Kitabı oxu: «Los rostros del otro»



Los rostros del otro : colonialismo y construcción social en Medio Oriente y Norte de África / Sebastián Estremo [y otros] ; Felipe Medina Gutiérrez, Diana H. Cure Hazzi, Pío García (editores). – Bogotá : Universidad Externado de Colombia. 2019.
355 páginas : ilustraciones, mapas, fotografías ; 24 cm.
Incluye referencias bibliográficas.
ISBN: 9789587902723
1. Estado Islámico (Organización) – Historia 2. Colonialismo – Historia – Kurdistán 3. Colonialismo – Historia – África 4. Nacionalismo – Historia – Turquía 5. Mujeres en la política – Historia 6. Terrorismo -- Aspectos religiosos -- Medio Oriente I. Medina Gutiérrez, Felipe, editor II. Cure Hazzi, Diana, editora III. García, Pío, editor IV. Universidad Externado de Colombia V. Título
325.3SCDD 21
Catalogación en la fuente -- Universidad Externado de Colombia. Biblioteca. EAP.
Diciembre de 2019
ISBN 978-958-790-272-3
©2019, FELIPE MEDINA GUTIÉRREZ, DIANA H. CURE HAZZI, PÍO GARCÍA (EDITORES)
©2019, UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA
Calle 12 n.º 1-17 este, Bogotá
Teléfono (57 1) 342 0288
publicaciones@uexternado.edu.co
www.uexternado.edu.co
Primera edición: diciembre de 2019
Diseño de cubierta: Joan Rojas - CIPE
Asistente editorial: Luz Adriana Gómez Gómez
Corrección de estilo: María José Díaz Granados M.
Composición: Precolombi EU-David Reyes
Impresión y encuadernación: Xpress Estudio Gráfico y Digital S.A.S. - Xpress Kimpres
Tiraje de 1 a 1.000 ejemplares
Prohibida la reproducción o cita impresa o electrónica total o parcial de esta obra, sin autorización expresa y por escrito del Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad de los autores.
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
| SEBASTIÁN ESTREMO | ODETTE YIDI DAVID |
| MARTÍN A. MARTINELLI | HANAN AL-MUTAWA |
| CAROLINA BRACCO | PÍO GARCÍA |
| ANGÉLICA ALBA CUÉLLAR | MANUEL ALEJANDRO RAYRAN CORTÉS |
| FELIPE MEDINA GUTIÉRREZ | JERÓNIMO DELGADO CAICEDO |
| PAULINO ROBLES GIL | JULIANA ANDREA GUZMÁN CÁRDENAS |
CONTENIDO
Prólogo
Gonzalo Ordóñez-Matamoros
Introducción
PRIMERA PARTE ALGUNOS PROCESOS HISTÓRICOS
Capítulo 1. Kurdistanes en el Kurdistán: el derecho a la existencia
Sebastián Estremo
Capítulo 2. Revolución armada y guerra de liberación popular palestina en la década de los sesenta
Martín A. Martinelli
Capítulo 3. Egipto: de la casa a la revolución y de la revolución a la casa. La “cuestión de la mujer” en un siglo nacionalista
Carolina Bracco
Capítulo 4. El fenómeno del yihadismo global: del surgimiento de al-Qaida a la lucha contra ISIS
Angélica Alba Cuéllar
SEGUNDA PARTE LA CONFIGURACIÓN SOCIAL Y CULTURAL
Capítulo 5. Algunos conceptos clave en la historia y el presente del islām
Felipe Medina Gutiérrez
Capítulo 6. Chiismo en tierra wahabí: sectarismo, adaptación y resistencia en el reino saudí
Paulino Robles Gil
Capítulo 7. From Khalil Gibran to Meira Delmar: Reflections on the literature of the colombian Mahjar
Odette Yidi David
Capítulo 8. Cuando las mujeres árabes musulmanas danzan: un sistema de empoderamiento en el hogar, y el vocabulario codificador para ocupar el espacio público
Hanan Al-Mutawa
TERCERA PARTE LAS RELACIONES EXTRARREGIONALES CON AMÉRICA LATINA Y COLOMBIA
Capítulo 9. Palestina e Israel en la política exterior colombiana
Pío García
Capítulo 10. República Islámica de Irán: cambios, desafíos y relaciones con América Latina
Manuel Alejandro Rayran Cortés
Capítulo 11. Reconocimiento de la República Árabe Saharaui Democrática: entre la legalidad internacional y los cálculos geopolíticos
Jerónimo Delgado Caicedo
Juliana Andrea Guzmán Cárdenas
Conclusiones generales
Acerca de los editores y autores
Notas al pie
PRÓLOGO
GONZALO ORDÓÑEZ-MATAMOROS
Director
Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales - CIPE
Cuando los profesores Pío García, Felipe Medina Gutiérrez y Diana Cure me hicieron la honrosa invitación a escribir el prólogo de esta obra, mi primera reacción fue de duda, pues no soy experto en el tema del que se trata aquí y no suelo escribir sobre lo que no conozco con profundidad defendible. Hay, sin embargo, aspectos de este libro que quisiera destacar desde mi perspectiva como director del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales - CIPE, de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales. Se trata de asuntos que los mismos pares evaluadores resaltaron en su juicioso trabajo.
Por un lado, quiero destacar la novedad de la investigación sobre una región en la que convergen los grandes conflictos del siglo XXI, lo cual no ha recibido el debido tratamiento académico en el ámbito latinoamericano. Como afirma uno de los expertos consultados, “se han hecho trabajos desde México, Argentina y Brasil; no obstante, la bibliografía en español es mínima, por lo que presentar una obra desde la percepción colombiana, es innovador, y se hace frente a vacíos académicos”.
Segundo, quiero resaltar la variedad de enfoques, y los lugares y orígenes físicos y epistemológicos del trabajo de los distintos analistas que aquí escriben, no eurocéntrica, sino latinoamericana y global. El lector encontrará aproximaciones históricas, antropológicas, sociológicas, o desde la disciplina de las relaciones internacionales, todas inmersas en diálogo entre sí, sin apegos a lineamientos dogmáticos. Como afirma uno de los evaluadores, el lector encontrará que “muchas problemáticas sociopolíticas de los países del Medio Oriente y del Norte de África se viven en los países de América Latina y es una puerta para que seamos escribanos de los acontecimientos sociales, políticos y económicos; de ahí la relevancia de la presente obra”.
En esta obra el CIPE, en general, y el grupo OASIS, en particular, hacen evidente, en tanto que centro de pensamiento de los estudios regionales e internacionales en el contexto colombiano, su compromiso con una filosofía de pensamiento abierto y humanista, propio de la lógica que inspira a la Universidad Externado de Colombia desde sus orígenes. En este sentido, es de resaltar una conclusión de uno de los pares evaluadores del libro, cuando afirma que este texto, “además de aclarar aspectos históricos y actuales de estas sociedades, ayudará a combatir los prejuicios y la creciente islamofobia que existe hacia los habitantes y las personas originarias de esta región o religión (en este caso de los musulmanes)”. Este no es sino un ejemplo más del gran mérito de este trabajo.
Esta investigación, que versa sobre una región con cierta fisonomía social y cultural, desarrolla una de las tantas líneas de trabajo del CIPE, que también profundiza los estudios sobre políticas públicas, la gobernanza financiera global, la innovación o los conflictos domésticos e internacionales, entre otras temáticas.
Al interesado, le auguro una buena lectura del mismo.
INTRODUCCIÓN
La reconfiguración geopolítica de fin de siglo, que coincidió con la terminación de la Guerra Fría, aunada a los procesos hegemónicos del sistema-mundo contemporáneo –modelo neoliberal, régimen político sustentado en la competencia electoral, la revolución tecnológica y el surgimiento de una sociedad civil global–, dio lugar a fenómenos sociales y políticos de singular realce para la región denominada como Medio Oriente y Norte de África, condicionados por sus propias mutaciones e incertidumbres.
Para los países que conforman estos territorios y que comenzaron a tener mayor relevancia en la agenda mundial a partir de los años ochenta, este paso conllevó, en términos generales, un proceso de pauperización y exclusión económica, agravado con el boom poblacional, además de la consolidación de gobiernos autoritarios que ya no respondían a las premisas del Estado de bienestar. Estos componentes propiciaron, por una parte, las condiciones para el despliegue de un islamismo radicalizado contemporáneo y, por otra, la difusión de un discurso secular de los derechos humanos, la democracia liberal y los derechos de las minorías. Al igual que en todas las transformaciones modernizantes, implícitas en los procesos coloniales y poscoloniales que se describen históricamente en algunos capítulos de este libro, en las últimas décadas aparecen unos pesos y contrapesos, que tienen entre algunos de sus principales componentes el laicismo contrapuesto a la religiosidad (que no implica necesariamente el conservadurismo). Además, están inscritos las más de las veces en una manifestación nacionalista y radical, de distinta naturaleza a la promulgada por la última oleada de autodeterminación del panarabismo de los años cincuenta y sesenta.
Las tendencias modernizantes en la región dan cuenta, tanto del reordenamiento de una sociedad civil con capacidad de movilización por ideales progresistas, como de otra parte que ampara estructuras tradicionales de poder, con frecuencia en alianza con los intereses y diseños estratégicos extranjeros, entre los cuales sobresale Estados Unidos. Para muchos, dentro y fuera de la región, es claro que este último ha cumplido, durante las dos últimas centurias, su consigna de imponer una agenda “libertaria” en estos territorios para dar cuenta de su supremacía sobre el mundo árabe e islámico.
Aunque los efectos inmediatos no correspondieron directamente a los destinos del Medio Oriente y Norte de África, no podemos dejar de lado el 11 de septiembre de 2001 como la fecha que para este siglo marca el antecedente que cambió de forma definitiva el curso de la historia mundial, al menos para el devenir histórico de las potencias occidentales y su relación con el Medio Oriente, Norte de África y algunos países de Asia meridional. El “profético” choque de civilizaciones enunciado por Samuel Huntington (1996), que podría ser consignado como una hoja de ruta, comenzó a cumplir sus propósitos, primero con la Operación Libertad Duradera (2001-2014) contra el Emirato Islámico de Afganistán gobernado por los talibanes, en retaliación por la falsa imputación como autores de los ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono, y después con la guerra Operación Libertad Iraquí (2003-2011).
A partir de entonces, las migraciones masivas de la población de los países de mayoría islámica hacia Europa, particularmente, auspiciadas por guerras fratricidas o internacionales ha cambiado la composición demográfica de los países europeos cuyas políticas públicas de acogida desbordan la capacidad de los Estados para superar las demandas de esta población marginal y pauperizada. La islamofobia se ha convertido en una nueva cruzada, vista con el beneplácito de los movimientos y partidos de ultraderecha de todas las latitudes. Los movimientos xenófobos y de supremacía blanca se han expresado en actos de violencia extrema, actitudes radicales de terrorismo como crímenes contra la población civil islámica y la profanación de los lugares sagrados de los seguidores de Mahoma.
Así las cosas, no podemos dejar de mencionar las guerras en Siria y Yemen, actualmente en curso y que involucran a distintos actores. Son dos de los casos que, hoy por hoy, más requieren la atención internacional, pero que parecen invisibles para el mundo mediático (Gate Keepers), pues aparentemente no tienen ninguna importancia para los intereses básicos de los poderes centrales. Sin embargo, recientemente en estas regiones también surgió el movimiento social y político de las Revueltas de 2011 denominadas de manera errónea “Primavera Árabe”, que si bien depuso varios de los regímenes empotrados por décadas en el poder, como sucedió por ejemplo en Túnez, Egipto y Libia, fuerzas contrarrevolucionarias internas y externas, sumadas a otros factores, condujeron al resultado inesperado de afianzar, más bien, los problemas endémicos de la corrupción y la represión brutal, así como una fuerte crisis económica, entre otros focos de lucha. Lo peor de este panorama social y político es que no se ven soluciones inmediatas.
En el mismo sentido, el avasallamiento israelí sobre el territorio palestino es un punto primordial en el momento de pasar revista a una región en crisis constante, pues la comunidad internacional pareciese no contar con la capacidad suficiente para resolver el conflicto gestado por el plan de partición (Resolución 181) de ese territorio por parte de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1947.
De igual manera, esta vasta región, que alberga alrededor de 30 países, posee ciertos rasgos identificadores, los cuales son indispensables para tener en cuenta en el momento de su caracterización. En primer lugar, es un grupo de Estados y pueblos conformadores de un auténtico caleidoscopio social y cultural, donde prima el islam, pero donde también se encuentran importantes comunidades cristianas, judías y de otras creencias. De hecho, ese patrón se remonta 1200 años atrás, cuando las huestes de la nueva confesionalidad extendieron su influencia religiosa, científica y política al oriente y al occidente de su epicentro arábigo, cuando llegaron a Irán, Pakistán e India, por un lado, y hasta la península Ibérica, por el otro extremo.
En segundo lugar, se encuentra el acento cultural, dada la condición primordial de sociedades refaccionadas por más de un milenio por los elementos étnicos, lingüísticos y sociales árabes y no árabes. La región ha sido el centro de expresiones propias de la adaptación humana a las condiciones ambientales particulares tanto como el crisol en que se han fundido las instituciones sociales autóctonas con las adquisiciones llegadas desde los lugares más remotos. Allí confluyeron, para citar unas pocas de esas manifestaciones, el antiguo saber de Asia oriental y el ideario monoteísta surgido en Asia occidental.
En tercer lugar, dichas comunidades comparten, casi en su totalidad, los efectos desestabilizadores de la institucionalidad y del modus operandi social causados por el arribo y la conquista por parte de las potencias coloniales, desde el primer momento de su expansión comercial a finales del siglo XV. Tras la ruta portuguesa por el Atlántico y el Índico, desde el siglo XVII Inglaterra y Holanda comenzaron a abrir sus propias posesiones y a desencadenar la competencia colonial e imperialista, que culminarían Inglaterra y Francia en la segunda década del siglo XX, cuando se repartieron los despojos del Imperio otomano. La colonización significó muchas cosas: despliegue de los avances científicos centrales, eliminación de las estructuras administrativas locales, implantación de modelos educativos, privilegio para determinadas élites e imposición de unas comunidades étnicas sobre otras para romper su larga tradición de convivencia. Al mismo tiempo, la sofisticación en la producción de armas, la disciplina militar y la restructuración productiva de los pueblos bajo el colonialismo atendieron los requerimientos de las potencias europeas. El resultado evidente fue la dependencia del patrón económico ventajoso para la metrópoli y, sobre todo, la creación de nuevos Estados-nación a imagen e interés de las potencias europeas, mezclando comunidades y creando problemas donde no los había previamente.
Las dos guerras mundiales y el posterior antagonismo de los bloques produjeron efectos contrastantes en Asia occidental y Norte de África. Lo más significativo fue el surgimiento de las condiciones favorables para el proceso de descolonización. Uno a uno, los países colonizados proclamaron su independencia, abogaron por el ejercicio político autónomo, tomaron la vía de la renovación institucional y procuraron la inserción en los flujos económicos globales. El tránsito hacia la soberanía nacional comportó, con frecuencia, conflictos internos en la contienda por el control del Estado. Todavía en el siglo XXI se aprecia la reyerta en la rebelión expresada mediante las revueltas de 2011, un proceso que continúa hasta nuestros días.
El otro resultado del fin de la guerra entre las grandes potencias fue el legado insidioso de las disposiciones coloniales. Los países centrales afirmaron su dominio mediante acuerdos entre sí y con arreglos subrepticios con algunos sectores de las comunidades locales. El caso emblemático de una tragedia urdida entre los ocupantes es, por cierto, la creación de un Estado judío en Palestina, convenido por Inglaterra y Francia, en 1916. El Acuerdo Sykes-Picot sigue alentando, después de un siglo, un conflicto que se niega a desaparecer.
En este orden de ideas, surgen numerosos interrogantes sobre los factores externos que influyen en el transcurso de las sociedades ubicadas en Asia occidental y Norte de África. A lo largo de la historia, ¿cómo se acoplaron las diferentes modalidades religiosas, culturales, políticas y económicas? En la actualidad, ¿de qué manera se combinan los factores internos y externos para profundizar las situaciones conflictivas o para resolver las crisis domésticas y entre los países de la región? ¿Qué incidencia tienen sus dinámicas propias con actores lejanos como lo son América Latina, el Caribe o Colombia?
El carácter estructural de la región en el complejo económico colonial fue explicado por André Gunder Frank como pionero de la teoría que retoma Immanuel Wallerstein (1974) como la semiperiferia, o la sección intermedia entre la metrópoli y las colonias. Ello evitaba el choque directo de los pueblos colonizados con las potencias coloniales y legitimaba su dominio. Para Bernard Lewis (2002), en cambio, el contraste fundamental lo marcó el progresivo desnivel técnico y administrativo entre los centros económicos y las zonas adyacentes, incluida la musulmana. Según el autor, la incorporación de avances en la navegación, el cálculo, la organización empresarial y la estructura administrativa del Estado propulsaron el poder inglés sobre sus competidores.
Edward Said (1990), pionero de los estudios poscoloniales, dirigió la discusión hacia la construcción europea del otro “oriental” que le sirviera de referencia, para contraponer sus valores, marcar su superioridad y justificar el dominio colonial. El orientalismo desentrañó la producción de conocimiento en su doble dimensión ontológica y epistemológica sobre las sociedades adyacentes, las cuales quedan enmarcadas en un metadiscurso global que representa a “Oriente”. Ese discurso hegemónico nombra y crea al Otro, acotado en narrativas de poder que distancian y acentúan las relaciones de subalternidad.
Bajo este fondo interpretativo, se formula la pregunta central de esta investigación: ¿cómo fueron construidas a lo largo de la historia las características particulares de las sociedades del Medio Oriente y Norte de África? ¿Cuáles son sus rasgos predominantes y qué impacto tienen sobre las relaciones extrarregionales, respecto a América Latina, en particular?
La respuesta hipotética a este interrogante plantea que los rasgos particulares de los diferentes procesos históricos en el Medio Oriente y Norte de África encuentran un punto de partida en el legado de la experiencia colonial europea en el siglo XIX en las distintas regiones que esta categoría compone, así como del papel desempeñado años más tarde por nuevas potencias extranjeras intervencionistas como Estados Unidos y Rusia, y de distintos actores regionales y locales de reciente aparición, como el Estado de Israel y su injerencia en la política exterior estadounidense. En este contexto se forjaron nuevas identidades en diversas sociedades atadas a la configuración social y cultural de la región.
La investigación tiene una naturaleza interdisciplinaria. El lector se encontrará con distintas exploraciones históricas que se enlazan a su vez con observaciones y análisis sociológicos y antropológicos, que dan cuenta de las múltiples facetas de las comunidades estudiadas en este libro a nivel social y cultural. Asimismo, se identifican los perfiles políticos contemporáneos y el efecto que sobre ellos tiene la dinámica económica y geopolítica global.
