Kitabı oxu: «La reina que dio calabazas al caballero de la armadura oxidada»
© Rosetta Forner Veral, 2004.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO317
ISBN: 978-84-9006-790-1
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Prólogo. Caballero oxidado, caballero muerto
Primera parte: la historia
1. La reina que mandó a paseo a un caballero de armadura demasiado oxidada
2. Regreso al pasado
3. La vida en el reino maldito
4. La guerra de los miedos
5. La liberación de la reina
6. Pesadillas nocturnas
7. El arte de dar calabazas a un caballero de armadura demasiado oxidada
8. Y de ser reina, ¿qué?
9. El rey que asumió la responsabilidad de las calabazas que le dio la reina
10. Cuando las calabazas se convierten en carrozas mágicas
Epílogo regio. Una reina montada en su calabaza mágica
Proceso intermedio: cómo cocinar las calabazas
Cocinando calabazas
Segunda parte: la realidad. ¿De verdad creíste que el caballero iba a volver?
1. En espera de que suceda un milagro
2. ¿Qué hace una reina cuando abre la puerta a su destino?
3. Reinas del mundo: ya es hora de que os pongáis en pie y os coloquéis la corona
4. La reina con la corona bien puesta
5. El manifiesto de una reina
6. Aún hay esperanza
7. Sueños reales. Reales sueños
8. La reina y su rey
A modo de despedida: poema real
Poesía de sueños
Tercera parte: coaching regio
1. Coaching regio: de reina a reina
2. Coaching regio para hombres que quieren descubrir al rey que llevan dentro
Epílogo
Notas
Prólogo
CABALLERO OXIDADO, CABALLERO MUERTO
Érase una vez un reino en el que los caballeros presumían de tener armaduras oxidadas y sus damiselas se resignaban a ser conquistadas por ellos. Un reino en el que los padres enseñaban a sus hijos qué hacer para que las corazas brillantes con las que venían al mundo fueran adquiriendo esa pátina de óxido que da nobleza. Un lugar, a su vez, en el que las madres enseñaban a sus hijas a ver el lado bueno de la herrumbre y a no dejarse seducir por los brillos metálicos de gentilhombres presuntuosos. Y así, contra todo pronóstico, la moda de aquel remoto, remotísimo reino, se extendió más allá de sus límites naturales.
Su modo de ver las cosas traspasó ríos y montañas. Reinos en los que los caballeros limpiaban a diario sus armaduras, batiéndose en justa lid con enemigos feroces a causa de sus princesas o por el honor de vencer imposibles, terminaron por aceptar aquella tendencia venida del extranjero, sucumbiendo a su opaco fulgor.
Fue una conquista silenciosa, extraña, que jamás requirió combate alguno. Si alguna vez un caballero de armadura reluciente tropezaba con otro oxidado, el último terminaba por convencerle de la comodidad de la vida fácil sin si quiera desenvainar su espada. «¿Para qué lustras tu coraza si la herrumbre le da tanta solera?», decían. Y así, aquellas armaduras pardas fueron ganando terreno lenta pero implacablemente.
Pero ocurrió algo todavía más extraño: los fieros dragones que en otro tiempo se enfrentaban a los caballeros resplandecientes, terminaron acostumbrándose a aquellos nuevos guerreros de sangre tibia, que jamás les plantaban cara. Los monstruos perdieron interés por secuestrar a las damiselas, muchas de las cuales morían de pena sin ser reclamadas jamás, y aquellas gestas poderosas que un día ilustraron los cantares de trovadores y clérigos terminaron borrándose de la memoria de aquel reino.
