Kitabı oxu: «Tramas de psicoanálisis»
Raúl E. Levin
Tramas de psicoanálisis

Nota Preliminar
Escribir estas palabras preliminares es estar ante la obra terminada, y preguntarse qué es lo que nos propusimos al darla a conocer.
Este libro es una selección de trabajos publicados en las Revistas de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires y de la Asociación Psicoanalítica Argentina en estos últimos años. Ahora quisiera presentarlo a un grupo más amplio de lectores, y por supuesto también a quienes quieran volver a ellos.
Omito el clásico inventario previo que suele hacerse en prólogos, anticipando la experiencia de descubrimiento que tiene el lector cuando aún no conoce los textos, o los vuelve a leer por alguna situación particular que despierta su deseo.
Me parece, sin embargo, de interés transmitir el criterio que presidió el ordenamiento de los trabajos en sus respectivos capítulos.
Tenía dos opciones. O intentaba agruparlos en forma temática o los publicaba según la secuencia cronológica en que fueron dados a conocer originalmente.
Elegí esta última modalidad porque a pesar de que efectivamente los trabajos refieren a distintos temas tratados desde el psicoanálisis, pienso que hay una trama, o ideas silenciosas y personales, que se suceden en cada uno de ellos.
Una suerte de hilo conductor que acompaña y se va elaborando en el tiempo, que puede pasar más o menos desapercibido o ser visto de diferentes maneras. Es el verdadero sustento de los trabajos y lo que le da continuidad a esta obra a pesar de que trata temas diversos.
Creo haber detectado algunas de esas sutiles líneas y pido a mi eventual lector, me acompañe en esta experiencia de escritura de psicoanálisis.
R. L., Noviembre 2019
De “Pinocho” (1881) a “Toy Story” (1996).
Transformaciones de la subjetividad
¡Padre! ¡Padre! ¿Adónde vas? Ay, no camines tan deprisa.
Habla, háblale a tu niño chico, porque si no me perderé.
De El niño perdido (Blake, W., 1987)
Introducción
Retomamos un trabajo anterior, “El psicoanálisis y su relación con la historia de la infancia” (Levín, 1995), con la idea de proseguir con nuevas elaboraciones en relación al concepto psicoanalítico de niñez.
Partimos de las dificultades ya anotadas en dicho trabajo, que podemos expresar en la siguiente paradoja que presenta el psicoanálisis: 1) por un lado, nace históricamente respaldado por un concepto inédito de niñez que se establece hacia fines del siglo XIX, que supone la posibilidad de ubicar en ese período inicial de la vida la etiología de una neurosis que se manifestará en la vida adulta; 2) por otro, el mismo psicoanálisis revelará que esta noción de niñez en la que se apoyó en sus inicios, denota a la vez una imposibilidad, desde que al acceder el niño a la condición de sujeto barrado, en tanto división del psiquismo, deja afuera lo que fue hasta entonces dicho niño, el que queda por lo tanto sumergido en un abismo al que sólo indirectamente o en ocasiones muy singulares se podrá acceder.
Niñez es entonces –desde esta óptica– un concepto que alude a una noción cargada de virtualidad, imposible de aprehender salvo en sus contornos. Habrá sin embargo momentos privilegia- dos, por ejemplo en un análisis, en que algo de esa niñez, a la manera de una revelación, emergerá como Real para luego desvanecerse.
Por supuesto, hay otros conceptos de niñez que pueden definirse desde las atribuciones de un sujeto constituido, a través de investimientos narcisísticos y de la inevitabilidad de incluirlo dentro de una trama significante. Es con esta versión de niñez con la que solemos trabajar clínicamente –y en general convivir– con los niños. De esta acepción deriva una representación de la infancia que es la más convencional en el sujeto adulto, incluso necesaria en el sentido de operar como estructurante para la posibilidad de que el mismo niño se constituya en sujeto.
Pero como psicoanalistas no podemos soslayar el concepto de niño que surge de desmontar de él las atribuciones que le hace el sujeto en tanto tal constituido. Desde ese punto de vista, más que ver, podemos delimitar en el concepto de niñez un campo al que no tenemos acceso, y, sin embargo, de efectos en la vida... y en la clínica.
Ese niño perdido para siempre a partir de la resignificación edípica y de la castración –el niño de la represión primaria– se relaciona con lo reprimido incapaz de conciencia, fuente de las resistencias. Tal la importancia de este concepto para la clínica psicoanalítica.
Desde este lugar inaprehensible, el niño puede pasar a ser la evidencia de las limitaciones de la narcisización que lo inviste. Al ser dicho narcisismo desbordado instituye en el sujeto (adulto, analista) diferentes formas de rechazo y/o resistencias, incluso desatadas como violencia (manifiesta o encubierta).
Para esta noción del niño en su inaccesibilidad, despojado de las proyecciones o interpretaciones que lo expliquen desde una posición de sujeto, no cabe otra posibilidad, en un intento de aproximación a ella que utilizar comparaciones, metáforas y alusiones. Sabemos de antemano que la imposibilidad de aprehender aquello perdido se conformará aunque sea con arribar a esta noción de inaccesibilidad, intentando situarla como tal y en sus efectos en la teoría y en la clínica psicoanalítica.
En esta exposición, luego de referirnos al concepto de infancia tal como anteriormente lo mencionamos, vamos a volver a él nuevamente tomando como referencia metafórica el libro Las travesuras de Pinocho (Collodi, 1982).
Luego haremos algunas consideraciones intentando dilucidar dos nociones que circulan a veces en forma difusa y tienden a superponerse: nos referimos a lo que es entendido como sujeto por un lado, y subjetividad por el otro.
Anticipamos que la noción de sujeto la entendemos relaciona- da más a lo estructural, inmanente y permanente en el psiquismo humano. A la subjetividad, por otra parte, la suponemos un concepto relacionado más con la imaginarización y diversas representaciones del ser humano, según modelos provistos por la evolución y los vaivenes de la cultura.
Así como ilustramos la relación entre el concepto de sujeto y una determinada acepción psicoanalítica de niñez apoyándonos en el libro sobre Pinocho escrito en 1883, recurriremos nueva- mente a este texto para extraer de él, ahora desde el punto de vista de la subjetividad, una aproximación a distintas representaciones históricas posibles sobre la niñez correspondientes al fin del siglo XIX, época coincidente con los inicios del psicoanálisis.
Por último, concluiremos haciendo un breve ensayo sobre ciertos aspectos de la subjetividad actual, surgidos de comparar el texto sobre Pinocho, escrito hace un siglo, con la reciente película de Disney “Toy Story”. Sabemos que la falta de distancia histórica derivará necesariamente en que estas elaboraciones deban ser consideradas sólo especulaciones provisorias, pero quizás importantes como punto de partida para pensar, por ejemplo, cuál es el lugar de la niñez en la sociedad contemporánea.
El Concepto de Niñez
I. En el trabajo anteriormente citado, hacíamos una brevísima reseña acerca de la historia de la infancia hasta el siglo XIX en la que se destacaba cómo el niño hasta ese momento no tenía un lugar propio, ni siquiera un concepto que lo definiera o designara, salvo el caso de que hubiera razones que le confirieran un valor simbólico, por ejemplo relacionado con cuestiones de herencia o linaje.
Luego de la Revolución Industrial, sin embargo, se encuentra una razón para ampliar la valoración de la niñez en la necesidad (y posibilidad) de asegurar desde esta época de la vida un futuro acorde con los reclamos de formación de profesionales, técnicos y especialistas, que operen los cada vez más complejos y refina- dos medios de producción y distribución de la mercancía.
El nacimiento de la pedagogía y los adelantos de la medicina (especialmente la bacteriología) son variables necesarias que participan en la constitución de este inédito concepto de infancia, en el que ésta es incluida en una temporalidad longitudinal que la articula con un futuro adulto capaz de responder, con eficacia, a las demandas de la producción.
El psicoanálisis, en su origen, toma el pasado del adulto neurótico con una linealidad retrospectiva que conduce causal y límpidamente a una niñez material –o sustantiva– en la que se reconoce tal cual el acontecimiento considerado etiológico del síntoma neurótico adulto.
Sin embargo, hacia 1900, a Freud se le irá imponiendo que la relación entre pasado y presente es mucho más compleja que la mera relación lineal. Autoanálisis mediante, da cuenta de la importancia etiológica de los procesos psíquicos actuales y de las diversas deformaciones y resignificaciones del pasado que llevan a su conformación.
Queda entonces establecida una escisión entre lo que fue el pasado infantil –las vivencias infantiles tal como fueron experimentadas en la infancia– y la versión que de ellas tiene el sujeto adulto. Tentados estamos de decir “si es que las tiene”, pero es impensable un adulto que no tenga alguna representación, aun- que pueda parecer pobre, de su niñez.
Si bien se podría objetar que la memoria en general –y no solamente aquélla acerca de la infancia– siempre está expuesta a diferentes contingencias que derivan en deformaciones, utiliza un aparato simbólico que tiende a un ordenamiento en términos que se ubican dentro de una temporalidad y una lógica con la propia gramática significante, la que provee al sujeto la posibilidad, por ejemplo, de designar nociones como pasado, presente y futuro. La imposibilidad de acceso a la simbolización por parte del niño nos hace perder para siempre el registro de cómo ha sido experimentado por él su propio psiquismo.
Los adultos –por ejemplo los padres– recubrirán y protegerán al niño con su propia investidura narcisística (por lo tanto extensión de su yo) y a la vez propiciarán palabras absolutamente necesarias para que no esté perdido –parafraseamos el poema arriba citado de William Blake– que son las que despliegan el campo deseante que lo constituirá en sujeto.
Pero el psicoanálisis da cuenta de que la condición de sujeto implicará una partición del psiquismo que apartará conclusiva- mente el acceso a experiencias previas propias de la vida infantil. Nuestro trabajo citado finaliza con las siguientes palabras:
“Aun cuando en la dilucidación del pasado infantil el psicoanálisis puede validar e interpretar material que llega transformado por el proceso secundario, también reconoce un punto –lecho de roca– después del cual debemos suponer lo incognoscible, lo indeterminado, lo ‘antes’ de una significación que delimita un inaccesible, en tanto no metaforizado. Esto puede quedar asimilado a un concepto de infancia”.
Subrayamos lo de un concepto de infancia, porque debe haber otros, aún desde el psicoanálisis, porque no podemos evitar tener alguna concepción positiva de ella (usamos “positivo” como opuesto a “virtual”). Estas otras concepciones incluyen la necesidad de narcisizar (haciendo una extensión especular al niño de la estructura de sujeto), concepción que es válida en tanto se prueba y comprueba como eficiente en la clínica psicoanalítica infantil.
Pero el concepto de niñez, depurado del investimiento narcisístico y significante, si bien es difícil, especulativo y hasta puede parecer un simple devaneo intelectual, debe sin embargo ser pensado y tenido en cuenta por los psicoanalistas para, por ejemplo, poder despejar posibles reacciones contratransferenciales originadas en el desafío (y el agravio al narcisismo), al que nos expone, en tanto sujetos, que las mismas fuentes de la teoría psicoanalítica que nos avalan en nuestro trabajo clínico se originen en el desconocimiento.
II. Intentamos demostrar, entonces, que este concepto de niñez puede ser considerado parte del corpus teórico psicoanalítico, y que dentro de dicho corpus es uno de los fundamentos y, a la vez, uno de los conceptos más enigmáticos.
Decimos fundamentos, porque hay una alusión llámese mítica, lógica, cronológica, estructurante o constitutiva a principios que sustentarán una teoría de la naturaleza humana que se llama psicoanálisis, abarcados en ese concepto de infancia.
Y enigmáticos, porque la infancia por definición también alude a lo inaprehensible que hay tras estos primeros movimientos que darán cuenta de los ejes sobre los que se apoya y cobra sentido la teoría psicoanalítica: represión primaria, constitución de lo inconciente y luego todas las derivaciones de la clínica que a la vez abrevan en estos conceptos fundamentales y nos remiten nuevamente a ellos: transferencia, compulsión a la repetición, formación de síntomas.
Estos puntos de partida teóricos son a la vez un estímulo y una fuente continua de interrogantes que sostienen –y sostendrán– una teoría –la psicoanalítica– permanentemente abierta. Son a la vez, además de garantes posibles contra una detención de nuevas movidas teóricas, fuente de angustia ante lo desconocido, origen de la resistencia al psicoanálisis (aún en la interioridad del mismo psicoanálisis) y también justificación para deslizamientos teóricos (fácilmente racionalizables) que, sustentados en una supuesta ética que incluiría “lo social”, extenderían el psicoanálisis, lo “humanizarían”, lo harían más amplio, más accesible, más comprensivo y comprensible. Interesante expresión de un intento de pasar por encima lo que el psicoanálisis justamente no quisiera eludir: la inaprehensibilidad de algo que está en nosotros mismos y que define lo humano en su complejidad y en sus paradojas. También fuente de angustia y sus derivados, y aún de conductas –con o sin sufrimiento– que pueden ser impulsadas desde un “más allá” que atraviesa al sujeto a su pesar y que pueden derivar en efectos impensados.
Nos referimos a la condición de sujeto dividido, barrado; somos así, hay en nosotros algo que no manejamos, que desconocemos, que subsumido en una pérdida definitiva no ha quedado ausente sin embargo de efectos, más allá de su posible aprehensión.
Y si esto es fuente de angustia, aún de terror y resistencia extrema, no quiere decir que por ello podamos decidirlo inexistente.
El psicoanálisis descubre esta dolorosa cuestión del sujeto dividido en la medida que la nombra y procura darle una consistencia teórica y una derivación clínica. Pero de la condición humana, el testimonio ha sido siempre el mismo, a través de la historia, literatura y expresiones artísticas.
Por supuesto, reiteramos, estamos hablando de infancia en tanto desconocimiento. Qué tentador, qué práctico es superponer a esta idea una versión que nos permita identificarnos con ese niño que anda dando vueltas por ahí, nuestro hijo, nuestro paciente, o cualquier otro y decir: “qué tanta complicación, por qué poner en él tanta fuente de inquietud”.
Es que a ese niño que narcisizamos, al que no negamos, le atribuimos una subjetividad parecida a la nuestra; si hablamos de narcisismo, digamos que no podemos eludir especularizarnos como una forma de identificación –por otra parte eficiente– que nos permite aproximarnos a él.
A veces, hacemos un movimiento inverso intentando una extensión desde cómo suponemos el niño es a nosotros, y nos encontramos hablándole con sustantivos en diminutivo y aflautando la voz.
Pero este revestimiento narcisístico con que envolvemos y aún compenetramos a ese niño en su materialidad, aun cuando tranquilizador, no aparta al psicoanálisis –no debe apartarlo para que el psicoanálisis sea tal– de su denotación de que en el ser humano hay algo perdido.
Se corresponde con la quizás más antigua interrogación del ser humano acerca de sí mismo: ¿qué fuimos antes de ser?; ¿qué seremos después de serlo? Si es cierto que siempre se ha considerado a estas dos preguntas como la principal fuente de angustia, consideremos que el infante, antes de ser sujeto, es fuente de angustia a través de su inaprehensión, como lo es también la muerte. Ambos conceptos, infancia y muerte, están articulados psicoanalíticamente con el de castración.
