Kitabı oxu: «El día que murió Kapuscinski»
© Círculo de Tiza, 2018
A Juan Carlos Gumucio,
y a todos aquellos que vivieron
la edad dorada del periodismo de guerra
Esto es un libro de ficción; el tiempo dirá si llega a novela. Cualquier parecido de los hechos y los personajes con la realidad es mera coincidencia. O una malicia de lectores resabiados.
1. Mogadiscio, 2007
El día que murió Kapuściński, Roberto Mayo aterrizaba en Mogadiscio, una de las ciudades más peligrosas del mundo. Era el 23 de enero de 2007, cumplía cincuenta y dos años. Fue su primer viaje a Somalia, país que marcaría su vida como mucho antes la había marcado el Beirut de los secuestros, las bombas y los atentados suicidas. Lo celebró a bordo de un bimotor Reims-Cessna F-406 alquilado por Médicos Sin Fronteras. Viajaba acompañado del fotógrafo Tobias Hope, alias Puta Esperanza, su «hermano» desde los tiempos beirutíes. No hubo tarta, ni velas que soplar, ni brindis con Juanito Caminador, como llamaba al Johnnie Walker etiqueta negra, que en los días melancólicos bebía como si no hubiera mañana. Solo recibió dos regalos: un abrazo de su amigo de cuatro segundos —el tiempo mínimo necesario para transmitir afecto— y la canción We will meet again en los auriculares de su reproductor digital. Suspendido entre nubes, acunado por la voz de Vera Lynn, se sintió vulnerable. Era la primera vez que le sucedía desde su llegada a Beirut en 1983. Despojado del manto protector de la inmortalidad que exhiben la mayoría de los corresponsales, tuvo miedo a la muerte real, frente a la que no sirven los sarcasmos ni los juegos de negación. Se acordó de Grozni, de los edificios destripados por la metralla y los impactos de los proyectiles, olió el gas que ardía en las tuberías reventadas en los alrededores de la plaza Minutka, donde se situaba el frente. Fue otro 23 de enero, en su cuadragésimo cumpleaños. Tuvo lo soñado: una celebración a lo grande, ruido y fuegos artificiales. Maldijo su trabajo de lobo estepario, que lo alejaba de su madre y de los amigos. Nada de aniversarios y bodas, solo entierros y funerales. Pese a todo, sabía que era un privilegiado: viajaba gratis, tenía un buen sueldo, era testigo de la historia, y estaba lejos de sus jefes.
Antes de subir en Nairobi a la avioneta que los llevaría a Somalia, el piloto, un blanco apergaminado por el sol africano, los amonestó por el equipaje: tres cámaras fotográficas, dos teléfonos por satélite, decenas de cables, adaptadores, cinta americana, velas, chalecos antibalas, dos cascos de color azul oscuro, camisetas, vaqueros de repuesto, calzoncillos negros y decenas de toallitas húmedas para prolongar la vida de la ropa interior. Tras realizar el recuento mental y esbozar una sonrisa al llegar a los calzones, Mayo respondió:
—Lo que más pesa son mis cremas antiarrugas y el ego de Puta Esperanza. Lo siento, amigo, pero eso no lo podemos dejar en tierra, lo lleva incorporado.
Cerca de Mogadiscio, el bimotor viró sobre el Índico trazando una parábola interminable. Decenas de barcos oxidados se mantenían a flote de manera inexplicable. Era una maniobra de piloto avezado en descensos de riesgo con la que esperaba desactivar la amenaza potencial del odio en todos sus calibres. Al alejarse, la costa se desvaneció en un horizonte arenoso e inabarcable capaz de devorar Las ciudades invisibles de Italo Calvino, libro que lo acompañaba en cada viaje, fuese a la guerra, a la aventura o al amor. ¿Sería Muqdisho, como la llaman los somalíes, la ciudad de Despina que parece un camello desde el mar y un barco desde el desierto?
Se disponía a aterrizar por primera vez en Mogadiscio el día en que Ryszard Kapuściński agonizaba en un hospital de Varsovia, sin saber que su muerte simbolizaría el hundimiento de una forma de entender y vivir el periodismo. Empezaron a medir a los reporteros por lo que costaban, no por lo que valían, a primar los recortes sobre las exclusivas y las primicias, a interesarse por el presupuesto en lugar de preguntar «dónde está la puñetera historia», como siempre hizo Jon Barnard, el director del periódico. Tenía la sabiduría y el físico de su amigo Don Hewitt, creador del programa 60 Minutes de la CBS: pelo revuelto, ojos vivaces, alergia a las corbatas si estaba en el puesto de mando, y de carcajada fácil que le servía para dar por zanjada cualquier disputa.
Somalia había caído en el olvido tras la muerte de dieciocho soldados estadounidenses en octubre de 1993 —que dio argumento a Black Hawk derribado, una de las mejores películas del género—. Maqadïshü, como la llamaron los árabes de las caravanas, sus fundadores hace más de diez siglos, era el décimo ochomil de Roberto Mayo, un reputado reportero de guerra boliviano afincado en Londres que los periodistas anglosajones tenían por uno de los suyos. Antes había escalado Teherán, Beirut, Sarajevo, Grozni, Kigali, Monrovia, Freetown, Bagdad y Kabul. Era de los que echaban de menos la Indochina de Thomas Fowler, la playa de Omaha y la batalla de Madrid. Su grito de resistencia era «este fuerte no se rinde», frase que mantenía sujeta con celo en el marco de su ordenador, como si fuese un desafío. Había acumulado más matanzas, hambrunas, injusticias y catástrofes de las que una mente sana es capaz de digerir.
En aquel 23 de enero de 2007, aferrado al respaldo del asiento delantero de una avioneta obligada a ascender y descender, como si ese movimiento pudiera burlar el destino, sintió un temor profundo a perderlo todo. Cruzó por su mente la escena de Sin perdón en la que William Munny bebe a sorbos cortos de una botella antes de bajar a Big Whiskey, donde saldaría sus cuentas con el sheriff Little Bill. «Cuando matas a un hombre, le quitas todo lo que tiene y lo que podría llegar a tener», dice Clint Eastwood.
Al aproximarse al aeropuerto de Mogadiscio notó un sudor frío en la espalda. Le dolían los dedos, empeñados en retorcerse los unos a los otros. La ausencia psicológica de oxígeno le obligaba a boquear como un pez fuera del agua. Echó en falta su petaca repleta de Johnnie Walker, que había quedado en el equipaje. Necesitaba dar los mismos sorbos de Munny, tragos rítmicos, necesarios en el trance de matar o morir. Trató de disimular los síntomas del ataque de ansiedad. Sentía que Somalia escondía un mal presagio.
Al comenzar el descenso en picado recordó las últimas enmiendas a su testamento, modificaciones que se habían transformado en un divertimento. Imaginó la sorpresa de su hermana Martha, la de sus amigos y la de Amanda Bris. La escena le ayudaba a calmar los nervios. Escuchó en alguna neurona el eco de una frase, «¡será cabrón!». Pensó en detalles a los que nunca había prestado atención. Se maldijo por no haber dejado escrita su voluntad sobre la letra pequeña, «nada de misas, curas y responsos; nada de crucifijos, banderas de cualquier patria y oportunistas de mierda. Nada de Mengeles».
No estaba seguro de haber instruido a su mejor amigo no periodista, el librero Peter Hesse, un intelectual de pelo crespo, gafas redondas y bigote daliniano, sobre las complejidades del último deseo: arrojar sus cenizas al río Sella desde el centro del puente romano de Cangas de Onís, en el norte de España. Era importante que sucediera en primavera, época en la que los salmones jóvenes descienden en busca del mar por el que navegarán durante años antes de regresar al mismo río para reproducirse y morir. Quería que esos salmones se alimentaran de él y nadar por los mares del norte en una prolongación extraordinaria de su vida. No había dejado nada escrito, quizá algún correo electrónico.
La noche en la que confesó sus dudas, si echar sus cenizas al Sella o al retrete de su casa, Tobias le espetó:
—¿Qué tienes tú que ver con ese puto puente, tío?
—No querrás que os obligue a subir a Cochabamba... Hay mucho viento a 2.570 metros de altitud. Sería cómico. Si os decidieseis por el váter, pondría dos condiciones: no cagar en él mientras esté de ceniza presente, y no usar la cadena en una semana. Necesito sentir la eternidad.
Estos recuerdos tuvieron un ligero efecto paliativo en su angustia. Seguía aferrado al asiento delantero, pero no dejaba de reírse. Tobias miró de reojo, abrió los brazos y se llevó un índice a la sien.
—Muy loco.
El tableteo hueco y lejano sonó por el costado izquierdo de la imaginación de Roberto Mayo. Apretó los dientes en espera del impacto. El miedo pasó de largo. Siempre imaginó que la bala que mata no se escucha, apenas se siente, solo quema y empapa. La avioneta trazó la última curva sobre las olas antes de embocar el morro hacia la pista de aterrizaje número uno, la única que había. Rastreó en el disco duro de sus recuerdos otros aeropuertos de riesgo, como el de Beirut durante la guerra, en cuyos alrededores acechaban los secuestradores. O el de Sarajevo, desde el que se podían ver las posiciones de los radicales serbios.
De tan peligroso como se anunciaba, el aterrizaje en Mogadiscio resultó placentero, de Primer Mundo. Hasta tuvo ganas de aplaudir. La avioneta se dirigió hacia lo que en algún momento de la historia de Somalia debió de ser una terminal aeroportuaria. Bajaron por una escalerilla angosta. El piloto apergaminado le entregó tres melones al jefe del tráfico aéreo, que los esperaba desde una sonrisa africana. Tras descargar los bultos y varias cajas de medicinas y material quirúrgico destinados al hospital central que sostenía Médicos Sin Fronteras, el piloto agitó un brazo, pronunció unas palabras que nadie pudo escuchar debido al ruido de los motores y cerró la portezuela. Tras verle despegar de regreso a Nairobi, Tobias farfulló algo sobre las naves quemadas.
Se acercaron a una edificación desconchada de una planta protegida por sacos terreros. Sobre su única puerta de entrada estaba rotulada la palabra out.
—Al menos tienen gracia —dijo Mayo.
A menudo, el reportero que viaja a guerras siente una soledad inabarcable y se pregunta por el sentido de un trabajo que consiste en caminar en dirección opuesta a la gente sensata. Resultan inquietantes las imágenes de los desplazados que escapan por miles de una zona de combate, las de los voluntarios de las oenegés que los acompañan, las de los cascos azules de la ONU que encuentran en ese movimiento la excusa para dejar de interponerse. Doblar la última esquina, tomar la última curva, la frontera entre lo prudente y lo irracional, y hallarse solo en medio de la destrucción, el silencio y el olor agrio y penetrante de la muerte produce un vértigo que está más allá del pánico. Si se supera ese terror extremo, que apenas dura unos segundos, surge una paz interior narcotizadora que es la entrega sin condiciones a los hados. ¿Cuál es el objetivo de jugarse la salud física y mental en costosos viajes y producir una información por la que nadie parece dispuesto a pagar?
La voz de un hombre alto, nariz afilada y atuendo de rapero, sobresaltó a los recién llegados.
—Passports, please.
Aquel tipo, que ejercía de oficial de aduanas, estampó dos visados de dos semanas a cambio de doscientos dólares. El sello era ilegible debido a la escasez de tinta.
—Si deciden prolongar la estancia, no busquen el Ministerio de Interior en la ciudad, porque ese ministerio soy yo y aquí están las oficinas. Antes de abandonar Mogadiscio deberán abonar otros doscientos dólares en concepto de tasas. Que Alá los acompañe, lo van a necesitar.
A Tobias, que se había colgado las Canon como signo de que empezaba a trabajar, no le gustó la combinación de las dos últimas frases. Optó por su castellano gutural:
—Este tío es un puto imbécil —dijo mientras esbozaba una sonrisa.
Fuera del cuchitril de la única autoridad civil visible del antiguo Estado, media docena de soldados etíopes sin casco se resguardaban de la solana sentados bajo un árbol. Alguno daba cabezadas pese a tener la bocacha del fusil entre las manos. Pertenecían a las unidades de élite que habían invadido Somalia en diciembre, una operación orquestada desde Washington. El objetivo era desalojar del poder a la Unión de Cortes Islámicas, que lo habían conquistado seis meses antes. Otros soldados etíopes mejor pertrechados vigilaban la pista de aterrizaje y el perímetro de unas instalaciones que a menudo eran bombardeadas por Al Shabab, el brazo militar de las disueltas Cortes Islámicas, que se mantenía activo en el sur.
Esas Cortes fueron el primer intento de Estado desde 1991. Desaparecida la línea verde que dividía Mogadiscio, sus habitantes pudieron pasear, ir a la playa, pescar. Florecieron los mercados y los negocios. No fue el extremismo religioso, las amputaciones y lapidaciones, lo que sublevó a gran parte de la ciudad contra los islamistas, sino la prohibición de ver televisión en vísperas del Mundial de Alemania.
Al lado de lo que debió de ser una terminal aérea estaban aparcados cuatro todoterrenos de quinta mano. Los conductores los habían resguardado detrás de un murete de hormigón que servía de parapeto. El jefe del convoy se llamaba Jamal, un joven alto y delgado recomendado por Médicos Sin Fronteras. Los catorce hombres armados que esperaban junto a los vehículos representaban la única póliza en vigor en Mogadiscio. Ninguno de ellos sobrepasaba los veinte años. El precio era innegociable: ciento cincuenta dólares diarios más gasolina, y un bonus extra de veinte dólares por cabeza si nadie resultaba herido o muerto y el material regresaba intacto.
—Mientras firme un recibo, perfecto —respondió Mayo pensando en Cabeza Rapada, su jefe de Recursos Humanos.
La carretera que unía el aeropuerto y la ciudad parecía la escombrera de todas las guerras. Volvieron la presión agobiante en el pecho y la certidumbre de la muerte. Se giró hacia su amigo en busca de ayuda:
—Todo va a ir de puta madre —dijo Tobias guiñándole un ojo.
