Kitabı oxu: «EL ÁNGEL DE LA PESTE»



TOQUE DE QUEDA
UN GOCE CERCANO A LA MUERTE
BIRD
GUARDIA NOCTURNA
PESADILLAS
LLUVIA
CUARENTENA
EL HUÉSPED
POETA DE SEGUNDA
EL INVITADO
SEÑOR CORONAVIRUS
DOBLAN POR TI
EQUIS
MEDELLÍN
COMISIÓN DE LEXICOGRAFÍA
TAMALES


Para Valeria Guzmán,
por todo el tiempo confinado,
por el amor ante la peste.
Para José y Tomás,
por quienes vivo.
soy la isla que avanza sostenida por la muerte
o una ciudad ferozmente cercada por la vida
BLANCA VARELA
Vi casuchas enfermas como el amor más alto
y ventanas inútiles como sangre en los muertos
ILEANA ESPINEL
Fear, like the thought of dying, makes us feel alone, but the recognition that we are all experiencing a similar anguish draws us out of our loneliness.
ORHAN PAMUK
Toda la ciudad se echó a la calle para festejar ese minuto en el que el tiempo del sufrimiento tenía fin y el del olvido no había empezado.
ALBERT CAMUS
TOQUE DE QUEDA
A Vanessa, mi hermana
Se murió la abuela. Hace tres días que se murió, allí, en su cama. Ya estaba muy viejita la abuela, pero yo creo que todavía aguantaba. Era buena. Nunca me pegó ni me dijo malas palabras como lo hacen mi papá y mi mamá, que todo el tiempo se están gritando. Yo no sé de qué se murió la abuela porque todos andaban sospechosos y yo preguntaba qué pasaba y mi mamá me decía: Ya está vieja la abuelita, mijito, y ya quiere descansar. Y yo le creo porque ya después de haber vivido más de ochenta años uno debe estar aburrido. Si ahora mismo ya estoy que no puedo más porque no me dejan salir. Viene la policía y nos obliga a entrar cuando estamos en la vereda jugando pelota. Entonces tenemos que meternos corriendo a las casas. Así mismo hacen los grandes que tampoco soportan estar en la casa y cuando la policía no está, ponen sus bancos y juegan cartas, beben cerveza y hasta se pelean. Pero cuando vienen los policías todos salen corriendo porque son groseros. El otro día a mi tío le pegaron, le insultaron y, por último, hasta le cortaron el pelo. Es que son unos abusivos, dice mi mamá. Estaba indignada. Estaba furiosa. Ella defiende a su familia como una fiera. Y de verdad que esos policías son es la cagada. Vienen aquí tirándose a sabidos, a muñecos, solo porque llevan el uniforme y dizque hay toque de queda. Yo le pregunté el otro día a mi mamá que qué era el toque de queda. Que no se puede salir y punto, me dijo. Pero por qué se llama toque de queda, si no tocan nada, volví a preguntar, aunque sabía que era inútil. Eso sí no sé, respondió, busca en internet. Pero nosotros no tenemos internet. Mi papá tiene un celular que le vendió un choro en cien dólares y, a veces, me lo presta y veo videos en YouTube. Entonces le pedí que me lo prestara un ratito. Me lo dio como hacen los padres para que no los jodamos. Y puse toque de queda en el diccionario. Siempre me han gustado los diccionarios, aunque solo tengo uno que nos mandaron a comprar en la escuela. Uno chiquito que tiene las palabras básicas, pero yo cuando quiero saber algo, lo busco en el diccionario real, o sea uno que es de la Real Academia, que no sé qué será, pero ese sí es completito. Y cuando pongo toque de queda, aparecen un montón de significados que vienen de toque hasta que bajo y llego a la definición, que siempre pienso que es como cuando un delantero llega a la portería y remata. La cosa es que la definición dice: «Medida gubernativa que, en circunstancias excepcionales, prohíbe el tránsito o permanencia en las calles de una ciudad durante determinadas horas, generalmente nocturnas». La tengo porque la copié en un cuaderno, ya que no entendía. Entonces, le pregunté a mi papá, que estaba al lado fumando en la vereda: Papá, qué es