Un día, sin embargo, cuando los oxidados descansaban de su falta de trabajo bajo unos árboles frondosos, llegó alguien de un mundo no tocado por la herrumbre. Era una reina hermosa, de gran carácter, dispuesta a no permitir caballeros herrumbrosos a su vera. Aquella reina sagaz se dio cuenta de que el óxido de las armas de aquellos gañanes era el reflejo de la decadencia sentimental de los hombres. Varones otrora entregados a la fuerza del mito, al valor de la lucha por ideales, languidecían inexplicablemente en sus casas, tumbados en el sofá. Lo peor era que sin armadura a punto, tampoco había Griales que buscar, dragones o miedos internos que vencer, ni Avalones o altas metas a los que dirigirse.
Lo que la reina descubrió fue terrible: ¡Ese reino de oxidados somos nosotros!
En efecto. Somos una sociedad que ha perdido el gusto por el sendero iniciático, por la preparación paso a paso para enfrentarse a la vida, que cree que los dragones nacen envasados en tetrabriks y que las princesas sólo existen en los cuentos de Disney. Sólo algo me reconforta: que, por suerte, ese reino desencantado, cansino, se encuentra ya en su lecho de muerte. Una muerte que será real, dura, implacable, y que acabará en breve con millones de oxidados.
¿Por qué estoy tan seguro? Porque a nuestras librerías llegan cada vez más obras como ésta. Escritos de reinas como Rosetta Forner que nos devuelven el gusto por el mito, por las altas empresas, por la búsqueda del amor en mayúsculas. Y porque, de un tiempo a esta parte, los nuevos caballeros leen Harry Potter o El señor de los anillos, devoran novelas de intriga mágica y, en su fuero interno, ya disfrutan del lado trascendente y glorioso de la vida. El único, por cierto, que acabará −y pronto− con el funesto reino de los oxidados.
Requiescat in pacem.
JAVIER SIERRA[1]
PRIMERA PARTE
LA HISTORIA
Detrás de toda reina existe una historia con su punto de fantasía y de vivencias que querrían ostentar el rango de olvidables, de amores que nacieron limpios y luego extraviaron el sentido, de noches de sueño ausente, de besos que nos hicieron creer que el amor era posible y de sentimientos que un día pudieron ser auténticos.
Detrás de toda reina hay una historia de corazón inocente y corona desconocida.
Detrás de toda reina hay un sueño de búsqueda eterna por cuya consecución es capaz hasta de empeñar la corona y enfrentarse a los demonios más oscuros.
Detrás de toda reina hay una historia confesable de amor perdido, traicionado, hallado, soñado, sentido, ignorado y aprendido.
Dentro de toda reina existe un alma fuerte que arriesga todo con tal de vivir su vida y alcanzar el destino de su corona.
1
LA REINA QUE MANDÓ A PASEO A UN CABALLERO DE ARMADURA DEMASIADO OXIDADA
Érase una vez un reino en el que, para ser reina, había que ganárselo. Por ello, aunque no todas las mujeres fuesen reinas, cierto era que podían llegar a serlo algún día si se aplicaban a ello.
Había en este reino una mujer que ya lo era: una hermosa reina que, para su desgracia, estaba hasta la coronilla de que su esposo anduviera enfundado en una armadura que, en realidad, estaba oxidada. Porque, para qué negarlo: estaba absolutamente oxidada.
Y, ¿por qué estaba tan harta?
Sencillamente, porque le habían inculcado que tenía que aguantar: «Querida, los hombres son diferentes, tienen otros problemas, otras necesidades, y todo eso...», solían recitar las demás damas del reino al oído de su corona para mareársela un poco más, cual perdiz en la cazuela. Además le decían que tenía que ser buena y paciente, que debía tomarse las cosas con filosofía oriental... Que viene a ser lo mismo que darle una y mil oportunidades al bobalicón del marido... Y ella se rebelaba contra lo que le habían enseñado, pues sus ideas genuinas y auténticas pugnaban por salir y cantarle al mundo las cuarenta... ¡Y tantas!
¿Siempre había sido así?
Por supuesto que no.
