Kitabı oxu: «Manam»

Şrift:

MANAM

Rima Elkouri

Traducción de Iballa López Hernández

Tiempo de Papel Ediciones

Título original: Manam

© De la edición en francés: Les Éditions du Boréal, 2019

© Foto de portada: archives de la famille Karazivan © De la edición en español, Tiempo de Papel Ediciones, 2021 C/ Polo y Peyrolón, 1

46021 Valencia info@tiempodepapelediciones.com

Traducción: Iballa López Hernández Diseño y maquetación: elmorenocreativo.es

Agradecemos el apoyo financiero de la SODEC a la traducción de este libro. https://sodec.gouv.qc.ca/a-propos/logos/

ISBN: 978-84-09-32456-9

Dep. Legal: : V-1333-2021

Primera edición, junio de 2021.

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sgts. Código Penal).

PRÓLOGO

La palabra genocidio

Armenia, en el año dos mil veintiuno del tercer milenio, 106 dG*: este prólogo se escribe mientras se enfrían los cadáveres del ataque azerí a Nagorno Karabaj, que tras cuarenta y cuatro días de muerte teledirigida en forma de dron y de parálisis internacional, es ahora otro mordisco del lobo a la patria armenia, que se desangra una vez más. También es el año en que ultranacionalistas turcos cazan armenios en las calles de Francia, y el mismo de la inauguración de un parque temático del horror en Bakú, que exhibe grotescas figuras de soldados armenios muertos o agonizando para que niños y adultos se hagan fotos con ellas —simulando, por ejemplo, estrangular-los—, o paredes de cascos arrebatados a los armenios caídos a modo de trofeo. Una atrocidad digna de aparecer en el esca-lofriante Le ParK de Bruce Bégout, aunque en este caso, real.

Ha pasado ya más de un siglo del primer genocidio del siglo XX, el perpetrado por los Jóvenes Turcos en 1915 que acabó sistemáticamente con entre un millón y medio y dos millones de vidas armenias, y todavía son pocos los países que llaman a las cosas por su nombre: «genocidio» (tal y como lo definió el judeopolaco Raphael Lemkin a principios del siglo pasado). Joe Biden se ha referido a este inconmensurable crimen como «genocidio» aprovechando el funesto aniversario de los he-chos. Países como España o Israel, sin embargo, rehusan hacerlo. Es importante hablar de ello y llamarle «genocidio» porque lo que no se nombra, poco a poco se diluye en las nieblas de un presente que sucede más rápido que nunca, y además es el primer paso para cicatrizar una herida inmensa, profundísima, que atraviesa de parte a parte toda una nación que lucha desesperadamente por retener lo que queda de sus tierras ancestrales, allí mismo, in situ, y desde la diáspora.

Manam, de Rima Elkouri, es una historia valiente en esta época de silencios atronadores; atribuyen a Hitler el haber tranquilizado a sus cómplices, apelando a la indulgencia olvi-dadiza, con la pregunta: «¿quién recuerda el exterminio de los armenios?». Mientras esto se escribe, las tropas azeríes tratan de cercar y aislar el territorio soberano de una de las naciones más antiguas del planeta, mientras el mundo cacofónico de esta era, precisamente en este tema, calla a su manera, saturando la realidad de ruido indiferente: la actual Armenia hunde sus raíces en el reino de Urartu, y en las edades legen-darias de Noé varado en el Ararat, monte-espíritu del pueblo armenio que ahora se levanta imponente a la otra parte de la frontera más cruel. Se dice en la novela: «Más que palabras, somos nuestros silencios». En Manam existe la memoria de las laceraciones y desgarros más hondos y dolorosos, y el silencio como coraza para la supervivencia, que ha acompañado en demasiadas ocasiones a quienes sobrevivieron bajo el ala fatal y amarga de sus verdugos; supervivientes obligados (so-bre todo obligadas), a convertirse a imagen y semejanza del monstruo para arrastrar una vida a la que se le había arranca-do todo salvo justo eso, la vida, una existencia tozuda que a veces, incluso contra la voluntad de su protagonista, se em-peña en salir adelante, en sanar, en seguir, en construir más vida pese a la sombra perpetua de la desolación, el volumen opresivo del vacío en el pecho y el lastre devastador de lo que no se cuenta.

No conocer historias como las de Téta, de Manam, o el propio genocidio armenio, no es extraño: el pueblo armenio, pese a su obstinación por salir adelante, a su empeño extraor-dinario por mantener viva su cultura, su lengua, su alfabeto creado por el sabio santo Mesrop Mashtots, se encuentra en gran medida fuera de su casa caucásica: de los once millones de armenios que hay en el mundo solo tres residen en el país. El silencio, por otro lado, es un territorio inmenso y pobladísimo. Quien haya querido leer en español sobre la armenidad habrá comprobado las dimensiones del silencio en este idioma, por eso Manam es una historia tan valiosa, por los ecos de los que se nutre y por la forma brillante en que han sido escritas estas reverberaciones, que hoy en día todavía buscan quien las escuche y quien las lea. Pero Manam no es solo Armenia: Manam es Siria, y todas las vidas que su-cumben y también las que escapan a la destrucción humana cataclísmica, lo uno y lo otro, porque no hay tal cosa como la justicia o el equilibrio, salvo quizás a escalas no humanas, y esas nos dan forma, pero no las percibimos, al menos, de forma consciente: Manam es el ayer y el mañana, el recuerdo y la esperanza, proyección futura. Necesitamos un futuro que no sea una sucesión de estos presentes, y necesitamos seguir hablando y escribiendo acerca de Armenia como ha hecho Elkouri, hablando y escribiendo cada vez más acerca de la nación que el pueblo armenio llama Hayastán, porque su memoria no es solo suya sino que también es nuestra.

