Kitabı oxu: «Conversando con los maestros»

Şrift:

Ricardo Avenburg

Conversando con los Maestros

Sigmund Freud

Carl G. Jung

Sándor Ferenczi

Melanie Klein

Heinz Hartmann, Ernst Kris

y Rudolph Loewenstein

Mimí Langer

Ángel Garma

Enrique Pichon Rivière

Arnaldo Rascovsky

Mauricio Abadi

PRIMERA EDICIÓN


Avenburg, Ricardo

Conversando con los maestros / Ricardo Avenburg. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Biebel, 2017.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-1678-70-9

1. Psicoanálisis. I. Título.

CDD 150.195

Edición en formato digital: febrero de 2017

© Ricardo Avenburg

© Ediciones Biebel, 2016

Ediciones BIEBEL

J. J. Biedma 1005, Buenos Aires

Tels. (54-11) 4582-3878 • (54-11) 4585-4018

www.edicionesbiebel.com.ar info@edicionesbiebel.com.ar

Libro de edición argentina

Impreso en la Argentina / Printed in Argentina No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Diseño de páginas: Cálamus

Realización de tapa: Ramiro Pazo

ISBN 978-987-1678-70-9

Conversión a formato digital: Libresque

Prólogo

Algunos de los autores con los que “converso” en este libro fueron maestros míos a nivel personal. A los que no lo han sido no dudo en calificarlos de maestros del psicoanálisis. La pregunta que me hago es: ¿hay un psicoanálisis o cada uno tiene el suyo? No sé si esto tiene importancia, cada uno tiene su manera de encararlo y del diálogo con cada uno de ellos aún hoy se sigue aprendiendo. Por supuesto que el maestro original, que encuadra al resto, es con quien inicio el libro y con quien lo finalizo: “Análisis terminable e interminable” como comienzo, y “El malestar en la cultura” como culminación.

Con la excepción de Melanie Klein, me parece que los autores con los que converso, no son en general leídos ni tenidos en cuenta hoy, por lo menos en Argentina. Yo diría que no están “de moda”. La moda es útil en cuanto se toma un autor o un tema desde múltiples perspectivas. Tiene el inconveniente de que ese autor tiende a sacralizarse y el que no participa de sus códigos tiende a quedar excluido de la comunidad. Desde este punto de vista uno pensaría que las ideas desarrolladas por estos maestros ya son antiguas y que no vale la pena leer a dichos autores. ¿Es así? Mi experiencia con estos diálogos me dio, por un lado, una perspectiva histórica del desarrollo de las ideas de Freud.

A su vez, como cada uno de los autores desarrolla ciertos temas en particular, el hecho de dialogar con ellos me permite desplegar ideas que, esté o no de acuerdo con ellas, me hace abrir nuevas áreas de pensamiento (en términos del “Proyecto” de Freud, me abre nuevas facilitaciones entre las neuronas, o, en términos de “La interpretación de los sueños”, me conecta con nuevos niveles de huellas mnémicas).

No me parece que este sea un libro para ser leído continuadamente como si fuese una novela, creo que es para, cada tanto, tomar un trabajo y jugar y pensar con el autor.

Cuando yo hice los seminarios en APA, se leían cronológicamente los textos principales de Freud, con el criterio de que había que leerlos, pero con la convicción de que eran antiguos y que la verdad estaba en Melanie Klein. Al terminar de cursar los seminarios de formación teórica, sentí que me faltaban bases conceptuales que, a pesar de que tal vez ya hubieran perdido validez, podrían hallarse en Freud. Leí su obra completa, de punta a punta (Pichon decía que siempre conviene leer los textos a partir de los últimos para atrás), y se me abrió un mundo. Los autores que le siguieron no me causaron el mismo sacudimiento, pero son semillas dejadas por Freud que vale la pena regar y no es de descartar que muchas de ellas florezcan. Creo que leerlos (y estudiarlos) también es una experiencia que vale la pena.

Conversando con Sigmund Freud

Análisis terminable e interminable1

I. El objetivo del tratamiento psicoanalítico es el “intento de librar a un ser humano de sus síntomas neuróticos, inhibiciones y anomalías del carácter. De ahí que siempre se haya procurado abreviar su duración”. Un intento en este sentido es el de Rank de centrar el análisis en el trauma del nacimiento, la fijación primaria a la madre que condiciona la represión primaria (protofijación y protorrepresión). Dice Freud que es un intento de adaptar el ritmo de la terapia analítica a la precipitación de la vida americana (prosperity).

Otro ejemplo es el procedimiento que siguió Freud con un joven ruso (supongo que se refiere al hombre de los lobos): incapaz de valerse por sí mismo, al cabo de unos años recuperó gran parte de su independencia, se reanimó su interés por la vida y adoptó sus relaciones con las personas que más le importaban. “Pero su mejoría no pasó de allí”.

¿A dónde tenía que llegar?

“… ya no progresó el esclarecimiento de la neurosis infantil, fundamento de toda la enfermedad ulterior y pudimos advertir claramente que el enfermo se sentía bastante cómodo en su estado actual…”.

¿Y qué faltaba? Pero acá veo una contradicción: a pesar de que el paciente se sentía bien, no quería interrumpir su psicoanálisis, se negaba a

“dar un solo paso que lo acercara al fin del tratamiento […] Hallábase pues ante un caso de autoinhibición del tratamiento”.

Por un lado el objetivo de Freud era esclarecer la neurosis infantil, lo que evitaría un recrudecimiento ulterior de la neurosis. Entiendo el criterio de Freud, pero si el paciente quería analizarse era porque sentía que le hacía bien, sentimiento que no es poca cosa. Y si esta continuación era para afianzar sus defensas, este podría ser un objetivo del análisis. De todos modos Freud no se equivocó al poner un límite para fin del año.

“… que ese año sería el último de su análisis […] sus resistencias cedieron y en esos meses últimos pudo reproducir todos los recuerdos y hallar todas las relaciones que parecían necesarias para comprender su neurosis pretérita y superar la actual. Cuando se despidió de mí a mediados de 1914 [...] pude considerarlo completa y definitivamente curado”.

Es decir su criterio de terminación en este caso era la reproducción de los recuerdos y el hallar las relaciones, supongo que las relaciones entre los recuerdos y las representaciones vinculadas a las neurosis pretéritas y actuales. Quedó, sin embargo, una parte no resuelta de su transferencia o residuos que no habían surgido previamente. Analizados estos, ¿no quedaron otros? ¿Cómo se está seguro que el análisis está terminado o es, en última instancia, interminable?

II. Esto lo lleva a Freud a hacerse otra pregunta:

“existe un término natural del análisis y, en todo caso, es posible alcanzarlo realmente?”

Habría dos respuestas: una sintomática, la superación de sus síntomas e inhibiciones, la segunda está más referida a la personalidad en general.

“… si la transformación del paciente ha sido llevada a tal punto que la continuación del análisis ya no promete nuevas modificaciones”.

