Kitabı oxu: «Camino de perfección»

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Biblioteca Cláscos Cristianos

Camino de perfección

Introducción

José Vicente Rodríguez

Teresa de Jesús


Versión electrónica

SAN PABLO 2013

(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

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ISBN: 9788428563635

Realizado por

Editorial San Pablo España

Departamento Multimedia-Web

Introducción

1. Introducción

Una vez más sale a luz pública el Camino de perfección de santa Teresa, la primera de sus obras publicada en Évora en 1583. La edición que presentamos ahora ha sido cuidada al máximo con el respeto que se merece la autora y su libro.

Lo escribió la Santa dos veces. La primera redacción está representada por el autógrafo teresiano conservado en el monasterio de El Escorial; la segunda por el manuscrito conservado en las Carmelitas descalzas de Valladolid; de aquí que la primera redacción se llame a veces «Camino de El Escorial» y la segunda «Camino de Valladolid», con estas siglas CE y CV, respectivamente.

Publicamos la segunda redacción, recuperando los textos más significativos y complementarios de la primera en nota, de modo que el lector pueda disfrutar, prácticamente, de ambas redacciones. El libro se titula o se conoce vulgarmente por Camino de perfección, pero ni una sola vez se encuentra esta expresión en la obra, ni en CV ni en CE (salvo error u omisión), porque no es letra de la Santa lo que se escribe en el fol. 2, después del verdadero título: «Libro llamado camino de perfección...». Aunque esto sea así, honradamente hay que decir que en las tres copias de Salamanca, Madrid y Toledo, revisadas por la autora se le llama Camino de perfección. Aunque ni una sola vez escribe «camino de perfección» en esta obra, en Vida sí aparece la expresión (21,7) y en Camino sí escribe más de una vez «camino de oración» (CV 4, 3; 20, en el título; 1, 6; CE 33, en el título). Y además otras muchas veces, aunque no escriba la frase entera, es claro por el contexto que cuando dice «camino» está diciendo, de hecho, camino de oración, camino de contemplación. Realmente el libro se podía titular con toda justicia Camino de oración.

Con esta nuestra edición tratamos de contribuir a multiplicar el número de aficionados a santa Teresa, la engolosinadora de los bienes del cielo y la gran maestra de espíritu.

2. Ocasión, tiempo y lugar de escritura

El primer monasterio de la Reforma teresiana se inau-gura el 24 de agosto de 1562 en San José de Ávila. En diciembre de ese mismo año se establece en San José la Madre Teresa y vive allí hasta el 13 de agosto de 1567. Enjuiciando estos años dirá: «A lo que ahora entiendo, me parece serán los más descansados de mi vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos muchas veces mi alma» (F 1, 1).

En junio de 1562 había terminado la primera redacción de Vida; y en 1565 concluye la segunda redacción de ese mismo libro. Refiriéndose a Vida y a Camino escribe en una de sus relaciones (o Cuentas de Conciencia) en 1576: «Fue de suerte esta relación (de su Vida), que todos los letrados que la han visto –que eran sus confesores– decían que era de gran provecho para avisos de cosas espirituales, y mandáronle que la trasladase e hiciese otro librillo para sus hijas –que era su priora– adonde les diese algunos avisos» (Sevilla, febrero-marzo de 1576).

El «librillo» era el Camino. Las monjas de San José sabían que la Madre había escrito la relación de su Vida, y que tenía licencia (y orden) de escribir cosas de oración (CV, prólogo 1) y la importunan para que escriba para ellas «algo de ella» (de oración). Se determina a seguir el consejo de sus confesores y también a obedecer a sus propias monjas (CV, prólogo 1). De aquí va naciendo el Camino.

Discuten los autores, antiguos y modernos, acerca de las fechas de composición del libro. Las más seguras, según parece, son para ambas redacciones: el año de 1566 en que las termina, y 1567-1569, en que hace algunos retoques al texto de la segunda redacción. El lugar de escritura ha sido el monasterio de San José de Ávila, del que era priora.

3. Destinatarias

No hay problema ninguno en identificar a las destinatarias del libro; no hay más que fijarse en el título: «Este libro... le escribió». En concreto le escribió para todas las religiosas de sus monasterios; y detalla que «en especial le dirige a las hermanas del monasterio de San José de Ávila que fue el primero de donde ella era priora cuando le escribió».

