Kitabı oxu: «Morbus Dei: Bajo el signo des Aries»
Novela
Traducción de Lidia Álvarez Grifoll
© 2016
HAYMON verlag
Innsbruck-Wien
www.haymonverlag.at
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ISBN 978-3-7099-3712-9
Diseño gráfico: Kurt Höretzeder, Büro für Grafische Gestaltung,
Scheffau/Tirol
Diseño de la cubierta: Kurt Höretzeder, Büro für Grafische Gestaltung,
Scheffau/Tirol, a partir de un diseño de Bastian Zach
Colaboración: Ines Graus
Imagen de la cubierta: www.istockphoto.com
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Bastian Zach: A mi madre. Y a Sabine
Matthias Bauer: A mi familia
Prólogo
… una dosis de hierba angélica, dos de ruda, una de polvo de sapo, cuatro de miel y dos de pimpinela.
Moler todos los ingredientes y mezclar con cuidado hasta obtener una pasta espesa. Dejar secar durante tres días y tres noches.
El viejo abad dejó la pluma a un lado y sopló para secar la tinta. Contempló satisfecho el texto que había escrito. De repente, un crujido lo sobresaltó.
Paralizado, escuchó unos segundos con atención; nada. «Habrá crujido una viga», pensó el abad, al tiempo que sonreía.
En la chimenea crepitaban un par de leños, mientras la única vela que ardía en la tenebrosa biblioteca estaba a punto de consumirse. A la trémula luz de la llama, el abad comparó meticulosamente una última vez el texto que había escrito con el original, sabedor de que la falta de un solo ingrediente podía tener consecuencias impredecibles.
Todo estaba en orden. El abad respiró profundamente. La tensión que lo dominaba desde hacía tiempo había desaparecido.
Se pasó la mano por la barba blanca de tres días. ¿Acaso el día anterior no era todavía castaña? ¿O hacía una década de eso? Se miró las manos huesudas, plagadas de manchas típicas de la vejez.
Tempus fugit.
El viejo abad dobló el escrito y lo guardó en la pequeña bolsa de cuero que le colgaba del cinturón.
De pronto, la pesada puerta de madera se abrió de golpe y tres hombres vestidos con el hábito de los dominicos entraron en la biblioteca y le dirigieron una mirada severa.
– Ya habéis tenido tiempo de sobra para buscarlo – le espetó uno de los hombres.
– Y lo he encontrado. – El abad tomó las hojas sueltas de la mesa y se las mostró. El corazón le latía con fuerza.
Uno de los dominicos se las arrebató de las manos y las hojeó.
–¿Esto es todo? – le preguntó uno de los hermanos que estaba a su espalda.
El dominico asintió con la cabeza. Se acercó con paso rápido a la chimenea y arrojó las hojas sobre las ascuas. Las llamas engulleron de inmediato el papel, que se dobló con el calor y al poco se convirtió en cenizas.
Una ráfaga de viento levantó las partículas blancas, las hizo bailar en círculos en el aire y finalmente las aspiró por el tiro de la chimenea.
«Perdidas para siempre – pensó el viejo abad—. A ese extremo se había llegado».
Sin decir una palabra más, los dominicos salieron de la biblioteca. El abad los siguió con la mirada hasta que desaparecieron en la oscuridad del corredor. Pensativo, acarició la bolsa de cuero.
Los dominicos seguramente creían que actuaban por el bien general de la humanidad y por el de la Iglesia en particular.
Igual que yo.
Unos pasos apresurados le hicieron levantar la cabeza. Un novicio llegó corriendo por el pasillo y se detuvo en el umbral de la puerta con los ojos inundados de lágrimas.
– El hermano Martin se nos va – dijo, jadeando—. Venid, por favor, abad Bernardin. Ha pedido que vayáis a verlo.
Persecutio

Viena,
anno Dómini de 1704
I
La tormenta que hasta poco antes del amanecer había azotado la ciudad imperial como si quisiera destruirla se había disipado y había dejado el cielo sin una sola nube. Ahora soplaba un viento suave de principios de verano. El sol calentaba y secaba los charcos de agua y lodo.
Después del receso del mediodía, los campesinos habían vuelto al trabajo, y casi nadie prestaba atención a la delgada nube de humo que se alzaba al norte por encima de las colinas.
El día anterior había sido un espectáculo: así denominaron unos cuantos la destrucción de la capital del reino devorada por las llamas. Y no sin alegrarse por el mal ajeno, puesto que por fin sabrían los ricachones de la ciudad lo que significaba perderlo todo, como les había ocurrido a los campesinos después del último asedio turco.
Sin embargo, hacia el atardecer, cuando ya se extinguía el resplandor del fuego, todos comprendieron que Viena seguiría en pie.
De modo que los labradores regresaron a sus labores para ganarse el sustento y no mostraron interés por el convoy de carros que avanzaba a trompicones por la carretera, escoltado por una docena de hombres a caballo. Las armas que llevaban, su actitud fiera y el hecho de que fueran sin uniforme no dejaban lugar a dudas sobre su identidad. Eran mercenarios.
Encabezaba la caravana un coche de caballos negro con las cortinillas cerradas, seguido por dos carromatos con ruedas anchas y guarnecidas de hierro, y cubiertos con toldos de cuero. El último vehículo era un carromato de provisiones. Los escoltas, al frente y a la cola de la comitiva, vigilaban con mirada adusta, preparados para eliminar cualquier obstáculo que perturbara el viaje.
El rítmico balanceo de los coches de caballos siempre le había resultado desagradable a François Antoine Gamelin, enviado especial y mariscal de campo del ejército francés, ya que, en su opinión, aislaba a sus ocupantes de la realidad. Detestaba viajar como un noble pusilánime, prefería notar la dureza del sillín entre las piernas y el viento fresco en la cara, pero las circunstancias del momento no se lo permitían.
Descorrió un poco las cortinillas para echar un vistazo fuera, contempló los prados verdes y se enfadó por estar enfadado. Verdaderamente, no tenía ninguna razón para ello, puesto que aquella mañana había conseguido dar un golpe de efecto por el que lo admiraría todo el generalato. Se había adueñado de un material decisivo para la guerra y ahora lo transportaba en los dos carros que lo seguían. Un material que había sacado clandestinamente de Viena.
Complacido, se retorció las puntas del bigote y volvió los ojos al interior del carruaje. Frente a él se sentaba una parte de aquel material: una mujer hundida en el lujoso tapizado, con la cabeza gacha y el vestido desgarrado. Los cabellos oscuros le caían despeinados sobre la cara pálida y llena de pecas. En la mejilla izquierda tenía una mancha roja que empezaba a teñirse de azul.
Gamelin la había capturado en el último instante. Era la clave de lo que había ocurrido en Viena, la chispa que había provocado un verdadero incendio, y ahora él, Gamelin, era el guardián de la chispa. Incluso había conseguido que le dijera dónde se encontraba el pueblo en el que comenzó todo. Esa información le aseguraba el éxito en caso de que su preciada carga sufriera algún contratiempo.
En cuanto la joven le contó lo que quería saber, se convirtió en una simple cautiva, como los demás ocupantes de los carromatos. Y a ellos debía unirse.
Gamelin sacó la mano por la ventanilla y ordenó con un ligero movimiento de la mano que se detuviera el carruaje. Dos mercenarios se acercaron a toda prisa y abrieron la puerta.
– Permitidme que me despida de vos y os agradezca el favor, mi querida Elisabeth – dijo Gamelin con acento francés.
Luego les hizo una señal a los mercenarios, que agarraron a la joven y la sacaron de malas maneras del carruaje.
La muchacha no se resistió, soportó estoicamente la rudeza de los hombres y avanzó a trompicones por el camino cubierto de lodo hasta la parte trasera del vehículo que iba detrás del carruaje. Seguía con la mente en blanco, incapaz de comprender lo que le había ocurrido. Lo que les había ocurrido a todos.
Johann…
Los soldados retiraron el toldo, abrieron la pesada reja y esperaron a que Elisabeth subiera a la jaula.
Dentro se arracimaban decenas de personas. Se llevaron las manos a los ojos para protegerse de la deslumbrante luz del día. Un instante después, la reja se cerraba de nuevo y volvían a cubrirla con el toldo.
Poco a poco, los ojos de Elisabeth se acostumbraron a la oscuridad y empezó a distinguir las siluetas de los hombres, mujeres y niños que llenaban la jaula.
El convoy volvió a ponerse en marcha con una brusca sacudida. Los cuerpos, con la piel cubierta de ramificaciones negras, se apretujaban unos contra otros.
Johann, ¡ayúdame!
El Danubio discurría tranquilo y constante, y el sol del mediodía provocaba destellos en sus aguas. No se veía ningún barco grande, sólo una gabarra cargada hasta los bordes, que se abría camino hacia el este.
El conde Von Binden, el propietario de la barcaza, observaba con preocupación al hombre que yacía inconsciente en la estructura que se alzaba en medio, similar a una casa. Heinz Wilhelm Kramer, al que sus amigos llamaban «el prusiano», tenía una herida grave de bala, que le habían causado unas horas antes.
La sangre empapaba el grueso vendaje que le rodeaba el muslo, pero nadie quería cambiárselo por miedo a disminuir la presión sobre la herida.
Johann List, que también observaba a su compañero herido, se pasó la mano por la cara, al tiempo que intentaba poner en orden sus pensamientos.
– Dentro de unas horas llegaremos a Presburgo – dijo Von Binden.
– Quizá sea demasiado tarde, está perdiendo mucha sangre. Tenemos que llevarlo a un médico cuanto antes.
Von Binden suspiró.
– De acuerdo, correremos el riesgo, la localidad de Deutsch-Altenburg no queda muy lejos. Habría preferido alejarme más de Viena, pero probablemente tengas razón. Y también sé a quién podemos acudir.
El conde Von Binden se dirigió a popa, a hablar con el timonel.
Johann respiró hondo y miró a su alrededor. Sentado en el suelo delante de él estaba Markus Fischart, un hombre alto y fuerte como un oso, y con una expresión ingenua de niño en la cara. Desde que Johann había subido a bordo, Markus se había limitado a masticar una corteza de tocino sin decir una palabra.
Más allá estaban Hans y Karl, también sentados en el suelo y contemplando en silencio las aguas del Danubio. Apenas habían dicho nada desde que embarcaron para salvar su propia vida y la del prusiano. Con ello habían dejado atrás no sólo sus puestos en el cuerpo de alguaciles de Viena, sino también todas sus posesiones y su hogar.
Victoria Annabelle, la hija de corta edad del conde, dormía acurrucada entre unas cajas. Johann supuso que no era consciente de la verdadera magnitud de la huida. Apartó la mirada de la niña y la posó en el río, en cuya superficie se reflejaban los rayos de sol. Pestañeó y cerró los ojos.
Elisabeth…
Pensó en su cara angelical y en la primera vez que la vio, en el pueblo, cuando él yacía con fiebre y ella lo cuidó hasta sanarlo. En su risa en los breves momentos de felicidad. En su entrega cuando se amaban. En su firmeza cuando el prusiano y él ya se habían dado por vencidos.
Y también recordó cómo los soldados se la llevaban a rastras de la orilla. De eso hacía unos instantes, ¿o habían pasado horas? Volvió a invadirlo la misma sensación de impotencia que lo embargó al verla en manos de los soldados, y luego sintió una rabia ciega. Si hubiera podido, habría saltado de la barca y habría cruzado a nado el Danubio para asaltar él solo la ciudad de Viena y estrechar de nuevo a Elisabeth entre sus brazos.
Johann suspiró y se sentó al lado del prusiano. Se aferró a su brazo y cerró los ojos.
¿Cómo había llegado la situación hasta ese extremo? ¿Cómo había empezado todo? ¿Tal vez con el complot que había urdido tiempo atrás con el prusiano y otros camaradas en el frente de batalla? Pero entonces no tenían otra opción, los oficiales planeaban destruir una región entera y a todos sus habitantes, había que impedirlo como fuera. Y todo habría salido bien si no se les hubiera escapado uno de los oficiales.
Von Pranckh.
Y, después del motín, una persecución encarnizada a los insurrectos, la separación de su camarada, la huida y la captura a manos de los franceses. Las torturas que el teniente general François Antoine Gamelin le infligió durante semanas.
Finalmente, una nueva huida que lo llevó a aquel solitario valle en las montañas tirolesas, donde, herido y debilitado, se encontró más cerca de la muerte que nunca. Recordó las luces en medio de la ventisca, y el pueblo. Y cómo consiguió llegar hasta allí con sus últimas fuerzas y se derrumbó en las escaleras de una casa de labriegos. También recordó que, mientras los copos de nieve lo cubrían poco a poco, la muerte le pareció un alivio, un timonel que lo conduciría a puerto seguro después de años de tempestad.
Sin embargo, en aquel momento apareció Elisabeth. Lo cuidó hasta curarlo y le dio un nuevo sentido a su vida.
Elisabeth…
Las imágenes centellearon en la mente de Johann y se desvanecieron.
La tiranía del padre de Elisabeth, el amor que empezó a sentir por ella…
Los símbolos de protección en las casas, contra la oscuridad del bosque y los que lo habitaban.
Las ruinas a la luz de la luna.
Figuras vestidas con hábitos y caras pálidas como la cera, cubiertas de venas negras, y con los dientes mellados.
El abuelo de Elisabeth, que les reveló el terrible secreto del pueblo.
La llegada de los soldados bávaros y el absurdo ataque a los proscritos.
Albin colgado entre los árboles del tupido bosque, su cadáver congelado.
Las imágenes se sucedían cada vez más deprisa en su mente, como si el viento cada vez más fuerte pasara las hojas de un libro.
El pueblo en llamas, la muerte del abuelo, los papeles falsificados en Leoben, Viena y el reencuentro con el prusiano.
Y, luego, la oscuridad.
La enfermedad de los proscritos extendiéndose por Viena, los horrores del distrito en cuarentena, la huida desesperada, la muerte de Von Pranckh y…
En los últimos días, lo habían arriesgado todo y casi lo habían perdido todo.
¿Había merecido la pena?
Josefa, la mujer del prusiano, había muerto en brazos de su marido. Johann jamás olvidaría la expresión que vio en los ojos de su amigo cuando se reunió con él, acompañado de Elisabeth, junto al banco en el que Josefa yacía inerte.
¿Había merecido la pena?
A Elisabeth la habían capturado y, según Karl, la habían metido en un carruaje negro.
Johann sintió un vacío infinito, como si el suelo se abriera debajo de sus pies, como si estuviera a punto de precipitarse en el abismo.
¿Había merecido la pena?
No.
Y sí.
II
A pesar del calor de principios de verano, las ventanas del lujoso salón del Ayuntamiento estaban cerradas a cal y canto, igual que las puertas. Jakob Daniel Tepser, el alcalde de Viena, se tiraba de los pelos, totalmente revueltos. Los miembros del Consejo Municipal y los altos dignatarios de la Iglesia, sentados también alrededor de la mesa de roble macizo, miraban en silencio hacia otro lado. Era un día negro para todos.
El alcalde respiró hondo.
– Veamos si os he entendido correctamente, teniente Kampmann. Johann List, el desertor que buscábamos, no sólo ha asesinado al padre dominico Bernardus Wehrden y a su nuncio, sino también al venerable prior de los jesuitas, el padre Albert Virgil. Asimismo, ha provocado un incendio en el distrito en cuarentena durante la evacuación y, por si eso fuera poco, ¿decís que también carga sobre su conciencia con la muerte del enviado especial Ferdinand Philipp von Pranckh?
