Kitabı oxu: «Gardel contra los zombis»

Roberto Gárriz
Gardel contra los zombis
Ilustraciones: Andrés Alvez

| Gárriz, RobertoGardel contra los zombis / Roberto Gárriz ; ilustrado por Andrés Álvez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-533-81. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Álvez, Andrés , ilus. II. Título.CDD A863 |
Ilustraciones: Andrés Alvez
Diseño de tapa: Andrés Alvez
© Libros del Zorzal, 2017
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
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Índice
1 | 6
2 | 12
3 | 26
4 | 33
5 | 44
6 | 53
7 | 65
8 | 81
9 | 85
10 | 94
11 | 101
12 | 112
13 | 118
14 | 130
15 | 141
16 | 150
17 | 161

1
Amanece en Poblado Echeverry. Es pleno invierno, hace más frío que el que dicen por la radio. Un hombre está sentado sobre un cajoncito de madera en el frente de su casa. Apoya la espalda contra la pared. Viste una camiseta de frisa, el pantalón del pijama y un par de pantuflas de cuero de carpincho. A su lado, echado, el perro. Quién sabe cuánto hace que están ahí afuera desafiando al clima y a la trasnoche que se retira vencida. Dentro de la casa, parada contra la pared al ladito de la puerta, lista para salir, la escopeta Browning del hombre, pero desde la ruta no se ve.
La casa más próxima se encuentra a unos trescientos metros, a la entrada de Echeverry. Para el otro lado recién hay alguna construcción a la salida de Tacuarembó, como a tres kilómetros largos por la ruta 26. El hombre se levanta a calentar otra vez la pava que está usando para cebarse unos amargos y recién entonces se aprecia con toda nitidez que es tan grandote que casi tiene que agacharse para pasar a través de la puerta de calle. Que era gordo ya se veía cuando estaba sentado sobre el cajoncito de madera, de admirable resistencia, valga el reconocimiento.
A medida que aumenta la claridad se distingue el cartel que está casi sobre la ruta. Gomería, dice. Y también se ve que la casita tiene dos entradas en el frente, una grande, cerrada por una persiana metálica de más de dos metros de ancho, y la otra una puerta sencilla, la mitad de abajo de chapa y la de arriba de vidrio con una inscripción que dice “Tortas”. Esa es la puerta que estaba abierta mientras Gardel, que así se llama el hombre, mateaba acompañado del Pichi, que así se llama el perro.
Esa noche ni se acostó Gardel, que en general es de dormir poco y de levantarse temprano. A las siete está listo para abrir la gomería. Sabe que en cualquier momento aparecerá un cliente con Adela, la maestra del primario y vicedirectora de la escuelita de Echeverry, que vive en Tacuarembó y sale bien temprano de su casa, tira un par de clavos miguelitos en la ruta, camina cien o doscientos metros hacia atrás, como quien va para el centro de Tacuarembó. Llega a la rotonda y allí se para, con frío o con calor, de noche, en invierno, como ahora, o en pleno amanecer, enfundada en su guardapolvo blanco, a hacerles señas a los automóviles que van para el lado del colegio, en Echeverry. Los conductores paran y se ofrecen a llevarla. Adela sube y conversa mientras van pisando los clavos. Los conductores —siempre son hombres— tardan unos metros, a veces varias cuadras —depende de qué tan dormidos estén— en detectar la inclinación del auto. A veces es la propia Adela la que tiene que hacerles notar cierta escora o algún golpeteo. Entonces les señala la gomería de Gardel y les hace ver la suerte que tienen.
A la tarde Adela le cuenta a su mamá, Betty, que es amiga del gomero desde hace años, desde que Gardel se instaló en esa casita de Echeverry, le cuenta que pasó por la gomería y Gardel estaba trabajando como siempre.
