Kitabı oxu: «Fénix»

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Rona Samir
Fénix


Rona Samir

Fénix / Rona Samir. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2056-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Según algunos autores de la Antigüedad,

cada 500 años el ave Fénix viajaba

a la ciudad de Heliópolis en Egipto,

dónde iba a morir, llevando sobre sus hombros

el cadáver de su padre para depositarlo

en la puerta del templo del Sol.

NOTA DEL AUTOR

12 años…

Doce años tuvieron que pasar para que tuviera la fortaleza (o al menos eso creí) de entrar nuevamente en su Atelier.

Mi padre se ha ido, al menos físicamente, y este espacio que le era tan íntimo, donde pasaba largas horas diseñando, pintando, o entregado a la reflexión, es aún hoy parte indisoluble de mi ser.

La mayoría de las veces, yo oficiaba de modelo sentada inmóvil en la antigua silla de madera con un solo apoya–brazos, según sus coordenadas específicas. Mantenía la vista perdida en algún punto de la pared frente a mí, que no debía, pero parecía correrse porque me indicaba que levantara el mentón de tanto en tanto, mientras él trabajaba de pie frente al caballete.

Durante toda mi infancia y gran parte de la adolescencia, esto suponía una especie de tortura. Yo solo quería andar en bicicleta, o tratar de vestir a mis gatitos con las ropas de mis muñecas. Mis manos y brazos, cincuenta años después, conservan vestigios de esos intentos en forma de tatuajes como Kandinskys de puntos y líneas blancas.

Qué no daría ahora por volver a sentarme una hora o las que hicieran falta, viéndolo mientras la carbonilla o el pincel se deslizan dándome forma, haciéndome quien soy.

Según constaté en viejos blocs de papel especial, él también hacía las veces de modelo estoico de mis dibujos de principiante, donde no faltaban sus rasgos característicos; su barba rubicunda, las bolsitas hinchadas bajos los ojos azules como el cielo de abril, su nariz recta y prominente y su torso blanco y pecoso casi siempre sin cubrir durante el verano.

Ante mi constante demanda típica de los hijos únicos, “me aburro… ¿qué puedo hacer?”, improvisaba un jarro con flores que selectivamente hurtaba del jardín de mi madre, o unas cuantas frutas y botellas vacías no agrupadas al azar, y desplegaba ante mí pasteles al óleo, acuarelas, o un simple lápiz de dibujo 4B.

Pensaba que él viviría para siempre. Pensaba que yo viviría para siempre.

La puerta de metal chirrió dolorida por el óxido, la falta de mantenimiento y las ausencias.

Parada en el umbral, la realidad me abofeteó sin piedad. No quería, pero tenía que entrar. Se lo debía.

El caos era abrumador. Los cuadros se apilaban por doquier, entrelazados por telas de araña espesas y grasientas. Las manchas de moho proliferaban sobre las revistas y libros de diseño. Las láminas colgaban torcidas de una sola chinche como cíclopes, amarillentas y enruladas, y absolutamente todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo que mi dedo podía recorrer dibujando surcos de labranza.

Con mi esposo tardamos diez días sin descanso para que el lugar recobrara la apariencia que tenía.

La ilusión terminó siendo tal que si me distraía un segundo podía verlo entrar por la puerta listo para derramar óleos de colores en una paleta.

Pero no fue así.

Lo que sí entró fugazmente, como una brisa fresca en el medio del sopor y del olor a encierro, fue una revelación. A decir verdad, dos.

La primera es que siempre pensamos que la muerte, al sacarnos algo, al quitarnos a alguien, nos deja un vacío. Y lo cierto es que no es un vacío absoluto lo que queda, sino un espacio lleno de imágenes salidas del recuerdo, mezcladas con las infinitas percepciones que le sumamos a este. Cuando la persona que ahora extrañamos estaba, podía ocupar solo un espacio físico. Teníamos la posibilidad de tocar, oler, mirar con atención. Pero aun así no lo hacíamos. Simplemente lo ignorábamos, no prestábamos atención.

Ahora ese único espacio, que por capricho de la materia solo podía ser uno, se ha vuelto un lugar de múltiples dimensiones donde coexisten imágenes de cientos de detalles, colores, olores, música y texturas en los que no habíamos reparado antes.

Tomamos conciencia de su existencia, a través de su inexistencia.

Una ironía. Una paradoja.

Mientras escribo, tres mil kilómetros después, levanto la vista hacia la tranquera de madera que me construyó en una de sus visitas. Ahí está, colorado por el sol con su pantalón de vestir y su musculosa blanca acanalada, nivelando las tablas, atornillando las gruesas bisagras de hierro, barnizando meticulosamente. No hay salida ni regreso a casa en la que atraviese ese portón sin pensar en él, sin tocar la madera ya desgastada por el sol y la nieve, y no sentir sus manos siempre resecas por los trapos con el solvente y las lijas.

Hacía años que ya no vivía en la casa de mis padres. Los visitaba con suerte una vez al año. Los llamaba esporádicamente y les escribía poco. Incluso he olvidado de saludarlo en alguno de sus cumpleaños. Sin embargo lo empecé e extrañar realmente cuando el médico le desconectó el respirador en una fría sala de terapia intensiva.

La muerte nos moviliza, nos despierta del letargo, nos golpea para enseñarnos que seguimos vivos, y que no nos ha quitado nada que antes no tuviéramos. Solo ha movido algo de lugar para que podamos ver mejor. Nos enseña a ver y a percibir el todo.

Cada rincón de ese atelier me reveló su impronta y hasta descubrí cosas que no sabía de él. En una caja de zapatos había cartas llenas de amor y añoranza de cuando eran novios con mi madre (jamás lo había visto como un hombre romántico). También encontré un cuaderno con dibujos de su infancia con temáticas bélicas, lo cual era lógico para un muchacho de catorce años que tuvo que migrar del norte de Italia después de la guerra.

Mientras percibía este todo, me llegó la segunda revelación.

En los últimos años, se había obsesionado con el diseño y la fabricación de juguetes de madera articulados. Se trataba de diferentes animalitos autóctonos, con coloridas y brillantes piezas que se encastraban entre sí. Una genialidad de las suyas.

Sobre el banco del torno, había aún piezas inacabadas esperando. Unas cajas sucias y húmedas me evidenciaron distintas etapas del proceso. Lijadas sin pintar, pintadas y listas para ensobrar, rótulos sueltos con los nombres del animalito en cuestión, pilas de bolsitas de empaque, etc.

Esa noche, mientras se cepillaba los dientes frente al lavabo, seguramente planificaba con qué seguir al día siguiente.

Quizás se inspiraba en el tema de otro cuadro. Quizás tarareaba “Va, pensiero” mentalmente, o pensaba en su hija y en su nieta añorando un próximo reencuentro.

Pero resulta que ella no concede plazos. Se impacienta. No le interesan nuestros proyectos a largo plazo, ni los inmediatos.

Llega en el medio de algo, sin previo aviso. Estemos por descubrir la salvación del mundo, o abocados al más fútil de los pensamientos.

En el medio de una oración, sin siquiera dejar que t|

“Y si te muestro mi lado oscuro,

¿me abrazarás esta noche todavía?”.

Pink Floyd. The Final Cut

1

La primera vez que tuvo que morir, aún era pequeña y frágil.

Hudson es bastante grande si lo recorres de a pie. Las calles en cruz segmentan los diecinueve modelos de casas del barrio de trabajadores marítimos de clase media, construidos con moldes sucesivos en la década de los setenta.

Cada vecino intenta darle su impronta ya sea con coloridos frentes, o revestimientos de piedra o de ladrillos rojos, o con esmerados jardines, en un intento de diferenciarse.

Lo cierto es que la utilidad del esfuerzo solo se materializa al completar la dirección con una indicación extra tal como “vivo en la amarilla con el portón de reja verde” o “es la única de puerta roja de la cuadra, no puedes perderte”.

Esa mañana, los colores de los frentes pasaban raudamente desdibujados como acuarelas efímeras, mientras pedaleaba con todas sus fuerzas por las veredas irregulares de cemento.

Era consciente de la sensación de ardor en los músculos de sus piernas, pero no le importaba. Era libre de ir donde quisiera. Donde su imaginación la llevara. Las ruedas del “cometa plateado”, como la había nombrado, fueron sus primeras alas.

A diferencia de las otras niñas del barrio, en mejor posición económica que les permitía tener su primera bicicleta desde muy chicas, ella recién ahora estaba disfrutando del mejor regalo, aunque tardío, de su infancia.

Técnicamente no era nueva, pero lo era para ella. Su abuelo los había visitado llevando como solía hacerlo algunas hortalizas frescas de su huerta, y como siempre había apoyado la gran y corpulenta bicicleta sobre la pared lateral junto a la puerta de la cocina. Entregó los vegetales envueltos en papel de diario a su madre, pero esta vez se tomó un tiempo extra en desarmar el canasto de enrejado metálico dispuesto frente al manubrio, donde a veces paseaba también a su perro pekinés Rafael.

Cuando terminó, ante la mirada atenta de su madre e inquisidora de su parte, el anciano solo se dio vuelta y le hizo un gesto con las manos hacia la bici. “Es tuya”, apenas articuló. No era un hombre de grandes palabras. Pero sí de gran corazón. Ella se quedó inmóvil, incrédula por unos instantes hasta que reaccionó. “¡¿Gracias, abuelo, en serio, me encanta!! Pero… ¿Qué harás tú?”. Su abuelo le respondió que tenía la otra más vieja que aún funcionaba, levantando los hombros y meneando la cabeza, en señal de lo obvio.

Bastó que ambos adultos entraran a la casa, para que después de una rápida inspección, la montara y saliera a los tumbos hacia el paredón del fondo ida y vuelta hasta tomarle la mano. Agradeció mentalmente a su amiga Cecilia, que le había enseñado a andar cuando le prestaba la suya, aunque una tarde hubiera terminado de cabeza en un zanjón. No había sido su culpa, la bici no era de Cecilia, sino de su hermano. Por eso tenía ese maldito caño atravesado que le dificultaba hacer pie. Pero su “nueva” bici no lo tenía. Era perfecta. Ese día fue tan feliz que aún recuerda haber improvisado una canción cuyo estribillo decía “mi abuelo es un ángel que cayó del cielo”.

Tras recorrer unas cuadras, cortó camino por la avenida Otto Bemberg y dobló en la 158 para tomar un desvío autoimpuesto. Lo mejor que tenía el recorrido era pasar sobre el puente del arroyo Plátanos, donde terminaba el gran campo frente al colegio de las monjas María Ward.

Siempre aminoraba la velocidad en ese tramo para escuchar el ruido del agua, y observar los árboles llorones que tocaban el curso ondulante con sus hojas lánguidas.

