Kitabı oxu: «Mijo, levántese que llegó Belisario»



Co868
E38
Mijo, levántese que llegó Belisario: anecdotario político colombiano / Ramón Elejalde Arbeláez Medellín, Colombia: Ediciones UNAULA, 2021.
219 páginas (Serie Historia)
ISBN: 978-958-5495-75-3
I. 1. Políticos colombianos
2. Política – Condiciones sociales – Colombia
II. 1. Gaitán, Jorge Eliécer, 2. Morales Benítez, Otto, 3. Londoño Pineda, Saúl, 4. Roca Lemus, Juan, 5. Ospina, E. Livardo, 6. Echandía Olaya, Darío, 7. Durango Sepúlveda, Jaime de Jesús, 8. Rendón Gaviria, Juvenal, 9. Toro Agudelo, Hernán, 10. Gaviria Echeverri, Guillermo, 11. Guerrero Montoya, Jorge, 12. Betancur Cuartas, Belisario, 13. Samper Pizano, Ernesto, 14. Sinigüí, Benigno, 15. Serpa Uribe, Horacio, 16. Gaviria Correa, Guillermo, 17. Espinosa Valderrama, Abdón, 18. Uribe Vélez, Álvaro, 19. Álvarez Lara de Andrade, María.
Serie Historia
Ediciones UNAULA
Marca registrada del Fondo Editorial UNAULA
MIJO, LEVÁNTESE QUE LLEGÓ BELISARIO
Anecdotario político colombiano
Ramón Elejalde Arbeláez
© Universidad Autónoma Latinoamericana
© Ramón Elejalde Arbeláez
Primera edición: agosto de 2021
ISBN: 978-958-5495-75-3
ISBN-e: 978-958-5495-76-0
Hechos todos los depósitos legales
Derechos de autor reservados
Corrección
Ana Agudelo de Marín
Edición
Fondo Editorial UNAULA
Diagramación e impresión
TALLER ARTES Y LETRAS S.A.S.
Hecho en Medellín - Colombia
Universidad Autónoma Latinoamericana UNAULA
Cra. 55 No. 49-51 Medellín - Colombia
PBX: [57+4] 511 2199
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En el arte de la marinería más sabe el más simple marinero, que el mayor letrado del mundo
El Ingenioso don Miguel de Cervantes Saavedra
JORGE ELIÉCER GAITÁN LLEGA EN CABALGADURA

A la sombra del Plateado, una obrita de mi autoría sobre la historia de Frontino, trae una pequeñísima reseña de la visita que hizo a este municipio el doctor Jorge Eliécer Gaitán, el cinco de junio de 1940, siendo ministro de educación. Más extensamente, el médico Juan Guillermo Hoyos Gaviria, de ancestros frontineños, publicó en redes sociales una completísima historia de la visita, muy sustentada en brillantes manuscritos que dejó doña Ángela Góez de Gaviria, abuela del médico y meritoria educadora e historiadora.
Esa visita se origina en la donación que, entre los años 1935 y 1939, hizo a la nación el filántropo frontineño Pedro Antonio Elejalde Gaviria de su inmensa fortuna consistente en fincas, casas, edificios, lotes, ganado vacuno y equino. La donación quedó consagrada en las escrituras números 3716 del 14 de noviembre de 1937, Notaría Primera de Bogotá y 2142 de septiembre siete de 1939 de la misma ciudad capital. El viaje de Jorge Eliécer Gaitán se hizo para recibir la cuantiosa donación e imponer al donante la Gran Cruz de la Orden de Boyacá. El donante se desprendió de su inmensa fortuna a cambio de que el Estado colombiano construyera y financiara en Frontino una Universidad. Nada de eso sucedió, los bienes se esfumaron en manos de administradores inescrupulosos y el benefactor murió en la más absoluta pobreza.
A Gaitán lo acompañaron en su viaje el escritor Eduardo Caballero Escobar, el senador Diógenes Sepúlveda Mejía y el visitador escolar don Florentino Rojas, oriundo de San Jerónimo. El acto de recepción se realizó, previo desfile solemne, en el parque principal y fue presidido por don Isaac Herrera Gamboa, alcalde municipal; en él llevaron la palabra el historiador y poeta frontineño don Ramón Antonio Elejalde Escobar y el doctor Jorge Eliécer Gaitán Ayala.
Cuenta el doctor Juan Guillermo Hoyos Gaviria, citando a doña Ángela Góez, que esa noche se realizó una sobria fiesta “en la casa de Braulio Gaviria, con más de cien invitados entre los más granado de la sociedad. Don Isaac, el alcalde, desocupó su casa en la plaza principal trasladando toda su familia al llamado edifico Escobar para alojar a la comitiva. También solicitó, con la debida anticipación, a su concuñado Braulio para que facilitara su casa para el baile de bienvenida. Éste, aunque era de filiación política distinta, aceptó inmediatamente la propuesta. Las tres casas aún se conservan. Además, en compañía, trajeron una hermosa vajilla para servir la cena. Como ésta era compuesta por numerosas piezas, luego de la visita del ilustre personaje, fue dividida entre la familia Herrera Góez y la familia Gaviria Góez. Todavía se conservan algunos de los elementos que conformaban este menaje”.
Trae el médico Hoyos Gaviria una anécdota del acto de recepción. “El doctor Gaitán solamente bailó una pieza con la hermosa joven frontineña Isabelita Martínez Villa, hija del médico Juan Bautista Martínez Ferrer y María Francisca Villa Barberi, que posteriormente fue la esposa de Bernardo Tobón de la Roche, el fundador de la cadena radial Todelar”.
Lo más encomiable del viaje de Jorge Eliécer Gaitán a Frontino fue que lo hizo por una carretera estrecha y peligrosa entre Medellín y el sitio Chontaduro, abajo de Cañasgordas, donde debió apearse a un equino para poder llegar a Frontino, por el sector de La Herradura, en un trayecto que le demoraba un poco más de dos horas. Es decir, Gaitán ingresó al pueblo a lomo de un buen caballo, el mejor que pudieron encontrar en la región. El viaje entre Medellín y Frontino le debió demandar a la comitiva del doctor Gaitán, por lo menos, unas doce horas.
Personaje importante en esta visita fue el juez de Frontino, quien cumplía allí su año de judicatura o año rural, doctor Ernesto Lucena Bonilla, tolimense de nacimiento, padre del exparlamentario frontineño Ernesto Lucena Quevedo, y abuelo del primer ministro del deporte que tuvo Colombia, Ernesto Lucena Barrero.
