Kitabı oxu: «Los días del piano»

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Ramón Ferro

Los días del piano

EN PRIMERA PERSONA

Ferro, Ramón

Los días del piano / Ramón Ferro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8924-20-5

1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título

CDD A863

© 2022, Ramón Ferro

Primera edición, abril 2022

Diseño y diagramación Lara Melamet

Corrección Martín Vittón y Karina Garofalo

Conversión a formato digital: Libresque

Hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.


Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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A mi hermana Matu

1
«que estaba preocupada»

Desde hace unos meses con Laurita dejamos de hacer la cena. En realidad, ella hace tiempo que no la hace y ahora me plegué yo. Su influencia ha sido tan sutil que bien podría parecer que lo elegí yo por mis propios medios, haciendo uso de mi completo libre albedrío. La mejor persuasión es la que no se nota. Hacemos lo que ella llama té-cena, que consiste en tomar una infusión en horas de la cena, pero no es una cena, desde ya. Solemos incorporar algunas tostadas y queso o mermelada para agregarles. Ninguno de los efectos que podríamos adjudicar a este cambio de hábito es suficientemente nítido. Pero quizá pueda admitir que me proporciona un mejor sueño y que me levanto con menos hambre al día siguiente.

Ese sábado, estando sentados a la mesa en medio de nuestro té-cena, recibí varios mensajes de Silvi, la novia de mi papá, desde Mar del Plata. La vi una única vez, cuando se casó mi hermana, Matu, el año pasado. Me pareció una buena persona, y que ellos se trataban con mucho afecto. Ese día ella y mi viejo cruzaron el boliche para llegar a nuestra mesa a saludarnos. En mi mesa también estaban mi vieja, que le había esquivado el saludo a mi papá un rato antes, y otra ex esposa de mi papá, la mamá de Sofi, mi hermanita chiquita, que directamente lo había ignorado.

Me escribió por WhatsApp que estaba preocupada por mi viejo. Que desde hacía un tiempo no lo veía bien. Que dos semanas atrás se había caído en el baño y que se había dado un golpazo contra el borde de la bañera. Que no se había roto nada, pero que desde ese accidente lo veía deteriorarse en forma progresiva. Que ese día lo había vuelto a encontrar en el piso. Que no podía levantarse solo y que había tenido que ayudarlo a incorporarse. Le conté a Laurita y le respondí que en un rato lo llamaba. Que gracias por avisarme. Agregó, por último, que no le dijera a mi papá que ella me había escrito. Le respondí que no, que no se preocupara.

Me puse a hablar con Laurita de posibles diagnósticos interpretados a partir de los datos que teníamos, tratando de rellenar una parte de la incertidumbre con conjeturas. Le dije a Laurita que iría a lavar los platos y que después haría el llamado. Me contestó que no, que hiciera la llamada, que ella lavaba. Estamos juntos desde hace ocho años. Nos casamos el año anterior. Y además somos socios y colegas.

Les pedí a los chicos que se desconectasen del wifi, que tenía que hacer una llamada importante. Me contestaron que OK, y en un instante se apagaron fuentes de gritos, voces infantiles y reggaeton. Subí la escalera para hacer la llamada en nuestra habitación.

En esos metros reviví el último encuentro no virtual con mi papá, unos meses atrás, en la mesa de afuera de un bar cerca de Güemes, el día que fuimos todos a Mar del Plata, después de una semana en Mar de las Pampas. Estaba planificado de antemano: juntarme con él y ponerle fin al distanciamiento de más de dos décadas. Mi discurso sin vueltas. Mi pedido directo de disculpas por lo que había hecho mal, sin orgullo. La descripción de mi equivocación. De todo lo que tuvo que pasar para darme cuenta. De que él había tenido razón allá por mis veinte años. Que yo no había podido evitar seguir ideológicamente a mi mamá. Que la pelea entre ellos por el dominio filosófico de los hijos me había hecho perder mucho tiempo. Que el hombre señalado por mi vieja como digno de admiración, que yo había tomado como mentor, había resultado ser un megalómano psicópata. Que me había llevado veinticinco años entender mi error. Que él también se había equivocado en el modo que había usado. Que de otro modo hubiéramos ahorrado tiempo. Que ahora todo parecía una vuelta a lo que él representaba: la sensatez.

Acomodé el celular en un atril improvisado con un tarjetero de propaganda médica y apreté el ícono de la camarita.

2
«lo que vos digas»

—Hola, viejo. ¿Me escuchás? ¿Me ves?

—Hola, chiquito. Sí, te veo bien.

Mi papá nunca dejó de decirme «chiquito». Antes me jodía, ahora, a mis cuarenta y seis años, ya no. Su cámara mostraba la mitad derecha de la cara magnificada, porque tenía el teléfono a distancia de visión cercana. Pude ver el detalle de su bigote blanco con el borde inferior teñido de amarillo, la cicatriz en el pómulo que le dejó la caída en una escalera y la profundidad de las arrugas de expresión que, en ese momento me di cuenta, lo mostraban más adelgazado. El reflejo azul en sus anteojos me dejaba ver mi propia imagen distorsionada.

—¿Cómo andás, papín? Contame algo.

—Ando bien, hijito. Sin mayor novedad.

Quería llevarlo a su caída de un par de semanas atrás, y a la de ese día. También a su problema para caminar, pero no quería exponer a su novia. Tampoco caer en una anamnesis médica, sino más bien quedarme en hijo preocupado.