¿Se refiere a modificaciones de la personalidad?

“En otros términos admitiríamos con ello que el análisis puede alcanzar un nivel de absoluta normalidad psíquica, susceptible de mantenerse estable, suponiendo que se haya logrado suprimir todas las represiones y llenar todas las lagunas de la memoria”.

El problema es: ¿qué es la normalidad psíquica? ¿Se pueden suprimir todas las represiones? La respuesta de Freud es que es tanto más posible cuando la etiología de la neurosis es predominantemente traumática y no a causa de instintos desmesuradamente poderosos, o sea que predomine el factor accidental sobre el constitucional. Creo que con traumático se debe entender aquí la motivación ambiental, exterior y no entendería trauma en el sentido de algo que está más allá del principio del placer, sino el que es producto de una privación o frustración.

“El reforzamiento constitucional de los instintos y la modificación desfavorable del yo en el curso de la lucha defensiva, en el sentido de su dislocación y su constricción, son los factores que se oponen al éxito del análisis y que pueden prolongar indefinidamente su duración”.

Dice que el tema del yo no ha sido aún estudiado suficientemente.

Entiendo que el tema del yo es que no está en condiciones de dominar (¿o administrar?) adecuadamente los instintos. ¿Ha de hacerse por represión? Parecería que en general Freud se refiere al control instintivo por represión, pero una alternativa sería algo que Freud señaló en una de sus primeras obras: “la condena consciente” o, en mis términos, la judicación consciente.

Pasa a plantear “cuáles son los obstáculos que se oponen a dicha duración”. A partir de dos casos de las primeras épocas del psicoanálisis describe en ambos recaídas de la neurosis.

“Hoy puede exigirse que una curación analítica sea definitiva, o por lo menos que la recaída no sea provocada por la repetición del antiguo trastorno instintivo manifestado en nuevas formas”.

No obstante, Freud no está seguro de que pueden cumplirse tales exigencias

“… pero desde ya advertimos claramente que el camino hacia el cumplimiento de esas pretensiones máximas planteadas al psicoanálisis, no nos llevará a la abreviación de su curso…”.

Me es difícil comentar algo al respecto. Las mejorías que veo en los pacientes, además de las sintomáticas, son en general referidas a limitaciones de la personalidad y en ese sentido ayudarlos a resolver situaciones vitales complicadas; en lo que se refiere a síntomas la mayoría son depresiones y a veces fobias o situaciones de ansiedad (angustia neurótica) y, en general, las mejorías son estables (muchas veces con ayuda farmacológica, cosa que no había en la época de Freud).

Neurosis sintomáticas como histerias de conversión y neurosis obsesivas veo menos y nunca pienso en términos de curación definitiva o no, sino más en mejorías; no pretendo cambiar una personalidad pero sí rescatar lo que el analizado siente que es propio de él, pudiendo desplegar su caudal instintivo pero ligado al yo; el tema es el levantamiento de las represiones y la ligadura del instinto por el yo en su vinculación al principio de realidad, así como la posibilidad de las modificaciones de la realidad con miras a la resolución de sus acciones específicas en el mundo.

III. Dice Freud:

“De los tres factores que consideramos decisivos para las posibilidades del tratamiento analítico –el efecto de los traumas, la fuerza constitucional de los instintos, la modificación del yo– solo nos interesa aquí el segundo: la fuerza de los instintos […] Por decisivo que sea desde un comienzo el factor constitucional, es concebible que un reforzamiento de los instintos producido en el curso ulterior de la vida tenga idénticos efectos. En tal caso la fórmula debería modificarse, sustituyendo la fuerza constitucional de los instintos por la fuerza actual”.

El hecho que la fuerza instintiva tiene que ver con la constitución del sujeto no quiere decir que sea una constante: cada vez que se satisface un deseo, que es representante de una necesidad, disminuye la fuerza del instinto. También depende de qué instinto se trata y naturalmente la fuerza de cada instinto parcial se modifica no solo en función de las circunstancias vitales sino también de los diferentes momentos de la vida.

“… ¿es posible resolver completa y definitivamente, por medio del tratamiento analítico, un conflicto del instinto con el yo o una exigencia instintual patógena planteada al yo?”

¿Qué quiere decir “resolución permanente de una exigencia instintual”?

“Evidentemente no se trata de hacerla desaparecer, de modo que nunca más vuelva a hacerse sentir. En general esto es imposible…”.

Sería como suprimir una necesidad vital.

“En cambio, se trata de otra cosa, que en forma aproximada podríamos llamar ‘sumisión’ del instinto…”.

Sumisión, en alemán, Bändigung: doma, domadura, refrenamiento (Diccionario Alemán Español. Sopena). En el Diccionario Alemán Brockhaus, Bändiger (se refiere a la persona que realiza la acción): Bezwinger (vencedor, triunfador, domador). 2. Vorführer wilden Tiere (el que expone animales salvajes). Acá, evidentemente, Freud identifica el instinto con un animal salvaje al que el yo tiene que domar.

Y pasa Freud a explicar dicha “sumisión” o “doma”:

“su integración total en el conjunto armonioso del yo, tornándolo accesible al influjo de todas las otras tendencias de este y haciéndolo renunciar a sus propios medios de satisfacción independientes”.

¿Sería someterlo al yo o integrarlo a él? En otros términos, el yo no es sino la continuación del ello, el cual ha de adecuarse al yo pero también el yo ha de hacerse cargo de las necesidades del ello, de los instintos y adecuarse a los mismos, pero con un conocimiento adecuado de la realidad exterior. Acá la alternativa es suprimirlos o someterlos: no incluye el tema de una represión exitosa, lo que implicaría un predominio del Superyó.

Acá, acudiendo a la metapsicología (la Bruja) apunta no solo a lo tópico (instancias entre las que se produce el conflicto) sino a lo económico, relación de intensidades (cantidades) entre las instancias: se refiere al yo y a los instintos. Pero acá termina afirmándose en las represiones.

“Todas las represiones se producen en la temprana infancia y son primitivos recursos de defensa adoptados por un yo aún débil e inmaduro. Más tarde ya no se realizan nuevas represiones, pero las antiguas se mantienen y siguen siendo utilizadas por el yo para la dominación de los instintos. Los nuevos conflictos son resueltos por lo que hemos dado en llamar ‘post-represiones’.”

Creo que hay una ambigüedad en la utilización de término ‘represión’ (Verdrängung): la primera represión propiamente dicha, es decir, el hacer el inconsciente reprimido, excluido del preconsciente, se da con el complejo de Edipo. Previo a este, el yo puede utilizar formas de defensa más tempranas (transformación en lo contrario, cambiar de activo en pasivo o vuelta contra sí mismo) pero no reprime las representaciones correspondientes (no se las olvida); las post-represiones serían las posteriores al complejo de Edipo y crearían la disposición a las neurosis.

“El análisis […] permite al yo maduro y fortalecido proceder a una revisión de estas antiguas represiones, con el resultado de que algunas son suprimidas y otras aceptadas, pero construidas de nuevo, esta vez con materiales más sólidos. Estos nuevos diques son mucho más resistentes que los anteriores…”.