Al que murió se lo reviste narcisísticamente con extensiones del Ideal del Yo, para luego poder gradualmente desprenderse de esa imagen y aceptar la pérdida. Tal el trabajo del duelo, que intenta atenuar y elaborar lo inaceptable de la noción de lo perdido.
En cierto sentido de una manera opuesta y semejante, como un reverso del duelo, el niño nace (por así decir) perdido y debemos investirlo con un Ideal, en relación a su desconocimiento, hasta que adviene, “nace”, ya no biológicamente sino en tanto sujeto.
Curioso esto de asemejar la infancia a la muerte, aunque en realidad no deberíamos sorprendernos tanto si pensamos que desde el punto de vista psicoanalítico ambas nociones se refieren a lo inaprehensible derivado de la castración.
Pinocho: un caso clínico
La primera entrega de Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi apareció en un semanario romano dirigido a los niños, en 1881. Luego de una interrupción en dicho año, reapareció y concluyó en 1882, siempre bajo la forma de entregas semanales. En 1883 se publicó la primera edición de la obra, en un volumen.
La historia de esta marioneta de madera que luego de muchas peripecias “deja de ser muñeco y se convierte en muchacho” (p. 75)1, es lo suficientemente conocida como para que efectuemos un resumen de su argumento.
La universalidad y riqueza de esta obra queda demostrada tanto por su difusión como por su perduración hasta la actualidad.
De las múltiples lecturas que se han hecho –y aún pueden hacerse– sobre la parábola de Pinocho, la nuestra estará dirigida, muy sintéticamente, a reseñar y considerar algunos aspectos de esta historia que pensamos pueden contribuir tanto a ilustrar el “momento” en el que el niño adviene sujeto como también a situar las representaciones y las expectativas con las que la sociedad de fines del siglo XIX revestía al niño-futuro-adulto.
Vamos entonces a puntualizar algunos hitos del desarrollo de esta historia, reiterando que implicará un recorte algo tendencioso, en función del objetivo que nos hemos propuesto.
En primer lugar destaquemos que, al principio, antes de la entrada en escena de Geppetto, tallador y padre de Pinocho, hay un capítulo de comienzo en el que otro carpintero, el Maese Cereza, descubre al rebajar con el hacha una madera con la intención de construir la pata de una mesa, que dicha madera llora y ríe como un niño. Presa de pánico, no sólo no tiene inconveniente sino que incluso siente alivio al cedérsela a Geppetto, quien se propone utilizarla para hacer “por su cuenta [...] un muñeco maravilloso, que sepa bailar, practicar esgrima y dar saltos mortales. Con este muñeco quiero recorrer el mundo a fin de procurarme un trozo de pan y un vaso de vino” (p. 9).
De esta breve síntesis sobre el origen de Pinocho, queremos hacer algunas consideraciones. 1) Hay un primer padre que supone para el madero un destino de objeto inerte. 2) Luego un segundo padre que, si bien no manifiesta un deseo de hijo, tiene un proyecto para el madero, que aunque egoísta y oportunista (es para usufructuarlo como sustento), implica una proyección prospectiva que lo compromete con su propio futuro. 3) La vida de Pinocho precede a la participación de los carpinteros: está implícita en la interioridad del madero. Y hay algún “saber” de esto por parte de Geppetto, cuando dice que tallará un muñeco “que sepa bailar...,” etc. En ese “que sepa” está expresado que ya antes de construirlo el carpintero supone a su muñeco capaz de hacer cosas por su cuenta. 4) No hay intervención de ninguna mujer en la gestación de Pinocho.
No entraremos en detalles acerca de todas las peripecias por las que pasa nuestro personaje desde que es creado. Sus tribulaciones son del orden de la aventura y la errancia. Vive inmerso en una trama de palabras destinadas a incitarlo a la transgresión y al peligro, mientras otras intentan protegerlo y encaminarlo, “para que no se pierda” (volvemos a las palabras de Blake). Entre estas últimas se encuentran las del propio Geppetto, que en todo momento –aun a costa de su propio sacrificio– intenta reencauzarlo; y las del Grillo Parlante. Este último representa nítidamente la voz de un superyó incipiente y a la vez indestructible, maravillosamente encarnado en un portavoz que, como dicho insecto, por lo general es oído (no siempre escuchado), pero difícilmente visto.
La otra voz que contribuirá a conducir a Pinocho hacia su transformación en “un muchacho de verdad” es la de una mujer. Desde su aparición tardía (p. 58), ineficiente y casi muerta, irá pasando por sucesivas transformaciones hasta asumir el papel central de referente que dirige y gesta la metamorfosis de Pinocho en sujeto.
No podemos dejar de citar por lo tardía que es, la entrada en escena de quien luego será considerada “mamá” de Pinocho y, por los interrogantes que esto despierta, el momento en que dicho personaje femenino se incorpora a la historia.
En la página recién citada encontramos a Pinocho golpeando la puerta de una “casita blanca”, buscando refugio ante unos asesinos que lo persiguen. Insiste golpeando desesperadamente la puerta a patadas y cabezazos; “entonces se asomó a la ventana una hermosa niña con los cabellos color turquesa y el rostro blanco, como una imagen de cera, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, la cual, sin mover lo más mínimo los labios dijo, con una vocecita que parecía venir de otro mundo:
–No hay nadie en esta casa. Todos han muerto.
–¡Ábreme al menos tú! –gritó Pinocho llorando, implorante.
–También yo estoy muerta.”
Al no recibir ayuda en la casita blanca los asesinos alcanzan a Pinocho y lo cuelgan de la rama de la Encina Grande, en el Campo de los Milagros.
Pero ahora descubrimos que la Niña de los Cabellos Turquesa no está muerta: es en realidad “un hada buenísima” (p. 62) que rescata a Pinocho hasta que se repone.
Es a partir de aquí que la Niña se constituye en quien respaldará y guiará a Pinocho hacia el encuentro con Geppetto, que es ahora quien se ha perdido en inútiles búsquedas del muñeco.
El protagonismo del hada será cada vez mayor, e irá mutando el carácter de su presencia, en una dialéctica que aparentemente la articula con los diferentes comportamientos, buenos o malos, de Pinocho.
Así es como según los acontecimientos pasará de “Niña” a “hermanita”, luego será “mamá”, morirá nuevamente, reaparecerá como “cabrita de color turquesa fulgurante”, enfermará, hasta que por último será quien tendrá el poder de otorgar la vida al muñeco Pinocho.
Pero lo más remarcable en este acompañamiento que el hada hace del último tramo de las aventuras de Pinocho, es que será a la vez testigo y parte en la instauración de la búsqueda del padre, quien será por fin encontrado en el interior del “terrible Tiburón”.
Representación que instaura otra concepción sobre el origen, fundada en la fecundación, la gestación y el nacimiento, que a la vez instala por primera vez la relación triangular padre-madre- hijo que conducirá hacia el final de la narración, en la que Pinocho “deja de ser muñeco y se convierte en muchacho” como premio a la bondad que pudo manifestar hacia el padre y el hada.
Pero nos parece que hace falta detenerse en este final, por la belleza y nitidez con que queda metaforizado este paso a la condición de sujeto, que se da no como una continuidad sino como una división que deja como marca una brecha que define el desdoblamiento que escinde en forma definitiva lo que se es, de lo que se dejó de ser.
Luego de experimentar las novedades propias de ser ahora “un muchacho como los demás” (incluida la previsible corroboración de su nueva imagen en el espejo), Pinocho tiene una conversación con el padre que culmina en el siguiente diálogo (p. 185):
“–¿Y dónde se habrá escondido el viejo Pinocho de madera?
–Allí está –respondió Geppetto.
Y señaló un gran muñeco apoyado en una silla, con la cabeza vuelta hacia un lado, con los brazos colgando y las piernas entrelazadas y dobladas, de modo tal que parecía un milagro que se mantuviera erguido.
Pinocho se volvió a mirarlo. Y después de contemplarlo durante un rato, dijo para sí con grandísima complacencia: “¡Qué cómico era yo cuando era un muñeco! ¡Y qué contento estoy de haberme convertido en un muchacho de bien!”
Se trata de un Pinocho que ha quedado dividido, que contempla lo que fue, que no es especular con lo que es. Tiene ante sí el muñeco que no es más que un resto, un residuo inerte de lo que vivió en su infancia.
Es así como nuestro personaje, desde un punto de vista literario, una vez alcanzada su condición de “muchacho de verdad” abandona la narración, dejando a sus espaldas ese muñeco ahora sin vida.
En cuanto a nosotros, psicoanalistas, esta última imagen de Pinocho contemplando su doble no especular que quedará escindido y reprimido, puede ser tomada como alegoría del paciente analítico ante la experiencia –a veces impresionante– de constatación de su condición de sujeto dividido, punto de inflexión o incluso, alguna vez, de fin de análisis.
Sujeto y Subjetividad
Haremos algunas consideraciones que aplicaremos también a la historia de Pinocho tendientes a apartar y diferenciar entre sí dos conceptos muy relacionados, de límites ambiguos, pero que pensamos útil definirlos, en tanto aluden a fenómenos de distinta índole. Nos referimos, de manera provisoria y no exhaustiva, a las nociones de sujeto y subjetividad.
A la noción de sujeto –de la que ya nos ocupamos– alude ese Pinocho que adviene al desdoblamiento de su psiquismo, que es estructural, y definirá su futuro de ahí en adelante. Es a esa condición de sujeto dividido que se dirige fundamentalmente el trabajo del psicoanalista.
Ya sea en el develamiento de síntomas posibles en tanto estructura de sujeto, o guiando-acompañando con el discurso simbolizante a quienes –por ser niños pequeños o por padecer determinadas perturbaciones precisamente en su estructuración– aún no han accedido a dicha condición de sujeto, el psicoanálisis centra su interés en esto que define al ser humano en tanto tal y que, seguramente en tanto estructura, como estratificación que divide al psiquismo, puede ser considerado tendiendo a la permanencia, a la inmutabilidad.
Pensamos que los cien años de desarrollo del psicoanálisis no han cambiado en lo esencial su interés centrado en la condición humana en tanto división del sujeto. Puede ser que las discusiones teóricas se refieran a cómo dicha división del sujeto puede ser conceptualizada según las escuelas psicoanalíticas. Pero estas controversias, por lo general en términos metapsicológicos o aun clínicos, no desacuerdan acerca de lo central que es para el psicoanálisis la condición de sujeto dividido (aunque esto puede también formularse con otras terminologías) (ver por ejemplo al respecto, Abadi, 1987).
Podemos asimilar un concepto psicoanalítico de infancia a ese resto perdido y a la vez presente por sus efectos al que sólo se accederá en particulares momentos de la vida del sujeto, en tanto perdido y desprovisto de lo que será su historización e investimientos narcisísticos regidos por ideales.
El concepto de subjetividad, si bien puede abarcar el de sujeto, tiene otra connotación y otro alcance. Está relacionado no ya con lo estructural inmanente al ser humano sino con imágenes, representaciones y aun sentimientos interiorizados y percibidos como propios, de alguna manera articulados a lo que provee en cada momento histórico la cultura y la ideología de la época. Hasta la forma de presentación de un cuadro psicopatológico está en buena medida determinado por standards que ofrece el momento histórico en que se produce, sin que esto implique las mismas variaciones desde el punto de vista estructural.
Si bien no somos en esto taxativos –suponemos por cierto una dialéctica entre sujeto y “subjeto”– consideramos necesario diferenciar entre los referentes estructurales del psiquismo que tienden a perdurar y aquellos aspectos que dependen de variables actuales que se van modificando (modas, estilos, escuelas, ideologías, etc.).
El concepto de subjetividad da cuenta por ejemplo de frases como “imaginario colectivo”. Implica vivencias que en el ser humano en mayor o menor medida son experimentadas como sintónicas con la época; son por lo tanto difíciles de situar en un contexto histórico, a menos que dicho contexto se haga aparente a través del paso del tiempo histórico, que conformará otro contexto desde el cual será posible historizar el anterior.
El psicoanálisis no debe desconocer ninguno de estos dos conceptos. Pero, en función de la angustia y las resistencias derivadas de su interés en el ser humano en tanto sujeto, es muy corriente que deslice –en nombre de una supuesta ampliación de su alcance que se considera loable– hacia su propia deformación, que resulta de desconocer su objeto en el sujeto para ocuparse exclusivamente de la subjetividad.
Al actuar de este modo sus propias resistencias, el psicoanálisis corre el riesgo de imaginarizarse a sí mismo constituyéndose en un fetiche que tiende a clausurar la angustiosa brecha que el mismo psicoanálisis ha revelado como estructural (y estructurante) en la constitución del sujeto.
Pinocho: versiones históricas de la niñez a fines del siglo XIX
Hemos intentado descentrar la cuestión del sujeto de la problemática de la subjetividad.
Lo fundamental de nuestro paciente Pinocho es que ha devenido sujeto y atravesado por un lenguaje que ahora lo divide, iniciará otras aventuras en la vida en un plano cualitativamente diferente al de las anteriores, dejando a éstas definitivamente perdidas como experiencia original.
Pero como analistas tampoco podemos soslayar la cuestión de la subjetividad, que será la que aportará contenidos a la estructura de sujeto, que además nos atañen: también nos toca compartir con nuestros pacientes una misma actualidad, perteneciente a lo que será una historia de la civilización que mientras la vivimos, nos supera.
Nos dirigimos a los contenidos subjetivos en un intento de situarlos y reconocerlos, pero también despejarlos para poner a la luz, dentro de las limitaciones de nuestro método, la estructura de sujeto que los sustenta. Y esto es lo exclusivo del psicoanálisis, que lo diferencia de otras terapias.
El concepto de subjetividad es un patrimonio compartido del psicoanálisis, la psicología, la sociología, la historia, la literatura...
Se vuelve central cuando como ahora aludimos a nuestro personaje, no para referirnos a su advenimiento a la condición de sujeto, sino intentando instrumentarlo para extraer de él las diferentes acepciones sobre la infancia que circulaban a fines del siglo pasado, para articularlas con los primeros descubrimientos del psicoanálisis, contemporáneos a la aparición del texto sobre Pinocho.
De la lectura de este libro pueden desprenderse al menos tres versiones sobre la niñez, que podemos atribuir a la historia del siglo pasado. Cabe preguntarse si no es éste un eventual buen punto de partida para indagar si estas versiones perduran en la actualidad, si han sufrido variaciones y/o se les han añadido otras.
Delimitaremos estas tres versiones dividiendo la narración de Pinocho en tres secuencias sucesivas.
a. El niño “inexistente” (Primer capítulo: intervención del Maese Cereza sobre un “simple madero del montón”).
El niño en tanto tal no es registrado ni reconocido. No existe. No tiene valor simbólico. Es usufructuado como objeto inerte en función de una necesidad inmediata de un sujeto adulto.
Esta es la versión más antigua en que el niño no tenía entidad; no había un concepto o una representación que lo definiera. Este no-lugar de la niñez en la consideración social, viene de arrastre de períodos previos a la Revolución Industrial.
b. El niño del cristianismo (Desde que Pinocho es tallado por Geppetto hasta que es colgado de la Encina Grande).
En esta versión hay muchas afinidades con la parábola de Cristo y también con la visión sobre la infancia que se desprende de las “Confesiones”, de San Agustín.
