Kitabı oxu: «Vicky el vikingo»

Título original sueco: Vicke Viking.
Autor: Runer Jonsson.
Publicado por acuerdo con LT Forlag, Stockholm.
© del texto: Runer Jonsson, 1963.
© de las ilustraciones: EWK (Ewert Karlsson), 1963.
© de la traducción: Elda García-Posadas, 2019.
© del diseño de la cubierta: Lookatcia.com, 2019.
Diseño de interior: Lookatcia.com.
© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: septiembre de 2019.
RBA MOLINO
REF.: ODBO563
ISBN: 978-84-272-1980-9
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida
a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro
(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)
si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra
(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados.
El acoso de la fiera
Vicky, el pequeño vikingo de nuestra historia, corría con todas sus ganas. Pero el lobo que lo perseguía parecía tener, como poco, la misma prisa y, además, salvaba las rocas a grandes saltos. Vicky, en cambio, se veía obligado a rodearlas, con lo que perdía varios metros de ventaja cada vez que se topaba con una. «¡Cómo si pudiera permitírmelo! —pensaba aterrado—. ¡Jolín, qué fastidio! ¿Por qué tiene que ser este terreno tan condenadamente pedregoso?».
Se trataba del lobo más feroz de Flake (el poblado donde vivía Vicky), y tenía los ojos rabiosos y una bocaza espantosa, atestada de largos y afilados dientes, la cual abría y cerraba sin parar, chasqueando las mandíbulas con furia. «Está practicando para cuando dentro de poco mis pobres huesecillos estén entre sus fauces —se decía Vicky—. No me quiero ni imaginar cómo van a crujir. ¡Chas! ¡Crac! ¡Y cómo voy a ver las estrellas!».
La bestia, que al correr con el estómago vacío estaba cada vez más empeñada en darle alcance, se acercaba por momentos. Vicky percibía ya su estremecedor jadeo. Los lobos jadean para asustar a sus víctimas, y cuanto más fuerte lo hacen, mejor muerden. Este era un jadeo de los más escandalosos.
«Un buen esprint —pensó Vicky—. Un solo esprint bien ejecutado puede salvarme el pellejo». Ese era el viejo truco que siempre le daba resultado cuando echaba una carrera con los demás muchachos de Flake: en un abrir y cerrar de ojos, se embalaba de pronto y tomaba la delantera.

Así que, acto seguido, dio una arrancada espectacular. Sin embargo, por desgracia eso era algo que al lobo también se le daba de miedo. Claro, se veía obligado todos los días a huir de gente o a perseguirla, de modo que estaba bien entrenado. Era capaz de acelerar como ningún otro lobo: cuando Vicky creía estar a punto de hacer una escapada triunfal, el animal aumentaba aún más la velocidad.
De repente, Vicky oyó también, ya no solo un jadeo, sino un bufido, ese desagradable ruido procedente de las fosas nasales del lobo. Había oído muchos bufidos en su vida, pero nunca uno tan furibundo.
Aún no divisaba el árbol por el que solía trepar y que le había sacado del aprieto tantas veces. ¡En cambio, un gran arbusto apareció ante sus ojos! Se detuvo en seco detrás del mismo y, en una fracción de segundo, estiró una pierna para ponerle la zancadilla a su perseguidor. De acuerdo, eso era jugar sucio, pero la necesidad no conoce ley.
Los lobos no suelen mirar por dónde van, de modo que el espeluznante granuja cayó de bruces con gran estrépito, al tiempo que profería una sarta de desagradables improperios lupinos.
¡Vicky aprovechó para echar a correr de nuevo! En menos que canta un gallo, ganó treinta metros de ventaja.
No obstante, el lobo se levantó enseguida, más enfadado que nunca. Lo de la zancadilla le había sentado como un tiro: le parecía algo tan taimado que ahora se puso a jadear, a chasquear las mandíbulas y a bufar —todo a la vez— como nunca se había visto hacer a criatura alguna. Ya le pisaba a Vicky los talones de nuevo, y ahora empezó hacer amagos de hincarle el diente en las piernas.