—Contame cómo te sentís.

Dudó un instante.

—Bueno… con algún problemita menor en las piernas.

Ya estaba, había prendido.

—Bueno, papín. ¿Están débiles las piernas? —me la jugué.

—No sé si tanto como débiles, pero sí que no me responden como antes. Bueno, el neurólogo sos vos, pero no creo que sea nada…

—¿Cómo estás orinando? ¿Se te escapa un poquito? —estaba buscando síntomas medulares por la caída de espaldas que había tenido.

—Bueno, ahora que lo decís… ¡a veces no llego al baño!

—Esa falta de control en las piernas ¿te produjo alguna caída?

Se quedó en silencio. No quería responderme. Se notaba en su expresión adusta, casi enojado. Lo vi entrar en conflicto. Finalmente dijo:

—Bueno, sí. Hoy me caí y estuve tirado en el piso un rato.

—No te podías levantar solo…

—No, me costaba. Silvia me ayudó.

—¿Cuánto tiempo estuviste en el piso, papín?

Se volvió a retraer. Pero volvió a aflojar.

—Dos horas.

—Bueno, papín, ¿sentís algún dolor en alguna parte?

Abrí la tapa de la computadora detrás de la línea de la cámara del celular. Ubiqué el chat con Matu, la hermana del medio de las tres que tengo, única con la que compartimos ambos progenitores, y le escribí que papá estaba para internar. Que tenía que ser en el lugar con la mayor complejidad posible. Que podían ser varios diagnósticos, pero que había que estudiarlo. Hablamos sobre el riesgo de contagiarse coronavirus. Acordamos que había que correr ese riesgo.

—Puede ser un poco de dolor de espalda. Pero no mucho.

—Bueno, viejo, pero… estaba pensando… me parece que lo mejor va a ser que te internemos.

—¿Internarme? —los ojos se le abrieron detrás del reflejo azul de los anteojos.

—Sí, porque ese problema en las piernas no se puede quedar sin diagnóstico, papín. Hay que saber qué es. ¿Me entendés? Hay que saber qué pasa.

El viejo que siempre conocí se habría resistido. Habría ejercido toda la oposición posible. Pero este que se inauguró en el bar, cerca de Güemes, me respondió:

—Está bien, hijito. Lo que vos digas.

3
«que gracias»

Matu me llamó por la mañana. Ella había pedido la ambulancia la noche anterior para trasladar a papá a la guardia. Me contó que estaban en el departamento esperando a que llegase el traslado. Me dijo que estaba conforme con que decidiéramos internarlo porque no lo veía bien. Me dijo que le costaba mucho caminar. Además, me contó que el departamento de papá tenía un abandono importante. Que los olores a cigarrillo y encierro eran insoportables. Que al lado de la cama el piso estaba pegajoso. Que las cortinas tenían un tizne oscuro entre los pliegues. Que faltaba el oxígeno. Me dijo que cuando terminara de internarlo le iba a pedir a Yamila que le limpiara el departamento. Que intentó antes pero que él nunca quiere. Que Yamila le cambia de lugar sus cosas. Que Yamila le desconecta los cables del televisor de tubo que todavía tiene. Que es importante porque así puede seguir grabando en la videocasetera programas de política que se emiten en simultáneo y que si no se perdería. Que cada vez que se va Yamila, después no anda nada.

Pasado un rato Matu me escribió un mensaje en el que me decía que ya estaban cargando al viejo en la ambulancia para llevarlo. Y otro para decirme que el habla de papá estaba extraña, como si estuviera borracho. Que Silvi, la novia, también lo notaba desde hacía unos días. Le contesté que me avisaran cuando llegaran a la guardia. Le conté todo a Laurita mientras tomábamos unos mates en casa. Seguimos conjeturando diagnósticos posibles.

Salí en la camioneta a hacer compras habituales de domingo temprano. Era una mañana soleada de invierno. Fui con las ventanillas medio bajas, inspirando hondo el aire fresco de Villa de Merlo, escuchando una playlist de Spinetta. Crucé el badén de la avenida Dos Venados, casi sin agua, y bajé por Avenida del Libertador, hasta el arco de Barranca Colorada. Estacioné frente a la carnicería de Juancito y saqué el celular para leer el pedido que siempre me manda Laurita para que no me olvide nada.