La visita del doctor Gaitán a Frontino fue aún más productiva. Al día siguiente de su llegada fundó el Patronato Escolar en el municipio, cuyo objetivo era prestar ayuda a la juventud que se educaba en la región, atendiendo el deseo de don Pedro Antonio Elejalde Gaviria. El Patronato se encargaba de procurar ayudas económicas para suministrar a los estudiantes más necesitados vestuario y útiles escolares. Para el sostenimiento de la obra, todos los funcionarios debían aportar la suma de diez centavos mensuales. La institución funcionó por espacio de cinco años, hasta que otro ministro suprimió los patronatos creados en varios municipios de Colombia.
Cuenta doña Ángela Góez de Gaviria, sobre la conformación de la primera junta del Patronato Escolar en Frontino: “El mismo doctor Gaitán hizo los nombramientos de la primera junta que sesionó durante el tiempo de duración del patronato, y estuvo conformada de la siguiente manera: el alcalde Isaac Herrera Gamboa, fue nombrado vocal; el párroco, que supone el médico Hoyos Gaviria que fue el sacerdote carmelita fray Andrés del Niño Jesús; el presidente del Concejo Municipal, Ramón Antonio Elejalde Escobar; tres ciudadanos: el abogado Ernesto Lucena Bonilla, juez en Frontino, quien presidía la junta del Patronato, Ignacio Escobar Martínez, funcionario judicial y secretario de la junta, quien casó con la dama local Edelmira Góez Gutiérrez, y Marco Tulio Ruiz Luján, juez de la República, vocal, y dos damas, la señora Mercedes Sánchez de Elejalde y Ángela Góez de Gaviria que se desempeñaba como tesorera. Los nombramientos fueron enviados a la Gobernación de Antioquia para su ratificación y el otorgamiento de la personería jurídica.
Notoria fue la presión que soportó el doctor Jorge Eliécer Gaitán para que no realizara este viaje a Frontino, por lo retirado del lugar y las dificultades del transporte. Pudo más el deseo del doctor Gaitán de conocer la región y a Pedro Antonio Elejalde Gaviria, y agradecerle a éste su gran generosidad y desprendimiento.
¡Fragmentos de historia patria que no se pueden perder!
ANÉCDOTAS POLÍTICAS

La actividad política no ha estado exenta de apuntes o gracejos que la hacen más llevadera o que arrancan una sonrisa a quienes los conocen. Dediquemos esta lectura a recordar algunas de esas anécdotas. La época lo reclama.
En su juventud, el reputado ingeniero Milcíades Sánchez frecuentaba sitios de diversión; cualquier día estuvo en un negocio de cantina donde atendía a la clientela una dama a quien se le conocía con el alias de “La Rumbo”. Al día siguiente de su etílica diversión se le apareció en su oficina al doctor Sánchez la dicha mesera. Ante la sorpresiva aparición y el trato amigable que le daba la intrusa, el ingeniero no tuvo más remedio que decirle que él no era ningún Milcíades, sino el doctor Milcíades Sánchez, a lo que respondió la visitante: “¡Qué par de negros hijos de puta tan parecidos!”.
En la época de la división del Partido Conservador, entre ospinistas y laureanistas, tuvieron una agria disputa el distinguido médico Antonio Castrillón, afiliado al alzatismo (de Alzate Avendaño) y un doctor Arango, odontólogo afiliado a las huestes de Laureano Gómez. Durante la discusión, y mientras el médico Castrillón accionaba con sus manos, golpeó al doctor Arango. Cuando Jorge Tobón Restrepo conoció en la Asamblea de Antioquia el incidente, oportuno e inteligente en sus comentarios exclamó con gracia: “Siquiera fue un puño, qué tal que le hubiera recetado”.
En 1972, cuando se inauguraba en Frontino el fluido eléctrico de las Empresas Públicas de Medellín, en medio de solemne acto en el parque principal, y cuando llevaba la palabra el ilustre hijo de la comarca, el doctor Guillermo Gaviria Echeverri, desde el público comenzó a sabotear la intervención el dirigente conservador Óscar Vallejo, quien exhibía para la ocasión una elegante cachucha. El gobernador Diego Calle, ante las impertinencias del godito le ordenó al comandante de la Policía: “Por favor, retengan al señor de la cachuchita que está vociferando y entorpeciendo el acto”. Dentro de los jolgorios por el acontecimiento, la ciudadanía había organizado una cabalgata de la cual participaban lugareños y visitantes. Uno de los más alegres caballistas era el piloto Leonel Gaviria Echeverri, hermano del doctor Guillermo, quien, en el momento de iniciar la intervención el gobernador Calle Restrepo, pasó en su caballo cerca de la manifestación y en un acto de gracia le quitó la cachucha a Óscar Vallejo, y siguió su camino con ella puesta. Pues, amables lectores, la Policía cumplió al pie de la letra las órdenes gubernamentales y a la estación de Policía fue a dar “el señor de la cachucha” que, para el momento de la retención, no era nadie menos que Leonel Gaviria. Vallejo, el verdadero saboteador del acto, había tomado las de villadiego.
Cuentan que, en un Consejo de Gobierno, el gobernador Octavio Arismendi Posada, siempre tan recatado y sobrio, pidió a sus colaboradores disminuir el consumo de licor y dejarlo, exclusivamente, para los fines de semana. Víctor Cárdenas, secretario de Educación, se le acercó a su jefe al final de la reunión y en tono jocoso, pero respetuoso, le dijo: “Usted no bebe porque es del Opus Dei, yo sí lo hago porque soy del Opus night.
En mi pueblo se ha vuelto famosa la expresión “¡Ah, pis que viva!” para aceptar algo que se hace contra la voluntad y en reemplazo de la frase “¡Ah, pues que viva!”. Resulta que César Londoño, Rigoberto Parra, y yo, cuando cursábamos lo que hoy llaman el ciclo complementario en la Escuela Normal, cumplíamos en la región de Nobogá con el requisito de la alfabetización a campesinos. Luego de trabajar todo un fin de semana en forma responsable con los habitantes del Corregimiento, y de regreso al pueblo, y ya sobre las cabalgaduras, decidimos tomarnos unos aguardienticos, revueltos con guarapo. En uno de los brindis, ya bastante alicorados los tres, César Londoño, muy liberal él, en mi compañía comenzamos a gritar vivas a Jorge Eliécer Gaitán. Rigoberto Parra, conservador, guardaba silencio frente a las arengas políticas. En un momento dado, el negro Londoño sacó del cinto un machete y comenzó a vociferar sus vivas al político liberal, mientras rastrillaba su arma contra el suelo, cerca de los pies de Parra. Ante la insistencia y la presión del energúmeno liberal, Rigoberto Parra no tuvo más remedio que comenzar a gritar contra su voluntad: “¡Ah, pis que viva!, ¡ah, pis que viva!”.
