Kitabı oxu: «Cartas a Thyrsá. La isla»

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CARTAS A THYRSÁ. LA ISLA


RICARDO REINA MARTEL

CARTAS A THYRSÁ. LA ISLA

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2018

CARTAS A THYRSÁ. LA ISLA

© Ricardo Reina Martel

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2018.

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ISBN: 978-84-17334-30-7

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

RICARDO REINA MARTEL

CARTAS A THYRSÁ. LA ISLA

Hay otros mundos, pero están en este.

Hay otras vidas, pero están en ti.

Paul Éluard


A mi padre,

el último trovador y el más grande que haya conocido

sin él, nada de esto hubiese sucedido.

Aire de Roma andaluza

le doraba la cabeza

donde su risa era un nardo

de sal y de inteligencia.

Federico G. Lorca

A quien tanto quisimos

Prólogo

Circulan, todos pasan delante de mí. El mar lo tengo enfrente.

Hace fresco en esta mañana de principios de diciembre. ¿Cómo comenzó todo?

Buena pregunta, lo admito y más desde este sur del sur, lo más al sur posible de todo…

Frente a mí, entre la calima, uno se imagina las cosas de África. La gente pasa circulando, va muy deprisa y hacia ninguna parte. Está rico el café, en este bar marinero y azul. Suceden las horas y el manuscrito, aún se mantiene entre mis manos. Mis vecinos de mesa me observan disimuladamente, poco a poco el paseo marítimo se va animando. Todos parecen saber hacia dónde se dirigen, caminando airosamente como si conociesen su destino.

Es una locura, lo admito, no existe medicación y lo peor de todo, es que tengo la plena convicción de que cuanto se narra en estas páginas, ha sucedido tal cual. No cambiaría un ápice de lo subscrito en estas hojas, sin duda mi vida transcurre y sucede muy distinta de quienes frente a mí lo hacen. Me gustaría poder ser como ellos, ser uno más de estos que se cruzan delante de mí. Pero me es imposible, desde mis primeros años tuve la sensación de ocupar un espacio que no era mío y donde constantemente me preguntaba, aquello de «qué hago yo aquí».

Fue la lectura y el refugio en los viejos libros, lo que me ayudó a trazar una ruta por donde transitaría el resto de mi existencia. Confrontando mi propio mapa interior con un sistema social absurdo, hasta para respirar. Tierra de apariencias y banalidades; en la figura de mi padre hallé refugio, en sus historias y delirios, en el sueño de una tierra perdida y lejana que siempre fue mejor que esta. Nací casi al final de un ciclo social, donde este país se desbarataba por todos lados y constantemente mirábamos hacia fuera. ¿Dónde nos hallábamos nosotros? Todo cuanto llegaba desde el exterior parecía apostillar y ofrecer ciertas garantías de plenitud y regocijo, en contraposición a cuanto aquí sucedía. Nuestro mundo sin duda se deshacía, no había manera de mantener esto en pie.

Entonces llegó mi primera lectura; Robinson Crusoe de Defoe, debía tener los doce años no más, ya por ello podría considerarme un niño prodigioso, de elevada imaginación y ventura. Pocos de cuantos me rodeaban compartían mis anhelos y utopías, quizás algunos de los que jugaban en la calle. El mundo de los mayores significaba restricción y moralidad, la antítesis de un espíritu delicado como el mío. La salvación la hallábamos en una televisión en blanco y negro, aquella que nos hacía compartir un proyecto diario, en donde habitaba un solo lenguaje y una única posibilidad de expresión. A pesar de ello, me podría considerar un joven de avanzado conocimiento, en cuantas entidades de dudosa reputación se cruzaban a mi paso, adorando todo aquello que se encontraba alejado de lo inmediato. El cine fue mi salvador y mi entrega al séptimo arte, me permitió dialogar conmigo mismo, mostrándome ese otro plano donde si existen las cosas…

Dispongo de una gran biblioteca de libros antiguos, herencia de mi padre y primer transmisor de esta diferencia genética a quien debo cuanto soy. El primer libro en propiedad fue La Biblia y el segundo Las mil y una noches, todos ellos regalos de mi padre. Entonces entendí el rumbo que tomaría mi vida, ya que tras la lectura de este segundo libro, elegí a Simbad el marino por encima de todas las creencias disponibles, como mi gran compañero de viaje y futuro mundo de aventuras. Y no precisamente porque tolere la navegación, ni mucho menos. Soy un inepto para ello, padezco de vértigo y me siento incapaz de alejarme de tierra firme. Me refiero a otro tipo de navegación que es capaz de trasferir el océano y los mares. Hablo de la ensoñación y la mente.

Le siguieron; La isla misteriosa de Verne, Viaje al centro de la Tierra, El faro del fin del mundo y decenas de títulos más. Paralelamente llegaría Emilio Salgari con sus tierras vírgenes y demás corsarios. Stevenson y su Isla del tesoro, del que puedo decir que memoricé hasta la obsesión. Casi sin darme cuenta, comencé el viaje y esa absurda predisposición por evadirme, por lo que ya no hubo vuelta atrás.

Con los años intenté comprender el sentido de todo cuanto me rodeaba, «este absurdo infinito» como diría Pessoa; así que comencé mi largo proceso y un viaje hacia la búsqueda con «lo milagroso», tal como manifestó el maestro Gurdjieff. Busqué entre las raíces olvidadas de mi generación, me recorrí el país cuando no era tan usual hacerlo, intentando hallar algún indicio que aliviara y sanara «mi enfermedad».

Mi vida ordinaria se mantenía enclaustrada entre ollas y calderos, pues comencé a trabajar desde muy joven en subterráneos de grasa, donde la luz apenas conseguía entrar. Oculto a la mirada y a la circulación del mundo, desarrollé una capacidad de adaptación y respuesta que me ha posibilitado vivir sin demasiadas dificultades. Así ha ido transcurriendo mi vida, tal como se describe en este libro: entre cavernas amarillas.

Cuando pude marché a Santo Domingo de Silos, San Pedro de Arlanza, San Millán, el Cañón del Río Lobos, en donde dormí en una caverna. Santa Tecla, cuando aún se hallaba sumido en el abandono y la memoria, hasta encontrar la mágica San Andrés de Teixido, ubicándome en una vieja casona de piedra y en donde recuerdo los más bellos atardeceres de mi vida… de eso hace mucho, era demasiado joven.

Luego llegó el Tíbet, considerando su religión y filosofía como primicia insalvable para quien desea avanzar y conocer. Cuando menos lo esperaba apareció una idea, mito o leyenda. Era una noche donde nevaba con desmesurada alegría, no recuerdo el año. Me hallaba en una montaña de la alpujarra granadina, viviendo en una cueva. Entonces un monje me relató la leyenda de Shamballa y su correspondencia con la iniciación del Kalachakra que próximamente ofrecería el Dalai Lama en Barcelona. Mi vida dio un vuelco, pues entonces comenzó esta búsqueda desesperada con otros planos y el encuentro con otras sociedades míticas como Avalon, la isla de Preste Juan, los Bienaventurados, el Dorado, la Atlántida o la isla de los Inmortales…

Busqué hasta la obsesión, creí volverme loco, un chiflado de verdad, nada de alguien fruto de esta hiriente neurosis que nos envuelve a todos. No diré nada más, no estoy autorizado para ello. Todo cuanto relato es el fruto de un encuentro, un proceso que me llevó hasta este resultado; el hallazgo de la isla de Erde. Sus personajes llenan mi vida, entran y salen cuando les viene en gana; hemos abierto una puerta y ahora invito a quienes deseen cruzarla conmigo y aunque parezca una nimiedad lo que digo; Noru me ha otorgado el permiso para ello.

Cómo comenzó todo… me pregunto desde esta playa. No fueron las obras de Marion Zimmer Bradley como a muchos les gustaría pensar, surgió de un relato corto llamado Monte Verita de Daphne du Maurier y quiero pensar que han sido ellas; sus sacerdotisas invisibles, las que han dirigido mi mano y pensamiento. Por lo tanto me hallo en perfecta convicción para atestiguar y dar fe que es desde Monte Verita, donde parte el relato.

Fruto de la terapia, la historia cogió un nuevo impulso, ya que al relatar «el cuento de mi vida» hubo una especie de interrelación y aproximación con los escritos de fantasía. Cuando pasé a darme cuenta, la historia de Thyrsá había quedado estructurada dentro de mi propio relato de vida, junto con otro trabajo denominado Robinson que consistió en reescribir la obra de Defoe en primera persona, terminándose así de culminar el proceso. Todos los personajes que se describen en la obra, son reales; es decir de carne y hueso, excepto Noru que se manifestó en sueños, portando un formidable libro entre sus manos. Los lugares son reminiscencias de donde he estado, la mayoría ya no existen; «la especie», es decir el hombre, los devastó. Mi bosque desapareció junto a sus túmulos y enterramientos, esto es real y no cabe interpretación alguna. Sin embargo, tal como sucede en el relato; aún mantengo la esperanza de que retornen de nuevo. Lo mismo que sucede con la protagonista de esta historia, que sueña desde un corroído castillo que el puente se alce de nuevo y su enamorado le lleve de vuelta a casa, tan real como la vida misma. Aunque la misma escritora ya lo advierta en sus páginas:

“Nadie vuelve una vez haya sido llamado a Monte Verita”.

En la playa de Pedregalejo (Málaga).

Bajo una luna creciente en las largas noches del 2017.

CANTO I
EN LOS DÍAS DE INFANCIA

Algún día, dejaré de oír aullar

esos largos olmos.

Mi frente quedará limpia

y las hojas suspendidas en el cielo,

me incitarán a continuar el baile.


Mis lágrimas de cristal

caerán esparcidas en la tierra,

dibujando mil fuentes inexistentes.

La nostalgia no será eco en el mañana,

las olas bañarán lo justo.


Los senderos se abrirán

mostrando sus prados y flores,

la canción será sencilla,

sumida por lo imperecedero.


Las nubes no serán condena,

ni el vacío bosque,

ni los pastos amarillos del verano.


Solo quedará en el pasado,

un nombre casi borrado por el recuerdo

y alguna perdida melodía.


El presente habrá recuperado su espacio,

la muerte acariciará mi cabello.

Alargaré el brazo,

y la sentiré cerca, muy cerca.

Para cuando llegue ese día.

Volver a comenzar de nuevo,

el eterno retorno hacia lo vivido,

el eterno retorno hacia lo amado;

hacia mi resurrección y muerte…

I - Thyrsá
Los recuerdos del Castillo de la Batida

Todo parecía que volvería a ser y aunque la tierra recuperó su memoria, ya no queda nadie, todos partieron. Es esta una parte de la historia, en la que nadie pudo retomar, ni volver a beber de la sabiduría que colmara el Bosque Padre o el Powa[1] , como también se le solía llamar.

Bajó todo el norte hacia el sur, a intentar consolidar y recuperar la hegemonía de antaño. Ya que ni tan siquiera mi hermana Eleonora, hija del Valle y del aire, lo consiguiera. Se desvaneció la luz de mi mundo, el poder del sol decreció y aunque se recuperaran los ritos y cierta disciplina, la magia de Casalún ya nunca volvió a florecer. Al igual que sucedió en el País, allá en donde se instruyeran los sabios y encantados, donde floreciera el lirio de agua y prosperara el espino; quedó este espacio desierto y mudo para siempre.

Ocurrió que nadie obtuviera la supremacía ni dominio para elevar el culto, ni rescatar los recuerdos del olvido. Yo lo intenté bajando de nuevo al sur, paseando una vez más por los senderos de Lunda[2] , esos que ahora se confunden y se pierden consumidos entre la agreste floresta. Me adentré en lo profundo del bosque y mis ojos volvieron a humedecerse de nuevo, bajo los vapores emitidos por «la fuente del agua que no cae».

Crucé los prados, hasta alcanzar la orilla del Ambrosía, en donde mi mirada volvió una vez más a presenciar la inimitable tonalidad del Valle.

Me pudo la nostalgia del pasado, y tras fracasar y no encontrar aquello que buscaba, decidí subir hacia Luzbarán, la ciudad de la luz, intentando en un esfuerzo póstumo recuperar ese tiempo que ya no vuelve, esa mirada rebelde de los hombres y mujeres de antaño. Mas confieso en estos pergaminos los pormenores de mi fracaso, el esfuerzo inútil de aquel que fue mi último intento. Cuando una ya no es consciente de que no pertenece al lugar e intenta sostener aquellos instantes que justifican la trayectoria de una vida.

Desde la soledad de este castillo, he llegado a entender cuanto le debo al abuelo Arón y la deuda que aún suscribe mi alma con él. Cómo fue moldeando y conformando el carácter de una niña herida y aislada; primero a través de sus bromas y posteriormente aplicando una intensa sutileza, unida a esa exclusiva manera de que disponía para desdramatizar todo cuanto nos atrapaba. Con la presencia del abuelo sané, y como médico del alma, consiguió cambiar el curso y destino de mi vida. Mi ira y rencor fueron cediendo, pues a su lado no cabían dichas emociones, y es que en realidad, no había sido el abuelo quien me hubiese encontrado en Vania[3] . Eso lo entendí mucho más tarde, me hallaba equivocada, y era él quien se curaba a través de mí.

Sucedió un día, cuando ya apenas le quedaba a una capacidad para resolver ni improvisar, que Eleonora mandó cantar a Clara por los bosques del sur. Por lo que Arianna Clara, la musa de Edurín[4] bajó hasta nuestra casa. Intentando romper la monotonía y el tedio que se instauraron sobre el Valle y sus contornos. Y entonces ya no le surgiera la voz, quedando vencida y derrotada bajo la vieja acacia, ahora solitaria y macilenta. El poderoso susurro de la canción se disipó definitivamente y fue entonces cuando la tristeza y el desaliento, se instauraron definitivamente en nuestros corazones. Y aunque todo discernía señalando el fin de nuestra historia, sucede que los humanos nos engañamos, evadiendo el compromiso y el reconocimiento de dejar partir aquello que ya no se sostiene y ni perdura.

Todo esto que cuento sucedió hace mucho tiempo, aunque lo vivo como si estuviese ocurriendo en este presente, donde las noticias de mis hijas, se han ido distanciando con el paso de los años. A la vez que el hombre común se adueña progresivamente y sin control de esta tierra extraordinaria, la que antaño fuera el paraíso de la raza magnificente.[5]

Evoco dichos recuerdos en esta noche de tormentas. Bajo esta luna hermosa de las largas noches de invierno, rememoro la última vez que estuviéramos reunidas; Eleonora, Clarita, Brisella y Anette. Mis hijas a las que tanto he querido. Siendo este, el último intento de persistencia del linaje de Casalún.

Subieron hasta el castillo para darme la aciaga noticia: “Nuestro mundo no se sostiene, madre”. Y engañándome una vez más, les abrí los corazones a la dicha y la esperanza, sumergiéndonos tal como hiciésemos en nuestra juventud, bajo una distendida y vanidosa charla que nos hiciera olvidar el presente. Pero de eso hace ya tanto que la memoria se me escapa, demasiado tiempo lleva una viviendo sujeta al pasado.

Mis miembros se inquietan, mis manos palpitan nerviosas, todo debe estar a punto de concluir. Mi hombre se acerca y su promesa de amor debe hallarse, a punto de consumarse.

Ví[6] , mi amor… mi único amor…

La última madre de Casalún se mantiene refugiada en la Batida, en el norte. Quién le diría a una hija del sur que terminaría su vida al amparo de la selva, bajo el frío y la humedad de estas gélidas tierras. En este desfiladero donde las olas se entregan con desesperada pasión, abrazando los cimientos de un castillo derruido.

El caballero ha de venir… ha de venir por mí, lo reitero. Me ha de llevar y yo lo deseo con locura. Observo desde este enorme ventanal, la constelación y reino de la estrella, anhelando que llegue alguna señal desde Leirá, la isla del Espacio. Esa fue su promesa y ella siempre cumple su palabra. Me despierto cada mañana, tras haber acumulado un sinfín de quimeras y malos sueños durante la noche. Persistiendo siempre bajo una misma ilusión y proyectando mis rezos, hacia la única ambición que me queda por realizar.

Sueño que mi amor llega cabalgando, y el puente de la Valsyria se alza sobre los acantilados. Él no ha envejecido como yo, en Paradiso el tiempo se detiene. Y yo, tan solo soy una anciana que apenas se sostiene. Entonces mi joven y lozano combatiente me alza en volandas y me mima, abrazándome con ternura… y ahora sí que cruzamos el puente, siendo arropada y sostenida por él. Luego llega la luz, esa inmensa luz que se funde en la Crisálida[7] , pasando a ser ambos, una sola unidad para siempre.

El mar lleva varios días agitado, se observan las líneas de Nazca cruzando la noche oscura. Sus surcos luminosos dividen el cielo, ha llegado el momento. Estaba subscrito que habría de ser así. Tantos años aguardando, que bien pudiera ser ahora cuando se cumpla la leyenda. Se perciben tendencias y movimientos allá en lo alto. En cuanto me rodea la oscuridad y la luz del día se apaga, se levanta el viento. Esa brisa impetuosa e impulsiva que resuena, elevándose apasionadamente, al igual que si fuese un último abrazo.

Annette, mi hija y hermana, me protege y me cuida. Acerca leña y agita el fuego, aquí nadie dice nada… hemos olvidado el don de la conversación hace mucho. Al fin nos llegó ese instante en el que sobran las palabras. Ella me arropa, se vuelca mimándome. Coloca sobre mis hombros un chal negro y una roída toga que me cubre las piernas. Sobre mi pecho luzco un único adorno; el Núcleo o la piedra corazón, la herencia de mi madre. Me cuesta respirar, la ropa que me abriga dejó de proferir el calor a mi pecho. Annette renunció al placer y al amor de Daniela por cuidarme, por no separarse de mí.

Estaba escrito que fuese así, pues su amor está en el ofrecer y no mantener nada para sí misma. “Todo cuanto se recoja, ha de ofrecerse de nuevo”, ese es el dogma de su orden, así el linaje adulador[8] se mantiene cohabitando en esa permuta constante.

Espero sentada frente al fuego, de vez en cuando me aventuro y me asomo inquieta al balcón de piedra, anhelando que este sea mi último atardecer en el Urbian:

“La gran ola está por llegar y la tierra quedará sepultada bajo las aguas”— nos dice la tradición.

El comandador me espera con la promesa de la eternidad. ¿Qué es la eternidad?

Cada pocos minutos me despierto, no suelo prolongar las horas de sueño. La luz se filtra por las traslúcidas cortinas de mi habitación y sobre mi mesa el cuaderno se abre como por encantamiento; recibiendo una vez más, una nueva misiva de mi amado que me escribe desde Paradiso. Así, sin más, han ido transcurriendo los últimos cincuenta años de mi vida.

Paradiso es la tierra destinada para aquellas de nosotras a las que aun habiéndolo logrado, les queda un desafío pendiente. Paradiso representa la cautividad y al mismo tiempo la paz.

La tradición nos dice que las madres Mariposas al fin alcanzaron la Tierra de la Primavera, donde aguardan, esperando superar este último eslabón para obtener el don de la Crisálida. Al fin entendieron el proceso encadenado que conlleva la existencia. Ahora nos toca a nosotros pasar a Paradiso, reemplazarlas en esta sencilla cuestión que es el orden sideral del universo.

Cómo comenzó esta historia y todos esos recuerdos que me brindan constante compañía… ¿volver? Por nada del mundo volvería atrás. Ni tan siquiera a mi casa del altozano en Vania, ni a pasear por los bosques, ni el prado.

Celeste hermana mía. ¡Cuánto dolor!

Mis ojos se humedecen al recordar a mi hermana y su trágico destino, ahora cierro los ojos y me dejo llevar, evocando aquellos lejanos días de infancia…

[1] El Powa o Bosque Padre, al sur de la isla queda dividido en dos demarcaciones; el País y Casalún.

[2] Los Senderos de Lunda, son los ocho senderos que parten del Claro de Transparencia, donde cuatro son visibles y cuatro invisibles.

[3] Viejas ruinas de la comarca de Hersia.

[4] Mítico Cantor.

[5] Dioses.

[6] Diminutivo con el que llamaba a Ixhian.

[7] Crisálida; la luz que se haya más allá de todo conocimiento.

[8] Antigua orden, ya desaparecida.

II - Thyrsá
Los primeros recuerdos

Padre llegaba de vez en cuando y nos traía regalos, el verlo venir siempre me causó cierta ansiedad que marcó para siempre mi carácter. Se acercaba risueño y presuntamente feliz. Se le conocía como el cantor de playa Arenas[9] pues según se decía; él estuvo allí. De mi madre verdadera nada supe, ni me atreví a preguntar. Habitaba en mí un sentimiento que me hacía concebir cierta culpabilidad, con respecto al pasado. Yo vine al mundo inmediatamente después de lo de playa Arenas, así me lo contó él. También me dijo que madre falleció al darme a luz, mas yo nunca le creí.

Deseé con todas mis fuerzas ser hija de Latia, la adoré como madre más que como una gran dama de Casalún y me aferré a ella cuando quedé desamparada y sola. Eso sucedió después de la muerte de Mamá la yaya, justo cuando apartaron a mi hermana de mi lado.

Mamá la yaya, mi tía y nodriza, siempre fue bondadosa conmigo, su verdadero nombre era Asanga, pero yo no lo sabía y a decir verdad tampoco me importaba demasiado. Ahora más que nunca evoco su tierna y sufrida imagen, recuperándola. Cierro los ojos y me veo aferrándome a su regazo, en donde buscaba refugio y consuelo. Me enganchaba a esa madre pasajera y fugaz que percibía como si fuese un fantasma, en cada esquina del bosque y en cada rincón de la casa. Los gansos y las ocas fueron los únicos amigos de mi niñez, hasta que inesperadamente aconteciera el nacimiento de Celeste, mi hermana. Fruto sin duda de los fortuitos encuentros entre mi padre y mi tía, la yaya. Entonces mi vida cambió por completo, ya que mi ilusión y complacencia pasó por protegerla y vivir a través de ella. Siendo en ese acto, cuando recuperé sin saberlo los matices para conformar una nueva vida, colmada de esperanzas. Fui para ella una madre más que una hermana, hasta que un aciago día me la quitaron, llevándosela de mi lado. Entonces comencé a cerrarme y mi corazón se ahogó por mucho tiempo…

Jissiel era una aldea no muy grande ni muy pequeña, compuesta principalmente por calles empedradas y casas redondas, levantadas entre muros de adobe y piedra. Nosotros vivíamos a las afueras, algo apartadas de la localidad y al final de un camino sin salida. Nuestra casa era muy coqueta, como de esas que hablan en los cuentos, y a Mamá la yaya, cuando llegaba la primavera, le gustaba teñir sus paredes de cierta tonalidad celeste; por cierto que nunca llegué a preguntarle el porqué de dicha obsesión. Poseía dos plantas más una chimenea, y al contrario de las casas de la aldea, esta era de madera. Se aposentaba sobre un pequeño altozano por encima de las ruinas de una vieja ciudad abandonada. Mamá la yaya se ausentaba a menudo, pues marchaba temprano al bosque que asomaba oscuro y tenebroso a los pies del altozano. Partía en busca de hierbas y raíces, con las que preparaba sus remedios y ungüentos que luego vendíamos todos los jueves, en el mercado ambulante de Jissiel.

Nunca supe mucho de la yaya, en casa se hablaba poco de nosotras. Eran tiempos muy duros donde la oscuridad habitaba en la memoria de los mayores. No podría definirla como una mujer hermosa ni agraciada, aunque sí disponía de cierto talante marcial y de una ignota arrogancia. Era alta de estatura, ancha de hombros y de fuerte constitución. Sin embargo, cuando se trasladaba entre las ruinas saltando sobre sus rocas y canales, la percibía como un ser sobrenatural, colmada de cierta sutileza marina. Ahora que han pasado tantos años, aún me pregunto cómo pudo soportar tanta soledad, y cuánto hubo de sufrir aquella mujer, tan alejada de su naturaleza y ambiente. A pesar de ello, he de declarar que jamás oí pronunciar queja ni reprobación alguna por su parte. Me vienen sus ojos azules como el mar, su cabello desgreñado y blanco, su tremendo y desolador mutismo, capaz de envolver todo el espacio que ocupaba…

Tras el nacimiento de Celeste, a la que llamó como su color favorito, y a mis ocho años de edad, los dolores se instauraron definitivamente en el cuerpo de la yaya. Entonces me tocó cuidarla, al mismo tiempo que lo hacía de mi hermana. Ingeniándomelas para de vez en cuando, poder bajar al bosque y recoger algunos frutos y raíces, tiempo en que aprovechaba para echar un ligero vistazo a los gansos en el estanque. Padre seguía ausente y cuando estaba, no estaba, por lo que aprendí a sobrevivir, desarrollando un sinfín de recursos e ingenios que no es menester recordar. Disponíamos de un pequeño carromato con dos grandes ruedas de madera que guardábamos entre las ruinas, bajo un apañado cobertizo y al amparo de la lluvia y los insectos. Una de mis primeras pasiones era tirar de él, por lo que desde muy pequeña, insistía a Mamá la yaya que me dejase hacerlo. Recuerdo empujarlo con todas mis fuerzas, en esos días que se levantaban claros y despejados, en donde se me permitía llevar a Celeste al mercado, dándonos un pequeño respiro; mientras que la yaya reposaba en casa. Por lo que las dos solas, refugiadas la una en la otra y ceñidas entre viejos sacos que nos servían de abrigo, escapábamos a la búsqueda de venturas y recreo. Yo tiraba del carro como si fuese un animal de carga, mientras que dichosamente mi hermana se aferraba fuertemente a sus paredes, runruneando de felicidad. Reitero que me enfrenté a la vida demasiado pronto, a pesar de ser tan solo una mocosa que no pasaba de varios palmos de altura.