Entró una llamada de Matu. La atendí. Me contó que en la guardia del Hospital Privado no querían internar a papá. Que a la médica que los atendió le pareció que era para manejo ambulatorio. Que con la crisis de covid-19 el hospital no estaba para internar pacientes para estudio. Matu me terminó diciendo que le parecía que iban a tener que volver al departamento. Le pregunté si veía posible que yo pudiera hablar con la médica, si podría pasarle el teléfono. Escuché la voz de mi papá, cerca de Matu, que decía que la vieja que los había atendido no servía para nada. Que ni lo había mirado. Noté la observación de Matu y la voz arrastrada de papá. Matu me dijo que iba a intentar pasarme la llamada con la médica. Cortamos. Entré a la carnicería de Juancito y le leí el pedido al carnicero. Juancito no estaba. Los domingos pilotea el negocio desde la casa. Es un buen amigo mío. Nuestros hijos son compañeros de primer grado y muy amigos. Le pedí el kilo y medio de molida, los bifes de cuadril, las dos colitas, los dos kilos de blanda para milanesas. El teléfono vibró en el bolsillo. Matu me dijo que me pasaba con la médica. La voz áspera del otro lado me dibujó una mujer de sesenta y pico, fumadora empedernida, con el atado y el encendedor en el bolsillo del guardapolvo, burn out, teñida de rubio, con las raíces blancas. Largó con un monólogo sobre los riesgos de ingresar a una institución llena de pacientes con covid y no me dejó meter bocado por un rato largo. La interrumpí y le dije que yo era neurólogo. Me contestó que ya se había enterado. Le dije que un paciente con una paraparesia aguda sin diagnóstico se internaba, acá y en la China. Me dijo que lo máximo que podría hacer era dejarlo a criterio de la guardia de neurología del hospital. Pero que no sabía cuándo tendrían tiempo de evaluarlo. Le contesté que por mí estaba bien. Que gracias. Cuando Matu volvió al teléfono, escuché los gritos de la médica diciendo con ironía que iba a tratar de conformar al doctor.

Matu y yo volvimos a hablar.

—¿Viejo adentro?

—Viejo adentro. Después te llamo.

4
«con un trapo»

A la mañana siguiente Matu me mandó un mensaje para pedirme que la llamara cuando pudiera. Vi el mensaje en la pantalla de la computadora. Le apagué el volumen. Yo estaba atendiendo en el consultorio. Cuando terminé con la consulta que tenía en curso y despedí al paciente, cerré la puerta y llamé a Matu. Me dijo que le habían cambiado la bocha. Que la resonancia no mostraba fracturas ni problemas relacionados con la caída, pero que sí se veían muchas manchitas. Me dijo que el neurocirujano quería hablar conmigo, que en un rato me volvería a llamar y me pasaría con él.

Seguí atendiendo a algunos pacientes más, haciendo un esfuerzo por concentrarme. En medio de una consulta el teléfono volvió a sonar. Me disculpé con el paciente y salí del consultorio para atender la llamada afuera. Me fui a la sala de reuniones del instituto y abrí la ventana. El colega, con mucha amabilidad y solidarizándose conmigo, me contó que se veía una enfermedad oncológica diseminada en varios puntos, varias vértebras, hígado, por lo menos. Que no había nada de resorte quirúrgico en lo inmediato, y que mi papá iba a ser visto por el servicio de oncología. Que lamentaba tener que darme esa noticia y que la cosa venía difícil. Le agradecí por la molestia que se había tomado en llamarme y por su sinceridad.

Sorprendido, me forcé por volver a concentrarme en el paciente que me esperaba, a quien todavía no había revisado. Le pedí que se sentara en la camilla para hacerle el examen físico neurológico. En cada punto del examen, además de registrar los hallazgos, pensaba en qué encontraría en mi papá si estuviera revisándolo a él. Lo imaginaba con su cuerpo flaco, hundido en el colchón de la cama de hospital, desconcertado. Al finalizar la consulta me fui a la cocina a servirme un café, aprovechando el tiempo que había dejado el faltazo de otro paciente. Al volver a mi escritorio con la taza, con la cabeza procesando los datos médicos recién recibidos, en un movimiento torpe volqué el café sobre el escritorio y mi computadora. La levanté y la dejé en el aire de costado, chorreaba café sobre el escritorio, a la vez que le sacaba el cable y apretaba el botón de apagado. Llamé a Lili para que me ayudara; se fue y volvió con un trapo. Empezó a limpiar el lío que yo había hecho.

—Parece que mi viejo está muy enfermo, Lilita.

—¡Uy, no, qué macana!

5
«que se alegraba por eso»

A la mañana siguiente, también mientras atendía en el consultorio, Matu me llamó otra vez. Me dijo que la noche anterior había sido un desastre. Que papá se había levantado de la cama ortopédica solo para ir al baño. Que estaba desorientado y que se había descompensado. Que la enfermera que lo ayudó había notado que en la caca había sangre digerida y que ahora lo estaban estudiando por una hemorragia digestiva. Que había empeorado mucho. Que casi no la había reconocido a ella, que no se le entendía lo que hablaba. Que le estaban haciendo una endoscopía en ese momento y que los médicos ahora hablaban de un pronóstico reservado.

Le dije que ya había iniciado el plan de viajar y que estaba solicitando autorización al Comité de Crisis de Coronavirus de San Luis para salir de la provincia porque las fronteras estaban cerradas por la pandemia. Le dije que ya había llenado el formulario online y que estaba a la espera de más instrucciones para avanzar. Le pedí que me averiguara sobre los requisitos para ingresar a Mar del Plata. Le dije que con suerte podría salir en tres días para allá. Me contestó que ojalá hubiera tiempo.

Un espacio libre de tiempo causado por la falta de varios pacientes seguidos, lo cual no es habitual, me permitió hacer varias llamadas para intentar agilizar los trámites. Bajé la aplicación para el autodiagnóstico de covid y completé el formulario de autorización de circulación nacional.