EL DUETO DE ANTAÑO

El maestro Camilo García Bustamante, salvo que tuviera compromisos artísticos fuera de Medellín, no faltaba ningún domingo a las diez de la mañana en el restaurante Doña María, hoy Pasaje Unión, segundo piso, situado en la carrera Junín, casi al frente de donde funcionó Radio Córdoba, lugar donde se conformó el Dueto de Antaño. Lo hacía para leer los periódicos locales y nacionales y resolver los crucigramas de los mismos. Un domingo ya lejano, llevaba yo a mis hijos Jorge Hugo y Hernán Darío a clases de natación en el antiguo colegio de San José. Al pasar por el lugar me percaté de que Hernán Darío tenía los cordones de los zapatos sueltos y me agaché a amarrárselos. Intempestivamente, el niño comenzó a vociferar: “Papá ve al Dueto de Antaño. Papá ve al Dueto de Antaño”. Era el maestro Camilo que venía a resolver sus crucigramas al lugar de siempre, y con cariño y afabilidad se arrimó y le explicó al niño que, efectivamente, él era integrante del Dueto de Antaño y que se llamaba Camilo García. Le dijo que debía ser mucha la afición de sus padres por su música, ya que los hijos los reconocían, a pesar de su corta edad. Lo acarició, me saludó con amabilidad y siguió su camino.
Cuando el Dueto de Antaño celebró sus cuarenta años de vida artística, el dieciocho de marzo de 1981, en el teatro Pablo Tabón Uribe, fueron recibidos por una prolongadísima ovación a la que ellos respondieron levantando sus guitarras, Ramón las manos porque no interpretaba ningún instrumento. Fue tan larga la ovación que, cansados, tuvieron que bajar sus manos para luego volver a levantarlas. Fue un momento apoteósico.
Cuenta María Esther Arango: “Al salir cualquier día del Club Rialto de Pereira, en medio de un aguacero tremendo, resolvieron envolverse en sus impermeables y, guitarra en mano, llegarse hasta el hotel, a dos cuadras de distancia. Unas jóvenes, desde un segundo piso, les preguntaron que quiénes eran y cuando ellos, levantando la cabeza, respondieron: “Somos el Dueto de Antaño”, las muchachitas lanzaron una sonora carcajada y replicaron: “¿Ustedes el Dueto de Antaño? Eso se quisieran”.
Por allá en los lejanos años de 1965 o 1966, se me pierde en el tiempo la fecha precisa, visitaron a mi pueblo Frontino un grupo de artistas encabezados por el Dueto de Antaño y la soprano lírica Alba del Castillo (Lucía Libia Agudelo Revolledo), y se presentaron en el teatro Imperial, el único que por la época tenía la municipalidad. Como aspecto curioso e inolvidable, del cual no se conserva ni una grabación, está el que Alba del Castillo, Ramón Carrasquilla y Camilo García, el Dueto de Antaño, interpretaron dos o tres composiciones en un memorable trío. Años después, contaba el maestro Camilo García Bustamante que un recuerdo inolvidable era una serenata que había llevado en Frontino, en una vereda, utilizando una carretera destapada y angosta, a la esposa de una persona adinerada, y que el conductor del vehículo era un señor a quien le faltaba una pierna y aceleraba el vehículo con un palo que conectaba su mano con el piso del carro. La serenata la llevó Miguel Ángel Toro, a su esposa Alicia Pérez, y el conductor fue Antonio Elejalde Ángel, todos hoy fallecidos.
Por mi pasión “duetoantañista”, cuando transcurría el año de 1975, decidí iniciar la labor de coleccionar toda la música del importante dueto colombiano. Lo existente eran los L. P., o “larga duración” que llamamos, amén de los discos en vinilo de 78 y 45 revoluciones. El primer larga duración que tuve en mis manos fue “En las lejanías”, publicado por la empresa disquera Sonolux y que me obsequió la señora Eumelia Sánchez. Mi nueva profesión de coleccionista fue bien difícil y recoger toda la producción de Camilo García y Ramón Carrasquilla me tomó años y no pocas dificultades.
Los primeros acetatos recogidos fueron los de reciente (para la época) grabación. Con los días, el trabajo se fue volviendo difícil y ya no era suficiente con visitar casas o almacenes especializados, que en ese entonces todavía existían. En 1996 conocí al señor Antonio Montoya Gómez, apasionado “duetoantañista”, quien dominaba con precisión los nombres de todas las composiciones grabadas por el Dueto y sabía en cuál larga duración se encontraban. Don Antonio me ayudó en elaborar el inventario de lo que aún me faltaba en mi colección y a adquirir esas joyas, ya escasas. Él consideraba al municipio de Caldas (Antioquia) como la gran despensa de ese tipo de música y donde más habían admirado al conocido grupo musical.
Estando a punto de culminar mi empresa musical me acerqué a una hija del maestro Camilo García, y le comenté que me faltaban dos L. P. para coronar un propósito que ya llevaba buenos años. Se comprometió a ayudarme. Días después me contactó y me dijo que, con un coleccionista de la ciudad, Guillermo León Hernández, a quien apodaba “El Káiser”, ella había conseguido uno de los que me faltaba, pero que apenas me lo podía prestar para grabarlo. El mismo día de la noticia fui por el disco, lo puse en el asiento trasero del carro y regresé a la casa con un préstamo que me alegraba. Una vez en mi residencia fui a estrenar la adquisición y cuál no sería la sorpresa: el sol canicular que recibió el L. P. en la parte trasera del carro lo había deformado. Inmediatamente llamé a la hija del maestro Camilo García para contarle del infortunio. No me creyó, me contestó algo destemplada y le hice la promesa de arreglar, a como diera lugar, el daño: o bien reparando el disco o bien consiguiendo otro. Infructuosamente busqué la reparación. En Discos Victoria lo sometieron a una prensa utilizada para esos casos. Nada valió.