2. Londres, 2007
Cada vez que volvía a Londres, a su hogar, Mayo se cruzaba con decenas de personas que ignoraban todo sobre su trabajo. Le gustaba experimentar la insignificancia del ego durante unos minutos. Decía que era el primer paso en un proceso lento y doloroso que exigía la limpieza y reparación de cada pieza averiada. Él tampoco sabía nada de los figurantes que se desplazaban sin derecho a frase en aquel enjambre de Heathrow. Desconocía si eran felices, si estaban sanos, si tenían hijos o madres dependientes, si su empleo salvaba vidas o provocaba ruinas, si eran honestos o sinvergüenzas. Sentado en un vagón de la línea Piccadilly, se abandonaba a su pasatiempo predilecto: imaginarse las historias de los otros mientras concentraba sus fuerzas en no mover los labios.
«¿Qué verá aquella mujer, la del pelo corto que me mira fijamente? ¿Qué podría deducir del brillo de mis ojos, de la barba negra cerrada, del cabello negro rizado, de mi cara redonda, de este sobrepeso crónico? ¿Qué información le ofrecerá mi equipaje punteado de tierra roja? ¿Se dará cuenta de que esta arena somalí arrastra una peste a muerte?», se preguntó Mayo. «Tal vez esa mujer que me mira sea una médica o una inventora, alguien útil, y no un escritor fracasado como yo, reducido a periodista de conflictos ajenos. Quizá sea una hechicera capaz de percibir las vibraciones de la tristeza que a menudo se barajan con las de la alegría, y más en mí, que subo y bajo sin saber cuáles son los mecanismos de este ascensor que me lanza de la euforia a la pena, de la pena a la euforia. Tal vez esa mujer de pelo corto, que acaba de sentarse delante de mí, sea un hada dispuesta a curarme del mal que arrastro desde mi infancia cochabambina. Sé que lo tuve todo: la fortuna de nacer en una familia rica en un país pobre, estudiar en los mejores colegios, aprender un inglés exquisito que me ha permitido trabajar en los medios más importantes. Heredé de mi madre el don de la simpatía expansiva, la capacidad de conquistar a cualquiera, hombre o mujer, militar o miliciano, víctima o verdugo. No necesito decir nada, me basta con dibujar una sonrisa para que se abran las compuertas del universo. No sé en qué momento se me metió en el cuerpo este puñal que me rastrilla agazapado detrás de cada broma. Provocar la carcajada en los demás me distrae de mis demonios, pero no me cura. Estoy preso de una melancolía circular. No sé en qué momento dejé de sentirme querido, tal vez a los tres años, cuando mi padre nos abandonó y quedé al cuidado de Mamá Amaru. Fue ella quien me enseñó el poder de la imaginación, que las palabras tienen la capacidad de transformar y de volar. Comencé pronto esta búsqueda desmedida de cariño, de invitar a comer y beber con el fin de que me quieran durante el tiempo que dura una copa. Para protegerme de la soledad adopté a dos gatos. Los llamé Smith y Wesson.
»Peter Hesse, que solo piensa en su librería y en sus vinos, disfruta torturándome, “morirás solo”, “te arrepentirás de no haber tenido hijos”. Y lo dice él, que no desea adoptarlos pese a que le emocionan mis historias.
»A veces siento que Mamá Amaru me habla desde algún pliegue del tiempo y del espacio, “mi hijito, te podría decir ¡qué bien te trata la vida! si no tuvieras que ganártela entre tanta tristeza”. Trato de explicarle que no es mi trabajo ni los pluses de peligrosidad lo que me permite vivir en un barrio elegante y caro como Marylebone, sino mi madre, que trata de comprarme el perdón en metros cuadrados.
»Dos semanas en Mogadiscio, un reportaje del que no guardaré recuerdo y la muerte de Kapuściński me han dejado exhausto. Recuerdo la última vez que lo vi en su ático de Varsovia. Al despedirse me dijo: “Si sobrevivo al invierno seré inmortal”. Tampoco ayudan las nueve horas de vuelo entre Nairobi y Londres en clase encorsetada por deferencia de Cabeza Rapada. Tengo las piernas entumecidas. Me duele cada hueso, cada músculo, cada articulación, cada cartílago. Son las siete y media de la mañana. Amenaza lluvia, y pienso en Amanda, la mujer de la que me enamoré hace quince años. No queda espacio para aventuras, ni siquiera con la hermosa mujer de pelo corto que me mira y sonríe.»
3. Split / Sarajevo, agosto de 1992
En el aparcamiento del hotel Split se sucedían los gritos y las carreras. Aunque la calma de Roberto Mayo pudiera parecer fruto de la experiencia o de la temeridad, no era más que vaguería enmascarada en una tensión arterial baja. Sostenía que su cuerpo andino se rebelaba contra los efectos del nivel del mar. Fumaba —entonces lo hacía— sentado en una jardinera; al lado, observando las maniobras de carga de los vehículos, estaba Puta Esperanza, que seguía siendo incapaz de pronunciar una frase sin incluir las palabras «tío» y «puta». Este vocabulario proyectaba una imagen tosca que le gustaba cultivar. Pese a tener la misma edad de Mayo, treinta y siete años, parecía más joven. Le favorecían sus parodias de voces famosas y un físico desmadejado: barba de tres días, mirada lánguida y un cabello tan revuelto que siempre parecía recién caído de la cama.
Ninguno de los periodistas que se esforzaban en cargar los cinco todoterrenos blindados en los que iban a entrar en Sarajevo había conocido el Beirut de los años ochenta. Solo sabían que Tobias Hope era un reputado fotógrafo que había cubierto la guerra de Croacia en 1991 y entrado y salido dos veces de la capital bosnia en medio de intensos combates, experiencias que lo elevaban a la categoría de erudito balcánico liberado de las tareas físicas. Fue designado copiloto del primer vehículo y responsable de hablar en los checkpoints, fueran bosniacos, croatas o serbios, de milicianos, tropas, más o menos regulares, o bandoleros. Era tan bueno en las imitaciones que un par de meses en los frentes de la Krajina y una semana atrapado en Vukovar le habían permitido captar el acento y expresarse en un idioma que podría parecer serbocroata. Mezclaba palabras reales e inventadas, lo que dejaba al interlocutor en una situación incómoda: ¿era él quien no entendía su idioma debido al empleo de palabras cultas, o era el fotógrafo quien se estaba riendo de él?
Amanda Bris se acercó a la jardinera que servía de butaca de primer anfiteatro y le dijo a Mayo mirándolo a los ojos:
—Supongo que eres una estrella de cine o un aristócrata que no está acostumbrado al esfuerzo.
—Ya cargo con Puta Esperanza, que es quien nos va a meter vivos en la ratonera —respondió él.
—¿Puta Esperanza? —dijo ella en un buen español.
—Es una historia demasiado larga.
—Que no perderás la oportunidad de contarme, míster Me Hago El Interesante.
Le llevaba ventaja en los Balcanes. Era su tercer viaje a Sarajevo; Mayo acababa de abandonar Oriente Próximo.
Primero dejó Beirut en agosto de 1990 para instalarse en Jerusalén. Sadam Husein había invadido Kuwait y Estados Unidos preparaba la madre de todas las batallas. Su director, Jon Barnard, lo quería en la que iba a ser una de las capitales informativas de la guerra del Golfo. Él hubiera preferido Bagdad o la saudí Dhahran y cruzar la frontera de la mano del general Tormenta del Desierto. Su nombramiento como corresponsal en Jerusalén tuvo efectos colaterales: activó el odio enfermizo de Sophia Hunter. Le declaró una guerra sucia constante de la que no fue consciente hasta el final. Barnard estaba deslumbrado por la riqueza narrativa de sus crónicas. Desoyó a los críticos como Mengele que le advertían contra el nombramiento porque se trataba de una persona inestable, alérgica al mando e inclinada a beber en exceso.
—Me están enumerando las cualidades del buen reportero —replicó él—. Las de un jefe consisten en sacarle provecho.
Pasado el primer entusiasmo, Mayo comenzó a aburrirse. Estaba cansado de contar los misiles Scud que mandaba Sadam Husein, más por presumir que por intimidar, pues apenas llevaban carga. Echaba de menos Beirut, escribir de lo que quisiera sin seguir el paso marcado por las agencias internacionales de prensa. Se abonó a la barra del hotel American Colony y al Fink’s Bar. Tobias le telefoneaba desde Dhahran, donde se preparaba la liberación de Kuwait:
—Tío, no te quejes. Esto sí que es un puto coñazo, y encima no hay cerveza.
Reconquistado Kuwait, Barnard hizo caso a la jefa de Internacional, Marcela Thompson, y convirtió la indisciplina de su periodista favorito en una ventaja para el diario.
—Si se aburre, que se instale en Londres. Lo moveremos como enviado especial por todo el mundo hasta que implore de rodillas el puesto de corresponsal en Buckingham Palace.
Amanda Bris tenía el pelo rubio recogido en una coleta, la tez pálida, los pómulos marcados, los ojos azules y unas manos de pianista. Irradiaba magnetismo. Parecía Sharon Stone recién llegada del rodaje de Instinto básico. Tenía veintidós años y una madurez sorprendente. Había nacido en Glasgow, de padres húngaros y judíos. Era políglota, talento heredado del abuelo Marven, un viejo comunista que supo anticipar el exterminio de Budapest en 1944 y salvó a su familia exiliándola en la Unión Soviética. Hablaba inglés, alemán, francés, portugués, yiddish, bastante español e italiano.
Mayo no se movió de la jardinera por miedo a quedar en ridículo. Debía de medir un metro setenta y cinco, diez centímetros más que él. Vestía pantalones vaqueros y una camisa blanca. Conservaba su feminidad intacta en un mundo de machos alfa en el que las mujeres debían diluirse en un papel andrógino para ser invisibles dentro de la manada. Se fijó en el arco de cupido mientras ella le afeaba su falta de colaboración, olvidándose de que quienes miran la boca suelen estar pensando en tener sexo. El labio superior parecía retarle, «atrévete si tienes huevos». Al estrechar su mano tras el intercambio de golpes, una corriente eléctrica recorrió su cuerpo, del cerebro al pene, del pene a los pies, de los pies al pene. Decidió que era la mujer de su vida, y así se lo hizo saber a su amigo Tobias Hope.
—Pues ponte a la cola, tío. ¿Ves a toda esta gente? No van a Sarajevo por el puto Karadžić, ni a conseguir una exclusiva o ganar un Pulitzer. Van porque viene ella. Amanda es como Marilyn Monroe: un mito.
El convoy arrancó a las seis y media de la mañana, una hora más tarde de lo previsto, algo que no gustó a nadie, incluido el equipo de la cadena de televisión ABC causante del retraso. Todos los vehículos llevaban la palabra press, compuesta por tiras de cinta americana negra, en las puertas laterales y en el capó. Los de ABC optaron por resaltar su aristocrática diferencia: TV. En el blindado de Reuters viajaban un conductor local al que todos llamaban Elvis Presley, Hope, a su lado, y detrás Bris y Mayo, que se negó a ir en el vehículo asignado.
—Jamás me separo de Puta Esperanza. Es mi talismán.
Tras un tortuoso viaje por la ruta del Neretva, el río esmeralda, llegaron al barrio sarajevita de Ilidža, de mayoría serbia. Tuvieron suerte: los milicianos aún no estaban borrachos. Solo exigieron ver los papeles, una obsesión heredada del comunismo. Los de ABC News pagaron una mordida de cuatrocientos dólares para agilizar sus trámites y no quedar rezagados. Hope amonestó al productor:
—Pareces tonto, tío. La mitad de la mitad hubiese bastado. Así subes los putos precios y nos jodes a todos.
Dejaron atrás el control. Empezaba a escasear la luz solar. A Hope le dio mala espina. Mayo, que se había cambiado el asiento con Elvis, conducía deprisa. El resto del convoy lo seguía sin dejar espacio entre los vehículos. La medida de seguridad no estaba en la distancia, porque nadie iba a ser tan idiota de frenar, sino en no dejar ningún vehículo expuesto. Juntos tenían más posibilidades. Se escucharon disparos. Antes de que nadie pudiera determinar su procedencia, si iban contra ellos o eran un asunto entre trincheras, una ráfaga de AK-47 marcó la puerta y el cristal de Puta Esperanza. El vehículo tembló. Los ocupantes lanzaron un grito acompañado de menciones a la madre del tirador. Hope exigió más velocidad. Mayo respondió que iba a fondo.
—Si pinchamos no te pares, tío. Ni se te ocurra parar.
—Sé perfectamente lo que tengo que hacer, gilipollas —respondió él aferrado al volante.
El convoy entró en Sarajevo por el bulevar Meša Selimović, convertido en la avenida de los Francotiradores. Hope mandó entrar en Dobrinja, un barrio que servía de primera línea del frente a los defensores bosniacos, que es como les gusta llamarse a los bosnios que no son croatas ni serbios y no tienen por qué profesar la fe musulmana. Al otro lado de la pista de aterrizaje del aeropuerto estaban las posiciones serbias. Quería fotografiar sus calles al atardecer. Disimuló su deseo en la necesidad de evaluar los daños. Las balas también habían alcanzado al equipo de televisión. Todos estaban nerviosos y a salvo.
Mayo se acordó de Cabeza Rapada, el jefe de Recursos Humanos. Le gustaba recorrer el pasillo como un camorrista en busca de pelea: barbilla alta, mirada gélida, manos a la espalda y andar altanero. Se había negado a comprar un Land Rover blindado para sus reporteros y fotógrafos del periódico. Su argumento era económico:
—¿Y si nos lo roban?
—¿Y si nos matan? —replicó Mayo.
No aireó entonces la respuesta ni pensó en hacerlo ahora, aprovechándose del incidente. Desconocía cuál era la fuerza del director, su respaldo entre los accionistas que habían entrado en la propiedad del diario tras su salida a Bolsa. Sabía que Barnard acababa de cumplir sesenta y cuatro años y había comunicado al consejo de administración que no tenía intención de retirarse. «La jubilación es un derecho, no una obligación», decía. Estaba al tanto de la existencia de dos grupos que se disputaban la sucesión. El principal lo lideraba Freddie John Mae, subdirector de Información. Lo llamaban el clan de Los Mariachis, por su afición a la comida mexicana, entre otras cosas.