Hasta que... ¡por fin! ¡Ahí estaba el árbol a prueba de lobos, con sus benditos asideros para poder trepar! De un par de brincos, Vicky alcanzó una de esas estaquillas clavadas en el tronco, la que quedaba a dos metros del suelo, justo en el preciso momento en que el animal se abalanzaba hacia él. Por suerte, el salto de altura no era el fuerte de la fiera, que solo llegó a 1,80 metros. La mayoría de los lobos saltan hasta una altura de 2,50 metros como si nada; algunos que están muy en forma llegan a tres. Este se quedaba siempre atascado en su ridícula marca de 1,80, a pesar de que entrenaba todos los días.

¡Ah, qué bufido de rabia se le escapó al ver que fallaba por solo veinte centímetros!
Mientras tanto Vicky siguió trepando hasta llegar a los ocho metros, donde estaba la gran piedra que guardaba allí, encajada en una horqueta, precisamente para esas situaciones de emergencia.
De inmediato, Vicky se puso a hacerle la burla a su acosador. Sabía lo mucho que cabreaba a los lobos de Flake que se mofaran de ellos, así que, precisamente por eso, se regodeó en hacerle una y otra vez el mismo gesto de llevarse el pulgar a la nariz y mover los demás dedos de la mano con sorna.
Ante la provocación, el lobo redobló sus saltos en un desesperado intento de alcanzarle. Vicky le dejó hacer, esperando a que le acometiera con una poderosa embestida. ¡Entonces llegaría su oportunidad! Según sus cálculos, si la bestia y la piedra convergían a toda velocidad en direcciones opuestas, el impacto sería mucho mayor. Y sus cálculos siempre resultaban ser acertados.
De modo que, cuando el lobo pegó un salto digno de la fiera que era, Vicky lanzó la piedra con todas sus fuerzas. Esta alcanzó al bicho en plena pelada coronilla: el punto flaco de los lobos de la comarca, el cual se cuidan muy mucho de exponer al peligro. Salvo, claro, que se burlen de ellos descaradamente, en cuyo caso pierden por completo el control.
Cuando el lobo cayó de culo, Vicky se puso, como de costumbre, a contar despacio hasta cien: si al terminar la bestezuela seguía allí sin moverse, tal y como había caído, sabía que seguiría aturdida al menos una hora más. Los lobos no poseen la capacidad de fingir, lo cual supone una gran desventaja para ellos, pues se les nota enseguida en cuanto recobran un poco la conciencia.
—Noventa y nueve, cien —concluyó Vicky antes de bajar del árbol. Quería llegar cuanto antes a casa, donde su madre Ylva ya debía de tener preparada la cena.
Se zampó una rebanada de pan con miel, otra con queso fresco, otra con jamón, otra con mermelada de arándanos, otra con anguila ahumada, otra con salchicha y otra más de nuevo con queso fresco.
—Gracias, está riquísimo —exclamó—. Madre mía, qué hambre me ha dado eso de pasarme todo el día huyendo de un lobo.
Por desgracia, esto último lo oyó Halvar, su padre, cuya gran aflicción en esta vida era precisamente esa: que su hijo salía huyendo despavorido ante los lobos.
—¡Se me cae la cara de vergüenza por tener un hijo como tú! —clamó.
—Bueno —replicó Vicky—, ¡pero es que este era muy grande y feroz!
—Los lobos grandes y feroces son lo mejor —dijo Halvar—. Sobre todo si vienen en manada.
—Bueno, ¡pero es que no veas cómo chasqueaba las mandíbulas!
—¿Por qué no las chasqueaste tú? —preguntó Halvar—. ¡Tú también tienes mandíbulas!
—Bueno, ¡pero es que no veas cómo resoplaba!
—¿Por qué no le resoplaste tú también? A tu edad yo ya había derribado de un resoplido a miles de lobos.
—Bueno, ¡pero es que no veas cómo bufaba!
—¿Por qué no le bufaste tú también? Eso es lo que hacen todos los demás muchachos de Flake: les plantan cara y bufan hocico con hocico a los ejemplares más formidables. Tú, en cambio, te sirves de unos palitroques para trepar a un árbol. ¡Ahora mismo voy a arrancarlos!
Aunque a la hora de la verdad no lo hizo, pues delante de madre Ylva no se atrevía.

