Kitabı oxu: «Susurros de belleza»
ROSA VENTRELLA
SUSURROS DE BELLEZA
Traducción de Mónica Herrero

“Desde la Segunda Guerra Mundial hasta la década de 1950, una inmersión en el sur de Italia a través de los destinos de las mujeres, todo escrito por la nueva Elena Ferrante.” La Reppublica
Cuando ya todo ha ocurrido, Teresa, reconstruye su historia familiar. Hay un hilo de nostalgia en su voz, animada también por un ligero remordimiento. Su hermana menor acaba de morir; ese el detonante para el viaje al pasado, a los cuarenta y los cincuenta, en la Puglia, en la Italia dura y profunda. Ahí nacieron ambas, en un ambiente de pobreza que sin embargo no impide la alegría. Al calor de la chimenea, escuchan inolvidables leyendas; en los inmensos campos cultivados, se respira la libertad y el ensueño.
Pero llega la guerra. El padre, Nardo, es reclutado al ejército, y quedan tres mujeres solas frente a la adversidad y la privación: las hermanas, y Cateri la madre de ambas, una mujer de una hermosura que deslumbra y hechiza. La alegría se esfuma; la pobreza las cerca; los campos cultivados revelan lo que en verdad son: tierras de un impiadoso Barón que somete a los campesinos y codicia a Cateri. Un hombre acostumbrado a obtener lo que desea.
No será la única violencia que sufra Cateri, acaso ni siquiera es la peor. Su belleza la condena, como dicen en el pueblo; los rumores malévolos se esparcen. Cuando el padre regrese de la guerra, encontrará un mundo convulsionado. Una casa donde ha crecido el silencio, disputas por la tenencia de la tierra, una hija, Angelina, tan hermosa como la madre, y decidida a salir de la pobreza pagando el precio que haya que pagar. Quizás más alto de lo que pensaba.
Ventrella, Rosa
Susurros de belleza / Rosa Ventrella. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Traducción de: Mónica C. Herrero.
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-604-6
1. Narrativa Italiana. 2. Novelas. I. Herrero, Mónica C., trad. II. Título.
CDD 853
Título original: La malalegna
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición en formato digital: abril de 2021
Publicado por primera vez en Italia por Mondadori Libri S.p.A. MilanoPublicado por acuerdo con Walkabout Literary Agency
© Rosa Ventrella, 2019, 2021
© de la traducción Mónica Herrero, 2020, 2021
© de la presente edición Edhasa, 2020, 2021
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ISBN 978-987-628-604-6
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Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Tierra de Arneo, 1979
La espera 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
Las flores del viento 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
El mosaico grande 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
Al borde del pozo 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
Agradecimientos
Sobre la autora
A mis hijos
La miré con mis mortales ojos la única vez.
Y su silencio fue como el de un jardín cerrado.
Ella no dijo nada.
Y yo no dije nada.
Yo iba a donde todos van…
CÉSAR ANTONIO MOLINA, Fuga de amor
Tierra de Arneo, 1979
¿Qué sé de nosotras?
De mi hermana recuerdo el tul del vestido de novia, la felicidad de cuando se sentía la reina de su reino de cosas y miradas, la voz que gritaba desde el callejón el nombre de mi madre, un sonido agudo ligeramente distorsionado.
Me pasa de soñarla de noche, de escucharla. Persigo el eco de un sueño lejano que me arrastra hacia abajo, hasta las tierras de mi infancia. Una tierra boscosa que nos rodeaba hasta donde alcanzaba la vista, con el lomo erizado, como una inmensa manada de búfalos. Luego, de repente, la voz de mi hermana desaparece y me precipito en el vacío de la noche. Tomo de la mesita de luz el retrato que tenemos juntos los cuatro, Angelina, mamá, papá y yo. Sonrío frente a la mirada férrea de él y a la belleza de mi madre.
Recuerdo las noches frías del mistral, cuando frente al fuego encendido, Angelina y yo nos quitábamos los zapatos y las medias gruesas para agarrarnos los pies con las manos. En esos momentos, siento que alcanzo una felicidad repentina, inmotivada, que no se parece a nada y que ha permanecido intacta en algún lugar.
Recuerdo los callejones de piedra calcárea, abajo en Copertino. Ni siquiera la luz se insinuaba entre aquellas calles escuálidas y tortuosas. Y las casas tan cerca unas a otras que, por la mañana, las comadres conversaban desde las ventanas, sentían el olor de la salsa de la vecina de enfrente a la hora del almuerzo o colgaban las sábanas de un extremo al otro de los edificios. Luego, un poco más lejos, los campos espinosos, los bosques de encinas, los montículos de tierra tapizados de zarzas. Las leyendas sobre los lobos y los seres fantásticos que vivían en esos lugares desolados rondaban por los barrios, volaban sobre las piedras calcáreas como las brujas en el Medioevo. En los días de invierno, entraban en las casas a través de las corrientes de aire bajo las puertas y envolvían los tobillos de los niños como travesuras de genios malvados. Nonna Assunta nos tomaba del brazo a Angelina y a mí, mientras mamá revolvía las verduras en la olla. La narración adquiría voz. Como un sedante, un narcótico, un líquido dulce, generoso y caliente que penetraba en la piel.
Angelina interrumpía todo el tiempo la voz monocorde de la abuela. Preguntas impertinentes, aire de desconfianza, el chasquido sonoro de la lengua en el paladar cuando le disgustaba algo. Yo anotaba todo. Registraba cada cosa.
Cuando todavía ahora pienso en ella, en Angelina, siento un nudo en la garganta que me impide tragar. Y la nostalgia de un dolor queridísimo. Los recuerdos de los momentos que pasamos entonces se mezclan con aquellos tristes de los años por venir. Mamá se entretenía horas en nuestra habitación de niñas, quitando el polvo de la muñeca hecha de pañuelos enrollados, con botones en lugar de ojos y la boca cosida; repasando las cortinas, cambiando la ropa de cama, esponjando la almohada intacta, doblando el camisón, quitando algún cabello todavía enredado en las cerdas del cepillo, mirándose aflorar a través del reflejo de los objetos, de los vidrios y de los espejos.
Las últimas palabras que le dirigí a mi hermana las pronuncié desde lejos, susurrándolas sólo para mí. La última mirada, en cambio, la deposité sobre su cuerpo sin vida, sobre la blancura de sus brazos, sobre la piel que parecía hinchada y marchita. He visto en su carne las huellas de todas las acciones que no haría nunca más, los tobillos arañados, las uñas cuidadas, los dedos de los pies largos y flacos. Siempre me habían parecido feos sus pies. Demasiado flacos, los dedos alargados sin armonía y el dedo gordo, por el contrario, chato y grande. Quizá sólo buscaba encontrar defectos lo suficientemente evidentes para borrar esa apariencia de perfección. Conté los segundos que pasé mirando sus pies sin vida. Veintidós. Como los años que había vivido. Con los ojos cargados de lágrimas, miré su cuerpo. Un pie derecho, los dedos fijos en su inacción, el otro ligeramente torcido, como en una pose que salió mal.
Ahora sé que es por eso que me quedé. Para contar la historia de todos nosotros. Despacito, despacito, como decía nonna Assunta, partiendo del principio.
—¿Y dónde comienza? —me pregunta mi padre.
Quizá él ve la tristeza que llega desde lejos. Me sorprende inesperadamente, sobre todo durante el sueño. Siento su agitación imperceptible en la noche, como un ruido de pasos distantes, un croar de un sapo. ¿Qué sé de ella?, me pregunto. ¿Qué sé de nosotros?
—En la mala suerte —le respondo.
Es desde ahí que debo comenzar. Desde cuando la mala suerte se metió en nuestras vidas.
La espera
1
La casa tenía un solo ambiente, dividido en dos por una cortina que servía para separar el sueño de la vigilia. Los colchones de la vajilla. En la mitad más cercana a la puerta había una mesa y cuatro sillas. Una ventana daba a la calle, la otra al patio, presidido por un madroño. En el piso, caca de gallina.
Yo era una niña extremadamente flaca. Un pajarito piel y hueso. Mamá y la abuela se volvían locas por hacerme comer un bocado. Yo hacía una bola de alimentos en la boca y la custodiaba adecuadamente, sin conseguir tragarla. Nonna Assunta arremetía contra mi madre: “¿Qué esperabas? Tiene la lombriz solitaria o el mal de ojo. Algo tiene que tener. No es normal”.
Me gustaban pocas cosas. El orden era una de ellas. En primer lugar, alisaba con las manos mi lindo delantalito, me arreglaba el moño almidonado y acariciaba mi cabello suave y sedoso recogido en dos colitas tan tirantes que parecían que me arrancarían el cuero cabelludo. Si sentía que se aflojaba el elástico, lo apretaba hasta que los ojos se me alargaban en una tensión nada natural. Otra cosa que me gustaba era mirar a mi madre, su forma de caminar. Se movía con la gracia de una bailarina descalza, apoyando la punta de los dedos y manteniendo el cuello vertical. Mi hermana y yo imitábamos a menudo esa postura erguida suya. Caminaba así también por la calle y atraía las miradas de los hombres, que olían el rastro de su belleza, y las de las mujeres, que la miraban disimuladamente. También las vecinas la miraban con envidia, aunque disfrazada de cortesía.
La maledicencia estaba por todas partes y perseguía a mi madre, que debía esquivarla a cada paso; caminaba por las callecitas, por la espiral de la escalinata torcida que llevaba a la plaza, se chocaba contra las damajuanas de aceite fuera de los molinos, penetraba en los ojos de los asnos atados a las carretas de fruta, contagiaba al vendedor de sardinas, al panadero, al frutero, a las comadres que salían a la puerta, a la cabra de ojos oscuros, al carretero que recogía los restos de hierro o de ladrillos y gritaba por las calles: tenía una voz gutural que llegaba desde lejos, como el llamado de la cupa cupa.
Mi madre se deslizaba lentamente para quitarse de encima los ojos de la Cimmiruta, una vieja fea y desdentada, con una joroba grande que la obligaba a mirar continuamente hacia abajo. La vieja escrutaba a mi madre de torcido, con el rostro deformado, mientras vaciaba el orinal sobre el vertedero de piedra por el que pasaban las ruedas del remolque. Cuando Angelina, mamá y yo pasábamos delante, ella escupía la tierra, envuelta en un chal marrón que escondía de la vista el orinal. Y mi madre debía esquivar también los ojos del barón Personè, el dueño de todas las tierras de Copertino, que era impetuoso como un caballo de raza, proclive a la cólera y a la melancolía, pero cuando la veía sonreía como un niño e inclinaba la cabeza como hacen los campesinos cuando se lo cruzaban a él. Nonna Assunta decía que en la familia teníamos esa condena, la belleza de nuestra madre.
Una condena que le tocaría en suerte a mi hermana.
Cuando Angelina nació, Giulietta, la comadrona que había traído al mundo a todos los bebés de Copertino y a muchos otros los había enviado al más allá con infusiones de perejil y la aguja de tejer, sentenció: “Esta niña tiene los ojos moriscos de la madre”. Luego me había mirado, la boca delgada se le había arqueado en una ligera sonrisa: “Pero tú, piccerella, pequeñita, no tengas miedo, acércate, mira a tu hermana”. Me acerqué con pequeños pasos. Giulietta me daba miedo. Era gordita y torpe. Los ojos oscurecidos por las pestañas espesas. También me daba miedo su marido. Todos en el pueblo lo llamaban magghiatu, macho cabrío. Alguien había dicho que se apareaba con las cabras y Pasquina, la makara, la adivina —que tenía los ojos oscuros como ciertas mujeres de Oriente—, juraba también haberlo visto acoplarse con el demonio. “Tenía apariencia de mujer —andaba diciendo—. Solo que la piel era roja y desprendía fuego como las brasas. Era así, como carbón ardiente. Tenía los cuernos y la cola de un búfalo.”
2
En invierno, cuando el viento furibundo hacía vibrar las puertas y ventanas, y producía extraños chirridos por todas partes, nos sentábamos todos en círculo alrededor del fuego, Angelina, nuestra madre, nuestro padre, nonno Armando y nonna Assunta. Mi cuerpo delgado estaba entumecido. De vez en cuando, apoyaba la media sobre el piso y la losa helada me erizaba toda. Papá estaba en silencio, como nonno Armando. A veces resoplaba, como si una preocupación grave le afeara sus hermosos rasgos. En el cielo brillaba una luna redonda y límpida. Los árboles se doblaban hasta tocar la tierra. El madroño, en el patio, gemía bajo los hoscos azotes del viento. Los ojos de papá brillaban en la luz trémula de la llama. Eran verdes como los campos de Copertino en primavera. Nonno Armando lo miraba furtivamente, luego resoplaba él también. Posaba sus ojos pequeños y juguetones sobre el rostro de todos nosotros. Se metía en la boca un par de garbanzos secos y se aclaraba la voz: “¿Ya les conté de aquella vez que llegaron los ladrones a la Torre del Cardo?”, preguntaba frotándose las manos frente al fuego. Y sus narraciones cobraban vida.
