Kitabı oxu: «Ethos, ética y sociedad»
ETHOS, ÉTICA Y SOCIEDAD
El ethos es distinto de la ética. O más bien, se trata de dos niveles diferentes de una misma instancia. El ethos es “el modo de habitar el mundo” que tiene el hombre, la manera de comportarse frente al mundo, a los demás, a sí mismo y a la historia. Podríamos decir que está formado por todos nuestros hábitos, que nos hacen actuar y reaccionar frente a las cosas, personas y acontecimientos de una manera casi mecánica.
Está siempre a la mano y reluce tanto en la forma como nos aseamos, nos comportamos en la casa, en la calle y en el trabajo, como en la manera en que encaramos los problemas profundos que nos presenta la vida, tales como la muerte y la lucha por grandes ideales, en que se juega todo. Es como “la casa” en la que uno habita.
La ética transcurre en otro nivel, el teórico. Constituye una tematización, profundización y justificación o corrección del ethos en una dirección determinada, la de la acción guiada por las nociones del bien y del mal, que ya se encuentran actuantes en el nivel del ethos sin estar tematizadas, es decir, estructuralmente conceptualizadas. No se puede dar una razón lógica que las justifique. Ello constituye una tarea de la ética. Pero esta no siempre se limita a tematizar y profundizar el ethos , sino que muchas veces le propone correcciones. Puede asumir una posición revolucionaria frente al ethos dominante en una sociedad, pero es porque supone un nuevo ethos.
Rubén Dri es filósofo. Actualmente es profesor consulto en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires e investigador en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. Se desempeña como profesor titular en la cátedra de Sociología de la Religión en la misma facultad y como profesor titular en el doctorado en Ciencias Sociales. Sus últimos libros son El movimiento dialéctico. De la Fenomenología del espíritu de Hegel a los Grundrisse de Marx (2019), Hegel. La doctrina de la esencia (2016), Hegelianas. Irradiaciones de la Fenomenología del espíritu (2011), La rosa en la cruz. La filosofía política hegeliana (2009), Hegel y la lógica de la liberación. La dialéctica del sujeto-objeto (2007).
RUBÉN DRI
ETHOS, ÉTICA Y SOCIEDAD

Índice
Cubierta
Acerca de Ethos, ética y sociedad
Portada
Prólogo
Capítulo 1. Ethos y ética
Capítulo 2. Necesidad de un criterio para distinguir los ethos en la historia
Capítulo 3. Premisas para establecer el criterio 1. El hombre es apertura 2. Las direcciones de la apertura 2.1. Con el mundo 2.2. Con los otros 2.3. Consigo mismo 2.4. Con la trascendencia 3. La apertura siempre se da en una totalidad dinámica y estructurada 4. La estructuración 5. Prioridad de la praxis 6. Interrelación dialéctica
Capítulo 4. La cultura o instancia ideológica
Capítulo 5. Ideología, ética y política
Capítulo 6. Establecimiento del criterio para distinguir los ethos en la historia
Capítulo 7. El ethos comunitario primitivo
Capítulo 8. El ethos comunitario hebraico: aperturas 1. Frente a la naturaleza 2. Frente a sí mismo 3. Frente a los hombres 4. Frente a la trascendencia
Capítulo 9. El ethos de los amos: aperturas 1. Frente a la naturaleza 2. Frente a sí mismo 3. Frente a los hombres 4. Frente a la trascendencia
Capítulo 10. El ethos feudal 1. Rasgos 1.1. Es un ethos dualista como el de los amos 1.2. Es un ethos trágico 1.3. Es un ethos ahistórico 2. Aperturas 2.1. Frente a la naturaleza 2.2. Frente a sí mismo 2.3. Frente a los hombres 2.4. Frente a la trascendencia
Capítulo 11. El ethos burgués 1. Rasgos 1.1. Es un ethos de la voluntad 1.2. Es un ethos racionalista y científico 1.3. Es un ethos dominador 1.4. Es un ethos del tener 1.5. Es un ethos individualista 1.6. Es un ethos histórico 1.7. Es un ethos dualista 2. Aperturas 2.1. Frente a la naturaleza 2.2. Frente a sí mismo 2.3. Frente a los hombres 2.4. Frente a la trascendencia
Capítulo 12. El ethos socialista 1. Rasgos 1.1. Es un ethos de la voluntad 1.2. Es un ethos racionalista y científico 1.3. Es un ethos monista 1.4. Es un ethos comunitario 2. Aperturas 2.1. Frente a la naturaleza 2.2. Frente a sí mismo 2.3. Frente a los hombres 2.4. Frente a la trascendencia
Créditos
Prólogo
A fines de septiembre de 1974 se produce una caza masiva de los militantes del Peronismo de Base (PB) de Resistencia, Chaco. Habiendo cerrado el Colegio Mayor Universitario, estaba yo alquilando una casa “cerrada” para los militantes del PB, de manera que nadie pudo denunciar mi domicilio cuando eran “apretados” por el ejército.