Kampmann, que había asumido el mando de la guardia municipal tras la misteriosa muerte del teniente Schickardt, hallado muerto de un disparo en un pequeño cementerio a las puertas de Viena, asintió con abatimiento.
–¿Y luego se ha escapado a bordo de no se sabe qué barco de un maldito protestante?
El teniente miró en silencio al alcalde, que estaba rojo de ira y dio un manotazo en la mesa.
–¡Debería degradaros a limpiabotas por vuestra ineptitud!
– Con vuestro permiso – replicó Kampmann con voz queda—, debo decir que la misión encomendada a la guardia municipal ha sido llevada a cabo con éxito. Hemos evacuado el distrito en cuarentena y hemos eliminado a los infectados. Cuando nos enteramos de que el desertor había huido, ya era demasiado tarde. Ni siquiera Dios podría…
– Una palabra más, teniente, y os juro… – masculló el alcalde, y luego miró uno por uno a los presentes.
Daba la impresión de que al teniente no le interesaba aquel asunto, y eso no hacía más que aumentar la furia de Tepser. El alcalde pensó que se ocuparía de él más tarde. Y con razón, puesto que había llegado a sus oídos que tres hombres del cuerpo de alguaciles habían ayudado al desertor e incluso habían huido con él.
El obispo Harrach hizo un gesto de nerviosismo.
– A lo hecho, pecho, señores míos. Ahora deberíamos concentrar todas nuestras fuerzas en conseguir que nuestros ciudadanos recuperen la vida tranquila y temerosa de Dios que disfrutaban antes de que la situación se agravara de un modo tan terrible.
– Sí, «antes de que se agravara». – Tepser se pasó la mano por el pelo y se lo echó hacia atrás—. Hoy mismo saldré de viaje hacia Laxenburg, la residencia de primavera de su majestad, el emperador, para informarle personalmente de los lamentables acontecimientos que han tenido lugar. Considerando el peso que Viena tiene en el reino, estoy convencido de que su majestad compartirá el parecer de que será mejor no incluir en la crónica de nuestra ciudad lo ocurrido en los últimos días y semanas, o suprimirlo si es necesario.
Tepser miró con expresión grave a todos los presentes, que le indicaron su acuerdo asintiendo con la cabeza
– De acuerdo. Organizaremos un funeral solemne para Von Pranckh, con todos los honores militares, etcétera. Y que sea lo antes posible, para zanjar este asunto de una vez por todas.
El teniente Kampmann asintió.
El alcalde se levantó.
– Señores, como suele decir el emperador: consilio et industria.
III
El murmullo monótono de las aguas del Danubio tenía un efecto tranquilizador sobre los ocupantes de la gabarra. Sentado bajo el tejadillo de la barca, Johann contemplaba la corriente. La furia y la rabia que sentía poco antes se habían aplacado, y también habían palidecido los recuerdos, pero la sensación de vacío permanecía. Con todo, sus pensamientos eran más lúcidos, ya no se mezclaban con imágenes de la huida y de la lucha, combinadas con la imagen del rostro de Elisabeth la última vez que la vio.
Había cumplido su venganza, Von Pranckh estaba muerto. Le había ajustado las cuentas por la muerte de sus camaradas, ejecutados después de amotinarse contra los oficiales. Pero ¿a qué precio? Cierto que Von Pranckh había recibido el castigo que merecía, pero sus camaradas seguían muertos y a él le habían arrebatado Elisabeth, el amor de su vida.
Se inclinó por la borda, metió la mano en el agua fría y se lavó la cara. De pronto comprendió que a partir de entonces tendría una única misión: encontrar a Elisabeth para ponerla a salvo de los esbirros de los dominicos. Después, ya podría responder tranquilamente de sus actos ante el Creador, y eso haría al final de sus días.
El prusiano gimió y, en el delirio provocado por la fiebre, tiró de la venda que le cubría el muslo. Johann se sentó a su lado y le apartó las manos de la herida.
– Aguanta, amigo mío – susurró—. Aún queda una cosa por hacer.
A pesar de que su camarada tenía la frente empapada de sudor, Johann lo tapó cuidadosamente con una manta de fieltro.
Aguanta.
Luego dirigió los ojos hacia la popa, por donde el sol se ponía en aquellos momentos y teñía el cielo de un suave color anaranjado. El conde Von Binden se le acercó y señaló a proa con un dedo:
– Casi hemos llegado, ya se ve la localidad de Deutsch-Altenburg.
Johann miró hacia delante. En la orilla que quedaba a estribor se distinguían unas casas bajas.
– Dejadme hablar a mí —dijo el conde—. Conozco a esa gente.
Amarraron la gabarra en un embarcadero. Las cabañas de la orilla parecían torcidas, pero sólidas. Tres hombres del conde se colocaron firmes al final de la pasarela del embarcadero para ahuyentar a curiosos y mendigos. No muy lejos de allí, unos niños jugaban con el fleje oxidado de un barril.
Johann esperó pacientemente al lado del prusiano, a pesar de que el tiempo se le hacía eterno desde que Von Binden había desembarcado con su hija. Hans y Karl se habían apostado en proa sin decir nada y montaban guardia para actuar en caso de posibles contratiempos.
El sol casi se había puesto cuando Von Binden regresó en compañía de un hombre que llevaba un maletín negro. Los dos avanzaron a paso rápido por el embarcadero y subieron a bordo.
El médico tenía el pelo blanco y revuelto, la cara alargada y las manos grandes como palas. El maletín parecía tener tantos años como él. Sin perder el tiempo en palabras, se colocó junto al prusiano, abrió el maletín, lleno de instrumental plateado, y lo primero que hizo fue comprobar la respiración y el pulso del herido.
Johann, Hans y Karl miraban preocupados a su amigo.
El médico arrugó la frente, plagada de manchas de vejez, y observó la venda teñida de rojo.
–¿Herida de bala?
Johann asintió con la cabeza y el médico torció el gesto.
– Tengo que quitarle el vendaje. – El acento bohemio de su voz ronca era tan inconfundible como la peste a vino de su aliento—. Si la hemorragia ha cesado y la bala no se ha astillado, hay esperanzas. Si la herida sigue sangrando, ni siquiera el ilustrísimo cirujano de nuestro – carraspeó ruidosamente— querido emperador podría hacer algo por él.
Miró a los hombres con sus ojos enrojecidos y comenzó a quitar el vendaje con cuidado. El prusiano gimió mientras le retiraban poco a poco el jirón de tela empapado de sangre, pero la temida hemorragia no se produjo.
– De momento, va todo bien – dijo el médico.
Separó con el dedo índice y el pulgar los bordes de la herida, ennegrecidos por la pólvora, y la examinó. Luego se chupó el dedo índice de la otra mano y metió ligeramente la punta en la herida.
«Carniceros y curanderos – pensó Johann—, todos son lo mismo.»
– Es posible que sobreviva, la arteria femoral parece intacta. – El médico cerró el maletín y se levantó tambaleándose. – No soporto los barcos, llevadlo a mi granja.
Con estas palabras abandonó la embarcación.
Markus levantó al prusiano con muchísimo cuidado, casi como si fuera una pieza de porcelana fina, y lo bajó a tierra firme. Los demás lo siguieron, preocupados.
Johann echó un vistazo alrededor. Utilizar la palabra «granja» para designar la casa del médico era como llamar «catedral» a la madriguera de un zorro. Las paredes eran un entramado de tableros destartalados y las ranuras entre ellos estaban tapadas toscamente con barro. El cañizo podrido del techo olía como si una compañía de soldados hubiera hecho allí sus necesidades.
Aun así, Johann respiró hondo y trató de calmarse.
Está ayudando. Muéstrate agradecido.
El prusiano yacía sobre la mesa de madera que había en el centro de la habitación. El médico había colocado sus utensilios plateados al lado, encima de un trapo limpio. A su espalda, unos hierros de marcar reposaban con la punta en el fuego de la chimenea. Dos candiles colgados en las enormes vigas del techo proporcionaban la luz necesaria.
– Tengo que extraerle la bala – dijo el médico—. Espero que no pierda demasiada… – Se interrumpió y miró a Hans. – Ve a buscar un cordero a la granja vecina. Diles que te envía Leonardus y que se lo pagaremos más tarde.
Hans no entendía por qué, en una situación de emergencia como aquélla, tenía que ir a buscar comida, pero asintió y salió de la cabaña.
Leonardus sacó de un arcón varias correas largas de un palmo de anchura y ató al prusiano a la mesa tan fuertemente como pudo.
–¿Os hace falta ayuda? – preguntó Johann.
El médico negó con la cabeza.
– Pero quédate aquí con el conde. Y sujetadlo si se despierta, porque entonces no bastará con las correas.
Cogió una jarra oscura de barro y bebió tan ávidamente que el vino le brotó por la comisura de los labios y le manchó el jubón. Eructó, se limpió la boca con la manga y puso cara de determinación
– Adelante – dijo.
Johann miró con preocupación a Von Binden, pero el conde no le devolvió la mirada.
El médico practicó un corte de medio palmo en la herida, se chupó el dedo índice y el pulgar y empezó a hurgar dentro. El prusiano empezó a gemir y a temblar débilmente. Johann le sujetó la cabeza.
– Aguanta, amigo mío – dijo en voz baja.
Leonardus torció el gesto.
–¿Dónde estás, maldita…?
Cada vez salía más sangre de la herida y Von Binden quiso detener la hemorragia con un paño.
– Dejadlo, conde, así se limpia la herida – dijo el médico, sin mostrar la menor emoción, y siguió hurgando con los dedos.
El prusiano gimió más alto y Johann le secó el sudor de la frente.
¡Aguanta, amigo mío! ¡Hazlo por mí!
–¡Ajá, ya te tengo! – exclamó el médico, y sacó los dedos bruscamente del cuerpo del prusiano. Luego, entornando los ojos, examinó la bala de plomo a la luz de un candil—. Parece que estás intacta, maldita hija de…
–¡Señor Leonardus! – lo interrumpió Johann, al tiempo que señalaba la herida.
El médico lo tranquilizó con un gesto de la mano, dejó la bala y agarró uno de los hierros que se habían puesto al rojo vivo en el fuego.
– Esto no le va a gustar – dijo, y aplicó el hierro contra la herida.
El prusiano intentó levantarse, pero las correas se lo impidieron. Un olor dulzón a carne quemada colmó de pronto la cabaña, y a Johann lo asaltaron los recuerdos del lazareto después de una batalla. El médico devolvió el hierro a su sitio y cogió una espátula de madera con la que extrajo de un recipiente de cerámica una masa viscosa y parduzca, que aplicó sobre la herida quemada.
– Cámbiale el vendaje cuatro veces al día y aplícale ungüento de trementina – le dijo a Johann, mirándolo severamente a los ojos—. Y utiliza siempre vendajes limpios, ¿entendido?
Johann asintió y le tomó el pulso a su amigo:
– El corazón le late muy deprisa. No, esperad… ¡ya late más despacio!
Leonardus también lo notó, vio el sudor en la frente del herido y que la palidez iba en aumento.
– Ha perdido mucha sangre.
En aquel momento entró Hans en la cabaña con un cordero en brazos que parecía dormido.
–¡Justo a tiempo! exclamó el médico.
Cogió al animal, lo puso junto a un brazo del prusiano y lo ató con mano experta a la mesa. El cordero empezó a balar y a revolverse para librarse de las correas.
– Por el amor de Dios, ¿qué pretendéis? – Johann agarró al médico por el brazo.
– Si quieres que tu amigo tenga una mínima oportunidad, déjame hacer mi trabajo – dijo Leonardus, dirigiéndole una mirada férrea.
El médico apestaba a matarratas y tenía los ojos enrojecidos, pero miraba a Johann con determinación.
El hombre está ayudando. Supuestamente.
Johann lo soltó, retrocedió un paso y le sujetó nuevamente la cabeza de su amigo.
Leonardus hizo un gesto imperceptible de asentimiento, asió un cuchillo y le esquiló hábilmente una parte del cuello al cordero. Luego ató con una cuerda la cabeza del nervioso animal al brazo del prusiano y, con una serie de cortes firmes, extrajo la arteria carótida del cordero sin dañarla. Los balidos se transformaron en chillidos y a todos los presentes se les heló el corazón.
A todos menos al médico, que actuaba con la misma tranquilidad con que escucharía una sinfonía. Cogió con mucho cuidado un estuche de madera, decorada con una magnífica obra de taracea, y lo abrió.
Johann se inclinó y echó un vistazo en el interior. El estuche estaba forrado con terciopelo rojo y contenía unas tijeras de plata, varias cánulas de metal y otras tantas de cristal, y un utensilio que no conocía.
Tuvo un mal presentimiento. ¿Debía intervenir para evitar que aquel presunto charlatán hiciera prácticas milagrosas con su amigo? ¿O era mejor dejarlo continuar?
Tus sentidos te revelan lo que tu mente no es capaz de comprender.
Las sabias palabras del abad Bernardin le vinieron a la memoria. Johann cerró un instante los ojos y escuchó en su interior. ¿Qué haría el prusiano en su lugar?
Todo lo que fuera necesario para que continuaras vivo.
Abrió los ojos; había tomado una decisión.
El médico ya había sacado los instrumentos del estuche y los había colocado sobre la mesa en un orden que sólo él comprendía, pero parecía dudar.
«No lo hagas – pensó Johann— mantén la cabeza clara».
Va a hacerlo.
Leonardus cogió la jarra de barro y bebió otro buen trago de vino. Satisfecho, le guiñó un ojo a Johann, volvió a dejar la jarra, asió las tijeras curvas y le cortó carótida al cordero.
Los chillidos del animal cesaron de golpe. Cerró los ojos, pero siguió respirando. El médico cogió la cánula de cristal, que en un extremo tenía un tubo fino hecho de intestino, la introdujo en la arteria y la anudó.
Johann y los demás observaban fascinados.
El médico cogió entonces el escalpelo y le practicó al prusiano un corte de tres dedos de largo en el antebrazo, lo abrió y, con las tijeras curvas, le cortó también una vena, en la que introdujo otra cánula de cristal idéntica a la anterior. Entonces abrió la espita de la cánula que había introducido en el cuello del cordero, y un chorrito de sangre fluyó por el tubo. Leonardus extrajo el tubo de la cánula del prusiano e introdujo el que estaba lleno de sangre de cordero.
Se quedó quieto un momento, contemplando su obra de arte con orgullo.
–¡La transfusión está en marcha! – anunció triunfal.
Miró a los presentes, pero no le respondieron, todos observaban sin pestañear al prusiano, que parecía más muerto que vivo.
Leonardus se encogió de hombros y empezó a contar en voz baja.
De repente, el prusiano respiró agitadamente, su cara se tiñó de rojo y la frente se le empapó de sudor. Luego abrió los ojos y miró a su alrededor con cara de pánico.
–¿Johann? ¿Dónde estamos? ¿Dónde…? – Intentó levantarse, pero las correas de cuero se lo impidieron—. Johann, me baja por la espalda… – Su cara se desfiguró por el dolor.
–¡Ayudadle! – gritó Johann, sin entender el sentido de las palabras de su amigo.
El médico le tocó el cuello al prusiano.
– Las pulsaciones son lentas y fuertes, pero era de esperar – dijo, intentando tranquilizar a Johann.
– El pecho – gimió el prusiano— se me encoge… Me ahogo…
Johann miró el antebrazo de su amigo. Sus venas, sus brazos y sus manos parecían a punto de estallar, y tenía la piel enrojecida.
– Ayudadme… – dijo el prusiano, y perdió de nuevo el conocimiento.