En el pueblo se decía que en la Torre del Cardo, muchos siglos atrás, una banda de ladrones había escondido un tesoro. En los relatos del nonno, los veinticuatro ladrones que habían robado el tesoro de la baronesa Maria d’Enghen adoptaban la apariencia de demonios. Me los imaginaba vagando por las tierras espesas de Murgia, durmiendo en medio de los matorrales y en los árboles, comiendo pajaritos sin plumas que encontraban en los nidos y raíces que arrancaban de la tierra. Los veía furtivos reunir el botín en la vasija oculta en la torre y lanzar su tremendo encantamiento.
“Chi se avvicina a lu tesoro du Cardu, finisce scannatu. Quien se acerque al tesoro del Cardo terminará asesinado.”
Las almas de los ladrones se agitaban alrededor del fuego como sombras negras, con los cabellos largos y las barbas peludas, las cabezas adornadas con cuernos. También estaba el demonio con rostro de mujer y la piel roja y humeante como las brasas. Yo cerraba los ojos. Sentía que los brazos y las piernas se me congelaban. Nonno Armando tenía el don de la narración. Mi padre, el del silencio. Nonna Assunta, la sabiduría campesina. Mi madre y mi hermana, la belleza. ¿Y yo? Todavía a mi don tenía que descubrirlo. Durante gran parte de mi infancia, solo me dediqué a observar.
Era un domingo de invierno cuando el nonno nos llevó a Angelina y a mí a ver la Torre del Cardo. Yo tenía alrededor de ocho años.
“También yo quiero ser baronesa”, dijo categóricamente mi hermana.
Se paseaba con las manos en la cintura, el mentón hacia arriba, como si quisiera sentir el aire. El campo a su alrededor era una tierra densa en árboles y arbustos. Traté de mirarlo hasta donde pude. Me pareció un pequeño universo tranquilo y agradable como una caracola, un lugar mágico que había quedado detenido en el tiempo desde muchos siglos antes. Cuatro paredes, una casita en miniatura, una puertita con arco ojival y ventanitas gemelas a los lados. La antigua mansión de la baronesa ahora era aquella.
“La baronesa Maria debe haber sido una mujer hermosísima, de cabellos largos y negros como los de mamá”, agregó Angelina, escrutando con ojos curiosos las cerraduras de la puerta de ingreso a la torre. Quizá creía que podría abrirla solo con la mirada, pero esas eran cosas que ni siquiera la makara conseguía hacer.
Por el contrario, yo me imaginaba a la baronesa como una mujer vieja y hosca, con el rostro desdibujado, descolorido por la soledad, y un cuello amarillo y marchito que asomaba del plisado de la camisola blanca.
—¿Pero alguien alguna vez buscó el tesoro escondido por los ladrones para llevárselo? —preguntó Angelina.
—Ah —suspiró el nonno, casi como si hablar lo debilitara. Un ligero suspiro, irritado, pero cálido, le salió de entre los dientes apretados—. Hace frío para estar aquí por mucho tiempo —se justificó.
—Vamos, nonno, cuéntanos —presionó Angelina, y dado que era imposible resistírsele, nonno Armando comenzó a alisar una mata de hierbas, luego se acomodó allí y nos hizo sentar al lado de él.
—Un día un viejo sabio le dijo a un campesino valiente que, para encontrar el tesoro del Cardo, habría que llegar hasta la cima de la torre, la noche del Viernes Santo, con un bebé en pañales y un cordero consagrado, y que una luz lo conduciría hasta la habitación del tesoro. El campesino esperó con impaciencia el día establecido, pero acudió al lugar sin niño ni cordero, quizá porque estaba convencido de que habría debido sacrificar al pequeño o quizá porque, siendo la noche de los sepulcros, no habría encontrado ningún sacerdote que pudiera bendecir al animal. Comenzó a subir la escalera, pero una vez que recorrió unos pocos escalones, se sintió agarrado violentamente en la espalda por una fuerza desconocida y huyó atemorizado. Eran los espíritus de los ladrones, que custodiaban el tesoro e impedían a los más valientes apoderarse del tesoro.
—Ni siquiera la makara ha contado historias tan hermosas —dijo entusiasmada Angelina.
—Ah, sí —sonrió el nonno—. Entonces, ahora invento un juego. Ustedes me cuentan una historia.
Angelina se quedó inmóvil por un rato, paralizada, con su gran boca entreabierta y los cabellos enrulados sobre la frente.
—Te toca, Angelina —la desafié—. Eres la que tiene más fantasía.
Se aclaró la voz y se puso de pie. Ya en esa época me costaba pensar en ella como una niña pequeña. Siempre sabía qué decir, en cada circunstancia, y tenía un modo seguro de estar en el mundo que a menudo me resultaba insolente. Solo el sueño la restituía a su edad.
Cuando nos dormíamos, las dos en la misma cama, pero dispuestas al revés, yo apoyaba el rostro sobre la mano y me quedaba mirándola. Sus sueños eran todo movimiento, agitación de los párpados, gestos en los labios, asentimientos leves en los cuales parecía estar hablando, aunque luego suspiraba y nada más, y a las palabras las depositaba en el sueño. En esos momentos, me preguntaba sobre la facilidad con la que los conceptos le salían demasiado francos, sin filtro. También yo tenía muchos pensamientos, solo que los meditaba largo tiempo. En mi mente las palabras se amontonaban y se seguían una tras otras dando vida a ideas que a menudo me parecían demasiado complicadas. En mi modo de expresarme había una suerte de vacilación, un balbuceo que terminaba por irritar a todos. Analizándolo en retrospectiva, he visto que mi problema era colocar las palabras dentro de frases más simples, más comunes y espontáneas, como las de Angelina.
—Esta historia me la contó una vez la makara —comenzó a decir, gesticulando con amplios círculos de las manos—. Había una vez una joven que tenía que casarse…
El nonno apoyó los codos sobre las piernas y sostuvo la cabeza en el hueco de las manos. No parecía más cansado, los ojos estaban nuevamente brillantes.
—La noche antes del matrimonio se probó el vestido de novia, salió de la casa y fue al estanque para verse en el agua. Se vio hermosa, hermosísima. Para admirarse mejor se acercó lo más que pudo. Su rostro le gustó tanto que trató de tocarlo en el reflejo. Fue entonces que vio… —tomó aliento— ¡el cuerpo grande de un sapo muerto!
—¿Y entonces? —la interrumpí.
—Apuesto a que la pobre joven no vivió mucho tiempo —aventuró el nonno.
—¿Cómo haces para saberlo? —le preguntó Angelina.
—Tocar el agua donde hay un sapo muerto trae mala suerte. Por lo tanto, estén atentas, niñas.
Angelina volvió a sentarse, pero estaba disgustada debido a que el nonno conociera ya el final de su historia.
—Ahora te toca, Teresa.
Por un instante estuve inmóvil, con la espalda curvada mirando la tierra, luego me puse de pie titubeante. Hablar frente a ellos me incomodaba, sentí una ligera pulsación que me tiraba del lado de la mejilla izquierda. Durante toda la vida, para mí eso sería el indicio precursor del malestar, el modo en el que mi cuerpo expresaba su falta de adecuación.
—Pero no tartamudees —presionó Angelina.
—Shhhh —la calló el nonno—. Las palabras las debe encontrar antes en la cabeza, luego las debe sacar hacia afuera.
Pero no lo conseguí. No me vino a la mente ningún relato.
3
Cuando el nonno Armando murió, yo tenía diez años. Era 1941. Hacía calor. Un bochorno insoportable borroneaba el azul del cielo hasta hacerlo fundirse, absorbía los gritos de los niños que jugaban en las calles a ser soldados con ramas secas recogidas en el campo. Los cricrí de los grillos, el cotorreo de las mujeres sentadas cerca de las paredes a la cal para robar un poco de sombra. El zumbido incesante de las moscas. Todo sonido me atravesaba como si fuera una muñeca de papel de seda. Todavía hoy, cuando vuelvo a pensar en ese día, siento latir una herida supurante, la acidez me quema la garganta.
Avanzábamos por la calle soleada con nuestra madre. Angelina le daba la mano y lloraba por cualquier capricho.
Un niño se detuvo frente a nosotros con su fusil de ramas secas apuntando.
—Bum, bum —dijo—. Están muertas.
Angelina se pegó a la falda de mamá. Su llanto se volvió inconsolable. Yo me detuve a mirar a aquel improvisado soldado en pantaloncitos cortos. Tenía un rostro hermoso, los labios grandes, los ojos como dos almendras. Una ceja cortada y una mata de cabellos enmarañados.
—Déjanos pasar, niño —murmuró mamá—. Hoy hemos perdido al nonno y estamos muy tristes.
—A mí no me dicen lo que debo hacer —dijo secamente, y el brazo se tensó más. La rama podía golpear, herir, hacer sangrar.
Angelina se secó las lágrimas y se le acercó:
—¿Pero qué quieres de nosotros? —preguntó insolente.
—Soy un soldado y defiendo esta calle.
Angelina llevaba un vestido corto floreado, calzaba unos suecos que me habían pertenecido antes a mí, demasiado grandes todavía para sus pies.
—Ahora nos hacen pasar —lo intimó tomándolo de la cintura con las manos.
—¿Y quién lo dice? —El niño con ojos de almendra se volvió autoritario.
—Lo digo yo.
—Ah, ¿sí? ¿Y quién eres?
—Soy la nieta de Mussolini —se vanaglorió Angelina elevando el mentón.
Mamá la tomó de un brazo y le puso una mano sobre la boca. El niño nos miró a los ojos. En los suyos leí el miedo. Salió huyendo. Perdió el fusil de madera, tropezó en las lajas, corrió el riesgo de caerse.
—Pero ¿qué diabluras andas diciendo? —le preguntó mamá con preocupación, pero Angelina le sonrió. Había vencido.
Retomamos el camino hacia la casa del nonno. Cuanto más avanzábamos, más me dolía la cabeza. El zumbido de cien abejas me agitaba la respiración y me hacía más lento el paso. Cerca de la plaza, un grupo de mocosos jugaba a las bolitas. “Duce, duce, portaci la luce. Duce, duce, tráenos la luz”, entonaban. Mamá nos tomó fuerte de las manos a las dos. Parecía que en ese momento hasta los niños le daban miedo.
Cuando llegamos, papá ya estaba allá y un círculo de comadres rodeaba el féretro como una corona de cuervos. Nonna Assunta estaba desplomada sobre la silla. Los brazos le colgaban a los costados y la cabeza se le balanceaba de izquierda a derecha. Murmuraba palabras en voz baja, una larga letanía indescifrable. El nonno estaba vestido con el traje bueno del domingo. Le habían colocado las manos en plegaria sobre el pecho y tenía la mandíbula cerrada con un pañuelo atado bajo el cuello.
Cuando Angelina y yo éramos chicas, nonno Armando nos contaba a menudo acerca de la guerra en que había combatido, pero lo hacía pasando por alto lo peor. Nos hablaba de la comida pésima, del agua contaminada que los soldados bebían, de la disentería que los tomaba a traición, obligándolos a exponer infinitas veces su trasero como macabro trofeo para moscas y mosquitos. Con Angelina nos reíamos pensando en una larga fila de lunas redondas que brillaban en la noche.
Ahora que estábamos viviendo la guerra también nosotras, no sabría decir qué cosa exactamente representaba para mí. Al comienzo fue una presencia casi inocua. Llegaba a nuestros oídos en destellos. Sin embargo, desde que entró en nuestras vidas sin avisar, adquirí el hábito de contar los días. Luego comencé a contar todo. Contaba los escalones que bajaba para llegar a la cantina. Los pasos que necesitaba dar hasta la plaza en via Fratelli Bandiera, donde vivía una vieja loca que rumiaba constantemente y lanzaba manojos de ensalada a los transeúntes. Contaba las estrellas y las hormigas que en filas recogían restos de comida en el patio de casa.
En ese orden medido me sentía a gusto. Conté también los minutos en los que nonna Assunta me obligó a mirar el cuerpo delgado del nonno. La piel se había vuelto amarilla, el olor se había tornado acre, como el de algo que se ha arruinado, está ajado, ya en fase de descomposición. El rostro ahuesado me pareció más similar al de papá. En esos días de luto había perdido la belleza que le daba la piel lisa y los ojos brillantes. La mirada hosca y menospreciada semejaba tanto a la del nonno Armando. Como si, envejeciendo, los dos hubieran conservado lo esencial.
En los últimos meses de vida, el nonno había perdido los pedazos de su historia. No se acordaba más de las cosas, confundía a menudo nuestros nombres, sacudiendo la cabeza y apuntando los ojos hacia el piso, como un niño sorprendido in fraganti. En algunos momentos lo veía absorto en la ocupación silenciosa de recoger migajas del mantel, de crispar los dedos para encerrar con firmeza en el puño lo que tenía en las manos. Era como si buscara mantener la atención en algo, de evitar que los detalles grandes y pequeños se escaparan. También él, al igual que yo, necesitaba delimitar las cosas, conocerles la secuencia precisa. Sus últimas semanas de vida las había pasado en la habitación que olía a cigarrillos, desinfectante y orina.
Sin embargo, esos eran tiempos en los que la muerte estaba en todas partes.
