Kitabı oxu: «Comunicación e industria digital»
comunicación e industria digital

14.0 ENCUENTRO DE FELAFACS


Colección Encuentros
Comunicación e industria digital. 14.0 Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social
Primera edición digital, marzo 2016
| © | Universidad de LimaFondo EditorialAv. Manuel Olguín 125, Urb. Los Granados, Lima 33Apartado postal 852, Lima 100, PerúTeléfono: 437-6767, anexo 30131. Fax: 435-3396fondoeditorial@ulima.edu.pewww.ulima.edu.pe |
Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima
Versión ebook 2016
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Lima - Perú
Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial.
ISBN versión electrónica: 978-9972-45-328-1
Índice
Presentación
Conferencias magistrales
Las digital humanities y cómo diseñar experiencias cognitivas en la era de la analítica cultural
Alejandro Piscitelli
La sociedad de la pantalla en la ‘era ciberista’: las industrias creativas en la agenda del desarrollo sostenible
Divina Frau-Meigs
El cuerpo viejo como una imagen con fallas: la moral de la piel lisa y la censura mediática de la vejez
Paula Sibilia
La creatividad en las políticas públicas de la Unión Europea: un laboratorio de reflexión. Enseñanzas desde el epicentro de la crisis
Enrique Bustamante
Ponencias seleccionadas
Redes sociales en la narrativa transmedia: la permeabilidad entre la realidad y las pantallas
Vicente Gosciola
Periodismo de datos en el mundo new new media
Denis Renó y Luciana Renó
Micronarrativas ciudadanas: reflexiones en torno a la comunicación de políticas públicas en escenarios de transmediación
Carolina Campalans Moncada
El guionista en su laberinto: consideraciones y prácticas narrativas en la convergencia
Giancarlo Cappello Flores
Nuevas rutas en la distribución cinematográfica
César Bárcenas Curtis
Comunicación digital interactiva en campañas electorales
Sandra América Rodríguez Peña
Cultura política democrática en Twitter. México: el movimiento #YoSoy132
César Augusto Rodríguez Cano
Cambios en el poder local: impacto de jóvenes y redes sociales en comicios municipales de Chile
Fernando Rivas Inostroza
Limitantes institucionales para la gobernanza digital
Sandro Macassi Lavander
Reconsideraciones sobre la brecha digital como categoría de desarrollo
Mónica Stillo Mello
Desafíos para la implementación de la televisión digital terrestre en Argentina
Carla Rodríguez Miranda
Inmigrantes territoriales/inmigrantes digitales: latinoamericanos en contextos diaspóricos
Jéssica Retis Rivas
Políticas públicas transnacionales: migraciones y tecnologías de información y comunicación
José Luis Benítez
Consideraciones en torno a la política oficial de inclusión digital en las comunidades indígenas del Estado de México: los matlatzincas
Jaime Enrique Cornelio Chaparro
La piel que habito: estéticas del siglo XXI
Liuba Kogan Cogan
La territorialidad como performación: límites sucios y experiencias otras en la ciudad global
Verónica Ficoseco, Melina Gaona y Andrea López
La preservación del patrimonio audiovisual en la era digital: el rol de las universidades
Julieta Keldjian Etchessarry
Prácticas de comunicación y marketing digital en las instituciones de educación superior
Rolando Rodrich Portugal
Presentación
El presente libro reúne las conferencias magistrales y las ponencias más destacadas del XIV Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social, organizado por la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (Felafacs) y por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima, en octubre del 2012. Este gran evento tuvo un talante celebratorio muy especial, pues coincidió con los cincuenta años de nuestra casa de estudios; con los cuarenta de su Facultad de Comunicación y con los treinta de la Felafacs. Sin duda alguna, lo más valioso de este tipo de experiencias reside en el cúmulo de afectos activados y cultivados. Por eso, el tejido y la consolidación de nuevas y fecundas relaciones humanas, la consecuente articulación de personas en redes interactivas productoras de conocimiento y de acción conjunta, será siempre la mejor recompensa.
Estamos en una época en la que la ecología mediática digital nos hechiza y nos transporta hacia un sinfín de simulacros, nos hace ubicuos, nos contacta con alguien, con algo, en tiempo real. Nos arrebata, nos atrapa, nos divierte o nos angustia, nos interesa o nos amenaza, nos acaricia o nos atormenta. En suma, nos afecta.
Vivir —decía Ortega y Gasset— es hallarse cada cual a sí mismo en un ámbito de asuntos que le afectan. La vida se encuentra a sí misma a la vez que descubre el mundo. Vivir es ocuparse con lo otro que uno mismo es. Mundo, sensu stricto, es lo que nos afecta.
Pues bien, todo ese mundo que emerge y se actualiza merced al uso de las tecnologías de la información y la comunicación resulta hoy más próximo que nuestra propia ciudad, más próximo que el cielo sobre la tierra, más próximo que el paso del día a la noche, más próximo que la tradición y costumbres que heredamos, al menos los que no somos nativos digitales, quienes, ante toda esa vertiginosa agitación y proliferación de estímulos, hemos llegado a sentir cierta pérdida de arraigo. Pero lo que desde un punto de vista parece pérdida, desde otro se configura como gananciosa mutación, tremenda y fascinante: las tecnologías cambian y nos cambian. Nos ensimisman y nos alteran. Como extensiones de nuestros cuerpos, los medios se remedian para devenir interfaces, prótesis cada vez más ajustadas a nuestros sentidos. Potencian así lo sensorial, lo sensitivo, lo sensible, lo imaginable, lo inteligible. Podemos decir que el hombre de hoy ya cuenta con antenas intangibles que funcionan sin tregua, en el acto, recibiendo y emitiendo señales, haciendo del orbe una aldea compacta, como presagiara McLuhan.
Esa relación fundamentalmente técnica con el mundo como totalidad, comienza en el siglo XVII en Europa, pero hoy, a nivel global, aparece como una revolución radical de nuestro modo de ser, de comprender, de comunicar. Es difícil prever las transformaciones que se avecinan. Lo seguro es que el desarrollo de las plataformas digitales, sobre todo nanotecnológicas, se efectuará con mayor velocidad y no podrá ser detenido. Estamos cada vez más estrechamente cercados por un complejo campo de energías, de fuerzas cuyos flujos interactivos condicionan intensa y extensamente el ambiente imaginario y el clima comunicacional de nuestro tiempo. Ese tenso y denso ecosistema cuya líquida aceleración ha dejado atrás e incluido al de los medios de masas anónimas y desconectadas, transita así hacia colectividades conectadas que conforman redes sociales de diverso jaez. Los poderes que en todas partes y a todas horas nos retan, acosan, arrastran y dispersan bajo algún dispositivo de mediación o remediación, hace rato han desbordado nuestra voluntad y capacidad de decisión, sumiéndonos en una envolvente tecnocultura o tecnoesfera cuyo comercio de mensajes nos convierte en prosumidores. Reina la compulsión de hacer de todo noticia, de dar y de recibir información hasta del más mínimo detalle cotidiano, de comentar sin cesar sobre cualquier situación. Los nativos digitales, en especial, en su sobredosis de información, desinhiben con naturalidad su intimidad y debilitan así su necesidad de privacidad; no se imaginan otro modo de profundizar una relación si no es a través de las redes sociales, viven literalmente ‘enredados’, lo que obligaría a re-significar esa palabra. En fin, conectan en simultáneo con varias personas en función de diferentes temas u ocupaciones, protagonizan la metamorfosis de la industria del entretenimiento al extremo de unir inextricablemente los juegos y espectáculos con las tareas laborales o escolares.
«Encontrarse», según Ortega, es la primera categoría de nuestra vida. Este libro no es otra cosa que el testimonio de un encuentro que invitó a la comunidad académica latinoamericana a reconocerse en un «nosotros», a reflexionar, a meditar sobre algo muy próximo: el devenir de la industria digital, sus tendencias, escenarios y oportunidades; pero también sus amenazas, fortalezas y debilidades.
Las perspectivas tecnológicas para la educación superior contemplan, desde el año 2012, horizontes de implantación de un conjunto de cambios en los criterios y procedimientos de la enseñanza, el aprendizaje y la investigación; los cuales perfilan, a su vez, un conjunto de tendencias y desafíos.1
Así, las aplicaciones móviles, la computación en nube, el contenido abierto, los entornos colaborativos, son fenómenos cuyo horizonte de implantación bordea el año, o quizá menos. Por lo demás, las tabletas, el aprendizaje basado en juegos, los entornos personales de aprendizaje y la geolocalización, ofrecen un horizonte de implantación con un rango de dos a tres años. Por último, las analíticas de aprendizaje, las aplicaciones semánticas, los cursos masivos abiertos en línea y la realidad aumentada, ostentan un rango de entre cuatro y cinco años para ser implantados. Asimismo, prospec-tivamente, aparecen diez tendencias, a saber: (i) la pretensión de poder trabajar, aprender y estudiar cuando se quiera y desde donde se quiera; (ii) la multitud de recursos y relaciones disponibles en Internet obliga a los educadores a revisar su papel en los procesos de creación de sentido, asesoramiento y acreditación; (iii) los cambios en la enseñanza inducen a la mayoría de las universidades a situar la capacitación de los docentes como un elemento estratégico; (iv) el empoderamiento social y ciudadano de los jóvenes propiciado por las tecnologías extiende su lógica al ámbito educativo; (v) una cultura formativa-educativa se expande en base al uso de tecnologías y coloca la centralidad del aprendizaje en el estudiante; (vi) los administradores tienen la voluntad de considerar nuevos métodos para combinar la formación presencial y la asistida por las tecnologías; (vii) las tecnologías están, cada vez más, basadas en la nube, las nociones de soporte de TIC están descentralizadas; (viii) se incrementa el deseo de los estudiantes de usar su propia tecnología para el aprendizaje; (ix) la creciente disponibilidad de ancho de banda está cambiando radicalmente los comportamientos de los usuarios en la enseñanza, el aprendizaje y la investigación; (x) el aula volteada (o flipped classroom), el nuevo paradigma de la pedagogía moderna, está tomando cada vez más auge tanto en la educación secundaria como en la superior.
De aquí se desprenden los retos principales que, en materia de tecnología digital, enfrentan las universidades: (i) transformar las estructuras institucionales atendiendo a modelos de la sociedad del conocimiento; (ii) incorporar de manera eficiente y eficaz las tecnologías para la docencia y la investigación; (iii) promover el desarrollo de competencias digitales para el desarrollo de la disciplina y de la profesión; (iv) flexibilizar el acceso y planificar experiencias de aprendizaje abiertas; (v) ofrecer tecnologías e implementar prácticas acordes con una formación personalizada y personalizable; (vi) identificar mecanismos que estimulen y promuevan la innovación docente apoyada en las TIC; (vii) realizar investigación en red sobre educación superior; (viii) centrar la evaluación de la innovación educativa en una cultura que añada tecnología a los modelos educativos; (ix) implementar mecanismos de apoyo a la actualización de conocimientos y competencias del mundo digital; (x) garantizar la competitividad y sustentabilidad de la institución educativa.
Empero, más allá de lo que esos horizontes de implantación, esas tendencias y esos retos puedan suponer o implicar, lo verdaderamente inquietante no es que el mundo de la comunicación y, en particular, el de la educación superior, se tecnifique por completo. Mucho más inquietante es que el ser humano no esté preparado para esa transformación universal; que la tecnología —como temía Einstein— sobrepase nuestra humanidad; que aún no logremos enfrentar meditativamente lo que mediáticamente se cierne en esta época. Y me refiero a la agonía de la ética solo en dos aspectos: primero, el de la comunicación directa, el de la conversación cara a cara tan interrumpida, tan fragmentada, pero tan esencial. Y segundo, el de la apuesta por utopías tan valiosas como las expresadas en las consignas de la Carta de la Tierra.
Heidegger distinguía dos tipos de pensar, cada uno de los cuales es, a su vez y a su manera, necesario y justificado: la reflexión meditativa y el pensar calculador. Aquella, emblema de la razón cordial que cuida y preserva; este, emblema de la razón instrumental que domina y transforma.
El pensar meditativo es aquel que va en pos del sentido que impera en todo cuanto es. El pensar calculador, mientras tanto, planifica, investiga, organiza una empresa, programa un software o construye un hardware. Es un pensar que considera siempre circunstancias dadas, que apunta a unas finalidades determinadas, que cuenta de antemano con ciertos resultados y que, aun cuando pueda no operar con números, calcula probabilidades continuamente nuevas, abre perspectivas cada vez más ricas y más económicas, pero no se detiene nunca ni hace un alto para meditar. Cuando, con Heidegger, asumimos la tensión contemporánea entre esas dos modalidades del pensamiento paramos mientes en que el hombre de hoy huye ante el pensar. Queda claro que no nos referimos aquí al pensar calculador sino a la reflexión meditativa. Resulta que esta última anda por las nubes, no es útil para acometer asuntos corrientes, no aporta beneficios de orden práctico, exige un esfuerzo sostenido, un largo entrenamiento y delicados cuidados. Pero, cual campesino, debe saber esperar a que brote la semilla y llegue a madurar.
Pues bien, cada uno de nosotros puede, a su modo y dentro de sus límites, seguir los caminos de la reflexión, pues somos seres pensantes, ‘meditantes’, críticos. Esa reflexión no tiene por qué ser necesariamente sofisticada, es suficiente que nos demoremos junto a lo más próximo, que meditemos acerca de lo que nos concierne a cada uno de nosotros aquí y ahora; aquí, en este rincón del planeta; ahora, en el momento presente del acontecer mundial, en el que —legítimamente— todos creen que pueden ser comunicadores y en el que, por lo tanto, hay que repensar seriamente el valor agregado de educar para hacer comunicación.
Leonardo Boff advierte que educar no es llenar una vasija vacía sino encender una luz. En otras palabras, nos dice que educar es enseñar a pensar y no solo enseñar a tener conocimientos (agregaría: aprender a tenerlos y sostenerlos). El caso es que los verdaderos conocimientos nacen del hábito de pensar con profundidad. Hoy en día estamos hiperinformados; a partir de esa información, podemos conocer poco o mucho; pero lo que sí es cierto es que solemos pensar poco en lo que conocemos. Aprender a pensar es decisivo para situarnos autónomamente en el interior de la sociedad del conocimiento y de la información. Para respirar libertad. En caso contrario, seremos simplemente sus lacayos, condenados a repetir modelos, fórmulas y eslóganes que se superan rápidamente. Para pensar de verdad y para actuar pronta y eficazmente, necesitamos ser críticos, creativos y cuidadosos.
Hay que saber situar las cosas en su contexto, darse cuenta de que los conocimientos muchas veces encubren y justifican intereses. La buena crítica es siempre autocrítica, perfecciona la correspondencia con los cambios reales, da razón de nuestras finalidades, nos ubica, nos sitúa. Nos enseña a tomar distancia, a desenredarnos de vez en cuando para ‘reenredarnos’ mejor.
Hay que saber dar alas a la imaginación, soñar con lo no ensayado sin dejar de poner cable a tierra, inventar y reinventar incesantemente nuevas maneras de expresarnos, identificar potencialidades de la realidad, proponer innovaciones y alternativas consistentes y coherentes.
Hay que saber ser cuidadosos o cuidadores. Atender siempre a los valores que están en juego, priorizar, poner por encima el bien común, no perder de vista el impacto que nuestras ideas y acciones pueden causar en los demás.
Al respecto, vale evocar un relato aleccionador: un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio. Cuando él les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: «Ubuntu, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si los demás están tristes?». Ubuntu en la cultura xhosa significa «Yo soy porque nosotros somos».
La finalidad, el sentido de algo, solo nace donde hay unión y conciencia común. En el fondo, conciencia y finalidad son lo mismo. La conciencia viene de un horizonte de retenciones, de memorias compartidas y apunta siempre hacia otro horizonte de proyecciones, de esperas más o menos tensas, pero siempre compartidas.
La unidad y la continuidad de la vida consisten en la emergencia sin fin de esos momentos de «ahora viviente». El pasado no está muerto y el futuro es nonacido; se retiene el pasado y se proyecta el futuro en el momento mismo del presente viviente; sobrevivimos, pues, en esa brecha entre lo que ya no es y lo que aún no es. Esa es la paradoja de la existencia humana: el hombre es el ser que aún no es. Siempre cabe preguntar si hemos cumplido los objetivos que tuvimos al encontrarnos. Seguramente muchos objetivos se han logrado y ya son realidades, lo cual nos regocija, pero también es verdad que la mayoría de los objetivos, si somos realmente exigentes, son aún metas por cumplir, son posibilidades, y eso nos pre-ocupa.
Mediante la educación, con ayuda de una tecnología digital cada vez más ubicua, estamos llamados a incrementar el número de personas críticas, creativas, cuidadoras, esto es, de ciudadanos plenos para una sociedad mundial que no deja de transformarse.
En los textos aquí recopilados podremos encontrar el tempo lento de la reflexión meditativa pero también el tempo rápido del pensar que calcula y se compromete e involucra con la acción convocando el emprendimiento creador, las estrategias creativas, la empresa comunicativa eficaz, las nuevas poéticas y estéticas.
Cabe expresar un especial reconocimiento a los miembros de nuestra comisión académica, los profesores Javier Protzel, Julio César Mateus, Ana María Cano, Giancarlo Carbone de Mora, Teresa Quiroz y Fabián Vallas, quienes leyeron las ponencias enviadas al Encuentro y las organizaron en 47 mesas. Basados en ese admirable esfuerzo, los editores de este libro hemos podido tener una referencia muy representativa para seleccionar las ponencias aquí presentadas, junto con las conferencias magistrales que abren el volumen.
