Kitabı oxu: «Papi»

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LARGO RECORRIDO, 26

Rita Indiana

PAPI

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: septiembre de 2011

SEGUNDA REIMPRESIÓN: julio de 2016

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

© Rita Indiana Hernández, 2005, 2011

© de esta edición, Editorial Periférica, 2011. Cáceres

info@editorialperiferica.com

www.editorialperiferica.com

ISBN:978-84-18264-62-7

El editor autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

1

Papi es como Jason, el de Viernes trece. O como Freddy Krueger. Más como Jason que como Freddy Krueger. Cuando una menos lo espera se aparece. Yo a veces hasta oigo la musiquita de terror y me pongo muy contenta porque sé que puede ser él que viene por ahí. La musiquita es a veces mami que me dice que papi llamó y que dijo que viene a buscarme para llevarme a la playa o de compras. Yo me hago la loca segura de que no viene por ahora porque al que le van a hundir un machetazo en la cabeza no le avisan, por eso es que van tan brutos y se acercan a los arbustos o al closet, de donde sale una luz misteriosa, diciendo: Helen? O dizque David?, cuando se sabe que quien está detrás de los arbustos no es Helen ni David sino papi, con su bate de softball de aluminio levantado o un hacha o un pico.

Papi está a la vuelta de cualquier esquina. Pero una no puede sentarse a esperarlo porque esa muerte es más larga y dolorosa. Lo mejor es hacer otros planes, quedarse con la pijama puesta y ver todos los muñequitos desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche o incluso salir a pasear, que es un juego que se inventó mami y que se llama: si papi te quiere, que te encuentre. Pero Jason sabe más que eso y se desaparece por meses y hasta años, hasta que a mí se me olvida que existe, entonces la musiquita de terror es el mismo papi dando bocinazos desde su carro y yo bajo los escalones de cuatro en cuatro para que él me vuelva carne molida lo más pronto posible.

Pero en lo que más se parece papi a Jason no es en que se aparece cuando una menos lo espera, sino en que vuelve siempre. Aunque lo maten. Cuando papi se fue la primera vez para los Estados Unidos con una cubana que no quería que papi le mandara dinero a nadie, mi abuelita Cilí dijo: está muerto para mí. Y cuando papi le dijo a mami que se iba a casar de nuevo, pero no con ella, mami le dijo: te me moriste. Y yo creo que una vez que papi me dejó esperando yo lo llamé por teléfono y le dije: ojalá te mueras. Y me imagino que muchas otras gentes también le deseaban la muerte, como a Jason, que no hace falta un detective para descubrir que todos le teníamos ganas y que cuando nos pasaron el puñal lo hundimos no una sino muchas veces (como éramos tantos y estaba tan oscuro, quién se iba a poner a contar), y es que además por matar a Jason no meten a nadie preso.

Por eso cuando me dijeron que él iba a volver yo había dejado de esperarlo hacía tiempo y había visto un millón de veces su regreso, la ropa con que papi iba a volver, cómo iba a bajar del avión, oliendo el aire salado, arrodillándose para lamer el suelo.

Y luego, esto también ya yo lo había visto: cómo se calza los tenis Nike, pero se deja el traje de 2.000 dólares y mientras el oficial de migración le pregunta si viene de visita papi se pone en posición de salida con las manos en el suelo, con una pierna hacia atrás y la otra recogida, y cuando el sello cae sobre el pasaporte él sale disparado y comienza a correr y a correr y en su mente también corre desde el Aeropuerto Internacional Las Américas hasta la Feria, hasta el frente del edificio de la Lotería Nacional, hasta la casa de su mamá, como le había prometido a Gregorio Hernández, el santo doctor, si le concedía volver rico, y ahora vuelve y todo ese dinero que ha ido amasando vuelve con él.

Y nosotros a él también lo hemos estado amasando, te hemos estado esperando, papi.

