Kitabı oxu: «El cine peruano en tiempos digitales»

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El cine peruano en tiempos digitales

RICARDO BEDOYA



Colección Investigaciones

El cine peruano en tiempos digitales

Primera edición digital, marzo 2016

© Universidad de Lima

Fondo Editorial

Av. Manuel Olguín 125, Urb. Los Granados, Lima 33

Apartado postal 852, Lima 100, Perú

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Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima

Foto de carátula: Daniela Talavera. Película Solos, de Joanna Lombardi y Tondero Films

Versión ebook 2016

Digitalizado y Distribuido por Saxo.com Peru S.A.C.

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Dirección: calle Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores

Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro sin permiso expreso del Fondo Editorial

ISBN versión electrónica: 978-9972-45-333-5

Índice

Introducción

Capítulo 1. Entornos

Las nuevas formas de exhibición y distribución de películas

La era de las multisalas

La cuota de Hollywood

El entorno digital

El entorno legal

Los fondos internacionales de producción

Los entornos de la recepción y del público

El entorno educativo

El entorno expresivo: escrituras y relecturas

Dime cómo produces y te diré quién eres

La apuesta por el documental

Apertura a lo contemporáneo

La apuesta por lo masivo

Economía de mercado y posconflicto

¿Un cine nacional?

Capítulo 2. Intimidades

Memoria de los años de plomo

En el umbral: Las malas intenciones

Las buenas intenciones: Viaje a Tombuctú

Los niños testigos: Paloma de papel

Duelo y silencio: Tarata

La guerra no ha terminado: Días de Santiago

La memoria pudorosa: La hora azul

Memoria del perdedor: Magallanes

Avatares de la posmemoria

De espaldas al Inca: Paraíso

El duelo persistente: NN

Lejos de Cristo y de Manayaycuna: Madeinusa

De lo funesto: La teta asustada

Tierras tomadas: Flor de retama

Lo que no se olvida: la memoria documental

La reliquia obscena: Lucanamarca

De la tumba removida: Raccaya-Umasi

La memoria revisionista: Aquí vamos a morir todos

¡Nos habíamos amado tanto!: Desde el lado del corazón

Autorretratos: las identidades frente al espejo

Marianela Vega: indagando entrecasa

Felipe, vuelve: recordando el orden arcaico

La mancha en la pared: Cuéntame de Bía

Carta de amor: Vivir es una obra maestra

Los dos alejandros: Alias Alejandro

Mirado por los otros: Reminiscencias

En la línea de la estirpe: La frontera

Buscando a los padres: Viajero. La vida es como la carretera; Querido caporal; Aita/Padre

Un rostro impenetrable: Soy eterno

El viaje estático: Días van

El realismo de la alucinación: El epitafio no me importa

El depredador sin importancia: Un día

Asignaturas pendientes y autorretratos: En el 93; Vs. Madre; El perdón; Edificio central

Capítulo 3. Espacios

Ciudades

Cusco en “Gran Guiñol”: Bala perdida

Cusco en New Age: Cuando el cielo es azul

Lima sin criollismo: Octubre; El mudo

Lima entre el azar y el milagro: El evangelio de la carne

La Lima del tarot: Chicha tu madre

Derivas

Parejas en la deriva urbana: 1; 2; 3; 4; 5

Deriva romántica: Quizás mañana

Entre Miraflores y La Victoria: Microbús; SOPLA!

Hostales, cabinas, huacas: Videofilia (y otros síndromes virales)

Lima y sus migrantes perpetuos: Pa’ otro día será; Enaguaflor

Lugares, ambientes, paisajes

Historias mínimas: Climas

De la Amazonía: Esas voces que curan; Amazónico soy; Asháninka; Shipibo, la película de nuestra memoria

De la Amazonía al Altiplano: Requecho. Mil años después; La travesía de Chumpi

Elegías por los espacios perdidos: Tren de juguete; Apuyaya

Afirmación y euforia: Volveré a bailar por ti

Lamentos por la modernidad: Soq tiempo; Grimaldo; Yakumama

Espacios y sonidos: Lima Bruja. Retratos de la música criolla; Sigo siendo; Gris cantábile; Game Life; Ruido vulgar: extremos sonoros en Lima

En todos los sitios: La curiosa vida de Piter Eustaquio Rengifo Uculmana

Música extraterritorial: Sonidos vivos

Sonidos territoriales: Desde el sonido

Capítulo 4. Representaciones

Abordando géneros

Jarjachas, pishtacos y otros espantajos del horror andino

El ciclo de las jarjachas

Los insumos de la ficción

La sombra del incesto

Las miradas de los extraños

La culpa diseminada

La amenaza del pishtaco

Topografías de lo siniestro

Influencias y referencias

Réplicas, extensiones, paráfrasis

Entre el trash y la negociación cultural

Horror amazónico

El último piso y Cementerio general

Jóvenes, desafueros y nostalgias

Aclimatando los teen films: Mañana te cuento; Mañana te cuento 2; Peloteros; Rocanrol 68

Tipos y estereotipos del imaginario popular

Entre la farándula y la crónica roja: Motor y motivo; Django, la otra cara; El guachimán

La “pela” de la “tele”: La Gran Sangre

La vía criminal

Probando el neo noir: Muero por Muriel; El buen Pedro

Oscura redención: Perro guardián

La conspiración del Fokker: F-27

Desde los márgenes: Joe Pecado

Tentando la comedia

Comedias estilizadas: El destino no tiene favoritos; La cosa

Screwball sin rebote: Muerto de amor

Antes del fin: Loco cielo de abril; Japy ending

Costumbrismo chalaco: Viejos amigos

Pasiones

Amores difíciles: Polvo enamorado; Cielo oscuro; La amante del Libertador; Atacada, la teoría del dolor

La ilustración histórica

Glosa y conmemoración: Gloria del Pacífico

En tránsito

Sobre la carretera: Y si te vi, no me acuerdo; La prueba

Entre géneros

Un día sin sexo; Cu4tro

La fórmula del miedo

La cara del diablo; La entidad; Poseídas

Incursiones genéricas y manierismo

Las películas de Rafael Arévalo y Fernando Montenegro

La vía de la austeridad

Las películas de Omar Forero

Figuras geométricas: Casadentro; Solos

Poética de la deshabitación: El limpiador

Espera y epifanía: La espera de Ryowa; Detrás del mar; El espacio entre las cosas

Seguimientos ajustados: las películas de Farid Rodríguez

Lo trivial y lo sórdido: Blasfemo; Decibel 110. Diarios de música electrónica en Lima

Performers

Los fenómenos ¡Asu Mare!

La “utopía arcaica”: Sueños de gloria

La amnesia benevolente: A los 40

Performando al aguerrido Chanka

Liturgias de lo ordinario: Altares

Retratistas iluminados: Retrato peruano del Perú

El “profeta desarmado”: El caudillo pardo

Fábulas

Entre zorros y degolladores: Extirpador de idolatrías

Los huéspedes alarmados: El acuarelista; El vientre

Fábula de perdedores: El inca, la boba y el hijo del ladrón

Fábulas de lo invisible: Contracorriente; El elefante desaparecido

Tesis aleccionadora: Sebastián

Al sur de Lima: Dioses

Fausto a la chorrillana: Bolero de noche

Intervenciones documentales

Interacciones: Las tabas; Choleando. ¿Somos o no somos racistas los peruanos?

Chaski en tiempos digitales: Sueños lejanos

F for Fake: Más tuertos que muertos; Dios es niña; Secreto Matusita

El documental dramatizado: ¡Lima Wás!

Reflexividad documental: Artefacto; Retazos

Metraje encontrado: Bagua; Camino barbarie; Los padres de la patria; Propaganda décimo aniversario; Cronología del olvido; La calma; Solo te puedo mostrar el color; La espera; Mecanismo velador

Metraje esperpéntico: Mi crimen al desnudo; Vedettes al desnudo

Modos poéticos documentales: Signo generador; Andún; Fin del mundo

Los límites de la observación: En la balsa; Babalú; Estación; Ciudad Manjar; Zoom; Palpa y guapido. El abrazo de la memoria; Mi pajarito se ha muerto

La “verdad” formulada: Choropampa, el precio del oro; Tambogrande. Mangos, muerte, minería; Operación Diablo; De ollas y sueños

El reportaje revisionista: 1509 Operación Victoria

El afán periodístico: Memorias del Paraíso

Referencias

Anexos

Anexo 1. Los migrantes digitales: cineastas de la Ley N.o 19327

La película final de Armando Robles Godoy: Imposible amor

Lombardi en el paso hacia lo digital

Augusto Tamayo San Román: los combates individuales. El bien esquivo; Una sombra al frente; La vigilia

Solo y en el área: Ciudad de M

Mariátegui en cromos: La yunta brava

Conflicto interno y destinos opuestos: Illary

Las películas de Alberto Durant

Historias de mujeres: La carnada; Coca mama

Anexo 2. Cronología del período y filmografía (no exhaustiva) de películas peruanas desde 1996 (incluye filmes de ficción, documentales y animación, de una duración superior a los treinta minutos)

Introducción

En 1997 publiqué el libro Un cine reencontrado: diccionario ilustrado de las películas peruanas. En él se consignan los resúmenes argumentales, fichas técnicas y comentarios sobre los largometrajes realizados en el Perú desde los días del cine silente hasta 1996.

Hasta los años finales de la década de los noventa resultaba menos complejo definir la naturaleza y los modos de producción, distribución, exhibición y consumo de las películas hechas en el Perú. Hasta entonces, ellas se concebían y realizaban con el propósito de ser mostradas en las salas comerciales y lograban visibilidad en sus estrenos abiertos, precedidos por campañas publicitarias de mayor o menor intensidad.

Era en el momento de su estreno comercial y público que una película peruana podía ser registrada: empezaba a “existir”. Esas prácticas han cambiado de un modo radical.

Desde 1996, cuando la película ayacuchana Lágrimas de fuego inicia una producción sostenida y permanente de títulos realizados en diversas regiones del país, solo un reducido porcentaje de la producción fílmica peruana llega a ser exhibida en las pantallas comerciales. Más allá de algunos títulos emblemáticos que identifican al cine peruano ante la opinión pública, sea porque participan en festivales internacionales, logrando reconocimientos en ellos, como Días de Santiago, La teta asustada, Octubre o El mudo, o porque reciben algún tipo de cobertura mediática sustentada en la imagen o popularidad de sus actores protagonistas, como ¡Asu Mare! o A los 40, desde los años noventa se cuentan algunos centenares de películas de larga duración, documentales o de ficción, hechas en Lima y en las diversas regiones del país. La mayoría de ellas apenas si se conoce fuera de sus lugares de origen. Realizadas sobre soporte fílmico o digital, ellas constituyen un sólido cuerpo formado por títulos disímiles.

En otras palabras, desde 1996 se produjeron más películas peruanas de mediana y larga duración que en los noventa años anteriores de la historia del cine en el Perú.

Los años de entre siglos son tiempos fértiles en los que se modifican las formas tradicionales de producción, exhibición y consumo del cine. Tras el advenimiento de la revolución digital, las películas cambian sus formatos, soportes, tiempos de duración y formas de relacionarse con los espectadores.

Otras novedades: la producción ya no se concentra en Lima; los documentales y las ficciones muestran fronteras difusas o porosas; las películas se conectan con sus públicos a través de redes alternativas de exhibición; las nuevas promociones de realizadores provienen de actividades y campos de formación distintos a los del pasado; las formas de financiación varían de modo radical dependiendo de la envergadura, destino, expectativas económicas y audiencias previstas para cada título; abundan las “primeras obras” de directores que, a veces, no logran sostener la continuidad de una carrera. El campo de lo audiovisual se impone como una categoría mayor que subsume los trabajos en el cine, el videoarte, el documental, la ficción televisiva, el cortometraje, el mediometraje, entre otros.

¿Qué factores impulsan esos drásticos cambios?

Sin duda, la irrupción de herramientas digitales que facilitan y abaratan el registro de las imágenes y los sonidos, tanto como su edición, posproducción, manipulación y transformación. Pero también los cambios en el sistema de distribución y exhibición comercial de las películas, sometido a las reglas de los lanzamientos de Hollywood, que siguen una agenda establecida a escala planetaria con el fin de tentar el éxito instantáneo y el consumo inmediato.

Por un lado, las nuevas tecnologías permiten la multiplicación de posibilidades para realizar películas; por el otro, la hegemonía comercial del cine de Hollywood filtra la difusión de las películas peruanas, sobre todo de aquellas que no se ajustan a los estándares del cine “bien hecho”. Ellas, entonces, se dirigen hacia nuevas ventanas y plataformas de exhibición.

Un tercer factor: la decisión espontánea de ciertos realizadores de orientar su trabajo, autogestionado, hacia formas alternativas de exhibición.

En el archipiélago del cine peruano de hoy es difícil describir líneas estables. Uno de los propósitos de este trabajo es señalar pistas que permitan avizorar algunas continuidades en medio de las diferencias de producción y de exhibición, así como identificar algunas formas recurrentes de producción, pero también tratamientos y escrituras fílmicas distintivas en medio de la diversidad.

Un primer campo de la producción cinematográfica peruana da lugar a películas que apuestan por las fórmulas probadas de comunicación con el público. Para lograr esa conexión, se valen de recursos narrativos, dramáticos, de ambientación y puesta en escena provenientes de los géneros de la ficción narrativa clásica, o de los programas humorísticos televisivos de los sábados por la noche. Son títulos que se afilian a los patrones mediatizados para la comunicación con las audiencias y ubican en los lugares preferenciales de sus créditos a figuras del mundo del espectáculo o de la televisión. Están concebidas para su explotación comercial en las salas múltiples (multisalas o multiplex) y sustentan su lanzamiento publicitario en estrategias de posicionamiento en las primeras planas de los tabloides de circulación masiva o en la figuración de sus protagonistas como invitados en programas televisivos en los horarios prime time, a cambio de canjes publicitarios o de la concesión de sus emisiones televisivas dos o tres meses después de ocurrido el estreno comercial. Esos son los títulos que tienen mayor visibilidad para las audiencias e identifican en la memoria del espectador promedio a las cintas peruanas con las figuras de la televisión o de la farándula. En este campo encontramos títulos como ¡Asu Mare!, El guachimán, Mañana te cuento, A los 40, entre otras. Pero también fórmulas degradadas de la comedia masiva como El pequeño seductor.

El segundo campo de la producción cinematográfica peruana está conformado por películas concebidas y realizadas con el fin de obtener difusión pública en las salas comerciales, aunque no luzcan las pretensiones de exposición masiva de la categoría anterior. Y ello debido a un perfil distinto y a ambiciones expresivas de otra naturaleza.

Las películas que integran este segundo campo no conforman una categoría única y, por eso, es necesario señalar rasgos distintivos e incluso subdividirlas.

Vemos, por un lado, títulos que apelan a los modelos narrativos basados en la estructura de tres actos y en las formas de representación genérica. El diseño de sus personajes suscita la identificación del espectador y se manejan los estándares de emoción usuales en el cine internacional. Ahí están los casos de las películas de Luis Barrios, Jesús Álvarez, Sandro Ventura, Frank Pérez Garland, Gonzalo Benavente, Fernando Villarán, entre otros.

El espectro narrativo y dramático de estas películas es amplio. Adoptan no solo modelos genéricos. También evocan, con nostalgia, el pasado, o transitan por los bordes del melodrama y del cine social, o de la comedia de costumbres y la ficción satinada de ambición transnacional, o de ambiciones regionales, teniendo como modelos películas de éxito probado en sus mercados, como la mexicana Sexo, pudor y lágrimas (1999), o las chilenas Promedio rojo (2004), y la trilogía Qué pena tu vida (2010), Qué pena tu boda (2011) y Qué pena tu familia (2012), de Nicolás López. Y acaso inventan fábulas sustentadas en la experiencia cotidiana de los peruanos, o referidas a esquemas de narración más universales, como ocurre con El inca, la boba y el hijo del ladrón, El acuarelista o Bolero de noche.

En el frente opuesto de este mismo campo de producción encontramos películas que pretenden inscribirse en algunas de las vertientes del “cine de autor” contemporáneo. Ellas no se preocupan en cultivar una ligazón con las pautas narrativas y representativas al uso y recurren a formas de financiamiento compartidas. Los fondos entregados por el Estado, en calidad de premios, son muy importantes en la construcción de los proyectos y en la obtención de recursos foráneos.

La coproducción es ineludible y suele realizarse con empresas y entidades europeas, accediendo a los apoyos del fondo Ibermedia o a la intervención de Televisión Española; la fundación Hubert Bals, vinculada al Festival de Rotterdam; la John Simon Guggenheim Memorial Foundation; el Instituto de Cooperación Iberoamericana; Fonds Sud, entre otras organizaciones. Los estilos personales de sus realizadores se convierten en valores agregados que no obstaculizan su propósito de llegar a las salas públicas, como ocurre con las películas de Claudia Llosa, Daniel y Diego Vega, Rosario García Montero, Héctor Gálvez, Adrián Saba, Joanna Lombardi, entre otros.

Un tercer campo de producción está integrado por las películas que construyen sus propios circuitos de difusión. Son producciones autogestionadas. Sus realizadores se juzgan ellos mismos como independientes y no recurren a los sistemas de promoción estatal ni a los fondos internacionales.

En esta categoría se puede hacer una división, solo para efectos de claridad expositiva: hay películas autogestionadas en Lima (como las de Eduardo Quispe, Rafael Arévalo, Fernando Montenegro, Farid Rodríguez, Miguel Vargas, entre otros) así como en otras regiones del país. Sin duda, los títulos producidos en Ayacucho, Juliaca, Cajamarca, entre otras regiones, conforman la franja más nutrida en el período que se inicia en 1996 —cuando empiezan a realizarse en vídeo analógico— y se prolonga hasta hoy.

La mayor cantidad de estos títulos proviene de las regiones andinas. Como en el caso de las películas autogestionadas limeñas, sus realizadores crean espacios de difusión, siempre alternativos, sea en las áreas rurales o en locales urbanos.

Una porción mayoritaria de las películas autogestionadas en las regiones del Perú transita de un modo decidido por los terrenos de la reapropiación genérica, sea en el dominio del género fantástico, sobre todo en la vertiente del cine de horror, como en el del melodrama, el de las artes marciales o el del cine social, entre otros.

Un cuarto campo de producción es impulsado por documentales que recurren a modalidades diversas de registros y técnicas, desde el reportaje hasta la indagación autocentrada. Sus responsables se reúnen en empresas y asociaciones (Mercado Central, Emergencia Audiovisual, Guarango, TV Cultura, entre otras) y recurren a fuentes de financiamiento diversas: desde los concursos del Ministerio de Cultura hasta los mecanismos de financiación colectiva o micromecenazgo (crowfunding) y a fondos internacionales diversos (Godoy, 2013).

En un quinto campo encontramos los cortometrajes realizados por los más jóvenes, en su mayor parte estudiantes de universidades e institutos de Lima y otras regiones del país. Ellos recorren los campos de la ficción, el documental y la animación.

En el interior de cada uno de los terrenos nombrados se hallan películas muy distintas entre sí. ¿Cómo explicar esa diversidad?

Sin duda, por el efecto del impacto y la influencia de las nuevas tecnologías, pero también por la adopción de nuevas miradas y formas de representación. El cine de los últimos años crea nuevos sujetos para la ficción, inventa tradiciones apelando a la performance y al simulacro, a la filiación genérica y a la construcción de ficciones “legendarias” que se autentifican con referencias locales e históricas. Se desplazan los referentes del realismo como pautas primordiales para representar lo urbano y dejan de privilegiarse los acercamientos etnográficos en la observación del mundo andino o amazónico, sus espacios y sus habitantes.

Otro signo distintivo: la reformulación del tratamiento de los temas sociales. Se atenúan, o desaparecen, los acentos militantes, el “tercermundismo” y las representaciones de “masas”, típicas de los años sesenta y setenta. Con algunas excepciones, la despolitización es notoria.

Ahora interesan los individuos, sus historias personales y las trayectorias íntimas. Los dramas de lo cotidiano, la observación de los comportamientos mínimos. La atención dramática se centra en las capacidades de las personas ordinarias y en los repertorios de las habilidades que ponen en juego para hallar los caminos de su desarrollo personal o del lugar que esperan ocupar en la jerarquía social. O se convoca la memoria de la historia pasada, porque una franja del cine latinoamericano más relevante alude al trauma de la violencia política en países como Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Colombia. Y Perú, por supuesto.

Huellas de un pasado violento filtradas a través de la experiencia de personajes de ficción que encarnan un malestar que persiste en la memoria de los supervivientes, o en la vivencia de la posmemoria.

Los capítulos que siguen dan cuenta de un grupo significativo de películas realizadas, desde 1996, en Lima y en otras regiones del Perú. Documentales o de ficción, ellas se inscriben en alguno de los regímenes de producción que hemos mencionado.

No figuran aquí todos los títulos realizados en el período, ya que este trabajo no pretende tener una naturaleza historiográfica, ni alcanzar exhaustividad alguna. Más allá de algunas referencias puntuales a títulos específicos, el abordaje de las películas hechas en las regiones del país se focaliza en producciones del género de terror realizadas en Ayacucho, Puno, Junín, Iquitos. También se analiza la andahuaylina El último guerrero Chanka.

Aunque la mayoría de las películas tratadas son largometrajes (más de una hora de duración), se incluyen en el análisis algunos cortos documentales (que es el territorio donde se han roto las fronteras con mayor claridad, aboliéndose las diferencias entre largos y cortometrajes), no así cortos de ficción (de duración inferior a los veinte minutos).

Dejamos para una próxima investigación el estudio de la obra de peruanos que trabajan en el exterior, como Mary Jiménez, JuanMa Calderón, Heddy Honigmann, Hernán Rivera Mejía, Tom Sánchez o Juan Alejandro Ramírez, entre otros, así como los muy nutridos territorios del cortometraje de ficción y del cine de animación, desde La farándula (Cristian Cancho, 1997) hasta las cintas de Eduardo Schuldt, como Piratas en el Callao (2005) o Los ilusionautas (2012). También queda pendiente el abordaje de los títulos que han acercado el cine a otras experiencias artísticas, como las artes plásticas o el videoarte. Es el caso de los trabajos de Diego Lama, Eliana Otta o Maya Watanabe, entre otros.

El texto que sigue está centrado en el examen de películas dirigidas por realizadores que empiezan sus actividades o dirigen su primer largometraje después de 1990. En un apéndice se tratan algunas de las películas de los que se iniciaron en las dos décadas anteriores, como Marianne Eyde, Francisco Lombardi, Federico García Hurtado, Alberto Durant, Augusto Tamayo San Román, Felipe Degregori y Nilo Pereyra del Mar.

En todos los casos, se trata de una selección de los títulos producidos desde 1996. Por eso, las ausencias y exclusiones son de mi cargo.

Este no es un libro de crítica cinematográfica. Los asuntos valorativos no ocupan el centro de su atención, por más que mis afinidades o distancias con algunas películas queden expuestas. Pretende, más bien, situar las películas del período elegido para el estudio, ubicarlas dentro de tendencias, relacionarlas con otras, y tratar de señalar sus vínculos con los entornos sociales y culturales que las vieron surgir.

El trabajo está dividido en cuatro capítulos.

En el primero, “Entornos”, se exponen asuntos vinculados con los negocios de la distribución y la exhibición cinematográfica y los cambios que se han producido en estos campos. Asimismo, se revisa la legislación que enmarcó la promoción del cine peruano durante el período del tránsito de lo analógico a lo digital. Los entornos expresivos también son materia de este capítulo.

El segundo capítulo, “Intimidades”, es un acercamiento a las películas que indagan en los sujetos que recuerdan la violencia del pasado, que albergan la memoria del dolor, o que han recibido la herencia del trauma. “Cine del yo” y de la posmemoria; también del recuerdo de los años de la violencia.

En el tercer capítulo, “Espacios”, se examinan películas que construyen ámbitos significativos para la ficción y el documental o representan zonas del país, desde la Amazonía hasta Lima, convertidas en escenarios de las acciones. Una característica común: ofrecen miradas que intentan alejarse de lo típico, sea del efecto costumbrista, el criollismo tradicional o el acercamiento etnográfico usual.

El cuarto capítulo, “Representaciones”, agrupa a los títulos que tienen como denominador común el transitar por los géneros tradicionales del cine, aportándoles variantes y peculiaridades, como ocurre en el cine andino de horror; o que apelan a la figura retórica de la fábula para tratar, de modo indirecto, asuntos preocupantes de aquí y de ahora. Pero también se examinan las películas que tientan nuevas formas de escritura cinematográfica, influidas por diferentes tendencias del cine internacional. Desde el cine de la contemplación, que propicia estilos basados en la austeridad en el uso de los recursos formales, hasta las diferentes formas del documental de hoy: los tradicionales acercamientos expositivos, pero también los interactivos, los reflexivos o los modos “poéticos” que acercan las prácticas documentales a las del cine experimental.

Sin duda, algunas películas incluidas en el primer capítulo podrían figurar en el segundo o en el tercero, y viceversa. La división realizada, que acaso peca de arbitraria, intenta hallar líneas temáticas o estilísticas compartidas.

En la parte final se incluye una cronología del período estudiado que comprende una filmografía (no exhaustiva) de los títulos realizados en el país desde el año 1996. Se trata de apuntes preliminares que permitirán, más adelante, establecer una filmografía completa y rigurosa (empeño que requiere una investigación específica de carácter estrictamente filmográfico) de las películas realizadas desde ese año. Esa filmografía tentativa da cuenta de títulos de ficción de duración mayor a los treinta minutos de proyección; también incluye películas de animación y documentales de metrajes que sobrepasan la media hora de proyección. En todos los casos se mencionan las películas producidas en Lima y en otras regiones del país en soporte fílmico, videoanalógico o soporte digital, así como los títulos que no tuvieron estreno comercial.

Expreso mis reconocimientos a algunas personas e instituciones. Al blog Cinencuentro (http://www.cinencuentro.com/) y a sus editores Laslo Rojas, Gabriel Quispe, Antolín Prieto, Luis Ramos y colaboradores. El interés que mantienen por el cine que se hace en el Perú se pone de manifiesto en entrevistas, reportajes e informaciones diversas: es una fuente insustituible de información.

Al blog Retablo ayacuchano (http://retabloayacuchano.blogspot.com/), editado por el periodista Héctor Turco, que sigue de cerca la evolución del cine que se hace en todo el país. También al blog Fiel al cine (http://fielalcine.blogspot.com/), editado por César Pereira Ravello: su diccionario de cineastas regionales, entre otras notas e informaciones publicadas, es de gran utilidad. Al grupo virtual Cinemaperú, creado y administrado por Rosa Sofía Rodríguez, que reúne en un foro virtual a miles de personas vinculadas con la actividad cinematográfica en el Perú. A Christine Delfour y Emmanuel Vincenot, profesores de la Université Paris-Est Marne-la-Vallée, organizadores de la jornada “Andes digitales. Le cinéma des pays andins à l’ère du numérique”, en octubre de 2014, donde tuve la oportunidad de participar como ponente y desarrollar algunos de los temas tratados aquí. A Norma Rivera, de la Filmoteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú, que me facilitó la posibilidad de ver o volver a ver algunas de las películas tratadas. A Emilio Bustamante e Isaac León Frías, permanentes interlocutores en temas del cine peruano. A Jaime Luna Victoria, responsable de la programación cinematográfica en el Centro Cultural José María Arguedas, CAFAE-SE, que da la oportunidad de ver películas peruanas que no se pueden hallar en otros lugares. A Rodrigo Bedoya Forno, por las informaciones proporcionadas, y a Natalia Ames, estudiosa del cine peruano y del cine en general.

Capítulo 1
Entornos
Las nuevas formas de la exhibición y distribución de películas

El panorama actual del cine es complejo y se encuentra en permanente mutación. En la segunda década del siglo XXI desaparece el celuloide, soporte de la imagen fílmica desde sus inicios, y se consolidan los sistemas digitales de exhibición1. Las salas de pantallas múltiples (multicines o multiplex) se identifican con las modalidades más espectaculares de la producción de Hollywood (el paradigma del blockbuster)2, convirtiéndose en espacios para el consumo de títulos que lucen perfiles intercambiables y estándares probados de narración y emoción. Las películas que escapan de esas fórmulas buscan espacios de difusión en circuitos y ventanas alternativas y en nuevos lugares para su exhibición, como salas vinculadas con instituciones culturales, museos, internet, plataformas de cine a pedido (Video On Demand, VOD) o lugares de descarga (streaming).

A su turno, el público pierde su perfil tradicional. Se segmenta, cambia su pasividad por un gesto más activo, se moldea a las pantallas y plataformas que ofrecen la nueva oferta audiovisual, sea a través de monitores de computadoras, nuevos formatos de pantallas televisivas, tabletas, smartphones, entre otras, donde se puede consumir el cine a la carta (VOD).

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cuáles son las circunstancias que rodean estos cambios? ¿Cómo los vive el cine que se produce, se distribuye y se exhibe en el Perú?

La era de las multisalas

¿Por qué hay tantas salas? ¿Para permitir una programación más diversificada, a la vez blockbusters y películas más minoritarias? Colby: “No, en absoluto. Es para no perder ni un solo adolescente” Los blockbusters se proyectan en varias salas a la vez, con una sesión cada 15 minutos en hora punta, para evitar tener que consultar los horarios antes de venir. A razón de 1,300 personas por sesión son casi 7,000 personas diarias, todas en un lugar caliente y también aquí, seguro (…) Las palomitas de maíz (…) se vuelven populares en la década de 1930, cuentan con la doble ventaja de ser fáciles de producir y de tener un coste ínfimo respecto de su precio de venta: el 90% de los ingresos son puro margen. Y he aquí que los drive in y después los multicines, construyen su modelo económico alrededor de las palomitas. Las salas empiezan a comprar el maíz para palomitas al por mayor, directamente a las industrias agroalimentarias que las refinan y se comercializan unas máquinas automáticas más eficaces (…) (Martel, 2011, p. 47).