Los objetivos de los capítulos de esta obra son diversos. El libro presenta once textos en total, distribuidos en tres partes temáticas. El primer objetivo es puntualizar las distintas facetas históricas de la región. Aquí se evalúan algunos de los diferentes procesos históricos de relevancia para el Medio Oriente y Norte de África, lo que permite ofrecer una base para la comprensión de ciertas problemáticas actuales. El segundo objetivo específico busca explorar algunos elementos trascendentales en la configuración social y cultural de la región, señalando desde múltiples perspectivas –religión, cultura, mujer y danza– la diversidad de análisis posibles. Finalmente, el tercer objetivo específico procura discutir algunas de las diferentes dimensiones de las relaciones entre Estados y sociedades de América Latina, incluida Colombia, y Medio Oriente y Norte de África, proponiendo elementos de juicio para juzgar las conexiones entre ambas experiencias.
En consonancia con lo anterior, el libro se encuentra dividido en tres secciones. La primera sección, titulada “Algunos procesos históricos”, encuentra justificación en la importancia de estudiar y comprender las diferentes manifestaciones retrospectivas y procesos evolutivos de las sociedades objeto de estudio. Parte de entender los grandes desafíos del presente, involucra tener en cuenta una idea general del acontecer, donde usualmente se encuentran algunas respuestas a las disfunciones contemporáneas.
La segunda parte, “La configuración social y cultural”, estudia distintas expresiones al interior de las diferentes sociedades que componen los países de la región, donde el lector encontrará discusiones de temas como las manifestaciones y tradiciones religiosas (ejemplo el islam y el caso de las minorías), el papel de la mujer árabe en expresiones culturales como la literatura y la danza, así como las manifestaciones sectarias en la configuración social de la región.
Finalmente, la tercera parte, “Las relaciones extrarregionales con América Latina y Colombia”, responde a la necesidad de realizar un ejercicio comparativo de ideas entre estas sociedades, superando la distancia geográfica y algunas diferencias culturales. Evaluar las relaciones a nivel diplomático de algunos países de América Latina con comunidades como Palestina, Israel, Irán y el Sahara Occidental, contribuye a reducir aquella distancia, y propone un intercambio de experiencias y lecturas sobre determinadas materias.
Es importante anotar que los capítulos de las anteriores secciones, bien sean descriptivos, comparativos, circunscritos a un estudio de caso o analíticos, comparten, en una forma amplia, el marco histórico y conceptual que contiene la permanente y desestabilizadora relación de dependencia de la región periférica de Medio Oriente y Norte de África (las colonias o excolonias) con los países hegemónicos (las metrópolis). Esta condición dialéctica determinó las relaciones de poder y las tensiones que a lo largo de la última centuria coadyuvaron a las erupciones nacionalistas y la construcción de la nación en la región. Así se pone en evidencia cómo los sucesos de la geopolítica mundial tienen efectos desestabilizadores en lo local y lo regional.
Las dinámicas implícitas en el fenómeno colonial, como el permanente ejercicio de poder asimétrico en los frentes económico, político, social y cultural convierten la pulsión por asimilar la cultura sometida (aculturación) dentro del paradigma dominante en manifestaciones de resistencia por parte de la población subyugada. Estas expresiones, por lo general, están adscritas a movimientos nacionalistas, para algunos como efectos reaccionarios y tradicionalistas, frente al esquema modernizador (sincretismo) comprendido de manera inevitable en todo proyecto colonial.
Con distintos grados de legitimidad, y en el marco de eventos geopolíticos disruptivos –como las dos guerras mundiales–, la mayoría de los regímenes árabes y no árabes hicieron su transición hacia la organización sociopolítica del Estado-nación heredado de un proceso histórico ajeno, situado en Europa y como legado de la Ilustración. Es así como las distintas fases de la construcción nacional, del Estado-nación y de las disímiles expresiones de movimientos de resistencia que este proceso conlleva han ido de la mano con los sucesos históricos de colonización y descolonización, cuyos antecedentes fueron el desmoronamiento del colonialismo otomano, el traslado del poder imperial a las potencias europeas y su posterior emancipación en el marco de la Guerra Fría.
Esta transición y consolidación de ajuste independiente corresponde al primer periodo poscolonial (1940-1970), en el cual se inscriben significativos movimientos de resistencia y modernización simultáneamente en los Estados contemporáneos de la región, con sus estructuras nacionales y políticas, y su geografía, sostenidas sobre la construcción de poderes locales afines al modelo anterior.
De esta manera, los esfuerzos modernizantes y de construcción nacional en esta etapa tienen unas especificidades, heredadas de los consecutivos periodos coloniales, que perpetúan o exacerban las diferencias a través de arreglos territoriales locales, comunitarios y clientelares en ciertos países. Es así que algunos autores consideran el último proceso de descolonización como un traspaso de poderes entre las autoridades coloniales y las estructuras políticas locales creadas por las viejas élites (Hijazi, 2008).
Sin embargo, es importante subrayar que lo anterior se ofrece como resistencia al periodo donde, a pesar de las deficiencias sistémicas antes descritas, algunos países de la región logran instaurar un modelo de Estado secular, con un régimen “socialista”, el cual intenta una mejor redistribución de la riqueza que para algunos es interpretada como una cortina de humo para contrarrestar reclamos frente al derecho de ejercer cualquier libertad política. No obstante, esta fase de “desarrollo” al estilo metropolitano, en la mayoría de estos países fue dirigida por las élites, tanto en la economía, con reformas agrarias, nacionalizaciones y procesos de industrialización auspiciados por el Estado, como en la administración, cuyo nuevo poder político estaba, las más de las veces, en manos de las huestes militares.
La doble velocidad modernizante en este periodo dio como resultado, por un lado, el incipiente surgimiento de colectivos sociales que años más tarde y hasta hoy se articularán a las nuevas manifestaciones de una sociedad civil robustecida y a veces desafiante (progresistas), frente a los gobiernos anquilosados en formas de poder despótico y antidemocrático. Por el otro, se presenta el arrastre de una población atada a estructuras locales que perviven con microestructuras tradicionales y centenarias, afianzadas a un nacionalismo teopolítico (conservadores).
Solo a través de un barrido histórico donde se evidencian los alcances y el impacto de los pasajes de colonización y descolonización podemos situarnos desde la contemporaneidad –entendida como el conocimiento de los futuros posibles o los “futuribles” –, para la región objeto de estudio, y plantearnos algunos interrogantes como posible bitácora prospectiva.
De dónde proviene la resistencia de los regímenes para iniciar procesos de transición democrática; cuáles son los impedimentos para que la sociedad civil logre, en el largo plazo, un papel protagónico y se consolide la incorporación de una nueva estructura sociopolítica. También se abren interrogantes sobre cuáles son las nuevas dinámicas respecto a relaciones externas euro-estadounidenses, vistas las sociedades dentro de un contexto globalizador donde predominan los vínculos interinstitucionales y transnacionales, más allá de los límites interestatales y, para terminar, cómo funciona la incoherente relación que mantienen las potencias centrales con regímenes autócratas y muchas veces despóticos.
En medio de estas cuestiones impredecibles, se constatan varios fenómenos vigentes que enuncian un pasaje a la contemporaneidad con relativo éxito. A pesar de la demonización de los países de la región, de la emergencia de movimientos de resistencia nacional de distintas condiciones, de los efectos devastadores del modelo neoliberal en las economías, de la vigencia impertérrita de gobiernos represores y de las revueltas parcialmente fallidas de la sociedad civil en los últimos años, puede afirmarse que la capacidad transformadora de la región para insertarse creativamente en el sistema-mundo es irreversible. Como lo afirma Álvarez Ossorio:
Pese a las particularidades de cada país, la población comparte unas mismas reivindicaciones, como el desmantelamiento del Estado autoritario, el respeto al gobierno de la ley, la lucha contra la corrupción, la derogación de las leyes de emergencia, el fin de los sistemas monopartidistas, la separación de poderes, el respeto a las libertades civiles, la enmienda de las constituciones y, por último, la celebración de elecciones libres, transparentes y, sobre todo, competitivas. (2011, p. 67)
De otra parte, además del surgimiento de un islamismo moderado, denominado por varios autores como posislamismo, que surge en esta fase poscolonial contemporánea y que está caracterizado por conducir las demandas sociales y políticas por las “vías democráticas” y la “no violencia” –a diferencia de las corrientes radicales–, se expresa un movimiento de masas que considera que la democracia no tiene por qué ser siempre de corte europeo y que, entre otros elementos, puede ser una democracia diferenciada del modelo neoliberal y basada en las particularidades históricas y culturales del Mundo Árabe.
Este movimiento de masas está, a su vez, compuesto por todos los actores de la sociedad civil que en la región la representan los sindicatos, los movimientos estudiantiles, los partidos políticos y las ONG defensoras de los derechos humanos.
Expuesto lo anterior, puede afirmarse que están dadas todas las condiciones para pronosticar que las transiciones democráticas en el mediano y largo plazo, así sean de manera sincrética, pueden llegar a consolidarse. Ello, especialmente, debido al creciente papel de la sociedad civil y su activismo transnacional gracias a las nuevas tecnologías y la globalización.
REFERENCIAS
ÁLVAREZ-OSSORIO, I. (2011). El mito de la conflictividad del mundo árabe. De la época colonial a las revueltas populares. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3966542.pdf.
HIJAZI, A. (2008). Procesos políticos y sociedad civil en el mundo árabe. Theomai. Estudios sobre sociedad y desarrollo, 17, 61-75.
HUNTINGTON, S. (1996). The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. New York: Simon & Schuster.
LEWIS, B. (2002). What Went Wrong? The Clash between Islam and Modernity in the Middle East. New York: Harper Collins.
MEARSHEIMER, J. y WALT, S. (2007). El lobby israelí y la política exterior de Estados Unidos. Madrid: Santillana.
SAID, E. (1990). Orientalismo. Madrid: Libertarias, Prodhufi.
WALLERSTEIN, I. (1974). The Modern World System. Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in Sixteenth Century. New York: Academic Press.
MAPA DE MEDIO ORIENTE Y NORTE DE ÁFRICA

Elaboración de Joan Rojas.

SEBASTIÁN ESTREMO
CAPÍTULO 1
Kurdistanes en el Kurdistán: el derecho a la existencia *
RESUMEN
La primera mitad del siglo XX es un periodo fundamental para comprender los conflictos que aquejan al Medio Oriente de nuestros días. El desmembramiento del Imperio otomano, los acuerdos secretos de Sykes-Picot entre británicos y franceses, y la consolidación de nacionalismos de carácter etnolingüístico terminaron con el viejo orden político de la región dominado hasta entonces por la comunidad religiosa. Como consecuencia, surgieron una veintena de nuevos Estados-nación en la zona administrados por nuevas élites que basaron su legitimidad en la pertenencia a una misma comunidad nacional. Sin embargo, no todos los grupos nacionales que existen en el Medio Oriente tienen un Estado-nación propio, ni todas las identidades son aceptadas por todos.
El Kurdistán es una región eminentemente montañosa, que se sitúa en el corazón de la cuenca del Tigris y el Éufrates. Está habitado por una diversidad de comunidades nacionales muy amplia, entre las que se destaca la de los kurdos. A diferencia de los turcos, los árabes o los persas, los treinta millones de kurdos que hay en el planeta no tienen un Estado-nación propio. Algunos de ellos son apátridas que quedaron al margen del sistema interestatal que se consolidó el siglo pasado. Otros, con un poco más fortuna, quedaron integrados entre los cuatro Estados que hasta hoy dividen el Kurdistán: Turquía, Siria, Iraq e Irán. En el presente trabajo exploraremos, desde una perspectiva histórica y geográfica, las causas de este fenómeno y los principales procesos políticos que derivaron de esta situación en el Kurdistán.
Palabras clave: Estado-nación, nacionalismo, Kurdistán, Turquía, PKK.
INTRODUCCIÓN
El paradigma del Estado-nación moderno, como la expresión política-territorial básica de nuestros días, nos dicta que en el mundo debería haber tantos Estados como naciones hay en el planeta. Los kurdos son un extraordinario ejemplo de que esta afirmación no es válida para la mayor parte de las naciones que existen. De hecho, es posiblemente el mejor ejemplo, pues los 30 millones de kurdos que lo habitan (Egret y Anderson, 2016, p. 13) son la nación más numerosa del mundo sin “poseer” un Estado-nación propio.
El proceso de estatización del planeta y de construcción de la nación como el prototipo identitario de nuestros días implica, en realidad, una discusión mucho más profunda. Habría que estudiar los orígenes de la nación y preguntarse qué es el Estado-nación y por qué es la forma de apropiación política del territorio por excelencia de la actualidad. Habría que investigar sobre su dimensión histórica y espacial estrechamente ligada a la consolidación del sistema-mundo capitalista desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta nuestros días. Habría que identificar qué son los Estados llamados “plurinacionales”, qué tan incluyentes son y qué tipo de construcciones identitarias derivan de ellos. Lo cierto es que esta problemática tan compleja y tan importante en términos de organización política está en la actualidad en el centro del debate en las poblaciones kurdas. He ahí que no podamos caer en el error garrafal homogeneizador en el que caen la mayor parte de los análisis que tratan sobre este u otros temas semejantes. Debemos ser más críticos y ver más allá de los marcos conceptuales impuestos por la lógica del sistema-mundo capitalista y del sistema internacional que reposa precisamente en el modelo de los Estados-nación. Es por ello que en este capítulo no hablaremos de “el Kurdistán” como un ente pasivo y homogéneo, sino de los diferentes “kurdistanes” que existen o han existido en el Kurdistán. Hemos de hablar de kurdistanes en el Kurdistán a lo largo del tiempo y el espacio.
El objetivo de la primera parte del presente libro consiste en establecer una base histórica y geográfica que nos permita analizar con cimientos más sólidos y profundos los procesos de la actualidad en el Medio Oriente y el Norte de África. Tal y como sucede con el caso palestino, del cual se hablará más adelante en esta misma sección, la fragmentación del Kurdistán es resultado de la injerencia de las potencias europeas en la zona. En ese sentido, podemos constatar que el proceso que a continuación hemos de analizar no es un caso aislado, sino un patrón regional. Así, proponemos al lector constatar ciertos paralelismos entre los casos kurdo y palestino1, pues, en ambos los Estados ocupantes buscaron por medio de diferentes argumentos negar las evidencias históricas que rastrean la identidad nacional más atrás del establecimiento de Estados como el de Israel o Turquía. Sin embargo, la especial importancia del caso kurdo en la actualidad radica, aunado a lo que ya hemos señalado, en que los kurdos son uno de los principales actores en la guerra que ha devastado lo que hoy llamamos Siria desde hace más de un lustro. Y es probablemente su particular condición de un numeroso pueblo sin un Estado propio lo que hace que sean frecuentemente malentendidos por los medios masivos de comunicación e incluso por cierta corriente de académicos que no alcanza a concebir modos de actuar y de pensar que trascienden al Estado y al sistema-interestatal.
Con la finalidad de desarrollar cuidadosamente este tema, y partiendo de la hipótesis inicial de que el Kurdistán no es un ente homogéneo, el presente capítulo está dividido en tres partes. En la primera presentamos el contexto geográfico de la región, definimos qué es el Kurdistán más allá de los parámetros establecidos por el paradigma estatista-nacionalista y presentamos una base antropológica de sus habitantes previo al siglo XX. Posteriormente, en la segunda sección, describimos el contexto histórico-político del Kurdistán durante la “nueva era” de los Estados nacionales. Aquí nos enfocamos principalmente en la porción del Kurdistán que se encontraba dentro de los límites del Imperio otomano. Finalmente, en la tercera y última parte, explicamos el surgimiento, las bases ideológicas y el desarrollo de las dos corrientes políticas que rivalizan en el Kurdistán desde el último cuarto del siglo XX hasta nuestros días, y que constituyen las dos facciones más importantes que componen los kurdistanes del Kurdistán. Estas son, por un lado, la tendencia confederalista democrática crítica al modelo del Estado-nación y al sistema-mundo capitalista del Partiya Karkerên Kurdistan (Partido de los Trabajadores del Kurdistán - PKK) y, por el otro, la corriente nacionalista liderada históricamente por la poderosa familia Barzanî. El objetivo final del capítulo será confirmar la hipótesis de que el Kurdistán es un territorio que trasciende el constructo social de la nación, y que está compuesto con actores que actúan según su condición de clase pero también según el desarrollo histórico y geográfico de la región durante el último siglo.
EL KURDISTÁN Y LOS KURDOS
¿QUÉ ES Y DÓNDE ESTÁ EL KURDISTÁN?
La etimología de la palabra Kurdistán proviene, según diversas fuentes, de la palabra sumeria kur, cuyo significado es “montaña”, siendo así los kurdos (kurti), las tribus de la montaña. Durante siglos, los sultanes selyúcidas y, posteriormente, los otomanos se refirieron a las regiones montañosas colindantes con las entidades persas vecinas con el nombre de Kurdistán (“tierra de los kurdos”) (Öcalan, 2008, p. 9). Cabe señalar que el sufijo locativo stan proviene del persa, lengua estrechamente emparentada con el kurdo, pues ambas pertenecen a la rama de las lenguas iranias dentro de la familia indoeuropea. La etimología de la palabra nos permite verificar que sus orígenes son muy antiguos y diversos, y que está asociada desde hace miles de años a las montañas que dan origen a los ríos Tigris y Éufrates.
Si tomamos en consideración lo anterior y definimos el Kurdistán según criterios demográficos (es decir, aquellas áreas donde los kurdos son la población mayoritaria), constataremos que es una región eminentemente montañosa, sin salida directa al mar, que abarca aproximadamente 450.000 km2 y está situada en las fuentes y el corazón de la cuenca del Tigris y el Éufrates.
Al norte y al oriente está ocupado por los montes Tauro y Zagros (donde brotan las fuentes de los ríos gemelos), mientras que al sur y al suroeste la rugosidad del paisaje va desapareciendo hasta llegar a las cálidas planicies de Harrán y la Jazīra (el corazón de la cuenca, por donde fluye el cuerpo principal de ambos ríos). En la actualidad, además de kurdos, turcos, persas y árabes, está habitado por otros grupos entre los que se destacan (tan solo en el Rojava) los asirios, caldeos, arameos (siriacos), turcomanos, armenios y chechenos (Charter of the Social Contract, 2014). Es una región históricamente ligada a las actividades agrícolas (particularmente el cultivo de trigo) y ganaderas; sin embargo, en las últimas décadas ha existido un proceso de migración, generalmente forzada, hacia las grandes ciudades, tales como Amed (Diyarbakır), Mûsil (Mūsul), Kerkûk (Kirkūk) o Heleb (Ḥalab/Alepo)2. En el contexto geopolítico actual, el Kurdistán sobresale por su abundancia en agua y petróleo (particularmente en la zona de Kerkûk al norte del actual Iraq) y por su posición geoestratégica como parte central de la red de oleoductos que transporta el petróleo extraído hasta los puertos del mar Mediterráneo y de ahí a Europa y el resto del mundo (ver mapas 1 y 2).
