Kitabı oxu: «Opiniones»
Rubén Darío
Opiniones

Publicado por Good Press, 2019
EAN 4057664182449
Índice
GORKI
EL POETA LEÓN XIII
LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA
UN CISMA EN FRANCIA
LAS TINIEBLAS ENEMIGAS
ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS
A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES
NIÑAS-PRODIGIOS...
ROSTAND, O LA FELICIDAD
LA PRENSA FRANCESA
I Los diarios.
II Las revistas.
LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO
EL ESCULTOR ARGENTINO IRURTIA
CLÉSINGER Y SU OBRA
MISS ISADORA DUNCAN
REMY DE GOURMONT
HENRI DE GROUX
LO QUE QUEDA DE HEREDIA
NUEVOS POETAS DE ESPAÑA
EN ASTURIAS
I Desilusión del milagro.
II A la orilla del mar.
III San Telmo.
IV San Telmo se porta bien.
V Un eclipse.
GORKI
Índice
E aquí un autor cuya boga es ciertamente justa; este ruso que viene después de Gogol, después de Turgueneff, después de Tolstoï, después de Dostoieuski. Su nombre, recién descubierto, resuena y va hoy por toda la tierra civilizada, de otro modo que las recientes importaciones polacas, ya en baja en la moda y en las librerías. Este autor es un exótico y un sincero. Los críticos franceses se quejan del imperio del exotismo, del triunfo de tantos nombres extranjeros en el público francés. La razón de la preferencia por tantas obras de otras naciones, es clara. El público de Francia está sujeto desde hace mucho tiempo a una alimentación intelectual especial, que equivale a la cocina nacional; platos exquisitos, demasiado bien hechos, muy pimentados y perfumados de la trufa gala; pastelería de gastados o de gentes de demasiado alegre vivir, en que se llega hasta el gateaux a base de kola. Es el reino de lo artificial. Cuando se importa un buen plato fortificante y natural—las gentes del Norte los tienen muy buenos—, los consumidores se regocijan y agotan el artículo. Así los beefsteacks de reno de Ibsen, o los rostbeefs de oso de Tolstoï. Otra cosa son las en extremo comerciales ensaladas de Sienckiewicz y compañía.
Siguiendo en comparaciones suculentas, diré que lo que trae Máximo Gorki es alimento fuerte y nutritivo; solamente semejante a una olorosa barbacoa, o a una carne con cuero, o asado al asador—tanto la estepa está en correspondencia fraternal con la Pampa—. La estepa sería la hermana pálida.
Gorki es una voz que clama en la estepa; y el mundo le escucha porque ha tenido la suerte de llegar en buena hora. Gorki es lengua de pueblo, y se hace oir con el aliento de todo un vasto pueblo; y como es hondamente humano, su palabra es comprendida por toda la pensativa humanidad. Es vasto pensador brotado entre las muchedumbres como un alto pino en una floresta. Observa en el mundo que ha rozado gestos y enigmas. Su espíritu es el espejo baconiano: speculumm quoddam incaotatum plenum spectris et visionibus. Su obra, que está repleta de vida, se siente, por lo tanto, llena de misterio. Es uno de esos autores, muy raros por cierto, que hacen comprender la divina afirmación de Shakespeare sobre las muchas cosas que hay en la tierra y en el cielo incomprensibles para nuestra filosofía. Es una alma inmensa que ha recogido y anotado los gritos, las violencias y los sueños de sus hermanos que sufren y caen. Es el San Juan de Dios de los malditos. Con todo esto, naturalmente, comprenderéis que no se trata de un literato. No es «el distinguido escritor», ni «el eminente novelista», ni «el célebre hombre de letras». En efecto, se trata de un atorrante.
Entendámonos. Un atorrante argentino, un tramp inglés o norteamericano, un gueux francés; es el feliz filósofo del arroyo, el príncipe de la miseria, el hermano de los perros, el abandonado que abandona, el ser a quien nada preocupa y nada estorba. Gorki no ha sido, pues, un atorrante; pero ha vivido la vida de un atorrante, de los tristes, de los pobres, de los hambrientos que en la horrible miseria rusa mascan tinieblas y beben aguardiente, el veneno nacional; luego, la vida de los obreros, peor por otros motivos que la de los vagabundos; y en esa enorme nación, cuasi oriental, en que ha nacido y sufrido, ha sentido las palpitaciones y los suspiros de las masas pasivas, las manifestaciones de esa enigmática alma rusa, tan propicia a la visión y al misticismo, entre las labradas arquitecturas, sobre el país extensísimo y frío, y bajo la opresión de un Gobierno semiteocrático, y de una vida social abrumadora, extraña a la piedad, en un ambiente de fatalismo. Gorki trata asuntos que otros escritores rusos han tratado, y tiene algunas veces semejanza con ellos, con Korolenko, por ejemplo, o con Tolstoï; pero tiene más verdad que todos, puesto que extrae de su propia carne, de su propia experiencia; ha escrito «con sangre», como diría el gran loco del Zarathustra. En cuanto a Tolstoï, un escritor de la penetración de Rachilde, dice con razón: «El conde Tolstoï es un gran señor incapaz de juzgar las cosas de otra manera que desde lo alto. Gorki, que casualmente ha visto de cerca la existencia misma de ciertos rusos, dice verdades, pero no echa su maldición a nadie... porque los verdaderos filósofos saben que es inútil maldecir o bendecir. Tolstoï puede muy bien ser un loco. Gorki es ciertamente un cuerdo, y, sobre todo, un poeta ebrio de la naturaleza antes que de fanatismo.»