Te estoy esperando en el balcón de la casa de tu mamá, en casa de Cilí. Te espero con los puños cerrados y la boquita pegada a la barandilla fría del balcón, imaginando cómo vas a saltar del carro hasta el balcón (que está en el tercer piso) y cómo vas a cargarme y vas a decir que estoy más grande y que ya casi no puedes cargarme, pero qué va, tú vas a poder cargarme siempre, y me cargas y me aprietas y me besas la frente y yo hundo la cabeza en tu cuello para oler tu perfume «de fuera», para ver si has cambiado de perfume, para ver.

Ya todo el mundo sabe que estás volviendo, que vas a regresar, que vuelves triunfante, con más cadenas de oro y más carros que el diablo. Ya todo el mundo lo sabe. Ya están imaginándose cómo regresas a ellos, a cada uno de ellos, y cómo cada uno te ha estado esperando y ha estado fantasmeando y ha estado anunciando en el barrio, en la casa, por teléfono: vuelve.

Y se sueñan contigo llenando la maleta con regalos para ellos y se sueñan que tú sólo trabajas para ellos, sólo vives para ellos, sueñan que tú les debes todo en la vida, en sus sueños. Se imaginan el reencuentro. Tú, con tu traje de plata, tus zapatos de azabache, corriendo desde el aeropuerto, no, pagando un avión del aeropuerto a sus casas para, antes que nada y primero que todo, tocarles la puerta y despertarlos con una ducha de billetes verdes que saben a azúcar de pastelería.

Y el día llega y todos y cada uno se despiertan, se echan un cubo de agua, se deshollinan. Éste es el día, el día en que va a saberse lo que es bueno, en que tú vas a volver para retribuirles a ellos todo lo que ellos te dieron cuando eras un hijo de machepa, todos los fósforos que te prestaron, los fondos de cerveza que te brindaron, las bolas en la cola de un motor que te ofrecieron. Algunos han hecho una lista en sus mentes de cada cosa que les debes y por cada cosa escriben, también en sus mentes, lo que vas a traerles, la forma en que ellos creen que debes pagarles. Y cuando la lista es muy larga (porque han anotado hasta las veces que te dirigieron la palabra) empiezan a pedir prestado, comienzan a endeudarse, a despilfarrar esa fortuna que ya sienten suya, esa fortuna que irremediablemente describirá una perfecta trayectoria de churria radiante desde tus bolsillos hasta las caras, las manos, las bocas, los pechos de todos ellos; tus sobrinos, primos, hermanos, amigos, concuñados, allegados, vecinos, compañeros de escuela, tíos, padrinos, compatriotas, amigos de un tipo que está casado con una doña que es hermana de un fulano que se graduó de la Marina un año después que tú.

Y se organizan, se están organizando a ambos lados de la avenida bordeada de palmeras porque todos han tenido la misma idea, ir a tu encuentro, y se han preparado, pancartas en mano, banderolas, letreritos, cruzacalles que dicen güelcon güelcon! Otros que no pensaron tan rápido ahora se suben a las palmeras de la Avenida Las Américas para dejarlas calvas y ponerte las pencas verdes en el suelo, otros se tienden ellos mismos en el asfalto para que les pases por encima, otros traen camiones electrizantes, con torres de bocinas que tocan El Triste de José José porque una noche te brindaron un picapollo y ponían esta canción y piensan que es una buena forma de refrescarte la memoria. Y otros vienen en camionetas con los vidrios tintados y en el techo altoparlantes por donde vocean consignas y relatan anécdotas sobre ellos y tú. Otros vienen disfrazados de miembros de la Defensa Civil para poder empujar a los demás y dicen: Vamo a organizarno, vamo a organizarno, agitando batutas con sus chalequitos naranja que a la legua se ve que son hechos en casa. Pero la gente por fin se va organizando, ponen sus nombres en un libro que una doña va pasando (y la doña también vende dulce de maní) para que sepas quién vino a recibirte y quién no, y ahora se ve el avión descendiendo y las mujeres comienzan a caer en trance y a botar espuma por la boca y los hombres con chorrera en las piernas bailan el perrito agarrados a los bompers de los carros.

