Kitabı oxu: «Ejecutores, víctimas y testigos»

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© del texto: Raul Hilberg, 1992

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: Marzo de 2022

ISBN: 978-84-18741-43-2

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: Tomasz Wiśniewski, (c) Album/Forum

Maquetación: Nèlia Creixell

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

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Para Gwendolyn

ÍNDICE


PREFACIO
PARTE I. EJECUTORES
I. Adolf Hitler
II. El engranaje burocrático
III. El viejo funcionariado
IV. Carne nueva
V. Fanáticos, codiciosos y compungidos
VI. Médicos y abogados
VII. Gobiernos no alemanes
VIII. Voluntarios no alemanes
PARTE II. VÍCTIMAS
IX. Los líderes judíos
X. Los refugiados
XI. Hombres y mujeres
XII. Matrimonios mixtos
XIII. Los niños
XIV. Los judíos cristianos
XV. Privilegiados, luchadores y despojados
XVI. Los inadaptados
XVII. Los supervivientes
PARTE III. TESTIGOS
XVIII. Países en la Europa de Hitler
XIX. Los que ayudaron, los que se lucraron y los que se quedaron mirando
XX. Mensajeros
XXI. Los salvadores judíos
XXII. Los aliados
XXIII. Países neutrales
XXIV. Las iglesias
NOTAS

PREFACIO

La catástrofe judía acontecida entre 1933 y 1945 alcanzó proporciones colosales. La mancha empezó en Alemania y se fue extendiendo hasta engullir a la mayor parte del continente europeo. También fue un suceso que concernió a un conjunto muy diverso de culpables, a un sinfín de víctimas y a una infinidad de cómplices. Esos tres grupos diferían entre sí y no se alteraron en el decurso de sus vidas. Cada grupo presenció los hechos desde un punto de vista personal y único, mostrando una actitud y reacción propias.

Los culpables desempeñaron un papel específico formulando o aplicando medidas contra los judíos. En la mayoría de los casos, un participante recibía su cometido y lo atribuía a su puesto y a sus obligaciones. Lo que hacía era impersonal. Le habían autorizado o dado instrucciones para llevar a cabo esa misión. Es más, ningún hombre ni organización fueron exclusivamente responsables de la destrucción de los judíos. No se reservó ningún presupuesto concreto para tal fin. La labor se difuminó entre una gran hueste de burócratas; cada hombre tenía la sensación de que su aportación no era más que un granito de arena en ese inmenso proyecto. Por estos motivos, un edil o secretario municipal, o un guardia uniformado, nunca se consideraba a sí mismo culpable. No obstante, sabía que el proceso de destrucción era deliberado y que, una vez inmerso en esa vorágine, sus actos serían indelebles. En este sentido, seguiría siendo siempre aquello que había sido, por muy reacio que fuera a admitir o comentar lo que había hecho.

El primer y gran culpable fue el propio Adolf Hitler. Fue el arquitecto supremo de toda la operación, que habría sido inconcebible sin él. Hitler siempre fue el centro de atención, pero la mayor parte del trabajo se llevó a cabo en las sombras y corrió a cargo de una vasta red de funcionarios de confianza y arribistas. En este conglomerado, algunos hombres se mostraron entusiasmados, mientras que otros tuvieron sus dudas. Entre los líderes había muchos profesionales altamente cualificados, como los omnipresentes abogados o los indispensables médicos. Cuando el proceso se amplió hasta sumir a toda Europa, la maquinaria de la destrucción se internacionalizó, pues los alemanes engrosaron sus filas con Gobiernos de Estados satélite y colaboradores puntuales de los países ocupados.

A diferencia de los culpables, las víctimas estuvieron siempre expuestas. Eran inequívocamente identificables y contables. Para ser declaradas judías, solo tenían que tener padres o abuelos que también lo fueran. Las leyes y reglas discriminatorias preveían con gran detalle los problemas con los matrimonios mixtos, las personas de linaje mixto y las empresas de propiedad compartida. Con cada paso que se daba, el abismo se ahondaba más y más. Los judíos fueron marcados con la estrella de David y sus contactos con los no judíos menguaron, hasta acabar limitándose a la pura formalidad o siendo directamente prohibidos. Confinados en casas, guetos y campos de trabajos forzados, se les recluyó y concentró geográficamente. Aparte de estas barreras, la guerra también contribuyó a aislar el judaísmo del continen- te europeo de las comunidades judías y los Gobiernos aliados del resto del mundo.