Retomó nuevamente su objetivo cruzando las vías del tren y desembocando por el camino más corto y directo. A medida que se alejaba, el olor a cebada de la maltería se fue haciendo más tenue hasta que desapareció por completo.

Recorrió al menos treinta cuadras por la avenida Mitre que por ser feriado estaba tranquila con sus comercios cerrados y escaparates sin iluminar, hasta la 14 donde volvió a girar hacia el sur, con dirección al río.

Todo este zigzagueo tenía un motivo. Había evitado particularmente tomar la calle que bajaba más directo desde la esquina de su casa, lo cual le hubiera ahorrado mucho tiempo, pero no quería otro encuentro desagradable con ese tipo extraño y solitario al que todos apodaban despectivamente “el Sapo” Gabriel.

Ya habían pasado varios meses, pero el recuerdo de esa tarde calurosa le provocaba aún una mezcla de temor y repulsión.

Le había avisado a su madre que estaría persiguiendo mariposas en el terreno baldío a escasos cien metros. El pastizal estaba alto y se había internado tanto que ya no se veía su casa desde allí. Las “Tarambanas”, como las habían apodado a las pequeñas y marrones de alas redondeadas, saltaban aquí y allá en el medio del olor dulzón y del sopor. Los perros llegaron primero, luego el viejo desgarbado con su boca como teclado de piano destartalado y sus pantalones excesivamente grandes y sucios, fruncidos con un cinto de cuero escamado.

—Allí –dijo señalando con su mano huesuda y renegrida por el sol–, allí hay más lindas.

Al ver que ella dudó sin atinar a nada insistió:

—Si vienes te mostraré algo. –Y se pasó el dorso de la mano por la boca que apestaba a alcohol.

—No puedo, debo pedirle permiso a mi madre –se apresuró a decir y se sintió exactamente como sonaba con esa excusa: estúpida. Sin embargo ya había intuido el peligro y prefería pasar por ello a no pasar en absoluto.

—¡Pero no! Es aquí nomás… ven. –Y estiró su brazo dando un paso hacia el frente.

En un acto reflejo de supervivencia, se había dado la vuelta y mientras se alejaba a toda marcha seguía excusándose.

—Ahora vengo. Primero le preguntaré a mi madre.

Por supuesto que jamás preguntaría, ni mencionaría en su casa el episodio, o no tendría más permiso de salir.

El encuentro la volvió más alerta, aunque el hedor de la boca lasciva la siguió inquietando durante muchas tardes de verano.

En un día normal, el bullicio de la avenida se termina al distanciarse dos cuadras, pero esa mañana de agosto el silencio era casi absoluto en toda la ciudad. Los pocos sonidos llegaban de lejos amortiguados, y los únicos habitantes del planeta, además de ella, eran una anciana cojeando con un bastón que justo entraba en su casa, y un perro lanudo que paseaba a una mujer, y que cruzó la calle sin siquiera preocuparse en mirar.

Conforme avanzaba, las casas raleaban y eran reemplazadas por terrenos baldíos apenas delimitados por postes viejos quemados por el sol y alambres caídos.

Tras la última vivienda, atravesó el campo donde se erguía un enorme e imponente ombú que le recordaba los baobabs de El principito, y finalmente divisó la torre circular de ladrillos cubierta de musgo.

Allí estaba, esperándola con su susurro metálico que siempre le contaba historias.

Se detuvo pero no se bajó de la bicicleta. Solo se quedó allí, cubierta por la sombra del alto y delgado molino de viento, con los ojos cerrados y la respiración agitada.

De tanto en tanto, la brisa parecía cambiar de dirección, la cola timoneaba y las aspas chirriaban levemente acomodándose con nuevos sonidos.

Este era su lugar sagrado, su refugio. Se sentía en paz y equilibrada. No importaba que la vida pareciera a veces una pesadilla, este momento de ensoñación era lo más tangible y real que poseía.

Cuando minutos más tarde se levantó ese viento cargado de estática y de olor a tierra mojada, ella simplemente se dejó ir, perdiéndose, dejando de ser ella para convertirse en un personaje de su ficción.

La intensificación de los aromas y el traqueteo cada vez más rápido de las aspas del molino le recordaron que debía volver.

Por lo general, no regresaba a casa cuando su madre le imponía un horario. No quería realmente llegar. No desde que él se fue, y ese sujeto vino a querer ocupar su lugar.

Su madre toleraba estas “impuntualidades” en un fallido intento conciliador, pero ese no era cualquier día y por nada del mundo llegaría tarde. Después de un largo tiempo fuera, su padre estaría allí, con relatos de sus viajes y la promesa cada vez más cercana de un futuro juntos.

El aire se densificó más, volviéndose irrespirable. “Quizás esta vez el pronóstico local acierte y finalmente se desate la tormenta anunciada”, pensó.

En la esquina, apenas tocó los frenos y volanteó el manillar al tiempo que se incorporó del asiento y cargó todo su peso en los pedales. La rueda trasera se deslizó de costado derrapando suavemente, sin hacerle perder el equilibrio.

Aún no lo sabía, pero ese día sería especial por otro motivo. Ese 17 de agosto sería purificada por el fuego y ardería por primera vez hasta consumirse en cenizas.

Cuando el portón oxidado se quejó con el empujón, sus padres, que estaban conversando frente al dintel de la puerta, se dieron la vuelta. Su madre no se veía feliz.

—¡Pajarita! –exclamó él. Su sonrisa era amplia y sincera.

—¡Papito! –Ella se apresuró en apearse de la bicicleta que cayó al piso de cemento con un ruido estrepitoso, y corrió a aferrarse con todas sus fuerzas. Su pecho aún sin curvas, subía y bajaba con la agitación, y las perlas acumuladas en su frente rodaban por las sienes mientras ambos se fundían en un abrazo largamente esperado.

—¡Por Dios, qué grande estás!, en cualquier momento podrás desplegar tus alas y volar.

La mujer se mordisqueó y frotó un poco el dedo índice contra el borde de los dientes, en señal de nerviosismo, y se dirigió al interior con la excusa de preparar limonada y darles espacio.

Padre e hija se sentaron bajo la copa del paraíso que él mismo plantó mucho tiempo antes de convertirse en una visita incómoda.

—Bueno, aquí les traigo algo fresco de beber. El tiempo está amenazador, ¿ya viste el pronóstico, Lorenzo?... Espero que la lluvia se retrase y no les arruine la cita… –La mujer se quedó estoica como esperando una respuesta de su ex.

—Estaremos bien, Eleonor, gracias –respondió él con falsa cortesía.

Acto seguido, como si su imagen simplemente se desvaneciera, se volvió hacia la niña expectante, y sacando un paquete de su valija de cuero desgastado, se lo extendió con un brillo de emoción en los ojos.

El envoltorio fue arrancado con voracidad, revelando un pequeño portafolio de madera. Bajo la manija rematada en cuero con festones de hilo rasado, la cerradura dorada hizo un pequeño clic seco.

Dentro, acomodados en distintos compartimentos, se desplegaron crayones, pasteles, lápices de distinta graduación, un tintero con una ostentosa pluma negra azulada, y todo lo que una niña de su edad podía considerar imprescindible para sus ya manifiestos talentos artísticos.

—Oh, papi… es hermoso, gracias. Será mi nuevo tesoro.

—Bueno, sí, consideré que ya estabas un poco grande para muñecas –reflexionó con un dejo de tristeza–, y el juego de sobres y cartas con la pequeña espada de bronce no parecen muy útiles en vista de que no tengo un domicilio fijo donde puedas escribirme… ¡Ah! ¡me olvidaba!

Hurgó nuevamente en su valija, y sacó un álbum de papel especial para dibujo.

—Ahora sí está completo –afirmó satisfecho.

—¡Cuéntame! –lo interpeló ella–. ¿Qué pájaro seré hoy?, ¿has descubierto alguno nuevo en tu último viaje?

—Bueno, a decir verdad, sí, pero no es nuevo. De hecho culturas antiguas lo mencionaban como un ave majestuosa y mítica con un poder maravilloso. –Mientras discurría su relato, sacaba una hoja en blanco. Con cierta dificultad forzó la rosca de la tinta y tomó la pluma con la que le señaló hacia arriba–. Haremos algo rápido, el cielo está cada vez más oscuro. Otro día con mejor clima probaremos otra técnica, ¿te parece?

Ella asintió con la cabeza repetidamente, como tics involuntarios.

La mano segura y habilidosa se deslizó dejando trazos negros que se derramaron brevemente, engrosándose con filamentos casi invisibles sobre la porosidad del papel.

La criatura se reveló de a poco con sus enormes alas desplegadas, su cabeza amenazadora y altanera, y su larga cola enrulada.

Cuando finalizó y lo sometió al escrutinio, la niña se echó levemente hacia atrás.

—¿Le temes?

—No. Es solo que… es extraña. ¿En verdad la viste en tu último viaje? –preguntó dubitativa.

El padre sonrió.

—No se deja ver tan fácilmente –respondió–. Su mayor virtud es la resiliencia. Puede arder muchas veces en su propia llama y reducirse a cenizas, pero siempre resurgirá como un ser totalmente nuevo y más fuerte.

La pregunta se le atragantó cuando su padre se incorporó repentinamente.

—Ahora vengo, cariño. Tu madre se deshace en ademanes. Veré qué quiere.

Bajo la sombra que no podía proteger de la amenaza, se quedó absorta estudiando los detalles de la tinta que dibujó su padre, repitiendo en su mente cada palabra.

Esporádicamente levantaba la vista para ver qué ocurría más allá. No era muy difícil de deducir por las inflexiones de voz disimuladas y los ademanes. Discutían. No es que ya no le importara, pero los había visto y escuchado tantas veces que se había acostumbrado. Solo esperaba que no se prolongara demasiado, después de todo, este era su tiempo con su padre y estaba impaciente por saber el nombre del ave.

Su padre regresó pero se quedó de pie. Dudó un segundo, y tras un suspiro de resignación, no dejó ningún espacio para la esperanza.

—Debo irme, pajarita…

—Pero ¿por qué?, aún no es la hora, ¿o sí…?

Lorenzo no pudo responder. No es que no tuviera argumentos, solo que sentía que eran terriblemente injustos, y prefirió irse sin decir nada.

Un beso en la frente húmeda, una caricia en el cabello trenzado, y la promesa renovada de un próximo encuentro, fue todo lo que la niña obtuvo antes de verlo cerrar el portón oxidado tras de sí.

En la cocina increpó furiosa a su madre que de espaldas en el fregadero raspaba los vasos frenéticamente.

—¿Por qué?, ¿por qué tiene que irse? Esta es su casa… –Las lágrimas se le acumularon involuntariamente.

Eleonor se limitó a darse vuelta con los ojos desorbitados como si no hubiera escuchado nada.

–Cariño, Ed viene en camino. Por favor levanta todo y aséate para almorzar.

