de los ancianos de la aldea la noche anterior. ¿Qué habría de verdad en todo lo que dijeron? ¿No sería mejor dejar toda esta locura así y volver a casa, a lo conocido, a lo seguro? Me acordé de las palabras de la niña y un escalofrío recorrió mi cuerpo. De verdad estaba loco. ¿Quién me había metido a mí en este problema? ¿Y qué si por buscar algo que ni siquiera sé qué es, pierdo la vida?
Sumido en ese torbellino de dudas y de inseguridades, y casi a punto de devolverme, un rumor repentino me hizo volver en mí. Era como un rugido profundo que parecía provenir de las entrañas de la montaña misma. De pronto me sentí observado por la montaña, sentí como si estuviera viva, como si por los tiempos de los tiempos me hubiera estado esperando y no tuviera intenciones de dejarme ir. Y justo cuando el miedo comenzaba ya a tornarse en un pánico desmesurado, volví a escuchar el llamado de su cumbre, y como cuando los ojos de la niña le hablaron a mi alma, este llamado me llenó de fuerza y decidí emprender la marcha.
El camino hacia la cumbre parecía un ascenso sin mayor complicación. No había desvíos. Estaba marcado. Una trilla única dominaba colina tras colina hasta perderse en la cumbre misma. Y así, con la cumbre como objetivo único, comencé mi ascenso.
Al principio me mantuve alerta, un poco temeroso quizás, recordando las historias de los demonios de la montaña, pero conforme pasó el tiempo, y al no presentarse ninguno, me fui olvidando de las advertencias de los aldeanos y me entregué a caminar.
Las primeras colinas fueron una conquista fácil. Un sol radiante y un cielo azul habían sido mis compañeros de viaje en el ascenso. Había estado caminando por un buen tiempo, varias horas con seguridad, y cuando más o menos sentí que había completado posiblemente la mitad de mi recorrido, me detuve para dar un vistazo atrás.
La visión de lo que había quedado a mi espalda me sobrecogió. El camino del cual yo venía parecía perderse en un abismo mortal. ¿Cómo subí yo todo esto? La verdad que el ascenso no me había parecido tan difícil y peligroso como se veía ahora desde aquí. Y de pronto un pequeño punto de movimiento a lo lejos llamó mi atención. Se trataba de la aldea en la que había estado la noche anterior. Apenas si podía distinguirse la estructura de las casas y el correr de sus habitantes en un día más de trabajo. Pero lo que en verdad llamó mi atención fue lo estéril de las tierras en las cuales estaba asentada la aldea. ¿Por qué viviría esa gente allí? ¿Por qué no buscarían tierras fértiles? ¿Por qué no escucharía ninguno de sus habitantes el llamado de la montaña?
Pensando en el llamado volví a mirar hacia la cumbre y me dije: “Bueno, ya estas cerca, vamos a terminar esto de una vez”. Conquistaría una colina más y me encontraría seguramente ante el ascenso final hacia la cumbre. Reemprendí mi camino.
Pero la colina que me separaba del ascenso final estuvo seguida de otra, y esta de otra, y de otra y de otra, y así colina tras colina caminé incontables horas hasta que mi entusiasmo comenzó a disiparse y el día empezó a morir. Noté que el tiempo estaba distorsionado. Había caminado muchas más horas de las que podía haber en un día, y solo hasta ahora comenzaba a caer la noche. Me sentí frustrado. ¿Cómo es posible que haya caminado tanto y lejos de acercarme a la cumbre más bien pareciera alejarme cada vez más de ella? ¿Cuántas colinas más tendría que vencer? Sentí ganas de abandonarlo todo. Sentí ganas de echar a correr hacia atrás, pero recordé el abismo. En esta oscuridad me sería imposible descenderlo. Me sentía cansado. Me gustaría poder descansar y mañana cuando saliera el sol vería qué haría. Por ahora, solo quería refugio. ¡Debí haberles hecho caso a los aldeanos!
Un ruido rompió mis pensamientos. Vi con sorpresa cómo una pequeña figura emergía de la oscuridad y se acercaba a mí. ¿Cómo es posible, otros seres humanos aquí, o serán acaso los demonios de los que hablaba la niña? Con el corazón a punto de reventarme el pecho pregunté a la silueta quién era.
—Soy yo —respondió ella, y en su voz reconocí justamente a la niña de la aldea.
Pero, ¿cómo logró ella llegar hasta aquí? ¿Cómo puede esa mocosa haberme seguido a lo largo de interminables horas de marcha y ascenso? Aun así, me sentí reconfortado.
—Acércate —le pedí, pero cuando así lo hizo, descubrí que su mirada no era la misma. De alguna manera seguía pareciéndome familiar, pero no era la misma mirada con la que me había tocado el corazón la noche anterior.
—Todavía puedes salvarte —me dijo la niña—. Todavía no has tenido que enfrentarte a ninguno de los demonios de la montaña. Olvídate de la cumbre y acuéstate a descansar y mañana, cuando salga el sol, regresa a tu hogar.
—Pero la cumbre me llama, y tú lo sabes —le dije—. Lo que pasa es que estoy cansado y es de noche. Por ahora lo que voy a hacer es quedarme aquí y mañana cuando salga el sol reemprenderé mi camino hacia la cumbre.
—La cumbre —rio la niña—. Haz lo que tú quieras. Por lo pronto haces bien en quedarte aquí. No vayas a confiar en nadie, y no vayas a caminar de noche porque entones te perderás en los laberintos de la montaña. Espera hasta mañana, y cuando salga el sol, cuando puedas verlo todo con claridad, decides lo que vas a hacer.
Dicho esto, la niña se dio media vuelta, tal como lo hizo en la aldea, y sin mirar atrás desapareció en la oscuridad. ¿Cómo es que ella sí puede caminar en la noche y yo no? Bueno, esa gente ha vivido aquí toda su vida. Quizás se conocen esto como la palma de su mano.
Sumido en mis pensamientos acondicioné un espacio al lado del estrecho camino y, como pude, me acosté a descansar. Me sentí agradecido de haber cargado con mi armadura todo el camino, pues ahora esta me protegía del frío de la noche. ¿Dónde estaría la luna llena que me había iluminado ayer todo el camino? Bueno, mejor sería dejar de pensar y descansar para el día de mañana.
La noche fue una mezcla de sueños y despertares. En mis sueños aparecían el rostro de la niña, los ancianos de la aldea, y el largo camino que había recorrido desde el bosque. Me despertaba entre sustos y sudores fríos, pensando que ya era de día y que podría finalmente recomenzar mi ascenso hacia la cumbre, solo para descubrir que el tiempo no había pasado y que seguía sumergido en la más densa oscuridad.
Pasaron las horas. De hecho, pasaron tantas horas que me parece que pasaron días y semanas. Quizás pasaron años y siglos, y nunca amanecía. Y con cada hora que pasaba me hundía cada vez más en mi frustración, mi depresión, mis temores, y con ellos la noche se hacía cada vez más profunda, más espesa.
La desesperación se apoderó de mí y poco a poco empecé a perder noción de a qué le tenía miedo y qué buscaba yo en la montaña. En mi desesperación empecé a desear que no amaneciera, empecé a tenerle miedo al sol y al camino por recorrer. Y el tiempo pasó. Solo quería estar ahí acurrucado, paralizado. Hacía tiempo ya que había olvidado la aldea, los ancianos, la niña, y peor aún, la montaña, el camino y la cumbre. Mi vida era la oscuridad. Mi protección era la oscuridad. Empecé a aferrarme a mi armadura, y poco a poco empecé a pensar que la armadura era yo.
Como en un desfile demencial, empezaron a aparecer ante mis ojos terribles seres deformados, monstruos aberrados... los demonios que hacía tanto tiempo habían olvidado. Uno de ellos, lleno de una inexplicable ira, lo golpeaba todo al tiempo que gritaba como un animal herido. Otro de esos repugnantes seres no hacía sino lamentarse y arrastrarse por el suelo, como un despojo inútil y desahuciado. Otro no hacía sino gritar de miedo ante la furia del primer ser, presa de un pánico que parecía responder por igual ante cualquier otra cosa que lo rodeara. Otro no hacía sino arrancarse pedazos de carne sangrante y gritar en un aparente deseo incontenible de autodestrucción.
Estos y muchos otros demonios más me visitaron en la eterna noche de la montaña, todos ellos mostrándome sus horrendas y detestables caras. Quería no mirar, quería no verlos, pero no me daba cuenta de que ellos me desgarraban desde adentro, y todos ellos con los ojos familiares que había visto alguna vez en alguien en esta montaña.