gubernativa. Chucha, mijito, respondió, yo creo que es algo del gobierno o del gobernador. Y entonces entendí. Regresé a la palabra toque y vi que también significaba «llamamiento, indicación, advertencia». Y ahí ya todo estuvo clarísimo. Estaba tan contento que le devolví el celular a mi papá y me puse a jugar pelota e hice tres goles contra mis primos. Tengo cuatro primos que viven al lado, son hijos de mi tía, a la que el marido la abandonó hace un año. Se fue con otra. Bien maldito era el marido. Pero mis primos son bacanes. Los manes juegan conmigo siempre y no pelean, solo a veces entre ellos, conmigo nunca. Yo solo tengo una hermana, pero es bien chiquita, tiene dos años, y todavía usa pañales. No hay cómo sacarla a jugar. Ella pasa ahí pegada de mi mamá o de mi papá, porque es bien consentida. Cuando nació, me dieron celos, pero ahora ya no me importa, porque yo ya soy grande y pienso en otras cosas. Pienso, por ejemplo, por qué no habrán venido a recoger a la abuela los de la funeraria o los de la morgue. La abuela está allí en el cuarto acostada, pero ya van tres días y empieza a oler mal. Porque así huelen todos los muertos, dice mi mamá. Y yo pienso que el olor de la muerte es horrible y me entra el miedo de morirme. Le digo a mi mamá: ¿No cierto que yo no me voy a morir nunca? Y ella me dice: No, papito, usted es un superhéroe, usted va a ser inmortal. Y me tranquilizo, porque sí quiero ser un superhéroe y no morirme nunca y matar a todos esos policías que vienen a joder y pegarles a mis tíos que son bien buena gente. Pero sí me quedo pensando en la abuelita y le pregunto todos los días a mi mamá que cuándo la vamos a enterrar, que es muy feo que esté allí oliendo mal todo el día, que me da tristeza. Veo que mi mamá habla a un número y nunca le contestan. Llama al doctor y le dicen que está ocupado. Llama a la funeraria, y no están atendiendo. También me da mucho miedo lo que se ve en la tele. Dicen que hay muchos muertos por el virus, que los dejan morir en la calle y que nadie va a recogerlos. Yo me pregunto si no será ese virus maldito el que ha matado a mi abuelita. Mi mamá dice que no diga eso, que no se me ocurra decir eso en la calle, porque la gente es loca y nos pueden quemar la casa. Y por eso me quedo callado. Igual, la abuela ya está es bien muerta y no se puede hacer nada más que esperar a que le den un turno o un hueco para enterrarla en el cementerio. Mi papá dijo un día que iban a hacer una fosa común. Y, como no entendía, le pedí otra vez el teléfono. Busqué nuevamente en el diccionario real y salía: «Lugar donde se entierran los restos humanos exhumados de sepulturas temporales o los muertos que, por cualquier razón, no pueden enterrarse en sepultura propia». Busqué exhumar, que me parecía algo de humo. Y supe que quería decir «desenterrar un cadáver». No entendí muy bien toda la definición, pero también la anoté en el cuaderno de borrador de la escuela que me gusta mucho, porque allí se puede poner cualquier cosa que a uno se le ocurra y a mí se me ocurren muchas. Repetí cincuenta veces exhumar, porque no se me quedaba la escritura. Mi mamá dice que soy bien inteligente y que debo estudiar mucho para que les saque de la pobreza, que yo debo sacarlos de la pobreza. Y yo le digo sí, mamá, yo quiero ser doctor para ir a luchar contra cualquier virus como un superhéroe. Ella se ríe. Me acaricia el pelo. Me pone la comida sobre la mesa que, a este paso, casi siempre es plátano verde o arroz con atún. Pero como me gusta comer, yo le doy trámite. En cambio, a mi hermana no le gusta comer y llora mucho. Mi papá le tiene que dar la comida y rogarle. Es muy malcriada mi hermana y hace mucho