Kitabı oxu: «Los reinos en llamas»


Para Anna, Hannah, Indy,
Jack, Joy, Lily,
Lucy, William y Zoe


La guerra no es un juego de pobres.
La guerra: El arte de vencer, M. Tatcher
¿El arte de la guerra? Tonterías.
La guerra no es arte, sino una serie de errores.
Reina Valeria de Illast



HAROLD
CAMPO DE HALCONES, NORTE DE PITORIA
Una joven está sentada, inmóvil y silenciosa,
aguardando las órdenes del príncipe,
ella es serena, dócil y hermosa.
Canción tradicional de Brigant
Era una tarde gloriosamente cálida y soleada, y el joven príncipe Harold vagaba por el borde del bosque tarareando para sí, tratando de inventar más versos para una antigua canción.
La princesa aguarda, astuta y silenciosa,
lista para llevar a cabo un homicidio
Ella es desafiante, asesina y hermosa.
El príncipe Boris vigoroso y veloz cabalga.
su corazón atravesado por una lanza
al fin muerto.
Harold avanza a encontrar su futuro,
noble y atrevido
con el mundo a sus pies tendido.
Harold se detuvo y colocó el puño de la mano derecha a la altura del corazón, de la misma forma en que lo haría en la corte cuando se reconociera su nueva posición como heredero al trono de Brigant.
Con el mundo a sus pies tendido…
La antigua canción era sobre una joven pura que soñaba con que un joven le diera sentido a su vida. Boris a menudo la cantaba cuando bebía.
—Bueno, hermano, ciertamente nuestra hermana le ha dado más sentido a mi vida.
El rojo brillante de una diminuta fresa silvestre que crecía muy cerca de la tierra llamó la atención de Harold, quien arrancó el delicado fruto. Estaba deliciosamente dulce y buscó más; recogió los más maduros y pisoteó el resto. Avanzó hacia donde el sol daba pleno, fuera del bosque, y lamió el jugo que corría por sus dedos. Frente a él, el humo gris todavía persistía en el campo de batalla, sin lograr ocultar del todo los detritos de la guerra: cadáveres, caballos heridos y armas; lanzas clavadas en ángulos extraños, perforando la tierra quemada. Harold echó la cabeza atrás mientras cerraba los ojos, recibiendo el sol en el rostro, sintiéndose verdaderamente dichoso.
—¡Qué! ¡Hermoso! ¡Día!
Las palabras que acababa de gritar parecieron pender y vibrar en el aire inmóvil.
—Qué día tan glorioso —gritó de nuevo. Estaba asombrado, de todo: de su posición, de cómo se había materializado y de lo bien que se sentía.
Pero nadie respondió. Todo estaba en silencio, salvo por algunos chillidos lejanos: tal vez un hombre o un caballo malherido, aunque no parecía un ruido que pudiera provenir de ninguno de los dos.
En medio del campo de batalla había dos carretas quemadas: una, la que había transportado a la hermana de Harold, la princesa Catherine; la otra, al príncipe Tzsayn. Las mulas que habían tirado de las carretas también yacían allí, en posiciones contorsionadas, todavía enganchadas a los restos, una de ellas con la cabeza atrás y la crin titilando con pequeñas llamas, y la otra con una pata apuntando hacia el cielo. Harold había inspeccionado las carretas junto con su padre y Boris cuando fueron construidas. En aquel entonces, habían tenido un aspecto bastante impresionante, pero ahora, como todo lo demás, parecían pequeñas e insignificantes.
A través del campo, algunos soldados de Pitoria emergieron de entre el humo, caminando lentamente, con la cabeza baja, quizá buscando heridos. Uno de ellos miró intensamente a Harold.
Harold le devolvió la mirada. ¿Lo desafiaría este hombre?
No. Ya la atención del hombre había regresado al suelo mientras continuaba su lento avance junto con los otros soldados. Quizás habían pensado que Harold era uno de ellos, o tal vez ya estaban hartos de luchar. Pero en la mente de Harold aún persistía aquella inquietud de que tal vez lo vieran sólo como un chico de catorce años: no un soldado, ni una amenaza.
Ya verían. Muy pronto todos se enterarían.