La noticia recibida de la caída de diversos militantes del PB no me impidió seguir trabajando sobre el texto de Paul Ricœur Finitud y culpabilidad, que me interesaba para la materia Ética que había comenzado a dar en la Universidad. Ya anocheciendo, me acerco a la Facultad de Humanidades y allí me entero de que ya los alumnos me daban por caído en prisión. Aclaro mi situación y me voy a dormir.
A la mañana siguiente, sigo trabajando sobre el texto de Ricœur y al mediodía me dirijo al estudio de Saúl Acuña, el abogado que teníamos como PB. Cuando él me ve llegar, ni siquiera me quiere mirar a los ojos. “Rajá que te andan buscando”, me dice, “la situación es muy jodida”. Me doy vuelta y al salir compro el diario El Norte, donde aparezco en primera plana con el título “Buscado”.
Me vuelvo a mi casa y le pido a mi hermana Teresa que me saque pasaje en el primer colectivo que salga. Con el boleto en la mano y una muda de ropa, me presento en la estación de ómnibus, minutos antes de la salida. Le pregunto a un militante de la Juventud Peronista (JP) que atendía la boletería si había vigilancia en el límite entre el Chaco y Santa Fe. No tenía noticia al respecto.
Tuve suerte. En la frontera no había vigilancia. En el Norte Bis viajé hasta Reconquista. Allí tomé otro colectivo hasta Santa Fe, donde volví a cambiar de ómnibus hasta Buenos Aires. Me dirigí a la casa de mi hermano Gregorio y allí no recuerdo si ese mismo día o al siguiente recibí noticia de Resistencia, en la que se me comunicaba que debía cambiar de “sanatorio”. Comenzaba una nueva etapa en mi vida, aunque todavía no tenía conciencia de ello. De la razia del ejército en Resistencia nos habíamos salvado cuatro. A los quince días, si mal no recuerdo, vino a Buenos Aires el abogado Acuña y me dijo claramente que yo a Resistencia no podía volver.
Supe o, mejor, terminé de saber que era un “prófugo”, que había ingresado en la clandestinidad. Cambiar de nombre, tener otro documento de identidad, cambiar cada tanto de residencia, conseguir trabajo, ubicarme en otro lugar de militancia.
En cuanto a mi profesión de profesor universitario, se rompió la posibilidad que tenía de estar al frente de la cátedra de Ética que finalmente había conseguido y donde estaba dando las primeras clases. En realidad debía despedirme de la posibilidad de estar frente a una cátedra universitaria.
Mientras solucionaba los problemas de papeles de identidad, de trabajo, de militancia; programaba también, en lo posible, la continuidad en mi preparación profesional, es decir, en continuar mis estudios sobre la ética. Hegel, Marx, Max Weber aparecían como prioridades.