Desde que asfaltaron la ruta 26 Brigadier General Leandro Gómez que dicen que esa gomería va a tener que cerrar, que los neumáticos no se van a pinchar tanto como antes, primero porque las capas asfálticas descartan las pinchaduras con piedras de punta, esas que rompen e inutilizan la cubierta para siempre, dejándole, en ese caso, la mayor ganancia al gomero, que vende un neumático nuevo o usado al precio de un automóvil cero kilómetro. Segundo, porque los cauchos modernos tienen otro tipo de composición, gracias a los avances técnicos, que hacen que no se pinchen con facilidad. Se comenta que en Estados Unidos hay cubiertas sin cámara que no pinchan porque abrazan el cuerpo que produce la punción. Los automóviles circulan varios kilómetros con los clavos metidos ahí. El problema no es dejarlos sino sacarlos; ahí se hace el agujero, según le contaron a Gardel. Dicen que también hay cubiertas macizas que no pinchan jamás. Gardel se defendió abriendo el negocio de tortas. Aprovechó los delantales de la gomería y se puso a cocinar. Los dos negocios, uno al lado del otro, abiertos ambos y de alguna manera compitiendo o complementándose para darle de comer.
Adela hace su contribución sin que nadie se entere, por el placer de ver a su mamá contenta con las buenas noticias acerca de la marcha de los negocios de Gardel. Adela sabe que a la edad de Betty cada vez van quedando menos amigos, así que no está dispuesta a que Gardel tenga el más mínimo contratiempo.
Cada tarde, Betty visita el negocio de tortas: la tortería, como le gusta llamarla. Le asombra la pericia de su amigo para atender los dos negocios a la vez.
—Me ayuda el Braulio —contesta Gardel con voz de barítono, y señala al pibe esmirriado que se queda casi siempre en la gomería, por lo menos cuando Betty anda por ahí.
Braulio no debe tener más de quince años, aunque aparenta diez o doce. Anda con un gorro de lana azul con vivos rojos cubriéndole la cabeza y las orejas, lo que impide saber si es tonto o simplemente no escucha cuando le explican las cosas.
Durante la semana Braulio llega a eso de las diez de la mañana y termina su faena a las siete de la noche, que es cuando Gardel lo lleva en la chatita a la casa que comparte con sus padres y sus doce hermanos. El Braulio debe ser uno de los del medio, ni de los mayores ni de los menores, calcula su madre.
A la vuelta, después de llevar al pibe, Gardel y el Pichi se quedan solos. Muy pasada la medianoche el hombre se duerme, pero no esta noche. Esta noche no ha dormido porque se quedó vigilando su casa y sus negocios, que es una única edificación en el solar que da a la ruta.

2
Los sucesos de la noche anterior hicieron que Gardel decidiera limpiar la escopeta Browning que escondía envuelta en papel de diario sobre el ropero de su cuarto. Después de limpiarla la cargó con los cartuchos del 12 que tenía disimulados dentro de una cigarrera de alpaca que le regalaron en Medellín. La cigarrera solía dejarla perdida en el cajón de los pañuelos de seda.
La noche anterior había salido con la chatita como todas las noches. Primero, a dejar al Braulio; después, a dar una vuelta a la plaza, al mercadito y otra vez a casa. Encontró la puerta del negocio de tortas forzada, la casa en desorden, pero no pudo hacer el cálculo de si había algo que le faltara. Lo primero que pensó fue que pudieron ser niños traviesos, esos botijas amigos del Braulio, pensó. Ese grupito que le tiraba piedras al mocoso cuando lo cruzaban en Tacuarembó a la salida de misa. Lo que no entendía era que no habían tocado las tortas. No se habían llevado ni una. Estaban a jueves y desde el sábado que las mismas tortas esperaban en la heladera. La torta de limón, la de chocolate, la de dulce de leche y la de vainilla con praliné. No faltaba ninguna. Si se tratara de pibes, se hubieran alzado por lo menos con la de dulce de leche o se las hubieran tirado en la cara, como en las cintas cómicas del cinematógrafo.
Otra rareza era que habían forzado la puerta de atrás de la casa, la de acceso a las habitaciones privadas de Gardel, como si necesitaran de una y otra puerta para entrar y salir. Eso también era raro, porque la tortería se comunicaba con el resto de la casa sin impedimento ninguno.
Todo esto lo tenía preocupado a Gardel, que no había compartido su inquietud con Adela ni con Betty. Apenas le había preguntado a Braulio si él había vuelto para algo después de que se despidieran en el frente de la casa del pibe.
—¿Está seguro usted de que no se olvidó nada y volvió anoche? —preguntó Gardel.