La cita anterior recoge la opinión del conductor de una cadena de salas de Estados Unidos. Las razones que expone son el sustento de la división de los antiguos cines, construidos en los años treinta y décadas siguientes, con capacidades para mil quinientos espectadores en promedio, en salas más pequeñas, y la construcción de los complejos multiplex, a partir de los años noventa. Un proceso que se verifica en todo el mundo. El propósito: rentabilizar el espacio a partir de la diversificación de una oferta fílmica dirigida a los espectadores jóvenes.

Aunque el inicio de la era de las salas múltiples se remonta a 1963, cuando, según Gomery (2011), se edifica el primer multiplex, el fenómeno de la construcción de salas gemelas o plurales se impulsa en Estados Unidos y Europa desde los años setenta. En el Perú se inicia con retraso debido a las fluctuaciones de la situación económica y la evolución del consumo.

Los cines Adán y Eva, ubicados en el limeño Jirón de la Unión, son precursores, a mediados de los años setenta, de la fórmula de las salas gemelas, antecedentes del multiplex, convertido en formato estándar para las salas públicas de exhibición cinematográfica desde la última década del siglo pasado3.

En 1979 se inauguran las salas Romeo y Julieta, en el distrito de Miraflores, siguiendo la fórmula de los cines gemelos, a pesar de tener diferentes aforos y estilos arquitectónicos divergentes.

Tanto las salas gemelas del centro de Lima como las de Miraflores se ubican en zonas de intensa actividad comercial, anticipando el tipo de explotación cinematográfica que se impondrá en los años siguientes. El modelo es también similar: salas contiguas, ambas con aforos menores que los tradicionales.

Las diferencias son visibles si comparamos las nuevas salas con los inmensos cines construidos durante los años cincuenta al influjo de los novedosos sistemas tecnológicos de proyección, como el CinemaScope, que requería una pantalla de marcada horizontalidad, propicia a la proyección anamórfica. El modelo de las salas con más de quinientas localidades deja de ser rentable: el formato de los cines gemelos genera un aprovechamiento mayor para los espacios habilitados o para la localidad de platea o patio de butacas.

En diciembre de 1980 se abren las salas Real 1 y Real 2, ubicadas en el centro comercial Camino Real, en el distrito limeño de San Isidro, a las que siguen, poco después, en 1981, las salas Arenales Ámbar y Arenales Jade, ubicadas en el centro comercial Arenales, de Lince. Al respecto, Juan Luis Orrego Penagos escribe:

Pero tendría que pasar mucho tiempo antes de que estos conjuntos de dos salas se convirtieran en lo que conocemos actualmente como “multiplexes”. Los primeros cambios comenzaron como una subdivisión de salas de cine existentes durante la crisis económica de los ochenta, cuando muchos teatros no supervivieron y se convirtieron en iglesias. Hay que recordar que el fenómeno de los “multiplexes” se popularizó en Estados Unidos durante la época del presidente Carter, en la segunda mitad de los 70, cuando la crisis económica generó una gran cantidad de metros cuadrados desocupados en los centros comerciales. La popularización del VHS, de otro lado, y la amenaza terrorista, por otro, también contribuyeron a la crisis de las salas de cine en el Perú durante los 80 (Orrego, 2010).

El modelo del multiplex se establece en 1995, cuando el cine El Pacífico, ubicado en el distrito limeño de Miraflores, se reconstruye para convertirse en un complejo de seis salas, marcando el inicio de un período de construcción de salas con múltiples pantallas. Es también el tiempo de la clausura de los cines tradicionales, de propiedad familiar4.

La década de los años noventa se inicia con cifras negativas para la actividad cinematográfica. Datos que corroboran los índices decrecientes de la asistencia registrada como consecuencia de la inflación de los años ochenta y de la violencia generada por el conflicto armado interno de esa década5. El consumo cinematográfico desciende de un modo drástico de un año a otro. En 1991, en el Perú van al cine 11,5 millones de personas. En 1992 solo asistieron cinco millones. Las 280 salas de cine existentes a inicios de los años setenta se reducen a 118 en 1995. El cierre de las salas en Lima y provincias es incesante.

Esas tendencias negativas en la asistencia y los ingresos se revierten con la adopción del modelo del multiplex, que llega aparejada con la estabilización de la economía, la imposición del modelo económico liberal de libre mercado, el aumento del consumo y de la relativa pacificación del país, al menos de algunas de sus regiones (las que cuentan con instalaciones cinematográficas). Se construyen nuevos centros comerciales y, en ellos, los cines hacen las veces de locales comerciales “ancla”, que propician el flujo y la circulación de clientes, beneficiando a los otros negocios instalados. En paralelo, desaparecen los tradicionales cines de barrio, salas de segunda exhibición ubicadas en los diversos distritos de Lima.

El espectáculo cinematográfico adquiere características nuevas: la película es una mercancía que se transa y se consume en un local ubicado en el interior de un amplio “no lugar” por el que transitan miles de personas durante sus tiempos de ocio (Augé, 2010).

Roy Stafford (2014) considera el modelo del multiplex como la exportación más importante de Hollywood en las últimas décadas, más aún que sus películas, diseñadas para ser consumidas en ese tipo de locales.

En ese novedoso modelo de explotación cinematográfica, los títulos de las películas ya no son factores de distinción; mucho menos la designación de sus directores, sus méritos, recompensas o singularidades. Son artefactos intercambiables, similares entre sí, que reproducen pautas prefijadas, al modo de secuelas o prolongaciones de historias o personajes exitosos. Títulos que algunos espectadores eligen ver en el momento, mientras hacen la fila ante la taquilla.

Las salas múltiples no tienen singularidades en su diseño y construcción ni se prestan para lucir los rasgos de autoría de algún arquitecto prestigioso (Mejía, 2007). Solo se distinguen por los volúmenes de aforo. Las ventajas comparativas ofrecidas se identifican con los gadgets que encarecen el precio de la entrada: sistemas de proyección en 3D (proyección estereoscópica) o dispositivos de estimulación sensorial (las salas 4DX, con butacas que se sacuden; efectos de humo y agua que rozan al espectador; empleo de sustancias químicas que producen aromas; destellos luminosos, entre otros) activados en sincronía con los efectos audiovisuales previstos. Es el retorno del cine de las “atracciones”: entornos que convierten a las salas en espacios de encuentro en el interior de los malls, al costado de grandes almacenes y lugares de entretenimiento, a la manera de las grandes ferias de los primeros años del cine, o de los iniciales negocios de exhibición de las imágenes en movimiento (Gunning, 2011).

La propuesta más estructurada, amplia y moderna de salas múltiples se construye en 1997 en el interior del centro comercial Jockey Plaza, en el distrito de Santiago de Surco, en Lima. La cadena exhibidora transnacional Cinemark, que posee salas en diversos países de América Latina, se hace cargo de la concesión. Son doce salas construidas de acuerdo a los patrones de la franquicia Cinemark, que sigue un similar modelo de administración y presentación de sus instalaciones en todo el mundo. La programación de la sala, y de toda la operación de la cadena Cinemark en el Perú, se realiza, en sus primeros tiempos, desde la filial de la compañía en Santiago de Chile.

En forma simultánea, en los alrededores del centro comercial Plaza San Miguel se construye un complejo denominado Cineplex, que el año 2000 es adquirido por el grupo económico propietario del banco Interbank6. Esa transferencia trae consigo su cambio de la denominación. Pasa a llamarse Cineplanet San Miguel7. Ese mismo grupo económico emprende la división del tradicional cine Alcázar, de Miraflores, al que integra en un complejo comercial. Lo propio hace con los cines Adán y Eva del Jirón de la Unión, transformados en salas múltiples.

La cadena Cineplanet amplía sus actividades de exhibición a Chile en 2005, estableciendo una cadena de salas denominada Movieland. En junio de 2012 abre en ese país sus primeras salas con el nombre Cineplanet8.

En 1998 se inaugura el centro comercial Larcomar, en el distrito limeño de Miraflores, donde se encuentra un multiplex de la empresa UVK Multicines, cuya sigla corresponde a los apellidos de los accionistas originales de la sociedad propietaria: Ubilluz, Velarde y Kumar. Como sala autónoma dentro del complejo, en Larcomar se construye una sala-bar, como un formato de exhibición para un público adulto y de mayor poder adquisitivo. Con el paso del tiempo, la empresa se expande inaugurando salas en diversos centros comerciales o lugares de Lima (El Polo, Marina Park, Plaza San Martín, remodelando el local que ocupó el antiguo cine San Martín), pero sufre tropiezos económicos con el cierre del centro comercial Marina Park, en San Miguel, y la desactivación de las salas ubicadas en el Centro Comercial El Polo. En 2010, UVK Multicines inaugura una sala VIP, con comodidades adicionales, a un costo mayor (UVK Basadre), en el distrito de San Isidro. El modelo de las salas VIP, con butacas reclinables y servicio de bar, es replicado por otras cadenas.

Un formato de multiplex dirigido a los llamados “sectores emergentes”9 es el de la cadena Cinestar, con salas edificadas en torno de los supermercados Metro, en distritos como Jesús María, San Juan de Miraflores, y en diversas regiones del país. Es impulsado por la empresa distribuidora Continental, del empresario indio Arun Kumar, también copropietario de la cadena UVK Multicines. Continental es precursora en la división de las salas. Lo hace en el cine Excelsior de Lima el año 1982. Reconvertido en el grupo Top Rank, en 2011, contrata la franquicia Movietime y construye salas ubicadas en strip centers (complejos comerciales con cines, juegos infantiles, restaurantes y tiendas, pero de una escala menor a la de los malls) en Lima y ciudades como Cañete, Chincha, Pucallpa, entre otras.

Desde mediados de la década de 2000 se inicia la construcción de multiplex en el Norte de Lima, en los distritos de Independencia, Comas, Los Olivos. Además de las cadenas Cineplanet y Cinemark, se establece la cadena mexicana Cinépolis, con salas en los centros comerciales Plaza Norte de Independencia y Aventura Plaza de Santa Anita. Cinépolis inaugura los cines 4D, con dispositivos que estimulan la experiencia sensorial del espectador.

Empiezan, entonces, a edificarse salas múltiples en diversas ciudades de las regiones del Perú: Trujillo, Chiclayo, Ica, Arequipa, Juliaca, Iquitos, entre otras. El cómputo de los locales se determina teniendo en consideración el número de las pantallas existentes y no el de los inmuebles o de los complejos dedicados a la exhibición. En 2013 se abren 49 nuevas pantallas. A fines de ese año se cuentan 473 pantallas, distribuidas en 69 complejos en todo el país10. En 2014 se registran 77 complejos cinematográficos en todo el Perú administrados por las cadenas Cineplanet (con 31 complejos en el Perú y una participación aproximada del 40 % en el mercado), Cinemark, UVK Multicines, Cinépolis, Cinerama, Multicines Cine Star, Multicines Movie Time y Multicines Plaza. En Lima se ubican 45 complejos, que concentran el 55 % de la oferta de pantallas. En el mismo año se inauguran complejos en Tumbes, Cusco, Ucayali, entre otros (Taipe, 2014).

La instalación de las multisalas genera un sostenido y progresivo incremento en la asistencia global del público al espectáculo cinematográfico. En 2003 asisten 10,6 millones de espectadores; en 2004, 13,2 millones; en 2011, 28,7 millones; en 2012, 31,5 millones; en 2013, 35 millones; en 2014, 39,5 millones (Día 1, 9 de diciembre de 2013, p. 18; Día 1, 19 de enero de 2015, p. 16).

El Instituto de Estadística de la Unesco sostiene que el paso de las proyecciones tradicionales sobre soporte de celuloide (reemplazado desde fines de los años noventa por el mylar) a soportes digitales es el cambio más importante en la tecnología de exhibición cinematográfica de los últimos años. Es una transformación que se desarrolla en velocidades desiguales, de acuerdo a regiones geográficas distintas. Afecta el precio de las entradas ya que la instalación de pantallas digitales se realiza en paralelo con la introducción de la tecnología de la proyección de la tercera dimensión digital (3D), que se ofrece al espectador con boletos de mayor costo.

El número de salas digitales en el mundo se duplica entre los años 2007 y 2009. En 2009, el 63 % de las salas digitales se concentran en tres países: Estados Unidos, China y Francia.

El 3 de junio de 2008, la empresa peruana Cine Planet se convirtió en la primera exhibidora en tener una sala digital con proyección en 3D en Perú. Un mes después su competidora, la también peruana UVK Multicines, inauguró una sala 3D en su complejo Larcomar. Durante el año siguiente, Cine Planet inaugurarí a tres salas digitales más y Cinemark abrirí a cuatro salas 3D. El interior del país tendría que esperar a 2010 para que llegara la proyección tridimensional (…) El sistema de proyección tridimensional más utilizado en Perú es el Dolby (…) Cine Planet firmó, en julio de 2010, un acuerdo con la empresa Nec para que todos los proyectores de la exhibidora provengan de la firma japonesa (Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y Observatorio del Cine y del Audiovisual Latinoamericano y Caribeño, 2011, p. 72).

En el Perú, al finalizar el año 2008 se encontraban en funcionamiento 6 pantallas con proyecciones digitales; 11 en 2009; 42 en 201011. En 2013, la cadena Cinemark culmina con la reconversión digital de las proyecciones de sus salas, mientras que en noviembre de 2014 la cadena UVK Multicines anuncia similar paso hacia el nuevo sistema de proyección. A partir de 2011, los nuevos complejos de multisalas que se inauguran en el Perú están dotados únicamente con equipos de proyección digital12. Tanto en la instalación de equipamiento digital de la cadena Cinestar Multines, como la de UVK Multicines, los servidores de cine digital fueron suministrados por GDC Technology Limited, mediante acuerdos de Virtual Print Fee (VPF)13.

En diciembre de 2013, existen casi ocho mil salas digitales en América Latina que equivale al 63 % de las salas de la región; ese mismo año,

la región vio implementarse las primeras transmisiones vía satélite para exhibiciones comerciales, siendo México el líder en este incipiente proceso (…) A comienzos de 2014, en los mercados con mayor porcentaje de digitalización, como México y Colombia, las Majors de Hollywood cortaron el envío de copias en soporte fílmico para los blockbusters (González, 2014, p. 84).

Este complejo de distribución y exhibición de películas digitales, llamado D-cinema, es impulsado por los protocolos o estándares establecidos por la Iniciativa del Cine Digital (DCI, por sus sigla en inglés), promovida por los estudios de Hollywood (Stafford, 2014).

[Disney/Buena Vista, Paramount Pictures, Twentieth Century Fox, Sony/Columbia, Warner Bros. y Universal] lograron afianzar su poderío imponiendo una serie de recomendaciones para los fabricantes y a las que los exhibidores debían ajustarse. A través de la Digital Cinema Initiatives (DCI), fundada en marzo de 2002, lograron comandar el tránsito del analógico al digital. Los objetivos fueron establecer un formato de exhibición único, consistente y que además acabara con la piratería. Tras años de probar con distintos formatos digitales (DVCam, MiniDV, Digibeta y otros), finalmente el estándar elegido fue el DCP, un disco rígido en el que el film se comprime, y que provee el contenido en una resolución 2K y 4K (Sahores, 2012, p. 20).

En paralelo al crecimiento de las salas públicas, las prácticas de consumo de películas y productos audiovisuales se diversifican.

La cuota de Hollywood

En su Panorama audiovisual iberoamericano, la Entidad de Gestión de Derechos de Productores Audiovisuales de España (Egeda), señala que en la región estudiada14, en el trienio 2010-2012, las películas de Hollywood captan las cuotas más altas del mercado:

la cuota de mercado del cine USA en cuanto a espectadores en países iberoamericanos se mantuvo por encima del 82% a lo largo del trienio 2010-2012 y la del cine iberoamericano por encima del 10%. Respecto a la recaudación, las películas estadounidenses acumularon una cuota mínima del 81,7% y las iberoamericanas del 10,6% (…).

Las majors estadounidenses acumularon, aproximadamente, el 75% del mercado cinematográfico en el conjunto de países de Iberoamérica (…) superando individualmente los 1.000 millones de dólares de ingresos (…) Warner, con una asistencia acumulada a sus estrenos de 265,7 millones de espectadores y casi 1.490 millones de dólares de recaudación, y Disney, con 243,9 millones de espectadores y 1.333.3 millones de dólares fueron las distribuidoras más exitosas (2013, pp. 78-80).

La hegemonía de las películas importadas por los representantes de las majors de Hollywood es inapelable15.

Desde principios de la década de 1990, las industrias del entertainment ocupan la segunda posición en las exportaciones estadounidenses, detrás de la industria aeroespacial. Como el mercado del cine está estancado en los Estados Unidos y los costes de producción aumentan, los estudios se ven abocados a adoptar una estrategia comercial planetaria (Martel, 2011, p. 33).

¿Cómo se mantuvo esa posición dominante en nuestro mercado durante las últimas décadas? ¿Cómo se aplica entre nosotros su “estrategia comercial planetaria” y en qué forma se relaciona con el cine hecho en el país?

La Motion Picture Association Of America (MPAA) es la gestora comercial y diplomática de los estudios de Hollywood. Fue fundada en 1922 y en su directorio están representadas las empresas Sony-Columbia, Disney, Warner Bros, 20th Century Fox, Paramount y Universal, es decir, las compañías de producción más importantes de la industria fílmica de Estados Unidos, llamadas majors. En paralelo, la Motion Picture Association (MPA, llamada hasta 1994 Motion Picture Export Association-MPEA) es la representante de las majors en los mercados exteriores, hacia donde se exportan las películas producidas por esas empresas (Mingant, 2010, p. 14).

La misión de ambas instituciones se concentra en realizar actividades de negociación o cubileteo de los intereses de la industria ante el Congreso de Estados Unidos, sindicatos y autoridades gubernamentales; también ante representantes en países diversos e incluso, mediando contactos diplomáticos, ante autoridades de sus poderes ejecutivos y legislativos. En todos los casos, el objetivo es lograr las mejores condiciones de exhibición y circulación para los productos de la industria audiovisual de Estados Unidos.

Nolween Mingant ha descrito las estrategias económicas que las majors desarrollan para asegurar la distribución óptima de sus películas en los mercados del mundo. En primer lugar, están los procesos de concentración favorecidos por la globalización. Al ser empresas productoras, las majors procuran los fondos que financian películas de grandes presupuestos que tienen en sus repartos a “estrellas” conocidas por el público del mundo entero. Y al ser distribuidoras, ofrecen a las empresas exhibidoras películas diversas en un flujo continuo durante todo el año y poseen la capacidad de realizar amplias campañas de publicidad a través de toda la gama de medios tradicionales y virtuales:

El gran número de películas distribuidas les permite distribuir los riesgos (risk-spreading) compensando las pérdidas con el éxito de un grupo de filmes (…) disponiendo de un amplio portafolio de títulos, las Majors están en una posición de poder en relación con los exhibidores, con los proveedores de copias y de espacios publicitarios por la gran cantidad de pedidos que aseguran. Por el contrario, los pequeños distribuidores se enfrentan a numerosos obstáculos: costos elevados en copias y publicidad, pequeño número de títulos distribuidos, imposibilidad de garantizar fechas de estreno de los filmes, problemas de coordinación con el productor del filme (para obtener copias o material publicitario. Por ello, los independientes no pueden ejercer presiones ni sobre los productores (para acabar el filme) ni sobre los exhibidores (para tener una buena fecha de estreno) (Mingant, 2010, pp. 55-56).

Las majors están presentes en los mercados del mundo a través de oficinas subsidiarias o representantes, lo que les asegura independencia y capacidad de negociación con los exhibidores y los servicios vinculados al lanzamiento de las películas. El circuito de distribución internacional opera a través de alianzas que les permiten realizar economías de escala fusionando las oficinas administrativas, los servicios de despacho y la contabilidad.

Las empresas que representan a las majors en el mercado peruano son New Century Films (distribuidor exclusivo de Warner Bros. y 20th Century Fox), Andes Films Perú (distribuidor de películas de Sony Pictures), Cinecolor Films, de propiedad de Chilefilms (Disney), y United International Pictures-UIP (Universal, Paramount, Dreamworks).

La modalidad de sus desempeños comerciales varía de acuerdo a su naturaleza jurídica. Las filiales de empresas multinacionales importan las películas incluidas en la agenda internacional de estrenos de la casa matriz (una agenda denominada competitive), para gestionar su exhibición con las cadenas exhibidoras. Las utilidades, luego del pago de gastos de la agencia local, son remesadas al exterior16.

¿Qué es lo que obtuvo la MPAA, en paralelo con la MPA, durante la década de 1990, de modo progresivo, de las autoridades peruanas, antes de que empezara a regir el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos?

En lo esencial, dos asuntos. En primer lugar, la concertación de las fechas de estrenos entre las filiales locales de las compañías distribuidoras. En segundo lugar, la inoperatividad de los reglamentos nacionales de calificación de las películas por edades. Ambos se inscriben en el nuevo horizonte creado por la instalación de los complejos de salas múltiples.

Desde los años ochenta, con el afianzamiento de la televisión por cable que permite la publicidad transnacional y, más tarde, con el advenimiento de la era de Internet y la extensión de las redes sociales, los lanzamientos de las películas se transforman en acontecimientos mediáticos (media events). Es la naturaleza de los estrenos comerciales de los llamados blockbusters, es decir, de las películas de gran diseño de producción y presupuesto de marketing, concebidas para obtener un considerable suceso comercial en su primera semana de exhibición en Estados Unidos y Canadá y, en forma simultánea, o pocas semanas después, en su difusión mundial. El término blockbuster deriva de la palabra empleada para describir explosivos de gran escala y poder destructivo usados durante la Segunda Guerra Mundial. En el lenguaje especializado del mundo del espectáculo se les conoce como event movies. Las estrategias de marketing hacen coincidir los estrenos de esas películas con acontecimientos preparados con anticipación y a los que se otorga cobertura a través de publicidad masiva y multimediática, conocida como “campaña de saturación”.

Desde los años noventa, alrededor del cinco por ciento de las películas producidas en Estados Unidos equivalen al ochenta por ciento de los beneficios totales de la industria fílmica de ese país. Esas cifras indican la posición central que ocupan los blockbusters en la producción industrial (Kuhn y Westwell, 2012, p. 38). Son consecuencias de la aplicación de las llamadas release strategies, es decir, de los procedimientos seguidos por el distribuidor cinematográfico para poner una película al alcance de las audiencias en el momento de su estreno17.

En la era clásica del cine, hasta los años cincuenta, las campañas de lanzamiento se basaban en estrenos estratégicos concentrados en las salas principales de las ciudades o en los llamados roadshows. Es decir, las películas entraban al mercado en eventos de alto perfil, pero restringidas a pocas salas, con los precios elevados y con asientos numerados en una función con intermedio, tratándose de películas de duración superior al del promedio, lo que incluía añadidos musicales y hasta programación impresa de mano en determinadas ocasiones.

En la era del multiplex y los cambios industriales asociados a la nueva producción de Hollywood, las estrategias de estreno se modifican. A partir de los años setenta se establecen los sistemas de lanzamiento por saturación de espacios, ampliando el número de pantallas y, por ende, de copias de exhibición e invirtiendo en marketing de anticipación, apuntando a la promoción intensiva, con el propósito de que las películas sean vistas por el mayor volumen de personas en el fin de semana de su estreno.

La estrategia se resume en la salida simultánea de un mismo título en muchas pantallas y en localizaciones diferentes. El estreno en “súper saturación” es el estándar para las películas realizadas como franquicias de blockbuster en el estilo del High Concept18.

La estrategia de estreno en saturación y con amplitud planetaria también es indispensable para la industria de Hollywood como una forma de combate contra la piratería. Desde los años ochenta, la falsificación de videocasetes, primero, y de DVD y Blu-Ray, más tarde, se convierte en una industria en Asia (el 90 % del mercado en China, el 79 % en Tailandia, el 54 % en Taiwán, el 29 % en India, consumen audiovisuales informales, según la MPAA), en África, en Oriente Medio, en América Latina (el 61 % del mercado en México) y en Rusia (el 79 % del mercado). La MPAA estima que Hollywood pierde 6100 millones de dólares al año por culpa de la piratería (Martel, 2011, p. 39).

Esta realidad trae consigo un cambio de estrategias sin precedentes, según lo afirma Martel:

después de hacer durante décadas todo lo posible por expandir el cine estadounidense en el mundo entero por todos los medios, la MPAA ha pasado bruscamente de la promoción a la represión, de la cultura a la policía. Pero no solo eso. También se alteró la agenda de los estrenos mundiales, acelerándose la salida de los títulos principales. Algunos de ellos, logran llegar a las salas de cine de más de cien países el mismo día del año.

Esa difusión en muchos territorios simultáneos como estrategia defensiva contra la piratería ha disminuido también los tiempos que separaban las ventanas de difusión de películas entre su estreno en salas de su emisión posterior por los canales de cable pagado, de la televisión por satélite, de su edición en discos de DVD de alquiler, luego de DVD para ventas y más tarde para ser difundidas por la televisión abierta. Ese circuito de ventanas que antes se prolongaba a uno o dos años, ahora es de apenas 6 meses (2011, p. 347).

Por el contrario, las películas independientes (que no están financiadas o distribuidas por las filiales de las majors) mantienen un estreno limitado o de plataforma. Es decir, la película se estrena con un pequeño número de copias, en pocas pantallas, aprovechando al máximo la promoción alternativa de los comentarios indirectos, de prensa, o los que generan a través de las redes sociales, mediante la difusión “viral”.

Para construir el evento mediático del lanzamiento de un blockbuster a escala planetaria se aplica una estrategia silenciosa, ya que tiende a ser sancionada por las legislaciones de protección a la libertad de competencia e igualdad del mercado: la concertación de las fechas de estreno de las películas, ocupando meses centrales del calendario de festividades anuales, porque las event movies reservan su agenda para fechas puntuales.

en vista de ese complejo calendario internacional, la MPAA ha inventado un sistema destinado, en secreto, a permitir que los seis principales estudios se pongan de acuerdo sobre las fechas de estreno nacional e internacional de las películas más mainstream. Si dos blockbusters corren el riesgo de competir entre ellos por estrenarse en las mismas fechas, se programa una reunión de conciliación y uno de los estrenos se retrasa. Estas “ententes” se organizan bajo los auspicios de la MPAA (Martel, 2011, p. 32).

En el Perú, los días feriados de las Fiestas Patrias coinciden con el período más importante para la distribución de los blockbusters durante el verano del hemisferio norte. Los estrenos de las películas con mayores expectativas de taquilla en Estados Unidos se reservan para las vacaciones del verano. Sus fechas de ingreso a las salas se concentran en las semanas que transcurren entre las festividades de Memorial Day y de Labor Day, es decir entre el primer lunes de mayo y el primer lunes de septiembre de cada año. Entre esas fechas, las agendas de las cadenas de exhibición cinematográfica están copadas por las películas que realizan las mayores recaudaciones del año y, por ende, poseen una reserva de mercado “natural” que se torna porosa en muy pocos y señalados casos. El lanzamiento de las películas del verano de Estados Unidos se registra en los competitive (parrillas de programación regional) que hacen coincidir las fechas de estreno de los principales títulos a escala mundial.

Los estudios no se hacen la competencia en América Latina, sino que se apoyan. Existen acuerdos de distribución entre Disney y la 20th Century Fox, entre Warner y Columbia, y sobre todo entre Viacom y Universal, que incluso gestionan juntas algunas salas en Brasil. Las leyes que protegen la libre competencia en Estados Unidos no se aplican en América del Sur (Martel, 2011, p. 36).

Una segunda ola de estrenos importantes en Estados Unidos es concertada entre las compañías distribuidoras y las cadenas de exhibición en las fechas que van entre el día de Acción de Gracias (cuarto jueves de noviembre) y Navidad. Se concentran en esas semanas las películas familiares y las que aspiran a candidaturas al premio de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood, el Óscar. A los países de América Latina, en esas últimas semanas del año, suelen llegar las películas navideñas aptas para niños, reservándose las películas prestigiosas del Óscar para los días previos a la ceremonia de entrega de los premios, aprovechando así la cobertura mediática de las candidaturas y, luego, de la ceremonia de premiación.

Esta agenda concertada que abarca, en términos prácticos, buena parte del año, resta fechas de programación a las películas locales. Solo algunas semanas durante el verano (segunda quincena de enero, febrero, marzo, abril y mayo), así como septiembre, octubre y diciembre, hasta la semana de Navidad, quedan disponibles para los estrenos nacionales19. Algunas películas locales pueden aparecer programadas en los meses de la gran reserva de mercado para Hollywood, siempre que carezcan de ambiciones masivas —como ¡Asu Mare! y ¡Asu Mare 2!, estrenadas en la segunda semana del mes de abril de 2013 y 2015, respectivamente, ad portas de los grandes estrenos veraniegos—, o se exhiban en salas que quedan libres luego del paso de algún blockbuster o, lo que también ocurre, ante una imprevista caída de la asistencia.

El predominio de las películas ofrecidas por las majors se asegura de varios modos:

mediante la imposición de la contratación por lotes (block booking), ejerciendo el proteccionismo en su país y el mercado abierto en el exterior e incumpliendo aquí las normas antitrust que rigen en su mercado interno (…) Su hegemonía se apoya también en la llamada pedagogía de la rutina, pues al público le gusta aquello que se le ha acostumbrado a consumir previamente (Gubern, 2013, pp. 319-320).

Las empresas filiales de las majors son las que suministran el mayor volumen de películas a las cadenas exhibidoras. “Si el exhibidor quiere programar ese filme taquillero, que en el argot de la profesión se llama ‘locomotora’, tendrá que contratar también otros menos atractivos, los ‘vagones’” (Gómez y Marzal, 2015, p. 39).

Es un sistema que se ha “naturalizado” con la desaparición de las salas de cine de propiedad familiar, o de empresas pequeñas. Los complejos de multisalas adecuan sus calendarios de estrenos en sincronía con las agendas de las distribuidoras de películas de Hollywood.