A Mayo no le gustaba Freddie John porque conspiraba contra Barnard y hablaba mal de la redacción. Había sido un buen redactor jefe, un tipo divertido a quien se le avinagró el carácter según ascendía y acariciaba el sueño de ser director. De mediana estatura, pelo ralo, ojos saltones, camisa blanca y trajes a medida, solo se permitía un toque de atrevimiento en los tirantes. Jamás en su vida profesional había pisado la calle ni escrito un reportaje. Nunca había sido corresponsal ni enviado especial. Lo suyo eran las moquetas, los editoriales y los sermones. Fue el responsable de convertir un diario de prestigio en The Nothingness, nombre irónico inventado por Roberto Mayo. Tenía como adlátere a Josef Mengele, gafas sin patillas, pelo engominado hacia atrás y bigotito nazi, a quien el boliviano consideraba un comepollas preventivo, un delator, siempre del lado del poder, de cualquier poder. Su repulsión mutua era química, física e ideológica. Mayo no soportaba su mezquindad; él, que fuera el inventor de su mote.
Al otro bando le decían Los Rusos porque estaba liderado por el corresponsal en Moscú, Max Blind, un tipo honesto que hacía honor a su apellido. Eran menos numerosos y carecían de la malicia necesaria para asaltar el poder. Mayo estaba seguro de que el asunto del blindado no había llegado a oídos de Barnard, que lo habrían resuelto entre Cabeza Rapada, Freddie John y Mengele. Había más peligro en la redacción que en Sarajevo.
El convoy se movía despacio por Dobrinja, protegido por lo que quedaba en pie de unos edificios derruidos por la artillería enemiga. Mayo escudriñaba cada detalle como si llevara instalada una cámara en el cerebro. En las paradas escribía palabras clave en una libreta abierta sobre la pierna derecha. Le ayudaban a fijar lo observado: Niños que juegan. Casas sin ventanas. Perros solitarios. Ropa colgada. Gente delgada. Traje de novia sin novia. Lo garabateado resultaba ilegible debido a la posición forzada debajo del volante y a su letra endiablada. Nunca se preocupaba en descifrarla, porque lo escrito quedaba duplicado en su cerebro. Su estilo demandaba descripciones precisas. Narraba la realidad ayudándose de las herramientas de la ficción. En eso era un verdadero cronista latinoamericano.
Sentada detrás de él, Bris sostenía la cámara pegada a la mejilla, el dedo en el disparador mientras su ojo rastreaba imágenes en el visor. Era una cazadora en espera de la décima de segundo que explica una historia extraordinaria, o una guerra. Así sucede en la foto del miliciano de Robert Capa en Cerro Muriano, o en la del soldado que sujeta a un compañero muerto en Vietnam tomada por Catherine Leroy, o en las de Dorothea Lange durante la Gran Depresión. Aunque le atraía la fuerza narrativa de Capa, su descaro y el hecho de ser húngaro como sus padres, ella prefería a su compañera Gerda Taro, la impulsora del mito que murió aplastada en julio de 1937 por un carro de combate en el frente de Brunete, a las afueras de Madrid. Tenía veintisiete años, cinco más que ella, y una vida por vivir. También le gustaba Martha Gellhorn, pese a no ser fotógrafa. Fue quien puso en su sitio a Ernest Hemingway.
Observó a Mayo, una mano en el volante, la otra aferrada al cambio y con un bolígrafo entre los dedos. No se parecía al autor de Por quién doblan las campanas —«es más bajo, grueso y moreno», se dijo, «y más humano»—, pero había algo en él que lo emparentaba con el escritor. «Quizá sea un seductor profesional o un misógino. Sabe que tiene una mirada que desarma. Habrá que estar alerta, es de los peligrosos. Soy demasiado joven como para que la vida me vuelva a dañar.» Fue pensar en la palabra prohibida y empezar a desbordarse la emoción. Alzó la cámara simulando una foto, en espera de que las lágrimas emprendieran la retirada.
El convoy dejó atrás Dobrinja y a una chiquillería que agitaba las manos. Pasó delante del edificio de la televisión y de los restos calcinados de un tranvía. No había nadie en la avenida de los Francotiradores.
Amanda Bris pensó en la muerte: «Entramos en una ciudad asediada por el odio tribal convencidos de que somos indestructibles. Nos creemos portadores de un derecho de pernada. Llegamos, preguntamos, fotografiamos, filmamos y escribimos, y días después regresamos a nuestro mundo feliz como si nada hubiera pasado. Sigo conmovida por la muerte de Jimmy Dixon. Solo han transcurrido dos meses, y parece que me ha dado tiempo a vivir una vida entera sin él. La metralla de la granada que lo mató me dejó viva. Él detuvo todos los fragmentos con su cuerpo, sin dejar pasar una sola esquirla que pudiera dañarme. Al caer se giró, no por el dolor o la sorpresa de la muerte, sino para comprobar que yo estaba bien. Lo sé porque me sonrió». Nunca hablaba de él delante de los demás. La excepción era Julian Fox, delegado de Associated Press en Bosnia, que aquel día caminaba unos metros delante de ellos protegido por un chaleco antibalas de última generación, y por la suerte.
«Él sostiene que ese recuerdo no es real, que Dixon estaba muerto antes de caer desplomado al suelo. Me resulta difícil compartir las cosas que siento con quienes jamás podrán entenderlas; ni siquiera Fox, que es un buenazo. Dixon era maravilloso, un excelente fotógrafo que apenas tuvo tiempo de demostrarlo. Fue él quien me regaló esta cámara y los objetivos, quien me arrastró a mi primer Sarajevo en marzo. “Tienes que venir conmigo, se va a montar una buena”, dijo. “Si pretendes ser fotógrafa de guerra tienes que estar en ella antes de que estalle.” Recuerdo su cuerpo desnudo sobre una camilla verde y sucia en la morgue. Tenía agujeros en el pecho, en el vientre y en las piernas. Acerqué mis labios a su oído y susurré: “Gracias por salvarme la vida, Jimmy Dixon. Te querré siempre”. No sé si los muertos escuchan las palabras de los vivos. Se las decía y me las decía: “Gracias por salvarme la vida, gracias por quererme tanto, gracias por cuidarme y amarme”. Estaba junto a los cuerpos de unos jóvenes bosniacos a quienes sería exagerado llamar soldados. Había sangre en el suelo y en los pomos de las puertas. Los dos únicos forenses que quedaban en la ciudad apenas tenían tiempo de lavarse las manos entre cadáver y cadáver. Al entrar en esa sala del hospital, y verlo tan pálido e inerte, recordé la frase de Capa. Las lágrimas no podían impedirme tomar la foto. Enfoqué y disparé: clic, clic, clic. Hasta treinta y seis veces, el carrete entero. Fue Fox quien me ayudó a bajar la cámara. Tomó mis manos entre las suyas y me abrazó. Lloré sin voz como no he llorado desde la muerte de mi padre en accidente de tráfico. Yo tenía ocho años; mi madre, treinta y seis. Ante Jimmy Dixon tomé la decisión de no volver a enamorarme de un periodista de guerra, y no voy a permitir que ningún Hemingway de pacotilla venga a arruinarme la vida.»
En el aparcamiento del hotel Holiday Inn, Puta Esperanza bajó del vehículo de un brinco, besó el suelo como si fuera Karol Wojtyla y dijo algo incomprensible que parecía polaco. Al menos arrancó una carcajada al grupo.
«Necesito una habitación lejos de este tío. Quizá estoy siendo injusta anticipando lo que no ha intentado. Tal vez pertenezca a esa minoría de hombres capaces de no pensar con la polla.» Se hizo la distraída hasta que escuchó los números asignados a Mayo y Hope en el cuarto piso. Antes de que pudiera pedir su habitación, oyó gritar su nombre. Era Fox, que corría hacia ella con los brazos abiertos. Le pareció percibir en el boliviano una mueca de decepción. «Vaya, otro capullo que solo piensa en tetas y culos», se dijo.
—¡Qué alegría verte otra vez en Sarajevo! ¡Me encanta que hayas vuelto! Hemos alquilado una casa detrás de la calle Džidžikovac. Estamos solo los de la agencia. Ahí trabajamos, dormimos y comemos. Te ofrezco una habitación doble y aseo compartido con Anja Konnen, nuestra productora. Te caerá bien. Seguro que os hacéis amigas. Este hotel está en manos de la mafia de Yuka. No nos fiamos del director. Solo uso el parking, y porque no tengo otro remedio. Aún no he podido sacar el Golf rojo. ¿Lo recuerdas?
Fox era guapo, inteligente e inofensivo, solo pensaba en trabajar. Encontró otras dos ventajas en la propuesta: esquivar a Mayo y ahorrarse el hotel. Y un inconveniente. Estar entre los mejores fotógrafos de una de las mejores agencias de prensa no le iba a ayudar a hacerse un nombre.
—Te contrato como local: cien dólares diarios durante diez días. Comida y cama gratis. Si me das tres fotos de las buenas, te amplío a un mes.
—Eres generoso, querido Julian. Acepto una semana, pero nada de prórrogas. Necesito volar.
Agosto de 1992 fue uno de los peores meses del cerco de Sarajevo. El bombardeo era constante desde Kovačići y Debelo Brdo, en el monte Trebević, y desde Nedarici, Lukavica y Vraca, en el sur. Los sitiadores disponían de trescientas piezas de artillería, sesenta carros de combate y diez mil hombres. Estaban furiosos por haber fracasado en su objetivo de partir Sarajevo y confinar a la población bosniaca, los «turcos», en la zona vieja. Los peores días de uno de los peores meses fueron el 25 y el 26. Cayeron más de setecientas bombas. Algunas impactaron en la Biblioteca Nacional. Las imágenes de su incendio se convirtieron en un símbolo de la barbarie. Decenas de sarajevitas se jugaron la vida en un intento desesperado por rescatar su memoria escrita.
Días después, extinguido el fuego, en medio de la desolación, la ceniza y la rabia, el celista Vedran Smailović interpretó el Adagio de Albinoni entre las ruinas de la biblioteca. Había empezado a tocar tres meses antes, como homenaje a los veintidós asesinados que aguardaban turno ante una panadería. Aquella matanza fue la primera de otras masacres: la de la cola del agua, la de la cola del tabaco, la de los niños que juegan. Mayo y Hope pasaron varias noches en el sótano del número 25 de Vase Miskina. El edificio era un Sarajevo vertical en el que vivían ocho familias: dos serbias, dos croatas, tres bosniacas y una octava que se declaraba yugoslava. Fue un buen reportaje.
Amanda Bris logró tres fotografías extraordinarias: gente a la carrera cerca de la calle Obala Kulina Bana, cuyos edificios eran de los más expuestos; mujeres cruzando un puente sobre el río Miljacka, del que solo quedaba su estructura de hierro; y niños que jugaban a ser niños en unos columpios herrumbrosos. Captó sus expresiones en el instante de una explosión cercana. La imagen estaba movida, un efecto que añadía dramatismo.
Tras cumplir lo pactado, y ganarse setecientos dólares, empezó a pensar en un trabajo que fuera más allá de una foto. Entró en el bar Ragusa, situado en un recoveco de la avenida Marsala Tita, un lugar a salvo de las explosiones, pidió una cerveza, saludó al equipo de ABC News y se acomodó en una mesa apartada. A los pocos minutos se acercó una mujer enjuta, de rostro curtido y ojos pequeños. Amanda tuvo tres certezas: es periodista, es estadounidense y se va a sentar en mi mesa.
—¿Te importa?
—En absoluto.
—Supongo que eres fotógrafa. Lo digo por la cámara.
—Trabajo para serlo.
—¿Tu primer viaje a Sarajevo?
—El tercero.
—Quizá he empezado mal. Lo vuelvo a intentar: me llamo Barbara Donadio y trabajo en The Philadelphia Inquirer. Me gustaría saber qué haces. Pareces muy joven, pero eso, en un sitio como este, es una virtud. Significa que tienes coraje.
Amanda le contó sus dos viajes, dónde había publicado, su trabajo en Associated Press, y que una de sus fotos, la de los niños del columpio, había sido portada de The New York Times. También le dijo que estaba en fase de aprendizaje. Prefirió no hablar de la muerte de Jimmy Dixon.
—No llevo ni un año como fotógrafa profesional. Mi aspiración es cambiar el mundo.
—Es un objetivo ambicioso, sin duda.
—Al menos que nadie pueda decir que no lo sabía.
—Eso se acerca más a nuestro trabajo, Amanda. Cambiar el mundo es un asunto que le corresponde a la sociedad.
A Donadio le gustaron sus ojos. «Una mujer así tiene que saber mirar», se dijo. Conocía la foto de los columpios. Estaba informada de quién era Amanda Bris. Fox se la había recomendado: «Perdió a su pareja en junio, y aquí está de vuelta. Tiene ovarios y sensibilidad. Es lo que necesitas».
—Me gustaría narrar la vida de los habitantes de una calle, su día a día dentro y fuera de sus casas. Saber cómo funcionan las tiendas que siguen abiertas, cómo son los trabajos de aquellos que los conservan, u otros nuevos relacionados con la guerra. Quiero narrar sus temores y esperanzas. Son seis manzanas, unas doscientas cuarenta personas. Saber si en ese microcosmos las parejas se casan, si follan, si nacen niños. La calle se llama Logavina. El plan es publicar una serie a doble página en siete días consecutivos. Tendrías que aportar ocho fotografías por capítulo, de las que se publicarían tres o cuatro. Es mejor enviar de más, así los jefes sienten que mandan. En el primer día seremos portada. Por esa foto pagarán el doble. Calcula unos siete mil dólares, quizá más.
—Me gusta, parece un buen plan. Necesitaría un par de días para ganarme a las personas, que me vean sin la cámara levantada, que se acostumbren a mi presencia. Alguien cercano me enseñó que es importante que perciban el respeto. Las personas que se sienten respetadas se abren más.
La serie fue un éxito, lanzó a Amanda Bris como fotógrafa de guerra. El mayor elogio llegó de James Nachtwey, su gran referente junto con Sebastião Salgado: «Bris tiene alma, reconocería sus fotos entre una pila de imágenes». La tarde anterior de su regreso a Londres, Amanda vio a Roberto Mayo en el Ragusa, donde desgranaba batallitas ante un público embelesado. Al verla, enmudeció. Tras darle dos besos y apretarla contra su pecho dijo:
—Me tenías preocupado. ¿Dónde te has metido?