¡Cuán felices éramos las dos, disponiendo de tan poco!

No deseaba más que complacerla, sentía que era mía y que me pertenecía. Ella por su parte, se entregaba sin reserva alguna a mis brazos, contagiándome su gozo y contento. Regordeta de mofletes sonrosados, cabello rojizo y ensortijado, cuerpo de ranita saltarina, reina de las adelfas y los estanques. Cuánto saben los niños de ese mutuo y cómplice sentimiento que a los adultos se les escapa y cuyo disfrute no les está permitido.

La primera herida

Llegó el aciago día de nuestra separación, tiraba del carro con todas mis fuerzas, sobre un embarrado camino y bajo una lluvia intensa. Su carga me sobrepasaba, ocasionándome un hondo desasosiego. Había marchado sola al mercado, debido al mal tiempo. Sin saberlo, me hallaba de regreso a un mundo que se marchaba y no podía retener. En ese camino de vuelta la rueda del destino giró y ese extraño azar que confina nuestras libertades y otorga restricciones; hizo un ligero movimiento y mi vida cambió para siempre.

En casa me esperaba visita, hecho que me produjo una tremenda perplejidad e incertidumbre, ya que salvo padre, no recordaba que nadie de fuera hubiese cruzado la puerta de entrada. Un impresionante caballo negro atado al pequeño manzano, delataba una presencia foránea en el interior de la casa.

El encuentro con un señor de ojos saltones me hizo palidecer, quedándome paralizada ante el umbral de la puerta. Vestía una ancha y larga camisola azulada que le superaba incluso las rodillas, no era demasiado alto y revelaba un cuerpo extremadamente famélico y consumido. Junto a él, permanecía sentada una delicada y encantadora dama de cabello rasurado, muy alta y delgada. Envuelta por una especie de vestido o túnica extraordinaria, ligeramente azafranada; asistiendo a la yaya que se hallaba tendida sobre el lecho. Sabía que andaba enferma, aunque no le diera demasiada importancia al hecho, ya que aún era demasiado pequeña para entender y cuestionarme la realidad. Busqué asustada a Celeste comiéndome los rincones con la mirada. La dama se percató enseguida de mi desespero, señalándome hacia la planta superior. A la vez que me revelaba una dilatada sonrisa, abrigada por unos ojos tan negros como la noche más oscura.

El señor me ofreció su mano cortésmente, acompañándome escaleras arriba y en donde pude comprobar que Celeste dormía plácidamente. Despacio y sin hacer ruido e intentando no despertarla, me acerqué a ella y la besé en la frente. Mientras el hombre permanecía impasible, aposentado junto a la puerta, contemplando la escena. Encendí entonces una pequeña lamparilla de aceite, temblando por los nervios; me hallaba realmente desconcertada. En el exterior arremetía el viento con toda su fuerza y las ramas de los grandes chopos se agitaban, formando imágenes amenazadoras tras la ventana.

Al fin, ya más tranquila y serena, tras comprobar que Celeste se hallaba en perfecto estado, me atreví a enfrentarme con la figura del caballero que permanecía inmune, frente a mí. Su desmarañado cabello, junto con una pequeña y definida barba gris, fue lo primero que me vino de su rostro. Permanecía en pie, como si fuese una estatua de piedra, sin mover un músculo de su cuerpo. Hasta que al fin, el caballero rompió su fría indiferencia, seduciéndome con una limpia y cómica sonrisa, abriéndome sus brazos a la espera de poder acogerme entre ellos. Me acerqué indecisa y temblona, tan solo tenía once años y era una niña desamparada y sola, por lo que muerta de miedo, me entregué a él sin reservas. Así recibí el primer abrazo de mi vida, y en ese acto tan simple y cotidiano, el abuelo unió su corazón con el mío. Nadie se había atrevido a tanto conmigo, y durante los breves instantes que permanecí a su lado; el encanto y autenticidad de ese hombre me cautivaron por completo.

Seguidamente, el abuelo y yo nos sentamos junto a Celeste, entonces me fijé en sus pómulos que le sobresalían sonrosados, mostrando un semblante parecido al de los titiriteros que actuaban los jueves, en el mercado de Jissiel. Gesticuló con el rostro ciertas pantomimas, consiguiendo apartarme del desasosiego y la turbación a la que me hallaba sometida. De ahí, pasó a elaborar ciertos juegos de manos, creando sombras sobre la pared y cuando menos lo esperaba… su semblante se transformó en un ser, colmado de bondad y misericordia.

Descendimos de nuevo hacia el piso inferior, percibiendo cómo a la hermosa dama, le caía sobre su espalda una larga y frondosa trenza oscura que me había pasado inadvertida. Permanecí en pie, petrificada y muda, junto al lecho de Mamá la yaya. Entonces me percaté que ya no estaba. Su semblante frío y su agitada respiración, expresaban atravesar el trance de la muerte. Miré al abuelo desconcertada, no sabía que sucedía, entonces la dama me hizo señas para que me acercase a ella, y hablándome al oído, me susurró palabras inconexas que de una manera u otra, me hicieron comprender la situación.

La muerte de Mamá la yaya

Ella se llamaba Asia y no la olvidaré nunca. Permanecimos los tres, sumidos en la más absoluta de las tristezas, acompañando a la yaya en su proceso de despedida, mientras el cielo comenzaba a tronar, dando la sensación de desplomarse el tejado. Y justo en el instante en que la yaya dio su último suspiro, me di cuenta que se marchaba todo cuanto había conocido. Lloré mucho su muerte, a pesar del consuelo de la señora y de la serenidad del señor de barbas que no paraban de abrazarme y agasajarme con animosas palabras. Arriba, en el piso superior, Celeste continuaba durmiendo, sumida en un mundo ajeno a cuanto sucedía en los bajos de la casa.

De todos esos dramáticos momentos, me quedo con ese primer encuentro entre el abuelo y Asia, con el recuerdo de esa lluvia que nos acompañaba golpeando rabiosamente los cristales de las ventanas y el crujir acompasado de la casa, junto con el sonido del viento queriendo llevarse el tejado y el alma misma de la yaya…

El abuelo y Latia me hicieron subir para que descansara junto a Celeste, quedando rápidamente dormida a su lado y exhausta tras los acontecimientos. Me avisaron una vez hubieron preparado su cuerpo, así que bajé despacio y temerosa, descubriendo el cuerpo de la yaya reposando, sobre una gran mesa de piedra a las afueras de la casa. Entonces me percaté de que la lluvia y el temporal se habían calmado, y el cielo se teñía de un azul tan intenso, como no recuerdo haber visto otro semejante. El viento soplaba sereno, casi agradable podría decir. Las copas de los enormes pinos se peinaban aduladas por una placida brisa que conquistaba las alturas. Entre las nubes negras sobresalían las gaviotas que llegaban graznando desde la lejanía; esas aves que siempre mencionaba la yaya y tanto echaba en falta.

“El día en que al fin lleguen las gaviotas, yo me iré volando con ellas” —me solía decir bromeando.

Revolotearon en círculos sobre el cuerpo de la yaya, seduciéndonos con sus vuelos y graznidos. ¿De dónde vienen las aves, tan lejos de la playa y del mar…?

Asombrada me mantenía junto al hombre, sin atreverme a mover ni decir nada. La dama rezaba con las manos unidas, cuando de repente sonaron baladas y canciones que llegaban desde la lejanía, acompañadas de una sutil llovizna que no mojaba y dando la sensación de introducirse en el cuerpo de Mamá la yaya, que se había transformado, como si fuese una princesa dormida.

Traslado hasta aquí esos dramáticos recuerdos, la mirada intensa y penetrante del abuelo, observando un vacío donde los elementos se confunden y transfieren. La piel suave de la dama que se aferraba sobre mis hombros, traspasándome su perfume y su tremenda seguridad. Tenía por entonces once años de edad y junto a mí se hallaba el que, sin saberlo, sería el segundo hombre de mi vida.

Al amanecer llegó Bhima, mi padre. Volviendo a casa una vez más, y esta vez sí que se quedó un tiempo conmigo. Apareció acompañado de una nueva dama, siendo esta mucho más rústica y corpulenta que la delicada y enternecedora Asia. Llegaban justo a tiempo para dar sepultura al cuerpo de Mamá la yaya. Me pidieron consejo, deseaban saber el lugar predilecto de ella. Les indiqué el estanque verde donde flotaban los nenúfares y nadaban los pececillos plateados, junto al manantial que bañaba las ruinas de la antigua Vania. Ese era sin duda el lugar predilecto de la yaya, donde solía sentarse a menudo, contemplando y viendo pasar el agua.

Al día siguiente del entierro llegaron los caballos, nunca había visto ejemplares tan gallardos e imponentes. Los conducía padre, mientras daba el aviso de que se había inundado el estanque, inexplicablemente. El agua anegó las ruinas y durante tres días, no pudimos descender, por lo que tuvimos que apañarnos con las viandas y alimentos que disponíamos en la despensa.

La dama que acompañaba a papá, resultó ser toda una autoridad en Casalún, el pueblo de las mujeres en el lejano Powa. Simpática y jovial, parecía una niña a pesar de su rolliza corpulencia. La señora jugaba bailando, moviéndose sin parar, enseñándonos a Celeste y a mí, canciones y multitud de acertijos. El clima se mantenía fresco, las nubes hicieron un largo inciso, por lo que nos permitimos hacer vida en el exterior y entonces, junto a aquellas damas, comprendí que algún día podría llegar a ser feliz. Pasamos tres días colmados de paz y sosiego en la casita del altozano, y como ya dijera antes; mi vida daba un vuelco, desconociendo en esos instantes sus consecuencias.

Celeste se marchó con la extraña comitiva, justificando su partida el hecho de que aún era muy pequeña, para poder responsabilizarme de su cuidado. La dama me habló con ternura, prometiéndome que algún día me encontraría con ella en Casalún. Me pidió que la dejase ir y que confiase en ella. Que le diese la oportunidad de formarse y crecer junto a una gran familia, siendo Casalún el lugar más apropiado para ello.

Pasados los tres días, el agua volvió a su cauce, dejando muy embarrado, pero transitable el camino que bajaba del altozano. Así que muy temprano al día siguiente, partió la comitiva a caballo, mientras Asia cabalgaba arropando a Celeste delante de ella, riendo feliz y contenta, pues nunca antes tuviera mi hermana la posibilidad, de montar a caballo…

Duele el recuerdo. Pesa aún esa doble separación, siendo mi vida perfilada y moldeada a través de grandes ausencias. No deseo contar más, ya que el desgarro, aun habiendo transcurrido toda una vida, continúa pinchando como entonces. Quedé tremendamente sola y desamparada, sin más opción que continuar ejerciendo el único modelo conocido hasta entonces, no me quedaba otra. A diario bajaba hasta la fuente donde depositaba flores sobre la tumba de la yaya. Me sentaba sobre su borde y sin ser consciente de lo que hacía, me desahogaba hablándole a las ranas que se aposentaban sobre los nenúfares y a los peces que se balanceaban bajo la corriente del río.

Padre bajaba conmigo casi siempre, hablábamos poco y paseábamos tras el amanecer por los bosques que se daban bajo el altozano, algunas veces me ayudaba en la recolección de plantas, otras se perdía en lo más hondo de la floresta, aportando algún conejo al que daba caza. En la tarde se sumergía en su habitación y apenas se asomaba hasta la hora de la cena, donde solíamos salir los dos de nuevo; como si compartiéramos un secreto, observando el horizonte desde el altozano y despidiéndonos del día. El bosque se abría insoldable, rojizo y ensangrentado, algún milano graznaba en la distancia. Tanta soledad dolía.

[9] La gran batalla de playa Arenas, marcó el principio y nacimiento de la era actual.

III – Ixhian
La Sidonia o el despertar a la luz

El comandador[10] lleva más de una vida en Paradiso, confinado en una granja de la que no puede salir y a la espera de un regreso que cada día se demora más y más. Se encuentra cumpliendo condena, por lo tanto es obvio deducir que algo debió de hacer mal. Es esta una historia extensa, de esas que suenan a locura y definida en un tiempo, en el que se mantiene un ritmo acelerado e inusual para el resto de los mortales. Tan solo los años pasados en la casita de leñadores y en el altozano, se libran de una cadena ininterrumpida de rabia y soberbia que seguro fue la consecuencia de su castigo. La espera se le hace insoportable, ya que cualquier tipo de intento o movimiento se interrumpe; en Paradiso nada sucede ni avanza. Sin duda debe ser este, un lugar ideado para contenerse y tomar conciencia de cuanto sucedió. Toca poner en orden los recuerdos e intentar de una vez por todas, descubrir cuál fue la verdadera causa de su condena.

Ella le espera, se halla en su castillo aguardando que la rescaten, el soldado le dio su palabra. Debe ser ya una anciana, sin embargo, en las granjas apenas han sucedido los años, manteniéndose el comandador tal y como llegó aquí. Y el caso es que él, se la imagina como en los primeros días en que comenzó su aventura, disponiendo de toda una vida por delante. Me toca escribir esta historia, dejar constancia de su paso por Paradiso, como si fuese un registro y para que no quede el alma sin su debido reconocimiento. No soy Thyrsá, ella es una anciana que habita ahora en el castillo de Melodía, en el sur de la isla. A ella le toca relatar su propia historia.

Entonces ¿quién soy yo? Eso es lo que menos importa ahora, tuve un papel secundario en toda esta historia, de esos que son perfectamente prescindibles, y sin embargo, sin mi presencia en ella; creedme que nada tendría sentido. Soy la voz de Ixhian, la voz del comandador. Dejadme comenzar, pues el tiempo apremia y sin embargo… dispongo para ello de todo el tiempo del mundo ¡Qué tremenda ironía!

Tenía quince años recién cumplidos cuando sucedió, fue en Jissiel la aldea vecina, escapó de la oscuridad y de repente se encontró con ella. Salió de una caverna malsana y oscura y ella estaba allí, en medio de la nada. No pudo, ni se atrevió a decir palabra alguna, pues salvo Latia, apenas había tenido posibilidad de entablar conversación con otra mujer, por lo que su timidez le delató. Alargó su mano y aceptó el regalo que esta le ofrecía. La criatura más hermosa de la tierra se encontraba frente a él; fascinado no podía apartar los ojos de ella, contemplándola enmudecido.

Le llegó el amor de repente, como suele suceder, ese primer amor que nunca se olvida y cuyo néctar perdura embriagándonos para siempre. En el gesto tan simple de aceptar el pastelillo, en este sencillo gesto; el niño Ixhian aceptaba su destino. Sin opción, al no poderle responder, se atragantó todo de ella y desde ese día su alma quedó sellada y unida a la niña Thyrsá. En ese acto tan ingenuo, todo el rumbo de su vida cambió inesperadamente. Este sería y no otro, el principio de su historia y nacimiento.

Había vivido en las profundidades de la Sidonia desde que tuvo uso de razón, era pues un refugiado de las Cavernas Amarillas, unas viejas minas de agua en desuso a las afueras de la pequeña aldea de Astry. Era pues un desprotegido, uno de los llamados huérfanos de la Sidonia. Un lugar destinado para los niños sin hogar, aquellos que no poseen casa ni familia, un refugio para niños desahuciados. Todos sus recuerdos le llevan allí, antes no había nada. Ya que jamás pudo recordar detalle alguno que le llevase a un tiempo anterior al de las cavernas.

No fue un niño fuerte y no me refiero con ello a que fuese un niño enfermizo o débil, nada de eso. Nació asustado, con el terror metido entre las venas. El miedo le metía para dentro y los gritos de los otros niños le hacían retorcer de angustia, no podía soportarlo.

Pasaba la mayor parte del día oculto en lo más profundo de la cueva, apartado del gentío y de la luz. Allí aprendió lo poco que sabía, mirándose a sí mismo y observándose a través del reflejo del agua estancada, alimentando su febril imaginación con los pocos recursos que disponía.

Era la Sidonia un mundo laberíntico, forjado de manera natural por el curso del agua y el trascurrir del tiempo, en donde cientos de grutas se comunicaban entre sí ¿Quién decidía el habitáculo de cada niño? Todo era un misterio y enigma, nuestro niño siempre estuvo allí, ocupando el mismo lugar.

El padre Amaro era el encargado y guarda de la comunidad, siendo este un anciano afanoso y de constitución ancha. Según se decía, había pertenecido a una antigua orden en el lejano País de la Roca. Era hombre serio y de rígidos principios, sin embargo era bastante usual el verlo perder la compostura, correr bebido y sin apenas poder mantenerse en pie, intentando interponer su particular modo de entender la paz y el orden entre los niños más traviesos. Siendo obvio de deducir que lo suyo no fue nunca la diplomacia ni la cordura, aunque tampoco se daba lugar para ello en aquel lugar, todo hay que confesarlo. Sin embargo, nuestro niño se mantenía al margen, pasando lo más desapercibido posible. Se le veía poco, tan solo en las horas que en repartían la ración de sopa y el trozo de pan, era cuando este asomaba la cabeza.

Cada cierto tiempo llegaba un grupo de mujeres desde la aldea, que le obligaban a cambiarse de ropa y bañarse en grandes barreños de roble. Pero nuestro niño se escondía en lo más hondo de la cueva, ya que les tenía mucho recelo y desconfianza. Le horrorizaba pensar que le pudiesen sacar de su zona de confort y llevarlo lejos de allí.

Debería ser bastante mayor cuando ocurrió lo de su primera relación, y desde ese momento comenzó un retraído atrevimiento con el otro, muy despacio en principio; hasta que definitivamente se atrevió a cruzar esa frontera, que delimita el contacto del aislamiento. Sin embargo el miedo no se marchó, sino que sencillamente se fue haciendo a la nueva manera de hacer. Era todo muy áspero, una especie de pequeño macizo de albero, conformado por derrumbados riscos amarillentos y profundas perforaciones. Sin duda que el agua debió de correr algún día por allí, hasta que aburrida de hacer siempre lo mismo, desvió su curso, estableciéndose un arenal baldío, salpicado tan solo por una enrevesada y fatigada higuera, cuyas ramas se arrastraban enmarañadas a ras del suelo, junto a varias chumberas torcidas y picoteadas por los insectos.

Dewa, el Brujo

A los siete años, aproximadamente, ocurrió un percance que lo cambió todo. El viejo Amaro trajo a dos amigos a visitar la Sidonia, mientras el niño dormitaba en lo más profundo de la caverna. Era un día que ardía en fiebres y en donde el pavor que precedía a su insólita enfermedad, le hundía en lo más recóndito del alma.

Ixhian les vio llegar, percibiéndoles como si estos fuesen un espejismo. Avanzaban encorvados y con cuidado de no tropezar. Su fiebre le hacía delirar, distinguiendo sus imágenes deformadas como si fuesen fantasmas. Se sorprendieron y enfadaron mucho con Amaro, cuando lo encontraron en un lugar tan oscuro y abandonado, envuelto tan solo por un sucio y decrépito retazo de lino. Uno de los hombres se inclinó y alargó su mano, hurgando entre la ropa y colocándosela sobre la frente. Los ojos del niño, abiertos y aterrorizados debieron de sorprenderles, pues ambos hombres dieron un respingo y saltaron hacia atrás, asombrados.

En ese instante, se puede hasta decir que tembló la tierra, percibiéndose un descomunal estremecimiento; cayendo una lluvia de arena, desde el techo de la caverna. Luego murmuraron entre sí, apresurándose en sacar al niño enfermo y consumido. Lo trasladaron a un extraño recinto rectangular de paredes lisas y blancas, nada comparable con el marco rocoso y triste de las cavernas. Le despojaron de la ropa y limpiaron el rostro con un paño mojado, a la vez que se oyó decir al más feo de los dos:

—Sí, es él, no hay duda alguna, apenas le queda carne que vista sus huesos.

—Partiré enseguida con la noticia, ella debe de ser la primera en estar al tanto de todo. Tú no te muevas ni separes un segundo de él, más te vale. No quiero que se pierda de nuevo —dijo el hombre de las pequeñas barbas y ojos de búho, al feo de su compañero.

—A sus órdenes —le contestó el señor de prominente dentadura y ojo extraviado.

Desde entonces, a partir de ese día, tuvieron en la Sidonia dos tutores, Amaro y Dewa; pues el señor de barbas y el más elegante de los dos, partió inmediatamente y no se le volvió a ver en mucho tiempo.

Al brujo Dewa, todos los niños terminaron adorándolo, pues en pocos días, consiguió hacerse con la confianza y el dominio de toda la congregación. Feo a rabiar, larguirucho además de torcido, dentadura destacada y de ojo izquierdo extraviado. Sin embargo su poder de sugestión era tal, que ninguno de los niños se atrevía a mofarse de él.

Daba forma a sus manos, formando una especie de trompeta que fijaba a su boca, tocando en las mañanas «el toque del cuerno», cuyo particular sonido emplazaba a los niños a la primera reunión obligada del día. Era como una especie de convocatoria en donde el loco de la Nanda, como también le llamaban los niños, pasaba revista y efectuaba una especie de recuento matinal. Nada más oír el extraño sonido, por llamarlo de alguna manera, acudían velozmente todos los niños a la plaza de Siria, alineándose frente al brujo. Proporcionándose un sinfín de codazos y empujones, con el único objetivo de conseguir un lugar privilegiado frente a él y con la esperanza puesta en que este fijase su atención en alguno de ellos. Algo realmente imposible, ya que con el estrabismo que este padecía, era imposible de conocer la dirección exacta de su mirada.

Luego se inventó lo del desfile y más tarde se sacó de la manga «las canciones de la procesión» que consistían en circular cantando alrededor de la plaza, innovando gestos y posturas distorsionadas con su cuerpo. Mientras los niños le seguían alegres, tratando de imitarlo. Así, en un tiempo relativamente corto, se estableció una nueva gestión y un estilo de vida diferente, en la comunidad de los niños desahuciados. Consiguiendo el brujo modificar la conducta y disciplina de la Sidonia.

Entre los cerros amarillos, se encontraba un círculo perfecto llamado la plaza de Siria, en donde cada atardecer, convocaba a los niños el loco de la Nanda. Conformando el paisaje unos seres diminutos y desamparados, bajo el resguardo de un universo plagado de luceros y de un anillo que perfilaba el brujo con pequeños cristales de luz rojiza.

Al anochecer tocaba relatar historias, y entonces Dewa se sentaba junto al fuego y se transfiguraba. El niño Ixhian recordaba esos instantes con infinita dulzura y añoranza, percibiendo como la luz del fuego iluminaba la mitad del rostro de Dewa; provocando mil fantasías, y en donde la fealdad del brujo lo convertía en un ser asombroso. Tras finalizar el relato o «la historia de fe», les hacía arrodillar y mirar hacia arriba, en dirección a las estrellas…

—Si se ilumina toda la plaza, se nos puede observar desde lo alto. No estamos tan solos como creéis, somos filamentos extendidos de un inmenso océano misterioso…

El siguiente paso del loco de la Nanda consistió en enseñarlos a intimar con los «ojos de Espíritu» para así poder entender que existía otra realidad fuera de la Sidonia. Ocurrió entonces que el rostro de los niños comenzó a cambiar, ya que se fueron colmando de una nueva complacencia y frescura, resaltando matices de satisfacción y contento. Con Dewa, les llegó la esperanza.

Desde la más absoluta soledad de Paradiso, aún evoca Ixhian dichos recuerdos, mirando hacia las estrellas, emocionado. Sintiendo aquellas palabras, como si Dewa, su vagamundo[11] preferido, no se hubiese marchado nunca de su lado. Suscribiéndose en aquel tiempo, ciertos lazos que les mantendrían unidos para siempre. Esos, sin la menor, duda constituyeron los momentos más hermosos y reveladores de su infancia. Dewa nunca hizo referencia explícita, ni trato preferente hacia su persona. Aunque era obvio que su estancia en la Sidonia tenía que ver con el niño y su descubrimiento en el día de su llegada. El viejo Amaro fue pasando a un segundo plano, tomando un papel secundario. Pues ya apenas destacaba su figura, permaneciendo la mayor parte del día sentado al sol y bebiendo vino junto a la puerta que daba acceso a la cocina.

Latia, la llegada de la media Luna

Luego sucedió el gran milagro que lo cambió todo, ya que antes de cumplir los diez años apareció ella. Cogiéndolos desprevenidos, pues los niños desconocían que pudiese existir un ser semejante sobre la faz de la tierra. Ella, sin duda era la encarnación de una diosa que personificaba la bondad y ternura.