– Ya está —dijo Leonardus, que terminó la transfusión presionando la espita de la cánula que tenía el prusiano en el brazo. Luego la extrajo con un rápido movimiento y aplicó un paño limpio sobre la herida—. Voilà! como dicen los franceses. Listo.
Sacó la cánula de la vena del cordero y desató al animal, que seguía inconsciente. Luego lo cogió en brazos y se lo dio al conde, que lo miró sorprendido
–¡Que aproveche! – dijo—. Al fin y al cabo, vos lo pagáis.
Von Binden salió de la cabaña sin decir nada. Johann notó que el prusiano respiraba tranquilo; le tocó el cuello y constató que el pulso también era normal. Luego le dirigió una mirada interrogativa al médico.
–¿Y ahora qué?
– Tiene que descansar unos días, dormir es la mejor medicina. Es muy probable que hoy tenga escalofríos, pero desaparecerán dentro de unas horas. Es posible que le escueza la piel durante unos días y que se le ponga roja, pero lo superará, ¿no es cierto?
Johann lo miró fijamente.
– Pero ¿sobrevivirá?
– Como ves, ha sobrevivido. Pero no puedo decirte por cuánto tiempo. Evidentemente, acabará muriendo.
Johann lo miró angustiado.
– Algún día, como todos nosotros – añadió el médico, que se echó a reír, bebió otro trago de vino y se encendió una pipa—. Y, ahora, fuera de aquí. Me he ganado un buen descanso.
Cuando salieron de la cabaña, el aire frío del anochecer los recibió en la cara como si les diera un bofetón en plena cara. Hans y Karl respiraron hondo.
– Un hombre y un animal unidos. Eso no es obra de Dios – dijo Hans, meneando la cabeza.
–¡Qué más da! ¡Como si lo hubiera unido a un cerdo! Lo que cuenta es salvarlo – replicó Karl, mirándolo con una sonrisa en los labios.
Von Binden estaba fuera, sentado encima de un barril. Mascaba tabaco y observaba a su hija, que intentaba mantener en equilibrio un palo que se ponía en la punta de la nariz. Y lo conseguía, aunque sólo durante unos instantes.
Johann se sentó a su lado.
–¿Ha sobrevivido? – preguntó Von Binden sin dejar de mirar a su hija.
Johann asintió con la cabeza.
– Había oído hablar de estos métodos, pero nunca pensé que realmente existieran.
– La Iglesia hace todo lo posible por impedir que se practiquen. Lo nuevo siempre es obra del diablo – dijo el conde.
–¿Y lo es? – Johann le dirigió una mirada dubitativa.
El conde se encogió de hombros.
–¿Y qué no es obra del diablo? Todos nacemos como pecadores y morimos como pecadores, y mientras vivimos también cometemos pecados. Creo que si una cosa sirve de ayuda no puede ser tan mala.
Johann carraspeó.
– Seguro que el cordero no piensa lo mismo.
Von Binden sonrió.
– Hay quien cree que la sangre también transfiere cualidades del animal a la persona.
–¿Y el prusiano se volverá manso como un cordero? – Johann soltó una sonora carcajada—. ¡No llegará ese día!
Los dos hombres se entretuvieron observando las artes acrobáticas de la pequeña. Fue un instante de paz, el primero desde hacía mucho tiempo.
– Me pregunto qué hace un hombre con semejantes conocimientos en un pueblo de mala muerte. ¿No debería ser médico en la corte?
– Leonardus no ha vivido siempre aquí —contestó Von Binden—. Lo conocí en la corte del príncipe Fernando Augusto de Lobkowicz, el duque de Sagan. Su hija sufrió una grave caída mientras cabalgaba. Un perro asustó al caballo con sus ladridos y, por si eso fuera poco, luego mordió a la joven en el muslo. Fue una sentencia de muerte… para el chucho – dijo el conde, sonriendo, pero enseguida volvió a ponerse serio—. No había manera de que su hija se curara. Ni sangrías, ni emplastos de hierbas, ni oraciones… Todo era inútil. Cuando parecía que la joven llegaba al fin de sus días, el príncipe mandó a buscar a Leonardus y le ordenó que le hiciera una de esas transfusiones sobre las que corrían tantas leyendas. Leonardus se negó porque era consciente de que la joven estaba muy débil. Pero el príncipe le aseguró que, si ocurría lo que él no quería ni imaginar, no lo culparía, puesto que ésa habría sido la voluntad de Dios. Así pues, Leonardus hizo la transfusión a conciencia, pero la muchacha murió al cabo de unas horas.
El conde escupió un trozo de tabaco de mascar y prosiguió:
– El príncipe de Lobkowicz enloqueció. No sólo le retiró a Leonardus todos sus privilegios, sino que hizo todo lo posible para que jamás volviera a tratar a alguien de sangre azul. En realidad, a nadie. Después de perder todos sus bienes y privilegios y, finalmente, también a su esposa, Leonardus se retiró a esta localidad, a Deutsch-Altenburg. Todavía no lo ha superado.
– Y por eso bebe tanto – comentó Johann, pensativo.
– No – replicó Von Binden—, antes también le gustaba empinar el codo.
IV
Nubes de pólvora, gritos y órdenes por todas partes. A sus pies, muertos y heridos.
Se oían disparos atronadores.
De repente, el prusiano se derrumbó al lado de Elisabeth, los dos se cayeron. Al prusiano le salía sangre de la pierna.
– Elisabeth…
La joven lo miró aterrorizada, se levantó a duras penas y le tendió la mano, plagada de venas negras.
– Heinz, yo…
De repente, un soldado apareció detrás de ella, la agarró y se la llevó a rastras. Elisabeth se resistió con todas sus fuerzas. En vano.
Aún vio cómo Karl ayudaba al prusiano a levantarse y se lo llevaba a la gabarra, donde Johann esperaba.
Luego se encontró delante de un carruaje negro, la puerta se abrió y…
Elisabeth se despertó sobresaltada del sueño inquieto, las sacudidas del carro de los prisioneros no le permitían descansar. Los demás cautivos, apiñados unos contra otros, también intentaban dormir para no tener que hacerse una y otra vez las mismas preguntas.
¿Adónde nos llevan? ¿Qué van a hacernos?
Fuera se oyeron órdenes, voces amortiguadas por los pesados toldos, el carromato aminoró la marcha y finalmente se detuvo.
Los cautivos se despertaron unos a otros. La inquietud se propagó entre todos. Esperaron en la oscuridad, con el temor de no saber si aquello era el final, si ocurriría lo inevitable.
Oyeron unos pasos que se acercaban a la puerta y luego enmudecían. Elisabeth contuvo el aliento.
Aflojaron los toldos desde fuera y los levantaron. Entró una luz cegadora y los prisioneros cerraron los ojos. Algunos se agazaparon en los rincones oscuros para esconder la piel sensible a la luz del día.
A pesar del dolor, Elisabeth entreabrió los ojos, tenía que saber si…
Las siluetas de varios hombres delante de la puerta. Ninguna posibilidad de huida.
La llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. Fuera había cuatro soldados, dos a cada lado, y otro asomó la cabeza dentro del carro.
–¡Fuera! – ladró con voz ronca—. Podéis hacer vuestras necesidades ahí arriba y beber agua de la fuente. Pasaréis la noche en esa granja. Si alguien intenta huir, le dispararemos. Y si alguien arma jaleo, también. Y si alguien me pone nervioso, ¡lo mismo! ¿Preguntas? ¡Ninguna!
Elisabeth bajó la primera, temblando. Le dolía todo por haber estado tantas horas sentada. Observó el entorno. Aunque antes, cuando habían retirado los toldos, les había parecido que entraba la luz deslumbrante del sol de mediodía, era la hora del crepúsculo. El horizonte estaba más claro a la derecha; por lo tanto se dirigían hacia el sur. Cerca de allí había una casa de labranza calcinada, en las puertas de la granja aún se veían unas grandes cruces de San Andrés blancas pintadas, que ya presentaban huellas del paso del tiempo. Elisabeth conocía esa señal de aviso: la peste había estado allí.
Los primeros prisioneros se precipitaron hacia la fuente y bebieron agua con avidez. Las madres se fueron con sus hijos detrás de los matorrales, vigilados con cien ojos por los soldados. Otros enfermos se quedaron en la oscuridad protectora, no bajarían del carro hasta que fuera noche cerrada.
El carruaje negro en el que Elisabeth había salido ese mismo día de Viena se había detenido mucho más adelante, en una posada que había al otro lado del camino.
Elisabeth respiró con fruición el aire frío del anochecer. Notó que se le despejaba un poco la cabeza.
De todas las cuestiones que la preocupaban, sólo dos eran importantes: ¿Dónde estaba Johann? ¿Y cómo diantre la encontraría?
De momento, ninguna de las dos preguntas tenía respuesta. Por lo tanto, lo único que podía hacer era seguir con vida y tratar de huir en cuanto surgiera la menor oportunidad. Se lo debía a Johann, se lo debía a su hijo.
Se acarició el vientre, la curvatura casi imperceptible. Entonces oyó un llanto, levantó la vista y vio que un mercenario sacaba a una madre y a sus dos hijos a empujones de los matorrales.
–¡Daos prisa, no tenemos toda la noche!
Los niños lloraban, las lágrimas se deslizaban por sus pequeñas mejillas, marcadas por ramificaciones negras.
Elisabeth se apartó la mano del vientre y notó que se le humedecían los ojos. Se apresuró a secárselos y se dirigió a la fuente.
Una hoguera crepitaba en medio del corro que habían formado los vecinos del pueblo y los gitanos que habían acampado allí con sus carros hacía unas horas. Todos bromeaban, reían, comían y bebían como si se conocieran desde hacía una eternidad y celebraran el reencuentro. Dos músicos, con un violín y un caramillo, tocaban alegres canciones con un halo de nostalgia.
Johann miró el corro, sonrió a los niños que tocaban palmas, a los hombres que bebían y a las muchachas que bailaban. Pero lo que él quería era levantarse y marcharse, partir en busca de Elisabeth. A cada segundo que pasaba, el peso que le aplastaba los hombros parecía más grande y aumentaba su confusión.
Markus estaba sentado a su lado, royendo las últimas costillas del cordero asado. Victoria Annabelle dormía con la cabeza apoyada en el regazo de su padre, tapada con una manta de tejido basto.
Hans y Karl se abrazaban, reían y se emborrachaban.
El prusiano todavía no se había despertado, el médico lo velaba roncando en la casa.
Von Binden miró pensativo a Johann.
– No lo hagas. Fracasarías.
Johann se sobresaltó como si lo hubieran sorprendido robando.
– Solo, no conseguirás nada. Ten paciencia. Juntos, la encontraréis.
– Quizá entonces ya sea demasiado tarde, señor conde.
– Quizá —replicó Von Binden, mascando tabaco—. Pero, si te vas solo, el fracaso está asegurado.
Johann volvió a contemplar el fuego. Sabía que Von Binden tenía razón. Y lo maldijo por ello.
El conde escupió en el suelo y le ofreció su jarra de vino con una sonrisa.
–¡Y hazme el favor de llamarme Samuel!
V
«No malgastes tus energías, vas a necesitarlas.» Las palabras de Von Pranckh resonaron en la mente de Johann, como si las forjaran a golpe de martillo.
Luego vio el instrumento con que Von Pranckh se le acercaba y le dio la impresión de que las paredes de la mazmorra se le caían encima.
Un dolor ardiente se apoderó de sus sentidos y le cortó la respiración cuando el militar le clavó la herramienta en el costado.
Von Pranckh paró un momento y esperó a que volviera la calma después de aquella tempestad de dolor. Luego siguió girando el instrumento para la que la espiral de hierro penetrara un poco más.
Johann supo que esta vez no tenía escapatoria.
Perdóname, Elisabeth.
Un dolor ardiente invadió a oleadas su cuerpo, a Johann todo le daba vueltas, estaba muy cerca de la liberadora pérdida de conocimiento.
Y de nuevo un dolor ardiente… dolor… más dolor…
Johann abrió los ojos. Victoria Annabelle lo pinchaba en el hombro con el palo que el día anterior intentaba mantener en equilibrio en la punta de la nariz. Al ver que Johann se había despertado, sonrió con picardía y entró corriendo en la cabaña del médico.
Johann se llevó la mano al hombro y palpó la herida que le había hecho Von Pranckh.
Aún le dolía.
Miró el entorno. Los rayos de sol del amanecer sumían las casas bajas de Deutsch-Altenburg en una luz agradable. El heno sobre el que descansaba era cálido y blando. En el aire aún flotaba el olor a humo de la fogata que habían encendido por la noche, en la que aún quedaban algunos rescoldos.
El pueblo estaba tranquilo, sólo se oían las voces y las risas de las gitanas que lavaban la ropa en las aguas del Danubio. Johann se levantó y se desperezó. Notó un leve dolor de cabeza, probablemente por culpa de la jarra de vino que esa noche había vaciado mano a mano con Von Binden. O por la que se bebieron después.
Entró en la cabaña y vio que, en la mesa en la que unas horas antes habían atado al prusiano, había un cuenco de madera lleno de sopa de cerveza humeante. Leonardus, Von Binden, Victoria Annabelle, Hans y Karl estaban sentados a la mesa. Con excepción de la niña, a todos se les notaban en la cara los excesos de la noche anterior.
Sin decir nada, se sentó en un taburete y se sirvió un cucharón de sopa en el plato que tenía delante. Echó dentro unas migas de pan y lo removió todo con una cuchara.
– Señor, bendice los alimentos que vamos a tomar – murmuró el médico, y se santiguó.
Los demás lo imitaron.
Johann tomó un sorbo de sopa; la cerveza rebajada con agua tenía un sabor intenso y aromático. Paseó la mirada por los semblantes que lo rodeaban, de los que había desaparecido la despreocupación cargada de alcohol de la noche anterior. Todos volvían a pensar en la huida, en lo que habían dejado atrás o en lo que no volverían a ver nunca.
–¡Resucitado de entre los muertos! – exclamó Leonardus de pronto.
Todos dirigieron la mirada a la figura que salía tambaleándose de la habitación situada en la parte de atrás. Era el prusiano.
–¡Heinz, amigo…! – Johann se levantó de un salto y corrió a ayudarlo, pero el prusiano rechazó la ayuda con un gruñido y lo agarró por el cuello de la camisa.
– Guárdate tu ayuda para las viejas y los tiroleses, desertor.
– Hoy tienes carta blanca para decir todas las impertinencias que quieras. Aprovecha – le respondió Johann, y lo abrazó con tanta fuerza como pudo.
–¡Qué bonito es el amor! – bromeó Karl.
Hans y Victoria Annabelle se rieron.
– Siéntate con nosotros. ¿Cómo te encuentras? – le preguntó Leonardus, escrutándolo con la mirada.
– Bastante bien – respondió el prusiano—. No es la primera vez que me disparan.
– Pero podría haber sido la última – replicó el médico.
– No había llegado mi hora – contestó sonriendo el prusiano.
Luego se sentó a la mesa con los demás. Se movía como un anciano.
–¿«Bastante bien»? ¡Lo que hay que oír! – murmuró Leonardus.
El prusiano lo observó malhumorado. Johann le ofreció un cuenco lleno de sopa humeante. El prusiano cogió la cuchara, la sumergió en el líquido y se la llevó a la boca con mano temblorosa. Tragó y puso cara de gozo.
– Y enseguida estaré mucho mejor – dijo y empezó a devorar la sopa a cucharadas.
Los demás sonrieron.