—¿Por qué estás con él? ¡Ni siquiera nos quiere, ni le importamos! ¿Por qué no te quedaste con papá?, ¿por qué no peleaste por su amor? –dijo con la cara roja y los gritos cada vez más ahogados.

—No es tan sencillo, amor –respondió la madre que instintivamente se cubrió con el cuello de la camisa el hematoma azulado.

El estampido de la puerta de su dormitorio fue todo un manifiesto de lo que sentía.

Se acurrucó debajo del cobertor y comenzó a tiritar a pesar del calor aplastante que la circundaba.

A cinco cuadras de allí, Lorenzo con un nudo en la garganta manejaba solo por inercia.

Parado en el semáforo de la planta de polímeros Ducilo, reconoció el Torino de Edmundo cuando este pasó a su lado. Sus vidrios estaban polarizados y era poco probable que lo hubiese visto. No, seguramente no lo había visto.

La luz verde le dio paso, y se puso en marcha rumbo a la salida más próxima hacia el Acceso Oeste.

La mujer escuchó el sonido de la portezuela del auto y dos segundos después el lamento del portón, y ya se le erizaron los pelos del brazo.

—¡Edy! Qué bueno que pudiste llegar a casa más temprano.

Estaba a punto de decir algo más, pero no alcanzó. El puñetazo que recibió de costado sobre uno de sus oídos la tumbó al piso y la dejó totalmente desorientada.

—¡Qué mierda hacía él aquí! ¿Acaso no te dije que no quería verlo? ¿No fui lo suficientemente claro la última vez?

—Es… es su padre –balbuceó tratando de sentarse de costado, cuando Edmundo le volvió a asestar una patada en el estómago.

Eleonor sintió el crujido de algo que se rompía en su interior, pero apenas gruñó de dolor, para no empeorar su situación. Solo deseó que la niña se hubiese dormido tras la puerta que no la protegería.

Edmundo de pie, enceguecido por la ira, solo atinó a tirar otra patada en el vacío cuando perdió el equilibrio al ser empujado desde atrás.

—¡Reverendo hijo de puta! –Los ojos de Lorenzo centelleaban de bronca, pero no tuvo la más mínima oportunidad cuando, recuperado, la mole de casi dos metros de Edmundo le cayó a puñetazos en la cara hasta desfigurarle los ojos.

A tientas tiraba golpes de inútil defensa, hasta que terminó en el suelo. Solo alcanzó a divisar el filo metálico que se le venía encima. Todo el peso del cuerpo de su contrincante estaba concentrado en ese cuchillo cuya trayectoria inevitable era simplemente demorada por los brazos cansados y poco entrenados para la violencia de Lorenzo.

La hoja se abrió camino, mientras su corazón se aceleraba golpeteando con desesperación, para luego apaciguarse lentamente y distenderse con el resto de sus músculos. Sus ojos dilatados se desviaron levemente hacia la derecha de Edmundo que seguía encima de él y exhaló ya sin fuerzas:

—Fénix.

La corriente de aire de la puerta abierta y las gotas cayendo violentamente sobre el piso del porche sobresaltaron a Eleonor que sintió su mejilla fría y húmeda.

Desde su posición en el suelo con la vista aún nublada, todo se veía de un extraño color rojo, que juzgó producto de algún derrame ocular.

Sin embargo, conforme reaccionaba, se dio cuenta de que el rojo estaba afuera, no dentro de sus ojos. Se extendía en forma de una laguna viscosa que se derramó desde su pelo cuando se sentó horrorizada, tratando de tapar un grito ahogado con su mano chorreante.

El cuerpo de Lorenzo yacía inerte bajo el peso de Edmundo que sentado encima a horcajadas y ladeado de costado permanecía totalmente inmóvil. Su lengua seguía pegada al paladar. Lo que fuera a decir quedó interrumpido por el abrecartas de bronce clavado en la unión craneocervical.

La madre se incorporó casi de un salto a pesar de su cuerpo dolorido, y dirigió instintivamente la mirada hacia la puerta de la habitación que estaba entreabierta.

El refucilo insonoro alumbró en otra dirección el sendero de pequeñas huellas de pies descalzos que atravesaban el porche mojado, y se diluían afuera de rojo carmesí a distintos tonos de rosa.

Doblada de dolor Eleonor las siguió hasta el umbral de la entrada, desde donde le llegó la visión iluminada con el resplandor de un segundo refucilo seguido de un estruendo ensordecedor.

Desnuda, de pie bajo la lluvia torrencial, su cuerpo pequeño y menudo emanaba una especie de vapor como el de brasas que se apagan.

Contra su pecho, sostenía con fuerza el fénix dibujado por su padre que se escurría en ríos de tinta negra cubriéndola como un manto protector.

2

Las voces tras la puerta llegaban como en marejadas. Más altas, más bajas, como si fueran dichas bajo el agua.

Le recordó ese verano en el que jugaba con su mejor amiga Laura en la pequeña pileta de lona verde que su padre había armado y llenado en el fondo de la casa, para sobrevivir al sopor de las siestas de verano.

—¡Ahora yo! –decía Laurita, corriéndose el mechón rubicundo de la cara que chorreaba agua clorada, y se sumergían a la cuenta de tres.

Con ambas caras enfrentadas, deformes por el agua, improvisaba una palabra de burbujas que ascendían por su rostro.

Segundos después, en la superficie, arriesgaba:

—¡Cachavacha! Dijiste Cachavacha.

—¡Sííí!, ¿cómo supiste?

—Ahora es mi turno… –Y no alcanzaba a decir nada bajo el mundo submarino, porque notaba las pequeñas burbujas que se formaban en las casi nulas pestañas de Laura, y estallaba en carcajadas. Ambas salían del agua riendo y tosiendo con las gargantas irritadas, y los ojos enrojecidos.

Extrañaba esas tardes de compartir un único par de patines de rueditas naranjas con Laurita, rengueando estúpidamente, y de aprender a andar en bici o practicar besos en los troncos de los árboles con Cecilia.

Ahora era una niña solitaria y reservada, sentada frente a la puerta del doctor Schteimberg.

Su vista se perdió en la perspectiva del largo pasillo con tan solo tres puertas. La última parecía a la distancia una puerta minúscula. La mitad de la pared hacia abajo estaba pintada de un color dorado oscuro y el límite era una guarda de papel con arabescos bordó y dorado sin brillo, que se interrumpía en el hueco de cada puerta. En el último tramo, la guarda se había despegado y una punta que colgaba del revés con el pegamento seco se balanceaba cada vez que alguien pasaba.

Lo que falta acá es una mesa de cristal con la galleta que diga “cómeme”… o tal vez deba empequeñecerme con el contenido de la botella y después de llorar mares de lágrimas poder salir por aquella puerta más pequeña.

Se distrajo mirando sus pies que hamacaba involuntariamente, y pensó que era extraño que esta vez su madre no la hubiera amenazado con la frase sempiterna que pronunciaba cada vez que se ponía esas zapatillas celestes, sus favoritas por cierto.

—¡Ahhh, no! Yo contigo así, no voy. Te cambias esas zapatillas rotas y mugrientas.

Siempre le había sonado tonto que su madre no dijera “conmigo no vienes” en lugar de “contigo no voy”. Como si el liderazgo, la decisión de ir a cualquier parte fuera de ella, tan solo una niña, y no de un adulto.

¡Carajo! Debería haberme traído el libro de Alicia que está tan bueno. Esto es un bodrio…

La puerta finalmente se abrió, pero su madre con cara enjuta y el doctor siguieron aún cuchicheando en el umbral por unos minutos.

Cuando Eleonor se dio vuelta y le hizo un gesto para que se acercara, sintió las mismas náuseas del examen de ingreso a la preparatoria unos meses atrás. Aún podía recordar el olor penetrante del after shave del profesor Melker, y el ruido de las hojas rasgadas por los lápices negros 2B de puntas afiladas.

—Estaré aquí afuera esperándote, cariño –le dijo su madre exactamente igual que aquel día.

Se hundió en la silla frente al gran escritorio antiguo de nogal del Dr. Schteimberg, y se sintió perdida entre muebles gigantes. Quizá bebí demasiado de esa pequeña botella…

—Me dijo tu madre que eres una niña muy avispada. Que te gusta mucho leer y pintar, y que tienes una gran imaginación. Y… ¿has pensado qué quieres hacer cuando seas mayor?

—¿Pintora? –dijo ella encogiéndose de hombros indolente.

—Esto no es un examen, pequeña, no hay respuestas correctas o incorrectas. No debes responder con una pregunta. Solo debes decirme lo que sientes, lo que anhelas. ¿Okey?

Se acomodó en su lugar tras asentir brevemente con la cabeza.

—Ahora bien, cuéntame qué es lo que más disfrutas, qué es lo que te hace feliz.

—Jugar con mis amigas, leer y hacer cosas con mi padre…

—¿Qué cosas haces con él?

Pensó que el doctor y ella serían desenterrados muchos miles de años después de entre los escombros, tierra y vegetación, solo piel seca sobre huesos, si le detallaba todo lo que hacía con su padre. ¿Por dónde empezar?

—Pintamos…

—¿Qué cosa pintan?

Este hombre no tiene ni idea…

—Lo que sea, cuadros, las paredes de la casa, mi nueva bicicleta que me regaló mi abuelo. Tiene un antiguo timbre de metal con un dibujo de flores que pintamos de varios colores, ya sabe… –dijo mientras hacía la mímica con su mano.

—Ya veo. Y la casa…

—Sí, pero antes tuvimos que lijar y pasarle agua con lavandina para la humedad. Esa parte no estuvo tan buena. Estornudé mucho.

El doctor se rascó el mentón donde se asomaba una barba incipiente.

—¿Sabes por qué estás aquí? Mi trabajo es ayudarte, pero para ello debes ser honesta conmigo, ¿entiendes? Si no, no podré hacerlo.

Ante la mirada inescrutable de la niña, con voz suave y exageradamente melosa, preguntó:

—¿No es tu padre ornitólogo?

—¿Qué?, ¡no! Claro que no, es pintor.

—Con pintor te refieres a artista… ¿Sabes por qué no está aquí?, ¿por qué no ha venido contigo?

—Está ocupado pintando un gran cuadro que le encargaron para una exposición. Igual es mi madre la que siempre me acompaña al dentista o al médico cuando estoy enferma.

Se miró los pies que comenzó a balancear nuevamente, y dudó al continuar.

—Además habíamos quedado así, que después de ir al cine, tendría unos días muy ocupados.

—Fueron al cine… –Schteimberg trató de ver hasta dónde llegaba, sin mostrar impaciencia.

—Sí, a ver una película de un cantante bastante conocido parece. Yo no lo conozco, pero dicen que es muy famoso. Me gustaron las canciones, aunque a la peli me la tuvo que explicar mi papá.

—Supongo que te refieres a The Wall, sé que está en cartelera desde la semana pasada.