MAPA 1. PRINCIPALES CIUDADES DEL KURDISTÁN (CON SU NOMBRE EN KURDO)

Fuente: elaboración propia.
MAPA 2. AGUA Y PETRÓLEO EN LAS CUENCAS DEL TIGRIS Y EL ÉUFRATES

Fuente: elaboración propia.
¿QUIÉNES SON LOS KURDOS?
Para poder comprender el Kurdistán de hoy es necesario establecer una mínima base antropológica de las poblaciones que lo habitaron previo a la “era de los Estados nacionales”. Asimismo, es de suma importancia dimensionar la magnitud de los cambios filosóficos y sociales que acontecieron en él durante la primera mitad del siglo XX. Debemos, por consiguiente, situar los términos “sociedad kurda” en su debido contexto para evitar anacronismos. Esto quiere decir que no podemos caer en la trampa del “marco teórico nacionalista” y establecer tajantes divisiones entre pueblos que no tenían el mismo tipo de consciencia identitaria que sí tienen en la actualidad. Previo a la primera mitad del siglo XX, las identidades nacionales aún no se desarrollaban con tanta fuerza en la región y, por ende, no había una relación directa entre lo “kurdo”, “turco”, “armenio”, “persa” o “árabe” y la etnicidad. Esto quiere decir que cuando hablamos de la sociedad kurda del Imperio otomano estamos englobando a varios grupos cuyas descendencias comenzarían a diferenciarse en términos nacionales más tarde, pero que en aquel entonces no lo hacían. Este argumento es validado incluso por teóricos del nacionalismo turco como Ziya Gökalp, a quien nos referiremos de nuevo más adelante. Este hecho es de suma importancia pues la desintegración del Imperio otomano y la aparición de los nuevos Estados nacionales en la región se explica en gran medida por el proceso de cambio de un paradigma identitario (identidad religiosa) por otro (identidad nacional).
Durante siglos, la sociedad kurda estuvo constituida primordialmente por campesinos asentados en pequeñas aldeas difuminadas a lo largo de todo el Kurdistán y por pastores seminómadas que se desplazaban entre planicies y montañas en busca de los mejores pastos para su ganado. Para el siglo XIX, estos grupos estaban organizados en casas, linajes y clanes de diferentes tamaños que pertenecían a tribus que, a su vez, se adherían a grandes confederaciones tribales o ashiret. Los ashiret eran muchas veces multiétnicos (es decir, no solamente estaban compuestos por kurdos) y su estructura organizativa se caracterizaba por ser sumamente jerárquica y autoritaria. A la cabeza de esta unidad sociopolítica se encontraban el agha (jefe tribal), que era una especie de latifundista o “gran terrateniente”, y el sheikh (jefe religioso). El liderazgo del sistema tribal recaía, por consiguiente, en un minúsculo grupo de jefes que definían los aspectos más relevantes de la vida de sus subordinados (como por ejemplo, el matrimonio de “sus” mujeres para establecer o reforzar alianzas)3. Su ideología se basaba en los lazos de sangre y en un sentido ancestral de territorialidad ligado con la trashumancia (McDowall, 2004, pp. 13-15). La religión les otorgaba un enorme sentido de pertenencia comunitaria y su vida giraba en torno a la tierra pues esta representaba su sustento económico. Por ello no es de sorprender que la ideología tribal kurda se vea reflejada incluso hasta hoy en las toponimias de ciertos lugares bautizados en honor de alguna familia influyente, como por ejemplo, la región-tribu Barzan a la cual volveremos más adelante.
El accidentado relieve de los montes Tauro y Zagros, sus crudos inviernos y la escasez de caminos que ligaran a sus habitantes con los grandes centros económicos de la época mantuvieron a estos grupos parcialmente aislados de los poderes centrales que se establecieron en la península de Anatolia y en Persia a lo largo de los siglos. Así pues, durante cientos de años las montañas y los pueblos del Kurdistán fungieron como una especie de esponja que absorbía los conflictos entre el Imperio otomano y las diferentes dinastías que gobernaron el Imperio persa. Los sultanes otomanos incluso utilizaron a emires (élites kurdas locales) a su favor como intermediarios encargados de mantener a raya los conflictos entre tribus locales (que podían llegar a afectar el flujo de mercancías) y cobrar impuestos. Conscientes de la falta de fuerza del poder central en el lejano Kurdistán, las autoridades otomanas accedieron desde el inicio (con sus debidos altibajos) a otorgar cierto grado de autonomía a las comunidades kurdas de la periferia a cambio de su lealtad y al aporte de tropas en tiempos de guerra con los persas. De esta manera garantizaron cierta estabilidad en sus fronteras orientales pues los kurdos desempeñaban la función de amortiguador que, pese a que no estaba integrado del todo al imperio, tampoco permitía el avance de amenazas extranjeras (van Bruinessen, 1992, pp. 50-59).
Con el paso del tiempo y la proliferación de movimientos nacionalistas eslavos en los Balcanes (que ocuparon la mayor parte de la atención de las fuerzas armadas otomanas), se fortaleció aún más el poderío de los jefes tribales del Kurdistán pese a los violentos esfuerzos de los sultanes por mermar su estructura (McDowall, 2004, pp. 28-29 y 41-48). Esta autonomía local se manifiesta todavía hasta la fecha en aspectos tales como la lengua (kurmanji, sorani, zazaki, entre otras), la religión (alevismo y corrientes sufíes) y, hasta cierto punto, la estructura social (confederaciones tribales). Sin embargo, este orden, que se mantuvo con sus debidas fluctuaciones durante siglos, llegó prácticamente a su fin con la caída del Imperio otomano y el arribo del paradigma identitario nacional proveniente de Europa occidental a la región.
Pese a ser uno de los grupos más importantes de la zona, la lógica social y económica de la tribu retrasó unas cuantas décadas (en comparación con los turcos o con algunos árabes) el surgimiento de la identidad nacional kurda. Como resultado, para mediados del siglo XX quedaron fragmentados en la periferia de cuatro Estados diferentes sin ellos mismos tener uno propio. La desintegración del Imperio otomano, la caída de la dinastía Qājār en Persia, la consolidación del nacionalismo turco, árabe y persa, la intervención directa e indirecta de poderes extranjeros (principalmente del Reino Unido, Francia, Rusia y Estados Unidos) y la posterior creación de Turquía, Siria, Iraq e Irán, creó barreras en el Kurdistán, inexistentes hasta entonces, que alteraron para siempre las dinámicas sociales dentro de la cuenca del Tigris y el Éufrates. La magnitud de esta reconfiguración territorial significó tanto que, incluso en el pasado, la “línea” fronteriza que separó durante siglos a los imperios otomano y persa no había representado jamás una verdadera barrera para los pastores del Kurdistán. Esta no era concebida como una verdadera línea (como sí sucede con los límites bien establecidos de un Estado-nación), sino como una zona de transición con límites variables y porosos. Los pastores vieron así limitado su tránsito anual y muchas familias se encontraron de repente separadas por nuevas líneas artificiales, lo cual evidentemente tuvo consecuencias económicas y sociales. Una de ellas, en términos geográficos, es que no es coincidencia que las cuatro regiones principales en las que se suele dividir en la actualidad al Kurdistán corresponden a los límites fronterizos impuestos por los Estados nacionales que se instauraron en la zona durante este periodo: al norte (Turquía) el Bakur, al oeste (Siria) el Rojava, al oriente (Irán) el Rojhilat y al sur (Iraq) el Başur (ver mapa 3).
Las pretensiones monopólicas del Estado sobre la totalidad del territorio bajo su control (y con ello de todas las actividades que se realicen en él) comenzaron a ver con malos ojos las reminiscencias del sistema tribal y su esencia territorialista. Cabe resaltar que, en el caso del Kurdistán, ambos elementos todavía hoy prevalecen en gran parte de la región. Por ello, estos jóvenes Estados, como parte de su etapa de consolidación, no tardaron mucho en combatirlo. En palabras de Sánchez, por medio de las instituciones adecuadas la función social del Estado consiste en: “conseguir la máxima homogeneización de los comportamientos y actitudes en el interior de la sociedad, y a lo largo de todo el territorio por ella controlado. De ahí la importancia de los procesos de sociabilización o culturización que todo grupo social, y toda sociedad, diseña y aplica” (1992, p. 90).
MAPA 3. REGIONES DEL KURDISTÁN

Fuente: elaboración propia.
Veremos más adelante cómo esta norma no fue la excepción en el Kurdistán pues en cada uno de los países en que quedó dividido hubo diferentes políticas homogeneizadoras enfocadas en la población kurda. Si bien en cada Estado el proceso aconteció de manera diferente (particularmente en Irán), también todos tuvieron elementos comunes. A grandes rasgos, en los cuatro se buscó por todos los medios minimizar o incluso negar su identidad nacional y, por consiguiente, se limitó o se prohibió el uso de su lengua (pues la lengua, junto con el territorio y la idea de “etnia”, es una de las bases para la construcción de una identidad nacional sólida). Debido al peso demográfico que representan dentro de sus respectivos países nos enfocaremos en los que, para fines de este capítulo, representan los dos casos más representativos: Turquía e Iraq.
LOS KURDOS BAJO EL NACIONALISMO TURCO Y ÁRABE
DEL IMPERIO OTOMANO A TURQUÍA
El Imperio otomano acogió dentro de sus fronteras a una gran variedad de comunidades étnico-lingüísticas y religiosas. La propagación de las ideas nacionalistas en Europa sería, por consiguiente, uno de los principales obstáculos a los que tendría que enfrentarse desde el siglo XIX hasta su desaparición en el primer cuarto del siglo XX.
Una de las principales causas de su decaimiento durante este periodo fue la injerencia de potencias extranjeras europeas sobre las comunidades cristianas del imperio (armenios, griegos, serbios, maronitas, búlgaros, entre otras). La influencia europea sobre estas colectividades aumentó tras cada capitulación militar del sultán en turno. De esta manera, ocurrieron dos fenómenos clave para la transformación del imperio.
El primero fue el establecimiento del estatuto de berat, mediante el cual grupos cristianos y judíos que habitaban dentro de sus fronteras eran reconocidos como sujetos bajo la tutela de poderes extranjeros europeos por parte de las autoridades del imperio. Esto implicaba que, por ejemplo, comunidades serbias o griegas ortodoxas contaban con la ciudadanía rusa y así con la protección del zar. A la postre este se combinó con el segundo fenómeno. Las élites comerciales serbias y griegas, influenciadas por las ideas de la Revolución francesa y beneficiadas por el sistema de berat, buscaron su independencia del imperio mediante la utilización de un discurso nacionalista que consideraba a los otomanos como ocupantes de su territorio. En el caso del nacionalismo serbio mucho tuvo que ver el embajador ruso en İstanbul, quien propagó el paneslavismo; mientras que el nacionalismo griego se inspiró en la fantasía de restaurar la antigua gloria del Imperio bizantino (Zürcher, 2004, pp. 9-71). Esta primera gran fragmentación en la zona de los Balcanes poco tiempo después se replicaría de manera muy semejante en Anatolia y el Levante, particularmente entre turcos y árabes, y algún tiempo después con los kurdos.
Durante los primeros años del siglo XX, el desmembramiento del Imperio otomano se volvió inminente. Además de los etnonacionalismos de los grupos cristianos que ya hemos mencionado hubo una radical transformación discursiva por parte de ciertos sectores pertenecientes a las élites del imperio. En el pasado, debido a la obsesión por mantener la autoridad central, este buscó reformarse y crear una identidad social otomana sin importar la pertenencia étnica o religiosa. Sin embargo, con el paso del tiempo, cada grupo desarrolló una nueva identidad nacional ajena a la otomana parecida a la de las poblaciones cristianas. Por ejemplo, así como entre las comunidades eslavas surgió el paneslavismo, entre las túrquicas cobraron fuerza las ideas panturanistas (originadas en gran medida por exiliados turcos en Rusia). Las ambiciones y los objetivos de cada uno de estos grupos variaron según el caso y el periodo, algunos buscaron su separación absoluta, mientras que otros únicamente buscaron reformar al imperio u obtener una mayor autonomía. Este último fue el caso de gran parte del movimiento kurdo que, pese a que ya comenzaba a gestar indicios de identidad propia (por ejemplo, mediante la publicación en kurdo kurmanji de los periódicos Kurdistan y Jin, o la sociedad estudiantil Hevi de İstanbul) (Zürcher, 2004, p. 170; van Bruinessen, 2016, p. 17), una importante corriente todavía se asumía como parte de una comunidad musulmana amplia integrada al imperio ya que, como recordaremos, la identidad religiosa representaba uno de los pilares de la sociedad kurda de aquel periodo.
El origen del nacionalismo turco comenzó a cobrar forma con la revolución de julio de 1908 realizada por el movimiento político reformista Jön Türkler (Jóvenes Turcos) que llevaría al poder durante una década al Comité de Unión y Progreso (CUP). El CUP estaba fuertemente influenciado por las ideas liberales de la Revolución francesa. Su eslogan evocaba la libertad, la igualdad y la justicia; y en cuanto pudieron promovieron la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos otomanos y la redacción de una nueva constitución. Asimismo, personajes como Ziya Gökalp4 (influenciado por la sociología francesa de la época) llamaron a realizar una transición “modernizadora” que transformara el sultanato en una nación secular que imitara los valores de Occidente. Pese a esa aparente apertura, la pérdida de territorios en los Balcanes y la declaración de independencia búlgara aceleraron el chauvinismo turco de los miembros del CUP quienes rápidamente prohibieron cualquier tipo de asociación política basada en afiliaciones de carácter étnico o nacional para así intentar salvar al imperio (McDowall, 2004, pp. 87-95).
Fue bajo este contexto que, durante la primera década del siglo XX, podemos encontrar las primeras manifestaciones de identidad territorial kurda sobre el Kurdistán animadas por jefes tribales y religiosos (algunos llegaron a proponer una alianza kurdo-armenia que hiciera frente al ascendente nacionalismo turco), e incluso rumores de una posible secesión promovida por rusos y británicos que jamás se materializaría. De hecho, aconteció todo lo contrario pues, durante la Primera Guerra, sectores kurdos motivados por su adhesión voluntaria o involuntaria al ejército otomano (muchos kurdos suníes, por ejemplo, movidos por el miedo) colaboraron en las masacres contra las comunidades potencialmente alineadas a los intereses expansionistas rusos en Anatolia (en particular el genocidio armenio). Igualmente, desde aquel periodo los Jön Türkler identificaron el posible surgimiento de una identidad nacional kurda, por lo que buscaron su asimilación por medio de su dispersión (cerca de 700.000 personas distribuidas en pequeños grupos) a lo largo del oeste de Anatolia a fin de borrar cualquier sentimiento de territorialidad y quebrantar la organización tribal (McDowall, 2004, pp. 98-99 y 102-108).
Una vez finalizada la Primera Guerra, el imperio quedó fragmentado y ocupado por las fuerzas militares de las potencias europeas vencedoras (Francia, Reino Unido e Italia y Rusia), así como por las ambiciones nacionalistas griegas y armenias. Al final, tras años de guerra y negociaciones, y los planes coloniales frustrados de británicos y franceses (por ejemplo, el acuerdo secreto de Sykes-Picot de 1916, hecho público por los bolcheviques rusos), el imperio fue disuelto (Zürcher, 2004, pp. 143-147). Como consecuencia, el Kurdistán, que otrora había sido un territorio mayormente integrado en una sola entidad político-administrativa, quedó dividido en cuatro. Simultáneamente, esto dio pie a la consolidación del movimiento nacionalista turco como una fuerza política regional poderosa que habría de combatir a los ejércitos extranjeros ocupantes entre 1919 y 1923.
En 1920, el Pacto Nacional tomó el control del parlamento otomano y estipuló la indivisibilidad de los territorios habitados por una mayoría otomana musulmana no árabe. Esto significó que para el Imperio otomano y, posteriormente, para la República de Turquía, cualquier territorio situado dentro del Kurdistán otomano era parte de su territorio pues los kurdos eran una “mayoría otomana musulmana no árabe”.
El papel de Ziya Gökalp en la consolidación del kemalismo como la ideología del nuevo Estado5 y en la diferenciación entre “turcos” y “kurdos” fue trascendental. Gökalp sostenía que kurdos y turcos eran grupos étnicos distintos que se mezclaron debido a sus lógicas tribales. Según él, este contacto conllevaba forzosamente un proceso de asimilación voluntario o involuntario en ambos sentidos. De esta manera, muchas personas de origen turco sufrieron un proceso de “kurdificación”. Desde su punto de vista esto era negativo pues era necesario “bajar” a la gente de las montañas para civilizarla con actividades y valores “modernos” y adaptarla a la vida agrícola sedentaria de las planicies. He ahí el origen de la idea que más tarde desembocaría en el concepto “turcos de la montaña”, mediante el cual el Gobierno turco se refirió a los kurdos durante décadas. Eran “turcos de la montaña” porque eran considerados como incivilizados marginados del progreso social y económico de la modernidad. Eran un obstáculo para el nuevo Estado porque atrasaban al resto del país con sus prácticas tribales. Eran parte de ese Oriente que frenaba el proceso de occidentalización al que debía pertenecer la República de Turquía. El discurso oficial dictaba que su función era liberarlos de su ignorancia por medio de su asimilación a las lógicas sociales y económicas del Estado (es decir, la función social del Estado citada anteriormente). Los kurdos debían transformarse en turcos. Para ello manipularon fuentes históricas y geográficas en favor del discurso nacionalista turco y en contra de cualquier evidencia que probara la existencia de la cultura kurda en el pasado dentro de la región para así borrarlos del ideario colectivo. El idioma kurdo fue prohibido durante décadas, las toponimias de cientos de pueblos y ciudades fueron turquificadas, la mención de la palabra Kurdistán quedó censurada y se pusieron en marcha políticas demográficas para quebrar el sentido de territorialidad de los kurdos. El Estado destinó importantes esfuerzos en crear una nueva narrativa histórica. Por medio de las instituciones educativas (particularmente dentro de las asignaturas de Historia y Geografía)6 y los medios de comunicación adoctrinaron a su población conforme al ideario nacionalista. Cuando esto no funcionó, no dudó en usar la fuerza del ejército (masacre de Dêrsim de 1937-1938) o de grupos paramilitares (masacre de Maraş/Gurgum en 1979 a mano de los Bozkurtlar7) con frecuente complicidad de aghas kurdos.