escándalo. Yo le digo, cuando mi papá no me ve: Cállate, ¿no ves que es toque de queda? Van a venir los policías y te van a llevar. Ahí se calla un poco, pero cuando viene mi papá, otra vez se arranca a llorar como si le hubieran pegado. Ojalá cambie mi hermana, que es muy bonita, pero muy llorona, demasiado llorona. Cuando crezca le voy a contar sobre este virus, la voy a asustar con la historia del cadáver de la abuela en su cuarto y cómo en las noches se levantaba y andaba en la casa como un fantasma. Me voy a reír de verla asustada. Le contaré cómo tuvimos que enterrar a la abuela en el terreno baldío que nos prestó un primo de mi mamá para hacerle una fosa, ya que los gubernativos no vinieron a llevarse nunca el cuerpo y la abuela ya se estaba descomponiendo. Igual, la idea de que la pusieran en un mismo hueco con otros cadáveres no me gustaba. Y creo que a nadie de mi familia le gustaba, así que se reunieron, le pidieron permiso al primo de mi mamá y cavaron un hoyo bien profundo. Entre mis tíos y mi papá hicieron una caja de madera con las mismas tablas de la cama de la abuela. Y allí, envuelta en una sábana, la taparon. Yo lo vi todo. Mi papá me retaba porque decía que luego tendría pesadillas, aunque yo nunca tengo pesadillas y no me dan miedo ni los muertos ni la sangre, por eso quiero ser doctor. Entonces, cuando ya estuvo la caja y el hueco, fuimos toda la familia en la noche, bien en la noche, cuando estaban todos dormidos, y nos metimos al terreno ese que estaba alambrado. Entre mi papá y mis tíos la tiraron a la fosa y luego fueron echando tierra encima, mucha tierra, toda la que habían sacado. Al final, una tía rezó el rosario completo, bien bajito, como un susurro, y todos nos persignamos y lloramos y mi mamá me abrazó y vi cómo mi papá, sudoroso, muy cansado, también lloraba, aunque las lágrimas se le confundían con el sudor. Es la única vez que he visto llorar a mi papá. Volteé a ver a mi mamá y le pregunté: ¿Será que algún día la podemos exhumar?
UN GOCE CERCANO A LA MUERTE
Hoy es uno de esos días en que he tenido ganas de matarla. Ha estado gritando toda la noche; en realidad, berreando. Lo hace con tanta tristeza que yo también me pongo a llorar junto a ella. La abrazo. Le digo que se calme, que pronto todo esto va a pasar. La llevo hasta la ventana para que vea la calle vacía, la calle con los autos estacionados desde hace días, cubiertos de polvo, algunos tristemente olvidados por sus dueños. Pero no quiere entender, solo berrea como una niña malcriada. Ya me ha llamado el guardia varias veces porque los vecinos se quejan, me piden que haga algo para callarla. Estoy desesperada. Algunas noches se ha quedado dormida de tanto llorar sobre la silla de ruedas, aunque solo algunas noches, porque otras no para y es un sonido lastimero, un sonido como el de los perros cuando anticipan la muerte, un sonido lánguido y desgarrador. Yo creo que todo el edificio debe de querer huir, como yo, salir a gritar en la calle, después de todo lo que se escucha. Cuando ella está unos minutos tranquila, puedo ver la tele, se queda ahí mirando conmigo como perdida. Ya no sé si entiende algo, solo veo que se queda con su mirada fija en el televisor. Entonces yo tomo un respiro. Tampoco es que las noticias sean muy alentadoras, pero al menos llego a ilusionarme con una parte maquillada de la realidad, la de los medios, ya que, por otro lado, también llegan todos esos videos y audios a mi teléfono de gente que muere a granel y me da pánico. En algún momento tuve ganas de grabarla, de grabar sus berridos durante al menos tres minutos, solo para que el mundo se entere de lo que es la tristeza. Sin embargo, me