El mundo de los adultos andaba tan mal que, en el fondo, un viejo más que se iba no provocaba pesar entre los habitantes del pueblo. Todos tenían parientes o amigos en el frente que luchaban todos los días contra la muerte. Todos sabían que a veces se vencía y a veces se perdía. Solo nosotros, los niños, nos sentíamos inmunes. Los varones que jugaban con los fusiles hechos con ramas y las nenas que nos quedábamos mirando. “Los niños no van a la guerra. Los niños no mueren”, nos decía siempre la nonna. De esa forma, la infancia nos protegía como un poderoso amuleto.
Poco después de la muerte del nonno, también papá partió para la guerra. Así comencé a contar los días sin él. Mamá se volvió taciturna y nonna Assunta inquieta, pero ninguna hablaba del hecho de que los hombres fueran al frente. La muerte se exorcizaba con el silencio. Zi’ Nenenna y las otras comadres del vecindario se sentaban en la puerta de sus casas a tejer, a confeccionar ropa abrigada para enviar a los soldados. De vez en cuando, mamá tomaba la foto de su casamiento y la hacía circular a todas las comadres.
“Miren cuán hermoso es —decía—, cuán hermoso es mi Nardino.”
Cada mañana, apenas me despertaba, contaba, luego tomaba la foto y fantaseaba acerca del día de su casamiento. Reconstruía los hechos, reunía los relatos de mamá y, si cerraba los ojos, me parecía estar allí con ellos.
Aprendía a vivir con esa alma falsa que me preservaba de lo que sucedía a mi alrededor. Mientras mamá y la nonna cosían y remendaban en la puerta, yo me recostaba sobre la cama, estrujando entre las manos la muñeca hecha con el pañuelo enrollado. Angelina y yo la habíamos bautizado “Ninetta”, porque se parecía a una nieta de zi’ Nenenna que había muerto a los dos años y había quedado pequeña como apenas nacida hasta el día en que dejó este mundo.
“Mira, Ninetta —le decía mostrándole la foto de mamá y papá casándose—. Ellos son Nardo y Caterina.” Y Ninetta asentía sacudiendo hacia adelante y atrás los cabellos hechos de hilos de lana amarilla.
Entonces, la tristeza se iba. La eliminaba parpadeando y estrujando la muñeca de trapo. Los rostros sonrientes de mamá y papá cobraban vida y, como espíritus, bailaban a mi alrededor.
La felicidad llegaba de lejos. Sentía su destello en la piel.
4
Una mañana se presentaron los enviados de la Patria en Guerra en busca de todos los objetos que pudieran servir a la nación, cosas de valor o insignificantes que pudieran quizá fundirse para hacer balas. Rompían y agujereaban calderas, jarros y platos, de modo que quedara claro a todos que esos objetos no podían servir para ningún otro objetivo que ayudar a los soldados en el frente.
El marido de la comadrona había corrido de casa en casa avisando a todos que los agentes del fascismo estaban registrando las casas. Mamá había reunido varios jarros viejos y abollados y una gran cuba que servía para lavar las sábanas con la ceniza, dentro de la que terminábamos también Angelina y yo, para que mamá nos fregara bien en el agua de las sábanas, con lejía.
“Ahora no sé más dónde las voy a bañar”, se había limitado a decir.
Angelina había tomado la muñeca de trapo de debajo de la cama y la había escondido dentro de la alacena de la cocina. Tenía miedo de que los emisarios del régimen la agujerearan también con sus clavos afilados.
También la nonna estaba muy agitada. Se levantaba de la mesa para dirigirse hasta el fregadero y, de repente, volvía rápido a sentarse, deslizando su mano desde la boca hasta la frente y de nuevo hacia la boca. Desde que había muerto el nonno, lloraba todo el tiempo, por él, por papá en la guerra y por sabe Dios qué otras calamidades. Tenía los ojos rojos y los labios le temblaban. Luego, de golpe, recuperaba la energía, se paraba en el centro de la habitación con el pie derecho adelante marcando el tiempo de su indignación y maldecía contra este mundo y el otro. “Que me venga a llevar —se la escuchaba decir—. Que la señora con la guadaña venga a llevarme.” Y levantaba el puño en medio del aire para desafiarla.
Cuando los enviados de la patria entraron, estábamos todas erguidas y quietas frente a la mesa de la cocina, como un grupo de condenados frente a un pelotón de ejecución. Reconocí entre ellos al vigilador del edificio moderno que se erguía al fondo de la calle de nuestra casa. Íbamos todos a refugiarnos allí si la sirena sonaba. Se colocaba frente al portón de entrada y nos hacía entrar uno a la vez. Era un hombre amable. Cuando Angelina y yo pasábamos a su lado nos saludaba con una caricia en la cabeza. Tenía un ojo estrábico y una pierna que, por alguna razón, no le había crecido como la otra. Por ello no había ido a la guerra. Verlo también en esa ocasión me tranquilizó. Pensé que no podía pasarnos nada malo, porque el vigilador era un hombre bueno.
El primer golpe de maza sobre la cuba donde nos bañábamos nos estremeció. Angelina hundió la cara entre las piernas de mamá y comenzó a sollozar. Apreté los puños y sentí en el rostro la misma tensión de cuando estaba incómoda. Sentí contraerse mi mejilla en un rictus y luego relajarse, pero no derramé ninguna lágrima. Mi cuerpo había aprendido a adoptar su mecanismo de protección. Cada una de nosotras tenía uno, aunque inconscientemente.
Si hubiera estado el nonno, habría maldecido contra el sucio demonio, así como había hecho años antes —por lo menos esto contaba la nonna—, cuando el fascismo había lanzado una campaña de colecta de alianzas matrimoniales a cambio de anillos de hierro de ningún valor. Nonno Armando había escondido las alianzas dentro del pozo donde vaciaba el orinal con los excrementos. “Que vayan a buscarla dentro de la mierda a mi alianza matrimonial”, decía.
Ni bien los enviados de la Patria terminaron con los jarros, la cuba y la caldera, pidieron a mamá inspeccionar el resto de la casa. El vigilador no tenía una cara feliz y detectó en mamá los signos del disgusto. Ella no dijo nada. Se limitó a recibir entre sus manos el rostro de mi hermana. También nonna Assunta, por esa vez, evitó maldecir, aunque no logró evitar llorar.
“Ánimo, comadre Assunta —la consoló el vigilador—, en el fondo es la guerra. Estos son tan solo objetos. Al final no tienen nunca tanto valor y ayudan a los soldados, a la causa de la nación, a ganar la guerra. También a su hijo.”
Fue entonces que las lágrimas de la nonna se transformaron en sollozos profundos. Lloraba intermitentemente, porque cada vez que no tenía más lágrimas, buscaba más en profundidad y sacaba todo con una especie de remolino que le despertaba una vorágine justo en el fondo del pecho.
El vigilador, incómodo, se arregló el cabello, luego salió a fumar un cigarrillo, mientras los enviados de la Patria revisaban los cajones y la alacena.
Ninguno de nosotros se movió hasta que se escuchó la voz del vigilador, que conversaba con alguien. Su discurso era una sucesión de “sí, señor”, “discúlpeme”, “por supuesto”, “mis respetos”.
Unos minutos después, el hombre que hablaba con el vigilador se asomó a la puerta. Lo primero que vi fue la punta de sus zapatos. Mocasines de cabritilla muy relucientes. No sabía nada de zapatos, pero sabía que esos eran de cabritilla porque todas las veces que papá veía en el pueblo a los señores, escupía en la tierra por donde habían pasado y decía siempre una frase parecida a esta: “¡¡¡Agh!!! Si pudiera, escupiría sobre la cabritilla de sus zapatos”.
Poco después reconocí la figura elegante del barón Personè. Olía a pomada recién esparcida sobre los mocasines por el señor y llevaba puesto un traje oscuro que resaltaba su tez clara, delicada. Tenía los cabellos engominados y peinados hacia atrás, que revelaban una frente grande. Podía tener la misma edad que mi padre. Me impactaron los ojos de un hermoso marrón líquido, con motas de tonos vibrantes. Las cejas estaban enmarcadas por dos arrugas profundas que parecían talladas a cuchillo. Me pareció que tenía la misma mirada férrea que había visto a veces en el rostro de papá.
Se quitó el sombrero y lo apoyó sobre el respaldo de la silla. Los enviados de la Patria se detuvieron al instante. Cerraron los cajones que habían abierto y repusieron las ollas en la alacena.
Yo sabía todo acerca de él: me había aprendido de memoria cada detalle de su vida a partir de los relatos de nuestro padre y de los abuelos. Su nombre se levantaba en las plazas y en los vecindarios como una ráfaga de viento. Sabía que vivía más allá de un bosque de encinas donde, de niñas, Angelina y yo buscábamos brujas y duendes. En mi pueblo había algunas casas a las que los adultos atribuían leyendas. Una de estas era la finca del barón Personè. Las otras eran la casa de la makara y la Torre del Cardo. Para llegar a ellas, era necesario atravesar colinas de olivos e higos de la India, ovejas y pastores, tierra roja aplastada por la sequía, antes de perderse de nuevo entre piedras y arbustos de adelfas.
La nonna odiaba al barón como en su época lo había odiado el nonno y como lo odiaba también mi padre. Yo no entendía qué podía haber tan terrible. No me aterrorizaba como el marido de la comadrona, no leía en el fondo del café como la makara. No andaba por ahí contando historias terribles de ladrones y brujas, como lo hacían algunos hombres y mujeres del pueblo. Viejas marchitas y animales fantásticos que vivían en los bosques y cobraban vida luego en los sueños de los niños: los hombres lobo, los fantasmas que vagaban por las habitaciones a veces en la oscuridad, los perros con cabeza de león y los ratones gigantes que venían a mordisquearte los pies mientras dormías. El barón Personè parecía venir de otra dimensión, de un mundo paralelo al nuestro que nunca habría podido cruzarse con nuestros destinos. Nuestro mundo estaba habitado por la fealdad; el suyo, por la belleza. Estaba siempre vestido bien y olía a fragancias desconocidas, que quizá venían de lugares lejanos. Sin embargo, cuando se hablaba de él, la nonna decía: “Ve con cuidado”, que era la frase con la que se aconsejaba a alguien ser prudente, evitar los peligros. El barón era el peligro al que había que mirar con ojos atentos. A mí en ese momento me pareció tan solo un hombre hermoso, con movimientos lánguidos, una boca carnosa de mujer y pestañas arqueadas y sutiles.
—Buen día —comenzó con una sonrisa amplia.
En su boca vi brillar un diente todo de oro. Nunca había visto uno en mi vida. La nonna miró torcido a mamá, y Angelina, quien durante todo ese alboroto no había todavía quitado la cara de las piernas de mamá, finalmente se dio vuelta:
—Lo conozco. Usted es el barón —pronunció contenta. La vista de Personè, sin embargo, solo la alegró a ella.
—Estos señores han terminado aquí —dijo tranquilamente.
El vigilador se asomó al umbral y los otros se dieron vuelta y dejaron nuestra casa después de haberlo saludado con una reverencia.
—Ofrécele algo al barón —dijo la nonna, y mamá se dirigió en seguida hacia el fregadero para buscar un vaso bueno, de esos con el borde dorado, para ofrecer un licor de laurel que la nonna preparaba con sus propias manos.
—No se preocupen, pasaba por aquí y pensé en ayudar —dijo el barón, volviendo a tomar el sombrero de la silla—. No debe ser fácil para cuatro mujeres solas —bajó la mirada para cruzar los ojos de Angelina y los míos.
Mamá volvió con el vaso en la mano. Estaba pálida y delgada. Los cabellos sucios. No se arreglaba mucho desde que papá se había ido a la guerra. Se colocó unos mechones tras las orejas y se miró toda del pecho a los pies. No le gustaba la figura que su cuerpo dibujaba, porque en el rostro le noté la incomodidad. Me detuve también a mirarle el pecho adornado por un espacio pálido entre los pezones, la boca descolorida, los pies dentro de los zuecos gastados. Quizá esa era la defensa que mamá había adoptado para protegerse de la guerra: oscurecer la belleza para pasar desapercibida. Para atravesar los vecindarios como una presencia no vista, un espíritu inconsistente como las hadas de la casa que, aunque bellísimas, permanecían invisibles.
El barón saludó con un leve ademán de cabeza y se fue, sin agregar nada más. De él permaneció una estela de perfume delicada que flotó por la habitación largo tiempo. Angelina se puso a dar vueltas por la cocina, en el polvillo de luz que había entre la alacena y la mesa, persiguiendo esa estela perfumada, como si el olor tuviera alguna consistencia palpable. Levantaba la muñeca de trapo, de modo que también el cuerpo fláccido del juguete se empapara con el aroma exótico del barón.
Ya se había olvidado del asunto de los enviados de la Patria. Sus martillos y clavos. Sus ojos gris azulados habían vuelto a brillar, sin ningún rastro de los llantos de poco antes. A Angelina la atraía la belleza. La perseguía ya desde entonces. Era la belleza la que la hacía salir del daguerrotipo en blanco y negro que retrataba nuestra vida, la que le daba color.
En ello pensó nonna Assunta para hacernos volver a todas con los pies sobre la tierra.