Además de este dato inequívoco del título en el que aparece quién es la autora, de qué trata y para quiénes escribe, nos encontramos ya desde el prólogo y a lo largo del libro con las mismas destinatarias con las que charla: llamándolas «hermanas mías en Cristo», «hermanas mías», «mis hermanas» o simplemente «hermanas»; «mis hijas», «hijas mías», «hijas», «amigas y hermanas mías» (CV 4, 4; CE 6, 1); «amigas» (CE 15, 5).

4. Labor de los censores sobre el CE (primera redacción)

La propia santa deseaba que el libro fuese visto por el padre Báñez antes de que lo leyesen las destinatarias. Así lo dice del modo más explícito en el prólogo 1 y en las últimas líneas del libro (CV 42, 7). Pero el padre Bañez no lo leyó.

No por eso quedó la primera redacción sin censura. El censor fue otro dominico: García de Toledo. «Ejecutó sobre el manuscrito medio centenar de correcciones, unas veces menudas, de amoroso detalle, otras veces extensas e importantes hasta borrar páginas enteras»[1]. Las que revisten mayor importancia son las siguientes, que ya han sido catalogadas:

– La apología de las mujeres y judicatura de los varones

Así podemos llamar la primera tachadura de veinte líneas en el fol. 11v y 12r, en el capítulo 4, al principio. Está tan bien tachado el texto que no había sido posible leerlo por entero hasta hace no muchos años.

– El sentido del Salmo 8,7

En el fol. 62v: c. 31, 2, tacha el censor toda la página, menos la primera línea y las tres y media últimas. Hace la santa una aplicación de ese versículo del Salmo. El censor, además de tachar, pone en el margen izquierdo y en el superior la anotación: «No es éste el sentido de la autoridad, sino de Cristo y también de Adán en el estado de inocencia».

– ¿Reprende a los Inquisidores?

En el fol. 72v: c. 36, 4, tacha sólo tres líneas, es decir, la mitad de una, otra entera y la mitad de otra, que dicen así: «Haced bien, hijas, que no os quitarán el Paternóster y el Avemaría». Y el censor, García de Toledo, anota en el margen izquierdo: «Pareçe que reprehende a los Inquisidores que prohiben libros de oración».

– Interpretación eucarística exclusiva del «panem nostrum...»

Esta vez no se salva de la tachadura nada más que media línea, lo primero del fol. 113v, tachadura que sigue en el fol. 114r aunque sólo alcance media línea. Al margen izquierdo ha escrito el censor: «Todo lo que era sustentación del cuerpo y alma pidió Cristo nuestro Señor, como es el pan material y la Eucaristía, y perseverancia para el alma, y así la Iglesia lo pide en la letanía».

– «Dimitte nobis debita nostra»

Tachado entero el fol. 121v menos una línea y tachada línea y media del siguiente 122r: c. 63, 2. La Santa opina que a veces nos agraviamos por nada no encontrando en su caso que nadie le haya hecho injuria o agravios que tenga que perdonar, escribe: «Así, Padre mío, que de balde me habéis de perdonar. Aquí cabe vuestra misericordia». El censor escribió, fijándose en el aspecto moral, no tanto en la generosidad espiritual del agraviado/a: «No son sino verdaderos agravios y injurias las que nos hazen aunque mayores pecadores seamos. Mas hanse de perdonar porque él nos perdone a nosotros».

Más adelante, c. 65, 4, fol. 126r, se vuelve a encontrar el censor con un párrafo parecido, tacha y anota al margen: «Injurias son y agravios los que uno haze contra otro, aunque merezca mil infiernos».

5. Otras anotaciones

Las cinco anotaciones o tachaduras anteriores son las más principales. Hay otras más ligeras, tales como: «realidad de nuestros méritos» (fol. 12v: c. 4, 1); puede haber demasía en las virtudes internas (fol. 47v: c. 22, 3); el demonio no puede merecer nuevos infiernos (fol. 52r: c. 25, 3); Dios no comunica su amor «de cuantas maneras puede» (fol. 53r: c. 26, 3); no extrañarse de que el Padre permita a Cristo tener tanta humildad (fol. 88v: c. 44, 3); el Padre no trae a la memoria de Cristo «las cosas que debe recordar» (fol. 113r: c. 60, 2).