Gorki es joven. Desde sus primeros años ha sabido lo que es la lucha por la vida, por el simple pan, en la tierra de la miseria y de la nieve. Ha podido observar todos los egoísmos y todas las infamias, y si no se contaminó, fué por exceso de virtud natural; virtud, fuerza, valor. Si no hubiese sido un intelectual genial, sería un gran bandido. La mano del diablo de su suerte le puso todos los malos pasos a la vista, todas las trampas para hacerle caer: necesidad, mal ejemplo, injusticia, medio corrompido y alcohol... De todo triunfó el arcángel triste que lleva adentro. Imaginaos un adolescente casi, lleno de sueños, con un enorme corazón sensitivo y una admirable comprensión de las cosas y de los hombres, obligado por la más dura pobreza a trabajar en los más ásperos oficios y a comunicarse tan solamente con obreros esclavizados, con pobres viciosos; a padecer la crueldad y la malignidad de los capataces y de los patronos, panadero, herrero, vendedor ambulante, buhonero, y a encontrarse a cada paso con el crimen, con el asesinato, con el robo; y al mismo tiempo a comprender cómo la mayor parte de los criminales eran principalmente obra del medio, víctimas ellos mismos del daño ambiente. Así creció, así aprendió a leer y a escribir; así surgió de pronto un colosal revelador de lados desconocidos y profundos del alma eslava, con un verbo claro y neto, como los hechos, sin afeites de estilo; pero fotógrafo maravilloso, que deja ver lo interior de las cosas, algo como los rayos X de la escritura; y desprendiéndose de sus imágenes sorprendentes un vapor de luz piadosa, un noble amor humano y un respeto por lo desconocido, por el grave misterio en que vamos a tientas. Dios aparece, se hace presente, en lo vago, aunque no se nombre a menudo, como en otras obras rusas en que los ímpetus místicos de esa gigantesca raza pueril se muestran frecuentemente entre el sufrimiento y el miedo. Mas surgen a cada paso las que él llama «las grandes y perturbadoras cuestiones que se abren como abismos ante la razón humana y lo llevan irresistiblemente hacia las tinieblas». El no asegura «esto es» ni «esto no es». No tiene necesidad de las enseñanzas del pope, ni hace su oración ante la panagia; pero sabe, como todo verdadero meditativo, que en las manifestaciones de la naturaleza, y, sobre todo, en el hombre mismo, hay oculto un secreto que pugna por demostrarse, y que en la complicación de la existencia no hay un gesto inútil ni un movimiento que no tenga su razón. Por esto sus ideas de religión no se hacen decisivas hacia una afirmación teológica, ni caen en el escepticismo; y sus ideas de justicia están basadas en una moral superior, que sorprende en lo inexplicado y fatal la causa de los hechos, de manera que, en parte, la delincuencia es un mal cuya responsabilidad no recae toda en quien viene a ser como un grano de trigo bajo la piedra triturante de su destino. Una parte de la culpa no está entre los hombres.
Uno de sus principios es que algo de malo hay en todo hombre bueno, como algo de bueno hay en todo hombre malo; es la antigua dualidad, que lucha en el ser humano, elemento. La cordura de Gorki sabe que no debe nunca ser osado a sobrepasar la lógica categoría. Su temperamento singular obra adecuado en ese medio de su país, en que una especie de sonambulismo colectivo parece que se uniese, en las pasivas muchedumbres, a la oriental resignación de padecimientos seculares.
La organización social rusa ha herido con sus durezas y angulosidades la delicadeza del espíritu superior, nacido para otra existencia que la de la inacción y la esclavitud. Sus heridas sangran muy vivamente. «Precisa haber nacido—dice—en una sociedad civilizada para tener la paciencia de vivir en ella toda la vida y no sentir nunca el deseo de alejarse de esa esfera de convenciones penosas, de venenosas mentiras consagradas por el uso, de ambiciones enfermizas, de estrecho sectarismo, de diversas formas de falta de sinceridad; en una palabra, de toda la vanidad de vanidades que hiela el corazón, corrompe la inteligencia y con tan poca razón se llama la vida civilizada. He nacido y me he criado fuera de esta sociedad, y, por tal motivo, no puedo aceptar su cultura a fuertes dosis sin experimentar en seguida la necesidad de salir de su cuadro y olvidar las complicaciones múltiples, los refinamientos enfermizos de tal existencia.» Estamos lejos del sentimentalismo de Rousseau. Siguiendo los pasos de Gorki, a la orilla de los mares natales, o entre las isbas de la campaña, por las calles de las pequeñas ciudades, como a la entrada de las populosas, vemos, por fin, que entra en el país Anarquía. Va llevado por amor y por odio, las dos fuerzas que ritman los latidos de su inmenso corazón.
Su procedimiento es absolutamente sencillo. Ha visto, ha padecido, y cuenta con una lengua desnuda, pero señalada de gestos, de ademanes indicadores, iniciadores de hechos venideros o que traen reminiscencias de hechos pasados. Y aunque la humanidad rusa es verdaderamente especial, los signos son comprensibles y despiertan las correspondencias en cualquier otra raza o en cualquier otro rincón del mundo, en donde se sufra, se llore o se sueñe. Gorki no celebra ni levanta a sus labriegos, obreros pacientes o malignos, o sus vagabundos; pero les cubre con un velo de lástima, y si no los absuelve, como la naturaleza, indiferente, tampoco los condena. De pronto suele señalar en el corolario de una sucesión de acciones o en un hecho aislado los motivos cerebrales, las perversidades congénitas, y de acuerdo con esto, con la conciencia moderna, excusa la misma criminalidad. Todo aparece embebido en ese vapor de vodka que flota sobre el pueblo ruso, ese alcoholismo alucinante que ayuda a la eclosión de las malas fuerzas secretas en el silencio de las noches espectrales y llenas de misteriosa complicidad.
La naturaleza atrae a este genial intelecto con su encanto y su libertad salvaje, y sabe leer en ella, comprende más de un jeroglífico, pone el oído a más de una voz del más allá. Es una especie de Novalis ingenuo que ha caminado mucho tiempo teniendo hasta el pecho el lodo del camino de la vida, pero que ha sido sostenido por la gracia demiúrgica y por la mirada de las estrellas. Siente que las ideas entre las olas y el aire pierden su acritud y hasta la vida su valor. Ha tomado más de una vez consejos del ruido del mar, y se ha apaciguado su alma al soplo infinito. Y ha soportado las lecciones del vivir ayudado por la bondad del alma universal. Cuando alude a sucesos de su vida, cuando narra cosas dolorosas de su existencia, las tempestades que han golpeado su juventud, es de una simple elocuencia dominadora. Hay, entre otras, una anécdota en uno de sus cuentos que abre una puerta de claridad sobre su experiencia de bregas, de desconfianzas y de desconsuelos, en que sólo ha podido triunfar a fuerza de perseverancia, de labor y de valor. Narra su odisea con un príncipe georgiano, a quien por lástima tuvo que acompañar y alimentar, él, pobre obrero, en un viaje largo y miserable hasta Tifflis... «Le daba de comer, le explicaba los bellos sitios que viera, y recuerdo que una vez, habiéndole de Baktchisarai, le cité algunos versos de Puchkine. No le produjeron efecto alguno. «—¡Ah, versos...! Mejores son las canciones. Conocía yo a un georgiano, Mato Legeava, que sabía cantar... ¡Qué canciones! Gritaba mucho, mucho, parecía que le clavaran un puñal en la garganta. Mató a un posadero y le enviaron a Siberia...—» Cada vez que volvíamos a juntarnos perdía un poco más de su estima, y ni se tomaba la pena de disimularlo. Nuestros asuntos iban mal. Apenas podía ganar yo un rublo o un rublo y medio por semana, y esto era poco para dos. Las limosnas que recibía Charko no nos procuraban grandes ventajas. (El príncipe prefería mendigar a trabajar...) Su estómago era un abismo que todo lo sorbía: uvas, melones, pescado salado, pan, fruta seca. El abismo parecía crecer y exigir mayores ofrendas. Charko (el príncipe) me pedía que nos marcháramos de Crimea, diciendo que estábamos ya en otoño y que aún nos quedaba gran trecho que recorrer. Convine en ello. Salimos de Crimea y nos dirigimos a Teodocia, con objeto de ver si se ganaba algún dinero. Volvimos a mantenernos de fruta seca y de esperanzas. Veinte verstas más allá de Aluchta nos detuvimos para pasar la noche. Decidí a Charko a andar por la playa. El camino era más largo, pero yo quería respirar la brisa marina. Encendimos una hoguera y nos tendimos junto a ella. La noche era espléndida. El mar, de un verde obscuro, chocaba contra las rocas a nuestros pies, y el cielo, estrellado, callaba sobre nuestras cabezas. A nuestro alrededor suspiraban la maleza y las hojas de los árboles olorosos. Aparecía la luna. Un pájaro cantaba, y sus trinos resonaban en el aire, lleno del ruido dulce y acariciador de las ondas, y cuando este ruido hubo cesado oyóse el agudo chirrido de un insecto. Brillaba el fuego alegremente, parecido a un gran ramillete de flores rojas y amarillas. El vasto horizonte del agua estaba desierto, sin nubes el cielo, y yo, en el borde de la tierra, soñaba con lo infinito... Embriagado por la majestuosa belleza de la noche, me desvanecí en una maravillosa armonía de colores, sonidos y perfumes; el tímido sentimiento de una presencia augusta embargaba mi corazón, que con fuerza de un júbilo extraño cesó de latir... De repente Charko se echó a reir. «—¡Já, já! Vaya una cara que pones. ¡Pareces un carnero! ¡Já, Já!—» Me asusté como si un rayo hubiese caído junto a mí. Era peor. Sí, mucho peor.»