Este libro no es solo una posible expresión de la profunda huella digital grabada en nuestras inteligencias y en nuestros corazones a raíz de esa grata experiencia de encuentro, reconocimiento y comunicación vivida en nuestra universidad en octubre del 2012. Es, también, a su modo, un símbolo de las tareas pendientes que nos interpelan como comunidad académica latinoamericana.
Óscar Quezada Macchiavello Decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima
Conferencias magistrales
Las digital humanities y cómo diseñar experiencias cognitivas en la era de la analítica cultural
Alejandro Piscitelli
Universidad de Buenos Aires/ConectarLab
RESUMEN: La imprenta de Gutenberg produjo el Misal de Constanza, su primer libro impreso en 1449, pero el dispositivo recién llegaría a las universidades europeas cincuenta años más tarde. La web ingresó en el mundo académico a principios de 1990, pero recién una década más tarde comenzaría a modificar en forma llamativa el modo de producción, distribución y consumo científicos. Con el advenimiento de la web 2.0, las redes sociales, el medium interactivo, las nuevas interfaces y los prototipos transmedia, en los últimos dos o tres años estamos viendo un cambio tectónico en la forma de aprender y enseñar. El movimiento de las humanidades digitales nacido el 2002 sintetiza muchas de estas indagaciones y promete un cambio radical (que llevará décadas) en las formas de autoaprender y de enseñar lo que no se sabe en el ámbito universitario. Hacia allá vamos.
Palabras clave: Big humanities, big data, analítica cultural, distant reading, autoaprendizaje masivo, tecnoarte, cibercultura, visualización, información, prototipos, design thinking
The digital humanities and how to design cognitive experiences in the era of cultural analytics
ABSTRACT: The Gutenberg press produced the Constance Missal, their first book printed in 1449, but it would reach the European universities fifty years later. The web entered the academic world in early 1990, but only a decade later it would begin to change in a striking mode the production, distribution and scientific consumption. With the advent of Web 2.0, social networking, the interactive medium, new interfaces and transmedia prototypes, in the last two or three years, we are seeing a tectonic shift in the way we learn and teach. The digital humanities movement born in 2002 summarizes many of these inquiries and promises a radical change (which will take decades) in the forms of self-learning and teaching what is not known at the university level. Over there we go.
Keywords: Big humanities, big data, analytics cultural, distant reading, self mass tecnoarte, cyberculture, information visualization, prototyping, design thinking.
Deviniendo poshumanos y más aún
Conocimos a Katherine Hayles en un evento organizado por la Media Ecology Association en México en el 2007. En ese entonces habíamos leído un par de sus libros: Chaos and order: Complex dynamics in literature and science (ed.) (1991) y How we became posthuman: Virtual bodies in cybernetics, literature and informatics (1999).
Como la mujer, que hoy ya pisa los setenta años, no descansa nunca, año tras año fue profundizando en estas intersecciones desde la veta autobiográfica, como en My mother was a computer: Digital subjects and literary texts (2005), metiéndose de lleno en la literatura digital, o en Electronic literature: New horizons for the literary (2008), para finalmente publicar en el 2012 un impresionante conjunto de ensayos y reflexiones concentradas en la pregunta que se hiciera Vannevar Bush (1975) hace cerca de ochenta años en How we may think, con la diferencia de que ella no especula tanto acerca de cómo será el futuro sino que en How we think: Digital media and contemporary technogenesis (2012) trabaja con un detalle y una profundidad pocas veces vista antes, cómo escribimos, pensamos, investigamos, comunicamos, conectamos, etcétera, en el universo digital.
Hayles trabaja en las huellas de Marshall McLuhan (1962) y de Lev Manovich (2008), pero también en el terreno balizado por Friedrich Kittler (1999) y Liza Gitelman (2006) y parte del movimiento de las humanidades digitales que toma a la era de la imprenta como un artefacto cultural que ya habría llegado a su ápice y estaría en reflujo.
Para ella las tecnologías digitales se aprecian y valoran mediante un nivel estratificado de usos académicos. En el más básico están el e-mail, los sitios web de los departamentos universitarios, las búsquedas, los mensajes de texto, los archivos digitales, su diseminación, etcétera. Casi todos en la academia participan de este uso básico.
Quienes llegamos más allá de esos usos primarios e instrumentales lo hemos hecho no solo de la mano de programas y plataformas sino también de una epistemología subyacente que está en las antípodas de la cultura letrada con su privilegio de las ideas y las discusiones abstractas, los argumentos hipotéticos y los juegos del lenguaje centrados básicamente en el «como si».1 Aunque hay muchas vertientes y variantes la cultura letrada —a excepción de sus herejes— en su mayoría está comprometida con una visión mentalista e individualista del conocimiento.
Cuando ampliamos esa visión y postulamos una cognición extendida (Lakoff [1999]; Varela, Thomson y Rosch [1992]) en la cual el pensamiento y la acción humanas se ven enredadas más allá de la computadora aislada y dentro de una ecología de acciones e intervenciones colectivas, hasta la propia actividad académica se ve profundamente subvertida. Ello ocurrió cuando los académicos empezaron a utilizar las tecnologías como punto de partida para los procesos de reinvención de la investigación.
Las humanidades digitales están pasando de la etapa Lumière y Méliès a la etapa Griffith y Eisenstein
Las humanidades digitales muestran cómo las formas de hacer humanidades y ciencias sociales se han visto afectadas en todas sus fases: investigación, comunicación, enseñanza, mentorazgo, acreditación, evaluación de pares y, sobre todo, la (re)-articulación de la academia con la sociedad, al punto de que resulta llamativo e incomprensible el intento de muchísimas instituciones por seguir operando como si viviéramos a principios, a mediados o a fines del siglo XX. Tanto en términos de docencia como de investigación.
Se trata, pues, de un nuevo nivel de involucramiento en el paradigma digital ligado al diseño e implementación de programas de investigación en medios digitales. En este plano intervienen en la puesta a punto cuestiones ligadas al diseño, la navegación, la gráfica, la animación y su integración conceptual. Lo significativo aquí es la fuerza argumentativa que tiene cada una de estas dimensiones con su apuesta crecientemente intensificadas hacia el trabajo colaborativo en las antípodas del autismo epistemológico propio de la investigación centrada en un tema, en una cabeza, en una tradición de pensamiento y en una carrera profesional individual.
Al trabajar colaborativamente, el académico digital puede incluir fácilmente a los estudiantes en los proyectos, y la apropiación de la web forma parte constitutiva de cualquier emprendimiento. La clase ya no alcanza como espacio para contener el trabajo y se abre el camino a los labs como espacios de trabajo colaborativo, y a los estudios en donde se producen e implementan nuevos dispositivos. He aquí el trípode inexistente e invisible para la academia tradicional de «qué es pensar/hacer» en la época de la web masiva. La tecnología no solo está cambiando el modo de «hacer» humanidades y ciencias sociales sino también el sistema educativo (especialmente el universitario) en su conjunto.
Actualmente estamos asistiendo a una segunda o tercera generación de digital humanities (Berry 2011) a las que Hayles bautizó como comparative media studies, aparecidas a mediados y a fines del año 2000 y que se traducen en obras muy poco conocidas pero de un enorme poder de evocación, metaforizador y multiplicador de intersecciones.2
Esta variedad llamativa de obras critica ideológicamente la retórica, los formatos y los procedimientos propios del software, aluden a la retórica de los procedimientos (Ian Bogost), se centran en la analítica cultural (Lev Manovich y Jeremy Douglas), que usan el análisis estadístico y las estructuras de base de datos para analizar enormes conjuntos de materiales visuales impresos, como las tapas de la revista Time entre 1923 y 1989, o un millón de páginas de novelas gráficas de manga, mostrando cómo es posible analizar, criticar, comentar y remixar formatos que van más allá del texto con la misma profundidad, valor y sofisticación que en el caso de los textos (Manovich 2012).
Enseñar lo que no se sabe todavía
Contrariamente a la seguridad académica textual estos antidisciplinarios diseñan cursos que ponen en cuestión la transparencia del texto y lo desnaturalizan haciéndolo resonar con otros medios. Es el caso de cursos como Literature+ de Alan Liu (2004) en la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB), en los cuales los estudiantes pueden elegir una historia o un poema y lo modelizan, simulan, mapean, visualizan, codifican, lo someten a análisis de textos, lo ‘samplean’, ‘mashupean’, generan un storyboard o blog, lo rediseñan como un juego, generan una versión en machinima, o lo convierten en una base de datos, un hi pertexto o un mundo virtual.
En la misma dirección va el curso que ofrecen Jessica Brantley (2010), una medievalista, y Jessica Pressman, una especialista en literatura contemporánea, ambas de Yale University, comparando la transición del manuscrito a la imprenta con el pasaje de la imprenta a lo digital, donde uno de los pilares del trabajo es el espacio del laboratorio y del diseño de experiencias de lecto- escritura.
Tecnogénesis y coevolución
La propuesta de Katherine Hayles no se agota con la presunción de que hoy empezamos a pensar distinto porque los medios con los que interactuamos son muy diferentes a los que predominaron durante los quinientos años de hegemonía de la imprenta. Más allá de este semitruismo Hayles plantea mcluhaniamente que estas diferencias son atribuibles a una tecnogénesis, dado que los humanos y la técnica hemos coevolucionado desde el fondo de la historia, tal como se comprueba con la emergencia del bipedalismo junto con la manufactura de herramientas y el transporte en una causalidad recíproca continua.
A ello debemos sumarle el efecto Baldwin según el cual cada vez que ocurre una mutación genética su dispersión se acelera a través de la población cuando la especie reingenieriza su entorno, de modo tal que la mutación sea más adaptativa. Los cambios epigenéticos iniciados y transmitidos mediante el entorno en lugar de a través del código genético tienen una fuerza notable y a su vez pueden ser acelerados por cambios en el entorno que los hacen más adaptativos, lo que lleva recursivamente a producir más cambios epigenéticos que, al producirse en forma mucho más acelerada que los biológicos, amplifican a su vez los procesos de transformación en curso.
Entre esos cambios epigenéticos uno que sobresale en términos de tecnologías cognitivas son las mutaciones en la capacidad de lectura, algo que —como bien explícitó Antonio Dehanae (2009) en Reading in the brain— al no tener inscripción genética permite cambios significativos más allá de cualquier mutación), que después de haber estado centradas durante centenares de años (y muy particularmente a nivel crecientemente masivo desde el advenimiento de la imprenta) en la lectura exegética, interpretativa o hermenéutica, comenzó en las últimas décadas3 a convertirse en nuevas modalidades y formatos y muy particularmente en algo que desde los años noventa (con el advenimiento de la web) denominamos hiperlectura (véase más abajo).
Proyectos de trabajo automatizado
Cuando nos centramos en la obra de diseñadores textuales como Kenneth J. Knoespel McEver, professor of Engineering & Liberal Arts en Georgia Tech, nos encontramos con ejemplos vivos de la Tercera Cultura —que nos viene prometiendo John Brockman (1996) hace décadas—, a partir de una combinación de análisis textual y una enorme variedad de otras modalidades de trabajo automatizado que llaman poderosamente la atención y nos inspiran a revisarlos atentamente.
Lo mismo vale cuando analizamos un proyecto como la iniciativa Transcriptions de Alan Liu, director del English Departament de la UCSB, que por otra parte se inició en el prehistórico 1998.
También ocurre cuando revisamos los números de la revista Vectors, codirigida por Tara McPherson. En todos los casos y en la mejor tradición edupunk no solo cambia la naturaleza de la investigación sino también el formato pedagógico y, muy especialmente, el lugar de los no-alumnos que rompen con todas las divisorias y estructuras momificadas propias de la academia tradicional.
Pero no se trata solo de tecnología o de análisis sino también de implicancias ideológicas de largo aliento. En esta orientación la función del crítico es hacer aflorar la ideología del texto a plena luz para así develarla y resistirla del mejor modo posible.
Iniciada en áreas del psicoanálisis y del marxismo ya han pasado décadas de lectura sintomática. Por eso vemos emerger junto a esa lectura profunda o de cerca (que más que nada proyecta sobre el material analizado sus propios juicios y reflejos) una lectura superficial para la cual el texto no vale por sus claves ocultas sino por su mensaje explícito, una recuperación de su valor estético y una variedad de estrategias de lectura centradas en el afecto, el placer y el va lor cultural.
Retomando la idea-fuerza de L. S. Vygotsky de «zona de desarrollo próximo», con su énfasis en la capacidad real del lector (punto de partida para su amplificación a futuro), los trabajos de Robertson, Fluck y Webb (2004) acerca del «encofrado», igual que la noción de «zona de capacidad reflexiva» de Tinsley y Lebak (2009), muestran que el aprendizaje (aquí la lectura en nuevos soportes medios y formatos) puede ocurrir por instrucción directa pero también trabajando con pares más avezados.4
La lucha poética/política a favor y en contra del digitalismo
Es tiempo de que empecemos a criticar el mantra de la crítica. Pero mucho más interesante aún es que los humanistas digitales empecemos a diseñar nuevas herramientas que estén a la altura de nuestra profesión, como propone Anne Balsamo (2011). Debemos prestar cada vez más y mejor atención a las búsquedas automatizadas de información, enfrascarnos en el diseño y análisis de las bases de datos, y mejorar y potenciar el diseño de interfaces, ya que todo ello forma parte del core de nuestra pertenencia al mundo de las digital humanities.
Nadie debería sorprenderse de esta mutación en curso —eventos como la convención de la Modern Language Association en el 2009 (#mla09) así lo testimonian— cuando se relevan los cambios epocales que supusieron el pasaje de la escritura manuscrita a la dactilografiada, como lo reveló Friedrich Kittler (1999).
El humanista digital debe estar atento a la información que se despliega en los monitores o pantallas, y al mismo tiempo al código que genera esos productos. La escritura del código se ve así afectada por su poder generativo (circularidad bien teorizada por Francisco Varela hace varias décadas). En la literatura en/de la web parece haber una primacía de bloques cortos de prosa que no exigen deslizar la pantalla (scroll), y también de bloques conceptuales que pueden ser rearmados a voluntad.
Reading on the brain
Empezamos a escribir hace casi diez mil años en el contexto de nuestra habilidad para reconocer formas naturales. Los escribas utilizaron estas correspondencias para diseñar sistemas de escritura que pudieran reorganizar circuitos neuronales preexistentes. A lo largo de milenios tuvo lugar un poderoso proceso de selección que permitió la aparición de sistemas de notación cada vez más eficientes adecuados al funcionamiento cerebral. El neocortex no evolucionó por lo tanto para escribir, sino que la escritura evolucionó para adecuarla a las demandas y posibilidades del neocortex.
Así las cosas, no debería sorprendernos ver emerger nuevas evoluciones notacionales y de formatos, navegaciones, escorzos y propuestas enderezadas a una coevolución cada vez más intensa entre weblectoescritura y evolución cerebral. Pero esta eventualidad no tiene nada que ver con las conclusiones facilistas de que Internet sería el medio adecuado para matar el recableado cerebral propuesto por la imprenta, y correlativamente de nuestra capacidad crítica de resistir a los cantos de sirena propuestos por los usos más ingenuos, superficiales y filoespectaculares que serían la estopa profunda de la que estaría hecha la web.5
Hiperlecturas
La hiperlectura, que incluye el escaneado, el «picoteo», la fragmentación y la yuxtaposición de textos, es una respuesta adaptativa a la proliferación de un entorno intensivo en información, que busca dirigir la atención en información a lo ipso facto relevante, de modo tal que lo leído es tan solo una parte minúscula de lo disponible en la pantalla.
La hiperlectura viene acompañada de la hiperatención, una modalidad cognitiva con baja tolerancia hacia el aburrimiento, que presta atención en paralelo a distintos flujos informacionales y prefiere un alto nivel de estimulación. La lectura profunda (o cercana) va de consuno con una atención profunda, con el modo de conocimiento típico de las humanidades con su énfasis en una fuente de información única, que focaliza la atención en un solo objeto cultural durante largo tiempo, y que tiene una tolerancia infinita para con el aburrimiento.
Es hora, pues, de que admitamos la coexistencia de fortalezas y limitantes en cada modo cognitivo, la existencia de pedagogías diferenciales (algo que ni la escuela ni mucho menos la universidad tienden a aceptar por ahora) y la obligatoriedad de tender puentes entre estas estrategias disímiles y muchas veces contradictorias.
Dado que la investigación y la enseñanza en las humanidades suponen un problema (o desafío) de diseño (una vez que nos desembarazamos de una epistemología de los contenidos y pasamos a una epistemología de los problemas y los proyectos), habrá que observar en especial las dinámicas de la atención como un factor limitador para todo proyecto imaginable en un mundo hipercargado de datos e información.
Máquinas inteligentes de lectoescritura
Si a la hiperlectura le sumamos la capacidad diseñada de algunas máquinas que pueden leer por sí mismas, habrá que reconceptualizar nuestra idea del objeto de análisis, a los que dejaremos de entrever como entidades estáticas y empezaremos a tratar como ensamblajes mutantes. Los objetos devienen así en individuos técnicos embebidos en redes de relaciones sociales, económicas y tecnológicas, algunas de las cuales son humanas y otras no.6
Tanto la materialidad como los propios objetos no son datos a priori sino procesos dinámicos que cambian a medida que se altera el punto de vista: las prácticas sociales producen espacios sociales.