—No —dijo el pibe moviendo la cabeza sin separar los ojos del suelo, como siempre que contestaba una pregunta directa, lo que hacía que Gardel sospechara de que no le estaba diciendo la verdad. Claro que si el Braulio lo hubiera mirado fijamente a los ojos también le hubiera resultado sospechoso, dado lo inusual de ese procedimiento. Acaso la mirada directa también pudiera haberse interpretado como un conato de desafío.
El “no” de Braulio significaba que no había vuelto a la noche después de despedirse de su patrón. Así lo entendió Gardel, que presintió que algo más peligroso que la visita de jóvenes traviesos debía esperarse en un futuro cercano.
Ni se le ocurrió contarle a Betty el asunto porque ella le hubiera respondido que llamara a la policía. O peor, tal vez hubiera llamado ella misma. Gardel detestaba la sola idea de que cualquier cuestión relativa a su persona tomara estado público. Había pasado la mitad de su vida construyendo el anonimato. No estaba dispuesto a arriesgarse a la notoriedad. Además prefería confiar en la Browning antes que en los cinco vagos con uniforme del destacamento de Tacuarembó.
Ni bien empezó a clarear levantó la persiana de la gomería y se puso a barrer. Primero, el cemento del interior y, luego, la tierrita del playón, alejándola para allá y más allá, tratando de amenazar al polvo para que volviera al polvo y se abstuviera de entrar a los negocios o a la casa.
Tampoco le gustaba la idea de la policía husmeando entre sus cosas. Gardel era muy reservado y tenía sus secretos, que prefería que siguieran siendo eso. Nada del otro mundo, no se trataba de actividades criminales ni de perversiones vergonzosas. Puntualmente, le hubiera disgustado que se metieran con sus cuadernos de composición. Gardel escribía cuentos infantiles. Cuentos cortos, más o menos de una carilla. Los escribía en un cuaderno especial que guardaba en su mesa de luz. Allí tachaba y corregía y anotaba nuevas ideas, hasta que por fin daba con el modelo terminado. Entonces tomaba las hojas de carta, bien finas para que pesaran menos, y las apoyaba sobre un cartón rayado que le servía para que las filas de letras le salieran parejitas, como sostenidas sobre renglones invisibles, obedeciendo a la mano disciplinada de un ingeniero. Pasaba los cuentos a esas hojas con toda la prolijidad de la que era capaz, anotaba la dirección de alguna editorial en el sobre y, mintiendo dirección y nombre del remitente, las enviaba, a veces a Montevideo y otras veces a Buenos Aires.
En la librería la vendedora estaba convencida de que Gardel compraba ese papel de carta y sobres para vía aérea respondiendo a una relación amorosa que se desarrollaba a distancia. Lo mismo opinaba la empleada de la estafeta de Tacuarembó del Correo Uruguayo donde Gardel compraba sus estampillas. Ninguna de las dos intentaba imaginarse quién sería la destinataria de las cartas de ese señor mayor (le calculaban unos setenta y cinco años) corpulento, por no decir voluminoso, que nunca jamás sonreía.
A eso de las siete Gardel enciende la radio para escuchar las noticias. Sabe que a esa hora se termina la música. Le pudren esas audiciones para desvelados que pasan discos de tango, foxtrot o esa nueva música que cantan y bailan los pibes. En verdad, le pudre cualquier música. Por eso recién a eso de las siete enciende la radio. Escucha las noticias y ni bien supone que está por venir algún interludio musical apaga el receptor que cuelga de un clavo especialmente instalado en una pared de la gomería. Tal vez por ese esmero que pone Gardel para dejar mudo el aparato, en el apuro, cambia ligeramente la frecuencia y al volver a encenderlo se escucha un locutor lejano, disfónico, hablando como desde adentro de un tambor metálico de doscientos litros.
Otra vez Gardel está sentado, mateando, con las noticias de fondo cuando nota que en el playón frente a sus negocios hay un bulto. Un trapo hecho bollo desprolijo, negro y rojo. Le llama la atención cómo pudo haber llegado hasta allí. No pasó ningún vehículo por la ruta al que se le pudiera haber caído y parece demasiado pesado para haber sido empujado por el viento. El Pichi descansa a su lado, desentendido del asunto, no actúa como sospechoso.