He citado ese pasaje porque encierra en sí mucha enseñanza, porque pone de manifiesto la imposibilidad de conciliación entre el intelectual y los elementos que desgraciadamente componen, tanto en Rusia como en el resto de la tierra, la joven aristocracia. Esto es lo que provoca lo que llama el Creador de valores nuevos, «la creciente del nihilismo».
El porvenir habla ya por mil signos; ese destino se anuncia por todas partes; para escuchar esa música del porvenir todos los oídos están atentos. «Nuestra civilización europea toda se agita desde hace largo tiempo bajo una presión que va hasta la tortura, una tensión que crece de diez en diez años, como si quisiera provocar una catástrofe: inquieta, violenta, precipitada; semejante a un río que quiere terminar su curso, que no refleja ya, que teme reflejar.» La filosofía de Gorki es un substrátum de experiencia. Su escuela ha sido la desgracia en la edad de la ilusión y del amor. Por eso él mismo cree y afirma: todos los hombres que luchan por la vida, que están presos en su lodo, son más filósofos que Schopenhauer, porque jamás una idea abstracta tomará una forma tan precisa como la que el dolor arranca de un cerebro. Este potente candoroso es un extranjero delante de los retóricos, delante de los arregladores de fórmulas y de palabras. «Estos se extasían—dice—para sostener su reputación de hombres que comprenden la belleza, y no porque sientan el encanto sin par de la gran madre, fuente de toda vida, manantial de fuerza.» En el descanso de los azares de su vida algunas grandes almas han comunicado con él a través de los libros.
No es un letrado, no es un leído, mucho menos un universitario; pero de cuando en cuando uno conoce, por una cita o por una comparación o reminiscencia, sus autores favoritos o los que han dejado alguna huella en su mente. Fuera de la literatura rusa se ve que ha leído a Shakespeare y a Cervantes, y a este último se nota que le ama, gracias al maravilloso Caballero, como Heine. Ha leído también a Swift, y debe haberle sabido áspero y fuerte como un trago de vodka. Mas su libro principal es mucho más vasto y más repleto de verdades. Hablando de un ingrato, dice:
«Me enseñó muchas cosas que no se hallan en los más abultados libros escritos por los sabios; porque la sabiduría de la vida es siempre más profunda y más amplia que la sabiduría de los hombres.»
Los libros de Gorki pueden parecer demasiado secos a los lectores de cosas bonitas, de libritos coquetos y sabrosos, hechos por desahogados diletantti o por industriales de la literatura; pueden aparecer inmorales a los hipócritas que se regodean con las peores obscenidades con tal que vayan disimuladas entre encajes de Francia o decoradas de estetismo italiano; pueden parecer absurdas a quienes van por el mundo como dormidos o privados por ingénita estupidez del don de comprensión y de meditación. El matrimonio Orloff es una obra maestra en todas partes; los cuentos de Gorki son diamantes en su género. Los tres es una novela de una fuerza y de un interés tales, que no puede abandonarse una vez empezada. Es un estudio de fatalidad, una reproducción verídica de una existencia atormentada y conducida al crimen por la violencia y la inflexibilidad de la suerte, en un medio cruel y temeroso. La obra interesa tanto a los sabios que buscan resolver el problema de la justicia, basados en el estado de la máquina humana y de los medios sociales, como a los que, espiritualistas esperanzados o convencidos, juzgan que no se mueve la hoja del árbol sin el influjo de una potencia suprema y secreta. ¿Le seguiremos llamando Dios, si gustáis?
EL POETA LEÓN XIII
Índice
«Ma gia morte s’appressa: ¡deh! in quell’ora
Madre, m’aiuta lene, lene allora
Quando l’ultimo di ne disfaville
Con la man chiudi le stanche pupille;
E conquisto il demon che intorno rugge,
Cupidamente, all’anima che fugge
Tu, pietosa, o Maria, l’ala distendi:
Ratto la leva al cielo, a Dio la rendi.
UANDO La Nación, de Buenos Aires, me envió a Italia y comuniqué la impresión que hiciera en mi ánimo el augusto Papa blanco que hoy descansa en la muerte, citaba esos versos suyos, religiosos y pálidos como cirios. Como cirios son los versos de León XIII, por la palidez y por la llama, y porque, aun cuando en veces iluminasen cosas profanas, se consumen por Dios. Admirad y alabad al teólogo tomístico, al político progresista, al evangélico sociólogo, al sesudo autor de sus encíclicas. Yo celebro al poeta; yo celebro al pastor de pueblos que se detiene en sus paseos matinales a ver cómo crecen las flores del jardín de Horacio; al tiarado frecuentador del Dante; al viejecito transparente y delicado que se está muriendo y dice: «Escribid lo que voy a dictar»; y lo que dicta son versos. Versos puros y clásicos, versos que brotan con son castalio de una límpida fuente latina. Celebremos, los que guardamos aún como un raro tesoro, el entusiasmo, la pasión de un ideal de Belleza, la memoria del que, bajo el inmenso peso de su triple corona, conservó ligero y alado el pensamiento, y armoniosa y dulce la palabra, en relación apacible con las inmarcesibles musas. Pues el lírico que acaba de dejar su jaula dorada del Vaticano sabía amar la vida y celebrar sus dones, y en sus exámetros católicos oiréis un rumor de abejas paganas.... Son abejas que se han posado en las rosas de Virgilio y sobre los mirtos de Flacco... ¿Qué importa? Él llevaba a la pradera en que las ninfas de rosadas carnes han sentido el frescor del rocío de la aurora, sus pasos piadosos; junto a Filomela hacía revolar la blanca paloma del Espíritu Santo, y el gran Pan veía pasar entre las verdes hierbas, paciendo, maravilloso de candidez y de luz sublime, un corderito cuyos mansos ojos reflejan el universo, y cuyo contacto purifica la negra tierra: el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
No otium, sino ars cum dignitatem... Se veía que se había refrescado en el agua de Juvencia; la vida lo amaba.