—He estado trabajando. Supongo que como vosotros.
Salieron de la ciudad por carretera en un blindado de la BBC, desandando el camino de ida: Ilidža, Kiseljak, Konjic, Jablanica, Mostar, Split. Cenaron en Boban, el restaurante de un amigo de Tobias que se declaraba austrohúngaro. Servían un pescado tan fresco que el cliente elegía la pieza viva antes de que la cocinaran. A Bris le pareció un detalle de mal gusto. Durmieron en habitaciones separadas en el hotel Split. Antes del amanecer estaban en la carretera. Había que devolver el coche en Trieste.
Amanda iba sola en el asiento trasero. Se situó a la izquierda para ver las islas y el mar. Bajó unos centímetros el cristal; necesitaba oler y sentir la brisa. Mayo puso música. Parecía árabe, un desafío en la zona croata y católica por la que transitaban. Hope parecía dirigir una orquesta. Nadie habló en casi siete horas de viaje, más allá de las palabras urgentes, «necesito mear», «¿comemos algo?» o «quiero un puto café».
4. Beirut, 1983-1985
La explosión fue tan fuerte que durante unos segundos no supo si estaba vivo o muerto, si la nube de yeso y polvo que lo envolvía era parte del paraíso o del infierno. Puta Esperanza tenía la boca y los ojos muy abiertos, como si se le hubiera congelado el grito de Munch. Vio a Mayo en el suelo, tapado por las tablas de una estantería. A la derecha distinguió un cuerpo doblado contra la pared. A la izquierda le pareció reconocer a dos de los más reputados periodistas británicos que pisaban Beirut en aquellos años. Se sentía aturdido, incapaz de recordar sus nombres. Una mujer movía los brazos detrás de la nevera reventada por la metralla; a sus pies crecía un charco de leche y agua. «Estamos muertos —pensó—. ¡Mierda! Si aún no he cumplido treinta años». Se miró las manos e intentó acercárselas a la cara. Buscó sus piernas, trató de moverlas. Había perdido el control de sí mismo, nada le obedecía. Sacó la punta de la lengua y recorrió sus labios en busca de algo salado, fuera sangre o sudor. Miró a través del agujero de la pared, donde antes había una ventana, cristales, cortinas y un retrato de Ernesto Che Guevara. Ni siquiera era capaz de escuchar el ruido de la guerra. Sintió la brisa del Mediterráneo, o tal vez se la imaginó. Siempre le había gustado el mar, una querencia infantil. Lo conectaba a Saint-Malo y a la abuela materna. Empezó a fluir la película de su vida. Le pareció confusa, sin lógica narrativa. «¡Pero qué basura es esta! —se dijo enfadado—. ¿Cómo es posible que lo sucedido en 1982 me llegue antes que mi infancia?». Vio las expresiones de los asesinados en Sabra y Chatila antes que las de los muertos de Vietnam. Le desconcertó la falta de cronología. «¡Qué idiota! No vendí una puta foto. Fue un viaje ruinoso», se dijo. «Quería ir a una guerra, saber qué se sentía. Buscaba respuestas, descubrir si iba a ser mejor persona que el cabrón de mi padre. Ese ha sido mi camino: huir de la posibilidad de ser como él. No he sabido regresar a tiempo para ser yo mismo y alcanzar la paz. Soy un yonqui de la desgracia ajena, un puto mirón. Y ahora estoy aquí, sentado en el suelo de una oficina de prensa, en el séptimo piso de un edificio de Beirut, hablando solo sobre una película de mi vida que se mueve a saltos y en la que no entiendo un puto carajo. Quizá esto sea el resumen de mi existencia, y todo haya sido así de incoherente y superficial. ¡Pobre madre! No le agradecí lo suficiente lo que hizo por mí durante su vida. Ahora que no sé si estoy vivo o muerto no me apetece pensar en el hijo de puta que nos pegaba al llegar borracho a casa. Así fue siempre, sin que importara la edad. Hice bien en enfrentarle a los diecisiete, harto de humillaciones. Lo recuerdo bien. Fue en el vestíbulo. No hubo saludos ni amenazas. Lo miré a los ojos como si fuera un duelo. En los suyos brillaba el odio. Tenía los brazos caídos, sueltos, como si estuvieran preparados para lanzarse sobre las cartucheras y desenvainar las pistolas. Al percibir el movimiento de un músculo en su cara me adelanté a su golpe. Fue un directo de derecha en la nariz. Antes de que pudiera reaccionar le crucé un croché de izquierda a la sien, y otro más con la derecha en la boca. Siempre me gustó el boxeo. Era mi forma de sentirme capaz. Disfrutaba del descaro de Mohamed Ali, imitaba su dribling. Al caer se golpeó en el baúl en el que guardábamos las botas y los zapatos. Un líquido tan oscuro como su alma empezó a brotar detrás de sus orejas. Intentó incorporarse. Parecía un sonado, emitió un gemido y se desplomó. Mi madre me abrazó. Así permanecimos hasta que estuvimos seguros de que seguía vivo. Llamó a la policía primero y a una ambulancia después. Les dijimos la verdad callada durante tantos años. Pero ¿qué hago pensando en estas cosas? ¿Será que ya estoy en el puto Juicio Final? Me declararon inocente en el juicio terrenal que siguió. El juez dictaminó que había actuado en defensa propia. A él le impusieron una orden de alejamiento de ocho años, pero no fue a la cárcel. Me pareció una puta burla. Al salir del tribunal le dije: “Te cortaré los putos huevos si te acercas a mi madre”. No sé de dónde saqué la idea, supongo que de alguna película. Días antes de cumplir la mayoría de edad viajé a Vietnam. Necesitaba probarme. Mi madre me animó. “Ve, hijo, yo estaré bien, tengo familia en París.” Me cambié el apellido en Saigón. Sentía repugnancia de ser hijo de un maltratador. Fue una ruptura categórica. Tenía que desinfectarme de su genética. Elegí Hope, como si fuera un lema y un objetivo. Mi madre murió tres días después de mi regreso. Parecía que me estaba esperando para despedirse. Después de mi partida, ella tuvo dolores en el abdomen. Pensó que era debido a las emociones de los últimos meses. Los médicos le diagnosticaron un cáncer de estómago y metástasis en el hígado y en el páncreas. Le dieron tres meses de vida. No quiso estropearme el viaje. El nombre de la enfermedad podía ser cáncer, pero lo que la alimentaba eran el dolor y las humillaciones. Me acerqué a los bares que él frecuentaba. “Mi madre ha muerto. Decidle al hijo de puta de mi padre que la orden de alejamiento sigue vigente. No quiero verlo en el cementerio.” No apareció. Ni siquiera sé si vive.»
A Tobias le invadió una tristeza profunda. Nunca creyó en los cuentos de la religión, pero ahora que estaba a punto de partir, si es que no lo había hecho ya, sintió pánico de acabar junto a su padre. «¿Me condenarán por esto al puto fuego eterno? ¡Es injusto! He sido un monógamo consecutivo, no fumo, no tomo drogas, apenas bebo, y si lo hago es por culpa de Mayo», pensó como proyecto de defensa celestial. Dejó escapar una carcajada seguida de toses que le parecieron parte del sueño. Vio acercarse una botella de agua, y detrás de ella, los dedos, las manos, los brazos y el cuerpo de Delphine Thitges, productora de la agencia France-Presse.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Le miró los pechos. Si estaba muerto, nadie le reprocharía robar aquella imagen para el final de su vida. Si estaba vivo, podría aducir que había sido consecuencia de la conmoción. Delphine le acarició el pelo. Estaba lleno de virutas de escayola y polvo, y más despeinado que nunca.
—Debes de estar bien, porque llevas un buen rato hablando de tus padres y del viaje a Vietnam.
Tobias se fijó en unas figuras desenfocadas que merodeaban por la habitación. Unas iban enfundadas en chalecos blancos, otras eran milicianos armados. Vio a varios periodistas conocidos. Apenas quedaban restos en suspensión. El mar seguía en su sitio, exudando aromas de la infancia. Le dolían los oídos y la cabeza. Esta vez consiguió mover las manos y llevárselas a los ojos. Las giró sobre las muñecas e inspeccionó la palma y el dorsal, contó los dedos. Después las depositó en el suelo y volvió a mirar el pecho de Delphine. Alzó la vista en busca de unos ojos verdes que sonreían. Respondió arrugando los párpados. Ella tomó una de sus manos y se la llevó al busto. Sus dedos parecían ordeñar.
—Veo que estás bastante vivo, Puta Esperanza. Bienvenido de nuevo a Beirut.
—¿Mayo? —preguntó él.
—Está bien. Todos estáis bien. Os van a llevar al hospital para averiguar cuántas vidas os quedan.
—¿Qué día es hoy?
—¿Para qué quieres saberlo?
—Es la fecha de mi segundo nacimiento.
—1 de marzo de 1985. Ahora eres piscis.
—¿Crees en esas cosas, Delphine?
—Tanto como tú en los segundos nacimientos.
Tobias se incorporó auxiliado por un voluntario de la Media Luna Roja. Le temblaban las piernas. Delphine le pasó un brazo por la cintura. Vio a su amigo hacer el signo de la victoria recostado en una camilla. Le habían colocado un vendaje que duplicaba el tamaño de su cráneo. Tuvo ganas de reírse, pero le dolían las costuras. Al llegar al hospital Fouad Khoury los introdujeron en dos salas diferentes. A Tobias le dieron el alta a media tarde; a Mayo le obligaron a pasar tres días en observación. En la puerta esperaban los fieles Hazim y Ali, sus ojos y oídos en Beirut, que hacían de intérprete y conductor. La explosión no había dañado órganos ni huesos. Tenía una contusión en la pierna derecha y varios moratones en la espalda. Le recomendaron reposo.
En la recepción del hotel Cavalier lo recibieron como a un héroe que retorna herido del campo de batalla. Sin consultar a Delphine, pidió que le cambiaran a una suite durante dos noches para que su enfermera pudiera estar cerca en el periodo de observación. El conserje asintió:
—Hacen bien en no correr riesgos. Las primeras cuarenta y ocho horas son decisivas, señor Hope.
En la habitación intentó besarla y quitarle la camisa, pero se atrancó en los botones. Ella le dejó hacer, convencida de que no llegaría lejos. Después le ayudó a desnudarse. Giró a su alrededor, «buen culo en un fotógrafo tan esquelético y buenos moratones en el hombro». Fue un acto sexual fugaz: él se corrió en cuanto Delphine colocó el miembro entre sus pechos. Tobias cayó como un fardo en la cama. Ella lo tapó y apagó la luz. Después se dio un baño. Pese a tener los ojos verdes más hermosos del mundo, en palabras recién pronunciadas por Tobias, no tenía éxito entre los hombres. Le fallaba la nariz, demasiado grande para su gusto, la confianza y un carácter retraído que parecía hosco. Vestía ropa ancha. Sentirse no deseada le daba seguridad.
«Le gusto, es evidente desde hace tiempo», se dijo acariciándose el sexo escudada en la necesidad de la limpieza. «Ha estado bien que se corriera. Evita dar explicaciones de mis problemas. Se lo debo a los tres hijos de puta que me violaron a los dieciséis años. Se turnaban y reían. Uno me metió la polla en la boca y empezó a moverse. Yo estaba aterrorizada. Conocía a dos porque habíamos ido juntos al colegio. Me dejaron tirada en el campo. Tenía sangre en las piernas. Antes de largarse me advirtieron: “Si nos denuncias, te mataremos”. Aquel acto repugnante me dejó mutilada. Acabo de cumplir veintitrés años y he tenido tres novios. Les daba largas, les decía que quería llegar virgen al matrimonio y esas cosas de los pueblos. Solo cedí ante el último, ya en París, que no dejaba de suplicar. En cuanto me penetró lo eché de mi vida. Beirut me ha ayudado a relativizar. Pienso en las historias de Sabra y Chatila que he oído contar a Tobias Hope en la oficina, de cómo los falangistas se divertían con los palestinos, de cómo obligaron a una abuela a arrojarse desde un balcón si quería salvar a su nieto de siete años. La mujer se tiró, y antes de rematarla en el suelo le dispararon al nieto en la cabeza. De cómo metían las bocachas de sus fusiles en las vaginas de las más jóvenes. ¿Dónde sitúo mi desgracia en medio de esta barbarie? Hice bien en dejar el pueblo e instalarme en la capital. Fue otra manera de contextualizar. Mi mente ordenó olvido, pero mi cuerpo se resiste a perdonar. Tobias Hope no es guapo, tampoco feo, y es tímido y dulce pese a esa máscara de tipo duro que lo protege. Parece escapado de un cuadro de El Greco. Al menos sé que le gusto. Y me gusta. Me ronda en silencio en sus visitas a la oficina. La explosión le ha ayudado a romper el hielo.»
—Buenos días, señor dormilón —dijo Delphine tras besarlo en la frente—. Aquí tiene su majestad el desayuno.
Él se incorporó entre quejidos:
—Tengo excusa, acabo de sobrevivir a un ataque. Creo que he pasado la noche boxeando con George Foreman. Estoy peor que ayer.
—Son las agujetas. Se te pasarán en unos días.
—No sé si lo he soñado, pero creo que anoche hice el ridículo. No dio tiempo a nada.
—Lo soñaste, Puta Esperanza.
—Parecía tan real... Soñé que me corría en tus tetas.
—Tetas, Foreman... No está mal para tu primera noche de tu segundo nacimiento.
Beirut fue la primera guerra de Roberto Mayo tras vivir la caída del sha en Teherán y el inicio de la guerra del Chat el Arab entre Irán e Irak. Su idilio no empezó bien. Llegó dos días después del atentado contra la embajada de Estados Unidos ocurrido en abril de 1983. Murieron sesenta y tres personas. Lo reivindicó la Yihad Islamiya, germen de lo que sería Hezbolá. Tobias Hope le confesó que él también acababa de aterrizar. Su primer vínculo fue la sinceridad. Se hicieron amigos. Era fotógrafo, divertido y tenía contactos. Había pasado cuatro meses en Líbano en el verano de 1982 y entrado el primero en los campamentos palestinos masacrados. De madre judía, se sentía desconectado del Israel posterior a 1967, y conmovido hasta los tuétanos por un Holocausto que le robó a un abuelo y dos tíos, sentimientos que consideraba compatibles. A Mayo le gustaron sus dotes de imitador. Podía expresarse en un árabe apócrifo, deformar el francés y el inglés en diversos acentos, reales o de dibujos animados, y reproducir el habla de personajes famosos. Tenía talento.