da mucho pudor. Y qué ganaría con eso. Ya hay suficiente gente alarmando con sus audios y sus videos que esto parece el Apocalipsis. Yo solo quiero que ella se ponga bien, que esté más tranquila, como antes, o sea antes de esta pandemia, que parece que la ha exaltado, que le provoca un sentimiento como de desolación. Ya ni siquiera quiere comer. En las mañanas trato de darle la fruta en papilla, pero me la escupe y ha llegado a tirarme el plato. En el almuerzo es otra lucha. Le gusta el arroz, pero solo quiere comer arroz, arroz vacío. Cuando estaba sana, adoraba el arroz, creo que por eso subió mucho de peso, ya que comía arroz con todo, arroz con huevo, arroz con carne, arroz con pollo, arroz con atún. Como vivía sola, uno no sabía las toneladas de arroz que se comía. Yo la visitaba cada quince días, hasta que le diagnosticaron esta horrible enfermedad del diablo, entonces tuve que venir más seguido. Venía cada fin de semana, luego cada tres días, y luego ya me tuve que quedar con ella todo el tiempo. Es que era muy peligroso dejarla sola, se olvidaba de las cosas, se caía, se lastimaba ella misma. Así que me instalé en el apartamento que le dejó mi padre cuando se murió. Nadie quería saber de hacerse cargo de mi madre. Todos sus hijos éramos grandes y casi todos hombres, excepto yo. Siempre agarran de cojuda a la mujer. Siempre me dio rabia ser la única mujer. Una tenía que servirles, lavarles la ropa, plancharles y hasta alcahuetearles las imbecilidades que hacían con las mujeres porque siempre fueron unos cabrones igual que mi padre. Ahora ni siquiera vienen. Me depositan un dinero en mi cuenta y a veces ni eso. Todos están mal casados. Todos con mujeres que los absorben. Yo pienso que se lo merecen, por lo que le han hecho a mi madre después de lo que ella les dio a ellos. Cuatro hijos varones y una mujer no es cualquier cosa. Yo nunca tuve hijos. No pude tenerlos. Y tampoco me importa. Después de cuatro hermanos que jodían todo el tiempo, yo no quería tener hijos. Cuando alguno de mis novios empezaba con esa cantaleta de casarse y luego tener hijos, yo huía. Siempre pensé que los hijos serían una atadura, una obligación que yo no quería asumir, es decir, ni siquiera asumir. Pero la vida es profundamente irónica. La vida es una paradoja. Yo que hice una licenciatura. Yo que hice una maestría en políticas culturales, para qué, para terminar al cuidado de mi madre que ha perdido la razón, que ya no puede ni ir al baño sola, que es como un bebé insoportable. Incluso peor que eso, porque al menos los bebés reconocen a sus padres. Mi madre ya ni siquiera puede hablar, ha olvidado su propia lengua, ha olvidado «el decir» que es la peor forma de estar solo. Y quizá sea eso lo que la hace comportarse así. Si yo no pudiera decir lo que siento, sería mejor que me maten. Perder el lenguaje es perderlo todo. Y, sin embargo, pienso que el mundo no puede ser tan cruel; que, de pronto, ella va a entrar en razón, me va a reconocer del todo y va a decirme cuánto me ama. Es un deseo estúpido, lo sé. Pero sería un gran alivio, un milagro, en medio de este insoportable berrido que es ella. Para colmo, se nos ha venido esta pandemia que no nos deja salir. Antes yo la llevaba a La Carolina, la paseaba y se tranquilizaba. Miraba a todos lados como asombrada, como alucinada con el mundo. Y hasta yo era feliz de verla así. Cuando yo era niña, siempre estuvimos juntas, siempre me cuidó y me trató con cariño. Me enseñó a vivir. Me enseñó que tenía que desconfiar de todo. Me enseñó a dudar de las cosas y de su apariencia. Era una especia de filósofa de la vida cotidiana. Tenía una frase para todo, una salida graciosa incluso