El admirable Pontífice podía decir: «Entendámonos, una vez por todas. Hay sentencias que aceptamos porque sí, sin razón alguna, porque han sido dichas por personajes remotos, en una lengua muerta más o menos... Así, creemos como una verdad, porque está en griego, lo de que los amados de los dioses mueren jóvenes. No hay tal cosa. Los amados de los dioses mueren viejos... Y si, además de eso, son amados de Dios, mueren más viejos aún, como moriré yo, Arcade de Roma y Obispo del mundo, León XIII. Los que mueren jóvenes son los amados de los diablos...» Y a fe que hubiera hablado con mucha razón.
Desde sus primeros versos hasta esa serena y sentida Nocturna ingemiscentis meditatio que, en los instantes mismos de su Extrema Unción, pulía y repulía clásicamente, el favor apolíneo se revela, al propio tiempo que el apego a las formas ilustres y a la lengua sabia, que hacen del sagrado scholar uno de los últimos cisnes que habría el de Mantua acogido con placer en su lago sonoro.
No es de gran importancia saber si aquel canto nocturno fué el último, o si lo fué su composición en honor de San Anselmo:
Puber Beccensi cupide se condere claustro
Patricia Anselmus nobilitate parat,
Sub duce Lanfrancus, studiosus et acer alumnus
Sub patre Herluino crescit et usque pius;
Florentem ingenio juvenem ad cœlestia natum
Quem non perficiat tale magisterium?
Hinc pastor fidel divinæ, hinc munere doctor
Sublimi in superis vertice conspicuus.
Es el caso que supo morir líricamente, y en belleza, como un cisne. Después lo descuartizó la Ciencia y lo expuso la Tradición...
Se le ha comparado con un águila, con un águila blanca, con una blanca águila vieja. Chartran, que lo pintó orando; Laszlo, que revela sus manos; Benjamín Constant, que quiere mostrar su pensamiento; los pintores todos, que han dejado en el lienzo la venerable figura, parece que tuviesen la obsesión del ave jupiterina, que es también pátmica. Cuéntase que, en un instante de buen humor, se quejó el Papa a uno de esos artistas de que hubiese insistido tanto en su nariz... En la obra de Laszlo, las manos semejan garras marfileñas... Ya os he dicho cómo para mí la diestra de León XIII, al tenerla entre mis dedos, al depositar en ella, sobre la gran esmeralda de la esposa, mi beso sincero, me pareció una madeja de seda, una flor, un lirio de cinco pétalos, un viviente lirio pálido, o, acaso, una pequeña ave de fina pluma... Ha habido diabólicos escritores de calumnias que han dicho que con esas pálidas manos estrangulaba pajaritos que hacía cazar con redes de seda en sus jardines. En cuanto a las grandes narices, ciertamente son ellas la que patentizan la raza aquilina, y por otra parte, el Padre Santo debía haber sabido que, entre los poetas, de Ovidio a Cyrano, las grandes narices han sido acariciadas por la gloria; y entre los filósofos, Aristóteles, en el tratado de los Animales, hace su elogio. No recordaré, por excesivamente profano, el de Lampridio; pero sí la afirmación de un antiguo autor italiano: «Il naso grande da argomento d’uomo da bene.»
La nariz, la faz toda, era de águila, como la de Dante, y como la de Poliziano era de rinoceronte. Voltaire también la tenía de águila, y cuando he vuelto a ver el busto de Houdon y he renovado en mi memoria la máscara pontificia, he visto, en verdad, que César Zumeta y Hughes Le Roux tienen razón: en los labios de Pecci existía la sonrisa de Arouet... Nada quita esto a su alta potestad, a su fe celeste—lumen in cœlo—, a su misión sagrada de representar sobre la faz de la tierra al Divino Doctor de la Dulzura. Quiero fijarme, sobre todo, en su carácter de intelectual; y a propósito de la sonrisa, certificar que el poeta León XIII era cien veces superior, lira en mano, al admirable y detestable autor de La Pucelle... Pero ambos no cazaban moscas.
Poeta y rey, se ha visto mucho, desde el santo rey David, hasta Oscar de Suecia y Carmen Silva. Eso es fácil y aun decoroso de ser, cuando no se caza el jabalí o el hombre. Poeta y Pontífice se ha visto menos, se ha visto rara vez, y tan solamente vienen a mi recuerdo los nombres de Gregorio el Magno, que inmortalizó el canto católico y que merece el nombre de poeta; Eneas Silvio Picolomini, y León XIII, que no temían la compañía de las Piérides y ajustaban sus ideas ortodoxas a la vieja y mágica música que celebró al pío Eneas o los encendidos labios de Cloe. Los asustadizos tienen el sedativo antecedente de la homilía de San Buenaventura, que no juzga pecaminosa la frecuentación de las liras antiguas desechadas por el severo Jerónimo. Mas, ¿qué han sido sino almas artísticas los ministros de Cristo, que en lo antiguo como en lo moderno han creído con justicia que honrar a Dios por la Belleza no es más que honrarlo con creces? Como Gregorio, Agustín amó la música; Ambrosio el milanés, la hermosura litúrgica; Gregorio el de Nasianzo, la poesía, con toda la falange de los poetas místicos latinos de la Edad Media; Marbodio el de las gemas, Paulino de Nola, Rústico, Juvenco, Lactancio, Sedulio y todos los demás que tan bellamente ha exhumado en nuestros días la noble erudición de M. de Gourmont. Así, dice el venerable Beda hablando de los viejos poetas cristianos, sus versos inspiraban el desprecio al siglo y avivaban en las almas el ansia de la vida eterna.
Hicieron suyas también las ideas de la Escritura y dieron tanto encanto a su poesía, que los más sabios doctores se complacían en escucharlos. La creación del mundo, la caída del primer hombre, el cautiverio de Israel, su salida de Egipto y su entrada en la tierra prometida, la encarnación del Verbo, todas las peripecias de su redención, su resurrección del sepulcro, su subida al cielo, la venida del Espíritu Santo, la iluminación de los apóstoles y la maravillosa conquista del mundo por la doctrina de Jesús, eran alternativamente el objeto de sus cantos. Describían también a grandes rasgos el terror del juicio futuro, los horrores de la cárcel eterna y el dulce reposo del reino celestial; pero la pintura de la bondad de Dios y de su justicia les servía mucho más a menudo para hacer volver a los pecadores al amor del bien y a la práctica de la virtud. En parte, pueden aplicarse esas palabras a las poesías de Su Santidad difunta. Mas hay en él relampagueos que turban, de repente, la tranquilidad de la poesía ungida en el seminario. No en vano se roza uno con el enorme Alighieri. Tiene León XIII versos domésticos, consejos a la juventud, plegarias y simples recreos académicos, como su elogio a la fotografía; mas, entre sus poemas italianos y latinos, hallaréis de pronto la huella de la garra y la señal del aletazo. En verdad se dice: ¡Ha muerto una vieja águila blanca!
