Kitabı oxu: «La Unión Europea»
La Unión Europea
Historia de un éxitotras las catástrofes del siglo xx
Ricard Pérez Casado
La Unión Europea
Historia de un éxitotras las catástrofes del siglo XX
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Ricard Pérez Casado, 2017
© De esta edición: Universitat de València, 2017
Publicacions de la Universitat de València
Arts Gràfiques, 13 • 46010 València
http://puv.uv.es
Imagen de cubierta:
El hemiciclo del Parlamento Europeo en Bruselas, Ash Crow (2011)
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Diseño de la cubierta y del interior: Inmaculada Mesa
ISBN: 978-84-9134-115-4
A Vicent Ventura Beltrán in memoriam
A mis alumnos y alumnasde Unimajors-Gandia, 2011-2014
A Vera y Julia
Índice
Agradecimientos
Introducción. Europa 2017
Europa en la en la encrucijada
Retos y amenazas
Las alternativas
Un balance provisional
Sobre los contenidos y organización del texto
1Presencia de la historia
1. Las consecuencias de la Gran Guerra
2. La era de los totalitarismos
3. El siglo de los campos y de las limpiezas étnicas
4. La contención de la URSS. Economía, Estado del bienestar y derechos humanos
2La Unión Europea, hoy
5. Los orígenes del edificio institucional europeo
6. El gigante con pies de barro
7. Nuevos y viejos liderazgos en el mundo global
8. Democracia y participación ciudadana en la Unión Europea
9. Las ampliaciones de la UE, 1973-2013
1973, Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido
1981, Grecia
1986, España y Portugal
1995, Austria, Finlandia y Suecia
La macroampliación de 2004, Polonia, República Checa, Chipre, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, República Eslovaca y Eslovenia
2007, Bulgaria y Rumanía; 2013, Croacia
3Las instituciones de la Unión Europea
10. De los Tratados de Roma al Tratado de la Unión Europea (TUE) y el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE)177
Los tratados constitutivos, Roma, 25 de marzo de 1957
El Tratado de Roma, 1957
La Constitución fallida
El Tratado de la Unión Europea (TUE)
El Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE)
El procedimiento de admisión y salida de un Estado en la Unión Europea
Asuntos exteriores, cooperación y ayuda humanitaria
Defensa
La seguridad y el acervo Schengen
11. Las instituciones de la Unión Europea y su funcionamiento (TUE, TFUE), y los órganos consultivos de la UE, el Comité Económico y Social y el Comité de las Regiones217
Actos Jurídicos de la Unión Europea
Las competencias
Las instituciones:
El Parlamento Europeo
El Consejo Europeo
El Consejo
La Comisión
El Tribunal de Justicia de la Unión Europea
El Banco Central Europeo (BCE), el Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC) y el Banco Europeo de Inversiones (BEI)
El Tribunal de Cuentas
Los órganos consultivos de la UE, el Comité Económico y Social y el Comité de las Regiones
12. Instrumentos para el despliegue de políticas de la Unión Europea: la Política Agrícola Común (PAC), los Fondos Estructurales y las Redes transeuropeas. La Estrategia Europa 2020
Los Fondos Estructurales
La Política Agrícola Común (PAC) y fondos asociados
Fondo Social Europeo
Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER)
Fondo de Cohesión
Redes Transeuropeas
La Estrategia Europa 2020 y programas ue en vigor (2016)
Epílogo
Cronología
Siglas y acrónimos
Agradecimientos
Este libro es el resultado de cincuenta años de compromiso de su autor con ciertas convicciones que se resumen en los conocidos y con frecuencia escarnecidos valores republicanos. Los que conforman la base del edificio institucional que hoy conocemos como Unión Europea.
El estímulo inicial de algunos de sus mentores merece la gratitud, como Vicent Ventura Beltrán, a quien se dedica el libro, sobre todo en tanto que ciudadano ejemplar, europeísta por más señas, cuando el proceso echaba a andar en los años sesenta del pasado siglo.
La suerte de una dedicación pública permitió al autor formar parte de instituciones europeas, como vicepresidente del Consejo de Municipios y Regiones de Europa, en tanto que alcalde de mi ciudad, València, y como administrador de la Unión Europea en Mostar, merced a otro «europeísta convicto», Pasqual Maragall, y desde este encargo conocer el funcionamiento del Consejo de Asuntos Generales, el Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea. Impagable, como se reconoce en el texto.