Frente al dantesco espectáculo que se alzaba ante mí yo yacía inerte entre las rocas, paralizado como un muerto, vacío de vida como una vieja y oxidada armadura, y sin embargo me ahogaba de los mismos demonios que danzaban ante mí. En un turbulento torrente de emociones me embargaba, en unos momentos, una incontenible ira, en otros, una profunda depresión, en otros, una insondable culpa, en otros, un insoportable terror. Y yo nada podía hacer sino hundirme más profundamente en mi locura, pensando que era simplemente una delirante armadura llena de demonios. Así, poco a poco, siglo a siglo, me sumí en la más profunda inconsciencia, hasta que en la eternidad oscura los demonios se hicieron mis compañeros. Empecé a pensar que yo era uno de ellos, y fue entonces cuando se cansaron de mí y fueron desapareciendo, no sin antes fundirse en lo más profundo de mi ser con mi esencia, con mi alma. Ahora yo era uno con cada uno de ellos y con todos a la vez.
En esa eterna noche un ruido me despertó. El ruido era como el rumor de mil pies golpeando el suelo. Abrí los ojos y alcé la vista para descubrir ante mí a un anciano. Era un pastor y los mil pies eran los de su rebaño andando por la montaña.
—¿Quién eres? —me preguntó el anciano pastor.
—Una armadura —le respondí.
—¿Qué haces aquí? —inquirió el anciano una vez más.
—Nada —le dije—, solo soy parte de la oscuridad.
—¿Oscuridad, qué oscuridad? —se rio el anciano.
Me di cuenta de que el anciano estaba loco. Solo un loco se movería por estos peligrosos riscos en esta oscuridad. Solo un loco estaría sumergido en un océano de oscuridad y no se daría cuenta. Yo por mi parte, en mi locura sabía que estaba bien cuerdo. Yo sí veía la oscuridad y no pensaba moverme de aquí. Ella y yo estábamos unidos eternamente.
—No me has respondido —insistió el anciano—. Dime de qué oscuridad hablas.
No hubo respuesta de mi parte.
—¿A dónde vas? —insistió el pastor—. Permíteme guiarte.
Seguí sin responderle.
—Ponte de pie —comandó el anciano.
Me mantuve inmóvil, como desde hacía milenios.
—¡Ponte de pie y echa a andar, o es que en verdad crees que eres ese pedazo de latón que recubre tu ser! —dijo el anciano con tono severo.
—Déjame solo, viejo loco. Vete de aquí y déjame solo.
—No, no me voy a ir hasta que no me respondas. ¿Quién es el loco aquí? Temiendo mirar de frente a la vida. Viviendo muerto.
—¿Vida? —¡Ja!, ahora me tocaba el turno de reír a mí—. Aquí no hay vida viejo loco. Esta es la muerte, y tú y yo estamos muertos, y lo mejor que puedes hacer es darte cuenta y aceptarlo. La vida no existe.
El viejo clavó sus ojos en mí y con una voz que parecía emanar de las rocas dijo solemnemente:
—La vida sí existe hijo mío. La Montaña es la Vida.
De repente sus ojos se encendieron como dos estrellas y su mirada penetró dentro de mí, y me di cuenta con sorpresa que estaba mirando los mismísimos ojos con los que me había mirado una niña, en una aldea, en una época remota y perdida en la eternidad.
Esa mirada familiar me hizo recordar dónde estaba y qué hacía aquí, y el viejo, sabiendo que yo estaba despertando de mi largo sueño, me preguntó qué hacía en la montaña. Yo le conté del viaje a través del bosque, de la aldea y sus habitantes, y del llamado de la montaña. Le conté de mi deseo de conquistar la cumbre de la montaña, y también de cómo, con el paso de las horas, y quizás los días, mi entusiasmo desapareció y me encontré perdido en mis temores y mi frustración, y de los siglos de agonía y desesperación, y de los demonios, y de la eterna oscuridad, y de la muerte, hasta que había visto el fuego de la vida en sus ojos.
—¿Y por qué quieres alcanzar la cumbre de la montaña? ¿Qué buscas allí? —me preguntó el viejo con un amor como el que nunca antes había sentido.
—No lo sé —respondí—. Solo estoy respondiendo al llamado incesante que me hace la montaña desde su cumbre. No lo puedo evitar. Ella me llama y yo tengo que ir.
—Sí caballero, ese llamado es real. Pero tienes que ver que no viene de la montaña, sino de ti mismo.
—Es verdad. No oigo el llamado, sino que me retumba en la cabeza. Pero de alguna manera, siento que proviene de la cumbre de la montaña y no de mí.
—Claro. ¿Pero es que acaso no ves que la montaña y tú son uno y el mismo?
¿Qué le pasa a este viejo?, pensé muy dentro de mí. ¿Este viejo será un filósofo de la montaña, será un loco, una de las almas atrapadas en ella para la eternidad, o será otro de los demonios que me vienen a engañar y a desviar? ¿Pero desviarme de qué camino, si ya yo lo había abandonado todo? ¿Y qué hay de su mirada, de esos ojos familiares como los de la niña de la aldea, y del amor con que me habla?
—Si fuéramos uno, no me habría costado tanto avanzar en pro de la cumbre. Si fuéramos uno, no se me habría hecho de noche eternamente. ¿Cómo puedo yo ser uno con algo que está en contra mía, con algo lleno de peligros y de demonios, de los cuales quizás tú mismo eres uno? —contesté como un niño malcriado y asustado.
—¿Yo, un demonio? No, mi pequeño, yo los conozco muy bien, pero yo no soy uno de ellos. En esta montaña, que eres tú mismo, no puede haber nada que no hayas tú mismo traído. Los demonios de esta montaña son tus propios demonios. La noche de esta montaña es tu propia noche. Te vuelvo a preguntar entonces ¿por qué quieres coronar la cumbre de esta montaña que eres tú mismo?
—Ya te dije que no lo sé. Solo escucho ese hipnótico llamado y tengo que responder a él.
—Entonces yo te pregunto ¿cómo puedes llegar a la cumbre si no sabes para qué la quieres conquistar? ¿No te das cuenta de que es tu propio corazón el que te está traicionando? ¿No te das cuenta de que si no sabes qué quieres obtener de algo, no puedes lograr ese algo en su esencia verdadera? Y en la montaña no te puedes engañar con apariencias. En la montaña la cumbre está tan solo a un pensamiento de distancia. Pero solo si sabes qué es lo que quieres y por qué lo quieres.
—De qué me valdría saber qué es lo que quiero. De cualquier manera, en esta oscuridad no puedo seguir caminando, y en esta noche eterna nunca termina de amanecer. Estoy atrapado.
—Sí, es verdad, estás atrapado en la montaña. Pero recuerda que la montaña eres tú mismo, así que estás atrapado en ti mismo. Yo te vuelvo a preguntar aquello que te pregunté hace rato. ¿A qué oscuridad te refieres? No te das cuenta de que en esta montaña su oscuridad es tu oscuridad. Y su noche es tu noche. Y su muerte es tu muerte. ¿No te das cuenta acaso que cuando permitiste que tus dudas, tus temores, tu frustración y tu cansancio, cayeran sobre ti, le robaste a la montaña su día y su sol, y su vida misma, y permitiste que la noche y la oscuridad cayeran sobre ella? ¿Cómo pretendes acaso ahora que amanezca si en tu corazón lo único que hay es miedo? Deja de pedir sol y día para vivir la vida. Destierra de tu corazón tus miedos. Quítate de encima esa armadura que cargas pesadamente. Deja de esperar que alguien venga a rescatarte. Rescátate tú mismo. Deja de esperar ayuda exterior, la verdadera ayuda proviene de dentro de ti. ¡Así que arráncate las máscaras y comienza a caminar!
—Pero, cómo voy a caminar. Qué camino voy a seguir. No veo nada. Cómo me voy a despojar de mi armadura. Ella es mi protección. Ella es parte de mí.
—Sí, y mientras no tomes acción vas a seguir viviendo en la eterna oscuridad. Decide qué es lo que quieres, decide por qué es que lo quieres y toma acción. Una vez que enfrentes de esta manera la posibilidad de vivir, la montaña misma te irá llevando hacia y hasta su propia cumbre.