Un día cualquiera de 1997 me llama mi señora madre, Mary Arbeláez Arbeláez, a preguntarme por el problema que tenía yo con una familiar del Dueto de Antaño, pues don Baltazar Botero, en el programa “Pase la tarde” de Caracol nacional, había dicho que yo arbitrariamente me le había quedado con un disco larga duración. Tocó explicarle a mi señora madre lo sucedido, hacer lo mismo con el periodista y repetir la llamada a la familiar del maestro Camilo García. Antonio Montoya me solucionó el problema e hizo el milagro: consiguió el larga-duración en dos ejemplares, uno para mi colección y otro para reponer el averiado.
En mi actividad política fui un día al corregimiento de Nutibara (Frontino), estuve en la casa de Carlos Carvajal. Como buen anfitrión me ofreció licor, comida y música, y como fue obvio, le pedí que si tenía mi música preferida para que la pusiera. Así lo hizo. Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que entre los cuatro o cinco L. P. que sacó del Dueto estaba el único que a mí me faltaba en la colección. Varias veces se lo hice repetir para escucharlo y degustarlo. Tal fue mi gusto por aquellas interpretaciones, que Carlos terminó por obsequiarme el L. P. sin saber mi necesidad de él. Al retirarme con mi gran regalo, uno de los hijos de Carvajal me dijo en voz baja: “Te delataste. Tus actitudes demostraron que no tenías ese disco en tu colección”. Simplemente sonreí. Ese día, y luego de veintidós años de pesquisas, pude completar la colección tan anhelada. Hoy la obsequio gratuitamente, a quien me la solicite, en la seguridad que ya cientos de personas la tienen. Allí tengo incluida unas composiciones que el Dueto jamás grabó y que ellos conservaron en los llamados diskets, y que me obsequió el maestro Camilo García Bustamante. Hoy, la colección física de los discos de larga duración debe reposar en la Casa de la Cultura de Sopetrán, adonde la doné como reconocimiento a Ramón Carrasquilla Peña, primera voz del dueto, y por petición expresa de Gabriel Escobar Gaviria, escritor de fina pluma en columnas que sostuvo en El Espectador con el seudónimo de “Sófocles” y en El Colombiano con el seudónimo de “Abel Méndez”.
Desempeñándome como alcalde de Frontino, por allá a principios de la década de 1980, la Gobernación de Antioquia programó un curso de actualización para primeros mandatarios locales en Santafé de Antioquia. Allá se hicieron presentes Luis Javier Cardona Castrillón y Jorge Enrique García Morales, alcaldes de Cañasgordas y Dabeiba. Cuando finalizaba la primera jornada de capacitación, bien caída la tarde, Javier me indicó desde su asiento que deberíamos salir a escuchar nuestra música, que evidentemente era la del Dueto de Antaño, fiebre que ambos padecíamos. Jorge García, que nos escuchaba nos dijo: “No me dejen. Yo los acompaño”. Finalizada la ronda académica, salimos los tres del recinto por las calles de “la Ciudad Madre”, en búsqueda de un buen lugar para escuchar música. Hasta ese momento Javier y yo no habíamos destapado nuestras apetencias musicales. En un momento dado, Jorge nos paró intempestivamente y, ceremonioso, nos dijo: “Yo voy con ustedes adonde quieran y a degustar la música que deseen, pero jamás voy a escuchar a esos viejos gargajientos del Dueto de Antaño”. Javier, cariñosamente le respondió a Jorge: “Te puedes devolver. Esa es nuestra música”.
Mi pasión por esta música me llevó a que, por los años 1996 y siguientes, primero en la Emisora Ondas de la Montaña, luego en Radio Claridad de Todelar y, finalmente, en las emisoras comunitarias de Frontino y Sopetrán, yo sostuviera por cinco años un programa exclusivamente con esa música, donde intercalaba historias de Ramón y Camilo, con sus melodías. Finalmente, la falta de apoyo dio al traste con el empeño. En Todelar compartí cabina con el periodista César Pérez Berrío, otro “duetoantañista”, y Darío Lopera Villa, quien por años fuera el representante musical del Dueto.
En alguna ocasión, ya con la colección completa y digitalizada, me atreví a decirles a mis oyentes en Ondas de la Montaña, que estaba dispuesto a darles gusto en forma inmediata con la composición que me solicitaran. Fue un éxito total en la audiencia hasta un día que me llamó una señora quien me dijo que quería escuchar el bambuco “Juguete” del Dueto de Antaño. Busqué en todas mis bases de datos que prevenidamente llevaba conmigo y le dije al aire: “Señora, qué pena. El Dueto de Antaño jamás grabó una composición llamada “Juguete”. Usted debe estar confundida con “Viejo juguete”, interpretada por el Caballero Gaucho”. La señora insistió y yo tuve que continuar con el programa.
Ese mismo día salí de la emisora rumbo a la casa del maestro Arnulfo Baena Sevillano, guitarrista del Dueto, que aún vivía por el barrio Belén La Palma. Cuál no sería mi sorpresa cuando el artista, ya anciano y enfermo, me dijo: “Sí, Ramón. En 1955 grabamos en un disco de 78 revoluciones ese bambuco para una empresa de la ciudad de Medellín, que lo quiso entregar a sus clientes. Fueron quinientos discos y no creo que se consiga en ninguna parte”. Ocho días después, al aire, reconocí la verdad y, por tanto, carecer de esa joya. Al terminar el programa, la señora de la historia me volvió a llamar y me dijo más o menos: “Señor Elejalde. Le agradezco su sinceridad al reconocer que “Juguete” sí existe. Yo lo tengo. Le vale ciento veinticinco mil pesos. Lo coleccionó mi esposo que era peluquero, falleció hace poco y dejó infinidad de cajas con discos de música vieja”. Después de un pulso por el precio, terminé adquiriéndolo y grabándolo en sistemas modernos. Como colofón, amigo lector, le cuento que un día, haciendo aseo en mi discoteca, lo quebré involuntariamente. Lo pegué con cintas y pegas a sabiendas de que ya no se puede utilizar en una victrola.
OTTO MORALES

Contaba el amigo Juan Paz (Jairo León García) que hace unos años Evelio Ramírez Martínez, Bernardo Trujillo Calle, Hildebrando Marín, Guillermo Mejía Mejía, Sergio Trujillo Turizo y quien escribe, compartimos con Otto Morales Benítez un agradable almuerzo en el restaurante “Hatoviejo” de Las Palmas. Su carcajada, incomparable; su lucidez, envidiable; su buen humor, contagioso. Un aguacero cómplice prolongó la agradable tertulia y facilitó disfrutar de las más deliciosas anécdotas contadas por alguien que llevaba más de setenta años en la vida pública y fue ejemplo de rectitud y de sabiduría.