Los puntos de contacto con la historia de Cristo son evidentes y han sido objeto de interpretaciones y especulaciones por diferentes autores. De la narración tomaremos solamente algunas de las múltiples alusiones que pueden ser relacionadas con la historia bíblica. Para un panorama más completo remitimos al sugestivo artículo de Italo Calvino, “La metamorfosis de Pinocho” (Calvino, 1982).
Nosotros solamente mencionaremos que, como Cristo, Pinocho es hijo de un carpintero, concebido sin pecado; luego de deambular por los caminos, después de una última cena “en la fonda del Cangrejo Rojo” (p. 49) es traicionado por los que suponía sus amigos y colgado –así como Cristo es crucificado– de una rama de la Encina Grande.
Es interesante señalar al respecto que éste es uno de los puntos en que Collodi interrumpió el relato, suspendiendo las entregas. Fue el editor del semanario en el que se publicaba quien convenció al autor de que una historia para niños no podría concluir así, y lo instó a que la continuara.
Las ideas de San Agustín sobre la niñez aluden al problema del origen. La vida es otorgada por Dios, precede a un supuesto origen en el cuerpo de la madre, la que es meramente una intermediaria instrumentada por el Poder Divino para que el hijo sea recibido por el padre.
Llama la atención en las secuencias la vida del que sería Pinocho ya estaba presente en la madera, antes de la intervención de Geppetto, y aun del Maese Cereza.
También es llamativa la ausencia de la mujer hasta esta altura del relato, salvo la aparición al final de la “niña con los cabellos de color turquesa y el rostro blanco”, la que es incluida no sabemos si desvitalizada, moribunda o muerta. Sin embargo, esta mujer en el próximo tramo irá adquiriendo una dimensión determinante en la transformación de Pinocho.
La concepción de la niñez de San Agustín, eludiendo el papel preponderante de la madre, tenía el sentido de evitar lo que podía ser más intolerable y pecaminoso desde el punto de vista del catolicismo: la suposición de que pudiera haber cualquier forma de contacto carnal (aun dentro del útero), entre madre e hijo. En ese sentido, que Pinocho fuera hasta aquí un muñeco, por lo tanto desprovisto de carne, se adecúa perfectamente a esta concepción.
c. El niño edípico (Desde el episodio del ahorcamiento hasta que se transforma en un “muchacho de verdad”).
Cuando Collodi retoma la historia a partir del ahorcamiento de Pinocho, la mujer toma el protagonismo principal en la “gestación” de un Pinocho de carne y hueso.
La aventura en el interior del tiburón puede ser interpretada como la revelación del papel del padre en la fecundación, precediendo lo que será la gestación y “nacimiento” del hijo, nueva versión sobre el origen en la que el niño está inmerso en su propia carnalidad y la de sus padres.
Desde el punto de vista de la subjetividad, ¡qué distinta es esta representación del niño de la de San Agustín! A diferencia del “Pinocho de madera”, ¡cuán cercano parece el “Pinocho de verdad” a la versión de la niñez que revelará Freud, plena de carnalidad y por lo tanto de erogeneidad!
Del Pinocho con que termina el libro de Collodi al descubrimiento de la sexualidad infantil por parte de Freud, el paso es muy breve, aunque decisivo y necesitado del toque genial que permitió conceptualizarla como uno de los pilares de una disciplina que da cuenta de una dimensión absolutamente inédita del psiquismo humano.
Las atribuciones de la subjetividad cien años después. “Toy Story”
En 1996 se estrena en Buenos Aires la película de Walt Disney “Toy Story” y en forma más o menos simultánea se edita un libro con el mismo título (Dubowski, 1996), al que se agrega un subtítulo aclaratorio: “Novelización con fotos de la película”. Basamos nuestras breves reflexiones en ambos: película y libro.
Se trata de una pequeña comunidad de juguetes que hablan entre sí afectados por las mismas problemáticas, incluyendo sentimientos y pasiones, que las personas.
A diferencia de Pinocho, que nace muñeco y en un contexto deseante inicia un itinerario pleno de alternativas hasta advenir a su condición de sujeto, los juguetes de esta historia desde el comienzo están vivos y han organizado una sociedad eficaz, con intercambios entre ellos, no exentos de placer y sufrimiento.
Pero hay una regla de juego que se debe cumplir inexorablemente. Cuando aparece el propietario de los juguetes, un niño llamado Andy, deben abstenerse de hablar y moverse, congelándose en la pose con que fueron fabricados.
Si los protagonistas de esta historia están atravesados por la castración, ante quienes se supone son “personas verdaderas”, su lenguaje y conflictos deben permanecer cautivos en la clandestinidad.
La única concesión ante Andy es que éste puede activar en ellos un pequeño grabador que emite frases cortantes, reiteradas y estereotipadas. Pero tampoco Andy –a quien se supone “un niño de verdad”– apela a otra posibilidad de hablar que no sea a través de frases triviales, vacuas y previsibles, como si a su vez él también tuviera incorporado un grabador.
Los juguetes sólo pueden asumirse como inanimados. En tanto sujetos, están proscriptos.
Hasta narcisísticamente dependen totalmente del dueño, quien puede arbitrariamente deponer el frágil investimiento libidinal con que los recubre. Son tratados con indiferencia, como objetos a los que indistintamente se puede elegir, manipular, destruir, descartar, renovar o transformar.
Los otros “seres de verdad” de la familia de Andy, al igual que éste, parecen personajes triviales, chatos, como sombras que no denotan ninguna interioridad de quien las proyecta.
Se desprende de lo comentado que si eventualmente los juguetes son para jugar, el uso que de ellos hace Andy no puede llamarse juego: no se genera nada semejante a un argumento o una elaboración. Ni siquiera se presiente algo que lo aproxime a la serie placer-displacer.
Merece destacarse que el único niño que realiza un juego creativo es un vecino llamado Lenny, considerado “malvado y cruel” porque hace sufrir a los juguetes, no solamente por el sadismo con que los ataca, sino también porque obtiene cierto goce desarmando y combinando entre sí partes de distintos juguetes, generando lo que en el libro se denominan “juguetes mutantes”. Este niño, de quien lo que más se destaca es su perversidad es, sin embargo, no solamente el que tiene ideas y originalidad, sino además el único que en algún momento podrá acceder a la revelación de que sus víctimas –supuestos juguetes– son sujetos que hablan y sufren. Entonces se horrorizará.
Si bien no podemos reseñar en sus detalles esta narración –y, aclarando que estamos advertidos de que carecemos de la distancia histórica necesaria para validar las consideraciones que haremos– pensamos que de todos modos lo expuesto es suficiente como para ensayar, brevemente, una caracterización de la actual posición subjetiva ante la estructura de sujeto.
Si en Pinocho había una trama de palabras que guiaba al muñeco “para que no se pierda”, en “Toy Story” los personajes ya están perdidos y quedan abandonados a su suerte. Desde la posición subjetiva –si la hubiere– en que se sitúan los que tienen poder sobre los juguetes hablantes, no hay lugar, no es reconocida ni aceptada su estructura de sujeto.
Dicha estructura, que implica complejidad y creatividad pero también individualidad, conflicto psíquico, síntoma... puede ser, en cierto sentido, desconocida y sustituida por otra más eficiente y menos costosa. Nos referimos a la tecnología, producida por el mismo ser humano.
Si el sujeto en tanto tal, debe admitir un aspecto de sí al cual no tiene acceso pero sin embargo lo determina, actualmente puede vivir en una ficción en la que depende de máquinas que proveen la información y respuestas desde un campo tecnológico –nos referimos a la informática, la computación, la electrónica, etc.– que de forma semejante a lo inconciente es imposible de aprehender y abarcar.
La división del sujeto ha sido en alguna medida reemplazada por una estructura en que la persona reniega de su inconciente y lo desplaza, por ejemplo, a la computadora. Se establece entonces una ilusión de sujeto en la que lo reprimido y lo “más allá” está derivado hacia una tecnología industrial que lo sobrepasa.
¿Una nueva forma de resistencia? Podemos pensar que sí, pero avalada por un mandato de la época.
Pinocho tiene un padre –podría ser un analista– que lo confronta con la división de su ser, y lo lanza, confiado, hacia un futuro en el que la experiencia y el aprendizaje son una garantía prometedora.
En “Toy Story” los sujetos se encuentran cautivos, atascados, sin futuro e ignorados en tanto tales. No se espera nada de ellos. Ellos tampoco esperan nada de sí mismos. Pueden cesar, ser descartados en cualquier momento.
La subjetividad de hoy no admite la condición de sujeto, porque la sociedad supone suficiente para reemplazarla –y con mayor eficiencia– a la tecnología. Y condición de sujeto, si dejamos de lado su papel en la creatividad, implica deseo, reclamo, insatisfacción, conflicto.
El Pinocho que expresa alborozado su alegría por haberse convertido en muchacho, contrasta con un personaje de “Toy Story” (p. 87)2 que cree ser una persona de verdad, hasta que habiéndose convencido de que no lo es, dice con definitiva resignación: “De todas maneras, ¿qué más da?... al fin y al cabo no soy más que un juguete”.
Si Pinocho llegara a nuestro consultorio sería –jugando con la idea– un paciente que podría ser más o menos “difícil”, pero sin duda apelaría a sus palabras y a las nuestras, procurando y a la vez dejándose conducir hacia la cura. Más allá de sus resistencias y “actings”, confiaría también en sus objetos y registraría un campo deseante relacionado con la condición de sujeto.
Por el contrario, es posible que un personaje de “Toy Story”, como muchos pacientes actuales, se nos presente con una mayor indiferencia (o insensibilidad) al dispositivo analítico. Asumido en la pose con que el mandato social “lo fabrica” ostentaría su desconocimiento, su ignorancia y su desesperanza acerca de la posibilidad de jerarquizar el conflicto intrapsíquico como fuente de sus padecimientos. Puede ser incluso que llegara con la idea de que lo inconciente es una suerte de entelequia, ya que la subjetividad de la cultura circulante tiende a desconocerlo en tanto tal. Sería el analista entonces quien tendría que reconocer y restituir su estructura de sujeto, subsumida en una subjetividad que tiende a no admitirla.
Referencias
Abadi, J., Apreda, O., Aragonés, R., Baranger, W., Del Valle Echegaray, E., Merea, E. (1987). Panel: teorías del yo y del sujeto psíquico en psicoanálisis. Revista de Psicoanálisis, 44(2), 375-397.
Blake, W. (1987). Canciones de Inocencia y de Experiencia. Madrid: Cátedra, p. 95.
Calvino, I. (1982, 17 de enero). Metamorfosis de Pinocho. La Nación, 4ª Sección.
Collodi, C. (1982). Las aventuras de Pinocho. Barcelona: Brughera.
Dubowski, C. (1996). Toy Story. Novelización. Barcelona: Ediciones B.
Levín, R. (1995). El psicoanálisis y su relación con la historia de la infancia. Psicoanálisis, 17(3), 613-633.
1 Los números de página entre paréntesis corresponden a la obra citada de Collodi, 1982.
2 El número de página entre paréntesis corresponde a la obra citada de Disney, 1996.
“Simiente de Lobo”
Los que han sido víctimas de sujetos que ejercieron sobre ellos acciones aberrantes no disponen de palabras para transmitir lo experimentado. Esta enunciación aloja en sí misma una respuesta que da cuenta del impedimento: la palabra es insuficiente para expresar su sufrimiento.
La ilusión puesta en la palabra de un alcance expresivo que en realidad no tiene puede incluso contribuir a desviar, deformar o aún a desconocer la naturaleza del impacto desorganizador que afecta a la víctima. La escucha y la respuesta de un supuesto interlocutor suele operar de por sí como una fuente de asignación de significaciones que no se compadecen con lo experimentado. De tal manera, una excesiva fe en que la palabra pueda decir más de lo que dice, puede devenir en que el impacto de lo infligido quede aún más aislado, distante de una posible comprensión.
El lenguaje opera con un límite que no sólo lo excluye de la posibilidad de ofrecerse como representante de afectos que no abarca, sino que además dichos afectos pueden producir un impacto devastador sobre la estructuración del discurso mismo, con lo cual su alcance expresivo se reduce todavía más, o aún puede quedar anulado.
El estado subjetivo de horror es comparable al desquicio que sobre el escenario simbólico del sueño produce la invasión pulsional en la pesadilla, salvo que en este caso se trata de una permanente pesadilla de vigilia1.
El riesgo de la palabra es que puede ser usufructuada en forma complaciente si se induce la suposición de que es hábil para explicar, comprender y elaborar lo que en realidad está más allá de sí misma.
El horror no admite metáforas. Suponerlas puede servir a la renuncia a reconocer lo insoportable de afectos que han desquiciado el aparato psíquico, y también a la adhesión a una cultura que al no soportarlos propicia su desconocimiento.
Las palabras pueden entonces escamotear la naturaleza del sufrimiento. No puede ser dicho el horror de las víctimas de actos de humillación y crueldad cometidos por semejantes2. Tal el sentido de la tantas veces citada frase –casi sentencia– de Theodor Adorno: “Después de Auschwitz no puede haber poesía”.
Es sin embargo inevitable, quizás hasta imperativo para ciertos escritores que fueron de algún modo víctimas de sucesos atroces, explorar, llevando al límite la palabra, alguna posibilidad de transmitir el sufrimiento a través del lenguaje escrito.
Este fue el intento de Paul Celan, poeta judío rumano, que escribió en alemán. Sus padres murieron en campos de concentraión y él mismo fue perseguido por el nazismo. Concluyó su vida arrojándose a las aguas del Sena.
La búsqueda de Celan se dirigió a explorar la posibilidad de trasvasar al lenguaje poético algo del desquicio estructural que afecta a la víctima de acciones aberrantes. Pensó así la posibilidad de trasmitir una representación material del aniquilamiento de la mente, incorporando a la estructura de sus textos algo de dicho desquicio.
En su poesía apela, entre otros recursos para denotar lo que semeje al horror, a rupturas sintácticas, cesuras del discurso, silencios, reiteraciones, referencias crípticas, hermetismo, puntuación desconcertante, y a figuras retóricas que impactan la lógica y la emoción. No con la ilusión de crear una metáfora, sino un símil que traslade al lector una experiencia que sea próxima a la de la víctima.
Recursos como para mostrar los efectos desestructurantes de un trauma avasallador, que desborda un para el caso frágil (casi inútil) sustento simbólico que pudiera operar como coraza antiestímulo.
El monto cuantitativo pulsional quebranta, destituye el aparato mental, originando, como dijimos, un estado de horror como el de una pesadilla. Pero a diferencia de la pesadilla onírica, en este caso la víctima lo es de un campo pulsional ajeno, por lo que no existe la posibilidad de despertar a una vigilia que podría reconstituir una estructura metapsicológica hábil para lidiar con la propia pulsión (aun cuando este logro debiera ser considerado, en última instancia, una mera forma de “sobrevida”, un transitorio postergar lo que al fin será un triunfo irreductible de la pulsión).
El intento del poeta, lúcidamente fallido (¿quién mejor que el mismo poeta para saber de esto?) concluyó en suicidio, quizás un acto poético más, el último, el límite definitivo entre lenguaje y pulsión, que no pudo (no se puede) inscribir en el lenguaje.
El lenguaje es insuficiente para regular ciertas derivaciones pulsionales que afectan, incluso llegando a la mortificación y a la eliminación, al sistema biológico y social del que depende la criatura humana.