«Va, Benvenuto mio, che tu sei un valente uomo...» Un Papa es quien dice esas palabras al Cellini, y juzgo que, si León XIII hubiese estado en lugar de Clemente, habría dicho lo mismo. Pues era varón de altas vistas, de intelecto fuerte, y que por culpa de la política prosaica y baja de su siglo no pudo hacer brillar en San Pedro la luz de un nuevo Renacimiento. Mas, ¿quién mostro un espíritu más liberal que él frente a la ciencia moderna, con todos sus tanteos e ineficacias, junto a relativas victorias; o haciendo abrir por vez primera, a la curiosidad de la historia libre, los secretos de los archivos vaticanos, a punto de decir cuando se le observó que cierto célebre francés protestante revolvía y anotaba todos los registros: «¡Qué importa! ¡Decidle que no oculte nada, que lo publique todo!»; o entrando en la peligrosa cuestión social, de manera que traía a su verdadero origen y justicia el deber del rico y del proletario? Artista de armiño y púrpuras papales, como Gregorio, se complacía en la audición de los cánticos eclesiásticos; como Julio, gustaba de la arquitectura y de la pintura; como Clemente, de la escultura y de la orfebrería; como Alejandro, de la suntuosidad y de las magnificencias decorativas, y más artista que todos, en sí mismo, tenía el secreto del ritmo, la gracia de la expresión, el cetro del verso. Bien sentiría el ambiente de paganismo que en la basílica de las basílicas dejaron tantos antecesores suyos que alegraron la tristeza católica con la resurrección de griegos esplendores, y colocaron la concha sobre que se posaron los pies de la Anadiomena como pila de agua bendita.
De todos modos, los dioses ministraban a Jesucristo: Baco, el vino de la consagración; Ceres, la harina de la hostia; Hebe, la copa del misterio y del sacrificio. Y Pan, su siringa, convertida en los tubos del órgano basilical. Y bajo la mirada de Dios han vivido y vivirán los dioses, porque es mentira que ha muerto ninguno de ellos... Los dioses no se han ido, los dioses no se van: cambian de forma y continúan animando el universo y aplicando su influencia sobre el hombre.
El espíritu de León se despertó a la vida artística desde que, en su Carpineto natal, contempló el espectáculo de una naturaleza vivaz y palpitante: las viejas casas de piedra, el valle feliz, las parlantes aguas del Fossa, las metálicas hojas de los olivos, los bosques, en donde el pintoresco pino italiano dice como en ninguna parte su poema vegetal, y las alturas rocallosas que se incrustan en el cristal azul de un cielo incomparable, el cielo donde arde el sol del Lacio.
Y luego, cuando pasados los años de fatigas estudiosas y de sucesivos triunfos llega, ya anciano, al más elevado de los tronos, no hay duda que el poeta se sintió en él más alado y satisfecho que nunca. Tiene en la gloria de su vejez la omnipotencia moral, el esplendor de los césares y de los visires, los flabeles de Salomón, tres coronas superpuestas que irradian como constelaciones; seda, púrpura, oro, mármoles labrados por todos los semidioses del cincel, desde Fidias y Praxíteles hasta Miguel Angel; tiene eunucos como los príncipes musulmanes, mas eunucos melodiosos que cantan como los ángeles del teológico paraíso; tiene el anillo del Pescador y la portantina que conducen los rojos servidores; es una de las dos mitades de Dios que dijo Hugo; tiene el grato vino de Velletri y la torre Leonina; palomas, papagayos y pavos reales que decoran su jardín, cuando en sus paseos va a repetir un exámetro al son del chorro de la fuente, o a ver representar un antiguo misterio, o a meditar en la suerte del mundo, o a evocar la llama del Santo Espíritu, o del deus, o del daimon que le inspiraba. Ardiente pompa cardenalicia, uniformes que traen al presente la grandeza y el decoro de edades más estéticas, frescos en que los más maravillosos pintores de la tierra perpetuaron los sueños de los profetas, las visiones de antiguos iluminados o sus propios sueños o visiones; he ahí lo que rodea al cantor que bendice. Y viviendo en un tiempo sin armonía, en una época sin fe y sin belleza, él cultiva con mayor empeño su idioma armónico, su poético verbo, y es como el Orfeo de las catacumbas, que se confunde con el divino pastor de Galilea.
¡Duerme en paz, vieja águila cándida que te has perdido en el desconocido sueño! Asciende, alma rítmica, que saliste como de un copo de espuma o de un císnico plumón. El mundo sigue en su lucha incesante; la humanidad continúa en su inacabable guerra; los sabios de buena voluntad van en la obscuridad en busca de un secreto que no encontrarán nunca; las pasiones siguen ardiendo entre los incensarios del demonio; las naciones se miran con el recelo de los individuos; los reformadores claman sus sueños al viento; tan solamente el Arte sigue en la misma altura solar, todo de luz y de intuición sagrada, mirando las obras humanas con ojos de infinito. Un día os dije: «Sois filósofo, y volando sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la Summa; sois teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois justo, y de vuestro altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun cuando con el César no andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y discurriendo y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos italianos habéis alabado a Dios y su potencia y gracia sobre la tierra.
«Allí, en vuestro palacio, en la Stanza della Segnatura, Rafael, a quien llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave sobre las cosas de la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la armonía; la Teología, sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella de acompañaros y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y en donde, de seguro, no entran los que tan solamente fueron justos.» Tal habrá acontecido, ¡oh, santísimo Padre y querido poeta! Y no debéis de haber encontrado muchas dificultades en la Jerusalem celeste. ¿Qué mejor guía para el Paraíso que aquel que fué guiado por Virgilio y cuya obra estupenda tuvisteis siempre en compañía de vuestro breviario?

LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA
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E he acordado, en una mañana de comienzos de otoño, de ir a ver a mis viejos amigos los viejos libros de las orillas del Sena. Es un paseo higiénico, melancólico y filosófico. Desde el Quai d’Orsay hasta más allá de Nôtre-Dame, se goza de espectáculos imprevistos, fuera de lo pintoresco exterior. Por allí he visto una vez, con un chambergo semejante al del general Mitre, al sabio Mommsen. Por allí he encontrado al poeta Paul Fort y a M. Remy de Gourmont. Por allí saludé una vez al Dr. Bermejo. El «morne» Sena verleniano corre abajo. El Louvre alza su masa gris. Los vaporcitos se deslizan. Omnibus y automóviles pasan veloces entre los «quais», las casas viejas y el venerable Instituto. Arregladas o amontonadas las cantidades de papel impreso, son el atractivo de especiales visitantes y compradores, curiosos, bibliófilos, bibliómanos, filósofos, poetas, estudiantes. No es raro ver también junto a una grave peluca, junto a un extraordinario y antiguo gabán, la cara sonrosada, los cabellos rubios de una muchacha. Cuando es en buen tiempo primaveral, hay pájaros en los árboles vecinos.
