Kitabı oxu: «Confesiones»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 387
SAN AGUSTÍN
CONFESIONES
INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN Y NOTAS DE
ALFREDO ENCUENTRA ORTEGA

EDITORIAL GREDOS
Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO.
Según las normas de la B.C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ALBERTO MEDINA GONZÁLEZ.
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2010
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO457
ISBN: 9788424937546
INTRODUCCIÓN
¿Quieres saber, caminante, si un vate vive después de la muerte?
Lo que estás leyendo hete aquí que lo digo yo; tu voz es la mía.
POSIDIO ,
Vida de Agustín 31
¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela.
A. MACHADO ,
Proverbios y cantares, 85
1. EL UNIVERSO ESPIRITUAL DE LAS CONFESIONES
Las Confesiones son sin duda la obra más leída y apreciada de la extensa producción literaria agustiniana. Y no es de extrañar puesto que poseen el atractivo de presentarnos la autobiografía vital y espiritual más extensa y minuciosa que nos ha legado la Antigüedad. A Agustín, nacido en el 354 dentro de una familia aristocrática de segundo rango en Tagaste, pequeña ciudad de la antigua provincia de Numidia —hoy Souk Ahras (Argelia)—, el deseo de buscar la verdad y hallar la verdadera felicidad le llevó a abandonar una carrera social ascendente apoyada en su formación retórica, la cual le había situado en la cátedra oficial de Milán, sede de la corte. Allí, después de haber recorrido caminos divergentes (la astrología, el maniqueísmo, los escépticos) fue a dar con Ambrosio, que le mostró la pista para conciliar razón antigua y fe cristiana en una lectura alegórica de la Biblia y para alcanzar la conversión total de su voluntad en la famosa revelación del jardín de Milán. A partir de entonces Agustín se propuso poner en práctica un ideal de continencia y vida retirada dentro de una comunidad monástica, movimiento entonces en auge tras la difusión de la vida de Antonio el eremita. Aunque tuvo que cambiar su modo de vida tras verse forzado a aceptar cargas pastorales en la iglesia africana, primero como presbítero en la iglesia de Hipona y luego como obispo de la misma, esa aspiración impregna buena parte de la primera producción de Agustín y culmina en las Confesiones.
Esta evolución individual es sintomática de la revolución espiritual que se opera en los primeros siglos del Imperio romano y culmina en el siglo IV . Vista en su conjunto, en esta revolución se produce, por un lado, un acercamiento mutuo de la filosofía y de la religión que, en algunos casos, llegan a fusionarse. En toda esta época se aprecia un desplazamiento de la razón hacia la sabiduría, entendida como conocimiento de lo divino, y hacia la experiencia mística, lo que se percibe, por ejemplo, en el resurgimiento del pitagorismo, que a su vez conducirá al neoplatonismo. La razón empírica y científica pierde peso frente a la fe a la hora de alcanzar la verdad y florecen ritos mistéricos —piénsese en los de Deméter, Hermes o Isis— cuyos iniciados afirman llegar, en un éxtasis suprarracional, a la contemplación de la divinidad. Asimismo, dentro de las religiones del Libro aparecen movimientos gnósticos en que sólo unos elegidos tienen acceso privilegiado a una información salvífica. Por otro lado, la restricción común de la religión tradicional romana a un ritual práctico hacía que religiones como judaísmo y cristianismo apareciesen a veces como escuelas filosóficas, pues se ajustaban a los objetivos de la filosofía antigua: la búsqueda de la verdad última y la puesta en práctica de un modo de vida congruente con dicha verdad 1 . Y es que en el siglo I Filón, imbuido en la cosmopolita Alejandría del platonismo helenístico, y Pablo, más apegado a la tradición hebrea, abrían la ley mosaica al resto de la humanidad 2 . Ambrosio, siglos después, podía considerar verosímil que Platón coincidiera en Egipto con el profeta Jerónimo y recibiera de él los elementos que habrían de conciliar cristianismo y platonismo 3 .