Antes de que su marido entrase en crisis y se dedicase a salvar, a diestro y siniestro, damiselas y caballeros en apuros que nunca habían querido ser rescatados por una armadura, el caballero era gentil, educado y emocionalmente asequible. Pero eso era antes de que le diesen aquel cargo tan importante en el equipo de las cruzadas. Se llenó de orgullo y vanidad por ser caballero de rango supremo −era adjunto al general de más rango−. Y le gustaba aquello de rescatar a gente en apuros. Tanto gusto le tomó que, aunque no estuviese involucrado en misión alguna, allá iba él a rescatar a alguien... Y más si se trataba de una damisela.
La reina no era una doncella tonta ni sufrida, ni se consideraba a sí misma una víctima que estuviese en el mundo para penar y aguantar. Ella no había nacido para soportar a nadie en semejante fiasco de armadura. Cierto era que ella amaba el corazón del guerrero que habitaba debajo de tantas y tantas capas de olvido de sí mismo, pero aquel amor no le impedía ser sensata, cuerda y práctica, con lo que ella siempre optaría por sí misma y no por él. Por consiguiente, si él quería malgastar su vida en naderías, allá él...
Muchas mujeres del reino (mujeres, que no reinas, pues no es lo mismo, ya que toda mujer no es reina necesariamente, ya se sabe: ha de ganarse el título) le decían, a modo de consejo no solicitado, que haría bien en intentar ayudarle, comprenderle, amarle y aceptarle tal como era... Al fin y al cabo era su esposo y se había casado con él «para las duras y las maduras». Por ello debía apoyarle y, sobre todo, aguantarle.
Pero ella, que sí era una reina, las miraba de hito en hito, y se decía a sí misma que prefería el destierro antes que hacer lo que aquellas mujeres se hacían a sí mismas. Y es que aquellas mujeres habían adoptado estrategias varias: empinar el codo, salir de marcha sin parar y sin rumbo fijo, comer todo lo que se les ponía a tiro de mandíbula, trabajar como esclavas en plantaciones de algodón donde no había algodón, tener amante −que equivale a poner un parche que no parchea nada, dicha sea la verdad−, sacarle humo a la tarjeta de crédito, hacerse la cirugía estética, rescatar a su vez a propios y extraños, y un sinfín de despropósitos a su estima y dignidad.
Ella, una reina, estaba hasta la corona de obligarse a sí misma a seguir con aquel caballero de oxidada armadura tan sólo porque un día se hubiese enamorado de él y hubiese decidido unir su destino al suyo.
Toda decisión puede ser rectificada.
Toda decisión puede ser divorciada.
Y ella estaba decidida a divorciarse de aquel caballero que cada día se sumergía más y más en su armadura. Evidentemente, este tipo de ideas que albergaba la reina no eran habituales ni usuales en la sociedad en la que ella vivía. Y no lo eran porque a los seres humanos de su reino se les antojaba pecaminoso desdecirse de la decisión que uno había tomado. Y, por pecaminoso, entendían «miedo a enfrentar una verdad, teniendo por ello que tomar la decisión de dejar lo conocido y enfrentarse a lo desconocido, al vacío de un futuro incierto». Mucha gente le comentaba que lanzarse sin saber si el paracaídas iba a abrirse o no era ciertamente arriesgado. ¡Demasiado arriesgado! Es más, una vez hecha la elección y establecido el reino, era de insensatos tirar por la borda todo lo construido, todos los esfuerzos empleados en desarrollar y consolidar una relación. Pero a nuestra reina no le importaba lo más mínimo el miedo, ya que ella era valiente y plena de coraje, por lo que no consideraba que divorciarse fuese «certificar el fracaso de una relación» ni tirar nada por la borda. Es como si uno cocina un plato y después se da cuenta de que ha usado calamares en mal estado... Lo sensato sería tirarlo a la basura y punto. Y, normalmente eso es lo que se suele hacer. Sin embargo, en cuestiones del corazón muchas personas proceden al contrario: se lo comen sin importar el daño que infligen a su psique, a su corazón y a su alma.