Desde mi punto de vista, el objetivo del análisis es, en general, levantar las represiones y, en los términos usados acá por Freud, “someter” a los instintos desde la organización yoica y no reforzar las represiones; por supuesto que a las represiones sólidamente constituidas no las toco en general, solo lo hago cuando generan síntomas, de modo que las modificaciones de la personalidad son un paso ulterior a la resolución del síntoma, haciendo preconsciente lo inconsciente cuando este hace ruido.

“Así, el resultado cabal de la terapia analítica sería, pues, la corrección ulterior del primitivo proceso de represión, poniendo fin con ello a la supremacía del factor cuantitativo”.

Desde mi punto de vista (y creo que el de Freud también), que la cantidad devenga en cualidad (cuál es el instinto que presiona) y esta en topografía (se integre en la estructura), pero no reforzar las defensas sin previo análisis del instinto.

Una aclaración: el término que acá se traduce como instinto (traducción con la que estoy de acuerdo) es el de Trieb que, según el contexto, Freud lo usa en su vertiente biológica, como tensión de necesidad, o psicológica, como deseo. Creo que acá se lo debe interpretar como deseo y, en particular, como deseo sexual, el que protagoniza el conflicto neurótico.

Con respecto a los efectos del análisis, dice Freud:

“Ante todo nos interesa captar las modificaciones cualitativas, y al hacerlo descuidamos generalmente, por lo menos al principio, el factor cuantitativo. En la realidad, las transiciones graduales y las fases intermedias son mucho más comunes que los estados antagónicos netamente definidos”.

Agrega más adelante:

“… en toda nueva organización subsisten elementos de la anterior y […] ni siquiera en un desarrollo normal la transformación es completa, pudiendo subsistir así, aún en la estructura definitiva, vestigios de las fijaciones anteriores de la libido”.

Acá habla de fijaciones y no represiones: es lo que correspondería a las etapas de la sexualidad infantil previas a la represión edípica que inaugura el período de latencia. El tema sería cómo integrar lo que está fijado con el resto de la organización psíquica, ya sea en el Yo como en el Ello.

“… no siempre logramos cumplir íntegra y suficientemente nuestro propósito de sustituir las represiones inseguras por sumisiones) de los instintos seguras y euyoicas”. [El resaltado en cursiva es mío].

El traductor vuelve a usar la palabra ‘sumisión’ como aquello que se espera lograr con el instinto y creo que es correcto desde el punto de vista del sentido, ya que creo que acá dice prácticamente lo mismo que antes: que no se pretendía “hacer desaparecer al instinto” sino que buscábamos la “sumisión” del instinto. Pero acá Freud usa otra palabra: Bewältigung: sujeción, vencimiento; la anterior (Bändigung) se refería a “domar”, lo cual es más o menos lo mismo, pero ¿por qué Freud usa otra palabra en este caso? Siendo un objetivo central del análisis, no tendría por qué tener esta ambigüedad de expresión.

Y hay un tercer término diferente que el traductor vuelve a traducir con el mismo término de “sumisión”.

“… puede afirmarse que el análisis siempre tiene razón en teoría, pero no siempre la tiene en la práctica, cuando pretende poder curar las neurosis asegurando la sumisión de los instintos. Ello se debe a que no siempre logra asegurar en medida suficiente las bases de dicha sumisión” [El resaltado en cursiva es mío].

En estos dos casos Freud usa un tercer término: Triebbeherrschung: Trieb: instinto. Beherrschung: señorío, dominio, imperio, dominación, contención (Diccionario Sopena). Y el Diccionario Alemán Brockhaus agrega: Beherrschung der Triebe: continencia de los instintos. Desde el punto de vista del sentido, el traductor (Ludovico Rosenthal) tiene razón en unificar estos tres términos bajo el vocablo de ‘sumisión’. Pero ¿por qué Freud utiliza tres palabras diferentes para expresar lo mismo? Lo tomo como un acto sintomático y lo interpreto: Freud no tiene claro qué se hace con los instintos; por un lado son la base de la vida, por el otro son generadores de neurosis (y de perversiones). Dicho en términos infantiles: ¿son buenos o malos los instintos? ¿Qué se hace con ellos? Aunque, para hablar con más precisión, los instintos a los que se refiere Freud son los instintos sexuales. ¿Qué se espera que se haga con ellos? Supongo que los problemáticos son los instintos sexuales referidos al complejo de Edipo. ¿Deben quedar reprimidos? En principio habría que hacerlos conscientes; hechos conscientes, ¿satisfacerlos o someterlos? Acá es donde parecen aplicarse esos términos ambiguos que se traducen como ‘sumisión’.

De hecho Freud dice que

“… no siempre se logra asegurar en medida suficiente las bases de dicha sumisión (Triebbeherrschung)”.

Depende, dice Freud, de factores cuantitativos, o sea de la relación entre las fuerzas de los instintos y el yo, y supongo que la intensidad de los instintos es constitucional; ¿o tal vez la intensidad pueda tener que ver con fijaciones de los mismos en la infancia?; tal vez aquí podría hacer algo el psicoanálisis (esto no lo dice Freud).

IV. Plantea acá

“… si es posible proteger al paciente contra nuevos conflictos instintuales mientras se trata uno de ellos y si es factible y conveniente despertar con fines preventivos un conflicto instintual que aún no se haya manifestado”.

Su respuesta es:

“… un conflicto instintivo que no sea actual ni manifiesto, es inaccesible a la influencia del análisis”.

Pero hay que ver

“… de qué medios disponemos para actualizar un conflicto instintual latente a la sazón […] solo podemos hacer dos cosas: o bien precipitar situaciones en las cuales aquel se torne actual, o bien conformarnos con discutirlos en el análisis, señalando la posibilidad de que se produzca”.

El precipitar situaciones podría ser en la realidad o en la transferencia; precipitarlas en la realidad sería

“… querer rivalizar con el destino, emprendiendo tan crueles experimentos con míseras criaturas humanas [pero] la labor analítica progresa mejor cuando las vivencias patógenas pertenecen al pasado, de modo que el yo pueda mantenerse a cierta distancia de ellas […] Por consiguiente la creación de un nuevo conflicto solo retardaría y dificultaría la labor analítica”.

En relación con

“… la provocación artificial de nuevos conflictos en la transferencia […] entraña actos contra el paciente, perjudicándose con ello la actitud afectuosa hacia el análisis –la transferencia positiva– que es el motor más poderoso de la cooperación del paciente en la labor analítica común”.

Queda el camino de señalar

“… al paciente la posibilidad de otros conflictos instintivos, despertando su expectativa de que también le ocurran a él”.

Pero la respuesta esperada no se produce.

“El paciente se entera de nuestro mensaje, pero no reacciona en absoluto. ‘Muy interesante, por cierto’ –puede pensar en sí– ‘pero no me hace sentir nada’. Con ello habremos acrecentado sus conocimientos, sin modificarlo en absoluto”.