Dicho esto, el anciano, que se había sentado en una roca a mi lado, mientras yo me recostaba acurrucado contra otra, se puso de pie, y sin decir una palabra más me miró por última vez con esos ojos familiares y llenos de fuego, y se perdió en la asfixiante oscuridad. El temor me invadió aún más profundamente. La posibilidad de conquistar la cumbre era una carga mucho más pesada que el haberme quedado en el letargo eterno en el que me encontraba antes de que llegara el viejo. Para lograrlo tenía que reemprender la marcha y tenía miedo. ¿Qué pasaría si en la oscuridad de la noche me perdía? ¿Qué pasaría si en la oscuridad de la noche enfrentaba una muerte peor aún que la muerte de la oscuridad eterna? ¿Por qué me metí en esto? ¿Qué pensarían los aldeanos de mí? Quizás se burlaban de mí y de todos los que como yo habíamos creído en un sueño imposible.
Empecé a escuchar aullidos. Lobos, pensé. Si me movía estaría en peligro. Pero si me quedaba allí me encontrarían y sería presa fácil. De pronto me di cuenta de que no eran aullidos de lobos sino los gemidos fantasmales de los hombres y mujeres que, como yo, habían querido conquistar la cumbre y se habían quedado a medio camino en la noche de los tiempos.
El miedo se convirtió en pánico y como un loco me levanté del sitio que había ocupado durante siglos y corrí. Corrí desesperadamente y a ciegas, gritando y tropezándome con las piedras. Me sentí ahogado, y enloquecido golpeé la cabeza contra una roca, solo para descubrir con desmayo que el casco se me caía y rodaba por un precipicio hacia el fondo sin fin de la noche. Pensé que era la muerte dentro de la muerte. Y cuando estaba al borde de perder el control para siempre, sentí el frío de la noche en mi cara y vi con incredulidad un tenue resplandor que parecía iluminar la cumbre de la montaña.
¿Sería posible? ¿Iría a amanecer después de todo? Agudicé mi vista para discernir la cumbre, pero el resplandor había desaparecido. ¿Me lo había imaginado acaso? ¿Sería solo mi deseo que me había llevado a ver una luz que ya no existía?
De pronto pensé en el viejo. ¿Qué me había querido decir con sus palabras? ¿Sería posible que el camino siguiera allí tan solo esperando a que yo lo retomara? ¿Sería posible que en la montaña la luz no aparece a menos que uno emprenda el camino con entusiasmo? ¿Pero con qué entusiasmo puedo yo emprender un camino que ni siquiera sé la razón por la qué lo estoy recorriendo?
“La verdadera ayuda proviene de dentro de ti”, había dicho el viejo. Entonces, te pido ayuda, pensé dirigiéndome a mí mismo. Confío en ti, me dije. Muéstrame el camino, me pedí.
Como una revelación se desplegaron ante mis ojos las escenas del fantástico viaje que realizaba. Volví a ver imágenes del bosque de gigantescos pinos y árboles, y alfombrado de hojas secas, que atravesé antes de llegar a la aldea. En ese momento recordé que me había adentrado en el bosque buscando al árbol de la sabiduría porque quería ser un caballero, un guerrero pleno de éxitos, de fama, de fortuna, y la leyenda decía que el árbol de la sabiduría cumplía los deseos de quienes lo encontraban. Y recordé cuando lo encontré y me postré ante él. La figura de un joven muchacho soñando sueños de grandeza, ante un árbol frondoso de Amor y Sabiduría.
El árbol miraba al muchacho, me miraba a mí, con dulzura, y sonriendo me dio una armadura, y me dijo:
—Ahora ya eres un gran guerrero por fuera. Pero para que seas un verdadero guerrero por dentro debes conquistar la cumbre de la montaña. Allí te serán revelados los misterios de la vida y de la muerte, y solo conociéndolos podrás lograr aquello que en verdad tu corazón anhela.
¡Ah! Esa es la razón, pensé. Y el saber por qué quería conquistar la cumbre de la montaña me llenó una vez más de la fuerza que había perdido hace milenios en otra era. Decidí que si lo que estaba buscando era el conocimiento para ser un verdadero guerrero por dentro, y obtener fama, riquezas, amor, no necesitaría más de la armadura por lo que me despojé de ella, quedando vestido por mis simples ropajes de campesino.
De pronto sentí algo que no había sentido en mucho tiempo. El viento y el frío de la noche sobre mi cuerpo. Me sorprendía la agradable sensación. Me sentía como un bebé descubriendo un mundo totalmente nuevo. Decidí que empezaría a caminar hacia donde había visto el resplandor en la cumbre de la montaña, sin importar la oscuridad que me circundaba.
A pesar de mis temores, y con mi objetivo en mente y mis razones en el corazón recomencé el camino. Cual no fue mi sorpresa cuando descubrí que la luna llena me acompañaba una vez más, y que, aunque no disipaba la noche, me permitía ver el camino y la silueta de la cumbre que ahora estaba seguro de poder conquistar.
Y caminé contento, con alegría, con entusiasmo. Que cosa tan extraña, pensé. ¿Dónde habían quedado todos los temores de hace un rato? Ahora todo lo que me embargaba era el deseo de llegar a lo más alto, y de hacer realidad mis sueños. En mi mente todo lo que había eran imágenes de mí mismo, pero no ya perdido en la noche de la eterna oscuridad, sino como un gran guerrero, como un caballero que vuelve a la corte del rey cargado de triunfos y gloria después de su larga cruzada. Fama, fortuna, admiración eran los premios por su largo periplo.
Tan sumido estaba en mis pensamientos y mis imágenes que no me di cuenta de que un nuevo día acababa de amanecer. Fue el resplandor del sol, alto ya en el cielo, el que me sacó de mis pensamientos y me trajo de nuevo a la realidad. ¿La realidad? pensé, ¿qué es la realidad? ¿Qué es lo real y qué lo irreal?
Me di cuenta que no podía ver la cumbre de la montaña. De alguna forma esta había quedado oculta detrás de algunas colinas. Por un momento, temí volver a caer en la noche de la eterna oscuridad, pero recordé las palabras del viejo pastor, “En esta montaña, que eres tú mismo, la cumbre está a solo un pensamiento de distancia”.
Entonces ¿qué me estaba impidiendo llegar a la cumbre? Me quedé absorto por un instante ante esta disyuntiva, y de repente, como en un relámpago de ilusión lo comprendí todo. Tenía que ser, era mi forma de pensar, mis creencias de mí mismo y de mi mundo, mis propias limitaciones. Con un grito de euforia me dije a mí mismo, si esta montaña soy yo, entonces yo elijo estar en la cumbre.
Me sentí estallar de alegría y con regocijo miré a mi alrededor solo para descubrir que no había ningún punto más allá de donde yo me encontraba. Había encontrado en camino verdadero, había logrado dar el paso definitivo. Estaba en el punto más alto, en la cima misma... en la anhelada cumbre de la montaña.
El Templo y el Alto Sacerdote
Desde la cumbre todo parecía microscópico. Recordé, cuando antes de comenzar el ascenso, me había sentido pequeñito frente a la inmensidad de la montaña. Ahora, sobre la cumbre de la misma, yo seguía sintiéndome como un microbio ante el vasto paisaje que se desplegaba delante de mis ojos, pero ahora yo estaba arriba, en la cima. Ahora yo era la montaña.
Me tomé mi tiempo recreándome la vista alrededor de la montaña y de su cumbre, y pronto mis ojos fueron a dar con una estructura que no había visto hasta entonces. Se trataba de algo así como un templo. Me extrañó no haberlo notado antes, pues sus dimensiones eran fastuosas. Maravillado ante la exquisitez de su arquitectura me fui acercando hasta que me encontré ante el portal de entrada.
Si en algún lugar de esta cumbre se encierra el conocimiento que busco, ese lugar debe ser este templo, pensé. Sin titubeo alguno tomé la pesada aldaba con mi mano derecha y con fuerza la dejé caer sobre la gruesa puerta.
El seco golpe pareció retumbar a lo largo y ancho del templo, pero nadie respondió. Esperé un rato y empujé la puerta, pero esta estaba cerrada, y no cedió ante mi presión. Volví a levantar la aldaba que colgaba de la puerta, y con un movimiento semicircular la hice estrellarse ruidosamente una segunda vez. Una vez más pareció temblar el templo hasta sus cimientos. Pero por segunda vez la única respuesta que obtuve fue el silencio.
Un poco desconcertado y a punto de abandonar me decidí a hacer un tercer y último intento. Una vez más el eco del choque entre el metal de la aldaba y la madera de la puerta correteó por todas las paredes del templo, y quién sabe si también por toda la cumbre de la montaña. Solo que esta vez sí hubo una respuesta.
—¿Quién osa llamar al portal de este sagrado templo? —preguntó una grave voz desde adentro.
