Kitabı oxu: «Iluminando la evolución humana»


Serie Biología Evolutiva
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Edición en catalán: Societat Catalana de Biologia
Treballs de la Societat Catalana de Biologia, vol. 71 (2021)
© De los textos: los autores y las autoras, 2021
© De la presente edición:
Unitat de Cultura Científica
i de la Innovació de la Universitat de València
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Publicacions de la Universitat de València, 2021
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Producción editorial: Maite Simón
Interior
Diseño: Inmaculada Mesa
Maquetación: Letras y Píxeles, S. L.
Corrección: David Lluch
Cubierta
Diseño original: Enric Solbes
Imagen: Charles Darwin, caricatura coloreada a partir del original
de John Tenniel para The Hornet, 1871 Grafismo: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-869-6 (papel)
ISBN: 978-84-9134-868-9 (ePub)
ISBN: 978-84-9134-870-2 (PDF)
Edición digital
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN. Light would be thrown: la evolución humana ciento cincuenta años después de Darwin, Juli Peretó y Jaume Bertranpetit
1. EL CONTEXTO HISTÓRICO DE EL ORIGEN DEL HOMBRE DE DARWIN, Janet Browne
2. MODOS DE VER EL MUNDO: DARWIN Y LA PRIMERA GENERACIÓN VICTORIANA, Josep M. Fradera
3. EL PROBLEMA DEL DISEÑO EN LA PROPUESTA DARWINISTA: UNA VISIÓN HISTÓRICA, Jesús I. Català-Gorgues
4. DARWIN BAJO SOSPECHA: LA REPRESENTACIÓN DEL DARWINISMO EN EL PERIÓDICO ABC (1909-1982), Marcos Morales Peláez y Martí Domínguez Romero
5. EL ORIGEN DEL HOMBRE: DARWIN Y LA PSICOLOGÍA, Ester Desfilis
6. LA EVOLUCIÓN HUMANA: EVIDENCIA LINGÜÍSTICA, Joana Rosselló, Liliana Tolchinsky y Carme Junyent
7. EVOLUCIÓN HUMANA EN EURASIA: LOS FÓSILES QUE DARWIN NO CONOCIÓ, María Martinón-Torres
8. LA EVOLUCIÓN HUMANA: EVIDENCIA GENÓMICA, David Comas y Francesc Calafell
9. LAS ADAPTACIONES QUE NOS HAN HECHO HUMANOS: MORFOLOGÍA, David M. Alba y Sergio Almécija
10. LAS ADAPTACIONES QUE NOS HAN HECHO HUMANOS: EL GENOMA, Elena Bosch
11. ¿CÓMO EVOLUCIONAMOS LOS HUMANOS?, Eudald Carbonell y Policarp Hortolà
12. EL ARTE COMO ELEMENTO HUMANO, Inés Domingo
13. LA SELECCIÓN SEXUAL: TRAS EL LEGADO DE DARWIN, Roberto García-Roa y Pau Carazo
14. EVOLUCIÓN GENÉTICA Y CULTURAL DE LA ELECCIÓN DE PAREJA, Mauro Santos y Susana A. M. Varela
15. EL FUTURO GENÉTICO (EVOLUTIVO) DE LA HUMANIDAD, Jaume Bertranpetit y Juli Peretó
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
INTRODUCCIÓN
Light would be thrown: la evolución humana ciento cincuenta años después de Darwin
Juli Peretó Jaume Bertranpetit
Juli Peretó pertenece al Institut de Biologia Integrativa de Sistemes (I2SysBio), Universitat de València-CSIC y al Departament de Bioquímica i Biologia Molecular, Universitat de València.
Jaume Bertranpetit pertenece al Institut de Biologia Evolutiva (IBE), Universitat Pompeu Fabra-CSIC y al Departament de Ciències Experimentals i de la Salut, Universitat Pompeu Fabra.
En 1871, Charles Darwin publica El origen del hombre y la selección en relación al sexo, su primera gran aportación a la explicación natural del origen de la humanidad, un tema deliberadamente omitido en su obra más conocida, El origen de las especies. Convencido de que había llegado el momento propicio para tratar en público tan espinosa cuestión, Darwin elabora un libro que, en la forma y en el fondo, es profundamente victoriano. En él refleja sus prejuicios de clase, de género y de nación (imperial), al mismo tiempo que sienta las bases de nuestra visión contemporánea de la evolución humana sin ninguna intervención sobrenatural. Esta recopilación conmemorativa nos ofrece un amplio y diverso panorama del conocimiento actual sobre los orígenes de la humanidad.
Parecía merecer la pena probar hasta qué punto el principio de la evolución vertía luz en algunos de los problemas más complejos de la historia natural del hombre.
DARWIN, Descent
El 24 de febrero de 1871 salía a la venta la primera edición de The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex (Descent, a partir de ahora) y, antes de terminar el año, contando las reimpresiones, se llegaba a los 8.000 ejemplares en circulación. Fue el primer libro que le supuso un beneficio económico a Charles Darwin, aunque ya era un autor consagrado y popular (figura 1). A pesar de los informes desfavorables sobre la oportunidad de publicar el texto, el olfato de su editor, John Murray, no se equivocaba: una explicación estrictamente natural del origen de los humanos podía atraer la atención no solo de los especialistas, sino también del público en general. El mismo año de la publicación aparecieron las traducciones en neerlandés, francés, alemán, ruso e italiano, y, poco después, en sueco, polaco y danés.
Habían pasado más de once años desde la publicación de la primera edición de On the Origin of Species (Origin a partir de ahora) y Darwin se había mantenido ocupado revisando y ampliando las reediciones de esta obra y publicando dos libros más: sobre la fecundación de las orquídeas (1862) y dos gruesos volúmenes dedicados a la domesticación de plantas y animales (1868). Pero ya no podía aplazar más el atacar un problema, el del origen de los humanos en el contexto de su teoría, mencionado lacónicamente en Origin: «se iluminará el origen del hombre y su historia» (Darwin, 1859: 488).1

Fig. 1. Portada del volumen 1 de la primera edición de El origen del hombre (1871). Fuente: Darwin Online (<http://darwin-online.org.uk/>).
No era por falta de estudio: de hecho, llevaba acumulando datos y reflexiones sobre esta cuestión desde el viaje del Beagle, hacía casi cuarenta años. Darwin admite en su Autobiografía que tan pronto como se convenció, «en 1837 o en 1838», de que las especies eran mutables, «fue imposible no creer que el hombre tenía que seguir la misma ley» (Barlow, 1958). Tampoco era porque no le pareciera un tema de capital importancia: en una carta de 1857 dirigida a Alfred Russel Wallace, codescubridor de la selección natural, le decía que el origen de la humanidad le parecía la «cuestión más elevada y más interesante para el naturalista». Simplemente, como argumenta Janet Browne (2002) en su monumental biografía de Darwin, había llegado el momento de asaltar «la ciudadela de la mente humana y la moralidad»: se daba un contexto científico, académico, incluso social, receptivo a una explicación naturalista de nuestros orígenes. «Darwinizar» sobre la sociedad estaba de moda (Desmond y Moore, 1991). Por otra parte, el debate racial y esclavista era candente y Darwin no era nada indiferente a este (véase el capítulo de Fradera en este mismo volumen). En la introducción de Descent, el autor confiesa que su falta de interés en publicar las ideas sobre el origen del hombre se debía a que no deseaba «incrementar los prejuicios» sobre sus opiniones. Sin embargo, «ahora [1871], la situación ha cambiado». Muchos naturalistas, especialmente los más jóvenes, aceptaban las tesis evolutivas fundamentales.
Una serie de hechos le lanzaron finalmente a la publicación de su propia visión del problema. Primero, la aparición de una obra del geólogo Charles Lyell sobre la antigüedad del linaje humano en la que el autor retrocedía más en el tiempo de lo que sugerían los hallazgos arqueológicos de la época. En segundo lugar, la publicación de un libro sobre anatomía comparada de primates que incluía a los humanos, escrito por el zoólogo Thomas Henry Huxley, el conocido bulldog de Darwin. Pero, sobre todo, un texto de 1869 de Wallace en el que se desdecía de uno escrito cinco años antes y negaba, para escándalo de Darwin, cualquier papel de la selección natural en la emergencia de la mente humana, sustituyéndola por una intervención espiritual.
Como sugiere Browne (2002), una carta de Wallace en la que comunicaba su idea de selección natural fue la chispa que encendió en Darwin la urgencia de publicar Origin, y también fue él quien, a través de su renuncia a una explicación naturalista del origen de los humanos, lo empujó definitivamente a escribir Descent. Wallace no era un autor cualquiera y su opinión podía dañar seriamente la teoría. Antes de leer el texto de Wallace, Darwin, con horror, le dijo: «tengo la esperanza de que no haya asesinado por completo a este hijo suyo y mío». Cuando tuvo el artículo en las manos, dejó escrito al margen un «¡¡¡No!!!» subrayado tres veces. Era, por tanto, urgente una demostración bien argumentada de que los humanos somos parte integral de la naturaleza, como destaca Darwin en la introducción a Descent: «El único objetivo de esta obra es considerar, en primer lugar, si el hombre, como todas las demás especies, desciende de alguna forma preexistente». La reseña de Wallace del libro de Darwin fue, sin embargo, generosamente elogiosa, aunque sin disimular las discrepancias. De hecho, la reacción general estuvo muy lejos de aquella «desaprobación universal, si no ejecución», pronosticada por Darwin. Le pareció que todo esto indicaba la «liberalidad creciente de Inglaterra» (Desmond y Moore, 1991).
Dice la biógrafa de Darwin que Descent es la mitad que le faltaba a Origin, necesaria para traspasar la última frontera de la teoría evolutiva. En realidad, también deberíamos añadir la monografía The Expression of Emotions in Man and Animals (a partir de ahora, Expression), publicada en 1872, originalmente ideada como un capítulo de Descent, pero que finalmente se encarnó en un libro independiente. Estas dos obras forman, en definitiva, una unidad de argumentación sobre el origen gradual de las facultades mentales humanas a partir de las presentes en el mundo animal. Y, junto con Origin, «una trilogía coherente y armónica» (Bellés, 2017).
Descent, en la versión final de 1877, consta de tres partes (Darwin, 1877a). En la primera (capítulos 1 a 7), Darwin expone los argumentos anatómicos y embriológicos que emparentan a los humanos con «formas inferiores», las observaciones sobre las capacidades mentales en animales y humanos, la evolución de las facultades intelectuales y morales en las sociedades humanas, así como la cuestión de las razas y su distribución geográfica. Una transición temática forzada nos lleva a la segunda parte (capítulos 8 a 18), donde el autor explica con mucho detalle la acción de la selección sexual en los animales, desde los invertebrados hasta los mamíferos. En la tercera parte del libro (capítulos 19 a 21) retoma el hilo del tema inicial, expone la aplicación de los principios de la selección sexual a los humanos y cierra el libro con un resumen general con conclusiones.
VICTORIANO EN LA FORMA Y EN EL FONDO
Browne (2002) sostiene que Descent nos muestra el Darwin más victoriano. Desmond y Moore (1991) llegan más lejos, afirmando que contiene no solo toda la vida victoriana, sino la propia historia familiar de los Darwin. Podemos decir que es una obra victoriana, también en la forma. Se ha considerado que el estilo de Darwin es heredero de las mejores cualidades de la tradición literaria británica y deudor de Charles Dickens o Marian Evans (George Eliot), combinado con una amabilidad y una cortesía conciliadora propias de su carácter personal. Sus ideas subvertían muchas creencias establecidas, pero las transmitía con afabilidad y prudencia, sin intimidación (Ros, 2016). El uso magistral de las metáforas y la capacidad de manejar muchos hilos argumentales simultáneos convierten los textos de Darwin en obras de arte duraderas, como las calificó Browne (2002). Sin embargo, la estructura de muchas frases puede resultar empalagosa y rebuscada para los lectores contemporáneos, una prosa poco fluida, un «petardo soporífero» en expresión elocuente de Quammen (2008). Sobre todo, cuando el autor trata de responder, punto por punto, a sus críticos, a veces con párrafos interminables, o cuando presenta una abrumadora enumeración de datos y observaciones para apoyar su argumento, como le ocurría con la domesticación de plantas y animales en Origin o con la selección sexual en Descent. Es bien sabido que, en este último libro, su hija Henrietta hizo de editora literaria con mucha competencia. El papel de la mujer como editora, privada y oculta, era común en aquella época (Browne, 2002). Emma, la esposa de Darwin, lo hizo con Origin y otros libros. En este caso, Henrietta asistió a su padre estructurando textos, reescribiendo pasajes para que fueran más inteligibles y corrigiendo las galeradas. Ayudó no solo a lograr un estilo «lúcido y vigoroso», sino a refinar los razonamientos, como reconoció el propio autor.
Toda la obra de Darwin, y en especial los libros dedicados a la evolución humana, no se entendería aislada de la idea de progreso industrial y dominio colonial de la era victoriana. Para Darwin, la Gran Bretaña victoriana representa la cumbre de la evolución cultural y de las «naciones civilizadas», un estilo de vida al que busca una explicación biológica, unos argumentos naturalistas que serán después una palanca para extrapolaciones desbocadas como el darwinismo social. En este sentido, es un autor de su tiempo, y sus relatos sobre el origen y la evolución de los humanos reflejan sus propios prejuicios culturales y de clase. Darwin también es un autor representativo –quizá el más representativo– del ideal de finales del XIX del triunfo del progreso científico secular sobre las creencias religiosas.
Para Darwin, la especie humana era única y las razas representaban estadios evolutivos hacia un perfeccionamiento (Desmond y Moore, 2009; Browne, 2002; Ros, 2009; Pelayo y Puig-Samper, 2019). En Expression recalcará que la universalidad de la expresión de las emociones en humanos de todo el mundo supone «un nuevo argumento a favor de que todas las razas descienden de un mismo tronco ancestral [que era] casi totalmente humano [...] antes del periodo en que las razas divergieron entre ellas» (Darwin, 1872: 361). Reconocía una jerarquía racial, pero no era racista en el sentido actual del término (Saini, 2019), ni mucho menos, esclavista. Al contrario, por entorno familiar y por convencimiento acumulado desde sus vivencias durante el viaje del Beagle, fue un firme abolicionista. Las razas, para él, no reflejaban adaptaciones ambientales, sino que eran el resultado de la selección sexual, unas preferencias que derivaban en diferencias morfológicas y culturales entre los diversos grupos humanos. Un papel central atribuido a la selección sexual que también fue motivo de discrepancia profunda pero amable con Wallace. Darwin sostenía que entre los animales no humanos la selección la solía hacer la hembra, mientras que en los humanos es el macho quien toma la iniciativa: «los hombres más fuertes y audaces [...] en la competición por las esposas». Ofrece así una base evolutiva a un prejuicio muy arraigado en la cultura popular y patriarcal. Y este detalle encajaba bien en su noción de la evolución de las mujeres y los hombres: el hombre tendría una capacidad mental superior y la mujer sería «más tierna y menos egoísta» y, en general, exhibiría cualidades propias de civilizaciones inferiores. En todo caso, no deberíamos sacar de su contexto victoriano estos prejuicios de un hombre blanco de clase media, ni censurarlos con los criterios del presente.
EVOLUCIÓN SIN FÓSILES
Ros (2009) razona que, retrospectivamente, es impresionante el trabajo de síntesis de Darwin sobre la evolución humana con los datos e informaciones de los que disponía en aquella época. Solo por fijarnos en un aspecto, la convicción evolutiva de Darwin sobre el origen de los humanos, basada en el parentesco anatómico y embriológico con otros primates –descrito por Huxley en su monografía Evidence as to Man’s Place in Nature (1862)–, y la conjetura sobre nuestro origen africano no podían tener el apoyo de la paleontología, porque los restos fósiles de posibles antepasados intermedios entre humanos y otros primates aún no se habían descubierto. De hecho, en 1864, Darwin tuvo ocasión de ver el cráneo de Neandertal que se había encontrado en Gibraltar en 1848 y, al parecer, le dejó más bien frío (DeSilva, 2021). Es más, Huxley proponía que el otro cráneo de Neandertal conocido, el hallado en la cueva Feldhofer en 1856, no dejaba de ser un cráneo humano peculiar. Darwin, que confiaba plenamente en el criterio de Huxley, lo consideró como la evidencia de una raza humana extinguida y en Descent solo cita una vez el «famoso [cráneo] de Neandertal» en el contexto de la evolución reciente de la volumetría craneana en humanos. También se refiere a la mandíbula encontrada en la cueva de La Naulette (hoy en día considerada un fósil de Neandertal) en la discusión sobre la «reversión» de caracteres anatómicos (en este caso, el tamaño de los caninos) a formas primitivas. En resumen, pocos fósiles y mal interpretados (para un análisis del contexto paleontológico en época de Darwin, véase Pelayo y Puig-Samper, 2019).
En Origin Darwin ya había manifestado de manera muy explícita cómo era de consciente de la imperfección del registro fósil. En Descent recurre a Lyell para afirmar que el hallazgo de fósiles es «un proceso muy lento y casual» y que las regiones donde se esperaría encontrar los restos que conectarían a los humanos con sus antepasados extinguidos «aún no han sido investigadas por los geólogos». A pesar de la limitación paleontológica, Darwin predijo correctamente el lugar de origen de la especie humana. Aplica aquí el pensamiento naturalista vertical que tan buen resultado le dio en Origin, por ejemplo, en la discusión sobre los mamíferos americanos extinguidos: hay una relación histórica de parentesco entre las especies actuales que habitan un determinado lugar geográfico y las especies extinguidas enterradas metros abajo en aquella localización. Por ello, establecida la conexión anatómica, embriológica y de comportamiento innegable entre los humanos y los «primates del Viejo Mundo», «es probable que África antes estuviera habitada por simios extintos parecidos a los gorilas y chimpancés; y como las dos especies son las más parecidas al hombre, es un poco más probable que nuestros antepasados vivieran en África que en cualquier otro lugar» (Darwin, 1877a: 155).