También la concepción de la divinidad cambia. Ya no se fragmenta en la pluralidad de seres con rasgos humanos que pueblan los poemas homéricos, sino que en su concepción pesa, por un lado, la idea estoica del destino, providencia que se oculta detrás de la causalidad y que da a ésta un sentido apenas perceptible para el efímero ser humano. Por otro lado influye el modelo de Motor Inmóvil aristotélico, esto es, el ser auténtico, único, inmutable, perfecto, indescriptible, bien sumo totalmente ajeno a la imperfección y el cambio característicos del mundo sublunar. La explicación del mal cobra entonces una gran importancia y su origen suele hallarse en el inestable y caótico componente material del mundo. Escindido entre dos polos, materia y espíritu, el ser humano necesita de la filosofía para acceder a la verdad superior y así obtener la vida feliz, pero sus fuerzas no le bastan. Si Platón situaba al amor como puente entre la vida y la verdad, ahora se multiplican los mediadores, sea en forma de démones y ángeles o, según sistemas religiosos, de evocaciones, eones e hipóstasis de la propia divinidad. De ahí el desarrollo de la teurgia y de los oráculos en terreno filosófico y, en el ámbito de lo religioso, la veneración tributada a los profetas y la necesidad de encontrar un método de lectura de la verdad revelada y plasmada en escrituras. En este sentido, la consideración que reciben los fundadores de escuelas filosóficas como transmisores de una verdad encerrada en escritos necesitados de comentario es parecida a la que recibe el profeta; así sucede con la obra del «divino» Platón.
Una encarnación de todas estas tendencias aparece en el siglo II en el ejemplo vital y literario de Apuleyo. Africano como Agustín, combinó su condición de filósofo platónico 4 , que se manifiesta en obras como Sobre Platón y su doctrina o El dios socrático, y de iniciado en los misterios de Isis. Así se refleja en su célebre novela El asno de oro, auténtica autobiografía espiritual y precedente directo de las Confesiones que aquí introducimos. Apuleyo cuenta cómo el protagonista, Lucio, identificado al final con el autor, tras buscar esa verdad suma por medio de la magia y esclavizarse a las pasiones que lo hacen semejante a una bestia de carga, acaba encontrando el conocimiento por graciosa concesión de Isis. El papel que se asigna a esta divinidad es doble: por una parte media entre el ser humano y Osiris, divinidad suprema que al final de la obra se digna revelarse al iniciado; por otra parte mantiene una lucha constante con la inestabilidad ontológica del mundo que es identificada como ciega Fortuna 5 , esto es, la fuerza responsable de las peripecias del asno Lucio.
A su vez, todos estos cambios se reflejan a nivel individual en la gran atención que recibe la vida del alma, de origen divino y peregrina de paso en el cuerpo, pero auténtica sede de la verdad y la vida feliz. La máxima socrática de que una vida sin autoanálisis no merece la pena ser vivida 6 se pone en práctica en la atención que el sujeto se presta a sí mismo. El objetivo de esta epimeleîa heautôu o cura sui es hallar la verdad en el interior de cada uno y hacer de ella la guía moral, corriente de pensamiento que M. Foucault ha denominado culture de soi 7 . Esa preocupación requiere de un esfuerzo continuo, de una constante vigilancia del alma frente a los impulsos irracionales del deseo, los engaños de los sentidos, el impacto de las emociones, elementos ellos que impiden que el alma retorne a la unidad. Aparecen tipificados como desmesuras patógenas que desequilibran la proporción armónica del alma —es esa proporción o número el fundamento platónico de la semejanza con la divinidad— y, a través de ella, también al cuerpo.
El mito que mejor representa esa ocupación del alma es el Ulises viajero que no se olvida de regresar a su patria de origen y tapa sus oídos con cera para no escuchar los destructivos cantos de las sirenas 8 que le incitan a morir apegado a las cosas del mundo. Por ello cobra importancia el ejercicio de la memoria, parte del alma que atesora el recuerdo de la divinidad. De ahí también, si se ha cedido a la persuasión, la doble necesidad de recurrir a un médico que sane al alma y de confesar esas debilidades para no volver a caer en ellas. De igual modo, esa atención a uno mismo requiere de un tiempo de ocio dedicado al estudio, la lectura y la tarea de escribir así como de un constante ejercicio práctico, denominado en griego áskesis y en latín meditatio, términos procedentes de la formación atlética y militar. Estas prácticas se benefician del alejamiento de los ruidos e interferencias de la sociedad humana, en un retiro a solas consigo mismo, lo que en griego se denomina anachóresis. Entre esos ejercicios figuran unos de tipo práctico como la puesta a prueba frente a distintos peligros del alma hasta hacer que la conducta total sea asimilada a la verdad descubierta. Y también otros más introspectivos como la interpretación de los sueños, el autoanálisis y el examen de conciencia, a veces en forma de diálogo interior, colocando un pasado lejano ante la vista para extraer de él conocimiento de uno mismo. La recompensa de todos esos esfuerzos se presenta como vida feliz o gozo espiritual (lat. gaudium ). Volviendo al Asno de oro y más concretamente al relato alegórico de los amores de Psique (alma) y Cupido (o Amor, considerado démon mediador), dicho gozo aparece con el nombre de Voluptas como resultado de su unión amorosa.