Y aquí vienes, aquí vienes corriendo. La gente se ha organizado a ambos lados de la avenida, una cuerda los separa de tu cuerpo, pero ellos estiran los brazos para que tú les choques esos cinco sin dejar de correr y ya te has quitado el traje de 2.000 dólares y llevas un jogging suit azul cobalto de 1.700 dólares, y ha comenzado a llover y la gente saca paraguas y plásticos para cubrirse y un palomo corre detrás de ti con un pedazo de cartón para que no te mojes la cabeza, pero sudas tanto que parece que te estuvieras mojando anyways y detrás de ti una caravana de carros con sirenas, patanas, camiones, motores y motonetas, y muchos corriendo y otros en sillas de ruedas, en bicicletas, alumbrándote con luces de halógeno entre la lluvia porque se está haciendo oscuro.

Y la gente comienza a distinguir la caravana de réplicas del Pontiac Trans-Am que se manejan solos que papi trae para vender. Decenas de trajes de 5.000 dólares que papi trae para ponerse. Miles de relojes, cadenas, anillos y guillos de oro blanco que se ajustan sobre el cuerpo de papi con sólo pensarlo y que papi no piensa apearse ni muerto. Y hay quien sale con un bebé en brazos para que papi se lo bautice (el cura, la madre y el monaguillo con la pila bautismal también juyendo) y hay quien mata un puerco en nombre de papi para que una doña lo alcance y le acerque el tenedor a la boca para que papi sople el puerco asao y luego ñau, se lo trague sin dejar de correr. Y así le van matando gallinas, chivos y guineas todo el camino y él, sin dejar de correr, va probándolo todo, y cuando un perico ripiao, que también corre, le toca Compadre Pedro Juan, para que se sienta como en casa, papi hace como que baila, con una mano sobre el abdomen y otra levantada, meneando el fundillo, pero acelerando el trote.

Y antes de que yo pueda tocarlo lo vemos en la tele, chocando manos desde el aeropuerto hasta la feria, trotando, volviendo, trotando, sudando, corriendo, a veces, por un par de segundos, se pone dos dedos en el cuello y mira su reloj caminando. Dos palomitos de la Defensa Civil le pasan un par de Nikes azules cada dos kilómetros porque se le gastan las suelas, y el señor del noticiero de las seis de la tarde con una foto de papi sobre su hombro derecho dice: el niño mimado de Quisqueya vuelve, y hacen un re-play de las imágenes que han capturado hace unos minutos: papi bautizando un bebé, una anciana metiéndole a papi un trozo de cerdo en la boca, papi sonriendo y juntando sus dos manos por encima de su cabeza como los ganadores. Luego en la pantalla los autos y las cadenas y una mujer encinta que cae desmayada por la impresión.

Me asomo al balcón para ver si ya llega y lo que llegan son las vanettes de los canales de televisión a esperarlo, una hilera de presentadores en la acera, micrófonos en mano señalando hacia aquí. Yo saludo con la mano desde el balcón de Cilí y cuando entro para ver si en las noticias dicen por dónde anda papi, me veo en la pantalla en el balcón de Cilí diciendo adiós con una mano.