UN AUTOR BIEN CONECTADO
Ros (2009) señaló un contraste formal muy notable entre Origin y Descent, como es el uso que hace Darwin de la bibliografía. Como es bien conocido, Origin fue el resultado de un cambio radical en el plan de publicación de Darwin a raíz de la llegada en 1858 de la carta de Wallace donde le explicaba su idea de selección natural (Costa y Peretó, 2008). El riesgo de perder toda la iniciativa en el enunciado de la teoría de la evolución le llevó a renunciar a la publicación de una serie larga de volúmenes y concentrarse en la redacción de un «resumen» más divulgativo, de «tamaño moderado» según el autor (a pesar de sus buenas 400 páginas) y sin aparato bibliográfico. Sin embargo, un libro como Descent, en el que se discutía una materia tan seria y sensible como la evolución humana, requería el apoyo de los datos e informaciones del espectro más amplio posible de naturalistas, antropólogos, anatomistas, etc., y lo hace con una profusión de notas a pie de página y referencias documentales. Esto demuestra, como señala Ros (2009), no solo un profundo y actualizado conocimiento de la bibliografía, sino también la vitalidad de la red de conexiones que Darwin había tejido a lo largo de los años con interlocutores de todo el mundo.
A primera vista, podría sorprender que un sabio que vivía en medio de la campiña inglesa, con la única compañía de su familia y sus mascotas, pudiera estar tan al corriente de las novedades científicas de su época. Sin embargo, Darwin es un buen ejemplo de los usos comunicativos de los naturalistas de la época. Así, a pesar de vivir en un ambiente rural, estaba bien comunicado con la capital, y las visitas de amigos y colegas eran habituales. Siendo un autor de fama e impacto creciente, recibía numerosas publicaciones y libros de autores de todo el mundo. Pero, como acabamos de mencionar, Darwin estableció estratégicamente una diversidad de conexiones epistolares no solo con académicos de todas partes, sino con cualquier persona que pudiera suministrar información relevante, fueran criadores de palomas o perros, cultivadores de orquídeas o conservadores de un museo. El servicio postal victoriano era considerado el más eficiente del mundo y Darwin supo sacar el máximo provecho de ello.2 Las cartas le ayudaron a escribir y reescribir sus obras, ya que canalizaron buena parte de las críticas y reacciones a sus escritos. Todo ello, junto con la suscripción a varias revistas científicas, hacía posible que, desde Down House, Darwin tuviera constancia de casi todos los avances en las ciencias naturales de su tiempo.
Muchos de los hilos argumentales sobre la evolución humana que aparecen en Descent y Expression se pueden seguir en el epistolario a través del diálogo de Darwin con personajes relevantes como, por ejemplo, su primo Francis Galton, los misioneros Thomas Staley y Waite Hock Stirling, el médico Guillaume Duchenne, el psicólogo William Preyer, el psiquiatra James Crichton-Browne o el naturalista Ernst Haeckel, quien ya se había atrevido con el origen evolutivo de los humanos. Las preguntas y respuestas reflejadas en las cartas son una representación de los temas de discusión habituales en la sociedad victoriana: la unidad de la especie humana y la cuestión vidriosa de las razas, la posición superior de la civilización europea y su papel en la evolución de otras sociedades (un tema ligado íntimamente a la ideología colonial) o el progreso moral en los humanos y en otros animales. Determinadas correspondencias fueron clave en temas que Darwin conocía menos, como la historia de la esclavitud o los incipientes estudios científicos sobre los trastornos mentales.
EL USO DE LA IMAGEN (O NO) EN LA OBRA DE DARWIN
La historia natural tiene una naturaleza visual intrínseca. El uso de la imagen en la investigación naturalista y en la difusión del conocimiento generado es un vehículo insustituible de transmisión de la realidad a los receptores de esta ciencia. Como destacó Voss (2010), el archivo de Darwin conservado por la Biblioteca de la Universidad de Cambridge da una idea de cómo de meticulosa fue la recogida de imágenes a lo largo de toda su vida y cómo de trascendentes fueron los dibujos, los grabados o las fotografías en sus investigaciones y publicaciones. Varias representaciones de las ideas de Darwin, tanto las de carácter científico, por ejemplo, los árboles filogenéticos, como las caricaturas aparecidas en publicaciones satíricas o en logos de empresa (como la famosa etiqueta de Anís del Mono), nos hablan del impacto explosivo que tuvo el naturalista en el mundo académico y en la cultura popular. Una medida del valor que Darwin otorgaba a las imágenes la da el hecho de que, en más de una ocasión y ante las protestas de su editor por el encarecimiento de la publicación si se incluían figuras, el autor costeó él mismo el gasto (Browne, 2002).
Así, un aspecto formal destacable en la obra de Darwin, bien estudiado por los historiadores, es el uso que hizo de la imagen, pero también nos podríamos fijar en aquellos momentos en los que no usa una determinada imagen. Sin duda, el dibujo había sido una herramienta clave en el proceso de documentación durante el viaje del Beagle y nos han quedado numerosas muestras de gran belleza, como las acuarelas de Conrad Martens. Darwin no era un buen dibujante y en su Autobiografía reconoce que muchos de los esquemas que hizo durante el viaje «resultaron casi inútiles» (Barlow, 1958: 78). Por ello, las ilustraciones que encontramos en su obra, a excepción de los esquemas geológicos, para los que sí que estaba dotado, son el resultado del trabajo de una diversidad de artistas, grabadores o fotógrafos que colaboraron con él. Así, Descent incorpora grabados para documentar los caracteres relevantes en la selección sexual. Y en el volumen sobre la expresión de las emociones, la imagen ya ocupa una posición central en el discurso, iniciándose el autor en la utilidad científica de la fotografía, por ejemplo, a través de las míticas imágenes cedidas por Duchenne de sus experimentos sobre el efecto de las descargas eléctricas sobre la expresión facial o la fotografía expresiva de Oscar Rejlander (figura 2). La fotografía fue un recurso que después Darwin explotaría personalmente con mucha eficacia en su investigación botánica. Con los usos de las imágenes, podemos detectar en la obra del naturalista inglés un momento de transformación de la generación de conocimiento y de la comunicación científica a finales del siglo XIX (Voss, 2010).

Fig. 2. Charles Darwin. Fotografía realizada por Oscar Rejlander en 1871.
Pero si hay un icono emblemático de la evolución es la metáfora (o «símil», como dice Darwin) del árbol de la vida. Se conservan trece borradores manuscritos de árboles filogenéticos, incluyendo el ya famoso esquema precedido de la declaración «I think» del cuaderno de notas B (1837-38). Ahora bien, en toda la obra publicada de Darwin solo apareció un diagrama, que es, por cierto, la única figura que contiene Origin: la representación de una genealogía teórica de especies. Muy posiblemente, el autor, que ya había usado con provecho la imagen en obras anteriores, como en el relato del viaje del Beagle, apremiado por publicar lo que él mismo llamó «mi volumen abominable», no quiso perder tiempo eligiendo imágenes. Pero ¿por qué un libro trascendental como Descent no incorpora ningún esquema de la relación evolutiva entre los primates, como el que el autor esbozó en 1868? Se conserva un dibujo muy simple a lápiz de la filogenia de los primates, quizá de mediados de la década de 1860, pero el fechado el 21 de abril de 1868, analizado con mucho detalle a través de las sucesivas enmiendas y correcciones superpuestas en el papel (Delisle, 2006; Pietsch, 2012; Archibald, 2014), explicita la monofilia del género humano (en contra del poligenismo) y su inclusión, como una rama más, dentro del árbol de los primates. Los humanos comparten, en este dibujo, un antepasado común lejano con un grupo formado por gorilas y chimpancés, orangutanes y gibones (figura 3).
Sin embargo, Darwin renunció al poder comunicativo de la imagen y se limitó a verbalizar sus ideas en Descent. La ausencia de esta representación visual también ha llamado la atención de los historiadores. Un caso reciente es el de Marianne Sommer, que relaciona la decisión de Darwin con su plena conciencia de las limitaciones de la iconografía arborescente, como es la incapacidad de capturar simultáneamente su sólida convicción sobre la monofilia de la especie humana (Desmond y Moore, 2009) y las jerarquías raciales que, según él, había generado la selección sexual (Sommer, 2021). De cualquier modo, parece también creíble, dada su proverbial prudencia a la hora de presentar los datos, que Darwin decidiera no incluir este esquema porque lo viera todavía demasiado especulativo. Un poco como ocurrió con sus ideas sobre el origen natural de la vida, que nunca llegó a publicar (Peretó et al., 2009), renunciaría a explicitar gráficamente su argumento sobre la evolución humana. De hecho, el boceto fue una manera de ordenar las ideas taxonómicas y filogenéticas sobre el género humano expuestas por otros autores, como Huxley, Wallace, Haeckel o Saint George Mivart. La clave la da el propio Darwin en la nota manuscrita del reverso del esquema: «Disposición por lo que puedo entender comparando el trabajo las opiniones de Huxley de varios naturalistas de cuyo juicio se puede confiar mucho – En cuanto a mí, no tengo ninguna prueba para formarme una opinión».3

Fig. 3. Izquierda: Árbol filogenético de los primates realizado por Darwin y datado el 21 de abril de 1868. Fuente: Manuscrito DAR80.B91r, Biblioteca de la Universidad de Cambridge. Reproducido con el permiso de Syndics of Cambridge University Library. Derecha: Interpretación de Juan Luis Arsuaga y transcripción del mismo árbol realizada por Américo Cerqueira reproducida con su permiso.
LA EVOLUCIÓN HUMANA PARCIALMENTE ILUMINADA
Con frecuencia y seguridad se ha afirmado que nunca se podrá conocer el origen del hombre; pero la ignorancia genera confianza con más frecuencia que el conocimiento; son los que saben pocas cosas, y no los que saben muchas, los que afirman de forma tan positiva que tal o cual problema no será nunca resuelto por la ciencia.
DARWIN (1877a: 2)
El objetivo de esta recopilación de textos es ofrecer, por un lado, un contexto histórico, sociológico y filosófico de Descent. Por otro, abrimos un abanico de miradas contemporáneas sobre la evolución humana desde disciplinas tan diversas como la paleontología, la genómica, la arqueología, la lingüística, la psicobiología o la etología. En homenaje a Darwin mostramos lo que la ciencia contemporánea ilumina, parcialmente, sobre el origen y la evolución de nuestra especie. Hoy aceptamos la principal conclusión de Darwin, que descendemos «de alguna forma de organización inferior», documentada exhaustivamente por la paleoantropología, el DNA antiguo y la genómica de las poblaciones humanas actuales (Bergström et al., 2021), pero observamos que, como él mismo temía, esto todavía puede ser un mensaje «desagradable» para algunas personas, 150 años después.
La recopilación se inicia con el texto de Janet Browne, autora de la biografía más completa jamás escrita sobre el naturalista inglés. En «El contexto histórico de El origen del hombre de Darwin», la autora nos sitúa en la Inglaterra victoriana y expone las motivaciones que llevaron al autor a abordar como naturalista la «cuestión más elevada y más interesante», continuando de manera lógica el discurso que había iniciado con Origin. La autora muestra cómo todos los prejuicios nacionales e imperiales, de clase, de género y raciales, del autor se proyectan sobre Descent. Por otra parte, en «Modos de ver el mundo: Darwin y la primera generación victoriana», Josep Maria Fradera incide en aspectos concretos de las razones que asistieron a Darwin para abordar la cuestión de la humanidad en su conjunto, su visión secular y naturalista del problema y, más en concreto, cómo gestionó el debate sobre la esclavitud en el contexto de sus ideas sobre el origen de las razas. Por su parte, Jesús Català sigue, en «El problema del diseño en la propuesta darwinista: una visión histórica», un hilo intelectual de Darwin con su poliédrica manera de afrontar el problema del diseño y los argumentos de la teología natural, así como el alcance de la selección natural en el proceso evolutivo. Català aporta una mirada original sobre aspectos poco conocidos de la tensión entre evolucionismo y religión. El bloque de contexto histórico acaba con el artículo de Marcos Morales y Martí Domínguez. En «Darwin bajo sospecha: la representación del darwinismo en el periódico ABC (1909-1982)», los autores eligen un medio de comunicación conservador español para ilustrar cómo el ambiente social y político del siglo XX ha impuesto sesgos ideológicos, incluso la censura, sobre una teoría científica que es vista como una amenaza al statu quo, un estigma que ya pesaba en la Inglaterra victoriana en la que vivió Darwin.
Un aspecto central de Descent es el despliegue de argumentos a favor de la continuidad evolutiva en la aparición de las capacidades mentales más complejas y sofisticadas. En «El origen del hombre: Darwin y la psicología», Ester Desfilis nos detalla las pruebas psicológicas que presenta Darwin en Descent y se adentra en las relaciones, no siempre amistosas, entre evolucionismo y psicología. La aproximación darwinista al comportamiento humano ha sido y sigue siendo un terreno abonado para las controversias más ácidas. Joana Rosselló, Liliana Tolchinsky y Carme Junyent revisan los argumentos evolutivos, de desarrollo y lingüísticos empleados por Darwin para tratar el origen de la capacidad del lenguaje en «La evolución humana: evidencia lingüística». Las autoras nos descubren el profundo conocimiento de Darwin sobre el lenguaje que hizo que Descent ofreciera una conjetura muy potente sobre esta cuestión compleja y crucial en su defensa del origen natural de las capacidades mentales humanas.
Como hemos señalado, Darwin argumentó sobre la evolución de los humanos sin disponer de ninguna prueba paleontológica significativa. La situación actual es muy diferente. María Martinón-Torres presenta, en «Evolución humana en Eurasia: los fósiles que Darwin no conoció», una actualización de nuestros conocimientos sobre paleoantropología complementados con las modernas tecnologías paleómicas que han cambiado nuestra visión de la filogenia de los humanos y sus ancestros. La autora también expone el debate actual sobre las múltiples migraciones de nuestra especie y sus antepasados en el marco de las diferentes versiones del modelo «Out of Africa» en el que empiezan a tomar protagonismo las expansiones hacia Asia. Por su parte, David Comas y Francesc Calafell nos ofrecen, en «La evolución humana: evidencia genómica», una cuidada descripción del alcance y las limitaciones de la lectura del pasado inscrita en nuestros genomas y en los recuperados de especies extinguidas. Esta excepcional ventana evolutiva ofrece una panorámica de las relaciones entre humanos, neandertales, denisovanos y, tal vez, otros homininos que pueden haber contribuido a nuestros genomas actuales. Las tecnologías asociadas al DNA antiguo no solo permiten recuperar nuestra historia más profunda, como el origen africano de la humanidad, sino también la más reciente, representada por las migraciones de las poblaciones humanas por todo el planeta.
Uno de los pilares de la investigación de Darwin sobre qué es lo que nos hace humanos fue la anatomía comparada con el resto de primates. En «Las adaptaciones que nos han hecho humanos: morfología», David M. Alba y Sergio Almécija actualizan nuestro conocimiento sobre las características humanas más distintivas, como el bipedismo habitual, la manipulación y la reducción del dimorfismo sexual. Darwin tuvo grandes intuiciones, como la propuesta sobre nuestro pasado arborícola, pero la falta de fósiles no le permitió ir más allá. Hoy sabemos que la aparición de la mayoría de las adaptaciones morfológicas típicamente humanas coincide con el origen del género Homo. Para su parte, Elena Bosch ofrece una revisión de aspectos evolutivos que Darwin nunca podría ni soñar en «Las adaptaciones que nos han hecho humanos: el genoma». Ahora es posible detectar la huella de la selección natural en los genomas e identificar las adaptaciones, no solo morfológicas sino fisiológicas o metabólicas, que han esculpido la especie humana.
En «¿Cómo evolucionamos los humanos?», Eudald Carbonell y Policarp Hortolà reflexionan sobre los procesos que nos han hecho humanos, tales como la forma de obtener energía, cómo intercambiamos la información y cómo nos agrupamos a varias escalas durante la socialización. Los autores reivindican la necesidad de construir un marco teórico sólido para entender bien nuestra evolución desde la perspectiva de que la humanización es un proceso inacabado.
Un tema que Darwin pasó por alto fue el del origen del arte; sin embargo, en «El arte como elemento humano», Inés Domingo Sanz sostiene que el pensamiento darwinista es el gran escenario de los debates que históricamente se han mantenido sobre la emergencia de un comportamiento simbólico idiosincrático humano. Como se sugiere en el artículo, el más reciente de estos debates es la discusión sobre la capacidad artística de los neandertales.
Como ya hemos comentado, Descent tiene una parte central muy extensa dedicada a la selección sexual, un mecanismo evolutivo que Darwin situó al lado de la selección natural en su esquema teórico. Roberto García-Roa y Pau Carazo argumentan, en «La selección sexual: tras el legado de Darwin», que esta parte, a veces menospreciada, del tratado darwinista es una aportación capital a la biología evolutiva, así como a la biología en general, ya que la selección sexual se puede considerar como una de las áreas más complejas del estudio actual de la evolución. Por su parte, Mauro Santos y Susana A. M. Varela analizan un aspecto fascinante de la selección sexual en «Evolución genética y cultural de la elección de pareja», como es el componente de transmisión cultural añadido a los determinantes genéticos del comportamiento durante la elección de pareja.
Finalmente, el monográfico se cierra con nuestro artículo «El futuro genético (evolutivo) de la humanidad», en el que discutimos hasta qué punto la intervención cultural y tecnológica de los humanos puede influir sobre su propio futuro evolutivo.