Eduardo Almiñana de Cózar València, junio de 2021

* dG: después del Genocidio.

A la memoria de nuestras Tétas

Tiempo suspendido campanas y campanillas del cuello de los vientos Una campana dice: mata tus recuerdos antes de que ellos te maten a ti Otra dice: retén la memoria solo para transformarla en fuente Adonis, Prends-moi, chaos, dans tes bras

Lo único que nos importa son los caminos.

Amin Maalouf, Orígenes

1

Téta contaba la historia de un médico del Levante que un día vio llamar a su puerta a los padres de un muchacho melancólico.

El muchacho estaba convencido de llevar permanente-mente una vasija en la cabeza. Vivía como si aquella vasija imaginaria fuera real. Jamás entraba en una habitación de techo bajo. Caminaba a paso lento, con la cara muy seria y la espalda bien recta para evitar que la vasija se le cayera y terminara hecha añicos. Rehuía las multitudes y las fiestas.

—Pero, habibi, todo está en tu cabeza...

Sus padres habían intentado que recuperara la cordura. Lo llevaron al médico en numerosas ocasiones. Pero no hubo manera de que entrara en razón. Hasta el día en que conocieron al doctor Al-Zamân en el bimaristán.

—Ayúdenos, doctor, se lo suplico.

El bimaristán es el precursor del hospital psiquiátrico. En persa, bimar significa «enfermo», e istan, «lugar». Desde el siglo X, en él hallaban refugio las almas agitadas de Oriente. Uno de los más antiguos del mundo se encuentra en Alepo, no muy lejos de la casa donde vivió mi abuela: el bimaristán Argún. Debería decir «se encontraba», porque ha quedado prácticamente reducido a cenizas a causa de la guerra. Pero digo «se encuentra», pues la memoria es un país en sí misma. Un jardín soberano donde pervive lo que creíamos marchito.

En la Edad Media, en los bimaristanes se acogía a los «lo-cos» con humanidad. Mientras que en el Occidente medieval se trataba con dureza a esos enfermos a los que a menudo se creía poseídos por los demonios, en Oriente los colmaban de cuidados. Formaban parte del tratamiento el baile, el teatro y la música, que se consideraba especialmente útil para sanar la melancolía. Tampoco se dudaba en recurrir a las fábulas y a la poesía a fin de serenar a los pacientes. El ritual del hamam, el perfume de las flores, la armoniosa arquitectura, el relajante rumor de las fuentes..., todo ello contribuía asimismo a la curación.

El doctor Al-Zamân escuchó a los padres del muchacho atentamente. Luego les dijo:

—Pedidle a vuestro hijo que vaya a verme a mi casa.

El doctor tenía un plan. Antes de la visita del paciente melancólico, mandó llamar a un criado.

—Cuando el enfermo llegue, te haré señas discretamente. Entonces cogerás un palo grande y lo agitarás alrededor de su cabeza, simulando romper la vasija que cree llevar.

Llamó a otro criado.

—Prepara una vasija en la terraza. En cuanto veas al otro criado agitar el palo por encima del melancólico, tira la vasija al suelo.

El plan se llevó a cabo el día en que el paciente melancólico entró en casa del doctor Al-Zamân. El médico conversó con el joven enclenque de mirada atormentada. Lo escuchó-con benevolencia antes de declarar en un tono solemne:

—Debo romper esa jarra y librarlo de ella.

El doctor Al-Zamân dirigió una señal discreta al primer criado y este hizo girar un palo por encima de la cabeza del enfermo, como si golpeara la vasija imaginaria. Desde lo alto de la terraza, el segundo criado arrojó al suelo una vasija de verdad y esta se estrelló con gran estrépito.

El paciente sanó de la melancolía en el acto y pudo marcharse con paso rápido.

Hay días en los que me siento como ese melancólico con su vasija imaginaria. De nada sirve decirme que no existe. Es preferible romperla con estrépito.

2

Me hubiera gustado que Téta me esperara para morir. Pero enseguida comprendí que eso sería imposible.

Los mensajes de mi madre eran cada vez más lacónicos. El último lo decía todo sin decir nada. «Está en cuidados paliati-vos. Llama cuanto antes si quieres hablar con ella. Besos». No hizo falta que añadiera «por última vez». Se sobreentendía.

Así son las cosas entre nosotras. En realidad, cuanto menos decimos, más habría que decir. Nuestros silencios son cajones con doble fondo.

Estábamos en julio. Acababa de montar la tienda de campaña en Bodega Bay, a unos cien kilómetros al norte de San Francisco, cuando me enteré. En el fondo ya lo sabía. Mi abuela iba morir en aquel hospital de Montreal en el que yo había nacido. Ella había asistido a mi nacimiento. Pero yo no podría asistir a su muerte.

Soplaba un viento agradable. La bruma envolvía el paisaje. Necesitaba vaciarme la cabeza, sola frente al mar. O llenárme-la de otras cosas, ya no estoy segura. En cualquier caso, eso no sucedería.

El día anterior había tenido un mal presentimiento. Mientras deambulaba por la playa desierta había visto un par de buitres afanándose sobre una carcasa de animal. Eran horro-rosos y terroríficos, con aquella cabecita blanca, como injer-tada en el cuerpo negro demasiado grande. Parecían pollos con un disfraz de tipos duros. El efecto estaba bien logrado.