Las duras condiciones impuestas por el Estado turco desde sus inicios, el surgimiento de una conciencia nacional kurda y el hartazgo popular por la complicidad de líderes tribales kurdos con el régimen, serían la semilla de nuevas resistencias armadas mucho más consolidadas que aparecerían durante la década de los setenta y reconfigurarían la vida política en Turquía.
UNA NUEVA IDENTIDAD ÁRABE
En las regiones de mayoría árabe el proceso de desvinculación con el Imperio otomano fue diferente al que aconteció en Turquía. Esto se debe a que cuando su disolución era inminente, la mayor parte de los árabes del imperio, incluidos los grupos de élite, se asumían como otomanos y eran leales al sultán. El sultán era para ellos el líder de toda la comunidad religiosa musulmana, sin distinción étnica o lingüística alguna. Esto quiere decir que no buscaban el desmembramiento del imperio, sino que más bien exigían reformarlo y descentralizarlo, para así hacer contrapeso a las políticas “turquificadoras” del CUP que relegaban a los árabes de los altos cargos del imperio. Como resultado emergió una especie de proto-conciencia nacional con el movimiento cultural arabista (por ejemplo, reivindicaba el uso del árabe, la lengua del profeta), que a lo más lejos que llegaría en esta etapa sería a exigir mayor autonomía regional (Cleveland y Bunton, 2009, pp. 140-143). En ese sentido, podemos constatar un fuerte paralelismo con los kurdos, pues estos, a diferencia de los turcos, aún no desarrollaban una conciencia identitaria basada en elementos de corte etnolingüísticos, sino que prevalecía el sentimiento comunitario musulmán del periodo otomano. No obstante, los árabes no fueron los únicos actores implicados, sino que, como sucedió en los Balcanes, las potencias europeas intervinieron en la política de la región.
Las medidas turquificadoras y secularistas de los Jön Türkler, sumadas a las pérdidas territoriales del imperio (particularmente en África) aumentaron el resentimiento y la desconfianza árabe en torno a la administración otomana del momento. Esto fue aprovechado por franceses y británicos quienes comenzaron a sembrar entre los árabes mayor desconfianza hacia los turcos y manifestaron las primeras intensiones de “liberar a los árabes del yugo otomano” mediante “zonas de influencia” y protectorados bajo su tutela (Acuerdo de Skyes-Picot). Francia, por ejemplo, mantuvo acercamientos con autonomistas del Levante (sirios y libaneses), mientras que los británicos con el sharīf Hussein de La Meca (Laurens, 1993, pp. 124-127, 133-135 y 150-155). Este fenómeno potencializó en poco tiempo el nacionalismo árabe en el Kurdistán y terminó definitivamente con el sentimiento otomanista.
EL VILAYET DE MÛSIL Y EL NACIMIENTO DE IRAQ
El vilayet de Mûsil (que a grandes rasgos corresponde con la región del Başur y el oriente del Rojava) era uno de los tres vilayets de Mesopotamia. Estaba, por tanto, bastante alejado del poder central del Imperio otomano y, a partir de 1920, dentro de la zona de influencia del protectorado británico. Junto con los vilayet de Basra y Bagdad, sería integrado al nuevo Estado iraquí8, proclamado oficialmente en 1932.
Este vilayet es de suma importancia pues, a diferencia de las otras dos regiones, Mûsil no estaba habitado mayoritariamente por árabes, sino que, salvo por la ciudad misma, la mayor parte de sus habitantes eran kurdos o turcomanos. En otras palabras, cumplía con las características demográficas estipuladas por el Pacto Nacional, y por consiguiente fue reclamado por el Imperio otomano y posteriormente por la república de Turquía durante años. Sin embargo, dada su riqueza en términos agrícolas –y sobre todo petroleros–, los británicos no tuvieron nunca la menor intención de ceder este territorio a los turcos (ni tampoco a los franceses). En un primer momento contemplaron la posibilidad de crear un Estado kurdo en el Başur que estuviera bajo su tutela. Sin embargo, el proyecto fracasó debido a la heterogeneidad de los clanes kurdos y a la carencia de una identidad nacional sólida. Una vez disuelto el Imperio otomano la correlación de fuerzas cambió y se decantó indiscutidamente del lado de británicos y de nacionalistas árabes quienes consiguieron, no sin una serie de revueltas encabezadas por sheikhs y aghas kurdos, su integración al territorio iraquí. Esta anexión resultaba fundamental para la consolidación del proyecto estatal iraquí pues sin Mûsil, una viabilidad económica, política o militar para aquel joven Estado resultaría complicada (McDowall, 2004, pp. 143-146).
Su establecimiento bajo una administración árabe trajo consigo una serie de consecuencias negativas para los kurdos, que si bien en muchos aspectos no fueron tan brutales como aquellas que llevó a cabo el nacionalismo turco (por ejemplo, en Iraq sí podía hablarse el kurdo), sí restó poder de acción a los jefes tribales sobre su territorio y relegó a los kurdos a un segundo plano. Por aquel entonces, la mayoría de los sheikhs y aghas del Kurdistán rechazaban tajantemente someterse a cualquier autoridad árabe por lo que no veían con malos ojos una “asesoría” británica que les garantizara la autonomía que tanto anhelaban. Sin embargo, la falta de cohesión producto de las discordias tribales internas una vez más no les permitió establecer una política unificada para llevar a cabo aquel proyecto. Esto no significa que las rebeliones acontecidas por esas fechas, encabezadas por personajes como el Şêx Mehmûdê Berzencî de Sîlemanî (Sulaymāniyyah) o el Şêx Ehmedê Barzanî (hermano de mullah Mustafa, el padre de Mesûd Barzanî, de la región de Barzan), fueran irrelevantes, ya que representan las primeras manifestaciones de nacionalismo kurdo en el Başur. Es decir, son el antecedente directo del Gobierno Regional autónomo que habría de formarse en la década de los setenta en la mayor parte de dicho territorio. Un apunte que nos ayudará a entender lo que sucedió después, es que familias influyentes del Başur, descendientes de una larga tradición de sheikhs, como los Barzanî o los Talebanî, que hasta hoy figuran como dirigentes de los dos principales partidos políticos kurdos del Başur, participaron en aquellas rebeliones (McDowall, 2004, pp. 151-180).
Es importante entender el origen de clase de los personajes y las familias que hemos mencionado. Los esfuerzos de los otomanos por sedentarizar a los kurdos y llevar un registro catastral sobre la propiedad de la tierra (una lógica distinta a la tribal) fomentaron que muchos aghas y sheikhs registraran las tierras de sus tribus bajo su nombre (he ahí en gran medida la coincidencia de nombres de regiones con nombres de tribus) (Laurens, 1993, p. 136). Como consecuencia, las desigualdades sociales al interior de los kurdos se intensificaron a la vez que, los ahora terratenientes, aumentaron aún más su poder político sobre los suyos. No es de sorprender que las consultas de los británicos en torno al futuro de esta parte del Kurdistán solo contemplaran a las élites y no a la totalidad de la población. Pese a todo, el discurso nacionalista encontró eco dentro de los sectores más desfavorecidos pues fue una expresión de rechazo a las autoridades gubernamentales árabes (y turcas). El nacionalismo kurdo cobró fuerza por la misma razón que décadas antes pudo cobrar fuerza el nacionalismo turco y árabe; como un rechazo a la intervención de agentes externos dentro de su territorio.
Podríamos aventurarnos a rastrear en Şêx Ubeydelayê Nehrî (alrededor de 1870) el primer esbozo de un movimiento con tintes nacionales kurdos pues este influyente terrateniente planteó a los británicos y al sultán otomano del momento el establecimiento de un Estado kurdo independiente en el Rojhilat y, posiblemente, en partes del Kurdistán dominado por los otomanos. Sin embargo, fracasó como la gran mayoría de las revueltas que le siguieron (van Bruinessen, 1986, pp. 17-18). Constatamos que un punto en común dentro de las primeras resistencias armadas kurdas era que estaban lideradas principalmente por influyentes sheikhs que controlaban grandes extensiones de tierra. Es decir, por la élite social kurda que de una u otra manera buscó explotar al máximo las diferencias lingüísticas, culturales o religiosas que los diferenciaran de otras identidades imaginadas; ya sea religiosas en el periodo previo al desmembramiento del Imperio otomano (comunidad musulmana opuesta a la comunidad cristiana) o étnicas en la era de los nacionalismos. Si bien es fundamental recordar que el nacionalismo kurdo surge como respuesta a la opresión política, económica y social ejercida por los gobiernos centrales de Turquía, Siria, Iraq e Irán, también es cierto que su materialización en muchas ocasiones fue posible debido al apoyo de potencias extranjeras tales como la británica (en el Başur) o la soviética (República de Mahabad, en Irán).
En este punto es de suma importancia distinguir el rumbo que siguió el movimiento kurdo en el Başur y el Bakur durante el último tercio del siglo XX, pues ambas facciones se disputan hoy la hegemonía política en el Kurdistán. En la primera región, la nueva generación de líderes de la resistencia aprovechó su posición como descendientes de poderosas familias de sheikhs (como mullah Mustafa y su hijo Mesûd Barzanî) para ejercer su autoridad. La justificaron por medio de la construcción de un discurso nacionalista kurdo aplicable a todos los rincones del Kurdistán (van Bruinessen, 1986, p. 19). Sin embargo, en el Bakur el origen de la nueva ola de resistencia kurda provino de sectores estudiantiles marxistas que en la siguiente sección detallaremos con el apoyo de un fragmento del libro de Zürcher (2004, pp. 241-264).
KURDISTANES EN EL KURDISTÁN
LOS AÑOS SETENTA Y LAS LUCHAS ARMADAS
-EN TURQUÍA
Durante las décadas que siguieron a la masacre perpetrada por el régimen kemalista de Mustafa Kemal Atatürk (padre de los turcos) en Dêrsim (1937-1938), el proceso de asimilación y segregación que vivió la población kurda se materializó sin grandes contratiempos. De manera simultánea, la actividad política de los movimientos de izquierda fue prácticamente nula pues organizaciones como el Partido Comunista operaron desde la clandestinidad. Fue hasta 1961, tras el establecimiento de la segunda república que emergió del golpe militar del año anterior, que se creó el primer partido socialista legal en la historia de Turquía: el Türkiye İşçi Partisi (TİP) (Partido de los Trabajadores de Turquía). Pese a la represión, poco tiempo después desde las universidades surgieron nuevas organizaciones estudiantiles con tendencias marxistas como las Dev Genç (Juventudes Revolucionarias), además de los Doğu Devrimci Kültür Ocakları (DDKO) (Centros Culturales Revolucionarios del Este), mayoritariamente kurdos. El nacimiento de estas agrupaciones frenó un poco el aislamiento político de los kurdos en Turquía, pues por primera vez en la historia de la joven república el movimiento kurdo fue respaldado (aunque de forma limitada) por actores políticos turcos. El estallido de la generación de 1968 influenció el fortalecimiento de la izquierda revolucionaria en dicho país.
Nuevas organizaciones políticas relacionadas con el movimiento en las universidades aparecieron en escena. Algunas de ellas utilizaban tácticas de guerrilla urbana, entre las cuales se destacaban: Türkiye Halk Kurtuluş Ordusu (THKO), Türkiye Halk Kurtuluş Partisi/Cephesi (THKP-C) y el brazo armado del Partido Comunista, Türkiye İşci ve Köylü Kurtuluş Ordusu (TİKKO), encabezadas por Deniz Gezmiş, Mahir Çayan e İbrahim Kaypakkaya respectivamente. Todo esto sucedió en un contexto político caracterizado por el auge del desempleo, el éxodo rural masivo del Bakur hacia las grandes ciudades y la falta de cupos en las universidades, lo que contribuyó a la polarización de la sociedad y a la abierta confrontación entre agrupaciones políticas de izquierda y de derecha (estas últimas relacionadas con el Estado). Como resultado, cientos de personas murieron. Podemos citar entre ellas a las víctimas del atentado del 1 de mayo de 1977 en Taksim, o el mencionado ataque de los Bozkurtlar en Gurgum (Maraş) de 1978. Ese mismo año nació otro partido marxista-leninista ligado a las actividades políticas en las universidades: el Partiya Karkerên Kurdistan (PKK) (Partido de los Trabajadores de Kurdistán). Abdullah Öcalan, el líder del PKK, habría de tomar el relevo en la lucha armada que dejaron Gezmiş, Çayan y Kaypakkaya, ejecutados por el Estado años antes, pero esta vez con el objetivo de instaurar un Estado socialista en todo el Kurdistán.
-EN IRAQ
Simultáneamente a esto, las políticas que segregaban a los kurdos del Estado iraquí continuaron décadas después con la llegada al poder del partido Ba’ath en 1968. Pese a que Iraq reconocía a los kurdos como un grupo étnico distinto al árabe, y por consiguiente les era posible hablar su lengua y expresar públicamente la existencia de una historia nacional propia (caso contrario al de Turquía y Siria), esto no los eximió de la represión del Estado panarabista. La resistencia armada de la guerrilla kurda encabezada por el Partiya Demokrat a Kurdistanê (PDK) (Partido Democrático del Kurdistán), de mullah Mustafa, consiguió, tras décadas de guerra, negociar un acuerdo con el Ba’ath en 1970, en el cual –entre otras cuestiones– se estableció que el kurdo era (junto con el árabe) la lengua oficial en áreas con importante peso demográfico kurdo, que el pueblo iraquí se constituía de árabes y kurdos, se garantizó la posible participación del PDK en todas las secciones del Gobierno (incluso la militar), y además se proclamó la unificación de todas las áreas con mayoría kurda en una unidad de gobierno autónoma. Este último punto no estuvo exento de conflictos, ya que la rica provincia petrolera de Kerkûk, de donde provenían cerca de tres cuartas partes de la producción de crudo iraquí, estaba habitada predominantemente por kurdos. El PDK buscaba establecer ahí mismo su capital pero, por la misma razón que tuvieron los británicos cincuenta años antes en aferrarse a Kerkûk, Bagdad se negó a concedérselas (McDowall, 2004, pp. 323-340).
Con el objetivo de justificar su postura en términos demográficos, el gobierno iraquí buscó reducir la proporción de kurdos en los distritos del norte y así comenzó una campaña de arabización en la región. Un importante número de árabes llegó a poblar el área mientras que otros tantos kurdos fueron deportados al sur del país y a los países vecinos. De esta manera argumentaron que Kerkûk no era una provincia con mayoría kurda y, por tanto, no debía formar parte del Gobierno Regional del Kurdistán (GRK). Esto reactivó la guerrilla en 1974 que, con apoyo del shah de Irán, la CIA e Israel, combatió al Estado iraquí hasta que el shah cesó su apoyo al año siguiente tras concluir un acuerdo con el Ba’ath en Argel. Otra dimensión importante de las deportaciones para el régimen, además de debilitar la base social de los grupos guerrilleros, era favorecer la paulatina asimilación de los kurdos dentro de la sociedad árabe. Asimismo, bajo el pretexto de la modernización, cientos de pueblos fueron evacuados y destruidos. La guerra continuó durante la década de los ochenta, esta vez tanto el PDK como el Yekîtiya Nîştimanî ya Kurdistanê (YNK) (Unión Patriótica del Kurdistán), encabezado por Celal Talebanî, actuaron con el constante apoyo de la nueva dirección iraní en guerra con Ṣaddām Hussein (1980-1988) (van Bruinessen, 1994, pp. 17-20 y 24). Curiosamente, Iraq también suministraría armas a un movimiento kurdo (rival del PDK), el Sipahî Rizgarî del sheikh Naqshbandi Osman, para que combatiera al régimen de Khomeini en el Rojhilat (van Bruinessen, 1986, p. 2). Fue durante aquel periodo que el Gobierno iraquí llegó a lo que para muchos fue el pináculo de una larga historia de atropellos contra los kurdos.
A partir de 1988, Iraq puso en marcha una serie de ofensivas militares llamadas Al Anfāl9 dirigidas a las regiones controladas por los pêşmerge10. En ellas, el ejército iraquí utilizó armas químicas que no solo destruyeron a los miembros de las guerrillas, sino que también volvieron inhabitables cerca de 5.000 pueblos y aldeas y acabaron con la vida de al menos 50.000 personas. Los sobrevivientes fueron deportados o reinstalados en nuevos pueblos rodeados por puestos de vigilancia construidos por el Estado. El más conocido de entre todos los casos fue el ataque químico de Halabja (marzo de 1988), un pueblo que en el contexto de la guerra Irán-Iraq fue conquistado antes del ataque por el ejército iraní con el apoyo de los pêşmerge. Durante los días que duró la ofensiva, las fuerzas iraquíes bombardearon el pueblo de forma indiscriminada con diferentes tipos de gases venenosos (van Bruinessen, 1994, pp. 14-15 y 20-21).
-EN SIRIA
La situación para los kurdos en Siria no fue muy distinta que en Iraq. Allí la ideología nacionalista árabe fue impuesta por la fuerza a los grupos minoritarios del país con la finalidad de asimilarlos. En el caso de los kurdos, las autoridades buscaron marginarlos, enemistarlos (entre ellos y con los otros grupos) y literalmente “borrarlos del mapa” pues, como sucedió en Turquía, la Constitución nunca reconoció su existencia como grupo étnico-lingüístico distinto al predominante (en este caso el árabe). Como consecuencia en Siria, tal y como sucede en Iraq hasta hoy, hay una estratificación social y una política demográfica con base étnica que beneficia a los árabes, considerados por el Estado como ciudadanos de primera, sobre algunas minorías cristianas (armenios, circasianos, asirios, entre otras) y la población kurda.
La división provincial siria incluyó a las regiones del norte, de mayoría kurda, dentro de otras provincias más grandes, de tal manera que en ninguna de ellas hubiera un grupo mayoritario que no fuera árabe para así poder asimilarlos más fácilmente, un proceso muy semejante al de la provincia de Kerkûk. Además, esta división fragmentó el territorio kurdo (ya de por sí fragmentado) en una serie de bolsones poco ligados entre sí, para que se hiciera más difícil su cohesión regional interna.