Gardel se levanta con más pereza que dificultad y se acerca al bulto. El trapo es un fragmento de ropa oscura, y el color rojo es sangre. Se agacha para mirar mejor y al Pichi se le despierta la curiosidad. Llega trotando despacito y le apunta con el hocico a la parte colorada del bulto. Gardel no lo detiene. El Pichi toma el bulto con los dientes y se lo lleva detrás de la casa, lejos de la vista de Gardel, que considera que dejar de ver un problema es un principio de solución.
Cuando el Pichi vuelve a la gomería ya está Braulio, sumergiendo una cámara inflada dentro del piletón con agua helada y negra. El Braulio pone cara de asco, y Gardel, que no tiene olfato, le pregunta qué le pasa.
—El olor —contesta Braulio sin dejar de mirar atentamente la cámara buscando la burbujita que delate una pinchadura.
—¿Qué olor? —pregunta Gardel.
—El perro —contesta Braulio, siempre la mirada dentro del agua helada.
—Olor a qué —insiste Gardel.
—A podrido.
—¡Ah! —Gardel hace una mueca, un poco harto de lo que supone un rasgo de delicadeza en el muchacho.
—¡Pior que siempre! —sostiene Braulio, que no quiere que su observación pase desapercibida.
—¡Pichi! —grita Gardel, y el perro se acerca contento—. ¡Fuera!
El pibe sigue mirando atento, busca los globitos. Un gomero necesita buena vista y buen tacto, le ha dicho Gardel una y mil veces. Y otras tantas le ha dicho que no existe la cámara que no pierda. Que los globitos sean tan pequeños que el ojo no los ve es otra cosa, pero todas las cámaras pierden, eso también se lo ha repetido el hombre decenas de veces. Puede ser que sea así, que todas las cámaras pierdan, menos esta que está revisando el pibe, que es parte de un lote de cuatro nuevitas que le cambiaron a un Ford Falcon que paró la semana pasada.
Cuando el pibe se dé por vencido, puede que el hombre le encuentre otra ocupación, hasta que a media mañana le pida que se cebe unos amargos. Entonces Braulio apoyará en el suelo la goma de tractor que tiene parada contra la pared y la usará como banco. Es lo único que hay para sentarse en toda la gomería. En el negocio de tortas, en cambio, tienen dos sillas de madera.
Lo del mobiliario tiene su importancia. No ha quedado nada librado al azar. Llega el auto con la goma pinchada, casi siempre en el baúl. El pibe se pone en puntas de pie, se asoma adentro del baúl y saca la goma como un pescador embarcado sacando una ballena del mar. Gardel le pega los primeros mazazos a la cubierta y hace palanca hasta desmontarla de la llanta. El pibe mete los deditos y saca la cámara, la infla y la sumerge. Entonces Gardel mira al conductor del auto, que está parado afuera para no ensuciarse, que no tiene dónde sentarse, y lo invita a pasar al negocio de tortas. El conductor acepta, un poco resignado a la contrariedad y para no sumarle un resfrío en invierno o una insolación en verano a su mala suerte.
Entran y Gardel convida asiento en una de las sillas de madera, un amargo y un pedazo de torta. El conductor acepta de puro aburrido. En la mitad de la consumición, el gomero se disculpa y se escabulle hacia la gomería con el pretexto de ayudar al pibe. Antes de irse pregunta si, ya que estamos, revisan las otras. El conductor calcula lo que va a demorar en acabar ese masacote que tiene en el plato y con la boca llena contesta algo que Gardel interpreta como un sí.
Entonces desarman las cuatro gomas sanas y les cambian las cámaras, siempre que estén en buen estado. Finalmente, y antes de que se reintegre el conductor, vuelven a colocar la rueda de auxilio en el baúl. Por lo general, esa rueda de auxilio está en excelentes condiciones, casi no ha rodado, así que entre Gardel y el pibe la reemplazan por una lisa y llana. En un gesto que la mayoría de las veces se malinterpreta como de excesiva cortesía, le acomodan el baúl al cliente, dejando la rueda de auxilio en el fondo, bien amarrada y disimulada por los otros bultos.
Hoy, todavía están solos. No vino Adela con algún cliente, y extrañamente no la vieron pasar para la escuela. Entonces el hombre recuerda haber escuchado algo en la radio acerca de un paro docente y dice algo como que este país no se arregla más.
A media mañana, se le ocurre a Gardel hacer entrar al pibe a la tortería para ver si le da algún indicio que le permita vislumbrar si ha tenido que ver con la irrupción de la noche anterior.