Me pareció que los molestaba. Aquel era su acantilado. Se quedaron mirándome unos instantes antes de volver a la carcasa. Desanduve el camino acelerando el paso. Con el corazón en un puño, pensé en la película Los pájaros de Alfred Hitch-cock. La habían rodado en Bodega Bay. El azar no siempre hace bien las cosas.

Al anochecer, sola en mi tienda de campaña, traté inú-tilmente de conciliar el sueño. Pero en cuanto cerraba los ojos, aparecían ellas. Rapaces alrededor de mi carcasa. Al alba, cuando por fin conseguí adormecerme, la vibración del móvil me sacó del sueño.

«Llama cuanto antes si quieres hablar con ella. Besos.»

Abrí la cremallera de la tienda de campaña. El aire era fresco. El sol se alzaba sobre la bahía practicando surcos en la bruma.

Marqué temblando el número de móvil de mi madre. Tenía la voz tranquilizadora de los días apacibles. Pese a que velaba a Téta día y noche, parecía imperturbable. Pero yo sospechaba que no era más que una fachada.

—Yala, habibti, te paso con Téta. Precisamente estaba esperando tu llamada.

¿Qué se dice a quienes amamos cuando sabemos que no volveremos a verlos?

—Chlonek ya Téta?

Siempre me ha gustado la poesía de esa expresión que los alepinos emplean para preguntarle a alguien cómo está. Chlonek significa literalmente «¿de qué color eres?».

Al otro lado de la línea, su voz no era la de una moribunda. No era una voz opaca, sino la suya habitual. Una voz llena de todos esos colores que tanto me gustaban. La que habría podido utilizar para describir con grandes pormenores su re-ceta de mermelada de pétalos de rosa, un partido de hockey o un espléndido traje de noche antes de colgarme el teléfono sin más preámbulos, como solía hacer. Una voz reconfortante que no deseaba morir.

—Chlonek ya Téta?

—Procuro portarme bien... Te echo de menos. ¿Dónde es-tás, habibti?

Me sentía tan lejos...

—Estoy mirando el mar mientras hablo contigo. Si vieras lo bonito que es...

Ella quería ver, era lo único que pedía.

—Amerka helué… Estados Unidos es tan bonito. ¿A qué distancia estás de San Francisco?

Me hizo preguntas muy precisas sobre el viaje, como si, en un pronto, le hubiera dado por hacer las maletas para reunirse conmigo.

Fue curiosa hasta el último aliento. Sabía muy bien que la muerte aguardaba impaciente detrás de su puerta. Pero ella se negaba a convertirla en su horizonte.

Yo también me negaba a aceptar la idea de que aquella era nuestra última conversación.

—Ya queda poco para que vuelva a Montreal. Menos de una semana...

—Dices «ya queda poco». Pero a mí se me hace tan lejos...

—Ra el ktir behi el alil —le contesté yo—. Lo más largo del viaje ya está hecho, no queda nada.

La oí soltar una carcajada. Mi árabe macarrónico siempre le había hecho gracia. Pero en esa ocasión era como si se riese por no llorar. Como si quisiese decir: ¡Pues sí, menuda sorpresa! A mis ciento siete años voy a morir. Yala, no lloréis, por lo que más queráis. Sed felices. Y guardaos las lágrimas para lo que de verdad importa.

Nuestra conversación terminó con una gran carcajada. Colgué mientras observaba las olas que rompían contra las rocas. Al día siguiente, con las primeras luces del alba, a Téta dejó de latirle el corazón. A mí se me encogió. Tomé el primer vuelo a Montreal para asistir a sus exequias.

3

Empecemos por el final. Hoy ha muerto Téta.

Se ha apagado en este país que se convirtió en el suyo mientras Siria, que ella tanto amaba, también muere.

Ha muerto en paz, tras una vida larga y hermosa. Como es natural, la gente se exilia para vivir en paz. Pero, en cierto modo, ¿no lo hacen también para morir en paz?

Todavía me parece verla encendiéndose un cigarrillo con un gesto grácil y pausado. La oigo repetir las palabras de Jalil

Gibrán. «Cuanto más profundo ahonde el pesar en vuestro corazón, más alegría podrá contener.»1 Para ella la alegría solo era tristeza sin máscara.

Vivió ciento siete años a caballo entre dos universos. La mitad de su vida en Oriente, la otra mitad en Occidente. Una vida como un puente que se eleva entre dos orillas, sobre unos rápidos embravecidos.

De niña vio lo que no debería ver ningún niño. Podría haberse pasado la vida lamentándose. Podría haber cultivado el odio eternamente. Sin embargo se aferró al silencio y a la esperanza. Como si tuviese la íntima convicción de que los recuerdos que acallamos no nos matan.

Hay silencios de negación que regocijan a los verdugos. Silencios asesinos. Hay otros que depositamos sobre las palabras como piedras de sabiduría. Silencios sin los cuales no sería posible la supervivencia. Envuelven el dolor y le impiden escapar. Su aspecto es semejante. El sonido, completamente distinto.

Por supuesto que Téta no había olvidado nada. Pero no estaba dispuesta a dejar que el peso de su dolorosa memoria recayera en nosotros. No estaba dispuesta a dejar que los sedimentos de odio se asentaran en nuestro corazón.

Más que palabras, somos nuestros silencios. De todas las historias, las que más marcan son aquellas que no se cuentan. Cuanto es preferible olvidar. Cuando se intuye en el fondo de una mirada. Los recuerdos demasiado oscuros. Los dolores demasiado intensos. Pero también la felicidad, que casi siempre es muda.

Cuando fallecemos, ¿qué queda de todo eso que no decimos, qué legado para quienes caminarán tras nuestros pasos?