Lo cierto es que Halvar había abatido su primer lobo el mismo día que se le cayó el primer diente de leche. Era el caudillo de Flake, su luchador más aguerrido y el que mejor lanzaba la jabalina. Con ella alcanzó un día, lanzándola desde tierra firme, a otro gran jefe de la isla de Öland. La lanza atravesó la cota de malla y arañó la piel de la víctima. Como se trataba de una jabalina hecha de madera de abedul y por desgracia el jefe era alérgico a ese tipo de material, que siempre le provocaba sarpullidos, a consecuencia del disparo estuvo rascándose durante varias semanas. Le picaba horrores todo el cuerpo, y tenía que pedir ayuda para rascarse en los lugares a los que él no llegaba.
Eso lo mosqueó tanto que envió a sus tres fornidos hijos desde Byxelkrok —el pueblo de la tribu más feroz de toda la isla de Öland— con la misión de vengarlo.
En el último ritual sagrado, Halvar había sacrificado varios bueyes a los más poderosos dioses vikingos, rogándoles que hicieran de su hijo un bravo guerrero. Sin embargo, los dioses —que eran unos timadores de mucho cuidado— se quedaron con las ofrendas e hicieron caso omiso de sus plegarias.
Su esposa, Ylva, siempre salía en defensa de Vicky:
—Liarse a mamporros lo puede hacer cualquier descerebrado, pero esquivar el peligro cuando las cosas se ponen feas resulta bastante más difícil. ¡Si hubieras tenido la inteligencia de Vicky, ahora no estarías tuerto ni te faltaría una oreja!
—¡Otra vez me vienes con esas! —exclamó Halvar.
—Y en lo que respecta a ese lanzamiento de jabalina del que tanto presumes —continuó Ylva—, déjame recordarte que no era al gran jefe de Öland al que querías darle, sino a Hasple, el mercader de sal, que estaba seis pies a su derecha.
—Estoy harto de escuchar esa historia —se quejó él.
—Todo porque Hasple te había dado gato por liebre vendiéndote cinco sacos de arena blanca como si fueran sal. ¡Con lo indigesta que es la arena! Tuvimos dolor de barriga todo el invierno. Hay que ver lo bien que recuerdas el lanzamiento y, en cambio, cómo te olvidas siempre de lo de Hasple. Y de que los fortachones hijos del gran jefe se apropiaron de tu mejor barca de remos y te cortaron una oreja como desagravio por los sarpullidos de su padre.
—Era mi oreja, no la tuya; por mí podrían haberme cortado también la otra: así me ahorraría oír todas tus regañinas.
—Oh, no te preocupes, que con lo rácano que eres con el agua y el jabón, enseguida la vas a tener cubierta de moho.
—Sigo siendo el jefe de la tribu —protestó Halvar—, de manera que vives en la mejor casa y comes las mejores viandas de todo Flake.
—Tú tienes muchas cosas buenas, querido Halvar. Se te da muy bien pescar y cazar, pero es mejor que no te jactes de tus hazañas. ¡Perdiste el ojo peleando por dos anzuelos de pesca!
—¡El hombre contra el que luché se quedó sin nariz! Ahora tiene peor aspecto que yo.
—¡Ah, vikingos idiotas y fanfarrones! —exclamó Ylva—. ¡Un ojo y una nariz por dos anzuelos! Doy gracias de tener a Vicky. Él sabe cuidar de sí mismo y de sus cosas. Yo ya tengo bastante con remendar y zurcir todo lo que tú destrozas.
—¡Claro, él solo se destroza las plantas de los pies!
—¿Y qué? —replicó Ylva—. No le han costado ningún dinero. En cambio, recuerda qué vista de lince y qué oído tan agudo tiene. Por no hablar de su sentido del olfato: cuando se incendió la casa de Fnyke, percibió el olor a humo a tres millas de distancia. Y gracias a él nos dio tiempo de ponernos a salvo de los vikingos de Ramdala en aquella otra ocasión; de lo contrario, nos habrían matado a todos, pues venían con muy malas intenciones. ¿Dónde estabas tú entonces, querido Halvar?
—Cien veces me lo has echado en cara.