A diferencia de otras especies –y esto abre un interrogante acerca de su supuesta supremacía– el ser humano puede poner en práctica una agresividad que destruye a sus pares e incluso a sí mismo indiferenciado del otro, sin siquiera un sustento de razonabilidad que pueda relacionarse con la necesidad de autopreservarse o sobrevivir3.
Si la palabra es el privilegio más refinado y alto, aún el que define a la persona en tanto tal y a la humanidad como sujeto de una historia, no es suficiente para dar cuenta de las zonas más oscuras del ser humano. Muchas víctimas, desesperanzadas, desconfiando de la palabra como medio de elaboración y reconocimiento, eligen callar4.
Pero en la poética hay una ética: avanzar con la palabra hasta el límite, aun sabiendo de su riesgo (y de una cierta “inutilidad”) de llegar a él. El alcance que puede dar a la palabra es el desafío del poeta. Y su compromiso lo emplaza a trabajar con la disponibilidad de la palabra despojada de lo personal, para constituirla en sí misma materia del poema.
Aun así, llevada al extremo, la palabra es insuficiente. El lenguaje, esa realidad tendida entre individuos, a la vez que sostiene la soberbia con que el ser humano puede asumirse como hablado, lo expone a la fragilidad de sus propios límites, que pueden ser en cierto sentido tan estrechos que no alcanzan para validar los más preciados principios morales y religiosos que supuestamente rigen su vida. Es injuriante la comprobación de que tanto víctima como verdugo son portadores de un lenguaje compartido (hasta puede tratarse de un mismo idioma). No es el lenguaje lo que diferencia a víctima y victimario.
En el poema “Simiente de lobo”, título que tomé prestado para este trabajo (ver nota al pie de página5 en la que este poema, que retomaremos, es transcripto íntegramente), Paul Celan, como dolorosa revelación, reitera: “Madre, ellos escriben poemas”.
Los asesinos también escriben poemas. ¡Todos pueden ser poetas! Versión quizás más sutil y despiadada de esa escena a la que nos tiene acostumbrados la literatura y el cine: el represor vuelve a su casa después de la sesión de tortura, se integra a la vida familiar, después de la cena enciende la pipa y se dispone a leer un libro (puede ser que como fondo se escuche un cuarteto de Beethoven).
Decimos entonces que la palabra es insuficiente para establecer una distinción entre victimario y víctima. Hasta los puede igualar. ¿En qué reside la diferencia entre ambos? Y eventualmente, ¿hay alguna participación del lenguaje instituido en estas salvajes derivaciones de lo pulsional?
Esta sería una dura comprobación para el psicoanálisis. Si su sustento teórico ha sido la develación del síntoma desde la estructura del lenguaje, que éste no sea suficiente respaldo para fundamentar la diferencia entre por ejemplo un torturador y su víctima, lo puede dejar en un callejón sin salida.
Pero tomar esa dificultad como definitiva es altamente riesgoso porque puede dar fácilmente lugar a una declaración de incompetencia para comprender la conducta del victimario en tanto sujeto. Y siendo que se trata de un intento de conceptualizar actos que seguramente son los más repugnantes de la condición humana, la supuesta limitación del psicoanálisis puede usufructuarse como una justificación para eludir una ética que es propia de su método, que consiste en avanzar hacia la comprensión teórica y clínica de toda manifestación humana, cualquiera sea el obstáculo que se presente.
En el poema arriba mencionado, Celan se ocupa de lo que parece un contrapunto en algo fallido entre lo que denomina “simiente de lobo”, referido a lo más demoníaco del ser humano, y un lenguaje poético, no solamente incapaz de contrarrestarlo, sino además con la posibilidad de quedar ahí desvirtuado. El asesino toma la palabra y bien puede escribir el poema de la víctima, igualando, neutralizando, “matando” la ilusión de una escritura que dé cuenta de la diferencia entre ambos. “Madre, nadie/ interrumpe a los asesinos la palabra// Madre, ellos escriben poemas.”
Celan alude a lo que psicoanalíticamente podríamos definir como la incompetencia del discurso ante manifestaciones y efectos de la pulsión de muerte.
El “lobo” representa lo más oscuro del ser humano: sobre esto sobran frases y leyendas que lo refrendan. Pero en el poema no es la referencia aislada al lobo lo que más interesa, sino fundamentalmente, a su simiente. Eso que representa lo que de lo pulsional se repite de generación en generación, fijado en forma irreductible en todo ser humano.
Hay una acongojada apelación –casi un reclamo- a una madre que se ofrece como incapaz de lidiar con el asesino que convive en cada uno de nosotros. La palabra es patrimonio tanto del asesino como de la víctima y contiene en sus intersticios la pulsión destructiva. “Ayer/ vino uno de ellos y/ te mató/ otra vez en/ mi poema” ... “Madre, ellos escriben poemas”. La palabra del asesino se infiltra en la del poeta, quien a su vez, seguirá engendrando el circuito que desarrollará una simiente que será en el hijo, que se “sabe”, será afectado y afectará con la pulsión. No falta en el poema la mención al hijo que repetirá esta operación entre significante y pulsión, con la posibilidad de que tengan entre sí una relación de connivencia, y aún de que se potencie la pulsión.
Es en el lenguaje mismo, en sus efracciones, en sus grietas, donde anida la simiente de la que se desprende la pulsión.
En ese sentido, creo que la mención a la madre no es en realidad una referencia a la madre biológica sino a la lengua materna, que lo ha dejado “perdido” ante el embate de la pulsión, en un desencanto quizás más grave en el caso de un poeta, quien ha apostado todas sus cartas a la palabra. Conviene anotar que efectivamente, en el caso de Paul Celan, su lengua materna, era el alemán.
En el lenguaje entonces, relacionado con la pulsión de vida, que tiende a estructurar y ligar, se presentifica la pulsión de muerte alojada y entrelazada con las palabras en las efracciones que entre ellas quedan. Y este efecto de inhabilidad del lenguaje para lidiar con la pulsión será dramático si el monto cuantitativo del campo pulsional lo avasalla.
Cuando la pulsión desquicia el aparato mental que se ha constituido para contenerla, se impone como experiencia subjetiva desbordante para quien la sufre, pero a la vez permanece como irrepresentable, intransferible, indecible.
Tal el caso de la víctima, la que desde su mortificación, y a pesar de las dificultades para acceder a ella, naturalmente nos emplaza, en tanto personas y psicoanalistas, a atender su en cierto sentido impensable dolor, e incluso conceptualizar los efectos devastadores que sobre ella provocó la agresión del semejante.
Pero distinta es la posición del analista ante el victimario, portador del campo pulsional del que se desprendió el ataque generalmente impune y salvaje contra la víctima, y que acaso queda con su aparato mental tanto o más estructurado tras haber sido ejecutor de las acciones humanamente aberrantes. Se le suman entonces al analista dos problemas: por un lado, lo inabordable de una estructura mental que se clausura ante cualquier intento de indagación, por otro, el rechazo moral que de por sí agrega otro obstáculo a la posibilidad de una aproximación psicoanalítica.
Es muy difícil entonces, por diversas razones, introducir el interés por el estudio del victimario. Sin embargo considero que es imperativo para el psicoanálisis no desentenderse de esta cuestión.
Para una humanidad signada por acciones destructivas entre sus semejantes, que lejos de disminuir con el avance de la civilización más bien parecen agravarse, el psicoanálisis no puede, no debe, permanecer indiferente. Los obstáculos son muchos y pueden quedar coagulados en frases que circulan como verdades que avalan que la destructividad extrema no es campo del psicoanálisis: “El represor no es analizable”; “el represor no va a la consulta psicoanalítica”, etc...
Esta clase de argumento, que puede responder a una realidad clínica, si no lo dejamos ahí como una clausura definitiva, nos hace entrar de lleno en un campo de interrogantes que apuntan a refrendar o no la validez de obtención de datos útiles para la elaboración de conceptos teóricos que no provienen de la clínica. Sin desarrollar esta problemática, sólo quiero recordar la cantidad de escritos clásicos psicoanalíticos cuya fundamentación proviene del estudio de un texto escrito, un relato o aún de la interpretación de una obra de arte.
En el caso puntual de esta presentación, he tomado como fuente el citado poema de Paul Celan, intentando desentrañar de él elementos que también nos den algún indicio acerca de la problemática que pueda dar cuenta de la figura del victimario.
Partimos de la observación, extraída del desgarrado texto del poema, de que no es el lenguaje lo que diferencia víctima de victimario. Queda entonces pensar que debe ser una cualidad en la derivación de la pulsión lo que establece en un sujeto su condición de ejecutor de actos de crueldad sobre la víctima.
Para ello el victimario debe instaurar un tajante límite que separe un “nosotros” de un “ellos”, así sobre estos últimos externaliza y deposita la pulsión, desembarazándose subjetivamente de su nocividad. La eficacia de esta operación depende de un registro rígido, indeformable de dicha división, que se sustenta entonces en una doctrina inflexible y sintónica que la define. Para quedar no sólo indemne, sino además aliviado, reconstituido y liberado de su propia destructividad, el victimario refrenda su acción desde una posición mental que no admite cuestionamiento de su acto criminal. Nos vemos así ante el dogmatismo, el fanatismo o aún el mesianismo del represor. Es decir, constituciones que desde la clínica no reclaman ni admiten indagación y que permiten sostener a ultranza como diferentes a los depositarios de la pulsión.
Los que han sido signados y relegados al campo de lo “otros”, las víctimas, asisten azorados a esta arbitrariedad a la que están sujetos, y al sufrimiento que se les inflige se agrega el de no poder comprender el porqué de una agresión injustificada, que recae sobre ellos sin apelación posible, a partir de un ejecutor hermético, del que no surge nada del orden de lo conflictivo que pueda al menos situar lo sucedido dentro del campo de lo humano.
En algún momento entenderán que ellos también están sumergidos en esta diferenciación que se les impuso. También desde la víctima habrá un “nosotros” y un “ellos”. “Madre, ellos callan. / Madre, ellos toleran que/ la vileza me calumnie”.
Primo Levi, desde su condición de víctima también identifica a los victimarios como “ellos”, designando cada uno de estos lugares de desigualdad como “los hundidos y los salvados”6. Lugares entonces de una poderosa asimetría como para signar destinos opuestos según se esté de un lado u otro.
Pero debemos convenir que si se ha conformado una doctrina que avala en forma concluyente la determinación de a quiénes será dirigida la destructividad, será el lenguaje mismo el soporte de su institución y enunciación. La misma asignación del quién es quién en el “nosotros” y el “ellos” es impensable si no es a través de la participación de la palabra.
Retomemos entonces lo anotado anteriormente para añadirle algunas consideraciones. Dijimos que no es el lenguaje el que diferencia a víctima de victimario. Cabe perfectamente retocar la escena del torturador que vuelve a su casa, incluyendo que después de cenar también puede sentarse ante su escritorio y escribir un poema.
Pero en su caso el lenguaje además avala y promueve el acto asesino. La palabra puede ser tan versátil, vicariante y oportunista, como para adecuarse a orientar y cualificar la pulsión, refrendando si de eso se trata, la posibilidad de que la destructividad derive en la flagelación física o psíquica del semejante, con la alternativa incluso premeditada de provocar su muerte.
Si suponemos al lenguaje como aliado a la pulsión de vida, en tanto tiende a la ligadura que contribuirá al rodeo, siempre provisorio, que retarda el siempre inexorable triunfo de la pulsión de muerte, el torturador puede experimentar su acto criminal como una forma de “salvarse” de Tanatos, que quedará ilusoriamente depositado en la víctima. Es una “lógica” que quizás pueda relacionarse con el egoísmo propio de la pulsión de autoconservación, en parte antecedente teórico desde la primera teoría instintiva de Freud de lo que será la pulsión de vida en la segunda.
A través entonces de una determinada instrumentación del lenguaje a favor de una derivación aniquiladora de la pulsión de muerte hacia el semejante, habrá por un lado los que se consideran “salvados” (y todos sabemos hasta qué punto incluso se propician como “salvadores”), y por otro los que si han sobrevivido a la destructividad infligida quedarán “hundidos” en una incesante pesadilla.
La palabra entonces no sólo es inhábil para nombrar afectos que la desbordan, sino que es además partícipe, si éste fue el caso, de las acciones aberrantes que los han desencadenado.
Concluimos con otra cita del poema de Paul Celan, recordando que hemos tomado como acepción posible la equivalencia de “Madre” con lengua materna: “Madre, qué/ tierra más extraña da tu fruto! / Da tu fruto y alimenta/ a los que matan!”.
1 En un trabajo anterior, intento definir la pesadilla (en contraposición al sueño de angustia) analizando la iconografía sobre el tema del pintor Heinrich Füssli (1741-1825). De ahí tomo la siguiente cita (Levín, R., “De representaciones de animales, sueños de angustia y pesadillas”. Trabajo libre presentado al XVIII Simposio y Congreso Interno de APdeBA, 1996, p. 181): “A diferencia del sueño de angustia hay entonces en la pesadilla una fractura de la integridad del fundamento de un espacio-representación del ámbito de lo simbólico. Lo monstruoso (o lo demoníaco) puede arrasar desde cualquier (o ningún) lado”.
“Los ‘lugares’ del sueño tal como fueron establecidos por la estructuración en términos simbólicos, de los fantasmas sexuales edípicos, son desnaturalizados y superados por la pulsión”.
“La pesadilla queda definida como un quebrantamiento del espacio simbólico acordado, que es el escenario del sueño. Y esto queda así definido por las enigmáticas transposiciones de algunos elementos del segundo cuadro de H. Füssli, si es tomado con referencia al primero”.
2 Tampoco la expresión pictórica puede dar cuenta de la esencia del sufrimiento de la víctima. La mediación de lo estético modula la angustia promoviendo un cierto goce (fascinación) que captura al espectador. ¿Acaso puede decirse que estar ante el Guernica de Picasso tiene alguna proximidad material con lo sufrido por los habitantes de la ciudad vasca bombardeada en abril de 1937?
3 Art Spiegelman, en su versión de la historia de sus padres en un campo de concentración nazi, logra un impacto muy particular apelando al relato bajo la forma de historieta (con lo que suma el efecto de la imagen al de la escritura) y representando el enfrentamiento entre humanos según nacionalidades, religiones, razas, grupos étnicos, como si cada uno de estos agrupamientos estuviera protagonizado por mamíferos de una especie diferente a la de los otros (Art Spiegelman, Maus I y Maus II, Buenos Aires, Emecé, 1994).
4 En una entrevista que se le efectuó a Elie Wiesel, escritor sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, dijo lo siguiente: “No hay un día, no hay un sólo día en que no piense en la muerte o no contemple la muerte, la oscuridad, o no vea ese fuego, o no trate de entender lo que pasó. No hay un solo día. No escribo acerca de eso. No hablo de eso. Trato de no tocar el tema, pero siempre está presente”. En Confesiones de escritores: narradores 3, Buenos Aires, El Ateneo, 1998, p. 212.