en las peores circunstancias. Cuando murió mi padre, no derramó una sola lágrima hasta que yo hablé. Yo quería a mi padre muchísimo, aunque era un total hijo de puta mujeriego. Y el día que se murió no pude ser más sincera, dije cuánto lo amaba en medio de toda esa gente que fue a verlo muerto, porque además era muy amiguero y todos lo querían. Solo entonces, cuando yo hablaba y se me iban las lágrimas, vi que mi madre se quebraba, que se le humedecían los ojos. Nunca me dijo por qué. Quizá porque pensó que me buscaría alguien como mi padre y terminaría repitiendo la historia. Si ahora pudiera entender que he hecho todo lo contrario, que jamás permití que un hombre me engañara o me tratara mal. Pero no puede, solo berrea. Grita tan fuerte que la cabeza casi me explota. He llamado a mis hermanos. Siempre están muy ocupados. Tienen a sus hijos enfermos, están en una reunión, me dejan en la línea, se hacen los giles. No le dan importancia. Yo sé que si uno de ellos viniera a verla, mamá se pondría mejor. Sin embargo, ya me he cansado de pedirles que vengan. Creo que moriremos ella y yo aquí con este maldito virus, aunque de qué modo podríamos contagiarnos, si estamos únicamente las dos. Antes de la emergencia, hice muchas compras porque una amiga me dijo que todo esto iba a ocurrir, que se iba a poner muy feo. Había mucha gente en el supermercado comprando papel higiénico. Me dio mucha risa. Por suerte, yo estaba con mi madre y nos dejaron pasar a la cola preferencial. Es la última vez que salimos antes de la emergencia y, por tanto, no creo que podamos tener el virus. Aunque sería mejor si lo tuviéramos. Dicen que ataca con fuerza a los ancianos. En Italia y en España se están muriendo muchos viejitos. Y ahora parece que aquí se está poniendo muy grave la cosa también. He visto muchos videos donde aparecen cadáveres en la vereda, depósitos de muertos en hospitales, personas que queman a sus difuntos en la calle. Parece una película de terror. Yo no quiero que mi madre se muera así. Sé que he dicho que tengo ganas de matarla, que ya no soporto su berrido como el de una vaca a la que le han arrebatado su cría. Su berrido como un ciervo triste, como un becerro herido, su berrido que hace temblar este edificio, su berrido que no nos deja dormir ni pensar ni darnos cuenta de nuestras propias vidas. Y por eso le digo: «madre, dame una señal, dime qué es lo que te pasa, qué es lo que deseas y te lo doy, no importa lo que sea», y quisiera que me dijera: «dame la muerte», para tomar un cuchillo y hundírselo en el pecho y escapar, correr por la calle hasta que no me den las fuerzas, hasta quedar tirada como esos cadáveres a la intemperie, muerta de cansancio y de rabia. Salir, poder irme de este doble infierno donde no sé qué pena estoy pagando, qué oscura sombra me persigue, qué karma se me devuelve o qué monstruo de la peste se ha apoderado de mi madre que no la deja tranquila. Pero me contengo porque no sé si yo misma podría terminar así. Yo, que siempre he sido tan libre. Yo, que creí que la vida era un río navegable, a lo sumo una fuerte marea. Como remedio, como respuesta a mi impotencia, cuando el berrido es un grito incontrolable, le hago unos pequeños cortes, unos cortes sencillos en la piel, y dejo que la sangre se le vaya, dejo que la sangre fluya a través del corte y de su brazo mientras el berrido es una especie de música macabra. El berrido y su sangre, el grito y su dolor silencioso, el sonido y la furia de su sangre contenida. Parece que se calma, que su berrido decrece y se vuelve un resoplido. Y me mira, me mira con una especie de goce, un goce como el de los orgasmos, un goce cercano al de la muerte.