Vació rápidamente el cuenco, dejó la cuchara y dijo:
– Y ahora contadme lo que ha pasado. Lo último que recuerdo es que casi lo habíamos conseguido, estábamos a punto de llegar a la gabarra, y entonces me dispararon. Tuve que soltar a Elisabeth y… – Se interrumpió y miró a todos lados con la esperanza de encontrar a la persona que buscaba—. ¿Y Elisabeth?
Von Binden meneó la cabeza. El prusiano miró entonces a Johann, que tenía una mirada vacía en los ojos.
– Johann, ¿está…?
–¿Muerta? No, por lo que sabemos – respondió Von Binden en lugar del amigo.
– No lo entiendo…
– Los soldados la capturaron, sólo pudimos cargar contigo hasta la gabarra antes de que zarpara – dijo Hans.
– Luego vimos que se la llevaban en un carruaje negro – añadió Karl.
– Entonces… ¿todo fue en vano? – El prusiano estaba consternado.
– No, amigo mío, porque tan pronto como te mejores, iré a buscarla. Y la encontraré, aunque tenga que ir a buscarla al infierno. – Johann miró al prusiano con una determinación que no dejaba lugar a dudas.
–¿Y a qué esperamos?
El prusiano se levantó, se tambaleó y tuvo que sentarse de nuevo. Los ojos le hacían chiribitas. Respiró hondo y notó que alguien le ponía algo en la mano.
–¡Bebe! – le ordenó el médico.
El prusiano levantó la jarra con manos temblorosas y tomó un trago. Era vino, y sabía a rayos, pero las chiribitas desaparecieron.
– Los actos heroicos tendrán que esperar unos días – pronosticó Leonardus, que le quitó la jarra de las manos y bebió un buen trago.
– Sí, haz caso del matasanos y no seas tan… animal – bromeó Hans y se echó a reír.
– Eso, estate tranquilito como un cordero – añadió Karl, al tiempo que se tocaba el muslo.
El prusiano miró confundido a Johann, que hizo un gesto para quitarle importancia al asunto.
– Luego te lo explico.
La noche que pasaron en la granja fue una pesadilla.
Tras la puesta de sol, los mercenarios les dieron pan cubierto de moho, queso rancio y alimentos que un campesino jamás les daría a sus cerdos. Pero al menos se llenaron un poco el estómago. Luego, los enfermos se tumbaron en el suelo de tablas húmedo para cumplir el «obligado descanso nocturno», como lo llamaban sus carceleros. Los lamentos de los adultos y los llantos de los niños se fueron acallando poco a poco, hasta que sólo se oyó el aullido del viento que soplaba entre los muros.
Elisabeth tardó horas en conciliar el sueño, recordaba una y otra vez la escena a orillas del Danubio, y el dolor que le provocaba la ausencia de Johann aumentó hasta el infinito. Sin embargo, sabía que tenía que ser fuerte y trató de armarse de valor. Johann había escapado varias veces de las garras del diablo; seguro que ya se había puesto en camino para buscarla, acompañado del prusiano y sus otros amigos. Confiaba ciegamente en él, sabía que esta vez también haría…
¿Confías realmente en él? Al fin y al cabo, te mintió para ir a Viena. Si no hubierais ido, ahora no estarías aquí.
Elisabeth intentó no hacer caso de su voz interior. Johann lo había hecho por una razón, tenía que matar a Von Pranckh.
¿En serio?
Se acabó. Lo hecho, hecho estaba. No era el momento para pensar en culpabilidades. Claro que Johann no debería haber ido a Viena; pero ella tampoco debería haberse saltado los consejos de Josefa cuando Johann y el prusiano estaban en prisión. Y recordaba muy bien las consecuencias, lo que ocurrió cuando la atacaron los dos canallas, cuando ella los… contagió.
Su acción había destruido casi una ciudad entera.
Los pensamientos de Elisabeth se ensombrecieron. Agachó la cabeza para hacer algo que la consolaba desde que era niña. Rezó. Rezó por Johann y por su hijo, por los enfermos y por Josefa, a la que habían arrebatado la vida tan sólo unos días antes. Aunque sólo la conocía desde hacía unas semanas, se sentía como si hubiera perdido a un miembro de su familia. Rezó por Konstantin von Freising, el jesuita al que no había vuelto a ver desde aquella noche en las mazmorras de la Inquisición.
No se durmió hasta poco antes del amanecer y entonces se sumió en un sueño intranquilo.
Al alba tuvieron que volver todos a las jaulas. Elisabeth contempló una vez más los muros medio derruidos; luego, volvieron a cubrir el carro con el toldo.
El vehículo se puso en movimiento con una sacudida. Todos sabían lo que les esperaba: un viaje hacia la incertidumbre en la oscuridad más absoluta.
Como el día anterior.
El prusiano se despertó en la pequeña habitación oscura de la cabaña del médico y se rascó el pecho hasta que le salieron marcas rojas en la piel. El dolor de los arañazos superó el del escozor de las heridas. Casi.
«Cálmate, eres un hombre hecho y derecho», le habría dicho Josefa.
Josefa…
El prusiano tragó saliva y notó que se le hacía un nudo en la garganta a causa de la nostalgia. Desde que había recobrado el conocimiento, no pasaba un solo instante sin que pensara en su amada esposa, en su risa, en su fortaleza, en su amor.
En su muerte.
Cuando todo aquello acabara, cuando Johann recuperara a Elisabeth, cuando él ya no tuviera nada que hacer en este mundo, seguiría a Josefa, lo juraba.
Pero aún no era el momento.
Se pasó la mano por la cara y se frotó la frente hasta que se disiparon esos pensamientos sombríos. Luego se puso la camisa de lino y fue a duras penas hasta el comedor.
El médico estaba sentado junto a la chimenea, contemplando el fuego con las mejillas encendidas mientras abrazaba casi con cariño la jarra de vino.
–¡Cómo pica, maldita sea! – refunfuñó el prusiano—. ¿Cuándo acabarán los picores?
Leonardus lo miró con ojos vidriosos. No parecía saber quién era el hombre que tenía delante. Entonces parpadeó con fuerza.
– Ah, ¿eso? Normalmente, sólo dura unos días. Os pasa a casi todos, tendrá algo que ver con los corderos.
La noche anterior, Johann le había contado lo de la transfusión. Aun así, el prusiano torció el gesto.
–¿«Corderos»? Pero ¿cuántos hicieron falta?
El médico sonrió.
–¿No lo sabíais? Para una transfusión de sangre siempre hacen falta tres corderos: uno para extraerle la sangre, otro para recibirla y otro para llevarla a cabo.
Leonardus se echó a reír a carcajadas. El prusiano notó un hormigueo en los dedos que lo empujaba a darle un bofetón al viejo borracho, pero se controló, se despidió del médico con un gesto de la cabeza y salió de la cabaña.
La temperatura había bajado, el viento era más frío y el día tocaba a su fin. Los habitantes de Deutsch-Altenburg aprovechaban los últimos rayos de sol para terminar sus tareas.
El prusiano se rascó la cabeza. Seguía sin saber muy bien cómo tomarse el hecho de que la sangre de un animal corriera por sus venas. Pero, al fin y al cabo, estaba vivo.
De momento no podía decidir si se trataba de una maldición o de una bendición.
Vio a Johann sentado en el tronco de un árbol, junto a la orilla del Danubio, y fue a hacerle compañía.
El viento erizaba la superficie del agua. Johann y el prusiano contemplaron la corriente en silencio, los dos absortos en sus pensamientos.
– Pasado mañana saldré en busca de Elisabeth – dijo finalmente Johann.
– No sé si ya estaré…
Johann lo interrumpió con un gesto de la mano:
– Es mi búsqueda, no la tuya. Sólo me he quedado para asegurarme de que salías de ésta. Será mejor que te quedes y descanses.
– Ya veremos – gruñó el Prusiano, y se rascó la cicatriz que le cruzaba la cara hasta la oreja izquierda—. El matasanos me ha puesto un emplasto de hierbas en la herida. Escuece como un demonio, pero parece que se cura deprisa.
– Ni siquiera sé por dónde empezar – replicó Johann, sin comentar las palabras de su amigo?. No puedo ir a Viena, me arrestarían antes de cruzar la muralla. Y si el carruaje salió de la ciudad, Elisabeth podría estar en cualquier parte.
–¿Por qué no hablas con el conde? Por lo que parece, todavía tiene contactos. Y es un hombre de honor, lo ha demostrado – dijo el prusiano.
– Sí, ¿quién lo habría dicho de un noble de sangre azul?
– Y, además, protestante – añadió lacónicamente el prusiano.
Al cabo de un instante, una sonrisa se dibujó en los labios de los dos amigos. Recordaban muy bien la cara de espanto que puso Elisabeth el día que conocieron a Von Binden.
– Eso se lo dejaremos a los hombres de la Iglesia – dijo el prusiano—. Protestante, judío o un proscrito… ¿Qué más da? Ellos destruyen a cualquiera que sea diferente.
– También he conocido religiosos muy buenos – replicó Johann—. Hombres como el padre Von Freising o Burkhart von Metz. Justos y combativos, siempre ayudando a los débiles con la palabra y la espada.
– Pero ésos no pintan nada – respondió el prusiano—. Lo mismo que en nuestro caso: ¿de qué le sirve a un soldado tener conciencia si está a las órdenes de alguien como Von Pranckh?
– Nosotros nos opusimos.
–¿Y de qué ha servido? Von Pranckh ganó méritos para ascender en la carrera militar y casi nos atrapa en Viena. Habrá guerras contra todos y contra cualquiera que sea diferente hasta el Día del Juicio Final – dijo el prusiano, y luego murmuró—: Y siempre lo pagan los débiles. Son los que mueren.
– Heinz…
El prusiano hizo un gesto para que no siguiera hablando. Los dos hombres permanecieron en silencio. Cuando anocheció, volvieron a entrar en la cabaña.
VI
El conde Von Binden le dio una moneda a un hombre harapiento. El mendigo le clavó los dientes para comprobar que era auténtica y se alejó corriendo como si lo persiguiera el diablo.
Von Binden volvió a la cabaña del médico. Hans, Karl y Johann limpiaban junto a la puerta el pescado que habían capturado en el Danubio esa misma mañana. Johann lo miró con ojos expectantes.
–¿Y bien?
– El carruaje negro salió de Viena el mismo día – informó el conde—. Seguido por dos carromatos con toldos. Por lo visto, iban hacia el sur.
Johann se levantó de un salto.
– Os lo agradezco. Ahora…
Von Binden le hizo un gesto para que se calmara.
– No te precipites. La caravana iba escoltada por más de una docena de mercenarios.
–¿Una docena? – Karl lo miró con cara de asombro—. ¿Y qué escoltaban que fuera tan importante?
– Nadie de la ciudad lo sabe. O prefieren no saberlo. Pero parece que tiene algo que ver con la enfermedad que se desató en el barrio en cuarentena.
Johann pensó febrilmente. Algo en las palabras de Von Binden se le había incrustado en la mente. El carruaje… Dos carromatos… Mercenarios… De repente lo asaltaron los recuerdos y revivió el día funesto.
Él y Von Pranckh, enfrentados en una barca chata debajo de un sombrío cielo de tormenta.
Von Pranckh apuntándole con una pistola. «Adieu, List, aquí se separan nuestros caminos. Pero, gracias a ti, el general La Feuillade recibirá un regalo muy especial.»
–¡Feuillade! – exclamó Johann.
–¿Feu… qué? —preguntó Hans.
– El general Feuillade. Von Pranckh me dijo que yo le había hecho un regalo especial.
–¿Tú le has hecho un regalo a un francés? – repitió Karl, incrédulo.
– Bobadas – intervino el prusiano, que en aquel momento salía sonriendo de la cabaña—. Lo único que Johann le ha regalado a un francés ha sido alguna que otra bala.
Hans y Karl también sonrieron, pero Johann siguió con el semblante serio. Luego, se volvió hacia Von Binden:
–¿Os dice algo ese nombre?
El conde asintió con la cabeza.
– El general La Feuillade avanza en estos momentos hacia Turín con el mariscal Vendôme y las tropas francesas.
– Y Von Pranckh hizo un trato con un teniente general que se llama Gamelin. Al menos, se vanaglorió de ello mientras me torturaba – añadió pensativo Johann.
– A ver, vayamos por partes – dijo Hans, mientras se rascaba la cabeza—. ¿Quién hizo qué con quién y por qué?
– Von Pranckh y el teniente general Gamelin planeaban algo. – Johann intentó desenredar la madeja de nombres y conexiones—. Y el general La Feuillade tenía que recibir un «regalo».
–¿Y si Gamelin era el que tenía que entregarlo? – reflexionó en voz alta el prusiano, mirando a los demás—. ¿Y si el carruaje negro que salió de Viena hacia el sur era suyo?
– Y el regalo lleva falda – añadió Karl, muy serio, siguiendo el hilo del pensamiento del prusiano
–¿Quieres decir que Elisabeth es el regalo?
– No exactamente ella. Su enfermedad. Y la de los que van encerrados en los dos carromatos – dijo el conde.
– Pero ¿para qué? —Hans seguía sin comprender.
– La Feuillade puede asediar la ciudadela de Turín el tiempo que quiera, pero no conseguirá tomarla por asalto, la fortificación es muy segura – explicó el prusiano—. Tendría que minarla, es decir, tendría que abrir túneles por debajo de los muros, volarlos y confiar en que una parte de la muralla se derrumbara para poder cruzarla.
– Eso le llevaría meses y necesitaría buena parte de las tropas francesas. Por no hablar de las bajas que provocaría la artillería enemiga desde el otro lado de la muralla – añadió Johann—. Sin embargo, si consiguiera que en Turín se declarara una enfermedad, el problema se solucionaría por sí solo y los franceses podrían entrar en la ciudad cruzando tranquilamente las puertas. Vosotros mismos visteis lo deprisa que se extendió la enfermedad en Viena.
– Por eso los carromatos van tan vigilados. – Hans también lo había entendido.
– Pasarán por el puerto de montaña de Semmering y se dirigirán al sur por el camino de Santiago. Allí estarán a salvo de patrullas y avanzarán más deprisa. Allí encontraré a Elisabeth—. Se volvió hacia el conde para estrecharle la mano—. Gracias por tu ayuda, Samuel.
El conde ignoró el gesto de Johann y le dio un abrazo.
– Soy yo el que te está agradecido. Me encantaría acompañarte, pero mi camino con Victoria Annabelle va hacia otro lado.
Johann asintió con la cabeza y se deshizo del abrazo. La hija del conde lo miró con timidez y él le guiñó un ojo. Una sonrisa fugaz se deslizó por el semblante de la niña, que entró rápidamente en la cabaña.
– Nosotros iremos al lugar donde vosotros queríais ir al principio – prosiguió el conde—. Si tu búsqueda finaliza con éxito, me alegraría mucho que volviéramos a vernos en Transilvania. Pienso establecerme allí y recibiré con los brazos abiertos a cualquiera que sea abierto de mente y tenga un corazón libre. De todos modos, me gustaría que te acompañara mi estimado Markus Fischart. Él cuidará que conserves la cabeza hasta que regreses.
Markus se levantó e hizo un saludo militar un tanto desmañado.
Johann sonrió, y se volvió hacia el prusiano y los demás.
– Amigos, vosotros no estáis obligados a acompañarme. Podéis…
De repente, se le cortó la respiración, el prusiano le había dado un puñetazo en el pecho. Johann vio la mirada de pillo de su amigo antes de caer de rodillas como un saco.
El prusiano se examinó con satisfacción el puño.
– Vaya, creo que he recuperado la fuerza. – Bajó la mirada hacia Johann—. ¿Tú también?
Johann asintió resollando.
– Muy bien – prosiguió el prusiano—. Creo que ya he descansado bastante. ¿Tú también?