Mis alumnos y alumnas de Unimajors-Gandia, en el seno de la Universitat de València-Estudi General (UV-EG), entre los años 2011 y 2014, quienes con sus propuestas, preguntas y debates indicaron la necesidad de un texto como el que se presenta ahora. Como en el caso anterior tan solo espero haber saldado una parte de la deuda contraída.
Joan Romero, cómplice de aventuras políticas e intelectuales, es responsable de mi presencia en Gandía en los años referidos. Sus comentarios y observaciones, precisos y breves, han contribuido a mejorar el texto, además de indicar la conveniencia de su publicación.
La incitación a darlo a conocer ha sido obra, una vez más, del infatigable Josep Sorribes.
Los conocimientos y diligencia de Alfonso Moreira, al frente de otra institución universitaria de la UV-EG, el Centre de Documentació Europea (cdeuv.es), que debiera ser más conocido y consultado, facilitó el acceso a la ingente documentación generada por los organismos de la Unión Europea.
Todos ellos merecen el reconocimiento público del autor en estas páginas liminares.
Las orientaciones de José L. Canet Vallés, al frente de Publicacions de la Universitat de València, han sido determinantes para los contenidos finales del libro. El autor confía en haber recompensado su atinada y paciente atención.
No hay esfuerzo sin consecuencias. El descanso y la vida familiar se han resentido una vez más, eso sí, recompensados por la benevolencia y ayuda informática de Julia, y la precoz lectora Vera, que asistía a la redacción de un libro. Espero que el resultado, a su tiempo, merezca, en el caso de la nieta, su satisfacción.
Por supuesto, la responsabilidad de los contenidos, del texto todo, como no puede ser de otro modo, corresponde al autor.
Ricard Pérez Casado
Introducción. Europa 2017
Europa en la encrucijada
La historia de la Unión Europea nunca ha sido fácil. Lo comprobaremos a lo largo del presente texto, en el que precisamente se describen con cierto detalle muchos de los inconvenientes, zozobras, saltos adelante y retrocesos que configuran su camino desde el 25 de marzo de 1957, y aun antes, hasta alcanzar nuevamente una situación crítica, la que da título a este apartado de nuestra propuesta.
En su sexagésimo aniversario, la Unión Europea actual se enfrenta a amenazas de una envergadura sin precedentes. A la salida, tras cuarenta y tres años, del Reino Unido, una pieza clave en términos demográficos, políticos, económicos y sociales de la arquitectura europea. Se convocó un referéndum con el convencimiento de que la respuesta a la salida del Reino Unido sería negativa, pero por un estrecho margen sucedió lo contrario. Por supuesto que la salida de un estado miembro está prevista en los tratados en vigor, concretamente en los artículos 49 y, sobre todo, 50 del Tratado de la Unión. Una previsión sin duda alguna necesaria en una asociación de estados, como en cualquier contrato de adhesión, pero que nadie pensó, al menos explícitamente, que sería necesario aplicar.
Los efectos del llamado Brexit se desconocen en sus dimensiones exactas, tanto en lo que se refiere al propio Reino Unido como en lo que concierne a sus repercusiones en el resto de los estados miembros, en cada uno de los socios y en el conjunto de ellos.
Los resultados del referéndum de 2016 dibujan un mapa complejo en el propio seno del Estado que abandona, que se desconecta. Las llamadas devolved nations: Escocia, Gales e Irlanda del Norte, no coinciden con los objetivos del Gobierno británico, comprometido a invocar el artículo 50 del Tratado de la Unión y emprender el largo camino de la negociación de las condiciones para la desconexión con la Unión Europea. Subyacen las propuestas de estos tres elementos que conforman el actual Reino Unido y que por razones diversas prefieren su permanencia en las estructuras institucionales europeas; en primer lugar por su relación con el mercado único, en segundo lugar por el crecimiento de sus aspiraciones nacionalistas, con la aspiración final de Escocia de tener un Estado propio, lo que obtuvo un significativo resultado en el referéndum pactado con Londres en 2015; de la misma manera que la singularidad de Irlanda del Norte, en pleno proceso de paz, encuentra lógica su pertenencia a la Unión Europea a la vista de los resultados obtenidos por sus compatriotas de la República de Irlanda. Y finalmente Gales, sometida a la desindustrialización y el sostenimiento de una economía agraria que comprueba los efectos beneficiosos de las transferencias de los Fondos Estructurales europeos sobre su bienestar.
De confirmarse la propuesta del libro blanco del Gobierno de May, podría renovarse el conflicto del Úlster, una consecuencia nada inverosímil, lo que significaría la trascendencia de los efectos de la decisión británica en el propio Reino Unido y, por supuesto, en el conjunto de la UE.