No tenía pensado cocinar otra torta hasta que se vendiera alguna de las que tiene en exhibición, así que elige como pretexto convidar al Braulio con una porción. No le va a resultar extraño al pibe este gesto de Gardel, porque no es la primera vez que el hombre tiene este tipo de actitudes. Es la segunda. Para el último cumpleaños de Gardel, le sirvió una porción de un bizcochuelo de vainilla que un cliente apenas había probado. Se lo llevó a la gomería y todo, para que el pibe lo comiera sentado sobre la cubierta de tractor.
Ahora lo sigue para ver qué hace el pibe una vez que está dentro del negocio. Estudia sus reacciones. El pibe da un solo paso adentro y lo acompaña con un respingo. Ahí está la señal.
—El Pichi —dice el pibe.
—¡Ajá! —descubre Gardel—, ya sabía yo.
—Aónde tá el Pichi —dice Braulio sin entonar la frase como pregunta. Un rictus de repugnancia se manifiesta en él, pero Gardel no lo observa porque se encuentra a sus espaldas. El pibe se asoma por debajo de una mesa.
—¿Qué? —pregunta el hombre.
—¡Qué olor! —contesta Braulio, que probablemente no ha escuchado la pregunta. Gardel se siente disminuido, cada vez que se habla de olores se pone irritable.
—¿A qué? ¿A qué? —pregunta a los gritos.
—A podrido, al Pichi —responde el pibe conforme de haber respondido a las dos preguntas.
—El Pichi está afuera —dice Gardel, y para comprobarlo remata—: ¡Pichi, Pichi! —y se escucha la respiración lejana del perro, que en pocos segundos entra jadeando al local, agacha la cabeza y apunta el hocico a un bulto entre el horno y el exhibidor. Muerde, tira y muestra una mano. Una mano fuerte, rústica, de hombre, que hace que el pibe eche la cabeza para atrás como atajándose de la vaharada que arroja esa extremidad. Contento, el Pichi da media vuelta apoyándose en sus patas posteriores y al trotecito abandona el negocio. Gardel y el pibe se miran.
—Acá están pasando cosas raras —piensan a dúo y en silencio.
Unos minutos después, Braulio decide seguir el rastro del Pichi para ver qué hizo con la mano. Camina. Rodea la gomería, se agacha exageradamente para pasar debajo de la soga de colgar la ropa cuya altura lo supera en no menos de cincuenta centímetros y llega al fondo del lote. El Pichi no se ve por ningún lado, existen cientos de arbustos donde podría estar escondido. Un poco más lejos asoman las aguas marrones que trae lentamente y deja en remojo el arroyo Tacuarembó Chico, que por allí serpentea. Braulio se queda pensativo, contemplando el más allá, con la mirada olvidada en las aguas casi inmóviles. Lo sorprende el grito de Gardel, que tiene poca paciencia con los estados reflexivos de Braulio.
—¡Estás en babia! —grita el hombre.
Braulio sale con facilidad de la ensoñación y recuerda que había intentado detectar dónde había ido el perro con la mano que había retirado de la cocina. Regresa al local, tiene la idea de que Gardel estaba a punto de convidarle con una porción de torta.
—Fijate por ahí abajo, no vaya a ser cosa que haya otra mano —le pide Gardel—, revisá bien.
El pibe se agacha y busca debajo de la cocina, a los costados, recorre los zócalos con la mirada y no encuentra nada. Se levanta y lo mira a Gardel alzando los hombros hacia las orejas y mostrándole las palmas de las manos sucias y vacías.
—Ya que estás ahí, pasate un trapito con alcohol —le tira al suelo un trapo rejilla mojado con un chorro de alcohol de quemar del que utiliza para encender el aparato que tiene arriba de la ducha y que convierte en caliente el agua con la que se baña.

3
A la tarde llega Betty y pegunta, como siempre, si tiene alguna novedad, mientras desenvuelve las facturas que lleva. Gardel pone el agua a calentar y aprovecha para hacer tareas en la cocina. Tal vez bate una mezcla o amasa escuchando la conversación de Betty.