Se llamaba Latia y a partir de entonces, los niños nunca más carecieron de atenciones. Se duplicaron los alimentos y el cuidado hacia cada uno de ellos. La dama, junto a un numeroso séquito de aldeanas, remodeló la enfermería, la cocina y la atención directa hacia los más pequeños, separándolos de los mayores, haciendo que abandonasen las cavernas y agrupándolos en dos naves subterráneas, muy limpias y amplias. Mandó fabricar a los carpinteros y leñadores, una cama de madera para cada uno de ellos. Edificó una zona destinada para los baños y aseos, reformó el comedor y de una manera u otra, contuvo el ímpetu bárbaro y salvaje que imperaba entre los mayores; pues su presencia causaba tal respeto que ninguno de ellos se atrevía a contradecirle y ni tan siquiera replicarle. A Latia, jamás se le vio exteriorizar ningún tipo de severidad ni rudeza con los niños, más bien se podría decir todo lo contrario.

Se contaban muchas cosas de ella, pero la más cierta de todas era que debiera ser una gran dama del lejano país de Casalún, por lo que su presencia representaba el misterio y la lejanía. Solía sentar al niño Ixhian en su regazo, mientras le alisaba el cabello y lo mimaba. Sin saber, cuándo ni cómo, la palabra madre irrumpió por primera vez en el alma del niño.

—Mi madre debió ser como Latia —se decía, inocentemente el pequeño, cuando se acostaba y cerraba sus ojos vencidos por el sueño.

Bajo su amparo y protección, al fin halló Ixhian un lugar entre los demás. Aunque sea justo el confesar, que no hubo manera de enmendar ni modificar su vicio, convertido en adicción, de escabullirse y ocultarse en busca de cierto aislamiento.

Sucedió en un día a finales de verano, habían pasado más de cuatro años desde su salida de las cavernas, cuando volvió a toparse con el caballero elegante y con ojos de búho que le hallase y atendiese de pequeño. Llegaba por el sendero que se alejaba de los cerros amarillos, montando sobre un majestuoso caballo azabache.

—Vaya, nos encontramos de nuevo ¡Qué caprichoso es el destino! ¿Hacia dónde se dirige el joven Ixhian?

Y a partir de ese día tuvo un nombre, invitándole a compartir el caballo con él. Aterrorizado, nuestro niño negó dicha invitación e intentó escabullirse de vuelta hacia la Sidonia. Pero el caballero lo aupó por la cintura y con una fuerza desmedida, le hizo sentar sobre el caballo, colocándolo delante de él.

Sin más opción más que dejarse llevar, quedó atrapado y sin posibilidad de intentar la huida. El caballero azuzó el caballo dirigiéndose velozmente hacia Astry, la aldea más cercana, mientras Ixhian cerraba los ojos, muerto de miedo, dejándose llevar por el trote del caballo, hasta percibir que este se detenía. Al abrirlos, descubrió hallarse en un paraje asombroso que nunca hubiese sido capaz de imaginar, pues allí no había tierra amarilla, ni chumberas; estos eran árboles de verdad, verticales, hermosos y complacientes. Todo colmado de un verde que dañaba la vista.

Si estos eran los colores del mundo, ¿en dónde quedaban los colores de la Sidonia?— Pensó el muchacho.

La imagen de una cabaña de madera al margen del camino y de un riachuelo que con infinita placidez estabilizaba el lugar, desmanteló inmediatamente sus defensas. Emocionado descubrió a Latia en pie, junto a la puerta de la cabaña saludándole con la mano. De un saltó bajó del caballo y buscó refugio entre sus brazos. Entonces, a partir de ese día, y a sus doce años de edad, nuestro niño ya no volvió a la Sidonia nunca más.

[10] Comandador, cuerpo militar que gestiona y cuida de la isla y sus habitantes.

[11] Vagamundo, linaje muy antiguo, cuyos integrantes sueles ser considerados unos brujos estrafalarios.

IV – Thyrsá
La rueda de la vida

Pasadas varias semanas desde la partida de Celeste, volvió a visitarnos el señor de pelos desaliñados y de pequeña barba rugosa. Despertando una vez más, mi asombro y curiosidad, pues pensé que no volvería a verlo de nuevo. Se mantuvo amable y sumamente cariñoso conmigo; ofreciéndome un par de vestidos, regalo de la señora Ana, aquella simpática y corpulenta dama que acompañara al caballero, en su anterior y aciago encuentro.

El primero de ellos era un conjunto compuesto por una camisa roja y una falda amarilla, el otro era mucho más elegante; nada más y nada menos que una especie de traje enterizo de color crema y cinturón bermejo, rematado en su escote por unos finos y delicados encajes. Nunca había tenido nada semejante, ni tan siquiera me había permitido el soñar con ello, y es que en realidad no sabía mucho de recibir regalos. Aunque padre, muy de vez en cuando, me obsequiaba con alguna flor silvestre del bosque y algún bote de miel o mermelada. Se interesó bastante el señor Arón, que era como se llamaba el hombre de las barbas, por el tipo de vida que llevaba en un lugar tan apartado y solitario. Tras la comida, hablaron mucho padre y él, hasta que aburrida de no entender un ápice de cuanto decían, decidí subir y recluirme en mi cuarto. Ya bien entrada la tarde, me pidió que lo acompañase hasta el manantial, donde suspiró emocionado al comprobar cómo sobre la tumba de la yaya, habían crecido unas diminutas florecillas azules, cubriéndola por completo.

—Ella siempre pintaba su casa de azul, era su color favorito —le conté.

—Para Asanga el universo entero era de ese color —con esas extrañas palabras concluyó el señor Arón la conversación.

Me prometió volver pronto y ayudarme a arreglar el viejo horno que se encontraba tras la casa, quería enseñarme algunos secretos y elaborar conmigo bollos y pastelillos.

Luego tras su marcha, pasaron los días como si no hubiese acontecido nada extraordinario, volviendo a la tediosa rutina en el bosque, los gansos y la tremenda soledad de las piedras y sus ruinas. Un día a la semana me escapaba al mercado como único suceso memorable, aunque padre me aconsejara no hacerlo; ya que según él, disponíamos de dinero suficiente para poder vivir, sin necesidad de ello. Tan solo por llevarle la contraria y ante la imperiosa necesidad de no sentirme la única persona del mundo, cargaba con el carro con desespero y toda mi rabia acumulada. Tiraba de la desventurada vida que llevaba y de un dolor heredado que no entendía ni sabía de dónde salía. Luego en la tarde, casi siempre me encontraba a padre bebido, recostado sobre la mesa. Entonces entendí el infierno en que se había convertido mi vida.

Pasado el invierno, el señor Arón se habituó a visitarnos con más frecuencia, hasta llegar a pasarse por casa casi a diario. Cosa que no entendía, ya que el camino que llevaba hasta ella, no iba a ninguna parte. Así, con el paso de los días nos fuimos haciendo el uno al otro, hasta llegar a suspirar por su llegada. Nos sentábamos en el exterior, sobre un viejo banco de madera a la caída de la tarde. Era primavera y la luz que iluminaba el mundo se había vuelto muy nítida y brillante, desde allí observábamos el plácido vuelo del milano, sobre el bosque que nacía bajo el altozano.

Recuerdo verlo subir, mientras saltaba de los nervios, y como después de besarme en la mejilla, le obsequiaba con una fresca infusión que ocultaba tras mi espalda, esperando con verdadera ansiedad que este cerrase sus ojos y paladease su contenido. Luego muy despacio, y haciéndome rabiar, se demoraba en la adivinación de sus ingredientes. Poniendo cara interesante y equivocándose a posta, mientras yo saltaba de la risa boyante y dichosa. Complacida me aferraba a su mano, a la vez que nos dirigíamos hacia el viejo banco de madera, detallándole a continuación la auténtica composición del refresco, a la vez que simulaba mostrarse realmente satisfecho.

Enseguida y como quien no quiere la cosa, iniciaba la conversación curioseando e indagando de cuanto aconteciera por casa desde su partida. Con su cercanía y destreza conseguía desarmarme, aunque más de una vez fuese yo quien le pusiese en aprieto y acabara, deshojándose como una flor marchita, confesándome sus anhelos e inclinaciones. Debió de ser por entonces cuando el abuelo, como comencé familiarmente a llamarle, dada su edad y el cariño con el que me trataba; despertó un verdadero interés en mi persona y por la que yo no apostaba un bledo. Considerándome a mí misma, algo estúpida y dotada de una intrascendente personalidad.

Transcurrieron los meses siguientes, envuelta en esa dinámica de encuentros y desencuentros, hasta que mi corazón volvió a partirse de nuevo, el día en que padre se marchó, sin tan siquiera mencionar, ni dirigirme una sola palabra de despedida. Me dolió porque me había hecho a él, a pesar de la enorme distancia que nos separaba…

El abuelo Arón

A los trece años me hice mujer y el abuelo reemplazó a padre, ocupando su lugar en la casa, pasando así a custodiarme y protegerme. Fue ese un día maravilloso e inolvidable, donde cocinamos un gran pastel de miel y cereales. Recuerdo que el abuelo me regaló un precioso pañuelo de color escarlata para cubrirme del frío, y que nada más desenvolver la caja que lo envolvía y descubrir ese hermoso tesoro; me lancé a sus brazos, comiéndomelo a besos. Su ternura y delicadeza para abordar ciertos temas, superaba a cuanto había conocido hasta entonces. Sabía tratarme de sobra, y en el fondo de mi alma sentía que me conocía mejor que nadie, por lo que me entregaba a él ciegamente, siendo este mi guía y medicina.

Siempre quedarán subscritos esos atardeceres, en donde sentados sobre el altozano, percibíamos los últimos rayos del atardecer, bañando las copas de los gigantescos árboles que conformaban los bosques de Hersia. Esperando con interés la aparición del milano o del gran aguilucho que solemne planeaba, regalándonos su solemnidad y culto, al finalizar el día. Me enseñó a respirar y a contener mi angustia, pues todo en él era esparcimiento y regocijo, a la vez que era capaz de otorgar cada acto, de una humanidad sin precedentes. Poseía una increíble capacidad para desdramatizar cualquier situación, por muy dolorosa que esta fuese. Era una persona muy alegre y cercana, siempre pendiente de mí. Intentando que no me dejase llevar, por esa corriente melancólica que habitaba dentro de mí.

Era una niña de temperamento nervioso y suspicaz, me encantaba peinar el cabello del abuelo y darle forma, a esa mata enmarañada que le caía salvajada, de aquí para allá. Le pellizcaba y sacaba los colores, a esas mejillas protuberantes que le otorgaban cierta comicidad. Jugábamos a desafiarnos y a ver quién era capaz, de mantener por más tiempo la mirada puesta en el otro, sin cerrar ni mover las pestañas. Compitiendo y enfrentándome a los ojos del abuelo que eran capaces de calmar cualquier tempestad. Dicha asociación y complicidad, me llevaban hacia una entrega y confidencialidad como jamás sintiera por nadie. El abuelo parecía a veces un búho, se mantenía en silencio mirándolo todo con una curiosidad que me exasperaba. No solía mencionar palabra alguna, sobre su país de procedencia ni sobre la lejana Casalún. Teniendo que rogarle una y otra vez, referencias sobre el enigmático lugar en el que residía mi hermana.

Con la reparación del horno, se sumó una nueva afición por el dulce y los pasteles, enseñándome a decorar huevos de oca, con pigmentos extraídos de las plantas y resinas de los árboles. Entusiasmada con esa nueva tarea, me entregué de lleno a ella, pasando horas enteras concentrada en el arte de la ornamentación. En primer lugar seleccionaba los huevos, limpiando con esmero su cáscara, hasta obtener un blanco reluciente. Luego los cocía en agua con un poco de sal y con sumo cuidado de que no se agrietasen, enfriándolos a continuación, bajo el caño de agua fría.

Disfrutaba de lo lindo, entre el desaliñado arsenal de resinas, olores y pinceles en que se había convertido el comedor de casa. Una vez absortos en la tarea, el abuelo intentaba explicarme, con su piadosa paciencia, el significado más profundo de cuanto hacíamos. Aunque también es cierto, que mi inquietud y nerviosismo, propios de la edad, lo hacían exasperar hasta el infinito; por lo que acababa retirándose tras nuestro mutuo y habitual ataque de histeria, dándose al fin por vencido de tan infructuosa tarea. Seguidamente, recostaba su cabeza sobre el diván, dejándola caer exhausto y siendo esta mi señal de victoria. Entonces me lanzaba mojando pinceles sin ton ni son, coloreando los huevos desahogadamente, sin esquema ni precisión alguna.

Los jueves aprovechábamos para vender la elaboración semanal en el mercado, aunque el abuelo, por más que le suplicase, se negaba siempre a acompañarme. Su presencia en la comarca, supuso una verdadera revolución en la aldea, levantando el interés general en una población aburrida y bastante indiscreta, todo hay que decirlo.

El abuelo jamás se encontraba en casa cuando despertaba, nunca supe hacia dónde se dirigía. La mayor parte de las veces, no regresaba hasta pasada la hora del almuerzo, y tras tomar algo, descansaba un buen rato encerrándose en su habitación, mientras le aguardaba junto a la ventana, remendando ropa o simplemente observando los árboles y la lluvia. Ya entrada la tarde, cuando despertaba, tomábamos algún dulce y si el tiempo acompañaba; bajábamos hasta las ruinas, visitando el corral y la tumba de la yaya. Conversábamos de lo lindo, y yo me entregaba a él sin reservas, cada deseo y cada pensamiento lo ponía en mi boca, sin miedo ni temor a ser censurada.

Así fue sucediendo el primer año de nuestra particular relación, yo fui haciéndome más mujer cada día que pasaba y él más cauto y preservado. Cierto día manifesté el deseo de ir a Casalún, quería salir del altozano y la reclusión que suponía vivir al final de un camino que no llevaba a ningún lugar. Entonces su rostro se transfiguró en desconcierto, viendo algo en mí que hasta entonces le había pasado inadvertido y desde ese instante, noté que se volvía aún más meditabundo si cabe. Curiosamente pasé de la entrega sin reservas, a una retirada y repliegue de mi intimidad. Le espiaba intrigada, intentando averiguar los secretos que ocultaba el hombre con quien compartía mi vida y que en suma, me era un auténtico desconocido.

Las astas del rey

Cierta tarde y recién entrada la primavera, el abuelo me enseñó a cocinar unos pastelillos, pidiéndome a continuación que los llevase al mercado, a la jornada siguiente. Les llamó «las astas de rey» recuerdo como pasamos una tarde divertida, dando forma a una masa crujiente de almendras que habíamos preparado. Ya había pasado más de un año, desde la llegada del abuelo. Su presencia había conseguido pasar a un segundo plano la figura de padre. Del que por cierto no volví a tener noticias, ni tampoco las echaba en falta.

En la mañana siguiente, se levantaba niebla en el bosque y una gran luna se dejaba asomar sobre el altozano. Era el ciclo lunar de los Fuertes Vientos[12] , y el abuelo no se encontraba en su habitación ¿A dónde se dirigía? ¿Qué me ocultaba ese hombre? Un poco enfadada por su falta de confianza, cargué con avidez el carro y deposité con sumo cuidado, la cesta con los pastelillos en el interior del carromato y tirando de él con voluntad y brío, me adentré por el serpenteante camino que llevaba a Jissiel.

Tenía catorce años recién cumplidos, era un día de mercado a principios de primavera, cuando le vi por primera vez. Vestía pantalones rojos y una amplia camisa amarilla que le colgaba por fuera. Se quedó observándome por encima del tenderete, permaneciendo detenido, absorto delante de mí… y en cuanto coincidía nuestra mirada, este la desviaba apresuradamente. Decidida y sin mediar palabra alguna, cedí al impulso de ofrecerle un pastelillo. Desde ese momento algo irrumpió súbitamente, una novedosa sensación que envolvió todo mi ser, saturándome de un apasionamiento que prevalecía, ante todo cuanto había conocido.

Cada nuevo día de mercado esperaba con desazón, la vuelta del joven de camisa amarilla y pelo despeinado; sumergiéndome de lleno en este misterioso descubrimiento que significa la confluencia y el contacto.

Así se dio el comienzo de mi historia de amor y puede que la única pasión indiscutible de mi vida. En ese mercado se inició una batalla, cuya encrucijada final consistió en el intento de unión, con el hombre que he amado durante toda mi vida. Comenzamos cruzando pequeñas palabras en principio, para pasar posteriormente a una mutua y correspondida entrega de obsequios que recopilábamos durante la semana. No debí disimular mucho mi estado de exaltación y contento, ya que el abuelo descubrió mi secreto pidiéndome que invitase a mi misterioso amigo a casa, si era ese mi deseo.

Así que en cuanto tuve oportunidad, le propuse que se acercase una tarde a merendar, y él aceptó, limitándose a hacer un gesto nervioso que en principio no sabía si tomarlo como afirmación o negativa. Entonces una señora hermosísima, como salida de una fábula le zarandeó por los hombros. Su belleza superaba cuanto había conocido, vestía una túnica verde que resaltaba sobre la muchedumbre de la plaza y entonces, fui yo quien no se atrevió a levantar la mirada. Avergonzada le ofrecí mi mano inclinándome, y ella… salvando el carromato, me envolvió entre sus brazos.

—¿Cómo te encuentras Thyrsá? —sin responderle, me limité a saludarla con un ligero gesto, inclinando mi cabeza en señal afirmativa.

—¿Usted es de Casalún, verdad que sí? —Esta se sorprendió ante mi pregunta—. ¿Y Celeste? ¿Conoce usted a mi hermana, verdad? —pregunté con un hilo de voz.

—Precisamente se encuentra en Casalún, aprendiendo mucho, hija —contestó la dama—. No debes preocuparte por ella, es feliz. Nos vemos pronto Thyrsá, ahora tenemos prisa, hemos de volver a casa y el tiempo parece que no acompaña. —Dándose media vuelta la dama, se perdió entre el gentío.

Algún día seré como ella, me dije mientras la observaba marcharse, bajo una suave e inesperada llovizna. Lo recuerdo como si fuese hoy, impresionada tras el encuentro, llegué a la conclusión de que aún no había visto nada, manteniéndome vegetando como una hiedra más de las ruinas de Vania. Los bosques de Hersia se me hicieron pequeños, el mundo había vuelto a girar abriendo sus fronteras. Con verdadera ilusión aguardé mi primera cita, diseñando mi ropa y decorando la casa con flores y hojas balsámicas del bosque. Limpié con verdadero ahínco la casita del altozano, mi morada debería de convertirse en un palacio limpio y transparente como el cristal.

Cabalgando sobre un precioso potrillo blanco, hizo aparición por el camino que llegaba desde Jissiel, reluciendo bajo los primeros rayos de la tarde.

Mis lágrimas vuelven a brotar cuando evoco dicha escena; ¡Qué inocencia, cuán dulce inocencia…!

A mis catorce años, mi vida cambiaba por completo. El abuelo no se hallaba en casa, había desaparecido, como era de esperar. Pasamos la tarde conversando y riendo; él me contaba sobre sus sueños y sus pequeñas aventuras, detallándome sus enormes deseos de convertirse en soldado comandador. Yo no sabía que contestarle, pues carecía de aspiración alguna, conocía algunas hierbas, me gustaban las ocas y dibujar sobre sus huevos. Eso sí, deseaba más que nada en el mundo, ir algún día a Casalún para encontrarme con mi hermana Celeste. Entonces él prometió llevarme, y sin poderlo evitar, le respondí dándole un inocente beso en la mejilla. Así fuimos pasando nuestra primera velada juntos, bajo la influencia del gran Ciclo de las Flores[13] , en una recién entrada primavera.

[12] Primera luna de la primavera y cuarta del año.

[13] Segunda luna de la primavera y quinta del año.

V - Ixhian
La casita del cruce de caminos

Como era de esperar, todo diera un vuelco el día en que se instalaron en el cruce de caminos, pues la vida comenzó a forjarse para el joven Ixhian, bajo el encantamiento y la erudición que le proporcionaban sus dos nuevos tutores. La cabaña era algo destartalada, aunque con espacio suficiente para vivir holgadamente los tres. Arón se llamaba, el elegante y distinguido señor que le condujera a caballo hasta su nuevo hogar. Acomodándose en una pequeña habitación junto a la puerta de entrada, mientras Latia y él, lo hicieron en la parte trasera de la casa. Quedando nuestro joven gratamente sorprendido y satisfecho, al comprobar que disponía de un habitáculo propio, al igual que en los tiempos de las cavernas; siendo bastante espacioso y disponiendo incluso de una mesa, varias estanterías y una luminosa ventana por la que entraba abundantemente la luz.

Pasó su primer año alejado de la Sidonia, y en apenas un abrir y cerrar de ojos se hizo hombre. Durante las mañanas de verano y cuando el buen tiempo lo permitía, se dedicaba al pastoreo, ya que el abuelo, como pasó a llamar familiarmente al elegante señor, le proporcionó un pequeño rebaño de cabras. En las largas tardes, pasaba la mayor parte del tiempo dedicado a la limpieza del establo, adecentando los caballos. Todo sucedía muy lánguidamente, pero intenso a su vez.

Al principio, y sobre todo a eso del atardecer, solía coincidir con el abuelo en el exterior. Se sentaban sobre un escalón adherido al tabique de la casa, en donde absortos y en silencio contemplaban la sinuosa y retorcida senda que llevaba hacia el interior del bosque. Ya más tarde, acababan la jornada junto al fuego, con el abuelo hablándole de la isla, de su geografía y naciones. Mientras Latia se mantenía hilvanando tejidos y atenta a cuanto este decía. Motivado por las palabras del abuelo, fantaseaba nuestro niño imaginando que algún día partiría lejos y recorrería los territorios del norte; donde según le contaba que habitaban la mayoría de las viejas razas de Erde[14] , que era uno de los nombres con los que se conocía la isla.

Todo se mantenía en un aletargado sosiego, hasta cierto día que tuvieron una visita inesperada, pues una gran dama de la lejana Casalún, se detuvo a pernoctar en la casa. Era una mujer voluminosa, ancha de caderas, no muy alta aunque con cierto aspecto de distinguida cortesana. Llamaba la atención el estampado de su vestido, haciendo juego con su enrevesado cabello pelirrojo. Sus mejillas sonrosadas y una amplia sonrisa le dividían su rostro de luna, en dos particiones perfectas. Llegaba acompañada de una agraciada damisela con el cabello rapado y una larga trenza oscura que le caía dividiéndole la espalda, pareciendo una princesa.

Hablaron mucho esa noche de cosas que él no entendía, y se enfadó cuando Latia le mandó retirarse temprano a su improvisado aposento, que no era otro más que el cobertizo. Madre Latia le acondicionó un lecho de paja y heno para esa noche, y ni que decir tiene, el tremendo disgusto que supuso dicha exclusión para el joven. Aunque debido a la cantidad de emociones recibidas no le duró mucho el enfado, ya que cayó rápidamente vencido por el sueño. Al levantarse a la mañana siguiente, comprobó con cierto desánimo que habían partido la dama y el abuelo, junto a la atractiva asistenta con cara de niña. ¡Le hubiese gustado tanto acompañarles! Latia le contó que marcharon muy temprano, con objeto de asistir y sanar a una dama enferma en Jissiel.

Latia era una mujer más bien reservada, y cuando le hablaba solía hacerlo preferentemente sobre las costumbres de Casalún y el Valle.

Cierto día y sin saber por qué, comenzó a llamarla madre, surgiendo de la forma más espontánea y natural. La primera vez que lo hizo, ella le dirigió una piadosa y reveladora mirada que aún se guarda para sí. A pesar de sus años y las consecuentes rugosidades que expresaba su rostro, Latia se mantenía reluciente y despejada como una mañana de primavera, conservando parte del extraordinario primor que debiera haber disfrutado en su juventud. De sus ojos, sobre todo cuando se perdían en ella misma, afloraba cierta añoranza y un fondo de amargura. Entonces se solía sentar frente al ventanal de su habitación, mientras se alisaba el cabello o daba forma a una trenza que luego deshacía. Entonando para sí un débil susurro del que dejaba entrever alguna olvidada melodía. En los silencios que habitaban en ella, se revelaba una intensidad que era capaz de mover los objetos a distancia, y hacer circular un viento impetuoso que recorría las estancias. Su atención para con el niño se desbordaba, pues con su extremado y excesivo celo, expresaba una pasión y un amor desmedido que él apenas entendía. Y aunque su cuerpo daba la sensación de fortaleza, algunas veces y sin manifestar la más mínima queja ni dolor, caía agotada sobre su lecho ante el más mínimo de los esfuerzos.

El nacimiento de Dulzura

A partir de la visita de la dama, el abuelo comenzó a ausentarse la mayor parte del día y de la noche, sin mencionar hacia donde se dirigía. Lo cierto es que comía temprano, en silencio y apresuradamente, luego solía retirarse a descansar en su aposento, hasta las primeras horas de la tarde, cuando se marchaba. Ixhian lo despedía desde el cobertizo, donde le ayudaba a montar, aprovechando para quedarse limpiando y cepillando a Dalia, la yegua de Latia que se encontraba preñada. Era esta tan blanca como la leche y de crin plateada, como un furtivo rayo de luna.