Otro tanto ocurre con las grandes ciudades, Londres en particular, y las actividades económicas que se desarrollan en ella, por ejemplo, y no es el único, respecto a las transacciones financieras internacionales y, en especial, a las plazas económicas continentales.
El inesperado resultado del Brexit puede conducir al Reino Unido a una crisis institucional sin precedentes, o lo que es lo mismo, al establecimiento como mínimo de nuevas relaciones entre sus componentes históricos. La «doctrina» de las instituciones de la Unión Europea hasta ahora ha sido inflexible: se trata de asuntos internos, incluso constitucionales básicos, de los estados miembros, al menos en lo que se refiere al Consejo Europeo, a la Comisión y a sus órganos dependientes. No así en lo que concierne al Parlamento o a los órganos consultivos, como el Comité de las Regiones, ya que existe cierta inquietud por parte de los estados que tienen en su seno problemas derivados del reconocimiento de las naciones sin estado o amplias reivindicaciones autonomistas que llegan incluso a proponer la secesión, sin cuestionar por ello la necesidad de su integración en el espacio institucional de la Unión Europea.
La evolución futura de estas reivindicaciones es, sin duda alguna, uno de los retos que deberá afrontar la UE en los próximos años. Además de las devolved nations británicas, están planteadas, en diversos grados, las reivindicaciones de Catalunya y la dificultad experimentada en Bélgica ante su larga interinidad gubernamental y las consecuencias del establecimiento de un estado federal complejo en el propio corazón de la sede de las instituciones europeas. Hay antecedentes que el realismo de los gestores de la UE logró encajar: la reunificación alemana de 1991, con la inclusión de un nuevo estado, la República Democrática de Alemania, o la pacífica secesión entre Chequia y Eslovaquia; en ambos casos, con la ruptura de la doctrina de la continuidad de los estados. Esto seguramente se extenderá a elementos como el reconocimiento de Kosovo, o el pleito griego con Macedonia.
Sin embargo, y antes de pasar a otros retos, el que acaso recorra el conjunto europeo con mayor incidencia es el de la desafección de la ciudadanía. Toda la arquitectura institucional, política y económica, es percibida como algo lejano y ajeno a la ciudadanía. Ni siquiera el enorme paso de la elección directa, por sufragio universal y secreto, del Parlamento Europeo ha animado a la ciudadanía a interesarse con detalle y profundidad por las instituciones de la UE.
A lo sumo se perciben algunas ventajas, en especial en aquellos ámbitos territoriales en los que el flujo de recursos mediante los Fondos Estructurales se traduce en elementos tangibles para sectores de la población o territorios.
La desafección ha tenido, entre otras causas, una creciente reestatalización de las políticas europeas, y un deseo nada oculto de establecer el balance positivo en la cuenta de la gestión de los representantes estatales en las instituciones de la UE. Resulta anecdótico y a la vez significativo que en los carteles que anuncian tal o cual obra, infraestructura o programa, figure de modo discreto el anagrama del Fondo Europeo correspondiente sobre el azul de la bandera de las estrellas, y que el elemento destacable sea siempre el del Gobierno o región del Estado miembro.
La pedagogía democrática está ausente respecto a los valores estatales que se vienen a considerar inmutables, pues en la práctica, como veremos más adelante, su papel es decreciente, y todavía lo será más. Los valores de paz, seguridad, libertad y prosperidad compartida, junto con los de respeto y protección de las minorías, de los refugiados, de los inmigrantes, no forman parte del acervo común, propiedad de la ciudadanía.
De este modo, la percepción ciudadana de las instituciones de la UE en el mejor de los casos se circunscribe a la recepción de subvenciones, a la mejora de las infraestructuras, o a la libertad más o menos restringida de circulación de las personas, así como al pago liberador del euro, y no en todos los estados miembros.
Desde luego la desafección ciudadana no concierne tan solo a las instituciones de la UE. Debido a las crisis, de la política como instrumento para la solución de los conflictos humanos, y de la democracia como elemento constitutivo de la organización política, estas han sufrido y sufren, con mayor intensidad, ataques directos a sus valores y principios básicos. La presencia de la historia y el olvido de las consecuencias devastadoras de las crisis económicas y políticas, a las que aludiremos más adelante, conforman un horizonte poco esperanzador. La amenaza de involución, con medios de comunicación más eficaces que en el pasado, es más cierta que nunca no solo en los estados miembros de la UE, sino acaso y por primera vez a escala global.