Las víctimas tenían líderes. Y esas personas, que ocupaban cargos en cientos de consejos judíos, han atraído la atención de muchos analistas. No obstante, las víctimas en general han sido siempre una masa amorfa. Millones sufrieron un mismo destino delante de tumbas ya cavadas o en cámaras de gas oscuras y selladas. La muerte de esos judíos se ha convertido en su atributo más reconocido. Se les recuerda sobre todo por lo que les sucedió, y por eso ha habido ciertos recelos a la hora de dividirlos en categorías. Con todo, la mella de la destrucción no fue la misma para todos. Primero, hubo personas que se marcharon a tiempo: los refugiados. La inmensa mayoría que no se fue o que quedó atrapada fueron hombres y mujeres adultos, y sus respectivos encuentros con la adversidad no fueron idénticos. Algunos judíos casados forman una categoría especial, pues sus cónyuges no eran judíos. La vida y las aflicciones de los niños también constituyen una categoría de pleno derecho. El dilema que afrontaron los cristianos de ascendencia judía merece un aparte. Y la comunidad en su conjunto estaba estratificada de pies a cabeza según la riqueza y los ingresos, y en muchas situaciones esas distinciones materiales fueron cruciales. Aún más significativas fueron las diferencias en cuanto a la personalidad de cada uno. Aunque la mayoría de las víctimas se aclimataron poco a poco a la creciente agonía por la necesidad y la pérdida, hubo una minúscula minoría que no compartió este conformismo general. La incapacidad o la negativa a aceptar el agravio dio pie a diferentes reacciones, desde el suicidio a la rebelión sin cuartel. Al final, unas pocas personas que se empecinaron en no morir, resistiendo contra viento y marea, fueron halladas vivas en los campos y en los bosques liberados: son los supervivientes.

Pero la mayoría de los contemporáneos de la catástrofe judía no fueron ni culpables ni víctimas. Muchas personas vieron u oyeron algo de lo sucedido. Los que vivían en la Europa de Adolf Hitler se habrían descrito a sí mismos, con contadas excepciones, como cómplices o testigos. No participaron activamente porque no querían hacer daño a las víctimas, pero tampoco querían ser blanco de la ira de los culpables. Aun así, la realidad no era siempre tan meridiana; dependía mucho de las relaciones de los diversos países de la Europa continental con los alemanes y los judíos. Estos vínculos o rencillas podían impulsar o frenar la acción en una u otra dirección. Además, muchos actos venían determinados por el carácter de cada persona, en particular si dicho carácter era insólito o extraordinario. En algunas zonas, los cómplices se convirtieron en culpables. En muchas regiones se aprovecharon de las desgracias judías y sacaron rédito de la situación, pero también hubo aquellos que ayudaron a los perseguidos. De vez en cuando aparecía un mensajero que difundía las noticias.

Fuera del escenario de la propia destrucción, hubo un grupo importante al que se enviaron mensajes de socorro: los judíos de Estados Unidos, Reino Unido y Palestina. Los líderes judíos de esos países no eran indiferentes ni se veían en absoluto como cómplices. Pero sí creían que estaban indefensos, y tanto fue así que acabaron cayendo realmente en la impotencia. Los Gobiernos aliados a los que apelaron los judíos norteamericanos y británicos no eran impotentes, pero tampoco iban a jugarse el todo por el todo por las víctimas. Y los países neutrales del continente europeo adoptaron la política de no incurrir públicamente en acciones que pudieran colocarlos en uno u otro bando. Esta postura atenazante contribuyó a que tampoco asumieran un papel activo en el sufrimiento judío. Las diferentes confesiones cristianas, en cambio, aceptaban a toda la humanidad, pero les costó extender su mano del mismo modo en todas direcciones. Para el Papa, este ejercicio fue especialmente difícil, y en los años que han transcurrido desde el fin de la guerra se le ha tildado a veces de cómplice por antonomasia. Aunque hay que admitir que los eclesiásticos, tanto católicos como protestantes, estaban marcados a fuego por su nacionalidad y temperamento, como casi todos los habitantes de Europa.

En este texto, culpables, víctimas y cómplices aparecerán por separado. Cada uno de los veinticuatro capítulos versa sobre un segmento de los tres grupos y está escrito como unidad suelta. En principio son independientes y se pueden leer en el orden que se desee. Este volumen no pretende cubrir todas las personas y cuestiones. Es más bien un libro con descripciones breves y retratos concisos sobre individuos, conocidos y desconocidos, que en su día fueron parte de esta historia.