—Un buscador del conocimiento —respondí un poco impresionado tanto de la voz interior como de mi propia respuesta.
—Y ¿qué te hace pensar que serás admitido a nuestro interior? —volvió a preguntar la voz interior del templo, lenta y gutural como si emanara de una tumba.
—He venido desde muy lejos y he viajado durante mucho tiempo para llegar hasta aquí, y es mi deseo conocer los misterios de la vida y la muerte —respondí con una seguridad que poco antes ni siquiera conocía.
—En la montaña el tiempo y la distancia no existen. Que tú creas venir de lejos, o que tú creas haber viajado durante mucho tiempo no te hace merecedor de entrar al templo. ¡Vete y no vuelvas nunca más! —me dijo la voz con abierto disgusto por mi presencia ante el portal.
—¡No, por favor! —imploré casi tirándome de rodillas mientras estallaba dentro de mí un helado escalofrío de desesperación—. El árbol de la sabiduría me envió aquí. Yo le pedí que me hiciera un gran guerrero, colmado de fama y fortuna, y me dijo que la única forma de ser un verdadero guerrero era venir a la montaña, el único sitio donde podría conocer los secretos de la vida y la muerte.
—¡Ja! El árbol de la sabiduría. ¿Qué tonterías son esas? —rio despectivamente la voz interior del templo—. ¡Jamás hemos escuchado del árbol de la vida! Y ¿qué es eso de los secretos de la vida y la muerte? ¿Qué vida y qué muerte? ¡Vete muchacho, vete y no nos molestes más!
Ante estas palabras, cargadas de desprecio, mi ánimo se terminó de desplomar. ¿Cómo era todo esto posible? ¿Cómo me había podido yo engañar con esa idea de que un tal árbol de la sabiduría me había enviado hasta aquí? ¿De dónde saqué semejante tontería? Lo mejor sería que me diera media vuelta y volviera, pero ¿a dónde? Ya no tenía a ningún lugar al cual regresar. Ya no tenía nada a lo que volver. Lo había dejado todo atrás.
Había fracasado. No había descubierto misterio alguno. Lo único que había logrado era perder lo poco que tenía en la vida. Miré al cielo como implorando la ayuda de un ser superior, y con sorpresa noté cómo el día moría en un sanguinolento ocaso. Y de repente me acordé una vez más de las palabras del viejo pastor, “en la montaña la noche es tu noche”. Sus palabras retumbaron en mi mente como un millón de campanadas simultáneas.
¡Claro!, reflexioné. Soy yo mismo el que se está hundiendo en la oscuridad. Soy yo mismo el que me está impidiendo el ingreso al templo.
Miré decididamente al portal y grité con una fuerza que surgía desde lo más profundo de mi ser:
—¡Abre la puerta!
»¡No tengo lugar alguno al que regresar, puesto que yo lo he elegido así! —continué diciendo—. He elegido renunciar a mi vida anterior. Todo lo que hasta ahora he sido ha muerto y ha quedado enterrado en el pasado. Yo mismo he muerto y he vuelto a nacer. Y con esa muerte y esta nueva vida he develado ya el primer misterio sagrado. ¡Vengo con el corazón puro a conocer los misterios de la vida y la muerte, y este conocimiento no me puede ser negado porque yo me lo merezco, porque yo lo acepto, porque yo soy la montaña descubriéndome ante mí mismo!
Las puertas del templo parecieron entender mis palabras. Lentamente se corrieron una a una las cerraduras hasta que finalmente las puertas se abrieron ante mí de par en par. Del interior de aquel imponente templo surgió de inmediato el suave perfume de inciensos quemándose, mezclado con el dulce aroma de bellísimas flores que adornaban cada rincón del salón central. El agradable olor se vio acompañado por una luz intensa, pero suave a la vez, que parecía emanar de las paredes mismas del templo.
En el centro del salón se encontraba sentado, en actitud meditativa, un agradable anciano. Su cabello era muy largo y muy blanco, al igual que sus barbas y bigotes. Parecía ser más viejo que el tiempo mismo, pero en su rostro no se marcaba ni la más pequeña arruga. Su piel era tersa y su expresión era amorosa, compasiva y juguetona.
Sin mover ni un solo músculo de su cuerpo, el anciano abrió sus ojos, y con una melodiosa voz me invitó a pasar:
—Ven, guerrero —me dijo—. Entra y siéntate conmigo.
En silencio le obedecí y caminando pausadamente llegué hasta donde se encontraba el anciano. Lentamente me senté frente a él. El anciano tenía una mirada dulce y penetrante a la vez. Sus ojos eran los ojos de la eternidad, y en ellos volví a encontrar algo familiar, como sucedió con la niña de la aldea, y con el viejo pastor.
—Me alegra verte, te estaba esperando —me dijo el anciano, con una expresión que me daban ganas de saltar y abrazarlo y decirle sí anciano aquí estoy, he llegado al fin y estamos juntos una vez más, y esta vez para siempre. Pero cómo podía este anciano estarme esperando, si nunca nos habíamos visto antes. Si nadie sabía que yo venía para acá. Si casi ni logro llegar.
El anciano pareció escuchar mis pensamientos y volvió a dirigirse a mí con su melodiosa y grave voz diciendo:
—¡Oh! Sí que te estaba esperando. Cuánto que te he esperado. Nuestro encuentro fue acordado desde antes del comienzo del tiempo, e inexorablemente se cumpliría en el momento pautado. Y ya lo ves, aquí estás.
—¿Quién eres tú? —pregunté.
—Yo soy el Alto Sacerdote de este templo. Soy el guardián del conocimiento y la sabiduría. Soy el custodio de los misterios de la vida y la muerte. Y desde la eternidad te he estado esperando para iniciarte en los misterios sagrados.
—¿A mí? —pregunté incrédulo.
—Sí, a ti —contestó el anciano, abiertamente divertido por mi sorpresa.
—Pero ¿por qué yo? ¿Por qué yo y no otros? —pregunté un tanto desconcertado.
—Todos vendrán a mí, querido guerrero. Todos conquistarán la cumbre de la montaña en su momento perfecto. Hay un tiempo para todo en la existencia. Así mismo hay un tiempo para todos en el camino. Todo el que ha partido de mí lo ha hecho para volverse a reunir conmigo. Todo y todos volverán a mí, solo es cuestión de tiempo, y como ya lo habrás aprendido, en la montaña el tiempo no existe.
»Ahora —prosiguió el Alto Sacerdote— antes de llevar a cabo tu ritual de iniciación quiero decirte algunas cosas. En primer lugar, quiero que sepas que la elección de estar aquí es tuya y solo tuya. Tu libre albedrío es sagrado en este templo, así como lo es tu voluntad.
»En segundo lugar quiero dejarte bien claro que todo el conocimiento que vas a adquirir en este templo tiene un precio. No, no se trata de un costo en moneda. El dinero, el poder terrenal, la fama y la fortuna no tienen en estos reinos el mismo valor que les has asignado hasta ahora en tu mundo. Ni siquiera se trata del precio de renunciar a tus viejas creencias y conocimientos. Ese precio será alto ciertamente cuando inicies conscientemente tu proceso de autodescubrimiento y autorrealización, pero no se trata de ese precio. Ni tampoco se trata del esfuerzo que exigirán algunas de estas nuevas formas de pensar para consolidarse firmemente en tu ser. En verdad ese cambio a nivel de la esencia de tu ser requerirá de esfuerzo y constancia, pero no se trata de ese precio. No, es algo mucho más alto y costoso que todo esto junto. Se trata de la responsabilidad que adquirirás al recibir este conocimiento. Al conocer los misterios sagrados serás verdaderamente responsable ante el Absoluto por tus pensamientos, tus palabras y tus acciones. El juicio será imparcial y las consecuencias serán inmediatas. ¿Has entendido? ¿Está todo bien claro?
—Sí —respondí—, comprendo todo bien.
Aun así, muy dentro de mí me preguntaba si en verdad sabía lo que estaba haciendo y lo que en realidad quería decir este increíble anciano. ¿Por qué yo? me preguntaba en silencio, y el viejo, una vez más pareció escuchar mis pensamientos. Con una sonrisa y un gesto de sus ojos me invitó a expresarme.
—Sé que ya me lo has explicado, pero lo que aun no comprendo es por qué he sido elegido yo para recibir todo este conocimiento. ¿Qué hay de gente como la de la aldea por la que pasé en mi viaje hacia la montaña? ¿Por qué si los demás en algún momento van a conquistar también la montaña, por qué no hacerlo ahora?