Ancianas biblias, caducos misales, forman pilas sobre el parapeto. Colecciones de ilustraciones viejas hacen largas trincheras. Y entre las cajas de los «bouquinistes» está la profusa tentación de los aficionados. Allí hay de todo. Hay sus pequeños «inferii», de cosas prohibidas, vulgares novelas cantaridadas, tratados secretos para colegiales y gentes de cierto jaez. Especialistas ofrecen clásicos de Aldo Manucio, o de las memorables imprentas de Flandes. Ya ha pasado el tiempo en que se podía encontrar una ganga por casualidad, la joya bibliofílica que valía dos o tres mil francos y costaba treinta o cuarenta céntimos. Hoy todos esos vendedores estacionados a lo largo de los «quais» saben perfectamente lo que venden, y las buenas fortunas de los buscadores de antaño se hacen casi imposibles. No obstante, la baratura de lo que por lo general allí se encuentra, es notable. La obra rara, con todo, allí como en todas partes, habrá que pagarla caro.
Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto sobre los vendedores de libros de las orillas del Sena. Otros escritores han pintado la curiosa vida de esos sedentarios del aire libre que, invierno y verano, bajo la nieve o bajo el sol, tienen por oficio sacudir el polvo a su mercancía y aguardar al cliente o al transeunte que se siente atraído por la fila de cajas y los montones de papel impreso. Los tipos de vendedores son variados, como los de los fieles bibliómanos. No escasea entre los primeros el erudito, que os da una lección de historia de la tipografía, de ediciones princeps, de incunables, mientras os vende un apolillado Horacio o Cicerón. Entre los segundos se ven apacibles profesores, sabios condecorados, simples sabios. He creído en más de una ocasión encontrarme con la amable figura de M. Bergeret... Lo que es a M. Anatole France no he visto jamás, demasiado metido en políticas y socialismos como está, él, el más aristocrático de los escritores franceses, que desaparece de repente de París y aparece en los palacios de príncipes italianos, sus amigos, o se va a Egipto, o a Atenas... No tiene ya tiempo de ir a las deleitosas correrías del bibliófilo, que en un tiempo fueron su placer. Junto a los respetables profesores, al lado de los tranquilos amantes de la sabiduría, detiene el vuelo una bandada de poetas y artistas jóvenes, cabelludos aún, o mondos, de modestas indumentarias, aires pensativos, ojos llenos de ensueños, miradas llenas de ideas. Pobres como los ruiseñores, compran poco, hojean mucho. Abundan los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen un gran recurso cuando se sienten atacados de la tradicional inopia. Saben que el vendedor les compra con seguridad, a un precio relativo, sus volúmenes. Así, un código comentado contiene muchos almuerzos, muchas comidas en las cremerías del Quartier. Esos volúmenes siempre tienen salida, y duermen en su caja como en un Monte de Piedad. Son muchos los «magazines» ingleses y las publicaciones científicas de todas las partes del mundo. El Instituto provee largamente a los «bouquinistes». Hay pilas incontables de tesis, antiguas y recientes, y obras enviadas a eminentes académicos, con sendas y elogiosas dedicatorias.
Lo que más se encuentra, naturalmente, son novelas, novelas de todas clases y de infinitos autores, desde los del siglo XVIII hasta los de nuestros días, ejemplares de libros que «acaban de aparecer», a 3,50 francos, y que se venden por 80 céntimos. Hay rimeros de gloria fallida, arrobas de ingenio desperdiciado y averiado, copiosas cosechas de musas trashumantes que trabajaron para el olvido, esfuerzos inútiles... Allí yace la vanidad de la cantidad. Allí reposan los que han «hecho obra»: ¡tantos volúmenes, tantos tomos de crítica, tantas novelas...! ¡Nada, nada, nada! A diez, a quince, a veinte céntimos. La letanía de nombres desconocidos es abrumadora. Abrid un libro, y alguna chispa de talento encontráis siempre. Es el muladar de los ratés y el cementerio de los mediocres.
Impresos en elegantísimo papel, en formatos artísticos, con magníficas ilustraciones, suelen hallarse autores mundanos que han pagado bien caro una tentativa de consagración literaria. Poetas francorrumanos y franco brasileños, antiguos diplomáticos que conocieron a la princesa de Belgiojoso, rastacueros cosmopolitas de las letras, están representados por tomos de versos, momias de poemas, marchitos homenajes, exhumadas galanterías, adornadas generalmente con el retrato de los autores... Vanidad de vanidades y la más inofensiva de las vanidades. Allí duermen arrivistas de ayer, y llegan los de hoy a comenzar su sueño de mañana. En cambio, no he encontrado jamás, en la ensalada barata de esos cajones de literatura usada, ni un tomo de los sonetos de Heredia, ni una «plaquette» del pobre Lelian. Generalmente, lo barato es lo que merece la baratura. Impreso por Vanier, el editor de los decadentes, de terrible memoria, ha consagrado un volumen de versos que se titula Humbles Mousses. Allí leo los siguientes versos que traduzco, pues veréis que el caso merece la pena:
LOS VERDADEROS RICOS
Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día
Y, cubiertos de arpillera o de lienzo,
Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre,
O bajo la cabaña, humilde morada;
Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro abunda
En donde pensáis que estaríais mejor,
Guardáos de lanzar una mirada envidiosa:
¡Sois vosotros los felices de este mundo!
Los pórticos de mármol y los artesonados
Ocultan el cielo, las corrientes aguas;
Cuando se tiene la idea de acumular rentas,
¿Se sabe acaso el encanto de los estíos?
Ni una sola de las felicidades que hacen amar la vida
Se da por el dinero;
La luz serena y el aire, el azul cambiante,
El sol, de alma encantada,
El hechizo de los grandes bosques y la gracia de las flores,
El césped, el perfume de las rosas,
La embriagante dulzura de las innumerables cosas
Bellas de formas o de colores,
Vienen a ofrecerse, sin pedir nada
Al más modesto de los transeuntes,
Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de sentir,
Bosteza el dueño del dominio.
Pronto, cansado de los objetos que apenas ha querido,
Está sin necesidades y sin goce:
Saturado de todos los placeres que da el oro,
No desea nunca nada más.
¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le ame?
El hombre afligido de tesoros,
Se halaga esperando un amor compartido:
Una dote lo atrajo a él mismo.
Su corazón está lleno de sospechas adormidas,
Y mientras que el pobre diablo
Tiene la dicha de creer en la amistad sincera,
El duda de todos sus amigos.
¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma alegre,
Y sin cuidado del mañana
Le véis, caminando, la mano en la mano,
Su palacio hecho a la soberbia,
Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría
De admirar la simple Naturaleza,
Y ese poderoso no puede, ¡oh, triste criatura!
Comprarlos con su oro.