Johann consiguió reanimarse.
– Bastaba con que dijeras que venías conmigo.
Hans y Karl carraspearon casi al unísono.
– Que «veníais» conmigo, quería decir, por supuesto. Os lo agradezco – dijo Johann, se levantó y respiró hondo.
Hans y Karl le dieron unas palmaditas en la espalda. Los hombres volvieron a la cabaña.
Aunque se alegraba como un niño de que sus compañeros lo acompañaran, Johann sabía que la misión era peligrosa y las probabilidades de que todos regresaran con vida eran muy escasas.
Sin embargo, podían conseguirlo, puesto que contaba con compañeros leales, conocía el objetivo y estaba decidido a enviar al infierno a Gamelin y a sus mercenarios.
Elisabeth, voy en tu busca.
Una hora más tarde salían de la localidad de Deutsch-Altenburg.
VII
Unos nubarrones negros se cernían sobre la vieja ciudad imperial mientras derribaban las últimas barricadas y refugios del distrito en cuarentena. Era imposible reprimir la sospecha de que las autoridades querían eliminar cuanto antes cualquier vestigio de la enfermedad, con la esperanza de que de ese modo también se borraría el recuerdo de la deportación de los infectados.
El día después de la evacuación, las calles principales y las callejuelas volvieron a llenarse de ciudadanos y comerciantes que se ocupaban de sus quehaceres como si en las últimas semanas no hubiera ocurrido nada grave.
Delante de la puerta principal de la catedral de San Esteban esperaban dos docenas de corceles, guarnecidos con mantillas de seda negra que les cubrían el cuerpo desde la cabeza hasta las pezuñas. El águila imperial ornaba los mantos por ambos lados, así como los estandartes que enarbolaban los sirvientes.
Alrededor se apiñaban grupos de curiosos que querían echar un vistazo en el interior del templo, donde en aquellos momentos se celebraba la solemne misa de difuntos por el general Ferdinand Philipp von Pranckh.
El aire de la catedral estaba cargado de humo. El olor dulzón del incienso impregnaba el aire y las notas graves del órgano, situado encima del baldaquino de la familia Füchsel, hacían temblar las velas de los candelabros.
Casi todos los bancos de la nave principal del templo gótico estaban ocupados por altos dignatarios y ciudadanos influyentes. Delante del altar se encontraba el cuerpo embalsamado de Von Pranckh, que yacía en un ataúd de estaño ricamente ornado. La arandela que le rodeaba el cuello indicaba que le habían separado la cabeza del cuerpo.
El obispo Harrach estaba junto al ataúd, con las manos juntas y la cabeza agachada. Las notas de un réquiem llenaban la catedral y obligaban a los devotos a pensar con temor en lo inevitable.
Memento mori.
Recuerda que morirás.
El alcalde Tepser también agachaba la cabeza en un gesto de humildad y tenía los ojos cerrados. No faltaba mucho para que aquel nefasto capítulo de su mandato pasara a la historia y, con ello, al olvido.
No faltaba mucho.
El coro cantó la última estrofa de Dies Irae.
Lacrimosa dies illa,
Qua resurget ex favilla
Iudicandus homo reus…1
En aquel momento se abrió la pesada puerta con herrajes del magnífico portal principal. El coro y el órgano enmudecieron como si acabaran de recibir la orden de silencio. Veinte hombres vestidos de negro avanzaron por la nave central hasta llegar al altar, sin mostrar la menor consideración por la liturgia.
Un murmullo se extendió entre los presentes, nadie sabía qué significaba aquello ni quiénes eran esos hombres. El que iba en cabeza se detuvo teatralmente delante del ataúd y el obispo Harrach retrocedió unos pasos.
El alcalde Tepser lo observó. Era un hombre corpulento, con el pelo y la barba muy cortos, y una mirada penetrante y gélida que no revelaba emoción alguna. No lo había visto nunca, pero su aspecto y su conducta no prometían nada bueno.
El hombre levantó las manos y el murmullo enmudeció al instante. Luego cerró la tapa del ataúd con un estruendoso golpe.
–¡Estáis honrando a un traidor! – Sus palabras retumbaron en la catedral y fueron como una bofetada para todos los presentes.
Tepser se levantó de inmediato.
–¿Con qué derecho os atrevéis a interrumpir la ceremonia?
El hombre miró fijamente al alcalde, luego sacó una bula de debajo de la capa y la desenrolló.
– Soy Antonio Maria Sovino, visitador apostólico de su Santidad el Papa Clemente XI, capitán de la Guardia Negra. ¡Y cumpliréis mis órdenes!
Un nuevo murmullo se extendió por los bancos de la iglesia, los clérigos bajaron la cabeza.
Tepser notó que lo invadía una furia desmedida. En aquellos instantes, le daba lo mismo si Von Pranckh era el Redentor o el demonio en persona. Como se decía popularmente en Viena para referirse a los sepelios fastuosos, con muchísimos invitados y posterior convite, era un «bonito cadáver». Por lo tanto, ¿a quién le importaba lo que aquel hombre hubiera hecho en vida? Para unos sería un gran estratega y para otros un asesino… Todo dependía de la fama póstuma. Y eso era lo que Tepser pretendía con aquel funeral. Un héroe vienés muerto: lo demás vendría por sí solo.
Sin embargo, el visitador estaba a punto de destruirlo todo. Y, por si eso fuera poco, osaba poner en entredicho la autoridad de Tepser delante de todo el mundo.
El alcalde le dirigió una mirada cargada de ira a Sovino.
–¡Reuníos conmigo dentro de una hora! – masculló—. ¡El funeral se suspende hasta nuevo aviso!
Sovino asintió burlonamente. Furioso, Tepser se levantó y abandonó la catedral.
VIII
Al cabo de unos días, Elisabeth apenas percibía ya el traqueteo del carro ni las sacudidas, como un marinero que se acostumbra a navegar en un mar agitado.
Dejó de pensar únicamente en cuándo la salvarían o cómo podía escapar ella por su cuenta. Empezó a embargarla un vacío desconocido hasta entonces, semejante a una niebla cada vez más densa, que no sólo acaba privándote de la visibilidad, sino también de la capacidad de imaginar lo que se extiende detrás de ella.
Elisabeth era consciente de ese vacío, pero no podía hacer nada por evitarlo. Los otros prisioneros parecían compartir la misma apatía. Cada vez se oían menos murmullos, las suposiciones sobre lo que les esperaba cesaron y dejaron de susurrarse preguntas unos a otros. Todos parecían limitarse a esperar la siguiente parada, la siguiente comida putrefacta o el siguiente bache del camino. Cualquier cosa que se diferenciara de los movimientos monótonos del carro.
Una punzada dolorosa en el bajo vientre la arrancó de sus pensamientos. Cruzó los brazos y se apretó el vientre. Aún podía ocultar la barriga, pero no por mucho tiempo.
Elisabeth cerró los ojos.
Ese mismo día, el hombre que iba sentado al lado de Elisabeth empezó a perder los estribos. Tenía la piel blanca como la cera y los dientes mellados, y le sangraban las encías. La enfermedad parecía haber evolucionado mucho en su caso.
–¡No aguanto más! – bramó de repente.
–¡Silencio! – le ordenó secamente una voz femenina desde el otro extremo de la jaula a oscuras.
El hombre respiraba cada vez con mayor dificultad y miraba nervioso a todos lados, como si hubiera perdido la orientación. Elisabeth se apartó prudentemente de él. La rabia con que había hablado el hombre y los marcados síntomas de la enfermedad le trajeron a la mente el terrorífico recuerdo de su padre después de convertirse en uno de «ellos».
De pronto, el hombre se levantó de un salto y empezó a sacudir los barrotes de hierro de la jaula.
–¡Ya no aguanto más! – gritó con todas sus fuerzas.
–¡Calla, necio! ¡Harás que nos maten a todos! – gritó otro hombre.
–¡Me da igual! ¡Tengo que salir de aquí!
Algunos niños rompieron a llorar. El carro se detuvo, los prisioneros oyeron cómo refrenaban a los caballos y se acercaban los mercenarios.
–¡Os mataré a todos los que estáis fuera, a todos! – gritó el hombre, rabioso.
Levantaron el toldo. La luz del día entró como un cuchillo en la jaula humana y les quemó la piel a los enfermos.
El hombre empezó a dar cabezazos contra los barrotes. La sangre le corría por la frente y por las ramificaciones negras que se adivinaban debajo de su piel blanca.
–¡Deja de comportarte como un necio o será lo último que hagas! – bramó un mercenario, apuntando hacia el interior de la jaula con la bayoneta de su fusil.
–¡Si no me dejáis salir, morirán todos! – El hombre se limpió la espuma de la boca con la manga, agarró a una muchacha por el cuello y la levantó.
Los mercenarios lo atacaron con las bayonetas, pero el hombre retrocedió y las esquivó.
Mientras tanto, otros mercenarios intentaban abrir a toda prisa el pesado candado. El hombre rugió y estampó la cabeza de la mujer contra los barrotes. La muchacha se desplomó en el suelo.
El hombre rabioso miró a sus compañeros de jaula con los ojos inyectados en sangre. Su mirada se detuvo al llegar a Elisabeth, que retrocedió aterrorizada.
–¡Tú! —exclamó el hombre, sonriendo malignamente.
Cuando se disponía a dar un paso hacia ella, lo agarraron por la espalda y lo sacaron de malas maneras de la jaula: los mercenarios habían logrado abrirla. El hombre rabioso intentó liberarse con todas sus fuerzas, pero los mercenarios lo atravesaron con sus bayonetas en cuanto estuvo fuera.
Abrió mucho los ojos, tenía la mirada vidriosa. Sus labios ensangrentados susurraron «sí», su cuerpo se relajó y quedó inerte.
– Merde! – masculló un joven mercenario
Se agachó junto al cadáver, le agarró la mandíbula y le movió la cabeza a un lado y a otro, como si quisiera comprobar la movilidad de un muñeco.
De pronto, el supuesto muerto se incorporó y le mordió la mano. El mercenario gritó y retrocedió un momento. Luego le dio una patada en la cara y siguió pateándosela hasta convertirla en una masa roja y viscosa irreconocible.
–¿Qué demonios pasa aquí? —dijo el teniente general Gamelin increpando a sus hombres. Entonces vio al hombre rabioso tendido en el camino con la cara destrozada y luego miró al joven mercenario—: ¡Enséñame la mano!
Sorprendido, el mercenario le enseñó la mano ensangrentada.
–¡Del otro lado!
El joven giró la mano y le enseñó la palma.
Y vio con pavor lo mismo que sus camaradas: unas finas ramificaciones negras empezaban a extenderse desde la herida hacia el brazo.
Gamelin masculló furioso:
–¡Metedlo en la jaula!
– Pero, mariscal…
–¡He dicho que lo metáis en la jaula!
Los mercenarios agarraron a su compañero y lo metieron a empujones en la jaula humana, con Elisabeth y todos los demás.
– Quemad el cadáver con paja. ¡Adelante!
Gamelin dio media vuelta y regresó a su carruaje.
La puerta de la jaula se cerró y volvieron a cubrirla con el toldo.
Elisabeth respiró más tranquila.
Por fin, la oscuridad de nuevo.
IX
El alcalde Tepser iba de un lado a otro en su despacho. Respiraba entrecortadamente y tenía la cara enrojecida y la mirada perdida en el vacío. Se esforzaba por pensar con claridad y entender lo que la aparición del enviado de Roma podía significar para él.
Evidentemente, igual que muchos otros, había oído hablar de la «Guardia Negra». Era una tropa de hombres a las órdenes de la Iglesia, que cumplían misiones que, por cuestiones de discreción o de la problemática que se derivaba de la propia fe, no se podían o no se querían encargar a soldados normales y corrientes. En la época de las cruzadas había sido fácil eludir el quinto mandamiento, «No matarás», porque la Iglesia declaró que matar a un infiel, fuera cual fuera su edad o sexo, no se consideraba un crimen.
Sin embargo, las cosas no eran tan fáciles en la propia tierra.
Así pues, la Guardia Negra desempeñaba en el fondo un papel similar al de la Inquisición, aunque sin sembrar entre la población el pánico que inspiraban los inquisidores. Solían actuar en la sombra y recorrían los países católicos para «mantener el orden». La propia guardia decidía en qué consistía ese «orden» y el grado de tolerancia respecto a las discrepancias.
Tepser miró por la ventana: Ya habían retirado las barricadas de la calle de enfrente y los vecinos del barrio volvían a sus casas con sus posesiones a cuestas o empujando una carretilla. Entonces pensó que, tan pronto como se repararan las consecuencias del incendio, propondría en el Consejo Municipal que, durante una temporada, se otorgaran privilegios fiscales a los afectados del barrio en cuarentena, y todo volvería a la normalidad.
Paseó la mirada por la calle y oyó el sonido rítmico de los pasos de los soldados que desfilaban por delante.
Tepser carraspeó y se volvió hacia la puerta de dos hojas que conducía a las dependencias del Ayuntamiento.
Había llegado la hora.
–¿Qué decís que hizo Von Pranckh?
El alcalde no daba crédito a sus oídos, la información que acababa de transmitirle Antonio Sovino era demasiado atroz. El enviado del Papa arqueó lacónicamente una ceja y dejó que sus palabras causaran efecto.
Tepser apretó inconscientemente los puños. ¿Cómo diantre podía saber él que el general Von Pranckh había hecho tratos con un francés y que ese francés se había llevado clandestinamente de la ciudad a unos cuantos enfermos, probablemente supervivientes del distrito en cuarentena?
–¿Pero qué demonios piensa hacer ese francés con unos cuantos enfermos?
Sovino suspiró como si tuviera que explicarle otra vez a un niño poco espabilado por qué uno y uno son dos.
– Se os informó de que una parte del ejército francés avanzaba hacia Turín, ¿no es cierto?
Tepser asintió en silencio.
– Y, por pocos conocimientos de estrategia que se tengan, cualquiera sabe que la mejor manera de romper las defensas es hacerlo desde dentro.
Tepser no mostró ninguna emoción, a pesar de que la burla de Sovino lo hizo sentir como un barril de pólvora a punto de estallar.
– Basta con meter a los enfermos en la ciudad sitiada y esperar a que la epidemia devore a los que la defienden. Vos sabéis muy bien que en vuestra ciudad actuó muy deprisa.
Tepser se quedó boquiabierto. ¿Cómo se había enterado aquel siervo de la Iglesia de los sucesos que, unos días antes, habían tenido un desenlace fatal?
Una sonrisa socarrona se dibujó en el semblante de Sovino:
– Podéis evitar que los hechos se registren por escrito, pero eso no significa que la gente no hable ni que yo no me entere, evidentemente. Igual que de la suerte que ha corrido mi sobrino.
– Basilius Sovino – murmuró Tepser, y recordó al joven novicio que seguía al dominico Bernardus Wehrden a todas partes en silencio—. Mi más sentido pésame. Si os sirve de consuelo, debéis saber que no sufrió mucho…
Sovino lo mandó callar con un gesto de la mano.
– Ahorradme vuestras condolencias retóricas sobre la muerte rápida y el alivio que supone. Soy un hombre de la Iglesia y sé perfectamente que eso no es cierto, nadie muere en un instante. La muerte sólo es el principio del verdadero sufrimiento.
– Pero vuestro sobrino era…
– Ni una palabra más sobre mi sobrino – lo interrumpió de nuevo Sovino—. Era el hijo licencioso de mi hermana licenciosa y de su aún más licencioso esposo. Siempre me dio la impresión de que era una rata. Y seguro que murió como tal. De manera licenciosa y cobarde.