—Pues ahora van a ser ciento una. Estabas de expedición vikinga y volviste con las manos vacías y la túnica hecha jirones. ¡Menos mal que estuvimos a tiempo de esconder el ganado! Y todo gracias a Vicky.
—Es verdad que Vicky tiene talento para algunas cosas —concedió Halvar—. ¡Pero en lo tocante a los lobos...!
—Déjate de lobos —le cortó Ylva—. ¿Quién regateó con los mercaderes de sal de la isla de Hanö, el invierno pasado? ¡Vicky, claro está! Les dijo que poseíamos nuestra propia salina, pero que en ella se había formado una costra helada y era una lata quitarla. Así que les propuso que nos bajaran el precio a la mitad: de esa manera ellos evitarían tener que volverse a casa con su sal a cuestas, y nosotros nos ahorraríamos el trabajo de limpiar la escarcha. Se lo tragaron y aceptaron el trato. ¡La mitad de los sacos nos salió gratis! Igualito que cuando tú le compraste arena a Hasple.
—¡Ah, mujer! —rugió Halvar—. ¡No quiero oír ni una palabra más acerca de Hasple!

—Hasple, Hasple, Hasple —le chinchó Ylva—. Arena, arena, arena.
Halvar salió entonces, dando un portazo que hizo temblar toda la casa.
Sin embargo, no pasó de allí, ya que de la cocina llegaba un delicioso olor a carne guisada con patatas y laurel que le hizo volver a entrar enseguida. Y es que para él no había en el mundo nada mejor que la carne guisada con patatas y laurel.
—Bienvenido de nuevo —lo saludó su esposa—. ¿Qué has estado haciendo ahí fuera? ¿Te has encontrado con Hasple, Hasple, Hasple? ¿Venía a venderte arena, arena, arena? Sea como fuere, me alegro de que hayas vuelto. Porque justo me ha venido a la cabeza aquel día en que saltaste a un hoyo abierto en el hielo en pos de un viejo lucio.
—Es que me provocó —se defendió Halvar—. Y no soporto que me provoquen.
—Menudo listillo, que se deja engañar por un pez. Por suerte, Vicky supo enseguida qué hacer y me pidió que bajara al hoyo a buscarte. Pero, cuidando bien de su anciana madre, me ató una cuerda a la cintura antes de que yo saltase, mientras él se quedaba arriba sujetándola por el extremo, a pesar del frío que hacía. Si no lo hubiera hecho, nunca habríamos encontrado la salida.

—Jamás olvidaré cuando la encontramos —dijo Halvar—. Salí ardiendo.
—Pues claro, Vicky estaba quemando broza en el hoyo para mantenerlo abierto. Da gracias por ello: chamuscarte las puntas del pelo fue un precio bastante razonable a cambio de tu vida.
—¡No te fastidia! Anduve calvo hasta la siembra de primavera.
—¡No olvides que así te libraste también de todos los piojos! No hay mal que por bien no venga. Reconoce que es un honor tener un hijo tan tremendamente astuto y espabilado como Vicky. Es capaz de hacer cualquier cosa mejor que tú. ¿Te apuestas algo?
—¿Cualquier cosa? ¿Como lanzar un ataque en costa enemiga? ¿O batirse en duelo?
—Vale, exceptuando batallas, peleas y todas esas necedades —repuso Ylva.
—¿Qué te parece mover un montón de piedras? Eso sí que es cosa de hombres.
—Seguro que él acaba antes y no emplea ni la mitad de esfuerzo que tú. Me apuesto un collar.
—Subo la apuesta a dos collares —replicó Halvar.
—Vaya bravucón estás hecho.
—Me apuesto dos collares de cristal tallado y dientes de lucio —insistió él.
—Madre mía, qué guapa voy a estar. Desde luego no eres tacaño, querido Halvar, solo un poco borrico y desaseado. ¿Qué te parecen para la apuesta esos dos montones de piedras que hay en el prado pequeño? Son del mismo tamaño. Si retiráis un montón cada uno y despejáis así el prado, luego tú podrás ararlo.
—¡Hecho! Mañana mismo nos ponemos manos a la obra —aceptó Halvar—. Pero no le digas aún nada a Vicky, no vaya a tramar algo con antelación.
—Claro, que tú tengas tiempo de tramar algo da igual.