“¡Puaff! —exclamó escupiendo sobre la tierra—. Será mejor que lavemos el piso. Por donde ha pasado el barón, la tierra está infectada, podrida.”
Luego se puso de nuevo a dar vueltas por la habitación y a maldecir contra la guerra, los terratenientes e incluso contra los santos.
5
Caminábamos por las calles de Copertino y mamá nos contaba acerca de las empresas increíbles que papá estaba realizando en la guerra. De las costumbres bárbaras del enemigo, de la fertilidad de la tierra de África que había ido a conquistar, de los lugares nuevos que había visto y que nos describiría a su regreso. Como hacía siempre, cuando volvían a arderle los ojos, derramaba unas lágrimas por algunos minutos. Inmediatamente después, fortalecida por ese desahogo, buscaba concentrarse en argumentos frívolos y fingía indiferencia.
—¿Y volará también? ¿Irá en los aviones que nos pasan por encima? —preguntó Angelina a mamá.
Mamá cerró los ojos y suspiró. Se detuvo a acomodarse el vestido, aunque no estaba ni siquiera arrugado. Se arregló los cabellos y luego nos miró a los ojos. Primero a mí, porque era la mayor; luego a Angelina. Solo más tarde en la vida yo entendería que la fantasía venía en su ayuda cuando la realidad era demasiado amarga para narrarla, cuando la oscuridad envolvía como un manto negro las paredes de casa, la esperanza en días futuros, cada nuevo amanecer. Así hacían todas las mujeres del pueblo. Los secretos y las pequeñas mentiras de las mujeres pasaban de un oído al otro, chillando y deformándose. Era de este modo que salvaban los sueños de nosotros los niños.
—¿Sabes, Angelina, cómo hace el viento cuando estás en un avión? —comenzó a contar, como si realmente conociera los aviones.—. El viento te viene de frente, denso, muy denso, como las gotas de agua cercanas a un arroyo. La tierra parece un acolchado de colores; los campos de Copertino, una variedad de pañuelos estampados; las casas minúsculos puntos…
Hablaba y gesticulaba ininterrumpidamente. Luego, a los suspiros y las palabras les mezclaba de nuevo las lágrimas. Un llanto suave. Esas palabras cálidas, familiares, formaban un universo simple, conocido, habitable por nosotras, niñas, creado especialmente para nosotras.
Después, como si nada, comenzó a enumerar lo que veía en los puestos del mercado: “Esta es la lechuga, estas son las verduras, estas las hogazas de pan”. Una respiración de nuevo profunda y tranquila le hacía vibrar el pecho. La realidad volvía y era brutal solo para ella.
Contó las monedas en el bolsillo cosido dentro de la pollera. “Una lira, dos liras, tres liras”, decía muy despacio. Si Angelina la interrumpía, se enojaba. Se tocaba el cabello, estallaba. Luego, se arreglaba el vestido y volvía a contar.
Yo sabía contar bien —esa quizá era mi cualidad—; entonces, le tocaba la mano, la obligaba a cerrar el puño con las monedas adentro. Luego le reabría la palma y contaba con ella. Mamá me miraba con ojos soñadores. Quería creer todavía que realidad y sueño podían en verdad mezclarse como en sus relatos, relevarse como en una mano de barajas.
“Una lira, dos liras, tres liras”, contaba junto con ella.
“Una lira, dos liras, tres liras…”.
Dios, cómo de era hermosa. Mientras miraba fijo las monedas, tenía un aire contemplativo concentrado sobre un cálculo que le llevaba lejos la mirada. Las pupilas muy oscuras. Algunos hilos plateados le encanecían el cabello.
Compró sardinas a una señora corpulenta y ácida, con una nariz portentosa. Los ojos, bellísimos, de un celeste cielo, brillaban como dos gemas en medio de la tierra árida. Miró a mamá de modo torvo, pero ella no le hizo caso. La vendedora de pescado llevaba un vestido gris oscuro, una camisa blanca, las mangas manchadas de sangre habían adquirido una coloración anaranjada. Tomó las sardinas y se puso a radiografiar a mamá con los brazos cruzados, con un aire casi de desafío. Luego se demoró en el escote, del que asomaba un seno pujante. Trasladó el peso de su cuerpo gordo de una pierna a la otra, antes de agarrar el pescado de la balanza y depositarlo en las manos de nuestra madre.
Regresamos a casa a paso rápido, saludando con gestos raudos a las mujeres que cruzábamos por la calle. La comadre Nunzia recogía la ropa lavada, sosteniendo entre los brazos sábanas, toallas, delantales, pañuelos y ropa interior de todos los tamaños, mientras un voluminoso manojo de llaves le tintineaba al costado del cuerpo. La Cimmiruta, que pasaba el día sentada en una silla de paja justo delante de la casa, verano e invierno, desafiando la intemperie y el viento mistral, masticaba lupinos o garbanzos secos y se sentaba a horcajadas colocando los brazos sobre el respaldo, como si se sentara en primera fila para el espectáculo de la calle que se le exhibía delante.
Por la noche, a la mesa, comíamos las sardinas. A mí no me gustaban, olían a hierba podrida. Pero terminaba por apreciarlas lo mismo solo por amor a mi madre.
Ella estaba taciturna y parecía triste. Angelina hablaba sin parar. Escarbaba en el plato porque tampoco a ella le gustaban las sardinas.
—Mamá, ¿estás bien? —le pregunté.
En ese momento llegó nonna Assunta. Llevaba una carta de papá del frente. La habían entregado mientras estábamos en el mercado.
—Lee, lee —le decía a nuestra madre, diciendo que la carta la había traído un cartero nuevo, con una barbita a lo D’Annunzio.
Sin embargo, mamá no la escuchaba, estaba pensando en el hecho de que ella no era capaz. No sabía leer. Los ojos le brillaban como escamas de pez.
—Eres la mayor, Tere —me dijo—. Puedes leer.
Nonna Assunta me miró como si quisiera registrarme el alma.
—No tartamudees, Tere, lee bien —me decían sus ojos claros y pequeños.
Apreté la carta entre mis manos y la llevé cerca de la ventana. El sol desaparecía por los techos de las casas con un rayo en cruz detrás de la torre del reloj. La iglesia tenía un hermoso rojo anaranjado todavía por algunos instantes, en la última luz antes del atardecer.
—Lee bien, Tere. Despacito, despacito.
Esas dos palabras idénticas me entraban en la cabeza como el filo de un cuchillo. Despacito, despacito. Y respiraba. Despacito, despacito. Y la voz se me estrangulaba en la garganta. Yo quería que todo fluyera rápido. Que las palabras no se tropezaran entre mis dientes, como si no encontraran aliento para salir. Quería volverme invisible. Eso quería. Ir a lo de la makara y pedirle que me hiciera un encantamiento.
Mamá se puso nerviosa y me colocó la carta entre las manos. Angelina se molestó y cruzó los brazos sobre el pecho:
—Esta no es capaz, tiene miedo. Sabe que no es buena para hablar —dijo.
La voz me llegó maligna. Ella era lengua suelta y yo no. Ella era hermosa y yo no. Estiré la mano, impulsada por una fuerza melancólica y una rabia que en ese momento me hizo odiar a mi hermana.
La carta comenzaba así: “Querida esposa mía, estoy bien. Espero lo mismo también de ti”. Y terminaba con: “Dale un beso a las niñas. Regreso pronto. Marido y padre devoto”.
La voz me titubeó un poco, pero luego permaneció firme y sólida, como si una fuerza externa la anclara a cada letra.
Nonna Assunta se llevó el pañuelo bordado a los ojos, y mamá se arregló rápido. No veía la hora de irse a la cama y pensar en las palabras de nuestro padre apretando entre sus manos la carta.
Yo no lograba dormir. Miraba a Angelina que respiraba de modo calmo y regular. Acostada en mi misma cama, pero del lado contrario, como siempre. Los pies flacos me llegaban a la cara. Sobre la almohada, una mata de rizos negros se deslizaba hasta el piso.
Me levanté lentamente para ir a la habitación de nuestra madre. No me animé a entrar. La espié desde una grieta a lo largo del marco de la puerta. Mamá estaba sentada en una silla al lado de la mesita de luz. Cuatro velas en los ángulos de la cama creaban halos indefinidos, se proyectaban sobre los muros gigantes filiformes y aterradores. Estaba desnuda, quieta como una estatua de cera. El efecto de su cuerpo me llegó potente como una bofetada. Era todavía bella, pero el tiempo, genio tramposo, había comenzado su injusto desgaste. Las manos, extendidas al costado de sus caderas. Estaban arrugadas y llenas de ampollas. Y los senos se habían transformado en el regazo de una pingüe matrona. La sentí respirar profundamente una decena de veces, reteniendo el aire en los pulmones para luego exhalarlo bien despacito. Cuando se puso de pie, le vi todavía los muslos fornidos, el vientre ligeramente suave, el sexo oscuro. Giró hacia el espejo y se miró. Las nalgas blancas resaltaron en la luz difusa de la habitación como dos lunas claras. Los dedos se cerraron en el puño, casi como para atrapar algo. Entornaba los ojos y observaba el puño, como se hace cuando se intenta agarrar una mosca. Se la retiene bien fuerte en el puño cerrado y luego se abre lentamente la mano para regodearse en la visión de haberla atrapado. Sin embargo, mamá observaba los dedos arrugados con el rostro desilusionado.
Me sentí tan culpable y al mismo tiempo tan inocente que, si hubiera podido, habría ido hacia ella y la habría abrazado fuerte. Nos habríamos quedado así, madre e hija, meciéndonos, como dos amantes bajo un cielo de bombas.
Con un nudo en la garganta, volví a la cama y miré a Angelina. Afuera el viento rugía fuerte. Nonna Assunta solía decir que, en noches largas parecidas, el viento hacía el sonido del demonio y que mejor era que todos evitáramos salir. Me concentré en ese sonido, sintiéndome resguardada dentro de la casa caliente. Angelina dormía tranquila. Las narinas se le abrían y volvían a cerrar despacio. Sentí que crecía en mí un sentimiento extraño por mi hermana. Por momentos era amor y por momentos odio. Al crecer yo, crecía también esa especie de odio que, parecido a un sustrato alquitranado, sentía depositado justo en el fondo del corazón. Como el amor, tenía mil razones y ninguna y, cuando le buscaba una explicación, lograba decirme solo esto: “Porque era ella, porque era yo”.
—Angelina, despierta.
De repente tuve ganas de hablar con ella, sentí la urgencia de una confidencia íntima que solo con mi hermana hubiera podido compartir.
—Angelina.
—¿Qué quieres? Es de noche. ¿No duermes? —me respondió con la boca empastada por el sueño.
—¿No piensas nunca en papá? —le pregunté, aunque no era un motivo verdadero para despertarla de noche y preguntarle esas cosas; o mejor, el motivo existía pero lo escondía incluso a mí misma—. ¿Piensas en papá que está en la guerra?
El barón Personè había entrado en nuestra casa. Debería haberlo odiado, debería darme asco. Debería incluso haber llenado de escupitajos las impresiones negras de sus mocasines de cabritilla. En cambio, no lograba experimentar por él más que lo contrario. Aquella noche no conseguía dejar de pensar en la ropa vieja de papá, los pantalones que se tambaleaban alrededor de las medias, en las faltas gramaticales en sus cartas, en sus manos callosas.
Angelina se restregó los ojos y bostezó largamente antes de responderme.
—Sí, pienso en él —dijo finalmente, pero no me bastaba como respuesta.
—Pero ¿recuerdas bien su rostro? ¿Bien en serio?
Hizo signos de asentimiento, pero su afirmación fue desmentida poco después por la cabeza que se volvió primero a la derecha y luego a izquierda. Chasqueó la lengua en el paladar antes de decir que no, un gesto que hacía siempre, un gesto de marimacho.
—La otra noche tuve un sueño —volví a hablar—. Lo vi en medio de otros soldados, con el uniforme lleno de lodo y agujeros.
—¿Y qué hacía en ese sueño?
—Estaba cavando una fosa y tiraba dentro uno tras otro los fusiles de sus compañeros.
—¿Y luego?
Angelina había ya abierto los ojos. El sueño la había llenado de curiosidad y también el discurso sobre papá.
—Luego se metía adentro también él. De lejos llegaban los tanques de los rusos.
—¿Cómo hacía para saber que eran rusos los tanques?
—¿Te acuerdas de la película que vimos en el cine?
Había pasado dos veces que en la escuela dominical habíamos ido a ver la película Luce, que el régimen transmitía como prueba del honor de nuestros soldados. Sin embargo, después de la última vez, mamá se había negado a regresar. Las escenas de las batallas la inquietaban y le hacían presagiar lo peor para nuestro padre.
Angelina chasqueó de nuevo la lengua en el paladar.
—Los tanques rusos tenían una estrella roja. También los del sueño tenían la estrella roja.
—¿Y qué quiere decir eso? ¿Que los rusos son malos?
—No lo sé, Angeli’. Tampoco yo recuerdo bien el rostro de papá, aunque en el sueño me parecía nítido.