Si hay algo ajeno a la investigación humanística es el trabajo basado en la práctica prototípica de la ciencia. Hacer algo (gestar un producto que conlleva muchísimas horas de trabajo manual) tiene numerosas implicancias que van más allá de hacer cosas con palabras. La práctica como habilidad encarnada está sumamente vinculada con la conceptualización.
La forma como está cambiando la investigación, la inclusión de la programación como una práctica lingüística necesaria y los proyectos web de alto alcance de las humanidades,7 están mostrando de qué manera el comercio masivo con las tecnologías digitales está afectando de cabo a rabo los presupuestos y prejuicios de los académicos, incluyendo su definición profesional y su visión del futuro de su profesión.
Trabajos de campo y las manos en la masa
Más allá de las generalidades y de los lugares comunes, cuando nos ensimismamos en las intricadas relaciones entre análisis maquinal y lectura humana emergen prácticas de lectura inéditas y de enorme interés para la refundación de los estudios humanistas, pero sobre todo para la arquitectura institucional asociada a la universidad, que ha vivido indisolublemente ligada a la imprenta durante cinco siglos.
Sin embargo, no todo lo que reluce en este terreno es oro. También hay una inflación de promesas y de reiteraciones poco felices al tratar a las digital humanities como una panacea. Porque una cosa es plantear a las humanidades digitales como horizonte epistemológico (McCarty 2005) y otra muy distinta es creer en el poder mágico de los algoritmos.
Artículos recientes como los de Stephen Marche (2012) y las siempre insistentes pullas de Nicholas Carr (2013) llevan a que nos tomemos las cosas con más calma, a que los análisis sean más mesurados, a que no creamos que las digital humanities son un genio salido de la botella dispuesto a ir por todo… y conseguirlo sin más.
Disputas intensas como las que han tenido lugar a principios del 2013 entre Steven Johnson y Evgeny Morozov (Sasaki 2013) acerca de los nuevos poderes (si es que los hay) de la web en cuanto a fuente de conocimiento y de sentido y muy particularmente las endechas de Brooks (2013) en contra de la sustitución de la narrativa a manos de los datos con sagaces críticas.
Y aun así se trata de un territorio lleno de desafíos y propuestas que examinaremos con detenimiento y expectativas a lo largo de todo el año 2013, especialmente en la materia de procesamiento de Datos en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Los tendremos al tanto.
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La sociedad de la pantalla en la ‘era ciberista’: las industrias creativas en la agenda del desarrollo sostenible
Divina Frau-Meigs
Universidad Sorbonne Nouvelle, Francia
RESUMEN: Esta ponencia se propone examinar el surgimiento de las industrias creativas como mecanismo emergente de la ‘era ciberista’, es decir post-Web 2.0. Después de definir las industrias creativas y explicitar sus retos, sus tensiones internas y sus desafíos transnacionales, se tratará de examinar las oportunidades y los riesgos que ofrecen para el desarrollo sostenible y la diversidad cultural. Tomando ejemplos en América Latina, India y Europa, se examinarán las condiciones de regulación e implementación de las industrias creativas, desde la perspectiva de la sociedad civil y de las comunidades indígenas, en un marco de desarrollo sostenible apoyado en la noción de participación y de no dependencia.
Palabras clave: Industrias creativas, post-web 2.0, desarrollo sostenible, diversidad cultural, comunicación para el desarrollo, Hollyweb
Society of the screen in the ‘cyberistic era’: the creative industries in the sustainable development agenda
ABSTRACT: This article will examine the emergence of the creative industries as an emerging mechanism of the ‘cyberistic era’, known as post-Web 2.0. To start, the concept of creative industries will be defined and then explain their internal tensions and transnational challenges, in order to explore the opportunities and risks that they offer for sustainable development and cultural diversity. Then, examples in Latin America, India and Europe, will be provided, examining the conditions of regulation and implementation of creative industries from the perspective of civil society and indigenous communities within a sustainable development framework supported to the notion of participation and not dependence.
Keywords: creative industries, post-web 2.0, sustainable development, cultural diversity, communication for development, Hollyweb
Presentación
La situación cultural actual es muy parecida a la que fomentó el debate sobre la «excepción cultural» en la década de 1990 y se resolvió finalmente con el tratado sobre la Protección y la Promoción de la diversidad de las expresiones culturales en el 2007. Esta situación se caracteriza por el abuso de posición dominante de un conglomerado de doce grandes empresas internacionales de derecho norteamericano. Es el fenómeno de «Hollyweb», es decir la alianza entre las seis más grandes empresas de los bienes audiovisuales (GE, Disney, Time Warner, News Corp, Viacom y CBS) con las seis más grandes empresas de bienes digitales (Apple, Microsoft, Cisco, Google, Yahoo! y Facebook). Establecen la dominación de la web por Estados Unidos, confiscando los bienes culturales a los otros países y pueblos usuarios. Se han organizado como monopolio con el riesgo de que clausuren el Internet, haciendo pagar por espectáculos y servicios que hasta ahora eran gratuitos o abiertos (véase el diagrama en el anexo 1, «Hollyweb»).
Hollyweb organiza la realidad de una economía digital que proyecta cultura y política en la era ciberista y que supone el fin del statu quo de la era predigital entre las industrias culturales, los estados y las instituciones de arte y cultura. La era ciberista se caracteriza por el hecho de que la gran mayoría de las acciones humanas empiezan primero en línea con consecuencias o no fuera de ella. Y también se señala la pugna entre dos tipos de narrativas de pantallas: por un lado, las narrativas de la pantalla analógica, de broadcast, que sigue produciendo contenidos para una audiencia de masas y, por otro lado, las conversaciones interactivas de la pantalla digital, de broadband, que se diseminan bajo la forma de comentarios y que van y vienen de pocos a pocos en audiencias fragmentadas. Además, la era ciberista cambia también el padrón de los bienes de consumo, sustituyendo los bienes experienciales (que se compran después de haberlos comprobado, donde el uso sigue siendo más importante que la propiedad) y los bienes relacionales (que no tienen valor en el mercado pero sí en el capital social y cultural de la gente) (Frau-Meigs 2011).
El desafío en línea para la diversidad cultural en la «sociedad de la información» no es solo la protección y promoción de espectáculos audiovisuales como en la década de 1990, sino también el fomento de contenidos y servicios generados por los usuarios que mueve a las audiencias desde el consumo y la dependencia hasta la participación con mayor cooperación.
El cuestionado campo de las «industrias creativas»1
Sin embargo, hoy se están implantando algunas relaciones con los medios y los contenidos fuera de esos canales de distribución, sin acceso a través de una licencia, una suscripción o un soporte publicitario. Fuera de esas obligaciones y derechos contractuales y de esa relación comercial, cada vez más personas están iniciando relaciones con los medios sin preocuparse de si esas prácticas son legales o ilegales (aunque la industria tiende a denunciarlas en términos de «piratería»). Las prácticas en Internet han permitido tanto la circulación de narrativas sin ningún interés para el sector industrial, como la revisión y creación de nuevas producciones de arte, producidas digitalmente, como en el caso de Multimedia Art Research Centres and Electronic Laboratories (Marcel), una red interactiva de gran ancho de banda dedicada a la experimentación artística y educativa (mmmarcel.org).
Estrategias como la agregación de contenidos, el muestreo, la mezcla y el furtivismo (poaching) han permitido a los participantes controlar su expresión, emanciparse de las figuras dominantes del autor como creador o del usuario como consumidor, a menudo mediante la producción de piezas colaborativas con respecto a las que no puede reclamarse autoría. Las pasarelas entre los medios de broadcast y los medios de broadband han establecido conexiones reales aunque confusas entre bienes de tipo relacional y experiencial, cuya proximidad con la esfera mercantil es equidistante a la proximidad con la esfera pública.
Es en este espacio intersticial que se insertan las industrias creativas. Estas industrias pueden ser vistas como el nuevo horizonte de la diversidad cultural, como lo reconoció la Unesco en el 2006: «Las industrias creativas se distinguen de las industrias culturales… por su énfasis en la expresión y la identidad, en lugar del marketing, con un especial interés por la artesanía y las artes populares, así como el diseño, con las obras y las aplicaciones derivadas en la edición, la música y el cine» (portal.unesco.org). Esto incluye a una serie de sectores, principalmente en las áreas de la comunicación y la información, como el cine, el sector audiovisual, la música, la edición y los videojuegos, así como la artesanía, la arquitectura, el diseño, la moda y los bienes culturales más intangibles, relacionados con el patrimonio nacional (museos, bibliotecas, archivos…) y las actividades turísticas (gastronomía, folclor…).
La Unesco asocia el concepto de industrias creativas con una interpretación de la diversidad cultural basada en la identificación de un individuo con su pueblo, y añade un aspecto local relacionado con las ideas de desarrollo sostenible, participación popular y sociedad civil. Lo que falta en esta definición es el contexto de la era ciberista: y esto implica que todos estos sectores ya no pueden existir sin su correspondiente en línea, sin transformar estos frutos de la experiencia y de la relación identitaria en un producto o un proceso accesible de manera reticular. Las industrias creativas tienen que mudarse a la era digital aunque sea para transmitir una receta de cocina, una canción popular o imágenes de un festival de artesanías.
Sin embargo, existe una doble tendencia que amenaza dicha construcción de industrias creativas: tienden a extenderse sobre plataformas comerciales cuando son producidas por individuos; tienden a ser recuperadas y transformadas en prácticas de mercado de nueva institucionalización, con cláusulas legales cambiantes. Hollyweb, a través de plataformas de redes sociales como Facebook, YouTube o Pinterest, está ofreciendo a los usuarios espacios «listos para mediatizar», donde lo que se vende puede ser el uso de las herramientas de producción pero también, y cada vez más, el contenido original producido. La web 2.0 parece distribuir los medios de producción a las masas, pero las ganancias económicas son para unos pocos.
El ejemplo de la autopublicación en línea es revelador de esta tendencia. La propuesta de Apple para los autores, iBooks Author, permite crear libros interactivos para el iPad. El software es gratis pero la licencia iBooks End User Licence Agreement (EULA) (http://www.apple.com/legal/itunes/appstore/dev/stdeula/) muestra que el contenido solo puede venderse por Apple iBookstore, que toma un corte del 30 %. Además, los términos de EULA significan que Apple tiene derechos de distribución exclusivos e ilimitados a este contenido, que le permite rehusar, vender o distribuir un iBook particular y guardar el contenido creado con derechos de autor perpetuos. Amazon ofrece una gama de opciones más variadas, con Create Space platform (https://www.createspace.com/Products/Book/ExpandedDistribution.jsp), pero que también quiere controlar las tarifas. Si los autores quieren distribuir sus libros electrónicamente, tienen que matricularse en la cuenta Kindle Direct, la cual no permite la compra por las bibliotecas públicas (https://kdp.amazon.com/self-publishing/KDPSelect) y ofrece una tarifa de derechos del 70 % sobre títulos puestos. Un precio al menos 20 % debajo del precio de catálogo.
Algunos analistas se preguntan por los medios de pago para el trabajo creativo de ese tipo, y notan la aparición de una clase de «infomediarios» o agentes de información que se encuentran entre los pocos que viven de ese sistema (Moeglin 2007). Otros analistas se refieren a la «aparcería» (sharecropping), ya que cada participante recibe lo suficiente para mantener la producción, mientras que el crecimiento general y los beneficios son para algunas empresas más grandes, que pueden intervenir en la gestión de la cosecha digital, como en el caso de Google, que, a través de AdSense, es capaz de obtener una gran cantidad de los ingresos por publicidad que circulan por esos espacios digitales. Los beneficios, en realidad, parece que surgen de los gastos de publicidad y conexión, apoyados por los cultivarredes (netcroppers) y sus clientes, más que por el propio contenido digital. Además, la calidad del trabajo de esos cultivarredes no siempre es reconocida y su tiempo de ocio está de facto fusionado con su tiempo de trabajo (Husson 2007, Frau-Meigs 2011).
Hollyweb también despliega todos los medios posibles para consolidar un acceso privilegiado mediante la gestión digital de derechos (Digital Rights Management, DRM) y otras herramientas IP, como herramientas privadas exclusivas. La aprobación de leyes que impiden que las obras sean de dominio público antes de un mínimo de cincuenta o setenta años después de la muerte del autor es un ejemplo de la medida, empujada por el tratado Trade-Related Aspects of Intellectual Property Rights (TRIPS).2 La Ley sobre derechos de autor y derechos relacionados en la sociedad de la información (Droit d’auteur et droits voisins dans la société de l’information, DADVSI) de Francia contra las «descargas ilegales» ilustra cómo los gobiernos pueden estar a merced de los grupos de presión internacionales y rechazar cualquier innovación en el ámbito legal que pudiese tomar en consideración el hecho de que los bienes no exclusivos y sin rivalidad circulen en línea. Ello tiene como objeto cortar de raíz la conexión directa entre artistas/ autores y aficionados. Esta conexión directa podría deshacerse de los proveedores y distribuidores, y favorecer otros modelos económicos como el del «don» sin ánimo de lucro, o sistemas peer-to-peer (P2P) de intercambio.
Se corre el riesgo de que el sector privado, que ve a las industrias creativas como una ampliación del contenido y de los servicios de los medios, se apodere de ellas. Los defensores de la diversidad no abogan por un marco libre, en el que todo vale, sino que sugieren que los autores pueden ser compensados de distintas formas, así como que el pago por los derechos puedan menos centralizado y ser menos dependiente de las empresas infomediarias. Apoyan los mecanismos alternativos, como la «licencia global», que propone legalizar los intercambios peer-to-peer, a cambio de una cuota para las suscripciones a Internet de banda ancha, que se destinaría directamente a financiar a los creadores y autores (Aigrain 2005, Bustamante 2011).
Las industrias creativas en el marco de la comunicación para el desarrollo
En este contexto, es importante ver cómo las industrias creativas pueden venir desde la base y empoderar a la sociedad civil para crear un desarrollo «desde abajo». Las evoluciones posibles desde los países emergentes como Brasil y, más allá, desde ciudades creativas y empresarios sociales, son ejemplos de prácticas sensatas que se pueden duplicar. Para eso es interesante poner juntos el derecho a la diversidad cultural, las industrias creativas y conectarlos con el paradigma del desarrollo sostenible con participación. Estos ejemplos locales ilustran los elementos claves del emprendimiento social: «innovación social, dimensión empresarial, impacto colectivo, sostenibilidad y replicación» (McAnany 2012).
«Ciudades creativas»: el papel de la sociedad civil
La reciente iniciativa de designar «ciudades creativas» es importante, ya que esas entidades territoriales y políticas pueden proteger al individuo dentro de la comunidad, ofreciendo formas localizadas de expresión colectiva. La Unesco, a través de la Alianza Global para la Diversidad Cultural, estableció en el 2007 una «Red de Ciudades Creativas» para el intercambio de buenas prácticas y para facilitar la transferencia de habilidades. Dicha iniciativa busca la promoción de las industrias locales, poniéndolas en línea, y aumenta las alternativas para la perspectiva de las industrias creativas basadas en la diversidad, lo que refleja los intereses de la sociedad civil, que se ocupa de los activos digitales compartidos y el desarrollo sostenible.
Estos procesos allanan el camino para la diversidad cultural, ya que combinan varios recursos y su propagación descentralizada a otros nodos en la red. Ciertos servicios web ya están empezando a conectar a agentes autónomos inteligentes, capaces de interactuar entre ellos, con otros sitios web y otras personas. Esos enormes sistemas de inteligencia híbrida —que combinan personas y software inteligente— pueden incluir sistemas de traducción automática (necesarios para la auténtica diversidad). También pueden capacitar a las comunidades territoriales y virtuales a autoorganizarse, optimizar sus costes transaccionales y gestionar los equipos de colaboración creativos y las redes de conocimiento diversificadas.
Los ejemplos de ciudades creativas podemos tomarlo tanto de las ciudades que han sido oficialmente declaradas así como también de las que lo son sin decirlo. Latinoamérica es bastante rica en ciudades creativas pues tiene nueve con ese sello; entre ellas: Popayán (Colombia) en el campo de la gastronomía, Buenos Aires (Argentina) para el diseño o Guadalajara (México) para la creatividad digital. Se unen a una red de ciudades del mismo tipo que puede fomentar apoyos y cooperaciones. Por ejemplo, recientemente, en el 2012, una delegación mexicana vino a Angulema (Francia) para intercambiar experiencias, examinar sus distintos potenciales tecnológicos y evaluar las posibilidades futuras de colaboración.
De manera no oficial, hay otros modos de fomentar creatividad comunitaria, como en el caso del uso del presupuesto participativo (PP). Esta noción vino en respuesta a problemas de sostenibilidad y replicación, y empezó en la década de 1990 en Porto Alegre, Brasil. Es una manera de descentralizar la administración de los recursos y fomentar inclusión social y participación ciudadana en la distribución de los recursos públicos. El proceso de PP se extendió a otras ciudades de Brasil y Latinoamérica, constituyéndose en procesos sostenibles en Montevideo (Uruguay), Córdoba y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Argentina), y Medellín (Colombia). Una de las características importantes de los programas de PP es la manera en que fomentan la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones respecto de los recursos del municipio. «En Medellín desde la línea temática de cultura, se evidencia un creciente aumento de proyectos de diversidad cultural priorizados por la comunidad» (véase el anexo 2).