Harold estaba sorprendido de qué tan buenos combatientes eran los soldados de Pitoria; habían ganado esta batalla con facilidad y pocas bajas. Había escuchado mientras su padre y su hermano planeaban el ataque de Brigant. Había intentado hacer una pregunta y Boris le había dicho, como de costumbre, “deja de interrumpir”, por lo que Harold se había sentado en silencio y empezado a planear cómo contrarrestar las tácticas simples del uso de la fuerza máxima que aplicaba su padre.
Lord Farrow, general de Pitoria, obviamente había considerado sus opciones. El padre de Harold había juzgado de forma completamente errónea a su enemigo, y había supuesto que Farrow, al no tener experiencia real en combate, sería fácil de derrotar. Harold había visto sólo por un instante a Farrow, durante las negociaciones para el rescate del príncipe Tzsayn. El Señor era vanidoso y codicioso, pero para Harold resultaba obvio que no era ni estúpido ni perezoso. Farrow había preparado el campo de batalla surcándolo con zanjas llenas de brea. Haberle prendido fuego al lugar —y a sus enemigos— había sido una forma sencilla para que Pitoria se deshiciera de sus oponentes. Es cierto que no se trataba de una verdadera victoria en realidad, puesto que la gente de Brigant había logrado retirarse, pero el punto es que los soldados de Pitoria habían controlado la situación. Una vez más, el rey Aloysius había subestimado a su oponente, tal como en la última guerra había subestimado a su hermano, el príncipe Thelonius, y una vez más se había arriesgado a ser visto como un tonto. Y Boris tampoco era mejor.
Tampoco había sido mejor.
Una sonrisa se asomó a la comisura de los labios de Harold.
—Mi padre subestimó a Pitoria y tú, queridísimo hermano, subestimaste a nuestra maravillosa hermana.
Harold había visto a Boris y Lang hablar con Catherine cuando ella estaba encadenada a la carreta durante el fallido intercambio de prisioneros. Incluso encadenada, Catherine lucía impresionante con ese vestido de seda blanca debajo de su bruñida armadura. Sin duda, Boris la había insultado, pero Lang había tocado el peto de Catherine, justo encima de los senos. Boris no debería haber permitido eso; Lang era un patán, un don nadie, y Catherine una princesa. Pero Lang ya estaba muerto. Y Boris también. Harold había tenido una visión perfecta de los momentos finales de Boris: la lanza volando desde la mano de Catherine, la fugaz mirada de sorpresa y de confusión en el rostro de su hermano. Harold casi había reído a carcajadas con esta imagen. Y luego vendría el deleite de ver a Boris caer, herido de muerte.
Y eso fue lo único que se había requerido para elevar a Harold a legítimo heredero.
—Gracias, hermana —Harold sonrió mientras miraba hacia el campamento de Pitoria, de donde Catherine había escapado. Harold siempre la había querido más que a su hermano. La joven era ingeniosa y astuta. Pero con seguridad debía haber inhalado algo de humo para conseguir semejante lanzamiento.
Harold mismo había inhalado por primera vez el humo de demonio púrpura sólo unos días antes. Se había sentido bastante nervioso. Su padre despreciaba cualquier cosa que “pervirtiera” la naturaleza, incluso el vino y la cerveza, y Boris le había advertido contra esta práctica, diciendo: “Esto va a aturdir tu mente. Y seamos sinceros, en el mejor de los casos, tu mente no es normal”.
Harold era muy consciente de que su mente no era como la de la gente común. Pero ¿quién quería una mente normal y quién quería hacer lo que Boris había ordenado? Y en el campamento de Brigant había un buen número de jóvenes en posesión de humo de demonio que estuvieron más que encantados de compartirlo con el hijo del rey.
Harold había inhalado una cantidad mínima, pero de inmediato supo que su antigua vida había terminado. El humo lo transformó. Harold era pequeño y liviano: tenía más la constitución de su madre que la de su padre, para su decepción. Pero con el humo era incluso más rápido y más fuerte que los mejores hombres del ejército. Éste era el motivo por el que Boris no había querido que Harold obtuviera humo: tenía miedo de que fuera más fuerte que él. Pero ahora no importaba. Boris estaba muerto y Harold podía hacer lo que le viniera en gana.