Se trata de una estructura de programación que afecta a los distribuidores independientes o locales, que deben esperar un “hueco” —el retiro adelantado de una película que no rindió de acuerdo a lo esperado, o la reducción del número de pantallas luego de un desfallecimiento de su performance comercial— en el sistema para poder estrenar sus películas en las salas que les garanticen cierta rentabilidad.

La programación se condiciona mediante mecanismos que explica Epstein en su libro La gran ilusión. Dinero y poder en Hollywood:

En 2005 UIP era el mayor distribuidor de películas en los mercados internacionales y se encargaba no sólo de todas las (películas) de la Universal y la Paramount, sino también de la mayoría de las de los “estudios sin estudios”, entre ellos USA Films, Dream Works, Focus y Artisan. Como sus operaciones extranjeras no estaban restringidas por las leyes antitrust estadounidenses, UIP puede recurrir a prácticas tales como la contratación en bloque, las autorizaciones y la licitación a ciegas, todas las cuales son ahora ilegales en Estados Unidos. En la mayoría de los casos ofrece sólo tratos de rendimiento en los cuales es UIP y no el propietario de cines quien selecciona las películas que se exhibirán durante periodos especificados. Si los propietarios de las salas quieren alguna de las películas importantes que ofrece UIP, tales como Parque Jurásico (Jurassic Park), también tienen que exhibir otras películas que no hubieran seleccionado necesariamente (2007, p. 104).

En la lista de películas más rentables de cada año, los primeros puestos suelen estar ocupados por títulos importados por empresas filiales de las majors de Estados Unidos.

En 2013, por primera vez en la historia del negocio cinematográfico en el Perú, el primer lugar lo ocupa una película peruana: ¡Asu Mare! Otra, Cementerio general, queda entre los veinte primeros lugares. En 2014, A los 40 es vista por más de un millón seiscientos mil espectadores y ocupa el puesto de la película más vista del año20. En 2015, ¡Asu Mare 2! congrega en su primer día de exhibición, el 9 de abril, a 200 922 espectadores, marcando una cifra histórica en la exhibición cinematográfica del país. El primer fin de semana convoca un total de 824 468 espectadores en 384 pantallas.

En el Perú no existe ningún sistema de reserva o cuota de pantalla para las películas del país21. Su exhibición está sujeta a la negociación entre sus productores y los exhibidores. La apertura de nuevos complejos de salas múltiples ha permitido, en los últimos años, que el cine limeño tenga mayores posibilidades de obtener espacios de exhibición, aunque con problemas de programación (salas más pequeñas, horarios inconvenientes, dificultades para mantenerse luego de su primera semana de exhibición) cuando no se trata de un filme de ambiciones masivas. Las películas realizadas en las regiones fuera de Lima tienen muy pocas posibilidades de exhibirse en las cadenas de salas existentes en sus localidades.

Para enfrentar esos problemas, algunos productores recurren a las empresas representantes de las majors para que distribuyan sus películas, a cambio de una comisión pactada. Ello les permite obtener el tratamiento de una película estadounidense en lo que se refiere a trámites más ventajosos en la obtención de las salas, fechas de estreno, número de funciones por día, garantizando también la oportunidad de pago de los ingresos, por parte de las salas, luego de la exhibición. Las películas peruanas más exitosas a partir de 2010 (¡Asu Mare!, Cementerio general, El vientre, La cara del diablo, A los 40, Viejos amigos, Secreto Matusita, ¡Asu Mare 2!), siguieron el camino de la concertación con los distribuidores representantes de sellos de Estados Unidos, que intervienen en el lanzamiento de la película.

Si ciertas películas limeñas pueden tentar a su exhibición en salas públicas, no ocurre lo mismo con los títulos realizados en otras regiones. Muy pocas logran su estreno en las cadenas multiplex.

Otra facilidad conseguida por las filiales de las majors es la liberalización del ingreso de menores de edad a todo tipo de exhibiciones.

Esa tolerancia empieza con la aplicación silenciosa pero extendida de una modalidad del rating system en las salas de cine peruanas, de modo referencial. El rating system es un código de clasificación de las películas de acuerdo a las edades de los espectadores y rige en el sistema de exhibición de Estados Unidos, amparado por la MPAA. El método de clasificación se sustenta en los contenidos de desnudos, actos de violencia o situaciones consideradas por la industria de Hollywood como impropias para niños o adolescentes. El sistema regulatorio fue impulsado por Jack Valenti, que presidió la MPAA entre los años 1966 y 2004.

El sistema de advertencias aplicado en Estados Unidos queda reducido en el Perú a tres rangos de clasificación que se expresan de modo puramente referencial y que en la práctica no se cumplen: películas aptas para todos; para mayores de 14 años y, solo en contados casos, con la advertencia de que se trata de una película para adultos.

La autorregulación, dictada por los distribuidores y funcional a las leyes del mercado, reemplaza a los tradicionales sistemas de calificación de películas, regulados desde el Poder Ejecutivo y de control ejecutado por los concejos municipales. Al incrementarse el público potencial para las películas que pueden ser vistas incluso por los más jóvenes, la base del mercado aumenta sin restricciones.

El entorno digital

En 1998, el formato DV (Digital Video) empieza a utilizarse en la realización de ficciones narrativas. Los primeros usos ilustran los principios experimentales del movimiento Dogma 95, volcado a recuperar la impregnación directa entre el cineasta y lo registrado, llevando siempre la cámara sobre el cuerpo del operador, sin que medie el artilugio del steadicam o la estabilidad garantizada por el trípode. Lo comprobamos en la película La celebración (Festen, 1998), del danés Thomas Vinterberg, grabada en mini-DV, que franquea el gueto de los festivales de cine para llegar a una exhibición amplia en salas públicas de muchos países del mundo. Se aprovecha así el interés por el estilo de los cineastas acogidos a los principios del Dogma 95 y el de otros realizadores de películas de bajo presupuesto.

El DV es un formato de casete digital con una débil compresión de imagen, lo que facilita la transferencia de datos a una computadora (Neyrat, 2008). Se convierte en el formato preferido por los cineastas independientes y por los documentalistas, que optan por él desde el momento de su aparición en el mercado. Las cámaras, pequeñas y portátiles, poseen la ventaja de contar con una pantalla de cristal líquido orientable que permite encuadrar con precisión. El contacto entre lo que se graba y la mirada que elige los encuadres adquiere con esas cámaras, concebidas para el uso doméstico, un inédito sentido de la inmediatez que fue aprovechado, con brillantez y maestría, por la francesa Agnès Varda en su película Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse, 2000).

Pocos años antes, en 1991, sale al mercado el programa de edición Adobe Premiere. Tres años después aparece el Adobe After Effects. Estos amplían las posibilidades de realizar los trabajos de posproducción de un modo asequible y de bajo costo.

En el Perú, Armando Robles Godoy se convierte en el primer cineasta que aborda el DV para grabar un largometraje. Lo hace el año 2000, en su película Imposible amor, que nunca se transfiere al soporte fotográfico de proyección y por eso no llega a ser exhibida en salas.

Hacia 1999, año en el que se comercializa el programa de montaje Final Cut Pro, las herramientas digitales son de uso habitual en las prácticas del cine internacional. Su presencia se hace sentir en los campos del registro y de la reproducción del sonido fílmico, de la producción de efectos digitales, de la edición cinematográfica y de la posproducción. También en los terrenos de la previsualización de las secuencias en el momento del rodaje, e incluso en las labores de storyboard, de realización de las pautas del guion y en la animación.

Pero antes de la irrupción de lo digital, desde los años setenta, el vídeo analógico crea tendencias de producción y de consumo inéditas en algunos países de América, Asia y África.

Las nuevas tecnologías audiovisuales fueron ampliamente utilizadas por los cineastas, videastas y, en definitiva, audiovisualistas latinoamericanos a partir de la década del setenta, época de pensamiento crítico y de intentos de reapropiación de la historia y del futuro a partir de miradas propias (…) A través de equipos innovadores, como el magnetoscopio de Sony —especialmente, el portapak— y el videotape recorder a color de Ampex o el U-Matic —también de Sony—, aparecidos a partir de la segunda mitad de la década del sesenta, los realizadores de la región tuvieron mejores herramientas para mostrar a la sociedad la palabra de los excluidos y las experiencias sociales y políticas que las pantallas mainstream —cine comercial o televisión— no querían o no les interesaba difundir (…) Con el U-Matic, posteriormente con el Betacam —otro invento de Sony— y, sobre todo, con el muy popular video —la cinta magnética de pulgada de JVC, comúnmente llamada VHS—, amén de las televisoras educativas, culturales, comunitarias y alternativas, tanto los audiovisualistas como diversos actores sociales y activistas —de sindicatos clasistas, de grupos libertarios, estudiantes, feministas, hippies, punks, entre otros colectivos, sin olvidar a los videoartistas a través de las instalaciones y las intervenciones— se reapropiaron de los últimos adelantos tecnológicos para enfocar las contradicciones del sistema (…) (Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y Observatorio del Cine y del Audiovisual Latinoamericano y Caribeño, 2011, pp. 72, 73).

En muchos países, los cartuchos de VHS devienen soportes de exhibición pública, ya que son artefactos ligeros para transportar, usar y copiar. Las imágenes de las películas contenidas en ellos, por más borrosas, frágiles o fantasmales que luciesen, como consecuencia de la degradación por los múltiples copiados, se emitían en salas dispuestas al efecto, autobuses, medios de transportes diversos e incluso a través de canales informales de televisión por cable dedicados a la transmisión de cine internacional sin abonar los derechos respectivos.

Las primeras películas regionales, hechas en Ayacucho y Puno, se graban en soportes de vídeo analógico y los antecedentes hay que buscarlos en algunos títulos grabados sobre soportes similares durante los años ochenta, como Los Shapis en el mundo de los pobres (Juan Carlos Torrico, 1985) y Fantasías (Efraín Aguilar, 1987).

Pero las películas regionales no se transfieren a celuloide para su difusión pública. En sus inicios, se exhiben en VHS, creando sus propios mecanismos de difusión en zonas aledañas a las de sus lugares de producción.

Algunos de ellos comenzaron a grabar en formato VHS o S-VHS en la década de 1990, pasaron a usar luego las cámaras de ¾, miniDV, handycam digitales, y actualmente emplean las cámaras fotográficas DSRL, que permiten cambio de lentes y registro en full HD (…) La edición, en la mayoría de los casos, sigue haciéndose en PC con Adobe Premier Pro o programas bajados gratuitamente de internet (Bustamante y Luna Victoria, 2014, p. 205).

Este proceso ilustra algunos conceptos vinculados con la teoría de las “Tecnologías disruptivas”, sustentada por Clayton Christensen22. Ellas son las

que introducen un desempeño inferior inicial (rendimiento y funcionalidad) al establecido por las tecnologías desarrolladas por empresas ya existentes y que, en principio, no atraen a la mayoría de los clientes potenciales. Una trayectoria de desempeño posterior más eficiente hace que comiencen a ser de interés para la demanda, produciéndose una migración de los clientes hacia la nueva tecnología (Morcillo y Redondo, 2004).

En otras palabras, una tecnología disruptiva es, en su inicio, similar a otra ya existente y de uso habitual en los sectores más exigentes del mercado de consumidores. Al aparecer, su desempeño inicial es inferior: no resulta tan buena como la que ya existe, pero es lo “suficientemente buena” como para satisfacer a un segmento del mercado de los consumidores. Tiene una ventaja sobre la tecnología de “alta gama”: es más asequible. No es óptima, pero resulta satisfactoria para los usos de un sector menos demandante del mercado, pero urgido por obtener resultados teniendo a esa tecnología como herramienta.

La película de soporte fotoquímico de Eastman Kodak tal vez fuera, por entonces, la óptima para las necesidades del cine industrial y profesional más exigente, pero para muchos cineastas jóvenes, autofinanciados, un formato digital de baja gama resultaba suficiente. La financiación de una película en fílmico, el proceso técnico requerido y las condiciones de distribución y exhibición exigidas resultaban procesos engorrosos y de costos inalcanzables. Se apela, por eso, a tecnologías de naturaleza disruptiva, tan importantes en el proceso de la adopción de nuevas técnicas de registro audiovisual (Bordwell, 2012).

Desde el punto de vista de la exigencia profesional de calidad, el soporte de vídeo analógico VHS tenía una definición inferior a la del Betamax (sistema de vídeo analógico de uso doméstico de Sony que fue descontinuado), pero para muchos consumidores y productores resultó lo suficientemente práctico, económico y útil. El VHS se convierte entonces en un ejemplo de tecnología disruptiva, empleada por cineastas amateurs en el Perú y en otros lugares del mundo. Otro soporte relacionado con las experiencias de las tecnologías disruptivas y su vinculación con los modos de realización de películas de bajo presupuesto y su exhibición, en el Perú y otros países, fue el llamado VCD.

En 1993, las empresas JVC, Sony y Philips crean el Video Compact Disc (VCD), un soporte audiovisual digital de 4,8 pulgadas de ancho que podía ser usado en computadoras o equipos lectores ad hoc. Las imágenes emitidas eran de baja resolución, de una calidad apenas superior a la de un VHS. Pero el hecho de mejorar la definición del VHS fue suficiente para impulsar su uso por cineastas deseosos de obtener frutos de una tecnología que resultaba más simple, manuable y compatible con equipos electrónicos disponibles de modo amplio y hasta masivo. Desde el punto de vista de su difusión comercial o industrial, el VCD no tenía futuro y solo fue un soporte de transición. Poco después apareció el DVD, que liquidó al VCD y lo retiró del mercado.

Sin embargo, Sony y las empresas fabricantes licenciaron el formato VCD para los países del Asia, teniendo en cuenta la realidad económica vigente en ellos, sobre todo en el inmenso mercado de la China. Era patente que la empobrecida economía de los consumidores chinos de los años noventa no podía afrontar aún los costos de los equipos lectores y discos de la nueva tecnología del DVD. En el año 2000 el ingreso per cápita chino era de mil quinientos dólares y el promedio del costo de mercado de un aparato reproductor de DVD bordeaba los doscientos dólares (Bordwell, 2012). Para las posibilidades de un consumidor o de un productor de audiovisuales independientes en la China, el VCD era una tecnología mejorada en comparación con la del soporte magnético del videotape o magnetoscopio, al ser más asequible, portátil y fácil de usar gracias a las plataformas digitales (Jyoti y Jordache, 2013).

Por otro lado, para las economías con alto desarrollo de actividades informales, como las asiáticas —pero también las de América Latina— el VCD presentaba características particulares al facilitar el copiado múltiple: la naturaleza de la imagen y el sonido digitales garantizan la calidad y resistencia a la degradación ante cada generación de nuevas copias. El mercado del VCD se convierte entonces en ejemplo cabal de una tecnología disruptiva en los campos de la difusión y almacenamiento de películas, extendiéndose no solo en los países asiáticos, como Taiwán, Filipinas o Malasia, sino también en América Latina. La industria cinematográfica de Nigeria, conocida como Nollywood, una de las más grandes del mundo, es, por entonces, usuaria de este formato, base para la exhibición y circulación masiva de sus películas (Jedlowski, 2013, pp. 28-29).

A fines de los años noventa e inicios de este siglo, en los mercadillos informales de Lima y de otras regiones del Perú era usual encontrar copias en VCD de películas internacionales, pero también de títulos regionales. Archivos comprimidos de películas destinadas para su venta por géneros y en “paquete”. Pero no solo eso. Copias en VCD de películas diversas se proyectaban también en pantallas públicas. El soporte se convierte en una tecnología eficiente para servir a los productores como plataforma para la exhibición de sus propios productos. David Bordwell afirma que el VCD tuvo una importancia histórica porque fue la primera plataforma digital significante destinada a mostrar películas de modo informal. Y deviene en el soporte ilegal por excelencia. En muchos países sustenta la piratería a gran escala y sitúa al cine digital como experiencia cotidiana para las audiencias masivas (Bordwell, 2012, p. 40).

Años después, el soporte DVD (Digital Versatil Disc) prueba ser más conveniente y de mejor calidad que el VHS y lo desplaza del mercado hasta extinguirlo como soporte de consumo audiovisual doméstico. Termina también con el VCD. Pese a que el DVD carece de la definición de una película en soporte fílmico y sus imágenes no resultan aptas para ser exhibidas en forma pública en grandes pantallas, ese soporte se emplea para ello. Los especialistas sostienen que el DVD es una tecnología disruptiva en relación con la película fílmica de 35 milímetros, pero muchos usuarios lo consideran eficiente para difundir sus trabajos ante auditorios amplios. En el Perú, junto con el Blu-ray, es el soporte digital usado en la mayoría de exhibiciones del circuito cultural, en cineclubes y en los lugares que difunden los títulos del cine peruano que no llegan a las salas comerciales23.

A partir del año 2000, el encuentro de las cámaras DV y los programas informáticos de edición de uso semiprofesional o doméstico generan el auge de películas autogestionadas, independientes, de ficción o documentales, de corto y largometraje, en todo el mundo. “Ahora es posible rodar películas y montarlas en un ordenador personal con un presupuesto limitado, con una imagen reproducible y manipulable hasta el infinito sin degradación” (Neyrat, 2008, p. 74).

Más perfeccionada y costosa, la cámara HD, de Alta Definición, se introduce a finales de la década de los noventa. Permite realizar tomas más largas, lo que lleva consigo una nueva concepción de la relación con los actores y con el empleo de los planos-secuencia. Facilita también el uso de más de una cámara, con menor costo financiero, en un rodaje tradicional. La HD permite regular la composición cromática en la posproducción y el proceso de “etalonaje” (corrección y equilibrio del tratamiento cromático de la película realizado durante la posproducción) y proporciona una mayor nitidez a las imágenes24. Las desventajas, en ese momento, son las que traen consigo el abandono del soporte fotoquímico: menores contrastes visuales en la imagen; dificultad para lograr nitidez en los planos abiertos en exteriores y la aparición de dominios técnicos inescrutables para cineastas preparados en las tecnologías fotográficas que van quedando de lado.

Solo después que George Lucas emplea una cámara Sony de Alta Definición (Sony HDW-F900 HDCAM) para El ataque de los clones (Star wars: Episode II - Attack of the clones, 2002) —segundo episodio de la saga La guerra de las galaxias— es que el cine mainstream se decide a trabajar con cámaras digitales. Lo hacen también algunas industrias nacionales y ciertos autores del cine internacional, como el ruso Alexander Sokurov (El arca rusa - Russkiy kovcheg, 2002) (Aumont, 2012, p. 63). En Hollywood, Robert Rodríguez realiza Érase una vez en México (Once upon a time in Mexico, 2003) con una cámara de alta definición. En el Perú, Francisco Lombardi filma, en 2002, la película Ojos que no ven (estrenada en 2003), grabada en HD (Sony F-900), con dirección de fotografía del español Teo Delgado25.

Con el paso del tiempo, la práctica del cine digital no solo se impone y generaliza en la producción de películas peruanas destinadas a su exhibición en los circuitos de salas múltiples. Impulsa también un “cine autogestionado” en Lima y en las diversas regiones, de difusión descentralizadada a través de circuitos paralelos o alternativos (Ruiz y Tsang, 2010).

Porque esa ha sido, principalmente, la consecuencia primera, y más evidente, de la revolución digital: la posibilidad de que los cineastas se ocupen, con presupuestos ínfimos, sin financiación en algunos casos, y autoproduciéndose en muchos, de todas las partes del proceso de producción sin necesidad de recurrir a productoras y mucho menos a instituciones oficiales, ayudas o subvenciones (De Pedro y Oroz, 2010, p. 75).

El empleo del soporte digital permite la democratización del medio y de sus narrativas, la multiplicación de festivales y espacios de reflexión, y múltiples plataformas de lanzamiento. En diferentes países de América Latina encontramos un cine digital hecho al margen de instituciones y financiamientos oficiales, creado por el impulso de cineastas autodidactas, y ajeno a los circuitos de exhibición tradicionales. En Ecuador, por ejemplo, se hallan películas como El ángel de los sicarios, de Fernando Cedeño; Sicarios manabitas, de Fernando Cedeño y Carlos Quinto Cedeño, o los títulos grabados por Nixon Chalacamá, realizados en Chone, Manabí, que han encontrado una vitrina de difusión en el festival Ecuador Bajo Tierra26.

El soporte ha modificado también las relaciones de los cineastas con sus herramientas de trabajo, favoreciendo las prácticas de observación como consecuencia de la capacidad para prolongar la duración de las tomas27. He ahí el fundamento de una franja del cine actual conocida como slow cinema (Romney, 2010) que exacerba la experiencia del registro del transcurrir del tiempo (como ocurre en las películas del filipino Lav Diaz; en Five-Penej, 2003, de Abbas Kiarostami, entre otras).

En el período estudiado encontramos directores peruanos que empiezan trabajando en 35 mm o súper 16 mm (Álvaro Velarde, Héctor Gálvez, entre otros), en vídeo analógico (Flaviano Quispe y otros cineastas surgidos en las regiones del Perú), o que son “nativos digitales” (Adrián Saba, Joanna Lombardi, Eduardo Quispe y Jim Marcelo, Farid Rodríguez, Marianela Vega, Raúl del Busto, etcétera).

La mayoría de las películas peruanas grabadas en digital hacen un uso pragmático del soporte. El menor costo es un factor determinante. Las nuevas técnicas se ponen al servicio de las convenciones y formas establecidas por las prácticas cinematográficas habituales, a veces con acierto y valor expresivo, pero algunos cineastas, como Raúl del Busto, Farid Rodríguez, Eduardo Quispe, Marianela Vega, Omar Forero, Juan Daniel F. Molero, entre otros, indagan por la especificidad de las imágenes digitales, por sus texturas y posibilidades plásticas.

El entorno legal

En diciembre de 1992, el gobierno de Alberto Fujimori, dictaminando sin contrapeso legislativo28, deroga los artículos centrales del Decreto Ley N.o 19327, de Promoción de la Industria Cinematográfica, dictado en 1972 por el régimen militar presidido por el general Juan Velasco Alvarado (Bedoya y León, 1995, pp. 108-112). Se desmonta el régimen de la exhibición obligatoria de cortos y largometrajes, así como la entrega a favor del productor de una parte del impuesto a los espectáculos públicos no deportivos. La razón: la supuesta incompatibilidad de esos beneficios y estímulos con el principio de la libertad de comercio consagrado por la Constitución.

El final de esa ley clausura un período intenso de producción de cortometrajes, proyectados de manera obligatoria en todas las salas del país, así como de largometrajes, que llegaron a bordear los sesenta títulos. También genera la frustración de una promoción de nuevos realizadores que se iniciaban en la producción de cortos, como Aldo Salvini, Luis Barrios, Augusto Cabada y Edgardo Guerra. Algunos de ellos migran hacia la televisión, realizando, años después, proyectos cinematográficos (García, 2013).

En octubre de 1994, una nueva ley de cine es promulgada (Ley N.o 26370). Esa norma, expurgada de cualquier “desviación” proteccionista, se ajusta a la ortodoxia liberal con la que se administran las políticas económicas durante ese momento del régimen de Alberto Fujimori.

En su parte considerativa, la ley reconoce el papel cultural que desempeña la actividad cinematográfica y proclama el deber de promoción que le toca al Estado. Crea un organismo, el Consejo Nacional de la Cinematografía Peruana (Conacine), dependiente del Ministerio de Educación, pero con un directorio conformado por miembros del gremio. Conacine se encarga de aplicar el sistema de fomento estatal que, de acuerdo a la letra de la ley, toma la forma de un sistema de concursos destinados a premiar cada año a los seis mejores proyectos de largometrajes y a cuarenta y ocho cortos terminados.

Las recompensas se fijan en dinerario no reembolsable y gratifican la calidad, sea del proyecto del largometraje o del cortometraje acabado. Para cumplir con el sistema de fomento se requiere un monto, en moneda nacional, equivalente a dos millones de dólares, aproximadamente, que debe consignar el Tesoro Público cada año para cumplir con los concursos y sufragar los gastos administrativos del Conacine. El sistema creado no interfiere con los principios de libertad contractual y de mercado proclamados por la política económica de raigambre liberal.

El mecanismo de los concursos se sustenta en un modelo de concesión estatal de estímulos directos (premios a la calidad) a la producción cultural y no en subsidios indirectos, reprobados por la doctrina liberal. En otras palabras, no se trata de un régimen legal de promoción industrial, como pretendía serlo la ley dictada en 1972. Es, más bien, un modelo basado en estímulos y premios a la calidad de los proyectos de largometrajes y a los cortometrajes ya realizados. Es el punto que marca la diferencia de este régimen con el anterior.

La ley no establece canales de exhibición forzosa para los cortos premiados. Diseña un régimen concertado de exhibición de los largometrajes y la intervención arbitral del Estado en el caso de que algún exhibidor, presionado por los distribuidores de cintas extranjeras, abuse de su posición en el mercado.

Al cabo de poco tiempo se comprueba que la voluntad estatal de apoyar al cine no es consistente. El Estado no cumple con asignar los recursos para que la ley de cine se aplique sin tropiezos.

Desde 1996, año en que se convocan los primeros concursos, hasta 2011, el cine peruano recibe fondos menores a los establecidos por la ley. Ello afecta la periodicidad de los concursos, incrementa las expectativas insatisfechas de los cineastas más jóvenes y dificulta el desarrollo de la cinematografía peruana con voluntad empresarial, es decir con capacidad para proyectar resultados y persistir en el empeño.

Sin embargo, la ineficiencia de la ley no detiene los afanes creativos, sobre todo en un momento de cambios profundos en las modalidades de la producción cinematográfica y de aparición de nuevas tecnologías, el abaratamiento de las cámaras digitales y la disponibilidad de múltiples herramientas para la grabación y edición de imágenes y sonidos. Desde el año 2000 llegan a las salas de cine comerciales los primeros títulos de nuevos realizadores. Pero no solo eso. Se realizan películas fuera del esquema de los premios oficiales y surge una promoción de directores en Lima y en otras regiones del país dispuesta a cumplir sus propósitos de acuerdo a sus recursos económicos y en función de sus necesidades expresivas. En paralelo, los propios productores y realizadores crean circuitos de exhibición alternativos en diferentes zonas del país, instalados para dar visibilidad a una producción regional inédita.

A partir de 2005 se aumenta el presupuesto de Conacine pero sin alcanzar los montos estipulados en la ley. Recién en 2012 se entregan los recursos debidos. En ese período se premian proyectos de largometrajes de Lima y de las regiones (a partir de 2006 se convocan concursos de proyectos exclusivos para las regiones, con excepción de Lima metropolitana y el Callao), proyectos de documentales y se dirigen recursos para la posproducción. Entre otros cambios, se incorpora como jurados de los concursos de proyectos de largometrajes a especialistas extranjeros, con el fin de procurar una mayor transparencia en los resultados.

En julio de 2010 se crea el Ministerio de Cultura y el cine pasa a depender de este. En la reorganización de los organismos del Poder Ejecutivo desaparece el Conacine, que es absorbido por el nuevo Ministerio, y la administración del cine peruano se convierte en responsabilidad de la Dirección de Industrias Culturales y Artes (Dicine) del Ministerio de Cultura.

En noviembre de 2011, bajo la presidencia de la Dirección General de Industrias Culturales y Artes del Ministerio de Cultura, se instala una Comisión dedicada a elaborar un nuevo proyecto de ley de cine. Participan representantes de la Asociación Peruana de Prensa Cinematográfica (Apreci), del Sindicato de Artistas e Intérpretes del Perú (SAIP), de la Unión de Cineastas Peruanos (UCP), de la Asociación de Cineastas Regionales del Perú (ACRIP) y de la Asociación de Productores Cinematográficos del Perú (APCP). El resultado de su trabajo es un proyecto de ley de cinematografía que prevé la creación de un fondo financiero alimentado por el porcentaje del valor de la entrada al espectáculo cinematográfico que se destina a las municipalidades, y una cuota de pantalla facultativa. En 2014, luego de una observación del Ministerio de Economía al proyecto, el Ministerio de Cultura decide archivarlo.

Desde 2013, los asuntos vinculados con el cine son administrados por la Dirección del Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios (DAFO) del Ministerio de Cultura. Se convoca a concursos para premiar también proyectos experimentales y proyectos de gestión cultural para el cine y para el audiovisual.

Los fondos internacionales de producción

Si las películas peruanas más notorias de los años setenta y ochenta se realizan teniendo en cuenta las fórmulas de la coproducción con países diversos (Cuba en el caso de Kuntur Wachana. Donde nacen los cóndores y El caso Huayanay: testimonio de parte, ambas dirigidas por Federico García Hurtado; España, en los casos de La boca del lobo o Caídos del cielo, de Francisco Lombardi, entre otros países europeos que suministran fondos de coproducción), en la primera década del siglo XXI se imponen los estándares establecidos por las instituciones internacionales de financiamiento: la Fundación Hubert Bals, asociada al Festival de Cine de Rotterdam; el Programa Ibermedia; Fond Sud Cinéma, financiado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia y el Ministerio de Cultura y Comunicación (Centre National de la Cinématographie); el World Cinema Fund del Festival de Berlín; la iniciativa “Cine en construcción” del Festival de San Sebastián, entre otros. También por los apoyos de festivales de cine como Cannes (la Cinéfondation) o Sundance.

A la hora de contextualizar estos fondos, es necesario interpretarlos como un complemento a fórmulas de financiación o apoyo cinematográfico ofrecidas desde hace décadas en el ámbito de la política cultural de cada país, de gobiernos extranjeros a través de acuerdos e iniciativas transnacionales.

En la misma línea, algunos fondos intentan además paliar ciertas carencias que se asocian a los aportes institucionales, y que tienen que ver con que a veces sean escasas para finalizar el proyecto (convocatorias de posproducción) o no se destine una partida presupuestaria suficiente para su distribución (Campos, 2013, p. 13). Fondos internacionales que buscan afirmar los principios de la diversidad cultural y la experimentación formal, apoyando proyectos reñidos con los modos de financiamiento tradicionales, los de los productores privados.