Aunado a esto, inmediatamente después de la declaración de independencia siria, alrededor de 200.000 kurdos fueron despojados de sus papeles de identificación y, por consiguiente, fueron declarados apátridas (Egret y Anderson, 2016, pp. 20-21). Fue en gran medida un acto de venganza por la colaboración de ciertos jefes tribales de la zona de la Jazīra con las autoridades francesas. Esto se repetiría en 1962, en la provincia de al-Hasaka (Hesîçe), cuando les fue retirada su ciudadanía siria a entre 120.000 y 150.000 kurdos que fueron declarados como “ciudadanos extranjeros” so pretexto de ser todos refugiados procedentes de Turquía (o Iraq) que atentaban contra el proyecto nacionalista árabe-sirio. Desde sus primeros años, el nuevo gobierno central llevó a cabo una serie de políticas lingüísticas y territoriales muy parecidas a las aplicadas en Turquía que provocaron la migración de miles de kurdos hacia las grandes ciudades de Siria y hacia el extranjero. El uso de toponimias kurdas fue remplazado por nombres en árabe; las organizaciones políticas, las prácticas culturales kurdas e incluso el hablar kurdo en actos públicos quedaron prohibidos, y un proceso de expropiación gubernamental de tierras y colonización fue puesto en marcha más tarde. Finalmente, en la década de los cincuenta, las autoridades sirias ubicaron a una primera ola de beduinos árabes en el Rojava y les dieron tierras, armas y entrenamiento militar para que fungieran como fuerzas paramilitares (Roussel, 2012, pp. 85-86), un proceso parecido a la política israelí en Cisjordania.
Vemos, pues, que para la década de los ochenta los kurdos en Turquía, Siria e Iraq se enfrentaban a políticas demográficas (deportaciones e instalación de colonos) y lingüísticas muy parecidas; al tiempo que las organizaciones políticas kurdas comenzaban también a consolidarse y a emerger como nuevos actores políticos para tomar seriamente en consideración. Si bien estas dos corrientes surgieron en el Bakur y en el Başur, es en el Rojava donde su lucha por la hegemonía política local se ha visto más marcada desde el comienzo de la guerra civil en Siria en 2011.
LA EVOLUCIÓN DEL PKK Y EL GIRO AL CONFEDERALISMO DEMOCRÁTICO
Durante los primeros años de acción del PKK, Öcalan solamente pudo agrupar a unos cuantos seguidores (Apocular) bajo su esfera. Sin embargo, tras el golpe militar liderado por Kenan Evren en 1980, y la represión generalizada que le acompañó, la mayor parte tuvo que huir a las montañas de Qandil en el Başur o a Siria. Al principio, Barzanî toleró su presencia dentro del territorio que logró controlar de facto durante la guerra iraní-iraquí, pero al poco tiempo el PDK y el PKK rompieron relaciones pues la dirigencia del PDK comprendió sus objetivos antagónicos y comenzó una estrecha alianza con Ankara. Por otro lado, las tensiones políticas entre Siria y Turquía, ocasionadas en cierta medida por la construcción del Güneydoğu Anadolu Projesı (GAP)11 en la parte alta de la cuenca y la ocupación siria del Beqā‘a en Líbano, favorecieron a los Apocular ya que ahí pudieron establecer sus bases de operación y contar en ciertos periodos con el apoyo armamentístico del régimen sirio. A partir de 1984, el PKK inició formalmente sus operaciones en el Bakur. Dada la efectividad de sus acciones y su propuesta política subversiva, finalmente se transformó en un movimiento de masas capaz de mantener alianzas con otras organizaciones de izquierda (TİKKO, THKP-C, Devrimci Sol, entre otras) (Zürcher, 2004, p. 317) que poco a poco se contagió hacia las otras regiones del Kurdistán (particularmente el Rojava) y el oeste de Turquía.
La implacable respuesta militar de Ankara, la creación de las Köy Korucuları (Guardias de los Pueblos) en 198612 y los ataques de los Bozkurlar y de grupos islamistas suníes, irónicamente beneficiaron el crecimiento de la base social del PKK debido a la polarización del escenario político. Al igual que en tiempos de la masacre de Dêrsim, el Estado puso en marcha políticas lingüísticas y demográficas; cambió las toponimias de miles de pueblos y aldeas del Bakur y provocó desplazamientos forzados de zonas rurales a urbanas. Esto último también fue contraproducente para el régimen ya que provocó el esparcimiento de la actividad y “la palabra” del PKK por toda Turquía e incluso Europa.
El punto más alto de la represión del Estado turco y de las organizaciones paramilitares contra el PKK y el movimiento kurdo en general (movimiento que no solo agrupa kurdos) se dio durante los primeros años de la década de los noventa; torturas, violaciones, encarcelamientos y más de 3000 pueblos y ciudades fueron atacados o arrasados. Además, decenas de partidos políticos ligados (o no) al PKK fueron prohibidos, la censura aumentó exponencialmente y la persecución política trascendió los límites fronterizos del Estado. Finalmente, tras varios intentos frustrados por comenzar un proceso de paz y tras su expulsión de Siria, Öcalan sería capturado (con apoyo de la CIA) en 1999 en Kenia y encarcelado en la isla de İmralı. Este fue un duro golpe para el PKK; sin embargo, contrario a lo que Ankara pensó, no acabó con el partido. Durante las dos décadas de combate su base social y organizativa se fortaleció y se consolidó más allá de las fronteras del Kurdistán. No obstante, la organización no permaneció estática ante este suceso ya que modificó su estrategia e incluso su ideología. Las hostilidades se reanudaron durante 2004 y, al año siguiente, Öcalan anunció desde prisión el cambio de paradigma de la organización hacia el confederalismo democrático.
Uno de los puntos más relevantes de la transición del marxismo-leninismo al confederalismo democrático radicó en que a partir de ese momento el PKK anunció que establecer un Estado kurdo no era más uno de sus objetivos. En su libro Confederalismo democrático (2012), Öcalan hace una dura crítica al Estado-nación y al sistema capitalista. Para él, el paradigma de la nación es la religión que permite al Estado posicionarse como el dios de nuestros días.
En resumen, el confederalismo democrático basa su proyecto en ideales contrarios al centralismo, al autoritarismo del Estado, y al nacionalismo ya que abraza la diversidad étnica, cultural y política, y las estructuras de toma de decisión horizontales no centralizadas. Como consecuencia, internacionalizó al movimiento al dejar de ser eminentemente kurdo. Esta característica pudo observarse empíricamente durante la Revolución del Rojava (2012), pues todos los grupos locales (incluidos los árabes y los turcomanos) pudieron formar parte de las asambleas comunitarias que constituyen el proyecto. Milicias kurdas (YPG-J) y árabes combatieron juntas al Estado Islámico, al régimen sirio y las recientes incursiones de Turquía en el Rojava, hasta que finalmente quedaron agrupadas en la alianza militar de las Fuerzas Democráticas Sirias13.
En el contexto actual, el proyecto del Rojava se ve amenazado seriamente debido a las ofensivas de Turquía sobre el cantón de Afrîn y, desde finales de octubre de 2018, en partes del cantón de Kobanê (ver mapa 4). Anteriormente, Ankara ya había atacado esbozos del proyecto confederalista en el Bakur, destruyendo barrios y ciudades enteras. Pero esta no es la única amenaza para esta corriente, pues mientras al oriente las fuerzas del Estado Islámico ganan terreno aprovechándose de las incursiones militares turcas al norte, las facciones nacionalistas en el Başur hacen esfuerzos por obstaculizar el proceso que compite con ellos por la hegemonía política en el Kurdistán.
CONCLUSIONES: EL CONTRASTE DE IDEOLOGÍAS PKK FRENTE A PDK
Tratar de comprender la actualidad política en el Kurdistán no es una tarea sencilla y requiere de mucho más que un análisis tradicional dentro del marco de estudio de la geopolítica o de las relaciones internacionales. Para ello es necesario primero tener en consideración la historia y la geografía de la región; segundo, las diversas inclinaciones políticas que lo componen y, tercero, ampliar nuestro marco de análisis por uno más crítico. Siendo esto así, resulta fundamental contrastar la ideología socialista del PKK de la década de los setenta y la confederalista democrática del siglo XXI con el discurso nacionalista del YNK y PDK en el Başur.
El PKK es clave para el Kurdistán pues fue el primer movimiento de masas que abiertamente se opuso a los aghas y sheikhs kurdos quienes han fungido como estrechos colaboradores con las autoridades centrales desde tiempos otomanos. Su aparición fue un punto de quiebre sin precedentes para este territorio pues desafió el orden social que por cientos de años los rigió. El combate que han llevado desde el último cuarto del siglo XX hasta hoy contra el Estado turco, y sus lazos históricos con la izquierda de este país, nos enseñan que sus posturas políticas no conciernen únicamente a los kurdos del Bakur, sino que también afectan la vida política de los turcos y los kurdos asimilados por el Estado. El PKK desafía el paradigma identitario de la nación al accionar políticamente más allá de este. El confederalismo democrático plantea nuevos horizontes políticos teóricos y prácticos que podrían cambiar la manera como se entiende el “quehacer político” en nuestros días. No es coincidencia que muchos autores lo relacionen con otros movimientos que se escapan de las lógicas tradicionales de las relaciones internacionales, como por ejemplo, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) al sur de México.
MAPA 4. REGIONES Y PROVINCIAS DE LA FEDERACIÓN DEMOCRÁTICA DEL NORTE DE SIRIA EN 2018

Fuente: elaboración propia
Por otro lado, el PDK y, en menor medida, el YNK, son igualmente importantes para el Kurdistán pues representan al nacionalismo kurdo dentro del sistema interestatal. Esta corriente sueña con integrarse a dicho sistema por medio de un Estado kurdo independiente y competir de “igual a igual” con los otros actores de la región bajo los términos del sistema-mundo capitalista. Este fin nos recuerda a muchos otros procesos nacionalistas del presente y el pasado, por ejemplo, el de la mayor parte de las organizaciones que buscan un Estado palestino independiente. Como cualquier nacionalismo, y, en particular, tal y como sucedió con el nacionalismo turco y árabe, el kurdo está representado por sectores de élite de su comunidad y por ello rivalizan a muerte con la corriente liderada por el PKK. Si bien es cierto que el establecimiento de un Estado kurdo en el norte de Iraq avalado por la comunidad internacional representaría un claro desajuste de las condiciones geopolíticas de la actualidad, también es cierto que no representaría un cambio sustancial en la manera como se entiende la política en nuestros días.
Ante la inminente ofensiva de Ankara sobre el resto del Rojava y más allá de él, conviene prestar atención al pasado para entender el presente. El aparente abandono al cual se enfrentan los kurdos ante la probable partida de tropas estadounidenses de la zona no es nada nuevo, ni tampoco lo son las unilaterales intervenciones militares nacionalistas turcas que añoran los tiempos de gloria del Imperio otomano (revísese el caso de Mûsil expuesto en el capítulo, pero también la anexión de İskenderun en 1939 o la Operación Atila en Chipre durante 1974).14 Las recientes masacres en Afrîn y el resto de Siria tienen una explicación que data de mucho antes de personajes como Donald Trump o Recep Tayyip Erdoğan.
Así pues, en el Kurdistán tenemos, a grandes rasgos, a un partido que busca la liberación de su pueblo por medio de referendos y a otro que busca una liberación más amplia por medio de un proyecto político más ambicioso. Tal vez el único punto común que comparten es que ambos se enfrentan a los mismos actores geopolíticos que se rehúsan a reconocerles su derecho a existir.
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MARTÍN A. MARTINELLI
CAPÍTULO 2
Revolución armada y guerra de liberación popular palestina en la década de los sesenta *
RESUMEN
Este capítulo analiza rasgos propios de Palestina, pero que también pueden verse reflejados en otros Estados y pueblos de la región del Medio Oriente y Norte de África, con los que se retroalimentan, e incluso con influencias estratégicas e ideológicas de algunos casos de nuestra América. La intención es analizar el proceso histórico al interior del movimiento de liberación nacional palestino en la década de los sesenta. Se trató de un momento crucial para comprender el devenir palestino, ya que, frente a los avatares enfrentados, la creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) encauzó sus fuerzas políticas y las orientó.
Para ello, analizaremos la Carta Nacional Palestina de 1964, con sus modificaciones de 1968 (además de otros documentos de la época), así como la incidencia de la OLP en el desarrollo de ese nacionalismo. Además, sirve para examinar cómo esto impactó en una resignificación identitaria, lo cual refuta el argumento de que dicha identidad habría surgido recién en esta etapa y como una respuesta a la creación del Estado de Israel. Asimismo, todo esto sucedió en el contexto de la Guerra de 1967, que fue una bisagra, dadas sus consecuencias, tanto para la historia del territorio como de la región y el resto del mundo.
El mártir, el revolucionario y el guerrillero establecieron una relación intrínseca con la autoidentificación palestina. Las fórmulas empleadas fueron: revolución armada y guerra de liberación popular palestina, ambas representativas de la forma de entender ellos mismos la situación que atravesaban. Igualmente, la OLP institucionalizó y estructuró el movimiento puesto que estaba en una situación de dispersión geográfica en diversos Estados nacionales y con Palestina ocupada. Para finalizar, interpretaremos algunos rasgos de los procesos históricos ocurridos en la región, con la intención de aproximarnos a la comprensión de la actualidad.
Palabras clave: revolución, nacionalismo, resistencia, autodeterminación, lucha armada.
INTRODUCCIÓN
El presente capítulo analiza los procesos surgidos en la década de los sesenta en Palestina, sin dejar de lado su origen y su incidencia en la región y en la actualidad. Para ello utilizamos la Carta Nacional Palestina de 1964 –y modificaciones de 1968–, y el peso que tuvo la Guerra de 1967 (aquí, por cuestiones de espacio, no trataremos las teorías del Gran Israel1). Además, para la comprensión de la causa palestina, un tema trascendental es la creación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y las demás organizaciones que comenzaron a representarlos en la búsqueda de un Estado independiente.
En dicho contexto, la relación entre lucha armada e identidad indujo a la resignificación de esta identidad nacional en el “interior” (interior se refiere a los territorios de la Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este). Asimismo, los palestinos se relacionaron con sus compatriotas del “exterior”, en Israel (exterior refiere a aquellos en: Jordania, Siria y Líbano). Desde los años sesenta, los palestinos recuperaron su voz luego de la subordinación a otros poderes regionales. La política palestina pasó por fases de desarrollo similares y recíprocas con las demás corrientes del mundo árabe, a excepción de su enfrentamiento directo con el sionismo.
En esta reconstrucción del movimiento nacional se produjo un vuelco hacia una apuesta por sus intereses nacionales en exclusiva, aunque sin desconocer su pertenencia al mundo árabe. Así surgió un poder capaz de representarlos, que funcionó desde el exterior de Palestina con apoyo del interior. En ese mismo sentido, la resistencia palestina tuvo influencias estratégicas e ideológicas de los modelos tercermundistas e izquierdistas. Aquí estuvieron presentes los intereses de las grandes potencias2, la historia de las minorías en el mundo árabe, la revolución sociopolítica y el legado del colonialismo occidental, y el imperialismo en la región.
En la primera parte presentaremos algunos antecedentes de la identidad palestina, y estableceremos relaciones con autores del presente libro cuyos temas nos sirvieron tanto para comparar como para complementar nuestro capítulo. En la segunda parte, nos basaremos en las fuentes y en los acontecimientos para explicar el proceso conocido como palestinización. En la tercera parte, examinaremos cuál fue el sentido que los palestinos dieron a las autodenominadas “revolución armada y guerra de liberación popular palestina”. Por último, observaremos las connotaciones de estos cambios para el movimiento nacional palestino a partir de ese momento y qué repercusiones tiene esto en la actualidad.
ANTECEDENTES DE LA IDENTIDAD PALESTINA
La cuestión de Palestina está inmersa en los procesos históricos ocurridos en el Medio Oriente y el Norte de África. Esto tiene dos lecturas: una es que está interrelacionada con los sucesos que afectaron a los demás países de la región, y, otra, que este caso particular se vio desfavorecido por la actuación del movimiento sionista de manera directa. En el primer caso, transcurrieron por procesos similares de colonización y luego de descolonización, aunque continuaron asediados por los intereses del imperialismo, primero europeo y luego estadounidense, junto a la participación de los soviéticos (luego rusos).
El final de la Primera Guerra Mundial modificó el mapa de la región. En el Tratado de Sèvres de 1920 (que no entró en vigor), los kurdos obtuvieron por primera vez un documento diplomático que consideraba su autonomía. El pacto fue un reparto del Imperio otomano, en el cual los Estados que luego se crearon no correspondían a criterios históricos, sociales, geográficos o étnicos. En ese sentido, Francia se apropió de Siria y Líbano, mientras que Gran Bretaña obtuvo Irak, Palestina y Transjordania. El 24 de junio de 1923, las potencias se reunieron para definir el destino político de esta zona geográfica, con posterioridad al descubrimiento allí del petróleo. En el Tratado de Lausana los kurdos no fueron nombrados, por tanto, se les negó alguna existencia oficial y quedaron separados por los límites nacionales de cuatro Estados: Irak, Irán, Turquía y Siria. La problemática del pueblo kurdo se asemeja a la de otras etnias perjudicadas (como el caso palestino) por las fronteras diseñadas por los ganadores de las dos primeras guerras mundiales.
La identidad palestina está construida en la resistencia forjada en la batalla, pero en una situación de diáspora parcial, dado que la sociedad palestina del interior –Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este–, sobre todo a partir de 1967, también comenzó a organizarse en organizaciones no gubernamentales (ONG) y resultó ser, dos décadas más tarde, la protagonista de la Primera Intifada (levantamiento). Esto se asemeja a otros casos como el kurdo, dado que fueron sometidos a diversas manipulaciones y traiciones que, sin embargo, no impidieron el progreso de su resistencia. En ambos casos fueron obligados a dispersarse en varios países (si bien fueron procesos diferentes) y sus derechos han sido negados por una variedad de Estados. Ambos tienen en común la diáspora –aunque los kurdos tienen territorios con cierta autonomía, se trata de una nación constituida en varios Estados ya establecidos–, mientras que desde 1994 los palestinos están gobernados en parte por la Autoridad Nacional Palestina. Para el caso del Kurdistán nos remitimos al capítulo “Kurdistanes en el Kurdistán: el derecho a la existencia”, del presente libro, donde se sostiene que en los países en que quedó dividido hubo diferentes políticas homogeneizadoras y según cada Estado el proceso aconteció de manera diferente, aunque con elementos comunes.
Igualmente, gran parte de las naciones se constituyeron en la resistencia anticolonial o ante un opresor. La particularidad de los palestinos, si bien es cierto que se formaron en la resistencia, o que luchan por su autodeterminación, es que su especificidad se produjo en la diáspora. Además, ambas identidades (en el sentido de identidad nacional contemporáneo) surgieron en un periodo semejante a principios del siglo XX.
Es interesante el repaso histórico del desmembramiento del Imperio otomano que se hace en el texto precedente, y que es clave para comprender cómo se llega hasta la actualidad con las diferentes divisiones administrativas. Para explicar por qué la “nación árabe” no se convirtió en un Estado, nos referimos a identidades solapadas o superpuestas en las cuales los habitantes de la región mantuvieron múltiples rasgos identitarios como la arabidad o lo musulmán, en el desarrollo y posterior consolidación de nuevos nacionalismos.