—Y lo haré mejor que lo que alguna vez lo hiciste tú, hermano —murmuró—. Antes de cumplir los quince tendré mi propia tropa.
Boris no había recibido la suya hasta cumplir los quince años.
Harold sabía exactamente qué tropa quería, y ciertamente no incluía a los patanes de Boris. Harold quería las brigadas de jovencitos. Los había visto entrenar, había visto cómo el humo de demonio los había transformado de chicos en…
—Hey, tú.
Era uno de los cabezas azules de Pitoria que había estado buscando entre los heridos. No estaba solo, pero los otros estaban mucho más atrás.
Harold sonrió y saludó.
—Hola.
—¿Qué estás haciendo?
Harold respondió en su mejor acento de Pitoria:
—Admirando la vista —el hombre se acercó y Harold pudo ver que la cara debajo del cabello azul era inusualmente fea, con labios gruesos y una frente ancha y poco profunda—. Y tú lo estás arruinando.
—Eres de Brigant, ¿cierto, muchacho? No deberías estar aquí. Deberías irte.
—Ciertamente, soy de Brigant. He aquí a Harold Godolphin Reid Marcus Melsor, segundo hijo de Aloysius de Brigant, futuro rey de Brigant, Pitoria, Calidor y cualquier otro lugar que me apetezca, y estoy de un humor excepcionalmente bueno, a pesar de que estoy viendo al hombre más feo de Pitoria. Me iré cuando bien me plazca. Y ésta… —Harold desenvainó su espada— es la razón.
Al decir esto, corrió hacia el soldado. Realizó una voltereta, balanceando su espada mientras giraba en el aire, sintiendo la fuerza del humo y su espada tan liviana y fácil de manipular como una pluma. Se sentía como en una danza y Harold quiso reír otra vez mientras su espada cortaba limpiamente la pierna del soldado, justo por encima de la rodilla. Harold aterrizó con firmeza en ambos pies mientras el hombre caía al suelo sobre su espalda, mirando al cielo, abriendo y cerrando en silencio su boca de labios gruesos, como un atún jadeando sin encontrar agua. Los otros dos soldados de Pitoria gritaron alarmados y corrieron en dirección a su compañero, desenvainando sus espadas. Para Harold, todo parecía moverse lentamente, sonrió y extendió los brazos, preguntándose si lo atacarían, pero ellos se detuvieron, mirando nerviosos a su alrededor.
Harold gritó:
—Estaban buscando hombres heridos, ¿no es cierto? Bueno, ahora han encontrado uno. Deberían ayudarle. Se desangrará si no actúan rápido.
Uno de ellos se adelantó y se arrodilló junto al hombre con boca de pez jadeante.
—¿Por qué hizo eso cuando la batalla ya ha terminado? —preguntó el otro.
¡Qué preguntas tan sosas! Harold apenas se molestó en responder.
—Para demostrarles de lo que soy capaz. Y ahora que tengo su atención, lleven este mensaje a mi hermana, la princesa Catherine: díganle que Tzsayn y Farrow ganaron en esta ocasión, pero no lo harán de nuevo. La próxima vez, mi ejército de infantes les cortará a todos las piernas a la altura de las rodillas.
Y diciendo esto, Harold corrió hacia los árboles tan rápido como el viento. Los soldados ni siquiera intentaron perseguirlo; se arrodillaron junto a su compañero herido. Y por encima de los campos humeantes, por encima del río y de los campamentos del ejército contrario, por encima de todo ello, las nubes comenzaron a agruparse, y al final de aquella primera tarde del verano, las lluvias comenzaron a caer.

CATHERINE
CAMPAMENTO REAL,
NORTE DE PITORIA
La guerra no termina para los vivos; sólo halla su fin entre los muertos.
Proverbio de Pitoria
Un breve grito rompió el silencio de la noche. En su cama, la reina se dio vuelta, todavía medio dormida. Cada noche estaba llena de extraños sonidos y alaridos que provenían de las bocas jadeantes de hombres y demonios.