5 Citamos el poema tal cual fue publicado en el Diario de Poesía, Nº 43, primavera de 1997, Buenos Aires, pág. 40. Traducción de Ricardo Ibarlucía:
Simiente de Lobo... “Oh.../ flores de Alemania, oh mi corazón se vuelve/ un cristal que no puede engañar, en el cual/ la luz examina cuándo.../ Alemania” (Hölderlin, “Cerca del abismo...”). // “...como en las casas de los judíos (para recordar las ruinas de Jerusalén) siempre algo debe ser dejado inconcluso...” (Jean-Paul, El valle de Campania). // Echa el cerrojo: Están/ las rosas en casa. / Están/ las siete rosas en casa. / Está/ el candelabro de siete brazos en casa. / Nuestro/ hijo/ lo sabe y duerme. // (Lejos, en Michailovka, en/ Ucrania, donde/ ellos asesinaron a mi padre y a mi madre: qué/ florecía allí, qué/ florece allí? Cuál/ flor, madre,/ te hirió allí/ con su nombre?// Tú, madre,/ que dijiste simiente de lobo, no:/ lúpulo.// Ayer/ vino uno de ellos y/ te mató/ otra vez en/ mi poema.// Madre,/ madre, de quién/ era la mano que apreté/ cuando con tus/ palabras fui a / Alemania?// En Aussig, decías siempre, en / Aussig al borde/ del Elba,/ al/ huir./ Madre, allí viven/ asesinos.// Madre, yo/ escribí cartas./ Madre, no tuve respuesta./ Madre, tuve una respuesta./ Madre, yo/ escribí cartas a-/ Madre, ellos escriben poemas.// Madre, ellos no los escribirían,/ si no fuera por el poema que/ yo escribí por/ tu voluntad, por/ voluntad/ de tu/ Dios./ Loado, decías, sea/ el Eterno y/ agradecido, tres/ veces/ Amén.// Madre, ellos callan./ Madre, ellos toleran que/ la vileza me calumnie/ Madre, nadie/ interrumpe a los asesinos la palabra.// Madre, ellos escriben poemas./ Oh/ Madre, qué/ tierra más extraña da tu fruto!/ Da tu fruto y alimenta/ a los que matan!// Madre, estoy/ perdido./ Madre, estamos/ perdidos./ Madre, mi hijo, que/ se parece a ti.)// Echa el cerrojo: Están/ las rosas en casa./ Están/ las siete rosas en casa./ Está/ el candelabro de siete brazos en casa./ Nuestro/ hijo/ lo sabe y duerme”.
6 Primo Levi escribió varios libros testimoniales sobre su reclusión en el campo de concentración de Auschwitz. Sin indicios que lo predijera, sorprendiendo a todos los que lo conocían, se suicidó arrojándose por el hueco de la escalera del edificio en el que vivía. La distinción mencionada entre “hundidos y salvados”, figura en su libro (publicado por primera vez en 1958) Si esto es un hombre, Madrid, Muchnik, 1995, p. 94. Será luego título de otro libro, Los hundidos y los salvados, Madrid, Muchnik, 1995, cuya primera publicación fue en 1986, año previo al de su muerte.
Hacia un psicoanálisis de lo indecible
La palabra como borde nos alista ante una aprehensión posible de lo que dirime lo más acá, de lo más allá. Y es sólo hasta ese borde lo inconsciente estructurado como lenguaje. Sin embargo la magnitud de la angustiosa constatación de que lenguaje es sólo borde tras el cual la palabra es no-palabra (más allá, castración), nos acomoda en una posición restringida ante lo inconsciente, en tanto abordado a través del prisma del lenguaje. No es el inconsciente el que está estructurado como un lenguaje sino el psicoanálisis, porque es un producto del psicoanalista y del paciente en tanto sujetos. La estructura de sujeto determina una división consciente/inconsciente, y cabe pensar ese borde aludido, como demarcando de un lado lo que es consciente/inconsciente estructurado como lenguaje; y del otro lo inconsciente más allá, indecible, delimitado desde donde concluye el alcance de la palabra hasta confundirse con lo pulsional.
Somos los analistas entonces “los que estamos estructurados como un lenguaje”, coartados en el alcance de lo “más allá”, lo impedido; a menos que acechemos a través de la ruptura de los bordes, buscando en sus desajustes y desencajes los resquicios a través de los que podamos acceder al panorama de lo indecible que, junto a lo decible, nos define. Panorama quizás sólo vislumbrado, pero con suficiente luz (entidad) para no abjurar del alcance y movimientos de lo inconsciente, como dije, más allá de la palabra. Visión, paisaje, revelación que si desde el lecho de la corriente después del borde se enfocara, podría expresar lo indecible desde la pura emocionalidad del infante, cercada solamente por las palabras de adultos hablados que lo rodean, intentan explicitarlo.
Una teoría psicoanalítica que semeje a su objeto debe ser cambiante, estar en movimiento, presentar fisuras sincrónicas y diacrónicas. No puede ser inmóvil. Su verdad debe ser permanentemente renovada, respetando y hasta rescatando incongruencias, desajustes, contradicciones. Constituirse en un símil de su objeto, el ser en tanto sujeto dividido, cuyas piezas no encajan todas entre sí como lo hacen las palabras de un lenguaje. Decimos (aunque parezca una redundancia exasperada), una teoría psicoanalítica que deje abierto el borde de lo indecible.
Inconsistencia necesaria de la teoría, como dije, de revelar su objeto. Inconsistencia de la teoría si da cuenta tanto del bebé alucinando desde la grieta sin límite de su no lenguaje como también de la víctima de conductas aberrantes en estéril e incesante intento de deletrear el lenguaje de su asesino, impotente ante la trampa del discurso cuando se instala sin intersticios como un cerco inatravesable ante el borde de lo más allá, desestimando la condición de sujeto.
La teoría freudiana pasa a través del borde a partir de un incesante movimiento conceptual, arrastrando rupturas e inconsistencias. “Curación”/fantasma, tópicas discrepantes, teorías pulsionales diferentes (hasta la de muerte en un monismo que desestima alguna variabilidad en el desenlace del conflicto), niñez de un ensayo de experiencia a niñez subsumida tras la represión primaria (niñez como lo inconsciente tras el borde). Y no uno u otro, opción de términos de contradicción, sino lo uno y lo otro, con la ruptura de trama como inherente teórico, por el que se reitera el avistamiento de lo inaprehensible. Pintura como totalidad del sujeto dividido, tal la naturaleza humana (esto generalizado comúnmente como “subjetividad”).
Teoría freudiana no como totalidad reducida a ícono, sino a ser desmenuzada, desguazada, y a la comprobación de que al rearmarse siempre faltarán o sobrarán piezas: tal su correspondencia con lo humano. De la misma forma que el elemento icónico de la compulsión de repetición concretiza tras una delgada franja restante de una pulsación metapsicológica lo denominado como vacío, ciertamente mejor definido en tanto desconocimiento tras el borde, pero desconocimiento de contenidos inaccesibles, perdidos, más allá de lo imaginable, sin representación. Contenidos sin contenido sólo en términos representacionales, diferente así de idea de vacío, abismo, nada.
Se dice que la teoría freudiana es una teoría “viva”, acepción denotativa de ser versión de su objeto: “vida de lo humano”, no solo biológico. Viva a lo largo de su recorrido creacional, excediendo biográficamente al mismo Freud, atravesando a lo largo del siglo no sólo nuevos autores sino también la cultura misma. Quizás pocos otros psicoanalistas en algo compusieron un conjunto cuya dinámica emergiera viva de la naturaleza de sus inconsistencias. De ahí la claudicación de quien quedase recortado por textos de un solo autor (a veces protagonizado por grupos). Quizás valga como remedo freudiano la consideración de constituir-destituir permanentemente la teoría, sin admitir detención en período o autor. La teoría psicoanalítica, como su objeto lo humano, muere si se detiene.
Lo que circula entre nosotros denominado como “vacío”, es lo indecible, sin representación para quien advino al lenguaje (sujeto). Aproximemos la clínica: un joven paciente, cuya caracterización en nuestra jerga diría que “está muy disociado”, relata el siguiente sueño: “frente a mi casa hay dos quioscos, separados por una distancia de diez metros”. Aclara que en la realidad frente a la casa hay un solo kiosco, y prosigue con el relato del sueño. En uno de los kioscos al fondo hay unos frascos transparentes y atrás parece no haber nada. En el otro se oferta la habitual mercadería, pero hay una cola de gente, y él no quiere hacer dicha cola. Asocia el primer kiosco con un viaje que hizo a un país del África: “a mí que me gusta leer todos los carteles, imaginate cómo me sentía al no entender nada de lo escrito ni de lo que se hablaba”. La angustia era doble. El primer kiosco ofrecía unos frascos sin rótulos, que no servían de presentación para un incognoscible que estuviera más allá. Era la soledad del aislamiento perdido en un mundo de desconocimiento, por su asociación, no falto de contenidos sino inhabilitado a la representación de palabra de dichos contenidos. Para acceder al otro kiosco, en el que se ofertaba el acceso a lo simbolizado, tenía “que hacer la cola”, exponerse a la palabra del padre analista que lo habla desde atrás, lo cual a su vez lo sumía en un ya explicitado clima, manifestado desde el primer encuentro conmigo, de dudas y angustia ante deseos homosexuales. El primer kiosco lo remitía a un más allá, sin fondo, ignoto, desconocido, pero no vacío. El otro a un mundo significante accesible en tanto fuera penetrado por la palabra del padre (Padre, analista).
Detrás de ese borde de los frascos hay un mundo perdido, pero no inexistente y sin efectos. Ante él se experimenta asombro, perplejidad, incluso sentimientos de despersonalización. Angustia que puede derivar en importantes mecanismos de disociación e inclusive defensas autistas. Mi paciente tomaba distancia ante los dos términos de la opción. Su posicionamiento en torno a sus problemáticas (o temáticas), era desafectar, desafectivizar. Frente a la angustia de cada opción, tenía la medición precisa entre ambas. No sé por qué eran diez los metros que separaban los kioscos. Sí que disponía (en el escenario del sueño) de la posibilidad de separar métricamente la distancia de sus opciones, graficando cartográficamente en el contenido manifiesto lo que en lo latente podría ser ambigüedad, confusión y desconocimiento. También establecía en su relación conmigo la distancia exacta en la transferencia que lo preservara de lo emocional.
Voy a presentar ahora otro paciente, en este caso literario, del que me ocupé en otra oportunidad (Levín, 1998). Me refiero a Pinocho, el personaje de Carlo Collodi, muñeco que luego de una serie de peripecias (aventuras), atraviesa el conflicto edípico y deviene “niño de verdad”. La escena de su constitución en tanto estructura de sujeto, es impresionante. Una parte de lo que fue, de lo que es, queda desdoblada, ante sí, pero diferente. El que protagonizó “las aventuras” ya no es él, pero es su parte del pasado, identificado en ese muñeco proverbial, ya que precisamente no puede decirse encarnado. Está ante un sí mismo que fue él, en el que no se reconoce del todo, más bien lo asombra, y que está destinado a perderse. Hay algo ominoso en ese desdoblamiento en un doble diferente, familiar en lo desconocido, desconocido en lo familiar. Eso que fue pero que no podrá volver a experimentarse, familiar y ajeno, fuente de perplejidad pero presente para siempre en alguna dimensión subjetiva: ¿puede asimilarse al concepto de la infancia de la represión primaria? Me refiero a lo que tiene de indecible, irrepresentable, más allá del lenguaje. Capaz de reconstrucciones, necesarias reconstrucciones, pero en sí pérdida. De hecho en la literatura, sería inverosímil un niño personaje protagonista que se enuncie desde la primera persona. Sería “atribuirle la palabra”, el lenguaje. Versión moderna a la manera del “adulto en miniatura” de la representación medieval de la niñez. Pinocho es posible, pero, recordemos, se trata de un muñeco, recurso que le permitirá a Collodi salvar lo impensable de suponer la palabra desde el niño previo a la constitución de la estructura de sujeto.
La escena con que finaliza el libro de Pinocho, en la que el niño de verdad, sujeto, se encuentra ante el muñeco que fue su infancia, ahora inerte, desplomado, al que se abandona, me ha remitido frecuentemente a la también impresionante experiencia en la clínica infantil del niño intentando acceder en un movimiento a la vez angustioso pero inexorable a un pasaje desde el primitivo grafismo a la letra-palabra a ser escrita y leída.
La impronta y las derivaciones posibles de este fragmento con el que concluye el libro, me llevó a mí mismo a otra aventura: la de investigar las diferentes representaciones iconográficas que ilustran la última escena del texto. Pude así acceder a unas treinta ediciones de Pinocho, de las innumerables que existen en diferentes idiomas en todo el mundo, tal su difusión. De allí recopilé unas diez ilustraciones sobre ese “momento” que considero como fundante de la estructura de sujeto. Todas ellas muy sugestivas. Pero rescato para la ocasión una en particular. Se trata del dibujo de Roberto Innocenti, que figura en la edición española de la editorial Altea de 1989. En el centro una silla, a uno de cuyos lados se encuentra el niño-de verdad-Pinocho, con uniforme escolar de época. Al otro el padre, atildado, sombrero en mano. Ambos tienen apoyada una mano en la silla, y parecen mirar directo al lector, como actores frente a su público al terminar la obra. El niño tiene una expresión seria, a la altura de las circunstancias. El padre una mirada de orgullo, posando educadamente, como dije, sin sombrero. Entre los dos, desplomado sobre la silla, aunque aún con los pies tocando el piso, mirando hacia abajo, sin interlocución ni mirada sobre su lector, el muñeco-Pinocho. Pero lo más asombroso es que la sombra que proyecta el niño sobre la pared (que parece correspondiente a un foco de luz ubicada en la mirada del observador), no concuerda con la del cuerpo que la intercepta, sino que reproduce el contorno de perfil del conocido muñeco, con su característica nariz. Este desdoblamiento del niño, originando una sombra que no lo reitera, que no se ajusta a las leyes ópticas que la provoca, crea un fuerte impacto de extrañamiento. Si hay algo que ensambla poderosamente con nuestro ser, es la sombra que proyectamos. Basta imaginarse la angustia que experimentaría quien asistiera al fenómeno de provocar una sombra que es ruptura de lo que se tiene asumido que se es, para comprender la que provoca ese niño al que vislumbramos fuera de la ley que se nos impone desde el estar constituidos en tanto sujetos por un lenguaje. Vale decir, ante lo inaprehensible de lo no decible.
¿Cuál es el papel de Melanie Klein (y de la teoría kleiniana) en relación a lo infantil (y lo inconsciente) incapaz de decir? Con enorme confianza y coraje, Melanie Klein hace hablar al lenguaje sobre lo que el niño pequeño no puede decir. Entra de lleno en el territorio del más allá, tras el borde del lenguaje, pero de todos modos no vacila en usufructuarlo y es así como rescata, reconstruye, privilegia, otorga entidad a la vida emocional del infante. Hace hablar al niño que aún no tiene lenguaje. Partiendo de las ideas de Abraham y Ferenczi despliega una vasta y verosímil teoría sobre la vida infantil, previa al advenimiento de la estructuración en términos de sujeto. Pero para hacerlo, ya no sólo a la clínica sino también a la teorización, “deberá aportarle demasiadas palabras y pensamientos” (Freud, 1918, p. 10). Deberá apelar más que nunca, para decir de lo no decible, a símiles, metáforas, alegorías. Deberá avanzar eludiendo o modificando conceptos freudianos. No va a constituir una clínica proveniente del lenguaje como en el caso de Freud, sino un lenguaje derivado de una clínica. En suma, permitirá acceder a un panorama psicoanalítico de la infancia, pero necesariamente discrepando en muchos puntos con la teoría freudiana.