El viejo se rio como un niño y un padre a la vez.
—Veo que en verdad estás listo para despertar —me dijo con su dulce voz—. Si algún día van a despertar, ¿por qué no hacerlo ahora, no? ¡Buena pregunta! En verdad, guerrero, si ellos eligieran despertar ahora mismo de inmediato lo harían. Sin embargo, lo que en verdad ellos han elegido es no despertar por ahora. Y eso nos lleva directamente a los primeros misterios que te habré de revelar.
Dicho esto, el Alto Sacerdote, cerró sus ojos y juntando las palmas de sus manos frente a su cara, pareció sumirse en una profunda oración. El tiempo se detuvo y yo permanecí inmóvil frente al anciano lo que pudo haber sido un segundo o un siglo. De su cuerpo emanaba la misma calidad de luz que emanaba de las paredes del templo, pero ahora noté que se hacía cada vez más intensa. El solitario monje se hizo cada vez más brillante, hasta que alcanzó la intensidad de miles de soles. Pero su luz, intensa como era, lejos de herir mis ojos me llenaba poco a poco de una inmensa y profunda paz, y así fue como comenzó un irreversible cambio en mi interior.
El Jardín
—¡Acompáñame! —La voz del anciano me sacó bruscamente de un profundo trance.
No me había dado cuenta que había cerrado mis ojos también. Pensé que había estado contemplando la luz todo el tiempo, pero en verdad ya no necesitaba de mis ojos para verla. Aún sin mirarla me regodeaba en su intensidad, y en la paz, la serenidad y la armonía de la que esa luz me llenaba.
—Ven. Ponte de pie y acompáñame —dijo el Alto Sacerdote, quien se encontraba él mismo de pie a mi lado—. Vamos a dar un paseo, que tengo mucho que contarte.
Me puse de pie y lo seguí hacia una de las trece puertas que había en ese gran salón. Al atravesar su umbral nos encontramos en un amplísimo jardín, tan amplio en verdad que más bien parecía una infinita pradera. El jardín me impactó por su tamaño, pero más aún por su belleza. Era como ver un óleo de infinidad de flores coloridas esparcidas a lo largo y ancho de un mar de césped cuidadosamente cortado, y todo salpicado de árboles de fuertes raíces, robustos troncos y generosas copas.
El sol bañaba todo de una luz cálida y brillante, o por lo menos así lo pensé al principio. No tardé mucho, sin embargo, en reconocer que esa luz no solo provenía de un sol espectacular que nos parecía acompañar en nuestro paseo, sino que la luz emanaba así mismo de todo cuanto en el jardín había. Los colores parecían saltar de las flores mismas iluminando el jardín con tanta intensidad como el sol. Y lo mismo era con el césped, y con los árboles, y con las piedras, y con todo lo que me rodeaba. Toda esa energía se mezclaba entre sí para brindarme una verdadera sinfonía de luz y de color. Una gran sinfonía de vibraciones. Hasta el aroma de las flores, hasta el olor del rocío, hasta el zumbido de los juguetones insectos se fundían en una infinita orquesta de vida. Todos en armonía. Todos en perfecta sincronización.
—A ti te preocupa el por qué tú has sido elegido para conquistar la cumbre de la montaña, para iniciarte en los misterios de la vida y la muerte, para despertar del sueño del yo, para iluminarte, y yo te digo que mires a todos quienes has dejado atrás y veas cómo ellos se preocupan de por qué han sido ellos escogidos por el destino para sufrir de enfermedades, de hambre, de pobreza, de pérdidas, de tristeza, de dolor y de muerte. Porque lo primero que tienes que descubrir en ti es que ni tú has sido escogido por mí ni aquellos han sido escogidos por el destino para vivir lo que tienen que vivir.
Las palabras del Alto Sacerdote seguían teniendo la suavidad y la dulzura de antes, pero estaban investidas también de una gran firmeza. Una firmeza congruente con su caminar pausado pero seguro. Y mientras continuamos caminando tranquilamente, sin rumbo aparente, por el inmenso jardín, el viejo siguió hablando.
—Debes saber que el único que tiene poder de elección en la existencia de cada uno es uno mismo. En tu caso solo tú has elegido tu realidad, y en el caso de ellos solo ellos pueden haber elegido. Desde el comienzo mismo del tiempo tú elegiste un camino, y lo elegiste porque ese camino te enseñaría algo de ti, te permitiría conocerte aún más a ti mismo, te permitiría autorrealizarte. Solo que ahora has olvidado que fuiste tú mismo quien realizó esa elección. Has entrado en un profundo sueño. Ahora crees que eres la experiencia en sí que tú mismo has elegido vivir. Pero no me malinterpretes, puesto que hasta ese sueño tú lo has elegido. Ahora estás eligiendo despertar. Y créeme que despertarás.
—Pero, por qué habría de elegir miseria y dolor cuando, según lo que me dices, puede uno elegir lo que uno quiera —le pregunté al anciano—. Por qué no habría uno de elegir riqueza y prosperidad para disfrutar de la vida.
—¡Ah! Porque lo que tú llamas disfrutar de la vida es justamente el aferrarte a lo que en verdad no es real, es el aferrarte al sueño del que te hablo, que en lugar de ser la realidad es solo una experiencia de aprendizaje, y que insisto, tú mismo has elegido.
—Entonces ¿cuál es la realidad? —pregunté un poco aturdido.
—¡Calma guerrero! Todo a su debido tiempo. Veo que estás haciendo un esfuerzo sincero por seguirme y comprender, pero te sugiero que no hagas esfuerzo alguno. No hace falta que aprendas lo que te estoy diciendo, puesto que en verdad ya lo sabes. No hace falta que compares y relaciones lo que estas escuchando con lo que consideras tu conocimiento presente, puesto que no existe comparación alguna de la Verdad con algo que en realidad no es más que un sueño. Mejor libérate de tu conocimiento y recibe esto que te ofrezco como si fueras un recipiente vacío. No trates de comprender lo que a partir de ahora descubrirás, porque lo que de mí recibas no se puede comprender con la razón sino con el sentimiento.
»Vamos, entonces, a lo de tu proceso de aprendizaje. En este universo que tú conoces, al menos por ahora, existe solo una fuerza. Los hombres de ciencia se han quemado el cerebro tratando de entender la realidad y de darle forma, y han creado fórmulas y teorías, leyes y principios. Han tratado de darle forma a su universo a través de las fuerzas que han creído descubrir en él. Ellos seguirán haciendo esto hasta que decidan despertar, pero tú debes saber que fuerza solo existe una, así como una sola es la Ley. Los místicos y sabios de este planeta, a falta de palabras para poder expresar la magnitud de esta fuerza única, la han denominado Amor.
»Pero no confundas el Amor, la fuerza única, la verdad única, con el amor que siente el hombre por la mujer, o la mujer por el hombre. Ni lo confundas con el amor que siente la madre o el padre por sus hijos. Ni lo confundas con el amor que sienten los amigos entre sí. No lo confundas con ningún amor terrenal, puesto que ninguno de ellos es el Amor. El estado de Amor, del Amor Universal, del Amor Verdadero si así prefieres llamarlo, es un estado de Unidad, es un estado de Gozo y Alegría, de Paz y Serenidad. A estos llamaremos de ahora en adelante tus estados esenciales, puesto que el Amor es la esencia misma de la vida.
—Cuando hablas de Unidad, ¿te refieres a unidad con todos los seres humanos?
—¡Sí! Y también me refiero a la Unidad con los animales y las plantas, con los insectos y los microbios, con las piedras y las montañas, con la lluvia y los mares, con el viento y la noche, con la luna y los planetas, con las constelaciones y las galaxias, con lo que conoces y con lo que no conoces, porque todo está vivo, y todo surge de la Fuente Única, el Amor. Tú eres parte de ese Amor y con él estás eternamente conectado, y a través de él estás conectado con el resto de la creación. Tu esencia es la misma esencia que la de la montaña ¿recuerdas que tú y la montaña son uno? Tu esencia es la misma que la de los planetas, la tierra, los mares, las selvas, las bestias, y por supuesto que la de los aldeanos que conociste en tu viaje hacia la montaña.
—¿Quieres decir que esos aldeanos miserables y asustados y yo somos uno?
—¡Sí y no! Son uno puesto que su esencia y la tuya vienen de la misma fuente, pero cada uno es una manifestación única del Amor.
—¿Cuál es la fuente?, ¿cuál es el origen?
—¡Ah! Ahí era a donde yo quería que llegaras, puesto que ahí se encierra la razón misma de tu existencia.