Un rato después me llamó el gastroenterólogo que le había hecho la biopsia a mi papá. Me dijo que tenía el estómago lleno de sangre, que en el momento en el que él hizo el estudio la úlcera ya no sangraba, que parecía ser una metástasis que venía desde afuera del estómago y no una simple úlcera gástrica regular. Me dijo que había tomado una muestra con el mandril para mandar a analizar. Además, me dijo cuál era el tratamiento que pensaba seguir para intentar que dejara de sangrar. Finalmente, que tal vez le harían una transfusión sanguínea, ya que había sangrado mucho. Le agradecí por todo lo que había hecho y por la molestia que se había tomado en llamarme para darme detalles técnicos.

Cuando ya había terminado la mañana laboral, mientras colgaba mi guardapolvo, cerraba mi computadora y armaba la mochila, Matu volvió a llamarme. Lloraba. Entre sollozos me dijo que me apurara. Que estaba muy preocupada por el hecho de que papá y yo no llegáramos a vernos y que eso me dejara una cuenta pendiente. Le dije que iba a tratar de acelerar las cosas todo lo posible, pero que no tuviera esa preocupación. Que papá y yo nos habíamos reencontrado a partir del cafecito en Mar del Plata, cerca de Güemes, que nos habíamos dicho todo lo que había que decir, que después habíamos compartido un asado maravilloso, y que desde entonces nos llamábamos o nos comunicábamos por WhatsApp de forma cotidiana. Que me ponía muy triste que estuviera tan enfermo. Le recalqué que yo quería verlo, pero que en el caso de que no pudiera, creía que no me quedaría una cuenta pendiente. Me dijo que se alegraba por eso. Le dije que viajaría ni bien me autorizaran a salir. Y los dos lloramos un rato juntos.

6
«atenderlo igual»

Desde el Comité de Crisis me dijeron que me autorizarían a salir de la provincia de San Luis si les adjuntaba documentación que permitiera constatar que había sido autorizado a ingresar a Mar del Plata. Todavía no la tenía, aunque la había solicitado en un trámite web. Le comenté a Matu en varios mensajitos que tenía pendiente ese trámite. Me dijo que intentaría desde allá hacer lo mismo.

Me puse a atender a los pacientes de esa mañana. Si bien no tenía las autorizaciones, ya había tomado la decisión de cancelar la agenda desde ese día en adelante, con la intención de viajar a la mañana siguiente. Atendí a los pacientes con el mayor esmero posible, sabiendo que mi pensamiento estaba en la enfermedad crítica de mi viejo, y no tanto en lo que tenía adelante.

Un paciente que solía trabajar en una ferretería de Merlo de la que soy habitué me escribió un mensaje. Hacía un par de años que no sabía de él. En el texto me contaba que le habían vuelto los vértigos y me preguntaba si podía atenderlo. Le contesté rápido para decirle que era el último día que atendería porque tenía que viajar de urgencia por temas de familia. Le dije que se acercara al consultorio lo más rápido que pudiera. Un rato más tarde, estaba en la sala de espera y lo hice pasar.

Mientras se acostaba en la camilla, le conté sin detalles que mi papá estaba enfermo, que me había enterado el día anterior y que quería llegar a verlo y darle un abrazo. Finalmente le hice la maniobra diagnóstica para el vértigo posicional benigno y luego la maniobra de reposicionamiento, con la que suele ceder todo el cuadro. Le dije que cualquier cosa me escribiera, y que, si no, nos veríamos a la vuelta para control. Antes de irse me recordó que una vez había ido a la ferretería para buscarle una herramienta como regalo para mi viejo, y los dos nos despedimos con un fuerte abrazo. Más tarde ese día me mandó un mensaje para agradecerme que lo hubiera atendido en ese momento difícil. Que podría haberme disculpado por la situación y no atenderlo, pero que yo había decidido atenderlo igual, y que valoraba y me agradecía que lo hubiera hecho. El mensaje me hizo bien. Me reconfortó. Le mandé un audio agradeciéndoselo. Me respondió con un abrazo fuerte.

Esa tarde Matu consiguió establecer contacto con el subsecretario de Seguridad de Mar del Plata, y obtuvo mi permiso para ingresar al Partido de General Pueyrredón por razones de fuerza mayor. Me mandaron el PDF por WhatsApp.Matu me mandó un mensaje: «Todo te lo tengo que conseguir yo?». Le contesté con muchos «Ja ja ja». Subí el PDF a la plataforma web del Comité de Crisis de San Luis para tratar de que me aprobaran la salida antes de la noche, así podía viajar a la mañana siguiente.

Ese día era el cumpleaños de Laurita. A ella no le gusta festejar su cumpleaños. La noche anterior, a las doce, la habíamos sorprendido con los chicos, las dos nenas de ella y nuestro hijo juntos, con un operativo de regalos múltiples. Le habíamos conseguido una manguera de jardín con carro con ruedas y manija para enrollar. Un sombrero con ala ancha que la proteja, ya que su piel no es apta para exponerse mucho al sol. Ropa, chocolates, velas, un mate. En la reunión familiar de su cumpleaños que se improvisó esa tarde, con una pata del pensamiento en el lugar y otra en la situación de mi viejo, pensé en que es posible estar alegre y triste al mismo tiempo.

7
«con Infinia Diesel»

A la mañana siguiente me levanté temprano. Me pegué un baño y me vestí. Cuando bajé a la cocina, Laurita se había levantado para acompañarme en el desayuno. Charlamos de que todavía no figuraba mi autorización en la página del Comité de Crisis. Le dije que tenía que recorrer prácticamente toda la provincia de norte a sur, que me llevaría varias horas y que esperaba que la autorización apareciera antes de llegar al puesto fronterizo con la provincia de La Pampa.