La popularización de las escuelas filosóficas en los primeros siglos del Imperio y la competición entre ellas por ganar adeptos hizo que estas preocupaciones transcendiesen los límites de la aristocracia y llegasen a un público muy amplio. A su vez, de sus estrategias comunicativas y propagandísticas se beneficiaron las religiones de carácter misionero como el cristianismo o, más tarde, el maniqueísmo. De ese modo puede decirse que el proselitismo de los filósofos ambulantes retratados en el siglo I por Marcial prefigura lo que pronto será la labor de los predicadores, así como las tres concupiscencias que aquellos filósofos combatían —philoploutía o amor a las riquezas, philotimía o amor a los honores y philedonía o amor a los placeres 9 — coinciden a grandes rasgos con las que analiza Agustín en sus Confesiones a partir de I Juan 2, 16: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, ambición del siglo. Para contenerlas, si Sócrates recurría a la constante vigilancia de su démon, Agustín recurre a la gracia divina, concepto usado para atacar a los maniqueos que entre sus filas distinguían una casta de perfectos llamados «elegidos» (o «electos» en terminología latina) cuyo espíritu, siempre alerta frente a las concupiscencias del cuerpo que lo apresaba, mostraba a nivel individual el combate cósmico entre las dos sustancias, la luz y las tinieblas, el bien y el mal. Asimismo, el modelo de virtud socrático y cínico y su rechazo de las convenciones sociales prefiguran, por una parte, el modelo de mártir y, por otra, la continencia del hombre santo tardoantiguo 10 con todos los matices que éste va adquiriendo en distintas iglesias y sectas. Por último, la vida en común de las sociedades pitagóricas será modelo del monacato.
En este universo espiritual abierto, variado y sometido ya a un proceso de cambio revolucionario se sitúan los sentimientos de desamparo y de dispersión respecto a la verdad que, a juicio de M. Zambrano 11 , son propicios para que aparezca la confesión. Además, la vida y la trayectoria de Agustín son un buen ejemplo de cómo todo este ideal filosófico acabó siendo asimilado por el cristianismo triunfante. Su gran desvelo desde que a los diecinueve años leyera el Hortensio de Cicerón fue hallar la verdad de una forma racional. Tras buscar la citada mediación en la figura de Mani, la halló por fin en el Cristo de la revelación ortodoxa. A partir de entonces su interés se centró en extraer verdades de las Escrituras y en poner la filosofía al servicio de la predicación de la fe cristiana. Sumamente reveladoras resultan las palabras del prólogo de La verdadera religión (4, 6) en que, en relación a los filósofos antiguos, afirma lo siguiente:
De hecho, si resucitasen aquellos de cuyos nombres se ufanan y encontrasen las iglesias llenas y los templos vacíos, y que el género humano es llamado y va corriendo lejos del deseo de los bienes temporales y copiosos en pos de una esperanza de vida eterna y de bienes espirituales e inteligibles, seguramente dirían, si fuesen tal como recuerdan que fueron: «esto es lo que no nos atrevimos a persuadir a los pueblos y más bien fuimos nosotros los que dejamos pasar su costumbre y no los que hicimos que aquellos pasasen a nuestra fe y propósito».
2. TEMAS Y UNIDAD DE LAS «CONFESIONES». LA CUESTIÓN DEL GÉNERO
Tal objetivo impregna toda la obra de Agustín y también las Confesiones. Agustín las escribe más de diez años después de su conversión, situada en el 386. Se desconoce la fecha exacta de redacción, aunque puede reconstruirse de una manera aproximada. El propio autor en Las revisiones , obra de madurez en que repasa toda su numerosa producción anterior destacando los aspectos más interesantes de cada una y corrigiendo alguna de sus ideas, las coloca como la sexta obra que siguió a su elevación a la cátedra episcopal de Hipona. A pesar de que no se conoce la fecha exacta de dicha ordenación, ésta se sitúa entre mayo del 395 y el 28 de agosto del 397 12 . A partir de ahí se infiere que habrían sido escritas entre finales del 397 y el 400, como se deduce del hecho de que obras posteriores, como El comentario literal al Génesis y Réplica a las cartas de Petiliano, datadas en el 401 13 , remitan a pasajes de las Confesiones.