Los fondos internacionales aportan recursos a títulos sustentados en las visiones personales o los estilos distintivos de sus directores. Es el caso de las películas de Josué Méndez, Daniel y Diego Vega, Claudia Llosa, Adrián Saba, Javier Fuentes-León, entre otras; cineastas que buscan afiliarse a algunas de las diversas vertientes del cine de autor contemporáneo y, en ese afán, revisan los tradicionales patrones de la representación realista. Ello les permite perfilar su integración en los circuitos de distribución de alcances globales, teniendo como objetivo la exhibición de sus películas en las salas de “arte y ensayo” de todo el mundo, pero también a través de los canales de difusión audiovisuales en diversas plataformas y soportes.

Son los títulos que tienen presencia en los festivales de cine más importantes: Días de Santiago obtiene numerosas recompensas; El destino no tiene favoritos se exhibe con suceso en el Festival de Rotterdam; La teta asustada, de Claudia Llosa, gana el Oso de Oro del Festival de Berlín en 2009, y luego es postulada al Óscar de la Academia de Hollywood en la categoría de Mejor Película Extranjera; ese mismo año, Paraíso, de Héctor Gálvez, participa en la sección Horizontes del Festival de Venecia; en 2010, Octubre, de Daniel y Diego Vega, gana el Premio del Jurado de la sección Un certain regard del Festival de Cannes; El mudo, de los hermanos Vega, recibe el premio a la mejor actuación masculina (para Fernando Bacilio) en el Festival de Locarno en 2013, lo que se repite en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, Bafici (2014), que también premia a los Vega con el trofeo al “mejor director”, y en el Festival de Cartagena. Contracorriente, de Javier Fuentes-León, recorre diversos festivales del mundo antes de su estreno comercial en el Perú, obteniendo reconocimientos diversos. El Festival de Montreal premia, en 2012, Casadentro, de Joanna Lombardi, con el Zenith a la primera obra, mientras que la Federación Internacional de Periodismo Cinematográfico (Fipresci) le otorga un premio a la mejor opera prima. En 2014, Perro guardián, de Baltazar Caravedo, concursa en la sección competitiva del Festival de Montreal, mientras La hora azul, de Evelyne Pegot-Ogier, participa en esa misma edición; El elefante desaparecido, de Javier Fuentes-León, se proyecta en el Festival de Toronto, y Magallanes, de Salvador del Solar, recibe el premio de “Cine en construcción” del Festival de San Sebastián. En 2015, Videofilia (y otros síndromes virales), de Juan Daniel F. Molero, concursa en la sección oficial del Festival de Rotterdam, mientras que N.N., de Héctor Gálvez, y Solos, de Joanna Lombardi, se presentan en el mismo certamen.

Ello indica el surgimiento de una promoción de cineastas y nuevos productores (Enid “Pinky” Campos, Ana María Roca Rey, Miguel Valladares, Nathalie Hendrickx, entre otros) que despunta y se conecta con los circuitos internacionales de producción y difusión del cine actual (Ruiz, 2014).

Por cierto, aquí y en muchos otros lugares, se formulan críticas al modelo expositivo-narrativo y a los tratamientos fílmicos propiciados por los apoyos concedidos por algunos fondos internacionales, sobre todo los vinculados con festivales, como el Hubert Bals de Rotterdam. Son prescripciones estéticas basadas en la desdramatización de las acciones narrativas y la ruptura con las formas genéricas de la narración tradicional, lo que trae consigo un divorcio con las expectativas de los espectadores de las salas comerciales. Es una fórmula de “nicho”, minoritaria, que Quandt (2009) describe como modelada para el circuito de festivales de cine y de salas de arte y que se perfila con la inclusión de un repertorio inamovible de recursos: un tono “de quietud y reticencia”; narrativas oblicuas y ritmos lentos; un aura de “inexplicada angustia”; largos travelines o paneos sobre paisajes despoblados; prolongados seguimientos, cámara en mano, de caminantes solitarios; lentos dollies hacia puertas o ventanas que encuadran la naturaleza; diseños materialistas de sonido; privilegio de la imaginería inspirada en la obra de Andrei Tarkovski. Un modelo que, en el primer lustro de la segunda década de este siglo, empieza a reemplazarse por otro que comienza a dejar atrás el minimalismo y se orienta hacia formas renovadas de dramatización y artificio en una vertiente que Ángel Quintana, retomando un concepto de Omar Calabrese, ha llamado “neobarroca” (Quintana, 2015, p. 12).

Los entornos de la recepción y del público

Los años finales de la década de 1980 son devastadores para el negocio cinematográfico en el Perú. En 1987, un total de 45 millones de espectadores asisten a las salas de cine del país; cinco años después, en 1992, solo lo hacen cinco millones de personas. Esa notable deserción es causada por factores diversos, como la pérdida del poder adquisitivo de la población, la desmesurada inflación de fines de la década de los ochenta, la inseguridad urbana, el reajuste económico del año 1990, el deterioro físico de las salas y la competencia del vídeo informal. La consecuencia inmediata es el cierre de numerosas salas de exhibición y la desaparición de los cines existentes en las regiones del Perú.

Con el alejamiento del público se produce el descenso de la oferta de películas en el mercado cinematográfico. Desde comienzos de los años noventa se exhiben cada año alrededor de 220 películas extranjeras, la mayoría de ellas (en una proporción superior al 70 % del total) de producción norteamericana. El cine latinoamericano no tiene canales de distribución establecidos.

El cine peruano se ve afectado por el descenso global de la asistencia del público desde fines de los años ochenta. Si en noviembre de 1991, Alias la Gringa, de Alberto Durant, obtiene en su primera semana de exhibición comercial cerca de setenta mil espectadores, dos años después, Reportaje a la muerte, de Danny Gavidia, durante el mismo período de exhibición, es vista por casi veinte mil espectadores menos. Unos meses después, en su primera semana de exhibiciones, Todos somos estrellas, de Felipe Degregori (con 18 421 espectadores), La vida es una sola, de Marianne Eyde (con 14 211), y Sin compasión, de Francisco Lombardi (con 19 489), sufren la merma del público. El problema de un mercado que decrece se torna un asunto fundamental ya que las películas peruanas, en esas condiciones, no llegan a cubrir los costos de producción durante su permanencia en las salas comerciales.

A partir de 1995, cambia el panorama de la exhibición cinematográfica. Se inicia la construcción de las salas múltiples y el incremento de la asistencia a las películas de Hollywood. Pese a ese incremento global del volumen del público y de las recaudaciones en las salas de cine, el porcentaje de participación de las películas peruanas estrenadas en las cadenas exhibidoras es irregular. En 1998 se estrenan en las salas públicas de las cadenas comerciales dos películas peruanas; tres en 1999; tres en 2000; cuatro en 2001; tres en 2002; ocho en 2003; nueve en 2004; cuatro en 2005; ocho en 2006; cuatro en 2007; diez en 2008; seis en 2009; nueve en 2010; siete en 2011; ocho en 2012; trece en 2013; diecisiete en 201429.

La mayoría de esos filmes afronta un problema complejo: la desafección de los espectadores de las multisalas. Desde 1996, solo unos cuantos títulos logran pasar la frontera de los 100 000 espectadores. Esos son (en orden de ingreso a las carteleras de estreno): No se lo digas a nadie (475 812); Pantaleón y las visitadoras (635 137); Ciudad de M (249 511); Tinta roja (105 170); Django, la otra cara (228 510); Paloma de papel (248 296), Baño de damas (169 244); Polvo enamorado (122 657); Mañana te cuento (288 242); Piratas en el Callao (285 509); Un día sin sexo (156 020); Dragones, destino de fuego (270 721); Chicha tu madre (157 496); Mariposa negra (112 091); La Gran Sangre (188 927); Mañana te cuento 2 (188 931); Valentino y el Clan del Can (115 791); Vidas paralelas (110 941); La teta asustada (248 973); Motor y motivo (144 286); Tarata (137 282); El delfín. Historia de un soñador (373 583); Los ilusionautas (214 679); Rodencia y el diente de la princesa (160 497); ¡Asu Mare! (3 037 686); Cementerio general (747 115); El vientre (213 576); Loco cielo de abril (118 824); La cara del diablo (211 119); A los 40 (1 686 367); Japy ending (113 764); Viejos amigos (445 550); Perro guardián (140 000); Secreto Matusita (509 120); F-27 (199 000); Atacada, la teoría del dolor (120 000, aproximadamente); ¡Asu Mare 2! suma más de tres millones de espectadores en su exhibición.

A partir de 2009 se registran los resultados económicos más bajos de toda la historia del cine peruano, con las taquillas de películas como Illary, Paraíso, Ella, El inca, la boba y el hijo del ladrón, Casadentro, Rehenes, El mudo, La amante del Libertador, Joe Pecado, entre otras. De los 31 millones de espectadores que acuden a las salas de cine en 2012, apenas 472 mil corresponden a boletos vendidos para películas peruanas. Los estrenos nacionales representan el 4 % del total de estrenos y obtienen una cuota de espectadores del 1,5 % (Entidad de Gestión de Derechos de Productores Audiovisuales de España, 2013, p. 144).

Se especula sobre los motivos de esa severa caída: los productores llegan carentes de recursos al estreno público, lo que afecta la presencia mediática de la película, perjudicada por la falta de publicidad; el público masivo no se entera de la existencia de las películas peruanas. Se afirma también que las diferencias dramáticas, de ritmo y narrativas, tan distantes de los estándares acostumbrados del cine de Hollywood, que cultivan las películas peruanas de autor, como La teta asustada, causan un rechazo que se traduce en la deserción del público. Lo cierto es que no existe ningún estudio confiable que explique el dramático descenso del público para las películas peruanas en el período comprendido entre los años 2009 al 2013.

Entre abril y mayo de 2013 se produce un hecho inédito: la película peruana ¡Asu Mare!, dirigida por Ricardo Maldonado y producida por la empresa Tondero Films, lleva a las salas a más de tres millones de espectadores, convirtiéndose en el estreno más exitoso en la historia de la exhibición cinematográfica en el Perú. Entre julio y agosto de ese mismo año, Cementerio general atrae a más de setecientos mil espectadores a las salas públicas. En febrero de 2014, El vientre obtiene más de doscientos mil espectadores en sus seis semanas de exhibición. En mayo de 2014 se estrena A los 40, de Bruno Ascenzo, que congrega a más de un millón setecientos mil espectadores. En agosto de ese mismo año, Viejos amigos, de Fernando Villarán, es vista por cuatrocientos mil espectadores. Siendo distintas entre sí, ellas tienen un elemento en común, además de su apuesta por la afiliación a géneros tradicionales, como la comedia, el suspenso o el terror, o a la noticia sensacional y trágica que aún está vigente en la memoria popular, como ocurre con F-27: sus estrenos son manejados por distribuidoras representantes de las majors. New Century Films, representante de los sellos Fox y Warner en el Perú, distribuye ¡Asu Mare!, El vientre, A los 40, Viejos amigos, Perro guardián, El elefante desaparecido, ¡Asu Mare 2!, mientras que UIP se encarga de Cementerio general, Secreto Matusita, F-27, Atacada, la teoría del dolor, entre otras.

Otra característica común: todas llegan a las salas luego de campañas de lanzamiento ajustadas a las prácticas del marketing de hoy, apelando a las redes sociales y a una intensa exposición de las imágenes previas de la película mediante teaser, trailers, presentación en la televisión, paneles, vallas, entre otros.

A diferencia del pasado, en que los estrenos se hacían con un máximo de dos docenas de copias en soporte fílmico, algunas películas de hoy logran exhibirse en más de un centenar de pantallas en todo el país y en funciones sucesivas en soporte digital (DCP). El incremento de las pantallas en los complejos multiplex, y su apertura en muchas regiones del país, cambia el panorama de la exhibición de los títulos que aspiran a llegar a públicos más vastos.

Los problemas de exhibición, y de desafección del público, persisten en los casos de las películas de estilos diferenciados o que muestran sellos personales, como El elefante desaparecido.

El entorno educativo

El panorama actual del cine peruano se sustenta en películas realizadas por cineastas jóvenes. Las primeras obras se multiplican. Solo había ocurrido algo equivalente durante el período inicial de la aplicación del Decreto Ley N.o 19327, a inicios de los años setenta, pero en menor escala.

El perfil formativo de estos nuevos cineastas es variado. Fuera de Lima, en el llamado cine regional, predomina la autoformación y el aprendizaje en la práctica. Emprendedores o pequeños empresarios llegan al cine acopiando recursos propios y movilizando, como técnicos y actores, a personas de su entorno inmediato. Algunos de ellos también provienen de “estudios técnicos o superiores en otras áreas como educación, derecho o ciencias sociales. Muchos han comenzado como actores…)” (Bustamante y Luna Victoria, 2014, p. 191).

También encontramos cineastas provenientes de la formación artística, como Lalo Parra Bello, de Ayacucho, o provenientes del magisterio, o de las prácticas musicales, entre otras30.

En Lima, Arequipa, Trujillo, entre otras ciudades, se encuentran directores, productores y técnicos de las diferentes áreas de la producción, como fotógrafos, editores, sonidistas, que empiezan actividades luego de haberse formado en el campo genérico de la comunicación audiovisual, o de las ciencias de la comunicación, en universidades e institutos.

Se han identificado 38 (universidades peruanas)… (que) imparten conocimiento relacionado con el sector audiovisual con el siguiente desglose: 52 licenciaturas en Comunicación (…) 1 licenciatura en producción de Cine/TV. 1 Posgrado en Ciencias de la Comunicación (Entidad de Gestión de Derechos de Productores Audiovisuales de España, 2013, p. 407).

En Lima se cuentan dos escuelas dedicadas a la enseñanza específica del cine: la Escuela de Cine de Lima y la Escuela Peruana de la Industria Cinematográfica (EPIC), que otorga título profesional, con actividades iniciadas en agosto de 2013. Algunos realizadores, como Josué Méndez, Miguel Barreda, Álvaro Velarde, Rosario García Montero, Javier Fuentes-León, Claudia Llosa, entre otros, siguieron estudios de pregrado o maestrías de cine en el exterior.

Si hasta 1992, cuando se deroga la ley promocional dictada por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, el camino usual para llegar a la dirección cinematográfica solía pasar por la realización de cortometrajes, eso ya no ocurre necesariamente.

El entorno expresivo: escrituras y relecturas

¿Son distintas, desde el punto de vista expresivo, las películas peruanas de hoy? ¿Qué las diferencia de las que se hicieron en las últimas décadas del siglo pasado? ¿En qué contextos surgen y qué influencias han recibido? ¿Los cineastas aparecidos desde la última década del siglo XX han cortado amarras con los que les precedieron? ¿Cuáles son los signos que indican nuevos gestos creativos y actitudes distintas?

Enumeramos algunos de los rasgos distintivos del cine peruano durante el período estudiado.

Dime cómo produces y te diré quién eres

Algunos cineastas de hoy buscan financiamiento para sus proyectos concursando para obtener fondos del Ministerio de Cultura y de instituciones internacionales; otros optan por los principios de la autogestión, del “hazlo tú mismo”, del “cine garaje” o “cine guerrilla”. Esas dos opciones de producción y gestión de recursos económicos dejan sus respectivas improntas en la configuración de los relatos, en la relación con los actores, en el diseño de la dirección artística y en las condiciones de realización de las películas resultantes.

Mientras algunos realizadores pretenden llegar con sus películas a las salas públicas, pero también a festivales y mercados internacionales, con escrituras apegadas al “aire de los tiempos”, explorando los modos de representación que marcan los rumbos del cine de autor, otros, los autogestionarios, prefieren los micropresupuestos, la tecnología asequible, la luz natural, el sonido imperfecto, una cuota visible de experimentación, la representación de los detalles cotidianos y el habla coloquial, así como una distribución y exhibición alternativas. Son los que perciben con mayor nitidez los tres “menoscabos” para el “cine” (como institución) aportados por la revolución digital: su desacralización (las imágenes y sonidos ya no son el patrimonio de profesionales), su desmaterialización y su diseminación: las salas comerciales ya no tienen el dominio exclusivo del consumo de las imágenes y sonidos, que circulan libremente por múltiples pantallas31 (Gaudreult y Marion, 2013).

Mientras que los primeros recurren a las figuras retóricas de la alegoría, la alusión o construyen fábulas, los otros intentan dar cuenta de los pliegues de la vida ordinaria, en una suerte de “retorno a lo básico”, acaso para reafirmar la ética del cine digital hecho por uno mismo (Rombes, 2009, p. 14).

Pero más allá de esas diferencias, se hallan zonas de contacto. Unos y otros conciben sus películas como obras personales, afirmando escrituras particulares.

En este panorama, surgen las miradas de los cineastas como “autores” distintivos. Claudia Llosa, Héctor Gálvez, Eduardo Quispe, Raúl del Busto, Omar Forero, entre otros, ejercitan estilos singulares y son conscientes de sus recursos expresivos. Poseen, además, el control creativo de sus proyectos, buscando la singularidad en varios de los campos de la realización fílmica: desde seleccionar actores con rostros desconocidos para el público, cuerpos ajenos a la formación escénica tradicional, voces distintas a las de la impostación teatral y poses contrarias a las de los tics televisivos, hasta construir espacios alternativos para la ficción, calles y plazas anónimas, o escenarios con la capacidad para simbolizar dramas íntimos y procesos históricos, como ocurre en Paraíso, Madeinusa o La teta asustada. Los rostros de sus actores no solo incorporan los rasgos exigidos por un guion sino también los signos y marcas de una herencia vital y un pasado cultural; los rasgos del ser uno mismo: la presencia de la actriz Magaly Solier en las películas de Claudia Llosa es modélica al respecto.

El proyecto de todos estos cineastas es distanciarse de las determinaciones unívocas. Los personajes de las películas de Quispe, Méndez, Gálvez, Llosa o García Montero, entre otros, se niegan a convertirse en sujetos típicos, como en las ficciones costumbristas, criollas o nativistas de antaño. Tampoco resultan disolventes ni contestatarios programáticos. Se modelan, más bien, a partir de la duda y de la formulación progresiva de proyectos propios, a veces de trayectorias erráticas y agendas privadas. Los personajes e incidentes de películas como Días de Santiago, Paraíso, Madeinusa o Las malas intenciones son productos de representaciones complejas.

Pero hay también modalidades del cine autogestionado, sobre todo en las regiones del Perú, más allá de Lima. Algunas tientan nuevas formas expresivas y pretenden mostrar las huellas del autor, como las de Omar Forero en Trujillo o Miguel Barreda en Arequipa. Otras, en Ayacucho, Puno, Cajamarca, Junín, entre otros lugares, eligen la vía de los géneros, en las vertientes del melodrama, el terror o el romance. Al reivindicar una dimensión artesanal de la práctica fílmica, los realizadores fungen en diversas tareas técnicas, como la edición, la fotografía, la cámara, el diseño del storyboard, además de la producción y realización. Al no poder llegar con sus películas a las multisalas locales, construyen espacios de difusión en centros culturales, salones municipales, universidades, plataformas mediáticas, circuitos de exhibición alternativos e informales de vídeo, festivales de cine, entre otros.

La apuesta por el documental

La misma diversidad se observa en el campo de la realización de documentales, cuyo territorio se amplía en múltiples estilos, tratamientos y modos de representación. Su producción despunta hacia el año 2000, luego de un período de incertidumbre.

La Ley de Promoción de la Industria Cinematográfica (Decreto Ley N.o 19327), promulgada en 1972, creó el sistema de exhibición obligatoria para los cortometrajes peruanos: ellos debían exhibirse en todas las salas del país, antes de la proyección de una película extranjera. La mayoría de los cortos realizados al amparo de esa ley se afiliaron a la vertiente documental. En diciembre de 1992 se deroga ese sistema y los cortos documentales pierden sus canales estables de exhibición32. Luego de haberse mantenido durante veinte años en el centro de la atención a causa de su programación regular en las salas comerciales, los documentales peruanos se ubican en una tierra de nadie. Al carecer de un mercado capaz de redituar provechos económicos para sus productores, los documentales de corto y de largometraje realizados sobre soporte fotoquímico se filman, desde entonces, como productos de esporádicas prácticas institucionales.

En paralelo, se registran experiencias de realizaciones documentales en vídeo desde los años setenta. Ellas son promovidas por Organizaciones No Gubernamentales, instituciones vinculadas con la Iglesia católica, así como por realizadores individuales. Títulos producidos por instituciones como Calandria, Instituto para América Latina (IPAL) o TV Cultura, dan cuenta de una línea de producción de documentales en vídeo que se inserta en las preocupaciones y objetivos de sus responsables: la educación popular, el testimonio social, el trabajo en comunidades y organizaciones laborales. El Centro de Estudios y Acción para la Paz (Ceapaz) apunta en ese horizonte, desde su óptica cristiana. También el Grupo Chaski, el Centro de Información y Desarrollo Integral de Autogestión, el Centro de Servicios de Pedagogía Audiovisual para la Capacitación, entre otros (Quiroga, 2012, pp. 445-450).

Por el lado de la producción individual, nombres como los de Jorge Vignati, José Antonio Portugal, Jorge Delgado, Alejandro Legaspi, Pedro Neira, Nora de Izcue, María Barea, Raúl Gallegos, Martha Luna, entre otros, se destacan manteniendo una producción regular. También hay que mencionar los documentales realizados por instituciones del Poder Ejecutivo, como el Centro de Servicios de Pedagogía Audiovisual para la Capacitación (Cespac), dependiente del Ministerio de Agricultura, productor de programas en vídeo con fines de educación rural.

Recurren al vídeo, con fines experimentales, artistas plásticos que incorporan técnicas documentales a sus trabajos33.

El advenimiento de la tecnología digital, y su conversión en plataforma de producción de bajo costo, modifica ese panorama. No solo cambian las técnicas tradicionales sino también las percepciones y los modos de relacionarse con imágenes que registran experiencias personales y cotidianas. Empieza la era de las grabaciones con cámaras domésticas, e incluso con teléfonos portátiles, y su “subida” inmediata a la red. Época de banalización de las imágenes y los sonidos, pero también de nuevas escrituras de lo próximo y de lo inmediato. En coincidencia con este período, y como consecuencia del impulso digital, se afianzan e incrementan las realizaciones documentales en diversos campos y modalidades. Es la era del “vídeo vernacular” y sus prácticas creativas cotidianas, capaces de generar autorrepresentaciones y “narrativas del yo”, más allá de cualquier sistema cultural o económico (Burgess y Green, 2009).

Pero el incremento de la producción documental no puede estimarse por su llegada a las salas públicas. Desde 1996, apenas unos cuantos títulos logran exhibirse en las cadenas de multicines. Las expectativas de rentabilidad de las películas documentales son frágiles y las ubican como opciones no redituables para un sistema de exhibición comercial basado en la circulación dinámica de los títulos de ficción que se van estrenando.

La presencia y la fuerza de la producción documental se percibe en el empeño de sus ejecutantes y en la amplitud de su labor. También en la diversidad de sus intereses y logros. Pueden enumerarse los resultados del trabajo de Chirapaq, Centro de Culturas Indígenas del Perú, en el campo de la autorrepresentación indígena; de Docuperú, origanizadores de la Caravana Documental, que realiza talleres de adiestramiento documental en diversas regiones del país, así como cursos de producción y realización34. También los del Grupo Chaski y su trabajo de difusión a través de una red de microcines, así como los títulos realizados por cineastas individuales o agrupados en empresas o asociaciones.

La Maestría en Antropología Visual de la Pontificia Universidad Católica del Perú se ha convertido en un espacio de reflexión sobre la mirada documental y el empleo de los recursos audiovisuales en las prácticas etnográficas. Se han presentado interesantes documentales con la calidad de tesis para optar el grado académico de magíster: destacan Esa gente existe (2014), de Jimmy Valvivieso; Volveré a bailar por ti (2014), de Erick Portilla; Danzak Pacha: la revelación de la Chakana (2012), de Polinario Tuesta.

Como ocurre con las películas que no encuentran un lugar estable en la programación pública comercial, los documentalistas organizan lugares alternativos para la exhibición y difusión de sus trabajos, sea en muestras especializadas, como la de Documentales Peruanos organizadas por Docuperú, o en secciones específicas programadas en el contexto de festivales como el Festival de Cine de Lima, La Noche de los Cortos, Filmocorto, Festival Internacional de Cortometrajes (Fenaco), los festivales Fiacid (Festival Iberoamericano de Cine Digital), Lima Independiente, Transcinema, entre otros.

La práctica documental se abre a múltiples formas de representación, como el diario personal, la autobiografía, la memoria de los hechos álgidos del pasado político reciente, el “yo expuesto” o las derivas urbanas35. Esos documentales transitan, a menudo, por vías creativas libres y hasta experimentales.

Apertura a lo contemporáneo

Las películas de los realizadores con voluntad “autoral”, sean producidas con aportes estatales y de fondos internacionales o autogestionadas, lucen las influencias de los estilos del cine de autor de las últimas décadas: el minimalismo asiático; el ascetismo del cine de Jim Jarmush y Aki Kaurismaki; las estrategias del registro contemplativo de Theo Angelopoulos y Béla Tarr; la irrupción de la mirada “femenina” de Claire Denis o Jane Campion; el “cine ensayo”, de Marker y Vardá; el autorretrato a la manera de Naomi Kawase o Johan Van Der Keuken; la atención por inscribir en la ficción las manifestaciones visuales y sonoras de las diferencias étnicas, en la línea trazada por Emir Kusturica, Tony Gatlif o Abdellatif Kechiche. Se remodela el “registro de comportamientos”, en clave de “realismo débil”, y se trazan gestos mínimos, construyendo retratos de la molicie ordinaria.

Modalidades de un cine internacional cotizado en festivales y apreciado por la crítica pero que no se distribuye en el circuito comercial peruano36. Los cineastas acceden a esos títulos a través del extenso mercado informal de vídeo y DVD que opera en Lima y otras ciudades del Perú37. Queda por estudiar el significado y la importancia que ha tenido ese mercado, concentrado en las galerías comerciales del mercado de Polvos Azules, ubicado en Lima, en la formación de la fisonomía actual de las películas peruanas.

No solo cuentan los estilos llegados de otros continentes. A partir de la década de los años noventa se produce una renovación de las prácticas expresivas en las cinematografías de algunos países latinoamericanos. El caso más notable e influyente es el del cine argentino, que se distancia de los tratamientos fílmicos y prácticas de producción tradicionales38. No solo cuestiona el modelo del viejo cine industrial; también toma distancia del cine que surge al caer la dictadura militar, en los años ochenta (Pena, 2009). Luego, el cine mexicano y el chileno se orientan por caminos de renovación39. Y en todos esos países aparecen modelos de cine autogestionado, realizado con escasos recursos, que existe como alternativo al que recurre a formas de producción institucionales.

Los nuevos cineastas argentinos, chilenos o mexicanos deslindan de las modalidades consabidas de la denuncia social, del registro testimonial de las formas de la vida urbana, o de las incursiones por géneros como el melodrama o por modos representativos como el “realismo mágico”. Se vinculan con las tendencias y sensibilidades del cine internacional más que con sus propias tradiciones fílmicas nacionales o regionales.

En el campo del documental, la dimensión performativa adquiere una posición central. La exhibición de la intimidad se convierte en herramienta para el autoconocimiento. También hallamos documentales que se fertilizan con las propuestas estéticas de vanguardia, exaltando las formas subjetivas de percepción. Se concentran en la observación, atraviesan barreras combinando las técnicas de la entrevista con la representación de dimensiones fantásticas u oníricas o pasan de la entrevista al collage audiovisual y del metraje encontrado o found footage (incorporación y resignificación de materiales fílmicos obtenidos por otros) al pastiche de formas narrativas propias de la cultura popular, como la animación, la fotonovela, el folletín, el melodrama (Niney, 2009).

La apuesta por lo masivo

Los grandes éxitos de boletería del cine en América Latina en los años pasados se identifican con la proyección mediática de sus protagonistas. Actores famosos por su presencia televisiva, como Guillermo Francella, Diego Capusotto o Ricardo Darín, en Argentina; Stefan Kramer, en Chile; Eugenio Derbez, en México, entre otros, marcan los puntos más altos de la recaudación en sus países. La fórmula no es nueva, pero se remoza de modo constante.

En el Perú no solo encontramos autores o películas de estilos distintivos. También se hallan títulos que tientan el éxito masivo, albergando expectativas de convocar a las salas a un gran número de espectadores. Para lograrlo, algunas apuestan por la presencia de figuras de la televisión o del mundo del espectáculo que los espectadores conocen y aprecian. Otras se proponen suscitar polémicas, logrando la visibilidad mediática, o recurren a la aclimatación del cine de horror. El referente televisivo suele tener un peso gravitante en el diseño y promoción de las películas que adoptan fórmulas narrativas tradicionales y estándares mediatizados de comunicación con el público.

Aunque no logren sus propósitos comerciales, sea por errores en el lanzamiento o porque los atractivos potenciales no llegan a crear el efecto viral de la recomendación a través de las redes sociales o por el boca a boca, estas películas de aspiraciones masivas identifican —a la vista de un sector del público— al cine peruano con las rutinas de la farándula.

La aspiración por el éxito masivo se alienta desde la concepción y diseño del proyecto. En un país carente de industria cinematográfica, la iniciativa suele ser de un productor que conoce de antemano que su empeño no recibirá premios del concurso estatal ni recursos de los fondos internacionales: el proyecto sustenta su factibilidad en factores distintos a las expectativas de calidad y no pretende realizar un recorrido por festivales.

El éxito de ¡Asu Mare!, en 2013, perfila un modo de producción y circulación que se ratifica con A los 40 y se reproduce con ¡Asu Mare 2! Los proyectos se trabajan al alimón con el distribuidor de la película, representante de algunos sellos estadounidenses en el mercado peruano. Ese distribuidor, que le asegura a la película un tratamiento similar al de los títulos de Hollywood —garantizando un estreno en mejores salas, turnos, horarios y el pago oportuno del porcentaje debido al productor por las cadenas exhibidoras—, adquiere voz y voto en las decisiones sobre la fisonomía del producto y las estrategias de su lanzamiento.