Fueron dos años de exilio, de fines de agosto de 1974 a fines de agosto de 1976. Mientras progresaba en mis lecturas, iba poniendo por escrito mis ideas, de las cuales iban a salir dos libros: Los modos del saber y su periodización y Ethos, ética y sociedad, pero, en realidad, solo este año (2019) rebuscando en mis papeles descubro el segundo libro mencionado.
El primer libro, Los modos del saber y su periodización, tuvo una primera elaboración a lo largo de mi clandestinidad (fines de 1974-fines de 1976). Cuando me traslado clandestinamente a México, vía Brasil, el manuscrito quedó en Buenos Aires. Un amigo me lo hizo llegar a México.
Por el momento poco podía hacer con el libro. En la Unidad Acatlán de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) conseguí acumular las cátedras necesarias para reunir el dinero que significaba una dedicación “tiempo completo”, como se dice en México por “dedicación exclusiva”.
Los primeros meses fueron muy buenos. Los “extranjeros” que trabajábamos como académicos pertenecíamos a la Argentina, Uruguay, Chile. Hubo un cambio de dirección de la facultad, de la que se hizo cargo un profesor chileno. Naturalmente los cargos que yo tenía no habían sido concursados. Al término del cuatrimestre no me renovaron el contrato por las cátedras que tenía, salvo una.
¿Qué había pasado? No lo supe entonces y creo que nunca lo sabré a ciencia cierta, pero varios profesores argentinos y uruguayos fuimos perdiendo el trabajo. El profesor chileno que quedó como decano (creo que ese es el título) me dijo que debía presentar un trabajo para justificar las cátedras que había tenido a mi cargo. Pensé, entonces, en los papeles sobre Los modos del saber y su periodización y me puse a trabajar en el libro, que finalmente presenté.
Entretanto establecí un vínculo con Francisco Piñón, profesor de Filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Iztapalapa, quien, al conocer mi situación, me habló de la posibilidad de presentarme a un concurso en esa Universidad. Sin más, comencé la preparación para el concurso con el cual entré en esa casa de altos estudios.
Fueron los mejores momentos de mi estadía en México como exiliado. Había podido retomar mis estudios hegelianos, dado que daba un curso sobre la filosofía política de Hegel; comencé a hacer los cursos requeridos para la Maestría en Ciencias Sociales y a redactar artículos para Iztapalapa, la revista de la Universidad.
Era fatal que comenzase a pensar en publicar el escrito Los modos del saber y su periodización. Retomé, pues, el trabajo que había presentado en Acatlán, y, cuando lo encontré terminado busqué la editorial para publicarlo. Finalmente lo edité en la editorial El Caballito.
De ese libro, además de la edición mexicana, se publicaron en la Argentina seis ediciones, cinco por Letra Buena y una por Biblos. ¿Y el otro libro?, ¿qué pasó con él? No se trata de una novela, género que no cultivé, sino de un libro en el que desarrollo-sintetizo la cosmovisión que yo tenía hasta ese momento. En el trajín de los cambios de residencia –“residencia” es un decir, porque se trataba de un lugar para dormir, para estar unos días y, con suerte, meses–, el trabajo, las reuniones, me conseguí una máquina de escribir e iba llenando páginas y más páginas.
¿Dónde quedó todo el material que constituye el libro que ahora presentamos? No tengo idea. El hecho es que hace unos meses, revisando papeles en los que fui escribiendo reflexiones, síntesis de clases, anotaciones, apareció un fajo de papeles amarillentos, divididos en capítulos, del uno al doce, con la anotación “definitivo” puesta entre paréntesis.
Mi sorpresa fue mayúscula porque, aunque no se crea, no tenía idea de que había escrito otro libro en situación de clandestinidad. Sí sabía que había ido escribiendo sobre “ethos y ética”, que debía servir para desarrollar el tema de la ética como profesor en la Universidad.
Leí y releí el texto que sintetiza la cosmovisión a la que yo había llegado hasta ese momento –1974-1976– y lo encontré satisfactorio. De hecho, no son tantas las correcciones que haría si es que lo volviera a escribir. Tiene lagunas, pero el entramado del libro está logrado. Ello hace que lo presente en cuanto a su contenido y metodología de exposición tal como fue escrito en 1975.