Subí mi carry on y la mochila al asiento trasero de la camioneta, y la bolsa con frutas y comida que me había preparado Laurita en el asiento del acompañante para tenerla a mano. Tiré arriba del tablero un folio con los permisos de circulación nacional y marplatense impresos. Nos despedimos con Laurita con besos y abrazos, y salí. Crucé el pueblo vacío por la Avenida del Sol. Los semáforos en luz amarilla intermitente de la madrugada no me detuvieron en ningún punto. Rodeé la rotonda de acceso a Merlo y tomé la ruta a Santa Rosa. Puse una playlist desde Spotify que había descargado el día anterior, con más de ocho horas de clásicos de los ochenta y noventa. La autopista estaba vacía. Paré en el peaje de Santa Rosa y usé mi tarjeta de viajero frecuente para pagar el peaje. La mujer de la cabina del peaje me reconoció y, detrás de la cortina de hule transparente de protección, agitó la mano y me gritó: «¡Chau, doctor, buen viaje!».

El sol asomó por arriba de la Sierra de los Comechingones e iluminó el paisaje rural cuando iba a mitad de camino entre Concarán y Tilisarao. Al llegar a Naschel entré a una YPF para comprar un café y cargar gasoil. Cuando estaba bajando de la camioneta me sonó el teléfono; «número privado». Atendí la llamada. Era un hombre del Comité de Crisis que había leído el último mensaje que yo había cargado en el sistema la noche anterior en el que decía que comenzaría mi viaje a la madrugada, aunque no estaba librada la autorización y que esperaba que apareciera durante mi trayecto. En el mensaje aclaraba que el estado de salud de mi papá era crítico y que no tenía más tiempo, que tuvieran toda la consideración posible al respecto. El hombre me dijo que me iban a autorizar, pero que faltaban algunos pasos administrativos. Le dije que ya estaba en camino y que en unas dos horas llegaría al paso fronterizo, que esperaba que para entonces se pudieran haber dado esos pasos. Me dijo que creía que sí.

Llené el tanque con Infinia Diesel. Pagué usando la aplicación de YPF, que nos hace descuento a los profesionales de la salud. Me compré un cortado en vaso grande para llevar. Es una rutina que tenemos con Laurita que nos gusta: parar en Naschel cuando vamos a San Luis capital y tomar un cortadito. Lo disfrutamos. Pedí el café con la conciencia de que me agarraba de la última rutina disponible y que así colaboraba a mi adaptabilidad emocional. Nada de lo que vendría de allí en adelante, por varias semanas, tendría el amparo de la rutina.

8
«y se estacione allá»

Unas horas más tarde llegué efectivamente al puesto fronterizo con La Pampa. Frené delante de los conos anaranjados que bloqueaban el paso, debajo de un cartel pasante que decía «San Luis». Un policía salió del destacamento y se acercó a mi ventanilla.

—Buen día, caballero —hizo una leve venia.

—Buenos días. Tengo pedida al Comité de Crisis de la provincia la autorización para salir. No sé si ya habrá llegado.

—Tenemos una aplicación que nos dice. Dígame su documento, por favor.

Le canté los ocho números, que fue cargando en su teléfono.

—No, lamentablemente no me figura autorizado, caballero. Le voy a pedir que haga marcha atrás y se estacione allá, en la banquina.

—Pero hace un par de horas me llamaron por teléfono y me dijeron que me iban a autorizar.

—Sí, pero a veces tardan. Hasta que no figure acá, no puede pasar. Le pido que se estacione allá.

Di marcha atrás con la camioneta y estacioné antes del destacamento, junto al guardarraíl. Agarré el celular que tenía en el tablero y verifiqué la señal de internet: no tenía. Me puse el barbijo y bajé de la camioneta. Caminé unos pasos hacia atrás, por la banquina, hasta que conseguí un palito de señal. Abrí el navegador y entré en la página del Comité de Crisis. Me logueé y cargué un mensaje nuevo en el que decía que ya había llegado al puesto fronterizo y que no figuraba mi autorización. Que por favor la cargaran lo antes posible. Esperé un rato y luego volví a cargar la página para ver si había respuesta. Había un mensaje automático, extenso, que decía que estaba autorizado y luego todo el deslinde de responsabilidades y alcances de la medida. Volví hasta la camioneta, arranqué y volví a avanzar por la ruta hasta el cono. Una agente de policía mujer salió del destacamento y se acercó. Le expliqué lo que había pasado. Sacó su celular y me pidió que le dijera mi documento.

—Correcto, caballero. Puede pasar —y levantó el cono para correrlo a un lado.

—Muchas gracias. Buenos días —y crucé el límite.