Sovino sonrió complacido, pero enseguida volvió a ponerse serio y miró a Tepser a los ojos.
– Creo que queríais contarme algo sobre el barrio en cuarenta que nunca ha existido.
El alcalde era un apasionado jugador de ajedrez y sabía cuándo llegaba el momento de atacar. Y aún no había llegado ese momento, antes tenía que sacrificar alguna pieza.
– Decidme en qué puedo ayudaros.
– El francés no me importa – aclaró Sovino—. Lo que quiero es acabar con la enfermedad, puesto que no cabe duda de que es obra del demonio. Quiero que ordenéis a vuestro mejor hombre que dirija un pelotón de asalto contra el francés y que liberen de su sufrimiento a esas almas enfermas. Ya sabéis a qué me refiero.
Tepser asintió.
– Bien – prosiguió Sovino con frialdad—. No me gustaría verme en la obligación de seguir investigando cómo es posible que vos y las demás autoridades de Viena colaborarais tan estrechamente con Von Pranckh sin sospechar nada de sus intrigas.
Tepser palideció. Sovino esbozó una sonrisa sardónica, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.
– Informadme cuando pueda dar instrucciones a vuestro hombre.
X
El teniente Wolff estrechó a su amante, le dio una calada a la pipa y exhaló el humo formando anillos. «No hay nada mejor en este mundo que notar el calor de una mujer en la cama», pensó con placer.
«Salvo notar el calor de dos mujeres», sonrió para sus adentros y atrajo hacia él a su segunda amante, que se acurrucó adormecida sobre su pecho.
El aire estaba cargado de humo y de olor a vino tinto y a sudor. Las dos únicas velas que iluminaban la estancia proyectaban suficiente luz para intuir el brocado rojo que cubría las paredes.
«No me importaría morir ahora mismo», pensó Wolff. Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe y un soldado del cuerpo de alguaciles entró sin vacilar.
–¡Mi teniente, el alcalde reclama vuestra presencia! ¡De inmediato!
Wolff soltó un profundo suspiro, seguido de un gruñido de resignación. Besó a la mujer a su derecha, luego a la de la izquierda, se puso los pantalones y dejó un florín de oro encima de la cama.
– Maria, Anna… hasta la próxima, mis dulces ninfas vienesas.
Las dos mujeres le lanzaron un beso con la mano.
– En mi humilde opinión, el teniente Wolff es el hombre ideal para esta delicada tarea, señor Sovino – dijo Tepser en tono servicial—. En su juventud ya demostró su valía cuando, en el último asedio turco, rompió varias veces el cerco de Viena con un pequeño pelotón para realizar operaciones que minaran las fuerzas de los impíos.
Sovino observó con ojos críticos al hombre que se encontraba en posición de firmes delante de él y el alcalde. El teniente Georg Maria Wolff parecía un hombre duro, era de constitución vigorosa, llevaba el pelo corto y pasaba de los cuarenta. Su aplomo le confería el aspecto de ser una persona formal y seria; aunque las arrugas en torno a sus ojos, señales de frecuente risa, revelaban que en su vida privada no se comportaba de modo tan cartesiano como cuando estaba de servicio.
Sovino se mesó la cuidada barba. Por un momento lo asaltó la duda, pero finalmente se decidió.
– Teniente Wolff, ¿estáis dispuesto a cumplir en nombre de Dios una misión de suma importancia para la Iglesia y de gran relevancia para vuestra amada ciudad imperial?
Wolff miró a Tepser, pero el alcalde no movió ni un solo músculo de la cara. Wolff asintió.
–¿Y estáis dispuesto a jurarlo sobre la Biblia?
– Sí, señor.
Sovino sonrió satisfecho.
– No obstante, antes me gustaría saber qué tengo que jurar – añadió Wolff con determinación.
Tepser dio un manotazo en la mesa.
–¿Cómo os atrevéis? Vuestra obligación es acatar las órdenes…
– Pero, señor alcalde – lo calmó Sovino—, prefiero a un hombre leal que piense por sí mismo que a un simple receptor de órdenes que ante el más mínimo contratiempo se vea limitado por su limitado intelecto.
Wolff miró fijamente a Sovino. Conocía a esa clase de hombres. Se cubrían con un manto de bondad, pero eran capaces de pasar por encima de un cadáver.
– Un enviado secreto francés, de nombre François Antoine Gamelin, ha conseguido sacar del distrito en cuarentena a unos cuantos enfermos peligrosos para utilizarlos en su propio beneficio y también en beneficio del reino de Francia. – Sovino bajó la voz—. Os hablaré abiertamente: no es ningún secreto que Su Santidad el Papa apoya al rey Luis XIV por haber ayudado a su sobrino Felipe V de Borbón a hacerse con el trono de España. Sin embargo, el daño que el plan de Gamelin podría causar al Sacro Imperio Romano Germánico es incalculable. Y Su Santidad no puede tolerarlo.
Tepser asintió con la cabeza, fingiendo que lo entendía. Wolff permanecía impasible.
Sovino prosiguió:
– Gamelin avanza en estos momentos hacia el sur con un puñado de mercenarios. Alcanzadlo y matadlo. Y destruid su carga.
– Al francés, en cuanto podamos, pero ¿no hemos «liberado» ya de su sufrimiento a bastantes enfermos? – El tono de voz de Wolff dejó muy claro lo que pensaba de la limpieza del distrito en cuarentena y de lo que les había ocurrido a los enfermos.
– Desde luego, pero ¿quién sabe a cuántas personas más podrían infectar? – Sovino se acercó a la ventana y miró a la calle—. Sería una pena que tuviéramos que cerrar todos los prostíbulos de Viena, puesto que, como todo el mundo sabe, son un caldo de cultivo para las enfermedades más lujuriosas. Como medida de prevención, se entiende.
Wolff entendió. Sonrió cínicamente y les hizo un saludo militar.
– Formad una tropa de unos doce hombres de confianza para que os acompañen en la misión. Recibiréis el resto de la información mañana al amanecer, antes de partir – añadió Sovino sin dejar de mirar por la ventana.
Con esas palabras despidió al teniente, que salió de la estancia, pero en vez de cerrar la puerta, la dejó entornada. Se detuvo al llegar al pasillo y, después de comprobar que no había ningún guardia a la vista, se inclinó hacia la puerta y aguzó el oído.
–¿Puedo preguntaros por qué no os encargáis vos mismo del asunto? – le preguntó el alcalde a Sovino.
– No es de vuestra incumbencia, pero mi misión es de otra naturaleza – respondió Sovino, irritado.
El visitador continuó hablando y lo que Wolff escuchó entonces lo inquietó y le confirmó la imagen que se había hecho de Sovino durante el breve encuentro.
De pronto se oyeron pasos en el pasillo. Wolff se apartó rápidamente de la puerta y siguió su camino. Se cruzó con dos hombres de la Guardia Negra, pasó por alto su saludo y salió a toda prisa del edificio.
XI
Gamelin se despertó sobresaltado del duermevela en que se había sumido. El carruaje se había detenido inesperadamente. Oyó los gritos de sus hombres y balidos de ovejas.
Abrió la puerta y bajó los dos escalones de hierro forjado. La luz del sol lo cegó y tardó unos segundos en distinguir lo que ocurría: un rebaño de unas cuarenta ovejas bloqueaba el camino y el pastor no parecía tener prisa en arrear al ganado.
Uno de los mercenarios se bajó del caballo, empuñó el arma y avanzó decidido hacia el aldeano. El campesino se puso a gritar de inmediato a las ovejas y a darles golpes en los cuartos traseros para que avanzaran.
Gamelin echó un vistazo al entorno. De las cabañas cercanas empezaban a salir curiosos, algunos vestidos con harapos repugnantes y otros terriblemente desfigurados. «Todos asquerosos y sucios», pensó Gamelin. Su indignación fue a mayores cuando vio que uno de aquellos seres despreciables casi lograba mirar debajo del toldo antes de que la patada de un mercenario lo arrojara justo a tiempo al cieno del camino. De pronto, Gamelin lo tuvo claro: si seguían avanzando hacia el sur por el camino de Santiago, cada vez llamarían más la atención, levantarían más rumores y mayor sería el peligro de que los detuviera una patrulla austriaca.
A sus espaldas se extendían la llanura que precedía a la ciudad de Viena y ante ellos se alzaba la cordillera boscosa de los Alpes orientales. Tardarían más, pero a partir de ese momento, siempre que pudieran, tomarían senderos alejados del camino principal que conducía al puerto de montaña de Semmering.
Le hizo una señal al jefe de la caravana para que se acercara y compartió sus reflexiones con él. El hombre asintió, espoleó a su caballo y se abrió paso entre las ovejas como Moisés en el mar Rojo, separando al galope el rebaño, que dejó oír sus protestas.
La caravana se puso de nuevo en marcha y Gamelin desapareció en el interior de su carruaje. Antes de irse, cuatro mercenarios se hicieron con sendas ovejas: la próxima comida estaba asegurada.
Elisabeth pudo echar algunas miradas al exterior, reconoció el Semmering, el puerto de montaña que habían cruzado hacía pocas semanas —¿o eran años? – de camino a Viena.
A su lado se sentaba el joven mercenario, que miraba estupefacto las venas negras que se le extendían por la mano.
– Te acostumbrarás – le susurró ella.
– No puedo imaginarlo – respondió en un alemán sin acento.
– Me llamo Elisabeth.
El joven la miró titubeando, pero al final se decidió a presentarse.
– Alain.
–¿De dónde eres?
– De Châteaudun.
Elisabeth lo miró inexpresiva.
– De Francia.
Elisabeth asintió.
– No tienes acento.
– Mi padre estaba convencido de que, si quieres vencer a alguien, tienes que hablar su idioma. – Suspiró—: Ya ves tú adónde me ha llevado.
– Bueno, al menos puedes charlar conmigo – replicó Elisabeth, burlona. Y de repente tuvo una idea.
–¡Johann! – gritó el prusiano con todas sus fuerzas. No recibió respuesta—. ¡Johann, maldita sea!
De pronto, el jinete que cabalgaba delante tiró de las riendas hasta que su caballo se detuvo. El polvo del camino hacía que los ojos le ardieran al prusiano, que también refrenó a su caballo y miró furioso a su amigo.
– Por todos los demonios, vas a matar a los caballos – le reprochó.
Johann no se inmutó.
– Ya compraremos otros. Se nos acaba el tiempo.
– A nosotros, no. A ti. ¿Cuánta distancia crees que puede recorrer una caravana en un día? – le preguntó el prusiano y, sin esperar la respuesta, añadió—: Los alcanzaremos, no te quepa duda.
Johann respiró hondo. En el fondo sabía que su amigo tenía razón. Le acarició el cuello al caballo, que resollaba, y miró a su alrededor. Hans y Karl se acercaban al galope; los seguía Markus, que parecía un gigante a lomos de su pequeño caballo. Los hombres tenían la cara cubierta de polvo y los caballos estaban al borde de la extenuación.
– Si quieres matar a los caballos, será mejor que les peguemos un tiro en vez de obligarlos a cabalgar como posesos – protestó Karl.
Johann miró hacia el horizonte y vio unas nubes densas que se teñían de color anaranjado al sol del atardecer. Su sombra se extendía sobre los campos; anunciaban tormenta.
– Pararemos en la próxima posada.
–¡Aleluya! – exclamó Hans—. Una hora más cabalgando y mi trasero se volvería tan insensible como el corazón del guardián de un harén turco.
–¡Qué sabrás tú de guardianes y de harenes turcos! – dijo Karl entre risas, pero Hans no replicó.
La lluvia azotaba el tejado de la pequeña posada de Ebraichsdorf en la que Johann, el prusiano, Markus, Hans y Karl ocupaban una mesa tosca de madera. Las lámparas de aceite arrojaban una luz trémula y, en el suelo y en las mesas, había jarras de barro para recoger el agua de lluvia que entraba por los agujeros del tejado.
El posadero, que también hacía las veces de cocinero, mozo de cuadra y criada, entró con un caldero de sopa humeante y lo dejó encima de la mesa. «A juzgar por el aspecto del cocinero, la comida tiene que ser repugnante», pensó Johann, mientras observaba cómo el hombrecillo escuálido se apresuraba a ponerles platos y cucharas de madera.
– Q-q-que ap-p-pro… – El posadero acabó la frase haciendo un gesto con la mano y se fue apresuradamente.
– No está en sus cabales – comentó Karl.
Markus olió el contenido del caldero.
– He comido cosas peores – informó.
– Bueno, pues allá vamos – dijo el prusiano, que empezó a servir la sopa en los platos.
Sin embargo, antes de que pudiera coger la cuchara para empezar a comer, Johann se levantó.
– Quiero agradeceros de todo corazón vuestra ayuda – dijo, y respiró hondo—. Sabéis que podéis iros cuando queráis, sin que os pese. Tú también, Markus. Gracias.
– Vaya, ¡ojalá lo hubiera sabido antes! – bromeó Karl, y Hans le dio un codazo—. Sólo añadiré una cosa: empezamos esto juntos y lo acabaremos juntos.
Todos golpearon la mesa con el mango de la cuchara para mostrar su acuerdo.
Cuando ya se habían llenado bien el estómago, el posadero retiró el caldero. Se quedaron sentados a la mesa, agotados y con una jarra de vino delante. Después de devorar la comida, realmente deliciosa, Johann no entendía por qué aquel hombre estaba tan delgado, quizá tenía la tisis.
La tensión que la noche anterior había estado a punto de desgarrarlo en Deutsch-Altenburg se había transformado en ansia. Sin embargo, esa desazón se fue debilitando a medida que recorrían millas y ahora casi había cedido paso a una serenidad inesperada. Johann sabía que estaba en el buen camino. Sabía que volvería a tener a Elisabeth en sus brazos al cabo de pocos días.
Y cuanto más la añoraba, más le costaba imaginarse cómo podía soportar el prusiano la pérdida de Josefa.
–¿Acaso no tengo razón, Johann? – preguntó el prusiano.
Johann volvió a la realidad.
– Pues claro – contestó, sin saber a qué se refería.
– Ya veremos si eres tan bueno – dijo Hans, que sacó una baraja de cartas manoseadas y la colocó ruidosamente sobre la mesa—. ¡Jugamos al Sesenta y seis, caballeros! El que pierda la mano paga un kreuzer2 y, cuando tengamos suficientes, pedimos otra ronda.
Johann se levantó.
– Yo me voy a dormir.
El prusiano lo agarró del brazo:
– Vamos, el que cabalga como un húsar también puede perder un par de manos, ¿no?
Johann suspiró.
Y volvió a sentarse con sus camaradas.
XII
Un trueno arrancó a Elisabeth de un sueño sin pesadillas. Somnolienta, miró a su alrededor. Los demás prisioneros también estaban tendidos sobre el heno medio podrido, algunos acurrucados muy juntos. Un suave ronquido era lo único que se oía en la oscuridad, iluminada tan sólo por unas lámparas de aceite colgadas del techo. Justo las necesarias para que los guardias pudieran comprobar que todo seguía en orden cuando hacían la ronda.
Sobre el tejado del establo en ruinas empezaron a caer las primeras gotas de lluvia, pocas y aisladas al principio, pero cada vez más intensas. Y crearon una melodía que recordaba el sonido de las canicas de barro al golpear contra un suelo de piedra.
Elisabeth se incorporó y miró por una rendija de la pared de tablas. Vio la silueta negra de un mercenario que montaba guardia. El hombre murmuró una maldición, se subió el cuello del abrigo y se caló el sombrero.
Johann aún no había llegado.
Confía en él.
¿Y si le había ocurrido algo?