Sumo, el airoso caballo del abuelo, pertenecía a la raza de los antiguos Duihets y significaba; “Montura de Dioses”. Era negro como el azabache y jamás permitía que nadie lo montase, salvo el abuelo. Ya que su naturaleza bárbara le impedía someterse a más de una persona. Los Duihets se someten a un solo amo —le dijo una vez el abuelo.

El invierno se metió de lleno en Hersia y no paraba de llover en ningún momento. El cielo oscurecía durante la mayor parte del día y la luna recorría el ciclo de las Largas Noches[15] . Siendo casi imposible poder salir al exterior, por lo que el joven aprovechaba para ayudar a Latia en algunos quehaceres domésticos y aprender a coser su propia ropa, ordeñar las cabras y hacer queso, al tiempo que madre le enseñaba a conservar los alimentos.

El mundo entre Latia e Ixhian se fue cerrando conforme pasaban los meses, sobre todo tras las prolongadas ausencias del abuelo, haciéndose a ella y a su entorno, como si no existiese nada más allá del cruce de caminos.

En los breves momentos en los que la lluvia otorgaba una tregua, aprovechaba nuestro joven para salir corriendo y echarle un vistazo a Dalia que se encontraba a punto de parir. Latia se percató entonces del tremendo aburrimiento que padecía el muchacho, tras las prolongadas ausencias del abuelo. Por lo que decidió aumentarle las horas dedicadas a su formación. Así que con mucha insistencia y perseverancia por su parte, intentó suplir al abuelo, reforzando la lectura y la historia de la isla en que habitaban. A principios de otoño se presentó un señor con una mula cargada de libros y manuscritos. Llegaban de parte del abuelo, con el objeto de ayudar a Latia en los estudios del joven. Desde ese día Latia intensificó las horas de aprendizaje, haciéndole leer y memorizar textos y más textos. Obligándole a escribir y copiar sin pausa, hasta hacerle doler los dedos pero a nuestro joven, lo que más le fascinaba eran los pergaminos antiguos y los mapas; sobre todo aquellos que ilustraban lugares lejanos.

Así fue transcurriendo el primer año de convivencia; un tiempo sereno y suave, entregándose a Latia e intentando complacerla en cuanto estuviese de su parte. Hasta que cierto día, sucedió que la yegua Dalia se pusiera al fin de parto bajo el ciclo de la luna del Lobo[16] , ya entrado el frío invierno. Entonces Latia le pidió que la acompañase y le ayudase en asistirla. Ixhian no pudo menos que saltar de regocijo ante tan sorprendente propuesta. Nervioso como el que más, se entregó de lleno al acto milagroso que supone presenciar por primera vez la llegada de una nueva vida. En el cobertizo observaba con sumo interés, con ojos abiertos y desorbitados. Latia comenzó a rezar, mientras él intentaba tranquilizar a la yegua que resoplaba intranquila, acariciando su lomo e intentando consolarla. Seguidamente, madre Latia limpió a la yegua con un paño húmedo, mojándolo en un tonel de agua caliente que le hizo preparar. Ixhian se mantuvo sereno y bastante comedido, tan solo comenzó a asustarse cuando apareció, cogiéndolo desprevenido, una especie de bolsa entre las patas traseras de la yegua. Latia le pedía a Dalia que empujase y entonces la yegua, como si entendiese lo que le decía, se tumbó de lado sobre el suelo del cobertizo y poco a poco fue dando paso a la nueva vida. Nuestro joven sumamente impresionado, se quedó atrapado en la escena, pues nunca anteriormente hubiera presenciado nada semejante.

En el momento que vio la cabeza del potrillo asomarse entre viscosidades, con los ojos muy abiertos, supo que se enamoraría de ella; sin poderse imaginar hasta qué grado, ella sería su más fiel y dulce compañera. Latia soltó una carcajada que resonó por todo el establo, y agasajando sus cabellos le dijo:

—Prepárate, porque la hija de un Dhuiet no abandona nunca a quien ve por primera vez. Es hembra hijo, una más…

Luego, una vez en pie el potrillo, recogió Latia la sangre del animal recién parido, manchándose parte del pecho y repitiendo el mismo proceso con Ixhian.

Se le llamó Dulzura, igual que la madre de Dalia, y del invierno más tosco y aburrido; pasó Ixhian a la primavera más alegre de su vida, cuidando del potrillo y entregándose a complacerla como si fuese un tesoro hallado en el desierto.

Cierto día le pidió madre Latia que le acompañase al mercado de Jissiel, era ya entrada la primavera. Sería esta la primera vez que tuviese la oportunidad de poder ver y comprobar con sus propios ojos, cuanto sucedía en el mundo.

—¿Cómo serían las calles de un poblado y de qué manera se las apañaría tanta gente para vivir junta y sin tropezar? —se preguntaba ingenuamente.

Latia le arregló una vieja capa de capucha azul, solicitándole que la acompañara con ella cubierto. A Ixhian le gustó mucho la idea, pues así tenía la sensación de ocultarse ante la mirada de los demás. Ya que al fin y al cabo, era como ver el mundo desde un agujero, y que no venía a ser diferente a lo que siempre había hecho.

El encuentro

Esa noche apenas pudo conciliar el sueño, así que muy temprano y nada más amanecer, iniciaron la travesía hacia el pueblo, envueltos por una persistente niebla y bajo una suave llovizna. Madre Latia marchaba a su lado, portando un gran cesto de mimbre; avanzaban en silencio y a pasos agigantados, por lo que alcanzaron rápidamente la aldea. Se hallaba nuestro joven fascinado, ya que jamás hubiese podido imaginar, ni concebir nada parecido. La muchedumbre le empujaba y dirigía, siendo incapaz de conducir, con relativa seguridad sus pasos. Tropezaba constantemente, sudaba y le costaba hasta respirar.

—¡Cuánta gente habita en el mundo! —se dijo apesadumbrado.

Madre le pidió que le entregara entonces el impermeable y su capucha, había dejado de llover el sol relucía bajo un cielo limpio y azul. Se mostraba nuestro joven abiertamente al mundo, tras desprenderse de la prenda que le protegía. Latia lo hizo a posta, ella fue quien lo preparo todo, empujándolo a enfrentarse con su destino.

Perdido entre el gentío le dejó solo, poniéndolo a prueba.

—No te preocupes y disfruta del mercado, cuando termine de comprar iré en tu búsqueda —fueron sus palabras.

Las calles se hallaban abarrotadas, desconocidos frutos y aromas anegaban sus sentidos. Colores y productos de todo tipo se ofrecían ante su mirada desorientada, y ni en el más profundo de sus sueños hubiera sido capaz de imaginar un espectáculo semejante.

En una de las calles laterales, dando a una pequeña plazuela, se hallaba la figura de una niña. La luz daba de lleno en ella, tras sortear los tejados y sus sombras. Cegado por el reflejo del sol, avanzó a tientas hasta donde los brillos ofrecían su mayor intensidad. Se hallaba realmente perturbado, por lo que permaneció rezagado y alrededor de un triste carromato de madera, observando los insólitos productos que se ofrecían en su interior. Hasta que inesperadamente, surgiera tras el carro, la joven que en principio llamase su atención, ofreciéndole con suma simpatía un pastelillo. Deslumbrado por el sol, aceptó su ofrenda. No podía distinguirla con claridad, pero así le parecía la criatura más hermosa de la tierra, y a la que ni tan siquiera la dulce asistenta venida de Casalún se le podía comparar. Ojos oscuros que filtraban tonalidades verdes, cabellos castaños y rizados como algas refulgentes en la orilla del mar. Vestía un traje rojizo a juego con sus labios, denotando su rostro un paisaje celestial. Fascinado por la escena, nuestro joven era incapaz de alejarse del desgarbado carro de madera. El encantamiento se rompió, en el inoportuno momento en que le llegó la voz de Latia reclamándole y sin poder contestarle se atragantó, la emoción le desbordaba impidiendo pronunciarse. Desde dicho día se quedó en ese mercado para siempre, tremendamente solo, pero a su vez rodeado de gente.

Le llegó el amor de repente, ese primer amor de juventud que nunca se olvida, esa primera pasión cuyo néctar se mantiene. No pudiendo apartarla de su pensamiento en ningún momento del día, ya que su imagen le acompañaba a donde quiera que este fuese. Luego vinieron los encuentros, por lo que cada semana la volvía a visitar en el mercado. Latia no se interpuso, más bien todo lo contrario. Ella accedía placenteramente a que le acompañase y permaneciese junto a la niña, mientras ella ralentizaba a conciencia su compra. Hasta que cierto día, la niña Thyrsá le invitó a visitarla en su cabaña. Lo que dio lugar a que tanto el abuelo como Latia bromearan de lo lindo con él, hasta hacerle ruborizar.

Llegó el día señalado, así que montado sobre la yegua Dulzura alcanzó Jissiel la ciudad del mercado, que no se hallaba a más de media hora de camino desde Astry. Una vez superada la aldea, tan solo se hallaba un espeso bosque, al que se accedía a través de un único camino de tierra poco transitado, concluyendo a los pies de unas viejas ruinas, engullidas por la floresta. Siendo este, un lugar respetado y temido por los lugareños; compendio de viejas leyendas y apariciones. La casa de Thyrsá se hallaba enclavada en lo alto de un altozano que antaño debería de haber servido de baluarte o fortaleza. Abajo se abría colmando el horizonte, la selva de Hersia en toda su profundidad.

A partir de ahí se abrió un nuevo escenario, pues los últimos momentos vividos junto a madre Latia, habían supuesto un tiempo destinado principalmente a instruirle y encaminado hacia el final de un proceso, cuyo desenlace realmente desconocía. Aunque lo verdaderamente sorprendente, supuso el descubrir que el abuelo se había mantenido cuidando a Thyrsá, a la misma vez que lo hacía junto a ellos. Desdoblándose como solo puede hacerlo, alguien de una naturaleza extraordinaria.

Daba comienzo una etapa decisiva en sus vidas, cuando comprendieron que habían sido predestinados a encontrarse, el uno al otro, y que la casualidad había jugado una fuerte baza que terminó desconcertando a los mayores. De una manera u otra sus vidas eran guiadas por el abuelo y madre Latia, que al fin y al cabo, eran gente sabia perteneciente al Bosque Powa y al Valle, una tierra maravillosa saturada de habladurías y misterios. Pero entonces, cuando mejor se hallaba nuestro joven, le llegó de nuevo cierto temor ya olvidado, propio al mundo lúgubre y cavernoso de la Sidonia. Cuando intuyó que le aguardaba un devenir incierto, cargado de dilemas e inseguridades.

[14] Erde y La Defensa eran los nombres por los que se conocía la isla, el primero era su nombre originario y el segundo fue establecido tras la batalla de playa Arenas, como mera propaganda militar del cuerpo comandador.

[15] Primera luna de invierno y última del año.

[16] Primera luna del año y segunda del invierno.

VI - Thyrsá
La vida en comunidad

Sucedió en ese verano, cuando llegó la ilusión que anunciara un vuelco rotundo a mi vida. Fue un verano atípico donde el sol no calentó demasiado y en donde el cielo amanecía cubierto por una bruma matinal que le costaba levantar. El chico del mercado vino varias tardes a visitarme, no tantas como me hubiese gustado, pero las suficiente para mantener viva la llama que se encendiese en Jissiel. Nos fuimos conociendo y descubriendo, el uno al otro, hablando y paseando al resguardo de las ruinas y del agua. Le fui enseñando mis tesoros y escondites; y para cuando se instalaron en casa ya lo sabía casi todo de mí. Tan solo le quedaba por conocer a mi tutor, el hombre que me cuidaba y que siempre escabullía su presencia ante nuestros encuentros.

El abuelo se mantenía misterioso en esos días e incluso se aventuraba por el bosque a solas, algo le preocupaba no cabía la menor duda de ello. Aun así continué como si tal cosa, como si nada ocurriese, compartiendo nuestros momentos y reflexiones. Sumo era un caballo fuerte y bastante robusto, a su lado parecía una diminuta que apenas alcanzaba la altura de su dorso. Cuando montaba con el abuelo, siempre lo hacía delante de él, ya que me encantaba aferrarme a la sedosa crin del caballo. Me viene a la memoria cierto día, que dimos un paseo a caballo por el interior del bosque, llegando incluso a zonas donde nunca antes había estado.

—Quería enseñarte algo —me dijo el abuelo.

—Me da miedo esta zona del bosque, nunca suelo alejarme de los alrededores del altozano.

—Es profundo y viejo, guarda demasiados recuerdos.

—Si a veces, conforme más me alejo de la casa, el bosque parece como si hablase y las sombras de los grandes pinos me producen cierto malestar, haciéndome imaginar cosas, abuelo. —Cabalgábamos atravesando una campiña y esquivando el robledal hasta alcanzar el pinar alto.

—¿Cosas, como qué?

—Agujeros negros en el suelo, siempre los evito. Pienso que me puedo caer por ellos. —Me echo a reír, sin embargo me extraña que el abuelo continúe serio y no le haga gracia la broma.

—Haces bien hija, a mí tampoco me gustan las sombras demasiado definidas.

Cierro los ojos y me veo aferrada a Sumo con fuerza, el caballo cabalga a toda velocidad. El viento me da de lleno en la cara; me encantaba sentirme así, como si me comiese el mundo, son instantes saturados de euforia y optimismo.

—Aquí precisamente quería traerte, deseaba enseñarte este sitio y que conocieses este lugar.

Ante nosotros se abría una zanja enorme, una calzada totalmente reseca y sin hierbas. El caballo se quedó detenido al margen de la misma, sin cruzarla.

—El bosque de ahí enfrente cambia de color, es distinto y bastante tenebroso. Yo diría que incluso nos mira. ¿Qué árboles son esos, abuelo?

—Eso es lo que menos importa. Nunca cruces esta banda de guijarros y arena. Ese es otro tipo de bosque, mucho más antiguo y por lo tanto mucho más resentido. Se llama Barranco Hondo y esta linde de arena que aquí ves, digamos que hace de frontera entre dos naturalezas muy distintas.

—No te preocupes abuelo, sería imposible para mí llegar tan lejos.

—Bueno, estás avisada por lo que pueda pasar. A partir de ahora las cosas van a cambiar.

Sin dejarme rechistar, el abuelo mandó dar media vuelta a Sumo y emprendimos apresuradamente el regreso a casa. Esa noche el abuelo se mantuvo especialmente silencioso. Comimos unas acelgas rehogadas con algo de queso de cabra, obsequio de la señora que cuidaba a Ví, que era el diminutivo con el que comencé a llamar al niño de Jissiel. Justo cuando me disponía a abandonar la mesa, dijo el abuelo:

—Deberías arreglar la casa y ordenar el cuarto vacío, pronto tendremos visita.

No le contesté, ni agregué nada al respecto, sabía que sería en vano. El abuelo se había sumergido en sí mismo; de tal manera, que sería imposible sacarle la más mínima información.

Era ya pasado el mediodía, durante una agradable y fresca tarde de principios de verano. Me hallaba secándome la cabeza con una pequeña toalla, cuando de repente escuché el trote y relinche de caballos; así que tiré la toalla asustada y corrí escaleras arriba, asomándome por las ventanas del piso superior y viendo llegar varios asnos por el camino. Tan rápido como pude, alisé mis cabellos y bajé corriendo a recibir al abuelo. Pero para sorpresa mía no llegaba solo, ya que dos corceles blancos le acompañaban. Quedé paralizada ante el espectáculo que se mostraba ante mis ojos; los corceles eran Dalia y Dulzura, siendo montados por Latia e Ixhian, y en medio de ambas yeguas, cabalgaba presuntuosamente el abuelo sobre Sumo. Tras ellos les seguían cinco asnos atados, con sus alforjas cargadas hasta los topes.

—No seas maleducada hija y saluda a nuestros invitados.

Recuerdo que sin saber que decir, aturdida y azorada me mantuve con la cabeza agachada y con miedo a levantarla.

—¿Interrumpimos algo Thyrsá? —dijo la dama.

Negué con un ligero movimiento de cabeza.

—Ayúdanos a desembarcar el equipaje hija, que parece que traigamos la casa a cuestas.

—Te advierto que aún falta un porte de otros cinco asnos con tus libros —le contestó la dama al abuelo.

En esos momentos y recién cumplidos los quince años, la vida fue generosa conmigo por segunda vez consecutiva.

El niño Ví

Pasó un tiempo, algo más de un año, quizás…

En donde los cuatro nos mantuvimos conviviendo. Ese período, sin duda alguna, fue el inicio y la base de todo cuanto me ha sostenido hasta ahora. Los momentos pasados en la casita del altozano, cuando todo se hundía tras la marcha de Celeste y cuando más sola me hallaba; la rueda que rige el destino dio un giro completo y la nueva alianza se convirtió en motivo de una desmesurada alegría.

Compartí mi vida más íntima con Latia, conviviendo bajo un mismo aposento. Por lo que ella supuso mi referencia, educándome en ser mujer. Luego estaba el abuelo que no se marchó ni un solo día de nuestro lado, así pudimos saborear toda su erudición y conocimiento. Con Ví, navegué por mundos que a cualquiera le hubiese gustado hacerlo. En las mañanas apenas le veía, a no ser que bajase al huerto o me tropezase con su rebaño a posta. Los quehaceres y labores junto a Latia, me mantenían entretenida la mayor parte de la mañana, tan solo los jueves salíamos al mercado, aunque ahora era Dalia, la yegua de Latia quien tiraba del carro.

Latia y yo, en todo y para todo; chismorreos, burlas y una confabulación infinita… todo fluía mirándome a través de ella, reflejándome en ella como si fuese un espejo.

Ví era mi desahogo y nutrición. De él bebía y por él me enfrentaba cada mañana, conmigo misma, intentando ser mejor.

El desayuno, su tazón de leche y la correspondiente rebanada de queso. ¿Quién bajaría al bosque primero? ¿Me ha mirado? ¿Se ha fijado en mí?

El cuidado del huerto, la limpieza del corral, ordeñar las cabras, arreglar algún desperfecto en casa; esa puerta que no cierra o preparar el tejado para el invierno…

Ví marchaba temprano a pastar las cabras y a mí me gustaba verlo partir con la pelliza echada sobre los hombros, pantalones anchos y una larga vara que cada tarde apoyaba tras la puerta. El abuelo lo tenía más fácil, pues solía bajar a pasear por el bosque o bien se decidía a echar la mañana trabajando entre el huerto y los frutales. Esperando el permiso de Latia para poder subir y echar una mano en la cocina.

Nuestra dieta consistía mayoritariamente en vegetales y cereales, donde no nos faltaban los huevos, ni la carne de caza aportada por Ví, que era el encargado y el único de nosotros capaz de suministrarla. Tampoco faltaban las percas ni las truchas y que según nuestra particular tradición, las consumíamos los viernes durante la cena, así manteníamos el equilibrio en la charca donde las pescábamos.

Luego estaban los caballos que también había que cuidarlos, por lo que se decidió que cada uno cuidase el suyo, y como yo no tenía, obviamente me liberé de dicha tarea. Aunque ni que decir tiene que aprovechaba ese tiempo para acompañar a Ví y sacar a pasear a Dulzura. Montábamos ambos sobre la yegua y aprovechábamos para escabullirnos durante un par de horas por el bosque y sus caminos, liberándonos así de nuestros mentores. Por lo general nos dirigíamos a un pequeño montículo que era nuestro lugar favorito. Allí desmontábamos y retozábamos, permitiéndonos algún que otro tímido beso y caricia. Nos encantaba sentarnos sobre la hierba y observar a los animales cruzar entre los árboles, conejillos, ardillas y algún que otro reticente zorrillo. También se oía con nitidez el canto de los jilgueros y abejarucos, nos sentíamos muy a gusto los dos solos. Ese era nuestro espacio y nuestro tiempo.

En verano, Latia nos daba clase de ortografía o al abuelo le tocaba relatarnos alguna historia antigua de la isla. Durante las tardes de invierno, al ser estas tan cortas, preferíamos dejar esta parte para después de la cena y al refugio de la chimenea, pues apenas nos quedaba tiempo para nosotros. Los días se sucedían sumidos en una placidez inalterada, donde cada uno llevaba su propio ritmo, marcando con precisión los momentos exactos para el encuentro.

Llegó el otoño y el suelo se llenó de hojarasca, los chopos y álamos quedaron desnudos y en las mañanas ya había que abrigarse. El abuelo se apañó de un burrito para que nos ayudase a subir la leña, hasta el altozano. Los hábitos cambiaron, así que nada más terminar de almorzar y con el último bocado en la boca, salíamos disparados hasta el cobertizo; en donde montábamos sobre Dulzura y cabalgábamos al interior del bosque. Cuando llovía nos acercábamos hasta Jissiel, donde a Ví le gustaba acercarse hasta el taller del maestro carpintero. Le encantaba la madera y siempre que podía, tallaba con la navaja alguna figurita que luego me regalaba. Me viene cierto día, echados sobre la hojarasca y bajo los árboles, cuando me pidió tallar mi imagen sobre un madero de tejo que había seleccionado. Yo me dejaba hacer, posando presumidamente ante él, mientras Ví ponía el máximo esmero en la tarea. Hasta que aburrida y cansada de posar, comencé a moverme nerviosa, al tiempo que Ví se enfadaba y me pedía que continuase posando.

—Estate quieta o no la terminaré nunca.

—Ya has tenido tiempo más que suficiente y no tengo más ganas de posar.

—Solo un momentito más y acabo.

Y sin hacerle el más mínimo caso, lanzaba mi rebeca a un lado y salía disparada entre los árboles, con la intención de que este me siguiera. Emprendiendo una larga carrera que concluía ralentizando mi marcha a conciencia y dejándome atrapar…

Tardaba en despegar mi joven, pero cuando lo hacía me tocaba a mí, contener el apasionado impulso que recorría su sangre. Éramos jóvenes y comenzábamos a dilatar ese entusiasmo que otorga la pubertad y en donde el ardor florece con un estímulo inusitado. No entendíamos mucho de cuanto sucedía fuera del altozano, tan solo los relatos aportados del abuelo y a los que dábamos poca credibilidad. En nuestro mundo tan solo habitábamos los dos, no cabía nadie más. La casita en el altozano era nuestro universo personal y más allá, afloraba lo desconocido.

—Te vas a tener que afeitar Ví, pinchas.

—Ya me lo dice Latia que no para de sermonearme y te aseguro que se está volviendo algo pesada.

—¿Te vas a dejar la barba como el abuelo?

—¿Por qué no?

—Pues podías arreglarte y ponerte tan guapo como él. —Recuerdo que me miró con cara de circunstancia.

—¿Te refieres a los demás hombres del pueblo o solo al abuelo?

—Lo pensaré —le contesté coqueteando.

—¡Pero qué tonta eres hija! —Me vuelve a besar, a la vez que nos apoyamos sobre un grueso tronco de pino, sobre el que he grabado un corazón.

—Tienes los ojos castaños —le digo.

—Y tú verdes, aunque no siempre.

—¿Te casarás conmigo algún día?

—Lo pensaré —me contesta juguetón.

Me sumía entre sus brazos, lo quería con locura y este era el momento culmen del día, cuando sus labios se enredaban como un laberinto entre los míos.

Nuestro mundo, aunque pequeño, era lo suficientemente grande para ambos. Disponíamos de un sinfín de aventuras y aunque necesitásemos de más espacio, el clima y la cortedad de los días imponían sus influencias.

La oscuridad en la tierra crecía, llegaron las sombras y la incertidumbre; el Both y la noche de los muertos. En casa no faltaba el refugio del fuego y por primera vez, tomamos consciencia de que en el exterior; habitaban otras presencias, y que no todo era tan fácil como dar un simple paseo o llevar una vida destinada a conseguir el sustento diario. Nada era cuanto parecía ser, tras el marco incomparable de Vania sucedía otro latido, un impulso diferente al recorrido de dos enamorados que no demandaban nada y a la vez lo deseaban todo.

VII - Ixhian
En el altozano de Vania

Que extraño y caprichoso es a veces el destino. Cuando menos lo esperaba nuestro joven, hubieron de abandonar la casita del cruce de caminos en Astry, trasladándose a vivir junto a Thyrsá en Vania ¡Ay, con cuánto mimo me ha contado el comandador este episodio!

En un amanecer cualquiera de principios de verano, partieron y rodearon las aldeas de Astry y Jissiel por un camino adyacente, sin entender nuestro joven la razón de tanto secreto y clandestinidad. Cruzaron el bosque a caballo, Ixhian marchaba detrás, tirando de cinco burritos que había arrendado el abuelo, para que cargasen con los diversos bártulos y enseres. El rebaño de cabras quedó al cuidado de un pastor de la zona, conviniendo el abuelo para que lo trasladase al día siguiente, hasta el altozano.