He invertido varios años en investigar y escribir. Habría tardado aún más de no haber sido por el apoyo que he recibido de mi amigo y colega Alan Wertheimer, que cuando inicié este proyecto dirigía el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Vermont. Gracias a sus gestiones conseguí una beca de investigación de la John M. Olin Foundation con la que pude hacer frente a los gastos de material y desplazamiento. Y, por encima de todo, pude disponer de tiempo. La fundación fue paciente con las sucesivas interrupciones, ampliaciones y extensiones de la obra. Estoy profundamente agradecido por su contribución. John G. Jewett, decano de la Facultad de Artes y Ciencias, me facilitó la tarea de documentación concediéndome un permiso muy oportuno y bienvenido. Y, por último, estoy en deuda con los archiveros y bibliotecarios de tres continentes por su inestimable ayuda. Sin ellos, las fuentes esparcidas por todo el globo se habrían perdido y los nombres, así como los hechos, seguirían en el tintero.

PARTE I
EJECUTORES

«Yo nunca fui cruel».

HERMANN GÖRING al psicólogo penitenciario

G. M. Gilbert en Núremberg, 1946

CAPÍTULO I
ADOLF HITLER

Adolf Hitler nació el 20 de abril de 1889. Su padre Alois era funcionario de aduanas del Imperio austrohúngaro en Braunau, en la frontera con Alemania, y se había quedado viudo dos veces antes de casarse con Klara, una mujer mucho más joven. Adolf fue uno de los seis hijos que tuvo Klara y uno de los dos que sobrevivieron. La vida de la hermana de Adolf, Paula, está rodeada de tinieblas y secretismo.

La familia no era pobre. Alois había ido escalando socialmente pese a su humilde origen, y, cuando murió, la familia no pasaba hambre. Klara, con quien Adolf estaba muy unido, murió de cáncer a los cuarenta y siete años. Su médico era judío.

De adolescente, Adolf Hitler estudió en las ciudades de provincias de Linz y Steyr, pero no era buen estudiante. Sacaba malas notas en matemáticas, física y alemán, era más bien mediocre en religión y protocolo, y solo destacaba en arte y gimnasia. Aun así, la duración y calidad de su escolarización fueron adecuadas y, para los estándares de la época, más o menos normales.1

Atraído por el arte, en 1907 llegó a la capital austriaca: Viena. Viviría allí los siguientes seis años. Un amigo íntimo interesado por la música le introdujo en las óperas de Richard Wagner, en las que abundan las deidades precristianas, los sordos y lentos redobles y las poderosísimas arias, con el característico crescendo controlado de la voz que se alza por encima de una gran orquesta. Hitler no consiguió entrar en la prestigiosa Academia de Arte de Viena. No le recriminaron el estilo, como sí habían hecho el Salón de París con los impresionistas o las clases dirigentes vienesas con los secesionistas. Hitler era tradicional. Dibujaba y pintaba edificios y paisajes. Su evidente defecto eran las caras. Aun así, hizo un esbozo de su propio rostro en un dibujo un tanto caricaturesco.

Pese al rechazo, Hitler no cayó en la indigencia. Vivía en el vigésimo distrito, donde residían muchos obreros y pequeños comerciantes. Su aposento se encontraba en una casa para hombres solteros y era de lo más ordinario. A veces podía faltarle dinero para un abrigo o alguna otra cosa, pero iba tirando con el patrimonio que le había dejado la familia y con lo que obtenía por vender sus cuadros a marchantes de arte. Parece que dos de esos marchantes eran judíos.2

En la Europa de 1907-1913 campaban doctrinas que a finales del siglo XX habían perdido gran parte de su atractivo: el imperialismo, el racismo y el antisemitismo. Austria-Hungría no tenía colonias en otros continentes. Su población era cien por cien blanca, aunque sí tenía una considerable minoría judía. Solo en Viena vivía una comunidad judía de unas doscientas mil personas, muchas de ellas recién llegadas de las provincias del este, sobre todo de Galitzia. En Viena también había un movimiento antisemita que publicaba textos en los que se atribuía una conducta destructiva a los judíos, afirmando que eran una raza que no podía ni iba a cambiar. Durante su estancia en Viena, Hitler se impregnó de estas ideas.