Recuerda: la pérdida de los instintos salvajes conlleva el envenenamiento del corazón primigenio.
¿Por qué aguantar?
No había razón alguna que justificase aguantar a alguien que se había empecinado en hacer de su vida un fiasco de idas y venidas sin sentido. Ella era un ser completo por sí misma y no necesitaba la presencia del caballero en su vida. Al menos, no un caballero en semejantes condiciones emocionales y psicológicas. Ella deseaba compartir su vida con un caballero de abierta alma y elegante corazón, alguien que la arropase en noches de frío invierno y pudiese darle cobijo en sus brazos de alma abierta, sin temor a amar y manifestar sus sentimientos. Ella quería a alguien que no se enfundase una armadura para poder vivir su vida.
La reina creyó que un verdadero caballero nunca tendría necesidad de vestir armadura alguna. A decir verdad, en aquella época de su vida nuestra reina desconocía la existencia de armaduras demasiado oxidadas, ya que aún no se había dado de bruces con la asunción e introspección de la realidad que se alcanza, por regla general, con el paso de los años y los coscorrones vitales. Y, dado que le amaba, se casó con él. Pero con los años, la realidad de las armaduras demasiado oxidadas les alcanzó, ya que él, el caballero esposo de nuestra reina, decidió ponerse la armadura para eludir sus demonios interiores, ciertamente duros de pelar porque eran emocionales. Se trataba de problemas que provenían de su infancia (espacio en el que suele hallarse el origen de nuestros males de adultos). Ahora bien, la razón por la cual decidimos construir armaduras en las que escondernos de nosotros mismos en vez de enfrentarnos abiertamente a los desconciertos vitales, es para huir de nuestros miedos, ya que pensamos que así estaremos a salvo. Sin embargo, no es posible esconderse dentro de una armadura puesto que, por paradójico que parezca, allí ni siquiera hay sitio para uno mismo.
Por eso, la reina, ante semejante armadura asfixiante del alma, decidió pedir el divorcio al caballero de armadura demasiado oxidada y estrecha. Ella, a diferencia de su esposo, sí se arremangó, se colocó la corona y se enfrentó a los demonios del pasado. Ella, como reina que era, no huía, sino que plantaba cara.
2
REGRESO AL PASADO
Cuando él no tenía aún armadura −que luego se oxidaría, no lo olvidemos−, y era todavía un caballero en toda la extensión de la palabra.
Érase una vez dos seres de cándido corazón y abierta esperanza a conocer al amor de su vida. Un día quiso el destino que ambos se encontrasen en una fiesta, y desde el instante en que se vieron supieron que querrían pasar el resto de sus días juntos. El amor brotó en su alma casi al instante de conocerse, de mirarse a los ojos. Ella se quedó embelesada por su propio presentimiento, pues una premonición cruzó cual estrella fugaz su espacio interior: «Con este hombre te casarás», le susurró una voz. Y ella sonrió a su destino.
Por su parte, él andaba metido en una relación para «pasar el rato», y cuando la vio supo que tenía ante sí a «la mujer de su vida», y así se lo dio a entender. Ella era un sueño hecho realidad. Toda su vida había aspirado a una mujer como ella: bella en su exterior y mágica en su interior. Una mujer de alma hermosa y cerebro inteligente cuya luz le fascinó, pues inmediatamente se dio cuenta de que tenía ante sí a una reina. Y, él, que se consideraba a sí mismo un caballero de gran nobleza, decidió que aquella reina sería suya. Exacto: ¡Para él y para nadie más en este mundo! No quería dejar escapar semejante oportunidad del destino. No quería que nadie le robase la magia que aleteaba en las alas de aquella reina, porque estaba hasta las espadas de toparse con damiselas de alma vacía y corazón estrecho que sólo sabían dejarse llevar y rescatar. Y, cuando ya creía que jamás podría hallar semejante maravilla, el destino la trajo hasta su puerta de la mano de un colega (otro caballero que había ido de viaje a otras tierras en las cuales había conocido a aquella reina de elevadas alas).