En el origen de las películas de vocación masiva se halla la recreación de alguna historia conocida, acaso una leyenda urbana, como en Secreto Matusita; un género en boga del cine internacional, o la presencia de figuras mediáticas: se conciben como productos que conjugan tales ingredientes. También es preciso que asimilen las convenciones del cine representativo usual, como narrar una historia de narrativa cerrada, desarrollo causal y elementos genéricos. Y propiciar la identificación con los personajes, reconocibles en gestos, acentos, espacios y ambientes: la apuesta por lo masivo es también una apuesta por lo próximo.

Cuando las películas de aspiración masiva cumplen sus cometidos se integran en el imaginario social, aunque no cosechen opiniones críticas favorables, como ocurrió con ¡Asu Mare!

En el período estudiado solo un grupo de películas apostó por el éxito masivo. No todas lo alcanzaron. Algunas se hicieron con las dosis consabidas de negligencia en el acabado y desaliño formal. Otras transitaron por las fórmulas de un cine popular de géneros, sea en clave de comedia (El guachimán), de filme criminal (Django, la otra cara), de iniciación sexual adolescente (Mañana te cuento y Mañana te cuento 2), de terror (Cementerio general; La cara del diablo, Secreto Matusita; Poseídas), o thriller (Desaparecer).

Economía de mercado y posconflicto

Las películas del período estudiado se producen y realizan durante la etapa que corresponde a las “transformaciones de la era neoliberal y el posconflicto” (Del Pino, 2013).

Es decir, aparecen en el entorno de un régimen cultural modelado por los principios de la preponderancia del mercado, el individualismo competitivo, el gesto emprendedor convertido en paradigma de comportamiento plausible, y con un Estado alejado de las actividades económicas productivas, tuitivas o de regulación. Buen ejemplo de ello es el marco legal que rige al cine peruano, basado en premios de fomento a la calidad, alejándose del proteccionismo o el dirigismo estatal.

Por otro lado, las películas surgen en el período que sigue al conflicto armado interno que desató el Partido Comunista del Perú, Sendero Luminoso, de ideología maoísta, al insurgir, de modo violento, contra la sociedad peruana en 1980. La captura, en 1992, del líder Abimael Guzmán Reynoso, llamado “Camarada Gonzalo”, inicia una etapa de sobresaltada pacificación40.

El régimen cultural del liberalismo marca con su impronta al cine internacional. Lipovetsky y Serroy anotan que el cine posterior al año 1995 perfila un interés en los estamentos populares que ya no pasa por la fe en la lucha revolucionaria. Remite más bien a “otro sistema de legitimación que ha desplazado a las megaideologías finalistas y que se presenta como el evangelio de los tiempos hipermodernos: los derechos humanos” (2009, p. 202).

Esas nuevas orientaciones traen consigo la reformulación de los tratamientos de lo social. Desaparecen los acentos asertivos y las representaciones colectivas. Se privilegian los retratos íntimos, las experiencias privadas, la dramatización de las memorias individuales. Se imponen las dimensiones de lo autorreferencial y de la autoficción, que se traslucen también en los entornos culturales marcados por un rasgo propio de las sensibilidades de hoy: la exposición de las intimidades a través de las redes sociales. Singularización de los individuos que es producto de esa “multiplejidad” descrita por Lipovetsky y Serroy. Los personajes fílmicos se resisten a ser leídos a la luz de teorías mayores o descifrados a partir de claves de interpretación de raigambre freudiana, indigenista o marxista. Es en ese contexto que adquieren sentido los personajes de Madeinusa, La teta asustada, Los actores, Chicama, Biopic, entre otros:

Pues todos los individuos son a la vez complejos y singulares, y esta singularidad se refleja en comportamientos que, en un mundo en que la diferencia individual se ha convertido en un valor de primer orden, no tienen necesidad de justificaciones ni de explicaciones académicas. Es la individualidad misma lo que se impone como evidencia y modelo. El cine hipermoderno muestra a las personas tal como se presentan con su forma única de comportarse: es su verdad, por grotesca, extraña e inexplicable que sea, en una superficie que no es en modo alguno superficialidad (Lipovetsky y Serroy, 2009, pp. 106-107).

Las acciones violentas del pasado y las crisis sociales de hoy se representan filtradas a través del prisma de la experiencia subjetiva: aparecen los relatos de la memoria y de la posmemoria. Las películas dejan de focalizarse en la descripción genérica y típica, que reduce “a los sujetos individuales a la categoría de especímenes de tipos dignos de ser incluidos en un álbum” (Burke, 2001, pp. 174-175). Los personajes ya no se conciben como representantes genéricos de comunidades humanas, tipos culturales o encarnaciones étnicas. Son seres de ficción, con matices y acentos singulares.

Lo mismo ocurre con las películas de horror producidas en Ayacucho o Puno. Ponciano del Pino sostiene que tanto la violencia como las políticas liberales ejecutadas en la década de los años noventa fueron factores desestructurantes para algunas comunidades andinas (Del Pino, 2013, p. 17). Comunidades que vemos representadas en las películas del cine de terror andino. Pero, en ellas, las referencias al pasado violento o a los cambios producidos por la liberalización económica se filtran a través del repertorio de las figuras y retóricas genéricas.

Los espantajos ayacuchanos surgen en el cine al acabar la etapa más álgida del conflicto interno. Migran de las fabulaciones nocturnas y las leyendas orales hacia la representación audiovisual al disolverse los referentes tradicionales de la vida cotidiana en los Andes. Espantajos que se modelan a través de las percepciones aterradas de los personajes que los enfrentan: sus siluetas están cargadas de memorias y de la vivencia de experiencias críticas de aquí y de ahora.

¿Un cine nacional?

La diversidad del cine peruano de hoy permite imaginar que se construye un “cine nacional”: es decir, un cine que alberga múltiples representaciones sobre los “otros” y sobre “nosotros propios”. Cineastas de diversos orígenes, formaciones y lenguas representan a terceros y se representan ellos mismos.

Directores limeños, puneños, ayacuchanos, cajamarquinos, trujillanos, entre otros, miran sus entornos y ejercen una apropiación cultural de las nuevas tecnologías de registro y edición de imágenes y sonidos con fines de representación o autorrepresentación. Priorizan el “rescate” de narrativas ligadas a sus entornos y dan cuenta de prácticas culturales ligadas a una cosmovisión determinada. Algunas películas, dominadas por la fuerza de la fabulación, construyen memorias y tradiciones alternativas41.

Si hasta 1996 la mención al cine peruano refería, sobre todo, a un corpus fílmico concebido, producido y consumido, en forma mayoritaria, en Lima, ahora el panorama es otro. Por eso, se puede hablar hoy de un “cine nacional” en el que debaten múltiples formas de realización cinematográfica e identidades culturales, como lo quería Stuart Hall (1910, p. 69).

Hall plantea pensar las identidades culturales, no tanto como el reflejo de las experiencias históricas comunes y códigos culturales compartidos que proporciona a “un pueblo” marcos de referencia y significado estables y continuos, sino como puntos de identificación o sutura inestables que son siempre construidos dentro de los discursos de la historia y la cultura, no una esencia fija y trascendental que existe de forma ajena a ellas. En este sentido, Hall propone situar al cine no como un espejo de segundo orden que refleja una identidad cultural ya existente, sino como una forma de representación que es capaz de constituirnos como nuevos tipos de sujetos, construir puntos de identificación (García Carrión, 2013, p. 29).

Se ha descentrado la noción del cine peruano. El cine limeño pasa a ser minoritario, aun cuando resulte el más visible, para efectos mediáticos. Pero ya no puede reclamar para sí la capacidad de representación de algún tipo de identidad cultural excluyente. El cine de Lima es el de una región más. Como explica Marta García Carrión —refiriéndose a lo tratado en los estudios actuales sobre identidades nacionales y cinematografía—: se ha producido una desestabilización del concepto de “cine nacional” entendido como un aparato cultural monolítico que “contiene la idea de que un cuerpo particular de películas comparte una identidad única y coherente, lo que se produce a costa de la subordinación de otras identidades posibles (…)” (2013, p. 29).

La mirada de los cineastas andinos sobre sus propias historias, personajes y entornos físicos es inédita en el cine peruano. Difiere de las representaciones realizadas por cineastas limeños o “criollos”, pero también de las visiones de los realizadores indigenistas de los años cincuenta y de los cineastas “comprometidos” políticamente de los años setenta. No encontramos en las películas andinas de hoy ni los afanes plásticos o contemplativos de una cinta como Kukuli ni los arrestos épicos y militantes de Kuntur Wachana. Donde nacen los cóndores, ni las apelaciones mitológicas a un futuro utópico de Laulico. Tampoco proponen símiles de las imágenes de los Andes acuñadas por la publicidad oficial, por las organizaciones no gubernamentales ni por los documentales realizados con fines académicos.

El discurso heterogéneo, cuyo “productor pertenece a un mundo culturalmente distinto al mundo de su referente” (Tarica, 2009, p. 130), convive, dialoga y disputa con experiencias cinematográficas de autorrepresentación.

Alonso Quinteros señala que los cineastas andinos se posicionan dentro de

una cultura pública peruana pensada como ‘zona de debate cultural’, en donde estaría en constante disputa lo que se toma como lo andino, lo nacional, lo regional; e incluso lo que se denomina como lo público, más precisamente, lo que debería estar contemplado dentro de lo público (2011, p. 415).

Una de las películas regionales más valiosas, Rosa (2010), hecha en Junín por Dalmer Quintana, pone en cuestión (a la vez que dialoga) el tratamiento ofrecido por el cine peruano de los espacios físicos andinos y la naturaleza tangible. Y lo hace mostrando la vida cotidiana en una comunidad rural de Junín. Apelando a una estructura episódica y evocativa, la película muestra el día a día de una niña y su entorno familiar cercano. Es una convivencia estrecha, pero también cruel, con la naturaleza. Nada hay de compuesto, idealizado o poetizante en la mirada de Quintana: es el cronista del crecimiento de la muchacha, de su relación con los animales del predio, con insectos, arañas, caracoles, lombrices de tierra, pero también con las plantas, tunas, ortigas, y con los ciclos de la tierra. Y con la necesidad de servirse de todos ellos. Quintana filma una de las secuencias más fuertes y detonantes del cine peruano: muestra el degüello de un gallo sin recurrir al énfasis ni a la complacencia, pero sin apelar a la elipsis ni rehuir el registro frontal del hecho. Si Rosa ofrece una mirada de integración entre los personajes y su entorno natural, lo hace sin las marcas de las intervenciones “estetizantes” y deslumbradas con la belleza del lugar, propias del cine de referente andino, o sin lamentar la armonía perdida que es el presupuesto de las requisitorias ideológicas de otrora. Esa mirada de una película huancaína que naturaliza la relación con el entorno, se suma a las de otras películas (hechas bajo otros regímenes de producción o en otros lugares, lejos de los Andes) que representan relaciones conflictivas con un medio natural que amenaza con su poder elemental y subterráneo, o que emplean algunos elementos naturales como metáforas de pulsiones primarias o de comportamientos crueles, como ocurre en Madeinusa (la relación de la protagonista con la ratas que acechan su casa) y en Las malas intenciones, donde vemos a la niña Cayetana mantener ambiguas relaciones, de ternura y crueldad, con los animales.

Otra lograda película, El abigeo (2001), de Puno, dirigida por Flaviano Quispe, basada en el relato Ushanan Jampi, de Enrique López Albújar, ofrece una mirada inédita al álgido tema de la justicia comunal y la actuación de los sistemas de autodefensa. Un asunto que fue tratado, en 1981, por El caso Huayanay: testimonio de parte, de Federico García. La diferencia entre ambas radica en el modo en que El abigeo enfrenta la situación central de la captura y sanción colectiva del ladrón de ganado. Si el sesgo ideológico de El caso Huayanay… impedía la representación del momento climático de la muerte del ladrón de ganado, a causa de la “incorrección” de mostrar las consecuencias brutales de los actos de los campesinos enardecidos, El abigeo va hasta el fin y construye una secuencia seca y contundente. La expulsión del campesino de la comunidad no ahorra detalles expositivos en un estilo bronco, elemental y potente. Lo mismo ocurre en Hay esperanza (2012), de Aquileo (Leo) Tucto Huaranga, que representa, con detalle, la captura de un ladrón y abigeo por parte de la población, las torturas que se le aplican, y la ejecución: al grito colectivo de “¡mátenlo!”: envuelto en una bolsa de plástico, el infortunado es arrojado al río por un grupo de comuneros.

Son miradas que ignoran las posibilidades de construir “exotismo” o de embellecer o romantizar las condiciones de vida de las comunidades andinas. Se abocan a recrear el quehacer comunal como trasfondo de ficciones que tocan asuntos dolorosos o polémicos, desde el alcoholismo hasta la comisión del incesto, pasando, claro, por las prácticas de “justicia” colectiva, ante la clamorosa ausencia del Estado. Hay una dimensión performativa en ese hacer y ese mostrar42.

Capítulo 2
Intimidades

Algunas películas del período estudiado examinan las subjetividades de personajes dispuestos a penetrar en el laberinto de sus propias memorias, a saldar cuentas con su entorno familiar, o a dejar cicatrizar las heridas dejadas por la violencia. También, a enfrentar los traumas que heredaron de sus padres.

Son títulos que, a través de la ficción o del documental, exhiben las intimidades de sus realizadores, expuestas ante la cámara, sin mediaciones. Trazan autorretratos, dramatizan la memoria de los años de plomo o a compañan a los protagonistas en sus tránsitos hacia la madurez.

Los personajes no intentan cambiar el mundo; ni siquiera buscan mejorarlo. Pretenden, sí, enfrentar los costados perturbadores de sus relaciones privadas o las facetas más difíciles de sus personalidades. Se sienten insatisfechos con sus entornos y buscan salidas individuales.

Memoria de los años de plomo
En el umbral: Las malas intenciones

Las malas intenciones (2011), primer largometraje de Rosario García Montero, es el retrato de una niña en tiempos violentos. Cayetana de los Heros (Fátima Buntinx), hija de una familia de la burguesía acomodada de Lima, tiene ocho años y es perspicaz, sensible e inteligente. Pese a su edad —o a causa de ella— vive acosada por fantasías de exclusión y de muerte.

Las acciones se ambientan entre los meses finales de 1982 y mediados de 1983, en los inicios del conflicto armado interno. En el ínterin, ocurren hechos violentos y masacres como la de Uchuraccay. La violencia desatada por Sendero Luminoso se manifiesta a través de apagones y atentados terroristas. Actos que van trazando un entorno ominoso, pero que no se representan como acciones visibles, salvo por señales lejanas: una figura llameante de la hoz y el martillo que se divisa en los cerros cercanos a Lima; el súbito desorden de la casa de Chaclacayo donde vive Cayetana, junto con su madre (Katerina D’Onofrio) y su padrastro (Paul Vega), que remite a una incursión violenta o exploratoria de algún comando armado. Existe un espacio —el del país en convulsión— que se mantiene fuera del campo visual, sugiriendo permanentes amenazas.

La niña es hija de padres separados. Un día, aciago para ella, recibe una noticia que la conmueve: su madre está embarazada. La realidad inminente de la llegada de un hermano le resulta insoportable. Cayetana cree que no hay lugar para dos niños en la familia y que ella morirá irremediablemente el día del alumbramiento materno. El hecho activa sus fantasías más luctuosas: se siente expulsada de la normalidad familiar y del cobijo que la torna invisible. Empieza, entonces, a prepararse para la llegada del funesto acontecimiento. La asisten los “héroes” de su imaginación, una tía muy cercana en sus afectos, y sus abuelos. Su padre (Jean-Paul Strauss), en cambio, es una presencia eventual, elusiva y difusa.

Los datos del entorno son filtrados por la mirada curiosa y penetrante del personaje de Cayetana, que impone su punto de vista en la película. Las acciones transcurren ante su mirada hipersensible, que instiga los terrores que la estremecen, sean reales o imaginarios. Los tiempos violentos que vive el país coinciden con el período de su transformación personal: el embarazo de la madre la impulsa en un proceso de ruptura, tránsito y reintegración problemática a la familia y a la vida social. La película dramatiza ese itinerario, representándolo en sus fases y períodos.

Como el personaje de Fausta (Magaly Solier), en La teta asustada, Cayetana cumple una trayectoria hacia la madurez, o un rito de paso. La niña enfrenta la experiencia del “apartamiento preliminar”, que la aleja de la normalidad cotidiana del orden familiar. Luego, vive un prolongado extrañamiento liminal, que la impulsa a recorrer los alrededores de su mundo habitual y confrontarse con ella misma, sobre todo con sus miedos. Hasta que llega el momento de su reintegración, “en la que se produce el retorno al orden cotidiano habitual, pero accediendo a un estatus superior…” (Gil, 2006, p. 90).

¿Cómo emprende Cayetana la separación, vive el extrañamiento y acepta la reintegración, fases convertidas en las etapas narrativas de la película?

Lo hace desentendiéndose de las exigencias y halagos de la vida familiar y de la sobreprotección acentuada por sus limitaciones físicas, causadas por el asma. El regreso de la madre, luego de un viaje, y la noticia del embarazo, detonan las acciones que culminan con el nacimiento del hermano. Entre un hecho y el otro, Cayetana se ubica en una línea de frontera, en el umbral, convoca sus miedos y fantasías mientras la cámara la acompaña, acercándose a su rostro y sus gestos. Mientras tanto, en el jardín de la casa de la niña se construye una piscina como marca de una temporalidad en curso. La película es la crónica de esa transición.

Estando en el umbral, la niña adquiere una sensibilidad especial hacia las faltas o carencias de los adultos. Reclama al padre por sus descuidos negligentes al olvidar sus citas con ella; expresa su curiosidad por los sucesos violentos de un entorno político cada vez más hostil; se preocupa por la fragilidad de Jimena, su tía y amiga cercana. Pero es la fantasía de la muerte, una presencia invasiva, la que impregna su mundo: la descubrimos a través de impresiones fragmentarias, apuntes mínimos y opiniones soltadas al desgaire.

En contraste con los tonos luminosos de la fotografía, el tratamiento narrativo y dramático de Las malas intenciones acentúa un costado mórbido. La enfermedad o la muerte rondan a los personajes del entorno de Cayetana, sobre todo a la tía Jimena, tocada por un mal incurable, y a sus héroes preferidos: los vampiros de la ficción y los héroes de la patria, que resultan personajes bifrontes antes que opuestos. Ellos regresan del sepulcro para encarnar dignidades aristocráticas. Héroes y mártires integran el santoral privado de Cayetana, adoptando las apariencias que les atribuyen las láminas ilustradas para usos escolares. Francisco Bolognesi, Miguel Grau, Alfonso Ugarte y José Olaya son convocados por la niña y acuden en su ayuda, salvándola de tropiezos, siempre prestos para la inmolación teatralizada. En sus fantasías, entre juguetonas y tortuosas, la niña los interroga sobre sus gestos finales, antesalas del fin.

Pero la muerte no solo acosa a los próceres y a los adultos. También toca a los más tercos animales, como los cuyes elegidos para la parrilla de una celebración familiar. Al verlos enjaulados, listos para el sacrificio, Cayetana se compadece de ellos, abre su jaula, los libera, intenta salvarlos, pero ellos regresan a su cautiverio, engañados por el instinto gregario, para terminar achicharrados sobre una brasa. Como los héroes de la patria, eligen la muerte, pero sin gloria.

La posición liminal de Cayetana se hace patente en sus relaciones con los animales y en los juegos de vida o muerte que entabla con ellos. Funge, a veces, de protectora y guardiana. Otras veces, de victimaria. Sean insectos, aves o mamíferos, ella ejerce el poder de colocarlos en un estado intermedio, también en el umbral, entre la salvación y el exterminio. Nunca sabremos si acoge o elimina al canario o a los gatos que encuentra; si pretende liberarlos o sofocarlos. Lo mismo ocurre con una mosca, a la que deja volar para que vaya al encuentro de su “familia”, pero a sabiendas de la fugacidad del período vital del insecto.

Los juegos de salvación o sacrificio resumen su propio tránsito: fascinada con los lados más oscuros de la existencia, mantiene una afinidad esencial con la vida y con los demás.

Esa experiencia del umbral modela la percepción de Cayetana de su propia familia y de los espacios que habita, que se estrechan y se tornan hostiles, o se degradan hasta transformarse. En ese verano de 1983, los familiares de Cayetana, miembros de la burguesía acomodada de Lima, se enfrentan a la realidad de estar perdiendo —o de haber perdido ya— el control de sus recursos, fortunas, tiempos y lugares de ocio. El balneario de Ancón, el espacio vacacional y entrañable de otrora para la burguesía limeña, luce desbordado por vecinos desconocidos, foráneos. Los espacios naturales al borde del mar se convierten en escenografías de la decadencia para la mirada clasista y aterrada de los veraneantes del pasado. El malecón y la playa condensan las impresiones del deterioro físico, signos finales de una época. Las imágenes de los bañistas, registradas con focales largas, restando profundidad visual al encuadre, refuerzan la sensación de asfixia, saturación y extrañeza. La lancha que conduce a la familia de Cayetana hasta la embarcación de recreo es empujada por niños llegados de otros lugares: son los hijos de la migración interna. Nadie los llamó ni les pidió ayuda, pero están ahí y son movidos por un impulso que no se puede detener.

Hasta entonces, los señores, “anconeros” tradicionales, no habían percibido los cambios de ese paisaje. La metáfora de la ceguera describe sus gestos y las actitudes de su clase. Nadie “ve” lo que tiene al frente: la madre de Cayetana acelera su auto, contra el tráfico, para atravesar el centro de Lima porque lo percibe amenazante. Es un esfuerzo que sabe inútil porque no llegará a tiempo para dejar a Cayetana en el colegio: urgida, busca salir indemne evitando mirar hacia el entorno desbordado. Ramón, el esposo de la madre, afirma que el negocio más próspero en tiempos de violencia es el de la venta de vidrios y lunas polarizadas, que empañan la vista de los atentados. El cogollo familiar padece de las limitaciones que afectan a los peces nacidos en los ríos fangosos de los que se habla en la película: no tienen capacidad para ver la luz a causa de una atrofia de los músculos oculares.

En el tiempo liminal, las escenografías más íntimas de la familia también se degradan. Los padres y abuelos de Cayetana cambian el confort burgués de la tradicional e hispanizada casa de mosaicos sevillanos, donde reciben la Navidad cantando viejos villancicos limeños, por la estadía en una playa de Ancón colmada por los recién llegados de los distritos pobres del norte de Lima. A su turno, la casa de Chaclacayo es “visitada” por “terrucos” en una incursión aleccionadora. El interior del auto familiar también se modifica. Don Isaac (Melchor Gorrochátegui), el chofer de la familia, pleno de bonhomía, modelado según la visión patriarcal del chofer-criado, que conduce mientras escucha canciones limeñas según el estereotipo del criollo de los años cincuenta, es reemplazado por un “chaleco” (guardaespaldas o vigilante de seguridad), nuevo conductor del auto, ahora protegido por gruesas lunas polarizadas que garantizan esa invisibilidad que Cayetana rechaza a gritos en la secuencia final, rebelándose ante la “ceguera” de su medio familar y social.

Esa escena final de la película muestra al personaje en el inicio de su reintegración. Cruzado el umbral, ya no se siente invisible. Pez nacido en aguas fangosas, Cayetana aprende a ver la luz con nitidez, o de modo clarividente: ahí está la última imagen de la película, con los gatos supervivientes del diluvio lácteo y un heladero llegando hasta las inmediaciones de la casa para contradecir las predicciones fatalistas de la madre. A falta de un padre que llegue el domingo en la tarde… bueno es el heladero1.

Pero antes de llegar a ese estado, ha sido preciso que la película dramatice las escenas centrales de su travesía liminal. Desde la toma simbólica de las alturas de Ancón, altar de los héroes y espíritus protectores, hasta el postergado llanto al enterarse de la muerte de Isaac. Desde la imagen de Lima empapándose por una lluvia de cuantía bíblica, hasta la decisión de la niña de susurrar su nombre en el oído de la madre dormida: “Cayetana, Cayetana, Cayetana…”, como afirmando su visibilidad, acaso para contrarrestar la realidad del hermano recién nacido. Cuenta, sobre todo, el gesto final de la protagonista frente a su nuevo hermano: le ofrece torpes y apurados “soplos de la vida”, acto equivalente al de verter leche sobre los gatos moribundos.

El tránsito de Cayetana está representado por un conjunto de escenas de trazos escuetos. La multiplicidad de los incidentes ofrece una impresión de dispersión narrativa que resulta esencial en la construcción de la subjetividad del personaje. En la banda sonora se mezclan melodías tradicionales y canciones infantiles, algunas de las cuales son entonadas, con aire cálido e ingenuo, por la propia directora. Las letras de esas canciones entretejen un subtexto que revela el imaginario de candoroso racismo (los negritos que se queman con el arroz por no saber usar el cuchillo, la cuchara y demás utensilios de la “buena educación”) que es parte de esa misma instrucción escolar prejuiciosa que envía al infierno a los divorciados, entre otras sentencias violentas y excluyentes, aunque dichas con ánimo aleccionador, por las profesoras de Cayetana.

Las canciones contrastan con el humor oscuro que atraviesa los incidentes de la acción. Humor ya apuntado en los cortometrajes dirigidos por Rosario García Montero durante su estancia en Estados Unidos (sobre todo en Locked y Are You Feeling Lonely?, realizados en 2002 y 2003, respectivamente). Como en ellos, se impone una percepción de incomodidad o malestar ante los mundos ordinarios de la familia y de la vida cotidiana de una niña. A la que se agrega una sutil insidia, “cierta crueldad inocente u oblicua”, como la que observaba Borges en un prefacio a un libro de relatos de Silvina Ocampo (1974).

Las malas intenciones se emparienta con Cría cuervos (1976), de Carlos Saura. Las protagonistas de ambos filmes son dos niñas que contrarrestan la violencia de los mayores volcándose a las actividades imaginarias. Ambas viven la infancia como un trayecto tortuoso, plagado de miedos y acechanzas reales o fantásticas, pero también de prácticas inocentes que, al cabo, resultan perturbadoras.

Las buenas intenciones: Viaje a Tombuctú

A diferencia de Las malas intenciones, centrada en el irreductible punto de vista de una niña singular, Viaje a Tombuctú (2014), de la escritora y guionista Rossana Díaz Costa (1970), se anuncia, desde el texto introductorio, como un balance generacional. Los niños y adolescentes que crecieron en el Perú de los años ochenta son como Billy The Kid, porque caminan a pesar de tener una bala alojada en la espalda y, a veces, saben hacia dónde ir, reza un texto introductorio. Al mismo tiempo, se esboza la autoficción. En la trayectoria de Ana (Andrea Patriau), la protagonista —una joven que quiere ser cineasta y descubre el verdadero rostro de la tristeza a través de los encuadres entrevistos por el visor de su cámara—, se reconoce la proyección personal de la directora.

Viaje a Tombuctú intenta cifrar una experiencia compartida por todos aquellos miembros de la clase media limeña que vivieron su juventud durante los años ochenta, en “estado de emergencia”, entre cortes abruptos del servicio de electricidad y explosiones, pero intentando mantener una normalidad familiar que la película evoca con las home movies que Ana va filmando en el formato de súper 8 mm.

La propuesta de la película es ambiciosa, pero su tratamiento cinematográfico no lo es. El arco narrativo sigue la historia de Ana y Lucho (Jair García), residentes en La Punta, desde sus respectivas infancias hasta el amor adolescente que surge entre ellos durante esos años violentos, con el marco siempre presente del terrorismo y la crisis económica. La pareja, sacudida por la violencia y la represión indiscriminada, encuentra un reducto de paz compartiendo lecturas y discos e imaginando el viaje a un utópico Tombuctú en un avión de fantasía.

Crecer en los violentos años ochenta se convierte en un ejercicio de aplicada ilustración. Se acumulan los apuntes nostálgicos para dar cuenta de las experiencias personales y familiares de Ana en el barrio de La Punta, convertido en microcosmos. Hasta ese lugar lejano llegan los ecos de los atentados de Sendero Luminoso y de la violenta reacción de las fuerzas armadas. Todo lo sabotea y destruye la violencia: desde las reuniones familares hasta las fiestas juveniles.

Un componente de la imaginación melodramática se infiltra en la trama: en el momento mismo en que los personajes hallan una zona de protección o refugio contra los malos tiempos, ocurre un hecho funesto que los lanza hacia la intemperie, destruyendo el capullo recién formado. Esos lugares protegidos se reconstruyen con el mobiliario, utensilios y objetos que pretenden ser fidedignos de una época y una clase media presionada y venida a menos. Ahí están los tocadiscos de entonces y las cenas de Navidad con el panetón incluido. Ritos limeños que adquieren una coloración añeja para convertirse en rastros de aquello que se deja atrás.

La memoria conmovida por la niñez y la adolescencia, por el primer amor y los ritos juveniles de la época (desde la visión infantil de E.T., de Steven Spielberg — E.T. the Extra-Terrestrial, 1982—, hasta la curiosidad adolescente por Días de radio, de Woody Allen — Radio Days, 1987—, pasando por el concierto de Soda Stereo y las melodías de Indochine) se representan con un tono que evoca los buenos momentos que se vivieron aun en el peligro. Las pequeñas alegrías grupales (la Navidad; una fiesta de universitarios) se contrastan con el círculo de violencia que se ciñe, pero la dramatización del conflicto evita las aristas complejas del problema, observadas de modo oblicuo: un personaje, el del abuelo (Enrique Victoria), apunta los muertos que enumeran los noticiarios televisivos, pero ese gesto solo parece la extravagancia de un anciano.

La puesta en escena no contribuye al relieve del personaje de Ana, que se mantiene en un solo registro, el del desconcierto ante los hechos que conmueven al país y las expectativas que le suscitan sus vínculos con Lucho. Una relación amorosa que carece de desarrollo interno y avanza a trompicones. Siempre son factores llegados desde fuera los que modifican los vínculos de la pareja. En Viaje a Tombuctú, a diferencia de Las malas intenciones, el sentimiento de muerte, preñado en la atmósfera, no se impregna en la imaginación o conduce el punto de vista de la protagonista. La mirada de Ana es acongojada, preocupada o impotente, pero externa, incluso cuando la desgracia la toca de cerca. En el plano final de la película, antes de partir a su propio exilio, Ana mira hacia la cámara para interrogar al espectador acerca de su memoria personal de esos tiempos funestos.