Mientras observaba a los sepultureros bajar el ataúd de Téta hasta la tierra, me sentí como si estuvieran enterrando la caja fuerte de mi memoria antes incluso de que hubiera encontrado la llave.

Lancé una rosa sobre su tumba. Noté una brisa en la nuca. Me hice una promesa. Iría a su país para recuperar su memoria. Intentaría contar su historia. Porque si hay algo peor que la muerte, es el olvido.

4

Un domingo helador de invierno, me desperté antes del amanecer. Todo dormía a mi alrededor. La ventana estaba cubierta de escarcha. Philo dormitaba a mis pies, enroscado como una bola. Sentía su hocico húmedo bajo los dedos. Me preparé un café turco bien cargado. Me senté delante del ordenador y contemplé la pantalla como si fuera el horizonte. Puse música, bajito, en modo aleatorio. Otra vez Leonard Cohen, como por casualidad, con esa voz suya que alegra cualquier soledad.

It’s four in the morning, the end of December I’m writing now just to see if you’re better

Me habían llegado dos correos durante la noche. Un mensaje empalagoso de una viuda de Costa de Marfil que quería dejarme en herencia unos cuantos millones de dólares y otro en el que me ofrecían implantes de pecho a bajo precio...

Sonreí al pensar que para mis misteriosos remitentes noctur-nos tenía el siguiente perfil: mujer extremadamente ingenua y de poco pecho.

Era uno de esos días polares de enero en los que hace falta una buena dosis de fe o de imaginación para pensar que un día, bajo esa misma ventana, el magnolio estaría en flor.

¿Debía ir o no? La víspera me había dormido dándole vueltas a aquella pregunta tras leer un artículo que decía que los nietos de los supervivientes armenios dudaban a la hora de viajar a Turquía en busca de sus raíces. Un dilema alimentado por el miedo. Miedo a traicionar a sus antepasados. Miedo a estrechar la mano a un país asesino. Miedo a perdonarle lo que nunca había reconocido. También miedo a amarlo, quizá. Pues ¿no habría algo intolerable en ese amor por el verdugo?

Desde el asesinato en 2007 del periodista turco de origen armenio y adalid del diálogo Hrant Dink en Estambul, el mie-do de los armenios no había desaparecido. Pero cada vez eran más los hijos de la diáspora que habían decidido abrazarlo en lugar de rehuirlo. Algunos contrataban los servicios de aso-ciaciones armenias que ofrecían viajes organizados de retorno al país natal. Otros se marchaban solos, después de investigar por su cuenta y de encontrar a alguien in situ que pudiera ayudarles a traducir su memoria, a reapropiarse de su historia.

Esa mañana me desperté absolutamente convencida de que esa sería la mejor manera de proceder. A las cinco y me-dia, envié un mensaje a través de Facebook en el que anun-ciaba mi proyecto y preguntaba si por casualidad alguien conocía a un buen guía en Turquía. A las cinco y treinta y seis, para mi gran sorpresa, ya tenía una respuesta de Sophia, una amiga realizadora de documentales e insomne que, sospecho, es la persona con más contactos de todo el hemisferio norte.

«Deberías hablar con Sam, un cineasta kurdo al que conocí estando de rodaje en Estambul. Él también ha indagado acer-ca de los orígenes secretos de su abuela armenia y ha hecho una película preciosa sobre el tema. Habla francés. Sería un excelente guía e intérprete. Estoy segura de que es la clase de proyecto que podría interesarle.»

Con solo dos clics encontré los datos de Sam. Apuesto, cuarenta y pocos. En su foto de perfil aparecía sonriente, nimbado por la luz anaranjada de un desierto. Tenía el presentimiento de que era el hombre que necesitaba. Le mandé un mensaje.

Querido Sam:

Me llamo Léa. Soy una profesora de Montreal (Canadá). Quiero volver a la ciudad natal de mi abuela, Antoinette Rose Amalian, superviviente del genocidio armenio. Nació en Manam en 1908, se refugió en Alepo en 1915 y falleció en Montreal el verano pasado.

Viajaré a Manam este verano con la esperanza de averiguar más cosas sobre su vida, de la cual ella hablaba muy poco. Me gustaría escribir un libro en su memoria.

Mi amiga Sophia me ha dicho que quizá usted pueda ayudarme con la búsqueda. Le ruego que me escriba si el proyecto le interesa. Le estaría eternamente agradecida.

Al revisar el texto, me pareció que ojeaba una versión ape-nas modificada del correo melodramático de la viuda de Cos-ta de Marfil dispuesta a cederme su fortuna a cambio de un simple número PIN.

Muy estimado señor:

Soy doña Léa, viuda sin descendencia. Mi difunta madre me ha dejado una importante suma. Padezco cáncer y tengo los días contados. Me gustaría que aceptase ser el administrador de dicho capital a fin de divulgar la obra de Dios.

La respuesta de Sam llegó al día siguiente.

Querida Léa:

Estaré encantado de recibirla en Turquía.

Será un placer ayudarla con el proyecto. ¿Cuándo tiene pensado llegar?

Hasta entonces, si puedo serle útil, no dude en escribirme.

5

Último día de clase antes de las vacaciones de verano.

—¿Adónde va, señorita Léa?

Les dije que iba al país de mi abuela. No les dije que era un país que ya no existe. Un país por reinventar, del que la habían expulsado. El país de una memoria negada.

—¿Dónde está el país de su abuela? ¿Queda lejos?

Ya los echaba de menos. Echaba de menos su candor. Sus hoyuelos. Sus ojos curiosos.