Al intensificarse los secuestros de franceses, británicos y estadounidenses, Tobias Hope decidió cambiar su identidad por segunda vez. Ser francés y tener origen judío podía costarle la vida. Un falsificador de Beirut Este, de quien fue amigo toda la vida, le fabricó tarjetas, pases de prensa, credenciales de todos los bandos y un pasaporte que podría haber pasado por auténtico en el resto del mundo si no hubiese sido por la nacionalidad elegida. Su nuevo nombre era Puta Esperanza, escrito en castellano. Fue la elección más lógica, debido a su manera de hablar. Sentado en el taller de El Falsificador, en el barrio de Tarik al Jadid, cerca de la Línea Verde, descartó ciudadanías estimulado por su vis cómica. «¿Ruso? ¡Jamás! Demasiado vodka, y además odio al puto Stalin.» Al final se decantó por la ficción: ser ciudadano de Blefuscu, enemigo de Lilliput, que en la obra de Jonathan Swift correspondía a Francia enfrentada a Inglaterra. El motivo de la antipatía entre Blefuscu y Lilliput ayudaba a cruzar controles. A los milicianos, ya fueran chiíes o suníes, libaneses, sirios, iraníes, iraquíes o libios, les parecía razonable el motor de la pelea entre ambos estados, pero nunca consiguieron averiguar si favorecían el cascado del huevo por los polos o por el ecuador. En los países arruinados por dictaduras y guerras, la indefinición salva vidas.
El atentado contra la embajada de Estados Unidos había puesto a Líbano en el mapa informativo. Charles Langer, jefe de la oficina de Associated Press en Beirut Este, contrató a Hope como fotógrafo y a Mayo como ayudante local. No pagaba mucho, pero les permitió quedarse seis meses. Firmaron buenos trabajos sobre la retirada en julio de los israelíes, a quienes acompañaron hasta el río Awali, al norte de Sidón. El 21 de octubre decidieron pasar el fin de semana en Damasco. Necesitaban desconectar. El domingo se produjo el doble ataque suicida contra las tropas de Estados Unidos y Francia. Murieron 241 estadounidenses y 58 paracaidistas franceses, la mayor matanza de marines en un solo día desde la Segunda Guerra Mundial. Regresaron esa misma mañana a Beirut. Nadie se había dado cuenta de su ausencia, ni siquiera Langer:
—¿Venís de la calle? —preguntó al verlos.
—Sí, claro, pero tenemos que volver a salir. Hope se ha quedado sin película —respondió Mayo.
—Bien. Tú quédate y escribe una nota. Tú, coge todos los carretes que puedas. Quiero las mejores fotos.
Mayo dudó si debía confesar la verdad y jugarse el trabajo o darle al jefe lo que pedía. Tobias le musitó al oído:
—A la mierda los principios, tío. Esto es un puto agujero moral. Considéralo una excepción.
Escribió una crónica garciamarqueziana, rica en descripciones y datos. Tuvo suerte de que los aparatos de televisión que había en la oficina estuvieran emitiendo imágenes de lo ocurrido. Un par de cables que pudo leer a hurtadillas, los controles militares que vieron al regresar por la carretera y las conversaciones de Langer con la sede de Nueva York le permitieron armar un texto de dos mil quinientas palabras que recibió numerosos elogios. Las siguientes crónicas, ya en la calle, resultaron estremecedoras. Se publicaron en cientos de periódicos suscritos al servicio de la agencia. Gracias a ese trabajo, empezó a colaborar en el 60 Minutes de Don Hewitt. Meses después recibió una llamada de Jon Barnard interesándose por su situación.
—Me ha dicho Sal Lefrak, un viejo amigo, que estás lo suficientemente cuerdo como para confiar en ti, y lo suficientemente loco como para esperar un material de primera. Me gusta lo que haces en CBS. Hewitt me da permiso. Te compartiremos, al menos durante un tiempo. Puedo ofrecerte cien dólares diarios, el pago de un alquiler razonable y algunos gastos que no incluyan bebidas alcohólicas. A cambio quiero tres crónicas cojonudas a la semana y un gran reportaje cada dos meses. Si estás de acuerdo, firmaremos un contrato que te haré llegar.
Cuando colgó, Mayo lanzó un aullido, las piernas flexionadas y los brazos en alto como si acabara de marcar el gol de la victoria en la final de un Mundial.
—De puta madre, tío —dijo Tobias tras escuchar la noticia—. Necesitarás un fotógrafo.
—¿Se te ocurre alguien?
—Hay uno por aquí a quien todos llaman Puta Esperanza. Además, habla cualquier idioma. Es un chollo, te ahorrarías el traductor.
—Pero si no hablas árabe, solo te lo inventas.
—Por cierto, ¿quién es ese Sal Lefrak? Le debes el trabajo.
Mayo se quedó mirando el whisky que se acababa de servir, maldijo la tacañería de los minibares y respondió:
—Lefrak es un espía.
5. Beirut, 1985-1989
Les costó dejar el Cavalier. Había sido su hogar, mientras que el hotel Commodore se mantenía como oficina-bar. Mayo alquiló un piso en el edificio Saad, donde vivía David Henne. Era económico porque estaba cerca de la Línea Verde. Aún no sabía que las milicias chiíes capturarían a su amigo cerca del portal en enero de 1987 y que lograría escapar a los sesenta y dos días de cautiverio. Los secuestros eran una preocupación sumada a los obuses y a las balas. No existía un patrón, porque el objetivo era que todos se sintieran vulnerables. Ciento dos extranjeros de veintiuna nacionalidades fueron apresados en Beirut Oeste entre 1982 y 1992. Entre ellos hubo periodistas, profesores de universidad, espías y mediadores, como el arzobispo anglicano Terry White, además de miles de libaneses de los que nadie hablaría después.
Mayo y Hope estaban obsesionados tras lo ocurrido a Langer, su antiguo jefe de Associated Press, que se esfumó de las calles de Beirut dos semanas después de que ellos sobrevivieran al ataque contra un centro de prensa. Estuvo desaparecido casi siete años, 2.454 días metido en un sótano en el que jugaba al solitario a la luz de una vela. Cuando lo liberaron en diciembre de 1991 seguía siendo el mismo bromista, pero tenía los dientes podridos, el pelo escaso y la sensación de que ya no pertenecía a ninguna parte.
Se impusieron un objetivo: no kidnapping. Lo escribieron en mayúsculas en varias cartulinas que clavaron en las paredes. En la de la puerta principal añadieron una palabra: remember, no kidnapping. Acordaron medidas de seguridad que incumplieron reiteradamente: no salir a la calle sin un objetivo definido, modificar los horarios y las rutas, no hablar de sus planes por teléfono o en lugares públicos, moverse de día, no comer fuera de casa ni beber en el Commodore. Si no acabaron en un zulo se debió al aspecto árabe de Mayo, que podría pasar por miliciano, y a la suerte.
Con Jon Barnard mantuvo una excelente relación telefónica. Casi nunca hablaban de las crónicas; esa era la tarea de Marcela Thompson, la mejor jefa de Internacional que jamás tuvo. El director se interesaba por su vida: «¿Cómo es tu casa? Bueno, nuestra casa, porque creo recordar que la paga el periódico. ¿Te sientes seguro en ella? ¿Necesitas contratar a alguien más?». O preguntaba qué había desayunado, si hacía él la compra o mandaba al fixer; también si seguía bebiendo como un cosaco, información que debía de proceder de Lefrak. Resultaba motivador que una leyenda del periodismo se preocupara del bienestar de sus colaboradores. Solo le sugirió dos reportajes:
—Me gustaría saber cómo viven las personas que permanecen a ambos lados de la avenida de Damasco. Es la que sirve de frente, si no me equivoco. Una historia repleta de gente normal, que a los cabrones ya les damos demasiado espacio. Debe de haber héroes que hacen cosas imprevistas fuera de la tribu. No sé, salvar en vez de matar.
Se tituló «Voces de la Línea Verde»; recibió varios premios y acabó en un documental de la CBS. El segundo fue un capricho de viejo sabueso:
—Lefrak me ha hablado de un restaurante que no ha cerrado ni un solo día desde 1979. Se llama Barbar. Creo que su kebab es delicioso, y está en tu barrio. Escribe sobre él, y aprovecha para comer bien.
Allí conoció a Mohamed Ghaziri y a su hijo Ali, dueño y codueño de ese paraíso de la comida popular libanesa. En sus mesas realizaron contactos que, sin saberlo, les ayudaron a mantenerse libres y vivos. Su plato favorito era el shawarma de pollo adobado de cardamomo y canela. Podía comerlo a mediodía y por la noche, siete días por semana. Mayo era un animal de costumbres.
Salió de Líbano cinco veces antes de mudarse a Israel en 1990. La primera fue a Londres, por invitación del periódico. Barnard y Marcela Thompson querían conocerlo en persona y sentar las bases de una colaboración más ambiciosa y estable. Saludó a Cabeza Rapada, que aún no había ascendido a Kampcommandant de Recursos Humanos, y a Mengele, siempre en primera línea del poder. Estaba convencido de que su mala relación arrancó en aquel encuentro, pero era incapaz de recordar nada concreto más allá de sus maneras serviles y su cara de pánfilo.
Las otras cuatro escapadas tuvieron como destino Roma, la ciudad en la que se sentía resucitar. Cada cuatro meses se escapaba a Damasco para refrescar fuentes y descansar. Eran más frecuentes los saltos de fin de semana al sector cristiano beirutí, repleto de cafés y bares de alterne. Nunca le había gustado pagar a cambio de sexo, pero una pesadilla recurrente le atormentaba: llegaba al paraíso y, debido a su falta de entrenamiento, le retiraban las setenta huríes y le obligaban a ver a Puta Esperanza en una orgía con las de los dos.
El secuestro de Langer tuvo consecuencias en la agencia en la que trabajaba Delphine Thitges. La sede central ordenó a su equipo evacuarse de inmediato al Este. Destruyeron archivos, eliminaron referencias a fuentes, empaquetaron ordenadores, teléfonos y radios. Solo dejaron el material esencial para que Walid Marjan, el periodista local que se quedaba al frente de la oficina, pudiera transmitir.
—Nos vamos al Este —le dijo Delphine por teléfono a Puta Esperanza—. No he podido avisarte antes porque la decisión de París ha llegado esta mañana. Ya estamos cargando la furgoneta.
—Consígueme diez minutos, por favor.
Delphine retrasó el operativo todo lo que pudo. Tobias Hope apareció acompañado de Hazim y Ali. No hubo besos, solo un abrazo vigilado.
—Intentaré ir lo antes posible.
—Todo por Foreman.
—¡Joder! Es que no podemos dejarlo así.
Mayo y Hope se desplazaban por el Oeste en un automóvil discreto y viejo. Ni demasiado sucio ni demasiado limpio, y los cristales en su sitio para no llamar la atención. Hazim y Ali estaban bien relacionados, tenían familiares en los principales movimientos armados suníes y chiíes. Antes de llegar a un control, Hazim gritaba «Amal, Amal», «Hezbolá, Hezbolá», «Jammoul, Jammoul», o el nombre de cualquier subgrupo o facción, ya fuera suní, de izquierda, prosirio o palestino. Los periodistas preparaban los permisos de la milicia anunciada y escondían los otros. Los controles legales eran reconocibles porque estaban protegidos por sacos terreros y tenían una señal de Stop escrita en árabe y una bandera del dueño circunstancial del puesto. Eran frecuentes los cambios de alianza y las luchas entre los grupos, por lo que era necesario informarse antes de salir. Hazim lo llamaba «el parte meteorológico». En los días de aguacero permanecían en el piso, escuchaban rock and roll, jugaban al backgammon, fumaban el narguile y bebían té.
Tobias pudo cruzar al Este casi un mes después de la evacuación de Delphine Thitges. Estaba tan nervioso que le temblaban las manos. Parecía un colegial en su primera cita. Caminaron por las calles más seguras del barrio de Ashrafiyeh, se besaron en un callejón y comieron falafel y berenjenas en un bar clandestino al que se accedía desde el portal. No hubo tiempo para más, porque debía regresar al Oeste antes de las tres. Después podría ser peligroso.
El tránsito de un lado a otro de la Línea Verde se realizaba a través de seis mâabir. El paso dependía de la situación y del estado de ánimo del jefe del puesto. Tobias prefería el mâabir del Museo Nacional porque conocía a los milicianos. Les regalaba baratijas y tabaco, y los entretenía con alguna imitación. Les encantaba la de Michael Jackson.
En el sector cristiano conseguía carretes, papel de impresión y líquidos de revelado. Todo lo compraba a través de El Falsificador, su intermediario más fiable. Conversaban sobre la guerra civil y el papel de Siria, pero nunca de asuntos personales. No solo era capaz de crear cualquier tipo de documento —suya fue la obra de arte del pasaporte de Belfescu—, también le ayudaba a enviar a Londres los negativos de color destinados a la revista dominical. Tenía amigos en Middle East Airlines, la única compañía que operaba desde Beirut. Según el humor ambiental, tenía vuelos a Londres, París y Atenas, o bien a ningún sitio. Hope le facilitaba el material en un sobre acolchado que llevaba escrita la dirección de destino. Una azafata era la encargada de entregarlo en mano. El periódico pagaba por el servicio puerta a puerta.
Las fotos en blanco y negro de la edición diaria no exigían tanta calidad de impresión. Podía transmitirlas desde la oficina de France-Presse. Había sellado un pacto con Marjan: «Si me dejas enviar, además de apuntar los minutos por si tus putos jefes reclamaran el pago, te regalaré una de las mías. Así la puedes mandar como tuya».