¡Ah! Lo olvidaba. El otro caballero, que no era tan caballero, se mosqueó sobremanera cuando la reina se fijó en su amigo. Le entraron muchos celos y quiso boicotear la relación de ambos, pero el destino no lo permitió y le sacó a puntapiés de su vida. Un caballero jamás desea a la reina de otro, ni siente celos ni idea estrategias para ponerles en contra o hacerles enfadar, ni busca otras triquiñuelas con las que conspirar para malograr la relación.
Nuestro caballero, al que llamaremos Sir Ramplón de Librogrande, era de rango intelectual elevado, por lo que formaba parte de un club cuyos miembros se caracterizaban por idear estrategias para las guerras y cruzadas. En verdad eran inteligentes, pero no sabios, pues en ellos faltaba el corazón, y ya se sabe que sin corazón un guerrero se queda en lo intelectual, sólo es mente, y acaba por ser un simple guerrero «enfadado y malhumorado» que dispensa violencia en forma de ideas y dogmas fríos. En el fondo, a todos les gustaba ser amados pero no se lo querían confesar a sí mismos.
El caballero encontró a su corazón bajo la apariencia de una reina. Durante mucho tiempo estuvo embelesado mirándose en ese amor que la reina le prodigaba. Y fue feliz como nunca lo había sido en su vida. No podía vivir sin ella ni lo quería. Ella había dado sentido a su vida, a su mente y a sus despertares. Vivir con ella el resto de su vida era lo que más deseaba en este mundo, y por eso hizo lo que hizo: casarse con ella. Ahora bien, paralelamente a su historia de amor con la reina, existía su historia de club de caballeros. Y, como los demás tenían el corazón ciertamente congelado, los consejos que le daban eran fríos como el hielo. Es más, no podían soportar que el caballero tuviese a una reina en su vida, ni que fuese feliz con ella, ni que ella le amase tanto como le amaba, y que encima fuese guapa, inteligente y elegante. No podían admitir que hubiese un caballero en el club que tuviese una vida amorosa feliz y satisfactoria, pues eso era atentar contra las buenas costumbres y normas de la vida de caballero de armadura demasiado oxidada.
Ellos sentían con la razón y no se dejaban dominar por las nimiedades del corazón. «El cerebro manda, y punto», decían. «Cuando uno no se guía por la mente, la razón y el análisis, acaba por desviarse del camino, con lo que sus logros profesionales se ven mermados y contaminados por la sensiblería del corazón. Si uno aspira a ser un caballero de pro, ha de dejar de lado las emociones.» Y así se lo explicaron al caballero.
Tengo que contar, en honor a la verdad, que si pudieron contaminarle fue porque en él existía un caldo de cultivo que lo propició. Por ello, la labor de desajuste emocional prosperó y acabó por arraigar en el corazón del caballero, siendo así como Sir Ramplón de Librogrande finalmente terminó por enfundarse la misma armadura que los demás: una armadura oxidada, símbolo del club de caballeros que huyen de su corazón y del dolor de las experiencias emocionales de su infancia...
La infancia de nuestro caballero no fue patética, simplemente tuvo como modelo de madre a una mujer de alma resentida.
¿Por qué tenía el alma resentida?