Imposible.
¿Y si no llegaba nunca?
Elisabeth apretó la mano contra la rendija. Cuanto más se desesperaba, más fuerte apretaba, hasta que un dolor punzante acabó con aquella espiral de dudas y miedo. Apartó instintivamente la mano, se había clavado una astilla en el pulgar.
Se la extrajo con cuidado y se chupó el dedo. El sabor a hierro de la sangre desvió sus pensamientos hacia su propio cuerpo. Y hacia la responsabilidad que llevaba dentro.
Hacia lo único que en aquel momento le quedaba de Johann.
¿Tal vez había llegado la hora de esperar menos y actuar más?
Volvió a mirar por la rendija. La lluvia era cada vez más intensa y cubría la noche con un manto nebuloso.
– Me encanta la lluvia. – Una voz masculina arrancó a Elisabeth de sus pensamientos.
La joven se sobresaltó como si la hubieran sorprendido mirando algo prohibido.
– No quería asustarte – dijo Alain, al tiempo que se sentaba a su lado.
– Y no lo has hecho – respondió ella con brusquedad.
– El mundo se renueva con la lluvia; y nada es como antes. Todo es más intenso: los colores, los olores. La vida.
– Con la condición de que se tenga libertad para disfrutar de esos cambios – dijo Elisabeth.
– Sí, con esa condición – repitió Alain, pensativo.
–¿Adónde? – preguntó Elisabeth en voz baja, y se acercó a Alain, cuyo rostro iluminaba débilmente una lámpara de aceite.
–¿Adónde qué?
–¿Adónde nos llevan?
– No lo sé. Sólo nos dijeron que os escoltaríamos hacia al sur – contestó Alain.
Elisabeth le creyó.
– Pero tú ya no eres uno de ellos – le susurró—. Ahora eres uno de nosotros. Lo que nos ocurra a nosotros, te ocurrirá a ti también.
– Pero aún soy francés… – Alain se interrumpió, acababa de comprender que la frase era ridícula.
– Como si fueras el rey de Francia. Tienes la enfermedad y eres como nosotros.
Alain bajó la mirada.
– Y como tal – continuó Elisabeth—, compartirás nuestro destino.
– Si quisieran mataros…, «matarnos», ya lo habrían hecho.
– Puede que tengas razón. Pero hay cosas peores que la muerte.
Alain calló.
Elisabeth esperó, pero el mercenario no había picado el anzuelo.
Ponle otro cebo.
– Piensa que pronto sabrás lo que significa tener esta enfermedad…
–¿A qué te refieres?
– El sol te quemará la piel blanca y las ramificaciones negras se extenderán por todo tu cuerpo, quizá también por la cara. Es posible que soportes la luz del día, pero también es posible que sólo puedas salir al amparo de la noche. La gente te evitará, en el mejor de los casos, pero probablemente te echarán de malos modos o incluso irán a por ti, porque no entenderán tu condición. Y algún día te…
– Ya basta – la interrumpió Alain—, puedo imaginarlo. Pero tú no pareces tan afectada como pronosticas.
– La enfermedad no se manifiesta del mismo modo en todos los infectados, aunque no sé por qué. Lo único que sé es que no pienso doblegarme.
–¿Y qué vas a hacer? La desobediencia…
– Sólo se puede culpar de desobediencia a los que están obligados a obedecer – susurró Elisabeth, saboreando su triunfo. El muchacho había picado el anzuelo—. Nosotros somos prisioneros. Y los prisioneros no le deben obediencia a nadie, salvo a sí mismos.
–¿Quieres huir? – preguntó Alain.
– No, no quiero – replicó ella—. Tengo que hacerlo.
XIII
– Lo juro ante Dios Todopoderoso.
El teniente Wolff levantó la mano de la Biblia, un ejemplar con cubiertas de cuero bellamente ornadas.
El edecán de Sovino se apresuró a retirar el libro sagrado, como si tuviera miedo de que pudiera ensuciarse, y volvió a envolverlo en terciopelo rojo.
– Que Dios os bendiga – dijo Antonio Sovino, al tiempo que le hacía la señal de la cruz.
Estaban en el revellín, delante de la Kärntnertor, la puerta que unía el glacis con la muralla. La Guardia Negra formaba en semicírculo detrás de Sovino y su edecán, y trece jinetes montados en corceles blancos andaluces esperaban detrás de Wolff. Todos eran hombres aguerridos, que el teniente había seleccionado cuidadosamente. Vestían guerreras de color gris claro y sólo llevaban el equipo imprescindible. Cada uno de ellos iba armado con un sable y un mosquetón de chispa.
– Que Dios os proteja en el camino de la perversión que hay en el mundo – le dijo Sovino a Wolff.
– Bueno, si me bendice uno de sus siervos más fieles… – respondió secamente el teniente.
Sovino vaciló un instante, luego sonrió y dio un paso hacia Wolff. Lo miró con frialdad y le dijo en voz baja:
– Cumplid la tarea que se os ha encomendado y dejaos de discursos perspicaces, ¿entendido?
Wolff asintió en silencio, pero no retrocedió.
El visitador dio media vuelta y se dirigió hacia la Kärntnertor con sus hombres.
El teniente los siguió con la mirada; luego contempló la sólida fortificación que protegía la ciudad de Viena. Una sensación de angustia se adueñó de él, como si aquélla fuera la última vez que vería su ciudad natal. Y a sus amantes.
Carraspeó para quitarse de la cabeza esos pensamientos y subió a su caballo blanco.
–¡Dios con nosotros! – gritó a sus hombres, y cruzó al galope el puente que se extendía sobre el glacis.
Sus hombres lo siguieron.
XIV
Desde que partieron al despuntar el día, Johann se esforzaba por dejar que fuera su montura la que determinara la velocidad de la marcha. Era consciente de que el día anterior se había excedido. Si uno de los caballos se desplomaba, les costaría mucho sustituirlo. No por el precio, puesto que el conde Von Binden les había entregado una generosa suma, sino por la falta de oferta.
Ya habían dejado atrás las localidades de Gottendorf, Rohrau y Prukh. Ese día habían cabalgado por campos y bosques, sin encontrar una sola ciudad en millas. Además, el suelo reblandecido dificultaba el avance, la tormenta del día anterior no se había alejado hasta pasada la medianoche.
Al llegar a Traskirch preguntaron por primera vez por la caravana, pero no obtuvieron resultados. Cada vez que alguien negaba con la cabeza o se encogía de hombros, la inquietud de Johann aumentaba. ¿Habría confiado Von Binden en un inútil que no le había contado más que mentiras? ¿Y si Gamelin había tomado el camino de Santiago en dirección a Salzburgo y cada vez estaba más lejos?
El corazón le latía con fuerza.
¿Y si habían descubierto al francés y la población local había cortado con él por lo sano? ¿Y con los enfermos? Y, aunque no hubiera ocurrido nada de eso, ¿sobreviviría Elisabeth la tortura del viaje?
Los bufidos de su caballo lo devolvieron a la realidad. Miró hacia delante. El camino desembocaba en una carretera ancha que conducía hacia el sur.
El camino de Santiago.
Cuando llegaron, Johann y sus compañeros espolearon a los caballos y cabalgaron hacia el sol del mediodía.
Johann no daba crédito a sus oídos. Se inclinó desde el caballo y miró al viejo aldeano a los ojos como si quisiera escrutarle el alma.
– Así que en los últimos días no ha pasado ninguna caravana por aquí —dijo con prudencia—. ¿Estás completamente seguro?
El campesino asintió con la cabeza y dirigió una mirada huraña a la granja calcinada, en cuyas puertas aún se veían desdibujadas unas cruces de San Andrés trazadas con cal.
El abad Bernardin solía decir que la verdad no podía comprarse, pero que a veces era posible sacarla de su escondite con una moneda.
Johann sacó un florín de la faltriquera y jugueteó con él entre los dedos. La mirada del aldeano se iluminó como si se le hubiera aparecido la Virgen. Se llevó la mano a la nariz, se la limpió en el pantalón y luego se la pasó por el pelo revuelto.
– Ahora que lo decís, señor – dijo con seguridad, mientras se erguía tanto como le permitía la espalda, maltratada por el trabajo de labranza—, es verdad que pasaron unos carros por aquí. Eran tres, si no recuerdo mal. Dos estaban cubiertos por un toldo y en el otro transportaban provisiones. En cabeza iba un elegante carruaje negro. Qué suerte para vos que me haya acordado, ¿verdad? – El aldeano alargó temerosamente una mano hacia Johann.
– Sí, ha sido una suerte para los dos. – Johann se tragó el rencor que sentía contra aquel labrador ambicioso y se esforzó por ocultar la alegría por la buena noticia; de otro modo, aún le costaría más dinero.
Sacó otro florín de la faltriquera. El campesino estiró la mano para cogerla, pero Johann la puso fuera de su alcance y arqueó una ceja.
– Hace tres días, señor – añadió el aldeano—, cuatro como mucho. Pasaron la noche en esa granja marcada por la peste y salieron al romper el alba. En esa dirección. – El hombre señaló hacia el sur y volvió a estirar la mano.
Johann le puso el florín en la palma cuarteada. Un albañil tenía que trabajar cuatro días para ganar ese dinero.
– Dios os lo pague – murmuró el aldeano, que dio un paso atrás y bajó la cabeza como si se dispusiera a rezar una oración para que tuviera un buen viaje.
Johann silbó en dirección a sus amigos. El prusiano, Hans y Karl, y también Markus, no estaban muy lejos y se acercaron al trote. Johann les hizo una señal afirmativa con la cabeza.
– Los tenemos – dijo, señalando la dirección que le había indicado el campesino.
–¿Y a qué esperamos? – dijo Hans, y espoleó a su caballo.
XV
La jaula humana sufría más sacudidas que en los últimos días. «O el camino ha empeorado mucho o hemos tomado otra ruta», pensó Elisabeth. Y puesto que, por lo que podía ver a través de un pequeño desgarro en el toldo, la vegetación por la que avanzaban cada vez más lentamente era mucho más tupida, tenía que ser lo segundo.
Eso significaba que a Johann le costaría aún más encontrarla.
Elisabeth no había pronunciado una sola palabra en todo el día. Estaba demasiado tensa, se esforzaba por poner en orden sus pensamientos y atar cabos sueltos. Pero, a medida que pasaban las horas, cada vez quedaban menos.
Y ahora, al ver tantos árboles y arbustos tupidos, supo lo que tenía que hacer.
Miró a Alain, que dormitaba a su lado.
–¿Alain? – susurró.
No recibió respuesta.
Elisabeth le dio un codazo sin contemplaciones.
– Alain, ¿estás despierto?
– Ahora sí. —El mercenario francés abrió los ojos, somnoliento, y su semblante se ensombreció al darse cuenta de donde estaba—. ¿Ya hemos llegado a Versalles?
–¿Cómo dices? – Elisabeth no lo entendió.
–¿Qué quieres?
–¿Qué llevas en la bolsa de cuero? – le preguntó en voz muy baja, al tiempo que le señalaba el cinturón, que apenas se distinguía en la oscuridad.
Alain no dijo nada.
– En la bolsa de cuero – repitió Elisabeth—. ¿Qué llevas ahí dentro?
Alain se miró el cinturón y palpó la bolsa que colgaba de él.
– Pedernal y yesca. ¿Por qué?
Elisabeth sonrió, pero no respondió a su pregunta.
– En el carro de las provisiones, ¿hay barriles de pólvora?
Alain no sabía adónde quería ir a parar Elisabeth, pero tenía muy claro que no cejaría hasta el final.
– Pues claro que hay barriles de pólvora – susurró—. Son los pequeños, los que van tapados con cuero. Siempre son los primeros que descargan y los últimos que cargan. – Alain cerró los ojos con la esperanza de que Elisabeth lo dejara tranquilo.
–¿Y las lámparas de aceite que cuelgan de noche para vigilarnos?
– También las llevan en el carromato – suspiró Alain.
– Muy bien. Ya podemos intentarlo.
Alain mostró su acuerdo con un gruñido.
Al cabo de un instante, abrió los ojos.
–¿Qué es lo que podemos intentar?
– Esta noche te lo cuento – susurró Elisabeth en tono de misterio.
El valle era cada vez más estrecho, las pendientes más inclinadas y las rocas más escarpadas. El sol se esforzaba por abrirse paso entre las nubes, cada vez más densas.
El teniente general Gamelin abrió la cortinilla de la ventanilla derecha del carruaje y contempló el paisaje.
«Ha cambiado mucho en muy poco tiempo», pensó. No quedaba nada de las suaves colinas que rodeaban Viena. Una espesa niebla cubría las montañas, sobre la cual sólo destacaba un pico solitario con una imponente fortaleza. Parecía un castillo que amenazaba a los mortales desde el cielo.
Gamelin cerró la cortinilla y deslizó el dedo índice por un magnífico mapa que apoyaba en su regazo, sobre una carpeta de cuero en la que había más mapas. Llevaba días estudiando con sumo detalle el material cartográfico y memorizando los nombres de las ciudades y los cruces de caminos más importantes.
La fortaleza que acababa de ver entre la niebla era el castillo de Klamm, situado a las afueras de la villa de Schottwien. Eso significaba que estaban cerca del puerto de montaña de Semmering.
Gamelin dejó a un lado la carpeta de cuero y cerró los ojos, satisfecho. El balanceo y las sacudidas del carruaje no le molestaban; al contrario, cuantos más baches dejaban atrás, más cerca estaban de su meta.
Cuánto tiempo había esperado… Evocó con complacencia su carrera en el ejército francés y los recuerdos se sucedieron en su mente…
1665, un año importante: por fin lo ascendieron a teniente en un regimiento de caballería destinado en el sur de Francia. Luego, la siguiente gran oportunidad: la guerra entre Francia y los Países Bajos. Sirvió en Flandes, donde se presentó voluntario para participar en diversas incursiones y demostró que la disciplina y la osadía no tenían por qué ser incompatibles. Tres años después, reconocieron su arrojo ascendiéndolo a maestre de campo.
Una sonrisa se dibujó en su semblante, mientras se acariciaba la cuidada perilla.
En 1679 lo nombraron brigadier. Unos años después se inició la gran campaña del Ejército del Rin, encabezada por él. Recordó los nombres de algunas poblaciones alemanas: Heilbronn, Knittlingen, Mannheim.
Luego, Esslingen, y la hermosa hija del párroco. Gamelin sonrió. Nunca se había interesado mucho por las mujeres, le parecían un estorbo, pero la hija del párroco era especial.
¿Cómo se llamaba…? Daba lo mismo.
Heidelberg en llamas. Oppenheim arrasada. La destrucción total de la fortaleza de Landskrone. El Estado Mayor bautizó esa estrategia con el nombre de «desfortalecimiento de las ciudades», y él contribuyó a aplicarla con entusiasmo: la devastación de gran parte del territorio del Palatinado y de las ciudades de los ducados de Wurtemberg y Baden, con la subsiguiente destrucción de los medios de subsistencia de la población de los territorios enemigos.
Y Gamelin se lució en todos esos hechos.
Y si ahora conseguía conquistar la fortaleza de Turín y salvar con ello la vida de miles de soldados, zapadores y minadores franceses, en París lo nombrarían con toda seguridad maréchal général des camps et armées du roi, el mismo rango que tenía Henri de La Tour d’Auvergne, vizconde de Turenne, el hombre al que siempre había considerado un modelo a seguir. Aunque él no dispensaría a sus soldados un trato tan humano y, en su opinión, despreciable, puesto que ablandaba a los hombres y minaba su espíritu de lucha.