Me callé porque el rugido del viento se había hecho fuertísimo. Entraba a través de los espacios vacíos de las ventanas, se insinuaba bajo las puertas y me daba escalofríos.
—Tere’ —me dijo en un determinado momento Angelina—, pero ¿tienes miedo de que papá se muera?
—¿Por qué me preguntas estas cosas? Sabes que los niños no deben hablar de la muerte.
—Pero los grandes se mueren. Incluso el nonno se murió. Fuiste tú la que dijo que vio a papá cavando una fosa. Quizá es la fosa que se cava en el camposanto para los que no están más.
—Nosotras no debemos pensar en estas cosas. Estos son pensamientos solo de los grandes.
En ese momento fue el amor lo que predominó sobre todo. Me sentí injustamente mala por haberla despertado y asustado con mis miedos.
—Escúchame bien, Angeli’, piensa un instante en el secreter de mamá.
—¿Y eso qué tiene que ver?
El secreter era el mueble secreto de la habitación de mis padres. Nosotras las niñas teníamos absolutamente prohibido abrirlo y espiar su contenido. Mamá siempre decía que si osábamos hacer eso, sucederían cosas terribles, que abrirlo era peor que la ruptura de un espejo y peor todavía que beber o tocar el agua de un estanque en el que estaba metido el cuerpo hinchado y podrido de un sapo muerto.
—Una vez lo abrí y espié allí dentro —le confesé a Angelina.
Ella se llevó la mano a la boca y abrió grande los ojos.
—Allí adentro no había nada malo, Angeli’, solo tarjetas con la firma de papá y una cajita con algunos collares.
—Pero, después, ¿sucedieron cosas feas?
Sacudí la cabeza.
—Nada. ¿Lo ves? Pensamos que algo es malo, pero en cambio no lo es. Quizá creemos que la guerra es mala y que allí donde se combate está la muerte. Y en cambio, es como el secreter de mamá.
Se alegró con mi respuesta. Se acurrucó bajo la sábana y me dejó que la tapara.
Mientras, el pensamiento del secreter volvió a mi mente. Los oros, las tarjetas firmadas y las fotos de todos los que no estaban más en la familia. Sobre todo, rostros de personas que nunca había conocido, retratos con su ropa de domingo, parados sobre un adoquín del callejón o sobre las lajas de la plaza. Un desfile de sonrisas forzadas y de rostros que iban a terminar siempre en una expresión abstracta, surreal. Sin embargo, había evitado mencionárselos a mi hermana. Traté de sacarme de la cabeza esas imágenes y me acomodé bajo las sábanas extendiéndome sobre un costado y apoyando las manos entre las piernas.
—¿Tere’?
—Dime.
—Era lindo el barón, ¿no es cierto?
Cerré los ojos para recorrer con la mente su figura delgada con la ropa impecable. Volví a pensar en los mocasines de cabritilla lustrados.
—Sí, Angeli’, era lindo.
6
La mañana siguiente, mamá se vistió elegantemente, con un vestido claro que le ajustaba en el pecho. Se pasó un poco de aceite de oliva por la boca y se peinó con cuidado el cabello. Creo saber qué la impulsó esa mañana a hacer lo que hizo. El amor. Fue el amor, esa armadura de madera dura, el que le sostuvo firme el pulso mientras se peinaba con cuidado cada rizo negro. Mientras, acomodaba la tela del vestido usado quizá muchas veces en las ocasiones importantes de su vida. Mientras, colocaba un moño blanco entre los cabellos de Angelina, mientras se hacía un tajo en el pulgar para pasarse un poco de rojo sobre las mejillas pálidas.
Hasta aquella mañana no tenía idea de cómo era la finca de los barones Personè. Y aunque me había cruzado con el barón en la calle e incluso había estado en casa, aunque en los relatos de los adultos cada detalle de su vida era minuciosamente repasado, para mí era precisamente un desconocido. Sabía que era viudo y tenía dos hijos, un varón y una niña. Su mansión blanca y rosa la veía desde lejos, coloreada como el papel de los caramelos. La imaginaba suave y comestible, como la más suculenta de las delicias. No como una casa de verdad. Las paredes falsas, las personas falsas, todas las cosas falsas.
El pueblo, el auténtico, estaba encerrado entre dos campañas en forma de herradura y olía a estiércol, a animales agotados, a campesinos que trabajaban duramente de la mañana a la noche. Si de niña imaginaba algo bello, era en la mansión de los Personè que mi mente pensaba. Si cerraba los ojos, podía incluso paladear la casa de muñecas, tenía gusto a algodón de azúcar.
Caminamos despacio por las calles de Copertino. Yo apretaba la mano derecha de mamá y Angelina la izquierda. Las casas pegadas una con la otra, los techos a medida, sin saliente, puertas y ventanas pequeñas. Cal viva arrojada sobre piedra viva. Atravesamos el centro histórico con la cabeza gacha, como si tuviéramos algo vergonzoso que esconder. Pasamos por el santuario de Grottella, donde José había vivido la experiencia mística de tantos éxtasis que lo había vuelto santo. Mamá nos soltó las manos e hizo la señal de la cruz varias veces. Angelina y yo la imitamos. Alejándose de las casas, se tenía la impresión de que se hubiera respetado un lugar abierto entre la naturaleza y el hombre. El camino recorrido para dejarnos a espaldas del centro del pueblo era una cesura dentro de los olivares y de algunas viñas. Más adelante, en el horizonte, se elevaban los muros del cementerio nuevo. Mientras atravesábamos los campos iluminados por el sol, yo posaba los ojos sobre las gotas de rocío que colgaban de los hilos de hierba y oscilaban como luciérnagas sobre los troncos nudosos de los olivos y sobre las olas de luz que rajaban el manto sutil de las nubes y me cegaban. Aquí y allí algún detalle insulso, como, en las encrucijadas, las cabañitas de viejos que asentían siempre mediante un incesante temblor en la cabeza, o los cúmulos de inmundicia que afeaban los muros a la cal en las inmediaciones de los campos, o la vista de los campesinos con la espalada inclinada sobre la tierra recogiendo leña, todo despertaba en mí la sospecha de que la belleza había abandonado aquel mundo o, para decirlo mejor, que la belleza había sido, quizá el punto de partida originario, pero que el tiempo, la vejez, la pobreza o la maldad habían paulatinamente terminado por arruinarla. Era la razón por la cual la belleza y la fealdad terminaban por convivir siempre una al lado —o dentro— de la otra, como el sedimento en el vino joven.
Mamá caminó con la sonrisa torcida a lo largo de todo el camino. El relato de lo que quería hacer se lo guardaba para ella. De vez en cuando, soltaba nuestras manos y se pasaba las palmas sobre los ojos, como si quisiera secar lágrimas que no salían.
Cuando la mansión Personè apareció en el horizonte, suspiró largamente y apoyó la espalda en una pared a la cal. Era una mañana calurosa. El bochorno envolvía todo, parecía una mortaja. El campo estaba silencioso. Angelina y yo estábamos quietas y tiesas. No nos movíamos, reteníamos la respiración. Las dos teníamos miedo. En la sombra de un olmo apareció el sonido de un sapo; su croar rítmico era como un sollozo musical bajo y dulce, una bola de aire que estallaba en un trino claro.
“Ahora, vamos. Déjame respirar”, sintió la obligación de decir mamá, como si la voz del sapo la hubiera reclamado a sus deberes.
Después de que revivió, la tomamos de las manos; en ese lugar nos sentíamos extranjeras y necesitábamos su protección. Atravesamos de ese modo la avenida que conducía a la finca. Angelina y yo girábamos los ojos en todas las direcciones para admirar los árboles plantados al borde del sendero con guijarros. Las flores de cerezo atraían a las avispas y abejas. Se las veía ir, venir, dar vuelta, introducirse en los cálices para luego irse volando de nuevo. A medida que el portón de entrada de la casa estaba más cerca, mamá nos apretaba más la mano y también aumentaban sus suspiros. Los podía contar. Uno a cada paso. Un ritmo cadencioso, sin improvisación.
Vino a abrirnos una mujer seca y arrugada, con un ojo estrábico y un mechón de cabellos claros que sobresalía de la cofia ceñida. Nos examinó cuidadosamente a todas. Primero a mamá, luego a mí y al final a Angelina.
—¿Qué quieren? —preguntó con un tono grave.
Quizá había leído en nuestros rostros los días de privaciones, las noches pasadas comiendo estofado de col. Las ropas remendadas, el vestido de mamá que tenía los mismos años que yo. O quizá había ido más allá y solo con fijar sus ojos en nosotras había visto las habitaciones llenas de humo y apestosas de casa, las cortinas consumidas, el rostro de nonna Assunta cuando se le revolvían las entrañas porque no había nada más para comer, y ella y mamá cenaban las hojas de rábanos. El revoque que se caía a pedazos, las telarañas en las paredes, la madera que escaseaba, el frío en los huesos, los pies congelados. Esa vieja bruja, ácida como la bruja del pueblo, había leído todo sobre nuestro presente y nuestro pasado.
—Estoy buscando al barón —dijo mamá, tratando de enmascarar el miedo.
—¿Y quién lo busca?
—Puede decirle que soy la mujer de Nardo Sozzu.
La doméstica nos dijo que nos acomodáramos y se alejó con pasos ligeros a lo largo de una escalera que terminaba con la imagen de una estatua de san José que dominaba desde lo alto de un estrado. En la sala se exhibían objetos de toda suerte de procedencia, cuadros que retrataban escenas de caza, tinteros finamente cincelados, cuatro parejas de almohadones para cada sillón. Me sorprendió la penumbra de las habitaciones, tantas ventanas y los postigos semicerrados. Si en casa hubiéramos tenido tantas ventanas, las habría tenido a todas abiertas, habría inundado la habitación con luz.
De repente, vimos al barón descender a lo largo de la escalera con el andar seguro. Al mirarlo con atención, debía tener más años que mi padre, aunque era un hombre hermosísimo, con los miembros alargados y los músculos bien diseñados bajo la ropa. Angelina tenía realmente razón. Era hermoso el barón Personè.
Mamá se puso de pie de golpe y se aclaró la voz. La conocía como una mujer fuerte, pero en ese momento la imaginé como a Ninetta, mi muñeca de trapo. Se habría dejado estrujar, apretujar, revolear de derecha a izquierda.
En esa época no podía todavía imaginar que él, su mansión de algodón de azúcar, su progenie infecta nos habrían cambiado la existencia entera. En ese día soleado de julio, supe solo que mi madre, por primera vez, se ruborizó cuando lo vio. A pesar de estar acostumbrada a sus miradas lascivas, a las reverencias pomposas y ostentosas. Estaba acostumbrada a leerle la avidez en los ojos, la codicia, la fuerza, pero ahí, dentro de los muros de su fortaleza, ella era totalmente vulnerable.
Miré admirada sus manos lisas y sin signos de trabajo. Manos de terrateniente. No las olvidaría más.
Cuando se acercó, el barón hizo una reverencia. Mamá se sonrojó más todavía. Y esbozó un gesto de satisfacción que, sin embargo, parecía falso.
—Barón, debo hablar con usted —dirigió la mirada hacia nosotras.
—Cesira —llamó él, haciendo chasquear los dedos. La doméstica con el ojo estrábico se precipitó—. Lleva a las niñas a ver el jardín.
Mamá me miró. Tenía los ojos del miedo y los labios bellos, grandes, dispuestos en un pliegue de resignación, en una sonrisa forzada.
—No tengas miedo, Tere’. Mira cómo tu hermana ya está yendo contenta a ver el jardín.
¿Por qué era yo siempre la que tenía miedo? El miedo me pertenecía. De modo que seguimos a esa mujer odiosa entre las ramas de los árboles de un jardín exuberante. Angelina saltaba de aquí para allá contenta.
—Ven, Tere’, ven a ver cómo es hermoso. Parece la casa de una princesa. También yo cuando sea grade quiero tener una casa así.
La hosca doméstica la miró y sonrió sardónica y lentamente. Al mirarla sentí un escalofrío que me recorrió la espalda. Se me clavó en la espalda y me hizo estremecer.
“Es la muerte que te ha pasado al lado”, decía nonna Assunta cuando eso sucedía.
Giré a la derecha y a la izquierda, luego miré tras mi espalda.
7
Algunas semanas después se festejó en el pueblo al amado patrono, José de Copertino, el santo que más de setenta veces había sido visto por los fieles levantarse del suelo y planear por los aires. Por esta razón, se lo conoce como el protector de los pilotos y de los viajes en avión. Durante esos días, las mujeres limpiaban de arriba abajo las casas, cardaban la lana de los colchones, adornaban los balcones con edredones de colores, cosidos con sus propias manos, y se dedicaban a la preparación de dulces. Nonna Assunta me había enseñado cómo se preparaba la masa de los buñuelos, harina, agua y azúcar, que se cocinaba en agua hirviendo. Cuando esa masa suave comenzaba a separarse de las paredes de la olla, se apagaba el fuego y se la hacía enfriar sobre una superficie de madera. De ese grumo amarillento luego se obtenían los taralli, grandes como una mano, que los cocinaba a fuego lentísimo el panadero del pueblo.