Este presupuesto participativo es original de Latinoamérica y está asociado con la Ley de Puntos de Cultura, que se estableció a partir del año 2004 en Brasil. Actualmente hay en el país unos 2500 puntos, seleccionados por medio de concursos públicos, que benefician a los PP. Es una manera de potenciar las energías locales con soporte del gobierno a los que trabajan sobre aspectos de la cultura. También aquí se articula esta iniciativa con una red: por un lado la red Ar--ticulación Latinoamericana Cultura y Política y por otro la Red Latinoamericana de Arte y transformación Social, constituida por una plataforma de 65 organizaciones que opera en 11 países de la región. Esta red impulsó el debate en el Parlamento del Mercosur, en el 2009, y desde entonces los países miembros están trabajando una legislación propia. En Argentina, el colectivo El Pueblo hace Cultura está impulsando la implementación de la ley. En otros países se debate sobre cómo se pueden organizar estos puntos y repartir sus fondos, pero se ven como una manera de conseguir autonomía y durabilidad en determinado tiempo, pues los proyectos se financian por tres años (Piñón 2011).
Lo que muestran estos ejemplos es la importancia de la regulación «desde abajo» con la proliferación de actores, la profundización del alcance a los niveles individual y comunitario, la heterogeneidad ideológica de la implementación (más o menos centralización, más o menos confianza en el Estado central o en el clientelismo local, participación más y más grande de la población, distribución más o menos igualitaria de los recursos…). También se ve el riesgo de superposición de programas porque las varias agencias de políticas sociales se hacen competencia en los ámbitos nacional y local. Más interesante quizás son las interrelaciones de confianza entre los que implementan una política social y los miembros de la comunidad. El éxito depende en parte del interés común y el buen entendimiento entre los recursos del Estado y las capacidades locales para implementarlas. Estas prácticas y procesos deben tener sentido en el ámbito local (Festenstein 2005).
«Individuos creativos»: emprendedores sociales
Las industrias creativas también pueden ser iniciadas por individuos pero con un interés en el desarrollo de su comunidad. La descripción de este fenómeno es ambivalente y ambigua. Para James Lull, las industrias creativas en los espacios virtuales como Second Life pueden ser un modo de explorar «el empresariado cultural» (cultural entrepreneur) y evoca la posibilidad de crear «superculturas personales» (personal superculturas). Ulrich Beck hace referencia a una colectividad paradójica al hablar de «individualización recíproca» (reciprocal individualization) para describir estas nuevas transiciones sociales y culturales, mientras que Barry Wellman evoca «comunidades personales» (personal communities) (Frau-Meigs 2008).
Pero esta visión de individuos creativos depende mucho de una visión mercantil de la cultura, que sirve a los intereses de Hollyweb. Para los cultivarredes, se trata de vender una creatividad y una extimidad (pérdida de intimidad) «por diseño» en las plataformas listas para mediatizar la participación digital. Pero también hay otra visión alternativa que otorga a los individuos creativos otras características, como por ejemplo, un interés social que intenta cambiar la relación asimétrica del individuo y la cultura como espacios variables y modulares. Esta perspectiva construye al individuo creativo como un «emprendedor social» (social entrepreneur). Los casos que llamaron la atención vienen del subcontinente indio (India y Bangladesh), con personas que han alcanzado la prominencia global durante las décadas pasadas como Mahoma Yunus, creador del Banco de Grameen y de la noción de «microcrédito», y Bill Drayton, fundador de la agencia Ashoka e inventor de la noción de «empresario social». Ellos han dado credibilidad a la idea de que del espíritu emprendedor social puede proceder el cambio social. Lo han puesto en el debate sobre el desarrollo participativo y sostenible.
Hay varios casos de emprendedores sociales que han utilizado las industrias creativas para cambiar el entorno de su comunidad. Más allá del problemático aspecto financiero, los programas de microcrédito han impactado el desarrollo local porque tocan sectores que forman parte de la definición de industrias creativas como la artesanía, en particular con agrupamientos de artesanos en redes de colaboración y venta a distancia. También tocan sectores de los medios, en particular de las radios comunitarias, que permiten dar información sobre la financiación de la economía social, la educación y la protección social (mutuales de salud,…). También contribuyen a que cada vez más sean mujeres quienes participen como individuos creativos, pues son ellas las que más se benefician del microcrédito, un factor de evolución profundo de la sociedad.
Un ejemplo que llama la atención porque trasciende fronteras y se produce de Sur a Sur —pues ha sido implantada primero en Kenya pero ahora trabaja en Brasil, Guatemala, Perú y Nicaragua, por ejemplo— es el de DataDyne (www.datadyne.org). Es una empresa social que solo utiliza la tecnología móvil pero también le da mucha planificación a la formación de su personal y la gestión de su impacto económico y social. Produce un software gratuito, EpiSurveyor, que permite la recolección de datos sobre la salud en sectores rurales, pero ahora también sirve para otros tipos de datos e indicadores de desarrollo. Es una empresa creada por un individuo, Joel Selanikio, pero que quiere liberarse de la dependencia hacia las fundaciones o las ayudas de gobiernos.
En otros casos los emprendedores sociales han entregado su obra a la colectividad, como en el caso de los que desarrollan el software libre (FOSS, por sus siglas en inglés). Llama la atención el caso de Mark Shuttleworth, de África del Sur, que desarrolló el Ubuntu («humanidad hacia los otros»), el sistema operativo de ordenador más utilizado en las comunidades FOSS. También está el caso de Ory Okolloh y del proyecto colaborativo Ushahidi (la palabra swahili que significa «el testimonio») de interés particular, pues es una herramienta para el crowdsourcing que usa múltiples canales, incluyendo el SMS, el correo electrónico, el Twitter y la web (http://ushahidi.com/products). Todos estos proyectos han logrado producir bienes relacionales sin que sean necesariamente bienes experienciales, lo que no quiere decir que no generan industria ni intercambio, sino que lo hacen de modo non-propietario, desde abajo. También han conseguido movilizar mucha gente, tanto en línea como fuera de ella.
Otro ejemplo es el de varias radios comunitarias de América Latina, que combinan sistemas analógicos y numéricos para mejorar la comunidad, y especialmente la situación de las mujeres. Se pueden destacar los casos de radio Tierra, en Santiago de Chile, que se apoya sobre la experiencia de La Morada, una asociación de mujeres para el desarrollo que tiene más de veinticinco años. Es una plataforma activista para la justicia social a favor de los derechos de las mujeres pero en torno a la ciudadanía y la salud. Otro ejemplo es el de radio Wiñay Jatha, que sirve a la comunidad indígena aimara en Bolivia. Es una red establecida por el Centro para el Desarrollo Integral de las Mujeres Aimara (CDIMA), que se enfoca en el empoderamiento de las mujeres vía la cultura y el idioma. Entre otras actividades estos medios proporcionan noticias y servicios de información, organizan redes temáticas y las difunden (Buckley 2011).
Los elementos claves que sobresalen no son solo los de la sostenibilidad financiera sino también la sostenibilidad comunitaria vía las tecnologías, con un uso muy creativo de los bienes relacionales y culturales. Todos estos casos comparten un concepto de desarrollo con una nueva visión de futuro de las industrias creativas, con perspectivas finales locales y no necesariamente comerciales, con la necesidad de resolver un problema de interés social común. Tienen la capacidad de ampliarse a más personas, de adaptarse a las nuevas tecnologías y de planificarse a largo plazo. Pueden encontrar una variedad de recursos para financiarse que los aleja del paradigma de la dependencia y los aproxima al de la sostenibilidad: no se acercan mucho a las grandes instituciones especializadas de la ayuda internacional y prefieren constituirse en proyectos y fundaciones del crowdfunding (financiamiento colectivo), beneficiándose del apoyo de muchos pequeños actores antes que depender de agencias de desarrollo cuyas prácticas se han vuelto casi obsoletas con las iniciativas desde las redes sociales.
Las perspectivas de futuro
Industrias creativas desde abajo
Estos ejemplos muestran la pertinencia de la relación entre industrias creativas, diversidad cultural y desarrollo participativo. En relación con Hollyweb y los intereses de los Estados Unidos y otros países desarrollados en mantener una visión desde arriba, la sociedad civil debe quedar movilizada para permitir la emergencia de industrias creativas e individuos creativos que fomentan autonomía y sostenibilidad desde abajo. Entre los retos principales, los más importantes son seguir promoviendo tanto las ampliaciones en línea de los medios audiovisuales de tipo broadcast como las creaciones en línea de los medios de comunicación de tipo broadband.
En el ámbito de los medios audiovisuales de tipo broadcast, el foco debe mantenerse en:
• Legitimar el valor de servicio público de las redes para la difusión de contenidos audiovisuales, mediante la protección de las ampliaciones en línea de los organismos de radiodifusión de servicio público y promoviendo la aparición de servicios públicos de radiodifusión transnacionales.
• Garantizar los derechos de programación y el acceso de las audiencias a los contenidos audiovisuales y digitales, mediante el monitoreo de una serie de acontecimientos considerados como de «gran importancia para la sociedad» (deportes, festivales…), y extender dicha protección a toda la gama de eventos comunitarios y de industrias creativas basadas en el desempeño colectivo y el conocimiento agregado por los usuarios.
• No hay que olvidar el «dividendo digital», que libera una gran cantidad de espectro radioeléctrico de alta calidad para el despliegue de nuevos servicios, el cual tiene el potencial de proporcionar una gran abundancia de beneficios sociales y culturales, mediante la ampliación de las posibilidades de los actores de pequeña escala, como las comunidades o los municipios, para entrar en el tercer sector de la radiodifusión y la industria inalámbrica.
Con respecto a los medios digitales de tipo broadband, la atención debe centrarse en:
• Conseguir una retribución creíble de la creatividad en las industrias creativas a través de mecanismos de compensación alternativos de tipo microcrédito, como el propuesto en el caso de la «licencia global».
• Centrarse en la legitimación de las industrias creativas, de modo que los cultivarredes (netcroppers) se vuelvan emprendedores sociales y se beneficien de la protección en las condiciones financieras de ese trabajo personal y social.
• Vincular a los estados a través de políticas culturales digitales para democratizar la cultura, especialmente mediante el desarrollo de mecanismos de apoyo como el presupuesto participativo para la producción y la distribución de contenido generado por los usuarios y por la comunidad.
• Mantener el valor del pluralismo en la diversidad de los medios, frente a las prácticas de vinculación (bundling) comercial de Hollyweb que unen una herramienta de navegación y el software específico, todos ellos pertenecientes a un mismo operador o a la misma compañía de software.
• Promover el código y el software libre para fomentar los bienes comunes de información, a través de una robusta infraestructura básica de acceso abierto, ya sea para la seguridad y la soberanía nacionales o para las pequeñas empresas locales y las formas de expresión colectiva.
Nuevas perspectivas para la investigación en comunicación para el desarrollo
La relevancia de estas perspectivas para el campo de la comunicación para el desarrollo es patente, pues apunta a varios temas de investigación. Hay mucha conceptualización que hacer sobre los modos de propiedad y su evolución en relación con los bienes experienciales y los bienes relacionales. Se tiene que pensar también en el significado de estas nuevas industrias creativas y los desafíos en lo referente a las oportunidades y los riesgos. Los nuevos agentes del desarrollo, desde abajo, pueden llegar a chocar con los agentes más tradicionales, desde arriba, de los países del Norte.
La interdisciplinariedad, que es una fuerza de la comunicación para el desarrollo, puede permitir entender procesos de globalización y de mediatización y abarcar el fenómeno de la proliferación de agentes y de propuestas desde abajo. Los nuevos modos de movilización social y su relación con el cambio social tienen que ser explorados y modelizados para capitalizar así las prácticas sensatas que puedan servir para apoyar a otras comunidades. No se pueden hacer únicamente modelos prescriptivos sino que también es necesario desarrollar procesos deliberativos y prácticas generativas.
El campo de la comunicación para el desarrollo también tiene que pensar en el papel del Estado en esta nueva luz. Las políticas públicas de apoyo siguen siendo imprescindibles para la interacción coordinada entre varios niveles de gobierno y la gente. Se tienen que monitorear las políticas sociales y culturales que alimentan estas redes y protegen a los miembros más vulnerables de la población. De particular interés es el actual movimiento para renovar la literacidad y fomentar la transliteracidad, como manera de conciliar una educación a los medios con una educación del código digital, a fin de darle cada vez más fuerza y conocimiento al usuario (Frau-Meigs 2011) (http://www.stef.enscachan.fr/manifs/translit/colloque_translit_det.html).
En conclusión, los medios no solo fomentan cultura o democracia. Se tiene que desarrollar una cultura de la confianza y de la autonomía local de los individuos creativos en sus comunidades creativas. Las redes mediáticas digitales que se han nombrado en los ejemplos de América Latina muestran que son fuertes cuando también hay redes sociales reales, ya sea de mujeres, de artistas y artesanos, y de ciudades. En este sentido las industrias creativas sí pueden participar en la inclusión social y el desarrollo sostenible. Es decir, las industrias creativas pueden hacer que la era ciberista sea verdaderamente un humanismo.
Bibliografía
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Pinon, F. J. (ed.) (2011). Indicadores 2010. Desafios de la cultura en la «era digital». Buenos Aires: Cuadernos de Políticas Culturales, Eduntref.
Anexo 1 «Hollyweb»
| El (top 12) de las megacorporaciones | Actividades y productos | Ingresos (2011) (dólares) |
| General Electric (1963)èComcast (1963) | Petróleo, electricidad, operadores de cable, producción de contenidos audiovisualesNBC Television Network, Telemundo, Universal Pictures, MSNBC, Bravo, CNBC… Desde el 2011, acciones de GE vendidas a Comcast que tiene tambien: Versus, Style, G4, E!, Comcast SportsNet, Xfinity, Comcast Interactive Media,… | 147 000 millones |
| Apple Computer Inc (1976) | Software, material integrado, bienes de consumo electrónicoMac, iPad, iPhone and iPod, iTunes, … | 108 200 millones |
| Microsoft (1975) | Systema operador, servicios en línea, videojuegosWindows (OS), Bing.com (buscador), Bing.com; Xbox 360, Skype, juegos… | 69 900 millones |
| The Walt Disney Company (1923) | Producción de contenidos audiovisuales, edición, InternetABC Television Network, ESPN, Disney Channel, SOAPnet, A&E Lifetime, Pixar Animartion, Touchstone, Walt Disney Pictures, Disney Mobile, parcs à thème,… | 40 900 millones |
| Cisco Systems (1984) | Material red, procesamiento de datos e interfaces, seguridad de las redes, voz sobre IP, televisión IP, centro de procesamiento de datosCisco IOS et NX-OS, Réseau de stockage SAN, Wi-Fi, Solutions de sécurité (VPN accessibles grâce au VPN Client), Cisco PIX Firewall, Cisco IOS routersCisco VPN3000, Switch ATM, MPLS (gamme Catalyst)Logiciels (Cisco Unified Communications Manager), Telepresence, … | 40 000 millones |
| Google (1998) | Buscador, servicios, móvil, publicidad en líneaAndroid, YouTube, DailyDeals.com, Slide.com, TheDealMap.com, GoogleMaps, Fridge, Postini.com, reCAPTCHA.net, FeedBurner.com, Panoramio.com Next New Networks, DoubleClick, Motorola Mobility, Teracent Corporation, Clever Sense, RightsFlow, SageTV, PostRank, TalkBin, Widevine Technologies, Phonetic Arts, SocialDeck, AdMob, Instantiations, ITA Software, Invite Media, Adscape,… | 37 900 millones |
| News Corporation (1979) | Producción de contenidos audiovisuales, edición, InternetFox Broadcasting Company, Fox Business Channel, National Geographic, FX, Wall Street Journal, The New York Post, TVGuide, HarperCollins, 20th Century Fox, Fox Searchlight Pictures, Blue Sky Studios,… | 33 400 millones |
| Time Warner (1989) | Producción de contenidos audiovisuales, edición, InternetCNN, CW (CBS), HBO, Cinemax, Cartoon Network, TBS, TNT, America Online, MapQuest, Moviefone, Warner Bros. Pictures, Castle Rock y New Line Cinema, Time, Sports Illustrated, People,… | 28 900 millones |
| Viacom (1971) | Producción de contenidos audiovisuales, edición, InternetMTV, Nickelodeon/Nick at Nite, VH1, BET, Comedy Central, Paramount Pictures, Paramount Home Entertainment, Atom Entertainment, Harmonix, Viacom 18 | 14 900 millones |
| CBS Corporation (1971) | Producción de contenidos audiovisuales, edición, InternetCBS Television Network, CBS Television Distribution Group, the CW (Time Warner), Showtime, Simon & Schuster, CBS Radio, Inc. | 14 200 millones |
| Yahoo! (1995) | Portal Internet, red social, publicidad en líneaRivals.com, Flickr, FoxyTunes.com, Upcoming, CitizenSports.com, Koprol.com, FireEagle.yahoo.net, Associated Content, … | 5000 millones |
| Facebook (2004) | Red socialTimeline, Ticker, Facebook Music, Facebook Lieux, Facebook Games, Instagram, … | 4270 millones |
Fuente: compilación de Divina Frau-Meigs, establecida con datos de NASDAQ y de http://en.wikipedia.org/wiki/Media_cross-ownership_in_the_United_States + <http://www.freepress.net/ownership/chart/main>.