Creo que la acción preventiva del psicoanálisis se da en el hecho de que, al levantar represiones (hacer Prec. lo Inc. reprimido) el yo se enriquece y queda en mejores condiciones para tratar nuevos conflictos (o de ver lo nuevo que aparece en la repetición de los conflictos anteriores). De no poder hacerlo queda el recurso, si el análisis está terminado, de retomarlo. No estoy de acuerdo en atribuirle un valor absoluto a la terminación del análisis.

Habría que investigar qué pasa en otras corrientes del pensamiento psicoanalítico, pero tengo la impresión de que M. Klein y sus seguidores pretenden, con las interpretaciones profundas y transferenciales, recorrer todas las posibilidades de conflictos manifiestos y latentes y, con el acceso a la posición depresiva, prevenir la aparición de nuevos conflictos.

V. Pasa a hablar del yo, de su modificación.

“Como se sabe, la situación analítica consiste en que nos aliamos con el yo del paciente para someter [acá Freud usa un cuarto término para lo mismo: Unterwerfen: someter, avasallar…] los elementos indomados de su ello, es decir, para integrarlos [einbegiehen: incluir] en la síntesis del yo”.

Creo que la integración es mejor solución que sometimiento.

“El yo con el que sellamos ese pacto deberá ser, pues, un yo normal; pero como la normalidad en sí, este yo no pasa de ser una ficción ideal”.

Lo que se opondría a nuestros esfuerzos son los mecanismos de defensa.

“En el curso del tratamiento, nuestros esfuerzos terapéuticos oscilan constantemente de un fragmento de análisis del ello a un fragmento de análisis del yo […] el hecho decisivo es que los mecanismos de defensa contra los peligros del pasado retornan en el curso del tratamiento bajo la forma de resistencias contra la curación, cual si esta fuese considerada por el yo como un nuevo peligro”.

Siendo las resistencias en sí mismas inconscientes, hay resistencias contra la concientización de las mismas y

“el análisis solo cuenta con ciertas y limitadas cantidades de energía, para oponerlas a las fuerzas adversas”.

Pero yo no peleo ni contra las resistencias ni contra los instintos; en tanto se llevan bien, los acompaño, al Yo, con más o menos resistencias y al Ello en sus conexiones con el mundo externo. Intervengo, como pasa con los chicos, cuando se establece un conflicto entre ellos, pero soy imparcial, cada uno tiene sus razones, actuales e históricas y me meto a analizar y dilucidar las razones de cada uno. Aclaro que cuando digo que estalla un conflicto me refiero a cualquier nivel de conflicto, desde una formación sintomática (acto fallido, sueño), pasando por cualquier conducta que resulte distónica para el paciente (y no solamente para mí) hasta un conflicto de gran envergadura. También intervengo cuando esa conducta resulta incongruente con el medio: la patología puede ser del paciente o del medio ambiente y en este caso vamos viendo juntos cómo enfrentarla. Está claro que tanto Freud como yo hablamos de pacientes de nivel neurótico en el que se juega esencialmente el conflicto intrapsíquico.

VI. Pasa Freud a hablar de resistencias de otras clase

“… que parecen depender de condiciones fundamentales del aparato psíquico”.

Ante todo la viscosidad o la mayor movilidad de la libido así como un tipo de entropía psíquica que Freud califica como “resistencias” del Ello. Pero ¿son en sí resistencias o son características biológicas de los instintos? ¿Serían, si lo fueran, resistencias contra qué? ¿Contra el intento del terapeuta que trata que el paciente sea diferente a lo que es? ¿Serían resistencias del Ello contra qué? ¿Contra el Ello mismo? Aunque entiendo que a veces una parte del Ello aliada al Yo se oponga a otra parte del Ello, constituyendo el conflicto neurótico.

Y aquí llegamos a un conflicto (¿conflicto o dialéctica?) dentro del mismo Ello:

“… el comportamiento de los dos protoinstintos, su distribución, su fusión y desfusión; fenómenos que no es posible concebir limitados a una sola región del aparato psíquico, sea ésta el Ello, el Yo o el Superyó”.

Tras referirse a la “fuerza tenazmente opuesta a la curación” culmina refiriéndola al protoinstinto de muerte ligado “en cierto modo psíquicamente, por el Superyó” y que se manifiesta como “sentimiento de culpabilidad y necesidad de castigo” [este párrafo está resumido y reorganizado por mí].

Habla luego de la tendencia al conflicto como producto de la intervención de la agresividad libre.

“Después de todo, ya admitimos que en el curso de la evolución desde el estado primitivo al del hombre civilizado, prodúcese una considerable internalización, una orientación de las tendencias agresivas hacia dentro…”.

Termina esta sección desarrollando el tema de la segunda teoría instintiva cotejándola con la teoría de Empédocles, para quien los dos principios que gobiernan el suceder cósmico son el amor y la discordia mientras que Eros e instinto de muerte gobiernan el suceder de la sustancia viva.

Queda sin aclarar qué hacemos los psicoanalistas frente a la reacción terapéutica negativa, al sentimiento inconsciente de culpa y a la vuelta de la agresión contra sí mismo. Creo que Freud le prestó hasta aquí poca atención al Superyó, la instancia que, por un lado, comanda la represión de los instintos sexuales así como la vuelta de la agresión contra sí mismo. Con respecto a la represión, se supone que se deben analizar y desenmascarar las tendencias instintivas inconscientes. En el caso del sentimiento inconsciente de culpa, que Freud no plantea acá cómo lo enfrentamos, debemos considerar la desmezcla instintiva que libera las tendencias de muerte y las separa de Eros. Mi respuesta (no la de Freud) es que se combate con el mismo trabajo analítico que, en tanto puesta en juego de Eros, tiende a contrarrestar la desmezcla que, en general, se da en el Superyó. Como dije, no puedo decir que esta sea la opinión de Freud; es la mía, pero en principio no creo que se opusiera: me dio todos los instrumentos para que yo piense así.

VII. Para Ferenczi “el análisis no es un proceso sin fin, sino que puede ser llevado a su término natural”. [Freud no plantea cuál es el término natural] “siempre que el analista tenga la necesaria idoneidad y paciencia”.

Con respecto al analista, Freud plantea la necesidad de un análisis didáctico, en principio corto, aunque piensa que el analista “debería someterse periódicamente a un análisis, por ejemplo cada cinco años…”.

Con respecto a la terminación del análisis, es “una cuestión práctica”.

Me parece importante esta conclusión: la plantea luego de haber desarrollado todas las dificultades, las resistencias que se dan en el curso del análisis; este fin práctico es consecuencia de un profundo conocimiento acerca de los factores que enferman al paciente y las dificultades para su abordaje. El objetivo lo expresa con respecto al análisis del carácter, o sea más allá de la curación sintomática:

“no se tomará por meta el pulir todas las características humanas en favor de una normalidad esquemática, ni aún exigir que el sujeto ‘analizado a fondo’ sienta ya pasión alguna, ni produzca conflicto interior. El análisis ha de asegurar las condiciones psicológicas más favorables para las funciones del Yo; alcanzado este fin, su misión queda cumplida”.