TRADUCCIONES DE DESCENT AL ESPAÑOL Y AL CATALÁN4
Cinco años después de publicarse Descent se edita en Barcelona (en Imprenta de la Renaixensa) la primera traducción al español a cargo del poeta, conferenciante y periodista interesado en la difusión de la ciencia, Joaquim M. Bartrina (Gomis y Josa, 2009b). Hasta entonces, de Darwin solo había circulado en castellano un capítulo sobre geología dentro del Manual de investigaciones científicas; dispuesta para el uso de los oficiales de la Armada y viajeros en general (Cádiz, 1857) y una traducción incompleta de Origin (Madrid, 1872). La traducción de Bartrina también corresponde solo a una parte de Descent, curiosamente, con el añadido de textos de otros autores. Hay que señalar que las versiones abreviadas de obras traducidas eran una práctica habitual en la época y nada despreciables como recurso divulgativo. Entre 1892 y 1897 Trilla y Serra Editores (Barcelona) reimprimirán la versión de Bartrina. En 1885, José del Perojo y Enrique Camps traducirán la segunda edición inglesa con el título La descendencia del hombre y la selección en relación al sexo (Administración de la Revista de Medicina y Cirugía Prácticas, Madrid), que se puede considerar la primera traducción completa de la obra. La editorial Sempere de Valencia (la imprenta de El Pueblo, periódico fundado por Blasco Ibáñez) publicará en 1902 la versión de A. López White, que será reeditada en varias ocasiones durante las décadas siguientes, ya bajo el sello de la editorial Prometeo, cuyo director editorial era Blasco. Hay que señalar que esta traducción, de la que circularon unos 56.000 ejemplares (29.000 en América Latina), según el editor, es solo la primera parte del libro de Darwin (capítulos I-VII) y no incluye la parte sobre selección sexual ni los capítulos finales (figura 4). Hasta la Guerra de España circularán varias traducciones, la mayoría parciales, con una diversidad de títulos: El origen del hombre: selección natural y sexual, El pasado y el porvenir de la humanidad, La lucha por la existencia, Precursores y descendientes o Las facultades mentales en el hombre y en los animales. Fueron publicadas por editoriales de Madrid, Barcelona, Granada y Valencia, vinculadas a sectores progresistas y laicos. Las traducciones de las obras de Darwin durante el siglo XIX han recibido la atención de filólogos y especialistas en traductología (véase Pelayo y Puig-Samper, 2019, y referencias citadas). Así, Carmen Acuña-Partal ha investigado con detalle las traducciones de Darwin al español y los contextos culturales en los que se produjeron. Darwin valoraba mucho la difusión de su obra en otros idiomas, pero, mientras vivió, apenas podía controlar las estrategias editoriales o los trasfondos ideológicos que había detrás de la difusión (o la censura) de sus ideas (Acuña-Partal, 2016). Su obra siempre ha sido combustible para la manipulación.
Entre 1933 y 1963, en España no se vuelve a publicar ninguna traducción de Descent, que reaparecerá en las librerías en la traducción de Julián Aguirre para la editorial Edaf (Madrid) con su característica cubierta de plástico azul. Esta versión se reimprimirá en varias ocasiones hasta la actualidad y, a partir de 1980, incluirá un estudio preliminar de Faustino Cordón. Asimismo, otras editoriales lanzarán diferentes traducciones durante las décadas siguientes. Pongamos ahora dos ejemplos, uno de desidia editorial y otro de excelencia. El primero es la publicación de la antigua traducción de López White, de principios del siglo XX, por la editorial Alba (Alcobendas) a finales de los años noventa (y reeditada en 2000 y 2002) bajo el título El origen de las especies [sic]. El contrapunto de calidad es la traducción al español de Joandomènec Ros de la edición definitiva de Descent (1877). En esta edición, Murray incorporó al final un artículo de Darwin publicado en 1876 en Nature sobre la selección sexual en primates. La traducción de Ros fue publicada por la editorial Crítica (Barcelona) en 2009, año del bicentenario de Darwin, y ha sido reeditada en 2021. Esta cuidada edición incluye una presentación de José Manuel Sánchez Ron, director de la colección, un prólogo del traductor y un epílogo de Carles Lalueza-Fox. Finalmente, en 2019 se incorporó a la Biblioteca Darwiniana, dirigida por Rosaura Ruiz (UNAM, México) y editada por Los Libros de la Catarata (Madrid), un volumen de gran formato y 449 páginas con un extenso estudio de los historiadores Francisco Pelayo y Miguel Ángel Puig-Samper. Sin embargo, el texto de Darwin no es una traducción actual, sino la versión de Descent que hicieron Perojo y Camps ¡hace 136 años!

Fig. 4. Cubiertas de las traducciones de El origen del hombre de López White (1902 y 1920), Josep Egozcue (1984) y Joandomènec Ros (2009). Fuente: Biblioteca particular de los editores de este volumen.
En catalán solo disponemos de una traducción, la publicada en 1984 por Edicions Científiques Catalanes en dos volúmenes de la primera edición del libro en versión del malogrado Josep Egozcue, con prólogo de Joan Rovira. Si es cierto que cada generación debe disponer de una traducción contemporánea de los clásicos, pensamos que sería hora de emprender una nueva traducción al catalán de El origen del hombre de Darwin.
1. «Light would be thrown on the origins of man and his history». Nos hemos inspirado en esta frase para poner título a este volumen, que analiza el contexto de la obra de Darwin y nos abre un panorama de las investigaciones actuales sobre la evolución humana.
2. Hoy en día se conservan más de quince mil cartas intercambiadas con más de dos mil interlocutores, muchas de ellas accesibles en línea gracias al Darwin Correspondence Project de la Universidad de Cambridge (disponible en línea: <https://www.darwinproject.ac.uk/>).
3. Se transcribe literalmente el texto manuscrito incluyendo las palabras que Darwin tachó.
4. Para a una información detallada y crítica de todas las ediciones de Darwin en español y en catalán, consúltese Gomis y Josa (2009a).
1. EL CONTEXTO HISTÓRICO
DE EL ORIGEN DEL HOMBRE DE DARWIN
Janet Browne
Janet Browne es Aramont Professor en el History of Science Department, Harvard University.
Darwin publicó El origen del hombre y la selección en relación al sexo en 1871 como una importante contribución al debate victoriano sobre los orígenes evolutivos de la humanidad. Gran parte de ese debate comenzó tras la publicación de El origen de las especies en 1859; sin embargo, Darwin había excluido deliberadamente a los seres humanos de esta obra. El origen del hombre incluye su larga investigación sobre los orígenes animales de las características humanas y varias teorías nuevas importantes, como la selección sexual. La teoría de la selección sexual constituye el núcleo de su propuesta de explicación de la diversificación de las razas humanas. Se analizan los motivos de su publicación y se sitúa el libro en el contexto social contemporáneo del siglo XIX.
La principal conclusión a la que se llega en este libro, es decir, que el hombre desciende de alguna forma de organización inferior, será, lamento pensarlo, muy desagradable para muchos. Pero apenas caben dudas de que descendamos de bárbaros.
DARWIN, Descent
En The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex (Descent a partir de ahora), Charles Darwin se ocupó de lo que denominó «el problema más elevado e interesante para el naturalista». Publicado por primera vez en inglés, en Londres, en las primeras semanas de 1871, Descent fue una exposición exhaustiva de la teoría de la evolución de Darwin aplicada a los seres humanos: en ella describió lo que sabía sobre los orígenes animales del hombre, las características físicas de los distintos pueblos, la aparición del lenguaje y el sentido moral, las relaciones entre los sexos en los animales y en los seres humanos, y un sinfín de temas similares que desdibujaban los límites entre nosotros y el mundo animal. Su objetivo era demostrar que los seres humanos habían evolucionado gradualmente a partir de los animales y que las diferencias eran solo de grado y no de tipo. Sus conclusiones eran audaces:
Hemos de reconocer, según me parece, que el hombre, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más envilecidos, con la benevolencia que extiende no solo a los demás hombres sino al más insignificante de los seres vivos, con su intelecto divino, que ha penetrado en los movimientos y la constitución del sistema solar… Con todas esas capacidades enaltecidas, el hombre todavía lleva en su estructura corporal el sello indeleble de su humilde origen (Darwin, 1877a: 619).
Ha sido un largo proceso el que ha llevado a Darwin a este punto. Doce años antes, en Origin of Species (Origin a partir de ahora), había escrito con cautela que, si se aceptaban sus opiniones, «se iluminarían los orígenes del hombre y su historia» (Darwin, 1859: 488). En realidad, había mantenido deliberadamente a los seres humanos fuera de Origin: desde el principio de sus investigaciones había reconocido que el tema pondría en peligro cualquier consideración tranquila de su argumento. Aunque en Gran Bretaña un número cada vez mayor de personas rechazaban la verdad literal de la historia bíblica del origen, todavía había suficientes creyentes como para que Darwin fuera cauto con lo que escribía (Lightman, 1987). La propia definición de la humanidad en Occidente se basaba en la antigua creencia en la existencia de un sentido moral especial otorgado a los seres humanos por el creador divino. Los acalorados debates que siguieron a la publicación de Origin se centraron explícitamente en la cuestión de los orígenes humanos y el papel creador de una fuerza divina (Bowler, 2007; Livingston, 2001). La controversia fue tan agitada y destemplada como Darwin había temido, aunque se había asegurado de que no se mencionara a la humanidad en el texto.1
¿Por qué, entonces, Darwin decidió finalmente escribir un libro como Descent? Los archivos indican que estaba profundamente interesado en toda la cuestión de los orígenes y la diversificación humana desde la época del viaje del Beagle, 1831-1836 (Hodge y Radick, 2009; Barlow, 1958).2 En ese viaje se encontró con muchos grupos indígenas diferentes y se preguntó sobre las relaciones de estos con su propia sociedad británica. Incluso antes del viaje, expresó su ardiente apoyo a los movimientos antiesclavistas que se estaban organizando en Gran Bretaña, ya que sentía que todos los seres humanos son iguales bajo la piel (Desmond y Moore, 2009). Creía claramente que el ser humano era una parte esencial del mundo natural y que debía incluirse en cualquier interpretación de los orígenes que elaborara; sin embargo, excluyó deliberadamente a los humanos en su Origin (1859). Durante la década de 1860 hubo una serie de factores que contribuyeron a que cambiara de opinión. Principalmente, Darwin se dio cuenta de que aumentaba la influencia de las historias alternativas. El evolucionismo creativo del duque de Argyll estaba ganando terreno en el Reino Unido. Principles of Biology de Herbert Spencer y sus Essays: Scientific, Political and Speculative integraban conceptos evolutivos seculares con ideas políticas y sociales reformistas que ya resultaban atractivas para sus contemporáneos. Ernst Haeckel se ocupaba de describir la ancestralidad de los simios a sus lectores alemanes. El libro anónimo de Robert Chambers sobre la transmutación, Vestiges of the Natural History of Creation, publicado por primera vez en 1844, seguía circulando ampliamente, incluyendo ahora varias traducciones a idiomas europeos (Greene, 1959).
Así mismo, los científicos más cercanos a Darwin empezaban a publicar sus propias opiniones sobre la evolución de la humanidad: Charles Lyell, Thomas Henry Huxley y Alfred Russel Wallace elaboraron cada uno de ellos importantes estudios que desarrollaban diferentes aspectos de la ascendencia humana. En 1863, Charles Lyell publicó Antiquity of Man, donde exponía la historia geológica humana. Hasta entonces, la escasez de artefactos humanos tempranos, como los de sílex trabajados y herramientas, había sugerido que la humanidad era muy reciente en términos geológicos. La suposición común era que los seres humanos solo aparecieron cuando la Tierra llegó a su estado moderno, lo que se suponía que era después del periodo glacial –o para aquellos que creían en el diluvio bíblico, en el momento en que las aguas se retiraron–. Lyell hizo retroceder el origen de los seres humanos más allá de esta línea divisoria acuosa, hacia el pasado geológico profundo. Aunque apenas había restos fósiles humanos que estudiar, fue el primer libro importante después de Origin que sacudió la visión contemporánea de la humanidad.
Evidence as to Man’s Place in Nature, de Thomas Henry Huxley, se publicó unas semanas después del libro de Lyell. Huxley no adoptó totalmente las ideas de Darwin, pero defendió con entusiasmo el derecho de este a proponer explicaciones naturalistas del mundo viviente. En este breve y polémico libro, demostró que la humanidad debe, por motivos biológicos, ser clasificada con los simios. Los lectores comprendieron este punto, pero no necesariamente lo aceptaron. Un crítico observó secamente: «Todavía no estamos obligados a ir a cuatro patas con el profesor Huxley».
Poco después llegó Alfred Russel Wallace, que había formulado de forma independiente el principio de la evolución por selección natural. En la década de 1860, Wallace escribió dos artículos convincentes sobre la evolución humana. En el primero, sostenía que la selección natural era la fuerza principal en la transformación de los simios en personas. En el segundo artículo, publicado en 1869 en la revista Quarterly Review, dio marcha atrás y declaró que la selección natural parecía insuficiente para explicar el origen de las extraordinarias capacidades mentales de la humanidad. Estaba de acuerdo con Darwin en que la selección natural empujó a nuestros ancestros simios al umbral de la humanidad, pero dedujo que en ese momento la evolución física se detuvo y el poder de la mente humana tomó el relevo. Esta siguió avanzando, argumentaba, a medida que los imperativos culturales cambiaban y se desarrollaban.
Darwin quedó muy sorprendido. «Espero que no haya asesinado del todo al hijo suyo y mío», exclamó sorprendido a Wallace.3 Fue en parte la alarma de ver el artículo de Wallace lo que le animó a expresar íntegramente sus propias opiniones en Descent. No podía estar de acuerdo con Wallace en que una fuerza externa –Wallace creía que era un poder espiritual– nos había convertido en lo que somos.
Tal vez parecía haber llegado el momento de finalizar su investigación sobre la humanidad y hacerla pública. Había acumulado un gran archivo de información desde su viaje en el Beagle. Además, ahora podía recurrir a las investigaciones de destacados anatomistas y antropólogos favorables a una visión secular y biológica de la humanidad, como Ernst Haeckel, Pierre Paul Broca, Jean Louis Armand de Quatrefages, Édouard Claparède y Carl Vogt, y podía consultar a colegas científicos como Francis Galton, John Lubbock y Edward B. Tylor. Su inmensa red de corresponsales –generada durante los años de Origin– pudo ayudar a localizar especialistas que le guiaran en áreas relativamente desconocidas, como los probables inicios del lenguaje humano. Al final del proceso, incluso pidió a su hija Henrietta, de 28 años, que actuara como correctora editorial, corrigiendo sus errores gramaticales y ayudando a la claridad del texto. Pronto Darwin reunió tanto material que se sintió obligado a reservar parte de él para otro libro. Este material adicional se refería a la expresión de las emociones en los animales y los seres humanos, y se publicó en 1872, un año después que Descent, con el título de The Expression of the Emotions in Man and Animals. Estos dos libros constituyen los análisis más importantes de Darwin sobre la evolución y la biología de la humanidad.
EL LIBRO DESCENT OF MAN
A su manera, Descent puede considerarse como la mitad que le faltaba a Origin. Fue escrito con el mismo estilo personal que Origin, con la misma claridad, la misma modestia cortés, los mismos montones inagotables de pruebas y el mismo racionalismo explícito. Y aunque el formato parece ahora arcaico; la información, decididamente anticuada, y los puntos de vista sociales, pasados de moda, los argumentos centrales han conservado su poder para inspirar y estimular. Hay atisbos fascinantes de la comprensión de Darwin sobre la base biológica de las jerarquías raciales victorianas y las relaciones de género. El término «evolución», utilizado por primera vez en su sentido moderno, aparece en la página 2 del volumen 1. Darwin también utilizó la expresión «supervivencia del más adaptado», que adoptó de Herbert Spencer en 1868. Hay que reconocer que el contenido de Descent es mucho más complejo de entender que los argumentos de Origin. No obstante, el primero es una publicación excepcional que marca un hito en la historia de la humanidad y que proporciona una gran visión de la profundidad y la escala de la revolución del pensamiento generada por la teoría evolutiva.
El libro se imprimió en dos volúmenes y fue publicado por John Murray, la empresa londinense que había editado antes Origin. Se publicaron 2.500 ejemplares en las primeras semanas de 1871 (Freeman, 1977). Ese mismo año aparecieron otras tres tiradas, con lo que el número de ejemplares disponibles para los lectores ascendió a 8.000. Darwin introdujo pequeños cambios en el texto en cada reimpresión. Para los bibliófilos, hay algunas variantes interesantes. El propio ejemplar de Darwin, por ejemplo, estaba listo en diciembre de 1870 y tiene esa fecha impresa en su portada. En 1874 se publicó una segunda edición con correcciones y enmiendas. En 1877, los editores ingleses declararon haber publicado un total de 11.000 ejemplares. La empresa estadounidense D. Appleton and Co. publicó simultáneamente Descent en Nueva York en 1871, e igualó las ediciones inglesas. En Europa, la guerra franco-prusiana parecía entorpecer cualquier perspectiva de ediciones y traducciones en lenguas extranjeras; sin embargo, sorprendentemente en vista de la situación política, especialmente durante el asedio de París y los terribles acontecimientos en torno a la Comuna, el libro de Darwin fue traducido al neerlandés, francés, alemán, ruso e italiano en 1871, y al sueco, polaco y danés poco después, lo que evidencia la fortaleza de los colegas europeos de Darwin y el interés general por los asuntos evolutivos.
El texto era extenso y, a ojos actuales, serpenteante y verboso. Estaba dividido en dos partes. En la primera, Darwin quiso relacionar a animales y seres humanos lo más estrechamente posible. Comenzó describiendo los numerosos rasgos anatómicos incontrovertiblemente comunes a ambos. Luego dio paso a las facultades mentales, afirmando con decisión que «no existe diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos superiores en sus facultades mentales» (Darwin, 1871, vol. 1: 35). Después presentó observaciones sobre la cognición animal, desde caballos que conocían el camino a casa hasta hormigas que defendían su propiedad, chimpancés que utilizaban ramitas como herramientas, pájaros jardineros que admiraban la belleza de sus nidos y gatos y perros caseros que aparentemente soñaban con conejos mientras dormían. El carácter doméstico de las observaciones de Darwin en este ámbito, las grandes dosis de antropomorfismo voluntario, inspiraron a Frances Power Cobbe a llamarlas «estos cuentos de hadas de la ciencia» en una reseña publicada en 1872. Estas anécdotas sobre la actividad mental de los animales probablemente sirvieron para ablandar a los lectores antes de enfrentarse al choque de ver a los simios en su árbol genealógico.