Hay algunas anotaciones elogiosas, como en el fol. 101v: c. 53, 2, donde, frente a lo que la santa está diciendo acerca del mundo interior, escribe: «Divinamente declara esta oración de quietud...» y sigue algo ilegible; en el fol. 125r: c. 65, 1, deja escrito el censor: «¡Oh gran señal!», en referencia al tema tratado por Teresa de «los efectos que hace la oración cuando es perfecta».

6. A vueltas con la segunda redacción (CV)

Con su manuscrito censurado en la mano, comienza la Santa a rehacerlo con arreglo a los siguientes criterios:

«1. Enmendar todos los pasajes censurados, ajus-

tándolos al dictamen del teólogo censor;

2. copiar el texto con grafía de fácil lectura, en cuadernos de formato manejable, fraccionado orgánicamente, como un auténtico libro;

3. elaborarlo doctrinalmente, moderando las efusiones personales y poniendo freno no sólo a las confidencias íntimas, a los monólogos y a las comparaciones, sino también a la vena de fina ironía que fluía por los puntos de su pluma»[2].

7. Censura de la segunda redacción

Una vez hecha la transformación del libro, lo sometió de nuevo a revisión; el principal censor de esta segunda redacción fue el mismo padre García de Toledo.

Las apostillas del censor, centradas en las siguientes comparaciones y que la Santa revisa son las siguientes: «El jinete que va a rienda suelta en un caballo desbocado...»; «la lidia de toros...»; «el mendigo que pide al Emperador sólo un maravedí...»; conserva, pero suavizándola la comparación militar: la Iglesia, campo de batalla, los capitanes del campo...; conservará casi intacta la delicada imagen del «niño que aún mama...»; «por fin, retocará toda una serie de comparaciones incidentales...».

«Con la segunda redacción, la Autora impuso a su escrito una reelaboración meticulosa, llevada a cabo con tesón y escrupulosidad; sacrificó un elevado número de matices y valores literarios, en beneficio de la sobriedad y linearidad doctrinal; atenuó las efusiones líricas, a favor de la doctrina; cercenó expresiones y afirmaciones audaces y las compensó desarrollando temas de mayor importancia»[3].

8. Autocrítica

Aparte los reajustes exigidos por las anotaciones del censor, se dio lo que se llama Autocrítica, en un tema muy concreto en el que la Santa cambió de parecer y se esforzó por dejar claro su pensamiento definitivo: contemplación y estado de pecado[4].

9. El último censor del libro (CV)

Debajo del título del libro hay una nota que dice: «io e visto este libro y lo que dél me pareçe está escrito al cabo dél y firmado de mi nonbre». Al final del libro aparecía la censura mencionada, pero se le olvidó firmarla y así no se ha podido saber de fijo quién era este censor.

Posiblemente era el dr. Gutierre Ortiz, de la Universidad de Toledo. «Su intervención fue tardía, sin reales consecuencias para el texto teresiano, a pesar de haberlo censurado con evidentes preocupaciones de ortodoxia tridentina. Repara con insistencia en tres líneas doctrinales, que pudiéremos definir: mística, cristológica y soteriológica»[5].

10. Texto del Camino

Del autógrafo de ambas redacciones existe edición facsímil:

– CE: Reproducción foto-litográfica y fieles traslados impresos del Camino de perfección y el Modo de visitar los conventos escritos por santa Teresa de Jesús, que se veneran en El Escorial, y algunos autógrafos inéditos. Publicados por el Dr. D. Francisco Herrero Bayona... (Valladolid), Tito-foto-litografía de Luis N. De Gaviria, 1883.

– CV: Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, Tipografia Poliglotta Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1964-1965. T. I: Reproducción en facsímil del autógrafo de Valladolid; t. II: Introducción. Transcripción del texto. Léxico. Dirección de la edición: Tomás Álvarez, que preparó el texto con varios colaboradores.

11. Copias revisadas por la autora

Además de los autógrafos dichos de El Escorial y Valladolid, se conservan varias copias, revisadas por la propia Santa, que hay que tener en cuenta:

1. En las Carmelitas descalzas de Santa Teresa de Madrid (C/ Ponzano 79).

2. En las Carmelitas Descalzas de Salamanca.

3. En las Carmelitas Descalzas de Toledo.

Al final de cada una de estas copias da fe la propia santa de que ha repasado el códice y que le parece está conforme con el original suyo.