BIRD
Si alguna vez confundes
Tu corazón con tu sexo y tu sexo
Con un saxofón que llora
En una calle oscura
O si derramas amor a manos llenas
Sin que nadie lo reciba
Y asustado como un niño te despiertas
Y ya no hay caricia
Ni desayuno tibio
Ni vestido viejo ni vestido nuevo
Y ni una sola gota de materia
Que te recuerde el universo entero
Sino tan sólo
Un saxofón que no te da tregua
Un saxofón que no te da tregua
JORGE EDUARDO EIELSON
Lo vi salir varias veces a entonar su saxofón. Ese instrumento de un erotismo que roza la divinidad. El hombre sacaba su silla al balcón cuando la claridad del sol bañaba las ventanas y se sentía el aire límpido de la ciudad como un milagro. No se escuchaba el ruido ensordecedor de los autos ni se podía ver el humo de los buses como una nube tóxica y maloliente. Sentado en una silla de mimbre, ponía frente a sí las partituras que iba a interpretar. La gente salía a sus balcones o se apostaba sobre los alféizares de sus ventanas para verlo. Después de cada melodía, aplaudían. Y el hombre agradecía con una venia y luego volvía a sentarse. Recuerdo haber escuchado, el primer día, por ejemplo, Only You y Chanson d’amour. No soy una melómana, pero puedo reconocer ciertas melodías, como hacen muchas personas, supongo. Tenía un repertorio amplio que incluía Going Home o One Step Beyond. Otro día se lanzaba con Gavilán o paloma y Private Dancer. Me gustaba esa forma barroca de mezclar la música. Una no sabía con qué iba a salir, literalmente. Y lograba que nuestros días se hicieran menos trágicos, menos tristes, mientras las noticias nos bombardeaban con cadáveres insepultos y números engañosos de infectados en todas las ciudades. Lo escuchaba desde mi ventana, que daba justo frente a su hermoso departamento. Yo vivía en una suite pequeña, y mi ventana más amplia daba a su balcón. Era un hombre de mediana edad. Yo suponía unos cuarenta años, con una barba bien cuidada y el cabello medianamente largo y negro, aunque con muchas canas. Eso le resaltaba las cejas. Cuando un hombre empieza a encanecer, se le notan mucho las cejas. Realmente yo no le había prestado atención hasta ese momento. En general los hombres no me atraen de por sí, sino que deben tener una cualidad especial que los vuelva atractivos. Y allí estaba él tocando Eternal Flame con una emoción pasmosa. Cuando terminaba cada melodía (siempre tocaba dos diarias), me echaba una mirada como de complicidad que yo aceptaba gustosa, y le aplaudía. Le aplaudía de verdad, porque me emocionaba. Otro día tocó Destination Calabria y nos pusimos a bailar. En los otros balcones, varias parejas también se habían puesto a bailar y, a través de las ventanas, los niños imitaban con sus dedos el toque de esos solos aprendidos largamente. Luego siguió con Never Tear Us Apart y nos quedamos pasmados. Aplausos y adentro. La sensación que nos dejaba era la misma que uno siente cuando regresa de la playa o de algún lugar que se ama: como de nostalgia, como de ensoñación. Uno de esos días, que empezaron a ser demasiado calurosos, lo vi en la lavandería. Estaba frente a la secadora. Había llevado su silla de mimbre para esperar. Contemplaba la máquina con una atención inusitada. Estaba tan concentrado que, cuando pasé, apenas me miró. Al parecer, después se dio cuenta de mi presencia y me saludó con un movimiento de cabeza y un gesto que denotaba una sonrisa a través de su mascarilla. Soy Carlos, dijo. Está a punto de terminar el ciclo, añadió. Me había quedado embobada. ¿El qué?, pregunté. El ciclo de la secadora, contestó. Está por terminar y te la dejaré. Ah, dije, no se preocupe. Lo siento, soy Nina. Puedo esperar. Creo que lo único que podemos hacer ahora es esperar, añadí, con fastidio. Sí, dijo. «Desesperar», y se rio. Yo también me reí por el juego de palabras, pero más por el gesto que hizo con las manos y la cabeza, como imitando a un loco. Los dos nos reímos fuertemente. ¿Es