Sencillamente, porque se había sentido obligada a casarse y a proseguir con un matrimonio que resultó ser un fiasco para su corazón. Su madre era una mujer independiente que se ganaba las habichuelas por su cuenta, con grandes dones y capacidades para triunfar como mujer y como ser humano; en fin, para ser una reina. Pero, dado que ella daba más importancia a las normas imperantes en la sociedad y familia en la que vivía, dejó de lado sus propias creencias y se obligó a sí misma (esto nunca se lo confesó ni lo admitió) a casarse con un hombre que creyó caballero pero que, en verdad, andaba muy perdido en una armadura que estaba oxidada hasta las tuercas. Esto generó un resentimiento de tres pares de... ¡zapatones! Tanto la madre como las hermanas de nuestro caballero andaban muy enfadadas con la vida, razón por la cual se sentían minusvaloradas y vilipendiadas por el hecho de ser mujeres, y proyectaban toda su rabia y resentimiento contra los hombres. Es más −y esto es lo más triste de todo−, no soportaban a una mujer triunfadora y feliz. ¡Ah! Y dado que nuestra reina lo era, arremetieron contra ella y... ¡contra él! Trataron de hacerles la relación imposible.
Evidentemente, si el corazón del caballero no hubiese estado sembrado de dudas, sombras y rencores ajenos, hubiese resistido el embate y hubiese salido a defender su reino, su amor y su relación con la reina. Pero su realidad interior le llevó a hacer todo lo contrario: arremeter contra la reina. De pronto pasó a tener celos de ella.
Todo el amor que sentía por ella se contaminó de dudas, y la luz que antaño le deslumbrara y quisiese para sí, pasó a ser empañada por los celos de la inseguridad. Se sentía desamparado, y no sabía por qué.
La razón era bien simple: le había pegado una patada a sus sentimientos y éstos, al irse, le habían dejado un profundo hueco. Pero en su desamparo no atendió a razones y comenzó a acusar a la reina de ser la causante de sus males y a exigirle que le reparase la maltrecha armadura.
Otro caballero de elegante porte y sabia mente le comentó a la reina que ella no era culpable de nada de lo que le ocurría al caballero, su marido. Sencillamente, él tenía asuntos internos por resolver. Dicho en lenguaje un poco psicoanalítico: «Tenía que enfrentarse a dragones interiores cuyo origen se remontaba a la infancia». También le dijo: «Verás, la relación amorosa, convivencia y matrimonio es la relación más íntima que existe, y nos pone frente a frente con nuestras sombras más temidas y odiadas. Y, ante ello, uno tiene dos opciones, a saber: enfrentarse con los dragones existenciales cogiéndoles por los kinders o proyectárselos a la pareja, que es ni más ni menos lo que él está haciendo contigo».
La reina se sentía muy triste, pues el caballero no quería asumir la responsabilidad sobre su propia vida y prefería echarle toda la basura a ella tachándola de poco femenina, arrogante y deslenguada. La misma reina que un día le había enamorado por su luz tan excelsa y bella era ahora una bruja a la que insultar y odiar. Y todo porque él no había podido apropiarse de unas maravillosas cualidades que ella tenía y, en cambio, a él le faltaban.
Amar a otro no implica transferencia de genialidades.
Pero él no quería verlo así, y por ello decidió abrazarla cada mañana con sus celos.
Trató de hacerle la vida imposible para intentar que ella se deshiciese de su luz y, al menos, los dos quedasen en igualdad de condiciones y conviviesen desde sendas armaduras... Pero no unas armaduras relucientes, creativas y positivas (que no por ello dejan de ser armaduras...), sino unas sucias y terriblemente oxidadas.
Tanto trató de hacerle la vida insoportable que, cada mañana, al despertar, y cada noche, al ir a dormir, le recitaba un mantra destructor de la dignidad más sólida y minador de la moral más elevada. Sir Ramplón de Librogrande se afanó en desestabilizar los cimientos de la psique de la reina cual terremoto en su escala máxima, haciendo de ello su cruzada vital y, no contento con mancillar su espacio vital, se dedicó, a su vez, a ensuciar la imagen de la reina, haciéndoles creer a los demás (incluida su familia) que ella era una marimandona, soberbia y celosa que le tenía amedrentado y no le permitía salir del castillo ni tan siquiera para visitar a sus parientes cuando le necesitaban.