Anexo 2 Planeación local y presupuesto participativo; posibilitador de participación ciudadana desde la diversidad
En el período 2004-2007 se articuló el Sistema Cultural de Medellín:
– 1446 actividades culturales y corredores artísticos,
– 4 redes de agentes culturales con 400 personas, y
– 1350 grupos culturales y artísticos beneficiados y fortalecidos.
• Ley de cultura.- Los objetivos primordiales de la política estatal sobre la materia son la preservación del Patrimonio Cultural de la Nación y el apoyo y estímulo a las personas, comunidades e instituciones que desarrollen o promuevan las expresiones artísticas y culturales en los ámbitos locales, regionales y nacionales; según lo establecido en la Ley 397 de 2007, Ley General de Cultura, en su artículo 2. «Del papel del Estado en relación con la cultura».
• La cultura en el Plan de Desarrollo 2008-2011.- El plan de desarrollo contemplaba, en su línea 2, el desarrollo y bienestar para toda la población, y el componente de arte y cultura (numeral 2.3), el cual tiene como propósito promover y fortalecer los procesos de creación, formación, producción, distribución, circulación y consumo de los bienes y servicios culturales; valorar, proteger y recuperar el patrimonio inmaterial de la ciudad, y fortalecer los procesos de planificación y participación del sector cultural.
Durante este periodo se realizó una inversión en actividades culturales para la ciudad de Medellín, por medio del programa de PLPP por un valor de 41 757 747501.
| Vigencia | Recursos |
| 2008 | 10 139 435 704 |
| 2009 | 9 872 300 406 |
| 2010 | 11 019 336 862 |
| 2011 | 10 726 674 529 |
| Total | 41 757 747 501 |
Desde la Secretaría de Cultura Ciudadana se brinda asesoría a las comunidades en temas de cultura, se viabilizan y se licitan las iniciativas priorizadas por los delegados en el programa de Planeación Local y Presupuesto Participativo (PLPP), se trabajan mediante varios componentes articulados a las cuatro subsecretarías: metrocultura, turismo, juventud y educación ciudadana.
• Programacion cultural. Desde los proyectos de programación cultural se pretende generar un proceso para la formación de públicos receptores con capacidad crítica, de disfrute y valoración de las diferentes manifestaciones del arte y la cultura que contribuyan a la construcción de identidades en la ciudad. Han asistido cerca 237 632* personas a más de 550 eventos de programación cultural en toda la ciudad durante el 2008 y el 2009: corredores artísticos, festivales de rock, hip hop, artes escénicas y comparsas; actividades en casas de la cultura y sedes sociales, tomas del espacio público, funciones didácticas, conversatorios, muestras gastronómicas, agendas culturales y concursos artísticos.
Se han invertido 7 002 532005 pesos colombianos (3 092 250 396 euros) en todas la comunas y corregimientos en las vigencias 2008 y 2009.
* Datos suministrados por los funcionarios del programa de Planeación Local y Presupuesto Participativo.

• Formación artística y cultural. Se contemplan en el plan de desarrollo de la ciudad como actividades de promoción cultural que deben garantizar la toma del espacio público, con miras a la difusión de la cultura ciudadana. Los procesos de formación artística pretenden encaminarse hacia la promoción de los saberes artísticos alcanzados y su proyección en escenarios de la ciudad que permitan la cualificación de los productos. Cerca de 99 321 personas han participado en los procesos de formación artística por medio de talleres en las áreas de música, danza, teatro, artes plásticas, literatura y audiovisuales, muestras artísticas y ensambles culturales durante el 2008 y el 2009.
239 personas han sido capacitadas en seminarios y diplomados de gestión cultural, 13 redes culturales han sido conformadas y fortalecidas, que ha permitido la formación de una generación de líderes que piensan en clave del desarrollo local a través de la cultura.
Se han invertido 6 414 551 185 pesos colombianos (2 834 741 997 euros) en todas las comunas y corregimientos en las vigencias 2008 y 2009.
• Plan de lectura. Se han realizado cerca de 730 actividades entre ferias literarias, plasticreando, lectura en hogares comunitarios, tertulias, encuentros del escritor y su obra, cine literario, cajas viajeras, leyendo con los abuelos y cuentería, beneficiando a cerca de 2195 personas. La inversión durante los años 2008 y 2009 fue de 450 857 727 pesos colombianos (198 912 054 euros).
• Memoria y patrimonio, diversidad étnica y fortalecimiento cultural. Este programa tiene el enfoque poblacional como uno de sus principios fundamentales, de esta manera se busca diseñar estrategias y acciones que respondan a las necesidades y expectativas particulares de los territorios en los que se priorizan iniciativas concernientes a las líneas de memoria, patrimonio, diversidad étnica y fortalecimiento del sector cultural. Cerca de 26 300 personas han participado en estos proyectos a través de recorridos, tertulias, conversatorios, talleres de planeación participativa, foros, eventos artísticos, encuentros temáticos, festivales gastronómicos y muestras fotográficas. Se han realizado publicaciones sobre el patrimonio cultural material e inmaterial y planes de desarrollo cultural en las comunas. Se han invertido 1 485 790 644 pesos colombianos (655 304 0663 euros) en este programa para las vigencias 2008 y 2009.
• Fortalecimiento y gestión de infraestructura de bienes y servicios culturales (dotaciones). Las dotaciones entregadas son de carácter público y para el uso de la comunidad, estas han sido entregadas a través de comodatos a organizaciones comunitarias de carácter artístico y cultural, clubes de vida, grupos juveniles, escuelas de música, redes culturales legamente constituidas; 66 organizaciones han recibido bienes en calidad de comodato: instrumentos musicales, equipos de sonido, electrodomésticos, mobiliario, equipos de cómputo, vestuario y material bibliográfico. En este proyecto se han invertido 1 634 065 827 pesos colombianos (721 788 626 euros), para las vigencias 2008 y 2009.
• Integración, proyección y promoción de la juventud. Es fundamental la formulación y apoyo a iniciativas de proyección juvenil, pues es a través de estos proyectos se fortalecen los niveles de participación de los jóvenes y se posibilitan diálogos intergeneracionales. Han participado 22 494 jóvenes en encuentros, jornadas de formación, socializaciones y diagnósticos, talleres interactivos y reflexivos, foros y jornadas académicas de temáticas juveniles, talleres de capacitación, jornadas de aproximación a planes de desarrollo, intercambios juveniles, recorridos por organizaciones juveniles y encuentros artísticos entre el 2008 y el 2009. Durante estos años la inversión ha sido de 2 134 325 653 pesos colombianos (942 628 279 euros).
• Educación ciudadana.- Han participado cerca de 1776 personas en procesos de diversidad sexual, sensibilización en temas de discapacidad y respeto por los derechos humanos en las comunas 2, 4, 6, 10, 13 y 15, a través de campañas de sensibilización de los derechos de la población en situación de discapacidad, funciones didácticas, jornadas de carruseles multisensoriales, talleres de formador de formadores, recorridos por las organizaciones que trabajan por los derechos, cineforos, muestras culturales y pacto ciudadano de convivencia. La inversión durante los años 2008 y 2009 fue de 438 729 180 pesos colombianos (193 731 815 euros).
• El PLPP y los proyectos de articulación cultural permiten a los grupos, artistas, representantes y gestores del sector cultural promover apuestas comunes que hagan visibles los procesos que para su desarrollo, pueden dinamizarse, y a su vez, participar activamente, de forma democrática y propositiva, como espacio a través del cual puede propenderse por el desarrollo cultural de una ciudad.
• Turismo.- Cerca de 2750 personas han participado en recorridos turísticos en la comuna 1 y 4, y el fortalecimiento de actividades turísticas en los corregimientos de Santa Elena y San Cristóbal entre el 2008 y el 2009. Las iniciativas de inversión comunitaria en materia turística, deben existir, consolidarse y fortalecer la transformación social, a través de programas que permitan diseñar y ejecutar una estrategia de promoción y reconocimiento de la tradición de cada una de las comunas. Durante estos años la inversión en turismo desde el PLPP ha sido de 91 300 000 pesos colombianos (40 258 344 euros).
Estos proyectos fortalecen las iniciativas de naturaleza ciudadana, que procuran el reconocimiento y la actualización de las diversas identidades que hacen parte del entramado social de Medellín.
Fuente: Lina María Duque. Maestría en Industrias Culturales; Gestión y Políticas. Buenos Aires, 2012.
El cuerpo viejo como una imagen con fallas: la moral de la piel lisa y la censura mediática de la vejez
Paula Sibilia
Universidad Federal Fluminense (UFF)
RESUMEN: En la era del «culto al cuerpo» y en plena espectacularización de la sociedad, instados a convertirse en imágenes con ciertas características rigurosamente definidas, los cuerpos humanos se ven desencantados de todas aquellas potencias simbólicas que exceden los códigos de la «buena apariencia». Este ensayo se detiene sobre ciertas estrategias de censura implícita de los medios de comunicación gráficos y audiovisuales, que evitan mostrar o retocan las imágenes de cuerpos viejos con técnicas depuradoras y alisadoras, insinuando que ostentarlas impúdicamente equivaldría a practicar una nueva forma de obscenidad. Algunos avisos publicitarios y otros materiales mediáticos resultan especialmente fértiles para analizar estos procesos reflexionando sobre sus impactos, así como su contraste y eventuales diálogos con ciertas corporalidades configuradas en el campo artístico contemporáneo.
Palabras clave: tecnociencia, culto al cuerpo, visibilidad, publicidad, biopolítica, mercado.
The old body as an image with failures: the moral of the skin smooth and media censorship of aging
ABSTRACT: In the era of the «the body worship» and in full spectacularization of society, urged to become images with certain strictly defined characteristics, human bodies are disenchanted of all those symbolic powers exceeding the codes of «good looks». This literary essay stops on certain strategies of implicit censorship of and the graphic and audiovisual media, which avoid displaying or retouch the images of old bodies with sewage and smoothing techniques, suggesting that showing them off shamelessly would tantamount to a new form of obscenity. Some advertisements and other media materials are especially fertile for analyzing these processes reflecting on their impact as well as their contrast and any conversations with certain corporalities set in the contemporary art field.
Keywords: techno-science, body worship, visibility, graphic communication, audiovisual advertising and bio-politics, market.
Es una pena que una criatura tan radiante deba envejecer —suspiró Wile. —Realmente —concordé— ¡Sería maravilloso si pudiera conservarse tal como es, mientras que el retrato envejeciera y se marchitara en su lugar! Hago votos para que así sea.
ÓSCAR WILDE1
Cuando cumplí cincuenta años parecía que me hubiera vuelto invisible. Nadie más dijo nada, ni un elogio, ni una mirada, nada. Eso es lo que más me da la sensación de haberme vuelto una vieja.
PROFESORA, 55 AÑos2
No es fácil ser viejo en el mundo contemporáneo, aunque ser vieja quizás sea aún peor. Esas aseveraciones pueden sonar paradójicas en un momento histórico que posibilitó como nunca antes la expansión cuantitativa y cualitativa de la vida, especialmente en lo que respecta a las mujeres. Entre las muchas características inéditas de nuestra época se cuenta tanto la creciente participación femenina en todos los ámbitos —incluso en los más altos escalafones del poder, con libertades equiparables a los hombres en los diversos planos de la existencia— como el hecho incontestable de que la población mundial está envejeciendo. Además de haberse reducido la tasa de fertilidad por habitante y, por tanto, el número relativo de nacimientos, los increíbles avances tecnocientíficos de las últimas décadas no cesan de desafiar los límites que tradicionalmente constreñían a los cuerpos humanos, disminuyendo tanto la morbilidad como la mortalidad. Las características biológicas de cada sujeto y de la especie en general se revelan cada vez menos intransigentes delante de la intervención técnica, mientras que el espectro de experiencias individuales y colectivas ofrece una diversidad jamás vista, capaz de transbordar los horizontes de la condición humana empujando sus confines rumbo a territorios impensados.
Todas esas fronteras se están desplazando: antes consideradas rígidas y estables, determinadas por fuerzas inmanejables como los designios naturales o divinos, ahora registran una dilatación e incluso una metamorfosis, que amplía su espectro más allá de lo que hasta hace poco se consideraba posible. En ese contexto, la estructura orgánica que conforma los cuerpos humanos parece estar en plena mutación: sus antiguos márgenes se rediseñan constantemente, poniendo en jaque hasta la mismísima demarcación de la finitud. En los últimos cien años, la expectativa de vida de la población mundial se ha duplicado. Quien naciera en tierras brasileñas a principios del siglo pasado, por ejemplo, esperaría vivir menos de 34 años; recién en la década de 1980 esa probabilidad alcanzó un nivel que se puede considerar dentro del rango de la ancianidad, al llegar a los 63 años (Kalache, Veras y Ramos 1987). En el tránsito hacia el siglo XXI, esa estimativa superó la marca de las siete décadas de vida para los ciudadanos del Brasil, cuando las estadísticas ya daban cuenta de un nuevo fenómeno: el envejecimiento de la población nacional.3 A escala planetaria, el perfil demográfico también fue cambiando: mientras en algunos países la expectativa de vida ya supera las ocho décadas, se calcula que el número de personas con más de sesenta años se triplicará hacia el 2050, llegando a los dos mil millones; entonces la población de esa franja etaria excederá la cantidad de adolescentes y niños menores de catorce años de edad.4 De modo que los ancianos, además de ser cada vez más viejos y más fuertes, pronto serán mayoría; sobre todo las damas, cuyo calendario vital insiste en aventajar al de los caballeros.
A la luz de esos datos, cabría preguntar: ¿qué puede, hoy, un cuerpo? Una respuesta parece obvia: los cuerpos humanos pueden cada vez más y, asimismo, lo pueden durante más tiempo. Por otro lado, las mujeres y los hombres contemporáneos saben que ellos son los orgullosos artífices de todas esas conquistas, fecundadas a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado para consolidarse en las últimas décadas. No se trata tan solo de un estiramiento en la duración y en la «cantidad de vida»; además, esa tendencia viene acompañada del énfasis en un concepto más complejo: la tecnociencia y el mercado ofrecen un profuso menú que tiende a aumentar, también, la «calidad de vida». Aunque esta otra categoría sea bastante más esquiva a las definiciones y mucho más complicada cuando se trata de medirla; pero, en todo caso, no hay dudas de que los vectores históricos imprimen su influencia en la conformación de los cuerpos y de las subjetividades, y esa noción ya impregna nuestra era. Factores socioculturales, económicos y políticos ejercen una presión sobre los sujetos de los diversos tiempos y espacios, estimulando la configuración de ciertas formas de ser e inhibiendo otras modalidades. Por eso, dentro de los límites de ese marco flexible y poroso que es el organismo de la especie homo sapiens, las sinergias históricas que prevalecen en determinada época incitan ciertos desarrollos corporales y subjetivos, al mismo tiempo que bloquean el surgimiento de formas alternativas.
Por todos esos motivos, si los contornos del cuerpo humano se están redefiniendo actualmente, esa proeza no se debe solo a las maravillosas soluciones técnicas que no paran de multiplicarse, sino también a otras transformaciones que afectan a las sociedades occidentales cada vez más aglutinadas y conectadas por las redes de mercados globales. Si el envejecimiento y la muerte siempre constituyeron graves límites para la expansión de los cuerpos humanos, hoy esas barreras están siendo dinamitadas. Las nuevas ciencias de la vida sueñan con la posibilidad de «reprogramar» esos cuerpos para tornarlos inmunes a las enfermedades, por ejemplo, esquivando así tanto las penurias de la vejez como la fatalidad de la muerte. Se trata del ancestral sueño de la eterna juventud, renovado como una gran ambición de nuestra época y como una promesa que, tal vez, pronto estará a disposición de todos; o, cuando menos, de todos aquellos que tengan condiciones de pagar por tan magnífica receta.
Esa última salvedad merece ser destacada, porque en el caso de que tal panacea sea descubierta, sin duda no surgirá bajo la forma de un viaje místico rumbo a algún tipo de «más allá», ni tampoco como cualquier otra opción que contemple un flujo de energías sobrenaturales o extraterrenas. Si ese milagro se concretizara entre nosotros, de hecho, tendrá las facciones prosaicas de una mercancía o de toda una línea de productos y servicios; y, como tal, estará sujeto a un precio que podrá ser cancelado en diversas modalidades y con facilidades de crédito. Pero más allá de desarrollarse en el seno de la cultura mercadológica en que vivimos, ese delirio técnico tan contemporáneo implica un correlato moral bastante complejo, con faces contradictorias y numerosos desdoblamientos, cuyos indicios irradian por todas partes y claman por ser indagados. Vale la pena empezar potencializando el extrañamiento: como fue anunciado al principio de este ensayo, no es fácil ser un cuerpo viejo hoy en día, por más paradójico que eso suene en una época que amplió el derecho a la vejez de forma inaudita y desactivó casi todos los tabúes que encorsetaban las realizaciones corporales.