Era la segunda noche de la fiesta, cuando la procesión desfilaba por las callecitas del pueblo. Frente al cortejo, el padre Geremia gritaba salmos como endemoniado. Era un párroco gordo, con una enorme panza que terminaba en punta. El hambre y las privaciones no lo habían alcanzado. Las flores pálidas y transparentes de los tilos que adornaban la plaza recaían sobre su cabeza desnuda, mientras los ancianos de la Congregación del santo soportaban con la fuerza de sus brazos los pesados íconos de oro. Detrás seguían las mujeres del pueblo, vestidas de negro con un velo de encaje sobre la cabeza. Los enfermos y lisiados saludaban al santo desde la ventana. Arrojaban pétalos de rosas y hacían la señal de la cruz.
Nonna Assunta tenía una expresión trastornada. Caminaba a nuestro lado sin decir palabra. Saludó a duras penas a algunas viejas, acuclilladas en los escalones de sus casas, que vendían capullos de rosas para homenajear al santo. Las cruzó maliciosa, con las manos bien unidas en su regazo.
A lo largo del camino, pudo ver a la Cimmiruta, envuelta en un chal. Pequeña y traicionera, se deslizaba a lo largo de los muros casi sin hacer ruido y luego aparecía de repente para lanzar sus anatemas sin sentido. Se acercó a la nonna y a mamá y las examinó de reojo. Era vieja, pero algo en los ojos la hacía parecer todavía joven. Ojos de muchacha en un rostro de momia. Mamá esquivó su mirada, dirigiendo un vistazo furtivo a la punta de sus zapatos.
Nonna Assunta, en cambio, la hizo callar con una mano. Tenía los ojos ardientes como la brasa. Tizones ardientes.
Nos pusimos a seguir la procesión sin participar demasiado. De tanto en tanto, el padre Geremia invocaba un amén y nosotras respondíamos a coro. En el círculo montado de forma descuidada en la plaza, instrumentos de viento y tambores saludaron la llegada del santo. En cierto momento se levantó un viento oloroso que hacía piruetas alrededor de las mujeres, los viejos y la imagen. Perfumado de retama, orégano y malva silvestre. Mamá se detuvo a saludar a algunas mujeres del vecindario, pero le devolvieron el saludo unas con aire distraído y otras con aire sospechoso. A Angelina y a mí nos atrajo una mujer con un niño en brazos que succionaba torpemente el seno de la madre escondido por un chal de encaje. Abría y cerraba las pequeñas narinas, continuaba chupando con un ritmo lento, incesante.
—Mira qué hermoso es, Tere’, parece un muñequito —me susurró Angelina.
—Vámonos —se entrometió nonna Assunta, girando hacia mamá—. Aquí, como ves, las otras mujeres no te prestan atención.
Me detuve a observar a nuestra madre. Era de nuevo hermosa, no parecía más marchita por la soledad. Los ojos, el cabello, la curva del mentón, la figura de sastrería moldeada por el vestido negro y largo. Nos alejamos un poco y lo noté, las bocas ávidas de las mujeres que hablaban de ella. A lo largo del callejón se elevó un leve zumbido maligno, parecido a los secretos que los niños se pasan al oído.
Nonna Assunta perforó a mamá con una de sus miradas como brasa: “¿Ves lo que has hecho? ¿Lo ves? ¿Y ni siquiera te da vergüenza?”. ¿Acaso ella conocía la vergüenza de nuestra madre?
La vergüenza, como la maledicencia, estaba por todas partes. Te traspasaba la piel, te dejaba heridas que de tanto en tanto volvían a salir, como las babosas después de un temporal.
Mamá nos miró, pero no le respondió a la nonna. Tenía un monedero entre las manos y lo apretó contra su pecho. Siguió adelante, caminando hacia el santo, luego regresó. Al final se acercó a Angelina y a mí. Las palabras que le hubiera gustado pronunciar se le murieron en la garganta, no consiguió hacer otra cosa que no fuera levantar la mano y desarreglar los rizos negros de mi hermana y mis hebras amarillas como la uva blanca precoz, apretar su cabellera robusta y la mía frágil, casi en un solo abrazo. En ese momento me pareció que justo allí, entre el mal sin forma de los cuchicheos, de los secretos y de la vergüenza, estaba escondida la línea secreta, la armonía, la respuesta a todo, el milagro de una madre que, entre miles de gestos posibles, elige ese y solo ese, suave, ligero y necesario para poder explicar lo inexplicable.
La mujer con el bebé al pecho se le acercó.
—No les preste atención —le dijo—. Esas son unas víboras —dirigió la mirada hacia atrás de nosotras, justo allí donde decenas de ojos metidos en la penumbra nos espiaban.
Nonna Assunta se persignó. Dos, tres veces.
—Cuando regrese mi hijo, todo se arregla. Cada cosa se ordena —comentó en voz baja, mirando al santo, como si estuviera manteniendo un diálogo íntimo justo con él.
En las inmediaciones del muro a cal de las casas, se vislumbraba la Cimmiruta. Se movía como una clara de huevo en el fondo de un plato removido. Cuando estuvo bastante cerca, asomó el rostro y el cuello, que era largo y tenso, y hacía que la cabeza pareciera todavía más grande y desproporcionada respecto del cuerpo, como un huevo suspendido en una rama. “Arriva lu ventu, io stau allu mantagnu…Viene el viento —susurró mirándonos primero a nosotras y luego al cielo—, yo estoy al reparo”, y desapareció de nuevo en la penumbra de las casas.
Transcurrieron tan solo algunos segundos antes de que en el cielo se vieran los aviones plateados que pasaban en formación.
—Son los nuestros —murmuró un viejo.
—No, son los de ellos.
Pocos segundos después, las sirenas de alarma comenzaron a sonar.
—Están atrasadas —gritaban las mujeres—. Suenan demasiado tarde.
Los viejos con el santo en la mano corrieron hacia la iglesia, mientras el padre Geremia se levantaba la sotana e incitaba a los fieles de la Congregación a andar más rápido. Las mujeres agarraron a los niños. Angelina y yo nos apretamos al vestido de mamá. Nonna Assunta nos seguía a pasos apresurados. En pocos segundos, la calle se volvió un lamento. La maledicencia, los chismes a la ligera, el alboroto de las comadres. La Cimmiruta había sentido el viento, así como los animales perciben la llegada de un temporal o de un terremoto. También ella era una criatura que permanecía en un estadio más elemental y, precisamente por ello, veía el origen en el fondo de las cosas.
Cuando alcanzamos la calle de casa, el vigilador esperaba en el umbral.
—Pasen, pasen, que debemos cerrar.
Nonna Assunta se tocaba el pecho. Todo ese trajín no le hacía bien al corazón. Me di vuelta. ¿Dónde había quedado la mujer con el bebé? De repente, solo ella parecía a mis ojos como algo bello para salvar. La única cosa todavía pura. No la vi. Sentí los ojos inundados de lágrimas.
—Ven, Tere’ —me llamó Angelina. Descendimos por las escaleras pequeñas y gastadas. El hedor a orín y humedad nos impregnaba las narinas. A cada escalón el aire se hacía más frío y penetraba más en los huesos. Abajo, en el sótano oscuro, había una mujer que cantaba: “To to to ‘o pedìmmu telo ‘vò ce e’ ttelo mbrò addho ‘o pedìmmu ca e’ tto caddhio. Ce nà ‘ggune ‘ttu mbrò sa’ tto pedìmmu en ei timò. Ce nà ‘ggune ‘s ti stata sa’ tto pedìmmu en ei macàta”.
Nonna Assunta se refugió en un llanto callado.
—También yo quiero a mi hijo. También mi hijo es el más hermoso —susurraba retomando las palabras de la canción.
Frente a nosotras estaba el magghiatu, el marido de la comadrona. Todos en el pueblo, además de otras cosas, decían que era comunista.
—¿Y quién mandó a sus hijos a la guerra? Los mandaron ustedes.
El vigilador le hizo una señal para que se callara, que ese no era el momento de decir ciertas cosas. Con los aviones que retumbaban sobre nuestras cabezas y el miedo de ser bombardeados de un momento a otro.
—Y no. Yo no me callo más. Querían al Duce. Lo amaron todos. Gritaron cuando en la radio escuchaban sus discursos: “Duce, Duce, ilumínanos”. Y esta es la luz que les ha traído. Las velas de este sótano que huele a mierda y orín.
—Cállate, comunista —le retrucó la mujer que antes cantaba.
—La guerra hace a todo el mundo igual —dijo mamá con voz triste.
—Escúchenla —retrucó la mujer—, quién habla. Tú no eres igual a nosotras. Como no lo es este comunista.
—Basta —gritó la nonna—. ¿No piensan en quien está lejos? ¿En la guerra de verdad? Mi hijo está allá y también tu hijo y el hijo o marido o hermano de otros de ustedes. La vergüenza la tienen que tener ustedes —agregó mirando a las mujeres sentadas en los bancos improvisados, con las manos extendidas sobre la panza y los ojos perdidos en la oscuridad.
—Tere’, pero ¿qué es eso de la vergüenza? —me preguntó Angelina en voz baja, bloqueando el murmullo con la mano.
Lo pensé un instante, luego me acerqué a su oído:
—Es como cuando un ciervo pierde los cuernos durante un combate.
—¿Un ciervo?
—Sí, Angeli’. Cuando es derrotado. Desde ese momento, todos saben que es un débil, que ha perdido la batalla.
—¿Y cómo se da eso con las personas?
—La vergüenza, Angelina, es por algo que perdiste y no recuperaste más. Y todos lo saben. Todos lo ven. Todos lo sienten, también si a veces ni siquiera tú sabes qué es.
La alarma dejó de sonar. Nos pusimos de pie a duras penas, estando atentos a no chocarnos unos con otros. Luego, cada uno se encaminó lentamente hacia su casa. Estaba oscuro, pero una luna redonda y clara parecía acoger todas las luces, reflejándolas y multiplicándolas como un espejo facetado. A lo largo del callejón, Angelina y yo mirábamos las ventanas oscurecidas, los hilos metálicos que servían para colgar la ropa lavada y que brillaban en la sombra.
Instintivamente hablábamos todos en voz baja. También nosotros, los niños, murmurábamos, incluso el marido comunista de la comadrona, como si oídos enemigos estuvieran al acecho para escucharnos. El único sonido que llenaba la noche era el cricrí de los grillos. Se escuchaba solo el golpeteo de las puertas cerradas una tras otra de golpe.
Cuando llegamos a casa, mamá encendió la lámpara. Nonna Assunta, quieta en el umbral, nos miró largo tiempo:
—¿Puedo dormir con ustedes? —preguntó en cierto momento—. En casa me siento sola y tengo miedo.
Mamá asintió con la cabeza y, luego, entre ellas no se dijeron ni una palabra más por esa noche. Nos pusimos a dormir todas en la cama matrimonial, mamá y la nonna en los extremos, y Angelina y yo en el centro. Por una vez no estábamos acomodadas al revés. Su cabellera rizada y negra me rozaba la nariz y el mentón. Se acomodó toda en el hueco de mi cuello.
Un universo intacto, pero igualmente frágil volvió a formarse en torno a nosotras por un breve instante. Éramos cuatro mujeres solas. Angelina levantó la cara y me sonrió. Su piel, iluminada por la lámpara, tenía el color de la arcilla bien cocida. Un pequeño lunar saliente le adornaba la mejilla.
—¡Qué linda eres, Angelina! —le dije suspirando,
Mamá se dio vuelta hacia nosotras y nos abrazó.
—Son hermosas las dos, hijas mías. Hermosísimas.
—Miren la luna, niñas. Mírenla —murmuró nonna Assunta y se levantó para abrir los postigos—. Piensen que también su padre, desde cualquier pueblo, la está mirando y ve la misma luna que vemos nosotras.
Traté de imaginar en qué lugar del extranjero estaría en ese momento. No vería el cielo de día de nuestra región, estriado de naranja y púrpura como los colores de los lápices de los niños. Ni siquiera vería los viñedos con sus troncos enrevesados y nudosos, los campos que el grano volvía verdes en primavera y amarillos en verano, los terrones rojos de tierra que los campesinos removían todos los días con la azada, los fuegos en los rastrojos. El mundo que conocía le era lejano. Me preguntaba si, una vez que hubiera regresado a casa, lo reconocería.
8
—¿Qué te pasa, Tere’? —me preguntaba mamá.
Mientras se miraba en el reflejo del enorme armario vidriado, la figura delgada, afinada por el modelo acampanado del vestido nuevo, peinada con rizos rígidos que le caían a lo largo de las mejillas. Justo en esos mismos vidrios se había contemplado mi padre el día que había partido para la guerra. La “mala guerra” la llamaba él, porque estaba convencido de que la guerra de verdad se combatía en casa y era aquella contra la mala suerte, el hambre, el frío, las enfermedades, las heridas del cuerpo y del alma.
—¿Qué te pasa, Tere’? —me preguntaba, pero yo no respondía.