Por lo tanto, presento el libro sin modificaciones en cuanto al contenido. Solo algunas aclaraciones. Como se comprenderá, un libro escrito en 1975 es prerrevolución de “género”. Los cuatro primeros capítulos van sin aclaración alguna.
El capítulo 5, “Ideología ética y política”, presenta dificultades especiales en la concepción y las relaciones entre ideología, cultura, conciencia de sí. En el 6 es problemática la relación entre Hegel y el pretendido “fin de la historia”.
En el capítulo 8 hay una confusión entre Jesús y Cristo. A veces aparece referido a Cristo lo que debería ser solo referido a Jesús. Jesús es el personaje histórico que actuó en Palestina y especialmente en Galilea. Cristo –o sea, “Mesías”– es Jesús invocado con ese título.
En el capítulo 9 debe reformularse el texto referido a la “lucha por el reconocimiento”. No hay ningún cambio sustancial al respecto, sino solo mayor desarrollo. En los restantes capítulos, a mi modo de ver, no son necesarias aclaraciones complementarias.
Buenos Aires, marzo-abril de 2020
CAPÍTULO 1
Ethos y ética
Se ha hecho ya un lugar común hablar del “estilo de vida” de un pueblo, de “la idiosincrasia”, de “la forma de vida” de una nación o de un grupo social. Dejando de lado lo que ello tiene de justificación para impulsar determinado proyecto político, no podemos ignorar que semejantes eslóganes o frases estereotipadas expresan el nivel del ethos; si no del pueblo en su conjunto, sí de un grupo social que lo presenta como perteneciente a la nación entera.
El ethos es distinto de la ética. O, más bien, se trata de dos niveles diferentes de una misma instancia. El ethos es el “modo de habitar el mundo” que tiene el hombre, la manera de comportarse frente al mundo, a los demás, a sí mismo y a la historia. Podríamos decir que está formado por todos nuestros hábitos, que nos hacen actuar y reaccionar frente a las cosas, personas y acontecimientos, de una manera casi mecánica.
Está siempre a la mano y reluce tanto en la forma como nos aseamos, nos comportamos en la casa, en la calle y en el trabajo, como en la manera en que encaramos los problemas profundos que nos presenta la vida, como la muerte y la lucha por grandes ideales, en que se juega todo. Es como “la casa” en la que uno habita.
Representa una economía. Es una manera práctica de valorar las cosas, los acontecimientos y las personas. Es práctica, porque se traduce o, mejor, se expresa directamente en acciones. Está mal dicho “se traduce”, porque no hay previamente una valoración teórica que se traduzca luego en acción. Esta es primera. La valoración es intrínseca a ella, pero en estado “preteórico” o “preconsciente”, si queremos utilizar un término de la psicología profunda que nos sirve muy bien para lo que queremos decir.
Más adelante aclararemos la relación dialéctica entre práctica y teoría. Por ahora nos basta tener presente que el ethos no es una teoría. No constituye un conjunto de verdades que conformen un sistema teórico. Todos los grupos sociales, incluso aquellos primitivos, que no han accedido al nivel teórico, poseen un ethos. Al hablar de preconsciente no hacemos psicologismo.
La ética transcurre en otro nivel, el teórico. Constituye una tematización, profundización y justificación o corrección del ethos en una dirección determinada, la de la acción guiada por las nociones del bien y del mal, que ya se encuentran actuantes en el nivel del ethos sin estar tematizadas, es decir, estructuralmente conceptualizadas. No se puede dar una razón lógica que las justifique. Ello constituye una tarea de la ética. Pero esta no siempre se limita a tematizar y profundizar el ethos, sino que muchas veces le propone correcciones. Puede asumir una posición revolucionaria frente al ethos dominante en una sociedad, pero es porque supone un nuevo ethos.