La paciente reconstrucción de las relaciones entre los enemigos de ayer mismo en España, consecuencias de la Guerra Civil, o en toda Europa, con el choque entre las democracias y el fascismo y, más tarde, con el totalitarismo estalinista, fue obra tanto de los intereses como de las convicciones, en ambos casos extensamente compartidos por la ciudadanía. El horror del pasado inmediato, la necesidad de cubrir la brecha abierta por la desigualdad y la aspiración a la prosperidad en libertad actuaron de modo conjunto para obtener resultados plasmados en el Tratado Constitutivo de la Comunidad Económica Europea, primero, y a partir del salto adelante de Maastricht en 1992, para sentar las bases constitucionales e institucionales de lo que hoy conocemos como UE.
Si la primera fase de la recuperación continental fue tildada por la izquierda no socialdemócrata de «Europa de los mercaderes», con la extrema derecha acallada por los efectos del fascismo, la última, sobre todo a partir del fracaso constitucional de 2004 (Tratado para una Constitución europea, no se olvide), podría ser calificada de la resurrección de los intereses estatales, de las minorías económicas y sociales que ejercen su poder por encima de los propios gobiernos representativos. En especial cuando la crisis sistémica de 2008 dejó sentir sus efectos letales sobre los pilares fundamentales de la propia UE: el bienestar compartido, la seguridad del empleo y los servicios sociales, la solidaridad interterritorial, la aplicación efectiva de los valores ampliamente compartidos respecto a los flujos de refugiados e inmigrantes, o el desarrollo y la aplicación de las políticas efectivas de igualdad de género en todos sus aspectos, personales, como el matrimonio y la reproducción, o salariales.
El lento camino de la cesión a instituciones europeas de parcelas de soberanía estatal, como la moneda, las fronteras o la igualdad efectiva de derechos para todos los ciudadanos, está gravemente amenazado de retroceso. La propia moneda, el euro, en vigor desde el 1 de enero de 2002, y solo en 19 de los 28 o 27 estados miembros, está amenazada por la ausencia de un estado, o de la UE como tal, por lo que se viene a decir que es «la única moneda sin respaldo de un Estado», carente además de un Tesoro Europeo, y de una fiscalidad homogénea entre economías dispares, y con un banco, el BCE, que a duras penas ejerce en plenitud como banco central.1
La crisis de la desafección ciudadana, en parte debida al desinterés institucional por acercar los valores, principios y, por supuesto, también los intereses de la ciudadanía, ha permitido el resurgimiento de los fascismos, ahora bajo el nombre de extrema derecha y de nacionalismos estatales, cuya evolución presagia amenazas ciertas sobre la libertad, la paz, la seguridad y el Estado del bienestar, tal como se conoció al menos hasta el comienzo de la crisis de 2008 en Europa.
El objetivo último de estos movimientos neofascistas es la destrucción en sí del edificio moral e institucional de la Unión Europea. El asalto al Estado, una vez más en trágica repetición histórica, para enfrentar a la ciudadanía, primero con los recién o no tan recién llegados, los inmigrantes, y después con «el otro», revestido de amenaza terrorista, y que justifica el cierre de las fronteras, el recorte de las libertades ciudadanas.
El America first no tiene nada de original, ya llevan años predicándolo los estrategas de la extrema derecha en Europa con la resurrección de los viejos mitos de la superioridad, el encierro en las fronteras estatales y la exclusión de la diferencia, sea de raza, religión o costumbres, en contradicción con el generoso y a la vez conveniente e interesado proceso de comprensión, asimilación en algunos casos y convivencia en la mayoría.
La fragilidad de las propuestas económicas de esta caterva no parece preocupar. La necesidad de renovación demográfica, por ejemplo para asegurar la estabilidad de las pensiones públicas, la falta de mano de obra en determinadas ocupaciones, por hablar de temas nítidamente egoístas, no parecen ser de su interés. Cuentan con la desesperación de los obreros industriales, condenados al paro permanente en función de la deslocalización de las empresas «nacionales», y la sencillez aparente del mensaje: impuestos para los empresarios que contraten inmigrantes, cierre de las fronteras en todo caso. Y vuelta a las proposiciones de autarquía económica en el justo momento histórico en el que se consolida, o va camino de hacerlo, la globalidad. Enarbolar los mitos nacionalistas, estatales en este caso, conforma el paquete capaz de atraer a millones de electores, e incluso amenazar pura y simplemente con la eliminación a los disidentes.