Tras ello, Darwin pasaba a tratar el lenguaje, la religión y el sentido moral de la humanidad. El poder del habla era obviamente crucial, ya que la posesión de lenguaje era esencial para todas las definiciones contemporáneas de ser humano y en aquella época se suponía que representaba una barrera insuperable entre los animales y los humanos. Darwin quería rebatir en particular la opinión generalizada de que la capacidad de hablar era un don especial de Dios para los humanos. El gran lingüista y erudito Friedrich Max Müller lo había dicho en la revista Nature en 1870. Darwin llegó a creer que la capacidad de hablar surgió de manera muy diferente, de forma gradual a partir de las vocalizaciones sociales de los simios y se desarrolló en las primeras sociedades humanas mediante la imitación de sonidos naturales.
También se atrevió a proponer que la creencia religiosa no era, en última instancia, más que un impulso primitivo de otorgar una causa externa a acontecimientos naturales que, de otro modo, serían inexplicables. Al principio, los sueños humanos podrían haber dado lugar a la idea de espíritus, como sugirió el antropólogo Tylor, o al animismo, en el que las plantas y los animales parecen estar imbuidos de fuerzas externas. Darwin sugirió que estas creencias podían convertirse fácilmente en una convicción sobre la existencia de uno o varios dioses que dirigían los asuntos humanos. Propuso que, a medida que las sociedades avanzaban en la civilización, los valores éticos se habían vinculado a esas ideas. De forma audaz, comparó la devoción religiosa con el «amor de un perro por su amo».
Desde la religión no había más que un pequeño paso hacia el mundo moral. Darwin sostenía que los valores humanos superiores, como la moral, surgieron y se extendieron solo a medida que la civilización humana progresaba. Sugirió que valores como el deber, la abnegación, la virtud, el altruismo y el humanitarismo se adquirieron bastante tarde en la historia de la humanidad y no por igual en todas las tribus o grupos. Algunas sociedades mostraban estas cualidades más que otras, señalaba; y es evidente que pensaba que había habido un progreso paulatino del sentimiento moral desde las primeras sociedades «bárbaras», como la Antigua Grecia o Roma, hasta el mundo civilizado de la Inglaterra del siglo XIX que él habitaba. De este modo, mantuvo, en el imaginario de sus lectores, a las clases medias inglesas como representantes de todo lo mejor de la cultura del siglo XIX. Los valores morales más elevados eran, para él, evidentemente los valores de su propia clase y nación.
También en la primera parte, Darwin habló de los posibles intermediarios entre el mono y el hombre, y trazó (de palabra) un árbol genealógico provisional que sobre todo se apoyaba en datos de colegas evolucionistas como Haeckel y Huxley. En realidad, a Darwin le resultaba difícil insertar a los humanos un árbol evolutivo real. Aunque para entonces había algunos fragmentos de cráneos neandertales disponibles para su estudio en museos europeos, aún no se había confirmado de forma concluyente que procedieran de ancestros de los humanos. Darwin remontó los humanos a los monos del Viejo Mundo, afirmando que la especie humana debió divergir del tronco original de los monos mucho antes que los simios antropoides, probablemente en un punto cercano a las formas de Lemuridae, ahora extintas. Además, reconoció a los grandes simios como los parientes más cercanos de la humanidad. Para la segunda edición de Descent pidió a Huxley que llenara este vacío con un ensayo actualizado sobre los hallazgos fósiles. Darwin solo podía adivinar las posibles razones por las que los ancestros de los humanos abandonaron los árboles, perdieron su recubrimiento de pelo y se volvieron bípedos. Se basó en los trabajos de Haeckel en este campo para hacer retroceder la línea de los primates a través de los marsupiales, los monotremas, los reptiles, los anfibios y los peces, hasta llegar a las ascidias, abuelas de todos ellos.
Los primeros antepasados del hombre tuvieron que haber estado cubiertos de pelo, y ambos sexos tenían barba; sus orejas eran probablemente puntiagudas, y capaces de movimiento, y su cuerpo estaba provisto de cola, que poseía los músculos correspondientes. […] Entonces el pie era prensil, a juzgar por la condición del dedo gordo del pie en el feto; y no hay duda de que nuestros progenitores eran de hábitos arborícolas y frecuentaban una tierra cálida y forestada. Los machos poseían grandes dientes caninos, que les servían como armas formidables (Darwin, 1877a: 160-161).
SELECCIÓN SEXUAL Y SOCIEDAD
En la segunda parte se expone la idea de Darwin sobre la selección sexual. Aunque hoy en día se entiende sobre todo como una característica del comportamiento durante el apareamiento de los animales, Darwin creía que esta teoría era su contribución especial para entender la evolución de la humanidad. Hoy parece curioso que una parte tan grande del libro estuviera dedicada a su cuidadosa exégesis de esta forma de selección. Sin embargo, afirmaba que era una fuerza importante en la diversificación de los seres humanos en lo que se consideraban razas separadas. «No pretendo afirmar que la selección sexual explique todas las diferencias entre las razas», escribió. Sin embargo, estaba seguro de que era «el principal agente en la formación de las razas del hombre». La selección sexual era «el medio más poderoso para cambiar las razas del hombre que conozco».4
Se trata de una idea que había estado alimentando durante muchas décadas, pero que fue llevada a su máxima sofisticación en Descent (Richards, 2017; Campbell, 2006; Cronin, 1991). Postuló que todos los animales, incluidos los humanos, poseen muchos rasgos insignificantes que se desarrollan y permanecen en una población únicamente porque contribuyen al éxito reproductivo. Estos rasgos son heredables (según Darwin), pero no tienen ningún valor directo de adaptación o supervivencia. El ejemplo de libro de texto es el del pavo real macho, que desarrolla grandes plumas en la cola para mejorar sus posibilidades en el juego de apareamiento, aunque esas mismas plumas impiden activamente su capacidad para volar y escapar de los depredadores. La hembra del pavo real, argumentó Darwin, se siente atraída por las plumas grandes y vistosas y, si puede, elegirá al compañero más glamuroso y así transmitirá sus características a la siguiente generación. Se trata de un sistema, subrayó, que depende de la elección individual más que del valor de la supervivencia. Dedicó casi un tercio del libro a establecer la existencia de la selección sexual en aves, mamíferos e insectos. Sostenía que, en los animales, la elección de la pareja estaba determinada por la hembra: la pava hacía la elección. Cuando llegó a los seres humanos, invirtió la propuesta e insistió en que los hombres eran los que elegían.
Era una idea importante. Darwin utilizó la selección sexual para explicar la divergencia de los primeros humanos en los grupos raciales descritos por los antropólogos físicos de su época. La preferencia por determinados colores de piel era, para él, un buen ejemplo de ello. Sugirió que los primeros hombres elegían a las mujeres como compañeras según ideas locales de belleza. El color de la piel de toda una población cambiaría gradualmente como consecuencia de esto. «Los hombres más fuertes y vigorosos […] habrían sido capaces generalmente de seleccionar a las mujeres más atractivas [y] tendrían más éxito a la hora de criar un mayor número promedio de descendientes» (Darwin, 1877a: 595). Las distintas sociedades tendrían ideas diferentes sobre lo que constituye el atractivo y, por lo tanto, los rasgos físicos de los distintos grupos divergirían gradualmente a través de la selección sexual únicamente.
Estas opiniones se vieron reforzadas al insistir en que la selección sexual no se limitaba a atributos físicos como el pelo o el color. Según Darwin, la selección sexual entre los humanos también afectaría a rasgos mentales como la inteligencia, el amor maternal, la valentía, el altruismo, la obediencia y el «ingenio» de una población determinada; es decir, la elección humana incidiría en los instintos animales básicos y los empujaría en direcciones particulares.
Aquí nos encontramos con las ideas burguesas de Darwin sobre las jerarquías sociales y las diferencias de género entre los seres humanos. Por ejemplo, creía que la selección sexual potenciaba la superioridad masculina en todo el mundo. En las primeras sociedades humanas, las necesidades de supervivencia, argumentaba, harían que los hombres fueran físicamente más fuertes que las mujeres y que la inteligencia y las facultades mentales masculinas mejoraran más que las de las mujeres. Para él, era lógico que, en las sociedades civilizadas, los hombres, debido a sus capacidades intelectuales y empresariales bien desarrolladas, gobernaran el orden social (Richards, 1997).
Pero evitar a los enemigos o atacarlos con éxito, capturar animales salvajes y construir armas, requiere la ayuda de facultades mentales superiores, a saber, observación, razón, invención o imaginación. Estas diversas facultades se habrían puesto así continuamente a prueba y se habrían seleccionado durante el estado adulto. […] Así, el hombre ha terminado por ser superior a la mujer (Darwin, 1877a: 564-565).
De este modo, convirtió la cultura humana en una extensión de la biología y vio en toda sociedad humana una base «natural» para la primacía del varón. Tras su publicación, las primeras feministas y sufragistas atacaron duramente esta doctrina, pues consideraban que la biología naturalizaba a las mujeres a un papel secundario y sumiso. De hecho, muchos médicos suponían que el cerebro de las mujeres era más pequeño que el de los hombres y, en consecuencia, estaban ansiosos por adoptar la sugerencia de Darwin de que las mujeres estaban menos desarrolladas evolutivamente. Para ellos, la función «natural» de las mujeres era reproducirse, no pensar. Durante varias décadas, los hombres de la profesión médica pensaron que el cuerpo femenino era especialmente propenso a los trastornos si se le negaban las funciones reproductivas. Algo de esta creencia puede rastrearse hasta los años cincuenta aproximadamente.
En Descent, Darwin también concretó sus ideas sobre el progreso humano y la civilización. Su introducción a la segunda edición de 1874 explicaba su significado. La jerarquía racial, tal como la veía Darwin, iba desde las tribus más primitivas de la humanidad hasta las más civilizadas. Y había surgido a través de la competencia, la selección y la conquista. Las tribus con poca o ninguna cultura (determinada por los europeos) eran susceptibles de ser invadidas por poblaciones más audaces o sofisticadas. «Todo lo que sabemos acerca de los salvajes, o podemos inferir por sus tradiciones o monumentos antiguos […] demuestra que desde los tiempos más remotos las tribus que han tenido éxito han sustituido a otras tribus» (Darwin, 1877a: 128). Darwin estaba seguro de que muchos de los pueblos que él llamaba primitivos acabarían siendo invadidos y destruidos por razas más avanzadas como la europea, en particular los aborígenes de Tasmania, Australia y Nueva Zelanda. Se trataba de la aplicación de la gran ley de «la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida». Su énfasis fijó la noción de raza en términos biológicamente deterministas, reforzando las ideas contemporáneas de una jerarquía racial inherente.
DESCENT EN EL CONTEXTO VICTORIANO
Estas palabras se integraban fácilmente en la ideología coetánea del imperio. El concepto de selección natural aplicado a la humanidad en Descent parecía reivindicar las duras y continuas luchas por el territorio, el sometimiento de las poblaciones indígenas y la expresión del poder político a escala internacional. De hecho, formulado de tal modo, este concepto era un claro reflejo de la nación competitiva e industrializada en la que vivía. No es de extrañar que, a su vez, sus opiniones parecieran corroborar los principales compromisos políticos y económicos de su época. El éxito de los europeos blancos en la conquista y el asentamiento en Tasmania, por ejemplo, parecía hacer «natural» el exterminio a gran escala de los pueblos originarios. La conquista se consideraba una parte necesaria del progreso imperial.
En parte por el respaldo de Darwin y en parte por los influyentes escritos de otros autores, estas opiniones apoyaron el extendido imperialismo de principios del siglo XX. La doctrina de Herbert Spencer de «la supervivencia del más fuerte», tal como la utilizaron Darwin, Wallace y otros, en Descent y otras obras, se convirtió en una frase popular en el desarrollo del darwinismo social (Hawkins, 1997). Incrustado en poderosas distinciones de clase, raza y género, el darwinismo social utilizó las ideas imperantes de competencia y conquista para apuntalar las políticas sociales y económicas. La frase de Spencer «la supervivencia del más fuerte» era muy adecuada para fomentar la expansión económica capitalista, la rápida adaptación a las circunstancias y la colonización. Karl Pearson, un comprometido biólogo darwiniano afincado en Londres, lo expresó con crudeza en 1900. Dijo que nadie debería lamentar que «una raza capaz y robusta de hombres blancos sustituya a una tribu de piel oscura que no puede utilizar su tierra para el pleno beneficio de la humanidad, ni contribuir con su cuota al acervo común del conocimiento humano» (Pearson, 1900: 360).
Es bien sabido que las ideas de Darwin –aunque transformadas por la cultura popular– fueron acogidas por muchos empresarios y fabricantes industriales. A finales del siglo XIX fueron puestas en práctica por los empresarios, filántropos y magnates de los negocios que dirigieron el desarrollo de la industria norteamericana, por ejemplo, J. D. Rockefeller o el magnate del ferrocarril James J. Hill, que utilizaron «la supervivencia del más fuerte» como lema motivador. En su opinión, la empresa más fuerte y eficiente dominaría naturalmente el mercado y estimularía el progreso económico a mayor escala. Otros, como Andrew Carnegie, escocés emigrado que amasó una gran fortuna y pasó el resto de su vida regalándola, veneraban a Herbert Spencer. Estos planteamientos estaban fuertemente sesgados hacia la derecha política. Pocos de estos pensadores creían en el socialismo o en el apoyo estatal a los pobres. Se suponía que un estado del bienestar o una industria subvencionada fomentarían la ociosidad y permitirían que un número creciente de personas o empresas no aptas sobrevivieran, socavando así el progreso económico y la salud nacional, un resurgimiento de las ideas originales de Thomas Robert Malthus sobre los límites naturales de la población, que ahora se vertieron de nuevo en el pensamiento económico con un respaldo totalmente biológico proporcionado por Darwin.
Varias de las observaciones de Darwin en Descent también reflejan las preocupaciones que pronto se manifestaron en el movimiento eugenésico. Darwin temía que lo que él llamaba los miembros «mejores» de la sociedad corrieran el peligro de ser superados numéricamente por los «no aptos». En esta última categoría Darwin incluía a los hombres y mujeres de la calle, los enfermos, los discapacitados físicos, los indigentes, los alcohólicos y los perturbados mentales. Señaló que la ayuda médica y el apoyo financiero a través de empresas de caridad a los enfermos y los pobres iban en contra del principio fundamental de la selección natural. Sin embargo, sugirió que era la característica de un país verdaderamente civilizado ayudar a los enfermos y a los débiles.
En estos pasajes, Darwin se anticipó a algunos de los problemas que su primo Francis Galton intentaría paliar con el movimiento eugenésico. Galton fue un entusiasta converso a las teorías de Darwin y no dudó en aplicar el concepto de selección natural a las poblaciones humanas. Los «no aptos», como lo expresó Galton, tendían a ser más fecundos que los miembros superiores de la sociedad. Hizo una campaña incansable para reducir las tasas de reproducción entre lo que él categorizaba como los elementos más pobres, irresponsables, enfermos y despilfarradores de la sociedad. Recomendó que los «hombres más dotados» tuvieran hijos y transmitieran sus atributos a la siguiente generación. Galton no promovió el encarcelamiento o la esterilización, como finalmente se hizo en Estados Unidos, ni concibió la posibilidad de un exterminio a gran escala de todo un pueblo, como ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, pero fue un destacado defensor de tomar el desarrollo humano en nuestras manos y de la necesidad de contrarrestar el probable deterioro de la raza humana.5 Aunque Descent difícilmente puede explicar todos los estereotipos raciales, el fervor nacionalista y los prejuicios duramente expresados en los siguientes años, no se puede negar el impacto de esta obra al proporcionar un respaldo biológico a las nociones de superioridad racial, las limitaciones reproductivas, las diferencias de género y las distinciones de clase (Kevles, 1985). La historia demuestra que Descent fue un factor muy importante en el surgimiento del darwinismo social y la eugenesia, con todas sus terribles consecuencias.
CONSECUENCIAS
Los estudiosos coinciden hoy en día en que Descent ofreció un relato naturalista de gran alcance sobre los orígenes humanos. Aun así, pocos lectores del siglo XIX querían situar a los seres humanos exactamente al mismo nivel que las bestias. La crítica en general se opuso. Harper’s Weekly se quejó de que «el Sr. Darwin insiste en presentar a Jocko casi como uno de nosotros». Un crítico anónimo de The World, una revista literaria de Nueva York, dijo que «el Sr. Darwin, como el resto de su escuela atea, evidentemente rechaza con desprecio la idea de un Dios espiritual que crea y sostiene el universo». The Truth Seeker calificó el libro de «precipitado» y «fantasioso». Otro autor, del Catholic Tablet, explicó que los seres humanos poseían racionalidad, una «facultad perfectamente distinta de cualquier otra que se encuentre en los brutos». El London Times deploró la publicación del libro, diciendo que
es difícil ver cómo, según la hipótesis del Sr. Darwin, es posible atribuir al hombre otra inmortalidad u otra existencia espiritual, que la que poseen los brutos […] Plantear [estas opiniones] sobre la base de pruebas tan incompletas, de una investigación tan superficial, de argumentos tan hipotéticos como los que hemos expuesto, es más que anticientífico: es imprudente.
Un corresponsal de The Guardian lo resumió apelando a la evidencia directa de la Biblia: «Las Sagradas Escrituras consideran claramente la creación del hombre como una clase de acciones totalmente distinta de la de los seres inferiores».
Otros, sin embargo, aplaudieron la profundidad de los conocimientos, la sinceridad y la racionalidad de Darwin. Las cuestiones sobre la frontera entre el animal y el hombre, el alma humana y el origen divino de la moral humana habían sido temas de debate desde la Antigüedad. La contribución de Darwin a la resolución de estas cuestiones comenzó con Origin y culminó con Descent. Inmediatamente después de su publicación, en 1872, en un primer artículo sobre «Darwinismo y divinidad» escrito en respuesta a Descent, el intelectual (y padre de la novelista Virginia Woolf) Leslie Stephen (1872) habló en nombre de muchos de la generación venidera al preguntar: «¿Qué diferencia puede suponer para mí el hecho de haber nacido de un simio o de un ángel?». A ojos de Stephen, Descent expresaba un nuevo e importante sentimiento de que la ciencia era el lugar donde buscar respuestas sobre los orígenes humanos. El libro obligaba a explorar las implicaciones de la propia noción de lo que significaba ser humano. En Francia, Alemania, Italia, España, los Países Bajos, Escandinavia, Rusia y América del Norte, y progresivamente en todo el mundo, llegando hasta China y Japón en la década de 1880, personas de toda condición social reposicionaron esta controvertida cuestión dentro de sus propios contextos culturales. Estas respuestas, que ilustran la diversidad cultural del siglo XIX, nos recuerdan que la introducción de nuevas ideas rara vez es sencilla y que las historias de la ciencia del pasado han implicado muchas formas diversas de publicación, muchos públicos distintos, muchos idiomas diferentes y un intenso esfuerzo personal, así como el poder duradero de las propias ideas.