Dos semblantes singulares han persistido por tiempo prolongado en el Medio Oriente y el Norte de África, como distantes del universo político contemporáneo. El primero es la perdurabilidad y el énfasis de la opresión imperial occidental sobre la región en los siglos XX y XXI. El segundo, desde el periodo poscolonial esta zona se ha caracterizado por una alternancia incesante de guerras e intervenciones de tono imperial, sobre todo con la implicación occidental hasta hoy. Por tanto, la atención imperial y la aplicación de la fuerza, añadidas a la presión financiera, suelen ser una peculiaridad constante allí.
El movimiento de liberación nacional palestino inició en un proceso generalizado de despunte de las nacionalidades en Medio Oriente, a inicios del siglo XX, aunque la palestinidad existía con anterioridad. Ese sentimiento y conciencia identitaria es un fenómeno de larga duración, cuya tradición se ve reflejada en el trabajo de la tierra durante varias generaciones. Esto último va más allá de las legitimaciones empleadas mediante la reconstrucción histórica de su presencia multicultural en ese territorio. Pese a que su construcción identitaria se fortaleció con el establecimiento del Mandato británico en Palestina, lo cierto es que se plasmó en un contexto de múltiples estratos del espacio y el tiempo; de manera semejante a otras identidades árabes de la región o incluso en algún sentido a la israelí, elaboradas en un periodo semejante.
La identidad palestino-árabe (lo árabe no impide su particularidad palestina) se basó en una serie de elementos preexistentes: apego religioso y consideración de Tierra Santa tanto para los musulmanes como para los cristianos, la concepción de Palestina como una entidad administrativa, el temor a la invasión externa y el patriotismo local. Esos elementos de adhesión a Palestina antecedieron al encuentro con el sionismo. Esto refuta la argumentación de que la identidad palestina fue tan solo una reacción a dicho movimiento político de origen europeo. Si bien es cierto que la identidad se desarrolló en el encuentro con un “otro”, para los palestinos hubo diferentes “otros” como las potencias europeas, los gobernantes turcos, las autoridades británicas y los demás pueblos árabes, más allá del otro sionista.
Esto aconteció con reminiscencias del siglo XIX (y anteriores) y sentidos de identificación previa reinterpretados. Igualmente, su memoria y los testimonios del periodo posterior a al-Nakba (la catástrofe, cuando alrededor de 750.000 palestinos fueron forzados a abandonar su tierra e impedidos de regresar a sus hogares) resultaron claves en la reconstitución de ese movimiento. Por tanto, sus características se forjaron a través de la expulsión sufrida, la dispersión de su población por varios países de la zona e incluso de su territorio, y el mantenimiento de una memoria ligada al lugar adonde querían regresar.
Los palestinos se enfrentaron posteriormente a la colonización de Palestina llevada a cabo por el movimiento sionista. También plantearon la necesidad de identificar su resistencia con la lucha árabe posotomana por la independencia política y de afrontar la demanda de un Estado judío. El fracaso para obtener la estatalidad palestina tuvo dos tipos de responsabilidades: externa y por diferencias políticas internas. Las dificultades externas fueron: el otomanismo, el arabismo, los nacionalismos de otros Estados-nación árabes, Israel, y las potencias como Gran Bretaña hasta la Segunda Guerra Mundial, y luego Estados Unidos. En esos contextos, si bien el desafío sionista contribuyó a que la identificación nacional palestina tomara una forma particular, sería un grave error sugerir que dicha identidad emergió como una respuesta al sionismo. Esta surgió en un proceso universal ocurrido en el Mashriq3, en el que se produjo la identificación de los nuevos Estados creados sobre las particiones territoriales de la pos-Primera Guerra Mundial (Khalidi, 1997). En la región, sucedieron pasajes desiguales para la consecución de un Estado propio. Por ejemplo, en líneas generales, Egipto y Túnez disfrutaron de mayor cohesión; en cambio, Siria e Irak tuvieron una mayor fragmentación territorial. Esto provocó mayores dificultades para construir una conciencia nacional, que incluso se puede advertir en los sucesos actuales, donde estos dos últimos países sufren por las disidencias internas, sumadas a la intervención externa de las potencias.
En 1948, Palestina, como parte del Mandato británico, tras sobrevivir a al-Nakba, fue dividida entre Israel, Jordania y Egipto. Por una parte, estas circunstancias permitieron que aflorara desde Occidente (Israel principalmente) la idea del surgimiento tardío de la identidad palestina, posterior a 1964, a partir del inicio de la OLP. Esto es erróneo dado que lo que se produjo fue un resurgimiento del movimiento de liberación nacional y no su inicio, el cual se dio contextualizado en un proceso regional a principios del siglo XX. Mientras tanto, Israel aprovechó para ese propósito la noción del panarabismo. En ese mismo sentido, se observó la etapa (1948-1964) como una interrupción en las manifestaciones de su nacionalismo. Lo cierto es que cuando podrían haber establecido un Estado propio, los palestinos vieron frustradas sus opciones, por la guerra, la expulsión y la desposesión.
Mientras Israel intentaba desarabizar y hebraizar el territorio, empezó la progresiva reconstitución del movimiento nacionalista palestino. Una nueva generación del mismo se gestó en los campos de refugiados, los lugares de trabajo, las escuelas y las universidades. Estos grupos comenzaron en forma encubierta en la década de los cincuenta y de manera más manifiesta a mediados de los años sesenta.
Las antiguas élites fueron desacreditadas, pero persistió una forma de patriotismo basada en el apego a la tierra y la aldea propia, moldeada a partir de atravesar la marginación en lo social y lo político. En ningún país de acogida entre Siria, Líbano y Jordania ellos se beneficiaron de los mismos derechos que sus ciudadanos, incluso cuando se les concedió la nacionalidad, como en el tercero. En esta etapa, la identidad y el problema de las tierras fueron algunos de los principales aspectos políticos, tanto en Palestina como en Israel.
Los activistas palestinos idearon dos objetivos prioritarios para plantearlos a través de las plataformas y los discursos de sus partidos: la creación de un Estado palestino y el retorno de los refugiados. Las dos organizaciones más importantes del periodo fueron, por un lado, Fatah, que desde 1958 construyó una infraestructura nacional política. Esta estructura, además de entablar una lucha armada, permitió respaldar una vida y una política palestina independientes. Se caracterizó por la juventud de sus militantes, en su mayoría estudiantes y trabajadores.
Los líderes de Fatah se fortalecieron tanto por la ruptura de la unión entre Siria y Egipto en 1961, como por la victoria de la revolución de independencia argelina en 1962 (vista como modelo que debían seguir). De hecho, Fatah surgió a partir de los cuadros de los jóvenes fedayín (luchadores por la libertad) en la década de los cincuenta, con figuras como Yasser Arafat y Khalil al-Wazir (Abu Jihad). A la vez, los notables nacionalistas no pudieron sostener su influencia. Los grupos activistas tenían en común un punto de vista: la necesidad de recurrir a la lucha armada para reconquistar Palestina. Las ideologías que los sustentaron fueron el panarabismo, el antiimperialismo, la descolonización y el nacionalismo tercermundista; es así que la liberación de Palestina fue emparentada con el intento mayor de solucionar el problema panárabe (Pappé, 2007, pp. 210-214). Este proceso transcurrió en un contexto internacional caracterizado por la Guerra Fría, la descolonización de Asia y África, así como el incremento del interés en el Mashriq debido al petróleo y su posición geoestratégica.
En tal contexto ideológico, las declaraciones de los políticos nacionalistas eran adversas a los demás regímenes árabes. La organización editó la revista Filastinuna Nida al Hayat (Palestina es nuestra, la llamada de la vida) –publicada por miembros de Fatah en Beirut entre 1959 y 1964–, que contradice en parte que la actitud panarabista prevaleciese entre los palestinos y árabes. Allí publicaron parte de su ideario: “Todo lo que pedimos es que [los regímenes árabes] rodeen Palestina con un cinturón defensivo y vean la batalla entre nosotros y los sionistas”. O, en el mismo sentido: “Todo lo que queremos es que [los gobiernos árabes] mantengan sus manos fuera de Palestina” (Gresh, 2008, p. 85). Esto representó la independencia en la toma de decisiones palestina en esos momentos.
Por otro lado, la organización al-Qawmiyyun al-Arab (Nacionalistas árabes) perfilada justamente hacia el nacionalismo árabe, fue el otro grupo que surgió en esos años. Este fue un movimiento de refugiados liderado por George Habash, quien lo fundó en 1951 en la Universidad Americana de Beirut. La agrupación pretendió llevar la revolución al mundo árabe en general, no obstante, a mediados de 1960 apuntó hacia la liberación de Palestina, como lo indica el cambio en su nombre a Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) (Pappé, 2007, p. 213). Ambas agrupaciones, más adelante, se unieron bajo el auspicio de la OLP.
El movimiento nacionalista reapareció mediante el movimiento guerrillero y un discurso político sobre la descolonización y el nacionalismo tercermundista. Se propagó la figura mítica del combatiente fedayín. Aquellos con mayor visión política y del nacionalismo constituyeron las unidades de fedayines, que se convirtieron en los inicios de la resistencia, con ataques sobre asentamientos israelíes cercanos (Pappé, 2007, pp. 209-210).
Estos movimientos comenzaron a reorganizarse una década después de al-Nakba e impulsaron un combate enconado por terminar con la ocupación militar, liberar su territorio e independizarse de esa situación. Entonces, este movimiento resurgió con otros procesos simbólicos y otra realidad material.
LA GÉNESIS DE LA OLP
En El Cairo, bajo influjo de Gamal Abdel Nasser, en la primera cumbre de jefes de Estado árabes se le encomendó a Ahmed Shukairi, primer presidente del futuro Comité Ejecutivo de la OLP, facilitar el establecimiento de un organismo palestino mediante la consulta con varios grupos en el interior y en el exterior. La nueva generación de dirigentes se enfocó en la propia lucha del pueblo palestino y estuvo representada en el Congreso Nacional Palestino (CNP). El primer CNP se reunió en Jerusalén, desde el 28 de mayo hasta el 2 de junio de 1964, con la presencia de 420 delegados. Entre los asistentes se encontraban Khalil Al-Wazir (Abu Jihad) y Khaled Al-Hassan (Yasser Arafat no pudo asistir), partícipes de la fundación de Fatah en 1958. Por tanto, fue esencial su experiencia adquirida en la Franja de Gaza, tanto en su formación como en el resurgir del movimiento de liberación nacional palestino. Allí se anunció la creación de la OLP, se aprobaron los textos de la Carta Nacional (qawmiya) y de los Estatutos de dicha organización.
En 1964, la Liga Árabe (LA) fundó la OLP, en respuesta a las presiones de las crecientes organizaciones independientes palestinas. A pesar de no iniciarse como un actor independiente, lo cierto es que la OLP se reorganizó como el primer vehículo del nacionalismo palestino, proceso que se completó en 1968. Aunque careció del control físico certero sobre una base territorial o de población.
En sus primeros años, la OLP planteó como solución al proyecto sionista, la idea de un Estado democrático que incluyese a los musulmanes, los judíos y los cristianos. Una política distintiva nacionalista se restauró a partir de las comunidades palestinas dispersas.
La Organización representó a la totalidad de ese pueblo en tres espacios geográficos: primero, bajo ocupación: en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este; segundo, en Israel: con ciudadanía israelí de segunda; por último, en la diáspora sobre todo de los residentes en Jordania, Líbano y Siria, con el consiguiente restablecimiento de su identidad nacional y el movimiento que había disminuido dada la coyuntura enfrentada pos al-Nakba. A partir de la década de los sesenta, la OLP lideró la consolidación del nacionalismo palestino y buscó la forma de explicar en qué se había fallado. Esta organización gestó instituciones como el Consejo Nacional Palestino (CNP) y un aparato legislativo, ejecutivo y judicial. Si bien es cierto que dichos organismos no pudieron desempeñar del todo el papel ejercido por el Estado en otros países de la región, lo cierto es que sí fueron una organización cuasiestatal –sin todas las atribuciones estatales: población, territorio, Gobierno y soberanía– que durante décadas suministraron un marco para dicha identidad.
En su estructura y organización, el programa político de la OLP está establecido en su Carta Nacional, mientras que la organización se rige por su Ley Fundamental, en la que se esbozan los poderes, las responsabilidades y las relaciones entre sus órganos principales: el CNP, el Consejo Central y el Comité Ejecutivo. El CNP es la máxima autoridad de la OLP de acuerdo con su reglamento, y es el responsable de formular sus políticas y programas. Funciona como parlamento para todos los palestinos del interior (Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este) y del exterior (sobre todo Jordania, Líbano y Siria), representa a la diáspora palestina en el mundo e incluye a los partidos políticos, organizaciones populares, movimientos de resistencia e independientes de otros sectores.
En la década de los sesenta, la sociedad palestina desplegó sus políticas públicas y consolidó un movimiento nacional autónomo. En parte, esto aconteció como corolario del declive del panarabismo resultante de dos procesos: el fin de la República Árabe Unida (RAU), unión de Egipto y Siria 1958-1961 (nombre oficial del país norteafricano hasta 1971), y el resurgimiento de la “guerra fría árabe”. Los Estados revolucionarios se agruparon detrás del apoyo de la URSS: Egipto, Siria e Irak (desde 1958), y los más conservadores lo hicieron en la órbita estadounidense: Arabia Saudí, Jordania, Líbano e Irak (hasta 1958) (Martín Muñoz, 1999, pp. 17-19). Durante este periodo, los gobiernos receptores no asimilaron a los palestinos, a la vez que se incrementaron los grupos de liberación que encausaron la lucha armada (Sayigh, 2004, p. 666).
El análisis marxista de la situación en Palestina implica varios aspectos: primero, reconocer que la liberación nacional apareció como una reivindicación de prioridad en la lucha de este pueblo; segundo, identificar los intereses de clase; y, por último, cómo pensaron y actuaron las organizaciones marxistas y de izquierda dentro del movimiento de la resistencia nacional. La OLP tuvo una estructura política y organizativa, un frente político formado por nacionalistas seculares, marxistas, comunistas y socialistas. Se trató de la organización con mayor prestigio, influencia y capacidad de combate en torno a su legítimo derecho a la resistencia contra la ocupación de su tierra natal por una fuerza militar extranjera. La organización ganó el apoyo y la solidaridad de amplios sectores de la población mundial, como la organización más representativa en la historia del movimiento de liberación nacional palestino (Buzetto, 2012, pp. 131-132).
LA CARTA NACIONAL PALESTINA (1964)
El texto fundacional de la OLP, la Carta Nacional Palestina (al-Mizaq al-Watani al-Filastini) de 1964, definió Palestina en sus tres primeros artículos de la siguiente manera:
Artículo 1: Palestina es la patria del pueblo árabe palestino; es una parte indivisible de la patria árabe y el pueblo palestino es una parte integral de la nación árabe.
Artículo 2: Palestina, con las fronteras establecidas durante el Mandato británico, es una unidad territorial indivisible.
Artículo 3: El pueblo árabe palestino posee el derecho legal a su tierra y tiene el derecho a determinar su destino; tras lograr la liberación de su país de acuerdo con sus deseos debe poder tomar sus propias decisiones a su voluntad.
Esto nos permite especificar dos elementos: primero, al pueblo palestino en función de una delimitación territorial, la Palestina del Mandato británico; y segundo, afianzar su indivisibilidad al margen de dónde se encuentre y de la continuidad de esta identidad nacional. Esto se modificó después de los acontecimientos de 1967 y la consiguiente ocupación militar. En el texto se consideró palestinos a todos los árabes de la Palestina histórica –territorio cuyos límites refieren de los del Mandato– y a sus descendientes. Asimismo, cabe puntualizar que en la Palestina mandataria habitaban árabes de religión judía, antes de la llegada de los sionistas.
Además, la Carta precisó a quiénes se les considera palestinos: “el hijo de un palestino, naciese donde naciese junto a otros”:
Artículo 4. La identidad palestina es una característica genuina, esencial e inherente; se transmite de padres a hijos. La ocupación sionista y la dispersión del pueblo árabe palestino, debida a los desastres que le acontecieron, no le hacen perder su identidad palestina ni su calidad de miembro de la comunidad palestina, ni los niegan.
Artículo 5. Son palestinos aquellos ciudadanos árabes que, hasta 1947, residían normalmente en Palestina sin importar si fueron expulsados de ella o si han permanecido ahí. Todo aquel que después de esa fecha, haya nacido de padre palestino, ya sea dentro de Palestina o fuera de ella, también es palestino. (Énfasis agregado)
Estos escritos se plantearon como solución momentánea a la circunstancia de diáspora en la que estaban inmersos. Ellos consideraban a sus hijos palestinos aunque nacieran, por ejemplo, en Jordania o Siria, dado que seguía presente la intención de poder regresar a Palestina como tales en el momento que consiguiesen su propio Estado. Por tanto, los palestinos utilizaron ese recurso con el objetivo de salvaguardar su carácter identitario. Con respecto a la cuestión de la “sangre palestina”, es decir, la pretendida transmisión genética, esta debía proteger la máxima del nacionalismo. Esta manifestaba que donde uno nace es donde siente pertenencia, está en su “patria”, en su hogar. Entonces, esto los facultó para instituir su “comunidad imaginada”. Aún estando en el contexto del no control soberano de un territorio y de no poseer instituciones estatales en sentido estricto que emitiesen documentación de identidad o pasaportes.
En la Carta, al mismo tiempo, se observa el nacionalismo en sentido estricto. Una tesitura expresada de modo lógico: “como tenemos conexiones con esta tierra/patria debemos sacrificarnos para liberarla”. En esa etapa se habla de lucha armada: “un frente nacional trabajando por la recuperación de Palestina y su liberación a través de la lucha armada”. En el artículo 7 se manifiesta de manera textual: “Que hay una comunidad palestina y que tiene conexiones históricas, espirituales y materiales con Palestina son hechos indiscutibles”. Ellos, de acuerdo con el texto, deberían estar preparados para la lucha armada, listos para sacrificar su salud y su vida en orden a recuperar su patria y lograr su liberación.
LA GUERRA DE 1967, AL-NAKSA (LA CALAMIDAD: LA NUEVA DERROTA)
El 5 de junio de 1967, en un contexto de movimiento de tropas egipcias hacia sus fronteras en común, Israel invadió a sus vecinos árabes dadas las condiciones que juzgó propicias. Durante la noche, su ejército destruyó las fuerzas aéreas de Egipto, Jordania y Siria; así los dejaba sin cobertura aérea. Los combates terminaron en una semana y representaron una derrota asoladora para los Estados árabes, más aún para los seguidores del nacionalismo árabe nasserista. En la narrativa árabe, la llamada “Guerra de los Seis Días” con Israel pasó a denominarse la Naksa y complementó al-Nakba de 1948. Según el propio ejército israelí, se trató de hostilidades como continuación directa de lo ocurrido en 1948. Por tanto, en las dos décadas posteriores a este año, alrededor de tres cuartas partes de los palestinos se convirtieron en refugiados a causa de los efectos acumulativos de las políticas sionistas.