El mito cientificista y las técnicas de rejuvenecimiento
La perplejidad inicial se reformula aquí: ¿por qué, a pesar de todos los evidentes avances recién relatados, y considerando las claras ventajas que implica vivir en estos comienzos del siglo XXI, resulta tan difícil ser viejo (o vieja) en el mundo contemporáneo? Cabe notar que la misma palabra suena ofensiva, como una especie de insulto que debería suavizarse con el uso de expresiones más políticamente correctas, tales como «tercera edad» o «mejor edad». Esta segunda fórmula, que roza el colmo de los eufemismos y la hipocresía, se ha popularizado increíblemente en años recientes, al menos en el Brasil. Y eso ocurre cuando, como bien se sabe y como lo explicitara Simone de Beauvoir en su libro implacable, limpiamente titulado La vejez, en rigor se trata de la «última edad». Claro que esa fatalidad no es algo que se degluta con resignación y ligereza, sobre todo en una época como esta, cuando la tecnociencia parece haberse instalado en la última trinchera del encantamiento y de la magia. Curiosamente, pues, al despuntar el siglo XXI, las míticas potencias de la ciencia y la técnica prometen mantenerlo todo bajo control, poniendo en manos de cada individuo las decisiones relativas a su propio destino. Si ese proyecto aún tiene fallas y no se realizó por entero, los discursos mediáticos garantizan que pronto esas pocas aristas que aún desentonan serán pulidas y entonces sí, todo será técnicamente posible. Inclusive el sueño más ambicioso de todos: preservar eternamente la juventud y conquistar la inmortalidad.
Sin embargo, lo cierto es que mientras no se termina de consumar ese fabuloso anhelo, irrigado sin pausa por el «mito cientificista» que hechiza nuestra era, el tiempo va pasando y nuestros cuerpos envejecen lastimosamente. Algo que acaba motivando toda suerte de desesperaciones y angustias, para cuya mitigación carecemos de antídotos. Con el propósito de ayudarnos a lidiar con tamaño desatino, la propia tecnociencia —en su tácita alianza con los medios de comunicación y el mercado— ofrece un inmenso catálogo de soluciones alternativas y siempre temporarias, aunque supuestamente eficaces, que tienden a esquivar ese desfasaje entre tan soberbias ambiciones y las metas aún modestas que por lo pronto son alcanzables. En ese acervo se incluyen tanto las diversas técnicas de rejuvenecimiento corporal como las drogas para apaciguar el alma, en la medida en que las primeras jamás consiguen la eficacia prometida y el decepcionado consumidor necesitará, por tanto, de algún otro consuelo. En un ensayo dedicado a examinar el «culto a la performance» en la sociedad actual, el sociólogo francés Alain Eherenberg cita un informe oficial de su país que llama la atención hacia el enorme incremento de la prescripción de medicamentos psicotrópicos «como un modo de responder a las dificultades existenciales de la tercera edad» (Ehrenberg 2010: 133). Entre los doce remedios de ese tipo más consumidos en la actualidad, de los tranquilizantes a los estimulantes, cuatro son utilizados sobre todo por la parcela más vieja de la población.
Nada de eso es demasiado inexplicable, sin embargo: ese tipo de apoyo técnico se ha vuelto imprescindible para soportar el peso de la vejez en una sociedad como la nuestra, que no dispone de otros sortilegios para lidiar con el hecho terrible que implica envejecer a ojos vista. Cuando la racionalidad instrumental se impone como un lenguaje universal, capaz de extender a todos los dominios su lógica del cálculo, de la técnica y del mercado sin dejar nada por fuera, no sorprende que la propia vida también sea tratada en esos términos. Así como ocurre con todos los otros aspectos de la acción pública y privada, la biopolítica contemporánea fue absorbida por el «espíritu empresarial» y por las doctrinas mercadológicas que todo lo insuflan: un modo de funcionamiento que impregna a todas las instituciones y recubre todos los ámbitos. En consecuencia, tanto la vida de cada individuo como la de la especie humana —e, inclusive, la del conjunto de la biosfera— son pensadas y tratadas según esas reglas del juego cada vez más monopólicas. En ese sentido, todo y cualquier cuerpo se define, también y de modo creciente, como un capital.
Especialmente en América Latina, según las investigaciones de la antropóloga brasileña Mirian Goldenberg, quien afirma que el cuerpo humano se presenta, en su país, como «un verdadero capital físico, simbólico, económico y social» (Goldenberg 2007: 13). Se explicaría así, por ejemplo, el prestigio de las modelos en esta parte del planeta, profesión anhelada por «nueve de cada diez chicas» del Brasil; al fin y al cabo, el principal «capital» de que disponen esas estrellas que deslumbran en las pasarelas «es el cuerpo delgado, joven y bello» (Goldenberg 2007: 27). El valor de ese activo financiero de cada uno se establece en función de diversas variables, todas ellas sujetas a las fluctuantes cotizaciones de los mercados en los cuales el cuerpo en cuestión se moviliza. A pesar de los vaivenes y de la inseguridad que suelen afectar a ese tipo de instancias como criterios de valorización de los cuales dependemos casi exclusivamente para juzgar lo que somos, se sabe que un cuerpo viejo hoy vale menos que uno joven. «Pocas cosas se ponen mejores con el tiempo», afirmaba una publicidad vehiculada en varios medios gráficos brasileños en el 2008. Inclusive, o sobre todo, el anuncio sugería que esa incapacidad para mejorar con el tiempo es inherente a los seres humanos. Más exactamente, en realidad, a las mujeres. En efecto, lejos de mejorar con el inexorable transcurrir de los años, los cuerpos vivos —en particular, los femeninos— suelen hincharse, desfigurarse y hasta desplomarse estrepitosamente.
Para ilustrar semejante obviedad, el aviso en cuestión optaba por estampar cuatro imágenes bastante elocuentes en las páginas de las publicaciones. Una al lado de la otra, esas fotografías mostraban un torso femenino sin rostro, casi anónimo: desde el pecho hasta un poco arriba de las rodillas. Las ropas y otros detalles sugerían que se trataba de la misma persona, de nombre Carla, aunque fotografiada en diferentes épocas: su silueta en cuatro temporadas sucesivas. En ese tránsito del primero hasta el último escalón temporal, la mujer se iba haciendo cada vez menos joven y esbelta. La intención del mensaje, tan tosca como eficaz, consistía en resaltar que hubo un declive en el transcurrir de ese período: en cuatro rápidos años, el cuerpo de Carla se deterioró, pasando de ser una joven atractiva a una señora algo entrada en carnes. Bajo el estigma de esa última condición, casi se insinúa que habría dejado de ser mujer: en función de las marcas temporales, la figura retratada perdió el derecho de ser considerada «deseable», por ejemplo, algo que constituye «uno de los mayores dolores de envejecer» para las mujeres brasileñas, pues implicaría «volverse invisible para los hombres», ser expulsadas del «mercado de la seducción» (Goldenberg 2008: 95). El hecho de deslizarse hacia ese campo de la invisibilidad acarrea serias consecuencias en la «sociedad del espectáculo» en que estamos inmersos. Al final de ese trayecto, que va desde la juventud hasta la edad adulta, esa persona que dejó de ser joven habría dilapidado buena parte de su capital corporal y, tras ese agotamiento, se encontraría a orillas de una virtual inexistencia.
Lo sucedido con la mujer del anuncio no hace más que confirmar la declaración incontestable expresada en el lema de esa propaganda: «pocas cosas mejoran con el tiempo». Casi nada se perfecciona al envejecer, más bien suele ocurrir todo lo contrario. Una excepción poco común a esa magna ley de la naturaleza sería el caso de Desperate house wives y Grey´s anatomy, precisamente, los productos que el aviso publicitario en cuestión se ocupaba de promover. «Dos de las series de mayor éxito de la televisión» que, por lo visto, tendrían la poco común capacidad de desafiar la dura fortuna que afecta a las Carlas y Marías de carne y hueso. Así, a contrapelo de lo que les sucede a las hembras de la especie humana, esas series televisivas, ellas sí, valga la excepción, «cada año están mejores». A pesar de su autoevidencia, esa afirmación que se presenta tan obvia bajo la luz de las ilustraciones merece cierto análisis. Porque esa incapacidad para mejorar con el paso del tiempo, que parece intrínseca a casi todo bajo la égida del capitalismo contemporáneo —excepto, tal vez, para algunos vinos y programas de televisión— también contradice ciertas creencias que aún parecen detentar algún valor, referidas a la acumulación de experiencia y a la consecuente riqueza en términos de madurez que implicaría ese proceso.
Experiencia, lifting y pobreza: ¿un mercado de capitales?
En ese vértigo de lo descartable y la obsolescencia, que parece dispuesto a arrasarlo todo bajo el ritmo espasmódico de la actualidad, cabría indagar qué restó del clásico enaltecimiento de la experiencia: aquello que constituía la base de la sabiduría ancestral en culturas más respetuosas de esos valores, por ejemplo, y que en plena pujanza modernizadora podría llevar al «progreso» y al perfeccionamiento como fruto del aprendizaje. Según ese tipo de relatos, el bagaje destilado por el vagaroso rumiar de las vivencias —tanto personales como colectivas— solía apreciarse como algo benéfico, inclusive en la pragmática cultura moderna y bajo la lógica productivista del capitalismo. Todo eso podía considerarse un valioso «capital» que se cosechaba a lo largo de la vida y se buscaba resguardar con todo cuidado, como si se tratara de un tesoro sin precio. Pero ahora el tiempo solo parece responsable por derramar sobre nuestros cuerpos una cantidad de rasgos indeseables, tales como arrugas, manchas, várices, adiposidades, estrías y otras aberraciones. Además de esos castigos claramente visibles y palpables, el envejecimiento también se ocupa de oxidar ciertos mecanismos delicados, tales como la creatividad y el dinamismo propios de la actitud juvenil, deteriorando así todos los elementos que por ventura constituyen lo que somos.
No hay salida, entonces: el material de que estamos hechos se degrada con los avances de la edad. Por eso, como declaraba aquella publicidad, los cuerpos solo pueden ponerse «peores» con el pasar del tiempo. El problema se agrava al constatar que, cada vez más, cuerpo —y tan solo cuerpo— es todo lo que somos. En consecuencia de esa transmutación, no sería «apenas la carne» lo que se deja corromper con la edad, por ejemplo, como rezarían otras narrativas. En cambio, es cada uno de nosotros, por entero, quien «empeora» irremediablemente al envejecer: todo lo que nos constituye pierde valor cuando nos volvemos viejos, ya que en ese cruel proceso ocurre una gradual descapitalización de nuestras púberes virtudes. «Aumente su capital-juventud», invita el típico anuncio de un producto cosmético cualquiera, estampado en la página de una revista e ilustrado con el rostro reluciente de una joven modelo. La mercancía en venta se describe como skin saver chrono, una suerte de ahorrador o un salvador de la piel, recurriendo a un lenguaje que saca provecho de las ambigüedades entre el léxico mercantil y el vocabulario religioso. Además, se asocia a las potencias míticas de la divinidad griega del tiempo, Cronos, pero lo hace bajo un barniz cientificista y en el idioma que más le conviene: el inglés, aun cuando el aviso en cuestión emitiera sus destellos dentro de una publicación francesa. Todos los ingredientes de nuestras pociones mágicas se concentran allí, por tanto, y está claro que hay un precio más o menos módico a pagar por semejante promesa de felicidad, que dejará «su piel 70 % más joven, 88 % más lisa y 94 % más hidratada».
Algunos ecos dignos de atención brotan de los mensajes de ese tipo, que marcan el compás de esta época con su particular combinación de puerilidad y cinismo, y que tantos dividendos deben rendir a las industrias cosméticas y publicitarias. En 1949 y con su tono rabioso, Simone de Beauvoir denunció la denigrada condición femenina en las páginas de su libro El segundo sexo, afirmando que «el cuerpo de la mujer es un objeto que se compra: para ella, representa un capital que se encuentra autorizada a explotar» (Beauvoir 1967: 170). La más curiosa de esas resonancias es que, más de seis décadas después de que tales constataciones fueran ruidosamente emitidas —y a pesar de todos los avances en las conquistas de derechos y en los cambios socioculturales que sedimentaron nuestro mundo desde entonces—, no ha perdido validez esa noción del cuerpo juvenil de la hembra humana como un capital que conviene invertir con buen tino porque se irá desgastando ineluctablemente. Esa peculiar mitología no solo no se agotó, sino que parece haber crecido en la medida en que se expandió hacia otros segmentos del mercado: lejos de limitarse a las jóvenes casaderas, ahora también alcanza a las viejas e, inclusive, a los varones de todas las edades.
«La belleza también es cosa de hombres», enseña un anuncio ilustrado con el cuerpo desnudo de un mancebo en pose escultórica que, pudorosamente, esconde su rostro. Y luego alerta que, «más allá de la cosmética y la gimnasia», es decir, cuando esos recursos menos invasivos se revelan insuficientes, vale la pena recurrir a la «medicina estética» y la «cirugía plástica», sobre todo si la intención es resolver problemas como «alisar o rejuvenecer el abdomen», «mejorar nariz, orejas y mentón», «recuperar el cabello», «eliminar el pelo corporal», «blanquear los dientes», «perder peso y eliminar grasas». En una astuta tentativa de negociar con las resistencias culturales que aún estorban la consolidación de ese mercado tan promisorio, este aviso español defiende el «profesionalismo» del equipo que opera en esa «organización médico-estética» que sería la «más avanzada de Europa», utilizando «los últimos avances tecnológicos» para satisfacer los requerimientos de su distinguida clientela. El argumento finaliza con las siguientes invocaciones: «no renuncies a mejorar» y «si eres hombre, llámanos». Puede sonar convincente o no, pero dista mucho de ser la única estrategia puesta en práctica para adobar ese suelo que se adivina fértil. «La nueva dimensión del hombre», proclama el eslogan de otra «clínica de estética masculina» que, sin arriesgarse a mostrar ninguna foto, enumera sobriamente los diversos servicios ofrecidos para instilar esa dimensión masculina recién inaugurada, tales como: rellenos cutáneos, adelgazamiento, implantes capilares, estética facial y corporal, depilación y botox.
«Al fin y al cabo, usted merece librarse de las marcas de preocupación», explica otra propaganda de cosméticos, muy semejante a las que suelen interpelar al público femenino, aunque ilustrada con la fotografía de un bello rostro masculino cuyos ojos aparecen enmarcados por finas arrugas. Tan discreta como didáctica, esta otra publicidad brasileña destinada a los hombres contemporáneos también se ve en la obligación de explicar los motivos de su propuesta, algo que no requiere aclaración alguna cuando el público al que se desea llegar está compuesto por mujeres. «Hoy en día, cuidar la propia apariencia también significa estar informado y actualizado», advierte el texto del anuncio. Y, de inmediato, recomienda al consumidor que consulte el pintoresco sitio <arrugasnuncamás.com.br> en internet si desea obtener mayores informaciones. «¿Derrotado por la calvicie?», pregunta en este caso un aviso mexicano, mientras muestra a un hombre con la cabeza inclinada en señal de humillación por el aludido fracaso, cuya solución también está en venta: «innovadoras técnicas dan como resultado un trasplante im perceptible» que «minimiza la cicatrización». En suma, pareciera que los mensajes de ese tipo, cada vez más habituales, expresan la voraz universalización de esa noción del cuerpo como un capital cuyo valor alcanzaría su ápice durante la adolescencia, tanto para las mujeres como para los hombres. Una vez atravesado ese umbral, se exige mucha habilidad en la administración de las inversiones individuales para que la propia apariencia no delate la vergonzosa descapitalización acarreada por la edad.
La carne maldita y la pureza de las imágenes
«La vejez es la peor de todas las corrupciones», sentencia una frase de bronce atribuida a Thomas Mann. Como bien se sabe, la letanía que aquí nos ocupa no involucra solamente a los discursos mediáticos, tecnocientíficos y mercadológicos, esa triple alianza que comanda la producción de verdades en la contemporaneidad. De hecho, tanto en la historia del arte como en la filosofía y la antropología sulfuran cavilaciones de ese orden. ¿Y quién sería capaz de refutar tan prístina obviedad? Se alude aquí, qué duda puede caber, a esa tendencia a la decrepitud corporal que suele acompasar el ciclo regular de las temporadas y que culmina con el escándalo de la muerte: la peor de las corrupciones. Pero si hoy proliferan las técnicas dedicadas a evitar esa catástrofe es porque esa evidencia se está haciendo cada vez más verdadera, más pesada e incluso absolutamente indiscutible, sin atenuantes. Eso se debe, en buena parte, al hecho de que no disponemos de otras fuentes de encantamiento para los cuerpos ni para el mundo, que sean capaces de contrabalancear el monopolio del mito cientificista —o, cuanto menos, de arañar un poco la despótica racionalidad instrumental que lo cimienta— compensando sus debilidades con otros ornamentos simbólicos y otras narrativas cosmológicas.
Ante esa indigencia mítica y espiritual que signa la cultura contemporánea (y no solamente debido a sus apabullantes riquezas), no sorprende que los juicios morales más feroces apunten hacia aquellos que sucumben en el esfuerzo de encuadrarse bajo las coordenadas de la buena forma. Se los acusa de ser negligentes o perezosos en dicha tarea, sin lograr cumplirla aun teniendo a su disposición el portentoso arsenal aportado por la tecnociencia, los medios y el mercado. Pese a la inevitable frustración que ese círculo ilusionista acaba provocando, esa misma insatisfacción se convierte en su mejor combustible porque ella impulsa la parafernalia que promete retardar el fatal declive. Como resultado, una miríada de productos y servicios se anuncia en constante festival, con su retórica especializada en garantizar las certezas más delirantes. Se subraya, sobre todo, su capacidad de ayudar a las víctimas de esa biopolítica imperfecta a disimular los inevitables destrozos que tal fiera despiadada —la vejez— aún se empecina en imprimir en el aspecto físico de cada uno. La fuerza de esa voluntad contrariada alimenta, así, el riquísimo mercado de la purificación, constituido por toda suerte de antioxidantes, hidratantes, drenajes, lipoaspiraciones y estiramientos con vocación rejuvenecedora de las apariencias. La meta perseguida por esos trucos casi alquímicos basados en fórmulas con sensato acento tecnocientífico —la mayoría de ellos caros, muy caros— consiste en disimular los estragos del tiempo en las superficies visibles de los pobres cuerpos vivos. Cuanto menos jóvenes se tornan esos organismos, más dignos de pena o desprecio parecerán, por ser incapaces de disfrazar su esencia tan miserablemente humana al madurar y decaer.