Brechas, cesuras. Tensión, hasta crispación, entre teorías. Fuente de estímulo a nuevas ideas para quien lo tolere, y piense al psicoanálisis como un sistema abierto sujeto a cambios, en tanto inherentes al propio psicoanálisis. También temáticas a ser desconocidas dogmáticamente por quienes suponen un psicoanálisis que debe demostrarse detenido, clausurado, pleno de certezas definitivas. Es frecuente entregarse a la liturgia, resultado de endiosar a un determinado autor, ignorando que la teoría psicoanalítica es tal si reconoce su corpus en tanto deslizamientos entre distintas opciones, reconociendo y cercando paradojas e incertidumbres derivadas de contradicciones y limitaciones que deja tras sí la historia de la teoría desde su creación. Porque aun entre autores supuestamente agrupados en una “escuela” hay puntos de desajuste y falta de concordancia, que llevan a interrogarse acerca de cuál es la correspondencia teórica que los hermana. ¿Cómo se justifica un Winnicott en tanto “post-kleiniano” si consideramos su teoría objetal y el lugar que asigna a la pulsión? Por no mencionar por ejemplo a Fairbain, quien justamente en relación a la pulsión se ubica en las antípodas de Melanie Klein.
Las inconsistencias entre teorías ofrecen brechas que iluminan nuevos interrogantes, que una vez resueltos dejarán a su vez abiertos otros, en un encadenamiento que nunca se clausura. Melanie Klein se introduce a través de una de dichas brechas que en lo teórico y en lo clínico deja abierta la concepción freudiana. Si Freud inaugura y sostiene los principios del psicoanálisis de la develación de lo inconsciente a partir del síntoma en el discurso, no dará cuenta de otro campo de lo humano, como lo es lo indecible. Tal el caso de los procesos mentales de la niñez. Cualquiera podría alegar que la palabra contiene en sí misma su propio alcance, y que más allá de sus confines no hay nada que decir. Entonces Melanie Klein tendría que hacer una segunda operación de la palabra, para hacerla decir algo decible en donde no hay palabra. Es cierto: heurísticamente es un procedimiento distinto. ¿Pero eso la invalida, o representa una ampliación del campo del psicoanálisis? Quiero reproducir, en dos versiones, la traducción de un fragmento de una carta de Freud a Jones del 26 de mayo de 1935: “...En verdad que en mi opinión su Sociedad ha seguido a la Sra. Klein por un camino equivocado, pero la esfera en que ella ha hecho sus observaciones me es ajena, de manera de que yo no tengo derecho a tener ninguna convicción bien establecida” (Jones, 1962, p. 216). Y según la otra: “...Es cierto que soy de la opinión de que la Sociedad de usted ha seguido a la Sra. Klein por un camino equivocado, pero el dominio del que ella ha sacado sus observaciones es desconocido para mí, de modo que no tengo derecho a expresar una convicción firme” (Roazen, 1978, p. 505).
Melanie Klein se introduce en esa “esfera” o “dominio” que a Freud le era ajeno. Mucho del territorio al que accede tiene que ver con lo que Freud no puede decir; tiene que hablar y teorizar desde otros principios diferentes para dar entidad a su propuesta. Incursionar más allá de lo decible supone un nivel de conceptualización distinto que el freudiano. Su palabra se configura como un discurso del no discurso. O acerca del no discurso, en este caso de la emocionalidad (o el llamado mundo interno) del infante. Su teorización abarca con nitidez aspectos de lo excluido del lenguaje que queda del lado inaprehensible delimitado por el discurso que atraviesa y divide en tanto estructura al sujeto. Debe desconocer los límites de la teoría de Freud, y para ello validar el posible uso de la palabra para suponer un mundo decible y verosímil del que el ser humano no puede testimoniar, al menos con esas mismas palabras. Freud no podría acordar con ella, pero no puede dejar de reconocer que está dentro de un campo en el que el psicoanálisis debe dar respuestas. Pero por cierto que desde su conceptualización será “un camino equivocado”. Como tantos que han abierto, que expanden permanentemente el conocimiento psicoanalítico por caminos equivocados, si tomamos la teoría de un autor en relación a la de otro. El corpus de la teoría psicoanalítica, es un conjunto de caminos equivocados si se toman unos en relación a otros. Sin embargo ha conformado una versión del ser humano que ha dejado una marca en la subjetividad y en todos los ámbitos de la cultura que se sostuvo a lo largo de todo el siglo pasado. El psicoanálisis es posiblemente la producción cultural más influyente y representativa del ser humano en el siglo XX. Y sus inconsistencias intrínsecas el más fiel reflejo del sujeto, del que le ha tocado ocuparse.
Aun cuando la partición del sujeto delimita dos dimensiones que deben ser explicitadas apelando a procedimientos diferentes, no en todo conciliables entre sí, hay que considerar que ambas atañen a lo humano. No pueden ser descuidadas entonces por el psicoanálisis, aunque algunos supongan que lo derivado de la dificultad (y aún de la imposibilidad) es una mera desprolijidad. Lo no decible puede ser a veces nombrado con nombres genéricos que lo relacionan con el goce o con Lo Real (Lacan). Queda así abarcado en una supuesta explicación que no da cuenta de lo sustantivo de la complejidad. Melanie Klein realiza una exposición de lo no decible inherente al campo de lo infantil. Dicho campo no es el único que nos confronta con la angustiosa corroboración de una partición, que abre una dimensión que nos afecta, y refiere a un más allá de nosotros mismos.
Tanto posicionarse ante la Ley y la constitución del sujeto –angustia de castración– como reconocer el ominoso, a veces aterrador efecto de lo indecible, es de alguna manera ineludible. Y tarea de psicoanalista, quien se posiciona ante lo discursivo, pero también ante una serie de efectos (¿del orden de lo traumático?) derivados de atender lo indecible. No puede desconocerse el campo de lo desconocido, para lo que habrá que apelar a otras intuiciones que lo incorporen a la clínica. Tampoco pueden separarse ambos campos para evitar dirimir la clínica en su frontera más sensible, aquella determinada por el confín de la palabra. Borde a veces de angustia intolerable. Volvamos ahora al contenido manifiesto del sueño que relató el paciente al que me referí más arriba. De un lado, el kiosco de lo no-rotulado, de la no palabra, con un fondo de colores claros que más que como fondo era transmitido como un ambiguo y no delimitable pasaje a lo desconocido. Del otro, un kiosco marcado por la mercadería consumada en nombre y precio, quizás el emblema más representativo de nuestra cultura actual. Acceder al primero (se lo vio en la elaboración analítica) era aterrorizante. Al otro, significaba atravesar lo edípico, exponerse a la Ley del Padre, aceptar la castración, advenir a la estructura de sujeto que contempla una articulación solidaria y definitiva, aunque angustiosa, de ambas dimensiones. El paciente mantenía separadas una de la otra, sustentando la distancia en una medición que le permitía regular la de su disociación. En el clima de su vida emocional (y en el de la transferencia), esto se expresaba como un no compromiso, “todo me da igual”.
El campo del psicoanálisis de niños, en tanto no proveniente de una palabra infantil posible, es fuente de incertidumbre y resistencia, que puede operar suscitando distintas formas de distanciamiento. Una de ellas, es darle a la palabra que lo interpreta un valor excesivo, obturando la angustia que suscita el saber acerca de su desconocimiento. Otra es el alejamiento de dicho campo, con diversas variantes, todas eludiendo una verdadera clínica de la niñez y también un reconocimiento de que en la teorización del psicoanálisis de la infancia, la palabra tiene otro estatuto.
Hay palabras que hablan de lo que se dice, se refieren a la franja incluida en lo discursivo, no importa su sujeción polisémica y su circulación entre lo entendido-mal entendido. Se fundamentan por ejemplo en el decir de un paciente, en la sesión psicoanalítica en la que la palabra va y viene. Ante un niño en el que el discurso no es aún constitutivo, habrá que aportarle la palabra que no tiene. Será un posicionamiento necesario, reconociendo que hablamos tolerando nuestro desconocimiento ante lo indecible de quien no es entonces nuestro interlocutor. Pero como decía más arriba, la palabra no debe ser excesiva, a riesgo de saturar lo que no sabemos. La escucha del niño convoca en realidad a una mirada, un gesto, un oído atento a lo que en relación al lenguaje es sólo un esbozo (aun cuando haya alguna frase o palabra articulada), una aproximación al interrogante del juego en el que su despliegue no tiene aún entidad sintomática, aunque sí expresiva. La transferencia no es un pattern inconsciente que insiste, sino una modalidad actual de relación. Lo que no puede decir es lo que decimos nosotros, pero debemos decir que el discurso es nuestro porque el niño no lo tiene. Reitero quizás demasiado, pero cómo decirlo, nuestro discurso, nuestra interpretación, no es la de él. Necesita de nuestra palabra, de nuestra voz, para su constitución, y por qué no, en tanto analistas, para ordenar su incipiente aproximación a lo discursivo en el caso de alguna perturbación que afecta su vida emocional, o eventualmente obstaculiza su desarrollo.
Pero lo no decible no es patrimonio de los niños, ni tampoco debemos suponer al discurso con entidad suficiente para lidiar con lo más allá de él. Sobran muestras de la ubicuidad de la palabra cuando en muchas ocasiones se la hace válida para desconocer el discurso del otro, sustentando la impunidad de la pulsión. En otro trabajo (Levín, 2000), me ocupo, tomando como punto de partida un poema de Paul Célan, de mostrar cómo la palabra puede ser usada en el caso de los ejecutores de actos aberrantes, para justificar el desconocimiento del discurso de la víctima, a quien transforman en un objeto-no sujeto, no humano. Quizás uno de los territorios más excluidos del estudio psicoanalítico, es esta habilidad del discurso para destituir el discurso del otro, sumiéndolo en la más aterradora de las experiencias: la de un discurso invalidado por el de un semejante. A diferencia del niño, que no posee un discurso, no puede experimentar su pérdida, la víctima despojada de la entidad de su discurso pierde su sujeción a él. Su propia palabra ya no es tal, con su propio discurso pierde su condición de sujeto. No tendrá palabra para testimoniar, porque su palabra ha sido depuesta. No hay representación válida de la experiencia (¿puede incluso llamarse experiencia?) de quien ha sido deprivado de su discurso. En el caso de los campos de concentración de los nazis, de los pocos escritores que tuvieron el coraje emocional de exigir la palabra al límite para testimoniar lo indecible, algunos terminaron su vida en una decisión de suicidio. Otros prefirieron callar. Aun para nombrar el genocidio nazi, no hay palabra. Ni Holocausto (acuñada por Elie Wiesel, aunque luego se arrepintió), ni Shoah (Agamben, 2000).
Parecería que esta condición de supresión del reconocimiento del discurso (ya no puede decirse del semejante) es condición para la agresión indiscriminada al otro. El niño, ya no como despojado sino falto de un discurso, ha sido también objeto de diversos tipos de maltrato a lo largo de la historia de la humanidad. A su inermidad se suma que no es el otro el que lo despoja de un discurso, ya que no hay discurso que quitar. La condición infantil cancela la posibilidad de operar sobre un discurso, ya que éste no está constituido. Se le puede asignar entonces al niño el poder de invalidar el poder del discurso. Esto puede invocar una angustia intolerable, que será recubierta de investimientos narcisísticos o derivará a encarnar en el niño una suerte de amenaza demoníaca, proveniente del desconocimiento que le es inherente, de lo cual precisamente su carencia de discurso es el fundamento. El niño (como lo inconsciente), pone sobre el tapete los límites del poder del discurso. Agravio del que pueden resultar las diversas modalidades con que es específicamente agredido. Modalidades que atañen no solamente a circunstancias singulares sino que involucran también posiciones en el plano de lo político-social (Levín, 1995).
Una paradojal elocuencia de la vivencia (insisto, no creo que pueda decirse “experiencia”) de lo no decible se da en el caso particular de las víctimas del campo de concentración a los que sus propios compañeros llamaron “musulmanes” (Agamben, 2000 y Levi, 1995). Se trata de individuos (¿personas? ¿sujetos?) que han perdido su capacidad de hablar, sentir, desear, demandar. Rondan sin rumbo, sin expresar esperanza-desesperanza, insensibles tanto a la agresividad extrema de los victimarios como a cualquier intento de ayuda de sus compañeros. Son descriptos por los autores citados (y otros) como “deshumanizados”, “fuera de lo humano”, “cadáveres vivos”, hasta como ni siquiera representantes de lo humano en tanto especie. Pareciera que en ellos lo discursivo como soporte de la estructura de sujeto fue diezmado. Formas diferentes de lo no decible: el niño incapaz de decir como inherente a su condición; la víctima porque su discurso ha sido siderado por la destructividad de un semejante. En un caso lo no decible es constitutivo, en el otro destituido por el potencial criminoso de la pulsión sobre el discurso.
Explorar el límite del alcance de la palabra, incluso transponerlo, ha sido tarea de algunos escritores, particularmente de ciertos poetas. Sería imposible abordarlos en su extensión y profundidad, ni siquiera mencionarlos, aunque fuera en una selección muy limitada. Para el caso, voy a referirme muy brevemente a un poema de Arthur Rimbaud (1854-1891). Es el titulado “Vocales” (Aguirre, 1974). En él, conservando una rigurosa forma de soneto, posicionado desde el más elevado poder significante de la palabra, desanda a la vez el camino en dirección a lo no decible. Remite las letras vocales al despojo de su valor en un lugar de la palabra, para tornarlas pura sensorialidad (color), y a su grafía a un mero dibujo a ser descripto. Considero necesario transcribirlo en su totalidad: “A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul, vocales,/ Un día diré vuestros latentes nacimientos./ A, velludo corsé de moscones hambrientos/ que rodean zumbando los hedores letales,// Golfo de sombras; E candidez de vapor,/Lanza de los glaciares, temblor de la medusa;/ I, púrpura, escupida sangre, sonrisa intrusa/ En los labios hermosos de ebriedad o furor.// U, ciclos, vibración de los mares potentes,/ Paz en los prados, paz en las rugosas frentes/ De los que de la alquimia tentaron los cerrojos.// O, supremo clarín de estridores profundos,/ Silencio atravesado por Ángeles y Mundos:/ ¡O, la Omega, destello violeta de Sus Ojos!”. Trasciende de este poema un poderoso alcance de la palabra para sostener un discurso en sus más refinadas posibilidades, incluido el aludir a su propio despojo de una cualidad significante, presentando estas letras como enfocadas desde fuera del mismo discurso. Patrimonio excluyente de un gran poeta para dar cuenta desde la interioridad del poema de la partición del sujeto, produciendo una estremecedora “vibración” entre ambas dimensiones de dicha partición.