Ixhian debiera tener por entonces dieciséis años, comenzaba de nuevo otra primavera. Aquella que dio comienzo a un año bendecido y que sin duda sería uno de los más felices de su vida. Se establecieron los cuatro, en dos salas contiguas, muy amplias y luminosas, en el piso superior de la casa. En una de ellas lo hicieron el abuelo e Ixhian y en la otra Latia y Thyrsá. Allí se descubrimos y abrieron sus almas los unos a los otros. De esa manera el mundo de la placidez y la alegría se instauró sobre el altozano de Vania.

En las mañanas, nuestro joven continuó dedicándose al pastoreo y al cuidado de los animales, tal como solía hacerlo en la casita del cruce de caminos. Mientras Mó, como comenzó a llamar de manera familiar a la niña Thyrsá, se dedicaba a auxiliar a madre Latia en las labores domésticas y al cuidado de un pequeño huerto de hortalizas que levantaron entre las ruinas. Tras el almuerzo se les permitía pasear hasta bien entrada la tarde, con la consigna de que no se alejasen demasiado del altozano.

A ellos les encantaba sumergirse entre las viejas ruinas o introducirse en el bosque y en donde a la niña Mó, grababa sus iniciales sobre la corteza de los árboles. Buscaban piedras y pequeños tesoros, a la vez que ella le enseñaba el arte de distinguir y localizar las diferentes plantas curativas o los diversos frutos silvestres, entre la espesura de los zarzales. Si disponían de tiempo, se tumbaban sobre la hierba saboreando la cosecha, a la vez que observaban con placidez la variopinta vida del bosque.

La selva de Hersia terminaba donde daba comienzo Barranco Hondo, debido a que una ancha franja de arena los separaba. Se contaban muchas leyendas sobre la razón que sirviera de separación y disociación entre ambas florestas.

En Hersia reinaba mayoritariamente la luz, mientras que en Barranco Hondo lo hacía la oscuridad, por lo que nunca se atrevían a cruzar la barrera de arena que separaba un bosque del otro. Muchas veces un brazo de niebla llegaba desde lo profundo de Barranco Hondo penetrando en Hersia y haciéndoles sentir cierta inquietud, pues se perfilaba en la niebla cierto celaje brumoso con forma de mano, como queriéndolos atrapar. Entonces saltaban sobre Dulzura asustados y ponían rumbo a casa, lo más apresuradamente posible.

El abuelo y Latia preocupados por cuanto les contaban los jóvenes, no paraban de preguntar sobre el carácter y la forma de la niebla, mostrando en sus rostros señales de inquietud e intranquilidad. Otras veces, una bandada de aves negras se arremolinaba conformando grandes nubarrones sobre las copas de los árboles o de vez en cuando los alcanzaba repentinamente, una desmedida ventisca que los obligaba a cobijarse el uno en el otro.

La niña Mó

A la niña Mó le gustaba conversar con los árboles, nombrándolos uno a uno, mientras que él la seguía ensimismado. Vagaban de un lado a otro improvisando e inventando, mil maneras de pasarlo bien, debido a que las ruinas y la selva eran lugares que ofrecían multitud de posibilidades para el juego y el esparcimiento. Encontraron confidencialidad y refugio, y el mundo expandió sus fronteras, al conformar los cuatro, una sola familia en la casita del altozano. Fue un tiempo delicioso, retraídos en principio, hasta conseguir atreverse y entregarse, con una humildad y franqueza sin reservas.

Con ello llegó el atrevimiento, la exploración, los primeros escarceos y esas furtivas miradas, repletas de sensuales complicidades. Pero afuera, y sobre todo cuando las sombras ganaban terreno, comenzaron a producirse señales casi imperceptibles de que algo se agitaba. Una situación casi imposible de evidenciar para dos enamorados, que no se percataban del alcance que iba tomando la situación. Hasta que cierto día, entrado ya el otoño la cosa fue a más. Pues sucedió que mientras retozaban felices sobre la hierba, la niña Mó dio un brinco, sobresaltada. Mostrando un rostro transfigurado por el susto y el espanto. Desde lo recóndito del bosque, percibieron una figura negra, una bestia que los acechaba de manera amenazante. A su alrededor, se creaba un entorno confuso y diluido, perfilándose en el horizonte tan solo la figura del monstruo cancerbero. Rápidamente y sin pensarlo dos veces, montaron sobre Dulzura huyendo apresuradamente e irrumpiendo nerviosamente en el altozano.

Fue bajo el ciclo de la luna de Sangre[17] , a mediados de otoño. A partir de esa fatídica fecha se les prohibió bajar al bosque, sin dar más explicaciones de cuanto sucedía. El abuelo y Latia comenzaron los preparativos para marchar lejos del lugar que tanto bienestar les había ofrecido. Sin dar tiempo a nada, llegó una niebla que se instauró de manera permanente sobre Hersia, impidiendo ni tan siquiera, poder asomarse al bosque. Al atardecer, observaban confusos y sorprendidos, emerger la bruma desde lo profundo del bosque, rodeando la casa. Quedándose aislados como en una isla, en medio de un océano de niebla.

Latia anunció que la partida sería inmediata y que apenas disponían de tiempo, ni demora alguna, pues el invierno se acercaba y la oscuridad se establecería definitivamente sobre Hersia. En un principio nuestros jóvenes se regocijaron, ante la posibilidad de viajar lejos del altozano, abrazándonos jubilosamente ante tan sugerente noticia. Pero luego tomaron conciencia de cuanto significaba el éxodo y la partida, abatiéndoles cierta incertidumbre y tristeza. Madre Latia y el abuelo bajaron hasta la entrada del bosque a la mañana siguiente. Se engalanaron a conciencia y antes de que se levantase el velo de la niebla, se introdujeron entre las ruinas. Trazaron señales y simbólicos esbozos bajo los muros de Vania, intentando contener el avance de la bruma. Mientras nuestros jóvenes, se limitaban a observar tras los cristales. Viendo descender a la pareja con ansias y deseos de acompañarlos, y descubrir lo que realmente estaba sucediendo.

La niebla no cruzó el límite del bosque esa noche, pero irremediablemente se acercaba la hora de la partida, por lo que después de la cena, reunieron a nuestros jóvenes junto al fuego. Informándoles de los pormenores de la marcha y de los planes que habían concebido para ellos. A la mañana siguiente y sin demora alguna, habrían de partir en dirección al Valle y hacia el Powa[18] , que era el diminutivo con que se conocía al Bosque Padre.

Madre Latia manifestó el deseo de que la niña Mó, se entregara a la tutela de Casalún, y en cuanto escuchó las palabras de madre; Thyrsá se iluminó, sonrojándose como una rolliza manzana. Mientras el abuelo le explicaba a Ixhian la intención de acompañarlo hasta el País de la Roca, con el objeto de formarse como hombre y caballero. Celebraron y brindaron la buena nueva, más luego cuando fueron conscientes de una futura separación, les abatió la tristeza. El abuelo se sentó en medio de ambos, y percibiendo el maltrecho ánimo de nuestros jóvenes, se aferró a sus manos, cerró sus ojos y se quedó en silencio y recogimiento. Mientras Latia, algo más inquieta se adhería a la ceremonia, conformando los cuatro una especie de círculo. Sin dejar de observar tras la ventana.

Esa noche durmieron juntos, arropados el uno en el otro. Eran dos jóvenes inocentes que no entendían el alcance de cuanto sucedía, ni les aguardaba. Madre Latia lo hizo a sus pies, como una pantera que protege a sus cachorros. El viento susurró mucho en esa noche sin luna, mientras en la habitación de abajo, se oían los pasos impacientes del abuelo, delatando la inquietud que reinaba en la casa. El fuego no se apagó, al menos mientras persistió la oscuridad sobre la tierra.

A la mañana siguiente, sin mediar palabras y bajo una ligera llovizna, iniciaron la partida, evitando atravesar cualquier localidad y transitar por zonas boscosas y encubiertas. Haciendo un alto en la casita del cruce de caminos, con la intención de esperar a que la lluvia arreciara. Todo se hallaba como el día que partieron hacia Vania, sin embargo, habían sucedido tantas cosas desde entonces…

La lluvia no daba tregua, por lo que decidieron permanecer en la casa, hasta que el tiempo mejorase. Luego el abuelo les informó de que aguardarían hasta la llegada de alguien importante, que los conduciría y serviría de escolta durante el viaje. Así dejaron transcurrir los días bajo una persistente tormenta. El abuelo se deshizo de los animales vendiéndolos o intercambiándolos por alimentos en Astry, por lo que tan solo se quedaron con los caballos. En eso que llegaron los Nocturnos[19] y la temida noche del Both, era ya a mediados de otoño y el abuelo se hallaba especialmente nervioso esa mañana. Y aunque la amenazante niebla no había vuelto a hacer presencia, desde que se instauraron en la casa del cruce de caminos, continuaron demorando la partida, a la espera de la llegada del misterioso invitado. Se mantenían en alerta y abandonaban solo el tiempo imprescindible la casa, pretendiendo pasar desapercibidos el máximo tiempo posible.

El Both y la noche de los muertos

Se había echado la noche encima, cuando madre Latia sacó una pequeña lamparilla de barro que nunca habían visto con anterioridad. Frotándola con un paño la hizo prender, una pequeña llama azulada se asomó del cuello de la lucerna y madre Latia le habló mimosamente, como si esta entendiese cuanto decía. Se sentaron los cuatro alrededor de la mesa, la lumbre se hallaba encendida. Era una noche de perros y aunque en el interior de la casa se mantuviese una agradable temperatura, la inquietud prevalecía entre los mayores. Thyrsá e Ixhian se miraban de vez en cuando preocupados, extrañados de que el abuelo tartamudeara nervioso, durante la cena.

Ya entrada la madrugada, el abuelo les contó sobre la importancia que se le daba en el Powa al ciclo de los Nocturnos, como se denominaba la festividad dedicada al tránsito que une la vida con la muerte. Nuestros jóvenes le oían abstraídos, dejándose llevar por sus palabras, pues nunca antes habían presenciado tanto protocolo en el abuelo. Aunque puede que también ayudasen a ello, los reflejos del fuego sobre su rostro, lo que le configuraba de un aspecto sobrehumano y extraordinario. En un momento de la narración, Latia levantó la mirada, dirigiéndola hacia la ventana y el abuelo se percató de que algo extraño sucedía. Situándose rápidamente en pie, avanzó hasta el cristal, intentando observar que ocurría tras él. Seguidamente hizo señas de que apagasen las luces e incluso madre, se apresuró en amortiguar la luz que surgía de la chimenea, anteponiéndole una tela negra. Tan solo quedó la llamita azul que ganó presencia en la sala conforme se sumieron en la oscuridad.

—Ha cruzado una sombra —manifestó madre mirando hacia el exterior, mientras Mó pegaba su cuerpo asustado al de Ixhian.

—¿Estás segura? —madre Latia no le respondió, limitándose a decir:

—No preocuparos, ella nos hará invisibles. —Haciendo referencia a la llama que surgía de la pequeña lámpara.

Y en eso que volvieron la mirada atónita y estupefacta hacia la ventana, Thyrsá no pudo impedir abalanzarse aterrorizada sobre Ixhian, mientras Latia se volvió hacia ellos enfadada, llevándose el dedo índice a sus labios y haciéndoles señas para que guardasen silencio. El cristal se había empañado por el frío, sobre el vidrio se traslucían figuras tortuosas y retorcidas, que se estampaban de forma confusa desde el exterior.

—Agacharos y ocultaros —dijo Latia balbuceando.

—Los muertos nos buscan —agregó escuetamente el abuelo, a la vez que se le escapó un grito a Thyrsá.

El abuelo avanzó deslizándose a ras del suelo y muy lentamente corrió el visillo que apenas ocultaba el cristal de la ventana. Luego ya en pie, atrancó la puerta de entrada con un enorme tronco. Latia mandó subir a los jóvenes hasta el desván, donde arropados y temerosos pasaron la noche sin poder pegar ojo.

Nunca supieron que sucedió en el piso de abajo, ni yo soy nadie para relatarlo. Pero cuando las primeras luces del día, penetraron a través del tragaluz del tejado, supieron que lo peor ya había pasado. Con cuidado descendieron por la estrecha escalera de mano, el abuelo y Latia mantenían abierta de par en par la puerta de entrada, ambos presenciaban la salida del sol.

—Preparaos niños, iniciamos la partida. Aquí ya no queda nada más por hacer —los recibió gritando Latia.

[17] Segunda luna del otoño y penúltima del año.

[18] El Bosque Powa en el sur de la isla, albera dos grandes comunidades; El País de la Roca para los hombres y Casalún para las mujeres.

[19] Los Nocturnos del Aíte Mor o el Both, la semana de los muertos.

VIII - Thyrsá
Camino al Valle de Tara

Un apuesto caballero se ha unido a nosotros. Llevamos dos días de marcha y me quedaría aquí, en este momento de mi vida, para siempre. Si le diesen a elegir a una no avanzarían los años, y haría este camino junto al niño Ví, eternamente.

Montamos ambos sobre Dulzura, mientras los días pasan a ser predominio de las nubes y de un constante aguacero que no nos abandona. Más yo me aferro con verdadera efusión a la cintura de mi caballero y así me siento una sola con él, constituyendo ambos un solo cuerpo. Estoy enamorada, locamente enamorada.

El caballero Gris se une a nosotros, es un tipo simpático que va extrañamente vestido, aunque deje entrever alguna que otra sombra abatiéndole el rostro. Conversan nuestros preceptores cabalgando algo adelantados, mientras nosotros nos rezagamos a conciencia, no obstante el abuelo se vuelve de vez en cuando, asegurándose de que le seguimos la pista. Desde aquí observamos como frunce el entrecejo, mientras el caballero Gris no para de hablar, narrando las experiencias percibidas a través de sus variopintas travesías. Es fácil deducir por nuestra parte que un asunto trascendental y apremiante, ha despertado el recelo en nuestros mentores. Acelerando la partida y el abandono de nuestro apacible hogar en el altozano, sin ofrecernos la posibilidad de intervenir, ni opinar sobre una decisión de tan atrevida trascendencia. Ya en el camino, eso sí, nos dejan disfrutar del viaje a nuestras anchas, envueltos ambos por un halito rosado y sin más preocupación que cubrirnos de las rachas de lluvia y un gélido viento, que de vez en cuando nos sorprende.

Han pasado dos meses desde que iniciamos la partida y por nada del mundo cambiaría este presente, ni por todos aquellos momentos irrepetibles vividos en el altozano.

Allí quedaron subscritos mis primeros besos y mis primeros arrebatos apasionados, frutos del deseo y del entusiasmo de una joven enamorada. Con él he aprendido a fluir, aparcando el peso y la desolación que supuso, dejar partir a mi hermana.

Encontré al fin una familia donde refugiarme, aunque de vez en cuando se manifestase el fantasma de Mamá la yaya, deambulando entre las ruinas de Vania para recordarme que su alma, aún habitaba allí.

Supe al instante de verlos llegar, que este sería el núcleo familiar en el que me sustentaría durante el resto de mi vida. Quiero a madre Latia con locura, a pesar de sus delirios y lo difícil que a veces me resulta soportar su carácter dualista. Sin embargo y a pesar de ello; en el espejo de su alma me reflejo como mujer, ya que aún y a pesar de sus desmanes, conserva una permanente presunción femenina.

Evoco ese tránsito, ese camino con mi amado, los momentos más dichosos y afables donde ambos olvidamos todo tipo de temor y duda. Muy detrás queda la casita del altozano, sus ruinas y los bosques de Hersia, para ello ha sido necesario dar un largo rodeo, evitando los parajes brumosos y salvajes. Desde el cruce de caminos, hemos atravesado la triste tierra de los Marjales, un sendero evitado siempre debido a lo inhóspito y desapacibilidad del terreno. Nos dirigimos hacia el encuentro con el paso de Lara, una garganta sumergida entre las altas montañas que conforman la cordillera de las Díalas, sorteando así sus escarpadas cumbres y desfiladeros. Tras el largo recorrido por el corazón de las Díalas se alcanza una sorprendente pradera, en cuyas orillas se baña el primero de los siete lagos de Conanza.

El oscuro y frío invierno va dejando paso a un clima más suave, pues conforme avanzaba el ciclo lunar de los Fuertes Vientos[20] , más nos adentramos en la primavera. Él me rodea con sus brazos, mientras una corriente helada cruza el paso de Lara. Avanzamos y la superficie de la montaña se anega de un mar de campanillas blancas, inclinadas a merced de su peso y mesura. Desde la pradera se divisa un paisaje imposible de dibujar; mezcolanzas de contrastes y tonalidades se reflejan, originando que todas sus discordancias se perfilen y esbocen simultáneamente, brindándonos así un espectáculo visual irrepetible.

Nos han dejado a solas por un breve intervalo de tiempo, retozando sobre la frondosa ladera. Abajo, aquellos que necesitan de calor y comida, rodean una pequeña hoguera, desde aquí arriba se les ven dialogar acaloradamente entre sí.

¡A quién le puede importar cuánto suceda en el mundo! Me quedaría aquí abrazada a mi amor por toda la eternidad, poco me importan las flores, ni la necesidad de alimentarme, ni los lugares hermosos de la tierra, ni siquiera era esta luz mortecina y brillante que se refleja con impertinencia sobre el lago; tan solo Ixhian me importa, tan solo Ví, mi amor.

El Valle de Tara[21] debe hallarse cerca de nosotros, por lo que se decide pasar la noche y acampar a orillas de este hermoso lago, donde las cumbres nevadas de las Díalas se proyectan sobre sus aguas cristalinas. Y yo le besaré una y mil veces, hasta que mis cabellos aniden en los suyos y el sabor de sus labios no contenga diferencias con los míos.

—¿Visteis un espectáculo semejante, Ví? —le pregunto abrazada a él, mientras las luces anaranjadas del ocaso se filtran entre las montañas.

—No me preguntes eso Mó, tú sabes que viví desde pequeño entre luz y oscuridad, nunca estuvo al alcance de uno tanta abundancia y hermosura; ¿Y tú? —me devuelve la pregunta, mientras mantiene su mirada puesta en el ocaso.

—Lo mismo te digo amor, ya lo sabes todo de mí. Siempre viví al borde del altozano en Vania, sobre sus viejas ruinas. Y mi único camino frecuentado, fue aquel que transita desde Vania hacia Jissiel.

—¿No te preguntas quienes somos en realidad? ¿Por qué nos sucede todo esto? Jamás pensé que podría existir un lugar, donde uno mira al frente y no sabe el punto exacto donde poner su mirada.

—Pues ponla en mí amor, mientras puedas dirígela hacía mí. —Y haciéndole girar el rostro, le besé con una pasión incontenida…

El Caballero Gris y sus mil historias

El Gris aprovecha para enseñarnos cómo levantar un refugio, tal como se hace en la tradición del Nómada, haciendo referencia sobre las largas estacas que porta a ambos lados, de su extraño caballo llamado Cabalganieblas.

—Son las varas de Aral, es el signo de mi orden y de todo buen caballero errante. No significa más que aquel quien las carga, no posee hogar ni patria, y que en cierto modo se halla condenado a vagar de un lado a otro, sin destino ni rumbo fijo. Es y ha sido nuestro salvoconducto para poder caminar en libertad. Era la primera vez en todo el trayecto que el enigmático personaje se dirige a nosotros, obviando la figura de nuestros mentores.

Sentándonos alrededor del fuego, la noche oscura y fría transcurre velozmente, escuchando viejas historias en boca del Gris, que no para de hablar en ningún momento. Departiendo con nosotros las maravillas y los prodigios vividos a lo largo del nómada, que era el nombre con el que se identificaba la orden y las experiencias percibidas en su camino.

—El nómada no significa más que la sabiduría y cuantos conocimientos vamos atesorando a lo largo de nuestra vida —añade el abuelo.

Y por primera vez oímos mencionar a las tribus del norte, la raza de los mowai y de los fieros abdul. Nos cuenta de una pradera donde una se pierde y halla el anhelo, llamada la Arami, la puerta de la esperanza; también de la selva del Urbian, el País del Quicio y de la singular Urshulá, la ciudad de Melodía, protegida por sus valerosas guerreras tukumanas. Dándonos la sensación de nacer en un mundo nuevo y distinto, que nada tenía que ver con la calma de Hersia ni su altozano.

Junto a nosotros, disfrutan de lo lindo madre Latia y el abuelo Arón, que se les ve dichosos, oyendo las palabras surgidas en boca del Errante, dejándolo relatar a su aire. Sin apenas interrumpir su extensa y a veces cansina narración, oímos por primera vez hablar de las blancas arenas de playa Nardos y del mar del Estío en Mirás, y cruzamos nuestras miradas a un mismo tiempo, pues aunque siempre nos habíamos hallado cerca, nunca vimos el mar. Entonces Mó promete llevarme y descubrir juntos esa inmensa llanura de agua, donde según se cuenta; el horizonte se convierte en una elevación ondulante salpicado de espuma blanca. Luego, tras un inciso nos habla de la batalla en playa Arenas donde se sellaron las pautas que conforman el nuevo mundo, narrando este episodio con mucha pena en sus ojos. El Errante parece haber surgido de un cuento, su rostro es lánguido y caído, la dentadura algo notoria y sus cabellos dilatados se enmarañan como una selva. Es un Nómada y se encuentra aquí, en este mundo, principalmente para describir y dar testimonio.

El abuelo aporta un cesto cargado de manzanas que devoramos con avidez, luego tumbados alrededor del fuego, pasamos la noche soñando que transitábamos por lugares lejanos e inhóspitos. Hasta que en un momento dado, siento a Ví abrazarme y refugiarse pegándose a mi cuerpo, quedando ambos enlazados y profundamente dormidos.

El amanecer de ese día es sin duda el más hermoso de la tierra y entre las lejanas montañas se deja traslucir la luz dorada de la mañana. El abuelo Arón y madre Latia elevan sus plegarias a orillas del lago, sin advertir que desde el suelo y bajo las mantas, somos testigos del rito. Más tarde refrescamos nuestros rostros en el agua del lago, a la vez que desenredo mis cabellos, al resguardo de la hoguera que aún se mantiene encendida. El Gris me ofrece una infusión que según dice vigoriza el cuerpo y despeja la mente. Nace un día más y cierto tono purpúreo se refleja entre las grietas y escarpados de las altas montañas, matizando sombras y penumbras en algunas zonas del lago y sin embargo… sobre las cumbres más altas resplandece en lontananza, el esplendor de una limpia y blanca nevada.

Pasados ya los tres meses de camino, al fin cruzamos El Cordón de la Díala, que no es más que una empalizada compuesta por una espesura retorcida. En principio, la carencia de espacio entre los árboles imposibilita un rápido avance, siendo realmente impracticable, abandonar la insignificante senda que retorcidamente se adentra en el bosque. Pasadas unas horas, los árboles negocian su propio espacio y poco a poco la floresta se va despejando. En un momento de la tarde, el grupo lanza un grito de sorpresa y asombro, ante la presencia de una manada de nóveles cervatillos que cruzan velozmente ante nosotros y en dirección hacia una loma elevada y abierta, desde donde se puede observar un cielo tremendamente azul.

Al día siguiente el paisaje cambia considerablemente, alcanzando los llamados Campos de Daflor, siendo pues la bondad de la madre tierra y sus frutos, cuanto se nos revela ahora. Nada malo puede surgir de este lugar, la fragancia del tomillo anega la campiña, los retorcidos robles quedaron muy detrás y ante nosotros, se extiende una dehesa conformada por alcornoques y frutales, que hallándose en flor; muestran un estallido de variopintos colores. Todo reboza en piedad y misericordia; la primavera debería permanecer siempre sobre la tierra, pensé. Deberíamos reivindicarla para que pasase a ser la estación natural del hombre.

A partir de ese momento del viaje, nadie se atreve en mencionar palabra alguna, ya que ninguno de nosotros desea interrumpir la magnitud que nos rodea. Era como si el sonido y la vibración que surgen del Valle lo envolvieran todo y no existiese la necesidad de comunicarnos. Bajo un roble milenario, encontramos diversos víveres y frutos a nuestra disposición, invitando a refugiarnos y a hacer un alto en el camino. Entre sus prominentes raíces, se levanta un pasillo que penetra hacia el interior del mismo. El abuelo nos recomienda pasar la noche bajo el árbol, que resulta ser como una pequeña caverna. Un manantial brota junto a sus raíces, por lo que aprovechamos madre Latia y yo para darnos un buen baño, en una cuba de madera que parece dispuesta para dicho menester. Entrada ya la noche recogemos el lugar, tan rápidamente como podemos, y entre risas y bromas dejamos entrar a los hombres que aguardan desesperados e impacientes, poder asaltar la sabrosa cena que nos aguarda.

La llegada al Valle de las Estrellas

Al despertar en el nuevo día, un enorme venado se asoma imponente, sobresaliendo por la delgada línea que marca el horizonte. Era el Magna Anta, la presencia más antigua del bosque que nos recibe y otorga el consentimiento para acceder al Valle.