Solo una secuencia logra un verdadero peso dramático: en un ómnibus, detenido en la madrugada de un paraje andino, una patrulla del ejército realiza una intervención en busca de sospechosos de terrorismo. En el vehículo viajan Ana, algunos amigos, y Lucho. Sobre ellos recaen los prejuicios, resquemores y racismo que separó al ejército de la población durante los años de la violencia. La cámara en mano, la agresiva iluminación de una linterna, y la movilidad aportada por el desplazamiento inestable e incesante del punto de vista construyen la tensión de lo que se sabe inevitable: la interrupción de esa relación amorosa iniciada en la niñez.

Los niños testigos: Paloma de papel

Al inicio de Paloma de papel (2003), primer largometraje de Fabrizio Aguilar (1973), vemos a un grupo de hombres que salen de prisión: han purgado condena por terrorismo. Algunos son recibidos con gestos de cariño por sus familiares. Otros, parientes de los liberados, protestan ante los reporteros de la televisión por la condena que los mantuvo relegados durante años. La cámara se aleja de esos grupos para seguir la trayectoria de Juan, ahora en libertad, que se marcha solo. Lo hace para emprender un viaje hacia el pueblo en que nació. Entonces, un flashback actualiza el pasado y el punto de vista de Juan se convierte en el hilo conductor de la acción.

El flasback, que conforma el cuerpo central del relato, retrotrae la memoria de Juan (Antonio Callirgos) a los años en los que, todavía niño, vivía en una comunidad idílica de los Andes. El personaje, menudo y frágil, estudia y juega en un poblado que parece estar al abrigo de las agitaciones sociales. En esta Arcadia andina, representada con colores cálidos y de matices puros, el niño alterna los afectos hacia su madre (Liliana Trujillo) y el herrero de la comunidad (Eduardo Cesti).

Los encuadres, en contrapicados de énfasis exaltante, celebran a la naturaleza, nutricia como la madre misma. Vemos a Juan gozando de la infancia y de la cálida sensualidad del cuerpo de la mujer: es protegido y acariciado por ella mientras se bañan en el río.

El herrero del pueblo es, más bien, un abuelo por sustitución, ya que Juan es maltratado por su padrastro. Un abuelo de cuento infantil, suerte de Gepetto que imparte lecciones de vida: representación idealizada de un personaje y un lugar en los Andes lejanos. Como en el antiguo indigenismo de raigambre pictórica, trazos admirativos y diseño sentimental, el terruño deslumbra por el intenso color del firmamento y la nobleza de los gestos de sus habitantes.

Pero las apariencias se diluyen y sobreviene lo inevitable: el lugar se halla en una zona sitiada por Sendero Luminoso y la amenaza del grupo subversivo se torna real.

En su presentación, Paloma de papel luce como un relato infantil: la violencia es percibida por una mirada a la vez distante, inocente y evocativa. Los personajes principales son una madre entrañable, un herrero que hace las veces de viejo monarca protector, un villano como Fermín (Aristóteles Picho), que castiga y traiciona, y una troupe de “padrastros” y “hermanastros” malignos que incordian y fuerzan al protagonista a crecer, pero siguiendo un camino (un sendero) perverso. Cuento infantil que sigue la línea aleccionadora marcada por el cortometraje La cuerda floja (1997), dirigido por el propio Fabrizio Aguilar.

Cuando el pequeño e idílico mundo es golpeado por la violencia que llega de fuera, el tratamiento de la película se modifica. Luego de que Juan es secuestrado por el comando alzado en armas, el relato se ciñe a describir su aprendizaje.

El diseño del personaje de Juan remite entonces al de los niños de las cintas neorrealistas: su fragilidad lo involucra en hechos que lo exceden y lastiman. La cámara se ubica a la altura de los “ojos del niño” para contemplar hechos de crueldad que no se juzgan con acrimonia ni rencor: transcurren como episodios inscritos en una crónica que detalla el horror sin cargar las tintas. Quedan registrados en la memoria del niño, pero no generan su reacción indignada o su protesta impotente, como ocurre en Alemania, año cero (Germania, anno zero, 1948), de Rossellini. Y, claro, la película tampoco sigue las vías ásperas y desnudas del cine italiano de la segunda posguerra.

Cuando es rehén de Sendero Luminoso, Juan se convierte en el “Camarada Cirilo” y su instrucción ocupa la parte central de la película. El aprendizaje de la monserga senderista, y su conversión en un asesino más, son componentes del doble trámite en el desarrollo de Juan: al disolverse la inocencia, se tronca su destino.

Fabrizio Aguilar sintetiza los mundos que construye el niño, sometido a una cuasi esclavitud. Por un lado, crea una familia por procuración, conformada por los líderes del comando senderista: el “padre” (Sergio Galliani), la “madre” (Tatiana Astengo) y la “hermana” (Melania Urbina), mientras integra los actos criminales a su propia vivencia de lo lúdico. Al borde de una laguna, Juan consolida la familiaridad forzosa que entabla con el jefe del destacamento. En trávelin lateral se funden el paisaje y la acción. Paloma de papel gana en fuerza expositiva y capacidad de persuasión al limar las aristas sentimentales —a las que es proclive el cine de Aguilar, como lo testimonia su tercer largo, Lima 13 (2013)—, moderando el empleo de una música de fondo que tiende a la omnipresencia.

Para Juan, la experiencia del mal acaba con el reconocimiento de las faltas y la reintegración a la sociedad luego de sufrir reclusión por la comisión de actos a los que fue obligado. En la secuencia final, acabado el largo flashback, el personaje desciende del ómnibus y reconoce los ambientes de su pueblo natal, al cabo de tantos años. El sitio muestra las huellas de la violencia pasada. Ahí reencuentra a conocidos y supervivientes. Se apresta a trabajar en la reconstrucción del lugar. Un abrazo cierra cualquier conflicto irresuelto en el pasado.

En Paloma de papel, el conflicto armado interno aparece filtrado por una “pequeña mirada”: la del niño. El gesto de reconciliación con el que culmina la película, así como la formulación emocional de las primeras secuencias, son sus singularidades. La apelación a las epifanías infantiles de las primeras escenas y el ánimo reconciliatorio de la secuencia final son los factores que acaso expliquen la considerable asistencia del público durante su estreno comercial.

Paloma de papel se estrena en 2003, el mismo año en que la Comisión de la Verdad y Reconciliación entrega su Informe final. El ánimo de la película se alinea con la voluntad y expectativas contenidas en ese documento. Lo que acaso demuestre la validez de los postulados de Marc Ferro, estudioso de las relaciones entre el cine y las representaciones históricas: las películas informan, con mayor certeza, sobre los procesos sociales y culturales en curso durante el período de su producción que sobre las épocas que pretenden representar (Ferro, 2008).

Duelo y silencio: Tarata

El toponímico Tarata se ha convertido en significante de la violencia indiscriminada que ejerció Sendero Luminoso durante los años del conflicto armado interno. Más que a la acción criminal del 16 de julio de 1992, y al nombre de la calle donde ocurrió, remite a la memoria de la destrucción urbana, el miedo colectivo y la ejecución de acciones violentas contra ciudadanos inermes.

Tarata (2009), segundo largometraje de Fabrizio Aguilar, no recurre a la recreación detallada del atentado terrorista en el distrito limeño de Miraflores, ni a la crónica documentada de los hechos o tensiones de los días previos. Tampoco construye un ejercicio de suspenso teniendo como ocurrencia inminente la explosión del auto cargado de dinamita que provocó tantas muertes y daños, ni le interesa exponer las circunstancias políticas que rodearon las acciones. Aguilar retrata a una familia y describe la experiencia del duelo provocado por la violencia y sus efectos corrosivos en la estabilidad de cada uno de sus miembros.

La película se concentra en la observación de cinco personajes: los cuatro integrantes de la familia conformada por Daniel (Miguel Iza), empleado en una universidad pública, su esposa Claudia (Gisela Valcárcel), y sus jóvenes hijos, Sofi (Silvana Cañote) y Elías (Ricardo Ota), así como en Rosa (Liliana Trujillo), empleada en la casa. El relato los sigue en su moroso deambular por ambientes sombríos.

Los límites e intenciones del proyecto se establecen desde el inicio. El atentado en la calle Tarata es un hecho irrepresentable: no puede graficarse sin cambiar la naturaleza misma de la película. Por eso, rehúye tanto la ilustración del hecho sensacional como la dramatización, en estilo periodístico, de una acción terrorista de repercusiones políticas, a la manera de filmes como Operación Ogro (Ogro, 1979), de Gillo Pontecorvo, o Estado de sitio (État de siège, 1972), de Costa-Gavras. Eso explica la presentación escueta, en segundo término visual, de la explosión, para retomar enseguida el hilo de la historia familiar. El escamoteo visual del hecho violento no es resultado de restricciones en la economía de la producción ni de problemas de logística; se trata de una decisión de puesta en escena.

El punto de vista narrativo elegido en Tarata se acerca más bien al del mexicano Jorge Fons en Rojo amanecer (1989), que aborda el episodio de la masacre de la Plaza de las 3 Culturas, en el México de 1968, sin mostrar las acciones mismas, representándolas a través de sus repercusiones en la vida de una familia del barrio de Tlatelolco. El clima deletéreo de la época se infiltra en el núcleo familiar y lo desintegra.

Tarata exhibe un tratamiento definido, un tono y una fluencia. Más que dar cuenta del hecho detonante, recrea el clima emocional de Lima en los inicios de los años noventa, marcada por los estados de emergencia, los “apagones”, las fiestas “de toque a toque”, la extendida sensación de inseguridad, impresa como una fijación cotidiana, y el miedo, recurrente.

En la universidad disputada por Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas, el padre, Daniel, apunta en una libreta las consignas políticas del llamado Partido Comunista del Perú, Sendero Luminoso, con el fin de descifrarlas y encontrar el sentido oculto que cree percibir en ellas. Elías, el hijo menor, se obsesiona con las sombras que circulan en el entorno: cada auto desconocido que pasa es una amenaza potencial de coche-bomba. El muchacho protege con cintas engomadas las ventanas de su casa mientras los participantes de una fiesta extendida durante toda la noche, a causa del toque de queda, lucen ensimismados, antes que eufóricos. El clima mortecino de una ciudad sitiada se traduce en el estilo fotográfico en clave baja, de colores sin saturación, de Micaela Cajahuaringa, y en la decadencia adherida a las desgastadas texturas y corroídas superficies de los interiores propuestos por la dirección artística. El mobiliario luce desastrado y los interiores muestran las paredes desconchadas.

La presencia de Gisela Valcárcel es expresiva, más allá de las falencias de su interpretación. “Diva” de la televisión que cultiva el glamour y encarna la mitología del éxito personal construido a pulso, aparece aquí en una figuración a contramano: su personaje envejece, muestra su decadencia física y no abriga más expectativas vitales.

Tarata dramatiza los modos en que la clase media limeña afrontó —o esquivó— la violencia cotidiana durante los “años de plomo”. La acción voluntaria o consciente de ver —o de negarse a ver— la realidad, está sugerida por el plano de detalle del ojo de Sofi (Silvana Cañote) que abre el relato: es el personaje que se retrae y aspira a “fugar” de un medio sofocante, acaso encarnando la actitud evasiva de ciertos jóvenes ante la violencia de entonces.

Los otros personajes perciben signos equívocos o ilusorios. Elías, el niño, intérprete oficial del miedo colectivo, explica en voz alta los procedimientos antagónicos del terror y de la seguridad personal. Daniel, el padre, volcado a la interpretación de la lógica o el sentido oculto en las pintas senderistas, consume su energía en transcribir y descifrar mensajes hasta el punto de tergiversarlos. El apego a su libreta de apuntes informa del riesgo que corre el personaje, como si no fuesen suficientes los anuncios de amenazas sembradas aquí y allá. La poquedad del personaje se trasluce en la gestualidad titubeante y mecánica del actor Miguel Iza. Claudia, la madre, gana en importancia hasta convertirse en la protagonista. El duelo y el miedo provocan en ella el cambio de su comportamiento: la emprendedora se convierte, luego del atentado, en agresiva paranoica. La película no se detiene a describir, con sutileza, el tránsito del personaje: sus gritos y demandas asaltan de golpe, rozando el exabrupto narrativo.

Esos son los modos de ver y de no ver la violencia, o de simular una atención hacia ella que no conduce a nada. La precariedad de las relaciones en la familia se apunta desde el inicio y el atentado las desbarata del todo. El hecho los conduce a un luto más bien abúlico. Solo un personaje encara la amenaza: Rosa es una víctima real y sufre por su hijo desaparecido.

En este punto, los personajes se tornan emblemáticos; encarnan conceptos y posiciones frente a la vida. Esa primacía de lo conceptual lleva a que la parte final de la película se precipite y adquiera el tono de la parábola explicativa. Emilio Bustamante (2009b) apunta una observación:

El filme decae notablemente a partir de la secuencia de la explosión, pero Tarata tiene un final apreciable. La guerra ya ha alcanzado a Claudia (su amiga ha muerto, su esposo está preso), pero en el encuentro con Rosa asume una postura de superioridad, que se expresa en la actuación de Valcárcel, el diálogo, y el ángulo bajo de la cámara que la enfoca. Claudia acepta que la desaparición del hijo de Rosa es algo que puede suceder a personas inocentes, pero no admite que la prisión de su esposo pueda durar mucho tiempo. Claudia niega la posibilidad de hallarse en una situación equivalente a la de su ex empleada, después del atentado de Tarata. Para ella, ambas son víctimas, mas no iguales. La cinta sugiere de este modo los límites de la “toma de conciencia” que supuestamente el acto terrorista produjo en ciertos sectores de la clase media limeña. Ni completamente ajenos a la guerra antes; ni resueltamente solidarios con las otras víctimas después.

Tarata y Paloma de papel forman un díptico sobre los años de la violencia política. Mientras la primera se aboca a reconstruir la mirada infantil sobre la violencia en los Andes, la otra retrata la cotidianidad del conflicto visto desde el entorno de la clase media miraflorina. Fabrizio Aguilar deja a un lado los acentos blandos y edulcorados de Paloma de papel para reforzar los sentimientos luctuosos convocados por Tarata.

La guerra no ha terminado: Días de Santiago

La línea narrativa central de Días de Santiago (2003), primer largometraje de Josué Méndez (1976)2, sigue la trayectoria marcada por el destino de su protagonista, Santiago (Pietro Sibille), un infante de marina desmovilizado. Combatiente en el Cenepa, durante el conflicto fronterizo con el Ecuador, y contra Sendero Luminoso, está de vuelta en la vida civil. Aunque la institución militar y el discurso oficial lo consideren un héroe de la patria, la realidad que percibe es otra: Lima es una ciudad hostil que impide su reinserción. No tiene trabajo fijo; su familia vive en promiscuidad; mantiene relaciones conflictivas con su pareja3.

El itinerario de Santiago es el hilo conductor del relato. La cámara, en movimientos de seguimiento, reproduce su zigzagueante trayectoria por Lima. En la banda sonora, su sobrevoz, en tormentoso flujo de la conciencia, expresa una subjetividad atribulada.

Santiago no encaja en el “orden” cotidiano de la ciudad. La normalidad del vivir en acecho, que la institución militar le inculcó como técnica para sobrevivir en las acciones bélicas, ya no le sirve para nada: en la ciudad los combates también son encarnizados, pero de otra naturaleza.

Tampoco le sirve la disciplina castrense, porque en la sociedad civil que lo recibe solo encuentra desorden, falta de reglamentos, pura anomia.

Ni la camaradería del combate ni el espíritu de cuerpo son principios aplicables en una sociedad que cumple, al pie de la letra, los mandatos del individualismo extremo. Si se licenció de la Marina para “quedar bien con su conciencia”, aludiendo tal vez a las muertes que causó en combate —o acaso fuera de él—, la experiencia de la violencia le resulta aceptable en tiempos excepcionales de guerra, pero no en épocas de paz.

Días de Santiago tiene dos personajes centrales: su protagonista y la ciudad de Lima. El personaje aporta densidad a la ficción y su deriva marca el carácter quebrado, elíptico y episódico de la narración. La ciudad es el escenario hostil y laberíntico del periplo de Santiago. El soldado pretende encauzar el caos aplicando los rigores taxativos de un reglamento castrense, pero la ciudad resiste y se desborda porque está tocada también por las experiencias de la fractura y el estrés que sobrevienen al trauma.

Lima se muestra primero con acentos documentales y, luego, con rasgos expresionistas. El tratamiento visual de Juan Durán pasa del realismo fotográfico, con el grano de la emulsión expuesto, en las escenas del personaje a la deriva en las calles de una ciudad bullente, a la estilización de las imágenes de Santiago practicando ejercicios militares en una playa. Los contrastes cromáticos, en tonos azulados, grises, naranjas, evocan las alucinadas apariciones de Martin Sheen en la parte final de ¡Apocalipsis, ya! (Apocalypse Now, 1979), de Francis Ford Coppola. En el transcurso de la película se alternan, en sucesión arbitraria, las imágenes en blanco y negro con las de color. Las disociaciones cromáticas duplican las fisuras que separan a Santiago de su entorno.

Josué Méndez desconfía del realismo social. La película no “denuncia” una situación de olvido y maltrato; tampoco retrata un “caso humano”. Días de Santiago sigue la travesía delirante de un personaje que lamenta la pérdida de un orden autoritario pero comprensible para él, estrellándose contra la nueva fisonomía de una sociedad que cultiva el egoísmo como valor primordial. Las diferencias entre el reiterativo discurso de Santiago y las realidades que confronta marcan contrastes irrisorios y exasperantes al mismo tiempo.

Santiago no encuentra posibilidades de asimilarse a un colectivo ni de construirse como un sujeto o un ciudadano. Se le niega el crédito y, por ende, la posibilidad de acceder al consumo que moviliza a los limeños; es expulsado de esos lugares públicos donde se acude a cimentar algún tipo de lazo social; ve el deterioro de unas relaciones familiares en las que no se reconoce; percibe que los “héroes de la patria”, como él, solo tienen los caminos del suicidio —como uno de sus compañeros— o el robo en banda organizada; descubre que su masculinidad está “mancillada” por los nuevos tiempos (Saona, 2008).

Y es que su filiación original —familiar, social, nacional— se quebró en la lucha contra Sendero Luminoso. Desde entonces, es un no-reconciliado.

Al inicio, lo vemos a la espera de alguna ocurrencia que cambie su vida, aunque no perciba con claridad el derrotero al que aspira. Ningún lugar lo arraiga ni posee pertenencias. Acaba de romper con su pareja y decide ir a casa de sus padres, donde se vive en hacinamiento, desconociéndose la intimidad. Visita a su “promoción”, los compañeros de la vida militar, pero las alternativas de marginalidad delictiva que le proponen no son aceptables para él. Santiago está jaloneado por demandas contradictorias de orden y caos: las enfrenta con el estribillo aprendido en algún reglamento militar: “tienes que analizar, sacar tu línea, armar tu estrategia”. Decide entonces apostar por el orden, aunque sea ilusorio. La secuencia de su monólogo en la cocina de la casa, ante una Mari ausente, dictando sus inflexibles planes organizativos y horarios domésticos, define el modelo de la “normalidad” a la que aspira, basada en papeles inamovibles. Ahí reafirma la “masculinidad hegemónica” que pone en cuestión la película (Saona, 2008). El que lo haga ante una interlocutora ausente comprueba que esa masculinidad no es más que un simulacro fracasado.

La película pone en escena la dificultad de contar la historia de Santiago o la imposibilidad de contarla de un modo continuo y ordenado. La narración no sigue un transcurso lineal y la historia se arma como un rompecabezas conformado por piezas heterogéneas de bloques temporales que recusan la continuidad tradicional. El registro del entorno limeño, de las culturas del taxi informal, de las academias que preparan para mil oficios, de las discotecas de funcionamiento diurno para jóvenes estudiantes, y de la violencia familiar, se entremezclan con las imágenes que dan cuenta de las ideas fijas y automatismos de Santiago. Es un punto de vista alterado, de raíz neurótica, que entremezcla las dimensiones del recuerdo y las aprehensiones ansiosas sobre el futuro.

El flujo de las acciones se ajusta a los sobresaltos de la conciencia de Santiago y de su memoria. En la secuencia de la discoteca aplica tácticas militares para sacar a bailar a la muchacha que le atrae. La voz obsesiva en primera persona y las imágenes de texturas fluctuantes dan cuenta de un personaje atado en su teatro de operaciones de antaño, mientras en el lugar circulan los deseos y furores juveniles.

[L]a discoteca surge como la más precisa imagen de la nueva sociedad que ha ido emergiendo: un lugar donde el goce es puramente personal y donde la despreocupación por la cosa pública es lo que caracteriza a los ciudadanos. Este tipo de local recibe todos los días a jóvenes desempleados y es el refugio ante la desorientación social. Me explico mejor: la interpretación liberal califica de “vagos” a estos jóvenes, pero lo cierto es que en ese lugar muchos de ellos pueden descargar una energía que ni el Estado ni el mercado son capaces de absorber. Ni el mercado les ofrece trabajo, ni el Estado una buena educación. Por eso, mueven ahí sus cuerpos intentando hacer algo que en el mundo social ya no pueden realizar (Vich, 2015).

Días de Santiago retoma las esencias del film noir: el destino que lastra el camino del protagonista; el carácter taciturno pero explosivo del personaje principal; la imposibilidad de reconciliarse con el entorno que conoció en el pasado; la presencia femenina convertida en paradójico objeto de deseo y pavor; el relato construido a partir de un deambular obsesivo por la ciudad inclemente. En el centro de la película se halla la actuación de Pietro Sibille, que da forma corporal a la violencia interior y la animalidad.

Un referente mayor, el de Taxi Driver y su personaje principal, Travis Bickle, interpretado por Robert De Niro, modela la línea argumental y la encarnación del personaje del soldado. Como en la película de Martin Scorsese — que, a su turno, acoge la influencia de Más corazón que odio (The Searchers, 1958), de John Ford—, Santiago quiere salvar del infierno a una joven que rechaza esa iniciativa. Es un caballero andante, solitario y exasperado, que se desplaza al borde del estallido.

La cámara sigue a Sibille como si registrase un reportaje sobre su persona y su performance: contraído, haciendo gestos de combate, de andar nervioso y gesto reconcentrado, caminando como si estuviese sobre territorio minado. La tensión emocional del actor se expresa en su dicción titubeante. Sibille dice las líneas de sus soliloquios y diálogos casi deletreando, como si repitiese de memoria los artículos de un reglamento o dictase las frases de un manual militar. Pero su crispación nunca llega a la histeria ni al alarde histriónico4.

Al final de la película, luego de descubrir al padre incestuoso, ese espejo opaco en el que ya no podrá reflejarse, símbolo del fracaso absoluto de su deseo de integración social, Sibille-Santiago se frota el rostro con una pistola. Ni el arma lo puede salvar: Santiago no será héroe, ni ciudadano, ni consumidor, ni “salvador de doncellas”, ni sujeto de derechos en una sociedad “ordenada”, “moderna” y liberal.

La memoria pudorosa: La hora azul

En La hora azul (2014), de Evelyne Pegot-Ogier, ajustada adaptación de la novela homónima de Alonso Cueto, el protagonista, el abogado Adrián Ormache (Giovanni Ciccia) descubre una verdad que ignoraba sobre su padre, militar que prestó servicios en Ayacucho durante el conflicto armado interno. La película narra la trayectoria alarmada de este abogado, acomodado y próspero, aún joven y de matrimonio estable. Unas fotos comprometedoras de su padre, usadas como herramientas de chantaje, activan la acción.

Al inicio, la película se plantea como un thriller. El protagonista se expone a hechos que le incomodan y decide actuar. Pretende eliminar la memoria de lo ocurrido, expresada en las obscenas pruebas fotográficas. Pero hay una motivación de fondo que lo impulsa: conservar su nombre y estatus social al abrigo de las investigaciones periodísticas y pesquisas de los organismos defensores de los Derechos Humanos. Hasta ahí, el tratamiento de la película resulta funcional y neutro. La descripción de los personajes se ofrece con trazos escuetos.

Pero, pronto, esa voluntad de ocultamiento de los indicios, materia prima del suspenso, se transforma. La existencia de una mujer (Jackelyn Vásquez), a la vez víctima y beneficiaria de las acciones del padre, cambia el panorama. El acercamiento de Adrián hacia ella abre la acción a múltiples sugerencias y posibilidades que la película deja apenas apuntadas. La mecánica del thriller se desvanece y el relato se mantiene en la indefinición: ¿estamos ante un romance recatado que la repentina muerte de uno de los personajes transforma en melodrama? ¿Vemos una película sobre la memoria que intenta reprimirse pero que reaparece con toda fuerza? ¿Es la crónica de una pesquisa genealógica que descubre el costado oculto, o el flanco débil, del protagonista? ¿Es el registro del tránsito hacia la madurez de un hombre que descubre, a los cuarenta años, los quiebres y fisuras de la vida social en el Perú? Las preguntas se multiplican, pero la película no las responde.

La hora azul se asienta en una extensa meseta narrativa y sostiene el tono medio y un tratamiento lánguido hasta el final. Nada se altera aquí porque el pudor en la exposición se impone sobre los afectos o los sobresaltos que llevan a Adrián hasta la mujer que atrajo a su padre. Un recato que reprime los asomos de pasión, debilitando el giro decisivo de la acción.

Memoria del perdedor: Magallanes

Magallanes (2015), primer largometraje del actor Salvador del Solar, adapta el relato La pasajera, del escritor Alonso Cueto. La historia aparece como una primera versión o una variación de La hora azul, novela del propio Cueto. La historia de la mujer ayacuchana reencontrada luego de la experiencia traumática de la prisión, la tortura y la violación, se mira desde otro prisma, con una perspectiva nueva, a través de otra subjetividad. No la del abogado triunfador que se expone, años después, a la memoria traumática de la guerra, sino desde el que vivió en directo el combate, la tortura y las ejecuciones extrajudiciales y no encuentra aún una forma honesta de insertarse en la sociedad y la vida cotidiana.

La película establece el punto de vista de Harvey Magallanes (Damián Alcázar), militar retirado, taxista de oficio, guardián ocasional de un anciano que padece el mal de Alzheimer. Ese anciano (Federico Luppi) que, en su percepción alterada, confunde a los heladeros de los parques limeños con peligrosos “terrucos”, fue el jefe de Magallanes en los tiempos duros de la violencia. Destacados en Huanta, ellos ejecutaron los actos más crueles de la “guerra sucia”. Pero los tiempos cambiaron. Ahora, mientras la invalidez afecta a uno, el fracaso marca la trayectoria del otro.

Magallanes enhebra dos líneas narrativas. Una se vincula con la memoria de la violencia ejercida o padecida. La otra, que es central, traza el retrato de un personaje; ese perdedor llamado Magallanes.

La aparición casual de una mujer (Magaly Solier), pasajera en el taxi de Magallanes, activa el conflicto. Ella fue prisionera, víctima de todo tipo de abusos, y amante forzada de ese jefe militar en Huanta. El instinto de supervivencia la llevó a aceptar, en secreto, propuestas sexuales de muchos militares que le prometían la libertad. Hasta que uno de ellos la dejó escapar. La película dramatiza un ajuste de cuentas con el jefe victimario del pasado, a través de sus descendientes, y la necesidad de una redención. Magallanes es el agente de ambas acciones.

El tratamiento cinematográfico es clásico. Apuesta a una narración lineal que modula las tensiones de cada secuencia. La fotografía es funcional y la presencia de Damián Alcázar se convierte en un centro de gravedad.

Dos pasajes resultan centrales. En el primero, Magallanes decide encarar a la mujer del pasado, ahora convertida en una peluquera afincada en Lima y con serios problemas económicos. Acude al local de la “pasajera” y le pide que le recorte el cabello y afeite la barba. El concepto abstracto de enfrentar la memoria, reviviendo el trauma del pasado, encuentra una expresión visual y dramática en el desglose de las acciones; en la cadencia, más bien lenta, de ese acto de revelación; en la gestualidad del actor Damián Alcázar, a la vez ansioso y decidido; en la cercanía de la cámara, colocada en primeros planos. Se descubre entonces el rostro del perdedor; un perdedor enamorado. Pero también el de la repulsión y el dolor de la víctima, enfrentada a sus recuerdos.

La otra secuencia significativa se reduce a pocos y sucesivos encuadres. La mujer corre teniendo como fondo la escenografía de una Lima nocturna y lejana. Es una carrera larga, que intenta liberar el espanto y el rencor acumulado por tantos años. Parece impulsada por el instinto de supervivencia, el mismo que la empujó en su fuga de la prisión huantina. Es la representación de una escena primordial de miedo íntimo. Esas dos secuencias, que describen el gesto enamorado de Magallanes y la indignación de la “pasajera”, le dan a la película una marcada dimensión intimista. El fracaso de Magallanes al intentar una redención amorosa y la manifestación de integridad de la deseada prisionera son los signos de una imposible reconciliación.

Avatares de la posmemoria

Representar el conflicto armado interno a través de los filtros de la memoria. Una gestión que transcurre por dos vías distintas: la que dramatiza la vivencia del conflicto en tiempo presente o como un recuerdo del pasado mediato (como en Paloma de papel, Tarata o Días de Santiago), o la que representa el pasado que no se vivió, pero que se actualiza a través de los traumas heredados por línea de sucesión descendiente, o por las narraciones de los mayores (Lavadre, 2006, p. 46). También por el registro de las huellas dejadas por la violencia, con ánimo de reconstrucción testimonial o para ponerse al servicio de una mirada revisionista (y acaso exculpatoria) del pasado. Son películas que intentan comprender “la administración del pasado en el presente” (Nora, 1998).