Como unos cien metros adelante me paró el destacamento de La Pampa, improvisado con una casilla rodante. Otro policía me paró. Le expliqué que tenía autorización para pasar. Me preguntó si me iba a quedar en La Pampa. Le dije que no, que la cruzaría de oeste a este para llegar a la provincia de Buenos Aires, que tenía que llegar a Mar del Plata. Me preguntó si tenía el permiso de circulación nacional. Le dije que sí y lo saqué de entre los papeles impresos que había llevado. Me dijo que sostuviera el papel y mi documento con las manos, y que pusiera mi cara a un lado para que en una sola foto pudieran entrar las tres cosas: el código QR del permiso, el anverso de mi DNI y mi caripela. Accedí a la peculiar solicitud. El policía me sacó la foto y me dijo:

—Le mando esta foto al del puesto fronterizo por el que tenés que salir para que verifiquen que no te quedaste en la provincia. Esperá a que vea que la reciban allá y te dejo pasar —dijo mientras sostenía el teléfono frente a su cara para ver si el mensaje de WhatsApp que había mandado tenía los tildes y se pintaban de azul. Mientras tanto siguió hablando—: Cómo me cagó esta pandemia de mierda. Vos sabés que yo justo había sacado adjudicado el auto para poder salir a pasear con la familia y ahora me lo meto en el orto. Ni para ir al trabajo lo uso porque nos traen en el móvil. Aparte, acá estamos haciendo veinticuatro por veinticuatro. Nos matan. ‘Tá bien que nos garpan las horas extras, pero igual no damos más. Yo me quiero rajar a la mierda.

Sonó un mensaje en el celular del policía.

—Listo, papá. Andá nomás. Que tengas suerte, loco.

—Gracias, viejo, igualmente. Ojalá puedas salir pronto con tu auto nuevo.

9
«una mínima privacidad»

A pesar de que no había consumido más que un cuarto de tanque desde que había cargado en Naschel, decidí parar en Realicó, La Pampa, para llenar el tanque otra vez. La idea era no tener que parar en estaciones de servicio de la provincia de Buenos Aires por el riesgo de contagiarme coronavirus. Por entonces, tanto en San Luis como en La Pampa no había circulación comunitaria del virus. Con la autonomía de la camioneta llegaría a Mar del Plata sin tener que volver a cargar. Pararía a hacer pis en árboles y así evitaría los lugares con mucha circulación de gente. En el asiento del acompañante tenía bolsas con fruta, barritas de cereal, chicles, y en el compartimiento de la puerta llevaba una botella grande de agua.

Salí de Realicó con el tanque lleno y unos kilómetros después crucé el límite con la provincia de Buenos Aires. El destacamento policial fronterizo no mostraba ningún movimiento humano. No había policías afuera de la casilla rodante ni estaba obstaculizado el paso con conos. Bajé la velocidad a paso de hombre y lo crucé sin ningún control.

Seguí adelante hasta General Villegas y ahí tomé la ruta 226. A partir del ingreso a la provincia de Buenos Aires el tráfico aumentó un poco. Empecé a ver bastante circulación de camiones, aunque no de particulares. El plan de parar a hacer pis cuando tuviera la vejiga llena no era tan sencillo como había pensado. El tiempo transcurrido entre que sentía ganas hasta que efectivamente encontraba alguna arboleda propicia para parar y no hacer un acto de exhibicionismo, podía prolongarse hasta sentir que explotaba. Además, promediando la década de los cuarenta, algún signo de prostatismo ya se insinuaba. Un ejemplo claro era tener que orinar en dos tiempos cuando la vejiga estaba muy llena. Es decir, terminaba de orinar y una parte de la orina quedaba retenida, hasta que sentía ganas nuevamente apenas unos minutos después. Hacía tiempo que Laurita me sugería que hiciera una consulta a un urólogo.

La primera parada técnica fue efectivamente en una arboleda de eucaliptos. Eran árboles viejos, con troncos gruesos y mucha altura. Por la mitad se abría el camino de ingreso a una estancia, con tranquera y guardaganado. Bajé a la acequia que se entubaba debajo del camino, como para encontrar una mínima privacidad, y oriné allí. Me masajeé el muslo izquierdo, que me dolía desde hacía unos meses luego de un esfuerzo deportivo excesivo y me había causado un desgarro muscular, y que empeoraba con la posición de sentado. Volví a la camioneta, apagué las balizas y seguí adelante.

Pasé Pehuajó, Bolívar, Olavarría y Tandil sin parar. En el trayecto me llamó Maorito, uno de mis mejores amigos, del grupo de la secundaria. Sabía que estaba en la ruta y de la enfermedad de mi viejo, y quería hacerme compañía. Le conté cómo iba mi viaje y lo que me había contado Matu de mi viejo. La llamada cumplió el efecto de atenuar mi soledad. Entre Tandil y Balcarce, volví a parar para hacer pis. Ya estaba atardeciendo. Detrás de los árboles se extendían campos verdes que terminaban al pie de las sierras de Puerta del Abra. Recordé historias que me contaba mi papá cuando yo era chico, recostado a los pies de mi cama, historias en las que con su barra de amigos y hermanos subían a esas sierras y acampaban en cuevas. Me contó que había encontrado varias boleadoras y puntas de flecha de las tribus tehuelches que originariamente habitaron esas sierras. Recordé el propósito de mi viaje y a mi viejo muriéndose. Volví a llorar durante un rato, solo, en medio de la ruta.

10
«de un área libre de coronavirus»

Ya casi de noche, llegué al peaje antes del ingreso al partido de General Pueyrredón. Pagué los ochenta mangos y crucé las cabinas. Del otro lado estaba el operativo policial. Había varios autos estacionados oblicuamente en la banquina y subidos al césped de la rotonda con el cartel grande que dice «Mar del Plata».