El autor de eso se llama François Haussy, pero ese es el pseudónimo que oculta el nombre de Federico Humbert, el marido de Madame Humbert; que hoy, en la prisión de Fresnes, paga, con ella, las famosas estafas que conocéis. Es decir, no las paga; las purga... Federico Humbert es un poeta a treinta y cinco céntimos en el quai des Augustins...
Mi reconocido orgullo ha recibido en esos mismos lugares importantes lecciones, ¡oh, mis colegas de América! Por allí he comprado unas Prosas profanas, con la dedicatoria borrada, a treinta céntimos. Los que enviáis libros a estos literatos y poetas, a estos «queridos maestros», no sabéis que irremisiblemente vais a parar al montón de libros usados de los muelles parisienses. He comprado, entre otras obras de amigos míos, un tomo dirigido a Jean Richepin por un joven hispanoamericano, tomo de estudios sobre autores de Francia, en los cuales estudios hay uno del susodicho maestro, ditirámbico, ultrapindárico. La dedicatoria, lo más respetuosamente escrita, y dentro del libro, y en la parte dedicada a Richepin, una carta sentida y humilde. Pues bien, Richepin ni se dió cuenta del libro, ni le importó un ardite la dedicatoria, ni tocó la carta; y por treinta céntimos hice el rescate... Qué mucho, si un eminente crítico ha mandado vender en tas gran número de autores editados por el Mercure, sin cuidarse de borrar bien dedicatorias como las que he hallado en las Ballades, de Paul Fort... ¿No os decía que entre los libros viejos de las orillas del Sena se recogen lecciones de... filosofía, y valiosísimos granos de experiencia? Si no, os lo certifico ahora.
Más allá del Instituto hay un intermedio entre libros y libros, el que llenan las cajas de vendedores de medallas, de curiosidades, monedas antiguas, condecoraciones, alfarería desenterrada, y una especie de museo de Historia natural en miniatura. Hipocampos secos, como los que venden los muchachos napolitanos de la costa, corales, piedras preciosas, verdaderas e imitadas, hierros viejos de los que regocijan a Santiago Rusiñol, asignados, autógrafos, esculturas. Allí hay cosas de todos los siglos, desde fragmentos de objetos de la época cuaternaria hasta escarapelas del tiempo de la Revolución. Y más allá, continúa la serie de cajas de libros, custodiados por sus taciturnos vendedores.
Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña rubia comprar por un franco cincuenta, y una sonrisa muy rosada, una Nuestra Señora de París, no lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque lejos de los malos hombres que murmuran y que odian, he saludado al otoño que acaba de llegar; y porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruselas en tiempo del IV Felipe, hermoso, claro, con tapas de pergamino, por sesenta céntimos.
UN CISMA EN FRANCIA
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ALOS vientos soplan sobre la barca de Pedro, que Mumen in cœlo dejó en tempestad y que Ignis ardens comienza a dirigir. El catolicismo pasa por una gran crisis; mejor dicho, el cristianismo; mas contra el catolicismo, contra la iglesia romana, se amontonan las más negras nubes. No es la primera vez, y por algo dijo la boca sagrada el non prevalevunt... No hay hoy profetas. Apenas M. León Bloy acaba de resurgir rugiendo contra «las últimas columnas de la iglesia», flacas columnas: Coppée, Didon, Brunetière, Huysmans, Bourget y otras menores, ¡cuán menores! Los rugidos de Bloy no los escucha el siglo, demasiado ocupado con otros asuntos. Entre tanto, en la España católica, la enemiga contra Cristo cunde; en la Francia cristianísima se expulsan las Congregaciones y el anticristianismo triunfa. Un Papa campechano y demócrata, en la Sede suprema, hace perder su brillo y su misterio a la Tradición. Cosa singular. Es en los países no católicos donde el catolicismo se expende y avanza tranquilo. Y un César protestante y fantasioso hace pensar, por su actitud, si no estarán próximos los tiempos en que, como en la Edad Media, se vea la formidable liga entre las dos mitades de Dios, de que habla Víctor Hugo: el Papa y el Emperador.
Hace poco se inauguró la estatua de un gran hombre bajo el auspicio de los socialistas ateos. Ahora bien, leed estas líneas: «No quisiera Dios que yo parezca jamás desconocer la grandeza del catolicismo y la parte que le toca en la lucha que sostiene nuestra pobre especie contra las tinieblas del mal. ¡Cuánto bien brota aún en el seno de las aguas revueltas de esa fuente inextinguible, en donde la humanidad ha bebido, por tan largo tiempo, la vida y la muerte! ¡Aun en esta edad de decadencia, y a pesar de las faltas llevadas al extremo con una obstinación sin igual, el catolicismo da pruebas de un asombroso vigor! ¡Qué fecundidad en su apostolado de caridad! ¡Cuántas almas excelentes entre esos fieles que no sacan de sus pechos más que leche y miel, dejando a otros el ajenjo y la hiel! ¡Cómo a la vista de esas tiendas, ordenadas en la llanura, y entre las cuales se pasea aún Jehová, se desea, con el profeta infiel, bendecir a aquel que se quisiera maldecir y decir: «¡Cuán bellos son tus pabellones! ¡Cuán encantadoras tus moradas!» A pesar de los límites obligados que el catolicismo pone a ciertos lados del desenvolvimiento intelectual, ¡cuántos espíritus que, sin las fundaciones religiosas hubieran permanecido sepultados en la vulgaridad o en la ignorancia, le deben su despertamiento! ¿En dónde encontrar algo más venerable que San Sulpicio, esa imagen viviente de las antiguas costumbres, esa escuela de conciencia y de virtud, en donde se da la mano a Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, a Fenelón?
Aun en esa asociación, a veces un poco inocente, entre el catolicismo y los restos de la vieja sociedad francesa; en ese neocatolicismo, a menudo desabrido, ¡cuánta distinción todavía! ¡Qué atmósfera pura y honrada! ¡Qué esfuerzo ingenuo hacia el bien! ¡Ah! Guardémonos de creer que Dios ha dejado para siempre esa vieja iglesia. Ella se rejuvenecerá como el águila, reverdecerá como la palmera; pero es preciso que el fuego la depure, que sus apoyos terrenales se rompan, que se arrepienta de haber esperado demasiado en la tierra, que borre de su orgullosa basílica: Christus regnat, Christus imperat, que no se crea humillada cuando ocupe en el mundo una posición que no será grande sino a los ojos del espíritu.» ¿Quién ha escrito tales palabras, si no completamente ortodoxas, muy de acuerdo con la doctrina de quien dijo: «Mi reino, ¿no es de este mundo?» Ernest Renan. El orador que hoy pronunciase ese discurso en las Cámaras francesas sería calificado de clerical. Lo que hay es que, a pesar del antiguo espíritu religioso del pueblo, la fe ha sufrido aquí duros embates y todos los buenos anuncios, entre los cuales las grullas de Vogüe y tales o cuales conversiones notorias han sido simplemente ruidos de ideas aisladas o acontecimientos literarios. Cuando el snobismo tendió al catolicismo, la religión padeció una verdadera desgracia. La religiosidad de moda y la oración elegante hicieron más daño que el inofensivo satanismo intelectual y el mediocre cientificismo ateísta. El último, verdadero y peligroso enemigo de toda creencia en el pensamiento contemporáneo, ha sido el antecristo alemán, que fué empujado por la amenaza de una espada de fuego hasta el manicomio.