De lo indecible, la palabra puede tener qué decir, y esto no sólo debe ser admitido, sino validado, si queremos abrir el alcance del psicoanálisis a todo lo que atañe a lo humano. A veces la palabra parece decir para desmentirse a sí misma o para cancelar la validez del discurso de otro. Hay palabras para lo no decible, y decires invalidados por las palabras que parecen decir. Si el psicoanálisis se restringiera al enaltecimiento de la palabra como unívoca e inequívoca (porque también el equívoco transpone el borde), quedaría reducido su alcance. Debe apropiarse tanto del campo de la palabra como del de la no palabra. Aproximarse con prudencia, porque donde falta puede estar presente, así como puede haber un no-decir con apariencia de discurso. También el lenguaje puede adquirir una entidad subjetiva suficiente como para relativizar el discurso de otros. Lo no decible no abarca en la clínica solamente lo infantil (o eventualmente la psicosis, o la manifestación “psicosomática”, de lo que no nos hemos ocupado), sino que es constitutivo de la estructura de sujeto.
Mi propósito en este trabajo ha sido fundamentar un posicionamiento que habilita a la palabra para teorizar sobre lo no decible. La dificultad inherente a dicho propósito ha quedado quizás evidenciada en ciertas imprecisiones de algunas de las notas arriba expuestas. Pero como lo dije al aludir al desarrollo de la teoría psicoanalítica, para evaluarla es necesario poder tener una visión de conjunto, reconociendo y dando entidad incluso a las discrepancias que puede contener. Pido lo mismo al lector ante mi exposición. He realizado un breve recorrido por temáticas de distinto orden: la teoría y la clínica; la conceptualización psicoanalítica de la infancia; la deprivación del discurso del otro y sus efectos; los alcances de la literatura, tanto en la posibilidad de metaforizar la estructura de sujeto como de exponer el alcance de la palabra llevada al límite. Todo esto en relación a los intentos del psicoanálisis de acceder a lo indecible. Quizás debamos aceptar el diferente estatuto de la palabra según su uso. Pero esto no la invalida, sino que por lo contrario, contribuye a ampliar el campo del conocimiento. No tiene la misma atribución la palabra de la jerga de “una ciencia dura” que la de una “ciencia conjetural”. También es diferente el estatuto de la palabra de intercambio cotidiano de la eminentemente literaria. El psicoanálisis se ocupa del ser en tanto sujeto, lo que implica avanzar sobre lo no decible, también constitutivo de su estructura. No debe vacilar en apelar a nuevas palabras (y a nuevos discursos), renovando incluso el repertorio si éstas llevan a alguna forma de saturación. No debe dejar fuera de su “dominio” nada de lo humano, aun cuando paradojalmente deba lidiar con sus propias imposibilidades.
Concluyo con dos citas de Theodor W. Adorno (1985). Aunque se refieren a la terminología filosófica, pienso que pueden aplicarse a lo que quise transmitir en este trabajo. Las hago por lo tanto mías, en relación al psicoanálisis. “...A la famosa frase de Wittgenstein de que solo puede decirse lo que puede expresarse con claridad, y que sobre lo demás hay que callarse, podría oponérsele el siguiente concepto de Filosofía: la Filosofía es el esfuerzo permanente y desesperado de decir lo que no puede propiamente decirse”. “...En esto consiste el que en la Filosofía misma, si no quiere estancarse en esta paradoja, está inscrito el decir lo que propiamente no se puede decir, el momento de la contradicción en movimiento, progreso y desarrollo. Y esta contradicción radica en el impulso de querer alcanzar con el concepto lo no conceptual, con el lenguaje lo no decible mediante el lenguaje.”
Referencias
Adorno, T. (1985). Terminología filosófica (vol. 1). Madrid: Taurus, p. 63 y 67.
Agamben, G. (2000). Lo que queda de Auschwitz. Valencia: Pre-textos.
Aguirre, R. (1974). Poetas franceses contemporáneos. Buenos Aires: Librería Fausto, p. 42.
Freud, S. (1918). De la historia de una neurosis infantil (el “hombre de los lobos”). En Obras Completas: Sigmund Freud (vol. XVII, pp. 1 a 112). Buenos Aires: Amorrortu, 1976.
Jones, E. (1962). Vida y obra de Sigmund Freud (vol. 3). Buenos Aires: Nova.
Levi, P. (1995). Si esto es un hombre. Madrid: Muchnik.
Levín, R. (1995). El psicoanálisis y su relación con la historia de la infancia. Psicoanálisis 17(3), 613-633.
______ (1998). De Pinocho (1881) a Toy Story (1996). Psicoanálisis 20(2), 331-351.
______ (2000). Simiente de lobo. Psicoanálisis, 22(2), 375-385.
Roazen, P. (1978). Freud y sus discípulos. Madrid: Alianza.
Presentación de lo irrepresentable*
Muchas gracias. Antes de comenzar quiero decir que me quedé estremecido con la presentación de Burucúa. Él es un referente intelectual muy importante para mí. Cuando yo estaba escribiendo mi libro sobre el dibujo y la perspectiva, tenía como apoyo teórico a historiadores y teóricos del arte, como Gombrich y Panofsky, y a través de los libros de él me di cuenta que en realidad pertenecían a una misma escuela, que yo no conocía, que es la de Aby Warburg. Esto me permitió integrar conocimientos.
Suscribiendo esta propuesta paradojal de sostener un discurso sobre aquello no habilitado a ser expresado mediante la palabra, me limitaré a exponer algunas notas quizás algo dispersas que insinúan posibilidades de reflexión sobre nuestro tema.
No sugiero siquiera en tanto utopía que pueda llegarse a una aproximación final con pretensiones conclusivas. Pero si nos vamos a referir a situaciones extremas que indudablemente aluden a lo más aberrante y destructivo de la condición humana, en tanto psicoanalistas no podemos eludir la búsqueda de interrogantes y respuestas. Y no queda otra alternativa que apelar a la enunciación en términos de lenguaje.
En esta ocasión volveré sobre presentaciones mías relacionadas con el tema, pero fundamentalmente apelaré al texto freudiano “Más allá del principio del placer” (1920), como soporte de una reflexión que contribuya a la posibilidad de teorizar psicoanalíticamente sobre esta disponibilidad a veces impensable del sujeto humano, al ejercicio no solamente de fantasías sino también de conductas con efectos en extremo destructivas para sí mismo y sus semejantes.
“Simiente de lobo”
En un trabajo anterior, me basé en un poema de Paul Celan titulado “Simiente de lobo”1, para referirme a la operación del victimario de conductas aberrantes mediante la que se destituye a la víctima de su condición de semejante, desconociendo la entidad de su discurso. De tal manera, con la invalidación de su palabra, la víctima pierde su condición de otro del otro, quedando sumido en el más aterrador de los aislamientos, que es ser desconocido en su condición de sujeto. Al no ser reconocido como semejante por el victimario, éste puede ejercer cualquier acción sobre la víctima, a la que además no se le otorga palabra que valide posibilidad de apelación (y como veremos, de testimonio). Su palabra no será escuchada, porque no existe escucha de una palabra que en tanto tal ha sido depuesta.
No hay recurso para transmitir la vivencia de ser sin otro, en tanto efecto de la mencionada operación de desconocimiento de la condición de sujeto. La víctima podrá hablar, pero una eventual escucha que asignara a su palabra entidad discursiva, invalidaría la transmisión de la vivencia de no ser otro para el otro. Tal la paradoja trágica del discurso-imposible de la víctima.
El poema de Paul Celan transmite en forma desgarradora esta destitución de la condición de sujeto por parte del victimario, y la aterrorizante corroboración de que éste puede usufructuar su propio discurso para desconocer el de su víctima. Incluso el discurso del victimario puede transitar el mismo idioma, y ser tanto o más refinado que el de la víctima. “Madre, ellos escriben poesía”, reitera el poeta casi como una muletilla.
En dicho trabajo intenté referir la operación de destitución de la condición de sujeto de la víctima, a la diferencia de fuerzas entre pulsión y discurso. De la desproporción de magnitud y de la compleja relación entre Tánatos y Eros, deriva la posibilidad de que la pulsión de muerte encarnada en el victimario arrase con la condición de semejante que supone un otro sujeto-hablado. Esta operación de despojo que coloca al otro en condición de víctima, no es patrimonio solamente de sujetos particulares, sino que puede hacerse extensivo a toda una comunidad.
“...ellos escriben poesía”. Desde la víctima hay una tajante división entre aquellos usurpados de su condición humana, y la de quienes se la arrogan. Son “nosotros” y “ellos”. Es la división que Primo Levi enuncia en el título de uno de sus libros: Los hundidos y los salvados.
Desde luego el victimario ni siquiera plantea un “ellos”, ya que la víctima no es considerada semejante.
El carácter pulsional que opera en la destitución de la condición de sujeto de la víctima pone de manifiesto la fragilidad y la ubicuidad del lenguaje para contrarrestar los efectos de Tánatos. Hasta podríamos alegar su oportunismo. Es el mismo discurso el que designa desde el victimario, lo que en la víctima es la tajante e inapelable división entre “nosotros” y “ellos”, “hundidos” y “salvados”.
El papel que ocupa la pulsión en estas situaciones de destructividad extrema que la historia de la humanidad se empeña en corroborar, es alojada por el poeta en el mismo título del poema: “Simiente de Lobo”. Al escribir mi ya mencionado trabajo, y como forma de denotar en lo posible la imposibilidad de metaforizar la vivencia de la víctima –no hay metáfora sin otro–, reiteré como título tal cual el del poema, solamente encomillándolo.
No puedo dejar de consignar el título de una película de Bergman sobre la temática víctima-victimario, en el que también está incluido lo pulsional, como en el del poema de Paul Celan El huevo de la serpiente.
Cuando en psicoanálisis nos referimos a la pulsión, lo estamos haciendo en términos especulativos. En “Los instintos y sus destinos” (1914)2, Freud se refiere por un lado a la pulsión como “nuestra mitología”, pero también la considera como un pilar necesario para construir sobre él el edificio de la teoría psicoanalítica.
En los años siguientes a la escritura de dicho texto, el desarrollo de la teoría y de la clínica lo llevará a formular una concepción de la pulsión que pueda dar cuenta de esa condición tan inquietante del humano, como lo es la expresión de una extrema destructividad que puede alcanzarlo tanto a sí mismo como a sus semejantes.
En 1920 escribirá “Más allá del principio del placer”, uno de sus trabajos más aventurados y complejos, en el que plantea un nuevo modelo pulsional, considerado por muchos como uno de sus conceptos más polémicos. La introducción de la pulsión de muerte es reconocidamente una fuente de controversia. Pero lo es más todavía, a mi juicio, el planteo del modelo que relaciona ambas pulsiones, Eros y Tánatos. Es de una complejidad y una asimetría que no existía en las anteriores teorías pulsionales. La desproporción entre pulsión de vida y pulsión de muerte es tal, que la segunda en definitiva en forma inexorable e irreductible va a triunfar sobre la primera. Me atrevo a decir que se trata de un modelo pulsional que a diferencia de los otros, está más próximo a una concepción monista que dualista (aunque no es esto lo manifestado por Freud en su texto)3.
En el próximo apartado me voy a permitir un breve ensayo, casi un comentario, sobre ese texto, para sustentar en él la posibilidad de conceptualizar lo que mencioné anteriormente relacionado al poder de la pulsión sobre el lenguaje, considerando a éste el representante de Eros, en una relación desigual ante Tánatos.
Creo que el carácter abierto y provisorio de “Más allá del principio del placer”, permanentemente advertido por Freud a su lector, habilita a que de él puedan efectuarse re-lecturas de las que se desprendan nuevas posibles comprensiones.
Pulsión de vida (Eros) y pulsión de muerte (Tánatos)
Cuando en “Más allá del principio del placer” Freud dice que la pulsión de muerte es inexorable en el cumplimiento de su fin de retornar la vida a lo inorgánico, sitúa a Eros como un mero “rodeo” que sólo retrasa dicho implacable destino.
La pulsión de vida, en tanto disponibilidad de “ligaduras” que demoran la desintegración propia de la vuelta a lo inorgánico, se representa en el lenguaje. No en cualquier lenguaje, no el de los animales, sino en el humano admitido en la metáfora, el que instaura la condición de sujeto.
Eros no refiere a la vida biológica, sino a la vida del sujeto, habilitada e instituida por el lenguaje.
La vida biológica puede siempre ser reducida a lo inorgánico: la medicina puede describir (lo hace) la composición físico-química de nuestro cuerpo viviente en su porcentaje de agua, sal, minerales... O proteínas, carbohidratos, grasas. Pero no puede definir la vida del sujeto.
Los ejecutores de acciones aberrantes ignoran a su víctima en su carácter de sujeto. Los reducen a objeto, vivo, pero despojado de su condición humana. Mencionando el cuerpo reconocido por la medicina, vale recordar los experimentos que se han realizado en los campos de exterminio con centenares de víctimas, como si fueran animales de experimentación.
A esta deposición de lo humano de la víctima, por la que no se la considera un semejante, se han referido muchos: Elie Wiesel, Theodor Adorno... Antes de la muerte biológica, han matado la condición de sujeto.
Cabe aquí una reflexión: en psicoanálisis, aun desde sus diferentes corrientes, hay acuerdo en que la constitución del sujeto se supone en la existencia de un otro semejante. Podríamos entonces hacer el siguiente ejercicio lógico: si un sujeto desconoce la condición de sujeto de otro, ¿no cesa en el primero, en este caso el victimario, también ese atributo que define lo humano, ya que no está ante un semejante? Importante tema que debemos discutir, ya que refiere a si no hay “momentos” o “estados” en que lo que define “lo humano” de una persona queda cancelado. Situación que por supuesto, alcanzaría al victimario.
Uno de los problemas de la invalidación del lenguaje de la víctima, es que el aislamiento que deriva de esto, por definición no podrá admitir un testimonio en términos narrativos. Queda aislada no sólo del otro, sino también de su propio lenguaje. La metáfora no podrá aludir a esa vivencia, sólo podrá encubrir esa verdad de ser objeto-no sujeto. Tal los problemas de transmisión de sus vivencias de las que nos estamos ocupando en esta ocasión.
Entiéndase: no es que la víctima no pueda hablar. Es que sus palabras no serán escuchadas, ni siquiera oídas. La víctima asiste a la tragedia de su transformación a una no-vida en tanto sujeto.
Como imagen de lo que es este despojo del reconocimiento del otro de lo humano del sujeto, me parece extraordinario, y quizás anticipatorio, el cuento La metamorfosis de Kafka. Gregorio Samsa, su protagonista, se va convirtiendo en cucaracha y no deja de reflexionar. Pero esto es para sí. El otro (su familia) no escucha, no oye, no lo reconoce, lo desconoce en tanto otro-sujeto. Un aislamiento atroz. Y no hace falta preguntarse qué destino tendrá una cucaracha si es descubierta.
En los campos de concentración se ha descripto la figura del que se denominó como musselmann (Primo Levi, Giorgio Agamben). Personas que atravesaron su confinamiento reducidas a una vida casi meramente biológica. Cito un testimonio de Amery en la página 41 del libro de Agamben Lo que queda de Auschwitz: “El denominado musselmann, como se llamaba en el lenguaje del Lager al prisionero que había abandonado cualquier esperanza y que había sido abandonado por sus compañeros, no poseía ya un estado de conocimiento que le permitiera comparar entre el bien y el mal, nobleza y bajeza, espiritualidad y no espiritualidad, Era un cadáver ambulante, un haz de funciones físicas ya en agonía...”4
Como dijimos antes, muchos sobrevivientes del campo de concentración decidieron callar y no escribir sobre lo “inenarrable”. Escritores que lo intentaron, quizás sumidos en la decepción de una apuesta total a un lenguaje que a su vez no puede dar cuenta de la vivencia de deposición del mismo lenguaje en que se sustentan, han concluido su vida suicidándose.