Se estrecharon la mano para cerrar la apuesta. Y Halvar, con buen espíritu deportivo, aconsejó a Vicky que se acostara pronto. Ambos debían hacer acopio de fuerzas.
La competición
A las seis de la mañana del día siguiente, Halvar y Vicky se encaminaron hacia sus piedras, fortalecidos con varios tazones de la rica papilla de avena que madre Ylva les había preparado.
Una pequeña colina se alzaba en medio del prado entre ambos montículos, de manera que desde ninguno de los dos se podía ver lo que ocurría al otro lado.
De inmediato, Halvar levantó el pedrusco más grande de su montón. Y cuando se cruzó con Vicky en la otra punta del prado, se echó a reír con todas sus fuerzas: la piedra que su hijo acarreaba era al menos dos veces más pequeña.
—Vaya ridiculez —exclamó—, pero supongo que eso es lo máximo que tú puedes cargar.
A continuación, Halvar movió la segunda piedra más grande. Sin embargo, en esta ocasión no se encontró con Vicky en la otra punta del prado, ni tampoco en el siguiente viaje, ni en el siguiente, ni en el que vino después.
«Qué muchacho tan vago —pensó Halvar—. Y menuda competición de pacotilla. Tengo que ir a ver qué anda haciendo».
Al subir entonces a la colina, observó cómo a sus pies Vicky yacía tendido de espaldas sobre la hierba.
—Menudo holgazán estás hecho —le gritó Halvar.
—¿Cómo? —replicó su hijo—. Si estoy trabajando.
—Ya veo. No te esfuerces demasiado, no sea que vayas a reventar.
—Descuida. ¿Y a ti cómo te va? Debes de haber movido ya una docena de piedras al menos, ¿no?

—Cinco de las grandes —respondió Halvar—, por si te interesa saberlo.
—¿Cinco nada más? Entonces te falta mucho. Hay doscientas en cada montón. Y ahora vete, por favor, que me molestas.
—Oye, además de perezoso, eres un descarado —le espetó su padre—. A decir verdad, te debería dar unos buenos azotes.
—Oh, no te tomes tantas molestias por mí. Basta con que me dejes trabajar un poquito en paz.
—Conque trabajar, ¿eh? ¿En esa posición?
—¿Es que nunca has oído hablar del trabajo mental? Tú has movido cinco piedras y yo diez. Te llevo el doble de ventaja.
—¡Pero si solo has movido una! —protestó Halvar—. Y una bien pequeña. No tomes el pelo a tus mayores.
—Padre querido, intenta seguir el hilo de la cuestión. He desplazado veinte a la mitad del camino.
—Yo no veo ninguna en el camino.
—He calculado cómo voy a hacerlo —explicó Vicky—. Tengo cabeza, padre. Eso es llevar la mitad del trabajo adelantada.
—Tú tendrás cabeza, pero yo tengo pies.
—Consuélate con eso, si quieres. Pero venga, vete, antes de que te quedes demasiado rezagado.
—¡Serás sinvergüenza! —exclamó Halvar antes de volver a la faena.
«Un tirachinas enorme... —reflexionaba Vicky—. Un tirachinas requetegrande es la solución. Si no quiero tener que cargar doscientas piedras, he de idear alguna otra forma de moverlas. Los mejores inventos se deben a que la gente quería ahorrarse molestias. ¡Como la rueda o la palanca! Seguro que las inventaron los mayores holgazanes del mundo. Así avanzan las cosas. Ahora me toca a mí. ¡Un tirachinas gigante!».

Tras ponerse en pie de un salto, se encaminó a casa, donde desencajó de sus bisagras la gran puerta de la entrada y se la llevó. De vuelta en el prado, dobló dos retoños de abedul, flexibles pero resistentes, que se hallaban a una distancia adecuada el uno del otro. Ató la puerta a los dos troncos con varillas de mimbre y clavó en el suelo una cuña que serviría para mantener la puerta inmóvil en su sitio. Con ello, el artefacto estaba concluido: cuando se retiraba la cuña, los abedules volvían a su posición inicial, de tal manera que si antes se había colocado algo sobre la puerta, ahora salía despedido a una velocidad tremenda gracias a ese gran tirachinas, o catapulta, o como queramos llamar al invento.