—“Goodbye cruel world I’m leaving you today, goodbye, goodbye, goodbye; Goodbye all you people, there’s nothing you can say to make me change my mind, goodbye”.

El doctor vio una veta, e intentó por allí, intuyendo que podía ser la clave de todo.

—¿Sabes por qué el protagonista se despide del mundo con esa canción?

—Mi padre dice que se construyó una pared. Ya nadie puede hacerle daño…

—¡Bien! –Schteimberg se levantó con un suspiro largo–. Vamos a probar otra cosa.

Tras sacar un objeto de su cajón, bordeó el ancho escritorio y se colocó de pie frente a la niña, reclinado hacia atrás apoyando las nalgas sobre el borde del mueble. El objeto, una base de madera con una aguja que se balanceaba de extremo a extremo, le provocó una extraña somnolencia mientras comenzó a caer en el hueco del árbol persiguiendo al conejo que miraba insistente su reloj de bolsillo: tic, tac, tic, tac.

Las palabras del doctor se escuchaban cada vez más lejanas desde arriba, mientras ella seguía cayendo indefinidamente.

—Hoy es 17 de agosto, es feriado. Quiero que me digas todo lo que sucede este día. –Al tiempo que encendió la pequeña grabadora Grundig que siempre llevaba en el bolsillo de su saco.

—Me levanto dentro de todo temprano. Hoy es un día importante. Mamá me prepara una chocolatada caliente mientras me cepillo los dientes a toda prisa. Me regaña porque no quiero comer nada, dice que estoy demasiado flaca y que si me caigo de la bici solo va a quedar el hueserío. Aún tengo tiempo, así que tomo a Cometa Plateado, y salgo a dar unas vueltas. Aprovecho que no hay nadie en la calle y me voy directo al viejo molino cerca del río. Me encanta el sonido que hace cuando gira. La torre que está construida al lado es muy bonita a pesar de estar medio arruinada y con musgo. Me hace acordar a las torres de los castillos medievales de los libros. Sé que es solo una torre de agua, pero es lo más cercano a una construcción antigua que he visto. Me quedo un buen rato ahí hasta que decido volver. No quiero que me regañen por desaparecerme todo el día de nuevo.

Mamá ha preparado algo sencillo, unos fideos a la manteca. Los tres devoramos rápido y papá se recuesta a descansar una media hora.

Aprovecho para encerrarme en mi pieza y probarme la ropa que me pondré para la exposición. Creo que usaré la camisa celeste con lunares blancos que me hizo mamá. Me miro al espejo y descubro un bochornoso detalle. La camisa es demasiado traslúcida. Se me notan los pechos.

Me acerco a mamá que aún está terminando de lavar los platos y le digo casi llorando que así no puedo ir. Que no quiero ir a ningún lado. Todos me estarán mirando. Mami me responde que solo me mirarán por lo hermosa que estaré, y me pasa el dedo por la mejilla antes de que caiga la primera lágrima.

Nos la pasamos toda la siesta probando un sujetador de tela que cose en su Necchi a pedal. Me encanta la forma, dos triangulitos con las tiritas y todo. Tuvo que desarmar una de sus enaguas más viejas para hacerlo. Me gustaría saber coser como ella.

El Dr. Schteimberg observó que la niña sonreía con los ojos cerrados, mientras se giraba levemente sobre sí misma hacia un lado y hacia otro.

—¿Qué está sucediendo ahora?, ¿qué ves?

—Estoy de pie frente al espejo que está en la cara interna de la puerta del placar de mami. Me encanta cómo quedó mi sujetador. Lo amo… y amo a mi mamá por el trabajo que se tomó en lugar de descansar.

—Avancemos unas horas, ya es de noche. Quiero que me digas con quiénes estás, y qué haces.

El psicólogo llevaba muchos años de experiencia en este campo. Sus muchos títulos y horas de capacitación lo acreditaban para aseverar que la niña estaba efectivamente bajo estado de hipnosis. Y es por ello por lo que se volvía más inquietante. Nunca había visto ni sabido de un caso similar. No podía, bajo ese estado, mentir o simular.

Estaba tan fascinado que no quería presionar demasiado, y prefirió dejar que el relato discurriera, tratando de leer entre líneas, si es que efectivamente había algo que leer allí.

La cantidad de detalles lo hacían aún más creíble, y de no ser por tratarse de un caso que terminó en los titulares locales, pensaría que se equivocó de niña.

—Hay muchísima gente. Veo al grupo de pintores amigos de mi padre, Castro; el italiano; Ramírez, todos están conversando animadamente. También está el mentor de mi padre, fue su maestro desde que él era un adolescente. Papá se ve feliz.

Yo también lo estoy. No puedo dejar de pensar en mi pequeño corpiño casero. Estoy consciente de eso todo el tiempo. Saco pecho y me paseo oronda por todos lados, para que todos puedan verme, aunque sé ciertamente que nadie puede verme en realidad. Es solo un secreto que compartimos con mi madre. Pero yo me siento como en mi primer día de adulta. Hoy es para mí un día especial, porque además mi madre y yo compartimos otro secreto. Bueno, al menos de momento no quiero que mi padre se entere… hoy he visto sangre.

Schteimberg ya venía sorprendido por el vocabulario que usaba la niña, no muy común entre ese rango de edad preadolescente, pero supuso que se debía a cómo la había descrito su madre, “una lectora voraz”, cuando dio un respingo de alerta.

—¿Dónde has visto sangre? –preguntó tratando de mantener el tono de voz calmado.

—En mi ropa interior. Me ha dado un poco de vergüenza, casi lloré. Pero mamá me ha dicho que no hay de qué avergonzarse, muy por el contrario. Me besó en la frente y me dijo que ahora era una mujer.

Herbert Schteimberg se sintió estúpido mientras se masajea las sienes con los dedos índices en pequeños movimientos circulares.

Por algún motivo que desconocía, y que lo empezaba a irritar, no podía acceder al subconsciente de la niña.

Súbitamente, aún con los ojos cerrados, su paciente comenzó a convulsionarse mordiéndose los labios, en un claro reflejo de aguantar la risa.

Schteimberg se tensó por completo casi disgustado, pero a la vez aliviado de que todo haya sido una tomada de pelo.

—¿De qué te ríes? –preguntó con tono monocromático.

Pero ante su mayor sorpresa, ella prosiguió en su propia línea temporal.

—Estaba ansiosa porque el maestro de mi padre, Angelo Fabrizio, prometió mostrarme su paleta de acuarelas. Hace una hora que está hablando con mi padre, con el estuche metálico de las acuarelas en la mano, cruzado con una banda elástica, y ya amagó tres veces con que la iba a abrir, pero se distrae hablando y no lo hace. El muy anciano ahora hasta le sacó la banda elástica por completo, y mis ojos se adelantan para ver el contenido. Pero lo cierto es que después de más bla, bla, bla, le vuelve a poner la banda y, tras palmear a mi padre en el hombro felicitándolo por la muestra, se pega la media vuelta y se va.

Me siento frustrada porque realmente quería ver esas acuarelas, pero la situación es sumamente graciosa.

—Bien… creo que ya fue suficiente –el frustrado era Schteimberg–, a la cuenta de tres, vas a despertarte apaciblemente y a abrir los ojos. Uno… dos… tres –al tiempo que detuvo la aguja oscilante del metrónomo.

Los ojos pequeños y oscuros, ahora puestos en él, le produjeron un extraño cosquilleo, que trató de ignorar mientras daba la vuelta y se sentaba nuevamente tras su trinchera.

—Bien, esto es lo que vamos a hacer…

El ring del teléfono quebró la frase.

—Disculpe, doctor –podía oírse la voz de su secretaria al otro lado de la línea–, pero dice que es urgente.

—Bueno, sí, con él siempre lo es. Está bien, páselo, Sofía.

Schteimberg hizo un movimiento sobre la silla giratoria, dándole la espalda a la niña, al tiempo que bajó el volumen del aparato.

—¿Qué pasó, Israel?, ajá… ajá… okey, ¿pero usted hizo lo que yo le indiqué? No, no, la medicación tiene que tomarla tal como le dije en cantidad y horarios, y relajarse. Nooo, no va a pasar… claro que no se va a morir, Israel, confíe en mí…

La voz del otro lado parecía colgar literal y metafóricamente “de un cable”. En este caso, de un cable gris enrulado, que unía el tubo del teléfono con el aparato, y que Schteimberg acomodaba nerviosamente con el dedo de la mano izquierda, mientras con la derecha alejaba de tanto en tanto un poco el auricular de su oreja, en un intento de no quedar sordo.

El pobre diablo parecía desesperado, pero lo mejor que tenía su doctor era prometerle lo imposible; que no moriría…

La niña reflexionó sobre esta vana ilusión, y con un suspiro de tedio se concentró en los muchos títulos con ribetes dorados y firmas grandilocuentes que se encontraban enmarcados en la pared. Sus vidrios necesitaban indefectiblemente limpieza desde dentro. Mucho más que el plumero superficial que pasaba eventualmente Sofía.

Israel siguió con sus lamentaciones entreteniendo al Dr. Schteimberg aún de espaldas, por lo que tomó el recetario y una pluma costosa del lapicero (sobre esta había una pequeña inscripción tallada “Veritas” seguramente hecha en alguna relojería del centro por algún paciente agradecido) y comenzó a garabatear con ella.

El psiquiatra finalmente se giró con un “lo espero la semana que viene”, y al momento de apoyar el tubo sobre el teléfono, se encontró con su firma inserta al final de una indicación en el recetario membretado.

“Contención”, leyó mentalmente tratando de disimular su asombro ante la facilidad de esta niña de engañar hasta un perito grafólogo.

Ahora, además de estúpido, se sintió manipulado por la inquietante visita.

—Veo que eres realmente buena… ¿dibujando?... ¿imitando letras y firmas? ¿O haciéndote pasar por alguien más? –trató de no demostrar su enojo pero la voz entrecortada lo traicionó–. Y…¿cómo se supone que “yo” sugiero “contención”?

Los pequeños hombros frente a él se encogieron brevemente.

—No lo sé. Usted es el doctor.

De vuelta, sentada en el pasillo, esperaba mientras su madre y doctor murmuraban frente a la puerta del consultorio.

—Quiero que entienda que esta no es la misma niña que usted crio, Eleonor. Hay algo oscuro instalado en ella, que no debemos dejar que avance.

—¿Pero cómo puede ser que no registre nada? –La madre se frotó nerviosamente la cara–. ¿Habló de su padrastro al menos?

—Ni siquiera lo mencionó. Vive en una… no sé cómo decirlo. Como en una realidad alternativa, donde sus padres jamás se separaron. Dice que su padre es pintor.

—¿De casas?...