A todo este «tinglado conspirador» ahora se le conoce como «acoso psicológico», pero en aquella época de cruzadas, caballeros, damiselas y reinas... ¡Eso era desconocido! A casi nadie se le ocurrió dudar que la historia fuese poco menos que una farsa envenenada propia de una armadura oxidada hasta las tuercas de las tuercas. Consecuentemente, todos murmuraban a escondidas, compadeciendo al caballero de armadura demasiado oxidada por la ruin mujer que le había tocado en suerte como esposa.
«Pobre, con lo bueno que eres no te mereces semejante bruja de esposa», leyó un día la reina en una carta que cierta damisela de diadema muy floja le había escrito a su marido.
Dediquemos un momento a analizar este comentario bienintencionado que una mujer −obviamente, damisela de diadema floja−, hace a propósito de la esposa de un caballero al que quiere «caerle bien», que es lo mismo que decir «ante quien querría ganar puntos o el favor de su armadura».
¿Por qué querría hacer esto?
Sencillamente porque, en el pasado, se interesó por el caballero, pero éste la rechazó indirectamente al escoger a otra por esposa. Por consiguiente, la rechazada aprovechará la más mínima ocasión de desliz matrimonial para meter cizaña en contra de la elegida. Compadecerá al caballero con la podrida intención de generarle más zozobra y maldad en su corazón de forma que odie un poquito más a la reina o dama que tiene por esposa y, así, abrirse paso hasta su corazón.
«¡Qué barbaridad!», estarás pensando.
Bueno... No sé si es barbaridad o no. Pero lo qué si que sé es que esto sucede, y a veces con demasiada frecuencia. Suele tratarse de una táctica muy utilizada por damiselas de diadema floja para demostrar al caballero de turno que ellas son mejores.
¡Oh!
Ya ves.
Por consiguiente, una damisela de diadema floja decide aprovechar la coyuntura desastre-amoroso-matrimonial para ganarse el favor de un caballero mostrándole lo buena, considerada, compasiva, comprensiva y generosa de corazón que ella es. A diferencia de la esposa, ella «nunca le haría una cosa así».
Absolutamente cierto, ella nunca haría lo que la reina hace: ¡Decir la verdad a su esposo!
Damiselas de diademas flojas haberlas haylas, y reinas también.
De todos es sabido que las damiselas (no las reinas) gustan de utilizar trucos malabares para desprestigiar a otra dama delante de un caballero, tratándola de algo en lo que precisamente ellas son las expertas, pero cuya zona oscura disimulan muy requetebién.
¿Sólo las damiselas de diadema floja exhiben comportamientos tan deleznables?
¡No! ¡Por favor, no seamos misóginos!
La realidad: caballeros de armadura oxidada y damiselas de diadema floja tienen muchas cosas en común, y una de ellas es la poca honestidad de las estratagemas que utilizan para ganarse la atención, el favor o el privilegio del otro. De todos es sabido que el estilo de competición de muchos seres humanos es el de igualar hacia abajo, esto es, superar o vencer al contrincante a base de desprestigiarle o negarle cierta cualidad.
Ya dijimos que otro caballero (no tan caballero, por cierto), pretendió meter cizaña entre nuestro protagonista y la reina cuando estos se conocieron.
Dejémoslo, pues, en que dichos comportamientos ponzoñosos son propios de caballeros de armaduras muy oxidadas y de damiselas de floja diadema y oscurecida alma. Pues la maldad no es patrimonio de un sexo, sino de ambos, aunque ciertas estrategias sean más usadas por un bando que por el otro.
«¡Pardiez! Podrían ambos usar la verdad y la dignidad para exhibir sus almas», pensarás.
¡Oh!, eso sólo lo hacen las reinas y los reyes de verdad.
Pero eso es otra historia que, ahora, aún nos queda lejana.