A continuación, Vicky colocó cinco piedras encima de la puerta y retiró la cuña de una patada. Sus cálculos eran correctos: las piedras volaron justo hasta la otra punta del prado. Ahora solo tenía que trepar a uno de los abedules, sentarse sobre la puerta y así hacerla bajar de nuevo hasta el suelo bajo su peso, lista para disparar de nuevo.
Cuando Halvar llegó resoplando con su décimo pedrusco a cuestas, le sorprendió una lluvia rocosa que caía del cielo. Gritó aterrorizado mientras pensaba: «Estos son los dioses. ¿Se puede saber por qué los muy bribones están de tan mal humor?».
Sin embargo, no se oía ningún trueno, y es sabido que los dioses truenan siempre como muestra de soberbia. «Entonces, tiene que ser Vicky», se dijo a continuación, arrepintiéndose al instante de su grito. Además, reconocía las piedras que caían, puesto que él mismo las había picado en su momento. Así que subió a la colina de nuevo.
—Deja de corretear de un lado a otro, padre —dijo Vicky—; no tienes tiempo para eso. Has de esforzarte mucho más.
—Granuja —murmuró Halvar.
—Genio, querrás decir. Y en ese caso tendrás razón.
Lleno de rabia, y decidido a partirse el lomo en el empeño si hacía falta, Halvar se dispuso a cargar una piedra con cada brazo: algo que muy pocos en Flake eran capaces de hacer.
No obstante, de súbito, otras cinco o seis piedras sobrevolaron de nuevo su cabeza. Al poco rato, cayó una nueva tanda, y otra, y otra más.
«No basta con dos a la vez», pensó Halvar antes de, ni corto ni perezoso, agarrar tres piedras y ponerse a correr hasta perder el resuello. Era el jefe de Flake precisamente porque nunca se daba por vencido.
—Muy bien, padre —le gritó Vicky—. ¡Vaya músculos te van a salir!
Halvar alzó la vista hacia la colina: allí estaba su hijo, tumbado cuan largo era, mientras se zampaba unas fresas silvestres que había ensartado en una paja a modo de brocheta. Bostezaba, se estiraba y se le veía muy a gusto.
—¡Ocioso haragán, gandul indolente! —le gritó—. ¡Vaya llagas te van a salir en el trasero de estar ahí tumbado, pedazo de zángano!
—¡No te preocupes por mí, padre! Me encuentro de maravilla.
A las ocho vino Ylva con un cántaro lleno de leche de cabra y una buena pila de exquisitos emparedados.
—¿Cómo vais? —preguntó.
—Yo, bien —respondió su marido—; pero este de aquí está haciendo trampas.
—Qué dices —objetó Vicky—. Lo único que hago es usar mi inteligencia.
—La peor gallina es la que más cacarea —observó su madre—. Bueno, tomad estos ricos emparedados que os traigo; comeos un par cada uno, mientras yo voy a contar las piedras.
Así pues, padre e hijo se sentaron a almorzar. Halvar lanzaba a Vicky miradas recelosas, pero este se limitaba a sonreír socarronamente.
Poco después, volvió Ylva con expresión enigmática:
—¡A ver si lo adivináis!
—Voy ganando yo —dijo Halvar, pensando en todo lo que había corrido de un lado para otro con un buen cargamento cada vez.
—No le desengañes, madre —terció Vicky—. Está claro que necesita creerse el mejor.
—¡Oye, no seas insolente! —dijo Ylva—. Al padre hay que honrarlo y respetarlo; sobre todo, si se tiene un padre como Halvar.
—Mil perdones a ambos —replicó Vicky—. No era mi intención ofender.
—Eso espero —asintió su madre—. Tú, pedazo de fanfarrón, has movido ciento diez piedras, mientras que aquí tu padre ha podido con ciento doce. Buen trabajo, ambos.
—Voy ganando —exclamó Halvar—, como era de esperar. ¡Venga, al tajo de nuevo!
Y, diciendo esto, Halvar agarró cuatro piedras y se puso a trotar otra vez como un loco.