2

Papi tiene más de to que el tuyo, más fuerza que el tuyo, más pelo, más músculo, más dinero y más novias que el tuyo. Papi tiene más carros que el tuyo, más carros que el diablo, tantos carros que tiene que venderlos porque no le caben en su propia marquesina. Papi tiene carros que hablan y te dicen que te pongas el cinturón y que cierres la boca, en inglés, francés y otros idiomas. Papi los maneja, uno diferente cada día, porque son tantos que tiene que repartírselos, uno por la mañana, uno por la tarde y otro por la noche, es decir cada cuatro horas. A veces uno incluso para el almuerzo. Uno para irme a buscar al colegio, uno para ir a mi primera comunión, uno para visitarme los domingos, uno para ir a visitar a su mamá y otro para sus hermanas, un Jaguar para el día de los padres, un Camaro para el día de los enamorados, un Be Eme Doble u para las inauguraciones, un Ferrari para llevarme a comer helados. Un carro que usa cuando va a traerle a mami mi mensualidad, uno para cuando viene a decirle a mami que quiere volver con ella y otro (por lo general un Mercedes baby descapotable) cuando viene a decirnos que vuelve a casarse con otra y que nos invita a la boda y deja los muebles de mami impregnados con su perfume que es muy fuerte, más fuerte y más caro y más bueno que el perfume que usa el tuyo, si es que acaso tu papá ha visto alguna vez uno.

A mami le da dolor de cabeza.

Papi tiene carros con los vidrios negros, por donde no pasa ni una lucecita, y que además tienen cortinitas negras para que no pase ni una lucecita. Carros que te dicen quién fue que dejó la puerta abierta o quién se está comiendo los mocos, carros largos y gordos, carros a los que se les abren las puertas levantándolas hacia arriba, que hacen que la gente se aglomere alrededor cuando todavía no nos hemos desmontado, que hacen que un montón de niños y jóvenes y viejos casi todos negros y descalzos venga corriendo a tocarnos porque creen que es una nave en la que aterrizamos papi y yo, casi siempre frente a una cervecería o un car wash en el Malecón, y vienen a tocarnos a nosotros y al carro y le preguntan a papi por el carro, por mí y por el carro y papi les responde sin mirarlos, como si no fuera importante, como si los carros volaran desde siempre, como si papi y yo estuviésemos aterrizando en un carro que parece una nave frente a todas las cervecerías del Malecón todas las tardes, y es verdad.

Y papi se desmonta y deja el carro abierto para que los niños, los jóvenes y los ancianos (casi todos negros y flacos y descalzos) puedan subirse y activar el limpiavidrios y las luces y abrir las puertas que se abren hacia arriba como alas de gaviota, como en una nave. Y, a veces, papi hasta les da la llave para que lo enciendan y salgan volando, pero son tan brutos que hacen tres piruetas y luego se estrellan en el mar o en los arrecifes del Malecón o se quedan enredados en el tendido eléctrico como zapatos muertos.

A papi ni le importa. Ni que se maten, ni que le dejen los carros empalados encima de un cocotero, como tiene tantos. Papi lo que hace es que inmediatamente saca una foto del accidente con una polaroid y se la regala a los niños, jóvenes y viejos que han sobrevivido, que en cuanto damos la espalda se entran a trompadas por la foto.

Mi papi tiene tanta ropa y tiene tantos closets para guardarla que a veces cuando quiere ponerse una camisa tiene que comprarla de nuevo porque se olvida en cuál closet es que está. Y tantos poloshirts con el hombrecito jugando polo en el pecho que tiene como quince closets para guardar los poloshirts, uno para cada día de su vida, si él quiere. Y estos poloshirts aunque los laven tienen el perfume de papi todo el tiempo y aunque los laven se les queda y aunque papi los mande a lavar no se les quita y cuando papi quiere cambiar de perfume tiene que cambiar toda su ropa y comprarse toda esa ropa de nuevo y comenzar por el principio.