En cuanto a la temática del relato, la parte autobiográfica, que se inicia con el nacimiento y la primera infancia de Agustín, no va mucho más allá del momento de su conversión en el 386, y sólo ocupa nueve de los trece libros de que consta. A éstos se añade una detallada introspección en que el tagastense, dando un salto del pasado al presente, justo en el momento en que escribe la obra, se adentra en su memoria hasta hallar en ella la impronta dejada por la vida feliz y hace el balance de los logros espirituales obtenidos tras dicha conversión (libro X). La obra se cierra con una lectura alegórica del relato de la creación en el Libro del Génesis (libros XI-XIII). He aquí un resumen de los temas de cada libro con el título alegórico que le hemos otorgado:
Libro I. Pecado original y lactancia de Agustín en la fe. Nacimiento e infancia de Agustín. Crítica de la educación recibida. El pecado afecta también a la niñez.
Libro II. Soberbia I o el hijo pródigo entra en la «región de desemejanza». Amores de pubertad y robo gratuito de unas peras.
Libro III. Soberbia II o el hijo pródigo come del árbol maniqueo. Tras la lectura del Hortensio Agustín se enciende por la búsqueda de la verdad que, por otra parte, le es prometida por los maniqueos.
Libro IV. Semillas de luz I o desilusión por las cosas del mundo. Tras la muerte de un querido amigo de juventud, Agustín experimenta el dolor que produce el amor volcado en los seres mortales. Intenta entonces colocar sus miras en las cosas eternas, aunque fallidamente. Escribe su primera obra Sobre lo bello y armonioso.
Libro V. Semillas de luz II o desilusión de la razón maniquea. Agustín no consigue que el obispo maniqueo Fausto de Mileve le resuelva sus dudas teológicas, lo que socava su creencia en el maniqueísmo. Al mismo tiempo se traslada a Roma, donde ejerce como rétor privado, y de ahí es promovido a la cátedra de Milán. Allí escucha a Ambrosio y se decide a abandonar la fe de Mani.
Libro VI. Semillas de luz III o agonía del hombre viejo y esperanza de renovación. Al tiempo que adquiere una apreciación positiva de la fe cristiana revelada en las Escrituras, Agustín toma también conciencia de la vacuidad de sus aspiraciones sociales. Sin embargo, los nuevos planes de dedicarse a la vida retirada en compañía de sus amigos fracasan ante la exigencia del celibato.
Libro VII. Nacimiento del hombre nuevo I: conversión de la razón. Tras desestimar maniqueísmo y astrología, la lectura de algunos tratados de Plotino le permite conciliar, en un instante de comprensión excepcional, razón antigua y fe cristiana.
Libro VIII. Nacimiento del hombre nuevo II: conversión de la voluntad. Agustín recibe las visitas sucesivas de Simpliciano y Ponticiano que le dan a conocer ejemplos de conversión. Son las del famoso rétor Mario Victorino, la de unos funcionarios imperiales y la de Antonio el eremita. El relato enciende un combate en el interior de Agustín, que se debate entre seguir su ejemplo o no. Una revelación hace que su voluntad se convierta.
Libro IX. Nacimiento del hombre nuevo III: conversión del corazón. La conversión de Agustín repercute en su círculo de amigos, que, como él, se bautizan. Abandona la docencia y experimenta el monaquismo en Casiciaco. Mónica muere en Ostia y se hace una semblanza de su vida y costumbres.
Libro X. Descenso al corazón del hombre nuevo: el alma descubre a Dios en la memoria y se confiesa. Ascenso por el alma de Agustín y recorrido por la memoria a la búsqueda de la Verdad. Una vez encontrada, Agustín analiza las fuerzas de su alma para resistir ante las tres concupiscencias.
Libro XI. En el interior del corazón I: eternidad de Dios y caída del alma en el tiempo. Lectura del primer capítulo del Génesis del que se deduce la omnipotencia creadora de Dios a partir de la nada. Análisis de qué es el tiempo.
Libro XII. En el interior del corazón II: el Cielo del Cielo, la Palabra divina. Modos de hallar la Verdad en ella. Continuando con dicha lectura, se identifica el Cielo del Cielo con la Jerusalén celeste, creación espiritual anterior al tiempo. A continuación se muestra el procedimiento para extraer verdades de la Palabra divina.
Libro XIII. En el interior del corazón III: el Espíritu o la llamada para que la creación se vuelva hacia su creador. Los siete días de la creación en la vida del ser humano. Tras mostrar la acción del Espíritu en la creación, la lectura del Génesis desemboca en una aplicación alegórica al ser humano de la Trinidad y de los seis días de la creación tras los que se espera alcanzar el sábado eterno.