—No. Un artista –respondió lacónico Schteimberg. Luego revoleó la cabeza sobre su cuello, como si le ajustara demasiado el nudo de su corbata–. Escuche, debemos trabajar mucho. Serán muchas horas de terapia… horas… –relojeó brevemente sobre el hombro de Eleonor para observar a la niña– que no tengo disponible, lamentablemente… pero es necesario.

En este punto, la niña, hasta ahora aparentemente distraída en su mundo, se enderezó de un respingo. “Es justo y necesario, realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación…”, ¿cuántas veces había escuchado esas palabras de boca del padre Ismael? Era su parte favorita de la misa, que la sacaba de su sopor místico, por no decir somnífero, y le anunciaba la proximidad del fin, pero de un fin rimbombante, con palabras esperanzadoras, alegres, que exaltaban su espíritu. Le llegaban como una rima que le provocaba una especie de trance, algo así como los cánticos o mantras de monjes tibetanos. Este momento, y las Letanías Lauretanas después del rezo del rosario que le había enseñado su abuelita en latín, eran las razones que la mantenían “cerca de Dios”…

“Torre de David”.

“Torre de marfil”.

—¿Cómo?, ¡pero usted prometió ayudarme! –exclamó con estupor.

—Le daré un listado con los mejores profesionales. No puedo tomar el caso. En serio, lo siento mucho. Y no lo olvide. La niña necesita mucha contención. –Y al decirlo entre dientes, se sintió patético, con la mirada puesta en él desde un rincón de sombras indescifrable.

3

Mae pasó de tercera a punto muerto, y pisó apenas el freno maniobrando con destreza en las curvas cerradas. Al filo del peligro, en el límite de los abismos era donde mejor se apreciaba la belleza que la circundaba.

Acababa de pasar el punto más alto de la montaña, atravesándola por un largo túnel oscuro con luces en la parte superior abovedada, que con la velocidad producían un efecto hipnótico.

Como El túnel del tiempo, pensó en la serie que veía de chica en TCM.

Ahora, ya del otro lado, estaba como Tony y Douglas totalmente perdida en una tierra y un tiempo desconocidos. Pero a diferencia de los científicos, ella no deseaba volver a casa. No existía tal lugar que pudiera añorar, o familia que extrañar. Cuanto más se alejara, mejor sería. Probablemente encajaría a medias en este nuevo destino, pero seguiría buscando llenar ese vacío, ese sentimiento de pertenecer y que alguien le perteneciera. De obtener lo que le fuera arrebatado.

A su izquierda, la ladera rocosa de bordes afilados, ostentaba esporádicamente algún árbol que contra toda probabilidad hundía las garras en las grietas. Era su forma de aferrarse a la vida, nutriéndose de la poca tierra que el viento acumulaba a sus pies.

La rueda del lado del conductor derrapaba de tanto en tanto sobre las piedras de cantos rodados, que salían eyectadas hacia el precipicio haciendo un ruido quejoso como el aguacero repentino sobre la galería de chapa junto al patio.

Tras la herida profunda e incurable de los valles, se elevaban en distintos planos montañas que aún vestían mantos verdes pero que a mayor altura iban adquiriendo tonos dorados y rojizos. La nieve que se empezaba a acumular en las cúspides quemaba la vegetación con sus largos dedos helados.

Reflexionó sobre la ironía de su propia vida. Perdida en curvas descendentes, avanzando sin control hacia lo desconocido, y observando todo lo bello, lo que no le pertenecía, a través de un cristal. Si aceleraba lo suficiente y estiraba la mano, entonces lo tocaría y se sentiría parte de ello al menos por un instante, antes del fin.

Se adentró resignada en la última curva del desfiladero de montañas que cubrían la vista dilatando al espectador el placer hasta el último segundo.

Hacía cinco kilómetros un cartel anunciaba: “Usted está entrando al Condado de World’s end”, y a esta altura uno pensaría que se había perdido si no fuera que inequívocamente era la única ruta.

Súbitamente estaba ahí, en todo su esplendor, Shut Bay, donde según “el señor Google” se asentaba el centro cívico, y la mayor cantidad de habitantes.

Esto era lo más lejos de casa que podría estar. De hecho, si hiciese un kilómetro más, la circunferencia de la Tierra la acercaría indefectiblemente a todo lo que quería dejar atrás.

Solo he venido a perderme en el fin del mundo, como todos aquí.

El valle interconectado por lagos era la zona inmobiliaria más cara, por lo que, a pesar de necesitar del auto, prefirió buscar una pequeña casa en las afueras. Después de su entrevista laboral, por llamarla de alguna forma, solo debía visitar dos propiedades, una en Susanpeak y otra en Seven Falls, y decidirse por una.

Por lo que sabía, el lugar era bastante tranquilo. Solo lo usual; altercados domésticos; adolescentes manejando ebrios, y algún dealer de poca monta con el que habría que lidiar.

Tras bordear el lago principal y pasar por la calle paralela a la costanera frente a la mayor parte de los edificios gubernamentales, se estacionó en el aparcamiento de la jefatura.

A primera vista no parecía más que un pueblo grande de casas tradicionales, pocos edificios altos, y homogéneos en su estilo arquitectónico. Las piedras que provenían de la montaña y los troncos de los aserraderos eran la materia prima predominante. Aun así, aquí y allá se revelaban al buen observador detalles multiculturales, que no eran más que el reflejo de la sociedad que habitaba esos confines.

Se quedó con el motor en marcha por lo menos quince minutos, mirando el ajetreo diario de la dependencia policial.

El edificio en sí no era realmente feo, solo poco práctico y pasado de moda. Tenía una mezcla de construcción anglicana, que según leyó Mae en algún artículo, fueron los primeros en llegar a la zona, con detalles indefinibles como la cantidad y la antigüedad de las corrientes migratorias que se habían asentado desde el siglo XXVII.

En algún punto, lejos y hace tiempo, la mole probablemente fuera el orgullo del incipiente pueblo. Ahora, lo que realmente daría orgullo sería demolerla por completo y construir una nueva.

Las pequeñas ventanas segmentadas en paneles de doble vidrio, por detrás del nivel de la pared, le recordaron la masa de pan que hacía su madre. Ella hundía los dedos mientras leudaba antes de entrar al horno de ladrillos que estaba afuera, en el patio donde el sol desmayaba. Los “huecos” apenas dejaban entrar luz natural, que en estos lugares, de por sí era escasa casi todo el año.

Mae supuso que habrían querido conservar el calor de las estufas a leña, que en aquel entonces era el único combustible. Casi podía imaginarse aquella gente de piel verdosa y pálida, agorafóbica por opción, abocada a adorar los detalles de una vida simple.

Para ser un día de abril estaba bastante soleado y cálido, algo inusual en esa época del año. El personal entraba y salía como atareadas hormigas con sus uniformes negros en su versión veraniega de mangas cortas donde destellaban los atributos dorados.

Apuesto que esos uniformes ya estaban guardados cubiertos de nailon en algún placar. No me sorprendería que todos olieran a naftalina.

Finalmente se decidió, apagó el motor y se apeó con todo el aplomo que no tenía unos instantes atrás.

En el hall de entrada se dirigió a un pobre diablo que evidentemente no había leído el pronóstico, y sudaba profusamente en su uniforme de abrigo con mangas largas que trataba nerviosamente de arremangar.

—Lo siento, es que el aire frío del split no funciona.

Mae asintió con una sonrisa de cortesía poco natural. Se limitó a preguntar por el lugar y la persona de su cita, y recibió las indicaciones como para encontrar un tesoro, solo que sin un mapa.

Pensó en pedir que se lo repitiera, pero él ya tenía bastante con su propio sauna, así que decidió aventurarse y en tal caso preguntar a alguien más, si se perdía en el intento.

El interior del edificio, como se esperaba, era oscuro. Un total anacronismo, una pieza de museo. De paredes gruesas también de madera barnizada en un tono nogal, las hundidas ventanas se veían más minúsculas desde dentro, como si fuera un refugio de montaña en los Alpes suizos o un búnker de la Segunda Guerra Mundial. Los pequeñísimos paneles dobles se revelaban totalmente sucios con algún tipo de antihumedad entre sí, que fracasaban vergonzosamente en su cometido.

Mierda, no quiero pensar cómo serán las celdas de los detenidos.

El sistema de calefacción a leña había sido reemplazado por otro más novedoso… durante la Revolución Industrial. El agua caliente era trasladada a través de caños visibles en todas las paredes, rematando en radiadores que ya se podían ver en las películas blanco y negro.

En las mudas, diría yo.

El pasillo principal estaba decorado con las fotografías de todos los jefes predecesores, y a Mae le pareció por un instante la Casa de los sustos de las kermeses itinerantes que recorrían las ciudades del interior, como la de su infancia.

La mayoría deben ser solo fantasmas que merodean buscando máquinas de escribir y expedientes de papel.

Al final del pasillo no se pondría mejor. Un salón enorme dividido con separaciones vidriadas que formaban pequeñas oficinas, que creaban la ilusión de espejos infinitos donde todos eran exactamente iguales.

Hacia la derecha, una escalera con un cartel impreso en computadora y pegado a la pared, con cinta de embalar transparente mal puesta, anunciaba “subsuelo”.

El aire se volvía más vetusto a medida que descendía por los escalones de granito desgastado, y al pasar el último peldaño descubrió el motivo. Entre paredes que se descascaraban sobre manchas de humedad, estanterías metálicas hasta tocar el techo, explotaban de cajas de cartón y biblioratos cuyo contenido requeriría probablemente de una prueba de Carbono 14 para establecer la antigüedad.

Las ratas deben ser las mascotas. Tal vez las lleven a los procedimientos antidrogas, con bozales y correas. ¿Cómo no digitalizan todo esto? Creo que realmente entré en ese túnel del tiempo después de todo.

Avanzó dudosa esperando ver alguna otra indicación.

No creo que sea aquí… no puede ser…

Pero lo era. Bastó con girarse sobre sí misma para ver bajo la escalera, casi oculta, como un secreto deshonroso, la puerta del gabinete psicológico.

Estaba entreabierta, y era la hora acordada, así que entró sin más.

El lugar confirmaba absolutamente su viaje en el tiempo. Un ordenador con poco uso era más bien un adorno sobre el escritorio metálico de bordes redondeados, cuya capa de esmalte sintético gris pintado a pincel comenzaba a hacer pequeñas burbujas de aire.

Un archivero metálico de pie con cajones que se deslizaban sobre una guía engrasada, y que exhibían carpetines colgantes de color marrón con rótulos de marco plástico negro y acetato transparente, le pareció algo tan engorroso como absurdo, en plena era digital.

Okey, o el presupuesto aquí es paupérrimo, o mi cita tiene cien años de edad…

Para sacarse la duda de este último pensamiento, levantó desvergonzadamente el portarretrato sobre el escritorio, que se encontraba de espaldas.