VIII. Llegamos aquí al límite del trabajo psicoanalítico: la ‘roca virgen’2, la envidia fálica y la angustia de castración, o sea aquello que se implantó como amenaza de castigo a las tendencias edípicas, una historia que se hizo biología, que se hizo un instinto en oposición a otro instinto. Según la hipótesis que planteó Freud en Totem y tabú, tiene que ver con la instauración del totemismo, introyección del padre muerto que amenaza al hombre con la castración y a la mujer como un ser castrado que anhela el falo. Creo sin embargo que la toma de consciencia que la diferencia de los sexos no presupone la castración de la mujer y la amenaza de castración en el hombre no ocupa la totalidad del psiquismo humano sino que se limita al tabú del incesto ya que de extenderse desaparecerían la sexualidad y la humanidad. De todos modos el tabú del incesto se constituyó no sé cuántos miles (o millones) de años atrás y forma parte de la herencia genética humana. Es el punto límite del análisis: tampoco sé qué pasaría si con el análisis lográramos superar esta resistencia y volviésemos a establecer la satisfacción del incesto (hasta ahora no he logrado hacerlo).

Reflexiones finales

Me parece que Freud ha logrado una excelente integración entre la experiencia clínica y la teoría: integración que incluye las contradicciones que se plantean entre ambas y los intentos de resolverlas. El análisis ¿es terminable, o interminable? La respuesta está dada en la práctica: termina cuando el analizado y el analista dejan de verse; creo que no hay un concepto absoluto de una terminación sino que esta es relativa a cada situación analítica particular.

Quiero cotejar los desarrollos de Freud, al final de su vida (1937), con los míos (que soy mayor que el Freud que escribió este trabajo, cosa que por supuesto no me otorga superioridad alguna con respecto a él). Las circunstancias no son las mismas. ¿Qué es el análisis hoy? Creo que se llama psicoanálisis a muchas corrientes teóricas y clínicas muy diferentes entre sí y no me cabe duda de que muchos colegas pueden considerar que lo que yo hago no es psicoanálisis, pero que ya nadie tiene la autoridad para decir “esto es el psicoanálisis”. Y mi práctica analítica es muy diferente a la de Freud a pesar de que me siento muy compenetrado de su pensamiento. Y para Freud era muy importante definir qué es el psicoanálisis, si es terminable o no. Y en la época de mi formación era importante definir qué es el psicoanálisis, tal vez más importante que la evolución del paciente, aunque no es contradictorio, pero hay un énfasis a veces puesto en uno, otras veces en otro.

¿Cómo veo yo el tema? Yo creo tener incorporado mi psicoanálisis, no me es un tema si hago psicoanálisis o no, pero pienso en la mejoría del paciente. Por supuesto en la curación, pero uno piensa más en términos de curación en los casos de neurosis sintomáticas, que creo que se ven mucho menos que en la época de Freud, o por lo menos yo veo menos (Garma nos decía que en Europa veía más neurosis obsesivas, en la Argentina fobias, y tal vez sea lo que más se ve como neurosis sintomáticas. Yo trabajé un año y medio en Suecia y era más o menos como en Argentina). En general mi actividad está más ligada a conflictos caracterológicos o situaciones vitales problemáticas en general.

Pero hay una diferencia fundamental en lo que se refiere a la práctica analítica: Freud trabajaba (no lo dice en este trabajo) alrededor de cinco sesiones por semana, cosa que no se da en este momento; mis pacientes vienen una o dos veces por semana y querer trabajar cinco veces por semana es ir demasiado contra la corriente. Esto redunda, no me cabe duda, en la profundidad de los análisis, no obstante lo cual hay buenos (y también regulares o malos, lo mismo que puede pasar con cinco sesiones semanales) resultados terapéuticos: esto quiere decir que el paciente se siente mucho mejor (al comienzo de mi formación se trabajaba por lo menos con tres sesiones semanales pero los resultados terapéuticos no eran necesariamente mejores, aunque yo tenía menos experiencia). Algunos pueden decirme que yo no hago psicoanálisis pero nadie puede decir que no conozco psicoanálisis. Entiendo que para analizar un sueño en su totalidad se requiere un trabajo cotidiano (eso lo logro en mi autoanálisis) pero no dejo de analizar aquellos elementos del sueño que me den una entrada a otra “capa de cebolla”.

Yo hago psico-análisis, es decir que trato, cuando me enfrento con una formación sintomática, de descomponerla en cada uno de sus elementos constitutivos; cuando no aparece una formación sintomática voy pensando junto con el analizado las distintas situaciones que trae; como decía Pichon Rivière, la función del analista es la de co-pensar, creando las condiciones para que se desplieguen nuevos caminos asociativos.

Volviendo a la Bruja: tenemos los traumas, los instintos y el Yo. Como dije antes, creo que Freud utiliza el término trauma como lo utilizaba en sus trabajos sobre la histeria; correspondería a los factores desencadenantes del conflicto neurótico. Es lo primero a lo que yo apunto a determinar: cuál es la situación que lo determinó a consultar, lo cual no siempre es consciente en el analizado, qué circunstancias rodean este hecho, su historia, en qué otros momentos se presentó. Tomando el sentido de la palabra trauma a partir de “Más allá del principio del placer”, observó sus repeticiones acompañándolas, tratando de referirlas a cada situación particular en las que se presentan, aunque de entrada parezca que las trasciende, con la mira puesta en la ligadura de esta energía que invadió al aparato (creo que en general se refieren a duelos que el Yo no pudo soportar amenazando con desintegrarse).

Pasando a los instintos: no son mi enemigo, expresan en última instancia las necesidades vitales del ser humano, necesidades que, también en última instancia, son de autoconservación y sexuales o de conservación de la especie (las de vida y muerte creo que no podrían ser calificadas como necesidades sino que hacen a la vida misma). No me convencen las distintas palabras que usó Freud y que Rosenthal tradujo como “sumisión de los instintos”. Yo hablaría más de ligadura, o sea de integración de los instintos en el yo para que puedan realizar su acción específica de modo adecuado a la realidad. Los instintos, como el deseo infantil en los sueños, son nuestros socios capitalistas, o, mejor dicho, nuestro capital, que ha de ser administrado adecuadamente por nuestro socio industrial, el yo. Si aumentan en su intensidad es que no son adecuadamente satisfechos. Pero aquí nos acercamos a lo que Freud llama la roca-viva: los deseos edípicos ¿han de ser satisfechos? La angustia de castración y la envidia fálica vienen de mandatos milenarios, transmitidos genéticamente en la especie humana.