La tercera tiene una importancia particular, porque fue hecha para enviarla a D. Teutonio de Braganza, Obispo de Évora, para que éste lo hiciera imprimir, cosa que deseaba la Santa para que no se anduviesen sacando tantas copias en las que se alteraba en más o en menos el texto.

12. Las primeras ediciones de Camino

Antes de aparecer junto con los demás libros de la Santa, Camino, que fue lo primero que se publicó de ella, tuvo tres ediciones:

– La primera en Évora, en 1583; la mandó imprimir don Teutonio de Braganza, Obispo de Évora. La Santa ya había tratado con él de la impresión del libro en carta del 22 de julio de 1579, en la que le dice: «La semana pasada escribí a vuestra señoría largo y le envié el librillo». La carta anterior aludida se ha perdido.

– La segunda fue cuidada-preparada por el P. Jerónimo Gracián, Salamanca 1585.

– La tercera se hizo por orden y con licencia del arzobispo de Valencia, san Juan de Ribera.

San Juan de la Cruz expresa en su Cántico espiritual (CB 13, 4; CA 12, 6) el deseo y la esperanza de que «saldrán presto impresas a luz» las obras de santa Teresa. Así se hizo, finalmente en 1588, en la edición preparada por Fray Luis de León.

Apareció, pues, ya Camino junto con las demás obras de la Santa (faltan las Fundaciones) en esas fechas: 1588-1589 en vida de Juan de la Cruz, que formaba parte del Definitorio de la Descalcez que el 1 de septiembre de 1586 en Madrid emanó un «decreto en orden a la impresión de los libros de la Santa».

13. Sinopsis del Camino

No es difícil tener una visión conjunta de este libro. Efrén de la MD dice con razón que «entre todos los libros de santa Teresa, es éste el más ordenado y en el que domina una idea constante, que absorbe todas sus partes. Sin dificultad puede ser reducido a un esquema sinóptico, donde puede echarse de ver limpiamente todo su contenido». Y da a continuación un esquema con la división de capítulos de la segunda redacción[6].

14. Informe del abogado Pro Doctorado de la Santa

En la Positio para el doctorado de la Santa (Roma 1969) hay un Informe del abogado de la Causa en el que al hablar de la eminencia de la doctrina de santa Teresa se van presentando una por una las obras de la doctoranda. Del Camino de perfección se dice desglosando los 42 capítulos de la segunda redacción:

– «Los cuatro primeros capítulos son de introducción; habla del fin de su Reforma, eminentemente eclesial, por lo que toda la vida de sus religiosas se debe dedicar a la oración y penitencia por la Iglesia.

– La primera parte se extiende del capítulo 4 al 16, y habla de las virtudes necesarias para la vida espiritual, como son la caridad fraterna, la humildad y desasimiento de todas las cosas.

– La segunda parte, del capítulo 16 al 42, trata de la vida de oración, cuyo itinerario completo explica haciendo un comentario doctrinal y contemplativo del Padrenuestro (cc. 27-42), habiendo antes dicho cosas de suma importancia acerca de la oración en general (cc. 16-26)»[7].

Así, y añadiendo algunas cosas más acerca de esta obra, se la presentó a la consideración de quienes tendrían que pronunciarse sobre la conveniencia del doctorado teresiano que se pedía.

Esta presentación esquemática lo mismo que otras que pudiéramos ofrecer nosotros serán siempre imperfectas y por lo mismo hay que ir luego recorriendo cuidadosamente la obra, verificando la verdad y exactitud del esquema o sus fallos, y tratando de integrar debidamente toda la riqueza de lo escrito por la autora que no puede siempre reflejarse en los esquemas.

15. ¿Cómo ve la Santa su libro?

Ya en el título se desvelan la intención y el contenido de la obra: avisos y consejos; lo mismo puede verse en el prólogo: algunas cosas de oración, algunos remedios para diversas situaciones, etc.

Y ya muy adelantada la obra, la propia autora declara: «Todo lo que os he avisado en este libro va dirigido a este punto de darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de las criaturas...» (CV 32, 9; CE 55, 3).