Era sólo un sueño…
Podía lidiar con sus sueños, pues se disolvían inofensivamente con el día, pero sus sueños rara vez la despertaban.
Tal vez fue el aullido de un zorro…
Aunque en el campamento no había zorros.
O un soldado gritándole a un compañero…
Quizás había sido justo eso.
Catherine abrió los ojos.
La tela de su tienda de campaña colgaba flácida en la penumbra que se cernía. Las lluvias que habían caído durante más de una semana por fin habían cesado, dejando charcos en las esquinas de las carpas reales y una humedad que persistía en el aire. Manchas de moho negro habían brotado con rapidez en todo lo que había en su tienda: las divisiones de lana, las cortinas de seda, incluso las sábanas se estaban convirtiendo en mortajas negras.
Afuera, se aproximaba la luz de una farola, lanzando vacilantes y encorvadas sombras junto a voces apagadas.
Savage y sus ayudantes.
Otro aullido de dolor y Catherine se levantó y salió de la cama. Se colgaba la capa en el momento en que Tanya entró corriendo. Aunque la doncella de Catherine no pronunció una sola palabra, su rostro lo decía todo: la condición del rey Tzsayn empeoraba.
Catherine se abrió paso a través de las particiones de doble cortina que dividían la tienda real, separando sus “recámaras” de las del rey. El general Davyon ya estaba allí, a horcajadas sobre la cama, sosteniendo a Tzsayn, que forcejeaba con él. Los ojos del rey se fijaron en ese momento en Catherine y gritó su nombre. Catherine corrió hacia él, sabiendo que un momento de retraso acrecentaría su pánico. La joven tomó la mano de Tzsayn y la sostuvo con firmeza.
—Ya, ya —dijo en voz baja—. Soy yo.
—¿Eres real? ¿Estás aquí? —la miró fijamente, como si aún no estuviera seguro de quién era.
—Sí, soy real. Estoy aquí.
—Pero si ellos te llevaron. Los de Brigant. Pensé que te había perdido.
—No. Escapé… en el campo de batalla. Lo recuerdas, ¿cierto?
Tzsayn la miró con lágrimas en los ojos y sacudió la cabeza, intentando evitar que rodaran por su rostro.
—Pensé que te habían llevado. Pensé… ese hombre.
Ese hombre, decía todas las veces. Se refería a Noyes, Catherine estaba segura, aunque él nunca había dicho su nombre. Él había sido el torturador de Tzsayn y sus hombres, y ahora asediaba la mente del rey.
—Fue un sueño, un mal sueño. Tienes fiebre, cariño. Por favor, recuéstate. Yo estoy a salvo. Pero también quiero que tú lo estés.
Catherine se sentó junto a la cama sosteniendo la mano de Tzsayn mientras el doctor Savage servía una taza de medicina lechosa; en el momento en que la extendió a los labios de su paciente, Tzsayn apartó la taza.
—No más de esa cosa. Déjenme tranquilo, maldita sea.
Davyon simplemente sacudió la cabeza y los asistentes del médico sostuvieron los hombros de Tzsayn mientras Savage vertía la medicina en la garganta del rey quien escupió y renegó, pero al final volvió a caer sobre sus almohadas, todavía aferrado a la mano de Catherine.
Cuando el rey estuvo otra vez tranquilo, Savage retiró las sábanas para revisar su pierna herida. Cada vez que hacía esto, Catherine solía enfocar su atención en el lado bueno del rostro de Tzsayn —su delicado pómulo, su ceja arqueada—, pero esta vez se obligó a mirar abajo mientras Savage desenrollaba las vendas.
Un vistazo fue lo único que pudo soportar. Debajo de la rodilla, la pierna de Tzsayn era un pedazo de carne sanguinolenta repleta de pus, con el pie hinchado como una calabaza.
Se volvió hacia Savage y Davyon.
—¿Qué le está pasando? ¡Se está poniendo peor!
Savage sacudió la cabeza.
—Las quemaduras de la infancia ocasionan que las nuevas tarden más en sanar.
Inmediatamente después de la batalla en el Campo de Halcones, Tzsayn pareció recuperarse, pero después de sólo dos días, una infección le había hinchado la pierna y el delirio abrumaba su mente. Catherine se había recuperado con rapidez de su propio calvario antes y durante la batalla. Tenía una cicatriz profunda en la mano, producto del pincho de metal que la había mantenido encadenada, pero el humo de demonio que inhaló la había curado al instante.