También fue donde cumplió la edad mínima para alistarse en el ejército. Igual que otros países de la Europa continental, Austria-Hungría aplicaba el reclutamiento de tiempos de paz. Obligaba a hacer el servicio militar a hombres en buenas condiciones físicas, brindándoles una instrucción simple y enviándolos a la reserva para poder movilizarlos enseguida en caso de estallar una guerra. De hecho, entre 1907 y 1913 los países se fueron preparando cada vez más e iniciaron una carrera armamentística que enfrentaba principalmente a Alemania y Austria-Hungría con Francia y Rusia. Pero Hitler eludió el servicio militar.

En 1913 se fue a Múnich y desde allí firmó la paz con las autoridades austriacas. Le hicieron un examen y lo declararon demasiado débil para servir. No obstante, cuando Alemania declaró la guerra en agosto de 1914, Hitler se presentó voluntario en el ejército alemán. Estuvo los siguientes cuatro años en el frente occidental, donde resultó herido. No lo ascendieron porque pensaban que no tenía dotes de mando. Le denegaron varias veces la codiciada condecoración de la Cruz de Hierro de primera clase, aunque la recibió finalmente en agosto de 1918 después de otra recomendación. El valedor que intercedió a su favor fue el teniente de la reserva Gutmann, aparentemente judío.

Poco antes del fin de las hostilidades, Hitler fue víctima de un ataque con gas. El día del armisticio seguía hospitalizado y no se quitó el uniforme ni siquiera durante su recuperación. Destinado en Baviera, presenció algunos de los levantamientos políticos en la Alemania de posguerra, incluido un fugaz régimen comunista local que fue aplastado por el ejército alemán. Un efecto colateral de la democratización fue que el viejo mando militar ya no podía silenciar los debates políticos, aunque sí organizarlos y supervisarlos. En la unidad a la que pertenecía Hitler, un soldado quiso saber por qué Alemania había perdido la guerra. El comandante de la compañía ordenó a Hitler que le escribiera una respuesta.

La réplica de Hitler lleva la fecha del 16 de septiembre de 1919 y es su primer texto explícito sobre los judíos. En esa larga misiva, afirmó que los judíos estaban explotando a los países, minando su fuerza e infectándolos con una tuberculosis racial. También habló de su antisemitismo, distinguiendo entre un antisemitismo emocional, que solo podía dar lugar a raptos pasajeros o pogromos, sin aportar una solución al problema judío, y un antisemitismo racional, que resultaría en una serie de medidas legales consagradas a la eliminación final de los judíos.3

La diferenciación entre clases de antisemitismo no era muy común y bien podría ser fruto de sus propias reflexiones. Tildaba la emoción (Gefühl) de pasajera, mientras que la razón, o Vernunft, era constante. Él quería constancia en la consecución de su objetivo: la extirpación, desaparición o eliminación ambigua pero total de los judíos, expresada con el término alemán Entfernung.

Cuando Hitler escribió la carta tenía treinta años. Su contenido no podía deducirse naturalmente de nada de lo que hubiera dicho o escrito en el pasado. En su trato previo con judíos no hay nada que justifique esa hostilidad. Como Eduard Bloch, el médico que había tratado a su madre, era judío, se ha especulado un poco con que Hitler pensara que los médicos judíos eran un peligro para la salud del pueblo alemán. Pero lo cierto es que esta imagen apareció más tarde en la descarnada propaganda nazi. Es verdad que, como Führer, Hitler se mostró contrario a que los médicos judíos trataran a pacientes alemanes. Pero su razón era el estatus de los doctores en la sociedad, pues eran modelos (Vorbilder) para todo el mundo y no quería que los judíos formaran parte de esa élite.4 Sus contactos con marchantes de arte judíos también sugieren la posibilidad de que Hitler tuviera la sospecha de estar siendo explotado o engañado. También en este caso hay que decir que Hitler ordenó la liquidación de las empresas judías, pero nunca se le oyó quejarse de sus propias transacciones con ellos. Un hombre al que sí recriminó Hitler fue su amigo gentil Reinhold Hanisch, que vendió sus cuadros por el 50 % del precio estipulado y que, en una ocasión, se embolsó la suma entera. A ese hombre, Hitler sí le acusó de haberlo estafado.5 Por último, si uno busca las claves del interés de Hitler por la cuestión judía, su vida en el frente o en el seno del ejército entre 1914 y 1918 tampoco da mucho de sí. Es cierto que no quiso que entraran judíos en el ejército alemán una vez que llegó al poder, pero en agosto de 1938 seguía señalando a su séquito que «no importaba lo que la gente decía», que en la Primera Guerra Mundial había habido valientes soldados judíos e incluso oficiales.6