Mi papi tiene más carros que el diablo. Mi papi tiene tantos carros, tantos pianos, tantos botes, metralletas, botas, chaquetas, chamarras, helipuertos, mi papi tiene tantas botas, tiene más botas, mi papi tiene tantas novias, mi papi tiene tantas botas, de vaquero con águilas y serpientes dibujadas en la piel, botas de cuero, de hule, botas negras, marrones, rojas, blancas, color caramelo, color vino, verde olivo, azules como el azul de la bandera. Botas feas también. Botas para jugar polo y para cortar la grama. Botas de hacer motocross, mi papi tiene motores, motonetas, motores ninja, animales domésticos, four wheels y velocípedos. Papi tiene el pelo rizado, negro y rizado, porque cuando era marinero y tenía uniformes, blancos, kakis, botas, una escopeta de palo, una escopeta de mentira para hacerse fotos, mi papi tenía el pelo muy corto, porque en la Marina de Guerra se lo cortaban a caco, con una navaja eléctrica que hacía zum zum y le quitó lo que le quedaba de rubio en la cabeza, porque es que papi cuando era niño era muy rubio, con el pelo casi blanco, casi albino, y muy lacio y muy largo porque se atoró un día con un pedazo de plátano y su mamá le prometió a la Virgen de la Altagracia mientras papi se iba poniendo como una aceituna negra que le iba a dejar crecer el pelo a papi si se lo salvaba del plátano y por eso en todas las fotos papi tenía su pelo muy rubio, muy lacio y muy largo y le hacían muchas fotos en las que casi nunca se le veía la cara, sólo el pelo muy largo, y en las que si se le veía la cara parecía una niña, con una trenza muy larga y muy blanca que le llegaba hasta la cintura más o menos.

Pero ahora lo tiene negro y tupido y corto, un mini afro. Papi tiene amigos que lo peinan y que vienen a peinarlo, con blowers y un cepillito redondo, cilíndrico, que suena cras cras en el pelo de papi que es muy negro y muy rizado. Los amigos de papi, los que lo peinan y lo afeitan y le cortan las uñas y se las pintan con un brillito transparente, también me peinan a mí, me lavan la cabeza en el lavamanos, me lo secan con una toalla y me lo secan luego con un blower y un cepillo redondo, cilíndrico, más grande que el de papi, porque mi pelo todavía está medio rubio, y no tan lacio, ni tan largo, ni tan albino. Después nos echan gotitas mágicas en el pelo a los dos y nos dicen que somos muy bellos y muy iguales y yo me veo en el espejo con la melena casi rubia y es verdad que soy casi igualita a papi.

El blower también es de papi, y los cepillos y el amiguito que viene a lavarnos el pelo y a peinarnos y a secarnos y a pintarnos las uñas de colores, a mí de rosado, que luego se me descascara y papi, que también tiene removedor de esmalte en una gavetica y limas y piedras pome y cremas hidratantes y aceite de cacao y aceite johnnson, me sienta en sus piernas y me saca el cuté rosado con un algodoncito y otro algodoncito que caen al piso y parece como si estuvieran sucios de sangre.

Papi pierde la cuenta de los jackets que tiene, de los que le regalan sus amigos dueños de discotecas, que mandan a hacer jackets, relojes y gorras con sus iniciales bordadas en oro para regalarlos en las inauguraciones y en las fiestas de fin de año a las que papi llega con una novia, un carro y un par de botas nuevas. Más nuevas que cualquier cosa que vayas a tener tú o tu papá, si es que acaso sabes lo que significa tener uno. Jackets con logos o sin ellos, azules, jackets como los de los peloteros, jackets fosforescentes, enormes, acolchados, jackets en los que me sofoco desde que me los pongo, pero yo me los pongo y no me importa, yo me los pongo todos en cuanto papi se va y me quedo sola con todos los closets de papi y me meto en todos sus walk-in closets y me pongo todos sus jackets y me quedan muy bien. Un poco grandes, pero eso está a la moda, pienso, y me pongo un jacket de papi y unas botas de papi y camino el pasillo entre el primer closet y el último con cada combinación, sonando las botas claca claca claca porque ese sonido a mí me gusta mucho y me siento como un vaquero, como en otro mundo.