Mientras, sin embargo, Vicky se afanó con la gran catapulta de su invención, de modo que la lluvia de piedras caía cada vez con mayor frecuencia. A pesar de ello, Halvar mantuvo su ventaja hasta llegar a las ciento cuarenta. Entonces, tropezó con la raíz de un árbol, lo que permitió a Vicky anotarse un empate. Su padre echó a correr sin parar de nuevo. Aunque sudaba como un pollo y el sudor le hacía cosquillas, no tenía la más mínima intención de detenerse para rascarse.

Cuando llegó a ciento ochenta piedras, Vicky ya le sacaba una ventaja de cuatro; a las ciento noventa, le ganaba por seis. Tras efectuar las últimas descargas a un ritmo vertiginoso, el muchacho se sentó en la puerta, quitó la cuña y salió volando, tras lo cual aterrizó con suavidad y estilo sobre la pila de piedras que había ido formando en la otra punta del prado.
—Aquí me tienes, padre —saludó.
Justo en ese momento llegaba Halvar, con la lengua fuera y cinco piedras en el regazo.
—¿Aún no has terminado? —preguntó su hijo.
—¡Cierra el pico! Me faltan dos rondas y ya me empiezan a pesar.
Tras hacer también corriendo esas dos últimas rondas, quedó solo cinco minutos por detrás de Vicky.
—Buen trabajo, padre. ¿Qué tal si ahora echamos una carrera alrededor de la laguna?
En ese momento, Halvar mostró qué clase de hombre era. Se echó a reír afablemente y propinó a su vástago unos azotes amistosos en el culo.
—Ya basta de correr por hoy, y además, no tengo tiempo. Me voy adonde Fjale, a comprarle los collares más bonitos que tenga para Ylva. A pesar de que para mí sea un chasco haber perdido la apuesta, Fjale también tiene que ganarse las habichuelas.
—Bien dicho, padre. Esas palabras valen más que mi victoria.
Halvar sonrío con satisfacción, preguntándose dónde habría aprendido su hijo algo así. Él mismo nunca había oído decir nada tan noble.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó Vicky.
—Claro, pero ojo con lo que cuentas. En casa de Fjale son unos bocazas de mucho cuidado y todo lo que oyen lo cuentan luego.
—Ni una palabra acerca de los pedruscos —prometió Vicky—. La elegancia es mi virtud.
—Tienes muchas virtudes. Y algunas en demasía.
Fjale resultó estar de buen humor, así que les vendió dos preciosos collares a buen precio. «Aun así, salgo ganando, pues ahora tengo el prado despejado —se dijo Halvar—. Soy más rico que antes de ponernos a ello... aunque las piernas me tiemblen ahora como un flan».
—Bueno, Vicky, tan solo confío en que la puerta no se haya dañado.
—Qué va, no le ha pasado nada. Tú equipas nuestra casa solo con cosas de calidad.
—Me alegro de oír eso —repuso Halvar—. Lo hago lo mejor que puedo.
—Eres genial. Ninguno de los demás muchachos tiene un padre como el mío.
—Y si ellos dicen que sus padres son mejores, ¿qué haces tú entonces?
—Oh —respondió Vicky—, ¿por qué me va a importar de qué presuman los demás?
—¿No haces nada al respecto, pues?
—Piénsalo bien. Tú hablas por ti, pero hay que entender que los demás chavales también quieran presumir un poco de sus padres.
—Eso crees...
—Claro. Teniendo un padre como tú, no me hace falta presumir. Me basta con señalarte y decir: «Vedlo vosotros mismos».
—Por esas sabias palabras, te concedo permiso para venir conmigo de expedición vikinga este verano —dijo Halvar.
—Mis humildes gracias. Acepto, siempre que no sea demasiado estorbo. Y ya sabes que no me gustan las peleas ni los tortazos. Tarde o temprano acaban dándote en la cara y haciéndote sangrar por la nariz.
—Vaya enclenque melindroso tengo por hijo —rio su padre—. Pero seguro que nos serás de utilidad.
Y así quedó decidido que Vicky iría de expedición vikinga. Pues era Halvar quien mandaba: como jefe de la tribu, él era quien debía llevar el timón la mayor parte del tiempo. Y asegurarse de que siempre había agua dulce a bordo.
Pulsuz fraqment bitdi.