La fijación de Hitler nació en Viena, donde leyó tratados antijudíos y donde, según afirmó más tarde, empezó a odiar cada vez más a los judíos. Aquellas palabras impresas, o las imágenes de las calles vienesas repletas de migrantes judíos llegados del este, no distorsionaron su imagen de los judíos concretos que había conocido en Litz, en Viena o en el ejército. Más bien contrajo una obsesión con ellos en general. Eran intrusos en la nación alemana y los culpaba como grupo por nada más y nada menos que la mayor pérdida de todas: la derrota de Alemania. Seguramente estuvo barajando esta conclusión durante un tiempo, porque su afirmación de 1919 no refleja duda ni vacilación. Es el producto final de un hombre convencido de su hipótesis.

Después de 1919 Hitler tuvo que abandonar el ejército, pues el tratado de paz obligó a desmovilizar gran parte del mismo. Sin embargo, empezó una nueva actividad. Durante el tiempo restante de servicio militar, le habían ordenado investigar a un grupo político autodenominado Partido Obrero Alemán, sospechoso de tender en exceso hacia la izquierda, aunque solo fuera por el nombre. Hitler se afilió al partido y se convirtió en su miembro número 555, y el séptimo del comité ejecutivo.7 Enseguida fue elegido máximo dirigente gracias a su extraordinario talento para hablar en público. La formación se convirtió en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, popularmente llamado Partido Nazi. Su programa del 20 de febrero de 1920 hacía varias referencias a los judíos. Destacaban las propuestas para revocar sus derechos como ciudadanos, excluirlos de la función pública y deportar a aquellos que habían entrado en Alemania tras el estallido de la Primera Guerra Mundial. Pero el programa no hacía prever en absoluto lo que depararía el futuro.

En 1923 Hitler decidió acceder al poder dando un golpe de Estado. La idea no era original. En noviembre de 1917 los comunistas se habían hecho con el control de Rusia; en octubre de 1922 Benito Mussolini había ascendido al poder tras su marcha sobre Roma; y en la propia Alemania había habido intentos golpistas que, sin éxito, pudieron servir de inspiración. El putsch, el nombre con que los alemanes conocen el golpe de Estado, no se produjo en Berlín sino en Múnich, donde contaba con el apoyo de importantes oficiales del ejército. Hitler marchó con el general Erich Ludendorff, la policía abrió fuego y la tentativa fracasó. El incidente tuvo lugar el 9 de noviembre de 1923. Se había programado para hacer coincidir la victoria nazi con el 11 de noviembre, el día que se cumplían cinco años del armisticio.

Hitler fue juzgado por traición y estuvo poco más de un año en la cárcel, donde empezó a escribir Mein Kampf, su polémica autobiografía. Según Hitler, su padre Alois no había sido antisemita y había considerado los mensajes antijudíos como un signo de reaccionarismo. Ni siquiera el joven Adolf había reparado en los judíos en Linz, ya que no parecían tan diferentes de los propios alemanes. Cuando llegó a Viena, seguía sin poder reconocerlos. Solo al cabo de un tiempo se percató de su patético aspecto, se fijó en el hedor que desprendían y tomó nota de su teatral forma de hablar. A partir de entonces empezó a darse cuenta de lo que eran los judíos. Eran intermediarios que no producían nada, marxistas que se adue- ñaban de los sindicatos, comerciantes que controlaban la bolsa y escritores de tres al cuarto que contaminaban la cultura alemana. Profanaban las mujeres alemanas con su sangre. Claramente, la mera visión de los judíos ofendía a Hitler; eran la encarnación de la fealdad, la decadencia, la repulsión y la sífilis.

Tras salir de prisión, Hitler decidió reconducir su vida. Se instaló en un modesto apartamento donde siguió trabajando en Mein Kampf,8 renunció a la ciudadanía austriaca e hizo los trámites para convertirse en un alemán de iure, aunque su situación no fue regularizada por completo hasta 1932.9

Aun así, su vida política no tenía nada de estable. El partido exigía una dedicación completa y él no tenía un trabajo en el que apoyarse, pero lo apostó todo a la ínfima posibilidad de victoria. Iba a ser un todo o nada, pero a finales de 1928 el partido seguía siendo pequeño y solo contaba con 108.717 miembros.10