—Buenas noches, caballero. ¿De dónde viene? —me preguntó un hombre vestido de civil junto a un policía uniformado.

—Vengo desde Merlo, provincia de San Luis.

—¿Tiene el permiso de circulación nacional?

—Sí, ya se lo doy.

—No me lo dé, solo muéstremelo. Bien. Bueno, caballero, va a tener que cumplir una cuarentena de catorce días antes de poder circular por la ciudad. Desde esta mañana Mar del Plata retrocedió a fase 3 de la cuarentena. Estacione la camioneta por allá —me señaló un espacio entre autos, que estaban siendo atendidos por varios uniformados más.

—No, pero yo no tengo catorce días…

—Estaciónese allá, por favor. Estamos cortando la circulación acá.

Moví la camioneta hasta donde me indicó el hombre, conteniéndome la angustia. Una mujer policía se acercó a la ventanilla y me hizo señas de que bajara el vidrio. Tenía una carpeta en la mano en la que hacía anotaciones. Venía de hablar con el hombre que me había dicho de la cuarentena y que ahora atendía a otros vehículos.

—Señor, dígame la dirección en la que va a cumplir el aislamiento. ¿Qué le pasa? ¿Se siente bien? ¡No, señor, no se ponga así! Son tiempos difíciles para todos… ¿Qué le pasa? ¡Tranquilo! ¡Vamos! Tranquilícese, señor. Cuénteme. ¿Qué pasa?

—Mi papá está muy grave. Vengo desde lejos para verlo… —y la parte superior del barbijo ya tenía la aureola de las lágrimas que, sin que pudiera hacer nada al respecto, brotaban de mis ojos.

—Ay… lo lamento mucho… —la mujer policía también empezó a llorar—. No se preocupe. Mire, la verdad es que usted viene de un área libre de coronavirus. Porque en San Luis no hay, o hay muy poco, ¿cierto? Yo creo que con eso sería suficiente. Si usted viniera de un área infestada… bueno. Pero no. Mire. Vamos a hacer así. Vaya, nomás. No se preocupe. Vaya, vaya. Y dele un fuerte abrazo a su papá.

11
«qué viaje de locos»

Llegué al centro de Mar del Plata alrededor de las ocho de la noche. Había hablado con Ricky, mi cuñado, y acordamos que nos encontraríamos en la puerta de la cochera de un amigo de él, donde podría guardar la camioneta. El dueño de la cochera me dio instrucciones sobre el uso del portón, me entregó una llave y me dijo:

—Listo, loco. Suerte con lo de tu viejo.

—Gracias, hermano.

Pasamos el equipaje de la camioneta al auto de Ricky y fuimos hasta su casa a dejarlo. Allí estaban mis sobrinas, las dos más grandes y la chiquita, de tres años, a quien, por sus rulos rubios, llamo «mi sobrinita de oro». Anni, mi sobrina mayor, hija de Matu de un matrimonio anterior, me había cedido su habitación durante mi estadía en su casa. Dejé las cosas y salimos con Ricky para el Hospital Privado de la Comunidad.

En el trayecto hablamos de lo rápido que había sido todo. Que era sorprendente cómo una enfermedad tan diseminada se había demorado tanto en dar síntomas.

Ricky me dejó en la vereda del hospital. Subí la rampa junto a la guardia y entré. Llegué hasta un puesto donde había un guardia. Me preguntó el documento. Verificó en una computadora que estuviera autorizado. Matu ya había hecho el trámite. Finalmente me roció alcohol en las manos y me indicó que tenía que subir al segundo piso. Fui por escalera, para evitar el ambiente de encierro del ascensor. En ese piso había otro puesto de control donde también me preguntaron el documento. Entré y finalmente llegué a la habitación de mi papá. Matu estaba con él, apoyada en la baranda de la cama, conversando.

—¡Hijito, qué viaje de locos te has hecho!

—Hola, viejito. Ya llegué.

Le di un abrazo al viejo, que desgarbado quedaba chiquito en la cama ortopédica, como si no hundiera el colchón. Tenía una vía endovenosa cerrada en cada mano, un tinte pálido amarillento en la piel y una sonrisa de alivio en la cara.

Después abracé a Matu, y nos quedamos un rato así, juntos, también aliviados.

12
«que el de ustedes»

En mi primera noche en Mar del Plata, Matu se había quedado a dormir en la habitación con el viejo, en un sofá junto a la cama ortopédica. Yo dormí en su casa, en la habitación cedida por mi sobrina. Al despertarme me bañé y me vestí, y salí caminando hacia el hospital, ubicado a unas cinco cuadras.

Cuando llegué, papá y Matu estaban despiertos, contentos, hablando de la vida. Matu me dijo que bajaba un momento, yo me quedé con el viejo. Le pregunté cómo había dormido, me dijo que bien. Quería saber toda la verdad sobre su salud, que le contara todo. En el relato de los últimos acontecimientos, me confesó que tenía los tres días anteriores borrados, que no recordaba nada de lo que yo le contaba de esos días. Sorprendido, pensó un momento y después me dijo que lo ayudara a rellenar esos blancos, que no quería dejarlos vacíos. Me dijo que intentaría llenar esa memoria con mi relato.