Dejamos atrás los campos de Daflor y sus frutales, dando entrada al Valle de Tara, uno de los lugares nobles de la isla. Conforme descendemos, las huertas y sembrados van ganando lugar. Cercados y acequias nos señalan por donde proseguir y los naranjos al borde del camino, nos brindan el perfume del azahar. El viaje toca a su fin, suponiendo ello, la separación de Ví, mi amor. Ahora cada uno de nosotros tendrá que enfrentarse a una nueva forma de vida. El abuelo y Latia han decidido sobre nuestro futuro, quedando ahora, un largo trayecto por delante, comprometiendo una ardua y dificultosa formación.

Reconozco a la dama que nos aguarda, justo a la entrada de lo que parece ser un pequeño poblado. Es la simpática asistenta que me acompañó en el día de la muerte de Mamá la yaya, la reconozco al instante, ya que su cabello rapado no da lugar a dudas y miro si aún mantiene la ornamentada trenza oscura que llamara tanto mi atención. Efectivamente la trenza le cae sobre los hombros, superando incluso su cintura. Carita de porcelana, piel exquisita, delgada y alta de estatura.

Se halla al inicio de una calzada empedrada, justo donde concluye el camino de tierra y arcilla. Apeándome de Dulzura, me coloca una diadema rosada alrededor de mis cabellos y un precioso collar de orquídeas blancas, colgando sobre mi pecho.

—Bienvenida a Tara, la tierra de tu primavera.

Quedo atónita sin poder responderle, impresionada por las agraciadas doncellas que la rodean. Latia baja del caballo y besa a la joven en la frente, mientras esta se inclina ante ella. Entonces caigo en la cuenta, de que realmente desconozco a la persona que me ha cuidado y con la que he convivido los últimos años de mi vida.

¿Quién era en realidad Latia? ¿Qué relación mantenía con esta tierra?

La observo, advirtiendo el cambio producido en su aspecto desde la salida de Hersia y a pesar de haber soportado tan largo y fatigoso viaje, camina erguida, e incluso percibo la sensación de haberse rejuvenecido. Ahora debo montar sobre la yegua Dulzura y hacer la entrada al Valle acompañada solo de mujeres, así lo manda la costumbre.

[20] Primera luna de la primavera y cuarta del año.

[21] EL Valle, adherido en su conjunto y por la zona sur al Bosque Powa, conformando un único ecosistema.

IX -Ixhian
La llegada al País

Ixhian monta sobre Sumo, compartiendo el bello caballo azabache con el abuelo. Preferían que Thyrsá hiciese la entrada en solitario al Valle, sobre la orgullosa y blanca Dulzura, tal como mandaba la tradición; tan solo era una cuestión de géneros.

Desciende nuestro joven del caballo y se adelanta hasta Thyrsá que se encuentra junto a la agraciada Asia, besándola y aguardando una palabra que no llega. Con el corazón acongojado intenta disimular su turbación. Él sabe que de momento la historia hace un receso y la niña Thyrsá se ha de incorporar a Casalún, en donde habrá de formarse y pasar los próximos años. En esos instantes de incertidumbre, la mujer más hermosa de la tierra, se marchaba coronada por una diadema de flores rosadas, y cuando menos se lo esperaba nuestro joven, volvió su rostro ausente y dispuso su mejilla en espera de recibir un último beso. Hasta que definitivamente, la niña se decide por unirse al grupo de muchachas, emprendiendo la bajada hacia el Valle. Madre Latia le ofrece una toga de piel al joven para que se arrope durante la travesía.

—Arrópate y no cojas frío, mi niño. Ahora comienza tu historia, hemos pasado un tiempo de lo más hermoso, compartiendo nuestras usanzas y rutinas. Toca despedirse por un tiempo que deseo, no se prolongue en demasía. Continuaremos cada uno por nuestro camino, así es la vida; encuentro y despedida, tal como dice tu abuelo —hablaba sonriendo—. Deberás ser un gran hombre y para eso necesitas forjarte y endurecer ese carácter mantecoso que todavía se conserva en ti. En suma hijo mío, aprende a conocerte y a tener fe en ti mismo, que es sin duda lo que más importa en la vida de uno. Adiéstrate y prepárate para lo que ha de venir, y que dicho sea de paso; intuimos el abuelo y yo no será nada fácil de afrontar. Llévate mis bendiciones y todo el amor que te he podido ofrecer, aunque ni que decir tiene que te hubiese dado mucho más.

—Cuídate madre, cuida de Thyrsá, nos volveremos a ver pronto, supongo…

—Y no te preocupes por tu niña que estará bien cuidada, déjanos hacer a nosotras. Lo demás que decirte… esta tierra y sus habitantes necesitan de gente como vosotros, entiéndelo. Ningún camino llano y sin recodos atrae a los valientes. La vida es misteriosa y seductora a su vez. Vívela así y nunca des nada por concluido, pues ten en cuenta que a nadie más que a tu madre le duele esta separación —diciendo esas palabras, madre Latia se marchó junto a Thyrsá, rodeada por al séquito de jóvenes muchachas y emprendiendo a pie el camino de bajada hacia Casalún.

En esos momentos Ixhian, aún era muy joven para entender cuanto acontecía a su alrededor, pues apenas había sucedido el tiempo desde que dejó la Sidonia y la oscuridad en la que creció. Quedó nuestro joven como paralizado y sin fuerzas para ni tan siquiera, poder montar sobre Dulzura. El abuelo y el Gris le observaban inmunes sin querer intervenir. Hasta que el Cabalganieblas, el caballo mágico del Gris, comenzó a vaporizar y el camino empedrado fue deshaciéndose a la vista, Thyrsá volvió para mirarle por última vez y entonces una profunda niebla cubrió el Valle.

Habían pasado casi cuatro meses desde que abandonaron Vania y ahora el destino dirigía sus pasos hacia el País de la Roca, la casa originaria del abuelo, un lugar poblado en leyendas. Después de casi dos años colmados de plenitud y regocijo; viviendo más cerca del cielo que de la tierra, se desplomaba cayendo hacia un vacío inexplorado. Quedaba solo y sin ellas; las mujeres que de una manera u otra le habían sostenido. Llegaba a un mundo forjado por hombres al igual que en la Sidonia y eso le inquietaba profundamente, produciéndole cierta desazón, pues se había hecho a la dulce y apacible presencia femenina. Quedaba a merced y bajo la custodia de un extraño, aunque fuese este la persona que le apartara de la oscuridad y le ofreciera la posibilidad de una nueva existencia. A pesar de todo ello y desde el fondo de su alma, sentía que el abuelo le era un total desconocido. Aunque, por otro lado, deseaba demostrarle su gratitud y probarse a sí mismo, pues comenzaba a correr por sus venas sed de acontecimientos y aventuras. Anhelaba convertirse en alguien importante y llegar a ser como el abuelo o el brujo Dewa. Tener la posibilidad de vivir una vida propia y poder así recorrer el mundo.

Se introdujeron en el interior del Bosque Powa, cruzando multitud de retorcidos senderos y dando la sensación de entrar en un laberinto sin final, donde un penetrante olor a hinojo y enebro, le invadían los sentidos. Riscos y grandiosas vetas de piedra, emergían súbitamente de la tierra, arropadas por plantas trepadoras que ocultaban peligrosas pozas de agua. Un lugar virtuoso en el que los árboles y sus sombras atesoraban el tesoro de un conocimiento inaccesible para el resto de los habitantes de la isla.

Llegaron a un claro encubierto y rodeado por tejos centenarios de raíces retorcidas, en donde confluían varios senderos. Una enorme barca de piedra, ofrecía en su interior el agua que manaba de un manantial y en donde su sutil vibración, no superaba las paredes del contenedor de piedra. El abuelo bebió primero, ayudándose con la palma de la mano, seguidamente le imitaron el Gris y nuestro joven. En la profundidad del estanque, se manifestaba un diverso ecosistema vegetal en donde jugaban a esconderse pequeños pececillos de plata, entre plantas acuáticas y piedras de colores.

Pasaron un par de días inmersos en el interior del Powa, sin apenas cruzar palabra alguna. Hasta que al fin se decidieron por acampar bajo unas colosales ruinas, resguardadas por la sombra de los robles y del musgo. El abuelo Arón mandó al joven a buscar leña y encender el fuego, mientras que el Gris no le perdía de vista, a la vez que levantaba su particular campamento.

—Esta noche la pasaremos bajo el refugio de la fortaleza de Ínsula, y ya mañana, pasado el mediodía, alcanzaremos el País, pues se dice que es de buen augurio entrar en la Roca, al atardecer —dijo el Gris.

Ixhian se mantenía sentado sobre la toga que le proporcionara Latia, masticando un trozo de pan endurecido, mientras se sumía en la nostalgia. Recordaba a la niña Mó, a la que echaba mucho de menos. Hacía tan solo unas horas que se habían separado y ya se le hacía insoportable su ausencia. El fuego iluminó la noche, y las estrellas se dejaban ver pretenciosamente bajo el cielo. Las viejas ruinas les hablaron de otros lugares, de un tiempo perdido plagado de personajes insólitos, nacido de las fábulas y las ficciones.

—La vida del hombre es similar al río que desciende, sin que nada sea capaz de interrumpir su corriente. El agua no se detiene nunca, continúa bajando y sorteando pacientemente sus trances y dificultades. Mientras nosotros actuamos inversamente al río, sin saber dejar atrás nuestros apegos ni compromisos y con un tremendo temor a deshacernos de ellos ¡Cuán difícil es navegar solos y en libertad! ¡Cuánto nos cuesta desprendernos! El transito es corto y apremia, dedícate a reflexionar en ello, hijo.

Ixhian, se hallaba fascinado oyendo las palabras del abuelo que parecía realmente inspirado, mientras el Gris permanecía callado, como si no estuviese mirando al cielo y tumbado sobre la hierba.

La Roca

Ascendieron al País de la Roca a través de una enorme escalinata de piedra, cubierta en su totalidad por una alfombra vegetal que rodeaba la gran montaña, al abrigo de unos cedros altos y majestuosos. Musgos y líquenes componían el resbaladizo pavimento de la Escalada de Roa que aparecía y desaparecía, cubierta por una gruesa capa de sustrato vegetal. Afortunadamente sus peldaños eran lo suficientemente anchos para que nuestros caballos, pudiesen acceder sin dificultad hasta la cima. El pueblo de la Roca se hallaba abrigado y protegido por una especie de celaje azulado que parecía sostenerlo entre las nubes. Antes de llegar a la cumbre, el abuelo torció hacia la derecha señalando hacia un mirador natural, desde donde se podía presenciar el Powa y su selva, en toda su magnitud. Un viento tremendamente húmedo arrasaba la montaña, calando la piel y los huesos, dando la sensación de no llevar nada puesto.

Desde aquellas alturas, se apreciaban unas enormes y picudas piedras que señalaban el borde de un camino, sorprendiéndole la posición horizontal de las rocas. Aunque al instante de percibirlas, se diera cuenta que establecían una perfecta composición con el paisaje, manteniendo un sorprendente equilibrio entre los árboles y la montaña.

Gigantescos peñascos de roca oscura, dibujaban el contorno del círculo que se asentaba en lo alto de un cerro llamado la Mesa de Tinda. Era una vista única, incomparable a cualquiera de las que hubiese presenciado con anteriormente y que obviamente le hacía recordar el altozano de Vania. Sin embargo a diferencia de este, la altura aquí era tan privilegiada que el bosque entero no cabía en su mirada, mientras que desde el altozano casi se podían rozar las ramas de los árboles con las manos. Al fondo y en una lejana montaña, se divisaba lo que antaño debiera de ser una gran fortaleza o castillo, y en lo más alto, justo tras ellos y al borde mismo de la más grande de todas las montañas; suspendido como si fuese un cuento de hadas, se abría la Roca, el misterioso pueblo de los magos.

Oscurecía la tarde, por lo que se dirigieron apresuradamente hacia el poblado, mientras el camino se volvía animado y concurrido. Alguien les cerraba el paso a la entrada de la aldea; era Dewa, el loco de la Nanda que larguirucho y mal doblado, como un clavo torcido, les aguardaba en medio del sendero. Tras él, permanecía Noru, el garante de la Roca, conocido como el último gran mago. Todos quedaron en silencio, la oscuridad reinaba sobre la selva, comenzaron a replicar las campanas en el blanco campanario de la Roca y nadie se atrevía a decir nada… hasta que el brujo Dewa rompió un dilatado y sostenido silencio.

—Habéis tardado una inmensidad en traerme al niño, ya salía a buscaros y a decir verdad, llegáis justo a tiempo para la cena. Lo teníais previsto ¿verdad? ¿Creíais que no me daría cuenta? Pues vamos que la mesa se halla dispuesta ¿Habéis cuidado bien de mi chico?

—Calla viejo loco, apártate y déjanos continuar —le grita el Gris.

—¿Cómo te va fuera de la cueva, niño? ¡Vaya si le ha salido barba! —hablaba sin detenerse, a trompicones y nervioso, sus ojos traslucían ironía y sarcasmo a la vez.

—Sobreviviendo a estos —le contestó Ixhian con cierta picardía, echándose a reír el Gris y el abuelo.

—El abuelo no es más que un viejo chocho y el otro es un chiflado que se no calla nunca —contestó Dewa.

—Desde que se quedara solo y sin su amada, no para de quejarse. Se la quitamos por un rato y ahora le toca hacerse un hombre, entre hombres —replicó el abuelo.

—Es cierto hijo, haz caso a tu abuelo, que muchas mujeres hablando juntas y a la vez, fatigan al más poderoso de los caballeros. No te convenía aquello. Bienvenido seas al círculo de los varones locos, la mesa está dispuesta así que apresuraos que os aguardan con impaciente curiosidad y desesperación, una panda de desquiciados.

—¡Esa lengua viejo! Cualquier día te buscas un disgusto —le vociferaba el Gris.

—Bienvenido seas a mi casa y ahora tu nuevo hogar, joven Ixhian —dijo el abuelo, mientras desmontaba de Sumo y abrazaba a Noru que se había mantenido al margen y en silencio.

—Ven hijo, desmonta de la yegua y acompáñame hasta la Roca. Así lo exige la tradición.

Sorprendiéndole el delicado tono de voz de Noru, marchó junto al más pequeño en estatura de los tres magos, pero el más grande de corazón. La aldea colgaba literalmente al borde de una gran montaña y sobre ella se percibía un sorprendente salto de agua que caía en forma de torrente. El sonido de la catarata era atronador, llenaba todo el espacio.

—Ese es el salto del Ánima y su hijo es el Sión, el río que nace de las altas cumbres. Aquí se guarda todo nuestro saber. Cuida con mimo de cada uno de tus actos, ya que esta tierra que pisas es sagrada. El espíritu de la isla habita en esta montaña y en el agua que cae de ella. La isla de Erde no sería nada sin este río, este elemento que otorga la vida y a su vez se la lleva… Este es el porqué de nuestro pueblo, los encantados; la orden que guarda y venera el Powa, padre y señor de todos los bosques. Siempre hemos estado aquí, escondidos y furtivos de la razón y lo ordinario, velando y viviendo a la sombra de la montaña. Sirviendo a su sangre que es el Ánima —hablaba Noru muy despacio y con delicadeza, pronunciando cada sílaba a conciencia, mientras el abuelo le aferraba del brazo.

—No comprendo nada de cuanto me dices mago Noru, acabo de llegar y supongo que tardaré en hacerme a todo esto, soy bastante lento en asimilar. Es muy diferente a como lo imaginaba, aunque este paisaje parezca haber surgido de uno de los libros del abuelo.

—Conoces mucho más de lo que crees hijo, no te hagas el humilde, aquí no te hace falta. No te preocupes por nada, te curtirás y madurarás lo suficiente, nosotros nos encargaremos de ello. Comenzaba a lloviznar, por lo que Noru se cubrió su cabeza rapada con parte de la túnica.

—Desde la opacidad, nos toca pulir y sacar brillo a esa luz que lucha por salir al exterior. Tenemos que darle la forma y asegurarnos de que toma la dirección correcta —intervino el abuelo, aunque no entendiera el joven sus palabras, pues daba la sensación de que sus embrolladas frases, constituían acertijos o ciertas adivinanzas.

—¿Cuándo volveré a verla? —le preguntó Ixhian.

Manteniendo su semblante inerte y sin moverse no le respondió, pues daba la sensación de haberse solidificado. Como si estuviese esculpido en piedra, miraba absorto hacia el Ánima, mojándose y contemplando caer el salto de agua.

—Le llaman el salto del Ánima, siempre estuvo aquí y siempre estará… —esa fue la contestación del abuelo hablando para sí y obviando su pregunta, por lo que no volvió a sacar a relucir el tema.

Se acomodó junto al Gris en una choza redonda de piedra y adobe. En principio, le daba la sensación de que su compañero era un hombre de carácter taciturno y de poca conversación, nada más lejos de la realidad. Su cabello le caía en forma de gruesas y retorcidas trenzas sobre los hombros y su escuálido pecho era adornado con collares de hueso y colmillos. Aunque era un nómada errante, a nuestro joven le parecía más bien un personaje salido de un linaje mucho más primitivo. Se reflejaba en él un soplo de las tribus indias del norte, tal como se representaba en los grabados de los libros del abuelo. Sin duda que el Gris debería pertenecer a una raza de origen muy antiguo y remoto, pensó Ixhian.

Se mantuvieron en silencio, mientras organizaban sus escasos enseres en el interior de la cabaña. Aseándose en un cobertizo contiguo, en el que caía un formidable caño de agua helada que les hizo expresar barbaridades, al mojarse.

Pasada la tarde, marcharon para la cena y allí lo volvió a ver de nuevo; de baja estatura, mostacho oscuro y grueso pero bien definido, cabeza limpia y brillante sin un solo cabello, voz dulce y afeminada, amable e intensa a la vez. Frente a nuestro joven, se encontraba Noru, cuyo nombre significaba algo así como «el rayo en la tormenta».

La última leyenda de la orden encantada y «el último de los magos», compartieron mesa, dedicándole a nuestro muchacho palabras de ánimo y consuelo. A su alrededor, se sentaba una gran comitiva de presumidos encantados que vestían de manera coloreada y llamativa, los cuales discutían en voz alta, sintiéndose nuestro joven incómodo, ya que no le quitaban los ojos de encima. La cena le supo a gloria, pues ya ni recordaba lo que era una comida decente; una sopa de hortalizas, pescado asado y algo de jabalí.

Concluida la cena y retirados los comensales, se dedicó nuestro joven a recorrer e indagar las callejas de un poblado, iluminado bajo unas mortecinas luces amarillentas. No habitaba ninguna mujer en el País de la Roca; ya que al igual que Casalún era un lugar destinado y dirigido exclusivamente hacia lo femenino, así lo era la Roca para lo masculino. Ambos lugares se mantenían bajo el imperativo y la custodia de una vieja ley, de la que apenas había tenido tiempo de oír; la llamada Ben Ziryhab.

El abuelo se quedó junto a Noru y Dewa, hablando animosamente los tres. Se oían tambores en las cercanías, por lo que prosiguió paseando, dejándose llevar he intentado descubrir de dónde provenía dicho alboroto. Alcanzando el extremo opuesto de la aldea, se agrupaba un grupo de jóvenes que vestían ropajes exiguos y desteñidos, lo que inmediatamente le trasladó al mundo de la Sidonia. Sentados sobre las piedras, tocaban una especie de bombo o tambor que mantenían sujeto entre las piernas. De fondo impresionaba el impetuoso estruendo del Ánima, acompañado de gruñidos y aullidos, procedentes de animales salvajes de la montaña. Se mantuvo entre ellos, saludándolos y recordando los viejos tiempos de la Sidonia, hasta que un anciano dio el aviso de que había llegado el momento de retirarse. Por lo que nuestro joven se dirigió de nuevo hacia la aldea y haciendo caso omiso al vigilante, continuó paseando e inspeccionando el lugar.

El País de la Roca era un reducido poblado, compuesto por unos pocos y estrechos callejones, donde pocos edificios sobresalían. Tan solo un par de ellos presentaban unas dimensiones realmente importantes. Debía de ostentar la Roca, menos población incluso que la vecina Astry en Hersia. Calculando que no debiera de alcanzar, ni tan siquiera el número de cincuenta habitantes. Percibió un pozo de piedra, curiosamente labrado que se hallaba justo en el centro de la plaza, y el cual le había pasado inadvertido en su llegada. En el interior del pabellón comedor, se traslucía la luz y aún se oían voces. Apoyando su cuerpo en la pared del pozo, se quedó observando los viejos y humildes edificios que se levantaban rodeando el hemiciclo, sobresaliendo como si señalase al cielo, el blanco campanario.

La voz de Bhima

—Si hablas dentro del pozo tu voz se escuchará en Casalún—. De un salto se volvió asustado, ante la inesperada voz que sonaba tras de él.

—¿Quién diantres eres? Menudo susto me has dado.

—En este lugar no tienes enemigos… aquí somos todos amigos, no te alteres hijo. Soy Bhima, padre de Thyrsá, creo que aún no hemos sido presentados. —Dispuso de su mano derecha abierta sobre el pecho, en señal de presentación y seguida de una ligera inclinación corporal.

—No me habló bien de ti —respondió Ixhian instantáneamente y sin percatarse de lo inadecuado de su respuesta.

—Vaya, pareces bastante espontáneo y sincero a su vez, cualidad o defecto según se mire; cuida de tus palabras como si fuesen un tesoro, hijo. Aunque de seguir así, te aseguro que te proporcionarán algunos dolores de cabeza.

—Disculpa no pretendía importunarte, me salió así, sin pensarlo… —Levantando la mano, le interrumpió el caballero.

—No importa hijo, la franqueza es un lujo en estos tiempos. Además nunca fui un buen padre, por lo tanto bien ciertas deben ser las palabras de mi hija. Aun así, y proviniendo de Thyrsá, no dejo de reconocer que sus palabras suponen una espina que se clava muy dentro de uno.

Paseaba envuelto por una suntuosa capa amarillenta de dorados bordados, bajo la que se dejaba entrever una túnica de raso blanca que resplandecía en la noche. Hombre de baja estatura y algo chaposo, vencido por el paso de la edad. De barba llamativa, tan abierta como si fuese un cepillo, gruesos labios y entrecejo abundante.

—¿Decías que si hablo en la boca del pozo mis palabras se oyen en Casalún?

—Sí, pero tú no puedes hablar, ni tampoco oír. Su sonido pertenece a un código que solo lo pueden interpretar ciertos caballeros llamados Adentores, una especie de versados en la materia. —Frunció Ixhian el entrecejo, contrariado.

—¿Podría algunos de esos caballeros servirme de intérprete?

—El pozo solo se usa en caso de necesidad y no está para chismorreos. Déjala ir Ixhian, ella debe de convertirse en lo que es. No te preocupes demasiado por Thyrsá, te puedo asegurar que tras su delicada piel blanquecina se guarda un volcán. Ahora necesitas espacio para ti, y este es el lugar más adecuado para dicho menester. Volverás a verla, no te preocupes por ello; que la avidez amorosa encuentra siempre su cauce. Fíjate en el Ánima —dijo señalando el torrente de agua—, tan impetuoso y bravo parece en sus primeros impulsos… y quién diría que es el mismo río que atraviesa el prado, colmado de calma y sosiego. No juzgues a quienes no tuvimos elección para ser ni disponer. La mayoría de las veces reprochamos actitudes y conductas ajenas, desconociendo la causa que las originó; otorga una oportunidad a los demás y la misma se te brindará a ti.

—Se dice que estuvisteis en la batalla de playa Arenas, que pusisteis vuestra voz y que con vuestro canto inspirasteis y llevasteis a la victoria al ejército comandador.

—Se dicen muchas cosas Ixhian. Pero lo cierto es que en esa batalla canté más con la espada que con la voz y… ¿quién fue el necio que te habló de victoria?

—Pero eso que cuentan, es imposible que pueda ser cierto Bhima, han pasado casi cuatrocientos años desde el fin de la guerra.

Comenzaba a descender la bruma sobre el poblado, hacía un frío terrible así que Ixhian se arropó lo más que pudo, por nada del mundo deseaba dar por concluida la conversación.

—Te lo vuelvo a repetir Ixhian, se juzga demasiado a la ligera… el tiempo, el concepto del tiempo. Veo que el abuelo aun no te habló del péndulo de la Clepsidra[22] , dejémoslo pasar, no soy tu instructor y no está la noche para prolongarla en demasía, podríamos coger frío.

—Entiendo aún poco de cuanto me rodea, ya se lo comenté a Noru. Aunque reconozco que no he parado de recibir consejos y cierta cordura desde que salí de la Sidonia; presiento que aun así, estoy muy lejos de comprender el mundo en que resido.

—Nunca lo conocerás Ixhian, te lo puedo asegurar. No existe nada cierto bajo el sol y mucho menos en la oscuridad de la noche.

—Es hermosa tu hija —cambió de conversación el joven bruscamente, originándose un prolongado silencio entre ambos.

—Duele —dijo Bhima mirando abstraído hacia la montaña.