Quedan claras estas preocupaciones de la autora, preocupaciones no de tipo mental o abstracto, sino práctico y vivencial: darse del todo al Criador; poner nuestra voluntad en la voluntad de Dios; desasirse de las criaturas. En todas las páginas del libro podemos captar esos deseos de persuadir y empujar a esas realizaciones propuestas.

La autora identifica su «librillo» del Camino con «el del Paternóster» (carta a su hermano Lorenzo, 2 de enero de 1577, n. 8), como indicando la preponderancia que tienen esos capítulos finales dedicados a la consideración del Paternóster. Al enjuiciar la excelencia del padrenuestro, cuyo comentario lleva ya muy adelantado, asegura encontrar en él «toda la contemplación y perfección encerrada», «todo el modo de oración y de alta contemplación, desde los principiantes a la oración mental y de quietud y unión» (CV 37, 1; CE 65, 3).

Con esto está diciendo equivalentemente de qué ha querido hablar y de qué habla en todos esos capítulos de comentario a la que llama «oración evangelical», es decir, desde el capítulo 27 al 42 de CV, ambos inclusive, y desde el 44 al 73 del CE, ambos también incluidos. Y ya en el último capítulo (CV 42, 5; CE 73, 3) vuelve sobre el contenido del padrenuestro «que ya habéis visto encierra en sí todo el camino espiritual, desde el principio hasta engolfar Dios el alma y darla abundosamente a beber de la fuente de agua viva», haciendo ver al mismo tiempo el contenido intencional y real de sus comentarios.

16. Algunas claves de lectura

Estudiosos y expertos en simbología encuentran que el camino es uno de los símbolos con más vigencia en nuestro lenguaje y en la literatura universal. Así puede verse en:

Lurker M., El mensaje de los símbolos, mitos, culturas y religiones, Herder, Barcelona 19922, 233-248.

Chevalier J.- Gheerbrant A., Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona 20006: habla de algo de esto en la voz «viaje» (1065-1067) y en otras partes, pero, inexplicablemente pone la voz «camino» (sin decir nada) y remite a «vía», pero «vía» no aparece; sólo se dice algo bajo la voz «vía regia» (1065).

Cocagnac M. de, Los símbolos bíblicos, léxico teológico, Desclée de Brouwer, Bilbao 1994, 105-110: se examina el tema a base de textos y de personajes bíblicos.

Gros A., Yo soy el camino. El tema del camino en la Biblia, Cristiandad, Madrid 1964, es un estudio muy rico y muy sencillo al mismo tiempo de la espiritualidad bíblica del camino. En la introducción dedica unas páginas muy claras al camino, su realidad natural y su simbolismo (17-21).

En los diccionarios de las diversas disciplinas se habla también de esta realidad del camino y de su significado. Basta citar S. de Fiores-T. Goffi-A. Guerra (dirs.), Nuevo diccionario de espiritualidad, San Pablo, Madrid 20005: en la voz Itinerario espiritual (S. de Fiores, 999-1021) se habla no poco del camino: de la vida espiritual como camino a recorrer; de los diversos itinerarios espirituales en la historia de la Iglesia, etc., y se recuerda a san Juan de la Cruz con La Subida al Monte Carmelo y a santa Teresa con el Camino de perfección (1010); y en la voz Símbolos espirituales (C. A. Bernard, 1780-1797) se analiza bajo las grandes constelaciones simbólicas: la dominante del camino (p. 1789-1790).

En este trasfondo universal en el que el camino es un símbolo dinámico está encuadrada esta obra teresiana y desde aquí hay que leerla para entender lo que dice y lo que insinúa sobradamente, pues es sabido que los autores dicen más tantas veces con lo que insinúan que con lo que dicen abiertamente.

No es difícil recomponer los varios elementos que desde la letra teresiana concurren a darnos esa imagen dinámica que nos ayuda a entender y degustar mejor las riquezas de la obra y nos impulsa a recorrer un camino «tan real» =regio (CV 21, 1, 9; CE 35, 1)[8], es un camino a recorrer cada uno de por sí, no simplemente a contemplar cómo lo recorren otros por nosotros: se camina en busca de un tesoro (CV 21, 1; CE 35, 1) y salen al paso mil enemigos (CV 19, 2; CE 30, 2); el tesoro es una fuente de agua viva, que es al mismo tiempo la meta del camino (CV 19, 2ss.; 20, 1-2; CE 30, 2; 31, 1ss.); «y puesto es así –dice Teresa–, tomad mi consejo, y no os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda» (CV 20, 2; CE 33, 1): lo que significa y comporta «ir siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar a esta fuente» (ib). «¡Con qué sed se desea tener esta sed!» de la fuente (CV 19, 2): es la sed puesta por el Señor y cultivada por el hombre lo que le guía a la fuente y le da ánimo para pelear y pasar todos los trabajos.