Cuando papi me ve con los jackets me dice que a él le da calor verme con ellos puestos y yo no entiendo. Que a él le da calor verme con ellos puestos. Yo me los dejo puestos y papi suda, suda, suda, suda, suda, suda muuucho. Se pone colorado, parece que va a reventar. Me dice que esos jackets son para el invierno. Y yo no entiendo. Que esos jackets son para el invierno. Yo me los dejo puestos y ahora también me he puesto unos Ray-Ban de papi que son de oro, porque papi tiene más gafas que nadie, como ciento veinte. Papi está sentado viendo Rocky III y a Rocky le están partiendo la semilla y yo me estoy poniendo otro jacket más y papi se está volviendo agua. Ya se derrite completamente sobre el sofá, el control remoto flota sobre el charquito de su mano, también hay humo porque el sudor se evapora rápido, el control remoto cae en el piso, entonces yo comienzo a quitarme los jackets de papi, uno por uno muy rápido, porque no quiero quedarme sin papá, pero cuando me quito el último papi es ya una mancha de sudor en el sofá y sobre la cara de Rocky ruedan los créditos mientras él llama: Adrian!!!!! con la boca torcida.

Pero no es Rocky el que grita, me he confundido, es papi, que bebe tanto y se pone tan malo. Porque papi tiene muchas botellas de todo y se las bebe con sus amigos que también traen más botellas y juegan dominó con un dominó de oro que le regalaron a papi, probablemente otro dueño de discoteca. Y el ruido de las fichas del dominó de oro se confunde con la chocadera de vasos y botellas y hielo. Y la sirvienta, una de ellas, ve el precio de las botellas y le dice a papi que si es verdad que esa botella cuesta más que lo que ella gana. Y papi ahora vomita junto a la cama, vomita verde, verde, verde y luego amarillo amarillo y luego rosa y luego ya de un rojo muy oscuro. A mí no me gusta. Sinceramente. Papi vomita más que yo, que desde que me llega el olor me dan náuseas y corro a echarme berrón en la cabeza y en la nuca y a ponerme hielo en las axilas. Me estoy poniendo mala, me estoy poniendo mala.

Papi se está muriendo, yo me estoy muriendo, por suerte papi tiene una ambulancia, dos ambulancias con su chófer cada una que nos vienen a recoger para llevarnos al canódromo y allí estamos papi y yo en sillas de ruedas viendo cómo los perros persiguen una liebre de madera, con una enfermeraazafata que nos sostiene el suero y lo chequea y mueve la manivela para intensificar el riego. Mi papi y yo hemos apostado toda la tarde a que el perro colorado no gana, y el perro colorado gana siempre, es muy divertido. Luego, como papi tiene amigos en todas partes, nos dan un tour backstage, aquí están las perreras y aquí los baños en los que hay charquitos de sangre porque a veces los perritos se mueren después de la carrera y hay unas fundas de basura de donde sobresalen las patitas de los perritos muertos y luego el veterinario del canódromo me deja inyectar a un galgo que no tiene nalgas, sino un pellejo que une la pierna y la cadera y allí mismo pisss, le clavo la aguja que entra bien fácil en el galgo al que un negro vuelve a meter en su jaulita.