—Tu huida, no se debe solo a ella ¿verdad? —Quedó en silencio, eludiendo contestar y manteniendo la mirada, absorta en un cielo que comenzaba a tronar.

—Comprendo por qué te han elegido. Sin duda eres un joven moldeado en otra materia. Vamos, resguardémonos que vienen tormentas y pronto comenzará a llover.

—¿Lo sabrá algún día? ¿Le contarás a ella toda la verdad? —continuó Ixhian instigándole, mientras se retiraban en busca de refugio.

—Son cosas que sucedieron y créeme que es mejor no remover nada; sacudir el pasado supone el resucitar hechos y personas que ya no habitan entre nosotros. Y por lo tanto, supone el enfrentarse a situaciones que uno ya no tiene posibilidad de enmendar. Ojala pudiera volver…

—Siempre huyes y te escondes, de seguro te fuiste abandonando todo cuanto querías. —El viento arreciaba con fuerza y la lluvia comenzaba a barrer la aldea.

—¿De dónde sacas eso?

—Estas a punto de perder a tu hija y ella te echa demasiado en falta, te lo puedo asegurar.

—¡Basta! ¡Por todos los dioses! Detente por favor, el aprendizaje es ahora para ti; tú eres el que debes comenzar ahora. Nosotros tan solo esperamos una conclusión de todo esto.

—Lo leo en tus ojos, algún día tendrás que enfrentarte a tu carga, como yo a la mía.

—¿Me hablas de Thyrsá?

—No, hablo de otra persona, ella aún sigue aquí; te hablo de algo que debió sucederte, no estás en paz.

—No pude hacer nada por evitar la catástrofe, aún pasados tantos años, me pregunto realmente qué sucedió y Thyrsá se parece tanto a ella…

—¿Por eso huyes de Thyrsá, por eso te das a la bebida? Escapas de cuantos rodean tu mundo y de todo cuanto te hace recordar el pasado. ¿No es cierto?

—Huyo por no poder entender. Tú no sabes el peso que supone vivir sin respuestas. Ya te lo dije antes, vivir con el desconocimiento también mata, lo puedo atestiguar… no se lo cuentes, no le hables de esta conversación a ella. Aún no está preparada ¡Júramelo! —Sobresaltado y fuera de sí se aferraba con fuerza a la camisa de Ixhian, mientras vociferaba con rabia ¡Aún no ha llegado su momento!

—No será necesario, lo descubrirá por si sola —le contestó con determinación nuestro joven.

Y dándose media vuelta se dirigió al interior de su aposento, comenzaba a diluviar y ahora sí que necesitaba de un lugar de reposo y calma. El Gris no estaba, por lo que se hallaba solo en la cabaña, multitud de pesadillas le asaltaron esa noche sin conseguir reposar, pues un conocido desasosiego le trasladó a los primeros tiempos de la Sidonia.

Ya en la cena, compartió mesa con los jóvenes que tocaban música en la noche anterior, necesitaba de una retirada y algo de esparcimiento. El abuelo le observaba desde una mesa contigua, sus ojos de búho reflejaban perturbación y desasosiego. En eso irrumpió en el comedor un señor vestido de oficial comandador. Alto y pelirrojo, de aspecto fornido y cubierto por un voluminoso abrigo de piel. Portaba una frondosa y descuidada barba, su descuidado cabello rojizo le sobresalía rebelde, cayéndole sobre los hombros.

—¡Marcelo! —gritó Dewa haciendo multitud de ademanes, para que tomase asiento a su lado. Sin embargo al instante de entrar el militar, se levantó el comedor a recibirlo.

Apresuradamente, el capitán se dirigió hacia la mesa en donde se sentaban los tres magos, saludando a Noru en primer lugar.

—Toma asiento Marcelo, sé bienvenido una vez más a nuestra casa y la tuya, comparte con nosotros estos alimentos, regalos del bosque —dijo Noru, mientras el visitante se mantenía en pie.

—¿Es él? —dijo dirigiéndose a Ixhian.

—Todo tuyo, acabadito de cazar como quien dice —le contestó el Gris pícaramente.

—Haré de él un hombre y un buen combatiente, no dudéis de ello.

—Mide tus palabras antes de pronunciarlas Marcelo, el enemigo se haya acechando y no sabemos desde donde —dijo el abuelo, invitándolo a compartir una mesa apartada y silenciando así sus palabras.

—No debéis preocuparos, Miyard. Las costas están bien guardadas por mis tropas y no hay señal alguna de nuevas invasiones, en la Ensenada reina la calma.

—No viene de afuera cuanto nos preocupa —contestó Dewa, mientras Marcelo le lanzó una mirada cargada de interrogaciones.

—¡Esa boca! ¡Este hombre me mata! —le reprochaba enfadado el abuelo.

Terminada la cena se retiraron los cinco a conversar en un pabellón contiguo. Por lo que aprovechó nuestro joven para salir a pasear, la noche se presentaba fresca y por primera vez desde hacía mucho tiempo, echaba de menos su vieja caverna.

Se hallaba tremendamente desolado, un nudo le oprimía la garganta y tenía ganas de llorar. Bajo una suave llovizna intentó apartarse de todos y alejarse de la aldea.

No conseguía avanzar, la lluvia y la niebla se habían aliado en su contra, así que se detuvo bajo un arco de piedra que daba paso a un sendero llamado Ascensión, el cual llegaba hasta el Ánima y a lo más profundo de la selva. Un pequeño santuario se hallaba justo en el cruce del camino y aunque anteriormente nunca hubiese rezado, esa noche sí lo hizo. Rezó por Thyrsá y madre Latia, dándoles gracias por todo cuanto habían hecho por él. Hundido y profundamente deprimido, imploró que lo llevasen lejos de allí, de vuelta a casa y al plácido hogar en el altozano. Repentinamente se percató que bajo el arco de Ascensión, unos hombres de piel oscura lo contemplaban bajo la lluvia; eran los panteras. La tribu del Ánima lo protegía, y dándose media vuelta echó a correr en dirección de su aposento. Estaba claro que el control de su vida se le escapaba de las manos.

[22] El Péndulo de la Clepsidra, es un concepto del tiempo.

X - Thyrsá
Recuerdos desde el Castillo de la Batida

Despierto, mi garganta me aprieta y siento ahogo. Quiero morirme, he vuelto a soñar con una celda solitaria, me encuentro sola, estoy aislada y no tengo con quien llorar… son los peores recuerdos, aquellos primeros días en Casalún en los que me encontraba tremendamente sola y desamparada.

El fuego continúa chispeando en la chimenea, el mar rompe con fuerza y parece que estas gruesas paredes, se vendrán abajo de un momento a otro. Anette se haya sentada a mi lado, remienda ropa vieja y desgastada hasta que sus ojos la venzan y dé por concluido el día. Espero la llegada de Globa, quedamos en eso; él vendría a por mí llegado el momento, justo antes que la gran ola sepulte la isla y siempre que antes no lo hiciese el comandador. Si tal cosa no ocurriese, yo sería trasladada a la tierra subterránea de Ania, junto al pueblo de los Túmulos. Globa me prometió llevarme lo más cerca posible de la Lunai; la luz que alumbra el corazón del mundo, para cumplir el último deseo de esta vieja condenada.

Intento evadirme, no recordar aquellos primeros meses en Casalún, cuando descubrí que Celeste había partido y que no volvería a verla nunca más. Ese era el golpe del destino que menos esperaba, ya que tan solo la ilusión de volver a estar junto a ella, fue lo único que hizo posible aceptar con cierta complacencia y agrado la despedida de Ixhian.

Apenas había sido consciente del paisaje y los recintos que me rodeaban, era muy avanzada la tarde cuando accedimos al Valle y recibiera la aciaga noticia en labios de la gran madre del sur.

La Sunma Ana me recibió personalmente en sus aposentos, ofreciéndome la bienvenida a Casalún, llevándome la enorme sorpresa al comprobar que era la misma persona que me visitara años antes en el altozano, justo al día siguiente de la muerte de la yaya. Madre Latia estuvo presente durante este primer encuentro, manteniéndose aferrada a mi mano, ofertándome su apoyo y compañía.

Ahora, cuando pesan tanto las edades se entiende el papel imprescindible que jugó madre Latia en nuestras vidas. Si no hubiese sido por ella, nada habría sucedido y todo se hubiese consumado mucho antes. Aún me sorprende que no aceptasen mi dolor y rechazo en la aldea, tras descubrir la ausencia de Celeste. Por nada del mundo quería continuar allí. ¡Odiaba Casalún! Llegué a maldecir todo cuanto representaba esa comunidad, envuelta en ese halo de perfección insuperable. Odiaba su mundo y todo cuanto constituía esa red vanidosa de leyes añejas y retorcidas vanidades. Deseaba volver a mi casa en el altozano y poder recuperar la retorcida costumbre de tirar de mi carromato. Ese esfuerzo desesperado que representaba mi único alivio, pues había aprendido como la ira y el dolor, se dispersaban a través de ese camino.

La llegada del niño Ví, había moderado mi dolencia. Dando un giro mi vida, de tal envergadura que olvidé mis padecimientos. En Casalún, me aseaba y vestía apenas sin ganas, luego paseaba por sus blancas calles y sus jardines sin rumbo fijo. No se me impuso disciplina alguna durante los primeros meses de estancia en la aldea, dejándome campar un poco a mis anchas, para que me pudiese integrar y hacerme al nuevo contenido que llegaba. Al atardecer, rota y sin consuelo, me acercaba hasta la gran acacia blanca, un enorme árbol de más de cincuenta metros de altura a las puertas del Manás[23] , y bajo sus ramas me sumergía en la congoja y el llanto. Absorta por la lírica voz de las cortesanas, me dejaba llevar hacia la nostalgia y el recuerdo de mi joven amor, el único desahogo que me quedaba en el mundo.

Pasó un tiempo y aquella luna de las Flores en primavera, no floreció para mí. Ni tan siquiera la alegre festividad del Elán[24] , consiguió encender mi alma mustia y apagada. Entonces madre Latia solicitó trasladarse y compartir la habitación conmigo, tenía diecisiete años recién cumplidos. Ella cuidó de mí, y de una manera u otra, me devolvió los aromas del altozano y en cierta forma, el esplendor de los días pasados. Latia era la gracia personificada y siempre estaba allí cuando a una le hacía falta. Obsesiva y a veces delirante, fue en ella y en nadie más donde me reflejara como adolescente, la mujer que con su afecto y paciencia esclareciera definitivamente mi horizonte.

Perdí a una madre que nunca llegué a conocer, luego se marchó Mamá la yaya, seguida de Celeste y por último el joven Ví, mi amor. Ahora de nuevo rehacía mi vida junto a una desconocida, pero que sin duda era el único vínculo que me unía al pasado.

Poco a poco con su aguda comprensión y un amor desbordado, me fue sacando de mi ostracismo. Me obligaba a cuidarme, a mirarme y a educar mis modales. Refinó mi conducta y esa joven alocada de espíritu bárbaro y bravío, fue transformándose en alguien que consiguiera, al menos, mirarse a sí misma sin complejos. Luego llegó Asia, la que fuera mi gran compañera en los principios. Bajábamos y paseábamos sobre el sendero de los cantos rodados. Descalzamos nuestros pies, y jugábamos a moldear nuestros andares sobre las impávidas piedras. Enseñándome a modular diferentes tonos de voz, mientras realizábamos lo que ella llamaba «el arte de los paseos cantados». Llegó un tiempo hermoso junto a Asia, aprendiendo a valorar y respetar cuanto me ofrecía esta nueva tierra. A la llegada de la noche y cuando caían los rayos y se desataban tormentas sobre el Valle, me imaginaba arropando al niño Ví, protegiéndolo y cuidándolo como si fuese un crío desamparado.

Habían trascurrido ya varios meses desde mi llegada a Casalún, cuando me incorporé definitivamente a su disciplina; algo bastante tardío, pues la edad habitual solía coincidir con el comienzo del ciclo menstrual de la mujer. Aunque, también es cierto que este retraso me ofreciera cierta ventaja, sobre el resto de las jóvenes, fortaleciendo mi posición al ser la de mayor edad del grupo y tener que depender estas de mí. Siendo la «maestra» Amanda quien me propusiera como responsable de las más nóveles, un grupo de niñas llegadas desde las poblaciones colindantes y las aldeas vecinas. La memoria me lleva hasta mi primera clase, hallándome tan nerviosa y excitada que apenas presté atención a la enseñanza. Amanda, era una mujer bondadosa que dirigía el culmen[25] de las educadoras. De rostro afable y pecoso, su pelirrojo cabello se podía distinguir desde la lejanía. Sin duda debió de disfrutar de una belleza portentosa en su juventud.

Progresivamente, sin apenas darme cuenta, se fueron disipando los pesares de la infancia y ese maldito vicio por monopolizar lamentaciones y quejas ante todo cuanto me llegaba. Hoy siendo una anciana de edad incalculable, me pregunto; por qué hemos de vivir tanto las hijas del sur y mantenernos soportando tan larga espera… “Las hijas del sur son como hojas de los árboles que tan solo se caen cuando les llega su otoño” dice la canción.

¡Cuando la oí por primera vez… cuando sucedió…!

Era ella la más delicada de las doncellas que conformaban el círculo, se llamaba Arianna Clara, “La Rosa del Sení”. Su voz hechizaba e incluso forzaba a bajar hasta la acacia, a la Sunma Ana para oírla. Ella nos ofrecía la paz del espíritu y con su voz nos trasladaba a un mundo colmado de esperanzas. Era rubia de un cabello dorado como jamás vi otro igual, sus ojos proyectaban infinitos azules de un universo inexplorado. Tenía ella doce años tan solo, cuando la vi por primera vez. La hija de Edurín, una leyenda antigua y remota ofertó un vuelco a la vida en la aldea, y desde que ella llegó, puedo decir que jamás faltamos a clase, bajo la acacia blanca.

Me fui habituando a la rutina de Casalún, hasta llegar a ser una más de entre todas. Repentinamente madre Latia enfermó, pasando a dormir a un pabellón llamado el Sanatorio y en donde era constantemente atendida por la culmen Eulalia, también conocida como “la hermosa sanadora”.

Me destinaron por entonces a compartir aposento con una chica de edad similar a la mía. Había llegado casi a mi par, durante el verano, y he de reconocer que su presencia me hubiese pasado inadvertida, sino hubiese sido por la extrema mudez que padecía. Se llamaba Eleonora y la Sunma Ana nos unió para siempre, pues la vieja Archa[26] , escudriñó nuestros espíritus y percibió cierta semejanza. Comenzamos compartiendo un minúsculo habitáculo, junto al dormitorio principal donde pernoctaba nuestro círculo de pequeñas damiselas. Estaba a punto de cumplir mis dieciocho años y puedo asegurar que a partir de entonces llegué a ser feliz, muy feliz en Casalún. Por fin mantenía la certeza de que había encontrado mi lugar, aun así y de vez en cuando, suspiraba al carecer de noticias del niño Ví.

Todas las tardes me dirigía a la habitación de Latia, donde se hallaba hospitalizada, aguardándome. Le gustaba que le comentara los detalles acaecidos durante la jornada y que le hablara de las más pequeñas. Reía conmigo y nos emocionábamos juntas, hasta que esta mostraba indicios de cansancio y agotamiento. Entonces me retiraba dirigiéndome a las cocinas y echando una mano en el montaje del comedor.

Más tarde, ya al final del día, cuando todas se retiraban, solía quedarme a solas junto a la mudita Eleonora, como se le llamaba cariñosamente. Y entonces, envueltas en el silencio y la soledad de la noche, se nos solía hacer siempre muy tarde; intentando aprender el lenguaje de símbolos que había creado Eleonora. Arropadas ambas al amparo de los restos del carbón encendido, me contaba a través de sus gestos como era Puerto Hélice, la ciudad cercana a donde Ixhian recibía su formación. Lo que nos daba cierta complicidad en el juego y en la palabra. Pues a Eleonora le encantaba describirme con exagerados aspavientos, a los fornidos y fastuosos comandadores que recorrían a diario las calles de la ciudad, en busca de compañía femenina…

Dichosos años de juventud, cuando todo se haya por llegar y una se mantiene en ese compás de espera, reteniendo el impetuoso recorrido de la sangre y uno sueños que siempre tiran hacia delante, sin mirar nunca atrás.

[23] Jardín de Casalún.

[24] Festividad importante que se celebra a primeros de Mayo.

[25] Las culmens gestionan y dirigen Casalún, cada una de ellas lo hace en un área o círculo determinado.

[26] Archa, Oráculo de Casalún, Culmen de las Hechiceras.

XI - Thyrsá
Asia

Ha llegado una pequeña revoltosa, la he visto venir. Se me ha aparecido en sueños, junto a ella he vislumbrado mi futuro y ella siempre estaba allí.

Es regordeta y de mofletes encendidos, se llama Anette y es hija de una familia del interior del bosque. Su padre es leñador y su madre costurera, se han despedido llorando y formando tal alboroto que ha llamado la atención de toda la comunidad. La florecita salvaje, le han apodado las más pequeñas, luego ha vuelto a liar tal algarabía en el dormitorio que nos ha sido imposible tranquilizarla. Teniendo que intervenir Arianna Clara que le ha cantado una nana, hasta conseguir que se durmiese entre mis brazos. A pesar de todo ha sido hermoso, muy hermoso. Mis sueños se consuman en este día que cumplo diecisiete años, la vida me sonríe y comienzo a respetarme.

La Sunma Ana me ha llamado para que la visite en la tarde; ha pasado casi un año desde que llegué y cuando ella me recibiera por última vez, en sus aposentos.

Ana es la madre de todas nosotras, ella es la regente de Casalún, por lo tanto se le ha de nombrar con el título de Sunma. Me ha pedido que le cuente como me encuentro tras los meses transcurridos en la comunidad. Y lo cierto es que me siento escudriñada tras su mirada complaciente, aunque a la vez tremendamente embaucadora, lo que hace sentirme molesta e inquieta a la vez. Parece que no ha cambiado nada en ella y eso que han pasado varios años, desde la muerte de la yaya. Apenas me ofrece tiempo para responder, es esquiva y no me deja enfrentar mi mirada con la de ella. Quiere saber de mí, mientras permanece callada como si estuviese ausente, jugando nerviosa con las tazas y cucharillas que se hallan sobre la mesa. Se limita a observarme y sonreírme suspicazmente. Supone este un primer encuentro bastante tenso por mi parte, hasta que al fin irrumpe en el aposento Asia, hermosamente ataviada con una única prenda amarilla salpicada de flores. Ojos oscuros y profundos, nariz menuda y rostro afable. Dotada de una mirada afilada capaz de despojar a una de secretos e intimidades. Se asegura que el encuentro transcurre correctamente; ella cuida y asiste celosamente de la Sunma. Le hace señas y esta, nos ofrece una bandeja plateada sobre la que descansan dos tazas de fina porcelana y una pequeña tetera humeante en su centro. Mientras me sirve, la Sunma Ana habla de las propiedades de las plantas, sus palabras componen un monólogo aprendido, recitándolas de memoria. Luego prosigue hablando de flores y más flores, imbuida en sí misma y como si yo no estuviese presente…

La Sunma es de piel muy clara y limpia, de cierto toque sonrosado sus mejillas y huele siempre a primavera. Su cabello pelirrojo y rizado, oculta parte de un rostro parecido a una luna llena, donde collares y cadenas de todo tipo, decoran un pecho engalanado, desde donde cuelgan campanillas y esferas de plata que constantemente se balancean y tintinean. Se levanta con esfuerzo, acompañada por la sutil melodía que producen sus graciosos andares y movimientos. Ella sabe que he crecido entre hierbas y raíces, aunque tengo la plena certeza de que su conocimiento excede con diferencia al mío; aun así no para de examinarme. Conforme avanza la conversación, delata su pasión por el mundo vegetal, solicitándome que descienda hasta los prados y busque entre las hierbas, una pequeña flor que tan solo se abre a últimas horas del día. Es una embaucadora, lo percibo. Hace un gesto con los dedos y la puerta del aposento se abre al instante, en eso que vuelve a entrar Asia y la Sunma le susurra al oído. Esta me mira muy seria mientras recibe el encargo, abandonando a continuación la estancia. Pasado un tiempo regresa con un gran cesto de mimbre del que me hace entrega, invitándome la Sunma para que lo llene con flores de Atardecida, haciendo especial hincapié, en que se las acerque con premura, una vez recolectadas. Me explica de sus propiedades y su manera correcta de recogerlas.

—Asia te enseñará a respetarlas y cómo debes caminar entre ellas. —Haciendo referencia a un arroyuelo que baja, protegido entre enormes pedruscos.

—El Ambrosía, es como se llama el arroyo que cruza los prados. Busca entre las hierbas aromáticas que crecen en la otra orilla del riachuelo. Ya es hora de que percibas el esplendor del Valle y sus praderas. Asia te acompañará y te enseñará el lugar, ella será tu guía y asistenta.

La bajada hacia los prados

En la tarde del día siguiente y tras el almuerzo, descendemos hacia los prados. Asia no habla, apenas afirma o niega con un apagado hilo de voz que me cuesta de interpretar. Camina delante de mí, su túnica se mueve al mismo compás que las hierbas del prado. Sopla un viento agradable que acaricia mis cabellos, desmelenándolos. Asia me ofrece su mano para que la tome y acompañe el ritmo de sus pasos. Abajo percibo un pequeño arroyo que se oculta rodeando la hierba, siendo contenido su cauce por unas enormes piedras que resplandecen, como queriendo responder a los últimos rayos de la tarde. Asia me hace descalzar, no se debe de pisar la hierba del borde del arroyo sino es con la piel, me dice.

—Habitan seres que no vemos en estos prados, debemos respetar el lugar —me habla murmurando.

Al fin aparece el Zaibaq, la gran piedra blanca que se percibe desde lo alto de la colina y el Ambrosía, dejando vislumbrar una corriente rápida y transparente a pocos metros de nosotras. El lugar se vuelve generoso en desniveles y pequeños declives, Asia pone el dedo sobre sus labios, advirtiendo que guarde silencio e intente controlar mis torpes movimientos. Como si estuviese danzando, Asia conquista el Valle. Ahora el Ambrosía se ensancha convirtiéndose en un riachuelo que retoza y juguetea entre la dignidad de la tierra. Y en eso que Asia encuentra la primera silesia de Atardecida, la olfatea y ríe como si estas le contaran.

—Me ha dicho la plantita que busquemos en la otra orilla.

Indagamos por dónde cruzar el arroyo, hasta descubrir un paso conformado por cantos enmohecidos y resbaladizos, por lo que nos divertimos de lo lindo al intentar atravesarlo. Mis pies resbalan mojándome, haciéndome sobresaltar un agua tremendamente fría. Al otro lado nos espera una alfombra tejida de hierba, por lo que nuestros pies apenas se ensucian de barro. A la sombra del Zaibaq, se encuentra refugiada la hierba menuda. Con sumo cuidado Asia corta las flores, ayudándole y brindando por mi parte, cuanta delicadeza puedo ofrecer. En cuanto llenamos el cesto, Asia me hace señales para que regresemos. Hemos de apresurarnos ya que la noche se nos viene encima. Avanzamos prado arriba, guiándonos por los altos abetos que conforman los márgenes del bosque. Al fin introduciéndonos de lleno bajo los árboles, el bosque se llena de murmullos y en la lejanía, las luces de Casalún se perciben encendidas. He de confesar que respiro aliviada, cuando salimos de la fronda espesura. Nos apresuramos en llegar, pues comienza a hacer fresco y ya deben encontrarse las pequeñas en el comedor. Asia me besa en la mejilla despidiéndose y cruza rápidamente la calle en busca de la torre, donde se hallan los aposentos de la Sunma Ana.

Eleonora me acompaña, mientras me sumerjo en la pila de agua caliente. Cierro los ojos y le relato cuanto ha sucedido en mi primera incursión por los prados. Mi hermana me escucha atenta, mientras se apoya sobre el borde de la bañera de mármol. Me relajo mientras Eleonora juega conmigo salpicando agua sobre mi rostro…

La Sunma Ana me cuenta sobre esa olorosa y minúscula planta, hablándome de sus propiedades con mimo, su palabra es sabia y dulce a la vez. La observo preguntándome, cuántos años debe tener; aunque reboce en vitalidad y entusiasmo, algo me dice que disfruta de una edad bastante avanzada. Es muy ancha y gruesa, de cara redonda como una moneda y muestra casi siempre una sonrisa que contagia. A pesar de lo voluminoso de su cuerpo, mantiene cierta presteza cuando se desplaza. Toda ella reboza en feminidad y elegancia; me viene el recuerdo de verla bailar junto a mi hermana…

Me pide que vuelva al día siguiente, que baje con Asia a los prados y que busque una nueva planta; mi propia silesia, que aún no he encontrado y por lo tanto no se halla todavía en la cesta. Así, se van repitiendo los días sucesivamente y sin apenas percibirlos, mientras ella me va modelando y formando, sin intermediarios y sin dar nunca lugar a que se le escape un solo resquicio de mí.