17. Pasión eclesial

Toda la estructura de Camino está sustentada por algunas preocupaciones básicas que lo han puesto en pie, y que sirven a cualquier lector para empatizar con la autora. Desarrollamos a continuación dos de las que nos parecen más importantes: pasión eclesial y pasión oracional.

Pasión en el sentido doble de la palabra: sufrimiento y apasionamiento. Ambos sentidos se reflejan en el modo de dar o comunicar las noticias que le llegan sobre los problemas de la Iglesia. El tema es muy tempranero en el libro:

«En este tiempo vinieron a mi noticia

a) los daños de Francia y

b) el estrago que habían hecho estos luteranos,

c) y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta» (CV 1, 2; CE 1, 2).

«Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo..., quieren poner su Iglesia por el suelo» (ib, 5). Y más adelante: «deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos» (CV 35, 3; CE 62, 3).

«¡Qué de desacatos de estos herejes!» (CV 33, 3; CE 59, 2).

Pequeño comentario: Además de las noticias que le pudieron llegar de teólogos y sacerdotes conocidos, algunos de los cuales han estado en el concilio de Trento, a través de «soldados abulenses del ejército del emperador, que volvían de Alemania y los Países Bajos [que] contarían a la Santa los estragos de la herejía», como fuentes de información acerca de estas desventuras producidas en la Iglesia por la escisión de la cristiandad por la presencia y acción del protestantismo, hay que contar, sin falta, las comunicaciones de Felipe II a los conventos de religiosos y religiosas, pidiendo oraciones: por ejemplo la carta del 2 de mayo de 1563.

Se ha hecho notar el parecido tremendo que tienen las frases de la Santa con la descripción lastimera que hizo en el Concilio el 23 de noviembre de 1561 el cardenal de Lorena, Carlos de Guisa, informando a los Padres conciliares acerca de la situación religiosa desastrosa en Francia[9].

Igualmente se capta su pasión eclesial por las reacciones viscerales que causa en ella ese mundo de tales noticias: «Dióme gran fatiga... lloraba con el Señor» (CV 1, 2; CE 1, 2). Dispuesta a dar la vida por las almas y a poner «mil vidas» para remedio de una sola de las que en esos pueblos se perdían, no se queda en puras fatigas ni en puras lágrimas sino que pasa a la oración»: y le suplicaba remediase tanto mal» (CV 1, 2; CE 1, 2).

Fatigas, lágrimas, oraciones, y también quiere pasar a la acción: «Determiné a hacer eso poquito que era en mí» (ib): «seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese». Sus ansias de siempre, cada vez más acrecentadas, van a que, pues Dios «tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos». Como forma parte de una comunidad religiosa, en ella encuentra sus más cercanas colaboradoras y así las quiere enrolar en su oración y en su acción: «y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo». Han de ser tales cuales ella las quiere, y se las pinta en sus deseos: «almas desasidas de todo y que todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío, que tan apretado le traen a los que ha hecho tanto bien, que parece le querrían tornar ahora a la cruz estos traidores y que no tuviese adonde reclinar la cabeza» (CV 1, 2; CE 1, 2). De nuevo alude a «los luteranos» y deja planteada la ocupación de sus hijas y la suya propia.