usted músico?, pregunté. No, no exactamente. Estudié en el conservatorio hace muchos años, pero en realidad soy arquitecto. Mis padres no querían que me dedicara a la música, ya sabe, y les di gusto estudiando planos. Ah, genial, su departamento es hermoso, respondí. Es decir, no lo he visto por dentro sino solo a través de las ventanas, pero debe ser hermoso. ¿Me has estado espiando?, se rio. No, no, traté de disculparme, es solo que mi ventana da justo a la suya. Es imposible no verlo. Ah, tú eres la chica que siempre aplaude como si supiera todas las canciones, que en realidad no son canciones sino melodías, simples melodías, algunas improvisadas en un arranque de locura de los genios del saxo. Quizá por eso estudié arquitectura. No tengo la genialidad de la improvisación. No tengo el don de crear. Seguir una partitura es fácil cuando desarrollas la técnica, pero la música, la música de verdad está más allá. Entiendo, dije. También quise estudiar música en un tiempo, y no me dio el cuero. No tengo paciencia. Me fui en cambio por la danza. Soy profesora de danza, de hecho. Estuve algunos años en el Ballet Nacional. Sin embargo, era mucho estrés y lo dejé para dar clases. Te he visto, dijo él, te he visto practicar. Eres muy buena. Es decir, mi conocimiento de la danza es muy reducido, pero comprendo la música, así que puedo comprender el movimiento. Y el movimiento de tu cuerpo tiene un gran poder simbólico. La secadora sonó. Algún día, cuando esto se acabe, tendrás que venir a mi apartamento, sugirió. Claro, dije yo, me encantaría. O sea, si esto se acaba, porque parece que esta peste nos va a matar a todos. Bueno, respondió, tú no morirás, por lo menos ahora, no morirás, puedo verlo en tus ojos. Se levantó de su silla, sacó su ropa de la secadora, la puso dentro de su cesto y se despidió con una venia, una de esas venias que hacía al finalizar sus solos. Adiós, dije yo. No deje de tocar. Nos alegra a todos. Sobre su mascarilla pude ver que los ojos se le humedecían. Es un tipo sensible, pensé. Esa misma tarde, salió a tocar In a Sentimental Mood y Summertime. No puede contener las lágrimas. Lo vi a través de la ventana y seguramente pudo ver mis ojos, el lago de mis ojos, porque al mirarme él, ya sin estar medio cubierto por un trozo de tela, descubrí que algo trascendía en su piel. Era como si te mirara una especie de ángel, una especie de pájaro exótico. Cerré la ventana, abrí las cortinas de par en par y me puse a bailar. Quería que me viera. Hice una rutina que me gustaba mucho y que en otro tiempo me resultaba muy difícil. Bailé unos veinte minutos con mucha emoción, sentía la sangre en mi cuerpo y una extraña necesidad de explotar. Al finalizar lo vi, estaba en la ventana de su sala, con las cortinas abiertas observándome. Había estado allí durante todo mi baile, y aplaudió. Muy despacio, vi, uno a uno, sus aplausos, mientras sonreía. Juro que jamás volví a ver una sonrisa similar, una sonrisa diáfana, sin maldad, una sonrisa que parecía comprender o haber comprendido el mundo. Luego me lanzó un beso. Sí, como en las películas. Yo hice una venia y cerré las cortinas. Me tumbé sobre el sillón. En otras circunstancias, le hubiera dicho que viniera, que llegara hasta mi pequeña suite. Le hubiera invitado un trago y habríamos hecho el amor, qué digo el amor, lo habría devorado. Pero tenía mucho miedo de infectarme. En estos días he enfermado varias veces, me duele la cabeza, el vientre, he pensado que tengo fiebre, he tosido, he estornudado y me he visto desfallecer con la idea de que tengo el virus. No salgo a la calle, pido compras a domicilio y luego las lavo una por una con detergente. De acuerdo, fui a la lavandería, solo porque no tengo secadora. Es la única salida que me permito y por eso lo vi, bueno, no «solo» lo vi. Y lo seguí viendo, día tras día, tocando su saxo. Luego yo bailaba, empecé a bailar todos los días