Anette me coge de la mano, me ha adoptado como madre y no se separa un solo instante de mí. Tampoco lo hace de Arianna Clara, que es tan solo un par de años mayor que ella. Entre ambas cuidamos a la pequeña, turnándonos en su custodia. Este hecho ha establecido un lazo de complicidad entre nosotras y lo cierto es que la «florecita» se halla mucho más serena. La Sunma Ana ha dado nuevas directrices, sorprendiéndonos al indicar que Anette es una niña especial y no quiere que le falten cuidados ni atenciones.

—Cuídala bien, que luego ella, te lo devolverá con creces —me ha dicho la vieja Archa, oráculo de Casalún, lo cual me ha llenado de incertidumbre. Pues ya se sabe que es medio bruja.

Asia, me ha hecho explorar el bosque con los ojos cerrados y me ha mandado vestir con una túnica grisácea y oscura. En cierto lugar del interior de la espesura, ha vendado mis ojos y allí me abandona cada día, debiendo de cruzar el bosque a tientas, hasta asomarme a los prados. Me dice que me deje llenar por el lugar, que respire y me impregne de cuanto me rodea. Cada vez nos levantamos más temprano, mucho antes de que el sol aparezca. Con los ojos tapados, cruzo varios senderos hasta alcanzar siempre los límites del prado, y entonces ella me desprende de la venda que cubre mis ojos y me regala un amanecer. Me emociono y me dejo atrapar por la exuberancia de la tierra de Tara.

Rompe el día en el bosque, hoy hemos bajado antes de que brote el primer rayo de luz. Llevamos muchos días haciendo este camino, repitiendo cada paso que damos por el mismo sendero. Nos iluminamos con lámparas de cera, aunque estén de más. Pues ambas hemos memorizado el trayecto. Ahora soy capaz de llegar al bosque, hasta con los ojos cerrados. Hace frío, un ligero chal cae sobre nuestros hombros y Asia me vuelve a vendar los ojos, sumergiéndome en la oscuridad más absoluta. Con los brazos extendidos, avanzo esquivando ramas y cuantos obstáculos interfieren en mi camino. La percepción es ahora diferente, pues una sensación de calidez y tibieza alcanza los dedos de mi mano. He aprendido a ver sin mirar, siendo incluso capaz de percibir el obstáculo, antes de que este tropiece conmigo. Ahora me llega el rumor del agua como un susurro, y mis manos sin necesidad de inclinar mi cuerpo, se humedecen. Recojo el agua entre mis manos, llevándola hasta mis labios. Me sorprende un sabor dulce y fresco que me revitaliza.

Continúo caminando y mis pies se mojan al cruzar un imperceptible reguero, lo que no me importa en absoluto pues aporta una sensación agradable. Prosigo atreviéndome sin miedo, dejo caer el chal tras mis pasos y echo a correr descalza, conquistando el bosque y sorteando las ramas de los árboles hasta caer exhausta. Asia me ayuda a levantarme y apoyada en ella me incorporo. Toca mi espalda y la frota, masajeando mis hombros y sacudiendo mis brazos enérgicamente… poco a poco vuelve a desatar el lazo que tapa mis ojos. Es ya día abierto, me deslumbra la luz, nos hallamos en un pequeño claro del bosque, ante mí se levantan rocas y piedras de grandes dimensiones. Es un lugar mágico, conocido como el Collado de Campanas, un sitio destinado al retiro y clausura de las doncellas que han alcanzado cierto grado en el aprendizaje. Entre una de sus cavidades se percibe una figura blanca de piedra.

—Arrodíllate niña Thyrsá, que este es un lugar sagrado. Pon tus manos sobre el pecho y estate atenta a mis palabras. Ruego no preguntes, mantente en silencio.

PRESENTACIÓN

(Oración de la Diosa Blanca)

Ella es fuente de unión, representa cuanto es creado.

Ella es la inspiración que nos incita y estimula.

Todo procede de Ella y todo regresa a Ella.

Ella es la primera, la generosa que nos otorga la vida.

Y en oscuridad de la caverna, es la caverna.

Todo procede de Ella y todo regresa a Ella.

Tú que eres el cuerpo y el cuerpo es sagrado.

Nacimiento y Muerte, son los instantes del proceso.

Todo procede de Ella y todo regresa a Ella.

Diosa del fruto y la cebada,

regente de las cosas sentidas y nunca vistas.

Todo procede de Ella y todo regresa a Ella.

Tú que me traes al mundo y tú que me alejas de él…

Todo procede de Ella y todo regresa a Ella.

El despertar

Ha pasado más de un año, retorna de nuevo el otoño y mi joven guerrero pervive en mí, como si no hubiese trascendido el tiempo. Desde nuestra separación he carecido de noticias suyas, aunque en sueños aún puedo evocar su imagen montado sobre Dulzura.

Sucedió en ese otoño, en una noche de borrasca y tempestad, durante la luna del Cazador[27] , que el cielo se colmara de tormentas y la inquietud se estableciera en el Valle. En sueños pude percibir a Ixhian, sumergido bajo el agua, atrapado en el interior de una fortificación cilíndrica. Le observaba a través de una de sus ventanas, sin poder acceder a él. Mi guerrero se hallaba tumbado, yaciente sobre el suelo y junto a él un pájaro oscuro le picotea los ojos. Fue una noche muy extraña en Casalún, pues madre pidió encender el gran fuego y la torre de la Atalaya vertió dulces fragancias e inciensos, reuniéndonos a todas en el Oasis, como se le llama a la planta baja de la torre; rezando todas juntas, apaciguando al viento impetuoso que bramaba desesperado.

A la mañana siguiente, nadie mencionó palabra alguna sobre lo acaecido, como si todo el mundo en Casalún quisiese olvidarse y dejar pasar lo ocurrido. Aunque a ninguna de nosotras, se nos pasara desapercibida la inmediata partida de la Sunma, nada más salir el sol. Tras varios días de ausencia, la Sunma vuelve a solicitar mi presencia, en la Atalaya.

—A partir de la próxima luna comenzarás un ciclo de aprendizaje más profundo. Se ha decidido que inicies, junto a Eleonora, una parte del proceso y aprendizaje llamado los códigos Originarios. Han pasado casi dos años desde que estas con nosotras, y hemos pensado que ha llegado el momento de enfrentarte contigo misma y dar un paso decisorio en tu formación.

Junto al Claro de Transparencia se abre un sendero llamado el Sendero Nardo de Senett, que te lleva directamente a una zona cavernosa, conocida como el Collado de Campanas. Allí vivirás y quedarás en soledad, hasta llegado el día de la Issantia[28] en invierno, entonces será cuando se dé por concluido tu período de aislamiento. Existirás solo con ella y para ella, la diosa que ya te fue presentada, no habiendo nada más importante en el mundo para ti. Alguien te acercará todos los días un cesto con comida y enseres destinados al cuidado personal y te he de advertir que mientras se mantenga este tiempo de reclusión, no verás a nadie salvo que enfermaras. Cerca de ti se halla una fuente, es este el lugar más sagrado del Powa y puede que de toda la isla de Erde. Una fuente de piedra de cuyas aguas ya has bebido. Conocida entre nosotras como «la fuente del agua que nunca cae» —me habla con tremenda seriedad, por lo que no me atrevo a replicarle ni preguntarle. Tan solo me limito a oír con atención, asintiendo con la cabeza e intentando entender sus palabras.

Aprovecho a la mañana siguiente para despedirme de madre Latia que aún se encuentra convaleciente, costándole más de lo debido recuperarse. Sus palabras despiertan cierta inquietud en mí, su imagen parece consumirse y envejecer por días. Aunque aún conserve esa mirada notable, capaz de escudriñar y transmitir paz a cualquier espíritu atormentado.

—Me quedé ahí Thyrsá, me quedé en el espejo de la luna grande y no supe salir. Es tanto el dolor y apego que produce una separación…

Tú debes completar aquello que yo no hice. Así está escrito y predispuesto, mi niña. ¡Ojalá que la vida sea loada y generosa contigo! Nadie debe de sufrir tanto; las ausencias absorben y crean un vacío que sepulta a una de por vida. Pero tú mi niña… tú completarás los ciclos y llegarás a ser una la luna grande; “La Inda Onmarisán[29] ” por ti misma. Reza por mí en el Collado y no olvides a esta sencilla mujer que no supo dar otra respuesta ante lo encrespado y retorcido de su destino. Mis votos y compromiso han sido mi tesoro, recuérdalo, ya que ellos serán tu fortuna y garantía. Yo también sufrí mucho dejándolo partir… vete ya niña, se te hace tarde. Vete en paz y cuida de mi recuerdo. Me aferro a su mano emocionada sin poder evitar las lágrimas, pues si bien soy novel en el mundo de la premonición, sé interpretar un mensaje desesperado de alguien que se aferra con todas sus fuerzas a la vida. Besando su frente, me despido de quién más quería. Luego, en la tarde me acompañan Asia y Eleonora hasta el Claro de Transparencia y de allí a la entrada del Collado.

—Ya te tocará a el turno a ti —digo a la mudita Eleonora besándola en los labios—. Espérame como yo te esperaré a ti.

Asia me mira con esos ojos negros que parecen no decir nada y dicen tanto. Esos ojos que han aprendido a hablar por si solos y a componer sus propias canciones.

—No estarás sola, nunca estarás sola, entiéndelo. Aunque no veas a nadie, ni percibas sonido alguno que te acompañe, no estarás sola. No existe lugar alguno más seguro en esta tierra. El mismo Miryad[30] junto con la Sunma, se han encargado de disponer el lugar, para que te mantengas siempre protegida. Nada fuera de ti te puede dañar en Campanas —me dice Asia, abrazándome.

Me volví y penetré decididamente en el Collado, cientos de lamparillas iluminaban la entrada a una de sus cuevas. Dando la sensación de no ser demasiado profunda, presentando una pieza sencilla, pero bastante acogedora.

Comenzaba el ciclo de la luna Sangrienta, hacía bastantes días que había entrado el otoño, aunque las hojas aún resistían en los árboles y el viento soplaba suavemente, entonando sencillas baladas. Este año se retrasaban las lluvias, estaba a punto de cumplir dieciocho años y ciertas evocaciones intimidaban mi alma.

[27] Primera luna de otoño y décima del año.

[28] Festividad a principios de Febrero, conocida como “el Día del Buen Fuego o de la Issantia”.

[29] La elegida para renovar la vieja ley de la Ben Ziryhab. Gran madre de Erde y del Powa.

[30] Nombre por el que se conoce al abuelo Arón, entre los más versados.

XII - Ixhian
Adiestramiento y militarización

Llegaron al Fortín tras varias semanas de camino, durante el trayecto apenas se dirigieron palabra alguna, tan solo la necesaria e indispensable para apoyarse durante la travesía. Mientras avanzaban, el capitán no paraba de mirar a uno y otro lado, siendo evidente que lo transmitido en el País, les había hecho levantar ciertas suspicacias.

El Fortín se levantaba sobre una gran duna de arena rodeada de un amplio marjal. Era este un paisaje sin árboles, en donde una extensa marisma de polvo y arena circundaba un soleado litoral. Un poco más adelante se hallaba la ensenada de Liss, desde donde nacía una extensa vaguada llamada playa Celonia, hasta perderse por los confines de la región. En dicha ensenada se hallaba aposentado el acuartelamiento principal, llamado La Rávena, asomándose a la orilla de un gran lago de agua salada que se inundaba cuando subía la marea. Un poco más hacia el este, se hallaba la ciudad de Puerto Hélice, el núcleo urbano donde confluían las distintas órdenes militares de la isla.

Era este un lugar especialmente destinado para el adiestramiento y la formación de los soldados, siendo dicho acuartelamiento el más importante del sur, y puede que de toda la isla de La Defensa[31] .

La región de Las Viñas se hallaba sometida directamente al gobierno y mando militar de la ciudad de Luzbarán, la capital de la isla. Como parte de su brazo ejecutor y desde donde se procedía a implantar, cualquier tipo de precepto o ley que afectase al resto de la isla. Aunque en principio, su función no era otra más que guardar el litoral, ya que históricamente siempre fue su punto más débil, dada la facilidad para el desembarco de flotas llegadas desde el exterior. Toda la costa sur, desde playa Arenas hasta playa Nardos, se hallaba plagada por torres de vigilancia, con el cometido de interceptar las posibles irrupciones piratas y el arribe de gente externa al imperio.

En la región de las Viñas se formaban y adiestraban los futuros soldados comandadores, siendo esta la tradición heroica más antigua de la civilización humari[32] , representando el sustento y la garantía de estabilidad para el Senatus[33] de Luzbarán. Los comandadores eran el cuerpo de élite que mantenía el orden y la defensa en la isla, siendo estos el grueso de soldados combatientes que se suponía deberían de custodiar el Imperio y el viejo orden.

El corazón administrativo de dicha ley se depositaba y guardaba en Doria, una población próxima a Luzbarán convertida en un antro burócrata, de lo que antes fue una vasta e inmensa universidad. Regida en el presente por rapaces administradores que apegados a sus cargos, se negaban a renunciar a sus sillones y el poder que estos representaban, manteniéndose devorando raudas ambiciones, tal como si estas fuesen carnazas para buitres hambrientos.

La capital del Imperio era Luzbarán, situada en el macizo central y lindando ya con el oeste. Desde donde dominaba el resto de las comarcas y la totalidad del territorio. Anteriormente dicha ciudad era conocida como la ciudad de Lagos, pináculo de mitos y leyendas, aunque la triste realidad del presente se sustentaba de manera distinta. Ya que desde hacía mucho tiempo, se había transformado en un antro plagado de entresijos y traiciones, donde la ambición militar y política de sus dirigentes se habían apoderado del noble ideal comandador. Una vieja inscripción se mantenía intacta sobre su puerta principal, más conocida con el nombre del Ancestro; custodiando el permiso y acceso a la ciudad, aunque todos hubiesen olvidado su significado.

Detente viajero y mírate hacia dentro.

Asegúrate de contener tus manos y tu lengua,

antes de cruzar el umbral.

Es cierto que jamás enemigo alguno consiguió cruzar sus puertas, jactándose sus gobernantes de guardar y poseer el mayor de los tesoros, pues en el corazón de la ciudad se halla un gigantesco lago llamado La Alana, y en cuyo centro se levanta una pequeña isla, la cual no es posible percibir desde ninguna de sus orillas. Se le conoce a la isla con el nombre de Driana, oficialmente principio de toda la leyenda y sustento espiritual de la ley comandadora. Sin embargo, la realidad desde hacía décadas era otra, ya que una sensación de deterioro y decadencia se ceñía entre la población y sus dirigentes. Las grandes escuelas y filosofías se dispersaban y sus milenarias enseñanzas se desvanecían, pasando a ser mitos y referencias de un distante legado.

Conforme avanzaban los años, los modelos sociales heredados se descomponían, sumiéndose su población en el caos y el desconcierto. Ya que corrompidos sus dirigentes, habían perdido toda credibilidad y la confianza del resto de la población de La Defensa. Tan solo entre diversos focos aislados y dispersos, pervivía aún la pureza y sabiduría de la vieja raza. El Powa en el sur y la selva del Urbian en el norte, eran las zonas impunes que aún mantenían los viejos principios y en donde el brazo ejecutor de Luzbarán disponía de un acceso bastante limitado. Allí la vieja ley proseguía su curso inalterable, y su población alejada del mundanal materialismo, aún respetaba el cuerpo de la doctrina.

Darunia, la tierra del Gobernante

Además del Powa y de la selva del Urbian, existía en la isla una población foránea e imperante, en donde los comandadores tampoco poseían el control, siendo conocida esta como Darunia, la tierra del Gobernante; una propuesta nacida de una sociedad comercial y moderna, cuya política se diferenciaba a la del resto del imperio, en que obviaban y se apartaban de las viejas costumbres. Reprobaba dicha sociedad cualquier tipo de alusión al pasado, siendo ciudadanos que se habían apartado de la vida en los campos y su directa dependencia, dando un trato preferencial a la industria y el comercio. Dicha población, residía en el interior de grandes urbes amuralladas, en el este de la isla; grandes metrópolis en donde se desarrollaba la vida, el libre mercado y los negocios; gente autosuficiente y sin la imperante necesidad de satisfacer tributos ni cuentas, ante el mundo añejo y rancio de Luzbarán. Ciudadanos distantes al modo de pensar y entender una existencia, literalmente opuesta a la que desde el principio de los tiempos, había imperado entre los pobladores de La Defensa. Era gente llegada de fuera y establecida tras arribar por los puertos del este. Esta nueva raza se fue aposentando de manera gradual, expandiendo su pensamiento revolucionario y novedoso por toda la isla, siendo en un principio bien recibidos ya que eran portadores de simpatía y de nuevas posibilidades.

El desencadenante que llevó a la confrontación definitiva fue raudo y progresivo, ya que esta nueva forma de entender la sociedad, hizo prevalecer distintos valores, que quisieran o no, se implantaban sin consentimiento del cuerpo administrativo de Luzbarán; surgiendo un modelo y forma de entender la vida que se atrevió a oponerse, a lo que siempre se había mantenido. Forjaron sus propias leyes, exigiendo su derecho al autogobierno y la administración de una nueva región que bautizaron con el nombre de Darunia, la conocida de siempre como Cola del Dragón. Era esta región, un paraíso al resguardo de sierra Alba, lugar de puertos y playas amables, donde el mar de la Boronia permitía siempre la cómoda navegación y el arribe de las naves provenientes del comercio exterior.

Luzbarán no aprobó tales condiciones y entonces Darunia, impuso sus propias leyes y parlamento; quedando definitivamente fraccionada del resto de la isla. Con el tiempo, la ciudad de Corsario fue nombrada capital del nuevo reino y toda la isla lloró la división de La Defensa, siendo el desenlace definitivo de toda esta historia una larga y cruenta guerra, cuya conclusión final se desencadenó en la batalla de playa Arenas donde no hubo vencedores ni vencidos.

De esto han pasado ya muchos años, surgiendo desde entonces una nueva era en nuestro calendario. A partir de ahí, se evocan constantemente baladas y cantos rememorando con nostalgia, la vieja ciudad de Finnias, La rosa de la luz; con sus exóticos comercios, sus distendidos barracones y su gozosa naturaleza y contento. La tradición Zhiryab no cruzó nunca más sierra Alba, quedando definitivamente dividida la isla y convirtiéndose el este, en feudo del reino Gobernante. No hubo más guerra ni batallas, solo la vergüenza de haber permitido la fracturación de la tierra.

El viejo mundo se cerró a sí mismo, olvidándose de lo que ocurría por el este y mirando hacia otro lado. En el resto de la isla se clausuraron definitivamente las puertas del mundo exterior, finiquitándose las rutas comerciales y las embajadas. Los comandadores incapaces de mirar más allá de sus añejas narices, se dedicaron a disputar entre ellos y todo el sistema social decayó en la pobreza. Se fueron aislando a sí mismos y aunque existiese siempre la posibilidad de entablar relaciones abiertas con el reino del Gobernante, el orgullo y la vanidad se lo impidieron. Una gran muralla natural llamada sierra Alba sirvió de frontera, sin que fuese necesario levantar grandes cercas ni muros. Y así, como quien no quiere la cosa, pasaron más de trescientos años y nadie osó jamás franquear los límites de la frontera con el este. Conforme se sucedieron los años, se fue forjando un entramado hostil entre ambas zonas de la isla, por lo que ningún comandador volvió a cruzar sierra Alba, ni gobernante alguno ascendió hasta Luzbarán. Un mundo de tensión a punto de explosionar se percibía, ya no era nada de cuanto conocimos, pues la desconfianza y la rivalidad imperaban entre las diversas razas de la isla.

Recuerdos de la vida militar

Pero volvamos al comandador, vayamos a sus memorias. Ahora que sabemos algo de la historia y del ambiente que le rodeaba. Comenzó su adiestramiento e instrucción en el Fortín, un lugar inhóspito levantado sobre una colina de árida arena, recubierta por un manto blanco de polvo que se introducía por la garganta y la nariz, haciendo bastante difícil y molesto el simple hecho de respirar. Era este, el lugar donde todos deseaban y soñaban con llegar a ser soldados comandadores, conformando su compañía alrededor de ciento cincuenta chicos, todos ellos de edad similar. Hacía un calor asfixiante en aquella época del año, dormían y convivían en el interior de un demacrado barracón de hormigón, en medio de la nada.

El capitán Marcelo lo dejó allí, tras un efusivo abrazo que sin duda debió de sorprenderle. Un nudo le oprimió la garganta cuando el capitán tiró de Dulzura, atándolo a su caballo; dejándole solo y confundido, en medio de un bullicio ensordecedor, procedente del grito de los oficiales que instigaban a los recién llegados. Al instante siguiente de poner sus pies en aquel lugar, pasó a ser uno más, un recluta anónimo carente de privilegio alguno y al que sometieron a una dura disciplina, tan perseverante que casi no le daba tiempo ni a pensar.

Se levantaban antes del amanecer y a los pocos segundos ya debían de encontrarse perfectamente uniformados. Con tan solo un vaso de leche y un trozo de pan mojado en aceite y sal, daban comienzo a la dura jornada matinal. Luego pasaban un escrupuloso examen corporal y ya con la mañana avanzada se sumergían en un más que severo entrenamiento físico. En la tarde la disciplina se les hacía más reposada, recibiendo diversas teorías, referentes al arte de la lucha y los diferentes métodos de combate.

Ixhian pasó dos años imbuido en ese mundo asfixiante, carente de oportunidades y sin posibilidad de cruzar palabra alguna con sus superiores, limitándose a obedecer y cumplir con cuantas obligaciones se le imponían. Allí, en ese mundo desenfrenado se fortalecieron sus músculos y huesos. El carácter se le volvió tosco y espinoso, tal como era el mundo que le rodeaba. En las continuas campañas de reconocimiento, entre la playa y la montaña, se les sometía a las condiciones más adversas y hostiles que cupiera imaginar. Cruzaban kilómetros de ciénaga, arrastrándose bajo punzantes cercados e incluso les hacían pasarlas noches pernoctando al abrigo de las olas. Aprendió a cruzar ríos, caminar sobre resbaladizos troncos cubiertos de musgo y verdina, descender por escarpados desfiladeros y sobrevivir entre diminutos túneles cincelados bajo la roca.

Y cuando al final del día caían vencidos sobre el camastro, el peso del cuerpo se transformaba en una piedra imposible de mover. Muchos fueron cayendo lesionados y enfermos, otros desertaron, mas nuestro soldado se mantuvo absorto y abstraído dentro de su propia historia, sometiéndose a lo establecido. Quería ser soldado comandador a toda costa, e incluso se llegó a dejar embaucar por ese discurso ingenuo que consistía en servir y ayudar a la corrupta patria comandadora. Muy de vez en cuando, el inconsciente se le revelaba y escapaba en sueños al altozano de Vania, recuperando y trayendo a la memoria la imagen de Latia, el abuelo y la niña Thyrsá.

Fueron pasando los meses y conforme transcurría el tiempo, la situación se fue haciendo más sostenible. Tras un arduo entrenamiento, los cuerpos se fueron habituando, siendo capaces de soportar cualquier tipo de trote o camino. Llegó entonces cierto relajamiento que le permitió abrir la puerta de la memoria, volviendo a recomponer el rostro de su amor y alguna que otra vez, en situaciones inverosímiles, le llegaba sorpresivamente el olor a comida procedente de los calderos de Latia. De una manera u otra la mirada sosegada del abuelo cruzó el tiempo y el comandador soñó al fin que volvía a casa y que llegaba de nuevo a ella, abrazándola y besándola hasta la locura.

Pasados al fin, los dieciocho meses de adiestramiento, el capitán Marcelo volvió a aparecer en escena, haciéndole una visita que sorprendiera a propios y extraños. Mantuvieron una larga conversación durante la tarde, mientras paseaban a través de un camino polvoriento, tan solo salpicado por matas de jaras y lentiscos. Hablaron sobre cosas sin importancia, referentes al mundo militar y el adiestramiento. En el fondo, Marcelo tan solo se aseguraba de que Ixhian había soportado satisfactoriamente la instrucción a la que había sido sometido.

Llegó el día en que se dio por concluida su formación como recluta y en una suntuosa ceremonia en La Rávena se le hizo entrega del reluciente uniforme comandador. A partir de entonces se les permitió salir y pasear por Puerto Hélice, donde deambulaban decenas de soldados, sedientos de diversión y esparcimiento. En las puertas de las casas y tabernas, se sentaban los viejos marineros fumando en pipa y dialogando al amparo del mar. Solían acabar, en el mejor de los casos, en la posada del Rey Lugartino, una vieja bodega en el barrio marinero, junto al puerto y siendo el punto de encuentro más común de los soldados comandadores. Cierto encanto embaucaba aquel local donde se permitía el exceso y se bebía hasta perder la compostura. La cerveza corría de una mesa a otra y viejos cantos de la vieja marinería resonaban retumbando por el interior de la bodega. El alcohol y la alegría reinaban en la posada del Rey Lugartino, en donde el baile y las bellas mujeres acababan sorteadas, en los brazos del soldado delirante.

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9788417334307
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