A continuación habla con Cristo (CV 1, 3-4; CE 1, 3-4) e inmediatamente con sus hermanas ahondando en la realidad de su llamamiento (CV 1, 5; CE 1, 5: léase esa arenga vocacional tan vigorosa). «Se divierte», es decir, hace una digresión acerca de la pobreza y sus bienes (CV c. 2; CE c. 2) y vuelve al tema del llamamiento de las Hermanas descalzas. Adviértase que quiere hablar de «lo principal para lo que el Señor nos juntó en esta casa» (CV 3, 1; CE 3, 1): suplicar siempre a Dios favorezca a los que trabajan por la Iglesia. Identifica particularmente a estas personas «defendedoras» de la Iglesia con «los predicadores y teólogos», y amplía: «...y pues los más están en las Religiones», sus hijas han de pedir a Dios «que vayan muy adelante en su perfección y llamamiento, que es muy necesario». Es importante ver el paralelismo de lo que a ella le producía la situación de la Iglesia: llevarla ante todo a «seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese» (CV 1, 2; CE 1, 2) y lo que pide aquí para estos religiosos defendedores de la Iglesia: esa misma perfección en la respuesta a su llamamiento, es decir, a su vocación. Lo que quiere de sí misma y de sus hijas es que procuren «ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios» (ib). Dentro de las vibraciones de esta pasión por la Iglesia explica a sus hijas el por- qué de estas oraciones por los ministros de la Iglesia, sujetos a tantas contingencias y dificultades (CV 3, 3-4; CE 3, 3-4). Lo que, en definitiva, tienen que hacer es «ser tales» que merezcan alcanzar de Dios: a) que haya muchos letrados y religiosos que sean esos buenos defendedores que se necesitan, y b) que los que todavía no están muy dispuestos que el Señor los disponga, «que más hará uno perfecto que muchos que no lo estén». Viviendo las exigencias de la propia vocación «estando encerradas peleamos por Él». Es claro que no sólo se han de emplear en rogar por «los capitanes de este castillo o ciudad»[10] (CV 3, 2; CE 3, 2), sino también por los buenos cristianos para que ninguno se vaya con los contrarios (CV 3, 2) y «no se levante ningún traidor, sino que los tenga Dios de sus manos» (CE 3, 2).

Así se ven más claros los horizontes de la vocación-llamamiento de las descalzas carmelitas. Procurar «el provecho de muchas almas y la honra del Señor» es el deseo más grande y «en esto han de emplearse y pedírselo a su Majestad, pues es para gloria suya y bien de su Iglesia, que aquí van mis deseos» (CV 3, 6; CE 3, 6).

Teresa está convencida del valor de la oración eclesial de sus hijas, ya que ve cómo no quieren sino contentar al Señor y han dejado «lo poco que tenían y quisieran tener más para serviros con ello» (CV 3, 7; CE 4, 1).

En este punto viene lo que hemos llamado «la apología de las mujeres y judicatura de los varones»: tachado por el censor en la primera redacción (véase más adelante el texto cap. 3, nota 15). Importa en ese párrafo subrayar cómo la Santa apoya la eficacia de sus oraciones en el valor de la oración en sí misma y en los méritos de la Virgen María, «en cuyos méritos merecemos» (CE 4, 1). Lo que queda de este tema en CV 3, 7, y todo lo que le borraron en CE 4, 1, no es una prueba indiferente de su misma pasión eclesial, al rebelarse contra quienes en tiempo de tanta necesidad de ayudas a la Iglesia no sabían estimar la que podían prestar las mujeres orando y sacrificándose y participando en aquellas batallas espirituales, «de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres» (CE 4, 1).

Su pasión eclesial se desborda incontenible en lo que llama exclamación al Padre Eterno (CV 3, 7, última parte del número, 8-9; CE 4,1, última parte del número, 2-3). En una de las últimas cláusulas de esta oración arrebatada dice al Señor: «Y habed lástima de tantas almas como se pierden, y favoreced vuestra Iglesia. No permitáis ya más daños en la Cristiandad, Señor; dad ya luz a estas tinieblas»(CV 3, 9; CE 4, 9).

Esta pasión eclesial significa y conlleva una existencia totalmente vocacionada al servicio de la Iglesia. Toda la persona ha de estar centrada en el propio llamamiento o vocación, y éstos han de ser sus negocios, ocupaciones y preocupaciones, aquí sus lágrimas, sus peticiones, a esto han de apuntar sus deseos (CV 1, 5; CE 1, 5). Desde esta concentración de toda la persona hay que saber relativizar otras preocupaciones (ib) y saber emplear los días y las horas, pues «no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia»(ib) y, como redondeando su exhortación dirá: «Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor» (CV 3, 10; CE 4, 4), «y no permita el Señor esto se quite de vuestra memoria jamás, por quien Su Majestad es» (CE 4, 4).

5,92 ₼

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250 səh. 1 illustrasiya
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9788428563635
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