El conflicto militar provocó una sacudida en Medio Oriente, reapareció la cuestión fronteriza, al tiempo que el interés por la llamada bíblica de la “Gran tierra de Israel”, la tierra prometida. El sionismo laico usufructuó los textos bíblicos con la finalidad de justificar sus intenciones políticas, como en el libro de Josué. Los israelíes sionistas enarbolaron sus pretensiones sobre la totalidad de lo que ellos consideraban la “tierra prometida” al invocar los siguientes asuntos: de seguridad, económicos, demográficos o religiosos (Masalha, 2002, pp. 26-28).
Tel Aviv y Washington se propusieron debilitar a los regímenes de nacionalismo popular, desarticular la alianza con la URSS y reposicionar la región hacia los términos estadounidenses. Entonces, esta potencia consintió una nueva colonización sionista. El Estado de Israel recurrió a imágenes bíblicas con el propósito de legitimar su asentamiento en la zona. Asimismo, nombraron a Cisjordania como Judea y Samaria en su documentación oficial, con el objetivo de aumentar en forma progresiva las colonias israelíes. Además, ocupó los territorios habitados por los palestinos de Cisjordania y Jerusalén Este –administrados por Jordania– y la Franja de Gaza –administrada por Egipto–, junto a la península del Sinaí egipcia y los altos del Golán sirio.
Como contrapartida, en septiembre de 1967, en la cuarta Cumbre Árabe en Jartum (capital de Sudán) se aprobó la resolución que incluía los tres “no” a Israel: “No a la negociación, No al reconocimiento, y No a la paz con Israel”. Los Estados árabes no pudieron recuperar esos territorios, excepto Egipto que los intercambió por paz en 1977.
Este conflicto bélico supuso otra derrota de los países árabes frente al Estado de Israel. Como resultado de ello, la reacción palestina abandonó las directivas árabes, con la dificultad imperiosa de que gran cantidad de los palestinos pasaron a vivir bajo la ocupación militar israelí. La derrota marca un punto de inflexión para la política de la diáspora palestina pues 800.000 habitantes palestinos de Jerusalén Este y Cisjordania, y 400.000 residentes de Gaza pasaron a estar bajo el gobierno militar israelí en forma directa. Pese a esto, los exiliados y las partes del movimiento lograron avanzar hacia una coordinación eficaz de sus actividades y sus objetivos. No obstante, los israelíes hicieron todo lo posible para frustrar dicha coordinación (Cobban, 2003, p. 168).
Las particularidades de la cuestión palestina han provocado que desde al-Nakba, a través de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se haya ido prorrogando el mandato a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA, por sus siglas en inglés) para que prosiga con sus trabajos de apoyo humanitario y desarrollo hasta la resolución de su coyuntura. Por su parte, cabe aclarar que la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) –que rige con la excepción de los palestinos– indica que los refugiados deben tener la posibilidad de decidir libremente entre: integración local, reasentamiento en terceros países o retorno a su país de origen. Esto no ha sido posible para los refugiados de Palestina, puesto que las dos primeras son inadmisibles para ellos y para los países en los que se encuentran, y la tercera es impugnada por Israel.
Según estimaciones de la propia UNRWA, unos 400.000 palestinos fueron desplazados como resultado de la guerra de 1967, de los cuales cerca de la mitad lo fueron por segunda vez. Este número ascendió a una tercera parte de los más de 1,1 millones de palestinos que habían residido dentro de las zonas de Gaza y Cisjordania antes de la guerra. Otra situación semejante fue la de los cien mil civiles sirios desplazados de los altos del Golán después de la guerra.
En líneas generales, las hostilidades resultaron decisivas en un conjunto de dimensiones. En primera instancia, la confrontación alteró el equilibrio de fuerzas de la región. Israel demostró superioridad militar sobre los Estados árabes, lo que modificó el vínculo de cada uno de ellos con el exterior. Estados Unidos y Europa mantuvieron su simpatía por Israel, de hecho, la potencia norteamericana lo consideró a partir de entonces como aliado indispensable en la región. En segunda instancia, la conquista y ocupación israelí de Jerusalén Este –lugares santos para judíos musulmanes y cristianos pasaron a control israelí– incorporó el aspecto religioso al conflicto. En tercer término, para los Estados árabes, la derrota reflejó los límites de su capacidad militar y política; para la URSS también fue un revés que inclinó a los soviéticos a impedir algo similar para sus socios en el futuro. Por último, la conflagración dejó su huella en los habitantes del mundo que se reconocían con la condición de judío o de árabe; este conflicto local alcanzó escala mundial (Hourani, 2004, p. 495).
El conflicto del Mashriq representó un microcosmos de la política internacional: los intereses de las grandes potencias, la historia de las minorías en el mundo árabe, la revolución sociopolítica y el legado del colonialismo occidental, y el imperialismo en la región. Desde 1967, los palestinos han vinculado su lucha con lo ocurrido en Vietnam, Argelia, Cuba y la denominada África negra. Esta modificación de la perspectiva se debió tanto al incremento de una conciencia política mundial como a la lucha universal contra el colonialismo y el imperialismo (Said, 2013, pp. 202-204). Lo desmedido de la intromisión de las potencias en la región, más las disputas generadas por la Guerra Fría, ese contexto regional y mundial, influyó en la “Cuestión de Palestina”. Por consiguiente, debemos interpelar en qué medida lo ha hecho cada factor. A nivel internacional, Estados Unidos junto a Israel y, en menor medida, Jordania, negaron de manera constante la posibilidad de un Estado Palestino independiente a toda regla.
A partir de la génesis de la OLP y la reanudación de la lucha armada, la cuestión de los refugiados se posicionó como un asunto humanitario del que se encargaría la UNRWA. La guerrilla contribuyó a que los refugiados fueran tenidos en cuenta en el futuro Estado secular democrático. En aquellos años, la Organización tenía dos objetivos principales: primero, la creación de dicho Gobierno nacional; y segundo, ser reconocida a nivel global como única representante legítima de su pueblo. La invasión y ocupación israelí sobre el 22 % restante de Palestina en 1967 generó unos 200.000 refugiados más. Pese a ello, en algún sentido, esa situación pasó a un segundo plano en la agenda de la OLP. El empeño de esta organización por lograr el reconocimiento internacional y como socio negociador para la creación de un mini Estado absorbió la mayoría de los recursos, en detrimento de los derechos e intereses de los habitantes de los campamentos (Aruri, 2005, pp. 147-148).
Para este caso en particular, el efecto de mayor trascendencia fue la ocupación israelí de lo que quedaba de Palestina. En consecuencia, más palestinos se han convertido en refugiados e inician la política de colonias que en forma escalonada fragmentan su territorio. De manera paradójica tal vez, esta situación fortalece el sentido de su identidad y la convicción de que ese pueblo solo podía depositar su confianza en él mismo. Los palestinos, en su mayoría sometidos al dominio israelí, reclaman una existencia nacional particular e independiente (Hourani, 2004, p. 496) que construyeron durante el siglo XX.
LAS MODIFICACIONES EN LA CARTA NACIONAL (1968)
La derrota árabe de 1967 frente a Israel, y la muerte de Nasser en 1970 fueron los catalizadores que afectaron la aceptación de la teoría nacionalista y la unión árabe. Esto se tradujo en un considerable desarrollo de los nacionalismos particulares de la zona, por encima del panarabismo, y en un fortalecimiento de los regímenes conservadores con Arabia Saudita a la vanguardia.
La Carta Nacional fue modificada en la cuarta sesión del CNP (El Cairo, julio de 1968), así como también, treinta años después, en el contexto del proceso de paz en la 21ª sesión (Gaza, diciembre de 1998). Estos cambios no alteraron la definición de palestinidad, sino que marcaron el rumbo hacia donde se encaminaban los palestinos, al menos en un primer momento, en cuanto a los límites fronterizos.
La OLP propuso un Estado democrático en la Palestina histórica y buscó eliminar el Estado judío (por razones territoriales), pero no al “pueblo judío”. Sin embargo, tal institución aún no tenía recepción regional o internacional. Fatah ocupó todos los cargos claves del CNP, nombró a Arafat como sucesor de Al-Shuqairi y modificó la carta de la OLP de manera que reflejara el cambio ideológico. Se produjo una palestinización, ejemplificada en la modificación del nombre Carta Magna Nacionalista (1964) a la Carta Magna de la Patria (1968) (Alkhalifa, 2007, pp. 102-103). Además, se agregaron los artículos octavo, noveno y décimo, que remarcaban la necesidad de una guerra de liberación popular y la independencia de la OLP respecto al control panárabe (Pappé, 2007, pp. 268-269). Algunas de las modificaciones que se pueden apreciar en el documento son:
Artículo 8: La parte de la historia, en la que el pueblo Palestino está viviendo, es una parte de lucha nacional (watani) por la liberación de Palestina. […] Partiendo de este hecho, el colectivo palestino, tanto si reside en la patria nacional como si se encuentra en situación de diáspora (mahajir) –tanto sus organizaciones como cada individuo– constituye un frente nacional que trabaja por la recuperación de Palestina y su liberación mediante la lucha armada.
En el mismo artículo se declaró que “la lucha armada es una estrategia, no una táctica, para la liberación de Palestina”. El conflicto se concebía en sí mismo como el instrumento para mantener la identidad nacional; no era preciso ningún otro logro aparte. En efecto, la OLP todavía no había liberado una porción de su territorio nacional para actuar a semejanza de otros movimientos de liberación. Por el contrario, tuvo la dificultad de que las bases militares y sociales de su estrategia estaban ubicadas en el exterior de Palestina.
La palestinización del conflicto se constata también en el artículo 9: “También reafirma su derecho a vivir de forma natural en Palestina y a ejercer su derecho a la propia determinación y soberanía en Palestina”. De igual manera, los siguientes artículos reafirman las características de la lucha armada, la unidad nacional y árabe, y la liberación del Estado:
Artículo 9: La lucha armada es la única forma de liberar Palestina. Esta es la estrategia global y no se limita a una fase táctica. El pueblo árabe palestino reafirma su absoluta determinación y firme resolución a continuar la lucha armada y a trabajar en una revolución armada popular por la liberación de su país y retorno a él. […]
Artículo 11: Los palestinos tendrán 3 lemas: unidad nacional (wataniyya), movilización nacional (qawmiyya) y liberación. […]
Artículo 13: La unidad árabe y la liberación de Palestina son dos objetivos complementarios, la obtención de uno de ellos facilita la obtención del otro. En consecuencia, la unidad árabe conduce a la liberación de Palestina, la liberación de Palestina conduce a la unidad árabe, y el trabajo por la realización de un objetivo va a la par con el trabajo por la realización del otro.
La evolución de la política palestina estuvo atravesada por la división entre “interior” y “exterior”, sobre todo a partir de 1967, año en que Palestina quedó bajo control israelí en su totalidad. La OLP pervivió en esa dicotomía interior y exterior, con cierto desequilibrio y tensión con las formas de lucha adoptadas por cada caso. Para el exterior, la acción militar sirvió para consolidar una identidad palestina específica y demarcar los límites con la identidad árabe. Esto diferenció a la organización cuasi estatal palestina dentro del conjunto de Estados árabes. La lucha armada movilizó a la diáspora y contribuyó a la evolución de la relación de fuerzas con los gobiernos árabes de acogida o con Israel.
Los palestinos del interior aceptaron a la OLP como fuente simbólica de su identidad y proveedora de ideología tanto nacionalista como secular. A su vez, también les procuró legitimidad, financiación y motivación para actuar. Cuando la acción palestina fue disgregada, centró la liberación de su territorio a través de la lucha armada, pero subestimó la necesidad de construir un movimiento sociopolítico en el interior. Sin embargo, el resurgimiento de la identidad nacional se unió a la formulación de una agenda política independiente y a las movilizaciones civiles para instaurar un Estado en Cisjordania y Gaza (como espacios posibles). Las bases sociales recuperaron protagonismo en la estrategia del movimiento de liberación nacional, al tiempo que liberar todo el territorio se desplazó hacia la posibilidad de dos Estados-nación.
La revolución armada, citada por los propios palestinos como “Guerra de liberación popular Palestina”, y un Frente Nacional que buscaba la recuperación de Palestina y su liberación mediante la lucha armada, estuvieron presentes en los documentos palestinos de la época. Como, por ejemplo:
Artículo 10: Las acciones comando constituyen el núcleo de la guerra de liberación popular Palestina. Lo cual requiere una intensificación absoluta, una movilización de todos los esfuerzos populares palestinos, su organización y participación en la revolución armada Palestina. Asimismo, requiere la unidad en la lucha nacional (watani) entre las diferentes agrupaciones del pueblo Palestino, y entre el pueblo Palestino y las masas árabes, con el fin de asegurar la continuidad de la revolución, su intensificación y su victoria.
El mártir, el revolucionario y el guerrillero establecieron una relación intrínseca con la autoidentificación palestina. Las fórmulas empleadas fueron: revolución armada popular y guerra de liberación popular palestina, ambas representativas de la forma de entender la situación que estaban atravesando. Al estar en una situación de dispersión geográfica en diversos Estados nacionales y con Palestina ocupada, existía el peligro real para ellos de que su nacionalidad se disolviera entre las demás. Este riesgo potencial podría haberse producido si hubiesen sido asimilados en los países de acogida. El caso de los “palestinos-israelíes” –denominados en Israel “árabes israelíes”– resultó una de las coyunturas más alegóricas por esa superposición identitaria, dado que población e incluso poblados enteros palestinos permanecieron al interior de los límites de Israel (líneas de armisticio de 1949).
LA RESISTENCIA PALESTINA: INFLUENCIAS ESTRATÉGICAS E IDEOLÓGICAS
Con posterioridad a la guerra, se tornó primordial la lucha por la liberación de Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este ocupadas. La estrategia fue emprender una guerra de guerrillas de base popular en dichos territorios, revueltas inspiradas en la práctica y la ideología maoísta. Sin embargo, el problema radicó en que la población no estaba preparada para constituir la base activa de ese tipo de confrontaciones. Entonces, reapareció la idea de transformar Jordania en una especie de Vietnam del Norte israelí, es decir, que fuese una plataforma extranjera de ataques guerrilleros.
El movimiento al-Muqawwama (Resistencia) fue un grupo de luchadores inspirado en el Viet Cong (Frente de Liberación Nacional de Vietnam) –que se identificaban como el “Hanoi árabe”– y en el FLN argelino. Dicho grupo guerrillero vio obstaculizados los planes de liberar su territorio debido a sus propios desacuerdos internos. Además, esta organización obtuvo entrenamiento y armamento de otros movimientos revolucionarios tercermundistas. Sus líderes obtuvieron resultados y legitimidad al adoptar conceptos del revolucionario Frantz Fanon, quien abogaba por la primacía de la lucha en sí misma frente a la consecución de sus objetivos (Pappé, 2007, pp. 235-236).
La resistencia palestina se retroalimentó con las influencias estratégicas e ideológicas de los modelos tercermundistas e izquierdistas. Esos movimientos independentistas, de revolución socialista o de intransigencia a la injerencia estadounidense fueron en primera instancia en Argelia, luego en Vietnam, Cuba y China. Si bien es cierto que estos países tuvieron el patrón de no ser alineados soviéticos en su totalidad, lo cierto es que se posicionaron en el sector opuesto o de confrontación a los intereses estadounidenses. Por tanto, su perfil estaba más emparentado con la era de la descolonización y el llamado tercer mundo. Sin embargo, la OLP explotó todas sus potencialidades políticas y militares, dentro de ciertos límites.
Esto significa que dichos modelos no se asemejaban a la situación palestina como para aplicarlos. La concepción anterior de la meta de independencia –la eliminación de la presencia sionista de Palestina histórica– se depuró en 1969 con el concepto complementario de un “Estado democrático laico”, que reemplazaría a las administraciones israelíes de carácter exclusivista.
Los pequeños grupos formados en la década de los sesenta se habían fusionado y Fatah se erigió como el más vigoroso, su solidez se basó en una combinación, primero, de apoyo de las distintas clases palestinas; segundo, una amplia estrategia nacional; tercero, las buenas relaciones con la mayoría de los gobiernos árabes; y, por último, la popularidad entre las masas. El FPLP cuestionó su liderazgo, aunque en febrero de 1969 Fatah confirmó su carácter de partido nacional al encabezar la OLP. La Organización, a través de la Asamblea Nacional, empezó a representar a los grupos de la resistencia, en lugar de las regiones y los sectores sociales como había hecho hasta ese momento. El Comité Ejecutivo incluyó a representantes de los principales grupos de la resistencia y varios independientes. El Movimiento de Resistencia reactivó a la OLP que así pudo hablar en nombre del pueblo palestino (Sayigh, 2007, p. 149).
El movimiento nacional palestino ocupó el vacío político, a pesar de su advenimiento en una sociedad desintegrada, y se relacionó con el surgimiento político de un grupo generacional. Estos jóvenes pertenecían al movimiento estudiantil en las universidades de El Cairo y Beirut, y procedían de las clases medias radicalizadas en Palestina y en la diáspora, por lo que accedieron tanto a los estudios superiores como a los asuntos públicos (Abu Tarbush, 2001, p. 331). La OLP permitió que ser palestino no solo fuera posible sino valioso para todos ellos sin importar su lugar de residencia o su postura ideológica (Said, 2013, p. 199).
Al no acordar con el movimiento nacionalista palestino, el sionismo laborista encausó su política colonialista en Palestina y aplicó el método de “ir creando los hechos sobre el terreno” (Masalha, 2011, p. 9). Por tanto, los nacionalistas enfrentaron coyunturas bien diferenciadas, por un lado, según habitaran ya fuera en Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este; o en el Estado de Israel o Línea Verde (la frontera según el armisticio de 1949); y, por otro lado, si eran refugiados en dichas regiones de Palestina (denominados territorios en disputa o simplemente los territorios desde Israel); o estaban en esa misma condición que al exterior de los límites de la Palestina histórica (Regan, 2011, p. 242).
El movimiento palestino se identificó en solidaridad con otros movimientos revolucionarios anticoloniales y antiimperiales, y optó por la guerra de guerrillas como la estrategia de su thawra (revolución 1969-1982). Esto fue aprovechado para aumentar la autoconciencia palestina y ser el catalizador de un movimiento de masas cuyo objetivo era “la liberación de la patria” (Abu Iyad, 1981, pp. 36-37, citado en Sayigh, 2004, p. 667). La guerrilla encarnó las ideas de la resistencia armada y la revolución, su iconografía se reprodujo en lo cotidiano de las interacciones sociales y rituales de los campamentos (Khalili, 2004, p. 142).