El secuestro el 14 de junio del vuelo 847 de la TWA les estropeó una semana de fiesta. Disponían del apartamento de una amiga de Delphine que había emigrado a Canadá, harta de esperar la paz. La siguiente oportunidad llegó en julio. Tenían tantas ganas de verse que olvidaron la comida. Al llegar a la cama ya estaban desnudos y excitados, pero en el momento en que ella se acercó el pene al pecho, él se corrió. La escena se repitió al día siguiente. Tobias estaba desconcertado. Propuso vendarse los ojos para no verle el cuerpo. En el nuevo intento, Delphine toleró la penetración porque tenía miedo a perderlo. No sintió placer, apenas se movió. Antes de que él empezase a dudar de su virilidad, ella le reveló las razones de su frigidez. Al terminar, Tobias exclamó: «¡Qué hijos de puta!». Entonces le narró su infancia de malos tratos, el enfrentamiento, el juicio, el viaje a Vietnam, el cambio de apellido, la muerte de la madre, olvidando que ella conocía parte de la historia desde el día de la explosión:
—Si estás bloqueada, como parece, habrá que buscar la manera de engañar a tu cabeza.
Fue una terapia doble, porque Hope tenía dificultades en dejarse querer. Empezaron por renunciar al pene. Él le acariciaba la espalda, los glúteos, el ombligo, el pecho. Decía: «¿Sientes? Entonces no eres frígida». En otras ocasiones deslizaba un hielo por sus piernas o le lavaba los pies y después los chupaba. «¿Sientes? Pues si sientes no eres frígida.» Ideó juegos en los que uno debía interpretar el papel de pasivo. Eran sorteos amañados para que ella fuese la inmóvil. Ganaba si lograba arrancarle una risa o un movimiento. A Delphine le sorprendió que fuera tan tierno y que no dijera «puta» ni «tía» en su presencia. Tras una quincena de encuentros, Delphine Thitges gritó en francés:
—¡Fóllame, Puta Esperanza! ¡Fóllame de una puta vez!
No se sabe si fue la necesidad de recuperar el tiempo perdido, pero Delphine pasó de la frigidez a la ninfomanía. A Tobias le preocupaba que estuvieran tan concentrados en el sexo, sin trabajar otros aspectos. Ella temía que la relación solo fuese posible en una ciudad en guerra en la que cada minuto podía ser el último.
Así estuvieron cerca de cuatro años, incluidos los descansos debidos a las vacaciones de Delphine, que tenía derecho a un mes en París por cada dieciséis semanas en Beirut. Idearon una rutina para exprimir el tiempo. Tobias dedicaba el día en el Este a adquirir lo necesario. El Falsificador le aportaba lo necesario para su trabajo, contexto y noticias de los grupos armados. Por la tarde quedaban en la puerta de la agencia, cenaban en alguno de los restaurantes y se encerraban en el apartamento a follar hasta el día siguiente.
En tres ocasiones, Hope estuvo más de dos meses sin cruzar. Sin el respiradero de Delphine parecía un león enjaulado. Su lenguaje se reducía a blasfemias e insultos, reales e inventados en varios idiomas. Si los soltaba cerca de Mayo, tenía la deferencia de informar. «Esto es turco», decía; «esto, albanés», «esto, hebreo», «esto..., no me acuerdo».
Una tarde, Tobias Hope regresó del Este preso de una gran excitación. Subió las escaleras de dos en dos hasta el cuarto piso, abrió la puerta y gritó:
—¿Dónde estás, tío?
—¡Cagando! —bromeó Mayo mientras salía de la cocina con un whisky en una mano.
—Mira. El Falsificador me ha hecho otro pasaporte.
—¡No me jodas! ¿Bolivia? —protestó.
—Así simplificamos las cosas, tío.
—¿Nacido en La Paz?
—Claro. Dos de Cochabamba iba a cantar.
—Pues le había tomado cariño a Blefuscu y al rollo del huevo y Lilliput.
—Nada ha cambiado tío, sigo siendo blefuscuense. Solo que ahora tendré dos pasaportes, además del francés, que no se puede llevar encima por motivos de seguridad.
—Si te pillaran los dos nos cortarían los huevos.
—¡Coño, Mayo! Pareces tonto: ¡doble nacionalidad!
Desde el principio, Tobias se negó a servir de camello de Juanito Caminador. Solo transportaba tabaco destinado a los controles y material de trabajo, además de las libretas de Mayo, que no eran fáciles de encontrar porque las quería de tapa dura y con las hojas en blanco. Como el whisky no entraba en la lista de la compra en el Este, se las tuvo que ingeniar para obtener sus dosis en zona musulmana. Cada dos o tres días llegaba un chico con cuatro botellas de Johnnie Walker etiqueta negra. Lo acompañaba una cuadrilla de imberbes armados. Los llamó «la banda de San Johnnie». Les dijo que carecía de dinero en metálico porque su periódico no podía enviárselo. Anotaba lo adeudado en uno de sus cuadernos. San Johnnie aceptó unirse a la lista de acreedores porque le daba igual el pago aplazado. No tenía gastos, se limitaba a robar la mercancía dándose importancia: «Incautación por razones militares». Mayo anotaba la deuda delante del chico: «Tres dólares por botella son doce dólares». Le anunció que al superar los mil tendría de forma automática un visado a Bolivia. Si la guerra se prolongaba y él se esforzaba podría obtener visados para toda su familia —compuesta por cincuenta y tres personas entre abuelos, padres, hermanos, tíos y sobrinos— e iniciar una nueva vida en Cochabamba. A San Johnnie se le iluminaban los ojos, pedía que le contara historias de su país. Le prometió que si la deuda llegara a cubrir los cincuenta y tres permisos iniciarían otra cuenta con los milicianos que lo acompañaban, sus familiares y amigos. «Crearemos una colonia libanesa en Bolivia», decía.
—¿Cuánto crees que durará el puto cuento?
—Hasta que vean un documental sobre Cochabamba y se den cuenta de que no se parece en nada a las fotos de la playa nudista que les enseño.
Tuvieron varios sustos en sus desplazamientos por la ciudad. El más serio sucedió en abril de 1988. Se percibía una tensión creciente entre Hezbolá y Amal —ambos chiíes— que un mes después degeneraría en una guerra abierta por el control de Beirut Oeste. Pretendían adentrarse en el barrio de Dahiya, uno de los lugares en los que escondían a los secuestrados. Un miliciano salió de un puesto sin bandera. Portaba un AK-47 y mostraba una mirada de hielo impropia de su edad. No debía de superar los veinte. De la nada surgieron una treintena de armados cubiertos por pasamontañas.
—La jodimos, tío. Estos son nuevos —dijo Tobias.
Ali y Hazim añadieron un detalle alarmante:
—Parecen de Bint Jbeil, gente de mal carácter.
Detuvieron el coche, colocaron las manos a la vista y esbozaron la mejor de sus sonrisas. El jefe se agachó para ver el interior. Escrutó las expresiones del chófer y el intérprete, que viajaban delante, y las de Mayo y Hope, que iban detrás. Los hombres rodearon el automóvil, encañonándolos a la altura del pecho. Estaban nerviosos. El jefe exigió los pasaportes y el permiso de tránsito. Se los metió en el bolsillo superior de la guerrera sin abrirlos, detalle que no gustó a Tobias. Luego pidió los papeles a los dos libaneses, así como los del coche. Ordenó salir a los ocupantes, abrir el maletero, el capó y la guantera. Miraron debajo de los asientos y en los bajos, golpearon los neumáticos y otras zonas ayudados de las culatas, como si buscaran un doble fondo. Registraron la bolsa de las cámaras. El jefe olisqueó el interior.
—¿Qué pasaporte le has dado? —preguntó Mayo.
—El bueno —respondió Hope.
El jefe les mandó callar. Un perro cruzó delante del coche. El superior dijo algo en árabe y uno de sus hombres disparó.
—Journalists? —preguntó en un pésimo inglés.
—Yes, very good journalists —respondió Mayo.
A Tobias le pareció que no era el momento para tonterías. La muerte del perro había sido una advertencia.
El jefe reclamó los carnés de prensa. Miró el nombre del periódico, The Nothingness, una broma de El Falsificador, y emitió un murmullo. Parecía incapaz de repetirlo.
—English?
Tobias respondió sin dar tiempo a que nadie cometiera un error. Sabía que se estaban jugando el secuestro, o algo peor: el fusilamiento por espías.
—No, no: latinos. We don’t like English people.
—Good. Good, mister.
Mayo sonrió. Tobias lo interpretó como un cumplido.
—Good, mister —repitió el jefe mientras sacaba los pasaportes del bolsillo. Paseó sus ojos por las páginas. Tenía la expresión de quien no sabe leer—. American? —preguntó, con el de Mayo en la mano.
—No. Bolivian.
—Bolivian? —respondió extrañado.
—Yes, Bolivian. From Cochabamba.
Ante un nombre tan complicado, abrió el de Tobias.
—American?
—No, Bolivian too.
—Bolivian too?
—Yes, from La Paz. The capital. A great city.
—Are Catholics? —preguntó tras un largo silencio.
—Roman Catholics —corrigió Mayo.
El imberbe se colocó el AK-47 a la espalda, miró a su grupo y exclamó:
—Romans? Good, good! They kill many Christians.
Les devolvió los pasaportes, las cámaras y les permitió marcharse. Los cuatro comenzaron a caminar hacia el automóvil. Pasaron al lado del cadáver del perro. «Welcome», oyeron decir a sus espaldas. Hope les dijo algo en árabe que sonó a «hasta la próxima, habibi», y tras un breve paseo regresaron a Hamra recortando el programa de trabajo del día.
—Nos hemos librado de milagro —dijo Ali—. No sé qué les ha hecho cambiar de opinión. Eran secuestradores.
—Nos ha salvado ser de Bolivia, tío. Ha sido mi nuevo pasaporte. Quizá han oído hablar de que estáis todo el puto día dando golpes de Estado.
—Necesito un Juanito Caminador en vena —dijo Mayo.
Tras lo ocurrido, Mayo telefoneó a Jon Barnard. Necesitaba saber algo más de su amigo Sal Lefrak, si se le podía contactar en caso de emergencia, y cómo. Londres había retirado a su personal de los dos Beiruts. El nombre que conocían debía de ser un alias. Estaban convencidos de que era un agente del MI6. No conocían su rostro ni su voz. Mayo le había asignado un apodo en clave: James.
—Hola, soy Sal, el amigo de Jon. Me ha dicho que me buscabas. Si necesito comunicarme, llamaré a la casa, dejaré sonar tres veces, y colgaré. Pasado un minuto repetiré la llamada, tres tonos, y colgaré. Eso significa que ese día no debéis pisar la calle. Si hubiera una tercera llamada, debéis cruzar al sector cristiano. ¿Entendido?
—¿Cómo podríamos hacerle llegar un mensaje si necesitáramos ayuda?
—Lo sabré yo antes de que lo sepáis vosotros.
Diez días después entraron en el bar del Commodore, un lujo que se encontraba entre las prohibiciones de seguridad. Un camarero le sirvió a Mayo una copa de Juanito Caminador, y a Tobias una botella de agua gaseada. Mayo agradeció la deferencia, pues no le había dado tiempo a pedir. Dedujo que después de tantos meses hasta el barman más despistado se habría dado cuenta de sus gustos. Le dio las gracias en árabe, shukran, y se abismó como solía en el vaso antes de introducir el índice para comprobar su temperatura. Le pareció ver unos números en el fondo. Se extrañó, porque no había bebido nada en todo el día. Levantó el whisky y encontró un papel encima del posavasos. Instintivamente lo tapó. Buscó al camarero, pero no lo vio. Memorizó los números, 377660, sin saber por qué lo hacía. En el primer sorbo escondió el papel entre los dedos, lo arrugó y se lo comió junto con un puñado de pistachos pelados. A su lado, Puta Esperanza acababa de devorar otro, ayudado del agua. Se guiñaron un ojo. Mayo dejó unos dólares en la barra, y salieron del bar. En la recepción estaban Hazim y Ali, que se oponían a este tipo de paradas. Tras entrar en el piso, Mayo puso música alta y condujo a Tobias junto a uno de los altavoces:
—A tu edad y jugando a los putos espías, tío.
—Puede ser importante. ¿Qué decía tu papel?
—¿Y qué decía el tuyo?
—Tenía seis números: 377660. Es un teléfono.
—El mío cinco, separados en dos bloques: 357 22. Es el prefijo de Nicosia.
—¿Será un mensaje de Sal Lefrak? —preguntó Mayo.
—Sí, debe de ser el de las emergencias, tío.
—¿Y cómo sabes que es él?
—Porque, además de números, había un nombre.
—¿Qué nombre?
—James.
—¡Joder! ¡Tenemos pinchada la casa! —exclamó Mayo.
—No necesariamente. Le has llamado James en el puto coche y en el Barbar.
—Eso quiere decir que Hazim o Ali, o los dos, o alguien del Barbar trabaja en el MI6.
—Si tuviera que apostar, diría que se trata del camarero del Commodore. Es lo lógico, él ha sido el correo. Por cierto, ¿lo habías visto antes?
Pactaron que si uno caía en manos de los hombres de Imad Mugniyah, el cerebro de los secuestradores de Hezbolá, el otro llamaría al teléfono de Nicosia. Lo que no habían logrado resolver era qué hacer si los capturaban al mismo tiempo, algo lógico, pues se pasaban el día juntos. Solo se separaban en las excursiones de Tobias al lado cristiano en busca de provisiones y para ver a Delphine. Supusieron que en ese caso serían Hazim, Ali, el espía del Barbar o el camarero del Commodore quienes darían la alarma.
—¡La puta, tío! Mira que hemos llegado lejos. ¡Tenemos más seguridad que la reina de Inglaterra!
6. París, 1989-1992 / Vukovar, 1991
Delphine Thitges regresó a París tras el acuerdo de paz de Taif, firmado en octubre de 1989, que representó el final oficial de la guerra civil libanesa. Ahora se sentía una mujer. Puta Esperanza había activado los mecanismos emocionales necesarios para reconstruir la autoestima. Fue como encontrar la salida de emergencia en medio de un incendio. Había cambiado hasta su forma de vestir, algo más atrevida, y llevaba el pelo corto y los labios pintados. La nariz dejó de tener importancia para ella. Su nuevo trabajo era formar a productores.