Ciertas particularidades del cine presentan estrechos lazos con la memoria. El realismo fotográfico de la imagen fílmica, una vez superado el primer contexto de recepción de la película, es capaz de establecer la conexión con un tiempo pasado que propiciará la evocación. Más aún, la dimensión iconográfica de toda película imita involuntariamente el flu jo de imágenes de la memoria individual, sujeta a representaciones visuales y auditivas que son selectivas, discontinuas y elípticas. Por otra parte, algunas características de la narratividad, especialmente las estrategias desplegadas por el receptor para componer la historia a partir de los materiales del relato, son similares a las desplegadas por la memoria, donde cada hecho pasado adquiere su sentido en función de un horizonte que intenta prever el futuro y se reformula cuando éste se hace presente (Nieto, 2008, p. 27).

Los títulos que siguen, narraciones de ficción o documentales, dan cuenta del pasado mediante memorias vicarias y experiencias heredadas; encarnan los avatares de la posmemoria.

De espaldas al Inca: Paraíso

Las acciones de Paraíso (2010), primer largometraje de ficción de Héctor Gálvez Campos (1972), transcurren en una población periférica fundada por desplazados ayacuchanos durante los años de la violencia política. Es un lugar ubicado en los alrededores de Lima al que se llama, acaso con ironía, Jardines del Paraíso.

Ahí viven cinco jóvenes, Joaquín (Joaquín Ventura), Mario (José Luis García), Sara (Gabriela Tello), Antuanet (Yiliana Chong) y Lalo (William Gómez). Ellos observan con incertidumbre los rumbos que toman sus destinos individuales, atenazados por la pobreza y la marginalidad5.

Mientras deciden qué hacer con sus vidas se dedican a tareas domésticas o a desempeñar trabajos eventuales, informales o ilegales. Mientras las jóvenes estudian, los varones participan en pandillas, asaltan a los transeúntes ebrios o se dedican al reciclaje de desechos.

Junto con esos cinco personajes, es central la presencia del espacio terroso y reseco de Jardines del Paraíso, que también protagoniza la película. Su topografía es expresión simbólica de las trayectorias de los protagonistas. En el desarraigo, las extensiones polvorientas son tierra de nadie. En la extensión del lugar se reconocen espacios aislados, que congregan a los personajes. Uno de ellos se asocia con la muerte. Ahí arranca la historia. Un sitio donde todo comienza y hacia donde el grupo se dirige en un rito conmemorativo: es la tumba del llamado Che Loco, líder y compañero respetado del grupo, asesinado en una confrontación de pandillas. Sus amigos acuden ante la sepultura, ubicada en medio de la planicie reseca, para ofrecerle “pagos” o tributos, dejando panes, caramelos y licor. Otro lugar de reconocimiento colectivo está enclavado como símbolo del asentamiento: es el entorno de un árbol reseco que se mantiene en pie a fuerza de terquedad, pese a la aridez del sitio.

Dos otros espacios se descubren. El lugar de altura que preside el asentamiento: la roca con perfil de inca que domina el espacio. Y las huacas de la planicie. Hasta la tumba del amigo y hasta el árbol resistente llegan los jóvenes para rendir tributo al pasado del grupo y a un presente de urgida supervivencia. Son los espacios a los que acuden para renovar sus vínculos grupales y fidelidades personales. Las huacas y el Inca pétreo, en cambio, forman espacios singulares: dan cuenta de identidades desacreditadas, puestas en cuestión.

La película se ambienta en un lugar periférico y sus personajes viven la experiencia de los márgenes. Contemplan una lejana e indolente Lima desde las alturas de Jardines del Paraíso y habitan en viviendas inacabadas, construidas por sus padres, desplazados de sus lugares de origen por la violencia política. Los jóvenes, siendo limeños de segunda generación, aún no resuelven su pertenencia a la tierra que los acoge ni al reclamo de la filiación que les corresponde. Caminan todo el tiempo. Como ocurre también con los personajes del neorrealismo —desde Alemania, año cero, de Roberto Rossellini, hasta Umberto D (1952), de Vittorio de Sica, y, claro, Ladrones de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio de Sica—, el caminar se convierte en una experiencia física y en una estrategia de puesta en escena: el trávelin de seguimiento o de acompañamiento recorre, a la altura de la mirada, en ángulo frontal, los espacios vacíos, inhóspitos, motivando una permanente errancia.

Otro recurso de puesta en escena da forma a esa vivencia de la marginalidad y el inacabamiento: la sintaxis de Paraíso privilegia el “fuera del cuadro”, el espacio que se mantiene más allá del campo visual. En una de las secuencias iniciales, Mario y Joaquín conversan en la noche; de pronto, la cámara realiza un movimiento panorámico horizontal por la oscuridad en la que se mantiene Jardines del Paraíso. Ese paneo destaca a los personajes en un entorno invisible que los amenaza, pero también los estimula. En la oscuridad cometen las fechorías que nunca se representan; en ese entorno invisible se suceden las peleas de pandillas y las incursiones de las bandas rivales de Cajamarquilla.

Pero también se hallan fuera del campo visual las imágenes de la Lima del Cercado y las de los distritos tradicionales. Solo vemos una calle anónima y transitada de Lima céntrica, mientras Joaquín, disfrazado de pollo, invita a los transeúntes a entrar en el restaurante del que lo despedirán sin causa. Lima se mantiene ausente porque no gobierna ni administra el lugar y porque llegar hasta ella resulta una tarea difícil y costosa. La ciudad está tan lejana de la mirada de los jóvenes que ni siquiera se distingue desde las alturas del “asentamiento”: solo cabe mentarle la madre a gritos6.

Otros ausentes: los padres, aunque escuchemos sus demandas, llegadas desde espacios que no registra el encuadre. Nunca vemos la piscina que se construye para el colegio en un lugar donde no hay agua potable, ni el agujero en el techo de la casa de la madre de Joaquín, que deja entrar la luz de la calle y perturba el sueño. Tampoco se representa el partido de fútbol disputado mientras el circo se instala en Jardines del Paraíso.

La experiencia de la marginalidad es confrontada desde perspectivas distintas por cada uno de los personajes.

Antuanet la vive desde sus expectativas de inclusión. Es estudiosa, brigadier general de su promoción escolar, y posee un sentido de la disciplina que trata de imponer a sus compañeros. Sus metas son las del negocio propio y el emprendimiento. Sara, la otra muchacha del grupo, está paralizada por la incertidumbre y da vueltas en círculos. Busca una prueba de filiación, la del entronque paterno, y el origen de la aflicción de su madre, que solloza todas las noches en la soledad del lecho. A las dos jóvenes les pesa y avergüenza vivir en la periferia: limpian con discreción la tierra que mancha sus zapatos mientras viajan en el microbús hacia Lima.

Mario, Joaquín y Lalo, en cambio, flotan entre la precariedad laboral, la inestabilidad escolar (en el caso de Lalo) y su filiación al pandillaje. Están de espaldas a la institucionalidad. La expresión física de su desarraigo se traduce en un deambular permanente. Sus recorridos por el lugar se convierten en motivos visuales a los que volvemos una y otra vez. Como también son recurrentes los encuadres frontales del grupo de muchachos en planos de conjunto que se prolongan más allá del tiempo requerido para ofrecer la estricta información. Ese “plus” de duración en cada encuadre refuerza la expresión de un mundo estanco, de rutinas repetidas, donde no caben sorpresas. La única novedad en el transcurso de la vida en Jardines del Paraíso consiste en la llegada de un circo que ofrece como atractivos espectaculares a unos animales raquíticos, un payaso con rutinas de cómico ambulante de la Plaza San Martín, y un trapecista cuyo oficio fascina a Joaquín. Es el único goce permitido en un mundo que no conoce la alegría. La fotografía, de matices ocres, de Mario Bassino, refuerza la opacidad en el tratamiento visual de la película.

En Jardines del Paraíso no existen dependencias administrativas ni de vigilancia, sanción, represión o control. Ni oficinas, ni comisarías, ni postas médicas. Pero tampoco hay curas de la parroquia. Es un mundo arrinconado, al margen del Estado y sus autoridades. Por eso, los protagonistas construyen sus propias normas sociales en medio de la privación y las estrecheces. Un orden que se organiza sobre correspondencias informales7. Paraíso confronta las expectativas de asimilación de cada uno de los jóvenes del grupo. Los muchachos indagan en el pasado para entender mejor sus posibilidades. Ellos descienden de los pobladores andinos que sufrieron las consecuencias del conflicto armado interno: buscan el entronque con la línea sucesoria o de filiación interrumpida por la violencia. Pretenden cimentar sus vivencias anclándolas en dos dimensiones del pasado. La primera remite a lo lejano, lo legendario y ancestral. La otra, a la experiencia de lo mediato, de lo turbulento pero reprimido; es decir, lo que aún genera preguntas y contradicciones: la guerra con Sendero Luminoso, el episodio que impulsó la partida de los padres desde sus lugares de origen para afincarlos en la tierra árida.

Para el grupo de jóvenes, ajustarse a las demandas del pasado remoto supone respetar el mandato de la roca con perfil de Inca que se halla en las alturas del lugar. La leyenda, heredada de los primeros migrantes llegados a la zona, asegura que el Inca vigila el orden de Jardines del Paraíso: su imponente perfil protege la zona del saqueo de los tesoros que yacen en las huacas aledañas. La mirada impenetrable del Inca ahuyenta a los huaqueros codiciosos que pretenden encontrar el precioso “tapado” enterrado por los españoles. Oro arrebatado al Inca y escondido ahí, en esa planicie. La roca es depositaria de una identificación colectiva y una identidad construida en los tiempos difíciles de la inmigración. El relato de su poder es una pervivencia de la mitología andina en el arenal costeño de la capital. Y es una presencia que, acaso, sustituye la ausencia del Estado.

Pero esa figura rica en valores simbólicos no es más que la representación de un poder colapsado y anacrónico. Ya nadie, en las nuevas generaciones, llama a la movilización colectiva en nombre del Inca ni invoca el imaginario del “Pachacuti” restaurador del orden original quebrado por la Conquista. Basta echar una mirada al horizonte del arenal para percibir que las huacas fueron saqueadas una y mil veces y que las riquezas de Jardines del Paraíso resultan ilusorias, si es que fueron, alguna vez, reales.

La figura del Inca, ficción fundacional del lugar y sustento de una identidad vigente para los desplazados ayacuchanos, no lo es más para sus hijos. Cuestionada la narrativa de la autoridad simbólica incaica y difundido el descreimiento respecto de los valores heredados del pasado histórico, los jóvenes miran hacia el entorno familiar y se preguntan por el valor real de los progenitores y por la autenticidad de sus vínculos cercanos. Se encuentran entonces con el pasado mediato, que remite a la violencia de los años ochenta.

Un concepto se identifica en esa relación con el pasado. El grupo de jóvenes encarna la experiencia de la posmemoria8.

La experiencia de aquella generación que lleva en sí la cicatriz, pero no la herida, y cuyas propias historias se desdibujan por las narrativas e imágenes de los acontecimientos vividos por la generación anterior (…) Si toda memoria es subjetiva, selectiva y fragmentaria, la reconstrucción de la postmemoria no puede apelar a la prueba; carece de archivos a la medida o de huellas certeras en el origen (…) Ella es una memoria “otra”, que presupone una relación precaria con el mundo. Su lugar es la “alteridad”, y por lo tanto, se ubica en un espacio de riesgo, fragmentario y frágil (Waldman, 2007, p. 396).

La trayectoria del personaje de Sara nos informa de esa búsqueda y de la falta de pruebas del pasado. Ella quiere conocer la identidad de su padre biológico, lo que la lleva a indagar por la verdad. No se conforma con las explicaciones de la madre, que solloza todas las noches a causa de algún quebranto.

La narración materna —la historia oficial de la familia— dice que el padre fue asesinado por un comando de Sendero Luminoso como represalia por detentar un cargo de representación política en un pueblo ayacuchano. Insistente, Sara busca acreditar ese relato y pide pruebas de su filiación. En su inexperiencia, cree que es suficiente hallar una foto que registre su parecido físico con el padre desconocido. Empeño inútil, pero necesario: acaso la semejanza fisonómica mitigue la desdicha en el hogar y consolide el arraigo familiar. Si el Inca ha fracasado en su papel tutelar, acaso el padre imaginado por Sara pueda cumplir una simbólica función de protección. Pero esa imagen del padre es inexistente y la verdad se revela: la muchacha fue concebida en una violación colectiva acometida por una patrulla militar. Sara asimila el trauma colectivo vivido por el país como consecuencia de los años de la violencia a través de su experiencia personal de la posmemoria (Saona, 2008, p. 159).

La búsqueda de la filiación se frustra. Los jóvenes de Paraíso no se entroncan ni con el Inca ni con el “padre”. Las dos narrativas modélicas o ejemplares se derrumban. Solo queda lugar para las trayectorias mínimas, los proyectos inmediatos o inciertos y las historias individuales.

Exiliados de un tiempo y un espacio que les pudiera proporcionar identidad, la posmemoria se vuelve para ellos una forma de anclaje a través de la construcción y/o reconstrucción de historias fugitivas e irreparables que permitan responder a interrogantes cruciales: ¿quién soy?, ¿cómo me llamo?, ¿cuál es mi genealogía? (Waldman, 2007, p. 397).

Las preguntas que formula Waldman son las que se hacen los personajes, pero sin encontrar respuestas. ¿Qué queda, entonces? Marcharse del lugar y encontrar el “paraíso” en otro sitio: buscar en Lima las posibilidades de “afiliación” (Said, 2004).

Como en Madeinusa, la salida de ese lugar que no propicia expectativas, que sofoca y limita, no es una decisión colectiva: responde a decisiones individuales9.

El trávelin de alejamiento final abre interrogantes y deja la película abierta, en la inconclusión. O, acaso, deja las bases para la historia de la nueva migración que emprenden los personajes. A diferencia del determinismo del cine social que presenta los comportamientos como modelados, de modo ineluctable, por su medio, aquí vemos a personajes moviéndose en el campo de sus posibilidades personales. Al final, cada uno de ellos construye sus propias alternativas: Mario decide partir al Ejército; un puesto en el mercado les espera a Antuanet y a Sara; Joaquín intenta convertirse en trapecista del circo. La separación del grupo y el alejamiento de Jardines del Paraíso es un tránsito que seguimos con ritmo austero, mirada impasible, elipsis secas, ausencia de música de fondo que subraye afectos o emociones, y carencia de diálogos explicativos.

El duelo persistente: NN

En NN (2014), segundo largometraje de Héctor Gálvez, el protagonista, un antropólogo forense, prolonga la búsqueda del personaje de Sara, en Paraíso.

Al inicio, una secuencia nos enfrenta a la presencia de la muerte y de lo insólito. Un grupo de antropólogos forenses hallan restos humanos que no aparecen registrados. Es el noveno pasajero, anónimo e inesperado, de una morgue como tantas. Corresponden a un desaparecido en los años del conflicto armado interno. Enterrado de modo clandestino, el cuerpo recién sale a la luz. Entre la ropa raída y desgastada por la tierra del sepulcro, se encuentra la foto de una mujer joven. La foto es una pista para identificar los restos. Dentro del esquema narrativo de la película, ese hallazgo es el elemento que impulsa la acción y le da un objetivo.

Pero la foto encontrada también es un vestigio, un objeto de memoria. Remite a dos experiencias. Una, privada, del sujeto que murió llevando en el bolsillo la imagen de una mujer, acaso amada. La otra, colectiva, de un NN que, como tantos otros, recibió un disparo en la nuca y fue enterrado en una fosa común.

A diferencia de Paraíso, marcada por la impronta del neorrealismo, NN es como un thriller que diluye sus propias premisas. La película, en su transcurso, se convierte en un viaje a ninguna parte.

Fidel, el personaje encarnado por Paul Vega, es el jefe del grupo de antropólogos forenses. Más que eso, son investigadores, agentes de una pesquisa. Ellos deben articular las dos dimensiones de un drama que aún afecta a los peruanos y divide al país. En la película, los vemos acometiendo un trabajo que busca establecer identidades de cadáveres que estuvieron desaparecidos por muchos años, atenuar el dolor de sus deudos y así, tal vez, reconciliar al país.

Las primeras secuencias de la película tienen un acento documental y evocan Fernando ha vuelto (1998), de Silvio Caiozzi. Luego de la exhumación de los restos, se busca dar forma al esqueleto del cuerpo hallado. Planos fijos y dilatados describen la mecánica de ese trabajo. El hallazgo de la foto abre el desarrollo de una posible intriga.

Dos mujeres se convierten en los polos de la acción. Una, visible, que pretende encontrar el cuerpo de su marido desaparecido. Tal vez esos huesos sean los del hombre que busca por años. La otra mujer, ausente, es solo una huella, la de la foto. En el centro se halla el jefe de los antropólogos que no puede certificar la identidad del NN.

En el camino, la investigación se revierte. En vez de proyectarse hacia afuera, de modo expansivo, a través del seguimiento de los hilos narrativos que se apuntan, la narración se abisma, adquiere un desarrollo cansino, gira en torno de las incertidumbres del personaje principal. NN se convierte en una pesquisa desmayada, de acentos densos, oscuros y depresivos.

Marcando otra diferencia con Paraíso, NN apuesta por el hieratismo. Los encuadres son quietos; los movimientos de cámara, siempre funcionales; abundan los planos cercanos; las escenografías están casi ocultas por un estilo fotográfico que tiende al claroscuro, privilegiando atmósferas densas, con luz proyectada sobre determinadas zonas del campo visual.

Gálvez mediatiza las expectativas del relato tradicional y renuncia a revelar la “verdad” de los hechos o la identidad del desaparecido. Las demandas de la mujer visible no activan las acciones ni trazan las líneas del suspenso posible. Los restos podrían ser los de su marido, o acaso no. La ropa podría corresponder al hombre que ella busca, pero no se tiene seguridad al respecto. En la película se establece un aura de indeterminación. Se encuentran indicios, pero nunca evidencias.

Antes que urdir tensiones, la película prefiere trazar el retrato de la crisis personal de Fidel, inquieto sobre sus funciones y sobre la utilidad de cada uno de los trabajos que realiza. ¿No es acaso él mismo un NN más? Es decir, un ser fantasmal que se mueve entre datos inciertos y presunciones que se desvanecen, que no puede demostrar sus hipótesis y lleva una vida de desarraigo, apegado a la muerte y viajando por el mundo en un empeño que es desacreditado por los poderes políticos que intentan borrar la memoria de las violencias pasadas. El protagonista, actor principal de la búsqueda, acaba en el desencanto y se presenta como un perdedor y un solitario. Es rechazado en sus requerimientos eróticos por una colega y mantiene una fría conversación telefónica con su hija. El hombre que busca la verdad se convierte en el antihéroe que relativiza hasta los principios éticos de su profesión.

El esquema del filme de pesquisas se descompone en una suma de imposibilidades. La acción se congela; la verdad es inasible; el consuelo es una construcción piadosa; la identidad es un misterio. El duelo nunca acaba.

Lejos de Cristo y de Manayaycuna: Madeinusa

Madeinusa (2005), de Claudia Llosa, hace las veces de parteaguas en el cine peruano y su representación del mundo andino y de las mujeres indígenas, trazando un retrato provocador de Manayaycuna, la población imaginaria —verdadero microcosmos— donde transcurre la acción, y de su protagonista, una joven encarnada por Magaly Solier10.

Y lo logra a través de dos recursos. El primero se sustenta en la contradicción sistemática de las tradiciones iconográficas y narrativas establecidas en las representaciones pastorales o épicas dominantes en el cine peruano con referente andino. La película inventa un mundo anclado en reglas dramáticas que se alejan tanto del costumbrismo campirano como del registro verista.

El impulso dramático habitual en las tradicionales películas peruanas ambientadas en las alturas andinas es un hecho que provoca la ruptura de una armonía esencial, que proviene de lo remoto. Los resúmenes argumentales subsistentes de Camino de la venganza (1922), primer largometraje peruano, reseñan la historia del capataz de una mina que seduce a una campesina ingenua, la retira de su entorno pastoral y la conduce hacia la capital, para luego abandonarla en la pecaminosa ciudad. En Kukuli (1961), la separación de la joven pastora del núcleo familiar, para enrumbarse hacia la fiesta de la Virgen de Paucartambo, es el punto de partida de un recorrido iniciático que encauza el destino de la protagonista (Bedoya, 1997a).

Lo mismo puede constatarse en las películas sociales de referente campesino de las décadas de los años setenta y ochenta: ellas dramatizan la alteración del equilibrio original de los villorrios andinos como consecuencia de las acciones de hacendados, capataces, representantes del Estado centralista e indolente, miembros de Sendero Luminoso o representantes de las fuerzas armadas, llegados para provocar perturbaciones.

Madeinusa, desde sus primeras imágenes, modifica esos presupuestos. Aquí no encontramos signos de una convivencia equilibrada o de una pureza preexistente, de origen inmemorial, en los espacios andinos. Como ocurre también en la mayoría de películas del cine de horror ayacuchano realizadas desde 1996, en la imaginaria población de Manayaycuna lo único “natural” es el desequilibrio. Por eso, los factores disolventes no llegan al pueblo y al hogar de la familia Machuca desde lejos o desde afuera; por el contrario, parecen estar instalados ahí desde siempre.

Aunque no exista referencia alguna al conflicto armado interno, Manayaycuna es una población que mantiene un trato antiguo con la violencia. Tan antiguo que la ha naturalizado. El personaje de Madeinusa (Solier) es elegida recipiendaria de esa tradición y decide no aceptarla. Rechaza legitimar las costumbres del lugar y perpetuar una memoria ominosa11.

Mientras en el escenario más importante del lugar, la plaza principal del pueblo, se ensayan los ritos carnavalescos del Tiempo Santo, en la casa del alcalde Machuca, cercada por las ratas, las tensiones anuncian un estallido. Solo la escenografía de fondo, con las lagunas y paisajes de la cordillera blanca como marco de la acción, luce idílica. Pero esa presencia natural parece marcar, más bien, un contraste con las tensiones descritas: el mundo de Madeinusa está gobernado por pulsiones primarias e incontrolables. Ellas se expresan en el tenebrismo visual que registran los interiores, opuesto a la serena y diurna claridad del cielo que se contempla a lo lejos.

En el conjunto de correspondencias dramáticas creado por la película, la anomia se perfila desde el primer momento porque está arraigada en la vida de la comunidad quién sabe desde cuánto tiempo atrás. En Manayaycuna se acata una ley patriarcal que posee dos rostros. Uno de ellos lleva las facciones de Cristo. El otro, el de un padre biológico que reserva para sí la virginidad de su hija: la tomará cuando Cristo haya muerto y no pueda verlo. En Tiempo Santo.

En la ficción creada por Madeinusa, la festividad andina de Tiempo Santo es la representación de un desorden antiguo, que da lugar al ejercicio de violencias institucionalizadas que toman la forma del desbande carnavalesco (Ulfe, 2011, p. 202).

Rebasando tradicionales reglas de convivencia, en el pueblo de Manayaycuna rige una intrincada trama de convenciones y pactos informales. Ellas no se fundan en mecanismos de reciprocidad y colaboración en el trabajo, como remarcan los títulos de estirpe indigenista o de compromiso social; por el contrario, la fiesta sagrada condensa una sociabilidad sustentada en el intercambio forzoso de favores sexuales y complicidades que se aceptan como si fuesen valores protegidos12.

La red de intercambios informales que organiza la trama de la película es un esquema dramático que rebate o contradice la solidaridad comunal presupuesta por las películas tradicionales de referente andino. El “doy para que des” de papeles sociales, estatus y expectativas es una forma contractual desequilibrada que no le debe nada a las nociones pastorales de antaño.

“Te hago Virgen María pero a cambio me das la primicia de tu virginidad”, es la oferta contractual del alcalde a su hija Madeinusa. Investirse de ese papel le permite a la muchacha formular una oferta al limeño Salvador: “Tómame vestida de Virgen a cambio de llevarme a Lima, sacándome para siempre de Manayaycuna”. Entresijos de una relación familiar que se transan con el intercambio de un bien: “Dame tu trenza y toma mi silencio”, dice Chale, hermana de Madeinusa, tratando de sellar un pacto indigno.

Pero más interesante aún es la ritualidad del intercambio de parejas y el quiebre de las reglas de la monogamia que se “pone en escena” con el acto del corte de las corbatas. Son intercambios reales pero también simbólicos que pervierten las redes de reciprocidad comunales.

“Antes de fornicar con mi mujer te corto la corbata”, se dicen entre sí los hombres del pueblo al iniciar el desbande carnavalesco del Tiempo Santo. “Poseo los aretes de mi madre y eso me lleva a perdonar el abandono que hizo de mí”, piensa la muchacha. “¡Llévate cualquier ofrenda de la virgen pero déjame a Madeinusa!”, es el pedido del alcalde al foráneo Salvador. “¡Muere pronto, y muere ya, que queremos treinta y nueve horas de libertad!”, claman los habitantes de Manayaycuna al Cristo de la Pasión en Jueves Santo (Bedoya, 2012, p. 93).

Un segundo recurso empleado por Madeinusa para contradecir las representaciones tradicionales del mundo andino tiene que ver con la construcción del personaje principal.

La joven Madeinusa se aleja de los esterotipos al uso en el diseño de los personajes andinos, mostrados como encarnaciones de lo distante, lo remoto o lo impenetrable13. En Kukuli, por ejemplo, los personajes carecen de entidad dramática; son siluetas impresas sobre un paisaje descrito —mejor, descifrado— con la ayuda de una narración de acentos literarios. Los indígenas no hablan; son “prótesis de paisajes” (Ariel, 2014, p. 271). Lo mismo ocurre en las ficciones “sociales” andinas de los años setenta, las del campo encendido y las reivindicaciones postergadas, donde los campesinos aparecen como encarnaciones grupales, de identidad colectiva14.

Llosa construye a Madeinusa como un personaje femenino con rostro, motivaciones, entidad y agencia propia, muy alejado de la figuración de las campesinas andinas como personajes de nobleza incontrastable, ceño adusto y transparencia elemental. Se desmarca de los prototipos femeninos indígenas acuñados en el curso de la historia del cine peruano, sintetizados en los personajes de Camino de la venganza, y de Kukuli, realizada en 1961 por Luis Figueroa, César Villanueva y Eulogio Nishiyama15. Tampoco se ajusta a los modelos propuestos por los cines latinoamericanos: rechaza el glamour fotográfico y la inamovilidad de las indígenas delineadas sobre el paisaje, a la manera de Dolores del Río en María Candelaria, o de María Elena Márquez en La perla, de 1944 y 1947, respectivamente, ambas dirigidas por el mexicano Emilio Fernández.

Al rehuir una composición definida por los rasgos fisiognómicos antes que por la propia singularidad humana, que corresponde al diseño de la ficción, el personaje no se asimila a la tradición iconográfica de representación de las mujeres indígenas descrita por Poole (2000)16.

Madeinusa, refractaria a la encarnación de “esencias” de procedencia ancestral o naturaleza telúrica, aparece investida de individualidad y juega un papel central en la ficción. La envergadura del personaje nada tiene que ver con la figuración de la indígena anónima, inmóvil, ubicada en la disposición simétrica de un lienzo o un encuadre.

El personaje de Madeinusa no se ofrece como “objeto de escrutinio y representación científica” (Cánepa, 2010), pero tampoco como sujeto de un registro documental descriptivo, una propuesta expositiva o una indagación etnográfica; menos como la encarnación de la alteridad exótica. Su subjetividad se sustenta en la construcción dramática de las acciones y de la puesta en escena fílmica.

En el inicio de la película, la joven Madeinusa se siente acosada: se defiende de los roedores que acechan su casa. También está inquieta en su lecho, asediada por el deseo sexual de su padre, y presionada por Chale, su hermana, celosa de la preferencia paterna. Quiere escapar de las exigencias impuestas por la llegada del Tiempo Santo: en esa festividad deberá desfilar ataviada como Virgen María, madre dolorosa, aunque, paradójicamente, ese sea el tiempo fijado por el padre para tomar su virginidad. Su único refugio es el pequeño espacio que le recuerda a su madre, la mujer que logró romper con Manayaycuna y sus ritos, enrumbando hacia Lima. Espacio de goce donde alimenta las fantasías de huida del lugar, siguiendo el mismo camino que tomó la madre.

Los recursos cinematográficos primordiales para construir la entidad del personaje son los recurrentes primeros planos sobre el rostro de Magaly Solier, actriz “natural” elegida luego de una selección (casting) llevada a cabo ex profeso para hallar a una intérprete no profesional (Bedoya, 2012). Los encuadres cerrados sobre las facciones de la actriz convierten a Madeinusa en un personaje de ficción complejo y en una fisonomía enfrentada al entorno que la asedia. Es a través de la afirmación de ese rostro y de sus expresiones que la cinta trasciende la tipificación (Aumont, 1998, p. 20).

Los gestos y las miradas de Solier convocan la cercanía de la cámara, en close up, imponiendo un régimen afectivo, el del plano próximo que propicia la intimidad. Sus expresiones se cargan de sentido como consecuencia de los contraplanos que la enfrentan con objetos perturbadores por sus sugerencias de horror o de inquietud. El régimen del primer plano cerrado se establece para contrastar el desagrado o repugnancia que le causan los roedores, pero también el asedio paterno, o las expectativas frente a la presencia de Salvador, o para marcar la fría determinanción con que ejecuta su plan de liberación final.

Llosa maneja las posibilidades expresivas de la metonimia: las partes convocan el todo. En contraste con el rostro de Madeinusa, las ratas, apelando a un símil naturalista, remiten al acecho del caos y de lo descompuesto. A su turno, otros objetos, como la corona de la Máter Dolorosa y el Cristo desmontable, la confrontan, de modo paradójico, con la dimensión pulsional que se desata en Tiempo Santo. Los símbolos se imprimen sobre el curso de las acciones, asimilándose a ellas.

Pero no solo se escruta el rostro de la actriz. También su cuerpo. Se registra, en detalle, la incomodidad de sus posturas mientras da de comer a los animales o yace en la cama acosada por el padre, junto con su hermana Chale. O mientras se halla ensimismada contemplando los objetos que dejó su madre. O cuando, tensa, seduce a Salvador. Su cuerpo construye una identidad; se niega a ser una mera presencia plástica en el encuadre.