Nos narró el doctor Otto que en visita efectuada por él y Carlos Lleras Restrepo a la casa de Darío Echandía, cuando ese ilustre personaje ya se encontraba deteriorado por el alzhéimer, se dio el siguiente diálogo:
– Otto, le pido el favor que me acompañe a visitar al doctor Echandía, pues Cecilia tiene que atender unos compromisos urgentes.
El doctor Morales replicó que le parecía una visita inútil pues la salud del ilustre expresidente ya se encontraba tan maltrecha que difícilmente los reconocería. El doctor Lleras insistió y, ante tan obligatoria solicitud, los dos personajes se dirigieron a la casa del Maestro. Agrega el doctor Morales Benítez que su sorpresa fue mayúscula cuando al tocar la puerta salió el mismísimo Darío Echandía a recibirlos.
– A sus órdenes, en qué les puedo servir, dijo el Maestro con muestras evidentes de que no reconoció a los destacados visitantes.
Somos Carlos Lleras y Otto Morales, dijo el primero muy serio, a lo que Echandía contestó:
– No los conozco, pero sigan y se sientan.
Los encopetados visitantes atendieron la invitación y el doctor Echandía procedió a llamar a una persona que, por su aspecto, evidenciaba ser su empleada doméstica. Agrega el doctor Otto que por sus rasgos mostraba ser chaparraluna. Echandía, sumido en su profunda enfermedad, le dijo a su empleada:
– Cuídeme a este par de tipos que son un par de ladrones y de pronto se roban alguna cosa de la casa.
Ante semejante insinuación, el doctor Otto manifestó al expresidente Lleras, con el ánimo de bajarle tensión a la situación:
– Doctor Lleras, usted siempre le ha hecho caso al doctor Echandía, así que cojamos alguna cosa de la casa y vámonos.
Lleras, muy serio, le replicó a Morales:
– Ni en charla Otto, ¡ni en charla!
Y salieron bastante impresionados de la salud del expresidente, quien falleció a los pocos días.
El doctor Otto, caldense, cualquier día de su juventud fue al municipio de Génova, en cumplimiento de su función como presidente del directorio liberal de su departamento (hoy Génova hace parte del departamento del Quindío). Allá llegó donde el jefe liberal de la municipalidad, Pedro Pablo Marín Quiceno, ni más ni menos que el padre de Pedro Antonio Marín, o Manuel Marulanda, o “Tirofijo”. Lo buscó en la tienda de su propiedad. Estando allí, llegó su vástago, por esos días guerrillero liberal. Otto lo invitó a desmovilizarse y este le respondió: “No me desmovilizo. Esperen un poco para que observen lo que traen las mulas como cargas de esa montaña”. No obstante, las inquietudes de Otto y Marín Quiceno, esperaron un buen rato, al cabo del cual llegaron los animales con una espantosa carga: Los cuerpos de algunos dirigentes campesinos, de filiación liberal.
Como todos sabemos, Otto Morales fue Comisionado de Paz en el gobierno de Belisario Betancur. En tal circunstancia le correspondió varias veces visitar y conversar con los jefes guerrilleros, entre ellos con Manuel Marulanda, quien para entonces ya había cambiado de bando: había dejado las guerrillas liberales a la sazón desmovilizadas, y se había afiliado a las Farc. En un día de descanso, de los pocos que por la época disfrutó, estaba el maestro Otto viendo noticias con sus nietos. En un momento dado la televisión publicó una información de Manuel Marulanda, que fue recreada con alguna filmación vieja que mostraba al guerrillero; inmediatamente uno de los nietos del dirigente manifestó: “Mira, ése es uno de los amigos del abuelito”.
¿PUEDE UN DOMINGO CAER LUNES?

Saúl Londoño Pineda era un paisa de pura cepa. Vivió desde niño en Uramita, un bello municipio antioqueño. Allí, aún de avanzada edad, le sacaba a una parcela de su propiedad el pan vivir y en ella permaneció desde tiempos lejanos. Saúl era un citadino que optó por la vida de campo desde que era joven y con ello se alejó de cualquier posibilidad de cultivarse en actividades diferentes. Inteligente, oportuno, buen contertulio, aguardientero y guasón. Saúl, generalmente, solía frecuentar los fines de semana el área urbana de su municipio; de lunes a viernes permanecía en su finca sacándole el sustento a la tierra y esos fines de semana los ocupaba nuestro personaje en vender los productos de su tierra, aprovisionarse de lo necesario para su vida campestre y en tratar de agotar las existencias de aguardiente en bares y cantinas.
Un sábado cualquiera, en las horas de la tarde, Saúl se topó con Domingo Ramírez, su amigo de siempre, y su ocasional compañero de libaciones, a quien invitó a un cafetín cercano al templo de la localidad. Departieron inicialmente al calor de un café y luego se apuran el primer trago. A ése le siguieron varios y, ya a la media noche, decidieron visitar un bar en las afueras del pueblo donde, amén de licor, encontrarían alimentación y dormida. Al amanecer del domingo siguiente los personajes de la historia lograron dormir un poco, pero se levantaron temprano y continuaron con el consumo de licor. Entre dormidas en la mesa de la cantina y libaciones, a Saúl y Domingo los cogió el lunes, que, por lo demás, era festivo. Muy alicorados, con varios trasnochos a cuesta, los dos decidieron iniciar una discusión que, en concepto de los demás presentes, no pasaba de ser “pelea de borrachos”.
Inesperadamente nuestras dos figuras se pusieron de pie, tambaleantes por efectos de tres días de licor y se manotearon sin mucha fuerza. En el forcejeo, Saúl logró lanzar al piso a Ramírez, quien cayó aparatosamente y quedó allí cuan largo era. Saúl, inmediatamente, se paró frente al caído y, guasonamente, lanzó la frase: “¡Hijueputa! Primer domingo que cae lunes”. Genial apunte que retrata al personaje.
Imposible terminar esta anécdota sin contar otra de la que fue protagonista principal un amigo de Saúl Londoño.