Ya nos vamos mejorando. Nos vuelve el color de la piel. Nos baja la fiebre. Papi hasta se afeita, lo que siempre le hace muy bien porque se afeita y se le quitan veinte años. Es casi un niño. Es tan pequeño que puedo llevarlo a caballito. Estamos de nuevo viendo Rocky III porque parece que este verano, junto con Dirty Dancing, es lo único que ponen. Y después papi se duerme en el sofá y yo me hago la dormida, a veces abro un ojo para ver la escena, los dos muy juntos con los ojos cerrados, la luz de la televisión hace que papi se vea más lindo y subo el volumen de la tele a todo lo que da para que no se oigan los gritos de las novias de papi, para que las malditas no vayan a despertarlo, porque es que les ha cogido con reunirse en el parqueo y lo llaman y lo llaman y caminan en círculos con pancartas y fotos de papi y me llaman a mí y luego forman una torre humana enterrándose las agujas de los tacos en los hombros para llegar al último piso de la torre que es adonde estamos papi y yo. Y aquí vienen flacas y altas, regordetas, nargúas, culúas, prietas y pelirrojas, ñatas, aguiluchas, tetónicas, sintéticas, con las teticas paradas, aerodinámicos los cabellos, maremóticas las pollinas, un tsunami frizado con laca y síndromes premenstruales. Aquí vienen con uñas postizas en las pestañas, con ojos en las uñas, con las agallas así (y cuando digo así me pongo el índice de la mano derecha en el bíceps del brazo izquierdo extendido, o sea, que las agallas deben de medir más o menos su buen pie y medio), encaramadas en zancos y en agujas quirúrgicas, en rayos láser en vez de agujas. Tienen sus propias naves, motores y camionetas, que papi les ha comprado, y vienen todas juntas en bicicletas estacionarias a comerme viva, a meterme la cuchara hasta el fondo, para dejarme un arco tatuado en el paladar, un arco que significa que me han obligado a comer, que se preocupan por mi salud y mi bienestar, que son todas buenas madrastras, que papi ha sabido elegir, que yo debo quererlas y sufrirlas y entenderlas y chupar la leche que sale de sus tetas, teticas, tetazas y decirles mami, mamita, mamasota. Vienen como locas, chillando, pujando embarazos ficticios, pujando muñecos de peluche, pariendo bebés de látex que orinan si se les aprieta la barriguita.

Aquí vienen de nuevo limpiándose el pintalabios que traen embarrado en los dientes con servilletas de pizzería, con hisopos sucios, los hisopos con los que me han perforado el tímpano para limpiarme las orejitas, y vienen con más hisopos a limpiarme lo que no me queda porque no se cansan de deshollinarme, de meterme hisopos y enemas por todas partes cuando papi no está, cuando papi sale juyendo en un carro que hay parqueado en el balcón y en el que papi sale volando cada vez que ellas aparecen, gritando, maldiciendo, jalándose las greñas que son tan duras tan duras que se les caen enteras de la cabeza como piezas de cerámica y se destrozan contra el piso de granito como si fueran de tierra.

Aquí llegan en patanas decoradas con banderas de plástico rojo, rojo y amarillo, amarillo y morado, banderolas y confetti y serpentinas rojas, en peinadoras con bocinas a 300.000 vatios, haciéndose campaña, dando golpes de barriga y de pechuga tan intensos que a veces se les brota una tripa o un ojo, furiosas, demoníacas, preciosas, horribles fulanas de tal. Me odian, me odian, me odian, me odian, porque tienen que quererme, porque tienen que quererme, porque tienen que quererme.

Nos están alcanzando, le digo a papi, que saca una pistola de debajo de su asiento y me la pasa diciendo: dispara, mientras baja la cabeza al nivel del guía porque nos están disparando, nos están tirando piedras, granadas, pelucas de cerámica que explotan muy cerca de la carrocería de nuestro carro que rueda haciendo cortes de pastelitos a doscientas millas por hora en el malecón. Saco un brazo y hago fuego y hago fuego y hago fuego y se oyen los gritos de las novias de papi cayendo de sus carrozas, heridas de muerte, agarrándose un pecho. Y sigo haciendo fuego con las armas que papi no deja de pasarme sin mirarme y bajando la cabeza y manejando con las rodillas y con la otra mano bajándome a mí la cabeza para que no nos maten, para que las bazookas de las hijas de la gran puta pasen de largo.

Y las carrozas que están muy decoradas con estatuas de papier maché y papel crepe (ídolos taínos, carabelas de Colón, Marías Montezes) comienzan a coger candela y las arpías escupen para apagarla, pero la saliva de las arpías tiene un ph combustible que hace que las carrozas enteras cojan fuego y el fuego ya les llega a los pantihoses y yo sigo vaciándoles las pistolas de papi encima y tumbo putas a troche y moche y la multitud, que a ambos lados de la avenida George Washington disfruta del desfile, se rompe las manos aplaudiendo cada vez que una puta se cae de la carroza hecha un colador y yo saludo a la multitud y ellos me hacen ba bay con la manita mientras se les echan encima a las mujeres muertas para quedarse con los collares y las pulseras.