Un hombre mayor, de unos 65 años, con una abundante barba canosa sobre un bronceado caribeño, ataviado con la típica camisa hawaiana que solo se usa en las vacaciones, una bermuda color caqui de bolsillos fuelle, y unas sandalias de goma con medias, abrazaba feliz a una joven de solero blanco de bambula que ondulaba la brisa marina. Sus delicados pies desnudos se hundían en la arena blanca. Era bellísima y mucho menor que él.

Viejo degenerado… dónde carajos me metí…

Cuando estaba leyendo los muchos títulos enmarcados en la pared, el hombre de la foto, con un look completamente diferente irrumpió en el sucucho–oficina.

El perfume penetrante y amaderado de su after shave fue lo primero en anunciarse. Luego él, esbelto y delgado, lo cual a su edad o bien era genético o fruto de largas caminatas.

Más bien lo segundo.

Su bronceado solo permanecía en la fotografía, igual que su falta de estilo. Ahora, perfectamente afeitado, peinado, y luciendo un traje gris oscuro de saco cruzado, con una impecable camisa blanca y corbata de seda con arabescos en gris perla de las que se venden en Macy’s de la Quinta Avenida, se acercó sin emitir sonido y quitándose la gabardina beige que llevaba sobre los hombros estilo capa, lo colgó del perchero de madera detrás de la puerta.

¿Qué clase de nombre es…?

—¿Qué clase de nombre es Spadafora Domingoni?

Aunque a esta altura dudó de si lo más extraño era el nombre o la forma en que se ponía, sin ponerse, el abrigo.

¡Qué rayos… mi loquero tiene complejo de Dr. Strange… vamos bárbaro, Mae..!

—La agente Mae Silva, presumo. Buenos días para usted también –dijo impasible.

Mae se disculpó a medias con la mirada, sin pronunciar palabra. Y no lo haría. Era demasiado orgullosa para ello.

—Por favor cierre del todo la puerta y tome asiento. –Bien, que tenemos aquí…una joven irreverente, sin modales, atractiva en cierto modo, pero peligrosamente encaradora. La clase de mujer que trae problemas en cualquier dependencia donde haya hombres.

La joven se dirigió a la puerta que cerró disimulando su mala gana, y tomó asiento frente al sujeto que la observaba por arriba de los cristales de sus anteojos de marco plateado.

El silencio infinito solo se rasgaba con el doble tic, toc, tic, toc de dos relojes de pared con péndulo que no coordinaban el segundero entre sí.

Se sintió incómoda e instintivamente se revolvió el cabello enrulado y rubio a fuerza de químicos, desviando la vista a los relojes en pugna.

—¿Están descompuestos? –preguntó meneando la cabeza en dirección a ellos.

—No –respondió lacónico Spadafora–. En tal caso uno al menos estaría en lo correcto, ¿no lo cree?

—O ambos podrían no tener nada que ver con el tiempo. “En tal caso” la medición es una convención caprichosa. No existe tal cosa –aseveró, solo espero que ahora no se le ocurra darme rompecabezas o estúpidas manchas de tinta para interpretar. Ya tuve suficiente de ello.

Spadafora simuló ignorar su comentario, pero tomó nota mental de cada palabra.

—He leído su legajo completo. Mi colega ha informado situaciones inquietantes –mientras lo decía se empujó los lentes con el dedo índice apoyado sobre el marco, y abrió una carpeta de cartulina de la que sacó una hoja impresa.

Ahora su dedo dibujaba círculos sobre el borde exterior de los labios finos y casi azulados, que revelaban algún tipo de enfermedad coronaria o pulmonar.

—Si bien respeto mucho la opinión del Dr. Mosqueira…

Mae se sobresaltó cuando Spadafora rasgó la hoja y la tiró al cesto de papeles.

—Confío más en mi propio criterio –continuó diciendo– y creo que arrancaremos por la foja cero. –La volvió a mirar por sobre los cristales.

—Claro, sí, como usted disponga –dijo aún sorprendida.

Lo que usted diga, Dr. Strange, usted es el extraño, yo solo quiero dejar el pasado donde pertenece, bien atrás. Para eso estoy aquí, ¿no? Para reescribir “mi legajo”.

—Sin embargo –ahora su voz adquirió un tono marcial mientras se quitaba los lentes y se recostaba sobre el respaldo– que quede claro que esta es su última oportunidad. No se tolerarán dentro de la fuerza actitudes como las informadas por sus superiores. Está a prueba, señorita Silva, y bajo mi estricta supervisión y responsabilidad. Tendremos una charla semanal, indeclinable.

—Pero…

Spadafora interrumpió.

—La única razón para que nuestra cita no se concrete es que uno de nosotros o ambos estemos muertos. ¿Está claro?

—No creo necesario que de momento nadie muera, es un poco extremo, ¿no le parece? –Y expuso una sonrisa torva que se esfumó al instante.

—Miércoles a las 10:30, agente Silva. Deje la puerta abierta al salir, por favor.

4

Liam, sentado en el pequeño sofá del dormitorio, con los codos apoyados sobre las piernas, y las palmas de las manos enmarcando su mentón, observaba desde la penumbra el rostro de su esposa que dormía.

A la luz de la luna nueva que entraba omnipresente por la ventana cuya cortina nunca se cerraba, a pedido de ella, su rostro se veía maravillosamente pálido. Le vino a la mente un poema de García Lorca que siempre le recitaba: “en el aire conmovido mueve la luna sus brazos, y enseña lúbrica y pura sus senos de duro estaño”. Y así yacía, lívida y casi ingrávida, como si se hubiera ido de su cuerpo, como si la luna se la hubiera llevado junto con el niño de la fragua.

La ama. De eso no tiene dudas.

Para él, un hombre pedestre y pragmático, acostumbrado quizá a causa de su trabajo a hundirse en el lodo, a ver el lado oscuro y malvado del ser humano, Sarah ha sido como ese haz de luz blanca en medio de las tinieblas de una noche interminable.

No le dio alas; él no puede volar; pero lo tomó entre las suyas y lo llevó a lugares que jamás hubiera imaginado.

Y aun así, aquí estaba, como tantas otras noches, insomne, sintiéndose que algo faltaba, que algo en sus vidas no cuadraba. Como si su cuerpo se hubiera vuelto repentinamente demasiado pesado, convirtiéndose en un lastre que los arrastraba a ambos en espirales descendentes.

Ni siquiera sabría decir cuándo empezó. En principio parecía contenta con su trabajo en la Biblioteca de Shut Bay. ¿Qué más podría pedir una amante de la poesía y de la literatura? Pero siendo honesto consigo mismo, no había sido su primera opción. De hecho, él la había convencido de tomar ese puesto de técnico responsable de Colección que quedó vacante cuando la octogenaria Matty Mendelson se olvidó un día de respirar, así como venía olvidando otras cosas como tomar los medicamentos, o el camino de regreso a casa.

Quizá él se convenció a sí mismo de que Sarah era feliz allí. Quizá ella lo convenció de que así era.

Sentado en la penumbra, estancado como un hombre hecho de barro que se ha secado, no podía definir si era él quien no encajaba, o simplemente lo era todo el resto.

—Vida… ¿qué sucede?, ¿por qué estás despierto? –preguntó estirando los brazos por sobre su cabeza y volviendo a refugiarse bajo el acolchado al sentir el frío argénteo de la escarcha que atravesaba los vidrios de la ventana.

—¿Recuerdas cuándo nos conocimos?–Liam se incorporó y se metió en la cama acurrucándose como un ovillo nariz con nariz.

—¡Claro que sí! –dijo con una sonrisa cómplice–. Entré en el primer bar del pueblo, y allí estabas, como buen irlandés, haciendo derroche de tus encantos con tu extraño acento de “cantito”.–Ahora lo acariciaba con la yema del dedo índice siguiendo el perfil de su nariz.

—Dijiste… que no sabías de qué lado estar, si del bien o del mal…

—No, no fue así exactamente, pero no puedes negar que tenía toda la atención de un bar de pueblo típicamente lleno de policías… (ahora era Liam quien esbozaba una sonrisa). Tú me preguntaste si era una recluta nueva, y yo dije que lo estaba considerando, porque no estaba segura de qué lado estar. Me refería a civil o uniformada. Pensé que la habías captado.

—Ahhh, ya lo recuerdo bien. “¿Acaso eres una delincuente?, porque si es así, estoy técnicamente de franco”.

—No te lo dije con palabras pero creo que mis ojos decían “por favor arréstame y espósame”.

Liam le besó delicadamente la frente, y luego la miró a los ojos oscuros donde centelleaban hilos de plata.

—¿Te hago feliz?, ¿eres feliz con tu vida?

—¡Claro que sí!, ¿por qué me preguntas eso?

—Esa vez dijiste que querías ayudar, que te gustaba la idea de los malos pagando sus fechorías.

—Todos queremos justicia, ¿no es así?, pero lo cierto es que no estaba segura de si la policía era para mí.

—¿Lo sigues creyendo?… Es que siento que te manipulé inconscientemente para que no lo fueras. Quería algo mejor para ti. Eres tan dulce... cariñosa, frágil y sensible.

—Bueno, tampoco soy un algodón de azúcar…

—Claro que lo eres, ¡déjame lamerte! –Liam le empezó a pasar compulsivamente la lengua por el cuello y el mentón, entre risas estrepitosas y gritos ahogados de Sarah suplicando…

—¡Liam, por Dios! ¡Me haces cosquillas con la barba!

Las risas se apagaron, y les dieron paso a ojos somnolientos y bostezos por repetición.

Sarah se dio la vuelta y se ovilló junto al cuerpo siempre caliente de su esposo.

—En serio, amor. Me gusta mi trabajo. Tú ve por los malos, que alguien tiene que hacerlo.

La rodeó con sus brazos por sobre el busto y suspiró haciendo que el perfume de su champú se elevara hasta aspirarlo por completo, como una droga que lo dejó en estado de éxtasis.

Quisiera creerte, realmente quisiera…

5

—¡Mc Douuu!

Era demasiado temprano para arrancar, y de hecho por ello intentaba deslizarse casi invisiblemente, delante de la oficina del jefe Giovanni. El grito deformando su apellido alargando una letra inexistente, lo anotició de que había fracasado estrepitosamente.

Como si fuera un mimo en plena rutina, se volvió marcha atrás dos pasos y estiró el cuello hacia el lugar de donde salió el ouuu que todavía flotaba en el aire.

Odio que lo pronuncie así.

Resignado manoteó la manija de la puerta transparente, y asomó apenas la cabeza.

—Buenos días, jefe… ¿me llamó?

—Así es. Entra y toma asiento por favor.

El jefe Lito Giovanni tenía por costumbre expresarse con dichos. Él decía que el saber y el ingenio popular nunca le erraban, y que la imagen mental que creaban valía más que cualquier explicación detallada, por más científica que fuera.