El Absoluto
El paseo nos llevó, entre árboles y flores, hasta la base de una cristalina caída de agua que fluía desde una de las pequeñas colinas que rodeaban el jardín. El sol se reflejaba en la tenue llovizna que se formaba en torno a la pequeña cascada, creando un arcoíris de luces y energía que se fundía con el resto de los colores del increíble jardín.
—El principio de todo es el Absoluto —continuó diciéndome el viejo al tiempo que reiniciaba la marcha—. El Absoluto se manifiesta a través del Amor. El Absoluto no tiene explicación. El Absoluto no puede ser aprehendido. Cuando tratamos de definirlo el Absoluto deja de ser. El Absoluto no puede ser comprendido por la mente como la conoces ahora. El Absoluto es el No Ser, y al no ser, no tiene comienzo ni fin. El Absoluto es eterno, y es infinito, no tiene tiempo ni tiene fronteras puesto que no es, y al no ser no existe nada que lo determine y lo limite.
»El absoluto solo ha sido, es y será desde antes del tiempo y hasta el fin de los tiempos. El Absoluto es la fuente y el receptáculo de todo lo manifestado y lo no manifestado. Es en verdad el espacio de las potencialidades no manifestadas y de él todo proviene y en él todo está contenido. El Absoluto es infinito, y en su infinidad se conoce a sí mismo a través de sus manifestaciones de sí mismo. El Absoluto se conoce a sí mismo a través de ti.
—¿El Absoluto es acaso Dios?
—¡Calma, guerrero! Una vez más te pido invoques tu paciencia. Lo importante primero es que veas tu conexión con el Absoluto, que veas que eres una parte de él que te permite auto-conocerse. Lo importante es que veas que eres una parte importante del Absoluto, puesto que sin ti el Absoluto no puede lograr su autorrealización. Y no es que Él dependa de ti, puesto que el Absoluto solo depende de sí mismo, pero la belleza de todo es que tú eres una parte de Él, y el Absoluto se manifiesta a sí mismo a través de eso que tú conoces como tú. El sueño del ser humano comenzó cuando se olvidó que era parte del Absoluto, que era uno con Él, y se creyó individual y separado del Todo. Esa amnesia de sí mismo a través de ti, y a través de todos los seres vivos, y te recuerdo que todo está vivo, es la que le permite al Absoluto descubrirse y redescubrirse infinitamente, descubrirse y redescubrirse eternamente.
—¿Yo soy Dios?
—¿Es acaso la hoja el árbol? Piensa, guerrero, el árbol solo es árbol a través de cada una de sus partes. El árbol es árbol a través de sus raíces, su tronco, sus ramas, sus hojas, sus flores y sus frutos, pero todas en conjunto, todas unidas, todas siendo uno. Una hoja es solo una hoja a menos que sea parte del árbol, lo mismo que una rama o una raíz. La hoja expresa todo el potencial del árbol, pero solo en la medida en que sea parte del árbol. Si la hoja se separa del árbol y se cree un árbol en sí misma, está dormida, está muerta.
»Solo eres Dios en la medida en la que puedas despertar a la unidad con todo lo creado y lo no creado, en la medida en la que puedas ser Dios con todo y con el Todo. Porque aislado del Todo solo eres una parte de Dios, amnésica de sí misma y soñando a ser tú.
»Solo eres Dios en la medida en que vuelvas a la Fuente, en la medida en que desaparezca la separación. En ese momento, al darte cuenta de que eres una parte del Absoluto, eres el Absoluto con el resto de la Creación.
Despertar
Un par de gorriones se posaron en un arbusto frente a nosotros. El anciano se detuvo de inmediato. Como si se hubiera olvidado de mí el Alto Sacerdote centró toda su atención sobre las dos aves, mientras los gorriones lo miraban como si entendieran la actitud del viejo.
Finalmente, el anciano soltó una amable carcajada y extendió uno de sus brazos al tiempo que los gorriones dejaban el arbusto para posarse amigablemente sobre su mano. En todo este tiempo el Alto Sacerdote no dejó de mirarlos y sonreír, hasta que finalmente sus amiguitos volvieron a emprender el vuelo y desaparecieron en el soleado cielo del jardín.
El viejo se quedó como perdido en el infinito y yo no me atrevía a interrumpir su profundo estado con mis inquietudes sobre la conversación que llevábamos este sorprendente anciano y yo.
—Dime, guerrero, ¿qué es lo que te inquieta tanto? —dijo finalmente el Alto Sacerdote con un suspiro.
—Me has hablado del sueño de creerse separado del Absoluto. ¿Cómo puedo despertar entonces de este sueño?
—¡Esa es la clave! El deseo de despertar, la inquietud de despertar te llevará al despertar. Y el despertar solo se puede lograr a través de la muerte. Pero no te asustes, no me refiero a la muerte física, aunque esta sea a veces un paso necesario para ayudar al despertar. Cuando hablo de la muerte me refiero a la muerte a ti mismo, a lo que has creído ser hasta ahora, al sueño que has creído que era la realidad. Al negarte a ti mismo das un paso hacia la re-conscientización de quien realmente eres, puesto que tú no eres tú, sino que eres una parte del Absoluto soñando que eres tú.
»El despertar, o lo que otros han llamado la iluminación, no es la pérdida de tu identidad, sino la re-conscientización de tu Verdadera Naturaleza. Pero para que esto se dé tienes que arrancarte tus máscaras, tienes que vencer a tus demonios, tienes que matar a tus egos. No te vayas a dejar engañar por tus egos. No te vayas a creer demasiado poderoso o demasiado sabio, ni demasiado humilde o demasiado generoso. No te vayas a creer demasiado bueno ni demasiado malo. No te vayas a creer demasiado terrenal ni demasiado espiritual. Todos estos son falsos egos. Todos son mentiras. Todos son parte del sueño de creer que puedes ser algo diferente o separado del Absoluto.
»Lucha a muerte contra todas tus personalidades, todas tus etiquetas, todas tus apariencias. Solo derrotándolas puedes despertar de tu eterno sueño. Busca dentro de ti y allí, debajo de todas las capas de falsas identidades, al final de todas las máscaras, de todas las mentiras y de todos los sueños, está tu Verdadera Naturaleza, tu estado esencial, tu unidad con el Absoluto. Entonces descubrirás que siendo parte de Dios eres Dios mismo.
»Para ello, guerrero, deberás morir una y mil veces. Pero, así como para despertar debes morir, también, para despertar, debes aprender a entregarte a la vida.
»Estás en esta realidad tuya, así como en todas las demás, para reconscientizar tu Verdadera Naturaleza, para redescubrirte como el Absoluto mismo. Entrégate a la vida como se entrega un niño recién nacido al descubrimiento del mundo que lo rodea. Para despertar debes aprender a vivir en el Amor, y eso significa serlo todo. Vivir en el Amor significa descubrirlo todo en ti, descubrirte a ti en todo.
»Despertar es ver el mundo bajo una nueva luz, es amar sin posesión, es disfrutar sin apego, es ser el servidor de todos y todo cuanto encuentres en tu camino. Finalmente, despertar es crear conscientemente. Para eso estás aquí, para Amar y para Crear, pues ambos son uno y lo mismo. Y cuando descubres que tú eres un co-creador, y que el universo entero te pertenece, se caen tus máscaras, se desvanecen tus egos, se desploman tus demonios. Lo paradójico es que solo puedes despertar a ese nivel de consciencia despojándote primero de tus máscaras, matando a tus egos y venciendo a tus demonios.
—Pero ¿cómo puedo romper con la ilusión para despertar, si me dices que la ilusión solo se desvanece cuando logramos el despertar?
—¡Ah! ¡Las paradojas de tu sistema de realidad! ¡Cambia tus paradigmas! No puedes alcanzar aquello que buscas si caminas pensando en tu objetivo. No recorras tu camino solo para llegar a tu destino, pues a este jamás puedes llegar caminando hacia él. Recorre tu camino solo para recorrerlo, porque el verdadero objetivo de tu camino no es otro sino el camino mismo. Cuando llegues al final de este no encontrarás nada, y solo entonces te darás cuenta de que lo único que tuvo valor fue el sendero en sí mismo.
»¿Qué será de ti al final, si a lo largo de todo el recorrido solo pensabas en el destino, y dejaste de vivir tu tránsito a través del sendero de tu vida? No esperes a elevar tu nivel de consciencia para despertar, ni esperes despertar para elevar tu nivel de consciencia. Lo uno es lo otro. Ambos suceden en sincronía... pero solo si tú lo eliges. Si solo eliges esperar puedes esperar una eternidad antes de descubrir que siempre estuviste preparado. El poder está en ti. Tu gran poder es el de tu intención... el de tu intención llevada a la acción.