Mas la Iglesia sufre hoy ataques más formidables que los que la simple política puede dirigirle en cuestiones terrenales, o los que lanzarle pueden filosóficos arietes modernísimos, más poderosos que las pasadas flechas volterianas. Se trata de las revoluciones en el propio seno, de la renovación de antiguas oposiciones contra el dogma, de la resurrección de un cisma, en fin, más dañoso que todas las connivencias de afuera, y que enciende, después de largos siglos, fuegos que pueden producir un verdadero incendio en la romana basílica de las basílicas.
Hace poco tiempo un sesudo y sapiente escritor español—he nombrado a D. Edmundo González Blanco—demostraba, en un artículo admirable de vigor, la posibilidad de una iglesia nacional en España. «Ya que no tenemos en nuestra alma colectiva una fe robusta y personal que oponer al formalismo dominador del Vaticano, aprovechemos la que haya para constituir nuestra comunión nacional, nuestra iglesia independiente, nuestro catolicismo patriótico. Filipinas acaba de darnos el ejemplo; y esa necesidad social, hoy más que nunca sentida, se impone en lo sucesivo como una condición de prosperidad pública.» El golpe conmovería, ciertamente, a la curia romana, y parece que hay en el clero español partidarios de la autonomía religiosa, de la iglesia independiente nacional, hasta con el detalle de su misa propia, de la vuelta al uso del antiguo rito muzárabe.
Pues bien, todo eso es poca cosa con lo que encierra el siguiente suelto publicado ayer por Le Figaro: «El cardenal Richard, arzobispo de París, acaba de prohibir, por carta, a los alumnos de todos sus seminarios la asistencia a los cursos que el señor abate Loisy enseña en la Sorbona, en la Escuela de Altos Estudios. En la misma carta exhorta a todos los seminaristas que posean las dos últimas obras del señor abate Loisy a que las entreguen a sus superiores. Creemos saber que la comisión de Estudios Bíblicos instituída por León XIII no tardará en pronunciar su juicio sobre los libros acusados.» ¿Cuál es la doctrina que se condena del abate Loisy? Yo no he leído los libros de este sacerdote; pero sí sé que no es un défroqué más o menos sonoro, a la manera del padre Jacinto, del abate Charbonnel. M. Jean de Bonnefon, que es ducho en la materia, nos dice que la condenación o la absolución del abate Loisy es en realidad el fin o la transformación de la iglesia romana. «Es la conclusión de diez y nueve siglos de fe o el prefacio de un culto futuro.» Por mucho menos se quemó a Savoranola. La reforma que se desea en España es sencillamente de forma, y tiene razonables antecedentes; la tentativa del cismático francés va al fondo de la creencia, mina la base dogmática. El abate, que es persona de mucha ciencia humana, comienza por afirmar viejas herejías: Que Jesucristo no afirmó que fuese Dios, ni se juzgó nunca como tal; que el Pentateuco no es obra de Moisés; que el libro del Génesis, el de Tobías, el de Job, el de Judith, son simple literatura; que «todo el Antiguo Testamento está escrito sin ningún cuidado de la verdad objetiva, y no es más que un objetivo arqueológico de edificación religiosa». Eso, dicho por Renan, por Strauss, por Max Nordau, está perfectamente; pero la afirmación es de un sacerdote, sacerdote que no abandona ni la tonsura ni el hábito, y que cree servir así a la verdad y a Dios, y trabaja porque la Iglesia entera sea de su opinión. Lo principal está en lo referente al Nuevo Testamento: «La divinidad de Jesucristo no está escrita en el Evangelio. La Resurrección, la institución de los Sacramentos, la jerarquía de la Iglesia, todo eso puede ser artículo de fe, si se tiene fe. El cuarto Evangelio no tiene ningún valor histórico; la resurrección de Lázaro es un símbolo.» ¡Cómo debe estremecerse, en lo invisible, la sombra de Torquemada! Con la Nueva Jerusalem swedenborguiana, con las mil y una sectas del cristianismo yanqui, con el flamante profeta Elías y su productiva Sión, con tolstoístas y ultraevangelistas, la Iglesia no tiene nada que temer. Pero el abate Loisy es un dulce y piadoso enemigo íntimo que, si no se anula pronto, causará trascendentales perjuicios, y éstos los quiere evitar su eminencia el cardenal Richard, el fuerte viejecito que quiso confesar a Hugo. Es una nueva aparición de la incompatibilidad entre el progreso y la fe, entre la religión y la ciencia, entre la razón terrestre y la razón celeste. León XIII y su Santo Tomás no dejarán de tener culpa en la valentía del osado abate. Lumen in Cœlo no quiso iluminar en la ocasión; veremos si Ignis ardens, que aparece tan benigno, quemará, así sea metafóricamente.
En verdad, la obra del abate Loisy, con su aspecto moderno y superescolar, no es nueva. A través del océano del tiempo es un mugrón del arrianismo, llegado tras el biprincipismo gnóstico. Cristo ha sido el blanco de famosas herejías: Si Arrio y los suyos niegan su divinidad, Eutiquio le suprime toda humanidad, aboliendo así la redención, y Nestorio, estableciendo la división entre la parte divina y humana, destruía la unidad que constituye teológicamente el Hijo, ¿cuántos heresiarcas más se han atrevido con el más sagrado de los misterios cristianos? Sin embargo, entonces se discurría en el terreno de la filosofía religiosa, de la ciencia divina, de las doctrinas que dieron nacimiento y desarrollo a la patrología.
El abate Loisy es de última hora. Viene con la ciencia de hoy, es profesor «en Sorbona» y sabe lenguas orientales, arqueología, todo lo que sabía Renan. «—¡Bah, bah, bah, bah!; no sé hablar—dice el formidable profeta, y alguien que muy poco tenía de cura, Büchner, escribe en su libro, no religioso por cierto: «La fe tiene raíces en indisposiciones del alma inaccesibles a la ciencia.»
El cardenal Richard se preocupa grandemente del caso. Lo que debe hallar más grave su eminencia, y con él todos los católicos, es que el abate no renuncia a su sacerdocio ni a su título de católico, y cree servir al «más grande de los hombres», en su calidad sacerdotal y profesoral. Demás decir, que ha caído multiplicadas veces bajo el anatema de la Iglesia. El abate Loisy, simplemente, en el concepto católico, es un excomulgado. En él están contenidos todos los antiguos heresiarcas, desde Arrio hasta Berenger. Su exegesis renaniana, por el caso de su ministerio, no puede menos de causar el mayor escándalo entre los sinceros y firmes creyentes. Y su condenación o absolución por Pío X será la continuación de la normal doctrina católica, apostólica, romana, o el krack del Espírito Santo.

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