Se había hecho un stock bastante importante, y los sacaba como comodines a veces, incluso, en los momentos menos oportunos. Eran como su bagaje cultural, y solía jactarse de ellos. Lo cierto es que el interlocutor, la mayor parte de las veces, no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

Hoy no era la excepción.

—Espero que hayas dormido como un lirón Macdou, porque tenemos mucho trabajo.

—Tenemosss… me suena a equipo, y yo trabajo solo, jefe, ya lo sabe.

—¡Justamente!, y como lo bueno, si breve, dos veces bueno, vamos al grano. Te he asignado una recluta.

—Y la buena noticia es queee…. está bromeando, ¿verdad?

—¿Por qué alaargasss todas las letras?, ¿acaso te volviste campesino? O ¿estás dormido? Si es así despégate la almohada de la cara y ponte las pilas. –Y frunció el ceño levantando las espesas cejas recortadas a mano con una tijera aparentemente desafilada, ensayando su cara de molesto sobreactuada.

—Usted sabe que no entreno reclutas, jefe.

—¡Precisamente!, no es una recluta. Viene de pase de otra jurisdicción. Sabe trabajar, pero tiene que ajustar algunas cuestiones. Ahí entras tú. ¡Ojo! No lo digo literal, sino figurado de hecho…Recuerda que donde se come no se caga, Macdou. –Y lo señaló amenazante–. Tu conducta ha sido impecable, muchacho, pero no es de ti de quien dudo.

Estaba tratando de procesar lo último que el jefe había dicho y que le sonó desagradable e innecesario, cuando este continuó leyendo de su monitor a toda velocidad: problemas con la autoridad, algunas situaciones que podrían rayar en el acoso u hostigamiento, denuncias de violencia, bla, bla, bla. Yo diría más loca que una cabra. Pero estoy seguro de que lo solucionarás y podrás enfilarle los patitos.

—Jefe, ¡por qué yo! –protestó aun sabiendo que era inútil.

—¿Y qué quieres? ¿Que se la asigne a Bermejo?, ese idiota vive alzado como primer nieto, y en cuanto a Nielsen… bueno, ya sabes, no le puedes pedir peras al olmo. Por otro lado, la cosa se está poniendo fea, ya sabes, como bailar con tu hermana, y lo cierto es que no te va a venir nada mal alguien que te cuide las espaldas.

—¿Tendré alguna compensación? Me refiero a francos extras, o mejor paga…

—¡Qué más quieres, Macdou! La chancha, los veinte ¿¿y la máquina de hacer chorizos??

El jefe miró por sobre su hombro, y cuando Liam estaba a punto de darse la vuelta para ver el origen de su distracción, Giovanni, el coleccionista de dichos, arremetió con otro más.

—Hablando de Roma… –mientras hacía un ademán con la mano para que ingresara a la oficina vidriada.

La puerta se abrió y la pecera se inundó de los sonidos de papeles, dedos que picoteaban teclados, murmullos y alguna carcajada explosiva más allá.

—Jefe Giovanni…

—Sí, sí, entra por favor –dijo asintiendo con la cabeza e insistiendo con el ademán de la mano derecha–. Te presento a tu compañero, el inspector…

¡¡Ay, no!! Ahí va de nuevo.

—Liam Mc Dow –se apresuró este en decir antes que la mujer registrara la mala pronunciación de su nombre por parte del jefe.

—Soy la agente Mae Silva. –Mientras le estrechaba la mano con firmeza y seguridad, y sin más se sentó en la silla junto a él que permaneció de pie.

El silencio se volvió incómodo, y Liam finalmente se sentó ante la mirada persistente del jefe Giovanni sobre él con un ojo más abierto que el otro.

—Bueno, ahora que hemos hecho las presentaciones de rigor, corta la bocha. Se les asignará un área de patrullaje durante el día, para que Silva conozca la jurisdicción y noche por medio se abocarán a tareas de seguimiento de los casos que les asigne Bermejo.

El verborrágico se puso de pie con un resorte en el trasero.

—Bueno, supongo que no hay preguntas, así que andando que cocodrilo que se duerme es cartera.

Liam se levantó y como buen caballero abrió la puerta para que Mae saliera primero. Al cerrarla desde fuera, pegó una última mirada enfurruñada para constatar que el jefe ya había pasado del asunto y se encontraba de espaldas regando un potus imposiblemente largo que imploraba por luz, enlazado hacia arriba por el marco de la ventana y el barral de la cortina.

6

Sarah se había quedado absolutamente sola, luego de que Liam se fuera a la jefatura.

En la casa vacía y silenciosa de cualquier sábado ordinario, pensó por un momento en poner música mientras realizaba los quehaceres domésticos, pero se detuvo por intuición.

Mejor no, tendré que apagarla a los pocos minutos de todas formas. Ya hace muchos días que no hablamos, estoy segura de que en cualquier momento…

El ringtone del teléfono la sobresaltó aun cuando lo esperaba.

—¿Sarah?…

—Hola, mamá, no esperaba que llamaran hoy… –bueno, a decir verdad…

—Te extrañamos, hijita, ya sabes, no nos acostumbramos aún a que estés tan lejos…

—Mamááá…

—Lo siento, cariño, no es un reproche, pero si tuvieras hijos lo entenderías…

—¡Mamááá!... por favor no empieces… –no lo hagas, te lo suplico.

—Te paso con tu padre que me está haciendo caras de desaprobación.

Sarah y Liam se habían casado hacía cinco años, pero aún no pensaban en hijos. El mundo tenía demasiado niños no queridos, y por eso el suyo vendría exactamente en el momento oportuno. Cuando lo deseemos con todo nuestro corazón.

De todas formas su matrimonio no había sido el motivo para alejarse de su hogar. Esa decisión ya estaba tomada desde antes. Liam vino después.

No hubo ninguna razón específica para irse, solo creció y siguió las leyes naturales. Su madre no lo entendía así. Si fuera por ella, hasta no haberse casado, nunca debería haber dejado el hogar paterno. Sarah de alguna forma entendía ese sentimiento maternal de sobreprotección, incluso sentía pena por ella. Lo que no sentía, sin embargo, era culpa.

En cuanto a su padre, él era muy especial en muchas formas. Salía de cualquier molde.

Jamás le había reprochado nada de lo que había hecho, o dejado de hacer, y aun así Sarah pensaba que lo estaba defraudando. Podía percibir a la distancia sus palabras azuladas por la tristeza y la nostalgia.

—Hijita…

—Papucho… ¿cómo estás?

—Bien, lidiando con tu madre, no le prestes atención. Sus reclamos son simbólicos, ella sabe que uno les enseña a volar a sus pichones justamente para que abandonen el nido y vean otros cielos…

(–¡Tampoco tenía que ser en el culo del mundo! –oyó protestar de fondo a su madre).

—Y formen su propio nido. Lo sé. ¿Tú también quieres ser abuelo ya?

—Oh, no, no. No estoy preocupado por eso. Solo quiero saber si está todo bien y qué has estado haciendo.

Su padre, desde que tenía uso de razón, era profesor universitario de la cátedra de Filosofía y Letras. Había escrito varios ensayos, recibido varios premios y menciones, y hasta hoy era llamado constantemente a dar conferencias.

Como todo padre que ve un don en su hijo, había hecho todo lo posible por alimentar a Sarah con la savia de las letras.

Hasta ahora solo había conseguido que fuera una lectora voraz; que inventara un cuento corto para el Día de la Madre a los 12 años, y que obtuviera en Literatura las mejores notas de la preparatoria.

—Bueno, ya sabes, las letras del mundo me rodean… creo que estoy en el cielo de los lectores.

—Ja, ja, sí, creo que ese sería el mejor lugar. Al menos ahora no gasto fortunas en comprarte libros. ¿Recuerdas cómo los devorabas?

—Sí, lo siento, papá, no te daba tiempo a ganarte el sueldo que ya quería otro. Y eso que leía al menos cinco veces cada uno cuando me aburría.

—¿Y qué tal…?

—Aún no encuentro la inspiración –lo interrumpió evitándole el gasto de palabras–. Sé que podría escribir de lo que fuera, pero no es lo que quiero. No lo sé, es como que me falta un disparador. No puedo explicarlo.

—Yo iba a decir “el irlandés”…

Tras el momento incómodo Sarah reaccionó con una risita nerviosa.

—Está muy bien. Siempre pregunta cuándo vendrán a visitarnos. Nosotros no podríamos, ya sabes, por su trabajo.

—Claro, lo entiendo. Es que… es un vuelo largo, y ya no somos jóvenes. Las várices me tienen loco y a tu madre la columna.

—Y tú, ¿en qué andas? –Sarah trató de desviarse del tema de los achaques con una falsa esperanza.

—No he estado haciendo mucho últimamente. Mis amigos dicen que sufro de depresión jubilatoria, pero no creo que sea eso. Aún me convocan de la universidad para preparar charlas y escribir sobre tal o cual tema. Pero… no sé… me siento desganado. Estoy “fiacoso”… ¡Ah! Te dejo hablando con tu madre, voy a buscar un artículo que salió en un periódico donde me mencionan, así te lo leo. Voy al estudio y vuelvo.

La madre hizo una pausa larga, que Sarah interpretó de inmediato adrede.

Luego siguió en voz queda:

—Me preocupa, Sarah; se queda largos períodos sentado mirando la nada, como ido. Creo que ni se da cuenta. Es como si se quedara paralizado, y luego arranca como si nada. Le he preguntado si estaba bien, y ni parece registrar esos episodios.

—Madre, ya sabes que siempre fue un poco particular…

—Querrás decir excéntrico… lo sé… pero esto es distinto. Le dije de hacerse un chequeo completo…

—¿Y?...

—No quiere saber nada; dice que está perfecto, y que solo es desgano de viejo. Creo que también te extraña un poco… extraña los momentos felices.

—Ma…

—Lo sé; lo sé… no estoy reprochando nada. Solo digo lo que pienso.

Justamente… me estás tirando la culpa y la responsabilidad de lo que pase, pero es solo un pensamiento… ahora yo tengo que lidiar con eso…

—Claro… –en un tono conciliador demasiado falso para ser creído aún del otro lado de la línea.

—¡¡Aquí viene con su artículo!!

Sarah sintió alivio de salir de terreno pantanoso, y escuchó con placer y admiración las dos hojas que le dedicaban a su padre en un medio local especializado.

Su tono era casi monótono, si bien complacido, no dejaba entrever exaltación. Siempre había sido un hombre simple, que no alardeaba de sus logros. Pero demostraba su alegría en el brillo de sus ojos, en la sonrisa ladeada.

Ahora, escuchándolo con atención, Sarah notó la falta de resonancia en su voz, y se lo imaginó a través de la distancia, opaco y aletargado.

—¡Me encantó, papá! De veras… –Esta vez era totalmente honesta.