—Y ¿cómo puedo empezar a despertar ahora? ¿Cómo puedo elegir despertar a partir de este momento?
—Despertar es saber, más que conocer. Despertar es vivenciar, más que aprender. Despertar es vivir la vida, en lugar de buscar cómo disfrutar de la vida. Despertar es vivir tu momento presente a cada instante. Despertar es vivir intensamente todo lo que te brinda la vida. Despertar es vivir apasionadamente, sin miedos, sin culpas, sin rencor, sin tratar de esconderse del dolor. Despertar es liberarte de tus límites y tus creencias.
»Cuando despiertas descubres que eres uno con el universo, con tu universo. Por eso, cuando despiertas ya no hay lugar para tus egos, tus miedos, tus máscaras y tus demonios. Cuando alcanzas la unidad con el Todo ya no necesitas vengarte pues nada ni nadie te puede herir, y ya no necesitas poseer pues nada ni nadie te pueden arrebatar lo que es tuyo, y ya no necesitas amarrar ni amarrarte a nada ni a nadie, porque ¿cómo puede sentirse solo aquel que lo tiene todo y lo es todo? Todo lo que tú desees tú lo tienes ya. Tú eres dueño de todo lo inmanifestado. Todo lo que tienes que hacer es crearlo. La materia es energía condensada. La energía es Consciencia. Tú eres consciencia. Tu eres un co-creador. Y puesto que tú has creado desde siempre tu realidad, puedes cambiarla en el momento que así lo desees, con tan solo cambiar tus pensamientos. Sé uno con Dios. Sé uno con el Absoluto.
Las Religiones
Nuestra conversación continuó al tiempo que nuestro paseo se extendía por el interminable jardín. Todo en este jardín parecía vivo más allá de lo que yo había conocido hasta el momento. Cada planta, cada insecto, todo parecía exuberante de vida.
El Alto Sacerdote me miró con una expresión pícara reflejada en el rostro, como invitándome a decir lo que él ya sabía que yo diría. Me expresé sin reservas.
—¡Entonces el Absoluto sí es Dios! —le dije al anciano, sin poder ocultar la satisfacción de sentir que estaba comprendiendo sus palabras.
—Sí, el Absoluto sí es Dios, pero no el dios que tú conoces a través de las religiones, sino el Dios que esas mismas religiones han perdido. Las religiones han llevado al ser humano a guerras y masacres, todas en el nombre de Dios. Las religiones han llevado al ser humano a vivir en el miedo y el castigo, todo en el nombre de Dios. El ser humano ha usado la religión contra sí mismo, sin darse cuenta que al hacerlo se ha separado cada vez más de Dios, del verdadero Dios, del único Dios.
»La religión debe unir, no separar. Las religiones fueron creadas para reunir al ser humano a Dios, pero al pretender unirlo definían su separación de Él. Las religiones además fueron utilizadas por los sabios dormidos como fuente de poder y medio de control, dejando escapar de ellas la esencia mística que contenían y que era el único lazo que tenían con Dios. Las religiones siempre presentaron a Dios como un gran ente poderoso que rige y dicta sobre la humanidad, y ante quien los seres humanos son impotentes. Por esto, las religiones solo sirvieron para escindir al ser humano de Dios.
»Pero para el despertar final de la humanidad la religión será necesaria. La religión re-ligará al ser humano con el Todo, y así lo acercará por fin a Dios. Cuando eso suceda el ser humano recordará que Dios es el Absoluto manifestándose a través del Amor, y que él mismo es una de las manifestaciones del Absoluto. El ser humano recordará que nunca estuvo separado, que siempre fue El mismo conociéndose a Sí mismo.
—¡Entonces las religiones son algo terrible! —dije lleno de cólera—. ¿Por qué Dios permitió que creáramos algo así?
—Dios no permite ni impide y ya te diré por qué —me respondió el anciano—. Pero primero debes darte cuenta de que no existe nada bueno ni malo. Todo tiene un sentido y un puesto en el esquema global de la vida. Cuando te hablo de religiones, guerrero, te hablo de las estructuras humanas, no de sus esencias. La esencia de las religiones es la misma, y proviene siempre de la Fuente Original. La estructura visible de las religiones proviene del ser humano y es la que aparenta ser diferente. Es importante que sepas diferenciar esto.
»Las religiones han sido un reflejo del estado de consciencia del ser humano, y han sido un paso más en el proceso de su maduración espiritual. Las religiones han servido como espejo, para reflejar los miedos y la impotencia de una consciencia dormida. Pero las religiones además han servido como escuela de aprendizaje para muchos seres humanos, cada uno en su propio nivel. Y finalmente, de manera paradójica, las instituciones mismas que pretendían llevar al ser humano a Dios, y que terminaron por separarlo de Él, sí han llevado a algunos a su autorrealización. En las religiones, en todas y cada una de ellas, desde la más moderna hasta la más primitiva, está el Espíritu de Dios. El problema está en la consciencia dormida del ser humano y no en las religiones.
—¿Pero si yo soy Dios...
—Eres parte de Él. El propósito de tu existencia es el de volver a ÉL, re-conscientizar tu Verdadera Naturaleza, ser parte del Todo. Mientras estés separado, aunque sea por un minúsculo hilo de consciencia dormida, serás como una mano creyéndose que es individual y separada del resto del cuerpo. Cuando la mano despierta y se da cuenta de que en verdad no es un ente separado, sino que es parte de un cuerpo, no deja de ser mano, pero ahora es la expresión de algo mucho mayor. Mientras estés separado eres parte de Dios y Dios está en ti, pero no te puedes expresar con toda la divinidad de Dios. Y esa, hijo mío, es tu gran misión de autorrealización. Lo recuerdes o no, tu búsqueda es la de poder expresar todo el potencial divino de Dios, de ti mismo, en ti mismo y a través de ti mismo.
La Realidad
Las palabras del Alto Sacerdote constituían un duro reto para el sistema de creencias que había tenido hasta ese momento. Al mismo tiempo sus palabras me llegaban como una oleada de aire fresco.
—¿Qué es ser Dios? —le pregunté al anciano.
—¡Es crear! ¡Dios es el Gran Creador! ¡Dios es el Gran Arquitecto del Universo! Y tú, hijo mío, eres co-creador con Él. Lo fuiste desde el principio de tu largo viaje, y lo has sido de varias formas y en varios niveles, pero siempre has sido co-creador del Universo.
»Tú eres un fragmento del Universo. Pero el Universo no es sino el Absoluto manifestándose a Sí mismo ante Sí mismo, por lo que tú eres el Absoluto en sí, y estás hecho de su esencia. Y el Absoluto crea. Y tú también creas, aunque no lo percibas. Todo tu mundo, toda tu realidad ha sido creada por ti. Algunas partes de esa realidad las has creado a un nivel de consciencia y otras partes a otro. Mucha de tu realidad la has creado dormido, la has hecho sin consciencia de ello. Pero ha llegado tu momento para empezar a crear de manera consciente. Y de esto se trata este viaje tuyo a la montaña. ¿Entiendes ahora por qué te digo que Dios no permite ni impide? Eres dueño del más grande de todos los poderes jamás imaginados. Eres un co-creador del Universo. Y tienes libre albedrío. Nadie decide nada por ti. Solo tú decides. Solo tú eliges. Solo tú creas.
—¿Quieres decir que yo soy dueño de mi mundo y de mi destino?
—¡Sí! Tu mundo exterior es solo un reflejo de tu mundo interior. Tu destino es solo el producto resultante de tus pensamientos. Recuerda, sin embargo, que tú creas a diferentes niveles de tu existencia. Lo que deseas a tus niveles más dormidos de consciencia puede no ser lo que has decidido crear a niveles superiores de tu misma consciencia.
»Esto nos lleva de vuelta a tu pregunta, “¿Cuál es la realidad?” —el viejo recordaba una de las primeras interrogantes que le planteé al comienzo del paseo por el jardín—. ¿Ves cómo todo tiene su propio tiempo, cómo todo llega a su debido tiempo? Sin embargo, yo quisiera que te reformularas esa pregunta. En vez de preguntarte cuál es la realidad, pregúntate ¿Qué es la realidad?
—¿La realidad, hmm? ¿Por qué me dices todo el tiempo que todo a su debido tiempo, que todo tiene su tiempo, pero a la vez me has repetido que el tiempo no existe?