Entonces se inclinaba sobre mí y me acariciaba los cabellos en la nuca, tratando en vano de hablarme, los labios fruncidos y una urgencia por irse que le afeaba los ojos, los apagaba. Quizá quería contarme todo en esos momentos; quizá eran mis primeros miedos que se materializaban en imágenes inquietas, mudas. Porque si cerraba los ojos la veía en la mansión de los Personè, frente al barón con los músculos crispados, que abría los brazos y le hacía ver cuán grande era la casa.
—No tengas miedo, Tere’, mamá regresa pronto. —Sin embargo, el miedo me paralizaba los ojos y las piernas.
Salía una vez por semana con el vestido nuevo.
—Si viene la nonna, le dices que ahora regreso —me decía como única recomendación.
Esas veces me quedaba yo cuidando de Angelina. Nos sentábamos en el piso y jugábamos con la muñeca de trapo. Una mañana se desnudó y se paró frente al espejo:
—Ves, Tere’, comienzan a crecerme las tetas —dijo contenta. Jugaba a apretarlas entre sus manos y a toquetear los minúsculos pezones rosados—. Y tú, Tere’, ¿tienes tetas?
—Un poco sí —le dije avergonzándome.
—Muéstramelas. Dale, Tere’, así sé cómo serán las mías cuando tenga tu edad.
Allí, de espaldas a la cortina que separaba las camas de la cocina, de frente al espejo donde mi padre se había contemplado como soldado y mi madre se miraba todas las semanas, sintiendo sobre el rostro los destellos del pecado, me levanté el vestido y le mostré a mi hermana los senos. Entendí en ese momento que Angelina actuaba sobre mí como un fantasma exigente.
—Son hermosas, ¿no es cierto, Tere’? Hermosas como las tetas de mamá.
—N-n-no d-digas e-eso…
Respiré profundamente una decena de veces, reteniendo el aire en los pulmones para luego exhalar despacio. Imaginaba que era una técnica para relajarme y dejar de tartamudear.
Angelina comenzó a reírse. Con el vestido levantado saltaba por la habitación. “Teresa tartamuda, Teresa tartamuda”, repetía sonriendo.
Me bajé el vestido y me puse a perseguirla. Entonces tomó la muñeca de trapo y la hizo rodar junto a ella.
—¿La escuchaste también? Mi hermana es grande y no sabe hablar.
Se escondía bajo la cama y detrás de la cortina. No sabía qué hubiera hecho si la agarraba. Quizá esperaba que bastara con que la tocase para que se quedara quieta. El amor y el odio me tironeaban y se mezclaban. Los ojos, los cabellos, la curva del mentón, la figura delgada, las piernas largas y sutiles. Ese cuerpo era también el mío. Sentía que me pertenecía, que nos ligaba un hilo sutil pero indestructible. Que no podía odiarla de verdad.
De repente sentí un líquido cálido que me mojaba la bombacha y un goteo que se deslizaba a lo largo del muslo. Me detuve frente al espejo. La sangre había empapado el algodón blanco y se deslizaba lento por la piel. Angelina se detuvo. Tenía los ojos fijos en mí, una expresión concentrada que le sellaba la boca y le fruncía el ceño. Un minuto después tiró a Ninetta al piso y corrió a abrazarme. Su cabeza llegaba a mi cuello, se acurrucó entre mis brazos, me apretó fuerte. Tenía sus rizos negros en la boca y las mejillas.
—Lo lamento, Tere’, es mi culpa. Fui mala y ahora sangras. No te mueras, Tere’.
En ese momento regresó mamá. A menudo llegaba con la urgencia de quitarse el vestido, lavarlo y meterlo al sol, tendido sobre las ramas del madroño. Luego depositaba la comida sobre la mesa, evitando mirarme. Desde que tenía ese vestido bueno, llevaba huevos frescos, carne y manteca tan blanda que se cortaba con un dedo. Había recuperado los kilos perdidos y el aspecto de nuevo florido la hacía todavía más hermosa. Después de lavarse, iba a buscar la foto de ella y papá el día del casamiento. La apretujaba suspirando prolongadamente, luego nos decía que comiéramos, que en esos tiempos tener algo para llevar a la boca valía más que todas las tierras de Copertino.
Ese día, sin embargo, las bolsas se le cayeron de las manos. Dejó los mandados en la puerta, como si ese antro secreto del mundo, en ese momento, debiera pertenecer solo a nosotras. Como si la guerra, las bombas, el hambre, el barón que la acariciaba toda y la hacía sentir la más puta de todas las putas de Copertino fueran jirones de desperdicios que su amor de madre podía licuar y eliminar de la faz de la tierra.
—Mi niña, mi niña se ha hecho mujer —dijo abrazándome.
—No se muere, ¿no, mamá? —preguntó Angelina sollozando.
—Claro que no se muere, pequeña. Más bien, verás ahora cómo se volverá hermosa. La muchacha más hermosa de todo Copertino.
En ese momento tres mujeres abrazadas —una madre y dos hijas— desafiaban las bombas, la guerra y el hambre, la muerte del alma y del cuerpo. Nunca más sentí a mi madre tan vulnerable. Nunca la amé tanto.
Se fue a buscar una toalla de lino que conservaba en los cajones del armario.
—Esto lo guardé para ustedes, hijas mías. Como mi madre, que en paz descanse, la había guardado para mí, yo lo guardé para ustedes. Es la vida que continúa, niñas. Es la esperanza en el futuro.
Llenó una palangana de agua que había puesto a hervir y me lavó adecuadamente. Angelina, desde un ángulo de la habitación, asistía a ese ritual que tenía el sabor de las tradiciones antiguas. Mientras me frotaba las piernas, mamá cantaba lentamente una canción. Una procesión de palabras apenas susurradas en una lengua antigua que no era el dialecto que yo conocía. Angelina estaba quieta y miraba, apretujando a Ninetta entre las manos.
—Mira cómo es hermosa, Ninetta. Mira a mi hija. Será la muchacha más hermosa de Copertino —le susurraba también a ella.
Cuando mamá me hizo levantar para secarme y colocarme la toallita de lino en la bombacha, me miré en el espejo. Los flancos ligeramente redondeados, los senos pequeños y redondos, los cabellos claros y lisos que llegaban a los hombros. Sentí un extraño hormigueo en el vientre, como si mirarme me diera placer, me diera más calor en la entrepierna. Un dolor agudo me obligó a plegar las rodillas. Venía de lejos, se concentraba hasta los riñones, luego desaparecía.
—Tu padre me decía que siempre hay una estación para todo en la vida. Fue su nonno, Nicola, quien se lo enseñó cuando era niño.
—Y cuéntanos más. Cuenta qué le decía su nonno.
Nos acurrucamos sobre el colchón, mamá en el centro, Angelina, Ninetta y yo entre sus brazos.
—¿Quieren saber entonces la historia de su padre cuando era un niño?
Asentimos. Angelina la hizo asentir con la cabeza a Ninetta.
—Cierren los ojos que así la imaginan mejor. El comienzo son las estrellas… A su padre de niño le gustaba acostarse sobre la hierba a mirar el cielo. Nonno Nicola lo llevaba al campo de Copertino, a buscar lagartijas y mariposas.
—También a mí me gusta atrapar mariposas —intervino Angelina.
—Shhh, no interrumpas a mamá.
—Cuando estaban cansados, se sentaban en la hierba a comer pan y queso. El nonno quería mucho a su padre.
—Nonno Armando también nos quería mucho a nosotras, ¿no es cierto?
Volvimos a abrir los ojos y Angelina sacudía ahora a Ninetta de derecha a izquierda.
—Vuelvan a cerrar los ojos, niñas, así les cuento más.
Angelina dejó la muñeca de trapo sobre su regazo y apretó fuerte los ojos.
—Mientras comían, miraban las estrellas y, a lo lejos, las luces del pueblo. “Hay un tiempo para todo”, decía nonno Nicola. “Todas las cosas tienen su estación. La estación de los frutos y la de la siembra. La estación del bien y la del mal. La estación de la vida y la de la muerte.” ¿Entienden lo que significa, niñas?
Volvimos a abrir los ojos. Una miró a la otra.
—¿Qué quiere decir, mamá? —preguntó Angelina, agitándose un poco sobre la cama.
—Que cada cosa, en la vida, tiene su tiempo. Que, aunque ahora estemos tristes y nos sintamos solas, esto no durará para siempre. Las estaciones buenas y las estaciones feas. Lo blanco y lo negro.
Mientras decía esas palabras, la vi ponerse taciturna. Nos abrazó fuerte y nos besó en la frente y entre los cabellos. Decenas de besos, luego dijo:
—Un día las llevaré también yo a ver las estrellas. Nos acostaremos en la hierba y las contemplaremos. ¿Sabían que las estrellas que vemos en el cielo están ya muertas desde hace mucho, muchísimo tiempo?
—Pero eso es triste, ma’ —le dije.
—No es triste, es más bien hermosísimo. Si piensas que están muertas desde hace millones de años y nosotras todavía estamos aquí para contemplarlas.
—Un milagro, mamá.
—Sí, Tere’, un milagro.
Angelina y yo apoyamos la cabeza en su seno. Respirábamos al unísono.
—Duérmanse ahora, que todo se arreglará.
Imaginé entonces que todo, a semejanza de una muñeca rota, podía remendarse, emparcharse, coserse de nuevo.
9
En los meses siguientes, aumentaron las noticias terribles del frente y también, a la par, las visitas de las comadres. En cierto sentido, la guerra había realizado un milagro. Por algún tiempo, a nadie le importó más nada de la vergüenza de mi madre. La solidaridad hacía que las mujeres del pueblo se unieran en su destino de soledad.
En las callecitas y el mercado, el alboroto desaliñado se había transformado en un sonido débil de voces apenas susurradas. Los viejos vendedores susurraban. Las madres de familia susurraban. Las jóvenes que tenían el corazón roto por los novios en el frente. Nadie quería hablar de los muertos. Las vidas que habían sido interrumpidas merecían respeto y, con tan solo hablar de ello, se las mancillaba, haciendo más amarga la tolerancia. Eran los días, los meses, los años de la gran espera. Nadie podía hacernos mal si nos manteníamos unidos.
Es así que, a partir de las cuatro de la tarde, por casa desfilaba una procesión de amas de casa, cada una con un trabajo entre manos para terminar. Se sentaban a la entrada, en círculo sobre las sillas de paja. Estaban también zi’ Nenenna, tan gorda que la panza parecía la quilla de un barco, y su hija Lollina, que hacía mantas con ganchillo, tejidos de lana para niños y botitas de todos colores. La pasión de zi’ Nenenna era el macramé. Tenía manos delgadas como saetas, capaces de tejer telas de araña con maestría y al mismo tiempo hablar por horas. A los parientes se unían las vecinas: Giulietta y la makara. No eran buenas con el ganchillo, pero llevaban con ellas habas para pelar o algún garbanzo seco para masticar. Se sentaban detrás de los vidrios de la ventana, comentando historias escuchadas de otras mujeres, agregando variaciones cada vez diferentes, armadas con el objetivo de no aburrirse y de hacer más interesantes incluso las bufonadas. Estaba también la amada costumbre de establecer una jerarquía de las desgracias, por la que si zi’ Nenenna se quejaba de una fea ciática, nonna Asunta respondía: “Tienes que ver la que tengo yo”.
Y cada una comenzaba a gimotear de este o aquel mal que la afligía desde tiempo inmemorable.
Zi’ Nenenna contaba también historias de ladrones que venían del campo lejano y descendían por los montes de Daunia, y de noche aterrorizaban a las mujeres y a los campesinos en busca de comida y compañía femenina. Aprovechaban el desorden social causado por el desborde del régimen, la falta de reglas en el caos de la guerra. Estaban acostumbrados a dormir en los bosques, a comer hierbas y raíces que arrancaban de la tierra. Como los ladrones de la Torre del Cardo, vestían ropas rotas y se cubrían con capas negras para esconderse en las sombras de la noche. Algunos nombres hacía eco, como los más aterrorizadores: Bombetta, Occhiobiancu, Strascinacvert. Cuando se los veía en el pueblo, los viejos decían que eran almas de condenados, que cada tanto escapaban del infierno y se reunían sobre la tierra para llevarse con ellos algún cristiano bautizado. Mamá, que había tomado la costumbre de ordenar la mesa de la cocina frente a la puerta, cerraba las ventanas y rezaba cada noche para que los Bombetta, Occhiobiancu y Strascinacvert no se presentaran nunca.
—Vienen del país del eterno dolor —decía la makara.
—¿Del infierno? —le pregunté una vez.
—No, Teresina, el país del eterno dolor es el nuestro. Es este en que los hijos mueren de hambre y van a hacerse matar en alguna fosa como soldados. Este, donde los padres se desloman de la mañana a la noche para enriquecer solo a esos como el barón. Lo ves al barón… Es el dueño de todo, huele a lavanda y flores, parece limpio y bien afeitado, pero por dentro apesta, tiene la sangre contaminada.
Tragué un enorme trago de salida, porque a mí y a Angelina el barón nos transmitía solo sensaciones hermosas, pero como siempre decía la nonna, la fealdad —como hace a veces el demonio cuando adopta la apariencia de mujeres hermosísimas— se escondía dentro de la belleza.