Los responsables políticos, estatales y ahora también comunitarios de las instituciones de la Unión Europea se encuentran atenazados. De un lado, por la amenaza cierta de los auténticos antisistema, las organizaciones fascistas Front National (‘Frente Nacional’, Francia), Alternative für Deutschland (‘Alternativa para Alemania’, Alemania), Partij voor de Vrijheid (‘Partido de la Libertad’, Holanda), Chrysí Avgí, (‘Amanecer Dorado’, Grecia), Magyar Polgári Szövetség/Fiatal Demokraták Szövetség, Fidesz (‘Unión Cívica Húngara’ / ‘Alianza Jóvenes Demócratas’), etc., una auténtica multinacional negra que en otras partes se agazapa en las instituciones estatales o se alberga en el seno de partidos y movimientos sociales de derecha de respetabilidad democrática. De otro lado, por unos y otros, estados miembros e instituciones de la UE, sometidos a una ortodoxia económica de escaso fundamento pero de resultados letales sobre la economía y la sociedad, sobre la ciudadanía en definitiva. Inscribir la austeridad en los textos constitucionales no deja de ser una insólita manera de proclamar la inutilidad de la política, lo que conduce a más desafección ciudadana.
Los efectos de la ortodoxia se han dejado sentir con brutal repercusión sobre la vida y hacienda de la ciudadanía, incluida aquella parte que con su voto incrementa las amenazas sobre el sistema económico, social y político que hemos considerado como propio de la democracia avanzada y participativa.
El incremento pavoroso de la desigualdad no solo genera desesperación entre amplias masas de ciudadanos, desposeídos de su horizonte seguro, de servicios sociales, educación, salud o pensiones. Genera además la precarización del empleo, la desigualdad de acceso a este, una precarización que pulveriza los avances conseguidos en la retribución igualitaria entre mujeres y hombres y que devuelve a la mujer, con faldas –como requiere el nuevo presidente de Estados Unidos–, a tareas secundarias, y al hogar, por supuesto heterosexual: Kinder, Küche y Kirche, tan fáciles de asimilar a la organización racista norteamericana KKK.
El precariado, además, no estimula la demanda interna, con lo que los profetas de los viejos tiempos fascistas entran en contradicción: la recuperación económica pasa por la globalidad, y no por el encierro autárquico. Con mayor razón si se aprestan a la guerra comercial o a la especulación financiera, con la creación de paraísos fiscales, como los que emprendieron actuales responsables de la UE cuando rigieron sus países, como Luxemburgo y J. C. Juncker, u Holanda y Dijsenbloem. O la no menos discutible acrobacia del presidente Durao Barroso, cuyas consecuencias, en todos los casos, inducen a la desconfianza de los ciudadanos.
El 25 de marzo de la Unión Europea dista de ser una celebración de un éxito innegable, como lo fuera en Roma en 1957.
A las amenazas internas, que enumeraremos con mayor detalle más adelante, se agrega otra de efectos imprevisibles: la nueva política de los Estados Unidos de América, con el presidente Trump al frente. A manotazos se ha desprendido, o pretende hacerlo, de décadas de colaboración transatlántica, no siempre bien comprendida a ambos lados del océano. Sus propuestas políticas, que no son de ahora mismo,2 descarnan la envoltura intelectual y política de las relaciones norteamericanas con el resto del mundo, con especial referencia a las europeas. Es la política neoconservadora provista de las envolturas de la oleada democrática, el fin de la historia, el soft power, o incluso la política líquida. Los intereses norteamericanos, en su singular visión, que no es otra que los intereses de las empresas petroleras más contaminantes, y una renacionalización contradictoria con la presencia mundial de las empresas más emprendedoras de Estados Unidos. La zafiedad añadida permite el aplauso de la derecha europea, embarcada en la recuperación de sus señas de identidad fascista, como hemos visto.
Estos hechos, someramente descritos, requieren la respuesta de la ciudadanía europea, y por supuesto de los estados miembros y de las instituciones de la Unión Europea. Acaso, por ese orden, aunque no tenga la convicción de que vaya a producirse a partir de una sacudida ciudadana sobre los gobiernos de los estados, ni de estos, que son los protagonistas, sobre las instituciones de la UE. La construcción, no se olvide, partió de la voluntad de los estados, eso sí, con la participación activa de dos formaciones políticas continentales de amplio arraigo ciudadano, la democracia cristiana y la socialdemocracia. Es cierto que la implicación de la ciudadanía se produce mediante los estados, sus instituciones democráticas. La agenda europea, a diferencia de recientes experiencias, formaba parte del discurso ante la ciudadanía, y buscó y encontró respuesta positiva en la ciudadanía. Resulta cuando menos sospechosa la falta de discusión europea, por ejemplo, en las recientes convocatorias electorales españolas; desde luego, a partir del hito de 1986 el decrecimiento ha sido constante.