La cercanía de la cámara también sirve para dar cuenta de sus fantasías secretas. Hay una dimensión de lo soterrado y de lo confidencial que adquiere forma en la película. Los planos cercanos valorizan los espacios pequeños pero saturados de presencia física, como los que guardan los recuerdos de la madre. Son lugares que condensan su imaginación y las representaciones de su mundo privado. Pequeños altares, de vocación barroca, construidos para sus objetos de devoción: tributos religiosos, recortes periodísticos, fotos de heroínas de fotonovelas, pequeñas estatuas, trofeos, calendarios, una lata de Coca Cola. Iconografía ingenua de la sociedad del espectáculo y del consumo que se exhibe en el escenario de su intimidad. Es el territorio restringido y fantasmático, separado del mundo, que escucha el deseo mayor de la muchacha: escapar de Manayaycuna. Un sitio que se convierte en celda de horror en la parte final de la película.

Así como las imágenes recortan los espacios para privilegiar los dominios de lo privado, el tratamiento de la banda sonora intenta algo equivalente: la subjetividad del personaje opera como un diapasón que modula los sonidos del entorno. Los diálogos entre las hermanas y los intercambios entre las mujeres mientras preparan el vestido de la Virgen se dicen entre susurros o cuchicheos. Esas tonalidades sonoras potencian el clima ominoso de la película. Lo mismo ocurre con las melodías y ruidos provenientes de la parranda de Tiempo Santo, que llegan a nosotros tamizados por la angustia de la muchacha. El desafuero orgiástico de Manayaycuna nunca resulta expansivo. Es una bacanal percibida a la distancia, en un segundo plano sonoro. La fiesta de Tiempo Santo se asordina al llegar hasta el rincón donde se recoge Madeinusa.

La densidad de lo soterrado se refuerza con el tratamiento fotográfico, de iluminación y color, de Raúl Pérez Ureta, pero también con la dirección artística, a cargo de Eduardo Camino, de acuerdo a conceptos visuales de Patricia Bueno y Susana Torres. Se atenúa el brillo de las imágenes y se descarta la calidez cromática, acentuando las zonas sombrías del encuadre. En la escenografía y el mobiliario encontramos la rústica austeridad del interior de la casa de los Machuca junto con el atestado retiro de Madeinusa, decorada con una variopinta presencia de objetos, desechos de consumo, con acentos ingenuos. En las secuencias de la adoración al Cristo muerto y del Paseo de la Virgen, las imágenes y atuendos religiosos combinan la severidad de la conmemoración religiosa con la vistosa fusión de elementos dispares que remiten al kitsch.

La presencia de la actriz Magaly Solier es central en la consistencia que adquiere el personaje. Sin la experiencia de actuaciones previas en el teatro o el cine ni marcas de reconocimiento mediático, Solier aparece en Madeinusa luciendo cualidades de interpretación que se definen desde que el espectador observa su rostro y lo acepta como “extraído” de “la realidad circundante y como portador de una situación, un papel y una actividad ficticios (…)” (Pavis, 2000, p. 71).

Llosa aprovecha los antecedentes biográficos de Solier, su experiencia de vida, su adolescencia, su presencia física, sus credenciales de joven estudiante huantina de origen campesino, y su etnicidad. Es decir, la extrae de esa “realidad circundante” que menciona Pavis para hacerla portadora de un papel ficticio que se consolida con el aporte performativo de la actriz. Ella luce el talante de la campesina andina y habla un quechua fluido, sin las muletillas de la possincronización: Solier no requiere usar las máscaras de las intérpretes que encarnaron a Juanacha (Teresita Arce) o a Kukuli (Judith Figueroa).

Pavis escribe:

el actor contemporáneo ya no es el encargado de imitar mímicamente a un individuo inalienable: ya no es un “simulador”, sino un “estimulador”; “performa” más bien sus insuficiencias, sus ausencias y su multiplicidad. Tampoco tiene la obligación de representar un personaje o una acción de una forma global y mimética, como una réplica de la realidad. En suma, su oficio prenaturalista ha sido reconstituido. Puede sugerir la realidad mediante una serie de convenciones que serán localizadas e identificadas por el espectador. El “performer”, a diferencia del actor, no interpreta un papel, sino que actúa en su propio nombre (2000, p. 75).

Es lo que hacen Solier y Llosa: convertir a Madeinusa en un personaje que se representa invocando referencias conocidas, pero sin intentar la dúplica realista o la representación mimética. Es el juego de tensiones entre la apelación a una etnicidad y la crítica a la tradición iconográfica que la tipificó por décadas.

Por otro lado, el personaje se diseña teniendo en cuenta sus contradicciones y no solo exponiendo sus virtudes. Madeinusa no es casta, ni simple, ni inocente, ni de gesto retraído. Está impulsada por sus deseos (de fuga, de cambio, pero también de erotismo) y ese incentivo la distingue de las figuraciones asexuadas propias de la tradición iconográfica de las mujeres andinas (Poole, 2000, p. 128). Madeinusa recurre a las incitaciones sexuales como recursos que le permitan cumplir sus metas y salir de Manayaycuna. Eso también la diferencia de Juanacha y Kukuli, víctimas de la naturalización del dominio masculino.

Para cumplir con el objetivo de seguir el camino que tomó su madre, el personaje se descubre manipulador, cruel y hasta depredador17. La herencia del medio se expresa en la frase central de Madeinusa: “Papá... papito... tu caldo de gallina...”. Un acto criminal sustrae a Madeinusa de las tradiciones de Manayaycuna, pero también de la ley patriarcal bifronte que impera en su pueblo: la del padre divino que deja de mirar a sus hijos y provoca el desafuero colectivo, y la del padre biológico que pretende ejercer un abusivo y cruel derecho de pernada.

También traiciona al “gringo”, el limeño Salvador (un nombre significativo), que mira con altivez y desconcierto, acaso también con indignación, las “supersticiones” y costumbres de Manayaycuna. Él franquea la prohibición de entrar al pueblo y paga un alto precio por su infracción. Su benevolencia con la situación de Madeinusa se defrauda por la crispada acusación final. El parricidio de Madeinusa y la traición a Salvador son actos radicales que no admiten redención18.

Madeinusa solo cuenta con su propia rabia y rebeldía para modificar la relación con su pueblo, con su padre, y con el peso de las tradiciones. Ella no se define por su filiación ideológica ni por su pertenencia a un colectivo. Su emancipación está motivada por un impulso personal de resistencia y deseo de progreso individual. No la mueve ninguna voluntad de cambio social, como ocurre con los personajes de los títulos emblemáticos de la tradición del cine andino. La ruptura con las tradiciones es el resultado de un gesto individual.

¿En qué entorno discursivo se inserta esa afirmación personal y rebelión individual?

Lipovetsky y Serroy dicen que el cine de estos tiempos (los de la hipermodernidad) atiende, sobre todo, a la situación del individuo y su singularidad. “Como las etapas de la vida ya no están predefinidas socialmente, las películas se abren a la individualidad de las andaduras, a las historias y trayectorias particulares” (2009, p. 111).

Por eso, en la afirmación de esa individualidad es preciso anotar la importancia que adquiere el significante “Madeinusa”, emblema de una historia personal y una trayectoria particular. El personaje se enorgullece de su nombre, a pesar del comentario burlón que recibe de Salvador, y lo entrega en herencia, transmitiéndolo por delegación.

Al final de la película, Madeinusa sale de Manayaycuna, rumbo a Lima, en un camión. Viaja abrazada de una muñeca. El conductor del vehículo pregunta: “¿Cómo se llama?”. Ella responde: “Madeinusa”. La respuesta se abre a una pluralidad de sentidos. Si la respuesta de la muchacha refiere a su nombre propio, es un modo de afirmar la independencia que le permite marcharse del pueblo. Pero si designa el nombre de la muñeca, el significante se convierte en un patrimonio delegable. El “bautismo” de la muñeca con el nombre de Madeinusa es el modo simbólico que halla la joven para recusar o quebrar la ley de la nominación patrilineal. Lo que importa en adelante es su agencia personal19. Al llegar a ese punto sin retorno, ha roto con las leyes de los padres autoritarios (el alcalde Machuca y Cristo) y se apresta a cumplir el deseo inducido por su madre. Con ese impulso, y con la autonomía lograda en su andadura trágica, se apresta a enfrentar la experiencia de Lima20.

De lo funesto: La teta asustada

La teta asustada (2009), el segundo largometraje de Claudia Llosa, es una fábula densa, de acentos oscuros y carácter alusivo.

Su personaje principal es Fausta (Magaly Solier), heredera de una experiencia funesta, ya que su madre fue violada durante los años de la violencia política21. La joven ha heredado el miedo cerval: padece desvanecimientos súbitos, hemorragias nasales y lleva una papa introducida en la vagina como escudo de protección contra posibles agresiones masculinas.

La patología de Fausta no está clasificada por la medicina. La cultura andina le llama “teta asustada” porque encarna la transmisión de la memoria del horror a través de la leche materna22.

Al albergar el miedo, Fausta deambula sin “alma”. Evita el contacto con los hombres y con su entorno. Ensimismada en un mutismo profundo, solo puede atenuar su dolor entonando, en voz baja, cantos quechuas a modo de plegarias ancestrales. El estigma de la violencia política se somatiza y pervive en el cuerpo de la hija de una ayacuchana desplazada. Fausta tramita así la experiencia de la posmemoria.

La segunda característica de la postmemoria, tal como lo señala Marianne Hirsch, implica una posición de marginalidad. Ajenos al tiempo de sus padres, apartados de las experiencias políticas de éstos y de los lugares y acontecimientos de su biografía, se asoman a las vivencias de éstos con los ojos del recién llegado. Miran desde “Otro” lado para asediar un pasado que no es el suyo (…) Pero al crecer entre los susurros de un pasado que no conocieron, la memoria se convierte para ellos en un espacio que requiere ser llenado por una narrativa que pueda reparar la fractura en la que vagabundean los fantasmas (Waldman, 2007, p. 397).

Desde el inicio de la película, Fausta se halla dividida entre dos mundos: el del pasado heredado de su madre, que la paraliza y no la deja progresar, y el de hoy, en el que asiste a la madre moribunda. Se mantiene excéntrica en su relación con ambos mundos.

Además de los arraigados terrores, Fausta tiene a su voz como patrimonio. Canta para expresar el dolor de la memoria intrauterina de la violencia y manifestar su propia capacidad de fabulación, inventando canciones que solo ella escucha. Son canciones en quechua cuyas melodías se oyen sin que Fausta mueva los labios al cantarlas. La voz interior se establece como un recurso expresivo de la película. Esas canciones conforman una de las narrativas a las que apela Fausta para “reparar la fractura en la que vagabundean los fantasmas”, como dice Waldman.

Otra narrativa tiene que ver con el desafío que se impone a sí misma. El objetivo final del personaje es enterrar a la madre en su tierra natal, de la que fue desplazada por la violencia, pero carece de dinero para transportarla hasta ahí23. Obtener los recursos que necesita la obligan a relacionarse con el mundo, a escuchar opiniones y aceptar diversos quehaceres. Un tío la aconseja y le reclama por su solipsismo, pero ella es refractaria a sus palabras y a su presencia. También rechaza el ambiente familiar y el entorno de amigos: ese mundo bullicioso y emprendedor de los “nuevos limeños” en el que se trabaja, se celebra, se construye. El mundo se mueve a gran velocidad pero Fausta se niega a participar en él porque su cuerpo rechaza cualquier roce o contacto con el medio. Las manos contraídas de Magaly Solier son la expresión visual del dolor enraizado: son manos contraídas y nudosas como papas24.

La trayectoria, de acentos graves, que va de la muerte de la madre hasta su inhumación, acaso simbólica, conforma el arco narrativo de la película. No obstante, el tratamiento cinematográfico atenúa las aristas sórdidas de la anécdota. Encuadres dilatados, escenas extendidas, planos secuencias, disposición grupal de los personajes en el encuadre y la narración de ritmo sosegado restan pathos a las situaciones. Se apunta una dimensión coreográfica en los movimientos en el interior de los encuadres.

El personaje de Fausta no solo carga con el miedo heredado; es también profundamente melancólico y opuesto a cualquier expresión de alegría o manifestación de vitalidad, como la del joven pretendiente que le dice, con impertinencia: “si el rojo es el color de la pasión, báñame con tu menstruación”. Con su mutismo y reserva, Magaly Solier se protege en la opacidad.

El itinerario del personaje sigue las secuencias sucesivas de las ceremonias de paso, esa “matriz experiencial” que da forma a tantos relatos (Klein, 2007). El de Fausta es un pasaje entre culturas, formas de vida distintas, modos de concebir el cuerpo, la sexualidad, y la relación con los otros.

La estación preliminar se inicia para Fausta con la muerte de la madre, que la conduce a la búsqueda de un funeral que se pospone. En ese trance ocurre el nudo liminal, fase intermedia y período del umbral en el relato. Su viaje de vuelta a la normalidad la lleva a la emancipación, una condición superior en su desarrollo personal.

Al inicio de La teta asustada, Fausta se encuentra apegada a su madre, una mujer indígena. La acompaña y atiende en la cama, mientras agoniza. La imagen muestra, en plano cercano, el rostro de los dos personajes, la anciana y la joven. En la banda sonora se escucha una canción en quechua, casi un lamento, interpretada por la moribunda. Canción que alude a la violación que sufrió en el pasado, durante los años del conflicto armado interno.

El mobiliario de la habitación nos remite al espacio interior de una casa ubicada en algún paraje andino: lugar que convoca a la memoria y a la intimidad, reforzadas por la cercanía de la cámara al rostro de la anciana. Pero un paneo descubre que esa impresión es ilusoria: a través de una ventana se percibe el paisaje desértico del “asentamiento humano” limeño donde se ambienta la acción.

En ese momento se produce la muerte de la madre. La quiebra del vínculo familiar da inicio al tránsito hacia la maduración de Fausta. Se abre la etapa del umbral, en coincidencia con la ceremonia ritual del amortajamiento del cadáver25.

Comienza, para Fausta, la fase del duelo por la pérdida de la madre. Y duelo por ella misma, impregnada como está por la fantasía de la muerte: un luto que lleva desde el momento de su concepción.

La muerte se encarna en un “espacio” interior de la muchacha, su vagina, que contiene un objeto inerte, la papa que introdujo para impedir la posibilidad de una violación y, más que eso, para bloquear el trato sexual. Para Fausta, la integración llega al liberarse del miedo y de la papa que brota y se descompone en su cuerpo. En La teta asustada, el rito de pasaje no marca la transición de la “niña a la mujer” en la etapa del inicio de la menstruación, sino del florecimiento de una actividad sexual tardía, bloqueada por el trauma de la violencia, el miedo heredado y la papa invasora, pero también por el trance del duelo irresuelto a causa de la ceremonia postergada del funeral (Finol, 2001).

La separación de la madre lleva a Fausta a una confrontación con dos espacios. El del mundo popular, emergente, contemporáneo y colorido del asentamiento humano y, más tarde, el de la casa de la señora Aída.

El primer espacio es el de la casa del tío Lúcido (Mario Ballón) donde se aloja y que le aconseja vivir a plenitud, aunque ella no escuche sus demandas. En un momento, mientras Fausta duerme, el tío hace el gesto de asfixiarla. Ella reacciona y lucha para respirar. El tío la alienta: “¡Quieres vivir”!

Ese lugar está habitado por los desplazados del conflicto armado interno y sus descendientes, ahora convertidos en emprendedores. Ellos aprovechan hasta los espacios improductivos del arenal y los rentabilizan en sus negocios. Es el mundo de su familia, dedicada a organizar “puestas en escena” festivas para matrimonios.

En el interior de la casa que aloja a Fausta yace el cadáver amortajado de la madre. En los exteriores, en pleno desierto, se preparan los andamios para colocar a los participantes del ritual institucionalizado de las bodas. Frente al arenal se ubica una falsa perspectiva pintada del Océano Pacífico que sirve como fondo escenográfico para las fotos de las poses matrimoniales. El trampantojo marino simula el paisaje costeño que valida la fantasía de los migrantes andinos: a pesar de estar confinados en la planicie reseca, tienen ahí, al alcance de la mano, la imagen del océano. Si en Madeinusa los espacios lucen una apariencia sombría, aquí la paleta cromática es clara y luminosa, como adecuándose a las expectativas de los familiares de Fausta.

La habitación donde yace el cadáver de la madre liga a Fausta con lo ancestral y lo entrañable, expresado a través de la música andina, “con el sonido constituido en un vínculo afectivo, emocional, gestual, corporal” (Yúdice, 2007, p. 67). En los ambientes exteriores, construidos por los “nuevos limeños”, se oyen otras melodías, las de la “chicha”. Son los modos de estar-no estar en la modernidad, según lo estudia Pedro Pablo Ccopa26.

Fausta no participa en las celebraciones que organiza la empresa de su familia porque está ensimismada en el ritual mortuorio pendiente. Se pone al margen de esa modernidad popular que la película representa como un mundo de insólitos y coloridos artefactos kitsch: platos de causa servidos con cubiertos rosados, velos de novia sujetos con globos, ataúdes con inscripciones deportivas. Una dimensión hilarante y vital se apunta en esas representaciones de la cultura popular. Pero Fausta mira el mundo desde su miedo arcaico, marcada por los fantasmas de la esterilidad y el rechazo a la sexualidad27. Los planos secuencia dilatados, la planificación abierta y la atenuación de las circunstancias dramáticas, refuerzan la representación de la abulia de Fausta.

¿Pero existen vínculos entre el espacio interior del duelo y el exterior de la celebración?

El espacio de la intimidad es arrasado por la vitalidad del mundo de afuera, el de los parientes y su híbrida modernidad. La imagen del traje de novia colocado sobre la cama donde yace el cadáver vendado supone la irrupción de la fuerza emprendedora en el espacio luctuoso. Pero Fausta lo sigue viendo todo desde la perspectiva del luto: confunde la construcción de una piscina con el cavado de una fosa mortuoria. Esta división entre espacios interiores, marcados por lo funesto, y exteriores arrasados por la fiebre emprendedora, da forma al “trance” de Fausta, a su estado intermedio. Su lugar en el umbral.

Con el fin de alejarse de los desbordes festivos de su familia, pero también para obtener los recursos económicos que le permitan inhumar a su madre, Fausta empieza a desempeñarse como empleada doméstica en la casa de Aída (Susi Sánchez), pianista y compositora musical limeña, representante de una burguesía capitalina en decadencia.

La casa se yergue como un castillo amurallado, con una puerta levadiza que separa el lugar de un populoso mercado. Dentro de la casa domina una atmósfera severa que contrasta con el espacio de afuera, ruidoso y colorido. La residencia se encuentra separada de la calle por un extenso jardín y un muro. El lugar es una reserva del pasado, una propiedad mantenida al resguardo del desorden informal que ha tomado en rehén a la ciudad.

Es también la residencia del hada malvada del cuento. O de la vampira que succiona la voz y el canto de Fausta.

La casa de Aída es fundamental en la fijación del carácter liminal de la trayectoria de Fausta. Ahí encuentra a dos personajes de valencias opuestas: a la mujer protectora que, al cabo, se revela depredadora, y al jardinero bienhechor, de origen andino.

Los recintos de la casa son espacios por descubrir. Fausta avanza por las estancias de la residencia señorial limeña con sigilo, como si atravesase un laberinto. Es “tierra de otros”. La cámara la sigue con un temblor ligero, reproduciendo su inestabilidad y extrañeza en ese lugar. En ese recorrido confirma su desarraigo: no está vinculada ni con el espacio familiar del que se separó, ni con el de su trabajo.

Los recorridos de Fausta por la casa están filmados de una manera particular. El desenfoque de los fondos de los pasillos refuerza la incertidumbre de los recorridos de la muchacha, pero anuncia también la ocurrencia inminente de un hecho siniestro.

En el dormitorio de Aída, la joven halla el retrato de un militar. Fausta se refleja sobre el vidrio protector de la fotografía sosteniendo un taladro, como si fuese un arma. Esa imagen le provoca el estremecimiento de asistir a la representación del trauma original (la imagen que evoca al militar agresor de la madre) y actualiza la memoria vicaria de lo ocurrido. Es el ápice de la fase de transición: el pasado se funde con el presente y Fausta se da cuenta de que los muros de la mansión no logran separarla del trauma heredado. Su figura sobreimpresa a la imagen del militar la interpela. Poco después descubre que la señora Aída se ha apropiado de su canción.

Entonces interviene el personaje del jardinero de la mansión. Es una figura también liminar: se ubica entre dos mundos, el del quechua y el del castellano, y preserva el jardín de la casa, el lugar que media entre el “afuera” desbordado de Lima y la residencia misma. El encuentro con el jardinero es facilitado por un salvoconducto. Fausta, la de los puños cerrados, le pide al jardinero desconocido que muestre sus manos para dejarlo entrar: el hombre extiende una mano abierta y rugosa, de trabajador de la tierra.

Con Aída y con el jardinero, Fausta pacta. Es el costo que supone romper su vinculación con el miedo raigal. Como en Madeinusa, cuya trama narrativa está estructurada en torno a intercambios y reciprocidades, aquí también se suscriben contratos. Como su único patrimonio es el canto de entonación rural andina, Fausta vende su música a la señora para obtener el dinero que le permitirá enterrar a su madre. El pago deberá hacerse en especies, con perlas. Es el primer contrato.

Emilio Bustamante, citando a Luis Millones y a Hiroyasu Tomoeda (2004, pp. 15-31), ha explicado uno de los sentidos de ese intercambio y de la canción de la sirena:

En la cultura andina existe la creencia de que algunos músicos pactan con las sirenas como si lo hicieran con el diablo; ellas les afinan los instrumentos o les otorgan un don a cambio de su alma. El tiempo de vida de los músicos es contado por la sirena en granos de quinua que el sujeto tentado le entrega. Cuando acaba el conteo, acaba la vida del músico y la sirena se lleva su alma al fondo del mar (o al infierno).

Pero en la relación de Fausta y Aída hay algunas sugerentes inversiones y reflejos, pues quien otorga la música es Fausta a cambio de las perlas de Aída (la perla, recordemos, es símbolo occidental del alma y la fecundidad, que aquí reemplaza a los andinos granos de quinua) Fausta, pues, iría a la casa-infierno de Aída a recobrar simbólicamente el alma que perdió al nacer. De otro lado, la imagen de los granos de quinua cayendo al suelo y de la sirena arrastrándose para recuperarlos se halla también en ciertos relatos andinos (Bustamante, 2009a).

El segundo contrato celebrado por Fausta se mantiene en el orden de lo latente: a cambio de que el jardinero la ayude a florecer, sacando de ella la “hierba mala” y despertando sus sensaciones: entablan conversaciones en quechua, actualizando la lengua de sus querencias esenciales y mutuas intimidades. Es el único hombre al que admite. En el jardín de la casa de Aída, Fausta recula al ver a una cuadrilla de trabajadores que llevan un piano nuevo a la casa. El fantasma de la agresión sexual la asalta28.

Mientras Aída quiere hacerse de la voz de Fausta, el jardinero pretende el cuerpo y los sentidos de la muchacha. En el personaje del jardinero se alternan las funciones del padre o tutor con las del pretendiente erótico. Aunque no exista romanticismo en su relación, el hombre protege a Fausta. Estimula sus sentidos con el olor de las flores y los sabores de los dulces que le alcanza. Le explica la pervivencia de la música aun cuando el instrumento, el piano, se encuentre roto. A diferencia del tío emprendedor, apegado a los artificios del kitsch y las fusiones culturales urbanas, el jardinero mantiene su entronque con la cultura andina y su matriz rústica y campestre.

Aída establece una relación de dominación con Fausta. Aunque más que al mito fáustico evocado por las sirenas de Sarhua, esta relación se acerca a la dominación vampírica. Aída se sacia con la apropiación de la canción de Fausta. Una canción que no repite el tono doloroso de las melodías en quechua que le enseñó su madre, sino que evoca en español la mitología de la sirena. El malhadado interés de la antagonista por la voz de Fausta es un motivo que se encuentra en los relatos provenientes del folclore y en los cuentos de hadas del norte de Europa. En La sirenita, de Hans Christian Andersen, la bruja desea “la voz” de la protagonista y le propone un pacto posesivo y perverso29.

La canción en castellano que entona Fausta es el salvoconducto que le permite traspasar el umbral.

El esquema relacional de las dos mujeres evoca el que mantienen Liv Ullmann y Bibi Andersson en Persona (1966), de Ingmar Bergman. La actriz “noble” (Ullmann) busca alimentarse del “alma” de la enfermera plebeya. Mientras una no tiene voz; la otra sí. Mientras que la primera encarna cierta noción, acaso decadente, de trato con una práctica del arte tradicional, la otra mantiene una relación vital, afectiva y natural con la música popular. Mientras una vive prisionera de sus normas y rígidos códigos de urbanidad y comportamiento, la otra construye el camino que la inserta en una nueva forma de vida. Mientras una se alimenta de la vida de los otros; la otra aprende a reaccionar y a defender lo suyo. Como lo hace Fausta.

En las relaciones con Aída y con el jardinero se establece un tratamiento dramático sustentado en la tensión de lo no-dicho. Por el lado de Aída, está implícito el mal y lo siniestro. Esa “normalidad” laboral en la que Fausta percibe generosidad de su “patrona” es, en realidad, un intento de esquilmarla de un modo rapaz.

Por el lado del jardinero, en cambio, el régimen de lo latente se orienta hacia lo erótico, en el dominio de las pulsiones. El trato de empatía afectiva se resuelve en la imagen de Fausta ofreciéndole la visión de un seno en el momento de su “rescate”. Es como un nuevo contrato o una cláusula adicional del anterior: el jardinero la salva de su parálisis a cambio de la visión de una parte del cuerpo de la muchacha. En ambos casos, late y se asoma la huella de lo reprimido.

El descubrimiento de la aviesa intención de Aída otorga una nueva compostura a Fausta. Si en la primera parte de la película penetra en el dormitorio de la pianista de modo incierto y confuso, con una cámara temblorosa y sin nitidez en el fondo del campo visual, luego ingresa, segura y decidida, en el espacio del teatro mientras escucha la melodía de la canción robada. Sigue la huella de la música (de su voz) y su caminata hasta la boca del escenario no tiene la apariencia trémula de la secuencia anterior. Por el contrario, sigue una trayectoria neta y firme. Los fondos del lugar ahora lucen nítidos; los lentes de focal corta resaltan la profundidad del campo visual. Es el momento en que Fausta recupera su voz30.

La arquitectura del teatro es también una sugerencia de los mundos a los que accede Fausta: el barroquismo de la escenografía remite a un mundo occidental, de cultura “alta y clásica”, que se apodera de su canto “primario, afectivo e ingenuo”.

La fase de la integración se realiza bajo la tutela y el estímulo del jardinero. El pacto entre Fausta y la señora Aída se rompe cuando esta última siente que la joven ya no le es de utilidad. El sentirse arrojada de la casa de Aída y echada a la calle, en plena noche, le permite a Fausta vencer el temor a la oscuridad y volver a la casa-fortaleza para tomarla por asalto y llevarse sus perlas en una escena que Llosa representa como un episodio simbólico, más que realista. El jardinero, que la encuentra desvanecida en la calle, la lleva de retorno a la posta médica, donde acepta ser operada.

Traicionada por la pianista, encarnación de la “sirena” de la cultura andina o la vampira de la tradición fílmica, Fausta queda liberada del tubérculo que la ata al pasado y celebra su contrato definitivo: ofrece el cuerpo de su madre al mar de la costa a cambio de “lavar” el alma echada a perder por la violencia vivida. Es el espacio al que emigró su madre, pero al que dio la espalda como consecuencia del trauma. El mar que lava el miedo, repara la pena y devuelve el espíritu.

Fausta transita, durante el desarrollo de la acción, por dos órdenes de elementos naturales antagónicos, pero imbricados: la “tierra” y el “agua”. En vía de superar el apego arcaico a la madre, convertida en un cuerpo muerto y en trance de descomposición, corta la vinculación mórbida con la “tierra” donde quedó enterrada su alma, sustrayendo el tubérculo que le sella el cuerpo, llenándolo de raíces y bacterias, para acceder al florecimiento personal, la afirmación de su capacidad creadora y el ejercicio de su sexualidad en el orden abierto del “aire” y del “mar”31.

En su último tramo, la película se vuelca a lo simbólico. Llosa elige los recursos de la elipsis y la omisión de algunos datos del relato. Largos fundidos en negro dan cuenta de esa decisión. Fausta celebra su último contrato, de afanes cósmicos: ofrece al mar el cuerpo de la madre a cambio de lavar y purificar el alma que extravió la violencia. También aspira el aroma de unas papas florecidas, mientras la cámara recorre el tallo firme de la planta. Se abre a nuevas posibilidades de vida, que incluyen la presencia de lo fálico. La fase de la “integración” en el rito de pasaje se cierra.

La singularidad de La teta asustada radica no solo en la habilidad para narrar una fábula de alusiones simbólicas sin incurrir en el socorrido “realismo mágico”, sino también en evitar la sordidez en la representación de una mujer de ascendiente indígena que mutila su propio goce.

La presencia de Magaly Solier es clave: su “persona” contradice tantas representaciones condescendientes de mujeres indígenas que padecen el trauma de la violencia o arriban a la ciudad para trabajar. Fausta es un personaje retratado en su complejidad individual, como lo fue antes Madeinusa. Solier las encarna sin recurrir a afeites ni cosméticos y empleando el quechua32.

En las películas de Llosa, las circunstancias de la etnicidad y el medio social no son los centros de la indagación ni fines en sí mismas. Por el contrario, toman distancia del acercamiento naturalista que liga a los personajes a destinos supuestamente marcados por su pertenencia a un género o una clase. Las marcas de lo social y lo étnico no son determinaciones unidimensionales; las protagonistas orientan el curso de sus acciones.

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9789972453335
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