¿Pero por qué tanto empeño en una lucha que, a todas luces —y a pesar de cierto optimismo reinante— sigue condenada al fracaso? La pregunta procede, sobre todo si destacamos el racionalismo que yace en la base de nuestra cultura. Pero tal vez la respuesta provenga de otro de sus pilares: en esta «sociedad del espectáculo» en que estamos inmersos, que insta a obtener celebridad mediática para poder «ser alguien», y que evalúa quién es cada uno en función de aquello que se ve en su superficie corporal y en su actuación puramente visible, la vejez es un derecho negado. O, cuanto menos, si envejecer todavía resulta inevitable para quienes tengan la fortuna de no morir prematuramente, se prohíbe exhibir el aspecto que los avances de la edad suelen denotar. Así, ante esa creciente tiranía de las apariencias juveniles, se censura la vejez como si fuese algo obsceno y vergonzoso, que debería permanecer oculto, fuera de la escena, sin ambicionar la tan cotizada visibilidad. Un estado corporal que debe ser combatido —o, como mínimo, sagazmente disimulado— por ser moralmente sospechoso y, por tanto, humillante. Algo indecente que no debería ser exhibido; al menos, no sin recurrir a los convenientes filtros y a los púdicos retoques que nuestra era inventó para tal fin y que, con creciente insistencia, pone a disposición de todos y nos convoca a utilizarlos.
Así, en plena vigencia de esos valores que ratifican la cristalización de una nueva moralidad, los escenarios privilegiados de los medios de comunicación audiovisual evitan mostrar imágenes de cuerpos viejos. Las revistas de páginas brillantes solo publican ese tipo de fotografías en raras ocasiones: cuando se considera estrictamente necesario y, aun en dichos casos, contando siempre con el auxilio de las herramientas de edición de imágenes como el popular Photoshop. Pero no se trata solamente de las fotos fijas: en el cine y en la televisión, los cuerpos viejos también se pulen con un arsenal de técnicas depuradoras y alisadoras de las imágenes en movimiento, tales como el software Baselight. En el Brasil, por ejemplo, la poderosa red Globo usa esa tecnología desde el 2006 para perfeccionar la calidad visual de las telenovelas que produce. Un reportaje sobre el asunto publicado ese mismo año en una revista comentaba los resultados de esa novedad con cierta admiración, afirmando que dos famosas actrices locales —en aquella época con 59 y 54 años de edad, respectivamente— aparecían en la pantalla «con una piel tan lisa que parecían recién salidas de una cirugía estética». Los representantes de la emisora, sin embargo, declararon en la misma nota que no se trataba de «un programa de rejuvenecimiento» sino de «un método para corregir pequeños defectos de grabación, valorizar colores y detalles o minimizar marcas y manchas en la piel» (Alves 2006). El hecho es que tanto el cuidado de los actores como la intervención técnica en las figuras corporales plasmadas en las pantallas se incrementaron con el aumento de la resolución de la imagen debido a las tecnologías de transmisión digital, que captan cada detalle con creciente nitidez, delatando cualquier imperfección en la limpidez de las pieles filmadas.
De modo que son dos las etapas esenciales de ese pulimiento que censura y rectifica los relieves corporales para intentar adecuarlos a los exigentes parámetros de la buena forma. Primero, un intenso proceso de disimulación en la propia carne, que cada individuo debe practicar como parte importantísima del «cuidado de sí» en su versión más contemporánea, recurriendo a las diversas técnicas disponibles en el mercado como quien rediseña cotidianamente una imagen cada vez más imperfecta. Después, en el segundo acto de este drama, la reproducción imagética de esos mismos cuerpos también se retoca gracias a la utilización de «bisturís digitales» que operan sobre las siluetas transformadas en pixeles, en una tentativa de devolver cierta «decencia» a esas líneas y a esos volúmenes visiblemente «obscenos». Tal posibilidad de corregir las propias fallas corporales en las omnipresentes pantallas informáticas ya está disponible, incluso en el menú básico de las cámaras digitales de uso doméstico y en las computadoras hogareñas más sencillas: así, ahora, cualquiera puede aplicar los mecanismos alisadores de piel a sus propias fotografías.
Los medios de comunicación de masa, por su lado, solo abren sus codiciadas vitrinas para exponer los perfiles de unos pocos hombres y mujeres «maduros». ¿Cuáles? Aquellos que, de alguna manera, no parecen tan viejos. Un selecto grupo de damas y caballeros que, por obra de alguno que otro milagro, logran salir más o menos airosos de esa ingrata tarea de disimulación y, por tal motivo, se convierten en preciosos ejemplares de esa especie rara: los bienconservados. Así, como fósiles vivientes, con sus gestos y movimientos hábilmente petrificados bajo los flashes, se hacen merecedores de admiración debido a una mezcla de suerte genética y trabajo arduo. El público global se ve regularmente expuesto a las radiaciones de esos rostros y cuerpos cuidadosamente elegidos y muy bien arreglados, cuyo esplendor resulta de una labor exhaustiva en las dos etapas primordiales de la purificación recién mencionadas. Muchos de ellos han superado los cincuenta o sesenta años de vida, pero aún mantienen cierta dignidad porque saben ostentar una apariencia relativamente juvenil. No es casual que las imágenes proyectadas por esas celebridades que parecen mantenidas en formol suelan ser vampirizadas por la industria de los cosméticos, que las capitaliza para vender esperanzas a todos aquellos que, al contrario, fracasaron con estruendo en el difícil mercado de los prodigios antienvejecimiento. Las mujeres, una vez más, resultan especialmente sensibles a tales llamados y, por idéntica razón, son las más solicitadas en esa interlocución, aunque el mercado masculino también está creciendo a toda velocidad.
«Nutre su piel de juventud», prometía la publicidad de un producto anclado en la imagen de Sharon Stone, por ejemplo, cuando contaba poco más de medio siglo de vida. En la foto, la desnudez de la actriz aparecía apenas cubierta por una leve camisola de seda negra —y, claro está, por una buena dosis de retoques digitales—, mientras lanzaba una mirada tan seductora como acusadora a las clientes potenciales de su mágica mercancía. El selecto equipo de esas estrellas maduras y ejemplares incluye otras divas que se encuentran en fases más o menos avanzadas de su «decadencia corporal» pero aún consiguen vender una imagen atractiva con el auxilio de la maquinaria mediática, mercantil y tecnocientífica, tales como las actrices Demi Moore, Juliette Binoche, Julia Roberts, Jane Fonda y la cantante Madonna, por ejemplo. Cabe acotar que estas dos últimas celebridades fueron las principales responsables de la inauguración de la moda de los ejercicios físicos practicados con rigor monástico y cotidiana devoción desde la década de 1980, y por la consecuente «democratización» del derecho a tener un cuerpo firme, así como del deber cada vez más intransigente de conseguirlo a cualquier costo. Ahora, con más de setenta y cincuenta años de edad, respectivamente, ambas siguen haciendo todo lo posible por mantener tales banderas erguidas con cierta gallardía, y suelen poner sus figuras al servicio de esa misión catequizadora.
La moral de la piel lisa: censurando arrugas obscenas
Se trata de una cuestión de imagen, evidentemente. En el imperio de la cultura audiovisual hoy triunfante, la catástrofe se estampa en los rasgos visibles del envejecimiento, que se consideran marcas de debilidad o señales de una derrota y, por tal motivo, serían moralmente condenables. Ante tal juicio, tener el coraje de ostentarlos impúdicamente equivale a practicar una nueva forma de obscenidad. Pero, ¿qué es exactamente lo que se ofendería con tal desvergüenza? Así como sucede con todas las otras «imperfecciones» e «impurezas» que el tiempo cincela en los cuerpos humanos, las arrugas constituyen un agravio a la tiranía de la piel lisa bajo la cual vivimos. Algo más escandaloso, en fin, que cualquier voluptuosidad sobreexpuesta pero bien torneada. Porque hoy se rechaza «todo lo que parezca relajado, fruncido, flácido, abollado, arrugado, pesado, reblandecido o distendido», como explica el antropólogo francés Jean-Jacques Courtine en sus análisis sobre el surgimiento de un nuevo tipo de cuerpo, en la segunda mitad del siglo XX: el de los fisicoculturistas californianos (Courtine 1995: 86). Ese ideal masculino germinó en sintonía con su equivalente femenino, simbolizado por la muñeca Barbie, cuya longilínea figura modelada en plástico rubio sigue diseminando su eficaz pedagogía a escala planetaria.
En su doble versión de género, por tanto, se trata de un tipo de silueta formateada en los Estados Unidos de la década de 1980, cuando florecieron al unísono dos tendencias paralelas y complementarias: una «obsesión por los envoltorios corporales» y una «cultura visual del músculo» (Courtine 1995: 83 y 86). Luego del éxito irradiado por esa nueva modalidad corporal a escala global, se extendió la creencia de que ningún esfuerzo debería ser ahorrado a fin de convertir al propio cuerpo en una imagen de una pureza jamás vista, como un «dibujo de anatomía» que revelase una «tensión máxima de la piel» y una taza de gordura «monstruosamente baja» (Courtine 1995: 86 y 114). Se generalizó, así, una lucha cotidiana contra la terquedad de la carne, en la cual los sujetos contemporáneos se embarcan con la intención de alcanzar una virtualización imagética tan descarnada como descarnante. Así es como opera la moral de la buena forma: sometidos a todas las presiones del desencantado y placentero mundo contemporáneo, los individuos son interpelados por los discursos mediáticos y por el aluvión de imágenes que enseñan tanto las facciones como las leyes del «cuerpo perfecto»; al mismo tiempo, se los informa sobre todos los riesgos inherentes a las actitudes y los estilos de vida que pueden apartarlos peligrosamente de ese ideal. De ellos dependerá tornarse lo que son: ya sea transformando sus cuerpos en un escaparate de sus virtudes y su envidiable bienestar, o todo lo contrario.
Pero sucede que el simple hecho de vivir —el azar de ser un cuerpo vivo, orgánico y material— ya es una enorme desventaja en esa misión, puesto que casi todo conduce al fatídico deterioro físico. Comer, por ejemplo, aunque sea exclusivamente alimentos leves y saludables; o tan solo estar en el mundo mientras el tiempo transcurre y va dejando sus abominables secuelas impresas en la carne. Todo conduce, inexorablemente, a la degeneración. Cabe formular, entonces, una nueva versión de la pregunta central: ¿en pleno auge del «culto al cuerpo», qué es exactamente lo que veneramos? A pesar de todos los avances, las luchas y las liberaciones que supimos conseguir, en pleno siglo XXI, todavía se acusa a nuestros cuerpos de ser impuros y malditos. Claro que en otros sentidos, muy distintos de los que estigmatizaban a la carne humana bajo el cristianismo medieval, por ejemplo, o incluso de aquellos otros que disciplinaron sus movimientos y deseos a la sombra de la moderna moral burguesa. Pero hoy el cuerpo sigue bajo sospecha y se lo somete a una intensa vigilancia, ya que su carnadura insiste en tender fatalmente a las tentaciones y las corrupciones. Si antes los horrores suscitados por tal condición tenían la tonalidad de la trascendencia religiosa o del intimismo laico —que podía involucrar pecados terrenos, culpas interiorizadas y expiaciones divinas—, la nueva versión de esos pavores recicla las antiguas penalidades para reorganizarlas en torno de un eje que pertenece al orden de las apariencias. Por eso, las tentaciones ahora asumen otras formas: alimentos calóricos, drogas, cigarrillos, alcohol, hábitos sedentarios y otras costumbres que se consideran insalubres o pecaminosas. La corrupción, por su parte, se presenta bajo la sombra del envejecimiento y todo su séquito de efectos colaterales desagradables: flaccidez, gordura, despigmentaciones, arrugas, calvicie, entre otras señales de la organicidad perecedera y la finitud biológica.
Son múltiples las repercusiones de esos desplazamientos en nuestros cimientos morales, cuyos impactos resuenan por todas partes. Un ejemplo sería la aversión provocada por ciertas imágenes que muestran escenas eróticas protagonizadas por ancianos, como es el caso de la película Wolke neun, del director alemán Andreas Dresen, presentada en español bajo el título Nunca es tarde para amar, aunque una traducción más literal sería algo así como La nube nueve. Ese largometraje se convirtió en blanco de polémicas y generó mucha discusión al estrenarse, en el 2008. ¿El motivo? Haber osado exponer, en la pantalla grande del cine, los cuerpos desnudos de una mujer y dos hombres, todos septuagenarios, ejerciendo sus pasiones carnales en un clásico triángulo amoroso. O sea, el tipo de visión que no habría espantado a nadie si los personajes fueran interpretados por actores jóvenes y bien esculpidos, pues no ha sido ni la desnudez ni la intensidad sexual de los actos lo que tornó esas imágenes perturbadoras. Sin duda alguna, la incomodidad tuvo otro origen: el filme desafió a la rígida (aunque bastante hipócrita) moral vigente, que impone las tiranías del aspecto juvenil obligatorio y condena a la invisibilidad todo aquello que osa distanciarse de esa norma tan tenaz.
Un efecto comparable fue provocado por la ilustración de un reportaje que anunciaba una noticia: el primer matrimonio civil celebrado en la Argentina por dos mujeres, en abril del 2010. Más allá de las controversias emanadas del propio texto informativo y de la novedad que se estaba divulgando, lo que más irritó la sensibilidad del público lector —a juzgar por los comentarios dejados en las versiones online de los periódicos— fue la foto: una imagen que mostraba el beso feliz de la pareja recién casada, con un ramillete de flores y la certificación de casamiento en la mano de una de las novias. La causa del estupor fue el hecho de que las cónyuges tenían 67 y 68 años de edad, respectivamente, y la mayor incomodidad moral provenía del aspecto de ambas señoras: una apariencia física asociable a la figura de la típica abuela, muy lejos de las divas bien conservadas a las que la industria del espectáculo habituó nuestra mirada. Se notaba, además, en las dos siluetas entrelazadas en ese abrazo apasionado, la inexistencia de cualquier esfuerzo visible por disimular tal condición de «viejas», lo cual las alejaba todavía más de aquellas imágenes sensuales y glamorosas que nuestra tradición mediática suele asociar a los perfiles de las amantes lesbianas (Marianetti 2010).
Un tipo de pudor semejante a ese que lleva a censurar la exhibición de pieles arrugadas, especialmente si se las sorprende en situaciones con connotaciones eróticas, es aquel otro que silencia las imágenes de cuerpos gordos, sobre todo cuando estos también cometen el atrevimiento de asumir alegremente su peso y su tamaño en evidente desnudez, o cuando practican actos abiertamente carnales como comer o fornicar. Se trata de otro tabú raramente desafiado en las producciones audiovisuales contemporáneas, aunque ese camino ya empieza a ser recorrido y amenaza estallar a la brevedad, debido a su potencial apelativo como un nuevo nicho espectacular. Por lo pronto, y con alta diversidad tanto estética como política, episodios de ese tipo pueblan algunos recovecos de internet, genuino antro de las «imágenes aficionadas», además de aparecer en películas más o menos alternativas como Batalla en el cielo, del mexicano Carlos Reygadas (2005), y Estómago, del brasileño Marcos Jorge (2007).
Pero si se trata de poner en escena ese «cuerpo explícito» que las imágenes mediáticas tanto procuran acallar, el campo de las artes plásticas hace ya bastante tiempo que lleva la delantera: desde las feministas enfurecidas de la década de 1970, como Carolee Schneemann y Judy Chicago, hasta las pinturas más actuales de Lucien Freud y Jenny Saville, pasando por las esculturas de Rebecca Warren y Berlinde de Bruyckere, las instalaciones de Gilles Barbier y Wang Du, las fotografías de John Coplans e Yves Tremorin, los retratos de Aleah Chapin e Ignacio Estudillo, solo para mencionar algunos nombres casi al azar. Porque el catálogo es inmenso y sumamente variado; además, la tendencia parece muy vigorosa e incluso imparable, tanto en su voluntad de denunciar las grietas del proyecto purificador como en sus posibles aportes a la banalización de una carnalidad espectacularizada.
¿Del feminismo al viejismo?
A pesar de esas exploraciones de la condición incorporada que se desdoblan actualmente en el terreno de las artes visuales, y aun considerando los sinuosos coqueteos de la cultura mediática con cierto «realismo sucio» hoy en boga, todavía prolifera esa forma de «censura» tan contemporánea, que se aplica con estricta severidad a casi todas las imágenes corporales con derecho a ser exhibidas. A principios del 2008, un caso especialmente emblemático llamó la atención. Se trataba de una fotografía de nadie menos que Simone de Beauvoir, publicada en la tapa de la revista Le Nouvel Observateur en conmemoración de los cien años del nacimiento de la filósofa francesa. La imagen había sido tomada sin su consentimiento, en 1952, y en ella la escritora aparecía desnuda, de espaldas, saliendo del baño, durante una visita a su amante norteamericano Nelson Algren. Pero el verdadero alboroto no fue motivado ni por la salvaje violación de la intimidad de esa mujer fallecida más de dos décadas atrás, ni tampoco debido a su desnudez en rotunda exposición. En cambio —o, mejor, además—, el foco de la tormenta apuntó hacia el procedimiento técnico al cual fuera sometida la imagen en cuestión: ciertos trazos del cuerpo fotografiado habían sido retocados con herramientas digitales.