Una brusca parada lo arrancó de sus pensamientos.
Se alisó la guerrera, bajó del carruaje y echó un vistazo. Se habían detenido delante de una plaza. Detrás de la caravana se alzaba la puerta de peaje de Schottwien, cuya muralla defensiva cerraba por completo la salida del valle. Al otro lado de la plaza, el paso también estaba cortado por una muralla, detrás de la cual empezaba el peligroso camino rocoso que conducía al puerto de Semmering. Era imposible cruzar las montañas sin pasar por el peaje.
«No se les escapa un solo florín», pensó Gamelin, sonriendo. Le gustaba la eficiencia, sin importarle con qué método se consiguiera.
Se fijó en que en el mercado había muchísimos herreros, carreteros y guarnicioneros, así como posadas y tabernas en las que seguramente se podían encontrar cualquier diversión imaginable. Todos se ganaban la vida gracias a los carros, puesto que cualquiera que quisiera recorrer en vehículo el escarpado camino que empezaba a los pies del Semmering tenía que hacerse con más caballos o le resultaría imposible avanzar. Gamelin se había informado previamente.
Su edecán se acercó corriendo y lo saludó militarmente. Era un hombre delgado y pelirrojo, al que Gamelin le sacaba una cabeza. El hecho de que llevara más tiempo que todos sus predecesores sirviendo al mariscal de campo se debía al profundo temor que le inspiraba su superior, un miedo que se traducía en unas formas extremadamente correctas.
– Que enganchen tantos caballos como haga falta, no importa cuánto cuesten – le ordenó Gamelin—. No me gustaría quedarme tirado a medio camino porque no tenemos suficientes animales de tiro.
El edecán asintió con la cabeza y volvió a hacer un saludo militar.
– Os hago responsable, Frédéric, no me decepcionéis. ¡Podéis retiraros!
Gamelin respondió al saludo, el oficial dio media vuelta y corrió al lugar donde enganchaban a los caballos.
XVI
El teniente Wolff cabalgaba al mando de su tropa.
No se quitaba de la cabeza el extraño juramento que había prestado ante Antonio Sovino. No se sentía en absoluto obligado a cumplirlo, y no sólo porque despreciara al clero. Él era en principio un hombre creyente, pero no entendía por qué debía someter el ejercicio de la fe a un aparato de poder. Además, cualquier ladronzuelo podía poner la mano sobre un libro y decir «lo juro», puesto que en realidad no tenía ninguna consecuencia, ni para el que no cumplía el juramento ni para el libro.
Wolff aspiró el aire fresco del campo, que tan a menudo añoraba en la ciudad. Le encantaba cabalgar, porque eso siempre le ayudaba a pensar con claridad.
Cuando Tepser le dijo que se trataba de la misteriosa enfermedad, lo comprendió todo al momento. Unos días antes le habían comunicado la orden de extender un manto de silencio sobre las circunstancias que rodeaban la enfermedad y su solución final. Lo primero que pensó fue que no se levantaría ningún monumento en recuerdo de aquellas pobres almas, a diferencia de lo que se hizo con las víctimas de la última peste. Si regresaba victorioso de aquella misión y Tepser seguía siendo alcalde, podía contar con un buen salario adicional. Sí, por el contrario, lo habían destituido, seguramente tendría que buscarse otro empleo, puesto que no podría justificar su ausencia. Quizá incluso tendría que trasladarse a otra ciudad. Lo mismo les ocurriría a sus hombres, y lo sabían.
Después de dejar atrás las puertas de Viena, casi siempre que cruzaban un pueblo pasaba lo mismo: las puertas y las ventanas se cerraban a cal y canto, y las madres obligaban a entrar en casa a sus hijos. Y por todas partes se oía pronunciar en voz baja la misma advertencia: «¡Protegeos, llegan los hombres de azufre!»
Ese era el nombre popular que el pueblo daba a los alguaciles de Viena porque llevaban casacas con vuelta, cuello y solapa de color amarillo. Sin embargo, Wolff no entendía por qué inspiraban tanto miedo. Él y sus hombres se limitaban a hacer su trabajo, ni más, ni menos. Nunca habían hecho sufrir a un inocente y él siempre se permitía cierta libertad de decisión a la hora de cumplir las órdenes. Si creía que las cosas iban demasiado lejos… Bueno, siempre había opciones.
«No obstante, mejor ser temido sin motivo que ser motivo de burla justificado», pensó. La tropa cruzó la cima de una colina; al otro lado se veían granjas desperdigadas por la ladera.
Wolff espoleó al caballo.
– Por aquí no ha pasado ninguna caravana, señor – dijo el viejo aldeano, al tiempo que extendía una mano curtida hacia Wolff.
El teniente lo escrutó con la mirada y exhaló un profundo suspiro. Era agotador que siempre le complicaran la vida con mentiras.
Empuñó rápidamente el sable y se lo puso al aldeano en el cuello. El viejo se echó a temblar y balbuceó:
– Hace tres días, cuatro como mucho… Pasaron la noche en aquella granja… Se fueron al amanecer… En esa dirección. – El labrador señaló temblando hacia el sur.
El teniente Wolff esbozó una sonrisa indulgente, deslizó suavemente la hoja del sable por la mejilla surcada de arrugas del aldeano y envainó el arma.
El viejo retrocedió, bajó la cabeza y se santiguó tres veces.
Wolff obligó al caballo a dar media vuelta y salió al galope en dirección sur. Sus hombres lo siguieron.
XVII
Después de la cena, que había consistido en leche de cabra y pan, los encerraron en un pajar. Era de los mismos campesinos que les habían dado de comer. Mejor dicho, que se habían visto obligados a darles de comer.
– Nos alimentamos de la tierra – dijo cínicamente uno de los mercenarios sin quitarle la vista de encima a la hija del campesino, que aún no había cumplido catorce primaveras.
Al oírlo, Elisabeth notó un escalofrío en la espalda, pero ¿qué podía hacer ella? ¿Qué podían hacer ellos? Ni siquiera se podía hablar de «ellos» como un todo, puesto que los prisioneros mantenían las distancias, bien por apatía o bien porque sabían que no merecía la pena entablar nuevas amistades.
Una verdad impronunciable se cernía como una nube tóxica sobre ellos: iban camino a su ruina.
Elisabeth, no. Ella tenía un plan, y Alain la ayudaría, aunque eso implicara la muerte de otras personas. Al pensarlo, se asustaba de sí misma. No estaba segura de si se reconocería en un espejo el día que pudiera mirarse en uno. ¿En qué se había convertido? ¿Cómo había llegado a tal extremo?
–¡A dormir! – gritó el mercenario de la voz ronca, colgó dos lámparas de aceite en las vigas y, como siempre, se mostró satisfecho de que los enfermos cumplieran la orden sin ofrecer resistencia.
Por primera vez desde que empezó su cautiverio, tenían la posibilidad de dormir en una superficie blanda. El heno del otoño anterior olía de maravilla y ofrecía calor. Elisabeth se sintió como si estuviera entre nubes.
Los demás parecían sentirse igual, puesto que nadie protestó cuando el mercenario encendió las lámparas después de haberlas sujetado bien al techo. Si caían en la paja, aquélla sería la última noche para todos.
Elisabeth se tumbó tan bien como pudo, se acurrucó de lado y cerró los ojos.
–¡Elisabeth!
La joven dormía profundamente y se despertó sobresaltada. ¿Cuánto tiempo había dormido?
Miró hacia la puerta: fuera estaba muy oscuro, era una noche sin luna.
– Elisabeth – volvió a sisear Alain—. Me debes una explicación.
Mientras se quitaba algunas briznas de paja del pelo, reflexionó. ¿Había sido un acierto hablarle a Alain de su plan?
Sí. Y ya es tarde para cambiar las cosas.
– Tengo un plan para escapar – susurró.
Alain torció el gesto como si acabaran de contarle un chiste malo.
– Tenemos que esperar hasta que paremos en un claro del bosque – prosiguió Elisabeth impertérrita—. Fingiré que me duele mucho la barriga y tú me ofrecerás tu apoyo para caminar. Nos moveremos tan cerca como sea posible de los carros hasta llegar al último, en el que se guardan las provisiones.
–¿Y si no nos dejan?
– Diles que tendrán que responder ante el teniente general Gamelin. Todos me vieron bajar de su carruaje, aunque nadie sabe por qué estaba allí.
– Sí, yo también me lo pregunté…
– Eso ahora no importa – lo interrumpió Elisabeth con firmeza—. Cuando lleguemos a la parte trasera del carro de las provisiones, me haré con una lámpara de aceite y tú prenderás la mecha con la yesca, que llevarás encendida. Y luego arrojaremos la lámpara contra los barriles de pólvora. – Elisabeth miró con aire triunfal a Alain, que parecía desconcertado.
–¿Y nos vamos sin más?
– Claro que no, pero se desatará un caos tremendo. Los mercenarios tendrán que apagar el fuego para no perder todo el material. Y en medio del caos, nosotros correremos hacia el bosque y…
– No funcionará —replicó Alain—. Imposible.
–¿Quieres hacerme creer que un soldado francés no sabe cómo huir? – lo pinchó Elisabeth.
Johann le había contado muchos chistes sobre el espíritu combativo de los franceses, casi siempre condimentados con un comentario mordaz por parte del prusiano.
– Hay muchas cosas que podrían salir mal – insistió Alain.
– Sí, y la primera es que lleguemos a nuestro destino sin haber intentado nada. Entonces moriremos todos.
Alain se quedó callado un momento. Desde que sus compañeros lo habían encerrado con los prisioneros, él también había imaginado innumerables escenarios, pero no había llegado a ninguna conclusión. Al menos, a ninguna que le devolviera su vida anterior.
– De acuerdo, supongamos que conseguimos provocar el caos – dijo finalmente—. ¿Y luego qué?
– Buscaremos ayuda. Primero, para nosotros y, luego, para los demás prisioneros. No le han hecho daño a nadie y no podemos abandonarlos a su suerte.
– Estás loca – dijo Alain, y realmente lo creía.
– Mejor loca que muerta – replicó Elisabeth en tono respondón.
Si Alain la conociera desde hacía tiempo, habría notado que, por un instante, había vuelto a ser la mujer alegre y extrovertida que era antes.
– No sé… Tengo que consultarlo con la almohada.
–¡Silencio ahí dentro! – retumbó una voz desde la puerta del pajar—. ¡O dormiréis en la jaula!
Elisabeth miró a Alain muy seria.
– En tal caso, que duermas bien.
Y cerró los ojos.
Te quiero, Johann.
XVIII
– Mañana alcanzaremos la caravana – dijo el prusiano con mucha convicción.
– Eso espero – respondió Johann.
Llevaban horas cabalgando juntos sin intercambiar palabra, absortos en sus pensamientos. El terreno era cada vez más montañoso, las cumbres que se veían al sur y al este eran cada vez más altas, y parecían formar una muralla infranqueable. Carruajes, carros, mensajeros a caballo y aldeanos tirando de un carretón… A todos los dejaban atrás, exigiéndoles a sus caballos toda la fuerza de la que eran capaces.
Sólo descansaban para dar de beber a los caballos.
Cuanto más cerca se creían de Elisabeth y de la caravana, más dudas albergaba Johann y más reales le parecían las dificultades que les aguardaban. En una cacería, una cosa era seguir el rastro de la presa y otra muy distinta abatirla. Ellos eran cinco. Sus contrincantes, probablemente una docena.
O más.
Y lo peor era que seguía sin tener un plan, porque no conocía los detalles. ¿Eran realmente dos carros y un coche de caballos? ¿En cuál iba Elisabeth? ¿Y en cuál Gamelin?
Gamelin.
Sabía que lo único que había conseguido era cambiar un mal por otro. Con la muerte de Von Pranckh se había librado de su archienemigo, pero el militar le había creado otro con su último suspiro. Y con ello había vencido no sólo a Johann, sino incluso a la muerte. Y le había arrebatado lo único que creía seguro: un futuro con Elisabeth.
Johann sacudió la cabeza para apartar de su mente esos pensamientos lúgubres. Primero tenían que encontrar la caravana, luego…
Nunca des las cosas por seguras. Sé espontáneo.
«Improvisaremos», pensó Johann, y sonrió. Como siempre, el abad Bernardin tenía razón.
A su derecha, el sol se acercaba a la línea del horizonte. El paisaje florido resplandecía de nuevo en todo su esplendor cromático. Sin embargo, por encima de las montañas se alzaba una tenebrosa fortaleza de nubes que no prometía nada bueno para los próximos días.
– Mi trasero ya se ha acostumbrado a cabalgar durante horas, pero mi caballo, no – dijo Karl, que avanzaba junto a Johann y el prusiano. Le dio unas palmadas al animal, que resollaba—. Y lo que no entiendo es cómo lo resiste el caballo de Markus.
Todos volvieron la cabeza y vieron la sonrisa de pillo del gigante, que los seguía al trote a lomos de un caballo que parecía avanzar sin esfuerzo.
– Tienes razón – respondió Johann, que buscó con la mirada un sitio para descansar—. A mí también me iría bien un buen trago de vino y algo de comer.
Hans se les acercó.
– Y no lo olvidéis: dos partidas más del Sesenta y seis y acabamos la ronda. ¿No es así, mi teniente? – dijo, desafiando con la mirada al prusiano.
– Hoy voy a dar tal paliza que creerás que tienes la peste bubónica, muchacho – gruñó el prusiano.
– No habléis de la peste, que empieza a picarme todo – dijo Karl, al tiempo que se rascaba el brazo.
– Yo probaría con agua – le aconsejó Hans muy serio—. Eso es mugre, amigo mío, no la peste.
Los hombres se rieron con ganas y olvidaron por un momento el motivo de su viaje.
Al poco rato divisaron a lo lejos un edificio bajo, con tejado de caña y un cartel destartalado en el que habían pintado una jarra de vino.
–¡Hora de comer! – exclamó contento Karl, y espoleó al caballo.
Poco después, un grupo de unos doce hombres, uniformados con casacas de vuelta, cuello y solapa amarilla, pasaba por delante de la posada.
XIX
Crónica del mercado de Melk
Anno Dómini de 1704
In nomine SS. Trinitatis
Desde que acabó el invierno, los trabajos que el arquitecto Jakob Prandtauer dirige en el monasterio avanzan a buen paso, según informa nuestro ilustre abad Berthold Dietmayr. Dentro de unos años se habrá hecho realidad el sueño de que, una vez concluida la obra, el convento se verá desde muy lejos, y saludará e impresionará a peregrinos, ciudadanos y caminantes.
Estos días hemos recibido visitas ilustres. Antonio Maria Sovino, el enviado del Santo Padre de Roma, y su Guardia Negra se han alojado en nuestra humilde morada, donde les hemos ofrecido cama y comida.
Durante los días que duró su estancia, no faltaron las súplicas de nuestros ciudadanos, puesto que todos estaban autorizados a presentar ruegos. Gracias a la apertura de nuestros tiempos, los representantes de Roma hicieron oídos sordos a la envidia y la malevolencia. De ese modo quedó demostrado que los métodos que se practican hoy en día difieren de los empleados durante la Inquisición.
Lamentablemente, el padre Sovino fue testigo de una terrible tragedia cuando la granja de una familia de protestantes, los Werner Schramb, fue pasto de las llamas junto con la casa de la servidumbre y los establos, y todos perecieron. El incendio se desató anteayer, después de la medianoche, y todavía ilumina el cielo.
El padre Sovino pudo al menos celebrar una misa por el descanso eterno de sus almas.
En que resurgirá de sus cenizas
El hombre culpable para ser juzgado […]
Pulsuz fraqment bitdi.