Alquiló una buhardilla de sesenta metros cuadrados en la cuarta planta de un edificio sin ascensor cerca del Sena que mortificaba a Tobias cada vez que volvía cargado de cámaras, chaleco antibalas, casco, ordenador y ropa sucia. Viajó con frecuencia a París sin dejar Beirut hasta la invasión iraquí de Kuwait, en agosto de 1990. Le costaba salir del escenario que había sido su hogar desde 1983. Se sentía como un preso que tiene miedo de la libertad. En cuanto supo que el periódico mandaba a Roberto Mayo a Jerusalén, se mudó al piso de Delphine. Hicieron lo único que sabían: follar a todas horas, por la mañana, por la tarde y por la noche; en la cama, en el sofá, en la cocina, en la ducha y en el suelo. Después sintieron la necesidad de pasear por el Sena, respirar los aromas de París, salir a cenar, ir al cine. Apenas se relacionaban más allá del portero, la mujer del kiosco y los dependientes de las tiendas en las que se avituallaban.
En diciembre, Hope recibió la noticia de su admisión como fotógrafo empotrado en la fuerza multinacional que se disponía a recuperar Kuwait. Fue la excusa perfecta para dejar atrás el confort y a Delphine. La base estadounidense de Dhahran, en Arabia Saudí, parecía un plató de Hollywood. No había información, ni guerra, solo propaganda. Entre el inicio de la campaña aérea, el 17 de enero de 1991, y la terrestre, el 24 de febrero, apenas sucedió nada. Su mejor imagen fue la de un carro de combate iraquí humeante cerca de la frontera. Todo terminó el 28. Cuando Mayo viajó al emirato liberado, Tobias estaba de regreso en París.
Pese a que se sentía enamorado, había algo en él, en ella o en ambos que impedía una relación. Tobias decía que era la paz lo que los desconcertaba. Delphine tenía otra teoría, pero no se atrevió a compartirla. Estaba convencida de que todo se reducía a sus dificultades en la digestión emocional. Tobias era incapaz de aceptar que le quisieran. Solo podía tragar en pequeñas dosis. Todo exceso —dos días cogidos de la mano, la propuesta de alquilar un piso más grande para que él tuviera su espacio— se le atragantaba. Su manera de sobrevivir al miedo de amar era inventarse reportajes lejos del apartamento del Sena.
El 27 de junio de 1991 comenzó la primera de las cuatro guerras balcánicas. Hope empaquetó a la carrera sus aperos de trabajo. Fue un conflicto tan breve —apenas diez días— que casi se lo pierde. Permaneció en la zona en espera del estallido de una guerra en Croacia, que se creía inminente. Parecía más peligrosa por su componente étnico: la presencia de una considerable población serbia en la región de Krajina, donde sus ancestros fueron ubicados por el Imperio austrohúngaro como freno al expansionismo otomano.
Pasó el verano en los cambiantes frentes de Glina, Petrinja y Sisak, en los que nunca se sabía dónde estaba cada bando. Hablaba a menudo con Delphine. Ella nunca le preguntaba por la fecha de regreso.
El 22 de septiembre entró en Vukovar. Parte del camino estaba minado. Se arrastró por unos maizales. Aguzó el oído en busca del sonido de los morteros. La artillería serbia martilleaba la zona sin aparente orden ni cadencia. Las tropas croatas utilizaban el mismo camino para avituallar la primera línea. Cruzaron una carretera en zigzag. Vukovar era una ratonera. Estuvo una semana. Allí conoció a Hubert van Hecke. Era francés, y estaba tan mal de la cabeza como él. Hay un tipo de fotógrafos de guerra que necesitan acción, porque es lo que demanda «el mercado del horror». Arriesgan más de lo que deberían a la hora de lograr la mejor imagen que les asegure seguir en la élite.
Las tropas serbias empleaban carros de combate como si fueran piezas de artillería, como haría años más tarde el Ejército sirio en Hama, Alepo y Homs. Había cuerpos tirados en las calles o alineados en el exterior de una morgue desbordada de trabajo, en espera de que los familiares se los llevaran para enterrarlos. Las explosiones eran constantes. No parecía existir un refugio seguro. Hope y Van Hecke se escondieron en una casa intacta.
—Si ha tenido suerte hasta ahora, no tiene por qué dejar de tenerla esta noche —dijo Hope.
Los civiles bajaron al sótano. Ellos se quedaron en un salón sin muebles, acompañados de una botella de rakija. Se acordó de Delphine. Un joven les apremió a bajar al sótano:
—Muy peligroso, vengan.
Hubert dijo que él no se movía.
—Si te quedas, me quedo —dijo Puta Esperanza—. Pero como me maten por tu puta culpa no te lo perdonaré jamás.
A la mañana siguiente, cuando se disponían a iniciar el camino de regreso, una explosión los lanzó por los aires. Hubert sufrió heridas en las piernas, Tobias en un brazo. Se hicieron fotos el uno al otro. El viaje de regreso a Zagreb resultó una tortura. Van Hecke iba en una camilla sostenida por soldados croatas. En el maizal se les cayó al suelo dos veces. Solo dijo, Malo je briga, «un poco de cuidado».
Tobias regresó a París. Necesitaba curarse el brazo. Preparó un discurso sobre la conveniencia de vivir separados y mejorar desde esa distancia la parte de la pareja que no funcionaba, que era todo menos el sexo.
Pasadas las Navidades, Delphine decidió dar por terminada la relación. Estaba cansada de esperar a Godot. La mejor forma de conseguirlo fue lanzarle un órdago. Sentados en el interior del café Delmas, le espetó:
—Tengo casi treinta años, y me gustaría tener un hijo.
Tobias se quedó lívido. Acababa de activar su temor a la paternidad. Significaba igualarse a su padre, enfrentarse a la posibilidad de ser un maltratador. Su almacén educacional estaba lleno de insultos, castigos y golpes. Un hijo condicionaría su trabajo, le obligaría a sobrevivir. Quiso decir algo, pero en lugar de voz le salió un rumor.
—Quizá he sido demasiado directa —dijo ella.
—No creas. —Carraspeó mientras buscaba una palabra que rompiera el hechizo.
—Parece que te ha afectado —dijo ella riéndose—. No sabía que el gran Puta Esperanza fuese tan cagueta.
Y el ruido recorrió la escala musical, del do al si.
—Que yo sienta la llamada de la maternidad no te obliga a nada. Puedo acudir a un banco de semen, o, ahora que estoy curada, entrar en un bar y gritar ¡quiero follar!
—Mejor el banco de semen que el bar.
Esa noche, Tobias Hope durmió en el sofá. Cuando despertó, Delphine no estaba. Era enero de 1992. Amenazaba nieve. Recogió sus cosas y tomó un taxi al aeropuerto. Destino Londres, donde se acababa de instalar Roberto Mayo. «Toda mi vida cabe en un puto maletero», dijo. Se colocó las gafas de sol para protegerse de la curiosidad del conductor, acarició el cuerpo de su Leica, la cámara fetiche, y pegó la frente al cristal. Le pareció que las mujeres de París se volvían a su paso. «Mirad, ahí va un gilipollas», decían.
7. Mostar / Sarajevo / Roma, 1993
Tras varios Sarajevos en los que apenas coincidieron, en la primavera de 1993 Roberto Mayo y Amanda Bris volaron juntos a Roma, ciudad de la que él se declaraba experto. No era su breve etapa de delegado la que le otorgaba un conocimiento exhaustivo de sus mundos paralelos, sino el hecho de que la capital italiana era su centro de recarga emocional. Le gustaba dejarse estar, pasear sin rumbo, escuchar la babel de lenguas y observar la vida acelerada. Las distintas Romas eternas se superponen en un mismo escenario. Miles de personas se mueven escondidas detrás de una cámara de fotos. Apenas se detienen a oler, ver y sentir. ¿Qué cantidad de belleza invisibiliza la belleza? ¿Genera el contacto cotidiano con la monumentalidad un desgaste similar al de las relaciones o al seguimiento noticioso de las catástrofes? ¿Cuál es la tara que empuja a quejarse de las imperfecciones del pavimento de Piazza Navona en lugar de admirar el genio de Bernini?
Todo había comenzado unas semanas antes, en el santuario croata de Medjugorje, donde la Virgen se aparece todos los días a la misma hora desde el 24 de junio de 1981 a los videntes Vicka Ivanković, Marija Pavlović e Ivan Dragičević, a quienes revela secretos y entrega recados. En uno de los mensajes de 1993, la Virgen bendijo la guerra contra los musulmanes en traducción libre del franciscano Slavko Barbarić, que estaba en el epicentro de unas apariciones hasta ahora no reconocidas por el Vaticano. Esta orden religiosa, ejemplar en otros lugares, tuvo un comportamiento incendiario e irresponsable en la guerra de Mostar, alentando una cruzada contra el islam local.
Había estallado en la capital herzegovina una guerra dentro de la guerra contra los serbios, la librada entre croatas y bosniacos. El nuevo conflicto se extendió por el valle del Lašva, en Bosnia central. Había demanda de imágenes y textos. La lucha en Mostar, célebre por su Stari Most, el puente viejo otomano sobre el Neretva, fue su primer scoop debido a una serie de extraordinarias casualidades.
Mayo jamás entró en Sarajevo en un coche de alquiler. Prefería los aviones de la ONU, o ir de sablista en los blindados de los grandes medios internacionales. Los automóviles de Avis y Hertz eran cómodos en las vacaciones, pero poco útiles en una guerra. Aparcados lejos de los campos de batalla, en las retaguardias de Split o en Zagreb, servían para entrar y salir de los Balcanes. Eran la garantía de una descompresión lenta, sin sobresaltos, al pasar de la miseria a la opulencia. Disponer de un vehículo inmovilizado durante semanas era un dispendio del que nadie se quejaba. Ni siquiera Cabeza Rapada.
El temor al coche alquilado se lo había inculcado Julian Fox, que había entrado en Sarajevo en junio de 1992 a bordo de un Golf rojo arrendado en el aeropuerto de Viena. Después de varias semanas de callejeo, su estado era lamentable: abolladuras, manchas de sangre en el asiento del copiloto, ausencia de luna trasera...
La intensidad de los combates le obligó a dejarlo en una esquina del aparcamiento subterráneo del Holiday Inn y abandonar la ciudad en un Land Rover blindado de la cadena de televisión ITN. Fue un viaje duro. Llevaban en la baca el féretro de Jimmy Dixon. Sentada en el asiento de atrás iba Amanda Bris, protegida por unas gafas oscuras enormes. El dolor por la muerte de su novio le había devorado el grosor de los labios. Antes de abandonar el hotel, Fox le advirtió al director, un hombre vinculado al crimen organizado: «Le dejo el Golf a su cuidado. No sé cuándo regresaré, pero vendré más pronto que tarde. Como demuestra su estado, se trata de un coche maldito. Solo yo puedo tocarlo sin que los dioses, no importa el nombre, arrojen su cólera sobre el ladrón y sus cómplices. No sé si me he explicado». El director preguntó si la sangre era del periodista muerto. Fox señaló la baca del Land Rover, donde estaba el ataúd de Dixon sujeto con cuerdas. «Recuerde, coche maldito.»
Después de comprobar en agosto que el vehículo seguía en su plaza, y de renovar la advertencia al director, Fox no volvió a acercarse al hotel. No lo necesitaba: Bris se había instalado en la casa de Džidžikovac y la operación salida seguía siendo imposible para un coche sin protección blindada. La primera oportunidad llegó en un alto el fuego a finales de febrero de 1993. El personal del Holiday Inn lo recibió con una inusitada deferencia. Los hombres armados de la entrada realizaron el saludo militar. Le pareció extraño. Hacía meses que había dejado de ser cliente. En la recepción, una mujer le dijo que «el coche maldito» —así lo llamó— seguía en su sitio. Lo podía retirar gratis en cuanto quisiera, en este o en otro viaje, porque nadie se lo iba a robar. Al llegar al vehículo exclamó:
—¡Pero qué mierda es esta!
El mozo que lo acompañaba tragó saliva.
—Significa «peligro, coche maldito» —dijo, y aprovechó el desconcierto para explicar lo sucedido—: El director se lo vendió en octubre a Yuka por dos mil marcos alemanes. Él mismo hizo el puente, por eso el salpicadero tiene los cables a la vista. El coche arrancó sin problemas, pero al director le dio un infarto antes de meter primera. Murió en el hospital una semana después. Corrió la voz de lo ocurrido, y de que usted se lo había advertido. Todo esto llegó a los oídos del sucesor de Yuka, que a su vez había muerto en combate. Nadie quiso averiguar si había sido antes o después del intento de mover el Golf. El nuevo jefe mandó escribir sobre el capó Opasnost prokleta kola, que significa lo que le acabo de decir. El objetivo era evitar más bajas.
Fox no tuvo problemas en las fronteras croata y eslovena. Los agentes se mostraron comprensivos al conocer la causa del estado del coche. En las autopistas de Austria, la policía lo paró cuatro veces. Él enseñó el pasaporte estadounidense y sus credenciales de periodista, explicó que no era un delincuente como podía parecer, sino un afortunado reportero que regresaba a casa tras haber sobrevivido al cerco de Sarajevo. Adornó la historia cada vez más, hasta que el último policía no hizo preguntas ni estudió los documentos; se limitó a decir «siga, siga», como si el diálogo pudiera resultar contagioso. Fox abandonó el Golf con nocturnidad y alevosía en el aparcamiento de Avis, y luego entró a la carrera en la terminal del aeropuerto de Viena-Schwechat.
Lo siguiente que escuchó acerca del asunto fueron los gritos de su gerente al recibir la factura. Entre uso, desperfectos y multas, la cantidad era similar al precio de un coche nuevo. Esa fue la causa de que su agencia decidiera comprar un segundo blindado.
—Si yo hubiese hecho algo similar —comentó Mayo—, Cabeza Rapada me habría enviado a la cámara de gas después de descontarme del sueldo el coche y la dosis de Zyklon B.