El resurgimiento del movimiento nacional dotó a su población de una organización y dirección política. Los dos tipos de Estados propuestos a lo largo de este proceso fueron, uno palestino, democrático y laico, o el binacional (palestino-israelí); y otro que logró erigirse, Israel. En otras palabras, en esta fase primero se quería liberar toda la Palestina “histórica” para alcanzar un Estado laico y democrático que diese lugar a musulmanes, judíos y cristianos, sin embargo, tiempo después se optó por el pragmatismo y la búsqueda de una solución de “dos Estados”.
REVOLUCIÓN ARMADA Y GUERRA DE LIBERACIÓN POPULAR PALESTINA
El liderazgo fundacional de la OLP no soportó la trascendencia de la derrota, y en 1969 la guerrilla se estableció como actor regional por derecho propio. Su adhesión a la lucha armada, junto a la adopción de las bases en su organización, le permitieron movilizar al electorado palestino y, al fin, traducir “politización potencial en acción política” (Sayigh, 2004, pp. 667-668). Es así que los exiliados palestinos pasaron de ser refugiados a convertirse en una fuerza política considerable, a luchar por su propio destino; de campesinos a revolucionarios como ocurrió con otros movimientos del siglo XX.
Fatah reincorporó a la resistencia los símbolos de la cultura campesina y la identidad como la kufiya, el dabkeh y la restauración del prestigio de los notables del pueblo. Esta “ruralización” de la resistencia contribuyó con algunos objetivos estratégicos: repercutió en los campamentos por ser de origen rural y los movilizó como combatientes. Además, se basó en las teorías de los años sesenta, donde los campesinos protagonizaron como clase revolucionaria las guerras de liberación argelina y vietnamita, y la revolución china. La Resistencia palestina financió la reproducción de la estructura de clases palestina en el exilio, así disimuló el verdadero dominio de la Resistencia de la clase media urbana y la subordinación de los refugiados en los campamentos (Sayigh, 2004).
La OLP actúo respaldada por una historia de la que se manifestó heredera y que le dejó un camino recorrido como experiencia que supo aprovechar. Ese proceso, minado de altibajos y contratiempos, tal vez no brindó la impresión de homogeneidad. Sin embargo, se sostuvo en el tiempo con una serie de transformaciones.
La población del interior estaba más cercana a la práctica de una guerrilla popular inspirada en la doctrina del general vietnamita Võ Nguyên Giáp, el revolucionario argentino “Che” Guevara, y los líderes e ideología del Frente de Liberación Nacional de Argelia (FLNA). Con respecto a la Revolución argelina, se trató de uno de los casos más emblemáticos de un proceso revolucionario de independencia dado que Francia quería que ese territorio norteafricano formase parte de una “Unión Francesa” y se trató de una liberación colonial estrepitosa. La guerra de liberación de Argelia fue citada como un ejemplo de lo que podría hacerse en Palestina. Se establecieron células guerrilleras clandestinas, pero la seguridad y la inteligencia israelí contrarrestaron esta implementación. Por ello, ante esa presión, el liderazgo de Fatah trasladó su cuartel general a Jordania.
Los Estados árabes quedaron debilitados en los aspectos físico y político, después de su derrota; asimismo, se les dificultó el control sobre los grupos guerrilleros surgidos. La decisión de Fatah de emprender una insurrección armada contra el ejército israelí en las recién ocupadas Gaza y Cisjordania atrajo la atención pública. La guerrilla atacó y resistió contra objetivos israelíes dentro y fuera de la Línea Verde.
Las fuerzas de la Organización defendieron el campo de refugiados palestino de Karameh en Jordania el 22 de marzo de 1968, y su capacidad para confrontar con las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en combate abierto conllevó un apoyo inusitado dentro de los campamentos. Esta agrupación quedó así a la vanguardia de la lucha de liberación. Entonces, el fedayín, héroe palestino dispuesto a sacrificarse por la causa, alcanzó proporciones míticas, provocando que miles de adolescentes se unieran a la ‘Asifa (resistencia, brazo armado de Fatah) (Kimmerling, 2008, p. 238).
La importancia de la fecha radica en que marcó la primera batalla de la época entre fuerzas regulares israelíes y fuerzas irregulares palestinas. El combate duró todo el día, los guerrilleros palestinos contaron con el apoyo del ejército jordano, no obstante, la acción habría prevalecido entre los otros dos contendientes. La guerrilla dañó las columnas israelíes poco acostumbradas a una situación de desventaja. Esta contienda inauguró tres elementos: primero, quizás el periodo de mayor crecimiento de la guerrilla palestina; segundo, aumentó el apoyo dentro de los campamentos y despuntaron voluntarios de todo el mundo árabe; y tercero, en un año los fedayín constituyeron una fuerza para ser considerada en Jordania (Said, 2013, p. 218). Ese enfrentamiento, que alcanzó una condición mítica (un sitio destacado de su memoria colectiva), impulsó a los habitantes de Cisjordania que demostraron ser capaces de resistir frente al ejército israelí, que recién había vencido a tres ejércitos árabes (Cobban, 2003, p. 170).
La corriente palestina adquirió así una nueva fisonomía en lo político y lo simbólico; del mismo modo, forjó su construcción identitaria en una renovada articulación. Ellos se sintieron representados por la lucha de los fedayín, de modo tal que reconfiguraron sus señas identitarias. La población fue intransigente frente a ocupación mediante la práctica conocida como sumud, la resistencia diaria de permanecer en sus tierras frente a la expatriación. De ese modo perseveró en los territorios y, si bien no fue la que dirigió la mayoría de las políticas, lo cierto es que fue la que, in situ, soportó la embestida de la ocupación. Las fuerzas ocupantes del ejército israelí se ampararon en sus leyes para forzar el abandono de sus tierras por parte de los palestinos por diversos medios. Las resistencias diarias caracterizaron esos años que derivaron más tarde en la Intifada de 1987-1992.
Para acercarnos a la finalidad de este capítulo, mostraremos algunas consideraciones acerca del presente desde un análisis histórico de la zona. A partir de las elecciones del 2006, el movimiento nacional palestino (además de la sumisión infligida por parte de Israel y a que esa ocupación no le permite una contigüidad territorial) atravesó un periodo de enfrentamiento y oposición entre el partido Hamas (Movimiento de Resistencia Islámico), gobernante en la Franja de Gaza, y Fatah, que administra Cisjordania. Esto perjudicó el objetivo del movimiento nacional de obtener una estatalidad con la mayoría de sus atributos, aunque al mismo tiempo consiguió el avance en organismos como la ONU. Esto no impidió el constante cercenamiento de sus territorios y la dificultad que sortean los palestinos para realizar sus actividades cotidianas.
Desde el 2001 se produjo una transformación del mapa político de la región, una reconfiguración de las naciones y de los pueblos, con las subsecuentes invasiones y destrucción encabezadas por Estados Unidos en varios países como Irak, Afganistán, Libia, además de las situaciones en Yemen y el incierto desenlace de la devastación en Siria. En tales casos, los más afectados fueron los ciudadanos de cada uno de estos países y sus alrededores. Al mismo tiempo, se produjo un desplazamiento geopolítico: Estados Unidos en parte, Rusia y China hacen notar su presencia económica y diplomática, mientras que las potencias petroleras del Golfo resultan preeminentes por su poder económico y sus alianzas con Washington.
CONCLUSIONES
La década de los sesenta resultó crucial para el movimiento de liberación nacional palestino. La reestructuración en lo político-organizativo encontró respuesta en la sociedad en su conjunto. La doble perspectiva acerca del nacionalismo desde arriba y desde abajo nos permite analizar la reelaboración de su identidad y el reforzamiento de sus aspiraciones políticas. Se produjo un viraje paulatino en cuanto a la influencia y ubicación de los actores políticos, desde el exterior hacia el interior, que estuvo representado por varios principios interrelacionados: la guerrilla, la lucha armada, la creación de la OLP y la Carta Nacional (1964) y su reforma (1968). Al mismo tiempo, la guerra de 1967 desgastó a los regímenes de nacionalismo popular y la alianza con la URSS para reposicionar la región en los términos estadounidenses. Así como culminó la ocupación israelí de la Palestina que no fue ocupada en 1948.
Las circunstancias dividieron a esa comunidad palestina imaginada en lo geográfico, que igualmente pervivió ante esa adversidad caracterizada por la situación expectante en los campos de refugiados; la difícil asimilación en los países de acogida, los sitios de la memoria, el anhelo del “retorno” a un paraíso perdido y el sumud. Entonces, la identificación con los fedayín se fusionó con la imagen del sumud y con la guerrilla, es decir, la lucha armada. Esta última característica funcionó como elemento de cohesión principal, sumada al estado de guerra, conflicto u ocupación militar –deportaciones de población de la potencia ocupante–, las crisis económicas e incluso el impedimento para cultivar sus tierras.
Durante la Guerra Fría, las potencias apoyaron la creación de Israel y marginaron a los palestinos de las decisiones sobre su estatus. El alineamiento de Nasser al nacionalismo árabe dejó su marca. Luego, el acercamiento a la URSS en detrimento de Estados Unidos debido a su apoyo ideológico y general a Israel. Estos acontecimientos estructuraron el entramado en la historia de la conciencia moderna de la identidad nacional palestina.
En los años sesenta y setenta, en el aspecto ideológico, este movimiento nacional se aproximó al denominado en esa época tercer mundo, a Argelia, pero también a Vietnam, Cuba y China. Es decir que fue más afín a revoluciones de tinte socialista en el marco de la Guerra Fría. Los movimientos de descolonización y tercermundistas fueron modelos influyentes en la nueva cosmovisión adquirida por los palestinos, algo extensible a la región del Medio Oriente y Norte de África, con sus particularidades. La liberación nacional tomó un nuevo impulso, a través de la lucha armada y la representación política, lo que les otorgó a los palestinos un nuevo lugar entre las naciones. En la actualidad continúan su lucha por su autodeterminación y sus derechos.
La lucha armada o la resistencia por medio de la guerrilla, cuyos protagonistas fueron los fedayines, simbolizó su identidad y, en parte, posibilitó que los palestinos reconstruyeran su imaginación como comunidad. Esta identidad nacional se nutrió de ese espíritu combativo desde los aspectos culturales y políticos.
Además, se produjo un doble proceso: los refugiados no fueron asimilados en los países de acogida y consolidaron su identidad a pesar de la dispersión. Ellos se diferenciaron de manera dialéctica: por una parte, de los israelíes; por otra parte, de jordanos y libaneses con quienes compitieron al crear una especie de Estado dentro de otro en ambos casos (en diferentes momentos).
Su representación como refugiados se invirtió, de modo tal que propició la idea de resurgir. En otras palabras, se configuró la imagen de un nuevo hombre palestino que era capaz de pelear por su independencia y autodeterminación.
REFERENCIAS
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ANEXOS
MAPAS 1 Y 2. PROPIEDAD DEL SUELO EN PALESTINA Y PLAN DE PARTICIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS, 1947. ALDEAS PALESTINAS DESPOBLADAS EN 1948 Y 1967 Y ARRASADAS POR ISRAEL

Fuente: http://www.passia.org/media/filer_public/23/1a/231a8914-6afe-4fa9-9976-5a90b8880a93/pdfresizercom-pdf-crop_15-page-001.jpg.
MAPA 3. TERRITORIOS OCUPADOS POR ISRAEL DESDE 1967

Fuente: https://www.un.org/unispal/document/auto-insert-197117/.
CAROLINA BRACCO
CAPÍTULO 3
Egipto: de la casa a la revolución y de la revolución a la casa. La “cuestión de la mujer” en un siglo nacionalista
RESUMEN
Los casi cien años transcurridos entre 1919 y 2013 fueron testigos de cuatro revoluciones egipcias: 1919, 1952, 2011 y 2013. En todas ellas, las mujeres jugaron un rol fundamental como parte de la ciudadanía egipcia. Sin embargo, una y otra vez, luego de ser bienvenidas en el momento inicial, fueron desplazadas y sus derechos postergados. El capítulo presenta un recorrido sociohistórico en el que se analizan las continuidades y rupturas de la participación política femenina y los diferentes discursos que se articularon en torno a la denominada “cuestión de la mujer” en un siglo nacionalista. En este contexto, la temprana representación de la nación como mujer ligada al honor nacional y a la autenticidad cultural frente al avance colonial, hacen de dicha cuestión un terreno ideológico en el que se debaten nociones más amplias relativas a diferentes proyectos de sociedad.
Palabras clave: Egipto, revolución, género, nacionalismo, mujer.
INTRODUCCIÓN
El 8 de marzo de 2011, a menos de un mes de la caída de Husni Mubarak1, me sumé a un grupo de compañeras egipcias en una manifestación en la icónica plaza Tahrir. La movilización reclamaba que en la nueva Carta Magna no se tomara en cuenta la sharía y que se incluyeran más y mejores derechos para las mujeres. En el típico ambiente de alegría que solía vivirse luego de la renuncia del dictador, se gritaban las consignas: “El hombre y la mujer son uno”, “Nosotras también somos egipcias”, “¡Igualdad!”. Poco a poco se fue congregando frente a nosotras un grupo cada vez mayor de hombres de todas las edades que nos increpaban, furiosos, o simplemente se burlaban de nosotras. Comenzaron ellos entonces con las consignas de “Esas son estupideces”, “Las mujeres en la casa”, entre otras. En un clima cada vez más hostil, se sumaron dos mujeres con niqab (velo negro que cubre todo el cuerpo), que comenzaron también a gritarnos y rápidamente fueron celebradas por el grupo que ahora gritaba: “Estas son las verdaderas egipcias”, acusando a las manifestantes de dejarse engañar por las –poquísimas– extranjeras que estábamos allí. A pesar de que las egipcias participaron activamente en los 18 días de efervescencia que derrocaron al tercer patriarca egipcio –los anteriores Gamal Abdel Nasser (1954-1970) y Anwar al Sadat (1970-1981) gobernaron hasta sus respectivos decesos–, su presencia en las calles era rechazada violentamente.
Una primera explicación que ensayé en ese momento para comprender este cambio abrupto fue que durante esos 18 días su identidad de género fue diluida en su identidad como ciudadanas egipcias (Bracco, 2011a). En aquellos primeros momentos era común escuchar declaraciones como estas: “Nadie te ve como una mujer aquí; nadie te ve como un hombre. Estamos todos unidos en nuestro deseo de democracia y libertad”2 (Mozn Hassan, directora del Centro de Estudios Feministas Al Nazra, citada en Biggs, 2011). Esta lectura, sin duda esperanzadora, acerca de que no hay diferencia “visible” entre hombres y mujeres en la lucha por la liberación nacional, tiene una larga tradición circular de ensayo y error en los países de la región.
En un nivel más amplio, la importancia de la participación política femenina en relación con su lugar en la sociedad o “la cuestión de la mujer”, radica en que da cuenta no solo de las relaciones de género y la hegemonía sexual; sino también de asuntos más amplios relativos a la distribución y el control del poder ya que el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales (Scott, 1986, p. 1067). En el caso egipcio, como explica Margot Badran:
Ha sido una cuestión a través de la cual el Estado, el establishment religioso y los movimientos islamistas proyectaron otros modelos. Las mujeres mismas ayudaron a formular la cuestión en sus propios términos de debate y, como islamistas, reprodujeron mayormente los discursos masculinos, como actores en la vida diaria asumieron nuevos roles y al hacerlo redefinieron la cuestión. Si bien siempre ha habido lugar en Egipto para posturas alternativas sobre “la cuestión de la mujer”, –con el Estado, los islamistas y las feministas manteniéndolo vivo–, solo las feministas, para quienes “la cuestión de la mujer” es central, han atacado sustancialmente los intereses patriarcales y se han opuesto a la supremacía masculina. (1991, p. 228)
Tomando esta cita como punto de partida, sostengo que se reflejaron diferentes proyectos de sociedad en las posturas, los discursos y las políticas que permitieron el acceso o no de las mujeres a la vida pública. Por ello, “la cuestión de la mujer” debe comprenderse de manera ampliada en relación con los límites sociales en los roles de género, en la familia y la sociedad.
Cuatro revoluciones marcaron la historia de la “cuestión de la mujer” en este siglo nacionalista (1919-2019). La primera en 1919, la segunda en 1952, la tercera en 2011 y la cuarta en 20133. En cada uno de estos hitos de la historia egipcia contemporánea se debatió sobre la legitimidad de la presencia femenina en el espacio público en relación con proyectos de construcción de una feminidad íntimamente ligada a los discursos de identidad.
Con esta perspectiva como hilo conductor, este capítulo expone un recorrido por las coyunturas que fueron creando y recreando “la cuestión de la mujer” en Egipto en su camino de la casa a la revolución y de allí de regreso a la casa. Este circuito está dinamizado por el siempre presente dilema identitario nacional y la creación del ámbito doméstico-familiar, ambos nacidos en el inicio de siglo. Por ello, creo imprescindible comenzar el análisis presentando los lineamientos fundamentales de dicha construcción.
Con el impulso de la participación femenina en la lucha anticolonial comienza una ferviente actividad feminista en varios frentes y con diferentes visiones del lugar de la mujer en la sociedad. Entre 1920 y 1952, una multiplicidad de organizaciones y publicaciones mantuvieron vivo el debate sobre los derechos de las egipcias. Sin embargo, con la llegada de la independencia este movimiento no solo fue invisibilizado, sino también reprimido y perseguido. La construcción paternalista del poder que se hace desde ese momento en torno a la figura de Gamal Abdel Nasser reconfigura el espacio público a la vez que busca convertir a las mujeres en actores políticos creando nuevas subjetividades de género. Luego de la muerte de Nasser en 1970, la política social y económica del país vira bajo la conducción de Anwar al Sadat que, ahora bajo la persona de su esposa Jehan, concentra todos los esfuerzos para mejorar la vida y los derechos de las mujeres con algunas victorias nada deleznables. Con esta misma impronta, aunque en un contexto mucho más desfavorable en términos económicos y políticos, Husni Mubarak intenta, durante sus 30 años de autocracia, suprimir cualquier movimiento que se perfile como opositor a los intereses de su gobierno. La revolución que se inicia el 25 de enero de 2011 pone en jaque al tercer patriarca que finalmente debe dimitir, aunque la mayoría de la estructura del régimen se mantiene. No obstante, una nueva ola de jóvenes feministas nacidas de este contexto revela lo vigente del debate sobre “la cuestión de la mujer” que, tras 100 años de la primera revolución egipcia, continúa en pie.
En las páginas siguientes me propongo analizar y describir los lineamientos generales de este proceso al que talentosas colegas le han dedicado extensos y exhaustivos estudios a los que me remito en cada caso.
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