Samuel Vásquez fue, en sus años mozos, un operador de maquinaria pesada, con propiedad manejaba buldócer, retroexcavadoras y otros equipos por el estilo. Nació en Carmen de Atrato (Chocó), y por razones de su trabajo terminó viviendo en Frontino, donde se casó, formó y educó a sus hijos y aún vive, ya entrado en años. Mucha parte de su vida en este último municipio lo dedicó a laborar en un vehículo de servicio público de su propiedad. Samuel es un buen contador de historias, repentista, de respuestas rápidas e inteligentes, tomadorcito de licor en su juventud y persona apreciada por los habitantes del pueblo que le brindó hospitalidad.
Cualquier día, hace ya muchos años, Samuel cogió el vehículo de su propiedad para viajar a su residencia y decidió tomar una calle en contravía porque lo llevaría más rápido de regreso a su hogar. La decisión fue desafortunada pues a mitad de la vía se encontró con un policía de tránsito, quien le ordenó detenerse. El guarda se acercó e increpó al conductor: “Don Samuel: ¿no vio la flecha?”, indicándole que iba en contravía. Samuel en forma inmediata y seguramente en medio de algunas copas de licor, le respondió a la autoridad: “Amigo, no vi al indio, iba a ver la flecha”. El policía, que no estaba preparado para tan oportuna respuesta, se sonrió y lo autorizó a continuar. Hoy, esa respuesta, hace carrera en muchos lugares de Colombia.
Enrique Elejalde Arbeláez es un hermano, recién pasado de los sesenta años de edad, que con trabajo y tesón ha logrado superarse y sobrellevar una vida digna. Hace poco un amigo le pidió lo atendiera para hablarle de un tema urgente que debía plantearle y que seguro era de utilidad para los dos. Con los días, se encontraron y el amigo le hizo una respetuosa propuesta a Enrique en los siguientes términos:
–Enrique, están vendiendo una finca en Urabá, barata y con muy buenas facilidades de pago. Además, está recién cultivada con Teca, que produce una madera muy apetecida. Te propongo la adquiramos entre los dos. Esa madera es muy rentable y nos dará buenas utilidades.
Enrique, seguramente interesado en el negocio, preguntó por el precio de la finca y las condiciones del pago de la misma. Satisfecha su curiosidad, interrogó a su amigo:
– Hombre, ¿por lo que viste en esas tierras crees que más o menos para cuándo se podrá estar comercializando la teca sembrada?
El interesado en el negocio respondió inmediatamente:
– Como te dije, la teca está recién sembrada. Es necesario hacerle unas tres podas que seguramente reducirán el número de árboles, en unos veinte años debe estar lista para la comercialización.
Con rapidez y con gran agudeza mental, Enrique respondió:
– No, hombre. Yo no tengo interés en una finca con un cultivo incipiente de teca. Para mi edad, búscate una con cultivo de cilantro.
PARA ÉPOCAS OSCURAS, SACERDOTES QUE FUERON LUZ

La violencia política que asoló a Colombia durante diez años, desde 1946, produjo más de trescientas mil muertes, exclusivamente por razones de la militancia política. No es mi intención en esta compilación de anécdotas, estudiar o mirar los orígenes de tales hechos. No obstante, traeré a colación pequeñas historias de esa época nefasta en el occidente lejano: Cañasgordas, Frontino, Uramita y Dabeiba, todas relacionadas con la acción heroica de algunos sacerdotes de la iglesia Católica que fueron desobedientes con las instrucciones que impartían algunos jerarcas, como el obispo de Santa Rosa de Osos, monseñor Miguel Ángel Builes, y seguidas con pasmosa obediencia por muchos clérigos.
Fidel Blandón Berrío fue un sacerdote oriundo de Yolombó, quien llegó en el año de 1950 a servir a las parroquias de Uramita (por entonces, corregimiento compartido por Dabeiba y Frontino) y Juntas de Uramita, corregimiento de Cañasgordas. Blandón Berrío, que había sido secretario del obispo Builes, emprendió campañas tratando de disminuir las consecuencias del enfrentamiento político entre liberales y conservadores. Protegió a los liberales, los refugiaba en la Casa Cural, los visitaba en sus escondites en la selva, llevándoles alimentos, vestuario y medicamentos que recogía entre personas caritativas del pueblo, y los rescataba de una policía politizada y violenta, por lo menos en esa región. Fue un testigo activo de tanta crueldad. Sus experiencias las plasmó en una obra que tituló Lo que el cielo no perdona, que ya lleva varias ediciones y que, cuando fue publicada en 1954, mereció la atención de todo el país. Texto con un contenido dramático, cruel, reflejo cierto de una violencia partidista terrible. Ya el autor llevaba varios años retirado de sus actividades como religioso, cuando publicó, en Bogotá, su novela histórica, lo hizo sin causar ruido y con el seudónimo de Ernesto León Herrera. Quería, así, evitar que continuaran las persecuciones de la misma iglesia y de las huestes conservadoras. En un gesto para impedir que descubrieran la treta, el excura publica una supuesta carta de Ernesto León a Fidel Blandón, donde aparecían como viejos amigos y conocidos.
Blandón Berrío erró por muchos lugares de Colombia dedicado a múltiples labores para obtener su manutención. Finalmente, terminó en Facatativá dedicado a la educación, donde encontró la muerte el tres de diciembre de 1981. En ese municipio de Cundinamarca el exsacerdote encontró paz y tranquilidad, previamente debió cambiarse de nombre, y ya se le conocía como Antonio Gutiérrez Berrío. Había casado con doña Ana Gutiérrez de Gutiérrez, hogar donde nacieron cinco hijos, algunos ya fallecidos. El padre Blandón fue considerado por los habitantes del occidente antioqueño como un héroe, salvador de vidas, apóstol de la paz.
La historiadora Rosa Carolina Gil Jaramillo, en su trabajo de tesis titulado “Interpretación del sacerdote, la guerrilla liberal y la policía en Lo que el cielo no perdona”, expresó: “Tiempo después de publicada la obra, el docente conservador Juan Manuel Saldarriaga respondió, entre otras, a la obra del padre Blandón con la novela De Caín a Pilatos o lo que el cielo no perdonó. En dicho texto, el conservador trató de demostrar que el autor estaba equivocado al defender a los liberales, a quienes Saldarriaga culpaba por las desgracias y la violencia del país. Saldarriaga llamó a Blandón por su nombre y lo acusó señalándolo de ser un mal sacerdote, apoyándose en una cita de monseñor Manuel Canuto Restrepo, quien se caracterizó por su discurso antiliberal: “Para conocer a un sacerdote basta oír a los liberales: si dicen que es bueno, es porque es malo y está con ellos; si dicen que es malo es porque es un sacerdote celoso, que los combate”. De ese talante fue la confrontación, aun la literaria.