Roberto Mayo había seguido el ritual de la buena suerte para ahuyentar sus temores: alquiló en el aeropuerto de Trieste un Fiat blanco, el color de Naciones Unidas, echó unas gotas de Juanito Caminador sobre la tapicería para liberarla del mal fario, y puso rumbo al país en el que dejaban de tener validez los seguros de accidente y casi todos los de vida. Le inquietaba viajar sin Puta Esperanza, postrado en la cama tras un accidente de moto. Miró la hora y la fecha: siete y media de la mañana del 7 de mayo de 1993. Lucía un sol espléndido, el mar se mostraba tan azul que parecía copiado de la Marina de Saintes-Maries de Van Gogh. Durante el trayecto se dedicó a mantener conversaciones imaginarias con sus jefes. Le gustaba Marcela Thompson, responsable de la sección Internacional. Era la voz amable que preguntaba «¿cómo está mi chico favorito? ¿Qué te gustaría escribir hoy?». Fue ella quien lo había rescatado de la corresponsalía de Jerusalén al convencer a Barnard de que sería más útil como enviado especial. Jamás imponía los temas ni el ángulo de las crónicas. Escuchaba al periodista, le daba la razón, formulaba alguna pregunta y, de manera imperceptible, lo atraía a su terreno para que escribiera lo que ella quería.
En el vestíbulo del hotel Split se encontró con Amanda Bris. Acababa de llegar en un ferri procedente de Bari. Pretendía volar a Sarajevo en un avión de la ONU lo antes posible. El capitán noruego encargado de ordenar las prioridades —primero el personal del alto organismo y las agencias subordinadas, después las oenegés, y por último los periodistas— les prometió «dos asientos en primera clase» a las 16.00 horas del día 10 en la compañía Maybe Airlines, así bautizada por los escandinavos porque los vuelos nunca estaban confirmados hasta unos minutos antes del despegue.
Decidieron aprovechar el coche alquilado, ir a la mañana siguiente a Medjugorje y evaluar si las apariciones marianas merecían un reportaje. Decepcionados por la pobreza escénica del negocio de la fe, prosiguieron hasta Mostar. Tomaron café en la casa de un pintor conocido de Bris que vivía en el lado musulmán. Estaba obsesionado con el Stari Most. Los emborrachó de rakija e historias hasta que tuvieron que quedarse a dormir.
Al día siguiente, la ciudad se despertó sobrecogida, como si todos sus habitantes hubiesen tenido la misma pesadilla y arrastraran el presagio de un nuevo conflicto. Cerraron los controles. No se podía entrar ni salir. Esa guerra presentida estalló a última hora de la tarde. Eran los únicos periodistas extranjeros dentro de Mostar. Estuvieron atrapados tres días.
Tras los primeros cañonazos desde el lado croata, Mayo recordó el Golf rojo y se lanzó a esconder su coche en los soportales de la avenida principal. Algunos de los edificios estaban en alto, sostenidos por columnas que dejaban un espacio que en tiempos de paz servía de zona de juegos infantiles. El vehículo era su salvoconducto de salida.
Bris consumió sus carretes en cuarenta y ocho horas pese a esforzarse en no malgastar fotos, un problema que desaparecería tras la irrupción de las cámaras digitales. Mayo pudo dictar dos crónicas escritas a mano desde el teléfono de Esad Humo, jefe de las unidades de élite del Ejército bosniaco. Era temido por sus enemigos y amado por sus tropas.
Bris carecía de medios de transmisión de fotos. En sus estallidos de ira juraba en alemán y lanzaba objetos al suelo:
—¡Tengo la gran exclusiva de mi vida, y me la estoy comiendo! ¡Me cago en la puta! Voy a estampar ese jarrón de mierda. ¡Sí, ese! —dijo señalando uno verde fosforescente.
—Necesito una lata. ¡Es urgente! —gritó Mayo.
Tras recibir una Coca-Cola caliente de manos de la hija del pintor, Amanda Bris la arrojó por la ventana. En esos arrebatos parecía una mujer poseída por mil diablos, escena que desconcertaba a los hombres que no esperaban tanta violencia en una mujer tan hermosa y dulce, personaje que ella cultivaba para deslizarse en las trincheras, colarse en los quirófanos o sacar fotografías en los entierros.
Aprovecharon un alto el fuego a primera hora de la mañana para salir de Mostar por el lado croata en dirección a Medjugorje. En lo alto de una colina vieron a un grupo de periodistas que seguían la situación junto a una unidad de la Legión española. Desde aquel promontorio se divisaban las dos ciudades, la croata y la bosniaca. Aún se escuchaban los disparos aislados. Mayo se detuvo a saludar al teniente al mando y a los colegas. No contó nada, los dejó masticando su derrota. Bris había tenido la precaución de colocar el primer carrete de fotos del pintor, sin valor periodístico, y esconder los demás.
Llegaron al hotel Split, reservaron dos habitaciones contiguas. Amanda organizó un cuarto oscuro en el baño ayudada de su laboratorio de campaña. Mayo se sentó en la terraza desde la que se divisaba el Adriático. Menos de cuarenta kilómetros separaban ese mar de la destrucción y el odio. La distancia lo era todo, en la vida y en el periodismo. No era lo mismo estar dentro de Mostar que en una colina; oler y tocar que mirar a través de unos prismáticos. Se quedó atrancado en sus pensamientos. Cuando se trataba de balas y explosiones surgía Líbano. Abrió el ordenador en busca de la primera frase.
Gracias a Jon Barnard tenía un buen contrato, estaba en plantilla, cobraba pagas extras y le abonaban todos los gastos, a menudo sin factura, pero echaba de menos Beirut. «Siempre anhelamos lo que no tenemos», se dijo parafraseando a Baudelaire, el poeta favorito de su madre. Recordó que debía llamar al periódico, no fuera que alguno de los periodistas de la montaña terminara por reventarles la exclusiva apoyado en un texto calenturiento. Quería ver las fotos antes de proponerle a Marcela un reportaje conjunto. Quería estar seguro del enfoque. Se imaginó que sería la complicidad definitiva que le permitiría besarla en la boca. Abrió el minibar, sacó dos botellitas de Juanito Caminador, las vertió en un vaso y aspiró el contenido antes de beberlo.
Amanda le sorprendió en plena liturgia. Le mostró los contactos. Había marcado en rojo las mejores fotos. Jamás invertía ni modificaba el contenido más allá de las mejoras de luz y contraste. Mayo utilizó la lupa deteniéndose en cada imagen. No quería que le regañara por no prestar atención. Si miraba uno seleccionado, le metía prisa:
—Así no vamos a terminar nunca. Yo soy la fotógrafa, tú solo sabes hablar demasiado.
Al terminar, llamó al periódico:
—Estoy fuera de Mostar, y estoy bien —informó—. Tengo fotos exclusivas de los combates de estos días. No, no son mías. Son de Amanda Bris. Sí, la fotógrafa de Logavina y de los niños del columpio. La crónica está medio escrita. —Mintió, porque solo tenía el primer párrafo—. La puedo enviar esta tarde. Aprovecharemos sus fotos para mear a la competencia. Y el domingo, una historia larga. ¿Cómo? ¿Seis mil palabras?
Al otro lado se escuchó la voz serena de Thompson:
—Vamos a por ellos. Si quieres mear a la competencia, como dices, necesito mil doscientas palabras antes de las ocho y media. Hora límite. Pásame a Bris, por favor.
Después de felicitarla e interesarse por los medios de transmisión de los que disponía, dijo:
—Mándame cinco lo antes posible. Las que decidas, confío en tu gusto. Más horizontales que verticales. Y piensa en la primera página. Mañana hablaremos del reportaje del domingo, pero calcula que necesitaremos entre siete y diez fotografías. Me encargaré de que te paguen bien.
Después de enviar la crónica urgente, género que dominaba tras su paso por Associated Press, Mayo comenzó a escribir la historia del fin de semana. Amanda lo había mandado a su habitación porque no quería interferencias, decía que la ponía nerviosa porque no dejaba de hablar solo. Mayo tenía la cabeza y las manos en ebullición. A las cinco de la mañana se tumbó en su cama, vestido y exhausto. Soñó que editaba el texto. Al repasar lo escrito cambiaba frases que no quería modificar, desaparecían líneas y párrafos enteros. Se despertó bañado en sudor. Había sido una alucinación. Leyó lo escrito, quitó adjetivos, consultó sus notas ilegibles en busca de olvidos y se presentó en la habitación de Bris.
Ella abrió con ojos de haber dormido poco.
—Buenos días, Amanda. ¿Podrías leer esto?
Cuando terminó, le devolvió el ordenador sin aprobar ni rechazar. Antes de meterse en el cuarto oscuro le encargó un expreso, dos cruasanes sin tostar y un zumo de naranja. A las nueve de la mañana habían acordado las diez fotos que acompañarían al reportaje. Tras desayunar, Bris regresó a la oficina de WTN, situada una planta más abajo. Debía enviarlas a Londres. Thompson llamó a mediodía, parecía feliz. Pidió a Mayo que añadiera trescientas palabras. «Las fotos son excelentes, daremos cuatro páginas.» Amanda lo abrazó. Él sintió su pecho hincharse sobre su pecho, latir y respirar, emocionarse, pero no hubo besos.
Regresaron al aeropuerto. Necesitaban reinscribirse en los vuelos a Sarajevo. El capitán noruego la reconoció:
—Se perdieron dos asientos de lujo. Ya no quedan ni de turista. Todo completo.
Les informó de que UNPROFOR, el nombre oficial en inglés de la Fuerza de Protección de Naciones Unidas, había reducido los vuelos desde Split. Les recomendaba ir a Ancona, «más aviones, menos oenegés y periodistas». Había dos opciones: barco o carretera. Mayo apostó por lo más romántico desplegando una retahíla de argumentos prácticos:
—Por carretera es una paliza, Amanda. Hasta Italia no hay doble carril. Habría que dormir en Trieste, y eso nos demoraría un día. Pero si cogemos un barco podríamos estar mañana por la tarde en Sarajevo. Sería como un crucero.
Amanda entornó los párpados:
—Me apetecía pasear por Piazza Grande y comer ragú.
Dos horas después enfilaban la carretera de la costa dálmata en dirección Zadar, Rijeka y Trieste. Mayo le dejó a Amanda Bris la responsabilidad de cruzar las aduanas. Al decirle al carabiniere «aquí tiene los pasaportes, señor agente» se esfumaron las formalidades burocráticas.
—¡Buenas tardes, bella señorita! ¡Bienvenida a Italia! ¿Sería tan amable de abrir el maletero?
Era la misma pregunta que kilómetros antes había formulado un apuesto policía esloveno. Salió del coche embutida en sus pantalones vaqueros. Sabía que el agente, al que ya acompañaban otros cuatro, solo pretendía verle el culo.
Durmieron en Trieste, cada uno en una habitación. No cenaron. En la entrada de la ciudad, ya de madrugada, Mayo creyó haber atropellado a un gato. Escuchó el golpe y un maullido agudo, y lo vio saltar zombi delante del cristal. Se detuvo, inspeccionó las aceras y los bajos de los vehículos aparcados. No encontró nada, ni herido, ni cadáver. Una manada gatuna lo vigilaba desde la otra orilla. Les gritó: «¡Si no hay cuerpo, no hay crimen!», y regresó al volante. En el desayuno ella lo llamó The Crazy Man Who Speaks to Cats.
Pararon a comer pasta con ragú en Bolonia pese a que era demasiado temprano. Querían llegar a Ancona antes del cierre de la oficina de Maybe Airlines. Obtuvieron plaza a las ocho de la mañana en un cargo de UNPROFOR. Cenaron y pasearon por el centro. La conversación no abandonó el ámbito profesional.
Ya en Sarajevo, Bris se quedó en el edificio de Associated Press en Džidžikovac, y Mayo se movió solo, sin las fotos y el manto protector de Puta Esperanza. Se hospedó en la pensión Hondo. Eran amables, y la comida era casera. Cuatro semanas después encontró a Bris en el bar Ragusa. Ella se interesó por sus planes.
—Quizá me marche este fin de semana —dijo él—. Debo recoger el coche en Ancona. —Ante un silencio que parecía demandar detalles, añadió—: Lo devolveré en Roma.
—¿Roma? Me apunto. Mantenme al corriente.
Pensó en Tobias Hope. Incluso le pareció escuchar su voz: «Lo vas a conseguir, tío. La tienes en el puto bote».
Volaron a Ancona, después condujeron por turnos hasta Roma. Llegaron sin hambre tras haberse empachado en un restaurante de carretera especializado en berenjenas. Decidieron quedarse unos días. Mayo escogió un hotel pequeño en Monti, cerca del David de Miguel Ángel. Fue un movimiento maestro. Por el escaso número de habitaciones tuvieron que acomodarse en la misma, aunque en camas separadas. Tras depositar los bultos en el suelo, Amanda movió las mesitas de noche al centro. Parecía una muralla. Entró en el baño, él se hizo el dormido de un ojo. Se la imaginó desnuda. Al salir llevaba un tanga negro y una camiseta con una frase: The brain is not an organ of sex.
—¡Dios, qué cuerpo tienes!
—A dormir, míster Hemingway.
Pasó la noche en duermevela. Cuando sonó el despertador, vio a Amanda vestida. Tenía un libro en las manos.
—Date prisa, necesito desayunar.
Casi nueve meses después de conocerla en Split había conseguido dormir en la misma habitación. Si no telefoneó a Tobias fue porque no tenía nada concreto que contar.
Bajaron a una plaza cercana. Pidieron café, huevos revueltos y zumo de naranja. Caminaron por el Trastévere. Sintió tentaciones de pasarle un brazo por la cintura. Al salir de Santa María, Amanda lo tomó de la mano.
—Quiero decirte, Roberto Mayo, que eres atractivo, un tipo que gusta. Buena planta y mucha labia. Pero es importante que se te meta en la cabeza que no vas a follar conmigo. Ni ahora ni más adelante. Eres la última persona del mundo con la que me enrollaría. Si hubiera cambios, cosa que dudo, te informaré.
Dejó la mano debajo de la suya, sintiendo fluir todo el cuerpo.
—¿Tan horrible soy?
—No, solo eres idiota. Y eso es fundamental.
Pulsuz fraqment bitdi.