Si funcionara en Tzsayn, pensó. Pero él era demasiado mayor para que el humo púrpura tuviera algún efecto útil.
Catherine había quedado con algunas cicatrices físicas, pero pocas mentales. Había asimilado las consecuencias de sus acciones: había dado muerte a su propio hermano. No estaba orgullosa de eso, pero tampoco arrepentida. Había sido un hecho, algo que necesitaba hacerse. Los hombres mataban todo el tiempo, sin pensar mucho al respecto, pero Catherine había examinado sus acciones con la lógica propia de un juez, y no tenía duda de que había hecho lo correcto.
Boris era malvado y su padre lo había hecho así. Era probable que el mismo padre de Aloysius lo hubiera obligado también a ser de esa forma, y no hay duda de que a su vez el padre de él podría ser culpado, y el padre de su padre y así ascendentemente, a lo largo del linaje real. Pero la podredumbre tenía que parar. Y si los hombres no podían, o no lo hacían, Catherine lo haría por su cuenta. Había comenzado matando a Boris, pero tenía que hacer más. Ésta era ahora su certeza. Haría cuanto estuviera a su alcance para evitar que su padre causara más muerte, destrucción y miseria. Ésta era su gran ambición y no la agobiaba; por el contrario, la impulsaba a seguir adelante.
Y “seguir adelante” significaba actuar: no, significaba ser una reina, la reina Catherine de Pitoria. Había mentido acerca de estar casada con Tzsayn mientras él era prisionero de Aloysius, pero había continuado con la mentira cuando él fue liberado. Lo mismo habían hecho Davyon, Tanya e incluso Ambrose, así que ahora, para todos los efectos, ella era la reina, con todas las responsabilidades que esto conllevaba.
Por fortuna, los involucrados en el traicionero plan de entregar a Catherine a su padre a cambio de Tzsayn habían sido castigados con prontitud. Lord Farrow, así como sus generales y partidarios, habían sido arrestados y encarcelados de inmediato tras la batalla. En el par de días que Tzsayn estuvo lúcido, dejó en claro que lord Farrow sería juzgado por traición, y pocos dudaban de que sería hallado culpable y ejecutado.
Pero luego la fiebre de Tzsayn se había agravado y la responsabilidad de dirigir el ejército, y el reino, había recaído en la reina. Estas responsabilidades —algunas pequeñas, otras enormes— ocupaban por completo la mente de Catherine. Debía tomar decisiones sobre el ejército, la armada naval, la comida, los caballos, las armas y el dinero.
El dinero…
La mayor parte de la riqueza de Pitoria se había esfumado en el pago del rescate de Tzsayn y estaba ahora en manos de Brigant. La gente ya pagaba impuestos hasta el tope. El dinero —o su carencia— era una seria amenaza, así como la guerra.
Muy poco dinero y demasiado conflicto.
Catherine acarició la frente de Tzsayn. Ahora estaba dormido y se veía en paz, pero Catherine sabía que ella ya no dormiría más. Podría inhalar un poco de humo de demonio, que tenía la maravillosa habilidad de relajarla y hacerla más fuerte, pero Tanya también estaba despierta y se enfadaría si viera a su señora haciéndolo. Ser una reina, había descubierto, significaba aún menos privacidad que ser una princesa. La idea de tener tiempo para sí, sin ser observada, parecía un lujo inimaginable. Se dirigió al exterior, seguida por Tanya. Davyon, de aspecto sombrío como siempre, estaba allí, mirando al horizonte. El cielo estaba despejado y comenzaba a clarear en el este.
—Al menos la lluvia amainó —dijo Catherine.
—Sí —respondió Davyon.
Catherine pensó en los montones de papeles que tenía sobre su escritorio. Todavía no estaba lista para enfrentarlos.
—Quiero dar una caminata.
—Por supuesto, Su Alteza. ¿Dentro del complejo real? O…
—No, una verdadera caminata, al aire libre, entre los árboles.