¿Qué se hace con ellos? Se hace lo que se puede, yo no tengo la solución; por suerte no han abarcado toda la sexualidad, de lo contrario desaparecería la especie humana. Pero en lo que se refiere al complejo de Edipo domina la represión, que nos introduce en el período de latencia. No sé si es mejor o no que haya un período de latencia, pero en principio y por ahora no está en nuestras manos suprimirlo.

Sí trabajar con las posrepresiones y demás mecanismos de defensa para otorgar, en principio, la palabra a todo lo que ha sido excluido del Prec. por la represión edípica.

El totemismo, representado por el Superyó, sigue siendo inherente a la especie humana, pero, si tengo que definir mi trabajo, no es, como dice Freud, que donde estaba el ello ha de devenir el Yo (eso se da naturalmente, salvo que se trate de partes reprimidas del ello) sino que es el Superyó el que ha de devenir Yo: lo que es un mandato automático devendrá un yo preconsciente y por lo tanto accesible a la conciencia, la represión ha de ser reemplazada por la judicación consciente. La viscosidad o la mayor movilidad de la libido pienso que no son resistencias sino características de cada libido en particular sobre la cual nos apoyamos.

Con respecto al Yo (ya hablé de los traumas y de los instintos), es mi aliado, lo acompaño en todas sus vicisitudes, pero no cuando está al servicio de la represión… aunque también la represión forma parte del carácter normal y, aunque a veces puede no gustarme, la respeto, intervengo en los conflictos y en última instancia acompaño al Yo en todos los caminos que emprende, a menos que dichos caminos lleven al suicidio o al crimen: recuerdo los problemas que se nos presentaban a los analistas en la década del 70 con los analizados que militaban en organizaciones revolucionarias (creo que algunas de estas organizaciones tenían sus propios analistas).

Me llama la atención que Freud casi no hizo mención directa al Superyó; este es, en principio, mi enemigo, pero si su yo es amigo de él, no lo toco; lo que pasa es que si el yo es amigo del Superyó, va a estar sometido al sentimiento inconsciente de culpa y a la reacción terapéutica negativa, así como a una crisis de angustia frente a toda posibilidad de placer.

Son situaciones difíciles, no basta con señalarlas; acá esperamos que el tiempo sea nuestro aliado y que el instinto de muerte pueda, a través de nuestro trabajo y de la relación del analizado con la vida, fusionarse con Eros y dejar que la vida transcurra naturalmente en su camino hacia lo inorgánico. Pero no sé si con estas últimas reflexiones el análisis no se hace interminable.

1 Freud, S., Análisis terminable e interminable. OC. Tomo XXI. Rueda. (Cotejado por mí con el texto alemán).

2 Véase mi trabajo “El tema de la roca virgen (roca en bruto)”. Conversaciones con Freud. Buenos Aires, Biebel, 2014.

Conversando con Carl G. Jung

Teoría del psicoanálisis1

¿Cuál es el sentido de reconsiderar a Jung hoy, en 1998, y con un trabajo publicado en 1913? Ante todo, corresponde al momento de su ruptura con Freud y esta fue la primera escisión significativa dentro del campo del psicoanálisis. Creo que vale la pena revisar las bases conceptuales de dicho distanciamiento a la luz de lo que hoy se llama crisis del psicoanálisis. Es mi convicción que en parte esta crisis consiste en que ya no se puede definir claramente qué es el psicoanálisis (me refiero a una definición consensuada, no a lo que cada uno de nosotros puede definir como tal).

Leyendo los trabajos de esa época, aparte de los de Freud, por ejemplo los de Abraham, Ferenczi, etcétera, no cabe duda alguna que estaban dentro de lo que Freud definía como psicoanálisis; hoy no tenemos esta misma claridad, motivo por el cual al psicoanálisis se lo tiende a definir más por consideraciones formales (número de sesiones, uso del diván, utilización de la interpretación) que por conceptuales. Tal vez el revisar eso que fue una primera línea de demarcación, que surgiendo desde dentro del psicoanálisis fue definiendo sus límites (por lo menos para Freud), qué era y qué dejaba de ser psicoanálisis, nos permita ubicarnos mejor dentro de la cantidad de problemas que la actualidad del psicoanálisis nos plantea.

¿Podría ubicarse hoy este trabajo dentro del campo del psicoanálisis? Ante todo nos choca la no atribución de la existencia de impulsos sexuales durante los cinco primeros años de vida. Pero la discusión con Freud (y de Freud con Jung, por ejemplo en “Introducción al narcisismo”) parte de una tema más teórico: la no existencia de un dualismo instintivo, la consideración del término libido como una energía general, como un impulso a la vida, en la que la energía sexual queda incluida. No creo que este último sea hoy un tema excluyente: no todos los analistas aceptan la teoría de los instintos en general y menos aún la necesaria existencia de un dualismo instintivo.

Lo que no puede no chocarnos es la consideración de los cinco primeros años como un período pre-sexual: aún identificando, como se desprende de este trabajo, lo sexual con actividades directamente referidas a la esfera genital, la observación directa de cualquier niño, ya desde el período de lactancia (que puede llegar hasta alrededor del año de edad), nos muestra la presencia de una masturbación directamente genital; más aún, cuando el niño o la niña llegan a los 3 o 4 años, época en que Jung calificó como pre-sexual. Sin embargo, si pensamos que el tema de la sexualidad infantil se develó a partir de los tratamientos psicoanalíticos de pacientes adultos, vemos que, en los historiales de Freud, tanto en el caso Dora como en el del hombre de las ratas, la reconstrucción de situaciones sexuales infantiles se detiene en el período de latencia, caracterizado por Jung como estadio pre-puberal en el que, según él, aparecen las primeras actividades que podrían llamarse sexuales con las características infantiles de “ingenuidad” e “inocuidad”. Recién en El hombre de los lobos, en el que retoma parte de la discusión con Jung, Freud expone la reconstrucción de la vida sexual del paciente en sus cinco primeros años de vida (historial que, por supuesto, no tenía escrito en 1913). Y aún hoy es frecuente que reconstrucciones que se realizan a lo largo de un análisis no trasciendan el período de latencia (a menos que se tienda a aplicar directamente al material expuesto por el paciente, hipótesis previamente asumida acerca de la sexualidad infantil). De todos modos, para esa época, ya estaba publicado el análisis de Juanito, esencial para la consideración de la sexualidad infantil y al que, por lo menos en este trabajo, Jung no hace mención.