1. La vida y la época de Darwin han sido descritas de manera completa en Browne (1995 y 2002).
2. Dos páginas web que constituyen una fuente muy valiosa son Darwin Correspondence Project (<http://www.darwinproject.ac.uk/>) y The Complete Work of Charles Darwin Online (<http://darwin-online.org.uk/>).
3. Darwin a A. R. Wallace, 27 de marzo [de 1869], en Darwin Correspondence Project, carta n.º DCP-LETT-6684.
4. Darwin a A. R. Wallace, 28 [de mayo de 1864], en Darwin Correspondence Project, carta n.º DCP-LETT-4510.
5. Discutido más recientemente en Chaplin y McMahon (2016).
2. MODOS DE VER EL MUNDO: DARWIN Y LA PRIMERA GENERACIÓN VICTORIANA
Josep M. Fradera
Josep M. Fradera pertenece al Departamento de Humanidades, Universitat Pompeu Fabra y a ICREA.
Los dos grandes libros de 1859 y 1871 de Charles Darwin están ligados de modo inseparable al conocimiento y dominio del mundo por parte de algunos selectos países europeos o formados por descendientes de europeos. Aquel conocimiento estaba sin embargo condicionado por problemas y puntos de vista contradictorios, los propios de la época. La resolución de la cuestión de la esclavitud y el refuerzo del dominio sobre los llamados «aborígenes», por ejemplo, fueron el resultado evidente de la expansión colonial por todo el mundo. De una forma u otra, los conceptos de especie, subespecie o raza estaban imbuidos de las ideas de progreso y jerarquía social que la información disponible sobre el mundo parecía confirmar. Darwin no fue de ningún modo ajeno a aquellas cuestiones, a veces por imperativo moral y otras a causa de su disciplina. Sin traicionar nunca su tarea como naturalista, sus obras mayores reflejan los puntos de vista y las preocupaciones de la ciencia y la cultura de las generaciones victorianas.
Quien ha visto un salvaje en su tierra nativa no sentirá mucha vergüenza si se ve obligado a reconocer que por sus venas corre la sangre de alguna criatura más humilde.
DARWIN, Descent
Cada época ve el mundo de forma distinta. Corresponde al presente texto discutir los estímulos y los límites intelectuales que condujeron a Charles Darwin y a sus contemporáneos a imprimir un giro revolucionario a la historia natural. En efecto, fue la generación de las décadas de 1830 a 1850 la que se propuso romper por vez primera con el esquema humanístico que las antiguas universidades inglesas reproducían sin inmutarse. Es difícil imaginar a Darwin siguiendo el esquema trazado cuando estudió en Cambridge y acabar administrando una parroquia anglicana cualquiera. Según Charles Kingsley, la forma de imaginar aquella ruptura con la cultura anterior no podía ser otra que el situar en el centro de las preocupaciones de la ciencia a la «humanidad entera», hacerlo en el contexto que correspondía (Riskin, 2020: 48). Si alguien encarnó esta aspiración, este fue el autor de The Origin of Species, el naturalista que desafió con más consistencia la idea tradicional de una fuerza externa e incognoscible como origen de todo.
Es habitual referirse a dos motivaciones clave en la vida de Darwin y del mundo familiar y social que le rodeaba. La primera era el antiesclavismo, practicado como una obligación moral por todas las ramas de su familia; la otra fue la crisis religiosa que se difundió entre los círculos ilustrados británicos y europeos. Esta segunda ruptura procedía del siglo anterior, pero se hizo más amplia y profunda durante la vida de nuestro personaje. Cabe atribuirla tanto al incremento extraordinario de conocimientos de historia natural como a la pérdida simultánea de capacidad de control de las iglesias sobre la sociedad. Sin embargo, se toma menos en consideración lo que significó la acumulación de conocimientos sobre el medio natural y la diversidad de la especie humana que Darwin y dos generaciones victorianas tuvieron a su disposición. No se trató de una simple ampliación circunstancial y acumulativa de datos biológicos o etnográficos, sino del impacto sobre la cultura motivado por la acumulación exponencial de información resultante de la apropiación del mundo entero por parte de un selecto club de países europeos o formados por europeos trasplantados.
* Agradezco la amabilidad con la que los profesores Alex Coello de la Rosa y Josep M. Salrach respondieron a cuestiones que se tratan en este texto.
Empezamos con un hecho que puede parecer meramente anecdótico. En la primera mitad de la década de 1850, dos entidades filantrópicas británicas, la British and Foreign Anti-Slavery Society y la Aborigines Protection Society, sumaron fuerzas. Solo por sus nombres se aprecia de inmediato que sus objetivos no eran idénticos. La primera sociedad se fundó en 1787 para acabar con el tráfico de seres humanos y con la esclavitud en las colonias británicas. La segunda, en cambio, se constituyó medio siglo más tarde para extender la idea de un mandato humanitario hacia las sociedades sometidas, con presencia o no de la esclavitud. Como hemos dicho, ambas sumaros esfuerzos para proteger a poblaciones maltratadas –con o sin esclavitud– a causa de la expansión colonial europea de mediados del siglo XIX. Mientras que la primera de las asociaciones filantrópicas había triunfado con la Bill of Abolition de 1833, la que se había constituido en 1837 para proteger a los aborígenes estaba justo entonces iniciando una campaña que se complicaría cada vez más.
Ya desde antes del nacimiento de Charles, las familias Darwin y Wedgwood se implicaron a fondo en la lucha contra el tráfico de esclavos y la esclavitud como institución. El abolicionismo no era un impulso ni circunstancial ni marginal. Durante el siglo XVIII y hasta 1807-1808, momento en el que el Parlamento de Westminster abolió este infame negocio para siempre, la marina mercante británica había transportado aproximadamente un millón y medio de personas de África a América. El mismo año de la abolición todavía estaban censados unos 750.000 esclavos en las colonias británicas del Nuevo Mundo, una cifra espectacular, digna de impresionar a la sensibilidad humanitaria de muchas personas. Mientras los ingleses tomaban medidas para acabar con el comercio de seres humanos, prorrogaron el fin de la esclavitud un cuarto de siglo más para no perjudicar, eso sí, los intereses de los plantadores antillanos. La antigua colonia británica que había sido Estados Unidos abolió el tráfico por las mismas fechas, pero con la condición, impuesta por los estados del sur, de mantener sine die y sin trabas lo que se conocería como la «institución peculiar».
El movimiento abolicionista agrupó a un conjunto de personas con motivaciones muy dispares. Cuando se produjeron las primeras recogidas de firmas contra el tráfico de africanos para ser presentadas ante el Parlamento, se fue configurando una coalición de fuerzas que se mantendría estable hasta la abolición de 1833 e incluso más allá, ya que la fórmula pactada e indemnizada de la esclavitud permitió a los propietarios retener a sus esclavos algunos años más. En esta coalición figuraban personas del mundo anglicano, como por ejemplo quien fue su gran portavoz, William Wilberforce, muy bien situado en la alta política británica gracias a su amistad con William Pitt el Joven, primer ministro durante diez años. Dentro del movimiento abolicionista militaban también cuáqueros, unitarios, metodistas y otros evangélicos. Participaban en él también muchas mujeres que entendieron la ofensiva contra la esclavitud en paralelo a la conquista de los derechos políticos y sociales que se les negaban. Las familias Darwin y Wedgwood formaron parte del movimiento desde el inicio. Josiah Wedgwood, tío abuelo del naturalista, se dedicaba a la fabricación de cerámica de mucha calidad y fue muy hábil en los negocios. Es célebre la anécdota que cuenta que, después de una conversación con el gran apóstol abolicionista antes mencionado, se le ocurrió diseñar un emblema que resultara movilizador: un medallón donde se representaba a un africano arrodillado con el lema: «Am I not a Man and a Brother?» (figura 2.1). El éxito de la iniciativa fue tan grande que el lema se convirtió en el símbolo más aceptado del movimiento. Se empleó en la indumentaria o en la decoración externa y doméstica. Al grupo londinense que se formó alrededor de Wilberforce, Grenville Sharp o Thomas Clarkson se les conocía como los Saints, por su desinterés y dedicación a la causa de terminar con la esclavitud y su hijo bastardo, el tráfico de africanos. Aquella cruzada la vivieron los abuelos y la familia entera del naturalista como algo propio. El abolicionismo no era solo una decisión política; era sobre todo una opción moral. La aversión a la esclavitud y al maltrato a seres humanos y animales persistió y condicionó la vida entera de Darwin.
La lucha contra la esclavitud proporcionó información de primera mano sobre cómo eran las sociedades maltratadas por los europeos. Josiah Wedgwood padre, por ejemplo, contribuyó activamente a la publicación de una de las historias de más éxito a la hora de mostrar la crueldad del mundo alrededor del tráfico y la esclavitud. Me refiero a la autobiografía de un supuesto príncipe nigeriano, Eloudah Equiano (c. 1745-1797) publicada en 1789, un texto donde se proporcionaban muchos datos acerca de los sufrimientos de individuos concretos y de poblaciones enteras sometidas.
La segunda motivación era la expansión misma de la información de cómo funcionaban las relaciones entre europeos y no europeos, algo que dependía en exceso del punto de vista moral sobre la lacra de la esclavitud. Aun así, es innegable que consiguió que se hablase de África y de otros lugares en una escala sin precedentes. No obstante, es necesario entender bien lo que significaba aquel flujo de información. Brevemente: la costa oeste africana y las sociedades esclavistas del Nuevo Mundo estaban constituidas por sociedades deformadas o construidas por la esclavitud, por la interacción entre sociedades africanas y europeas, una historia conocida desde siglos atrás –en un clásico de David Brion Davis (1966: 446-482) se discute, desde otro punto de vista, la calidad de la información y el sesgo racial de los observadores europeos sobre África–. Los propios escritos de Darwin son un ejemplo que muestra la familiaridad con aquella institución. El Voyage of the Beagle (Darwin, 1839), libro de juventud y cantera de información, no registra solo cuestiones propias de un aprendiz de naturalista. Los famosos fragmentos que se citan habitualmente como testimonio de la aversión del naturalista hacia aquella institución están más imbuidos del rechazo moral por aquella que de una estricta voluntad de conocimiento etnológico.

Fig. 2.1. Medallón oficial de la Sociedad Antiesclavista Británica con el lema: «Am I Not a Man and a Brother?». Josiah Wedgwood elaboró el emblema en 1787 como un camafeo de jaspe en su fábrica de cerámica. Aunque se desconoce el artista que diseñó y grabó el sello, el diseño del camafeo se atribuye a William Hackwood o a Henry Webber.
El primer contacto de Darwin con el trabajo esclavo se produjo al recalar el Beagle en el puerto brasileño de Salvador de Bahía, a principios de 1832. En el norte de Brasil, Darwin observó de primera mano en qué consistía el maltrato sobre el que tanto había oído hablar en su familia o en los círculos abolicionistas que frecuentaba. Constató sobre el terreno que la repugnancia estaba más que justificada. Igualmente le escandalizó la defensa que el capitán de la nave, Robert FitzRoy, hizo de la institución (Barlow, 1958: 74). No todos los británicos tenían las mismas opiniones sobre la esclavitud. Poco después, en Río de Janeiro pudo apreciar una vez más las aberraciones que la propiedad de personas conllevaba. En una visita a una hacienda observó cómo mujeres y niños de una treintena de familias eran separados de maridos y padres para ser vendidos sin piedad en el mercado local (Darwin, 1839: 27). La forma de narrarlo delata la sincera aversión que el naturalista experimentaba por una institución perfectamente conocida y debatida por los británicos. El otro lugar en el que el naturalista observó el funcionamiento de una sociedad con esclavos fue en Cape Colony, pero allí, ya de vuelta, no pudo dedicarle el tiempo suficiente para confirmar o matizar lo que había visto antes. Se impone una conclusión: desde el Voyage of the Beagle hasta los fragmentos autobiográficos de senectud –aquellos que fueron manipulados por su esposa e hijos por motivos sociales y religiosos–, la aversión hacia la esclavitud se mantuvo inalterable. Es necesario tomarlo en cuenta para entender la obra de madurez.
La cuestión del trabajo servil persiguió al naturalista durante toda su vida. Cuando ya había publicado The Origin of Species en 1859, dos sucesos de dimensión muy distinta movilizaron de nuevo a la sociedad británica en torno a la esclavitud y las inevitables secuelas de la abolición. El primero fue la guerra civil norteamericana, conflicto que tenía en su centro la vigencia del trabajo servil. El coste humano del conflicto fue de seiscientos mil muertos. Por razones históricas, migratorias y económicas, los británicos no podían observar la guerra como un hecho lejano y ajeno. El segundo suceso era doméstico de cabo a rabo, un conflicto que reflejaba con exactitud las contradicciones del imperio victoriano. Nos referimos a los hechos de Morant Bay, una masacre de antiguos esclavos hambrientos al norte de Jamaica perpetrada por las autoridades de la isla. La dureza de la represión fue enorme: 439 sublevados fueron ejecutados, 600 hombres y mujeres azotados y 1000 casas fueron quemadas sin contemplaciones. Para dejar bien claro en qué consistían la ley y el orden, el gobernador Eyre decidió actuar contra George William Gordon, el defensor más conocido de los emancipados en la asamblea jamaicana, con quien había sostenido un largo conflicto por el que se conoce como «Tramway Scandal». El encarcelamiento no pareció suficiente al gobernador, por lo que Eyre aprovechó la coyuntura para mandarlo a la zona, donde, gracias al estado de sitio, pudo ajusticiarlo sin miramientos. Aquel personaje expeditivo ocupaba provisionalmente el cargo de gobernador como resultado de la ausencia de un candidato más cualificado. No es que Eyre no tuviese experiencia previa en la administración colonial. Al contrario: había sido «protector de aborígenes» en Australia, había ocupado un cargo militar de segundo orden en Nueva Zelanda y había sido «protector de trabajadores contratados» («indentured workers») indios en Trinidad (Hanford, 2008). Sin embargo, que el cargo y los hechos de Jamaica le superasen era de una evidencia tal que no eran necesarias grandes demostraciones.
Un abuso de poder de tal magnitud, incluyendo un asesinato legal de aquellas características, necesariamente debía levantar una gran polvareda en la metrópolis (Olivier, 1933; Semmel, 1962; Heuman, 1994). La repercusión y la división en los ambientes políticos e intelectuales fueron enormes. A la cabeza de los que apoyaron a las autoridades jamaicanas se situó Thomas Carlyle, excéntrico filósofo y escritor con quien Darwin se relacionaba de vez en cuando. En sus recuerdos autobiográficos mencionados antes, el naturalista se refiere al carácter inclasificable de aquel influyente polemista, de quien el naturalista afirma que «sus puntos de vista sobre la esclavitud son repulsivos» (Barlow, 1958: 113). La aversión que Carlyle sentía hacia los exesclavos era bien conocida desde la publicación en el Fraser’s Magazine del panfleto Occasional Discourse on the Negro Question (1849). Cuando se produjeron los hechos de Morant Bay volvió a publicar aquel panfleto de odio racial explícito con el título Shooting Niagara: and After? (1867). El filósofo y economista John Stuart Mill se situó a la cabeza de los que estaban en contra de Eyre y pedían que fuese procesado. En definitiva, las figuras más prominentes del mundo intelectual británico se enfrentaron como consecuencia de unos hechos solo en apariencia lejanos, movilizando firmas a favor y en contra del procesamiento del gobernador ya cesado. A pesar de la prudencia con la que Darwin siempre actuó en la cosa pública, firmó a favor de exigir responsabilidades, respaldando con esto al Jamaica Committee, encabezado por Mill (Desmond y Moore, 2009: 349-350). Firmaron el manifiesto personas tan cercanas al naturalista como el gran abolicionista Thomas Fowell Buxton –el heredero más cualificado de Wilberforce–, el naturalista T. H. Huxley, el cuáquero y político radical John Bright, el sociólogo Herbert Spencer y muchos otros. Resulta muy difícil imaginar que Darwin restase al margen de los que reclamaban justicia.
Cuando el gobernador cesado llegó a Southampton, las autoridades del lugar y personalidades varias le organizaron un fastuoso banquete de recepción. The Times publicó las aportaciones económicas individuales y las adhesiones al acto de homenaje que se había programado, un banquete con bouquet de clara nostalgia por los good old times de la esclavitud, de una nítida jerarquía racial cuando menos. Darwin se llevó una sorpresa mayúscula al comprobar que, entre los nombres de los que daban su apoyo a la iniciativa, figuraba uno de sus hijos, William Erasmus. El naturalista salvó la situación con tacto, pero con un muy alto coste personal.
Cuando la esclavitud parecía en retirada, la expansión de colonos británicos a British North America (Canadá), Nueva Zelanda y New South Wales (futura Australia) y Cape Colony (matriz de la futura Unión Surafricana), introdujo unos nuevos personajes en el cuadro de los conflictos morales con el que británicos y europeos observaban los territorios adquiridos alrededor del mundo. Al contrario que en el caso de la esclavitud, eran las tierras y no la mano de obra lo que interesaba en aquellos lugares a los colonos europeos. Ni siquiera se fijó un término aceptado para nombrar a aquellas poblaciones que iban a ser fatalmente desposeídas, desplazadas e incluso extinguidas. Los franceses optaron por hablar de «indigènes», los británicos «aborigines», otros prefirieron llamarlos «nativos», puras redundancias etimológicas en cualquiera de los casos. La Aborigines Protection Society fue la primera entidad humanitaria que se dispuso a defender a aquellas sociedades, frágiles por definición. Es innegable que el núcleo fundador de la nueva empresa filantrópica –gente como Thomas Fowell Buxton y Thomas Hodgkin (redactor con su hermano del primer informe que se presentó al Parlamento sobre la cuestión en 1837)– no salió de la nada. La mayoría de ellos habían participado antes en las campañas abolicionistas. De este modo tomó forma un nuevo mapa clasificatorio de las sociedades humanas. Era la primera vez que una tentativa así resultaba finalmente viable. En momentos anteriores, el conocimiento era fragmentario, poco sistematizado y externo, pensado desde siglos atrás para contribuir a empresas misioneras diversas y, más tarde, durante los siglos XVIII y XIX, para justificar el dominio expansivo de los grandes países imperiales.