Otro sacerdote de la región del occidente antioqueño que dejó su huella positiva en la protección de muchas vidas fue el padre Gonzalo Jiménez, cura coadjutor en Dabeiba y Mutatá; por tal razón le correspondía atender el corregimiento de San José de Urama y visitante permanente de los campamentos de la guerrilla liberal en Camparrusia. El padre Jiménez ofició en estos lugares, a la par que el padre Blandón lo hacía en Uramita y Juntas de Uramita.
Lo que el cielo no perdona se refiere al padre Gonzalo en los siguientes términos: “Este cura, como otros del occidente antioqueño, no servía a los fines que la política reinante había propuesto respecto al clero […] Los curas servían si se plegaban al sectarismo reinante en el ejercicio de su ministerio, porque había que alcahuetear los crímenes, depredaciones e infamias de uno de los partidos, y atacar en el púlpito, en el confesionario y en todas partes a los del otro partido, maldiciéndolos, echándolos de la religión en que nacieron y sepultándolos en los profundos infiernos como si no fueran hijos de Dios”.
En la lectura de la novela del padre Blandón hay una defensa permanente del padre Jiménez. Lo muestra como un sacerdote humilde, comprometido con los pobres, valiente, leal con su iglesia, convencido de que los liberales también eran hijos de Dios. Relata episodios en los cuales Jiménez rescató campesinos de las garras de la policía o de las hordas conservadoras. Fueron múltiples los ingresos del padre Jiménez a los campamentos guerrilleros para dar confesión y comunión a sus moradores.
El padre Misael Gaviria Restrepo, que nació en Envigado el quince de mayo de 1910, fue párroco de Dabeiba durante cuarenta y dos años. Una vez ordenado sacerdote fue designado rector de un seminario en Santafé de Antioquia, pero sin posesionarse fue enviado a la población de Dabeiba en 1942, con escasos treinta y dos años de edad. Allí sirvió con devoción, entrega y entusiasmo a una feligresía que lo adoraba por su comportamiento pacífico, humano y caritativo. Durante la época de la violencia partidista fue un sacerdote protector de su grey, en su inmensa mayoría liberal. Monseñor Gaviria no toleró persecuciones o retaliaciones por razones políticas.
Era particularmente llamativa, y objeto de comentarios favorables y amistosos, su salida dominical a recoger la limosna entre los pobladores del sector comercial y entre quienes iban al pueblo a hacer mercado. El padre Gaviria era invitado por muchos católicos a degustar un aguardientico en ese recorrido, de tal manera que terminaba su jornada con sus guaros en la cabeza. El sermón, en la misa de seis de la tarde, los domingos, tenía su toque de buen humor. Recuerdo, cuando fui rector del Colegio Juan H. White, de ese municipio, uno de los famosos sermones de monseñor Gaviria. Estaba reprendiendo a los habitantes del sector urbano conocido con el nombre de Rincón Santo, por la presencia de algunas casas de lenocinio que perturbaban la paz de los demás habitantes, y con gran facilidad el padre soltó la siguiente frase desde el púlpito: “No parece que ese fuera ningún Rincón Santo, ese más bien es rincón puto”.
Sobre el padre Samuel Ruiz Luján existen distintas opiniones, mientras fue coadjutor ecónomo de San José de Urama, entre junio y noviembre de 1950, cuando fue trasladado a Buriticá, para preservarle la vida, pues fue amenazado por los guerrilleros liberales que no le perdonaban sus discursos incendiarios. Es señalado por el padre Blandón como sectario, perseguidor de liberales, intolerante. No obstante, esas consideraciones, en Frontino algunos liberales lo han señalado de ser su ángel guardián, de no dejarlos asesinar y protegerlos. Es un tema que merece indagación a fondo sobre el paso del sacerdote por la región del occidente antioqueño.
Hubiera querido profundizar la historia del padre Antonio José Ramírez, de quien no pude encontrar información alguna, a pesar de que muchos jefes liberales lo recuerdan en el occidente por su dedicación a defender la paz, la convivencia entre liberales y conservadores y a descalificar toda acción violenta. Puede ser que sea el mismo padre Manuel José Ramírez, quien fue el sacerdote que reemplazó al presbítero Luis Eduardo Zapata en la parroquia de Urrao; muy humano, protector de los liberales, contrario al padre Zapata, quien en Urrao y Frontino tuvo fama de violento, sectario y perseguidor de liberales. Zapata, un sacerdote muy politiquero, frecuentaba maldecir a los rojitos, dicen que tuvo que salir de Urrao en una volqueta, en medio de una caneca, pues su vida corría peligro. Nunca abandonó su posición ultraconservadora. Con cierto aire de frescura recuerdo por los años sesenta del siglo pasado, cómo algunos liberales enviaron a una niña a meterle en los bolsillos de su sotana un paquete de votos (se usaba la papeleta) de los candidatos liberales. La menor, aprovechando un tumulto donde el padre Zapata repartía votos conservadores, le introdujo subrepticiamente el manojo de papeletas liberales. Un buen rato después todos observamos la actitud descompuesta y furiosa del cura, cuando se vio repartiendo votos de sus acérrimos contradictores.
MIS PERSONAJES INOLVIDABLES

De mi abuelo –Ramón Antonio Elejalde Escobar, a quien no conocí, pues a mi nacimiento ya llevaba varios años de fallecido, hecho que sucedió en la sala del Honorable Concejo de Frontino, cuando sintió agredido su honor por otro edil– heredé el amor por las letras, la historia, el partido Liberal y mi pueblito natal. De mis otros abuelos: Mercedes Sánchez, prestante educadora; Eleazar y Ana Arbeláez, recibí siempre afecto, protección y educación. Recuerdo a mi abuelo Eleazar, marinillo de pura cepa, disfrutar las transmisiones de radio en las vueltas a Colombia. Su ídolo era su paisano Ramón Hoyos Vallejo. Al retiro del pentacampeón de la Vuelta a Colombia del ciclismo activo nos dividimos en preferencias, él seguía a “Cochise” Rodríguez y yo a Javier “El Ñato” Suárez. Siempre han sido mis abuelos unos referentes en la vida.