Lo que a simple vista puede resultar más sorprendente —o incluso decepcionante— al lector moderno acostumbrado al género autobiográfico tal vez sea esa brusca interrupción del recuerdo del pasado y la fusión con temas e inquietudes ajenos, en principio, a un género tan en boga hoy en día. Y es que la autobiografía se combina en las Confesiones con el autoanálisis, la exégesis y el lirismo laudatorio de los salmos. Por ello hay que ver en las Confesiones algo más que una autobiografía, género que no existe como tal en la Antigüedad, a pesar de la ingente y meritoria obra de G. Misch 14 , cuyo recorrido desembocaba e intentaba explicar estas Confesiones de Agustín. Tampoco se justifica la relegación tradicional a que han estado sometidos los tres últimos libros, a menudo suprimidos de algunas traducciones 15 y considerados un extraño anexo al propósito original autobiográfico. Ello ha llevado a que la cuestión de la estructura de la obra se haya convertido en un tema desesperado, cuestión que afecta especialmente al libro X, considerado producto de una reelaboración posterior 16 .
En último lugar, tampoco se ajustan a los términos con que Ph. Lejeune delimita las autobiografías posteriores a 1770, esto es, un «relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, poniendo énfasis en su vida individual y particular, en la historia de su personalidad 17 ». Yendo por partes, no todo lo que aparece en ellas es relato retrospectivo de la propia existencia. El propio Agustín en Las revisiones II 6 distingue dos partes diferenciadas y sólo una se refiere a su persona; según lo dicho, el libro X tampoco cumple la condición de ser retrospectivo:
Los trece libros de mis Confesiones alaban a Dios, justo y bueno, tanto por mis aspectos negativos como por mis aspectos positivos y hacia Él despiertan la inteligencia humana y el corazón; entre tanto, por lo que a mí atañe, esto es lo que hicieron en mí al escribirlas y siguen haciéndolo al leerlas. Después de todo sé que a muchos hermanos les han gustado mucho y les siguen gustando. Del primero al décimo han sido escritas sobre mí; los tres restantes sobre la Sagrada Escritura
De la declaración se infiere además que su objetivo es buscar un efecto singular en el lector, el despertar la inteligencia y el corazón hacia Dios. De estos dos conceptos, el primero (intellectus) se refiere a la capacidad racional, mientras que el corazón afecta a la esencia de la persona. Como afirma en Conf. X 3, 4, el corazón es el lugar donde Agustín —y cualquier otra persona— es lo que realmente es. Teniendo eso en cuenta se comprende mejor cuando unas líneas después, en X 4, 6, tras preguntarse cuál es el interés que motiva al lector hacia su obra, declara enigmáticamente que:
Este es el fruto de mis confesiones: no cómo he sido sino cómo soy.
El fruto es el nuevo Agustín, no el viejo, y para ese cambio hizo falta un cambio en la voluntad, la tercera facultad humana que conforma la manifestación de la Trinidad en el ser humano, según lo expresa en XIII 11, 12: existir, conocer, querer. De esta forma, las Confesiones trascienden la vida individual y particular al ofrecer en la persona de Agustín una completa reflexión antropológica de aplicación universal basada en la Biblia. Y es que en las Confesiones el elemento individual se convierte además en universal mediante una acción dinámica sobre el lector. Como observaba M. Zambrano 18 «cuando leemos una confesión auténtica sentimos repetirse aquello en nosotros mismos, y si no lo repetimos no logramos la meta de su secreto […] porque la confesión es una acción, la máxima acción que es dado ejecutar con la palabra». Así lo muestra el propio Agustín en la Epístola 213, 6 que lleva de la mano al lector hacia la alabanza de Dios, estableciendo un pacto autobiográfico basado en la caridad, el amor divino, pues descubre su corazón ante Dios:
Toma pues, hijo mío, sumo varón bueno y cristiano —no superficialmente, sino en caridad cristiana—, toma además, digo, los libros que pediste, los de mis Confesiones : contémplame allí; no me alabes más allá de lo que soy; no creas allí a otros sobre mí, sino a mí mismo. Búscame allí y mira qué he sido en mí mismo y por mí mismo, y si te agradó algo en mi persona, alaba allí conmigo a quien yo quise alabar sobre mi persona, y no por cierto a mí, porque es Él quien nos ha hecho y no nosotros quienes nos hemos hecho.
Por último, aunque predomina la prosa y la narración en las Confesiones, están tan imbuidas del lirismo de los Salmos que se presentan, en palabras de J. Fontaine, como «un inmenso salmo personal que discurre por la trama de una existencia humana 19 ». De hecho, los salmos le otorgan su esencia y su título.