—Volviendo al tema de la inspiración….

—De la falta… querrás decir.

—Sarah, sé que tienes dónde buscar, no hace falta esperarla…

—Papá, no te estaría entendiendo…

—Ya sabes lo que dicen de los escritores, y el dolor, y el sufrimiento… Tienes mucha imaginación, tienes el tiempo, tienes el don. Sé que la vida a veces nos juega malas pasadas, pero tú no necesitas que todo eso llegue a tu vida para movilizarte…

—Papá… no espero que pase nada trágico para arrancar, si eso es lo que dices… Pero sí, también he oído que el dolor puede ser una epifanía, aunque no lo creo indispensable. En cualquier momento arranco. Te lo prometo. Solo estoy esperando… ese Je ne sais quoi… que está a la vuelta de la esquina. Serás el primero en saberlo.

Te lo prometo…

7

Liam y Mae atravesaron en silencio la pecera vidriada, el pasillo de los retratos y el escritorio de recepción hasta llegar al umbral de la entrada.

Como buen caballero, por segunda vez, él abrió la puerta y esperó que la mujer saliera.

Su nueva compañera de pronto cortó la incomodidad compartida.

—¿Qué rayos le pasa a ese sujeto?

Liam se rascó la cabeza desordenándose el cabello que ya debería haber cortado.

—Es que… no le llega agua al tanque…

Mae lo miró en principio atónita hasta que cayó en la cuenta de que estaba bromeando, y ambos estallaron en carcajadas.

—Lo siento, ya te acostumbrarás. Es un buen tipo, y un buen jefe. Un tanto chiflado nomás. No es él el que me preocupa. Quiero ponerte al tanto de algunas cosas…

—Okey, ¿tu casa o mi casa? –dijo con tal franqueza que lo dejó descolocado.

—¿Perdón?

—Que dónde quieres hablar… –Eres lindo pero un poco lento.

—En mi casa no. Estoy casado.

Mae se encogió de hombros no entendiendo el punto.

—Y supongo que tu mujer estará esperando con un hacha tras la puerta o me envenenará con un té de bienvenida.

Liam se sintió tonto.

—No es eso lo que quise decir…

—Igualmente tengo cosas que ordenar en mi casa. Podemos hablar y hasta incluso puedes serme útil para algunos arreglos, así no tendré que contratar un electricista, ¿eh, compa? –pasando rápidamente de tema, mientras se acomodaba un mechón ondulado rebelde tras la oreja.

Tras recorrer el patio trasero del edificio por una angosta vereda con álamos que no se decidían si deshacerse del follaje o no, llegaron al estacionamiento oficial donde Liam le hizo un gesto con la mano para indicarle el móvil al que subirían.

Mae se abrochó el cinturón y lo observó un tanto molesto.

—¿Sabes que es una broma, verdad?

—¿Qué cosa, Mae?

—Lo de los arreglos en la casa. No necesito a nadie. Puedo arreglármelas sola. Fui criada así, prácticamente sin padres.

—Está bien, no estaba ofendido ni nada.

Sí, claro, amigo. Pero tu cara de culo dice todo lo contario. Apuesto en serio que te cuidas de las apariencias, mientras tu adorable mujercita se acuesta con todos en el pueblo durante tus guardias.

—Gira aquí y toma la 3.

—¿Susanpeak?

–Sí, al menos me he aprendido el camino de mi casa a la jefatura. El resto aún me falta. Me pierdo un poco en la zona de los valles. Las casas están muy dispersas aquí… pocos vecinos. Pero me gusta así.

El largo silencio que zigzagueaba entre los valles fue interrumpido por Liam que disparó a quemarropa.

—¿Por qué pediste el pase, Mae?

—No lo pedí –respondió lacónica sin dejar de mirar al frente, y sin dejar lugar para repreguntas.

Liam se sintió sumamente extraño frente a su nueva compañera. En primer lugar incómodo. Le gustaba trabajar solo. Preferiría que se la hubieran asignado a algún otro. En segundo lugar, no estaba acostumbrado a las formas de mujeres avasalladoras, que lo dejaran como un tonto. Siempre se sintió seguro con Sarah. Con ella, él era el protector, el aplomado y seguro de sí mismo. Su esposa había sido siempre comprensiva y respetuosa. Nunca se sintió, en palabras del jefe Giovanni, como el pavo de la fiesta.

Y aun así, estar cerca de Mae le producía una secreta e inconfesable atracción, como cuando fumas tu primer porro y sabes que está mal, y estás entre el placer, la culpa, y el miedo a volverte adicto hasta las narices.

Sé que detrás de esa actitud altanera y de mujer superada, hay algo de tristeza y oscuridad. Sé que eres voluble, y está bien que alces muros para protegerte. El mundo es una verdadera mierda y se devora a los débiles e indefensos. ¿Me mostrarás esas sombras tuyas, Mae?, ¿realmente quiero verlas? Me asustan… pero me intrigan también.

La pequeña y sencilla casa, como todas en esa parte de la ciudad, estaba aislada. Los vecinos más cercanos se asentaban a unos doscientos metros o más, y entre la frondosa arboleda aun verde, era difícil verlos.

—¿Café o té?

—Da igual, lo que tengas a mano. –Liam notó que la mayor parte de las cosas aún estaban en cajas sin desembalar con carteles escritos a mano con un rotulador azul.

Mae se perdió de vista tras una media pared que daba a la cocina, donde se escuchó un segundo después el leve chasquido de una hornalla que se encendía, y luego el rugido del agua de la canilla al llenar la pava.

Liam trató de quitarse la imagen de hacía unos minutos cuando Mae se alejaba dándole la espalda. Esos jeans apretados le sentaban realmente bien.

Me pregunto por qué Sarah no los usa así. Estoy seguro de que le quedarían hermosos también. Es muy bella y tiene un cuerpo que me enloquece. Ahora que lo pienso tampoco se maquilla. Siempre se ve tan natural. Cielos, en qué estoy pensando.

—¿Dijiste algo? –Mae asomó la cabeza cuando la pava empezaba a silbar.

—¿Eh?, ¡no! –Liam empezó a caminar hacia las cajas en un intento de ocultar que se había puesto colorado.

La mujer apoyó dos tazas sobre la mesa, donde había preparado un café bastante decente. Luego corrió de lugar un par de cuadernillos con mandalas dibujados y una caja de lápices de 36 colores.

—¿Y eso? –preguntó Liam gatillando la cabeza hacia atrás.

—Son mandalas. Según Spadafora me servirán para “respetar los límites”. –Liam seguía con cara de no entender–. Ya sabes –continuó ella–, debo pintar, ser original, elegir los colores, etc., pero dentro de los límites del dibujo, ¿entiendes?

—Ajá –murmuró y se perdió tras un sorbo humeante de café.

—De qué querías hablar…

—Es más bien una advertencia. El trabajo es fácil y ya lo conoces. A lo sumo te adaptarás a las formas de aquí, y los muchachos son en general bastante buenos y respetuosos. Excepto…

—¿Excepto?... –Mae lo miró impasible, como si no le preocupara que fuera el mismísimo diablo en persona.

Alcides Bermejo era un completo y certificado idiota. Todos en la fuerza lo aborrecían, pero había un pequeño problema. Había, por orden de vaya a saber uno quién, llegado a la más alta jerarquía después del jefe Giovanni. Era por así decirlo, el jefe operativo. Todo pasaba por sus manos, y era quien decidía qué y con quién se investigaba.

Liam ya había tenido con él varios cruces laborales, pero el que le había dejado la sangre en el ojo era el de la noche de la fiesta de la policía de un año atrás.

Sarah estaba particularmente hermosa esa noche. No es porque fuera su esposa, pero estaba seguro de que era la mujer más hermosa del lugar. Llevaba un vestido entallado de encaje negro, se había recogido el cabello castaño elegantemente, y su rouge era mortalmente rojo.

Ahora que lo pienso, quizás por eso no volvió a pintarse ni a vestirse tan atractiva…

Bermejo, para variar, estaba borracho desde antes que empezara la jornada, y le echó el ojo en cuanto la vio. Era tan evidente y grosero que debía haber supuesto que la encararía no bien la descuidara.

Debí suponerlo.

Por un momento se distrajo con otros camaradas hablando de temas de los que hablan los policías cuando están en un ambiente distendido, de trabajo.

Pero la dejé segura, estaban otras esposas charlando amenamente. No entiendo por qué se quedó sola.

Cuando Sarah salía del tocador en la planta alta del edificio de convenciones, él la estaba esperando acechándola como a una presa.

—Estoy tan duro que creo que me van a reventar los pantalones, cariño. Qué te parece si no desperdiciamos ni esto –dijo tocándose la entrepierna– ni tu hermoso culo… tu maridito está entretenido con los otros maricones como él…

Cuando Liam llegó sin aliento escaleras arriba, Sarah había pasado de la palidez absoluta al rojo incendiario. Solo alcanzó a escucharle decir: “no me toques, hijo de re mil puta”, cuando se abalanzó enceguecido sobre el balbuceante Bermejo que terminó en el piso con el feroz strike que le asestó.

La cosa no terminó muy bien para Liam, que estuvo a punto de ser sumariado, si no fuera por el jefe Giovanni.

En cuanto a Bermejo…

—Es un hijo de puta…

—¿Perdón? –preguntó Mae confundida.

—Lo siento, pensé que lo había mencionado. Bueno, el jefe a quien debemos reportar, Bermejo. Es un hijo de puta y debes cuidarte de él.

—Te agradezco la preocupación, pero ¿realmente crees que hubiera llegado hasta donde llegué si no supiera cuidarme sola? –Mae no estaba ofendida, sino más bien enternecida por el gesto sobreprotector de Liam. Lo apreciaba, pero sabía que era totalmente innecesario.

De hecho, yo soy quien te cuidaré a ti de ahora en más. Eres frágil, todos los hombres lo son, y aunque les cueste admitirlo, ustedes son el verdadero sexo débil.

Tras coordinar horarios, tareas, y algunos pormenores sobre investigaciones en curso, Liam se levantó mirando su reloj.

—Es tarde… debo irme.

Al llegar al hall de entrada, reparó en un pequeño cuadro vidriado colgado junto a un perchero.

Parecían dibujadas, pero al acercarse…

—¡¡¡Qué demonios!!!

—Son mariposas…

—Lo sé, pero por qué comprarías algo de tan mal gusto…

—No las compré. Las atrapé yo.

Liam hizo nuevamente ese gesto de tirar la cabeza hacia atrás en forma instintiva, que le salía cuando estaba perplejo.

—¿Y cómooo…?

—Las tomo delicadamente para no romperles las alas ni arruinarles el polvillo que les da color, y una vez que las tengo inmovilizadas, les aplasto la cabeza entre el dedo índice y el pulgar.

Pulsuz fraqment bitdi.

13,23 ₼

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9789878720562
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