La temperatura debía de alcanzar los cincuenta grados en el colegio, convertido en un horno. Las niñas se habían puesto su mejor vestido de verano. Los niños, la camisa de las ocasiones especiales. Teníamos el espectáculo de fin de curso.

Los alumnos se pegaban a mí como patitos que siguen a su madre.

No hacía mucho que los había visto llegar, tan pequeños que no levantaban un palmo del suelo, con una mirada ávida y las mejillas enrojecidas, encorvados bajo una mochila más pesada que ellos. Se veían diminutos en el patio de los mayores.

A principios de curso blandí el diccionario delante de ellos.

—Aquí dentro están todas las palabras. Es como un cofre del tesoro con veintiséis letras que, combinadas, pueden des-cribirlo todo.

Les dije que allí tenían todo lo necesario para contar el mundo. Incluso lo que no se cuenta. Incluso los secretos que no osaban confesarle a nadie. Incluso el silencio.

Me pasé todo el curso tratando de alejarlos de las faldas de sus madres. Les di la mano para poder soltársela mejor. Solo tienen siete años, pero me parecen tan mayores... Y me siento muy afortunada por presenciar todos los años desde hace dos décadas el fabuloso momento en el que empiezan a descifrar el mundo, palabra por palabra. Al contrario que los padres, tengo la suerte de revivir una y otra vez esa edad tan mágica como conmovedora.

«¡Y, ahora, la clase de la señorita Léa!.»

Les dije «¡Adelante!» por última vez. Yala! Subieron al escenario con estrellitas en los ojos. Cantaron dando unos pasos de danza. Estaban guapísimos. Me sentía muy orgullosa.

Isménor iba endomingado como si asistiese a una boda. Chaqueta negra, camisa blanca y pajarita. Reía junto a sus compañeros de clase. Me acordé del niño tímido que se había presentado en mi clase con ropa de verano a principios de invierno. Era originario de Haití y había llegado al país con su madre y sus hermanas en unas circunstancias que yo imaginaba difíciles.

El primer día de frío intenso el bedel, al verlo fuera tiritan-do con un abrigo sin forro, lo hizo pasar al interior del edificio para que entrara en calor antes de que terminase el recreo.

—Tu pequeño Isménor no está bien equipado para afrontar el invierno —me susurró al oído antes de que los niños regre-saran al aula.

Los días previos a la Navidad, no lo pude resistir. Metí un abrigo calentito en la taquilla de Isménor. Lo había recuperado en casa de mi hermana, que, previsora, lo había comprado mucho antes de la estación fría. Pero no había previsto que su hijo crecería tan rápido. «Thomas no se lo ha puesto nunca. Me alegra que uno de tus alumnos pueda sacarle partido».

—¿Qué es esto, señorita Léa? —preguntó Isménor al descubrir el abrigo azul que colgaba de su gancho.

Me hice la sorprendida.

—¡Oh! Seguro que ha sido Papá Noel... Isménor se probó el abrigo. Era de su talla. A la vuelta de las vacaciones vino a verme.

—Mamá cree que Papá Noel es usted...

Huda subió confiada al escenario, sus trenzas rizadas re-voloteando en el aire. Noté que se me empañaban los ojos.

Hace dos años huyó de Siria con su familia. Una bomba cayó en el patio de su colegio, en Damasco. Al igual que otros treinta niños, resultó gravemente herida en una pierna. Su hermana mayor la encontró en el suelo. «Huda, ¿estás bien?». No, no lo estaba. Tenía la pierna acribillada de esquirlas de obús. Creyeron que no volvería a andar. Y hete aquí que en esa escuela al otro lado del mundo, una niñita que había visto la muerte bailaba y cantaba ante la mirada conmovida de sus padres.

Luego la directora llamó al escenario a la clase de Emma, mi compañera de primer curso, que ahora es muy buena amiga mía.

Cuando le anuncié mi viaje a Turquía, me miró con más preocupación que entusiasmo.

—¿En serio, Léa? Con todo lo que se oye en las noticias.

¿No hubo un atentado en Estambul la semana pasada?... ¡Te pueden secuestrar!

—Claro que no, mujer... Estaré en buenas manos, descuida. En la pantalla del móvil, busqué el perfil de Facebook de Sam.

—Mira, este será mi guía... Sonrió al ver la foto.

—¡Si parece Javier Bardem! —exclamó—. Pues a mí si me secuestra él...

Sin embargo no parecía tranquila.

—Aun así, ¿no te parece que todo eso es un poco peligroso?

—Solo serán quince días. Tendré cuidado. Confía en mí.

El timbre sonó por última vez. Las vacaciones esperaban tras la valla. Guiados por un mismo impulso, niños y mayores alzaron el vuelo hacia el verano.

—Buen viaje, señorita Léa. ¿Nos contará todo?

—Sí, prometido.

6

Sam me esperaba a la salida del aeropuerto de Diyarbakir, con un cigarrillo entre los dedos. Vestía unos vaqueros desteñidos y una camisa azul. La foto de Facebook no mentía. «Mehsen», habría dicho Téta. Tez oscura. Mirada solar. Aires desenfada-dos.

Le sonreí.

—¿Léa? Bienvenida a Turquía.

Tenía una voz ronca de fumador y el acento de alguien que ha estudiado en Francia. Aplastó la colilla en la acera. A continuación, se apresuró a coger mi maleta y me hizo señas para que lo siguiese hasta el aparcamiento.

—He aparcado un poco más allá. ¿Ha tenido un buen viaje?

Acordamos tutearnos antes de tomar asiento en el pequeño Renault blanco oxidado por debajo de la portezuela delantera.

La voz potente de Adele resonó en cuanto Sam arrancó el motor.