A veces, la makara leía la borra de las tazas de café y, para cargar la escena de dramatismo, cerraba los postigos. La poca luz se colaba dentro de un panel de rayos que entraba por las puertas encoladas. Todas esperaban con las manos juntas, apoyadas sobre la mesa como un peso muerto. La makara se arreglaba el pañuelo negro que llevaba sobre la cabeza y levantaba los ojos para mirar el techo.
—Y habla, habla —la incitaba zi’ Nenenna, que nunca había tenido el don de la paciencia.
Su hija la miraba de reojo. Sabíamos que el único deseo de Lollina era casarse con un buen muchacho, pero ahora que los hombres saludables estaban todos en la guerra, la cuestión se volvía más complicada y Lollina se acercaba a esa edad en que las malas lenguas comenzaban a señalarla como solterona.
—Veo un hombre alto —dijo un día la makara—, musculoso y con los ojos grandes.
Zi’ Nenenna se regodeó sobre la silla y movió su gran trasero de un lado a otro.
—Ya sabía yo que figghieme, mi hija, iba a tener suerte.
La makara apoyó la taza en la mesa y nos examinó a todas. Los iris de sus ojos parecían atigrados e infundían terror.
—Sí, pero hay una complicación —sentenció levantándose de la silla.
—Habla, habla —la presionaba zi’ Nenenna.
—Mejor dejar algunas cosas en el fondo de la taza —concluyó levantándose de golpe.
Pero zi’ Nenenna la presionaba y también lo hacían Lollina y la comadrona Giulietta. También nonna Assunta pedía justicia y comentaba que no podía dejarnos así con la espina, sin contarnos con pelos y señales el destino de la joven.
—Ustedes lo quisieron —dijo la makara levantando el mentón con aire compungido—. Es negro. El hombre musculoso y con los ojos grandes es todo negro.
Zi’ Nenenna se hizo la señal de la cruz muchas veces, luego lanzó una mirada de lado hacia la hija, quien inmediatamente bajó la mirada.
Eran tiempos en los que se veían pasar por el pueblo soldados americanos con la piel de todos los colores, algunos con ojos moriscos, otros con ojos orientales. Distribuían chocolate y llenaban las vidas de suspiros. Las jóvenes les hacían ojitos y ellos se tocaban el pecho, lanzando besos a diestra y siniestra.
—La borra del café a veces miente —agregó la makara, retirando las tazas de la mesa.
Las mujeres se miraron todas a los ojos por unos segundos, luego Giulietta volviéndose a la nonna Assunta hizo la pregunta de ritual: “¿Cómo está Nardino?”.
En momentos como ese, nonna Assunta fruncía la cara y no respondía en seguida. Asumía un aire distraído de diva de incógnito y esperaba que una de las comadres presionara.
—Assuntina…, querida, ¿cómo es que va?
Entonces suspiraba de modo grave y recogía de la tierra los rastrojos extraídos del grano luego de la siega. Se ponía a trabajar con las manos arrugadas que parecían ramas resecas y evitaba mirar de frente a las comadres, porque sabía que sobre cada uno de esos rostros leería algo por lo cual llorar.
Mamá se levantaba y tomaba del armario viejo la caja de lata. Sacaba una de las cartas de papá, la desplegaba y me la daba. Las mujeres estaban todas a la espera. Yo me ponía de pie y apretaba el papel entre las manos. Suspiraba largamente y contaba hasta diez antes de comenzar con la lectura. Despacito, como me habían enseñado.
10
Más tarde, una noche ocurrió algo que no olvidaríamos más, uno de esos acontecimientos que no logré entender y tampoco quería entender. Estábamos acostadas sobre la cama matrimonial, Angelina, mamá y yo, cuando la puerta se abrió con una sola patada. Al principio fueron solo dos sombras que merodeaban furtivas por la cocina. Luego escuchamos deslizar la cortina de cáñamo que dividía la habitación. La vela estaba consumida casi del todo, pero no lo suficiente porque no logramos enmarcar el rostro férreo de los dos.
—¿Qué quieren los Strascinacvert en mi casa? —gritó mamá.
Mientras miraba aterrorizada el rostro de uno de los dos ladrones, la clase perfecta del ignoto que venía derecho, directo desde el campo de Daunia —una leyenda, más que seres humanos de carne y hueso—, reflexionaba sobre el significado de esa palabra. Ese apellido llenaba las calles y los campos, como las antiguas leyendas sobre ladrones. “Strascinacvert”, que de niños eran tan pobres que no lograban cubrirse con ropa y se conformaban con envolver mantas rasgadas alrededor de las partes íntimas y del pecho. Incluso sus mujeres, se decía, no habían sido bendecidas por ningún sentimiento de afecto; voracísimas, provocaban a los otros varones en los campamentos, zorras con el rostro sucio, se levantaban las polleras y aprisionaban por la eternidad a los hombres en sórdidos paraísos tibios. Vivían en los bosques y los campos, comían liebres y ratas, robaban a los campesinos.
—Cierren los ojos —dijo mamá—. Ciérrenlos, niñas.
La obedecí, pero poco después no logré evitar abrirlos de nuevo. El más bajo de los dos rompió a reír y su risa parecía el chirrido de dos hojas afiladas que chocaban una contra la otra. Angelina se puso a llorar. Lloraba también yo, aunque de modo más suave.
—No tenemos nada para comer. No toquen a las niñas, por favor —susurraba mamá. La voz era una especie de remolino, como si le faltara aire en los pulmones.
El más grande de los Strascinacvert sacó un cuchillo de una funda de piel que tenía colgada en el cinto de los pantalones sucios.
—Se lo suplico —imploró mamá.
—No tenemos hambre, no se preocupen —dijo el más grande.
La voz tenía notas insólitamente bajas, era ronca y cavernosa, parecía más el sonido de un animal salvaje. Se acercó a mamá con el cuchillo.
—Cierren los ojos —gritó entre lágrimas.
El ladrón agarró la trenza de mamá y la cortó parsimoniosamente, sonriendo. Su rostro estuvo entonces muy cerca. Los rasgos monstruosos, una nariz gorda y verrugosa, que se expandía en todas las direcciones. Los ojos pequeños y las orejas, en cambio, grandes, sobre las que afloraban puñados de pelo. Los Strascinacvert se apareaban madres e hijos, hermanos y hermanas, razón por la cual los recién nacidos desarrollaban apariencias extrañas e incompletas, casi que, en el proceso de evolución de niño a hombre, se perdían pedazos, permanecía solo lo esencial, dejando al azar los trabajos de terminación.
“Padre nuestro, que estás en los cielos…”, comenzó a recitar mamá.
—Teresa, toma a tu hermana —dijo luego—, tómala, Tere’, váyanse de aquí, cierren la cortina. Córranla bien. Cierren los ojos, tápense los oídos.
Angelina se dejó conducir silenciosa hacia la cocina. Se acuclilló bajo la mesa mientras yo la abrazaba. Se acurrucó lo más que podía, como un animalillo que no quería hacerse atrapar. Cerré los ojos también yo y traté de no escuchar los sonidos que venían de la otra parte de la habitación.
El pensamiento me trasladó a una primavera del año anterior. Estábamos en el bosque. Angelina y yo y algunos niños del pueblo a los que les gustaba comportarse como adultos. Uno de ellos tenía un escarabajo con un hilo atado a una pata. Giraba y giraba, mientras el niño reía y el pequeño insecto agitaba las patas libres.
—¿Quieres probar? Prueba —me decía con una sonrisita.
Más allá, otros dos habían derribado nidos de los árboles, una pequeña hecatombe de pajaritos sin plumas, con el pico grande amarillo. Los pajaritos lloraban y ellos reían.
—Hoy a la noche hacemos un hermoso fuego y los comemos asados.
Eran pequeños. Lloraban. También Angelina lloraba. En cambio, yo me sentí furiosa. Si me hubiera animado, les habría dado una paliza a esos pequeños bastardos y salvado a los pajaritos.
—Tontas —nos decían—. Solo son unas tontas. Si no los quieren, no los coman. Son solo pájaros.
En ese momento me di cuenta de que también nosotras éramos como esos pequeños pájaros sin plumas. Solo carne. Carne sobre la cual divertirse. Recité también yo el padre nuestro. De ese modo, esperaba no escuchar sus jadeos escalofriantes de la otra parte de la cortina, ni los sollozos que mamá trataba de ahogar para que nosotras no la sintiéramos.
Cuando terminaron con ella, arrancaron la cortina, tomaron cada uno una manzana de la mesa y la mordieron, mientras con la otra mano hurgaban dentro de los pantalones. Luego se fueron.
Mamá se levantó de la cama. Todavía temblaba. Fue a agarrar la cuba que los fascistas habían dejado y la llenó con la poca agua de las jarras que habíamos recogido durante el día en la fuente. De vez en cuando levantaba los ojos hacia nosotras. El labio superior atormentaba al inferior. Palabras no había. Nada para consolarnos. Ni siquiera para decirnos que todo estaba bien. Se acurrucó en la barrica y se balanceó. Angelina y yo salimos de debajo de la mesa y nos acercamos. Mano con mano. Ninguna osaba dejar a la otra. Dentro de esa cocina, la noche transcurrió en una pálida imitación de la vida. Madre e hijas. Éramos sobrevivientes, dentro de un purgatorio inmóvil de gestos que no eran más humanos.
—Es la guerra —eso fue lo único que logró decir.
Luego se demoró unos instantes frente al espejo, mientras Angelina y yo la observábamos inmóviles. Le vi en los ojos la mirada primitiva e inocente de un animal que espera el gesto bueno, que aguarda a su salvador. Levantó la mano derecha, sacudida por un temblor incesante, y la llevó a la altura del rostro. La apretó fuerte con la otra mano para que el movimiento cesara. En ese punto, se dio vuelta hacia nosotras, aunque los ojos parecían ausentes, fijos en un punto indefinido. Cuando se posaron sobre mí, los sentí líquidos y perdidos. No olvidaría nunca más esa mirada. Fue como si en ese instante, y solamente en ese instante, hubiera percibido hasta el fondo la sustancia de lo que había sucedido esa noche. Y que nada, a partir de ese momento, sería nunca más lo mismo.
—Vistámonos, niñas —dijo luego. Su voz llegó como una frase sepultada.
Con gestos cautos se puso una túnica negra y nos vistió. Lo hizo con cuidado, como si fuéramos a ir a la misa del domingo. Salimos de casa cuando ya era el alba. Tuve la sensación de que ninguna de las casas que cruzábamos a lo largo del recorrido fuera ya la misma. Observaba las puertas y ventanas minúsculas, los techos a medida sin saledizo. Caminamos hacia el centro del pueblo. Un breve trecho en subida y luego siempre derecho hacia ese punto donde las casas se hacían densas y donde de las lajas grandes y lisas aparecían cochinillas del higo, cuyas ramas infectan las piedras redondas del camino.
Nos detuvimos solo cuando llegamos a la iglesia. Mamá se arrodilló frente a la imagen de la Virgen de las Nieves. Hizo la señal de la cruz y permaneció así, con las manos en plegaria y los ojos fijos en el rostro de la Virgen.
Fijé también los ojos. Recé para que papá volviera vivo y la guerra terminara. Quizá tenía razón mamá: era la guerra la que transformaba a las personas. Me pregunté solamente si las cosas volverían a ser como antes alguna vez. Si se nos concedería todavía el derecho a la felicidad.
Una se puede recuperar de cualquier cosa, si la vida te obliga. La piel se regenera, repara el daño causado, del dolor no se tiene más memoria. El recuerdo permanece más bien como advertencia.
Afuera el viento se había vuelto fuertísimo y el calor asfixiante. Cuando salimos, las narinas se abrieron a bocanadas de orina, de carroña abandonada en el umbral del camino, al que se unían las fragancias perfumadas de pan recién horneado. Caminaba como una muñeca apática. Apretaba la mano de mamá, esperando que ese apretujón pudiera bastar para eliminar los signos de ese dolor queridísimo que me pesaba sobre el pecho como una lápida.
Era fines de 1943. Los uniformes relucientes de los americanos se mezclaban con las faldas largas de las viejas y los pantalones cortos desgastados de los niños.
Un soldado todo negro nos dio dos barritas de chocolate.
—Acéptenlas, niñas. Tómenlas, por favor —nos dijo mamá.
Angelina y yo las comimos con voracidad.
—Toma, mamá —Angelina y yo le dimos un pedazo cada una.
Ella masticó muy despacio, como si su cuerpo hubiera perdido la memoria de los gestos más simples.
El soldado nos sonrió y nos guiñó el ojo. Tenía dientes grandes y blanquísimos y, aunque negro, su rostro era perfecto, liso como el de un muñequito. Puso las manos sobre las rodillas cuando estaba inclinado hacia nosotras y miró a su alrededor.
Clavaba la mirada en ese fragmento de mundo blanco en el que las manchas negras de las mujeres se movían con las bolsas en la mano y los mocosos pegados a las rodillas.
Suspiró y luego no miró de nuevo: “Good luck —dijo de repente—. Buena suerte”, repitió acentuando de modo extraño la t.
Angelina sonrió, mientras buscaba imitar el augurio en la lengua del soldado.
“Good luck”, dijo una vez más retomando su camino.
Pulsuz fraqment bitdi.