Mi madre, Mary Arbeláez Arbeláez, es también para mí un personaje inolvidable. Guerrera, luchadora, le tocó levantarnos en épocas de mucha pobreza y persecuciones políticas a mi padre, durante la época de la violencia partidista. Dependíamos económicamente, en gran medida, de la colaboración de algunos familiares. Con mucha dignidad y entereza ayudó en la formación de sus diez hijos. Después, al alcanzar mi padre un cargo público, Registrador de Instrumentos Públicos y Privados en mi pueblo, la vida económica de la familia mejoró notablemente y mi madre se convirtió en la secretaria y en el hada madrina del registrador. Ella, con pulcritud y transparencia, mantenía al día los asuntos de la oficina de mi padre.
Mi esposa Nelly del Socorro López, y nuestros hijos Hernán Darío, Jorge Hugo, Paula Andrea y Ana Mercedes, son para mí personajes inolvidables y, obvio, mis nietos Tomás, Emiliano, Guadalupe y Jerónimo, que son la alegría y el aliciente de mi atardecer.
Guillermo Gaviria Echeverri, un gran colombiano que, al decir de Belisario Betancur, fue uno de los antioqueños mejor preparados para ser presidente de Colombia. Siendo yo muy joven, escasamente recién cumplidos los dieciséis años, desempeñándose el doctor Guillermo Gaviria como concejal de Frontino, en noviembre de 1963, le propuso a la Corporación edilicia que me designara como secretario de la misma. Los compañeros de Corporación le preguntaron que si no se trataba de una persona muy joven, y él respondió: “Es buen estudiante, redacta bien y sabe escribir a máquina”. Muy joven y, por su atrevimiento, comencé mi vida de burócrata. Desde ese preciso momento el doctor Gaviria Echeverri se convirtió en mi guía. Cuando la Vicegobernación de Frontino quedó vacante, le sugirió mi nombre, entre otros, a Iván Duque Escobar, el gobernador de turno. Allí estuve durante cinco años hasta que, dos días después de posesionado Bernardo Guerra Serna como gobernador de Antioquia, invitó a Juan Gómez Martínez y a Guillermo Gaviria a recorrer la carretera al mar, ver su estado y mirar las posibilidades de la recuperación de la misma. Durante ese sobrevuelo Gaviria le reclamó, amablemente, a Guerra Serna por tener a “ese muchacho alcalde de Frontino tan olvidado y no promoverlo”. Al día siguiente, el gobernador me designó asistente del despacho. Guillermo Gaviria fue siempre un hombre directo, polémico, nada de nadie se guardaba, culto, emprendedor, creador de empresas.
Fabio Hurtado Rave, educador en el sentido exacto de la palabra, humano, respetuoso, de gran bondad. Enfrentaba don Fabio, en el año de 1964, y siendo rector del colegio de secundaria de Frontino, una dificultad con el párroco de la municipalidad, presbítero Luis Eduardo Zapata, quien le dedicó varios sermones de las concurridas misas dominicales. El educador nunca respondió a los temidos ataques del sacerdote. Cualquier día del año dicho, visitó al pueblo el obispo de la diócesis de Antioquia, monseñor Guillermo Escobar Vélez y, en su recorrido pastoral, visitó el colegio que regentaba mi personaje. Este lo recibió con un improvisado discurso que tituló “Entrad a vuestra casa…”, que conmovió hasta las lágrimas al pastor. Fue de tal belleza la pieza oratoria, que allí se hicieron las paces entre sacerdote y educador por mediación del señor obispo.
José Luis Arcila Hurtado, abogado marinillo que vivió largo tiempo en mi pueblo, lugar donde ejerció su profesión por varios años y de donde salió a ocupar una magistratura en el Tribunal Superior de Medellín. Casó con la señora Rosanita Londoño Pineda. No tuvieron descendencia. Arcila Hurtado fue quien me inspiró para hacerme abogado, gran amigo de mi padre, a pesar de las diferencias políticas. Arcila era conservador. Fue de las primeras víctimas de la violencia narcotraficante de Colombia. En un estadero situado en la calle Colombia de Medellín, frente a un almacén de cadena, fue vilmente asesinado el ilustre abogado.
Inicié mi carrera profesional en 1976, para entonces ya había perdido la vida el doctor José Luis, y me prometí visitar su tumba al finalizar mis estudios. No lo pude hacer porque me quedó absolutamente imposible localizar el lugar.
Era un abogado estudioso, riguroso y responsable, hermano del igualmente abogado Ramón Emilio Arcila, cofundador de la Universidad Autónoma Latinoamericana y líder de la izquierda democrática en Antioquia. Eran, políticamente, el día y la noche.
El abogado Julio Samuel Escobar Castrillón es otra persona que me ha inspirado. Su fidelidad a las ideas, sus profundas convicciones políticas y religiosas, así no comparta algunas de ellas, me hacen mirarlo con el más absoluto respeto. Es persona intransigente con la corrupción, seguidor fiel de las ideas socialdemócratas, apasionado defensor de su partido, el Liberal, y comprometido siempre con las causas de los más pobres. En los últimos tiempos, cuando defender una causa política no es nada gratificante, Samuel asistía a todos los eventos de su partido con una bandera roja que ondeaba con orgullo y que exhibía en lo más alto de su vehículo. En Samuel Escobar quiero rendir un gran homenaje a otros dirigentes parroquiales que han sido ejemplo de rectitud y laboriosidad: Gabriela White de Vélez, Teodorico Brant Tamayo, Óscar Arango Tamayo, Carlos Carvajal Díaz, Jesús Arenas, Bernardo Gómez Bravo, Luis Roldán, Ramón Martínez Salas y tantos que recuerdo con cariño, pero que harían interminable la remembranza.
Finalmente, son personajes inolvidables para mí, Ramón Carrasquilla Peña y Camilo García Bustamante, los integrantes del Dueto de Antaño, a quienes Antioquia debe un sitial de honor por todo lo que hicieron por la música andina, en una época que amenazaba perderse para siempre. Camilo y Ramón hicieron eventos para recoger esas notas que el tiempo comenzaba a ocultar. Se conformaron como dueto el catorce marzo de 1941 y permanecieron alegrando los oídos de los colombianos hasta el siete de junio de 1982, cuando falleció en Medellín la primera voz del Dueto, don Ramón Carrasquilla. Camilo lo sobrevivió hasta el día veinte de enero de 1993, curiosamente ambos fallecieron por daños renales. A ambos, especialmente a Camilo, me unió una buena amistad. Cómo no recordar aquí al maestro Arnulfo Baena Sevillano, gran amigo, educador, y mi jefe cuando fue Director de Escuelas Normales; por muchos años fue el guitarrista del Dueto de Antaño.
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