I must have called a thousand times

To tell you I’m sorry for everything I have done.

Teníamos una hora de carretera por delante para llegar a Manam. La luz de media tarde era cobriza. Bajé la ventanilla y alargué el brazo para sentir el aire caliente en la piel. El ru-gido del viento tapaba la voz de Adele. Y en aquel paisaje de montañas áridas salpicado de oasis verdes, todo me parecía extraño, doloroso y bello a partes iguales.

—El videoclip de esta canción lo dirigió un cineasta quebe-qués —le dije—. ¡Se ha visto más de dos mil millones de veces!

—¿Dos mil millones?

—El director se llama Xavier Dolan. ¿Lo conoces?

—¡Ah, sí! Creía que era francés. ¿Sabías que Adele es de ascendencia turca?

—No, no lo sabía...

—Un músico de Bodrum asegura ser su padre. Dice que conoció a la madre de Adele cuando esta estaba de vacaciones en Turquía. Hasta quiere hacerse la prueba del ADN.

—A lo mejor se trata de un armenio que ignora serlo. Al fin tendríamos en la comunidad a alguien más famoso que Kim Kardashian.

Sam sonrió, con una sonrisa cómplice que le devolví.

—Es curioso que menciones a Kim Kardashian, porque en Turquía también se ha montado toda una historia en torno suyo. Un pequeño comerciante turco de Karakale, un pueblecito minúsculo próximo a la frontera con Armenia, afirma ser su primo. El tipo cuenta que descubrió a su «prima» Kardashian investigando en los archivos municipales, con ayuda del único ordenador del pueblo. Ahora dice que solo quiere ir a tomar el té con su famosa prima multimillonaria...

—¡Sí, claro, solo un té entre primos!

Sam frenó en seco: un pastor cruzaba hacia los pastos con su rebaño de ovejas.

—¿Qué tal te fue en Estambul?

—Solo estuve dos días. Era la primera vez que iba. El tiem-po estaba brumoso...

Le conté que, mientras avanzaba entre la niebla de Estambul, me sentí como un detective que pisa una escena de crimen. Me chocó encontrarme una calle Talat Pachá, llamada así en honor al principal artífice del genocidio.

—Es como si hubiera una calle Adolf Hitler en Berlín... ¡No me lo podía creer!

Cuanto más caminaba por la ciudad, más me invadía la amargura.

—Aquí decimos que Estambul es la capital de la melancolía. En turco se dice «hüzün».

—¿Hüzün? ¿No significa «duelo» o «tristeza» en árabe?

—Sí, es una palabra de origen árabe. La versión turca tie-ne un significado ligeramente distinto que resulta difícil de traducir... Orhan Pamuk ha hablado de ello. Es el estado de ánimo de un niño que mira por una ventana empañada. Es a la vez una tristeza profunda y un duelo incompleto. Nadie se libra en la ciudad.

Circulábamos despacio en dirección a Manam cuando, en una rotonda, una mujer siria seguida de una niña de apenas un año nos alargó sus documentos de identidad suplicándonos con la mirada. Sam le dio algo de dinero. Ella se lo agradeció juntando las palmas e inclinando la cabeza, con los ojos cerrados.

—Estamos cerca de la frontera. No muy lejos de aquí hay un campo de refugiados. Mi próximo documental tratará so-bre la vida en ese campo.

Al ver a la mujer y a su hija, me acordé de los niños sirios con los que me había cruzado en Estambul, delante de la estación Haidar Pachá, entre el maremágnum de taxis, vendedores y transeúntes. Vestidos de harapos, mendigaban a la espera del final de la guerra frente a la misma estación de la que había partido el primer convoy de deportación de intelectuales armenios en 1915. Niños de la misma edad que mis alumnos... En sus ojos me pareció ver los de mis antepasados sometidos a la misma humillación cien años atrás. Como si, precisamente, mirasen por la ventana empañada del mundo.

¿Avanza siempre la Historia volviendo sobre sus pasos?

—¿Y tú, Léa, tienes hijos?

No me gustaba aquella pregunta que sonaba como una or-den, aunque no la hubiera hecho con mala intención. Como cuando le preguntas «¿qué tal?» a alguien que las está pasando moradas pero que no lo dirá. No me apetecía nada hablar de mí.

—En realidad tengo veinte.

—¿Veinte?

—Veinte niños nuevos cada principio de curso... Tienen seis o siete años y son maravillosos.

Sam me dijo que a él también le habría gustado ser maestro. De momento, entre dos rodajes, se ganaba la vida como guía. Me explicó de manera mecánica, como si hubiera me-morizado las frases de un folleto, que desde hacía algunos años Manam, joya desconocida del sudeste del país, había conseguido imponerse como destino turístico. Cada vez eran más los visitantes que venían para descubrir su amalgama de culturas —árabe, asiria, turca, kurda...—. Estos recorrían sus callejuelas tortuosas y sus interminables escaleras. Deambula-ban por el bazar, que parecía sacado de las Mil y una noches. Aspiraban el aroma de las especias. Se relajaban en el hamam. Admiraban la elegante arquitectura de inspiración árabe. Por desgracia, tras los múltiples atentados que habían azotado Turquía, los turistas habían huido.

—Aun así no hay ningún peligro, créeme...

Deseaba creerle. Pero también sabía que el gobierno canadiense recomendaba evitar «los viajes innecesarios» a la re-gión, como me había repetido mi madre antes de mi partida.

A mi entender, «innecesario» es una noción bastante rela-tiva... «¿Cuál es el motivo de su viaje, señora?».

—Tengo una vasija sobre la cabeza. Es necesario que me libre de ella.