La ilusión de que el fin del comunismo abría una etapa democrática a escala planetaria se ha convertido en eso, en una ilusión. Los profetas Huntington o Fukuyama interpretaron pro domo la convergencia de la economía de mercado en sus aspectos más extremos, envueltos en el celofán de los sistemas de ecuaciones de la escuela de Friedman, como el paradigma último de la culminación de la Historia, así, con mayúscula.3
Los resultados no han sido tales. La extensión de la democracia, entendida como la convocatoria y realización de elecciones, se ha visto vulnerada incluso en los procesos más elementales de su desarrollo, y desde luego, en los resultados no reconocidos cuando se desviaban de los designios de convocantes o cómplices. La desigualdad se ha acentuado en el seno de todas las sociedades, como caldo de cultivo para alternativas nada democráticas. Ello forma parte, asimismo, de uno de los valores y objetivos más destacables de la UE: la consolidación de los valores democráticos como signo de los valores europeos.
De algún modo, la extensión de las formas democráticas, que no de los contenidos políticos y morales de la democracia, ha consistido en una rebaja de la calidad de esta. Una igualación hacia abajo de los valores, formas y contenidos de la propia democracia. No se trata desde luego de una circunstancia estrictamente europea, pero sí de una ausencia clara de la voluntad política europea en lo que concierne a los derechos humanos y libertades básicas proclamadas en los propios textos constitucionales de la UE, el Tratado de la Unión y el Tratado de Funcionamiento de la Unión a partir de Maastricht 1992, tratado fundamental del que también se cumple el vigésimo quinto aniversario en este 2017.
De hecho, de acuerdo con las formas nadie puede discutir u objetar –salvo las trapacerías electorales, de las que no están exentas democracias de largo recorrido como la de EE. UU.– que Rusia no cumple la formalidad, incluso con cierto pluralismo político. De la misma manera que Hungría y sus gobernantes amordazan la libertad de expresión o fomentan la xenofobia, pero lo hacen desde el cumplimiento de las formalidades electorales establecidas.
Entre tanto, la UE, bajo el principio de la no injerencia en los asuntos internos de los estados, procura las relaciones con regímenes que nunca han tenido la intención siquiera de acomodar sus objetivos a unas mínimas formas democráticas, como las teocracias feudales de Oriente Próximo. La lógica de los intereses se sobrepone a la ética de las convicciones, y en este aspecto, sin miramiento alguno por los objetivos globales de la propia UE: son los estados, cada estado y sus élites económicas, los que procuran el beneficio de las empresas bajo el velo del empleo y la renta en sus respectivos ámbitos territoriales.
La sustitución de los valores democráticos, los republicanos desde las revoluciones del siglo XVIII, considerados la herencia europea de vocación universal, por los valores del mercado desregulado se ha extendido a la manera de una metástasis por todo el continente, señalando asimismo el camino para los recién incorporados a la convocatoria democrática universal.
La enajenación de la lealtad institucional por parte de la ciudadanía es el correlato con dos sendas opuestas: la rebeldía indignada con el sistema corrompido y sus representantes y la emergencia de movimientos sociales y políticos alternativos, con peligro real de la consolidación de movimientos de extrema derecha, alternativos al sistema democrático, profundamente nacionalistas contra toda integración supraestatal, a la que se culpabiliza de la exclusión de los nacionales de cada estado con la llegada de migrantes, ya se trate de refugiados huidos de la guerra o de los que buscan una alternativa a la desesperación de la miseria.
Retos y amenazas
Las páginas precedentes nos han puesto sobre aviso de algunos de los problemas con los que se enfrenta la Unión Europea en su sexagésimo aniversario. Por supuesto que la enumeración dista de ser exhaustiva. Trataremos de resumir algunos de los retos, y, por supuesto, de las amenazas que se ciernen sobre el futuro de la UE, el inmediato y el más lejano en el tiempo. En este último caso, bajo la perspectiva de la supervivencia de la propia UE, en la que el autor se sitúa por convicción, fundamentada tanto en la necesidad como en los intereses de la ciudadanía europea.