Como se ha hecho notar, y nos parece claro, esta diferencia que se encuentra presente en la etimología griega no ha sido en general tenida en cuenta en la historia de la filosofía, que ha olvidado casi completamente el nivel del ethos.1
Para hacer un análisis filosófico acorde con el tiempo en que vivimos, lo que significa un planteo ético que sea operante para nosotros, hombres latinoamericanos del siglo XXI, pertenecientes a la periferia del imperio norteamericano, es imprescindible tener siempre presente esta distinción. Lo primero a tener en cuenta, el primer nivel, es el suelo que pisamos, la casa que habitamos, el ethos desde el que partimos, nuestro modo de habitar el mundo. Desde allí, sin anteponerle una ética que sea una pantalla ocultadora, podremos darnos a la tarea de realizar o proponer una ética.
Porque siempre partimos de un ethos. Este es un a priori que llevamos con nosotros. Ignorarlo es ignorar de dónde surgen los conceptos que se utilizan, las causas por las cuales se plantean unos problemas en lugar de otros y se tiende a resolverlos de cierta manera que excluye otras.
¿Por qué Aristóteles tiene dos concepciones de la filosofía: como “ciencia del ser en general” y como “ciencia del ser primero”? ¿Por qué a Aristóteles durante la Edad Media se lo ha leído a través de la interpretación neoplatónica? ¿Por qué en el resurgimiento de la escolástica, en España, a comienzos de la Edad Moderna, se plantea con dramatismo el problema de la conciliación entre el supremo dominio de Dios y la libertad del hombre? ¿Por qué Descartes en el siglo XVII cuestiona radicalmente toda la filosofía, y culmina haciéndola partir del “yo pienso”? ¿Por qué Kant en la Alemania de fines del siglo XVIII elabora una ética de la “buena voluntad”? ¿Por qué Hegel ve en el Estado la realización del Espíritu? ¿Por qué la “intersubjetividad” en Gabriel Marcel no sobrepasa el ámbito de un estrecho círculo de amigos en torno a la familia?
Podríamos seguir con los interrogantes que nos plantea la historia del pensamiento filosófico. Imposible encontrar una respuesta adecuada a ellos si no los ponemos en relación con el ethos de los que parten. En el transcurso de nuestro estudio veremos cómo estas y otras preguntas se iluminan cuando tenemos acceso a dicha relación. Desde ya adelantamos: no reciben con ello una explicación acabada que nos permita cerrar la cuestión. Todo lo contrario. Nos iluminan el terreno en el que esta se sitúa realmente para recibir un tratamiento correcto.
En la historia de la filosofía nos encontramos con Aristóteles, Santo Tomás, Kant, Hegel, Max Scheler, entre otros. Cada uno de ellos nos propone una ética explícita, verdaderos tratados filosóficos sobre el tema. Dichas éticas no nacieron por arte de magia, ni fueron creadas simplemente porque cada tanto la humanidad recibe el regalo de algún pensador extraordinario, capaz de crear nuevas teorías sobre el hombre y su comportamiento. Es cierto que sin el genio de Aristóteles no tendríamos una Ética a Nicómaco, pero esta fue producida por él a partir de un ethos, de una determinada manera de habitar el mundo que debemos develar.
Ello debe servirnos para examinar la ética o las éticas que se proponen a nuestro pueblo en nuestros centros de enseñanza. Un adecuado estudio nos llevará a entrar en contacto con el ethos del que parten y que justifican o corrigen. A partir de allí, estaremos en situación de proponer una ética revolucionaria. Evidentemente esta debe develar un nuevo ethos que puede ya estar presente aunque sea en forma embrionaria o en gestación.
1. Si bien el método etimológico tiene sus limitaciones –que quienes lo practican generalmente desconocen–, sin embargo, empleándolo como método auxiliar presta una ayuda nada despreciable. La etimología no tiene el poder de revelarnos la esencia de las cosas, pero al hacernos patente el sentido originario de diversos vocablos nos pone ante pistas que muchas veces se muestran fecundas.