La carretera levemente ondulada atravesaba una serie de campos. Me entretuve adivinando lo que se cultivaba en ellos.

¿Albaricoques? ¿Pistachos? ¿Higos?

—¿Y en ese de ahí qué hay?

—Olivos... Mi padre tiene un olivar cerca de aquí. Si nos da tiempo, te llevaré a verlo.

Sam me dijo que había ido en el momento oportuno.

—Últimamente ha habido manifestaciones en Diyarbakir. Han ordenado el toque de queda. Pero ahora todo está más tranquilo...

Llegamos a Manam a eso de las seis de la tarde, después de cruzar una zona militar salpicada de alfóncigos y ceñida de alambradas. Al norte de la región de Jazira, al final de una carretera sinuosa que antaño había sido la Ruta de la Seda, Manam surgió ante mí como una fortaleza de color azafrán. Aferrada al flanco de la montaña, con sus alminares y sus campanarios implorando al cielo, alzándose como un balcón sobre la llanura de Mesopotamia. Manam, ciudad natal de la abuela. Ciudad fatal, también.

Sam me dejó en el hotel y propuso que nos viéramos allí mismo al cabo de una hora.

—¿En la terraza del restaurante sobre las siete?

—Vale, hasta luego.

Me había enfurecido un poco con su preguntita indiscreta. Pero no me sentía con ánimos de inventar una excusa para escabullirme.

El hotel ocupaba una antigua casa armenia del barrio antiguo de Manam con una fachada de piedra blanca. Una de aquellas casas fortificadas y grandes como palacios que, alrededor de un patio interior umbroso, albergaron en otros tiempos las alegrías y las desdichas de una nutrida familia de cincuenta miembros. La fachada parecía obra de una encaje-ra. Vestigio de una vida acomodada que ya no existía y de la que habían borrado hasta el último rastro.

Como el turismo pasaba por horas bajas en la zona, no me costó encontrar una habitación a buen precio. Una alcoba con un encanto discreto, de techos abovedados.

Delante de la entrada del hotel, me crucé con mujeres cubiertas con pañuelos de vivos colores, un hombre que llevaba una cabra con una correa y un panadero panzudo apoyado en el escaparate de su tienda que observaba a los viandantes.

Una extraña mezcolanza de olores a gasolina, pan y pelo de cabra impregnaba el aire.

A las siete me instalé en la terraza. La llanura de Mesopotamia ofrecía un aspecto de espejismo. Unos vencejos negros lanzaban chillidos tan estridentes que parecía que quisieran horadar el cielo. La luz del atardecer imprimía reflejos amba-rinos en el paisaje. Estaba contemplando el horizonte, perdida en mis pensamientos, cuando llegó Sam.

Dejó el teléfono, las llaves y una cajetilla de tabaco sobre la mesa y se sentó frente a mí. Le hizo señas al camarero para que se acercara.

—¿Qué te apetece tomar? ¿Raki? Sí, me apetecía.

Una ancha sonrisa le iluminaba la cara.

—Bueno, Léa... Dime...

Eché un vistazo furtivo a nuestro alrededor, preguntán-dome si estábamos en un lugar donde se podía decir todo... En la mesa vecina, un hombre solo desgranaba su masbaha mirando el horizonte. A sus pies, tres tortuguitas tomaban el fresco.

Recordé la advertencia a los viajeros que había leído en la página web del gobierno canadiense: «Evite entablar conversaciones sobre cuestiones históricas y políticas». Bajé la voz sin saber si era por paranoia o por cautela. Mientras preparaba el viaje me había topado con la historia de un reportero grá-fico alemán al que habían detenido a su llegada a Turquía y posteriormente enviado a su país porque mostraba demasiado interés por el genocidio armenio. No sentaba bien el que quisiese contar una historia que las autoridades trataban de borrar. Lo calificaron de presunto yihadista antes de enseñarle la puerta.

Yo contaba con la ventaja de no ser más que la reportera de mi propia vida. Pero sabía que unas simples historias de abuelas que deformaban el relato oficial de la nación turca tenían un potencial subversivo en aquel país.

Le dije a Sam que la muerte de Téta me había provocado un afán de saber. Me escuchaba con atención, y yo percibía en él esa cualidad inefable que invita a las confidencias.

Me arrepentía de no haberle hecho más preguntas a la abuela. Por otra parte, sabía de sobra que no le habría apete-cido remover sus dolorosos recuerdos. Hablaba de buen grado de cualquier cosa, menos de su infancia, destrozada en 1915.

El cuaderno grande en el que había empezado a apuntar todo lo que sabía de su historia estaba plagado de silencios, elipsis y parábolas. Quería voltear las piedras del silencio. Transcribir su memoria. Con el único propósito de que existiera. Esperando hacer las paces con un pasado que había comenzado a atormentarme a medida que se alejaba.

Cuando falleció mi abuela, al principio sentí una pena tan honda que no lograba explicármelo. A una parte de mí, la más prosaica, le parecía pueril que me afectara tanto una desaparición que en principio tendría que haber supuesto una bendición. El cuerpo sufre con ciento siete años...

Sin embargo, el duelo no me era ajeno. Conocía esos amo-res que se extinguen tras una lenta agonía. Esas brasas que se transforman en cenizas sin que uno entienda muy bien por qué. A veces me decía que quizá los peores duelos eran esos en los que nadie fenece. Duelos sin flores ni funeral en los que algo muere en nuestro interior.