La economía privada de Hitler era otro problema importante. Tuvo que pedir dinero prestado. Su único lujo, un Mercedes que adoraba, pero que también necesitaba para su creciente labor política, atrajo la atención de los inspectores de hacienda, que cuestionaron que se hubieran declarado todos los ingresos y pusieron en duda el tamaño de las deducciones.11

En 1929 los ingresos de Hitler eran sustanciales y vivía ya con cierta holgura en unos aposentos mucho más grandes y mejor equipados. Lo conocían en toda Alemania y cada vez atraía a más público a sus mítines. Cuando la depresión económica azotó Alemania con toda su fuerza, tanto los nazis como los comunistas empezaron a sumar más apoyos, y tras diversos comicios Adolf Hitler acabó siendo nombrado canciller del Reich el 30 de enero de 1933.

La cosa había cambiado. En 1933 ya no llegaba al pueblo alemán solo a través de la imprenta y de los grandes mítines, sino que disponía de un poderoso nuevo medio: la radio. La oratoria pasó a identificarse con su persona. Antes de hablar solía aguardar en silencio, inmóvil, y empezaba poco a poco con la voz de bajo-barítono, profiriendo las palabras «Volksgenossen, Volksgenossinen!», un apelativo nazi que significaba literalmente «hombres y mujeres compatriotas que pertenecen al mismo pueblo». El tono iba paulatinamente in crescendo hasta que el público enloquecía gritando «Sieg Heil!», la proclama nazi que ensalzaba la victoria alemana. El rostro de Hitler estaba por todas partes; mostraba a un hombre cuarentón frío y de mirada penetrante. Sus acólitos lo describían como hipnótico.

Entendía al pueblo alemán y dominaba su idioma a la perfección. El historiador alemán de la posguerra que más ha estudiado la vida de Hitler, Eberhard Jäckel, dice que el pueblo lo amaba, lo consideraba intocable y lo eximía de cualquier responsabilidad por los «excesos» que, según ellos, se cometieron a sus espaldas y sin su conocimiento.12

El aspecto de Hitler era paradigma de simplicidad. Vestía un uniforme austero sin ninguna medalla inmerecida, pero con su Cruz de Hierro. Hablaba de su paso por el ejército con modestia, como el de un soldado cualquiera. Tras la muerte del presidente Hindenburg, rehusó heredar el título de este y acabó renunciando al rango de canciller del Reich, de modo que se quedó solo con el cargo de líder: Führer. De este modo transmitía esencia y totalidad.

En sus palabras se respiraba poco sarcasmo, sutileza o comedimiento y no se andaba con contemplaciones. Tampoco es que en alemán se emplearan mucho esos recursos... Ahora bien, Hitler sí usaba las dicotomías. Jugaba con las antítesis, sobre todo con las extremas. Todo lo que decía en público estaba pensado para consolidar el sí y el no y para negar las excepciones, reservas o concesiones.

Anhelaba una Alemania unida. El popular eslogan era «Ein Volk, ein Reich, ein Führer», que significa «un pueblo, un imperio, un líder». El partido era un «movimiento» y Alemania marchaba al ritmo de los latidos «precedentes, aledaños y posteriores».

Su mentalidad, forjada de las semillas de su juventud en Linz y Viena, era arquitectónica. No fue casual que ascendiera al joven arquitecto Albert Speer hasta acabar encomendándole la planificación de Berlín y, después, la producción armamentística. Los edificios públicos estaban diseñados para ser monumentales, no modernos ni de techo plano; se iba a ampliar su espacio cerrado como en el vestíbulo del Führerbau de Múnich o en el campo Zeppelin de Núremberg, donde se celebró el mitin del partido en 1935. Pero la arquitectura no se reducía solo a espacios y estructuras. Todo el Reich tenía que estar unido visualmente por superautopistas, las reichsautobahnen, y la gente iba a tener un coche aerodinámico similar a un escarabajo: el Volkswagen del Partido Nazi. Al margen de los proyectos de ingeniería, la filosofía arquitectónica impregnaba el pensamiento administrativo. Los equivalentes de los planes arquitectónicos eran los organigramas de las nuevas estructuras burocráticas. Iban a crearse nuevas oficinas del partido, nuevas formaciones como las SS y la Policía y nuevos ministerios con nuevas funciones. Y en la cima, solo y presidiendo todos los centros de poder nuevos y antiguos, se alzaría el propio Adolf Hitler, el arquitecto supremo del Tercer Reich.13

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9788418741432
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