A Gardel le gusta que Betty lo vea trabajar. No le importa que cocinar sea un menester casi exclusivamente femenino, al contrario, Gardel se piensa a sí mismo como un transgresor, un visionario. Exagera el gomero cuando ve llegar a Betty y así como está sale de la gomería, donde a esa hora por lo general no hay nada que hacer, salvo por el control de las burbujitas que efectúa Braulio, y se mete en la cocina, casca dos o tres huevos y los tira sobre un colchón de harina. Les agrega algo de la margarina que guarda en un cajón y ya tiene una masa donde meter las manos mientras escucha la conversación de su amiga.
La masa tiende a hincharse durante la conversación de Betty. Ella, sentada en una de las dos sillas, ofrece su ayuda una y otra vez, pero Gardel la rechaza. Jamás ha necesitado auxilio en la cocina, dice, y Betty sospecha que lo que no quiere es revelar los secretos en las cantidades y proporciones de las recetas.
—Es que cocino a ojo —se explica—, ni yo sé cuánto le pongo de cada cosa.
—Se nota —replica Betty con picardía que Gardel no descubre.
No le va a contar la novedad, ya lo sabe, pero no puede dejar de pensar en ello. Le gustaría compartir el hallazgo macabro con alguien de confianza. Acaso fuera mejor hacerlo con Adela, la hija de Betty, que es más razonable y más discreta que su madre. Cualquiera es más discreta que Betty, pero Gardel tiene la sospecha de que si Adela se entera del asunto se lo contará a Betty inmediatamente, lo que encima será motivo suficiente para que su amiga se ofenda con él.
La mujer es la primera persona que ha visto en todo el día, sin contar a Braulio, y la necesidad de hablar de lo que pasó anoche y lo que encontró hoy le parece natural. ¿Y Braulio? ¿Necesitará el pibe comentar con alguien las cosas que pasan ahí? No parece demasiado conmovido su ayudante, ni una sola vez ha hecho alguna referencia. No es de mucho hablar tampoco, se explica Gardel.
Lo que lo inquieta es que la mano es solamente el principio. De eso está bien seguro. Es el punto de partida, la punta que asoma del iceberg. Sabe que a continuación de toda mano debería existir un cuerpo, y ese cuerpo no está, o por lo menos no está o no estuvo a la vista. Es la falta del cuerpo lo que más lo preocupa, el peligro de la aparición inminente del cuerpo, para ser más concreto.
Le vendría bien a Gardel tener un interlocutor para razonar juntos qué es lo que puede estar pasando en su negocio.
El Pichi encontró la mano en la cocina, pero no la pudo haber llevado hasta ahí. Alguien entró la noche anterior, alguien capaz de abrir el picaporte de la puerta y correr la traba de seguridad. Una persona ingresa a una propiedad y deja una mano y un pedazo de tela ensangrentada afuera. ¿Quién y por qué?
Desde que se instaló al costadito de la ruta 26, al borde de Poblado Echeverry, apenas saliendo de Tacuarembó, Gardel no ha tenido problemas con nadie. Atiende cada tanto los neumáticos del móvil de la policía de Tacuarembó, ha sacado de más de un apuro a los viajantes, facilitándoles alguna goma de ocasión, es decir, inutilizable, y hasta ha donado un par de esas cubiertas para el autódromo, para que tapizaran la curva norte que se cierra en ángulo de noventa grados y provoca tantas desgracias como emociones para los fieles al automovilismo.
No le pasa como al dueño del mercadito, don Armando, que anda peleado con medio mundo por los precios y con el otro medio mundo porque no presta el teléfono.
A Gardel no le han instalado el teléfono. Ni siquiera lo ha pedido, ni lo va a pedir. Para él es un problema menos. Además, cuando quiere hablar le basta con ir hasta la telefónica, anunciar su llamado, esperar que no haya demora o que pase el tiempo de la demora indicada, que lo llame la empleada y le indique la cabina y listo, habla con cualquiera como por arte de magia. Qué falta hace tener teléfono propio, se pregunta. También es cierto que no tiene a quién llamar. Para qué quisiera tener alguien para llamar si no tiene teléfono, se pregunta otra vez. Y por último se imagina la pesadilla de tener con quién hablar, conseguir el teléfono y que finalmente sea la otra persona la que carezca de aparato, o que no lo pueda atender porque no esté en su casa, o por cualquier otra razón no esté en condiciones de ponerse al teléfono. No es tan sencillo el asunto de la comunicación, no es la solución tener el teléfono en casa, razona.