En la época en que ocurrió aquella toma furtiva, hace ya seis décadas, la autora tenía 44 años. Transitaba, por tanto, una etapa de la vida en que las mujeres se embarcan peligrosamente rumbo a aquella zona gris que constituye el abismo entre la juventud y la vejez. En otras palabras, diríase que en aquel momento Madame de Beauvoir estaba convirtiéndose en una «vieja». Ese fue uno de los motivos, justamente, por los cuales los editores de la publicación justificaron el uso de Photoshop para retocar sus piernas y otros volúmenes corporales, alegando que los códigos estéticos de la actualidad impiden publicar una foto de ese tipo en la cubierta de una revista sin que antes se la someta al cuidadoso escalpelo de la edición digital. O, como afirmó uno de los participantes del debate: «una falta de respeto habría sido no retocarla» (Sibilia 2008b). El argumento coincide exactamente con una de las premisas de la actual moral de la buena forma, que también alimenta «el mito del Photoshop», como lo denomina Mirian Goldenberg.
Con su puritanismo rectificador, ese instrumento que hoy resulta tan fundamental para la producción de imágenes corporales, «protege a la mujer de estar verdaderamente desnuda al eliminar las mínimas imperfecciones del cuerpo femenino», explica la antropóloga. «De cierta forma, el Photoshop viste a la mujer al desnudarla de sus arrugas, estrías, celulitis y manchas». En esa púdica tarea, la herramienta digital «crea una nueva piel para la desnudez femenina, que parece ser completamente lisa e inmaculada» (Goldenberg 2008: 81). Al fin y al cabo, valdría agregar aquí otra aclaración importante que sustenta estas prácticas y creencias; y que, sin duda, contribuye a reforzarlas. Como apunta la misma autora, el único cuerpo que «aun sin ropas, está decentemente vestido», según reza la moralidad actual, es aquel “trabajado, cuidado, sin marcas indeseables (arrugas, estrías, celulitis, manchas) y sin excesos (grasas, flaccidez)» (Goldenberg y Ramos 2002: 29).
Considerando, como telón de fondo, toda esa reconfiguración de los valores en torno a los cuerpos humanos y sus imágenes, vale la pena retomar el episodio protagonizado por Simone de Beauvoir el 2008, tan involuntaria como póstumamente, pero que resulta sintomático por varios motivos. Primero, porque la dueña de esa piel ahora renovada y alisada mediante artimañas informáticas fue una de las principales voces del pensamiento y de las luchas feministas que tachonaron el siglo XX. Segundo, porque las manos de esa autora escribieron cientos de lúcidas páginas sobre los complejos sentidos de la vejez en el mundo moderno y sobre la urgente liberación de las mujeres en una cultura que las oprimía, reduciendo toda la complejidad y la potencia de sus vidas a la administración de un tipo menor de «capital corporal». Y, por último, por el asombro que suscita el hecho de que nuestro ágil siglo XXI no sepa imaginar mejor forma de homenajear todo eso que vendiendo, en primerísimo plano, la imagen de un trasero cobardemente robado y convenientemente retocado.
Cuesta admitir que actitudes de ese tipo ocurran justamente ahora, cuando «el segundo sexo» dejó de ser adjetivado como débil o secundario, y son muchas las mujeres que avanzan en el ámbito público disputando los cargos más importantes del planeta. Cabe notar que inclusive ellas, esas damas que llegan a instalarse en las cumbres del poder, tampoco logran esquivar del todo las ambiguas severidades de esta insidiosa moral de la buena forma. Un caso que mereció cierto debate fue el de la candidata a la presidencia del Brasil en las elecciones de 2010, Dilma Rousseff, una señora que en ese momento tenía 63 años de edad y cargaba una densa trayectoria política iniciada varias décadas atrás. Hasta entonces, aparentemente, nunca había prestado excesiva atención a las labores cosméticas. A fines del 2008, sin embargo, la entonces ministra del gobierno brasileño se sometió a una serie de intervenciones estéticas bastante radicales —incluyendo cirugías plásticas, dietas, lentes de contacto, tintura de cabello, maquillaje, cambios de vestimenta y peinado— que la dejaron con una apariencia rejuvenecida. «Estoy más parecida conmigo a los cuarenta que a los sesenta», confesó en una entrevista a la revista Marie-Claire, aunque las fotografías de dos décadas atrás la muestren con un aspecto muy distinto al conseguido gracias a los artificios contemporáneos. Y luego añadió, bromeando: «no llegué a los treinta, que era mi sueño de consumo» (Gullo y Neves 2009).
Las transformaciones físicas de Dilma Rousseff se efectuaron poco tiempo antes de la oficialización de su candidatura; y todo indica que su motivo residió, precisamente, en las posibles consecuencias de tal decisión. Como aspirante a la presidencia nacional, por primera vez en su carrera, la economista ya no dependería de su propia competencia o de las negociaciones y disputas con sus pares, sino que la sentencia estaría en manos de los telespectadores. O, más exactamente, en el despiadado veredicto de los ojos de estos últimos. Se dedujo que muchos de esos votantes prestarían más atención a la textura de la piel, al corte de cabello y a las ropas de la primera mujer que disputaba tal cargo en la historia del país, que a sus palabras e ideas, sus actos o proyectos con resonancias públicas. Todo eso también pronto dejaría de ser propiamente suyo, en realidad, para ser pautado por el equipo profesional de los «asesores de imagen» contratados por el partido político al que se adscribía. A pesar de las diferencias en sus respectivos estilos y actitudes, ataduras semejantes parecen sujetar a la actual presidenta de los argentinos, Cristina Fernández de Kirchner: bordeando ya las seis décadas de vida, nunca ha dejado de dedicar buena parte de sus energías diarias a perfeccionar su apariencia con un uso intenso de cosméticos y otros tratamientos estéticos como el botox, además de escoger cuidadosamente un vestuario sofisticado y jamás repetido para cada ocasión. Algo que no parece pesar sobre ninguno de sus pares masculinos, o al menos no todavía en esa magnitud. Por otro lado y en no pocas ocasiones, cabe notar que todos esos atributos y costumbres también son capaces de despertar más interés que sus propios discursos y acciones.
A la luz de esos pocos casos rápidamente comentados en estas páginas —por considerarlos sintomáticos de ciertas mutaciones en nuestras creencias y valores relativos a la condición encarnada y, en particular, a nuestra relación con la vejez, sobre todo para las mujeres— vale formular aquí algunos de los cuestionamientos finales de este ensayo. ¿Qué sucedió en las últimas décadas para que, a pesar de todas las victorias obtenidas en el campo de las luchas corporales, hoy resulten habituales ese tipo de actitudes y reacciones, que denotan el insólito vigor de los nuevos moralismos? ¿Sería una insistencia atávica de los rancios machismos que jalonan nuestra tradición, así como de ciertos tabús que aún articulan a la sociedad patriarcal y burguesa? ¿Estaríamos observando, entonces, algo que —con paciencia, buena suerte y nuevos avances— pronto será superado? ¿O tal vez, al contrario, se trata de un cuadro sumamente actual, que expresa una torsión inesperada con respecto a lo que ocurriera en plena batalla feminista de mediados del siglo XX, y que afecta especialmente a las mujeres adultas en este inicio de milenio?
Un cuerpo posdisciplinario, joven y espectacular
Si la intención es apuntar algunas respuestas para esas complejas interrogaciones, en primer lugar, cumple destacar una constatación. Es evidente que esa mirada tan contemporánea, que desprecia lo que ve al juzgarlo incorrecto —o, en otros términos, arrugado y adiposo— y busca repararlo u ocultarlo, no está impulsada por la vieja moral burguesa que rechazaba toda exhibición de desnudez y se ruborizaba ante cualquier alusión a la sexualidad. Muy lejos de esa cosmovisión, la severidad de esta mirada tan actual responde a otros mandatos morales, bastante diferentes de aquellos más anticuados, aunque no menos implacables y capaces de causar sufrimientos. Bajo esta nueva lógica, no es la visión del cuerpo desvestido ni la osadía erótica lo que molesta y acaba suscitando esos ímpetus censuradores. Al contrario, en verdad; todo eso puede ser muy bien tolerado o incluso estimulado y hasta premiado en el mundo contemporáneo, pero hay una importante salvedad: siempre y cuando las líneas de las siluetas que los protagonizan sean perfectamente lisas, rectas y bien definidas. He aquí la reluciente moral de la buena forma en plena acción: aquella que no se avergüenza ni se preocupa por ocultar la sensualidad más descarada, pero exige de todos los cuerpos que exhiban contornos planos y relieves bien torneados, como los de la piel plástica de la muñeca Barbie o como los dibujos bidimensionales de los cómics.
Michel Foucault ya había llegado a esa conclusión, como revela una entrevista concedida hace ya casi cuarenta años a la revista Quel Corps?: «¡Desnúdese… pero sea delgado, bonito, bronceado!», sintetizaba ese autor en 1975 (Foucault 1979: 147). Bajo los efluvios de la era digital, una versión actualizada de ese permiso condicionado podría añadir que, además, se recomienda también depurar esa desnudez expuesta con la ayuda del Photoshop. «La mujer puede no tener vergüenza de mostrar su cuerpo», explican Ale xandre Werneck y Mirian Goldenberg en su análisis sobre las fotografías de la revista Playboy a principios del siglo XXI, «pero no sin que pase, antes, por una sesión de revisión a cargo del software, que ocultaría celulitis, grasas, manchas, estrías» (Golbenberg 2008: 80). De modo que los cambios socioculturales que terminaron alterando el panorama, hasta derivar en estas manifestaciones más recientes, comenzaron a dispararse hace ya varias décadas: en la década de 1970, precisamente, cuando la disciplina y la «ética puritana» entraron en crisis como las grandes fuerzas propulsoras del capitalismo. Entonces «se percibió que ese poder tan rígido no era tan indispensable como se creía», explica nuevamente Foucault, y «que las sociedades industriales podían contentarse con un poder mucho más tenue sobre el cuerpo» (Foucault 1979: 148).
Como consecuencia de esos deslizamientos, se desactivaron algunas de las amarras que amordazaban los huesos y músculos modernos para imprimirles los ritmos de la fábrica, el cuartel, la escuela y la prisión. Pero no se trató de una liberación total, ya que la contraofensiva puso en marcha «una explotación económica (y tal vez ideológica) de la erotización, desde los productos para broncearse hasta las películas pornográficas» (Foucault 1979: 147). En los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI, se ha exasperado ese catálogo que lucra con el mercado del embellecimiento, del placer y del bienestar, desdoblando así nuevas reglas morales y otros grilletes para esos cuerpos liberados del antiguo poder disciplinario. Por eso, a la lista de cualidades impuestas a las figuras corporales contemporáneas, rápidamente enumeradas por Foucault en aquella entrevista —delgado, bonito, bronceado— habría que añadir otra importantísima: la juventud. O, cuando menos, el aspecto juvenil. Porque fue justamente en ese febril momento histórico, a fines de la década de 1960 y principios de los años setenta, cuando la juventud se impuso como un valor indiscutible y universal; entonces, la apariencia teen se convirtió en sinónimo exclusivo de la buena forma.
En contrapartida, la vejez no solo perdió sus antiguas glorias y honores, que enaltecían valores hoy claramente anacrónicos como la experiencia y la sabiduría de la madurez, sino que también terminó extraviando casi todo su sentido. «¿Quién intentará, siquiera, lidiar con la juventud invocando su experiencia?», se lamentaba sagazmente Walter Benjamin en los remotos años treinta del siglo XX, esgrimiendo una astuta mirada premonitoria (Benjamin 1994: 114-119). Porque pasarían todavía tres o cuatro décadas antes de que triunfase, por completo, la famosa arenga que aconsejaría «no confiar en nadie con más de treinta años». En 1969, cuando la tendencia ya era innegable, el escritor Adolfo Bioy Casares acuñó una bella sátira de esa tiranía de la juventud inexperta y lozana que se imponía por todas partes. En su lúcida novela Diario de la guerra del cerdo, el novelista argentino relata la gradual implantación de un programa de exterminio de los ancianos y, junto con ellos, la eliminación de toda la fealdad y la impotencia fatalmente asociadas a la vejez. Dos años antes, en 1967, Guy Debord publicó su manifiesto titulado La sociedad del espectáculo, que también contribuye a la comprensión de tales desenlaces. Tanto en aquel libro como en la película homónima, ese último autor denunció el surgimiento de un nuevo tipo de organización social, articulada en función de las apariencias. Así, la imagen de cada uno pasó a ser fundamental para definir quién se es, y los códigos mediáticos que regulan esas imágenes están lejos de ser «libres».
Mientras se deshacían del peso inerte de los viejos tabús y otros fardos oxidados, los cuerpos surgidos impetuosamente en aquella época asumieron otros compromisos y sellaron otros pactos; sobre todo, con los hechizos del espectáculo y sus deslumbramientos audiovisuales. Foucault esclarece aún más: «Como respuesta a la insurrección del cuerpo encontramos una nueva embestida que no tiene más la forma del controlrepresión sino la del control-estimulación» (Foucault 1979: 147). Varias décadas después de esos desplazamientos y sus consecuentes reacomodos, todavía creemos en ese mito del cuerpo juvenil como un valioso capital hiperestimulado que, lamentablemente, se va desgastando con el tiempo, pero que no se debería perder de ninguna manera. Esa creencia, que vislumbra una concentración triunfal de ese capital corporal en la capacidad de exhibir una imagen joven, delgada y feliz, es de las más robustas —y tiránicas— de nuestra época. Sobre esas bases se ha edificado un inmenso negocio: un mercado alimentado diariamente por millones de cuerpos «dóciles y útiles», tanto femeninos como masculinos, de todos los grupos etarios y étnicos, así como de los más diversos estratos socioeconómicos, esparcidos por la intrincada geografía global. Esos cuerpos consumidores se desesperan por comprar, con un entusiasmo digno de mejores causas, una determinada imagen corporal: aquella que se considera válida o adecuada. En ese derrotero, luchan sin tregua por mantener aquello que de todos modos se desvanecerá: una apariencia joven, lisa y buena.
El objetivo consiste en evitar, desesperadamente y con todos los recursos posibles, la caída en la temible casta de la «tercera edad». Todo para no transformarse, así, en un ser humano de segunda —o de tercera, o bien, más precisa y trágicamente: de última— categoría. Una condición a todas luces inferior e incluso deficitaria, porque solo se define por la falta de aquello que irremediablemente se ha perdido pero que otros aún poseen y ostentan con orgullo. Y que, al menos en teoría, se debería poder conquistar o comprar. En ese sentido es que ahora nadie tiene derecho a envejecer. Y, muy especialmente, son las damas las que más sufren los corolarios de esa prohibición. No sorprende que ninguna mujer quiera ponerse «vieja» hoy en día, ya que el dinámico mundo contemporáneo no cesa de martillar que nadie debería dejarse vencer por esas fuerzas obscuras: aquellos fantasmas que, de todas maneras y con tanta insistencia, jamás detienen su asedio. En semejante cruzada, todo o casi todo vale. Incluso algo que resulta muy curioso en una cultura considerada hedonista: el sacrificio de la propia vida, ya sea en sus versiones minúsculas y cotidianas o en la más grandiosa y letal de todas. Esto último se constata en las muertes causadas por complicaciones en cirugías plásticas, por ejemplo, o debido al consumo de anabólicos, a los excesos en la práctica de ejercicios físicos o en las dietas, e incluso a los accidentes con máquinas bronceadoras o tinturas para el cabello.
Una explicación posible para ese peculiar fenómeno emana de los labios de la actriz hollywoodense Virginia Mad sen, quien alquiló su rostro para protagonizar la publicidad del famoso botox, un producto que promete preservar el aspecto juvenil de los rostros que empiezan a arrugarse. Mirando con firmeza a la lente de la cámara, esta celebridad de ocasión asegura que su meta al inyectarse regularmente esa mágica substancia bajo su piel facial no consiste en «tener el aspecto de una mujer de 25 años». En cambio, la atrayente cincuentona —que, sin embargo, no desea convertirse en vieja de ninguna manera— confiesa su intención: «no quiero tener 25 años, solo quiero parecer yo misma». De modo similar, una propaganda de crema para la piel muestra la foto de una modelo sonriente que dice «yo no escondo mi edad, pero tampoco la dejo aparecer». Pese a su eventual incongruencia, esos testimonios cobran mucho sentido en una sociedad como la que despunta en estos albores del siglo XXI. Al mezclar de un modo aparentemente contradictorio las actuales exigencias de autenticidad y performance —la contundencia del verbo ser con la ligereza de estar y parecer, o bien con las delicias del aparecer— esos anuncios asumen que el derecho a ser alguien o a encarnarse en uno mismo es un privilegio concedido solamente a los jóvenes. O a aquellos que, por lo menos, logren cierto éxito en la ardua tarea de aparentar que lo siguen siendo.
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