Llama mucho la atención que el mismo Darwin, que expresaba su rechazo y repugnancia en relación con la esclavitud, fuese tan condescendiente con la condición y trato que recibían los «aborígenes», tal como pudo observar durante el viaje del Beagle. Tierra de Fuego en América, y Australia y Nueva Zelanda en el Pacífico, se convirtieron en lugares de observación privilegiados. Los fueguinos habían interesado a la Administración británica ya desde antes del viaje hasta América austral del naturalista. El Pacífico había sido recorrido igualmente durante la segunda mitad del siglo XVIII, una importante preocupación a la vez ilustrada y colonial. El momento en el que se expresó con más claridad la opinión del naturalista sobre aquellas sociedades sin organización política fue durante la estancia del Beagle en Australia. Es conocido que Darwin aprovechó su paso por Sidney para visitar el territorio circundante, algo que repetiría en Nueva Zelanda. Emitió un juicio oscuro e implacable sobre los aborígenes australianos, a los que sin embargo consideró estar un peldaño por encima de los fueguinos que había observado previamente. Se refirió a los habitantes del lugar como «black aborigines» (Darwin, 1839: 519). Era la interrelación entre la capacidad británica de desarrollar el continente y la habilidad de los habitantes autóctonos la que razona con criterios a la vez racionales y cargados de un etnocentrismo poco disimulado. Lo demuestra la oscura premonición del naturalista: «Además de estas causas evidentes de destrucción, parece haber un factor misterioso que por lo general actúa» (Darwin, 1839: 520). El concepto de extinción («extinction») es decisivo en la conceptualización darwiniana, válido para plantas, animales y humanos: «La extinción se produce principalmente como resultado de la competencia de una tribu con otra y de una raza con otra» (Darwin, 1877a: 182). El epitafio que se desprende era suficientemente claro.
La capacidad de observación de Darwin se vio entrelazada en más de una ocasión con las circunstancias y las finalidades que habían dado forma a aquella diversidad de sociedades. Tres eran más que obvias y servían de base de análisis: la primera era la misma sociedad inglesa y por extensión algunas selectas sociedades europeas, aquellas que no ofrecían a los contemporáneos ninguna duda de haber levantado la civilización hasta el punto más alto; en segundo lugar estaban las sociedades con esclavitud, forjadas por una violencia inmoral y contra natura, condenadas a ser eliminadas de forma inevitable por razones sociales y morales, y finalmente, estaban las sociedades más remotas, allí donde habitaban los «aborígenes», aquellas sociedades situadas hasta el siglo XVIII al margen de las grandes corrientes que conformaban el mundo dominado por los europeos, para bien y para mal. Como naturalista que era, Darwin dejó fuera de aquel esquema a las grandes sociedades de raíz no europea y con organizaciones estatales sólidas (como por ejemplo las de Asia del sur o China) que nunca visitó y en las que ni siquiera pensó demasiado.
Es interesante observar cómo, a pesar de la vocación científica de algunos de los miembros de las entidades humanitarias y de los estudios sociales de la época, las fórmulas de clasificación de las razas humanas que se pusieron entonces en circulación se sustentaban sobre criterios poco homogéneos, ajenos a la regularidad que la ciencia exige. El problema empezaba ya en la forma en que la posición de los europeos, de los británicos, fue pensada desde la segunda mitad del siglo XVIII (un intento de ordenar estos diversos elementos se puede encontrar en Wolf, 1982). Desde Hume y la escuela escocesa se ensayó una clasificación en estadios que no debía ya nada a la divina providencia. En la cima de una evolución que definía a las sociedades por su cultura y complejidad de organización social, los europeos eran (unos más que otros) económica y socialmente diligentes, cristianos, blancos y mostraban capacidad de evolucionar en una dirección que nadie vacilaba en llamar como «progreso». Al lado de los europeos, se podían registrar otras sociedades complejas que solían definirse por el lugar que en ellas ocupaban las religiones monoteístas: musulmanes, judíos o israelís; hindúes y budistas. Este era el esquema de Arthur de Gobineau, el primer teórico relevante de una clasificación racial y jerarquizada a conciencia.
No todo el mundo compartía aquella obsesión decimonónica. Alexis de Tocqueville, por ejemplo, menospreció el esquema de su protegido (Gobineau) señalando que tenía una mentalidad de «comerciante de caballos». Del mismo modo, la tradición alemana que empieza con los hermanos Humboldt fue siempre muy reticente a la idea de una jerarquía racial y social. Había un argumento de peso para ello: no todos los que pertenecían a un mismo grupo (llamado «raza» las más de las veces) alcanzaban niveles de desarrollo semejante (véase Bunzl, 1996). Entretanto, aquellos con quien los europeos habían mantenido un contacto más frecuente, los africanos, eran definidos como habitantes en un estadio inferior y con un color de piel que les identificaba fácilmente. No siempre la esclavitud se había connotado de forma tan consistente gracias a trazos fenotípicos obvios. Esta no era la distinción propia del «servus» clásico y medieval (Finley, 1980). En cualquier caso, las sociedades africanas habían vivido limitadas secularmente por falta de iniciativa propia, atrapadas por una institución de origen europeo, moralmente dudosa pero económica y socialmente viable. El abolicionismo no había puesto jamás en duda la posibilidad de progreso laboral y social de los «negros» africanos, aunque era necesario que demostrasen esta capacidad allí donde la emancipación promovida por los europeos se lo permitía. Los resultados fueron más bien decepcionantes desde el punto de vista de muchos europeos o estadounidenses. Raramente se preguntaron si alguien podía progresar económicamente sin o con muy poca tierra, sin capital. Incluso tomando en cuenta este atraso, existían otros grupos por debajo todavía de las sociedades construidas por europeos a base de comprar y vender seres humanos a lo largo de siglos. En efecto, en Australia o en Tierra del Fuego, Darwin en persona, y antes Louis Antoine de Bouganville o James Cook (con el botánico Joseph Banks de naturalista; véase Musgrave, 2020, y Goodman, 2020), habían podido observar la existencia de grupos humanos muy simples durante los viajes de circunnavegación. Australasia y el Pacífico eran los espacios donde esta constatación se hizo con mayor facilidad. El propio Darwin no dudó nunca en considerar a los aborígenes que había conocido como sociedades condenadas por la historia. Entretanto, descripciones contemporáneas de «hotentotes» africanos o de «esquimales» bajo el dominio de la Hudson Bay Company habían puesto a los europeos sobre la pista de otras entidades sociales simples y elementales. Cuando en la Gran Exposición de Londres de 1851 se exhibieron pueblos de todos los rincones del imperio en su supuesto hábitat natural, se cerró un ciclo de descubrimiento universal, a su vez de conocimiento y posesión (Stocking, 1987; Pagden, 2014).
El problema era que la formalización de aquel sistema universal de dominio, construido con tanto esfuerzo y violencia (bastará con recordar la muerte de Cook en Hawái en 1779; véase el clásico Sahlins, 1985, y Obeyesekere, 1997), no se basaba de ninguna forma en criterios homogéneos. La idea de un origen común de Wallace y Darwin no podía ser indiferente a esta jerarquía, cuyos orígenes y naturaleza eran el mayor desafío para rehacer sobre bases científicas la historia de la especie, el «common descent», «the long argument» que el naturalista persiguió toda su vida (Mayr, 1991). Él mismo nunca pudo negar la impresión que le había producido la visión de los pueblos del norte de Brasil o las danzas y el comportamiento de los fueguinos en la punta austral de Tierra del Fuego, la actual República Argentina. A aquel grupo, posteriormente aniquilado por la oleada de colonos europeos y por inmensos rebaños de ovinos, Darwin lo había retratado como completamente incapaz de evolucionar por falta de jerarquía social y autoridades propias.
La suma de todo este conjunto de clasificaciones proporcionó la idea de un mundo enteramente cartografiado, a pesar de las carencias descriptivas que pudiesen todavía existir. El propio Darwin ya lo había señalado de joven: «el mapa del mundo deja de presentar vacíos» (Darwin, 1839: 607). Finalmente, las sociedades que lo habitaban eran, poco o mucho, mejor o peor, conocidas. Las inacabables discusiones sobre el monogenismo o el poligenismo, sobre la interfertilidad y/o la posibilidad reproductiva con riesgo de decadencia inevitable, eran todas ellas cuestiones que se referían una y otra vez a la virtualidad que se podía conceder a una jerarquía zurcida con elementos variados, incongruentes muchas veces (Stocking, 1968). La herencia que Darwin dejó a las ciencias naturales y sociales del siglo XX se refirió una y otra vez a la calidad de aquel esquema de ordenación. No es ahora el momento de discutir qué clasificación de las «razas» humanas dentro de una «especie» única se estaba tratando de construir. El debate se orientó más bien hacia la definición y apreciación de la capacidad de cada uno de aquellos grupos para seguir un proceso de adaptación a las pautas de civilización más exigentes. El paso de la etnología descriptiva a la antropología se orientó en esta dirección, acentuando la proximidad dentro de la especie o admitiendo una distancia insalvable entre partes de esta (Lorimer, 2013: 59-99). Charles Darwin dejó ambas puertas abiertas (figura 2.2).

Fig. 2.2. La obra En el taller del taxidermista (Viktor Mikhailovich Evstafiev, 1948) representa un episodio de la vida de Darwin cuando estudiaba en Edimburgo y se conserva en el Museo Estatal Darwin de Moscú. Su maestro taxidermista era John Edmonston, un esclavo negro liberado de Guayana que fue llevado a Escocia por el ornitólogo Charles Waterton. Darwin lo reseña en su Autobiografía: «Por cierto, en Edimburgo vivía un negro que había viajado con Waterton, y se ganaba la vida disecando pájaros, lo que hacía de forma excelente: me daba lecciones a cambio de una paga, y solía sentarme a menudo con él, pues era un hombre muy agradable e inteligente» (Barlow, 1958: 51). Reproducido con el permiso del Museo Estatal Darwin de Moscú.
Antes, en The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex (1871), un libro de naturalismo comparado entre especies animales y la propia, trató de desenredar algunas de las grandes cuestiones que él mismo había puesto sobre la mesa, para las cuales no disponía de solución. En síntesis, explicar la fertilidad entre razas, la hibridación, la extinción y la herencia, la civilización y la barbarie, como hizo en el séptimo capítulo del libro, no estaba a su alcance. En definitiva, sin poder determinar los mecanismos y la transmisión de la herencia a través de las normas que fijaban la reproducción, la comparación entre especies no era suficiente. Por este motivo resulta difícil definir el libro como el de un biólogo o naturalista tout court. En aquel contexto tan duro de roer, un conjunto de cuestiones entre biología, psicología, cultura y orden social se combinan para tratar de dar cuerpo a carencias explicativas de la idea de la selección natural. Cuestiones, todas ellas, que no estoy capacitado para discutir. Sí lo estoy, en cambio, para admirar un esfuerzo de conceptualización de tanta ambición y trascendencia.
3. EL PROBLEMA DEL DISEÑO EN LA PROPUESTA DARWINISTA:
UNA VISIÓN HISTÓRICA
Jesús I. Català-Gorgues
Jesús I. Català-Gorgues pertenece a la Universidad Cardenal Herrera, CEU Universities.
El diseño fue objeto de una gran controversia antes y después del desarrollo de las teorías darwinistas. Profundamente arraigado en las tradiciones intelectuales clásica y cristiana, el diseño providencial había definido tradicionalmente la forma de interpretar el mundo natural como creado por la mano divina. Cuestionar esta afirmación fue posiblemente el mayor problema para admitir la propuesta de Darwin, más allá de las discusiones sobre la evolución como hecho. A pesar de su firme compromiso con un argumento alternativo basado en la selección natural, el propio Darwin mostró su preocupación al enfrentarse al poder explicativo del diseño. Algunas visiones popularizadas de la contribución de Darwin han estimulado una comprensión errónea de este problema, configurando una interpretación sesgada de la biografía de Darwin que reduce los relatos históricos a una explicación justificativa de la visión del mundo dominante en la actualidad.
Quien no se contente con contemplar, como un salvaje, los fenómenos de la naturaleza como algo desconectado, ya no puede seguir creyendo que el hombre sea la obra de un acto separado de creación.
DARWIN, Descent
INTRODUCCIÓN
Decir que Darwin cambió nuestra manera de vernos como especie, y de ver nuestra especie en este mundo, es, posiblemente, un lugar tan común que se ha convertido en una afirmación poco menos que banal. Ahora bien, es ese lugar común el que, entre otras razones, justifica un texto como el presente y como los que lo acompañan en esta monografía conmemorativa. Reconocida, por tanto, esa contribución, habría que preguntar dónde reside ese sentido de cambio radical a propósito de la naturaleza humana que iluminó la teoría darwinista. Sin duda, muchas personas evocarán la provocadora proclama de una saga simiesca. No es nada difícil imaginar lo sorprendidas que se verían muchas mentalidades bien pensantes y tradicionales cuando, a raíz de la creciente popularidad del darwinismo, se hicieron frecuentes las representaciones que ponían al género humano como descendiente de los monos. Historias posteriores, aireadas por los medios de comunicación de masas, y solidificadas por la literatura, las artes plásticas, la música y el cine, no han hecho sino configurar otro lugar común, adventicio del primero: a pesar del peso de las pruebas que la genética, la paleontología, la etología y otras ciencias han acumulado a lo largo del último siglo y medio, se mantiene firme una oposición al intento de hacernos parientes muy cercanos de los chimpancés o los gorilas. La ruidosa presencia de los grupos creacionistas es un recordatorio permanente: la propuesta de hacer de los seres humanos un producto evolutivo a partir de una especie animal no humana es, todavía, y para muchas personas, un pecado imperdonable, cuya génesis hay que imputar a Charles Robert Darwin.
Seguramente, esto es bastante cierto, pero dudo de que sea tan significativo como se suele pensar. Ante todo, hay que recordar que Darwin no fue el introductor de la concepción evolutiva de la vida. No es el momento de repasar las propuestas anteriores a Darwin, pero no podemos olvidar que el naturalista nació y creció dentro de un mundo intelectual que ya hacía tiempo que discutía sobre la posibilidad de que las especies biológicas no fueran entidades fijas, sino que a lo largo de la historia terrestre hubieran podido modificarse. Extender este pensamiento a la especie humana, por supuesto, suponía un salto cualitativo. Más abiertamente o más discretamente, sin embargo, ya había osados que señalaban esa posibilidad antes que Darwin. El mismo año del nacimiento del naturalista inglés, escribía Lamarck en su Philosophie Zoologique:
Si el hombre no se hubiera distinguido de los animales más que relativamente a su organización, sería sencillo mostrar que los caracteres de organización de los que se ha servido para formar, con sus variedades, una familia aparte, son todos el producto de antiguos cambios en sus acciones y de los hábitos que ha adquirido y que se han vuelto particulares a los individuos de su especie (Lamarck, 1809, I: 349).1
Y a continuación el autor francés se extiende en una serie de hipótesis sobre la transformación de ciertos cuadrumanos (lo que llamamos primates) en genuinos bimanos (es decir, la especie humana).
Estas ideas suscitaron controversia en seguida. En la década de los años treinta del siglo XIX, cuando Darwin estaba viviendo la gran experiencia del viaje del Beagle, el miedo a la bestialización de la humanidad era compartido por muchos autores. Justamente en Gran Bretaña, donde Lamarck había encontrado un eco notorio, especialmente en ambientes ideológicos radicales, tuvieron lugar importantes debates sobre la cuestión que estimularon al joven anatomista Richard Owen a dedicar un importante esfuerzo de investigación a la osteología de chimpancés y orangutanes para refutar las propuestas lamarckianas (Desmond, 1989). Las controversias, sin embargo, no se limitaban a los cenáculos de los eruditos. Un libro de 1844, publicado anónimamente y dirigido a lectores no eruditos, Vestiges of the Natural History of Creation, alcanzó un éxito formidable. Los conocimientos científicos de su autor, que luego se reveló que era el periodista Robert Chambers, no eran precisamente excelentes. No pocas de las reseñas insistían en los graves errores básicos que contenía el libro. Las ediciones, sin embargo, se agotaron una tras otra, y el estremecimiento que causó aquel best seller es la prueba más sensacional de cómo, en la sociedad victoriana, la evolución –todavía no denominada así– era ya un tema de interés popular. Ni que decir tiene que los humanos estaban dentro del esquema general evolutivo que se exponía. Las notas manuscritas conservadas de algunos lectores de la época demuestran cómo disentían del origen humano en los monos, pero a la vez, tampoco les resultaba una idea original o inesperada (Secord, 2000).
Las olas del escándalo que provocó Chambers impactaron doblemente en Darwin. En primer lugar, porque quedaba bien claro hasta qué punto alguien podría adelantársele en la publicación de una teoría sobre la transmutación de las especies vivientes en un plazo breve. Y, en segundo lugar, y aún más sobrecogedoramente, porque muchas reacciones negativas contra el libro, a cargo de autores importantes, confirmaban el temor de Darwin a convertirse en motivo de controversia y enfrentamiento públicos si finalmente publicaba su teoría. A Darwin le pareció, con razón, que la geología y la zoología de Vestiges eran bastante malas. Pero esto no le hacía pensar que, por mucho que pudiera exhibir un nivel mucho más alto de pericia, los detractores de la evolución serían más benevolentes con él (Browne, 1996). Si consideramos que aún pasarían quince años hasta la publicación de On the Origin of Species (Origin a partir de ahora), parece que el segundo golpe penetró con profundidad en el ánimo de Darwin. De cualquier modo, el libro, significativamente, elude cualquier aproximación a la evolución humana, a pesar de que todo el mundo lo interpretó como extensible a los orígenes de la humanidad.