Papi como que comienza a levantar la cabeza y en vez de una M-16 me pasa una paleta, un lollypop azul que me tiñe la lengua de un azul casi negro, me veo en el espejito retrovisor y pienso, mientras nos vamos elevando (porque por fin tenemos suficiente espacio en la autopista para despegar), que quiero que papi me compre un chow chow, pero antes de que yo pueda decir chow las novias de papi se han transfigurado, el ídolo taíno de papier maché de la carroza ya casi hecho cenizas las ha visto y ha olido su sangre y la sangre de las novias de papi ha clamado y un viento salitroso levanta las cenizas del cemí taíno y cubre los cadáveres destartalados y la multitud pavorosa corre y se rasga las ropas porque las muertitas ya se transforman, ya convulsionan, ya dan golpes de barriga tan intensos que dos alas les brotan rompiéndoles la carne, dos pencas alas de murciélago, de batichica, del mismísimo diablo y han salido volando prototerodáctilas, dragoniles, hijas de su maldita mai, y papi y yo alcanzamos los 700.000 pies de altura, los 800.000 pies de altura cuando una de las moñúas aferra sus colmillos a los neumáticos. Dispara coño dispara, dice papi, que se ha olvidado de pasarme un revólver y me saco el lollypop de la boca y me salgo casi entera por la ventana del carro (todo a 700 u 800.000 pies de altura, pero papi me agarra por la correa para que no me vaya a caer) y le entierro el lollypop en un ojo a la infierna, que grita muy fuerte, cayendo y arrastrando a todas las demás, una por una, hacia el fondo del mar, levantando una corona de espuma, muy blanca y muy linda, por lo menos desde aquí arriba.

Y papi y yo seguimos subiendo y subiendo y subiendo, ya ni el mar se ve. Y la temperatura comienza a descender y a descender y a descender y papi tiembla y yo tiemblo, y hacemos fogoticos poniendo ambas manos juntas y ahuecando y soplando dentro. Papi enciende la calefacción que llena el carro con un calor de mentira por el que se cuelan, aún en sus mejores momentos, alfileres de frío. Afuera todo es blanco y le digo a papi que si esto es la nieve, que si ahora por fin vamos a necesitar ropa de invierno. Él me dice que no, que esto son nubes solamente.

Por un buen rato esto es lo único que vemos, blanco y más blanco hasta que una luz amarillenta se cuela y empapa todo y también se cuela una música, es un merengue de moda que dice así: cometa blanca que juegas a ignoraaaaar, que ya eres mía, y luego ya podemos ver el letrero de neón color mango en el que una botella de cerveza vierte un chorro de espuma que forma las letras CAR WASH eternamente. Dos prietas con anoraks color mango vienen como patinando entre las nubes y nos ayudan a abrir las puertas del carro de papi, que como ya he dicho antes se abren hacia arriba, y que ahora están atoradas porque la escarcha blanca se ha metido en las rendijas congelándolas. Las dos morenas, que conocen a papi de toda la vida, nos ayudan a meternos dentro de unos anoraks color mango con flecos blancos en la capucha, los anoraks (este car wash tiene un servicio de primera, dice papi) tienen impresos nuestros nombres en plata. Muy lindos, y yo muy feliz y ya entrando al car wash y buscando lugar entre la clientela que está toda muy bien abrigada, acomodazdos en la barra y en mesitas de formica blanca, todos hombres con el pelo cortado de la siguiente manera: arriba una moña en la que se sacan y se meten los dedos índice y mayor para hacerla más voluminosa, atrás una melenita grasienta y a ambos lados de la cabeza diseños hechos con la tijera y la navaja con el toro de Sergio Valente, estrellitas de belén o la cara de Tony Mota.

17,83 ₼
Yaş həddi:
0+
Həcm:
160 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9788418264627
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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