Le conté que lo habíamos internado cinco días atrás. Que al segundo día se había descompensado. Que se le había encontrado una enfermedad diseminada. Que había tenido una hemorragia importante. Que habían tenido que hacerle una transfusión sanguínea. Me preguntó si tenía cáncer. Le dije que sí, pero que la palabra cáncer no era un tipo de enfermedad sino que había muchos tipos, con distintas posibilidades de tratamiento y distintos pronósticos. Le impactó la palabra cáncer.

—Con todos los quioscos que me he fumado, debe ser de pulmón, supongo —comentó.

—Aparentemente no, viejo. Pero igual todavía hay que esperar los resultados de las biopsias.

Matu llegó con café con leche en vasos con tapa y unas medialunas. A papá le llegó el desayuno hospitalario.

—No es lo mismo mi desayuno que el de ustedes —dijo el viejo, y los tres nos reímos un rato.

Más tarde vinieron a la habitación dos neurólogos. Nos presentamos en pleno ejercicio de fraternización entre colegas. Hablamos de aquello a lo que yo más me dedicaba específicamente, de cómo se laburaba en San Luis, de sus posibilidades de inserción en Mar del Plata. Me llevaron a una terminal informática en el pasillo de distribución y me mostraron las imágenes de resonancia magnética de mi papá. Pude comprobar la extensión de la enfermedad oncológica. Les agradecí el trato especial y todo lo que habían hecho.

En su ronda, también vino el gastroenterólogo, que le había hecho la endoscopía unos días antes. También amistosamente me mostró las imágenes endoscópicas de la úlcera sangrante. Finalmente me comentó que él era oriundo de San Luis, y recorrimos un poco su historia personal. Le agradecí también a él todo lo que había hecho.

Al teléfono de mi hermana llamó el oncólogo. Sabía del hijo médico de mi papá, y le preguntó si podía hablar conmigo. Matu me pasó su teléfono y salí de la habitación para hablar en el pasillo. Me dijo que habían llegado los resultados de las biopsias. Que podían ser dos diagnósticos muy diferentes: un carcinoma muy indiferenciado o un linfoma de células grandes. Le dije que eran muy diferentes los pronósticos de esos dos diagnósticos: el primero, terminal; el segundo, con posibilidades terapéuticas concretas. Me dijo que era exactamente así, que el proceso de inmunohistoquímica que les harían a las biopsias en los siguientes días definiría en cuál de las dos situaciones estábamos.

Le hice señas a Matu a través del vidrio de la puerta para que saliera y le conté las novedades.

—Bueno. Ojalá sea un linfoma, entonces —dijo.

13
«el puntal emocional»

A la tarde del segundo día en Mar del Plata, a partir de la nueva situación de estabilidad de mi papá, acepté la invitación de que nos juntáramos los viejos amigos de la secundaria, que quedamos como amigos para siempre. El grupo estaba integrado por el Cabezón, el Enano, Maorito y yo. El grupo de WhatsApp, llamado “Amigos desde hace mucho”, era mi grupo más activo. En Mar del Plata vivían los primeros dos. Coordinamos por el grupo para juntarnos en un bar a media cuadra del Hospital Privado.

A eso de las seis de la tarde bajé a la calle y caminé la media cuadra. En la esquina, en la puerta del bar, estaba el Cabezón, con barbijo. Nos abrazamos y nos miramos un ratito el aspecto. Aunque estábamos en contacto diariamente, hacía más de dos años que no nos veíamos.

—¿Cómo está tu viejo?

—Está mejor que hace unos días. Estuvo bien jodido. Nos habían dicho que estaba en las últimas, cuando decidí venirme. Pero después repuntó y se estabilizó. Ahora está mucho mejor.

—¿Está conectado?

—Sí, está perfectamente orientado, pero perdió los últimos tres días. De eso no se acuerda nada. Se le borraron completamente. Allá viene el Enano —señalé la vereda de enfrente.

Venía caminando el Enano, primo hermano mío, mejor amigo en la infancia, compañero de banco en la secundaria y hermano de toda la vida. Tiró un pucho que venía fumando a la cuneta antes de abrazarse conmigo y después con el Cabezón.

—¿Qué dicen, trolos? ¿Hacemos un cafecito? Ya decretaron la vuelta a fase 3 para Mar del Plata. Desde las cero de esta noche. Aprovechemos que mañana cierran los bares otra vez —dijo el Enano.

Nos sentamos en una mesa al lado de una ventana. El Enano pidió café solo, yo cortado y el Cabezón té. Cuando llegó el servicio saqué una foto a la mesa y la subí al grupo para que Maorito, desde Buenos Aires, adivinara quién había sido el que había pedido té. «El Cabeza erótico pidió el té», escribió en el grupo. Nos reímos mucho.

Hablamos de cómo iban los embarazos de sus parejas. Los dos estaban por ser papás. El Cabezón, por primera vez; el Enano, con nueva gestión, su tercera paternidad. Esta vez, una nena. Expliqué con más detalle la enfermedad de mi viejo, y la posibilidad de que tuviera un diagnóstico relativamente favorable. Quedamos en juntarnos en la casa del Enano, en el bosque Peralta Ramos, para cenar juntos.

Nos despedimos los tres en la calle, subiéndonos los barbijos arriba de la nariz y poniéndonos alcohol en gel en las manos de un dispenser del bar. Yo crucé la calle para volver al hospital, sintiendo en el físico el puntal emocional que mis amigos me habían dado.

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Janr və etiketlər

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Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2025
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9789878924205
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