En el pasado, Catherine habría cabalgado felizmente con Ambrose como único guardia, y ahora le encantaría hacer eso. Pero lo que quería y lo que podía hacer eran cosas muy diferentes. Lo último que necesitaba era reavivar los rumores sobre su relación con su guardaespaldas y, además, Ambrose todavía se estaba recuperando de las heridas recibidas en batalla. Al pensar en eso, Catherine se sintió culpable. Muchos de sus soldados habían resultado heridos; debería mostrar su apoyo.
—Voy a recorrer el campamento. Me gustaría ver a mis soldados.
Davyon frunció el ceño.
—Necesitará que parte de la Guardia Real la acompañe.
—¿En mi propio campamento?
—Usted es la reina. Puede haber asesinos —murmuró Tanya en voz alta, como sólo ella podía hacerlo—. Y en caso de que lo haya olvidado, hay un ejército hostil al otro lado de esa colina.
—Muy bien —dijo Catherine—. Convoca a la Guardia Real.
Davyon se inclinó.
—Yo también la acompañaré, Su Alteza.
—¿Necesitará su armadura, Su Alteza? —preguntó Tanya.
—¿Por qué no? —suspiró Catherine—. Estoy segura de que la protección adicional complacerá a Davyon. Vamos a deslumbrarlos.
Aunque no se sentía en absoluto deslumbrante.
Mientras el sol ascendía sobre el campamento, Catherine, con un traje blanco bajo su brillante armadura, el cabello trenzado alrededor de la corona y suelto sobre la espalda, salió con Davyon (con una sonrisa rígida en el rostro), Tanya (los ojos cansados, un traje azul y chaqueta blanca que Catherine no había visto antes) y diez hombres de la Guardia Real, todos con el cabello teñido de blanco.
Catherine sintió que mejoraba su estado de ánimo en el momento de saludar a los guardias por nombre y se detuvo a preguntar a uno de ellos:
—¿Cómo sigue su hermano, Gaspar?
—Mejorando, Su Alteza. Gracias por enviar al médico.
—Me alegra que haya sido de ayuda.
Catherine no había puesto un pie fuera del recinto protegido desde la batalla del Campo de Halcones. Había estado en reuniones, cuidando a Tzsayn o durmiendo. Ahora, mientras daba unos pasos afuera de las altas paredes de las tiendas reales, vio al ejército de Pitoria. Su ejército.
El campamento se extendía hasta donde Catherine alcanzaba a divisar y, aunque no se había movido de sitio desde la batalla, estaba por completo irreconocible. Siempre había sido un poco caótico, con tantas tiendas de campaña, caballos y personas, incluso pollos y cabras, pero se había instalado en agradables y extensos pastizales. Siete días de lluvia y miles de botas pisoteando el suelo lo habían cambiado todo. Ya no quedaban rastros de hierba, sólo se veía el fango espeso intercalado con charcos de agua marrón, sobre los cuales nubes de diminutas moscas colgaban como humo a la luz de la mañana.
—Mosquitos —se quejó Tanya, golpeándose el cuello—. Ayer me picaron todo el brazo.
Davyon eligió una ruta por el campamento que estuviera lo más seca posible, pero mientras se movían entre las tiendas percibieron algo más suspendido en el aire, además de los mosquitos: un olor —no, un hedor— de restos humanos y animales.
Catherine cubrió su rostro con la mano.
—Este aroma es bastante abrumador.
—He estado en granjas con aromas más dulces —dijo Tanya.
Un poco más adelante, algunas de las tiendas estaban completamente anegadas. Los soldados caminaban con barro hasta los tobillos y nubes de mosquitos a su alrededor.
—¿Por qué no han trasladado sus tiendas? —preguntó Catherine a Davyon.
—Son los hombres del rey. Necesitan estar cerca del rey.
—Necesitan estar secos.
—No esperábamos que las lluvias duraran tanto, pero los hombres son resistentes. Es sólo agua, y como Su Alteza dijo, las lluvias parecen haber terminado.
Catherine salpicó de fango al pasar a un grupo de soldados en una pequeña isla de tierra relativamente seca. Los hombres saludaron y sonrieron.
—¿Cómo se las arreglan con la lluvia? —preguntó.