Acabé aceptando la idea de que la muerte nunca es banal. Aunque camine despacio, nos atropella. En Una muerte muy dulce —el conmovedor relato del fallecimiento de su madre—, Simone de Beauvoir cuenta que tardó en comprender que se pueda llorar sinceramente a un familiar de más de setenta años. Si se encontraba a una mujer de luto en ese estado, la tomaba por una neurótica. Hasta que se dio cuenta, junto al lecho de su madre, de que la muerte, aunque se la espere y sea previsible, siempre sorprende. Como un motor que se detiene en pleno vuelo. «Todos los hombres son mortales, pero para cada hombre su muerte es un accidente y, aun si la conoce y la acepta, una violencia indebida.»

El camarero llegó con el raki, una jarra de agua y unos mezés. Con un gesto moroso, Sam vertió un poco de agua en su raki, dándole una consistencia lechosa.

—Hay gente que lo degusta seco. Yo prefiero un tercio de raki con dos tercios de agua helada. ¡Salud!

Le pedí que me contara la historia de su abuela. Tenía los ojos risueños, a pesar de que el tema no hacía ni pizca de gracia.

—Bueno... En mi caso, el desencadenante fue un artículo que leí por casualidad en un periódico de Ankara y que despertó mis sospechas. Digo «por casualidad», pero creo que en la vida no hay casualidades.

El artículo al que se refería Sam era la reseña de un libro publicado por Feziye Çetin, una abogada turca. Yo también lo había leído antes del viaje y me había conmocionado. En él la autora hablaba de la impresión que se llevó cuando su abuela le reveló, al final de su vida, que no era ni turca ni musulmana como todos creían. Era armenia y cristiana y había sobrevivido al genocidio de 1915.

A Sam nadie le había dicho que durante ese genocidio cuyo nombre prefiere callarse en Turquía —se habla con más facilidad de la «gran catástrofe de 1915»—, miles de armenias se convirtieron al islam a la fuerza.

—No era la clase de cosas que nos enseñaban en el colegio...

Algunas fueron secuestradas, enviadas a un harén o vendi-das como esclavas sexuales. Dicen que todas las familias kur-das de Turquía tienen al menos un antepasado armenio. En turco se los llama «los restos de la espada». Odio esa expresión que designa a los supervivientes del genocidio que se vieron obligados a renunciar a su identidad armenia para sobrevivir.

Con nueve años, arrancaron a la abuela de Feziye Çetin de los brazos de su madre y la mandaron a vivir con una familia turcomusulmana. Pasó a llamarse Seher, en lugar de Hera-nuch, su nombre armenio. Nunca había hablado de ello.

Nunca salía sin su hiyab. Rezaba cinco veces al día. Pero aquí y allá, diseminados a lo largo del tiempo, se le escapa-ban indicios de sus orígenes armenios secretos. Los choraks, aquellos panecillos dorados con yema de huevo que preparaba cada primavera durante la Pascua... Las palabras que pronunciaba cuando su nieta le confesaba que le daba miedo pasar junto a un cementerio. «Niños, no tengáis miedo de los muertos. No pueden haceros daño. Daño hacen los vivos, no los muertos».

—Después de leer el artículo, corrí a la librería como quien acude a urgencias. Esa misma tarde me leí el libro de un tirón. No pegué ojo en toda la noche.

Preguntas que nunca antes se había planteado ahora se le agolpaban, sembrando la duda en él. Lo torturaba un presentimiento. ¿Y si su abuela había corrido la misma suerte?

¿Y si sus antepasados habían sido cómplices? ¿Y si habían estrechado la mano a los verdugos?

—Al día siguiente fui a visitar a mi abuela. Tomamos el té juntos. Era la misma de siempre, vivaz y afectuosa. Pero mi manera de mirarla había cambiado. Le hablé de aquel libro que me había causado tanta pena. Le dije: «Deberías leerlo, abuela».

Se produjo un largo silencio. Luego su abuela le dijo, mi-rándolo a los ojos: «Cielo, no necesito leer ese libro... Lo po-dría haber escrito yo misma. Esa historia es la mía».

—Le rodaban lágrimas por las mejillas. A mí también. Nun-ca la había visto llorar. La abracé. Nos quedamos un buen rato pegados el uno al otro, quietos.

Sentí que las lágrimas me nublaban la vista. No sabía si era por el raki, el cansancio o el hüzün. O por la forma tan sencilla y cándida en que Sam lo narraba.

Súbitamente, el hombre de la mesa de al lado dejó de des-granar el masbaha y se puso en pie. Un cielo color de tinta se tragó las últimas luces del día. Se oyó el cántico del almuédano. Estábamos solos en la terraza, junto con las tres tortugas,

refugiadas en el caparazón.

—Bueno, entonces ¿paso a buscarte sobre las diez maña-na? Te quiero presentar a un tipo que es nieto de supervivientes.

—Perfecto... ¿Sabes?, lo único que quiero es comprender mejor.

En mi cabeza resonaba la voz de Téta reprochándome aquella búsqueda: «Quien quiere comprenderlo todo acaba muriendo de rabia, ya benti...».

—Nada ocurre porque sí... Aquí decimos que el que lucha contra el destino acaba inevitablemente vencido.

No cabía duda de que Sam era de los que creían en el destino. No me atreví a confesarle la aversión que sentía por el fatalismo oriental que se amolda a todo.

Nunca he creído en esas historias de destino trazado de antemano y de desgracia útil. Pero me gusta creer que la he-rida es «el lugar por donde entra la luz», como dice el poeta Rumi. Tal vez sea lo mismo. Creer en el destino o en las historias que nos ayudan a vivir. Hallar consuelo en el sentido o en historias inventadas.

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Həcm:
120 səh.
ISBN:
9788409324569
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