EL ARGUMENTO DEL DISEÑO
No hay duda: hablar de evolución de los seres vivientes no humanos nunca ha sido, ni mucho menos, tan polémico como hablar de evolución de la especie humana, y esto ya estaba muy claro en la propia época de Darwin. Entonces, ¿por qué Origin provocó una reacción tan intensa y polarizada? Es cierto que no Darwin, pero sí otros autores, discípulos suyos, tales como Thomas Henry Huxley, se apresuraron a sacar sus propias contribuciones y aplicaron el esquema darwinista al origen de la humanidad. Esto añadió controversia, evidentemente. Pero la reacción directa contra el libro de Darwin se había producido inmediatamente después de su publicación, sin esperar a que salieran a la luz estas aportaciones derivadas. Parece, pues, que la evolución del conjunto de los seres vivos sí era motivo, en todo caso, para un debate áspero e, incluso, agresivo. Pero el tema, no obstante, no era nuevo. Algo más debe comportar la teoría de Darwin, algún añadido a los esquemas de la evolución tuvo que introducir, que explique tantísima animosidad.
La diversidad de la vida ha fascinado el pensamiento desde los tiempos antiguos. Todas las grandes culturas enfrentaron la cuestión de cómo de numerosos, diferentes, muy a menudo bellos, y siempre admirablemente adaptados son y están los seres vivos. Incontables vocaciones naturalistas, incluida la de Darwin, nacieron de esa fascinación. Deberíamos, sin embargo, retroceder mucho más en la historia para encontrar las primeras teorías que se esforzaran por encontrar una razón. El pensamiento griego, cómo no, generó un gran cuerpo de ideas que, de una u otra manera, explicaban la existencia de las especies y de cómo estas se relacionaban con el medio. La explicación mayoritaria fue la fundamentada en el argumento del diseño, que dominó nuestra concepción de la vida y de la naturaleza en su conjunto hasta que Darwin expuso la teoría de la selección natural.
Nuestra pretensión de explicar racionalmente el mundo nos lleva a aceptar que está ordenado. Este orden es lo que tratamos de sistematizar cuando construimos una teoría explicativa. Una de las muestras más claras de ese orden se manifiesta en las adaptaciones de los seres vivos a sus condiciones de vida. Unas adaptaciones que conllevan soluciones anatómicas y morfológicas, pautas de comportamiento, áreas de distribución, etc. Nosotros observamos, por ejemplo, un gato mientras caza ratones; rápidamente pensamos que esas garras retráctiles, esos dientes afilados, los silenciosos pasos con que se desplaza o la eurítmica condición de su cuerpo al acecho, están, en su conjunto, concebidos o diseñados para la función depredadora que define al gato en sus hábitos de alimentación. Aquí radica ese argumento del diseño, que rápidamente se extiende desde los individuos particulares y las especies concretas, al conjunto de las relaciones mutuas entre los seres vivos, y de estos con su medio. Una trama inmensa de propósitos y finalidades gobierna, por tanto, el mundo natural. Un diseño, en resumen, se fundamenta en una ordenación de elementos con un propósito o finalidad. Son muchos los autores griegos que argumentaron alrededor del diseño. Aristóteles, con su discurso sobre las causas finales, suele ser considerado el mayor sistemático de tal argumento. No fue, en todo caso, el único, y pese a las disidencias, como las de los atomistas y epicúreos, la corriente mayoritaria acabó construyendo un sentido de la naturaleza gobernado por el diseño y el finalismo (Glacken, 1967; Depew, 2008).
La idea de diseño, es fácil de ver, combinaba muy bien con la creencia en una inteligencia creadora. El cristianismo, que al fin y al cabo estableció sus marcos teológicos sobre unos sustratos filosóficos de raíz griega, encontró, pues, en el diseño un argumento confortable para explicar la acción del Creador. Un diseño es, también, un designio. Y era el designio divino, después de todo, el punto focal adonde conducía la diversidad adaptativa. De acuerdo con la cosmovisión cristiana, además, todo ello subordinado al lugar preeminente que ocupaban los humanos como culminación de la creación divina. La razón final de toda la trama de diseño que sostenía la naturaleza no era otra que garantizar nuestra existencia.
Los estudios naturalistas no plantearon alternativas a esta asunción durante muchos siglos. Tantos, como que a mediados del siglo XVIII Carl von Linné, el gran taxonomista sueco, hablaba de una economía de la naturaleza como programa de estudio de las relaciones armónicas entre todas las especies. Linné, conocido sobre todo por su propuesta de nomenclatura biológica –las bases de la cual aún aceptamos– y su sistema de clasificación, asumía, como Aristóteles, la fijeza de las especies. Es tentador pensar que a la ciencia le hubiera ido mejor sin finalismo, diseño o fijismo de las especies, y los hay que todavía emiten juicios históricos de ese tipo, con una actitud que, a la postre, le niega a la historia de la ciencia su capacidad de entender contextualmente las ideas sobre la naturaleza en el pasado; las ideas y, hay que añadir, las prácticas culturales en torno a la ciencia, tan definidoras de esta como aquellas. Después de todo, la naturaleza, concebida como una entidad sagrada por ser obra divina, sacralizaba a aquel que la estudiaba, que pasaba a tener una consideración moral superior a la del común de las gentes (Shaper, 2008). Esto, por supuesto, no ha sido un factor menor en la legitimación y en la propia demarcación y definición de los estudios sobre el mundo natural, que ha mantenido una supervivencia hasta épocas más recientes de lo que pensamos, sobre todo si consideramos ciertas retóricas de la tarea de los científicos al servicio de la sociedad.
Pero no hay que perder el foco. Es cierto que el edificio conceptual que se mantuvo justamente hasta el siglo XVIII asociaba diseño finalista con fijismo. Pero el poder explicativo estaba en el primero. En ese sentido, asumir una explicación transformista o evolucionista era un problema; pero era más problemático combatir el argumento del diseño, porque el fijismo necesitaba de diseño, pero no al contrario. E, hipotéticamente, se puede concebir una creación transformativa, interpretaciones de la Biblia aparte (y, por favor, que nadie piense que la lectura literal de las escrituras ha sido la actitud más habitual a lo largo de la historia del pensamiento cristiano). Es muy difícil, sin embargo, concebirla, la creación, sin fin, designio o diseño.
Darwin sabía mucho sobre esto. No en vano, él fracasó como estudiante de medicina en aquel nido de escépticos que era Edimburgo, mientras que obtuvo con buenas calificaciones un Bachelor of Arts en la tradicional y puntillosa Cambridge. Para sacar ese título, necesario para proseguir los estudios para ser clérigo anglicano, tuvo que dominar los tratados de teología natural que tanto inspiraban la doctrina de la Iglesia de Inglaterra en ese momento. Los biógrafos coinciden en presentar a Darwin como un joven convencido de la potencia explicativa del diseño en la obra de Dios, elemento crucial en tal corriente teológica. Su afición por los insectos o la geología le conducía, pensaba, a una apreciación profunda de la acción creadora. También él, muy probablemente, sentiría que los estudios sobre la naturaleza reforzaban moralmente a sus practicantes. En Cambridge, de hecho, se respiraba una atmósfera no ya de concordia entre ciencia y religión, sino casi, como señala Browne (1996: 129), de convencimiento de que «la ciencia, en cierto sentido, era religión». Así que Darwin, fuera de toda sospecha, era un firme partidario del diseño cuando se embarcó en el Beagle. Ya no lo era tanto, es cierto, cuando volvió. Y esto se acentuó cuando empezó a concebir un mecanismo para la génesis de las especies que parecía arrasar el argumento del diseño.
EL PELIGRO DE PROYECTAR NUESTRAS OBSESIONES
Según Ghiselin (1972: 134), la selección natural permitía que la evolución actuara ciegamente y sin causa racional, generando adaptaciones contingentes a las circunstancias, por lo que resulta «antitética del diseño», constituyendo, en el momento histórico de la publicación de Origin, «un argumento devastador contra las concepciones predominantes de la adaptación». Más claramente, no se puede decir. Y lo que comportó esto, a los ojos de muchos de los contemporáneos de Darwin, fue una redefinición integral de cómo se había interpretado la diversidad de los seres vivos. Como el argumento del diseño había sido vinculado a la acción divina, pronto se levantaron voces que, por intereses diferentes, asumían que Darwin expulsaba a Dios del escenario de la vida.
¿Qué pensaba Darwin realmente? La respuesta está muy lejos de ser sencilla. Según la versión de los hechos que él mismo construyó en su autobiografía, cuando estaba escribiendo Origin se sentía «impulsado a buscar una Primera Causa que posea una mente inteligente análoga en algún grado a la de las personas», y todo por «la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este universo inmenso y maravilloso –incluido el ser humano […]–como resultado de la casualidad o la necesidad ciegas». Desde entonces, aquel impulso se iría desvaneciendo hasta reconocerse como «agnóstico» (Barlow, 1958: 94). Hasta qué punto las cosas fueron realmente así es una cuestión recurrentemente revisada, y estudiar exhaustivamente la bibliografía nos llevaría un tiempo, un esfuerzo y un espacio que no nos podemos permitir. Los detalles son muy interesantes a la hora de averiguar las posiciones religiosas de Darwin, evidentemente. Vale la pena recordar, en todo caso, que incluso las mentes consideradas geniales –consideración siempre sospechosa, todo sea dicho– tienen el derecho de dudar, de modificar sus posicionamientos y de negociar cultural, social y sentimentalmente –y no solo, ni de manera prioritaria, intelectualmente– sus creencias. La intención que tenía Darwin cuando, en el último párrafo de Origin, hablaba de la grandeza que atesoraba la visión de la vida que había expuesto a lo largo de casi quinientas páginas, de una vida «insuflada originalmente en unas pocas formas o en una sola» (Darwin, 1859: 490), continúa siendo maravillosamente misteriosa. Y aún lo es más después de haber añadido «insuflada por el Creador» a partir de la segunda edición. ¿Darwin creía, de verdad, que la vida había sido animada en su origen por un creador? ¿O la fórmula era solo una manera de aparentar una ortodoxia religiosa? ¿O, más sutilmente, estaba tratando de reconocer cómo de ignorante era y se era sobre el origen de la vida? (Ospovat, 1980). Cada lector puede interpretar lo que desee. Las palabras, después de escritas, ya no son patrimonio exclusivo del autor. Pero hay que tener cuidado si pretendemos emitir juicios categóricos sobre cuestiones así. Aquellos que, publicado el libro, atizaron el fuego contra la palmaria impiedad de su autor, interpretaban aquellas palabras en el segundo sentido. Coincidían, pues, con los representantes del extremo contrario, aquellos que hicieron de Darwin icono de la irreligiosidad.
Al fin y al cabo, una cosa es lo que suscita en cada uno una lectura, y otra que esto corresponda a la verdadera intención del autor. Esto no es nada problemático cuando estamos leyendo un poema. Pero fastidia más si se trata de una obra científica. Estamos tan mal acostumbrados a confundir el ideal de objetividad con la anulación del margen de opinión, que seguimos creyendo, con completa estupidez, que la ciencia tiene la obligación de ofrecer respuestas incontrovertibles. Y ni la ciencia, ni mucho menos sus practicantes, están para eso. La historia de la ciencia, por cierto, aún menos. Y no tenemos una respuesta incontrovertible a la pregunta de cuál era la posición religiosa de Darwin en cada momento de su existencia, pero sí muchas pruebas de cómo no estaba nada interesado en combatir activamente la fe cristiana con su teoría, a diferencia de lo que sí hicieron algunos de sus seguidores, como Ernst Haeckel, condicionando el modo de recibir e interpretar el darwinismo (Richards, 2008; 2017). Por cierto, es muy bonito considerarnos a nosotros mismos, ya que somos darwinistas, hijos o nietos intelectuales de Darwin. Por eso celebramos su memoria. Pero quizá nos guste menos vernos como hijos, o nietos, o simplemente sobrinos de Haeckel. Es el caso que las versiones más militantemente laicistas dentro del evolucionismo exhiben raíces históricas bastante más haeckelianas que no darwinianas (en el sentido de «dependencia de», no tanto de «doctrina de»; el cambio de sufijo, -ista por -iana, pueden imaginar, no es gratuito). Además, Haeckel condicionó tantísimo el modo como Darwin fue divulgado y difundido, que no estaría nada mal una cierta cautela antes de proclamarnos herederos de ningún legado.
¿DE VERDAD SE ACABÓ CON EL FINALISMO?
El legado de Darwin es el de un revolucionario. Ya hace tiempo, sin embargo, que los historiadores de la ciencia cuestionamos los relatos canónicos de las llamadas «revoluciones científicas», lo que incomoda a algunos filósofos e irrita a no pocos científicos. Parte de esta irritación proviene de la pérdida de una referencia confortable y acogedora sobre la identidad de la propia ciencia que hoy se practica. Suena muy bonito decir que la biología actual nace con Darwin, porque permite vivir cómodamente bajo el cobijo legitimador del genio; y en un ámbito que sigue siendo conflictivo ante los ojos de algunas personas, ayuda a delimitar muy bien los bandos, recurso muy querido por muchísima gente obsesionada por las filiaciones y las etiquetas. El problema es que apenas podemos sacar a Darwin de una tradición secular de conocimientos, la historia natural, para hacerlo militar repentinamente como biólogo. Esto, en todo caso, no es lo más importante. Lo realmente decisivo de poner en duda las narraciones piadosas en torno a los grandes cambios en las teorías y prácticas de la ciencia es que, lamentablemente para algunos, muestran de forma descarnada las negociaciones que conducen hacia la innovación. Unas negociaciones, ni más ni menos, que se establecen con ideas, actitudes y comportamientos que hoy consideramos «cosa del pasado», pero que eran insoslayable «situación presente» en el momento biográfico preciso de los llamados revolucionarios. A la hora de inscribir la física moderna en el registro de nacimiento, papá Newton seguía siendo, velis nolis, un alquimista y un teólogo. Y su alquimia, y especialmente su teología, son cruciales en la génesis de su propuesta mecánica, que nadie deja de reconocer capital, fundamental y definidora de otro modo de concebir la naturaleza cuya influencia se extiende a la actualidad, pero que de ninguna manera fue concebida con los presupuestos actuales. Para Newton, y para la mayoría de sus contemporáneos, era razonable negociar con la teología, algo que no lo es actualmente cuando hacemos física. Lo que pasa es que Newton no podía hacer física como la entendemos, sino que practicaba una filosofía natural culturalmente dialogante con la teología.
En el caso de Darwin, la cuestión no se soluciona solo reconociendo, como ya he tratado de explicar, que el argumento del diseño lo conocía bien por sus estudios en Cambridge, tan definidos en la época por la corriente de la teología natural, el reverendo William Paley y los influyentes Bridgewater Treatises.2 Darwin no conocía, sin más, el argumento del diseño, como quien conoce al enemigo para vencerlo. Realmente, Darwin negoció con el argumento del diseño. Es esa negociación la que le permitió encontrar un mecanismo alternativo a la acción diseñadora de Dios, y no un rechazo a priori de nada. Ciertas observaciones, sobre todo durante el viaje del Beagle, y las cavilaciones subsecuentes son las que al fin le convencieron de la insuficiencia del argumento clásico del diseño. Pero el caso es que partes importantes de este se mantuvieron en el nuevo esquema explicativo, sobre todo como construcción retórica.
Hemos visto que el argumento del diseño era teleológico o, dicho más llanamente, finalista. El diseño debe obedecer a un propósito, una intención, una finalidad. Y esa finalidad está prescrita, una vez el finalismo griego se asocia al cristianismo, por la acción providente de la divinidad creadora. Esto es un aspecto clave, naturalmente, en el argumentario de la teología natural que Darwin tan bien conocía y que tanto admiraba cuando era estudiante. Como este mismo Darwin, un poco más mayor, encontró que el argumento del diseño basado en la acción directora del Creador no era explicativo, ni de la diversidad de las especies ni de sus adaptaciones, hay quien automáticamente dedujo que Darwin había suprimido la teleología o finalismo de la biología. Un ejemplo nos lo da el teólogo estadounidense Charles Hodge. Corría 1874 cuando, después de cerca de doscientas páginas de argumentos, concluía que la contundente pregunta que daba título a su libro, What is Darwinism?, merecía una respuesta más contundente aún: «It is Atheism». Hodge, que ni mucho menos era un literalista y que sabía mucha filosofía, era suficientemente sutil como para decir que la evolución y la selección natural eran elementos constituyentes, pero no distintivos, del darwinismo. Lo que, según Hodge, distinguía el darwinismo era que la selección natural actuaba sin diseño, conducida por causas no inteligentes. Explícitamente, decía que «Darwin rechaza toda teleología, o doctrina de las causas finales. Él niega el diseño en cualquiera de los organismos del mundo vegetal o animal» (citado en Livingstone, 1984). En realidad, las cosas eran un poco más complicadas.
Darwin, es cierto, estaba impugnando la idea del diseño providente en 1859 y también después. Pero como muy bien se manifiesta en el memorable intercambio epistolar con Asa Gray de 1860-1861, tampoco era capaz de pensar que el mundo era resultado del azar, que es en principio la alternativa que nos parece más lógica desde las condiciones de nuestra época. También, de forma igualmente explícita, declaraba a Gray que no tenía ninguna intención «to write atheistically» (citado en Browne, 2002: 176). Seguramente, Hodge encontró que la consecuencia de rechazar el diseño era abrazar el ateísmo, pero esa no era la intención de Darwin. ¿Por qué hay que insistir en esto? Porque si nos acercamos a la biografía de Darwin desde las consecuencias actuales de su contribución –que para muchos evolucionistas es la misma que para un antidarwinista como Hodge, el ateísmo (Stamos, 2008)– no entendemos al personaje.