No cabe duda que la consideración de la existencia de la sexualidad infantil es un shibboleth o contraseña que exigiría cualquier psicoanalista para considerar un trabajo como psicoanalítico. Desde este punto de vista, es claro que este trabajo debería quedar fuera del campo de lo que se puede considerar psicoanálisis. Sin embargo, si consideramos los ejemplos clínicos que nos aporta Jung, empezamos a dudar. Ante todo, no creo que el uso de un shibboleth defina o no el contenido de verdad de un trabajo (y esto es, en última instancia, lo que, por lo menos a mí, me interesa). Es importante vencer la primera resistencia que nos aparece cuando vemos un concepto que nos choca y puede ser que las contraseñas sean útiles en la guerra o para dejar entrar a alguien al teatro después del intervalo, pero no lo son en la ciencia ni a nivel conceptual; por otra parte, tengo fuertes sospechas (para mi fuero interno certezas) que hoy existen dentro del psicoanálisis muchas personas, teorías o concepciones que portan contraseñas falsas, que utilizan las palabras requeridas, pero que significan cosas muy diferentes. Reitero que nos choca y, al mismo tiempo, constituye una evidente desmentida de la realidad, la afirmación de la no existencia de manifestaciones sexuales en los cinco primeros años de vida. Pero, insisto, considerando los ejemplos clínicos, e independientemente de las conclusiones que Jung extrae de estos, creo que, desde el punto de vista del método, son un modelo de trabajo psicoanalítico (por lo menos desde lo que yo entiendo por psicoanálisis) que no es frecuente encontrar en trabajos contemporáneos.

El análisis de lo que yo entiendo es el motivo desencadenante de la crisis que tuvo la primera paciente ante el galope de los caballos referida al conflicto amoroso en relación con el esposo de la amiga, me parece inobjetable. Estoy de acuerdo también (y creo que Freud lo estaría) en no explicar inmediatamente este episodio con el accidente, también con el carruaje y los caballos, que tuvo en su infancia. Sin embargo Jung se quedó con lo intrascendente de este episodio infantil: yo no lo hubiese dejado de lado y hubiera tratado, entre otras cosas, de profundizar el contexto en que se dio dicho episodio y por supuesto, que aquí yo hubiese estado pensando en sus vinculaciones con la sexualidad infantil, pero de esto se trata el desacuerdo con Jung.

De todos modos, hasta donde llegó, su trabajo es inobjetable (es un nivel de análisis similar al que Freud accedió en el caso de Lucy R.). Quiero contrastar la nitidez de este análisis con el atiborramiento de teorías que podemos observar en muchos trabajos contemporáneos sobre un material clínico que podría verse de esa como de muchas otras maneras: que esta paciente tenía ese conflicto amoroso y que su crisis tenía que ver con dicho conflicto; no creo que a nadie puede caberle duda alguna a partir de la descripción de Jung, aunque muchos puedan calificarlo de un nivel muy superficial (pero por lo menos, como punto de partida es un piso seguro).

En el caso de la segunda paciente, la que, de las dos hermanas, hizo una crisis ante el compromiso matrimonial, el análisis llevó a dos escenas sexuales infantiles: una, que compartió con su hermana, tuvo lugar con un exhibicionista y otra, de sus 2 o 3 años, en la que vio a su padre en una actitud obscena. “Nada menos probable que su padre hubiera hecho algo así”, dice Jung. Es posible, Jung se encontraba en la encrucijada de decidir si esta escena fue real o “solo una fantasía”. De entrada desecha Jung la posibilidad de la realidad de dicha escena (¿por qué?) pero tampoco considera la posibilidad de que esta escena fuese un “recuerdo encubridor” y que recién su análisis podría determinar cuánto de ese recuerdo-fantasía correspondía a una construcción infantil (y a partir de qué sucesos) y cuánto a recuerdos de sucesos o pensamientos o fantasías ulteriores trasladados regresivamente. Si Jung sometió o no este recuerdo al análisis, no lo muestra, y saca una conclusión que, por lo menos en este trabajo, resulta muy precipitada, desvalorizando sin más a la fantasía: “Es sólo una fantasía, probablemente construida por primera vez en el curso del análisis…” por lo tanto construida ad hoc y sin valor alguna para el análisis.

Según Jung el determinante de esta neurosis es una predisposición dada por una sensitividad innata y agrega que cuanto más temprano tuvo lugar una impresión en la infancia, más sospechosa es su realidad; que impresiones importantes solo son esperables en años juveniles posteriores. En este contexto señala que los niños, al igual que los animales y los pueblos primitivos, no tienen esta disponibilidad de reproducir recuerdos de una impresión única, disponibilidad que vemos entre los pueblos civilizados.

El análisis se detuvo ante dicho recuerdo infantil y no se puede dejar de tener la impresión que aquí jugaron consideraciones ideológicas. Hay gente civilizada y hay niños, animales, neuróticos y pueblos primitivos que son netamente inferiores a la gente civilizada. Jung de ningún modo pudo poner en tela de juicio la moral familiar convencional: la estructura de la familia no era tocada para nada en los ejemplos de análisis aportados por Jung, en especial si comparamos estos ejemplos con la radiografía familiar y social de los historiales de Freud, en particular el caso Dora. Por otra parte (es la época de la publicación de “Tótem y tabú”) es clara la diferencia de concepción ente Freud y Jung con respecto a los así llamados “pueblos primitivos”, así como la concepción de la infancia en general (y no solo respecto a la sexualidad): para Jung la amnesia infantil es producto de la inmadurez biológica del cerebro del niño.

Jung caracteriza a la neurosis de la siguiente manera: dice que frente a una empresa o tarea dificultosa (como ejemplo trae la de un alpinista) hay tres motivos por los cuales esta no puede realizarse: 1) si la empresa es imposible, el sujeto reconoce dicha imposibilidad renunciará a esta; 2) si la empresa es en sí posible: a) el sujeto reconoce que no la puede realizar por cobardía o incapacidad moral, b) el sujeto no reconoce su cobardía y dice que la tarea es en sí imposible. Este último caso es el neurótico, ya que remitir a circunstancias exteriores una propia incapacidad es una actitud infantil. Pero ¿por qué no evalúa como neurótica la conducta 2 a), si es que la cobardía no responde a una angustia real? Solo que, a diferencia de 2 b), hay conciencia de enfermedad. Pero el caso 2 b) ¿no es el de Jung, que se detiene en el análisis cuando este le plantea problemas que empiezan a poner en tela de juicio la moral convencional y dice que el recuerdo o fantasía de la paciente no deben ser analizados, que hacerlo es entrar en el juego de la neurosis? Pero para Freud (y yo concuerdo con él) la neurosis es no solo una huida de la realidad (psíquica en principio) sino que también devela una verdad, ya que todo síntoma denuncia algo que ni el sujeto, ni la familia, ni la sociedad quieren ver. 3) El tercer caso clínico, analizado por una discípula de Jung, es el de una niña púber y aquí se puede ver el máximo contraste entre la sutileza del análisis y la pobreza (yo diría estupidez) de sus conclusiones. Es un placer seguir el análisis de los síntomas, especialmente de los sueños, y ver la relación de estos con los cuentos infantiles y los mitos. Podemos ver aquí la reactivación en la pubertad de sus fantasías infantiles y la curiosidad sexual de sus 5 años, época del nacimiento de su hermanito, y las perturbaciones que le trajo dicha reactivación en su actividad intelectual, particularmente a partir de preguntas de matemáticas que la niña no se animó a hacer a su maestro. ¿Por qué no se animó a hacer dichas preguntas, si aparentemente hubieran sido adecuadas y bien recibidas? Cualquier psicoanalista contestaría (creo yo): porque estas preguntas empezaron a conectarse con preguntas reprimidas, vinculadas al tema de las relaciones sexuales y la gestación (aunque no estoy seguro de que cualquier analista hubiera trabajado con esta limpieza ni que necesariamente estas fantasías se hubiesen presentado con tal claridad). Y aquí viene la respuesta estúpida de Jung: no hizo las preguntas por la indolencia natural en los niños y que en esta paciente habría actuado como predisposición a la neurosis (así como en la paciente anterior a la predisposición estaba dada por una exagerada sensitividad).