—Creo que no me estás escuchando —me dijo el anciano con un tono sarcásticamente regañón—. Te sugerí que te cuestionaras la realidad, no el tiempo.
—Sí, sí te estoy escuchando —le respondí un tanto contrariado—. Pero es que me parece que te contradices con lo del tiempo.
—Claro que te parece que lo que digo se contradice. Cuando abras tu mente a un nuevo modelo de la realidad podrás ver que no hay contradicción alguna en nada de lo que ahora estás descubriendo. Pero si tratas de entenderlo todo desde tu marco de referencia anterior nada tendrá sentido para ti. Por eso es que te he sugerido que te cuestiones la realidad.
»Sé que te estoy pidiendo una tarea titánica. Te estoy pidiendo que te imagines lo inimaginable, que aceptes un mundo sin tiempo y sin espacio. Te estoy pidiendo que veas tu mundo desde un punto de referencia ajeno a él, que comprendas una realidad para la cual los conceptos y estructuras de tu mente no están diseñados, una realidad para la cual tu mente consciente no está diseñada. Es como si te pidiera que midieras una habitación con un puñado de arena. Es como si le pidieras a un ciego de nacimiento que te describiera la luz. Pero justamente por todo lo que te acabo de decir, es que es imprescindible que te cuestiones la realidad.
—Está bien, está bien —respondí, tratando de hallar algún sentido en todo esto—. ¿Qué es la realidad? Bueno, la realidad es todo lo que me rodea, es todo lo que hago, es todo lo que soy.
—¡No, mi querido guerrero, no! ¡Todo eso no es más que el sueño en el cual estás sumido! La realidad es mucho, mucho más que eso. Pensar que lo que eres y haces, que lo que posees y disfrutas, que lo que te rodea es la realidad, equivale a vivir en las mazmorras de un inmenso palacio, pensando que esa sucia y oscura celda es todo tu mundo, sin saber que arriba de ti y a tu alrededor se extienden innumerables salones y habitaciones, e infinidad de jardines. No, mi querido guerrero. La realidad es mucho más que la sombría, fría y limitada celda en la cual crees vivir.
»Lo que tú crees que es la realidad no es más que una parte infinitesimal de la Realidad. Algunos místicos la han llamado ilusión, pero en verdad, la ilusión está en creer que esa realidad es la única realidad. De resto, la realidad que tú has conocido hasta ahora es tan real como las demás que vas a descubrir, solo recuerda que no es la única.
»El ser humano ha tomado como su realidad aquello que puede percibir a través de sus sentidos, sin darse cuenta que sus sentidos son solo unos burdos receptores de tan solo un nivel de manifestación del Absoluto. Ese universo que tú conoces no está conformado por infinidad de partículas que crean materia sólida, aunque así a ti te parezca. En verdad es una compleja tela de araña de energía que se condensa de manera perceptible para ti en determinadas formas que tú conoces como materia y objetos.
»Sin embargo, el pensamiento, y la fuerza de la vida misma, escapan a la comprensión de la mente humana puesto que jamás se le encontrará fundamento ético, es decir, material. Comprendiendo esto, empezarás a vislumbrar que no solo lo que tú consideras material es lo real y lo único que existe. También existen muchas realidades que, aunque no puedes percibir, son tan reales como todo lo que ves, oyes y sientes. Y quiero que sepas que cada realidad que existe, en su propia dimensión y aunque tú no la puedas percibir, es tan sólida y tangible como la que tú has conocido hasta ahora.
»Todas esas realidades, todos esos mundos, todas esas dimensiones las has creado tú a un nivel de consciencia del cual estás temporalmente amnésico. Pero cuando vuelvas al Origen despertarás a la Realidad Ultima, la cual no es sino Consciencia Pura, la cual no es sino el Absoluto.
—Y en esas otras dimensiones, ¿existen también seres que a su manera llevan una vida?
—¡Sí! Sí existen seres en sus propios procesos de aprendizaje y autorrealización. ¡Y tú eres uno de ellos! Sí, guerrero, tú vives miles de vidas simultáneas en este y otros espacios y en este y otros tiempos. Tú existes infinidad de veces en múltiples dimensiones simultáneas y paralelas.
»El tiempo, ya te lo he dicho, es una ilusión. Es en verdad una creación de la consciencia humana con un propósito determinado que ya te explicaré, pero el tiempo, en verdad, no existe como tal. Por esto tú estás viviendo una y mil vidas en el pasado y miles más en el futuro, al mismo tiempo que vives cada momento de tu vida presente.
»El tú que tú conoces es solo uno de los tantos tú’s que están autorrealizándose en este mismo momento. Además, este tú es el resultado de cada una de las decisiones que has tomado a lo largo de tu existencia. Es el tú que ha elegido tomar este camino que ahora tú transitas. Pero quiero que sepas que, así como existe el tú que ha coronado la montaña, así mismo existe un tú que nunca salió de ese rincón de rocas y piedras donde pasaste lo que te parecieron siglos. Y más aún, también hay un tú que les hizo caso a los aldeanos y que desistió de encaminarse hacia la montaña, regresando a lo que su vida había sido hasta el momento.
»A cada decisión que tomas, nace un nuevo tú que desarrolla y vivencia todas las posibilidades que este tú ha dejado atrás en el camino. Esos tú’s viven en un sistema temporal paralelo, pero en un sistema de realidad diferente. Otros tú’s viven en otros sistemas espacio-temporales completamente distintos del que ahora percibes.
»Con algunos de tus otros tú’s tienes contacto, aunque ahora no lo puedas percibir conscientemente. Sin embargo, ellos, cada uno en su momento, te han servido de guía y maestro. Con otros tú’s hasta ahora no has tenido ese contacto. Aun así, lo sepas o no, mantengas contacto o no, te desdoblas una y mil veces a cada instante y con cada pensamiento. Y todos los acontecimientos de la historia, tanto del pasado como del futuro, tanto los que en tú historia personal ocurrieron u ocurrirán, como los que nunca ocurrieron ni ocurrirán, están ocurriendo ahora, en este momento, en este mismísimo instante. Lo único que se mueve es la consciencia. Lo que pasa es que tu consciencia se durmió al experimentar esta realidad y hasta ahora has creído que es la única.
—¡Eso es imposible! Me resulta difícil creer eso de que yo existo infinidad de veces y ni siquiera tengo conocimiento de ello.
—Que te resulte difícil entenderlo o aceptarlo, lo comprendo, pero imposible no es. Claro, a menos que tú así lo decidas y elijas que en tu realidad sea imposible, porque recuerda que tú eres un co-creador, y creas tu propia realidad a todos los niveles. Sin embargo, te pido que abras tu mente a lo que, por ahora, no puede ser. Porque si te limitas a aceptar de lo que descubras en la vida solo aquello que conforme con tu modelo actual de la realidad, entonces podrías tranquilamente renunciar a aprender nada nuevo. Los grandes descubrimientos de tu historia han quebrado los sistemas de creencias que imperaban anteriormente. Ten paciencia. Olvida lo que hasta ahora has aprendido. El despertar, o como algunos lo llaman, la Iluminación, solo puede venir de un vuelco radical en la forma de percibir la realidad. Si tienes el suficiente valor para abandonar la perspectiva ligada a la cultura, podrás superar las limitaciones de la consciencia ordinaria. Recuerda, en la Verdadera Realidad, lo que es, no es. Y lo que no es, es.
—Bueno, está bien. Pero entonces ¿dónde queda mi libre albedrío, si ya todos mis posibles futuros se están desarrollando en este mismo momento?
—Todo es una ilusión del tiempo. Tú sigues teniendo libre albedrío. Tu consciencia sigue teniendo el poder de elegir en cada uno de sus momentos presentes. Tu consciencia sigue teniendo el poder de crear su realidad. Pero en tu sueño crees que las cosas suceden de acuerdo con un orden cronológico. La linealidad del tiempo es la ilusión misma del tiempo.
»El tiempo lineal no existe como tal. Piensa que el tiempo es circular, y eso te ayudará a comprender, que la realidad tampoco es lineal sino curva. En todo momento puedes elegir dirigir tu consciencia hacia la experiencia o existencia que tú desees. Aquellos tú’s que elijan experimentar las vivencias, las opciones, los caminos, que tú has elegido no tomar se encargarán de autorrealizarse a través de sus propias experiencias. Recuerda que todo y todos tienen una misma y única misión, la de re-conscientizar su Verdadera Naturaleza y hacerse uno con el Todo, porque solo así puede el Absoluto conocerse a sí mismo, solo así puede El autorrealizarse.
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