Por otra parte, existe la tentación de pensar que el abandono del argumento del diseño conlleva la renuncia a toda explicación teleológica, como sostenía Hodge. Justamente cuando se producía el intercambio de cartas que hemos mencionado, Darwin estaba reuniendo materiales para su libro On the Various Contrivances by which British and Foreign Orchids are Fertilised by Insects, and on the Good Effects of Intercrossing, popularmente conocido como La fecundación de las orquídeas, la primera edición de 1862 y la segunda de 1877. El libro fue concebido para ofrecer pruebas sobre la acción de la selección natural en la interacción entre especies (las orquídeas son fecundadas por insectos, y con un grado muy alto de especificidad), y se pueden encontrar muchos argumentos de este estilo:
El labelo se ha convertido en un largo nectario para atraer de este modo a los lepidópteros, y en seguida daremos razones para conjeturar que el néctar está así almacenado con el propósito de ser succionado solo lentamente […] para dar tiempo a que se endurezca y se seque la materia viscosa del lado inferior de la silla [del disco viscoso] (Darwin, 1877b: 23).3
Esos «para» (in order to) y «con el propósito» (purposely) suenan inevitablemente a argumentación finalista o teleológica. Darwin no abandonó ese tipo de argumento. Lo que dejó de lado es el tipo de teleología providente que incorporaba el argumento del diseño. A diferencia de la física, que no deja margen a cuestiones que piden explicaciones dependientes de eventos futuros (por ejemplo, decir que el propósito de los procesos energéticos que definen el Sol y su distancia a la Tierra es ofrecer unas condiciones adecuadas para la vida), la biología sí puede emplear un discurso teleológico cuando quiere averiguar, digamos, las funciones de las estructuras florales de las orquídeas. Hodge podía pensar que no era posible ninguna otra teleología que la del diseño divino; para él, y para los más influyentes antidarwinistas, esto era en realidad, y no la evolución ni la selección natural, la principal causa del rechazo al contenido de Origin y de las obras que le siguieron. Sin embargo, el postulado de Darwin de un mecanismo de modificación lenta y continuada, ajustada contingentemente a unas presiones selectivas ejercidas por un medio cambiante, y que opera sobre una variabilidad que se genera de manera espontánea, y no de manera deliberada, tiene como propósito lograr la supervivencia, y esto es una verdadera causa final (Lennox, 1993). Hay quien desearía eliminar la teleología de las argumentaciones biológicas, y quizá estaría bien. No hay que olvidar, sin embargo, que las negociaciones conceptuales implican también negociaciones terminológicas. El lenguaje en general, y las palabras en particular, tienen historias tan interesantes como las de las personas que las emplean. Y el lenguaje de la ciencia no escapa tampoco de las contingencias históricas. Como ha argumentado Michael Ruse (2000), en el caso de las expresiones teleológicas estas implican además metáforas muy poderosas. Las metáforas son recursos retóricos, expresiones para hacerse entender, pero que además se atan a la propia estructura teórica de la ciencia, por lo que retirarlas puede tener consecuencias graves en las propias teorías. ¿Se ha parado el buen lector a pensar el poder de la metáfora en la expresión «selección natural»? ¿Hay selección, en todo caso, sin cierta finalidad?
CONCLUSIÓN
La potentísima y metafórica selección natural proyectó a Darwin a un lugar particular en la historia no solo de la ciencia, sino de la cultura universal. Pero hubo complejas negociaciones, consigo mismo, con su entorno y con las ideas y los usos del lenguaje vigentes, a fin de que el concepto cuajara. Y esto, por el peso histórico y cultural inmenso que el diseño providencial tenía. La estrategia no pasó por una voladura general, como de manera poco matizada se suele decir. Darwin, después de haber establecido públicamente el concepto en 1859, no lo dejó fijado en ese punto. Justamente en la obra que conmemoramos en 2021, la obra que dedicó a lo que suele considerarse el aspecto más controvertido de su programa, la evolución humana, Darwin (1871) manifestaba cómo quizá había confiado demasiado en el potencial de la selección natural, cómo después había optado por limitar su alcance y cómo, en el momento de escribir The Descent of Man, daba vueltas y más vueltas a la presencia de estructuras orgánicas que no parecían de utilidad. ¿Cómo hacer aceptable un mecanismo alternativo al diseño cuando no era capaz de explicar un aspecto que este mismo diseño no contaba? Darwin salió airoso gracias, entre otras cosas, a su perspicaz análisis de las homologías. Pero la piedra de toque era el antiguo argumento del diseño, en ningún caso la fijeza de las especies.
Darwin fue construyendo su teoría, desde el programa fundador que se expresa en Origin, hacia el desarrollo de ese programa en sus obras posteriores. Consecuentemente, no tiene sentido tomarse a Darwin como una figura de una pieza, estática y solidificada. Si queremos eso, más nos vale admirar la estatua de Joseph Boehm el Natural History Museum de Londres y olvidarnos de su biografía. Tampoco tiene mucho sentido recurrir a la biografía de Darwin para justificar lo que es hoy la teoría de la evolución. Los momentos biográficos son muy relevantes en la comprensión de cómo las personas hacen ciencia, pero dicen poco de cómo la ciencia hecha por esas personas termina siendo entendida, aplicada, desarrollada o ampliada. Un buen ejemplo es cómo, a pesar del propio Darwin, algunos se apresuraron a hacer de la selección natural, como explicación del origen de la especie humana, una justificación de ciertos programas sociales, políticos y económicos bastante lamentables, si atendemos a sus secuelas históricas, y con graves consecuencias para la valoración pública del evolucionismo (Tort, 2008). Nosotros mismos, con la mejor intención, podemos aplicar los principios darwinistas para combatir los residuos antropocéntricos que quedan todavía vigentes en muchas interpretaciones de la realidad natural. Quizá esto le resultara más simpático, pero lo cierto es que Darwin mantuvo el problema de la condición diferencial de los humanos respecto a los otros animales en una situación muy central (Muñoz-Rubio, 2003). No hay duda de que proclamar una continuidad evolutiva entre los animales y los humanos fue un paso clave, pero es muy dudoso que Darwin lo planteara como una apuesta contra el antropocentrismo.
No sé si la historia de la ciencia en general, y las biografías de los científicos en particular, aprovechan para nada; si tienen, digámoslo así, ningún propósito. Pero si la conmemoración de una obra científica nos mueve a preguntarnos por su génesis, y esto nos lleva a revisar la biografía de su autor, que sea para la finalidad de entender, como dice la mejor biógrafa de Darwin, «la relación entre este prolífico mundo interior de la mente y las vidas, privada y pública, que creó para él mismo» (Browne, 2002: 7).
1. Cito la traducción española de Ana Useros y Gema Sanz Espinar (Lamarck, 2017: 271).
2. Algunos de estos tratados, que expresan la ortodoxia anglicana en relación con la ciencia, fueron escritos por profesores del propio Darwin, como por ejemplo Adam Sedgwick, un hombre importante en su formación.
3. Cito la traducción española de Carmen Pastor (Darwin, 2007: 50).
4. DARWIN BAJO SOSPECHA: LA REPRESENTACIÓN DEL DARWINISMO EN EL PERIÓDICO ABC (1909-1982)
Marcos Morales Peláez Martí Domínguez Romero
Marcos Morales Peláez es profesor de Biología y Geología, IES Ramon Cid (Benicarló).
Martí Domínguez Romero pertenece al Departament de Teoria dels Llenguatges i Ciències de la Comunicació, Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació, Universitat de València.
El darwinismo ha supuesto en España desde su introducción un elemento causante de polémica entre los sectores más liberales y conservadores de la sociedad según los historiadores. Este movimiento ha sufrido periodos especialmente restrictivos, como pueda ser la dictadura franquista, donde fue sometido a una fuerte censura. Con este trabajo se presenta un conjunto de artículos del periódico ABC, publicados desde 1909 hasta 1982 –centenario del nacimiento y muerte del naturalista–, cuyo análisis evidencia cómo las condiciones sociopolíticas han influido en la representación del darwinismo.
Soy consciente de que las conclusiones a las que se llega en este libro serán denunciadas por algunos como muy irreligiosas.
DARWIN, Descent
INTRODUCCIÓN
La representación que la prensa escrita proporciona de diferentes sucesos científicos supone una herramienta de análisis magnífica. No solo contextualiza dichos procesos en las condiciones políticas, sociales y legislativas en las que se desarrollaron, sino que también muestra cómo estos factores condicionaron su transmisión (Fernández, 2014). De estos sucesos científicos, la controversia darwinista fue uno de los que mayor repercusión tuvo en la prensa británica en el momento de su comunicación (Ellegård, 1990).
En lo referente al seguimiento de dicha controversia en la prensa española, diferentes autores han realizado estudios generalistas. Dentro de estos podemos destacar: Darwin en España (2010), de Thomas Glick, y los textos de Diego Núñez El darwinismo en España (1969) y «La muerte de Darwin en la prensa española de la época» (1982).
Además, con la celebración del segundo centenario del nacimiento de Darwin, varios artículos analizaron cómo los medios de comunicación habían transmitido la figura del científico. Dentro de estos cabe destacar: «Darwin in the press: What the Spanish dailies said about the 200th anniversary of Charles Darwin’s birth» (Díez et al., 2009), «Darwin como noticia: La imagen de Darwin a través de los medios de comunicación en el bicentenario de su nacimiento» (Moreno y Luján, 2009) y «Spanish Darwinian iconography: Darwin and evolutionism portrayed in Spanish press cartoons» (Domínguez y Mateu, 2012).
Finalmente, cabe destacar dos trabajos de final de máster que realizaron una extensa aproximación de la representación del darwinismo en diferentes periódicos españoles. El primero de estos fue el realizado por Clara Florensa con el título Estudi del tractament de la teoria de l’evolució a La Vanguardia Española entre 1939 i el 1978 (2010). El segundo de ellos fue el elaborado por Marcos Morales y dirigido por Martí Domínguez: Estudi del tractament de la teoria de l’evolució al diari ABC entre el 1909 i el 1982 (2017).
CONTEXTUALIZACIÓN: BREVE HISTORIA
DEL DARWINISMO EN ESPAÑA
La historia del darwinismo en España es un relato lastrado por la polémica desde su recepción durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874). Envuelto por un contexto sociopolítico candente, el darwinismo fue rápidamente polarizado, con defensores en el sector liberal y detractores en el conservador (Glick, 2010: 13). Esta polarización estuvo ampliamente relacionada con la situación socioeconómica del país, el analfabetismo persistente y la presencia de una Iglesia poderosa aliada con las fuerzas conservadoras (Blázquez, 2007).
Pese a esto, a finales del siglo XIX, este enfrentamiento fue perdiendo fuerza con el paso de los años y los diferentes sectores se refugiaron en sus respectivas instituciones –facultades de Ciencia y Medicina frente a instituciones teológicas y filosóficas–. Sin embargo, un acto sin precedentes reactivaría la llama de los enfrentamientos primigenios en 1909. Fomentado por la motivación de los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, el homenaje a Darwin en el centenario de su nacimiento despertó las antiguas confrontaciones entre los diferentes sectores. Según el propio Miguel de Unamuno, en esta época, «la Facultad de Medicina de Valencia era el principal núcleo español del darwinismo» (López Piñero, 2008: 189).
Durante los siguientes años existieron diferentes posturas sobre el darwinismo que irían desde el antievolucionismo apoyado por las instituciones clericales, hasta la defensa por parte de diferentes naturalistas de la época. Algunos de estos fueron Odón de Buen y del Cos (1863-1945) o Ignacio Bolívar (1850-1944). Además, durante este periodo coexistieron en España diferentes concepciones evolucionistas como el mutacionismo, el neolamarckismo o la ortogénesis (Blázquez, 2009b).
En la primera mitad del siglo XX, dos nombres son de obligatoria mención por su aportación a la cimentación de las ideas evolucionistas. El primero de ellos es Antonio de Zulueta (1885-1971), quien mediante su línea de estudio introdujo en España las ideas de la herencia mendeliana (Pelayo, 2009). El otro biólogo destacado es Jaume Pujiula (1869-1958), quien siguió la obra del entomólogo Erich Wasmann (Peretó y Catalá, 2016).
Con la derrota de la Segunda República, Darwin y sus ideas se clasificaron como biología materialista y atea por parte de las nuevas fuerzas institucionales. Este hecho provocaría que la mayoría de los científicos evolucionistas se exiliaran del país o fueran marginados.
Durante la primera década de la posguerra no se publicaría ninguna obra de Darwin, con dos únicas excepciones: Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo en el navío de S. M., «Beagle» (Darwin, 1839) en 1940 y El origen de las especies (Darwin, 1859) en 1950. Habría que esperar hasta 1963 para volver a encontrar las obras de Darwin con cierta normalidad en las librerías. Sería durante esta década cuando el nuevo darwinismo de síntesis moderna empezaría a introducirse en las universidades españolas e incluso se permitiría que algunas de estas realizaran homenajes en el centenario de la publicación de El origen de las especies (Blázquez, 2009a).
España vivirá un periodo de marginación científica en el ámbito evolutivo durante estas décadas (Blázquez, 2001) que hará que aparezcan nuevas propuestas que intentarán reconciliar la teoría de la evolución con la doctrina católica. Un autor destacable de este movimiento será el paleontólogo Miquel Crusafont Pairó (1910-1983), el cual adquirió cierta relevancia en el ámbito científico nacional e internacional (Acosta, 2013). Crusafont se convirtió en el máximo divulgador a nivel estatal de las ideas del paleontólogo jesuita francés Teilhard de Chardin (1881-1955) y del paleontólogo americano George Gaylord Simpson (1902-1984) (Blázquez, 2001). La publicación en 1966 de La evolución (Crusafont et al., 1966), un libro colectivo editado por la Biblioteca de Autores Cristianos y coordinado por Miquel Crusafont, Bermudo Meléndez y Emiliano Aguirre –exponentes de los seguidores de Teilhard en España–, marca un hito en los esfuerzos de negociación de los científicos católicos con la teoría de la evolución.
Otro divulgador determinante en esta época fue el popular naturalista Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), quien con su programa Planeta azul ayudó a transmitir las ideas evolucionistas (Acosta, 2008). Durante los últimos años del siglo XX, el evolucionismo se volvió a normalizar en el ámbito académico e investigador.
En este trabajo presentamos una selección de los artículos más representativos publicados en el diario ABC entre 1909 y 1982 en los que se refleja la figura de Darwin o de sus ideas y que muestran el condicionamiento sociopolítico del momento, así como la participación de los personajes de la época.
DARWIN EN EL ABC: 1909-1982
Como ya se ha indicado, el diario ABC hizo el seguimiento del homenaje a Darwin celebrado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia con motivo del primer centenario del nacimiento del naturalista inglés. El periódico publicó sendos artículos el 19 y 23 de febrero de 1909. En el primero, bajo el epígrafe Homenaje a Darwin, se explicaba:
Se han circulado las invitaciones para el homenaje escolar a Darwin, que se celebrará el lunes próximo en el paraninfo de la Universidad. Presidirá el decano de la Facultad de Medicina, Sr. Casanova, y hablarán los catedráticos Sres. Bartual, Boscá y Unamuno, que llegará domingo con este objeto.
En el segundo artículo, posterior ya a la celebración del homenaje, se relataba cómo se había desarrollado el acto y se destacaba especialmente la figura de Miguel de Unamuno, del que se decía: «... el discurso del sabio profesor, original y ameno siempre, a ratos instructivo, y a veces paradójico, ha sido escuchado con gran curiosidad y aplaudido al final con entusiasmo».
Pese a esto, el periódico no tardaría en presentar claros ejemplos de cómo el debate sobre la teoría de la evolución continuaba presente en la sociedad. Sin ningún tipo de duda, el caso más evidente lo protagonizarían el doctor Tomás Maestre Pérez (1857-1936) –catedrático de Medicina Legal y Psiquiatría de la Universidad Central– y el padre reverendo Zacarías Martínez-Núñez (1864-1933) –clérigo de la Orden de los Agustinos en el Escorial–. Un total de veinte cartas abiertas escritas por estos personajes, entre el 5 de diciembre de 1910 y el 26 de enero de 1911, supusieron un debate público sobre la teoría de la evolución y sobre cómo esta y las instituciones religiosas debían influir en la educación (Morales y Domínguez, 2017).
Dentro de este intercambio de cartas es especialmente destacable la última, publicada por el religioso el 11 de enero de 1911, donde critica las convicciones del catedrático:
Pero afirmar, como usted lo hace, tan sencillamente y con tan buena fe, que la sustancia coloide es la vida, y que dio origen a la célula primigenia, allá en las profundidades del Océano, y que hoy se fabrica también en nuestros laboratorios, […] eso, créame usted, amigo mío, no se demuestra experimentalmente; aunque lo aseguren partidarios de la evolución, no hay prueba alguna biológica, filosófica ni paleontológica.
Por otro lado, el escritor Azorín también expondría sus dudas sobre las ideas darwinistas en artículos como «Independencia», publicado el 18 de diciembre de 1909, o «Tradicionalismo positivista», publicado el 4 de junio de 1910. No obstante, quizá el artículo donde Azorín argumenta de forma más explícita sus preocupaciones sería «Pesimismo social», publicado el 8 de abril de 1912: «Partió de esta aplicación del darwinismo a la política una muchedumbre de errores e ilusiones nefastas; multitud de desenfrenos, injusticias e iniquidades justificáronse con la doctrina del darwinismo social».
Esta angustia hacia las repercusiones del darwinismo social sería un tema recurrente en los artículos de la época y así lo demuestra «Palabras al viento... el crimen sentimental», de Manuel Bueno Bengoechea, publicado el 8 de abril de 1925, mediante la intercesión de Sofía (un personaje de una obra de Marcel Prévost):
El darwinismo sentimental de Sofía, según el cual los fuertes tienen derecho a sacrificar a los débiles para ser dichosos, nos suena como una ironía siniestra, porque no hay nada tan dramático ni tan triste como la contradicción de nuestra filosofía con nuestro temperamento [...]. Ni Sofía ni Antonio merecen estar clasificados en esa variedad zoológica que ha hecho del egoísmo un arma de combate y de la crueldad una regla de conducta.
Pulsuz fraqment bitdi.