—Podemos con cualquier cosa, Su Alteza.
—Ya puedo sentir que mis botas están empapadas y sólo he estado aquí un momento. ¿No tienen los pies mojados?
—Sólo un poco, Su Alteza —admitió uno.
Pero otro hombre más osado agregó:
—Empapados, y así llevo varios días. Mis botas están podridas, los pies de Josh se han vuelto negros y Aryn tiene fiebre roja, por lo cual es posible que no lo volvamos a ver.
Catherine se volvió hacia Davyon.
—¿Fiebre roja?
Davyon hizo una mueca.
—Es una enfermedad. Los médicos están haciendo lo que pueden.
Catherine agradeció a los hombres por su honestidad y partió de nuevo. Cuando estuvieron fuera del alcance del oído de los soldados, le susurró a Davyon:
—¿Hay hombres muriendo de fiebre? General, esto no es lo que esperaba de usted. ¿Cuántos han enfermado?
Davyon rara vez mostraba sus emociones y su voz ahora reflejaba más cansancio que irritación.
—Un hombre de cada diez muestra síntomas. No quería molestarla con eso.
Catherine estuvo a punto de maldecir.
—¡Son mis hombres, mis soldados! —dijo—. Yo quiero saber cómo están. Usted debería haberme informado. Debería haber trasladado el campamento. Hágalo hoy, general. No podemos asumir que las lluvias no volverán. E, incluso si así fuera, este lugar ya es un lodazal, lleno de moscas y suciedad.
Davyon se inclinó.
—En cuanto Su Alteza regrese sana y salva al complejo real comenzaré el proceso…
—Comenzará el proceso ahora. Tengo diez guardias conmigo, Davyon, no necesito que usted también venga. Y me parece que ahora tengo más probabilidad de morir ahogada o de fiebre que por la flecha de un asesino.
Los labios de Davyon permanecieron apretados cuando volvió a inclinarse y se marchó sin decir palabra. Catherine continuó su recorrido, deteniéndose eventualmente para hablar tanto con sus hombres cabezas blancas como con los cabezas azules de Tzsayn. La mayoría parecía feliz de verla y todos preguntaron por su rey.
—Sabíamos que lograría escapar de Brigant. Si alguien podía hacerlo, era él.
Catherine sonrió y dijo lo orgullosa que estaba Tzsayn de sus hombres por su lealtad y coraje. Era evidente que ninguno sabía que Tzsayn estaba enfermo y quizá sería mejor mantener así las cosas.
La joven se detuvo en el extremo norte del campamento desde donde podía ver el Campo de Halcones. También estaba irreconocible, al igual que el lugar donde los soldados de Pitoria habían luchado y vencido a los de Brigant. El río se había desbordado y había inundado todo. Lo único distintivo que quedaba era un poste de madera torcido que se asomaba en ángulo desde el agua marrón: los restos de la carreta a la cual había sido encadenada, y que de alguna manera había sobrevivido tanto al fuego como a la inundación. En la orilla lejana, donde las tropas de su padre se habían reunido, no quedaba más que hierba. En los días posteriores a la batalla, los soldados de Brigant se habían replegado hasta las afueras de Rossarb, a medio día de viaje hacia el norte. Nadie sabía cuándo atacarían de nuevo o si lo harían, pero mientras su padre tomaba una decisión, no había sido tan insensato para quedarse más tiempo en un pantano.
Mientras Catherine examinaba el suelo, sintió una presión en el estómago. En los mapas mostrados durante las reuniones de guerra, todo parecía de alguna manera remoto, pero aquí el verdadero alcance de su difícil situación se sentía incómodamente real.
Incluso si Catherine había escapado de sus garras, Aloysius había conseguido casi todo lo que quería con su invasión: oro del rescate de Tzsayn para financiar su ejército y el acceso al humo de demonio en la Meseta Norte. Su ejército se había retirado, pero no había sido derrotado, mientras que los hombres de Catherine estaban hundidos hasta las rodillas en el barro, asolados por la fiebre.
Apretó la mandíbula. Deseó que Tzsayn pudiera ayudarla, pero por ahora tendría que arreglárselas por su cuenta.