Respuesta estúpida y profundamente cargada de ideología: dice Jung que la pereza primitiva y la indolencia son las primeras resistencias contra los esfuerzos hacia la adaptación; que no solo el hombre primitivo sino también los animales tienen un pronunciado disgusto ante todos los esfuerzos intencionales y rinden homenaje a la pereza absoluta hasta que las circunstancias los fuerzan a la acción. Esta afirmación es francamente sorprendente: no solo Jung parece desmentir la presencia de la masturbación infantil, sino que parece no tener idea de lo que es un animal fuera del zoológico: ¿no vio hormigas? ¿no vio pájaros? Inclusive animales domesticados: ¿no vio gatitos, perritos, cómo saltan, corren y juegan? ¿Cómo exploran el mundo? No hablemos de su desconocimiento del “hombre primitivo”, salvo del que está en cautiverio.

Con respecto a la paciente, dice que probablemente el hecho de que la libido ha sido atraída por el problema de la generación, ha sido la causa de su falta de atención en el colegio y que este problema es muy frecuente entre las edades de 12 y 13 años. Acá sí plantea Jung una crítica a la educación convencional:

“sería mucho mejor si los niños pudieran aprender acerca de ciertos secretos de la vida de un modo limpio y en el momento adecuado, de modo de no necesitar ser iluminados por sus compañeros de juegos, muy a menudo de una mala manera”.

Es importante la educación sexual pero es también importante el diálogo entre los niños, aún intercambiando fantasías, ya que a veces expresan mejor ciertos aspectos de la realidad que la así llamada “información objetiva”; pero eso sí, que este diálogo pueda hacerse en libertad y no, como se daba en aquella época, en un clima de prohibiciones y tabúes.

Hay en Jung una clara oposición entre objetividad, la tarea real y objetiva, los deberes correspondientes a la gente civilizada y normal, por un lado, frente a la fantasía, la niñez, los pueblos primitivos, los animales, la neurosis y la sensitividad patológica y la indolencia de estos últimos. No acepta el dualismo instintivo pero, a nivel social, hay una clara actitud discriminatoria entre dos categorías de seres humanos (uno de los cuales identifica con los animales). Pero, aclara Jung, el deber que todo ser civilizado ha de realizar (y frente al cual la persona predispuesta fracasa y cae en la neurosis) no es solo deber impuesto desde afuera, sino que es deber ante uno mismo y especialmente deber ante la propia libido (no necesariamente sexual). La ley moral, el “impulso a la domesticación”, no puede ser concebida como la consecuencia de ciertas leyes impuestas desde afuera: el hombre mismo, obedeciendo a sus instintos, creó las leyes. En la naturaleza misma está la contradicción entre civilización y naturaleza (y no es un hecho histórico como en Freud). Pero cuando Jung habla de naturaleza humana ¿no está cayendo en un dualismo? ¿Es una misma libido que lleva en sí la contradicción civilización-naturaleza, o es un conflicto entre una libido civilizada y otra libido natural? Pero es una libido civilizada que a su vez es natural… pero necesitaríamos a Jung para seguir conversando con él (no sé si estos planteos están respondidos en otros escritos suyos).

Jung se nos muestra con una mayor plasticidad que la moral convencional: por más que desagrade al médico, ha de trabajar con fantasías que podrían provocarle asco, o sea que de todos modos tiene que crear las condiciones para que el paciente pueda expresarse sin imponerle censura moral y debe haber una educación sexual en la pubertad. Pero se afirma sobre todo en el deber que el paciente ha de cumplir superando la indolencia. La indolencia es genética y no es el producto de un sujeto que está cautivo en una civilización que impone tareas en función de ideales irrealizables, culpas que nunca se podrán pagar a menos que esta misma civilización que impone tareas, en obediencia a cada “tótem” de turno, sea a su vez objeto de análisis y eventual modificación.

Jung se afirma en una concepción autocrática y elitista. Pero eso en última instancia y como posición ante la vida. Hasta llegar a estos niveles y, por lo que muestra en este trabajo, Jung podía ser un buen analista y como tal podría ser considerado (entiendo que en 1913, época en que el psicoanálisis aún estaba en sus comienzos, debía ser protegido y no podía Jung quedar incluido dentro de la comunidad por su no reconocimiento de la sexualidad infantil. Hoy el psicoanálisis –o, más específicamente– la obra de Freud, forma parte de la cultura universal y se defiende sola).

No es habitual, como dije, ver hoy análisis tan claramente llevados (y no me cabe duda de la mejoría sintomática de los pacientes) hasta el límite que pudo, pero todos tenemos nuestros límites; desarrolló especialmente lo que entiendo tiene que ver con los motivos desencadenantes de la enfermedad, nivel que no todos los analistas tienen en cuenta; enfatizó la importancia de la adaptación (sería interesante cotejarlo con Hartmann) así como la importancia de la resignificación regresiva (hoy de moda con el après coup). Desde mi punto de vista deja de lado niveles importantes de análisis, pero con los que desarrolla se puede trabajar clínicamente y no cabe duda que cada uno de nosotros desplegamos aspectos parciales de la teoría y dejamos otros de lado: cuántos análisis actuales se precipitan a lo infantil, o a la transferencia y no se despliega adecuadamente todo lo que tiene que ver con las circunstancias más inmediatas del paciente; otras veces ocurre a la inversa (recordemos la década del 70 con la fuerte incidencia de las categorías políticas y de la “realidad actual” en el psicoanálisis).

Yo creo que, en tanto considerándonos ambos psicoanalistas, podría dialogar con Jung (inclusive con nuestras diferencias teóricas); tal vez si pasamos cierto nivel de diálogo y nos ubicamos en términos de nuestra posición ante la vida, muy posiblemente el diálogo se vería interrumpido, pero ¿quién sabe? De todos modos esto que pienso me pasaría con Jung, creo que nos pasa hoy entre los psicoanalistas: podemos discutir ciertas cosas, otras no.

Por último, no quiero dejar de resaltar la claridad y el cuidado de su exposición, no muy frecuente en nuestros trabajos actuales, que crea las condiciones para una discusión abierta, como la que se dio en 1913 y que he tratado de retomar hoy.

1 Véase Jung, C. G.: The Theory of Psychoanalysis, 1951. El texto completo de Jung puede consultarse en http://www.archive.org/stream/theoryofpsychoan00jungiala

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