También mencioné el intento de Paul Celan en su poema “Simiente de Lobo”: para transmitir la vivencia del “más allá” del lenguaje desde el mismo lenguaje, no solamente presenta rupturas sintácticas sino que incluso quebranta la misma estructura del poema, como si nos dijera: “lector, esto es lo que ocurrió: se desnaturalizó lo humano, se desestructuró el acuerdo implícito acerca del reconocimiento del otro como sujeto, se mató el lenguaje”. Sin embargo, el lector, quizás después de una primera lectura no podrá sustraerse de apelar a “la ligadura” que transforme el desquicio, quizás haciendo del poema una metáfora, o aun estetizándolo para hacerlo admisible.
De esta manera, quise fundamentar en la teoría pulsional del “Más allá del principio del placer”, alguna comprensión acerca del origen posible de esa aptitud del humano de arrasar la condición del semejante, sustentado en la desproporción de magnitud de Tánatos en relación a Eros.
Quiero recordar, porque esto abre un amplio campo acerca del tema que nos ocupa, que en esta etapa de teorización de las pulsiones, las elaboraciones freudianas no provienen solamente de fuentes que ofrece la biología, sino que tienen también una fuerte raigambre en ideas aportadas por la filosofía. Pensemos en la preocupación a lo largo de toda la obra de Kant y Hegel sobre el tema de “lo inefable”.
Si alguien insistiera en la debilidad teórica que frecuentemente se le atribuye a la teoría pulsional, y por lo tanto en la inconsistencia que podrían tener estas argumentaciones para dar cuenta de las conductas quizás más preocupantes por lo destructivas del ser humano, debemos decir que si bien puede ser así, los psicoanalistas no tenemos demasiados fundamentos teóricos para dar al respecto respuestas. Y que no podemos ceder ante el imperativo ético de persistir en encontrarlas.
Y por supuesto esto atañe a todos los que desde diferentes disciplinas, o por el simple hecho de hacerlo desde una sensibilidad solidaria, tengan alguna reflexión que aportar.
Por eso me parece procedente dar algunas muestras de intentos –algunos como se verá distorsionados, quizás defensivos y muchas veces de intención espuria– hasta otros más elocuentes y originales, de transmitir de alguna forma algo de aquello que nuestro lenguaje, precisamente lo más elevado que nos define en tanto humanos, está inhabilitado de comunicar.
La transmisión de vivencias de las víctimas
Pasaré revista a algunas experiencias de intentos de presentación de lo irrepresentable de las vivencias de las víctimas de actos atroces. Mi enumeración, como se verá, no será exhaustiva ni ordenada. La idea es introducir al lector en las dificultades de traducir al lenguaje aquello para lo que no hay palabra.
Escritores
Primo Levi relata su parábola como prisionero en Auschwitz, de la que se desprende su inteligencia y su aptitud para sobrevivir. Lo que ahora llamamos “resiliencia”. Era químico de profesión. Emplea una prosa despojada, no emocional, tendiendo a la objetividad, a la poca adjetivación. Premeditadamente elude (dentro de lo posible) la alusión al horror, para tomar distancia y ser lo más racional posible en la descripción de los hechos. Se suicida en 1987.
Bruno Bettelheim fue Psiquiatra y Psicoanalista. Todos conocemos sus trabajos sobre autismo, editados en el libro La fortaleza vacía. Sus descripciones del campo de concentración son prácticamente ensayos en los que recurre a su formación profesional. Se suicida en la década del noventa asfixiándose con una bolsa de polietileno.
Ya me referí a Paul Celan. Para transmitir el horror de la víctima apela no sólo a los contenidos del poema, sino que además intenta “transvasar al lenguaje poético algo del desquicio estructural que afecta a las víctimas de acciones aberrantes. Piensa así la posibilidad de transmitir una representación material del aniquilamiento de la mente, incorporando a la estructura de sus textos algo de dicho desquicio”5. Las rupturas a las que recurre en su poesía no intentan crear una metáfora, sino un símil que traslade al lector una experiencia que sea próxima a la de la víctima (veremos luego que éste es un recurso similar al que utilizan los arquitectos especialistas en museos del Holocausto). Paul Celan concluyó con su vida arrojándose a las aguas del Sena.
Elegí tres escritores que se suicidaron. Se podrá pensar que mi elección es tendenciosa, que intento dar un tono emotivo a la argumentación. Muchos escritores que escribieron sobre campos de concentración, efectivamente, no se suicidaron. Pero estos tres importantes escritores, tan diferentes entre sí, dan cuenta de que hubo algo insuficiente en lo que intentaron transmitir, y terminaron su trayectoria en un acto que alude a lo que no se puede decir ni escribir: la “materialidad” del cuerpo que muere sólo objeto.
Es cierto, no todos los escritores sobre campos de concentración se suicidaron. Pero fue más común de lo que pensamos. Cito a Elie Wiesel6: “El porcentaje de suicidios entre sobrevivientes es muy alto, especialmente entre los que escriben”.
Hay un excelente trabajo de Rachel Rosenblum cuyo título me parece especialmente expresivo de lo que comentamos: “¿Se puede morir de decir?”7, en el que trata del final trágico de Primo Levi y además del de otra escritora llamada Sara Kofman.
Como un agregado a los argumentos acerca de la casi imposibilidad de una narrativa del que sufrió el confinamiento en un campo de concentración, quiero comentar un incidente quizás no muy conocido entre nosotros. En la década del 90 hace su aparición en Europa un libro sobre el Holocausto titulado Fragments: Memories of a Wartime Childhood, que es traducido a diversos idiomas, gana premios de instituciones judías, y se transforma en uno de los libros más vendidos sobre el tema. Su autor es un supuesto sobreviviente de Auschwitz llamado Binjamin Wilkomirski. Poco tiempo después se descubre que ha fraguado estas memorias, no es judío, y vivió en Suiza durante la guerra. El porqué de este fraude nunca se pudo establecer en forma fehaciente8. Pero lo interesante es que quien pudo narrar uno de los testimonios más “verosímiles” haya sido un impostor. Lo “inenarrable” se transforma en algo creíble en una narrativa proveniente de alguien que no atravesó los acontecimientos “invivibles”. El verdadero sobreviviente no podría avalar una autenticidad en un lenguaje que no puede asumirlo. Para el caso, en esa “verdad”, no habría autenticidad. Si hay palabras cuando se trata de lo irrepresentable, hay falsedad. La garantía en ese caso es apócrifa. De todos modos, es interesante corroborar el éxito que puede coronar un intento que a pesar de falsedad, puede dar entrada a la suposición de que puede haber una narrativa diríamos convencional sobre lo que en realidad está ubicado en “el más allá”. (Como veremos algo similar ocurre con una película como La vida es bella de Benigni, que apela a recursos narrativos que facilitan la recepción de un espectador desprevenido, a costa de una distorsión de la esencia de los acontecimientos que dice transmitir).
La arquitectura
Los especialistas en museología han intentado (como lo hizo en poesía Celan) aproximar al usuario a las vivencias de desestructuración de la víctima, a través de la creación –valga el oxímoron– de estructuras desestructuradas, para transmitir vivencialmente el avasallamiento simbólico y de valores que sufrió la víctima. El Museo Judío de Berlin, de Daniel Libeskind, presenta una planta proyectada en forma de zig-zag, proponiendo un efecto de ruptura a la que el arquitecto llamó una “matriz irracional”. Es un sistema de triángulos que da lugar a formas distorsionadas de la Estrella de David. También en su fachada el edificio presenta fisuras que representan heridas abiertas de las víctimas.
En estos museos se apela al uso de contrastes, la creación de espacios claustrofobizantes, la instrumentación de la luz y de distintos materiales y texturas, para agregar al testimonio objetivo que se exhibe, una experiencia ambiental-emocional que ubique al visitante en un contexto subjetivo más cercano al de la víctima.
Otro ejemplo en ese sentido es el Museo del Holocausto de Buenos Aires. Presenta una escalera que no se sabe a dónde lleva, más bien parece concluir en un abismo. En un artículo del Suplemento de Arquitectura del diario El Cronista Comercial del 17 de enero de 1996, se describe al museo como “una caja de resonancia de la memoria”, y a la referida escalera como una referencia a las vías del tren que conducían al campo de concentración.
Como dije más arriba, estos intentos de transmisión del horror, pueden tender hacia una metaforización, o una estetización, o aun a un “acostumbramiento”.
El cine
Debemos considerar en primer lugar el cine documental. Las tomas directas que se han obtenido de las escenas más horrorosas de los campos de concentración, pueden ser por lo intolerables fácilmente descontextualizadas o desnaturalizadas por defensas del espectador ante lo inaceptable. Una película paradigmática de este tipo es Noche y niebla de Alain Resnais.
La serie Shoah de Claude Lanzmann no se basa en tomas directas de lo acontecido en el campo, sino en testimonios de terceros, testigos circunstanciales, historiadores, vecinos de las víctimas deportadas y otros. La edición y el armado de la serie desde estas narrativas a las que se agrega el apoyo de un relator, habilitan al espectador a una construcción emocional extremadamente sensible y angustiosa acerca del tema, ubicándolo no sólo en la tragedia de la víctima sino también en el contexto social que hizo posible el genocidio.
Las películas comerciales pueden asumirse en una ética transparente de denuncia de lo más aberrante en juego, como es el caso de la película citada, El huevo de la serpiente de Ingmar Bergman.
Pero también pueden no sólo distorsionar la verdad histórica sino también apelar a lo narrativo, aun en forma de farsa o comedia, para desconocer lo inverosímil e inaceptable de la deposición de la condición de sujeto de la víctima9. De este tema hablé en una Mesa Redonda en la que participé en APdeBA. La mencionada película de Roberto Benigni, La vida es bella, no sólo falsifica la historia, sino que se sustenta en una visión que distorsiona totalmente la situación de la víctima al postular que (como lo dice el afiche que la promociona) “con amor e imaginación todo es posible”, en este caso la salvación de una víctima infantil. Esta frase introduce un argumento de justificación netamente fascista del accionar del victimario, pues hace caer la responsabilidad del crimen sobre la víctima. Porque es como decir que si hubo niños asesinados, es porque les faltó amor e imaginación de los padres. Falacia que nadie puede sostener, y menos la historia, que da cuenta de que sobrevivieron menos del cinco por ciento de los niños de los campos de exterminio. La frase a la que aludimos, remeda una mucho más sintética que todos recordamos en relación a los desaparecidos de la época del Proceso Militar en la Argentina (1976-1983), cuando ante el conocimiento de un secuestro se decía: “por algo será”. El riesgo de este tipo de películas es que no sólo pueden encontrar un aval en personas que buscan en el cine un simple entretenimiento (que en este caso le es habilitado por la posibilidad de negar el horror), sino que además pueden ser suscriptas desde el punto de vista de la ideología política y de mercado. La película de Benigni, ganó un premio Oscar.
La historieta de Art Spiegelman10
Este guionista y dibujante relata los avatares de la vida de su padre, sobreviviente de un campo de exterminio. Alude a sus trastornos de carácter y a las marcas imborrables que inscribieron su sufrimiento. Si alguien quisiera discutir desde el punto de vista psicoanalítico los efectos posibles –y quizás los más benignos– de la llamada “resiliencia”, podría obtener aquí un buen material de estudio. El autor logra un impacto muy particular cuando apela a la historieta (con lo que suma a la escritura el efecto de la imagen) y representa el enfrentamiento entre humanos según nacionalidades, religiones, grupos étnicos, como si cada uno de estos agrupamientos estuvieran encarnados en mamíferos de diferentes especies. Hay testimonios de los años y del sufrimiento por el que atravesó el autor para producir esta obra.
El papel de la estética
La estética es una forma de mediación entre sujeto y objeto que permite modular la angustia, provocando un cierto goce que captura al espectador, a la vez que facilita una versión “aceptable” de lo que se supone se transmite. Nos ofrece un “toque”, una eventual “iluminación”, un “flash” que nos detiene antes de llegar a la esencia del contenido ominoso, eludiendo lo intransmisible que es el sufrimiento en el caso de víctimas de conductas aberrantes. El “Guernica” de Picasso o “Los horrores de la guerra” de Goya denotan el acontecimiento al que se refieren, pero también detienen al espectador en un punto límite tolerable y con un efecto de atracción (el “impacto estético”), muy alejado de la vivencia inaceptable e irrepresentable que sufrió la víctima.
La expresión plástica
Es un campo extenso, pleno de problemas en cuanto a la posibilidad de representación del sufrimiento de las víctimas, si nos atenemos a lo comentado en este trabajo. Habría que explorar cuál es el alcance de esta forma de expresión, ya que al no admitir la metaforización debe apelar a otros recursos. Entre nuestros pintores, quisiera destacar la calidad y fuerza expresiva de la obra de Carlos Alonso en el intento de transmitir la materialidad del sufrimiento.
Entre los recursos a los que se puede apelar para expresar esta temática, José Emilio Burucúa11 nos introduce al concepto de Pathosformel. “(...) El concepto de Pathosformel, que Aby Warburg, acuñó a lo largo de su trabajo de décadas en torno al arte del Renacimiento, ha de servirnos en este punto de nuestra reflexión sobre la representación de la Shoá. Pathosformel, ‘fórmula expresiva’, es una organización de formas sensibles y significantes (palabras, imágenes, gestos, sonidos) destinadas a producir en quien las percibe y capta una emoción y un significado, una idea acompañada por un sentimiento intenso, que se entiende han de ser comprendidos y ampliamente compartidos por las personas incluidas en un mismo horizonte de cultura” ... “Ahora bien, Aby Warburg pensaba que los Pathosformeln eran los instrumentos sensibles estéticos, del proceso, más amplios que el de la actividad artística”.
Quisiera también mencionar el lugar que al respecto puede ocupar la alegoría.
Consideramos que la metáfora (como veremos, diferente a la alegoría) designa un objeto mediante otro que tiene con el primero relaciones de semejanza. Es una forma retórica inherente a la estructura del discurso, próxima a la palabra que sustituye, acentuando y amplificando su efecto emocional o conceptual. Pero como anotamos más arriba, si no hay palabra habilitada para dar cuenta de una vivencia, menos puede pensarse en su (o sus) metáforas.
La alegoría es otra forma de la retórica más relacionada con convenciones iconográficas o culturales. No necesariamente sustituye a la palabra por semejanza, aunque puede tener alguna otra forma de relación lógica con ella. Alude al acontecimiento en términos de acuerdos formales; por eso puede no despertar emociones. Puede apelar a emblemas estatuidos. Puede representar el recuerdo (o la memoria) pero no recrearla. Hasta puede encubrir los sentimientos ominosos derivados del acontecimiento que denotan. Hay códigos compartidos (frecuentemente defensivos) que avalan lo alegórico. A veces se establecen como recurso oficial o político para inscribir una alusión que materialice lo no decible.
El uso al que puede prestarse la alegoría, cumpliendo por ejemplo con una necesidad política contingente a la vez que desconociendo el fondo de horror y perversión de lo que representa, ha derivado en el rechazo de sobrevivientes de campos de concentración o de un público sensible ante determinados monumentos que se erigieron como presuntos recordatorios del Holocausto.
Pulsuz fraqment bitdi.