después de que él terminaba. Y eso me despejaba, me hacía feliz. Nos mirábamos con intensidad y luego nos despedíamos hasta el otro día. A veces, fisgoneaba y lo veía en su sala leyendo un libro o fumando. Fumaba mucho y dentro de su departamento. Pensé que eso no me gustaba. No me gustan los hombres que fuman. En general son ansiosos e incontrolables. Y a mí qué me importaba. Yo daba mis clases de manera virtual. Trataba de comer poco. Me había vuelto vegetariana, así que debía pensar cada comida. Por eso, buscaba mucho tiempo en internet sobre platos sin proteínas animales. Sin embargo, a él raras veces lo vi sentado en su comedor. Era muy flaco, quizá no comía, o se alimentaba cuando yo no lo estaba observando. Cada persona empezaba a modificar sus tiempos. Yo misma me despertaba tarde y me acostaba en la madrugada. Mi cuerpo al principio notó el cambio de rutina y comenzó a resentirse. Luego se fue calmando. También tuve días de insomnio, aunque, desde que bailaba frente a la ventana, se me quitó. Dormía de un solo tirón y me quedaba hasta la hora que me daba la gana, abrazando las almohadas y peleando con las sábanas. Después, grababa mis clases, básicamente rutinas para principiantes, y se las enviaba a mis chicas. Sus tocadas eran siempre por la tarde, supongo que después de almorzar (si lo hacía), a la misma hora. Otra vez, su silla de mimbre, su saxo, sus partituras. Uno de esos días tocó If You Leave Me Now y Verano del 42. De cada uno de los bloques salía gente a escucharlo. Y cada vez había más aplausos que llegaban desde más profundas lejanías. No sé si fue un domingo que empezó con Charlie Parker. Es decir, ya lo había tocado antes, pero esa semana se empecinó con él. Fueron, creo, Laura y All of Me, ese día. Al siguiente, April in Paris y Ko Ko. Las reconocí porque todas pertenecen al mismo disco. Me pareció extraño, extrañamente encantador. Tenía todo el derecho de tocar lo que quisiera y, a mí, Charlie Parker me ha gustado toda la vida. Entonces, al otro día tocó Ornithology y Lester Leaps In. Y yo bailé, bailé emocionada, porque parecía comprenderme. Parecía comprender mis gustos y lograba que todos nos llenáramos de una suerte de esperanza. Al día siguiente, no lo vi en toda la mañana. Fui a la lavandería esperando encontrarlo. Tampoco estaba. No le di importancia y esperé. Esperé la hora en que saliera. Y salió. Estaba muy pálido y triste. Estaba como perdido. Pensé que se había drogado o estaba ebrio, porque casi se cae al sacar la silla al balcón y ponerse a tocar. Ese día interpretó con esfuerzo, pero muy emocionado, como si de verdad el mundo se fuera a acabar, I Can’t Believe That You’re in Love With Me. Me miró y vi su dolor. Vi el dolor del mundo en sus ojos. Vi que quería decime algo a través de esa mirada, pero yo no podía ayudarlo. Quién era yo para ayudarlo. Quién era por lo demás ese misterioso hombre que tocaba tan divinamente el saxo. Solo interpretó esa canción y se metió. Se silenció y cerró las cortinas de un tirón. No bailé. Me puse triste. Muy triste. Pensé si había sido mi culpa. Si él habría estado esperando que yo me acercara, que yo fuera hasta su departamento. No lo sé. Al otro día temprano, me animé. Me puse mi mascarilla, crucé hacia su bloque, tomé el ascensor y fui hasta su puerta. Timbré interminablemente. Toqué con mis puños. Y nada. Fui hasta la caseta del guardia. Le pregunté si había visto al músico que tocaba todas las tardes. Sí, me dijo, salió muy temprano en su auto. Iba muy apurado. Llevaba maletas. Lo vi meter varias maletas en la cajuela e irse. Solo me hizo un gesto de despedida y se fue. Entonces decidí esperar. Decidimos esperar, porque todos los vecinos salían a la hora en que tocaba su saxo con la esperanza de verlo en su balcón, con la esperanza de que nos diera esa pequeña pero inconmensurable muestra de la felicidad.
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