Y menos en su rubro. Con una gomería, los clientes suponen que la estadía en ese negocio no es parte integrante del hecho mismo de tener un vehículo y circular con él. Suponen que la concurrencia a una gomería es un contratiempo fruto de la mala fortuna. Para ellos una pinchadura es un accidente que requiere el aviso a sus familiares o compañeros de trabajo. Gardel, en cambio, lo asimila a la parada para repostar combustible. Claro que teniendo el aparato le sería bastante difícil imponer ese punto de vista que supone quedará en minoría respecto a los conductores que lo visitan, y resultaría violento tanto el hecho de no prestar el teléfono como el de cobrar la exorbitancia que sería menester para que el progreso en las telecomunicaciones redunde en alguna utilidad interesante para los bolsillos de Gardel. Ya bastante trabajo le cuesta convencer e imponer los precios de su metier, y más de una vez le tocó acortar las distancias como midiéndose en corpulencia con algún cliente al momento de intentar cobrar sus honorarios.
Cumple en exceso con su objetivo de no contarle nada a Betty acerca de la mano y de paso tampoco le cuenta acerca de ninguna otra cosa. Lleva a Braulio en la chatita a su casa, como todas las tardes, y se prepara para pasar otra noche en vela.
No se preocupa Gardel por el miedo a quedarse dormido. Hace años que no conoce lo que es dormir más de cinco o seis horas, si puede llamarse dormir a esas vueltas que da en la cama interrumpidas por la inquietud de tomar un vaso de agua o descargar la vejiga, acciones que, miradas bien, según él, no son sino una misma cosa.
Se sabe duro de oído, y eso sí que lo altera un poco. Tiene temor de no escuchar un ruido que debiera alertarlo del peligro que corre. No ha sufrido la pérdida del olfato, porque nunca tuvo. En cambio, el oído…
A veces se pregunta si el Braulio será tan pero tan callado, si es posible que sea así. Sin embargo, a Betty la oye de más. Acaso sea el tono agudo de su voz, tal vez el volumen en el que habla. Lo cierto es que con Betty no tiene problemas, y tampoco con Adela, pero Adela es una docente experimentada, está acostumbrada a hacerse oír aun por quienes no le prestan atención.

4
Gardel busca un sitio de la casa donde le parezca que podrá escuchar mejor lo que suceda afuera, en medio de la paz de una ruta por donde pasa un vehículo cada tres horas, con suerte. No encuentra el lugar perfecto, así que se sienta frente a la mesa del comedor, con un cuaderno en la mano dispuesto a escribir otro cuento infantil. Unos diez minutos después, Gardel piensa en diminutivo, en gatitos y escuelitas, en casitas de caramelos y en cajitas de música, pero pensar en la música le arrebata la inspiración, lo irrita. No puede ni pensar en la música, piensa. Se levanta como quien interrumpe una discusión para buscar el revólver que tiene en algún cajón. No busca el revólver, pero constata que la escopeta Browning esté cargada y lista para usar. La apoya contra una de las paredes de la cocina y apaga las luces del interior de la casa. Le parece que con la luz apagada se escucha mejor y además se hace invisible para los que estén afuera, si es que vienen.
Hay un rumor que llega desde el Tacuarembó Chico a la ruta; desde el oeste, si uno se para en medio del camino, en dirección contraria a la corriente del arroyo, si es que puede llamársele corriente a ese ir yendo lentamente de las aguas en un desinteresado recorrido hacia lo que será alguna vez el océano Atlántico.
Es un rugido múltiple y entonado, de varios sonidos originados en el paso del aire por lugares que rocen como lijas, que raspen hasta conformar un ruido molesto pero no imposible. No es el de la tiza contra el pizarrón ni la silla que al desplazarse provoca frío en los dientes. Viene de adentro de algo. Todo eso se advierte con facilidad desde la ruta, aunque los problemas auditivos de Gardel se lo impidan.
Pasa la noche sin que nada pueda aprovecharse del desvelo. Pero por la mañana, el menos pensado, el Braulio, es el que le da una pista concluyente.
—El olor —le dice—, me acordé —y se queda mudo. Eso es todo lo que tiene para decir, según parece.
Pulsuz fraqment bitdi.